En pocos sitios los seres humanos no han pisado tierra, pero Arthur estaba convencido de que era el primer hombre. Era algún tipo de Cristóbal Colón dando pie a un descubrimiento, no era nada que nunca hubiese visto. El rocoso paisaje dando nombre a los acantilados que eran unión a sus vistas al bravo mar. Se asfixiaba por la pureza del aire, a su vez le agradaba. Las vistas nubladas daban cabida al viento fresco y a alguna que otra llovizna de carácter débil. Los tímidos brotes de hierba sobre las rocas le hicieron bajar la cabeza, de este modo descubriría que su alrededor estaba repleto de tiernos brotes de césped, los cuales oscurecían por culpa de la luz.
Arthur se rascó la oreja, una vieja costumbre que no dejaría por el momento, al igual que los cigarrillos mentolados o el ron añejo. Cada vez que su presencia era transportada a aquella dimensión, no era capaz de procesarlo por completo, aún así había una razón por la que no cambiaría su estancia en ese lugar casi todas las noches.
Su motivo, razón, pasión…estaba ahí delante de sus narices.
Arthur no quería mencionar, recordar o siquiera pensar en la primera vez que termino en aquel destino. No estaba solo, un hombre como miles de los que probablemente habían llegado al acantilado le acompañaba. Su carácter siempre le había perturbado, mientras que el paisaje amainaba su rostro no cambiaba en lo absoluto, las gaviotas cantaban y aún así no veía en sus ojos motivo para levantar la vista al cielo. Nunca le llegó a decir su nombre. Sabía lo justo, el susodicho era rubio pálido, ojos amatista sin vida, era noruego y raras veces hablaba. También sabía que era quien controlaba hasta cierto punto aquel sueño, él le había enseñado a vivir en ese sueño, aunque en el fondo la ilusión creada por Morfeo le atormentase. Creaba grandes barcos y viajaban más al más allá del peñón, nombre poco original pero que a ambos agradaba. Descubrió que ese mundo tenía sus peligros, grandes vestías surcaban mares y cielos, la mayoría eran inofensivas, pero se guardaba respeto por ellas.
Más allá del peñón existían islas desiertas llenas de castillos e edificaciones remotas en el tiempo. Aunque no lo pareciese, Arthur sentía haber entablado algún tipo de amistad con aquel extraño, no sentía incomodidad como lo hacía normalmente, no hablaban ni de vidas ni pasados algo que el de ojos verdes agradecía. Siempre al acabar sus viajes, volvían al punto de partido, en cualquier caso un día todo cambió, el hombre rubio habló más de lo normal.
-Arthur se ha terminado mi estancia.
Cuando pronunció esas palabras el inglés no las tuvo, normalmente siempre sabía que decir, pero se había quedado en blanco. No tenía la suficiente información para saber a lo que se refería, así que simplemente pronunció balbuceos incomprensibles.
-Es hora de explicarte unas cuantas cosas…antes que tu hubo alguien incluso antes que yo, su nombre al igual que el mío no tienen mayor importancia-por primera vez se paró en ver el atardecer-no sé porque aparecemos aquí, pero cuando me vaya aparecerá a alguien que debes encontrar antes de que aparezcan.
-Oye…soy lo suficientemente perspicaz para deducir que no eran sueños normales…pero…
Con tan solo una mirada hizo que aguardase, cuando los asuntos que concernían eran importantes era mejor callar. Arthur lo sabía bien, realmente sabía que no había que enfadarlo sobre todo si era importante. Presuponía que el carácter de la conversación lo era, por lo tanto quiso escuchar.
-Al irme aparecerá tu yang, yo lo tuve y fue demasiado tarde. El control que tengo sobre este mundo será tu herencia, con el podrás crear todo lo que te plazca pero obviamente hay un objetivo en eso- su voz era profunda, oscura, casi daba la sensación de que las tinieblas habían aparecido en este mundo-descubre que necesitas de tu yin, pasará un tiempo hasta que aparezca, pero recuerda que en ese tiempo tienes que crear…aclárate antes de que ellos aparezcan.
-¿Quiénes son ellos?
-Adiós.
Después de aquella despedida se lanzó al vacío, el rubio sin inmutarse quiso mirar abajo, no había nada, absolutamente nada. Fue ahí, en ese mismo instante en el que autoproclamó Colón, el Colón de la nada e inexistencia.
Se le paró el corazón y por un momento tan triste y pequeño descubrió que efectivamente estaba solo, y aunque en sus sueños ese rubio había sido su guía, siempre estuvo solo. Antes de que acabase su estancia nocturna en esa especie de paisaje, se sentó, se encendió un cigarrillo que estaba en uno de los bolsillos de su chaqueta e inhaló el humo con una pesada pasividad.
-¿Y ahora que cojones voy a hacer?
Nadie le respondió, tampoco necesitaba repuesta, solo la luna que indicaba el final del sueño.
Esos fueron sus primeros momentos solos, las siguientes noches hizo lo que su acompañante era capaz de realizar. Se imaginó un gran barco de la época de los grandes descubrimientos y lo bautizó con el nombre de ''La Nereida''.
Se vistió como aquellos piratas que su madre relataba en cuentos y creó toda una tripulación esquelética y fantasmal justo como se imaginaba cada vez que narraban historias de terror en relación con el holandés errante. Con un simple pensamiento traslado sus sueños infantiles en aquel plano y oscuro mundo en el cual había estado viviendo por casi dos años. Sin siquiera imaginarlo convirtió sus fantasías en realidad, pues ahora las innumerables islas que había visitado tenían un nombre y propósito en donde había surgido gente. Nacieron en el deseos bárbaros, quemaba haciendas, robaba…no asesinaba, pero si luchaba contra enemigos imaginarios, la marina española y francesa, además de unas cuantas bandas de piratas que deambulaban.
Los instintos animales del sexo no eran tan comunes, sería mentira decir que no los había probado en sueños, pero últimamente sus encuentros en ese ámbito estaban totalmente cubiertos en la vida real. De vez en cuando salía con una camarera estadounidense, nada serio pues en verdad esta tenía novio, también se reunía con una compañera del trabajo llamada Sakura, la cual a su vez era su confidente. Arthur no le hacía ascos a nada, mucho menos a los hombres. Su primera experiencia había sido con un francés hace más de cuatro años, un hombre atractivo que no recordaba el nombre, y mejor era así pues sus impresiones sobre él fueron las correctas: un engreído prepotente.
Desde que descubrió ambas aceras, había tenido bastantes encuentros sexuales. El problema del inglés era el compromiso, su última pareja estable había sido hace dos años con una chica de Seychelles, duraron aproximadamente un año y pico ¿el motivo de la ruptura? Ni el mismo Arthur lo sabía.
En el ámbito laboral…estaba en su mejor momento, con sus 29 años, a Arthur le había contratado el primer ministro inglés para que ejerciese de abogado y tuviese bajo control todos los temas legales, por lo cual el rubio bromeaba con que era el abogado del diablo y razón no le faltaba. Desde hace más de cinco años se había ganado una muy buena fama, tanto que llegó a salir en the new york times como joven promesa de la abogacía. Le habían invitado aristócratas y políticos a fiestas, además de actores, es más ese francés era un actor de teatro y cine tremendamente reconocido en Francia y últimamente también en USA.
Su vida era interesante y sofisticada, en general todo lo que podía desear alguien, a pesar de ellos para él los sueños eran una vía de escape de la cual se quedaba descansado y fresco.
Escapaba… ¿de qué? Nadie sabe de lo que escapa realmente, sobretodo porque no existía motivo o razón. Hace ya tiempo que su ex compañero noruego le contó que quienes añoran el mayor deseo humano acaban aquí. Deducía que era lo que podía querer, el sentimiento de libertad, libertinaje e incluso amor. Pero amor ¿a qué?
Arthur no era devoto del amor, creía que existía pero era efímero. Un sentimiento lo suficientemente peligroso como para tenerle miedo. A lo largo de nuestras vidas nos enamoramos mil y una veces, al igual que las noches, y el inglés no era la excepción. Había tenido los suficientes romances como para sentar la cabeza en el sexo.
Paso medio año solo, medio año en que perfeccionaba cada vez más su mundo en el acantilado. Era la distribución perfecta, el tenía una isla donde guardaba los tesoros más preciados, y donde se hallaba un panteón para darle un tributo a su diosa fortuna, que no eran más que las criaturas en las que llegó a creer de pequeño. Cada día le gustaba más, pero se añadía una extraña soledad al llegar a casa, era como si sintiese cada vez más la ausencia de cualquier ser humano, porque para ser sinceros, Arthur no pensaba que su gato fuese una buena compañía, y menos cuando este le hacía el vacío.
Cuando acabó ese maravilloso medio año, apareció una nueva figura en el acantilado, aparecía como todos aparecían ahí en una primera instancia: vestido con traje negro y camisa blanca.
El hombre era moreno, castaño y ojos del más puro mediterráneo, un verde oliva que no dejabas de contemplar. Su piel estaba perlada por el mar y sudor, sus ojos teñidos por una mezcla de impresión y miedo y no paraba de temblar. El inglés lo observaba desde lejos, sonriendo con maldad porque sabía de quien se trataba.
Era un compañero de instituto…más que compañero había sido su rival. No sabía que había sido de él, aunque decían que ahora era bailarín. El rubio se acordó de esos sucesos en el instituto, era un constante tira afloja, tal vez los humanos añorasen sentimientos tales con la felicidad, pero él quería venganza. Necesitaba sentirse realizado con aquel sentimiento infantil, estuvo un año alejado de su país a los dieciséis años. Le habían dado una beca y Arthur la aceptó sin decirle nada a su familia, por supuesto tampoco fue un impedimento para ellos. Sus padres sabían que necesitaba estar alejado de todo, negó con la cabeza no queriendo rememorar esa época de su vida. El problema fue que en ese tiempo era tímido y los sucesos ocurridos hace poco le hacían no poder socializar con total normalidad. Las primeras palabras de Antonio…realmente no se acordaba, pero fueron algo del estilo: cejón, puto guiri…
Si le preguntasen porque o que había hecho para enfadar a Fernández no sabría contestar. Pero desde ese momento odiaba todo lo que tenía que ver con ese niñato engreído. Debía de admitir que podría simplemente haberle dicho algo a director, les hubieran cambado de clase asunto solucionado. Pero a él le gustaba luchar, además él en su ciudad natal había sido un quinqui, si quería guerra la iba a tener.
Antonio había nacido en Andalucía, más precisamente en Granada, donde desde pequeño su abuela le había apuntado al conservatorio de danza. Ahí bailaba flamenco y ballet y conoció a Roderich y a Elizabeta. A pesar de que tenía más amigos en su instituto, eran los únicos que sabían lo del conservatorio. En su instituto eran muy conservadores, al igual que su padre que no quería que fuese al conservatorio para aprender danza. Por suerte se encontró una solución para contentar a todos. El amaba la danza y tenía talento, a los nueve años uno de los mejores profesores de danza de Europa le ofreció clases particulares. Era un hombre italiano y bien vestido que tenía una gran casa en la costa, donde daba las clases. El hombre tenía dos nietos que iban todos los veranos, eran un año menor que él, pero tenían una química especial.
En el instituto tenía muchos amigos, pero el mejor era Gilbert, un chico alemán que era…bastante singular.
Finalmente con el tiempo se dedicó a la danza por completo, era el más notable bailarín en los teatros y por una gran cantidad de dinero bailaba de forma privada en espectáculos.
La primera vez que piso un escenario extranjero fue a los dieciocho años cuando interpretó el lago de los cisnes en el papel del príncipe Sifrigido. Era la primera vez que viajaba al extranjero. La bailó en el teatro San Carlos en Nápoles. Después de eso no paró de trabajar por todo el mundo: Japón, Rusia, Francia…
Se había mudado a París en el barrio Latino, ya que le gustaba el ambiente lleno de librerías y museos. Le resultaba demasiado distinto en comparación a su vida familiar, a sus veintinueve años todo le daba curiosidad y más en un país como el vecino. No pasaba demasiado tiempo en su departamento, pero le encantaba viajar ya que para el español era como abrir de nuevo los ojos. Solo pisaba España por trabajo y por el norte de este país ya que necesitaba un poco de su sol. A los veintiséis años conoció a Francis, un actor con el que hablo por primera vez en la ópera de la bastilla. El en ese tiempo bailaba Coppélia, antes de su espectáculo en el teatro se interpretaba una obra de teatro, sino mal recordaba era Edipo rey, pero también salía en una serie de época que trataba sobre la burguesía en tiempos coloniales antes de la primera guerra mundial y en cómo el protagonista salía de un monasterio después de diez años. Antonio se dio cuenta de que era Lucien Durand, el hijo menor de la rica familia Durand que buscaba fortuna propia.
No era el personaje principal, pero si uno de sus favoritos. Cuando estaban recogiendo el decorado de la obra para preparar la suya, se aproximo al francés con algo de nerviosismo.
-Tu…e-eres…bueno ya sabes, el de la serie de la chartreuse…me gusta mucho tu personaje y también me gusta Alphonse…aunque claro es el protagonista…
El rubio rió y miró de arriba abajo al castaño.
-Mi nombre es Francis Bonnefoy, y tú tienes cara de… ¿Mario?
El castaño rió esta vez por la ocurrencia y acabo cediéndole el nombre.
-Antonio Fernández, oye te puedo dar una entrada para el ballet de esta noche, no sería justo que yo haya visto tu trabajo y tu no me hayas visto bailar-el castaño inmediatamente pensó que era bastante precipitado-bu-bueno si quieres.
El francés le observo de forma más que divertida mientras se planteaba la idea que le había propuesto el moreno.
-Hmm sabía que no eras de aquí, te delata el acento. Me encantaría verlo y después podemos hablar y cenar.
Esa noche Antonio sintió que bailaba mejor que nunca y durante la cena estuvieron hablando muy animadamente. En un principio Francis quería simplemente llevarle a la cama, pero le había resultado gracioso e interesante, tal vez surgiría una amistad más que el sexo.
Al año siguiente la serie de Francis terminó después de seis años en emisión, el final había conmocionado a más de uno incluido a Antonio. En el desenlace de la serie daba comienzo la primera guerra mundial y Alphonse decide alistarse por su cuenta, ya que dice que ha sido un hombre de paz y esta guerra un reto a su ya desaparecida fe. Lucien, el personaje de Francis, se casa con una chica canadiense pero no lo hace por amor, sino para huir de Francia y su familia.
Después de terminar la serie, Antonio le dijo que probase suerte en USA, ya que un amigo suyo le había mencionado a Antonio sobre un papel en una película sobre un inmigrante francés en América en los años veinte, el español había recomendado a su amigo. La serie había sido un éxito en Francia y en Europa, pero todavía no había llegado a otros continentes. Era innegable el éxito y fama que tenía en Francia pero Antonio le había dado una gran oportunidad para expandirse. Además ese mismo año se estrenaba un nuevo ballet en Estados Unidos en donde el castaño iba a participar.
Fueron ambos a la aventura, no era la primera vez del moreno en el continente, pero si la primera de Francis.
En la actualidad, el francés residía más allí que en Francia aunque volvería en unos días porque había conseguido un papel de una película francesa.
Antonio volvía a la tranquilidad de su piso después de haber pasado más de dos meses interpretando la Bayadera en Moscú.
Esa noche, ceno algo rápido y ligero ya que no tenía muchas ganas de cocinar. Había decidido tomarse unas vacaciones de un mes que es cuando empezaría su siguiente trabajo en Alemania. No quería pensar en ello, así que simplemente llamó a Roderich después de cenar. Su voz le tranquilizaba, además oír a otros decir lo ocupados que estaban le hacía sentirse feliz. El austriaco era director de orquesta, y en un mes tendría que preparar el famoso réquiem de Mozart junto a su nueva composición titulada los sueños en barca. Antonio se sintió feliz porque podrían encontrarse y tener algo más de vida social.
Cuando se fue a la cama sintió algo extraño, un sudor, agua, sal, las olas y de repente…
Su vestimenta era elegante, estaba en un acantilado, el cielo era grisáceo y a lo lejos un barco pirata. Se acercaba hacía el, era el primer sueño que se sentía tan real, quería huir y desaparecer. Del barco salió un hombre rubio y ojos jade que de inmediato reconoció.
-A-arthur…
El nombrado sonrió de forma pérfida y a continuación agarró al moreno del cuello de su camisa.
-Soy el capitán Kirkland para ti Spaniard, y no te equivoques, esto no es un sueño sino una pesadilla.
El español tenía los ojos muy abiertos y sorprendidos, tenía razón, esto era una pesadilla y pensaba escapar de ahí. Con brusquedad se soltó del agarre del rubio, a causa de la fuerza calló de culo en el suelo, provocando la risa de Kirkland. Para el inglés era una bonita estampa, sabía que era absurdo guardar tanto rencor durante trece años, pero yacían sus deseos de libertad, se sentía joven de nuevo.
Pero antes de poder decir nada más, el hombre a sus pies desapareció, había despertado. A pesar de eso, el bautizado capitán Kirkland tenía muchas ideas para Antonio, su huída le daría la oportunidad de una buena preparación.
Antonio se sentía sobresaltado, apenas había dormido tres o cuatro horas, eran las cuatro de la mañana. La aparición de Arthur en la pesadilla era irreal, el lo sabía bien. A pesar de ello, sentía que había sido demasiado real. Aunque probablemente si se volvía a dormir no lo vería, no quiso arriesgarse. Decidió encender la televisión, al ver que no había nada emocionante puso un DVD de la chartreuse. Volvió a empezar la serie, le tranquilizaba pensar que esos personajes lo habían pasado como él. Después de cuatro capítulos se durmió sin ver al inglés, hecho que hizo que al despertarse suspirase con alivio y satisfacción.
A los dieciséis años el rubio había venido a su escuela, podía admitir que tenía cierta admiración por él. Pero empezaron con mal pie por un malentendido en el campo de fútbol que provocó una serie de insultos. Desde ese momento había sido un toma y daca. Antonio pensó que realmente, el golpe de gracia entre los dos lo hizo él. Estuvo unos años con aquella espinita, pero lo pudo guardar en lo más profundo de su mente. Además el también le jodió pero bien jodido como decía coloquialmente su hermano, del cual por cierto se hizo amigo en aquella época y tan solo para putearle. Su subconsciente no le tenía que recriminar nada.
Hola a quien haya leído mi historia anterior o a quien le interese el spuk y por casualidad ha llegado a esta historia. Debo decir que no voy a prometer que los capítulos sean seguidos o rápidos, pero sí que serán largos, o al menos yo considero que este ha sido lo bastante largo. En esta historia he decidido meter drama...mucho para mí gusto...y también será bastante explícito, al fin y al cabo estamos hablando de una venganza. En cualquier caso esta historia tiene dos finales planeados, por lo que depende de cómo surjan los acontecimientos acabará en uno u otro. La estructura de este fic está bastante planeada, por lo que me decanto más por uno de los finales, pero quién sabe. También tengo ideas frain, más spuk, nedspa...tengo muchas ideas en realidad, voy a intentar que sean en orden, aunque si a nadie le importa puede que me dediqué a ser desordenada. Lo que si que no haré es dejar ningún trabajo a mitad, que luego me da mucha pena...y no voy a añadir más que me estoy enrollando más que una persiana.
