NOTA: Este capítulo tiene contenido recomendado para mayores de 18 años. ¡Avisados estáis! Luego no os quejéis si os comen los monstruos…

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Renacer 58: Pasado, presente y futuro

Había dormido poco, como era usual en él, pero se había dado el pequeño placer de quedarse un poquito más de lo habitual en la cama. Luego se había dado una ducha larguísima bajo el agua casi hirviendo. Si todo iba bien Shion estaría a cargo de Julian y Sorrento al menos durante unas horas. Después, sabía que lo más probable era que a Aioros y él les tocase, antes o después, ocuparse del mocoso.

Saga gruñó de pensarlo y se sobó los ojos. Estiró los músculos y se crujió el cuello. Después, cuando terminó de vestirse, suspiró. No había dejado de pensar en las marinas desde que habían llegado, pero de alguna forma, era otra cosa lo que se había hecho con el papel protagonista en su cerebro.

Aioros salía con alguien.

La idea era extraña, porque nunca antes se había imaginado al arquero inmerso en una relación romántica con una mujer que no fuera Deltha. Más extraña aún después de todo lo que había pasado. Por un lado, la ruptura: tanto con Del, como con él. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Semanas? ¿Meses? ¿Era suficiente para olvidar a la única persona a la que decía haber querido y superar el gran drama por el que también le había sacrificado a él? ¿A su mejor amigo? Pero… ¿Quién era él para juzgar?

Allí, parado frente al espejo, desenredándose la melena mojada, sus ojos volaron fugazmente al lugar que usualmente ocupaba la pluma dorada en su cuello. Se quedó quieto, contemplando el hueco que la joya había dejado en él. Aioros había salido adelante y les había dejado detrás a ambos. A él. El patriarcado conjunto había ido bien, iba bien. Y por momentos, casi le parecía que habían recortado la distancia que les separaba. Solo por momentos.

¡Dioses! ¡Cómo le hubiera gustado compartir con él aquel episodio de sus vidas de otra forma…! Lo habían logrado juntos, como siempre debió ser. Y por muy orgulloso que se sintiera, no podía evitar sentir un vacío inmenso en su interior.

Le echaba de menos.

Pero Aioros había elegido y había tomado su decisión. Saga y Deltha estaban fuera de su vida personal, él lo había querido así.

Ahora, a ambos no les quedaba más remedio que seguir: encontrar el rumbo, y continuar. Y eso le llevaba a su siguiente preocupación: Deltha. Ella tenía que saberlo: merecía saberlo. Saga suspiró de nuevo. Tras mucho pensar en ello aquella larga noche de insomnio, había decidido que se lo diría. Él. Nadie más. Al fin y al cabo, los chismes del santuario mutaban con una facilidad asombrosa con el boca a boca.

Dejó el cepillo, se dio la vuelta y se aventuró en su búsqueda. Deltha aún estaba en casa.

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El día se veía prometedor.

Los últimos días habían transcurrido en tranquilidad, a pesar de los augurios que la visita de Julian traía consigo. Después de la tensión de aquel estresante primer día, todo había ido a mejor.

Saori se había encargado del joven dios la mayor parte del tiempo. De algún modo, a Shion le había parecido una estrategia atinada, pues la amistad entre ambos adolescentes iba mucho más allá de su estatus como entes divinos. Además, la joven Athena siempre parecía encontrar un modo de apelar al lado más benévolo del peliazul, controlando su carácter difícil con una encantadora sonrisa.

Le había guiado a través de cada rincón del templo papal. La enorme biblioteca había resultado especialmente interesante para ambos. Aunque, si le preguntaban, Shion diría que lo único que realmente interesaba al dios de los mares, era su pequeña Athena. De pronto, entendía los recelos y preocupaciones de Saga y Aioros tras la visita a Atlantis, y la sensación no le agradaba. Menos mal que Arles se había convertido en una pegatina de los dos, siguiendo sus pasos a donde quiera que fueran.

Pero aquel día, el lemuariano tenía planes especiales. Había decidido que dedicaría unas horas de su tiempo a sus visitantes.

Saori y Julian apenas habían abandonado el templo en esos días, porque desde el ataque de la quimera semanas atrás, existía el desasosiego de que una emboscada de esas dimensiones pudiera volver a hacer víctima a la princesa. Sin embargo, a Shion le interesaba que la reencarnación de Poseidón conociera más allá de los muros de mármol que constituían el palacio principal del Santuario. Mientras más comprendiera de ellos y más empatizara con la orden ateniense, más fuerte sería su compromiso hacia la alianza.

—¿Estás seguro de que puedes hacerte cargo de todo aquí? —cuestionó a Arles. El santo de Altaír levantó una ceja, en un gesto de reproche.

—Por años he hecho este trabajo yo solo, cuando ha sido necesario —reclamó—. Estoy seguro de que puedo mantener al Santuario en pie durante unas horas, hasta tu regreso.

—No he dicho lo contrario. Simplemente quería saber si considerabas necesario llamar a los chicos.

—Estaré bien. Sobreviviré.

—De acuerdo, de acuerdo —El peliverde giró los ojos. Terminó de apilar dos montañas de papeles sobre su escritorio y acomodó su túnica, preparándose para la salida—. Si los necesitas, llama por ellos.

—Vete tranquilo.

Con una coordinación perfecta, la puerta se abrió en aquel momento. La imponente silueta de Julian apareció por ella, y con una reverencia sútil pero perfecta, saludó al Patriarca y santo de Altaír. A sus espaldas, Tethys y Sorrento imitaron el gesto.

—Buenos días. Espero no haberme retrasado.

—No, no, Julian. Has llegado en el momento perfecto. Estaba alistando detalles con Arles antes de marcharnos.

—Oh, perfecto…

—Nos retiramos, Arles. Dejo todo en tus manos.

—Pierde cuidado. Pasad un buen día. —Les obsequió una reverencia correspondida por el trío de adolescentes. Después, esperó con paciencia a que enfilasen hacia la salida.

—¿Iremos al Coliseo? Me gustaría presenciar vuestros entrenamientos.

—Será la primera parada entonces.

Apenas habían dado un paso fuera de la oficina, cuando los pasos presurosos de un guardia llamaron la atención del Patriarca. Frunció los lunares, sorprendido por la conducta del hombre, a sabiendas de que la falta de protocolo con seguridad tenía un motivo poderoso tras de ella. Esperó por lo peor.

—Higinio...

—Maestro, señor —saludó al lemuriano y al peliazul—, por favor, disculpad mi intromisión.

—¿Qué sucede?

—Maestro, esperan por vos en el salón del trono.

—¿Por mí? ¿Quiénes? No espero visitas.

—Mensajeros, su Excelencia… De Andrómeda.

El modo en que la expresión pacífica del lemuriano se enturbió por un brevísimo instante, hizo comprender a Julian que, aunque inesperadas, las visitas eran importantes. Le sorprendía el modo en que el Santuario funcionaba: era como una maquinaria, perfectamente aceitada, que nunca dejaba de trabajar. Avanzaban y se movían a su ritmo, pero nunca se detenían.

Solo pudo preguntarse, ¿qué noticias traían los hombres de Andrómeda? ¿Por qué el Maestro demostraba tanto interés en ellas?

—Julian, Sorrento, Tethys, por favor, disculpadme —dijo, y en su voz había una gravedad que no estaba presente antes—. Me temo que las noticias que traen son importantes y no puedo dejarles esperando.

—Está bien. Nosotros podemos esperar.

—Os agradezco la comprensión —Agachó el rostro con solemnidad. Después, buscó a Arles, quien ante el sonido de la voz de Higinio, había abandonado el despacho para enterarse de las noticias—. Arles, convoca a Saga y a Aioros. Los quiero aquí tan pronto les sea posible.

—¿Quieres que se reúnan contigo en el salón?

—No. Que esperen por mi en el salón del ala Este. Por favor, atiende a nuestros invitados durante mi ausencia.

El santo de Altair asintió.

Y sin más palabras, Shion emprendió el camino hacia el salón del trono, seguido del guardia. La ansiedad corría por su cuerpo a cada paso que daba. Esperaba que los santos de Andrómeda trajeran noticias relevantes consigo.

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Mandó cerrar el salón detrás de él. Los guardias habían sido retirados, de tal modo que solo el Patriarca y sus santos permanecían dentro. Cuando apareció sobre la alfombra roja que decoraba el altar sobre el que descansaba el trono, los mensajeros hincaron rodilla. Antes de tomar asiento, Shion les indicó con un gesto que se incorporaran. Cuando pudo verles a la cara, les sonrió.

Reconoció de inmediato a ambos: Reda y Spica, santos sin armadura al servicio de Albiore.

—Bienvenidos. Vuestra visita me ha tomado por sorpresa.

—Mis disculpas, Maestro —habló Reda. Agachó el rostro nuevamente y los mechones de cabello rosa cubrieron su mirada del mismo color.

—No hay necesidad —negó con el rostro—. Albiore no viene con vosotros.

—No, Excelencia. Él se encuentra liderando una misión de reconocimiento, pero consideró importante que la información de nuestra misión en Lemnos llegase de inmediato a vos.

—Entiendo. ¿Qué habéis encontrado?

—No hay rastros de cosmos en el lugar. A primera vista, no existe nada fuera de sitio, o algo que pudiese hacer de Lemnos un sitio de interés. —Las palabras de los santos hicieron que Shion retuviera el aliento. Sin darse cuenta, su frustración se dibujó en su rostro, cuando tensó la mandíbula.

—¿Habéis visitado Poliojni?

—Sí.

—¿Tampoco encontrastéis nada?

—Hubo complicaciones —explicó Spica. Su voz era todavía la de un adolescente—. Poliojni no está vacía, como pensamos que estaría. Hay una expedición de arqueólogos en el lugar; un campamento con gente que trabaja día y noche ahí. Hemos intentado acercarnos, pero con civiles en la zona, es imposible hacer una investigación más profunda sin involucrarlos, o sin ser descubiertos. Albiore pidió que nos aseguremos que sus disculpas llegasen a vos, Excelencia.

—Por favor, chicos, decidle que sus disculpas no son necesarias. Vuestro equipo ha trabajado duro durante todos estos meses por encontrar información. Habéis tomado una buena decisión al manteros al margen en Poliojni. El enfoque de investigación ahí tiene que ser distinto.

—¿Cuáles son las instrucciones, Maestro? —solicitó el pelirrosa. Shion se tomó unos segundos para meditar su respuesta.

Dejó escapar el aire de sus pulmones con lentitud. Sintió la tensión abandonando poco a poco su cuerpo, mientras sus manos, que segundos antes se aferraban con fuerza a los descansos de su asiento, se relajaron.

Algo era innegable: las noticias le traían confusión.

En sus visitas a Star Hill, los oráculos insistían en Lemnos como un punto de importancia… En Poliojni, en particular. La cuestión era que, aunque la colina de los augurios solía entregar mensajes confusos y muchas veces interpretar sus designios era una tarea titánica, nunca se equivocaba.

Pero sus santos de Andrómeda volvían sin ninguna respuesta. Sus investigaciones no habían dado frutos… Y Shion no dudaba de ellos.

Habían probado que eran un grupo digno de confianza. Se movían con rapidez y eficiencia, buscando por información y enviándola al Santuario. Eran meticulosos, pero también oportunos. Así que Shion dudaba que algo realmente importante hubiese escapado a sus ojos por negligencia. Sin embargo, sabía también que su enemigo era de temer.

Era capaz de mimetizarse en su ambiente y en más de una ocasión los había sorprendido. En su juego de inteligencia, tenían que esforzarse para superarlo. Tal vez, aquello que Shion buscaba en Lemnos requería más que los ojos de su equipo de investigación.

—La información que traéis es suficiente —dijo—, pero no hay más que podáis hacer ahí. Agradeced a Albiore por su esfuerzo… Por el de todos vosotros. Después, abandonad la isla. El Santuario se hará cargo de las investigaciones en Lemnos de este punto en adelante.

—Como ordeneis, Excelencia.

—Os reitero mi agradecimiento por vuestro trabajo. Si necesitáis tiempo para descansar de vuestro viaje, como siempre, sois bienvenidos en el Santuario. —Se puso de pie—. Por ahora, me retiro.

Su paseo con Julian tendría que esperar un poco más. Con la información que habían llegado al Santuario, tenía decisiones importantes que tomar.

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—Hey, ¿hay algo para mí? —la amazona dio un respingo al escucharlo y Saga sonrió brevemente.

—¡Me asustaste! —Deltha se cruzó de brazos, con un mohín de disgusto plasmado en el rostro—. Otra vez…

—¡Perdón, perdón! —él alzó las manos en señal de rendición—. No fue mi intención. ¿Qué haces aquí todavía? Pensé que ya te habrías ido… —mintió, sabía perfectamente que seguiría en casa.

—Enseguida… ¿sabes de esos días que no quieres salir de la cama? —sus ojos color miel se fijaron en los suyos, y por un momento, un nudo se atoró en la garganta del peliazul. Él asintió—. ¿Quieres un poco?

Antes de que pudiera responder, Deltha estrelló lo que quedaba de la tostada con mantequilla en su boca, y a él no le quedó más remedio que aceptar.

—¿Qué demonios? ¡¿Quieres ahogarme?! —con toda la dignidad que pudo encontrar, se quitó un poco de mantequilla de los labios.

—Tu costumbre de salir sin desayunar prácticamente nada es horrorosa —añadió entre carcajadas. Aquel sonido era música para los oídos del santo.

—Ahogarme tampoco ayuda —gruñó. Después, la observó deambular por la cocina mientras recogía los trastes—. Oye… —carraspeó—. ¿Tienes un minuto? Hay algo de lo que quisiera hablarte…

—Oh… claro —dijo, aunque algo dentro de ella se tensó—. ¿Todo bien? ¿Qué pasa? —le miró de soslayo, mientras el peliazul se acomodaba junto a ella, apoyándose en la encimera.

—Ayer me enteré de algo…

Deltha entrecerró los ojos con sospecha. Había llegado a conocer a Saga bastante bien y, lo cierto era que, verlo titubear no era habitual. Fuera lo que fuera que tenía que decir, le preocupaba. Y por tanto, a ella la preocupaba también.

—Vamos, sin rodeos. Escúpelo.

—Aioros está saliendo con una chica de Rodorio.

Silencio. A veces, pedirle a Saga que hablara sin rodeos era exponerse a un ataque de sinceridad a quemarropa. Crudo, sin colorear y sin aviso. Era franco, pero no demasiado sutil.

Saga la miró de soslayo, como ella hiciera previamente con él: preocupado. No quería hacerla daño, pero tampoco quería ocultarle algo importante. Sin embargo, cuando los segundos de silencio aumentaron sin respuesta alguna, empezó a ponerse nervioso. Deltha se humedeció los labios. Cambió el peso del cuerpo de un pie a otro un par de veces y, finalmente, suspiró.

—Algo había oído —dijo al fin.

—¿Lo sabías? —preguntó, alzando las cejas, incapaz de ocultar su sorpresa.

—Sí… bueno, no. —Sus ojos volaron a él fugazmente—. Había oído que le habían visto con una chica aquí y allá, pero… No lo tomé demasiado en serio.

—Oh —atinó a decir.

—De Rodorio, ¿dices? —¿Quería saber? Sí. ¿Le hacía daño? También. ¿Lo entendía? Por su puesto. No era ninguna niña estúpida. La vida seguía. Saga, a su lado, se revolvió inquieto. Deltha casi sonrió al notarlo: estaba preocupado por ella.

—Janelle, la nieta de Stavros —dijo el santo, soltando el aire retenido en sus pulmones.

—Ya veo… —no la recordaba, aunque sus pasos se habían cruzado un par de veces en la aldea. Buscó la mano de Saga, la estrechó y dejó caer la cabeza contra su hombro. Apenas un segundo después, el brazo del peliazul la rodeó atrayéndola hacia sí.

—¿Estás bien? —Deltha asintió, pero no dijo nada—. Creí que debías saberlo.

—Creíste bien —suspiró, cerrando los ojos, y tras unos segundos, rió con cierto pesar—. Esto iba a pasar antes o después.

—Supongo que sí, pero…

—¿Te sorprendió?

—Francamente, sí —apoyó su cabeza sobre la de ella—. Si Ángelo no me lo hubiera dicho, no me hubiera enterado. —Enterarse, se enteró a duras penas. El cangrejo eligió justo el momento en que sus pasos, su mirada y su corazón herido se cruzaron con Naia por primera vez tras el desastre. La había evitado con éxito, como a la peste—. Aioros no hizo o dijo nada que me hiciera pensar… —Y eso dolía: saberse fuera de su vida—. Cómo sea, no importa.

—Es hora de pasar página, Saga —se acurrucó en sus brazos y aspiró, sin darse cuenta, su aroma con los ojos cerrados—. La vida sigue, y todos tenemos derecho a continuar y rehacernos. Así que… es hora de hacer lo mismo. —Alzó la mirada y buscó sus ojos—. Nosotros también lo merecemos, ¿no crees?

Saga se mordió el labio al escucharla y, después, apretó los dientes con nerviosismo. ¡Dioses! ¿Qué estaba pasando con sus vidas?

—Sí que lo mereces, pajarito —besó su pelo—. Sí que lo mereces… —Deltha alzó la mirada y tomó su rostro entre sus manos, obligándolo a mirarla.

—Tú también, Saga. No lo olvides. Saldremos de esta juntos —lo decía muy en serio.

Ella sonrió al decirlo: un gesto triste y melancólico, quizá… pero había pasado por más rupturas antes. Las había superado, y era cierto que ninguno de esos chicos se había asimilado a lo que había sentido por Aioros, pero… La tormenta pasaría y, eventualmente, su corazón dejaría de doler. Lo sabía. Estaría bien mientras Saga estuviera a su lado. No necesitaba a nadie más… o quizá no quería a nadie más.

De pronto, Saga se respingó y arrugó el ceño. Conversación cósmica: a Deltha no le fue difícil de adivinar.

—Tengo que irme al templo, Del…

—Sí, ve, ve Ilustrísima…

—¿Estarás bien? —el peliazul se separó unos pasos, y ladeó el rostro mientras la contemplaba.

—Tranquilo, lo estaré.

Saga le guiñó el ojo y, tras llamar a Géminis, desapareció con el brillo de una estrella en mitad de la oscuridad de la Otra Dimensión. Tan pronto él se fue, Deltha dejó caer un par de lágrimas que rápidamente secó y ahogó un sollozo. Se quedó ahí unos minutos más, observando el vacío que el gemelo había dejado… y tras un rato, respiró hondo más tranquila.

No estaba enamorada, lo sabía. Había pasado esa fase ya... pero aún dolía.

Frunció el ceño, disgustada.

Ya. Fin.

Aquella sería la última vez que lloraría por el arquero. Esa parte de su vida había quedado definitivamente atrás… y lo que se presentaba por el horizonte, era más agradable. Sin querer, sus ojos viajaron al punto por donde Saga había desaparecido…

Definitivamente sí, infinitamente más agradable.

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—"Los mensajeros de Albiore estuvieron aquí más temprano." —Los ojos azules de Aioros, hasta entonces atentos a la puerta frente a ellos, buscaron el rostro del gemelo. Fue solo un segundo el tiempo que sus miradas coincidieron, antes de que regresaran su atención a los elaborados diseños de madera, oro y plata del portón.

—"Lo sé. ¿Quién te dijo?"

—"Tengo mis informantes."

—"¿Átalo?" —preguntó el arquero. No obtuvo más respuesta que un gruñido que le dijo que estaba en lo correcto—. "Lo sabía."

—"¿El tuyo?"

—"Adivina" —Saga se tomó un momento. Miró de soslayo al castaño, como si en su rostro pudiera encontrar las respuestas que buscaba. Sabiéndose el centro de su escrutinio, Aioros levantó una ceja y esbozó una sonrisa traviesa. El gemelo arrugó el ceño.

—"Zidantas" —Al verlo ensanchar la mueca en sus labios, supo que había atinado.

Átalo y Zidantas eran dos miembros de la Guardia Real, por lo que se encontraban asignados de manera permanente al Templo Papal. Zidantas era un superviviente de la antigua Guardia, de la que Aioros había sido capitán tras haber ganado su armadura catorce años atrás. En aquel entonces era uno de los miembros más jóvenes del grupo y, ahora, era el más viejo de ellos.

Átalo había vivido muchos menos años que Zidantas, y era uno de los miembros más recientes. Se había unido tan solo unas pocas semanas atrás, cuando la plaga obligó a renovar a los guardias, tras la caída de un par de ellos bajo el yugo de la enfermedad.

—"¿Te dijo de qué fue la reunión?" —El santo de Sagitario negó.

—"Shion retiró a todos. Aunque…" —El peliazul guardó silencio y no apartó la vista de él, interesado en lo que tuviera que decir—. "No sé"—suspiró—. "Últimamente, Shion está demasiado inquieto con el tema de Lemnos."

Oyó a Saga chasquear la lengua pues en el silencio de su conversación cósmica, cada gesto, sonido o reacción se sentía magnificado. Aunque menos expresivo, Aioros estaba igual de desconcertado.

Su naturaleza opuesta quedó al descubierto cuando a la vez, los dos actuaron. Aioros tiró el cuerpo hacia adelante, reposando los brazos sobre la mesa. Saga, en cambio, se plantó en su asiento, descansando la espalda contra el respaldo de su silla y cruzando sus brazos a la altura de la pecho. La mirada de ambos, sin embargo, encontró un punto en común sobre la puerta de la entrada al salón.

Shion había mandado por ellos unos minutos antes. Su presencia en el templo era requerida y el salón del ala Este, que miraba hacia la montaña les había sido asignado durante la espera.

—"¿Qué opinas de eso? De Lemnos" —cuestionó el santo de Géminis. En un movimiento casi imperceptible, Aioros subió los hombros.

—"Si Star Hill es tan insistente como asegura Shion, creo que deberíamos estar más atentos" —Sin embargo, el silencio del gemelo que siguió a sus palabras, despertó su curiosidad—. "¿No lo crees así?"

El tiempo de respuestas se agotó rápidamente cuando la puerta —aquella que mantenían bien vigilada— se abrió, dando paso a Shion, flanqueado por Arles y la comitiva atlante. Al verlos, el par de santos se puso en pie. Con un movimiento de cabeza, perfectamente sincronizado entre ambos, dieron la bienvenida a los recién llegados.

—Buenos días —dijo Shion. Correspondió las reverencias de los más jóvenes y continuó—. Agradezco vuestra presencia aquí, tan temprano. Sé que tenéis otras actividades que requieren de vuestro tiempo y atención, así que os agradezco todavía más hayais acudido a mi llamado. Asumo que ambos estáis al tanto de nuestras visitas matutinas —el lemuriano no era ningún tonto, nada se movía en el templo escapando de su conocimiento—, así que entenderéis que tengo algunos asuntos que atender aquí hoy.

—¿Algo que necesitemos saber?

—Nada prioritario —respondió al geminiano. Ya después se tomaría unos minutos para discutir detalles con ellos—. Por el momento, quisiera pediros que acompañaseis a Julian durante algunas horas. Mi intención era hacerlo yo mismo, pero me temo que mi tiempo se ha comprometido. Sé que cuento con vuestro apoyo.

Ninguno de los dos respondió; ni para aceptar, ni para negarse. No tenían esa opción tampoco. Aunque la solicitud de Shion llegaba como una petición, no lo era.

—"No me apetece ser niñera de Julian hoy" —dijo el arquero, directo a la mente del peliazul. Como respuesta, le oyó gruñir en su cabeza.

—"Ni hoy, ni nunca."

—¿Hay algo en especial que os apetezca hacer? ¿Algún plan en específico? —preguntó Aioros, esta vez al joven dios.

—¿Os importaría mostrarme vuestro Coliseo? Tethys me ha contado acerca de las rutinas de entrenamiento de vuestro ejército y me gustaría verlo con mis propios ojos. Estoy seguro de que algo valioso podría aprender para el mío.

—Seguramente sea así —aseveró el peliverde—. Me reuniré con vosotros tan pronto sea posible. Mientras tanto, os dejo en las mejores manos.

Se inclinó en una reverencia hacia sus visitantes y, tras dirigir una mirada de agradecimiento a sus chicos, se marchó con Arles tras sus pasos. Dejados en soledad con la comitiva atlante, los santos intercambiaron miradas.

Saga tomó la delantera, adelantándose un par de pasos al dispar grupo. La alfombra que cubría el pasillo del salón, acalló el sonido metálico de sus botas. Ese día, como cada vez que visitaba el templo papal a solicitud del Maestro, vestía su armadura.

De pronto, se detuvo y giró. Su capa y su melena se mecieron en el aire.

—Venid, caminemos hasta el Coliseo —les dijo. Sus ojos verdes miraron fugazmente a la ventana tras de ellos; los nubarrones oscuros presagiaban tormenta—. Y suplicad a los dioses que el agua no nos pille durante la travesía.

—¿Es necesario? Caminar, me refiero… —aclaró el peliazul más joven cuando la mirada de ambos Santos se tornó interrogante—. El sendero que desciende al Coliseo es una tortura en forma de escaleras…

—El cosmos de Athena impide el uso cualquier tipo de técnica de espacio-tiempo o teletransportación —explicó Aioros—. Ni siquiera Shion, quien es el Patriarca y posee las mejores habilidades para ello, puede moverse de esa forma a través de las Doce Casas. Así que sí, tendremos que caminar.

Era una mentira, pequeña e inocente. O al menos, lo era de un tiempo para acá, cuando la propia diosa levantó la prohibición.

Sin embargo, los misterios del Santuario debían continuar siéndolo a los ojos de los extraños. Y, estaba por demás decir, que la desilusión en la mirada de Julian, había sido lo suficientemente satisfactoria como para sostener la mentira.

—Caminemos entonces —masculló de mala gana. Y, como estaba acostumbrado, adelantó a Saga para tomar el mando del grupo.

"Vos por delante, Alteza" —La voz de Saga resonó en la mente de Aioros haciendo burla del dios invitado y robándole una sonrisa.

"Este será un día muy largo…"

"Y que lo digas, arquero. Y que lo digas."

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Llegar al Coliseo les había tomado más de media hora. El camino lo habían recorrido a buen ritmo, sin demasiada prisa pero con paso ligero. La ausencia del sol les fue beneficiosa, pues no habían sufrido del agobio de los calores de esa época. Sin embargo, la fuerte brisa que soplaba desde el Mediterráneo había asolado las largas melenas de casi toda la comitiva durante el largo trayecto.

Para Aioros, cuyos rizos se habían mantenido inmaculadamente peinados, la escena había sido casi divertida… O al menos lo fue por un rato, hasta que la dirección del viento cambió, encaprichándose con sus capas. Hubo incluso una ocasión en la que el aire sopló con tal fuerza, que elevó las finas telas de seda hacia arriba, como si de las velas de una embarcación se tratase y amenazó con hacerlas caer directamente sobre sus cabezas. Para su fortuna, Saga y él habían reaccionado con presteza, evitando que el incidente se tornarse bochornoso. El resto del camino lo había pasado extrañando sus alas.

El Coliseo era, sin lugar a dudas, la joya del Santuario. Tras su regreso, Shion se había esmerado en devolverlo a sus viejas glorias. Los constructores del Santuario había trabajado meses en él, sin descanso. Habían limpiado la piedra manchada por el tiempo, recuperado los labrados en la roca y el mármol, e incluso habían traído arena nueva desde la playa, para sustituir a la anterior, sucia y deteriorada por el uso desmedido.

Saga y Aioros habían guiado a Julian hacia el palco del Patriarca, donde las vistas del complejo eran impresionantes. Desde ahí, se apreciaba cada rincón de la arena. Además, contaba con un techo, enmarcado con labrados de laureles en mármol rosa, y coronado con el símbolo de Niké, cubierto de finas láminas de metal dorado, que los protegería si el cielo se abría y la lluvia se derramaba sobre el Santuario.

—Es más grande de lo que imaginaba. Desde afuera se aprecia más pequeño —acotó Julian. Saga asintió antes de tomar la palabra.

—Muchos de los equipos entrenan aquí, aunque existen excepciones. A veces puede sentirse abarrotado y eso complica la práctica de ciertas técnicas, o estrategias de batalla.

—¿Vuestros equipos están aquí?

—Ahí, en el extremo norte. Conoces a Shaina de Ophiuco, ¿cierto?

—Sí, estuvo en Atlantis durante la batalla contra los Santos de bronce. —A su lado, Tethys frunció el ceño.

—Ella es parte de mi equipo —para su desgracia—. El otro es Argol de Perseo, y el pequeño es Jabú de Unicornio.

—¿Y el tuyo? —El dios preguntó a Aioros. El arquero dio un paso hacia adelante y apuntó hacia la salida noreste del recinto.

—Aquellos tres. La amazona rubia es Tatiana de Lince; los otros dos son Asterión de Perros de Caza y Spartan. Spartan es un santo sin armadura.

—Santos sin armadura… —musitó. Su mente voló hacia Kanon.

—Hay muchos hombres y mujeres con grandes capacidades quienes, por una razón u otra, no fueron elegidos para vestir un ropaje sagrado —dijo Aioros. Saga continuó con su idea.

—En otros tiempos, habrían sido considerados guerreros en desgracia y hubiesen sido rechazados. Pero Athena y el Santuario actual creen firmemente que una armadura no hace al santo. Todo aquel que desee luchar por la justicia y por nuestra diosa, es bienvenido en el ejército.

—¿Cualquiera?

Cualquiera —y Saga sabía bien a quién se refería.

Julian ya no respondió. En vez de eso, concentró su atención en la arena frente a él.

Se detuvo durante algunos minutos a observar el proceder de los diferentes equipos. En un par de ocasiones, hizo apuntes a Sorrento, e incluso se permitió preguntar a sus acompañantes acerca de los ejercicios que explotaban las bondades de trabajar como un equipo.

Su ejército era infinitamente más pequeño que el ateniense. Los siete marinas eran el rango más fuerte, pero también el más pequeño. El resto estaba constituido de soldados a medio entrenar, a quienes pocas veces se les prestaba atención. Era precisamente ese abismo entre sus rangos la mayor debilidad del ejército atlante.

—Decidme algo. —Volteó de pronto hacia Saga y Aioros—. Este entrenamiento… ¿Os ha rendido frutos? Para vosotros, como santos dorados, invertir tiempo en el entrenamiento de los rangos menores tiene que ser un dolor en el culo.

—Somos el rango más poderoso, pero ni siquiera nosotros somos omnipresentes —Saga respondió—. En una guerra, no podemos velar por todos. En la medida en que sean capaces de cuidarse a sí mismos y entre ellos, nosotros podemos ocuparnos de asuntos más importantes. Así que no diría que se trata de una pérdida de tiempo.

—Y funciona. ¡Vaya que funciona! —intervino el arquero.

—¿Te lo parece?

—Es… —se encogió de hombros y midió sus palabras—. Es como una carrera. Si avanzas solo, no puedes medir si vas más lento o más rápido que los demás. Tampoco sentirás el empuje que da tener a alguien corriendo a tus espaldas. Nadie tira de ti hacia adelante. Pero un equipo hace precisamente eso: te obliga a ser mejor. A quienes van rezagados los obliga a avanzar al ritmo de los que mejores; y a los mejores, les obliga a mirar atrás, hacia aquellos que caminan tras de ellos.

Julian escuchaba con atención sus palabras, o eso le parecía al arquero. No hizo ningún comentario, más allá de un sutil asentimiento con la cabeza, indicando que comprendía a ambos. El resto de sus ideas se las reservó.

Tras unos minutos más, cuando varios de los entrenamientos entraron a un punto de receso, el joven dios retrocedió. Se apartó de la baranda del balcón y tomó asiento en el trono de mármol destinado a la diosa regente o a su Patriarca. Estuvo ahí, en silencio, por algunos segundos. El murmullo de las voces llegaba desde abajo y le pareció que sonaban más relajadas. Sin embargo, hubo cierto revuelo cuando un trueno explotó a la distancia, haciendo cimbrar a todo el recinto. El mismo Julian se estremeció.

—¿Deseas mirar algo más? La lluvia no tardará en caer —Saga levantó los ojos al cielo.

—Quizás sea buena idea volver, y al menos pasar la tormenta a resguardo.

Saga asintió. Por una vez, las ideas de Julian le resultaban inteligentes.

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No eran los únicos que habían tenido la idea de abandonar el Coliseo antes que la tormenta comenzase. Un éxodo de santos, amazonas y otros rangos se encontró con ellos a la salida del coloso. La gran mayoría se tomó unos segundos para ofrecer una reverencia antes de continuar su camino. Sin embargo, a pesar del impecable protocolo, las reverencias eran frías y no delataban genuino respeto hacia el dios. No así, cuando las miradas recaían en Saga y en Aioros, algo en ellas cambiaba. Todo lo bueno y admirable que él no infundía, lo inspiraban ellos.

Julian se recordó que esos detalles le eran indiferentes. No estaba ahí para ser gustado, ni reverenciado. Estaba ahí por supervivencia. Ellos lo necesitaban, tanto como él al Santuario.

—¿El día ha terminado para ellos? —preguntó a los santos que le acompañaban.

—No. La mayoría tienen otras actividades después de los entrenamientos.

—¿Por ejemplo?

—Entrenamientos entre rangos iguales —Saga continuó—; algunos ayudan a los entrenamientos de los guardias, otros tienen asignaciones de vigilancia en sectores del Santuario…

—Se hace mucho más en el Santuario que sólo entrenar. De algún modo, todos contribuimos con algo más que fuerza bruta y cosmos —terció Aioros.

—¿La villa?

—Rodorio. Ellos dependen del Santuario en más de un sentido. Cierto es que han vivido siglos bajo el abrigo de Athena y sus santos, pero la relación que existe va mucho más allá de la guerra. Ellos nos proveen de alimentos, vestido, servicios… Nosotros impulsamos y sostenemos su economía.

—Es extraño —acotó el joven dios ante las explicaciones del gemelo. La mirada esmeralda de éste le interrogó acerca de sus inquietudes. Tethys y Sorrento se revolvieron ligeramente nerviosos a causa del interrogatorio de Julian—. Esta gente ha decidido vivir aquí, aislados de la modernidad y de la vida "normal"... Expuestos a todo tipo de peligros. ¿Por qué?

—Son gente noble que ha sobrevivido a mucho. —Esta vez, Aioros tomó la palabra—. La mayoría provienen de familias muy antiguas, cuya historia está íntimamente enlazada a la supervivencia de nuestra Orden. Diría que comprenden la importancia de su rol en la trascendencia de Athena y la humanidad. Puede que a primera vista, sean simples aldeanos, mortales comunes y corrientes ante los ojos de cualquiera, pero sin ellos, nuestra Orden no sobreviviría.

—Moriríamos de hambre para empezar… —musitó Saga, y había un aire juguetón en su voz que hizo sonreír al arquero.

—Para empezar, sí.

—Entiendo. —El peliazul más joven asintió.

—El funcionamiento de vuestra Orden es muy distinto al de Atlantis —Sorrento habló—. En Atlantis no tenemos civiles, o al menos no en forma de familias, como las tenéis aquí. Es mucho más arriesgado pelear de ese modo.

—Pero también le da un aire muy distinto a este lugar. —Aunque las miradas sorprendidas de Julian y de Sorrento cayeron sobre ella, Tethys no se inmutó—. Atlantis es mucho más fría. Es preciosa, sí, pero aquí en el Santuario, uno puede respirar… vida.

—¿Te gusta aquí?

—Me he acostumbrado bien —asintió como respuesta a la pregunta de su señor.

—¿No os asusta? —Julian regresó su atención hacia los santos dorados. Ambos lo miraron de soslayo.

—¿El qué?

—La responsabilidad de cuidar de ellos… Traer la guerra a sus vidas y que ellos dependan de vosotros para sobrevivir.

De pronto, el silencio se instauró entre ellos, aunque ninguno dejó de avanzar. Hubo un punto, incluso, en que el joven Solo pensó que su pregunta había sido ofensiva, y que no obtendría respuesta. Sin embargo, justo cuando perdió la esperanza, Saga habló.

—No son una carga, si a eso te refieres —dijo con voz suave y profunda—. A muchos los conocemos y los apreciamos. Hay personas que son una extensión de nuestra familia… Crecimos con ellos y ellos nos vieron convertirnos en lo que somos hoy. Así que... —suspiró—. Luchamos por esta gente tanto como luchamos por Athena.

—Saga está en lo cierto. No son una carga, no son un responsabilidad; son una motivación. La gente de Rodorio es esa parte pequeñita del mundo por el que luchamos, y cuyas sonrisas sí alcanzamos a ver. Nos recuerdan por qué existe nuestra Orden y a quienes nos debemos en realidad… Y no son los únicos.

"Joder", pensó Julian. ¿De qué estaban hechos esos hombres?

Porque, por mucho que lo intentase, no alcanzaba a comprender la magnitud que sus palabras encerraban. Eran distintos a todo lo que él había conocido… Eran tan distintos a Kanon.

A él nadie le había enseñado que los más débiles estaban ahí para ser protegidos. Nadie le había dicho que el poder de su divinidad podía usarse para defender a quienes no podían luchar por sí mismos. A Julian nadie le mostró que el respeto se ganaba con nobleza, y no a la fuerza.

Tragó saliva y de pronto, se sintió más furioso que nunca. Esta vez su ira no iba dirigida a nadie más que a sí mismo.

Kanon no le había engañado. Kanon simplemente había encontrado la debilidad que representaba su orgullo y la había utilizado para actuar a favor de sus intereses. Y ahora lo veía más claro que nunca: él era perfectamente capaz de distinguir el bien del mal, siempre lo había sido. Entonces, ¿por qué había seguido a Kanon? ¿Por qué había permitido que llegase tan lejos?

—Tal vez hay algo más que tienes que ver. —El sonido de la voz de Aioros lo sacó de sus pensamientos. Levantó el rostro y, en silencio, se maravilló cuando el vacío de la Otra Dimensión se abrió frente a ellos.

—¿A dónde vamos? —preguntó.

—Al futuro.

-X-

El mar estaba revuelto. Sus aguas, de un azul oscuro como el acero, se habían enturbiado bajo el capricho de las ráfagas de aire. Al romper contra la arena, una espuma blanca y espesa aparecía sobre la superficie.

Las aves marinas insistían en retar al viento, para planear sobre las olas. Sus plumas grises hacían que se fundieran con el cielo. Se lanzaban contra con el agua con el pico por delante y las alas plegadas al cuerpo en busca de los peces que la marea arrastraba. Cuando la cacería rendía frutos, sus graznidos festejaban el triunfo.

En la orilla de aquella playa escondida, la algarabía de las voces infantiles rivalizaba con el chillido de las gaviotas. A pesar de la constante amenaza de lluvia, el entrenamiento de los aprendices continuaba. Si la tormenta caía, una cueva escondida entre las salientes de la roca que formaban la bahía serviría de refugio para los pequeños y sus maestros. Aioria había recordado aquel sitio en días pasados, y le había resultado perfecto para evitar que las prácticas de los más pequeños se vieran interrumpidas constantemente por el mal tiempo.

—No, no, no… Y no.

—¡Pero Milo…! —chilló Aetes. Sus grandes ojos suplicantes hicieron blanco en el escorpión dorado pero no consiguieron conmoverlo.

—He dicho que no. No es un juego.

—Solo una vez. ¡Por favor!

—No soy un fenómeno de circo, enano. —Aioria, quien observaba la conversación entre su compañero y el pequeño, levantó una ceja con interés. Más tarde se burlaría de esa observación.

—Es que queremos saber qué pasará.

—¿La Aguja Escarlata contra una botella de Coca-Cola? ¿En serio? ¡Qué falta de respeto!

—¡Si le haces un agujerito pequeño, podremos beber de ahí como una fuente!

—¡Aioria! ¡Haz algo con estos mocosos! —exclamó frustrado mientras levantaba los brazos al aire. Se dio la vuelta y, con grandes pasos, se alejó del chiquillo para ir en busca de su compañero.

—Oye, tú te ofreciste a ayudarme.

—Pero esperaba un poco más de respeto…

—Son niños. —La mayoría de ellos sin ningún maestro asignado o con maestros jóvenes que tampoco entendían mucho de respeto—. Sé firme y estarás bien. Recuerda: tú eres el adulto aquí.

—¡Exacto! ¿Ellos lo saben?

—Supongo que sí. Debo admitir que son traviesos, aunque Roshi y Aioros los manejan bastante mejor.

—Eso es fácil. Roshi tiene como quinientos años y Aioros… ¡Es Aioros! —El arquero era el héroe y, en los cuentos, solo los necios desobedecen a los héroes.

—Pues mientras ambos sigan de permiso, quedamos tú y yo.

—¡No sé por qué me ofrecí! —Dejó caer la cabeza. Sin apartar la vista de él, Aioria sonrió.

—Venga, niños. Se acabaron los juegos, ¡hora de entrenar! —El león se adelantó a Milo, tan solo un par de pasos. Palmeó sus manos un par de veces para atraer la atención de los más pequeños y vio, con agrado, que los rapaces respondieron a su llamado. Uno a uno se colocaron frente a él, en un medio círculo perfecto. Confundido, el santo de Escorpio frunció el ceño—. ¿Recordáis lo que entrenamos ayer y el día anterior?

—¡Sí! —exclamaron a una voz.

—¡Las luchas cuerpo a cuerpo! —chilló un emocionado Malco.

—¡Lucha grecorromana! —terció Daenes.

—Exacto, exacto —confirmó el león—. Hoy practicaremos un poco más. Además, hoy somos afortunados.

—¿Y eso por qué?

—Veréis que tenemos un invitado —señaló al peliazul, a sus espaldas—. Quizás no lo sabéis, pero Milo fue campeón tres veces consecutivas del torneo de lucha grecorromana de las Panateneas. —Hasta que aquella misteriosa amazona le había pateado el culo delante de todo el mundo unos años atrás, arruinando su racha impecable. Pero Aioria prefirió omitir esa parte—. Por lo tanto, hoy tomaréis clase y recibiréis consejos de uno de los mejores luchadores grecorromanos del Santuario.

Con un chillido colectivo, los aprendices demostraron su emoción. El ego de Milo se recuperó un poquito después de eso.

—Bien, enanos. Quiero ver que habéis aprendido antes. Dividiros en pares, vamos. —A su mandato, los niños obedecieron. Tras unos minutos de caos, se habían organizado en parejas y se mantenían de pie, uno frente al otro, en espera de instrucciones—. Ahora, uno frente al otro. Saludo y… Adelante.

-X-

La Otra Dimensión se había abierto a varios metros de la playa. Saga, Aioros y sus invitados, avanzaron a través de ella. La costa no se encontraba demasiado lejos del Coliseo, pero el cambio en el aire fue notorio. De inmediato, el aroma del salitre inundó sus narices y el viento, que ya de por sí rugía con fuerza, se sintió helado.

Las risas infantiles se escuchaban a la distancia. Sonaban como un murmullo, pero se reconocían con facilidad por encima del barullo de las olas y los graznidos de las aves de mar.

Saga y Aioros reiniciaron el camino hacia la playa. Conforme avanzaban, la piedra bajo sus pies cambió hasta convertirse en arena. Pronto, sus botas se hundían en los finos granos dorados y sus rostros, carentes de la protección de sus armaduras, sentían el picoteo de la arena levantada por el viento.

Julian y sus acompañantes marchaban tras de ellos. Caminaban tras los pasos de los santos, escondidos tras de ellos del embate de la brisa. Mientras sus pasos los acercaban a la playa, el sonido de las voces infantiles se escuchaba con más fuerza.

—¿A dónde vamos? —volvió a preguntar. Se vio momentáneamente distraído por un parvada de gaviotas que voló por sobre su cabeza. La respuesta que buscaba vino de los labios de Aioros.

—Este sendero lleva a una playa escondida. Desde unos días atrás, los aprendices del Santuario utilizan ese espacio para sus entrenamientos.

—¿Cuántos aprendices tenéis ahora mismo?

—Menores de diez años… Trece —respondió el gemelo.

—Hay algunos un poco mayores, pero esos son responsabilidad exclusiva de sus maestros.

—¿Eh? Entonces, los niños que veremos ahora, ¿responsabilidad de quien son?

—Algunos ya tienen maestros asignados, y otros todavía no. Sin embargo, hay santos que se ocupan de ellos como grupo.

—¿Vosotros entre ellos?

—Sí. Al menos antes de que la ausencia de Shion nos obligase a hacernos cargo del Patriarcado, era una de mis funciones. Pienso recuperarla tan pronto pueda.

—Vaya… ¿Y tú? —cuestionó al gemelo.

—Yo estaba a cargo del campamento de las korees. Aunque no participo activamente en entrenamientos, como Aioros con los aprendices.

—Las korees son las aprendizas de amazonas, ¿cierto?

—En realidad, el término koree aplica para cualquier mujer, incluso para quienes visten una armadura. Sin embargo, es más común llamar de este modo a las aprendizas, sí.

—¿Cuántas korees tenéis?

—Unas quince, aproximadamente.

—Me sorprende que tengáis tantos menores en vuestras filas.

Julian no lo vio, pero las cejas de Aioros se levantaron con curiosidad. Prácticamente toda la orden de plata estaba constituida por chicos de menos de dieciocho años y la orden de bronce estaba conformada por niños, donde los mayores apenas alcanzaban los quince años. ¡Por los dioses! Incluso la orden dorada eran, en su mayor parte, un montón de críos a los que Aioros jamás dejaría de ver cómo sus pequeños.

La misma Atlantis no era tan distinta. Capitaneada por un mocoso de diecisiete años, y cuyo rango supremo estaba constituido por niños de la misma edad, no eran más que un grupo de niños peleando guerras.

Todos ellos lo eran, o lo habían sido.

—¡Mirad! —dijo Tethys, de pronto—. Ahí están.

El dios de los mares se detuvo y fijó la mirada en el grupo de niños a la distancia. Chiquillos, eso eran; y sin saber porqué, a pesar de entender que su destino era aquel, algo en su pecho se oprimió.

-X-

El tiempo que pasaron observando transcurrió con rapidez. Contemplar a los niños, ensimismados en su entrenamiento, resultaba entretenido. Eran pequeños, sí; pero también eran aplicados, obstinados y constantes. En algún punto, Julian se pilló a sí mismo sonriendo. Dioses, ¿cuándo había sido la última vez que algo tan sencillo lo hizo sonreír genuinamente?

Aquel inesperado gesto, no pasó desapercibido para sus acompañantes. Aunque Saga y Aioros fingieron demencia, la reacción de Tethys fue mucho más sincera y menos disimulada, ensanchando su propia sonrisa mucho más que la de su señor. Esas pequeñas muestras de humanidad en Julian, le daban esperanza.

—No sé si los recuerdas, pero los dos santos que están con los críos son Aioria de Leo y Milo de Escorpio —explicó la sirena.

—Aioria es tu hermano menor, ¿cierto? —Julian cuestionó al arquero. El castaño asintió—. El parecido es impresionante.

—Aioria y Aioros son quienes se encargan regularmente de los aprendices. Ante la ausencia de Aioros, varios santos dorados se han prestado a ayudar a Aioria. Hoy está Milo, pero Dohko y Aldebarán también han estado aquí en otras ocasiones.

La mención de Aldebarán, de los labios de Saga, hizo que Sorrento se sintiera súbitamente incómodo.

—¿Os gustaría conocer a los niños? Estoy seguro de que a ellos les agradara la visita de un dios como tú —dijo Aioros. Aunque esperaba una negativa de Julian, le alegró verlo asentir, aceptando su invitación.

—Vamos entonces.

Se acercaron con pasos lentos al grupo de niños. Al principio, ninguno de ellos reparó en sus presencias, pues el entrenamiento requería de su completa atención. Sin embargo, no pasó mucho antes de que el inquieto Malco diera una voltereta, exagerando los movimientos que practicaban, y alcanzara a distinguirlos mientras permanecía tumbado sobre la arena..

—¡Oh! ¡Mirad, mirad! ¡Es Aioros! ¡Ha vuelto y trajo a Saga consigo! —chilló. Tras sus gritos, el barullo del resto de los críos cobró fuerza.

—¡Eh! ¡Atentos todos! ¡Vamos, que estamos de entrenamiento! —Y antes de que se diera cuenta, Milo había perdido la atención de los niños. Para su fortuna, Aioria intervino. Estaba más acostumbrado a ellos y sabía dónde y cómo presionar.

—¡Venga, enanos! Aioros os verá haciendo desorden y pensará que no habéis aprendido nada durante su ausencia. Además, quedaréis en vergüenza frente a Saga —De pronto, se hizo el silencio. Internamente, el león se felicitó—. Todos a sus lugares y a continuar el entrenamiento.

En un abrir y cerrar de ojos, la situación se encontró bajo control.

—Te odio, gata dorada… —Oyó susurrar a Milo y sonrió.

—De nada, bichejo del mal.

Unos segundos después, el grupo de Atlantis y sus acompañantes llegaron a donde ellos estaban. Julian se detuvo a un costado del grupo. Observó a los niños quienes, empeñados en lucir lo mejor posible, se esmeraban en seguir las instrucciones que Milo les daba. Después miró hacia los santos a cargo. Se inclinó ligeramente cuando tanto Milo como Aioria, le obsequiaron una sutil reverencia.

—Atención. Deteneos —ordenó el santo de Escorpio—. Tenemos invitados —Los chicos obedecieron y buscaron de inmediato por la mirada esmeralda de Aioria.

—Saludad.

Y con un grácil movimiento, los chicos agacharon la cabeza a la vez. Satisfecho con la conducta de sus pequeños, Aioria dibujó una sonrisa presuntuosa. Arles lo felicitaria algún día.

Se adelantó, junto con Milo, hacia los recién llegados. Ofrecieron una nueva reverencia, más correcta y formal que la anterior. Sin embargo, por el modo en lo miraron, a Julian le pareció que el respeto era forzado.

Con todo, correspondió como se esperaba de él. Sabía algo de modales y de cómo y cuándo usarlos.

—No os esperábamos por aquí —dijo Aioria. Milo continuó por él.

—¿Necesitáis algo?

—No, tranquilos. Pensamos que a Julian podría interesarle el entrenamiento de nuestros aprendices. Antes estuvimos en el Coliseo y pudo ver a los equipos trabajando, así que sonaba como una buena idea que viera un poco más —Saga explicó.

—¿Hoy tocó grecorromana? —cuestionó el arquero.

—¡Sí! —exclamaron los niños. El arquero sonrió y volvió a dirigirse a ellos.

—¿Milo y Aioria os enseñan bien?

—¡Sí! —corearon de nuevo. Pero rápidamente Aetes se hizo con la palabra.

—¿Sabíais que Milo es un campeón de grecorromana? ¡Ganó en tres Panateneas!

—Oh, admirable. —Fue Saga quien le respondió, aunque por dentro, sonrió. Sin duda los chiquillos no habían sido informados del modo en que el Escorpio perdió la corona—. Tendrá mucho que enseñaros.

—Hago mi mejor esfuerzo, Ilustrísimas —Milo agachó la cabeza y, tras las mechas de cabello azul, les guiñó el ojo. Después, giró hacia los niños—. Continuad con el entrenamiento tal como os indiqué antes. —Y, cuando se aseguró que los críos siguieron sus instrucciones, regresó su atención a las visitas.

—Aioros y Saga me han contado de vuestro trabajo aquí. Debo admitir que estoy impresionado; santos de los rangos más altos, dedicando tiempo a los niños… —Omitió el hecho que pensaba en que muchos de esos niños no llegarían a ser santos jamás y por lo tanto, tiempo valioso que era desperdiciado—. No me parece algo común.

—¿Común? Oh, común no es. Tampoco es extraordinario. Diría que es necesario —respondió el león.

—Seguramente Sus Ilustrísimas también os han hablado de lo mucho que el Santuario cambió tras el regreso. Que el rango dorado sea más cercano al resto de los habitantes del Santuario es parte de ello. Los chicos nos respetan, sí. Pero no nos ven como figuras inalcanzables, que pasan de ellos o del resto de los rangos, como sucedía en algunos casos, en el pasado. Somos de carne y hueso, y cuidamos de ellos tanto como podemos… Y lo saben.

—Es curioso escucharos hablar así.

—¿Por qué? —Aioria levantó una ceja.

—Crecí de la mano de uno de vosotros, y su discurso fue siempre tan distinto al vuestro...

—No creciste con uno de nosotros. Creciste con la sombra de lo que fue uno de los nuestros —corrigió el león.

—Kanon odiaba todo lo que era el Santuario, y vamos, sería hipócrita deciros que toda la buena voluntad que veis hoy en día ha estado siempre aquí. Estos cambios, este deseo de hacer las cosas bien, han regresado con nuestro Patriarca y nuestros hermanos —Milo llevó su mirada hacia los santos de Géminis y Sagitario—. Pero durante mucho tiempo, el Santuario no fue más que mierda, que convertía a todos en rivales y enemigos.

—Es un trabajo conjunto.

—Cierto, Aioros. Y los resultados también son de todos. Mirad a los niños y decidme si los esfuerzos no valen la pena. No sólo servirán a Athena con orgullo y valor, sino que servirán a su Orden… A sus hermanos.

—Hoy, nuestro ejército es muy fuerte —Aioria retomó las ideas de Milo—. Pero algún día lo será más, porque los enanos habrán aprendido que ochenta y ocho Santos juntos, son más fuertes que Doce; que un equipo es más fuerte que un solo individuo.

—De acuerdo en eso. Aunque aún así, vamos a patearle el culo a este dios misterioso que nos ha tenido meses bajo la lluvia.

Seh... —Aioria aprobó el comentario de Milo. Le tendió el puño y el escorpión lo chocó con el suyo.

A espaldas de Poseidón, Saga levantó una ceja. Aioros, junto a él, negó sutilmente con la cabeza y sonrió. Los dos sabían que aquel par era tan único como ellos mismos.

Para sorpresa de todos, el comportamiento de Leo y Escorpio no escandalizó ni incómodo al joven dios. Por el contrario, robó una sonrisa de sus labios. Con la excepción de aquella última muestra de complicidad, el resto del discurso le había recordado ligeramente a alguien. No con exactitud, pero sí con ciertos matices conciliadores y de unidad que había escuchado en uno de sus propios marinas: Isaak.

Intrigado cómo estaba, una idea le revoloteo en la cabeza. Había pasado por alto que necesitaba conocer a alguien.

Giró hacia Saga y Aioros antes de hablar.

—Perdonadme, pero ahora que lo recuerdo, hay alguien que me genera curiosidad. —El peliazul y el castaño entrecerraron los ojos, intrigados ellos mismos ante la reacción de Julian—. Conocéis nuestra historia a grandes rasgos, así que sabéis que el vínculo entre el Santuario y mis marinas va más allá de Kanon.

—Isaak… —murmuró Sorrento. El dios asintió.

—Issak es un gran tipo, al menos con nosotros siempre lo fue. Desafortunadamente, al igual que sucedió con muchos otros, su tragedia fue utilizada para generar odio en él, y lo hizo perder el camino. —El discurso de odio de Kanon había sido poderoso y el corazón herido del peliverde había sido infectado con facilidad—. Sin embargo, siempre buscó la unidad entre los marinas y su discurso de hermandad era parecido al vuestro.

—Por supuesto que era parecido. Issak creció bajo el cuidado de Camus y fue educado para convertirse en santo algún día —terció Milo. Julian asintió.

—Al día de hoy, es quien más aboga en favor de vosotros. El aprecio y respeto que siente hacia Camus es envidiable… Al menos a mí me lo parece. —Porque él jamás se había sentido así con respecto a nadie. Quizás había experimentado algo similar hacia Kanon, pero su traición había borrado todo rastro de ese sentimiento.

—Camus sufrió mucho cuando lo pensó muerto. Se culpó todo el tiempo por lo que sucedió. Hoy en día puedo decirte que está feliz de tenerlo de regreso, a pesar de la distancia.

—Es mutuo —respondió a Milo. Ya sabía él de cuánto le extrañaba Isaak—. ¿Creeis que podría conocerle?

—Estás de suerte —Aioria sonrió con complicidad.

—¿Eh?

—Ahí viene.

Por el estrecho sendero que unía el Santuario con aquella playa, divisaron la figura del acuariano.

Camus caminaba con parsimonia, sin prisa pero con un objetivo: supervisar que Aioria y Milo juntos no terminasen haciendo estragos en los aprendices.

Levantó una ceja cuando reparó en la atención que caía en él. Aquel era un grupo diverso: Saga y Aioros en funciones patriarcales, a juzgar por el hecho de que vestían sus armaduras; Julian y su comitiva atlante; y Milo y Aioria, quienes parecían no saber en qué estaban metidos, por la expresión que tenían en el rostro.

—Julian, Sorrento, Tethys… —inclinó el cuerpo en una reverencia. A sus compañeros los saludó como un movimiento de cabeza—. No esperaba veros por aquí.

—Aioros y Saga me trajeron para presenciar los entrenamientos de los aprendices. Ha sido acertado de su parte.

—¿Cómo os ha ido? —Dirigió su atención hacia sus compañeros de Leo y Escorpio. Rápidamente, Milo se hizo con la palabra.

—¡Magnífico! ¿Qué esperabas? Los niños están fascinados con mi presencia. —A sus espaldas, Aioria giro los ojos con travesura.

—Espero que les hayais enseñado algo de utilidad.

—La lucha grecorromana no sólo es una excelente base para el combate cuerpo a cuerpo, sino que enseña disciplina y constancia, además de honorabilidad —explicó Aioria.

—Han hecho un excelente trabajo. Me consta —tercio el joven dios para sorpresa de todos.

—Me alegra escucharlo.

—Aunque la verdad es que hablábamos de ti —dijo Saga, tomando desprevenido al acuariano.

—¿De mí?

—Sí. Les decía que deseaba conocerte.

—Oh…

—En estos días, hoy de manera especial, pensé en Isaak; en el modo en que su discurso es tan parecido al vuestro. Eso te lo debe a ti.

—¿Nuestro discurso? —De inmediato, buscó las miradas de Saga y de Aioros con la esperanza de hallar aclaraciones.

—La unidad, el trabajo en equipo, la importancia de nuestra misión…

—Entiendo —asintió ante las palabras del gemelo—. Crecí a Isaak para que algún día pudiera llegar a ser un santo… Un santo digno de servir a Athena. Así que sí, el discurso viene de mí y de esta Orden.

—Me alegra que pudieras enseñarle del modo en que lo hiciste. Isaak ha hecho una gran diferencia en Atlantis, y en el resto de nosotros. Gracias. —Y para su mayor sorpresa, el joven y arrogante dios le halagó con una reverencia.

Sobraba decir que las expresiones de Milo y de Aioria resultaron mucho más satisfactorias que la reverencia del peliazul. Incluso Saga, quien raras veces era traicionado por sus emociones, levantó una ceja con incredulidad.

—Los agradecimientos no son necesarios. Hice lo que tenía que hacer y, en todo caso, lo que sucedió con Isaak… fue culpa mía.

—Tu pérdida ha sido mi ganancia, Camus.

—Lo sé. Eres afortunado, Isaak es un chico excepcional.

A pesar de que sus pensamientos nunca fueron puestos en palabras, Camus fue embargado por dos emociones: orgullo y tranquilidad.

Orgullo por los logros de quien alguna vez fuera su aprendiz. Isaak se había convertido en un joven listo y digno. Había sabido llevar sus enseñanzas consigo y ahora las transmitía a sus compañeros marinas. Tener la confianza de Julian y ser reconocido por él, sin duda era el mayor de sus logros.

Y tranquilidad, porque Isaak estaba bien. Había encontrado su lugar en el mundo.

"¿Saga? ¿Aioros? ¿Julian sigue con vosotros?" —La voz de Shion en sus cabezas, les pilló por sorpresa.

"Sí" —respondió el peliazul.

"Cuando hayáis terminado vuestro paseo, me encontraré con vosotros en la entrada a las escaleras zodiacales. Estoy listo para atenderlo" —Los dos Santos intercambiaron miradas. No era necesario que Shion se lo repitiera.

—Lamento interrumpir pero… Julian, el Maestro ha terminado con sus asuntos y desea verte. ¿Quieres ir ahora? —preguntó el arquero. El joven dios lo pensó por un segundo. Pero cuando los rugido de los truenos le recordó que la lluvia llegaría tarde o temprano, asintió.

—Será mejor que comencemos el camino de regreso. Es una larga caminata hasta el templo papal y no me gustaría que el Maestro esperase de más.

—No irás al templo papal. Le veremos en el inicio de las escaleras hacia Aries. —Cuando Saga respondió, Julian se sintió intrigado.

—¿Sabéis a dónde iremos? —Los dos Santos negaron—. Vale. Entonces, supongo que será una sorpresa.

Por primera vez en un largo rato, tanto Aioros como Saga respiraron con tranquilidad. Así llegaba a su final la misión de ese día: sin bajas que lamentar, sin tragedias que llorar. A pesar de todo lo difícil que era Julian, había una sensación en ambos de que habían hecho algo bien.

"Enhorabuena, Géminis. Sobrevivimos al mocoso y no fue tan mal." —Saga sonrió cuando la voz nítida e inconfundible del arquero sonó en su cabeza.

"Enhorabuena, arquero… Somos libres ahora."

-X-

Había que decir que, a pesar de todo, el día no había sido tan terrible como había pensado inicialmente. La excursión con Julian había sido sorprendentemente interesante y Saga se había dado cuenta de que de alguna forma, habían logrado captar su atención. Incluso ellos —ante quienes Julian se cuidaba mucho de mostrar ciertas emociones— habían podido notar la mirada de interés en el joven peliazul. Interés y cierto entusiasmo por aprender un poco más.

Aioros caminaba a su lado y, apenas un par de pasos más atrás, la comitiva atlante les seguía inmersos en una conversación más distendida y desenfadada de lo que ninguno hubiera imaginado un par de horas atrás. O al menos, Tethys y Sorrento hablaban y reían; de Julian solo escuchaban alguna escueta intervención.

Miró de soslayo al arquero, buscando en su rostro amable algo que delatase su sentir. Su usual expresión transparente, ahora a Saga no se lo resultaba tanto. Al menos no cuando sabía de Janelle y que él no había notado absolutamente nada. Quizá se estaba obsesionando con el asunto… Pero el arquero había disimulado bien: no mostraba ni exceso de optimismo, ni radiante felicidad. Se había mantenido en su sitio. Y ese control emocional era tan desconocido en él, que... Saga se sopló el flequillo. Quizá solamente era que ambos estaban plenamente concentrados en su trabajo, y que su muerta —y enterrada— relación personal no iba más allá de cuatro palabras graciosas en el silencio del cosmos. Gruñó para sí. ¡Se sentía como una exnovia despechada! ¡Por los dioses!

—¿Saga? —cuando escuchó a Julian, se sorprendió. Olvidó sus cavilaciones y ladeó el rostro en su dirección—. ¿Podemos hablar un momento? —Se quedó quieto y, apenas perceptiblemente, alzó una ceja.

Sorrento y Tethys intercambiaron una mirada con cierto nerviosismo, que a ninguno de los presentes le pasó desapercibido. Un solo gesto del rostro del peliazul más joven sirvió para que ambos continuaran su camino. Aioros, mientras tanto, permaneció quieto un momento, expectante. Sintió su mirada sobre sí casi con la misma intensidad con que lo miraba Julian y, finalmente, Saga asintió.

—Nosotros seguiremos —dijo Aioros—. "Se prudente" —Si no hubiera sido obvio ante sus acompañantes, Saga hubiera rodado los ojos con fastidio al escucharlo en su mente, así que se limitó a responder con un gruñido cósmico. Una minúscula sonrisa se dibujó en los labios de Aioros antes de voltear y continuar el camino. No le perdería de vista, Saga lo sabía y, en cierta forma, se sentía más tranquilo así.

Solamente cuando se hubieron alejado lo suficiente como para no escucharles, Julian miró sus ojos y emprendió el camino a su lado.

—¿En qué puedo ayudarte? —preguntó con una cortesía que enmascaraba a la perfección la curiosidad e inquietud que sentía.

—Debo concederos la razón: el Santuario es… especial. —Saga sonrió suavemente al escucharlo. Lo era, ¡desde luego que lo era! Que Julian lo admitiese en voz alta, era un pequeño triunfo personal.

—¿Es lo que esperabas?

—Podría decirse que es sorprendente —estaba emocionado, pero tampoco iba a admitirlo tan claramente. A Julian aún le quedaba un poquito de orgullo marino. La sonrisa de Saga se ensanchó apenas perceptiblemente—. Aunque hay algo que me ha llamado la atención.

—Tú dirás…

—Oficialmente sois ochenta y ocho santos armados con un ropaje sagrado. Ochenta y ocho constelaciones… —Se tornó casi pensativo, como si repasase mentalmente todo lo que sabía de la orden ateniense, pero continuó tras unos segundos—. La proporción de personas sin armadura, es asombrosamente alta: aprendices, korees, guardias, aldeanos, servicio del templo… y santos, digamos, especiales.

—Ajá… —Sabía que Julian lo observaba, especialmente al decir eso último. No era estúpido, sabía por qué, o más bien por quién, lo decía. Una vez más.

—En caso de asalto… ¿podéis protegerlos a todos?

—¿Por qué la pregunta?

—Ya sé que hablamos de ello antes, pero… a como yo lo veo, todo santo con armadura debe tener una función clara y previamente establecida en una batalla. Proteger a todas esas personas vulnerables, ¿no es un problema?

—Tal y como te dijimos, Rodorio ha formado parte del Santuario desde tiempos inmemoriales, y ha logrado sobrevivir. El Santuario no solamente está formado por santos armados: como bien dices, todos aquí tenemos una función y sabemos qué hacer en caso de que algo así acontezca. —Suspiró, odiaba pensar en eso, porque sabía que los daños serían grandes a pesar de todo—. Las partes más vulnerables saben que lo primero que deben hacer es facilitarnos el camino…

—En resumen: no estorbar —Saga asintió con cierto pesar. No le gustaba decirlo así, pero era tan simple como eso—. ¿Y todos esos santos que poseen el poder pero no la armadura?

Tras un par de pasos, Saga se detuvo. Alzó la vista a los oscuros nubarrones que surcaban a toda velocidad el cielo, empujados por el viento furioso. Se humedeció los labios, y finalmente encaró al dios, viéndolo a los ojos. Julian lo esperaba, mantuvo su mirada sin parpadear siquiera. Para Saga, mirarlo, en cierto modo, era como mirar a un Kanon más joven.

—Sin rodeos, Julian —su voz sonó dura, firme—. Lo que sea que quieras decir de Kanon, dilo. —El dios sonrió levemente ante su perspicacia.

—¿Confiais en él y sus habilidades lo suficiente como para permitir que participe en la guerra sin un ropaje que lo proteja? —Ninguno retiró la vista un solo segundo—. ¿En su lealtad en una situación así?

—Sí.

Julian ladeó ligeramente el rostro ante la contundencia de su respuesta. Nada en Saga le hizo pensar que esa afirmación albergase un atisbo de duda. Si mentía o no, Julian no podía saberlo… y le irritaba. Saga, su rostro y sus emociones, eran un muro infranqueable.

—En caso de que yo no pueda hacerlo, Kanon vestirá Géminis en mí lugar. Ese hecho, simplemente, debería decirte unas cuantas cosas: primero, —alzó el índice— una armadura dorada no viste a alguien débil o indigno. Segundo… El camino hasta aquí ha sido una odisea, como bien dijiste tú mismo al llegar. Kanon y yo estamos lejos de ser dos hermanos normales y corrientes… pero eso no significa que no vea lo que es: un guerrero a mí nivel. Y sin ánimo de sonar presuntuoso… —Sus ojos verdes relampaguearon por un segundo con un destello dorado o, quizá, solamente fue un reflejo caprichoso de su armadura. Eso Julian no podía saberlo—. No nos sobran ese tipo de guerreros por aquí. ¿A tí sí? —El más joven no tuvo más opción que darle la razón. Negó con el rostro. Por mucho que odiara admitirlo, sus marinas no estaban a su altura. Se acercaban… pero no lo suficiente.

—Lo que estás diciendo es que confiáis en sus habilidades, que son indiscutibles, independientemente de lo que sucediera hace años con Géminis. Tanto como para pensar que puede resistir vivo lo suficiente en una batalla y hacer una diferencia, sin vestir una armadura que lo proteja y sin morir en el intento. O al menos, vivir lo suficiente para poder hacer esa diferencia.

Saga no pestañeó, continuó mirándolo y escuchando atentamente. Sin embargo, en algún lugar de sí mismo, esa realidad le dolió. No quería a Kanon así de vulnerable en una guerra. ¿Por qué? Porque simplemente le parecía injusto para cualquier soldado. Mas Kanon no era cualquier soldado. No importaba cuán difícil fuera su relación. Ni lo duro que fuera con él. En el fondo, nunca, jamás, había dejado de quererle. Ni tampoco de preocuparse por él.

—No voy a ser yo quien niegue eso —el joven Solo continuó—. Así sucedió en Hades: vistió tu armadura el tiempo que ella le permitió hacerlo, y resistió cuanto pudo ante los Jueces a pecho descubierto. Se llevó a Radamanthts consigo… —Julian suspiró al ver aquel rostro de piedra que lo miraba de vuelta. Saga tenía la asombrosa capacidad de crisparle los nervios tanto como generarle admiración. ¡Malditos fueran los geminianos atenienses! ¡Tan dignos! ¡Tan majestuosos! Y sobre todo, ¡tan controladores!— Quizá no estuve allí, Saga, pero nada sucedió sin que yo no lo sintiera. —Aquel fue uno de los motivos por los que quiso ayudarles, después de todo—. El tiempo que fue mi general, Kanon fue sin duda el mejor y el más poderoso con mucha diferencia. Tenía más experiencia, sí. Pero… —Por un segundo, el más mayor contuvo la respiración. El discurso de Julian estaba empezando a hacer mella en él. Otra vez—. La pregunta que te hago a tí, no como santo de Géminis, ni como segundo al mando del Santuario que eres… Te la hago como su hermano: ¿Confías en él?

Saga no contestó de inmediato. Mantuvo su mirada un par de segundos más y, finalmente la retiró, dibujando una sorprendente y tenue sonrisa. Negó con el rostro sutilmente porque estaba cayendo en la cuenta de muchas cosas escuchando al pequeño Poseidón. Después, volvió a clavar su ojos en él: de un modo más intenso, más fiero. Más seguro.

, confió en él.

Quizá contemplar por primera vez una emoción en aquella fachada impresionante, fue lo que más sorprendió a Julian. Saga sonaba y se veía genuinamente sincero. Aquella muestra inesperada de emociones en su rostro hablaba por él.

—¿Cómo se ha ganado ese derecho después de todo? —musitó. Hacía la pregunta cómo el hermano menor perdido que se sentía, no como un dios. Si Saga podía averiguarlo o no con la intensidad de su mirada, no lo sabía.

—¿Honestamente, Julian? —El más joven asintió—. No lo sé. —La cara de póker en Julian, le resultó casi cómica—. Voy a serte franco. Hubo un tiempo en que Kanon fue todo para mí. Sentía su dolor, igual que él sentía el mío. Veía a través de sus ojos… y él por los míos. El camino que nos llevó hasta el desastre no merece la pena ser revivido. Historia pasada sin remedio. Pero afortunadamente, vivir y morir unas cuantas veces te da una perspectiva de la vida bastante amplia —ladeó el rostro y dibujó una minúscula sonrisa—. Esta última oportunidad que Athena, Hilda y tú nos brindasteis, me pareció una mala broma del destino, y todos estos meses… —negó y chasqueó la lengua con disgusto—, en lo personal, no nos ha ido bien a ninguno de los dos. Ya no somos iguales… más bien somos como la noche y el día. Y aún así… —se encogió de hombros—, le he visto crecer. Igual que he crecido yo —y le había oído disculparse con él, ya de paso—. Pero, ¿sabes por qué confío en él? —al menos en lo que a su faceta como santo se refería—. Porque distingo atisbos de mi pequeño Kanon aquí y allá cuando él no se da cuenta; cuando no actúa, cuando no lo intenta.

—Entiendo… —musitó. Jamás hubiera imaginado escuchar tantas palabras seguidas de labios del peliazul, menos aún hablando de su lado personal: estaba, ciertamente, perplejo.

—Se ha disculpado contigo, ¿cierto? —sabía la respuesta, solo quería ver como Julian lo admitía. El chico asintió, casi a regañadientes—. ¿Te parece que el antiguo Kanon, el que encerré en Cabo Sunion y el que engañó a Poseidón lo hubiera hecho?

—Lo dudo. —Ni tampoco le hubiera dejado pegarle sin responder, eso estaba claro. Julian suspiró, resignado—. Entonces… —algo en su tono de voz, cambió. Se tornó un poquito más suave, más amable y cercano—. ¿No te preocupa el hecho de que sin armadura esté…?

—¿Muerto? —terminó la frase por él—. Me espanta. Nunca le quise muerto, contrario a lo que mis actos pudieran dar a entender. —Suspiró, y alzó los ojos al cielo una vez más—. Lo que creo es que alguien como Kanon sin una armadura, sea la que sea, es una pérdida de talento espectacular que nadie debería permitirse. —No hablaba por hablar. Mientras él estuviera vivo, Géminis tenía dueño, pero había otros ropajes que no corrían la misma suerte.

Julian, cuya expresión había adoptado un aire más severo mientras lo escuchaba con atención, guardó silencio. Podía entender sus palabras, aunque no estaba seguro de que él mismo tuviera la capacidad de perdón del mayor. Cierto era que, por muy hermano mayor que considerase a Kanon, su relación nunca sería como la que los gemelos habían atesorado en sus recuerdos, y ese era un factor más que importante en el asunto.

Se encontró asintiendo con el rostro, comprendiendo. Definitivamente, Saga no hablaba por hablar, y cuando lo hacía tenía una buena razón. Quizá no lo había dicho en voz alta, pero Julian creía entender lo que decía su mirada esmeralda.

Después de todo, la escama del Dragón de los Mares lloraba en soledad... allá, en el derruido pilar del Atlántico Norte.

A lo lejos, a los pies de Aries, el Maestro esperaba por ellos.

-X-

Toda la curiosidad que le provocó la misteriosa charla entre Julian y Saga, Shion la disimuló bien. Al menos, de puertas para afuera, no había nada en su rostro que delatase tal sensación. Y eso que, debía admitir, se había puesto ligeramente nervioso y tenso cuando les había visto en la lejanía con aquellas expresiones serias mirándose a los ojos. Su mirada amatista había buscado a Aioros, que se había encogido muy ligeramente de hombros al notarlo. A su vez, Tethys mordisqueaba su labio inferior con nerviosismo —y eso no le había hecho sentir mejor—, mientras les observaba.

—Maestro. —Julian inclinó el rostro suavemente cuando Saga y él les alcanzaron—. ¿Confío en que las noticias de Andrómeda no sean graves?

—Todo está bajo control —dijo asintiendo—. Siento el retraso. —Vio fugazmente de Saga a Aioros, pero nada en el rostro del peliazul disipó su curiosidad—. Yo me ocupo de aquí en adelante. Os veré más tarde, chicos.

En perfecta sincronía, los dos santos asintieron en una reverencia prácticamente exacta y perfectamente aprendida. Voltearon sobre sus talones y encaminaron sus pasos rumbo al coliseo. Desde donde estaba, Shion solamente atino a verles marchar con una minúscula sonrisa orgullosa plasmada en el rostro. Después, volvió su atención a sus acompañantes.

—¿Nos vamos?

-X-

Habían recorrido el sendero prácticamente en silencio aunque, de cuando en cuando, Julian había dejado escapar un par de palabras de admiración. Sin embargo, cuando Shion se detuvo, contemplando con su exótica mirada el arco semiderruido que se alzaba frente a ellos, el joven peliazul le miró con interés.

—¿Qué es este sitio? —murmuró.

—Es un lugar importante… —lo vio de soslayo y continuó—. Seguidme.

Sus pasos, ligeramente resbaladizos por el barro y la piedra húmeda que enmarcaba el sendero, solventaron las dudas del joven dios en apenas unos segundos. Pronto dejaron el arco atrás. El estanque, de apenas un palmo de profundidad, reflejaba los oscuros nubarrones sobre sus cabezas, mientras las curiosas carpas doradas iban y venían entre su corriente sutil. De cuando en cuando, una boca curiosa rompía la calma de la superficie… y a lo lejos, podía escucharse el suave discurrir del torrente que llegaba hasta allí.

El aire era más espeso en aquel rincón olvidado del Santuario, y el agua brillaba con un tenue resplandor. A Julian no le resultó difícil distinguir el aura de Saori —o de Athena, mejor dicho— fluyendo en él. Sin embargo, sus ojos parecían incapaces de despegarse de aquel impresionante pilar que se alzaba sobre las aguas.

El Pilar de los Doce se erguía en el centro del estanque: magullado, con la piedra oscurecida por la lluvia incesante que castigaba Athenas desde hacía meses. Pero… allí, la mirada muerta de los santos dorados contemplaba el lento discurrir del tiempo. Sus rostros eran perfectos, incluso el modo en que sus cabellos se habían esculpido. Era una obra digna de los dioses: un castigo de dioses.

Porque eso era… o eso había pretendido ser: una prisión eterna, tan hermosa como terrible. Un monumento al terror con el objetivo de impresionar al que pusiera su mirada en él. Un recordatorio de la ira de los dioses… Cada milímetro tallado en aquella roca era una advertencia.

—No pensé verlo… —musitó.

Era un destino cruel. Injusto. Él lo sabía. Era la reencarnación de uno de los Olímpicos, de uno de los tres grandes… Poseidón, ni más ni menos. Sentía y veía a través de sus ojos, y aquel aura que lo había acompañado desde que tenía memoria, era antigua. Le había enseñado muchas cosas, se las había mostrado. Poseidón no era un dios gentil: era gruñón y severo. Pero no era un dios cruel. Al menos cuando estaba en sus cabales.

Él no había estado de acuerdo en aquel castigo. El Dios de los Mares se había negado, había mostrado su descontento… pero de poco había servido. Sus marinas habían muerto sirviendo sus deseos, de igual modo que los santos obedecían los designios de su diosa. Pero Zeus y los demás no habían escuchado. Habían ignorado incluso las lágrimas inconsolables de Athena, la favorita del dios de dioses. Lo demás no era más que un recuerdo borroso.

—Es impresionante —murmuró.

—Lo es —acotó Tethys.

—Hay algo que debo agradecerte, Julian. —El más joven alzó una ceja con curiosidad—. Sé que Poseidón no solo ayudó a traernos de vuelta, sino que intercedió por nosotros cuando decidieron nuestro destino…

—No lo agradezcas. —Suspiró apesadumbrado—. No sirvió de nada.

—Oh, pero sí que lo hizo.

Julian contempló al lemuriano sin despegar los labios. Shion se había acercado al pequeño —pero abarrotado— heroon del lugar. Las agonizantes llamas de las velas se entremezclaban con los pétalos de colores de los ciclámenes y narcisos. El Maestro apartó con cuidado los restos de un par de flores y, con cuidado, prendió una vela. Se tomó unos segundos de silencio, observando la llama.

—Este es un lugar de perdón, Julian. —Buscó sus ojos—. Nuestro destino estaba sellado en esa roca: una vida eterna sufriendo el castigo de los dioses, y contemplando a través de esos ojos de piedra como todo por lo que habíamos luchado se caía en pedazos. —Sonrió con tristeza y continuó—. Apenas recuerdo un par de voces del juicio… no logro recordar ninguna imagen. Sin embargo, si recuerdo el miedo: el propio y el de mis chicos. Estábamos asustados… No tiene caso decir lo contrario.

—¿Por qué dices que es un lugar de…?

—¿Perdón? —Julian asintió—. ¿Por qué otro motivo, sino es el perdón, podríamos estar aquí?

—El amor de Athena.

—Sí, sin duda. —Su sonrisa se ensanchó. Ella les amaba más que a nada en el mundo. No importaba que su deber de diosa dictase que no debía haber favoritos entre los mortales, porque los había: sus ángeles guardianes vestidos de oro—. Pero fue el perdón entre vosotros, Asgard, Athena y Poseidón, eternamente en guerra… lo que obró el milagro. Siempre habéis sido enemigos, pero parece que Julian Solo y Saori Kido no están dispuestos a ser como el resto de las reencarnaciones. —La expresión del peliazul se relajó, y por un momento, se vio orgulloso de aquella alocada amistad que habían construido—. Lograsteis superar milenios de enemistad y guerras, para ayudaros… ayudarnos. —No olvidaban que Julian había sido quien enviase las armaduras doradas al Muro de los Lamentos—. Y aquí estás. —Su mano se posó con suavidad en el hombro del chico, estrechándolo apenas un segundo—. Escuchando todo lo que tenemos que decir…

—Maestro…

—¿Sí?

—Yo… —titubeó. No sabía qué decir. Pocas veces, o nunca, alguien le había hablado así.

Shion había sido siempre correcto en el trato hacía él, pero también distante. Y no lo culpaba, era lógico. Sin embargo, ahora le hablaba de una forma diferente, le miraba y… ¡Dioses! ¡Maldito y afortunado Kanon! ¡Lo que hubiera dado él por tener un hombre como el lemuriano guiando su camino!

—No hace falta que digas nada. —Volvió la vista al Pilar—. Este lugar… Mis chicos no vienen mucho por aquí… pero la gente lo ha convertido en un altar. Es un símbolo. —Paseó su mirada por Tethys y Sorrento, que escuchaban atentamente, y luego buscó sus ojos celestes—. No importa nuestro orgullo, ni nuestro ego. Podemos caer, Julian, pero siempre, siempre… nos levantaremos porque es nuestra naturaleza. Porque estamos juntos…—Vio el rostro tallado en piedra de Kanon, y de algún modo supo que Julian contemplaba exactamente el mismo punto—. Juntos somos mucho más fuertes: somos mejores.

-X-

—¡Argh! ¡Joder!

Al escuchar la maldición, seguida del golpe de la puerta al azotarse, Saga levantó una ceja. Sus ojos abandonaron el libro que tenía en las manos y buscó por el origen de aquella voz femenina. La encontró en la entrada de los privados, luchando por deshacerse de las botas. Estaba empapada y tiritaba, veía los temblores de su cuerpo desde donde estaba. Cuando las botas dejaron de ser un problema, Deltha se arrancó la máscara con un manotazo, y el rostro de metal salió volando para caer en el sofá frente a él, acompañado de otra maldición.

—¿Qué demonios, Apus? ¿Te dio por ser una gaviota?

—¡Llueve a cántaros!

—¿Por qué no usaste los pasajes subterráneos?

—Porque son húmedos, oscuros y huelen raro. Además, pensé que la lluvia me daría oportunidad de llegar seca a Géminis.

—Mala decisión. —Negó con la cabeza y se incorporó. Por unos segundos, la observó: mojada de pies a cabeza, con la melena púrpura pegada al rostro y los labios azules por el frío. Bufó—. Anda, ve a quitarte esa ropa mojada y ponte algo seco antes de que pilles una gripe. Mientras, voy a prepararte una taza de chocolate caliente para que entres en calor. —Se sentía casi optimista, tanto como para ofrecer sin reparos sus nulas dotes domésticas.

—Estaría bien, gracias… —Y entre gruñidos, desapareció de ahí.

Con pereza, Saga se levantó del sofá para encaminarse a la cocina. Había llegado a Géminis un rato antes. Cambió sus ropas por algo más cómodo, se sirvió una copa de vino —porque se la merecía después del día tan largo que había tenido— y se acomodó en el salón a leer un poco, en espera de que su invitada favorita regresara al templo. Le había sorprendido no encontrarla ahí. Era tarde y los entrenamientos habían finalizado horas antes, así que su ausencia no tenía sentido.

Puso las cápsulas de chocolate en la cafetera nueva y esperó con paciencia a que la bebida fuese preparada.

Tras muchos ruegos, había conseguido que Arles le comprara una igual a la del templo papal. Era una máquina a prueba de tontos: fácil de manejar y las bebidas siempre estaban perfectas. La verdad era que no había esperado que Arles accediera a sus peticiones. Por eso se sorprendió gratamente cuando la cafetera apareció en la cocina de su templo días después del incidente.

El olor de la bebida caliente inundó la cocina. Olía tan bien, que incluso el estómago de Saga se quejó. Como si el aroma la atrajese, Deltha apareció en aquel instante. El hecho de que el pijama viniese cubierto por un abrigo, desilusionó al gemelo, no iba a negarlo. Al menos el short del pijama dejaba a la vista sus piernas. Eran bonitas. Le gustaban.

Ante su propio pensamiento, sonrió.

—Justo a tiempo —Saga le acercó la taza a la mesa, cuando se sentó—, bébete el chocolate. Estás literalmente azul.

—Gracias. Me estoy congelando. —Tomó la taza caliente entre las manos, buscando entrar en calor. Sopló antes de beber un trago—. Esto está delicioso.

—Te dije que este artilugio era una maravilla —Saga sonrió y ella lo imitó—. ¿Estas mejor?

—Un poco. —La amazona suspiró.

—¿Dónde estabas? Hace mucho que los entrenamientos terminaron.

—Me entretuve con los chicos —mintió.

La verdad era que, después de la conversación de aquella mañana, su curiosidad la había arrastrado hasta Rodorio. Quizás era masoquismo, pero necesitaba ver a Janelle, observarla y encontrar lo que Aioros había visto en ella.

Había espiado por aquí y allá, siguiéndola, viéndola interactuar con el mundo… Y descubriendo que tal vez, el arquero había elegido bien.

¿Le dolía? Demonios, sí. ¡Su vida entera había girado alrededor de ese chico desde que tenía memoria! Pero también entendía que todo había cambiado. Aioros merecía ser feliz y… le deseaba lo mejor. Como le había dicho a Saga aquella mañana, había llegado el momento de dejarlo ir… Era hora de dejar de dar consejos, y empezar a aplicarlos a sí misma.

—¿Cómo fue tu día? —preguntó al gemelo. No pudo apartar la mirada de él, cuando lo escuchó suspirar. Había cierta nostalgia en sus ojos verdes y eso, a ella, le resultaba fascinante.

—Aioros y yo pasamos gran parte del día con Julian, Sorrento y Tethys. Les mostramos el Coliseo y los llevamos a la playa de entrenamiento de los aprendices. —Del resto de la conversación con Julian no dijo nada.

—¿Y qué le ha parecido al mocoso?

—Creo que le ha permitido ver al Santuario con otros ojos. Empieza a entender todo lo hay en juego en la guerra… Y, sobretodo, comienza a comprender el porqué luchamos. Ha sido un día complicado, pero hoy, por primera vez, le he visto mirarnos con respeto. —Mientras lo escuchaba, su mirada de pronto rebosó esperanza y en su voz sonaba soñadora, Deltha sonrió sin darse cuenta. Saga tenía ese don en ella: sus palabras eran una fuerza arrolladora que la llevaba más allá, a creer todo lo que surgiera de sus labios. Su fe en él era ciega y su confianza, absoluta—. No lo sé, Del. Siento que hoy, de verdad hemos dado una gran paso con Julian y la alianza.

—Eso suena maravilloso. ¡Sabía que lo lograriais!

Estaba orgullosa, se le notaba en el rostro. Y, aunque su opinión podría no tener el peso de la de Shion, o Arles, para Saga era importantísima.

—Fuera de la tortura que ha sido acompañarlo todo el día, no estuvo tan mal. —Agachó la mirada por un segundo, y con aquel gesto que delataba esa timidez que Deltha recordaba de años atrás, esbozó una diminuta sonrisa antes de llevar su mirada a ella.

—Claro que no estuvo tan mal. Mira lo que has logrado… —La amazona extendió el brazo, y sujetó la mano de Saga. La tibieza de su toque le resultó agradable.

—Dioses, pajarito. Hay que ponerte como cinco jerseys más. Tienes trozos de hielo por dedos… —Esta vez fue él quien atrapó las manos de la mujer entre las suyas, buscando infundir algo de calor.

—¡Otra vez! —La voz de Kanon los hizo respingarse. En un santiamén se soltaron y voltearon para encontrarse con el rostro divertido del menor de los gemelos.

—¿Sabes, Kanon? Tienes que empezar a llamar a la puerta —gruñó Saga.

—¡Es la cocina! Se supone que es un área pública del templo. Si queréis privacidad para sesiones de mimos y toqueteos, conseguiros una habitación. En Géminis hay muchas.

—No sé si has tenido muy poco amor o eres demasiado inocente, pero sujetar la mano de alguien no califica como toqueteo. —Deltha añadió, y la ironía en su voz, hizo sonreír a Saga.

—Eh, no desquites conmigo las tensiones sexuales no resueltas, Apus.

—Tranquilo, no desquitaría nada contigo —le guiñó el ojo—. En todo caso, usaría a Saga para liberarlas.

—Gracias… —Saga ladeó el rostro—. Creo…

—Lástima que te resulto demasiado intimidante, Géminis. Podríamos divertirnos juntos. —Deltha se acomodó en su silla, recostando la espalda contra el respaldo y cruzando los brazos a la altura del pecho. Su atención permanecía fija en él y Saga reparó en la sonrisa viciosilla que tenía en los labios y la mirada pícara. Sin que se diera cuenta, entrecerró los ojos e imitó el gesto provocador. Reto aceptado.

—¿Quién dijo que me lo resultas?

—Las mujeres que te quitan el control te hacen sentir indefenso.

—Tal vez ya soy inmune a ti. —Aunque sus hormonas ciertamente no lo eran.

—¿Qué significa eso? ¿Qué quieres divertirte conmigo? —Saga tragó saliva. Cualquiera que fuera su respuesta a esa pregunta, iba a terminar perdiendo: o perdiendo la discusión, o perdiendo el control.

—Oye, eras tú la que quería liberar tensión, pajarito.

—Ay, dioses… —musitó Kanon. A duras penas, ahogó una risilla traviesa.

¡No podía creerse lo que estaba pasando! Sus ojos lo veían, pero su cerebro no daba crédito. Era difícil entender la dinámica entre su hermano y Deltha. Sobretodo para él, quien había estado ahí al principio de la debacle, cuando la cordura de ambos parecía pender de un hilo tras la ruptura con Naia y el arquero. Había visto a Saga tocando fondo, hundido en la mierda de la auto destrucción, y a Apus llegar a Géminis completamente destrozada. Y de alguna forma, ambos se habían aferrado a lo único que tenían: el uno al otro. Hasta que de pronto, algo había cambiado y…

Kanon no podía asegurar lo que sucedería de aquel punto en adelante, así como tampoco habría podido adivinar todo lo que pasó antes. Sin embargo, ¡joder! Era divertido. Mejor aún, era interesante.

—Te diré que es lo que creo, Saga —Deltha habló y su atención regresó a ambos. La vio ponerse en pie y caminar hacia el lado donde Saga estaba, para sentarse sobre la mesa. Casi pudo jurar que por una fracción de segundo, los ojos de Saga se vieron distraídos por las piernas de la mujer frente a él—. Creo que ahora estás muy dispuesto a seguir con el juego, pero solo porque Kanon está aquí y sabes que nada pasará mientras él esté de chismoso.

—¡Eh! —El menor de los gemelos se quejó.

—Pero, si llego a seducirte descaradamente, sufrirás un síncope y caerás desmayado aquí mismo.

—¿Me seducirías? —Deltha se esforzó por mantener la calma. La maldita y sensual sonrisa en los labios de Saga estaba comenzando a hacerle temblar las piernas.

—¿Te gustaría?

—No vas a seducirme desde ahí lejos. —Y antes que la amazona lo viera venir, las manos del santo se cerraron alrededor de su cintura y tiraron de ella. Una fracción de segundo después, estaba sentada sobre sus piernas, con el cuerpo demasiado cerca del suyo y su rostro más cerca de lo que había sentido nunca antes—. Así está mejor…

Por un segundo, no supo qué decir. Era como si la voz de Saga, satisfecha y provocativa como nunca antes, sumada el calor de su cuerpo, le hubieran entumecido el cerebro. Por instinto, sus manos se posaron sobre el pecho del santo, mientras sus ojos inspeccionaron cada centímetro de aquel rostro perfecto, con la atención dividida entre las orbes esmeralda y esa boca masculina que resultaba cada vez más tentadora.

Nerviosa, se mordió los labios con travesura.

—Se está cómoda aquí… —susurró.

—Sí… —Saga no dejaba de verla. Ella no dejaba de verlo. Kanon no dejaba de observarlos a ambos, luchando como un campeón por no soltar una carcajada que arruinase el momento.

—¿Y bien? —Deltha murmuró de nuevo—. ¿Piensas hacer algo más que apretujarme? ¿Mmm? —Saga se relamió los labios. Entrecerró los ojos con travesura y, por alguna extraña razón, sintió que su cerebro cedió todo control a sus impulsos.

—Estás muy ansiosa… —La mano del peliazul trepó por su espalda de modo deliberadamente lento, hasta que se enredó en los cabellos púrpuras, sujetándola por la nuca y acercando su rostro peligrosamente al de él. Algo en el interior de la amazona se revolvió. No podría escapar. De pronto, notó lo pesada de su propia respiración y sintió su piel erizarse—. Solo déjate llevar…

Por un instante, hizo como él le dijo: se dejó llevar. Pudo sentir la distancia entre sus rostros acortándose hasta quedar tan cerca que el calor de sus respiraciones los hizo arder a ambos. Y justo cuando Deltha pensó que los pocos centímetros entre sus labios iban a desaparecer, con el corazón latiendo desbocado en su pecho, la risa de Kanon estalló como una tormenta, rompiendo el embrujo del que eran víctimas.

—¡Ay, dioses! ¡Ay, dioses! —exclamó entre carcajadas—. ¡Esto es un juego terrible! ¡Estáis locos!

—¡Jah! Te gané, Apus —Saga rió de pronto, cayendo en cuenta de lo que pasaba. Ensanchó su sonrisa burlona cuando vio a la amazona entrecerrar los ojos con reproche, pero travesura a la vez. Esperaba lucir tan convincente como ella.

—¡Qué va! ¿Creíste que caí en tu trampa? ¡Bah! ¡Bah!

—No, no, no, no… ¡Esto es muy grande! —El menor de los gemelos, incapaz de dejar de reír, se dio la vuelta, dispuesto a abandonar la cocina—. ¡Os urge la privacidad! ¡Daros una alegría! ¡Echaros un buen polvo! Pero por los dioses, ¡acabad con la tensión!

Y abriendo el portal de su Otra Dimensión, desapareció de ahí.

Deltha y Saga no se habían movido. Cuando Kanon desapareció y los dejó en soledad, únicamente atinaron a mirarse. Esbozaron una sonrisa torpe e incómoda, que a la vez, decidieron ignorar.

El santo apartó las manos de ella y ella, se apartó de él. Se levantó lentamente de su regazo para volver a su asiento. En silencio, dio un sorbo a su taza.

El chocolate se había enfriado.

-X-

—¿Saga?

Cuando oyó su nombre, el santo de Géminis suspiró desde la cama y se acurrucó aún más, abrazando su almohada, dispuesto a ignorar aquella vocecilla diabólica todo lo posible.

—¿Saga?

—¿Mmm? —masculló.

—¿Estas dormido?

—Sí.

Desde la puerta semiabierta, la pelipurpura frunció el ceño. Echó un último vistazo sobre su hombro, comprobando que Kanon no hubiera vuelto de su súbita huida ni estuviera en ningún lugar a la vista y, finalmente, se adentró en el dormitorio cerrando la puerta tras de sí.

De cuando en cuando, la mortecina luz de los rayos bañaba la habitación con destellos plateados, seguida después del estruendo de los truenos. Caminó descalza por el suelo de mármol, dispuesta a enfrentar a Saga fuera como fuera; pero cuando reparó en su silueta tranquila, le resultó imposible dejar de mirarlo.

Hacía horas que se había esfumado del salón alegando que necesitaba dormir. Deltha no lo ponía en duda, pero de alguna manera, sabía que no había hecho tal cosa, igual que ella. Y creía conocer de sobra cuáles eran los motivos.

Acostado boca abajo, tapado hasta la cintura, con las piernas enredadas en las mantas, Saga parecía dispuesto a ignorar su presencia hasta el fin de los tiempos. ¡Dioses! ¡Vaya si sabía por qué había huído! Dibujó un mohín de disgusto y, con los brazos cruzados, se acercó hasta quedar a un par de pasos de él, junto a la cama.

—Sé que estás despierto. —Gruñó cuando no hubo respuesta—. ¿Saga? —La amazona frunció el ceño una vez más—. Vamos… ¡No seas infantil! —Una vez más, el silencio ensordecedor fue la única respuesta que recibió—. ¡Esta bien! Como tú quieras...

Saga entreabrió los ojos e, internamente, se estremeció al escuchar aquellas palabras con tinte de amenaza, pues sabía que ya habían alcanzado un nivel de travesura peligroso para ambos, sin necesidad de que hubiera poca ropa de por medio. Sin embargo, no estaba dispuesto a darse la vuelta y entablar una conversación que no deseaba tener bajo ningún concepto. Inconscientemente, se aferró a la almohada aún con más fuerza, pero en aquel instante, Deltha lo despojó sin piedad de las mantas. El peliazul abrió los labios, dispuesto a protestar, mas ninguna palabra salió de su garganta.

—¡Lástima! Por un momento pensé que realmente dormirías desnudo... —Deltha negó suavemente con el rostro y se hizo un hueco a su lado, sentándose. No le pasó desapercibido el suspiró resignado de su acompañante y esbozó una sonrisa nerviosa. Saga estaba a punto de ceder—. Vamos, solo quiero hablar.

—Pues yo no —espetó—. No hablo a partir de medianoche: como Cenicienta… —Hizo una pausa llena de duda—. Era Cenicienta, ¿verdad? —Deltha dejó escapar una carcajada, asintiendo.

—Vamos… —suplicó—. Solo será un ratito.

—No.

—Por favor… —Agrandó el mohín de disgusto que el santo no vio… pero lo cierto era que comenzaba a resultar aburrido hablarle a su espalda—. Soy tu invitada, tu protegida... ¿no? No querrás que vaya a buscar a Kanon y tenga este tipo de conversación con él después de todo lo que ha pasado hoy… —Tras un par de segundos de silencio, Deltha supo que había ganado la partida. Una maldición escapó de los labios del geminiano en el momento en que se incorporó, y ella se sentó a su lado.

—Dos minutos, Deltha. —Intentó acomodarse la melena lo mejor que pudo—. Tengo sueño. —Aunque nadie, absolutamente nadie, se creería esa excusa. Todos sabían de su insomnio.

—Bien. Me basta. —Pero sabía que seguramente no sería así.

—¿Qué querías decirme?

—Pues… —Por primera vez en horas, sus miradas se cruzaron, y permanecieron enganchadas la una a la otra, lo que pareció una eternidad. Cuando la amazona se percató de ello, carraspeó y llevó sus ojos al suelo—. No podía dormir —espetó, simple y llanamente. De pronto, no tenía la menor idea de qué decirle, o de cómo decirlo… a pesar de haber pasado horas dándole vueltas al asunto.

—Yo tampoco. No me dejas. —Deltha rodó los ojos y golpeó su brazo.

—¡Hablo en serio! —se quejó.

—¡Yo también!

—En este momento no me estás resultando nada adorable, Géminis. —El aludido la miró con seriedad, y al cabo de unos segundos, rompió en carcajadas.

—Vale. Soy todo oídos, pajarito. —Deltha, con una sonrisa plasmada en el rostro, se apartó un mechón de la melena y suspiró.

—Lo de antes… —Al escuchar aquellas palabras, el rostro de Saga se tornó serio de repente—. Fue raro. Muy raro. —La joven lo miró de soslayo, y al verlo, supo que efectivamente, guardaría silencio y la dejaría decir todo lo que quisiera—. Fue divertido, pero… —Pero era la primera vez en todos sus juegos, en que realmente maldijo el momento en que se separó de ella. Quizá era todo el torbellino de emociones que sentía aquel día, pero… ¡Dioses! El calor que la había hecho sentir con su cercanía…

—Fui demasiado lejos, lo siento —se apresuró a decir.

—¡No! —exclamó ella. Saga alzó las cejas sorprendido, mientras volvía a fijarse en su rostro cargado de travesura.

—¿No?

—¡No! Es que… Joder, Saga —sus ojos, cargados del mismo deseo con el que le habían mirado aquella tarde, se clavaron en los suyos—, me gustó.

—Del…

—Tshh… —lo animó a callar, posando su dedo índice sobre sus labios, y cuando continuó, su voz resbaló de sus labios como un susurro—. No sé si soy una mujer terrible por eso, Saga, pero me gustó y te aseguro que no he pegado ojo, pensando… —Se encogió de hombros, suspiró y lo vio de soslayo—. Pensando cómo hubiera sido ese beso, en lo mucho que hubiera deseado que... —El peliazul tragó saliva, pero continuó en silencio, tan estoicamente como le era posible. Deltha entrelazó su mano con la suya—. ¿Qué dices, mmm? ¿Solamente estabas jugando?

—Pues... —Saga se encogió de hombros sin saber bien qué decir. Aunque lo sabía, quería decir que sí, que era un estúpido juego; pero algo dentro de sí le impedía mentir esta vez. ¡Malditas fueran sus hormonas y maldito el momento en que habían tomado el control de sí mismo!— Deltha... —Por primera vez en mucho tiempo, la pelipurpura lo vio desconcertado, inseguro; y aquello le resultó fascinante. Se mordió el labio inferior, sin dejar de mirarlo un solo segundo. Saga luciendo así era, simplemente, irresistible—. Deberíamos evitar la cocina. —Todo había sucedido ahí—. No sé qu…

Antes de que se diera cuenta, los apetecibles labios de Deltha se habían posado sobre los suyos, silenciándolo. Permaneció quieto por unos segundos, mitad sorprendido, mitad ansioso: librando una pelea interna consigo mismo. Si se dejaba llevar, si… No podría parar. Ya no. Lo sabía. Aquella tarde había cruzado un límite invisible y ahora solamente deseaba más y más.

Deltha mordisqueó su labio inferior y tironeó suavemente de su melena: provocándolo, incitándolo. Su mirada esmeralda se topó con la de ella, que lo observa y lo retaba. El peliazul ahogó un gruñido. Sabía tan bien, se sentía tan bien… que hubiera jurado que su corazón se detuvo por un instante.

Pero en apenas un pestañeo, tal y como si hubiera sido poseído por una energía osada y desbordante, respondió. Entreabrió los labios, llenándose de ella, y rodeó el rostro femenino con las manos, resbalando por su piel, hasta que sus dedos fueron a parar a su nuca.

Enfrascados en la improvisada batalla, Deltha dejó escapar un gemido ahogado y en aquel preciso instante, Saga se detuvo, como si solo entonces hubiera reparado en la magnitud de lo que estaba sucediendo. Abrió los ojos, y se alejó un par de centímetros agachando el rostro. Su mano resbaló por la espalda delicada de la amazona, hasta quedar inmóvil sobre la cama. Ella frunció el ceño.

—Deltha, no sé si… —murmuró. La amazona carraspeó ligeramente, mientras sentía sus mejillas arder.

—Entiendo —se apresuró a decir. Aunque no, no entendía nada—. En realidad tienes razón. —Sonrió nerviosamente, buscando la mirada esmeralda de su acompañante. Cuando la encontró, Saga le devolvió una sonrisa ligeramente triste que ella no supo descifrar—. Será mejor que me vaya y... —En aquel momento, no sabía si sus mejillas sonrojadas se debían al fogoso beso, o solamente era vergüenza por haber dado el gran paso. La cuestión era que él había respondido y… Se mordió el labio una vez más. ¡Dioses! Hubiera podido derretirse con esos labios y esa lengua…

Gruñó. Su conciencia clamaba porque saliera volando de aquel dormitorio y nunca más mencionase aquel suceso. Sin embargo, algo mucho más profundo la gritaba que debía quedarse.

Saga, mientras tanto, no había dejado de observarla mientras ella se colocaba la corta melena y tomaba una gran bocanada de aire, recomponiendose. Instantes después, la amazona se levantó de la cama lentamente y le dio la espalda. El peliazul la miró, descubriéndose ensimismado paseando sus ojos por sus curvas femeninas una vez más aquel día.

¡Dioses! No quería que se marchara. ¿Por qué se había detenido? ¿Porque creía que era lo correcto, lo que debía hacer? Se maldijo interiormente en el momento en que cayó en la cuenta. ¡Al demonio con todos! La vida continuaba: Aioros había continuado y les había dejado a ambos atrás. Ellos tenían derecho a…

Rápidamente, llevó su mano a la de ella y se aferró a su muñeca, impidiendo que diera un solo paso más lejos de él. Deltha quedó petrificada.

—Quédate —murmuró. Se puso en pie, quedando a escasos centímetros de su espalda, sin soltar su mano—. No te vayas. —Deltha se estremeció al escucharlo susurrar de aquella manera, y cuando sintió su cálido aliento acariciando su oído… cerró los ojos. Iba a suceder: el juego iba a convertirse en realidad.

No atinó a responder, porque en aquel instante, el cálido roce de los labios de Saga sobre su cuello la estremeció. Sus manos rodearon la cintura de la amazona, y se aferraron a sus caderas atrayéndola hacia sí con firmeza. A los besos fugaces, siguieron lamidas juguetonas y mordiscos menos inocentes. Deltha dejó caer la cabeza hacia atrás, encontrando reposo en el torso desnudo del santo y disfrutando aquella dulce tortura todo lo posible.

—Esta tarde… —susurró él de nuevo—. No es que me resultara difícil no besarte, es que... —Su voz. Su voz siempre le había resultado absolutamente extasiante—. Si te hubiera besado entonces, no hubiera parado.

Deltha se escurrió entre sus brazos y se dio rápidamente la vuelta, hasta tenerlo de frente. De puntillas, rodeó el cuello de Saga con sus brazos, enredando los dedos en su melena. Las manos de Saga abandonaron sus caderas, y sin rastro alguno de la timidez con la que solía tratarla, se aferró a su trasero, apretándola aún más, si es que era posible, contra él. Deltha se mordió el labio con anticipación, mientras la mirada del santo permanecía fija en su boca rosada y húmeda a medida que se acercaba a ella más y más. La amazona, se relamió los labios.

—¿A qué esperas entonces? —preguntó con un ronroneo y una sonrisa traviesa, justo antes de que la boca de Saga doblegara a la suya una vez más dejándola sin aliento.

—¿Ansiosa? —dijo, mientras la alzaba en brazos, con la respiración desbocada. Deltha rodeó su cintura con las piernas sin ningún pudor, dejando escapar un gemido ante el íntimo roce de sus cuerpos. Saga la dejó en la cama, dejándose caer sobre ella.

No sabía qué había sido, pero Deltha sabía que algo en él había cambiado.

No había dejado de observarla un solo instante. Su mirada fiera y hambrienta, el modo en que se movía, su actitud dominante. ¡Por los dioses, esa actitud! Sus ojos —¡Oh! Sus ojos eran perfectos de por sí, pero… nublados por el deseo eran simplemente maravillosos— la devoraban y ella amenazaba con derretirse bajo su influjo.

Deltha cedió y reclamó su boca primero. Esta vez ya no hubo reparos, entregó todo de sí, y él devolvió todo en aquel beso. Enredaron sus lenguas, mordisqueó sus labios, arañó su cuerpo… mientras las manos del santo volaban por toda ella sin descanso. Su cuerpo, pequeño y perfecto —a ojos de él—, se contorsionaba bajo sus dedos: arrancando suspiros y gemidos ante el íntimo roce de sus caderas.

Con cierta impaciencia, Saga escurrió una de sus manos bajo la camisa del pijama, sin despegar su boca de la de ella, dispuesto a arrebatarle aquella prenda que entorpecía sus caricias. Recorrió a besos su fina mandíbula, descendiendo por su cuello hasta llegar a su pecho, a su ombligo... arrancando de aquella garganta suspiro tras suspiro con las caricias de su lengua. Pero no se entretuvo: aquella ansia incontenible que Deltha había despertado en él, sus gemidos y arañazos, la manera en que su cuerpo delicado se retorcía ante sus caricias, le urgían a continuar.

Por primera vez en lo que habían parecido años, todo se esfumó de su mente. Dio rienda suelta a sus instintos: ya no quería ser presa del control implacable que mantenía sobre sus propias emociones día y noche. No con ella, no esa noche. No existía para él nada más que aquella preciosa mujer en su cama. Ella quería, él quería… Ambos se deseaban con desesperación. No había nadie, solamente ellos. Quizá le había llevado demasiado tiempo llegar a aquella inevitable conclusión, pero habían llegado al punto de no retorno. Y él solamente deseaba complacerla, y lograr que olvidase el mundo por unos instantes.

Deltha jadeó y tiró de su melena cuando sintió la ardiente y desesperada caricia entre sus piernas. Atrapó su boca otra vez, con ansia; devoró su lengua, como si después de aquella noche, el mundo fuera a acabar y él fuera a desaparecer. Mordisqueó sus labios anhelando más, mucho más. Ante aquel contraataque sin tregua, Saga sonrió.

La amazona lo ayudó torpemente, sin separarse de él, a deshacerse del short que había comenzado todo: la última prenda que la cubría e, instintivamente, olvidó aquella preciosa y desordenada melena que mantenía ocupadas a sus manos y le otorgaba aquel aire salvaje. Los jadeos arreciaron, las manos pecaminosas de Saga sabían exactamente dónde y cómo tocar. Y entonces, las manos de Deltha descendieron con impaciencia, intentando liberarlo del molesto pantalón que aún vestía. Necesitaba sentir todo de él, deseaba derretirse con el febril calor de su piel.

Una sonrisa pícara se dibujó en el rostro femenino al escucharlo suspirar cuando sus pieles, húmedas y ávidas de caricias, se tocaron.

Por un momento sus miradas se cruzaron, ojos eléctricos, miradas hambrientas. Sus bocas chocaron, presas de un torbellino de pasión desbordada que comenzaba a hacerles perder el control, mientras las manos del santo exploraban incansables la suave piel de sus muslos. Saga atrapó una de sus manos y entrelazó sus dedos con los suyos: los besó y lamió uno a uno bajo la atenta mirada color miel y, entonces, Deltha entendió que estaba a su merced. Su dulce merced. Él llevó su mano atrapada sobre su cabeza, inmovilizándola contra la almohada. Mordisqueó su cuello, acarició su cuerpo con el suyo, y después separó sus piernas.

Deltha no había dejado de observarlo, ensimismada en aquella imagen suya para ella desconocida, acariciando con su mano libre cada centímetro de aquel cuerpo perfecto al que tenía acceso, cada uno de los músculos que se marcaban, bañados en sudor, en su pecho y espalda. Cada maldita cicatriz.

—Saga… —gimió. Entrecerró los ojos y se mordió los labios, arqueando sutilmente la espalda cuando finalmente lo sintió dentro de sí—. Muéstramelo… —murmuró entre jadeos, deleitándose con aquel rostro que rebosaba placer. Saga abrió los ojos y la miró, apoyando su frente en la suya, esbozando la sonrisa más sensual que ella había visto jamás, quieto, asombrosamente quieto. Un sutil movimiento de las caderas femeninas lo invitó a continuar mientras lo rodeaba con sus piernas, arrancando a su vez un gemido desde lo más hondo de su garganta—. Muéstrame quién eres...

—¿Tanto lo deseas? —susurró él, relamiéndose los labios. Apenas se movió, se hundió en ella solo lo suficiente para que su rostro se deshiciese y sus uñas se hundieran en su piel.

—¡Saga…! —suplicó como única respuesta.

Incapaz de resistir el tono de aquella súplica, el peliazul se mordió los labios, mientras imponía su propio ritmo: lento y matador.

Deltha tiró de él atrayéndolo hacia sí, robándole otro beso y ahogando los gemidos incontenibles en su boca. Saga soltó su mano: necesitaba tocarla, acariciarla, sentir cada rincón de su cuerpo. Necesitaba continuar escuchando la erótica melodía de jadeos y gemidos que abandonaba aquellos labios enrojecidos. Deltha había olvidado el silencio de su encuentro furtivo y poco sabía ella lo muchísimo que le excitaba aquel sonido.

El candente vaivén se tornó veloz, más intenso, más profundo y desenfrenado. Las manos femeninas se aferraron a su espalda, hundiéndose sin piedad en los músculos del geminiano cuando el ansiado y esperado clímax sacudió hasta la última fibra de su ser. Temblorosa, y con el rostro sonrojado con la expresión más deliciosa que Saga hubiera visto jamás en ella, la amazona dejó escapar un último y desesperado gemido.

El peliazul atrapó sus labios, saboreando su boca mientras su propio ritmo se tornaba frenético y descontrolado. Cerró los ojos y buscó el cobijo de su cuello, sonrojado aquí y allá a causa de sus labios, y después se dejó llevar…

—Del… —gruñó y ella gimió con él, sintiendo el aliento ardiente acariciando su piel, y su esencia incendiando su interior segundos después.

El peliazul se desplomó sobre ella y atrapó sus labios de nuevo, con la respiración desbocada y el corazón acelerado. Los apasionados arañazos desaparecieron, dando lugar a las reconfortantes y perezosas caricias en su espalda. A los miles de besos que intercambiaron después.

Se acostó a su lado, sin deseo alguno de terminar con los mimos de los que era protagonista, y la atrajo hacia sí, rodeándola con sus brazos y acunándola en su hombro.

—Malditos Escorpio... —murmuró él. Deltha sonrió mirando en las profundidades de sus ojos adormilados, pero no atinó a pronunciar palabra alguna. Estaba, simplemente, extasiada—. Dilo otra vez.

—¿El qué?

—Mi nombre. —Deltha alzó las cejas, adoptando una expresión pícara—. Suena jodidamente sexy de la manera en que lo pronuncias. —La risa de Deltha inundó la habitación una vez más.

—Saga. —Sujetó su rostro y lo atrapó en un beso: largo, lento, profundo—. Saga. —Él llevó las manos a sus caderas, sin dejar de mirar sus ojos un solo segundo.— Saga… —Deltha apoyó las manos en su pecho y lo empujó contra la cama. El peliazul suspiró cuando quedó a horcajadas sobre él. La observó un par de segundos hasta que el atrevido movimiento de la amazona le arrancó un nuevo gemido. El gesto travieso en su cara le hizo comprender. ¡Que los dioses se apiadasen de él, porque estaba atrapado!

—Joder, pajarito... —Cerró los ojos, se mordió los labios dejando que esta vez, ella hiciese de él como quisiera. Era suyo—. ¿Qué me estás haciendo…?

-X-

Un molesto rayo de sol la forzó a abrir los ojos. Ahogó un gruñido de disgusto y se revolvió en la cama, dispuesta a dormir un poco más. Sin embargo, cuando se dio la vuelta y se topó con el rostro del santo en completa paz, se quedó petrificada. No era que hubiera olvidado nada de lo sucedido durante aquella madrugada: dudaba que fuera posible. Sabía que los recuerdos de lo acontecido entre aquellas sábanas la acompañarían durante mucho tiempo erizando su piel con solo pensarlo. Pero hasta aquel instante, no había reparado en lo que de verdad significaba todo aquello.

No tenía la menor idea de cómo iba a lidiar con Saga después de esa noche, ni cómo iban a ser las cosas a partir de entonces. Internamente, temía con toda su alma que un estúpido juego les hubiera llevado tan cerca del fuego como para quemarse, y con ello, destruir aquello tan bonito que tenían. Escondió su rostro entre las manos y suspiró. El peliazul era lo único que tenía, bajo ningún concepto deseaba perderlo.

Se incorporó hasta quedar sentada y echó un vistazo al reloj de la mesilla. Abrió los ojos de par en par. ¡Hacía rato que habían pasado su hora! Con suerte, medio Santuario estaría chismoseando sobre qué había sucedido en Géminis para que ni su guardián ni su protegida aparecieran a la hora acostumbrada en sus entrenamientos. ¡Camus iba a matarla!

Intentando no hacer un solo ruido o movimiento brusco que despertara a Saga, Deltha abandonó la cama. Rebuscó por el suelo, entre aquella mezcla de ropa y sábanas, en busca de su pijama. Cuando lo encontró, se vistió lo más rápido que pudo y, en total silencio, se encaminó hacia la puerta, rezando interiormente por no toparse con Kanon hasta bien entrado el día. ¡Estúpido Kanon con sus comentarios incendiarios y alentadores!

Sin embargo, cuando estaba dispuesta a salir, se detuvo. Se dio la vuelta y contempló a Saga una vez más.

Sonrió ante el reciente recuerdo que aún la estremecía y negó lentamente con el rostro. No hacía falta ser un genio para saber lo mucho que habían complicado las cosas y los problemas que se acercaban a toda prisa por su horizonte. Si Shion llegaba a enterarse… Suspiró, sintiéndose incapaz de irse así, sin decir nada; y casi de puntillas, se acercó hasta la cama una vez más. Se inclinó sobre él y, con sumo cuidado, besó su melena. Cerró los ojos, aspirando su olor y finalmente se apartó. Saga era muchas cosas, los dioses lo sabían… pero pocos podrían entender lo que significaba para ella. Solo entonces se sintió lista para marcharse y, sin mirar atrás, abandonó el dormitorio a toda prisa.

Sin embargo, poco sabía ella que Saga había estado despierto todo el tiempo, observando su huida apresurada y haciéndole comprender que las cosas, con toda probabilidad, no volverían a ser como antes. Podían ser mejores, o peores, pero jamás como antes.

Cuando sintió su cosmos suficientemente lejos, se sentó en la cama y se sopló el flequillo. A decir verdad, no tenía la menor idea de porqué había preferido hacerse el dormido. Pero en aquel momento, no se sentía con ánimos de enfrentar la realidad. Se encaminó al cuarto de baño, y solo cuando sintió el agua caliente recorrer su cuerpo, murmuró un par de palabras cerrando los ojos.

—Estoy jodido… —dijo, sin darse cuenta de la sonrisa que se dibujó en sus labios al recordar los besos sobre su piel.

Continuará...–

NdA:

Sunrise: Cof, cof… Damis tiene algo que decir.

Damis: ¡Usad protección! ¡Usad preservativos! Divertíos de modo seguro: ni embarazos no deseados, ni enfermedades de transmisión sexual.

Sunrise: Por motivos artísticos, hemos omitido ese pequeño detalle en nuestro lemmon. ¡Pero no es excusa!

Damis: Dicho esto…

Kanon: ¡Me mudaré de templo!

Angie: ¡Sí, sí! ¡Debí apostar!

Saga: ¡Dejad mi vida privada en paz!

Angie: ¡No seas gruñón! ¡Estás de buen humor, no finjas!

Saga: ¡Silencio! ¡Hablemos de Julian!

Kanon: Casi me has emocionado, hermano mío…

Saga: No sé de qué me hablas…

Aioros: Hay cierto aire positivo en el ambiente… Sospechoso.

Shion: ¡Vamos, vamos! ¡Optimismo!

Aioros: El optimismo nos da alergia. Así que mejor despedirse, antes de que invoquemos a la mala suerte…

Angie: ¡Enhorabuena, Saga!

Milo: ¿Nadie va a decir nada de nosotros? ¡Lo hicimos bien!

Camus: No.

Aioria: ¡Hasta el próximo capítulo!

Shion: Adios :)