Capítulo 55: Cabeza y corazón
Los dioses sabían que, a Shion, haber logrado salir de la Fuente le había supuesto mucho más esfuerzo del esperado. Habían pasado unos cuantos días de su vuelta al Santuario, y podía decir que se encontraba mejor.
Lo cierto era que encontrarse peor era difícil… Se las había ingeniado para romperse unos cuantos huesos de un modo complicado, tanto, que una recuperación convencional hubiera supuesto tener que desplazarse a la Fundación para someterse a cirugía, y aquello no era una opción tal y como estaban las cosas.
Habían recurrido a Aioria y sus habilidades sanatorias. Nunca lo diría en voz alta, pero… ¡en buena hora! Por maravillosa que fuera aquella habilidad, su Santo de Leo no había tenido ocasión de perfeccionarla en condiciones. Aioria había logrado aprenderla por sí mismo, cómo había logrado todo en su corta vida, y aquello ya era una proeza de por sí dada la enorme complicación que acarreaba.
Su pequeño León Dorado era brillante.
Euroda le había explicado los pormenores de la técnica, aunque él, con casi trescientos años de vida y aún sin haberla probado en carne propia, sabía de sobra cómo funcionaba… Ya la había visto antes, mucho tiempo atrás. El cosmos era capaz de reparar el daño óseo acelerando la regeneración celular natural, de un modo muy similar a como él mismo podía hacer con las armaduras. Pero tenía un coste, o dos: al ser un proceso antinatural, resultaba terriblemente doloroso, pues el cosmos obligaba a los huesos a soldarse de nuevo en un tiempo récord y recuperarse de lesiones graves que llevarían meses si se permitiese que la naturaleza siguiese su curso. Eso, y que además, la velocidad de regeneración del paciente se veía reducida con el abuso de la técnica.
Habían repartido las sesiones a lo largo de unos cuantos días, con el único propósito de permitirle descansar y sobrellevar el dolor y el agotamiento del mejor modo posible. Y cuando hubieron acabado, Eudora se encargó de vendar bien su brazo como "protección". La pierna era otra historia, porque había pasado días en cama, o paseando en una odiosa silla de ruedas en un Santuario lleno de escaleras. La idea en sí ya era lo suficientemente dramática. Al menos Dohko había pasado un buen rato ejerciendo de chófer ante la mirada espantada de Saga y Aioros.
A día de hoy, su brazo y sus costillas se habían fortalecido lo suficiente como para poder caminar con la ayuda de un par de muletas. Continuaba con dolor, eso sí. Eudora no le había dado el alta de sus cuidados, ni tampoco sus implacables sustitutos habían aceptado su idea de recuperar la perdida libertad. Era "otra locura suya" según ellos. Pero al menos, tras una intensa negociación, había conseguido que le permitieran pasar algunas horas en su despacho, para poder retomar poco a poco sus obligaciones y ponerse al día de todos los problemas que les llovían encima.
Durante todo el tiempo que había permanecido en la Fuente, ambos habían ido cada día a verle, le habían informado de las cosas del mejor modo posible, pero en realidad… se habían esforzado por no profundizar. Necesitaba descansar.
Aunque no era el único, eso estaba claro.
Aquel día había hecho el esfuerzo por aparecer de improviso en el despacho. Arles le había hablado de los chicos, de sus esfuerzos y del precio que ellos mismos estaban pagando. Lo sabía, sus rostros les delataban. Pero necesitaba verlos sin que ellos le esperasen. Había seguido al Santo de Altair acompañado por la princesa, y apenas Saori abrió la puerta, él asomó su cabellera peliverde y sus ojos rosados al despacho.
De no haberlo sabido mejor, hubiera jurado que Saga estaba dormido sobre la mano en que apoyaba la cabeza, mientras Aioros permanecía absorto contemplando el funcionamiento de la nueva cafetera.
—Tenemos visita. —Ambos alzaron la mirada casi a la vez, y lo miraron fijamente cuando Arles habló.
—¡Has venido!—dijo casi incrédulo el arquero—. Princesa—saludó.
—Y sin despeñarte a causa de algún charco… —El apunte del peliazul le sacó una sonrisa. Se alegraba de estar de vuelta. Y tenía planes importantes.
—Sí, parece que de momento soy afortunado. —Arles apartó una de las sillas de la mesa central pero Shion no tomó asiento. Apoyado en la mesa, su mirada amatista se perdió ante el panorama que presentaba. Saori lo imitó.
Era una joya en sí misma: una enorme placa de granito circular, con finos grabados de oro representando el globo terráqueo y los reinos divinos que lo componían, con hermosas inscripciones y filigranas adornandola. No era la única mesa de estrategia que había en el templo, pero probablemente era la más utilizada en las últimas fechas y, a sus ojos, la más hermosa.
Por desgracia, había sobre ella demasiadas señales que delataban su precaria situación.
Preciosas figuras talladas en cuarzo dorado representaban a la Lechuza de Athena, al Tridente de Poseidón en topacio cristalino, y a Hugin y Munin, los cuervos de Odín, en un delicado cuarzo blanco del color de los hielos: los componentes del ejército aliado. Otras piezas más sencillas de pulida obsidiana, señalaban lo que sabía eran las ubicaciones de ataques enemigos: Meteora, Metsovo, Asgard… incluso el propio Santuario.
Suspiró. Los chicos se habían acercado y sus miradas viajaban de él a la mesa. Cuántas veces la habían contemplado a lo largo de aquellos días, era para él un misterio… pero podía imaginarlo.
—Demasiados focos… —musitó.
—Son como picotazos. —Vio a Saga cuando habló, dispuesto a escucharlo. —Han atacado ubicaciones aisladas donde no han vuelto a manifestarse, como si quisieran marearnos y confundirnos más aún. Siempre han sido lugares solitarios con poca población, pero con muchas víctimas…
—Mujeres y niños sobre todo—acotó con tristeza la princesa—. Gente desvalida y débil.
—El único sitio donde han reincidido de varias formas… ha sido aquí: ilusiones con varias víctimas y la plaga que… —Aioros suspiró y no fue necesario que continuase. Saga se sopló el flequillo. Shion sabía porqué. Aunque habían logrado controlarla con el Agua de Vida y el cosmos de la Princesa, había dejado una lista considerable de víctimas.
—Y las quimeras.
—Si, las quimeras… —musitó la princesa apesadumbrada. Aún se le erizaba la piel de recordarlo.
—Explicadme lo sucedido con detalle.
—Será mejor que te sientes. —Le invitó Aioros y asintiendo, hizo como sugirió.
—Cuando os fuisteis a Jandara, procedimos tal y como habíamos acordado. Distribuimos las guardias para el escudo entre las Doce Casas, de modo que fuera llevadero y no nos resultase agotador a ninguno. Ángelo se ocupó de mi equipo y Shura del de Aioros, pero unas cuantas horas después, recibimos la visita de Albiore.
—Que por cierto, sigue aquí—dijo el arquero—. Le gustará verte.
—Sí… A mi también.
—Dijo que había recibido noticias sobre el avistamiento de cierto animal extraño rondando la zona de Meteora.
—Describió un grifo. —Los lunares del viejo, se arrugaron cuando el de Sagitario toqueteó la figura del animal sobre la mesa. —Cuando lo dijo, no lo pensamos mucho. Seif conocía bien la zona por su relación con Orestes que procedía de allí, y yo recordaba que Shura había viajado con él a la región de niño. Era la opción lógica. —Suspiró de nuevo. —Así que lo mandamos a él en compañía de Camus, y sus dos equipos. Trabajan muy bien juntos…
—A esas alturas tu cosmos y el de Dohko ya no eran perceptibles, así que decidimos simplemente esperar, atentos a lo que podía suceder tanto en Jandara como en Meteora.
—Y todo iba bien, hasta que…
—Fue fácil distinguir como entraban en modo batalla, pero todo se tornó confuso después. —El gesto de Saga se agravó. —Sé usar una técnica de control mental, y sé de sobra cómo cambia el cosmos de la víctima cuando está influenciada por ella. Digamos que, simplemente, su energía se oscureció. Se tornó brutal y sanguinaria… en todos los casos. —Calló durante un par de segundos donde se tornó pensativo. El cosmos de Deltha se había sentido tan… terrible. Después continuó, sin paños calientes. —He estado controlado durante más de una década, y me hago una idea de sus sensaciones… Aunque siempre son ciertamente diferentes dependiendo de quien tenga el control. El método para doblegar a la víctima es distinto: según lo que describen Camus y Shura, lo más obvio fue la asfixia. Era como si les estuvieran matando, simplemente.
—De ahí que pensáramos que se podría tratar del mismo atacante que controla la plaga.
—Especialmente porque cuando nuestra atención estaba puesta en Meteora, atacaron aquí.
—El tiempo no estaba dando oportunidad de prender las piras, así que el depósito de la Fuente, estaba más o menos concurrido. No sentimos nada, absolutamente.
—Al menos hasta que esa cosmoenergia oscura se extendió cerca de la Princesa.
—Yo tampoco les sentí llegar. Estaba concentrada en el escudo, y tan cansada que… —Sus manos temblaron, y sus ojos acuosos delataron su pesar.
Saori había insistido en estar presente en esta reunión. Quería saber todos los detalles y pormenores que enfrentaban, más aún después de su última experiencia. Estaba cansada de ser vulnerable… y todos ellos podían entenderlo. La Diosa de la Guerra tenía que saber sobre la guerra que se libraba en sus tierras.
—Cuando quise darme cuenta, la Otra Dimensión había engullido media habitación. Apenas tuve tiempo de ver a las quimeras un segundo, porque las flechas rápidamente hicieron blanco. Sus gritos eran desgarradores... Después la Explosión de Galaxias no dejó ni rastro de ellas.
—Ni de medio sótano… —murmuró Aioros—. Cuando a Eudora se la pasó el susto, debiste oír sus quejas y reproches. Creo que ha hecho una solicitud formal para que descuentes el coste de los arreglos del sueldo de Primogénito. —Un gesto travieso adornó el rostro del peliazul, mientras Aioros y Saori sonreían en un gesto cómplice.
Shion se encontró rápidamente imitando el gesto: le llenaba de orgullo aquel vínculo que los tres habían desarrollado… ¡Ah! ¡Cómo le gustaría verles a los tres, juntos, en batalla! De pronto pensó en Sísifo, su viejo amigo de Sagitario, y en la perfecta sincronía que sus movimientos tenían con los de Sasha. Eso era lo que necesitaban.
—Dentro de todo, te hubiera gustado verlo… —Añadió ella orgullosa, como si hubiera leído su mente. Porque si algo sentía era un orgullo inmenso de ellos.
—Justo en ese momento hablaste pidiendo ayuda. —Saga se sobó los ojos apesadumbrado. —Está claro que el ataque en Meteora fue una distracción, sabían que enviaríamos a alguien y fue cuestión de suerte que Shura y Camus no fueran controlados también. Si hubieran tenido éxito hubiéramos perdido a dos Santos Dorados y sus respectivos equipos… o en el mejor de los casos, podrían haberles utilizado en nuestra contra, como peones aquí mismo: desde dentro. La moral de los chicos de plata está destruída.
—Apareció una segunda persona, quien parece ser realmente el ente importante aquí, y acusó al controlador de haber actuado sin permiso. Fue él la única causa de que el ataque se abortase. Después pasaron la noche con Raissa, en una especie de cuarentena para asegurarnos de que sus heridas fueran solamente físicas… Tuvimos suerte de que no fueran tras vosotros, Maestro. —Shion frunció el ceño. Estaba en lo cierto.
—Por lo pronto, tenemos a un infiltrado aquí que puede manejar ilusiones, a un nivel que diría es parecido al mio —y ese era un nivel muy alto, que Saga hiciera el apunte, elevó la preocupación de Shion—; y a alguien más, capaz de extender plagas cósmicas y controlar a soldados de un rango medio o alto. Conocen nuestros puntos débiles y personales, y mientras no encontremos a esa rata…
—Somos muy vulnerables.
—Fue cuestión de suerte que llegásemos a tiempo para ayudar a la Princesa.
—Aquí tienes el informe de Eudora con el recuento de bajas de la plaga… También están los informes de Shura y Camus que ya has leído y la crónica respectiva de lo acontecido aquí en tu ausencia. —Aioros le tendió las carpetas, y con pesadez, tomó asiento. —Todo lo que te hemos contado está ahí por si quieres repasarlo…
El lemuriano, cansado de estar en pie, lo imitó, pero dejó los documentos a un lado. Con gesto pensativo, se llevó las manos a los labios, mientras sus ojos volaban de Saga a Aioros. No sabía qué emoción pesaba más en aquellos rostros: el cansancio, la irritación, la frustración por no hallar una solución, o el disgusto ante lo que estaba pasando. Mas les conocía bien, sabía que estaban muy lejos de estar contentos con su labor y con el modo en que habían transcurrido las cosas. Para ellos, al fin y al cabo, la perfección no era suficiente.
Una minúscula sonrisa se dibujó en su rostro. Sus chicos eran exigentes… y excelentes a la vez. Cada uno de una manera diferente. Del mismo modo que aquellos rostros anhelaban de él una respuesta que sus voces no se atrevían a pedir.
—Han sido unas semanas muy difíciles y, siendo sincero, lamento mucho haberos colocado en esta situación. No pensé que los acontecimientos se precipitarían así…
—Bueno, el Santuario sigue en pie… aunque el depósito de Eudora no pueda decir lo mismo. —Aioros, que jugueteaba con la caja de la nueva cafetera desde donde un apuesto actor les sonreía de vuelta, continuó. —Podía haber sido peor… —Shion buscó a Saga, pero esta vez, las palabras de Aioros no lograron hacerle reír. Se veía cabizbajo. Entonces si, ambos cargaban con el peso del mundo sobre los hombros.
—Aún no tengo el alta de Eudora a tiempo completo, pero podré retomar mis obligaciones pronto. Os hará bien un descanso… —Aioros asintió con pesar. —Necesitais recargar fuerzas antes de intensificar vuestros entrenamientos. Hará falta.
—¿Estamos, oficialmente, despedidos entonces?
Shion alzó los lunares divertido.
—¡Oh, no! —Aioros miró de él a Saga con gesto confundido, pero el peliazul no despegó la vista de él: con el ceño fruncido. —Vuestra labor aquí a tiempo completo ha concluido, si. Pero eso no significa que haya acabado…
Se tomó un respiro para verles de nuevo. Necesitaba ver aquellos ojos con más detenimiento. Aioros, de pronto, lucía más adulto: más seguro de sí mismo, y aunque las cosas habían sido difíciles, se veía orgulloso. Saga, eterno inconformista, lucía aquel gesto que decía "no fue suficiente".
Shion sonrió con cierta dulzura.
Sus chicos.
—Necesito que sepais que habéis hecho un trabajo maravilloso. —El gesto de Aioros comenzó a dibujar una minúscula sonrisa. —Tenéis que saber algunas cosas: Arles y Dohko me han informado de lo que se habla en el Santuario y en la aldea. Habéis logrado que todos se sientan protegidos e importantes. Estan orgullosos de vosotros, de que hayáis tomado el mando, pero… El más orgulloso aquí, sin duda alguna, soy yo. Habéis demostrado estar más que a la altura de lo esperado y… ¡dioses! No sabéis lo feliz que me hace.
La mirada de Saga, le traicionó. Sus ojos verdes se iluminaron, y su gestó, se relajó. Shion sabía que los chicos necesitaban oirle, pero las cosas no pararían ahí. Tenía planes, planes importantes, y les incluían a ellos. Ya no había modo posible de concebir el futuro de la Orden entera, sin ellos a la cabeza.
—A partir de ahora, ambos tomareis las decisiones conmigo. —Miró de uno a otro. —Quiero que seáis mis ojos cuándo no pueda ver, mis manos, y mi voz. Pero sobre todo, necesito que de ahora en adelante, seáis vosotros mismos: a mi lado. Siempre a mi lado. Yo puedo ser la voz… pero vosotros sois la cabeza y el corazón de esta Orden.
-X-
Sigfried nunca había estado en Grecia, aunque a decir verdad, apenas había pisado suelo extranjero a lo largo de su corta existencia. La vida en Asgard no se lo había puesto fácil: un reino pequeño, castigado por las inclemencias del tiempo y con una misión importante para el resto del mundo… mantener a raya el nivel de los hielos. El equilibrio natural. Era un pueblo duro, austero, desconocedor de las riquezas y las comodidades… pero sobre todo, era un pueblo demasiado reducido. Y la guerra lo había arrasado.
Los dioses guerreros eran solo siete… y como en el resto de los ejércitos, habían resultado ser poco más que adolescentes cuando la guerra y la muerte se precipitó sobre ellos. Podía decirse que era un pueblo huraño… y nadie se ofendería. Él lo sabía de sobra, porque durante toda su vida, Sigfried había sido el general del ejército de Asgard y la cara amable.
Por eso, pisar Grecia le llenaba de nerviosismo. Conocía bien la historia, las leyendas… algunas las había contemplado con sus propios ojos. Pero sobre todo, era consciente de lo distinto que era el pueblo heleno al suyo. Solamente había que contemplar el paraje donde se hallaba.
El Santuario era prácticamente imposible de encontrar si uno no conocía su existencia o si no poseía una energía cósmica que lo llevara directamente a sus puertas. Encontrar la entrada no había sido difícil para él, pero no tardó en comprobar que su acceso estaba prohibido por una barrera cósmica infranqueable.
Probablemente, ya habían sentido su presencia allí, así que se limitó a esperar.
Contempló la muralla de enormes y agrietadas rocas que se extendía de izquierda a derecha, hasta morir en la montaña por un lado, y en el mar por el otro. Cuántos siglos o milenios llevaba ahí como barrera física entre dos mundos, el asgardiano lo ignoraba, pero la belleza del arco de entrada lo tenía embelesado.
¡Y solamente era la entrada!
Construido en mármol, envejecido por el tiempo, el arco se hacía hueco entre dos altas columnas estriadas. Una inscripción en griego antiguo, que no alcanzaba a descifrar recorría el friso. Las tallas de los capiteles apenas podían distinguirse ya, erosionadas por los siglos de intemperie como se hallaban… Pero el ático, el nivel superior, era mucho más hermoso. En él se alzaban seis columnas sosteniendo un frontón triangular. En el centro, y al resguardo del frontón, la hermosa efigie de una impresionante lechuza de alas extendidas labrada en mármol blanco, lo contemplaba con sus ojos afilados.
De pronto, una de las pesadas puertas se abrió, y Sigfried abandonó toda expresión de asombro por una mucho más seria. Después de todo, aunque era optimista y se sentía confiado, era un intruso en el Santuario, y no sabía qué esperar de aquel lugar.
Pronto se topó con la amable mirada esmeralda de Mu, tan impresionante como la última vez que lo vio… envuelto con la armadura de Aries y la inmaculada capa blanca a sus espaldas. El ariano dibujó una sonrisa, pero antes de que pudiese hablar siquiera, un torbellino pelirrojo apareció tras él.
—¡Sigfried!
Los ojos cristalinos del rubio dibujaron una expresión sorprendida que no le pasó desapercibida a Mu, pero una tímida sonrisa adornó sus labios apenas un segundo después.
—¡Kiki! Me alegra mucho verte… —El chiquillo agrandó su mueca alegre, y orgulloso, volteó hacía Mu.
—¿Ves? Te dije que Sigfried se acordaría de mí.
—Eso veo.
Había sido objeto de discusión en Aries prácticamente desde aquella misión en Asgard. Al fin y al cabo, Kiki había estado allí en la guerra, y guardaba un maravilloso recuerdo de la princesa Flare. ¡Los dioses sabían cuán difícil había sido convencerlo de que tenía que quedarse en el Santuario y no podía acompañarlo! Pero el chiquillo no había cesado de hablar maravillas del guerrero de Dubhe Alfa, y a pesar de que durante la guerra Sigfried apenas le había visto fugazmente, desde el bando enemigo… Kiki juraba y perjuraba que el guerrero de Asgard se acordaría de él. Y había resultado tener razón.
Mu sonrió divertido. No importaba lo acostumbrado que estaba Kiki a vivir entre el rango más alto o a conocer los entresijos de las Doce Casas. Un niño, seguía siendo un niño después de todo, y el casi adolescente aún seguía fantaseando con todos ellos como el primer día. Y un guerrero de la talla de Sigfried, no podía simplemente no ser admirado.
—Me ocuparé del equipaje. —Sigfried apenas tuvo tiempo de decir nada, porque en un pestañeo, su maleta desapareció engullida por el cosmos de Kiki. Esperaba, al menos, poder volver a ver sus pertenencias.
—Siento haberte hecho esperar. —Mu inclinó suavemente el rostro, y se disculpó ante Sigfried. —Pero si me acompañas, pronto estaremos a resguardo en el Templo Papal. —El rubio asintió, y sin que se lo dijeran dos veces, atravesó las puertas, dispuesto a dejarse impresionar por la belleza de aquel reino escondido.
Lo cierto era que el Santuario había recibido una carta de Asgard días atrás, que había sido convenientemente contestada. Sin embargo, con lo catastróficas que habían resultado ser las últimas semanas, ese asunto prácticamente había quedado en el olvido. Tanto, que cuando el cosmos de Sigfried resonó con suavidad en los lindes del Santuario, Mu cayó de pronto en la cuenta de que el tiempo había pasado más rápido de lo que les hubiera gustado admitir a todos.
Como guardián de la primera casa, había asumido el papel de comitiva de bienvenida y escolta personal, sin que nadie hubiera tenido que pedirlo, y por ello, sabía que todos los inquilinos del templo papal, le estaban infinitamente agradecidos. No era necesario… porque después de todo, Mu solamente quería echarles una mano. Era de sobra consciente de cuánto la necesitaban.
—¡Te encantará el Santuario!—exclamó Kiki, caminando junto a Sigfried—. Aunque espero que no nos mojemos antes de llegar al Templo, es un camino largo…
—Tendrás que quedarte en Aries.
—Pero, maestro…
—No, Kiki. —Lo miró de soslayo, ante la mirada divertida del asgardiano. —Es una visita oficial, estoy seguro de que podrás verlo más tarde. Hay asuntos más urgentes que atender primero. Y hay mucho trabajo en el taller...
El pelirrojo dibujó un gesto de molestia, que logró hacer reír al invitado, y tomándose una confianza de la que él mismo se sorprendió, Sigfried revolvió con cariño y travesura la cabellera de fuego del aprendiz.
—Seguramente necesitaré de alguien que me acompañe aquí, Kiki, así que si tu maestro lo permite…
—¡Lo permite!—exclamó, antes de que Mu tuviera siquiera ocasión de responder.
—Qué remedio…
Pronto alcanzaron Rodorio. Las callejuelas empedradas y las paredes blancas desprendían una magia especial que ni siquiera la humedad de la reciente lluvia o el cielo ennegrecido podía achicar. La aldea estaba viva… y las miradas de los aldeanos, acostumbrados ya a convivir con héroes más cercanos a los dioses que a ellos mismos, seguían asombrándose.
Sigfried se sentía observado. Y no les culpaba, porque sabía que lo mismo les había sucedido a los santos cuando llegaron a Asgard. Ahí estaba él, envuelto en el brillo oscuro de su armadura, con su cabellera rubia —casi blanca— reluciendo bajo la luz mortecina de la tormenta que se aproximaba, la tez asombrosamente pálida y unos ojos tan claros como el cristal. Con el casco del dragón bajo el brazo, y una sonrisa tan discreta como amable plasmada en el rostro.
Se sentía observado, sin duda. Pero a pesar de estar solo en territorio hasta, hace no mucho, enemigo… se sentía bienvenido.
Atravesaron el ágora, concurrida a pesar de todo, y cuando se alejaban ya por las últimas callejuelas y las escaleras comenzaban a indicar el ascenso, una anciana se acercó hasta ellos y le tendió una flor rosada. Sigfried agradeció el gesto, sorprendido, y sin saber muy bien qué decir o cómo actuar.
—Se llama ciclamen—aclaró Kiki, señalando a su mano—. Es mi flor favorita… ¡y la de Aldebarán!
—Es un gesto de bienvenida. —Mu vio fugazmente a la flor que el guerrero divino sostenía en sus manos. —Es la flor más típica de Grecia… especialmente aquí en las cercanías de Atenas. Simboliza el afecto sincero y profundo y el amor maternal.
—En invierno crece por todas partes—puntualizó el aprendiz.
—Apropiado… —Después de todo, ¿qué era un asgardiano en Grecia, sino la personalización del invierno? —Aunque estamos en primavera…
—Sí, pero el clima parece no haberse dado cuenta. —Y tal y como si fueran escuchados, un rayo partió el cielo sobre sus cabezas y pronto, su inseparable compañero el trueno, lo siguió. —Encontrarás a la gente de Rodorio muy especial, pero creo que te acostumbrarás.
—Seguro que sí.
—Ahora… —Mu y Kiki se detuvieron casi a la vez, mirando al frente y él les imitó. —Bienvenido a las Doce Casas, Sigfried de Dubhe Alfa.
Se hubiera detenido de igual modo si no le hubieran advertido, porque la escalinata zodiacal nacía unos cuantos metros más allá, y las interminables escaleras serpenteaban entre roca, esbeltos pinos, retorcidos olivos y ruinas milenarias. Pero era imposible no reparar en la belleza de los Doce Templos, porque desde donde estaban, podía verlos todos en mayor o menor medida y eran, simplemente, extraordinarios. Los observó uno a uno, hasta que distinguió lo que asumió era el templo papal en lo alto de la acrópolis. Y allí, como su venerable Odín, la inmensa estatua de la Diosa, con Niké alada en su mano, contemplaba el Santuario.
-X-
El salón era inmenso: una sucesión interminable de altas columnas blancas con filigranas de oro, y entre columna y columna, grandes cristaleras arropadas con vaporosas cortinas de lino blanco.
—Bienvenido al Santuario, Sigfried. —La dulce voz de la princesa Athena le dió la bienvenida cuando sus pasos lo llevaron a un par de metros del trono. La joven pelilila se puso en pie, y recortó con un par de gráciles zancadas la distancia que les separaba. Tomó una de sus manos entre las suyas, y la estrechó con suavidad. —Me alegra muchísimo verte de nuevo… y verte bien.
Saori sonrió, y lo hizo con sinceridad. ¡Cuánto hubiera deseado poder contemplar con sus propios ojos la recuperación de Asgard! Y con ello, echar al olvido los infames recuerdos que albergaba.
Sigfried sonrió de vuelta y asintió. La princesa era, después de todo, muy amada en su tierra.
Alzó el rostro, en busca de las miradas que lo contemplaban. La joven diosa no estaba sola: a su lado el legendario Maestro Shion la acompañaba, sosteniéndose en pie con ayuda de un par de muletas para sorpresa del asgardiano. Sus ojos volaron rápidamente hacia Saga, el único rostro conocido para él, además de la princesa que había en la habitación. El peliazul envuelto en Géminis, al otro lado del trono, sonrió apenas perceptiblemente cuando sus ojos se cruzaron: Saga lucía incluso más impresionante ahí… en casa.
Sin embargo, a su lado se alzaba alguien desconocido para Sigfried.
Aunque sabía quién era, por supuesto que lo sabía. Mas no había esperado verlo allí. La armadura de Sagitario brillaba reluciente con las hermosas alas a sus espaldas, y el gesto amable del centauro arquero le recordó, por un instante, a Seiya. Su corazón se estremeció.
—Confío en que haya sido un camino agradable a pesar de la caminata. —Un nuevo trueno cimbró los cielos, y la lluvia azotó los cristales con fuerza apenas unos segundos después. —Afortunadamente, llegasteis antes de que se reanudará la tormenta.
—Lo fue, sí. —Si algo había lamentado después de todo el camino, era no haber podido disfrutar de aquel paisaje bajo un sol resplandeciente.
—¿Cómo está Hilda?—preguntó Saori.
—La princesa está bien, princesa. —Arrugó las cejas ante la redundancia de sus propias palabras, pero continuó. —Ambas te envían sus buenos deseos… y traigo sus mensajes. —Le tendió un sobre lacrado a Saori, y después volteó hacia el Maestro, tendiendole un sobre idéntico. —Hubo algunos contratiempos en Asgard.
—Entonces, no nos demoremos más. Ya habrá tiempo para ponerse cómodos.
—Por aquí… —Otro hombre, de aparente más edad que cualquiera de los demás en la habitación, señaló la puerta. Arles, debía de ser: el antiguo santo de Altair. —Estaremos más cómodos en el salón.
-X-
—Esos contratiempos de los que hablabas…
—Como ya sabéis tras vuestra visita a Asgard—fugazmente, sus ojos volaron hacia Saga—, sufrimos los ataques desbocados de las fylgjas de modo casi permanente desde hace meses. Hay poco que podamos hacer contra ellas… ya sabéis las masacres que han acontecido en Asgard —Negó lentamente con el rostro, y tomó una bocanada de aire. —Sin embargo, es la princesa Flare quien sufrió un ataque mucho más directo y peligroso.
—¿La misma princesa? —Aioros habló, con el ceño fruncido y expresión grave. No podía decir que fuera, realmente, una sorpresa… puesto que hacía apenas unos días habían corrido la misma suerte con Saori.
—¿De qué tipo de ataque estamos hablando? —Quiso saber Shion, y algo, en el rostro del rubio cambió por completo, incluso había perdido algo de color.
Sigfried se humedeció los labios, con el rostro fijo en las figuras de la mesa de estrategia, mientras medía cuidadosamente las palabras que estaba a punto de pronunciar. Unos segundos después, alzó la mirada y su ojos azules se clavaron en Saga una vez más.
El peliazul no mostró reacción alguna ante aquella penetrante mirada, pero una sensación de creciente nerviosismo se hizo hueco en su pecho. De alguna forma, tenía la impresión de que lo Sigfried iba a decir, no le gustaría.
—Fue víctima de una ilusión.
De modo inmediato, Saga apretó los dientes con fuerza. Quiso darse la vuelta, clavar la mirada en otro lado y no dejarse a sí mismo y sus sentimientos en evidencia; pero no podía. No necesitaba contemplar los demás rostros de la habitación. Ni tampoco que Sigfried continuara. Sabía lo que venía del mismo modo en que sabía qué había visto Flare.
—Continúa. —La voz firme de Shion rompió el silencio.
—La princesa afirma que te vio a ti, Saga. Un apocalipsis. —Aioros se sobó los ojos, pero el peliazul, no pestañeó. —Dijo que eras tú, pero no eras tú.
—Vio a Ares—aclaró Shion.
—Es lo que imaginamos—asintió con lentitud, consciente de que estaba caminando por terreno pantanoso—, pero… ¿cómo estáis tan seguros sin haber contemplado lo mismo que ella vio?
—Porque en el Santuario también ha sucedido y, aunque los detalles son distintos, el resumen siempre es el mismo: siempre me ven a mi. —De dónde sacó la voz, no lo sabía. Pero Saga sabía que tenía que hablar. No le servía de nada derrumbarse y hacerse añicos frente a Sigfried: tenía que ser fuerte y ahora más que nunca. Ya no era solamente un santo.
—A Ares. —Aioros fue rápido con la aclaración, y a Sigfried no le pasó desapercibido el modo en que la mirada del arquero se clavó en el peliazul. Si Aioros tenía claro algo, era que sin importar qué hubiera pasado entre Saga y él, no iba a fallarle de nuevo con aquel asunto. No iba a permitir que se hundiera, ni tampoco que su nombre se manchase. —Mi hermano Aioria y yo fuimos las víctimas de esas ilusiones aquí.
Sigfried vio rápidamente cada uno de los rostros que lo acompañaban, después se aclaró la garganta.
—No es el deseo de la princesa Hilda, ni el mio tampoco, poner en entredicho el acuerdo que tenemos con el Santuario. Me ha enviado aquí con la intención de ser su voz y sus ojos a vuestro lado, pero no quisiera que lo malinterpretaseis. No es desconfianza: honramos el acuerdo que alcanzamos en Asgard hace unos meses.
Aioros alzó sutilmente una ceja. Aquella misión en Asgard parecía haber sido mucho más fructífera de lo que sabía. Quizá porque se había centrado en averiguar asuntos más personales de la aventura de Saga y Naia… pero ahora se arrepentía de ello. Fuera lo que fuera que Saga había hablado en Asgard, había sido importante. Lo averiguaría después.
—Necesitamos saber qué está pasando. Yo necesito saberlo. Nada de lo que aquí se diga irá más allá de los oídos de las princesas, eso os lo garantizo. Soy el general de mi ejército, y sin Hilda y Flare, soy la autoridad de Asgard. —De algún modo, sus palabras destensaron ligeramente a Shion, pero no a Saga. Clavó su mirada en los ojos esmeralda del peliazul, y utilizó sus propias palabras meses atrás. —En Asgard, dijiste que sangrarías por nosotros como lo harías por un hermano. A cambio, pediste nuestra lealtad. —Aioros despegó los labios con más sorpresa de la que le hubiera gustado admitir. —La tienes. —Mantuvo la mirada de modo firme y luego, observó a los demás.— La tenéis. —Pero al final, volvió una vez más hacia Saga. —Es por eso, que me gustaría que hablases con franqueza. ¿Ares es el problema?
Los dioses, griegos y nórdicos, sabían que Sigfried no deseaba incomodar al geminiano. No deseaba hundir los dedos en una llaga que, sospechaba, continuaba abierta. Pero necesitaba saber. Saga había jugado sus cartas en Asgard de un modo magistral. Y Sigfried lo admiraba. No era un secreto. Su visita a Asgard había dejado una huella que era difícil de borrar, porque allá… en su hogar, no tenían a nadie que tuviera la experiencia y el poder, el valor, y el ojo crítico que ostentaba el peliazul. Poder que, por lo que podía comprobar en ese consejo, había crecido desde la última vez que se vieran.
Sigfried tenía que jugar sus propias cartas ahora.
—No. —Para sorpresa de los presentes, fue Saga quién respondió. —Por desgracia para todos, Ares no está sellado, por lo que sus intenciones de volver o no, son completamente inciertas. —Lo dijo con voz firme, de un modo en que ninguno de los presentes le había escuchado antes abordar ese tema. —Pero todo lo que ha pasado, nos hace pensar que los responsables de esto lo están utilizando de distracción. Saben que es nuestro punto débil. —"O el mío", pensó. —Ares es un asunto que no está ni mucho menos olvidado. Soy el primero que no quiere que regrese. —Poco sabían Aioros y Shion que ambos compartían el mismo pensamiento: la torpeza de Saga para hablar a nivel personal se esfumaba cuando trataba esos temas. Escucharle hablar de política, guerra y estrategia era algo asombroso: aquel era, exactamente, su lugar.
—Bien. —Y se alegraba, mucho. No deseaba tener que verlo con ojos llenos de temor y angustia. No deseaba que esas ilusiones terminasen por ser ciertas y se tornase un enemigo. —¿Entonces?
—El Santuario también sufrió algunos ataques, lo sabéis. Hace tiempo que Aioros y Aioria sufrieron esas ilusiones, pero en las últimas semanas la princesa sufrió un ataque directo aquí mismo, en el corazón del templo. —Sigfried arrugó el ceño ante las explicaciones de Shion. ¿Si ellos eran vulnerables, qué sería de Asgard…? —Fue atacada por quimeras: originalmente cadáveres, reconvertidos a bestias. La plaga de la que hablamos en nuestras cartas por ahora está controlada. Pero esto nos ha llevado a algunas conclusiones incómodas que hay que afrontar: nuestro enemigo, es posible que sea más de un dios, y tenemos un infiltrado en el Santuario.
—El ilusionista—acotó Saga.
—¿Por qué pensáis que está aquí?
—Porque las escenas que nos mostró a mi y a mi hermano, son muy concretas. Son detalles que se saben aquí, en nuestro hogar, pero no fuera. Y… —Buscó con sus ojos a Saga.. —Saga es el mejor ilusionista que conocemos.
—Una ilusión requiere determinada cercanía a la víctima—explicó.
—Eso significa que también estuvo rondando en Asgard… —El peliazul asintió, y Sigfried se sobó los ojos. —¿Qué hay de Atlantis? ¿Más ataques además de las sirenas embravecidas?
—No—continuó Shion—. Al menos no que hayan informado. Sabemos que vuestra situación con Atlantis es…
—Con permiso, Maestro. —Sigfried lo interrumpió alzando su mano derecha. —Sabemos la verdad de lo que sucedió. Sabemos quién desencadenó la guerra. —El nombre de Kanon no fue pronunciado. No hizo falta. Ese sería un asunto que habría de abordarse en otro momento. —Quizá no seamos amigos de Atlantis como podamos serlo vuestros, pero… Hay prioridades, y el bien mayor va primero. ¿Habéis considerado que quizá todos debamos reunirnos?
—De hecho… Tenemos una sirena aquí, Tethys. Al igual que tú a partir de ahora, es una invitada del Santuario desde hace semanas. Es los ojos de Poseidón en el Santuario—terció Aioros. Y los dioses sabían, que si no estuvieran en un embrollo como el que se hallaban, encontraría toda la situación ciertamente cómica: una sirena, un asgardiano, Poseidón, y Kanon. ¡Por los Dioses!
—Pero Sigfried está en lo cierto. —Por primera vez, Saori habló. —Debemos reunirnos con Julian.
—Prepararemos una invitación. —Shion buscó al nórdico y continuó. —¿Estarás bien con su presencia aquí? —Sigfried asintió lentamente. Bien, del todo bien, no. Nunca lo estaría. Pero podría manejarlo. O eso esperaba porque por lo que sabía, el joven Poseidon era un tipo bastante… egocentrico. Por decirlo de algún modo. —Entonces, creo que esto es todo por ahora.
—De acuerdo…
—Sigfried, el Santuario es tu casa ahora. —Saori lo miró a los ojos. —Hilda nos ha enviado a su guerrero más valioso. —Aunque sabía de sobra que era mucho más que eso, hasta ahí llegaba la confianza de la sacerdotisa. —Si hay algo que necesites…
—Solamente has de pedirlo. —Shion terminó por ella. Se puso en pie, y miró a sus chicos. —Saga y Aioros son, como tú te has definido a ti mismo, una extensión de mi. No tengas reparo en acudir a nosotros, o a ellos.
—Me alegra escucharlo, Maestro. —Sigfried lo imitó, y se levantó, inclinando el rostro respetuosamente. —Os agradezco la confianza y hospitalidad.
—No es necesario. —La mano del lemuriano se posó sobre el hombro del rubio y los estrechó con suavidad. —Bienvenido.
-X-
Había perseguido su rastro por varios minutos, desde que abandonase el templo papal, escabulléndose por los rincones. Encontrarlo no le resultó difícil. Después de todo, Kanon no era el tipo de persona que se escondiese de nada o de nadie. Al menos, ya no lo era más.
Desde su regreso al Santuario, parecía dispuesto a darse notar. Tethys dudaba si lo hacía como un gesto de burla, o una declaración de compromiso hacia aquellos que aún albergaban dudas sobre él. Incluso para ella, quien probablemente era una de las pocas personas ante las cuales el gemelo encontraba más fácil desnudar su alma, era difícil comprender todos sus matices. Por la razón que fuera, agradecía que estuviese ahí, porque de algún modo, siempre estaba su alcance y eso le gustaba. Especialmente en situaciones como la de aquella mañana.
Lo encontró justo en los límites del Santuario, cerca del Pilar de los Doce. Ella había estado ahí en poquísimas ocasiones, y cada vez que lo visitaba, la piel se le erizaba. Había algo en ese sitio que le despertaba emociones contrastantes.
Kanon estaba cerca del manantial, sentado sobre una de las rocas en la orilla. Se le notaba entretenido, ensimismado en el libro que sostenía en sus manos. Aquellos momentos en los que su rostro transpiraba tanta paz, siempre le resultaron especialmente interesantes. Quizás era porque, en el pasado, durante sus años de convivencia en Atlantis, ese intrincado cerebro suyo, lleno de secretos, pocas veces le daba respiro y en muchas menos ocasiones, le había permitido ver más allá de la máscara que Kanon se había autoimpuesto.
Pero ahí estaba. El mismo Kanon… Y a la vez, tan distinto.
Sonrió mientras se acercaba en silencio. La hierba bajo sus pies calló sus pasos y la brisa meció su larguísima melena rubia. La lluvia les había dado un respiro, como si el aura "mágica" y "fabulosa" del nuevo visitante fuera tan perfecta que incluso podía ahuyentar los nubarrones del Mediterráneo.
Tethys sonrió. Vaya tontería...
—Para el significado oscuro que tiene, el monolito con vuestros rostros es increíblemente bello—dijo, y su voz atrajo la atención del gemelo.
—Somos más bonitos en persona. —Apenas despegó sus ojos de las páginas de su lectura, pero una sonrisa se dibujó en sus labios al verla.
—Oh, eso sin duda. —Tethys se sentó a su lado. Le dio un beso en la mejilla y echó un vistazo al libro que hasta unos segundos atrás, el gemelo leía. —¿Qué lees?
—El arte de la guerra.
—Oh, vaya. Apropiado.
—Me gusta mantener mi cerebro activo. —Entonces, Kanon olvidó su lectura. Realizó un doblez en la esquina de la hoja en que se encontraba y cerró el libro. —No esperaba verte por aquí.
—¿En serio? —Tethys levantó la mirada al cielo y, tras un instante de silencio dirigió una mirada al gemelo por el rabillo de su ojo. —¿Acaso no has sentido su presencia?
—¿Te refieres al "príncipe encantador"? —Al escucharlo, la sirena estalló en carcajadas.
—¡Oh, dioses! ¡Qué grandioso sobrenombre!
—¿A qué sí? —Una risilla cómplice abandonó la garganta de Kanon. —Lo cierto es que es jodidamente perfecto como para no ganarse el título.
—Estoy de acuerdo.
—¿Estás huyendo de él?
—No creo que me quiera cerca. —La sirena encogió los hombros. —Los atlantes estamos muy lejos de ser las personas favoritas de los asgardianos.
—No soy atlante y tampoco soy su persona favorita. Por supuesto, tampoco es como que les culpe… Ni que me interese.
—¿Eso es verdad? Creí que estabas comprometido con sumar a la causa del Santuario.
—Y lo estoy. ¿Por qué crees que me mantengo tan lejos del Templo Papal?
—Pensé que solo tomabas el fresco—respondió ella, con aquella sonrisa traviesa que al gemelo tanto le gustaba.
—Nah. Dejaré que Sus Ilustrísimas se encarguen de él. Entre el príncipe encantador y Su Ilustrísima de Sagitario hay demasiada… perfección—gruñó—en el ambiente.
A sus ojos, Sigfried y Aioros eran muy parecidos. Quizás ambos representaban lo mismo en sus respectivos ejércitos: el ideal, lo deseable. Irritantemente perfectos… Y perfectamente admirables, por mucho que odiara admitirlo.
Saga, con todos sus errores y desgracias, estaba ahí arriba, cerquita de ellos, sino a su lado. Le gustase o no al mundo, su hermano era un tipo indiscutiblemente valioso, tanto para la Orden como para la Alianza. Saga era el líder curtido; era la representación del poder… Y era el tipo al que cualquiera quisiera tener a su lado cuando las cosas comenzaran a complicarse. El lugar que tenía, se lo había ganado a pulso. A los ojos de Kanon, Saga no era un ilusión como Aioros, ni una fantasía como Sigfried. Simplemente era real.
—Dime que la presencia del príncipe encantador no te ha dejado malhumorado—dijo ella, al notar su silencio y la mirada esmeralda ausente.
—No, no—reaccionó él. Se levantó y estiró la espalda, sintiendo la agradable sensación de sus vértebras alineándose. —En realidad, pensaba que ahora que el príncipe encantador está de visita, tú y yo podríamos ser sus personas menos favoritas juntos.
—¿Es una propuesta para pasar más tiempo conmigo, Santo? —Kanon le tendió la mano para ayudarla a incorporarse. Ella, sin pensarlo, la aceptó. —Tendría que pensarlo.
—Eh, no seré un príncipe encantador pero puedo prometerte que no vas a aburrirte. —Cuando estuvo de pie, el peliazul la tomó de la cintura y tiró de ella para acercarla a él, apretando su cuerpo contra el suyo. Tethys rió mientras sus brazos rodeaban el cuello del Santo.
—Vas a ponerme a entrenar, ¿cierto?
—Hay una guerra en puertas, sirena. Me gustaría que la sobrevivieras…
—Entonces, hagámoslo. Como en los viejos tiempos.
Y poniéndose de puntillas, alcanzó los labios del gemelo con los suyos, sellando su unión con un beso.
-X-
A pesar de que habían pasado días desde que tuviera aquella larga y reveladora conversación con Aioros, Raissa todavía sentía que las manos le temblaban y los ojos se le nublaban al recordar cada terrorífica historia que brotó de los labios del arquero aquel día. Ni en sus peores pesadillas hubiera sido capaz de imaginar semejante destino para sus niños. Todo lo que habían vivido, lo que habían enfrentado y seguían sufriendo era un triste castigo que no creía que ninguno de ellos mereciera.
Admitía con cierto pesar que digerir muchos de los pormenores le había resultado difícil. Sin embargo, se había propuesto hacerlo sin juzgar. Lo que había sucedido no era culpa de nadie, más que de Ares.
Le dolía especialmente lo que había acontecido de Aioros y de Saga; el modo en que sus vidas se habían roto en tan solo un segundo.
Ahí estaba su pequeño arquero, perdido en ese mundo nuevo al que no sentía pertenecer. Luchando cada día, equivocándose una y otra vez… Y cada error, cada caída le dolían a ella como si fueran propias.
Del otro lado estaba Saga, con quien apenas había cruzado palabra, no porque ella así lo desease, sino porque él mismo parecía rehuirle como a la peste. De alguna manera, comprendía sus razones, aunque no las aprobaba. La cercanía de ella con Aioros, la supuesta traición de Saga y Deltha, la debacle posterior… ¿Qué había sido de aquel par de chiquillos inseparables a los que ella recordaba? ¿Qué fue de esa amistad inquebrantable que parecía capaz de sortear cada obstáculo, sin importar la magnitud del desastre? ¿Se había terminado? ¿Podría recuperarse a pesar de las tragedias? Raissa quería creer que sí. Saga y Aioros eran más que amigos: eran hermanos, y nada ni nadie podría ni debería separarles. La prueba estaba en la majestuosidad con la que ambos habían llevado al Santuario durante la ausencia del Maestro, y esa complicidad implícita que veía en sus ojos a cada paso que daban juntos.
Para Raissa, Saga era un asunto pendiente. Lo llevaba consigo en sus pensamientos, y esperaba con paciencia por el momento en que ambos pudieran hablar. Pero mientras el trono y sus responsabilidades estuvieran de por medio, entendía que ella no era un prioridad.
Así que mientras aguardaba, tenía otros planes que poner en movimiento.
Era por ese objetivo, que aquella mañana se había armado de valor, había visitado la cocina y había tomado algunas galletas de anís, y después había marchado hacia Capricornio, donde el templo de la cabra se levantaba ante ella. A diferencia de los Santos, ella carecía de cosmos para anunciar su presencia. Así que se envalentonó y entró hasta encontrar las escalinatas que llevaban a los privados del protector del templo.
Golpeó a la puerta y esperó con paciencia porque Shura respondiera. Un par de minutos más tarde, el español asomó por la puerta. La expresión de su rostro cuando reparó en ella lo dijo todo. Estaba aterrorizado de su presencia ahí.
—¿Raissa...?
—Buenos días, Shura. —Le ofreció una reverencia mientras se esforzaba porque la sonrisa de sus labios fuera sencilla y sincera. —Lamento la molestia. Sé que estás ocupado. Pero, me pregunta si podrías obsequiarme unos pocos minutos de tu tiempo.
Lo vio titubear y por un segundo, temió que se negase o que encontrara alguna excusa para no escucharla. Sin embargo, tras una pausa que para ambos resultó eterna, Shura revolvió sus cabellos oscuros y, haciéndose a un lado, la dejó entrar.
—Pasa, por favor.
—Te lo agradezco—replicó ella—. Traje algunas galletas de anís si te apetece.
—Sí… Gracias. Si te parece, acompáñame a la cocina—dijo el santo, mostrando el camino—. Pondré la tetera al fuego y prepararé algo de té. Hace frío afuera, así que te ayudará a entrar en calor. ¿Te gusta alguna variedad de té en particular?
—El que tengas está bien.
—De acuerdo.
El resto del camino lo recorrieron en silencio.
Para Raissa, Capricornio no era un templo desconocido. La buena relación entre Orestes y Seif había servido para que ella siempre fuese bienvenida en la décima casa. Así que en ese templo, no se sentía extraña. Sin embargo, mirar a su alrededor y ver el paso del tiempo en las majestuosas residencias era otra cosa bien distinta.
Desde su regreso, había tenido la oportunidad de entrar en los privados de dos templos: Sagitario fue el primero, y ahora Capricornio era el segundo. Y debía admitir, que con todo lo parecidos que sus guardianes actuales eran a los anteriores, los templos tenía un toque único y característico de cada uno. Para prueba estaba la figurilla del toro, pintada con los colores de la bandera española, estratégicamente colocada en el salón del décimo templo.
La cocina de Shura le pilló desprevenida. Estaba excepcionalmente limpia y no había nada fuera de sitio. Además, bastaba mirar a simple vista para descubrir lo bien equipada que estaba. A diferencia de la Sagitario, en la que incluso hallar un cucharón parecía una causa perdida.
—¿Te gusta cocinar?—preguntó al español.
—¿Eh?
—Pregunto si te gusta cocinar.
—Oh, sí… Es como un hobby.
—Se nota—asintió la doncella—. Tienes muchas cosas aquí y todo está en su sitio, pero no escondido. En Sagitario encontrar una sartén es una odisea. —Giró los ojos y ante la espontánea reacción, Shura se encontró sonriendo.
—Aioros es un desastre en la cocina. Lo más parecido a una cena gourmet que conseguirás de él son sus legendarios sandwiches de queso y ketchup.
—¡Ya lo creo! Ese chico va a morir de hambre un día de estos…
—Deberías ver Géminis…—añadió por lo bajo, con una sonrisa traviesa.
—¿Géminis? ¿Puede algún sitio estar peor que la cocina de Aioros?
—Sí, y ese es Géminis. Al menos en Sagitario hay comida—dijo, mientras llenaba la tetera con agua y la ponía al fuego—. En cambio, la alacena de Saga básicamente tiene dos cosas: chocolate y galletas. Bueno… Tres, si consideras el vino.
—¡Por los dioses! —Raissa levantó las manos al cielo. —¡¿Qué voy a hacer con esos niños?!
—Pues… —Shura soltó una risilla, aunque el recelo de la presencia de Raissa la hacía sonar calculada y temerosa. —El Maestro ha implementado las comidas familiares en el templo por detalles como esos.
—Gracias a los dioses, alguien tiene sentido común aquí.
—Sí… ¿Verdad?
La risa del español se disolvió y nuevamente, el silencio se apoderó de ambos. Shura centró la mirada en el piso, perdiéndose en sus pensamientos. Solo cuando la tetera chilló, reaccionó para apartarla de la lumbre antes de servir el agua hirviendo en un par de tazas.
—Te cuidado, está caliente—dijo mientras servía la taza frente a la doncella.
—Gracias. —Ella asintió y esperó con paciencia a que el Santo se acomodase del lado opuesto de la pequeña mesa.
—Bien. ¿Qué… ? ¿Qué querías hablar? —De pronto, Shura había encontrado increíblemente interesante la taza frente a él, pues parecía incapaz de separar sus ojos de ella.
—Tú y yo apenas nos hemos visto desde que regresé al Santuario. Sé que eres un santo, y que tienes obligaciones, que han sido particularmente duras en estos días. Y yo también he estado ocupada, ayudando en la Fuente como una doncella al servicio de Eudora. Pero no quisiera dejar pasar más tiempo antes de tener esta conversación contigo. —Podía jurar que a cada palabra suya, Shura se hacía más y más pequeño ante su presencia. No importaba cuanto se estuviera esforzando en sonar amable, él simplemente parecía no entenderla.
—Escucha, Rai… Yo no tengo… No puedo justificar nada… —Pero antes de que pudiera decir una sola palabra más, la mano de la doncella se extendió y tomó la suya. Sorprendido ante la inesperada caricia, el español levantó el rostro y encontró aquel par de ojos marrones.
—No quiero, ni necesito que justifiques nada, Shura. No estoy aquí para eso—dijo ella con suavidad—. Vine a decirte que sé todo lo que pasó. Aioros me contó la historia y, aunque mi corazón duele por todos vosotros, no es mi lugar, ni mi intención juzgaros por lo que pasó.
—¿Por qué…?
—Porque erais unos niños. Erais niños atrapados en el macabro juego de una entidad milenaria.
—Eso no hace la diferencia. No justifica que me haya atrevido a dudar de él. No disculpa que haya tomado su vida.
Las palabras abandonaron los labios del español con tanta fuerza y crudeza, que la piel de Raissa se erizó. Agachó la mirada y apretó sutilmente los labios, sintiendo las lágrimas aglutinarse en sus ojos.
De algún modo, las contuvo. Respiró profundo y levantó la mirada, esta vez con mayor determinación que antes.
—Sé que sientes que no hay disculpa para lo que pasó. Al menos tú lo sientes así. —Sus palabras robaron el aliento de Shura. —Sin embargo, debes saber que, incluso si se pudiera hallarte culpable, has pagado tu penitencia con creces. —Tomó la mano del santo entre las suyas para acariciarla con suavidad. —Llevas quince años cargando esta culpa y ya es justo que la dejes ir.
—Es que… Lo intento. Pero cada vez que pienso que ha quedado en el pasado, algo sucede y hace que todo regrese.
—¿Sabes qué opino?
—¿Qué?
—Creo que hay dos personas involucradas en este asunto; esos son Aioros y tú. —De pronto, Shura pareció interesarse en sus palabras. —Me consta que Aioros ha dejado todo atrás y que si había algo por perdonar, ya está perdonado.
—Eso lo entiendo, pero tú… Tú siempre fuiste buena con nosotros y ahora, me temes.
—Oh, Shura… —Raissa negó con suavidad. —No te tengo miedo. Pero tampoco te conozco, y me gustaría hacerlo. El problema es que, si tú sigues rehuyendo de mí, no tendré la oportunidad de conocer a ese chico increible al que todos le tienen tanto cariño. —Shura tragó saliva, mientras en sus ojos, la doncella encontró esperanza y agradecimiento. —Por favor, permite que te demuestre, que al igual que ellos, yo puedo entender.
Entonces, para su sorpresa, esta vez fue él quien le tomó las manos. En su rostro, encontró una sonrisa enorme, a pesar de las lágrimas que nublaban su mirada oscura.
—Gracias. —Le oyó decir. Y al fin, Raissa se sintió en paz.
-X-
—A veces me pregunto cómo es que después de siglos de experiencia lemuriana en el arte de arreglar armaduras, seguimos teniendo que hacer esto. —Tras usar la cuchilla, Naiara sujetaba su mano con firmeza, mientras la sangre goteaba veloz sobre la copa dorada.— ¿No hay métodos más… modernos? ¿Ortodoxos?
Mu sonrió, mientras veía de soslayo de su compañera a Dohko. El antiguo Anciano Maestro, había llegado hacía rato con Libra. La séptima armadura había vuelto de Jandara con algunas magulladuras de más, al igual que su dueño, y en los tiempos que corrían, todos los ropajes debían estar en perfecto estado. No podían correr el riesgo.
—Quizá podamos sugerir el método de una transfusión—musitó la amazona.
Con el tiempo se había acostumbrado a la sangre. No era algo que la gustase, pero no la suponía un problema. Era necesario en su trabajo. Ese trabajo que había descuidado por un tiempo demasiado largo… Lo que no le gustaba era el proceso: el corte en las muñecas del portador. La última vez que lo había hecho, había sido con Saga allá en Asgard, y… Naia debía admitir que enfrentarse de nuevo a ello, removía emociones.
—¡Me gusta esa idea!—exclamó el chino.
—Demasiado lenta, Roshi, ¿imaginas si tuviéramos que arreglar muchas armaduras? —Dohko rodó los ojos. Tontos lemurianos y su habilidad para resquebrajar la esperanza.— Tendríamos que esperar horas hasta tener la sangre suficiente.
—En realidad, es lo único bueno del método tradicional: que es mucho más rápido—acotó la amazona, retirando el cáliz. —Y se acaba antes el sufrimiento. Pero lo bueno de las transfusiones… es que en el mundo real, te dan chocolate y una Coca-Cola después de donar.
—Me gusta esa idea. ¿Hay chocolatinas, Mu? —El pelilila rodó los ojos divertido. Debía admitir que le gustaba mucho la compañía de Dohko, del nuevo Dohko tan diferente al anterior. Había resultado ser un tipo infinitamente alegre y divertido, y nunca había suficiente alegría en el Santuario.
Naiara tomó su mano con cuidado, y rápidamente aplicó presión con un paño limpio.
—Sujeta ahí un momento, Maestro. —Abrió el botiquín, y sacó las vendas y suturas. Dohko hizo como le dijo, sin dejar de contemplarla.
Si algo había aprendido Naia al volver de Asgard, era a atender mejor los cortes. Eudora se ocuparía después en mayor profundidad, pero al menos, ahora no era una completa inútil como le sucedió meses atrás.
—A ver… —Tomó el brazo de nuevo, y retiró el paño. Aplicó con la mayor delicadeza posible el antiséptico, y lo secó. Después colocó las suturas, y envolvió la muñeca en un vendaje. —Eudora tendrá que revisarlo después, ¿de acuerdo? Procura no moverlo mucho para que no se abra antes de tiempo.
—Me gusta esta chica, Mu. Es mucho más delicada que tú y Shion. —Sin querer, las mejillas de Naia se tornaron de un color rosado tras la máscara.
—Lo sé—añadió el lemuriano entre risas—. Diría que es el toque femenino.
El Santo de Aries llevaba ya rato cuidando de Libra. El polvo de estrellas brillaba con sutileza aquí y allá, dibujando las cicatrices que su sangre y el cosmos del ariano pronto habrían de borrar. A Dohko siempre le había fascinado aquel proceso, aunque no había podido contemplarlo tantas veces como hubiera querido. Mu había aprendido bien en el breve tiempo que había sido el aprendiz de Shion, eso estaba claro.
Su cosmos se elevó, y les rodeó en una finísima nube dorada. Naiara miraba cada movimiento con ojos de aprendiz, y lo cierto era que no la importaba. El poco tiempo que pasaba con Mu, era un tiempo valiosísimo.
—Aquí—musitó, señalando con sus dedos un punto concreto del guantelete izquierdo. No se atrevió a tocar la armadura, ni a usar su cosmos. Este era, después de todo el trabajo de Mu, y un ropaje dorado no era cualquier cosa.
—Bien visto, lo había pasado por alto. —El lemuriano la miró de soslayo. —Estás cogiendo el ritmo rápido.
—Sí…
—Es un talento natural, ¿sabes? —Dohko miraba de uno a otro, escuchando a Mu. —La práctica mejora las habilidades, pero es algo que simplemente, nace con uno mismo. Por eso siempre somos los Aries, Sculptor o Caelum quienes se ocupan de las armaduras.
—Tienes un montón de trabajo aquí ahora... —Roshi señaló las armaduras de plata colocadas en un inmaculado orden en las mesas. Meteora había causado estragos.
—Lo cierto es que sí… —Mu se sopló el flequillo, y miró al mismo punto que el chino tras compartir una mirada disimulada de complicidad: la armadura de Apus, herida y apagada en el rincón. —No sé qué es peor para ellas, si los cortes del cosmos de Shura, o lo quebradizas que han quedado a costa del frío de Camus.
—Encajaron unos cuantos golpes feos… Son afortunados después de todo. ¡Kiki!—voceó Roshi, ladeando el rostro en busca del aprendiz—. ¡Deja de vaguear y ayuda a tu maestro!
—¡Eh! ¡Me esfuerzo!—replicó ofendido, apareciendo de pronto tras la armadura del Cuervo. Dohko rompió a reír. Siempre le había gustado el mocoso.
—Sí, sí… ya veo.
—Pero estas armaduras están hechas un desastre… —refunfuñó el más pequeño.
—Yo te ayudaré, Kiki, vamos—intervino la amazona—. Demostremosle a Roshi lo buenos que somos. ¿Qué tal está el viejo Cuervo?
—Tiene tantas roturas como plumas pegadas, no me preguntes cómo es posible.
Después, el silencio se instauró en el taller. Dohko se había dedicado a observar, interesado en las diferencias de sanación entre una armadura de oro y otra de plata. No solo había una sutil diferencia por el rango, sino que cada cosmos, actuaba de un modo diferente. Sin embargo, tal y como Mu mencionase antes, no le pasó desapercibido que la amazona de Caelum era talentosa.
—¿Sabes, Naiara? No mentía antes. Tienes talento para esto. —La mirada plateada de la morena, se clavó en él. Dohko solo se encogió de hombros. No estaba acostumbrada a recibir halagos. —Conozco a Shion desde hace trescientos años, me mataría si no supiera reconocer un buen trabajo cuando lo veo.
—Gracias…
—Dohko tiene razón. —Mu se detuvo unos instantes, para voltear a verla. —Tenemos mucho trabajo aquí, tú tienes talento y la habilidad de tu constelación. Es cierto que está no es tu obligación como tal, pero… ¿por qué no me ayudas más a menudo?
—No sé si pueda.
—Si es por el Maestro…
—O sus Ilustrísimas. Todas—acotó el chino.
—Sí, o Sus Ilustrísimas, las mismas que regañaron tanto a Dohko que ha tardado días en arrastrarse fuera de Libra. Puedo hablar con ellos. —Dohko frunció el ceño ante la burla. —Con todos. —Y los tres adultos de la habitación ahí sabían lo que eso implicaba: mencionarle a Saga algo relacionado con Caelum. No porque fuera a poner trabas, sabían que no lo haría, sino porque el panorama era lo suficientemente complicado ya. —No es un problema para mi…
—¿Lo harías? —preguntó esperanzada tras unos segundos de silencio.
—¡Claro! —Mu devolvió una sonrisa. —Si queréis saber mi opinión—dijo viendo de uno a otro—, diría que el Maestro no va a prescindir de Sus Ilustrísimas en la posición en la que les colocó. No después de lo que ha pasado a últimas fechas: lo han hecho más que bien. Además, Sigfried ha venido y puedo aprovechar para…
—¡No puedo creer lo que escucho! ¿Mu de Aries intentando inmiscuirse en el templo papal para chismosear un poco? ¿Qué fue de la rectitud lemuriana?
—¿Qué? ¡Claro que no!—replicó ofendido, cruzándose de brazos—. Para eso tengo a Kiki. —Y entonces, los tres estallaron en carcajadas.
—¡Oye!
-X-
—¿Por qué estamos aquí?
Cuando Milo y Aioria le habían pedido esa mañana que les acompañase al pueblo al terminar los entrenamientos, lo último en lo que Camus había pensado era que los tres terminarían sentados dentro de la pintoresca cafetería de Rodorio. Se trataba de un sitio nuevo, "moderno" para los estándares del Santuario, que además del tradicional café griego servía otras delicias como frappés y gofres decorados con helado.
Decir que era un lugar bonito, era quedarse corto. Estaba decorado con colores vibrantes y sus vidrieras mostraban postres innovadores que tentaban aún a la voluntad más fuerte.
Como toda novedad, estaba abarrotado de gente a todas horas. Sin embargo, los privilegios de su estatus y las buenas conexiones de Milo, habían conseguido que una mesa estuviera disponible para ellos en el momento en que así lo quisieran.
—Estamos aquí haciendo vida social entre hermanos de Orden—respondió el escorpión.
—No te ofendas, pero no se requiere venir hasta Rodorio para hacer vida social con vosotros.
—Vamos, Camus, vamos. Las piedras del Coliseo no son la mitad de cómodas que estas sillas. Nuestros dorados culos están mucho mejor aquí que allá—replicó Aioria.
—Sin mencionar que al menos estamos secos.
—Ya…. —Camus guardó silencio cuando una de las meseras se acercó y dejó frente a ellos el plato rebosante con trocitos de gofres y una montaña de helado por encima, coronado con jarabe de chocolate. Cuando se marchó, soltó un suspiro de resignación.
—¡Por los dioses, tal pareciera que te estamos matando aquí! Si no quieres comer, mejor por nosotros. Más para Gato y para mí.
—No es eso…
—¿Entonces? —Aioria tomó un trozo de gofre y lo remojó en la salsa de chocolate antes de llevárselo a la boca.
—No estoy acostumbrado a este nivel de atención y no me gusta.
—Oh…
Milo miró a su alrededor. Como siempre pasaba a cualquiera de ellos, su sola presencia acaparaba miradas. Sin embargo, no le parecía que en ese preciso momento, todos los ojos del lugar se situasen sobre ellos. Rió por lo bajo antes de atreverse a probar el delicioso postre que les habían servido.
—Si nos miran como bichos raros, es porque nos comportamos como bichos raros—acotó—. Si saliéramos más de nuestras cuevas, la gente estaría más acostumbrada a nosotros.
—Habla por ti. Yo salgo lo suficiente.
—Hablo por Camus y el resto de los ermitaños que tenemos como hermanos. —El peliazul y el rubio compartieron una sonrisa cómplice.
—¿Esto es una intervención acerca de mi vida social?
—Podría decirse que sí. Aunque… —Milo le miró de soslayo, con esa mueca mordaz en los labios a la que Camus había aprendido a temer con el tiempo.
—¿Aunque?—preguntó en un susurró. Ni siquiera sabía por qué lo hacía. Estaba abriendo la puerta a que Milo y sus idioteces le increpasen en modos poco sanos.
—Por lo que sabemos, tiene una vida social bien activa. —Ante la aseveración, Aioria levantó las cejas. Se llevó la cucharilla a la boca y, disfrazando de mejor modo su sonrisa, centró su atención en el acuariano, esperando por una respuesta.
—No sé de qué hablas. Mis niveles de sociabilidad están bien por encima de los de otros, pero tampoco es nada extraordinario. —Milo dejó escapar una carcajada.
—Ya, ya. No estoy hablando de tu incapacidad para socializar como Shura, Saga o Aioros. Sabes bien a qué me refiero.
—No, no lo sé.
—¿Tengo que decirlo con todas sus letras?
—Deberías. —Mientras uno y otro hablaban, los ojos de Aioria iban y venían al ritmo de las palabras, con un brillo divertido en ellos.
— Vale, si así lo quieres lo diré. —Con desparpajo, el escorpión encogió los hombros. La sonrisa en sus labios se ensanchó y, para sus adentros, Camus maldijo. —Grulla.
—Uuuuuh… ¡Es verdad!—coreó Aioria, antes de soltar una carcajada propia, ante la reacción que encontró en la inusualmente adusta cara del francés.
—¿Qué demonios…?—musitó.
Había escuchado aquel rumor corriendo por algunos rincones del Santuario, pero Camus jamás había imaginado las dimensiones que había tomado. El hecho de que Milo tuviera la osadía de preguntarle tan directamente, y que Aioria estuviera bien seguro de cómo iba a reaccionar, le avisaba de lo grave de la situación.
A diferencia de personajes más públicos como Saga, o el mismo Milo, el santo de Acuario siempre se había enorgullecido del hermetismo que rodeaba a su vida privada.
Nunca, jamás, le hubiera cruzado por la cabeza que la misión de Meteora iba a tener un impacto tan grande en su asuntos personales, como en sus asuntos de santo. No estaba seguro de cuál de todos los idiotas santos de plata había abierto el pico —aunque sospecha que Auriga era el culpable—, pero su preocupación por Eire se había convertido en tópico común en los campamentos.
Y ahí estaba él, siendo víctima de un mal improvisado interrogatorio por parte de Milo y Aioria.
—¡Por los dioses, Camus!—rió Milo, y tanto él como Aioria pudieron jurar que la temperatura bajó un par de grados—. ¡Es verdad! Grulla y tú…
—Grulla y yo nada. —Trató de ser definitivo, pero los pícaros rostros de sus acompañantes le decían que no estaba funcionando. —Somos amigos.
—Bah… Que amigos, ni que mierda. Te gusta.
—Aioria…
—Oye, que nadie aquí te está criticando. Lo que vemos de Grulla no está nada mal.
—Estoy de acuerdo, aunque debo admitir que Gato tiene debilidad por las pelirrojas, así que no puede ser muy objetivo.
—Cierra el pico, Bicho. —Aioria le golpeó la nuca con suavidad. —El punto es: no tiene nada de malo que te guste. Es guapa y además, por lo poco que la he tratado y lo que Marin me ha hablado de ella, es una chica simpática.
—¿Marin te ha…? ¿Habéis estado haciendo investigaciones sobre ella? —Otros dos grados de temperatura desaparecieron.
—Un poco, la verdad—terció el peliazul—. Teníamos que saber qué era lo que había conquistado al nuestro cubito de hielo favorito. —A su lado, el león dorado asintió.
—Eso. Teníamos que saber si tu corazoncito estaba en buenas manos.
—Voy a matarlos a ambos…
—No, no lo harás. Porque estás enamorado y cuando estás enamorado, el mundo es un sitio mejor. —Milo abrió los brazos y esbozó una sonrisa tonta, dramatizando sus palabras al punto que Aioria estalló en risas nuevamente.
—Sois infumables cuando os ponéis en este plan.
—Deja de gruñirnos. Nosotros deberíamos gruñirte a tí, por no contarnos nada—replicó Aioria—. Somos amigos, te contamos cada loco detalle de nuestras vidas privadas y compartimos cosas contigo. Lo mínimo que podías hacer era decirnos que te gustaba, o que estás con ella. En cambio, nos enteramos por chismes de santos de plata. ¡Qué falta de vergüenza, Acuario!
A regañadientes, Camus chasqueó la lengua y apartó el rostro. No podía negarles la razón, así se empeñara en ser terco. Después de todo, los tres eran realmente cercanos. No se habían ganado el mote de Matrimonio de Tres por nada.
Además, sin importar qué, confiaba en ellos. Milo y Aioria podían ser traviesos e inmaduros en algunas ocasiones, pero pondría su vida en las manos de ambos sin dudarlo.
—De acuerdo—dijo—. Lo diré una vez y no volveré a repetirlo. Lo siento. Debí contaros.
—Oh… Entonces, ¿podemos decir que te unes a nuestro pequeño grupo de santos con compromisos enmascarados?
—Ese es un nombre ridículo, Bicho—terció Aioria. Sin embargo, a Milo no le importó su protesta.
—Sí… Podría decirse que sí—suspiró el acuariano. Trató de evitarlos, pero las sonrisas de sus dos acompañantes se hicieron más obvias.
—¡Hombre, demuestra más emoción! Sois felices juntos, ¿verdad?
—No lo estaríamos si no.
—Enhorabuena, Camus. Entre tanta mierda, es refrescante saber que algunos de nosotros somos felices—dijo Aioria. De algún modo, su sinceridad sacó una diminuta sonrisa del francés.
—Espero que Grulla sea más sociable que mi Cobra.
—Hasta una silla es más sociable que la Cobra, bicho.
—¡Oye!
—Es verdad. —Aioria se encogió de hombros. La discusión entre ambos, hizo sonreír a Camus. —Para todo lo amistoso y gracioso que eres, deberías enseñarle algo de ello a esa mujer. Me gusta pensar que le agrado, y aún así, cada vez que pasó junto a ella, estoy esperando que me arañe el culo tan pronto le dé la espalda.
—El único culo que araña es el mío.
—Por Athena… —Camus se llevó la mano a la cara. Aioria giró los ojos.
—¿Qué? ¿Ahora os ponéis santurrones? —Milo rió de su travesura. —Sabéis bien que esa mujer me encanta y que si os digo estupideces es porque confío en vosotros.
—Exacto, porque si la Cobra se entera que hablas así, te arrancaría los ojos con un zarpazo.
—Probablemente. Es una fierecilla adorable.
—Fierecilla no es la palabra. Adorable tampoco.
—Sé que es tu novia, pero también es una amazona. A veces preferiría que no te refirieras así de ella—dijo Camus.
—Es tu cuñada, acostúmbrate.
—Somos una familia muy internacional. —Aioria giró los ojos.—Grecia, Francia, Italia, Japón y ahora… ¿Irlanda?
—Irlanda, sí.
—Gato sería feliz en Irlanda con sus pelirrojas.
—¡Deja el tema, bicho! La única pelirroja que me gusta es Marin.
—¿No es un fetiche con el pelo?
—¡No! —Una vez más, su mano impactó contra su nuca. —Solo dices idioteces.
—¡Eh! —Milo rió.
—Me alegra veros así—acotó el francés mientras bebía un sorbo de su taza de café—. Me alegra ver que los ánimos estén bien a pesar de todo.
—Las cosas no está bien, y la llegada de Sigfried quizás signifique más problemas. Pero…
—Estamos juntos, y la vida sigue. Mientras podamos ser felices, habrá que tomar la oportunidad. —Milo interumpió a Aioria.
Milo a veces tenía formas extrañas de repartir sabiduría, como lo eran aquellas frases. Si algo les habían enseñado todos esos años, era que las oportunidades de sonreír no eran muchas y que siempre había que tomarlas. A veces, a Camus le hubiese gustado que todos pudieran ver la vida con esos ojos, incluído él mismo.
Volvió a llevarse la taza a los labios, pero en ese preciso instante, por el ventanal de la vidriera, sus ojos captaron la presencia de alguien y se sorprendió.
—¿Ese es… Aioros? —Tanto Milo como Aioria voltearon hacia donde Camus indicaba.
—Es él.
—¿A dónde irá?
—Diría que al almacén…
—¿Además de ser Ilustrísima también hace las compras? —Milo rió de su propia ocurrencia.
—En realidad creo que… —De pronto, Aioria se detuvo. Levantó las cejas con curiosidad mientras observaba a su hermano a la distancia, abriéndose paso hasta el almacén del viejo Stravros. —Oh…
—¿Oh…?—preguntaron Milo y a Camus a la vez.
El león dorado suspiró, pero no respondió. Ya más tarde hablaría con su hermano, porque de pronto tenía una idea de lo que estaba pasando.
-X-
—"Recuerda: sonríe cada vez que puedas. Tienes una sonrisa bonita, capaz de poner a cualquier chica bajo tu encanto." —Eso era lo que Naiara le había dicho y, por alguna razón, se le había grabado a sangre en la cabeza. —"No olvides hablar de los detalles que notas en ella. El trabajo de Janelle en las Doce Casas es ser invisible. Le halagará que todo este tiempo hayas estado atento a su presencia."
Lo cierto era que Aioros no tenía muy claro en qué momento había pasado a convertirse en un desadaptado social. Después de todo, hasta donde recordaba, previo a su muerte, tratar con las personas siempre había sido su don. No porque fuera demasiado brillante con las palabras, sino porque le gustaba. Siempre había sabido que no nació para estar solo.
Sin embargo, quedaba claro que la muerte le había marcado en más de un modo. Le gustase o no, la pérdida de esos catorce años lo había hecho inseguro. Y su inseguridad lo había vuelto ermitaño. Adaptarse a esa nueva vida era una batalla con la que lidiaba cada día y, en medio de esa constante lucha, se había aferrado a algunas poquitas personas, convirtiéndolas en su mundo. Entonces, se había encerrado. Había limitado su universo a ellos y no había dejado entrar a nadie más.
Quizás era el momento de cambiar. Era momento de reencontrarse.
El Patriarcado conjunto le había ayudado a recordar aspectos de él mismo que había olvidado. Había recordado qué le gustaba de ser un santo. Que cada lágrima y cada gota de sangre derramadas valían la pena cuando se trataba de cuidar de las personas. También que, muchas veces, bastaba con escucharlas para hacerlas sentir seguras. Había rememorado el poder de una sonrisa y de un gesto amable. Sobre todo, se había dado cuenta que en el fondo, seguía siendo él mismo… Y eso le gustaba.
Aquel día en particular había sido cansado, porque al igual que las cosas buenas, había recordado aquello que no le gustaba tanto. La política y las alianzas, las complicaciones de la negociación y las decisiones difíciles; todo había regresado con la visita de Sigfried. Sin embargo, el asgardiano había resultado ser un tipo tan fascinante como los demás lo habían pintado y, aunque sus temas de conversación podrían haberse considerado escabrosos, su personalidad sencilla y asertiva había hecho que todo fuese más sencillo.
A pesar de todo, Aioros agradecía que el día le trajese un poco de tiempo libre. Para su propia sorpresa, había decidido no quedarse en Sagitario. Ese día tenía otros planes.
En su camino hacia el almacén se había cruzado con muchas personas y, aunque el respeto era algo que nunca había faltado en sus miradas, por primera vez en quince años, vio admiración. Las sonrisas que recibía se sentían más sinceras y los rostros de los aldeanos, además de agradecimiento, mostraban satisfacción.
Entonces, se sintió bien consigo mismo. No porque necesitase la aprobación ajena, sino porque sus esfuerzos daban fruto. El trabajo arduo de los días pasados había valido la pena.
—Hola, buenos días—saludó cuando llegó al almacén, y ante su saludo, las cabezas de los dos ancianos presentes se inclinaron a modo de reverencia. Se revolvió, ligeramente incómodo, mientras se esforzaba por esbozar una sonrisa.
—Aioros, hijo. No esperaba verte por aquí.
—Ilustrísima, Stravros—corrigió el viejo Aristo, y el otro hombre se respingó al reparar en lo cierto de aquella aseveración.
—Mis disculpas, Aristo está en lo cierto.
—No, no. Mi nombre está bien. —Aioros ladeó la cabeza y sonrió con su habitual torpeza. —En realidad, el puesto ha sido temporal y las formalidades no son necesarias fuera del Templo.
—Temporal o no, la gente está contenta y agradecida con vuestros esfuerzos—replicó Aristo. Stavros, a su lado, asintió. —El Maestro ha tomado una sabia decisión en dejaros a cargo. ¿Cómo se encuentra él? Escuché que su retorno al Santuario había sido accidentado.
—Se encuentra mejor. Su cuerpo se recupera rápido y pronto le veréis nuevamente por completo en sus funciones.
—¡Esas son excelente noticias! ¡Alabada sea Athena! Por favor, envía nuestros saludos y mejores deseos para él.
—Lo haré. Gracias. —El Santo agachó la cabeza en una sutil reverencia, pero de inmediato sus ojos recorrieron los alrededores en busca de la razón que le había llevado hasta ahí.
—¿Buscas a Janelle?
—Pensé que estaría por aquí a esta hora.
—Está en la bodega. Hemos recibido nueva mercancía por la mañana, así que Loxia y ella se encuentran haciendo el inventario. Puedes entrar si quieres.
—Le agradezco.
Obsequió una última sonrisa antes de perderse entre los mostradores del almacén. El acceso a la bodega se encontraba al fondo del lugar, detrás de los escaparates destinados a artículos de limpieza y del hogar.
A Aioros, la abarrotería le resultaba interesante. Porque no importaba lo pequeña que fuese, o lo limitado de la oferta en sus productos, siempre encontraba algo que llamara su atención.
Encontró la puerta que llevaba a la trastienda y tocó antes de abrirla. Cuando su cabeza asomó dentro, sintió las miradas de Janella y de Loxia sobre él, y sonrió para sus adentros al reparar en la sorpresa que su presencia generaba en ambos. Saludó con la mano al entrar, mientras por reflejo sus ojos recorrían cada rincón de aquella abarrotada habitación.
—Hola.
—¿Aioros? —Janella ciertamente no esperaba encontrarle ahí.
—Ilustrísima. —Loxia agachó el rostro en una solemne reverencia. Aioros dejó escapar el aliento.
—Aioros. Puedes llamarme Aioros. —El hombre frente a él se mostró sorprendido ante su solicitud, pero con un sutil subir de sus hombros, le dejó saber que entendía. —¿Cómo has estado, Loxia?
—Mejor ahora que la plaga se ha retirado. —Y Aioros no sabía por qué, pero la sonrisa de aquel hombre le dejaba una sensación amarga. Sin embargo, hasta donde sabía era un tipo parco, pero amable, que poco o nada hacía por molestar al prójimo. Así que rápidamente se esforzó por devolver la sonrisa con toda la sinceridad que tenía en sí. —Supe que el Templo Papal y las Doce Casas habéis trabajado en conjunto para detenerla. Enhorabuena.
—Gracias. Todos han aportado mucho para conseguirlo y estamos felices de que la paz vuelva al Santuario y a la villa.
—No me cabe duda. —Entonces, los ojos ambarinos del hombre miraron del santo a la mujer que les hacía compañía, reparando en las miradas entre ambos. Sabiéndose fuera de sitio, agachó la cabeza una vez más, a modo de despedida. —Asumo que tus asuntos aquí no son conmigo, así que os dejaré solos.
—Gusto en saludarte de nuevo.
—Igualmente, Aioros.
Y en silencio, el arquero esperó a que Loxia desapareciera, dándoles privacidad. Por fin, cuando la puerta sonó a sus espaldas y el golpeteo de las sandalias de Loxia sobre el piso de madera se alejó, se permitió hablar.
—No quisiera sonar ofensivo pero… ¿No te parece un poquito raro?
—¿Loxia? ¿Un poquito? ¡Que va! —La ironía en la voz femenina le hizo reír y ella rió con él. —A decir verdad, es un tipo trabajador y trata bien al abuelo. No es especialmente amigable. —Se encogió de hombros. —Pero tampoco es grosero.
—Lo dejaremos en que es llevadero.
—Llevadero es la palabra, sí. —La melena castaña se meneó cuando Janelle asintió. —Pero dime que nos has venido a hablar de él. Hace mucho que no te veía, has estado ocupado.
—Bastante. El puesto es una locura.
—Pero te ves feliz y habéis hecho un trabajo ejemplar estos días.
—Gracias, gracias. Hicimos lo mejor que pudimos.
—¿Estarás libre pronto?
—¿Pronto? ¿Cómo en la siguiente hora? Sí. —Su sonrisa se agrandó cuando notó que ella tomaba la noticia con ilusión. —Sin embargo, puedo contarte algo que nadie más sabe todavía.
—Oh, ¿un secreto de estado, Ilustrísima?
—No, no. Seré boca floja, pero no ando por ahí contando secretos de estado, señorita.
—¡Menos mal! —Sus carcajadas estallaron y el santo la acompañó con una sonrisa. —Vamos, cuéntame.
—Shion… El Maestro—se corrigió de inmediato— volverá a sus funciones pronto. Sin embargo nos ha pedido a Saga y a mí que continuemos acompañándolo en sus labores de manera indefinida.
—¿Eso es verdad? —Al verlo asentir, el rostro de Janelle se tiñó de satisfacción. Lo había visto tan mal en aquellas últimas semanas, que de pronto, verlo recuperado y alegre era como una bendición. —Os merecéis el honor. Vuestro trabajo ha sido impecable. Sin duda, el Maestro es un padre orgulloso en estos momentos. ¡Enhorabuena, Aioros!
Sin pensarlo mucho, le dio un abrazo que él correspondió. El gesto la sorprendió, porque a pesar de que llevaban meses de conocerse, el santo siempre había mantenido cierta distancia que de pronto parecía esfumarse. A Janelle, esos pequeños avances le agradaban. Después de todo, ella se había sentido cómoda en su compañía desde el primer momento y esperaba que, eventualmente Aioros se sintiera a gusto a su lado.
—¿Sabes? —Él habló mientras la separaba para poder ver a sus ojos.
—No, ¿qué?
—Mientras venía para aquí, estuve pensando. —La mujer guardó silencio, dejándolo decir lo que tenía en mente. —Últimamente no he tenido demasiado tiempo libre, y es probable que durante los próximos días esta situación continué. Así que, quizás podamos aprovechar que ahora tengo un poquito de espacio en mi apretada agenda. —Giró los ojos, divertido de que precisamente él, de todas las personas, estuviese preocupándose por detalles como aquel.
—¿Qué tienes en mente?
—Algo sencillo. Te invitaría a la cafetería nueva, pero he visto la fila que hay para entrar…
—¿Piensas utilizar tus influencias, Ilustrísima?
—Shion me mata antes—rió, mientras revolvía sus rizos. La castaña ahogó una risa, contagiada por la suya.
—Suena como algo que haría el Maestro, sí.
—Lo sé, lo sé. Por eso dejaremos la cafetería para otro día. —Entonces, la miró de soslayo, con cierta travesura en los ojos. —Pero, puedo invitarte a un helado y, si te parece, nos perdemos un ratito por ahí.
Janelle se llevó el índice a los labios, adquiriendo una expresión tan pícara como pensativa. Tras una fracción de segundo, ensanchó su sonrisa.
—Me gusta. —Y sin darle más vueltas, se quitó el mandil y tomó a Aioros de la mano para tirar de él. —Andando, antes de que cambies de idea. —Él estalló en risas, pero se dejó guiar.
—¡Eh! No pienso escaparme…
—Quién sabe. Vosotros lo santos sois raros. —Divertido, el castaño levantó las cejas.
—¿Te has dado cuenta tan pronto?
—Desde el día uno, Sagitario. Pero, ¿sabes? —Janelle se detuvo y volteó para enfrentarlo. Había tanta determinación en su mirada, que le sorprendió y le divirtió en igual manera. Así que esta vez fue él quien guardó silencio y negó con la cabeza. —Eres afortunado, lo raro me parece fascinante.
El santo la miró por un segundo hasta que de pronto, tomándola por sorpresa, fue él quien le pilló la mano y guió el camino fuera de la trastienda. Entonces, la sonrisa en sus labios se creció un poco más.
—Entonces, todo esto va a encantarte—dijo, sin soltarla.
-X-
—¡Oh! ¡Es la chica de las despensas!
—Janelle. —Camus y Aioria corrigieron a Milo a la vez.
—Eso: Janelle. Si ya sabía su nombre. —Pero el otro simplemente pasó de ellos. —No sabía que era amiga del arquero.
—De hecho, lo es. Janelle fue una de las primeras personas con las que Aioros entabló una amistad al regresar a la vida.
—Es guapa.
—De algún modo sabía que eso era lo único que ibas a decir. —Camus giró los ojos. Ni siquiera sabía porque le sorprendían aún esas reacciones del escorpión.
—No estoy ciego. —Le sacó la lengua a su amigo. —¿Qué hace con Aioros?
—Pues caminando, ¿qué no ves?—añadió Aioria, no sin ironía.
Milo le dirigió una mirada de reproche, pero no gastó demasiado tiempo prestando atención al santo de Leo. Lo que veía al otro lado de la vidriera era mucho más interesante.
—¡Tal vez tomó mi consejo!
—¿Tu consejo? —De nuevo, Aioria y Camus hablaron a la vez.
—Sí, fui yo quien le recomendó que aprovechara su vida de soltero para…
—Ya, ya. Lo recordamos.
—Pues eso.
Aioria bufó. Estaba seguro de que eso era precisamente lo que Aioros pretendía, aunque no estaba seguro de que fuera por consejo de Milo. Más tarde hablaría con él, y más vale que el arquero confesara sus intenciones, o se ofendería bastante.
-X-
Deltha estaba ansiosa. Como siempre a últimas fechas. Era un hecho. Y cuando estaba nerviosa, necesitaba ocupar su mente con algo. Se había puesto un antiguo disco de KISS y se había servido un poco del vino caro de Saga en su taza de los Looney Tunes. Después había desafiado al destino: confiando en la tregua entre Kanon y ella se había hecho un hueco en el sofá, y había comenzado a leer uno de los libros de Saga.
Alejandro.
¿Por qué había escogido ese precisamente? Quizá porque lo había encontrado demasiado a la vista en la habitación del peliazul donde los artículos personales eran escasos, o quizá, porque al abrirlo había descubierto un montón de garabatos en los márgenes que la hicieron sonreír. ¡Hasta Bucéfalo salía ahí!
Ese libro pertenecía al pequeño Saga. Era poco más que un cuento para niños. Su nombre marcaba la primera página, y los dibujos, si es que podían llamarse así, porque Saga era un hombre de muchos talentos, pero el dibujo no era uno de ellos… la habían terminado de conquistar. La hizo recordar otros tiempos, aunque estaba segura que los garabatos eran incluso anteriores al momento en que se conocieron. La letra infantil, que con los años se tornaría fluida y elegante, lo delataba.
¡Ah! Solo los dioses sabían porque el peliazul había resultado ser mucho más adorable de lo que su yo infantil alguna vez se atrevió a vaticinar.
—Apus. —Su voz pausada rompió el silencio. —Te veo cómoda.
Deltha bajó el libro, y asomó su mirada de miel sobre el lomo del mismo. Tal y como si sus pensamientos le hubieran invocado, Saga había llegado a casa. O quizá ya llevaba rato allí, a juzgar por lo que veía.
—Y yo te veo… —"Mojado, y medio desnudo", pensó.— ¿Qué demonios has estado haciendo?
La larga melena azul goteaba aún por su espalda. Descalzo, con el pantalón a medio abrochar y la camisa hecha un ovillo en la mano, era una visión digna de apreciarse.
—Estuve en las termas… —Deltha abrió los labios sorprendida, y bajó el libro con lentitud.
—¿Tenemos termas en Géminis? —Saga ladeó el rostro con gesto pícaro.
—Es más bien una piscina, pero son aguas termales que bajan directamente de la Fuente.
—Pensé que solamente Sagitario…
—¿Sagitario, qué? —Alzó una ceja con gesto presumido. e¿Qué era el único templo con un sótano interesante?
—Pues... sí. —Pasión a parte, aún había gran parte de ella que consideraba, todo lo que rodeaba el noveno templo y a su guardián, como algo único y especial. Hasta en lo más absurdo y mundano.
—Ese sótano es una trampa mortal, pero el mío, Apus… —Sonrió con travesura y se relamió los labios. —Paraíso de los dioses.
—¡¿Y por qué no me avisaste de eso cuando contraté mi estancia en Géminis?!—exclamó falsamente ofendida.
—Si te portas bien, quizá un día te permita bajar—dijo, haciéndose un hueco en el sofá junto a ella. Después, Saga se agitó la melena con los dedos.
—¡Me estás mojando! ¡He visto perros que salpican menos al secarse, por los dioses! —Hincó el codo sus costillas en un intento por alejarse. —¡Estropearás el libro! ¡Y es bonito!
—¿Qué lees? —Deltha lo cerró rápidamente cuándo el libro captó su atención, intentando ocultarlo. Solo por fastidiar. —¡Oye!
—Nada de tu incumbencia.
—Déjame ver. —Pasó el brazo por encima de ella, intentando arrebatárselo, pero de algún modo, la amazona diminuta, revoltosa y escurridiza no se lo permitió.
—¿Has mejorado algo tus habilidades artísticas?—preguntó ella con toque burlesco—. Porque MiniSaga era un dibujante nefasto. O un genio abstracto. Aún no lo tengo claro—murmuró. Saga alzó las cejas sorprendido, y tras unos segundos de silencio, cayó en la cuenta.
—Alejandro.
—Es el único objeto medianamente personal que encontré en tu habitación. ¿Por qué?
—¿Has estado hurgando en mi habitación, Apus? —Lo que no dijo, era que probablemente aquel era el único recuerdo que conservaba de su infancia más temprana y le tenía un cariño especial: Shion solía leerselo antes de dormir, mucho, mucho tiempo atrás. Quizá se lo contara en otro momento.
—Aja.
—¿Qué…? ¿Ni un mínimo de arrepentimiento? ¿Ni un poco de disimulo? ¡Tengo una intimidad! —exclamó ofendido, cruzándose de brazos.
—¡Qué intimidad, ni qué intimidad! —Deltha se revolvió tan rápida como un gato, y se arrodilló en el sofá sentándose sobre los talones, volteando después a verlo. —Pero ¿sabes qué? No fue la única cosa interesante que encontré.
—¿Y qué más pudiste encontrar…? —Lo dijo con cierta duda, Deltha era Escorpio. Milo era Escorpio. Si alguién podía encontrar algo comprometedor, eran los bichos. Y tenía muchos bichos en su vida. Las dos coletas minúsculas con que Deltha se había recogido la corta melena, no ayudaban mucho a disimular la expresión traviesa de la amazona y eso le hizo temer lo peor: ¿Tenía trapos sucios en su dormitorio? ¿Juguetes comprometedores? Estaba casi seguro de que no, pero…
—¡Esto!
Cuando lo vio, Deltha hubiera jurado que Saga palideció ligeramente. Ella tan solo atinó a estallar en carcajadas. La cara de póker del santo era, simplemente, brillante.
—¿Dónde…?
—No importa, Géminis, no importa. —Negó repetidamente con el dedo índice frente a su rostro. —Lo verdaderamente importante aquí, es por qué no te deshiciste de él como dijiste que harías nada más volver a Atenas.
Saga entreabrió los labios, dispuesto a replicar. Miró de ella al dichoso bóxer con el dibujo de cerdito: el tonto regalo que le hizo en el aeropuerto, justo antes de volar a Jamir. Tras aquella noche de alcohol, prostitución, robo y… no estaba seguro de recordarlo todo.
—¿Y bien?
—Pues… —No tenía muy claro cómo responder.
—¡No me digas que te gustó de verdad!
—¡Claro que no!—fingió. Jamás se lo había puesto. ¿Por qué lo conservaba? No tenía la menor idea. O quizá sí: porque Deltha se lo había regalado como ofrenda de paz y era el primer recuerdo alegre que compartían en la nueva vida.
Se movió con rapidez y arrodillándose frente a ella imitando su postura, rodeó la cintura de la amazona, la atrajo hacia sí tomándola por sorpresa y aprovechó la distracción para alcanzar el brazo estirado de la pelipurpura. Era mucho más alto que ella, y tras un breve forcejeo, donde estaba seguro se llevó un mordisco, el infame pedazo de ropa interior estaba en su poder.
—¡Eso fue trampa!—exclamó ella cruzándose de brazos.
—¿El qué?—preguntó con gesto triunfal—. ¡Tú me has mordido!
—En la guerra todo vale.
—¡Qué sabrás tú de guerras, Apus! —Se sobó el bíceps, donde la amazona había hincado los dientes con expresión grave en el rostro.
—¿Sabes? —Asombrosamente apaciguada, Deltha se resignó. —Tienes razón. No sé nada, Ilustrísima. ¿Por qué no…? —Y algo, en aquel gesto casi angelical, volvió a encender las alarmas del santo.— ¿Por qué no te lo pruebas y me enseñas cómo te queda?
—¿Qué demonios, Apus?—gruñó, lanzandole el bóxer a la cara.
—¡Vamos! —La escuchó reír, y se encontró sonriendo de vuelta. —Es mi regalo… ¡Tengo derecho a saber cómo te queda! No sé porqué te ofendes tanto. Mírate, Señor Respetable. —Golpeteó su pecho esculpido con el dedo. —Vienes aquí, interrumpes mi lectura… y lo haces así: medio desnudo, todo mojado… —Lo recorrió con la mirada de pies a cabeza, pero de pronto, se detuvo, su rostro se tornó más serio y su expresión más sugerente. —¿Llevas ropa interior siquiera?
—¡¿Pero qué…?!
—¡Claro que no! —Se autorrespondió. —¡No sé de qué me sorprendo! —Continuó ignorándolo. —Cuentan las malas lenguas que es más fácil verte sin ropa que con ella. ¡Y yo vivo contigo y nunca..! —La travesura y la sorpresa marcaron su expresión una vez más. Alzó la mirada al techo y golpeteó su propio mentón con el dedo índice. —Aunque también dicen que en esos casos sueles tener compañía femenina en el mismo grado de desnudez que tú… —Buscó su mirada. —¿Tienes a tu hetaira escondida abajo, Géminis? ¿Por eso no me hablaste de la piscina? ¿Por eso nunca vi a tu hetaira?
Saga la miró fijamente, ladeó el rostro y entrecerró los ojos. Deltha respondió al desafío y mantuvo la mirada firme. Entonces, prácticamente a la vez, ambos rompieron a reír.
—Estás jodidamente loca, Apus. Todos estos días tan triste y ahora… —Los dioses sabían que prefería mil veces encontrarla así. —Luego el bipolar soy yo.
—Afirmativo, pero… —Sonrió más dulcemente, suspirando cuando el peliazul le colocó un mechón que había escapado de una de sus coletas tras la oreja. —Te hice reír. —Él no respondió, solamente la miró con cierta timidez. —¿Cómo fue tu día?
—Mucho mejor ahora que mi pajarito volvió. —Saga le robó un sorbo de vino, y se acurrucó a su lado. A Deltha ya no le importó que estuviera mojado.
Solamente deseaba escucharle.
Su presencia ahuyentaba los fantasmas de inseguridad. Pero cuando Saga comenzó a hablar, despacio, con suavidad y firmeza al mismo tiempo… comprobó que toda su ansiedad y nerviosismo habían desaparecido. Entonces se dio cuenta: su voz. Podría escucharle hablar todo el día, sin importar qué dijese.
Su voz era, simplemente, un bálsamo para su alma.
-Continuará…-
NdA:
Kanon: Y el Príncipe Encantador llegó al Santuario.
Aioros: Envidia… cof… cof…
Kanon: ¡Tonterías, Ilustrísima!
Kiki: ¡Sig es muy genial!
Kanon: Gr…
Shion: ¿Nadie va a felicitar a mis chicos? ¡Han ascendido!
Milo: ¡Enhorabuena! ¡Habrá que aprovechar los privilegios! Mihihihi…
Saga: Esconderé el vino…
Shion: En el siguiente capítulo seguiremos con el trabajo duro. ¡Hasta entonces!
Saga, Aioros: Ay…¡Hasta la próxima!
