Capítulo 56: Cambio en los planes.

Pensar que estaba listo para Star Hill había sido un grave error. A pesar de que las mejoras en su salud habían sido sustanciales en los últimos días, el cuerpo de Shion había sufrido suficiente castigo como para no quejarse ante las inmisericordes exigencias de la Colina Sagrada. Quizás la próxima vez tendría que ser más humilde y prestar atención a las quejas de los tres hombres que ahora ejercían como sus manos. Porque lo cierto era que tanto Arles, como Saga y Aioros, había calificado de "temeraria" e "imprudente" su visita a las estrellas. Sin embargo, Shion no los había escuchado, porque necesitaba saber. Había tantas incógnitas sobre su mesa, que vivir sin respuestas le estaba matando.

Desafortunadamente, su estado físico le había impedido entender con claridad el oráculo de las estrellas. Y es que éstas jamás hablaban un idioma sencillo. Sus designios solían ser como la bruma: densos y confusos. Así que con su cuerpo y mente disminuidos, todo se volvía más difícil. Al final, su visita había sido poco menos que una pérdida de tiempo.

Al teletransportarse de regreso al Templo Papal, se sintió aliviado. Decidió no visitar el despacho directamente, pues estaba seguro de que las quejas de sus dos suplentes le lloverían y, con toda sinceridad, no se sentía con ánimos para enfrentarlos.

Lo que no esperaba era que sus intentos de huir de aquel par lo llevarían al encuentro de un tercero. Ahí, del otro lado del pasillo, distinguió la silueta de Kanon. Supo que el menor de sus gemelos reparó en él cuando, al divisarlo, se respingó. Le hizo una sutil seña con la mano y de inmediato, Kanon fue a su encuentro. Bastó con ver la expresión en su rostro para saber lo mal que se veía. Sin duda, esquivar a Aioros y a Saga había sido una buena decisión. Al menos en eso había acertado.

—¿Estás bien? ¡Te ves terrible!

—Estoy cansado. Vengo de Star Hill.

—¿Fuiste a Star Hill? —La sorpresa se desbordó en el rostro del peliazul. —En tu estado, ¿te atreviste a ir a Star Hill…?

—Soy el Patriarca y tengo obligaciones. Además de trabajo atrasado... —agregó en un susurro.

—Oh, Sus Ilustrísimas de Sagitario y de Géminis no van a estar felices contigo. Te lo advierto desde ahora.

—No necesitas advertirme. Eso ya lo sé. —Sin quererlo, soltó un gruñido de dolor. Las malditas muletas le estaban destrozando la espalda y la pierna se le había inflamado de nuevo.

—¡Por los dioses! Quédate aquí, ¿vale? Ahora vuelvo.

Y antes de que Shion pudiera articular palabra alguna, Kanon se perdió en el caótico agujero que era su Otra Dimensión. La fuerza salvaje con que el portal se abrió liberó una onda de energía que hizo temblar a las estatuas del pasillo, hasta que una de ellas cayó al suelo, convirtiéndose en añicos. Arles iba a tener muchas quejas después…

Un momento después, la Otra Dimensión volvió a abrirse y Kanon apareció a través de ella, con la silla de ruedas del lemuriano. Una sutil sonrisa se dibujó en el rostro del peliverde al notar su preocupación.

—Vamos, siéntate. —Con cuidado, Kanon le ayudó a sentarse. Levantó la extensión ortopédica, para que la pierna de Shion estuviera en alto y lo escuchó suspirar con cierto alivio toda vez que consiguió acomodarse. —¿Estás mejor?

—Bastante, las muletas me estaban matando. Gracias, hijo.

—No me agradezcas. Deberías dejar de abusar de tu cuerpo de adolescente.

—No se lo digas a tu hermano, ni a Arles, ni a Aioros, pero admito que ir a Star Hill ha sido una imprudencia de mi parte.

—Tranquilo, guardaré tu secreto. —El peliazul lo miró de reojo, y parándose detrás de la silla, comenzó a empujarle. Hubo algunos segundos de silencio entre ambos, antes de que la voz inusualmente dubitativa de Kanon resonase de nuevo. —¿Shion…?

—¿Sí?

—¿Estás muy cansado? ¿Te importaría… si caminamos juntos un rato?

—¿Quieres decir que si me importaría que fueras mi chófer un rato? —Sus ojos rosas le miraron de soslayo. —Por mí, está perfecto.

—Bien.

—¿De qué quieres hablarme?

—Pues… —No tenía en claro cómo decirlo. Después de todo, aquel tema siempre sería difícil de hablar con cualquiera. —Quería preguntarte como van las cosas con nuestras visitas de Asgard. —Omitió el nombre de Sigfried a propósito. No quería invocarlo, pues no estaba listo para enfrentarlo.

—Oh, eso… —Shion se tomó un segundo para ordenar sus ideas. La pregunta de Kanon no le sorprendía en absoluto y de hecho, tarde o temprano, esperaba que le buscase para hablar de ese tema. Le alegraba no haberse equivocado. —Sigfried ha estado muy tranquilo. No había tenido el honor de conocerle antes, pero tal como todos dijeron, es un chico muy maduro para su edad; exquisitamente educado y de corazón noble. Ha venido a traernos noticias de que la princesa Flare ha sido atacada por el mismo ilusionista que fue tras Aioros y Aioria. —El lemuriano no pudo verlo, pero Kanon entreabrió los labios con incredulidad. No esperaba ese tipo de noticias, y mucho menos contaba con que Shion fuera tan franco al respecto. —Afortunadamente, tanto Hilda como él han comprendido que la persona que Flare vio en la ilusión no es Saga…

—Ares.

—Sí. Por lo tanto, nuestra alianza no se encuentra en riesgo.

—Esas son buenas noticias, a pesar de todo.

—Me atrevería a decir que sí. —El Patriarca dejó escapar un suspiro que para Kanon, vaticinó problemas.

—¿Pero?

Shion no le respondió. Levantó la vista y cayó en cuenta de que habían llegado a la Palestra interior del templo. La luz que se filtraba desde arriba era escasa, a pesar de la hora, delatando a los nubarrones que a últimas fechas se negaban a abandonar el Santuario. La arena estaba húmeda, inequívoca señal de la lluvia matutina, pero las bancas que rodeaban aquel antiguo claro de entrenamientos estaban secas. Las doncellas del templo eran, sin lugar a dudas, unas damas eficientes en su trabajo.

—Llévame cerca de las bancas y siéntate conmigo—pidió a su Santo. Kanon, sin refutar, hizo como se le ordenó.

—Listo—dijo Kanon. Se había acomodado en una de las bancas, con Shion frente a él. —Supongo que lo tienes que decir es lo suficientemente importante como para que me mires a la cara y midas cada una de mis reacciones, ¿cierto? —El peliverde asintió. —Pues venga, escúpelo de una vez.

—En vista de todos los acontecimientos que han sucedido tanto aquí, como en Asgard, consideramos que la mejor opción es reunir a los aliados para discutir los detalles con detenimiento. Es importante que tanto Asgard, como Atlantis, como el Santuario, estemos en la misma sintonía.

Kanon guardó silencio, aunque Shion no necesitaba que dijera nada. Era increíble lo mucho que podía leer en el rostro del gemelo cuando le observaba con detenimiento. Y lo que encontró, le sorprendió.

—¿Atlantis? ¿Julián visitará el Santuario?

—La invitación ha sido enviada.

—¿Pensabas avisarme?

—Lo estoy haciendo ahora, hijo. —Y antes de que el gemelo pudiera replicar, Shion levantó la mano para pedirle que le permitiese continuar. Aún tenía algunas cosas que decir. —Entiendo que tu relación con Julián y con Atlantis es mucho más compleja de lo que es con Asgard. Sé que Julián y sus chicos crecieron bajo tu guía y protección, y quizás por eso te sea más difícil enfrentar sus juicios…

—¿Cuál es tu punto?

—No hay ningún punto, Kanon. Solo debes de saber que la presencia de Julián pondrá los ojos de todo el mundo en tí, y por eso, espero que tu comportamiento sea ejemplar.

—¿Quieres que sea invisible? Soy bueno desapareciendo.

—No. No es lo que quiero. —El mayor de los dos negó con la cabeza. —Puedes intentar esconderte todo lo que quieras, pero yo no voy a ayudarte. Eres uno de mis santos dorados, y cuando se requiera de tu presencia, estarás ahí con el resto.

—No es tan simple…

—Nunca lo es. Pero esconderse bajo una piedra no soluciona nada. Estas son las consecuencias de los errores de tu pasado y debes enfrentarlas, al igual que lo hiciste aquí, con el resto de tus hermanos. Es el último paso de ese largo camino tuyo hacia la redención, Kanon. —Tomó la mano del peliazul entre la suyas y la acarició con mimo. — Debes darlo ahora, y nosotros estaremos a tu lado.

El gemelo calló, prefiriendo guardarse sus ideas para sí mismo. Shion tenía tanta razón, como las tenían sus propias dudas. Suspiró, resignado a la idea de que su viaje hasta el Templo Papal no había sido en busca de buenas noticias… Al menos, no buenas noticias para él. Entonces, se puso en pie.

—Necesitas descansar un poco. Vamos, te llevaré a tu dormitorio. —Y Shion no puso resistencia a sus palabras.

—Eso estaría bien. Gracias.

—No… Gracias a ti.

-X-

Las largas horas de trabajo en las cuatro paredes del despacho papal habían servido para algo: para que Aioros apreciara más la libertad que traía entrenar al aire libre. No importaba ya la constante amenaza de la lluvia sobre sus cabezas, o el aire frío que se burlaba de la ausencia del Sol. La simple idea de estar a campo abierto, de estirar los músculos y de respirar algo más que el aroma de la madera que se consumía en la chimenea de Shion, era en sí, agradable.

También había echado de menos a sus chicos. La compañía en el Templo no era terrible —diría incluso que era grata, a pesar del estado de su relación con Saga—, pero pasar tiempo con su equipo era… Entretenido.

—No parece una batalla justa. —Las quejas de Spartan lo sacaron de sus pensamientos y le trajeron de vuelta a su realidad. Él y Asterion habían estado entrenando juntos, hasta unos segundos antes, cuando la discusión entre ambos comenzó.

—¿Cómo va a ser injusto si estamos peleando uno contra uno?

—¡Creas clones!

—¡Es mi técnica!

—¡Pues no es justo!

—¡Y tú eres…!

—¡Silencio los dos!— Con un salto, Tatiana irrumpió entre ambos y los separó. A su comando, ambos cerraron la boca. Divertido, Aioros levantó una ceja. —Perdéis el tiempo en estupideces. Esto es una entrenamiento, Spartan. O empiezas a tomarlo en serio, o comenzaremos a preparar tu pira funeraria cuando la guerra llegue.

—¡Eh! ¡Qué cruel eres!

—Lo cierto es que Tatiana tiene razón. —Aioros intervino, tomandoles por sorpresa. —Si no empezamos a tomar las cosas en serio, estaremos en problemas.

—¡Pero tengo la razón!

—Por los dioses… —Asterión giró los ojos con fastidio.

—No la tienes e, incluso en caso de que fuera así, como Orden tenemos reglas que nos impiden actuar de manera injusta en un combate, pero no podemos esperar que el otro bando elija actuar del mismo modo. Por eso debemos estar prevenidos. En nuestras líneas hay honor; en las del enemigo no lo sabemos, y por eso hay que estar preparados.

Si le comprendió o no, el santo de Sagitario no lo supo, pues por respuesta solo obtuvo un bufido. No le sorprendió, porque Spartan era así. Era un santo sin armadura, con una capacidad telepática asombrosa y un potencial amplio, pero vago como ninguno. Además, era un cabezota que poco o nada escuchaba, o que simplemente prefería ignorar al mundo.

A veces era gracioso, y eso le daba ciertos puntos a su favor. Sin embargo, Aioros no estaba seguro de qué tan bien podría Spartan encajar en cualquier otro equipo que no fuera el suyo, o bajo el mando de un santo dorado con una paciencia menor que la suya.

—¿Spartan? —insistió—. ¿Me has escuchado?

—Sí, sí. Te oí la primera vez. Os oí a todos—dijo, cruzándose de brazos.

—Oír no es lo mismo que escuchar. Necesito que entiendas lo que te estoy diciendo, porque aunque soy responsable de todos vosotros, no siempre podré cuidaros las espaldas y…

—Cada hombre para sí mismo, ¿cierto?

—Falso—respondió el arquero. Spartan se respingó. Incluso Asterion, quien parecía haberse alejado de la conversación, dejó entrever su atención a las palabras del santo dorado. —Esa puede haber sido la ideología de Ares, pero no es la nuestra. La razón por la que trabajamos en grupos no es únicamente incrementar las habilidades de cada uno a través de la competencia, sino aprender a trabajar como un equipo. No somos cuatro individuos. Somos un equipo… Un ejército. —Aioros se detuvo y, por un segundo, buscó las miradas de sus otros dos subordinados. —Lo que hace uno afecta a los demás. Las acciones de uno son las de todos.

—Sangramos y morimos juntos—terció Tatiana.

—Exacto.

A pesar de la contundencia en sus palabras, el rostro en Spartan no lucía mínimamente convencido. Retiró la mirada del resto de sus compañeros y sus palabras brotaron con cierta amargura.

—Los guardias, los santos sin armadura y los santos de bronce siempre hemos sido carne de cañón para la Orden…

Siempre es una palabra muy fuerte. —Aioros suspiró. A veces olvidaba que todo lo que esos chicos conocían era el Santuario del terror que Ares había creado. Su vida entera había sido aquello. —Eso es lo que has conocido hasta ahora, pero mira a tu alrededor. Todos estamos haciendo lo posible porque la mayoría de vosotros sobreviva a esta guerra. ¿Habrá bajas? Sí, eso es inevitable. Pero no vamos a resignarnos a ello.

—No sé por qué debería creeros ahora… Tal vez tú estabas muerto, pero no vi a muchos de tu rango haciendo nada por detener las injusticias de Ares...

—Porque las cosas son distintas, idiota. —Para sorpresa de Tatiana y de Aioros, Asterion intervino. —El verdadero Maestro ha vuelto. La Orden Dorada… Podría decirse que son diferentes ahora. Ayudan y entrenan a otros rangos… Incluso a idiotas como tú. ¡Por los dioses! Hasta Máscara Mortal parece interesado en mantener con vida a un par de santos de bronce que no tienen nociones de lo que es el cosmos…

—Nuestra misión es daros la mayor de las oportunidades para sobrevivir. —Aioros complementó sus palabras. —No estamos aquí para usaros… Sino para ayudaros a sobrellevar la guerra.

Hubo un momento de silencio que pareció extenderse hasta la eternidad. Sin embargo, fue Spartan el primero que se atrevió a romperlo con un bufido. Sacudió el polvo de su ropa y con grandes zancadas dio la vuelta para volver al espacio que utilizaban como arena de entrenamientos.

—Venga, Perros de Caza—ladró—. Continuemos con el entrenamiento.

—¿Seguirás lloriqueando?

—Quizás… Un poco. Pero me esforzaré por patearte el culo plateado esta vez. —En medio de su ceño grave, un mohín de complicidad surgió. —Quien sabe… Quizás pueda ver eso que vosotros decís que es distinto ahora.

—¡Jah! Ya puedes esforzarte...

Intercambiaron la primera patada y muchas más siguieron a esa. Mientras, Aioros observaba. No supo en qué momento dibujó una sonrisa en sus labios, redescubriendo lo mucho que la esperanza podía hacer por las personas. De verdad quería que Spartan pudieran entender que sus palabras no caerían al vacío y que las respaldaría con hechos. Era importante que comprendiera su propio valor, del modo en que él mismo descubría el suyo.

—Entiendes que vosotros, los que vestís en oro, no estáis solos, ¿cierto? También sois parte de nuestros equipos. —Oyó a Tatiana y la observó de soslayo.

—Lo sé.

—Entonces, entiendes que no sois completamente responsables de mantener con vida a todos los rangos por debajo del vuestro.

—Sí, pero…

—¿Pero? —Tatiana lo miró. Aioros, de pronto, la miraba de frente.

—Sangramos primero para que vosotros no tengáis que hacerlo. Morimos para que vosotros viváis. Una vida a cambio de muchas. Es el bien mayor, Tatiana…

Tatiana ya no le respondió. Solo los ojos muertos de la máscara permanecieron fijos en él por algunos segundos, antes de que ella desviara el rostro hacia el par de compañeros que entrenaban un poco más allá.

—El bien mayor también os incluye. Porque sin vosotros, la vida de muchos no tendría sentido—susurró la amazona—. Me gustaría que fuerais capaces de recordarlo siempre y que no pudierais olvidarlo.

—No somos malagradecidos. Lo sabemos y lo atesoramos. Pero por quien se ama, se hace lo imposible. Y es eso lo que nos hace luchar cada día para ser mejores… Es lo que nos hace despertar cada día, a pesar del futuro que nos espera.

-X-

—¿Cómo está? —Saga no podía decir que aquella voz no le hubiera sobresaltado.

Hacía meses que solo con escucharlo en la lejanía, todas sus alertas se activaban de modo inmediato: ese era el punto de desconfianza al que habían llegado Kanon y él. Y aunque las cosas parecían haber alcanzado un punto de standby entre ambos, era una reacción que a duras penas podía evitar.

Aún con la mano sobre la manilla de la puerta que cerraba con cuidado, Saga ladeó sutilmente el rostro hacia el rincón del pasillo desde donde Kanon le había hablado: apoyado en la pared y mirándolo con interés, el santo de Géminis no podía decir cuánto tiempo llevaba ahí el menor de los dos. Saga avanzó hacia él con cierta parsimonia, que no era más que su torpe intento de ganar tiempo para ordenar las palabras en su cabeza, y solamente cuando estuvo a su altura despegó los labios.

—Ha estado mejor —dijo en un susurro, como si su voz fuera a romper la paz de aquel rincón privado del templo—. Gracias por traerlo…

—No hay porqué.

Ninguno dijo nada más, pero cuando Saga echó a andar por el corredor que conducía a la Palestra, Kanon caminó a su lado, viéndolo de soslayo. Guardaron silencio todo el trayecto, compartiendo —sin saberlo— un revoltijo de pensamientos desencadenados ante la cercanía del otro.

El buen hacer de las doncellas que Kanon había podido apreciar temprano aquella mañana, había quedado en el olvido, porque el cielo había vuelto a oscurecerse y la lluvia caía sobre el Santuario como un manto pesado y gris. Desde donde estaban, podían escucharse los truenos lejanos mar adentro, entremezclados con las voces que provenían del coliseo. Por lo demás, aquel patio era un remanso de paz… y de recuerdos. Muchos años atrás había sido su rincón de juegos, y habían sido felices allí. Shion les había enseñado sus primeros movimientos en esa arena.

Kanon tomó una bocanada de aire y después se sopló el flequillo: tenía que intentar enmendar las cosas. Saga, apoyado con el hombro izquierdo en una de las columnas, le daba la espalda. Le observó llevarse un cigarrillo a los labios. Después, recortó la distancia que los separaba. El menor se dejó caer en el banco que separaba las columnas, apoyó la espalda y llevo las rodillas al pecho, abrazándolas con sus brazos.

—¿Quieres? —tomándolo por sorpresa, Saga le ofreció un pitillo. Sin pensarlo demasiado, Kanon aceptó y esperó a que el mayor lo encendiera. Lo caló con deliberada lentitud, y solamente cuando soltó el humo, buscó con los ojos a su hermano. Saga permanecía con la mirada perdida en algún punto del patio, con el rostro pensativo.

—¿Su Ilustrísima no puede fumar dentro?

—Arles me ahorcaría si lo intento… –replicó. Kanon sonrió al escucharlo.

Saga no se sentía cómodo, ni relajado… y sabía que resultaba obvio para Kanon. Apenas se habían visto un par de veces desde que Kanon visitase a Shion en la Fuente, y aunque aquel encuentro había sido inesperadamente amigable, le era difícil sentirse confiado. Había llegado un punto en que ya no podía preveer —o imaginar siquiera— los movimientos de su hermano. Y le dolía tanto como le sacaba de quicio. Poco podía hacer ya.

Sin embargo había algo diferente en el menor. No sabía decir qué era, ni desde cuándo estaba ahí… pero estaba. Se veía más apaciguado, tranquilo. Y, de alguna forma, Saga quería creer que lo peor había pasado.

—Corrigeme si me equivoco… —Vio de soslayo a Kanon cuando este empezó a hablar—. ¿No se supone que las visitas a Star Hill traen consigo un desgaste físico y mental que precisa de un estado físico óptimo para soportar las exigencias del oráculo?

—No te equivocas.

Durante sus trece años de reinado, Saga había subido a la colina sagrada en más de una ocasión. Y no importaba la fuerza o resistencia extra que Ares le insuflaba cada vez: siempre resultaba un proceso agotador que se alargaba durante días. La línea entre la conciencia y la inconsciencia se tornaba difusa cuando el polvo de estrellas te envolvía y las visiones invadían los sueños. Después solamente quedaban los sentidos embotados y el cuerpo agotado: una resaca en toda regla.

—¿Entonces? —Kanon ladeó el rostro y con un leve movimiento del mismo señaló hacia el interior—. ¿Cómo es que Shion…? —Saga suspiró al escucharlo.

—Porque Shion no atiende a razones. —Se pasó los dedos por el pelo en un gesto nervioso que a Kanon no le fue difícil identificar. Él hacía lo mismo a veces—. Es terco como una mula y hará lo que considere mejor, cuando lo crea mejor. Sin importar nada más. —Kanon alzó las cejas y una sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro. Era fascinante escuchar a Saga hablar así del viejo, especialmente porque su hermano no se daba cuenta de que se estaba describiendo a sí mismo con aquellas palabras—. A duras penas logramos mantenerlo en la Fuente el tiempo necesario para que se recuperase del desastre de Jandara. Tras Meteora, las quimeras y Asgard… —Se detuvo.

Esta vez fue él quien buscó al menor con la mirada. Kanon no despegó los labios, y sus ojos permanecieron fijos en el hipnotizante arder del tabaco entre sus dedos. Saga se humedeció los labios, y con un fugaz toque de su dedo, sacudió la ceniza de su cigarrillo. No podía imaginar qué era lo que Kanon pensaba en aquel momento. Ni tampoco lo que había sentido al saber que Sigfried estaba en el Santuario. Y ahora que era cuestión de tiempo que la comitiva de Atlantis viniese de visita…

No le envidiaba. Ni un poco.

—Sé que Julian vendrá pronto. —Saga afinó la mirada. Sabía que Shion se lo había dicho antes, pero no esperaba que Kanon sacase el tema precisamente con él—. Cuando rescaté a Shion esta mañana estuvimos hablando y me contó.

—¿Y…?

Kanon alzó el rostro y clavó su mirada en la suya. Hacía mucho que no se veían de esa forma: sin rencor. Saga quería saber. Kanon sopesó las palabras un instante, y al fin se animó a continuar. Si quería solucionar las cosas, alguien tenía que dar el primer paso por difícil que fuera.

—Sé lo que tengo que hacer, y lo haré. No te preocupes por eso. —Pero el mayor no habló, tal y como si esperase una continuación—. Ya sabes… a todos nos llega el momento en que el pasado nos muerde en el culo. —Saga dibujó una minúscula sonrisa, y sin darse cuenta, Kanon lo imitó—. No es que me haga sentir mejor, pero…

—No te envidio.

—Lo sé. —Suspiró y se sopló el flequillo—. ¿Cómo es el Príncipe Encantador?

—¿Quién…? —De pronto, Saga alzó las cejas, comprendiendo—. ¿Sigfried? —Entonces, algo ocurrió: Saga rió. Por primera vez en más de una década, Kanon le había robado una carcajada sincera. El menor esbozó un gesto travieso y triunfal—. No puedo decir que no le vaya fantástico el sobrenombre…

—Es que es perfecto. El sobrenombre y él, al parecer.

—No sé si perfecto, pero… Se le acerca. —Viniendo de Saga, eso era mucho. Kanon lo sabía.

—¡Qué consuelo…! —Saga apagó los restos del cigarrillo. No necesitaba ser un genio. Sabía qué era lo que estaba haciendo Kanon: le estaba tanteando, quería información.

—Es un tipo interesante Sigfried. —Se sentó al otro lado del banco, e imitó la postura del menor, quedando ambos frente a frente—. Inteligente, templado y prudente. Es la mano derecha de la princesa Hilda.

—Si los rumores son ciertos, más que eso. —Saga rodó los ojos, pero terminó por asentir. Sigfried y Hilda no habían engañado a nadie en Asgard: era obvio que entre ellos había mucho más que una relación entre princesa y general.

—No es que lo conozca demasiado, pero sí más que el resto y lo que creo es que Sigfried jamás dirá nada sin haberlo pensado un par de veces antes. Es un tipo reflexivo y honorable.

—No suelo llevarme bien con la gente honorable.

—Si te soy franco… —buscó sus ojos una vez más—, creo que Sigfried tendría dificultad llevándose mal con alguien. Diría que tiene una excelente capacidad para valorar qué es realmente importante, y qué secundario. —Aunque Kanon no lo dijese, Saga sabía que iba a disculparse con el guerrero de Dubhe Alpha. Por eso estaba tan interesado en él—. Creo que el simple hecho de estar aquí él solo, por tiempo indefinido, tras haber aceptado los términos que acordamos en Asgard hablan por sí mismos.

—¿Me escucharía si tuviese algo que decir? —Ahí estaba, eso era lo más claro que Kanon se atrevía a hablar dadas las circunstancias.

—Sigfried merece respeto —dijo asintiendo—. Yo no me preocuparía por él, pero…

—¿Pero?

—No puedo decir lo mismo de Atlantis.

Kanon apretó los dientes y se revolvió incómodo. Saga estaba en lo cierto, porque Julian era un tipo muy diferente a la estampa que su hermano acaba de pintar de Sigfried. Y no solo él en sí lo era, sino que también estaban las Marinas, la relación que habían tenido, y el desenlace de la misma… Era demasiado grande, demasiado dramático como para que fuera tan fácil.

—Julian y las Marinas son todas unas personalidades… —continuó el mayor tras unos segundos de silencio—. Cuando fuimos allí hace unos meses —¡Y los dioses sabían que había odiado aquella misión desde el minuto uno!— dejaron bien en claro que su actitud era muy distinta a la de Asgard.

—Hay mucho ego ahí abajo, Saga.

—Y rencor. Me di cuenta. —Resopló indignado—. Te contaré algo gracioso…

—¿Es eso posible? —Kanon alzó una ceja, burlón. Saga lo ignoró.

—Cuando estábamos ahí abajo, salí a dar un paseo por Atlantis en plena noche.

—¿Tú solo? —Saga asintió. No sabía por qué estaba abriéndose tanto a Kanon, pero si eso servía para que el menor diera un paso al frente en la dirección correcta, lo haría—. ¡Qué osado de tu parte!

—Sí, no me fue muy bien. —Se llevó la mano al labio que Aioros había roto en aquel entonces y lo acarició fugazmente—. La cuestión es que me detuve en el Pilar del Atlántico Norte. —Kanon guardó silencio, mientras en su mente trataba de formarse la imagen: Saga allí, en las escaleras de lo que había sido su guarida durante años—. Y cuando estaba disfrutando de la paz nocturna, una sirena rubia de ojos azules me recibió con un bofetón en toda la cara que no vi venir. —Kanon rompió a reír. Tethys se lo había contado, pero escucharlo de Saga era…

—Te confundió conmigo.

—Me di cuenta, sí... —Sonrió—. ¿Cómo le va aquí? Apenas la he visto desde que llegó, pero se que…

—Hicimos las paces, de algún modo. —Se apresuró a decir. Poco imaginaba Saga el modo, exactamente.

—Es bueno oírlo. —Saga no tenía muy claro cómo había sucedido, pero se alegraba.

La sirena le caía bien… a pesar de los sentimientos que sabía albergaba hacia Kanon. Suponía que era normal, después de todo, era una adolescente y esas cosas solían pasar cuando un tipo algo más mayor rondaba siempre cerca. Especialmente si ese tipo tenía el carisma de su hermano.

—Le gusta el Santuario —se apresuró a decir Kanon—. Entrenamos casi todos los días… y a decir verdad, me gustaría que sobreviviera.

—Quizá algún día pueda pasar por Géminis… —Kanon lo miró fijamente. No esperaba tal sugerencia, porque a como él lo veía, eso era lo más cercano a una ofrenda de paz que Saga podía ofrecer en aquel momento.

—Quizá… quizá sí.

-X-

Aletia había pasado los últimos días observando desde la vidriera de su negocio los movimientos de Su Ilustrísima de Sagitario en el pueblo, aprendiendo de sus horarios y su nueva rutina. Usualmente esa rutina terminaba en su heladería, en compañía de Janelle, la nieta de Stavros, en actitudes más que sospechosas. Y, al parecer, no era solamente ella la que había notado aquel detalle.

La villa entera había comenzado a involucrarse en rumores y habladurías que a ella, en su mayoría, le desagradaban. Quizás era por eso que había tomado la inusual decisión de intervenir. Así que decir que aquello no era una emboscada, sería mentir.

—¡Aioros!—llamó su nombre cuando lo vio pasar frente a su heladería, seguramente de camino al almacén. No era que esperase algo distinto, pero suspiró aliviada cuando lo vio detenerse y caminar hacia ella.

—¿Aletia? ¿Estás bien? ¿Pasa algo?

—Estoy bien, hijo. Solo… Quería hablarte de algo. —El castaño levantó las cejas. —¿Podrías entrar un momento?

—Sí… Claro.

Entró a la heladería con cierto recelo, y nunca antes le pareció que las caracolas sonando a su espalda cuando la puerta se cerró, fueran tan inquietantes. Aletia iba delante de él, con los pasos lentos de una mujer cansada, y se sentó en una de las mesas. Con un movimiento de la mano, le invitó a hacer lo mismo. Una modesta tetera y un juego de tazas esperaban por ellos en aquel rincón del local.

Resignado, Aioros se sentó frente a ella. Le sonrió mientras la observaba servir el té, sin pasar por alto el semblante grave, que era tan poco usual en ella. Sin embargo, el aroma cálido y acogedor de las hierbas le reconfortó, aplacando un poco sus nervios.

—Tal vez pienses que no es mi lugar tener esta conversación contigo…

—No, no. Lo que tengas que decir, te escucharé. Sabes que siempre has sido una persona valiosa para nosotros y tu opinión en lo que sea, siempre será bienvenida.. —La mujer le sonrió. Con cuidado, le acercó una taza humeante.

—He notado que en estos días has pasado mucho tiempo con la nieta de Stavros.

—Oh…

—Janelle es una buena chica; está aquí por su abuelo y se ha adaptado bien a la villa a pesar de haber nacido y crecido en Atenas. Y tú… Tú también eres un chico ejemplar, del que cualquier jovencita se sentiría orgullosa. Pero eres un santo: uno de los Doce. —Hizo una pausa en la que se humedeció los labios con un sorbo de té. Aioros la imitó sin quitarle los ojos de encima, hasta que la mujer se animó a continuar. —Desafortunadamente, todo lo que rodea a tu Orden fascina a propios y extraños, y no siempre lo hace de los modos correctos. No quisiera que Janelle, por su cercanía a tí, saliese herida. ¿Entiendes lo que digo?

El castaño la miró directamente a los ojos. Habían fruncido leventemente el ceño y su rostro grave delataba las ideas que corrían por su cabeza en aquel instante. No podía negar que Aletia hablaba con la razón. Por mucho que quisiera evitarlo, de algún modo, entendía y justificaba su preocupación.

Se preguntó a sí mismo si estaba haciendo lo correcto. Porque ellos, como santos que vestían en oro eran intocables. Pero ellas… Las mujeres que vivían a su lado carecían de ese privilegio. Ya lo había vivido con Deltha y con Naia. ¿Podría correr de nuevo ese mismo riesgo? ¿Podría exponer a Janelle de esa manera?

Suspiró, a sabiendas de su respuesta, y estiró el brazo para tomar la mano de Eudora entre las suyas.

—Entiendo tus preocupaciones. Créeme que sé lo que significa relacionarse con nosotros… Todo lo que conlleva para la otra persona. Pero no estoy jugando con ella, si es lo que piensas.

—No es lo que dije, hijo…

—Está bien, no he tomado ofensa en tus palabras. La verdad es que yo mismo tenía dudas antes de acercarme. —Se revolvió los rizos con nerviosismo, mientras su mirada añil se centró en la taza de té frente a él. —Pero en estos días, he descubierto que Janelle es realmente fantástica. El tiempo se escapa cuando estoy con ella; tiene toda clase de historias grandiosas, me hace reír, me escucha… Y creo que está dispuesta a explorar conmigo quién soy en este punto de mi vida.

—¿Puedo pensar que buscas algo serio con ella?

—Bueno, si me preguntas si voy a casarme con ella mañana, o la semana que viene, o el mes siguiente, te diría que no. —¡El matrimonio ni siquiera era una opción para los santos! —, y creo que ella estaría de acuerdo conmigo. Apenas nos estamos conociendo.

—Se os ve muy entusiasmados.

—Lo estamos, porque hasta ahora todo va genial. Congeniamos bien y lo que sea que estemos intentando, va de maravilla.

—¿Te gusta?

—No estaría intentando nada si no me gustase. —Rió por lo bajo.

—Hablo de algo más que el físico, Aioros.

—¡Oye, oye! —Levantó las manos con inocencia. —Yo también. Obviando el hecho de que es guapísima, Janelle es increíble. —Después esbozó una sonrisa traviesa. —Algo mandona, pero me gustan así. —Guiñó el ojo a la mujer, haciéndola reír con lo gracioso de su gesto.

—Ay, Aioros… —Sonrió Aletia. —No creas que soy una vieja entrometida. Simplemente no me gustaría que salierais heridos. Os tengo mucho cariño a ambos.

—Y ese cariño es recíproco. No debes preocuparte. Te prometo que voy a portarme bien con ella.

La mujer asintió suavemente. Conocía los detalles más significativos de la muerte prematura de Aioros, de su regreso... Y sabía, con tan solo verlo, la lucha que representaba adaptarse a esa nueva vida.

Con Janelle, de una forma diferente, sucedía un poco lo mismo. Llevaba varios meses viviendo en Rodorio, junto con el viejo Stavros, y los dioses sabían que a la chiquilla le había costado dejar la modernidad del mundo exterior para adaptarse a la vieja usanza de esas tierras santas. Pero lo había hecho con gusto y decisión, hasta el punto en que ahora tenía una vida en el pueblo, y que de alguna forma, la villa la había arropado como a una de las suyos.

—¿Qué hay de Deltha? —Soltó la pregunta sin pensarlo demasiado.

No fue difícil que Aletia notase el desbalance que su pregunta causó. La postura de Aioros, hasta ese momento franca y abierta, cambió. Apoyó la espalda contra el respaldo de su silla y se cruzó de brazos. Levantó la mirada hacia el techo y, como si midiese con cuidado cada una de las palabras que pronunciaría a partir de ese momento, se tornó pensativo.

—Deltha… —suspiró—. Deltha es mi pasado. Ella y yo tomamos caminos distintos, y así como ella ha decidido continuar con su vida, yo hago lo mismo con la mía.

—¿Estás seguro de que no haces esto solo para olvidarla?

—No, no estoy seguro. Pero sí hay algo que sé con certeza—se incorporó nuevamente para enfrentarla—, y es que, una vez que das vuelta a una página de tu vida, no debes volver. Lo que tuve con ella fue especial, a pesar del final tan miserable que nos tocó. —Sonrió, y en el gesto, Aletia encontró un dejo de amargura. —Sin embargo, quedó atrás y no tengo intención de retroceder. Quiero algo nuevo con alguien diferente, y pienso que Janelle puede ser esa persona.

—Dar vuelta a la página no es sencillo.

—No lo es. Pero a veces es la única opción para tener un presente… o un futuro. Y vamos, no quiero dar pena, pero nuestro presente suele ser muy corto.

Esta vez fue ella quien tuvo que darle la razón. Por un instante, no muchos meses atrás, se habían atrevido a creer que el regreso de Athena y de los chicos podría haber significado el inicio de una paz larga y duradera. Sin embargo, los acontecimientos de los últimos días dejaban en claro que se habían equivocado. No importaba cuánto anhelaran la paz, siempre terminaba por escapar de ellos.

—Ay, Aioros. Cuánta razón tienes… —Bebió un último sorbo de su té. —Está bien, no voy a preocuparme más. Si has prometido portarte bien, confiaré en tu palabra. —Ensanchó una sonrisa cómplice, en su rostro regordete.

—Gracias por la confianza.

—Sí, sí. Ahora vete, llegarás tarde y seguramente te estarán esperando.

—Sabes que volveré más tarde, ¿cierto?

—Tendré el helado listo. —Aletia le guiñó el ojo y soltó una risa cuando la sonrisa cómplice del arquero la contagió.

Devolvió el gesto, pero solo se levantó de la mesa cuando Aioros se hubo marchado. Recogió las tazas y la tetera, acomodándolas de nuevo en la bandeja donde las había traído, y marchó de regreso a su taller.

-X-

—Sé que va a sonar extraño siendo yo el que lo diga, Shura, pero… —El español se sobresaltó visiblemente al escucharlo—. ¿Has visto la luz del día desde que volvisteis de Meteora?

—¡Saga! —Shura, sentado tras el escritorio, se revolvió el pelo nervioso. Se veía más pálido de lo normal, incluso con esa barba de un par de días que se empeñaba en dejarse con el único propósito de lucir más mayor y las sombras oscuras bajo los ojos—. No te oí llegar.

—Me di cuenta. —Se apoyó en el marco de la puerta, mientras el viento aullaba a sus espaldas—. Hacía tiempo que no pasaba por aquí y pensé… —se encogió de hombros—. ¿Cómo estás?

—Bien, estoy bien. —Pero Shura tenías las mismas habilidades de actor que una piedra: ninguna.

La sonrisa tímida que se había hecho hueco en su rostro con el paso de los meses, se había ensombrecido. ¡Y los dioses sabían que al santo de Capricornio le había costado mucho esfuerzo alcanzar ese grado de felicidad! Saga lo miró fijamente unos segundos que al moreno se le hicieron eternos. ¡Malditos ojos de geminianos que parecían capaces de atravesarlo todo!

—Lo cierto es que ahora hay menos que hacer aquí. Tatiana se ocupa de ello prácticamente sola, pero quería comprobar algunas cosas y… bueno, se me hizo tarde.

—¿Cómo está Eire?

—Mejor —suspiró apesadumbrado—. Afortunadamente… Tiene un optimismo que supera incluso a Aioros en sus buenos tiempos —Saga sonrió levemente—. Si te soy franco, Capella se ve peor. Ella se llevó la peor parte física, pero Capella y su moral por los suelos, están siendo difíciles de tratar… Sé que Camus tiene los mismos problemas con Tremy, y sobre todo con Jamian —se recostó un poco en la silla, y tamborileó la mesa con los dedos—. ¿Y Deltha?

—Vivirá —esta vez fue Saga quién retiró la mirada, tras pensar la respuesta unos segundos. No sabía quién lo llevaba peor, si ella… o él mismo—. No puedo decir que sea una fuente de optimismo como Grulla, pero…

—La entiendo —Saga alzó una ceja con curiosidad—. Obviando lo que pasó en la misión, toparse con Raissa fue un varapalo —la expresión de su rostro lo dijo todo.

—Algo escuché —y algo sabía, porque él mismo llevaba días esquivándola con la maestría de un mago escapista. Shura entrecerró los ojos con sospecha.

—¿Cómo lo llevas tú?

—¿Yo? ¿El qué? —"Ah… pobre cabrita ingenua", pensó el peliazul para sí mismo. Al menos él sí sabía hacerse el loco cuando quería.

—¿Cómo que "el qué"? —Shura frunció el ceño—. Raissa. Si algo he aprendido estos meses es que tú y yo vamos de la mano en nuestro sendero de arrepentimiento y autoflagelación.

—Casi no la he visto, a decir verdad. Apenas unos minutos el día que llegó y poco más.

—¡La estás evitando! —exclamó indignado el español.

—¿Yo? —preguntó, casi ofendido—. No sé por quién me tomas…

—Luego soy yo el dramático —masculló.

—He estado muy ocupado últimamente, no he tenido tiempo para…

—Sí, sí, como tú digas.

—Esta es una sorpresa.

Ambos voltearon hacia la puerta. Tatiana les observaba con los rizos humedecidos por la lluvia, enmarcando la máscara de plata. La amazona se adentró al cobijo de la cabaña y se unió a ellos con un par de zancadas, pues fuera la lluvia arreciaba de nuevo.

—¿Cómo está su Ilustrísima de Géminis? ¿Debo inclinarme? ¿Qué dicta el protocolo en estos casos? —Saga ladeó el rostro, mirándola fijamente.

—Existe una lista de personas especiales excluidas del protocolo —le guiñó un ojo con complicidad—. Shura debe inclinarse, tú no.

—¡Oye!

—Siempre hubo clases, Shura, afróntalo —la risa de la amazona resonó en la estancia como un tintineo refrescante—. ¿Estás cuidando bien a mi cabra, Tati? Ha vuelto a dejarse la barbita para parecer mayor… No sé si es buena señal.

—Hay inseguridades que una no puede solventar tan fácil, Saga.

—¡Eh! No es para parecer mayor, me gusta mi barb…

—Además, tengo mi propio grupo de mocosos a los que cuidar ahora que su Ilustrísima de Sagitario está ocupado en otros menesteres —la amazona lo ignoró, y Shura no tuvo más remedio que resignarse una vez más—. Soy una mujer de responsabilidades.

—Como digáis… —murmuró Shura, sintiéndose invisible. Aunque debía admitir que la interacción de esos dos siempre le había resultado una compañía de lo más agradable y refrescante. Algún día quizá tuviera la suerte de que uno de ellos, o los dos, le contasen la historia tras aquella amistad que les unía.

—Vales oro, Tatiana, vales oro. —¡Y los dioses sabían que Saga lamentaba cada día que pasaba el hecho de que Shion no la hubiera incluído en su equipo de nuevo!— ¿Cómo están las cosas por aquí…?

—Por "aquí" ¿te refieres a…? —Saga se encogió de hombros.

—Las amazonas… —aunque lo que de verdad quería saber era cómo estaban las cosas con Shaina.

—Bueno, tal y como he dicho soy una mujer ocupada, pero… —suspiró—, procuro tener todos los frentes cubiertos. Vigilados al menos. —El peliazul ladeó el rostro con interés: no esperaba menos—. Shaina se ha portado bien en estas semanas. Hay que reconocer que a veces las amenazas surten efecto. —Tenía razón, pero eso no hacía que Saga se sintiera mejor—. Ha estado entrenando con tus chicos, y aquí, principalmente con Marin y Giste; sin dar una voz más alta que otra. Pero diría que está mucho más calmada desde que Aioros y tú ocupasteis el trono.

—Lo mismo es una fan tuya, y solo estaba cabreada porque estabas mezclado con nosotros, pobres y convencionales santos dorados —Shura sonrió ante su propia ocurrencia y Saga hizo lo propio.

—¿Vas a ir a verles? —preguntó ella.

—Los últimos días han sido una locura, si te soy franco —musitó—. Se que Ángelo se ha ocupado de ellos, pero no puedo darle esa responsabilidad por completo. Además, Jabu necesita… —¿Vigilancia? ¿Atención? ¿Mimo? No tenía la menor idea de cómo describir sus necesidades, pero el Unicornio estaba mejorando a últimas fechas. No quería que ese logro se desvaneciera por su culpa y sus obligaciones—. Así que supongo que sí, es tarde para entrenar, pero al menos iré a verles. ¿Cómo te fue con Aioros?

—Bien, bastante bien a decir verdad —dijo. Sabía bien que la relación entre Saga y Aioros se había roto a causa de esa tormentosa vida sentimental que se traían. Era consciente de que todo lo que había logrado que Saga sonriera esos meses atrás, se había venido abajo en un pestañeo... pero aún así, el peliazul seguía ahí, resistiendo. Y podía aventurarse a decir que aún guardaba esperanza. Ella confiaba en que llegarían tiempos mejores. Tatiana se sentó en la mesa junto a Shura, enredando sus dedos en el cabello negro. Era un hábito que le resultaba relajante, y él no se quejaba demasiado. Le faltaba ronronear—. Diría que estaba contento de haber salido del templo.

—Seguro que sí —suspiró, cansado—. Debo irme… —vio de uno a otro—. Portaos bien, y… ¿Shura?

—¿Sí?

—Encontraremos el modo de voltear las tornas, siempre lo hacemos. No te sientas derrotado.

Shura lo miró a los ojos unos segundos y, finalmente, sonrió mientras asentía levemente. Convencido. ¡Cómo envidiaba esa seguridad arrolladora que emanaba de Saga! No importaba cómo se sintiera él —y podía decir que el peliazul se veía asombrosamente cansado—, siempre lograba transmitir fuerza y energía cuando se lo proponía. Y eso… se lo agradecía infinitamente.

—Oye, ¡Saga! —El peliazul se detuvo ante la llamada de la rusa, y solo cuando sus ojos verdes se cruzaron con su mirada de plata, continuó—. Estoy orgullosa de ti, pequeño.

Saga se quedó inmóvil y, si no le hubiera conocido mejor, Tatiana podía haber jurado que no la había entendido. Después, un chispazo de alegría iluminó los ojos del geminiano y una sonrisa genuina adornó su rostro. Ella se encontró devolviendo el gesto. Ahí estaba, su viejo amigo: el adolescente tímido e inexperto… alcanzando al fin el destino que merecía.

No podía sentir más orgullo y alegría. Se lo había ganado.

-X-

Naia había olvidado la última vez en que se sintió realmente motivada para hacer algo. Sin embargo, acababa de descubrir que sus viajes hasta Aries los hacía con gusto. Se había dado cuenta que su trabajo con Mu no solo mantenía su mente ocupada, sino que también le traía cierta satisfacción personal, conforme iba acumulando logros en su oficio.

Le agradaba que sus esfuerzos se vieran recompensados de algún modo por la confianza de Shion. Tal como Aioros le había adelantado y Mu había confirmado después, el Maestro había aceptado con satisfacción la petición de Mu para integrarla al pequeño equipo que Kiki y él conformaban. Desde entonces, no había sido capaz de borrarse una sonrisa del rostro. Estaba feliz y orgullosa de sí misma, pero también se sentía emocionada por comenzar a encontrar su lugar en el Santuario… Ese mismo lugar que muchos años atrás ocupase Axelle, su maestra.

—¡Buenas tardes!—saludó cuando llegó al taller. Tanto Kiki como Mu voltearon, ambos sonrientes ante su presencia.

—Buenas tardes. Llegas temprano.

—Hay mucho trabajo por hacer y querría aprovechar lo que queda del día—respondió a Mu. Rápidamente dejó su abrigo en uno de los percheros, y buscó en el cajón donde guardaba sus herramientas, envueltas en un trozo de piel curtida.

—Tengo noticias para ti.

—¿Sí? ¿Cuáles?

—Muéstrale, Kiki.

Una risa traviesa del pelirrojo hizo que Naiara levantase las cejas. En un parpadeo, el chiquillo desapareció, solo para reaparecer de nuevo poco después, con una caja en las manos.

—¿Eso es…?—preguntó la amazona. Mu y Kiki, una vez más, asintieron a la vez.

—¡Son chocolatinas!—exclamó el menor—. Mu ha comprado un par de cajas para repartir a todos los que sean sangrados… Y si quedan algunas, podremos comerlas nosotros—agregó, con una sonrisa pícara en los labios.

—Ni hablar, Kiki. Que los dioses se apiaden de mí si tus reservas de energía llegan a desbordarse…

—¡Pero, Mu…!

—No más quejas y a trabajar. Eire ha venido esta mañana, así que podemos comenzar los arreglos de Grulla. Aunque creo que de todas las armaduras de Meteora, es la menos dañada. —El rostro del pelilila se tornó pensativo. Naia, sin quitarle la vista de encima, se acomodó en el rincón del taller que habían destinado para ella y extendió su equipo sobre la mesa, con cuidado y pulcritud. —Por lo que escuché, no todos reaccionaron igual al ataque. Eire fue más sensible hacia la enfermedad, así que no entabló combate con Shura y con Camus al mismo nivel que los demás.

—En otras palabras, no se tragó una Excalibur ni un Polvo de Diamantes. —Kiki cruzó los brazos por detrás de la nuca, y su rostro travieso se iluminó al ritmo de su broma.

—No es divertido, Kiki. Camus y Shura se esforzaron por detenerlos con el menor daño posible. Pero de haber tenido que pelear en serio…

—Estaríamos muertos.

La voz femenina de la recién llegada atrajo sus miradas. Ahí, bajo el marco de la muerta, la silueta frágil y menuda de Deltha se dibujaba a contraluz.

La amazona de Apus dio un paso dentro del taller y ofreció una reverencia a modo de saludo, que Mu devolvió con un suave movimiento de cabeza. No necesitaba conocerla demasiado para reconocer el nerviosismo que recorría su cuerpo… Y estaba seguro de conocer las razones detrás de ello.

No podía asegurarlo, pero era prácticamente un hecho que, desde que Deltha se había mudado a Géminis semanas atrás, aquella era la primera vez que ambas amazonas compartían el mismo techo.

—Lamento interrumpir—dijo la peplipúrpura. Su voz, ahogada por la máscara, se escuchó como un susurro. —Camus me ha pedido que viniera, dijo que todo estaba listo para los arreglos de Apus.

—Así es. Pasa, por favor. Puedes sentarte ahí. —La silla que Mu le indicó estaba cerca del espacio de trabajo de Naia. La impresión de la amazona de Apus fue tal, que Mu pudo ver la tensión que hizo mella en su postura.

—De acuerdo.

Los pocos pasos que bastaron para llegar al lugar indicado fueron lentos y cortos, reflejando las dudas de Deltha. Naia mientras tanto, parecía dispuesta a ignorarla a como diera lugar, concentrando su atención en el acomodo de sus herramientas y otros detalles mundanos. Sin embargo, tras la máscara plateada, su exótica mirada seguía con atención cada movimiento de la mujer que alguna vez considerase su hermana.

Lo cierto era que, desde el momento en que Mu indicó a Deltha su lugar, Naia había tenido un mal presentimiento. Estaba segura de que la presencia de la Amazona de Apus no era ninguna coincidencia, y de pronto, se sentía parte de una encerrona.

—Naiara se hará cargo de ti—continuó Mu, toda vez que Deltha se hubo acomodado en la silla. Guardó una sonrisa traviesa para sus adentros, al reparar en el modo en que las manos de la amazona se aferraron a los descansos de su asiento. Naia, por instinto, atrincheró los dientes. —Conoces el procedimiento, ¿cierto?

—Sí… Me sangraron una vez hace muchos años, cuando Apus me eligió tras el combate de sucesión.

—Bien. Básicamente será lo mismo. Haremos una pequeña incisión en tu brazo y recolectaremos un poco de tu sangre.

—Oh, dioses… —Deltha reparó que había pensando en voz alta cuando la sonrisa de Kiki se ensanchó y su voz, todavía aguda, buscó las palabras para reconfortarla.

—¡No debes preocuparte! No es tan terrible como parece.

—Sonará un poco ridículo pero… El olor de la sangre me revuelve el estómago.

—Es normal. Te sorprenderías de la cantidad de santos y amazonas que padecen de lo mismo. —Mu, siendo tan amable como podía, le respondió. —Si eso es lo que te molesta, tenemos algunas torundas de algodón humedecidas con esencia de lavanda. Puedes tomar una, de ser necesario.

—Eso estaría bien.

—Pues, si estás lista, creo que puedes comenzar, Naiara.

—Sí…

Aquella era la primera vez que Deltha presenciaba tan de cerca a Naiara en su oficio. Así que, antes de que se diera cuenta, se encontró ensimismada en su trabajo, en el modo en que sus manos tomaban con finura el cáliz recolector, y acomodaban sobre la mesilla todo el material de curación, en el orden perfecto en que serían requeridos más tarde.

Mientras, ella retiró los guanteletes de sus manos y deshizo las vendas que protegían sus dedos y muñeca.

Cuando estuvo todo dispuesto, la máscara de la morena se fijó en la suya. Deltha solo podía imaginar lo que había detrás de aquellos ojos muertos.

—Primero limpiaré tu brazo. —Naia lo tomó con finura entre sus manos. Empapó una borla de algodón en alcohol y lo pasó por su muñeca con esmero. Cuando hubo terminado, buscó por la cuchilla. El brillo plateado de la hoja cuando la amazona de Caelum la desenfundó, hizo que Deltha tragara saliva. —Haré el corte, ¿vale? Mantente quieta, por favor. Dolerá un poco.

—Sí…

Naia soltó un suspiro antes de deslizar el filo sobre la piel de Deltha. La sintió respingarse cuando la hoja abrió la piel y alcanzó a ver, por el rabillo de su ojo, cuando la pelipúrpura apartó la mirada al brotar la sangre.

—Listo. Tengo que dejarte sangrar un poquito ahora. ¿Te encuentras bien?

—He estado mejor. —Tras su máscara, Naia sonrió.

—Piensa en algo más. —Le dijo.

—No se me ocurre en qué más podría pensar mientras me desangran…

—No sé… Piensa en Apus. Piensa en lo mucho que ha hecho por ti, en el modo en que te ha elegido y te ha protegido hasta ahora. Piensa que ahora es tu turno de devolverle un poco.

Algo en el corazón de Deltha se estrujó con cada palabra que brotó de los labios de Naia. No era en sí lo que decía, sino el modo en que lo decía. La suavidad y el mimo en su voz, la forma cantarina y dulce que siempre había usado con ella cuando su misión era tranquilizarla. Un nudo se hizo en su garganta al pensar en lo mucho que la extrañaba y la necesitaba. Pero esos tiempos, cuando eran inseparables a pesar de la distancia, se habían terminado.

Para Naiara, la cercanía de Deltha le traía emociones similares, aunque quizás más encontradas de lo que quisiera admitir.

El cariño que le había profesado por años no iba a desaparecer de la noche a la mañana, y la prueba era lo mucho que le preocupaba lo que acontecía de ella. Pero tampoco podía olvidar aquel ligero dejo de rabia que surgía en su interior cuando pensaba en Saga y en Deltha. ¡Cuánto los había querido y cuánto le dolía su traición!

Apartó los pensamientos de su cabeza cuando sintió las lágrimas aglutinándose en sus ojos violetas. Se había prometido no volver a llorar por ellos, estaba dispuesta a seguir con su vida a cualquier costo. Y el trabajo, por ahora, era su prioridad. Mu y el Maestro habían confiado en ella y en sus capacidades como amazona de Caelum, y no deseaba decepcionarlos. En busca de un poco de calma, respiró profundamente.

—Creo que tenemos suficiente. Voy a coserte ahora. —Con cuidado, giró el brazo de Deltha para que la herida quedarse hacia arriba. Buscó por la aguja y cosió la piel lacerada con rapidez, pero con delicadeza. A mitad de su trabajo, la escuchó gruñir.

—No sé si esto es peor que el corte…

—Es más molesto, sí. No me queda mucho, resiste un poco más.

—Tranquila. No tengo prisa. —De no haber tenido la máscara, la pelipúrpura se habría soplado el flequillo.

—Cuando Naia termine, podrás tener una chocolatina. —Kiki intervino. Deltha levantó las cejas.

—¿Eso es verdad?

—Sí. Naiara se lo propuso a Mu y le pareció una buena idea.

—Propuse también una Coca-Cola, pero esa propuesta no tuvo mucho éxito.

—Es una opción mucho menos saludable. —Escucharon la voz de Mu desde el otro lado del taller, donde su cosmos y el polvo de estrellas que de él manaban, delataban su esmero en el trabajo.

—Las chocolatinas están bien. —Deltha dijo. Respiró con alivio cuando Naiara ató y cortó el hilo de las suturas.

—Eso pienso yo también. —Kiki dibujó una gran sonrisa, de aquellas que eran tan características en él. Se acercó hasta donde estaban ambas para mirar el trabajo de Naia. —¡Cada vez lo haces mejor!

—Gracias. —Ella río, y su mirada buscó por Mu, para descubrir la sonrisa llena de orgullo del lemuriano. —Cuando termine será mejor que te tomes unos minutos antes de levantarte. Algunas personas pueden experimentar una sensación de mareo por la pérdida de sangre—continuó, refiriéndose a Deltha. Limpió la herida y puso las vendas por encima con firmeza. —Después debes ir a la Fuente, para que Eudora pueda revisarte. Los cuidados son los básicos para cualquiera herida: mantenerla limpia, cuidar los puntos y, al menos por hoy, manténte lejos de cualquier actividad que requiera demasiado esfuerzo físico. Si hay alguna instrucción en especial, Eudora te la hará saber.

—Entiendo. Gracias.

Naia asintió. Cuando hubo finalizado con las curaciones, recogió su material de trabajo y limpió el área. Después se levantó para enjuagarse las manos. Unos instantes después, volvió a Deltha con la chocolatina prometida.

—Aquí tienes.

—Te lo agradezco.

—De nada. —Después tomó el cáliz y lo llevó a donde Mu. —Tenemos la sangre.

—Perfecto. Apus será tu responsabilidad. Serás tú quien se encargue de devolverla a condiciones—explicó el pelilila. La resolución tomó a Naia por sorpresa.

—Pero…

—Estás lista para tomar responsabilidad de una armadura por ti misma. Estos últimos días han sido de mucho avance para ti y quisiera ver que puedes hacer sola.

—Gracias por tu confianza.

Apus era la última de las armaduras de Meteora que permanecía sin trabajo de reparación alguno. Su brillo había desaparecido, y el metal se había vuelto opaco. Yacía, casi olvidada, en la mesa de trabajo cerca de la ventana del taller.

Sin que ninguna de las amazonas reparase en la actitud de la otra, las miradas de ambas se centraron en ella. Las armaduras podían morir… Ellas también.

La guerra asomaba por el horizonte y sus consecuencias eran más palpables que nunca. Cada minuto, cada día, era prestado. En cualquier momento sus vidas podrían cambiar para siempre. Y ellas… ¿Qué tenían? No se tenían la una a la otra, como había sido desde que tenían memoria. Entre ellas solo había lejanía, extrañeza.

¿Estaban dispuestas a despedirse así? Porque las decisiones que tomasen a partir de aquel punto podrían tener resultados irremediables, para los cuales el arrepentimiento no sería suficiente.

-X-

A resguardo de la lluvia, Ángelo había comenzado a deshacerse de las vendas sucias de sus manos. Vio fugazmente a sus acompañantes, y dibujó una mueca que podía decirse era casi orgullosa. No era que hubiera destacado en los últimos meses por sus habilidades con los demás santos, o como líder, o maestro. Pero sí admitía que el Matrimonio de Tres le había ayudado enormemente con sus consejos y su compañía ocasional.

No eran los únicos. Sorpresivamente, haber tenido que hacerse cargo de Argol, Jabu y Shaina, le había servido para quererse y apreciarse un poquito más. Saga le había cedido su responsabilidad y eso era infinitamente importante. ¡Había deseado hacerlo bien desde el momento en que le dieron la noticia!

Además, había que decirlo todo… quizá Jabu no, pero Argol y Shaina ocupaban el rango más alto de plata por un motivo. Con sus cosas buenas, y sus cosas malas —¡Los dioses sabían que la Cobra era terrible para él!—, entrenar con ellos le resultaba útil también. Aunque no a su nivel, eran santos fuertes y dignos.

De pronto, un montón de gotitas de agua estrellándose contra su cara recién seca, le sacaron de su momento reflexivo.

—¡Por los dioses, Perseo! —exclamó—, eres como un jodido perro de aguas sacudiéndose el pelo.

—¡Era tan tentador! —rió el más joven—. ¿Dónde tienes la cabeza, Cangrejo? Aquí no.

—Cosas importantes, de adultos respetables.

—Respetables… —sonó fingidamente pensativo—. ¡Oh, ya entiendo! —le tendió la toalla humedecida a Jabu, que charlaba con Nachi a unos pasos de ellos—. Pensabas en Saga —un sonoro y nada suave golpe hizo blanco en su nuca, pero Argol estaba de buen humor. Rompió a reír—. ¡Oye! No es mi culpa que dijeses, exactamente: respetable.

—Así que ahora Saga es respetable para tí, ¿eh?

—Eh, siempre lo ha sido —Ángelo entrecerró los ojos al escucharlo.

—Quizá, pero ¿sabes qué creo? —El rubio ladeó el rostro—. Me parece que te resultó muy grato estar asignado en su equipo porque eres un mocoso presumido, pero… —alzó el dedo índice de su mano frente a sus ojos—, ahora las cosas han cambiado: estás impresionado porque ha ascendido y quieres que el jefe esté orgulloso.

—¡Tonterías! —pero debía admitir, que no estaba equivocado.

—Pues ahí viene, se sentirá defraudado. ¡Saga! —Argol dio un respingo cuando escuchó como Ángelo lo llamaba, y una sonrisa burlesca se dibujó en los labios del italiano—. ¿Ves? Tengo razón.

—Ángelo, Argol —la voz del peliazul sonó a sus espaldas—. ¿Habéis acabado ya?

—Sí, te lo has perdido. Argol y yo estábamos reflexionando acerca de la motivación —Saga alzó una ceja confuso.

—¿Motivación? —vio hacia Perseo, y su cara de póker le resultó simpática—. ¿Estás mortificando a mis mocosos, Ángelo?

—¿Yo? ¿Mortificando? —Pasó un hombro por los hombros de Argol despreocupadamente—. Claro que no. Solo le decía que últimamente se está esmerando mucho en sus entrenamientos. Uno podría pensar que quiere impresionar a su Ilustrísima.

—Eso estaría bien —una minúscula sonrisa orgullosa se dibujó en el rostro del mayor, y casi de modo inmediato, Argol entrecerró los ojos.

—¡Siempre me esfuerzo!

—Eso es cuestionable —agregó el cangrejo—. Veras Argol, la vida me ha enseñado algunas cosas: hay gente que nace con un don especial, con talento natural… y gente que tiene que romperse el culo para llegar al mismo sitio o acercársele siquiera. Tú, en tu rango de plata, perteneces a los primeros —lo zarandeó suavemente, pues aún lo tenía atrapado con el brazo—. Te has acomodado todos estos años ahí. ¿Qué pasará con el ranking?

—¿Ranking? —preguntó Saga. Los ojos de Perseo se abrieron desmesuradamente.

—No es nada…

—Los santos de plata tienen un ranking para puntuar sus… habilidades —la interrupción de Jabu fue bienvenida—. Está en las habitaciones, en el corcho.

—¡Jabu! —gruñó Argol. Esta vez fue su mano quien se estrelló en la nuca del menor. El japonés rió con travesura y se revolvió los rizos.

—¡Me alegra verte de nuevo, Saga! —dijo antes de huir un par de metros, a distancia prudencial de Perseo.

—Así que tenéis un ranking… —lo peor de todo, es que a Saga no le sorprendía. No, ni un poco. Sonaba como a algo típico de adolescentes con un ego muy alto en el Santuario—. ¿Y cómo te va en él?

—Me va muy bien —el hecho de que lo cuestionara siquiera, le resultaba ofensivo.

—Quizá se lleven unos caramelos de premio o algo, si se mantienen en el Top Tres, quien sabe…

—Muy gracioso, Cangrejo, muy gracioso.

—Todo lo que no sea un Top Uno sería lamentable, Argol —Saga no sabía porqué le estaba dando coba, pero sí sabía algo: el orgullo era un arma poderosa. Y motivacional.

—Lo sé. Por eso sigo en el primer puesto —infló el pecho orgulloso. Saga sonrió.

—Os estuve viendo entrenar un par de minutos, estuvo bien. Siento no haber podido llegar antes…

—Bueno, lo cierto es que no nos va mal, la verdad. —Saga dejó escapar una risa breve, no sin cierto cansancio plasmada en ella.

—¿Vas a casa? —buscó la mirada azul del italiano, que asintió—. Voy contigo.

—Vamos, vamos… necesito una manta calentita, ¡por los dioses!

—Te haces viejo, Cangrejo —dijo Argol, que ya había logrado zafarse de su agarre. Luego buscó a Saga y continuó—. ¿Retomaras los entrenamientos?

—Sí, es la intención —asintió—. Si todo está en orden en el Templo Papal, podré retomar la rutina aquí.

—¡Genial! —exclamó el rubio, quizá con un poco de entusiasmo de más para su gusto, pero… ¡Qué demonios!

—¿Ves? Quiere impresionarte…

-X-

—¿A dónde vamos?

—A un sitio que recién descubrí y que no imaginaba que hubiera por estos lares.

—Oh… —Aioros levantó una ceja, intrigado.

—Estoy seguro de que te gustará.

—¿Por qué lo dices?

—Porque lo sé. —No supo porqué, pero Aioros se encontró esbozando una sonrisa.

Janelle había insistido en que ese día, hicieran algo más que caminar por el pueblo y comer helado. ¿Cuál era el plan? Aquello continuaba siendo un misterio, al menos para él. Porque, aunque había pasado la mayor parte de su vida en Rodorio, Aioros al igual que ella, sentía que redescubría el pueblo tras los larguísimos catorce años de ausencia

—En serio, ¿vas a secuestrarme?

—Quizás. Estoy segura de que el Maestro pagaría un generoso rescate por uno de Sus Ilustrísimas Segundos.

—Jah. Quizás. Lo mismo decide ahorrarse una manutención y deja que te quedes conmigo.

—No me quejaría tampoco. —Lo miró de reojo y él a ella. Entonces, compartieron una risa cómplice. —¡Mira! Aquí está.

Aioros siguió la dirección que su índice apuntaba y, de pronto, se encontró sorprendido. Ahí, en un rincón perdido entre las decenas de callejuelas de Rodorio… ¡Había una cabina de fotos!

No recordaba con exactitud la última vez que vio uno de esos antiguos artilugios. Recordaba haber estado con su madre en uno de ellos. Pero fue tantísimos años atrás, que dudaba si se trataba de un recuerdo o de la imaginación de un niño pequeño creando ilusiones que nunca existieron.

—¿Cuándo fue la última vez que te tomaste una foto? —Orgullosa de su descubrimiento, Janelle puso las manos en sus caderas e infló el pecho.

—¡Hace siglos! Por los dioses… ¿Cómo has encontrado esto?—preguntó, atónito.

—Buscando, Ricitos. Buscando.

—¿Ricitos…?

—¿Algún problema con tu nuevo mote ultrasecreto?

—Ay, dioses… No estoy seguro de que sea ultrasecreto para nadie. —Por inercia, llevó sus manos a su cabeza y enredó los dedos en sus rizos, teniendo cuidado de no revolverlos demasiado.

—Anda, entra ahí. —Sin que lo viera venir, ella lo empujó, pero no consiguió meterlo a la cabina.

—¡Eh! ¡Espera! ¡Tengo que peinarme un poco!

—¡Qué peinarte ni que nada! ¿Tienes monedas?

—Sí, sí. Aquí hay. —Metió las manos en sus bolsillos y sacó un par de monedas junto con algunos caramelos.

—¿Caramelos?

—¿Qué? Uno nunca sabe cuándo le dará hambre.

—Eres terrible.

Sin embargo, además de las monedas, Janelle tomó una de las golosinas. Quitó la envoltura y se metió el caramelo a la boca, con una sonrisa traviesa en los labios.

Cuando la vió entrar en la vieja cabina y ensanchar la sonrisa justo en el momento en que el resplandor del flash de la cámara se hizo notar, el santo de Sagitario sonrió. De pronto, no podía apartar la mirada de su sonrisa, ni tampoco no sentirse contagiado de aquella risa suave y genuina. Simplemente se sentía bien.

—¡¿A qué esperas?! —Ella tiró de él y lo jaló dentro, abrazándolo en el preciso instante en que una foto fue tomada.

De pronto, su propia risa le resonó en los oídos y sonó sincera; sonó real. Una vez más, se sintió él mismo, y tenía a Janelle para agradecer por ello. Con ella había encontrado la paz y la normalidad que su vida como Santo no podría darle jamás. Estar con ella era sencillo y era agradable.

Sintió las labios de Janelle sobre su mejilla, tomándole por sorpresa. Se quedó quieto por un segundo, y casi pudo imaginar su propia cara de pánico. Sin embargo, su instinto se recompuso mucho más rápido que su cerebro. Su cuerpo actuó por voluntad propia y volteó para verla. Sus ojos, de un azul más claro que los de ella, se clavaron en la mirada femenina y en algún momento de esos interminables segundos, se dio cuenta que algo había cambiado en lo que sentía.

Entonces, tomó el rostro de Janelle entre su manos con suavidad, y sin pensarlo dos veces, atrapó sus labios entre los suyos.

No iba a rendirse. Vencería a su atormentado pasado hasta dejarlo atrás. Encontraría su camino de nuevo, y sería feliz. De la mano de Janelle, daba el primer paso.

-X-

Habían llegado a Géminis empapados. Después de secarse, Saga había logrado encontrar una manta para Ángelo. Y tan pronto ambos se dejaron caer en el decrépito sofá, el italiano dejó escapar un suspiro de alivio. ¡Se le estaba empezando a licuar el cerebro ahí fuera!

Sin embargo, apenas se habían acomodado cuando escucharon el ruido de una puerta en algún lugar del templo. Los dos santos guardaron silencio y voltearon en la dirección del sonido. Ninguno de los dos había recordado, hasta el momento, que Géminis era el templo con más inquilinos de las Doce Casas y que era altamente probable encontrarse con alguien más entre sus paredes.

La figura delicada de Deltha se dibujó en el pasillo, para después perderse rápidamente en la cocina. Ninguno de los dos retiró la mirada de la entrada hasta que, un par de minutos después, la amazona apareció de vuelta con una botella en una mano, y tres tazas en la otra.

—¿Preparas una fiesta? —La voz de Ángelo rompió el silencio—. ¿Así, a lo loco? ¿Un martes antes de la cena?

—Te diré algo, Ángelo —Deltha dejó las tazas en la mesilla, sirvió un poco de vino blanco, y tomó la suya llevándosela a los labios. Después, con desparpajo, llevó una de sus manos a la cintura—, cualquier hora y cualquier día es bueno para celebrar que uno está vivo.

—Te han sangrado hoy, ¿verdad? —Saga había guardado silencio hasta entonces, pero la venda de su muñeca era obvia, y esa actitud nerviosa de la amazona, hablaba por sí sola.

—Como si fuera un sacrificio para Drácula, Saga… —dibujó un mohín de disgusto y sus ojos adoptaron un brillo peligroso. Le tendió su taza de Pinky & Cerebro. Necesitaba un trago en buena compañía—. Y eso no es lo peor…

Deltha les dio la espalda por un instante, y entonces, sucedió algo.

—Me gusta ese pijama —espetó el cangrejo.

Una sonrisa traviesa cruzó el rostro de la amazona cuando se hizo un hueco en el sillón frente a ellos. O eso le pareció a Saga… porque por algún extraño motivo, la afirmación de Ángelo era una en la que estaba plenamente de acuerdo. Hubiera jurado que se lo había visto puesto en otras ocasiones, pero nunca había prestado demasiada atención, la verdad.

La cuestión era que, de alguna forma, esos mini-pantalocitos con perritos estampados, acababan de recordarle que convivía con una mujer. En el amplio sentido de la palabra. Cada día en el templo estaba resultando un aprendizaje continuo en ese ámbito y no dejaba de sorprenderse. Nunca hubiera imaginado que…

¡Demonios! ¿Sus piernas siempre habían sido así de… bonitas? ¿Por qué el primer adjetivo que había venido a su mente para definirlas había sido precisamente ese…?

—¿Saga? —la escuchó decir. Si habían hablado algo más durante aquellos segundos en que su mente se había dedicado a divagar sobre la belleza de sus extremidades, no podía decirlo.

—¿Mmm…? —atinó a murmurar.

—¿Sigues con nosotros?

—Sí, sí… solo pensaba —dijo, alzando el rostro y buscando los ojos de la muchacha.

—Sí, yo también pensaba… —La risilla traviesa en la voz del cangrejo le resultó tan obvia, que con solo mirarlo de soslayo, se dio cuenta de que ambos estaban pensando literalmente en lo mismo. Y eso le ponía nervioso—. Eres una mujer sexy, Apus. ¿Te lo han dicho antes?

Saga apuró un trago, sintiéndose inesperadamente nervioso.

—Gracias Ángelo. —Deltha le guiñó un ojo. Saga se aclaró la garganta y trató de hacer lo mismo con sus pensamientos—. Snoopy siempre resulta favorecedor.

—No me has respondido. Vives con dos tipos aquí, ¿ninguno tuvo la decencia de apreciar tu belleza?

—¡Dioses! Si Kanon lo hiciera, me asustaría —rió con suavidad—. Y Saga… —le miró con expresión pícara—. Es tímido, ya sabes.

—Sí. Tímido. —Quizá el nuevo Saga lo era, pero a Ángelo le resultaba muy difícil imaginar a la faceta del peliazul con las féminas y definirlo como "tímido"—. Me resulta difícil de creer…

—¡Lo sé! Sé que la fama de devora-amantes —Saga rodó los ojos— es complicada de dejar atrás. Lo digo desde la experiencia. —El italiano estalló en carcajadas—. Pero en realidad, en las distancias cortas, Ángelo, Saga es como un peluche.

—Oye, tú eres la experta. No seré yo quien te contradiga ahora.

—Este es un intercambio de apreciaciones entre expertos en "Conducta Íntima Geminiana". —Ángelo se encontró riendo de nuevo, chocó su taza con la de la amazona, y bebió.

—Me gusta tu compañera de templo, Saga. —Y lo decía en serio: quizá sus interacciones habían sido breves, pero Deltha le trataba como nunca antes le había tratado nadie, menos aún una mujer. Y el modo en que la amazona se relacionaba y sabía cómo lidiar con Saga con total normalidad, le fascinaba. Era una mujer especial—. Me gusta.

—Me estoy dando cuenta… —Y eso de por sí, era algo extrañísimo: Deltha y Ángelo congeniando así—. Y me preocupa.

—¿Por qué? ¡Angie y yo hemos descubierto que podemos ser buenos amigos!

—¿Angie? —preguntaron a la vez Saga y Ángelo.

—Ajá. Angie para los amigos íntimos.

—Suena bien.

—Dioses… —masculló el mayor. Deltha rompió a reír, y chocó su puño con el del cangrejo dorado. El rostro del italiano se iluminó. Saga podía decir que ella era la primera amiga que Ángelo había encontrado en toda su vida y sabía que no se equivocaría—. Entonces... ¿cómo fue? —Era probable que su intento por cambiar de tema fuera un poco brusco, pero… era necesario. Por su salud mental. Entre Angie, y esas piernas femeninas que atraían su mirada más de lo que quisiera… no sabía qué más hacer.

El rostro de la amazona se ensombreció al escuchar su pregunta. Apretó sutilmente los labios, y agachó la mirada. Saga no era idiota, sabía reconocer los signos. Deltha se sentía derrotada.

—Bueno, si te consuela… no hubo gritos, ni reproches. —El gemelo la miró fijamente por unos instantes, y después asintió—. Ni nada… a decir verdad. Apenas nos miramos.

—Supongo que es un paso. —Teniendo en cuenta las últimas interacciones entre ambas, era una buena noticia. Más o menos.

—¡Un momento! ¿Te sangró Caelum? —La interrupción de Máscara Mortal fue respondida con un leve asentimiento por parte de ella—. Eso fue... —atinó a decir–. Malvado. —La vida sentimental de esos tres le resultaba tan confusa como un jeroglífico egipcio.

—Lo bueno es que ninguna de las dos decidió avergonzarte públicamente de nuevo —musitó, mirando a Saga fugazmente. Pero… ¡Dioses! ¡Cómo dolía!

—En ese escenario, diría que era más sencillo mortificar a Mu que a mí.

—También es verdad. —Dejó escapar una risilla suave, y tomó un trago.

Ángelo vio de uno a otro, en silencio. Era un hecho que las tragedias unían, y Saga y Deltha eran el mejor ejemplo. A su modo de ver, y aunque el geminiano no había despegado los labios al respecto de lo que había pasado con Naiara, era precisamente ella quien les había acercado. Él lo había visto con sus propios ojos, y no le parecía algo sencillo de olvidar.

Y ¿qué sucedía ahí? Sonrió ante sus propios pensamientos. ¡Dioses! El arquero y Caelum habían sido tan absurdos con sus acusaciones… Deltha y Saga eran como dos cachorritos lamiéndose las heridas mutuamente.

Al menos, pensaba que solo eran las heridas lo que se lamían.

Sonrió de nuevo con travesura.

No era que él fuera una eminencia en lo que a relaciones personales se refería, menos aún con el género femenino… pero había algunas cosas que sabía, añadidas a los apuntes que había hecho Deltha. Para empezar, Saga resultaba especialmente torpe en eso. Sí, Saga. El mismo hombre al que situaba en la cima de la pirámide de poder del Santuario, al que había traicionado y pisoteado, y del que se había dibujado una imagen mental muy, muy diferente a lo que había resultado ser.

Al menos, Ángelo estaba orgulloso de eso: de haber conocido al verdadero Saga. Al mismo que lo agarró de los pelos y lo sacó de una pelea el mismo día que llegó al Santuario sin saber hablar griego, no a aquel fantasma al que sirvió durante trece años.

Y durante esos últimos meses en que lo había estado conociendo, había descubierto algunas cosas curiosas de su faceta personal: Saga era asombrosamente frágil e inocente.

—¿Sabéis qué? —Decidió cambiar el tema. Si Saga se había salido con la suya con sus cambios bruscos, él podía también. —Parece que la lluvia ha amainado un poco y hay que aprovechar esas oportunidades. Saldré a hacer algo interesante con mi vida. Vosotros deberíais hacer lo mismo.

—¿Por ejemplo…? —¿Por qué había preguntado? Saga no tenía la menor idea, pero las dos palabras habían escapado de sus labios más rápido de lo que le hubiese gustado.

—Admirar esos minishorts, por ejemplo —agitó la mano, y desapareció del salón.

-X-

Cuando se hubo marchado, Deltha se acurrucó a su lado. Apoyó la cabeza en el regazo del santo y se hizo una bola, pequeña y compacta. No importaba cuán mal se sintiese, junto a él todo era más llevadero. Entre ellos el peso siempre era compartido. Y lo cierto era que, de modo inesperado, estaba encontrando una pequeña familia en ese templo. Ángelo era la mejor prueba de ello.

Kanon no, Kanon seguía siendo la oveja negra de la familia. De esa familia también. Sin darse cuenta, sonrió.

—¿Qué es tan gracioso? —un par de ojos esmeralda la miraban con interés desde arriba.

—Solo pensaba en que somos una familia un poco rarita, ¿sabes? Tú, Angie, Kanon, yo…

—Ignoraré el hecho de que consideras que nosotros cuatro formamos una familia —musitó—, que es lo suficientemente perturbador de por sí…

—Me reía porque Kanon también es la oveja negra de esa familia.

—Es un modo de verlo… —se encontró sonriendo él también.

—¿Te incomoda?

—No, me resulta… ¿Perturbador? ¿Gracioso? ¿Raro? —Adoptó una expresión pensativa que la hizo reír, y él se encontró riendo de vuelta—. Además, es la primera vez que hay una mujer de verdad en mi familia, tengo que acostumbrarme.

—¿Y cómo te está yendo con eso? —Toqueteó su nariz con el dedo—. Compartir vivienda es complicado…

—Oh, y con una mujer más aún —adoptó un gesto travieso—. Estoy aprendiendo muchas cosas nuevas que desconocía sobre el género femenino. Crecí con Kanon y la sabia guía de Zarek —y durante los años de Ares, aunque hubo muchas, la mujer más estable a su lado fue Arabella. Podía decirse que casi todo lo que sabía sobre las mujeres, lo había aprendido de ella. Y era un detalle que, por el momento, prefería guardarse—. ¿qué esperabas?

—Ay, mi pobre doradito. —Colocó un mechón azul tras su oreja—. Menos mal que siempre aprendiste rápido.

—Sino, no sé qué hubiera sido de mí en este caso, contigo… Me esfuerzo. Aunque, eh, no es fácil.

—Bah… ¡no te quejes tanto!

—No estoy acostumbrado a estos… atuendos del siglo XXI, Apus —tironeó juguetón con el tirante del pijama. Iba a tener "pesadillas" con esos shorts.

—Sí, he oído que te gustan más los peplos de gasa casi transparentes, pero… —suspiró—, no me da el sueldo para conseguir uno.

—Quizá te regale uno, pajarito, te verías muy…

—Muy... ¿qué?

—Sexy —"Más", pensó.

Continuará...—

NdA:

Shura: ¡¿Desde cuándo hay cabinas de fotos en Rodorio?!

Aioros: ¡¿Desde cuándo te dejas barba?!

Saga: Desde que sale con Tatiana…

Aioros: ¿Has pensado que a ella le gustan jóvenes y no viejos?

Shura: ¡Parecer algo más mayor no es parecer viejo!

Saga: ¿Ves? Sabía que quería aparentar ser más mayor… ¡Es tan cuqui! ^^

Aioros: ¿Esto es algún síntoma de depresión?

Shura: Osh…. Mucho hablas de mí, pero eres tú el que anda por ahí besuqueandose con aldeanas…

Aioros: Sí, porque soy feliz.

Angie: A los demás siempre nos quedarán los mini-shorts…

Saga: Sí… cof…

Kanon: ¡Dioses! No sé qué ha pasado en este capítulo… ¡Estamos todos locos!

Angie: ¡Empezando por tí! ¡Se aproximan muchos cambios! ¡Si queréis saber más, toca esperar al próximo capítulo!

Mu: Mientras tanto, ¡tengo chocolatinas!

Santitos: ¡Yey!