Capítulo 62: Nunca solos

Si el día le había resultado eterno, entonces la noche le fue agónica. Kanon había tratado con todas sus fuerzas de mantener su atención fija en el trabajo. Sin embargo, no había podido evitar que los nervios se apoderasen de él cuando sintió el cosmos de Saga abandonando Géminis con dirección al templo papal. En ese momento, su atención se había dividido entre el resto de los chicos y las acciones en el templo. No estaba seguro de lo que iba a resultar de una reunión entre su hermano y el arquero bajo —considerando las circunstancias—, así como tampoco estaba seguro del por qué Shion la había permitido tan prematuramente.

Solo respiró aliviado cuando sintió a Saga retornando a Géminis, minutos más tarde, sin que ningún conato de violencia explotara durante su estancia con Aioros. Le había tomado un rato decidirse a llamar a Shion para preguntarle por lo sucedido. Pero cuando el viejo le confirmó que la reunión entre los dos se realizó sin contratiempos ni problemas —y sobre todo, cuando percibió el optimismo en la voz cósmica y cansada del lemuriano—, se sintió infinitamente aliviado.

A partir de ese punto el trabajo se le hizo más llevadero. Se permitió reflexionar acerca de lo sucedido y, en un momento de iluminación, reparó en lo orgulloso que se sentía de sus hermanos pequeños.

Estaba seguro de que la situación había sido tan terrible para ellos como para él —incluso más, dada su cercanía y sentido de protección hacia Saga y Aioros—, y a pesar de todo, habían hecho un trabajo impecable. Ninguno se había quejado de lo largo del día y del hastío de aquella noche sin fin. En vez de eso, habían enfocado cada gota de energía en su trabajo. En hacerlo bien. En honrar y enorgullecer a sus hermanos caídos.

Dioses, aquellos niños eran excepcionales.

Sin embargo, Kanon sabía que no eran incansable y que, al igual que él mismo, el tiempo transcurrido empezaba a convertirse en cansancio. No se trataba solo de cumplir con sus asignaciones, sino también de lidiar y controlar el estrés al que Apolo y sus bastardos los habían sometido en el último día y medio.

Quizás por eso, cuando los primeros rayos del sol despuntaron en el horizonte, anunciando la llegada de un nuevo día, una marea de sentimientos encontrados lo invadió.

Por un lado, festejaba el final de una noche demasiado larga, sin inconvenientes. Por el otro, el sol… El maldito sol.

Bufó.

La última responsabilidad que Shion había confiado en sus manos era resguardar a los aldeanos y soldados quienes, durante toda la madrugada, habían trabajado sin descanso para armar las piras funerarias de Janelle y Stavros. El por qué Kanon había decidido llevar a cabo esa vigilia él mismo, cuando bien pudo confiarla a cualquier otro santo medianamente útil, era un misterio incluso para él.

Quizás se debía a su renuencia por regresar a Géminis. Y, no, su ausencia del tercer templo no era a causa de un disgusto con su gemelo, ni tampoco era apatía hacia él. Era miedo —puro y genuino—; miedo a lo que encontraría al volver, miedo a encontrarse con un Saga destrozado, miedo de saberse incapaz de ayudarlo, o de recoger lo que quedaba de él tras el fatídico día anterior. Joder, ya lo había visto en el almacén: roto, perdido, derrotado… Todo lo que su hermano no era. No quería siquiera imaginar lo que podría encontrarse cuando volvieran a verse.

Aunque… Quedarse y vigilar el último reposo de Stavros y Janelle podía ser también un gesto de empatía. Pero, ¿empatía hacia quién?

¿Hacia los muertos? Por el final injusto y cruel que una guerra no declarada había puesto a sus vidas… ¿O, quizás hacia el arquero?

Aioros y él no tenían nada en común. La última sonrisa sincera que habían compartido sucedió años atrás, tantos, que Kanon era incapaz de recordarla. Incluso después de la resurrección, su relación había sido rocosa. Para él, Aioros no era nada más que una molestia; el hijo perfecto, el santo intachable, el hombre idealista, el héroe… Todo lo que él no era.

Sin embargo, las últimas semanas lo habían hecho mirar al arquero con ojos diferentes. De alguna forma seguía siendo una molestia, pero una molestia respetable. De pronto había dejado de verlo como a un niño fastidioso, y encontró en él atisbos del santo en el que pudo haberse convertido de haber sobrevivido a la adolescencia. Además, estaba aquella silente alianza con Saga que, inesperadamente, los había convertido en ser idílico. Joder… Las cosas que pudieron haberse logrado quince años atrás…

Estúpido arquero, estúpido Aioros que por un breve momento le había hecho mirarle hacia arriba, y ahora… Mierda, simplemente se sentía mal ignorar por lo que estaba pasando. Kanon no podía hacer tal cosa.

—¿No te vas a casa? —Al escuchar la voz de Milo, abandonó por un rato sus pensamientos y regresó a aquel rincón de la playa que colindaba con el cementerio, donde no había más que paz.

—Casi han terminado de armar las piras. Iré cuando esté listo.

—¿Sabes algo de Saga y Aioros? —Esta vez fue Camus quien lo cuestionó. Como respuesta, encogió los hombros.

—El viejo dice que han hablado. Están lejos de sentirse mejor, pero está optimista ante lo que sea que haya visto. —Kanon se sopló el flequillo—. Después del funeral convocará a una reunión de los doce, donde dijo que nos explicará todo.

—Mientras se encuentren bien…

Bien no es la palabra, Shura —terció el gemelo—. Saga y el arquero no estarán bien en mucho tiempo. Pero son fuertes, resistirán.

Ojalá Kanon hubiese podido sentirse tan confiado de aquella aseveración como había sonado. Pero no era así. Su optimismo no era más que una fachada —o, quizás, un muy secreto y ferviente deseo— que le permitía mantenerse entero a mitad de esa tormenta de incertidumbre.

—Kanon, disculpa… —Uno de los guardias encargado de las piras se acercó a él. El chico se aclaró la garganta y le ofreció una reverencia, en un gesto de respeto totalmente inesperado por el gemelo—. Hemos terminado aquí.

—¿Está listo? ¿Seguro?

—S-sí… —El joven titubeó.

—Vale. Aseguraos que los aldeanos regresen a casa a salvo. Después, podéis hacer lo propio. Buen trabajo…

El guardia ya no respondió. Con una sonrisa y una reverencia más le confirmó que lo había escuchado e, inmediatamente después, corrió hacia sus compañeros para acatar las órdenes del santo. Kanon se sorprendió a sí mismo. ¡Cuánto habían cambiado las cosas! Cuánto había cambiado él…

—Supongo que es hora de irnos —bufó—. Tenemos poco menos de un par de horas para comer algo, tomar una ducha, vestirnos decentemente y volver aquí, para el funeral.

—Mierda —Milo masculló—, tengo un par de horas para conseguir ropa decente para un funeral…

—Algo debes de tener en tu armario.

—Todos los funerales a los que he asistido han sido funerales de Estado. —Y el corazón se le arrugó al recordar los rostros pálidos y marchitos de Viggo, de Camus, de Shura, de Saga. Ahora, incluso le dolía recordar a Ángelo y a Afrodita. Dioses, odiaba vivir tan cerca de la muerte—. Pero supongo que es de mal gusto vestir la armadura en un funeral de civiles.

—Lo es.

—¿Ves? Mierda.

—Te prestaré algo… —Shura, como siempre, se ofreció a ayudar.

—Gracias, cabra.

—Pues, vale, a mover el culo. Pasaré por el templo para informarle a Shion de la noche, aunque no hay nada que decir. ¿Queréis que os lleve?

—No, está bien. Ve al templo y termina tus asuntos con el viejo. A nosotros nos hará bien caminar un rato. A pesar de todo, la mañana es bonita.

Levantaron la vista y, por primera vez en meses, el cielo sobre sus cabezas se pintaba de un azul infinito y perfecto que se perdía en el horizonte al encontrarse con el Egeo. No había una sola nube empañando la luz de aquel día. Era simplemente radiante.

Irónico… o burlesco.

—Vale, os veré después. —Kanon agitó la mano en el aire y se dio la vuelta para alejarse un par de pasos de ellos. Después, abrió el portal de la Otra Dimensión, cuya oscuridad absoluta contrastaba con la luz de la mañana. Sin embargo, cuando estaba a punto de ser devorado por el vortix, escuchó su nombre.

—¡Kanon! —El gemelo volteó hacia Shura, y descubrió que las miradas de los tres chicos estaban sobre él—. Has hecho un gran trabajo durante todo este tiempo…

—No estoy de seguro de que hubiésemos podido sacar adelante esto sin tí —complementó Camus.

Por un segundo, Kanon no supo qué decir. Ladeó la cabeza, descolocado y sorprendido ante aquel sincero reconocimiento de su trabajo y, finalmente —cuando vio a Milo sonreír tras el otro par—, correspondió con un suave asentir.

—Nos veremos en un rato.

Y sin más preámbulos, desapareció de ahí.

-X-

Tan pronto se hubo autorizado que terminasen con su vigilancia, Naia corrió a casa. Se dio un baño, mordisqueó una galleta —a pesar de sentirse inapetente—, se vistió y, tras hacer acopio de fuerzas, emprendió la marcha rumbo a Sagitario.

Un rato antes había percibido el cosmos de Shion moviéndose en dirección a la novena casa. Poco después, lo sintió marchar de regreso al templo papal, dejando a Aioros y a Aioria atrás. Fue en ese momento que se decidió a ir en su búsqueda. Su último encuentro con el maestro había sido exitoso, pero no estaba dispuesta a probar suerte. Quería y necesitaba hablar con Aioros, más no deseaba hacerlo bajo los ojos celosos y sobreprotectores de Su Excelencia.

Cuando pasó por Géminis, durante el trayecto de subida, y sintió el cosmos de Saga a la distancia, en los privados, el corazón se le encogió y una súbita tristeza la invadió. Dioses, Aioros estaba sufriendo… Pero Saga también.

Sin embargo, por mucho que le doliera, a Saga no podía ayudarlo. Al menos Deltha estaba ahí, a su lado, y si alguien podría traerle algo de paz, era ella. Deltha siempre había tenido un talento para eso: para ser dulce, pero también fuerte; para escuchar y comprender. Naia no podía negarlo, y aunque alguna vez hubiese querido ser ella quien estuviese al lado del gemelo durante una situación como aquella, sabía que estaba en las manos correctas.

Apretó el paso y un rato después, llegó a Sagitario.

Entró despacio, esforzándose por ser discreta y silenciosa. Pero no contaba con que al abrir la puerta de los privados, un pequeño aullido seguido de una sinfonía de ladridos delatarían su presencia.

—Pero, ¿qué…? —Se quedó quieta, observando a la graciosa bola de pelos que correteaba a su alrededor, haciendo de su presencia todo un escándalo. De todas las cosas que esperaba encontrar en Sagitario, el cachorro era la opción más adorable y mona. ¡Entre todo lo que había sucedido, se había olvidado por completo de él!

—¡Eh! ¡Quieto, Mordis! ¡Quieto! —Aioria apareció unos segundos después, y pillando a la pequeña bestia por la espalda, lo tomó en brazos, a pesar de sus quejas —. ¡Dioses! ¡¿Ahora vas a morderme también?! —Se quejó el santo cuando el cachorro intentó lanzarle una mordida.

—Vale, que no esperaba este recibimiento…

—¿Estás bien? —Aioria le preguntó. Mordis respondió al asentir de la amazona con otro aullido—. Ya, ya, pequeño travieso. Has asustado a Naia.

—Asustado no es la palabra. —El perro aulló de nuevo—. No sabía que estaba aquí.

—Saga lo encontró y se lo entregó a Aioros.

—¿De verdad?

—Sí. El Maestro ha accedido a que viva en Sagitario, siempre y cuando no se vuelva un problema para Aioros.

—Pues espero que el escándalo no sea considerado como problema. —Como si comprendiese sus palabras, Mordisquitos gruñó. Sin embargo, cuando la morena se acercó y acarició con mimo sus orejas, el cachorro se rindió ante sus caricias y se tranquilizó—. Te gustan los mimos, ¿eh? —Después, la amazona devolvió su atención al santo de Leo—. ¿Aioros…?

—Está en la habitación. Estaba ayudándole a vestirse cuando este pequeño travieso comenzó con el escándalo.

—¿Cómo se encuentra? —Aioria soltó un suspiro y se encogió de hombros. No era necesario decir más—. Entiendo… ¿Crees que pueda verle un ratito?

—Adelante. Aprovecharé que estás con él para servirle el desayuno a la bola de pelos y para prepararle algo, en caso de que quiera comer.

—Vale, gracias.

Naia asintió y tras rascar una vez más las orejas del cachorro, continuó su camino hacia la recámara de Aioros. Cuando por fin se encontró frente a la puerta, se mordió el labio y suspiró, en un gesto de genuino nerviosismo.

Una parte de ella se sentía terriblemente culpable de lo que había sucedido. Después de todo, fue ella quien incitó a Aioros para ir tras Janelle. Ahora, Janelle estaba muerta y Aioros destrozado. Y... Naia no tenía palabras para consolarlo. Deseaba estar a su lado, y aunque no fuera mucho, quería que su compañía le hiciera sentir querido. Sí, a eso había ido.

Por fin, tras un par de segundos que tomó para calmarse, levantó la mano y golpeó a la puerta.

—Aioros, soy Naia. ¿Puedo pasar?

-X-

Había cierta paz en el rostro de Aioros que Naiara no había esperado. Su mirada azul, sin embargo, acusaba una marea de emociones.

Primero, y sobre todo, estaba la tristeza. Aquel par de trozos de cielo lucían cristalinos, y el brillo que ostentaban usualmente se había apagado. Sus párpados estaban ligeramente hinchados, inequívoca señal de que había estado llorando. Luego estaba el cansancio, evidente en las marcas oscuras alrededor de sus ojos que resaltaban a causa de la palidez de su piel. El sutil sonrojo natural de sus mejillas estaba ausente y bastaba con ver las decenas de heridas alrededor de todo su cuerpo para entender el porqué. Por último, Naia encontró valentía en su semblante, y esa fuerza que sintió en él la conmovió tanto como la tranquilizó.

Cuando él la vio, le sonrió. Fue una sonrisa triste y apagada, pero Naia sabía que era sincera. Sin pensarlo dos veces, con tanto cuidado como pudo, lo abrazó.

—Lo siento tanto… —musitó cuando lo sintió devolviendo el abrazo y escuchó el sollozo ahogado en su pecho—. Estoy aquí, ¿de acuerdo? Para lo que necesites.

—Gracias.

Naia rompió el abrazo y secó con mimo una lágrima traicionera que escapó de los ojos del arquero. Después lo tomó de las manos y lo guió para que se sentara junto a ella en la cama.

—¿Cómo te encuentras? —Le preguntó en un murmullo, sin soltar sus manos.

—Cansado, aturdido… Por momentos se siente como si todo fuera una mal sueño y solo tuviera que despertar, pero luego… —La voz se le atoró y la amazona apretó un poquito más sus manos.

—Todo ha sido muy rápido y aún es pronto para acostumbrarse.

—No sé si me acostumbraré a su ausencia.

—Lo harás, pero la echarás de menos cada día. Acostumbrarte a su ausencia no significa olvidarla. Ella siempre estará contigo, Aioros… Acostumbrarse simplemente es sobrevivir. Pero creo que eso ya lo sabes —añadió con dulzura.

Después de todo, si alguien podía sobrevivir a una pérdida así sin perderse en la amargura, era él. Ya lo había hecho una vez, años atrás, cuando siendo niño perdió a sus padres, y Naia confiaba en que lo haría de nuevo. Solo necesitaba algo de tiempo y todo el cariño que pudiesen darle.

—¿Irás al funeral? —preguntó él cuando reparó en el peplo gris que vestía. La amazona asintió.

—Sabes que sí. Muchísimas personas más y yo estaremos ahí a tu lado, porque te queremos.

—Gracias.

Permanecieron ahí, en silencio, durante algunos segundos, hasta que la morena se levantó y buscó por la camisa, para ayudarlo a terminar de vestirse. El olor del café recién hecho llegó hasta la habitación y supuso que Aioria pronto se asomaría por ahí.

—Ven, te ayudo con esto. Aioria está ocupado con tu nuevo inquilino.

—¿Conociste a Mordis?

—Intentó devorarme nomás atravesé la puerta —rió, y lo escuchó reír también. Aunque la risa fue breve y se pagó con un quejido de dolor, cuando curvó los brazos para ponerse la camisa.

—Es muy mono.

—Lo es, lo es.

—Saga lo encontró en el almacén y lo cuidó. Hasta le regaló un trozo de su capa. —Naia sonrió al escucharlo.

—Saga y tú… ¿estáis bien?

—Sí —dijo, sin un ápice de duda. La amazona se permitió respirar tranquila—. Hemos arreglado las cosas. Toda esta tragedia no tendrá el efecto que Loxia buscaba, no van a separarnos de nuevo. Ya no más.

—No sabes cuándo me alegra y tranquiliza escucharte hablar así. —Se plantó delante de él para terminar de abotonar la camisa y le sonrió—. Sé que las cosas entre vosotros han estado mal en las últimas semanas, pero tú y Saga representáis la esperanza de esta orden. Tendréis muchos defectos y os sentiréis pequeños en ocasiones, Aioros, pero no hay nadie, absolutamente nadie en el Santuario, que no os mire con admiración. —Por un segundo, fue ella quien bajó la mirada y contuvo las lágrimas—. Yo os admiro por vuestra fuerza, vuestra entereza… Porque con todo lo que habéis vivido, seguís teniendo un corazón que vale vuestro peso en oro. Y por eso, me duele tanto verte sufrir como ahora.

—Naia…

—Es verdad. —Levantó el rostro y le sonrió, a pesar de que la mirada violeta se notaba empañada en lágrimas—. Así que quiero que sepas, que si necesitas hablar, estoy para escucharte. Si necesitas llorar, te presto mi hombro para que lo hagas. Si necesitas ser tú, Aioros, no el santo de Sagitario, estoy aquí para ti… Si necesitas maldecir, maldeciré contigo; si necesitas beber, beberé contigo, aunque Shion nos mate después a ambos… —Ambos rieron entre lágrimas—. Para lo que necesites, cuenta conmigo, ¿vale?

Aioros no tuvo más decir, y solo atinó a abrazarla sin importarle el dolor de sus heridas al hacerlo. Los brazos de Naia lo rodearon y, una vez más, se encontró llorando.

Pero no lloraba solo, nunca lo haría. Había gente que lo quería y que siempre estaría alrededor de él para sostenerlo.

Y luego, siempre estaría Janelle, a su lado, aunque no pudiera verla.

-X-

Una apropiada calma se había hecho con aquel aciago día. El sol brillaba entre esponjosas nubes de algodón y la brisa, suave y sutil, apenas acariciaba la arena de la playa. El usual graznido de las gaviotas sobre el puerto se había esfumado y, solamente de cuando en cuando, las golondrinas quebraban aquel silencio con su trinar entremezclado con el romper de las olas.

El Santuario se había erigido muchos siglos atrás en torno al mar, por lo que eran numerosas las playas y calas que adornaban su costa, abrigadas por los acantilados de roca escarpada. Cabo Sunion se dibujaba siempre en el horizonte como el límite del reino con la realidad del mundo mortal. Y Rodorio, que siempre había soportado las embestidas de la guerra con maestría, robaba un poco de aquellas tierras místicas para sí. El minúsculo puerto se adentraba en la tierra en una pequeña bahía, y al otro lado del muelle, una cala de arena blanca se extendía unas decenas de metros a la sombra de los pinos mediterráneos.

El camino empedrado que llevaba a ella, continuaba hasta el corazón del Santuario, dibujando uno más de tantos senderos que surcaban aquellas tierras. Sin embargo, conforme a las antiguas tradiciones, el cementerio de la aldea se erigía ahí mismo, unos metros alejado del extremo de la playa y a un lado del camino.

Nada tenía que ver con el cementerio descuidado y decrépito de los santos: flores decoraban las impolutas tumbas aquí y allá, y apenas había un rastro de maleza invadiendo las lápidas blanquecinas con olor a sal. La diferencia radicaba en que, simplemente, el cementerio civil recibía visitas. Los muertos dejaban un rastro de llanto y dolor tras de sí en sus seres queridos, que como en cualquier lugar del mundo… necesitaban tener un lugar donde llorarlos a lo largo del tiempo.

Los santos eran diferentes: siempre condenados a un destino de soledad y muerte prematura, de olvido. Sin dejar nadie atrás que pudiera llorarles más allá de unos pocos meses como mucho.

Las piras de Stavros y Janelle se habían armado al final de la cala, a los pies del cementerio. Probablemente ni un solo aldeano había faltado a la sobria ceremonia que, sin embargo, había tenido visitantes mucho más ilustres de lo usual, dadas las circunstancias. Los trece santos de oro, incluso el Maestro, Arles y la propia princesa, se habían acercado a presentar sus respetos.

La mayoría ni siquiera conocía a Janelle, pero si estaban ahí, era por un motivo muy claro: Aioros. No pensaban dejarle solo en su dolor. Eran hermanos, y en esta nueva vida era hora de demostrarlo: juntos en las buenas y en las malas. El arquero no merecía la soledad en un trance así.

Lo mismo había pensado su propio equipo; puesto que Tatiana, Asterión y Spartan habían comprendido que después de lo que había sucedido en Lemnos, les unían lazos mucho más fuertes de lo que nunca hubieran imaginado. Aioros no era solamente su líder de equipo, su superior… Aioros era un amigo, uno que había estado dispuesto a dar su vida por ellos sin siquiera pestañear. Y esa realidad era una que, al menos los dos más jóvenes, no conocían, pero que no pensaban desaprovechar. Si algo podían hacer por el arquero dorado, aunque solo fuera mostrar su apoyo mudo en aquel momento… lo harían.

Para Tatiana era otra historia. Ella venía de otro tiempo, uno mucho más cercano a Aioros, y sentía lo que había sucedido de un modo diferente. Cuando ambos eran unos adolescentes, apenas habían cruzado palabras en un par de ocasiones, pero ahora… que además de compartir equipo, compartían un vínculo que podía definirse a esas alturas como familiar, las cosas eran diferentes. Claro que su mirada de plata no podía dejar de buscar, con cierto disimulo, la mirada de aquel a quien sí conocía mucho mejor y que, aunque de otra forma, estaba igual de destrozado: Saga.

Argol y Jabu habían ido con Asterión y Spartan, en silencio. Nadie les había pedido que estuvieran allí, a ninguno. Pero un acuerdo silencioso les había terminado conduciendo al mismo lugar, por el mismo motivo: querían a a los dos santos como no habían imaginado hacerlo nunca. Ella se alegró infinitamente al comprobar que el lazo no había sido únicamente una impresión suya, sino que era muy real. Los equipos comenzaban a ser un sustento importantísimo para todos los componentes, vistieran oro o no.

Incluso Shaina había venido. Aunque si ella lo había hecho únicamente por Milo, o por el equipo, era una incógnita para Tatiana. La Cobra era, simplemente, inaccesible para todo el mundo.

En aquel momento, las piras comenzaron a arder, y todo pensamiento quedó difuminado por el humo y el inconfundible aroma de la muerte. Miró a Aioros de soslayo por un instante, descubriendo las lágrimas traicioneras surcando sus mejillas en silencio, y el suelo se movió ligeramente bajo los pies siempre firmes de la amazona. Ver llorar a un santo dorado era tan doloroso como impresionante.

Echó un rápido vistazo cómplice a Shura, estrechó su mano, y después volvió la vista al frente. Inspiró hondo y cerró los ojos.

-X-

Las llamas comenzaron a arder con perezosa lentitud, como si no quisieran ser partícipes de aquella prematura despedida. Los troncos que conformaban la pira, cuidadosamente construida por las manos de los propios aldeanos, comenzaron a oscurecerse, y el calor del fuego creciente no tardó en quebrar las pequeñas vasijas de porcelana que habían colocado a modo de ajuar. El olor de la lavanda consumiéndose y otras hierbas aromáticas que contenían, no tardó en inundar el ambiente, hasta que al fin, las lenguas de fuego se atrevieron a tocar aquel hermoso y joven cuerpo.

Después, Saga se obligó a retirar la mirada. Evitó, por todos los medios, mirar a Aioros, pero fue imposible. La pose tensa, y a la vez ligeramente deshecha, del arquero delataba su sentir. Desde donde él estaba —apartado, pero lo suficientemente cerca cómo para disimular su ansiedad por desaparecer—, pudo ver sus lágrimas por un instante. No fue capaz de mirarlas por más tiempo.

El gemelo buscó el siempre relajante ir y venir del mar. Quiso centrar su atención en la espuma blanca de las olas, en las minúsculas huellas de los pequeños chorlitos que picoteaban la arena en busca de sustento, jugando con el vaivén de las aguas… Pero en algún momento, sus propios ojos se nublaron y dejó de ver con nitidez.

Quizá no eran solamente las lágrimas contenidas. Llevaba más de cuarenta y ocho horas despierto, y su cuerpo aún acusaba los efectos secundarios de la ilusión de Loxia. Aquella noche, había intentado dormir, al menos un poco… pero aún con todo el cansancio físico y mental acumulado, le había resultado imposible pegar ojo.

Estaba demasiado alterado.

Pronto, el olor de la madera y los aromas de las hierbas, desaparecieron. El cuerpo de Janelle y de Stavros comenzaba a consumirse bajo la fuerza creciente de las llamas.

Saga cerró los ojos con fuerza. No soportaba aquel olor… la carne quemada, los huesos derretidos. Hacía quince años que Ares le había permitido incinerar el cuerpo sin vida de Shion y, posteriormente, de Aioros. Había sido una forma un tanto retorcida de obligarle a cerrar un capítulo de su vida. Pero aquel olor…

Tomó una bocanada de aire, tratando de aflojar el nudo de su garganta. Tragó saliva, intentando controlar las náuseas. Cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro y, de nuevo, sus ojos contemplaron lo que no deseaba ver: Aioros, Shion… pálidos, sin vida, consumiéndose en la clandestinidad de Star Hill con pasmosa nitidez. Aquel era el regalo de Loxia.

Apretó la mandíbula. Y entonces, la mano de Shion se cerró sobre su antebrazo con firmeza, pero con ternura. Saga lo miró de soslayo, sorprendido, porque ni siquiera se había dado cuenta de que el lemuriano estaba junto a él.

Shion devolvió la mirada: cargada de paz, de dulzura. La fuerza de su agarre disminuyó, pero su mano no se retiró. Él estaba ahí, y sin importar lo turbado que se encontrase, no iba a dejarle solo.

Aquel era el poder que tenían las amatistas de sus ojos.

-X-

A medida que las llamas disminuían su fuerza, los aldeanos fueron retirándose. Janelle y el viejo Stavros eran de los suyos, pero la presencia regia de los santos de distinto rango que guardaban un respetuoso silencio, era un claro indicio de que no era del todo así.

La misma princesa se había acercado hasta allí en solemne silencio, con semblante apagado.

Shaina paseó sus ojos de plata, analizando a cada santo o amazona que estaba presente. Y podía decir que se hallaba sorprendida. Aioros era un hombre respetado y querido, eso lo sabía. Sin embargo, por mucho que sufriera la pérdida de su chica en aquel momento, no dejaba de ser simplemente eso: su novia, una civil ajena a su mundo de guerra, pero que sabía —o al menos, él debía saber— los riesgos que implicaba su relación. Una chica a la que la mayoría de ellos ni siquiera conocían más que de vista. En el mejor de los casos, quizá hubieran compartido un saludo, o incluso una pequeña conversación sobre la crudeza del clima.

Entonces… ¿Por qué?

Entendía la presencia de la orden dorada y la princesa. De igual modo que comprendía bien que Tatiana, Asterión y Spartan estuvieran allí. Incluso ellos, Argol y Jabu.

Quizá no era la mujer más sociable, ni tampoco amable. Nunca tenía una sonrisa para nadie. Shaina era exigente. Era una guerrera y vivía por y para la Orden. Probablemente, si alguien le preguntaba a Saga, diría que ella lo odiaba y despreciaba. Nunca había hecho nada que manifestara lo contrario. Se había esmerado por hacer de su nueva vida un camino aún más difícil, y ni siquiera sabía porqué.

Shaina lo respetaba, y por qué no decirlo… lo admiraba. Era un santo formidable. Inteligente al extremo, poderoso. Indestructible. Aunque nunca había considerado la simple idea de hacérselo saber. Al fin y al cabo, lameculos sobraban en el Santuario.

Sin embargo, si era sincera consigo misma, estaba ahí por él. Porque estaba de acuerdo con Jabu y Argol, aunque ninguno había dado voz a sus sentimientos: eran un equipo, un buenísimo equipo, y se guardaban las espaldas. O quizá, deberían empezar a hacerlo mejor a partir de entonces.

Ella no era como el resto de sus compañeras. Apus, Caelum, Lince, Grulla… Incluso Marin. Sabía que su presencia allí se debía a motivos estrictamente sentimentales. De alguna forma, todas ellas habían encontrado un hueco en la orden dorada. Los lazos entre ellas se habían estrechado, a pesar de que Naiara y Deltha ni siquiera se hablaban. Y no solo entre ellas... sino entre los Trece. Habían logrado hacerse un hueco en sus vidas.

Habían formado algo similar a una familia. Disfuncional, extraña… pero una familia.

Podía notarlo en el modo en que Eire sujetaba la mano de Camus, sin soltar el brazo de Shura. En la manera en que los dedos del Santo de Capricornio se entrelazaban con los de Tatiana, mientras ella miraba intermitentemente de él, a Aioros y Saga. Incluso en la forma en que Deltha era escoltada por la presencia de Máscara Mortal a sus espaldas, y el modo en que Kanon sonrió con cierta complicidad triste a Naiara.

Marin, como siempre, se erigía como el incondicional respaldo de Aioria. Y aunque el León Dorado no había dejado el lado de su hermano, la pelirroja no se había alejado más que unos cuantos pasos de él. Siempre vigilante, siempre atenta… pero respetando el momento entre los hermanos.

Shaina no lograba comprenderlo del todo, por mucho que se esforzara.

Vio de soslayo a Milo, a su lado. Su rostro siempre alegre, lucía cabizbajo, pensativo. Sus ojos celestes no chisporroteaban con travesura. Por un instante, como si hubiera adivinado que pensaba en él, la miró y la sonrió brevemente. Acarició su mano fugazmente, pero la peliverde se tensó tanto ante un contacto tan íntimo en público, que rápidamente la retiró. Después, Milo volvió la vista al suelo.

Shaina tragó saliva. ¿Por qué estaba ella allí?

No era como las demás. Ella no compartía aquel sentimiento familiar. No les veía así… A ninguno. Ni siquiera a Aioria, que era al que más conocía. Ni a Camus… lo cual era extraño, teniendo en cuenta que Milo y él eran inseparables. ¿Cuántas veces había hablado con él? ¿Un par? Quizá. No veía la necesidad de acercarse a ninguno de ellos, ni siquiera a ellas.

¿Estaba ahí por Milo? ¿Para apoyarle en un momento que era obviamente doloroso y difícil para él y sus hermanos, tal y como hacían las demás?

No.

No estaba allí por él. Ni tampoco sostenía su mano, o sentía la necesidad de hacerlo.

Estaba allí porque su deber le dictaba que debía apoyar a sus compañeros. A su superior. Nada más. Ella ni siquiera se llevaba con el arquero.

¿En qué lugar la dejaba eso? ¿De qué modo hablaba de su relación con el Escorpión dorado?

Se revolvió inquieta. El Maestro, con su ley sobre amazonas y santos, tenía toda la razón del mundo.

—"Es hora de irme" —susurró mediante su cosmos. Milo buscó sus ojos de plata con una ceja arqueada. ¿Sorprendido? ¿Decepcionado?—. "Te veré luego".

-X-

Uno a uno, todos los asistentes fueron desvaneciendose de la playa. Aioros lo agradeció, porque él aún no estaba listo para recomponerse y darse la vuelta. En su mente, trataba de encontrar un sentido a todo lo que había pasado en las últimas horas, trataba de asimilar que todos los planes de vida que —ingenuamente— se habían formado en su cabeza en los últimos tiempos, se habían venido abajo. Y no estaba preparado. No lograba imaginar cómo rehacer su vida sin Janelle, sin escuchar su risa cada día.

Suspiró, tratando de apaciguarse. Después, tomó un par de grandes bocanadas de aire, intentando ahuyentar la presión de su pecho. Cerró los ojos, que ardían… y solamente deseó que al abrirlos todo hubiera sido un mal sueño, una horrible pesadilla.

Sin embargo, dio un respingo cuando notó una caricia inesperada en su mano derecha.

Deltha miraba el horizonte, a su lado, desprovista de la máscara. De un modo sorprendentemente osado, la amazona había entrelazado sus dedos delicados con los suyos: como habían hecho infinidad de veces antes… pero transmitiendo un sentimiento totalmente diferente. Aioros la miró perplejo, pero no se movió. Se encontró apretando de vuelta aquella mano como si le fuera la vida en ello.

—Ojalá no hubieras tenido que pasar por esto —musitó ella, con tanta tristeza en su voz, que el pecho de Aioros se encogió—. Que te arrebaten a alguien amado de un modo tan cruel es, simplemente, injusto… —dibujó círculos con sus dedos en el dorso de la mano del arquero—. Me encantaría decirte que el tiempo hará que duela menos, que olvidarás este dolor tan grande y la recordarás simplemente con una sonrisa y no con lágrimas —negó con lentitud—. Pero no es así…

Por primera vez, lo miró frente a frente. Los ojos cerúleos, acuosos y enrojecidos de Aioros, clavados en los suyos. Sus labios, agrietados, entreabiertos, delatando la sorpresa de aquel encuentro. De aquella caricia que unía sus manos. Dioses, cómo dolía verle así. Y cuantos recuerdos dolorosos traía a su memoria, viéndose a sí misma sumida en el mismo dolor… Aunque ella ni siquiera tuvo la oportunidad de enterrarlo y llorarlo con libertad. Hasta eso le arrebataron.

—El tiempo logrará que alcances paz… pero los recuerdos se acrecentaran. ¿Y sabes? No es malo… El dolor que sientes ahora, que parece capaz de romperte en dos —llevó su otra mano al pecho del arquero, sobre el corazón—, se convertirá en tu fuerza para seguir adelante. Sentirás que hubiera sido mejor olvidarla por completo... pero no —negó con firmeza, sin desviar su mirada de miel—. Que ese dolor, que ese recuerdo y el sonido de su sonrisa, sea tu fuerza para seguir adelante, para ser exactamente lo que ella amaba de ti, para que se sienta orgullosa allá donde esté. Y nunca, jamás, la olvides. Porque el amor es eterno y perdura más allá de la muerte.

Aioros quiso decir algo, quiso… pero no fue capaz, un nuevo torrente de lágrimas abandonó sus ojos y, antes de darse cuenta, se encontró estrechando a Deltha en un abrazo irrompible. Sabía que ella hablaba desde el corazón, desde la experiencia que tristemente, él la había obligado a vivir. Sabía que comprendía… Aunque el destino se había empeñado en hacer las cosas aún más difíciles para ella que para él. Deltha tuvo que escuchar y ver el desprecio hacia su recuerdo, tuvo que huir… tuvo que…

Dioses, jamás había logrado comprender la fortaleza de esa mujer hasta aquel momento.

Besó su pelo y disfrutó las caricias reconfortantes en su espalda. Incluso le pareció sentir que ella también lloraba.

—Nunca vas a estar solo, Aioros. Jamás —le resultó difícil encontrar firmeza para su voz—. Tienes una familia que te adora, y que moriría una y mil veces por ti.

—Lo sé.

—Y a mí, me tendrás siempre… —sus propias lágrimas cayeron—. No importa nada de lo que haya pasado, nada. Siempre vas a ser… —simplemente, él.

—Dioses, Del… —susurró—. Yo…

—Tshhh… —lo calló, secando las lágrimas que surcaban aquellas mejillas con la yema de sus dedos—. No digas nada. El corazón se nos puede romper mil veces, pero la vida sigue. Lo único que importa es… encontrar la paz con uno mismo y recordar qué es lo realmente importante —sujetó su rostro con firmeza, obligándolo a mantener su mirada—. Has sido todo para mí toda mi vida, todo. Te perdí como tu a Janelle, te lloré. Nuestro camino ha sido difícil y desatinado. Pero no se puede haber amado tanto a alguien, y echarle al olvido… apartarlo de tu vida. No voy a dejar que pase, porque ya hemos sido lo suficientemente estúpidos.

Aioros asintió, comprendiendo, y se maldijo internamente por todo lo que había pasado y el modo en que se habían dado las cosas con dos de las personas más importantes de su vida. No sabía cuánto tiempo podría disfrutar de la vida, de la compañía de ella, de Saga, de Naia… De Aioria y los demás. Ni tampoco el tiempo que les quedaba a ellos. Pero no pensaba desperdiciarlo más.

Loxia se lo había recordado. Le había hecho recordar sus más profundas convicciones: debía pelear con uñas y dientes por su familia.

—Si me necesitas, Aioros, aquí estaré para ti —Deltha tomó su mano una vez más, y la besó con delicadeza—. Siempre estaré aquí, siempre seré tu amiga.

-X-

Saga había visto desaparecer a los asistentes, uno a uno, más sus piernas se sentían incapaces de dar un paso en aquel momento para abandonar el lugar. Las rodillas le temblaban y su mente estaba entumecida. Distinguir la realidad de la fantasía era un reto cada vez peor. No era para menos: el último día y medio había sido una pesadilla de la que sólo deseaba despertar.

Durante toda la ceremonia apenas se había movido. Se había ubicado en un sitio alejado, donde su presencia pudiera pasar desapercibida para la mayoría. Después de todo, ¿con qué derecho se presentaba ahí, al funeral de la mujer a la que no había podido salvar… de la mujer a la que le había fallado? No importaba cuántas veces le hubieran repetido que no era su culpa, o en cuántas ocasiones Aioros había enfatizado que no le culpaba de nada; Saga sabía que era culpable. Si hubiera sido más rápido, si hubiera sido más listo… Dioses, ni siquiera había tenido la decencia de vengar a Janelle, asesinando a Loxia.

Secó bruscamente sus lágrimas y, cuando la brisa fresca del mar se abrió paso a través del calor de las llamas que comenzaban a extinguirse, levantó el rostro.

La playa estaba prácticamente vacía y la figura solitaria de Aioros junto a las brasas atrapaba la atención. Un tipo de tristeza distinto invadió al gemelo al verlo. A pesar de haberse visto sorprendido por la fortaleza de Aioros el día anterior, había en aquella imagen un sensación de vulnerabilidad y melancolía que le rompía el corazón.

Apretó los puños y mordió sus labios para reunir la fuerza que necesitaba para ir en su búsqueda. Si le hacía compañía, Aioros estaría menos solo y él se sentiría un poquito menos culpable. Tan solo un poquito.

Sin embargo, cuando se dispuso a dar el primer paso para ir a su encuentro, alguien se adelantó, y al reparar en la identidad de aquella persona, se paralizó.

—Pajarito… —dijo, en un susurro apenas audible.

Inconscientemente, se guardó más. Sabía que debía marcharse y darles algo de privacidad, que espiarlos desde las sombras no era la respuesta a nada. Pero en aquel momento, más que nunca, se sentía incapaz de irse y dejarlos solos.

Observó mientras Deltha se acercó a él y, por un instante, el cuerpo se le tensó mientras esperaba la reacción del arquero. No alcanzó a escuchar si hablaron o no, pero se sorprendió ante el hecho de que Aioros no la ahuyentó. De pronto, el tiempo se detuvo. Cada segundo que Deltha estuvo ahí, de pie junto a Aioros, se le volvió eterno. Entonces, lo inesperado sucedió, y la mano de Deltha se enredó con la de el castaño.

Saga se encontró reteniendo la respiración.

Se sintió transportado al pasado, a sus años de infancia, a aquel tortuoso día en el que los mocosos le contaron que Aioros había besado a Deltha. Dioses… ¡que susto se había llevado! Ese día se había sentido aterrorizado ante la idea de perder a su mejor amigo, o de haber sido dejado atrás. Quizás pecó de inocente, pero el pequeño Saga de aquellas épocas doradas desconocía si aquella nueva relación de Aioros conseguiría reemplazarlo a él, o si su amistad se vería forzada a cambiar para hacer un hueco a Deltha. Ninguna de las dos cosas había pasado y Saga, eventualmente, descubrió que sus recelos jamás tuvieron fundamento.

De algún modo, ahora también estaba seguro de que a Aioros no iba a perderlo; no cuando había sido capaz de perdonarle su propio asesinato y, ahora, su incapacidad de salvar a Janelle. Pero… ¿Deltha?

Viéndola ahí con Aioros, recordaba que ella no era suya… era de él. Ya una vez se había metido en el medio y los había separado. Nunca había sido su intención que aquello sucediera, pero lo había hecho. Después, como si el daño que pudiera causarle al arquero no fuese suficiente —y justo cuando Aioros parecía reencontrarse con la felicidad—, falló en cuidar de la única persona que consiguió hacerlo reír de nuevo.

Ahora, cuando todo se veía cuesta arriba, quizás era Deltha quién podría levantarlo de nuevo, como lo hizo con él. Si había podido ayudarlo a él, quién era probablemente el ser humano más lamentable del universo, ¿qué no podría hacer por Aioros?

El problema era que él tendría que alejarse de Deltha. Mientras siguieran juntos, ninguno de los dos podría avanzar. Ella no podría hacer feliz a Aioros, y Aioros no podría ser feliz con ella. Excepto que Saga no estaba seguro de cómo él iba a sobrevivir sin Deltha.

¿En qué momento había empezado a necesitarla? Porque eso era: necesidad. Deltha era la paz dentro de su caos, la calma a mitad de su tormenta… la luz a su oscuridad. Ella había llegado a su vida para desenterrar todo aquel cúmulo de emociones que él había escondido en lo más profundo de sí, para que nadie pudiera encontrarlas de nuevo. Bastaba una mirada suya para descifrarlo, y con una sola palabra era capaz de desarmarlo. Tal era el poder que él le había conferido: había puesto la parte más vulnerable de sí entre sus manos, y Deltha había respondido, cuidando de ella. La amazona le había recordado lo que era confiar, a través del cariño que le profesaba. Porque eso era Deltha para él: era mimos, dulzura y protección.

Pero una vez más, Saga se había equivocado.

Quizás era mejor detenerse y pensar con detenimiento en todo. Tenía que pensar en el bien mayor, aunque no necesariamente en el suyo.

Debía hacer lo correcto para todos. Si Deltha era feliz, entonces él sería feliz, porque la quería… como amiga.

¿Cierto?

"Como amiga", repitió para sí mismo.

E ignorando el hecho de que un nudo se le apretó en la garganta, giró para marcharse de ahí en silencio, dejando a Deltha y a Aioros en privacidad.

"Sólo como amiga…"

-X-

El camino de regreso hacia el Santuario se antojaba largo para todos. Al menos el día había sido agradable y, junto con Loxia, las nubes de tormenta parecían haberse esfumado.

El primer tramo del sendero lo recorrieron en silencio, con el arrullo de la brisa acompañándoles en cada paso. El grupo —que abandonó la playa siendo copioso—, se fue diluyendo conforme cada cual tomó su camino. El sendero principal ramificaba en decenas de veredas más angostas, cada una con un destino distinto. Conforme la procesión avanzaba y las personas encontraban el propio, el grupo se reducía.

Después que los aldeanos tomaron su rumbo, solamente quedaron los santos y las amazonas. Otro puñado de asistentes se separó cuando llegaron al sendero que llevaba al campamento de santos.

Así que en un abrir y cerrar de ojos, quedaron solamente los habitantes de las doce casas y algunas pocas korees.

—La ceremonia fue… —Eire dejó escapar un suspiro. Se retrasó un par de pasos, en espera de Camus, para caminar a su lado—. Lo mismo bonita que impresionante.

—Hace mucho que no asistía al funeral de un civil… —Milo, al final del grupo, habló.

—Es diferente, sí….

—Vuestros ritos son especiales —Tatiana habló—, los griegos, me refiero.

—Especiales o no, preferiría no tener que acudir a ningún funeral más —bufó Milo de nuevo.

Nadie respondió, aunque la mano de Aioria apretando suavemente su hombro fue toda la respuesta que Milo necesitaba. Caminaron un rato más sin mucho que decir, hasta que de nuevo, la amazona de Grulla habló.

—Lo único bueno de los funerales, es que suelen acercar a las familias —dijo. Sus dedos rozaron sutilmente las manos de Camus—. Y te hacen apreciar todavía más a quienes están contigo.

—Eso es verdad —Aioria asintió—. Es triste, pero es verdad.

—Lo que queda es demostrarlo más.

—Tatiana está en lo cierto, aunque admito que para algunos de nosotros ser más expresivos puede ser difícil. —Al escuchar a Marin, Aioria sonrió. Sin pensarlo dos veces, tiró de ella, pasó el brazo por encima de sus hombros en un abrazo, y besó aquella preciosa melena roja y ensortijada.

—Basta con que la persona correcta lo sepa.

Milo, quien de pronto se vio rezagado, se tomó un momento para observar la situación. No es que lo hubiese pasado por alto antes, pero… eran afortunados. De alguna forma, a pesar de lo rotos y jodidos que estaban, habían encontrado —quizás por obra del universo— a alguien que los amase y los complementase.

Se tenían entre ellos, como hermanos que eran, eso era cierto. Pero las nuevas adiciones a aquella pequeña familia que tenían, resultaban sobresalientes.

Por ejemplo, ahí estaba Eire. Burbujeante, extrovertida, alegre, optimista… La única mujer que había conseguido robar de Camus una sonrisa radiante y sincera. Él, que conocía al francés de toda vida, podía ver el modo en que su expresión —siempre adusta— se suavizaba en presencia de la amazona. Incluso el timbre de su voz, generalmente grave y monótona, se armonizaba cuando hablaba con ella.

Luego estaban Shura y Tatiana. Dioses, ¡la peor parte de su relación era esa absurda y ridícula barba que el español había insistido en crecer! Porque el resto de ellos era… Perfecto. Tatiana se había convertido en la roca que sostenía a Shura, que lo hacía fuerte y seguro cuando sus rodillas parecían claudicar. A cambio, él había traído un dejo de ternura a la personalidad fuerte e indomable de la rusa. Los casi diez años que los separaban no eran un obstáculo para que se entendiese, o se quisiesen. De alguna forma se habían convertido en el complemento del otro, como dos piezas de un rompecabezas encajando una con la otra.

Por último estaban Aioria y Marin… Bufó. ¿Qué podía decirse de esos dos? Recordaba haberse burlado del gato gordo la primera vez que se atrevió a confesarle lo que sentía por la amazona. Recordaba también haberlo incitado a salir de cacería… Y recordaba del mismo modo, haber pensado que había algo ridículamente dulce en su relación. Pero ahora los veía, caminando juntos, libres, amorosos y felices. Aioria era un minino afortunado y correspondido, y Marin era un águila dichosa de haber encontrado a alguien que la amase con la locura con que Aioria lo hacía.

Ay… Se frotó los ojos. Los funerales lo ponían melancólico.

Miró a su lado y no encontró a nadie. Shaina no estaba. Había asistido a la ceremonia, pero también había huído de ahí tan pronto le fue posible. Él la vio, marchándose con Giste. La saludó, invitándole a unirse a ellos, y le pareció —quizás en un momento de debilidad—, que ella le había ignorado.

Pero… esa era Shaina, ¿cierto?

Él la había querido así: testaruda y aguerrida, arisca y voluntariosa… Excepto que la extrañaba y hubiese deseado que ella caminara a su lado durante el trayecto de regreso a casa. Que lo abrazara, que lo besara… Que lo consolara.

—No hemos podido hablar mucho con Aioros —la voz de Shura lo despertó y reaccionó, devolviendo su atención al grupo—, pero, ¿cómo lo habéis visto?

—Perdió a su novia, en una de las formas más horribles en que me imagino perder a alguien. —Aioria fue el primero en hablar—. Ayer, cuando se enteró estaba… devastado. Jamás lo vi llorar de ese modo, nunca lo vi romperse así. Ni siquiera cuando terminó con Deltha…

—Es distinto. —Naia terció. Se había animado a caminar con ellos tras la insistencia de Tatiana y de Eire, en quienes había encontrado un par de buenas amigas—. Estaba enamorado de Janelle y la quería, así que perderla le duele. Pero también lleva sobre sus hombros una culpabilidad que lo asfixia.

—Lo que Loxia hizo no es culpa de él, ni de nadie —Milo acotó.

—Eso lo decimos nosotros, pero explícale a él, o a Saga —Aioria suspiró—. Dioses, debisteis verles ayer… No sé cuál de los dos estaba peor.

Aioria había sufrido cada minuto del dolor de su hermano, pero había algo especialmente escalofriante en ver a un hombre como Saga desmoronarse.

En la mente del joven león subsistían dos versiones del gemelo. La primera era la que recordaba de su infancia, el chico dulce pero distante, tímido y también hermético; el hermano mayor al que había adorado como a su sangre. Luego estaba el otro Saga… El que volvió después de Ares: el regio, el majestuoso. Esa criatura inflada en ego que parecía poseer la fuerza del universo en sus manos. El soldado perfecto, la definición de la fuerza… Pero el hombre incompleto. A ese lo admiraba, lo respetaba, le ofuscaba un poquito… y también lo adoraba. Porque, aunque el gemelo se esforzara por ocultarlo, Aioria sabía que el primer Saga residía en lo más profundo del segundo, temeroso de ser lastimado.

—Los dos se veían extremadamente agotados — Marin observó.

—Dudo que hayan pegado ojo en toda la noche.

—¿Quién de nosotros durmió anoche, cabra?

—Y no solo anoche —Camus complementó a Milo—, la noche anterior, con Aioros en Lemnos también fue una agonía.

—Las ojeras no os van. —Eire trató de aligerar el ambiente, y bromeó—. Al menos nosotras llevamos máscara.

—Afortunadas… —Camus giró los ojos y Eire hundió el codo en su costado.

—¡Eh!

—Los peplos funerarios os quedan bonitos también.

—Eso ha sonado horrible, Escorpio… —Tatiana rió por lo bajo.

—Mi inteligencia social disminuye con la depresión, Lince.

—Vamos, bicho…

Con un sutil movimiento de cabeza, Marin indicó a Aioria que fuera con él. Aioria dibujó una sonrisa diminuta: ¿quería cambiar la melena perfecta de Marin por los pelos de escoba de Milo? Rió por lo bajo, y tras un segundo, la dejó ir.

Ralentizó el paso a propósito y, cuando Milo le dio alcance, pasó el brazo por encima de sus hombros.

—¿Qué pasa, bicho? —preguntó en un susurro.

—Odio los funerales, gato.

—Lo sé, a ninguno de nosotros nos gustan…

—Saga y Aioros… No sé cómo van a estar bien después de esto.

—¿Sinceramente? —El santo de Leo dejó escapar un suspiro cansado—. Yo tampoco. Después de haberles visto ayer, no tengo la menor idea de cómo o porqué han sido capaces de levantarse hoy, o de estar aquí. Pero confió en ellos ciegamente, Milo, como tú lo haces. Sé que no les será fácil y que les tomará un tiempo, pero se recuperarán… Y cuando eso suceda, estarán más fuertes que nunca.

—¿Tú crees?

—¿Tú no?

Milo se tomó un momento para pensar. Miró hacia los demás chicos, que caminaban delante de él. Después volteó hacia Aioria.

—Sí, lo creo —dijo, sintiéndose ligeramente más animado.

—Bien… Porque, ¿sabes qué?

—¿Qué?

—Van a necesitarnos.

—Y ahí estaremos, gato.

Entonces, Aioria se detuvo a observarlo por un segundo. Después, le revolvió el pelo con desparpajo, bajo las quejas del escorpión. Un segundo más tarde, ambos estallaron en risas.

—Ahí estaremos, bicho. Ahí estaremos.

-X-

Había algo en aquella terraza que para Sigfried resultaba mágico. Quizá era el hermoso paisaje que se extendía a sus pies, o el modo en que el sol brillaba todo con su luz dorada y cálida, pero sentarse allí, en silencio, le infundía paz. Una muy necesaria paz.

Se llevó la taza de té a los labios y dio un minúsculo sorbo, pensando en mil y un cosas a la vez, recordando la voz de Hilda en su cabeza, apenas unos minutos antes… y encontrándose extrañándola más de lo que hubiera pensado. ¡Ojalá hubiera podido abrazarla en aquel momento! Pero ella estaba lejos de ahí, cargando con su propia responsabilidad, cuidando de los suyos tanto como él lo hacía permaneciendo en Grecia.

Un movimiento apenas perceptible algo más allá, le recordó que no estaba solo. No tuvo que desviar la mirada para saber quién era… pues a pesar de las diferencias que les separaban, Sigfried había descubierto que tenían otras tantas similitudes.

Tethys se acomodó en el kliné más alejado, junto al pebetero: el sitio que había autoproclamado como suyo. Sostenía un libro entre sus manos, y aunque lo había abierto en el preciso momento en que se sentó, su mirada azul delataba su inquietud. No leía, solamente pensaba.

El rubio inclinó su cabeza levemente a modo de saludo, y ella respondió con una minúscula sonrisa.

Aquella era una rutina que repetían cada día. Apenas hablaban, pero compartían el espacio, compartían paz, y un gusto interesante por la lectura.

La joven sirena se revolvió incómoda, claramente inquieta con todo lo que había sucedido. Y no era para menos… él se sentía igual. Nunca hubiera esperado vivir algo como lo sucedido aquel día, una ceremonia así, con tanta obviedad de sentimientos visibles en todo el mundo: en los guerreros más fieros de toda la tierra.

Sin embargo, antes de que pudiera divagar un poco más, unos pasos a sus espaldas le alertaron de que alguien más venía.

—¿Os importa si os acompaño un rato? —La voz de Kanon, firme, pero extrañamente comedida, llegó a sus oídos—. Prometo portarme bien.

Sigfried sonrió sutilmente. Lo cierto era que no lo ponía en duda, había visto al menor de los gemelos antes, tan turbado como los demás, y algo en su rostro siempre engreído y burlón, se había tornado más serio.

—No, está bien —respondió él.

El menor de los gemelos asintió, y se sentó en una butaca junto a Tethys. Llevó su mano hasta ella, posándose con suavidad en la pierna de la joven. Ella sonrió de vuelta.

Después, solamente quedaron unos minutos de cómodo silencio, por sorprendente que pudiera resultar.

—¿Estarán bien? —preguntó Tethys al fin.

—¿Quienes? —replicó Kanon.

—Aioros y Saga… —El peliazul se sopló el flequillo y se humedeció los labios.

—No tienen otra opción.

—Lo sé, pero…

—Se repondrán. —Con sorpresa, ambos miraron a Sigfried, que se había atrevido a intervenir—. Apolo ha tenido un enorme error de cálculos.

—¿Tú crees?

—Sin duda —dijo asintiendo—. No hubiéramos visto un funeral así si Apolo hubiera ganado. Es obvio que pretendía separarles.

—Es cierto, pero… —Se encogió de hombros, y luego se abrazó a sí misma—. Se veían tan…

—Sigfried tiene razón —Las cejas de los dos rubios se alzaron prácticamente a la vez, al escuchar semejante afirmación de labios de Kanon—. Era una buena jugada, pero no ha salido bien.

—Saga y Aioros siguen, y seguirán, en pie porque se crecen ante la adversidad —continuó el dios guerrero—. Y, francamente, saben mucho de adversidades…

Tethys lo miraba, escuchando atentamente, pero Kanon… Su expresión era distinta. Era… impagable.

—¿Qué pasa, Kanon? ¿Crees que soy el Príncipe Encantador por nada?

Esta vez fue el turno de Sigfried de disfrutar de sus propias palabras. La cara de póker del gemelo se acrecentó al escuchar de sus labios el sobrenombre que él y Tethys le había puesto. La sirena, mientras tanto, apartó la vista, con el rostro ruborizado e incapaz de retener la sonrisa.

—¿Desde cuándo lo sabes? —Sigfried alzó la vista al cielo, adoptando una expresión pensativa.

—Prácticamente desde el primer día… no sois los reyes del disimulo, vosotros dos. En nada —Porque cómo era posible que el Maestro no supiera que esos dos tenían algo, era incomprensible para él.

—Lo siento, no queríamos ofender…

—Bah, claro que sí —su rostro siempre sereno, adoptó una expresión más traviesa—. Pero no importa. A decir verdad, me gusta.

—Te va demasiado bien, Sigfried —replicó el mayor—. Solamente mírate… Serías el hijo ideal de Saga y Aioros.

El rubio dejó escapar una sincera carcajada, relajada, y agradable a oídos de los otros dos.

—Es curioso, ¿verdad? —musitó, recuperando la seriedad.

—¿El qué? —quiso saber Kanon.

—Nosotros… —encogió los hombros—. Nunca hubiera imaginado estar aquí, ni considerar al Santuario mi casa. Ni siquiera se me hubiera pasado por la cabeza encontrarme en paz en vuestra compañía.

—Yo tampoco —añadió la sirena, porque era cierto, de alguna forma… se sentía en casa.

—Supongo que… —terció Kanon—, es la magia de las segundas oportunidades.

—Entonces será mejor no desperdiciarla.

El gemelo sonrió. El estúpido Príncipe Encantador tenía razón.

La alianza de veras estaba funcionando.

-X-

Shion se había tomado su tiempo antes de convocar el Chrysos Synagein. Quería que los chicos tuvieran su momento de desahogo antes de afrontar temas más complejos y hablar de todo lo que había sucedido con los demás. Así que cuando la hora se acercó, se sobó los ojos, tomó una bocanada de aire, y abandonó la privacidad de su dormitorio para encaminarse a la reunión.

Se perdió por los inmaculados y silenciosos pasillos del templo —incluso allí, parecía que había llegado el lamento silencioso por todo lo acontecido—, hasta que el corredor que desembocaba en el salón del Chrysos se materializó ante sus ojos.

Sin embargo, se detuvo antes de doblar el último recodo. Todos estaban dentro del salón —o casi todos—, pero desde donde estaba, podía escuchar la voz de Saori aún en el pasillo. Sus sentidos se afilaron, tratando de discernir qué era lo que decía la joven diosa y con quién hablaba.

La dulzura de su voz era especial, una que solamente parecía reservar para ellos: para sus dos ángeles de la guarda. No necesitaba verlos para saber que hablaba con Aioros y Saga, aunque eso no le impidió asomar con disimulo deseando contemplarlos. Sin darse cuenta, una sonrisa afloró en sus labios.

Como siempre que les miraba a los tres juntos. Saori les guardaba un profundo amor y respeto, y la chiquilla se esforzaba cada día por hacerles sentir más hermanos para ella que soldados. Shion sabía que hacía mucho tiempo que lo había logrado.

—No vamos a dejarte solo… —musitó, con el rostro escondido en el pecho de Aioros, mucho más alto y fuerte que ella, rodeando al santo en un abrazo con sus brazos delicados—. Pasaremos por esto juntos… y la vida volverá a sonreírnos. Te lo prometo.

Saga les observaba apoyado en la pared, al otro lado del pasillo. Cabizbajo, y apenas mirandoles a través de los mechones de su melena que escondían oportunamente su rostro.

—Os lo prometo —rápidamente, Saori estiró la mano y atrapó la del gemelo, tomándolo por sorpresa, pero incapaz de resistirse al tirón que lo acercaba hasta ella y el arquero—. Sé que es una promesa osada, más aún ahora que todo duele tanto, pero algo dentro de mí, lo sabe —buscó los ojos de ambos, y tomando a uno del brazo y apretando la mano del otro, tiró de ellos hasta la puerta—. Nunca os dejaré caer, ¿me habéis entendido? Es una orden.

—¡Dioses! Eres muy mandona para ser tan pequeña…

Saori mantuvo la mirada de Aioros con seriedad, pero en apenas un segundo rompió a reír, y algo dentro de ellos se sintió más liviano con aquella melodía resonando en sus oídos.

-X-

En el momento exacto en que la puerta del salón se cerró a espaldas de Athena, de Shion y de Arles, la campana de Meridia rugió y las doce llamas del reloj zodiacal ardieron, anunciando el inicio del Chrysos Synagein.

Aquel sonido, ronco y ensordecedor, jamás dejaría de erizar la piel del lemuriano. No importaba cuántas veces lo había escuchado en sus más de veinte décadas de vida, Meridia siempre encontraba el modo de ser especial y única cada vez. Sin embargo, en esa ocasión, lo era todavía más. Para el maestro, aquella reunión dorada generaba una marea de sentimientos encontrados, como pocas veces había experimentado en su vida.

Llegaba al concilio con el corazón destrozado, pero también henchido de orgullo. Dioses, no tenía palabras para alabar la fortaleza de sus dos chicos mayores, porque aún con el alma hecha pedazos, aún cuando Loxia y Nomios habían hecho todo lo posible por derrumbarlos, habían encontrado en lo más profundo de su ser —y en la compañía del otro—, la fortaleza para ponerse en pie. De todos los panoramas posteriores al ataque en Rodorio, aquel no solamente era el mejor, sino que también era uno que ni siquiera se había atrevido a imaginar.

Sin embargo, no podía evitar sentirse ligeramente sombrío. Ese día y más que nunca, los tambores de guerra retumbaban con una fuerza brutal. Cuando el Chrysos Synagein alcanzara su final, abandonarían esa sala con una declaratoria de guerra. Una más.

—Sentaos, chicos —pidió a sus santos, toda vez que Athena hubo tomado su lugar en el trono destinado para ella. Él hizo lo mismo en la silla a su derecha, reservada para el Patriarca—. Conocéis todos las razones que nos han traído hasta aquí: la emboscada en Lemnos de hace un par de noches, y el ataque a Rodorio de ayer. —Esquivó concienzudamente el nombre de Janelle—. Sin demeritar los ataques anteriores, me temo que estas dos últimas incursiones enemigas han conseguido poner a nuestra Orden de rodillas. —Dirigió una mirada fugaz a Saga y Aioros, y a la inquietante gravedad en los rostros agotados de ambos—. Sin embargo, os aseguro que, muy a pesar de los planes del enemigo, hoy estamos de pie y más unidos que nunca.

—¿Lo estamos? —La pregunta surgió de los labios de Milo con una timidez inusual en él, pero respaldada con un dejo de preocupación imposible de ocultar.

Y Milo no era el único que sentía tal pesar.

La situación entre Aioros y Saga ya había sufrido suficientes embates durante los últimos meses. Primero las ilusiones de Loxia hacia Aioros, luego los líos con Naia y Deltha… y justo cuando comenzaban a reencontrarse, cuando demostraban que juntos brillaban como nada ni nadie, Loxia de nuevo se las ingeniaba para enfrentarlos.

Lo más largo de la guardia nocturna no había sido pensar en Loxia, o la tensión a la que aquel ataque los sometió. No.

La parte más larga de su vigilia había sido cada minuto que pasaron pensando en ellos: en Saga y en Aioros. En nadie más.

—Lo estamos. —Aioros respondió, y quince pares de ojos recayeron sobre él, más el arquero no se inmutó. La determinación y claridad en su voz sorprendió a todos—. Tal como dijo Shion, nos pusieron de rodillas, sí. Pero no nos dieron el golpe final, y ese ha sido un error del que van a arrepentir.

—Me gusta escuchar eso. —Dohko se acomodó en su asiento, mucho más relajado de lo que había llegado, y sonrió—. ¿Cuál es el plan?

—¿Plan? —Shura volteó hacia él, confundido.

—Sí, plan… El contragolpe.

—Alto, alto —intervino el Patriarca. Con un movimiento de sus manos los urgió a conservar la calma. Dirigió una mirada entre severa y cómplice a su amigo, pidiéndole en silencio por algo de prudencia.—. Antes de planear cualquier contragolpe, me gustaría que todos estuviéramos en la misma sintonía. Necesito que estéis al tanto de toda la información que hemos reunido desde el inicio de los ataques, pero principalmente en éste último par de días.

—Venga, escúpelo todo.

Shion bufó; Dohko era incorregible. A veces le resultaba uno más de sus chicos. Incluso cuando era un viejo morado y contraído, su irreverencia le era bien conocida. Por supuesto, aquel miserable estado le impedía actuar como el adolescente que ahora era, y quizás por eso al lemuriano le parecía más respetable.

Sin embargo, había cosas más importantes que Dohko y su ligereza de lengua. Así que dispuesto a dejarlo pasar, continuó.

—De acuerdo. ¿Arles?

—Sí… —El santo de Altaír se aclaró la garganta y, tras acomodarse los anteojos, tomó las notas de papel que llevaba consigo—. Primero y ante todo, debéis saber que tras el ataque a Rodorio se ha confirmado que el dios detrás de los últimos acontecimiento es Apolo.

—¿Apolo? —cuestionó Mu. Los semblantes de todos se oscurecieron.

—Loxia lo espetó antes de huir. —Saga tomó la palabra—. En realidad, tiene todo el sentido del mundo. Las plagas, el grifo, los jodidos nombres…

—¿Lo dices por Loxia? —Esta vez fue Camus quien habló.

—Loxia, sí. Pero también… —El gemelo se sopló el flequillo—. La emboscada a Aioros y a su equipo vino de la mano de un hombre, al que el satori de Asterión identificó como Nomios. Así que Loxia, Nomios…

—Ambos son epítetos de Apolo —confirmó Kanon, y Saga asintió.

—Además del manejo del cosmos, tanto Loxia como Nomios tienen características especiales que los hacen únicos —continuó Arles—. Loxia es ilusionista y creemos que posee las habilidades de un oráculo.

—¿Qué…? ¿Estás hablando de…?

—Así es, Aioria —respondió Shion—. Loxia utilizó una visión durante el ataque a Saga que le mostró momentos muy específicos del pasado. No hay nada que nos impida pensar que no puede ver el futuro, o al menos parte de él.

—Apolo es el dios de los oráculos, así que… —Afrodita se encogió de hombros—. Deberíamos asumir que puede hacerlo y estar preparados para cuando quiera usar esa habilidad suya en contra de nosotros.

—Es lo prudente —Shion asintió.

El joven león apretó los puños. De ser así, las visiones que había mostrado tanto a él como Aioros, ¿podrían considerarse un esbozo de lo que deparaba el futuro? No, no podía ser.

—No puede ser. —Su voz rugió—. Las visiones que Aioros y yo tuvimos… —Miró a su hermano y, por un segundo, lo encontró tan serio como nunca antes lo había visto.

—No hemos confirmado que Loxia sea un oráculo —habló el arquero—. Pero, aún si lo fuese, no deja de ser un ilusionista y eso significa que que Loxia pudo mostrarnos visiones distorsionadas del futuro. Lo que vimos, con Ares en el centro de todo, seguramente fue solo un distractor. —Al escuchar aquel nombre maldito, Saga agachó la vista. De pronto no estaba tan seguro de que aquellas visiones fuesen simplemente mentiras—. Así que debemos mentalizarnos para no creer en que todo lo que nos muestre es la realidad.

—Debemos cuidarnos de no caer en sus engaños —terció Shaka y Aioros asintió.

Saga tragó saliva y cerró los ojos. "Que sea una mentira, que sea una mentira…" , suplicó para sus adentros. Sin embargo, casi se sentía capaz de escuchar la voz de Ares, advirtiéndole que no lo era.

—Vale, entonces sabemos que Loxia es ilusionista y probablemente también es un oráculo. ¿Qué hay de Nomios? —preguntó Shura y el gemelo regresó su atención a él.

—Nomios puede atraer y repeler cualquier objeto o persona… incluso ataques hechos de cosmos —continuó Arles.

—Fue capaz de revertir el Infinity Break y usarlo en mi contra. Cualquier ataque dirigido con una intensidad o fuerza menor a la suya puede ser devuelto. La única forma de pasarle encima, es superándolo.

—Es probable que tenga alguna habilidad para teletransportarse. Simplemente se desvaneció en el aire cuando llegamos ahí —Dohko acotó.

—Me parece que el asunto de la teletransportación no es más que una habilidad compartida. Mi teoría es que se mueven a través de los rayos del sol… Es literalmente, el equivalente a nuestra velocidad de la luz. —Saga, de nuevo, habló. Su cerebro de pronto se sentía lo suficientemente claro como para pensar con coherencia—. Loxia hizo lo mismo. En el momento en que huyó, la luz brilló desde el cielo. Con Nomios fue igual, el sol despuntaba en el horizonte cuando se desvaneció.

—También pasó lo mismo con el tipo que nos atacó en Meteora. —Camus intervino. Shura, a su lado, asintió—. Hubo un potente rayo de luz en el momento en que huyó.

—Es verdad…

Kanon, en silencio, miró uno a uno los rostros de todos los involucrados. Su cabeza trabajaba a toda velocidad, hilando cuanta información tuviera disponible y sacando sus propias conclusiones. Había algunas más cosas obvias que otras.

Por ejemplo, Loxia y Nomios habían ido directamente por las cabezas, por lo que sospechaba que ellos dos, al igual que el arquero y su hermano, debían de tener una posición superior dentro de su propia orden. Después de todo, como general que había sido, sabía que para tumbar al mejor enemigo usualmente se requería del mejor soldado.

Saga y Aioros eran especiales —por mucho que a veces le doliera reconocerlo—, así que Apolo no mandaría a cualquiera detrás de ellos. No cuando la orden ateniense dependía de ambos en tantas maneras.

—Tengo una pregunta —habló y la atención de todos recayó en él—. Tenemos a Loxia, a Nomios y al tipo misterioso de Meteora. ¿Sabemos si hay alguno más?

—Sí. Gracias a Asterión tenemos esa información. —El mismo Aioros, sorprendido, volteó hacia Shion cuando lo escuchó—. Hizo un gran trabajo, Aioros. Asegúrate de felicitarle cuando lo veas.

—Dioses… Lo haré, lo haré. —Al oírlo y al reparar en su incredulidad, el lemuriano esbozó una diminuta sonrisa antes de continuar.

—El poder de Nomios supera por mucho al de Asterión y a su satori, sin embargo consiguió información importante, aunque no demasiado concreta o completa. Al parecer, el consejo más cercano de Apolo y sus mejores guerreros está constituído por cinco hombres, cuyo rango es conocido como los Apolonios. Conocemos a Loxia y a Nomios, así como a sus habilidades. Pero también tenemos información un poco más escueta de los otros tres.

—El que enfrentamos en Meteora tenía alguna especie de control mental.

—Efectivamente, Shura, el poder de este hombre es controlar a sus enemigos, pero lo hace a través del control de su cosmos, no es un mentalista. Eso explica la súbita sensación de debilidad que tanto Camus como tú dijeron experimentar, y el desvanecimiento de Eire. Es una ladrón y controlador de cosmos.

—El cuarto de los Apolonios es quien atacó al Santuario hace unas semanas, con la plaga —continuó Arles—. Su cosmos es venenoso y es raíz de enfermedades. Lo que es peor, todo indica que también puede corromper los cuerpos de aquellos que mueran en sus manos, al convertirlos en monstruos…

—Las quimeras que atacaron a Saori. —Saga acotó y Arles asintió.

—Ilusiones, ataque y contraataque, control de cosmos, monstruos… Mierda. Venga, sorpréndenos, Arles, ¿qué hace el último Apolonio? —ladró Milo.

—Control de elementos. —Cuando la respuesta brotó de sus labios, Milo soltó una carcajada amarga y negó con la cabeza.

—Joder…

—¿Control de elementos? ¿En serio?

—Sí, Aioria. Aire, fuego, tierra y agua…

Sobrevino un silencio colectivo que dejó al descubierto el cambio de ánimos entre todos los chicos, y aunque Shion sabía que eventualmente llegarían a ello, desconocía cómo tranquilizarlos. Lo que era peor, es que aquella breve descripción de sus nuevos enemigos era apenas el principio de una larga y tediosa conversación, que conllevaba noticias mucho más oscuras que esas.

—Suena a que tenemos un abanico completo de habilidades que enfrentar —Kanon dejó escapar un suspiro—. ¿Tenemos algún plan para conseguirlo? Porque hasta ahora… —De pronto se detuvo, consciente del significado de sus palabras. Por alguna razón, su mirada se encontró con la del arquero y maldijo por lo bajo.

—¿Hasta ahora, qué? ¿Eh, Kanon? ¿Nos han superado en cada ocasión?

—No tiene caso colorearlo, Aioros.—Lo llamó por su nombre, y él mismo se sorprendió de hacerlo—. A ninguno nos gusta escucharlo, pero es la verdad.

—Lo es, pero en esta ocasión es diferente. —Para sorpresa de los dos, Saga intervino—. Aioros estuvo a punto de vencer a Nomios, y el hombre que atacó a Shura y Camus no lo habría tenido tan fácil, de no haber sido porque la vida de varios santos y amazonas de plata estaba de por medio. Y Loxia… —calló de pronto. Loxia había sido un cobarde al escudarse tras Janelle.

—Loxia no podrá esconderse más. —Aioros tomó control de la conversación, cuando las palabras comenzaron a ahogarse en la garganta de Saga—. Ya no es una sombra esperando atacar, ni podrá ocultarse tras el anonimato… Sabemos quién es y podremos ir tras él.

—Me gusta la parte en que podemos ir tras él… —Dohko ensanchó su sonrisa. Después, volteó hacia Arles—. ¿Sabemos dónde se encuentra su base de operaciones?

Antes de responderle, el santo de Altaír dudó. Dirigió su mirada hacia Shion, en una fugaz búsqueda de su beneplácito. Cuando vio al lemuriano ladear el rostro, con más resignación de la que debía, supo que podía continuar.

Soltó un suspiro y centró su atención en los papeles que traía en la mano.

—Tenemos esa información, sí —confirmó—. Todo indica que se encuentran al Oriente, muy cerca de Lemnos. En Anatolia, específicamente... en Troya

—¿Troya? —Angelo preguntó, sorprendido. El resto no estaba menos intrigado—. ¿Hablamos de la misma Troya? ¿La ciudad legendaria con un caballo de madera?

—Así es. Asterión ha visto la ciudad siendo reconstruida. Agradezco a los dioses porque tuviese un poco de conocimiento como para reconocer las murallas y los tejados dorados de Troya, o bien podría haber visto una ciudad más, sin ser capaz de ubicarla… —Arles dijo. Aioros bufó. Definitivamente hablarían del nivel de estudios y cultura de los santos de plata más tarde.

—Joder… —Una vez más, la risilla amarga de Milo hizo su aparición—. Ha revivido una ciudad legendaria para usarla como base de operaciones… Dioses… ¿Apolo tiene algún límite?

Porque no parecía tenerlo. Cinco Apolonios con habilidades tan dispersas y con un nivel equiparable al suyo, y una ciudad legendaria reconstruida de la nada…

—Hay algo más… —Ante la sentencia de Arles, todos retuvieron el aliento.

—Venga, Arles, termina con las sorpresas de una vez por todas. —Dohko se cruzó de brazos y sopló sus flequillos.

—Siendo Apolo el dios de los oráculos, también tiene bajo su poder a Star Hill.— Se detuvo, esperando cualquier reacción, pero solo encontró silencio—. Esto justifica el hecho de que las estrellas insistieran en Lemnos, guiándonos hacia una emboscada.

—Entonces, Star Hill está secuestrada.

—Es un modo de decirlo, Kanon —Shion asintió, antes de que Arles continuara.

—De acuerdo con Asterión, Star Hill es controlada y espiada a través de un altar de fuego, ubicado dentro de la fortaleza de Troya. Lo que es peor, al parecer este altar crea una conexión entre ellos y nosotros, que les permite entrar y salir del Santuario sin ser detectados por el escudo de Athena.

—Eso es todavía más grave. —Shaka añadió.

—¿Qué podemos hacer al respecto? —Por primera vez, la voz de Saori resonó, y sus grandes ojos grises buscaron el rostro de Shion.

Shion frunció el ceño. Hubiera deseado tener una respuesta más concreta para su joven diosa. Sin embargo, todo lo que sabía era que la destrucción de aquel altar —y por lo tanto la liberación de Star Hill y el cierre del paso para los Apolonios—, era una prioridad. El cómo lograrían semejante hazaña no lo tenía igual de claro.

—No creo que tengamos más opción que atacar. —La irrupción de Saga lo tomó por sorpresa. Volteó de inmediato en busca de su rostro, y lejos de interrumpirle, decidió escuchar—. Llevan meses jugando con nosotros, espiándonos, emboscándonos… Este ha sido un juego en el que ellos siempre han llevado ventaja. Por primera vez, estamos un paso por delante de ellos…

—¿De qué clase de ataque hablamos? —Camus preguntó.

—Una incursión… a Troya.

De pronto, el silencio en el salón se volvió tirante. Saga, desde su asiento, recorrió con la mirada los rostros de cada uno de sus compañeros. Suspiró, y sus dedos tamborilearon sobre la enorme mesa de mármol.

No esperaba una reacción distinta, pero sabía que no tenían más opción. Desde el momento en que Arles reveló que a través de Star Hill, Apolo tenía control sobre ellos, Saga supo que no habría decisiones sencillas que tomar. Su propuesta no iba a digerirse con facilidad, y tampoco sería la opción favorita —especialmente para el viejo—, pero él sabía que era la correcta. Los habían golpeado por demasiado tiempo, y era momento de ponerse en pie y devolver el golpe.

—¿Tienes algo más específico en mente? —Shaka preguntó.

—No sé cómo puedo decirlo más claramente. Nos controlan a través del altar de fuego, el altar de fuego está dentro de Troya… Atacamos Troya y destruímos el altar. Fin.

—Wow… —Kanon masculló. Levantó las cejas y, un instante después, esbozó una sonrisa—. Me gusta…

—Ir a Troya y atacar implica un enfrentamiento directo con los cinco Apolonios… —Shion habló, pero antes de que pudiera continuar, Aioros se le adelantó.

—Ellos nunca han rehuído del enfrentamiento, al contrario. Y tarde o temprano, volverán a atacarnos. ¿Debemos esperar y darles la oportunidad de tomar el control del ataque? ¿O, podemos atacar ahora que piensan que nos han derribado y sorprenderlos? Saga tiene razón.

Shion apretó los dientes. Su instinto le decía que estaban tomando una decisión precipitada, alimentada —en parte— por los acontecimientos de los días anteriores. Sin embargo, no estaba seguro de cuáles serían sus argumentos para detenerlos.

Conocía de sobra la fiereza de Saga cuando se trataba de defender sus ideas y sus ideales. La había enfrentado en más ocasiones de las que le hubiera gustado desde el regreso y, aunque podía jactarse de haber sido capaz de controlarle en alguna que otra ocasión, tenía el presentimiento que ésta no iba a sumarse a su lista de éxitos. Había una llama de determinación en la mirada esmeralda de Saga, y una contundente decisión en su voz, que le indicaba al lemuriano que no iba a ceder.

Encima de todo, no estaba sólo: ahí estaba Aioros, inmutable en su rol de respaldarlo. Y, por si fuera poco, había notado la curiosidad en los ojos de Kanon, delatando su interés en el plan.

—Estoy de acuerdo en que debemos sacar ventaja de la información que tenemos, pero un ataque directo a Troya…

—Venga, Shion. —Ahí estaba, lo que tanto temía: Kanon al habla—. Saga habla con audacia y el arquero con lógica. El plan está un poco… rústico todavía, pero tiene sentido.

—Kanon…

—Piénsalo. Han ido directamente a por las cabezas de tu orden. Mírame a los ojos y dime que toda esta locura no ha sido para destruirlos a ellos. —Apuntó a su hermano y a Aioros—. ¿Y qué vamos a hacer nosotros? ¿Sentarnos a esperar el siguiente golpe? No.

—Devolvemos el golpe y, mientras estamos en ello, destruímos el altar. Yo también estoy de acuerdo. —Shion gruñó cuando escuchó la terquedad impregnada en la voz siempre fuerte del león.

—Chicos…

—Shion, ¡no sé qué más puedes objetar! —Saga le levantó tu asiento y sus manos golpearon la mesa. El movimiento de su cuerpo hacia adelante hizo que el delgado hilo de oro que sostenía la pluma a su cuello resbalara, y ésta quedara a la vista.

Más de una mirada reparó en el pluma dorada y, de pronto, una sensación de calma sobrevino a pesar de la intensidad del momento. Incluso Shion, quien se encontraba en alerta, soltó de pronto cada músculo de su cuerpo.

La pluma, balanceándose en el cuello de Saga, le recordó lo mucho que sus chicos habían crecido y reafirmó su fe en ellos. Ya una vez, años atrás, había tenido la confianza ciega de dejar la Orden en sus manos jóvenes e inexpertas. Entonces, ¿por qué dudar ahora? Esta vez los tenía a ambos, y ellos sostendrían y guiarían al resto. Eran sus herederos.

—No tengo nada que objetar —confesó, soltando el aire en sus pulmones. Miró directamente a los ojos de Saga y sostuvo su mirada—. Confío en ti, en vosotros. —Después, desvió su mirada hacia Aioros—. Iremos tras Apolo, hasta Troya, y nos liberaremos de él. Pero lo haremos bien. Cada uno de vosotros es más que cosmos y músculo. Sois guerreros inteligentes y capaces de hacer algo más que destruir. Os necesito pensando con la cabeza fría. Necesito un plan, un plan digno de vosotros, ¿entendido?

—Lo tendrás.

—Bien. —Shion asintió, satisfecho con la respuesta de Saga—. Al resto, os digo: estamos en guerra de nuevo, pero ésta será la primera guerra que pelearemos juntos, los doce… o trece. —Miró a Kanon. El gemelo esbozó una sonrisa divertida.

—Catorce, viejo. Ahí estás tú también.

Shion levantó los lunares, sorprendido. Después, su gesto se suavizó en una sonrisa y asintió. Kanon tenía razón: su Orden estaba completa.

-X-

Saga esperó pacientemente a que todos abandonaran el salón. Ignoró las miradas que lo cuestionaban, y confió en que Shion se quedara cuando se hubieron marchado. No se equivocó.

—¿Cómo estás? —preguntó el lemuriano.

—He estado mejor, francamente.

—Lo sé… pero, hijo, paso a paso. Levantarse es dificil, pero veros hacerlo es… asombroso. Y ¡vaya si lo hacéis! —Pero Saga tragó saliva, sin alzar el rostro de sus manos, y de modo inmediato, Shion supo que algo más sucedía—. ¿Qué sucede?

—Tengo que contarte algo.

Los lunares se arrugaron. El rostro delicado se ladeó y su espalda se irguió, pero Shion no dejó de prestarle atención un solo instante.

—Te escucho. —El peliazul tomó otra bocanada de aire, se pasó los largos dedos por la melena y, finalmente, despegó los labios.

—Ocurrió algo mientras Aioros estaba en Lemnos, y me temo que es algo importante —Shion no hizo o dijo nada que delatase su inquietud, pero poco a poco, cada músculo de su cuerpo se iba tensando.

—Vamos, habla —lo animó.

—Mientras él estaba en Lemnos me quedé dormido. Y es curioso, porque apenas duermo… y yo estaba tenso y pendiente de lo que sucedía allí que... —Se sopló el flequillo—. No sentí las explosiones de cosmos, no sentí nada, hasta que me desperté de pronto como si hubiera tenido una pesadilla. El problema es que esta vez, creo que no lo fue…

—¿Qué quieres decir?

—Que vi el enfrentamiento entero mientras dormía. Como si hubiera estado allí, como un espectador. Vi a Nomios, vi como repelía el Infinite Break, vi a Aioros volar…

—Eso es…

—Raro cuanto menos… aunque no es lo que me preocupa.

—¿Y qué es? —sabía que hacía muchas preguntas, pero con Saga siempre era así. Le costaba hablar, le costaba confesar, y necesitaba una ayuda, un empujón.

—No estaba solo. Lo vi a través de los ojos de Ares. —Ya estaba, lo había soltado, se lo había sacado del pecho.

El corazón de Shion se detuvo en su pecho, y su garganta se secó de pronto. Buscó los ojos de Saga, que lo miraban de vuelta como si esperase una condena. Había miedo en ellos, había confusión… pero quien lo miraba era su pequeño, nadie más.

—Me temo que no entiendo…

—Pensé que mi subconsciente me estaba jugando una mala pasada, pero… —negó—, le escuché. Estaba ahí, era como si yo estuviera en pie en el templo derruido de Hefesto, y él estuviera a mi lado, no en mí.

—¿Qué te dijo?

—Pues… para empezar, dijo que los dioses reencarnan, independientemente de que lo notemos o no. Hay dioses que no son belicosos, y que pasan desapercibidos para todo el mundo, como Hefesto. Pero que le sorprendía no haberle encontrado ahí, en su fragua. Dijo… piensa —se corrigió— que el responsable de esta guerra les está cazando. Desconoce el motivo, pero aparentemente estaba ahí, porque estaba, buscando su lanza sagrada. Necesita defenderse, protección.

—¿Cómo sabes que estaba ahí?

—Porque lo ví… cuando el sueño se disolvía, lo vi alejarse, lo vi mirarme a los ojos. Era una forma espiritual, no física, pero estaba ahí y era real. —Se sopló el flequillo una vez más—. Me resultó obvio que en realidad él no tenía nada que ver con lo que estaba pasando, aunque ahora ya lo sabemos a ciencia cierta. Dijo que… un dios siempre es más vulnerable cuando no tiene un cuerpo físico al que aunar su poder.

—Tiene sentido, al fin y al cabo el escogido de un dios es un cuerpo que alberga un inmenso poder de por sí. Si sumas el del avatar al del dios…

—Eventualmente, si no lo atrapan antes, me buscará.

—Hijo… No sabemos si esto es… —quiso decirle que quizá solamente era un juego mental más, pero Saga se le adelantó.

—¡No! —exclamó—. Escucha… —suspiró, tratando de poner calma y orden en sus palabras—, estaba deseando que todo fuera mentira, que solo fuera mi mente, mis miedos tomando el control después de estos dos días de mierda, pero a cuanto más tiempo pasa, más sentido tiene. No está sellado, y sea quien sea quien trabaje con Apolo… está cazando a los dioses por algún motivo. Y si Ares está atemorizado… —negó con ímpetu—. ¡Joder! He pasado trece años de mi vida con él en mi cabeza. ¿Sabes cuántas veces lo sentí asustado? —Shion negó—. Una. Cuanto atrapé a Niké con la mano y me atravesé el pecho. —El peliverde agachó el rostro, espoleado por el dolor de su corazón. No quería pensar en eso, no quería imaginarlo—. Si está asustado y me ha avisado de ello, es porque es verdad… No puede ser otra cosa.

Shion tomó sus manos entre las suyas. Estaban heladas, ligeramente temblorosas.

—Suceda lo que suceda, hijo… estaremos preparados esta vez.

—¿Cómo? —musitó, con voz temblorosa—. Yo no puedo controlarlo… mi voluntad no es suficiente para…

—No pienses en ello ahora. Paso a paso, ¿de acuerdo? Pensemos en Troya, en recuperar Star Hill… y después, veremos. —estrechó el agarre un poco más, y luego llevó su mano al rostro del santo, apartó un mechón de su melena, y buscó sus ojos—. No estás, ni estarás solo. Nunca.

Continuará... —

NdA:

Kanon: Esto podría llamarse "El duelo en tiempos de Pandemia"...

Sig: Eso ha sido cruel, Kanon…

Kanon: Mis disculpas, Alteza u_u

Sig: No son necesarias las reverencias, plebeyo :)

Milo: Creo que me he perdido algo aquí... es culpa del humo que se me metió en los ojos :'(

Kanon: ¿Has aspirado ceniza de muerto por los ojos?

Milo: ...?! ?! ?!

Gato: Ahora sí, ¡eso fue feo, Kanon!

Kanon: ¡Perdón! Es que no sé lidiar con el trauma ajeno u_u Menos aún con el de sus Majestades…

Milo: ¿Majestades? ¿Ahora somos una monarquía?

Kanon: Sus Majestades Saga y Aioros son los padres amorosos y perfectos de Su Alteza Real, el Príncipe Encantador.

Milo, Aioria: ... xDDDDDDD

Aioros: Cof, cof... como su Majestad que soy, quería aprovechar este momento para agradecer a todos su apoyo…

Kanon: ¿Lloraremos todos de nuevo?

Angie: ¿Eso significa que has llorado, Kanon? ¿Por el arquero? ¿Por tu hermanito?

Kanon: ... ?!

Sig: Yo lo vi, lloró un poco :D

Kanon: ¡Osh! ¡Suficiente! Todo lo que pasa últimamente en el mundo es una catástrofe. Así que, si los dioses nos lo permiten a todos, nos veremos en el siguiente capítulo.

Shion: Mientras tanto, buscaremos en qué ocupar tu energía, Kanon…

Kanon: Tampoco te pases...

Saga: En fin, esperamos que todos esteis bien ahí fuera y os esteis cuidando como debe ser en estos tiempos tan difíciles... Portaos todos bien...

Aioros: ¡Hasta el siguiente capítulo!