Renacer 54: La larga noche

¿Cuánto tiempo había pasado desde que Mu se fuera? Aioros estaba seguro de que apenas había sido un pestañeo, y aún así, la espera estaba resultando matadora. Ahora que su cosmos y el de Saga ardían con la suficiente fuerza y estabilidad como para mantener el escudo en pie, su percepción de la realidad se había afinado a límites insospechados. Prácticamente podía sentir cada átomo del Santuario... y lo que tenía claro era que nunca, jamás, había podido percibir las emociones del geminiano tan claras como en aquel instante.

Resultaba, en cierto modo, asfixiante. Saga no tenía que decir nada, no era necesario. Y si no fuera por la palidez de su rostro, nada en su semblante hubiera delatado lo turbado que se encontraba. Aioros dudaba siquiera que aquel derroche de humanidad fuera perceptible para el resto de habitantes del Santuario, pero para él, bastaba. Y esas emociones se sentían como un torbellino tirando del peliazul en todas direcciones.

Ambos habían guardado silencio desde que Mu se disolviera en el aire. Con Saori acurrucada en el jardín central de la Fuente y Niké en su mano, ellos simplemente se habían tornado estatuas, cada uno guardandola a sus flancos: con el ceño fruncido, y el oro de sus auras reluciendo en sus miradas. Su atención dividida entre lo que acontecía en Meteora, Jandara y el propio Santuario… y la respiración atrancada en las gargantas.

—Están aquí… —murmuró la princesa, suspirando de alivio. De modo casi imperceptible, Saga entreabrió los labios, cuando el polvo de estrellas que solía perseguir a Mu allá donde fuera se revolvió poco más allá, abriendo el vacío y materializando ante ellos a Shion y Dohko junto al ariano.

—¡Al fin! —La voz de Aioros sonó casi como un trueno en la quietud de la noche, pero poco o nada les importó. —¡Por los dioses!—exclamó cuando reparó en su estado. —¿Qué demonios...?

—Necesitarán a Eudora. —Incluso Mu, que sostenía con cuidado a Shion, se veía inquieto.

—Sí… —Fue lo único que atinó a responder.

Dohko se revolvió el ya desastroso pelo, con una mano ensangrentada, mientras sus usualmente vivarachos ojos veces, se cruzaron por un instante con los suyos. Suspiró, y desde dónde estaba, a Aioros no le pasó desapercibido el peso que cargaba sobre sus hombros.

—Aquí está el agua. —Logró decir, deshaciéndose de la mochila con cuidado.

—Eudora se encargará de eso.

Oh, y ahí estaba la perdida voz de Saga: autoritaria y cortante. Aioros lo miró fugazmente: quieto, con expresión severa y su aura, contrario a lo que uno podía esperar, mucho más apaciguada que minutos atrás… Con la mandíbula apretada y los ojos fijos en el viejo lemuriano. Mentalmente, sonrió. El peliazul podía resultar intimidante sin proponérselo… y cuando se lo proponía, no le suponía demasiado esfuerzo. Sin embargo, pocas veces antes, un silencio le había resultado al arquero tan… sobrecogedor.

—Estoy bien… —La voz cansada de Shion, surgió en medio de la tensión.

—¡Por los dioses, Maestro! —Eudora irrumpió en el patio sagrado como un torbellino, y rápidamente alcanzó el lado del peliverde. —¡Eso lo juzgaré yo! ¿Podrías ayudarle, Mu?

—Claro… —musitó. A él tampoco le había pasado desapercibida la reacción de su llegada.

—Por aquí… —Asintió ante las indicaciones y, con cuidado, se encaminó a una de las habitaciones más cercanas, mientras a sus espaldas, Eurídice se apresuraba a tomar el agua de vida y tenderle una mano al propio Dohko.

Saga y Aioros les siguieron en silencio. Mientras Eudora y Mu acomodaban al Maestro, el peliazul se detuvo junto a la puerta, apoyando la espalda en la pared. El arquero apenas se adentró un paso más. Lo que menos deseaban, ninguno de los dos, era estorbar.

—¿Y bien? —Eudora buscó a Saga con la mirada al escucharlo preguntar.

—Veo unas cuantas fracturas bastante feas… —masculló la sanadora—. Esa pierna, el brazo, y el sonido de esa respiración no me gusta nada… ni las heridas tampoco, para qué engañarnos.

—Será mejor que yo vuelva a… —Mu se encaminó a la salida, y cuando estuvo a la altura de los dos jóvenes maestros sustitutos, continuó, pensándolo mejor. —Puedo relevaros con el escudo, si necesitáis descansar. —Aioros alzó las cejas.

—De hecho, creo que sería un gran ayuda si te quedases con la Princesa y Arles por unas horas. —Saori a su lado, asintió cabizbaja. Arles no se había separado de ella en ese breve instante desde que la comitiva de Jandara había llegado y, aún así, estaba asustada, Saga y él lo sabían.

—¡Por supuesto! Será un placer, Princesa. —Inclinó sutilmente el rostro, y la sonrió con dulzura. Ella devolvió otra algo más tímida.

—Entonces, nosotros nos retiramos… —musitó Arles, viendo de Aioros a Saga—. Mantenedme al tanto, por favor.

—Tranquilo.

Apenas se hubieron marchado, Saga cerró la puerta tras ellos. Tomó una bocanada de aire, cerró los ojos por un instante, y volteó a verlos: pestañeando muy lentamente y recortando un par de pasos la distancia que les separaba.

—¿Esta es vuestra idea de una misión segura y sin riesgo? ¿De una aventura? —Dohko entreabrió los labios, pero de modo casi inmediato terminó mordiendose el labio.

—Ha sido una catástrofe en realidad… —musitó, a sabiendas de que no se ayudaba ante la imponente mirada del joven peliazul.

—¿Tú crees? —Inquirió Saga, incapaz de dosificar el sarcasmo.

—Tenemos el agua, y estamos en casa. —Shion tomó la palabra con cierta dificultad .—Ha salido bien, después de todo.

Se sostuvieron la mirada por un momento: amatista frente a esmeralda. La misma severidad en una que en otra, la misma terquedad que les convencía de que el fin siempre justifica los medios… al menos dada la situación en que se hallaban. Aioros sonrió internamente, aliviado de que estuvieran a salvo y en casa. Sin embargo, no era aquello lo que más le sorprendía. Era aquella obvia similitud que ahora veía clara como el agua: ahora que Saga y Shion podían compararse como iguales, como santos en una misión y no como Patriarca y Santo Dorado. Ese par de rostros nunca antes le habían parecido tan iguales: quizá era por la perturbadora juventud de Shion, pero ambos lucían la misma expresión y en ambos casos decía "yo tengo razón".

—Asegurasteis que era un juego de niños, que volveriais sanos y salvos y que la preocupación por vuestra misión era exagerada e innecesaria. Aquí estáis, hechos pedazos... eso que escucho es un pulmón perforado, y de alguna forma, debemos sentirnos agradecidos por que solo sea esto lo que haya pasado y Mu no haya tenido que recoger un amasijo de carne y huesos del valle de Jandara.

—Saga… —Comenzó Shion, pero el peliazul alzó la mano y lo silenció.

—Esta misión ha sido un fracaso. —Lo ignoró. —Afortunadamente tenemos el agua, pero si no hemos perdido al Patriarca, a un Santo Dorado, a la Princesa, y a dos equipos completos en Meteora, ha sido mera suerte.

"Y eso sin contar el riesgo que hemos asumido nosotros mismos", se dijo el arquero mientras apretaba los dientes sin darse cuenta.

—¿Qué quieres decir? —La voz del lemuriano se tiñó de espanto ante el desconocimiento, y el poco color que tenía su rostro, se esfumó.

—Hay un motivo por el que usamos armadura en las misiones y otro por el que existen rangos dentro de la Orden. —Saga ignoró su reacción y continuó. —Cualquiera de los Doce podíamos haber ocupado tu puesto en la misión sin ponerte en riesgo, pero esto ha sido un capricho irresponsable. La Princesa y tú sois irremplazables. —Y algo en el tono en que lo dijo, hizo que Aioros comprendiera que el discurso era mucho más personal de lo que Saga mismo se daba cuenta. Sabía, entendía, que el geminiano no podía hacerse a la idea de perderlo otra vez… no mientras estuviera en su mano evitarlo.

—Los equipos de Shura y Camus están en Meteora… —Aioros se aclaró la garganta, rompiendo su silencio, y continuando él mismo la explicación. —Albiore nos alertó de una amenaza y los enviamos, pero sufrieron un ataque. Al mismo tiempo un par de cadáveres del depósito revivieron en forma de quimeras y atacaron a la Princesa, que estaba aquí mismo, en la Fuente. Fue una emboscada.

—Neutralizamos la amenaza, pero el escudo cayó por un instante. —El peliazul continuó por él. —Han golpeado en el corazón de la Orden y lo saben. Estamos en alerta hasta que nos aseguremos de que la situación en todos los flancos está controlada y los equipos de Meteora puedan volver.

—Dioses… —musitó Dohko, sobándose los ojos.

—¿Están todos bien? —Quiso saber Shion.

—Creo, y espero, que mejor que tú. —Y por algún milagro de los dioses, el lemuriano se mordió la lengua y no replicó. Dohko le conocía de sobra como para saber que eso era lo que significaba la sutil arruga en sus lunares.

—Veamos esas heridas, Maestro… —Eudora volvió a la habitación de improviso, sin anunciarse, y tan pronto contempló aquellos cuatro rostros, supo que la situación era tanto o más delicada de lo que ella misma sabía. ¡Aún no se había recuperado del susto de las quimeras! —Eurídice se ocupará de ti, Dohko.

Durante unos segundos de silencio, la observaron hacer. Saga retomó su lugar junto a la puerta, y Aioros se acercó a él, aprovechando que las dos mujeres tenían a los viejos ocupados.

—Voy a volver al templo. —Saga lo miró de soslayo. —Informaré a los demás, y veré que sucede con Meteora. —Palmeó su hombro suavemente. —Es mejor que tú te quedes aquí con ellos. —Aunque hubiera preferido decir "con él", no quería jugársela. No tenía tanta confianza. Notó la duda en el peliazul de modo inmediato. —Te llamaré si lo necesito.

—Sí…

—Vigila que su Ilustrísima no salte por la ventana en un intento por huir de aquí… —Sonrió con cansancio, pero de algún modo logró que Saga devolviera el gesto. Al menos por una milésima de segundo. —Pediré que te traigan café.

-X-

El corazón le latía desbocado dentro del pecho. Llevaba varios días sospechando que algo estaba mal en el pueblo. Los cuentos que hablaban acerca de una criatura alada que merodeaba por la montaña habían sido tomados como eso: cuentos. Cuentos de unos críos rebeldes que se internaban en el bosque a fumar y a beber lejos de los ojos de sus padres. Cuentos de un hombre embrujado por el alcohol que poco entendía del mundo en sobriedad. Cuentos de granjeros asustados, que se negaban a aceptar que la desaparición de sus animales era a mano de ladrones y preferían culpar a causas sobrenaturales por su pérdida. Sin embargo, para ella que había conocido un mundo tan distinto al de los demás, los cuentos a veces ocultaban verdades que nadie más se permitía creer.

Por alguna razón desconocida, esa noche se había atrevido a husmear en los bosques aledaños al pueblo. Desconocía si había sido curiosidad, rebeldía o una dosis de estúpida valentía lo que la llevó hasta ahí. Pero sabía que necesitaba saber.

A menos de un año del gran eclipse y con el mundo siendo el caos que era, no le sorprendería que algo más se estuviese entretejiendo por debajo de la superficie. Si existían dioses, también existían monstruos. Y si había monstruos rondando su hogar, ella debía saberlo. Había aprendido que la información era poder; en su caso, poder de supervivencia, y por lo tanto, no mantendría la guardia baja.

Lo que no había esperado era encontrarlos a ellos.

Al principio, su primer impulso había sido dar vuelta y huir tan rápido como fuese posible de la escena. Sin embargo, algo en su interior, le obligó a permanecer y observar, fascinada. Quizás ese algo habían sido todos los recuerdos felices que por años había albergado y guardado celosamente para nadie más que para sí.

Los había reconocido con una sola mirada. Después de todo, habían sido sus niños. Ella los había visto llegar al Santuario. En muchos casos había sido la mano amable que secó sus lágrimas de soledad; y en más de una ocasión fue ella quien curó sus heridas, crueles recordatorios del destino que se deparaba para ellos. Por eso y más, una vida entera jamás le hubiera bastado para dejarlos ir. Para olvidarse de ellos.

El primero al que reconoció fue a Camus. Los años habían convertido al niño en todo un hombre. Llevaba el cabello más largo de lo que antigua doncella recordaba, pero conservaba aquella mirada indescifrable en la que ella había aprendido a encontrar más emociones de las que al chico le hubiera gustado tener.

Después había reparado en Shura, y entonces, el corazón le había dado un brinco dentro del pecho. Su último recuerdo del español era uno que, hasta aquel día, había sido el protagonista de innumerables pesadillas. Recordaba haberlo visto regresar al Santuario tras la fatídica noche. Su rostro, que todavía era el de un niño, dejaba en claro que todo había cambiado para siempre. El vacío en su mirada oscura era lo que más la había impresionado. Eso y la sangre que impregnaba a la armadura de Capricornio que vestía. Sangre que en su mayoría no era suya… Sino de Aioros.

Fue por él que estuvo a punto de alejarse y dejarlos seguir con sus asuntos en Meteora. Porque, de algún modo entendía que si Shura seguía vivo, el régimen dictatorial del Santuario también lo estaba.

Sin embargo, cuando reparó en aquella melena corta de mechas púrpuras y escuchó su nombre, supo que de algún modo debía de quedarse.

"Deltha…"

Lo último que había sabido de la chiquilla era que tras el asesinato de Aioros —porque para ella siempre fue y había sido un asesinato a sangre fría—, la amazona de Apus había huído del Santuario para no volver jamás. Se le había declarado traidora, y el castigo para traición era la muerte. Por esa razón su presencia la sorprendía. Porque ahí estaba: viva. No solo como parte de las huestes del Santuario, sino trabajando con el asesino del joven arquero.

Había vivido toda la batalla contra el desconocido con el alma en vilo. Cada golpe, cada revés y cada sorpresa la había sentido en su propio cuerpo. Fue por eso que cuando todo terminó y aquella masacre de santos de plata quedó ante sus ojos, supo que no tenía corazón para simplemente dar la vuelta y marcharse como si nada hubiese sucedido. Ella no representaba al Santuario de Arles, sino al del buen Maestro Shion. Así que, de algún lado que desconocía, sacó valor. Dio el primer paso y abandonó su escondite cuando el enemigo se hubo marchado. Corrió tan rápido como pudo hacia Eire, quien estaba más cerca de ella y quien hacía una largo rato que había perdido la consciencia.

—Te tengo, pequeña. —Le dijo, sujetándola con cuidado. Acercó su oído a su boca y nariz para asegurarse que respiraba, y cuando escuchó el suavísimo soplido de su respiración, se sintió terriblemente aliviada.

—¿Quién…? —Camus notó su presencia y fue a su encuentro más rápido de lo que hubiese deseado, temiendo que se tratase de otro enemigo.

—Tranquilo, Camus. Estoy aquí para ayudar. Ella estará bien… —Pero cuando ella levantó la mirada para enfrentarlo, él la reconoció de inmediato. Sus ojos azules, usualmente inexpresivos, se llenaron de sorpresa. No podía creer a quien tenía frente a él.

—Eres…

—¿Qué pasa aquí? ¿Eire está…? —Shura se acercó también y su expresión, aunque no distinta a la de Camus, dejó ver muchas más emociones que volvían de aquellas épocas oscuras. —Eres tú...—musitó. —Raissa…

-X-

Eurídice se había ocupado metódicamente de cada una de las heridas de Dohko. Era una alumna aventajada, y desde donde estaba, Saga se había dado cuenta de que Roshi se había dejado buena parte de la piel en Jandara. No le envidiaba, desde luego. Pero eso no hacía que se sintiera menos irritado. Le había pedido, prácticamente suplicado, que cuidara de Shion. Y ahí estaban ambos… hechos un maldito trapo.

Hacía tiempo que el chino se había quedado dormido, fruto del cansancio, la tensión y los remedios que Eurídice le había ofrecido. A pesar de los numerosos remiendos en su piel, al menos su rostro recuperaba algo de color.

La situación había sido distinta para su compañero de dormitorio. Eudora no había parado de trabajar un solo segundo. Se había ocupado con maestría de todas las heridas, detenido las hemorragias e inmovilizado los huesos rotos del mejor modo posible. Había aplicado algo de aquel particular cosmos sanador suyo, y aún así, era probable que se vieran obligados a recurrir a la técnica sanatoria de Aioria. Saga sabía que el proceso era doloroso, aunque no era como que Shion no hubiera estado sufriendo ya…

El peliverde se había esforzado por suprimir las muestras de dolor lo mejor posible, pero a pesar de los esfuerzos, acallar los quejidos por completo había sido imposible. Su rostro casi adolescente se veía desmejorado, y el vaivén de su pecho suponía un esfuerzo extra para su cuerpo castigado. A pesar de las curas, podía escuchar la respiración laboriosa desde donde estaba sentado.

Cuando tiempo llevaba dormido, —o adormilado, al menos, ya que dudaba que el dolor le permitiese descansar aquella noche— no lo sabía: pero era exactamente el mismo que él llevaba mal sentado en aquella butaca, observando cada segundo que pasaba, por un cambio en la expresión dormida del Maestro.

Le dio un sorbo a los restos amargos del café —ya frío— que le habían traído, y dibujó un mohín de disgusto. Echó la cabeza atrás, y cerró los ojos por unos segundos. No recordaba el último sueño reparador que había podido disfrutar, pero se sentía tan cansado, que de no ser un insomne empedernido, se hubiera dormido allí mismo sin preocupación. Mas no era capaz. La cabeza le dolía. Su cosmos iba y venía del Santuario a Meteora, igual que un radar… y de cuando en cuando, su mirada volvía hacia Shion.

Cada gesto de dolor, amortiguado sutilmente por su propio cosmos inundando la habitación, le recordaba lo que hacía ahí exactamente… y entonces, recordaba de nuevo por qué no podía irse. Era su responsabilidad como Santo, como Patriarca en funciones… y como el mocoso estúpido al que Shion había logrado crecer mal que bien. Ese mocoso que acudía a él cuando no podía dormir, cuando su conciencia infantil le jugaba malas pasadas…

Era su padre quién estaba ahí y él nunca había afrontado una situación como esa, siempre había sido al contrario. El lemuriano había contemplado y vigilado en la distancia por su bienestar cuando había ido y venido de las misiones a las que le había enviado. Desde aquel lejano día en que se rompió la muñeca al caerse de Aquiles, al día en que ganó la armadura… Siempre. Siempre a su lado, protector y vigilante.

Frunció el ceño, y se sobó los ojos con fuerza, que de pronto ardían sin control. Si era sincero, debía admitir que tenía unas inmensas ganas de llorar.

Ahí estaba él: el mismo mocoso que le había asesinado. A él, al Patriarca, a su padre… Al hombre más valioso —y querido— de toda la maldita Orden.

Resopló y negó con el rostro apenas perceptiblemente. A veces lidiar con su conciencia era una labor titánica. Pero una cosa estaba clara: no podía perderle de nuevo, y menos aún, bajo su responsabilidad. No lo soportaría.

—Deberías dormir un poco. —La voz, apenas un susurro, le sobresaltó y obligó a despegar los párpados. Pestañeó un par de veces, y se enderezó en la silla, lamentando casi de modo inmediato haber permanecido tanto rato con la armadura puesta en esa posición. —No es necesario que estés aquí…

—Considerame vuestra escolta personal. —Shion sonrió suavemente, con los ojos apenas abiertos por el cansancio, y después, el silencio volvió a instaurarse entre ellos. —¿Necesitas más calmantes?

—No, no.. —Se revolvió como pudo en la cama, y se maldijo internamente mil veces por el suplicio al que le había llevado su propia torpeza. —Estaré bien.

—Lo sé. —Ahora lo sabía. Un par de horas antes, se había temido lo peor.

—Te estás preocupando demasiado… —Cerró los ojos por un momento, y tomó aire. —Sabes de sobra, mejor que yo, lo que es una misión. Impredecible.

—Por el momento, preocuparme es mi trabajo como Ilustrísima... —Shion alzó los lunares con gracia y sonrió suavemente.

—Ya me contaras más sobre eso cuando me sienta mejor. —Saga asintió, se llevó los dedos a la melena y la peinó con cierto nerviosismo, pero la expresión grave de su rostro nunca se marchó.

Shion se preguntó, por un momento, si él mismo lucía así cuando sus chicos estaban en riesgo. Dio por hecho que sí: era la gran responsabilidad de un líder. Ser consciente de que sus decisiones podían poner en riesgo a los demás. Sin embargo, debía admitir que estaba sorprendido. Si alguien sabía de sobra todo lo que conllevaba ser, precisamente, un líder… era Saga. Y nunca había dejado que el peso de esa posición hiciera mella en él. Al menos, aparentemente.

—Si hubiera sido al revés, hubieras hecho lo mismo. —Saga hablaba en voz baja, cuidando de no despertar a Dohko, y algo en la suavidad de su voz, transmitía muchas más emociones de las que Shion esperaba.

—Supongo que sí. —Lo observó fijamente unos instantes.

El peliazul no le miraba, sus dedos mordisqueados parecían ser una visión fascinante en aquel momento. Shion rebuscó en su semblante, y quiso averiguar que escondían sus ojos, pero incluso la melena azul parecía dispuesta a importunar al lemuriano, ya que un par de mechones desordenados entorpecían la visión. Lucía cansado, pero sus rasgos mostraban la concentración que sin duda reclamaba su cerebro: pensando en todo y sin perder detalle de nada de lo que sucedía.. con su cosmos expandido, constante, poderoso y sin una sola fisura, abarcándolo todo.

—¿Qué? —musitó, sabiéndose observado. Shion negó suavemente.

—Tus ojos brillan.

No dijo más. La mandíbula de Saga se apretó. Se pusó en pie rápidamente, y se acomodó junto a la puerta. Se llevó un cigarrillo a los labios, cuidando de que el humo no entrase en la habitación —o Eudora lo sacaría a patadas— y finalmente volteó a verlo.

Sí. Sus ojos brillaban.

—Me has asustado—murmuró.

-X-

Gracias a los dioses, el hogar de Raissa no estaba demasiado lejos, pues la mayoría de sus subordinados apenas habían tenido fuerzas para arrastrarse hasta ahí. Encima, afuera, el mal clima había cumplido sus amenazas y las primeras gotas de lluvias comenzaron a caer del cielo poco después de que todo terminase. De inmediato la temperatura había descendido. Al menos la cabaña, aunque diminuta, era acogedora.

Raissa había encendido la chimenea y atizado el fuego para que todos pudieran entrar en calor. Rápidamente les había servido un poco de té caliente para reanimarlos, y buscó entre sus cosas por el botiquín, para curar sus heridas del mejor modo que pudiese.

Todo había sucedido en un silencio espeluznante. Nadie hablaba.

El encuentro con el hombre misterioso había apagado todo atisbo de buen ánimo. La facilidad con la que habían sido dominados terminó de hundirles y sus heridas, aunque ninguna de gravedad, dolían más en el corazón que otra cosa. Habían sido los protagonistas de un rotundo y devastador fracaso.

—El ardor irá disminuyendo conforme el aloe vera haga efecto. Estarás bien—musitó la antigua doncella. Se esforzó por sonreírle a Jamian cuando terminó de curar las abrasiones que el hielo hizo en sus brazos y piernas. Sin embargo, aunque éste hizo lo propio y trató de devolverle la sonrisa, el gesto fue triste y desangelado.

Raissa recogió sus cosas, y se movió hacia el siguiente para continuar con las curaciones. Entonces, se topó frente a frente con la máscara plateada de Apus y por instinto, retuvo la respiración.

—¿Deltha…?—musitó su nombre, como si temiera que alguien más pudiera escucharla.

—¿Rai...?

Y cuando ella asintió. Deltha se lanzó a sus brazos para estrecharla en un abrazo tan fuerte, que hizo que sus costillas magulladas le dolieran. Las lágrimas que abandonaron sus ojos, sin embargo, no fueron de dolor. Sino de alegría.

—Estás viva. —Raissa tomó su rostro entre las manos y miró a los ojos metálicos. Hubiese deseado poder arrancarle la máscara y ver las orbes almendradas que recordaba de la chiquilla. —Él está vivo también. —Fue todo lo que la amazona pudo mascullar entre lágrimas y al escucharla, Raissa pudo jurar que su corazón se detuvo dentro de su pecho. Sus propios ojos se inundaron y su mirada se tornó borrosa. Una nueva especie de dolor surgió en su pecho; un dolor nacido de la confusión. Su corazón quería creer, pero su mente se negaba a ceder. —Aioros está vivo—insistió la pelipúrpura—. Él volvió, todos volvieron…

—¿Cómo? ¿Cómo puede ser, Del?

—Él… él nunca fue un traidor—susurró, apenas audible entre sus sollozos. Hablar de él, dolía. Dolía muchísimo aún. Pero Raissa necesitaba saber. —Aioros salvó a la verdadera bebé Athena del Patriarca Arles quien era un impostor… Y ella… Ella los trajo de regreso.

—¿Los? —Deltha asintió.

—Aioros, Saga, Shion, al verdadero maestro Arles… y todos los demás, que murieron a causa del impostor.

—No entiendo, ¿cómo puede ser…? ¿Un impostor?

—Habrá tiempo para que escuches la historia completa si así lo deseas. —Para sorpresa de ambas, Camus intervino. Se agachó junto a Deltha y miró de Raissa a ella. —¿Estás entera, Apus?

—No lo tengo claro aún. —Bajó el rostro. —Yo… Lamento no haber sido de ayuda…

—No lamentes nada. En realidad, ninguno de nosotros fue verdaderamente útil el día de hoy. —El de Acuario se sopló los flecos. Aquella misión había sido un verdadero desastre y, aunque su ego estaba herido también, le preocupaba más el de sus subordinados. No eran un equipo de habilidades excepcionales, pero le gustaba creer en las últimas semanas juntos habían desarrollado cierta seguridad en lo que podían hacer como unidad. Ahora, todo avance se sentía perdido. —Será mejor que dejes que Raissa le eche un ojo a esas costillas para asegurarnos que ninguna se ha roto y trata de descansar un poco después.

—¿Cuándo volveremos al Santuario?

—Aún no tengo instrucciones. Si no te molesta, Rai—se dirigió a la castaña—, abusaremos un poco de tu hospitalidad y nos quedaremos un rato más.

—El tiempo que necesitéis.

—Gracias… —De reojo, buscó la silueta de Eire que dormía en la habitación de Raissa, en la diminuta cama. —Gracias por ayudarla a ella también—susurró. Raissa dibujó una sonrisa y le tomó de la mano.

—No tienes nada que agradecer.

—Lo tengo. Has hecho mucho por nosotros. —Entonces se incorporó y buscó por Shura, solo para descubrir que había abandonado la cabaña tan pronto como habían llegado. Se sopló el flequillo. Conocía de sobra sus razones. —Saldré un momento, ¿vale? Shura y yo necesitamos hablar con Aioros y con Saga. Algo ha pasado también en el Santuario, pues contactarlos ha sido prácticamente imposible. Una vez que ellos den instrucciones os diremos qué hacer.

—Espero que Sus Ilustrísimas no decidan dejarnos en el exilio por fracasados—ladró Capella con amargura.

—Nadie ha fracasado aquí. La misión se convirtió en algo para lo que no estábamos listos—respondió el santo de oro.

—¿Sus… Sus Ilustrísimas?

—Oh, sí… —Camus entendió de inmediato la pregunta de Raissa. —El Maestro Shion abandonó el Santuario para una misión especial y dejó a Aioros y a Saga como Patriarcas en su lugar.

—¿Eso es verdad? —Camus asintió y, aunque no era un tipo dado a mostrar emociones, no pudo evitar dibujar un diminuta sonrisa al reparar en la expresión llena de orgullo de la mujer.

—Muchas cosas cambiaron, Raissa. El Santuario del que huiste no existe ya. Todavía hay mucho que mejorar, pero avanzamos hacia ello. Si algún día deseas regresar, hablo por mí y por todos para decir que serías más que bienvenida.

—Gracias… —La mirada marrón se desdibujó detrás de las lágrimas, que ella secó con rapidez. Asintió enérgicamente y suspiró, tratando de recomponerse. —Ve y habla con Shura, yo me haré cargo de que estos chicos estén bien.

—Te lo agradezco…

Y sin desperdiciar un segundo más, Camus abandonó la cabaña para ir en buscar de santo de Capricornio y sacarlo de la piedra bajo la cual seguramente estaría escondido, atormentándose una vez más por el pasado que lo había perseguido por catorce años y que no lo dejaba ir.

-X-

—Ahí estás.

Cuando escuchó la voz de su amigo, Shura se sobresaltó.

Lo había encontrado a varios metros de la cabaña, en las lindes del bosque. Estaba lloviendo y hacía frío, pero Shura parecía no notarlo. El agua resbalaba por los mechones oscuros de su cabello, y su capa, o lo que quedaba de ella, estaba empapada y lodosa.

Aunque le daba la espalda, Camus pudo adivinar que estaba llorando y que los pocos segundos que tardó en responderle, los utilizó para secar sus lágrimas.

—Ey… No te escuché llegar.

—Deberías estar más alerta. El bosque es peligroso.

—Estás en lo cierto.

Shura asintió y se giró para enfrentar al Santo de Acuario. Tenía la nariz enrojecida y los ojos acuosos. Era obvio que no se encontraba bien. Pero Camus eligió dejar pasar el detalle por aquel momento. No era el momento apropiado.

—¿Los chicos están bien? —Quiso saber el español.

—Sí, magullados y con el ego por el suelo. Pero, oye, ¿quién de nosotros no está así?

—Exacto… —Se aclaró la garganta. —¿Eire? ¿Deltha?

—Eire está dormida aún, pero Raissa dice que estará bien. Apus tendrá la espalda y las costillas moradas por algunos días, pero vivirá.

—Gracias a los dioses, o Sus Ilustrísimas nos habrían asesinado nomás volver al Santuario. —Porque, por muy enojado que Aioros estuviera con Deltha, jamás querría que algo terrible le pasase a la pelipúrpura. Shura se negaba a aceptar que las cosas entre ambos había terminado de esa manera y que el último capítulo de su historia ya estaba escrito.

—Hablando de Sus Ilustrísimas. ¿Sabemos algo?

—No, aunque para serte sincero, ni siquiera he intentado contactarles. —Camus chasqueó la lengua. Sabía de qué hablaba el español. —Lo sentiste también, ¿cierto?

—Sí, sí… Algo sucedió en el Santuario. El escudo cayó por un momento y los cosmos de ambos entraron en modo de batalla.

—Además, es el cosmos de ellos el que mantiene el escudo en este preciso instante. El de la princesa está demasiado inestable. ¿Crees que algo le sucedió?

—Espero que no. —Shura torció la boca, sin estar seguro de cuál debería ser su siguiente movimiento. Camus, entonces, continuó. —Parece que las cosas vuelven poco a poco a la normalidad. Intentemos hablar con ellos.

—De acuerdo.

-X-

Aioros se sobó los ojos. Estaba seguro de que en un par de horas más, el Sol comenzaría a levantarse por el horizonte, lo cual significaba que habían pasado la noche entera sin dormir. Lo peor era que realmente no se sentía capaz de cerrar los ojos. Sus ojos estaban más abiertos que nunca y su cuerpo estaba alerta, pero la cabeza le dolía. Seguro que Saga se sentía igual que él.

Las últimas horas habían sido un torbellino emocional que tenía a ambos al borde de un colapso mental. Quizás su principal preocupación era que ni siquiera estaba seguro de que todo hubiese terminado aún.

La parte más complicada había sido tranquilizar a Saori. Desde el ataque, su cosmoenergía había sido una fuerza errática e inconstante que realmente no necesitaban. Saga y él prácticamente mantenían el escudo en pie, con el consecuente costo para sus niveles de energía que aquello representaba. ¿Por cuánto tiempo serían capaces de soportar ese ritmo? Por el tiempo que fuese necesario, se dijo a sí mismo. El Santuario los necesitaba. Agradecía a los dioses por la inestimable ayuda de Mu.

Desde el balcón del despacho patriarcal, donde se encontraba, se veía todo el Santuario. Resaltaba la cantidad de luces encendidas, tanto en el campamento de los santos como en el de las amazonas. Nadie dormía esa noche. Todo aquel que estuviese en condiciones de salir y patrullar, estaba en pie.

De pronto, reparó en Saga, quien acababa de entrar al despacho. Entró en silencio, con una impresionante gravedad en el rostro y cruzó la oficina para unírsele en el balcón. Se apoyó en la baranda, junto a él y sembró la vista en el Santuario. Su ceño se frunció ligeramente y solo pudo imaginar lo que atravesaba por su mente.

—¿Dejaste solos a los viejos?

—Están dormidos y preferí aprovechar ahora para ver cómo van las cosas...

—Bien… Bien. —El arquero sopló un rizo revuelto que le cayó en el rostro. —¿Eudora dijo algo más respecto a ellos?

—No. Les ha dado té de valeriana y los ha puesto a dormir. A Shion no le ha servido de mucho. En probable que ambos pasen un par de días en la Fuente, y quizás sea necesaria la ayuda de Aioria con la pierna de Shion. Se la ha roto en dos partes. Eudora dice que son fracturas complicadas.

—Rayos…

—Han hecho un verdadero desastre de su misión. Si hubiésemos sido nosotros y no ellos, nos habría tocado un castigo además de todo—ladró el gemelo. Y, aunque de primeras se le notaba irritado, Aioros sabía que solo existía preocupación detrás de aquella rabieta. No tenía ninguna dudas después de lo que había visto horas atrás.

—Al menos trajeron el agua. Escuché que Eurídice ya está repartiéndola entre los enfermos.

—Sí, eso sí… ¿Todo en orden con el Santuario?

—Mira tú mismo. Nadie va a pegar ojo esta noche, aunque no ha habido señales de ningún ataque más.

La única respuesta que tuvo fue un gruñido por parte del peliazul. A decir verdad, entendía su frustración. La noche había estado llena de sorpresas desagradables. Sorpresas que, por supuesto, habían sido cuidadosamente planeadas para ellos.

—Oh, olvidé decirte…

—¿El qué? No me des más malas noticias, Aioros.

—No, no. En realidad, estoy seguro de que te has dado cuenta ya, pero Shura, Camus y sus equipos se encuentran fuera de peligro. Continúan en Meteora, pero están a salvo.

—¿Crees que deberían volver al Santuario tan pronto? —El castaño guardó silencio. —Eso pensaba también… —Y, por los dioses, que no podía sentirse peor pensando en Apus, magullada y asustada, lejos de casa y lejos de él.

—Lo que presenciamos fue una especie de… posesión. —La sola palabra le daba escalofríos. —Tal vez sea buena idea asegurarnos que están completamente libres de lo que sea que les atacó, antes de traerlos de regreso. O, cuando menos, debemos darnos el tiempo de tomar precauciones previas a que vuelvan.

—Estoy de acuerdo.

—¿Sí?

—Sí, Aioros, sí. No me gusta la idea, pero es lo correcto.

—Oye, a mi tampoco me gusta. Pero es lo que tenemos que hacer.

—De acuerdo, pues…

—"¿Saga? ¿Aioros?" —La voz de Camus resonó en sus cabezas con perfecta sincronía. Poco después, Shura se unió a la conversación.

—"¿Estáis ahí?"

—"Estamos aquí. Por favor, disculpadnos. Las cosas se han puesto de cabeza en el Santuario. ¿Estáis bien?"

—"Hacéis vuestro trabajo, Saga. No hay nada que disculparse."

—"Nosotros y el resto de nuestros chicos estamos bien. Es decir, estamos un poco magullados y se requerirá de una pala para recoger lo que quedó de nuestro orgullo… Pero estamos vivos y completos."

—"Nos alegra escuchar eso último." —Y, sin quererlo, el santo de Sagitario miró de soslayo a su compañero, y pudo jurar que lo vio suspirar con alivio. —"Saga y yo hemos discutido acerca de cómo debemos actuar de este punto en adelante."

—"Os escuchamos."

—"Os haré un resumen en exceso breve de lo que sucedió aquí para que podáis entender nuestro punto. Mientras vosotros os encontrábais en combate, descubrimos que este… enemigo puede utilizar la plaga para convertir a los muertos en monstruos. Usando esto, ha ido directamente por Saori."

—"¡¿Qué?!" —corearon a la vez.

—"Afortunadamente lo descubrimos a tiempo y la princesa se encuentra sana y salva..."

—"Algo asustada, pero bien…"

—"Por los dioses..."

—"El Santuario está en alerta hasta que estemos seguros de que nadie más vendrá tras ella"—prosiguió Saga—. "Para asegurarnos que no estáis siendo utilizados como parte de alguna bizarra estrategia para infiltrarse en el Santuario, quizás sería lo mejor que esperemos algunas horas antes de vuestro regreso."

—"Sabemos que podría ser un poco excesivo pediros que paséis la noche fuera del Santuario dada la condición de vuestros equipos, pero…"

—"Estáis tomando la decisión apropiada para el Santuario y Athena. Una vez más os digo, no tenéis porqué sentiros culpables. Es vuestro trabajo."—insistió el santo de Acuario.

—"Además, no estamos desvalidos si eso es lo que os preocupa." —En Meteora, Camus y Shura intercambiaron miradas.

—"¿Habéis encontrado asilo?"

—"Oh, encontramos algo más que eso…"

—"Habla, Shura."

—"Después de nuestra batalla, alguien vino a nuestra ayuda". —Esta vez fueron Saga y Aioros quienes se miraron mutuamente, con indiscutible curiosidad. —"Creo que esta noticia te hará la noche, Aioros." —El rostro del santo de Sagitario se iluminó con cierta intriga.

—"Nos estáis matando aquí, chicos. Vamos, vamos, escupid que traéis entre manos."

—"Es Raissa. Encontramos a Raissa."

—"O ella nos encontró a nosotros, mejor dicho. Se encuentra bien y al parecer ha vivido todo este tiempo en Meteora"

—"¿Qué…? ¿Rai? ¿Raissa? ¿Estáis seguros?" —Saga titubeó.

—"¡Por los dioses!" —Y por una vez, Aioros maldijo estar atado a aquel puesto y no poder ir a abrazarla. —"Traedla a casa. Por favor, volved con ella"—suplicó.

—"Le extenderemos la invitación a tu nombre. Pero, ¿entiendes que a final de cuentas será decisión suya?"

—"Lo entiendo, Camus, y os agradecería si pudierais decirle que mis actuales obligaciones me impide abandonar el Santuario por ahora… Que si no, estaría ahí mismos con ella para verla."

—"Ella sabe y entiende. De ambos."

—"Gracias."

—"¿Hay algo más que debamos de saber?"—terció el gemelo.

—"No, es todo por ahora."

—"De acuerdo. Entonces, aprovechad la noche para descansar un poco. Pero no perdáis de vista a vuestros subordinados. No sabemos qué efectos secundarios podría tener el ataque de esta noche."

—"Entendido."

—"Os contactaremos en unas horas para daros instrucciones, dependiendo de cómo evolucionen vuestros equipos, ¿de acuerdo?"—dijo el arquero—. "Hasta entonces, tened cuidado."

—"Sí."—Acuario y Capricornio respondieron a la vez.

—"Vosotros también, id con cuidado."

—"Estaremos atentos."

Tan pronto la comunicación se interrumpió, Saga volteó hacia Aioros. Lo observó por unos segundos mientras se revolvía todavía más, los rizos que ya había arruinado durante los eventos de esa noche. A pesar de la tensión, Saga hubiese podido jurar que había una sutil y renovada alegría en su rostro. Sin duda, las noticias de la aparición de Raissa habían bastado para infundirle nuevos ánimos. Y, al igual que él, se alegró, dibujando una tenue sonrisa.

Después regresó su mirada hacia el horizonte, por donde el Sol debía de aparecer por la mañana. El cielo todavía estaba oscuro y soplaba un aire frío que arrastraba un olor a tierra húmeda, presagiando lluvias.

Sacó de sus bolsillos un cigarrillo más y volvió a ofrecer uno a su co-patriarca. Sonrió con travesura cuando el arquero lo aceptó.

—Boca sabor cenicero, ¿eh?

—Oh, cierra el pico. —Aioros rió por la bajo. —Después de esta noche, casi diría que hace falta.

—De acuerdo en eso.

Saga le ofreció lumbre para encenderlo y después prendió el suyo. Dos bocanadas de humo blanco se elevaron por encima del balcón, mientras ambos santos vigilaban desde arriba los dominios de la diosa.

—Así que… Se han encontrado con Raissa. El mundo es pequeño...

—¡Sí! —Aioros se revolvió el pelo con nerviosismo. —Ojala acceda a volver al Santuario.

—Seguro que sí. —El gemelo lo miró de soslayo y guardó silencio por algunos segundos. "Volverá por ti", pensó. —Claro que, es una lástima.

—¿El qué?

—Que vayas a recibirla con esos pelos. —Esbozó una sonrisa diminuta y traviesa.

—¡Ay, no! ¡Había conseguido pasar el día sin despeinarme!

—Tanto nadar para morir en la orilla, arquero.

—Mandaré a alguien a Sagitario por mi crema de peinar. ¿Quieres que vayan también por tu plancha para pelo? —Le preguntó, divertido.

—Ja ja. Gracioso.

—Tú empezaste.

Se miraron y, de pronto, volvieron a caer en el silencio. Sus sonrisas se fundieron lentamente en seriedad, mientras los segundos se escapaban entre ambos. A pesar del sobresalto de unas horas antes, el Santuario lucía en calma, como si nada ni nadie fuese capaz de perturbar su soledad.

Los santos de Sagitario y Géminis esperaban que continuara así, y que realmente nada ni nadie les arrancase la paz de esos momentos.

-X-

¿Qué motivos le empujaban a hacer lo que hacía? La respuesta a esa pregunta había sido un completo enigma incluso para él. Kanon se movía por impulsos, y aunque no siempre le salía bien, había aprendido a escucharse a sí mismo. Y a ignorarse, claro. Porque la mayoría de las veces no se había dicho más que estupideces.

Por eso, cuando horas antes el cosmos de Saga y Aioros explotó en la Fuente, se temió lo peor. Todo había sucedido a cámara lenta para él: el cosmos de la Princesa, esa extraña cosmoenergía que se había acercado peligrosamente a ella… y sus Ilustrísimas apenas una milésima de segundo después, haciendo acto de aparición y sosteniendo el escudo por si mismos.

El despliegue de poder había durado un buen rato. Tal y como Aioros les había informado, Saori se había recuperado del susto poco después, y ya con Shion y Dohko en el Santuario, podían permitirse tener alguna preocupación menos.

Sin embargo, había sido incapaz de permanecer en Géminis, quieto y mirando a la nada, esperando por una catástrofe. Tampoco la sirena, también alerta, había logrado apaciguarlo. Así que, recordando la última noche peligrosa que había pasando en el Santuario en la última guerra, se presentó rápidamente en el salón del trono.

Saori, con aquella expresión triste y espantada en el rostro, sonrió al verle. Y sonrió de verdad. De alguna forma —extraña y retorcida—, la princesa se sentía a salvo con él a su lado. Igual que aquella noche. Relevó a Mu, y Arles se permitió un breve —pero necesario— descanso.

Kanon no se había separado de la Princesa un sólo segundo, y por eso sabía, que era cuestión de tiempo antes de que ella misma necesitase un descanso.

—Vamos, Princesa—murmuró, la cargó con delicadeza, y los brazos de la diosa adolescente rodearon su cuello en busca de sostén. —Es hora de que te acuestes un ratito. Los demás están en sus puestos y el escudo no corre ya peligro. —Buscó el kliné, acomodándola entre los almohadones y la cubrió con una manta.

—¿Vas a irte?—murmuró.

—No, claro que no. —Ella sonrió de nuevo, con los párpados prácticamente cerrados, y apenas unos segundos después, el sueño la venció.

Kanon se sentó en la butaca de enfrente, junto a la ventana, y no se movió de allí hasta que las primeras luces del día se atrevieron a ahuyentar a la noche. Ahogó un bostezo, y en aquel momento, Arles entró silencioso a la habitación, con la bandeja del desayuno. El peliazul agradeció enormemente el detalle, y engulló el café y las tostadas en un santiamén, mientras Arles le ponía al día entre susurros.

—Avísame si hay algo que… necesite. —Sus ojos verdes buscaron fugazmente a la Princesa, y el santo de Altair asintió.

Estaba sorprendido cuanto menos: inicialmente por aquella inesperada conexión entre Saori y el gemelo, y ahora… por aquella preocupación tan genuina en la voz del peliazul. Era la primera vez en toda su vida, que Kanon parecía estar haciendo las cosas de corazón y Arles no podía evitar sentir una emoción incontrolable al respecto.

—Ve tranquilo. Mu volverá en seguida.

Y Kanon hizo exactamente como Arles le había pedido. Claro que, no había vuelto a casa, sino que sus pasos caprichosos le habían llevado directamente a la misma Fuente.

-X-

Por raro que resultase, era la primera vez en todos aquellos días del patriarcado suplente, en que Kanon había sentido la necesidad de saber cómo estaban las cosas. Y no hablaba en el sentido genérico de la expresión… Sino más bien, a cómo estaban las cosas con su hermano y con el viejo. Si, estaba preocupado por el lemuriano, y eso le perturbaba tanto como curiosidad le provocaba.

Llegó en silencio, cuando apenas faltaban unos metros para llegar, pudo escuchar las voces provenientes de la habitación. Estaban despiertos, al menos. Apenas se asomó a la puerta abierta, tocó suavemente con los nudillos anunciando su llegada, y entonces, cuatro pares de ojos agotados, voltearon hacia él.

—¡Buenos días!—saludó. Y aquellos segundos de confusión que generó su presencia, le resultaron tan valiosos como el oro. Aioros se había callado de repente, Dohko le miraba sonriente, Saga se había quedado quieto como estatua… y Shion le dedicó una de aquellas sonrisas estúpidamente amables de antaño. —Tanta atención va a ponerme nervioso—dijo con desparpajo—. ¿Cómo están los heridos?

—Mejor que anoche.

—Pues te ves espantoso, Dohko. ¿Te caiste a una trituradora o…? —El viejo Maestro gruñó y se cruzó de brazos, arrepintiéndose del gesto segundos después. Tenía tantas suturas por todos lados, que casi era una obra de arte.

—Ha sido una noche larga… —musitó Shion, alejando la taza de té del desayuno con una torpeza inusual en él—. ¿Cómo está la Princesa?

—Todo bajo control. Duerme desde hace un par de horas. —Su mirada se cruzó brevemente con la de Saga.

Al parecer, había llegado cuando los cuatro compartían el breve desayuno de los enfermos. Más o menos. No sabía cuánto tiempo sobrevivirían el arquero y Saga a base de café. Su hermano odiaba el café, pero imaginaba que aquel par de caras de absoluto cansancio, solo era un mínimo reflejo de lo que sentían en realidad. No les envidiaba, a decir verdad.

—¿Cuál es el diagnóstico? —Se acercó hasta la ventana junto a la cama de Shion, y se apoyó en el alféizar.

—Brazo y pierna rotos. Un par de costillas y…

—Un nuevo orificio de ventilación en el pulmón—terminó Dohko por él—. En realidad, no debería hablar mucho, pero ahora resulta que no hay quien logre hacerlo callar.

—Oh, un paciente travieso. —Kanon alzó las cejas divertido y de modo inmediato buscó a su hermano. —¿Quién iba a decirlo? ¿Te has encargado de regañarlo como cuando la aventura de Aquiles, Ilustrísima?

Aioros alzó una ceja y entreabrió los labios, consciente de que no se refería a él, pero aún así, le resultó imposible no buscar a Saga con la mirada. De alguna manera, y aunque no sentía amenaza alguna por parte del gemelo menor, su instinto protector hacia el mayor, estaba alerta. Había cosas, que a pesar de la distancia que les separase a título personal, jamás cambiarían. Pero Kanon no había dicho ninguna de aquellas palabras con desdén, ni con burla. Ni siquiera aquel "Ilustrísima" que solo había dedicado a su gemelo, y no a él.

Había algo distinto en su voz, y por el gesto que lucía Shion, sabía que no había sido el único en notarlo.

—Diría que sí—musitó Saga, segundos después. A él también le había pillado por sorpresa. Después de que pusiera en práctica la "táctica Kanon" por medio de amenazas y autoridad, Kanon y él no habían hablado. El antiguo marina se había limitado a acatar las órdenes del Krysos Synagein, y a portarse bien.

—No estuve presente cuando Aquiles, pero… —exclamó Dohko divertido—. ¡Debiste verlo!

—No esperaba menos. —Kanon sonrió orgulloso, y Saga alzó una ceja. —Sin que sirva de precedente, debo decir que sus ilustrísimas suplentes han hecho un buen trabajo por aquí en vuestra ausencia. No se os echó mucho de menos después de todo…

—¿Cómo es eso? —Quiso saber Shion. Aquella era una ocasión única, los tres chicos en la misma habitación sin intenciones asesinas. ¡Tenía que aprovechar!

—No me digas… pero ¡míralos! Me he visto obligado a cumplir órdenes y todo. —Se encogió de hombros, y volteó los ojos. —Sin rechistar—aclaró.

—Eso es verdad… —murmuró Saga.

—Ha estado entrenando a su equipo—puntualizó el arquero.

Shion esbozó una sonrisa triunfal en el rostro, y se acurrucó en la cama visiblemente relajado.

—Tendré que dejarles a cargo más seguido…

-X-

De alguna manera, le tranquilizaba que la visita de Kanon esa mañana a la Fuente no hubiese ocasionado más problemas, sino lo contrario. No estaba seguro de lo que había pasado entre los gemelos, pero algo entre ellos había cambiado. Eran detalles sutiles, que para la mayoría hubiesen pasado desapercibidos, pero no para él. Porque Aioros conocía tan bien a los hermanos como para pasar por alto el hecho de que Saga estuviese relativamente relajado en la presencia de Kanon y que, de algún modo, Kanon guardase cierto respeto por Saga y, ya de paso, por él también.

Las explicaciones no habían sido requeridas, ni eran necesarias. Tampoco estaba seguro de que las hubiera. Con que la visita fluyese en armonía era suficiente para el arquero. Shion también estaba de buenos ánimos a pesar de todo lo que había vivido en las últimas horas y Arles, con su evidente preocupación, estaba aliviado de saber que la noche de pesadillas llegaba a su final.

La situación de la barrera de protección también se había regularizado. La pobre Saori había sido capaz de descansar un par de horas, y después había retomado sus funciones con calma. Los turnos de guardia de los santos dorados también se habían regularizado, dando un descanso merecido y necesario para Saga y para él. Afortunadamente, durante todas esas horas en las que protección del Santuario dependió de ellos, ningún otro inconveniente requirió de sus presencia, de su cosmoenergía o de sus habilidades de batalla. La amenaza y la crisis parecían haber llegado a su fin.

La mejor parte a sus ojos, era que con ayuda del agua de Jandara, la situación de los enfermos había cambiado radicalmente. Era un verdadero milagro presenciar cómo, con tan solo unas horas, su estado había mejorado de modo impresionante. Incluso los más pequeños, que padecían síntomas agravados, ya eran capaces de incorporarse y de comer; Eudora no cabía de alegría ante semejante imagen.

Para ellos había sido una noche maratónica, cuyas consecuencias quedaban al descubierto en sus rostros demacrados. Incluso Saga, quien padecía constantemente de insomnio, lucía más cansado que de costumbre. Ninguno de los dos había tenido tiempo de visitar su templo esa noche. Así que cuando el Sol apareció e iluminó al Santuario a través de los nubarrones, apenas habían tenido tiempo de acicalarse pobremente y peinarse un poco para soportar el inicio de un nuevo día.

—Os traje café para iniciar la mañana. —Arles se adentró en el despacho con una cafetera de prensa y un par de tazas. El aroma del café minó de inmediato en la oficina, trayendo una agradable sensación de calma. —Aunque casi preferiría que visitéis vuestros templos por un par de horas para daros una ducha y descansar un poco. Habéis tenido una noche horrible.

Más café… Afortunados que somos —murmuró el arquero.

—No somos los únicos. Mucha gente no durmió noche, Arles—dijo Saga. El maestro de Altaír suspiró con resignación; había hecho el intento aunque esperaba esa misma respuesta.

—Pensé que diriais eso. Así que os traje también unos panecillos con dulce de leche y emparedados de pepino para desayunar.

—Gracias. Puedes dejar la bandeja ahí. —Aioros le apuntó la mesilla donde era usual encontrar una bandeja con té y galletas para Shion.

—Os serviré en vuestros escritorios, o de otra forma puedo apostar que no probaréis bocado.

—Gracias, Arles.

—¿Podéis dejar el trabajo por unos minutos? Me parece que no tenemos una crisis tan grave como para que no os permitáis comer algo.

—No hemos terminado con lo que teníamos pendiente—complementó Saga—. Shura, Camus y sus equipos continúan en Meteora, esperando instrucciones nuestras para volver.

—Oh, es verdad… ¿Les permitiréis regresar ya?

—Si no hubo novedades durante el resto de la noche, sí. —Le respondió Aioros. A diferencia de Saga, él había encontrado el modo de trabajar y comer pastelillos dulces al mismo tiempo. —Con suerte, traerán una sorpresa a su regreso.

—¿Una sorpresa? ¿Qué clase de sorpresa?

—No te diré nada hasta estar seguro. No me gustaría estropearlo.

—Vale, vale. Me da gusto ver que al menos uno de vosotros está interesado en evitar desmayarse de hambre a mitad del salón—espetó el mayor, viendo de soslayo a Saga y a su indiferencia hacia el desayuno. El aludido gruñó con disgusto.

—No me gusta el café, ni los emparedados de pepino…

—Por Athena, a veces eres como un niño… —Resignado, Arles bufó.

—¿Qué opinas? ¿Los hacemos regresar ya? —Ignorándole, Saga buscó la mirada de Aioros.

—Yo diría que preguntemos cómo han pasado la noche. A estas horas ya deben estar despiertos… Eso, si es que en realidad consiguieron dormir.

—Lo dudo mucho. —El gesto de Aioros le dijo que estaba de acuerdo con él. —Hablemos con ellos entonces…

—Ten. —Para su sorpresa, Arles asentó un plato con varios panecillos de leche sobre su escritorio y frente a él. Lo inesperado de la situación hizo que el gemelo se respingara. —Puedes hablar vía cosmos y comer a la vez. Come.

Con un gruñido, el gemelo se sopló el flequillo. Cogió de mala gana uno de los panes y dio una mordida diminuta, todo bajo la estricta supervisión del Santo de Altaír. Después se concentró en hacer lo suyo. Aún a la distancia encontró los cosmos de Shura y de Camus, y conectó al suyo con el de ellos. Pudo sentir a Aioros uniéndose también.

Esperaba tener buenas noticias al menos.

-X-

Eire abrió los ojos con una mezcla de pereza y cansancio. Miró alrededor de la pequeña habitación donde se encontraba, solo para sentirse completamente perdida. Se incorporó con lentitud y oteó a su alrededor. A través de la puerta abierta distinguió a Capella y al equipo de Camus. Algunos acomodados sobre un pequeño sofá y otros, directamente en el suelo. Se sintió más confundida. ¿En dónde estaban?

Se levantó sin hacer demasiado ruido y cuando estaba a punto de abandonar el dormitorio, oyó la voz de Camus y otra voz más, que no alcanzó a reconocer. Hablaban de Milo y de Aioria, o eso le pareció. Lo que más llamó su atención fue el hecho de que Camus, el siempre estoico Camus, estuviese teniendo una conversación larga, relajada y fluida con alguien a quien no reconocía.

—¡Grulla! ¡Estás viva! —El llamado de Capella la asustó y la sacó de balance.

—¿Lo estoy? O… ¿Estamos haciendo fila para esperar por la barca de Caronte?

—Es bueno ver que conservas tu humor. —La ironía en la voz de Camus lo hizo sonreír. Volteó hacia él para encontrarlo tan serio como de costumbre y, de pronto, recordó su preocupación cuando ella cayó en el campo de batalla. Tras la máscara, sonrió. Su maldito cubito de hielo no era tan frío como quería demostrarle.

—Alguien tiene que conservarlo. Por lo que veo, el buen humor fue quien realmente murió anoche. ¿Dónde está Shura?

—Afuera.

—Oh… ¿Dónde estamos nosotros?

—En Meteora todavía. —La mujer desconocida intervino para sorpresa de la amazona. —Esta es mi casa. Mi nombre es Raissa.

—¿Raissa?—confirmó su nombre. Ella asintió. —Gracias por tu cobijo y por ayudarnos.

—No hay que agradecer, Eire.

—¿Conoces mi nombre?

—El de todos. Camus tuvo la amabilidad de hablar de ti.

—Oh, ya veo. —Pensó por algunos segundos y después se atrevió a preguntar. —¿Os conocéis de algún lado? Camus no suele ser muy platicador con desconocidos…

—Grulla…

—¿Qué? Fue una observación. —Levantó los brazos con inocencia.

—Raissa fue su niñera, y la de los otros también—respondió Capella por el santo—. Porque, por supuesto, los santos dorados tenían niñeras cuando eran niños.

—Sé respetuoso, Auriga. Raissa fue una doncella del templo. Sirvió a la Orden durante muchos años.

—Está bien, Camus. No pasa nada. No es ninguna ofensa que se me considere como vuestra niñera. ¡Al contrario! Es todo un honor haber tenido la oportunidad de conoceros y disfrutaros de pequeños.

—Ya veo. —Eire soltó una risita traviesa. Pero antes de que pudiera continuar hablando, la mirada de Camus le ordenó que se callase. Aguantando las carcajadas, carraspeó. ¡Era una lástima que no pudiese enterarse de más chismes ahí!

—Raissa ha sido invitada por Su Ilustrísima de Sagitario para volver al Santuario—indicó Jamián—. Al parecer, Raissa cuidó en especial de él cuando llegó al Santuario, y también de Aioria.

—¿Eso es verdad?—cuestionó la pelirroja. Con el rostro de una madre orgullosa, Raissa asintió. —Entiendo… Ahora sé porqué esos dos salieron tan bien. Debes ser una gran mujer, Raissa. Me encantará poder conocer más de ti si deseas volver.

—¡Por supuesto que volveré!—exclamó emocionada—. Muero por ver a todos mis niños de nuevo.

—Bueno, tus niños han crecido bastante—explicó Eire, levantando las manos por encima de su cabeza para mostrar el alto de la mayoría de ellos—. Y, como ya sé que ninguno de estos envidiosos te lo ha dicho—apuntó a sus compañeros de plata—, también se han puesto muy guapos. Ahí tienes la muestra. —Apuntó a Camus.

—Grulla, te estás pasando de nuevo.

—No seas humilde, Camus. Toma el halago y sé feliz. Además, Apus no me dejará mentir, ¿cierto, Del?

En el rincón donde se había instalado y en dónde se había esforzado por ser invisible, Deltha deseó hacerse más pequeña cuando las miradas cayeron en ella. Incómoda, se revolvió y se aclaró la garganta. Dado el estado actual de su vida romántica de acuerdo con los chismes, cualquier respuesta iba a jugarle en contra.

—Sí, yo diría que sí…—susurró.

—Habría que preguntarle cuál le parece más…

—Una palabra más, Capella, y te meterás en líos—intervino Camus. La seriedad en su rostro rompió el ritmo alivianado de la conversación y puso al santo de plata sobre aviso de que no estaba jugando.

—Ignórale, Apus. —Jamián, al lado de Apus, le acarició el cabello con cierta finura que Camus desconocía de él. Le gustaba saber que, al menos en su equipo, había cierto sentido de unidad y compañerismo.

—Perdón… Yo no quise… Solo estaba jugando. —Eire trató de disculparse. Su intención jamás había sido que la conversación terminase así.

—Está bien. No pasa nada. —Deltha suspiró y volvió a guardar silencio.

—Como sea—Camus llevó la conversación a terrenos más seguros—, nos encantará que vuelvas a formar parte del Santuario, Raissa.

—Gracias, gracias…

Sin embargo, el incidente y la tensión generada a través de un simple comentario llamó su atención. No mencionó nada al respecto, pero un par de ideas le cruzaron por la cabeza. Cuando volviera al Santuario estaría más al tanto de lo que había sucedido durante todo ese tiempo.

Pero, en ese momento, Camus se levantó de la silla, sin que nadie lo esperase. Se encaminó hacia la puerta y antes de salir, les dirigió unas últimas palabras.

—Disculpadme, Sus Ilustrísimas se reportan para dar instrucciones. Debo ir en búsqueda de Shura.

-X-

—"Sí, sí… Estoy yendo"—dijo Camus—. "Ya te veo"

—"Pensé que estábais juntos"—comentó Saga.

—"Shura salió a tomar aire, yo estaba dentro de la cabaña. Pero ya estoy con él". —Saludó a Shura cuando estuvo a su lado.

—"¿Nos tenéis que informar de alguna noticia de esta noche? ¿La habéis pasado en calma?"

—"Sí. Todo ha estado tranquilo. No puedo decir que hemos dormido, pero nadie ha mostrado síntomas de un nuevo ataque, ni nada parecido"

—"¿Qué hay de vosotros?"—preguntó Aioros—. "¿Cómo os sentís después de ayer?"

—"Con sinceridad puedo decirte que una vez que el tipo misterioso desapareció, todo volvió a la normalidad. Diría que la mayor parte de nuestro cansancio viene del estrés".

—"Yo puedo decirte que, desde aquí afuera, no noté nada raro en las alrededores tampoco. La criatura que se reportó por parte de los Santos de Andrómeda… No hay señales de ella. Es probable que habiendo terminado lo que tenían que hacer aquí, se marchase."

—"Eso significaría que todo lo que tenía que hacer ahí… Éramos nosotros."

—"Es una forma de verlo, Saga."

—"Como sea…" —El gemelo trató de no pensar en ello. Ya tendrían tiempo de sobra para hablar con Shura y Camus, para sacar conclusiones. —"Si consideráis que es seguro vuestro regreso, de nuestra parte estamos de acuerdo con ello."

—"Aunque nos gustaría que Eudora os echase un ojo al llegar, solo para asegurarnos de que no habrá consecuencias a vuestras lesiones."

—"Suena apropiado."

—"Entonces, si no os importa, dadnos unos minutos para organizar a los chicos y podéis enviar a Mu por nosotros"—pidió Camus.

—"De acuerdo. Esperamos vuestro aviso."

—"Oh… Algo más…" —Antes de despedirse, Aioros llamó su atención. —"¿Rai os ha dicho si…?"

—"Ella vuelve con nosotros."—Las palabras de Camus dibujaron una sonrisa enorme en los labios del arquero.

—"¡Gracias! Os agradezco."

Cuando las voces de ambos santos abandonaron sus pensamientos, Shura exhaló. Había demasiada tensión en cada uno de sus movimientos, y su aura, aunque escondida en su mayoría, delataba cierta ansiedad que para Camus, como santo dorado, era fácil de identificar.

Pensó entonces que, ahora que tenían autorización para volver, quizás era el momento de hacer la preguntas que se había guardado durante la noche anterior.

—¿Estás bien? —Se animó a preguntar. —Te siento ansioso y has estado ausente toda la noche.

—Estoy bien. —Camus levantó una ceja. Shura era un pésimo mentiroso.

—Esto no es por lo de anoche, ¿cierto? ¿Es por Raissa? —El español agachó la cabeza y guardó silencio, delatando de este modo la verdad. —Lo es.

—No puedo… No me siento capaz de mirarla a los ojos—confesó—. Ella estuvo ahí cuando yo… Cuando maté a Aioros por orden de Ares. Estoy seguro de que me teme y me odia.

—Que te tema es posible, porque a final de cuentas no te conoce del modo en que nosotros conocemos al Shura de hoy en día. Que te odie... —Se encogió de hombros. —Raissa es una mujer inteligente, que nos vio crecer y sabe un par de cosas sobre nosotros, como críos y como santos dorados. Creo que si alguien podría entender lo que te pasó hace catorce años, sería ella. Raissa comprenderá que eras un niño asustado y confundido, que solo seguía instrucciones de un superior.

—No lo sé…

—Lo sabes. Es solo que cada vez que el tema surge, queda en claro que el único que no ha podido perdonarte, eres tú mismo. —Posó su mano sobre el hombro de Shura para llamar su atención. Ante el contacto, el español volteó para enfrentarlo. —Tienes que permitirte sanar con ese tema. Es difícil y te duele, pero si el mismo Aioros te ha perdonado… No tienes porque seguir atormentandote.

—No sé cómo hacer tal cosa.

—Para empezar, puedes dejar de esconderte aquí en el bosque. Anda, volvamos a la cabaña y avisemos a los chicos que estamos listos para volver a casa. —Encaminó sus pasos hacia ahí, seguido del español. —Y, toda vez que estemos en el Santuario, busca el modo de acercarte a ella. Dudo mucho que te pida explicaciones, porque estoy seguro de que Aioros le dará todas las que necesita. Pero, si no haces un intento, Raissa nunca podrá conocerte como eres.

—¡Por los dioses! De solo pensarlo ya me duele la cabeza.

Para sus adentros, Camus sonrió. Ese era el Shura que conocía: adorablemente atormentado. A veces le sorprendía que un tipo tan noble y emocional hubiese llegado a dónde él estaba. Sin embargo, comprendía que a veces, las emociones eran un arma de doble filo para las almas sensibles.

Confiaba en que pronto, aquel malentendido que el propio Shura se había creado con Raissa llegaría a su fin, y una vez más, el español podría respirar en paz, sin necesidad de aspirinas.

-X-

Saga levantó una ceja cuando Aioros, quien se había excusado por un instante, reapareció en el salón del trono. Se paró junto a él y Arles, a un costado del trono, y se cruzó de brazos con cierto nerviosismo. Se dio cuenta que miraba con demasiada insistencia cuando de pronto, el arquero se volteó hacia él y frunció el ceño.

—¿Qué?

—¿Eh…?

—Me miras como si tuviese algo en la cara.

—Te has peinado… Otra vez.

—Nunca dejarás a mis rizos en paz, ¿verdad?

—No mientras estén peinados. Es raro.

—Más o menos peinados. —Esta vez, Saga frunció el ceño y ladeó el rostro. Ciertamente no había sido el mejor esfuerzo de Aioros. —¡De acuerdo, de acuerdo! No ha quedado tan bien. Pero, ¿sabes lo difícil que es conseguir que los rizos queden perfectos?

—No. —Por supuesto, su pelo era lacio y perfecto de por sí.

—Pues es difícil.

—Aioria podría darte algunos consejos.

—Debería.

Mientras tanto, Arles los observaba en silencio con una sonrisa en los labios. Después de la gran calamidad de semanas anteriores, jamás se le hubiera ocurrido pensar que volvería a ver a ese par interactuar de aquella manera. Pero ahí estaban, haciendo eso y más; actuando de una manera ejemplar bajo presión y haciéndole sentirse como un padre orgulloso en el proceso.

En días pasados, cuando Shion les confió su decisión de dejarlos a cargo, Arles tuvo serias dudas respecto a la cordura del lemuriano. La relación entre ambos estaba tan deteriorada y era tan tirante, que esperaba lo peor de aquel Patriarcado Conjunto. ¡Prácticamente había sentido que Shion le dejaba la obligación de evitar que se matasen!

Contra todo pronóstico, se había equivocado y, nunca antes, se había sentido tan bien de haber fallado.

—¿Cuánto más crees que tarden?

—Deben llegar en cualquier momento. Mu ya está en Meteora.

—Estoy ansioso.

—Ya… Se nota. —De reojo, Saga lo observó por un par de minutos. —Por cierto, ya que te has tomado tiempo para peinarte, podrías haberte afeitado.

—Todo el mundo es un crítico. —El arquero giró los ojos, con un dejo de diversión en la mirada.

—Solo digo… Vas a picarla cuando te besuquee.

—No me ha dado tiempo, ¿vale? Ellos podrían llegar en cualquier momento y no quería perderme la oportun…

Como un truco de magia, las siluetas de los recién llegados aparecieron a los pies del trono. Bastó un par de pestañeos para poder verlos a la perfección.

Tan pronto pudieron verse con claridad, los dos santos de oro y los cinco santos de plata hincaron la rodilla. Mu ofreció una brevísima reverencia a Sus Ilustrísimas y se retiró. Mientras, Raissa, al lado de todos ellos, jugueteó nerviosamente con sus dedos contemplando toda la escena conforme sus ojos y cabeza se acostumbraban al gran cambio que representaba la teletransportación.

Entonces, levantó la mirada para centrarla en el par de Santos dorados al costado de trono. Retuvo la respiración, sintiéndose incapaz de apartar la mirada de ellos. Lo que fueron un par de segundos, se sintieron como una eternidad. Hechizada por su presencia y embrujada por sus recuerdos, los contempló.

Eire había estado en lo cierto al decir que sus pequeños habían crecido. La última vez que ella los vio, ya no eran una niños, pero estaban lejos aún de convertirse en los hombres que ahora eran. Ambos eran altísimos, aunque Saga lo era un poco más, por un par de centímetros. Sin embargo, apenas era visible con ambos enfundados en sus majestuosas armaduras. Por supuesto, era una pena que las alas de Sagitario estuviesen ausentes, porque entonces, la belleza del ropaje sagrado era inigualable e incomparable con ninguna de las demás. O al menos, lo era a los ojos de Raissa.

Armaduras aparte, y quizás pensando como una mamá zorra, sus niños eran una visión caída del cielo.

Las pocas facciones aniñadas que quedaban en sus recuerdos de la adolescencia se habían desvanecido, dejando en su lugar a un par de apuestos hombres adultos. Por los dioses… ¿Cuántas veces había imaginado sus rostros como los adultos que eran hoy? ¿Cuántas veces había llorado pensando en todo lo que se les había arrebatado?

Como una niña, dominada por sus emociones, rompió filas y fue en busca de Aioros. A él mismo le había importado poco el protocolo y se encontraba descendiendo las escalinatas que lo separaban de ella, dispuesto a abrazarla. Cuando por fin la tuvo entre sus brazos la apretó y la levantó. Una carcajada repleta de alegría hizo eco en la garganta de la mujer.

—¡Por Athena, Rai!—Le dijo él. —¡Estás aquí! ¡Eres tú! ¡Te he extrañado tanto!

—¡Y tú! ¡Mírate! ¡Has crecido! —Raissa acarició su cara con mimo, encontrando con facilidad al niño dulce que recordaba en aquellos ojos celestes. Las lágrimas quisieron traicionarla, pero las enfrentó con orgullo. —Por los dioses… No sé si me acostumbraré a verte así. ¿Qué fue de mi pequeño arquero?

—Creció… Un poco. —Arles terció y fue cuando Raissa reparó en su presencia. Sin dudarlo le abrazó. —Oh, Raissa… Juro que jamás pensé volver a verte, pero… ¡Aquí estás! ¡Benditos sean los dioses!

—Maestro… —Ella correspondió el gesto. Ese era el Arles al que recordaba y respetaba. No el demonio que habían mantenido el Santuario bajo un yugo de terror. —Gracias por recibirme de nuevo.

—Bienvenida a casa.

Tímidamente, a unos metros de todo y sin intervenir, Saga observaba. Hizo una seña en silencio al resto de sus santos para que se pusieran en pie, y decidió esperar porque la euforia se aplacase un poquito, dándoles tiempo de continuar.

Sin embargo, el mismo se vio sorprendido cuando la antigua doncella volteó en su dirección y fijó la mirada en él. Habían pasado años desde la última vez que había visto aquella mirada marrón, oculto tras los ojos de Ares, pero ni así había sido capaz de olvidarla. Raissa, después de todo, no solo había sido amable con Aioros y Aioria, sino con todos ellos. Los había cuidado y consentido. Los había amado. Razones de sobra tenía para quererla.

—Sigues siendo un chiquillo tímido—musitó ella, con una sonrisa en los labios—. ¿Puedo darte un abrazo, Saga? —Por inercia, el asintió y la mujer no dudo en ir a por él. Mientras la abrazaba, Saga se dio cuenta que llevaba una sonrisa tonta en los labios. Tonta, pero sincera.

—Es bueno tenerte de regreso, Rai. Bienvenida.

—Miráos, miráos. —Aioros se había acercado, así que Raissa miraba de uno a otro santo, anonadada. Acarició con suavidad los rostros de cada uno y ensanchó la sonrisa. —¡Eire tenía razón!

—¿Sobre qué?—preguntó Aioros, intrigado.

—Oh, cosas de chicas. —Volteó hacia la amazona aludida y le guiñó el ojo. A través de la máscara, una risilla se escapó de los labios de la pelirroja, ocasionando que Camus girara los ojos.

—Ahm… Sí… —Saga se aclaró la garganta y retomó su expresión seria al recordar el porqué estaban ahí. —¿Estáis todos bien?—preguntó al grupo. Nadie le respondió. Solo pudo notar a Deltha, agachando el rostro. Casi podía ver su rostro compungido tras la máscara, convencida de que seguramente le había desilusionado con su pobre actuación como amazona. Ya tendrían una larga plática después sobre eso. Por ahora, solo le importaba que estaba viva. —Entiendo… Sin importar el resultado, nos alegra que estéis de regreso y que estéis vivos. Ciertamente, lo que encontrasteis en Meteora no era para lo que estábamos preparados. Pero estoy seguro de que la información que podáis brindar de este incidente será valiosa para entender con quién lidiamos.

—Vuestra primera parada en el Santuario será la Fuente de Athena, en dónde Eudora espera por vosotros. Permitid que ella y sus doncellas os echen un ojo para asegurarse que estáis bien—retomó el arquero las palabras de Saga—. Sabemos que seguramente no habéis tenido el humor o los ánimos para hablar de esto, pero tomaros un descanso y cuando volváis a reuniros como equipo, discutid todo lo que sucedió con vuestros capitanes. Todo lo que recordeis puede ser importante: por ejemplo, cómo os sentisteis durante la posesión, cómo estaba vuestra mente, y cualquier otro detalle.

—Más de la mitad de mis cuervos están muertos… —chilló Jamián. Lo lastimoso de su voz, hizo que el arquero sintiera pena por él.

—Lo lamentamos, Jamián… Lo lamentamos, chicos.

—Dirigios a la Fuente. Así podréis iros a casa pronto. Aprovechad el día para descansar. Bienvenidos a casa de nuevo—dijo Saga, y con una reverencia, cada uno de los santos y amazonas frente a ellos se retiraron con lentitud bajo su mirada.

No pudo sino pensar en el desastre que aquella misión había sido para esos chicos. En especial, le preocupaba Deltha. Su autoestima como amazona ya estaba lo suficientemente golpeada y ahora… Se sopló el flequillo. No tenía la menor idea de lo que encontraría cuando volviese a Géminis y se reencontrase con ella. De verdad suplicaba porque se encontrase bien. Los vendajes alrededor de su cuerpo le tenían en alerta.

—Vamos—escuchó a Aioros y volteó—, preparamos una habitación para ti. —Hablaba con Raissa. La doncella le había tomado del brazo y él cargaba el morral con sus pocas pertenencias. —Te llevaré para que puedas acomodarte. Mientras, iré a Sagitario a darme un baño y volveré para que podamos charlar.

—De acuerdo. —Rió Raissa. —Me gustan tus ricitos peinados. —Tiró de uno de ellos con cariño.

—Te hubiesen gustado más cuando realmente estaban peinados. —Saga intervino, haciéndola estallar en carcajadas. El arquero torció la boca.

—Pasamos una noche horrible. Ya te contaré todo.

—Me hago una idea. En Meteora la noche fue complicada también. Os veis cansados.

—Se ven terribles—terció Arles.

—Gracias, Arles. Nos animas en sobre manera.

—Aprovecha tu también para irte a Géminis—dijo el santo de Altaír—. Un par de horas lejos del despacho no van a matar a nadie. Yo me haré cargo de todo aquí.

—Tengo algunos pendientes en el despacho…

—Por los dioses, niño. Eres peor que Shion. —Arles dejó caer los brazos. El chico era un adicto al trabajo como el lemuriano. —¿Qué se requiere para sacarte de aquí?

—¿Me estás sacando?

—Sí, necesitas alejarte de todo esto por un momento. Ve a casa, come Nutella, dormita en tu sofá. ¡Haz lo que quieras! Solo vete.

—Pero… —Raissa miraba divertida de uno a otro. Podía imaginar que, si siendo unos niños habían traído dolores de cabeza a Arles, ahora como adultos iban a volverlo loco.

—Pero nada.

—Arles…

—Ve a casa, Saga. —Para sorpresa de los dos, Aioros se metió en la discusión. Su rostro había tomado cierto aire de seriedad. —Creo que entiendes que alguien va a necesitarte en Géminis, ¿verdad?

Saga tragó saliva. Apretó ligeramente los labios y, por un segundo, desvió la mirada del arquero. Después, regresó sus ojos esmeralda a los suyos, para enfrentarlo.

—Necesito terminar unos asuntos en el despacho, después iré a asegurarme de que Saori y Shion estén bien. Cuando termine, iré a Géminis.

—Vale, como quieras. Yo iré a darme una ducha y estaré de regreso en un rato. —Aioros lo miró de soslayo y volvió a centrar su atención Raissa, la ayudó a bajar las escaleras y se encaminaron hacia la salida. —Milo y Aioria se volverán locos cuando te vean de nuevo…

En silencio, Saga los vio marcharse. Pensó que por lo menos, Aioros se veía animado. No dudaba que ambos les hacía falta un poco de descanso, pero lo cierto era que Arles quizás tenía razón y él era un adicto al trabajo. O quizás, simplemente necesitaba callar a todo ese miedo que le había dominado de la noche anterior. Miedo a perder a su padre… a Shion. Miedo a perder a Saori. Miedo a perder a Camus y a Shura. Miedo a perder a Deltha. Miedo a perderlo todo.

Solo necesitaba un momento de paz para recomponerse y seguir adelante.

-X-

Había hecho resonar su cosmos antes de entrar, aún a sabiendas de que ni Saga ni Kanon estaban en el templo en aquel momento. Sin embargo, desde hacía un tiempo, Ángelo se había esforzado por entender el significado de la palabra "privacidad". O al menos, intentaba entenderlo desde el punto de vista de Saga y su… timidez, por llamarlo de algún modo.

Así que ahí estaba, hablándole a la nada en su italiano materno, mientras deambulaba por la cocina de Géminis. ¡Dioses! ¡Qué lugar tan deprimente aquel! No tenía la menor idea de qué se alimentaban los inquilinos de aquel templo, obviando las galletas, el chocolate y los dulces, pero lo cierto era que… de comida normal no. Quizá por eso Shion había ordenado las comidas en familia del Templo Papal. De pronto sonaba como buena idea.

Tomó una taza del escurridor, y sin ningún reparo, la rellenó con un poco del vino que encontró en el refrigerador. Respetaba la privacidad, pero tampoco estaba mal tomarse algunas libertades en un templo amigo… ¿no? Saboreó el vino blanco, y de pronto, reparó en el gato blanco y negro con cara de angustia de la taza que sostenía.

—¿Ma che cosa…? —murmuró, prácticamente sin darse cuenta, hipnotizado por la travesura en el rostro del pollito amarillo. De todas las cosas que pensaba encontrar en Géminis… Se dio la vuelta, con intención de apoyarse en la encimera, pero en aquel instante, un par de ojos almendrados lo veían de vuelta desde la puerta.

Sorprendida, Deltha improvisó.

—Me pareció ver un lindo gatito… —musitó.

No esperaba a nadie en la cocina. Menos aún a algún extraño del templo. Y desde luego, lo que no esperaba, era mostrarse sin máscara ante otro Santo Dorado en aquel preciso instante, menos aún cuando su rostro lucía magullado, y sus ojos enrojecidos.

Ángelo se había quedado quieto, helado en su sitio, y con sus ojos fijos, mirándola. Exactamente, de todas las cosas que el cangrejo pensaba encontrar en Géminis... ella no era una de ellas. Recordó de nuevo el sentido de la palabra "privacidad". Saga iba a matarle. Sino lo intentaba ella antes.

—¿Piolín y Silvestre? ¿Tweety? —Ángelo ladeó el rostro, perplejo, y se encogió de hombros apenas perceptiblemente.

—Esto… —carraspeó.

—Ah… —Pero Deltha se le adelantó. Cojeando sutilmente, prosiguió con aquello que fuera que la había llevado a la cocina, e hizo como si nada de lo que sucedía fuera una situación terriblemente incómoda e inesperada para ambos.— Pobres hombres, estos Santos de Athena. Tendrás que ver más dibujos animados… Estoy trabajando en ello con Saga.

—¿Dibujos animados...?

—Ajá… La taza. —La señaló con un gesto del rostro. —Los Looney Tunes. —Deltha tomó un poco de agua en un vaso, y con cuidado, lo vertió en la maceta bajo la ventana. Un cactus. Había un jodido cactus, con dos ojos adhesivos pegados a modo de rostro.

—¿Un cactus? —El cangrejo dorado, alzó las cejas aún más.— ¿En serio?

—Absorben las malas vibras—murmuró ella, satisfecha, llevándose con cuidado la mano al costado.

—Supongo que eso es bastante útil… —La amazona asintió, viéndolo de soslayo.

—¿Puedo hacer algo por ti?—preguntó amablemente. Su voz sonaba dulce… y Ángelo se preguntó cuándo había sido la última vez que una desconocida, o conocida, le había tratado con esa normalidad. —Saga no está… ni Kanon. Aún no han llegado—musitó con cierta desilusión. —Aunque no creo que tarden mucho más.

—Oh… lo sé. —Ángelo se revolvió el pelo en un gesto que a la amazona le resultó sorprendentemente inocente y nervioso en alguien con su reputación. —En realidad vine a… —señaló el par de tuppers que había dejado sobre la mesa—, comprobar que su ilustrísima se alimente de algo de verdad.

—¡Dioses! ¿Lo has hecho tú? —Tan rápido como su cuerpo dolorido se lo permitió, Deltha abrió la tapa de uno de los recipientes, y dejó que el sabroso aroma inundase sus fosas nasales.— Mmmm… —gimoteó—. ¡Huele fantástico!

—Esto… —titubeó, nervioso—. Sí, lo hice yo.

Deltha lo miró de nuevo. De pronto, se dio cuenta de que quien tenía frente a ella era, según la mayoría del Santuario, un perturbado y psicópata que decoraba su casa con rostros de cadáveres. Frunció el ceño levemente, sorprendiendose a sí misma de la tranquilidad con que estaba actuando ante él… y se recordó, de modo inmediato, de todo lo que Saga le había contado respecto al cangrejo dorado. Ángelo se estaba esforzando y se preocupaba. Se preocupaba de verdad. No intentaba ganarse, simplemente, el favor de nadie. Esta vez no.

—¿Puedo robarle un poco a su ilustrísima?

—Solamente un poco… quisiera que tuviera algo de lo que alimentarse. —Su risa, femenina y cantarina, resonó en la cocina y Ángelo se encontró sonriendo de vuelta.

Nunca antes había hablado con Apus. Nunca jamás la había visto sin máscara. Ni siquiera había reparado en el detalle de que contadas personas habían visto su rostro en el Santuario… ¡Dioses! Esperaba que no se tomase muy a pecho la estúpida ley de la máscara, o entonces tendría un pequeño problema entre manos. De pronto, se puso nervioso. Más aún. Carraspeó y la miró de nuevo. Para él, Deltha solamente había sido la sombra del arquero desde que tenía memoria. Nada más. Intocable y lejana, casi etérea. Y ahora estaba ahí, recién salida de la ducha, con el pelo todavía mojado, sin máscara y charlando amablemente con él.

—Riete, pero el muy idiota ha bajado de peso—terminó diciendo.

¿Y por qué Ángelo se había dado cuenta de eso…? El italiano no tenía la menor idea, quizá solamente eran las observaciones de Afrodita. Pero desde que toda la catástrofe de Caelum se precipitase, Ángelo no había dejado de vigilar a Saga. Haberse topado accidentalmente con un geminiano en extremo vulnerable, y verlo derramando lágrimas con el corazón roto, le había recordado que el griego era un mortal como todos los demás: tenía sentimientos, y necesidades. Saga no era de piedra, después de todo. ¡Eh! Incluso él mismo había logrado abatirlo en un entrenamiento ante los ojos de todo el mundo. Y lejos de sentirse orgulloso por su logro, se había sentido inmensamente culpable de pisotear el agonizante orgullo del gemelo mayor.

Ahora Saga estaba ocupado todo el tiempo. Él se había hecho cargo de su equipo tan bien como había podido: Shaina y Giste se habían portado como un par de respetables mujeres, y Ángelo había conseguido mantener al lobito y a Jabu con vida. Al menos hasta que Saga volviese. Había puesto empeño en la tarea, y había seguido el consejo experto del Matrimonio de Tres. Camus, Milo y Aioria habían sido una inesperada mano amiga.

Mas después del ajetreo de la última noche, no estaba muy seguro de cuándo Saga podría darse una pequeña tregua. Eso era lo que realmente importaba. No la máscara de Deltha.

—Está trabajando mucho… —murmuró la amazona—. Se lo está tomando muy en serio.

—Sí, eso parece. —Le dio un sorbo al vino, y de pronto reparó en ella. —¡Oh! Lo siento… ahora vives aquí, y estoy bebiendo en tu cocina y…

—Tranquilo. —Rió de nuevo. Y aquella fue la primera vez que Ángelo escuchó un sonido tan bonito en aquel templo. Se encontró sonriendo de vuelta una vez más. —Solo soy una invitada incómoda, ese vino ni siquiera es mío.

—Espero que no sea de Kanon.

—No creo que tuviera tan buen gusto… —Máscara Mortal dejó escapar una carcajada. —Pero tomaré un poco, si no te importa. —Tomó otra taza y se sirvió.

—No creo, no. ¿Te ocuparás de que Primogénito coma y duerma un poco?

—Haré lo que pueda. —Inclinó el rostro a modo de solemne reverencia. —Aunque no aseguro nada, es un niño difícil.

—Bien. La intención me sirve.

Un nuevo silencio los rodeó. Unos instantes en que el italiano no dejó de mirarla un solo segundo, mientras la mujer mantenía la vista perdida en el suelo de la cocina. Estaba herida, estaba triste. Aún sin conocerla, y a pesar de la risa cantarina, Ángelo podía afirmar eso. Acababa de volver de Meteora, y la misión había sido un drama al parecer. Las magulladuras eran visibles, y sus manos temblaban sutilmente mientras sostenían con mimo la taza.

—Oye… —comenzó.

—¿Mmmm? —dijo ella, tomando un sorbo.

—Siento… —No tenía muy claro cómo decir aquello. Se señaló a sí mismo el rostro, y continuó. —Saga siempre habla de su intimidad, y ahora acabo de recordar que vives aquí y que…

—No te preocupes. —Sabía a qué se refería. —He vivido fuera quince años. ¿Crees que la ley de la máscara es importante para mí?

—No lo sé, pero por si acaso, quería disculparme. No quería… —Deltha posó la mano sobre la suya. —Importunar. —Le estaba tocando. Voluntariamente.

—Tranquilo. No pienso matarte, y enamorarme de ti tampoco está en mis planes… así que no tienes nada de qué preocuparte.

—¡Oh! Me alegra saberlo. No es que estuviera mal que te enamorases claro, pero… —La amazona alzó las cejas divertida. —¡Ay, dioses! Tengo que socializar más…

Ella rió de nuevo, y entonces, Ángelo cayó en la cuenta de que le gustaba el modo en que aquel sonido hacía eco en las paredes del tercer templo. Había personas que, definitivamente, habían nacido para sonreir.

-X-

Saga se escabulló en su propio templo en completo silencio. Afuera, la lluvia había vuelto a arreciar, y casi sin darse cuenta, se estremeció. Tenía frío. Estaba destemplado y cansado. ¡Y odiosamente preocupado! Miró de un lado a otro del salón, pero no vio a Deltha por ninguna parte. Afinó un poco su cosmos —a pesar de que comenzaba a resentir el alarmante drenaje al que lo había sometido— sin ánimo alguno de buscarla por el templo, aunque las opciones fueran reducidas, y la encontró en su habitación, no en la de ella.

Sorprendido, se dirigió hacia allá. Era la primera vez que la amazona entraba allí sin que él estuviera presente. Deltha respetaba su espacio personal, después de todo.

Desvistió a Géminis y la dejó en el salón.

Abrió la puerta, asomó la cabeza y al verla sonrió. Cerró tras de sí con suavidad y, descalzo, se acercó hasta la cama. Ahí estaba ella, dormida entre la montaña de almohadas, tapada con la manta y acurrucada junto a Mico y Mickey Mouse.

Se sentó a su lado, tratando por todos los medios de no importunarla, y la observó. Tragó saliva cuando reparó en la marca amoratada de su pómulo y en el labio ligeramente hinchado. Sabía que eran magulladuras sin importancia, pero aún así, dolían mucho mas que si fueran propias.

¡Vaya trabajo de mierda estaba haciendo como su guardián autoproclamado!

Se sopló el flequillo y, apesadumbrado, dejó caer el rostro hacia atrás con los ojos cerrados. Estaba seguro de que podría dormirse en esa misma postura, si es que la cantidad ingente de cafeína que rondaba por sus venas lo permitía.

—Hey… —Su voz sonó en apenas un murmullo, suave y lejano. Alzó la mirada y se topó con sus ojos color miel mirándolo con alivio.— Estás aquí.

—¿Cómo estás? —preguntó mientras asentía—. ¿Has podido dormir algo?

—Estoy bien… —Pero no sonaba, ni por lo más remoto, como si estuviera bien.— Me di un baño en cuanto llegué y me quedé dormida. Usé tu cuarto de baño, espero que no te imp…

—No pasa nada, puedes usar lo que quieras.

Deltha asintió apenas perceptiblemente y dibujó una sonrisa minúscula. Contempló al peliazul que, dicho fuera de paso, no se veía mucho mejor que ella, y casi sin darse cuenta, sus dedos juguetearon con el lazo azul de su muñeca. No se lo había quitado… tal y como había prometido.

—Ángelo vino antes. —Saga alzó una ceja con curiosidad. —Te trajo comida de verdad, porque según sus observaciones has bajado de peso. —Las cejas del peliazul se alzaron aún más. Esa observación llevaba el nombre de Afrodita por todas partes y, por supuesto, no era errónea. —Me pidió que me asegurase de que comieras algo decente… y tiene una pinta fabulosa, así que comeremos juntos más tarde, ¿te parece?

—Claro… Ángelo cocina bien.

—¡Quién iba a decirlo! —Sonrió, y entonces, un inesperado toque de travesura adornó sus ojos. —Por cierto, sucedió algo curioso…

—¿El qué? Si es algo "curioso" y no catastrófico como todo lo sucedido en las últimas veinticuatro horas, me sirve, la verdad. —La sonrisa de la amazona se ensanchó sutilmente.

—Me lo encontré en la cocina, y no llevaba mi máscara puesta.

—Oh… —musitó—. ¿Y…? ¿Saltó por la ventana espantado? Dime que no se ha enamorado ya, Apus, no se si puedo lidiar con un cangrejo emocionalmente inestable…

—Tonto… —Picó sus costillas, revolviendo al peliazul, que dejó escapar una cómica risilla. La amazona se incorporó sobre uno de sus codos y toda seriedad, lo miró fijamente.— ¿Tienes cosquillas?

—¿Qué? —calló de pronto él.

—¡Tienes cosquillas! ¡¿Cómo no lo había averiguado antes?! —se avalanzó sobre su pecho con aquellos dedos del demonio, y tras un par de picotazos, el peliazul logró atrapar sus manos.

—¡Para! ¡Quieta! —Aguantar la risa, le estaba resultando difícil.— ¡Dioses! ¿Uno ya no puede tener secretos o qué?

De pronto, se percató de que el gesto de la amazona se había agravado. Sus ojos se habían humedecido, y casi sin darse cuenta, un gemido de dolor escapó de sus labios. Saga se quedó quieto, entreabrió los labios, y comprendió. La soltó de inmediato. El juego la había hecho daño. O él… que para el caso era lo mismo.

—Lo siento… ¿estás bien?

—La "Piedra Saltarina" me dejó hecha polvo—explicó cuando recuperó la respiración—. Ya le dije a Shura… que si iba a barrer el suelo con alguien, hubiera sido más digno con cualquier otra técnica que no tuviera un nombre tan… —Entonces, el geminiano quiso reír ante la ocurrencia, pero no atinó. Deltha se reacomodó a su lado, y dejó caer la cabeza contra su hombro, con delicadeza, tratando de no hacerse más daño del que ya sentía. —Un nombre tan poco serio.

—Mucho mejor Excalibur—musitó él.

—Sin duda.

Saga esbozó una mueca que pretendía ser una sonrisa, pero no tuvo demasiado éxito. Deltha siempre había tenido muchas dudas sobre su vocación, de su valía como amazona, y el poco valor que había logrado acumular en aquellos meses, tenía la impresión de que se había esfumado. El minúsculo ego de guerrera que había labrado, había muerto en Meteora; el peliazul lo sabía.

—Nadie hubiera podido hacer más, Deltha.

—¿Tú crees? Nunca me he sentido muy útil, pero anoche… ¡Dioses! ¡Qué sensación tan horrible sentirse controlada y obligada a actuar en contra de…! —Su voz se apagó de pronto, consciente de con quién estaba hablando. Saga había sufrido esa experiencia multiplicado al infinito, y ella... —Lo siento.

—No tienes nada que sentir. Es una mierda, si. Pero si algo bueno salió de esto, a parte de que todos estáis bien, es que sabemos algo más de nuestro enemigo.

—¿Y es útil?

—Lo será—dijo, tras unos segundos pensando en ello.

Aunque no estaba nada seguro de ello.

Era cierto que siempre era mejor saber cuánto más de un enemigo. El conocimiento es poder, al fin y al cabo. Sin embargo, en su situación, no había mucho que pudieran hacer. Él conocía de sobra ese tipo de técnicas: Ares había vivido quince años en su cabeza, manejándolo a su antojo. Y por si fuera poco, el Satán Imperial hacía exactamente ese mismo trabajo: control mental. Puro y doloroso control mental. Sabía como funcionaba: cómo se ejecutaba y qué sensaciones producía. Y aún así, Saga no tenía la menor idea de cómo podrían prepararse para enfrentar a alguien que podía manejarse en ese tipo de técnicas con tanta facilidad.

Dos santos dorados habían estado a punto de sucumbir, a la vez, ante ese control. Y los chicos de plata… todos de manera simultánea. Lo dijese en voz alta o no, era un grave problema.

—Encontraremos un modo de hacerlo frente, y con suerte, no tendréis que sufrir de nuevo algo así.

—¿Lo sufrireis vosotros? —Saga no respondió, y para ella fue suficiente. —Dioses, Saga… no estoy lista para esto. Yo no soy…

—No pienses en lo que se acerca por el horizonte, Deltha, solo piensa en el día a día. Camus va a esforzarse por vosotros.

—Todos lo haceis, Saga. Quizá resulta obvio para ti, en el rango más alto, pero para nosotros… Siempre hemos sabido que dependemos de vosotros. Incluso perteneciendo al rango de plata. Desde que tengo memoria… Pero no creo que entiendas lo difícil que es aceptarlo, cuando uno quiere demasiado a esas personas que se visten en oro… —Le miró de soslayo, y su rostro, pálido y cansado, miraba a la nada. —Lo que me tratas de decir es: "no sufras, no tendrás que hacerlo, porque yo sufriré por ti"... y no me consuela… Me aterra, porque no quiero que sea así.

No encontró palabras para refutar nada de lo que había dicho, y sabía que ella tampoco las deseaba. No mientras fueran excusas huecas, que no tenían sentido. En realidad, Deltha tenía razón. Comprendía que se sintieran vulnerables, y ese sentimiento, nunca era agradable. Pero no podían hacer nada más por ellos, o por ella, que protegerlos con todo lo que tenían: sus vidas. Nadie quería perder a un ser querido, al fin y al cabo. Ellos, tras su fachada de oro… tampoco.

—¿Sabes? —dijo ella de pronto—. No deberíamos estar hablando de estas cosas, cuando tenemos una maravillosa lasaña esperando por nosotros en la cocina.

—Tienes razón… —Ella se incorporó despacio.

—Aunque… hay otra cosa más que tengo que contarte.

—Dioses, no se si mi corazón a soportar muchas más confesiones del mundo hoy—replicó con gesto dramático.

—Es sobre Kanon. —Entonces, Deltha supo que tenía toda su atención. Aquel par de ojos verdes lo miraba fijamente, con una curiosidad e interés muy mal disimuladas.

—¿Pasó algo? —En realidad, después de la visita a la Fuente de la mañana, Saga esperaba que nada malo sucediese. Quizá era un ingenuo, pero…

—Él y yo… tuvimos una conversación. —El rostro de Saga se tornó grave. —Y debo decir que fue sorprendente.

—¡Oh, vamos! ¡Escúpelo y deja la tensión a un lado! ¿Tengo que matarlo? —Ella ahogó una pequeña carcajada.

—Me pidió, muy amablemente, que empezásemos de cero. Se disculpó conmigo… y me aseguró que le gustaría tratar de que las cosas fueran mejor a partir de ahora. Que quería sumar en lugar de restar. —Decir que Saga lucía perplejo era poco. —Dijo que estaba cansado de ser un obstáculo… —También mencionó que se sentía orgulloso de él, pero ese no era el lugar de Deltha para decirlo. Si las cosas mejoraban entre ellos, Kanon encontraría el modo de hacérselo saber. De verdad, ella deseaba que así fuera.

—Entiendo…

—¿Lo haces? Parece que acabas de escucharme hablar en farsi.

—Es inesperado.

—Lo sé.

—Pero supongo que es algo bueno… pasó la noche junto a la Princesa, y vino temprano a la fuente. Estuvo charlando tranquilamente con los cuatro, incluído Aioros… y dijo que lo estábamos haciendo bien. —Una sonrisa enorme se dibujó en el rostro de Deltha.

—Entonces, deberías sentirte tranquilo. Quizá el hijo pródigo este regresando de verdad...—Le guiñó un ojo con complicidad. —Vamos, te dejaré que lo asimiles mientras compartimos esa lasaña…

-X-

Desde que Aioros y Saga lanzaron la alerta de ataque en plena madrugada, no había vuelto a cerrar los ojos. Su equipo había asignado a vigilar uno de los sectores de Rodorio, en dónde habían pasado varias horas con los nervios a punta de piel, perdidos entre las chozas de los aldeanos, como fantasmas a mitad de la noche.

El Sol comenzaba a despuntar cuando la alerta se levantó y se les permitió regresar a casa. Eran poco menos de las seis de la mañana y Naia no se había sentido capaz de volver a la cama.

Lo único bueno de aquella noche en vilo era que había tenido de tiempo de pensar en su conversación con Tatiana. Su mente le había permitido reflexionar en todo lo que había vivido; en su presente y su futuro también. Pensó en todo lo que había hecho mal, pero también en sus aciertos. Sobre todo, tuvo tiempo para hacerse la pregunta más importante de todas: ¿Hacia donde quería ir ahora? Desconocía si había sido la creciente tensión con aires de guerra, o si había sido el frío de la mañana, pero algo había servido para iluminar su mente y, de pronto, tenía las cosas más claras que nunca.

Recordó por encima de todo, el porqué estaba ahí.

Había regresado por ellos. Por Saga, por Kanon, por Aioros. Volvió para estar con ellos, para ayudarlos. Pero había permitido que la confusión de sus emociones, sus deseos y sus miedos se interpusieran en el camino. De alguna forma, aunque con ayuda ajena, se las había arreglado para arruinarlo todo. Había quedado en deuda.

Por Saga y por Deltha no podía hacer nada, porque la rabia y el dolor que sentía todavía la sobrepasaban. Por Kanon… Bueno, Kanon no iba a necesitar nada de ella pronto. Pero ahí estaba Aioros, enredado en una telaraña que el destino había tejido de nuevo alrededor de él.

Le dolía que, de todos, él hubiera vuelto a la vida solo para sufrir. Desilusión tras desilusión.

Aioros merecía ese mundo de sueños que había narrado infinidad de veces durante su infancia. Merecía alcanzarlos, merecía sonreír, merecía ser feliz. Aioros había vuelto para retomar lo que había dejado pendiente. Él debía convertirse en el hombre maravilloso que siempre debió haber sido. El mundo y el destino estaban en deuda con él. Y, aunque fuera con poco, ella deseaba aportar algo para devolverle esa sonrisa que tantas veces les había hecho brillar el día durante sus años de niñez. Quería volver a verlo como realmente era.

Así que por ello, cuando regresó a su cabaña decidió dedicar algún par de horas más a él. Se había metido a la cocina y, como no lo había hecho en mucho tiempo, preparó algunas docenas de galletas de chispas de chocolate.

Después las había acomodado con cuidado en una caja de cartón, y había envuelto un moño a su alrededor. Todo lo que le quedaba por delante era esperar el momento en que Aioros estuviera disponible y, en especial, que se alejara del Templo Papal. No estaba segura de ser bienvenida ahí tras todos los incidentes de los que había sido protagonista, así como tampoco estaba lista para toparse frente a frente con Saga. Se sentía más fuerte, pero estaba lejos de sentir sus heridas cerradas por completo.

Cerca de la media mañana, pudo sentir el tintineo del cosmos de Aioros abandonando el Templo y descendiendo hasta Sagitario. Poco antes de eso, había alcanzado a apreciar el regreso de los cosmos de Shura, Camus y los demás… El de Deltha, incluido. Y, de algún modo, se sintió aliviada.

Deltha y ella habían tenido unas semanas tormentosas. Había llegado a sentir un rabia desbordante por ella, como no la había sentido nunca antes y, como jamás hubiese pensado que sentiría por aquella a la que consideraba su hermana. La había querido lejos; lejos de su vida, y lejos de sus asuntos, lejos de Saga. Pero nunca muerta. Así que su regreso, de algún modo, la tranquilizaba.

Hizo gala de sus mejores habilidades para disimular su cosmos durante su trayecto a Sagitario. Decidió escabullirse por los pasajes subterráneos para evitar las escaleras y a los ojos curiosos. Por fin, cuando divisó la salida que guiaba al noveno templo, la tomó.

Pronto se encontró en los corredores que guiaban a las entrañas de los templos, donde las residencias de sus propietarios se encontraban. Con timidez abrió la puerta a los privados, solo para descubrir que el salón de Sagitario estaba vacío.

Aquel templo siempre le había parecido diferente. Quizás había sido la influencia de Orestes, quien siempre había motivado a Aioros a sentirse parte importante de Sagitario, pero es que el noveno templo estaba impregnado de él.

Entró de puntillas sin hacer ningún ruido, dispuesta a sorprender al castaño. Sin embargo, cuando se encontró con aquella bolsa de papel en la mesilla del salón, fue ella quien se sintió intrigada del contenido. Pecando de curiosa, se atrevió a mirar dentro. Lo que encontró la hizo sonreír. Tomó la bolsa entre sus manos, dispuesta a llevarla hasta cocina para acomodar su contenido en la despensa. Mas, cuando empezaba a retomar el paso, alcanzó a escuchar las pisadas de pies descalzos que se aproximaban en su dirección. Supo de inmediato que se trataba del dueño del templo y esperó. Cuando por fin lo divisó, con la toalla sobre la cabeza intentando domar esa melena rebelde suya, le saludó.

—Buenos días, Su Ilustrísima…

Lo inesperado de recibir visitas a esas horas de la mañana, le sorprendió al punto que Aioros brincó. Acababa de salir de la ducha y, aunque gracias a los dioses iba vestido, llevaba la toalla sobre la cabeza, en un intento de evitar que sus rizos castaños escurrieran. Así que, entre su usual despiste y sus múltiples distracciones, poco o nada hubiese podido hacer para reparar en su visitante.

—¡Dioses, Caelum!—exclamó— ¡Eres como un gato! ¡No sabía que estabas aquí!

Naiara estalló en risas. Su visita tenía muchos fines esa mañana, pero ninguno había sido sacarle semejante susto a un santo dorado. Aioros era particular en su tipo. Brillante para muchas cosas, y torpe para tantísimos detalles.

—¿En serio no me has escuchado llegar?

—No, estaba ocupado…

—Con tantos asesinos locos ahí afuera, cualquiera diría que Su Ilustrísima estaría más atento de lo que sucede en su templo.

—Tengo la esperanza que mi segunda muerte será algo mucho más épico que un asesinato en la ducha al estilo Psicosis.

—¿Películas de terror, arquero? Ya veo en que te entretienes en estos días.

—Oye, últimamente todo lo que hago es trabajar. Sinceramente, no sé como Shion o Saga resisten esta carga de trabajo.

—Bah. No te va tan mal. Unas pocas ojeras… —Se acercó a él y señaló las manchas oscuras alrededor de sus ojos azules. —Pero se te ve bastante entero y guapo.

—Tomaré eso como un halago—bufó.

—Fue una noche larga para todos. Más para vosotros. Pero estáis haciendo un grandioso trabajo. La gente ahí afuera está orgullosa de vuestro trabajo.

—¿Eso es verdad? —No recordaba la última vez en que realmente habían sido tratado con genuino respeto y admiración. Quizás cuando eran unos niños, después de haber ganado sus respectivas armaduras. Lo que era peor: había pasado demasiados años desde que él mismo se sintió orgulloso de sí.

—Sí. Creo que os extrañarán cuando dejéis el trono.

—No sé si yo lo extrañaré tanto.

—Lo harás.

—¿Cómo estás tan segura? —La miró con curiosidad. Él mismo no sabía qué pensar al respecto.

—Se te ve en la cara. Hace mucho tiempo que no te veía feliz y realizado. Nacisteis para grandes cosas, Aioros. No para esconderos en vuestros templos y pretender que sois iguales al resto.

Aquella aseveración le golpeó con recuerdos del pasado. En especial de aquella tarde, días antes de las batallas por sus armaduras, cuando en compañía de los pequeños Aioria y Milo, Saga y él habían empezado a entretejer sus verdaderos sueños.

Habían hablado del cosmos, de grandeza y de ser distintos a los demás. Ese día, ambos habían abierto sus ojos, no hacia lo que era su destino, sino a lo que deseaban hacer con sus vidas. Había barajado la oportunidad de sobrevivir más allá de la guerra santa, de ser esa generación especial que conseguiría vencer a la historia. Y entonces, habían decidido que cuando eso sucediera, cuando demostrasen que los oráculos podían fallar, cambiarían al mundo.

¿Qué había sido de esos chiquillos llenos de fe y de esperanza? ¿Qué había sido de esos sueños?

Algo en su mirada cerúlea se entristeció y la amazona lo notó de inmediato. Tragó saliva y se mordió los labios con nerviosismo. La conversación no iba en la dirección que ella deseaba.

—Oye, oye—dijo de pronto, rompiendo el silencio y sacando al arquero de sus pensamientos —¿Piensas retomar las viejas costumbres? —Tiró de uno de sus rizos revueltos.

—¿Eh? ¡Oh! No, no. Apenas voy saliendo de la ducha e iba a peinarme… —Con un manotazo, apartó un rizo travieso de su rostro. —Soy un Patriarca Sustituto respetable, Caelum. Me peino y me afeito todos los días.

—Sí, ya veo. —Lo miró de soslayo y, con una sonrisa en los labios que Aioros no terminó de entender, Naiara tomó rumbo hacia la cocina. —Parece que tus nuevos ricitos dorados y tu carita tan suave como culito de bebé están volviendo locas a tus fans. La bolsa de obsequios se vuelve más pesada.

—¿Bolsa de…?

—No te hagas el inocente. —Naia le mostró la bolsa que traía en los brazos. —La encontré en el salón e iba a llevarla a tu cocina.

—Ah, eso… —Aioros rió con torpeza. Después, se aclaró la garganta con cierto nerviosismo. —Seguramente es la despensa de la semana. Shion pide una para cada casa zodiacal.

—¿En serio?—preguntó ella, tan irónica como divertida. —A ver, veamos entonces… ¿Qué hay en tu despensa semanal?

Asentó la bolsa sobre la mesa de la cocina y la abrió, para acechar dentro una vez más. Ésta vez sería más divertido chismosear. Un vistazo bastó para que esa sonrisa traviesa en sus labios se ensanchase y el rostro de Aioros mutase a una expresión más comprometida.

—A ver, a ver… Tenemos cosas básicas, como avena, carne ahumada, algo de hummus, pasta… bla bla… —Comenzó a sacar algunos objetos de la bolsa. —Cosas aburridas en general. Pero... ¡Llegamos a lo interesante!

—Naia… —Aioros intentó detenerla, pero ella le dirigió una mirada pícara y continuó a lo suyo. Él dejó caer la cabeza, resignado.

—¡Chocolate! Belga y suizo, ni más ni menos. Tienes gustos finos, Su Ilustrísima. Me pregunto si a los demás Santos Dorados también los consienten tanto. —Volvió a meter mano dentro de la bolsa y sacó un par de cosas más. —¡Almendras confitadas! Sé de buena fuente que son de tus cosas favoritas.

—¡Oye! Yo pago por algunas de esas cosas…

—Sí, sí… ¡Lo que digas! —No le había creído nada. Aioros lo sabía por la expresión en ese rostro de muñeca. —Sin embargo, no puedes negar que estás muy consentido.

—Yo… Yo… —Levantó el dedo índice para tratar de increparla, pero pronto se dio cuenta que no tenía mucho que decir. —¡Osh! —Así que terminó cruzándose de brazos. —No me estás agradando mucho hoy, Caelum.

Su reacción tan infantil como natural, hizo que la morena estallara en carcajadas de nuevo. A veces, Aioros podía ser el tipo más inocente del mundo.

—Vale, vale... —dijo, tratando de contener la risa—. Hablando con seriedad, te diré algo y debes pensar en ello, ¿de acuerdo?

—Me asustas…

—¡Bah! No es nada para asustarse. En realidad, yo diría que es lo contrario.

—Escúpelo anda.—Resignado, se sentó a la mesa y se desparramó en su silla.

—Creo que alguien aquí te está mandando mensajes muy claros que, no sé si pretendes ignorar o no estás listo para aceptarlos. Es obvio que esta chica…

—Janelle. Se llama Janelle.

—Eso, Janelle. —Se corrigió la amazona, echándole una mirada cómplice. —Janelle te tiene un tipo de aprecio… especial.

—Solo es mi amiga, Naia.

—Vale, como digas, solo es tu amiga. —Giró sus ojos violeta, con fastidio.

—¡No me estás creyendo!

—Presta atención, arquero. —La seriedad y autoridad en la voz de Naiara, hizo que Aioros se callara y se irguiera en su silla. —Te fuiste siendo un chiquillo y por eso, te has perdido de muchas cosas. Sé que lo que pasó con Deltha y Saga fue… triste y doloroso. —Naia se sopló el fleco. Aún dolía, pero debía de ser fuerte. —Pero no debe ser un impedimento para que disfrutes esta nueva oportunidad de vida. Con todo lo que está aconteciendo, y considerando que no sabemos cuánto tiempo más tenemos, me gustaría que te atrevieras a vivir un poco. ¡Haz locuras! ¡Vive aventuras!

—Es que…

—¡Silencio! —El Santo abrió los ojos de par en par, pero obedeció. —Tienes una chica linda dispuesta a despeinar esos rizos tuyos en más de un sentido. —Pudo jurar que Aioros se había sonrojado de tan solo pensarlo. —Dale una oportunidad; conócela, diviértanse… ¡No es como que vayas a casarte con ella!

Aioros la contempló en silencio por algunos segundos. Había tanta determinación en esos ojos violenta como no había visto en mucho tiempo. Algo era diferente en Naia esa mañana. Estaba distinta, se veía… casi feliz. ¿Qué había cambiado? ¿O fingía? ¿Lo hacía por él? De pronto entendió muchas cosas. Era difícil decir que no a tanto convencimiento.

Resignado, se sopló el flequillo. Ella, como si supiese que había ganado, dibujó una sonrisa enorme.

—Eres una pésima influencia, Caelum.

—¡Que va! Únete a mi, arquero, y aprenderás cosas interesantes. —Le tendió el puño y él lo golpeó con suavidad.

—Si me meto en líos más vale que me ayudes a salir de ellos después.

—Considérame tu cómplice y tu sensei en este nuevo mundo de seducción. —Naia infló el pecho orgullosa.

—Que los dioses se apiaden de mi… —Hundió la cara en las manos, en un gesto más dramático de lo que él mismo hubiese querido.

—Eres el rey de drama. —La amazona rió por lo bajo. Después, lo miró de reojo. —Ya verás después, cuando te vuelvas un golfo, que has sido un exagerado todo este tiempo.

—No voy a… —Aioros levantó la cara por un momento, pero de inmediato volvió a desparramarse sobre la mesa. —Shion me mata… Nos mata—se corrigió—, si te escucha decir esas cosas…

—Será un secreto entre nosotros. —Naiara le guiñó el ojo con travesura. —Seré tu guía espiritual.

—Serás mi diablillo en el hombro, eso serás.

—Habrá que conseguirte un ángel entonces. —Puso su mejor cara de inocencia, pero solo consiguió que el santo soltase una carcajada.

—¡De hecho! Ya lo tengo.

—¿Cómo es eso? —La morena se sorprendió.

—No vas a adivinar a quién encontraron en Meteora.

—¿Quién? —Ella ladeó la cabeza con curiosidad.

—Raissa. ¡Y decidió volver al Santuario! ¡Ha vuelto con ellos!

—¡Por los dioses! Eso es… ¡Es increíble! Pero… ¿Cómo?

—Ha sido pura casualidad, pero ella está en el Templo Papal ahora. Apenas he tenido tiempo de hablar con ella, pero ahora que regrese ahí, pienso sentarme a charlar con ella de muchísimas cosas.

—¿Se encuentra bien?

—Tan bien como siempre. La traeré un día de estos a Sagitario y tendréis oportunidad de charlar.

—Me encantaría. —Esbozó una sonrisa. El Universo conspiraba ese día en ayudarla en sus planes de mantener la sonrisa de Aioros en su sitio. Agradecía a los dioses por ello. —¡Por cierto! —De pronto recordó lo que la había llevado hasta ahí.. —Dentro de la bolsa, hay algo más para ti.

—¿Vas a seguir avergonzándome?

—¡Que va! Te lo he traído yo. Mira qué hay adentro. —Mientras él rebuscaba, ella lo contempló en espera de su reacción. Cuando encontró la cajita de cartón, intercambiaron miradas. Con un movimiento de sus cejas, ella lo invitó a abrirla. Con ilusión, el arquero hizo lo que se le indicó.

—¡Galletas de chispas de chocolate!

—No son finas, ni gourmet, pero te las hice con cariño ¿Te gustan?

—¿Estás bromeando? ¡Voy a comérmerlas todas! —Al escucharlo, Naia soltó una carcajada de triunfo.

—Invita a Rai. ¡No te las comas todas de una vez o te dará dolor de tripa! —Le picó la tripa con los dedos, y el santo brincó con una carcajada.

—Nos beberemos un chocolate calientito a tu salud, sensei. ¡Muchas gracias!

—No agradezcas, Ilustrísima. —Ensanchó su sonrisa hasta mostrar los dientes. —Con que estés contento, me doy por servida.

Y era real, era sincera. Una sonrisa era como un paso pequeño para abandonar aquel agujero oscuro en el que la vida les había mantenido atrapados durante todo ese tiempo.

—Continuará...—

NdA:

Milo: The night is dark and full of terrors... ¡Qué razón tenía Melissandre! ¡Vaya nochecita!

Gato: ¿Alguien me explica por qué Sagitario obtiene galletas, Géminis obtiene lasaña… y el resto de las Doce Casas solo obtiene ojeras?

Kanon: Por vuestro duro trabajo… Tendré que compartirle algo a Mu. Al menos se esforzó.

Milo, Gato: … …

Eudora: Es mejor que estén todos tranquilos, porque sino la Fuente terminaría abarrotada a este paso...

Dohko: ¡Ahora odio a las aves!

Shion: Fue divertido…

Saga: ¬¬'

Aioros: Espera a que tengas que moverte en silla de ruedas en un lugar repleto de escaleras y nada accesible...

Saga: Por los dioses… u_u' Se despeñará con su silla…

Aioros: Al menos podremos encerrarlo en algún lado para que no corra demasiado riesgo... Pensaremos en ello para el próximo capítulo. De momento, yo quiero dormir…

Kanon: ¡Dejad descansar a Sus Ilustrísimas! ¡Y dejad reviews!

Shura: ¡Piedra Saltarina!

Deltha: Callate, Shura.

Kanon: ¡Adiós!