NOTA: Este capítulo tiene contenido recomendado para mayores de 18 años. ¡Avisados estáis! Luego no os quejéis si os comen los monstruos…
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Capítulo 60: Alzando el vuelo
Sus pasos le habían llevado hasta allí sin un motivo aparente. O quizá simplemente era el nerviosismo que sentía: después de todo, si algo bueno tenía Saga en esas situaciones era la tranquilidad que transmitía.
Hacía frío y la noche había caído ya pero, a pesar de ello, el peliazul estaba en la terraza. Le daba la espalda, con las manos apoyadas en la baranda, la mirada puesta en el horizonte oscuro del Santuario y un cigarrillo en los labios. En la mesa, junto al pebetero ardiente, un sandwich a medio comer lucía abandonado y, por un momento, Aioros se sintió volviendo muchos años atrás, cuando aquella terraza era el rincón de risas, de juegos, de aprendizaje… de confort. Un pequeño rinconcito seguro en aquella vida tan oscura que les había tocado vivir.
Recortó los pasos que los separaban y, aunque no dijo nada, sabía que Saga le había sentido llegar. El sonido de sus botas de oro había delatado su presencia. Lo vio de soslayo cuando se colocó a su lado.
—¿Ya te vas? —preguntó el gemelo con suavidad.
—En breve. —Saga asintió, ensimismado.
—¿Cómo lo han tomado tus chicos?
—Spartan está horrorizado. Asterión… —se encogió de hombros—. Al menos Tatiana se mantiene firme. No está entusiasmada, pero… —Una minúscula sonrisa se dibujó en labios de Saga ante la mención de la rubia.
—Ella te guardará las espaldas.
Ella. Sabía que Saga la adoraba y sentía hacía la rusa un cariño especial; pero había algo amargo en aquella afirmación, a pesar de que era cien por cien cierta. La mirada esmeralda del geminiano lucía apesadumbrada… y Aioros no necesitaba una explicación. Ellos habían crecido juntos para ser quienes se cuidasen las espaldas mutuamente. Juntos.
Suspiró, se revolvió los rizos y apoyó los codos en la balaustrada de mármol. Durante unos segundos, o quizá minutos, solamente el suave sonido de Saga calando el cigarrillo interrumpió su silencio.
—¿Alguna vez has pensando en…? —musitó, captando la atención del arquero, pero no terminó la pregunta.
—¿En…?
—En lo distintas que son ahora las cosas —el humo se escurrió de sus fosas nasales con una lentitud hipnotizante—. Hace quince años me pediste que permaneciera a tu lado… —El castaño frunció el ceño—. Todo salió terriblemente mal, pero ahora…
—Aquí estamos, ¿no? —El peliazul asintió—. Saga…
—¿Si? —Aioros volteó a verle directamente, pero él no se giró. De alguna forma, se sentía terriblemente pequeño bajo aquella mirada azul.
—Hace quince años no quería el trono, de ninguna manera… —Una mueca se dibujó en labios del mayor—. Pero si hubiera sabido que las cosas serían como ahora, contigo a mi lado… no por debajo, no hubiera tenido miedo alguno de enfrentar lo que fuera.
—¿Estás confesando que te gusta el poder después de todo? —Aioros rodó los ojos, pero se encontró sonriendo.
—Estoy diciendo que no podía haber mejor manera de ocupar este puesto que junto a tí.
No dejó de mirarlo un solo instante, observando la máscara de perfección que era el rostro de su viejo amigo. Saga agachó levemente la mirada, fijándola en la ceniza del pitillo que caía con el suave toque de sus dedos, y tras unos segundos —en los que Aioros sabía que su cerebro no había dejado de pensar en lo que acababa de escuchar— finalmente volteó a verlo directamente.
—¿Es una declaración de amor? —bromeó. Aioros sonrió, sacado de balance. ¡Estúpida mente rápida y afilada! Uno nunca sabía por dónde iba a salir...
—Me temo que no estamos en ese punto aún.
—Y, ¿en qué punto estamos? —Esta vez fue el castaño quien se tomó su tiempo para responder.
—Saga, escucha —dijo mientras buscaba sus ojos—. Las cosas no han ido bien entre tú y yo. Pero debo admitir que me ha sorprendido el modo en que hemos salido adelante con la responsabilidad que nos ha dado el viejo… No ha importado nuestro lado personal, hemos funcionado a las mil maravillas y… —negó.
—Aunque te sorprenda, sé separar mi vida personal de mi trabajo…
—No me sorprende de ti —negó con rotundidad—. Me sorprende de mí.
—¿Por qué?
—Porque hasta ahora siempre he sido… —se encogió de hombros, suspirando una vez más—. El emocional, el inseguro… el cabeza caliente. Corazón de fuego —rodó los ojos—. Y admito que has encajado nuestros problemas con más entereza de lo que había pensado inicialmente.
—Aunque no lo creas, si algo aprendí desde bien niño es a resignarme: no importa lo que yo sienta, o mis deseos personales. Las cosas son como son y, usualmente, yo no puedo cambiarlas. Pero mentiría si dijese que no me hubiera gustado vivir esto contigo a mi lado cuando eramos… —"Amigos", pensó.
—Siempre seremos hermanos.
—Ya…
—Sé que te preocupas por mí. Sé que a pesar de que… —se sopló los rizos—, sé que si necesito algo, no importa lo que nos haya pasado, tú estarás ahí para mí.
—¿Qué significa esto, Aioros? —preguntó a la defensiva. Su expresión lucía más severa y confundida que segundos atrás—. No te andes por las ramas… no me quieres cerca. No confías en mí. —Para el arquero, fue difícil no sentir el amargor en aquellas palabras.
—Saga, sé que si alguna vez estoy en peligro, estarás ahí en un pestañeo sin necesidad de que te llame siquiera… No has dejado de vigilarme en la distancia todo este tiempo, ni de preocuparte. Quizá no estoy listo para retomar lo que éramos, y quizá nunca estés de acuerdo con la decisión que tomé respecto a nosotros, pero… —se encogió de hombros—, eso no significa que no me preocupe por tí de igual modo a como tú lo haces por mí. Siempre voy a cuidarte las espaldas, Saga, eres mi hermano.
El peliazul quiso responder, pero ningún sonido salió de su garganta. Se humedeció los labios con nerviosismo y maldijo el momento en que su cigarrillo se había terminado. Se sintió súbitamente vulnerable, frágil… e incapaz de enmascarar sus emociones. Retiró la mirada por un momento, incapaz de mirar aquellos ojos por más tiempo. Lo que había dicho era… ¡Dioses!
—Juntos somos invencibles —Aioros estrechó su antebrazo con firmeza—. Juntos podemos cambiar el mundo.
—Aioros… —devolvió el gesto. Quiso decirle que lo extrañaba, que…
—Lo sé. —El arquero sonrió con picardía. Se conocían demasiado bien—. Es imposible que no eches de menos a alguien tan genial como yo. —Saga sonrió con cierto fastidio.
—Cuídate.
—Estaré aquí en un pestañeo —dijo asintiendo.
No mentía. En nada de lo que había dicho. Quizá Saga no comprendía del todo su proceder, pero Aioros no podía hacer más. Cuando todo el asunto de Deltha había explotado, cuando aquella discusión retumbó en el salón de Géminis… hizo lo que necesitaba hacer. Quería a Saga con toda su alma. Le extrañaba, ¡por supuesto que lo hacía! No había compartido un vínculo así con nadie más, ni siquiera con Aioria. Pero necesitaba espacio, necesitaba aire… necesitaba alejarse y que su inseguridad personal dejase de doler. Había llegado un punto en que Saga le había hecho polvo la poca seguridad que sentía en sí mismo y, si quería recuperarla, tenía que separarse. Tenía que lamerse las heridas, calmarse… y ponerse en pie, alzar el vuelo.
Quizá, en algún futuro no muy lejano, sus alas le trajeran de vuelta a él: renovado y más fuerte. Siendo, exactamente, lo que tanto él como Saga necesitaban del otro.
Aioros le echó un último vistazo antes de darse la vuelta. Desde dentro, Shion se esfumó entre las sombras del despacho. Sin querer, una sonrisa iluminó su rostro. Sus niños… ellos solos estaban encontrando el rumbo.
Estaban creciendo.
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¿En qué momento se había quedado dormida? Deltha no lo sabía. Lo único que tenía en claro era que el cansancio le había ganado la partida y, en algún punto de aquella noche, cerró los ojos y se entregó al sueño.
Se desperezó, sintiendo la agradable sensación de sus músculos al estirarse, y abrió los ojos lentamente. Todavía estaba oscuro. Cuando miró al reloj sobre la mesilla, descubrió que faltaban varias horas antes del amanecer.
Dispuesta a dormir un poco más, se revolvió entre las sábanas, buscando un poco del calor de Saga junto a ella, pero no lo encontró. Giró hacia su lado de la cama, solo para descubrir que estaba vacío. Suspiró, aunque en realidad no estaba sorprendida. Saga dormía poco y, en aquellas pocas noches que habían compartido, descubrió que las pesadillas no le daban descanso durante los escasos minutos en los que conciliaba el sueño.
Esa noche, en particular, sería especialmente difícil.
La partida de Aioros y los peligros que representaba aquella misión —por muy simple que Shion se empeñase en calificarla—, no lo dejarían pegar ojo. Deltha podía sentir su ansiedad y, por mucho que intentaba mantenerlo distraído, el intrincado cerebro geminiano siempre regresaba al punto de autotortura.
La amazona no le culpaba; ella misma estaba preocupada por el arquero. Después de todo, ella había visto y sentido de primera mano lo poderoso que el enemigo podía llegar a ser, durante el dantesco fracaso que resultó ser su misión en Meteora. Después de aquello, no temer por Aioros era imposible.
—Maldición… —musitó, a sabiendas de que no podría volver a dormirse. Su cabeza no se lo permitiría.
Así que se arrastró fuera de la cama. Buscó por su pijama y se vistió. Su estómago se quejó, y ella soltó un gruñido. Tenía un geminiano al que encontrar… Pero antes, un aperitivo nocturno le sería de utilidad.
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—Géminis, son las tres menos cinco de la mañana. ¿Qué demonios haces nadando a estas horas? ¿Acaso nunca duermes?—Deltha entró al salón de la piscina y, caminando de puntillas, se sentó al borde, remojando los pies en el agua tibia.
—No tengo sueño. —De por sí dormía poco, pero la maldita misión en Lemnos y su ansiedad no dejaba en paz a su inquieta mente.
—Pues ahora, menos. Nadar no va a ayudarte a dormir en lo absoluto. —Oyó a Saga chasquear la lengua y no dijo nada más. Solamente se limitó a observarlo recorrer de un extremo a otro la piscina. Le tomó sólo un segundo comenzar a fijarse más en la anatomía del geminiano que en su técnica de nado. Era difícil concentrarse en cualquier cosa que no fueran los músculos marcados de su espalda, sus piernas… y su trasero. Sin quitarle los ojos de encima, tomó una de las galletas que llevaba consigo y la mordisqueó con nerviosismo. Maldito fuera el modo en que Saga hacía revolotear a sus hormonas.
—Comerte un montón de galletas de chocolate tampoco va a ayudarte a dormir, pajarito. —Saga se detuvo de pronto para apuntar al plato repleto de la amazona. Ella respondió sacándole la lengua.
—Tenía hambre.
—Lo noto.
—¿Quieres una?
—No, gracias. ¿Son las galletas de Kanon? —Acababa de reparar en ese detalle.
—Sí. Sólo tomé unas pocas.
—Y, ¿sabes a quién va a culpar por eso?
—A ti, no —Deltha respondió rotundamente—. Kanon sabe que eres anoréxico y no comes nada que no sea aire… o Nutella. —El gesto inmediato de frustración que su respuesta arrancó al gemelo, la hizo sonreír.
—Muy graciosa, Deltha. Muy graciosa. —Retomó el nado—. Pero, para que lo sepas, me culpará a mí por traerte aquí a que te comas sus cosas.
—Son un par de galletas. Ni siquiera va a notarlo.
—Ajá.
Kanon notaría incluso si faltaba una migaja. Pocas cosas eran tan sagradas como sus galletas, y Saga lo había aprendido con el paso del tiempo.
De cualquier modo, aunque su hermano se había calmado un poco a últimas fechas, siempre conservaba la exasperante manía de culparle hasta del clima. Era cuestión de tiempo antes que la maldición de las galletas le cayera encima. Al final, Kanon se las ingeniaría para culparlo y hacerle pagar por los aperitivos nocturnos de Apus también.
—¿Siempre nadas de noche? —La escuchó preguntar.
—A veces. Hoy me apeteció.
—Vaya… —Saga se detuvo, esperando la continuación de aquella observación. Entre las hebras de cabello azul, la miró meterse una galleta a la boca.
—¿Qué? ¿Es tan raro nadar de noche? Tú eras monitora de deportes acuáticos. ¿Vas a decirme que nunca te dio por salir a nadar a mitad de la madrugada?
—Oh, he estado en el agua después de medianoche, sí. —De algún modo, consiguió achocarse otra galleta más en la boca—. Pero, ni estaba sobria, ni estaba "nadando".
—¿Qué…? —La vio medio ahogarse con la risa que su propia travesura le ocasionó. Saga sólo se sopló el flequillo pensando en un montón de cosas que nunca esperó de ella—. Eres una pervertida, Apus.
—¡Oye! No me digas que el señor Patriarca Perveguarro jamás tuvo una aventura en mar abierto, o en el agua, siquiera.
—¿Perve… qué? —Las galletas de Kanon definitivamente tenían droga. Estaba seguro de eso ahora.
—Perveguarro. Es el máximo nivel de perversidad posible. ¡El rey de la perversión! —Saga la miró con fastidio y ella rió. Nunca se cansaba de esa reacción.
—Sí, sí… —Con un manotazo, Saga apartó el cabello húmedo que se pegó a su frente—. Cómo sea.
—No me respondiste. —La pelipúrpura sonrió una vez más—. ¿Vas a jugar al santurrón y decirme que nunca te lo pasaste bien en el agua? —La falta de respuesta lo dijo todo.
—Las termas del Templo Papal eran divertidas —admitió un par de segundos más tarde, con más resignación de la que le hubiera gustado, antes de desaparecer de su vista.
—Lo imaginaba.
Bufando, el santo volvió a sumergirse. Deltha contempló la silueta de la larga cabellera azulada moviéndose bajo el agua. Un instante después, el gemelo emergió a sus pies, acomodándose a un costado. Saga extendió la mano y tomó una galleta, mientras la amazona retiraba la maraña de cabellos mojados que le cubrían el rostro. Al verlo morder la galleta mojada, inconscientemente, arrugó la nariz.
—Las galletas se mojan en leche, no en agua de piscina —replicó.
—No las remojé en la piscina.
—Pero tus manos están empapadas. Es lo mismo. —Dio un golpecito sobre su mano, para impedirle que cogiera otra—. Estás mojando mis galletas, Géminis.
—¡Eh! Tú me invitaste antes.
—Y dijiste que no. Perdiste tu oportunidad.
—Estás pesadita.
—No me gustan las galletas mojadas —negó—. Así que mantén las manos lejos.
Saga entrecerró los ojos y la miró fijamente. Sin inmutarse, Deltha le sostuvo la mirada. No iba a intimidarla, así como tampoco iba a enredar con sus galletas robadas.
—¿Sabes algo? —Él habló, tras varios segundos silencio. Había una sonrisa sospechosa en sus labios.
—¿Qué?
—Creo que ya has comido demasiado. —Y antes de que la amazona pudiera reaccionar, para decir o hacer cualquier cosa, Saga sujetó sus manos y tiró de ella hasta sumergirla en la piscina—. Nada conmigo, pajarito.
—¡Saga! ¡No! ¡No!
La pelipúrpura no tuvo tiempo de decir nada más. Para cuando reapareció por encima de la superficie del agua, boqueaba por aire e intentaba, sin mucho éxito, apartar el cabello que traía sobre los ojos. Entre carcajadas, satisfecho con su travesura, Saga se acercó a ella y la ayudó a quitarse de la cara la melena empapada. Cuando lo hizo, encontró los ojos marrones sobre él, fulminándolo. Ensanchó su sonrisa, haciéndole saber que él había ganado. A cambio, recibió una salpicadura de agua cuando ella dio un manotazo en su dirección.
—¿Qué pasa, pajarito? ¿No te diviertes? —El geminiano rió.
—No acostumbro nadar con el pijama. —Le sacó la lengua una vez más mientras que, dándose la vuelta, nadó hacia la orilla de la piscina con toda intención de salir de ahí.
—Oye, oye. ¿A dónde vas? —Saga fue tras de ella. Antes de que pudiera escaparse, la tomó de la cintura y la obligó a remojarse de nuevo—. ¿Vas a abandonarme tan pronto?
—¿Abandonarte? No tenía intenciones de hacerte compañía desde el principio.
—Pero viniste a verme.
—Para hablar contigo un rato. —De pronto, notó que estaba atrapada entre el cuerpo de Saga y el mármol de la piscina. Se mordisqueó los labios. Iba a suceder de nuevo, lo sabía; siempre comenzaba así—. Nada más.
—¿Segura?
—Sí.
—No me lo parece. —Sintió las manos frías de Saga sobre su espalda, colándose a través de su ropa mojada, y su cuerpo se respingó. La súbita reacción hizo que se apretara más contra el santo. Sus cuerpos se rozaron y ello encendió algo en la mirada de él—. Me gusta el pijama: mojado y ajustadito —ronroneó a su oído.
—¿Sí? —Atinó a decir. Cayó en cuenta que Saga estaba demasiado cerca. Sus labios tonteaban con los de ella, a sólo centímetros, pero sin tocarla.
Deltha conocía ese juego; a Saga le encantaba. Era cuestión de provocarla, de tentarla, de hacerla caer primero. Si ella tuviera más resistencia, se habría opuesto alguna vez. El problema era que a ella le gustaba tanto como él: sentirse cazada, encandilada, deseada, y también ceder, para verlo ceder junto con ella.
Así que lo dejó liar un poco más, con la mirada alternando entre sus ojos y sus labios, sin saber cual de los dos era más hipnotizante. Sus manos se posaron en el pecho desnudo del santo, subiendo y bajando por él, recorriéndolo con suavidad.
—¿Qué dices, pajarito? —volvió a susurrarle—. ¿Te gustaría probar en sobriedad? —Sus labios acariciaron los de ella, fugazmente. La invitación era clara e insistente.
No hubo una respuesta inmediata, pero a Saga le fue obvio el modo casi obsesivo en que la amazona fue por su boca. Fueron un sinfín de caricias superficiales; lamidas juguetonas coquetearon con sus labios, y los besos esporádicos buscaron con ahínco, tornarse en algo más.
—Maldición… —La escuchó musitar justo antes de que sus brazos le rodearan el cuello y lo atrajeran hacia ella, para que su boca enloqueciera a la suya. Una vez más, le había dado la razón.
De inmediato, las manos del gemelo se pusieron en acción. Se deslizaron por la espalda de la amazona y recorrieron sus caderas. Volvieron a subir, esta vez llevándose la camisa del pijama consigo.
La pelipúrpura se revolvió de placer en sus brazos cuando la boca de Saga abandonó la suya y se concentró en el resto de su piel. Las manos masculinas se aferraron a sus muslos, sosteniéndola contra él, y echó el cuerpo para atrás, dándole espacio para maniobrar sus labios fogosos y esa lengua pecaminosa, que sabía donde tocar para enloquecerla. Sólo instantes después, los primeros y más suaves jadeos abandonaron sus labios.
Tan extasiado como ella, Saga volvió a poseer su boca. Impregnó sus labios con los de ella, en un beso profundo y ardiente, mientras sus manos, habilidosas y expertas, se deshicieron de lo que restaba del pijama.
El cuerpo desnudo de la amazona se contorsionó entre sus brazos. Sus labios volvieron a encontrarse y sus lenguas se enredaron, devorándose con pasión desmedida.
Ésta vez fue ella quien conquistó la piel del peliazul. Lamió provocativamente sus labios y descendió por su quijada hasta su cuello. Mordisqueó su hombro, y después, besuqueó su camino hasta el pecho. Sus dedos prepararon el sendero, sobre aquel torso de mármol, que sus labios seguirían más tarde. Atravesó su pecho a besos, lentamente, hasta alcanzar el premio que era su boca.
—¿Ya no quieres huir? —Justo en el instante en que ella mordisqueó sus labios, Saga arremetió, apretándola contra el muro de la piscina. Escuchó cómo gruñía de gusto ante la presión de sus cuerpos, uno contra el otro.
—Calla. —Deltha tomó su rostro entre las manos y volvió a provocarlo con su lengua.
—Tomaré eso como un no.
Estuvo a punto de reírse cuando la amazona se olvidó de su boca por un segundo y buscó su mirada, con aquel gracioso mohín de fastidio en los ojos. Era increíble, como la creciente y extraña relación entre ambos, les permitía ir y venir, de la lujuria desenfrenada a un gesto tan único como aquella muestra de complicidad.
Sin embargo, de nuevo, negó toda oportunidad de queja a la pelipúrpura. Su mano se escurrió rápidamente al lugar más íntimo de ella, seduciéndola con sus caricias. Así que, cuando Deltha abrió los labios, lo único que brotó de ellos fue un gemido, más ronco y más deseoso que todos los anteriores. Se sujetó al cuello del santo con toda la fuerza que le quedaba, mientras el suave arrullo de sus gemidos y su respiración agitada, premiaban el trabajo de sus dedos.
Saga sintió su propio cuerpo hervir, arrastrado por la excitación de la amazona. Se tomó un momento para contemplarla: sus mejillas coloreadas, la mirada impregnada de deseo y sus labios, que se movían incesantes, liberando gemido tras gemido.
—Maldición, Saga… —jadeó una vez más, poseída por el placer, mientras los labios del gemelo terminaban lentamente con su cordura, y sus dedos obraban sobre ella. Enredó las manos, ansiosa, en la melena azul, deseando que no se apartarse de ella jamás.
—¿Qué? —Escuchó el tono ronco del santo en su oído y sintió su lengua delineando su oreja, robándole un gemido más.
—¿Cómo es que…? —balbuceó, antes que el beso apasionado del santo la obligara a callar, robando sus ideas, así como sus jadeos.
—¿Cómo es, qué? —El geminiano levantó la mirada, cargada de deseo, para clavarla en el rostro sonrojado y extasiado de ella. Esperaba alguna pregunta pervertida:"¿Cómo es que se siente tan bien? ¿Cómo es que sabes exactamente donde tocar? ¿Cómo es que siempre vamos por el mismo camino?"
—¿Cómo es que vamos a salir de aquí después, si ya has estropeado mi pijama?
—¿Ahora te pones tímida? —Fue lo único que se le ocurrió decir, después de aquel golpe bajo a sus expectativas. Para sus adentros, no supo sino sonreír.
—Con Kanon, sí. Contigo… comienzo a pensar que jamás. —Le susurró al oído. La caricia de su respiración le resultó terriblemente provocativa.
—Claro…
—¿Quieres comprobarlo? —La pelipúrpura no le dio tiempo para responder. De inmediato, sus labios se abalanzaron sobre el gemelo.
Su boca lideró el camino. Abandonó los labios de Saga y bajó, entre lamidas y besos traviesos; descendió por su cuello, su pecho, su ombligo, hasta que el agua le impidió seguir con su camino. Sus manos fueron tras el rastro que sus besos habían dejado: acariciaron sus hombros, recorrieron sus pectorales y el torso marcado, y bajaron, hasta afincarse en el bañador para arrastrarlo consigo en su descenso.
Saga retuvo la respiración cuando agachó la mirada y se encontró con los ojos de Deltha, tan juguetones como seductores, retándole a permanecer estoico en el sensual juego que estaba a punto de comenzar. Sabía lo que venía, lo que ella planeaba, y experimentó una ansiedad desbocada que disparó su lujuria. Entonces, contempló su sonrisa pícara antes de verla desaparecer bajo el agua, y soltó la respiración, con un pesado suspiro, cuando sintió el calor de su boca envolviéndole.
Apoyó las manos contra el borde de la piscina y se abandonó, dispuesto a disfrutar de las caricias fogosas. Hizo lo mismo con su frente, tan solo un instante después. Los labios de la amazona, su lengua que no tomaba descanso, le tenían presa de un encanto. Gimió, sin darse cuenta, y se mordió los labios cuando su propio ronroneo le despertó de aquel momentáneo letargo de placer puro.
—Pajarito… —jadeó, mientras sus ojos verdes se abrían lentamente, buscando la figura de la pelipúrpura, aún bajo el agua, incansable en sus esfuerzos de satisfacerle. Suspiró una vez más, disfrutando de esos últimos segundos, y después la hizo salir, sujetando sus brazos. Cuando la tuvo de nuevo frente a sí, apartó el cabello de su rostro torpemente, y selló su boca con la de ella, en un beso salvaje—. Basta, pequeña pervertida. Vas a ahogarte antes de llegar a la parte interesante... y vas a ahogarme contigo.
—Tranquilo —ella respondió—. ¿Te gustó? —Relamió sus labios, haciéndole sonreír—. Es una pena no poder verte la cara mientras tanto.
—Pervertida.
Robó una sonrisa de la amazona, que pronto se convirtió en una carcajada desvergonzada que él calló con sus labios. Hubo varios besos más, todos fugaces, pero no carentes de ímpetu. Pero después, cuando las palabras se acabaron, todo lo que quedó fue aquella magnética atracción entre sus ojos y la caricia de sus pieles desnudas, apretadas una contra la otra.
Las manos del geminiano la sujetaron de los muslos, y ella correspondió, enredando los brazos alrededor de su cuello y abrazando su cuerpo con las piernas.
Deltha se meció sobre él, en una agonizante y última tentación. La mirada, tan intensa como la del gemelo, lo retó a seguir. Apretó los labios y suspiró conforme le sentía, escabulléndose en su interior. Gimió, suspendida en el tiempo, al llenarse de él. Se mantuvo quieta, expectante; y sólo cuando volvió a sentir la presión de su cuerpo aprisionándola contra el mármol, se dejó arrastrar por el deseo.
Empezó suave, como siempre, con tortuosa lentitud, como si buscara enloquecerla. Los roces, las caricias se sentían magnificados, y sólo invitaban a más. Sus labios tampoco parecían dispuestos a retirarse de la batalla. Fueran besos, mordidas, gemidos o suspiros, ninguno se daba abasto.
—Más… —La amazona musitó, rendida ante la conquista del santo a su cuerpo.
—¿Qué? —Deliberadamente, Saga se detuvo. Buscó su rostro y atrapó sus labios otra vez, sin apartar su mirada triunfante de aquel rostro perdido en el placer. Deseaba seguir, tanto como ella, pero había algo terriblemente excitante es escucharla admitirlo.
—Más, Saga. Más. —La respuesta fue rotunda, como los besos demandantes con los que Deltha reafirmó sus palabras—. No te detengas. Quiero más. —Por supuesto, él se abocaría en cumplir sus deseos.
Retomó el ritmo, con mayor ímpetu, con la misma necesidad con la que ella se movía. Ambos se perdieron en el erótico baile de sus cuerpos. La sangre bullía en sus venas a cada movimiento, cada vez más urgente y desbocado. Hasta que por fin, su pasión desembocó en el placer más intenso. Las piernas de la amazona se atrincheraron alrededor suyo, la espalda se arqueó y las uñas se hundieron con desesperación en sus brazos cuando el éxtasis arrasó con sus sentidos.
En el último de sus suspiros, a Saga le pareció que llamaba su nombre. Pero aquella sobrecogedora sensación de desahogo tenía completamente nublada su mente. Se hundió en ella una última vez, sintiendo su cuerpo arder tanto como el suyo. Refugió el rostro en su cuello y se dejó llevar por esa bocanada final de placer liberador.
Aturdidos, exhaustos, pero aún presas de la exaltación del momento, se negaron a dejarse ir. Entre besos y caricias, se abrazaron, esperando porque sus cuerpos agitados y ardientes, fueran encontrando un remanso de paz lentamente.
—Y yo soy la pervertida… —Deltha, con la respiración aún entrecortada, besó la melena con suavidad, a lo que él respondió yendo por su boca.
—No dije que fueras la pervertida —musitó—. Dije que eras pervertida, pero quizás haya algún par de cosas que puedas aprender aún. —Aunque la amazona intentó mirarlo con reproche, la sonrisa pícara en el rostro del santo se lo impidió. Únicamente alcanzó a entrecerrar los ojos, en un gesto que dejaba en claro su complicidad, gracias a la risilla sarcástica que le acompañaba.
—Eres un idiota. —Lo besó.
—Y aún así, te resulto adorable. —Intercambiaron besos de nuevo. Los brazos de Saga se afianzaron alrededor de su cintura, sin dejarla ir.
—Sólo un poco. —Jugueteó con la melena larga. Saga giró los ojos, con travesura.
—Un mucho…
—Eres más perveguarro —añadió ella con picardía.
—Deja de llamarme así.
—¿Por qué? —Depositó un beso fugaz en sus labios—. Es un halago.
Saga sonrió, pero se rehusó a soltarla. Deltha se aferró a él, mientras disfrutaba de su sonrisa radiante. Ninguno estaba listo para dejar ir al otro… aún no.
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Aioros caminaba detrás del grupo. Adelante, guiando al equipo con esos sentidos propios de un felino como lo era su constelación guardiana, Tatiana avanzaba marcando el paso. Asterión y Spartan iban al medio, aunque cada cual marchaba a varios metros el uno del otro, siendo responsables cada uno de un flanco. Desde donde estaba, al final de la comitiva, Aioros podía observarlos, vigilarlos y protegerlos a todos; si algo llegaba a acontecer, se aseguraría de no dejar a nadie atrás.
A priori, la misión era sencilla, o al menos eso era lo que Shion había dicho. Se trataba meramente de un reconocimiento del área. Su objetivo era encontrar información relacionada con la demandante insistencia de Star Hill hacia aquel punto en particular del mapa.
Poliojni era una región alejada, en la isla de Lemnos, ubicada exactamente enfrente de donde alguna vez se levantó una orgullosa y regia ciudad antigua, conocida como Troya. Su ubicación había convertido a aquel punto en una área próspera, que floreció gracias al comercio con la ciudad de las murallas de oro y que, además, contaba con la bendición de ser terreno idóneo para el cultivo de la tierra. Pero, así como los dioses le habían otorgado todo tipo de gracias, fueron ellos mismos quienes se los arrebataron siglos atrás, cuando un gran terremoto destruyó por completo la ciudad, condenándola al abandono.
Ahora, por donde vieran y hasta donde la vista alcanzaba, todo lo que los Santos encontraban eran ruinas de una civilización olvidada en el tiempo.
La principal reliquia de aquella civilización perdida eran los restos de un antiguo santuario consagrado a Hefesto, cuyos vestigios eran visibles desde la distancia, alzándose por encima del valle, en la parte más alta de una de las múltiples colinas de la región. El informe de Albiore advertía de un pequeño campamento de civiles cerca de la zona. Se trataba de un grupo de arqueólogos, que buscaban entre las ruinas del asentamiento por tesoros que el tiempo había enterrado.
—Todo esto es muy raro… —A pesar de que les separaban varios metros, Aioros escuchó la voz de Asterión con claridad.
—¿Qué sucede?
—No escucho voces… Es decir, no escucho pensamientos, no siento emociones. No hay nada. —Tatiana y Spartan voltearon hacia él, solo para desviar la mirada inmediatamente hacia el Santo de Sagitario.
Las habilidades del Santo de Perros de Caza habían sido parte crucial de las razones por las que su equipo había sido elegido para aquella misión. De acuerdo con el Patriarca, él podría utilizar sus dones para espiar en las mentes de los historiadores y descubrir los secretos que Poliojni les ocultaba. Cualquier detalle fuera de lugar, quedaría a su alcance sin necesidad de ensuciarse las manos.
Fue por eso que, ante semejante aseveración, el arquero frunció el ceño. Era imposible que la mente de un humano normal escapase de su Satori. Si Asterión no sentía nada, era porque realmente no había nada que sentir.
Para confirmar sus sospechas, elevó su cosmos sutilmente, y toda la región quedó a su alcance. Las tres cosmoenergías de sus subordinados se sentían con claridad, así como algunas otras energías de vida minúsculas, que atribuyó a la fauna que se escondía en los lindes del lugar. Sin embargo, no había rastros de vida humana. La ciudad estaba vacía.
Entonces, maldijo en su cabeza. O la Inteligencia de Shion se había equivocado, o algo muy malo había sucedido en aquel sitio.
—No hay nadie —confirmó. Su voz no reflejó las inquietudes de su mente. Sino que sonó segura y calmada—. Subiremos la colina hacia el templo principal. —Oteó sus alrededores, recorriendo el valle con su mirada añil y asegurándose que no había nada ni nadie fuera de sitio—. Yo iré por delante. Id detrás mío, pero cuidad vuestras espaldas. No quiero sorpresas desagradables. —Entonces, inició el ascenso, seguido del resto de su equipo.
—¿Crees que estamos en problemas? —Oyó la voz de Asterión y lo observó de soslayo, caminando tan solo unos pasos detrás de él.
—Creo que, como has dicho, hay algo extraño aquí.
—¿Y si es una emboscada? ¿Cómo en Meteora?
—Entonces, más vale que estemos preparados. —Al escuchar la respuesta de la rusa a las inquietudes de Spartan, Aioros levantó las cejas y esbozó una sonrisa imperceptible. Tatiana era una mujer de agallas.
—Por lo que sé, estuvieron a punto de cargarse a cinco santos de plata y a dos santos dorados —continuó el santo sin armadura—. Capella dijo que no vieron venir el desastre cuando todo empezó.
—No hubiera sido una emboscada si la hubiesen visto venir desde lejos, ¿no crees? —La respuesta del castaño hizo que Asterión reprimiera una risilla a duras penas. Junto a él, detrás del rostro de plata, Tatiana sonrió y fijó sus ojos en su líder.
Sabía que de todos los Santos Dorados, el de Sagitario era quien menos experiencia en combate tenía. Quizás por eso le sorprendía la aparente calma de su voz y de su temple en medio de esa situación inusual. Y solo atinó a preguntarse, qué cruzaba en realidad por la mente del arquero en aquel momento.
Cierto era que habían cumplido con una misión antes, en conjunto con el equipo de Géminis. Pero era la primera vez que abandonaban solos el Santuario; solos, como equipo. Eso significaba que Aioros era completamente responsable del resultado de su encomienda y, sobre todo, de ellos. A pesar de su estatus de héroe, tenía que estar sintiendo la presión. ¿Cómo reaccionaría ante ella?
—No puedo ver nada… —Se quejó Spartan. La oscuridad que los rodeaba era densa, y solos los rayos plateados de la luna se abrían paso entre las tinieblas.
Aioros suspiró al escucharlo. Spartan era… ¡No sabía definirlo! Le dirigió una mirada severa y entonces, encendió su cosmos con suavidad, permitiendo que su aura dorada rompiera la monotonía de la noche. La armadura de Sagitario brilló al ritmo de la energía de su portador. Sus alas se envolvieron de un resplandor mágico, en la forma de polvo de estrellas que pululaba alrededor del Santo, como luciérnagas danzantes atraídas por la luz.
—Usad vuestros cosmos si lo necesitáis —sentenció mientras continuaba el ascenso. A sus espaldas, distinguió el resplandor amarillento del cosmos de Spartan y los reflejos plateados de la cosmoenergía de Tatiana y Asterión.
Subir la colina resultó sencillo pues su pendiente no tenía un ángulo demasiado marcado. Sin embargo, las verdaderas sorpresas comenzaron al alcanzar la cima.
El lado opuesto de la pendiente terminaba en un acantilado. Se alzaba varios metros por encima del mar, tantos que al mirar por el borde, la oscuridad impedía ver dónde las olas rompían contra la roca. Únicamente el sonido del mar embravecido llegaba hasta arriba. En medio de la noche, su rugido se crecía con el eco del silencio.
La superficie de la colina estaba repleta de vestigios de la civilización del pasado. Destacaba por encima de las demás las ruinas de un antiguo templo, donde alguna vez se veneró al dios Hefesto. Las imágenes de lo que parecían un par de cabiros labrados en la piedra delataban el origen del mito. Sin embargo, era difícil estar seguro cuando la mayor parte de lo que quedaba en Poliojni eran ruinas; piedras que el tiempo había sido incapaz de convertir en polvo.
Aioros se perdió entre los vestigios, atento a los detalles que quedaban a su vista. Spartan iba tras de él con sigilo, observando sin saber qué buscar. Del otro lado de la colina, Tatiana y Asterión llevaban a cabo su propia investigación. Pronto, encontraron algo que llamó su atención.
—Ahí —indicó Tatiana, apuntando hacia un sector de la colina, donde un pequeño bosque de árboles secos rompía la aridez del terreno que los rodeaba—. Parece un campamento.
Con un movimiento de cabeza, el arquero indicó a la amazona y a Asterión quienes se encontraban más cerca de la tienda de campaña, que se acercaran. Él emprendió la marcha para ir al alcance de ambos.
—Diría que no hay nadie… —Oyó a Spartan a sus espaldas, y la observación resultó tan obvia que no respondió. Sin embargo, cuando escuchó el llamado de Asterión, el arquero arrugó el ceño y apresuró el paso.
—¡Aioros! ¡Tienes que ver esto!
Sus peores sospechas se confirmaron cuando, aún desde afuera, distinguió las manchas de sangre seca dentro de la tienda. La tela con la que estaba hecha se encontraba rasgada y un fuerte aroma a podredumbre brotaba desde dentro. Se detuvo justo a la entrada en el momento en que Asterión abandonó el tenderete y, por el disgusto que llevaba en el rostro, supo que era malo. Tenía un mal presentimiento que crecía que con el paso de los segundos. Suspiró con resignación, y se aseguró de recorrer con la mirada a su alrededor, buscando por cualquier detalle fuera de sitio. Entonces, se aventuró a entrar.
Lo que encontró le revolvió el estómago. No importaba cuantas veces hubiera visto frente a frente a la muerte y a la maldad, jamás la aceptaría con normalidad. La indiferencia ante el sufrimiento ajeno no era parte de él.
—¿Qué ha pasado aquí? —musitó mientras se cubría la nariz con la mano. La peste de los cuerpos descompuestos era fuerte.
—No lo sé, pero ha sido malo —respondió Tatiana, a pesar de que el santo no esperaba respuestas—. Aquí adentro hay tres personas. Sin embargo, tengo el presentimiento de que, si buscamos en el bosque encontraremos algunos cuerpos más. La parte de atrás de la tienda está rota. La han cortado desde adentro, seguramente con la intención de escapar.
—¿Habéis escuchado? —Levantó ligeramente la voz para asegurarse de que Spartan y Asterión, afuera de la tienda, estuviesen prestado atención.
—Sí, sí… Buscaremos en el bosque.
—Gracias.
El panorama frente a él no era alentador. Hizo vibrar su cosmos y las alas de Sagitario se plegaron hasta desaparecer. No quería destrozar nada más. Ya se había hecho suficiente daño.
Con cuidado se acercó a los cuerpos para agacharse junto a ellos y contemplarlos más de cerca. El tiempo y el clima habían hecho estragos con ellos, convirtiéndolos en una masa sin forma. Las heridas sin embargo, era bastante particulares. Habían muerto con desmedida violencia. Los cadáveres estaban cubiertos de cortes y decenas de objetos se encontraban aún hundidos en lo que quedaba de carne y músculo. A primera vista no parecía el trabajo de una sola persona. O, al menos, no de una persona normal. Quizás alguien como ellos mismos podría ser capaz de asesinar así; de un modo tan grotesco como efectivo.
Pero poco tiempo tuvo para continuar con sus averiguaciones, pues de pronto, la cabeza de Spartan asomó por la entrada de la tienda y una vez más, Aioros se encontró con esa expresión que antes había visto en Asterión. Se incorporó para verlo.
—¿Ahora qué? —cuestionó. Casi temía a la respuesta.
—Odio repetir esto, pero… Tenéis que ver lo que encontramos.
A la vez, Aioros y Tatiana voltearon a verse. Al santo le pareció escucharla gruñir tras la máscara y supo que sus sospechas eran tan malas como las suyas.
Ella abandonó la tienda primero, con el castaño a sus espaldas. Tan pronto la luz de la luna tocó nuevamente a la armadura, Sagitario desplegó sus alas una vez más. De no haber estado en medio de aquella tensa situación, Aioros habría sonreído. La milenaria armadura no dejaba de ser una vieja orgullosa y vanidosa, dispuesta a probar su poderío y belleza en cada ocasión posible.
Spartan los guió hasta el bosque detrás del campamento. El sendero que siguieron dejaba al descubierto las señales de una huida apresurada. El barro había resguardado los pasos torpes sobre la pendiente resbaladiza; las ramas rotas a los costados del camino mostraban la prisa y el terror del escape. Durante el trayecto, el muñón de un árbol llamó la atención del arquero. Sus ojos azules se clavaron en él por un segundo. A juzgar por lo que quedaba de él, era como si le hubiesen arrancado, partiéndolo en dos. Excepto que el trozo faltante no estaba por ningún lado.
Desechó sus ideas y continuó el camino. Aunque, poco sabía que pronto encontraría las respuestas a sus inquietudes.
—¿Qué demonios…? —Las palabras de Tatiana expresaron a la perfección los pensamientos del santo dorado.
Unos metros más adelante, en medio de un enorme charco de sangre seca, yacía un cuerpo más. Estaba tendido boca abajo y destacaba el enorme agujero en que su torso se había convertido. Algo lo había atravesado, destrozando la parte superior del cuerpo en el proceso.
—No os sorprendáis demasiado. Esto es solo la mitad el espectáculo —acotó Asterión haciendo que la máscara de Tatiana y el rostro de Aioros se centrasen en él—. Venid, el resto está un poco más adelante.
Una hilera de sangre seca guió sus pasos unos metros más allá, hasta un claro del bosque. Y ahí, justo en medio, el tronco que Aioros había buscado antes estaba clavado en el suelo. Empalado en él, estaba el cadáver de otro hombre.
—Creo que oficialmente podemos decir que algo terrible pasó aquí —terció Spartan. Aioros solo le miró de soslayo—. Usaron el mismo tronco para matarlos a ambos.
—No tiene sentido. —Asterión habló. Junto a él, el arquero se sopló un rizo—. Ha usado un tronco a modo de… lanza para asesinar a una persona, y luego ha tomado el mismo tronco para asesinar a otra… Encima, lo del campamento…
—¿Por qué matarlos? —Ante la pregunta de la rusa, Aioros la buscó con la mirada—. ¿Qué había aquí, que valiera la vida de estas personas?
—Me parece una mejor pregunta.
—¿Qué haremos ahora? —El santo de Perros de Caza volteó hacia su capitán—. ¿Volveremos al Santuario?
—Buscaremos un poco más por respuestas. —El castaño se dio la vuelta y retomó el camino hacia la tienda. Sus subordinados fueron tras él—. Volveremos al campamento y veremos qué era tan valioso para que les costase la vida. No es coincidencia que Star Hill le mostrase este sitio al Maestro.
-X-
—¿Cuánto tiempo más estaremos aquí? Mi nariz ya ni siquiera reconoce la peste de este sitio. Así de malo es. —Spartan se quejó. Había refunfuñado tanto, que Aioros había dejado de escuchar sus reclamos desde un rato atrás—. ¡No es como que hayamos encontrado algo importante!
Lo cierto era que había razón en sus quejas. Llevaban un largo rato metidos en el tenderete, buscando entre la enorme cantidad de información que los arqueólogos habían obtenido de los vestigios. Resultaba impresionante el trabajo que habían realizado y, si había que decirlo, era penoso que hubiese sido ese extraordinario esfuerzo lo que les costara la vida. Había cientos de detalles históricos sobre los cuales aprender. Sin embargo, nada resaltaba. Nada ahí parecía lo suficientemente importante como para asesinarlos de ese modo.
Cansado y frustrado, Aioros se sobó los ojos. Consideró por un momento la opción de tomar cuanta información pudieran y marchar de regreso al Santuario. Pero su instinto le decía que Poliojni guardaba más secretos de lo que se apreciaba a simple vista.
—Un momento, un momento. Creo que tengo algo. —La súbita irrupción de Asterión hizo que el resto de sus compañeros centraran su mirada en él—. Estas fotos… Estaban demasiado bien escondidas como para no ser valiosas.
—¿Fotos? ¿De qué? —Spartan se aproximó a él y miró por encima de su hombro.
—Al parecer son escritos encontrados en alguna ruina. Pero… La escritura es rara—. Se sopló el flequillo.
—Déjame ver. —Aioros tomó las fotografías y las examinó con ayuda de la escasa luz de un quinqué que habían hallado en el lugar. De pronto, agradeció las horas de tortura a las que Shion los había sometido durante su infancia, estudiando los dialectos antiguos de su país natal—. Es griego antiguo; eólico, para ser exacto.
—Oh…
—Voy a obviar el hecho de que no habéis sido capaces de reconocerlo… —Suspiró con pesadez. Después masculló para sí mismo—. Aunque hablaré con el Maestro sobre esto, largo y tendido…
—¡Oye!
—Ya, ya. —Esbozó una sonrisa cómplice hacia sus subordinados, y continuó—. Por si os interesa, esto habla del origen de la isla y de cómo ha servido desde la Era del Mito para albergar a Hefesto y su fragua divina.
—¿Estás diciendo que un dios vive aquí?
—Sí, aunque en realidad, no es historia nueva. Lemnos siempre ha sido reconocida por ser la morada de Hefesto en la Tierra. —Aioros continuó analizando las fotografías—. Aunque… Aquí habla de un tesoro escondido. Una reliquia al parecer.
—¿Qué clase de reliquia? —Quiso saber la rubia.
—No especifica nada, pero cuando se habla de las reliquias de los dioses, usualmente se trata de sus armas. El báculo y escudo de Athena, el tridente de Poseidón…
—El martillo de Hefesto —acotó Spartan. El arquero asintió.
—O sea que, ¿el martillo de Hefesto podría estar aquí?
—No lo sé. Es poco probable, aunque no del todo disparatado.
—¿A qué te refieres?
—Los dioses generalmente van y vienen acompañados de sus tesoros, aunque la mayoría de ellos permanece en el Olimpo, como medida de protección. Sin embargo, en casos como el de nuestra princesa, dichos tesoros pueden subsistir en el mundo de los mortales, resguardados de ojos curiosos por cierta energía divina incomprensible para las personas normales.
—Magia le llamarían. —La simpleza en la explicación de Spartan robó una sonrisa a Aioros.
—Sí… Supongo que es el modo sencillo de explicarlo. —El arquero guardó silencio por algunos segundos. Entonces, su atención se centró en la Amazona de Lince. A pesar de no ser capaz de mirar su rostro, el silencio de Tatiana le generaba cierta curiosidad—. ¿Qué sucede? —La cuestionó.
—Si Hefesto está detrás de todo lo que ha acontecido en los últimas días, no tendría sentido —respondió ella. Aioros la escuchó detenidamente, invitándola a continuar—. Él no tiene injerencia sobre ninguno de los factores que han sido afectados en todo el mundo. El clima, enfermedades, control mental, monstruos, ilusiones… ¿Por qué? ¿Por qué Star Hill nos enviaría tras un dios cuya presencia en esta guerra no parece coherente?
—En realidad, no sabemos con seguridad que Star Hill haya implicado que Hefesto está involucrado. Solo sabemos que algo importante sucede, o sucedió aquí. Por eso vinimos. —El santo dorado le respondió.
Mientras hablaba sintió la insistencia de Spartan por mirar las fotografías que llevaba en las manos. Sin pensarlo demasiado, se las tendió. Quizás él veía algo que los demás no.
—Recuerdo haber visto este sitio cuando estuvimos en las ruinas. —Spartan apuntó a una de las fotografías—. Creo que se trata de una de las entradas al templo, aunque no es la entrada principal. Estaba cerca del desfiladero. La recuerdo porque estaba protegida con una cinta para impedir el paso.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Entonces, tú marcas el camino. —El castaño volteó hacia la rusa y el danés —. Vosotros dos, permaneced aquí. Recolectad los documentos que podáis y después venid tras nosotros. —Ambos santos de plata asintieron—. Andando, Spartan.
Y sin más explicaciones, ambos santos abandonaron la tienda. Juntos irían tras el misterio que Poliojni guardaba en sus entrañas.
-X-
Spartan no se había equivocado. Tal como había dicho, las imágenes de la fotografía estaban en el sitio indicado. Ahí, en la entrada del viejo templo, los grabados sobre la roca quedaban justo frente a ellos.
El templo estaba prácticamente al borde del acantilado. Seguramente hubo un tiempo, muchos siglos atrás, en que la amenazante boca del precipicio le miraba de lejos. Sin embargo, el tiempo y la erosión habían hecho su parte, y habían acercado el peligro a los vestigios de lo que alguna vez fuera un templo glorioso. Ahora, todo parecía que con un paso en falso, la mitad de aquel santuario se desgajaría y caería al fondo del Mediterráneo.
—¿Vamos a entrar? El cordón está ahí por algo. —Ante las observaciones de Spartan, Aioros levantó una ceja.
—Sí, para hacerlo a un lado. —Tomó el cordel y lo rompió. Entonces, se adentró en los pasillos oscuros del templo—. Andando.
—Esto es una mala idea, Aioros… Nos estamos adentrando en territorios de un dios ajeno sin consentimiento de nadie.
—Si hubiese un dios aquí, lo sabríamos.
—Esta cosa podría derrumbarse y aplastarnos.
—Eres un santo. Podrías escapar en un pestañeo, y en caso que no, te aseguro que sobrevivirías al golpe.
—Pero…
—Guarda silencio.
El pasillo principal de aquel templo abandonado estaba convertido en apenas un sendero libre, con toneladas de piedra derruida a ambos lados del camino. Lo que quedaba del corredor era estrecho y oscuro. Había partes en las que incluso sobre sus cabezas, las enormes columnas rotas colgaban amenazantes. Un paso en falso desataría una avalancha de roca labrada sobre ellos.
Llegado un punto, avanzar fue prácticamente imposible. Incluso con las alas de Sagitario recogidas, resultaba imposible que un par de adultos cruzasen a través de los pequeños agujeros entre las rocas.
—No hay más hacia donde ir.
—Ya lo veo… —El arquero se detuvo y miró por encima de su cabezas. Algo no estaba bien. No podía acallar a su instinto, que le advertía con fiereza que estaba obviando algo importante.
—¿Volvemos? —preguntó Spartan. Aioros levantó la vista hacia aquella bóveda semi derruida en la que estaban y recorrió una última vez los montones de escombro a su alrededor—. ¿Aioros? ¿Me estás escuchando…? Oye… —Y sin quererlo, levantó la vista y buscó los puntos que la mirada del santo dorado insistía en ir y venir, buscando algo que no podía ver.
—Oh, dioses… —De pronto, como si abriera los ojos por primera vez, todo cobró sentido—. ¡¿Cómo no lo ví antes?!
—¿Qué? ¡Por Athena, me estás poniendo nervioso!
—Observa la roca.
—¡Es roca! ¿Qué tengo que ver ahí? —bufó el santo de rango menor.
—Mira los patrones de erosión; del sol y de la lluvia. Este derrumbe fue reciente. Y cuando digo reciente, me refiero a días, o menos. Mira, no hay marcas de humedad, ni de moho, a pesar de que ha llovido en la región por meses ya.
—Oh… Yo no… No lo había notado. —Spartan se sopló el flequillo. Detalles como esos le hacían pensar en lo muy arriba que estaba el rango dorado por encima de ellos. —¿Crees que la misma persona que atacó a los arqueólogos causó este derrumbe? —El castaño asintió—. Pero, ¿por qué destruir este sitio?
—Hay algo aquí que nadie más debe ver o encontrar. —Aioros volvió a centrar su atención en los alrededores. Examinó con cuidado el modo en que las piedras milenarias estaban dispuestas y midió con mucho cuidado su siguiente movimiento—. Ponte detrás mío.
—¿Qué vas a hacer?
—Polvo de piedras.
—¿Qué…?
Los puños del arquero se envolvieron en cosmos dorado. Chispas de energía crepitaron alrededor de ellos. Un golpe bastó para que el mármol se tornase en polvo, aunque Spartan ni siquiera alcanzó a verlo. Lo único que sus ojos fueron capaces de distinguir fue aquella centella dorada que explotó frente a ellos, levantando una cortina de polvo y piedras tan densa que apenas podía mirar.
La polvareda tardó unos segundos en asentarse, al menos lo suficiente para que ambos pudieran ver. Pero, cuando la visión se aclaró ante ellos, las sospechas del arquero se confirmaron. Sonrió, en una mueca apenas perceptible, solo para borrar la tenue sonrisa de triunfo al pensar en la cara de Shion reprendiéndole por destruir patrimonio nacional.
—¿Es… una escalera? —tartamudeó Spartan.
—Ajá. Supongo que es lo que intentaban ocultar con todo el drama del derrumbe.
—¿Hacia dónde va? —El santo más joven se acercó a la boca de la escalinata, que se hundía en un túnel completamente oscuro, donde la luz de la noche no alcanzaba a penetrar.
—Eso vamos a tener que descubrirlo.
—Temía que dijeras eso…
—Andando. Usa tu cosmos o tropezarás.
—Siento que entramos a la boca del lobo…
Aioros ya no le respondió. Sus pensamientos no estaban demasiado alejados de los de su subordinado, pero ponerlos en palabras no iba a ayudar a ninguno de los dos. Encendió su cosmos lo suficiente como para que el aura dorada que le envolvió se convirtiese en la luz que guiaba su camino, y sin detener el paso, se internó en la oscuridad.
Tal como Spartan había indicado, aquel estrecho pasillo que descendía hasta las entrañas del templo era como una cueva sin fondo. Conforme avanzaban y la superficie quedaba más lejana, la humedad hacía que el aire se tornase denso e insoportable. El silencio se volvió su único compañero, hasta el punto en que incluso sus respiraciones resonaban cual tambores con el eco del pasadizo. A sus espaldas, la salida dejó de ser visible y, de pronto, las escalinatas llegaron a su final.
—Llegamos. —El arquero se detuvo tan repentinamente que Spartan chocó contra su espalda.
—¿A dónde? —La pregunta hizo que Aioros arrugase el ceño. No tenía la menor idea.
—No lo sé. Veamos.
—Ay, dioses… Debí quedarme arriba. —Mientras se quejaba, a Spartan le pareció escuchar una risilla de Aioros, pero lejos de imitarlo, gruñó más.
Sus quejas no hicieron oídos en Aioros. Por el contrario, el santo dorado estaba enfocado en encontrar lo que fuera que se escondía en aquel rincón escondido del santuario de Hefesto. Sin embargo, cuando escuchó el repicar del golpe de metal contra metal, se paralizó.
—¿Qué…? ¿Qué ha sido eso? —masculló Spartan. Aioros levantó una mano, indicándole que guardarse silencio. Una vez más, el estruendo del metal hizo eco en sus oídos. A la distancia, una luz roja como el fuego se encendió por un segundo, al ritmo de cada golpe—. ¿Has visto eso?
—Sí.
—¿Es… fuego? —Aioros no respondió—. ¿Aioros? Estoy comenzando a… —Un nuevo golpe se dejó escuchar, y en el segundo en que su repicar llegó a sus oídos, el infierno se desató.
Los ojos de Aioros se abrieron de par en par, conforme aquella cortina de fuego y energía se movió hacia ellos con una velocidad espeluznante. Todo sucedió tan rápido, que apenas alcanzó a tomar a Spartan. Levantó el puño y con un golpe de energía, hizo polvo las toneladas de piedra y polvo encima de sus cabezas. Después, brincó con tanta fuerza como pudo para salir de ahí, en medio de aquel derrumbe, mientras la cortina de fuego y cosmos los perseguía en un intento de atraparlos.
Cuando por fin emergieron a la superficie, la montaña vomitó una bocanada de energía detrás de ellos que desmoronó el legendario templo en un instante. Por unos segundos, la oscuridad de la noche se extinguió cuando el golpe de luz iluminó aquella parte de la isla.
—¡Creí que habías dicho que no había ningún dios aquí! —espetó Spartan.
—¡Te aseguro que ese no es dios!
Las alas de Sagitario se desplegaron en un fracción de instante, ayudándoles a aterrizar con suavidad a un costado de la columna de energía que aún se elevaba por encima del suelo. Aioros dejó a Spartan y, de inmediato, sus ojos se fijaron en la nube de polvo que su huída había ocasionado. En cualquier momento, el culpable aparecería y no deseaba que le pillase descuidado.
—¡Aioros! ¡¿Qué ha pasado?!
—¡¿Qué demonios es eso?! —Tatiana y Asterión llegaron a su encuentro.
—¡Hefesto nos atacó ahí abajo!
—No fue Hefesto. Ni siquiera fue un dios —siseó el santo de oro. Un dios probablemente no habría errado en dejarlos vivos.
—¡Es el templo de Hefesto! ¡¿Quién más va a ser sino él?! —Spartan buscó la mirada azul de Aioros, pero este tenía otras preocupaciones.
—¡Ojos al frente, Spartan! —demandó Tatiana—. Estamos en medio de un…
De pronto, el estruendo la hizo callar. Ante la mirada impávida de los cuatro, los restos de las colosales columnas se levantaron en el aire. Giraron, para sorpresa de los santos, y en un parpadeo, volaron a toda velocidad contra ellos en forma de proyectiles.
—¡Impulso de Quirón! —Las alas de Sagitario se batieron, desencadenado con su poder ráfagas de viento que desintegraron la piedra. Sin embargo, ni siquiera la técnica del centauro fue capaz de detener la inercia, y el polvo de las piedras cayó sobre ellos como una tormenta.
—¡¿Qué está pasando?!
—¡No lo detuvo!
Aioros apretó los dientes y su cubrió el rostro con los brazos. Aquella ráfaga de polvo de piedras golpeaba contra ellos sin ninguna misericordia, arañando sus pieles y cegándoles. Tal como Spartan había apuntado, su Impulso de Quirón había fracasado en repeler el ataque por completo. Su cosmos tintineó y las alas de su armadura reaccionaron a su pedido, plegándose hacia adelante para protegerle de aquella molesta tortura.
Con la protección de Sagitario, sus ojos tuvieron un descanso. Sin embargo, no tuvo tiempo de pensar, pues su instinto le advirtió que el peligro se aproximaba.
En medio del caos, sintió la enorme energía moviéndose hacia ellos a una velocidad increíble. Apenas tuvo tiempo para reaccionar y con un movimiento proyectó a a Asterión y a Spartan lejos de la línea de fuego. Después, giró hacia el lado opuesto, donde alcanzó a tomar a Tatiana de la cintura, y sin soltarla, brincó hacia un costado para esquivar el siguiente ataque que venía a toda velocidad en su contra.
Todo había sucedido en un pestañeo, al punto en que su cabeza y su cuerpo prácticamente habían actuado por inercia. Sin embargo, la explosión que hizo blanco en el sitio donde habían estado hasta una fracción de segundo antes, lo hizo atrincherar los dientes.
—Reflejos rápidos y velocidad extraordinaria… Justo lo que esperaba de un Santo Dorado. —La voz masculina resonó y el castaño tragó saliva. Su mirada se afiló, hasta que en medio de la cortina de polvo levantada por el ataque, distinguió la silueta de su enemigo.
—Halagos para otro día… —masculló Aioros. Sus ojos azules buscaron por Spartan y Asterión, para asegurarse que estaban bien. Respiró ligeramente aliviado cuando los vio incorporarse a unos metros de él.
—Salvaste a los tres.
—¿Quién eres?
—Quizás me equivoqué. —El hombre no respondió a su cuestionamiento—. Quizás sois más que los idiotas que ví en aquel bar de Atenas… —Aioros abrió los ojos de par en par. ¡Los había estado siguiendo aquella noche también! Un escalofrío le recorrió el cuerpo. De haberse decidido a atacarlos en esa ocasión, los tres estarían muertos, empezando por él y sus estúpidas borracheras. Vaya crío estúpido que había sido...— ¿Te sorprendes? —Una sonrisa iluminó el rostro del desconocido—. A diferencia de vosotros, nosotros sí conocemos a nuestro enemigo.
—¿Aioros? ¿De qué está hablando? —Tatiana le cuestionó, a pesar de que algo sabía al respecto.
—Llevan meses observándonos…
—¡¿Qué?! —Spartan exclamó. Ni Lince, ni Perros de Caza reaccionaron—. ¡¿No os habíais dado cuenta...?!
—Sois descuidados y os haré pagar por eso.
Levantó la mano y, a su comando, todas las rocas que lo rodeaban flotaron en el aire. Un halo carmesí las envolvió, delatando la peligrosidad del inminente ataque. El cosmos de aquel hombre era implacable, sin ápice de duda en que su finalidad era asesinar a aquellos que se plantaban frente a él. En un instante, su cosmoenergía explotó y, a su comando, los proyectiles salieron disparados en contra de los Santos.
—¡Atrás! —ordenó Aioros a sus subordinados.
No se trataba de simples rocas ya. La energía que las envolvía, las convertía en un arma mortal que solo sería superada por un cosmos igual o más fuerte. Los ataques de los santos de plata no tendrían efecto contra el ataque.
El arquero encendió su cosmos y en cada chispa de la energía que lo rodeó, las flechas doradas tomaron forma. Bastó una fracción de segundo para que cada una de ellas saliera disparada hacia su enemigo, destrozando todo aquello se interponía en su camino. El choque entre la cosmoenergía del arquero y del hombre causó un sinfín de explosiones.
Aprovechando la brecha que sus sagitas abrieron, Aioros fue tras él. Envolvió su puño en cosmos y preparó el golpe. El caos de las explosiones nubló su mirada por un instante, pero pronto, divisó su objetivo en medio de la bruma. Tiró el golpe para alcanzarlo. Sin embargo, en el preciso instante en que pensó que lo tenía, una fuerza invisible ralentizó su carrera y lo arrojó lejos del enemigo, entre los montones de piedra que conformaban las ruinas del lugar.
—¡Aioros! —Escuchó el grito conjunto de Spartan y de Asterión durante su caída. Su cuerpo entero se quejó ante la violencia del golpe, como si incluso la armadura no fue capaz de protegerlo.
—¡¿Estás bien?! —Un momento más tarde, Tatiana llegó a su lado, y lo ayudó a incorporarse. El desagradable sabor metálico de la sangre le inundó la boca cuando limpió con frustración la sangre que manaba de su labio roto.
—No pude llegar a él...—masculló.
—¿Es la misma persona que atacó a Shura y a Camus? —El arquero negó.
—Su cosmos es distinto, pero es seguro que trabajan juntos.
La rusa soltó un par de maldiciones en su lengua madre. Su máscara abandonó el rostro del arquero para fijarse en su enemigo, mientras Spartan y Asterión se unían a ambos.
—Mis dones me permiten repeler, atraer o levitar cualquier clase de objeto, sea vivo o no. —Oyó al hombre y lo vio acercarse un par de pasos hacia ellos. Aioros se levantó lentamente. Las alas de Sagitario se abrieron y sacudieron el polvo que las había cubierto para recobrar su resplandor dorado—. No eres enemigo para mí, porque simplemente no puedes tocarme. Ni siquiera puedes acercarte a mí.
Miles de ideas surcaron la cabeza del arquero en tan solo unos pocos segundos. Pero hubo una de ellas en particular, un recuerdo que volvió a su mente de inmediato y le erizó la piel.
"Orestes", pensó. Y por inercia, su mano se posó sobre su hombro izquierdo, donde la cicatriz que las flechas de Sagitario dibujaron en su piel quince años atrás, permanecía, como el amargo recuerdo de la batalla de sucesión. Ahí estaba y nunca se borraría: la última lección de su maestro; la supremacía del cosmos.
—Tatiana, Spartan —llamó sus nombres y su voz no daba opción a réplica—. Vosotros dos, salid de aquí. Yo os cuidaré la espalda. —La vio asentir y supo que obedecerían. La amazona de Lince era lo suficientemente lista para saber cuando era una ayuda, y cuando era un estorbo. Y Spartan… Spartan hacía mucho que deseaba salir volando de Lemnos para nunca volver. Después, sus ojos azules miraron fugazmente al Santo de Perros de Caza, y un instante más tarde, su voz resonó en su cabeza—. "Necesito que te quedes." —Le dijo—. "Entra a su cerebro y extrae tanta información como puedas. Yo voy a entretenerlo todo lo que sea posible. Cuando hayas terminado, huye."
—"Pero… ¿tú... ?"
—"Eso es cosa mía. Lo importante aquí es que el Maestro obtenga la información que necesita."
—"De acuerdo. Haré lo mejor que pueda."
—"Sé que lo harás. ¿Estás listo?"
—"Por Athena… Jamás estaré listo." —Miró de soslayo al arquero y, para su sorpresa le pareció encontrar algo parecido a una sonrisa, en su rostro inusualmente serio.
—"No temas. Te protegeré a cualquier costo. Lo prometo." —Su voz sonó tan segura y su mirada le resultó tan sincera que Asterión retuvo el aliento por un segundo, sobrepasado por el alud de emociones que le envolvió en ese instante.
Ahí estaba Aioros, uno de los herederos de su Ilustrísima, un hombre indispensable para la Orden, dispuesto a arriesgarlo todo por él, quien no era nadie. Y su sacrificio, sin lugar a dudas, era sincero. Su Satori se lo confirmaba, y su habilidad para leer corazones nunca se equivocaba. Nunca antes el rango dorado se había sentido tan cerca de ellos.
Tragó saliva y asintió suavemente. Si Aioros estaba dispuesto a ponerse en peligro por él, Asterión iba a esforzarse. Haría su mejor esfuerzo por no defraudarlo.
—"Estoy listo."
—"Bien." —Después, el arquero se dirigió a su enemigo—. Quien va a pelear contigo soy yo.
—¿Tú? ¿Solo? —rió su contraparte—. ¿Acaso has olvidado cómo uno de los míos dominó y humilló a dos Santos Dorados como tú, y a un puñado de los llamados Santos de Plata? —Aioros apretó los dientes con rabia—. Te lo dije antes y te lo repito: tú no eres enemigo para mí.
—No me menosprecies —siseó—. Estás equivocado si piensas que me conoces, pero pronto vas a saber quién soy en realidad.
-X-
Después de su aventura en la piscina, los juegos nocturnos habían continuado en el dormitorio del peliazul. De alguna forma, aquella historia que habían comenzado, se estaba volviendo una adicción difícil de parar. Cuando sus labios se rozaban, y las manos empezaban a danzar por el cuerpo del otro, algo en ellos estallaba y ya no podían separarse…
Deltha no lograba encontrar nada en contra del peliazul: era divertido, con un humor muy fino y afilado, y asombrosamente dulce cuando se quitaba la coraza. Era leal, noble. Y… probablemente, el mejor amante que había conocido jamás. Después de todo, las estrellas dictaban buena parte de su destino… Géminis y Escorpio eran así por naturaleza, y cuando se juntaban…
Quiso sonreír mientras lo contemplaba dormir, pero no pudo.
En aquellos días que habían pasado juntos, rara vez había podido verlo dormir plácidamente. Parecía, simplemente, imposible. Y cómo era capaz de mantenerse de pie, con las pocas horas de sueño de las que disfrutaba, era todo un enigma para ella. Sin embargo, si había una noche en la que la falta de sueño estaba perfectamente justificada para ambos, era esa.
La preocupación por la misión de Aioros lo había llevado a pasar la madrugada nadando en la piscina. Y cuando finalmente se habían dejado llevar por el sueño, enredados bajo las mantas de su cama… Todo había comenzado.
El cosmos de Aioros había empezado a estallar repetidamente. Fluctuaba con potencia, pero cada vez iba a más. Deltha se había encontrado sentada en la cama, con las piernas encogidas y el rostro oculto tras las manos, incapaz de no prestar atención a lo que acontecía en las costas de Lemnos.
Volteó hacia Saga, esperando descubrir sus ojos abiertos y aquella expresión de concentración tan suya plasmada en su rostro. Pero no fue eso lo que encontró.
Se había dormido boca arriba, raro en él, una fina capa de sudor humedecía su piel, y sus párpados se movían ligeramente, mientras su pecho subía y bajaba cada vez más rápido. Otra pesadilla. ¡Dioses!
Estrechó su mano y quiso llamarle, pero en aquel instante, el cosmos de Aioros ardió de nuevo.
Deltha frunció el ceño. ¿Cómo era posible Saga que no se estuviera enterando de nada? ¿Cómo no podía sentirlo, él, con el dominio del cosmos innato que tenía? De todos los momentos posibles… ¿Por qué se había dormido precisamente en aquel instante?
—Saga… —suplicó, pero nada cambió.
La conciencia del santo estaba muy lejos de allí.
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Asterión tragó saliva. Entrecerró los ojos cuando, con una explosión de cosmos, Aioros tomó impulso para avalanzarse sobre el enemigo. Apenas alcanzó a divisar su silueta en medio del resplandor dorado que lo envolvió y la velocidad que los de su rango eran capaces de alcanzar.
Lo siguiente que vio fue la explosión del cosmos color escalarla de su contrincante y el brillante color oro de Aioros. El choque de ambos le erizó la piel, recordándole lo lejos que estaban ellos, los santos de plata, de la máxima Orden del Santuario. Sin embargo, lo que más le impactó fue el monstruoso modo en que Aioros fue repelido. Su cuerpo fue devorado por el rojo mortecino del otro hombre, y fue arrojado varios metros más allá, con violencia. La forma en que el arquero consiguió, como un gato, aterrizar en sus cuatro, Asterión jamás iba a entenderla. Pero tan pronto sus pies tocaron el suelo, las alas de Sagitario se abrieron para darle estabilidad y con un nuevo empuje cargó una vez más, solo para obtener el mismo resultado.
—"Maldición…" —Pensó para sí mismo. Lo fuerza de ambos cosmos era equilibrada y, en la teoría, la batalla debería serlo también. Pero lo que estaba viendo, el modo en que Aioros era rechazado una y otra vez, lo indefenso que se veía contra el enemigo, a pesar de la potencia de su ataque… No había nada de equilibrio ahí. La balanza estaba claramente inclinada hacia un lado y no era el suyo.
—Te lo he dicho ya. No eres enemigo para mí. ¡Ni siquiera podrás tocarme! —Le oyó decir.
La energía del hombre volvió a encenderse, de tal modo que en el momento que la cosmoenergía de Aioros colisionó con la suya, el choque fue tan brutal que cuando el arquero salió repelido, esta vez no tuvo forma de reponerse. Una gran nube de polvo se levantó cuando su cuerpo golpeó contra las rocas, colapsando otra parte del santuario de Hefesto.
Entonces, su mirada giró hacia el santo de plata, y Asterión sintió el miedo inundando cada célula de su cuerpo. Apretó los dientes mientras sus ojos buscaban por Aioros, un poco más allá, suplicando para sus adentros que apareciese en cualquier momento.
—Te has quedado solo —dijo el hombre. Asterión, sin embargo, se resistía a creer que era así—. No entiendo, ¿por qué ha insistido en conservarte aquí? ¿Qué te hace especial o diferente al resto?
—No sabes todo sobre nosotros —espetó. Su corazón latía desbocado, por mucho que su cabeza se empeñase en pedirle que se calmara.
—Oh, el niño tiene voz. No pensé que te atrevieses a hablar.
—Soy un santo también, y si he de morir aquí, entonces moriré peleando. ¡Ataque de un millón de fantasmas!
Del cuerpo de Asterión surgieron decenas y decenas de sombras, idénticas a él, que se distribuyeron por todo el lugar. Llegado a un punto, era imposible distinguir cuál era el verdadero Asterión y cuáles eran las sombras. Su cosmos, de un color plateado como la luna, iluminó el lugar. Pero, para su sorpresa y rabia, el enemigo ni siquiera se inmutó ante su presencia.
Cada uno de los clones tomó posición de batalla y, de pronto, en un santiamén, todos cargaron en contra del hombre desconocido.
—¡Esto es un juego para mí! —exclamó su enemigo. Su cosmoenergía se encendió y a su alrededor flotaron miles de piedras de todos los tamaños, cubiertas de ella. Levantó la mano hacia el cielo y las rocas se convirtieron en armas contra los clones de Asterión. Volaron en todas direcciones, impactando con ellos, haciéndolos desaparecer en el instante.
El Santo de plata, escondido un poco más allá entre ellos, entrecerró los ojos. Conforme los clones desaparecían, el hombre se acercaba más y más a él. Pero Asterión no retrocedía. Se plantó y concentró sus cosmos en sus clones. Esperó.
—No me engañas. Sé dónde estás. Sé cuál eres...
De pronto, cuando la distancia que lo separaba de su enemigo se volvió mínima y tan solo un puñado de clones se interponían entre ambos, el santo de Perros de Caza abrió los ojos y los fijó en él. El hombre hizo lo mismo. Las rocas que lo rodeaban, vibrando al ritmo de su cosmos, se elevaron de nuevo. Sus intenciones quedaron claras: Asterión era el blanco. Una violenta sonrisa se dibujó en rostro cuando supo que lo tenía.
Lo que no esperaba, sin embargo, sucedió. Repentinamente los clones desaparecieron y una tímida sonrisa se dibujó en rostro del santo de plata. Su mirada se levantó, desafiante, sacándole de balance.
—Te tenemos… —Le oyó musitar—. Nomios…
—¿Cómo…?
No alcanzó siquiera a reaccionar cuando, como una centella tan brillante como el sol, el puño de Aioros impactó contra su rostro. La fuerza del golpe fue tal, que su cuerpo se proyectó contra el suelo. La sangre llenó su boca y la vista se le nubló momentáneamente.
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Para cuando consiguió enfocar nuevamente, Aioros estaba de pie, a unos pocos metros de él. A sus espaldas, el chico peliverde contemplaba a ambos sin moverse.
—Bien hecho, Asterión. —Oyó al santo dorado. Su respiración, sin embargo, se escuchaba agitada—. ¿Estás bien?
—Sí, sí… ¿Cómo sabías que iba a leerte la mente? ¿Cómo estabas tan seguro de que este plan iba a funcionar? —preguntó el más joven.
—Confiaba en que me buscarías y que usarías tu Satori de ser necesario. ¿Nomios es su nombre?
—Sí. Ha bajado la defensa durante un instante cuando pensó que se había desecho de ti. Pero no tengo mucho más… —El arquero chasqueó la lengua.
—Solo sigue intentando… —Pero no pudo terminar. De pronto, la voz de Nomios los interrumpió.
—Idiotas… Debiste matarme ahora que tuviste ocasión, Aioros. —Escupió sangre y se sobó la mejilla que había tomado un color rojizo por el golpe.
—Me temo que por ahora, nos sirves más vivo que muerto —respondió el castaño. Su voz sonó suave e inusualmente tranquila.
—¿El chico es un mentalista? —Esta vez, Aioros no respondió. Pero arrugó el ceño cuando la sonrisa mordaz apareció de nuevo en el rostro de su contrincante. Una risa burlona escapó de la garganta de aquel hombre y su instinto le advirtió de ir con cuidado—. Debo admitir que no esperaba esto… He sido descuidado, muy descuidado. Eso no pasará de nuevo…
Aioros entonces, temió lo peor. No estaba seguro de lo que Nomios planeaba, pero estaba seguro de que no iba a ser nada bueno…
—¡Atento! —ordenó a su subordinado cuando la energía rojiza y revuelta envolvió a Nomios. Aioros tensó la mandíbula. Algo malo se aproximaba.
El cuerpo de su contrincante se volvió brillante, con un suave tintineo de luz, hasta que de pronto, un gran resplandor explotó, privando a ambos santos del sentido de la vista por un instante. Una armadura, de un oro más pálido a la del arquero lo protegió.
Aioros trató de cubrirse el rostro para proteger sus ojos, pero era demasiado tarde. Sus ojos no podían ayudarlo en esa situación y su cosmos, a pesar de encontrarse en alerta, cayó en confusión durante un segundo ante aquel inesperado despliegue de poder enemigo. Lo siguiente que sintió fue un impacto directo contra su estómago. Su cuerpo entero convulsionó a causa de ese dolor del que ni siquiera su armadura pudo protegerlo. Sus rodillas se doblaron pero antes de que golpeara el piso, la mano de Nomios le sujetó del pelo y un segundo golpe le hizo escupir sangre. Aturdido, convocó a su cosmos y de su cuerpo, decenas de esferas de energía surgieron, que mutaron hasta convertirse en flechas.
—¡Infinity…. ! —Pero no pudo siquiera convocar a su técnica, pues en ese preciso instante, para su propia sorpresa, sus sagitas, envueltas en aquella cosmoenergía tóxica, se volvieron en su contra. Un grito se ahogó en su garganta cuando sintió la energía ardiente de su propio ataque escociendo su piel—. ¡Infinity break! —invocó nuevamente a su cosmos, con la esperanza de que las nuevas flechas neutralizaran a las segundas, pero el caos a su alrededor arreció. Las alas de Sagitario se plegaron a su alrededor como un escudo, pero ni siquiera su protección parecía suficiente frente a la fuerza de su ataque.
—¡Morirás a causa de tus propias armas, santo!
La lucha se volvió temible y, antes de que el arquero se diera cuenta, su cuerpo traicionó a su voluntad. Sus rodillas temblaron y golpearon el piso. Sentía todavía el sabor de la sangre en su boca y podía sentir la calidez del líquido vital brotando de las heridas de su cuerpo. Todo estaba saliendo mal… Terriblemente mal.
—¡No! ¡Aioros! —Alcanzó a escuchar el grito desesperado de Asterión y trató de decirle que se alejara, que huyera tan lejos como pudiera. Pero su garganta se negó a obedecerle. Maldijo cuando la siguiente frase abandonó los labios del santo de plata—. ¡Ataque de un millón de fantasmas!
—¡Niño estúpido! —Nomios contraatacó. Olvidó al santo de oro y fue tras el peliverde—. ¡Aquí termina el camino para ti!
Los ojos de Aioros consiguieron enfocar en medio de su propia desgracia. Todo a su alrededor era caos. Se sentía mareado… Perdido. Cada flecha que tocaba su cuerpo era como metal ardieron contra su piel. El nauseabundo olor de la sangre llegó a su nariz y los recuerdos se dispararon. Su mente voló catorce años en el pasado y trajo consigo el pánico de aquellas últimas horas de su vida anterior…
—"No… No de nuevo…" —Su cabeza le estaba traicionado. Su cuerpo temblaba y las lágrimas en sus ojos se aglutinaban, nublando de nuevo su mirada.
Sintió el cosmos de Asterión tan aterrorizado como el suyo, y alcanzó a distinguir su silueta envuelta en cosmos rojizo cuando Nomios utilizó su habilidad para elevarlo en el aire.
—¡Aioros! —gritó Asterión pidiendo ayuda. Nomios rió ante sus súplicas.
—El arquero no va a ayudarte —dijo Nomios—. Mírale. De rodillas. Derrotado. —Después, el hombre volteó hacia el castaño—. ¡Mira tú también, Aioros! ¿Dónde está tu ejército para apoyarte? Estás sólo y no hay nada que puedas hacer. ¡Su muerte será el trofeo de mi victoria!
"Te protegeré a cualquier costo. Lo prometo…"
La promesa resonó en la mente del arquero. Apretó los ojos con rabia y las lágrimas resbalaron por sus mejillas. No podía fallar. No pasaría de nuevo.
Las flechas de cosmos se olvidaron del arquero y giraron, fijando como blanco a Asterión, quien permanecía suspendido en el aire, sin forma alguna de escapar del poder enemigo. Entonces, a la señal de Nomios, salieron disparadas contra él.
—¡No! —Aioros gritó. Su cosmos vibró con la misma fuerza que su desesperación y se expandió con una brutalidad desconocida incluso para él mismo que tiñó el cielo de Poliojni de dorado—. ¡No vas a tocarlo! ¡No te lo permitiré!
Y fue así que, hechizadas por su poder y guiadas por su afán de proteger a Asterión, sus alas cobraron vida.
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—¡¿Qué…? —Spartan se detuvo de pronto y la amazona de Lince junto a él, lo imitó—. ¿Eso es… Aioros? ¿Qué clase de monstruo…?
Tatiana tragó saliva, pero no respondió. Desde la distancia había sentido aquella grotesca explosión de cosmos que le había erizado la piel. No era la primera vez que la sentía. De hecho la recordaba muy bien.
La primera vez que la conoció, fue quince años atrás, durante la batalla de sucesión de Sagitario, justo al final del combate. Era una cosmoenergía arrolladora y letal para la mayoría; salvaje y hasta cierto punto, incontrolable. Aunque debía admitir que la energía que recordaba de aquel entonces era distinta; carecía de la agresividad y del instinto asesino que ahora sentía en él. Quizás era eso lo que la hacía arder con tanta violencia y, sobre todo, la hacía tan poderosa.
Cierto era que aquella era una faceta que desconocía de Aioros. Para la mayoría —ella incluída—, el santo de Sagitario era una incógnita. Podría decirse que era un santo distinto a los otros de su rango. Estaba ahí arriba, al mismo nivel que Saga. Sin embargo, era su leyenda lo que le tenía en aquel escalón. No su poder.
Esa era la primera vez en que Tatiana se encontraba de frente con el guerrero que se escondía tras la usual benevolencia de Aioros. Su cosmos, pacífico y adormilado como el Mediterráneo en una mañana de primavera, ahora ardía con la fuerza demoledora del océano, alimentado por el viento de un huracán. No había un atisbo de paz en él, sino lo contrario. Había una fiereza desmedida, un instinto de protección que se levantaba ante su enemigo como una clara advertencia de que no existía punto de retorno. Era como un bestia salvaje mostrando los colmillos, indicando que llegaría hasta la última consecuencia. El centauro dorado había despertado… Y era temible.
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Su cuerpo se sentía asombrosamente ligero. Sus ojos, que usualmente veían a la perfección, se sentían arenosos; su garganta reseca y la lengua pegajosa. Cerró los párpados con fuerza un par de veces en un intento por despejar la cortina borrosa que los nublaba y, al abrirlos, descubrió con satisfacción que su vista se había recuperado.
Tomó una bocanada de aire que llenó sus pulmones y, de modo casi inmediato, arrugó el ceño. La atmósfera se sentía distinta: caliente, cargada… recordando ligeramente a la electricidad de una tormenta de verano. Sin embargo, era una sensación que su cuerpo aturdido reconocía a la perfección: era cosmos. O al menos, el rastro danzante que el cosmos dejaba al arder y explotar con fuerza.
Era de noche, le tomó unos segundos acostumbrarse a la oscuridad. Vio de un lado a otro y se sintió confuso. ¿Dónde estaba…? ¿Cómo había llegado ahí? Caminó unos pasos sin que sus pies produjeran un solo sonido. Podía sentir el latido desbocado de su corazón retumbando en las sienes. Estaba desorientado… perdido.
Saga no soportaba sentirse así.
Se encontraba en los lindes de un bosque, y apenas unos metros más adelante, atisbó un cadáver. No. Eran dos, eran dos cuerpos… o lo fueron, cuando hacía no mucho tiempo, estuvieron completos. Los árboles destrozados habían abierto un sendero, y en el suelo, manchas oscuras se entremezclaban con la tierra levantada. Sangre. Podía olerla.
Algo estalló unos metros más y un fogonazo de luz dorada iluminó el cielo nocturno por un segundo. Tragó saliva, su piel se erizó. Su pulso se aceleró aún más. Conocía aquella cosmoenergía como si fuera propia. Entonces, escuchó sus gritos.
¡Infinite Break!
Se estremeció. ¡Aioros! Quiso correr, pero sus piernas no respondieron. Su vista se nubló por un momento y el aire se negó a entrar en sus pulmones. El horizonte se desvaneció por un segundo. Cerró los ojos con fuerza y, cuando volvió a abrirlos, ya no estaba en el bosque.
Un templo en ruinas descansaba a sus pies. Confuso, contemplaba el panorama desde lo alto del techo agrietado, y a su lado… el polvo de un enorme socavón polvoriento, aún no se había asentado.
¿Qué hacía allí? ¿Cómo…?
¡Aioros! Recordó de pronto. No tuvo que buscar demasiado. De alguna forma, se encontraba en un punto perfecto para contemplar el espectáculo y no ser visto. Pero… ¡Aioros necesitaba ayuda! ¡Él podía ayudar!
Las saetas doradas que tan bien conocía surcaron el cielo como un mar de estrellas fugaces. Mas, antes de hacer blanco, y de un modo que nunca antes había visto, se detuvieron en el aire, congeladas… durante una fracción de segundo. Después, retrocedieron, convirtiendo en blanco a su propio creador.
¡La Otra Dimensión! Si abría la otra dimensión podría… Su respiración se aceleró. Aioros no iba a lograr esquivar su propio ataque, iba a…
Saga quiso correr, pero sus pies no se movieron. Gritó, pero su voz no se escuchó.
—El arquero creció...
Su corazón se detuvo. Dejó de respirar. Su cuerpo se paralizó. El color abandonó su rostro.
Esa voz.
—Uno pasa un tiempo fuera y cuando vuelve… El jodido mocoso está vivo y aprendió a volar. ¡A volar!
No. No. No. Apretó los ojos con fuerza, la mandíbula. Se llevó las manos a la sien y quiso aplastarse el cráneo a sí mismo: lo que fuera con tal de no escucharlo.
—Harías bien en abrir los ojos, niño.
—No puede… —"No puede ser", quiso decir, pero no logró terminar la frase.
—El destino es caprichoso, ¿cierto?
Ares rió, y con su risa, su espíritu se quebró.
Abrió los ojos, que no eran capaces de llorar, y buscó su melena. Tomó uno de los largos mechones entre sus dedos temblorosos, y rezó por encontrar en él su precioso tono azul. Ahí estaba. Azul, azul como el cielo al anochecer… ni rastro del gris. Con cierto alivio, tomó aire.
—¿Cómo…?
—Esa no es la pregunta correcta, Saga. —El santo tragó saliva.
—¿Por qué…? —se corrigió, mientras sus ojos veían espantados el transcurrir de la batalla sin poder hacer nada.
—Como habrás adivinado viendo a tu adorado Aioros y al inutil de Asterión, estamos en Poliojni. Este es el templo de Hefesto. Durante siglos, el bueno de mi hermano custodió aquí algunos objetos de incalculable valor…
—¿Qué…?
—¡Oh, vamos! Solías ser mejor conversador. Eres inteligente. Centrate. Piensa.
Saga intentó apaciguarse. Trató de respirar hondo de nuevo. "Cálmate", se dijo, "nervioso empeorarás todo".
—Exacto, Saga. Cálmate. —No le extrañó que leyese sus pensamientos, después de todo, siempre había sido así. Su mente empezó a trabajar a mil por hora.
—Armas. Armas divinas —musitó, y por un instante, pudo escucharlo reír—. Hefesto forjó las armas de los dioses…
—Pero este templo está vacío. Hace tiempo que Hefesto no pasa por aquí… ¿no te parece?
Tenía razón. Incluso un equipo de arqueólogos se había permitido hurgar en las entrañas del templo… Eso solo podía significar que estaba vacío. Ningún ente divino lo custodiaba.
—Estaba… —le faltaba el aire. Necesitaba dejar de fumar—. ¿Hefesto reencarnó en esta época?
—No es el único dios que lo hizo. Usualmente muchos pasan desapercibidos para el devenir de los hombres. Es su caso. Pero…
—¿Pero…?
—¿Dónde está y por qué no custodia su templo? Su forja…
—¡¿Cómo voy a saberlo?! —exclamó, exasperado.
—Uh, eso ha tenido que doler... —El oponente de Aioros cayó al suelo y Saga apretó los puños, con una extraña mezcla de satisfacción y preocupación recorriendolo—. La cuestión, pequeño, es que tener mi lanza a buen recaudo me haría sentir más tranquilo.
—¿La lanza…? —El arma mítica del dios de la guerra, la lanza bañada en sangre, capaz de aniquilar dioses… Igual de poderosa que Niké. En sus trece años juntos, Ares jamás se la había mostrado—. ¿Por qué temes…? ¿Qué…?
—Piensa, no estás pensando. —Y un chispazo doloroso en su cabeza se sintió como un el regaño de un niño—. ¿Te parece que ese muñequito resplandeciente es mi soldado?
Saga entrecerró los ojos, pensativo, mientras analizaba los movimientos del rival del arquero. No, algo no encajaba. Ares atacaba de frente, con todo… No se andaba con juegos. Sin embargo, ese tipo aún no había mostrado que podía hacer por sí mismo, solo se aprovechaba de su peculiar habilidad y del enorme cosmos de Aioros.
—Sé que tú y yo tenemos una relación un tanto particular, Saga; pero creo que aprendiste muchas cosas interesantes a lo largo de nuestra tormentosa vida juntos.
—Tú no tienes nada que ver… —musitó, cayendo en la cuenta.
—¿Por qué reencarnamos, Saga? —el Santo se tomó unos segundos para pensar, y de haber tenido Ares un cuerpo físico distinto al suyo, estaba seguro de que hubiera podido ver su expresión seria, como la de un viejo maestro adiestrando a su pupilo.
—Débil. —Lo escuchó gruñir, ofendido—. Eres más débil ahora. —Las palabras surgieron de su garganta, o de su mente, como un torrente—. La reencarnación de los dioses no es aleatoria. Cuando se cumple el ciclo, reencarnais en un cuerpo cuidadosamente escogido por su poder y fortaleza… o por el poder que puede llegar a albergar.
—No estoy del todo de acuerdo en tu modo de exponerlo, pero… Podría decirse que sí. Un dios solo escogerá un cuerpo digno de su poder y capaz de soportarlo, un cuerpo que supone un beneficio evidente. Juntos somos más fuertes… no solo yo, Saga, tú también.
Frente a ellos, Aioros comenzó a ganar terreno: sus alas le impulsaban y sus puños asestaron un terrible golpe a su rival. Asterión, mientras tanto, observaba unos metros más allá indefenso… aterrorizado.
—Si no soy yo el artífice de este desastre, Saga, quiere decir que hay otro dios importunando nuestra placentera vida… y jugando a la guerra. —Lo cual resultaba terriblemente ofensivo. Él era el Dios de la Guerra.
—No estás atacando. Estás… La lanza... Intentas defenderte. —Abrió los ojos de par en par—. ¡¿De quién?!
El cosmos de Aioros estalló como nunca antes iluminando el cielo nocturno una vez más y cegando sus ojos. Saga no podía ver nada… pero en medio de aquel destello, le pareció ver la silueta neblinosa de un hombre internándose en las ruinas del templo. Entonces, el fantasma volteó hacia él, mirándolo sobre su hombro.
—Un placer verte de nuevo… —Una sonrisa torcida y cínica se dibujó tras las palabras—, aunque sea en un sueño… —Después, la silueta de aquel desconocido fantasma que ahora sabía era Ares, se esfumó en la nada y todo se oscureció.
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Nomios gruñó.
El cosmos del arquero lo había cegado momentáneamente. Pero lo peor era aquella sensación de que una vez más, Aioros lo había sorprendido. El maldito santo se las había ingeniado para sacar fuerzas, a saber de dónde y se le había adelantado. Ni siquiera lo había visto venir. En algún momento, su velocidad había superado a la suya y…
Levantó la vista y ahí, envuelto en el polvo dorado y brillante de su aura y suspendido en el aire, flotando con ayuda de las alas de Sagitario, Aioros sujetaba a Asterión. El hecho de que el santo de plata estaba ileso, le confirmó que sus ataques habían fallado. Miles de diminutas flechas doradas los rodeaban, girando a su alrededor como los satélites alrededor de un planeta. Con cada movimiento de las alas de Sagitario, una estela de plumas doradas brotaba de ellas, dándole un aspecto angelical..
Apretó los dientes, rabioso. El cosmos que brotaba de Aioros, potente y abrasador, era radicalmente distinto al que había sentido hasta unos minutos antes. Algo había cambiado, y no era a su favor.
—Te dije que yo pelearía contigo. —La voz del arquero resonó en el silencio de la noche, interrumpido únicamente por el crepitar de la energía eléctrica de las flechas que lo rodeaban. Las alas de la armadura se batieron en el aire mientras descendía hasta que, con suavidad sus pies y los de Asterión tocaron el suelo—. ¿Estás bien? —preguntó a subordinado.
—Sí… —titubeó. No estaba seguro de entender lo que pasaba. ¡¿Las malditas alas de Sagitario servían para volar?!
—Bien. A partir de ahora, esto se pone serio. Haz tu parte, pero no intervengas.
—De… De acuerdo.
Aioros asintió con suavidad. Después, tras limpiarse el rastro de sangre de una minúscula herida abierta en su mejilla, volteó hacia Nomios. Las alas de Sagitario se extendieron. Con un suave batir del aire, el arquero se elevó en el aire. Sus ojos nunca se apartaron de su enemigo.
Entonces, bajo la mirada incrédula de Nomios, desapareció. Reapareció una fracción de segundo después frente a él y, antes de que Nomios pudiera reaccionar, encajó un golpe en su estómago. El cuerpo de su enemigo se proyectó para atrás y un borbotón de sangre brotó de sus labios mientras un quejido de dolor se le ahogó en la garganta. Los puños el santo, envueltos en cosmos, impactaron contra su rostro. Su rodilla golpeó contra el estómago de Nomios de nuevo. Él avanzaba, su contrincante retrocedía. Lo tenía en su poder; estaba fuera de balance.
Preparó una nueva embestida, pero cuando iba por el siguiente golpe, Nomios reaccionó y encendió su cosmoenergía para detener el avance de sus puños. Una mirada rabiosa brilló en los ojos del hombre.
—No vas a volver a tocarme… —siseó. Su energía estalló, haciendo retroceder al arquero. Pero una vez más, Sagitario reaccionó y abriendo sus alas, escapó del campo de acción de Nomios, huyendo hacia el cielo.
Se recompuso y volvió a cargar. Nomios levantó la mano e hizo arder su cosmos para detenerlo, pero la energía del arquero brilló con más fuerza. El choque de las auras doradas y escarlata enturbió el ambiente.
Sin embargo, para sorpresa de Nomios, su energía no detuvo el empuje del arquero. Los pies de Aioros no tocaban el piso, pero las alas de oro tenían consigo toda la fuerza que él necesitaba. Y así, por primera vez, el hombre se vio superado cuando el puño del santo impactó contra su rostro. Un segundo golpe vino después, haciéndole perder el equilibrio.
—¡¿Acaso dijiste que no podría volver a tocarte?! —Oyó a Aioros.
—¡Maldito!
La explosión de su cosmos fue tan violenta, que lanzó al arquero lejos de él. Aioros abrió las alas para crear resistencia y mantenerse en pie. Apenas alcanzó a distinguir cuando Nomios se abalanzó contra él. Tuvo el tiempo suficiente para meter las manos y detener su golpe. Lo empujó y creó a su alrededor decenas de flechas de cosmos que lo rodearon. A la señal de su mano, las flechas volaron en dirección a Nomios, pero a este no le costó esquivarlas.
Oculto tras sus propias flechas, Aioros atacó. Aprovechó la concentración de Nomios en apoderarse de su ataque y encajó otro golpe, que éste detuvo con facilidad.
—¿Eso es todo, arquero? —preguntó, burlón. Entonces, reparó en la sonrisa en el rostro del santo y en el brillo dorado de su mirada, oculto tras las mechas de cabello castaño—. ¿Qué…?
—Te tengo… —Le escuchó y supo que había perdido.
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Abrió los ojos de golpe, tomó una dolorosa bocanada de aire y se incorporó sobre la cama por reflejo. El corazón amenazaba con salirse de su pecho y el sudor que bañaba su cuerpo, le recordaba que todo había sido un mal sueño.
—¡Saga! —Deltha lo llamaba, mientras tomaba su rostro con las manos—. Saga, tranquilo… solo fue una pesadilla, no…
Pero algo en el rostro de la amazona, delataba su sentir. Lucía tan aterrada como él se sentía y, a lo lejos, el eco de una explosión enorme de energía, palpitaba en el cosmos.
—Aioros… —musitó el santo, poniéndose en pie—. Tengo que…
—Su cosmos no ha parado de explotar… lleva un rato —los ojos de Deltha se empañaron—. Nunca lo sentí así, no sé qué pasa… te has dormido, y no podía despertarte… —Pero el gemelo no la escuchaba. En un pestañeo había encontrado los pantalones en el desastre de habitación que llevaban días compartiendo—. ¿Saga?
—"¡Dohko, Mu, Saga!" —La llamada cósmica de Shion interrumpió la conversación—. "Os necesito en Poliojni, ¡YA!"
—Tengo que irme, Deltha.
—Ten cuidado… por favor. —musitó al aire, cuando el resplandor dorado de Géminis lo vistió, desapareciendo después en la inmensidad de la Otra Dimensión.
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Apenas tuvo tiempo para voltear y entender todo. Las flechas que había esquivado unos minutos regresaron, para impactar de lleno contra él. Las sintió, quemando su piel y perforandola. Gritó cuando la sangre brotó de sus heridas, y sus rodillas y manos tocaron el piso.
Sus ojos se abrieron con incredulidad mientras su cuerpo entero se ahogaba en dolor y al aire de sus pulmones se volvía más escaso. ¿Qué había pasado? ¿Cómo el santo había sido capaz de superarle?
—Maldición… —musitó.
Aioros dejó escapar el aliento. Estaba agotado. No había un centímetro de su cuerpo que no doliera. Las heridas que sus propias flechas habían abierto en su piel escocían. El esfuerzo al que se había sometido no había hecho sino abrirlas más. Maldita fuera… Eudora iba a divertirse cosiendo cada una de ellas.
Dirigió una mirada interrogante hacia Asterión y éste asintió torpemente. El santo dorado respiró, aliviado. Si al menos tenían algo, cada herida abierta había valido la pena.
Después, devolvió su atención hacia el hombre caído. Chasqueó la lengua y fue hacia él.
—Te has equivocado en muchas cosas hoy, Nomios. —Aioros se acercó con pasos lentos, pero firmes, a pesar del dolor que le escocía el cuerpo—. Creíste conocer todo de nosotros, y te equivocaste. Menospreciaste el valor de los santos de Athena —miró de soslayo a Asterión, de pie, a sus espaldas—, y te equivocaste. Pero sobre todo, has errado en un punto muy importante: Dijiste que estaba solo… —Se detuvo y una sonrisa llena de confianza iluminó sus labios cuando los sintió llegar. Un instante después, las imponentes figuras de Mu, Roshi y Saga se materializaron a sus espaldas—. Y no lo estoy. Mis hermanos siempre me cuidan las espaldas.
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Aioros nunca —jamás— había sentido satisfacción en encontrar el terror tatuado en los ojos de otro ser humano. Al menos hasta entonces.
Pero ahí estaba, observando el miedo a la derrota en la mirada de Nomios, sintiendo su rabia y su desesperación… Y disfrutándolo. Dioses, estaba aliviado de que aquella pesadilla hubiese terminado y de que las únicas heridas que tenían que lamentarse eran las suyas.
—¿Estás bien? —Escuchó la pregunta de Saga a sus espaldas, suave, como el silbido del viento, y asintió.
—Ajá… —dijo, aunque bastaba con ver el desastre que era su cuerpo para darse cuenta que no lo estaba. Lo único que lo mantenía en pie era su orgullo y la adrenalina del momento. Nada más—. Tatiana y Spartan… Les pedí que se marcharan.
—Me haré cargo —dijo Mu. Echó una mirada a Dohko en busca de su aprobación y, cuando lo vio asentir, desapareció para ir en su búsqueda. El chino entonces, tomó la palabra.
—Nosotros nos ocuparemos de lo queda aquí. Has hecho un buen trabajo, Aioros.
Aioros no respondió. ¿Lo había hecho? Se había hecho de una dudosa victoria, pero solo porque su voluntad había sido fuerte. Nomios fue lo suficientemente listo y fuerte como para acorralarlo, dejándolo al borde de la desesperación. Lo obligó a cambiar su estilo de pelea, como solo el propio Orestes había conseguido hacerlo años atrás, plenamente consciente de sus puntos débiles. Entonces, un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Acaso sabían tanto de ellos?
Sin embargo, el molesto sonido de aquella risa sardónica atrajo la atención de los tres santos hacia Nomios. Ahí estaba: de rodillas en el piso, ensangrentado y completamente agotado… Pero con esa maldita sonrisa en los labios, que parecía empeñado en sostener a pesar de todo.
—¿Qué es tan gracioso? —gruñó el chino. Se acercó hasta el hombre caído y se agachó para verlo directamente a los ojos. Tras de él, Aioros y Saga observaban.
—Habéis llegado tarde…
—¿Tarde? ¿Para qué?
—Para ganar…
—¿Qué…?
Dohko no tuvo tiempo de terminar, pues antes de que ninguno de ellos pudiera evitarlo, el cuerpo de Nomios se desvaneció en el viento. Intentó sujetarlo, pero Nomios simplemente se esfumó entre sus manos.
Incrédulos, intercambiaron miradas. El silencio entre ellos se tornó pesado.
—¿Qué demonios…?—susurró Saga. Aioros no le respondió; arrugó el ceño y apretó los puños, sintiendo el dolor recorrer todo su cuerpo.
A lo lejos, en el horizonte, los primeros rayos del sol despuntaban. La noche quedó atrás, pero con Nomios libre, la incertidumbre perduraba.
-X-
Saga había tomado la decisión de no esperar a que Mu, Tatiana y Spartan se reuniesen con ellos. Sabía que estarían bien, que sus enemigos no serían tan estúpidos como para atacarlos a sabiendas de que el Santuario observaba. Así que simplemente había ordenado al lemuriano que, tan pronto diese con los santos de plata, regresara de inmediato a la protección del recinto.
Del resto se encargaría él mismo. Lo importante era llevar a Aioros de regreso al Santuario, porque su estado era apremiante. ¡Joder! Aquel tipo lo había utilizado de alfiletero.
—Dioses, estás hecho una desgracia… —musitó. Aioros reaccionó, esbozando una mueca de dolor, que se suponía, era una sonrisa.
—Al menos el otro quedó peor… —intentó bromear, pero una punzada de dolor lo forzó a ahogar un quejido. Instintivamente, su cuerpo se doblo para mitigiar el dolor.—. ¿Estás bien…? —preguntó a Asterión. El santo de plata, asintió con sorpresa.
—Estoy bien… ¿Tú…?
—Sobreviviré…
—Nos vamos al Santuario ahora mismo —intervino Saga—. Mu llevará a Spartan y a Tatiana, pero no pienso esperar un segundo: vamos.
—Eudora tiene que revisaros a ambos, especialmente a ti, Aioros. Saga tiene razón: te ves terrible.
Aioros, en realidad, no tenía deseos de poner resistencia. Conforme la tensión del momento se disolvía, el dolor de cada herida en su cuerpo despertaba, y poco a poco, se tornaba insoportable. Por un instante, se sintió asfixiado, pero cuando pensó que no podría sostenerse en pie, sintió el brazo de Saga sosteniéndolo. Dohko se metió por debajo de su otro brazo, y lo ayudó.
—Te tenemos, Aioros —dijo el mayor, con aquella sonrisa tan suya en los labios.
—Venga, Asterión, mantente cerca y no te pierdas en la Otra Dimensión. —Saga miró de reojo al santo de planta e, internamente, sonrió al ver su cara de susto.
Después, el portal frío y oscuro que iba a través del espacio se abrió, para guiarlos de regreso a la protección del Santuario.
-X-
—¡Joder! ¡Mierda, mierda, mierda…!
—¡Aioria! —Arles se apresuró a reprender la espontaneidad del joven león, pero a éste, le importó poco.
Había corrido al templo papal tan pronto Shion dio la orden de que Saga, Dohko y Mu fueran al encuentro de Aioros. Desde entonces, se había mantenido alerta de cada movimiento en Lemnos, mientras que —en la compañía del Maestro y de Arles— esperaba por noticias de los acontecimientos al otro lado del Mediterráneo.
Tan pronto divisó la dimensión geminiana abriéndose frente a ellos, tuvo que contenerse para no correr al encuentro de su hermano y los demás. Pero, en el instante en que reparó en la figura de Aioros, ensangrentada y golpeada, no hubo poder humano que pudiera detenerlo.
—¡¿Qué ha pasado?! —Se acercó a él con grandes zancadas y buscó su rostro. Quiso abrazarlo, pero las heridas en su cuerpo le impedían encontrar un sitio donde fuera posible tocarlo sin hacerle daño.
—Poliojni no estaba vacía…
—¿Os estaban esperando? —preguntó Shion. Su mirada se oscureció con consternación cuando vio a su santo de Sagitario asentir.
—¿Quién? —intervino Aioria, con la impaciencia propia de su signo de fuego.
—Su nombre era Nomios.
—Fue una emboscada también, como en Meteora —terció el santo de plata y, ante sus palabras, un denso silencio se instauró en el Salón.
—¿Estás seguro?
—Sí, lo leí de su mente. —respondió con entereza a la pregunta del peliverde. Las miradas de Saga y Dohko buscaron por reacciones en el rostro del lemuriano.
Había una inusual gravedad en los finos rasgos de Shion, a la que ninguno estaba acostumbrado. También encontraron un dejo de incertidumbre y confusión que no traía buenos augurios para nadie. Por mucho que su porte y calma tratase de ocultarlo, había demasiado ocurriendo en su cabeza.
—Bueno, bueno… —Dohko habló, rompiendo el silencio. —Los chicos os contarán los detalles más tardes. Aioros necesita urgentemente que Eudora lo revise y suture. Si continuamos aquí, dejará la alfombra perdida…
—Tienes razón —bufó el lemuriano—. Os llevaré a la Fuente. Arles, quédate con Asterión e infórmame de cuando las doncellas de la Fuente terminen con su revisión, para que hablemos. El resto vendréis conmigo. Quiero que Eudora personalmente te revise, Aioros.
—Ya que Aioria irá con vosotros, iré con Arles y esperaré a por Mu, ¿te parece?
—Gracias, Dohko. —Posó la mano sobre la armadura de Sagitario y, con un suave tintineo de su cosmos, hizo que abandonara el malogrado cuerpo del arquero. La silueta del centauro dorado tomó forma en un rincón de salón. —Pediré a Mu que se haga cargo de la armadura más tarde.
—¿Cómo es que…? —Aioria veía los agujeros por toda la armadura pero no alcanzaba a comprender, ni siquiera a imaginar, lo que había sucedido.
—Usó mis flechas contra mí.
—¿Qué… ? —Fueron los labios del león los que formularon la pregunta, pero todos compartían la inquietud.
—Es una larga historia, pero sin la armadura, estaría muerto…
—Ha volado… —musitó Asterión, o al menos eso pensó, porque su voz resonó clara y fuerte en el salón del trono, atrayendo las miradas hacia él.
—¿Volado…? —Aioria buscó después los ojos azules de Aioros. Éste sonrió con torpeza.
—Como dije, larga historia…
Shion y Dohko compartieron una sonrisa cómplice, mientras los recuerdos de viejos tiempos volvían a su cabeza con rapidez, y la imagen de Sísifo, envestido en la magia de Sagitario, se tornaba en una memoria tangible. En los ojos de ambos santos, había orgullo. Por fin, tras meses buscándose a sí mismo, Aioros había conseguido unir las piezas y su verdadero destino, se desplegaba ante él. Ahora, estaba listo para tomar el rol de liderazgo que correspondía a su signo, y lo hacía en el momento en que más se necesitaba.
Sin embargo, ninguno reparó en la expresión de Saga y en la súbita palidez que invadió su rostro. Su corazón se desbocó mientras la ansiedad invadía cada célula en su cuerpo.
Su encuentro con Ares… ¿De verdad había sido solo un sueño?
-X-
Permaneció en silencio, apoyado en el marco de la puerta, mientras Eudora trabajaba. Francamente, el cuerpo de Aioros era un drama de agujeros y golpes que no le resultaba especialmente fácil de contemplar en un momento como aquel. Se sentía tan confuso… solamente necesitaba que Eudora terminase y les dejase solos a los cuatro un momento: Aioria no se había despegado de su lado y Shion, observaba pacientemente desde la ventana con expresión grave en el rostro.
En aquel momento, tal y como si hubiera escuchado sus súplicas, la mujer se irguió. Recogió las gasas sucias y apartó la bandeja con sus bártulos. Después, buscó los ojos del arquero, mientras Aioria lo ayudaba a recostarse.
—De acuerdo, esto está. Necesitas descansar, pero evita moverte lo más que puedas. Son muchos cortes y no quiero que los puntos se abran. ¿Entendido? —Aioros asintió—. Tienes unas cuantas contusiones y estarás dolorido unos cuantos días. Lo que necesites, pídelo hijo, estamos aquí para cuidar de tí y hacerte la vida más fácil.
—Gracias, Eudora —musitó, con una sonrisa agotada.
—Yo me ocuparé de que no haga nada estúpido. —La voz autoritaria y convencida de Aioria, sacó un par de sonrisas a los presentes.
—De acuerdo, volveré más tarde. Descansa. —Entonces, volteó hacia Shion e inclinó el rostro respetuosamente.
—En unos minutos estaré contigo —replicó él, asintiendo—. Gracias.
—Descansad todos un rato, os hará bien. —Sus ojos se cruzaron con los de Saga cuando alcanzó la puerta—. Y tú estás pálido como un muerto, Saga, ¿te sientes bien?
—¿Yo? —Se encogió de hombros—. No me he mirado al espejo hoy…
—Necesitas dormir.
Su voz se perdió en el pasillo. Saga no podía enumerar la cantidad de veces que la sanadora le había dado aquel consejo a lo largo de su vida. Pero, francamente, lo que menos deseaba en aquel instante era cerrar los ojos de nuevo. No importaba cuán cansado se sintiera. Tomó una bocanada de aire y volvió su atención, una vez más, hacia el arquero.
—Mañana, o luego, hablaremos largo y tendido de lo que ha pasado, pero… necesito escuchar un resumen antes de dejarte descansar —dijo Shion. Su voz, siempre firme, sonaba con un deje de cariño imposible de ignorar.
—Los arqueólogos estaban muertos, destrozados… de hecho —musitó—. Nomios estaba escondido en las ruinas del templo.
—¿Nomios, dices?
—Es su nombre… —asintió—. Asterión usó su Satori mientras yo lo distraía.
—¡¿Te has puesto como cebo?! —exclamó Aioria espantado.
—Tú hubieras hecho lo mismo… —giró los ojos con tanto fastidio como cansancio—. Nomios puede controlar los cosmos enemigos… algo así. Puede detener los ataques y devolverlos… como un espejo.
—¿Con la misma potencia? —Aioros asintió y Shion arrugó los lunares al escucharlo. Eso era peligroso, demasiado.
—Devolvió el Infinite Break y el Impulso de Quirón no fue capaz de aplacarlo el caos generado por su cosmos…
—Eso explica que seas un colador en este momento —masculló Aioria.
—Atrapó a Asterión y… —Aioros negó—, creí que iba a perderlo.
—Entonces, ¿es verdad? —insistió el león.
—¿El qué?
—Asterión dijo que volaste…
—Oh, eso… —una sonrisa orgullosa surcó su rostro, haciendo a un lado el dolor y el pesar que lo manchaba.
—¡¿Cómo que eso?! —Abanicó el aire con las manos, robando una sonrisa a tanto a su hermano como a Shion—. ¡Volar!
—Ni siquiera sé cómo pasó…
—Lo que sucedió, Aioros, es que finalmente has encontrado tu identidad como Santo de Sagitario. —Lo dijo con tanto orgullo en su voz, que por un momento el arquero se quedó mudo—. Ahora estás completo…
—¿Cómo fue…?
Saga no había abierto la boca. Apenas había pestañeado… y en algún punto, había dejado de escuchar. No necesitaba oír la explicación: sabía qué había sucedido… lo había visto. Ares le había hablado en sueños, le había mostrado.
Se humedeció los labios con nerviosismo, y cuando quiso sobarse los ojos, se dio cuenta de que le temblaba el pulso. Apretó los dientes y cerró los puños con fuerza. Echó un último vistazo a Aioros, y se dio la vuelta. El arquero estaría bien. Y él...
Él necesitaba pensar. Necesitaba aire.
—Continuará...—
NdA:
Kanon: Este capítulo ha sido TAN Spartacus…
Angie: Sexo, violencia, sangre… no sé por qué lo dices.
Milo: ¿Eso significa que tendremos un maratón de sangre y muerte en Renacer? ¿Debo temer por mi existencia?
Aioria: ¿A quién le importa eso ahora? ¡Aioros vuela! ¡VUELA!
Kanon: ¿Le haremos una canción como a Dumbo?
Aioros: Sacaré mis alas de papel, Kanon, las tengo guardadas en algún lugar…
Ares: Me gusta la idea de Kanon...
Saga: ¡Dioses! ¡Cállate!
Santitos: e_e e_e e_e
Angie: Estás muy irascible para lo bien que te lo has pasado la mitad de la noche... ¡Y tú sin contar nada, ingrato!
Saga: ¡Despidamos esto! Necesito pensar…
Angie: Pensar, Saga, con el cerebro de la cabeza...
Saga: Grr...
Milo: Querido lector, si has llegado hasta aquí y has leído el capítulo completo... ¡Felicidades! ¡Son muchas hojas!
Aioria: 45 para ser exactos. ¡Enhorabuena!
Milo: Ahora sé bueno y deja review, para que los dioses de la perversión estén contigo cada día de tu vida :D
Santitos: Amén.
Angie: Como con Saga...
Aioros: Yo necesito descansar, así que... ¡Vamos, silencio! ¡Hasta el próximo capítulo!
Malvadas acechando desde la oscuridad: ¡Wahaha!
