Capítulo 67: Troya, Parte II
Cuando el cosmo del último Apolonio abandonó la fortaleza encaminado hacia la refriega de la guerra, Dohko dio la señal de avance. Los —alguna vez— infranqueables muros de la Ciudad Dorada no fueron obstáculo para ellos. No había arqueros apostados dentro de las garitas para defenderla, ni había soldados tejiendo emboscadas en las almenas. El paso estaba libre.
Las callejuelas de Troya estaban desiertas. No brotaba luz del interior de las casas de adobe, y solo las hogueras que ardían en el cruce de las esquinas les permitían mantener el rumbo. De vez en cuando, el resplandor de los cosmos en batalla llegaba hasta ellos, iluminando la noche como rayos ardiendo en el cielo nublado.
La batalla al otro lado de los muros era violenta y sanguinaria, contrastante con el aura que corría por la ciudad.
Había una extraña paz en la soledad del poblado. Sin embargo, las huellas de los monstruos eran evidentes en los muros teñidos de sangre y la carroña descompuesta que se esparcía por el camino empedrado. Troya ya no era una ciudad de sueños, sino de pesadillas.
Atravesaron la parte baja de la ciudad sin contratiempos, sin encontrarse con nada ni con nadie. Era una ciudad fantasma.
El sendero que habían elegido dibujaba una pendiente que culminaba en las murallas internas, aquellas que resguardaban a la ciudadela. Eran una obra de arte: los muros de piedra estaban labrados con exquisitos diseños que narraban las historias de los hijos de Troya, y las gruesas puertas hechas de madera preciosa estaban engarzadas en aleaciones de hierro y oro que refulgía bajo la luz que la batalla lejana generaba.
Ahí, a sus pies, era imposible no sentirse diminuto.
—"Atención, no os confiéis" —dijo el chino, a través de su cosmos—. "Cuando entremos a la ciudadela y nos dirijamos al palacio, no sabremos que encontraremos en el camino."
Nadie le respondió, pero en la gravedad de sus rostros y la determinación de sus miradas, supo que comprendían. Sin dudarlo, Dohko tomó la delantera.
Con un brinco, seis de ellos libraron el obstáculo de las murallas. Del otro lado, el panorama era completamente diferente.
La ciudadela que rodeaba al palacio, carecía de la austeridad del pueblo. Los tonos sepias y terrosos que predominaban en el poblado, ya no existían, sino que habían sido sustituidos por el verde de los jardines, el rosa de las bugambilias en flor y el brillo dorado de la pintura que decoraba los palacetes. Un estanque de aguas oscuras, ensombrecidas por la penumbra de la noche, reflejaba a la luna sobre su superficie. Su curso se enredaba en los jardines que dividían los palacios de la nobleza, trayendo vida al áspero suelo troyano. Sus aguas corrían colina abajo, desde el palacio real, que vigilaba celosamente, desde su posición privilegiada, al valle de Ilión.
La comitiva siguió el camino marcado por el riachuelo. Atravesaron a toda velocidad los jardines de la ciudadela, internándose en un sendero flanqueado por unos olivos de follaje escueto.
De pronto, una explosión lejana sacudió el suelo bajo sus pies. El cielo oscuro se iluminó, como si el sol, de pronto, hubiera aparecido en el cielo. La ciudad completa tembló; las aguas del arroyo dibujaron ondas sobre la superficie, los árboles dejaron caer sus hojas y los ornamentos de los palacios repicaron, como campanillas llevadas por el viento.
Después, solo hubo silencio. La luz se apagó, todo cesó.
—Mierda… —La voz de Argol, a pesar de ser solo un murmullo, resonó como un trueno a mitad de la calma de la noche.
El viento se apagó; la luna se ocultó tras las nubes y una profunda oscuridad envolvió a la ciudad dorada de nuevo. Nada se movía a su alrededor.
Lo más tenebroso, sin embargo, era la ausencia de todo.
La batalla de cosmos que se libraba a lo lejos de la ciudad, había terminado. El cielo ya no se iluminaba con el resplandor dorado de la energía liberada. La cosmoenergía de Aioros y de Saga se había extinguido y, por lo tanto, su presencia era imposible de encontrar.
—No puedo sentirlos… —Los labios de Shura temblaron cuando las palabras abandonaron su garganta.
—¿Se terminó? ¿Han ganado? —Aioria quiso saber. Su pregunta había sonado desesperada, nerviosa, a pesar de la lucha contra su propia impaciencia.
Dohko no respondió. Trató de concentrarse en lo que sucedía a lo lejos, buscando por respuestas, pero la repentina inquietud que se había apoderado de su equipo le impedía hacerlo. Milo y Aioria se revolvían como un par de toros, ansiosos por saltar al ruedo; Argol había adoptado una inusual expresión oscura y el rostro de Shura se rendía cada vez más ante la preocupación. Si algo, agradeció por la máscara de Tatiana, que analizaba con ojos muertos la situación, guardando para sí sus pensamientos y emociones.
—Tenemos que volver —dijo Milo. Dohko temía esas palabras.
—No, tenemos que continuar.
—Podrían necesitarnos…
—Nos necesitaban desde el primer segundo, pero ellos sabían lo que estaban haciendo. Tenemos que seguir.
—Sigamos —La voz de Aioria sonó determinada.
Las palabras habían quemado en su garganta al pronunciarlas. Apretó puños y dientes, enfrentando a su espíritu y cabeza caliente. Pero es que tenía que confiar en Aioros, del mismo modo en que Aioros había confiado en él para esa misión. Cada cuál tenía un objetivo, igual de importante y vital. Se recordó a sí mismo que el sacrificio de su hermano y de Saga no valdría nada si ellos fracasaban. No podían ser débiles, tenían que confiar.
Si Milo replicó o quiso insistir, Aioria se negó a escucharlo. Se forzó a centrar la mirada en el frente y retomó el camino.
—Seguid vosotros —replicó Tatiana. Su petición obligó a todos a detenerse.
—¿Qué pasa?
—Creo que lo sabes, Roshi. Algo no está bien aquí.
El viento sopló y, por un instante, su murmullo sonó como una risa. Los santos se pusieron en alerta.
—Me quedaré contigo. —Argol se plantó junto a ella y levantó el brazo, preparando el escudo de Medusa para la refriega.
—Bien.
—¿Podéis haceros cargo? —preguntó el santo de Libra. La amazona asintió.
—Vamos, seguid. Moveos rápido que nos han pillado.
Dohko no necesitó que se lo repitieran. De inmediato retomó la carrera, seguido de sus tres santos de oro. Únicamente Shura se retrasó por un instante, en el cual dirigió una efímera mirada a la rusa. No podía ver sus ojos azules, pero le bastaba saber que tras aquella máscara de plata, estaba el rostro decidido y valiente de Tatiana.
Asintió con suavidad y le pareció que ella correspondió a su gesto. No había nada más que decir; la promesa de volverse a verse estaba hecha.
Entonces, se marchó.
-X-
Los dioses sabían que la máscara siempre le había parecido una molesta tradición. Su verdadera función le era desconocida e irrelevante para pensar en ella con insistencia. Sin embargo, como en pocas ocasiones, Tatiana agradeció por ella.
Admitía con pesar que, de todo el abanico de emociones que un ser humano podía sentir, la incertidumbre era la más detestable a sus ojos.
Era una guerrera formidable para su rango, y una mujer que parecía poseer una seguridad extraordinaria. Sin embargo, ahí, a mitad de los jardines troyanos, engullida por la nada, el corazón le latía con una fuerza sobrenatural.
Su instinto le gritaba pero ella no comprendía su mensaje. Los pelos de la nuca se le habían erizado y el aire que respiraba se sentía como lija abrasando su garganta. Algo iba mal. Terriblemente mal.
—¿Qué crees que está pasando? —La pregunta de Argol la hizo volver a centrarse en su realidad.
—Dímelo tú. —Lo miró de soslayo, aunque él no se diera cuenta—. ¿Qué has aprendido de Saga?
—¿Eh? —La mirada cerúlea del santo se desvió por un segundo, buscando la silueta de la amazona. Ahí estaba, quieta, atenta. Poco sabía Argol del torbellino que arrasaba dentro de ella.
—¿Qué has aprendido de Saga, Argol? —insistió.
El santo de plata dudó. Guardó silencio y recorrió los alrededores con su mirada. Sus sentidos se centraron en el presente. Los pasos de Dohko y el resto de los chicos se habían perdido en la nada y, nuevamente, la ausencia de sonido los había envuelto en aquella calma infernal.
Trató de no pensar en la lejanía de los santos dorados y en la vulnerabilidad que les habían dejado. No estaba ahí para fracasar, para ser un chiquillo asustadizo. Estaba ahí porque el Maestro lo consideraba entre los mejores… Porque Saga había confiado en él. Saga, ni más ni menos.
No iba a defraudarlo.
—Es una ilusión… —Las palabras brotaron de sus labios con naturalidad, como si su subconsciente las hubiera puesto en ellos—. Es una ilusión —repitió con más firmeza.
—Exacto, y la única forma de destruirlas es…
—Encontrando al ilusionista.
Entonces, la risa —aquella que parecía esconderse en el viento— explotó. Era jovial y femenina, pero había en ella una tétrica remembranza de que su dueña era un enemigo más al que enfrentar.
—Los santos atenienses sois una especie única. —Escucharon la voz con nitidez. El agujero negro creado por el silencio comenzó a disolverse, y poco a poco, el ambiente se cargó con los cosmos excruciantes de la batalla que se libraba más allá de las murallas—. ¿Venís hasta aquí con esperanza? ¿O con desesperación?
—¿Quién eres? —preguntó Argol. Levantó el brazo y ocultó su mirada tras el escudo de Medusa.
—Soy quien toma la esperanza y la convierte en desesperación, quien narra la caída de los héroes…
Tatiana bufó. Su mirada felina se afiló tras la máscara de plata y sus garras brillaron bajo la luz cósmica dorada que teñía la noche. El corazón le dio un vuelco dentro del pecho, mientras la tortuosa sombra de la ansiedad se cernía sobre ella.
—Soy la madre de la tragedia, Melpómene.
—Una musa…
La amazona se maldijo por no pensar en ello antes. Se habían considerado muchos factores para la incursión en Troya, así que las sorpresas no eran inesperadas. Sin embargo, estaba segura de que en ningún momento se había hablado de la posibilidad de encontrarse con las musas. Sí, musas, en plural. Si existía una, seguramente estaban las demás.
Nueve de ellas, para ser exacta.
Siervas de Apolo, patrocinadoras de las artes, madres de la inspiración… Criaturas de luz convertidas en sombras.
—¡Atención! —ordenó al santo de Perseo, en el justo momento en que la silueta de Melpómene tomó forma frente a ellos.
-X-
—¡Tres!
Como si de una coreografía perfectamente ensayada se tratase, el cosmos de Aioros y Saga estalló con una sincronía perfecta. El vacío de la Otra Dimensión se esfumó justo en el instante en que Aioros levantó la Flecha Sombra que mantenía inmóvil a Nomios, y ambos se convirtieron en el centro de una peligrosa explosión dorada capaz de arrasar con quien fuera que se interpusiera en su camino.
Pillados por sorpresa, los tres apolonios fueron arrastrados por el estallido de energía, interponiendo una distancia necesaria entre ellos. Arles y Orfeo —uno a la izquierda y otro a la derecha de los dos santos dorados—, contemplaron el poderío desplegado sin bajar la guardia un solo instante.
—¿Nos ponéis al día...?
—Aiatros, Astro Elemental, resulta que como su propio nombre indica puede manejar los elementos, y… —Aioros levantó una ceja casi divertido al ser interrumpido por una maldición en un perfecto turco cortesía geminiana—. Sí, eso pensé yo… —Saga tosió, hablar le resultaba todo un desafío en las circunstancias actuales. Su garganta parecía lija, y su cuello parecía estar sujeto con hilos—. Luego está Clario, peliverde... Astro del Padecimiento, el último en llegar y causante de la plaga.
—Y Nomios —intervinó Orfeo.
—Nosotros tenemos a Loxia, Astro de la Profecía y la Razón, y Acesio: Astro de la Vitalidad —continuó Arles, mientras su cosmos se expandía por el campo de batalla como una neblina imperturbable, en busca de almas a las que reclamar: listo para el ataque.
—Procurad que no os toque siquiera —aclaró Saga—, porque se alimenta de…
—Vaya, vaya… —una voz llegó hasta ellos a través de la polvareda que comenzaba a asentarse—. ¡Qué interesante reunión!
Clario, el más descansado de todo ellos, se abrió camino con paso firme. Su aura purpúrea lo rodeaba, y entonces, cuando su mirada se cruzó con Saga y Arles, dibujó una sonrisa torcida.
—Son… —farfulló el santo de Altair.
—Gemelos —terminó Saga por él. Era un clon exacto de Acesio.
-X-
Naia y Asterión se habían apostado al cobijo de las murallas exteriores. Su misión era ligeramente distinta a la del resto, pero igual de importante.
El santo de Perros de Caza era plenamente consciente de que su presencia ahí, como miembro de la incursión, no se debía a su extraordinaria capacidad como guerrero, ni a su aclamado historial como héroe en turno. Asterión no era ninguna de esas cosas.
Los acontecimientos del último par de años le habían enseñado un poco de humildad. Se consideraba un santo capaz, decente pero ligeramente mediocre. Su satori, sin embargo, era un don divino y valioso. Era lo único que lo mantenía a la altura del resto, según los ojos del Maestro y Sus Ilustrísimas. Aunque admitía —con un modesto orgullo— que las felicitaciones por su trabajo en Poliojni le habían resultado un pequeño tesoro. En especial las de Aioros.
Conocía a los demás santos dorados de muchos años atrás, y todos y cada uno de ellos siempre le habían parecido intimidantes. Aioros no había sido la excepción, de hecho, le había resultado mucho más imponente, por el aura que traía consigo, por su leyenda.
Pero las horas de entrenamiento y la batalla contra Nomios —seguida de la muerte de Janelle, aunque no le gustase admitirlo— habían hecho que le viera de una forma muy distinta. Como un humano, un santo más… Un amigo.
Quizás era eso mismo lo que le tenía tan nervioso: el miedo a fallar. A fallarle.
Eso y lo diminuto que se sentía bajo la explosión dantesca de los cosmos de Aioros y Saga, incluso de los de Arles y Orfeo.
Concentrarse se volvía cada vez más difícil. Con ayuda del satori buscaba tanta información como podía en las mentes de los Apolonios, pero le resultaba imposible esquivar las emociones de los santos de Géminis y Sagitario.
De pronto había caído en cuenta que detrás de esa magnificencia y ese poder inagotable, no eran más que hombres. Sufrían, temían, dudaban… Estaban llevando sus cuerpos y sus mentes al extremo, y lo hacían no por ellos, sino por el bien de todos. Había tanto de ellos que admirar, que se sentía sobrepasado. No lo habían pensado antes —o al menos no lo había meditado de aquel modo—, pero eran condenadamente valientes.
Tal vez, aquello era lo que los hacía especiales, más allá del poder de su cosmos y su rango a la cabeza de la Orden: su nobleza y su enorme corazón.
Tragó saliva cuando los cosmos de los combatientes se reunieron en un solo punto. Ya no había dos flancos, solo uno. Saga y Aioros habían conseguido el primer objetivo de su misión: obligar a los Apolonios a abandonar la fortaleza. Ahora Dohko y los demás tendrían el camino libre hasta Cassandra, y todo lo que Sus Ilustrisimas tenían que hacer era resistir.
Resistir.
Esbozó una mueca amarga. Era un idiota por plantearse semejante escenario con tanta facilidad. Solo sobrevivir… Contra aquellas bestias…
Maldición.
El combate se reanudó de pronto, y el cielo de Troya —que por un momento había vuelto a tornarse oscuro— se iluminó nuevamente con el estallido de las cosmoenergías.
Inquieto, buscó a Naia. Estaba a unos metros de él, con la mirada de plata clavada en el horizonte, donde la reyerta recobraba vida.
Le pareció que poseía un aura etérea, ligeramente fantasmal. Su melena larga y oscura contrastaba con el brillo de plata —casi blanco— de su armadura. La luz emitada por los cosmos de la batalla se reflejaba en su máscara, como fuegos artificiales que revoloteaban en el cielo.
Como si sintiera su mirada sobre sí, Naiara volteó. Los ojos muertos de la máscara miraron a través de él, y Asterión sentía que podía ver las dudas en su alma.
—¿Estás bien? —le preguntó ella.
—Sí, sí…
—Bien, pronto comenzará…
Comenzará.
La batalla contra el tiempo.
Pronto, los Apolonios caerían en cuenta de que habían cometido un error, y entonces, estarían furiosos. Si había una retirada de regreso al palacio, Naia y él seguramente quedarían en el medio. No tendrían más remedio que actuar y hacer tanto como pudiesen.
El corazón comenzó a latirle en el pecho y un golpe de sangre se le subió a la cabeza.
-X-
El vacío a su alrededor comenzó a dispersarse lentamente, como si de a poco, fueran abandonado un sueño.
Los cosmos de Saga, Aioros, Arles y Orfeo reaparecieron, más intensos que nunca, y la luz que emanaba de la batalla, volvió a colorear la bóveda celeste con tonos dorados, plateados y purpúreos. El brillo de aquella aura multicolor iluminaba los resaltes dorados del tejado real, hechos en oro puro, que alcanzaban a distinguirse tras la última línea de murallas.
El viaje de los cuatro santos dorados comenzaba a aproximarse al final.
Con un salto libraron el último obstáculo y, de inmediato, la enorme explanada que servía de preámbulo al palacio real se abrió ante ellos. Entonces, se detuvieron.
Miraron, anonadados, a su alrededor. Las palabras escaparon de ellos, sin que supieran dar forma a sus pensamientos. No había mucho que decir, aunque la expresión de sus rostros dijo todo por ellos.
No fue el palacio —con su construcción tan exquisita como exótica— lo que atrapó su vista y les robó el aliento. Fue algo más.
Desde ahí, en el punto más alto de Troya, la devastación en el valle quedaba a la vista. La encarnizada batalla entre los Apolonios y los atenienses había convertido a Ilión en una planicie de sangre y ceniza.
Los fuegos fatuos de Arles y las delicados campos de flores de Orfeo luchaban por su supervivencia en medio de un tornado de fuego, mientras los choques cósmicos entre los cosmos de Saga contra los Apolonios generaban explosiones de cosmos que hacían crujir el maltrecho suelo del valle.
Una estela de luz dorada atravesó el cielo y desató una lluvia de luces incandescentes que cayó sobre el campo de batalla sin misericordia.
Sin notarlo, y a pesar de la crudeza del momento, Aioria sonrió. Era Aioros, lo sabía.
¡Estaba volando! Y aunque desde ese punto no era más que una minúscula estrella en el cielo, y a él le hubiera fascinado verlo más de cerca, Aioria se sintió terriblemente orgulloso de ser su hermano, como cuando era un niño pequeño bajo el cobijo de su sombra.
—"Continuemos…" —La voz de Dohko los urgió a recomponerse y seguir. No tenían tiempo que perder, y cada segundo podía ser la diferencia entre la vida y la muerte, especialmente para quienes peleaban por fuera de las murallas.
Nadie se atrevió a contradecirlo, pues entendía la importancia de avanzar. Si, tal como sospechaban, habían sido descubiertos, entonces el tiempo era aún más valioso.
Atravesaron la gran explanada a toda velocidad. Los pasos metálicos de sus botas sobre el piso de mármol retumbaban con el eco de la noche, interrumpidos ocasionalmente por las explosiones que se gestaban en el valle. Las majestuosas estatuas, estáticas a los bordes de la terraza, contemplaban su avance con ojos muertos. Alguna vez, cientos de años atrás, otro ejército griego había mancillado esas mismas tierras con sangre y lágrimas. Aquella guerra se había peleado por honor y por oro. Esta se luchaba por supervivencia.
Las pesadas y decadentes puertas del Palacio Real se levantaron frente a ellos, como una silente amenaza. Así como las puertas del Inframundo instaban a abandonar toda esperanza, las de Troya susurraban su propia advertencia: quien cruzara por ellas solo volvería victorioso… o muerto.
—¿Estáis listos? —preguntó el chino, mirando de soslayo el rostro de los chicos a su lado. Una vez más, se encaminaban por una vía sin retorno.
—Hagámoslo —demandó Milo. La sangre le bullía en las venas y el guerrero dentro de él se retorcía, ansioso de salir a jugar.
—Entonces, hagámoslo juntos, chicos.
Los tres intercambiaron miradas y asintieron. Sobraba decir nada más.
Cuatro cosmos dorados más despertaron en el corazón de Troya, irradiando un poder destructivo incontenible y lanzando su propia declaración de guerra mientras las puertas del palacio caían.
Habían llegado hasta ahí y nada, ni nadie, iba a detenerlos.
-X-
Apenas habían pasado unos segundos de peligrosa tranquilidad. El polvo ni siquiera se había asentado en la planicie en su totalidad, cuando Loxia y Acesio irrumpieron cual meteoros, resquebrajando el suelo bajo sus pies.
—Pues ya estamos todos en la fiesta, diría yo… —dijo Aioros, mientras su mirada se tornaba oscura y amenazante.
Aquella era la primera vez que contemplaba a Loxia cara a cara desde que supo su identidad. Era la primera vez que sus ojos azules se cruzaban con aquella mirada carmesí, y algo dentro de él latía incontrolable. Era el asesino, el torturador de Janelle. A su lado, Saga chasqueó la lengua disgustado.
Arles, cuyo ceño permanecía fruncido desde horas atrás, vio de soslayo a sus dos chicos con cierta preocupación. Eran tan diferentes, tan complementarios, que juntos eran una máquina perfecta. Si, lo sabían. Se lo habían demostrado al mundo a cada ocasión que se había presentado a lo largo de sus vidas. Sin embargo, el viejo santo de Altair mentiría si dijese que no le preocupaba que el lado pasional y visceral de Aioros tomara el control solo por un instante al tener a Loxia frente a sí. El daño que el apolonio había causado con la muerte de Janelle era, después de todo, incalculable.
Había visto la mirada del castaño al contemplar la sonrisa burlona en el rostro magullado de Loxia. Había notado el cambio en su aura, en su semblante, en su postura, en el modo sutil en que sus puños temblaban por la fuerza con que los apretaba.
—Hay algo que no entiendo… —Clario ladeó el rostro y entrecerró los ojos con sospecha mientras miraba a los cuatro santos de arriba a abajo, aunque su atención se centraba en los dos dorados—. ¿Tanta es vuestra ansia por morir que venís hasta aquí… vosotros solos?
Su cosmos purpúreo se extendió por el claro tal y como hiciera Arles apenas unos minutos atrás. Sin embargo, las partículas de su cosmoenergia danzaban perezosamente por la tierra, acariciándola… emitiendo un sutil vaho similar al del asfalto cuando alberga demasiado calor. El santo de Altair se estremeció y su estómago dio un vuelco. Una incómoda e indescriptible sensación recorrió su cuerpo cuando su cosmos se entremezcló con el de Clario.
—¡¿Por qué?! —farfulló Nomios, haciéndose hueco junto a él, a la par que su cosmoenergia estallaba levantando consigo polvo, roca, ramas…
Saga tosió una vez más —su garganta arrastraba un desagradable sabor metálico—, y apretó los dientes cuando el lagrimeo de sus ojos regresó tras aquella pequeña tregua. Todas sus alarmas saltaron y elevó su cosmos de inmediato. Aioros, prácticamente a la vez, hizo lo propio, y apenas un segundo después, Orfeo y Arles los siguieron.
—Uno pensaría que los hombres de Apolo, un dios de luz, serían más hospitalarios —replicó el geminiano con sarcasmo.
Pero no quiso demorar más las cosas. Saga tomó impulso y de un par de zancadas se arrojó al ataque. Aquel intercambio absurdo de palabrería, aquel estudio… poco o nada les aportaba y además iba muy poco con su estilo. Aioros era el parlanchín de los dos. Ignoró el escozor constante de los cortes sobre su piel y el modo en que su cosmos escapaba por ellos con un goteo incesante, incluso los probables huesos rotos. Concentró su energía en sus manos, y justo en el momento en que lo liberó como una letal red cósmica, Aioros pasó por encima de él con sus alas de oro extendidas bajo la luz de la luna, soltando una descarga de flechas doradas y dejando tras de sí una estela de polvo de estrellas.
Saga solo lo miró fugazmente, pero sonrió internamente al contemplarlo, fascinado. Era una fantasía verlo volar, y Sagitario se veía realmente hermosa.
Sin embargo, no podía darse el lujo de distraerse. No podían encajar más golpes de los necesarios: sus cuerpos tenían un límite. Pronto se produjo el inevitable choque con los apolonios. Cuatro contra cinco. "No importa", se dijo el peliazul. Aguantarían, porque cada vez quedaba menos.
Los nueve se enzarzaron en una pelea sucia de cosmos y puños, sangre y polvo.
Saga hizo su mejor esfuerzo manejando las dos manos, golpeando con sus puños y atacando con su cosmos también. Mientras peleasen como una melée desordenada, sabía que no podía usar sus ataques más destructivos —por la propia seguridad de sus compañeros—, pero los apolonios tampoco.
Los fuegos fatuos de Arles se arremolinaban entre ellos —lacerando con su hambre de vida los cuerpos de los soldados de Apolo, y tratando de esquivarles a ellos—, entremezclándose con las diminutas flores blancas que nacían de la lira de Orfeo, espoleadas por la melodía del Nocturno de Cuerdas que comenzaba a cimbrar los oídos de sus oponentes.
¡Vaya espectáculo era aquel! pensó Aioros orgulloso, mientras los observaba desde el cielo, y su inclemente lluvia de saetas incandescentes iluminaba la noche desde las alturas. Nunca habían formado un equipo, y aún así funcionaban a la perfección.
—¡Extinción Solar!
Pronto fueron engullidos por un viento de calor bestial que jugaba en contra de los santos y que Loxia manejaba a la perfección. Lo arrojó contra ellos y cuando la cosmoenergía finalmente explotó, los dispersó.
—¡Danza de los elementos: Tornado de fuego!
Aiatros, a su lado, aprovechó el momento. Maestro de los elementos, aprovechó el viento cósmico de Loxia para alimentar su propia técnica: un inmenso tornado de fuego, que nacía como un minúsculo remolino en su mano, arrasó el campo de batalla amenazando con carbonizarles a todos ellos. Aioros se tambaleó peligrosamente en los cielos: cansado y herido como estaba, mantener el vuelo era muy desgastante, pero les daba una ventaja única y no pensaba rendirse pronto. Se concentró, y batió sus alas con tanta fuerza como pudo para elevarse un poquito más, en busca de aire más fresco.
Arles y Orfeo se vieron obligados a retroceder, no solo por la letalidad del ataque, sino porque sus armaduras de plata no podrían resistir la alta temperatura que los dos apolonios habían desatado. ¡Cuánto extrañaban a Camus en aquellos momentos! Para colmo, Acesio, que parecía que hubiera renovado sus energías desde que se reencontrase con su gemelo, les estaba sometiendo a ambos a un castigo de golpes infinito con su Fotón del Caos.
—¡Retrocede, Orfeo! —gritó Arles, cuando el chico encajó el segundo golpe en la cara—. "¡Sus golpes drenan tu cosmos! Lo harán impreciso y acrecentan el suyo…" —explicó directo a su mente. Intentó concentrarse todo lo que pudo en las almas que se arremolinaban en el campo de batalla, pero con aquel caos era más difícil de lo que imaginaba.
—¡Fotón Escarlata! —Clario le atinó con tanta fuerza en la boca del estómago, que por un instante le cortó la respiración.
Arles rodó por el suelo, y cuando finalmente se detuvo, escupió sangre. Una oleada de nauseas lo siguió. Tomó un par de dolorosas bocanadas de aire, y justo en aquel instante, un gran estallido iluminó los cielos, alejando a Clario de él y dándole espacio.
—¡Trueno atómico! —Escuchó a Aioros mientras descendía en picado, con las alas plegadas y su cosmos explotando en plena noche.
No frenó hasta que su puño dorado envuelto en un cúmulo de rayos, se estrelló contra el pecho de Clario, sacando de él un crujido que al arquero le resultó música celestial. El apolonio fue arrastrado por la potencia del golpe, y aunque el vuelo de Aioros se tornó turbulento e inestable a tan baja altura, tomó impulso con su pierna izquierda —hundiendo el suelo bajo su fuerza—, para elevarse de nuevo a las alturas.
Arles agradeció con todas sus fuerzas por su presencia. El santo de Altair se puso en pie tan rápido como fue capaz, elevó su cosmos un poco más, y tronó sus manos, arremolinando todas las almas a su alrededor.
—¡Onda de Espíritus Celestiales! —Las almas estallaron, arrastrando a Acesio con ellas. No había sido un ataque perfecto, pero tendría que servir.
Más allá, Saga, que había quedado atrapado en medio del huracán ardiente que habían formado Loxia y Aiatros, luchaba por mantener la compostura frente a Nomios. Hacía calor, demasiado calor, y juraba que con cada bocanada de aire que engullían sus castigados pulmones, un poco más de ellos se quemaba sin remedio.
"Ya no tiene caso pensar en dejar de fumar", se dijo a sí mismo.
A grandes rasgos, sabía qué habilidades tenía Nomios y no quería arriesgarse todavía a elevar el nivel de batalla a límites insostenibles. Sorprendentemente, había recurrido al cuerpo a cuerpo, y trataba por todos los medios de ejecutar su mejor actuación en ese campo, con sus puños siempre envueltos en su cosmos dorado. Sabía que el apolonio podía devolverle los ataques cósmicos, y con el nivel de destructividad que tenían sus propias técnicas, aún no podía permitirse ese riesgo.
A pesar de ello, la fuerza del cosmos de Nomios frenaba su impulso, restándole letalidad. Loxia tampoco quería perderse la fiesta que habían comenzado en Kalafat unos lejanos minutos atrás y se acercaba a toda velocidad a ellos desde la derecha.
Sin embargo, de pronto, cuatro maravillosos —y oportunos— cosmos estallaron en la lejanía de la fortaleza de la Antigua Troya iluminando el cielo de la legendaria ciudadela.
Lo habían logrado. Los demás habían logrado entrar.
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Por un instante, el fragor de la batalla se detuvo, como si el tiempo se hubiera parado. La sangre abandonó el rostro de los apolonios, y el espanto delató sus miradas cuando finalmente comprendieron.
—¡Es una trampa! —la voz de Acesio rugió en medio del caos.
—¡Maldita sea! —exclamó Loxia. Se olvidó de sus intenciones de unirse a Nomios en el combate, y trató de emprender el camino hacia la ciudadela—. ¡Replegaos!
Aioros lo vio desde lo alto y frunció el ceño. Batió sus alas, tomando todo el impulso posible y se arrojó sobre él sin intención alguna de dejarlo ir.
—¡Trueno atómico! —gritó una vez más, desgarrando su garganta, como si la potencia de su voz fuera capaz de acrecentar su ataque. Asestó miles de golpes de cosmos que cayeron sobre Loxia sin piedad impidiendo su avance mientras el arquero descendía en picado hacia él.
El apolonio maldijo, y aunque aprovechó su velocidad para esquivar cuantos le fue posible, inevitablemente muchos de ellos hicieron blanco.
Apenas a unos metros del suelo, Aioros desplegó hasta la última pluma de sus magníficas alas, que frenaron el veloz descenso de modo magistral, y sus pies se posaron en el suelo con una sutil caricia.
—Me temo que no irás a ninguna parte. —Al fin lo tenía donde quería: frente a frente—. Ninguno va a moverse de aquí.
Sus ojos azules ardían en un fulgor dorado como nunca antes lo habían hecho.
-X-
El ceño de Loxia, se arrugó aún más cuando vio como la Otra Dimensión de Saga se abría unos metros a su izquierda. El peliazul expandió su cosmos, que se unió al de Aioros, desplegando una onda expansiva prácticamente imposible de atravesar una vez que Orfeo y Arles se les sumaron.
El rubio gruñó, pero no tuvo más remedio que resignarse. El paso a Troya estaba cortado, al menos, mientras no se deshicieran de los estúpidos santos suicidas.
—Meh… esa cara de bobo no te queda, Loxia. —Aioros hubiera querido sonreír al escupir cada palabra, pero no fue capaz más que de dibujar un mohín de desprecio—. Aunque imagino que eso —con un movimiento de su rostro, señaló a la ciudadela—ha sido una sorpresa para todos vosotros.
—Una sorpresa, tal vez —masculló—. Pero no es más que un contratiempo que no tardaremos en resolver.
El cosmos del apolonio se iluminó con un brillo cegador y sus ojos, centellearon como ascuas de una fragua. Se arrojó sobre el arquero sin ningún temor, mientras el Fotón Ígneo que formaban sus puños tornasolados buscaba con ahínco hacer blanco.
Sin embargo, Aioros era un luchador formidable y pocas cosas le resultaban tan satisfactorias como una pelea física: piel con piel, hueso contra hueso. Sangre. O al menos, así era cuando el dolor y la ira espoleaban hasta el más ínfimo de los movimientos de su cuerpo. Necesitaba hacerle daño, necesitaba que el muy desgraciado sufriera hasta límites insospechados y, por un momento, las consecuencias dejaron de importar.
Ignoró el dolor que laceraba su cuerpo con cada movimiento. Hizo caso omiso del calor y de la deshidratación. Solo estaban él y Loxia allí, no existía nada más.
Era incapaz de pensar en nada más.
Podía sentir a los demás, apenas a unos metros de él. ¡Dioses! ¡Cómo no hacerlo! Y aún así, era como si pelearan en otra realidad, en otro mundo separado de él como un cristal blindado e impenetrable. Sagitario vibraba con sutileza con cada estallido de cosmos de Géminis, Altair y Lira. Aioros podía notarlo como un sutil cosquilleo en las palmas de las manos, pero no era nada comparable a la descarga de energía que manaba de su ropaje cuando lo protegía de un golpe que iba destinado a él.
Esquivó un puñetazo directo a su mandíbula echando el hombro atrás y, con un rapidísimo movimiento de su mano, atrapó el otro puño de Loxia antes de que impactara contra su estómago.
Alzó las cejas apenas imperceptiblemente, sorprendido de haber podido atraparlo con tal facilidad. Entonces, su ojos cerúleos se cruzaron con los orbes de rubí, y ambos se sostuvieron la mirada.
Quizá solo fue un instante. O quizá no. Aioros perdió la noción del tiempo cuando se vio sumido en la inmensidad del odio carmesí de la mirada de Loxia.
Después, el apolonio sonrió y Aioros, inevitablemente, se estremeció.
Ante sus ojos, tan nítida y tan real como si estuviera ahí mismo, Janelle suplicaba por su vida. La respiración del arquero se detuvo, y sus ojos se inundaron de lágrimas.
No podía ser.
-X-
Acesio no parecía tener intención alguna de dejarlo en paz. Había encontrado en él una fuente casi inagotable de cosmos que drenar, pero Saga comenzaba a estar cansado. Nomios tampoco ayudaba. Había tratado por todos los medios de evitar usar su cosmos a gran potencia, pero lo malo del combate físico era que sus heridas empeoraban y su cuerpo maltrecho dolía infinitamente más.
La breve tregua que había logrado cuando ejercieron como barrera entre los apolonios y Troya, se esfumó tan rápido como llegó, y lo único bueno de ello era que finalmente, tenía el espacio suficiente para liberar su cosmos.
Dio un rápido vistazo por el campo de batalla. Arles y Orfeo permanecían enfrascados en combate con Aiatros y Clario, impidiendo que se acercaran lo suficiente a él y Aioros. Mentalmente agradeció su esfuerzo sobrehumano, pero ni pudo, ni quiso darle muchas más vueltas al asunto.
Le preocupaba mucho más Aioros, inmerso como estaba en su combate con Loxia. Había tratado de no quitarle la vista de encima demasiado tiempo. Especialmente, porque temía que el rubio utilizase una de sus demoledoras ilusiones. Y a juzgar por el rostro desencajado del arquero y la sorprendente pausa que habían alcanzando aquellos dos, su temor se había cumplido.
Trató de quitarse a Acesio del medio al menos por un instante. El tipo era un auténtico dolor en el culo, y Saga no tenía claro que quedase algún hueco en su piel sin un rasguño que supurase cosmos. Desde luego que, al menos, no se sentía así.
-X-
Cuando la colina tembló bajó la fuerza del cosmos dorado, Tatiana y Argol se sintieron infusionados de ánimos nuevos. Dohko y los demás habían alcanzado el Palacio Real. ¡Estaban un paso más cerca del éxito!
Para su oponente, sin embargo, que la tierra rugiera bajo sus pies, fue una señal de alerta. De inmediato, todo misticismo cesó, y la mujer intentó sortearlos, de camino al palacio.
Argol no estaba dispuesto a permitirlo.
—¡Cabeza del Demonio Gorgóneo!
La tierra se abrió y decenas de serpientes asomaron por sus heridas. Siseaban y sus fauces abiertas y amenazantes, mostraban los colmillos rebosantes de veneno.
La presencia de los animales sorprendió a la musa y ralentizó su huída. Entonces, Argol tomó la ofensiva y, antes de que pudiera reponerse, atacó. Asestó una patada al costado de la mujer. Melpómene, sin capacidad de respuesta, rodó por el suelo.
—No vas a ningún lado —sentenció el santo de Perseo, mientras las serpientes desaparecían, fundiéndose con la tierra.
Aterrizó a unos metros de ella y, sin quitarle la mirada de encima, empuñó de nueva cuenta su escudo milenario.
—Bien hecho. —Tatiana se colocó junto a él. Entre los dos, protegían el camino que guiaba hasta las murallas del Palacio Real.
—Estúpidos… —siseó la musa.
Se incorporó lentamente y, por primera vez, pudieron verla sin la magia de una ilusión a su alrededor.
El rostro frente a ellos no estaba hecho de piel, sino de porcelana. La máscara de su contrincante era de un blanco impoluto y dibujaba un gesto lleno de pesar: el rostro de la tragedia. Llevaba la melena suelta; era oscura como la noche y descansaba sobre las hombreras de un metal ambarino que la protegían. Una corta túnica, hecha de un tejido delicado y casi transparente —cubierto de polvo a causa del ataque del santo— cubría el cuerpo de la mujer, y sus pies se calzaban en unos coturnos de oro viejo. Lo más impresionante era el báculo en sus manos, coronado con una esfera de oro que representaba al sol, pero que lejos de traer luz, como lo hacía el astro rey, estaba manchado de sangre.
Melpómene avanzó hacia ellos.
Sus pies parecían flotar en el aire, debido a la fineza de su andar, y un aura purpúrea la envolvía en su totalidad.
—Habéis cometido un error grandísimo al venir aquí —espetó.
—¡Vosotros lo cometisteis primero, cuando os atrevisteis a invadir nuestro Santuario!
El ímpetu en la respuesta de Argol le arrancó una carcajada. El tintineo de su voz era frío y lúgubre, capaz de erizar la piel. Aquel sonido no presagiaba nada bueno.
—Me gusta —dijo—. Me gusta la potencia de tus emociones.
El sol, en la punta del báculo, se iluminó, y conforme su brillo fue cobrando fuerza, el aura cósmica alrededor de ella creció. Al mismo tiempo, el jardín a su alrededor comenzó a cambiar. El pasto sobre el que descansaban sus pies se marchitó, y los tonos verdes mutaron a un marrón putrefacto.
—¿Otra visión? —cuestionó el rubio.
—No lo sé y no importa, mientras no la perdamos de vista. ¡Tampoco le demos espacio! —La amazona levantó su brazo izquierdo, y las garras de Lince brotaron de sus dedos—. ¡Huracán de Garras de Acero! —Después, se fue contra su oponente.
Su zarpazo desgarró el aire, y las ondas de cosmos afiladas viajaron hasta la musa. Ésta levantó su báculo, haciéndolo girar. Entonces, los cosmos de ambas chocaron.
La fuerza del ataque de la amazona forzó a sus pies a retroceder. El ataque no la impactó de lleno, pero hirió con su potencia al bastón bendecido por Apolo. Melpómene apretó los dientes cuando las esquirlas de madera volaron. Creció su cosmos, y el aura carmesí se expandió en el ambiente. Sin embargo, no hubo tiempo para más.
Argol atacó desde un costado. Lanzó una patada, que la obligó a girar y a moverse tan rápido como le fue posible para huir del doble embate. Sin el báculo que frenase el poder de las Garras de Acero, el ataque golpeó de lleno contra el suelo, abriendo surcos en la tierra rojiza.
Cuando cayó sobre su rodilla, unos metros más allá, la musa jadeó.
No tuvo tiempo de reponerse, pues de inmediato vio el contraataque de la rusa viniendo hacia ella. Tatiana empuñó sus garras y comenzó un intercambio de golpes y patadas que Melpómene no esperaba.
Tatiana era una luchadora extraordinaria.
Al igual que su animal regente, poseía la gracia y la fuerza de un lince. Sus movimientos eran rápidos, fluidos y elegantes. Pero también eran extremadamente poderosos. Sus garras abrieron la piel de los brazos de la musa y la sangré comenzó a manar de las heridas. Sus patadas arrancaban quejidos de su garganta, y la obligan a retroceder, manteniéndose a la defensiva.
Argol se unió a la refriega. Empuñó el escudo y los ojos de Medusa brillaron, dispuestos a cobrar cualquier error de su oponente.
Melpómene maldijo. Trató de igualar la fuerza de sus contrincantes, pero estaba siendo superada por el incesante ataque. Usó el bastón para desviar el escudo. Tras la máscara, sus ojos carmesí centellearon. El escudo de Medusa no iba a detenerla; ella, bendecida por Apolo, no se convertiría en víctima de una bestia maldita por Athena.
La energía de los tres cosmos se entremezcló: plata contra rojo. Siempre intentando superarse, devorarse, imponerse…
Por fin, la musa no pudo más.
Estalló su cosmos, y el cetro dorado se oscureció por completo. Una poderosa energía explotó, lanzando a los tres guerreros en direcciones distintas.
Tatiana y Argol pudieron reaccionar a tiempo, y balancearon su cuerpo para aterrizar sobre sus pies. Ella con la elegancia de un felino y él con la fuerza de un guerrero.
Melpómene no tuvo tanta suerte.
La fuerza de su propio ataque la arrastró contra el suelo. Su cuerpo golpeó contra la hierba seca y rodó. Su túnica se manchó de una mezcla de sangre, sudor y tierra.
Con un quejido, se incorporó sobre sus rodillas.
—Seguid así, no os detengáis —susurró, con el aliento entrecortado. Su rostro estaba oculto, pero su voz denotaba burla.
—Eres demasiado arrogante para estar en desventaja —ladró el santo de plata.
—Y vosotros son ingenuos, si creéis que estoy acorralada. —Se levantó—. Devorasueños…
Ante su voz, el ambiente se tornó tenso. Una energía lúgubre cargó el aire, haciendo que Tatiana y Argol encontraran imposible respirar. Algo dentro de ellos cambió. Era una sensación aplastante, como si una fuerza invisible ejerciera presión sobre sus pechos y amenazara con estrujarse el corazón.
Aquel desasosiego solamente creció cuando, delante de ellos, las heridas de Melpómene comenzaron a curarse. Los cortes en su piel se cerraron y el cansancio que parecía invadir su cuerpo, se esfumó.
—¿Qué demonios…?
—Soy la musa de la Tragedia, la madre del terror. No existe emoción más humana que el miedo, y es de ello que me alimento. Mientras haya un ápice de temor o zozobra en sus corazones, yo soy invencible. —Los agujeros de los ojos de la máscara brillaron en color carmesí, un sudor frío corrió por el cuerpo de los santos—. Preparaos para morir.
-X-
—"Loxia, por favor…" —escuchó a Janelle musitar, con su voz tan dulce y preciosa quebrada por el llanto y el miedo, mientras suplicaba por ayuda.
La sangre y las lágrimas manchaban su rostro. Estaban en el almacén. Podía distinguir el cadáver de Stavros más allá.
—"Oh, no… No tienes que suplicarme a mi, Saga está aquí, mírale a él: es tú salvador. —Loxia tiró de su pelo con fuerza, obligando a que Janelle mirase al peliazul—. Suplícale a él, porque está en su mano que vivas o mueras. Saga es tu salvador. Suplicale, Janelle".
—"Saga…" —sus ojos desbordados de lágrimas buscaron la ayuda milagrosa del geminiano. Sin embargo, Loxia la zarandeó con fuerza y su cosmos ardiente laceró su piel.
—"¡Saga!" —Aulló Janelle con desesperación, aterrorizada.
Aioros cerró los ojos con fuerza. Una oleada de náuseas azotó su cuerpo, y se vio sumido en un sudor frío repentino. No podía verla así. No podía oírla así. Janelle ya no estaba… Loxia la había matado. Aquello no era real.
Negó con la cabeza, tratando de quitarse aquella imagen de la mente. "Es una ilusión. Es una ilusión". Se dijo. Pero no por ello dolía menos. Quemó su cosmos.
—"¡Por favor!" —El grito desgarrador de Janelle le partió en dos. Tanto, que elevó su cosmos aún más casi sin darse cuenta. No iba a verla morir. No quería verla morir.
—El único que va a morir aquí, eres tú —murmuró, sin aliento, refiriéndose al apolonio.
La risa de Loxia llegó a sus oídos, y por un momento, la ilusión se hizo más fuerte. Las lágrimas de Janelle arreciaron, la mirada de espanto de aquel Saga del pasado le estremeció. Casi podía sentir los latidos del corazón de ambos latiendo junto a él: la desesperación, el terror. La culpa y la angustia. La garganta cerrada de Saga incapaz de inhalar una brizna de aire. El dolor de ambos, diametralmente diferente, pero increíblemente intenso.
—"Es una ilusión —La voz del gemelo, en el presente, irrumpió en su cerebro con tal nitidez que Aioros se sobresaltó—. No dejes que te controle. Lo que sea que estés viendo no es real. No puede engañar a tu cosmos".
Aioros cerró los ojos con fuerza, reprimiendo las lágrimas que pugnaban por salir de ellos sin permiso. Agradeció que una vez privado de la vista, la terrible imagen de Janelle se difuminó. Su cosmos comenzó a arremolinarse alrededor de él cada vez con más fuerza, e internamente, el arquero esperaba que aquel viento dorado fuera capaz de llevarse los restos de la visión consigo.
—"¿La quieres viva? ¡Ven por ella! —En la ilusión, Loxia y Saga entraron en acción al mismo tiempo a una velocidad sobrehumana. Sus cosmos estallaron y pudo sentirlos como si estuvieran ahí mismo—. Adiós, Janelle. Sirves mejor muerta".
No. No iba a verla morir. Aioros no iba a dejar que Loxia manchara su recuerdo de aquella forma. Ya había acunado su cadáver, no iba a grabarse su muerte a fuego en la memoria por culpa de aquel desgraciado.
Abrió los ojos. No había rastro de azul en ellos. Solamente oro.
—¡Impulso de Luz de Quirón! —gritó a pleno pulmón.
El vendaval que generó su cosmos arrasó con todo a su paso. Desgajó la ilusión como si fuera papel mojado, y aunque aún podía escuchar las súplicas desesperadas de Janelle amortiguadas por su mente, logró hacerlas a un lado. Loxia salió despedido ante la furia desatada de su cosmo energía.
No. El muy desgraciado no iba a ganarle así.
-X-
Saga encadenó un par de puñetazos seguidos al rostro de Nomios que le dieron unos metros de espacio, lo suficiente como para que pudiera armar los brazos y quemar su cosmos.
—¡Explosión de Galaxias! —farfulló. Pero apenas su cosmoenergia abandonó sus manos, fue consciente de la imprecisión con que lo hacía y se maldijo internamente. Estúpido Acesio.
—Al fin… —escuchó la voz grave de Nomios, en el preciso instante en que aquella maravillosa descarga de energía que era su mejor técnica, se detenía en el aire de un modo antinatural, danzando como un peligroso enjambre multicolor de estallidos y estrellas.
Después, solamente escuchó una carcajada que arrancó de él un escalofrío.
—Mierda —dijo.
¿Cuánto tiempo pasó? ¿Una fracción de segundo? ¿Menos? La Explosión de Galaxias comenzó a girar sobre sí misma, ganando velocidad. Finalmente, volvió hacia él con una rapidez renovada, espoleada por el cosmos de Nomios, y por un instante, el aire se atascó en la garganta de Saga. Abrió la Otra Dimensión tan rápido como fue capaz, sin tiempo para comprobar lo que sucedía con Aioros.
Y casi lo logró. Si tan solo hubiera sido un poquito más rápido, hubiera esquivado la trampa de Nomios con maestría. Pero el apolonio no era un rival al que subestimar y las distracciones se pagaban caras. Era peligroso. Y aunque la explosión no impactó contra él de lleno —gracias a todos los dioses—, lo empujó con suficiente fuerza como para arrancarle un quejido cuando cayó —con mucha menos elegancia que otras veces—, en la Otra Dimensión.
-X-
—¡Aquí vienen! —exclamó Naia cuando, después de algunos segundos de tensa calma, los cosmos de los Apolonios ardieron con una rabia inusitada.
Los cuatro cosmos de los chicos dorados dentro del palacio habían ardido unos segundos antes, en la parte más alta de Troya. ¡Lo habían conseguido! ¡Habían llegado hasta la parte más segura de la ciudad! Pero el engaño también había quedado al descubierto y los guerreros de Apolo no tenían más opción que retirarse de vuelta a la ciudad.
Ante la urgencia en su voz, Asterión se puso en alerta. Se incorporó en un brinco de la piedra donde estaba sentado y fijó su mirada en dirección a la batalla.
Una ansiedad inevitable invadió a ambos cuando la energía purpúrea y agresiva avanzaba hacia ellos. Pero entonces, un cometa dorado atravesó el cielo y explotó justó entre ellos y los Apolonios, deteniendo su carga. Era Aioros.
Por un instante, contuvieron la respiración.
—Joder… —musitó Asterión. Naia no le respondió.
Una falsa tranquilidad retomó el ambiente por unos segundos. Desde donde estaba, Naia afiló la mirada tratando de observar lo que sucedía. El corazón le dio brinco y el estómago se le anudó. Aioros estaba frente a frente con Loxia. Era la primera vez que se veían desde el asesinato de Janelle.
Algo en la cosmoenergía de su amigo cambió.
La explosión de cosmos reinició, esta vez con una fuerza inmensurable. La batalla había cambiado y una emoción bruta y salvaje tomaba el control de cada movimiento. Ella podía sentir el cansancio, el dolor del cuerpo exigido al máximo, pero la presencia de Loxia había despertado un instinto salvaje en él que apenas podía ser reprimido. Entonces, se sintió terriblemente asustada.
Hasta entonces, la batalla había sido por su supervivencia. Pero ahora, por el modo en que el arquero se movía, el instinto asesino que había aupado a su cuerpo durante la batalla con Loxia, no estaba segura de que la supervivencia importara. Temía que los límites hubiera desaparecido para Aioros y que su dolor y rabia sobrepasasen a su razón.
Por un momento, el avance de los Apolonios se detuvo. Los equipos liderados por Saga y Aioros parecían mantenerlos a raya. La lucha era salvaje, por lo que Naia solamente podía preguntarse, ¿cuál sería el costo de esa misión? Ninguno de los cuatro santos resistiría demasiado. La batalla era ya demasiado exigente, y el esfuerzo físico al que sometían sus cuerpos ya era inhumano.
Separó los labios, completamente absorta en la mortífera belleza de la Explosión de Galaxias que se fraguaba bajo las órdenes de Saga. Era una técnica magistral, tan hermosa como letal. Había tenido oportunidades de verla antes, pero nunca dejaría de asombrarla.
Sin embargo, el terror se apoderó de ella cuando vio a las estrellas detenerse en su avance, y tornarse en contra de su propio dueño.
—¡Saga! —gritó, a pesar de saber que él jamás la escucharía. Le pareció que junto a ella, Asterión exclamó alguna maldición, pero no prestó atención.
Quiso cerrar los ojos y no mirar, más no podía. Contuvo el aliento hasta que alcanzó a ver la reminiscencia de la Otra Dimensión abriéndose a espaldas del gemelo en un intento de huída desesperada. Intentó rastrearlo con su cosmos, buscar el punto en que Saga regresaría, pero no era capaz.
Fue una fracción de segundo que se tornó en una eternidad. ¿Había logrado huir? ¿Había caído? ¿Qué estaba pasando?
Se sintió al borde del llanto, víctima de una desesperación total. Saga no podía caer así, no podían despedirse de ese modo. Habían hablado, ella había pedido perdón. Pero todavía tenía enmiendas que hacer, tenía que recuperar al amigo que había perdido y al que echaba de menos. Su historia con Saga no podía terminar ahí. No aún.
Cerró los ojos por un instante y dejó ir una plegaria silenciosa. Su mundo, de pronto, se tornó silencioso.
—¡Ahí está! —dijo Asterión, y cuando ella abrió los ojos, alcanzó a ver la boca de la Otra Dimensión abriéndose cerca de Aioros. Saga salió de ella.
—Dioses… —susurró, llevándose las manos al pecho.
Hubiese querido tener un momento más para recuperar el aliento, pero el destino tenía un plan distinto para ella.
Los residuos del cosmos de Clario se esparcían por la planicie, salpicada de muerte y de sangre. Todo lo que tocaba la energía se impregnaba de ella y, de pronto, los monstruos asesinados comenzaron a retomar la vida. Sus ojos vacíos centellaron en tornos carmesí, y la carne desgarrada se regeneró poco a poco. Unos segundos más tarde, los primeros aullidos calaron en la noche. Sus cuerpos se levantaron por encima de la tierra con un objetivo claro: alcanzar a los intrusos en el palacio.
—¡No podemos dejarlos pasar! —ordenó la amazona de Caelum. Corrió hacia el punto en que las bestias intentarían allanar la ciudad, y se posicionó entre ellas y los muros—. ¡Red de Cristal!
Saga y Aioros estaban dando todo de ellos para ganar esa batalla, así que ella no podía decepcionarlos. Haría lo mejor que pudiera y llegaría hasta las últimas consecuencias de ser necesario.
Era una Amazona de Athena: Naiara de Caelum.
Una fina pero mortífera red tejida de hilos de plata apareció, fibra por fibra, de la nada. Diminuta en un inicio, creció y creció hasta tornarse en un muro paralelo a la muralla. Era un telaraña enorme y poderosa, lista para atrapar a sus presas. Y así lo hizo.
La primera oleada de monstruos golpeó contra el muro de cosmos. Una avalancha de chillidos y gruñidos brotó de sus gargantas cuando las criaturas fueron castigadas por la Red de Cristal. Algunas retrocedieron pero de inmediato cargaron de nuevo. Otras, más débiles, fueron destrozadas por la energía repelente de la técnica de Caelum.
Naia avivó su cosmos y la Red de Cristal se expandió, protegiendo un sector más amplio de la muralla.
—¡Ataque del Millón de Fantasmas! —Asterión se unió al ataque. Sus clones atacaron a las bestias, destruyendo a aquellas que se negaban a rendirse.
—¡Niebla de Estrellas! —Sin abandonar el muro, Naia reactivó su siguiente técnica.
La neblina de polvo de estrellas se esparció por aquella zona, limitando la visibilidad. Ahora, los clones de Asterión encontraron el mejor camuflaje en ella. La confusión invadió a los monstruos, convulsionándolos.
Por un instante, el trabajo en equipo rindió frutos y la situación quedó bajo su control. Los monstruos se encontraban frente a una muralla de estrellas y de clones infranqueables.
La reminiscencia del cosmo de Clario —la que les había dado vida— no tenía la suficiente potencia para hacerlos peligrosos. Bastaba encontrarse de frente con las técnicas de los santos de plata para que las bestias terminasen destruidas.
Pero, de pronto, algo cambió.
De las grietas que formaban las murallas de la ciudad, comenzó a brotar vida. Enredaderas de hojas oscuras brotaron desde las almenas y descendieron por el muro hasta tocar el suelo. Antes de que se dieran cuenta, Naia y Asterión estaban rodeados.
—¡Caelum! —gritó el santo de Perros de Caza. No era necesario que la alertara, ella ya sabía en qué posición se encontraban.
—¡No bajes la guardia! —Intensificó su cosmos para espesar la Niebla de Estrellas—. Creo que tenemos compañía más importante…
-X-
Cuando las pesadas puertas cayeron y la polvareda se asentó, el interior del Palacio Real quedó a la vista. Un largo y ancho corredor les daba la bienvenida. Gruesas columnas de mármol rosa flanqueaban el camino, elevándose hasta el techo que, bajo el cobijo de la noche, se tornaba en una bóveda oscura e infinita.
El palacio estaba extrañamente vacío. La ausencia de todo lo proveía de un aura fantasmal, interrumpida solo por las reminiscencias de las batallas lejanas.
Los santos habían intentado no concentrarse en lo que sucedía más allá de las murallas. Su misión era la única prioridad, y distraerse en lo que sucedía alrededor no solo era una tortura, sino que era inutil. Sin embargo, la amenaza de los cosmos de los apolonios acercándose a la ciudad no había pasado desapercibida. Su arrebato y furia habían sido evidentes. El engaño había quedado al descubierto y cada segundo de reacción era valiosa para ambos bandos.
No les pasó desapercibido el esfuerzo colosal de sus compañeros para mantenerlos a raya. Sus cosmos se sentían cada vez más pesados y agotados, aunque la intensidad de la batalla parecía no tener final.
Al parecer habían tenido la capacidad de detener el repliegue de los Apolonios, y ahora ellos, con el campo despejado, podían moverse con facilidad.
—¡Rastread el sitio en busca de Cassandra! —ordenó Dohko.
Ahora que habían sido descubiertos, no tenía caso mantener sus cosmos ocultos. Cualquier recurso que tuvieran para encontrar a Cassandra lo más rápido posible era valioso, su cosmos era imprescindible.
Descubrieron que la fortaleza parecía vacía. No había rastro del cosmos de Apolo por ningún lado, así que habían tenido suerte.
La energía de Cassandra brilló tímida en un rincón del palacete, en el extremo opuesto a donde estaban. Para llegar a ella, tendrían que atravesar todo el templo. No había tiempo que perder.
Giraron a la derecha cuando el enorme corredor les dio la oportunidad de hacerlo, desembocando su carrera en uno de los jardines del palacio. La stoa marcó sus pasos y el tejado de mármol desapareció, dando lugar cielo estrellado sobre sus cabezas.
El viento soplaba con fuerza y la luz de los cosmos enfrascados se reflejaba hasta ahí, proveyendo de una luz incluso superior a las teas. El cielo se iluminaba como la aurora boreal, con una mágica sucesión de colores. Era un espectáculo hermoso, de un costo casi mortal.
El final de la stoa se vislumbró segundos más tarde, con un arco que anunciaba la llegada a la siguiente sección del palacio. Pronto, la oscuridad del edificio los devoraría de nuevo.
Al atravesar el ostentoso marco de madera incrustada con piedras preciosas, el megaron se abrió delante de ellos.
La habitación era enorme; de techos altos pintados en colores brillantes y columnas de mármol con pies de oro. Una solitaria mesa de madera era el único mobiliario del salón, acompañada de seis sillas, sin duda destinadas a Apolo y a los líderes de su ejército. Alguien había abandonado una copa de vino a medio beber y un par de sillas estaban fuera sitio, señal de un salida presurosa. Al fondo, una enorme estatua de Apolo, hecha de mármol, oro y piedras preciosas, miraba por encima de ellos con ojos severos. La luz de las teas, aunque mortecina, iluminaba el megaron con eficiencia.
Algo en la habitación, los hizo ralentizar el paso.
—Roshi —Aioria habló—, será mejor que Shura y tú continuéis el camino.
La mirada esmeralda del chino cayó sobre él, severa. Shura también volteó hacia sus compañeros, con mucha más preocupación reflejada en sus ojos oscuros.
—¿Es una buena idea? ¿Dejaros solos?
—Prometemos no meternos en muchos líos. —Milo esbozó una sonrisa traviesa. Sus ojos azules miraron de soslayo hacia sus espaldas. Podía sentirlo… Los seguían.
—Vamos, vamos. No perdáis más tiempo y dejadnos jugar un poquito, ¿si? —insistió el león.
Dohko chasqueó la lengua. Meneó la cabeza con más resignación que desaprobación y dibujó una sonrisa muy parecida a la de Milo.
—De acuerdo. Continuemos, Shura.
Retomó la carrera de inmediato, hacia la puerta al fondo del megaron, seguido del español. Sin embargo, apenas había avanzado un par de pasos cuando volvió a detenerse. Miró hacia a sus espaldas, con dirección al par de chicos que dejaba atrás. Entonces, les guiñó el ojo y ensanchó su sonrisa pícara.
—No hagáis nada que yo no haría, mocosos —dijo, antes de desaparecer.
Milo dejó escapar una carcajada mientras los veía marchar, pero en un instante, sus ojos —usualmente vivarachos y traviesos— brillaron con ferocidad. Antares brilló en su uña derecha y en una fracción de segundo, lanzó un par de agujas escarlata hacia la nada.
La copa a medio beber se rajó y el vino se vertió sobre la mesa. Del espacio vacío, manó un hilo de sangre.
—¡Vosotros no vais a ningún lado! —exclamó el escorpión—. Nosotros seremos vuestros oponentes.
El espacio se distorsionó y del aire, nacieron dos figuras. Dos mujeres, una de ellas extremadamente joven.
La mayor llevaba la melena corta, por encima de los hombros y de un color como la plata; la más joven tenía la larga melena verdosa entretejida con flores marchitas en un trenza. Los ojos de ambas eran rojos como la sangre y su mirada era tan fría como el hielo. Un hilo de sangre manaba del brazo de la peliplateada, que lo limpió de un manotazo.
Ninguna de ellas se inmutó.
Ellos tampoco lo harían.
-X-
—¡Nocturno de cuerdas!
La descarga de ondas sonoras que abandonó las cuerdas de la lira, dejó tras de sí una estela de minúsculos pétalos blancos, que morían prácticamente al instante, engullidos por el fuego abrasador que manaba de la Danza de los Elementos de Aiatros. Sin embargo, Orfeo no tenía intención alguna de desistir. Arles y él habían formado un tándem que funcionaba más que bien, al menos por el momento, y que había logrado mantener lo suficientemente alejado a Clario.
Su cosmos, su simple contacto o inhalar el vapor insalubre que manaba de él, era puro veneno. Le recordaba ligeramente a las habilidades que había conocido de Myu de Papillón durante su estancia en el Inframundo. Y aún estando enfrascado en una batalla contra ellos, los resquicios de cosmos de Clario que escapaban, habían logrado levantar por un momento, a un puñado de bestias entre los restos de los cadáveres.
Afortunadamente, los monstruos no habían durado mucho, pues los Fuegos Fatuos de Arles y su Acorde Final los habían despedazado con maestría. Sin embargo, Orfeo no era especialmente optimista. Estaban logrando mantenerlos a raya, o al menos, mantenerlos alejados lo suficiente de Aioros y Saga, pero aquello no tenía pinta de terminar tan pronto como le hubiera gustado.
Sentía la misma desolación que en el Inframundo. La misma peste a muerte, la misma desesperanza. Y no tenía del todo claro que fuera causa del cosmos mortal de Clario únicamente.
De alguna forma, le había parecido notar que el poder de los apolonios se había acrecentado desde que se reunieron los cinco frente a ellos. Y Orfeo odiaba aquella sensación.
—¡Danza de los elementos: Terremoto!
Arles maldijo cuando el suelo bajo sus pies comenzó a temblar y resquebrajarse, forzándolo a saltar de un montículo a otro, con la mera intención de mantenerse en pie.
—¡Onda de Espíritus Celestiales! —gritó, y las almas obedecieron su mandato una vez más. Pero cada vez estaba más cansado, y cada vez resultaba más difícil reunir la energía suficiente para provocar un daño devastador.
—¡Danza de los Elementos: Arenas Movedizas!
Aiatros enlazó los dos ataques a tal velocidad, que el santo de Altair solo alcanzó a darse cuenta cuando aterrizó de uno de sus saltos y sus pies se hundieron irremediablemente hasta los tobillos. El cosmos del apolonio había impactado con tal fuerza en las rocas que había logrado resquebrajar previamente, que las había fundido… creando un fango pegajoso en el suelo que parecía capaz de paralizar todos sus movimientos.
—¡Maldición! —farfulló. Alzó la vista, y sus ojos alcanzaron a ver a Saga cayendo a la Otra Dimensión. Forcejeó y quemó su cosmos, pero cuanto más intentaba liberarse, más hundido se encontraba.
—¡Peste de la aurora!
Abrió los ojos de par en par y supo que las cosas se le habían complicado irremediablemente. Casi podía sentir el modo en que aquel cosmos venenoso se adentraba por cada poro de su cuerpo, invadiendo y tratando de pudrirlo desde dentro, de controlarlo… Cerró los ojos con fuerza, y trató de calmarse.
—"¡Sujetate!" —La voz de Orfeo tintineó en su mente, y los ojos castaños del más viejo se abrieron con renovada fuerza. Los hilos de plata de Orfeo se enredaron con fuerza en la muñeca de Arles, y antes de que el mayor pudiera darse cuenta, lo había sacado del fangal en el que le habían atrapado.
Empapado en sudor y con una palidez inusual, Arles sonrió débilmente a modo de agradecimiento. Nunca dejaría de sorprenderle el modo en que el cosmos de los santos podían ser capaces de lo mejor y lo peor: armas letales o un salvavidas en la tempestad.
Cómo fuera, aquello tenía que acabar pronto. Tomó una bocanada de aire —algo más fresco ahora que se había alejado de Clario—, y trató de despejar su mente embotada quemando su cosmos de plata. Ningún apolonio iba a arrebatarle el control de su cuerpo. Era hora de poner fin a todo aquello.
-X-
La Otra Dimensión se abrió más cerca de Aioros de lo que Saga hubiera querido, especialmente teniendo en cuenta los problemas destructivos que presentaban sus técnicas. Sin embargo, se sintió aliviado cuando las últimas ráfagas del Impulso de Luz de Quirón azotaron su rostro, casi refrescándolo.
Se llevó una mano temblorosa al costado, comprobando que Géminis siguiera de una pieza, pero rápidamente se puso en guardia.
—¿Estás bien? —murmuró en apenas un hilo de voz.
—Lo estaré —replicó el arquero con la voz entrecortada.
—¡Eso habrá que verlo!
Nomios había llegado más rápido de lo que a Saga le hubiera gustado, y antes de que tuviera tiempo de reaccionar, el cosmos del apolonio ardió con fuerza, levantando minúsculas briznas oscuras del suelo que se entremezclaban con las partículas de cosmos que Saga iba perdiendo. En apenas un pestañeo, Nomios arrojó aquella descarga de partículas afiladas como balas contra Aioros y él: esquirlas de piedra, balas de su propio cosmos. ¡Qué ironía!
Se protegió con los brazos —envidió las alas de Aioros—, y ahogó un quejido cuando los diminutos proyectiles hicieron blanco aquí y allá. Y maldijo de nuevo cuando Acesio se unió a la fiesta.
—¡Insolación! —gritó el apolonio. Y tal y como sucedió un rato atrás, el drenaje de su cosmos se intensificó. Las volutas de su energía dorada comenzaron a rodearlo en su incesante escape.
Saga gruñó y no lo pensó dos veces. No se dejaría atrapar como antes. Quemó su cosmos con fuerza, a pesar de la intromisión de Acesio, y el agujero insondable de la Otra Dimensión se abrió de nuevo entre sus manos, dispuesto a tragarse al apolonio al coste que fuera.
La suerte estaba echada.
La fuerza del portal dimensional crecía por momentos, peleando segundo a segundo, con la Insolación de Acesio, y tratando por todos los medios de ganarle la partida. Saga quemó su cosmos un poquito más, sin perder de vista a ninguno de los dos apolonios. Y finalmente, gritó cuando sus brazos se quejaron por el esfuerzo al que les estaba sometiendo.
Su cosmos estalló, y tal como se abrió, la Otra Dimensión se cerró llevandose a Acesio con él.
Suspiró aliviado, aunque era consciente de que no permanecería allí atrapado más que unos segundos. Pero cada segundo ganado era una victoria.
A su lado, Aioros hizo lo propio cuando Loxia se levantó una vez más entre la polvareda. No parecía dispuesto a darle un segundo de tregua, y con la mayor de las determinaciones plasmada en su rostro magullado, el arquero descargó a la vez que Loxia.
—¡Extinción Solar!
—¡Infinite Break!
Una dantesca tormenta de saetas doradas abandonó sus puños, arremolinándose a medida que se acercaban a Loxia a toda velocidad.
Ambas técnicas chocaron, arrastrando al rubio y Aioros en direcciones opuestas. Sin embargo, la cantidad de energía puesta en aquel ataque había sido tal, que el torbellino de flechas no llegó a disiparse del todo.
Nomios sonrió al ver su oportunidad. Saga se acercaba a él a toda velocidad con los puños chisporroteantes de energía. Y cuando lo tuvo suficientemente cerca…
—¡Resol de Karma!
Las flechas de Aioros se detuvieron, sumidas en el caos y la confusión de aquel cosmos entrometido, pero el remolino pronto se recuperó y tal y como llegó a aquel punto, retornó sobre sus pasos.
Saga se dio cuenta tarde, pero el golpe de cosmos de Nomios fue tal, que las pocas flechas que quedaban atravesaron el oro. Después, fue arrastrado con tanta fuerza contra la muralla de Troya, que por un momento, todo se tornó negro.
-X-
Argol se sintió sofocado.
Miró en completo pánico como sus pies se habían convertido en piedra y el cambio de materia trepaba tortuosamente por sus piernas, dificultando sus movimientos cada vez más. Miró hacia su lado, donde Tatiana lo miraba, convertida en una preciosa estatua de piedra.
No entendía en qué momento había sucedido. Durante un instante, peleaban frente a frente con la musa, y de pronto, ambos estaban convirtiéndose en roca.
Melpómene solo observaba, en silencio, con aquella mirada color sangre. Les había advertido que perderían, que morirían… ¡Excepto que no podían caer con tanta facilidad! ¡No así!
—Tatiana… —musitó, sintiendo la voz ahogándose en su garganta. Sabía que ella no iba a responderle. Una vez que la maldición de Medusa alcanzaba a sus víctimas, no había marcha atrás.
Encendió su cosmos para tratar de encontrar cualquier destello del suyo. Cuando detectó un chispas de energía aún manando de ella, sentimientos encontrados lo invadieron.
¿Qué quedaba por hacer? No podía rendirse, pero luchar ya no parecía una alternativa. El tiempo corría dolorosamente lento mientras perdía movilidad y sus sentidos los abandonaban. Ese no podía ser su final, no de nuevo.
Maldijo en silencio.
Cerró los ojos, apretándolos con fuerza, y su puño se cerró alrededor de su escudo, aferrándose a él como a su tabla de salvación. Después, hizo arder su cosmos. Eran sus últimos segundos de vida y tenía que hacer que valieran algo. Lo dejó encenderse, crecer, explotar… No había límites.
Entonces, cuando su cosmos ardía como el fuego durante un incendio descontrolado… Lo sintió.
¡El cosmos de Tatiana! ¡Estaba ahí! ¡Ardía tan fuerte como el suyo!
¿Cómo…? No tenía sentido. No…
¡Maldición!
¡No de nuevo!
Explotó su cosmos con tanta fuerza como le fue posible, mientras los ojos de Medusa ardían en el frente de su escudo. El poder de la gorgona se desató y, repentinamente, un gritó se abrió paso en el crepitar de los cosmos que ardía.
Cuando Argol abrió los ojos, Tatiana estaba junto a él, en carne y hueso. Su cosmos ardía al unísono del suyo y su respiración, a juzgar por el vaivén acelerado de su pecho, estaba desbocada.
Melpómene estaba frente a ellos, rabiosa y herida. Parte de su túnica se había convertido en roca y los surcos de piel rota en sus brazos, delataban el ataque de las zarpas de la amazona de Lince contra ella.
—¿Estás bien? —Quiso saber la rusa. Argol solo atino a asentir. —Usa nuestros miedos contra nosotros. No la dejes entrar en tu mente…
—La advertencia llega tarde. —Rió, con amargura.
—Ya lo creo… Venga, no le demos una nueva oportunidad. ¿Estás listo?
—Siempre estoy listo.
Y de nuevo, ambos se abalanzaron contra ella.
-X-
—Bueno, bueno… —Milo levantó el índice derecho y Antares brilló bajo la luz de las teas—. Tenemos una comitiva de bienvenida, gato.
—Eso parece. —Aioria levantó el brazo derecho y lo hizo girar sobre su hombro. De inmediato se maldijo y rodó los ojos con fastidio: se había tomado esa maña de Aioros y su estúpido hombro pocho.
—Será mejor que nos esforcemos para no desilusionar a las señoritas.
—Ajá…
Los ojos verdes de Aioria se desviaron hacia Milo y una sonrisa mal disimulada apareció en sus labios al percatarse de su expresión.
El rostro de Milo había cambiado por completo: sus ojos se habían teñido con una mezcla bizarra de altanería, travesura y sadismo, y su boca se había curvado en una sonrisa burlona. Ese era el Milo que recordaba de su adolescencia; el que disfrutaba las batallas, sabiéndose superior y único. El Milo hablador, pretencioso… divertido. La cucaracha dorada.
—Venís aquí, con esos rostros altaneros y esa boca llena de desdén. Pagaréis vuestra insolencia —ladró la mayor de las mujeres.
—Vosotros comenzasteis esta guerra —dijo Milo.
—Nosotros solo venimos a terminarla —Aioria siguió a sus palabras.
—Podéis intentarlo cuanto queráis, pero lo único que conseguiréis será cavar vuestras tumbas.
—Seréis nuestro regalo para el señor Apolo.
Cuando las mujeres cargaron contra ellos, los santos descubrieron que eran excepcionalmente rápidas.
Un cayado de flores marchitas apareció en las manos de la más joven, la peliverde, que rápidamente fue usado como un arma contra ellos. Lo blandía como una espada, con una habilidad inusitada. Milo, quien se había emparejado con ella, pronto descubrió que las flores no eran tan inocentes como parecía. El bastón cruzó peligrosamente cerca de su cara, y una de las hojas secas rozó contra su mejilla, abriendo un rasguño.
El santo se sobresaltó.
Abrió los ojos de par en par, y con una mezcla de travesura, sorpresa e irritación secó el hilillo de sangre con un manotazo.
—Eres rápida y salvaje. Me gusta. —Sus ojos brillaron con la emoción de la recién hallada batalla—. ¿Quién eres?
—Mi nombre es Talía, musa de la carencia.
—¿Musas? —Aioria, un poco más allá, entretenido con la otra mujer, preguntó.
—Yo soy Urania, madre de la oscuridad. —Se presentó su contrincante, haciéndole arrugar el ceño.
Justo entonces, la peliplata desapareció. Apareció a sus espaldas, casi de inmediato, obligándolo a moverse con rapidez, para evadir un ataque de cosmos.
—Teletransportación… —gruñó el santo. Era una habilidad molesta.
—Mueve el culo, gato, o van a quemártelo. —Al oírlo, Aioria miró de soslayo a Milo, entretenido en su propia batalla.
De inmediato, Urania demandó su atención, atacando de nuevo por la espalda. Aioria tuvo que ser rápido otra vez. Gruñó más fuerte, era irritante tener que cazarla por todo el lugar. De pronto entendía a Mu con Kiki, y el porque su santo de Aries parecía tener una paciencia infinita.
Maldita teletransportación. Lo estaba poniendo nervioso.
Esquivó ataque tras ataque, pero la maldita mujer era demasiado rápida. Si no tuviese la velocidad de la luz, estaba seguro de que ella ya habría encajado un par de golpes. Seguirle la pista, incluso con su cosmos encendido era condenadamente difícil.
—¡Milo! —ladró cuando una aguja escarlata perdida rozó peligrosamente contra él.
—¡Perdón! ¡Estás en mi camino! —Era una disculpa falsa, se notaba en la sonrisa traviesa del escorpión—. ¡Deja de moverte por todos lados!
—¡Estoy cazando a una musa que se teletransporta!
—¡Eso no es cosa mía! ¡Yo tengo una adolescente asesina por aquí!
—¡Claro! Porque la mía solo quiere darme caricias… —masculló, irritado.
—¡Es molesto que hagas eso! —De pronto, ambos chocaron, espalda contra espalda.
—¿Hacer qué?
—Mascullar. Es de mala educación… —Al escucharlo, Aioria rió.
—Bicho idiota…
—Gato culo gordo…
Las mujeres se detuvieron frente a ellos, una junto a la otra, preparadas para el siguiente ataque. Talía llevaba en el rostro una expresión de burla permanente. Era osada y aguerrida, y también exasperante.
—Sois bastante promedio —dijo—. Me sorprende que vuestros compañeros hayan sido capaces de encarar a los Apolonios por tanto tiempo. No sois particularmente imponentes.
—No nos conoces —respondió Milo.
—Y mucho menos a ellos —sentenció Aioria—. En una batalla justa, ninguno de vuestros Apolonios tendría oportunidad contra ellos. Hasta ahora os habéis basado en trucos sucios para golpearnos, ¡pero eso se acabó!
—No hay justicia en la guerra, tampoco honor—terció Urania.
—Vuestro destino y el de vuestra Orden están escritos: moriréis y todos a los que amáis, todo lo que os importa, morirá con vosotros.
El cayado en las manos de Talía reverdeció, mientras su cosmos se encendía. Las flores que parecían marchitas revivieron, tiñéndose de un rojo parecido al de la sangre. Urania, a su lado, preparó el siguiente ataque.
—¡Os diré algo que no va a gustaros! —replicó el peliazul—. Saga y Aioros son nuestros hermanos mayores, y si ellos pueden encargarse de cinco culos gordos y odiosos como los de vuestros Apolonios, ¡entonces nosotros podemos con los vuestros, que son más bonitos y pequeños!
Aioria levantó las cejas y lo miró de soslayo. Estuvo tentado a romper en risas, pero se contuvo. Si sobrevivían, hablaría con Milo acerca de su falta de práctica en discursos motivacionales previos a la batalla.
—¡Insolente! —ladró Urania, mientras se abalanzaba al combate.
—¿Listo, bicho? —Los puños de Aioria se envolvieron en cosmos dorado y sus cabellos se mecieron bajo el influjo de su energía, simulando la melena de un poderoso león.
—¡Empecemos la fiesta!
—¡Plasma relámpago! —rugió.
Miles de rayos de luz inundaron el corredor, convirtiéndolo en un laberinto imposible de sortear. Las musas se vieron obligadas a moverse con rapidez para no ser impactadas. La batalla se tornó en un juego de persecución, en el que ellas solo podían intentar huir.
Sin embargo, no contaban con que Milo era capaz de moverse a través de la energía de Aioria, gracias a la velocidad de luz. Oculta en el Plasma Relámpago, Antares brilló en su mano, lista para atacar. Instantes más tarde, la aguja escarlata volaba a través de la energía de Aioria, convirtiendo el laberinto de luz en un técnica extremadamente mortífera.
—¡Muévete! —ordenó Urania a su compañera. Sin embargo, Talía no respondió con la misma rapidez que ella. Antes de que pudiera reaccionar, y mientras intentaba huir de la técnica del león, las agujas de Milo alcanzaron su objetivo. Un chillido lastimero escapó de su garganta cuando, una a una, las agujas hicieron blanco en su cuerpo—. ¡Talía!
La sangre brotó copiosamente de sus heridas y, debilitadas, sus rodillas golpearon el piso. Su rostro había perdido súbitamente el color y sus manos habían dejado escapar el callado, que volvió a secarse cuando cayó al suelo.
A sabiendas que la tenía, Milo intentó cargar una vez más, para dar el golpe final, pero Urania se interpuso entre él y la musa más joven.
—¡No te acerques! —Estiró la mano y su energía vibró en ella. Cuando la energía golpeó a Milo, este desapareció para volver a aparecer, lejos de ambas.
—¡¿Qué demonios…?!
Intentó cargar de nuevo, pero descubrió que su cosmos estaba errático. Aquella mujer le había hecho algo, aunque no sabía con exactitud de qué se trataba.
—¡Plasma Relámpago! —Aioria atacó de nuevo.
Millones de golpes dorados brotaron de su hombro. Pero Urania fue más rápida esta vez, y tomando a Talía en brazos, desapareció con ella.
—¡No la dejes atraparte, gato! —gritó Milo al verlas desaparecer—. El cosmos se vuelve inestable después de que lo hace.
—Grr… —gruñó por enésima vez—. Maldita sea…
Aioria afiló sus sentidos y su cosmoenergía, intentando encontrarla. La sentía moviéndose por todos lados, brincando de aquí a allá… excepto que no podía verla. Sus ojos verdes intentaban seguir cada movimiento, pero la teletransportación le llevaba ventaja.
Era un león, un cazador. No un gatito acorralado por un felino más grande.
—Venga, venga. Deja de huir y sal a jugar —susurró. En sus ojos se reflejó el dorado de su cosmos.
Malditas musas.
-X-
Una manticora se posó en lo alto de las murallas exteriores de Troya. El peso de su cuerpo sobre la roca, hizo que crujiera. Desplegó sus alas y soltó un rugido que proclamaba su poderío. Sus ojos bañados en sangre miraban al santo y a la amazona, viendo en ellos a sus siguientes presas.
Había una mujer sentada sobre su lomo. Era hermosa, de largos cabellos negros y un porte elegante. Llevaba una armadura ligera, de un color dorado tan ligero, que bajo el resplandor de los cosmos a la distancia, parecía color plata. Su cabeza estaba coronada con guirnaldas secas, que también adornaban los brazales de su ropaje. Sus ojos eran oscuros, tan negros como la noche, hasta el punto en que parecía que las cuencas de sus ojos estaban vacías.
Las bestias al otro lado del muro —aquellas creadas por Clario— reaccionaron a su presencia. Chillaron, aullaron y encontraron una renovada fuerza en la mujer.
—Esto no es bueno… —susurró Asterión. Su satori funcionaba a toda marcha, y la mente de la mujer se abría frente a él con todos sus secretos.
—¿Quién es? —preguntó Naia.
—Calíope, una musa de Apolo. Bueno…La musa más importante, para ser justos.
—Oh… —Naia apretó los dientes y maldijo en silencio—. ¿Habilidades?
—Monstruos. Los crea y los domina.
—Como el Apolonio.
—No a ese nivel, pero sí, algo así.
Los chillidos de las bestias tras la barrera atrajeron su atención. Estaban alebestrados e inquietos. Su batalla contra la Red de Cristal era más intensa con el paso del tiempo y la potencia con la que atacaban incrementaba también. El número de criaturas había incrementado y, pronto, se hallaron rodeados de ellas.
Naia había comenzado a temer lo peor.
—¿Por qué no ataca? —Quiso saber.
El tiempo que Calíope llevaba ahí, mirándoles sin moverse, parecía haberse extendido hasta la eternidad. Asterión buscaba respuestas con tanta rapidez como podía.
—Mierda, ¡tenemos que atacarla! ¡Reúne energía de los monstruos! —exclamó el santo—. ¡Ataque del Millón de Fantasmas!
Convocó su técnica y se lanzó al ataque. Sus decenas de clones treparon por las murallas de piedra para alcanzarla.
Desde lo alto de las almenas, la manticora rugió de nuevo. Abrió sus alas y descendió en picada contra ellos. Con las fauces abiertas y las garras aflorando, destruyó a cuanto clon se atravesó en su camino. Sobre su lomo, Calíope se mantuvo impasible, mientras las bestias al otro lado de la Red de Cristal golpeaban con más fuerza, sin importarles el daño que recibían.
Naia los miró de soslayo, no podría contenerlos mucho tiempo.
—¡Niebla de Estrellas!
La tormenta de polvo estelar se levantó como un tornado, arrasando con todo a su paso. Se alimentó del suelo árido de Ilión para crear un torbellino de polvo y arena que hería a los ojos. En un instante, la Niebla de Estrellas los había devorado a todos en el caos de su presencia.
Bajo la protección de la neblina estelar, Naia deshizo la Red de Cristal. Libres, los monstruos cargaron en su contra, intentando encontrarlos en medio de la polvareda. Pero ellos no tenían cosmos, no podían sentirlos del modo en que el santo y la amazona los sentían a ellos. Así que, desorientados y perdidos, pasaron de cazadores a ser presas.
—¡Lluvia de Estrellas!
Con golpes y patadas, Naia se unió a la refriega. Junto con los clones de Asterión, se dedicó a destruir a cuanta bestia podía.
Se esforzó al máximo, haciendo arder su cosmos hasta el extremo. Era una amazona, era capaz, era fuerte. Lo haría por todas las personas que, al lado de ella, lo arriesgaban todo. Especialmente por Saga y por Aioros. Si ellos podían sacrificarlo todo por ellos, entonces Naia sabía que ella podía corresponderles.
De pronto, en medio de la polvareda, un par de ojos rojos y brillantes se fijaron sobre ella. Su instinto le gritó que tuviera cuidado, que el peligro estaba cerca.
Alcanzó a meter los brazos para protegerse del embate de aquella criatura en su contra. Su armadura resistió lo suficiente ante las poderosas garras del enemigo. Sin embargo, no pudo evitar que la fuerza del monstruo la hiciera retroceder. Fijó los pies en el piso para tratar de detener la inercia de su empuje. Apretó los dientes y levantó la mirada.
—¡Tú!
Era Calíope. Su rostro inmaculado y hermoso había demeritado en el rostro de un monstruo. Su piel se había tornado ceniza; su boca, distorsionada por la rabia mostraba colmillos y sus ojos, inmutables, ahora clamaban por sangre. En su espalda, alcanzó a distinguir las alas de un demonio.
Solo la había reconocido por las guirnaldas que adornaban su melena. De otro modo, jamás hubiera imaginado que la bestia frente a ella fue, alguna vez, una musa llena de gracia.
—Morirás… —siseó Calíope, haciendo crecer la energía que manaba de su cuerpo.
—No lo haré, no voy a morir. —Naia apretó los dientes y dejó su energía explotar con toda la fuerza que tenía en el cuerpo—. ¡Tormenta de Polvo Estelar!
-X-
—Vamos, bicho, mueve ese culo tuyo y ayúdame aquí. ¡Esta mujer no deja de moverse!
Y era frustrante, especialmente para un hombre con la paciencia de Aioria. El breve intercambio con Urania le había permitido aprender dos cosas: que podía teletransportarse y que podía usar la invisibilidad. Ambas habilidades eran ridículas y molestas; un adversario que huía no era un adversario, solo un cobarde.
—¡Ya voy! Le hizo algo a mi cosmos… —Se quejó el escorpión. En el momento en que Urania lo había teletransportado lejos de ellas, su cosmoenergía se había revuelto y rebelado, y recuperarla le estaba tomando más tiempo del que le hubiese gustado.
—Juro que cuando las atrape… —Aioria masculló algo más que Milo no alcanzó a oir. Estaba frustrado, se le notaba.
—Eres como esos gatitos de internet, que persiguen la luz roja de un láser, gato. Excepto que eres menos mono que ellos.
—¡Cierra la boca! O te reajustaré el cosmos con el Plasma Relámpago.
—¡Qué rabioso! —Más recuperado, Milo se posicionó junto a él—. ¿Cuál es el plan?
—Voy a sacudirlas un poco y tú las atraparás, ¿entendido?
—Entendido. —Antares brilló en su mano y su mirada se afiló en busca de sus presas—. Cuando tú digas, minino…
—¡Colmillo Relámpago!
La energía se arremolinó en el puño de Aioria antes de que éste golpeara la piso. El mármol se resquebrajó al recibir el impacto de lleno y sus heridas se expandieron, como una onda sobre el agua. El daño creció y creció en tan solo una fracción de segundo, expandiéndose por todo el salón, hasta que un instante después, por esas mismas heridas de la piedra, el cosmos eléctrico de Aioria surgió desde la tierra, como una géiser en erupción.
Fue la misma cosmoenergía la que buscó y cazó a las musas, golpeándolas sin remordimiento. Urania, sujetando a una agonizante Talía, se encontró atrapada. Gritó cuando la electricidad recorrió su cuerpo, quemándola.
Milo, entonces, se lanzó a la batalla, aprovechando el momento.
—¡Se acabó el juego!
Atacó con Antares.
Pero no esperaba que Urania tomaría la decisión de protegerse a sí misma y que, al hacerlo, abandonaría a Talía. Así que, imposibilitada para huir y dejada a su suerte, Talía no alcanzó ni siquiera a abrir los labios cuando la aguja escarlata de Milo se hundió en su pecho, directo a su corazón.
El rojo de sus ojos, tan intenso como su sangre escarlata, se apagó lentamente.
-X-
El rápido y doloroso vaivén del pecho de Aioros, no fue nada con el espanto que sintió al ver a Saga volar como un muñeco de trapo, hasta que la fortaleza milenaria detuvo su avance.
Quiso gritar, quiso moverse, pero estaba tan cansado que en aquel momento, solamente atinó a respirar.
—Saga… —musitó. Sus puños temblaron. Atinó a ponerse en pie, sobre una de sus rodillas, mientras las alas se desplegaron para servirle de soporte ante su precario equilibrio—. "¡Saga…!" —repitió directamente a su mente, pero no hubo respuesta.
Pronto se vio rodeado de una inmensidad de fuegos fatuos, desordenados, desiguales… pero todos desprendiendo un cosmos familiar. Una melodía tranquilizadora llegó hasta sus oídos. Supo que Arles y Orfeo habían llegado a su lado antes de verles.
—Serenata del Viaje Mortal…
Orfeo sabía que aquella técnica no sería completamente efectiva contra guerreros de aquel nivel, menos aún contra los cuatro que quedaban ante ellos. Sin embargo, a poco que surtiera efecto, le serviría. Necesitaban comprar tiempo.
La melodía resonó por cada rincón de la llanura, con una sutileza y belleza tal, que por un momento todo, hasta el mismo aire, pareció detenerse en una extraña paz. Los largos dedos del santo de plata se movían por las cuerdas de la Lira con maestría. Orfeo era consciente de que si alguien podía apreciar la belleza de su tonada, tenían que ser precisamente los hombres de Apolo. ¿Quién, si no el señor de las musas, podría hacerlo? Y eso le daba una peligrosa ventaja. Pues el secreto de aquella técnica, yacía precisamente en la capacidad de la víctima de sentirse atraído por la hermosura de su música.
En circunstancias normales, la víctima sería irremediablemente adormecida por la tonada, arrastrándose a un profundo sueño en otra dimensión durante días. Tiempo durante el cual quedarían a merced de Orfeo: para vivir o, finalmente, morir.
Tal y como esperaba, en las circunstancias en que se hallaban, no fue así. Pero la Serenata, al menos ralentizó el frenesí de sus oponentes.
Más allá, Saga volvió en sí con un quejido. No estaba seguro de seguir de una sola pieza, pero tras respirar hondo un par de veces, sacó fuerzas de flaqueza para ponerse en pie una vez más. Sentía los cosmos de los demás, allá dentro de Troya, en un punto álgido. No había terminado… aunque parecía que lo haría pronto.
Con ayuda de sus manos temblorosas, hincó una rodilla y se incorporó. Pestañeó un par de veces, aclarándose la vista, y se descubrió embelesado contemplando el espectáculo.
Las llamas de Arles estaban cambiando. Su color azulado, iba volviéndose más y más plateado, hasta que prácticamente se tiñó del blanco más puro. El caos que previamente reinaba en ellas, pareció desaparecer.
Aioros, que había logrado alzar el vuelo, contempló la formación de las llamas. Estas se arremolinaron alrededor de los apolonios, pero segundo a segundo, iban compactandose más, dejando a alguno de ellos fuera de su alcance. Adoptaron una forma caprichosa que le tomó unos segundos identificar, pero si su memoria no fallaba…
Sonrió. Era el anagrama de Altair.
Volteó a ver a Arles: sus ojos se habían teñido de blanco, igual que aquellos fuegos que manejaba con maestría. Y allí, en el centro de su pecho, el espejo que conformaba el peto de la armadura, brilló cegando los ojos de todos los presentes.
—Llamas de Altair —murmuró.
Acesio salió estrepitosamente de la Otra Dimensión en aquel instante, pero ni siquiera aquella perturbación fue capaz de romper el momento de Arles.
Y los fuegos, sus fieles lacayos, cobraron vida: abalanzándose sobre Nomios, que sorprendido —y adormecido sutilmente gracias a Orfeo—, no lo vio venir. Arles intensificó aún más su cosmoenergia.
Y justo cuando Aioros aterrizó junto a Saga, el cosmos de Nomios prácticamente desapareció, engullido por el espejo de la armadura de Altair. Aquel era el poder de su técnica: el sellado absoluto, o al menos parcial, del cosmos de la víctima durante un tiempo determinado por el poder tanto de Arles como de su contrincante.
—Ahora —musitó el viejo.
No necesitaron ninguna explicación más. Saga había logrado incorporarse sobre su rodilla y llevó sus manos al frente. Aioros, a su espalda, armó los brazos y desplegó sus alas, rodeando —y protegiendo— al peliazul en medida de lo posible. La muralla de Troya quedaba a sus espaldas. Ambos quemaron su cosmos, dispuestos a lanzar uno de los últimos ataques de aquella noche, que al menos arrasara con el campo de batalla. Nomios no sería capaz ya de devolver sus ataques.
—¡Explosión de Galaxias!
—¡Infinite Break!
Apenas un segundo después, un enorme cosmos estalló en el corazón de Troya iluminando el cielo nocturno como un rayo.
-X-
—¡Excalibur!
El último obstáculo, una pesada puerta de hierro, se partió en dos bajo la técnica suprema del santo de Capricornio. Los trozos de metal forjado cayeron pesadamente al suelo, y el eco grave de su caída, cimbró la torre. Su odisea los había llevado hasta una solitaria torre, el punto más álgido de Troya. Ahora, por primera vez, todo parecía alcanzar su final. Estaban tan cerca de conseguirlo que la piel se les eriza de tan solo pensarlo.
Cassandra estaba ahí, frente a ellos: una esfera de energía dorada vibrando como el santo grial sobre un altar de mármol y oro.
—¿Esto es…? —Shura balbuceó. El halo de luz de la esfera se reflejó en sus ojos y, por un instante, se sintió hipnotizado.
—Cassandra. —Roshi se acercó a él y posó la mano sobre su hombro—. Vamos, no tenemos tiempo que perder.
Podía sentir los cosmos de Aioros y Saga a la distancia, alcanzando sus límites, exhaustos y ligeramente inestables. Aquella pelea desigual estaba cobrando un precio muy alto.
Dohko sabía que no aguantarían mucho más. Agradecía a Athena por la presencia de Arles y de Orfeo, que los proveían de un respiro de vez en vez, lo suficiente para mantenerse con vida. Sin embargo, el esfuerzo que pedían de ellos era dantesco. Mientras más pronto pudiera quitarles esa carga de los hombros, sería mejor para todos.
Los chicos eran maravillosos y sublimes, pero eran humanos. No quería arriesgarse a demostrar que tampoco eran invencibles.
Cuanto antes pudieran dar la orden de retirarse, sería mejor para todos.
—Me haré cargo —dijo Shura. Su voz sonó determinada.
Dohko retrocedió para observar. Podía sentir el cambio en la energía de Cassandra, que reaccionaba ante sus presencias. Era energía viva e inteligente, capaz de distinguir que ellos no estaban ahí como aliados.
Había un detalle que lo preocupaba, sin embargo: ¿Por qué no había nada ahí para resguardarla?
—Estoy listo. —El brazo derecho del santo de Capricornio se alzó en el aire. Dohko no le quitó la vista de encima—. ¡Excalibur!
El filo color oro de la espada sagrada cortó el aire cuando el brazo de Shura descendió sobre Cassandra. Ninguno de los dos santos fue capaz de apartar la mirada y quizás fue eso lo que les salvó la vida.
Tan pronto Excalibur golpeó contra Casandra, el ataque fue repelido y devuelto hacia los santos. De no haber tenido reflejos, así como la capacidad de moverse a la velocidad de la luz, ambos habrían sido golpeados por la técnica suprema de Capricornio y habrían sufrido el mismo destino que el muro de piedras tras de ellos, que terminó destrozado por la fuerza del ataque.
—¡Mierda! —exclamó Dohko, mientras observaba el agujero que la espada sagrada dejó en la torre. Había estado condenadamente cerca.
—¡¿Estás bien?! —preguntó Shura.
—Sí, sí… ¿Tú?
—Creo que he vomitado mi corazón, pero viviré…
—Joder, Shura… —El chino no supo si reír por sus palabras, o preocuparse por la súbita palidez del chico. Lo cierto era que seguramente él estaba igual de pálido. —Esta cosa puede repeler ataques, como Nomios.
—Estamos en problemas.
—Depende de qué tan rápidos seamos.
—¡¿Quieres que vuelva a intentarlo?!
—No, hombre, no. Tampoco soy suicida. —Aún no lo era. —Pero tenemos que destruirla a como dé lugar.
—¿Sugerencias?
Dohko se lo pensó un momento. Después, desenfundó las espadas que la armadura de Libra resguardaba con celo extremo y le tendió una.
—¿Qué tal se te dan las espadas físicas? —preguntó.
—Pues… Soy muy bueno con ellas.
—¡Gracias al cielo! Bastante mal nos fue en el Muro de los Lamentos… —musitó, esbozando una sonrisa amarga.
—¿Qué propones?
—Las armas de Libra, además de ser extraordinarias por sí mismas, se alimentan del cosmos de quien las porte. Si somos capaces de canalizar nuestra energía a través de ellas y atacamos a la vez…
—Quizás podamos romperla.
—O muramos en el intento. Pero, vale la pena, ¿no? —Shura ladeó la cabeza, sin saber qué responder. Esperaba que se tratara de una broma, pero a juzgar por la expresión de Roshi, no lo era.
—Supongo…
—Bien, me gusta que tengas alma de mártir, muchacho. —Dohko le palmeó el brazo y después se posicionó del lado opuesto a Shura, soltando un suspiro—. A la cuenta de tres, cargamos.
—Dioses…
Dohko levantó la mirada y sus ojos chocaron con los de Shura. Se esforzó por sonreírle, con la esperanza de infundir ánimos en aquel posible suicidio asistido. Esperaba —y suplicaba—por no matar al chico.
—Aquí vamos… —susurró—. Uno… Dos… ¡Tres!
A la vez, ambos usaron sus espadas para golpear contra la esfera de energía que era Casandra. El metal dorado, bendecido por la diosa, se hundió en ella. La luz que se irradió fue tan fuerte, tan brillante, que los cegó. Algo implosionó dentro de Cassandra, con tanta potencia que incluso el sonido se apagó. El vacío blanco e inmaculado los envolvió a los dos, empujándolos lejos del altar.
Después, solo sintieron el dolor de sus cuerpos chocando contra algo y la sensación de ser incapaces de controlar sus propios movimientos.
Cuando por fin sus ojos se ajustaron a la luz, flotaban en el aire, en plena caída. La torre que resguardaba a Casandra había colapsado y ellos con ella.
Golpearon pesadamente contra el suelo, tratando de cubrirse ante la lluvia de roca, polvo y mármol que caía encima de ellos. Poco a poco se vieron enterrados bajo el escombro, pero su cosmos les avisaba que todo estaba bien. Vivirían, no había sido lo peor que les había sucedido en la vida. Además… Cassandra ya no existía.
Roshi rodó sobre su costado y apartó los escombros encima de él. Estaba cubierto de polvo, pero al menos estaba completo. Miró a su alrededor en busca de Shura. Respiró cuando lo vio incorporarse, a unos metros de donde estaba.
Sonrío.
— "¡Retirada! ¡Retirada!" —ordenó mediante su cosmos—. "Cassandra ha caído. Nos vamos a casa…"
-Continuará…-
NdA:
Kanon: Como Suplente de Arles en turno, es un gran honor presentar esta pegatina de calaverita a Milo, por su primer asesinato ^^
Chicos: *aplausos*
Milo: ¡Gracias, gracias! Ha sido un camino largo y difícil el que me ha llevado a este momento, pero quiero agradecer a todos los que me han apoyado…
Gato: ¡Fue muy emocionante verlo en primera fila!
Milo: ¿Verdad que sí? Wahahahaha
Aioros: Agua…. Por favor…
Saga: Hmpf….
Shura: ¿De verdad tengo alma de mártir? ¿Soy masoquista? ¿Suicida?
Roshi: Oye, son todos buenos adjetivos para tu profesión… n_n'
Milo: ¡Silencio! ¡Interrumpís mi momento de gloria!
Saga: Hospital…
Aioros: Drogas…
Arles: Una silla…
Kanon: ¡Sí, sí! Pero primero tenéis que llenar un formulario para justificar los gastos... ¡Te haré sentir orgulloso de mí, Arles!
Arles: Sí… eh… Solo no destruyas mi despacho… n_n'
Shion: ¡Nos vamos de emergencia a la Fuente! Este capítulo queda oficialmente concluído. ¡Nos vemos en el siguiente!
Damis: ¡Feliz Navidad!
Sunrise: ¡Y Feliz 2022!
Kanon: ¡Jo jo jo!
