Capítulo 67: Troya, Parte I

Había algo en la regia presencia de la Gran Estatua de Athena que removía el interior de cada alma que pasaba ante ella. Shion llevaba casi tres siglos comandando el Santuario, y aún era víctima de aquel encanto. Sin embargo, aquella noche, quizá la sensación se magnificaba porque la mayoría quienes aguardaban a sus pies, habían vivido una amarga historia ante ella, apenas un par de años atrás. Si uno afinaba la vista, aún podía distinguir en el suelo el rastro de la sangre de la princesa, testigo inmortal de su precipitado final en la batalla de Hades por el Santuario.

Pese a ello, aquel lugar era el corazón del Santuario. Los ojos de la estatua, tallados en piedra y carentes de vida, parecían proyectar una insondable paz en su vacío gris. Athena, en todas sus formas, siempre velaría por ellos.

El maestro paseó su mirada amatista sobre el grupo de soldados que tenía en sus manos el éxito del primer embate de la guerra: Arles, Roshi, Shura, Milo, Aioria, Naiara, Tatiana, Argol, Orfeo, Asterión… Aioros y Saga.

Pallas revoloteó en círculos sobre sus cabezas, nerviosa, siendo su ulular el único sonido que rompió la paz silenciosa de aquella noche de primavera, como si le urgiera a hablar y dar por iniciada aquella misión suicida a la que no deseaba enviarles. Cuando la majestuosa ave de blanco plumaje se posó en el brazo extendido de la princesa, Shion tomó una gran bocanada de aire. No tenía sentido demorarlo más.

Frente a ellos, sus chicos envueltos en oro, formaban en una ordenada fila improvisada, aunque dudaba mucho que fuera casualidad el orden escogido: Saga y Aioros se alzaban en el centro, con los demás a sus flancos y la mirada, siempre orgullosa y decidida, en alto. Sus rostros, impasibles y fríos, ocultaban un remolino de emociones y temores que Shion compartía. Pero verles así, comandando a su pequeño grupo de santos y amazonas, que los seguían con absoluta devoción y lealtad, le conmovía y le hacía sentir inmensamente orgulloso. Distinguía muchas y diversas emociones en ellos, pero sobre todo, distinguía unidad, confianza, complicidad. Nadie pelearía solo esa noche: desde el más fuerte, al más débil.

—Ya sabéis lo que debéis hacer. —Todos asintieron, prácticamente a la vez—. Nos veremos pronto.

—Que Niké os guarde en esta larga noche… —bendijo la princesa, mientras su voz dulce como el algodón, se entremezclaba con el latido de sus corazones encogidos y el arrullo de su cosmos diciendo adiós.

-X-

Apenas un gesto sirvió para decirse adiós: Un breve asentimiento con su rostro, y ambos equipos partieron en direcciones opuestas sin mirar atrás. Todo estaba dicho ya. Para Saga era mejor así: más sencillo, aunque las ganas de voltear sobre su hombro y buscar con sus ojos la silueta de Aioros una última vez, eran enormes. Sin embargo, sabía que hacerlo no le ayudaría en su empresa. Contaba con la ventaja de la experiencia, después de todo, era perro viejo.

Aquella no era la primera batalla crucial que libraba. Ni había sido tampoco la primera despedida, aunque quizá sí la más sentida. Habían tenido demasiado poco tiempo para vivir… apenas habían logrado reparar algunos rasguños superficiales de sus vidas malogradas.

Tragó saliva, descubriendo que el nudo de su garganta se había fortalecido. Estaba nervioso, desde luego. Su apariencia siempre estoica e imperturbable decía algo muy diferente, pero su interior era un torbellino de emociones y palabras que nunca había tenido la oportunidad de decir… de imágenes, de rostros amados que deseaba volver a contemplar al menos una vez más.

Saga era un hombre duro y fuerte, seguro de sí mismo y consciente de su valía como santo y de lo que su entereza representaba para los demás. Pero eso no implicaba que no albergase temores antes de cada batalla que libraba. No significaba que no tuviera miedo, o que no se sintiera perdido en ocasiones. No siempre sabía qué debía hacer o cuál era el mejor modo de lograr su objetivo.

Sin embargo, lo que sí tenía era una voluntad inquebrantable. Nada ni nadie iba a impedir que lograra su objetivo aquella noche y, si sobrevivía, en las batallas que estaban por llegar. Haría lo que fuera necesario: como siempre, sin importar cuánto debiera mancharse las manos.

Tomó una bocanada de aire y cerró los ojos por un segundo, tomando consciencia de la quietud que lo rodeaba y de sí mismo: concentrándose. Ni un solo ruido —además del producido por sus botas y las de Arles— rompía el silencio de aquella noche señalada y tan meticulosamente preparada. Nada. Ni siquiera el aire agitaba las ramas de los árboles en una sutil caricia nocturna. Era como si, simplemente, el tiempo se hubiera detenido en aquel lugar que languidecía bajo el yugo de Apolo.

La calma que precedía la tempestad.

Siempre se sentía así: como una opresión implacable en el pecho y un nudo en la garganta.

Arles, a su derecha, caminaba sigiloso como un gato, tan atento a todo como lo estaba el propio Saga, pero también con un ojo puesto en él. El peliazul lo sabía.

Jamás había visto pelear al mayor. ¡Dioses! Aquella era la primera vez que lo veía vistiendo Altair. Y aunque la curiosidad era mutua, sabía de sobra que el viejo sentía tanto interés por él, como genuina preocupación. Era sumamente difícil de explicar. Después de todo, Arles había sido un padre, o una madre, quizá ambas cosas. También un maestro… Y los ojos que habían logrado ver a través de la farsa. Era el adulto en aquel particular equipo que formaban y, sin embargo —aunque Saga no lo imaginase—, se sentía pequeño a su lado. Pero terriblemente orgulloso también.

—"Hemos llegado" —dijo el mayor con su voz pausada, directamente a su mente.

Habían alcanzado los campos de olivos que bordeaban la villa en el flanco sur oeste: extendiéndose perfectamente alineados a izquierda y derecha del camino. Unos metros al frente, las primeras casas del pueblo se apiñaban en la oscuridad. Ni una luz manaba de ellas.

Saga no respondió. Se limitó a asentir mientras su cosmos, sutil como un suspiro, rastreaba su entorno en busca del escudo defensor. Tan solo un par de segundos después, frunció el ceño satisfecho, cuando su energía vibró con delicadeza casi imperceptible al toparse con la barrera del Dios del Sol.

—"Lo tenemos" —afirmó.

—"Nosotros también" —replicó Aioros, unos cuantos kilómetros más allá, al norte de su posición. Aunque no le veía, Saga asintió de nuevo. A lo lejos, pudo sentir el cosmos del resto de los chicos, aguardando en las sombras frente a las murallas de Troya, deseándoles suerte.

—"Tres segundos…"

Tres segundos era lo que les restaba de paz, quizá de vida. Ni más, ni menos. Pero nadie lo pensó dos veces.

Saga tomó aire, cerró los ojos y liberó su cosmos. Ardió con tanta fuerza que la noche se hizo día, el firmamento se tiñó de naranja y oro, y un falso amanecer inundó las calles de la aldea como si de un naciente y abrasador día de verano se tratase.

A lo lejos, el cosmos de Aioros se alzó con la misma potencia descomunal y sobrehumana. El aire se electrificó, tornándose pesado, cuando atravesaron el escudo.

Pum, pum.

El corazón de Arles latía desbocado esperando el momento del contraataque, con todos sus sentidos amplificados al máximo, esperando la ofensiva y contemplando la luz divina que desprendía Saga, como si de una estrella en llamas se tratase.

Pum, pum, pum.

El corazón de Saga no golpeaba menos fuerte.

Entonces, un chillido ensordecedor rasgó el silencio de la noche.

Saga abrió sus ojos teñidos de oro.

Había empezado.

-X-

Esa noche, sus emociones eran distintas. Eran irreconocibles, al punto que Aioros las sentía casi ajenas. A diferencia de todas sus batallas anteriores, no había dudas ni tampoco miedos. Había una calma fría y falsa, que ocultaba con maestría los verdaderos sentimientos que bullían en su interior: ansia, hambre de guerra, determinación… y rabia.

Nunca antes había deseado tanto ir a la guerra y ver el rostro de su enemigo. Jamás anheló tanto la derrota de su contrincante.

La guerra era su destino; había nacido y vivido solo para ella. Pero nunca había sido personal, al menos no hasta ese punto. Ya no solo se trataba de Athena, del mundo, de la humanidad… Esta guerra era diferente, era única. Apolo no solo había apuntado a matarles, había apuntado a destruirles mientras aún respiraban. De alguna forma había tejido una red de mentiras e ilusiones en las que él había caído como la presa perfecta. Se había tragado cada palabra y acto de manipulación. Y si todo aquello no había sido suficiente, la estocada final —ese último acto aberrante que había estado a nada de destruirles por completo—, había sido el asesinato de Janelle.

Apretó los puños y cerró los ojos por un instante. Se había esforzado al máximo por acallar las voces que clamaban por venganza en su interior. O al menos eso había pensado, hasta que puso los pies en las calles de Tevfikiye, y sus ojos presenciaron la devastación que Apolo había traído a aquel rincón del mundo. Entonces, toda fachada se derrumbó y la ira centelló en sus ojos azules.

Apolo no iba a ganar esa guerra. Aioros no iba a permitírselo.

Orfeo y él habían conseguido internarse en el poblado. El lugar hedía a muerte. Había sangre seca y restos en descomposición por doquier. Las callejuelas de la ciudad estaban plagadas de bestias. Con una mirada alcanzó a distinguir al menos una decena de especies distintas de ellas. Asqueado, apartó la vista cuando vio a un par de monstruos disputarse los restos de lo que parecía un perro.

En silencio, maldijo. Lo que alguna vez había sido una villa tranquila, ahora era el escenario de una pesadilla.

—"Creo que estamos en posición" —le dijo a Orfeo—. "Esperemos por Saga y Arles."

—"Correcto, puedo sentir el escudo. A vuestra señal empezaremos."

Aioros asintió. De soslayo, miró al chico a su lado. Conocía muy poco de Orfeo. Era un joven callado que poco o nada compartía sobre sí mismo, pero al que Aioria tenía en un gran concepto. Lo que sí sabía, era que dentro de sí guardaba un poder increíble que —según algunos— equiparaba al de un santo dorado. Aioros rogaba porque fuera así, pues ambos necesitarían de una fuerza extraordinaria para mantenerse en pie a mitad de la tormenta que les vendría encima.

Como fuera, su única opción era conseguirlo. No iban a rendirse, no iban a abandonar.

Apolo había terminado por convertirse en una ironía. Dios del Sol, padre de la vida… transformado en desolación y muerte. Sus criaturas, descritas en los mitos como seres de luz y de armonía, ahora se movían entre las sombras, como los demonios que eran. La música de sus ninfas se había apagado, dejando tras de sí el lamento desgarrador de los muertos y el aullido de sus bestias.

Pero el día había llegado. No había tiempo para pensar ni para arrepentirse. La sangre de guerrero en sus venas le aupaba a seguir. El dolor en su pecho era la fusta que lo mantendría peleando durante aquella noche eterna.

Apolo estaba a punto de recibir el primer golpe, ese que le enseñaría a no subestimarlos.

—"Lo tenemos." —La voz de Saga retumbó en su cabeza, desatando una inyección de adrenalina que corrió por sus venas y desbocó su corazón.

—"Nosotros también" —respondió.

Tarde o temprano, Apolo pagaría por todo el daño que había hecho… sin importar lo que costase.

—"Tres segundos…"

La guerra daba inicio ahora.

-X-

Para Shion, aquella era una de las noches más difíciles que recordaba en toda su larga vida. No solamente era la vitalidad del éxito de la misión… sino que, además, su círculo más íntimo, de más confianza, estaba allí en Troya. Se sentía solo, desprotegido… e inmensamente preocupado.

Saga, Aioros, Arles… Dohko: su inseparable amigo, junto al que había librado mil batallas y cuya lejanía ahora pesaba como un yunque.

Y todos los demás.

A pesar de que la noche era cálida, se sentía destemplado: escalofríos recorrían su cuerpo cada poco tiempo. Se sirvió un poco de vino especiado, y dio un sorbo. Resopló y abandonó el libro que había tomado de la estantería apenas cinco minutos antes, cuando el Equipo Troya se había marchado. Había sido ingenuo pensando que sería capaz de prestar la suficiente atención a aquellas páginas.

Después, se levantó, dejando atrás la comodidad del kliné de la terraza de sus privados, y caminó los pasos que lo separaban de la baranda. Posó sus manos en el mármol blanco con delicadeza, dejando la copa a un lado. Y entonces, alzó la vista al cielo.

Era una noche despejada como ninguna otra en los últimos meses. Cada estrella relucía en el cielo con un brillo casi antinatural… y él lo entendía. A lo lejos, mucho más allá de lo que sus ojos le permitían ver, más allá del mar… una gran batalla estaba a punto de desatarse.

Tragó saliva. No podía demorarse mucho más.

Y entonces… el cosmos de Aioros y Saga, estalló en la oscuridad con una intensidad que le estremeció.

Sin darse cuenta, sus manos se apretaron contra el mármol y su respiración se contuvo en los pulmones.

Apenas un segundo después… cuatro impresionantes cosmoenergias explotaron junto a sus chicos.

Cerró los ojos y afinó sus sentidos: las piezas se movían.

"Por favor, sobrevivid…" imploró a los dioses. "Volved a casa esta noche…"

-X-

Aquel alarido sobrehumano pareció capaz de perforar sus oídos, y ambos santos se encontraron apretando los dientes. Después, lo que pareció un aleteo veloz agitó la quietud de la noche sobre sus cabezas. Saga y Arles alzaron el rostro al mismo tiempo, para comprobar como unas manchas negras e informes recortadas en la lejanía del firmamento se acercaban a ellos a toda velocidad. Provenían de Troya, de aquello no había duda.

Sin embargo, antes de que pudieran llegar a una conclusión visual sobre qué o quiénes eran, se encontraron rodeados por un enjambre de oscuridad.

—¡Keres! —exclamó Arles, mientras centellas de su cosmos plateado destruían aquellos cuerpos semi putrefactos que ahora podía contemplar mejor.

Saga no replicó. Nada de lo que fueran a encontrar allá tenía la capacidad de sorprenderle —o eso creía, al menos—. Imitó a Arles y, con la velocidad propia de su rango, comenzó a pulverizar un monstruo tras otro.

Lo que antaño fueran cuerpos femeninos, ahora no eran más que engendros huesudos de carnes tan negruzcas como los harapos que vestían. Sus bocas, repletas de dientes puntiagudos y ensangrentados, chirriaban, dejando un hedor pestilente cuando se acercaban lo suficiente. Sus garras se veían tan fuertes e implacables, que mantenerse lo más alejados posible de ellas sonaba a una buena decisión. Y sus alas, negras y membranosas, se batían a toda velocidad a sus espaldas, manteniéndolas en el aire con una habilidad asombrosa a pesar de las continuas embestidas de cosmos que las hacían tambalear.

Se movían como un enjambre de avispas —denso, unido, letal—, solo que con el único objetivo de sobrevolar el campo de batalla para alimentarse de sangre y carne humana.

El gemelo gruñó cuando esquivó las garras de un par de ellas que iban directas a su cabeza. Sabía bien que aquello no era más que una distracción, por lo que no podía permitirse perder el enfoque de la situación. Una explosión de su cosmos eliminó de un plumazo a unas cuantas, pero en aquel momento, todo cambió.

Un enorme meteoro de radiante cosmoenergía impactó entre él y Arles abriendo un gran y humeante cráter en el punto exacto que segundos antes ocupasen. Apenas tuvieron unas milésimas de segundo para saltar por instinto y retroceder un par de metros, intercambiando una mirada fugaz y asegurándose del bienestar del otro cuando ambos aterrizaron a cada lado del socavón. Embravecidas, las keres retomaron el ataque, como si hubieran sido espoleadas por aquel cosmos ardiente. A sus lamentos se unieron otros más, diferentes, provenientes de Kalafat: sin duda el bestiario de Apolo era extenso.

De modo instintivo, las manos de Saga se envolvieron en su cosmos dorado, pero antes de que pudiera divisar con claridad la sonrisa presuntuosa de Loxia algo más allá, un segundo individuo de cabellera esmeralda apareció de la nada, cargando contra él y arrollándolo sin miramientos.

Fuera quién fuera aquel invitado sorpresa, lo placó con tal fuerza que sacó el aire de sus pulmones de golpe y ambos terminaron rodando por el suelo. Saga farfulló una maldición cuando se halló forcejeando con el apolonio misterioso. Debía serlo pues su armadura, tan reluciente como la de Loxia, centelleaba como el mismo sol al mediodía.

Hincó la rodilla envuelta en cosmos en el costado protegido de su rival una vez, y luego otra, con la esperanza de quitárselo de encima tan rápido como le fuera posible. Encajó un par de golpes que le forzaron a ahogar un quejido y después, sintió el cosmos de Arles explotando algo más allá. Acto seguido el de Loxia… ambos acercándose a su ubicación peligrosamente rápido.

El desconocido rodeó su cuello con una mano, apretando con fuerza, preparando el puño de la otra. Saga se revolvió, quemó su cosmos con más intensidad e imprimió toda la fuerza posible en el siguiente golpe: justo a tiempo y justo a la sien. Cuando se puso en pie de un salto Loxia ya estaba ahí, dispuesto a cargar con su mano ardiente contra él.

—¡Fotón ígneo! —escuchó.

Saga frunció el ceño, esquivó un nuevo embate del apolonio peliverde con su antebrazo —que vibró dolorosamente desde la punta de sus dedos hasta la misma clavícula—, y echando el otro hombro atrás sorteó por un suspiro el puño de su viejo-nuevo conocido.

Retrocedió tan rápido como le fue posible, apenas un par de metros.

—¡Otra Dimensión! —Desapareció, y después reabrió el portal de oscuridad a espaldas de ellos, unos cuantos metros más allá, en lo alto de un decrépito tejado.

Su pulsó retumbaba con fuerza en las sienes. La distancia le permitió respirar ante el acoso inicial y, de paso, sirvió para tomar un poco de perspectiva de la situación: Arles estaba ahí, tratando de acercarse, peleando incesantemente con aquel enjambre de bestias que parecía crecer cada vez más y que se había interpuesto entre él y Saga; pero sin dejar de incordiar a los apolonios. Se limpió la sangre que goteaba del labio con los dedos, y clavó sus ojos en la mirada desafiante del nuevo.

—¿No os dijeron nunca que es de mala educación llegar de visita, en mitad de la noche, sin haber sido invitado? —masculló el peliverde con parsimonia y una sonrisa torcida, mientras el cosmos que rodeaba sus puños chisporroteaba peligrosamente.

—¿No te dijeron que es de mala educación no presentarse…?

—Acesio, Astro de la Vitalidad. —Irónico, pensó Saga. Una exagerada reverencia siguió a las palabras del apolonio—. Y, aunque sé que vosotros dos ya os conoceis, no lo hacéis formalmente. —El rubio ladeo el rostro, burlón—. Él es Loxia: Astro de la Profecía y la Razón.

El peliazul frunció el ceño pero, después, Acesio se arrojó con una rabia bestial contra él. El cosmos del gemelo estalló en sus manos de oro —convirtiéndolas en dos armas letales—, marchando directo al peliverde. Tuvo que reaccionar con más presteza de la que hubiera necesitado para ser absolutamente preciso con sus golpes.

A la vez, esquivó los puños tornasolados de Loxia, imprimiendo aún más velocidad a sus movimientos. Se agachó, evitando lo que hubiera sido un doloroso golpe en la mandíbula de parte de Acesio, y cargó con fuerza contra Loxia sin perder de vista un solo instante a su compañero.

¡Ah, dioses! ¡Qué bien se sentía cargar sin reparo contra el rubio! Lo miraba y solamente lo veía atacando a Janelle, desangrándose en sus brazos… y su sangre hervía solo de pensarlo.

—Me pregunto cuánto tiempo vas a aguantar peleando contra los dos, santo.

—¡Ponme a prueba!

Bendita adrenalina. Daimón, lo llamaban los antiguos: el espíritu de la guerra que poseía a los soldados, induciendoles a un trance sangriento, ignorando el dolor o las heridas. A él le daba igual el nombre. Pero esa quemazón interior lo espoleaba y lo alentaba a ser más rápido, más letal, más fuerte: a resistir. Y le servía.

Su cosmos dorado se expandió en la oscuridad, como miles de minúsculas estrellas que buscaban carne humana que destruir: potente, intenso y letal. Terriblemente diferente al candor que mostraba cuando ese era su deseo.

Logró mantener a raya a Loxia, pero antes de que tuviera tiempo de pensar el siguiente movimiento, Acesio contraatacó con ímpetu. Su cosmoenergia, volátil como el viento, arrastró con ella el polvo del campo donde se encontraban. Los ojos de Saga lagrimearon, todo su ser se quejó del súbito calor empapándose en sudor, y pronto se encontró librando un combate cuerpo a cuerpo con los dos.

¡Los dioses sabían cómo odiaba ese estilo de combate!

Pero a decir verdad, empujarle a ello honraba a sus enemigos: le habían estudiado lo suficiente como para saberlo. Loxia había hecho un excelente trabajo, aunque su estilo resultaba más parecido al suyo: era mentalista después de todo. Sin embargo, Acesio era caótico, como un toro embistiendo sin control y sus puños eran… pesados.

Géminis era una magnífica aliada. Una armadura prácticamente perfecta, pues las partes de su cuerpo que quedaban vulnerables y sin protección eran mínimas. Y, aún así, podía sentir la piel rasgandose aquí y allá con cada golpe recibido. Rasguños dónde no debería haber, pues el oro lo cubría.

—¡Llamas meteoro!

Arles arremetió, interrumpiendo el acoso al que Saga estaba siendo sometido y arrastrando a Loxia consigo. Su cosmos, blanco y brillante, rebosaba pureza… pero también una potencia y una velocidad que Saga no le había conocido nunca. Podía ver sus puños moviéndose a la velocidad de la luz, asestando golpes tan rápidos y certeros como lo fuera el Cometa de Pegaso en sus mejores momentos… y eso confundió al apolonio, que se vio atrapado en un intercambio de golpes sin cuartel.

El peliazul lo agradeció. Su puño chocó con el rostro de Acesio sin piedad, tumbandolo, pero el tipo contraatacó tan rápido y con tanta fuerza, que el buen sabor de boca de Saga rápidamente se transformó en sangre.

—Me dijeron que no te gustaba el cuerpo a cuerpo —el apolonio asestó otro puñetazo—, mancharte las manos. —Saga rodó los ojos con hastío en medio del acoso al que estaba siendo sometido. Encima de todo, el tipo había resultado hablador, ¡maldita su suerte!—. Y, sin embargo, eres muy bueno en ello. —Afirmó Acesio con una sonrisa que lejos de resultar halagadora, no presagiaba nada bueno.

—¿Te parece…? —El gemelo cargó, sus manos separadas y envueltas en cosmos se unieron frente a él, descargando su poder contra su rival, apartándolo de inmediato.

—¡Fotón del Caos! —Acesio contraatacó. Sus manos se movieron a una velocidad tan alta como la suya y miles de golpes, quizá más suaves, pero mucho más rápidos que antes, se dirigieron contra él.

Saga era un santo excepcionalmente rápido: tenía que serlo manejando técnicas con la potencia destructiva de las suyas, o sino, simplemente supondría un peligro para sí mismo. Bloqueó gran parte con sus manos, pero era imposible contener a un guerrero de la categoría de los apolonios —y con esa velocidad— de esa forma.

Quemó su cosmos con más fuerza, las yemas de sus dedos hormiguearon con aquella sensación de anticipación y, después, lo estalló sin piedad.

—¡Explosión de Galaxias!

Saga escuchó el crujir de los huesos con inusitado placer. Acesio salió despedido unos cuantos metros en medio de la polvareda, pero pudo verlo aguantando el equilibrio sobre una de sus rodillas al final del surco calcinado que había dejado el estallido y la propia onda expansiva. Su sonrisa, perturbadora como era, se agrandó a pesar de las heridas recibidas, mientras, desde donde estaba, el santo podía ver el rápido y trabajoso vaivén de su pecho.

De pronto, el aire se tornó inusualmente caliente y pesado. La garganta de Saga se quejó. En sus recuerdos, ya había vivido algo así hacía no mucho: cuando Loxia lo atrapó en su ilusión.

—¡Extinción solar! —escuchó su voz, proveniente de algún lugar a su izquierda, y supo inmediatamente que aquello iba a doler.

Sintió el peligroso crujido de su costado cuando la inmensa corriente de energía impactó de lleno contra él, y se vio a sí mismo arrastrado por la potencia devastadora de aquel cosmos. Después, solamente notó como su espalda se estrellaba contra el muro a sus espaldas —o lo que fuera que había tras él— arrasando con ello.

Entonces, todo se oscureció.

-X-

Arles vio espantado como el cuerpo de Saga atravesaba la piedra del muro como si de un muñeco de trapo se tratase. Tragó saliva y se obligó a moverse. El chico se levantaría: era fuerte, duro… Era magnífico. Y él no le daría a Loxia —ni a Acesio—, la oportunidad de atacarlo mientras estuviera en el suelo. Saga necesitaba unos segundos de tregua y él se la daría costase lo que costase.

Frunció el ceño, y su mirada severa se acrecentó. Oteó su entorno un instante y asintió para sí mismo con decisión.

Aquella, después de todo, era una tierra milenaria bañada en sangre y gloria. Había sido el mayor campo de batalla de la historia griega, y el santo de Altair pensaba voltear aquello a su favor. Se movió tan rápido como un cometa, y su silueta de plata se colocó en guardia entre Saga, y los dos Apolonios. Sus ojos castaños buscaron la mirada escarlata de Loxia y cuando vio desafío y burla en ella, no se achantó.

Su cosmos plateado creció, extendiéndose por la planicie como la bruma de la estepa. Unos metros más allá, Acesio volvía al combate a toda velocidad. No podría aplacar a los dos, pero con uno bastaba.

—¿A qué juegas, viejo? —Arles gruñó para sí mismo al escuchar la provocación—. ¿Tan faltos de opciones estabais como para mandar a un santo de plata oxidado como su guardaespaldas?

La cosmoenergía de Altair comenzó a concentrarse en puntos dispersos y aleatorios a su alrededor: se veía desordenada —caótica incluso—, pero una minúscula sonrisa se formó en los labios de Arles. Estaba funcionando.

—Este viejo puede enseñarte un par de cosas aún, Loxia.

Aquellos puntos —similares a un remolino— comenzaron a refulgir, atrayendo más y más cosmos hacia ellos como si de un imán de vida se tratase. Al principio fueron dos o tres, pero a medida que los segundos pasaban, aparecieron decenas de ellos… hasta que finalmente tomaron forma como lo que eran: fuegos fatuos, almas de los caídos, llamas plateadas que ardían por doquier. Y de esas, había miles en los campos de Troya.

El santo de Altair, satisfecho, extendió las manos y su cosmos ardió aún más fuerte, atrayendo hacia sí aquellas llamas a toda velocidad. Estas se concentraron en sus palmas abiertas, y sus ojos brillaron con intensidad, pues a medida que los fuegos acudían a su llamado, la fuerza de Arles se acrecentaba exponencialmente.

Más allá, Saga se revolvió al volver en sí. Gimió al moverse y tosió. Se llevó una mano temblorosa a las costillas y sus pulmones se quejaron. El polvo del muro derribado sobre él no se lo ponía más fácil. Frunció el ceño y, sin pensarlo, pulverizó los escombros que lo atrapaban con su cosmos y se levantó, tan dignamente como pudo, haciendo recuento mental de los daños.

Arles respiró aliviado cuando notó el movimiento tras él, pero rápidamente volvió su atención al frente. Necesitaba concentrarse bien: hacía muchísimo tiempo que no usaba esa técnica. Cerró los ojos por un instante y respiró hondo.

Saga se sorprendió al verlo ahí, frente a él, protegiéndolo. Sin embargo, su expresión se tiñó de interés, pues había visto antes los fuegos fatuos —aunque en poder de otras personas—. Distinguió las almas de los caídos arremolinándose alrededor del santo de Altair en el preciso instante en que Arles abrió sus ojos.

El castaño cerró las manos frente a sí con una palmada seca y firme.

—Sepultura de almas.

Siguiendo la orden de su voz, su cosmos estalló como un rayo en mitad de aquella noche atípica, arrollando a Loxia sin piedad. El peliazul solamente atinó a sonreír.

Tenía sentido, después de todo. Arles era el último heredero de una armadura peculiar, que antaño había pertenecido a un lemuriano muy especial. Hakurei hubiera vestido Cáncer si la historia hubiese transcurrido como debía ser… había sido entrenado para ello, pero al final no había sido así. En su lugar Sage había ocupado el puesto, y con el tiempo, el trono. El viejo Hakurei se había limitado a transmitir su valioso y vasto legado a su discípulo favorito: Shion.

No hacía falta pensar mucho más, para saber que el peliverde había sido quien le había enseñado a Arles todo lo que sabía. Los hechos hablaban por sí solos… y de ahí las diferencias con Ángelo o Athan.

La Sepultura de Almas era una técnica maestra de los santos de Cáncer. El viejo podría haber sido un magnífico guardián de la Cuarta Casa si las estrellas así lo hubieran querido. ¡Dioses! ¡Cómo le hubiera gustado que fuera él y no Athan…!

Pero las cosas habían sido diferentes y Saga no era quién para cuestionarlas. Al menos no en aquel momento.

Decidió aprovechar los segundos de tregua que Arles le había concedido. No estaba dispuesto a desperdiciar sus esfuerzos. Buscó a Acesio, que se acercaba peligrosamente y volteó en dirección a Troya por un segundo. Eventualmente tendría que conducirles hasta allí, y debía aguantar hasta entonces. A lo lejos, sentía a Aioros empleándose tan a fondo como él.

Aguantar.

Saga quemó su cosmos, y atacó sin miramientos, con renovada energía. Puños, piernas, cosmos.

El peliverde y él chocaron como dos trenes.

—Tienes aguante…

Quiso responder, pero lo cierto era que no tenía tiempo —ni oxígeno— para ello. Su cuerpo dolía: dolía mucho. Cada golpe encajado, por minúsculo que fuera, abría una herida en su piel. Aquel cosmos quemaba, como si de alguna forma el contacto del apolonio fuera ácido… Saga siseó.

—Te has dado cuenta, ¿cierto? —El peliazul frunció el ceño. Tenía un mal presentimiento—. Verás… mi cosmos es especial. Soy el Astro de la Vitalidad: me alimento de los vivos.

De pronto, Saga abrió los ojos desmesuradamente al caer en la cuenta de lo que estaba sucediendo. Miró las yemas de sus dedos magulladas, y después bajó la vista hasta el muslo de su pierna derecha. Tenía una herida abierta, un corte que rezumaba sangre…. Y cosmos.

Minúsculas volutas de su energía manaban de su herida… y no solo de ella, sino de cada rasguño que cubría su cuerpo: no importaba que fuera un arañazo o algo más grande, ni tampoco importaba que Géminis lo cubriera. Era como si aquellas grietas en su piel, estuvieran dejando escapar su propia energía vital.

—Mis manos siempre rasgan la piel y mi cosmos siempre encuentra el modo de alimentarse de mis víctimas. —Ladeó el rostro, sonriente, y elevó su energía, aumentando el flujo de cosmos que abandonaba el cuerpo de Saga y flotaba en minúsculos hilos dorados hacia Acesio. Ahora era perfectamente visible—. Debo decir que el tuyo es un cosmos delicioso… ¡Tan potente y glorioso!

Por un segundo, Saga se mareó: quizá era la deshidratación y el calor, el dolor y el cansancio, o el escape de su cosmos. No lo sabía. El peliazul frunció el ceño y de un manotazo, disipó alguno de aquellos hilos cósmicos. Fuera lo que fuera que pretendía hacer, por el momento no le estaba afectando de un modo grave, aunque sí que podía notarlo. Así que debía aprovechar el presente tanto como le fuera posible, porque tenía claro que el tiempo corría en su contra.

Quemó su cosmos, que ardió con violencia, y sus dos manos chisporrotearon envueltas en él. Tomó una dolorosa bocanada de aire, y arrancó. No podía permitirse ser la presa de aquel juego mucho más tiempo o entonces tendría todas las de perder.

Arremetió contra Acesio, al frente, con renovada energía: sus puños y piernas eran armas letales cuando su cosmos las protegía y alentaba en la batalla. Sintió un placer inconfesable cuando asestó el primer golpe, y luego el segundo… arrancando del peliverde un par de quejidos lastimeros e involuntarios salpicados en sangre. Loxia se abalanzó sobre él desde su ángulo derecho, y aunque atinó a hundir su puño en el costado del santo con una fuerza que lo hizo temblar y encogerse, Saga no cedió.

La respiración se atrancó en su garganta, pero el santo sabía que tenía que respirar para mantener el dolor bajo control. Respirar.

Respondió cada golpe de uno y otro por duplicado. Replicó a la velocidad con más velocidad… pero con cada segundo que pasaba, la potencia del juego, el calor, el cansancio y el dolor se acrecentaban más y más. Pero, lo único que sabía —y le consolaba mínimamente—, era que sus contrincantes sufrían de igual modo.

Sin embargo, el puño de Loxia le atinó con tanta fuerza en la sien, que por un instante, su mirada se nubló, y sus pies trastabillaron. Estuvo a punto de caer, pero Acesio aprovechó la oportunidad asestando otro golpe más desde el otro lado.

Saga hincó la rodilla en el suelo y explotó su cosmos con tanta fuerza como pudo para quitarselos de encima. Sin embargo, las volutas de energía que manaban del peliazul constantemente como una hemorragia rodearon a Acesio, formando un halo dorado a su alrededor que se fortalecía por instantes.

El peliazul se puso en pie tan rápido como le fue posible. De un salto, retrocedió un par de pasos, pero una de las keres que había escapado al férreo control de Arles pasó tan cerca que una de sus garras le arañó el cráneo, justo en el momento en que escuchó a Loxia reír a un lado.

El aire a su alrededor volvió a tornarse tan ardiente como irrespirable. El viento aumentó tanto de intensidad que se vio forzado a entrecerrar los ojos. Volteó y ahí estaba el rubio, con aquel potente remolino cósmico entre sus manos, dispuesto a lanzarlo contra él.

Saga se movió rapidísimo, dadas las circunstancias. Elevó su cosmos con presteza y en apenas un par de milésimas de segundo extendió su mano derecha hacia Loxia y la izquierda hacia Acesio. No tenía otra opción. Tenía que aguantar el choque. Tenía que funcionar.

—¡Extinción solar!

—¡Tormenta de fuego!

—¡Explosión de Galaxias!

Los tres cosmos chocaron con una fuerza inusitada. Saga sintió sus brazos temblar peligrosamente ante la presión a la que les estaba sometiendo, y apretó los dientes. ¡Dioses! ¡Parecía que fueran a hacerse pedacitos en cualquier momento!

—Vamos… —se dijo a sí mismo, mientras sentía como el empuje de los otros dos le arrastraba hacia atrás, y el suelo a sus pies se resquebrajaba.

Sus muñecas se quejaron y supo que no podría quedarse ahí en medio mucho más. De algún modo u otro, aquella concentración de energía debía explotar. Intensificó la fuerza de su cosmos un poquito más, consciente de que tenía que ser él quien controlase la situación si quería salir vivo de ella… Ahogó un quejido. Era un dos contra uno, al fin y al cabo. No podía dejarse llevar.

Sin embargo, sorprendentemente, su cosmos no se comportó tal y como esperaba: tembló, y por un momento, disminuyó: como cuando una vela amenaza con apagarse ante un suspiro, para luego agrandar su llama con más fuerza.

Falló. Su cosmos falló. Se sintió titubeante e impreciso. Fue un instante, fue apenas una pizca más débil, pero bastó.

Entonces, sucedió. El raro equilibrio que habían formado entre los tres, con él en el centro, se rompió. Dio un rápido paso atrás, y sus cosmos chocaron irremediablemente, explotando: lanzando a los tres en direcciones opuestas del claro y arrasando con todo a su paso.

Su piel ardió. Perdió la respiración cuando chocó de nuevo contra el suelo con violencia y sus costillas volvieron a crujir con más fuerza que antes. Su corazón latía con tanta fuerza que amenazaba con escaparse de su pecho dolorido, y los destellos blanquecinos que danzaban ante sus ojos, no presagiaban nada bueno para él. Tras unos segundos, en los que no fue capaz de escuchar absolutamente nada más que un penetrante pitido en sus oídos, atinó a incorporarse sobre sus rodillas, y oteó el panorama con la vista borrosa y desdibujada. No podía doblegar el temblor involuntario de sus brazos, o sus manos; no después del esfuerzo al que les había sometido.

Al menos, Arles había atrapado entre sus centellas de cosmos a Loxia —que no había tenido tiempo de recuperarse— una vez más. Segundo a segundo, el cosmos del castaño aumentaba más y más.

—Quizá te has equivocado menospreciandome… —musitó, cuando su puño envuelto en plata se hundió bajo el esternón del apolonio sin piedad.

Arles se movió aún más rápido. Procuró hacer a un lado la presencia de las bestias, y los rasguños que ocasionaban: después de todo, con tal despliegue de cosmoenergía, era casi imposible para ellas sobrevivir. El paraje de por sí ya era un campo desolado… El mismo aire resultaba irrespirable con aquella carga estática producida por las explosiones continuas de cosmos, sumado al calor abrumador que desprendían los apolonios.

Intentó por todos los medios no pensar en Saga algo más allá. Eran un equipo con una misión tan importante como suicida, pero pensaba demostrarles por qué se había presentado voluntario para esa empresa y por qué Shion no había hecho siquiera el amago de oponerse.

—¡Fotón… ígneo! —el puño cósmico de Loxia le atinó en el rostro, y después en el costado. Arles se encogió por un instante, pero apretó los dientes, ignorando los hilos de sangre que comenzaban a manar de sus heridas. ¡Los dioses se apiadaran de él cuando volviera a casa! ¡Ya no tenía veinte años!

Quemó su cosmos un poco más… y los fuegos fatuos de la vieja Troya se encendieron de nuevo en la planicie en un espectáculo tan asombroso como dantesco. Eran miles, y todos acudían a su llamado como un mar de estrellas fugaces. Esta vez no había caos, solamente perfección y un cosmos firme arremolinándose sobre Arles a una velocidad asombrosa.

Saga quiso sonreír al contemplar el espectáculo… pero entonces, reparó en que las volutas de cosmos que sus heridas desprendían, se habían fortalecido, haciéndose más tangibles. Alzó la vista, entorpecida por la sangre que goteaba de algún punto inexacto de su cabeza, y se topó con la mirada escarlata de Acesio poco más allá.

—Bien jugado, santo —farfulló el apolonio, esbozando una sonrisa cínica y ensangrentada. Escupió mientras se ponía de pie.

Cada vez que alguien lo llamaba "santo", tendía a ser en tono despectivo, y eso le hervía la sangre. Aunque tampoco era un necio, sabía distinguir el peligro, y se hallaba en una posición demasiado vulnerable. Se incorporó sobre una de sus rodillas, más torpemente de lo que le hubiera gustado. Se limpió como pudo la sangre del rostro, y escupió el engrudo sanguinolento y espeso que era su saliva. ¡Mataría por un sorbo de agua!

Arles estaba a su derecha, a una distancia prudencial. Saga alzó la mirada, en busca de Acesio y maldijo cuando lo contempló en posición de ataque. Era diferente a las veces anteriores: el halo dorado que lo rodeaba se había completado y la silueta del sol se distinguía a la perfección a sus espaldas. Los rayos emitían tal fulgor que dañaban sus ojos, obligándolo a entrecerrar la mirada un poquito más, sufriendo un incesante lagrimeo.

Acesio alzó el brazo, con la mano abierta y los dedos largos y huesudos extendidos como si de una garra se tratase. Al mismo tiempo, el peliazul ahogó un quejido inesperado, llevándose la mano al cuello de modo inmediato. Tal y como si obedeciera su mandato, las volutas de su cosmos dorado comenzaron a fluctuar hacia el apolonio: como si su sistema cósmico se desangrase, envolviendolo en una neblina dorada y ardiente.

El peliverde le había explicado lo que ocasionaban sus golpes. El primer contacto con la piel de su enemigo había recibido aquella noche, había sido la mano del peliverde cerrándose sobre su cuello como un candado implacable después de tumbarlo.

Todas las heridas de su cuerpo habían comenzado a arder desmesuradamente, pero su cuello… su cuello ardía, como si unas manos de fuego se hubieran cerrado a su alrededor, amenazando con derretir piel, tráquea, y hueso. Saga quiso quejarse, pero no lo logró.

No podía respirar.

-X-

Aioros hizo arder su cosmos y las alas de Sagitario se abrieron en todo su esplendor. Sus ojos azules se iluminaron con el dorado de su energía, a la vez que se elevaba hacia el cielo, envuelto en un torbellino de polvo cósmico y plumas de oro. Convertido en una saeta, su aura dibujó una línea de luz en el cielo oscuro y cuando hubo alcanzado el punto álgido de su vuelo, explotó su cosmoenergía, liberando una tormenta de flechas incandescentes que brillaron sobre sobre la aldea como fuegos artificiales.

Por unos segundos, el manto astral brilló con la intensidad del fuego. La noche se tornó en día, y la calma se volvió caos.

El chillido de las bestias rompió el silencio y su eco corrió por las callejuelas, sembrando el pánico. Aquellas que tenían alas, levantaron el vuelo, como una parvada de demonios a la caza del arquero. Aioros sonrió y flotó en el aire esperando por ellas. Tenía su atención.

Divisó a lo lejos el enjambre de keres que volaban desde la fortaleza para darle la bienvenida. Veía el brillo escarlata de sus ojos refulgiendo en la oscuridad y escuchaba sus aullidos que se crecían en el silencio. Erinias y manticoras se unieron a la cacería.

Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, emprendió la marcha, atrayendo en su huída a aquella jauría de bestias rabiosas. Luz y oscuridad, persiguiéndose a mitad de la noche.

Aioros echó una mirada hacia abajo. Los monstruos que no tenían alas se arrastraban entre las calles, arrasando con todo a su paso. Sobre los tejados, distinguió la silueta de Orfeo, siguiéndoles sin perder el paso, brincando como una sombra.

Sonrió.

El brillo dorado de su presencia había bastado para atraer la atención sobre él, dando espacio para que el santo de plata se moviera en completa libertad sin ser visto. Su plan estaba funcionando.

—"¡Atención! ¡Llegamos a terreno abierto! Ya sabes que hacer…" —Avisó al peliazul a través de su cosmos. Debajo de él, los límites del pueblo se vislumbraban. Pronto, el ejército de bestias habría abandonado la ciudad.

—"¡Estoy listo! ¡Solo tienes que dar la orden!"

—"De acuerdo. Espera…" —giró en el aire, sobre su eje hasta quedar boca arriba. Extendió los brazos hacia las keres que le habían dado alcance y disparó sus flechas de cosmos y de fuego. Los monstruos aullaron de dolor cuando las saetas abrieron sus carnes y la sangre oscura y putrefacta brotó de sus cuerpos—. "Espera…" —Volvió a girar para recuperar la compostura. Una manticora se había alineado con él y cargó, intentando morderle. Aioros maniobró, esquivando el embate. Sus puños se envolvieron en cosmos dorados, y dos rayos bastaron para perforar las alas de la bestia, haciéndola caer. Un par de keres se abalanzaron sobre la manticora caída, atrapándola todavía en el aire y despedazándola al instante—. "¡Ahora, Orfeo!"

Los monstruos terrestres habían alcanzado campo abierto, persiguiendo a su presa. El pueblo quedaba atrás y su principal preocupación —salvaguardar las vidas de aquellos que habían sobrevivido a ese infierno—estaba librada. Ahora podían moverse con mayor libertad.

Orfeo se plantó entre la aldea y los monstruos. Tomó su lira y sus dedos acariciaron las cuerdas, liberando una melodía tan dulce como mortal.

Decenas de hilos de cosmos brotaron del instrumento conforme la tonada bélica se abría espacio en el ruido del caos. Las hebras de plata volaron hasta el ejército enemigo, enredándose entre ellos sin que ninguno viera el ataque venir. Únicamente el tenue brillo de plata, iluminado por la luz de la luna, delataba su presencia. Aioros constituía una presa mucho más apetitosa, y eso le compraba tiempo y espacio para que el santo de plata pudiera actuar.

—Acorde Final —musitó.

Y a su voluntad, los hilos de plata se tensaron, haciendo que las bestias atrapadas en ellos, fueran destrozadas al instante. Ríos de sangre y vísceras regaron el suelo troyano. Gritos de pánico y dolor implosionaron las gargantas de aquellos demonios.

Las bestias que sobrevivieron se olvidaron del arquero y buscaron al asesino. Voltearon a la vez, hacia sus espaldas, y distinguieron entre las sombras la figura envuelta en luz de Orfeo. Sin inmutarse, los ojos fríos del santo de plata los miraron de vuelta.

Sus dedos volvieron a recorrer las cuerdas de la lira. De nuevo, la melodía cósmica se abrió paso en la locura de esa noche infernal. Las delgadas —casi invisibles— hebras de plata tejieron una vez más la red de muerte, y a la voz del santo de Lira, arrasaron con todo a su paso.

Desde las alturas, Aioros sonrió al verlo. Sin duda, Orfeo era un santo formidable.

Era una lástima que no tuviera tiempo para admirar su impecable trabajo, pero él también tenía mucho que hacer.

Apuró la velocidad para hacer distancia entre él y las bestias voladoras. Ya no necesitaba esperar por ellas para atraer su atención. Cuando se hubo alejado giró para enfrentarlas. Chocó los puños creando una corriente eléctrica entre sus brazos. Los rayos crepitaron entre sus manos, y corrieron por sus brazos, su torso, su piernas… hasta envolverlo por completo. Sus ojos se encendieron con el dorado de su cosmos y, entonces, lo dejó explotar.

—¡Trueno Atómico!

Los cometas de cosmos y electricidad recorrieron el cielo para atrapar a los demonios alados en pleno vuelo. Chillaron y se revolvieron cuando la energía devastadora las alcanzó, iluminando el manto astral con su luz color de oro.

La electricidad caló entre ellas. Quemó y cercenó sus cuerpos, haciéndolas retorcerse de dolor. Algunas murieron al instante, otras cayeron al vacío cuando sus alas fueron incapaces de sostenerlas. En un segundo, el cielo que negreaba de demonios se despejó y, entonces, las estrellas brillaron nuevamente en la bóveda celeste.

Aioros entrecerró los ojos, deslumbrado por la propia fuerza de sus golpes. Recorrió el cielo en busca de sobrevivientes y cuando las encontró, cargó contra ellas de nuevo.

Sin embargo, nunca las alcanzó.

El viento sopló con una fiereza desconocida, atrapándolo en un torbellino salvaje y demoledor. Maldijo, mientras batallaba por mantenerse a flote. Sus alas de oro retaron a la ventisca, pero incluso su poder no era suficiente. Aquella desventaja tan poco natural sólo podía significar una cosa: apolonios.

—"¡Están aquí!" —Puso sobre aviso a Orfeo antes de que el ventarrón lo azotara contra el suelo.

Su instinto entró al juego y alcanzó a sortear la debacle. Aioros plegó sus alas hasta hacerlas desaparecer, y giró en el aire para evitar perder de vista el suelo. Una enorme explosión hizo crujir el piso cuando aterrizó sobre su rodilla y manos, envuelto por el cosmos que habría de salvarle la vida.

—Bienvenido a Troya. —Escuchó una voz burlona.

Cuando la polvareda comenzó a disiparse, levantó la vista hasta divisar a su adversario. Aún sentía la energía corriendo por su cuerpo; sus ojos relampagueaban y la electricidad que lo envolvía soltaba pequeñas explosiones al golpear contra las partículas de polvo y piedra.

El hombre frente a él era imponente, ataviado con una armadura de un tono dorado más sutil que el suyo. Brillaba como el sol de la mañana, y su cosmos mecía y enmarañaba su cabellera naranja, refulgente como la melena de un león. Pero su mirada era salvaje; sus ojos escarlata despedían odio y altanería. La mueca sardónica en su rostro le revolvió el estómago. Lo veía con superioridad, con burla.

Entonces, sus miradas coincidieron y el santo chasqueó la lengua.

—No eres Loxia… —susurró Aioros. Su voz dejaba entrever un dejo de decepción que dibujó una mueca de disgusto en el apolonio.

—Lamento decepcionarte —rió, o hizo el amago de hacerlo—, pero Loxia tiene asuntos sin resolver que no están relacionados contigo. Tu adversario seré yo: Aiatros, Astro de los Elementos.

—¿Tú solo? —Aioros bufó y dibujó una sonrisa cínica—. ¿Nomios no te contó que se requiere más de uno de vosotros para derrotarme, lucecita?

Estaba hablando de más, picando su ego, azuzándolo… Pero no le importaba. Cada segundo de tiempo robado era valioso. Además, el siguiente invitado a aquella fiesta estaba cerca. Podía sentirlo. El maldito bastardo podía ahorrarse el drama y mostrar la cara de una vez por todas.

—¿Tanto deseas verme, Aioros? —Ahí estaba. Por fin.

—Hola, Nomios —dijo, desviando su mirada añil en busca del rostro duro y anguloso del recién llegado.

—Saga y tú habéis perdido la razón al venir hasta aquí.

—Esta guerra nos ha quitado muchas cosas —había estado a punto de quitarles todo—, pero por vuestro propio bien, rogad porque nuestra razón no esté en esa lista —dijo, mientras su cosmos despertaba y su energía convertida en electricidad crepitaba a su alrededor—. Lo último a lo que querréis enfrentar es un par de santos dorados sin nada que perder y sumidos en la locura.

—Nada de eso importará después de hoy —rió el pelinaranja—, porque no saldréis vivos de Troya.

—Si, bueno —el cosmos de Aioros explotó y, en menos de lo que dura un pestañeo, se encontró cara a cara con Aiatros—… primero tendréis que matarnos.

Su puño iluminado en cosmos golpeó contra el estómago del apolonio, proyectándolo hacia atrás. Se movió tan rápido como pudo para cargar contra Nomios pero su velocidad fue insuficiente. Antes de que lo alcanzara, el moreno extendió la mano hacia él y la fuerza repelente de su cosmos lo empujó lejos.

Apretó los dientes mientras las alas de Sagitario brotaban de su espalda que se extendieron como contrapeso y ayudaron a mantenerlo en pie.

Pero el arquero no tuvo tiempo para planear su siguiente ataque. El resplandor rojizo a sus espaldas le advirtió que el peligro se acercaba. Apenas alcanzó a girar el rostro para descubrir los cometas de fuego que volaban contra él.

—¡Mierda! —Se impulsó con los pies y se elevó por los aires.

Las esferas de fuego de Aiatros golpearon el suelo con una fuerza excepcional. La piedra se fundió bajo su calor, y el tono naranja de la lava brilló por un momento.

Batió las alas para mantenerse en el aire. Después, extendió los brazos. Cada pluma de cosmos que abandonó su cuerpo tomó forma. Entonces, cuando llevó sus brazos hacia el frente, una lluvia de esferas de cosmoenergía dorada cayó por encima de Aiatros.

El apolonio contraatacó. Elevó las manos hacia el cielo y sus ojos rojos centellaron a mitad de la noche.

—¡Danza de los Elementos: Huracán Estelar!

Una corriente de aire salvaje e indómita apareció de la nada, arrasando con todo. En instantes barrió con los pocos árboles de la zona, levantó los cadáveres de los caídos, volviéndose incluso contra su ejército. Aioros los escuchó gritar. El suelo bajo sus pies dejó de ser visible para el santo. Una polvareda densa y oscura fue todo lo que quedó.

Mierda… Esperaba que Orfeo pudiese ponerse a salvo.

Forzado por el viento, Aioros entrecerró los ojos, pero alcanzó a ver con claridad cuando sus esferas de energía vencieron la barrera de Aiatros y continuaron su camino hacia él. Pero justo cuando pensaba que podían alcanzarlo, distinguió el resplandor dorado de su propia energía brillando de nuevo en la niebla gris… regresando hacia él.

Se movió tan rápido como pudo para huir del contraataque. Sin embargo, la energía había tomado vida propia y le seguía a donde iba. Sin detener el vuelo, atacó de nuevo. Las nuevas esferas de cosmos chocaron y explotaron contra sus perseguidoras. El cielo oscuro se iluminó de nuevo. Las explosiones marcaban el camino de Aioros. Hasta que, de pronto, no hubo más camino.

—¡Devastación de los Elementos: Tifón Estelar!

Una tormenta de viento y agua lo atrapó. Podía sentir el líquido golpeando contra él, a una velocidad espantosa. Dolía, cortaba; decenas de diminutas balas impidiéndole moverse. Ralentizó la marcha, tratando de protegerse del embate. Se llevó los brazos a la cara, para cubrirla. Y entonces lo notó: no era agua… ¡Era sangre! Sangre oscura, la sangre de las bestias.

Su sorpresa fue tal que, por un segundo, bajó la guardia. Ese error fue suficiente.

De pronto, su cuerpo dejó de responderle, no podía moverse. Intentaba continuar avanzando, pero no podía. Conocía esa sensación, no era la primera vez que la experimentaba. Era la misma energía que había sentido en Lemnos cuando Nomios jugó con él como con una muñeca rota. Maldición.

No pudo oponerse a la enorme fuerza con que las habilidades de Nomios lo empujaron hacia abajo. Tampoco pudo mitigar la potencia con que su cuerpo atravesó un par de muros antes de golpear el suelo con violencia. Cada fibra de él se quejó. Sus huesos crujieron y sus músculos se tensaron. Abrió la boca queriendo gritar, pero ningún sonido abandonó sus labios. En cambio, su mente entró en un estado de confusión. Intentó moverse, pero no tuvo oportunidad. Para cuando consiguió enfocar con la mirada, la luz incandescente de las esferas de cosmos brillaba sobre su cabeza. Su único reflejo fue plegar las alas de Sagitario sobre sí, como última defensa. Después, sintió la fiereza del cosmos cayendo encima de él.

—¡Esto ha sido increíblemente fácil! —La risa de Aiatros estalló mientras se acercaba al sitio en dónde estaba Aioros. Levantó el brazo derecho, que se envolvió en corrientes de fuego ascendentes—. Aquí termina todo. ¡Danza de los Elementos: Tornado de Fue…!

Su voz se apagó cuando el hilo de plata se enredó en su muñeca, sobreviviendo incluso a la intensidad de las llamas.

—No vas a tocarlo… —siseó Orfeo.

—¿Y quién demonios eres…?

—Es solo un santo de plata —complementó Nomios, mientras se acercaba a ellos—. Su nivel no es competencia para el nuestro.

—Un santo de plata fue capaz de sacarte suficiente información como para saber a qué nos enfrentamos. Nunca nos menosprecies. ¡Nocturno de Cuerdas!

La electricidad corrió por las cuerdas cuando sus dedos se deslizaron por la lira. A su alrededor, los rayos estallaron y el suelo —árido y herido por la batalla— se cubrió de flores. Antes de que Aiatros pudiera reaccionar, la corriente eléctrica hizo sufrir a su cuerpo, mientras el sonido de la música desgarró el interior de su cerebro.

—¡¿Qué…?! —Pero no hubo más palabras. El dolor físico y cósmico al que su cuerpo fue sometido le robó el habla.

—Maldito mocoso… —Los ojos de Nomios centellearon en rojo. Su cosmos ardió con rabia, envolviendolo en una energía púrpura y oscura—. ¡Ahora conocerás el Resol de Karma!

Rocas, árboles, huesos… Todo objeto a su alrededor comenzó a flotar en el aire. Orfeo tragó saliva, sabía lo que seguía.

Cuando Nomios levantó el brazo y apuntó hacia él, los improvisados proyectiles fueron disparados en su contra. Apretó los dientes sabiéndose obligado a tomar una decisión vital en tan solo una fracción de segundo. Podía intentar que el Acorde Final destrozase cada objeto enemigo, pero tendría que dejar ir a Aiatros, quien no dudaría en atacar también. O podía hacer arder su cosmos hasta el límite, esperando tener la fuerza para sobrevivir al ataque.

El corazón dentro de su pecho enloqueció. Su vida dependía de una decisión.

—¡Impulso de Quirón!

Con la voz de Aioros llegó una ventisca voraz. El aire que sopló fue tan fuerte que, aunque Orfeo no era su objetivo, ni tampoco fue golpeado directamente, apenas alcanzó a mantenerse en pie. Bajó la cabeza y se aferró a su lira, pero no pudo evitar mirar.

Estaba sorprendido. Había visto el Impulso de Quirón antes, durante los entrenamientos pero nunca había podido presentar su verdadera potencia sino hasta ahora. Aquel huracán había sido capaz de arrasar con los efectos del Resol de Karma. Nomios, con todo su poder, carecía del empuje para sostener su ataque por encima de la técnica de defensa. ¡Maldita fuera! ¡Vaya pelea de monstruos que era aquella!

—¡Más te valdría no haberte levantado, arquero!

El apolonio no estaba listo para perder ante el santo. Se lanzó contra Aioros a una velocidad espeluznante. Sus puños se envolvieron en cosmos oscuro y cuando soltó el primer golpe, el propio Aioros se mostró sorprendido.

La velocidad del santo de Sagitario había sido suficiente para esquivar el puño, pero la onda expansiva de aquel golpe había bastado para hacerle perder el equilibrio.

Sus ojos azules se abrieron de par en par cuando alcanzó a escuchar el derrumbe a sus espaldas. Aprovecho la inercia del golpe de Nomios para cambiar de posición, girando alrededor de él. Entonces, divisó la destrucción que sus puños habían causado. La tierra se había partido y lo que quedaba de las chozas a la distancia, se había pulverizado.

—¿Preocupado? ¿Mmm? —Aioros devolvió su atención hacia Nomios y su rostro burlón—. Nuestros puños están bendecidos por Apolo. Como Astro del Dominio, en los míos radica el Fotón Demoledor. Todo lo que toco habrá de ser destruido. —La sonrisa en su rostro se ensanchó—. ¿Aún quieres jugar a los golpes conmigo, Aioros?

Aioros no respondió. Apretó los puños y lanzó el siguiente golpe, que fue detenido en seco por el apolonio. El cosmos de Aioros ardió mientras su puño empujaba. La fuerza de ambos hizo que el suelo bajo sus botas se quejara. La piedra se resquebrajó mientras ninguno parecía dispuesto a ceder.

—No vas a ganar en mi propio juego… —siseó Aioros y con un estallido de energía impulsó su brazo hasta vencer al enemigo. Nomios no tuvo más remedio que soltarle.

Aprovechando la ventaja, Aioros lanzó un segundo golpe que encajó contra la mandíbula del moreno. Su puño alcanzó a abrir la piel de sus labios. Pero Nomios no se inmutó. Recobró la compostura e hizo estallar su energía para repeler a su atacante.

Aioros retrocedió, empujado por la fuerza del Resol de Karma. Consiguió mantenerse en pie gracias a sus alas, y apenas tuvo tiempo para reaccionar cuando Nomios volvió a lanzarse en su contra. El primer golpe que le lanzó fue detenido con su antebrazo. Sin embargo, bastó para cimbrar sus huesos. Sin Sagitario, le habría destrozado.

El segundo iba dirigido a su rostro, pero erró cuando el santo tiró la cabeza hacia un costado. A pesar de haberlo esquivado, el impulso del ataque le sacó de balance. Trastabilló y perdió el balance por un instante. Nomios tomó la oportunidad y lanzó un tercer embate, esta vez contra su torso.

El impacto lo proyectó contra el suelo. La armadura estaba ahí para protegerlo, pero a pesar de ella, pudo sentir sus costillas crujir. Perdió el aire y boqueó por oxígeno. Como una hoja arrastrada por el vendaval, rodó por la tierra hasta que los trozos de una cabaña detuvieron su caída. No podía respirar, sentía que se ahogaba.

—Te lo advertí. —La silueta de Nomios se dibujó entre la neblina que el polvo había levantado—. Mis golpes son demasiado para ti.

—No… —tosió sangre—. No demasiado.

—Ni siquiera puedes ponerte en pie.

Aioros maldijo. Apretó los ojos, buscando controlar el dolor. Un golpe le había molido. Uno.

A duras penas, consiguió hincarse. Se llevó la mano a las costillas. Sería un milagro que estuvieran todas su sitio. ¡Joder, Aioria iba a divertirse reparándolas más tarde…! Si lograba sobrevivir para contarlo, claro estaba.

Se levantó, sin quitar la vista de su adversario. Lo vio levantar la mano, como lo hacía cada vez que utilizaba el Resol del Karma.

Fue en ese momento que lo notó. Una diminuta flor de pétalos blancos brotó a los pies del apolonio. Luego una más, y después otra. El hombre no se movía. Pronto, se vio rodeado de ellas, sin inmutarse. Aioros se sorprendió.

—"Tienes unos segundos para recomponerte, Aioros." —Orfeo habló a su mente. El santo de oro le buscó con la mirada. Su cosmos plateado ardía a toda potencia, mientras sus dedos trabajaban las cuerdas de la lira, liberando la melodía hipnótica—. "La Serenata del Viaje Mortal los mantendrá en trance por un momento, pero no por mucho."

Había dejado ir a Aiatros para poder usar la Serenata. Sin duda, una decisión difícil. Después había puesto todo su esfuerzo en que la técnica de hipnosis funcionara al instante. El desgaste de usar su cosmos al límite se notaba. Pero el riesgo rindió sus frutos.

—"Gracias, Orfeo…"

—"No agradezcas… Esto no durará para siempre… Y después... "

Era una victoria a medias: cuando ambos apolonios se librasen del embrujo de la lira, entonces no habría forma de detenerlos.

Y así fue.

Los cuerpos de Nomios y Aiatros —que por un momento parecían congelados en el tiempo— se envolvieron en el incipiente cosmos de cada uno. Estaban luchando. Y, de pronto, la explosión de sus energías avisó el final de la tregua.

—¡Tú vas a morir primero! —sentenció Aiatros. Levantó el puño envuelto en fuego y luego lanzó el golpe hacia Orfeo.

Sin embargo, antes de que pudiera alcanzarle, las manos de Aioros se cerraron alrededor de su brazo, impidiéndole moverse un centímetro más.

El cosmos dorado ardía con fuerza, como si nunca se hubiese extinguido. No importaba el dolor de los golpes, ni la agonía del fuego quemándole las manos. Su misión era detenerlos y así lo haría. Aioros no iba a fallar.

—¡Peleas conmigo!

Sin soltar el agarre, giró sobre su propio eje y lanzó al pelinaranja lejos de Orfeo. Estalló su cosmos y voló para alcanzarle. Antes de que tocará el piso, propinó un golpe y luego otro, después uno más.

El cuerpo de Aiatros, violentado y descolocado, pegó contra el suelo. Pero de inmediato, Aioros tuvo que ocuparse de Nomios, quien se unió a la refriega.

—¡Fotón Demoledor!

Lanzó el primer puñetazo, que Aioros esquivó con maestría, agachándose. Las olas de poder destructivo liberadas por el embate hicieron vibrar el aire. Luego, contraatacó con una patada. El castaño brincó para librarla. De nuevo, el ambiente tembló por la fuerza liberada. El tercer golpe intentó pillar a Aioros en el aire, pero las alas de Sagitario obraron su magia y lo elevaron, protegiéndolo del ataque. Nomios apretó los dientes.

—Peleas con rabia, santo… Y la rabia ciega a la razón —dijo, en un intento de desconcentrarlo.

—Te equivocas —ladró, su energía eléctrica cargó el ambiente—. No es rabia lo que me mueve. Es solo que esta vez… no tengo límites.

Entonces, fue el turno de Aioros. Cargó contra el apolonio usando nuevamente la potencia de sus alas. Armó sus puños con el poder de la electricidad y fue tras él.

Se movió tan rápido y tan fuerte como podía, a sabiendas que el Resol haría su aparición a la brevedad. Con las dos manos por delante voló en picada contra él. Sintió la resistencia en su contra, pero consiguió sobreponerse. Su puño derecho impactó contra el rostro de Nomios, haciéndolo retroceder. Su puño izquierdo se hundió en el costado, liberando una descarga eléctrica a través de todo su cuerpo.

Lo oyó gritar, pero no le importó. Giró en el aire para golpearlo con una patada. Nomios alcanzó a sujetarlo, pero se contorsionó y disparó una flecha de cosmos contra el muslo de su enemigo. La sangre brotó de la herida abierta a borbotones. El dolor hizo que Nomios lo soltará y cayera sobre su rodilla. ¡Era el momento! ¡Lo tenía donde quería!

—¡Infinity…! —Pero antes de que sus flechas doradas tomasen forma, se vio obligado a retroceder—. ¡¿Qué demonios…?!

La sangre de Nomios se levantó en pequeñas gotas y flotó en el aire, como había sucedido al principio de la batalla. Las diminutas gotas salieron disparadas hacia él, como balas. Apenas alcanzó a encender el fuego de sus cosmos para evaporarlas, cuando sintió el golpe contra su espalda, con aquellos puños hirvientes.

—No te olvides de mí, santo… ¡Fotón Imperial!

Aiatros estaba ahí. Sus puños de fuego se levantaban amenazantes cuando cargó en su contra. Con cada golpe que lanzaba, mutaban. A veces fuego, a veces agua… Aioros simplemente esquivaba. El siguiente golpe desató una corriente de aire que le rasgó el brazo. Ahogó un quejido y se forzó a continuar.

—¡Nocturno de Cuerdas! —Los hilos de plata de Orfeo le compraron unos segundos. Aioros lo agradeció. Rápidamente flotó en el aire.

—¡Flecha Sombra! —Un arco de cosmos se dibujó en sus brazos separados y la flecha oscura se enclavó en la sombra de Nomios—. ¡No vas a moverte de ahí!

Sin embargo, el tiempo se le agotó. Con un estallido de fuego, Aiatros se deshizo de Orfeo. Entonces, dirigió sus manos hacia el cielo, donde Aioros estaba.

—¡Devastación de los Elementos: Tornado de Fuego Estelar!

Una tormenta de fuego nació de la nada. Surgió desde el suelo, pero el viento circulante la levantó, hasta llevarla al cielo. Pronto, el ambiente se convirtió en un infierno. El aire se tornó denso e insoportable. Respirar escocía la garganta y los pulmones. La piel se sentía herida por el calor.

El cielo se oscureció por la intensidad de las llamas. Aioros sabía lo que se avecinaba.

—"¡Retrocede cuanto puedas!" —ordenó Aioros a Orfeo.

—"Pero…"

—"¡Ahora, Orfeo!"

Apenas tuvo tiempo de huir, cuando el sentido del aire cambió. El tornado de fuego giró y comenzó a succionar todo a su paso.

—¡No puedes competir contra el poder de la naturaleza, Aioros! —escuchó el grito de Aiatros—. ¡No puedes vencerla!

Aioros se sobresaltó. Batió las alas y encendió su cosmos para tratar de librar aquella vorágine de fuego que amenazaba con devorarlo. Las nubes por encima de ellos se aglomeraban, oscuras y amenazantes. El rojo del fuego se reflejaba en ellas, y por un momento, el apocalipsis se sintió más cerca que nunca.

Luchar contra la inercia del torbellino era cada vez más difícil. Las llamas alimentadas por el cosmos de Aiatros devoraban su energía y vencían a la protección de su armadura y de su energía.

"Solo un poco más…", se dijo a sí mismo, sintiéndose cada vez más agotado.

Su energía, su cuerpo… todo estaba colapsando. Necesitaba resistir, un poquito nada más. Necesitaba unos segundos más.

Entonces, el cielo rugió.

Casi a la par, el quinto cosmos, aquel del apolonio faltante, abandonó el palacio de Troya. Aioros supo que era el momento.

Usó toda la energía que tenía para sostenerse en el aire. Levantó ambos brazos hacia el cielo, sintiendo el punzante dolor de sus costillas rotas rozando contra su piel. Su cuerpo se envolvió en cosmos, primero fuego, luego energía… Electricidad.

Las nubes centellearon con fuerza y rabia. Se iluminaron con la luz de rayo: el elemento supremo.

—¡Trueno Atómico! —La voz de Aioros rugió con ellas.

La bóveda celeste y sus cosmos se hicieron uno, liberando una descarga eléctrica de proporciones dantescas. La luz descendió de las alturas y golpeó con toda su potencia al apolonio. El resplandor cegó a ambos bandos mientras el trueno retumbaba, tragándose todo ruido en el ambiente. Solo se oyó su voz: grave, regia, imponente.

Cuando la calma sobrevino a la tormenta, el fuego se había extinguido y la tierra herida supuraba calor.

Aioros descendió, exhausto, jadeante. Sus pies tocaron el suelo y tuvo que batallar para que sus rodillas no lo hicieran también. Solo su orgullo lo mantuvo erguido.

—No puedo vencerla —jadeó, recordando las palabras de Aiatros—... Pero también puedo usarla…

Sus ojos divisaron a Aiatros, tendido sobre el campo de batalla. No estaba muerto, podía sentir su cosmos tintineando aún.

Suspiró. La noche apenas estaba comenzando.

Sus manos se iluminaron de nuevo. Decenas de pequeñas luces doradas brotaron a su alrededor, mutando hasta formar las flechas del Infinity Break.

Sería la primera vez que lo usaría esa noche, a sabiendas que de darle esas armas a Nomios, estaba perdido. Pero la tentación era grande, sólo tenía que rematar a Aiatros. Solo tenía que usarlas una vez y…

—No, no, no… —Una neblina que apestaba a cosmos lo envolvió. Sintió sus brazos temblar y las flechas que había creado desaparecieron. Maldita fuera—. No vas a mover un dedo más.

El último apolonio. Ahí estaba, frente a él

— "¿Saga?" —llamó por su cosmos—. "El último invitado llegó a mi fiesta… ¿Te apetece venir a jugar?"

-X-

De pronto, la voz de Aioros resonó agitada en su cabeza, uniéndose al jolgorio en el que estaba atrapado.

El geminiano apretó los dientes, ubicando a Arles y Loxia a su derecha. No había percibido el movimiento del último apolonio, tan inmerso en su batalla como estaba.

—"Enseguida… Estoy... un poco ocupado…" —farfulló de vuelta.

El apolonio elevó su cosmos un poquito más, aumentando la velocidad del drenaje. Pero Saga no iba a permitirle tal cosa. Ese era su cosmos: era su vida, era todo él, y nadie iba a arrebatárselo.

Clavó su mirada esmeralda en la escarlata envuelta en fuego. Apenas unas briznas de aire llegaron a sus pulmones. Suficiente para seguir vivo.

—No func… —intentó hablar, pero no lo logró. No funcionará, quiso decirle, pero el agarre se apretó y la sonrisa sádica de Acesio, se ensanchó.

Saga apretó los dientes. Después, esbozó una sonrisa maltrecha —ignorando lo mejor que pudo la falta de aire—, sin retirar la mirada de su contrincante.

—"Soy Saga de Géminis, Santo Dorado de la Orden de Athena". —Habló directamente a su mente—. "Si piensas… arrebatarme mi cosmos… tendrás que hacerlo mucho mejor que eso".

Acesio frunció el ceño, tan contrariado como divertido.

—No te preocupes, Saga de Géminis, no saldrás vivo de aquí. —La voz de Loxia sonó tan nítida y cercana, tan firme, que se estremeció—. Eso te lo aseguro.

Tenía que darse prisa. Tenía que actuar… ¡Ya!

Su cuerpo podía fallarle, incluso su cosmos. Sin embargo, era entonces cuando su mente, que funcionaba a mil por hora, no podía flaquear. Quizá Acesio absorbía cosmos, quizá podía debilitarlo y torturarlo en el proceso, pero… recordó Meteora, recordó la plaga del Santuario. Aquellas habilidades no habían funcionado del todo con el rango dorado, porque podían contrarrestarlas con su enorme poder. Y, a decir verdad, era cierto: podía.

Un gran cosmos necesitaba de otro gran cosmos para ser aplacado y derrotado.

Por un instante, su mirada se cruzó con la de Arles. Ignoró la preocupación marcada en su semblante, y entendiéndose sin necesidad de hablar, el más viejo asintió.

—¡Onda de espíritus celestiales! —Arles gritó con tal fuerza, que el peliazul hubiera jurado que todo a su alrededor tembló.

Y lo hizo, aunque no fue por la potencia de su voz… sino por la magnitud del espectáculo que había desplegado: todos los fuegos fatuos de la llanura se habían hecho uno en sus manos, tal y como hiciera previamente. Sin embargo, sumado a la propia potencia de su cosmos, la esfera de energía que se había concentrado en aquellas manos expertas, resultó brutal cuando la liberó hacia Loxia.

—¡Explosión… de galaxias! —farfulló él al mismo tiempo que el viejo, liberando su cosmoenergía con tal fuerza, que nada vivo quedó a su paso: ni bestias, ni cadáveres o árboles… solo polvo incandescente y ceniza a medida que la onda expansiva arrasaba con todo a su paso como si de una bomba atómica se tratase.

Loxia y Acesio no pudieron hacer nada por evitar el choque. Ambos fueron arrastrados por el huracán cósmico que los dos santos habían desencadenado.

No era que la técnica de Acesio hubiera sido inutil: al contrario, casi había funcionado. Afortunadamente, no le había drenado su cosmos de modo preocupante, porque el de Saga era inmenso, pero si lo había hecho ligeramente más impreciso y tembloroso: justo antes de que chocarán ambos con Loxia. Ese segundo de vacilación podía haberlo mandado todo a la mierda, y Saga lo sabía.

Necesitaba que su cosmos lo sostuviera en pie cuando su cuerpo no pudiera hacerlo. No podía fallarle. Tenía que andarse con cuidado. No volvería a suceder.

En un pestañeo, la mano de Arles estrechó la suya, tirando de él y ayudándolo a ponerse en pie.

—Otra Dimensión… —atinó a susurrar.

-X-

—Clario, Astro del Padecimiento. —Se presentó el recién llegado.

—Lo siento, pero no estoy encantado de conocerte… —Aioros jadeó.

Se encorvó sobre sí, sosteniendo su peso con las manos en las rodillas. De pronto, sus fuerzas se habían esfumado, al punto en que incluso respirar le resultaba difícil.

No era cansancio. Tampoco eran sus costillas rotas jugando con sus pulmones… Era algo distinto, algo que emanaba de Clario. Era la peste de la muerte en su cosmos. Era…

—La lucecita de las enfermedades… —masculló el santo. El peliverde, frente a él, levantó una ceja—. Fuiste tú. Eres tú —corrigió—. Tú llevaste la plaga a Rodorio. Tú eres el creador de los monstruos. Joder, todos ellos apestan a tí.

—Irreverente. ¡No soy una lucecita, soy un Apolonio! —rugió Clario. Aioros ladeó la cabeza. El hombre tenía pocas pulgas.

—Meh… —sonrió con sorna. Tiempo, necesitaba comprar tiempo—. Papa, patata… Es lo mismo. Eres una lucecita que tarde o temprano, vamos a apagar.

Ardió su cosmos y se abalanzó contra él. Aioros sabía que no tenía un segundo de tiempo que perder. Necesitaba atacar ahora, mientras Nomios y Aiatros estaban fuera del combate. De otra forma, en una pelea de tres contra uno, sus posibilidades de salir vivo se volvían nulas.

Tampoco podía desperdiciar la fuerza que le quedaba. La presencia de Clario era ya un factor en su contra; sus habilidades —a las que solo podía comparar con el veneno de Afrodita— mermaban su cosmos y salud con el paso del tiempo. Mientras más corta fuera la batalla, la balanza se inclinaba más a su favor.

Clario reaccionó a tropezones. No esperaba el ataque del santo, así que apenas pudo meter los antebrazos para detener el primer golpe. Apretó los dientes y soltó una maldición al sentir su cuerpo retumbando bajo la presión del puño del arquero.

Las alas de Sagitario se abrieron e impulsaron a su protegido. El impacto bastó para que la fuerza de Aioros se impusiera a la de Clario, arrastrándolo consigo. Lo oyó quejarse, pero no le importó. Tenía que infligir cuanto daño pudiera.

—Peste de la Aurora… —Lo escuchó mascullar y de pronto, una neblina púrpura comenzó a manar de su cuerpo.

—¿Qué demonios…?

Aioros encajó otro golpe, pero sus puños temblaron. Sintió la resistencia de su propio cuerpo ante de su voluntad. Era distinto a las habilidades de empuje de Nomios… Era como si alguien tuviera el control sobre su cuerpo.

Los recuerdos de Shura y Camus en Meteora volvieron a él. Apretó los dientes y retrocedió.

—Antes te veías más motivado —dijo Clario. Aioros lo contempló mientras se incorporaba y limpiaba con el dorso de la mano la línea sanguinolenta que brotaba de su labio roto—. Supongo que te has dado cuenta ahora: la Peste de la Aurora es una técnica imposible de evadir. Pronto, tu cuerpo y tu cosmos estarán a mi servicio.

—Eso no va a pasar —siseó el castaño. Internamente maldijo.

—¡Clario! ¡¿Qué haces aquí?! —La voz agotada pero rabiosa de Aiatros atrajo la atención de los dos.

—Vine a salvaros el culo. ¡Vaya mierda que habéis armado aquí!

—¡No te necesitamos!

—Probablemente estaríais muertos sin mi —espetó. Entonces, ignorando a su compañero, el recién llegado volvió a centrar su atención en el santo—. Lo primero que harás, será liberar a Nomios. Retira la flecha —ordenó.

—Jamás…

Clario no se repitió. La densidad de la Peste de la Aurora se intensificó, mientras el cielo se convertía en un lienzo de las mortíferas pinceladas de color, creadas por su técnica. Los puños de Aioros temblaron de nuevo y una extraña sensación enturbió su mente. Sagitario vibró, inquieta ante aquella intrusión. Su cosmos se conectó más que nunca con el de su protegido, en un intento de aportar mayor resistencia.

Sabiéndose acorralado, Aioros preparó el ataque. Sin embargo, de pronto, se detuvo. Su rostro se relajó y algo parecido a una sonrisa se dibujó en sus labios.

Una sensación de agradable tranquilidad, lo recorrió de pies a cabeza.

El oscuro y frío vacío de la Otra Dimensión se reveló frente a él, y su vorágine hambrienta arrastró la densa niebla hasta su interior, donde todo su efecto se perdía.

Saga emergió de ella, con Arles un par de pasos tras de él.

—Ya era hora —musitó el arquero. Saga levantó una ceja al verle.

—Te ves terrible —su voz sonaba rasposa y rota.

—Je… ¿Halagos, Géminis? —chasqueó la lengua. Saga, igual que él, era todo un drama—. Tú te sigues viendo bonito.

—Idiota... —Lo que parecía una sonrisa apareció en la boca del peliazul—. ¿Terminamos con esto?

—A la cuenta de tres... —Sus palabras robaron una nueva sonrisa a Saga. Éste meneó la cabeza y después, posó sus ojos verdes, temibles y determinados, en los Apolonios.

—¡Tres!

Continuará en la Parte II...—

NdA: Y hasta aquí la Parte 1, ahora toca esperar por la siguiente… ¡Dejad reviews con las apuestas por la supervivencia de Saga y Aio!

¡Hasta la próxima!