Capítulo 61: De rodillas

Hacía mucho tiempo que Saga no lograba hacer un hueco en su ajetreada agenda diaria para dedicárselo a sí mismo. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había salido a entrenar solo, como muchos años atrás… en un intento por evadirse y no pensar en nada más que no fuera descubrir lo lejos que podían llegar sus habilidades? ¿En un intento de sorprenderse a sí mismo?

De niño esa había sido su rutina después de que su camino se separase del de Kanon. De los entrenamientos en equipo, había pasado a la soledad, al autodescubrimiento. Zarek continuaba enfrentándoles cada día sin piedad, pero el tiempo que no había sido estrictamente necesario compartir el mismo aire, él se había esfumado. En aquel rincón exacto del bosque —a donde sus pies lo habían llevado aquella mañana—, había aprendido a usar la Explosión de Galaxias, la Otra Dimensión… incluso ahí había experimentado con las primeras ilusiones. Después de practicar hasta la extenuación, siempre había encontrado energía para correr en busca de Aioros: en busca de otro par de horas de entrenamiento agotador, pero entrenamiento de verdad… En ocasiones, incluso Orestes se les había unido, rompiendo el pacto con Zarek de no acercarse más de la cuenta a su aprendiz.

Saga se encontró, sorprendentemente, sonriendo. Aquellos momentos estaban atesorados en su corazón y su memoria, porque a pesar de que fueron tiempos de pesadilla que le dolía recordar, ellos habían sido la parte más agradable de todo el camino. Les había considerado su familia… y no en pocas ocasiones había llegado a Sagitario más tarde de lo acordado, hecho un desastre tras un día con Zarek y Kanon, y había encontrado allí unas cuantas sonrisas, algo rico de cenar y unas manos amables que cuidaban sus heridas.

¡Dioses! Lo extrañaba: cada momento, cada carcajada, cada silencio cómplice… cada mirada alentadora. Suspiró. Aioros. Aquella había resultado ser una noche demasiado extraña: primero la ansiedad le había impedido pegar ojo, y había encontrado lo que necesitaba en los brazos de Deltha, pero después… Tragó saliva. Aquel sueño. Aquella pesadilla que lo había atrapado de tal modo que había sido incapaz de sentir el cosmos de Aioros allá en Lemnos.

Aunque sus ojos lo habían visto. Ares se lo había mostrado. Ares.

Tomó otra bocanada de aire. Cuando despertó sobresaltado, apenas tuvo tiempo de pensar en ello… pero cuando llegó a Lemnos y vio el estado del arquero, cuando le escuchó hablar en la Fuente y describir exactamente lo que él había contemplado… El suelo se le movió y conocía de sobra aquella sensación: Pánico. De alguna forma, Ares había encontrado el modo de hablarle, de mostrarle lo que estaba pasando. De quebrarle solamente con el sonido de su voz.

Podríamos cambiarlo todo, ¿no lo has pensado?

A veces, supongo. —Era extraño escuchar más entusiasmo en su voz que en la del arquero.

En serio, piensalo bien. Si soy fuerte, ¿por qué no habría de usar mi poder? ¿Qué sentido tiene pasar por la guerra una y otra vez? Muerte, sangre, lágrimas… ¡Podríamos interrumpir el ciclo!

¿De verdad lo crees posible?

¿Por qué no? Somos los elegidos de la diosa de la guerra. Si tan solo pudiéramos llegar a ser casi tan fuertes como ellos…

¿Como los dioses?

¡Pienso conseguirlo, Aioros!

Sino hubiera sabido que lo que escuchaba eran sus propios recuerdos, Saga hubiera volteado en busca del par de mocosos que eran en aquel entonces. Sin embargo, solo atinó a entrecerrar los ojos cuando alzó la vista al cielo. Las nubes no lucían tan negras aquella mañana y, aunque el sol se ocultaba, el brillo de su luz le resultaba más intenso de lo que venía siendo a últimas fechas. Quizá era el cansancio.

Se llevó el botellín de agua a los labios, porque sentía la garganta tan seca que le quemaba. Cerró los ojos un instante, mientras se refrescaba, y cuando los abrió…

Mira a tu alrededor, Saga… ¿Esto te parece un cuento de hadas? Abre los ojos. La Orden de Athena lucha por el amor y la justicia, pero no hay lugar para el amor o la justicia en el Santuario. No hay cariño, ni ternura. Todo esto te hace débil y frágil y aquí sobrevive el más fuerte. ¿Quieres vivir? Aprende a matar. O entonces, te matarán.

Yo nunca mataría a mi hermano.

¿Seguro?

Los ojos grises de Zarek lo miraban fijamente. Ya no miraba hacia abajo, como cuando era un niño al que quedaba mucho por crecer. La mirada de hielo de su maestro, se clavaba en él frente a frente, como un igual. Le había alcanzado. No. Le había sobrepasado. ¿Cómo era posible que estuviera ahí…?

—Estás… —musitó.

Muerto, pensó; pero nunca llegó a darle voz a sus pensamientos. La sonrisa del turco se dibujó en su rostro y su carcajada, aquel sonido tan escalofriante que había logrado olvidar con el tiempo, resonó en el claro del bosque. Si hubiera estirado los dedos, Saga hubiera podido tocarle.

—¿Tanto valor tiene tu palabra? Porque yo no pondría mi vida en ella…

El peliazul atrincheró los dientes, y una herida que creía cerrada, comenzó a abrirse dentro de sí. Recordaba la conversación… recordaba el largo día que había tenido lugar. Zarek les había sacado de la cama con un golpe poco amistoso a su puerta al rayar el alba, y habían estado entrenando en el patio de Géminis hasta que la noche había caído. Había sido un día infructífero, porque tan fiero entrenaba uno, como tanto se medía el otro. El turco había perdido la paciencia, y Kanon también. Él…

Yo también la quiero, Saga.

Entonces tendrás que demostrar que eres mejor yo. Y no pienso dejar que eso pase.

Y cumplió su promesa. Nunca dejó que Kanon fuera mejor que él. No le permitió ganar. Le perdonó la vida… aunque él siempre pensó que simplemente se había negado a matarlo. No fue un acto de piedad o compasión, ni tampoco lástima. Era su hermano, le quería. Pero…

¿Tanto valor tiene tu palabra?

La voz de Zarek comenzó a repetirse, y su cabeza empezó a dar vueltas.

¡Explosión de Galaxias!

Se oyó gritar a sí mismo… después vio a Kanon caer estrepitosamente al suelo, desapareciendo entre los escombros de las gradas del coliseo. Sintió su corazón desbocarse, la respiración agitada. El dolor de sus manos después de que Kanon las quemara con la Erupción Oscura de Deuteros, el dolor aún más fuerte de su corazón… y las lágrimas agolpándose en sus ojos. Las piernas le temblaron, igual que aquel día. La mirada de odio puro de su hermano le atravesó una vez más.

Después, solamente escuchó el crujido del pecho de Zarek cuando lo mató. Sintió la sangre en su mano derecha y las náuseas inmediatas que lo siguieron. No importaba cuánto hubiera deseado la muerte de su maestro, al final, matar le había resultado… espantoso.

Saga de Géminis. —La voz de Shion, proclamando su título por primera vez, había resonado orgullosa en el coliseo. O eso había querido pensar él.

Pero ahí, en el claro, seguía estando el rostro de Zarek, blanquecino y ensangrentado… moribundo. Su risa enloquecida continuaba atronando sus oídos y su mirada llena de desprecio lo agujereaba. Y Kanon. Un Kanon mucho más niño que ahora, pero con el mismo veneno en sus labios. Sus gritos, sus declaraciones de odio y venganza.

Saga, Saga, Saga… —La burla de Zarek.

¡Ingenuo! ¡Estúpido hermanito!

No eres especial por ser el mocoso favorito del maestro.

¡Ojalá estuvieras muerto! —El rencor de Kanon.

Empezó a sudar frío y, una sensación que distaba mucho de gustarle, comenzó a crecer dentro de sí. Se llevó las manos a la sien.

Como los dioses —se repetía su propia voz, una y otra vez.

Quiso ser un dios, y alguien dijo una vez que había que ser cuidadoso con los sueños… porque podían cumplirse.

¿Quién soy?

Eres mío, niño… Eres un dios: eres el dios de la guerra.

Entonces, Saga contuvo la respiración. Su garganta se cerró y, de pronto, apretó los ojos con fuerza al escuchar de nuevo aquella voz. Solo es un recuerdo, se dijo. Una pesadilla que quedó atrás, se repitió. Respira. Respira despacio. Ares no está aquí.

El trono y lo que ello conlleva, son tuyos… Aioros.

Desesperanza. Podía sentirla tan clara como aquel día. Decepción.

No es necesario que pidas nada, Aioros. Estaré ahí para tí, para la Orden… Para Athena.

Pero no estuvo. Mintió. Saga era un excelente mentiroso, al fin y al cabo. No podía culparlos por eso. Pero al final lo había hecho.

No confían en tí. —Ares—. Shion te apartó de su lado como si fueras una maldición…

¡Tú debiste ocupar el puesto! —Kanon—. Mata a la cría, elimina al viejo. No hay nada que Aioros pueda hacer contra tí, contra nosotros.

Ares. Kanon. ¿Qué habían sido las palabras de ambos sino la voz a sus propios sentimientos?

Tienes tanta hambre de poder como yo. Harías lo que fuera por conseguir lo que deseas, pero no tienes el valor para aceptarlo. Eres un lobo disfrazado de cordero.

Saga se había creído mejor. Más poderoso, más puro, más justo. Simplemente: más.

Ese trono te corresponde por derecho. Te lo has ganado.

Más digno, merecedor. ¿De qué? De todo.

¡Saga! ¡No puedes hacerme esto! ¡Soy tu hermano! ¡Somos gemelos, compartimos el mismo destino!

No le importó. Por una vez, la peor de todas, Kanon no le importó. Le condenó a una muerte espantosa, porque aunque se recordaba a sí mismo asegurando que los dioses le salvarían si era merecedor de ese perdón, sabía que no sería así.

¡Eres un cobarde que ha decidido ignorar su propio poder! ¡Ese poder que te ha convertido en un dios!

Sabía que lo estaba matando: lenta y dolorosamente, cuando un chasquido de sus dedos podía haberlo hecho en una milésima de segundo… sin que sufriera, cumpliendo el mismo propósito: ajusticiando a un traidor. Lo sabía, y le dio igual.

Le escuchó gritar. Le escuchó llorar. Le escuchó maldecirlo… y le escuchó susurrar su nombre con un pánico desbordante.

Le dio exactamente igual.

Eres mío.

Él fue quien le dio la victoria a Ares, en el preciso instante en que dio la espalda a la celda y se alejó rumbo al Santuario dejando atrás aquellos gritos. Nunca una afirmación había sonado tan certera.

¡Ayúdame! ¡No me dejes solo! —rogó en su mente, pero jamás puso voz a esa súplica. Y Aioros, mirándole con aquel pedazo de cielo que eran sus ojos, le creyó cuando dijo que estaba bien. Era tan, tan buen mentiroso

Ya estás solo…

¡Y cuánta razón tenía Ares! Él solo se lo había buscado, él solo había llegado a ese punto. Había apartado a todos, creyéndose capaz de lograr lo que fuera por sí mismo. Porque él no necesitaba pedir ayuda. Jamás. Era mejor que eso…

Pero no, era un estúpido orgulloso.

¿Quién eres?

Soy yo, Arles, ¿no me reconoces? Soy Saga, y también soy yo, Ares. ¿Qué tan asustado te sientes ahora?

Te detendrán.

No, Arles. No lo harán —le temblaron las manos cuando se vio a sí mismo rodeando el cuello del santo de Altair—. Siente miedo, como nunca antes… porque ese miedo será lo que te lleves a la tumba. Teme, teme y llora por lo que pierdes. Habéis perdido.

Kanon. Arles. ¿Cuántos más le habían seguido? No podía siquiera recordarlo. ¿Cuántas veces había visto esa mirada de decepción cuando veían a sus ojos?

¿Por qué…?

Creí que lo comprenderías, Saga… Ambos merecéis…

Tú lo sabías.

¿Qué?

Siempre lo has sabido. Siempre. ¡Lo supiste y no hiciste nada! ¡Me echaste a un lado cuando más te necesitaba! Yo…

Saga, hijo…

Aquella había sido, probablemente, la vez que más franco había sido con Shion, porque era exactamente como se sentía. Apartado. Utilizado. Solo. Pero aquella mirada…

¡Tú! —Shion reconoció la mirada escarlata de Ares.

¡No! ¡Él no! —gritó Saga desesperadamente.

Saga, hijo… perdóname.

"No, no… Él no", musitó en medio del silencio del claro. Lloró. Había revivido aquel momento en sus pesadillas miles de veces. Apretó la mano con la que lo había matado: aquella maldita mano derecha. Apretó tanto, que se hizo sangre en la palma de la misma.

Mi niño, mi pequeño…

No puedes irte… tú no…

Sollozó. No podía respirar. No podía verle morir de nuevo, así, tan fácil: sin hacer nada por evitarlo. No podía sentir su sangre… ni hacerle frente a aquella mirada apagándose a la que tanto quería. Sintió náuseas.

Está hecho.

Estaba hecho. Ares sabía lo que significaba matar a Shion.

Volveré esta noche, Del. Espérame y hablaremos.

Vio a Deltha y algo dentro de sí se encogió. Pequeña, delicada, con el rostro aún lleno de esperanza.

Primero debo ir al templo papal. —No vayas, quiso gritar al arquero, nunca volverás.

¿Tardarás mucho?

No creo, solo quiero ver un ratito a la princesa.

Bien. Te estaré esperando —Aioria, al igual que Deltha, esperó.

Pero Aioros nunca volvió, y Aioria le aguardó toda una vida. No importaba lo mucho que se hubiera rebelado… lo mucho que intentó oponerse a su propio destino. Aioria poseía el amor más puro que Saga hubiera conocido jamás, y lo envidiaba.

Contémplala bien. Su brillo es tan puro y ardiente como tu propia Géminis, pero su filo jamás se mellará. Probablemente no existe nada en la tierra capaz de romperla, ni siquiera algo capaz de rayar su hermosa superficie. Las gemas que la adornan son esmeraldas, capricho de tu diosa, símbolo de la esperanza… Eso que dicen que vosotros los santos traeis al mundo. ¡Miralá! ¡Ningún mortal debería tener tal poder!

Podía sentir el tacto de la daga. Tan fina y suave como Ares la había descrito. Ligera en su mano, y asombrosamente afilada. Si tan solo hubiera sido valiente y la hubiera usado como debía… ¡Si tan solo se hubiera cortado el cuello cuando tuvo ocasión!

¡¿Qué crees que estás haciendo?! ¡Eres el patriarca, vives por y para esa niña!

Aioros siempre fue perfecto. Su moral inquebrantable, su pensar soñador. Intachable, justo, noble… y valiente. Todo lo que él no era.

¡Tú…! Siempre estuviste aquí… ¡Saga! ¡Tú los mataste a todos!

Pero también era transparente. Y aquel momento no era uno en que el arquero hubiera podido disimular, aunque hubiese querido. Ese dolor, ese espanto. El más puro terror tatuado en el rostro de su amigo más valioso, de su hermano. Pavor que provocaba él. ¿Cómo era posible… si algún día había sido el vivo rostro de la esperanza? Al menos eso le habían dicho muchas veces cuando era un niño. Tenía los ojos de la esperanza… verdes, como las esmeraldas.

Esa mirada del arquero se había clavado muy hondo en él, y aunque la entendía… jamás podría perdonar el dolor que le provocó sentirla.

¡Detened al traidor! ¡Matadlo!

Aioros traidor. Manchó su nombre, escupió y pisoteó su honor. Traidor… él era el único traidor: había antepuesto su orgullo, su ego… al bienestar de todos los demás. Si tan solo hubiera pedido ayuda, si tan solo…

Será mejor que mires y aprendas, porque el mundo será mío y serán tus manos quienes me lo entreguen. No tienes nada. No te queda nada: no tienes familia, no tienes amigos, ni confidentes. Aprenderás a vivir con dóciles soldados que besen el suelo que pisas y apasionadas amantes que laman tus heridas. ¡Nada más! Shura cumplirá su trabajo. He visto muchos críos como él. Haré de Capricornio una mascota fiel y obediente… Aunque no una tan buena como tú. Los demás lo imitarán cuando lleguen. ¡Abre bien los ojos! Contempla como tu mundo se derrumba. Athena me ha robado demasiado… es hora de que Ares reine en la tierra.

Tenía razón. Ares jamás había dicho una palabra que no fuera cierta… y sus amenazas se cumplieron. Él reinó, y el mundo sucumbió durante trece largos años. Por su culpa, por su cobardía. Porque una vez anheló ser un dios.

Shura… —La mirada azul de Aioros, rota, deshecha, igual que su cuerpo.

Levántate y pelea, Aioros. Levántate. Así es como deben morir los guerreros.

No quería verlo. No quería ser testigo de lo que sus mentiras habían logrado. No quería contemplar su obra: el desprecio en los ojos de Shura, un niño, aquellos ojos negros que tanta admiración habían derrochado. Y él… él lo había envenenado. Le había arrebatado la vida a Aioros y había destruído la de Shura.

¡Infinite Break!

¡Excalibur!

Gimió de dolor. Dolió tanto como si las heridas las hubiera sufrido él. Porque aunque siempre había sabido cómo había sucedido, jamás lo había visto con sus propios ojos. Dolió tanto como si hubiera sido su corazón el que se parase y su cuerpo el que se desangrase en aquel polvoriento barranco.

Es tarde para mí. Estarás bien, preciosa… —Aioros siempre, siempre tan esperanzador—. Vive… que la esperanza vivirá contigo.

Lloró. No era consciente de si el dolor era mental o físico… pero estaba seguro de que lloraba como no había hecho en mucho tiempo. Él lo había matado. Sus mentiras. Su orgullo. Su ambición. Lo había matado… y luego había tenido el descaro de llorarlo. De recoger su cadáver y colocar dos monedas en sus ojos antes de quemarlo en secreto.

Hasta para esto eres una cobarde, Deltha.

Ella estaba allí, sola, en Cabo Sunion. Llorando viendo a la nada, con la vida destruída: su amor, su hermana… sus amigos. Él la había arrebatado todo. ¿Con qué cara era capaz ahora de decir que la protegía? ¿Cómo era capaz de besar sus labios y gozar de su cuerpo después de todo lo que la había hecho…?

Perdonadme. —¡Dioses! ¿Cómo podía sonar tan lastimero?

¿Perdonarte? Has de ser tú quien les perdone a ellos, a todos, a todos los que te han fallado desde el día que tuviste la desgracia de nacer bajo una estrella privilegiada y a la vez maldita. A los padres que te abandonaron, al hermano que te despreció y te traicionó, al amigo y al Patriarca que jamás supieron ver tu dolor y desencanto, tu falta de fe… A la diosa a la que nunca le importaste y que te permitió convertirte en esto.

En algún momento, sus rodillas habían cedido y había caído al suelo. Sus ojos, inundados de lágrimas, miraban a la nada… contemplando imágenes que en algún rincón de su mente sabía no estaban ahí. Reconocía los signos...

Perdonadme. Perdonadme… ¡Si al menos una sola vez hubiera pronunciado esa palabra en voz alta…!

¡Dicen que…! ¡Aioros no es…!

Desde hoy habrás de olvidar ese nombre, pues no trae más que vergüenza al Santuario y a toda la Orden de Athena. Tú mismo deberías sentirte asqueado por el mero hecho de compartir su sangre.

¡Mentira! ¡Mentira! Aioros… él nunca… nos hubiera traicionado… —Aioria y sus rizos rubios despeinados. Las lágrimas surcando aquel rostro infantil, enrojecido de dolor e ira—. ¡Y tú! ¡Tú...! —Shura se encogió cuando el más pequeño le acusó con razón. Y lo poco que quedaba del español, se rompió en aquel instante—. Lo mataste. ¡Lo mataste! ¡Te odio! ¡Nunca te perdonaré y él tampoco!

Había querido a Aioria como a su propio hermano desde el día que lo conoció, envuelto en una vieja mantita azul, en brazos de Raissa. Había tirado del pelo a Kanon y se había reído con aquel gorgoteo infantil tan contagioso. Siempre corriendo tras Aioros, adorándolo, amándolo sin reparos. Admirándolo, nunca envidiándolo. Tan diferente a Kanon y a él mismo que solo mirarle dolía.

Eres el mejor de todos ellos, y conmigo… simplemente eres invencible. Ninguno está a tu altura y no hay nadie en el mundo capaz de hacernos frente.

Le creyó, porque nada ocurrió que pudiera significar lo contrario. Ares había acabado con todo y todos, y su vida se reinició en el momento en que Aioros se convirtió en ceniza. Saga, el dulce Saga, había muerto allí también y a partir de entonces…

Esto es una guerra, Saga, y yo el dios que reina en ella. Abre bien los ojos y observa.

¡Dioses! ¡Y observó! Vio tanto que su propia mente colapsó. Su memoria se emborronó… y, por fortuna, olvidó muchas cosas. Sin embargo, Ares no se detuvo. El historial sangriento continuó… él solo era un chiquillo y sus habilidades no habían hecho más que despuntar. Aún le quedaba tanto por aprender… y aprendió. Siempre había sido un buen alumno.

¿Cuántos murieron en los calabozos?

Su respiración se aceleró, igual que el día en que Shion lo encerró allí con Kanon… aunque nunca había logrado confesarle al Maestro el por qué de su ansiedad desmedida.

Los recuerdos olvidados fluyeron y su mente se llenó de imágenes que no quería ver. ¿A cuántos torturó allí… con el Satán Imperial? Perdieron la cordura, la piel… Les dejó pudrirse, ninguno fue capaz de romper el influjo de la técnica. Dejó que sufrieran, enloquecidos, hasta que sus vidas no fueron más que una mancha putrefacta en esas celdas malditas. ¿A cuántos desquiciaron sus ilusiones imperfectas?

Ocupó el trono siendo un adolescente. Pasó ahí su juventud… agasajado e idolatrado. Tal y como Ares prometió y deseó, a su cuerpo no le faltaron atenciones. Se vio a sí mismo, junto a otros cuerpos femeninos. Escuchó los gritos, los gemidos. Sintió el roce íntimo de sus cuerpos. No hubo nunca una mujer que le dijera "no", y si la hubo… nunca importó. Vieron su rostro, trajeron placer, y murieron de igual modo. Desaparecieron en la nada. La mayoría no eran mayores que él… solo niñas. Usadas y asesinadas.

Vio el rostro pícaro de Arabella y contuvo la respiración. Su perfume de caramelo inundó sus fosas nasales, y el tacto de su piel suave bajo sus dedos, le estremeció. En su mente lucía más joven, más… frágil. La escuchó reir, suspirar, gemir… pero también la oyó llorar: sintió el terror, el pánico, y sus ojos contemplaron las marcas que él había dejado en su piel. Había sido una reina allí, pero no dejaba de ser una prisionera y como tal… había sufrido, respirando cada segundo, esperando que fuera el último.

Perdonadme, mi señor. —la oyó musitar entre sollozos y temblores disimulados: aterrada pero complaciente mientras acariciaba su cuerpo.

Al menos ella estaba viva. Logró sobrevivir.

Trece años de sangre, tortura, muertes y venganzas… De santos, guardias y consejeros muertos. Asesinados. La sonrisa torcida de Ángelo, el perfume de las rosas de Afrodita. El perfume de la traición. Las conspiraciones en la sombra, los cadáveres de los aprendices.

Seiya de Pegaso.

Su voz anunciando, como algún día hizo Shion con él, el nuevo título del niño japonés. Una sonrisa cansada tras la máscara de su rostro. De alguna manera, había sabido que ese niño marcaría un antes y un después, que era importante… le recordaba a alguien.

Lo persiguió: a él, a los demás santos de bronce, a la princesa que vivía y que reflotó consigo la memoria de Aioros. Y esa caza acabó con el rango de plata. Crystal, Albiore. Vio a Marin desangrándose prácticamente ahogada en una playa a manos de Asterión. A Capella perdiendo sus manos antes de morir. A Shaina recibiendo el Plasma Relámpago por amor. Los ojos destrozados de Shiryu y la muerte de Argol.

Aioria y Shaka peleando en el templo frente a él. El rostro desencajado del León bajo el influjo del Satán Imperial. Milo, presumido y engreído, caminando por la alfombra roja.

Él les había moldeado así, él había sido la causa de que lo peor de ellos saliera a la luz, de que fuera exactamente eso lo que más se veía.

Y entonces su eterna batalla interna estalló. Apretó los ojos, le dolía la cabeza, o podía jurar que le dolía tanto como en aquel entonces. Sintió los cosmos de sus hermanos apagarse mientras los santos de bronce atravesaban las Doce Casas. Podía escuchar el crujido de los huesos de Seiya o de Ikki ante el poder de sus manos. Vio la máscara caer.

Y le dolió, ¡dioses, cómo dolió! cuando Géminis le abandonó ante la mirada desencajada de los demás. Saori. Niké. Su pecho partiéndose en dos. Su sangre, su corazón parándose y el oxígeno negándose a entrar en sus pulmones inundados en sangre.

¡¿Qué has hecho?! —rugió Ares—. ¡Mocoso estúpido! ¡¿Qué…?!

Pero ya no lo escuchó más. Había muerto. Se había liberado. Suicidio. Otro pecado más que agregar a la lista. Otro motivo más para ser juzgado en el Inframundo y ser recordado como un asesino y cobarde traidor. ¿No era eso, exactamente, lo que era?

El tacto del sapuri cubriendo su piel azulada. La mirada de espanto de Mu. Shion frenando su decisión. El cadáver de Aldebarán sosteniendo una flor. Aioria. Shaka… Shaka y las exclamaciones prohibidas. No una, sino dos. Milo jurando venganza, Kanon retirando la mirada. Saori muerta entre sus brazos, desangrada.

Una dolorosa bocanada de aire: la nueva vida. El rostro de Aioros después de quince años, las palabras venenosas de Kanon en el Chrysos Synagein. Las confesiones… y una vez más, su cobardía. El gesto roto de Aioros todas las veces que le empujó lejos, todas las veces que le rechazó y le espetó que estaba solo.

¡Cuánta rabia! ¡Había regresado envuelto en un mar de problemas y el arquero estaba de vuelta con él! El héroe estaba en casa. Debió sentir alegría, alivio… pero sintió… ¿Qué sintió? ¿Inseguridad, envidia? Todos le miraban como a un dios, y a él le reservaban las miradas respetuosas y atemorizadas. No podía culparlos, pero… ¡Les odiaba a todos! ¡Todos habían formado parte del teatro! ¡Todos!

¿Por qué se sentía como si fuera el único que merecía el castigo? ¿Por qué se sentía el único juzgado? Porque todo, siempre, había girado alrededor de él. Era arrogante, era egocéntrico y orgulloso.

Como lo había sido con las chicas. No quiso saber nada de Naia, hasta que Kanon la tuvo. Entonces, la morena se había metido en su cabeza, en su corazón. Se había enamorado.

"—Eso es lo que tú crees."

De dónde vino esa voz desconocida, no lo supo, pero la escuchó clara como el agua. No era un recuerdo. El nudo en su garganta se apretó. Las lágrimas de sus ojos se secaron, sabiéndose vigilado, y entonces, comprendió.

"—Lo que sentiste, fue envidia. Sacrificaste a tu gemelo solo por quedar por encima suyo una vez más. Sacrificaste a tu hermano, a Aioros, a tu chica… porque lo quieres todo para tí, sin que te importe nada ni nadie. Tú forzaste sus decisiones."

Apoyó las manos en el suelo, que aún temblaban, y se levantó. Se sacudió el barro de las rodillas tan bien como pudo y respiró hondo. Apretó los ojos, pero cuando volvió a abrirlos, aunque su mirada se había aclarado, seguía viendo borroso.

Una ilusión.

Estaba metido en una ilusión. ¡Una jodida ilusión! ¡Él! Apretó los puños, furioso, y su cosmos se extendió por el claro como una imparable bruma dorada.

"—Hasta que te das cuenta —Saga frunció el ceño, molesto—. Dicen que eres el mejor ilusionista del Santuario, el mejor Santo quizá, y mirate… arrodillado."

"—¿Quién eres?" —ignoró el desdén impregnado en la voz de su enemigo.

"—¿Aún no lo sabes? —una carcajada resonó en el claro—. Vamos, eres un tipo listo. O eso dicen."

El cosmos del gemelo ardió con más fuerza. Ahí estaba, la rata que tanto tiempo llevaban buscando, jugando con él como si fuera un niño indefenso. Rastreó las inmediaciones en busca del origen de la cosmoenergia, pero quién quiera que fuese, no estaba ahí. Maldijo.

"—Tu ilusión. ¿Cómo has podido…?" —musitó. Esa habilidad siempre dejaba a la víctima en estado de shock, pero tras algo tan grande, tan… exacto, a Saga le costaba incluso respirar. La sangre resbalaba de su nariz a toda velocidad y las náuseas arreciaron.

"—¿Mostrar tu pasado con tal exactitud? —rió de nuevo, y algo en su voz le resultó familiar—. Os he observado mucho tiempo, os conozco. Pero mi vista alcanza mucho más allá de lo que tiene enfrente. No soy como vosotros. Todo eso que has visto es, simplemente, tuverdad."

"—¿Mi verdad?"

"—Es tú vida, vista a través de otro cristal: sin máscaras, sin engaños. Tus emociones y sentimientos puros y crudos —rió de nuevo—. ¿Qué se siente, Saga? —pero el peliazul no respondió, su atención seguía centrada en encontrarlo—. ¿Qué se siente cuando uno descubre el monstruo que es realmente, y no lo que se auto-convence de ser?"

"—¿De qué estás hablando?"

"—¿No lo sabes? Yo creo que sí…"

Se vió en brazos de Shion, que lo acunaba con amor y besaba su frente, mientras susurraba palabras de aliento en un intento por consolar el dolor de su brazo roto. Vió a Kanon llorar y patalear el día que les llevaron a Géminis, entregándoles a Zarek… y su mejilla dolió tanto como la primera vez que el turco le tumbó de un bofetón.

La presión en su pecho creció y el nudo de la garganta se apretó. No podía respirar. Saga apretó los puños y pestañeó con rapidez, tratando de aclararse la vista una vez más, pero era inútil. ¿Qué era esa ansiedad? ¿Ese pánico…?

"—Eres el rey de la mentira. Tu palabra no vale nada. Orgulloso, ambicioso, egocéntrico, envidioso... —chasqueó la lengua, y todas las veces que Saga había reparado en esos adjetivos sobre sí mismo durante la ilusión, se repitieron a toda velocidad, como un torbellino—. ¿Continúo? —Saga apretó los dientes, incapaz de refutar sus acusaciones. Cada palabra abría una herida nueva y más profunda que la anterior, pero… Era exactamente lo que había sentido viéndose a sí mismo en sus recuerdos. Ni más, ni menos—. Un asesino, un traidor. Alguien que siempre se ha creído más, y siempre quiso más."

Entonces, la neblina de su cosmos encontró algo en mitad de la marabunta de cosmoenergías que era el Santuario: un rastro apenas perceptible de un cosmos que no conocía. Tan liviano y fugaz como un suspiro, Saga se aferró a ese rastro como si de un clavo ardiendo se tratara. No podía perderle, no después de todo lo que había pasado… Tenía que aguantar la tortura tanto como pudiera, al menos, hasta poder encontrarlo.

"—Para la fama de intachables que tienen los Santos de Athena, has resultado ser toda una fuente de pecados, Saga de Géminis."

"—La perfección es aburrida."

"—Tus palabras carecen de convicción, porque que siempre has querido ser, precisamente, eso: perfecto."

"—¿Lo eres tú? —su cosmos ardió de pronto, con poderío, y los restos de la ilusión que danzaban a su alrededor, se desmoronaron como arena llevada por el viento—. ¿Por qué te escondes, entonces?"

"—Me gusta jugar, ¿a tí no? —Saga entrecerró los ojos, concentrándose un poco más. Necesitaba ubicarlo. Como fuera. Ya—. Además, Saga, has hecho todo mal durante todas tus vidas, todas tus oportunidades… ¿Por qué iba a cambiar eso ahora, eh? Siempre has tomado la peor decisión posible, en el peor momento posible. Sino fuera porque tienes un poder y un cerebro privilegiados… —rió de nuevo—. ¿Podrías tomar la decisión correcta ahora?"

Saga tragó saliva con dificultad. Fuera como fuera, lo que había empezado como un intento de tomar el aire tras una noche de mierda, había terminado aún peor. Las manos le temblaban y, todos esos fantasmas del pasado, todas esas palabras… danzaban y se repetían en su cabeza una y otra vez. Los oídos le silbaban. Su cuerpo mostraba todos los signos posibles de una víctima de una ilusión, no necesitaba mirarse al espejo para saberlo... Y esta era la primera vez en toda su existencia que se veía atrapado hasta tal punto en una.

Odiaba la sensación. Sus propias cartas se habían volteado en su contra, y la descontrolada desesperación que sentía, inusual en él, estaba volviéndole loco. Apretó los puños con fuerza. Nadie iba a ganarle en su territorio: nadie.

"—La única decisión correcta que contemplo, es matarte. Seas quién seas, y sirvas a quién sirvas."

"—No esperaba menos de un asesino entrenado. Pero… ¿Podrías salvarla a ella? Apuesto a que no."

"—¿Salvarla…?" —musitó.

¿A quién? ¿Por qué? El corazón se le desbocó, y entonces, la primera persona en la que pensó fue en Deltha. Saori estaba a salvo, podía sentir el candor de su cosmos manteniendo el escudo en pie. ¿Naia? Tampoco. Milo estaba con ella. ¿De quién hablaba…?

Entonces, lo encontró. La firma cósmica de su enemigo tomó forma y lo condujo, indudablemente, a su ubicación exacta: Rodorio. El punto más débil del Santuario.

Entreabrió los labios, espantado.

El almacén de Stavros.

Janelle.

-X-

Rodorio entero centró su atención en el almacén cuando la Otra Dimensión se abrió en su puerta y Saga apareció deslumbrante y vestido en oro. La aldea se sumió en un silencio y una quietud mortal. El santo abrió la puerta, inusualmente cerrada y entró con decisión.

Saga había estado pocas veces allí, pero los recuerdos que tenía del lugar, lo rememoraban como una pequeña tiendita pulcramente ordenada, con el perfume de las hierbas aromáticas impregnando todo con la fragancia del Mediterráneo.

Sus sentidos, trastocados por el castigo al que su cuerpo había sido sometido con la ilusión, le enviaban señales confusas… No percibía aquellos detalles que en otras ocasiones le resultarían obvios. Los ojos le lagrimeaban —o quizá había continuado llorando más tiempo del que pensaba—, estaba mareado y las nauseas le estaban matando, pero su cosmos… su cosmos jamás le engañaría. El aire estaba cargado de ese olor apenas perceptible para un mortal corriente, de esa tensión… que se manifestaba cuando una energía estallaba en las cercanías.

Atravesó la tienda, envuelta en el caos más absoluto, hasta que sus pies le llevaron al almacén. Algunos cristales crujieron bajo el peso de sus botas de oro. Miró a un lado, miró a otro… caos por doquier. Mas, cuando creyó que no encontraría nada allí, lo vio.

En el suelo, bajo la ventana, el cuerpo de Stavros yacía inmóvil con los ojos aún abiertos fijos en el techo. Su mano derecha sobre el pecho... Muerto. Saga apretó los puños, que temblaron de ira.

—Prometo que yo no lo maté. —Era diferente escuchar aquella voz a través en su cosmos, que hacerlo ahora, en persona. Sin embargo, la ligereza con la que aquel tipo hablaba, le crispaba los nervios—. Creo que, literalmente, su corazón no lo resistió. Pobre y viejo Stavros…

—¿Dónde está? —rugió con voz ronca. Aquel rostro...

—¿La chica? —El rubio rió—. Has sido rápido, debo decir.

—¿Dónde está Janelle? —insistió, avanzando hacia él con decisión. Saga no era el hombre con más templanza del mundo en ese momento.

—Me sorprende que conozcas su nombre… —El desconocido negó con el rostro, pero la expresión burlesca no le pasó desapercibida—, después de todo, no creo que fuera Aioros quien te hablase de ella, ¿me equivoco? Ya no confía en tí. —El muy desgraciado sabía dónde tocar.

—¿Hemos venido a intercambiar confidencias, Loxia? —El rubio alzó las cejas, sorprendido—. ¿Qué? ¿Tampoco esperabas que supiera tu nombre? Conozco bien mi Santuario… —El aludido iba a responder, pero Saga se le adelantó. Estaba sorprendido, sí… pero después de todo, solamente había una cosa en su mente—. ¿Dónde está Janelle?

—Oh, ¿quieres verla? —Saga entrecerró los ojos. Loxia empujó la mesa caída a su izquierda con el pie, y la silueta encogida de Janelle se dibujó claramente ante sus ojos. Por un instante, Saga respiró aliviado—. Está un poco asustada, normalmente es más dicharachera —la tomó del pelo y, sin miramientos, tiró, levantándola del suelo y volteándola hacia Saga. Janelle sollozó.

Sus ojos azules, inundados en lágrimas, le miraban suplicantes. Sus labios, rotos y ensangrentados por un golpe mal dado, temblaban. Saga apretó los dientes.

—Saga, te presento a Janelle. —Se acercó al oído de la joven—. Janelle, él es… —Loxia rió, tironeando de su melena—. Diría que ya te conoce. Verás Saga, Janelle y yo hemos sido buenos amigos todo este tiempo en que he sido invisible para vosotros. —La zarandeó y la chica sollozó de nuevo—. Lo que sucede, es que… —Alzó la mirada escarlata al techo, pensativo—, tristemente, nuestra relación debe llegar a su fin. Resulta que ahora es la chica de su Ilustrísima de Sagitario —chasqueó la lengua—. Lleváis una vida interesante, los santos.

—Déjala ir.

—Lo haré —dijo con firmeza—. Quizá. —Loxia rió, encogiéndose de hombros—. Dime, Saga, ¿qué crees que sucedería si nuestra amiga Janelle muere, tristemente, hoy… aquí, en esta habitación?

—Sirvas a quien sirvas… Es una civil —no hará diferencia, quiso decir. Pero, ¡dioses! ¡Claro que la haría!

—¿Por qué haría tal distinción, hmm? —La sacudió una vez más, arrancando de ella un quejido desesperado—. Resulta que es una mujer valiosa, después de todo. La pregunta es… ¿Me sirve más viva o muerta? ¿Qué dices, Janelle? —Habló en su oído una vez más y las lágrimas arreciaron.

—Loxia… —musitó—. Por favor… —suplicó—. Por favor…

—Oh, no tienes que suplicarme a mí… Saga está aquí, mírale a él: es tu salvador —jaló de su pelo con fuerza, y la obligó a mirarle—, suplícale a él, porque está en su mano que vivas o mueras, Janelle. Saga es un santo asombrosamente fuerte y rápido… una leyenda viva. Y muy inteligente, dicen. Suplícale, Janelle.

—Saga… —musitó ella atravesándole con su mirada desesperada.

Furioso, el cosmos de Saga ardió, amenazante. La sonrisa de Loxia se acrecentó, y su cosmos lo imitó. Una energía tan dorada como la del gemelo, o quizá más intensa aún, lo rodeó. Saga entrecerró los ojos, porque el brillo los dañaba. Y en aquel momento, aún sin que ninguno de los dos hubiera movido ficha, supo que el individuo que tenía enfrente era peligroso: su cosmoenergía rivalizaba en potencia con la suya y eso… no era algo que viera todos los días.

La luz amainó por un instante. Ya no había rastro de las ropas de humilde aldeano de Loxia. Una armadura resplandeciente, y desconocida, como el sol lo envolvía.

—¡Saga! —aulló Janelle, sufriendo de dolor. El cosmos del rubio quemaba su piel, y allí, en medio de aquel par de titanes, la presión de sus cosmos chocando en una estancia tan pequeña para la monstruosidad de su energía, la impedía respirar. Forcejeó con Loxia, tanto como fue capaz, pero las manos del hombre con el que había convivido por meses, parecían de hierro.

—No, no… —farfulló él—. Así no. —Volteó hacia Saga de nuevo—. Dime, Saga, ¿podrás? —Quemó su cosmos de nuevo, que refulgía como una llama en su mano—. Soy tan rápido como tú, yo me pensaría bien qué hacer con ese cosmos tuyo. ¿La quieres viva? —retó—. ¡Ven por ella!

Todo sucedió a una velocidad de vértigo. El cosmos de Saga cambió: ardió con un instinto asesino abrumador, que se sintió hasta en el último rincón del Santuario.

Podía. Podía salvarla. Solo tenía que ser más rápido. Tenía que salvarla.

Se avalanzó sobre Loxia a tal velocidad, que se tornó invisible a ojos de Janelle. Su cosmos, que chisporroteaba candente y mortífero en su mano, buscó un blanco: el rubio estaba usando a Janelle de escudo, su cuerpo menudo bloqueaba el paso… pero el hombro derecho de Loxia estaba desprotegido.

Sin embargo, Loxia actuó al mismo tiempo.

—Adiós, Janelle… —musitó—. Sirves mejor muerta.

Entonces, el cosmos que había concentrado en su mano derecha, estalló contra el pecho de la joven al mismo tiempo que el de Saga impactó contra su hombro.

La fuerza del golpe lo arrastró contra el muro y su espalda abrió un hueco en él. Envuelto en polvo, pero bañado por la luz del sol que siempre lo acompañaba, la calle de Rodorio le dio la bienvenida una vez más. Apretó los dientes ante el dolor, pero se negó a dejar que el mismo le arrebatara el triunfo: quería ver el rostro desencajado del peliazul. Quería saber cómo se veía la derrota en ese rostro siempre victorioso. Se puso en pie de un salto y, cuando el polvo comenzó a asentarse, miró adentro.

Janelle nunca llegó a tocar el suelo.

Saga había logrado atraparla antes de que su cuerpo mortalmente herido lo tocara. La sostuvo con cuidado, mientras sus ojos hacían recuento de los daños. Su mirada se nubló, y la atrajo hacia sí en un abrazo protector. No había manera posible de que un cuerpo mortal sobreviviese a una herida así. Lo sabía.

Alzó el rostro, hasta que se topó con el de Loxia, que lo miraba sonriendo… triunfal.

Maldijo, tragó saliva… pero el nudo de su garganta la bloqueaba.

—Hijo de puta… —masculló.

Bajó la mirada hacia ella… Sus ojos azules se derretían en lágrimas de dolor, mientras la sangre fluía veloz de la espantosa herida de su abdomen. Estaba viva. Loxia se había encargado de ello: la había condenado a una muerte lenta y dolorosa... pero no por mucho tiempo más. Saga la acunó con su cosmos cálido y acogedor, diametralmente distinto a como ardió segundos atrás.

—Te tengo, Janelle... —murmuró—. Estarás bien… —mintió, y pocas veces antes, se había sentido tan miserable por ello. No podía hacer nada por ella, pero al menos, el candor de su cosmos evitaría sufrimiento.

—Saga… —lloró, aferrándose a él con tanta fuerza como pudo y, cuando la sangre inundó su boca, gimió—. ¡Aioros…! Él… —Los ojos del peliazul se humedecieron tanto como los de ella. Apartó de su rostro ensangrentado, con delicadeza, un mechón ensortijado de la melena castaña.

—Cuidaré de él. —Quiso prometérselo, quiso… pero si algo le había recordado aquel día, era que no debía hacer promesas que no sabía si podría cumplir.

—Morirá en tus brazos… —Loxia. ¡Maldito fuera!— ¿Qué pensará Aioros de esto? —El gorgoteo de la respiración de Janelle, atrajo de nuevo su atención.

—Saga… —musitó por última vez, con su mirada clavada en la suya.

Cerró los ojos con fuerza, deseando desesperadamente que al abrirlos todo fuera tan solo una pesadilla. Pero no sucedió. El cuerpo sin vida de Janelle lo miraba de vuelta, acusador.

La había fallado.

No había podido salvarla. No había podido.

—¿Quién…?

—Apolo, Dios del Sol.

Después, tal y como si su señor hubiera escuchado su llamado, un claro se abrió en el cielo y los rayos de sol bañaron a su siervo. Loxia sonrió una última vez.

—No pienses en seguirme —dijo, tal y como y si hubiera leído su pensamiento—, no podrías aunque quisieras.

El cuerpo de Loxia comenzó a disolverse en una neblina dorada, pero Saga aún podía escuchar su voz.

Se sintió sorprendentemente cansado. Nunca antes Géminis le había resultado tan pesada.

-X-

La drogas que Eudora le suministró eran lo suficientemente fuertes como para tumbar a un caballo. No estaba bromeando cuando dijo que encontraría el modo de hacerlo sentir cómodo a pesar de las heridas, así como tampoco había bromeado al decir que se aseguraría de que no dejase la Fuente, porque Aioros estaba seguro de que no podría caminar más de dos pasos sin irse de boca contra el piso.

Aioria se había ausentado de la habitación unos minutos atrás. Quizás había ido en busca de algo de comer, o simplemente había salido a estirar un poco las piernas. Porque el resto del tiempo, fiel a su promesa, no se había movido de su lado.

Aioros estaba seguro de que se veía peor de cómo se sentía. El modo en que Aioria le miraba —como si en cualquier momento fuera a caer muerto de nuevo— se lo confirmaba.

No era para menos. Las flechas de cosmos de Sagitario eran un arma formidable. Además de perforar, quemaban la piel alrededor de la herida, haciendo que las suturas fueran difíciles de mantener en su sitio. Si el hilo se tensaba de más, desgarraría la piel quemada, haciendo que la herida se agrandase; si no se tensaba lo suficiente, detener el sangrado era imposible. Se tenía que encontrar un punto de equilibrio —que solo una curandera experimentada como Eudora conseguiría—, para suturarlas correctamente. Por si fuera poco, y para colmo de males, la combinación de carne quemada y rota hacía que las laceraciones tardasen más tiempo en curar.

Por supuesto, la ciencia detrás de las heridas era una cosa, y el dolor que ocasionaban era otra.

Tal como la vieja predijo, no había una parte de su cuerpo que no le doliera. Fueran los golpes, las laceraciones, o el insoportable escozor de los puntos, el malestar se tornaba insoportable por momentos.

Apenas había conseguido dormitar por unos pocos minutos —a pesar del cansancio extremo de la pelea en Lemnos y de la noche en vela—, antes de que el dolor lo despertara. Desde entonces, no había conseguido conciliar el sueño. Estaba atrapado entre el constante malestar y esa sensación de mareo permanente, ocasionada por las drogas. Era una experiencia extraña, en la que el cansancio se maximizaba alimentado por la frustración. Deseaba ser capaz de descansar un poco, pero a la vez, no podía. Tampoco era capaz de concentrarse, o de pensar siquiera con sentido. Eudora había convertido a su cerebro en una mierda muy parecida a lo que era su cuerpo.

Agotado y asqueado, intentó incorporarse. Apretó los dientes y siseó cuando una punzada de dolor recorrió cada músculo de su cuerpo. Pudo sentir los hilos tensarse y rogó a los dioses por no haberse abierto ninguna sutura. Por fin, tras unos agónicos segundos, consiguió sentarse en la cama.

Se sobó los ojos por un momento, sintiendo los párpados tan pesados como lápidas. Por un instante hubo paz en su cabeza, y su respiración se relajó ante el sonido de las aves que cantaban en los jardines de la Fuente, a unos metros de su habitación. Quizás fue su idea, pero ahí sentado, sintió que su cuerpo se rindió ante el sueño por una fracción de segundo.

De pronto, una explosión de cosmos retumbó en sus sentidos como un trueno a mitad de la tormenta. Los cantos de las aves cesaron, convirtiéndose en un chillido, mientras huían lejos de ahí.

Abrió los ojos de golpe, con la respiración agitada y las manos temblorosas. La cabeza le dio vueltas, y ubicarse le resultó difícil.

—Saga…

¡Era el cosmos de Saga! Jamás podría confundirlo. Era él y estaba en pie de guerra. Su cosmos había ardido durante un segundo como el mismo fuego en el Infierno. Algo sucedía, algo grande. ¡Tenía que ir a dónde él! ¡Necesitaba asegurarse de que estaba bien!

Apartó las sábanas de un manotazo y se giró para abandonar el lecho. El movimiento brusco hizo que sus alrededores dieran vueltas. Se llevó la mano a la cabeza, luchando por enfocarse.

Respiró una vez… Dos veces… Tres veces.

Saga. Era Saga.

Algo sucedía. ¿Qué era?

Saga necesitaba ayuda.

Necesitaba encontrarle. Tenía que estar con él.

Pero, ¿dónde estaba? ¿Dónde…?

¡Joder, tenía que concentrarse!

Enredó los dedos en sus rizos y apretó los ojos suplicando porque su mente se aclarase. Fue solo un instante, pero cuando la lucidez le abofeteó inmisericorde, el corazón dentro de su pecho se desbocó. El estómago se le revolvió, mientras el pánico se apoderaba de cada célula de su cuerpo.

Rodorio.

El almacén.

Janelle...

-X-

Kanon fue el primero en llegar. No estaba lejos… y la Otra Dimensión le permitía viajar tan rápido como a Shion o Mu teletransportarse. Sin embargo, cuando sintió la crudeza y bestialidad del instinto asesino de Saga liberado, supo que algo terrible había pasado. Y supo que no estaba solo. El cosmos enemigo había ardido con tanta fuerza como el suyo.

—¿Saga? ¿Estás bien? ¿Qué…?

Pero, pálido como una estatua, Saga no respondió. Sus manos habían cerrado los ojos de Janelle con delicadeza y aún acunaba su cuerpo inerte.

—Mierda —masculló el menor al contemplarla—. ¿Qué…?

—Loxia —su voz, usualmente firme, tembló por un segundo—. La rata era Loxia…

Kanon paseó sus ojos por el almacén. El caos reinante no era más que una advertencia de lo que se venía. El cadáver de Stavros bajo la ventana captó su atención y le recordó que, ahí fuera, Rodorio se revolvía. Se agachó junto a Saga y, no sin cierto titubeo, posó su mano en el hombro de su gemelo. No tenía caso estrecharlo, la armadura lo envolvía. Buscó con la mirada el rostro del mayor, y cuando lo vio, apretó los dientes: pálido como un muerto —con un reguero de sangre que goteaba de su nariz—, la mirada perdida en Janelle, el ceño fruncido, los labios apretados… pero algo en esa cara que conocía tan bien estaba roto. Lo sabía. Lo sentía.

—Escucha… —intentó decir, pero entonces, Shion se materializó en la nada. El rostro de Saga no se inmutó.

—¡Por los dioses! ¡¿Qué ha pasado…?! —Saga no respondió. Evitó mirarlo. Sus ojos se tornaron sutilmente acuosos, pero la única muestra de haberlo oído que dio, fue el modo en que su mandíbula se apretó un poco más.

—Apolo. Es Apolo…

—Estaré fuera, me ocuparé de la gente —Kanon salió sin mirar atrás. No hacía nada allí, lo sabía. Muchas cosas iban a suceder en aquel almacén, y no era su lugar.

No había abandonado la tienda, cuando una silueta que reconoció a la perfección se dibujó a contraluz en la puerta. Después, la mirada violeta de Nikos se clavó en la suya, reconociéndose. No había rastro alguno de la expresión de desdén que usualmente se dedicaban.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó. No era estúpido—. El cosmos de Saga…

—Mantengamos a la gente lejos de aquí, Orion —Nikos asintió—. Loxia era la rata —Pudo sentir el desasosiego en el santo de plata, tan claro como el agua. Loxia, ni más ni menos—. Las cosas van a complicarse. —Aioros no tardaría en llegar, y entonces…—. El Santuario está en alerta máxima. —"Otra vez", pensó.

-X-

—¿Qué ha sucedido, Saga?

—Loxia, el mozo del almacén, era la rata… —masculló, con la voz ronca por el llanto contenido—. Usó una ilusión, conmigo. —Le costaba hablar con fluidez—. Me atrajo hasta aquí y cuando llegué, Stavros ya estaba muerto, pero Janelle… —Su voz tembló una vez más—. La usó de escudo.

—¿Lo mataste? —Saga negó lentamente con el rostro. ¡Ojalá lo hubiera hecho!

—Solamente pude herirlo… si hubiera atacado con la fuerza de mi cosmos aquí dentro, esto estaría destruido y ella… —Muerta de igual modo—. Pero antes de esfumarse, lo dijo… Apolo —alzó la voz, y su mirada rabiosa se clavó en la amatista de Shion por un segundo—, ¡Es Apolo!

—Nos ocuparemos de esto.

Shion mantuvo su mirada. ¡Dioses! ¡Había tantas cosas en esos ojos! ¡Tanto dolor y tanto odio que Shion se preocupó!

—Aioros… —musitó, mientras dejaba el cuerpo de la chica con suavidad en el suelo.

—Nos ocuparemos —Saga negó.

—¡¿Cómo?! —colocó la melena ondulada de Janelle con cuidado, y miró su rostro una vez más: no la olvidaría. Las lágrimas aún estaban marcadas en sus mejillas. Su voz quebrada suplicando por su ayuda resonando en su mente… Su nombre apagándose con su último aliento.

Entonces, el cosmos de Aioros se sintió explotando como un rayo. Saga contuvo la respiración, y antes de que pudiera pensar en dar otra bocanada de aire, la mirada desencajada del arquero se clavó en el cuerpo inerte de Janelle.

—¡Janelle! —gritó, arrodillándose junto a ella. Las lágrimas fluyeron por sus ojos de modo inmediato, y sus manos heridas y temblorosas, sostuvieron su rostro con cuidado—. ¿Qué…? —tomó su mano, carente de pulso, y sus ojos azules se pasearon por su cuerpo ensangrentado—. Hay que llevarla a la fuente, hay que…

—Hijo… —la mano de Shion se cerró sobre la suya.

—No…

—No hay nada que hacer —Entonces, Aioros se rompió. Lloró como Saga nunca le había visto hacerlo, e incapaz de permanecer ahí por más tiempo, atinó a ponerse en pie. Trastabilló, se dio la vuelta y se marchó, cerrando la puerta tras de sí.

-X-

La sangre corrió por los surcos del piso empedrado y mojó el ruedo de su túnica. Fue una mancha pequeña, pero el rojo escarlata impregnó el blanco inmaculado de la investidura papal, como el oscuro augurio de la guerra que acababa de ser declarada.

Shion suspiró.

Su mano recorrió con cuidado y mimo la espalda de Aioros, buscando traerle consuelo. Sin embargo, bien sabía el lemuriano que no podía ofrecerle nada para mitigar su dolor. Perder a alguien —a alguien amado y especial— era probablemente la mayor prueba a la que la cordura de cualquier ser humano podía enfrentarse. Él mismo lo había vivido en más ocasiones de las que hubiese deseado; con algunas muertes marcándolo más profundamente que otras.

En algunas ocasiones, el tiempo había sido el verdugo. Aquellas habían sido más sencillas de aceptar.

Pero, cuando la muerte se llevaba consigo a una alma joven, e involucraba en el rapto a la violencia… Oh, dioses, al corazón le costaba tanto hallar consuelo.

Por un instante, sus ojos abandonaron la figura descompuesta de su santo y recorrieron los alrededores. La gente comenzaba a arremolinarse alrededor del malogrado almacén. Alcanzó a distinguir las siluetas de Kanon y de Nikos, tratando de alejar a los curiosos, pero poco podían hacer para contenerlos. Saga, en cambio, había desaparecido.

En trescientos años, Shion había vivido muchas cosas. Guerra, muerte, vida, tristeza, alegría, prosperidad, pobreza… Había amado y también había perdido a quienes amó. Los había llorado tanto como los había disfrutado. Había aprendido a atesorar su recuerdos y a subsistir con ellos tras su ausencia. Pero nada, absolutamente nada de lo vivido, le había preparado para un momento como aquel.

Su Orden había recibido un golpe terrible. Aioros y Saga habían caído. Sus santos de Géminis y Sagitario, sus segundos… hechos trizas por el enemigo.

Sin embargo, sus preocupaciones iban más allá. No se trataba solo de sus santos. Los chicos, esos chicos rotos y derrotados frente a él, eran por encima de todo, sus hijos.

Aioros reclamó su atención con un sollozo. Estaba destrozado; no había parte de él que se mantuviese en pie. Sus lágrimas, su confusión, su desesperación… Dioses, Shion conocía cada una de ellas y, para su pesar, no tenía palabras que pudieran ayudarlo. No había forma de consolarlo, no había nada que hacer para hacerlo sentir mejor.

—Aioros, hijo… —Buscó su rostro y retuvo la respiración cuando encontró sus ojos enmarcados en el rojo de las lágrimas.

—¡¿Qué pasó…?! ¡¿Cómo…?! —Shion negó la cabeza. No sabía, no entendía; no quería darle ninguna respuesta hasta entenderlo todo.

—Lo siento. —Se limitó a acariciar su hombro con suavidad. Pero con un manotazo, Aioros se liberó de él.

—¡¿Cómo que no sabes?! ¡Janelle está…! ¡No puedes no saber!

—No puedes quedarte aquí —musitó, más para él mismo. Ignoró el arranque de rabia del castaño y, tras despojarse de la sobretúnica, cubrió el cuerpo de Janelle con ella. Después, con su cosmos, buscó por Mu—. "Ve a por Aioria y tráelo de inmediato a Rodorio. Os necesito a ambos aquí, ahora."

—¡No me iré a ningún lado! No sin ella...

Lo vio tomar en brazos el cuerpo inerte de la joven y algo en su interior se estremeció. La tristeza empañó la mirada rosa del lemuriano.

El tiempo que pasó antes de que Mu y Aioria llegasen fueron unos pocos segundos, pero para Shion resultaron tan largos como la vida.

—¡¿Qué demonios…?! —Aioria se aproximó a su hermano casi corriendo. Su mirada lo inspeccionó, escéptico ante lo que veía, pero incapaz de tocarlo siquiera.

—Necesito que os lo llevéis de aquí —terció el patriarca, pero Aioria no le prestó atención.

—Esta sangre...

—¡Janelle está muerta…!

—¿Qué? —La pregunta surgió de los labios del león como un susurro. Buscó primero por Shion, y en su mirada triste encontró que Aioros no mentía—. ¡¿Cómo…?!

—Os explicaré cuando sepa qué sucedió. Por ahora, llevad a Aioros a la Fuente. No debe permanecer más tiempo aquí y necesita ayuda…

—¡No me iré sin ella! —Y entre el llanto, se aferró más al cuerpo, sin importar que la tensión en cada músculo suyo desgarrase la piel de sus propias heridas.

—Te haces daño… —Aioria lo abrazó, tratando de detenerlo, pero no pudo. La convulsión del cuerpo de su hermano, ocasionada por el llanto, le llenó los ojos de lágrimas también.

—Llévala contigo, hijo, pero vete. —Shion acarició su brazo con ternura. Después, se dirigió a sus santos de Aries y Leo—. Mu, lleva a los tres y después regresa por Stavros. Aioria, quédate con él. No te muevas de su lado, no lo dejes solo.

—No voy a dejarlo, lo prometo.

—Busca a Raissa si es necesario.

Aioria asintió con torpeza. Consiguió, con un gran esfuerzo, poner a su hermano de pie, con Janelle aún en brazos. Lo sujetó como pudo, porque Aioros apenas conservaba el equilibrio.

No sabía qué decirle, ni cómo ayudarlo. Pero sabía que tenía que quedarse junto a él. Más que nunca, Aioros iba a necesitarlo; para secar sus lágrimas, para escuchar su dolor, para ayudarlo a sostenerse en medio de la tragedia… Para amarlo.

—Cuidaré de ti, ¿me oíste? —Lo haría con el mismo cariño y devoción que él le había cuidado de pequeño.

Lo abrazó, sin soltarlo.

Shion sonrió al verlos, aunque su sonrisa dejaba entrever el pesar que llevaba dentro. Al menos ahora podía darse un respiro, sabiendo que Aioros estaba en las mejores manos. Aioria no lo dejaría perderse, no le permitiría sufrir en soledad. Mientras, él podría concentrarse en Saga. Su pequeño peliazul lo necesitaba también.

Sin embargo, no se despediría de ese modo del arquero. Antes de que Mu lo alejara de ahí, tomó el rostro de Aioros entre sus manos y besó su frente. Después, buscó su mirada con la suya.

—Todo estará bien, hijo —dijo—. Todo estará bien…

-X-

El despacho donde halló cobijo estaba intacto. El libro de contabilidad continuaba abierto sobre la mesa, con el bolígrafo destapado, y una taza de café a medio acabar, tal y como —asumía— Janelle lo había dejado.

Se sobó los ojos. Se ahogaba. Apoyó la espalda en la pared tras de sí, y dejó caer la cabeza hacia atrás en un intento por apaciguarse. Su corazón latía desbocado en sus sienes, las náuseas arreciaban, y el dolor de cabeza empezaba a ser insoportable… Ahogó un quejido. ¡Dioses! Nada podía aplacar aquella sensación asfixiante. Sus rodillas —tal y como venían amenazando desde que estuviera en el claro bajo el influjo de la ilusión— finalmente cedieron, resbalando hasta llegar al suelo. Le temblaban las manos. Los ojos ardían y, cuando los volvió a abrir, las lágrimas fluyeron sin control. Quiso dar una bocanada de aire que sofocara aquel dolor en el pecho, pero de alguna forma, el oxígeno se negaba a llenar de modo suficiente sus pulmones.

¡Sentía tanto dolor! Le dolía tanto lo que había pasado… Entre las lágrimas que nublaban su visión, alcanzó a verse las manos embadurnadas de sangre. No era suya, al menos no toda. Pero pensar en Janelle, en su agonía, en sus súplicas… Loxia la había hecho sufrir, la había torturado, solamente por demostrarle que, en efecto, Saga no pudo llegar a tiempo. Ella había muerto en sus brazos, ahogándose en su propia sangre y murmurando su nombre. Podía verla aún sin tenerla enfrente, con los surcos de las lágrimas desesperadas marcados en sus mejillas y sus ojos color cielo desencajados de pánico.

Saga había visto morir a mucha gente. Había matado a mucha gente. A gente especial. No era la primera vez que se manchaba las manos de sangre. Sin embargo, todo lo que había visto en aquella ilusión le había hecho revivir los peores momentos de su vida. Había matado a gente importante. Y de alguna forma, ninguno le había hecho sentir tan inútil como Janelle.

La chica de Aioros.

Por su culpa, el arquero volvía a perderlo todo cuando parecía que remontaba el vuelo.

Se llevó las manos a los ojos, y apretó. No quería llorar —no más—, porque no sabría controlarlo, no sabría detenerse. Además… ¿Qué derecho tenía él? Era Aioros quien lloraba la muerte de su chica; Janelle, que había visto en él, aunque fuera por unos segundos, un salvador.

Pero no se sentía capaz de reprimir el dolor. Ahogó un sollozo, y hundió el rostro entre las manos. Sentía tanto dolor, tanta angustia y tristeza… tanta rabia.

Loxia había hecho daño con aquella ilusión. Había sido una jugada maestra. Le había mostrado su verdad: todo lo que odiaba de sí mismo, todo lo que había provocado… todo el daño que había causado. Se lo había hecho ver, se lo había hecho comprender y sentir. ¿Qué era él sino un asesino movido por el poder? ¿Un mentiroso, muerto de envidia? ¿Qué era…?

Se suponía que el sentido de su vida estaba en morir por los demás, por los inocentes. Se suponía que él… tan egocéntrico y engreído, era casi perfecto. ¿Por qué no había podido salvar a una aldeana? ¿Por qué se le había escurrido la vida de Janelle entre sus dedos mientras Loxia veía como todo lo que él era se desmoronaba? ¿Por qué no había sido más rápido? ¿Por qué no lo había matado?

¿Por qué no había sido mejor?

¿Por qué no había podido hacerlo por Aioros…? ¿Cómo iba a perdonarle eso el arquero? ¿Cómo…?

Sollozó de nuevo.

¿Cuándo había sido la última vez que lloró así? Ni siquiera cuando se quebró por Naia… ¿Cuándo había sentido tanto dolor y tanta impotencia? Apretó el puño y lo estrelló contra el suelo. Una vez, dos veces… su mano se quejó.

Entonces le pareció escuchar un quejido, un llanto. Su mente le estaba jugando malas pasadas, y después de esa estúpida ilusión… ya no sabía qué era real y qué no. Pero lo oyó de nuevo: un quejido lastimero, pequeño.. indefenso. Se secó las lágrimas de un manotazo y buscó en la dirección del sonido. No tardó en encontrarlo. Se puso en pie y, tambaleante, se acercó hasta la mesa y se asomó bajo ella.

Se mordió el labio, y se dejó caer de nuevo al suelo con cuidado. Un par de ojos negros le miraban fijamente y, al reparar en su cercanía, los quejidos arreciaron.

Un cachorro de esponjoso pelaje dorado.

La minúscula bola de pelos se protegía y, entonces, Saga se percató de las pequeñas huellas sanguinolentas que había por el suelo. Titubeante, estiró la mano temblorosa… pero se detuvo antes de tocarlo.

Rompía todo lo bueno que tocaba. ¿Por qué habría de ser distinto ahora?

Sin embargo, al perro poco le importó. Una vez vio su mano, encontró en ella el cobijo que buscaba, y rápidamente se frotó contra ella en busca de cariño y protección. Saga tensó la mandíbula, y sus ojos se humedecieron de nuevo. Lo tomó en brazos con cuidado… tenía la pata herida por un cristal. Se quitó la capa, lo envolvió en ella en un intento por quitarle la sangre del pelaje que habían dejado sus manos.

Lo acunó en su regazo, sin dejar de acariciarlo.

Cerró los ojos, y continuó llorando en silencio.

Así fue como Kanon lo encontró… y sin nada que decir, solamente se sentó a su lado. Quizá, en algún momento, lograse entender qué había pasado. Quizá...

-X-

Shion no era un hombre que se asustase fácilmente. Había vivido mucho, demasiado. Cargaba muchas vivencias a sus espaldas… pero lo cierto era que no sabía qué encontraría al abrir aquella puerta, ni cómo sería capaz de afrontarlo. Empujó con cuidado, sin hacer ruido, y asomó. Conmovido, y asustado al mismo tiempo, contempló a los hermanos juntos y en silencio, como cuando eran niños y la mera presencia del otro solucionaba todos los males. Algo dentro de sí se removió.

Kanon alzó la mirada y sus ojos verdes hablaron todo lo que su voz se negó a decir. Negó muy sutilmente con el rostro y, compungido, volteó hacia su gemelo. Shion hizo lo mismo y… su corazón, o lo que quedaba de él, se terminó de romper aquella aciaga mañana de mayo.

—Kanon, ¿puedes ocuparte de que todo en Rodorio esté en orden? —El más joven asintió—. Gracias…

—Te mantendré informado. —Echó un último vistazo a su hermano y suspiró. Después se puso en pie y, cuando alcanzó a Shion, compartieron una nueva mirada cargada de emociones silenciadas.

Shion no se movió hasta que Kanon abandonó el cuarto y cerró la puerta tras de sí. Entonces se acercó hasta Saga y se arrodilló frente a él. Sin embargo, el peliazul no le miró. Sus ojos permanecían fijos, perdidos, en algún lugar de la habitación, y las lágrimas no habían dejado de caer.

—Saga… —Pero el chico no reaccionó a su llamado.

El Maestro sujetó su rostro con cuidado, alzándolo y obligándolo a mirarlo, esperando que la sangre que contrastaba con su palidez mortal no fuera suya. El peliazul pestañeó un par de veces y sus ojos enrojecidos, se nublaron de nuevo. Saga forcejeó torpemente, soltándose de su agarre, y apretó los ojos con fuerza. ¡Dioses! ¡No podía mantener su mirada después de haberlo visto morir de nuevo! Ahogó un gemido cuando fue incapaz de controlar el torrente de lágrimas, y se llevó las manos a la sien, apretando su cráneo sin piedad. Su respiración se desbocó de nuevo, descontrolada… y Shion entendió, entonces, que su santo de Géminis estaba inmerso en un ataque de pánico y ansiedad.

—Saga, Saga… —musitó con suavidad, tomando sus manos con firmeza y apartándolas a pesar de la oposición del santo. El cachorro en su regazo, ahulló con pesar—. Tranquilo, hijo, tienes que calmarte.

—Aioros… —murmuró, con voz rota—. No pude salvarla y…

—Saga, escúchame —dijo con firmeza, y por un momento, tal y como si hubieran viajado veinte años atrás, el gemelo obedeció, mirándolo con gesto esperanzado: suplicando por ayuda—. Tienes que calmarte, ¿de acuerdo? Respira despacio, estás hiperventilando… —Acarició su pelo con suavidad, paseando los dedos por su cuero cabelludo. El llanto continuó y el viejo Patriarca lo atrajo hacia sí, descansando el mentón sobre su cabeza, en un abrazo casi torpe—. Despacio, hijo…

Pocas cosas impresionaban más que ver a un hombre como Saga —duro, indestructible, con su máscara impenetrable e incapaz de mostrar sus sentimientos de un modo normal— de aquella manera: roto, frágil, pequeño. Shion respiró hondo. Ni siquiera cuando había sacado su cabeza del water tras la ruptura con Naiara se había visto tan destrozado. ¡Dioses! Había aguantado el horror de Hades como un titán. ¡¿Qué era lo que había pasado aquí?!

—Mejor… —susurró cuando lo sintió algo más apaciguado—. Nos vamos a Géminis, ¿de acuerdo? —Pero Saga no dijo nada. Si lo escuchaba o no… no podía decirlo—. ¿Nos llevamos a tu amigo? —El par de ojos negros del cachorro lo miraron tal y como si le hubiera entendido: Saga no se iría a ninguna parte sin él. Shion casi sonrió—. Sujétalo.

Después, su cosmos cálido y reconfortante, les rodeó. Antes de que pudieran pestañear, la habitación se desdibujó ante sus ojos. Lo siguiente que contemplaron, apenas un segundo después, fue la paz imperturbable de Géminis.

-X-

Cuando abandonó la protección y privacidad del pequeño despacho, el barullo del pueblo revuelto lo regresó a la realidad. Escuchó los sollozos mal disimulados, las voces envueltas en pánico y también alcanzó a distinguir, por el rabillo del ojo, lo que parecía una pequeña e improvisada ofrenda por los caídos.

Buscó de inmediato por Nikos, y lo encontró enfrascado en una discusión. El pobre santo de Orión hacía lo posible para evitar a los curiosos, pero el gentío comenzaba a superarlo.

Kanon maldijo por lo bajo.

No pasaba del mediodía y aquel se estaba convirtiendo en el día más largo de su vida… Y, por los dioses, que había tenido días complicados. Pero aquel era especialmente catastrófico.

—Vamos, vamos, retroceded. No hay nada que ver aquí —sentenció mientras abría los brazos para impedir a los aldeanos acercarse más. Algunos intentaron imponerse, pero con una mirada los puso bajo aviso de las consecuencias—. Joder, Orión, mantén a la gente lejos.

—¡Hago lo que puedo!

Kanon bufó. Obviamente no hacía lo suficiente.

—¡Eh! ¡Vosotros! —Distinguió a un par de soldados y el cielo se le abrió un poquito. Para los hombres, ser requisitados por Kanon no fue igual de esperanzador. El respingo que ambos dieron los dejó en evidencia—. Os necesito aquí. Mantened a la gente lejos del almacén. Seguid las instrucción de Orión.

—¡¿Las mías?!

—Las tuyas. Tengo asuntos de que encargarme, Nikos. No me decepciones ni seas una molestia.

Sin decir más, regresó a inspeccionar lo que quedaba del almacén. Ahora que todos se habían marchado, la escena lucía mucho más desalentadora.

Agotado, se frotó los ojos. Se tomó un segundo para respirar.

Era el único de los tres mayores que quedaba en pie. Saga y Aioros… Bufó. Los habían perdido. Ahora no podía darse el lujo de perderse a sí mismo también. Shion había confiado en él y, por una vez, era momento de honrar esa confianza.

"—Venid al almacén de Rodorio ahora" —giró la primera orden de su nuevo reinado.

Mierda.

Esperaba que fuese una regencia corta.

-X-

—¡¿Qué…?! ¿Qué ha sucedido aquí?

La pregunta de Milo, y el modo en que la voz se le desvaneció conforme las palabras brotaron de sus labios, representaba el sentir el todos.

La destrucción, la sangre, la energía residual del cosmos, impregnado con violencia y muerte; el ambiente revuelto y el aura de desasosiego que se respiraba por el pueblo… Nada bueno había pasado en aquel sitio. Los demonios habían sido liberados en Rodorio, y solo los dioses sabían quién y cómo podrían aplacarlos.

—¡Al fin llegáis! —Kanon se aproximó a ellos a zancadas. La gravedad en su rostro dejó entrever lo oscuro de la situación.

—Kanon, ¿qué…? —Camus intentó preguntar, pero el gemelo se le adelantó.

—La rata reveló su identidad y atacó.

—¿A Saga…? Su cosmos…

—¿La sangre es suya?

—Sí, atacó a Saga —respondió a Shura, después miró directamente a Ángelo—. No, la sangre no es suya. Vamos, moved el culo, que no tenemos tiempo para explicaciones detalladas ahora.

—¡Y una mierda! ¡Kanon! —Milo le sujetó del brazo para detenerlo cuando intentó darles la espalda—. ¿Qué demonios ha pasado aquí? Habla claro.

Con un manotazo, el gemelo se soltó. Su mirada esmeralda atravesó a Milo, de un modo que el santo de Escorpio no recordaba haberle visto jamás. Había algo diferente en sus ojos: determinación, fuerza, fiereza… poder. Por un momento, estuvo tentado a sonreír.

¿Ese era el Kanon que había gobernado Atlantis por catorce años? Porque si era así… Joder, de pronto entendía porque los mocosos marinos —y el propio Poseidón— le respetaban y temían tanto.

—Las cosas están mal, Kanon. Lo entendemos, no somos idiotas —terció Afrodita—. Pero un resumen de la situación nos ayudaría a todos.

—¿Un resumen? De acuerdo, prestad atención porque no voy a repetirlo. —Sin darse cuenta, los seis santos más jóvenes tragaron saliva—. Loxia era el espía. Atrajo a Saga hasta aquí y asesinó a la novia del arquero delante de él. Ahora Saga está deshecho en Géminis, mientras Aioros está destrozado en la Fuente. Shion, en el entretanto, me parece que enfocará sus esfuerzos en recolectar lo que queda de ellos y evitar que se maten después. ¿Os parece suficiente resumen? —Miró a los ojos de los chicos y se preguntó, si en algún punto, su mirada había mostrado tanta incertidumbre como la de ellos—. Os lo resumiré todavía más si lo necesitáis: Con un golpe —levantó el dedo índice—, un solo y jodido golpe, Loxia se deshizo de nuestros patriarcas adjuntos. Los derribó, los hizo añicos.

—Mierda… —musitó Ángelo.

—Así que disculpadme, pero ahora mismo no tenemos tiempo para más explicaciones. —Y tampoco quería darlas ahí. Cada oreja en el pueblo estaba atenta a sus palabras, y lo último que necesitaba eran rumores corriendo por las ya aterrorizadas callejuelas de Rodorio—. El Santuario está en nuestras manos. Hagamos esto por ellos. Hagámoslo bien.

Sus palabras surtieron efecto y Kanon se encontró sonriendo para sus adentros, cuando las miradas de pánico de sus chicos se tiñeron con determinación. La mayoría de ellos apenas habían pasado la adolescencia, pero todos y cada uno se habían convertido en hombres admirables. Si el viejo pudiera verlos…

—¿Qué necesitas que hagamos? —preguntó Aldebarán, con renovados ánimos.

—Por ahora, no podemos contar con Saga ni con Aioros. Aioria tampoco está disponible. —Y por los dioses, esperaba que el santo de Leo pudiera contener al arquero—. Así que el Santuario está bajo nuestra responsabilidad. —Se detuvo y miró a cada uno a los ojos, asegurándose que lo seguían—. Mu tiene órdenes de regresar a Aries y permanecer ahí, al igual que Shaka en Virgo; las Doce Casas no pueden quedarse sin protección alguna. Dohko ha sido convocado como guardia personal de Athena, e informará a Sigfried y a Tethys de la situación. Afrodita, Ángelo, os necesito para blindar el Santuario; el jardín de rosas y los fuegos fatuos no dejarán pasar a nadie. A nadie, ¿entendido? —Ambos santos asintieron—. Apoyaros en vuestros equipos.

—¿Piensas que volverán a atacar? —preguntó Shura.

—No son idiotas, así que dudo que lo hagan. Sin embargo, no pienso correr ningún riesgo. Aldebarán, usa a tu equipo y al equipo de Aioria para vigilar al pueblo. Nikos está ayudando ya, y los aldeanos confían en Marin y en Orfeo. Milo, Camus, tomad a vuestros chicos para patrullar los lindes del Santuario que colindan con el Cabo y con el Pilar. Mantened contacto entre vosotros en todo momento.

—¿Apus y Caelum...?

—Avisé a ambas. Deltha permanecerá en Géminis —Saga la necesitaba a su lado—, y Naiara… Dudo que pueda acercarse a Aioros con Shion rondando por ahí. Pero no quiero que le quites los ojos de encima, Milo.

—¿Crees que está en peligro?

—Llevan meses observándonos. Saben todo sobre nosotros. Todo. —Sus puntos débiles, los más vulnerables... Aquellos donde dolía. Janelle. Ellas. Todas.

Un escalofrío les recorrió la espalda.

—¿Y yo? ¿Qué hago yo? —La voz de Shura sonó casi suplicante, deseoso de ser de utilidad.

—Tu equipo, el de Saga y el de Aioros. Distribúyelos: os quiero asegurando los campamentos de santos y de korees… También te quiero atento. Saga y Aioros confían en ti ciegamente. —Ambos le tenían un cariño especial y su personalidad, ecuánime, era mucho más conciliadora que la explosividad de Aioria—. Si alguno llegase a necesitarte, no dudes y ve.

—Cuenta con ello.

—Entonces, marchaos. El Santuario está en alerta y hoy, más que nunca, el viejo, Saga y Aioros nos necesitan aquí —afirmó—. No bajéis la guardia. Recordad que hemos sido atacados dos veces en unas pocas horas. Os quiero en contacto conmigo, tanto como podáis.

"No voy a perder a ninguno más", quiso decir. Pero la situación los superaba por tanto, que no había cabida para el optimismo ese día.

-X-

Shion no lo soltó: sentía a Saga lo suficientemente inestable como para imaginar que la teletransportación no le permitiría seguir en pie al llegar al tercer templo, y no se equivocó. El peliazul se quitó la armadura en un pestañeo y Shion solamente lo dejó ir cuando se hundió en el sofá y, con pesar, hincó los codos sobre las rodillas. El cachorro se acurrucó a su lado, sin romper el contacto con él… y Saga solamente atinó a un hundir el rostro entre sus manos.

—¿Puedes…? —musitó el santo—. ¿Hielo?

—Claro.

Apenas tardó un par de minutos en volver de la cocina, haciendo el apunte mental de enviar más tarde a alguien que llenase esa despensa tan trágica. Le tendió el hielo envuelto en un paño y, tras tomar una bocanada de aire, se sentó frente al chico, sobre la mesilla de café. Saga dejó escapar un suspiro de alivio cuando el hielo tocó su frente.

El peliazul no se había calmado… desde donde estaba, Shion podía ver a la perfección el vaivén acelerado de su pecho, o el temblor de sus manos. Su respiración rápida y entrecortada era perfectamente audible y, por un instante, el lemuriano cerró los ojos con pesar: el corazón y el cerebro de su Orden acababan de ser derribados.

Y le dolía… le dolía por muchos motivos: como patriarca, sin duda. Su fortaleza era más que necesaria para el resto de la orden, nadie debía contemplarles así…. sabía lo mucho que afectaría a la moral. Aioros era, quizá, una leyenda más desconocida para todos, pero Saga… Nunca, jamás, nadie fuera de las doce casas había podido vislumbrarle desmoronado, frágil. Siempre se había erigido como una roca: duro, inamovible e imperturbable, imposible de derribar. Tan distinto a lo que era en realidad…

—Despacio Saga, respira despacio, te sentirás mejor… —musitó.

Pero sobre todo, dolía como padre. Esa parte de él, solamente deseaba abrazar a sus chicos, dejarles llorar… consolarlos y decirles que todo estaría bien: asegurarles que él se ocuparía. Sin embargo, la realidad no era así. No podía hacer por ellos más que escuchar con el corazón en la garganta y ser su faro en medio de la tempestad.

Shion alcanzó la mano del santo con delicadeza, apartandola de su rostro, y estrechándola entre las suyas con firmeza, tratando de detener el temblor. Saga estaba helado. Fuera lo que fuera que había sucedido, aunque no tuviera ninguna herida física, su cuerpo estaba claramente afectado. Frunció el ceño, temiendo lo peor. Por experiencia sabía que las heridas del alma, de la mente… eran mucho más peligrosas que las físicas.

—¿Qué ha pasado, hijo? —dijo con firmeza, y a la vez con suavidad. El gemelo ahogó un quejido. Tomó un par de bocanadas de aire y tragó saliva con dificultad. Inhaló de nuevo y, finalmente, despegó los labios.

—Salí a caminar un rato, para despejarme… —su voz sonaba rasgada, lejana y casi temblorosa—. Fui al claro donde solía entrenar, y…

—¿Sí? —Saga intentó respirar hondo de nuevo.

—Empecé a recordar algunas cosas que había olvidado… —Aunque no había sido exactamente así—. Era una ilusión.

—¿Te atrapó en ella desde Rodorio? —El gemelo asintió sin mirarlo, y los lunares del Maestro se arrugaron un poco más. Saga era un ilusionista prácticamente perfecto, no era fácil engañarle con sus propias armas, y para hacerlo con esa lejanía y ese grado de afectación… Había que ser incluso mejor que él. Más preocupante aún era, que Saga ya estaba puesto en preaviso sobre el infiltrado, estaba esperando que actuase, estaba en alerta—. ¿Qué te mostró?

Saga se respingó y el temblor de sus manos arreció. Un par de gotas de sangre cayeron sobre la alfombra y, rápidamente, Shion le tendió un pañuelo.

—Vamos, echa la cabeza un poco hacia atrás. Sigues sangrando. —Lo empujó sutilmente con la mano—. Así mejor… —Pero Saga continuó en silencio, con los ojos cerrados—. ¿Saga? ¿Qué viste?

—Es complicado… —murmuró, de modo apenas audible—. Es… —En realidad, no quería hablar de ello.

—¿Es relevante? —La mandíbula del santo se apretó y, de modo inmediato, Shion supo que de alguna forma lo era—. Vamos… tengo que saberlo. Estamos en alerta máxima, Saga, y si ha logrado atraparte a ti, provocándote tantos efectos secundarios…

—Es bueno… —Y un desgraciado, también, quiso decir—. Tiene habilidades que…

—Empieza desde el principio.

—¡No sé qué quieres que te diga! —gruñó. Shion supo, de inmediato, que no iba a ser fácil hablar de ello—. Aioros y yo solíamos entrenar en ese sitio cuando éramos niños. Poco antes de mi combate de sucesión, le mostré la Explosión de Galaxias por primera vez y le dije algo que… —Casi vomitó las palabras. Después tragó saliva una vez más, dejando caer la cabeza hacia atrás, al respaldo del sofá—. Loxia no podía saberlo de ningún modo…

—¿Qué fue? —Saga bufó, y abrió los ojos: aquel par de esmeraldas brillaban enrojecidas a través de sus pestañas y, como hacían en algunas ocasiones, habían adoptado un tono azulado.

—Le dije que quería cambiar el rumbo de las cosas, detener la guerra, usar mi poder y acabar con el ciclo… Le dije que sería tan fuerte como los dioses.

—Solamente eras un niño… —El lemuriano quiso sonreír al imaginar a aquel niño lleno de sueños e ilusiones, pero contemplar la realidad, le rompió aún más el corazón. Los sueños e ilusiones de Saga se habían roto hacía mucho tiempo.

—Se cumplió. —Su voz se quebró de nuevo y Shion apretó los dientes—. Y… ¡joder! —Apartó el hielo de un manotazo, y el cachorro aulló sobresaltado—. ¡Me ha mostrado mis recuerdos… como si yo mismo fuera un espectador! ¡He visto...! —No continuó. Dos lágrimas enormes rodaron de sus ojos y, con rabia, las secó con el dorso de la mano—. He visto cosas que no quería volver a ver... —Se puso en pie, trastabillando al hacerlo.

Shion trató de sujetarlo, pero Saga retiró su mano. Después, cuando recuperó el equilibrio, comenzó a caminar con nerviosismo por el salón. A él, lo había visto morir a él. Había sentido su mano atravesando su pecho una vez más… el calor de su sangre, imposible de olvidar. ¡Dioses! ¡Se arrancaría esa mano si pudiera!

—¿Qué conclusión sacas de ello...? —No sabía cómo continuar con el interrogatorio.

—¡¿A parte de que soy un jodido fracaso que no puede salvar siquiera a una civil?! —Alzó la voz y otra lágrima cayó en medio del exabrupto—. A esa civil…

—Hijo...

—¡Era fácil! ¡Solo tenía que…! —apretó los puños—. ¡Debí matarlo! El resultado hubiera sido el mismo… ¡Janelle hubiera muerto de todas formas! —Dioses, el corazón iba a salirse de su pecho—. Aunque quizá no hubiera sido torturada de esa forma… —Negó con nerviosismo, y siguió dando vueltas por el salón—. ¡Y Aioros…! —Se detuvo y toda la ira que sentía, se esfumó. Sus labios temblaron y cerró los ojos con fuerza ante el torrente de lágrimas que amenazaba con desbordarse—. ¿Cuántas veces más voy a destrozarle la vida…? —musitó, incapaz de detener el llanto.

—Saga…

La voz femenina resonó en el salón con dulzura. Los dos, santo y maestro, voltearon en su dirección. Shion se mantuvo impasible, aunque sorprendido por haber olvidado que Deltha ahora vivía en aquel templo. El primer pensamiento que cruzó su mente fue pedirla que les dejase solos… pero entonces, vio la expresión de Saga. Se mordía el labio, con nerviosismo, pero su mirada se había suavizado.

Deltha no dijo nada más, solamente recortó la distancia que les separaba, y lo rodeó con los brazos, estrechándolo en un abrazo.

—¿Estás bien? —Sus manos acariciaron su espalda con delicadeza. Saga solamente devolvió el abrazo, en silencio. Tras unos segundos, se separó de él, y por un momento, sus ojos almendrados se cruzaron con los del maestro. No llevaba máscara, Shion tendría que acostumbrarse a ello—. ¿Sabes qué? Haré chocolate caliente, con canela… —estrechó su mano, y esbozó una sonrisa dulce—. Enseguida vuelvo…

Shion la observó desaparecer en la cocina, y agradeció mentalmente por su perspicacia.

—Lo que ha pasado con Janelle no es tu culpa. Las pérdidas de las personas a las que amamos son horribles… —¿Qué podía decirle? Saga lo sabía de sobra—. Aioros lo entenderá. Está sufriendo, claro que lo hace… y le llevará un tiempo recuperarse de esto. Pero, Saga, Aioros es un hombre inteligente. La han utilizado de arma y eso es… —negó con el rostro.

—¿Cruel?

—Sí, entre otras cosas.

—Shion… Loxia puede ver el pasado… —Suspiró, pasándose los dedos por el pelo—. Lo sabe todo de mí…—Hizo énfasis en la palabra—. Cosas que jamás le mencioné a nadie, cosas que incluso yo había olvidado. Pero…

—¿Sí?

—Diría que también ve el futuro. —Shion frunció el ceño con gravedad—. Después de todo, Apolo es el dios de la profecía.

—Hijo, ¿te das cuenta? Loxia ha intentado enfrentaros. —Se humedeció los labios—. Primero le mostró a Aioros aquella ilusión, le mostró algo que sabía despertaría sus temores y desconfianza. Y ahora a tí…

—¿Sabes lo peligroso que es un ilusionista que ve el futuro?

Shion calló. No había pensado en ello, pero lo cierto era que… Suspiró. Si era así, Loxia tenía todas las armas disponibles para destruirles sin que ellos pudieran hacer nada por evitarlo. Y lo que era peor, ¿era posible que supiera el desenlace de la guerra? Se sobó los ojos y volvió su atención a su santo.

—No me atacó… no hizo nada que me pusiera en riesgo —murmuró—. ¿Por qué perder la oportunidad cuando me había desestabilizado lo suficiente?

—Los ilusionistas… —"Sois así", quiso decir. Manipuladores de la mente, de las emociones.

—Somos unos psicópatas, sí. —Shion frunció el ceño, no era lo que quería decir—. Cuando usamos esas técnicas de combate, lo hacemos para desestabilizar, minar la moral, para destruir la mente… Usualmente, después de una ilusión potente, la víctima apenas necesita que la remates. —Saga buscó sus ojos—. ¿Estamos peleando una batalla perdida de antemano?

—¿Por qué lo dices? —El chico había leído su mente con maestría, bendito cerebro suyo. Y maldito, en casos como este… le permitía ver el panorama completo cuando a veces era mejor ignorar algunos detalles.

—Si conoce el futuro y no aprovechó la ocasión para eliminar a un santo dorado… Quizá es porque saben que… estamos derrotados.

—No, olvídalo. No tendría sentido. —Aunque lo temía tanto como él—. Si pensasen que tienen la guerra ganada no tomarían tantos riesgos. Nomios no esperaba el resultado de Lemnos…

Saga volvió al sofá, y se acurrucó junto al cachorro, que rápidamente buscó el calor de su regazo. Cerró los ojos por un instante, mientras su mano acariciaba el pelaje dorado. Su mente, alborotada y confusa, desordenada… comenzaba a asentarse poco a poco. Las últimas horas habían sido intensas.

Deltha volvió en aquel momento, cargando una bandeja. Le tendió una taza, y se hizo un hueco en el suelo, a sus pies. Miró con interés al nuevo amigo del peliazul, y lo acarició con suavidad.

—¿Quién es? —musitó.

—Es… —Lo cierto es que no sabía su nombre—. Era de ella… —Pronunciar su nombre empezaba a ser difícil—. Estaba escondido en el almacén.

—Tiene un corte en su patita… —dijo, tras unos segundos de silencio.

—Sí, lo ví… tengo que… —se sopló el flequillo. Después se llevó la taza a los labios y dio un sorbo.

—¿Te sientes mejor? —Deltha tomó su mano, acariciando el dorso de la misma con sus dedos. Shion, aunque con cierto disimulo, no quitó ojo un solo momento—. Kanon me dijo… Aunque no sé muy bien qué ocurrió. —Le tendió un analgésico—. Ten, tienes esa cara de que te duele la cabeza…

—¿Tengo una cara de "dolerme la cabeza"? —La amazona esbozó una sonrisa minúscula y asintió.

—Además, la sangre en la cara no te favorece nada… —Saga agachó la mirada y ella vio fugazmente a Shion. El lemuriano la ponía nerviosísima, siempre vigilante.

—Un baño caliente te sentará bien —acotó el peliverde, mientras sus ojos eran incapaces de retirar la mirada del cactus pirata con sombrero. Definitivamente, había muchas cosas distintas en Géminis desde su última visita—. Descansa un poco la mente…

—¿Y Aioros?

—Está con Aioria y Raissa en la Fuente. —Suspiró—. Enseguida iré a ver cómo está… Y cuando todos nos calmemos un poco, hablaremos más tranquilamente. —"Juntos", quiso decir, pero no fue capaz de mencionarlo en voz alta. No sabía cómo transcurrirían las cosas… aunque deseaba con todas sus fuerzas que todo fuera bien.

—El Maestro tiene razón, un baño reparador… además, tenemos que curar la patita de nuestro nuevo amigo, y darle un baño. —Cargó al cachorro en brazos, y le besuqueó la cabeza—. Esta monada tiene que estar reluciente.

Shion contempló en silencio, francamente sorprendido. Desde que la amazona había llegado, algo en Saga había cambiado. Estaba lejos de estar tranquilo… pero se sentía más calmado y eso ya era ganancia. Respiró aliviado por un momento. Quizá, después de todo, la chica tenía la habilidad de infundir calma donde él no podía. Todo lo que fuera bueno para su niño, era bueno para él.

—Intenta descansar un poco, descansa la mente. ¿Sí? —Saga asintió tímidamente—. Ahora que estás acompañado, debo irme a ver cómo sigue todo allí arriba. —Acarició suavemente la melena azul—. Volveré a verte más tarde. ¿De acuerdo?

—Me ocuparé de que descanse… —Shion agradeció a Deltha con una sonrisa.

—Si hay algo que necesites, hijo, llamame. Estaré aquí en un segundo.

—Gracias…

—No me las des… —Igual que hiciera con Aioros antes, besó su frente. Después, inclinó el rostro, se alejó unos pasos, y se desvaneció en el aire.

Sin embargo, apenas unos segundos después, la voz del Maestro resonó en la mente de Deltha.

—"Cuida de él…, por favor".

-X-

Cuando el frenesí del momento se desvaneció, llegó algo peor: el silencio.

Una súbita sensación de agotamiento se apoderó de él, atrapandolo en su propio cuerpo. Aioros ya no tenía fuerzas para llorar, para gritar, para oponerse… Ya no tenía nada. Tenía el corazón y la mente entumecidos. No podía sentir la aguja entrando y saliendo de su piel, mientras Eudora suturaba nuevamente las heridas que se había abierto durante su momento de descontrol. Tampoco sentía la calidez de las manos de Raissa sujetando a las suyas con mimo, pero con firmeza. Ni siquiera reparaba en la expresión desencajada y aterrorizada de Aioria, inseparablemente fiel, a su lado.

En su mirada, azul y ausente, sólo existía la neblina que las lágrimas dejaron tras de sí.

Todo en lo que pensaba era en ella. En Janelle.

En su cuerpo, frágil y destrozado, entre sus brazos. Su rostro, pálido, inexpresivo; los surcos que las lágrimas de desesperación y miedo habían dejado sus mejillas, y sus labios, desgarrados y ensangrentados.

Apretó los puños con una rabia que, por un segundo, hizo despertar a su cuerpo. Una lágrima solitaria se escurrió de sus ojos.

No solo se la habían quitado, sino que le habían arrebatado toda la luz que ella había traído de regreso a su vida. Porque en aquel momento —y por mucho que se esforzaba—, Aioros no podía recordar su voz, ni su risa; no podía dibujar en su mente la sonrisa radiante que siempre la acompañaba, ni el mimo de sus palabras cuando pronunciaba su nombre. No podía verla viva. Solamente muerta.

Se había quedado con un fantasma, con un cadáver injustamente mancillado por el odio de alguien de más. Con la agonía que seguramente fueron sus últimos momentos.

¿Había esperado porque él llegase para salvarla? ¿Había llamado a por él? ¿En qué momento perdió la fe y llegó la resignación?

Un nudo apretó su garganta al pensar en su desesperanza.

¿Cuánto había sufrido Janelle antes del final? Más allá del martirio físico, ante el que finalmente había sucumbido… El terror que había vivido en esos últimos minutos le erizaba la piel. Stavros murió ante sus ojos, seguramente tratando de defenderla, rompiéndole el corazón, y dejándola sola. Después, la dolorosa agonía de la esperanza; esa misma que seguramente le impedía rendirse. Porque Janelle era valiente, era una mujer obstinada, aguerrida… que jamás habría caído sin luchar. Pero Aioros sabía —quizás mejor que nadie— lo rápido que la esperanza desdibuja el mundo al convertirse en desesperanza, y la tortuosa espera que trae consigo cuando el final se vislumbra.

¿Por qué? ¿Por qué él no había estado ahí, con ella? ¿Cómo había podido fallarle cuando más le necesitaba?

—Está listo… otra vez —musitó Eudora. Levantó la mirada y buscó por las orbes cerúleas del arquero, pero éste estaba lejos de prestarle atención. Con cuidado, apartó su equipo de curaciones—. Vigilad que no se levante. Le traeré algo para los nervios, que lo ayude a dormir.

—No lo quiero. No quiero dormir. —Su voz sonó inusualmente ronca y vacía, pero definitiva.

—Lo necesitas. Lo que has pasado…

—Quiero verla.

—Es una mala idea, Aioros —intervino Raissa. Su mano, delicada y pequeña, apretó a la suya. Apenas habían conseguido arrancar el cuerpo de sus brazos, como para someterlo de nuevo a aquella tortura—. Es mejor si la recuerdas como era…

—Es tarde para eso. Quiero verla.

—Aioros… —Aioria intentó hablar, pero la mirada rabiosa y ahogada en lágrimas que su hermano le dirigió, le heló la sangre.

—¿Eudora…? —Raissa buscó por su ayuda y, por un momento, se sorprendió al encontrar confusión en su rostro, siempre seguro y en calma.

Le tomó un momento, pero por fin, la anciana se recompuso. Suspiró y, lentamente, se hizo un hueco para sentarse al borde de la cama del santo. Sintió las miradas de Raissa y de Aioria sobre sí. Pero se sintió más impresionada cuando sus ojos chocaron con los del chico. Cuánta desesperación encontró en ellos. Cuánta rabia… Cuánto dolor.

Con cariño, posó la mano sobre su brazo. ¡Había tantas heridas y cicatrices sobre su piel! Un nudo se le atoró en la garganta al pensar que ese lienzo lleno de marcas no se comparaba con las que llevaba en el alma. Esas eran peores... Porque ese tipo de heridas, ella no podía curarlas.

—Escucha, hijo —dijo, tras unos segundos de silencio—, si te llevo a donde ella, lo que verás no será sencillo.

—La he visto ya… —Pero ante sus palabras, Eudora negó con suavidad.

—Eso no lo hará menos difícil. Janelle ya no está con nosotros, Aioros. Nos la quitaron, se la llevaron a la fuerza… Su cuerpo acusará muchas cosas que no viste la primera vez, y que dolerán, más de lo que imaginas.

—Pero… Lo necesito. Necesito verla. —Y su voz, al quebrarse, rompió también el corazón de la vieja.

—Hijo…

—Déjalo, Eudora. —La repentina aparición de Arles los hizo voltear. Estaba de pie en la puerta, llevando una bandeja con remedios en las manos. Se adentró en la habitación con pasos seguros y, tras descansar la charola de plata en la mesilla, regresó su atención al santo de Sagitario—. Aioros necesita vivir su dolor. Por favor, permítele verla de nuevo. Una última vez.

—Arles, no es una buena idea. ¿Qué...? —Aioria trató de intervenir, pero el santo de Altaír levantó sutilmente la mano para pedirle que le dejase continuar.

—Tienes cosas que decirle, ¿no es así, Aioros? —preguntó al castaño, y éste, con torpeza, asintió.

—¿De qué hablas? —Aioria se sentó a su lado y buscó por su rostro—. Por favor, Aioros, habla conmigo…

—Es que… —tartamudeó, cuando el llanto comenzó a ganarle la partida—. Es que necesito despedirme. —Su rostro se agachó, mientras las lágrimas que había contenido hasta entonces, desbordaron de sus ojos. Su voz no pudo ocultar un sollozo y sus puños se apretaron con fuerza, como si pudiese de ese modo mantener la entereza que ya había perdido—. Necesito… pedirle perdón. Necesito que me perdone…. Por dejarla sola… Por no estar ahí cuando me necesitó…

Y entonces, rompió en lágrimas. Algo dentro de su pecho dolió, como si en verdad el corazón se le hubiese deshecho en pedazos. No podía respirar, no quería.

Janelle no estaba. Se había ido… Y con ella, se había ido una parte de él.

Lo siguiente que Aioros sintió fueron los brazos de Aioria cerrándose a su alrededor, en un abrazo protector. Sintió el beso que depositó sobre sus rizos y escuchó el vaivén de su pecho, cuando a duras penas, luchaba por contener su propio llanto. Se aferró a sus brazos, como pudo, sin importar el ardor de los puntos en sus heridas, y se entregó al dolor, bajo el refugio y protección de su hermano.

Raissa sujetó su brazo, y acomodó la cabeza sobre su hombro libre. No dijo nada, pero estaba ahí, con él. El destino la había llevado de regreso a su pequeño, justo a tiempo, cuando él más la necesitaba.

Incluso Arles —siempre en control de sus emociones e inmutable—, retuvo el aliento. Desvió la mirada hacia la ventana y centró su atención en el suave arrullo del viento. Quizás así pudiese disimular la humedad en sus propios ojos y la ansiedad de su corazón.

Había algo en la mirada de Aioros, en su rostro desgajado y su corazón roto, que Arles había visto en el pasado. Pero ahí estaba, viviendo de nuevo un dolor ajeno, ante el cual no tenía palabras de consuelo.

"Dioses…", pensó, cuando el murmullo del sollozo de Aioros llegó a sus oídos. "¿Cómo vamos a superar esto…?"

-X-

Aioria prácticamente lo había cargado hasta ahí. Decir que había llegado por su propio pie, hubiese sido una mentira. Había caminado, sí. Pero sin la invaluable ayuda de su hermano pequeño, Aioros jamás habría sido capaz de mantenerse erguido.

El agotamiento comenzaba a imponerse, mientras el entumecimiento se desvanecía. Las heridas dolían cada vez más, la cabeza estaba a punto de estallarle. Apenas se sentía capaz de mantener los ojos abiertos; los párpados se sentían insoportablemente pesados y su escozor, por momentos, era imposible de sobrellevar.

Sin embargo, no estaba dispuesto a dar un paso atrás.

A pesar de su determinación, en el momento en que divisó a Eudora —quién se había adelantado a ambos para asegurarse que la situación estuviese bajo control—, esperando por ellos cerca de la puerta que guiaba a su destino, el corazón se le aceleró.

Un temblor incontrolable se apoderó de su cuerpo y su respiración se tornó pesada. Tenía la boca seca y, de pronto, se sintió incapaz de articular palabra.

—Hey, oye… —Aioria se detuvo y, con toda la delicadeza de la que fue capaz, le ayudó a sentarse en un banco junto a la puerta.

—Estoy bien… —respondió el arquero; Aioria sabía que mentía. Se agachó frente a él y buscó su mirada, pero Aioros lo esquivó. Suspiró con pesar.

—¿Estás seguro de esto? —El león tomó su rostro entre las manos y lo obligó a mirarle a los ojos—. Está bien si quieres volver a la habitación.

—No. Necesito verla.

—¿Quieres que entre contigo, o prefieres estar solo con ella? —No obtuvo respuesta con palabras, pero el silencio traía un significado implícito—. Está bien si quieres entrar solo. Yo esperaré aquí afuera a por ti, ¿vale?

—No es necesario…

—Quiero hacerlo. Quiero estar contigo. Tú lo harías por mi, ¿cierto? —Asintió escuetamente—. Entonces, permite que esté contigo ahora. No me alejes de ti, por favor.

Entonces, por primera vez en toda su conversación, Aioros buscó su mirada por sí mismo y, si Aioria pensó que aquel había sido un pequeño gran paso, la esperanza se le desvaneció.

Aioros siempre había sido un héroe para él. Incluso años antes del rescate de Athena, cuando ambos no eran más que niños. Había sido su todo: su pasado, su presente y su futuro. Era lo único que quedaba de su familia, era su universo. No había nada de él que no admirase. Aioros representaba todo lo que él aspiraba a ser.

Pero entonces, la tragedia había arrasado con ambos y, por muchos años, todo sentimiento hacia su hermano tuvo que ser enterrado en lo más profundo de su corazón.

Hasta que Athena regresó, trayendo consigo la verdad y dando inicio a una conspiración del universo para reunirlos.

Dioses, Aioria jamás había sido tan feliz como en el momento en que estrechó a Aioros en sus brazos después de catorce larguísimos y agónicos años. Por primera vez se sentía completo, las pesadillas terminaron ese día, y, por un breve instante en el tiempo, había sentido que todo estaría bien.

Incluso los momentos difíciles que sobrevinieron con el regreso de los doce habían sido dificultades leves, enmarcadas en el optimismo que Aioros había traído a su vida.

Luego llegó la guerra, el fantasma onmipresente de aquel enemigo desconocido… Joder, las últimas horas había sido espeluznantes. Habían traído consigo recuerdos que deseaba olvidar. Lo convirtieron de nuevo en aquel niño aterrorizado ante lo que sucedía frente a sus ojos, que temía perder de nuevo a su hermano y que, aún cuando en aquel momento lo tenía entre sus brazos, no podía evitar pensar en que al menos un parte de él había cambiado para siempre.

¿Le dolía? Sí, terriblemente. A sus ojos, Aioros siempre merecería lo mejor y nada menos. Aunque el destino parecía empeñado en negárselo.

Sin embargo, Aioria sabía que nada, ni nadie, haría que él le quisiera ni una pizca menos. Y, sin importar lo que el destino o la casualidad dictasen, Aioros siempre iba a tenerlo a él. Siempre.

—¿Puedes caminar solo? —preguntó. Aioros asintió y, aunque Aioria se prestó como ayuda para levantarlo del banco, los primeros pasos pudo darlos por sí mismo.

—¿Estarás aquí?

—Aquí, allá… Donde me necesites. —Una minúscula sonrisa iluminó el rostro del arquero, que el león correspondió—. Llámame y estaré en un pestañeo.

—Gracias…

Eudora abrió apenas una rendija de la puerta mientras Aioros caminaba hacia ella, con pasos cortos y dubitativos. Agachó la mirada cuando el arquero se detuvo bajo el marco, y retuvo el aliento junto con él durante esos pocos segundos que se escaparon mientras recogía el valor de entrar.

—Aioros… —La voz de Aioria volvió a resonar, clara y fuerte, pero repleta de cariño. Cuando su hermano volteó, esbozó una pequeña sonrisa—. Te quiero…

Los ojos azules de Aioros se llenaron de lágrimas. Pero fueron esas palabras las que le dieron el valor para dar el siguiente paso, y el siguiente, antes de que se adentrase en la habitación en dónde Janelle esperaba a por él.

-X-

Había esperado encontrarse con una habitación oscura, invadida por la peste de la muerte. En cambio, ahí estaba, a mitad de una estancia en dónde la luz del día parecía alcanzar cada rincón, al colarse por los amplios ventanales que miraban hacia el mar. El silencio que lo devoró era absoluto, pero se respiraba calma. Un sutil aroma a lavanda flotaba en el ambiente y su esencia, ligeramente ácida, poco o nada acusaba el siniestro final de quien reposaba en aquel sitio.

Aioros agradeció a los dioses por Eudora, por su atención al detalle y su delicadeza. Porque la vieja no había dejado nada al azar para protegerlo aún desde la distancia, en aquel momento.

En medio de la habitación, sobre una cama, descansaba el cuerpo de Janelle.

Por un instante, el arquero dudó en acercarse. A su mente volvieron los recuerdos de aquella mañana: el olor de la sangre, las imágenes del cuerpo destrozado de la joven… Y los ojos se le inundaron de lágrimas.

La respiración se le desbocó de nuevo, mientras su corazón le retumbaba en los oídos. Una asfixiante sensación de pánico anidó dentro su pecho, oprimiéndolo, lastimándolo. Por un segundo, dudó en seguir.

Pero no había llegado hasta ahí para volver atrás.

Se tomó unos minutos para recomponerse. Cerró los ojos y se esforzó por mantener el ritmo de su respiración. Trató de borrar de su mente las imágenes de las últimas horas. La mujer que había estrechado entre sus brazos ya no era Janelle. No era su Janelle.

"Vamos, Ricitos…"

Su voz y su risa resonaron en su cabeza. Quiso reír, pero su sonrisa se empañó con las lágrimas que desbordaron de sus ojos.

Esa era Janelle.

Haciendo acopio de fuerzas, caminó hacia ella. A cada paso el corazón le brincaba, pero cuando por fin pudo verla, una calma inmensa le inundó.

Las doncellas de la Fuente la habían limpiado. Lavaron la sangre de su cuerpo y acicalaron aquella preciosa melena ensortijada. De algún modo, habían traído paz a su rostro. Las marcas que las lágrimas habían dejado en sus mejillas ya no estaban y sus labios, aunque heridos, ya no sangraban.

Aioros se detuvo a su lado, a contemplarla. Por un instante su mente le engañó, y le susurró que quizás solo estaba dormida.

"Despierta", quiso pedirle. "Abre los ojos y mírame. Estoy aquí, contigo". Pero su razón le susurraba que ella no iba a responder.

Se sentó en la silla que habían dejado para él; gruñó cuando el dolor recorrió su cuerpo. Sin embargo, nunca apartó sus ojos de ella. La mente le quedó en blanco y solo pudo limitarse a observarla, hasta que por fin, tímidamente, tomó su mano entre las suyas. Estaba fría y llena de pequeños cortes.

—Lo siento… —susurró. Besó su mano con delicadeza y una lágrima resbaló desde sus mejillas hasta aquella piel pálida y muerta—. Perdóname…

-X-

Para Shion, aquel día estaba siendo lancinante, largo y agotador.

Tan solo unas horas antes, previo a la partida de Aioros hacia Lemnos, había visto a sus chicos convertidos en todo lo que él había esperado. Por un efímero momento, se había sentido un padre orgulloso y, como no sucedía en mucho tiempo, el corazón se le había henchido de alegría.

Pero el paso de las horas había desdibujado aquel momento, casi idílico, hasta convertirlo en algo terroríficamente parecido a una pesadilla.

Aquel par de chicos, protegidos por la complicidad de la noche, que desempolvaron sus sueños de infancia y sellaron con una sonrisa su eterna hermandad, parecían un sueño lejano. Una vez más, el destino y sus caprichos los habían despojado de todo. Los dioses habían tomado a ese par de criaturas sublimes entre sus manos para convertirlos en polvo.

Excepto que en esa ocasión, Shion no estaba dispuesto a permitirles destruirlos. Aún si él tuviese que recoger y juntar cada pequeño pedazo de sus almas, no renunciaría a ellos.

Divisó a Aioria al final del pasillo, justo donde Arles le había dicho que lo encontraría. Cuando el joven león se percató de su presencia, despertó del letargo que lo consumía.

—Maestro…

—Arles me dijo que estaríais aquí. ¿Aioros está adentro? —El castaño asintió—. ¿Cómo se encuentra?

—Está más tranquilo ahora, pero todavía está lejos de encontrarse mejor.

—Ha sido un golpe terrible. —Shion se sobó los ojos.

—¿Qué ha pasado?

—Loxia la mató, él es el traidor.

—Dioses… —Su rostro lleno de incredulidad no sorprendió al peliverde.

—Saga estaba ahí y…

—¿Por eso fue la explosión de su cosmos? —El lemuario asintió—. ¿Se encuentra bien?

—Abatido, derrotado… Se culpa de no haber sido capaz de salvarla.

—¿Hay algo que podamos hacer?

—Me temo que no tengo una respuesta para eso, Aioria. —Shion acarició la melena rubia del chico—.¿Te importa si hablo con Aioros?

—Aún está adentro, con ella. Lleva un rato ahí, si quieres entrar, hazlo.

Shion asintió y centró su mirada en la puerta, a un costado de ambos. No estaba seguro de lo que encontraría detrás de ella. Quería, deseaba con todo su corazón, que la razón se impusiera a la tristeza: que el dolor no se convirtiera en odio y destrozara lo que quedaba de Aioros y de Saga. Pero no estaba en condiciones de exigir nada de Aioros, no cuándo sufría del modo en que lo hacía.

Dioses, ¿algún día terminaría el calvario de sus chicos?

—¿Maestro? —Escuchó la voz de Aioria y volteó.

—¿Sí?

—¿Aioros va a estar bien? —Y la pregunta, le arrastró hacia un instante de meditación.

—Tomará un tiempo, pero lo estará. Aioros es un chico fuerte, y también es el santo de Sagitario de esta generación.

—¿Qué significa eso?

—Los santos de Sagitario son la luz que guía a nuestra orden a través de la oscuridad. Son el corazón que late, fuerte y decidido, a pesar de la tribulación, y que nunca se rinde. Nunca. Jamás. —Aioria escuchó sus palabras en silencio y encontró la nostalgia en sus ojos rosas—. Aioros estará bien, hijo. Sé que lo estará.

Y tras una última sonrisa cansada, entró en la habitación, para ir al encuentro de su santo.

-X-

Deltha no dejó de vigilarle un solo segundo. La angustia que sentía la sumía en un estado de congoja permanente y, sumada a la obvia preocupación del Maestro, la situación se agravaba.

Saga apenas había dicho dos palabras desde que Shion se fuera. La amazona lo había tomado de la mano, y había tirado de él hasta el baño. Había abierto el grifo, tratando de buscar la temperatura perfecta…, como a él le gustaba. Mientras tanto, él se lavaba las manos. Con los codos apoyados en la encimera del lavabo, intentaba, de modo casi obsesivo eliminar el rastro de la sangre de sus dedos.

Sin embargo, a juzgar por el vapor que manaba del grifo, y el tono enrojecido de su piel, Deltha sabía que muchas cosas no iban bien. Se acercó a él, y lo observó por unos segundos más: frotaba con tanto ansia su mano derecha, que… La joven atrapó su mano, que ardía, entre la suya y cerró el grifo, pero Saga no la miró. Su mirada, ligeramente desenfocada y perdida, contemplaba el lavabo sin ver.

—Hey…. —susurró ella—. Vas a quemarte, Saga. Tu mano… —Se la llevó a los labios y la besó fugazmente.

—La sangre no se va.

—Está limpia…

—No, está ahí… —Y estaba limpia a los ojos de cualquiera, salvo para los suyos. La sangre de Shion y de Janelle, de muchos otros, se había hecho fuerte bajo su piel, bajo sus uñas, y Saga sabía que nada de lo que hiciera borraría aquella sensación—. Solo que tú no puedes verlo…

Deltha guardó silencio y tragó saliva. Estaba asustada. Saga… Entonces, la amazona apretó los dientes. Shion le había pedido que cuidase de él, y aunque no era necesario que él dijese nada para que lo hiciera, no iba a fallarle. No iba a dejar que Saga se hundiera aún más.

—Ven, vamos… —maniobró como pudo para quitarle la camiseta, que lanzó sin miramientos al cesto de la ropa sucia—. El baño está listo… te sentirás mejor después.

El santo asintió. Terminó de desnudarse y, cuando el agua caliente bañó su cuerpo, suspiró aliviado. Se sumergió un momento, para mojarse la melena, y cuando salió, cerró los ojos, dejando caer la cabeza hacia atrás, apoyándose en el borde.

Deltha se arrodilló junto a la bañera, y sus dedos rápidamente se enredaron en aquella cascada de seda azul. A Saga le relajaba. Paseó sus manos por su pelo, despacio y con delicadeza, arrancando un gemido apenas audible de la garganta del santo. Había perfumado el agua con sales de lavanda, y el perfume embriagaba sus fosas nasales entremezclado con el vapor.

—Cuéntame lo que pasó… —murmuró ella besando su pelo.

-X-

Después de su confesión, solamente quedó el silencio. Deltha lo miraba con ojos acuosos y los labios apretados, aunque Saga era incapaz de adivinar qué era lo que sentía: lástima por él, dolor por Aioros, miedo…

No habían salido del cuarto de baño, pero hacía rato que el agua se había enfriado y ella había insistido en sacarlo de la bañera antes de que se resfriase. Lo cierto era que no tenía energía en aquel momento para discutir, ni para acabar de vestirse —apenas se había abrochado el pantalón limpio—, ni para terminar de secarse. Se apartó la melena mojada, e intentó por todos los medios evitar la mirada triste de la amazona.

Mas Deltha no parecía dispuesta a abandonarlo: abrazó su espalda, besándola fugazmente y rodeando con los brazos la cintura del peliazul.

—Sé que no lo crees, pero lo que ha pasado… —Deltha cerró los ojos. Cada músculo del cuerpo del santo seguía tenso—. No ha sido culpa tuya.

—Del… —musitó, incapaz de decir nada más.

Continuaron así, sin despegarse, un momento más; aunque la calma reinante en Géminis contrastaba mucho con la batalla interior que libraba el peliazul. Sin embargo, de pronto, un sonido al que no estaban familiarizados interrumpió la quietud. La puerta se abrió despacio, y después de un par de aullidos lastimeros, el par de ojos negros del cachorro, se clavó en ellos.

El pequeño corrió a toda prisa hasta ellos, enredándose en las piernas del santo, y lloriqueando por su atención.

—Creo que nuestro invitado se ha sentido solo… —dijo ella, rompiendo el abrazo. Saga se agachó y lo cargó en brazos con cuidado, ganándose un lametón de agradecimiento.

—Hey, pequeñajo…

—Creo que deberíamos bañarle —las manchas sanguinolentas de su pelaje dorado eran un recordatorio constante de lo que había pasado—, y curarle esa patita.

—Sí. Se lo llevaré a Aioros, cuando… —¿Cuándo? ¡No quería afrontar ese momento! Pero quizá el cachorrito ayudase y… ¿A quién pretendía engañar? El pequeñajo, por muy adorable que fuese, nunca sustituiría a Janelle.

—Bien, pues… acicalemos a esta belleza. —Deltha miró de Saga al cachorro. De alguna manera, el perro le distraía lo suficiente como para relajar la expresión de su rostro. Acarició la cabeza del peludo y rebuscó por su collar. Tenía identificación—. Has de saber que nuestro invitado se llama… Mordisquitos. —No dejó de vigilar la expresión del peliazul y, por un momento, una minúscula sonrisa se dibujó en sus labios.

—Es…

—Vamos, Mordisquitos, te daremos un baño con el champú de Tío Saga, para que huelas a vainilla y estés todo bonito cuando vuelvas con papá.

Sabiéndose observada, abrió el grifo del lavabo y, cuando el agua estuvo lista, buscó los ojos del peliazul, que besuqueaba distraído la cabeza del pequeño.

—Mételo con cuidado y no le sueltes… —Saga asintió, e hizo tal como le pidió. Mordisquitos se revolvió inquieto y aulló disgustado, pero cuando Deltha comenzó a masajear su pelaje con el champú, se relajó—. A este golfillo coqueto le gustan los mimos y atenciones.

—Lo haces bien. —Ella sonrió. Para Saga, todo en Deltha era delicadeza, ternura.

—En Naxos compartí apartamento con una amiga que era voluntaria en un refugio de animales —explicó, adentrándose en sus recuerdos con la esperanza de distraerlo—. Aprendí muchísimas cosas interesantes y tuve un montón de inquilinos en casa: perros, gatos, un par de tortugas, una cacatúa… Normalmente eran animalitos que necesitaban ciertos cuidados: tenían algún problema por lo que el refugio no era el mejor lugar para ellos.

—¿En serio? —Ella asintió, viéndolo de soslayo.

—En más de una ocasión tuvimos alguna camada de gatitos recién nacidos a los que teníamos que alimentar con biberón. —Sonrió con nostalgia—. El problema venía cuando había que dejarles marchar...

—¿Tuviste un favorito?

—Pues… —Adoptó expresión pensativa—. Tuvimos un gato… —su risa resonó brevemente en la estancia—. Era viejo, había perdido uno de sus ojos en una pelea callejera, y cuando le rescataron descubrieron que era inmunodeficiente además de tener leucemia felina, por lo que no podía convivir con otros gatos, así que nos lo quedamos. ¡Era un gruñón! Nos bufaba a cada rato y nos mordía los pies cuando nos sentábamos en el sofá… —Buscó sus ojos. La conversación estaba funcionando, tenía la atención del santo y su cerebro había desconectado por un momento de los últimos acontecimientos—. Pero con el tiempo se le ablandó el corazón y nos tomó cariño, convirtiéndose en un viejo gruñón gordo y robamimos. Se llamaba Oreo, era negro y blanco. —Cerró el grifo—. Esto está… Deja que voy por la toalla.

Sin embargo, antes de que pudiera alcanzarla, Mordisquitos se revolvió, emitiendo un minúsculo ladrido. Y antes de que ninguno de los dos pudiera hacer nada por impedirlo, se sacudió el pelaje con gracia salpicando todo de agua.

—¡¿Pero qué..?! —Ella estalló en carcajadas, contemplando el rostro confuso y mojado del santo—. ¡Deltha! ¡Deja de reirte y ayúdame! —Pero el cachorro no había terminado, se sacudió de nuevo con más ímpetu—. ¡Mordisquitos!

—¡Dioses! ¡Eres tan gracioso ahora mismo, pronunciando su nombre! —Siguió riendo, pero rápidamente le envolvió en la toalla. Apenado, el perro aulló.

—Encima es dramático…

—Curemos esa pata antes de que cause más caos por aquí.

Deltha le tendió el cachorro envuelto en la toalla, de cuando en cuando se revolvía intentando liberarse, pero al final, el agradable calorcito terminaba convenciéndolo de disfrutar de aquel pequeño lujo.

La amazona rebuscó en el botiquín y Saga la observó sin perder detalle. Secó con cuidado el pequeño corte y lo limpió una vez más. Unas gotas de antiséptico después, Mordisquitos estaba listo para su primer vendaje.

—¿Deltha?

—¿Mmmm? —Lo miró fugazmente.

—Hay algo que no os conté —dijo él en apenas un hilo de voz.

—¿Qué es? —Preguntó con el ceño ligeramente fruncido. Saga tomó una bocanada de aire y se tomó un par de segundos para responder.

—Soñé con Ares. —Deltha entreabrió los labios sorprendida. ¡Aquel nombre maldito!—. Ha sido… —Titubeó—. En realidad, no lo entiendo muy bien, pero…

Deltha tomó al cachorro y lo dejó en el suelo. Después, sujetando la mano del santo lo arrastró hasta el dormitorio, obligándolo a sentarse en la cama, pero sin soltar su agarre.

—Tranquilo… —acarició el dorso de su mano con la yema de sus dedos.

—Pensé que solamente era una pesadilla, pero… —Negó con el rostro, con la mirada fija en el suelo, y ella se temió lo peor—. Después de escuchar a Aioros hablar de lo que pasó en Lemnos, lo que soñé no era… —Se sopló el flequillo—. No era un simple sueño. —Se mordisqueó los labios—. Ares me mostró lo que estaba ocurriendo: vi el combate, le vi volar… Me habló, me dijo… —¡Dioses! ¡Qué angustia!

—Alto, alto… ¿Te habló? —Saga asintió.

—Estaba allí, él y yo: como espectadores en las ruinas del templo de Hefesto, observando lo que sucedía. Me dijo que... que era extraño que Hefesto no estuviera en su templo, que… —empezó a hablar atropelladamente de nuevo.

—Despacio, Saga. —Lo tranquilizó, con el corazón roto. Él se tomó unos segundos para respirar hondo nuevamente y ordenar las palabras.

—Me explicó que los dioses reencarnan aunque no nos demos cuenta: no todos son belicosos. Pero que reencarnan en un cuerpo mortal porque su fortaleza aumenta de esa forma.

—Es lógico, en realidad. —Él asintió.

—Si al poder de un dios le añades el poder de un mortal escogido específicamente por él… —Se sopló el flequillo—. Sugirió que la ausencia de Hefesto en el templo era sospechosa, que quien fuera que estuviera tras esta guerra, tenía algo que ver con su ausencia.

—Entonces, no es él… —musitó aliviada. Saga la miró fugazmente.

—No, no es él. Pero…

—¿Sí?

—Creo que estaba allí buscando su Lanza Sagrada… quiere defenderse. Y si lo que dijo es cierto, antes o después… Me buscará. —El corazón de la pelipúrpura se rompió un poquito más—. Sin mí es más vulnerable: es más fácil cazar a un dios en su forma espiritual…

—¿Estás seguro de que…? —¿De qué? ¿Qué quería preguntar?

—¡No lo estaba! —exclamó, casi como un lloro, mientras se sobaba los ojos—. Pensé que solamente era otra pesadilla más, no he dejado de tenerlas desde los quince años… —Deltha apretó los labios, luchando internamente por no dejar que las lágrimas que humedecían sus ojos escapasen—. Pero ahora todo tiene sentido… No lograba despertarme, ni sentí la batalla, porque de alguna forma Ares me estaba mostrando lo que sucedía allí.

A sus palabras, solo siguió el silencio. Deltha no tenía la menor idea de cómo consolarle. Sabía que aquel era el peor fantasma de Saga: su mayor terror. No podía culparle, pero tampoco sabía cómo tranquilizarlo. Acarició su espalda, lentamente, y dejó caer la cabeza sobre su hombro. Se mordisqueó los labios con nerviosismo. Sin embargo, era consciente de lo mucho que significaba que Saga le hubiera confiado precisamente esa confesión.

Tomó su rostro entre las manos, obligándolo a mirarla.

—Gracias por confiar en mí, Saga. No voy a fallarte, te lo prometo. —Le sonrió con dulzura y después, lo atrajo en un abrazo. Cerró los ojos, conteniendo las ganas de llorar—. Pero debes hablar con Shion…

-X-

Shion entró sin hacer ningún ruido. Dio un par de pasos dentro y se detuvo a contemplar al castaño.

Aioros estaba ahí, sentado junto al lecho, sumido en el más profundo de los silencios. Su mano sostenía a la de Janelle y, hasta donde Shion alcanzaba a ver, su mirada estaba perdida también en ella. No lo escuchaba llorar y, de algún modo, eso lo tranquilizaba. Había cierta calma en él. Tal vez era falsa, pero al menos el caos parecía haber quedado atrás.

No estaba seguro de lo que debía hacer en aquel punto. No deseaba interrumpir, pero tampoco quería que estuviese más tiempo solo.

Sutilmente, se aclaró de la garganta. Solo entonces, por encima del hombro, Aioros volteó en su dirección.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó, tras unos segundos de silencio, en los que Aioros no le invitó a marcharse. Como respuesta lo vio encoger los hombros. Su mirada vacía y derrotada regresó a Janelle, y entonces Shion confirmó lo que ya sabía—. Aioros, hijo… —musitó. Avanzó para detenerse junto a él, posó las manos sobre sus hombros, con cuidado—. Lo siento tanto.

—Yo también…

—¿Hay algo que pueda hacer por ti?

—¿Puedes decirme qué pasó?

Shion se mordió el labio, con cierto nerviosismo. Contar la verdad no iba a ser sencillo, pero mentir tampoco era la opción. Sobre todo porque Aioros tenía derecho a saber. Sería completamente honesto, no ocultaría nada. Nada bueno salía de las mentiras.

Tras dejar escapar un suspiro, se sentó al borde la cama, para poder mirar al chico directamente a los ojos.

—Fue Loxia —respondió, y con la mención de aquel nombre, llegó la primera reacción de su santo. De pronto, Aioros prestó atención a sus palabras.

—¿Qué has dicho?

—Loxia es el enemigo encubierto, quien os atacó con las visiones… Quién nos ha espiado desde el principio.

—No puede ser… —Y algo, en su voz temblorosa, erizó la piel de Shion.

—Lo siento, hijo. —Estiró la mano y la posó sobre la suya—. Nos engañó a todos. Loxia es el traidor, y el asesino de Janelle.

—¿Es? ¡¿Está vivo?!

—Saga intentó detenerlo, pero usó a Janelle de escudo para comprarse unos segundos de tiempo que bastaron para que huyera.

—¿Saga estaba ahí cuando…? —El lemuriano asintió. Inconscientemente retuvo el aliento, y su cuerpo se tensó. Sin embargo, la verdad y cada detalle tenían que ver la luz. Si deseaba que Aioros y Saga se recuperasen, tenía que ser honesto con ambos.

—Janelle murió en sus brazos. Loxia la sacrificó, a sabiendas de que Saga no iba a abandonarla para ir tras él.

—¿Por qué…?

—Janelle era importante para ti, y Loxia sabía que lo que es importante para tí, lo es también para Saga.

—Saga no sabía… —Y entonces, las lágrimas brotaron sin control de sus ojos, una vez más.

—Ay, hijo. Él sabía… Sabía y sabe perfectamente lo que ella significa para ti. Tú la lloras a ella, mientras él te llora a ti.

—Nunca le dije nada…

—No era necesario que lo dijeras. Tampoco era un secreto, ¿cierto? —Aioros negó. Agachó el rostro y apretó los ojos.

—Es mi culpa. Por mi culpa está muerta…

—No, Aioros, no. —Shion le tomó del mentón y lo obligó a levantar la cabeza—. El único culpable aquí es Loxia —afirmó, sintiendo que mentía. Nada ni nadie querido para ellos estaba a salvo. De ahí que el camino de un santo siempre fuera solitario.

—Mientes y lo sabes. Si yo no me hubiera acercado a ella…

—Loxia la habría matado de todos modos. Eligió el almacén mucho antes de que tú la eligieras a ella. ¿Qué crees que iba a pasar cuando Stavros y Janelle dejasen de serle útiles? No iba a perdonarles la vida tampoco.

—Eso no lo sabes.

—Y tú no sabes lo contrario.

Aioros guardó silencio por un instante, sosteniendo la mirada del lemuriano. Entonces, soltó el rostro de su agarre y volvió a esquivarle, para centrarse únicamente en ella. Con un manotazo, enjuagó sus lágrimas.

—Loxia es el traidor, pero no deja de ser un peón, como Nomios. ¿Sabemos a quién sirve?

—Apolo.

—¿Apolo? —Frunció el ceño—. No estábamos equivocados del todo.

—No. Asterión trajo de Lemnos información complementaria que ahora, con la revelación de Loxia, se hace más valiosa.

—¿Por ejemplo?

—Preferiría reuniros a todos para hablar de ello.

—Entiendo. —No lo hacía, pero sus deseos de discutir eran nulos en aquel momento—. ¿Saga se encuentra bien?

—Está… sacudido. Mucho.

—No fue culpa suya. —Sabía que se estaba culpando de perderla. Lo conocía demasiado bien.

—Tampoco lo entiende así. —Algo más que tenían en común—. He tratado de calmarlo, pero no estoy seguro de haberlo conseguido. Además… —Hizo una pausa.

—Además, ¿qué?

—Loxia lo atacó con una visión.

—Mierda… —Aioros apretó los dientes. Una ilusión… ¿a Saga? Aquello era malo. Muy malo—. Otro maldito ilusionista… —Shion suspiró. Se guardó para sí una sonrisa de resignación.

—Sí. Aunque Saga piensa que es más que eso. —Intrigado, Aioros lo miró de soslayo por un segundo—. Al parecer, cree que puede ver el futuro.

—¿Qué?

—Le ha mostrado cosas del pasado que, según él son completamente ciertas. Así que si conoce el pasado, y siendo Apolo el dios de la profecía…

—Y una mierda, Shion. No puede ser… —Perdió la mirada en el rostro de Janelle. Sus manos acariciaron con cuidado los rizos castaños.

—Yo mismo no quiero creerlo, pero es una posibilidad que tenemos que contemplar.

El silencio se hizo entre los dos. Los ojos de Aioros parecían no tener más interés que Janelle, mientras Shion solo quería saber lo que cruzaba por su cabeza. De pronto, cuando sentía que no podría más con la angustia, lo oyó chasquear la lengua.

—Entonces, espero que de verdad sea clarividente —devolvió su mirada azul hacia él y, por la forma en que ojos brillaron a través de lo que quedaba de las lágrimas, Shion sintió la sangre helarse en sus venas—, porque así Loxia sabrá dos cosas: que ha fallado en sus intentos de separarme de Saga… y que voy a matarlo.

—Aioros… —musitó su nombre.

Sin embargo, se sobresaltó aún más cuando lo vio ponerse de pie. Aioros acarició una última vez la cabellera castaña de Janelle y besó su frente con mimo.

"Te quiero. Quizás nos veamos pronto…"

Era la despedida.

—Llama a Saga, necesito hablarle —pidió al lemuriano y, para sus adentros, Shion se sobresaltó—. Apolo, Loxia, Nomios y quién sea que se ponga en nuestro camino… Ninguno va a ganar. No vamos a permitirselo.

Una liberadora sensación de paz sobrecogió al peliverde, que rápidamente fue sustituida por un orgullo infinito. Sus niños estarían bien…

No, ya no eran niños. Eran hombres, eran santos.

Y como el fénix, se levantaban de sus cenizas.

-X-

Cuando la voz de Shion resonó en su mente pidiendo verle en sus aposentos privados del templo papal, Saga sintió su corazón detenerse por un instante para volver a arrancar desbocado segundos después. Intentó no pensar demasiado en ello. Tomó al cachorro en brazos, se despidió de Deltha y se marchó.

Titubeante, llamó a la puerta y, de modo casi inmediato, Arles abrió.

—Pasa, pasa —dijo. Él obedeció—. ¿Cómo estás…?

—Bien —respondió de modo automático, pero Arles lo conocía demasiado bien como para saber que mentía. Lo había criado, después de todo.

Los ojos de Aioria —que hasta entonces había esperado con nerviosismo y la mirada perdida en el paisaje tras la ventana— se clavaron en él inmediatamente. El peliazul tragó saliva y se las ingenió para fijar la mirada en cualquier otro lado de la sala de estar que no fueran sus acompañantes. No creía ser capaz de poder lidiar con la faceta protectora y el carácter explosivo del joven león en aquel momento.

—Te están esperando en la habitación —aclaró Arles, estrechando su hombro con suavidad. Saga solamente asintió.

Aioria entreabrió los labios pero, sorprendentemente, no atinó a decir nada. Quería saber qué había pasado, quería entender cómo había sido posible que Saga hubiera permitido que aquello sucediera y cómo había dejado que Loxia escapara con vida. Quería… Apretó los dientes y negó para sí mismo.

En realidad, solamente quería que Aioros y Saga estuvieran bien.

Ya había contemplado a su hermano y recogido los pedazos. Mas ahora veía la otra cara de la moneda. Estaba acostumbrado a la actitud subida del peliazul, a su apariencia estoica, a su gesto inmune a todo. No a aquel rostro agotado, triste e incapaz de mantener su mirada, abrazado a un cachorro. Aquel no era el Saga que le sacaba de quicio tanto como admiraba.

Maldijo mentalmente una vez más, prometiendose a sí mismo que se cobrarían todas y cada una de las heridas infligidas.

—¡Saga! —El gemelo se quedó quieto, apenas a unos centímetros del pomo de la puerta, pero no volteó a verlo—. Saldremos de esta. —Saga apenas asintió perceptiblemente, después tocó la puerta del dormitorio con mano temblorosa y abrió cuando escuchó la voz de Shion invitándolo a entrar.

-X-

Cerró la puerta tras de sí. Intentó respirar hondo, pero fue incapaz. Se humedeció los labios y, armándose de valor, alzó el rostro en busca de Shion.

—¿Pudiste descansar un poco? —preguntó el peliverde, intentando romper el hielo de aquel encuentro. Saga asintió, pero su rostro decía otra cosa. Lucía terriblemente cansado, aunque la ausencia de sangre y la ropa limpia era una mejora importante—. Ven, siéntate.

Pero el geminiano se quedó quieto donde estaba. Sus ojos habían encontrado, finalmente, a Aioros; sentado al borde de la cama. Apenas miró su rostro un segundo, mas fue suficiente para vislumbrar la mirada cristalina.

El arquero tampoco supo cómo reaccionar. Había pensado en un par de cosas que quería decirle cuando lo tuviera enfrente, pero verlo ahí, abrazando a Mordisquitos con mimo, le robó el habla.

—Traje a alguien que te necesita… —musitó el peliazul, con voz raspada. Acarició las orejas del pequeño una última vez y, finalmente, lo colocó en los brazos del castaño. El cachorro se revolvió contento, regalando un par de lametones a modo de saludo al arquero.

—Hey… —saludó, dejándose querer. Cerró los ojos por un momento cuando, de nuevo, sintió las lágrimas agolpándose en ellos. Él era lo único que le quedaba de Janelle.

Hundió el rostro en el pelaje dorado. El cachorro olía distinto, pero era un aroma agradable y familiar. Pasó unos segundos así, quieto, hasta que finalmente abrió los ojos. Lo contempló un momento, disfrutando de sus carantoñas.

—Tienes una capa nueva… —Mordisquitos ladró, como si hubiera entendido perfectamente su pregunta, y Aioros sonrió brevemente.

—Lo bañamos y le curamos un corte en la patita… —Alzó el rostro un momento cuando escuchó a Saga—. Lo tuve envuelto en mi capa un rato y le gustó, así que… —Se encogió de hombros—, es suya ahora.

Shion, apoyado en la puerta, vio del cachorro al peliazul. De algún modo, Saga —suponía que con ayuda de Deltha— se las había ingeniado para colocar parte de su capa de seda abrochada al collar. Expectante, esperó por la reacción de Aioros.

El arquero se humedeció los labios y dejó al perro en el suelo. El nudo de su garganta le impedía hablar. Se levantó de la cama con esfuerzo, apretando los dientes: cada herida de su cuerpo dolía, pero no más que su corazón. Shion lo sabía de sobra.

Saga, mientras tanto, se había quedado quieto como una estatua. El poco color que su rostro había recuperado, se esfumó en el momento en que vio a Aioros levantarse. De igual modo, el lemuriano se tensó.

Sin embargo, aunque el dolor del rostro de su santo de Sagitario no disminuía, había algo más tiñendo sus facciones: decisión, fuerza. Ladeó el rostro ligeramente, buscando la mirada escurridiza del peliazul.

—Saga —dijo con firmeza. El gemelo alzó la vista.

Finalmente, ambos estaban frente a frente, mirándose a la cara.

Aioros se sorprendió al percibir con facilidad tantos detalles en aquel rostro amigo: cansancio, dolor, ira… miedo, culpabilidad. Negó con un movimiento de su cabeza. No era aquello lo que quería ver.

Después, sin pensarlo dos veces, sus brazos rodearon a Saga, atrayéndolo hacia sí en un abrazo.

El peliazul se quedó petrificado, su cuerpo estaba tan tenso que casi dolía, pero a Aioros no le sorprendió aquella reacción. Saga no estaba acostumbrado a las muestras de cariño, y él no podía decir cuándo había sido la última vez que lo había abrazado. Hacía… ¿cuánto? ¿Veinte años?

Se maldijo a sí mismo, recordando la palabras que su madre solía repetirle cuando aquella vida en el Santuario no estaba siquiera en su horizonte. "Muestrale cariño a las personas importantes para tí: para que no olviden que les quieres". Después, solía abrazarlo mientras él, jugando, forcejeaba por huir... claudicando cuando la risa de ella se fundía con los millones de besos que le regalaba.

¿Había algo más especial que sentirse amado?

—No es tu culpa.

Entonces, lo sintió deshacerse. Saga cedió finalmente al abrazo, hundiendo el rostro en su hombro. Aioros sintió sus manos temblar e, ignorando el dolor de sus heridas, lo estrechó aún más.

—No es tu culpa, Saga —repitió.

—Lo siento, Aioros. Yo…

Aioros se separó, buscando su mirada nuevamente.

—Debí… —¿Qué? ¿Qué más debió hacer?—. Lo siento muchísimo…

—Lo sé… —musitó, con voz temblorosa. Escucharle hablar atropelladamente era terrible, francamente.

—No pude salvarla. —Un par de lágrimas traicionaron la voluntad del arquero rodando por sus mejillas. Saga se mordió los labios y desvió la mirada, quiso darse la vuelta e irse, pero la mano de Aioros sujetando su brazo se lo impidió.

—Escuchame, Saga —habló con firmeza a pesar del llanto incontenible—. He perdido a Janelle —y al decirlo en voz alta, el corazón de ambos se rompió un poquito más—. Ella… trajo felicidad, trajo risa y alegría a mi vida cuando pensé que… —negó—. Pero si Loxia o Apolo piensan que también voy a perderte a tí por esto… están terriblemente equivocados.

Desde su sitio, Shion sonrió con orgullo.

—Eres mi hermano —lo dijo con una convicción que Saga no le había escuchado en muchísimo tiempo—. Y durante todo este tiempo han intentado separarnos y destruirnos: todas esas ilusiones solo fueron un intento por despertar demonios pasados, que por un momento casi funcionaron. Pero… —respiró hondo y apretó los puños—, Loxia se ha equivocado hoy. Se ha equivocado terriblemente.

Aioros se aseguró una vez más de que el peliazul le sostuviera la mirada.

—Nos han golpeado y nos han tumbado. —Primero Nomios, después Loxia—. Pero cometieron un error gravísimo: no nos mataron cuando tuvieron la ocasión.

Saga no pestañeó siquiera. Escuchar esa fortaleza y convicción en labios de Aioros, cuando las lágrimas corrían por su rostro, no era lo que había esperado cuando Shion lo llamó. Era… impresionante.

—Así que lloremos ahora, porque vamos a levantarnos más fuertes. —Saga solamente atinó a asentir—. Además… esto es tuyo.

Tomó su mano y depositó algo en ella. El peliazul agachó el rostro con curiosidad, y cuando los dedos de Aioros se retiraron, la pluma dorada resplandeció. Sus labios temblaron y sus ojos humedecidos buscaron de nuevo al arquero. Aioros solamente sonrió ligeramente. Saga atinó a colgársela del cuello, suponía que Shion había arreglado la cadena rota en su arrebato de autodestrucción etílica tiempo atrás.

—Ahora, sentémonos y cuéntame qué ha pasado.

Continuará...—

NdA:

Loxia: ¡Prestad atención! Además de derrotar a sus supremamente estúpidas Ilustrísimas, también hemos tomado control de la sección de comentarios.

Nomios: ¡Salve el señor Apolo!

Loxia: Si a estas alturas ya sabiais que Apolo era el dios detrás de la conspiración, ¡enhorabuena! O sois fanáticos de la Mitología Griega…

Nomios: O sabéis usar Google.

Loxia: Sino... ¡Sorpresa!

Kanon: ¡Eh! Un momento, un momento... Sus Ilustrísimas están KO, pero yo estoy a cargo :D

Nomios: Oh, genial. ¡Loxia! ¡Creí que habías acabado con las cucarachas por un rato!

Loxia: Aplasté a la grande, esperaba que las pequeñas se espantaran y se escondieran... Además, ¡se supone que tú tenías que encargarte de la cucaracha voladora!

Nomios: Aparecieron más cucarachas a traición...

Kanon: Odio a las cucarachas voladoras D:

Nomios: Ya tenemos algo en común…

Sun: ¡Silencio todos! ¡Aquí las únicas que mandan somos las Malvadas! ¡Wahaha!

Damis: ¡Wahahahahaha! ¡El reinado malvado comienza! ¡Preparaos todos!

Kanon: ¡Una cucaracha voladora!

Malvadas: ¡Nooooooooooooooooo!

Loxia: ...Creo que debemos despedirnos hasta el próximo capítulo. Han encontrado a su archienemigo…

Kanon: ¡Venganza!

Malvadas: ¡Cuidaos, por favor! ¡Esperamos que estéis bien todxs!

Kanon: #QuédateEnCasa y #DejaReviews

Malvadas: OUT!