Capítulo 68: Agujas, suturas y… Aioria.
El llamado a la retirada de Dohko había resonado en su mente con tal fuerza que su respiración se detuvo y un escalofrío recorrió su espalda. Una súbita alegría anidó en el pecho de Shion, que rápidamente fue sustituída por la preocupación desbordante de su regreso.
—"¡Vienen de regreso!" —lanzó el aviso al resto de sus santos dorados, que permanecían de guardia en sus templos—. "Estad preparados."
Kanon, quien no se había movido de su lado, se revolvió, nervioso. Al igual que cada uno de sus hermanos, entendía las repercusiones del regreso. Agradeció que hubieran sobrevivido. Pero, en el fondo, temía ver el estado en el que regresarían. La pelea había sido encarnizada, así que esperaba que las consecuencias fueran terribles.
De pronto, Meridia rugió.
El Patriarca había encendido su cosmos para que el reloj de fuego ardiera, dejando saber al resto del Santuario, que estaban en alerta. Miró a sus espaldas, hacia la gran estatua de Athena cuya mirada sosegada vigilaba sobre sus dominios invitando a su pueblo a mantener la calma, pero a no bajar la guardia. Para Shion, mantenerse impávido era imposible.
La posibilidad de un contraataque siempre había estado ahí, vigente y amenazante, cayendo sobre el Santuario como una sombra. Era el peor escenario que podían esperar, pero para su mala fortuna, no era el menos probable.
Por fin, tras una espera que duró un par de segundos, pero que se sintió tan larga como la eternidad, la Otra Dimensión se abrió a unos metros de ellos.
Orfeo y Arles fueron los primeros en cruzar el portal, con el primero sosteniendo del brazo al mayor, quien se movía con dificultad. Las Llamas de Altaír habían definido el rumbo de la batalla, pero el coste había sido altísimo para el santo más viejo. Había llevado su cuerpo y su cosmos al límite, y las consecuencias no habían tardado en aparecer.
Agradeció a los dioses por Orfeo, quien no solo había sido un compañero de pelea extraordinario, sino porque a pesar de sus propias heridas y dolor, estaba ahí, ayudándolo a mantenerse en pie durante el peor de los momentos.
Cuando levantó la vista y sus ojos marrones encontraron a los amatista de Shion, se esforzó por sonreír. La preocupación en el rostro del Patriarca —y, porqué no decirlo, también en el de Kanon— le conmovió enormemente, pero también le llenó de orgullo. Se había ganado un lugar en esa familia, su familia, y el cariño que recibía de ellos era la mejor prueba de eso.
—¡Arles! ¡Orfeo! —exclamó Shion. La visión de su viejo amigo le sorprendió y por inercia, fue a su encuentro—. ¡Dioses, Arles…!
Sus rostros contaban la crudeza de la batalla: heridos, cubiertos de sangre y tierra… agotados. Sin embargo, había en ellos un dejo de satisfacción. Habían completado su misión con éxito y honor. Tenían motivos de sobra, no solo para sentirse a gusto con el resultado de sus esfuerzos, sino también de sentirse terriblemente orgullosos de ellos mismos y del gran equipo que habían resultado ser.
—Estamos bien. Ayudad a Saga y Aioros, os necesitan más —replicó el santo de Altair.
Ante su mención, tanto Shion como Kanon buscaron por ellos.
La Otra Dimensión no tardó en escupirlos.
Aioros apareció, tambaleándose. Sus alas se abrieron en busca de equilibrio tan pronto sus pies abandonaron la ingravidez de la dimensión geminiana, para posarse sobre la firme roca de la terraza. Su rodilla golpeó el piso y su mano derecha le sirvió de sostén para no irse de boca.
Era como si, de pronto, al saberse en casa, a salvo, la adrenalina que lo había mantenido en pie se hubiera esfumado, y todo el dolor y el cansancio le golpearan a la vez.
¡Malditas fueran sus piernas de espagueti!
Un segundo más tarde, Saga emergió de la oscuridad antes de que el portal estelar se cerrase con una explosión, que evidenciaba su falta de consistencia.
El geminiano tomó una bocanada de aire. La frescura y pureza del aire fue refrescante para su garganta herida, contrastante con el ambiente pesado, hirviente y asfixiante en el que la batalla se había desarrollado en Troya.
Se dobló sobre sus rodillas, apoyando las manos en sus piernas, sintiendo que el aire escaseaba en su pulmones. Cada inhalación era una tortura, insuficiente para su cuerpo que clamaba por oxígeno. Tosió y la boca se le impregnó del sabor metálico de la sangre. Mierda, se había perforado un maldito pulmón. Estaba seguro.
—Joder, arquero… Se te está haciendo un vicio volver a casa arrastrándote. ¡Y se lo estás contagiando a Saga! —Kanon corrió al auxilio de ambos, con Shion tras de él.
—Lo dije antes y lo repito… —habló el aludido como pudo, con la garganta seca y escocida, mientras se apresuraba a aceptar la ayuda de Shion para mantenerse en pie—. Los otros quedaron peor…
—Tranquilos, hijos… Os tenemos. Estaréis bien ahora —dijo Shion, acariciando el brazo de Saga, sin soltar a Aioros.
—¿Saga? ¿Me escuchas? ¿Estás vivo? —Kanon rodeó a su hermano con los brazos para sostenerlo.
Lo hizo con cuidado. Sabía lo que el silbido en la respiración de su gemelo significaba.
Buscó entre la maraña de pelo sucio y revuelto por su rostro. Quería bromear, quería restar peso a la situación, pero estaba genuinamente preocupado. No recordaba la última vez en que había visto a Saga tan maltratado y herido. Quizás muchos —muchos— años atrás, cuando el combate de sucesión lo había llevado al extremo.
Kanon lo sintió ceder parte de su peso, confiando en que sus brazos lo sostendrían. Él no iba a defraudarlo, no iba a dejarlo caer. Después, lo escuchó responder con un gruñido, que seguramente ocultaba un gemido de dolor tras de él.
—Tomaré eso como un "casi"...
—Os retiraré esto. —Shion quiso quitar el peso de las armaduras de sus cuerpos deshechos, pero la voz de Saga se lo impidió.
—No… Todavía no. —La voz de Saga sonó al límite—. En la Fuente… O no podremos…
No podrían mantenerse en pie. Sin la protección y el soporte de los ropajes dorados, sus cuerpos no tendrían la fuerza para mantenerse erguidos, y si algo necesitaban antes de dar por terminada aquella misión suicida, era un poco de decoro antes de que Eudora los emparchara como a un par de trapos viejos, hasta hacerlos llorar.
—Está bien, está bien…
Shion quiso continuar, pero en ese mismo instante, cuatro estelas de luz plateada surcaron el cielo sobre el Santuario y aterrizaron con un gran estruendo a los pies de la estatua, cerca de ellos. Otros cuatro cometas dorados llegaron tras los primeros, escoltándolos hasta la seguridad del recinto de la diosa.
El resto del equipo estaba de vuelta.
—Estamos de reg… ¡Mierda! —La reacción de Milo al verlos fue tan espontánea y sincera que Aioros y Saga sonrieron a la vez… O, al menos, lo intentaron. Así de mal se veían.
—¡Saga! ¡Aioros! —exclamó Shura, quien corrió al encuentro de sus hermanos mayores. Quisó tocarlos, pero prefirió no hacerlo, pues no había un trozo de sus cuerpos que no estuviera herido. —¿Estáis bien?
Aioros se las ingenió para levantar el pulgar, mientras esbozaba una mueca de dolor, que se suponía debería ser una sonrisa.
—Magníficos, los dos. ¡Listos para correr un maratón! —respondió Kanon por él. Saga rió, solo para soltar un quejido de dolor inmediatamente. Sus costillas debían de ser una obra de arte abstracto.
—Tranquilos. Os ayudaré. —Aioria miraba de uno a otro con la desesperación tatuada en el rostro.
Un escalofrío recorrió las espaldas de Saga y de Shion. La técnica de curación de Aioria era una maravilla, una bendición disfrazada de maldición, y la prueba de que para llegar al nirvana, uno tenía que atravesar al infierno. Mierda, más dolor en el horizonte.
—Vamos, ayudad a Arles y Orfeo —ordenó Dohko—. Tenemos que llevarlos a la Fuente.
—Lo más pronto posible. ¿Vosotros estáis bien? —Quiso saber Shion. Si sus ojos no le engañaban, el daño no era equiparable.
—Nada que lamentar…
—¡Estamos bien! ¡Ayudadles a ellos! ¡Rápido, rápido! —suplicó Asterión, con más desesperación de la que le hubiera gustado mostrar.
Mentiría si decía que había olvidado todas las emociones que su satori leyó en ellos durante la batalla: la crudeza detrás de cada sentimiento, cada sensación llevada al extremo… Estaba impresionado y consternado en igual medida. Hubiera deseado hacer más por ellos, cualquier cosa que quitase peso de sus hombros y dolor de sus cuerpos, pero no podía. Eso lo hacía sentir más pequeño.
—Iremos todos. Necesito que Eudora os revise también, no correré riesgos con ninguno —sentenció el Maestro.
—Os ayudaremos. —Aioria se acercó a Orfeo y compartió una sonrisa cómplice con él. Lira había hecho un trabajo extraordinario y nunca, jamás, podría agradecerle lo suficiente por poner su vida en juego para preservar la de Aioros.
—Te cuidaremos, Arles. —Milo se acercó a Arles, quien esbozó un gesto de agradecimiento, a pesar del dolor, y aceptó la ayuda del chico de buena manera.
Shion los contempló mientras se preparaban para la partida hacia la Fuente. Todavía existían muchas incógnitas por delante; el futuro seguía amenazado por el peligro y el estado en que algunos de sus chicos habían vuelto le ponía los nervios de punta. Nunca hubiese deseado pedirles que arriesgaran su vida de nuevo del modo en que lo hacían. Su mayor deseo era encontrar un poco de paz en su mundo convulsionado. Pero el destino y los dioses tenían planes distintos para ellos.
Sin embargo, a pesar de todo, como Patriarca —y también como padre— no podía dejar de sentirse increíblemente orgulloso y satisfecho con los hombres en los que sus niños se habían convertido.
Aquella era una ocasión en que lo recordaba con particular énfasis.
—¿Estáis listos? Nos teletransportaré hasta la Fuente.
—Listos, Yang.
—Bien. —Sin embargo, antes de marcharse, el lemuriano se detuvo por un segundo. Volteó hacia sus santos y amazonas, asegurándose de mirar directamente a los ojos de cada uno. Entonces, habló. —Habéis hecho un trabajo increíble. Estoy… estamos—se corrigió—, terriblemente orgullosos de vosotros. Gracias por vuestro esfuerzo.
Recibió a cambio muchas sonrisas, con expresiones tan variopintas como el momento lo permitía. Estaba siendo una larga noche y aún restaban horas para que el sol anunciase la llegada del día.
Sin más tiempo que perder, el lemuriano encendió su cosmos y el grupo desapareció, con destino a la Fuente de Athena.
-X-
—Por aquí —urgió Eudora, cuando vio el estado en el que sus pacientes llegaban—. Los examinaré antes de cualquier cosa. Eurídice, Raissa, venid conmigo. Si tenéis heridas menores, esperad aquí que las doncellas os atenderán en breve.
Mientras Saga, Aioros, Arles y Orfeo eran conducidos hasta las habitaciones de revisión, Naia permaneció quieta en un rincón del pasillo de la Fuente, ese que dividía el ala de los santos dorados, de las de los santos de menor rango y las amazonas.
No había atinado a decir palabra desde que volvieron, porque el nudo en su garganta amenazaba con asfixiarla. Si abría la boca, las lágrimas que luchaba por contener brotarían sin control de sus ojos violeta. Estaba triste, estaba asustada, estaba afligida… Y todo por Saga y por Aioros.
Asterión y ella habían presenciado la batalla más cerca que nadie. Habían presenciado la dantesca pelea desde su trinchera, sufriendo a cada paso del camino con ellos. Así que esperaban que los daños fueran muchos y considerables. Sin embargo, nada en su cabeza la había preparado para verlos en el estado en que estaban.
Saga y Aioros eran muchas cosas para ella. Quizás el mejor término para definirlos era "especiales". El cariño que sentía por ambos y por Kanon era único. Eran su familia, del mismo modo en que lo eran Nikos y Deltha. Los adoraba, y por eso, verlos así, le rompía el corazón.
No supo qué tan fijamente les estuvo mirando, hasta que volteó cuando la mano de Tatiana se posó con suavidad sobre su hombro. Los ojos vacíos de la máscara de Lince miraron directamente a los suyos. Las máscaras eran objetos muertos, insensibles, pero la caricia y la presencia de la amazona amiga, decían todo lo que las palabras no habrían sido capaces de explicar.
—¿Estarán bien? —Escuchó a Argol preguntando.
—Me encargaré de que así sea —respondió la vieja curandera mientras iba al alcance de los chicos—. Debemos revisaros a vosotros. Id con las doncellas, por favor.
—¿Nos diréis cuando sepáis algo de ellos?
—Os avisaré personalmente. Tened paciencia y dejadnos trabajar.
Los rostros de Asterión y Argol se veían tan preocupados como inquietos. A Naia le pareció cuanto menos curiosa aquella reacción de ambos. Cierto era que se habían vuelto especialmente cercanos a sus respectivos líderes de equipo, pero no dejaba de ser agradable ver las evidencias de su cariño hacia los mayores.
De pronto, la amazona de Caelum se sintió conmovida.
—¡Estaréis bien! —exclamó Argol, sin moverse de donde estaba. Esperaba que ellos pudieran escucharle—. ¡Lo habéis hecho genial!
—¡Somos vuestros fans! —Asterión se unió a él, solo para recibir un golpe suave en la nuca por parte del rubio—. ¡Oye!
—¡Silencio!
Esas cosas no se admitían en alto, había una imagen que mantener. Y no podían quedar como un par de groupies ante Sus Ilustrísimas Segundas.
—Espera, espera… —pidió Aioros a Shion, y sorprendido, éste se detuvo—. Tatiana, Asterión, Naia, Argol… —Los cuatro prestaron atención— Lo habéis hecho increíble, vosotros sois geniales —dijo, levantando el dedo pulgar de nuevo. Saga, a su lado sonrió.
—Eso mismo… —acotó, con la poca voz que su garganta le permitía.
—Venga ya, par de románticos. Moved el culo, que tenéis una cita con la aguja y el hilo de suturas. Y tú, arquero, deja ese dedo pulgar en paz. Es lo único que te funciona, no lo descompongas.
—Bobo, Kanon…
Los cuatro chicos de plata los contemplaron mientras retomaban el camino. La preocupación no se había borrado de sus rostros, pero una tenue sonrisa había hecho atisbo de presencia en ellos.
Contra todo pronóstico, estaban vivos y la misión había sido un éxito absoluto.
Eran un gran equipo.
Un equipo excepcional.
-X-
Cuando los cosmos de los invasores huyeron de las ruinas de Troya, el primer instinto de los apolonios fue seguirlos. La batalla estaba lejos de terminar y los ánimos aún hervían.
Sin embargo, sus cuerpos clamaban por una alternativa distinta a sus deseos. Incapaces de mantener el ritmo de la pelea, y superados durante aquellos últimos minutos, no se encontraban en condiciones de empezar una cacería.
La destrucción que los santos habían dejado atrás era visible.
Detrás de ellos, la polvareda que se levantaba sobre la ruinas del palacio, a causa de la caída del oráculo, estaba lejos de aplacarse. El palacio real se mantenía en pie, pero sus heridas eran graves y profundas. El ala norte —donde el oráculo había sido resguardado— ya no existía. La fuerza de su explosión había convertido ese sector en cenizas.
El valle de Ilión tampoco había salido ileso. Un enorme cráter había aparecido en el último lugar donde Saga y Aioros habían hecho arder sus cosmos al extremo, y decenas de agujeros más pequeños cubrían la zona de batalla. Las técnicas de fuego habían dejado hogueras ardientes aquí y allá, alimentadas por los campos de flores de Orfeo y la carroña de los monstruos caídos.
El ambiente estaba cargado de pesantez. El calor del fuego y del cosmos hería los sentidos, haciendo difícil respirar.
Pero la peor peste, la que era insoportable, era la esencia de la derrota.
Loxia se incorporó lentamente. Llevaba varios segundos sobre sus rodillas, observando la devastación a su alrededor. La armadura que lo cubría estaba herida, rota. Su cuerpo estaba cubierto de cortes y quemaduras que supuraban sangre; su rostro estaba magullado.
Las piernas le temblaron cuando las obligó a sostener su peso. Sin embargo, no se inmutó. Ni una sola expresión apareció en su rostro, a pesar del dolor y la rabia que sentía. Jamás permitiría que le vieran doblegado.
—¡Maldición!
Escuchó la voz de Acesio más allá, o al menos eso le pareció. Los oídos le zumbaban, señal de que al menos uno de sus tímpanos había explotado. Recorrió el sitio con la mirada una vez más, en busca de sus otros compañeros. Uno a uno, fue encontrándolos.
Apretó los puños y oscureció la mirada al descubrir lo que ya sabía: los malditos santos atenienses los habían superado.
—Arriba —ordenó. No toleraría que ninguno de ellos estuviera más tiempo caído o de rodillas. —¡Arriba! —ladró
—Vaya mierda… —Nomios se levantó lentamente.
Llevó las manos hacia su costado, donde un corte a su armadura dejaba al descubierto una herida sangrante. Clario, a varios metros de él, ahogó un quejido cuando Aiatros lo ayudó a pararse; sus costillas eran un rompecabezas.
Entonces, un rugido rompió el silencio.
Los apolonios levantaron el rostro al reconocer aquel particular sonido, seguido del susurro que aquellas alas conocidas hacían al batir el aire: un grifo voló en círculo sobre sus cabezas durante algunos segundos, hasta que por fin, aterrizó.
La bestia les contempló en silencio, con esos ojos penetrantes y despectivos. Rasgó el suelo con sus patas y dejó escapar un gruñido. Ellos sabían lo que significaba.
De pronto, en la oscuridad de la noche, entre las nubes encapotadas y teñidas con el rojo de la ceniza dejado por la batalla, se hizo la luz. Varias estelas de luz dorada descendieron desde el cielo, atravesando los nubarrones y, cuáles portales abiertos en la nada, se llevaron consigo a los guerreros de Apolo.
Cuando la luz se extinguió en el valle de Troya, el viento sopló con fuerza y, como si se tratase de castillos de arena, se llevó consigo a la antigua ciudad y todo vestigio de su existencia.
La paz volvió a Ilión.
-X-
—Con cuidado… —musitó Shion, mientras acomodaba a Aioros con mimo en una de las camas de la sala de curas.
Apenas unos pasos más allá, Kanon intentó hacer lo propio con su hermano, pero lo cierto era que la conciencia de Saga iba y venía tan fugazmente, que el menor de los gemelos empezó a angustiarse de verdad. Prácticamente tenía que cargar con la totalidad de su peso.
—¿Saga? ¿Sigues aquí? —apartó la maraña de pelos que tapaban su rostro, y lo sujetó con suavidad. El mayor, asintió tan levemente, que apenas lo notó.
—Necesito que os deshagais de esas armaduras de una vez —demandó Eudora—. No me gusta nada como se oye esa respiración.
—Danos un momento —replicó Shion—. Necesitamos aclarar algunas cosas y en un minuto serán todo tuyos.
Eudora apretó los labios, aunque terminó por asentir. Mantuvo la mirada suplicante del maestro, y comprendió lo apremiante de la situación. Eso, y que sabía bien que el propio patriarca sufría ante el estado de sus chicos.
Los ojos de la sanadora habían visto muchas penurias a lo largo de los años, había visto sufrir mucho a esos niños, y les había visto ponerse en pie desafiando las leyes de la vida misma. Había acicalado sus cuerpos entre lágrimas antes de entregarles a las piras funerarias, y les había llorado. De dónde sacaban las fuerzas para reponerse y soportar el sufrimiento, era para ella un misterio. Y eso era algo que admiraba y le aterraba a partes iguales. Les habían educado para aguantar el dolor: físico y mental. Para resistir sin derramar una lágrima.
Y lo hacían con una maestría perturbadora. Soportaban demasiado antes de sucumbir. Sin embargo, ella no era tan fuerte. Ver a aquellos chicos a los que todos querían tanto de aquella forma, a los que ella había visto crecer —y a algunos, nacer—, le rompía el corazón.
—Un minuto… no más —farfulló, dándoles la espalda y volteando hacia el resto de sanadoras que esperaban por órdenes, continuó—. Cleo, Elora, ocupaos de los chicos de plata, por favor. Por lo que hemos visto están en mejor estado, pero aseguraos que no quedan heridas sin sanar, y que descansen sin dolor. —Las dos jóvenes asintieron, y voltearon con presteza para atender su encomienda, abandonando la estancia reservada al rango dorado. Después, Eudora volteó con expresión grave en el rostro—. Raissa, Eurídice, Cristel… os necesito aquí conmigo.
Raissa soltó sutilmente el aire que había retenido en sus pulmones. Sufría por todos ellos, pero sus ojos eran incapaces de despegarse de su pequeño arquero, y verlo allí de nuevo —apenas unas semanas después de su primer encuentro con Nomios—, dolía en lo más profundo de su ser. Tomó entre sus manos las gasas limpias y agradeció con una minúscula sonrisa a Cristel.
La joven morena, seguramente un par de décadas más joven que ella, era una sanadora aventajada, un cerebrito. Eudora no la habría incluido en aquel equipo de no serlo. Antes de que nadie tuviera que pedirlo, Cristel se había adelantado y los insumos de limpieza y curación, ya estaban listos y a su alcance.
Eurídice, más silenciosa y reservada, pero no menos implicada —su mirada se había iluminado de alivio al ver a Orfeo de una sola pieza—, se había apresurado a alistar las gasas y la ropa limpia tan pronto habían llegado a la fuente, aunque llevaban toda la noche listas y esperando sin pegar ojo.
Shion rompió el contacto con la mirada de Eudora y volteó hacia sus chicos. El nudo en su garganta se apretó aún más. No quería prolongar su sufrimiento más de lo necesario.
—Necesitamos escuchar lo imprescindible para estar preparados en caso de contraataque. Seamos rápidos para que podáis descansar cuanto antes. —Paseó su mirada fugazmente por los cuatro—. ¿Qué podéis decirnos…?
—Acesio… —comenzó Arles con esfuerzo. Después tomó una bocanada de aire, cerró los ojos y tras unos segundos se recompuso—. Drena cosmos.
—Pelea cuerpo a cuerpo… —la voz rota de Saga brotaba con esfuerzo de su garganta, y el audible silbido de su respiración, no resultaba nada alentador. Las miradas voltearon hacia ellos dos—. Sus golpes… todos magullan, con armadura… o sin ella, y…
—Parece que independientemente de la gravedad del golpe, logra abrir un rasguño no siempre visible por el que drena la cosmoenergia —acotó el santo de Altair.
—Y se fortalece… de ella. —El peliazul cerró los ojos cuando Eudora, con toda la delicadeza de la que era dueña, comenzó a limpiar su rostro con cuidado.
—Es el hermano gemelo de Clario —acotó Orfeo—. Él es el responsable de las bestias y sobre todo de las plagas. Su cosmos es tóxico. Respirarlo es… —arrugó el rostro, aún pálido después de su encuentro con el apolonio—. Desagradable cuanto menos: marea, nubla la mente, y todos los efectos del veneno te golpean de lleno.
—Aiatros maneja los elementos… sus técnicas son una mezcla de todos ellos —intervino Aioros, esbozando una sonrisa torpe cuando Raissa humedeció sus rizos mugrientos y comenzó a deshacerse de la sangre con tanto mimo como curaba sus heridas de niño—. Cosmos, tornados de aire… de fuego. De tierra y piedra…
—Arenas movedizas —intervinó Arles.
—Sus cosmos… —murmuró el geminiano—, el de todos, hacen el aire… irrespirable.
—Ten… bebe despacio —ordenó Eudora, mientras le tendía un poco de agua, ayudándolo a sostener el vaso. Lo que menos necesitaba era que bebiera de más y terminase vomitando.
—Sí, hacen que el campo de batalla sea como estar en medio de un gran incendio. Es como si todo alrededor ardiera y el oxígeno desapareciera.
—No creo que haya nada nuevo de Loxia… ni de Nomios. —Aioros gruñó al moverse, antes de continuar—. Son tal y como pensábamos... Loxia puede usar las ilusiones mientras ataca.
—Todos influyen cierto control sobre las bestias, que renacen y renacen de cualquier resto que haya tenido vida mientras Clario las alimente.
—Físicamente Nomios es una bestia… —murmuró Arles. Sus ojos castaños buscaron inevitablemente a Saga y Aioros y su corazón se encogió recordando la batalla—. Su habilidad le hace muy peligroso… —Solamente había que verles—. Inflige mucho daño… Absorbí su cosmos al final, pero imagino que en unas horas esté recuperado del todo.
Kanon alzó una ceja al escucharlo. Las habilidades del santo de Altair seguían siendo una incógnita. Algo más allá, junto a la puerta y en un sorprendente silencio, Roshi, Shura, Aioria y Milo escuchaban con atención.
—Mi impresión es que algo cambió y se fortaleció entre ellos cuando los cinco se reunieron. —Orfeo sabía que, de alguna milagrosa manera, él había sido el más afortunado de los cuatro. Así que todas las palabras que pudiera ahorrarles, gustoso las pronunciaría—. Aunque no dieron la impresión de estar nada organizados.
—Loxia y Acesio sí —musitó Arles—. Al menos hasta que nos reunimos los dos equipos. Tenían un objetivo muy claro… —miró a Saga de un modo muy revelador, y por un segundo, sus ojos nublados lo vieron de vuelta. El peliazul dibujó una sonrisa irónica y lastimera—. Me mantuvieron bastante ocupado con las bestias para que no me acercase.
—Lo esperable… —musitó el peliazul. Quizá nadie lo había mencionado en voz alta frente a él, pero era de sobra consciente de su precaria situación: era el avatar de Ares, un premio muy goloso, y eso le colocaba una diana en el pecho de modo permanente ante cualquier enemigo que enfrentasen.
—Maestro… —suplicó Eudora. Aquel silbido al respirar no iría a mejor—. Podréis seguir mientras…
Shion no vaciló, y apenas un segundo después las armaduras abandonaron sus cuerpos. Pero la rigidez y resistencia del oro les sostenía y les daba fortaleza, ahora que no estaba, la fragilidad de sus cuerpos molidos y los huesos rotos, pesaba mucho más. Un par de quejidos mal disimulados escaparon de sus labios al verse desprovistos de su exoesqueleto de oro.
Vagando entre la conciencia e inconsciencia, Saga notó los dedos de Eudora palpando sus costillas y se dejó hacer. Cerró los ojos, lo que seguía no era agradable. La aguja atravesó su pecho lentamente pero con firmeza y, tras un momento que se le hizo eterno, sintió como lentamente, su pulmón perforado volvía a expandirse, permitiendo que su respiración se normalizara ligeramente, a pesar del sudor frío que bañaba su cuerpo.
—De acuerdo… —Kanon carraspeó, incómodo, tratando de centrarse en otra cosa—. Entonces, tenemos a Loxia el ilusionista, que en realidad es parecido a nosotros. A Nomios, que es un imán físico y cósmico triturador de huesos. A Acesio cuyos golpes parece que drenan el cosmos y acrecentan el suyo —ese tipo de guerreros siempre funcionaba así—. Aiatros, con los elementos… y Clario cuyo cosmos es venenoso y tiene la habilidad de fabricar bestias.
—Diría… —Aioros encontraba cada vez más difícil hablar—, que no tienen un líder definido pero… creo que Loxia y Nomios rivalizan por el poder.
—Es un buen resumen —desde donde estaba, Dohko tomó la palabra—. Añadamos a la lista a las nueve musas, u ocho, mejor dicho —a su lado, Milo se revolvió—. Argol y Tatiana enfrentaron a una, con algún tipo de poder ilusorio también. Naiara y Asterión se toparon con otra a lomos de una mantícora. Y…
—Nosotros encontramos a dos, pero una de ellas era una cría y… bueno, a la otra no le costó trabajo sacrificarla —aclaró Milo.
—Lo más que podemos decir es que son inusualmente rápidas y pueden teletransportarse —terminó Aioria por él.
—Y aún así restarían cinco más… —musitó Shion, pensativo—. Hablaremos con Asterión ahora mismo, quizá haya podido averiguar algo más con el Satori. No habíamos pensado en esa opción.
—Cassandra cayó con relativa facilidad, aunque nos llevó un par de intentos lograrlo. Rechazaba el poder cósmico como tal, tuvimos que usar las armas de Libra —continuó Roshi—. Después de eso, se liberó una especie de onda expansiva cósmica, y toda Troya tembló. Apolo no estaba allí.
—Entonces, deberíamos haber podido recuperar Star Hill a estas alturas —murmuró Shion. Roshi asintió silencioso.
—Pero no es momento de comprobarlo ahora… —Se apresuró Arles. El oráculo dejaba a Shion exhausto, y no podían enfrentarse a la situación de emergencia con él fuera de combate.
—Hay algo más… —musitó Saga. Todas las miradas se giraron hacia él—. Nomios pudo… —cerró los ojos y trató de concentrarse en respirar—, pudo devolver la Explosión de Galaxias.
Nadie dijo nada por un momento, pero de alguna forma, a todos se les erizó la piel al escucharlo. Si había una técnica especialmente destructiva, era esa. El peligro que suponía que pudiera ser controlada o alterada, era demasiado.
—¿Cómo…? —quiso preguntar Kanon.
—La detuvo en el aire… —sus ojos cada vez pesaban más—. Y la devolvió. Pude esquivarla… con la Otra Dimensión, más o menos, pero…
—Nos ocuparemos de eso más tarde —la voz de Shion resonó con autoridad—. Dejaremos trabajar a las chicas, y pondremos al tanto a los demás. Descansad un poco…
Estrechó el hombro de Arles con cuidado, y cuando sus miradas se cruzaron, le sonrió. Lo que había hecho el santo de Altair, con su edad, era impresionante; pero Shion sabía que habría consecuencias. Su cuerpo no se recuperaría tan fácil como el de los más jóvenes.
—Venga, todos fuera de aquí —Eudora no habló con menos autoridad.
—Yo me quedaré. —Eudora y Shion voltearon hacia Aioria, que no se había movido de su lugar junto a la puerta. La firmeza de su voz, no daba lugar a réplica. Nadie iba a sacarle de aquella habitación—. Puedo ayudar.
—De acuerdo. —Shion sonrió, orgulloso—. Yo me quedaré contigo, y cuando todo esté controlado aquí, nos reuniremos con los demás.
Shura se mordió el labio inconscientemente. Lo cierto era que no había peleado hombro con hombro junto a ninguno de sus hermanos, salvo con Saga. Y aunque aquella infame batalla había sido horrible y larga, el peliazul se veía tan herido como entonces. No pudo sino estremecerse. Troya debió haber sido realmente terrible.
—Vayamos al templo, chicos —Las manos de Roshi empujaron sutilmente a Milo y Shura, sacándolos de allí a regañadientes.
Kanon, sin embargo, parecía incapaz de moverse de donde estaba.
—Vamos, hijo —Shion acarició el hombro del mayor—. Estarán bien.
El gemelo menor asintió levemente. Y algo en el patriarca, se removió por dentro. Kanon comenzaba a sentir, y lo que era más importante, comenzaba a mostrar esos sentimientos. Se preocupaba, sufría… y eso a Shion le emocionaba y estrujaba el corazón a partes iguales. Era un indicativo claro de lo precaria que era la situación.
—No trateis de escapar por la ventana.
—Maldición… Ese era mi plan… —contestó Aioros.
—Tiene barrotes.
Al oirles, a lo lejos de su conciencia, Saga sonrió.
—Me ocuparé de los demás —dijo Kanon. El lemuriano asintió, orgulloso.
Kanon estaba dando un paso al frente. Al fin.
-X-
La luz de Apolo los había guiado hasta los recintos del dios del sol, aquellos que se encontraban más allá del alcance del hombre. Era una fortaleza única, digna del regente de las artes: exquisita e imponente.
La habitación que les había dado cobijo era amplia, de techos altos decorados con los tonos del amanecer. La salida miraba hacia a un jardín, que a pesar de la oscuridad de la noche, presumía los tonos multicolores de sus flores y el verde de su vegetación. El silencio era absoluto, con la excepción del fuego que crepitaba en las teas y proveía de luz a la habitación.
Había una mesa en el centro, con ocho sillas. Una imponente estatua de Apolo miraba por encima de ellas.
Clario fue el primero en sentarse, el dolor robó una maldición de sus labios. De inmediato, tomó la vasija que descansaba sobre la mesa y una de las copas dejadas ahí para ellos. Se sirvió vino y bebió un trago. El líquido deslizando por su garganta le hirió. Chasqueó la lengua antes de toser. El sabor a sangre invadió su boca.
—Los malditos pagarán por esto… —siseó.
—Lo harán, pero no será ahora. —La voz de Apolo rugió mientras entraba al salón. Ninguno de ellos se atrevió a responderle.
Sus ojos rojizos, en conjunto con su melena color de fuego, le proveían de un aura amenazante. Sus manos golpearon la mesa, atrayendo la atención hacia su figura. Su mirada atravesó a los apolonios, pidiendo respuestas. Demandándolas.
—¡Esta ha sido una noche de vergüenza! Explicadme, ¿cómo ha sido posible que cuatro santos, dos de ellos de un nivel muy inferior al vuestro, os hayan contenido de esta manera? Peor aún, ¡que os hayan humillado así!
—Fue una trampa —musitó Clario.
—Os habéis puesto en ridículo ahí afuera y seguís haciéndolo en mi presencia. Sois mis apolonios, élite en mi ejército…
—Saga y Aioros no son guerreros cualquiera en el suyo —terció Acesio—. Ambos están muy por encima del resto. Y el viejo…
—No sabíamos que el viejo tuviera esas malditas habilidades —ladró Nomios. Aún se sentía mareado por la falta de su cosmos, que regresaba de a poco. Su mirada acusadora se posó en Loxia.
—Oh, no, no me mires a mi. El viejo lleva el último medio siglo, o muerto, o con el culo sentado en un cojín de terciopelo. No hay forma de que supiera la magnitud de su poder.
—¿Y el otro? Orfeo, el mocoso. ¡¿Tampoco lo viste?!
—Y ni hablemos de tu maravilloso plan para enemistar a Saga y Aioros. Creí que habías dicho que los tenías de rodillas… —escupió Aiatros desde un rincón del salón, con todo el cinismo que quedaba en su maltrecho cuerpo. Se había deshecho de su armadura y las heridas de la batalla, con toda su gravedad, quedaban al descubierto.
—¿Entonces es mi culpa? —El rostro de Loxia se ensombreció—. He sido el único que ha hecho algo durante todo este tiempo. ¡El único! Vuestros culos, al igual que el de Arles, no se han motivo de esa puta silla —siseó.
—No te atrevas a decir…
—¡Silencio! —Apolo levantó la voz y sus cuerpos se retorcieron de dolor.
Por una fracción de segundo, el cosmos del dios del Sol los había abandonado, dejando nada más que sus cuerpos humanos —rotos y vulnerables— para soportar el dolor. Evidentemente, sin cosmos, la agonía era insoportable.
Sus voces se apagaron, tal como quería Apolo. Y, entonces, se permitió hablar.
—Habéis perdido la honra delante de los santos, pero tratad de mantener las apariencias aquí —dijo el dios—. Tened orgullo.
—Los hemos subestimado. —La presencia femenina atrajo las miradas. Calíope, con su rostro inexpresivo y mirada vacía, los observaba desde la puerta. Apolo asintió.
—Terriblemente.
—Perdimos a Talía —sentenció mientras entraba y tomaba su lugar en la mesa.
—¿Cómo…?
—Urania y ella enfrentaron a dos santos dorados. No fueron contrincantes para ellos.
Agobiado y con el disgusto plasmado en el rostro, Apolo se sentó en su silla. Su mirada se centró con preocupación en el asiento que quedaba vacío, en la cabecera opuesta a la suya. Ella no iba a estar satisfecha con ese resultado.
—Aparentemente, ninguno lo es… —susurró. Apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos. Su cabeza descansó sobre sus manos, mientras se tornaba pensativo.
—No estábamos preparados. La siguiente vez lo estaremos —replicó Acesio.
—Nos estamos quedando sin tiempo. Necesitamos llegar a Athena y derrotarla. Además —El entrecejo de Apolo se frunció más y sus ojos escarlata brillaron con rabia—... Además, teníamos al avatar de Ares a nuestro alcance y lo dejamos ir. Maldición…
La estúpida Athena había tenido la audacia de enviar al contenedor de Ares a sus puertas, se los había puesto al alcance, como un precioso regalo… Y lo habían estropeado. No solo habían sido incapaces de contenerle, sino que también lo habían dejado escapar. Vivo. No volverían a tener una oportunidad como aquella de nuevo, no volvería a ser tan fácil atraparle.
Miró de nuevo a sus Apolonios, analizando cada detalle de ellos.
No habían sido suficientes, no así. Necesitaban más fuerza, más poder, tenían que ser superiores. Una superioridad que solo ella podía brindarles.
La siguiente vez que se encontrasen con los santos atenienses, sería la última. Si él ganaba, ellos dejarían de existir. Y si perdía… No habría una tercera oportunidad para él y para su ejército. Si perdía, terminaría convertido en una piedra más para aquella corona que ella guardaba tan celosamente.
Apretó los dientes y maldijo en silencio.
—Preparaos para el enfrentamiento final —sentenció, poniéndose de pie—. En el día en que el astro rey domina el cielo y reclama su supremacía por encima de la noche, invadiremos el Santuario de Athena. De una vez por todas, terminaremos con ellos.
-X-
Una vez se quedaron solas en la sala, el engranaje perfecto que formaba el equipo de sanación de Eudora, se puso en marcha sin perder un solo segundo, mientras Shion y Aioria se mantenían alejados viéndolas trabajar.
Las sanadoras del Santuario poseían cosmos, aunque este no tenía las mismas cualidades ni la potencia de un santo o amazona. Su cosmoenergia era simplemente curatoría, sutil y prácticamente imperceptible para cualquiera. Esas mujeres eran educadas en las artes sanatorias desde muy niñas: en el uso del cosmos, el manejo de las hierbas y pociones más misteriosas de las antiguas tradiciones, y en la curación moderna.
Sin embargo, ahora que cuatro de ellas estaban allí, trabajando en la misma sala, el aura de la misma había cambiado sutilmente envuelta en aquel cosmos cálido y reparador. Reinaba el silencio, solamente interrumpido por la respiración laboriosa y los quejidos mal contenidos de los heridos.
Limpiar las heridas no era fácil. Era, probablemente, la parte más dolorosa del proceso. Y dadas las circunstancias de aquella batalla, la cantidad de polvo y suciedad en cada una de aquellas laceraciones era peligrosa: habían estado expuestos a las garras de las bestias y adivinar qué tipo de consecuencias podía tener aquello, era difícil.
Raissa escurrió con cuidado el paño con el que aseaba a Aioros, y sin que pudiera evitarlo, sus ojos se nublaron con las lágrimas contenidas cuando se percató del color que adoptaba el agua. ¡Dioses! El chico había estado ahí hacía pocas semanas hecho una desgracia. Algunas de las viejas heridas que sus propias flechas habían causado en Lemnos, ni siquiera habían cicatrizado del todo.
Alzó la vista y buscó con la mirada a Saga. Se mordió el labio al comprobar, que tal y como le había parecido un rato atrás, el peliazul sufría esas mismas heridas. Las flechas también habían hecho blanco en él, y comprobarlo le rompió el corazón.
¡Cómo si no hubieran sufrido suficiente ya a costa de los apolonios! Sufrir heridas a causa de fuego amigo era, simplemente, descorazonador.
—Estaremos bien, Rai… —la voz de Aioros la sacó de su ensoñación. Sonaba ronca, seca, señal inequívoca de la deshidratación que sufrían.
—Lo sé —murmuró. Tomó una bocanada de aire y se recompuso—. Voy a colocarte una vía para hidratarte y ponerte tus calmantes, ¿de acuerdo? No te muevas.
Aioros asintió apenas perceptiblemente y cerró los ojos por un segundo. Sabía que era optimista con su propio pronóstico, pero no tenía más remedio. El dolor le tenía tan entumecido, que ni siquiera notó como la aguja se adentraba en el dorso de su mano. Sin embargo, se sentía dichoso porque habían logrado volver a casa. Habían logrado volver victoriosos, y Rai estaba ahí para cuidar de él, para mimarlo.
—Estáis hechos un desastre —farfulló Eudora, con voz firme.
Saga quiso responder, pero solamente atinó a gruñir apenas perceptiblemente. Eudora siempre sonaba dura —y en cierto modo acusadora por el desastre que hacían de sí mismos—, pero ya la conocía lo suficiente como para saber que aquello solamente era preocupación disimulada.
—¿Alguna de estas heridas las ha producido algún tipo de bestia…? —Raissa sabía la respuesta, pero aún así se vio obligada a preguntar.
—Keres —aclaró Arles, mientras el agotamiento comenzaba a pesarle más y más.
Prácticamente a la vez, las cuatro sanadoras dibujaron el mismo mohín severo.
—Yo me ocupo —dijo Cristel, mientras sus inmaculadas manos se movían con maestría entre los cientos de viales de remedios que Eudora guardaba en su arsenal. Tomó un par de ellos y, rápidamente, alistó cuatro inyecciones—. Quemará un poco, Arles, lo siento.
—No te preocupes… —El santo de Altair dibujó la sonrisa más tranquilizadora que pudo mientras la joven tomaba su mano con cuidado e inyectaba lentamente el contenido del vial. Segundos después, siseó. Podía sentir aquel remedio avanzar por sus venas, y la sensación no era agradable.
—Evitará cualquier infección desagradable. —O al menos, eso esperaban. No dejaban de ser bestias mitológicas a las que nunca se habían enfrentado.
—Eso está bien… —Y a pesar del cansancio, y del dolor, sus ojos no podían evitar buscar con insistencia a Saga y Aioros.
Eran increíbles, y a cada segundo que pasaba, se reafirmaba. Sin embargo, verles de aquella forma, percibir el dolor que sentían porque habían dejado de ser capaces de controlarlo, le rompía el corazón. Cada quejido acallado por sus dientes apretados, o cada espasmo involuntario cuando las gasas hurgaban en las heridas sangrantes le revolvía el estómago.
Shion pensaba lo mismo, y a su lado, Aioria solamente miraba de soslayo, pero su mandíbula apretada hablaba por sí sola. Él había sido un superviviente de las Doce Casas, había tenido que sufrir las artes de Eudora, y aunque no le atemorizaba como tal, si le incomodaba lo suficiente para no querer volver a pisar esa estancia siendo el paciente. Por eso comprendía como se sentían Aioros y los demás.
Aunque comprenderlo no hacía que fuera fácil de digerir.
Saga siempre había sido un titán que jamás, de ninguna manera, se había derrumbado. No importaba lo mucho que uno torturase su cuerpo. Si tenía un límite ante el dolor o no, era para él un misterio. ¡Dioses! ¡Lo vivido en Hades había sido un espanto! Y un auténtico dolor en el culo estando en bandos opuestos, a decir verdad.
Aioros no había tenido la oportunidad de erigirse ante todos como lo que era: ahora comenzaba a hacerlo, batalla tras batalla. Y él no podía sentirse más orgulloso de que finalmente recuperase el lugar que merecía junto a Saga.
Sin embargo, verles en aquel estado hacía que su propio ánimo y optimismo se tambaleara. Cualquiera podía caer… pero ellos dos no. De ninguna forma. Siempre les había visto así, desde muy niño: dos héroes invencibles. Aioria necesitaba que esa percepción infantil de imbatibilidad, perdurase.
—Vamos a necesitar la asistencia de Aioria enseguida —dijo Eudora, mientras limpiaba las heridas del gemelo. El rubio alzó la vista, saliendo de su ensoñación, y asintió.
Saga no respondió. Hubiera querido quejarse, pero si despegaba los labios, lo más probable era que se pusiera a llorar desconsoladamente. Y, al fin y al cabo, ya habría tiempo de eso cuando Aioria se pusiera a trabajar.
—No puede ser tan trágico… —murmuró Aioros, ciertamente esperanzado y expectante por comprobar cómo era aquella famosa técnica sin nombre.
—¡Pues claro que no! —Exclamó el santo de Leo, con una sonrisa que pretendía tranquilizarles—. Los dos sois tipos duros…
Por un momento, sus ojos nerviosos se cruzaron con los de Saga. No sería la primera vez que utilizara su técnica con el peliazul, porque la fatídica noche en la que Hades decidió despertarles de entre los muertos, el geminiano necesitó alguna reparación de emergencia en su hombro derecho y algunos sitios más, antes de volver al Castillo y continuar con aquella misión del demonio.
Esbozó una mueca que pretendía ser una sonrisa tranquilizadora, pero la mirada del gemelo se sentía tan desenfocada, que se estremeció.
Aioria sabía que aquella técnica imperfecta dolía, y dolía mucho. Era fabulosa, y lograba resultados sorprendentes, pero el coste era grande. ¡Había hecho llorar a Shion cuando volvió hecho pedazos de Jandara!
—Solo hay que vernos… —musitó el arquero.
—Aioros primero… —La voz de Saga era apenas un hilo de voz semiafónico.
Aioros se lo merecía. Por todo. Además, prefería que no se topase con aquella cura después de verlo a él llorar como un bebé. No era solamente su ego el que pensaba, sino que sinceramente creía que era más fácil enfrentarse a ello sin saber cómo era ni qué esperar del proceso.
—De acuerdo.
El león dorado no dijo más, recortó la distancia que lo separaba de su hermano, y acarició con mimo sus rizos mojados. No quería hacerlo sufrir. Solamente deseaba verlo salir por esa puerta como si nada hubiera pasado. El mayor le devolvió una sonrisa agotada, animándolo a empezar.
—Tranquilo… estaré bien.
Aioria encendió su cosmos, que rápidamente inundó la estancia con su bravura. Su rostro adoptó una expresión de concentración máxima, mientras sus manos envueltas en aquella niebla dorada tan cálida, paseaban sobre el cuerpo de su hermano buscando las fracturas a sanar.
Finalmente, se detuvo en su pecho. Apretó los dientes. Las costillas eran, probablemente, el punto débil de todos ellos. Aioros había tenido la fortuna de no vivir las secuelas de las batallas de una guerra —y la desgracia irreparable de que le robaran la vida antes de tiempo—, imaginaba que su cuerpo en sí estaba menos maltratado que el de los demás. Sin embargo, aunque las cicatrices de Excalibur eran obvias a la vista, no eran las únicas que Aioria podía percibir. Su cosmos le permitía ver más allá… como una visión de rayos x. Podía distinguir los restos de viejas fracturas bajo la piel, las marcas en sus huesos.
Y no eran pocas.
Por un segundo, sus manos temblaron y se obligó a apretar los dientes para ahogar la ira que tomaba control de él cuando pensaba en aquel fatídico episodio. Concentró su cosmos aún más, y detuvo las manos, en el costado derecho del mayor: justo sobre la primera de sus costillas flotantes. Tomó una bocanada de aire, y comenzó.
-X-
Aioros hubiera querido ser más fuerte. Pero apenas el cosmos de Aioria cambió, el dolor se acrecentó de tal manera que era casi incapaz de respirar. Apretó los puños, tanto que se clavó las uñas en las manos, y cerró los ojos, comenzando a sudar frío. Raissa secó su frente con un paño húmedo, y el silencio que reinaba en la habitación —solamente interrumpido por lo que creía era la respiración de mierda de Saga—, aumentó la sensación de vértigo. Y por un momento, estuvo tentado de suplicar que parase.
Su hermano no titubeó. ¿Cómo logró olvidarse de que aquel cuerpo que temblaba de dolor mal contenido era Aioros? No lo sabía. Pero pensaba hacer el mejor trabajo de su vida con aquella cura, así que lo ignoraría fuera como fuera.
Aumentó un poco la intensidad del cosmos. Sabía que quemaba y dolía como si miles de agujas perforasen y cosieran sus huesos obligandolos a unirse de nuevo contra su voluntad. O al menos, contra su ritmo natural de curación.
Su cosmos tenía la habilidad de acelerar la regeneración celular, pero era un proceso imperfecto y complicado. A lo largo de la vida, la regeneración celular de un mortal normal y corriente es limitada, y a medida que pasa el tiempo, esta va disminuyendo hasta desaparecer. Hasta el final del camino.
Un niño siempre se curaría más rápido que un anciano… hasta que la muerte lo reclamase. Siempre había sido así. Él solamente aceleraba el proceso a velocidad de la luz, con un coste obvio: capacidad de curación de la víctima se acortaba, ya que sus células se consumían antes de tiempo por la propia naturaleza de la técnica.
Lo más seguro era que aquel coste fuera prácticamente inapreciable, especialmente en vidas como las de ellos: cortas y fugaces. Pero, aún así, era una técnica de la que no le gustaba abusar.
Llevó la vista al rostro de Aioros, apenas un segundo antes de que dejase escapar un sollozo involuntario. Aioria tragó saliva y, de modo progresivo, disminuyó la potencia de su cosmos hasta que se apagó.
—Haremos una pausa, para que descanses un poco. —Acarició los rizos mojados, ahora por el sudor, pero el mayor no fue capaz de responder.
—Si…gue… —murmuró Aioros.
—No, no. Hay que descansar, es intenso, doloroso y exigente, y estás…
Inconsciente.
No llegó a decirlo, porque sabía que los oídos de su hermano ya no lo escuchaban. Sus párpados se habían cerrado con lentitud ahogando las lágrimas. Aioria alzó la vista en busca de Eudora.
—¿Continuo o…?
—Sigue —dijo asintiendo—. Mientras el paciente esté estable, debes aprovechar la pérdida de conciencia para avanzar todo lo posible. Le ahorrarás sufrimiento.
—De acuerdo. —Asintió de igual manera y, sin querer, su mirada se cruzó con la de Saga, pálido como un muerto. Tomó otra bocanada de aire, y retomó el trabajo justo donde lo había dejado.
Solamente quería que salieran de ahí caminando al día siguiente, de ser posible.
-X-
Saga apenas había reparado en el silencio sepulcral reinante mientras Aioria trabajaba. Sentía su corazón latiendo despacio en las sienes, y la sensación le resultaba angustiante. Todos sus otros sentidos parecían confusos y lo tenían entumecido. No era estúpido, ni un principiante: había sufrido suficientes contusiones como para saber cuando tenía una. Y raro, lo que se decía raro, pues tampoco era dadas las circunstancias.
Eudora estudió sus pupilas dilatadas un par de veces, comprobó su presión arterial y ritmo cardiaco mientras farfullaba algo ininteligible. Sus párpados pesaban como dos losas y estaba tan cansado que solamente necesitaba descansar un poquito. Un rato.
Sus oídos vibraban con un molesto zumbido y aunque se esforzaba por aplacar las náuseas, parecía una misión imposible.
—Me temo que esta será una larga noche, hijo —murmuró Eudora.
—Solo necesito dormir… —arrastró las palabras y la sanadora frunció el ceño.
—Sé que es difícil, pero yo necesito que te mantengas despierto todo lo posible. —Sin embargo, sabía que por mucho empeño que el mocoso le pusiese a esa misión, no lo lograría. No cuando su conciencia iba y venía con cada pestañeo—. Esto aliviará las náuseas. —Aplicó con cuidado un ungüento mentolado bajo su nariz—. He limpiado y tapado tus heridas, pero no suturaré hasta que Aioria arregle esas costillas y te revise, ¿de acuerdo?
No tenía caso hacerlo: sabía que la tensión provocada por el dolor, saltaría los puntos inevitablemente. Volteó en busca de Shion.
—Están tan deshidratados como si hubieran sufrido una insolación, Maestro. —Era consciente de que cualquier dato que aquellas curas pudiesen arrojar, sería muy valioso.
—Así se sentía el campo de batalla… —murmuró Arles.
—Camus os hubiera sido muy valioso —dijo más para sí mismo que otra cosa el peliverde.
—Joder… —farfulló el peliazul—. Sí…
—Le diré al hielito que necesitáis sus servicios de aire acondicionado andante… —Aioria intervino cuando finalmente terminó con Aioros—. He terminado con él por hoy. Está todo en su sitio, pero creo que sería mejor si mañana aplicamos un poco más para asegurar.
—Excelente trabajo, hijo —Eudora palpó con cuidado el pecho del arquero, más que satisfecha con el resultado, y devolvió una sonrisa deslumbrante al más joven.
—Bueno… —el rubio se giró hacia Saga—. ¿Estás listo?
—No…
Pero Aioria no escuchó. No necesitaba, ni quería hacerlo. No iba a dejarse ganar por aquella mirada lastimera.
—Bonito cuello —musitó mientras escudriñaba los daños con su cosmos. No sabía cómo había sucedido, pero lo que parecía una marca de… estrangulamiento, se veía quemada y amoratada alrededor del cuello del gemelo mayor.
—Seguro… —Aioria alzó una ceja. Saga arrastraba tanto las palabras que si no lo supiera mejor, hubiera pensado que tenía una curiosa intoxicación etílica. Era la contusión hablando por él. Sabía que el mayor estaba alterado y el pulsómetro no ayudaba a disimularlo.
—Vamos, puedes con esto. —Saga solo quiso asentir, pero pestañeaba tan despacio, que el rubio pensó que había perdido el conocimiento de nuevo incluso antes de empezar.
Colocó sus manos sobre el costado izquierdo, y frunció el ceño. La perforación del pulmón se sentía limpia, pero las marcas… esas que se escondían tras la cicatriz de su pecho y que Niké había ocasionado en su día, eran casi igual de estremecedoras que las de su hermano. Y lo que era peor, él había estado allí para verlo.
Su cosmos ardió, y de modo instintivo, Saga se quejó —incapaz de contenerse—, y sus manos se aferraron a la cama.
—Respira despacio… —murmuró Aioria, pero era incapaz de saber si el peliazul lo escuchaba. Un par de lágrimas rodaron por las mejillas demacradas, y el león apretó los dientes.
Cuanto antes acabara con eso, mejor. Después la conciencia de Saga, se desvaneció.
-X-
Había sido incapaz de permanecer más tiempo sola en Géminis. Sentir la locura de Troya en la lejanía y la inmensidad del cosmos, había sido ya suficiente tortura. Sin embargo, aquel extraño silencio, aquella calma pesada y asfixiante que se había instaurado en el Santuario en el momento en que todos ellos habían vuelto, fue casi peor.
A lo largo de la noche había estado tentada muchas veces de ir en busca de compañía, y la silueta impresionante de Cáncer se alzaba unos cientos de escaleras más allá.
Pero Deltha no se había atrevido.
Había tenido miedo de delatarse a sí misma, de dejar sus secretos al descubierto. Y por qué no, también había temido verse ridícula corriendo por cobijo. Sabía que Ángelo jamás la vería de ese modo y, aún así, no había sido capaz. Pero la espera ya había sido suficiente.
El nudo en su garganta era cada vez más insoportable.
Afortunadamente, percibía los cosmos de todos allá en la Fuente. Estaban vivos. Saga, Naia, Aioros. Cada uno de los demás, pero ellos tres… Tomó una bocanada de aire y se sobó los ojos.
Estaba cansada, pero mentiría si dijese que no había dejado caer un par de lágrimas cuando sus cosmos habían estallado con aquella potencia letal y desmedida.
Había pasado demasiado tiempo ya de su vuelta y Kanon tampoco había regresado. Ella necesitaba saber. Así que, sin intención de pensarlo una sola vez más, emprendió el camino a Cáncer.
Aún era de noche, aunque no quedaba demasiado para que el sol iluminara el día por el Este. Muchas de las teas que iluminaban la escalinata se habían apagado ya y, sin embargo, cuando llegó al patio del Cuarto Templo, la vista le resultó hermosa.
Los pebeteros de la entrada ardían, y las antorchas iluminaban la oscuridad del corredor que llevaba al salón de batallas. Pero allí, sentado en la escalera, su guardián la contemplaba con aquel desparpajo que lo caracterizaba. A Deltha, verle envuelto en la belleza de Cáncer, la fascinaba. Y también la enorgullecía porque Ángelo se había convertido en un amigo fabuloso e improbable.
El italiano sonrió al verla, apurando el enésimo cigarrillo que languidecía entre sus dedos.
—Te esperaba —su voz resonó grave en el silencio de la noche—. Aunque pensé que vendrías antes.
—Me esforcé por no hacerlo… —Con un gesto de su cabeza, Ángelo la invitó a sentarse a su lado.
—¿Whisky? —la ofreció un poco de aquel elixir dorado que apenas coloreaba un vaso con unas gotas, a sabiendas de que lo rechazaría. Ella negó con el rostro. Ni aunque le gustara sería capaz de tragar nada en un momento como aquel.
—¿Deberías estar bebiendo ahora? —musitó, a la vez que tomaba asiento.
—La verdad es que no… —compartió con ella una mirada cómplice y, porqué no decirlo, también nerviosa. Porque lo estaba, no pretendía engañar a nadie a esas alturas de la vida.
Deltha posó su mano, pequeña y delicada, sobre la suya y la estrechó tanto como el oro le permitió.
—Dime qué sabes algo… —su voz abandonó su garganta con tono suplicante.
—Están en la Fuente —dijo mientras asentía—. La misión ha sido un éxito. No podía ser de otro modo. —Añadió, viéndola de soslayo. Nadie en su sano juicio hubiera jugado aquella carta tan arriesgada si no pensasen que podían ganar.
—¿Están… bien? —Bien. Aquella era una palabra tan simple y a la vez tan ambigua. ¿Qué era "bien" para ellos? ¿Vivos? ¿Vivos pero agonizantes?
—No sé mucho. Shion nos avisó cuando llegaron… Están todos vivos y a salvo. —La vio de soslayo—. Los chicos de plata están todos bien. Caelum está bien. —Por un momento, sintió como algo de color volvía al rostro de la amazona solo al escucharlo—. Milo nos dio algún detalle más, pero… —Se encogió de hombros. Shura no había dicho palabra—. Van a estar bien, Deltha. Eudora y las demás se harán cargo. Aioria se quedó a ayudar y…
—¿Aioria? —sin querer, su corazón dio un brinco. Sabía lo que implicaba.
—Si… —caló de nuevo el cigarrillo, para apagarlo después en el suelo—. Han aguantado bien… —dejó escapar el humo por la nariz lentamente, mientras sus dedos limpiaban con desgana la mancha de ceniza en el mármol—. Están molidos, pero llegaron a casa conscientes y hablando.
—Dioses… —un escalofrío recorrió su espalda y sus ojos se bañaron en unas lágrimas que se negó a dejar escapar—. ¿Van a estar bien…? —musitó. Ángelo la miró de soslayo una vez más, pero internamente sonrió ante su genuina preocupación.
—Bueno, por lo que sé, hay algunos huesos rotos, unos cuantos agujeros de más que no deberían estar ahí, y probablemente alguna contusión, pero… vivirán.
—¿Saga…?
Su mirada color miel se cruzó con la suya, y para el peliazul fue tan fácil ver a través de ella, que casi se sorprendió. La preocupación que Deltha sentía por ambos, Saga y Aioros, era más que auténtica, pero algo había cambiado en ella al pronunciar el nombre del gemelo.
Sus labios habían temblado.
Rodeó sus hombros con el brazo, y la atrajo un poco hacia sí. No tenía la menor idea de en qué momento se había empezado a sentir así de cómodo en compañía de ella, pero lo que sí tenía claro, es que Deltha había logrado sacar la mejor faceta de sí mismo. Una que creía inexistente. Jamás había abrazado a nadie de aquella manera —ni de ninguna otra, a decir verdad—, ni siquiera lo había soñado.
Y lo que era más curioso aún… estaba seguro de que lograba el mismo efecto en Saga.
—Saga, ¿qué? —quizá hizo la pregunta con un poco de malicia, pero una parte de él quería escucharla ser sincera.
—Él… —Deltha suspiró—. Necesito saber que estará bien. Abrazarlo… —fue apenas audible, pero el mensaje llegó a oídos de Ángelo alto y claro.
—Lo estará. Quizá no te has dado cuenta porque pasas mucho tiempo explorando su lado tierno —y seguramente explorando otras partes también—, pero es un tipo jodidamente duro y difícil de tumbar, pajarito.
—Sé que lo es, pero… —se encogió de hombros, y casi sin querer, se acurrucó un poco más contra Ángelo—. Solo necesito que vuelva a casa.
—Deberías ir a verle.
—¿A la Fuente? —El peliazul asintió—. ¿Cómo…? Las visitas suelen estar restringidas, más aún ahora, y prometí pasar tan desapercibida como un fantasma. No sé si…
—Raissa te ayudará. —El ceño de la amazona se frunció sutilmente al caer en la cuenta de que probablemente estaba en lo cierto—. Sino, siempre puedes escabullirte, no se te da mal…
—¿Crees que es buena idea? Porque no quiero problemas, solo… —Verlo. Acariciarlo. Besarlo.
—Es buena idea. —Quizá no lo era, pero ella lo necesitaba como el aire para respirar—. Ve. Aprovecha ahora, todo está tranquilo. Si el viejo te ve, tampoco va a extrañarse. Vives en Géminis. Y a estas horas no te cruzarás con ojos chismosos. El Chrysos será a primera hora, pero ni siquiera ha amanecido. Es el momento.
—De acuerdo. —Espachurró su mejilla con un beso tronador y se puso en pie de un salto, con un torrente de energía renovada y nerviosismo corriendo por sus venas.
Ángelo dejó escapar una carcajada. Era curioso. Ella llevaba poco tiempo en su vida pero ya se había acostumbrado a sus maneras, a sus manifestaciones escandalosas de cariño. Toda una vida sumido en la oscuridad, la sangre, la soledad y la miseria. Toda esa mierda hecha a un lado por la vitalidad de esa mujer pequeña, cómplice y maravillosa.
—¡Me daré prisa! —echó a andar rumbo a los pasadizos.
—¡Oye! ¿Hace cuánto que estais follando?
Casi pudo ver el sobresalto de su cuerpo al escucharlo, y una sonrisa enorme y pícara se dibujó en su rostro.
—¡Angie! —volteó a verlo, más ruborizada de lo que hubiera querido.
—¡¿Qué?! No irás a decirme que no…
—¡Pues…!
—¿Si? —la miró fijamente, esperando por su respuesta. Ella arrugó la nariz, y Ángelo supo que había ganado. Soltó una nueva risa triunfal—. ¡Lo sabía!
—¡Es un secreto! —Sus ojos, enormes y suplicantes se clavaron en él—. Por favor, Angie… no puedes decir nada de esto a nadie, ya sabes cómo son las cosas.
—¡Lo sé! ¡Lo sé! —alzó las manos en señal de inocencia—. No tienes de qué preocuparte. Vuestro secreto está a salvo conmigo. —Y vaya si lo estaría.
Había encontrado una pequeña familia en Géminis. Una muy improbable familia. Pero Saga y ella se habían convertido en dos personas indispensables para él.
—Tienes esa cara de satisfacción, Apus —dijo divertido—. ¿Follais fantásticamente bien?
—¡Tsk! ¡Calla! —pero rió con él. Por primera vez aquella noche, fue capaz de reír. El gesto pícaro de él se amplió. Eso era un sí.
—Deberías irte.
—¡Me lías! —Echó a andar de nuevo.
—¡Eh! —Deltha lo miró sobre su hombro—. Me alegro por vosotros.
Ella solo sonrió de vuelta.
-X-
El plan era simple. Buscar a Raissa y pedirle ayuda. Sin embargo, tenía que admitir que había algunas lagunas. Los pormenores de su relación con Aioros, de su ruptura… era algo de lo que nunca habían discutido. Ambas se guardaban un cariño mutuo enorme, pero las cosas se habían complicado tanto, que no tenía la menor idea de cómo iba a verla y lograr pedirle que le llevara con Saga. No importaba lo que dijese la gente, o los chismes. Importaba lo que Raissa pensase de ella y…
Saga. Nada más y nada menos.
Suspiró por enésima vez. Nadie la había visto llegar. La Fuente estaba sumida en un silencio tan sepulcral, que incluso caminar parecía sacrilegio. Solamente el arrullo permanente del arroyo parecía tener el derecho de romperlo.
Desde donde estaba podía escuchar los pitidos agudos de algunas máquinas. Los braseros iluminaban el camino, y al fondo, una luz tenue se filtraba a través de una cortina de lino. Sabía que aquella era la salita donde las sanadoras solían descansar. Así que asumió que estaban allí. Aquella también sería una noche en vela para ellas.
Volteó a la izquierda. Había algo que necesitaba hacer antes de buscar a Raissa. Las habitaciones del rango de plata estaban menos vigiladas. Más aún la única habitación del sector femenino ocupada.
Abrió la puerta y se asomó con cuidado. La habitación estaba sumida en la oscuridad, pero era una noche clara, y la luz de la luna se filtraba suavemente a través de la cortina iluminando a sus dos huéspedes.
Se acercó hasta la cama más apartada, y con delicadeza, acarició la mano de su ocupante. La besó con mimo, y cerró los ojos.
Naia estaba bien. La tapó un poco, y la contempló por un instante. La extrañaba horrores, pero hacía mucho que no necesitaba abrazarla tanto como en aquel momento.
Lo haría en cuanto despertase. De eso podía estar segura.
Después, se dio la vuelta —echó un rápido vistazo a Tatiana, comprobando que estuviera bien—, y abandonó la habitación tan rápido como había entrado. Pero parecía que su suerte la había encontrado.
—Está bien, solo necesita unas horas de sueño reparador.
La voz de Raissa sonó como música para sus oídos.
—Me alegro muchísimo de escucharlo.
—Lo sé —dijo la mayor, con una sonrisa en su rostro cansado que Deltha respondió. Por un momento, hubo silencio—. Aunque no deberías estar aquí.
—Rai…
—¿Si? —Su voz, siempre dulce, parecía incapaz de perder aquel matiz.
—Necesito un favor…
-X-
—Cinco minutos, nada más —murmuró.
—Ni uno más. —Sentía el corazón a punto de salirse de su pecho. Raissa asintió, y la animó a entrar.
Después de las curas, habían llevado a cada uno a su propia habitación. Por la noche, las puertas permanecían abiertas por cuestiones prácticas para las sanadoras, así que era importante que fuera tan silenciosa como fuera posible.
Deltha tragó saliva. Había una pequeña luz en un rincón de la estancia y, desde donde estaba, la silueta de Saga se veía peligrosamente inmovil, como un cadáver. Si no fuera por el suave vaivén de su pecho y el continuo sonido del pulsómetro, no hubiera podido afirmar que estuviera vivo.
Su corazón se rompía un poquito más a cada paso que daba acercándose a él. Y cuando finalmente estuvo a su lado, un par de aquellas lágrimas que tanto había tratado de contener toda la noche, rodó por sus mejillas.
Se veía frágil. Magullado. Envuelto en vendas, con suturas aquí y allá, y la vía aportando alivio al dolor. Los moratones resaltaban en la palidez de su piel.
Quiso abrazarlo. Acurrucarse a su lado y no moverse de ahí hasta que despertase. Pero solamente atinó a acariciar su rostro con la yema temblorosa de sus dedos. No sabía dónde tocar. Olía a desinfectante, a medicinas. Apartó un mechón de su melena azul y besó sus labios con delicadeza tratando de no rozar ninguna herida.
Apenas fue un roce de sus labios… pero, decepcionada, comprobó que él continuaba inmóvil. ¡Cuánto hubiera deseado que la Bella Durmiente despertase en aquel instante!
—Saga… —murmuró apenas perceptiblemente.
Se secó una lágrima. Y lo miró de nuevo, esta vez más detenidamente.
Había heridas sin vendar, otras estaban cubiertas y el horrible color de su pecho, resultó esclarecedor. Distinguió las heridas de las flechas, a aquellas alturas de la vida las distinguía de sobra. La quemadura del cuello.
Raissa le había explicado. Sabía que estaría bien. Pero verlo así le rompía el corazón.
Lo besó de nuevo, igual de suave, igual de delicado.
"Te quiero", pensó mientras posaba su frente contra la suya.
-X-
Ángelo había esperado que al volver, Deltha pasase de nuevo por Cáncer. Le hubiera gustado verla, porque sabía que lo que había encontrado en la Fuente, era duro. Milo había sido muy gráfico con la descripción.
Pero no lo hizo. La buscó con su cosmos al amanecer, y se sorprendió al encontrarla de vuelta en Géminis. Así que se preparó un café bien cargado que engulló de tres sorbos, y antes de encaminarse al Templo Papal para el Chrysos, bajó al Tercer Templo.
Reinaba el silencio. No había rastro de Kanon, así que la tranquilidad era abrumadora. Llamó con suavidad a la puerta del dormitorio de Deltha, pero nadie contestó. Ángelo frunció el ceño. Ignorando todas las normas de decencia conocidas, abrió la puerta. Pero el dormitorio estaba vacío, la cama hecha.
Ladeó el rostro, giró sobre sí mismo y cruzó el salón. Fue directo al dormitorio de Saga, y cuando abrió la puerta sin llamar, la encontró allí.
Deltha no era más que un ovillito diminuto en aquella cama enorme. Su respiración pausaba le indicaba que dormía, pero Ángelo fue incapaz de retroceder. Recortó la distancia que lo separaba de la cama, y la contempló.
Ahí estaba, con la cara roja de llorar, y las lágrimas aún húmedas en sus mejillas. Entre sus brazos, apretujaba al mono de peluche y a Mickey Mouse.
Ángelo dejó escapar el aire de sus pulmones, con una expresión pensativa en su rostro. La arropó con la sábana, y se sentó en la butaca, a verla dormir. Aunque fuera tan solo un par de minutos.
Paseó la mirada por la habitación. Enorme, espartana. Normalmente vacía y gris.
Entonces reparó en la ropa desparramada por el suelo, despreocupadamente, junto al cesto. Era de ella. Las pocas pertenencias de Saga, siempre solían estar ordenadas.
Volteó a verla una vez más. Una barra de protector labial yacía en la mesilla peligrosamente cerca del borde, junto a la máscara de plata.
Alzó una ceja, dándose cuenta de que aquella habitación comenzaba a dejar de ser un lugar frío y gris. Ella, pequeña como era, resplandecía como el sol en la estancia, y parecía que su presencia comenzaba a colorear el dormitorio —como había hecho con el resto del templo— poco a poco.
Ángelo entendió que no era solamente la habitación. Sino que con aquella pequeña invasión a la única estancia completamente privada del gemelo, comenzaba a iluminar a Saga también.
Reparó en que quizá aquellos dos no solamente follaban desde a saber cuándo.
Sonrió satisfecho. Las cosas iban mucho más en serio de lo que había pensado inicialmente, y la sola idea le hacía extremadamente feliz.
Saga y Deltha.
Sonaba bien. Le gustaba.
-X-
Cuando Shion entró al salón, seguido de Saori, la gravedad en su rostro dijo mucho más de lo que sus palabras hubieran podido expresar. Caminó con pasos largos y los lunares fruncidos hasta su asiento, y recorrió con la mirada los rostros de sus chicos, antes de sentarse en la butaca destinada para él.
Afuera, la mañana era radiante. El Sol brillaba en el cielo, indiferente a la noche de caos y temor que habían vivido. Era también un recordatorio, que si bien habían ganado una batalla, Apolo estaba lejos de ser derrotado.
—Agradezco vuestra presencia tan temprano —dijo el lemuriano. Después, se dirigió hasta sus invitados—. Sigfried, Tethys, gracias por acompañarnos.
—Al contrario, gracias por vuestra confianza, Maestro —respondió el rubio, con un sutil reverencia—. ¿Cómo se encuentran Saga y Aioros? ¿Arles? ¿Orfeo?
—Agotados. Su estado es delicado, pues el daño ocasionado por la batalla ha sido extenso, pero se recuperarán con la gracia de Athena. —Y la tortura de Aioria, pensó en añadir, pero sería demasiado humor negro para una mañana como aquella.
—Me alegra escucharlo.
Shion asintió, sabía que los sentimientos del dios guerrero eran sinceros y legítimos. Durante el tiempo que habían convivido, había aprendido a apreciarlo. Era un chico noble, de buenos sentimientos y mejores intenciones. Hilda de Polaris era afortunada de contar con un hombre como él para liderar a su ejército. El futuro para Asgard sería brillante de la mano de ambos.
—Ha sido una noche tensa para todos, y a estas alturas, podemos confiar en que no existirá un contraataque inmediato como represalia a las acciones de anoche en Troya —continuó, apartando sus reflexiones y dejándolas para otro momento.
—¿Cómo podrían? Sus Ilustrísimas se encargaron de patearles el culo. —La voz de Milo resonó como una trompeta en medio del silencio de la habitación. Shion levantó los lunares.
—Gracias por el apunte, Milo.
—Ahora, cállate. —Escuchó mascullar a Aioria, un poco más allá, robando una risilla a más de uno. Algunos de sus niños siempre serían niños.
—Ahora que tenemos un poco de tiempo, es buen momento para hacer un recuento de lo sucedido e informaros de todo lo que sabemos hasta ahora. —Hizo una pausa, en la que el silencio de su auditorio le indicó que debía continuar—. Bien. Hemos confirmado la información que Asterión nos proporcionó tras la emboscada en Lemnos: existen cinco Apolonios, o guerreros de Élite en su ejército; cada uno de ellos, poseedor de una habilidad única. Tenemos a Loxia, especialista en ilusiones; a Nomios, poseedor de telequinesia cósmica que le permite atraer y repeler objetos y ataques; Acesio, quien atacó a Shura y a Camus en Meteora, y se especializa en el robo de cosmos; Clario, gemelo de Acesio, poseedor de un cosmos tóxico y causante de la plaga, al parecer puede controlar a los muertos también; y por último, está Aiatros, quien domina los elementos.
—Tal y como imaginamos, su cosmos está al nivel de un santo dorado —complementó Dohko—. También pueden moverse a la velocidad de la luz y poseen armaduras, como nosotros.
—Por lo que sabemos, la relación entre ellos no es especialmente buena, así que podemos asumir que el trabajo en equipo no es una de sus fortalezas.
—¿Sabemos si entre ellos hay algún líder? —preguntó Camus. Shion negó con la cabeza.
—Al parecer, no hay uno definido.
—Si se llevan mal, tiene sentido que no exista una posición de liderazgo —intervino Kanon—. Si no existe respeto entre ellos, es difícil que uno domine sobre los demás.
—Sin embargo, Arles y Orfeo hicieron una observación interesante.
—¿Cuál? —Quiso saber Mu.
—Al parecer Loxia y Nomios tienen cierta rivalidad declarada con Saga y con Aioros, respectivamente. De los cinco, fueron quienes más insistieron en buscar la batalla frontal contra ellos y quienes pueden erigirse como líderes en su ejército.
—Eso es… ¿bueno? ¿malo? —preguntó Aioria. Aioros tenía que dejar de buscarse enfrentamientos personales.
—Diría que frente a frente, hablamos de combates nivelados. Me preocupa un poco más lo que sucedería si, por alguna razón, los combates se invirtieran.
—¿A qué te refieres?
Aioros ya había superado a Nomios una vez, y la única razón por la que Loxia había conseguido imponerse a Saga, era porque había utilizado a Janelle como escudo. En un duelo justo, sin ventajas o desventajas, Shion no tenía ninguna duda de que sus chicos estarían a la altura, e incluso más.
A su parecer, el verdadero problema surgiría si los papeles cambiaban.
—Saga y Loxia, Nomios y Aioros… Diría que se conocen: se han medido en el pasado. Pero hubo acontecimientos en la batalla que me preocupan. Nomios, por ejemplo, revirtiendo una Explosión de Galaxias…
—¿Puede hacer eso? —preguntó Ángelo, sorprendido.
—Lo hizo.
—Joder.
—Saga consiguió librarla. Pero a mitad de la batalla, en una pelea con más contendientes… Sería mortal para la mayoría de nuestro ejército. —Sus rangos inferiores al de oro serían devastados con un solo movimiento—. Y luego, Aioros y Loxia… —Shion suspiró—. Para Aioros, es personal con él.
—¿Temes que pierda el control?
—O que Loxia tenga demasiado control sobre él —contestó a las inquietudes de Dohko—. De cualquier manera, es casi un hecho que esos dos irán tras ellos.
—Y que Saga y Aioros les buscarán también.
Shion suspiró con pesar ante la observación de Dohko. Obviando esa parte más personal de su rivalidad, Saga y Aioros habían terminado haciendo lo que cualquier líder… asumir la carga más pesada, el reto a priori más difícil.
—¿Qué hay de los demás? —preguntó Aldebarán.
—Bueno…
—Saga definió a Acesio como un dolor en el culo —terció Kanon—. Parece que sus golpes crean heridas por las que se sangra cosmos. Su técnica principal es la que Shura y Camus ya conocen: roba el cosmos y obtiene alguna clase de control sobre su enemigo al hacerlo.
—Clario es su gemelo y, como dije antes, todo indica que él fue quien trajo la plaga a Rodorio. Su cosmos es tóxico y tiene la particularidad de infectar a sus víctimas incluso después de la muerte.
—¡Zombies! —exclamó Milo. Shion ladeó la cabeza, confundido, pero asintió.
—Algo así —concedió—. Y, por último, tenemos a Aiatros, quién gobierna los elementos básicos: aire, fuego, tierra y agua. Según lo mostrado en batalla, es capaz de combinar estos elementos para tener acceso a un sinnúmero de técnicas. Además, el poder con el que convoca a los elementos es devastador. Arles refirió que sus técnicas de fuego son capaces de poner a prueba la resistencia de las armaduras de plata.
—¿A ese nivel? —Camus arrugó el ceño.
—Me temo que sí.
—Cabe aclarar, que tanto Aioros y Saga, como Arles y Orfeo, han acotado algo muy interesante. —Kanon retomó la palabra.
—¿El qué…? —preguntó Shaka.
—Cada Apolonio tiene una especie de técnica suprema, como la tenemos nosotros, pero… sus golpes más sencillos revelan cierto poder único para cada cual.
—Como dijiste antes de Acesio, que crea heridas que desangran el cosmos —explicó Camus.
—Exacto.
—En el caso de Loxia, sus golpes queman, como ácido; las heridas que ocasionan son especialmente dolorosas y profundas, según la misma Eudora. Clario licúa la sangre: sus heridas causan hemorragias que no cicatrizan —explicó Shion. Dohko continuó.
—Nomios tiene la particularidad de tener el puño pesado, tanto Saga como Aioros dijeron que sus golpes son demoledores si te pillan, aún con la armadura. Y Aiatros… Aiatros es una lotería; sus golpes, al igual que sus técnicas, tienen un sinfín de repercusiones ligadas a los elementos.
—Vaya mierda… —ladró Ángelo mientras se revolvía el pelo.
—Yang, no sé si alguno de los chicos comentó algo, o si tú mismo lo sentiste, pero en el momento en que los cinco apolonios se reúnen, algo cambia en ellos.
El rostro del lemuriano se ensombreció cuando se vio forzado a asentir. Había tenido exactamente la misma sensación que Dohko, y aunque le hubiese gustado que solo fuera una percepción errada de la batalla, no lo era.
—Sí, así es. Orfeo mencionó esa misma sensación. Todo indica que cuando los cinco se reúnen en un mismo punto de batalla, su cosmos se incrementa.
—Eso temía…
—Y no es solamente eso —terció Shion—. Asterión nos informó que había cierta desesperación de su parte porque la mañana llegara. Basados en eso, deberíamos asumir que el Sol los provee de alguna clase de poder adicional.
—Entonces, lo que vimos anoche no es su poder definitivo.
—No, probablemente no.
Un pesado silencio se apoderó del salón, enrareciendo el ambiente. Había mucho por conocer de los Apolonios todavía.
—Suena que fue buena idea acudir a Troya de noche… —ladrón un inconforme Aioria.
—Si, pero no podemos garantizar que la siguiente batalla transcurra en las sombras.
—No soy adivino, pero… —Kanon miró a Shion—. Diría que el siguiente movimiento será suyo, y, con seguridad, buscarán las condiciones que mejor les convengan.
El Patriarca no respondió. Centró su mirada en el antiguo Dragón Marino, dejándolo saber que compartía su inquietud.
Después de todo, ahora que Troya había caído, encontrar a Apolo y a su ejército se convertía en una tarea dantesca. Donde quiera que estuvieran, lamiéndose las heridas, no se dejarían hallar. Eso significaba que las posibilidades de ir a su encuentro y saldar aquella guerra eran remotas. Tal como Kanon había dicho, la siguiente jugada pertenecía al dios del Sol, y probablemente la sufrieran en casa.
—¡Uh! —Milo tomó la palabra y atrajó la atención sobre sí—. Además de los Apolonios y su ejército de monstruos, había alguien más.
—Cierto. —Aioria arrugó la nariz.
—Musas —dijo Shion, asintiendo.
—¿Musas? —Mu se encontró sorprendido—. Pero, las musas de Apolo representan las virtudes y las artes. No son criaturas de guerra.
—Oh, pero te aseguro que son criaturas de guerra ahora. —Una sonrisa retorcida iluminó el rostro del escorpión.
—Al parecer las musas son el siguiente rango en su ejército tras los Apolonios —explicó Shion—. Aioria y Milo, Tatiana y Argol, y Naiara y Asterión han tenido encuentros directos con ellos, y los seis han referido que su nivel es superior al de los santos de plata, pero inferior al del rango de oro.
—Maté a una de ellas.
—Enhorabuena… —Milo miró con fastidio a Kanon, sin sentirse emocionado por su sarcasmo. La expresión de Milo fue tan graciosa, que robó un poco de severidad a la conversación.
—Son nueve musas…
—Ocho. —Milo interrumpió a Shion, haciéndole subir los lunares.
—Sí, ocho. Sus habilidades parecen ser diversas. Por ejemplo, Tatiana y Argol se enfrentaron a Melpómene, musa de la tragedia, la cual es capaz de crear ilusiones basadas en el miedo.
—Milo y yo enfrentamos a Talía y a Urania, musas de la carencia y la oscuridad —añadió Aioria—. Urania puede hacerse invisible y es un dolor en el culo que sabe teletransportarse… Sin ofender —miró a los lemurianos ahí presentes con una sonrisa boba. Mu rodó los ojos con fastidio.
—También puede teletransportar a las personas, pero cuando lo hace, algo raro pasa con el cosmos —Milo habló.
—Cuando Milo atacó a Talía, lo alejó de ellas con la teletransportación y su cosmos se volvió inestable después de eso, al menos por un momento.
—Y Talía… Era una especie de guerrera. Usaba su cayado como espada, o algo así… Aunque da igual ahora que está muerta.
—Una más atacó a Naiara y a Asterión, a las afueras de la ciudad: Calíope, musa de la Infamia. Al igual que Acesio, tiene la capacidad de crear monstruos. Dijeron que la reconoceremos porque monta en una manticora. —Shion ladeó la cabeza mientras hablaba. Ángelo, cerca de él, chasqueó la lengua.
—Hablando de entradas dramáticas…
—Para nuestra mala fortuna, Asterión no fue capaz de obtener información más detallada del resto, por lo que será necesario ser precavidos al momento de enfrentarlas. Puede que no representen un problema grave para vosotros, pero el resto de los rangos sí tienen una amenaza tangible en ellas.
Cuando el lemuriano guardó silencio, el resto lo acompañó.
La información que tenían delante era compleja, amplia, difícil de procesar. Pero, por encima de todo, era peligrosa. La visita a Troya no había hecho sino hacer evidentes los alcances del ejército apolonio, levantando interrogantes que solo podrían responderse en una futura batalla. Probablemente, la última que hubiera entre ambos bandos.
—El resumen de esta reunión, es que hemos sacudido el avispero y ahora nos toca esperar por su venganza. —La sentencia de Kanon era severa, pero también certera. El santo no mentía.
—Han huído de Troya, eso lo sabemos, por lo que podrían estar en cualquier parte. Apolo fue un dios venerado por todo el Meditarráneo, y sus templos son incontables. Lo que nos resta es esperar.
—Y visto el panorama, quizás no esperemos mucho —agregó Sigfried. Shion lo miró, apoyando con sus palabras.
—Haremos llegar esta información a Atlantis y a Asgard, pero os suplico que aseguréis que se le dará la importancia debida.
—Pierde cuidado, Maestro, así será. —Tethys le ofreció una reverencia.
—Hoy más que nunca, debemos comunicarnos y permanecer unidos. La supervivencia de nuestros mundos está en juego.
Athena necesitaría a sus aliados. Junto con Poseidón y Odín, debían pelear en un mismo frente. El enfrentamiento final se acercaba y, quizás, todo se definiría en un último duelo.
—Continuará…—
NdA:
Kanon: ¡Ahem! En representación de Sus Ilustrísimas, tomaré el control de las notas de nuevo.
Aioria: Digamos que están fuera de servicio…
Milo: Aioria 2 - Saga y Aioros 0
Angie: Sois muy crueles, pero grandes cosas han pasado hoy…. Wahahahahaha…
Shura: ¡Han sobrevivido!
Angie: ¡Ah! Si solo fuera eso…
Milo: ¡Es de mal gusto no contar el chisme completo!
Angie: Pues lee, Bicho, lee… Técnicamente es de dominio público para los lectores.. ;)
Kanon: ¡Aheeeeeemmmm! ¡Dije que YO tomaría control de las notas!
Aioria: Pues venga, toma el control, vamos… ¡Pero habla en bajo o les despertarás!
Kanon: Dejad reviews. ¡Haremos un concurso para adivinar cuantos huesos rotos tienen Saga y Aioros!
Aioria: ¡Eh! ¡Ya están arreglados! Más o menos…. n_n'
Kanon: Pues apostaremos por las lágrimas... Cof cof... ¡Nos vemos en el siguiente capítulo!
Milo: ¡Hasta la próxima!
