Capítulo 59: Un paso al frente
Aioros disimuló un bostezo del mejor modo que pudo. No era excepcionalmente temprano, de hecho, los entrenamientos habían empezado hacía rato; pero había dormido poco, y su cuerpo lo acusaba. Sin embargo, Shion centraba su atención. El lemuriano se veía inquieto y ciertamente impaciente. Sus ojos rosados echaron un rápido vistazo al reloj de la pared, y después volvieron a la puerta en una coreografía que había ejecutado cientos de veces desde que el arquero había llegado.
Saga llegaba tarde.
No era usual… pero tampoco nada excepcional como para causar tal malestar en el más viejo. Así que Aioros no había tenido más remedio que divagar acerca de los motivos de aquella reunión en específico... prefería no pensar en los motivos del retraso del gemelo. Lo que tenía claro, era que algo importante sucedía, estaba seguro.
Entonces, tras un rápido y formal toqueteo en la puerta, Saga abrió y entró sin esperar respuesta.
—Llegas tarde.
—Sí, lo siento… —No tuvo tiempo de saludar siquiera, los ojos acusadores de Shion lo traspasaron nada más entrar—. Un imprevisto… —musitó. Un imprevisto llamado Deltha, concretamente.
—Vamos, siéntate.
El peliazul asintió, y tras intercambiar una breve mirada llena de preguntas con Aioros, tomó asiento. Ladeó el rostro con cierta sorpresa cuando Arles prácticamente colocó una taza de humeante café con leche en su mano. Quizá tenía peor cara de lo que pensaba, después de todo.
—Sé que no has desayunado —aclaró el santo de Altair, tal y como si leyera su mente—. Probablemente ni siquiera haya nada comestible en Géminis —masculló, mientras tomaba asiento en su lugar.
—Eh… —exclamó, casi ofendido—. ¡Ni que fuera un desastre de tal magnitud! —Arles rodó los ojos, dejando en claro lo que pensaba al respecto, pero cuando Saga estuvo a punto de continuar con aquel pequeño juego de palabras, Shion interrumpió su buen humor.
—Vamos, suficiente. Tenemos cosas importantes que tratar.
—¡Por los dioses! ¡Al fin! —clamó el arquero. La impaciencia empezaba a superarle.
—Como sabéis, ayer vinieron los chicos de Andrómeda. —Los dos asintieron con interés. Shion les había dejado en ascuas desde entonces—. Albiore envió a un grupo a Lemnos, tal y como habíamos solicitado, pero… —negó con el rostro y suspiró—, no han encontrado nada.
—¿Nada? —cuestionó Saga.
—Nada. —Los lunares del lemuriano se arrugaron, dotándole a su rostro aniñado de una seriedad muy particular—. No hay rastro de cosmos de ningún tipo. Y en Poliojni surgieron imprevistos.
—¿Qué tipo de imprevistos?
—Hay un equipo de arqueólogos trabajando día y noche en la zona de las ruinas. Por precaución Albiore no quiso que sus chicos se adentraran allí con civiles trabajando hasta no tener órdenes concretas del Santuario.
—¿Y esas órdenes serán…? —Saga tenía una ligera idea de por dónde iba el asunto, pero no quería sacar conclusiones precipitadas.
—Star Hill insiste en el archipiélago de Lemnos. —Shion se sobó los ojos con cierto cansancio—. Cada vez que he visitado el oráculo, las estrellas persisten en sus señales… Sin embargo, interpretarlas está siendo un reto más difícil de lo esperado. —Vio a los ojos de Saga y Aioros alternativamente. Tenía su total atención: bien—. Aioros: tú y tu equipo os vais a Lemnos.
—¿Yo…? —el arquero alzó las cejas, sorprendido—. Pero…
—¿Solos? —preguntó el gemelo.
—Sí… —Vio a Aioros—. Y sí. —Vio a Saga. Y aunque lo que distinguió en la mirada de ambos fue duda, era un tipo de inseguridad muy diferente. Sin embargo, había meditado mucho esa decisión—. Dada la presencia de civiles en la zona, aunque sea solamente una misión de reconocimiento de terreno, la supervisión de un santo dorado es necesaria: estais perfectamente capacitados para una incursión prácticamente invisible.
—¿Soy el apropiado para esto…? —Una expresión llena de reparo se dibujó en el rostro del arquero. Carraspeó, tratando de ahuyentarla y mantener tanta seguridad en sus palabras como le fuera posible—. Es decir, hace mucho tiempo que no lidero una misi…
—No veo por qué no —Shion lo cortó, mientras lo miraba fijamente—. Eres un santo dorado como cualquier otro, con una posición aún más alta y cuentas con mi entera confianza.
—Sí, bueno, es que… —Se revolvió los rizos, y por un momento, sus ojos buscaron a Saga.
—Además tienes un buen equipo —añadió el Maestro. "Más o menos", pensó el arquero. Spartan definitivamente le restaba valor.
—Ya, pero…
—Pero nada. Irá bien —replicó con aplomo el peliverde.
—Un momento. —Shion volteó hacia el peliazul. Ahí venían las quejas—. Yo no estoy de acuerdo. ¿Ellos cuatro solos? ¿Sin apoyo? Hace meses fuimos a Metsovo juntos y fue bien. Esto no es cuestión de inseguridad sobre tus habilidades, Aioros… ni cuestión de más o menos práctica sobre el terreno —se apresuró a aclararle al arquero con una mirada fugaz, antes de volver su atención al viejo—. Pero lo cierto es que las últimas misiones en el exterior, han sido siempre de dos equipos o al menos dos santos dorados… y han sido un fracaso descomunal: Meteora… incluso aquí, la quimera.
—Es una misión de reconocimiento.
—Y Jandara era una simple salida exótica al supermercado porque nos quedamos sin agua en la despensa —Shion frunció el ceño ante el sarcasmo. Arles, mientras tanto, dibujó una mueca muy similar a una sonrisa que a Aioros no le pasó desapercibida a pesar de los intentos del santo de Altair por esconderla.
—¡Saga! —exclamó el peliverde, pero el santo lo ignoró.
—Escúchame. —Su voz resonó firme y su mirada se tornó de hielo—. Es hora de aceptar que nuestra presencia fuera del Santuario es peligrosa: especialmente cuando los santos dorados estamos incluidos en el plan. —Aioros vio de uno a otro, en aquel curioso duelo de voluntades y autoridad—. No importa lo fácil que sea la misión: elevamos el riesgo por mil. Somos un objetivo claro y nos están vigilando desde dentro. Van, directamente, a por nosotros. Enviándoles solos no solo pones en peligro la misión en sí, sino a tres santos de rango inferior, de los cuales uno no tiene armadura, y a él mismo.
—Nuestra presencia siempre ha sido sinónimo de peligro y eso nunca nos ha detenido antes —replicó el más viejo—. Lo sabes de sobra.
—Lo sé, pero… ¡Es tu segundo al mando! —No era difícil entender que aquel era su último cartucho. Al escucharlo discutir la decisión con tanta resolución, Aioros se estremeció. La misión era suya, pero se encontraba en medio de un duelo de titanes. Shion y Saga, en ocasiones, se parecían demasiado.
—Saga, la decisión está tomada —La firmeza en la voz del viejo, zanjó el asunto. No dejaba lugar a discusión alguna. El peliazul se mordisqueó el labio inferior en un intento por no replicar, pero no funcionó.
—Te estás equivocando.
—Saga… —Shion murmuró irritado. ¡Odiaba que siempre quisiera tener la última palabra! El gemelo, mientras tanto alzó la mano, a modo de rendición, y dio un sorbo al café, que se había enfriado.
—Haz los arreglos pertinentes, Aioros, y habla con tu equipo. Marchareis cuanto antes: revisareis Poliojni a fondo sin interceder con las labores de los arqueólogos. Afina bien tus sentidos: cualquier rastro de cosmos, por minúsculo que sea, puede llevarnos a nuestro enemigo.
—De acuerdo —suspiró.
—Nosotros estaremos vigilantes desde aquí. Eso es todo. —Vio de uno a otro una vez más—. Retiraos. Esperadnos en el salón del trono: debemos despedir a Julian y Sorrento. Arles, la princesa y yo estaremos ahí en un momento.
El arquero asintió, y a pesar de lo contrariado que se sentía, inclinó respetuosamente el rostro antes de marcharse. Saga lo siguió en silencio. Y solamente cuando hubieron cerrado la puerta tras de sí, Shion se permitió soltar el aire que había retenido en los pulmones.
—¿Estás bien? —preguntó Arles.
—Sí, tranquilo —dijo asintiendo—. Sé que Saga tiene razón. Al menos en parte —Arles sonrió mentalmente. Shion nunca se mostraría cien por cien de acuerdo con Saga tras una discusión así. Eso sería admitir que el niño había crecido—. Pero Aioros necesita esto. Necesita una inyección de confianza y necesita demostrarse a sí mismo que es el líder que consideramos que es.
—Acumular experiencia…
—Exacto. Caminar solo.
-X-
—De verdad lo siento, Eire. No quería… —La voz apesadumbrada de Shura, llegó a los oídos de Naia cuando se acercó a la puerta de la cabaña.
—No es nada, en serio.
—Solo es un cortecito, que ni siquiera necesitará que Eudora revise.
—Pero…
—Shura…
Naia les observó desde la entrada. Tatiana curaba lo que parecía un corte superficial en el costado de la más joven bajo la atenta mirada del santo de Capricornio. Un par de trapos ensangrentados habían caído al suelo mientras la mayor terminaba un trabajo que había hecho cientos de veces antes. Después de todo, ella había criado a Grulla: curar sus heridas con mimo y dedicación era parte de ese camino que habían compartido juntas.
—¿Ves? ¡Cómo nueva! —exclamó Eire, poniéndose de pie de un salto, y mostrándole el vendaje—. Te preocupas demasiado, cabrita… —acarició la mano del santo con suavidad, y Shura sonrió.
—Es que…
—Lo sé, Shura, soy tu subordinada favorita. Capella no tiene nada que hacer a mi lado —guiño un ojo con travesura y la sonrisa del santo se amplió—. Un día vas a sufrir un infarto si sigues preocupándote tanto por todo…
—Creo que viene con el cargo —musitó él, revolviéndose la maraña de cabello negro desordenado. Después, suspiró—. Debo irme ya… —sus ojos volaron a Tatiana, y una expresión asombrosamente dulce, los inundó al mirarla. Naia sonrió al notarlo—. Te veo luego, ¿vale? —Besó sus labios en una fugaz despedida, y cuando volteó a la puerta, reparó en la presencia de Caelum—. ¡Naia! No te había visto…
—¿Interrumpo?
—No, claro que no, yo ya me iba. —El rubor de sus mejillas se acrecentó, y la morena no pudo sino sentirse enormemente divertida—. Portaos bien…
Después, Shura salió a toda velocidad.
—Creo que acaba de huir —apuntó la recién llegada.
—Tres amazonas compartiendo espacio con él: se ha visto intimidado —aclaró, divertida Eire.
—Oye, oye… hago lo que puedo con él —intercedió Tatiana sonriente—, ahora ya puede estar solo con tres amazonas. Antes necesitaba escolta masculina para compartir espacio…
—Visto así, diría que es un avance, sí… —Y las tres, rompieron a reír.
Naia debía admitir que Grullita y Lince le gustaban. Se sentía cómoda en su compañía… que ya era decir mucho. Probablemente eran las dos únicas chicas del Santuario con las que eso sucedía en aquel punto de su vida. No sabía cómo había sucedido… aunque sospechaba que aquella madurez desbordante de Tatiana, tenía mucho que ver. De alguna manera, distinguía en la rusa rasgos de hermana mayor… le recordaba a Axelle, su maestra. Siempre en su lugar, con una actitud decidida, firme y sin fisuras; pero con una sonrisa reconfortante tras la máscara y siempre con una palabra de aliento en los labios.
¡Y pensar que muchos años atrás la había odiado profundamente por unos estúpidos celos adolescentes!
—¿Qué te ha pasado? —preguntó, mientras tomaba asiento frente a Eire.
El pequeño cuartel de los Santos Dorados en el campamento de las amazonas, había resultado un excelente punto de reunión para ellas los últimos días. Agradecía que las responsabilidades de Saga y Aioros mantuvieran al primero alejado del lugar… Hacía las cosas más fáciles.
—Un pequeño corte entrenando… —se encogió de hombros—. Daños colaterales de entrenar con Shura.
—Es bastante superficial, pero ha sido un poco aparatoso y Shura entró en pánico —aclaró Tatiana.
—La cabrita es un poco aprehensiva…
—Oye, se preocupa por tí… de pronto tiene una cuñada-hermanita-menor, y con la habilidad social y familiar de la que disponen en las Doce Casas, bastante bien lo hace.
—Eso mismo pienso yo —rió Tatiana.
—¿Llevabas la armadura?
—No… —negó con el rostro—. Aunque tampoco hubiera hecho demasiada diferencia… Grulla no me cubre el costado.
—Cierto…
De pronto, Naia se tornó pensativa. Tomó un bolígrafo de la mesa —previamente mordisqueado por Shura o Saga—, y un papel. Garabateó una silueta femenina, con los detalles del ropaje de Grulla… Frunció el ceño y continuó dibujando una segunda armadura que conocía tan bien como la propia: Apus. Después, se detuvo y volteó hacia el ropaje del Lince que vestía Tatiana.
—¿Qué ocurre? —quiso saber la rubia.
—Solo pensaba… —golpeteó el papel con el bolígrafo—. Las armaduras femeninas son completamente inútiles —gruñó—. Son bonitas, estilizadas y delicadas, pero no cumplen su función. Al menos la gran mayoría… Probablemente solo Salamandra y Caelum son funcionales.
—A decir verdad, vamos más protegidas con las ropas de entrenamiento —masculló Eire.
—Exacto. Cuando entrenamos usamos ropa más adaptada a la situación, las protecciones de cuero de las manos o el pecho… pero en combate —Naia se encogió de hombros— somos extremadamente vulnerables. Cuando fuimos a Folegandros con Camus y Milo, Deltha volvió herida exactamente en el mismo lugar que tú.
Señaló el garabato del papel.
—Dependemos de nuestra velocidad para esquivar golpes, porque los puntos donde no tenemos, o no tenéis, protección suelen ser letales. El abdomen descubierto es un punto débil enorme —aseguró.
—Pero no hay nada que podamos hacer al respecto… —Eire se encogió de hombros, y Naia, pensativa, guardó silencio por unos segundos.
Volvió de nuevo su atención al papel y paseó sus ojos del boceto de Grulla al de Apus.
—¿Y si…? —musitó, sin retirar la atención del dibujo. Garabateó de nuevo, retocando el diseño de Grulla—. ¿Y si fuera posible rediseñar y mejorar las armaduras femeninas?
Les enseñó a ambas el dibujo. El diseño original de Grulla era bonito: estilizado y confortable, porque las plumas de plata que se ajustaban al pecho de la portadora eran ligeras y cómodas: se adaptaban a Eire y sus movimientos como un guante. Si las mismas plumas cubrieran su cintura y la parte superior de sus muslos, la protección se multiplicaría en zonas letales.
—¿Eso es factible? —Quiso saber Tatiana.
—Bueno… —la miró fugazmente—. No lo sé. Pero rediseñar una armadura, no es imposible. Caelum funciona de esa forma… cuando era niña pasé un tiempo yendo a clases con el Maestro —y con los niños dorados. ¡Dioses! ¡Cómo extrañaba aquellos tiempos!
—¿En serio? —La sorpresa en ojos de Eire la hizo sonreír con añoranza.
—Sí… Pasaba algunas horas en el Templo con Aioros y los gemelos… —carraspeó, ligeramente turbada—. Como aprendiz de Caelum, Shion quiso enseñarme algunas cosas. En aquel entonces Mu era un bebé, y solo el Maestro y Axelle podían ocuparse de la reparación de las armaduras, así que… —se encogió de hombros.
—¡Tuvo que ser genial!
—Lo fue —sonrió ante el recuerdo—. Fueron buenos tiempos… —suspiró. No, no fueron buenos: fueron maravillosos—. La cuestión es que el Maestro me contó que Caelum era una armadura especial. Durante siglos, el portador había ido adaptando el diseño a sus propias necesidades y gustos, facilitando el cambio de dueño sin importar el sexo o la complexión. Yo mantuve el mismo diseño de mi maestra… me gusta como es.
—Entonces sí que hay un antecedente de rediseño…
—Sí —asintió con firmeza—. Tendría que hablar con Mu… pero creo que rediseñar una docena de armaduras de plata y bronce, es factible. El material necesario no es demasiado, ni tan extremadamente valioso como son las armaduras doradas.
—Con una guerra en el horizonte, sería interesante.
—¿Os gustaría que lo intentara? ¿Rediseñarlas? Si Mu no está demasiado ocupado, quizá…
—¿Gustarnos? —cuestionó Tatiana con seriedad—. Naia, lo que sugieres no es un capricho, es una idea fantástica… y ambiciosa —sonrió con sinceridad—. Nadie antes se ha ocupado de ese detalle y creo que es importantísimo.
—¡Vamos Naia! —exclamó Eire—. Me presto voluntaria para ejercer de conejillo de indias —la morena sonrió—. O de modelo, lo que sea en este caso.
—Entonces, haremos esto: hablaré con Mu. Le pediré su opinión y consejo.
—Lo más seguro es que debas hablar con el Maestro también…
—Lo sé. —Eso no la gustaba tanto—. Pero es por una buena causa.
—Será bueno para tí —Tatiana estrechó su hombro con suavidad—. Le gustará oír lo que tienes que decir, verás que sí.
Naia sonrió y se puso en pie a toda velocidad, tomó la máscara y la colocó en su lugar.
—¡Os diré que me dice Mu! —después desapareció.
-X-
El vapor de la ducha se condensó, empañando el espejo. Aioros lo limpió con la mano, hasta que pudo apreciar su rostro con claridad. Sus ojos azules se encontraron con los de su reflejo y se perdió en su propia mirada.
Suspiró.
Había llegado a casa un poco antes, tan pronto los entrenamientos con su equipo se dieron por finalizados. Ese día en particular habían sido más breves de lo usual, pues había aprovechado la ocasión para informarles de las disposiciones del Maestro. Aunque no hubo quejas, sabía que su nueva encomienda no había sido tomada con buenos ánimos. No necesitaba del satori de Asterión para leer sus rostros: había incertidumbre y consternación. Dado el resultado de las últimas misiones, no los culpaba.
Decir que él mismo no estaba nervioso era mentir. Había esperado muchas cosas de aquella repentina reunión con Shion. Pero nunca, jamás, se le cruzó por la cabeza que abandonaría el Templo Papal con una misión a su cargo… Misión, que por cierto, implicaba que su equipo se moviera fuera del Santuario en soledad.
Suspiró. ¿Cuándo había sido la última vez que salió del Santuario sin la compañía de otro santo dorado? Se preguntó, y la respuesta le erizó la piel.
Había sido poco antes de su muerte, tras la desaparición de Saga, cuando había ido en su búsqueda. Ni siquiera se había alejado demasiado de los límites del Santuario, y recordaba que la única razón por la que Shion le asignó dicha encomienda, era porque él mismo se había obstinado en llevarla a cabo. Sobraba decir que, en aquel entonces, Shion no había estado feliz de que el único santo dorado que permanecía en el recinto sagrado —y el heredero al trono— se marchase en un momento crítico de la Orden. Pero el viejo lemuriano tampoco había tenido la fuerza para oponerse a él.
Esta vez las cosas eran diferentes, se dijo a sí mismo. El Santuario era una fortaleza blindada por el cosmos de la diosa y de los doce; todos los que vestían en oro estaban reunidos ahí, listos para luchar, proteger y defender a Athena al costo que fuera necesario.
Así que, de su diosa y del Santuario no tenía que preocuparse. Su única prioridad era viajar a Lemnos, cumplir con las peticiones de Shion y regresar a casa, asegurándose que ninguno de sus chicos saliera herido.
Era una misión sencilla, ¿cierto?
Entonces… ¿por qué estaba tan nervioso?
Suspiró de nuevo y negó con el rostro. Quizás era —en parte— porque se sabía un santo muy capaz, excepto que carecía de experiencia. De ningún modo podía compararse con sus compañeros en aquel rubro. Había mejorado mucho su autoestima desde que habían regresado, pero…
Al final todos ellos eran guerreros probados en batalla. Habían luchado guerra tras guerra; sangrado y muerto por su diosa y por la humanidad. Habían llevado sobre sus hombros la carga que su destino significaba y, eventualmente, se habían entregado a él. Mientras tanto, ¿qué había estado haciendo él? Nada. Todos esos años eran un vacío enorme que nunca conseguiría llenar. Y quince años, era mucho tiempo. No podía pretender ganar esa experiencia en unos pocos meses, ni tampoco que sus hermanos le esperasen hasta que se hubiera igualado a ellos. Ellos seguían avanzando y creciendo… Seguían manteniendo una distancia imposible de recortar.
Arrugó el ceño y sopló sus flequillos, con cierto hastío.
El pasado era irremediable, no podía cambiarlo. Muchas veces se había dicho a sí mismo que lo peor que podría pasarle era quedarse atascado en él. Su vida no estaba destinada a ser larga; ya una vez el destino se lo había mostrado. No podía desperdiciarla de nuevo. No cometería el mismo error.
La inseguridad y las dudas sobre sí mismo no tenían lugar en aquel momento. Había recorrido un largo camino desde la resurrección hasta donde estaba ahora. Sus esfuerzos para recuperar a la persona que había sido antes de su muerte comenzaban a dar frutos, así que no podía permitirse retroceder. Ya no era solo uno de los Doce: era el segundo de Su Excelencia, era un líder de la Orden. Era un poquito de todo aquello que no había podido ser catorce años atrás… y le gustaba. Contrario a lo que una vez pudo pensar, se sentía a gusto en esa posición.
Se pasó la toalla por los rizos húmedos una última vez antes de ponerse la camisa. Después, se arregló el pelo tanto como pudo, dispuesto a continuar con su día. Tenía planes y ya iba con retraso.
No pudo evitar pensar en Saga. Recordó su oposición y sus dudas, y lejos de ofenderle, le robó una sonrisa. Estaba preocupado, genuinamente… Y Aioros lo entendía. A él le hubiera sucedido lo mismo si fuera Saga quién debía salir, o quizá hubiera sido incluso peor: al fin y al cabo, Ares andaba suelto por ahí… en algún lado.
Sin embargo, sabía que la preocupación del peliazul iba más allá. Aioros, después de todo, sabía leer algunas emociones en Saga. Había notado las miradas de soslayo, las medias sonrisas tristes… Las mismas que había dedicado a Kanon desde la distancia cuando eran unos críos y el abismo se había abierto entre ellos. La preocupación del gemelo era, en su mayor parte, por él: por Aioros su amigo, no por Aioros el santo. Porque, después de todo, Saga seguía siendo aquel mismo chiquillo… encajaba los golpes y aceptaba las cosas como venían, pero que aunque quisiera, no podía controlar lo que sentía. Aioros sabía que por mucho daño que le hubiera hecho su decisión de alejarse, el cariño, la amistad y los sentimientos sobreprotectores de Saga hacia él no habían cambiado. Era terco como una mula, después de todo.
Y lo cierto, es que siendo sinceros, todos sus argumentos en la reunión habían sido perfectamente válidos y su preocupación no era infundada.
Las desgracias que parecían perseguir últimamente a su Orden tenían ese efecto. Después de todo, Shura y Camus —en conjunto con sus respectivos equipos— habían sido vapuleados en Meteora. Así que no había forma de garantizar que un equipo en solitario no siguiera un destino igual, o peor, en caso de encontrarse con el enemigo. Aunque se tratase del suyo.
Era el momento de poner a prueba aquellos meses… de comprobar si había sido un líder de equipo válido y sus entrenamientos útiles: había intentado trabajar en los valores del trabajo en equipo. Se había esforzado… había recordado muchas de las lecciones de Orestes, y solo le quedaba rezar porque de verdad todo aquello hubiera dado sus frutos. No quería otra tragedia, ni recoger los pedazos de Tatiana, Asterión y Spartan como Shura y Camus habían tenido que hacer con los suyos en Meteora.
Maldición. Ojalá no sucediese nada así de nuevo.
Chasqueó la lengua en el momento en que cruzó la puerta y se acomodó la chaqueta. Esperaba que el próximo par de horas bastasen para despejarle un poco la mente… Porque lo necesitaba.
-X-
Mu escuchó sus palabras con atención, pero el silencio que siguió una vez hubo terminado, resultó ciertamente incómodo para ella. No sabía qué sacar de él. Por fortuna, el ariano terminó pronto con la agonía.
—Me parece una idea fantástica, Naia.
—¿En serio? —preguntó sorprendida.
—¿Cómo iba a parecerme otra cosa? —la sonrisa cándida de Mu, lo decía todo—. Todo lo que dices es cierto. No hay nada que pueda rebatir.
—Entonces, ¿es viable?
—Diría que sí. Como bien has mencionado, el bronce y la plata son recursos más fáciles de encontrar. Solo con el material acumulado en el taller, debería ser suficiente. Estúpido yo… que nunca pensé en ello antes.
—Significa entonces que…
—Iré contigo y hablaremos con el Maestro —Naia, desbordante de alegría, se abalanzó sobre él y lo estrechó en un abrazo. Escuchó reír a Mu, que lo devolvió con delicadeza—. ¡Cuánta emoción!
—Perdón, es que… —dijo atropelladamente, alejándose de golpe.
—Escucha, Naia. —Miró fijamente a los ojos muertos de la máscara—. Esto no es solo algo importante para la orden. Es importante para tí. —Sonrió, con la dulzura y transparencia que siempre transmitían sus gestos—. Sé que las cosas están difíciles después de todo lo que ha pasado con los gemelos, pero al Maestro le gustará escuchar algo tan ambicioso e importante para la Orden de tus propios labios…
—Gracias, Mu —sonrió de vuelta, y por un momento, odió la estúpida máscara que para ella no significaba nada—. Eres un buen amigo.
—No digo esto porque lo sea… aunque me gusta la idea de serlo —rió suavemente—. No te hubiera dado mi visto bueno sino me pareciese correcto. Adelante, Naia. A por ello.
-X-
Para encontrarse en pleno mes de mayo, el clima era una reverenda pesadilla. Las continuas lluvias y la falta de sol generaban tanta humedad en el ambiente, que la brisa marina calaba los huesos. Al menos ese día, a pesar de las nubes encapotadas y de la tormenta de la noche anterior, la lluvia no había hecho acto de presencia de nuevo. Eso le había bastado para llegar seco a Rodorio. Con un poco de suerte, quizás conseguiría regresar igual a casa, una vez que terminase con sus compromisos de ese día.
Aioros escondió las manos en los bolsillos de la chaqueta, buscando un poco de calor. Sus pasos lo habían guiado en automático hasta el almacén de Stavros.
Se detuvo a unos pocos metros de la entrada y suspiró. Un segundo más tarde, cuando su mirada azul divisó a Janelle enredando entre las apretadas estanterías, se encontró sonriendo.
Estar con ella le hacía bien. Su personalidad, burbujeante y desenfadada, era una bocanada de aire fresco en medio de la atmósfera tensa y protocolaria que había vivido en el templo papal durante los últimos días, a causa de la visita de Julian.
Lo cierto era que después de la debacle con Deltha, no había esperado encontrarse inmerso en una nueva relación tan pronto, de verdad que no. Ella había sido especial… había sido el amor de su vida. Aún era especial, a pesar de todo. Y siempre tendría ese estatus en su corazón. Pero ambos se habían hecho tanto daño, que para ellos no había más remedio que mirar hacia adelante y pensar, que la felicidad que el pasado les había negado, quizás pudiera encontrarse en algún sitio del futuro.
Y ahí estaba, con Janelle, intentándolo una vez más. ¿Demasiado pronto? Para los demás, quizás. Pero él lo necesitaba así.
Y no, no era egoísmo. La vida era corta, el tiempo era finito; nadie iba a preocuparse de su felicidad más que él mismo. Y la cuestión era que Aioros necesitaba ser feliz. Quería volver a sonreír del mismo modo en que lo hacía años atrás, y anhelaba volver a ver al mundo con esos ojos llenos de optimismo que alguna vez tuvo y que el destino parecía empecinado en apagar. Porque, a final de cuentas, ese era él. No el fantasma en que a veces sentía que se había convertido. Necesitaba volver a mirar a alguien en la lejanía y sentir que el mundo temblaba bajo sus pies, a sonreír tontamente… sin darse cuenta, como hacía en aquel momento. Necesitaba creer que la vida que les había tocado no era tan cruel, que tenía un lado bonito por el que merecía la pena luchar.
Y ese lado hermoso, solamente dependía de él. Era su obligación luchar por él y cuidarlo.
—¡Ahí estás! —El llamado de Janelle lo sacó de sus pensamientos, robándole una nueva sonrisa—. ¡Llegas tarde!
—Lo siento. Ya sabes: trabajo. —Giró los ojos mientras se acercaba y ella también corría a su encuentro. Cuando se encontraron, ella le besó los labios. Janelle era normalidad.
—¿Alguna novedad?
—Te contaré más tarde —dijo asintiendo—. ¿Estás lista?
—¡Lista! Hoy es un gran día. —Infló el pecho, emocionada y él solo pudo reír mientras la miraba.
—Lo es, lo es.
—Pues andando, Ricitos. —Como siempre que la escuchaba llamarlo así, sus cejas se arquearon con una mezcla de sorpresa y diversión—. No van a esperar a por nosotros eternamente. —Se colgó de su brazo y ambos emprendieron el camino.
No, la vida no esperaría eternamente a por ellos, ni por nadie. Cada momento era valioso y era digno de ser disfrutado. Y con Janelle empezaba a sentir eso de nuevo. Deseaba vivir al máximo y atesorar cada segundo.
-X-
—Géminis, al fin… —susurró la sirena cuando sus pies cruzaron el umbral de la entrada. Sus ojos, inquietos y curiosos recorrieron cada rincón de la estancia, tratando de fijarse en cuánto detalle pudiera.
—Bienvenida al tercer templo. —Kanon entró tras de ella y sonrió, haciendo una teatral reverencia, sin quitarle la vista de encima.
Era la primera vez que Tethys visitaba uno de los templos zodiacales. A pesar de ser una invitada del Santuario y de haber sido honrada con la confianza del Patriarca para hacer lo que quisiera, rara vez se había aventurado más allá del Templo Papal y, cuando así lo hizo, había tratado de cruzar por las casas zodiacales tan rápido como le había sido posible. No deseaba abusar de la paciencia y la buena fe que sus guardianes demostraban hacia ella. Después de todo, a pesar de los avances, las relaciones entre el Santuario y Atlantis continuaban siendo tensas.
Julian se había marchado más temprano esa mañana, después de varios días tirantes y estresantes para todos. Sin embargo, podría asegurar que cada minuto que su dios pasó en el Santuario, había valido la pena. Para ella —quien le conocía tan bien—, el cambio en la actitud del joven peliazul había sido notable. Athena podía llenarse la boca de orgullo y asegurar que había encontrado un verdadero aliado en la joven reencarnación de Poseidón. Todos habían hecho un excelente trabajo ganándose el apoyo del peliazul.
—Los privados son más grandes de lo que imaginaba —dijo la rubia. Las habitaciones personales de las marinas en los pilares de Atlantis eran mucho más estrechas y menos lujosas, aunque el paraje del fondo marino que se vislumbraba desde sus ventanas era igualmente hermoso.
—No lo sabes bien. Tienen demasiadas habitaciones, hace frío, especialmente si consideras que están destinados a ser habitados por una sola persona.
—En la mayoría de los casos. —Tethys le miró de soslayo por un segundo, antes de regresar su atención a la colorida frazada decorada con un vaquero y un astronauta que descansaba en el sofá. Sin duda aquello pertenecía a la inquilina femenina del templo, a juzgar por lo que Kanon le había contado de ella—. Pero Géminis tiene el récord en número de inquilinos en las doce casas, ¿cierto?
—Cierto. Tres personas compartiendo el mismo aire...
—¿Te molesta?
—¿Compartir aire? —El gemelo se lo pensó por un momento. Ella esperó ansiosa por su respuesta.
Para Tethys, la relación entre Kanon y Saga era un misterio. Durante sus años en Atlantis, Kanon esquivó el tema como a la plaga. Todo lo que ella sabía, era que el odio hacia su gemelo solía estar profundamente arraigado en su corazón. Y se había enterado de ello no por sus labios, sino por el modo en que su mirada esmeralda se oscurecía con rabia cuando aquel nombre prohibido era pronunciado en alto.
Sus días en el Santuario le habían abierto un poco más el panorama con respecto a aquella fraternal y bizarra relación. Entendía que para comprenderla mejor haría falta mucho más que simple observación, pero prefería no presionar; Kanon le contaría lo que quisiera contarle, cuando quisiera contárselo. Tenía fe en que así sería.
Pero, en lo que sí había reparado era en que, durante las últimas semanas, algo había cambiado. Kanon ya no se ahogaba en rabia al hablar de su hermano y, aunque la distancia todavía era considerable entre ambos, casi podía asegurar que se había acortado. No había mentido cuando dijo que se había cansado de ser una piedra en el camino… que quería cambiar. Y ella se alegraba.
—La verdad es que ya no me molesta tanto —dijo el peliazul—. Hemos vivido peores tiempos, así que diría que en estos días, se ha vuelto más… llevadero.
—Eso me parecía —replicó la sirena. Una sonrisa iluminó en sus labios.
—Las cosas han mejorado entre los dos. Nos soportamos, y eso ya es decir bastante. Incluso a veces intercambiamos algunas palabras… —rodó los ojos, divertido.
—Me alegra escucharlo.
—Además, eres afortunada, sirena.
—¿Sí? ¿Por qué? —Ladeó la cabeza, con curiosidad.
—Si hubieras venido a Géminis unas semanas antes, te habrías encontrado con el templo de Drácula. Oscuro, tenebroso, con murciélagos y todo. —Tethys rió de nuevo, Kanon siempre tenía ese efecto en ella; y para él, su risa era música celestial—. Pero, la okupa femenina ha hecho un trabajo decente con las decoraciones.
—Ya veo, ya veo. —Tethys rió por lo bajo. Tomó con cuidado el pequeño cactus que estaba sobre la mesa, en el centro del salón y se lo mostró—. ¿Un cactus pirata? —Kanon asintió.
—Solía tener dos ojos, pero alguien le perdió uno. —Ese alguien había sido Milo, durante una de sus visitas—. Así que Apus le puso un parche y un sombrero... y ahora es un pirata, sí. Espinito. Capitán Espinito.
Las cejas de Tethys se levantaron conforme la breve historia fue desarrollándose en los labios de Kanon, hasta que estalló en risas. No esperaba que aquellas anécdotas tuvieran lugar en Géminis.
—¡Ay, dioses! ¡Eso es muy gracioso!
—La vida en Géminis es interesante. —Omitió deliberadamente sus todavía más interesantes observaciones de la dinámica entre sus dos compañeros de templo. No tenía ganas de que Saga le acomodará las neuronas de un golpe por abrir la boca.
—¡Me queda claro!
—¿Qué está claro?
La voz de Saga y su repentina aparición los hizo respingarse. Kanon apretó los dientes: Saga había mantenido su cosmos apagado todo aquel tiempo, por lo que no había reparado en su presencia cuando husmeó por los habitantes del templo, minutos antes de llevar a Tethys hasta ahí.
—Oh… Saga, hola. —Tethys reaccionó primero y le ofreció una reverencia, que él correspondió con un suave movimiento de cabeza.
—Tethys. —No lo dijo, pero le sorprendió verla ahí.
—No pensé que estuvieras aquí.
—Llegué hace un momento y aproveché para darme una ducha —respondió a su hermano.
—Ya… —El menor de los gemelos se aclaró la garganta—. Traje a Tethys para que conociera el templo… Nunca la había traído antes, así que pensé que… Bueno, en realidad, no pensé que hubiera nadie más por aquí… —Saga levantó las cejas sutilmente, ante la inusual torpeza que encontró en su gemelo.
—Por mí está bien. Eres bienvenida cuando lo desees —dijo, a la sirena. Sus palabras hicieron que Kanon soltase el aliento. Una sonrisa apareció en los labios de la joven.
—Gracias.
—¿Vas de salida? —preguntó, al ver la ropa.
—¿Eh? Sí… —Todavía tenía asuntos que resolver ese día.
—Vale. ¿Apus no ha llegado?
—No, no creo… —Y eso era precisamente lo que tenía que resolver. Esa mañana, los dos habían decidido ignorar deliberadamente las consecuencias de su noche juntos, pero no podrían continuar en negación por mucho tiempo. No si querían preservar la relación tan especial que tenían hasta entonces. Tampoco podía ser tan malo, ¿cierto? ¡Por los dioses, eran adultos! Podían lidiar con eso… Sin darse cuenta, se mordió el labio. Por Athena… ¿Por qué demonios estaba pensando en tenerla de nuevo en su cama?
—¿Estás bien? —Solo reaccionó al escuchar el cuestionamiento de su hermano y reparar en la curiosidad en el rostro de su visitante.
—Sí, sí. —Suspiró, esforzándose por apartar todo pensamiento impuro de su mente—. Debería irme.
—De acuerdo. Si no te importa, Tethys se quedará un rato más.
—No hay problema. Os lo repito a ambos —dijo, centrando su atención especialmente en ella—, las puertas de Géminis están abiertas para tí.
Tethys asintió, agradecida con su recibimiento. No estaba segura si Saga sabía o no sobre ellos, pero la sinceridad en sus palabras era incuestionable.
Miró de uno a otro gemelo, y entonces se dio cuenta: Kanon estaba sonriendo.
—Al menos mientras no me abofetees de nuevo… —Y la sonrisa se convirtió en carcajada.
-X-
Shion se había sorprendido al verla entrar caminando con determinación junto a Mu, aunque agradeció internamente que Saga ya se hubiera ido. Naiara siempre había sido una niña atrevida y osada… lo sabía de sobra. Sin embargo, después de todo lo que había sucedido, no imaginó tenerla ahí enfrente de nuevo, por voluntad propia. Tenía curiosidad por escuchar lo que tenía que decir, y la expresión satisfecha de Mu, no hacía más que acrecentar ese sentimiento.
—Os escucho.
—Naiara tiene algo que compartir contigo, Maestro. —Shion la miró fugazmente, y asintió, animándola a hablar. Desde donde estaba, la sintió titubear. Estaba atemorizada de él… y no podía culparla. La morena se aclaró la garganta.
—Maestro… —inclinó suavemente el rostro, intentando por todos los medios, centrar su atención en otro lugar que no fueran su mirada amatista y los lunares.
Kanon le había dicho alguna vez que tenía suerte de que la máscara escondiera sus reacciones. Aunque era posible, que no lo hubiera dicho exactamente así y que hubiera mencionado que con una máscara sobre el rostro, uno podría mirarle el culo a las doncellas sin que nadie se diera cuenta. Sonrió. Estúpido Kanon… ¡En qué momento se acordaba de él! Sin embargo, el pensamiento la relajó. Sabía que para el rango dorado ver a través de la máscara con el cosmos, era tan sencillo como respirar, pero el recuerdo la infundió confianza.
—Estuve reflexionando acerca de los diseños de las armaduras femeninas y las debilidades que tienen los ropajes: en batalla son inútiles protegiendo gran número de puntos vitales y la supervivencia de las amazonas se reduce a su velocidad y capacidad de esquivar golpes. —Shion asintió lentamente: tenía razón—. Entre plata y bronce, apenas llegamos a quince amazonas armadas y tan solo Salamandra y Caelum cumplen con su cometido: proteger nuestro cuerpo. Creo que podemos rediseñar las armaduras con los recursos de los que ya disponemos para fortalecer al menos la protección del tronco y los muslos. Queremos ser realmente útiles en la guerra y…
—Esto es una sorpresa —miró a Mu fugazmente y una minúscula sonrisa se dibujó en sus labios. El pelilila asintió levemente, y Shion volteó de nuevo a la amazona.
Entonces, ella le tendió el papel: un boceto de mejora de Grulla y Apus. Analizó los trazos, y vió alternativamente del garabato a Naiara. La mejora no era nada extravagante, ni exagerado. Era…
—Me gusta —dijo, simple y llanamente. Naia entreabrió los labios, pero ningún sonido salió de ellos—. Me gusta mucho —repitió él. Sus ojos se fijaron en ella y sonrió ciertamente orgulloso. Le devolvió el papel—. Tienes mi aprobación y apoyo en este proyecto.
—¿De verdad? —El Maestro asintió, y algo dentro de sí se estremeció al escuchar la desconfianza en aquella pregunta.
—Con una condición.
—¿Cuál?
—Que seas tú quien se ocupe de esto íntegramente. Es un trabajo ambicioso, y te resultará agotador. Pero como amazona de Caelum que eres, has demostrado que tienes talento en este ámbito. Tendrás toda la ayuda que necesites tanto de Mu como mía, pero quiero que seas tú quien ponga su corazón en esto.
—Lo haré. Lo haré, Maestro.
No supo de dónde surgió su voz, porque era la primera vez en toda su vida que Shion la hablaba así: con cierta satisfacción. Su interior era un torbellino de emociones que amenazaban con explotar, y sus ojos fueron incapaces de retener la cortina de lágrimas que los empañó.
—Confió en tí, Naiara.
El corazón le dio un salto al escuchar esas cuatro palabras y, de pronto, comprendió cómo se sentían Saga o Aioros cuando Shion mostraba su aprobación. Era una sensación maravillosa.
—Gracias, Maestro. No voy a decepcionarte.
Y algo dentro de Shion, sabía que no lo haría. Se sintió aliviado. Del modo más casual, estaba casi seguro de que Naiara había encontrado el camino a su lugar en el Santuario. Caelum al fin se había comprometido con su destino.
-X-
Con cuidado, Aioros dejó a la pequeña bestia sobre el suelo empedrado. Se había asegurado que la correa estuviera en su lugar, y que el collar no fuera ni demasiado holgado como para que escapase, ni demasiado ajustado como para lastimarlo. Sin embargo, en el momento en empezó la marcha y la correa se tensó, el cachorro se negó a dar un solo paso. En vez de eso, se agazapó en su sitio y gruñó con el siguiente tirón. No estaba dispuesto a moverse.
—Oh, venga ya. —Aioros bufó. Su frustración resultó divertida para Janelle, quien no se molestó en disimular su sonrisa traviesa.
—Creo que no quiere caminar. Anda, llévalo en brazos.
—Pero…
—Es pequeño, no pesa tanto.
—El peso no es problema. Pero tarde o temprano tendrás que enseñarle a usar la correa. Ahora es un cachorro y pesa nada. Solo espera a que sea un perro adulto y pese más de treinta kilos y ya me dirás como te va.
—¡Bah! ¡Lo podrás cargar tú! —Rió y Aioros se contagió de su risa.
—Boba…
—Vamos, es su primer día con nosotros. Si no lo cargas tú, lo haré yo —dijo cruzada de brazos.
—Está bien, está bien. Te has salido con la tuya, pequeño gruñón. Tienes una madre consentidora. —Se dirigió al cachorro antes de levantarlo.
Claro estaba que no podía enojarse con el peludo. Aquella adorable bola de pelos era… Eso: adorable.
Janelle había elegido al cachorro de golden retriever de entre un montón de ellos, alegando que era perfecto. Tal vez no se había equivocado, porque la pequeña bestia de esponjoso pelaje dorado, tenía el par de ojos más traviesos y adorables que hubiese visto en mucho tiempo. Además, las enormes orejas que caían a cada lado de su rostro le proporcionaban un aire de desparpajo que solo acrecentaba su aura de picardía.
Cuando lo abrazó, el peludo se revolvió en sus manos y, antes de que el santo pudiera hacer cualquier cosa, los pequeños y afilados dientecillos del cachorro se hundieron en su brazo.
—¡Au! ¡Me ha mordido! —Se quejó, y entonces, Janelle estalló en carcajadas—. ¡No es gracioso!
—¡Lo es! Te ha dejado una marca, mira —señaló—. ¡Oficialmente, eres su humano!
—¡Cómo si necesitara más marcas!
—Eh, te quejas mucho. Solo ha sido un pequeño… —De pronto, guardó silencio y el rostro de la mujer se iluminó—. ¡Ya sé!
—¿Qué sabes?
—¡Su nombre!
—¿Has elegido uno ya?
—Sí. —Janelle asintió con determinación—. ¡Mordisquitos! Se llamará Mordisquitos.
—Oh… —Aioros tomó al cachorro y lo levantó para que quedase a la altura de sus ojos. La cola peluda del animal se balanceó de un lado a otro, mientras intentaba lamer la nariz del chico frente a él—. Sí, tienes cara de un Mordisquitos —dijo—. Aunque tu nombre es un poco largo, así que te llamaré… Mordis.
El cachorro ladró dos veces, aprobando, y tanto Aioros como Janelle rieron a la vez.
-X-
Paseando sus ojos almendrados por el horizonte, Deltha suspiró. Hacía siglos que sus pies no la llevaban a aquel lugar, y lo cierto era que no había perdido un ápice de su magia. Meridia era, y siempre sería, espectacular.
El estanque que rodeaba los cimientos de la torre, brillaba con los mismos tonos oscuros de las nubes que surcaban sus cabezas en aquel atardecer, y los árboles del bosque murmuraban mecidos por el viento.
Llevaba ahí un buen rato, sola con sus pensamientos. Había terminado los entrenamientos, y se había esfumado tan rápido como le había sido posible. O, al menos, más rápido de lo que era habitual. Su mente estaba revuelta y necesitaba calmarse antes de volver a casa.
A casa. Géminis: el templo de la perdición. No podía llamarlo de otro modo. Después de haberse despedido de la silueta durmiente de Saga aquella mañana, de besar su melena y embriagarse de su olor, lo había visto a lo lejos en el coliseo. Su presencia jamás pasaba desapercibida y sus miradas se habían cruzado en un par de ocasiones que él había respondido con una minúscula sonrisa.
De alguna forma, se veía deslumbrante con ese gesto: ligeramente tímido, pero con una pureza imposible de disimular. Saga no regalaba sonrisas, pero a ella… a ella le regalaba mucho más. ¡Dioses! Había sido incapaz de cerrar sus ojos un solo momento aquel día y no pensar en esa noche. En sus manos recorriendo su cuerpo, en sus labios, en su respiración pausada cuando sus ojos le permitieron dormir unos instantes acurrucado junto a ella…
En él. ¿Qué debía hacer ahora? ¿Qué…? ¿Podrían sobrellevar una relación de amantes? ¿Su amistad lo soportaría? ¿O lo más sabio era, tal y como su conciencia dictaba, parar antes de que quemarse más?
Suspiró, colocándose un mechón de la corta melena tras la oreja y se acurrucó sobre la baranda de piedra, abrazando sus rodillas. Cerró los ojos y respiró hondo.
—Meridia, ¿eh?
Agradeció a los dioses por los reflejos de amazona que usualmente menospreciaba, porque sino, hubiera terminado cayendo al agua del estanque por el susto. La voz inesperada de Saga la había sacado de su ensoñación.
—¡Perdón! —exclamó con una sonrisa pícara—. Quizá debí anunciarme antes…
—¡Dioses, Géminis! ¡Casi me caigo torre abajo! —se llevó una mano al pecho, pero en un pestañeó, su rostro imitó el gesto de él.
—¿Qué haces aquí? —dijo, acercándose a ella y apoyando los codos en la balaustrada. Su mirada se perdió en el horizonte.
—Llueve —musitó con el ceño arrugado—. Y aquí hay techo.
—Bien visto…
Después, unos largos segundos de silencio siguieron a sus palabras. Saga se negó a mirarla. El camino no había sido lo suficientemente largo como para aclarar su discurso mental y, al final, no iba a tener más remedio que improvisar. ¡Los dioses se apiadasen de él! Sentía el corazón desbocado y, en un momento de ansia, se había hecho sangre en uno de sus dedos de tanto morderse.
—¿Cómo ha ido el día? —preguntó ella.
—Largo. —Pero no volteó—. Lo bueno es que Julian y Sorrento ya se han ido.
—¿Lo malo? —Saga esbozó una sonrisa cansada y negó con el rostro suavemente.
—Obligaciones…
Se sintió observado al detalle y, aunque estaba acostumbrado al escrutinio, algo dentro de sí se revolvió. Deltha parecía capaz de adentrarse en lo más profundo de su ser. Sus ojos de miel eran mágicos y eran capaces de tocar fibras sensibles con un solo pestañeo.
—¿Saga?
—¿Mmmm…?
—Tenemos que hablar. —Sus miradas se cruzaron por un momento.
—Ultimamente no haces más que decirme eso, Apus. Estoy asustado —exageró la expresión con un toque de humor y un giro de sus ojos, pero esas dos palabras no podían ser más ciertas.
—Oh, vamos, sabes que soy inofensiva. —El peliazul alzó las cejas y, divertido, negó con el rostro—. Más o menos. —Se defendió ella.
—Soy todo oídos…
—No vamos a perdernos por lo de anoche, ¿verdad?
El peliazul se tomó un instante, pero finalmente volteó hacia ella, mirándola de frente.
—¿Por qué habría de suceder tal cosa?
—No lo sé… A veces, cuando los amigos pasan a… follamigos —las cejas del santo se alzaron de nuevo. Los términos del mundo exterior no dejaban de fascinarle—. Las cosas… —se encogió de hombros. La noche anterior su lengua estuvo mucho más ágil que en ese momento, maldición.
El viento aulló y la melena de Saga se revolvió. Un escalofrío recorrió a ambos. Entonces, el peliazul tomó su mano y tiró de ella, hasta que ambos quedaron sentados en el suelo, al resguardo de la pared.
—¿Cumplió con tus expectativas, pajarito? —la miró de reojo, y el gesto travieso que súbitamente adornó el rostro de ella, habló por sí solo—. Eso pensaba.
—Engreído. —Golpeó sus costillas entre risas.
—Oye, solo pongo en palabras un hecho… sonabas bastante divertida y entregada.
—¡Saga!
—¿Qué? ¿Te pones timida ahora? —Los dioses sabían que estaba intentando normalizar la situación con su idiotez fanfarrona y esperaba que funcionase, porque sino, no sabría cómo aligerar el ambiente.
—No, la verdad que no.
—¿No, qué? —Deltha ladeó el rostro—. ¿No te pones timida? ¿No cumplió las expectativas, qué…?
—¿Qué pasa, Géminis? —Una sonrisa pícara se dibujó en los labios femeninos—. ¿Eso ha sido un breve momento de inseguridad?
—¡Nah! ¡Ni hablar! —La amazona estalló en carcajadas al escucharlo y cuando él la oyó reír se sintió infinitamente más relajado. Por un instante, Saga también sonrió.
—Escucha, si vamos a continuar así…—musitó ella, acariciando su mano con suavidad, sin dejar de ver a aquel par de ojos color esmeralda—. Necesitamos reglas. Todo esto me gusta, o puede gustarme… —se encogió de hombros, luchando por que su rostro no traicionase la emoción de su interior al pensar en él—, pero… no quiero perderte si algo sale mal.
—Entonces, con una regla basta. —Deltha alzó las cejas, cuestionándole. Saga no le parecía tan simple con esos asuntos—. Pase lo que pase, un polvo no va a arruinar lo que tenemos, ¿de acuerdo? Tú siempre vas a quererme y yo haré lo mismo. Somos amigos. —Ella asintió y esbozó una sonrisa diminuta. Saga no sabía lo mucho que esas palabras la tranquilizaban. No podría soportar que él no estuviera a su lado, siendo todo lo que tenía—. Pero, mientras tanto, este asunto puede ser muy divertido…
—No quiero repetirlo si eso nos va a separar y hacer las cosas raras entre nosotros.
—¿Y si no lo enrarece? —A su pregunta, solo siguió silencio. Saga la miró por un momento—. ¿Repetirías?
—Dímelo tú.
—Sí —al escuchar el aplomo en su voz, Deltha buscó sus ojos. La mirada arrolladora de Saga la observaba sin dudas, sin titubeos, y sus labios brillaban tentadores.
—¡Dioses, Saga!
—¡¿Qué?! —No sabía qué esperar de ella—. ¡Me estás poniendo nervioso!
—Es muy cruel pasar una noche así y el resto del día en compañía de Jamian, ¿entiendes?
Saga entreabrió los labios. Todas las posibles respuestas que se había planteado en su mente, se esfumaron. Ella, mientras tanto, estalló en carcajadas. Su cara de póker. ¡Dioses! ¡Deltha la amaba! La amazona continuó riendo pero antes de que pudiera decir nada más, los labios de Saga la silenciaron sin que ella lo viera venir. Sus manos se escurrieron hasta su nuca, jugueteando con los mechones de su pelo que escapaban a las coletas. Deltha ahogó un gemido de sorpresa, pero de modo inmediato, su cuerpo reaccionó. Saga era… un pecado.
De pronto, el santo interrumpió el beso y ella se encontró boqueando por aire y deseando más… mucho más. Saga se separó, y una expresión asombrosamente serena se dibujó en su rostro.
—Creo que me voy a casa —dijo de pronto poniéndose en pie de un salto.
—¡¿Qué?! ¡Saga!
—¿Sí? —preguntó con aquella templanza tan suya que ahora a ella la resultaba desquiciante.
—¡No puedes hacer eso! —Siguiéndolo, también se puso en pie.
—¿El qué? —fingió demencia.
—¡No es legal ir por ahí besando a nadie de esa forma y luego…!
—¿No? —su rostro, adornado de travesura, se tiñó con una picardía más ardiente.
—No. —Deltha se cruzó de brazos, frunció el ceño y dibujó un mohín disgustado en sus labios—. La primera norma de nuestra relación será…
—Segunda.
—¿Qué…?
—Segunda norma. La primera era que esto no va a…
—Saga, ¡callate! —El peliazul cerró los labios y ladeó el rostro. ¡Dioses! ¡Cómo se divertía!— La segunda norma de nuestra relación será esta: Lo que se empieza, se acaba.
—Espera, espera… —Alzó una mano, y Deltha entrecerró los ojos con fastidio— ¿Hemos pasado de una negociación de términos a una proposición indecente?
Deltha gruñó, pero no dijo nada más. Tironeó de la cascada azul que era su melena, hasta que sus labios estuvieron a su alcance y, entonces, lo besó de vuelta. De modo inmediato, las manos de él envolvieron su cintura y sin separarse de ella un solo instante, el mar de estrellas de la Otra Dimensión les envolvió, acortando el camino de vuelta a casa.
-X-
Stravros miró con cierta impaciencia como el cachorro recién llegado olfateaba cada rincón de la diminuta oficina. Vagó por la habitación durante algunos minutos, antes de echarse en la cama que Janelle le había comprado durante el trayecto de regreso al almacén, no sin antes arañarla un poco para acomodarla a su gusto. Ingenua ella, pensando que el cachorrito no terminaría durmiendo en su cama. Solo entonces, el viejo respiró.
—¿Estás segura de que es una buena idea? —preguntó, a sabiendas de la respuesta.
—Vamos, abuelo, no tengo diez años. Puedo cuidar de un perro.
—Lo sé, lo sé. Pero podrías haber elegido uno más pequeño. El animal crecerá y la casa le quedará pequeña. —Su mirada se dirigió a Aioros, suplicante de su ayuda para hacerla entrar en razón.
—Se lo advertí —dijo el santo, encogiéndose de hombros—. Pero, ya la conoces. Cuando algo se le mete a la cabeza…
—Ay, sí, sí, la conozco… Entonces, no hay remedio. —Stavros suspiró—. Os dejaré ahora. Loxia está solo en el mostrador y, aunque suele ser atento, las personas le abruman.
—Ve, abuelo, ve. Iré en un momento a ayudaros.
—Sí, tranquila. Me haré cargo. —Y con una reverencia, el anciano se retiró.
Janelle dio algunas vueltas más por el despacho, arreglando detalles para que Mordis estuviera tan cómodo como fuera posible sin que nada terminase roto o destrozado por el pequeño travieso. Aioros la observó en silencio mientras iba y venía, hablando de todo tipo de cosas. Por momentos, se perdía en la conversación, pero la mujer se encargaba de devolverlo a la realidad y ponerlo al tanto.
Sin embargo, en el momento en que ella se detuvo y buscó por él, con una seriedad inusitada, el santo se respingó.
—¿Qué pasa? —preguntó él.
—Eso debería preguntarte yo a ti. —Su reclamo hizo que Aioros se mordiera el labio con nerviosismo—. ¿Está todo bien?
—Sí, sí, no te preocupes. Es solo que… Esta mañana, Shion habló con Saga y conmigo.
—¿Sobre qué?
—Una misión. Para mi equipo.
—Oh…
Los rumores acerca del resultado de las dos últimas misiones había corrido por todo el pueblo como pólvora. El Maestro, Roshi, Shura, Camus… Los ánimos no eran buenos.
Janelle nunca se había atrevido a preguntar a Aioros por detalles, pero lo que sabía —cierto o no— bastaba para ponerla nerviosa. Era por todos sabido que las dificultades por las que atravesaban la Orden y la humanidad, se habían convertido también en una incógnita que nadie parecía capaz de descifrar.
Sin embargo, no era el momento de caer en pánico, y si lo hacía no era la ocasión de demostrarlo. Así que se recompuso tan rápido como le fue posible a pesar de que sabía que, con toda seguridad, Aioros había notado su desconcierto.
—¿Iréis solos? —cuestionó con interés.
—Eso parece.
—¿Puedo saber a dónde iréis?
—Lemnos. —Se encogió de hombros—. Lamentablemente, no puedo decirte nada más.
—Lo sé, lo sé. Entiendo esa parte. —Asintió. Comprendía la importancia del secretismo que se tejía en los altos mandos del Santuario—. Seréis cuidadosos, ¿cierto?
—Sabes que sí. No debes preocuparte. —Aioros la tomó de la mano y tiró de ella hasta que pudo abrazarla. La sujetó contra el pecho, sintiendo sus brazos cerrándose alrededor de él, y le besó el cabello—. Se trata de una misión sencilla. Un par de horas y listo. Ni siquiera te daré tiempo a extrañarme.
—Oh —repentinamente, Janelle se separó un poco de él y buscó su mirada—, me cobraré tu ausencia antes de que te marches, ya lo verás.
—Si estamos pensando en lo mismo, estoy dispuesto. —Esbozó una expresión de falsa inocencia que hizo reír a la joven.
—Eres terrible...
Del otro lado de la puerta, Loxia giró los ojos con fastidio. Había aspectos en la vida de los santos que jamás terminaría de entender. Aquel era uno de esos.
Tan estúpidos, tan humanos… Tan mortales.
Para su fortuna, esas mismas debilidades habían jugado a su favor. Cuando eligió el pequeño almacén como su base de operaciones, nunca imaginó lo cerca que terminaría de los asuntos del templo papal. Janelle se había convertido en un recurso valioso, sin siquiera darse cuenta y él, por supuesto había jugado sus cartas de manera impecable.
Sonrió, a sabiendas de que llevaba la ventaja. Después, tal como bien llegado, como un rayo de sol entre las nubes del invierno, se marchó de ahí sin ser notado.
—Continuará...—
NdA:
Mordis: Guau! Guau!
Arles: ¡Las mascotas están prohibidas en el Templo!
Aioros: ¡Ya, ya! No muerdas la túnica de Arles, Mordis!
Gato: ¿Ahora soy... tío?
Aioros: Algo así, podría decirse...
Saga: *_* 3
Shura: ¿Lo tendremos de visita en las Doce Casas? ¿Hay custodia compartida?
Milo: ¿Va a robar las bragas de Shaina? Es peligroso...
Aioros: ¡Nada de robar bragas! ¡Nada de romper cosas! ¡Mordis es un perrito decente!
Mordis: Auuuuuu!
Saga: ...yo quiero uno!
Arles: ¡No! ¡Mascotas prohibidas!
Saga: ¡Pero...!
Angie: Saga tiene un pajarito… y canta!
Shion: Con una mascota llegarás aún más tarde...
Saga: ¡Ángelo!
Angie: Ya, ya. Para seguir las aventuras del perrucho os esperamos en el siguiente capítulo.
Eire: ¡Ay! Yo quiero una cabrita T_T
Shura: Ay, dioses...
Kanon: También podréis seguir las aventuras de Capitán Espinito y el Pajarito... Pío, pío!
Arles: ¡Dioses! Nadie toma nada en serio...
Mordis: Auuuuu!
Naia. ¡Yo, Arles! ¡Yo lo tomo en serio! Las Malvadas piden disculpas por el retraso... las musas se han hecho un poco de rogar, ¡pero prometen volver pronto!
Eire: ¡Nos vemos pronto!
