"Puedes saberlo todo acerca
de la vida de una persona por el modo
en el que camina a través de un bosque".
Colin y Gandalf todavía estaban esperando entre los arbustos cuando Elrond volvió al lugar donde estaban ocultos.
—La casa duerme— dijo Elrond —Ramelow no está, pero su familia y el personal doméstico, sí.
Gandalf sonrió.
—Perfecto— dijo, levantándose del suelo y apagando su pipa.
Se deslizaron por la entrada trasera, cerrando la verja sin hacer ruido y cruzando el largo patio.
Cuando alcanzaron la puerta de atrás se detuvieron. La casa estaba a oscuras y en silencio. Gandalf rebuscó en el fondo de la mochila que llevaba con él y sacó una linterna y un destornillador. Manejando torpemente el destornillador y murmuró para sí mismo:
—Esto era más fácil cuando hacía falta utilizar magia y no estas imposibles cerraduras modernas.
—Debería ser yo el que haga eso— dijo Elrond. —No eres famoso por abrir puertas rápidamente en situaciones de peligro.
Gandalf hizo una mueca al oír a Elrond recordarle aquello.
—Las Minas de Moria fueron una excepción.
Colin suspiró, extendió la mano hacia delante y probó a mover el picaporte. Para sorpresa de Elrond y Gandalf la puerta se abrió y Colin sonrió.
Gandalf dejó que la puerta continuase abriéndose lentamente, teniendo cuidado de que no hiciera ningún crujido. Una vez que todos estuvieron dentro, Colin la cerró tras ellos. Gandalf miró alrededor tomando nota de lo que los rodeaba. Estaban en la entrada trasera que llevaba a la cocina. Haciendo un gesto con la mano y los guio a los tres, que caminaron agachados a través de la gran cocina, por el salón y hasta el cuarto de estar. Allí se detuvieron.
Desde donde se encontraban podían ir escaleras arriba o recorrer un largo pasillo que se desviaba hacia la derecha.
—La pintura tiene que estar en algún estudio o en la biblioteca— murmuró Colin. —Al menos es allí donde yo miraría primero.
Gandalf asintió y Elrond caminó pasillo abajo abriendo varias puertas hasta encontrar la biblioteca. Una vez que estuvieron dentro se dieron cuenta de que habían llegado a un punto muerto.
—Aquí no hay nada salvo libros— dijo Colin.
—Quizás ya esté expuesto— dijo Elrond.
—Si ese es el caso, puede estar en cualquier parte. Podría estar en una de las habitaciones de arriba o en el salón— dijo Colin.
Elrond se giró hacia Gandalf.
—Dame mi capa. Continuaré yo solo.
Gandalf sacó de la mochila una capa élfica larga y vaporosa. Era de un color azul profundo y resplandecía ligeramente en la oscuridad.
—Esperadme fuera— dijo Elrond, mientras se colocaba la capa sobre los hombros y dejaba que el pelo se derramase sobre su espalda. —Este trabajo es apropiado para los ligeros pies de un elfo. Vosotros dos no me ayudaríais pisando por ahí como si fuerais orcos.
Gandalf asintió y se dirigió hacia la puerta, pero Colin permaneció donde estaba. Era la primera vez que Colin contemplaba a un elfo en todo su esplendor. Los nobles rasgos de Elrond, su tranquila apariencia y el brilló de la capa lo hacían parecer cualquier cosa menos humano. El efecto era tan impactante que Colin no pudo hacer otra cosa que quedarse quieto mirando.
—Déjame. Tengo una misión que debo cumplir— dijo Elrond.
Gandalf cogió a Colin por el brazo y lo condujo fuera de la biblioteca. Elrond subió la escalera que llevaba a los dormitorios sin hacer ningún ruido. El primer dormitorio estaba ocupado por la señora Ramelow. Elrond recorrió las paredes con la mirada, pero la pintura no estaba allí. En silencio se dirigió hacia la siguiente habitación y se sorprendió al comprobar que se trataba de la habitación infantil. Había juguetes desperdigados por el suelo y una niña pequeña, de unos cinco años, estaba hecha un ovillo sobre una cama enorme. Sobre la cama se encontraba la pintura.
Elrond se abrió camino a través del laberinto de juguetes y se apoyó sobre la cama para alcanzar la pintura, teniendo cuidado de no estorbar el sueño de la niña. Retiró la pintura de la pared estaba a punto de marcharse cuando una vocecita dijo:
— ¿Quién eres tú?
Elrond bajó la vista y contempló a la niña que lo estaba mirando con los ojos completamente abiertos, pero no parecía asustada. Elrond sonrió y se sentó en el borde de la cama.
—Soy Elrond y soy rey de una tierra que está muy, muy lejos de aquí.
—Me gustan tus ojos— dijo ella. —Brillan mucho.
—Y los tuyos centellean como pequeñas estrellas— dijo Elrond.
— ¿Te vas a llevar la pintura?— preguntó ella.
—Solo si tú me dejas— dijo Elrond.
La niña pequeña asintió.
—Me gusta más el otro cuadro. El que tiene osos. ¿Puedes volver a colgarlo en su sitio?
— ¿Dónde está? — preguntó Elrond.
—En mi armario.
La niña señalo la puerta del mueble. Elrond cruzó la habitación y lo abrió, pero no encontró la pintura.
—Está en la parte de arriba— murmuró la niña, que se había sentado en la cama para contemplarlo.
Elrond buscó en los estantes de arriba y finalmente encontró el cuadro. Representaba una escena en la que había un círculo de osos bailando en un bosque. Elrond sonrió cuando la vio. La llevó de vuelta a la cama de la muchacha.
— ¿Es esta? —dijo Elrond.
Ella asintió.
—Los osos siempre están riéndose— dijo la niña mientras miraba la pintura.
Se puso de pie en la cama y contempló como Elrond colgaba la pintura de los osos bailarines de nuevo en la pared. De pie sobre la cama, ella seguía siendo más baja que él, pero podía mirarle directamente a los ojos.
—Brillan. Eres un elfo de verdad, ¿a que sí?— dijo ella, sonriendo.
—Es verdad que lo soy— dijo Elrond. —Pero si no te metes en la cama, tu madre nos va a oír.
—Arrópame— exigió la niña dejándose caer de nuevo sobre la cama y esperando pacientemente mientras Elrond estiraba el grueso cobertor sobre ella.
—Que duermas bien, querida— dijo Elrond.
Cogió la pintura y se deslizó por la puerta.
OoO
Legolas guío a Kate hacia las profundidades del bosque durante varios kilómetros. Era consciente de que ella caminaba a trompicones detrás de él, haciendo lo posible por mantener el ritmo, pero Legolas no se detuvo. Quería poner tanta distancia como fuese posible entre ellos y Bernhardi. Finalmente redujo el ritmo de sus pasos y eligió un lugar seguro entre los árboles para descansar. El sitio les ofrecía una buena vista del camino por el que habían venido y una forma fácil de escapar si la ocasión lo requería.
—Espera aquí— dijo Legolas.
Él volvió sobre sus pasos un par de metros y borró cualquier señal de su paso. Luego escuchó. No había sido accidental que los hubiera guiado hasta lo más profundo del bosque. Aunque nunca había caminado antes entre aquellos árboles, sabía lo suficiente sobre los bosques para que su desconocimiento del terreno no importase. Comprobó que no se oía nada salvo los sonidos de la noche y cuando se quedó satisfecho con la certeza de que, por el momento, estaban a salvo, volvió junto a Kate que estaba sentada en el suelo, apoyada contra un árbol. Legolas se unió a ella.
— ¿Nos siguen? —preguntó Kate.
—Todavía no.
Lentamente, Kate comenzó a narrar los acontecimientos de la tarde sin omitir ningún detalle y no le falló la voz hasta que llegó a la parte del pisapapeles.
—Bernhardi ha dicho que ya ha visto a los gemelos...
—Elrohir y Elladan— dijo Legolas suavemente.
Kate asintió.
—Y me ha dado esto—. Kate metió la mano en el bolsillo de su suéter y sacó el pisapapeles. De mala gana lo colocó entre las manos de Legolas.
Legolas se lo quedó mirando horrorizado mientras su mano agarraba el objeto con fuerza. Legolas abrió la boca para hablar pero se encontró con que no le salían la voz. Cuando finalmente consiguió articular palabra, tuvo que pelear consigo mismo para expresarse.
— ¿Ha dicho Bernhardi de quién...de quién...es esta oreja?
—No lo ha dicho. Y después, todo se ha vuelto una locura. Ha comenzado a marcharse para ir a buscarte y yo... He cogido la espada de Aragorn del escritorio y... —Kate dejó de hablar e hizo un movimiento con la mano como si apuñalase a un enemigo invisible.
— ¿La espada de Aragorn? ¿Es eso lo que has usado para herir a Bernhardi?—dijo Legolas.
— Estaba sobre el escritorio. Era lo que tenía más cerca—dijo Kate.
—La espada es una de las armas más difíciles de empuñar en una batalla. La lucha es cara a cara y tienes que mirar a tu oponente a los ojos cuando lo matas. He conocido a algunos elfos que no eran capaces de hacerlo—. Legolas miró a Kate con aire pensativo. —Aragorn habría estado orgulloso de ti...como lo estoy yo.
—No sabía que más podía hacer— dijo Kate. —No tenía planeado hacer algo así...
— ¿Dónde le has herido? — preguntó Legolas. Kate señaló el hombro derecho de Legolas. — ¿Estás segura de eso?
Ella asintió.
—Lo veo cada vez que cierro los ojos. Siento como la espada se desliza— dijo Kate con un escalofrío. —No me había imaginado que sería así. Pensaba que sería difícil perforar la piel, pero la espada simplemente se ha entrado en su cuerpo. Ha sido tan...fácil.
—Dudo mucho que esté muerto. El lugar de la herida no es un área en la que se produzcan heridas letales—dijo Legolas.
Kate suspiró visiblemente aliviada.
— ¿Estás seguro de que no le he matado?
—No puedo estar seguro, pero hay muchas posibilidades de que viva, si alguien lo ha atendido antes de perder demasiada sangre—le explicó Legolas.
— ¿Por qué eso no hace que me sienta mejor?— dijo Kate. —Si todavía vive, me perseguirá a partir de ahora.
—Tenemos el colgante— dijo Legolas. —Todo lo que tenemos que hacer es volver para estar a salvo.
— ¿Qué pasa con Gandalf y Elrond?
—No tenemos tiempo para buscarlos. Y si estuvieran aquí, querrían que nos marchásemos tan rápido como nos fuera posible.
—Quieres intentar cruzar la frontera— dijo Kate.
Legolas asintió.
—Sé que hay cosas que vamos a necesitar, como mapas. Pero no debemos volver a París.
—Espero no volver a ver París de nuevo. En este momento, ni siquiera quiero volver a ver Francia de nuevo— dijo Kate. —Estoy lista para irme a casa. Prefiero cualquier día en la patrulla auxiliar de bomberos a esto.
— ¿Puedes seguir caminando?— dijo Legolas. —Tenemos que encontrar un sitio mejor donde escondernos antes de que amanezca. Por la mañana estos bosques estarán llenos de soldados.
—No parece que tengamos mucha elección— dijo Kate.
Legolas sonrió y la ayudó a ponerse en pie.
—Lo que daría yo por tener unos pantalones en este momento— murmuró Kate mientras se sacudía la tierra del vestido.
Sus brazos y el vestido estaban arañados y desgarrados por culpa de las ramas. El hermoso vestido de color marfil estaba sucio.
— ¿Preparada?— preguntó Legolas.
—Todo lo que pueda estarlo llevando esta cosa— dijo Kate. —Por favor, intenta evitar que tropiece con más ramas.
— ¿Y eso por qué?— Preguntó Legolas, mientras comenzaban a caminar a un ritmo más lento a través del bosque.
—Si hay muchas más ramas que se enganchen en mi vestido, puede que no quede mucho de él antes del amanecer— dijo Kate.
Legolas contuvo una carcajada y dijo con mucha seriedad:
—Excepto por el frío, no veo donde está el problema.
Kate le dio un cachete en el brazo y se colocó delante de él.
—Típico. Yo pensaba que eras un guapo guerrero élfico de otro mundo Y resulta que eres como cualquier otro chico de Londres. —Se burló Kate.
Legolas la alcanzó y sonrió.
— ¿Crees que soy guapo?
—Creo que eres imposible.
—Shhh —dijo Legolas de repente.
Su cuerpo se tensó mientras contemplaba el bosque. Kate se quedó de pie, completamente inmóvil, pero no conseguía oír nada que no fuese el fuerte latido de su corazón. Una sonrisa se extendió por la cara de Legolas, que dijo:
—Espera aquí.
Antes de que ella pudiera responder, él había desaparecido en la noche. Legolas corrió tan rápido como se lo permitieron sus pies, esquivando árboles a izquierda y derecha hasta que llego a un terreno vallado. Más allá había pasto y en la distancia se veía una granja. Legolas saltó la valla con un movimiento rápido y cruzó el pasto.
Había un establo detrás de la granja. Abrió las puertas y se deslizó dentro. Un caballo estaba estabulado para pasar la noche. Legolas se acercó a él hablando suavemente en élfico. Las orejas del animal reaccionaron. Legolas extendió una mano y le acarició la cabeza con cuidado, luego se inclinó sobre su oreja y durante largos minutos le murmuró al oído al caballo.
Después de resoplar y respirar ruidosamente, el caballo pareció tomar una decisión y, ansioso por marcharse, hizo un par de cabriolas dentro del establo. Legolas le abrió la puerta al caballo que le siguió fuera, en el frío aire de la noche. Justo cuando estaba a punto de montar, una hilera de ropa tendida detrás de la granja atrajo su atención.
OoO
Kate los oyó llegar mucho antes de poder verlos. Supo que algo sucedía porque Legolas nunca hacía ruido. De hecho, la mayor parte del tiempo era tan silencioso que conseguía sobresaltarla. Así que, cuando apareció montado y se detuvo en frente de ella sobre un hermoso caballo negro, Kate se quedó sin palabras.
—Pareces salido de una granja— dijo.
Legolas se había quitado el esmoquin y llevaba unos pantalones de trabajo de color caqui y una gruesa camisa de franela.
—De allí vengo— dijo Legolas entregándole una muda de ropa.
— ¿Pantalones?— dijo Kate. — ¿Me has traído pantalones?
Legolas suspiró.
—Te he traído pantalones. Aunque me pesa haberlo hecho.
—Me lo creo— dijo ella, desapareciendo detrás de un árbol.
Cuando volvió a aparecer llevaba puestos unos pantalones varias tallas más grandes que ella y una larga camisa con mangas. Por desgracia, todavía iba calzada con los zapatos de fiesta.
—Este caballo no lleva riendas— observó Kate.
—Por supuesto que no— dijo Legolas. —Los elfos no necesitan riendas para montar. O el caballo nos lleva o no lo hace. No doblegamos su voluntad. Ven, coge mi mano.
Kate tomo la mano que Legolas le ofrecía y él la ayudó a colocarse detrás.
—Me voy a caer. Sé que lo haré— dijo Kate.
—No te dejaré caer— le aseguró Legolas, luego cogió los brazos de Kate e hizo que esta los enroscase alrededor de su cintura. —Agárrate fuerte. Tenemos que cabalgar deprisa.
Mientras el caballo corría a través del bosque, Kate se aferró a Legolas con la cara enterrada entre sus hombros. Los árboles pasaban junto a ella tan cerca y tan rápido que tuvo que cerrar los ojos. De repente, el caballo despegó del suelo mientras saltaban una valla y así el bosque quedó atrás, y cabalgaron sobre el terreno abierto de los campos de cultivo. Kate cerró los ojos de nuevo, dejando que el viento frío soplase sobre su cara e inhalando profundamente el fresco aire de la noche.
De cuánto y cómo de lejos cabalgaron, Kate no estaba segura. Solo recordaba los kilómetros interminables recorridos por los cascos del caballo. Su mente comenzó a divagar, recorriendo los eventos del último par de días y al instante siguiente el cielo se había vuelto de un aburrido color grisáceo que anunciaba el amanecer. Se habían detenido. Legolas desmontó y cogió en brazos a Kate.
—Soy bastante capaz de caminar— dijo Kate soñolienta.
—No lo dudo. A cualquiera que sea capaz de quedarse dormido sobre la grupa de un caballo no debería costarle andar— dijo Legolas. La dejó en el suelo y ella se balanceó peligrosamente.
Legolas se giró hacia el caballo y le habló en élfico. El caballo relinchó y golpeo el suelo antes de desparecer entre la niebla matutina.
—Descansaremos aquí por hoy— dijo Legolas.
— ¿Dónde es aquí?— preguntó Kate, mientras miraba a su alrededor.
Se encontraban en el borde de una carretera rural. Alineadas en la calle había varias granjas. De alguna parte llegó el sonido del canto de un gallo.
—No sé qué comunidad es esta— admitió Legolas. —Pero pronto el sol estará alto en el cielo. Deberíamos ser capaces de encontrar un refugio donde pasar el día.
En mitad de un pasto de hierbas crecidas había un establo abandonado. Parecía a punto de derrumbarse en cualquier momento. Kate caminó dando traspiés junto a Legolas y bostezó de agotamiento.
—Parece adorable— dijo Kate.
Dentro del establo se apilaban maquinaria de granja rota y madera putrefacta. Legolas limpió una esquina bien alejada de la puerta, luego dejo su chaqueta de esmoquin en el suelo.
—Duerme— le dijo. —Yo me quedo de guardia.
Kate asintió y se enroscó sobre el suelo y se quedó dormida al instante.
