Capítulo 52: El Gigante de Oro

Algo en la reverencia de los guardias del salón trono, hizo que se estremeciera antes de entrar. Siempre inclinaban el rostro cuando alguno de ellos llegaba, pero esta vez… había algo. Se sentía un gesto más respetuoso, más… No sabría definirlo, y tampoco tenía tiempo. En un pestañeo, las puertas se habían abierto ante él.

Los primeros rayos de sol, enmascarados tras las cargadas nubes del cielo, se colaban con travesura por los ventanales. La brisa matinal agitaba las pesadas cortinas, y el olor de las velas perfumadas recién encendidas, delataba lo temprana de su visita.

El templo comenzaba a desperezarse, y él, que no había pegado ojo prácticamente un solo segundo aquella noche —cuando lo había hecho, la voz de Ares en sus recuerdos le había despertado al borde del colapso nervioso—, había hecho un esfuerzo terrible por no aparecerse allí en mitad de la noche y aguardar sentado en la escalera, como cuando era niño.

Se detuvo a un par de metros del trono, donde sus ojos parecieron encontrar el lugar perfecto donde fijarse. El hermoso sillón de oro era terriblemente incómodo, su espalda casi podía recordar la rectitud del respaldo como si hubiera estado allí sentado hacía un par de minutos. Se frotó los dedos, porque el tacto frío del reposabrazos lo estremecía… y sin querer, su mirada buscó el hueco donde la daga yacía escondida.

Había pasado toda una vida, robada, en ese templo. Ocupando ese mismo sillón había conspirado… Había decidido que la vida de muchos no servía y debía terminar. Había matado, mentido, llorado y reído… De ningún modo quería que el fantasma de Ares dictase su camino ahora, ni tampoco encontrar atisbos de él allá donde mirase. Desde la resurrección, el templo papal había tenido aquel efecto, pero desde que Shion les diera la noticia… había ido a más. Aquellas cuatro paredes del salón habían visto lo peor de él y mentiría si dijese que no sentía miedo, que no se sentía intimidado y nervioso.

Lo hacía. Y no podía hacer nada por evitarlo. Se decía que mientras fuera así, sería algo bueno… su conciencia al menos no lo habría abandonado. Pero tenía tanto miedo a desperdiciar la oportunidad… Suspiró.

No era hora de dudar de sí mismo. Era consciente de que era bueno en lo que hacía y de que aquella misión, una más en la larga lista de obligaciones que había afrontado a lo largo de la vida, era sencilla. Sabía que era digno de aquel puesto y que sus habilidades y experiencia le respaldaban. Sabía que no tenía motivo alguno para sentirse inseguro. Si había gobernado aquellos sangrientos trece años, podía hacerlo durante unos cuantos días de paz. Pero una cosa era saber, y otra…

Shion había confiado en él. Por primera vez, le había confiado el Santuario. Y no con la intención de destruirlo y de mancharse las manos tanto como fuera necesario… sino para sacarlo adelante. Shion.

Gruñó para sus adentros. El viejo, de aspecto no tan viejo, tenía la asombrosa habilidad de hacerle sentir como un chiquillo. Y después de aquellos turbulentos meses…

Se sopló el flequillo. Solo deseaba tener la fortaleza necesaria para sobrellevar las cosas con Aioros como debía. Quería, necesitaba, ver la satisfacción en el rostro del lemuriano al volver. Quería ver aquella mirada rosada exultante de orgullo, quería ser el motivo y no la desgracia. Anhelaba empezar de nuevo. Quería… deseaba tantas cosas.

Y allí, en el salón que tanto había visto de él, con tantos nervios como emoción, Saga se sintió como el primer día que pisó aquella estancia envuelto en oro: con la misma emoción y las mismas ganas de comerse el mundo.

-X-

Aioros suspiró. Igual que muchos años atrás, sus pies habían decidido moverse deliberadamente lentos, aunque su corazón latía desmesuradamente rápido.

Nunca, en esa nueva vida que les había tocado vivir, se había planteado siquiera la opción de gobernar. Y si lo hubiera hecho, jamás se hubiera imaginado aceptando tal misión.

No cuando la resurrección le había dejado completamente perdido, y con el autoestima en el subsuelo. Mirase a dónde mirase, encontraba compañeros más experimentados y capacitados que él para, prácticamente, cualquier misión que se preciara. Muy lejos quedaban ya los tiempos en que allá donde fuera, solo veía las miradas soñadoras de los demás, que lo admiraban y lo tomaban como ejemplo en su camino en la meta a conseguir.

Internamente se recordaba que él no era sino una posible heroicidad que salió terriblemente mal. Perdió su primera y única batalla, y morir le había alzado a la categoría de leyenda. Pero no una leyenda como la de sus hermanos. Ellos, al fin y al cabo, habían cometido errores pero también habían logrado victorias. Se habían probado a sí mismos.

Era consciente de que, en lo referente a sí mismo, no era del todo así, pero lo que su lado racional le decía, era muy diferente a lo que su corazón sentía. Y él siempre había sido un corazón parlante, ingenuo muchas veces, pero no estúpido.

Qué había llevado a Shion a actuar como lo había hecho, escapaba a su entendimiento. Aunque algunos detalles llegaba a comprender, Naia le había hecho entender otros.

La Orden había crecido mucho durante el gobierno de Ares. Al fin y al cabo, la mayoría de sus Santos, eran lo que eran gracias o a pesar de él. Pero aquellos no eran tiempos que nadie quisiera recordar. Cuando alguien pensaba en sueños, en esperanzas… en grandeza, el calendario retrocedía unos cuantos años. Tantos, que muchos de los Santos del presente, ni siquiera habían nacido. Retrocedía al momento en que dos chicos habían entrado a aquel templo y se habían arrodillado ante su padre, aguardando por una decisión que marcaría sus vidas.

Habían entrado dos chicos, dos hermanos, habían escuchado a un padre tomar una decisión… y habían salido tres hombres distanciados, perdidos y heridos. Y una Orden entera condenada.

Aioros había revivido aquel día muchas veces a lo largo de aquella noche. Tantas, que había recordado detalles que su memoria había olvidado: la tensión de las manos entrelazadas de Arles junto a Shion, el dolor de sus propios ojos de tanto mirar de soslayo a su derecha disimuladamente, donde Saga ni siquiera respiraba. Las apenas perceptibles manchas de los guanteletes usualmente inmaculados del geminiano. Su mente preguntándose la causa de tales desperfectos... El sabor de la sangre al morderse la mejilla en un intento por no mostrar reacción alguna… El tono monótono y perfectamente calculado de Shion….

Detalles estúpidos, pero detalles que delataban lo mucho que había marcado cada segundo de aquella reunión. Y algo tenía claro: no quería repetir nada de aquello. Nada. No quería mirar de soslayo cuando debía mirar de frente. Quería tomar las decisiones correctas, quería hacer honor a lo que una vez debieron ser. Eso que Naia le había explicado con tanta delicadeza y voz soñadora: esperanza.

Quería hacer honor a la esperanza que Saga y él habían sido. Quería demostrar que aún eran esa esperanza… que mientras ellos existieran, darían hasta el último aliento y la última gota de sangre que fluyera por sus venas, y más aún, por ese mundo que protegían.

Shion les había concedido la oportunidad de corregir sus pasos, de retomar el camino donde se torció por completo. De empezar de nuevo… y de no hacerlo solos.

De ningún modo iba a dejar que saliera mal. No esta vez, ni ninguna otra. Nunca.

Entonces, alzó el rostro. Su mirada soñadora se había mantenido fija en los inmaculados hilos de la alfombra desde no sabía cuando… hasta que vio su melena azul y, de pronto, se detuvo.

Ahí estaban los dos. De vuelta. Era real.

Allí, dónde todo había empezado.

—X—

—¡Qué madrugadores!

Arles les había observado durante unos segundos antes de atreverse a hablar. Uno perdido en sus recuerdos y ajeno al escrutinio al que le sometía el otro. El otro con su mirada cerúlea nostálgica a la vez que decidida clavada en el primero. Por eso no se sorprendió cuando ambos se sobresaltaron de igual modo al escucharlo.

—¡Por los dioses!—exclamaron al unísono.

—Te pondremos un cascabel—dijo uno.

—Y con esa primera orden, empieza el mandato de los primeros Maestros Suplentes de la Orden Ateniense—masculló el otro.

Arles alzó las cejas y una sonrisa se dibujó en sus labios. Lejos de increparse, Saga y Aioros habían sabido seguir el hilo del otro con gracia. Confiaba en que el panorama no empeorase cuando estuvieran encerrados juntos en una habitación durante horas. Deseaba que no fuese así y quería que funcionase tanto como ellos, porque desde dónde estaba, podía sentir sus miedos. Y esos miedos no le hacían bien a nadie.

Ambos Santos intercambiaron una mirada de infantil indignación al percatarse de la sintonía.

—Te has peinado.

No era una pregunta. Ni tampoco una afirmación que demandase respuesta alguna. Saga simplemente ponía voz a sus pensamientos, habiendo reparado realmente en el arquero en aquel instante. Una simpática expresión confusa se había dibujado en su rostro mientras miraba de los ojos de Aioros, a sus inusualmente domados rizos. La ausencia de la cinta roja era…

—Me alegra saber que conservas bien la vista.

—¿Por qué…?—preguntó, ignorando la observación del aludido.

—La imagen es importante en nuestra posición. —Saga algo las cejas.

—Es perturbador—añadió.

—¿Prefieres a un Maestro Adjunto de pelo alborotado?

—Pues…

—No quiero oir tu respuesta. —Alzó un dedo amenazador, pero continuó con una observación propia. —¿Te has alisado la melena?

—¿Crees que me sobra el tiempo y la paciencia? —Inconscientemente, Saga se apartó un largo mechón del rostro con sus dedos. —Mi pelo es así.

Aja. —Aioros volteó los ojos. —Supongo que el olor a vainilla es de nacimiento…

—Es una buena noticia saberos con buen humor.

Esta vez no fue Arles, sino Shion, quien se entrometió en su peculiar conversación. Había llegado tan silencioso como el primero, o al menos, eso pensaron ambos Santos, tan inquietos como se sentían. Dohko se hizo un hueco a unos pasos de él, con la caja de pandora de Libra a sus espaldas. Saori no tardó en llegar.

—Maestro. —Ambos se inclinaron. —Princesa.

—Técnicamente debería ser yo quien se inclinase ahora. —Los ojos rosados de Shion volaron de uno a otro de sus chicos y la risilla cantarina de Saori resonó como un eco a sus palabras.

Decir que se sentía exultante, era poco. Estaba seguro de haber tomado la decisión correcta con ellos, pero el mirarles y encontrar aquella decisión soñadora en sus miradas, aquel deseo de hacer las cosas bien y hacerle sentir orgulloso, era la mejor confirmación que podía esperar. Lo demás, era secundario.

—Sigues siendo, y serás el Maestro durante mucho tiempo. —La voz de Aioros fluyó con una seguridad que al lemuriano le resultó maravillosa. En otro momento, aquellas palabras hubieran sido pronunciadas como aquel que suelta una olla hirviendo. Shion sonrió.

—Solo faltaremos un par de días. Estaréis bien.

—¿Lo estaréis vosotros?

La voz más pausada de Saga, dejaba entrever sin tapujos la preocupación que había manifestado desde el primer momento. Aún no se había dado cuenta de que aquel temor que atenazaba su corazón, era el mismo que Shion sentía cada vez que enviaba a sus chicos a una misión. No importaba lo sencilla o difícil que fuera, siempre podía salir mal y hasta que no les veía con sus propios ojos atravesando esa puerta...

—Lo estaremos—dijo, acompañándose de un gesto de su rostro y mirándolo a los ojos—. El camino es complicado, pero podemos hacerlo.

—Una aventura de vez en cuando no está mal—interrumpió el chino—. Incluso Shion necesita una después de trescientos años.

—Lo sé. Pero como Patriarca que es, es tú responsabilidad—Sagahizo especial énfasis en aquellas últimas palabras, y por un instante, Dohko se sintió ligeramente preocupado—, mantenerlo a salvo si algo sucede. No importa qué sea ese algo. No tiene armadura.

Aioros asintió dandole la razón, aunque internamente, no podía dejar de agradecer a los dioses, que Saga hubiera heredado aquella faceta responsable, incluso aprehensiva. Le resultaba gracioso el modo en que se atrevía a tomar riesgos cuando era él el que podía estar en la cuerda floja, pero lo mucho que le preocupaba que otros lo hicieran. Sobre todo si ese otro era Shion. ¿Quién podía entenderles? Un día no se soportaban y al siguiente… Saga era una especie de "mamá gallina" camuflada.

—No es ninguna broma—dijo Saori.

—Ya de por sí es un riesgo que se sepa que has abandonado el Santuario, como para que algo salga mal—intercedió el arquero.

—Si algo fuera de lo previsto sucede… o sospechais que os siguen, nos avisareis inmediatamente—continuó Saga.

—Sois un blanco fácil ahí fuera y es de dominio público que el Patriarca de la Orden no tiene armadura.

—Empiezo a preocuparme…—masculló Dohko. Shion esbozó una minúscula sonrisa.

—Nada de estupideces, Dohko. —La mirada severa del geminiano no dejaba lugar para bromas. La sonrisa de Shion, se amplió.

—Y tú deja de sonreír. —Aioros continuó en lugar de Saga, refiriéndose al lemuriano. —Das la terrible impresión de que en cuanto abandones el Santuario harás alguna estupidez.

—¡Por los dioses, Shion! —El chino echó a andar hacia la puerta, dejando al Maestro con los chicos unos segundos de intimidad que sabía agradecerían. —¡Tus mocosos me intimidan!

—Lo sé. —Infló el pecho orgulloso, y después, volviendo la vista a ellos, continuó. —Pero no os preocupeis tanto. Tenéis otros asuntos que atender en mi ausencia. —Miró de uno a otro.— La situación es delicada y debemos mantener los ojos abiertos por todos los flancos.

—Solo… cumple con tu parte, ¿de acuerdo?—replicó el arquero con preocupación—. Volved sanos y salvos.

—Lo haremos. —Asintió levemente, y palmeó su hombro con suavidad. —Princesa.

Saga, mientras tanto, los miraba de soslayo. Una cosa era saber que ocuparía su lugar en su ausencia. Otra diferente verle marchar y saberlo vulnerable. Y no sabía porqué, pero a medida que pasaban los segundos, la ansiedad que sentía al respecto crecía más y más.

Sin decir nada, Shion lo tomó del mentón con su dedo índice, alzando su rostro y pillándolo por sorpresa. Sus ojos se cruzaron por última vez, pero ninguno dijo nada. El lemuriano solamente asintió… y Saga lo imitó. No hacía falta que hablaran. A veces, se entendían sin palabras.

El rostro siempre en alto.

Las cosas irían bien.

Lo harían bien.

Shion confiaba en ellos como no confiaría en nadie más.

-X-

Había una agradable satisfacción en el terror que hacía presa a la villa. Rodorio, una aldea azotada por la maldición de las Guerras Santas, no era hogar de personas cobardes ni de hombres o mujeres mansos. Generación tras generación, su gente aceptaba el destino que les tocaba y, junto con la diosa Athena y sus Santos, se mantenían firmes antes las inclemencias de una guerra librada entre dioses. Pero esta vez, las cosas eran diferentes.

El enemigo que los asolaba no era uno contra el que sus Santos pudieran levantar los puños. Había un aire de pesimismo y también de desamparo. Niños, jóvenes o viejos; aldeanos, soldados o aprendices… La plaga no hacía distinciones. La muerte mirada a todos con los mismos ojos, y en la mayoría de los casos, no existía modo de defenderse. Por una vez, esa fortaleza que Rodorio y sus habitantes enarbolaban con orgullo, lucía fracturada.

La partida del Patriarca había polarizado opiniones. Para unos, era una señal de esperanza. Para otros, era un gesto de desesperación.

Pero, sin importar cuál fuese la opinión personal, no había hombre o mujer en la aldea que no comprendiese la magnitud de aquella decisión. Después de todo, el Patriarca había marchado fuera de sus dominios para tratar de salvar tantas vidas como pudiese. Para mantener a su gente a salvo, pagaría el precio que se pidiese sin que nada más importase.

Quizás era ese espíritu de sacrificio lo que impulsaba a Rodorio a seguir. A pesar del miedo y de las amenazas, entre rumores y susurros, la vida continuaba.

La prueba más fehaciente de ello era el almacén del viejo Stavros. Desde ahí, Loxia podía analizar la vida en el Santuario. Tenía acceso a todos los rumores y medía con antelación las reacciones a cada exabrupto que su elaborado plan generaba. La gente correcta siempre iba y venía del lugar.

—¿Janelle? ¿Janelle? ¿En dónde se ha metido esa niña? —Loxia miró al viejo comerciante buscando por su nieta. Él estaba ocupado en sus propios asuntos, separando las cebollas buenas de las descompuestas.

—Creo que se encuentra atrás, en la bodega—respondió.

—Han llegado los mozos del templo principal. ¿Sabes dónde se encuentran las provisiones separadas para ellos?

—Están ahí, cerca de la ventana. Janelle y yo hemos verificado que todo lo solicitado se encuentre en las cajas. ¿Desea que los atienda mientras Janelle regresa?

—No, no. Puedo hacerlo yo mismo, hijo. Te lo agradezco.

Loxia asintió y continuó con sus labores. Sin embargo, sus ojos y oídos estaban atentos a cada movimiento y palabra de los recién llegados. Había escuchado que tras la partida del Patriarca, Aioros y Saga había tomado el mando provisional del Santuario. Aunque no esperaba menos de ellos, Loxia debía admitir que la decisión de Shion le sorprendía. La relación entre los Santos de Sagitario y de Géminis estaba tan deteriorada, que la sola idea de forzarlos a trabajar como equipo resultaba disparatada. Obviamente, el Patriarca sabía algo que ellos no, y a Loxia casi le resultaba divertido.

Terminó sus labores y cerró la bolsa en dónde había depositado las cebollas que no servían. Miró de soslayo para constatar que los mozos del templo se marchaban. Stavros los despidió en la puerta, como lo hacía cada vez que bajaban a la aldea. Entonces, Loxia cogió la bolsa y se la puso al hombro. Se encaminó a la bodega, dónde se encontró con Janelle mientras ella abandonaba la habitación.

—Tu abuelo te buscaba.

—Oh… ¿Sabes qué necesita?

—Los mozos del templo llegaron por sus suministros. Le indiqué dónde estaban y él se los ha entregado.

—Te lo agradezco. ¿Llevarás eso atrás?

—Sí. Están podridas. Veré dónde acomodarlas con el resto de la basura—dijo el pelirrojo. La joven asintió. —Si me necesitáis, estaré en la bodega.

—De acuerdo.

Una vez dentro de la bodega, Loxia se aseguró de cerrar la puerta. Una mueca de desagrado le oscureció el rostro; una mueca que en público jamás se atrevería a esbozar. Para los aldeanos, era un hombre serio y poco sociable, pero amable y educado cuando debía de serlo. Nadie jamás sabría lo mucho que le desagradaba aquella fachada que tan poco tenía de su verdadera personalidad.

Tiró el bulto de cebollas a un rincón y se sentó en el lado opuesto de la pequeña bodega. Suspiró con pesantez, mientras sus ojos se cerraban por un breve instante. La soledad era agradable.

—No sabía que tenías tiempo para holgazanear. —Aquella voz le hizo torcer la boca. Abrió los ojos lentamente para reparar en la mirada carmesí que caía sobre él.

—Debería recordarte que, de todos, soy quién más responsabilidades tiene. Si hablamos de holgazanes, te aseguro que no soy el primero en la lista.

—¿Los planes de conquista ahora son una competencia?

—¿Has venido hasta aquí con una misión en específico, Acesio?—preguntó Loxia. La indiferencia en su voz resultaba fastidiosa para el recién llegado. —¿O será que solo has venido a molestar?

—Me han dado órdenes de venir a verte. Entiendo que tienes información importante para nuestro señor.

—Ah, sí. La tengo. —Hizo una pausa larga. Su propósito era molestar a Acesio. Cuando su objetivo se consumó, sonrió y se dispuso a continuar. —El Patriarca de la Orden ha abandonado el Santuario. Se dice que busca un remedio para ayudar a aquellos que han caído víctimas de la plaga de Iatros.

—¿El lemuriano se marchó? —La sorpresa en el rostro de Acesio hizo que Loxia ensanchara su sonrisa.

—Tal como lo escuchas. Se ha llevado consigo al otro legendario maestro, el Santo de Libra.

—Entonces, Athena se ha quedado sola.

—No precisamente.

—Habla.

—Shion ha dejado a dos Santos de Oro a cargo, creo que tanto tú como nuestro señor conocéis sus nombres: Saga de Géminis y Aioros de Sagitario.

—¿Los prodigios?

—Ajá. Ellos mismos. —Loxia rebuscó entre las cajas de alimentos en el lugar hasta encontrar una mandarina. Con cuidado arrancó la piel y desgajó la fruta. —Debo admitir que su designación me ha sorprendido. Es decir, Aioros una vez fue el heredero al trono y es considerado el héroe supremo de esta generación; y Saga, además de ser la reencarnación de Ares, es un líder excepcional que lideró a parte del ejército dorado durante la Guerra Santa contra Hades…

—Entonces, ¿que és lo sorprendente?

—Ambos Santos son excepcionales, pero también están llenos de debilidades. Por ejemplo, la experiencia de Aioros, tanto en la guerra como en la vida, es básicamente nula. Su muerte prematura le privó del aprendizaje de la vida. De hecho, me atrevería decir que esa inexperiencia es un lastre para su seguridad. —Se llevó a la boca un trozo de fruta, desviando la mirada de Acesio por unos segundos. —Saga no es una historia distinta.

—Siendo la reencarnación de Ares no puede tener las cosas sencillas por aquí.

—Esa es la historia de su vida. Todavía existe mucha gente que no termina de confiar en él. Además, al igual que Aioros, el hecho de que Ares haya sido quien controló su cuerpo por catorce años, le ha restado muchas experiencias de vida que lo hacen bastante vulnerable en cuestiones personales. Curiosamente, tiene un complejo de inferioridad enorme ante la presencia de Sagitario. —Soltó una risa burlona. —Hay que ver lo frágiles que ambos pueden ser cuando se miden el uno contra el otro—murmuró más para sí mismo que para su compañero. Después, continuó su conversación con Acesio. —Lo que hace más interesante a ésta decisión es que la relación entre Géminis y Sagitario se encuentra en su peor momento. Sus vidas personales son un desastre de proporciones épicas.

—¿Necesito más detalles?

—La verdad es que no. Esa información me es útil a mí, pero irrelevante para el resto de vosotros.

—Bien. —Acesio me llevo la mano al mentón y tornó su mirada carmesí en un gesto de reflexión. Los mechones verdes de su cabello le cubrían parte del rostro, por lo que en la oscuridad de la habitación, sus ojos resaltaban aún más. —Me cuesta creer que el lemuriano cometió un error tan grande al dejarlos a cargo.

—No lo sé. Creo que es pronto para catalogar su decisión como un error. —Loxia negó y Acesio levantó una ceja. —A pesar de todo, creo que deberíamos proceder con cuidado. Saga y Aioros pueden tener muchas debilidades, pero a final de cuentas, no conocemos de lo que realmente son capaces estando juntos y tampoco deberíamos pasar por alto su efecto en los demás. Si los valoramos mal, podríamos llevarnos una sorpresa desagradable. Ese par tiene una reputación de temer, y quizás no la tienen en vano. Debemos ir con cuidado.

Sus advertencias no hicieron gracia a Acesio, quien arrugó la nariz con desagrado. El peliverde le apartó la mirada, como si de esta manera pudiera demostrar su desprecio hacia aquellos últimos comentarios. Se negaba a creer que un par de mortales, con todas las limitaciones que Loxia había expuesto, pudieran representar un verdadero peligro para él, su señor y sus aliados. Tal vez su compañero solamente estaba exagerando.

Echó un último vistazo a los alrededores mientras un par de ideas surcaban por su cabeza. Su rostro traicionó a sus pensamientos cuando creyó encontrar el modo de tropezar tanto a Loxia como a los Santos.

—Bien—dijo, con ese mohín altanero que Loxia tanto detestaba en él—. Creo que debemos aprovechar la ausencia del lemuriano para poner a prueba si todo lo que brilla es oro, o no lo es. Veremos qué tan correctas son tus observaciones.

—Adelante. Haz como mejor te parezca.

—Esta información es valiosa. Estoy seguro de que podremos sacar provecho de ella.

—Deberías…

Un sonido familiar los obligó a detenerse. Alguien se aproximaba, lo sabían por el golpeteo de los pasos sobre la madera. Eran dos sonidos coordinados y un tercero que rompía el ritmo. Sin duda se trataba del viejo Stavros y su bastón.

Loxia dirigió una mirada a Acesio, con la que le indicó que debía de marcharse. En un abrir y cerrar de ojos, el peliverde desapareció, tan solo unos segundos antes de que la puerta se abriese y la cara afable del anciano apareciera por la puerta. Su fachada estaba a salvo.

—Loxia, Janelle te necesita en la tienda. ¿Has terminado aquí?

—Sí, sí. Ahora voy. Estaré ahí en un momento.

El viejo asintió antes de retirarse, dejando a Loxia solo con sus pensamientos. Se preguntó cuál era el plan de Acesio y cómo afectaría a Sagitario y a Géminis. Giró los ojos, fastidiado ante la prisa de sus iguales. Tal parecía que el único que conocía el arte de la paciencia era él.

Después se levantó y, con pereza, se encaminó hacia el parte delantera de la tienda, donde sus mundanas labores esperaban.

-X-

Deltha no había pegado ojo desde que oyese a Saga escabullirse entre las sombras del templo con las primeras luces del día. Aunque lo cierto era que poco había dormido el resto de la noche.

No era necesario ser el geminiano para sentir cierta ansiedad ante aquel día tan importante. Después de todo, era el primer día en que oficialmente los herederos de Shion ocuparían el trono.

Los dos.

Aioros y Saga. Saga y Aioros.

Saga se lo había confesado con el rostro pálido, las manos temblorosas y el cuerpo atenazado. No había dicho nada que traicionara sus sentimientos, pero Deltha había aprendido a identificarlos sin esa necesidad. Quizá era ese su superpoder, después de todo: empezar a leer al peliazul cómo otros no habían sabido. Ella, por supuesto, se había hecho la tonta. Una sonrisa enorme se había dibujado en su rostro, y de un salto se colgó de su cuello loca de contenta. ¡Por todo el Olimpo! ¡Saga se lo merecía! Se merecía la oportunidad, se merecía el voto de confianza que tanto, tantísimo, había tardado en llegar… Y ella era consciente de lo mucho que significaba.

No solamente era el trono, o el poder. Nadie en el mundo podía conocer a Saga mejor que él mismo. Él de sobra sabía que ese era un trabajo que podía desempeñar a la perfección. Lo realmente importante era la oportunidad que el Maestro le había dado de que él, Saga y no Ares, demostrara esa habilidad. La oportunidad, al fin, de redimirse, de demostrarle a ese mundo suyo que el verdadero Géminis no era nada parecido a un monstruo. Era su oportunidad de ganarse el respeto y enterrar el miedo que aún provocaba el mero sonido de su nombre.

Y luego estaba el hecho, innegable, de que Saga seguía admirando a Shion como cuando era un chiquillo. Lo quería, lo respetaba más que a cualquier otro mortal sobre la tierra, a pesar de lo mucho que chocaban. Para Saga, que Shion finalmente lo considerase digno era… No había palabras para describirlo. Y Deltha estaba segura de que más de una lágrima rebelde había escapado de aquellas esmeraldas que tenía por ojos.

Saga y Aioros. ¡Qué brillante había sido el viejo! Y arriesgado, eso también. Aunque si su plan funcionaba, todo lo bueno que podía salir de esos pocos días al mando, era mucho.

Aioros y Saga. Tan perfectos, tan distintos y tan iguales…

Una sonrisa tenue se dibujó en sus labios por un instante.

En otros tiempos, solamente aquel pensamiento le hubiera iluminado el rostro, y aunque ahora sentía tanto orgullo como por uno como por otro, aún dolía un poco. Había pasado los principios de su adolescencia deseando que Aioros tomara lo que era suyo. Le había creído justo merecedor de ello, a pesar del cariño que le tenía a Saga y de la valía que también él había demostrado. Pero Aioros…

¡Dioses! ¿Cuánto había significado aquel chico en su vida? ¿Había tenido ésta algún otro sentido que no fuera él? ¿Perseguir su estela y lograr conservar su lugar a su lado como una sombra discreta y diminuta? ¿Mantener su recuerdo? Que finalmente el momento hubiera llegado, era simplemente amargo, y la alegría que la provocaba, se había obligado a guardarla en lo más profundo de sí misma. Aún se sentía demasiado herida y traicionada por el hombre al que había convertido, literalmente, en un santo. Quizá algún día pudiera felicitarle… pero eso no sucedería pronto. Solamente confiaba en que la oportunidad, al igual que a Saga, le sirviera para entender su propia valía.

Era curioso como las dos personas más admiradas de la Orden, eran las que menos se querían a sí mismas.

Una lágrima molesta rodó por su mejilla, y Apus no tardó en borrarla con el dorso de la mano. Tragó saliva, y cerró el armario de la cocina. ¡Solo los dioses sabían porque desde que Saga se fuera, había encontrado consuelo a su ansiedad ordenando los estantes!

Tomó un par de bocanadas de aire con la esperanza de que apaciguaran sus ánimos, y volteó con la intención de volver a su dormitorio.

Sin embargo, unas esmeraldas diferentes a las de Saga la miraban con una expresión indescifrable en el rostro.

Se quedó quieta, petrificada, pero incapaz de desviar la mirada de él.

—Madrugadora, parece ser. —Al menos Kanon había recordado que tenían una inquilina femenina en el templo a la que no había necesidad de incomodar más de lo necesario, y se había vestido antes de salir del dormitorio. Más o menos.

—Sí… —Deltha no atinó a decir nada más. El torbellino de emociones que el peliazul le provocaba, no hacía sino revolucionarse desde que se había mudado al tercer templo.

—¿Hay café? —La pregunta, tan cotidiana como antinatural en su situación, la obligó a asentir de nuevo. Kanon imitó el gesto afirmativo como respuesta y, aún descalzo, se acercó hasta la cafetera.

—Voy a vestirme…—dijo ella, señalando hacia la puerta.

—De hecho… hay algo de lo que tú y yo tenemos que hablar.

¡Maldición! El corazón parecía dispuesto a escapar por su boca de modo inminente, y la ansiedad comenzaba a espolear sus ganas de llorar. ¡Qué vulnerable se sentía sin la presencia segura de Saga en las cercanías!

—¿Lo hay? —Atinó a preguntar. Kanon asintió y ella resopló. En un gesto de tregua, el gemelo menor le tendió una taza calientita.

—Desconozco tus gustos culinarios, pero por algo hay que empezar, ahora que nuestra situación…

—En realidad, no hay una "nuestra situación", Kanon. —Su lengua ignoró sus miedos, o al menos fue más rápida. El peliazul sonrió.

—La hay, Apus, nos sintamos cómodos con ella o no. Así que, ¿podrías, por favor, prestarme unos minutos de tu tiempo?

¿Por favor? ¿Qué demonios? ¿Desde cuándo Kanon preguntaba las cosas con educación y no demandando atención? ¿Qué estaba pasando? Sus segundos de reflexión fueron suficientes para que el gemelo comenzase a hablar.

—Estoy al tanto del acuerdo existente entre Saga y tú acerca de tu presencia aquí. —Deltha alzó una ceja, incrédula. Él lo captó rápidamente.— O al menos, conozco los datos más relevantes del asunto. —Se encogió de hombros. —Cómo sea, no importa. Ya eres una inquilina oficial de este templo, cuentas con el permiso del Maestro, o de los tres maestros… La escala de poder en este sitio es un poco compleja últimamente. —Sonrió ante sus propias palabras, y lo cierto es que Deltha, prácticamente lo imitó. —Saga fue muy amable explicando algunos de los motivos por los que los tres conviviremos en este templo en paz y en armonía… Estoy seguro de que lo sabes. —La ausencia de respuesta, fue la confirmación a sus palabras. Le dio un sorbo a su café y prosiguió. —He estado pensando estos días, ¿sabes? —Por primera vez, no la miraba a ella, sino que sus ojos se perdieron en algún lejano punto del ventanal. —Es posible que haya descubierto la existencia de cierta conciencia en mi interior, pero no es algo que quiera afirmar tan rápido. Después de todo tengo una fama que mantener…

—Al grano Kanon. Hacerte el gracioso para ocultar los nervios, no es lo tuyo. —Una carcajada escapó de la garganta del Santo.

—Joder, Deltha, ¡Cómo nos ha cambiado la vida! —Frunció el ceño. —Pero tienes razón, al grano. Solo quería decirte que… —Se encogió de hombros, y de nuevo, su mirada se fijó en la de ella. Sin embargo, esta vez los sentimientos que transmitieron sus ojos fueron muy distintos. Por primera vez, Deltha no vio una amenaza en ellos. Vislumbro luz, paz y sinceridad. —No tienes nada que temer en mi presencia. No hay motivos para fingir ante el otro. Sé que me tienes miedo y que el concepto que tienes de mí… —Se sopló el flequillo. Después de todo lo que había pasado con Caelum, y su historial previo, era lo menos que podía sentir hacia él. —Sé que no he colaborado para que sea de otro modo. Quería decirte que lo siento. —Deltha entreabrió los labios, sorprendida. Entre todas las cosas que podía esperar, aquella era la última. —Siento mucho que hayamos llegado a este punto, cuando algún día muy lejano… creo que fuimos amigos. —Apus tragó saliva. Aquel pasado de su tierna infancia era un episodio de su vida que atesoraba, y en cierto modo, odiaba cuando alguien más lo mencionaba en aquel turbulento presente que vivían. Era como insultar aquel recuerdo tan hermoso. —Saga te quiere y te necesita más de lo que él mismo piensa. Y tras todos estos años de mierda… ya no quiero ser un obstáculo. Estoy, francamente, agotado de serlo. Me gustaría aportar algo bueno a todo esto… o al menos, no restar. Aunque no lo creas, me siento tan orgulloso como tú del motivo por el que mi hermano no está aquí en este momento.

—En realidad sí lo creo. —Kanon sonrió, y en un gesto que la tomó por sorpresa, le tendió la mano.

—¿Empezamos de nuevo?

Deltha calló. Apretó los labios, tratando de disimular el temblor que los aquejaba, pero se negó a retirar su mirada de la de él. Apretó también los dientes… y finalmente, tomó su mano. Kanon la rodeó con sus dedos de pianista, pero no apretó. El contactó fue sutil y delicado, haciendo que la amazona se sorprendiera por la suavidad de aquella mano. ¡Con lo áspero que podía ser su dueño cuando quería! Devolvió el gesto con una sutil caricia de sus dedos y una minúscula sonrisa en sus labios. No era una ingenua, ni estúpida. Sabía bien a quién tenía delante… pero quería creer.

—Soy Deltha, ¿y tú?

-X-

La noticia de que Keitaro tendría una completa recuperación había sido una bocanada de aire fresco para Nikos. Después de todo y sin importar las diferencias de su pasado, el pelirrojo era su mejor amigo. Solo deseaba lo mejor para él.

Como amigos, su relación había pasado por muchas altas y bajas. Habían vivido momentos horribles que, si Nikos lo pensaba bien, le recordaban en muchas maneras la escabrosa relación entre Aioros y Saga, de la que todos hablaban y tenían una opinión. Su única ventaja era que ellos no le importaban demasiado a nadie. No vestían en oro y eso hacía sus vidas mucho menos interesantes para los rumores. Agradecía a los dioses por ello.

—¡Oye, Orión!

—¿Eh? —Volteó, reconociendo de inmediato la voz que lo hablaba. No tardó mucho en sentir el brazo de Argol sobre su hombro, en un gesto amigo. —Oh, hola… Hola a todos. —Como era usual, Argol iba a acompañado de su séquito.

—Estuvimos buscándote.

—¿Sí? He pasado toda la mañana en entrenamientos con mi equipo. Aldebarán me puso a cargo mientras asistía a una reunión con el resto de los Dorados. —Y aunque no lo diría, semejante confianza por parte del brasileño le había resultado halagadora.

—Sí, sí. Sabemos de eso. Ahora que sus Excelencias de Sagitario y Géminis están ocupados en planes de conquista y victoria, parece que las Doce casas estarán enfocadas en ayudarles a que su breve reinado sea uno de gloria. —Mientras hablaba, el Santo de Perseo llevó su manos hacia el horizonte, en una dramatización digna de él y de su discurso.

—Ay, qué exagerado eres. —Nikos soltó una risa cómplice, que Argol correspondió con una sonrisa traviesa.

—Un poco, un poco. Lo admito. —Se rascó la nariz y miró a sus acompañante que sonrieron también. —Pero tienes que admitir que es interesante. Esos dos son una leyenda en el Santuario. Aioros es lo más cercano un héroe que este Santuario, y Saga… —Se encogió de hombros. —Saga es un maldito antihéroe, en toda la extensión de la palabra. Es todo muy épico.

—Alguien ha estado leyendo demasiados cómics…—musitó el moreno. Por lo que sabía, los cuadernillos se habían convertido en una moda popular entre los habitantes más jóvenes del Santuario.

—Todo es culpa de Jabú. Él trajo su vida mundana a nuestra sociedad atascada en el pasado.

—¡No fue mi intención! —Se defendió el aludido. Pero Argol y los demás Santos reaccionaron con una carcajada.

—Tranquilo, chico. Tranquilo. Como sea, volviendo al tema…

—¿Te has vuelto un groupie de esos dos?

—¿Quién no? —Argol volteó hacia los demás. Ninguno lo negó. —Como dije, es interesante. Son los herederos originales. Estamos viviendo historia.

—Sí, sí. —A Nikos, esa parte de la historia no le emocionaba demasiado. —Suponiendo que consigan sobrevivir sin matarse—suspiró.

—¡Bah! Una historia sin drama no es historia. Ya te digo: héroe y antihéroe...

Argol siguió hablando de grandezas y de historias que a saber de dónde sacaba, pero en algún punto de su plática, Nikos se perdió. Dejó de escucharle para perderse en sus propios pensamientos.

Tal vez las etiquetas del rubio no eran incorrectas. Por mucho que Saga y Aioros no fueran sus personas favoritas, había cosas que ni siquiera Nikos podía negarse. Por supuesto y a diferencia de esa generación de críos que abrazaban con euforia los cambios que el mundo moderno traía, él veía las cosas desde un punto de vista más romántico, dirían algunos.

Quizás era porque él había crecido en un Santuario muy distinto a aquel. Quizás era que le gustaba pensar menos en superhéroes y más en historias mitológicas.

Para él, aquellos que vivían en las Doce Casas eran un gigante deconstruido. Cada cual, por separado, era formidable en sí. Pero juntos, eran una máquina de guerra infalible.

Ahí estaba Shion, convertido en el alma del gigante de oro. Aioros era el corazón y Saga era el cerebro. El resto de ellos eran el cuerpo; las piernas que lo sostenían y las manos que libraban las batallas. El gigante había despertado y esta vez, todas sus partes estaban en sitio. ¿Qué, o quién, podría detenerlo?

—Oye, oye, ¿me estás prestando atención? —Se quejó el rubio y sus lamentos hicieron que Nikos despertara de su letargo y lo mirara.

—Lo siento. Estaba pensando…

—¿En qué? —Nikos se detuvo y miró a los más jóvenes. Ellos lo miraron a él con curiosidad.

—Pensaba que, por primera vez en mucho tiempo, el gigante de oro está completo.

-X-

—¡Qué nervios! —exclamó Milo, mientras se balanceaba en la silla.

—Con suerte se rompen las patas y nos libras a todos de esta agonía—farfulló Aioria algo más allá.

—¡Oye! ¿No estás nervioso tú también? —Echó un rápido vistazo a los demás, que curiosamente habían llegado extrañamente puntuales al primer Krysos Synagein sin los viejos. —¿No lo estais todos?

—Casi me atrevería a decir que estás más emocionado que nervioso—terció Kanon con una mueca divertida. Milo dibujó una sonrisa traviesa dándole la razón.

—Yo tengo la teoría de que simplemente piensa que ahora que Hermano Mayor está oficialmente al mando, Hermano Pequeño va a ser un consentido.

—¿Hablas por experiencia, gatita? Porque tú también eres Hermano Menor

—Técnicamente, todos los somos—musitó Shura divertido.— No hay diferencia.

—¡Claro que la hay! —Se defendió el Escorpión. Shaka suspiró un poco más allá. ¡Por Buda que no entendía tanto escándalo!

—¿Eres consciente de que has perdido adorabilidad con los años, bicho? Es posible que carezcas de ventaja alguna… —Máscara Mortal encontraba la situación tan divertida como los demás. — Quizá ya no seas la debilidad de Primogénito.

Ofendido, Milo se cruzó de brazos dispuesto a protestar, pero en aquel instante, Aioros, Saga, y Arles atravesaron la puerta.

—Siéntate bien, Milo—masculló el geminiano cuando pasó a su lado. De repente, el menor frunció el ceño y una carcajada generalizada inundó la habitación. A regañadientes, colocó la silla del modo apropiado, y guardó silencio con una expresión ofendida en el rostro.

—Me alegra que hayáis amanecido de buen humor—dijo Arles—, porque hay trabajo que hacer.

—¿No te alegra más que, contra todo pronóstico, todos hayan sido puntuales?—terció el arquero mientras se acomodaba en su asiento—. Incluso Kanon.

—Me ofendes, arquero…

—Los dioses me libren. —Apenas lo miró de refilón, pero no le pasó desapercibido el enigmático intercambio de miradas entre los gemelos. Fuera lo que fuera el llamado "efecto Kanon", estaba funcionando. Quizá, si las cosas iban bien, preguntase más adelante sobre esa técnica desconocida.

—¿Qué se siente al ocupar esos asientos como Ilustrísimas?—preguntó Afrodita.

—La silla es igual de incómoda que ayer—respondió Aioros. Saga esbozó una minúscula sonrisa, tranquilo al ver que los ánimos estaban relajados o que Aioros, al menos, trataba de actuar con la mayor naturalidad posible. El arquero carraspeó y lo buscó con la mirada. —¿Empezamos? —El peliazul asintió.

—Shion y Dohko se fueron hace un rato. Completar la misión les llevará un par de días, o quizá algo más. Todo depende de la dureza con que se defienda el camino de Jandara y del clima. El cosmos no funcionará para subir o bajar, así que… Esperaremos por noticias, y estaremos alerta y preparados para ir en su ayuda inmediatamente si algo sucede. —Sus ojos se posaron en Mu, el lemuriano podía teletransportarse, y para misiones de rescate esa era una habilidad invaluable. —Tú te ocuparás de eso de ser necesario, Mu.

—Entendido.

—Además hay otra cosa importante con la que comenzar: el escudo cósmico. La princesa ya lo ha levantado, y es prioritario mantenerla vigilada y asistida, así que decidimos que el mejor modo de hacerlo sin que nadie termine exhausto y vulnerable ante imprevistos, es organizar turnos y guardias.

—Dos horas diarias cada uno, en orden zodiacal—explicó Aioros—. Así será más sencillo. Lo ideal es buscar un lugar tranquilo que no perturbe nuestro cosmos y en el que podamos estar concentrados, sin interrupciones.

—Nuestro propio templo suena bien—sugirió Camus. Tanto Saga como Aioros asintieron.

—Todos tomaremos parte en esto… Incluido tú, Kanon. —De nuevo, los gemelos cruzaron sus miradas, hasta que el menor de los dos terminó asintiendo. Era obvio que aunque Saga no lo hubiera dicho directamente, no había alternativa para Kanon. Se acabó la vagancia y la rebeldía de no hacer nada. A Shion le encantaría saberlo. —Aioros y yo también tendremos nuestro turno correspondiente.

—Además de eso, queda otra cosa importante. —Las miradas volaron hacia Aioros. —No queremos desatender a los equipos. Menos aún ahora que sabemos que nos vigilan de cerca. Así que estad especialmente atentos con ellos. No tenemos idea de cómo habrán tomado el anuncio de nuestro… ascenso provisional, pero no queremos líos de ningún tipo estos días. Necesitamos que todo el mundo esté lo más concentrado posible.

—¿Y los vuestros?—preguntó Aldebarán. —No es necesario que os ocupéis de todo, podemos ayudar.

—Gracias, Alde. —Aioros le guiñó un ojo con complicidad. —Tatiana tiene a mis chicos bajo control, pero Shura se encargará de ellos.

—¡Uhhh! —Un silbido burlón surcó el aire, y el español, consciente de su significado, se defendió casi abochornado. Una bola de papel rebotó en la cabeza del Escorpión.

Hermano Menor está, definitivamente, emocionado—musitó Aioria entre risas, aunque él también había colaborado con los silbidos, todo fuera dicho. Ver a su hermano ocupar ese puesto y con aparente buen humor y ganas, le hacía inmensamente feliz. Era una situación muy diferente a quince años atrás y por ello, se sentía aliviado.

—Confiaremos en la profesionalidad de la cabra…

—Vamos, vamos…—interrumpió Arles, tratando de ocultar su propia sonrisa.

—Y si Ángelo quiere el desafío, le cedo amablemente mi equipo—terminó Saga.

—¡Qué poco me quieres, Ilustrísima! —Se quejó, aunque en realidad, no le importaba. Estaba acostumbrado a lidiar con ellos, y desde la "conversación amistosa" entre Saga y el par de serpientes, las cosas habían transcurrido suaves como la seda. —¿Ya lo saben?

—Argol y Jabu sí—dijo asintiendo—. Respecto a Shaina, confío en el compañerismo reinante y que el bueno de Perseo se lo haya dicho. Si no, estoy seguro de que alguien más le habrá mencionado el asunto. —Miró fugazmente a Milo. Confiaba en todo eso, y en que Argol tomara el mando. Si no, le auguraba a Jabu unos días difíciles. —Aún así, ¿podrías…?

—Sí, sí… Cuidaré del Unicornio lo mejor que pueda. —Suspiró, pero acto seguido un gesto travieso surcó su rostro. —¿Podríais valorar subirme el sueldo de cara a mi excelente labor como niñera de bronce, Maestros?

—Ni lo sueñes—respondieron los mayores al unísono.

—Había que intentarlo…

—Hay una última cosa… —El rostro de Saga se oscureció levemente al retomar la palabra. —No sabemos quién es, cómo o dónde está el atacante responsable de esta situación. Así que mantened los ojos abiertos. Nada puede pasarse por alto ahora.

Y algo, en aquel "nada" y en el tono de su voz, les indicó la seriedad con la que ambos Santos estaban tomando aquello. Nadie como Saga para transmitir tanto con una sola palabra.

-X-

—Llámame ingenuo, pero confiaba en que la primavera hubiera suavizado un poquito el clima en este sitio.

Apenas habían llegado a Jamir. Se habían teletransportado con la ayuda de Shion, y nada más materializarse, una bofetada de aire frío había llevado al chino a la realidad del Tibet. La nieve aún tenía una buena altura, y el camino estaba intransitable. Dohko agradeció, al menos, que Shion hubiera tenido la delicadeza de llevarlos a los pies de la torre. A juzgar por la expresión emocionada de su rostro, no le hubiera extrañado que les hubiera dejado a los pies del mísero puente —congelado, por cierto—, solo por liberar un poco de adrenalina.

—¡Vamos, no te quejes!

—No me quejo, si me quejase, lo sabrías—refunfuñó el chino, apretujando las manos en los guantes—. ¿Podrías al menos disimular un poco? ¡Estás exultante!

—¡No es mi culpa! —Se defendió con las manos en alto—. Es la primera vez en tres siglos que salgo en una misión. ¡Apenas tenía diecisiete cuando completé la última!

—Sí, sí… Lo sé. —Dohko no logró aplacar su propia sonrisa. Debía admitir que se sentía igual de emocionado. Habían pasado mucho tiempo en soledad, y esa misión era un soplo de aire fresco tanto para la mente como para el recuerdo—. Lo recuerdo, estaba contigo.

Shion sonrió con un gesto que hizo que el de Libra se sintiera, efectivamente, tres siglos más joven. Desde que la idea de esa aventura había germinado en la mente del lemuriano, su espíritu había ido cambiando. Solamente había que echarle un fugaz vistazo para comprobar que la faceta de Patriarca había quedado atrás. Ahora, afloraba el Santo que una vez fue: osado y divertido.

Lo siguió al adentrarse en la torre. Era una parada que no necesitaban, pero comprendía que para Shion era importante. Aquel había sido su hogar mucho tiempo atrás: había crecido allí, se había convertido en un Santo magnífico y atesoraba valiosísimos recuerdos de sus compañeros en aquella época. Su familia.

El milenario torreón estaba sumido en la penumbra, y el ambiente era tan frío que la luz se difuminaba en una bruma helada a través de sus estancias. Nadie había estado allí desde… Bueno, desde que Shion exilió a Caelum y el equipo de rescate acudió en su ayuda.

¡Era curiosa la cantidad de secretos que guardaba aquel lugar!

—Alguien encontró un modo interesante de mantener el calor aquí. —Shion señaló con un gesto de su rostro la botella de licor lemuriano abandonada sobre la mesa.

—¿Te dije alguna vez que fuiste especialmente cruel exiliando aquí en pleno invierno a una amazona recién reincorporada a la orden tras trece años fuera de servicio? —Shion adoptó una expresión orgullosa.

—Pensé que así se enfriaran los ánimos.

—O las hormonas.

—Me es lo mismo. —Dohko rió, y tras unos segundos, el peliverde se le unió.

—Esta torre siempre ha sido una gran custodia de secretos. Es mejor que sus paredes no hablen…

—Mejor, mejor sin duda. Quien sabe lo que podrían contarnos… —El codo de Shion se incrustó en sus costillas, y el chino retrocedió con los brazos en alto, divertido.

Decidió que después de todo, Shion se merecía unos minutos de soledad en su hogar. Así que buscó la ventana y se apoyó en el alféizar. La inmensidad de Jamir, completamente diferente a la belleza verde de Rozan, cortaba el aliento.

-X-

Era increíble lo eterno que podía resultarle el tiempo. El día se sentía interminable, a pesar de que se habían mantenido ocupados la mayor parte de él. No era que Aioros se quejase, porque lo cierto era que las cosas siempre podían ir a peor. Dado el estado actual de su relación con Saga, el arquero había imaginado un panorama mucho más oscuro para aquel Patriarcado compartido. Sin embargo, para su sorpresa y también para su gratitud, el trato entre ambos estaba siendo cordial y apropiadamente profesional.

Tenía que admitir que él estaba haciendo su mejor esfuerzo para que todo aquello funcionase. Estaba seguro de que el gemelo obraba del mismo modo. Los dos habían prometido a Shion que harían funcionar aquella responsabilidad juntos y que honrarían la confianza depositada en ellos. Hasta ese momento, estaban haciendo un buen trabajo.

Arles merecía gran parte del crédito, pues había hecho todo lo posible para facilitarles el trabajo. Por ejemplo, se las ingenió para acomodar un par de escritorios adicionales dentro del despacho de Shion, de tal modo que el asiento del lemuriano permaneciera vacío, evitando que el ego del uno o del otro pudiera resultar herido por culpa de aquella silla. También les había ubicado a una distancia prudente; ni tan lejos cómo para que hablar a gritos fuera necesario, ni tan cerca como para invadir el espacio personal de cada uno. Esos pequeños detalles, aunque podrían parecer insignificantes, significaban mucho.

Sin embargo, de ninguna forma Aioros se quitaba crédito, o se lo quitaba a Saga. Estaba orgulloso de sí mismo, y se le notaba.

Satisfecho, ensanchó la sonrisa en sus labios y se dio un par de golpecitos en el hombro a modo de felicitación para sí mismo. Tenía la motivación que necesitaba y, dadas las circunstancias, era grandioso que fuese así.

—¿Te sucede algo? ¿El brazo te está molestando? —La pregunta de Arles lo sorprendió a tal punto, que se respingó en su asiento sin notarlo. El Santo se aclaró la garganta y trató de no perder su dignidad en el intento.

—Eh… No, no… Yo sólo… —Trató de explicarse, pero entonces reparó en la mirada de Saga. Sus ojos esmeralda le incomodaron, haciéndole sentir ligeramente ridículo. Se encogió de hombros y suspiró. —Nada. No estaba haciendo nada…

—Ya terminé con esto.

—Bien. Déjalo en la mesilla cerca del escritorio de Shion. —Arles indicó a Saga el rincón donde los expedientes de Santos, Amazonas y aprendices se apilaban en montones, en espera del escudriño del Patriarca. Sus avances y sus retrocesos; sus habilidades y debilidades estaban plasmadas ahí. —Si te apetece, puedes comenzar a revisar los reportes de las misiones del exterior.

—¿Debo buscar por algo en específico?

—Shion por lo general busca cualquier detalle fuera de sitio, pero en estos últimos días nos hemos enfocado mucho en señales relacionadas con los ataques que hemos sufrido.

—De acuerdo.

Las misivas provenientes de varios rincones del mundo que todavía no pasaban por las manos del Maestro se encontraban resguardadas en una caja de madera, forrada en piel curtida y decorada con retoques en oro y plata, en espera de que su Ilustrísima pudiese atenderlas. Únicamente el Patriarca tenía acceso a aquel pequeño tesoro. La llave que abría aquel cofre de secretos era resguardada con celoso cuidado.

Arles entregó dicha llave a Saga y éste, procedió a abrir la caja de madera.

Su mente fue invadida con memorias del pasado, de todos esos años en los que Ares llevó las riendas del Santuario. Si había algo que no podría reprocharse al dios de la guerra, era que fuese descuidado. Ares sabía todo lo que acontecía en sus filas. Los reportes, al igual que pasaba en esos días, llegaban puntuales y se atesoraban, hasta que el dios pudiera poner las manos en ellos. La información era valiosa, especialmente cuando la diosa verdadera y la armadura de Sagitario habían desaparecido y se buscaba por ellos en el mundo entero.

Las memorias le inquietaron y, por un segundo, creyó sentir que las manos le temblaban. Entonces, se apartó y cerró los ojos durante un instante que le resultó eterno. Buscó dentro de sí por un poco de paz. Ares no estaba ahí, solo él. Sólo Saga.

—¿Esta todo bien? —Oyó la pregunta de Arles y dirigió la mirada esmeralda hacia él. Se dio cuenta que tanto él, como Aioros, le observaban. Había cierta preocupación en los ojos de ambos. Pero no encontró miedo y eso, de alguna forma, le alivió.

—Sí, sí. Estoy un poco abrumado con tantos papeles—mintió.

—Puedes tomarte un descanso si lo deseas. A veces, salir y caminar un poco por los pasillos ayuda a despejar la mente. ¿Deseas que traiga té? Quizás una taza de chocolate caliente te relaje un poco.

—No, Arles. Gracias. Estoy bien.

—Yo también terminé con lo mío. Puedo ayudarte con algunos reportes si te parece. —Por alguna razón, el ofrecimiento de Aioros le resultó especialmente sincero. Sin dudarlo, asintió.

—Tomaré la mitad y tú puedes echar un ojo al resto.

—Me parece bien.

Tomó el montón de papeles y lo dividió en dos. Llevó una parte de ellos hasta el escritorio del arquero y se los entregó. Después, con el resto aún en manos, se dirigió a su propia mesa, donde tomó asiento.

Reparó en la lapicera que tenía en un rincón: estaba llena de lápices de colores. Esos habían sido un obsequio de Deltha.

Ella se los había entregado la noche anterior, envueltos en un papel estampado con pequeños y monos búhos con gafas, que según ella eran tan sabelotodos como él. Le había dicho que estaba orgullosa de él y que él también debería de estarlo: se merecía semejante honor, así como también de la confianza de Shion. Después, le había hecho prometer que los llevaría consigo a su escritorio en el Templo Papal y que los pondría en un sitio donde pudiera verlos. Nada de esconderlos en un cajón, o dejarlos olvidados por ahí. Eran un regalo importante para un evento importante, y merecían respeto.

En aquel momento, Saga lo había considerado como un gesto dulce, pero infantil. Después de todo, ¿para qué querría lápices de colores en su nuevo puesto de Patriarca sustituto?

Pero ahí, en la sobriedad del despacho del Patriarca y con su cabeza dando vueltas alrededor de recuerdos que deseaba olvidar, los lápices de colores y su brillante contraste coloreaban un poquito la oscuridad y traían un toque de luz que aclaraba su mente. Se preguntó si había sido la intención desde el principio. Entonces, sonrió. Apreciaría más sus lápices de colores.

—¡Maestro! —Un guardia llamó a la puerta y entró. Entonces, como si reparara en su error, se apresuró a corregirse. —¡Maestros!

—¿Qué sucede, Higinio?

—Albiore de Cefeo ha llegado al Santuario. Se encuentra en el salón del trono y solicita audiencia con Sus Excelencias.

—¿Albiore?—preguntó Aioros. Su ceño se frunció ligeramente. Como general de la isla Andrómeda, su presencia en el Santuario no era común. Algo había sucedido. Sus ojos azules buscaron a Arles y a Saga, para descubrir en sus facciones que ellos pensaban lo mismo que él.

—Iremos en un momento. Gacias, Higinio.

—Para servirle, Maestro.

El soldado se retiró a toda prisa, dejándoles solos.

Arles miró a cada uno de sus muchachos. Tenía la impresión de que las tareas cotidianas no durarían mucho. Pronto habría que tomar decisiones realmente importantes.

Lentamente se puso de pie y con un gesto, invitó a los otros dos Santos a imitarle.

—Andando, chicos. No hagamos a Albiore esperar.

—X—

—Es la hora.

—¿Estás listo? —Shion asintió.

—Es mejor no retrasarse. Me gustaría llegar al risco a medio día.

Dohko siguió la dirección de su mano, hasta que sus ojos se toparon con la montaña. Uno esperaría que estando a tanta altitud, poco más quedase por subir. Pero entonces reparaba en que aún había considerable distancia entre ellos y el punto en que el manto de nubes cortaba la montaña.

—A partir de ahí las cosas se pondrán más difíciles. Comeremos algo, y empezaremos la escalada de verdad una vez alcancemos las nubes.

—¿Y después?

—Después, la montaña se defenderá.

—Me sé la teoría, y aún así haces que suene espantoso.

—Es probable que encontremos dificultades.

—¿Las águilas? —Shion asintió.

—De pico y patas de bronce… —Lo miró de soslayo con sus ojos rosados, y por un instante, Dohko no supo si hablaba en serio o solamente relataba la leyenda. —Estas montañas defienden su propio territorio. Están vivas… y no les gustan los intrusos.

—¡Qué bueno que un lemuriano esté aquí, entonces!—dijo, mientras echaba a andar.

—Aja. —Shion lo alcanzó rápidamente.

—Debo preocuparme por tu hijo... o tus hijos, ¿verdad? —Un gesto pícaro se dibujó en el rostro del mayor. Dohko se detuvo de pronto y lo encaró apesadumbrado. —Las amenazas fueron claras. Me harán pedacitos si algo te sucede, ¿entiendes?

—¿Te asustan unos chiquillos, Dohko? —Aquel estúpido gesto delataba su gran ego, ese que había dormido tras su apariencia estoica durante siglos.

—Me asusta lo muchísimo que os pareceis.

—¡Entonces no deberías estar preocupado! —Palmeó su hombro divertido. —Sabes sobrellevarme mejor que nadie.

—Es porque sé que tú no me matarías. No tengo tanta confianza en no acabar perdido en Otra Dimensión o con una flecha en el culo.

—Creo que te preocupa menos la flecha. —Shion alzó los lunares, burlón. —Siempre me recordaste mucho a Aioros. Te intimida más Saga.

—¡Claro que no!

—Tiemblas como un niñito…

—Saga es igualito a ti—gruñó. El peliverde solo dejó escapar una carcajada, aunque debía admitir, que Dohko estaba muy acertado. Ahora lo recordaba.

-X-

Albiore era algunos años menor que ellos. Sin embargo, las facciones marcadas y duras en su rostro lo hacía lucir mayor de lo que era.

El hombre no tenía un trabajo fácil. El reinado de Ares tampoco le había tratado bien. Sin embargo, aún en las épocas más terribles se había comportado como un hombre de honor, un verdadero siervo de Athena. Su carácter era irreprochable.

Aquella visita le tenía nervioso. Había escuchado en su camino hacia el Santuario, que el Maestro había abandonado las tierras santas. Su destino, por seguridad, se había mantenido en secreto. También había escuchado que su lugar estaba siendo ocupado por Saga de Géminis y por Aioros de Sagitario. Al primero lo conocía bien… O mejor dicho, conocía al dios que había habitado dentro de él. Del segundo, solo sabía lo que contaban los viejos relatos del Santuario.

Cuando los vio entrar, hincó rodilla en el piso y agachó la cabeza.

Una vez más, esa reacción hizo que la piel de Saga se erizara. Muchas veces había estado ahí, como el Patriarca usurpador. Los recuerdos asaltaron su mente y se vio a sí mismo observando a través de los ojos de Ares y sintiendo su desprecio por ellos.

—Albiore—dijo su nombre. El rubio levantó la mirada y al reparar en el gesto del gemelo que le pedía ponerse en pie, obedeció.

—No estoy seguro de cómo… —Se aclaró la garganta.

—Nuestros nombres están bien—pidió Aioros. En realidad, la parafernalia de los protocolos le resultaba innecesaria.

—Gracias. Creo que aún no habíamos tenido el placer de conocernos en persona. Soy Albiore de Cefeo.

—He escuchado mucho de ti. Soy Aioros. —El Santo de Plata sonrió. Encontraba gracioso que aquel hombre sintiera la necesidad de presentarse. ¡Cómo si hubiese alguien en toda la maldita Orden que no supiera de quién se trataba! Su nombre era tan conocido como el de la misma diosa, o el del peliazul, parado junto a él.

—Es un placer conocerte cara a cara. Aunque me apena que las circunstancias tengan que ser estas.

—¿Qué es lo que sucede? Para que hayas dejado Andrómeda…

—Tengo noticias importantes y necesito también órdenes para las siguientes acciones a tomar—respondió a Saga—. Como sabéis, Su Ilustrísima, el Maestro Shion, designó a la isla de Andrómeda y a sus Santos para dar seguimiento a los avistamientos de bestias que hemos tenido por toda Grecia. —Ni Saga ni Aioros sabían al respecto, pero sus rostros no traicionaron su sorpresa. En vez de eso, le dejaron continuar. —Nuestro trabajo comienza al terminar el de los demás Santos. Cuando las batallas han terminado, nosotros llegamos a investigar cada detalle detrás de los ataques. Hemos recolectado evidencias, hablado con los aldeanos, investigado a los muertos… En fin, toda la información que hemos recolectado se encuentra en nuestros reportes. Sin embargo, no es hasta ahora que hemos reparado en un detalle que habíamos pasado por alto.

—¿De qué se trata?

—En todos los sitios donde se ha dado un ataque de bestias, ha habido un factor en común. En cada ocasión, los habitantes del lugar han referido la presencia de una criatura alada merodeando los alrededores.

—¿Una criatura alada? —Aioros frunció el ceño. —¿Tenemos alguna descripción mejor que esa?

—Me temo que no. Es como si las personas no pudieran ponerse de acuerdo en eso. Todo lo que sabemos es que se trata de una animal grande, con alas del doble de tamaño de su cuerpo y que parece especializarse en mantenerse en las sombras. Al parecer, el animal se hace presente desde días antes del ataque y se marcha cuando la amenaza ha sido neutralizada. Mis Santos y yo hemos llegado a la conclusión de que podría tratarse de un vigía.

—Suena como que deberíamos seguir esa pista y profundizar.

—Eso hacemos, Saga. Sin embargo, el motivo por el que he venido es mucho más importante.

—Explícate—pidió el gemelo.

—Tenemos noticias de que este animal ha sido visto merodeando en los alrededores de Meteora.

—¿Meteora? —Los ojos de Aioros se abrieron de par en par.

—Así es. Sin embargo, hasta ahora, no tenemos ningún reporte de bestias en la zona. —Albiore suspiró. —Si nuestras conclusiones son correctas, es posible que esta región esté a punto de ser víctima de una ataque. Eso explicaría la presencia de la bestia en el lugar. Si nos apresuramos, no solamente podríamos evitar que las consecuencias de un ataque sean mayores, sino que incluso podríamos hallar información… o al mismísimo culpable de todo esto. Mi recomendación es que vayamos a Meteora lo antes posible.

Arles, Aioros y Saga afilaron miradas a la vez. Albiore hablaba con la verdad y su razonamiento era más que correcto. Por una vez, podrían tener ventaja sobre su misterioso enemigo. Las investigaciones de Andrómeda les estaban dando la oportunidad de estar un paso por delante.

—Estoy de acuerdo—dijo Saga—. Si conseguimos aventajar a nuestro enemigo, tendremos una oportunidad de atraparle o al menos de descubrir su identidad.

—Entonces, con vuestra aprobación, desplegaré a mi equipo hacia Meteora.

—No iréis vosotros. —La intervención de Aioros sorprendió a los tres Santos. Saga apretó las labios y entrecerró los ojos con curiosidad. —Hemos estado ahí, durante los ataques, y hemos visto la magnitud del poder de estas bestias. Enviaros sin la presencia de al menos un Santo de Oro podría poneros en un peligro innecesario. Además, los Santos de Andrómeda sois la inteligencia del Santuario en este tema y perderos, representaría perder información importante.

—Crees que deberíamos mandar a alguien más. —El gemelo dijo. El arquero asintió.

—Sí, y también sé a quién deberíamos enviar.

—Meteora es el lugar de origen de Orestes, ¿me equivoco?

—No te equivocas: Orestes nació en la región. He estado ahí varias veces en el pasado, cuando aún era un aprendiz.

—No estarás pensando en ir, ¿cierto? Te han sido asignado el puesto de Patriarca junto conmigo. Nuestros asuntos están aquí y no afuera.

—Tranquilo, no iré a ningún lado. —Se encogió de hombros. —Orestes y Said eran grandes amigos. En muchas ocasiones, Said nos visitó durante nuestros viajes al norte. Shura estaba con él, y por esa razón, está familiarizado con la región. Él es un buen candidato para liderar la expedición.

Saga se detuvo por un momento a analizar la situación. De alguna manera, las observaciones de Aioros le resultaban acertadas. A veces, debido a su inexperiencia actual, se le olvidaba el porqué Aioros había sido considerado como heredero del trono Patriarcal. Pero entonces, el arquero decía cosas que tenían sentido y Saga se daba cuenta de que no debía subestimarlo. Para sus adentros, sonrió. Detalles como aquel le recordaban al Aioros del pasado y le hacían sonreír.

—Albiore, tú y tus Santos seguireis con vuestras labores de investigación—dijo Saga—. El Santuario se hará cargo del resto. Meteora es nuestra.

-X-

Alcanzaron el risco más o menos en el plazo que Shion se había autoimpuesto. El trayecto había sido fácil, ya que hasta allí uno podía llegar prácticamente a pie a través de un sendero de rocas y esquirlas sueltas, fruto de los desprendimientos. Se detuvieron un instante, para refrescar sus gargantas con un poco de agua y otear el panorama.

—A partir de ahora empieza lo complicado. —Shion señaló dirección norte. —El sendero muere aquí, aunque es posible que encontremos algunas partes transitables más arriba.

—También habrá hielo.

—Sí, será resbaladizo… y delicado. Los desprendimientos y avalanchas son usuales, hay mucha roca suelta aquí.

—Atravesaremos las nubes… —Observó el chino, casi fascinado.

—Sí. Una vez lo hagamos, ya no habrá modo de predecir lo que venga. Todo ahí arriba está envuelto en bruma.

—No nos separaremos, entendido.

—Vamos.

Comenzaron a trepar con decisión y con cuidado, uno tras el otro. De ese modo, caminaban sobre seguro y sin remover de modo innecesario el terreno. Corrían riesgos si uno resbalaba, pero eran Santos Dorados después de todo. Con cosmos o sin él, eran asombrosamente ágiles.

Dohko no se hacía una idea de cuánto tiempo había pasado desde que emprendieran la escalada, pero había sido el suficiente. El aire se había tornado especialmente frío y húmedo. La nube que les rodeaba era tan espesa, que en algunos momentos el mero contacto con ella, se sentía como si miles de agujas rasgaran su piel. El viento comenzó a soplar con más fuerza, y algunas piedras diminutas resbalaban desde las alturas, revolviéndose con la ventisca de nieve.

Una sombra negra apareció de la nada. Asombrosamente veloz y, siendo más grande de lo que parecía, pasó junto a ellos. Tan cerca que, por un momento, Dohko perdió el agarre de una de sus manos. Tal como la amenaza llegó, se fue, pero el latido de su corazón en la garganta, le dejó bien en claro al chino a lo que se enfrentaban.

—¡Joder! ¿Qué…?

—Un águila… creo.

—¡Solo vi una mancha negra! ¡El bronce debió brillar de algún modo!

—No te harán saber que están aquí… —A pesar del susto y la conversación, no dejaron de ascender. —¿Estás bien?

—Sí… No siento los dedos, pero… —Tampoco la nariz, para ser sincero. Un chino no estaba hecho para esos parajes.

—Supongo que si una apareció, las demás no tarden en…

No necesitó continuar. Un graznido estridente, seguido de muchos otros retumbó en las alturas. Ambos Santos se detuvieron, y por un momento, intercambiaron una mirada.

—¡Rápido!—exclamó el lemuriano.

Dohko no necesitó que se lo dijeran dos veces. Shion apretó el paso de la escalada, y él se despegó de su estela, tratando de avanzar tan rápido como fuera posible. Fuera lo que fueran esos pájaros, se estaban acercando. Cuanto más terreno hubieran avanzado a su llegada, mejor.

La luz se esfumó tan pronto como el enjambre de plumas negras les rodeó. El chillido de aquellas aves era tan potente que los oídos dolían y a duras penas podían escucharse el uno al otro. El viento aullaba y ni siquiera se habían dado cuenta del momento en que se había tornado tan violento. Las águilas volaban cerca, muy cerca… las largas plumas de sus alas les arañaban, y cuando trataban de estirar los brazos para alcanzar la siguiente roca en su ascenso, las garras y picos de bronce —porque eran de maldito bronce—, buscaban su carne como si fueran bestias muertas de hambre.

Por instinto, Dohko se protegió los ojos, pero aquella aventura empezaba a tornarse en una misión asombrosamente peligrosa. ¡Por unos pájaros! ¿Acaso no había nada normal en Jamir? Muertos armados hasta los dientes que protegían un puente fantasma, pájaros rabiosos con extremidades de metales preciosos… ¡Malditos lemurianos!

Shion resbaló y perdió el balance cuando el pico de una de las águilas se aferró a su antebrazo. Sintió la carne abrirse y la sangre brotar. Siseó y trató de zafarse de su atacante de un manotazo. No funcionó. Escuchaba a Dohko farfullar algo más allá, y las garras de otro de los pájaros arañar su espalda.

—¡Hay un saliente ahí!—gritó el peliverde—. ¡Algo más arriba! —Dohko lo buscó con la mirada, aguantando el envite de las aves del mejor modo posible.

—¡Lo veo!

—¡Tratemos de alcanzarlo!

No hubo necesidad de insistir, claro que no había dejado de defenderse torpemente del ataque y avanzar, aunque fuera solamente unos palmos, era una tarea titánica. Tomó impulso y trató de subir algo más, pero malditos fueran los dioses y su estatura, aún estaba demasiado lejos.

—¡Vamos, Dohko! —Shion no trataba de presionarle, pero lo cierto era que sí empezaba a preocuparse de su situación. Aunque les quedaba un buen trozo por subir, llegar a la fuente y bajar. La misión quizá estaba siendo ligeramente más difícil de lo que había pensado, y por un segundo, su mente viajó a los chicos que había dejado en el Santuario. —Vamos, vamos…—gruñó. Ignoró el dolor de un nuevo ataque, y alcanzó el saliente justo a tiempo para asestar una patada a una de las águilas que se alejó tambaleante en medio de estridentes chillidos.

Rápidamente se acercó al borde, y le tendió la mano a Dohko, no le quedaba nada para lograrlo y con suerte, al abrigo de aquel pequeño hueco en la pared, podrían disfrutar de unos segundos de tregua.

—Te tengo—dijo cuando la mano del chino se aferró con fuerza a la suya. Tiró de él, y unos segundos después, logró rodearlo con sus brazos, ayudándolo a ponerse a salvo.

—Malditos…—asestó otro puntapié a otro pájaro, y un manotazo a otro que se acercaba por la derecha— pájaros.

—¿Estás bien?

Con la respiración desbocada, y acurrucados en un saliente que apenas tenía espacio para los dos, Dohko asintió. Los pájaros no se iban, pero al menos, parecían haberse alejado a unos metros. Desde donde estaban, le recordaban a una bandada de buitres sobrevolando a una presa moribunda, y la imagen no le gustó. Cerró los ojos por un instante, y respiró hondo.

—Casi empiezo a creer que tienes un dulce carácter en comparación a los habitantes de tu tierra… —Alcanzó a decir el chino. Shion sonrió, aunque todo en él dolía.

Ambos tenían cortes y desgarros por todas partes. Poco habían hecho por protegerlos las ropas de piel que llevaban, ni los golpes que habían logrado asestar. Las águilas de Jandara no habían tenido clemencia, y ahora, el dolor se extendía a medida que la sangre goteaba y empapaba su ropa.

Se miró los dedos, maltrechos por las rocas, el hielo y el frío, y se los llevó a los brazos, donde tenía las peores heridas. Vio a Dohko de soslayo.

—Te han encontrado apetecible.

—Casi me quedo sin espalda. ¿Cómo contaré esto cuando pregunten? "¿De que son esas cicatrices, Dohko?" —Cambió su voz, fingiendo ser alguien más. —Unos pájaros rabiosos y hambrientos, preciosa.

—¿Preciosa? —Shion alzó los lunares. —¿Qué…? —Entonces, dejó escapar una carcajada. Cuando calló, la mirada rasgada de Dohko lo miraba con severidad. Ni rastro de la broma.

—¿Estás bien?—preguntó el chino.

—Sí… Será mejor que tapemos los cortes lo mejor que podamos.

—¿Les atrae la sangre? —Shion se encogió de hombros, pero su expresión confusa lo dijo todo.

—Son pájaros… Pero no tengo la menor idea. Probablemente sí…

—Entonces, apresuremonos.

-X-

La tormenta se desató al poco tiempo de retomar el ascenso. Dohko entendía ahora eso de que la propia montaña se defendía, y sin darse cuenta, se encontró apretando los dientes con cada palmo que subían.

Con cada trueno que cimbraba el cielo, la roca parecía estremecerse, y esquirlas de piedra y hielo se desprendían continuamente de las alturas. Algunas les golpeaban, otras, afortunadamente, encontraban otro camino. No dejaban de mirar hacia arriba, temerosos de que cayeran algo más que esquirlas, ni de mirar a sus espaldas de soslayo, donde el aleteo peligrosamente cercano de las águilas les desestabilizaba.

Por un instante, una rendija se abrió en el cielo, y como si de una señal se tratase, el final del ascenso se veía más cerca que nunca. Una vez llegasen allí, lo peor habría pasado.

Sin embargo, la pared de piedra dejó de ser escalable unos segundos después, el frío parecía haber cortado la roca a cuchillo, y allá no quedaban más salientes a los que aferrarse.

Siguiendo las indicaciones de Shion, fue avanzando lentamente hacia la derecha, sin dejar de ascender.

—Tendremos que saltar. —Los ojos verdes de Dohko se abrieron de par en par, echando en el olvido lo rasgado de su contorno.

—¿A dónde demonios quieres que salte? ¿Consideraste la opción de traer cuerdas?

—¿Sabes escalar con cuerdas? —Dohko guardó silencio. ¡Claro que no sabía escalar con cuerdas! Tampoco sin ellas, para ser exactos, pero ahí estaba…

—¿Podrías mostrarte más preocupado? Me estás pidiendo que salte y…

—¡Estoy preocupado! Y despellejado, mojado, y congelado—gruñó—. Pero estamos cerca… —Se sopló el flequillo, pero de nada sirvió. Los mechones de pelo estaban semicongelados y no se movieron. —Nuestro cosmos no funciona aquí, pero eso no significa que no pueda darnos un mínimo de impulso… Está lejos, pero si logramos concentrar suficiente cosmos en nuestros pies, llegaremos.

—Me sacas una cabeza, Shion. ¡Una cabeza! La broma siempre fue graciosa, hasta este momento. ¡Soy pequeño!

—¡Deja de quejarte y salta! Los pájaros están volviendo y el hielo empieza a desprenderse…

—Dioses.

No oyó nada más. Dohko miró al frente, allá donde estaba el punto al que necesitaban llegar. "Vamos, eres un Santo Dorado de tres siglos. Un saltito no va a matarte." Se dijo a sí mismo. Trató por todos sus medios de concentrar algo de su cosmos, pero se sentía como si una losa le aplastara y apenas podía notar unos pequeños chispazos de su cosmoenergia. "Eso tendrá que servir." Esperó unos segundos más, tomó impulso, quemó su cosmos, y saltó.

No tuvo tiempo de cerrar los ojos. Tampoco hubiera sido de ayuda. Pero lo logró, las manos le dolieron un horror al aferrarse a la piedra del otro lado, pero lo consiguió. Tan rápido como había invocado aquella minúscula chispa de cosmos a sus pies, lo había cambiado a sus manos, ayudándose ahí donde su fuerza física flaqueaba. Se estiró un poco más, lo suficiente como para poder subir las piernas, y cuando finalmente lo logró, volteó en busca de Shion. El lemuriano, dentro de su mísera apariencia, mantenía una sonrisa en el rostro.

Volteó hacia atrás, vigilando la distancia a la que estaban las águilas, e hizo lo mismo que el chino. Era fácil y había funcionado. Estaban a un paso. Sin embargo, justo en el momento en que se impulsó para saltar, una roca más pesada que las anteriores cayó sobre el saliente en que estaba. Buscó apoyó contra la pared, logrando salvar la caída.

Entonces, sintió el crujido. La roca bajo sus pies cedió y el aire escapó de sus pulmones al caer.

Continuará…—

NdA:

Shion: ¡Yaaaaaaaa Hoo Hoo Hoo Hoooooeeeyyyyy! *Cayendo al vacío*

Dohko: T_T ¡Shion! X_x *Se desmayó*

Primogénito: X_x *Pensando mil y un modos de asesinar a la niñera fracasada*

Aioros: ¿No se suponía que el más pequeño debería caer primero?

Saga: Posiblemente Dohko ya nunca tenga la opción de volver a comprobarlo. Pienso asesinarlo. Lentamente :)

Aioros: e_e Ejem… Eres una Mamá Gallina asesina, o qué?

Saga: Si T_T

Angie: Y bonita, además. Tiene el pelo alisado, suavecito y huele a vainilla *mientras lo acaricia*

Aioros: ¡Sabía que se alisó el pelo!

Saga: ¡Claro que no! ¡Es así de suave y bonito por naturaleza!

Kanon: ¿Quieres una tila, hermano mio? ¿Valeriana? ¿Valium, tal vez?

Milo: ¡Los viejos se lo están pasando en grande!

Aioria: Al menos así era hasta que Shion se nos ha despeñado por un barranco…

Milo: Sucia costumbre en Saint Seiya…

Mu: ¡Estoy listo para el rescate, Maestro! … ¡Maestros! … ¡Ilustrísimas!

Arles: ¡Calma todos! Despidamos el capítulo ahora, antes de que alguien más colapse!

Milo: ¡Hasta la próxima, estimados fans! ¡Prometo manteneros al tanto y con detalle de todo lo que ocurra durante este bi-patriarcado!

Aioros: ¡Sus Ilustrísimas OUT!

Shion, en algún lugar: X_x