Capítulo 57: Kanon, redención
Aquel día prometía ser uno de los más difíciles de su nueva vida como hombre adulto y santo reformado. Kanon lo sabía y, aunque había deseado por todos los medios evitarlo… no había forma humana o divina que pudiera impedir que el temido momento llegase.
Había pensado cientos —o miles— de veces cómo afrontar el asunto y, lo cierto era que ninguno le había terminado de convencer. Había suspirado, maldecido, gruñido… y pataleado en soledad, pero no importaba. Esto era lo que debía hacer. Era lo justo y, él, a pesar de lo mucho que le disgustaba, lo sabía.
Así que se armó de toda la paciencia que pudo, se peinó y se miró al espejo; tratando de lucir lo más presentable posible sin dejar de ser él: Kanon. Eso nunca. Después, simplemente se esfumó de Géminis.
Era temprano, no había pegado ojo. ¡Pero los dioses sabían que necesitaba quitarse esa losa de encima cuanto antes! Así que cuando se presentó en el templo papal, no le sorprendió que el olor del desayuno recién servido inundara sus fosas nasales.
Se escabulló por el ala del templo que albergaba los privados de doncellas e invitados. A lo lejos, pudo contemplar a su sirena tan solo un instante… pero los ojos azules de Tethys le transmitieron tanta fuerza y complicidad cuando se cruzaron con los suyos, que se encontró asintiendo para sí mismo con energías renovadas.
Unos cuantos metros después, se detuvo frente a la temida puerta que era su destino. Tomó aire, cerró los ojos y apretó los dientes. Después, llamó con firmeza y esperó.
No tardó en escuchar los pasos del otro lado y, apenas unos segundos después, la puerta se abrió. Los ojos grises de Sigfried se clavaron en los suyos y, aunque apenas fue perceptible, Kanon se dio cuenta de la sutil tensión que adoptó el cuerpo del guerrero divino.
—Buenos días —se encontró diciendo, sorprendentemente educado. Arles estaría orgulloso, después de todo—. ¿Podemos hablar?
El rubio, sin mostrar más emoción que aquella tensión inicial, asintió con suavidad. Se hizo a un lado y con un gesto de su mano, lo invitó a entrar. Después, cuando Kanon hubo dejado el corredor atrás, cerró la puerta tras él.
—Siéntate —Sigfried podía ser un niño, pero era muy diferente a los mocosos a los que Kanon estaba acostumbrado. Tenía autoridad. El peliazul asintió y tomó asiento bajo la ventana, en la pequeña mesa donde el asgardiano estaba, precisamente, desayunando—. ¿Café? —ofreció, mientras tomaba asiento frente a él.
—Sí, está bien —"De todas las cosas extrañas de la vida…", pensó. Ahí estaba, a punto de desayunar con Sigfried de Dubhe Alpha. Ni más, ni menos.
El rubio sirvió el café caliente con parsimonia —deliberada, hubiera jurado el geminiano—, pero sus manos firmes no delataron su sentir. Tampoco su rostro. Y Kanon debía admitir que eso le ponía infinitamente nervioso. Ya se lo había dicho a Saga, los tipos virtuosos no se le daban bien, y Sigfried… Gruñó para sus adentros.
—¿Y bien? —el rubio rompió el hilo de sus pensamientos, y Kanon se encontró con la mirada fija en sus ojos poco después—. ¿Qué trae a Kanon de Géminis hasta mí?
—Te debo una disculpa —Kanon no se andaba con rodeos. ¿Para qué? Nunca traían nada bueno. Decía lo que tenía que decir, sin preámbulos, sin tonterías: cuanto antes se arrancase la espina, antes pasaría el dolor—. Tenemos que hablar.
Sigfried, mientras tanto, no había dejado de verlo. Había escuchado unas cuantas cosas del hombre que tenía frente así. Buenas o malas, no podía decirlo exactamente. Impresionantes todas, sin duda. No pudo evitar hacer la comparación. Su mirada era muy diferente a la de Saga, a pesar de que físicamente eran tan iguales como dos gotas de agua. Su porte era diferente… incluso la firmeza de su voz. Pero ambos derrochaban una seguridad desbordante, seguridad de líderes, y tenían la asombrosa habilidad de no retirar la mirada jamás.
Podía ser una estupidez, pero para Sigfried ese detalle era importante.
—Sé que nada de lo que diga cambiará lo que pasó.
—No, no lo hará… —musitó. Y Kanon solo encontró una asombrosa tristeza en su voz. Ni siquiera rencor, solo… tristeza.
—Conoces a mi hermano —si es que eso era posible—, o al menos, lo conoces un poco —Sigfried asintió en silencio—. Sé que estás al tanto de gran parte de su historia… y por tanto, estás al tanto de parte de la mía —suspiró una vez más, sujetando la taza caliente entre sus manos heladas—. Sin embargo, el punto en que nuestras vidas se separaron fue el momento en que todo… —se encogió de hombros—, se fue al demonio. Ojalá pudiera decirte que no fui consciente de lo que hacía, o que me resultó doloroso hacerlo. Te aseguro que nadie más que yo desearía poder tener una excusa para todo lo que pasó, pero… —negó—. No es así. Lo que hice a lo largo de trece largos años, fue única y exclusivamente por odio. Puro odio, amargura y despecho. Quería destruir todo lo que un día mi hermano y la familia que dejé aquí amaban. Quería que sufrieran tanto como yo sufría. Que les doliera perder todo aquello que antepusieron a mí —Sigfried ladeó el rostro, y Kanon supo lo que sentía al escucharlo—. Sé lo que piensas… que no soy, o era, más que un mocoso herido, muerto de envidia y con un complejo de inferioridad espantoso. Y quizá estás en lo cierto. —Hacía no mucho, Ángelo le había dicho algo muy similar en su misión a Reina de la Muerte—. En Atlantis encontré una nueva vida y una nueva oportunidad de forjarme mi propia historia tal y como yo deseaba. Sin sombras que me achicasen, o sin estúpidos santos virtuosos a mi alrededor que solamente me hacían sentir más… minúsculo e inútil. —Guardó silencio durante unos segundos, y aunque su mirada continuaba en Sigfried, no era a él a quién sus ojos veían, era a sus recuerdos—. Esos niños, las marinas… solamente fueron víctimas.
—Lo sé —habían sido entrenados y enviados al matadero como esclavos.
—Les entrené igual que me entrenaron a mí, pero encargándome de que en sus cabezas solo hubiera un objetivo: el mío. No importaba nada más… Y cuando llegó el momento, encontré el anillo de los Nibelungos.
Por primera vez, Sigfried miró hacia otro lado. Le dolía demasiado, no solamente el hecho de que Kanon hubiera usado un objeto maldito con Hilda, sino que él… el más cercano a la princesa de Asgard, se hubiera negado a verlo. ¿Cómo era posible? Después de todo, el Santuario y Asgard habían llevado caminos mucho más parecidos de lo que pensaban.
El corazón humano solo veía lo que deseaba ver: el Santuario con Saga, él con Hilda. Y esa debilidad les había condenado a todos.
—Era demasiado fácil como para dejarlo escapar. Si lograba que el Santuario se centrara en Asgard, yo tendría vía libre con Poseidón para tomarlos desprevenidos y arrasarlo todo. Especialmente después de ver cómo había quedado la Orden tras la Batalla de las Doce Casas y la muerte de mi hermano.
—Quizá eso debió hacerte pensar.
—¿El qué?
—La muerte de tu hermano —Kanon frunció el ceño. El suicidio de Saga le había provocado muchas cosas en un momento. Demasiadas.
—Oh, lo hizo —sonrió con tristeza—. Solo que no del modo en que cualquiera podría pensar… Nunca se me dieron bien los tipos intachables. Aioros, mi hermano… —Se pasó los dedos por el pelo, con cierto nerviosismo—. A Saga siempre supe cómo manejarlo y sobrellevarlo de un modo u otro, pero… —negó—, su muerte solo me recordó, una vez más, lo diferentes que éramos: él no tenía límites en su compromiso.
—Si no lo hubiera hecho, no hubieras podido continuar…
—Lo sé —le dio un sorbo al café—. Pero la rabia solamente se acrecentó. Vi la oportunidad y la tomé. Sabía que moriría mucha gente… y no me importó. Siempre supe que yo no era un salvador, más bien al contrario. Te mentiría si dijese que destruir Asgard me provocó algún pesar —frunció el ceño sin dejar de mirarlo—. No lo hizo. Solo era una pieza más en mi rompecabezas. Pero ahora, las cosas han cambiado…
—¿Quién eres? —Kanon, tomado por sorpresa ante la pregunta, ladeó el rostro y sonrió con cierta burla.
—Esa es una excelente pregunta y, si te soy franco, ni yo mismo estoy seguro de cómo responder. Pero si sé algo: no soy la misma persona, no soy el que puso ese anillo en la mano de la princesa. Soy, más bien, quien peleó con los Jueces del Inframundo sin armadura —había muerto, pero lo volvería a hacer una y mil veces, porque se había sentido bien haciendo lo correcto—. Desubicado, con una percepción de la vida y las personas muy distinta a la que tienen los demás o a lo que se considera correcto… pero franco. Por eso ahora… puedo decir de verdad que lo siento. Siento mucho el daño irreparable que cause a tu pueblo y a tu princesa…
Silencio. Sigfried se quedó como petrificado en su lugar, y sino fuera porque Kanon veía el vaivén de su pecho al respirar, hubiera podido pasar por una estatua más del Santuario. Pero para el rubio, aquellas palabras eran… tan importantes como dolorosas. Sigfried tragó saliva con cierta dificultad, pero rápidamente retomó el control. ¿Servía? ¿Cambiaba algo aquella disculpa?
—No te haces una idea de cómo fue… —Se humedeció los labios y apretó los dientes por un instante. Después, buscó los ojos de Kanon una vez más—. La vida cambia, Kanon, nos obliga a avanzar. Tú eres el mejor ejemplo. —Hizo a un lado la taza—. Os he visto a la sirena y a tí —el peliazul dio un respingo y él se encogió de hombros—. Me sorprende… sí. Pero, ¿qué puedo decir? Creo que uno comprende mejor la magnitud de sus actos cuando deja de sentirse solo y amargado: cuando tiene alguien a su lado al que ama con todas sus fuerzas. Creo que eso es Tethys para tí. Redención. —"Estúpido Príncipe Encantador", pensó el peliazul, "¡cuánta razón tiene!"— Dime ahora… ¿qué hubieras sentido si un desconocido te la hubiera arrebatado? ¿Si hubiera borrado todo lo bueno de ella, todo lo que amas para sustituirlo por… un monstruo? —alzó los hombros una vez más—. Hilda y yo… no es un secreto. Crecimos juntos en el Valhalla y nunca nos separamos… No concibo la vida sin ella a mi lado, ni el mundo sin su esencia inundándolo todo. —Una minúscula sonrisa se dibujó en su rostro, dándole un toque más aniñado—. Quizá para vosotros es imperceptible, pero su cosmos puede sentirse aquí también, incluso bajo el de Athena. Apenas se siente como un cosquilleo en el pecho... Hilda mantiene el equilibrio natural del mundo y su esencia lo cubre todo. Su ausencia para mí sería…
Kanon no supo qué responder a eso: Sigfried y sus emociones eran pureza.
—Mis hermanos murieron… y me dolió: al fin y al cabo soy su hermano mayor y uno nunca quiere verles caer… Soy el general de Asgard, el rango más alto y siempre supe que mi destino era ser el último guardián de mi princesa, aunque eso me condenase a contemplar la caída de mi reino sin poder hacer nada. —¡Dioses! Sigfried se parecía tanto a ellos en algunos aspectos...— Pero ella… ¡Por Odín, Kanon! Hilda es mi vida, y tú me la quitaste.
De todas las verdades que había dicho, aquella, sin duda… se sentía como la más visceral e importante. Aquella era realmente la herida que el asgardiano aún sanaba lentamente y que posiblemente nunca llegaría a cerrar del todo.
—Hilda amenazó con matarme si no la obedecía… y lo hubiera hecho de ser necesario. ¿Yo hubiera hecho algo por evitarlo? —Negó—. Lo cierto es que no lo sé. Levantar mi mano contra ella… —Negó de nuevo—. Se sintió traicionada cuando estuve dispuesto a rebelarme, cuando entendí lo que sucedía. Pero lo peor fue comprender que la supervivencia del mundo dependía de ella, de su estado mental, o de su inevitable muerte tal y como iban las cosas. Por eso cuando llegó Siren... —tragó saliva—. Supe que iba a morir, y me fui pensando lo mucho que la había fallado: porque no había podido salvarla de ningún modo. Y cuando alguien ama… esa es la peor de todas las emociones. Sentí que la había condenado a un destino que ella no merecía… —Lo entendía. No era diferente de lo que él había hecho con Saga—. Dime, ¿si te hubiera arrebatado así a Tethys…?
—Si lo hubieras hecho, no estaríamos aquí hablando —Sigfried sonrió con cierta tristeza.
—Lo sé. No pienses que no lo he deseado fervientemente… Soy un hombre, un guerrero exactamente igual que tú —"Mejor", pensó el peliazul—. Siento odio, siento la necesidad de vengarme, de hacer que sufras como sufrió ella cuando despertó y vio todo el caos… cuando lloró mi muerte inútil y la de mis hermanos. Pero, ¿sabes? Si algo he aprendido, es que amar a alguien nos hace mejores. Mucho mejores. Pone en perspectiva la situación… Estoy vivo de nuevo, como vosotros y los míos, tengo una nueva vida para compartir con ella… y pienso hacer que sea lo más larga posible. Este es el mundo que ella ama, que tu diosa ama… que Tethys ama. Lo que pasó nunca va a dejar de dolerme, pero no soy ningún niño idiota. Sé que el hecho de que estés ahí sentado, mirándome a los ojos sin pestañear en un día tan importante como hoy, es… grande. Y me basta. Sé el esfuerzo que esto supone para guerreros como nosotros —se puso en pie, y Kanon lo imitó—. Quizá no seamos los mejores amigos, Kanon, pero… —le tendió la mano—, podemos ser buenos compañeros.
-X-
Cabo Sunion siempre había tenido una magia especial. El paraje, envuelto en los halos misteriosos de la maldición y la prohibición, era uno de los rincones más bellos del Santuario, y de eso no cabía duda. Ni siquiera la cercanía de los calabozos era capaz de opacar su magia.
Hacia el este, uno podía contemplar toda la extensión de los terrenos sagrados: los bosques de pinos mediterráneos, la arena blanca y los caminos que llevaban a los campamentos. Primero el de las amazonas, luego el de los santos y los guardias. Meridia en el centro de todo. El coliseo al fondo, junto al mar, y la escalera zodiacal abrazando toda su extensión, coronada por el templo papal y la Gran Estatua. Algo más apartada se dibujaba la blanca villa de Rodorio, unida al mar por el minúsculo entrante de agua que formaba el puerto.
Mas, al oeste del Cabo los territorios de la diosa terminaban y el mundo real se extendía tras la invisible protección del escudo ateniense.
En días soleados, el sol bañaba el risco desde donde las aguas lamían las rocas, hasta las brillantes columnas blancas de la fortaleza, allá en la cima. El agua, cristalina y turquesa, permitía vislumbrar los bancos de peces que se arrimaban a la costa en busca de alimento, y el sol se reflejaba en el mar meciéndose con la usual delicadeza de las olas del Egeo.
Sin embargo, hacía mucho que esos días de calor no arrullaban a la región ática. El cielo, abarrotado de nubes ennegrecidas, impedía que el astro rey iluminase el día. Un viento frío arrastraba consigo minúsculas partículas de agua, arrancadas al mar añil y embravecido que rompía con fuerza en la pared de roca.
Julian no podía haber elegido un día peor para llegar, pensaba Saga. Pero lo cierto era que estaba helado hasta los huesos, y la permanente batalla que se traía con su melena y la capa, le estaba crispando los nervios. Incapaz de descansar la vista en un solo punto, sus ojos iban y venían por toda la extensión de la fortaleza.
De todos los presentes, sin duda era quien tenía un vínculo más profundo con el lugar, pero eso no le consolaba. La primera misión que heredó con su armadura fue la vigilancia del Cabo por la llegada inminente de Poseidón, y de sus aledaños… incluyendo los calabozos; igual que habían hecho todos los Géminis antes que él. No le importó la importancia de la encomienda, porque de alguna forma, logró encontrar en aquella misión un castigo que no creía merecer. Después, llegó la fuga de Naia, la mentira descarada mirando a los ojos de Shion en su intento por encubrirla… Y al final de todo, Kanon.
Los dioses sabían que todas las veces que había vuelto ahí —y habían sido muchas, ya que se había convertido en el único rincón de intimidad posible mientras Naia y él estuvieron juntos—, había procurado que su mirada jamás se posase en el oscuro punto que se dibujaba tras los barrotes, a los pies de la roca: la gruta.
No tenía que hacer ningún esfuerzo pues, en su mente, los gritos de Kanon llenos de terror y odio, se escuchaban como si acabara de proferirlos. Y ahí estaba ahora, esperando al Dios de los Mares… el ente divino que había terminado por marcar la existencia de su hermano, con la piel erizada y las emociones más a flor de piel de lo que le hubiera gustado admitir.
Suspiró y, por un instante, la mirada cerúlea del arquero lo buscó. Prefirió ignorarla, porque después de todo, bastante tenían ambos ya con el recuerdo de su primera –y última– visita a Atlantis. Todo había salido mal en aquel entonces.
—Ahí está —dijo Shion.
Sin embargo, antes de que su voz rompiera el silencio, todos los presentes habían visto su atención atraída hacia un punto exacto del mar.
Unos metros mar adentro, un remolino había comenzado a formarse. Al principio bien podía haber pasado desapercibido en medio del ajetreado oleaje, pero después, el movimiento circular delató su esencia divina. Lejos de moverse a velocidad asombrosa, las aguas parecieron ralentizar su danza. La espuma de un inmaculado color blanco nacía del centro del torbellino, expandiéndose hacia el exterior del círculo como una cascada de sal y arena. En el centro podía percibirse algo distinto: apenas un punto oscuro… que después creció, abriéndose desde el interior en medio de un destello de cosmos dorado.
La silueta gallarda del joven dios se dibujó en medio del portal con claridad. A su lado, su siempre leal Sorrento, aguardaba. Espoleadas por el poder de su señor, las aguas se elevaron llevándolos consigo y, apenas alcanzaron el nivel de la fortaleza, un camino de coral multicolor se extendió a modo de pasarela para el Emperador de los Mares.
Julian caminó por ella con aplomo. A diferencia de Sorrento, el no llevaba su escama, pero la formalidad de su atuendo delataba que no era un guerrero cualquiera. Una vez sus pies tocaron tierra, el mar retrocedió, dejando tras de sí, como un recuerdo, el saliente de coral que ahora abrazaba la roca del Cabo.
—"Presumido" —resonó la voz de Aioros la mente del geminiano. El gemelo esbozó un gesto apenas perceptible, que pudo confundirse con una sonrisa y que el arquero pudo captar sin dificultad. No podía estar más de acuerdo.
Tethys había aguardado a su derecha en silencio —portando su escama escarlata— desde que la comitiva de bienvenida llegase al Cabo. Sin embargo, una deslumbrante sonrisa se había dibujado en su rostro adolescente, cuando el remolino tomó forma frente a ellos.
Saori y Shion dieron un paso al frente.
—Julian, es un placer verte de nuevo —dijo ella—. Sorrento.
—El placer es mío, princesa —tomó su mano, y la besó fugazmente. Esta vez fue Aioros quien escuchó el bufido mental de Saga. Julian nunca cambiaría.
—Él es Shion de Aries, nuestro Patriarca. —El peliverde inclinó el rostro respetuosamente.
—Escuché hablar maravillas de ti, Maestro —Shion sonrió con cortesía: era demasiado viejo para verse afectado por los halagos de un niño-dios—. Aioros, Saga. —A la vez, y como si de una coreografía ensayada se tratase, ambos inclinaron el rostro. ¡Arles estaría orgulloso de lo bien que conocían el protocolo!— ¡Y ahí está, mi sirena!
Por primera vez, desde que había llegado envuelto en toda su parafernalia, la reacción del chico se sintió genuina. Envolvió en un abrazo a Tethys, que ella correspondió con gusto, y acarició su frente con un beso fugaz.
—Será mejor que emprendamos la marcha, Julian —sugirió Saori—. El camino es largo, y el clima nos está dando una tregua sorprendente.
—Vamos —asintió—. Estoy deseando contemplar el Santuario una vez más.
—Te encantará, ha cambiado desde la última visita, aunque este clima no le hace justicia.
Así, emprendieron el camino. La princesa, Julian y Shion al frente de la comitiva, seguidos por Sorrento y Tethys, y apenas unos pasos más atrás, Saga y Aioros.
-X-
El camino había sido largo, pero tanto Saga como él, habían podido comprobar con cierto orgullo como la expresión de Julian pasaba de la soberbia mal disimulada, a la fascinación más obvia a medida que sus pasos les adentraban más y más en el corazón del Santuario. Había visitado las tierras atenienses en otras ocasiones, pero todas demasiado breves y precipitadas.
Julian era un dios, si. Por caprichos del destino había terminado siendo un dios amigo, pero durante milenios Athena y Poseidón habían guerreado hasta la extenuación. Habían derramado sangre propia y ajena en esas tierras que pisaban, en esas aguas que bañaban sus costas… y por si fuera poco, Julian Solo había sido el títere en manos de Kanon.
Por ello, no había resultado excesivamente sorprendente comprobar que las gentes del Santuario, habían tomado su presencia allí con ciertas reservas. Cada persona con la que habían cruzado sus pasos se había inclinado con el respeto que un invitado así merecía, pero la cautela era obvia.
Por lo que Mu les había contado, la llegada de Sigfried había sido muy diferente.
El joven nórdico exudaba honorabilidad. Su mirada grisácea transmitía emociones muy diferentes a las de Julian, incluso su postura, a pesar de haber llegado vistiendo su ropaje divino, era diferente. Sigfried, además del obvio poder que ostentaba, era un chico humilde… y eso, las gentes del Santuario, habían podido notarlo.
El joven Solo era un dios… y, por tanto, el trato como invitado era ligeramente diferente. Sigfried no había sido recibido por la plana mayor de la Orden, aunque sí había sido escoltado por uno de los Doce. Sin embargo, a Julian nadie le había entregado una flor de bienvenida ni le había regalado sonrisas sinceras.
La reencarnación de Poseidón había recorrido el mismo camino, pero los rostros dorados que se habían inclinado a su paso por las Doce Casas, tampoco lo habían hecho con el mismo sentimiento a como había sucedido con el rubio. Aioros había guardado cierto temor ante la llegada a Leo o Escorpio, pero afortunadamente, nada en sus hermanos delató sus emociones.
Sin embargo, sus nervios no se habían aplacado. Habían pasado un par de horas desde su llegada. Los invitados habían comido en compañía de la princesa, y después, se habían retirado a los aposentos que ocuparían durante su estancia. Ahora, el momento de la verdad había llegado.
Aquella sería la primera vez que los aliados en esa Guerra Santa que había empezado ya, se reunirían. Asgard y Atlantis bajo el mismo techo, en la misma habitación tras la guerra que había destruido a unos, y marcado el destino de los otros.
Aioros sabía que no iba a ser fácil, de eso estaba seguro, pero quería creer que podían lograrlo. Si Julian había accedido a tomar parte de aquella inesperada alianza… tenía que honrar su palabra.
Apoyado en el alféizar de la ventana, cerró los ojos y tomó una bocanada de aire que llenó sus pulmones. Contuvo el aire unos segundos y, después, exhaló con lentitud. Era la primera vez que ocupaba un sitio en una negociación política y, debía admitir que estaba nervioso. No era su mayor virtud, lo sabía. Entonces sintió la presencia de Saga a su lado, y cuando abrió los ojos, el peliazul tenía la vista perdida en la inmensidad del Santuario tras la ventana.
—Saldrá bien —dijo. Aioros asintió.
Era más fácil creer cuando estaban juntos. De eso no había ninguna duda.
—Iré por él.
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Saga había esperado el tiempo suficiente como para que Sigfried no tuviera que aguardar demasiado rato en soledad. Había ido a buscarlo, mientras Aioros se quedaba a cargo del salón. El arquero no lo admitiría en un momento así, ni tampoco lo mostraría, pero Saga sabía que estaba nervioso. ¡Dioses! Él también lo estaba, y sabiendo lo mucho que Aioros odiaba la política, solo podía imaginar cómo se sentía.
Sin embargo, había asuntos más importantes que mantener bajo control, y uno era, precisamente, Sigfried. El rubio estaba solo en el Santuario. No por falta de aliados, pues podía contar con ellos, sino porque se enfrentaba a una prueba dura. Nunca antes se había cruzado con Poseidón, ni con Sorrento… causantes de su muerte.
Caminaron en silencio, hombro con hombro, con el eco de sus pasos forrados de metal resonando entre los pasillos de mármol. Ninguno dijo palabra alguna, hasta que la puerta del Salón del Trono se dibujó en la lejanía.
—Te lo agradezco —Saga no se detuvo, pero sus ojos volaron fugazmente a su acompañante—. Por la compañía. Sé que no tenías que hacerlo.
—No es nada —musitó—. Esta reunión es un acontecimiento sin precedentes. Tienes amigos aquí. —Sigfried no respondió, pero ambos intercambiaron una mirada breve y sincera que hablaba por sí sola. Amigos importantes.
Los guardias que custodiaban la puerta, se enderezaron cuando repararon en su llegada. Inclinaron levemente el rostro cuando se acercaron lo suficiente y, en un movimiento fluído y ensayado, retiraron las picas de plata al unísono. Después, las enormes puertas de doble hoja, se abrieron con lentitud, para cerrarse a su espaldas unos segundos más tarde.
Dentro, el salón se había engalanado para la ocasión. En el centro del mismo se hallaba una antiquísima mesa redonda labrada en el propio tronco retorcido de un olivo, presidida por el trono de oro ateniense. Ocho butacas cuidadosamente ordenadas la rodeaban; mientras desde arriba, una lámpara con decenas de teas ardientes la iluminaba. El perfume de los ramilletes de laurel y rosas blancas llegaba hasta allí con sutileza.
Aioros les esperaba en pie, tras su asiento. Sagitario relucía como una estrella, y a pesar de la ausencia de sus alas, continuaba viéndose tan hermosa como siempre.
—Sigfried —saludó—. Este es tu sitio. —El rubio asintió y, una minúscula sonrisa se dibujó en su rostro cuando reparó en su ubicación: Aioros a su derecha, Saga a su izquierda.
—Gracias —dijo.
Después, los tres esperaron en pie: no demasiado, pues apenas un par de minutos después, la puerta principal se abrió de nuevo. Por un momento, cualquiera de ellos hubiera jurado que el aire se congeló en sus pulmones. Arles acompañaba a la comitiva de Atlantis, con Julian a su lado. Sigfried no se movió, nada delató sus emociones. Pero el ambiente, ligeramente enrarecido, fue notorio para todos.
Afortunadamente, en ese instante la princesa y Shion hicieron su entrada. Con una puntualidad perfectamente medida: lo suficiente para que los invitados llegasen antes que la diosa anfitriona, pero no demasiado como para que la tensión entre ellos creciera.
Saori tomó asiento, y Shion hizo lo propio a su derecha.
—Comencemos —ordenó. Entonces, todos tomaron asiento.
-X-
Antes de que Julian tuviera ocasión de despegar los labios, Saori tomó la palabra. Esa reunión había sido planeada a conciencia y nada, absolutamente nada, se había dejado al azar. Desde la forma de la mesa —redonda, para que todos estuvieran en igualdad y nadie destacase sobre los demás—, y la ubicación exacta de cada uno alrededor de ella, hasta los temas que el Santuario quería tratar. Eran una alianza, si. Pero ellos eran la parte más fuerte, no iban a renunciar al liderazgo por nada ni a perder el control de la situación.
—Antes de comenzar, quisiera agradeceros a todos vuestra confianza y vuestra presencia aquí —dijo, mirando uno a uno a sus invitados: de Sigfried a Tethys, Sorrento, y por último Julian—. Sé que son tiempos difíciles y esta reunión es algo que nunca antes se ha dado. También sé que a lo largo de los tiempos, nos han separado más cosas de las que nos han unido, pero confío en que, esas rencillas que nos quedan, pueden ser solucionadas aquí y ahora. Hay muchas más cosas buenas que podemos hacer unidos que separados.
En ningún momento desvió su mirada del joven dios, ni él tampoco. Todos allí sabían a qué rencillas se refería exactamente y, lo cierto era que, abordarlas en el primer momento, era lo mejor. Solo deseaba que las cosas fluyeran del modo correcto, por el bien de todos. Le tenía simpatía y cariño a Julian, pero era la primera que sabía que a veces tenía un carácter complicado.
—Sigfried de Dubhe Alpha —cuando pronunció el nombre del rubio, Julian se puso en pie y su mirada se clavó en él—. Asgard merece una disculpa de nuestra parte, mía —aclaró—. Soy consciente de que las palabras no sanarán las heridas, ni borrarán la sangre o los recuerdos de nada de lo acontecido, pero… hablo en nombre de todas mis marinas, cuando digo que en verdad lo siento. —Después, le tendió la mano. Sigfried esperó un par de segundos que a todos los presentes se les hicieron eternos, pero se levantó de igual modo y extendió la suya, estrechando con firmeza la del dios—. Cometimos grandes errores, unos voluntarios, otros no tanto… pero yo, como dios que soy —Julian no lo soltó, lo miró fijamente a los ojos y continuó—, debí darme cuenta primero y no dejar que se utilizará mi nombre en una guerra que no tenía razón de ser.
—Acepta las mías también, Sigfried —Sorrento aprovechó el impulso de las palabras del peliazul, imitó a Julian y se puso en pie.
Por primera vez, guerrero divino y el marina de Siren se miraron a los ojos. Había pasado mucho tiempo desde que Sorrento y Sigfried se vieran, y el destino había sido cruel con el rubio. Siren había sido el causante de su muerte, el único soldado de Poseidón que se había atrevido a poner sus pies en tierras asgardianas. Y aunque Sigfried era conocedor de la historia completa —más aún ahora que había hablado con Kanon—, no dejaba de dolerle.
Atlantis había sido una marioneta en manos del gemelo, del mismo modo en que Asgard se había convertido en un cebo en su guerra personal. Los atlantes no eran del todo culpables de los acontecimientos pasados, pero tampoco eran inocentes. A diferencia de lo sucedido con Julian, nadie había controlado a Sorrento, nadie le había manipulado. Él había tomado sus propias decisiones, y esas habían sido acatar los locos planes de Kanon, arrasando con todo lo que se interpusiera. Tan simple como eso.
Él se había interpuesto y, con ello, su vida había terminado. Había dejado desprotegido Asgard, a Hilda… la había fallado y le había llorado. Ella había sufrido su ausencia hasta que el milagro de los dioses pudo traerles de regreso. Era un fracaso y un error que jamás se perdonaría.
Sin embargo, Sigfried sabía reconocer el valor de una disculpa. No era que pecase de ingenuo, ni de bueno. Al igual que le había sucedido aquella mañana con Kanon, era consciente de la dificultad que suponía pronunciarlas viniendo de guerreros como ellos, donde el orgullo era, en su mayor parte, quién les mantenía en pie en los momentos más difíciles; pero creía —y eso le había parecido comprobar en carne propia— que la derrota en batalla, y la muerte, otorgaba a la fuerza la necesitada humildad de la que habían carecido todos en vida.
—En nombre de Asgard, acepto vuestras disculpas —intercambiaron una última mirada, y después, los tres tomaron asiento de nuevo. De alguna forma, la tensión en la estancia se aligeró—. Honremos esta alianza.
—Es una lástima que la Princesa Hilda no esté aquí —agregó Julian—. Me hubiera gustado tener la oportunidad de conocerla y escuchar lo que tuviera que decir.
—La Princesa se debe a Asgard —y no había nadie mejor que él para representarla y defenderla—. Asgard es un eslabón crucial en el equilibrio natural del mundo, independientemente de su ideología. A diferencia de Atlantis o el Santuario, nuestro reino necesita todo de ella para mantenerse en pie, especialmente en estas épocas convulsas. Odín requiere a su avatar. Y… —se acomodó mejor en su butaca. Las armaduras no eran cómodas para estar sentado, definitivamente—, por lo que a su presencia aquí se refiere, no habéis de preocuparos: soy sus ojos, su voz y sus oídos. Su ausencia física no afectará a nuestros propósitos.
—Entiendo, entonces.
Internamente, Saga sonrió. Había pocas cosas más placenteras que acallar a un tipo como Julian, y Sigfried lo había logrado con maestría, superando el primer escollo de la reunión. Por un momento, el peliazul había deseado —como Julian— que Hilda también estuviera ahí… porque entonces, el peliazul más joven hubiera comprobado que sus nuevos amigos distaban mucho de ser niños indefensos y sin rumbo. Asgard sabía desenvolverse sin la necesidad de que alguien como Kanon dictase sus pasos.
—Hilda está al tanto de todo lo que sucede aquí desde el principio —aclaró Saori—. Enviamos una comitiva a Asgard en invierno con el propósito de estrechar nuestros lazos, que ya eran fuertes de por sí, y la princesa tiene mi completa confianza —la diosa miró a Sigfried fugazmente y le sonrió con dulzura. Había secado las lágrimas de Hilda por la ausencia de su dios guerrero; la entendía, compartían mucho—. De igual modo, contamos con la suya.
—Veo que, muchas cosas han cambiado desde la última vez que nos vimos en Atlantis —sus ojos celestes vieron de Saga a Aioros sin tapujos. Tethys le había informado ya sobre su ascenso y, aunque lo odiaba, debía admitir que ambos le impresionaban: tenían el porte y la apariencia, el poder, la experiencia de la que los suyos carecían. Kanon era lo que más se les había parecido, y ahora sabía que las diferencias eran abismales—. Tethys me mantuvo al tanto de todos los pormenores que han tenido lugar durante su estancia aquí —la joven sirena, que ocupaba un asiento estratégico a su derecha, entre él y Saga, sonrió—, pero me gustaría escucharos a vosotros. ¿Qué está pasando, Maestro? —Shion, a la derecha de la princesa y separado de él por Arles y Sorrento, adoptó una expresión más severa.
—Hace meses, cuando notamos que el equilibrio comenzaba a romperse y que extraños sucesos acontecían por todas partes, el Santuario comenzó con las misiones de reconocimiento —su voz, joven y propia de un casi-adolescente, no dejaba de sorprenderle. Como todo él, en realidad. El lemuriano era todo un enigma… y si Saga y Aioros eran impresionantes, el no-viejo lo era casi más—. El Santuario ha atendido misiones en distintos punto de Grecia y alrededores: las Cícladas, Reina de la Muerte, Metsovo, Antalya, Meteora… incluso enviamos una comitiva al Castillo Heinstein para tratar el problema del Inframundo con Pandora y los Jueces.
—Y Jandara —acotó el joven dios.
Shion guardó silencio unos segundos con su mirada amatista fija en él. Saga y Aioros no habían exagerado con sus impresiones. Julian era un niño arrogante. Lleno de buenas intenciones en el presente, pero demasiado engreído como para cambiar su actitud radicalmente de la noche a la mañana. A él no le era complicado tomarle la medida. Tenía trescientos años de experiencia al fin y al cabo. Julian era un aliado, sí, y poderoso; pero eso no hacía más sencillo lidiar con sus defectos. Dios o no, no dejaba de ser un chico con excesivo poder desde la cuna. Se sabía importante y siempre había sido tratado como tal. El joven Solo jamás había tenido que luchar por nada, pues el destino mismo había dispuesto las piezas de su partida con una comodidad que en el Santuario nadie hubiera podido siquiera imaginar.
Y lo peor de todo, era que Kanon le había moldeado con sus propios dedos para obtener ese resultado. Quería creer que no solamente había influído en su peor faceta, pero…
—Sí, también Jandara —el peliverde terminó diciendo tras unos segundos, mientras asentía—. Como veis, la Orden entera ha corrido grandes riesgos. Los Santos Dorados y sus respectivos equipos de plata y bronce se han ocupado de las amenazas, incluso yo salí, a pesar del peligro que entraña afrontar una misión de esta envergadura sin armadura.
—Fue un plan osado por tu parte. —Shion prefería desviar el tema de esa misión concreta, porque Saga y Aioros aún no le habían perdonado el susto. Su pierna tampoco.
—La armadura no hace al santo… —musitó de modo perfectamente audible, el arquero. El peliverde asintió al escucharlo. Si algo le reconfortaba, era saber que sus chicos siempre le cubrirían las espaldas: aunque se tratase de excusarlo ante un joven dios.
—Hemos enfrentado amenazas dispares: lamias, empusas, quimeras, plagas, el clima, control mental, ilusiones… —Su mirada centenaria se paseó por los atlantes, para detenerse después en Sigfried—. No somos los únicos. En Atlantis sufristeis el ataque de las sirenas, y Asgard fue víctima tanto de sus fyldljas como de las ilusiones.
—Sea quién sea el culpable, tiene claro que todos somos su objetivo, pero se ha centrado mucho más en nosotros —agregó Saori.
—Tanto, que hay un intruso en vuestras filas. —Si la afirmación era un ataque o no, no tenía caso pensarlo, porque desafortunadamente, Julian hablaba con la verdad. Era un hecho lamentable que debían aceptar.
—Todo parece indicar que sí, pero ese intruso se mueve libremente y también se acercó lo suficiente al Valhalla como para convertir a la princesa Flare en víctima de sus ilusiones —Sigfried no tenía por qué interceder, menos aún para exponer una de sus propias debilidades, pero le irritaba el modo en que Julian parecía juzgarles a pesar de sus esfuerzos.
—Ya veo —el peliazul asintió—. Tethys me informó de lo sucedido y del contenido de esas ilusiones. —Saga poseía una excelente habilidad que había logrado pulir con el paso del tiempo: ignorar, aparentemente, las miradas acusadoras que lo cuestionaban. La primera prueba de fuego la había vivido, precisamente, en Atlantis… con Aioros, sentado a la mesa con seis guerreros hostiles y un dios, que lo miraban como si fuera el demonio encarnado. Así que la pulla mal disimulada que Julian había lanzado, le resbaló—. Cuando visitasteis Atlantis hace unos meses, asegurasteis que Ares no era una amenaza. ¿Seguimos pensando lo mismo?
Y esta vez, la acusación fue clara y directa.
—Lo dije cuando visitasteis mi reino, no te quiero convertido en un dios enemigo. —Los ojos celestes del dios se clavaron en la mirada esmeralda del gemelo, que no la retiró. Julian no le tenía cogida la medida, ni se le acercaba, si pensaba que iba a intimidarle de ese modo. Saga ladeó el rostro suavemente.
—Ares pasó trece años oculto tras una máscara, sin revelar su verdadera identidad. ¿Crees que si planease volver, lo iría anunciando por ahí de un modo tan explícito y obvio, Julian? —la respuesta vino de labios de Saori. Saga solamente dibujó una minúscula sonrisa al escucharla. No podía poner la mano en el fuego porque su teoría fuese cierta, pero sentirse respaldado, le aliviaba la carga.
—Estamos todos de acuerdo, Asgard y el Santuario, en que esto solamente es un intento de desestabilizarnos y golpear en lo que, de primeras, puede parecer nuestra debilidad más obvia —la voz de Aioros resonó en la estancia con mucha más seguridad de la que él mismo esperaba cuando despegó los labios. Se sorprendió a sí mismo, pero no se amedrentó.
—Entonces, ¿quién es el culpable de todo esto? Han sucedido demasiadas cosas, muy diversas… —Julian se encogió de hombros y resopló—. Disculpad mi poca fe, pero creo que no estamos más cerca de una solución que al principio.
—En eso tienes razón —asintió Shion, apesadumbrado—. Aunque hay algunas opciones posibles, visto el modo en que se han desarrollado las amenazas…
—Hasta ahora podemos llegar a la conclusión de que tenemos varios atacantes que obedecen a un único señor. —Cuando Aioros tomó la palabra, Shion sonrió. Era un orgullo verle tomar, al fin, su lugar con confianza y seguridad—. Hay al menos tres bien diferenciados: un ilusionista, alguien que controla las plagas a nivel cósmico y otro, al menos, con control mental.
—De esas opciones, podemos deducir más fácilmente el comportamiento del ilusionista —complementó Saga—. Para empezar, necesitará cierta cercanía con la víctima, así que podemos suponer que él es el intruso. Tiene que estar en el Santuario, más o menos alejado de la víctima, pero dentro de nuestros límites, para poder controlar la ilusión al detalle como lo ha hecho sin cometer errores —vio a su derecha, hacia Sigfried—. Lo más lógico sería asumir que viajó también a las cercanías de Asgard, y desde allí, ejecutó la ilusión sobre la princesa.
—Eres ilusionista, ¿puede ejecutar la ilusión desde fuera de vuestras fronteras? —por primera vez, Sorrento habló.
—Lo dudo. Mantener una ilusión compleja exige mucha concentración y detalle. Ha sido muy específico eligiendo a sus víctimas y el momento. Diría que tenía que estar cerca, posiblemente observando y midiendo la reacción. A mayor distancia, mayor dificultad, pues más factores externos pueden interferir en ella. —Pero la lejanía no era el único factor que lo hacía difícil—. Aún así, suponiendo que pudiese ejecutar la ilusión desde el punto más alejado del Santuario a la víctima, el escudo de Athena interferiría y lo notaríamos de modo de inmediato.
—Ya veo. ¿Qué haréis con él?
—Esperar —Saga hablaba con la seguridad de un depredador—. Ser pacientes es la mejor opción. Hasta ahora ha podido moverse a sus anchas, volverá a actuar… Y cuando lo haga, estaremos esperando.
—¿Podrías atraparlo? —El geminiano guardó silencio unos segundos, pero rápidamente continuó.
—Podría —aseguró—. Siempre y cuando lograse interceptarlo a tiempo y él, o ella, no se diera cuenta. Es de suponer que cuando vuelva a actuar, su víctima será alguien valioso. Ahora estamos advertidos, estamos preparados —y algo, en el tono de su voz, no dejó lugar a duda. El joven dios, se vio obligado a confiar en esa seguridad arrolladora geminiana. Si algo sabía, era que Saga no hablaba en vano. Menos aún aseguraría algo así de no creerse capaz de lograrlo.
—Tampoco podemos asegurar que solamente estemos enfrentando a un dios. El resto de ataques: clima, elementos, bestias… —habló Arles por primera vez.
—Francamente, no logro identificar a un olímpico que cuente con todos esos atributos —musitó Saori.
—¿Entonces? —Julian se encogió de hombros—. ¿Qué candidatos tenemos?
—Apolo —dijo Aioros—. Aunque uno de sus templos, Side en Antalya, fue sumergido bajo las aguas… y el sol brilla por su ausencia desde hace meses.
—Ares —añadió Saga—. Quizá este no sea su modo de actuar, ni sus atributos, pero no cambia el hecho de que desconocemos su ubicación actual; no está sellado y es un dios oportunista. Es el dios de la guerra. No deberíamos echarle al olvido.
—Saga tiene razón —las miradas voltearon hacia Shion, que rápidamente continuó—. Por otro lado, el templo de Hefesto se decía se alzaba en las costas de Lemnos —tenía la atención de todos—. Star Hill, nuestro oráculo, insiste en mostrarme esa isla una y otra vez, así que es una opción plausible, a pesar de que no sea un dios especialmente belicoso.
—Me cuesta imaginar a cualquiera de los tres tomando el control de mis sirenas hasta el punto de locura… o de las aguas sin que yo pueda hacer nada por evitarlo —Julian suspiró—. Pero supongo que son las mejores opciones que tenemos por ahora —se veía, para lo que acostumbraba, casi derrotado—. Yo tampoco logro pensar en nadie más.
—Y ahora, ¿qué? —cuestionó Sorrento.
—Seguiremos vigilando todo lo que podamos. Atenderemos cada altercado que surja del mejor modo posible, y usaremos esas misiones para recabar toda la información que podamos —Saga vio a Aioros de soslayo cuando este habló. El arquero había amanecido con fuerza ese día—. Los tres reinos como uno solo.
—Entonces, básicamente, el plan es seguir dando palos de ciego —bufó Julian—. Mis disculpas, Aioros, pero mi ejército se compone exclusivamente de seis marinas y una sirena que vistan escamas. El reino marino depende íntegramente de ellos. ¿Por qué deberíamos arriesgarnos de ese modo?
—Precisamente porque es pequeño, y Poseidón está limitado como bien sabes —"Golpe bajo", pensó Saga al escucharlo, "pero certero"—, es vuestra mejor opción. Somos el ejército más grande, el más completo y el más fuerte. No es un secreto: nuestro rango más alto supera al vuestro, tanto en capacidades como en número. El Santuario necesita a Atlantis y Asgard en esta guerra, pero vosotros nos necesitáis de igual manera para ganarla y sobrevivir.
—No podemos hacer frente a la amenaza solos —agregó Sigfried—. A ningún guerrero le gusta doblegarse ante extraños, pero a veces hay que aceptar nuestra situación tal y como es: sin importar lo cruda que sea o lo que duela el orgullo. Entiendo vuestros reparos —vio a Julian a los ojos—, Asgard ya pasó por ello, pero es necesario. Es lo mejor.
—Por primera vez en siglos, las fuerzas del Santuario están funcionando como una maquinaria casi perfecta y coordinada. No os pedimos que las marinas o los guerreros divinos abandonen sus puestos, pues eso sería una locura. Pero sí necesitamos que tengáis confianza y fe en nuestro hacer. —El discurso de Aioros no era diferente al que Saga pronunció en Asgard, pero Sigfried podía percibir en el arquero una pasión distinta: Aioros hablaba con el corazón en la mano. Saga hablaba con el cerebro.
—Además, si estáis aquí, alrededor de esta mesa, es porque queremos escuchar lo que tengáis que decir —agregó, precisamente, el gemelo.
—Tomar las decisiones de modo unilateral no funcionará a largo plazo —zanjó el arquero—. Para nadie.
—Además, Julian —Saori esbozó una sonrisa traviesa—, creo que te impresionará el Santuario.
—De acuerdo, de acuerdo —rodó los ojos con fastidio—. Como digáis. Solo hay una cosa más que es vital discutir —tal y como si todos temieran lo peor, el silencio cayó sobre ellos—: Kanon.
Aioros se revolvió sutilmente en su asiento. Saga maldijo mentalmente, con la mandíbula ligeramente apretada. Sigfried vio de uno a otro. Después, buscó a Shion y tragó saliva. Hubiera jurado que la sirena clavó la mirada en la mesa. Kanon era un asunto complicado, lo sabía más que de sobra. Mas también entendía que era un santo, un hijo y un hermano. Había mucho en juego.
—Sabemos que Kanon es un asunto complicado para todos —la firmeza en la voz de Shion se agradeció—. Y vital para el porvenir compartido que planeamos.
—¿Podeis darme un único motivo por el que no debería exigir su cabeza, aquí y ahora?
—Como ya te dije en Atlantis, es un Santo ahora, pagó sus pecados y…
—Recuerdo bien lo que dijiste, Saori —sonó cortante, como rara vez se mostraba con la princesa. Eso les sirvió para comprender lo mucho que le afectaba aquel asunto—. Pero eso no cambia nada: usó a Asgard de cebo para distraer a vuestros santos y ahogar al mundo en mi nombre. Nos manejó, me manejó… —escupió con rabia—, y se llevó a la tumba a todos. ¿Por qué? ¿Celos entre hermanos? —Sus ojos se detuvieron en Saga—. ¿Esas son las rencillas familiares a las que estáis acostumbrados aquí? Nunca entendí exactamente qué os pasó, Saga, nunca me lo dijo, ni siquiera supe de tí… Es ahora cuando algo empieza a cobrar sentido, atando cabos aquí y allá. Puedo comprender que su camino le llevase a quererte muerto. —Internamente, una parte ya cicatrizada del corazón de Saga volvió a romperse—. Pero no alcanzo a entender de dónde salió tanto odio como para desencadenar el infierno en la tierra aún después de que hubieras muerto.
Silencio. Un silencio atronador se instauró en el salón del trono. Un trueno resonó en la lejanía.
Y Saga… por primera vez, mostró un ápice de humanidad en la máscara imperturbable que era su rostro, ante la claridad de sus palabras. La pregunta era simple. ¿Qué había pasado para desatar el caos con tanto odio? También lo era la respuesta. Él, él había sucedido. Era la causa. Él, ¡maldición! La armadura, Zarek, la amistad inquebrantable de Aioros...
Recuerdos que creía enterrados de aquellos tiempos convulsos se agolparon en su cabeza. Negó sutilmente con el rostro, tratando de ahuyentarlos, sabiéndose observado y medido. No era el momento de quebrarse, ni de que su rostro dejase ver más de lo necesario.
Julian sabía que había tocado fibra sensible, y aunque al gemelo le pareciese lo contrario, los dioses sabían que no lo hacía por herirle. Saga le imponía un respeto que le incomodaba admitir: uno muy distinto a su hermano. Lo hacía porque de veras necesitaba entender si querían que intentara perdonar. Kanon le dolía enormemente. No solamente por el destino al que les había condenado, sino porque él también le había querido como un hermano.
Aioros se revolvió incómodo. Podía sentir el malestar de Saga a la perfección, porque… Lo conocía. Simplemente lo conocía demasiado bien. Kanon era y, siempre sería, su talón de Aquiles. Y no era justo. Ni para él ni para nadie. De modo fugaz, sus ojos buscaron a Shion, que guardaba silencio con la mirada fija en Julian, y deseó, por un momento, que les sacara de aquel embrollo como el padre al que adoraban.
—No le ví hoy, cuando atravesamos los doce templos. Todos los Santos Dorados aguardaron formalmente mi llegada, a pesar de que sé que no soy santo de su devoción —buscó en sus rostros por una explicación—. Decidme, si es un santo redimido, ¿por qué se esconde y no da la cara? ¿Por qué no afronta la situación?
—Porque Kanon sabe cuál es su lugar —inesperadamente, fue Saga quien habló, con firmeza—. Y antes que él y sus problemas, había asuntos mucho más importantes y prioritarios que atender aquí —frunció el ceño, y le lanzó una mirada severa— ¿Te hubiera complacido más encontrarlo a los pies de Géminis esperando por tí? Diría que no: te hubiera parecido una burla.
—Te concedo eso —murmuró. Probablemente le hubiera provocado un estallido de ira seguido de una crisis nerviosa generalizada—. Pero habéis de saber, y entender, que el modo en que Atlantis participe en esta alianza, si bien no es él único motivo, está íntimamente relacionado con él. Cada ejército es libre de decidir a quién acoge en sus filas. Vosotros tenéis vuestros motivos y yo no soy quién juzgar vuestro perdón, pero… No me gusta. No me complace. No lo entiendo, y…
—Merecéis una explicación —terció Shion.
—No me marcharé de aquí sin ella.
-X-
Aquel había sido un día de locos. A pesar de que Kanon no había estado en la reunión con Atlantis y Asgard —gracias a los dioses—, eso lo sabía. Se sentía en el mismo aire que respiraban, pero sobre todo, en la tensión que había percibido en su hermano cuando se le cruzó apenas unos segundos hacía un rato. No le culpaba, aunque debía admitir que un poquito de curiosidad sí que sentía.
No había preguntado, ni había querido saber nada de lo hablado en esa reunión… porque si lo hacía, quizá su resolución para estar exactamente donde estaba ahora, se hubiera disuelto. Solamente quedaba un paso más de aquel tortuoso camino… solo uno: el peor.
Había dado mil y una vueltas en aquella terraza, viendo la lluvia caer. Se había mordisqueado los dedos hasta la saciedad y había acabado con algún que otro cigarrillo en la espera. Había sido osado con el plan, pero creía que era mejor así. Aprovechando el descanso que se habían tomado Julian, Sorrento y Tethys con Saori y Shion, él se había escabullido a los aposentos provisionales del joven dios. Llamar a la puerta, tal y como había hecho aquella mañana con Sigfried, estaba fuera de todo plan. Julian no le recibiría con cortesía, sino con un puñetazo en la cara que prefería evitar.
Se había asegurado, además, de que el chico hubiera estado rodeado en todo momento por Shion y los demás, de forma que la autenticidad de lo que iba a decirle no quedara en entredicho o pensase que había sido adoctrinado para ello. ¡No lo había sido! Y ese poco mérito que tenía, quería quedárselo para sí mismo. Solamente había contado con la ayuda de Tethys, que había prometido llevar a Julian a la habitación tan pronto como fuera posible y avisarle antes.
Y ahí estaba, quieto, de brazos cruzados, con un cigarrillo apagado entre los dedos mirando fijamente a la puerta. La sirena ya había dado el aviso. Se acercaban.
Tan pronto como oyó la manilla de la puerta, Kanon se irguió. Sabía que su presencia era perfectamente visible desde la entrada a pesar de estar en la terraza. Respiró hondo, y apretó los dientes.
Alea Jacta Est.
La suerte estaba echada.
-X-
De modo inmediato, la mirada celeste de Julian se clavó en la suya. No le fue difícil sentir el modo en que su cosmos se recrudecía y se tornaba ciertamente amenazador. Pero Kanon no se movió. Aguantó el escrutinio con estoicidad, ignorando el ceño fruncido de Sorrento: centrándose únicamente en quien verdaderamente importaba ahora, Julian.
—Esta sí es una sorpresa —dijo el joven dios con severidad. Tethys había cerrado la puerta, y como una leal guardiana, permanecía apoyada en ella—. Sé que desconoces, o ignoras, los mínimos detalles de cortesía Kanon, pero irrumpir en la habitación de un dios invitado es de mal gusto. —Se aseguró de pronunciar aquella palabra con marcado énfasis, y al gemelo no le pasó desapercibido: sutil amenaza.
—Contrario a lo que parezca, tengo instinto de supervivencia.
—¿Lo tienes? —Una minúscula sonrisa se dibujó en el rostro del mayor.
—¿Me hubieras permitido entrar si llamase a tu puerta? —Quizá después de romperle los dientes, pero...— ¿Podemos hablar?
—Estás aquí —Julian se encogió de hombros—. Habla.
—¿Quieres sentarte?
—Estoy perfectamente bien de pie. —Y ahí, todas las diferencias con respecto a Sigfried, le golpearon en la cara.
—De acuerdo… —Vio fugazmente hacia Siren—. Relájate Sorrento, no tienes nada que temer aquí.
La mirada lila del austriaco, habló por sí sola. Sí sentía una amenaza: él. No podía culparle después de todo. Pero la conversación con las marinas habría de esperar.
—¿Y bien? —Julian tenía tan poca paciencia como él, lo sabía. Más aún ahora.
—No sé por dónde empezar… —masculló. No importaba cuánto hubiera pensado en esto, era demasiado abrumador.
—¡Oh! No sé… —el más joven adoptó una fingida mirada pensativa—. ¿Una disculpa por destruir un reino milenario y dejarlo reducido a escombros? ¿Por destruir mis escamas? Oh, espera, espera… esta mi favorita: ¿Por sacrificar a mis marinas? ¿Por traicionarme? Puedes elegir —dijo con sarcasmo.
—No voy a ofrecerte una disculpa que no va a servirte Julian, ni a tí, ni a los demás. No es lo que merecéis. Pero es cierto que te debo al menos una explicación.
—¿Puedes darla? Porque tu hermano se quedó súbitamente mudo cuando pregunté qué os llevó a desencadenar tanta mierda.
—¿Se lo has preguntado?
—¡Claro que se lo he preguntado! ¡¿Cómo era posible que dos estúpidos mocosos hubieran desatado todo este caos?! ¿Esta peste de odio? —Estaba furioso, y por un momento, Kanon lo lamentó por su hermano—. Al menos, Saga parece ser quien tiene la neurona templada y prudente de los dos: decidió guardar silencio. Muy acertado por su parte, por cierto.
—Dudo que Saga sepa siquiera cómo…
—¿Lo sabes tú? —Kanon suspiró. Julian había llegado en pie de guerra y, de alguna manera, escuchar sus reproches era como escucharse a sí mismo. El mocoso era como él en muchos aspectos: él se lo había enseñado.
—Escúchame, ¿sí? Luego haz como te plazca. —A regañadientes, Julian asintió, después de todo, había ansiado este momento—. No tengo una justificación válida para nada de lo que ha pasado en los últimos veinte años de mi vida. Solamente puedo explicar el camino que me trajo a este punto y que siempre os oculte…
—Dioses, tengo unas ganas inmensas de romperte la cara —farfulló el joven dios, girando sobre sí mismo y sobándose los ojos con frustración.
—Nunca te hablé de mi vida anterior a Atlantis, o al menos nunca mencioné nada realmente relevante —Kanon lo ignoró—. ¿Quieres oírlo?
—Te escucho —resopló. Es lo que quería después de todo, que hablase, que Kanon sufriera el proceso de confesión al menos. Si es que era capaz de sufrir por algo o por alguien, claro.
—Saga y yo nacimos aquí, en el Santuario. Como la gran mayoría, desconocemos nuestra procedencia o si tenemos familia de algún tipo. Los primeros años de nuestra vida los pasamos al cuidado de Shion, en este mismo templo: nos crío, nos enseñó a caminar, hablar, escribir… —y de pronto, una sensación de terrible nostalgia, anidó en su pecho—. Cuando teníamos cinco años, fuimos enviados a Géminis bajo la tutela del que sería nuestro maestro: Zarek. Estuvimos solos en las Doce Casas hasta que un tiempo después llegaron Aioros y un Aioria practicamente recien nacido. Mi hermano y yo no teníamos absolutamente nada ni nadie además del otro, y no te puedes hacer una idea de lo unidos que estábamos —negó, porque ni siquiera él podía creerlo ahora—. Pero aunque fuéramos dos, solamente había una armadura y Zarek siempre supo cómo utilizarnos como arma o motivación contra el otro desde el minuto uno. Durante algunos años no funcionó porque de alguna forma nos mantuvimos tercos y firmes con el único propósito de no dañar al otro: nosotros dos éramos más importantes que todo lo demás. Hasta que un día cambió.
—¿Qué cambió? —Kanon suspiró.
—Descubrimos que queríamos la armadura, ambos. Zarek nos llevó con él a la isla Kannon —Julian rodó los ojos. ¡Hasta una isla legendaria con su nombre tenía el muy idiota!—. Hay muchas leyendas acerca de uno de nuestros predecesores y esa isla dejada de la mano de los dioses. Y salió exactamente como planeaba: casi maté a mi hermano sin darme cuenta —tragó saliva. Aún tenía el olor asfixiante de la cueva grabado en sus fosas nasales—. Nos enfrentó utilizando una ilusión: ni yo sabía que peleaba con Saga, ni él sabía que peleaba conmigo, así que… —se encogió de hombros—. A ninguno nos gusta perder, en nada. Y eso no ha cambiado… —musitó—. Con el tiempo, Saga tomó un camino y yo otro. Él escogió seguir los pasos de Shion, yo escogí a Zarek y el muy hijo de puta nos moldeó como quiso hasta el final. Empezamos a entrenar separados, a hacer todo separados y a no tolerar siquiera el aire que el otro respiraba… o al menos así era para mí, hasta que el combate por la armadura llegó, y perdí.
—Nunca pensé que te oiría admitir tal cosa —y solo imaginar que al menos eso lo hizo sufrir un poco, le resultaba satisfactorio.
—Pues perdí estrepitosamente —dejó escapar una breve risa resignada—. Utilicé todas las armas que tenía a mi disposición: técnicas prohibidas, guerra sucia, psicológica… Y casi funciona, pero el muy idiota se las arregló para ganarme y perdonarme la vida.
—¿Preferías morir? ¿Tú? ¿El oportunista?
—¿En aquel entonces? Sí —no hubo un ápice de duda en su voz—. Saga se había convertido en mi antítesis: le adoraban, era perfecto, era dulce… y era brillante. Incluso un poquito soñador, aunque fuera solamente por influencia del arquero. Odiaba su esperanza, sus ilusiones. A mí no me quedaba nada salvo amargura y un odio que iba creciendo cada día, porque cuanto mejor era él, más me oscurecía yo. No era cuestión de poder, de cosmos. Era algo mucho más amplio… Cada día me parecía más a todo lo que habíamos odiado de Zarek.
—¿Lo hubieras matado? ¿A Saga?
—Sí —Julian se estremeció. Había olvidado la franqueza cruda del gemelo—. Lo intenté, y casi lo logro.
—¿Y entonces?
—Entonces decidió que iba a ser fiel a su palabra, como siempre, y que no me mataría. No le importaba que hubiera perdido. Me quería vivo, me quería aquí. Y yo solamente me sentía una sombra: no me quedaba nada después de ese combate. No tenía derecho a una armadura, sin importar el rango… me condenaba y me humillaba, y al menos yo me sentía tan válido y útil como un vulgar guardia.
—Tu poder dista mucho de eso… Por mucho odio que sintieses, debías saberlo.
—No importa. El Santuario no siempre fue lo que ves hoy. No siempre hubo armonía. Los rangos se odiaban, la competencia entre hermanos era brutal. El oro era rechazado, fuera de las Doce Casas y dentro... Y yo, que estaba en tierra de nadie… —negó—. Mi actitud tampoco ayudó. Como sea, Saga logró matar a Zarek y se coronó como el Santo de Géminis, el primero de nuestra generación, la destinada a hacer grandes cosas, a pelear las grandes guerras. Saga era el espejo donde todos debían mirarse, y lo que yo veía…
—¿Y los demás?
—Los demás solo eran unos niños pequeños, a los que confieso que adorabamos, incluído yo. Pero no eran más que eso, chiquillos soñadores que besaban el suelo que pisaban mi hermano y Aioros, y esos dos se hicieron aún más cercanos. Aquel vínculo especial que alguna vez tuve con mi gemelo desapareció, y Aioros logró forjar uno aún más fuerte. Ya lo has visto —Julian asintió, era obvio: los dos formaban un tándem perfecto—. Tenían sueños, planes… y un trono que ocupar.
—¿Y a tí qué te importaba todo eso?
—Nada, en realidad. Las opciones solo eran dos: Saga y Aioros. Supe que estaba descartado para el trono mucho tiempo antes, los consejeros hablaban y las paredes del Santuario tienen ojos y oídos. Dudo siquiera haber estado en los planes alguna vez. Y de alguna forma, también sentí que así era con la armadura: nos habían entrenado igual, habíamos sufrido y sangrado por igual, pero era como si simplemente le perteneciera a él desde antes de nacer. Lo que sucedió es que… —su voz se fue apagando y sus ojos se perdieron en algún punto del suelo. ¡Se odiaba tanto a sí mismo! ¿Cómo había sido capaz de exigirles a todos que le perdonasen y empezasen de cero de la forma en que lo hizo? ¿A Saga? ¿Cómo…?
—¿Sí?
—Con Zarek muerto, Saga y yo estábamos solos en Géminis. Empecé a notar cosas de las que él no era consciente, detalles… y decidí no hacer o decir nada. Nada. Porque le odiaba, odiaba su brillo, su perfección, su piedad, sus estúpidas ilusiones… Odiaba sentir que el arquero me le había quitado, cuando fui yo quién le perdió. Ver que él también se sumía en la oscuridad era tremendamente satisfactorio. Y a partir de entonces, todos mis esfuerzos se centraron en hacerles la vida más difícil a ambos. Porque si yo era un desgraciado, ellos lo serían de igual modo. Soy un jodido rencoroso, Julian.
—Esas cosas de las que hablas, de las que él… —la mirada celeste del chico se cruzó con la suya una vez más, cuestionando su buen juicio.
—Ares. Era Ares. Nunca lo supe a ciencia cierta hasta el día de la sucesión. Cuando el viejo tomó la decisión, Saga quedó hecho pedazos. Y no te haces una idea de cómo me reconfortó saber que había perdido… al menos durante unos segundos. Luego me di cuenta de que el arquero en ese trono sería el fin para mí, me había encargado yo mismo de eso… —negó de nuevo—. Y yo podía odiar a mi hermano, pero dudo muchísimo que exista alguien que le valore o admire sus habilidades más que yo.
—Tienes un curioso modo de demostrar admiración —bufó.
—Desde luego que tuve un pequeño fallo de cálculos en mis planes de grandeza, creí que él estaría lo suficientemente herido como para pensar de igual modo a mí… Sugerí que matase a Shion y a la niña. Sin ellos, pero con Saga y conmigo juntos, Aioros no hubiera podido hacer nada.
—Diría que la idea no le entusiasmó.
—Como bien has mencionado antes, Saga es quien posee la templanza de los dos... Me acusó de traición, con toda la razón; y me encerró en Cabo Sunion para que los dioses juzgaran —suspiró—. Me encerró él, no Ares. Quizá eso fue lo peor, saber hasta dónde le había empujado. Lloré, supliqué, maldije… le ví llorar a él de igual modo, temblar, gemir de dolor… —tragó saliva—. Saga me encerró allí, pero quien se fue de vuelta al Santuario ya no era él. Nunca volvió a ser él y esa fue la última vez que lo ví.
—Ares —Kanon asintió—. Así que fue así como venció…
—Fui el último empujón que Saga necesitaba para caer —musitó, de modo apenas audible—. Pasé horas ahí encerrado, medio ahogado, hasta que el cosmos de quien más tarde sabría que era Poseidón, empezó a brotar del corazón de la gruta. No fue el único, porque ahora sé que fue Athena quien me mantuvo vivo lo suficiente… La pared cedió y el tridente estaba ahí: solo y a mi alcance. Apenas lo toqué, la gruta se desdibujó, perdí la conciencia y desperté en Atlantis: frente al altar de las escamas y la urna sellada.
—Para bien o para mal, has sido el consentido de los dioses, Kanon —Julian no podía negarlo. Las evidencias eran demasiadas.
—Quizá… —suspiró y se sopló el flequillo—. Pasé mucho tiempo solo ahí abajo, aunque nunca dejé de vigilar el Santuario ni lo que sucedía en la superficie. Yendo y viniendo por todo Atlantis, conociendo y memorizando hasta el último de sus rincones y convirtiéndolo en mi propio reino. Conocí miles de criaturas de las profundidades que hasta entonces solo habían sido cuentos de niños. Aprendí muchísimas cosas, la biblioteca del Reino Marino es maravillosa...
—Eso no puedo negarlo: aprendiste bien tu papel.
—Poseidón te señaló apenas llegué, y no dejé de vigilarte desde entonces. Poco después Leumnades, y luego Chrysaor, despertaron eligiendo portador. Me costó un poco encontrar a Kaysa y a Krishna, pero después, fue más fácil.
—La rueda echó a rodar —Kanon asintió.
—Luego llegaron los demás, uno a uno. Algunos con más fortuna que otros, pero… —se encogió de hombros. Isaak había sido otro pobre desgraciado—. No miento al decir que hice lo mejor que pude entrenándolos: me esforcé porque fuerais...
—Porque fuéramos armas dignas de enfrentar a la Orden Dorada —se adelantó Julian. Kanon apretó los dientes. Tenía razón. Se esforzó porque fueran buenos… porque les necesitaba—. Ese era tu objetivo.
—En realidad, quería a Saga muerto.
—¡Pues te lo puso fácil! —exclamó el joven dios— ¡Por los dioses! ¡Hizo todo el trabajo por tí! —a cada segundo que pasaba, la desesperación del chico aumentaba. ¡Dolía tanto!—. ¿Por qué seguiste…? ¿Por qué…? ¿Por qué asesinaste en mi nombre a miles?
—Porque el odio es fácil de despertar pero muy difícil de aplacar. Saga era el objetivo, pero la Orden entera debía caer… —Julian se mordió el labio, alzó los ojos al techo, y negó al escucharlo.
—Dime algo, Kanon —sus ojos se clavaron en él de nuevo.
—¿Sí?
—¿Alguna vez fuimos algo más, aparte de armas, para tí?
—Fuisteis mi familia —y no mentía, había llegado a quererlos. Mucho. De eso se había dado cuenta después de que Tethys volviera a su vida—. Fuisteis… —Julian lo silenció alzando el dedo índice.
—Dejame decirte que tienes un problema con tu manera de demostrar amor fraternal. ¿Sabes lo que más duele? —Kanon negó tímidamente—. No que traicionases y manipulases a Poseidón. Después de todo, eres un Santo de Athena —Y a pesar de todas las evidencias que dejaban entrever que Kanon había sido bendecido por dos dioses distintos, se autoconvencía cada día de que pertenecía a la diosa—. ¿Sabes cómo te veíamos nosotros? —Sus ojos volaron a Tethys y a Sorrento, después volvieron al geminiano—. Eras un tipo impresionante. Misterioso. Eras inteligente, listo, divertido… eras un excelente guerrero capaz de cosas maravillosas y quería ser tan bueno como tú —en qué punto dejó de hablar por los demás, ninguno lo supo, ni siquiera él. Pero llevado por la emoción del momento, había recortado peligrosamente las distancias con el mayor—. Lo peor no son las muertes, las inundaciones… No. —Y los dioses le perdonaran por pensar así, pero hablaba con el corazón en la mano—. Nos traicionaste a nosotros. A mí. Me traicionaste Kanon y asesinaste a nuestra familia.
—Jul… —antes de que el mayor lo viera venir, el puño de Julian le volteó la cara.
—No, cállate. Todo lo que soy, para bien o para mal, lo aprendí de tí —le empujó con tanto dolor como desprecio—. Pero jamás te ví como un maestro. Eras mi hermano.
—Lo sé —la voz le tembló, estaba seguro. Se llevó la mano a la mejilla magullada, y por instinto, pasó la lengua comprobando el alcance de los daños—. Lo siento, Julian. Lo siento mucho. Todo el caos de mi vida ha condenado a demasiada gente: extraños y conocidos. Pero sobre todo, siento muchísimo el daño que hice a las personas a las que más llegué a querer. Siento que el odio, la ambición y el egoísmo me llevasen a esto, a tener las manos tan manchadas de sangre que… —no supo cómo seguir—. Pagaré antes o después por todo lo que hice, y no huiré de mi pasado. No es perdón lo que espero, Juls. Tan solo… paz con un hermano al que yo mismo perdí.
¿Qué pasó después...? Kanon tenía razón, las paredes del Santuario tenían ojos y oídos. Saga no quiso escuchar más. La curiosidad, el ansia y la tensión le habían vencido la batalla aquel día. Llevaba escuchando tras la puerta desde que Tethys había cerrado. Pero era hora de marcharse. Kanon lo tenía controlado.
Sonrió. Por primera vez, Kanon había sonado real. Había sonado… igual que lo hubiera hecho su viejo Kanon, de no haberse perdido por el camino.
-X-
—¡Alto ahí, arquero! —Aioros volteó lentamente para encontrarse con el rostro de Milo. Junto a él iban Aioria y Camus.
Se detuvo, a pesar de que deseaba llegar a Sagitario lo más pronto posible. Aunque los resultados del día habían sido buenos, la jornada le había resultado eterna y desgastante. Esa parte del trabajo, en particular, le representaba un reto. La política y la negociación lo sacaban de su elemento. Sin embargo, se sentía orgulloso del modo en que había actuado y del resultado que el equipo Santuario había conseguido frente a Julián.
Pero ahora, un trío bastante diferente estaba frente a él, y a juzgar por la expresión traviesa de Milo, y los rostros de fastidio de sus dos acompañantes, el Escorpión tenía planes especiales para él.
—Buenas tardes para tí también, Milo… Aioria, Camus —saludó a los otros dos.
—¿Cómo ha ido todo con Julián? —Camus se adelantó a Milo, y su interrupción irritó al más joven.
—Diría que bien. Ha llegado con ciertas exigencias irracionales, pero previsibles. Sin embargo, ha comprendido la importancia de la Alianza, y me parece que está listo para hacer ciertas concesiones. Dirían que habrá que esperar algunos días para ver los verdaderos resultados.
—El hecho de que haya estado dispuesto a escuchar es una ventaja de por sí.
—Exacto.
—¡Y todo eso está muy bien! Pero debes estar harto del trabajo. —Milo retomó el control de la conversación. Cruzó su brazo por encima de los hombros del arquero y ensanchó su sonrisa retorcida—. Hablemos de otras cosas.
—Antes de que digas cualquier cosa, debes saber que estás en tu derecho de huir e ignorar al bicho —advirtió Aioria a su hermano. El mayor levantó una ceja.
—¿Seré interrogado?
—Sí.
—¿Sobre qué?
—Sobre tus andanzas secretas en el pueblo con Janelle. —Aioros levantó las cejas.
—No es ningún secreto.
—¡Pero no has dicho nada! A nosotros… Que somos tus hermanos pequeños.
—No sabía que había que avisar… —Se encogió de hombros.
—Avisar, no. Chismosear, sí. Además, siempre puedes tener acceso a mi inagotable fuente de consejos amorosos.
—Te lo agradezco, Milo, pero… —Sutilmente, Aioros escapó de su agarre. Esbozó una sonrisa torpe mientras una risilla tonta escapaba de sus labios, y agachó la cabeza en una reverencia ligera.
—Por ejemplo… —Pero el pequeño peliazul simplemente pasó de él. El santo de Sagitario suspiró con pesadumbre—: Salir con una aldeana es peligroso.
—¿Peligroso? ¿Por qué iba a ser peligroso?
—Porque cuando uno sale con una aldeana, sale con todo Rodorio. ¡No hay forma que el resto del pueblo no se entere! —Aioros entrecerró los ojos. ¿Acaso no pasaba lo mismo en las Doce Casas?
—Asumo que has salido con muchas aldeanas…
—Salir, no. —Milo adoptó una expresión traviesa que hizo sonreír a Aioros con resignación—. Pero estuve con algunas y fue todo un chisme por el pueblo.
—Bueno, yo estoy saliendo con ella y como dije antes, no es un secreto de estado. No vamos por ahí guardándonos de nadie.
—Vale, pues problema solucionado. —Aioros soltó la respiración. Pensó que había librado a Milo, pero antes de que pudiera despedirse, el escorpión volvió a atraparlo—. Pasemos al problema número dos: Logística.
—¿Qué?
Por los dioses… Adoraba a cada uno de sus hermanos pequeños y admitía con cierto pesar, que aunque las tonterías de Milo acerca del amor y el sexo eran bochornosas al momento, a la postre se volvían interesantes. Sin embargo, una cosa bien diferente era convertirse en la víctima de todos esos consejos.
Si quería librarse de ese tormento, tenía que pensar en algo y pronto, porque de otro modo, Milo no iba a darle vida con el tema.
—Ya sabes, arquero: los amantes necesitáis un nido de amor…
—Milo…
—El problema para nosotros que vivimos bien arriba de las Doce Casas, es que queda lejos para las aldeanas. El problema para ellas que viven en el pueblo, es que ver a un Santo Dorado entrar a sus casas en horas impropias tampoco les conviene demasiado...
—Milo…
—Janelle vive con su abuelo, así que peor para ti...
—¡Milo!
—¡¿Qué?!
—Janelle visita las Doce Casas constantemente por trabajo, así que su presencia aquí no es extraña; y, si el problema son las horas impropias… No sé, un buen Escorpio como tú, diría que en realidad no existe tal cosa como horas impropias para esos menesteres.
—Oh —Eso fue todo lo que Milo tuvo que decir y, para Aioros, su silencio le supo a victoria. Las sonrisas mal disimuladas de Aioria y Camus, al lado de él, le reforzaron su triunfo.
—¿Algún problema más?
—Eh… No, no creo… —Milo sacudió la cabeza.
—Bien.
—¿Componiendo al mundo a mitad de las escaleras? —Como si de algo ensayado se tratase, los cuatro santos voltearon al reparar en la llegada de Ángelo y de Afrodita.
—¿Sucede algo? —La pregunta de Matti siguió a la de Ángelo. Recorrió los rostros de sus compañeros con la mirada y se sintió aliviado de no encontrar tribulaciones en ellos. El tema de la visita de Atlantis había creado cierta tensión en los doce templos y afuera.
—Solo conversábamos —Aioros se encogió de hombros.
—Mejor dicho, le daba consejos amorosos a Aioros.
—Por los dioses… —El aludido giró los ojos al escuchar a Milo.
—¿Lo de Janelle es serio? —Afrodita fue quien hizo la pregunta, pero fueron las cejas de Ángelo las que se levantaron con curiosidad.
—¿La chica del almacén? ¿Es tu novia?
—Intercambian saliva...
—¡Milo! —La llamada de atención conjunta de Camus, Aioria y Aioros, simplemente le hizo sonreír con picardía.
—Y con suerte, otros fluidos.
—¡Por los dioses! —Antes de que Milo lo viera venir, Aioria se le abalanzó encima y, cubriendo su boca con la mano, tiró de él para arrastrarlo escaleras arriba. El Escorpión hizo el amago de soltarse, pero el castaño hizo todo lo posible para detenerlo—. ¡Huye! ¡Antes de que el bicho siga diciendo estupideces! —dijo a su hermano. Aioros sonrió.
—Estupideces o no, ¡ya me iba! —Ondeó la mano y comenzó el descenso hacia Sagitario.
—¡Au! —Escuchó el grito de Aioria cuando Milo le mordió la mano y se liberó.
—¡¿Huyes, arquero?!
—¡Sí! —Volteó a verlos fugazmente—. Os veré más tarde. ¡Portaos bien!
Y como un suspiro se marchó de ahí.
-X-
La verdad era que había decidido pasar de Piscis, al menos hasta que encontrase a Saga y pudiera hablar con él. Después de todo, Ángelo tenía grandes noticias que compartir y el mayor de los gemelos necesitaba saberlas. No porque estuviera especialmente entusiasmado con la idea de Aioros y una novia nueva. Sino porque Saga necesitaba escucharlo.
Si el arquero había sido capaz de continuar con su vida, el geminiano debía hacer lo mismo. Sobretodo: hacerlo sin culpas.
Si le preguntaban, Ángelo creía que esa continuación vivía precisamente al cobijo del tercer templo, usaba pijamas sexys y, de alguna manera se las había ingeniado para atraer la atención de Saga hacia ella. Pero, Saga jamás iba a tocar una sola pluma del pajarito mientras Aioros, o siquiera su nombre, estuvieran de por medio. Era así de correcto, inocente… y tonto.
—¡Saga! —llamó cuando lo divisó a mitad de las escaleras entre Piscis y el templo papal. Al verlo, el gemelo ladeó la cabeza—. Justo iba a verte.
—¿A mí? ¿Para qué me buscabas?
—Pues… —¿Era una buena idea soltar las noticias solo así? Como si el mismísimo cielo le respondiera, un trueno resonó a la distancia—. ¿Vas a casa? Parece que otro maldito diluvio comenzará en cualquier momento.
—Sí… Ha sido un día largo. —Saga se pasó la manos por la cabeza, enredando los dedos en la larguísima melena azul. El cansancio se le notaba, aunque había algo más en él que Ángelo no terminaba de definir.
—¿Caminando?
—Me sirve caminar.
—A mi no, pero caminaré contigo.
La conducta de Ángelo en sí, le resultó sospechosa. Sin embargo, decidió no decir nada. ¡Ángelo siempre era sospechoso!
Empezaron el camino con la amenaza de lluvia sobre sus cabezas. Los nubarrones, oscuros y densos, flotaban con las ráfagas de viento, mientras a lo lejos, el chirrido de las gaviotas alborotadas avisaba que los botes de pesca de los aldeanos, arribaban a la costa en busca de protección ante la inminente tormenta que se aproximaba.
Saga apresuró el paso. Si no se apuraba, no llegaría seco a Géminis.
—¿Qué tal fue el día?
—Ocupado. Julián nos ha tenido con el alma en vilo todo el rato.
—Oh —El italiano le miró de soslayo—. Eso era de esperarse. Aunque… Antes vi al arquero y tenía buena cara. Supongo que no os ha ido mal.
—No, no fue mal.
—Estaba con el matrimonio de tres…
—¿Quién? ¿Tú?
—No. El arquero —espetó con fastidio. Saga no le estaba siguiendo la conversación.
—Oh… Se retiró del templo un poco antes que yo.
—Ajá… —No dijo nada más, pero los ojos azules de Ángelo observaron de soslayo al gemelo.
—¿Qué? Dilo. Algo te estás callando. —Saga se sopló el flequillo. No se podía creer que estuviera cayendo en la trampa del italiano.
—¿Qué tanto has visitado el pueblo últimamente?
—¿Rodorio? —Lo cierto era que evitaba el pueblo como a la plaga. Desde su divorcio de Aioros, pisar el pueblo y las miradas que ahí encontraba eran una pesadilla—. No mucho. Apenas me alcanza el tiempo.
Mintió. Sin embargo, estaba seguro de que no estaba engañando a Ángelo. El italiano lo conocía los suficiente como para saber las razones detrás de su falta de emoción con la aldea. A pesar de todo, agradeció cuando vio a Ángelo asentir y estuvo seguro de que le seguiría el juego.
—Tienes razón, Ilustrísima. Por eso me veo en la honrosa posición de mantenerte al tanto de los chismes.
—No me interesan los chismes, Angie —respondió.
—Oh, éste te interesa.
—¿Por qué habría de interesarme?
—Porque a diferencia tuya, su Ilustrísima de Sagitario sí tiene tiempo libre para andar por el pueblo… —Esta vez fue Saga quien miró al santo de Cáncer de soslayo—. Y va bien acompañado.
—¿Eh?
Saga era demasiado inocente… O al menos, eso era lo que Ángelo creía. ¿En qué idioma tenía que explicarle las cosas? ¿Turco? ¿Farsi?
—Dije que el arquero va por Rodorio con compañía. Compañía femenina. —El geminiano no respondió a su declaraciones. Pero en sus ojos, en el modo en que frunció el ceño, el italiano supo que tenía su atención—. Está con la chica del almacén. Afrodita dice que se llama Janelle.
—Janelle… —El nombre sonó como un murmullo en los labios del mayor.
—Ajá. Seguro lo habrás visto por las Doce Casas. Castaña, ojos azules… Guapa, diría.
Pudo jurar que los labios de Saga se apretaron y que vio un dejo de preocupación en su mirada esmeralda. No se equivocaba.
Saga no era ningún iluso. Tarde o temprano, sabía que los cuatro tendrían que seguir con sus vidas —aunque a decir verdad, no estaba ni mínimamente seguro de cómo él iba a seguir con la suya—, pero no esperaba que fuera tan pronto. Pero ahí estaba Aioros… Y, aunque fuera su derecho hacer lo que le viniera en gana… A Deltha iba a dolerle.
—¿Esto es verdad? O, ¿se trata de un chisme más?
—No lo negó. —Saga chasqueó la lengua. Se sobó los ojos. ¡Qué largo se estaba tornando el día!
—Házme un favor, ¿vale?
—Lo que quieras.
—Ni una palabra de esto a Del, ¿entendido?
—¿Eh? Pero…
—Ángelo, ni una palabra. —Obviamente, la idea no le gustó. El italiano ni siquiera se molestó en ocultar el malestar en su rostro. Pero Saga pasó de ello. Su cabeza no tenía espacio para preocuparse por él. Ya tenía suficientes jaquecas por ese día.
—De acuerdo, de acuerdo. No diré nada. —Levantó la mano, a forma de solemne promesa, que de solemne no tenía nada—. ¿Le contarás a Apus?
—No lo sé.
Y, con toda sinceridad, no estaba seguro de lo que debía hacer con esa información. Deltha iba a enterarse, tarde o temprano. ¿Su reacción? El gemelo lo ignoraba, pero de alguna forma, sabía que iba a doler. Aioros había sido todo para ella por tantos años que… La idea de verlo seguir sin ella, Saga no podía imaginarlo.
Quizás su consternación fue demasiado obvia, porque Ángelo no había separado los ojos de él, a pesar de que se esforzaba por hacerlo de manera disimulada. Sobraba decir que no había sido lo suficientemente discreto.
—¿Qué? ¿Algo más? —gruñó.
—No. Solo… ¿cómo te sienta la noticia a tí?
La respuesta a ese cuestionamiento se la ahorró. Prefería no seguir pensando en ello, aunque sabía que, al menos hasta que pisase Géminis, iba a tener a Aioros rondándole en la cabeza.
-X-
La visita de Julián había trastocado muchos planes. Había cierta tensión que impedía llevar a cabo las actividades con normalidad. Incluso la rutina de reparación de armaduras de esa tarde, había sido cancelada por Mu, dando a Naia algo de tiempo libre que no sabía en qué ocupar. Nikos había pasado un rato en la cabaña con ella. Habían hablado largo y tendido, como hacía mucho que no pasaba. Había tenido tiempo de hacer unas galletas para acompañar una taza de chocolate caliente y, ahora que su hermano se había marchado, había empaquetado las sobrantes dispuesta a visitar Sagitario.
Se puso la chaqueta antes de salir de casa, pues los nubarrones sobre el Santuario no le garantizaban regresar seca a su hogar. Los pasadizos subterráneos de las Doce Casas podían protegerla del agua, pero el tramo desde la salida hasta el campamento era lo suficientemente largo para que terminase empapada.
Afortunadamente, había alcanzando Sagitario antes de que la lluvia empezase.
Cuando entró al noveno templo, el fuego del hogar ardía con fuerza, liberando una agradable onda de calor y un aroma a madera que hacía que el enorme templo se sintiera acogedor. Se retiró las botas y la máscara, y entró de puntillas. Aioros estaba en la cocina; lo supo al escuchar el silbido de la tetera.
—¿En casa tan pronto? —preguntó cuando se asomó a la cocina. El castaño volteó y le sonrió.
—Ha sido un día eterno. —Soltó un suspiro—. Te juro que solo quería llegar a casa, tomar una ducha caliente y… —Subió los hombros—. Estaba preparando un poco de chocolate. ¿Quieres?
—Hoy he bebido más chocolate caliente del que debería. Así que paso, gracias. —Aioros la miró con curiosidad, y ella continuó—. Nikos estuvo en casa antes. Estuvimos platicando, bebiendo chocolate y comiendo galletas. ¡Oh! Te traje algunas.
—¡Gracias! —Aioros se sirvió una taza y se sentó en la pequeña mesa de la cocina. Naia se sentó al otro lado. Lo observó mientras daba un sorbo a su bebida. Se le notaba cansado, pero había un dejo de satisfacción en su rostro y sus rizos todavía húmedos le daban cierto aire de desfachatez que lo hacía lucir como el niño que Naia recordaba de años atrás… Excepto que ya no lo era.
—¿Sabes, arquerito? Además de ver tu bonita cara, he venido por chismes.
—¿Tú también?
—¿También? ¿Quién más…?
—Acabo de ser interrogado en las escaleras por Milo. Camus y Aioria estaban ahí también. Afrodita y Ángelo llegaron después y… —Se detuvo a pensar un segundo—. De pronto todos están muy interesados en mi vida amorosa. —Naia rompió en carcajadas.
—¡Siempre están interesados en esos asuntos!
—Ya, bueno… Es raro. —Subió una ceja.
—Bah. Tampoco es como que sean invasivos, considerando que vas por ahí, comiendo helado y besuqueando a Janelle, Ilustrísima. ¿Puedo llamaros novios oficialmente?
—Umm… —Aioros se llevó el índice a los labios y llevó su mirada al techo. Una sonrisa traviesa se dibujó en su boca—. Sí. Diría que sí.
—¡Bien hecho! —Naia le extendió el puño y el castaño lo golpeó con el suyo.
—No habría sido posible sin tus valiosos consejos, sensei.
—Me alegra haber sido de ayuda. —La Amazona infló el pecho y esbozó una sonrisa triunfal.
—Lo has sido. Pero dime, ¿cómo has estado tú? Entre mis asuntos en el templo papal y tu trabajo con Mu, no nos hemos visto tanto como quisiera…
—Mantenerse ocupada es una buena terapia. Hemos avanzado muchísimo con la reparación de las armaduras en el taller de Aries. Prácticamente hemos terminado con todas las armaduras que ya tienen portador.
—Eso leí en el reporte. También supe que ahora cada santo o amazona sangrado recibe una chocolatina de recompensa. Arles estaba muy intrigado con esas facturas. —La miró de reojo—. Eso tiene toda la facha de ser cosa tuya, Caelum.
—¿Lo dudabas? ¡Claro que es idea mía!—dijo, orgullosa—. Aunque una Coca-Cola también hubiese estado bien. Pero Mu piensa que es demasiada tentación para Kiki.
—Demasiada energía para el enano. Un día de estos iré a visitaros al taller y os robaré una chocolatina.
—Las visitas son bienvenidas.
—Te tomaré la palabra…
Pero entonces, su conversación se vio interrumpida cuando la silueta de Janelle apareció por la puerta. Las miradas de ambos se dirigieron a ella, mientras los ojos azules de la mujer se centraron en ellos con curiosidad. Reaccionó un segundo después y ofreció una reverencia torpe.
—Perdón por la interrupción —musitó.
—Janelle… No pasa nada. Entra, anda. —Aioros se levantó y, tomándola de la mano, la llevó hasta la mesa—. Has llegado a tiempo, quiero que conozcas a Naia.
—Hola —saludó la amazona—. Eres Janelle, ¿cierto?
—Sí. Te conozco del almacén. Compras cosas particulares.
—¿Eh? ¿De verdad?
—No muchos habitantes del Santuario compran cosillas como nuez moscada o harinas leudantes. En la mayoría, la despensa incluye comida congelada, ramen instantáneo y así.
–Oh… —Naia dejó escapar una risilla—. Niños tenían que ser. —Janelle compartió su risa.
Aioros miró de una a otra. La risa de ambas le contagió, haciéndole dibujar una sonrisa también. Le gustaba verlas ahí, conversando y sonriendo. Después de todo, de alguna forma, aquel par se había convertido en las mujeres de su vida. Quizás algún día pudieran llevarse mejor. Los dioses sabían que Naia necesitaba una amiga, y Janelle conocía ese mundo al que Naia había pertenecido por catorce años y al que a veces extrañaba.
De pronto, como si sintiese su mirada, Naia volteó hacia él. Le miró por un par de segundos, antes de que su sonrisa se hiciera más grande y sus exóticos ojos violetas se tiñeran con travesura.
—Bueno… —dijo la morena—. Tengo algunas cosas que hacer todavía y no quisiera que la lluvia me pillase por el camino. Así que, toca despedirse.
—¿Te vas tan pronto?
—Sí. Os dejo solos. —Se levantó con decisión y caminó hacia la salida de la cocina—. Ha sido un gusto conocerte, Janelle. Espero que podamos charlar con calma algún día de estos.
—También lo espero…
—Adiós, arquerito. —Pasó junto a él y, dándole un golpecito en el brazo, le guiñó el ojo—. "Diviértete un rato"—susurró directamente a su cabeza. Aioros abrió los ojos de par en par. La connotación de aquellas palabras…
—Te veré después —se aclaró la garganta. Tonta Naia que lo hacía pensar en cosas—. Ve con cuidado. Parece que va a llover…
—Sí, sí… ¡Hasta luego!
Naia desapareció en unos segundos, dejando a los otros dos atrás. Fue cuando escuchó cerrarse la puerta de los privados, que Janelle miró a Aioros. Se acercó a él y, de puntillas, depositó un beso en sus labios.
—Te extrañaba.
—He estado ocupado con los preparativos de la llegada de Julián. —Se revolvió los rizos. Ahora estaba nervioso, inquieto y…
—¿Todo ha salido bien?
—Sí… Diría que sí. Aunque queda mucho por hacer todavía. Pero oye, antes faltaba más… ¿Quieres chocolate caliente? —Asintiendo, ella aceptó.
—¿Tienes malvaviscos?
—No, pero tengo galletas.
—Me sirve —rió Janelle, y sin quitarle los ojos de encima, se sentó a la mesa.
-X-
La sonrisa de Aioros le había contagiado de optimismo. Naiara sabía de sobra que los últimos días habían sido difíciles para él, pero el modo en que la mirada se le había iluminado al verla, y después al ver a Janelle, le había hecho sentir más tranquila.
Con suerte, ahora que ella se había marchado y había sembrado ideas de perversión en su cabeza, algo más interesante pasaría entre lo dos. Divertida ante su propia ocurrencia, sonrió.
Quizás había sido esa bocanada de buena energía lo que la había persuadido de evitar los oscuros pasadizos subterráneos de las Doce Casas para caminar al aire libre, por la escalera zodiacal. Sin embargo, poco sabía la morena que pronto aquella decisión la guiaría a una situación que no esperaba, y para la que no estaba lista todavía.
Las escaleras de los privados de Sagitario desembocaban en un rincón alejado del salón de batallas. Después, para encontrar la salida que guiaba hacia el templo del Escorpión Dorado, era necesario atravesar el enorme salón, surcando las columnas de mármol que sostenía la enorme bóveda, repleta de elaborados diseños decorativos. Aquel era un camino que Naia conocía bien.
Pero, cuando localizó el pasillo principal que llevaba hasta la salida del templo, se encontró de cara con dos caminantes más que no esperaba.
—Saga… —pronunció el nombre en un suspiro, como si de pronto el aire escapara de sus pulmones al verlo. Se quedó petrificada, sin saber qué hacer.
—Caelum. —Inesperadamente, no fue el gemelo quien llamó por ella, sino que fue Ángelo.
Los ojos azules del italiano fueron de su acompañante a la amazona, en espera de reacciones. No podía jurarlo, pero casi podía afirmar que aquella era la primera vez que Saga y Naia se encontraban desde el ruptura. A Ángelo, ese momento siempre le generó curiosidad. ¿Qué podrían estar pensando los dos?
Porque a Saga lo había visto destrozado tras el rechazo de Naia y, desde las sombras, había seguido cada paso del escabroso ascenso que había tomado para salir de la mierda en que ella le había dejado. Pero, ¿Caelum? ¿Qué pasaba por la cabeza de una mujer que lo había tenido todo y lo había dejado ir en un ataque de celos infundado? ¿Qué sentía ahora que él ya no la lloraba? Ahora que ya ni siquiera la necesitaba…
Saga le sostuvo la mirada por un par de segundos que Ángelo le parecieron una eternidad y que, estaba seguro, a ella le parecieron aún más largos. Después, con un suave movimiento de cabeza, obsequió una reverencia escueta.
—Naiara —dijo, antes de continuar su camino. Los dioses sabían que el corazón le daba un vuelco en el pecho cada vez que la veía. Pero ella había tomado la decisión de marcharse y él no iba a rogarle de nuevo, por mucho que le doliera.
La morena no hizo nada por detenerle. Sin embargo, supo que con él se marchaba todo el optimismo del día. Era como si, repentinamente, el cielo se hubiese vuelto más oscuro y el frío hubiera arreciado.
Permaneció unos segundos quieta, viéndolo marchar. No pretendía descender las escalinatas a su lado, ni mucho menos seguir sus pasos. Fue por ello que, mientras soltaba el aire que había retenido en sus pulmones, dio la vuelta y retrocedió en su camino, hacia la entrada que llevaba a los subterráneos. Al menos ahí podría caminar con un poco de calma y nada más que sus pensamientos.
-X-
Llegada cierta hora, Tatiana había decidido dar por terminado el entrenamiento de equipo. En ausencia de Aioros, éste le había confiado el grupo y, con sinceridad, podía decir que tomaba el puesto con orgullo.
Sus compañeros eran bastante distintos. Asterion no le representaba un reto especialmente complicado, pues en su mayor parte era un tipo aplicado, que se encargaba de sus propios asuntos. Pero Spartan… Spartan era algo bien distinto. Después de la última conversación con Aioros, su actitud había mejorado. Sin embargo, su comportamiento todavía distaba mucho de lo que la amazona esperaba de un Santo, tuviera o uno una armadura.
Quizás era culpa suya, porque sus expectativas eran altas. Pero exigir de más era lo correcto. Especialmente cuando la guerra contra un enemigo desconocido y poderoso esperaba por ellos a la vuelta de la esquina. Si uno solo de ellos había sido capaz de barrer con dos santos dorados y cinco santos de plata… ¿Qué magnitud tendría un ejército bajo las manos de aquel enemigo misterioso?
Sacudió la cabeza, con la esperanza de deshacerse de esos pensamientos oscuros. La cuestión era que ella hacía lo mejor que podía, y eso era lo importante. Sin embargo, reconocía que cada uno tenía que hacer su parte y que, por mucho que ella quisiera, no podía ayudarlos a todos. Bufó al pensar en ello. Después, continuó su camino.
Había decidido subir a Capricornio. La llegada de Julian había exigido que cada santo dorado permaneciera en su templo durante el recorrido que llevaría al dios de los mares desde Cabo Sunión hasta el templo papal. Así que sobraba decir que ese día, Shura brillaba por su ausencia.
El camino que había tomado era el de los subterráneos. Aquel era el modo más discreto de moverse a través de las Doce Casas y, por un poco, era más rápido que la infinidad de escaleras que trepaban la colina a la luz del sol. Usualmente era un sitio tranquilo, donde nunca se topaba con nadie. Los santos de oro, después de todo, se veían atraídos por el astro rey y preferían caminar bajo sus rayos dorados, que a últimas fechas parecían dispuestos a no regresar jamás; y los guardias raras veces se internaban en los lúgubres pasadizos a los que el tiempo parecía haber olvidado.
Fue por ello que, cuando escuchó el golpeteo de los tacones escalera arriba, se sorprendió. No se detuvo, ni ralentizó el paso, pero se mantuvo atenta. No era que esperase ser atacada en los túneles, pero el sentido de caminar en los oscuros pasadizos se perdía cuando la discreción desaparecía. Sin embargo, tan pronto reconoció la silueta de la mujer frente a ella, suspiró.
—¿Naia?
—Tatiana… No esperaba verte por aquí.
—Iba a Capricornio.
—Oh… —Sonrió tras la máscara. Shura era un tipo afortunado y eso le daba gusto—. Yo estuve en Sagitario un rato, pero ya voy de camino a casa.
—¿Su Ilustrísima ha sobrevivido a Julián?
—Eso creo.
—Me alegra escucharlo. No conozco al chico, pero entiendo que es un dolor en el culo.
—Eso dicen. Pero oye, todo indica que hasta ahora, se encuentra controlado. Confiemos en que el Maestro y nuestros chicos consigan mantener al mocoso bajo control.
—Sí… —Tatiana hizo una pausa. Miró por unos segundos a Naia y después, se atrevió a preguntar—. ¿Cómo estás? Supe que has estado ocupada en el taller, con Mu y Kiki.
—Retomo las labores propias de Caelum.
—Lo sé. Eire me ha contado que hiciste un buen trabajo sangrándola. Como toda niña, estaba encandilada con la chocolatina que le tocó —Naia rió por lo bajo.
—Me di cuenta. Me alegro que no fuera una experiencia tan terrible.
—Mérito tuyo. —Y lo decía con sinceridad. Le daba gusto que después de aquella conversación de semanas atrás, Naia hubiera comenzado a encontrar su sitio en el Santuario.
—Sí…
—¿Segura que estás bien? —Porque algo no se sentía del todo correcto.
—Sí. —La morena suspiró. Tomó un par de segundos para armarse de valor y decir lo que cruzaba por su cabeza—. Antes… Vi a Saga —Tatiana entendió—. Es la primera vez que nos encontramos frente a frente después de todo lo que pasó. No voy a mentirte, me ha descolocado un poco, pero…
—¿Pero?
—La forma en que me ha mirado, como me ha tratado… —Con una frialdad como nunca había conocido en él—. Y lo que él es ahora. —Se encogió de hombros—. El mundo no se detuvo, Tatiana. Aioros salió adelante, Saga salió adelante… Diría que incluso Deltha… —Por un segundo, agachó el rostro.
—¿Tú no?
—No cómo quisiera…
—No es una competencia de velocidad, Naia. Todavía estás a tiempo de darte cuenta de a dónde quieres llegar y de que hagas lo posible por alcanzarlo —la rusa se encogió de hombros—. Si ellos han salido adelante, tú también puedes y lo harás. Si me preguntas, lo estás haciendo ya y vas por buen camino.
—Algunas veces se siente que sí. Otras…
—Vamos, vamos. ¿Dónde quedó el optimismo? —Negó con el rostro.
—Estará de regreso en algunos minutos, dale tiempo. —Rió. Tras su máscara, la rusa esbozó una sonrisa diminuta.
—Eso espero. Mereces sentirte mejor… —Con una palmada en su hombro, Tatiana dio los primeros pasos para continuar su camino—. Así que, piensa en el encuentro con Saga, y recuérdate que quieres salir adelante. Que él te vea del mismo modo en que tú lo viste a él: de pie.
Naia guardó silencio mientras la veía marchar. Tatiana era un criatura particular, siempre se lo había parecido. Pero ahora que la trataba más, se confirmaba.
-X-
—Vaya… —Janelle dibujó una sonrisa. La brisa sopló en aquel instante, y las delgadas cortinas blancas de las ventanas danzaron a su ritmo—. Así que esto son las habitaciones de los templos zodiacales…
—Sí… Bienvenida a los verdaderos privados de Sagitario. —Aioros entró tras de ella, tratando de no perderse detalle alguno de aquel rostro femenino lleno de curiosidad.
Se dirigió directamente hacia la ventana, para cerrarla. Un ligero rocío le bañó el rostro cuando el viento arrastró la lluvia hacia dentro de la habitación. Mientras, Janelle parecía más interesada en devorar cada pequeño detalle de la habitación con sus grandes ojos azules. Contagiado de la emoción que encontró en su mirada, el santo sonrió.
La lluvia la había pillado en Sagitario, y él simplemente había insistido en que se quedara, al menos hasta que la tormenta amainase y el largo y serpentoso camino de descenso pudiera hacerse con menos probabilidades de atrapar una gripe. Ella, por supuesto, había aceptado sin ninguna objeción. De alguna forma, tenía la idea de que Janelle conocía sus intenciones y estaba de acuerdo con ellas.
—¿Los imaginabas así? A los privados de los templos me refiero… —preguntó el santo.
—¿Cómo un palacio? ¡Claro que no!
—No es es un palacio —dijo, incorporándose. Sin embargo, sabía que mentía.
—Lo es. Tú viviste algunos años fuera de aquí. ¿Recuerdas haber visto algo parecido a esto fuera de las películas o en algún museo?
—¿Sinceramente? No recuerdo mucho de mi vida fuera del Santuario. —Se llevó la mano a la cabeza, y con un gesto torpe, se revolvió los rizos.
—¡Venga ya, Ricitos! Recordarías algo como esto —abrió los brazos y giró mientras su mirada recorría por enésima vez el dormitorio—. ¿Vas a decirme que no te maravillaste la primera vez que estuviste aquí?
—Oh, eso no voy negarlo —rió—. Pero en aquel entonces, la mía era una habitación mucho más modesta que esta.
—No hay nada de modesto aquí. —Janelle le miró con fastidio, y la expresión en su rostro hizo que Aioros sonriera—. Tienes una habitación completa hecha de mármol, con chimenea incluida. Y la vista… ¡Dioses! La vista es preciosa desde aquí arriba. —Se asomó a la ventana, desde donde sus ojos podían contemplar prácticamente todo el Santuario bajo la suave llovizna, enmarcado a la lejanía por los tejados blancos de la chozas de Rodorio.
—Bueno… Si voy a subir tantos escalones todos los días, lo menos que puedo pedir es una vista privilegiada, ¿no te parece?
La respuesta de Janelle vino en la forma de una sonrisa. Paseó un poco alrededor de la habitación, mostrando especial interés en la pequeña colección de fotos en una rinconera. Intrigada, volteó hacia el arquero.
—¿Es tu familia? —Apuntó a una de las fotografías. Aioros asintió.
—Mi padre, mi madre y yo. Aioria aún no existía.
—Erais una bonita familia. Eres afortunado, ¿sabes? Por lo que sé, no muchos tienen el privilegio de estos recuerdos en el Santuario.
—Oh, lo soy. —El arquero tomó con mimo el marco de la foto y la miró por unos pocos segundos—. Durante mucho tiempo los mantuve guardados en un pequeño baúl, pero… Era tiempo de desempolvarlos.
—Me alegra que lo hicieras. —Janelle acarició su brazo con suavidad. Entendía que algunos recuerdos podían ser dolorosos, pero también sabía que el dolor solo significa lo importante que eran.
—Sí…
—¡Oh, por los dioses! —Algo había robado la atención de Janelle. La expresión en su rostro se había iluminado—. ¡Tenías un perro! —Entretenido, Aioros la miró. Asintió con una risa traviesa en los ojos.
—Bigotes, sí.
—¡Siempre quise uno! Pero mi padre es alérgico a ellos, así que nunca tuvimos uno en casa.
—¿De verdad? Pues ahora que vives aquí podrías conseguirte uno.
—¿Tú crees?
—¡Claro! Puedes ir al pequeño refugio que está cerca del cementerio…
—¿Vendrías conmigo? —La mujer se colgó de su brazo y adoptó aquella expresión suplicante que a Aioros le hacía tanta gracia—. Por favor… Tienes experiencia previa en cachorros. —Aioros dejó escapar una carcajada.
—¡Bigotes apenas estuvo unas semanas con nosotros!
—¡No importa! ¿Vendrías conmigo?
—Vale, vale —giró los ojos con fingida resignación—. Iré contigo, señorita.
Janelle celebró con una risa. Se abalanzó sobre el santo para abrazarlo y besó su mejilla con enjundia.
—Me gusta aquí.
—¿Sabes qué es lo que más va a gustarte? —Las manos de Aioros se cerraron sobre su cintura y la atrajeron hacia él, para que sus labios conquistaran a los suyos.
—¿El qué? —Janelle sonrió, traviesa. Sus brazos rodearon el cuello del Santo mientras sus labios jugueteaban con los de él.
—La cama.
—Oh… No creo que sea exactamente la cama lo que me guste —dijo. Adoptó una actitud pícara que robó una risilla al arquero.
—Habría que probar…
Mientras sus brazos se aferraban a su cintura para levantarla, sus labios se apoderaron de sus labios. Las manos de Janelle sostuvieron su rostro, evitando que se separara de ella. Incluso cuando él la dejó en la cama, se negó a dejarlo ir, arrastrándolo consigo. Únicamente soltó sus labios cuando tiró de la camisa del castaño para arrancarsela. Sus manos acariciaron el torso desnudo del santo, mientras sus ojos recorrían cada cicatriz de su cuerpo. Retuvo el aliento y tragó saliva. Cuánto había vivido ese chico…
Levantó la mirada y chocó con sus ojos azules. Siempre le habían parecido hermosos, vibrantes y expresivos. La habían hechizado desde el primer momento, y ahí atrapada entre su cama y su cuerpo, el influjo de esa mirada tan azul como el cielo, era irresistible.
Buscó sus labios una vez más, para saborearlos y poco a poco, los besos perdieron todo rastro de inocencia. Jadeó cuando las manos del santo recorrieron su cuerpo y tiraron sin ningún reparo del cinto atado a su cintura, liberando a su túnica de todo sostén. Instantes después, sintió el calor de las manos de Aioros sobre ella, piel contra piel, y antes de que se diera cuenta, toda la tela que cubría su cuerpo, desapareció mientras la boca del arquero reclamó la suya.
Se retorció de placer cuando los labios de Aioros abandonaron a los suyos y descendieron por su cuello y después por su cuerpo. Sus manos acariciaron el cuerpo masculino y sus uñas arañaron aquella piel tostada cuando el fragor de sus manos y sus labios la sobrepasó.
Pero, en el momento en que los ojos del arquero volvieron a centrarse en ella y sus labios se curvaron en una sonrisa, supo que estaba perdida. No había vuelta atrás para ella. Quería estar con él. Era todo en lo que pensaba.
-X-
Cuando entró a la cocina, se encontró con algo que no esperaba después de un día tan largo como aquel. Ladeó el rostro con cierto interés. Últimamente le sucedía bastante, y eso que Géminis era su templo, su propia casa. Pero, rememorando una escena que ya había vivido en algún momento pasado de su vida con otra mujer a la que acababa de ver en la escalinata zodiacal, ahí estaba Deltha: encaramada en una silla de espaldas a la puerta, haciendo los dioses sabían qué... Con aquel culito perfectamente enmarcado en los mini shorts del pijama quedando justo a la altura de sus ojos.
Sin darse cuenta, Saga atrincheró los dientes. ¡Maldito el momento en que sus ojos de hombre notaron que Deltha era algo más que un peluchito adorable al que achuchar y que los pijamas, de dibujos animados y animalitos, no eran tan inocentes como parecían! A regañadientes, entró. Se paró tras de ella y le habló.
—Del, ¿qué demonios haces ahí arriba? —Ella brincó al escuchar su voz y Saga brincó con ella. Por un momento había pensado que Deltha perdería el equilibrio y terminaría besando el suelo a causa del susto que se había llevado.
—¡Por Athena! No me asustes así, Géminis. —La pelipúrpura volteó para dirigirle una mirada de reproche—. ¡Este templo está construido para gigantes! ¿Por qué las estanterías tienen que estar tan arriba?
—Los Santos Dorados somos altos.
—Roshi es pequeño.
—Roshi no cuenta. —Saga se acercó para acomodarse junto a ella, apoyando la espalda contra la encimera. Se cruzó de brazos y miró hacia arriba, para darse cuenta que Deltha seguía enfocada en encontrar lo que fuese que estuviera buscando. Al saberse ignorado, chasqueó la lengua—. No me respondiste. ¿Qué haces subida en esa silla?
—Busco por las galletas de Kanon. Sé que las esconde en algún sitio fuera de nuestro alcance. O del mío, al menos —aclaró.
—¿Las galletas de Kanon?
—Ajá. Tengo hambre.
—Oh… ¿Vas a robar las galletas?—continuó con la conversación, pero antes de que se diera cuenta, su cerebro se había olvidado de la conversación entre ambos y sus ojos estaban encima de las piernas y el trasero de la amazona. Tragó saliva—. Esto no está bien… —musitó para sí mismo. ¿De dónde demonios habían salido esas curvas?
—¿Robar galletas? ¡Es lo único que hay para comer en este templo! —protestó ella.
—¿Eh…? —Atinó a murmurar, confuso. ¿De qué estaban hablando? ¿Galletas? ¿Qué galletas…?
—¡Géminis! —El grito de Deltha lo despertó del letargo de sus fantasías inapropiadas y volvió a tragar saliva cuando levantó la mirada y sus ojos chocaron con los de la mujer protagonista de ellas—. ¿Me estabas mirando el culo?
—¿Yo? —Negó rotundamente. ¡Dioses! No estaba respirando. ¡¿Por qué no estaba respirando?!
—No mientas, te he visto. —Deltha posó sus manos sobre sus caderas. Entrecerró los ojos y lo miró con sospecha. Aunque a él, en algún momento, le pareció ver en aquellos labios cierto toque de travesura.
—¿Ese pijama es nuevo? —Vil y lamentable intento de distracción. Adoptó expresión pensativa. Era un buen actor, podía salir de esta indemne—. No recuerdo haberlo visto antes… Recordaría un pijama de Mickey.
—Ah… —Tomada por sorpresa, la amazona alzó las cejas—. En realidad no es nuevo. —Cambio de tema: conseguido con éxito. ¡Gracias a los dioses por aquel privilegiado cerebro suyo!—. Pero creo que no lo había usado aquí antes. ¿Te gusta? —Con pequeños brinquitos, Deltha giró para mostrarle el atuendo nuevo. Saga suspiró. Sus malditas hormonas y su abstinencia, autoimpuesta desde que Caelum le había dejado semanas atrás, le estaban jugando una mala broma.
—Me gusta más Snoopy. —No mentía. El pijama de Mickey estaba confeccionado con una tela más delgada. Casi podía ver la silueta del tanguita y… ¿Deltha no estaba usando sujetador?
¡Dioses!
Apartó la mirada casi de inmediato. ¡¿Qué demonios estaba pasando con su cerebro?! ¿Y si la visita de Julian había terminado de freír el par de neuronas útiles que le quedaban? ¿O la noticia de Aioros y su nueva chica? ¿Cruzarse con Naia por primera vez desde...? O quizá… Quizá no era su cerebro lo que estaba afectado. Como fuera, esas cosas no le sucedían a él. Él siempre estaba en control de sus emociones. Él no perdía el temple. Él no…
—¿Saga? ¿Te sientes bien? —Escuchó la voz curiosa de Apus y se forzó a mirarla de nuevo. "Mirala a los ojos… " Se dijo a sí mismo. "A la cara, no más abajo".
—Sí, sí… Ha sido un día largo. —Se sobó los ojos.
Esta vez, era sincero. La llegada de Julián, las negociaciones, Aioros, Kanon, Naia… Todo el día había sido un alud de emociones que habían drenado cada gota de energía de su cuerpo.
Llegar a casa le había dado la oportunidad de respirar un poco. Aunque adoraba a Géminis, deshacerse de ella después de un día como aquel, le había quitado un peso de encima. Su trabajo como segundo de Shion era un sueño hecho realidad, pero también el momento que les tocaba vivir lo tornaba en un reto aún mayor, donde se le exigía el máximo que pudiera ofrecer y él correspondía. O al menos, lo intentaba con todo su empeño.
Así que ahí estaba: cansado, estresado, emocionalmente magullado, malhumorado incluso, a la par que… ¿emocionado? Y ahora, por culpa de Apus, hormonalmente revolucionado.
Sin darse cuenta, sonrió. ¡Dioses! ¿Qué haría sin esos momentos de estupidez en su vida? Ella los había traído… como una brisa de aire fresco que ahuyentaba todos sus problemas en un suspiro. Traerla a Géminis había sido la mejor decisión que había podido tomar, se reafirmaba cada día que pasaba.
—Ven aquí, pajarito. Baja de ahí antes de que te caigas. —Sin pensarlo, la tomó de la cintura y la levantó. Cuando estuvo en el aire, Deltha dejó escapar una risa traviesa que le contagió. Había algo en el sonido de su risa que le encantaba—. Buscaremos algo más que galletas para cenar. —La dejó en el suelo con cuidado, pero cuando su cuerpo pasó cerca del suyo no pudo evitar sentir su aroma avainillado. Olía tan bien...
—No sé si encontraremos algo.
—Debe quedar algo del gnocchi de patata que Ángelo trajo ayer y estoy seguro de que habrá lasaña congelada en el refrigerador.
—Es decir, cenaremos lasaña a medio descongelar.
—Es nuestra especialidad. —Se miraron mutuamente y, tras chocar el puño con complicidad, rieron juntos.
—¿Cómo ha estado tu día? —Deltha le preguntó, mirándolo de soslayo. Distinguía el cansancio en su rostro, quizá no tanto físico, como mental—. La llegada de Julián tiene revuelto a todo el mundo.
—Ha sido un día complicado. —Saga jaló la silla en la cual Deltha había trepado antes, la acomodó frente a la mesa y se sentó. Estaba agotado y las palabras de Julián acerca del intenso odio que había llevado a Kanon a cometer tantas atrocidades seguían dándole vueltas en la cabeza a pesar de todo lo que había escuchado después en su sesión de espionaje—. Creo que lo hemos superado con cierto éxito. Pero no sé…
—Estoy segura de que has hecho un excelente trabajo. —Deltha se sentó sobre la mesa, frente a él. Le tomó la mano para acariciarla entre las suyas y le dio un beso en la frente—. Por lo que sé, el chico es un mocoso presuntuoso, y estoy firmemente convencida de que el ego y el porte de su Ilustrísima de Géminis son excelentes para domar a un malcriado así.
—No sé si baste, pajarito. Mi porte, precisamente, le es demasiado familiar y… —negó suavemente con el rostro. Eso era bueno y era malo al mismo tiempo. Lo había comprobado—. Pero, ¿sabes qué? No quiero hablar más del mocoso. —La miró con interés renovado—. ¿Cómo sigue tu herida? —Tiró de ella hasta sentarla en sus piernas y tomó su brazo con delicadeza para examinar la muñeca lacerada durante el proceso de sanación de las armaduras.
—Está mejor. —Deltha no había dejado de mirarlo un solo segundo—. Eudora dice que está prácticamente curada.
—Me alegra escucharlo. Aunque deberías cuidarte unos días más.
—Oh, lo haré, tranquilo. En realidad… —No siguió porque en ese mismo momento, escucharon a Kanon aclararse la garganta desde la puerta. Ambos voltearon a la vez, para encontrarse con esa extraña sonrisa tan propia de Kanon y su mano meneándose en el aire a modo de saludo.
—Lamento interrumpir vuestro momento de… afecto. —La mueca en sus labios se tornó traviesa—. Pero vine a por un poco de agua. ¿Os molesta si entro a por mi taza? O, ¿necesitáis privacidad?
—¿Cuánto tiempo llevas espiando, Kanon? —Se sopló el flequillo. Cosas de familia. Solo eso le faltaba: que el estúpido de Kanon se hiciera ideas que no eran.
—Pues… Más o menos desde que Apus nos deleitó con el bailecito en la silla. —Amplió la sonrisa burlona—. No imagine que tuvieras esas habilidades. ¿Era un espectáculo privado?
—No.
—Sí. —Deltha y Saga respondieron a la vez, pero sus respuestas fueron opuestas—. ¡Claro que era privado, Apus! ¡No vas por ahí, modelando el pijama a cualquiera!
—¡Eh! No soy cualquiera… —Pero nadie prestó atención a Kanon.
—¿Te gustan los espectáculos privados, Saga? —Como si sintiera su temor, la pelipúrpura había adoptado aquella expresión viciosilla que el peliazul creía haber olvidado, pero nunca antes le había parecido más… ¿pervertible? Grrr…
—Sí —dijo sin dudar—. Aunque con menos ropa y con más privacidad. —Vio de soslayo a su hermano—. Sin ocupas de por medio. —Después se arrepintió. ¡¿Por qué?! ¿Por qué había abierto la boca y dicho semejantes tonterías?
—Entiendo —musitó ella—. ¿Esperabas que me quitase el pijama si Kanon no aparecía por aquí? —Se acercó a él un poquito más. Estaba demasiado cerca y… Definitivamente no estaba usando sujetador.
—Pajarito… —De pronto, su tono de voz cambió. Ahora, la voz de Saga sonaba ronca: grave y sensual. Esa voz que erizaba la piel de Deltha.
—¿Mmmm…? —El santo se acercó a su oído y sonrió cuando sintió el cambio en el ritmo de la respiración de la amazona.
—Tú también eres una ocupa de este templo.
Deltha abrió los ojos de par en par. Su primera expresión fue de sorpresa, pero rápidamente mutó a una de travesura total. De pronto, estalló en carcajadas.
—¡Qué malo eres! —Le picó las costillas, justo donde sabía que le haría costillas, y esbozó una sonrisa de éxito cuando Saga se revolvió.
—¡Boba! —Casi respiró aliviado al escucharla reír—. ¿Qué pensaste? ¿Qué te estaba seduciendo?
—¿Lo harías? —le desafió, mordisqueandose el labio inferior de un modo que difícilmente podía pasarle desapercibido.
—¿Te gustaría?
—¡Wow, wow, wow…! —Kanon intervino con las manos en alto y, por segunda vez en todo el rato, Deltha y Saga repararon en su presencia—. ¡Calmad vuestras hormonas! Tened la decencia de esperar a que me marche al menos.
—¿A qué venías? —preguntó Saga y, en el tono burlón de su voz, Kanon encontró ironía.
—Ja ja. Gracioso —dijo—. Solo venía a...
—¿Sabes qué, Apus? —De nuevo, le estaba ignorando. Kanon alzó las cejas, entre curioso e irritado—. Hace frío y ese pijama es muy finito. Más vale que te vayas a la habitación y te pongas un suéter encima. —Saga se levantó y poco le importó que Deltha casi cae a suelo en el proceso. La tomó de los hombros, la hizo girar para que quedase de espaldas a él y de frente a la puerta y, sin apartar sus manos de ella, la empujó para que avanzara en dirección al pasillo—. Podrías resfriarte.
—¿Me estás sacando?
—Sí.
—¡¿Por qué?!
—Porque yo me voy a mi dormitorio y no voy a dejarte aquí con Kanon. ¡A saber que podría pensar de ese pijama provocador!
—¡Oye! —De nuevo, las quejas de Kanon no fueron escuchadas.
—¿Mi pijama te parece provocador? —Deltha rió—. Géminis, ¿estás teniendo pensamientos sucios con Mickey?
—No. —Con Mickey, no. Con ella, sí. Demasiados—. Anda, Apus, camina. Mueve el culo. —Algo en su cerebro hizo corto circuito. Sus cejas se levantaron. ¡¿Por qué eso había sonado terriblemente sucio?!
—Oh, no sabes lo bien que puedo moverlo…
—¡Apus!
A sus espaldas, escuchó las carcajadas de su gemelo. No sabía si sentirse irritado, reírse también o sentirse abochornado. Lo cierto era que esas cosas, simple y sencillamente, no podían pasar delante de Kanon. A pesar de todo, sonrió.
—¡Una palabra de esto a alguien y eres Santo muerto, Kanon! —advirtió sin dejar de empujar a la amazona, mitad en serio, mitad en broma— ¡Decoraré el resto de tu cara! —El puñetazo que había encajado de Julian, había hecho que su pómulo adoptará un color azulado difícil de disimular.
—¡Soy una tumba! —exclamó divertido. Y en cierto modo, sus palabras, el tono relajado de su voz, hicieron que Saga sonriera un poco más. Parecía que, después de todo, las cosas habían terminado medianamente bien para todos aquel día—. ¡Seguid a lo vuestro! ¡Resolved vuestras tensiones!
—Idiota… —masculló el gemelo mayor. Delante de él, escuchó la risita de Deltha.
—¿Cenarás conmigo más tarde?
—Sí, sólo me daré una ducha primero y te veré en la cocina. —Una ducha de agua congelada, por cierto.
—¡Genial! —Deltha se soltó de su agarre y volteó a verlo, con una enorme y genuina sonrisa en los labios—. Entonces, me pondré todos los jerseys que quieras para que me hagas compañía. ¡Te veo en un rato!
Y sin más avisos, entró a su habitación a toda prisa.
Mientras, Saga se quedó ahí, en el pasillo, junto a la puerta de su propio dormitorio. Cuando la vio desaparecer, dejó caer la cabeza y un bufido abandonó sus labios. Una sonrisa se dibujó en ellos sin que la viera venir.
¿Qué clase de locura era esa? ¿Cómo habían llegado a ello?
Descubrió que mientras menos pensara en ello, sería mejor. El asunto de Aioros y Janelle podía esperar. Su cabeza necesitaba un descanso… Y otras partes de su cuerpo también.
-Continuará…-
NdA:
Aioros: Vosotros los geminianos no teneis la cara hecha cara para encajar golpes…
Kanon: Este maravilloso rostro se creó para ser admirado, no para…
Angie: Pues como que Julian no lo admiró mucho… Cof, cof…
Kanon: Puede decirse que fue un éxito.
Milo: ¿Un éxito mayor que el del arquero? ¡Me siento orgulloso!
Aioros: ¡Milo!
Saga: ...éxito…
Angie: ¡Saga! ¡Espabila!
Saga: ¿Eh? ¿Qué? ¿Qué sucede?
Kanon: Las hormonas lo tienen atontado… ¿Debo comenzar a esperar escenas perversas en mí templo?
Saga: ¡Es mí templo!
Shion: ¡Chicos! Hay cosas más importantes en la vida. ¡Todos atentos ahora!
Milo: Eres un poco aguafiestas, Maestro. Desde el cariño y el respeto.
Shion: Se vienen tiempos agitados, así que portaos bien. ¡Despedid el capítulo!
Saga: Alguno de mis once hermanos, o doce ahora que parece que Julian es un Mini-Kanon adoptivo, puede hacerlo…
Angie: Ya lo hago yo. ¡Atención lectores! ¡Hasta el siguiente capítulo! Prestad atención, que todo se pone más interesante. ¡Hasta la próxima!
