Capítulo 69: Sanando el alma.

—Deja, yo te ayudo… —Arles no tuvo más remedio que asentir y permitir que el ilustre Patriarca colocase una vez más sus almohadas para que estuviera más cómodo.

Shion había pasado tanto tiempo en la Fuente como le había sido posible una vez se hubo ocupado de que todo en el Santuario estuviese bajo control.

Había vigilado a los chicos —que a decir verdad, estaban hechos un drama—, y verles así le rompía el corazón, pero les había dado tiempo a solas para descansar. Sin embargo, su preocupación por Arles era obvia y notoria. Y al castaño le resultaba tan gracioso como conmovedor.

—¿Seguro que no necesitas nada más? —insistió.

—No, no… solo reponer fuerzas —repitió el Santo de Altair una vez más. Saori, a su lado, esbozó una sonrisa disimulada. No se cansaría nunca de ver a esos dos y sus maneras. En cierta forma le recordaban a su abuelo y Tatsumi en sus mejores tiempos, y eso la conmovía enormemente—. Ya te dije que estaré bien.

—Oh, lo sé. —El peliverde se apresuró a asentir, y con cierto nerviosismo inusual en él, se sentó de nuevo en la butaca junto a la cama. Resopló—. Estoy preocupado, es todo.

—Este viejo vivirá para ver otra batalla más, Shion… no te preocupes. —Lo vio de soslayo, y sus ojos caramelo se cruzaron con la mirada pícara de su princesa. Se sostuvieron el gesto unos segundos y, finalmente, ambos rieron con complicidad.

—¿Qué pasa…? —Shion alzó uno de sus lunares.

—Me estás acosando a mí solo porque Saga y Aioros te gruñirían por agobiarles, ¿verdad?

—¡No te acoso!

—Sólo estás preocupado porque, efectivamente, soy viejo para esto… —Arles frunció el ceño al reflexionar—. Y es muy raro decirlo frente a tí, la verdad. —Shion. El Patriarca de casi trescientos años con un cuerpo de dieciocho—. Hubiera sido un detalle resucitarme más joven, Saori…

—Hice lo que pude. —Los enormes ojos grises de la princesa se tornaron ligeramente lastimeros cuando tomó su mano—. Pero miralo por el lado bueno, los años te hacen respetable e interesante. ¡Como a George Clooney!

—Ah, bueno… —Arles sonrió de nuevo y rodó los ojos—. Eso me consuela un poco.

Shion suspiró. Se sentía infinitamente aliviado viéndole con buenos ánimos, y que la princesa lograse hacerlo reír abiertamente le alegraba sobremanera. Pero su santo de Altair tenía razón.

No era ningún niño. Aunque para él nunca dejase de serlo. Arles había sido desde muy pequeño una extraña mezcla entre un hijo, un hermano y un amigo. Su relación había evolucionado mucho a medida que crecía. Su edad y su figura, lo colocaban en un limbo generacional: podría ser el padre de cualquiera de los chicos, y aún así seguiría siendo doscientos años más joven que él.

Pero era Arles. Era valioso, era puro, era… Lo vio una vez más inmerso en una liviana conversación con Saori y tomó aire. El Santo de Altair era un hombre único y gozaba de su plena confianza de un modo que ni siquiera los chicos tenían. Precisamente porque compartían ese lazo de amistad tan diferente al que mantenía con los demás —solo parecido, quizá, al que compartía con Dohko—. Ellos eran su círculo más cercano, las únicas personas con las que jamás había interpuesto una distancia necesaria y obligatoria a costa de su rango y con quienes podía ser simplemente Shion: no el Patriarca, no el legendario Santo de Aries. Ni siquiera Saga o Aioros habían podido atravesar esa barrera.

No se creía capaz de sobrellevar su pérdida una vez más. Y la gran gesta que Arles había llevado a cabo en Troya, le enorgullecía y a la vez le atemorizaba. Había mandado a las personas más valiosas que tenía —no a los santos—, juntas, a aquella misión suicida. Su corazón aún estaba acongojado por el miedo a perderlos a todos que había padecido aquella noche, y que Kanon había logrado mitigar.

—Hablando en serio, Arles… ¿Cómo te sientes? —murmuró—. Pero querría la verdad…

—Estoy cansado —el castaño lo vio de vuelta, y sus ojos conectaron rápidamente. Le entendía—. De verdad. Con mis años, la recuperación es más complicada, pero siendo justos… Aioria hizo un excelente trabajo.

—Es fantástico. —Shion estuvo de acuerdo—. Aunque vendría bien perfeccionar un poco su técnica…

—Lo que queda no es nada que no curé un poco de paciencia y descanso, aunque sé que en este momento quizá no dispongamos de tiempo para ello. —Tomó un sorbo de agua fresca. Su garganta lo agradecía después del aire infernal de Troya—. No estuvo mal para ser mi primera batalla oficial.

—¿Mal? —Saori alzó las cejas—. ¡Por lo que sabemos, has sido magnífico!

—Hice lo que pude… pero el mérito de esta victoria no es mío. —Sus ojos volaron hacia la puerta. Los niños estaban algo más allá—. Ellos son…

—Increibles, ¿eh…? —A decir verdad, Saori solamente había visto en batalla a Saga. Pero después de todo lo que había sentido en la lejanía durante sus misiones desde que habían resucitado y aquella noche, no tenía la menor duda. ¡Estaba tan orgullosa de ellos!

—Francamente, no sé dónde tienen el límite, ni cómo pueden soportar tanto.

—Aprendieron bien —murmuró Shion con pesar: a eso les habían enseñado. A sufrir, a apretar los dientes sin rechistar. A no llorar.

—Sufrieron muchísimo allí… —un deje de orgullo iluminó la mirada del santo—. Y es curioso, porque aunque siempre he sabido que la valía de Aioros y Saga va mucho más allá de su propio poder, nunca lo había comprendido del todo hasta que me he visto inmerso en una batalla a su lado.

—Su voluntad mueve montañas y arrastra multitudes.

—Sin duda… —sonrió—. Y no te voy a mentir, aunque ahora esté hecho un asco y pensando en unas vacaciones en las Maldivas —Saori y Shion imitaron su sonrisa—. Esta misión ha sido para mi infinitamente valiosa. —Sus ojos se clavaron en las amatistas de Shion una vez más—. Me han hecho recordar que soy un santo.

Shion atrapó su mano y la estrechó con cuidado.

—Ha sido como… —se encogió de hombros—. Despertar. Despertar de un largo sueño y toparme de nuevo con mi verdadera identidad: a sentir mi cosmos arder con tanta intensidad como el día que vestí Altair por primera vez.

—Estoy muy orgulloso de tí. —El lemuriano palmeó el dorso de su mano—. De todos, sin duda. De ellos… —y a últimas fechas, cada vez que aquellos dos chiquillos pasaban por su mente, su pecho se inflaba orgulloso y sus ojos se tornaban acuosos al mismo tiempo. El corazón se le encogía—. Pero tus circunstancias te hacen diferente y lo que has hecho, ha sido invaluable. Si Saga y Aioros están aquí hoy, es gracias a tí.

—Son mis niños también… Moriría por ellos.

Lo haría, sí. De nuevo y sin dudar.

-X-

Cuando Aioros abrió los ojos, la luz del sol llenaba ya la habitación. Le tomó un instante entender en dónde estaba. Lo último que recordaba era que había estado en el cuarto de curaciones con Saga, Shion y Aioria. Después, todo se había puesto oscuro.

Un escalofrío recorrió su cuerpo al recordar las curaciones de su hermano. Arrugó la nariz y sonrió con resignación. Estaba seguro de que se había desmayado.

Joder, Saga iba a recordarle esa triste historia por toda la eternidad.

No hizo el intento de moverse; le dolía hasta el pelo. Sin embargo, recorrió con sus ojos la habitación en la que se encontraba. Era la misma en la que le habían hospedado después de su batalla contra Nomios en Lemnos. Saga no estaba ahí. Con toda seguridad, le habrían trasladado a una habitación propia para convalecer. El rango dorado tenía el privilegio de lamer sus heridas y llorar en privado.

Por el lado positivo, pensó, si Aioria volvía para terminar con las curaciones y él volvía a desmayarse, el incidente al menos quedaría entre los dos.

Pero en el fondo, no dejaba de preocuparse por Saga. Tras las exigencias de la batalla, deseaba conocer cuál era su estado. El silbido de su respiración a causa del pulmón colapsado, le resonaba en la cabeza. Ojalá alguien se apareciera por ahí pronto para preguntar por el gemelo.

—Mira quién despertó. —Aioros sonrió. Ahí estaba su querido torturador de nuevo.

—Buenos días, Aioria… —Su voz sonó ronca y pastosa. Normal, después de respirar aquel aire cargado de calor y cosmos durante la batalla.

—¿Cómo te sientes? —El santo de Leo se aproximó a la cama y lo miró.

—Cómo si me hubieran golpeado, envenenado, asado y hurgado el cerebro… Un paseo por el parque. Ya sabes…

—Eh, sentido del humor. Agrio, pero bueno.

Aioros hizo el amago de reír pero sus costillas se quejaron y un gruñido de dolor abandonó su garganta.

—Tranquilo, ¿vale? Las fracturas que sufriste están prácticamente curadas, pero las magulladuras seguirán doliendo.

—¿Curaste todos mis huesos rotos en una noche? —Aioria asintió. —Vaya… Eres increíble. —Aioros pudo jurar que el rostro de su hermano pequeño se iluminó con sus palabras.

Aioria tenía razones de sobra para sentirse orgulloso de sus logros, pero él, como su hermano mayor, también las tenía. Su cachorro de león había crecido hasta convertirse en un santo impresionante. A pesar de los obstáculos y dificultades que habían llovido sobre él, Aioria se había sobrepuesto y había demostrado a todos sus detractores, que no solo era la encarnación de todo lo que un santo de Athena significaba, sino que también era un joven inteligente, valiente y extraordinario.

—Los halagos no van a librarte de las curaciones que tenemos pendientes —Aioria respondió con suavidad. Apartó con cuidado la sábana y posó sus manos sobre el pecho de su hermano, encendiendo su cosmos.

—¿No? ¡Vaya!

Intercambiaron miradas y sonrisas. Aioros no pudo apartar la vista de él. No era la primera vez que miraba a los ojos esmeralda de su hermano pequeño, pero cada vez que lo hacía, veía la mirada de su madre en ellos.

—¿Qué? —Aioria se revolvió, curioso ante la insistente mirada de su hermano.

—Nada. Me recuerdas a mamá. —El león levantó las cejas y guardó silencio, sin saber qué decir. Aioros rara vez hablaba de aquella familia que tuvo en Atenas, años atrás. Tuvo… Él, Aioros. Aioria, no. La única familia que tenía era la del Santuario.

—¿Tan guapa era? —bromeó, devolviendo su atención al malogrado torso del santo de Sagitario.

—Mucho. —Apenas pudo hablar, pues el cosmos de Aioria caló en su cuerpo haciéndolo arder.

—Afortunado que soy. —Lo miró de reojo.

—Mejor que la genética Katsaros… —Tensó la mandíbula. Joder, dolía demasiado.

—¿Esa parte te tocó a ti? ¿La de padre?

—Algo más que a ti… Sí…

—Ahora entiendo el nido de pájaros sobre tu cabeza.

—Que… malo… —Quería reír y quería llorar a la vez. Mierda. Al menos Aioria rió por él.

Aquel tema no era algo que compartieran con facilidad. Antes de su muerte, Aioria era demasiado pequeño para entender su realidad. Y, aunque había intentado contarle alguna historia sobre su extinta familia, no estaba seguro de que tratar de imponer aquellos recuerdos no fuera a dolerle. Para él mismo era difícil.

Luego, al regresar, Aioria era un adulto. Aioros ahora temía a las preguntas que pudiese hacer.

—Deberías hablar más de ellos, ¿sabes? —Aioria interrumpió sus pensamientos, mirándolo, y aunque Aioros hubiera querido responderle, el dolor no lo dejaba hablar. —Sé que no lo haces porque piensas que podría dolerme, pero no es así.

No los conocía. ¿Cómo podría extrañar algo que jamás tuvo?

—Lo… siento…

—No lo hagas. Entiendo tus razones. —Aunque lo había dejado salirse con la suya, pensando que aún ignoraba los secretos que los habían hecho huérfanos—. Solo quería que supieras que está bien si quieres hablar de ellos. Eres mi hermano y me gustaría compartir eso contigo: tus recuerdos.

—Aioria… —Un nudo se hizo en su garganta.

—Venga, es buen momento para llorar. Te doy permiso para ser llorón. —Le guiñó el ojo. Una lágrima brotó de los ojos de Aioros mientras sus labios se curvaban en una sonrisa sutil, a pesar del dolor.

Aioria era su cachorro de león, su hermano pequeño, un pedacito de su alma.

Y nunca dejaría de serlo.

—Espero que… repares bien… mis costillas —dijo, con el aliento entrecortado.

—Eh, sabes que lo haré.

—Bien. Porque… voy a estrujarte en abrazos después…

-X-

El único remordimiento que les dejaba el abandonar la Fuente de Athena, era marcharse sin poder ver a Saga y Aioros. Eudora simplemente se había negado, argumentando que los santos dorados necesitaban reposo y calma durante su recuperación, y había asegurado que habría tiempo para reuniones más tarde. Por lo que sabían, Aioria había pasado toda la noche con ellos, y aunque ninguno comprendía la magnitud ni el alcance de las habilidades curativas del santo de Leo, estaban seguros de que aquella decisión era en sí, una medida extrema.

Los santos y amazonas de plata habían decidido no insistir —Eudora tampoco les habría permitido hacerlo— y obedecer. Cuando salieron de la Fuente, el sol del mediodía ya brillaba en su esplendor. Kiki esperaba por ellos; el Maestro había tenido la delicadeza de enviarlo para llevarles de vuelta a los campamentos.

—¡Argol! ¡Asterión! ¡Chicas! —Jabú fue el primero en verlos, cuando aparecieron cerca de los límites del Coliseo. Su sonrisa contagió al santo de Perseo.

—¡Jabu!

—¿Cómo estáis? ¿Estáis bien? ¿Cómo os ha ido? ¡Contádnos todo! —Las preguntas brotaron de su garganta a borbotones.

—Venga, Jabu. Déjales respirar. —Nikos le dio alcance un instante después, seguido de algunos de los chicos de bronce. —Nos alegra veros de regreso, ¡y nos alegra más veros bien!

Chocó puños con los santos de Medusa y de Perros de Caza, y también con Tatiana. Después, abrazó a Naia para depositar un beso en su melena. Dioses, había estado tan preocupado por ella…

Nikos se había convertido en una figura importante para los santos más jóvenes. Había trabajado muy duro para ganarse su confianza y respeto. No fue sencillo, porque los chicos más jóvenes habían crecido bajo una ideología que rayaba en el odio. Desconocían lo que era el trabajo en equipo, y la compasión no formaba parte del abanico de sus emociones. La competencia entre ellos a veces llegaba a límites peligrosos; en más de un ocasión se habían preocupado de que un entrenamiento se saliera de control.

El santo de Orión jamás había sido un estandarte de la benevolencia o de compañerismo; el Santuario los crecía para sobrevivir a pesar de todo. Pero se sentía especialmente triste al observar como aquellos chicos —tan jóvenes como eran— desconocían todo rastro de bondad.

Quizás por eso se había esforzado por convertirse en una figura respetable, casi paternal o fraternal. Aldebarán había contribuido mucho a su causa, así que se sentía afortunado de haber terminado en su equipo.

Su nueva vida le estaba dando una segunda oportunidad. No iba a desperdiciarlo.

—Ha sido todo un poco… loco. —Argol esbozó una sonrisa torpe y se rascó la cabeza. Tras la máscara, Tatiana rodó los ojos antes de soltar una risa cómplice.

—Un poco, dice…

—¡Ha sido impresionante! Sé que habéis sentido el cosmos a la distancia, ¡pero es que tendríais que haber estado ahí para saber lo verdaderamente increíble que fue todo! —exclamó Asterión. Nachi se emocionó al escucharlo.

—¡Necesitaremos detalles!

—¿Y los chicos? ¿Cómo están los chicos? —Eire apareció de la nada, como un torbellino, y se abalanzó sobre Tatiana, para estrecharla entre sus brazos. De no haber tenido la máscara, habría depositado el beso más escandaloso del mundo en las mejillas de su amiga y maestra.

—Shura, Milo, Aioria y Roshi están bien. Pero para Saga y Aioros… Ha sido una batalla brutal —respondió Naia.

Su voz se tiñó de tristeza y preocupación, a pesar de que la insensible máscara plateada blindó su rostro. Eire fue tras ella y la abrazó. Su abrazo fue fuerte, firme, compasivo. Ella también sufría.

Un extraño silencio se instauró en el grupo. Las voces se apagaron y la emoción que había iluminado los rostros de los chicos al encontrarse antes, se esfumó.

Incluso Nikos, usualmente duro e indiferente hacia todo lo que acontecía en las Doce Casas, impregnó su rostro de consternación. Agachó su mirada violeta y dejó escapar un suspiro. Ese par de idiotas…

—¿Cómo están? —insistió Eire—. ¿Qué sabemos de ellos?

—Mal. Estaban hechos mierda —dijo Asterión sin adornos.

—Hemos intentado verles antes de salir, pero Eudora no nos dejó. Su estado es delicado aún.

—Siguen en la Fuente, y no saldrán pronto. Ambos, junto con Arles y Orfeo, han mantenido a los cinco Apolonios a raya, mientras nosotros avanzamos con la incursión del palacio. Ha sido una hazaña extraordinaria, pero el daño fue brutal —explicó Argol.

—Dioses… —Se lamentó Jabu.

—¿Se recuperarán? Es decir, los Apolonios podrían atacar de nuevo en cualquier momento. ¿Ellos estarán listos?

—Sí —respondió Naia ante las inquietudes de su hermano—. Aioria posee una técnica de curación acelerada, y ha pasado toda la noche con ellos. A estas alturas, probablemente muchas de sus fracturas están a medio sanar.

—Vaya, eso es increíble…

—No tanto… —Confundido, Nikos miró a Tatiana en busca de más explicaciones.

—¿Por qué lo dices?

—Pues no es tan idílico como parece. Shura dice que el proceso es terriblemente doloroso —terció la rusa.

Shura se lo había contado en alguna ocasión… Todo lo que había sucedido durante la noche en que ellos habían invadido el Santuario, enfundados en las sapuris de Hades.

Después del choque entre las Exclamaciones de Athena en Virgo, sus cuerpos habían quedado molidos. Las sapuris carecían de la capacidad de protección y la resistencia de las armaduras doradas. Así que mientras Milo, Aioria y Mu habían sido capaces de levantarse con daños mínimos, Camus, Saga y él no habían tenido la misma suerte.

Solo unos minutos más tarde, tras tomar su propia vida, Athena había dejado sus verdaderos planes al descubierto, y cuando hubo llegado el momento de regresar al Inframundo para enfrentar a Pandora, habían tenido que recurrir a la técnica del león dorado para resarcir sus huesos rotos. La piel de Shura se había erizado cuando narró el dolor que la curación acelerada ocasionó en ellos. "Como millones de agujas hundiéndose en lo más profundo de tu cuerpo…", así lo había descrito. Incluso le había confesado que sospechaba que Aioria había hecho el proceso un poquito más doloroso a propósito. Después se enteraría que no era el caso.

Así que la amazona de Lince solo podía pensar en que después de todo lo que habían sufrido, Saga y Aioros seguían sufriendo más. Su dolor estaba lejos de terminar.

—Lamento escucharlo —dijo Nikos, y no mentía. En el pasado había tenido muchos problemas con los mocosos, pero tenía que reconocer el valor que tenían. Siendo Sus Ilustrísimas, un par de piezas claves para el ejército, no tenían necesidad de arriesgarse de ese modo, pero lo habían hecho; y todavía más impresionante, habían salido victoriosos.

—Ambos sabían de sobra el riesgo que corrían. Así que han salido a darlo todo, y creedme, ha sido impresionante.

—Argol tiene razón. Nunca había visto o sentido algo así… —Asterión hizo una pausa.

—Espero que podamos verlos pronto.

—Ya los conoces, Eire. Estarán pululando por aquí antes de lo que deberían.

—Ojalá que sí. —Tati tenía siempre el modo de reconfortarla.

—¡Claro que sí! —Jabu intervino—. Son Saga y Aioros. ¡Estarán de pie muy pronto!

Tras la máscara, Naia sonrió a pesar de que su mirada se empañó de tristeza. Jabu estaba en lo cierto: eran Saga y Aioros, ni más ni menos. Les exigían demasiado.

Las expectativas alrededor de ellos siempre eran enormes. Ambos se habían constituido en leyendas dentro de la Orden Ateniense, e incluso fuera de ella. Los hombres más cercanos a la princesa, sus guerreros más fieles. El mismo Patriarca los había reconocido como sus segundos… Sus Ilustrísimas. Pero, ¿a qué costo?

—¡Muero de hambre! —La voz de Asterión la sacó de su ensoñación.

—Venga, vamos por algo de comer y nos contáis detalles. —Entonces, Nikos volteó hacia las chicas—. ¿Os vemos después?

—Claro.

—Bien. No sabes lo feliz que estoy de tenerte de regreso. —Una vez más, abrazó a Naia y besó su pelo.

—La cuidaré bien. ¡Te lo prometo, Nikos!

Antes de que las amazonas de Caelum y Lince pudieran reaccionar, Eire ya las había tomado de la mano y tirada de ellas con dirección a los campamentos femeninos.

-x-

Marin había sido su compañera de entrenamientos, hasta que se había excusado. Lo hizo cuando en las lindes del campamento, se divisaron las figuras de Grulla, Lince y de Caelum. Shaina sabía que existía una alianza entre las cuatro amazonas y Apus.

La cabaña en el centro del campamento se había convertido en un cuartel para ellas. Cuando no estaban entrenando, pasaban el tiempo ahí. Shaina tenía una curiosidad malsana sobre ello.

—Han vuelto… —Asintió al escuchar la voz de Giste—. Se les ve bien.

Estaban bien.

Shaina no sabía cómo sentirse al respecto.

Ella era una amazona excepcional, valiosa a criterio de otros. O, al menos, lo era durante los tiempos de Ares. Pero esta vez, la habían relegado.

Aquel hecho le generaba sensaciones mixtas. Estaba segura de que sus habilidades de amazona podrían haber sido útiles en el campo de batalla. No solo era poderosa, sino también inteligente.

Entendía que Naiara pudiera tener habilidades distintas a las suyas, que le proveían de un buen balance entre defensa y ofensa. Pero, ¿Lince? Las habilidades de Lince eran muy parecidas a las de ella. Excepto que Tatiana había marchado a la batalla y ella no.

¿Por qué?

Sabía por qué. No le gustaba, pero lo sabía.

A diferencia de Tatiana, o de cualquiera de las chicas, incluso de los chicos… Shaina no había podido domar a su personalidad, y tampoco estaba siendo capaz de adaptarse a esa nueva mentalidad del Santuario. Ese compañerismo que comenzaba a respirarse en todos los rincones del recinto, seguía siendo un misterio para ella. Simplemente no conseguía conectar con nadie que no fuera Giste o Marin. Milo había conseguido acercarse —para su sorpresa—, solo para que ella lo alejara. Su propio equipo le era extraño, a pesar de que Saga, Argol y Jabú habían desarrollado un lazo especial.

Sin embargo, ella no se sentía parte de aquello. No era parte de nada.

Y tampoco necesitaba serlo.

Siempre había estado sola. Era Shaina de Ofiuco, amazona al servicio de Athena. Una mujer única, extraordinaria y salvaje. Era ella.

—Entrena conmigo —ordenó a Giste.

Después se dio la vuelta y se marchó de ahí, esperando que ese cúmulo de ideas tontas abandonara su mente.

-X-

Pasó un rato con las chicas, pero Tatiana no había permitido que la reunión se alargase demasiado, alegando que Naiara tenía que descansar. Así que, agradeciendoselo mentalmente, emprendió el camino a casa. No tuvo tiempo de cerrar la puerta, porque una conocida voz la detuvo en seco antes de adentrarse en la seguridad de su humilde —y añorado— hogar.

—¡Espera! —Naia se había despojado de la máscara cuando el pomo de la puerta había quedado al alcance de su mano, así que cuando se giró, sus ojos violetas se toparon con la mirada acaramelada de Deltha en todo su esplendor.

La pelipúrpura lucía un poco agitada, como si hubiera ido corriendo en su búsqueda y, por un breve instante, Naia temió que algo malo —peor— hubiera sucedido.

Sin embargo, no tuvo tiempo de preguntar. Los brazos de la amazona de Apus se cerraron alrededor de ella con un sentimiento puro y desbordante.

—Deltha… —alcanzó a musitar.

Su voz se quebró en ese mismo instante y le fue imposible continuar. Un mar de lágrimas desbordó sus ojos y fue incapaz de contenerlas. El abrazo de Deltha se fortaleció.

—Tranquila… —pero su voz tembló de igual modo, y su mirada también se nubló—. Estás bien…

Deltha no sabía si sé lo decía a su amiga con la sana intención de tranquilizarla, o si seguía siendo parte de aquel mantra que se había repetido a sí misma toda la noche.

—Lo sé… —Naia no fue capaz de romper el abrazo y separarse. Deltha olía a familia, a hogar, a protección.

—¿Cómo te sientes?

—Mucho mejor ahora, Del… —Las lágrimas de Deltha cayeron—. Mejor ahora que estás aquí.

Y era cierto, Naia no había sido consciente de cuánto la había necesitado, hasta ese instante.

—Entremos, ¿sí? —Deltha asintió ante su sugerencia, aunque la figura de la cabaña que habían compartido, se le antojaba ciertamente tenebrosa. No podía evitar recordar con tristeza cómo habían sido sus últimos días ahí—. Necesito cambiarme de ropa…

—Te prepararé un chocolate bien frío. —Naia rió al escucharla: aquel era de los pocos talentos culinarios de su amiga, y lo sabía. Pero Deltha le ponía siempre mucho amor.

—¡Lo necesito!

—¡Lo sé! —ambas rieron al unísono, y fue entonces que aquel abrazo lleno de amor, lágrimas y risas se rompió. Compartieron una mirada cómplice y con un gesto casi idéntico se secaron las lágrimas.

Naia la invitó a entrar y cerró la puerta tras ellas, privando a las curiosas del campamento de más detalles. Se quitó las botas sin miramientos, dejándolas tiradas junto a la puerta y suspiró cuando el viejo —pero confortable— sofá le dio la bienvenida.

—Dioses… —dejó caer la cabeza contra el mullido respaldo y cerró los ojos. Estaba agotada, y a cada minuto que pasaba, el drenaje emocional que habían supuesto aquellas horas de locos, se manifestaba más y más.

—Ten… —Deltha le tendió una taza fresquita y, rápidamente, Naia se la llevó a los labios.

—No sabes cuánto agradece esto mi garganta. —Y eso que ella, por fortuna en aquel caso, había llevado máscara todo el tiempo.

—Imagino que sí. —La pelipurpura no podía imaginar cómo se sentirían los chicos… Saga. Dio una gran bocanada de aire seguida de un sorbo de su propia bebida y después continuó—. ¿Cómo te sientes?

—Bien, bien… —Naia asentía al hablar—. Cansada, mayormente. El calor allí era insufrible, con todos los cosmos estallando, y el polvo… Asterión y yo apenas entramos en combate, pero ahora que se está pasando la adrenalina, la tensión comienza a pesar. —Sus ojos buscaron a Deltha—. Fue… —Negó con el rostro, no encontraba palabras.

—Se sintió terrible.

Muchos lo hubieran calificado de increíble, pero para ella, aquel despliegue de poder asesino, le provocaba más angustia que otra cosa. A mayor poder desplegado, mayor riesgo, mayor daño… mayores consecuencias.

—Lo fue. Es decir… —Caelum se encogió de hombros—. Son increíbles, lo que hacen, su capacidad de actuación, su resistencia… pero a la vez es tan…

—Lo sé. —Porque eso mismo sentía ella.

—Son realmente admirables, Deltha. Mucho más de lo que nunca imaginé. Sentirles en batalla tan cerca… —Porque verles, no había podido—. Robaba el aliento… Asterión está muy impresionado.

—¿Por qué? —ladeó el rostro.

—Su Satori le permite sentir las emociones o pensamientos de su entorno. Algo así, no lo entiendo muy bien, la verdad —frunció el ceño al admitirlo—. Según lo que dice, el nivel de acceso a esas emociones depende también de las habilidades cósmicas de cada persona, de sus barreras mentales y… —se encogió de hombros una vez más— normalmente no puede sentir a los santos dorados de un modo tan obvio y crudo.

—Oh…

Y eso significaba mucho. Porque ellos también sufrían, también tenían miedo.

—Van a estar bien… —Se repitió Deltha una vez más—. Verás que sí.

—Lo sé… es solo que me siento un poco sobrepasada en este momento. —Sus ojos se inundaron una vez más, y su voz tembló de nuevo. Los brazos de Deltha la rodearon una vez más.

—Tranquila… —besó su pelo—. Debes estar orgullosa por haber formado parte de esto, por… —Por haber vuelto viva, quiso decir—. Yo lo estoy, muchísimo.

—Gracias.

—No agradezcas… Cincuenta por ciento orgullo, cincuenta por ciento aterrorizada. —Naia rió suavemente entre sus brazos.

—Te entiendo, me siento igual.

—Solo… —respiró el aroma de aquella melena negra con sus ojos cerrados. No olía a ella, sino a una rara mezcla entre polvo, cosmos y desinfectante—. Me alegro muchísimo de que estés bien.

Las lágrimas de Naia arreciaron.

—Te quiero mucho, Del… —apretó el abrazo—. Muchísimo.

—Yo…

Una llamada a la puerta interrumpió a Deltha, pero antes de que ninguna pudiera preguntar siquiera quién era, los ojos de Nikos, idénticos a los de Naia, asomaron por la puerta.

—Naia, soy yo…

Se quedó quieto donde estaba al verlas, al entender que había interrumpido lo que para él era un momento muy esperado. Vio de una a otra, abrazándose igual que cuando eran niñas, bañadas en un mar de lágrimas, y después de cerrar con cuidado, sonrió.

—¡Hacedme un hueco en ese abrazo!

Se abalanzó sobre ellas sorpresivamente, rodeándolas a las dos y rodando por el sofá, robando sus risas, hasta que los tres acabaron sentados en el suelo: una bajo cada uno de sus brazos. Sus niñas.

—Os eché de menos… —murmuró, aún con la respiración acelerada por aquel accidentado ataque de risa y amor—. Pequeñitas… —estrechó el abrazo a ambas, y besó sus cabezas.

¡Los dioses sabían que no mentía!

Su familia volvía a estar completa.

-X-

Ángelo entró con sigilo. A pesar de que ya despuntaba el medio día, el silencio que aún reinaba en la fuente era un claro indicativo de que sus inquilinos aún descansaban. Y él no quería perturbar su sueño. No mucho, al menos. Echó un vistazo a cada lado, como aquel que va a cometer un acto furtivo, y abrió sin hacer ruido. El nombre de Saga era visible en el cartel junto a la puerta, con la inconfundible letra de Eudora; lo cual agradeció, ya que el cosmos del gemelo era prácticamente imperceptible.

Cerró la puerta tras de sí y descubrió, con agrado, que los rayos de sol se filtraban sutilmente a través de las cortinas que ondeaban con suavidad con la brisa matutina. Dentro de todo —las máquinas, las pociones, el instrumental médico y el perpétuo olor a desinfectante—, el ambiente en la habitación era agradable.

Por sorprendente que fuera, Saga todavía dormía. No le culpaba, incluso un insomne como el geminiano necesitaba sus horas de descanso post batalla. Oteó un poco el cuerpo del mayor y rápidamente frunció el ceño. Ángelo no era nuevo en eso de ser un Santo, y sabía bien la dureza de la batalla de Troya, pero aún así, no dejaba de impactarle.

Después de todo, Saga siempre había estado un peldaño —o unos cientos de ellos— por encima. Verle maltratado y agotado, no era lo más habitual. Al menos él no había tenido la triste fortuna de contemplarlo de aquella manera. Y, a decir verdad, lo agradecía. Había torres que era mejor no ver caídas. Después de todo, si Saga —e imaginaba que el arquero también— estaba así, ¿qué hubiera sido de él de tener que enfrentar la misma batalla?

Suspiró y se sentó en la butaca junto a la cama. Saga tenía más costuras y remiendos que un trapo viejo. Y el color de su piel en las zonas más castigadas, había adquirido un desagradable color putrefacto que no ayudaba a su situación, especialmente sus costillas y su cuello.

Ángelo arrugó la nariz.

—No esperaba visitas tan pronto… —su voz sonó tan rasposa cuando pronunció aquellas primeras palabras, que se arrepintió de inmediato de haber hablado.

—Joder, ¿has estado fumando habanos tres días o qué? —el cangrejo dorado sonrió de lado, mientras le tendía un vaso de agua fresca que el mayor agradeció infinitamente.

—Demasiado polvo milenario para mi.

—¡Dime que al menos las drogas aquí son buenas! —exclamó divertido llevando sus ojos al gotero.

—No están mal, la verdad… —aún seguía mareado y asombrosamente cansado, pero lo cierto era que se sentía mejor—. Aunque no rechazaría un poquito más de ellas antes de que Aioria aparezca por esa puerta como un jinete del apocalipsis. —El italiano dejó escapar una pequeña carcajada y Saga sonrió al oírlo.

—Imagino que el minino se lo ha pasado en grande esta noche —replicó burlón.

—Seguro que sí… —El gemelo dibujó un inocente mohín de disgusto y Ángelo amplió la sonrisa.

—Como sea, he venido aquí con una misión importante, Saga.

—¿Y esa es…? —Alzó una ceja magullada con curiosidad.

Ángelo rebuscó en la mochila que había dejado abandonada a sus pies al llegar, y antes de que el gemelo pudiera pestañear, Mickey Mouse lo miraba de vuelta desde las manos de su amigo.

—La verdad es que me resulta bastante curioso que el ratón ande medio desnudo por ahí y solo lleve pantalones. —Lo vio de soslayo, mientras sostenía al muñeco—. Pero es tuyo, así que eso tiene cierta lógica y resulta apropiado.

Saga guardó silencio, entreabrió los labios un par de veces, pero no atinó a decir nada: viendo del peluche a Ángelo fugazmente con un gesto tan cómico plasmado en el rostro, que el menor no pudo más que ensanchar su sonrisa.

—¡Joder! —exclamó entre risas el cangrejo—. ¡Has puesto cara cuqui al mirar al ratón!

—¡Claro que no!

—Sí, definitivamente sí. —Siguió riendo, pero se apiadó del pobre anciano, y dejó el muñeco al alcance de su mano. Saga se lo arrebató de inmediato y se aseguró de que sus orejas estuvieran bien colocadas. Le gustaban sus orejas—. Pajarito no me dio muchas instrucciones sobre qué hacer con el ratón, pero…

—Mickey Mouse.

—¿Qué?

—¡Qué se llama Mickey Mouse! —Lo agitó frente a Ángelo, para que lo viera bien, arrepintiéndose de modo inmediato de ese derroche innecesario de energía. Dioses, tenía tantos puntos por todos lados que no sabía cuál dolía más—. Es el dibujo animado favorito de Deltha y cumplen años el mismo día.

—Oooooh… —Dibujó una exagerada expresión de asombro, mientras asentía, y se esforzó por no reír, aunque estaba seguro de que sus labios habían temblado.

—No te rías —dijo Saga con el ceño fruncido.

—No me he reído —alzó las manos—. ¡Los dioses me libren!

—Pero ibas a hacerlo…

—¡Claro que no! —estalló en carcajadas sin poder evitarlo.

—¡Pero si lo estás haciendo! —Estupido cangrejo de risa escandalosa.

—No, no… Ay… —Se secó una lágrima divertida y continuó—. Lo que pensaba hacer, en realidad, era preguntar desde cuándo estáis follando salvajemente.

Saga boqueó de nuevo como un pez fuera del agua. Ángelo amplió su sonrisa y se cruzó de brazos, recostandose en la butaca, pero sin dejar de observar el bochorno del mayor un solo instante. Su cara, normalmente estoica y poco expresiva, adoptó un divertido rubor que le dio vida y gracia a la palidez casi mortal que lucía.

—Podrías intentar mentir, pero ahórrate el esfuerzo. —Estiró uno de sus dedos—. A) Tu cerebro está hecho papilla, y B) Pajarito confesó. —dijo, enumerando con otro.

—Ángelo…

—Bueno, se vio obligada a confesar. —Dibujó un gesto triunfal, pero sin ignorar la preocupación evidente en la voz maltratada del mayor, continuó—. Ahorrate el drama y las advertencias. —Abanicó el aire con la mano quitándole importancia al asunto—. El secreto está a salvo conmigo. —Saga soltó el aire lentamente, aliviado—. ¡Pero necesito chismes!

—¡No voy a contarte nada!

—¡Algo tendrás que ofrecerme a cambio de mi labor con el Señor Mouse y de que la convenciera de venir a verte esta noche!

—¿Vino…? —Su rostro se iluminó de una manera distinta, y su corazón se aceleró.

—Claro que vino… —Ángelo asintió, más serio y sereno—. Aunque estaba asustada e impresionada.

—Así de mal me veo, ¿mmm?

—Creo que ahora te ves mejor… Pero la verdad es que la batalla se sintió inmensa desde aquí, y la espera fue larga.

—¿Ella está bien?

—¡Por supuesto! —Le guiñó el ojo con complicidad—. La dejé durmiendo en tu cama antes de venir al Chrysos por la mañana.

Saga cerró los ojos y dejó escapar el aire lentamente. Dioses… ¡Lo sentía tanto por ella y por todo el sufrimiento que su cercanía acarreaba!

—De todos modos… No te desvíes de lo importante. ¡Detalles!

—¡Ángelo! —La voz de Eudora resonó desde la entrada—. ¡Saga necesita descansar!

—¡Ya me iba! —Se puso en pie de un salto, atrapó la mochila, y devolvió una nueva sonrisa traviesa al mayor—. ¡Volveré!

—Idiota… —musitó, aún sonrojado, mientras colocaba a Mickey disimuladamente bajo la almohada.

-X-

Saga estaba agotado. Entre el cansancio de su convalecencia, las curaciones de Aioria y la visita de Ángelo, su poca energía se había drenado.

Desde niño había padecido de insomnio. Conciliar el sueño y ser capaz de mantenerlo más allá de unos pocos minutos le resultaba una hazaña épica. Sin embargo, ahí, en el silencio de su habitación vacía, los ojos se le cerraban sin que pudiera evitarlo.

Pero incluso en su ensoñación, su cerebro no dejaba de funcionar.

Se preguntaba si Deltha volvería a visitarlo. Tenía ganas de verla, de tomar su mano —porque en sus condiciones, abrazarla sería imposible— y de escuchar su voz. Cualquier mimo que pudiera robarle sería más que bienvenido, pero también deseaba compensar el sufrimiento por el que la hacía pasar con aquellas misiones suicidas. La echaba de menos. ¿Cuándo había sido la última vez que había necesitado a alguien de esa manera?

No lo recordaba. Pero ahora sucedía con Deltha… Su pajarito.

Cerró los ojos por un segundo, o eso le pareció. Se perdió el aquel limbo entre la conciencia y la inconsciencia. Pero cuando comenzaba a quedar atrapado en la profundidad del sueño, un sutil chirrido lo trajo de regreso.

—Perdona. ¿Te desperté?

Aioros estaba ahí, bajo el marco de la puerta, en compañía de Raissa.

—No, solo tenía los ojos cerrados. Bonito vehículo… ¿Shion te lo prestó? —Sonrió sin retirar la vista de la silla de ruedas.

—Sí. ¿Te gusta? Yo preferiría algo más de autonomía. Pero Rai es la que manda.

—Sabia decisión… —acotó el geminiano. Su mirada tímida se centró fugazmente en la doncella, solo para retirarla unos segundos después. Aún no se había atrevido a hablarla. Se sentía minúsculo frente a ella.

—Hombres inteligentes —replicó Raissa.

Empujó la silla hasta dejarla a un costado de la cama de Saga. Después, depositó dos besos, uno en la cabeza de cada santo, y se aseguró de mirarlos para dar firmeza a sus palabras.

—Sed buenos. Nada de esfuerzos innecesarios, que vuestras heridas aún están frescas. Si os hacéis daño, pediré a Eudora que os dé uno de sus venenos para dejaros inconscientes por toda la semana, ¿de acuerdo?

—No te preocupes, Rai. No huiremos a ningún lado.

—No cabemos los dos en su vehículo —replicó Saga, y ambos ahogaron una risa.

—Siempre puedes sentarte en mis piernas. —Aioros le guiñó un ojo y el gemelo meneó la cabeza.

—Paso, gracias. Solo quieres tocarme el culo.

Raissa soltó una carcajada, suave y cantarina, como era ella. Después, caminó hacia la puerta.

—Volveré en un rato —dijo, antes de dejarlos solos.

El porqué esperaron a que sus pasos se alejaran hasta perderse en el pasillo, fue un misterio. Pero el silencio se sentía cómodo entre los dos. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que se habían sentido así en compañía él uno del otro.

Ojalá aquel reencuentro se diera en mejores condiciones, y no con sus cuerpos hechos añicos.

—¿Cómo estás? —preguntó el arquero.

—Literalmente podría estar peor. Lo de Aioria es una mierda, pero es jodidamente útil…

—Oh, estoy de acuerdo… —Aioros lo miró de soslayo.

—¿Qué?

—¿Vas a burlarte de que me desmayé?

—Nah…

—También te desmayaste, ¿verdad?

—Sí. Gracias a los dioses…

Sonrieron a la vez. A pesar del cansancio que nublaba sus miradas, aquella expresión iluminó sus rostros por primera vez desde la noche anterior. Saga le tendió el puño y Aioros respondió, chocando el suyo con suavidad.

—Salvo por los huesos rotos, las quemaduras, el envenenamiento y el pulmón colapsado, fue muy genial, Géminis.

—Es la primera vez que alguien alaba mis tendencias suicidas…

—Bobo —rieron juntos. Después sobrevino una breve pausa. Silencio.

—No, la verdad es que sí lo fue. Fue genial. —Saga fue el primero en romperlo—. Orfeo es excelente y Arles… Joder, no esperaba que el viejo fuera así de grande.

—¡Es impresionante!

—No sé qué habríamos hecho sin ellos.

—Morir, seguramente.

—No lo hemos hecho tan mal, ¿no? —Saga lo miró de reojo. Para él, había sido especial pelear al lado de Aioros de nuevo.

—Claro que no. Ha sido increíble. Echaba de menos ser tu compañero de misión.

—Y yo el tuyo. Me ha gustado mucho verte volar.

—Es genial. —El mohín ligeramente presuntuoso en la cara de Aioros, lo hizo sonreír. Era agradable verlo recuperar su seguridad… Y también ese ego dorado.

—A los Apolonios no les pareció tan genial.

—Meh. Las lucecitas no saben nada…

Por un momento, Saga pudo jurar que la mirada de Aioros se apagó. Fue solo un instante, que se habría perdido si no hubiese estado tan atento a él. Pero un dejo de tristeza se apoderó de su rostro.

Para el gemelo no fue difícil adivinar los motivos detrás de aquel súbito cambio de ánimo.

—Oye… Sé que Loxia te mostró algo… —habló, casi un murmullo. La expresión en el rostro de Aioros durante aquellos segundos de batalla, eran algo que no iba a olvidar.

—Ajá…

—¿Quieres… hablarlo?

—No lo sé… —Y la falta de elocuencia en Aioros no hacía sino preocuparlo más.

—Janelle, ¿cierto? —Lo vio arrugar más el ceño y morderse los labios. Había acertado una vez más. —Lo que sea que te haya mostrado…

—No me importa.

—Aioros…

No me importa. Lo que me mostró no me importa. —Aioros apretó los puños y Saga retuvo el aliento—. No le permitiré usarla más. No voy a dejar que escupa sobre su recuerdo. No así.

Saga soltó suavemente el aire. Su pulmón había mejorado, pero todavía dolía respirar. Permaneció un par de segundos en silencio, simplemente contemplando al arquero. El corazón se le estrujó de nuevo, como sucedía cada vez que pensaba en aquel fatídico día. Habían pasado semanas, y todavía podía escuchar la voz de Janelle llamándole, suplicando por su ayuda.

Cerró los ojos, buscando calmarse. Aioros no necesitaba su dolor cuando ya tenía el propio.

—Lo que sea que te haya mostrado… Lo siento. Los ilusionistas tenemos una mente retorcida…

—Eso dicen… —El castaño no levantó el rostro, pero miró de soslayo a su amigo.

—Es parte del oficio.

—Sois un poco bestias.

—Eso dicen…

Intercambiaron miradas, dejándose envolver de nuevo por el silencio. La complicidad no necesitaba palabras para expresarse.

—Hablando en serio, Saga, pelear a tu lado del modo en que lo hicimos —su sonrisa se ensanchó y sus ojos azules recobraron aquel dejo de ensoñación que Saga siempre había encontrado fascinante—, fue tal como siempre imaginamos desde que éramos niños.

—Mejor aún.

—¿Te lo pareció?

—Sí. Quizás… —La voz de Saga adoptó un tono de timidez hasta que se apagó.

—¿Quizás, qué?

—Quizás sí podamos cambiar el mundo juntos.

Buscó por la mirada de Aioros, temeroso de lo que encontraría en ella. Pero los ojos del arquero encontraron a los suyos, y Saga encontró en ellos la misma ilusión que los hacía brillar casi veinte años atrás. Sonrió, sintiéndose inusualmente optimista, a pesar de sus circunstancias.

Se preguntó si su rostro reflejaba tantas cosas como el de Aioros. Porque, quería que fuera así, quería que él supiera que sentía lo mismo, que para él también era importante.

—Claro que sí, lo haremos. —La mano de Aioros se cerró sobre la suya, y Saga correspondió el gesto apretándola.

Lo habría abrazado con todas sus fuerzas, de haber podido. Sin embargo, confiaba en que aquel gesto le dijera lo mucho que lo había extrañado y lo valioso que era recuperarlo.

Solo temía que, una vez más, el costo por sus sueños fuera impagable.

No quería morir, no quería que Aioros muriera. De pronto se dio cuenta de lo mucho que habían perdido el tiempo. Entre rencores, desaciertos y confusión, los días habían pasado y no iban a recuperarlos. Quizás, además de cambiar el mundo, ambos podrían cambiar su mundo. El de ambos.

—Míranos, par de viejos sentimentales… —Aioros rió, aunque sus ojos, al igual que los suyos, se habían inundado de lágrimas. Saga correspondió la risa torpe y limpió la humedad de su vista con un manotazo.

—Nah. Solo pensaba…

—¿En qué?

—En que tengo que levantarme para ir a mear.

Aioros lo observó durante un par de segundos, desconcertado al principio. Después, estalló en carcajadas, lamentándolo al instante, a juzgar por el gesto de dolor que empañó su rostro.

—No tienes porqué llorar conmigo, arquero. Puedo llorar solo.

—Pero lo hago, lo acompaño con el sentimiento.

Sus miradas se encontraron por enésima vez para compartir una sonrisa. Estaban bien, estarían bien…

Estaban juntos.

-x-

Aioros reconocía el valor de Saga para levantarse y caminar hasta el baño. Él lo había intentado antes, solo para arrepentirse al instante. Sus rodillas eran una desgracia: los aterrizajes eran algo en lo que tenía que trabajar.

Suspiró.

Había una calma reconfortante en la Fuente. Gracias a la puerta abierta, podía escuchar el arrullo del agua que corría por los arroyos. Los árboles se movían y sus hojas susurraban una melodía tranquilizadora. El trino de los pájaros sumaba a la paz del ambiente.

Mientras esperaba que el gemelo volviera, paseó los ojos por la habitación. Era idéntica a la suya: amplia, blanca, vacía.

Las cortinas le proveían de cierta calidez, pero el resto era minimalista al exceso. Los muebles eran escasos: la cama, una mesilla de noche y una butaca para las visitas. Las doncellas habían dejado un carrito con el material de curación y las pócimas para ellos. El aroma era extraño.

Pero, de pronto, algo inusualmente raro para aquella habitación atrapó su mirada.

Un peluche.

Un peluche de Mickey Mouse. Ahí, casual, en la cama de Saga, mal escondido tras sus almohadas.

Aioros levantó una ceja y ladeó la cabeza. Después, sonrió.

Jamás, nunca, en su vida, habría pensado en pillar a Saga con un juguete como aquel. Mucho menos al Saga adulto. Pero bien rezaba el dicho: "nunca digas nunca".

Miró hacia la puerta del baño, seguía cerrada. Su primer impulso fue extender el brazo y tomar al peluche. Sin embargo, no lo hizo. Era de Saga, y si estaba ahí, escondido, era porque él lo había decidido así. Lo dejaría pasar… Por ahora.

Apartó la mirada, tratando de fingir demencia cuando la puerta del baño volvió a abrirse, y Saga caminó de regreso a la cama. Pero no era tan bueno fingiendo.

—¿Qué? —Saga lo miró con curiosidad.

—Nada. ¿Todo bien?

—Lo esperado. —La hematuria nunca era nada agradable—. Tienes cara sospechosa —dijo, mientras volvía a sentarse en la cama. Su cuerpo completo se quejó.

—¿Yo?

—Sí, tú.

—No sé de qué hablas.

—Ajá…

Entonces, Saga volteó. Sus ojos esmeralda se encontraron con Mickey y todo tuvo sentido para él. Aioros trató de disimular su sonrisa al verlo sonrojarse. ¡Era tan cuqui!

—Es bonito —dijo Aioros, sin quitarle los ojos de encima. Era un espectáculo verlo así.

—Sí… —Saga se aclaró la garganta. Tomó al peluche y lo acomodó, lejos de la vista de su visitante.

—No tienes que esconderlo.

—No es eso.. Es que…

—¿Mmm? —Saga se ruborizó más. El estúpido Aioros no iba a darle un pase con eso.

—Es un regalo de Deltha… —confesó, en un murmullo.

Aunque agachó la mirada, no perdió detalle de la reacción del santo de Sagitario. Las cosas entre ellos iban bien, así que lo último que deseaba era meter el dedo en la llaga, involucrando a Deltha en la conversación.

Sin embargo, la reacción de Aioros lo sorprendió.

—¡Lo imaginaba! —Ensanchó su sonrisa—. Es un regalo muy propio de ella.

—Lo es…

—¿Ha venido a verte?

—No. Bueno, sí… —Saga frunció el ceño, confundido. ¡Se estaba volviendo torpe!

—¿Sí o no? —Aioros sonrió de nuevo al notar su torpeza. Saga había tartamudeado.

No supo por qué, pero de inmediato la voz infantil de Deltha resonó en su cabeza: "Doradito adorable". Así lo había llamado, veinte años atrás, cuando se conocieron en Cabo Sunión. ¡Cuánta razón había tenido la pequeña Del!

—Es que vino anoche. Se escabulló con ayuda de Raissa, pero ya estaba dormido. Hace un rato envió el peluche con Ángelo.

—¿Puedo verlo?

—Claro…

Le tendió el muñeco, con más dudas de las que le hubiera gustado. Se detuvo a observar la reacción de Aioros: el mimo con el que tomó a Mickey y lo inspeccionó. La sonrisa en su rostro —que le pareció sincera— lo hizo soltar el aliento.

—Es bonito y suave —dijo por fin el castaño. También olía a ella, pero eso último se lo guardó para sí.

—Lo es. Del piensa que tener un peluche para abrazar es útil para sentirse menos solo…

—No veo fallas en su lógica.

—Lo sé. Es una mujer… distinta.

Aioros asintió. Le devolvió el muñeco y, esta vez, fue él quien se detuvo a mirar al geminiano.

Tan pronto sus manos habían tomado al peluche, algo en él había cambiado. Su rostro se había suavizado y sus ojos se habían teñido con cierta dulzura imposible de negar. Aioros conocía esa mirada: lo había visto mirar a la amazona del mismo modo, cuando creía que nadie lo observaba.

Le costaba definir todo lo que encerraba aquella mirada. Pero si tuviera que resumirlo en una palabra, sería paz.

Tal vez no cualquiera hubiese notado el cambio en sus ojos esmeralda, pero Aioros sí. Lo conocía lo suficiente para pasarlo por alto.

No sabía en qué momento todo había cambiado. Solo sabía que ahora, todo lo relacionado con Deltha era especial para el gemelo. Único. Incluso su voz se impregnaba de mimo al hablar de ella… Deltha se había convertido en su refugio, y de alguna forma, le tranquilizaba. Ella no iba a fallarle.

Sonrió de nuevo.

Le gustaba ese Saga. Le gustaba verlo así.

—¿Qué? —Sintiéndose observado, Saga se revolvió. Aioros negó con la cabeza.

—Nada. Solo pensaba… Que te ves bien. Muy bien.

-X-

La verdad era que ahora que estaba allí, Naia comenzaba a pensar que había sido una mala idea. Después de todo… ¿llevar a Mordisquitos a la Fuente? Eudora la sacaría a escobazos, definitivamente.

Mas ya no iba a dar marcha atrás. A su lado, Deltha caminaba en silencio y, estaba segura, que eso que escuchaba como un molesto zumbido en sus oídos, era el corazón acelerado de Apus. O quizá era el suyo propio, lo cual era más probable, pero la morena prefería vivir en el autoengaño.

Estar juntas de nuevo era raro. Raro, pero un alivio. No se había percatado de verdad de lo mucho que la había extrañado, hasta que la había abrazado un rato atrás.

Había sido como soltar de golpe toda la tensión acumulada de Troya. Naia se había mantenido serena, estoica y fuerte todo el tiempo, pero cuando Deltha la abrazó sin mediar palabra… todas sus fuerzas se esfumaron.

Se había sentido, al fin, en casa.

Y ahí estaban. Las dos juntas. En la Fuente. Con el perro.

Al menos, Mordis era un perrito bueno e inteligente, que entendía que algo sucedía y que debía portarse bien. Eso se decía ella, al menos, porque desde que lo había cargado en brazos para subir las escaleras desde Sagitario, no había emitido un solo ladrido.

Sin embargo, esa extraña tranquilidad se esfumó cuando el jardín central se abrió ante ellas. Era una vista hermosa, con la luz del atardecer acariciando la fuente central y coloreando de mil colores las aguas del estanque. El verdor de las enredaderas brillaba sutilmente con el frescor que comenzaba a notarse, y aunque a lo lejos aún se oían las golondrinas y las gaviotas, fue el eco suave y amortiguado de dos voces lo que rompió la paz.

La voz de Aioros y Saga.

Mordisquitos se revolvió en sus brazos al escucharlos, y ya no hubo manera de que ella pudiera sujetarlo. Lo dejó en el suelo —o más bien saltó—, y echó a correr en la dirección de donde provenía la voz.

—¡Mordis! —escucharon a Aioros y el ladrido feliz y torpe del cachorro emocionado.

Apenas tuvieron que dar un par de pasos más para que la estatua central les dejase verles. Allá, al abrigo de las columnas, ambos santos las miraban desde uno de los bancos de piedra.

Ambas enmudecieron —aún más—, al verles. Y mentirían si dijesen que sus ojos no se humedecieron. Estaban despiertos. Estaban vivos. Se veían como la mierda, pero Naia hubiera jurado que nunca antes le habían parecido tan impresionantes.

—Estáis despiertos… —Deltha tenía tal nudo en la garganta que no tenía la menor idea de dónde había surgido su voz. Ver a Saga de nuevo le había acelerado el corazón.

—Hey… —Saga sonrió con timidez. Aquella timidez que siempre mostraba en público y que a ella le había resultado tan adorable desde el primer día que lo conoció mucho tiempo atrás. La amazona ensanchó su sonrisa.

—¡Mordis! ¡Cuidado! —el cachorro saltaba, se revolcaba por el suelo y aullaba en un derroche de alegría y energía digno de una mascota dorada. Aioros acarició sus orejas con tanto amor, que Naia se estremeció de emoción— ¿Me extrañaste? —aulló de nuevo—. ¡Lo sé! Yo también te extrañé…

Sus ojos azules se desviaron de la bola de pelos un momento. Había sido una excelente sorpresa, pero lo cierto era que ver a Naia y Deltha allí, juntas, era una sorpresa aún más grata e inesperada. Su sonrisa se amplió. ¡Dioses! ¡Se sentía tan aliviado!

—Qué sorpresa… —musitó Saga, a su lado, sin dejar de verlas.

Aioros lo vio de soslayo y, por un momento, lo maldijo internamente por ser capaz de controlar cada emoción de sí mismo en todo momento. ¡Sabía que estaba tan sorprendido y emocionado como él! Si no hubiera sido porque le haría llorar de dolor, le hubiera golpeado ese cráneo de acero suyo.

—Han pasado algunas cosas. —Deltha se quitó la máscara, y aunque moría de ganas de saltar a los brazos del peliazul y ahogarlo en un abrazo, una mirada tan dulce como cómplice y una sonrisa masculina de vuelta, bastó.

—Y aquí estamos las dos… o los tres, más bien.

—¡Es una sorpresa fabulosa!

—¡No tanto como veros aquí! —Exclamó la pelipurpura—. Despiertos, con algo más de color en el rostro.

—Aunque seguís viendoos como el culo, chicos.

—¡Gracias por la sinceridad!

—Estáis mucho mejor que anoche.

La mirada de sus tres acompañantes se clavó en Deltha, que por un segundo se revolvió nerviosa. Saga y Naia no habían sido las únicas personas a las que se escabulló a ver esa noche.

—¡No me miréis así! ¿En serio pensabais que iba a escabullirme hasta aquí, con los riesgos que eso conllevaba, e irme sin asegurarme de que los tres viviríais para darme un abrazo más?

Ninguno respondió de primeras. Pero Deltha vio a cada uno de aquellos rostros a los que amaba tanto, alternativamente. Distinguió en ellos tantas emociones distintas, y a la vez iguales, que se vio obligada a ahogar un sollozo de felicidad. Se secó una lágrima de un manotazo.

—¡Ya! ¡Ya! —negó con el rostro. Saga atrapó su mano y acarició el dorso con sus dedos magullados. Deltha sabía que aquel gesto escondía muchas emociones silenciadas. Y no era la única. Aioros, a su lado, no perdió detalle—. No volváis a hacerme esto, ¿vale? No volváis a dejarme sola. —Dibujó una sonrisa y continuó—. Estuve a punto de suplicarle a Kanon por un abrazo.

—¡Ah! ¡Quién sabe lo que uno puede hacer en medio de la desesperación! —rió Naia.

—¡Exacto! —Deltha se sentó en el suelo, frente a ellos, y abrazó sus rodillas. Naia rápidamente se le unió—. Bueno… ¿Cómo estáis?

—¿Oficialmente? —quiso saber Aioros.

—Aja.

—Pues… —intercambió una mirada cómplice con Saga—. Huesos rotos: reparados. Algunas quemaduras, unos cuantos agujeros cosidos… Y un tanto deshidratados. —Señaló al gemelo con un sutil gesto de su cabeza. Junto a ambos había un par de vasos vacíos de lo que parecía limonada—. Él tiene un orificio extra de ventilación en el pulmón a medio cerrar y una conmoción a costa de no usar casco, —el peliazul rodó los ojos—, pero por lo demás…

—Como si tu tiara hiciese mucho —gruñó.

—Es un excelente complemento estético que va muy bien con mis rizos.

—Ya.

—¿Y vuestra voz? —ambos estaban terriblemente afónicos y oirles hablar, se sentía doloroso.

—Nada irreversible —aclaró Saga—. Cosa del calor, el aire y el polvo. —Omitió el detalle de que básicamente se habían abrasado la garganta respirando aquel aire de mierda en Troya. ¿Quién necesitaba saberlo?

—¿Y extraoficialmente…? ¿Cómo estáis?

Deltha sabía que la respuesta a la pregunta no iba a ser sincera. Así eran ellos, se morirían antes que admitir que estaba mal. Al menos si no estaban en la más estricta intimidad.

—Pues… debo confesar que es la primera vez que Aioria me hizo llorar. —La cara de Aioros era una curiosa mezcla de ternura, magulladuras, cansancio, humor y orgullo fraternal—. Y no fue bonito…

—El mocoso es bueno en lo que hace. —acotó el mayor.

—¿Torturando ilustrísimas? Porque primero fue Shion, luego nosotros, Arles…

—Bien visto. —Saga sonrió divertido, aunque se arrepintió cuando el corte del labio amenazó con abrirse de nuevo—. Pero la verdad es que Shion no fue el primero… durante la batalla de Hades, bueno… —Tenía la atención de los tres, y eso le incomodaba un poco, francamente—. Shura, Camus y yo necesitamos un par de reparaciones de emergencia antes de volver con Pandora. Los sapuris no son armaduras doradas…

—Meh… Encima eres reincidente en la tortura —murmuró el arquero, sin dejar de verlo. Ninguno hablaba mucho de lo acontecido aquella aciaga noche, así que se veía en la necesidad de quitarle hierro al asunto.

—Bueno, pero ahora estáis despiertos y en pie… —dijo Deltha—. Anoche no parecía que eso fuera a suceder pronto. —Suspiró—. Así que es una fantástica noticia.

—¡Ya lo creo! —Naia estuvo de acuerdo—. Tenéis que saber que vuestros relaciones públicas personales, están haciendo un excelente trabajo promocionando vuestro trabajo y acrecentando vuestra leyenda y popularidad.

Saga ladeó el rostro, ligeramente confuso. Aioros, alzó una ceja, pero pronto sonrió divertido al adivinar de quién hablaba.

—¿Asterión y Argol?

—¡Ajá! —Asintió la morena.

—Creo recordar que anoche mencionaron algo sobre ser fans… —el castaño adoptó expresión pensativa mientras trataba de hacer memoria. No era fácil.

—¿En serio? —quiso saber Saga, confuso. Simplemente no se acordaba de nada. Lo que hubiera sucedido desde que abriera la Otra Dimensión en la retirada de Troya, hasta que perdió el conocimiento con las curas de Aioria, era un mosaico difuso de voces amortiguadas en su cerebro.

—Si, en serio. ¡Les habéis impresionado mucho! —Naia negó suavemente con el rostro—. Chicos, sois increíbles. Lo que hicisteis anoche… —resopló, con cierta emoción y admiración mal contenida—. Espectacular.

Las reacciones de ambos fueron a la vez tan distintas, y tan iguales… que Deltha no pudo sino sorprenderse. Dibujó una sonrisa triste al percibir como un halago podía ocasionar tanta disparidad. Aioros, dentro de todo, se veía orgulloso: su confianza volvía más y más fuerte a cada minuto que pasaba y superaba obstáculos. Se notaba.

Saga, mientras tanto, aunque también tenía un deje de orgullo en el rostro cansado; parecía verlo todo desde un prisma lejano, como si fuera más consciente de que cada batalla ganada siempre dejaba una profunda herida tras de sí que nunca terminaba de cicatrizar. Era como un anciano en el cuerpo —maravillosamente esculpido— de un veinteañero.

—Tú también suenas impresionada, Caelum. —El gesto burlón y simpático en el rostro del arquero, robó un par de sonrisas a Saga y Deltha—. Pero te entiendo. Saga y yo estuvimos fabulosos.

—Obviando el pequeño detalle de que aunque quisieran, los pequeños fans no podían ver nada… —acotó el peliazul, chocando con su puño vendado, el que le tendía con complicidad el castaño.

—¡Eh! ¡Fueron un montón de lucecitas de colores maravillosas! —Y no era necesario ver: bastaba con sentir, y eso habían podido hacerlo incluso más de lo que les hubiera gustado—. Madre mía…—rió Naia al contemplar a Aioros—. ¿Y ese ego, arquero? ¿Dónde había estado escondido?

Aioros infló el pecho orgulloso. A pesar de la situación en que estaban, y de la incertidumbre por todo lo que podía suceder de manera inminente, hoy se sentía optimista.

—Bah… quizá haya sido cosa de Arles, que me haya contagiado su genialidad oculta. —Saga rió al escucharlo, pero no tardó en lamentarlo. Carraspeó, y después tosió un par de veces. Maldita garganta, que se sentía como lija.

—Iré por un poco más de agua —Deltha, preocupada, se puso en pie de un salto—. ¿Necesitáis algo más? ¿Vuestros calmantes? —El peliazul negó, tratando de calmar su nerviosismo.

—Agua está bien.

—Échame una mano, Deltha… —suplicó Aioros—. Ayuda a este respetable anciano a ponerse en pie. Aprovechare a alcanzar el número de pasos necesario para cumplir el objetivo de hoy, y de paso voy al baño.

—¿Cuántos pasos son esos, Aio? —preguntó Naia, divertida, mientras trataba de sujetar a Mordisquitos en un abrazo. Desde que el teléfono móvil de Janelle había entrado a sus vidas, no dejaba de sorprenderla con comentarios como aquel.

—Como quince… Me siento optimista. —Ahogó un quejido al levantarse: no sabía que molestaba más, si los golpes o los puntos que tiraban y amenazaban con saltarse con cada movimiento de sus músculos. Deltha lo sostuvo con cuidado—. Ahora vuelvo…

Mordisquitos les siguió meneando la cola con alegría. Y antes de que pudieran decir mucho más, Saga y Naia se quedaron solos.

-X-

—¿Cómo estás…? —Naia se sentó a su lado, sin dejar de verlo, aprovechando el momento de soledad inesperado.

—He estado mejor, la verdad… —sonrió con un cansancio evidente en su rostro—. Pero mejor que anoche.

—Me alegra oírlo. —Posó su mano con delicadeza sobre la vendada de él—. Ha sido una grata sorpresa encontraros a los dos aquí, la verdad…

—Lo sé. —La vio de soslayo, ligeramente nervioso.

La morena tenía ese influjo sobre él, y la conversación que tuvieron en su cumpleaños, no había dejado de rondarle en la cabeza desde entonces. Tras unos segundos de silencio, se animó a hablar.

—Oye… —murmuró. Naia clavó sus ojos violetas en él—. Yo solo… —No sabía como empezar, la verdad—. Creo que cuando hablamos en mi cumpleños, soné un poco hostil de más.

—No, Saga, está bien. Lo comprendo.

—La cuestión es que… —se encogió de hombros en aquel gesto tan suyo y suspiró—. Me tomaste por sorpresa. No esperaba que aquella conversación se diera, y… no sé. —Negó con el rostro suavemente—. He pensado mucho en ello después.

Era verdad. Naia había mencionado que no quería ir a Troya en malos términos con él. Ambos sabían el riesgo de aquella misión, y lo que quedaba por venir. Después de aquella inesperada conversación, había tenido muchas cosas en mente: la batalla inminente, la inesperada sensación de querer vivir, Deltha… Naia. Y la cuestión era que ella tenía razón.

Había caído en batalla muchas veces antes. Su vida se había esfumado… y nunca había tenido la oportunidad de irse en paz, con sus asuntos en orden y zanjados. Quizá ahora tenía un deseo de vivir sorprendente, pero eso no cambiaba nada. Necesitaba paz. Necesitaba sentir que por una vez, todas las personas a las que amaba, recibían de él lo que merecían. Y Naia, por mucho que hubiera intentando convencerse de que no, seguía siendo una de esas personas invaluables.

—Yo también te debo una disculpa —dijo Saga al fin. El ceño de ella se arrugó sutilmente, con sorpresa—. Y querría que me escuchases porque… —se encogió de hombros de nuevo—, ya sabes que no se me da bien tratar asuntos personales. No quiero hacer otro desastre.

—No pasa nada… —acarició de nuevo su mano con delicadeza, animándolo a continuar y sin retirar la vista de él.

—Aunque las cosas nunca fueron como te convenciste a ti misma que eran, siento mucho no haberte dado la atención que necesitabas, del modo en que lo necesitabas. —Decirlo no era fácil, y aunque pensaba que lo tenía bastante superado, continuaba doliendo mucho—. Siento… —tragó saliva—. Siento no haber estado a la altura de la situación, pero sobre todo siento muchísimo no haberte comprendido. —Buscó sus ojos—. Nunca te traicioné, Naia. Nunca lo hubiéramos hecho.

Aquella preciosa mirada que ella tenía, se humedeció. Naia se mordió el labio con nerviosismo, y finalmente esbozó una sonrisa triste. Lo sabía. Ahora lo sabía. ¿Por qué no había podido simplemente escucharle? ¿Qué había pasado con ella?

—Lo sé —su voz se rompió—. Ahora lo sé… y también sé que es tarde. —Ser consciente de ello era, quizá, lo más doloroso.

—Hubiera hecho lo que fuera por tí —continuó—. Hubiera…

—Lo hiciste. —Un par de lágrimas cayeron. ¡Vaya día llevaba!—. Lo hiciste siempre, desde la noche cuando me sacaste del Santuario hace tantos años. —Saga apretó los dientes al escucharla, al verla llorar—. Siempre fuiste, con Deltha, mi mayor apoyo aquí. Desde niños. Y no sabes cuánto siento… —ahogó un sollozo—. Cuánto siento haberlo estropeado y haberte hecho tanto daño. No te lo merecías. Y yo era quién tenía más experiencia en esto, era quién debía haber hecho las cosas mejor… Lo siento mucho.

Saga la abrazó. Se arrepintió de modo casi inmediato cuando las decenas de puntos y quemaduras de su cuerpo le hicieron encogerse, pero no se movió. Olisqueó su pelo, y notó como sus propias lágrimas humedecían sus ojos mientras la sentía llorar.

—No sé cuánto tiempo tengo, Naia… —musitó con suavidad—. Pero siempre fuiste un soplo de vida, desde que nos conocimos. No quiero perder a esa niña, a ese torbellino de alegría. A mi amiga. No quiero… —negó de nuevo y cerró los ojos—. Quizá lo nuestro era la crónica de una muerte anunciada, pero no quisiera perdernos…

—No pasará… —buscó su mirada—. Te lo prometo.

Saga asintió. Dolía mucho, sí. Pero dolía de otra manera.

La quería, siempre lo haría. Pero aquel amor, había cambiado.

Continuará…—

NdA:

Angie: El Señor Mouse no sufrió daños durante la escritura de este capítulo…

Kanon: ¡Saga Mouse le llamaremos! El ratón más exhibicionista del Santuario.

Saga: Respetad su intimidad… ¬¬' *Acicala sus orejas mientras tanto*

Milo: ¿Alguien más ha notado que Apus es como la Cenicienta? Tiene un príncipe azul, un ratón, pasó a vivir de una choza maltrecha a un castillo y, como extra, tiene un cangrejo que habla :D

Aioros: Bajo el mar… vives contenta, siendo sirena… *canturrea*

Gato: ¡Ya va a empezar! Venga, cambiemos de tema antes que Aioros siga cantando... ¡Hablemos de lo genial que soy!

Saga: Magnífico… un poco duro x_X

Gato: Aioria de Leo, domador de Ilustrisimas...

Angie: O torturador… Te prometo que Saga se sobresaltó pensando que volvías… Wahahaha…

Gato: ¡Wahaha! En el próximo capítulo habrá menos torturas, lo prometo.

Arles: Sí, por favor, ¡o Shion colapsara de una crisis de ansiedad!

Angie: ¡Pues despidamos el capítulo y hasta la próxima será!

Damis: ¡No sin antes advertiros de un pequeño problema que hemos descubierto en los últimos meses! No llega ninguna notificación de email de FanFiction: ni nuevas reviews, nuevos capítulos…

Sun: ¡Tomen precauciones!

Aio: Bajo el mar… bajo el mar…. *canta más fuerte*

Mordis: Auuuuuu…..