Ya era domingo, Antonio y Arthur habían quedado en un bar cercano para desayunar antes de ir a ver los museos. Cuando Arthur vio desde la lejanía como Antonio corría hacia él, se quedo con una sonrisa indescriptible, tal vez era su gorro azul de lana o su bufanda blanca…era endemoniadamente adorable. Además iba con una pequeña mochila donde seguramente llevaría dinero y algunos enseres.
-Hola Arthur, siento llegar tarde.
-No pasa nada, acabo de llegar-respondió mientras elegía mesa para ambos.
De un momento a otro vio como las cejas de su acompañante se fruncían aunque seguía sonriendo y por supuesto, no residía malicia en sus ojos. Aunque claro, Antonio no era una de esas personas que pensaba en venganzas, realmente eran polos opuestos. En el caso de los imanes se repelerían, pero era un caso digno de la ciencia. Y no es que los polos opuestos se atraigan, Arthur siempre había pensado que eso era una vil mentira, una para vender más entradas de cine estadounidense.
-No hace falta que utilices esa mentira conmigo, se que suelo llegar tarde. Creía que me tendrías la suficiente confianza para decirme que soy un tardón.
Ese diálogo era prueba de la teoría del rubio. El hubiera dejado que la otra persona fingiese, y también hubiera mentido diciendo que nunca llegaba tarde, que había sido el transporte público, un accidente en el trabajo…
No le incomodaba la forma de ser del castaño, solo le chocaba que fuese tan directo y a su vez sincero. Por su parte, tenía una mal perder y sentía que había perdido una victoria nuevamente imaginaria. Así que lo único que se le ocurrió para ganar el siguiente asalto fue basar al español, intensamente para dejarle tanto a él como a sí mismo sin aliento. Aunque fueron apenas cinco segundos, unos maravillosos segundos en los que se enroscaron con un matiz salvaje y dulce, el anglosajón consiguió su objetivo.
-Eres un tardón Anthony.
Los ojos verdes mediterráneos estaban cristalinos, las morenas mejillas sonrojadas y sus suaves y dulces labios entreabiertos. Era increíble como su propia vergüenza la impedía incluso desviar la mirada. Y cuando intentaba hablar, de repente solo salían balbuceos que probablemente no existían. El inglés estaba disfrutando, descubriendo de esa manera que su plan era una maravilla, comparaba a Antonio con un lienzo en blanco el cual iba a teñir del rojo de la vergüenza.
Finalmente se sentaron en la mesa para finalmente pedir el desayuno. Surgió un nuevo debate en el que el español era defensor del café, y por el contrario Arthur vendería su alma al diablo por una taza de earl grey.
-Que sepas que eso de poner cuatro hierbas al agua no creo que se pueda considerar como gastronomía-contestó el español.
-Cállate, yo no critico esa serie que tanto te gusta…
-¿Y qué tiene de malo?
-Que es fácilmente deducible.
-Eso es absurdo…
Antonio se había puesto de morros mientras que el inglés reía de manera jovial. Debía de reconocer que era encantador de esa forma.
-Vale tienes razón, de mi boca solo salen cosas absurdas-contestó el inglés con sorna.
Antonio volvió a fruncir el ceño, esta vez cruzo los brazos también. En parte porque quería verse más enfadado de lo que realmente estaba, y también el frío atemorizaba su llegada. Cuando les trajeron el desayuno, que era una composición de platos variados, debido a la fabulosa idea del español de "cojamos un poco de todo", Antonio sacó un folleto de su mochila.
-Arthur, no sé que ver primero…deberíamos de ver la parte de arqueología o tal vez…
La voz del castaño se difumino de un momento a otro en sus oídos, le encantaba cuando divagaba. La única pega por su parte es que siempre ponía sonrisa de idiota, eso a Arthur no le gustaba ya que se encontraba así mismo observándole con tal admiración, que ni siquiera se daba cuenta del tipo de expresión que aguardaba en su cara. Esta vez a pesar de que se dio cuenta a tiempo, en su cabeza se instaló el solo pensamiento de "venga, tan solo un poco más". Con una delicadeza impresionante, cogió la taza de té mientras que saboreaba una de las pastas que habían traído.
De un momento a otro el moreno paró de hablar, tenía una expresión rara en el rostro, casi como si esperase una respuesta de su acompañante. El rubio se puso alerta de inmediato, ¿qué se suponía que debía responderle?
No había estado escuchándole, la manera en cómo sus labios se movían e incluso el relajante contoneo de sus largas pestañas chocolate, es más, cada vez que estaba feliz pestañeaba menos de lo habitual. El inglés lo había notado y es que de alguna forma sus ojos se entrecerraban más por la felicidad. Además se emocionaba y comenzaba a hablar más rápido, en muchas ocasiones había tenido que pedirle a Antonio que repitiese la palabra. Casi siempre había desembocado en lo mismo, y es que a Antonio le resultaba divertido cuando no comprendía algo. Cada vez que le molestaba por eso, el decidía hablar inglés. Antonio siempre se frustraba ya que con su persistente acento le costaba más de lo normal pronunciar alguna palabra, a pesar de entender todo lo que el inglés decía.
Arthur al verse en la tesitura de contestar, simplemente dijo:
-Lo que tú quieras.
Al fin y al cabo pensó que hablaría de los museos.
-No tienes ni idea de lo que he dicho, ¿en qué estabas pensando?
-En que ojalá fueras mi desayuno.
Lo último lo dijo sin consciencia alguna, no había pensado bien sus palabras y solo dijo lo primero que le había venido a la cabeza. En cualquier caso era un espectáculo para sus ojos ver como Antonio se sonrojaba.
-A-arthur no tiene gracia…
-Lo decía bastante enserio dear.
Los ojos de su acompañante quisieron chistarle, pero parecía que su expresión se ablandaba y que los suspiros escapaban de sus propios pensamientos. Pero al fin y al cabo es lo que hacen los famosos suspiros de enamorados.
Los suspiros suelen estar acompañados de cierta debilidad, y en esos momentos era perfectamente consciente de lo que le estaba ocurriendo. Cuando le había dicho a Francis que sentía atracción ante alguien, no significaba amor. Ahora se estaba dando cuenta de que Arthur había ganado, o que el mismo había perdido, quizás ambos eran perdedores o ganadores. Podría quedarse en silencio durante más tiempo y eso es lo que hizo. Sorbió el café, lo degustó y volvió a suspirar. Seguramente el hombre enfrente de él se preguntaba el motivo de sus suspiros, una pena que no tuviese fuerzas por la mañana para explicarle que era culpa suya. Técnicamente era culpa también de su cerebro, pero buscar al culpable a la vista era más fácil. Era su culpa, por que cada vez que bebía su té el movimiento de su garganta le hacía querer morderla, su sonrisa cuando le hacía enfadar le daban ganas de que él le mordiese. Incluso sus gestos involuntarios cuando leía le hacían sonreír, sus cabellos eran los de un ángel, es más, en su imaginación creó un juego de palabras "cabello de ángel". Al igual que aquel postre era dulce, suave y con una textura peculiar, aunque Antonio no había tenido el placer de tocarle más a fondo a parte de su sueño, pero claro, eso no contaba y le hacían parecer un depravado. Pero como había dicho antes, no era su culpa, Arthur le había hecho ser un depravado. Y por estúpido que parece se preguntó si el rubio se había vuelto de esa manera por su culpa. No es que le hiciese más feliz, simplemente le dejaba satisfecho y es que sus temblores y hormigueos al pensar en él, tenían que estar pagados con la misma moneda.
-Si suspiras tanto se te escapará el alma.
Arthur no lo dijo con ninguna intención oculta, ni siquiera era una ironía. Es lo que le decía su madre cuando suspiraba tanto. De joven, en su época más rebelde no paraba de hacerlo y esa era la contestación de su madre. Alice Kirkland no era una devota cristiana, pero tenía su propia religión de cuento de hadas. Cuando era más pequeño su madre le decía que por las noches salía a hacer recados para las hadas y a los diez años se rió de la inocencia de su niño y le dijo que trabajaba de camarera en un bar. La mentira era piadosa, al igual que lo era la del inglés en aquella época. Porque por mucho que fuera un quinqui de las calles, no quería defraudar a su madre y menos a Scott a quien le tenía gran admiración, aunque no parasen de pelearse y obviamente a sus otros hermanos…
La mentira de ambos se descubrió el mismo día y es que ni Alice trabajaba en un bar ni él se iba a dormir con un amigo a estudiar el examen de matemáticas. Se vieron las caras, el rubio tuvo que mirar a la cara a su madre porque así no veía la ligereza de su ropa, por el contrario veía la decepción en sus ojos, pero ya le daba igual la decepción. Solo Alice le reprochó las cosas y Arthur fue cruel porque es lo que hacen los adolescentes, ni siquiera se acuerda de lo que le dijo. Seguramente algo por el estilo:
"Yo venderé droga, pero al menos no me venden".
Arthur era tremendamente poético con sus insultos, si no hubiese sido abogado seguramente habría entrado en bellas artes si las faltas de respeto fueran consideradas un arte.
-Tienes el cabello de un ángel…-dijo Antonio acompañando la respuesta con un suspiro.
Esta vez era el turno del inglés para caer a manos de los sonrojos. Si que le habían dicho que tenía el cabello bonito, pero más de manera despectiva o con motivos más descarados, Antonio era pura dulzura.
-Dices cosas muy raras, seguro que eso que tomas es café irlandés.
-No digas tonterías, es verdad, es como el del dios Apolo, es dorado como el sol.
Arthur necesitaba controlar esa situación, porque el siempre las solía controlar. Pero ahora mismo se había quedado mudo, y extrañamente el vértigo que le producía el ser una pobre oveja descarriada, le gustaba. Aún así, quería decirle algo para que él también se ruborizase, le gustaba verle de esa forma, le resultaba adorable como la primera vez que vio a gato. Aunque era habitual que el color de su rostro se tornase rojizo, además la mezcla de colores mediterráneos la encontraba encantadora.
-Te tomas tremendamente mal los halagos-dijo Antonio a la ligera.
Antonio era una persona despistada para muchas cosas, una de ellas eran este tipo de situaciones. Hay que decir que era mentira a medias, y es que en los temas del amor no solía tener demasiados problemas a pesar de ser tremendamente ausente. El problema era Arthur, nunca podía saber con exactitud lo que estaba pensando.
-Anda no te pienses cosas que no son…no estay acostumbrado, eso es todo.
-Es que…es difícil saber lo que puedes estar pensando, Arthur ¿acaso sabes lo que estoy pensando ahora mismo?
-Cada uno de tus pensamientos.
Por un momento Antonio sintió que no era una simple broma, que el Arthur de sus sueños era tan real como las gotas que empezaron a caer. Eso le distrajo de sus pensamientos, inmediatamente se refugiaron en la cultura griega. Los museos eran de distintas índoles y estaban repartidos en varios edificios. Al rubio le agradaba la cultura griega, en especial la época clásica en la que se reconstruyo el Partenón. En cualquier caso, la idea de estar a la vera de su presa le agradaba. Ninguno de los dos supo en qué momento decidieron salir, pero ya eran las dos de la tarde y no habían comido. Antonio estaba perfectamente habituado a ese horario y simplemente tenía una leve molestia por el hambre, pero el rubio no paraba de quejarse y decir que le iba a matar por tenerle tanto tiempo sin comer. Antonio le había dicho que si dejaba de quejarse, él le haría la comida. Al inglés la idea le resultaba atractiva, más que nada porque tenía la idea de que sería tan buen cocinero como él, que por si no se sabía aún Arthur era nefasto. Se basaba en cosas como que siempre salían a restaurantes o pedían comida para llevar.
Al anglosajón le sorprendió que realmente supiera cocinar, mejor de lo que se imaginaba. Todavía no había probado bocado, pero el olor que se impregnaba en la habitación era hipnótico. Daba una sensación de calidez y algo más que no identificaba.
El español trajo dos cuencos con un tipo de sopa que olía bien, a primera vista el humeante bol se impregnaba en las fosas nasales de ambos.
-Es sopa a la castellana, así podemos entrar en calor.
La sonrisa del moreno era inocente, ingenua. Su sonrisa no era más que un acompañamiento a una verdad absoluta, que hacía frío y que sus cuerpos necesitaban resguardarse de alguna forma. Antonio le había avisado que quemaba y que tenía que esperar mientras el sacaba un segundo plato. Era un plato de croquetas que habían sido hechas el día anterior, Antonio le había tenido que explicar que no calculaba bien las proporciones al cocinar, y que casi siempre hacía comida para más gente de la que tocaba.
Cuando pasaron aproximadamente diez minutos, empezaron a degustar el caldo con sus respectivos ingredientes que iban desde el huevo a pequeños trozos de jamón. Arthur nunca admitiría que su cocina había sido más que excelente, que para su gusto tenía las mejores proporciones. Y es que bajo su criterio de abogado, siempre que veía a sus clientes ya podía reconocer si era inocente o no. Las ideas preconcebidas eran parte de su trabajo y éxito, pensar que se había equivocado era un delito para él, nunca mejor dicho.
-Hoy es el estreno por la noche-recordó Arthur.
-Lo sé, a las siete de la tarde y debo de estar a las cinco y media como muy tarde, me lo tengo todo estudiado.
Arthur por un momento se extraño porque a él le habían dicho que debían entrar a las seis como muy tarde, iba a decirlo pero luego se acordó de lo que le habían dicho tanto Roderich como Ivan. "Es mejor decirle que tiene que entrar antes, así llegará a la hora real".
-Que estudioso, seguro que eras el más listo de tu clase, aunque en el año que estuvimos juntos te quite el puesto.
Era un comentario que buscaba molestar, chinchar y todos los sinónimos posibles. A pesar de eso, Antonio sonrió con bastante naturalidad y respondió lo siguiente.
-Por desgracia mi mente siempre está donde no debe.
-¿Ahora mismo donde está? Hay que decir que si respondes en mí, lo vería totalmente normal.
-Siempre intentas sacarme de mis casillas…
-Me lo pones fácil, además seguro que a continuación me preguntarías que quiero de postre, y ambos sabemos la respuesta.
El español se puso rojo, se le arrugó la nariz y bajo la cabeza. Pero a continuación decidió intentar buscar una respuesta contundente.
-Te equivocas, se me olvidó comprar postres.
Lo decía totalmente en serio, no era una oración destinada a la mofa, pero Arthur se rió. El español era torpe con sus palabras y mucho más cuando estaba delante. Por alguna razón el castaño se le unió al júbilo y a las risas.
Era el día del estreno y Antonio no podía estar más que tranquilo, le ponía más nervioso el ballet, pero el flamenco no era difícil de manejar. Siempre le habían dicho que era un bruto y en el flamenco a eso se le llamaba pasión. A Roderich tampoco se le veía nervioso, más bien estaba sumamente irritado por el barullo y porque iban a retrasarse cinco minutos. Al final Antonio le tranquilizó, le dijo que debería estar acostumbrado siendo su amigo. Roderich se rió por dentro, aunque por fuera su expresión era seria. Le contestó que estaba acostumbrado a su tardanza y no a la de los demás. Antonio suspiró, de inmediato fue a ver a Ivan para preguntarle, de esta manera podría acallar las inútiles quejas de su amigo. Ivan le dijo que era totalmente normal y que tenían que llegar las personas.
Arthur estaba esperando en un palco a Ivan, para ser sinceros le ponían bastante incómodo sus invitados. Había un hombre alto y robusto con el cabello cano y una prominente barba, no era demasiado hablador. A la izquierda de este hombre se encontraban las dos hermanas de Ivan. Una de ellas era simpática, de prominentes pechos y pelo fino y elegante, la hermana menor no era tan simpática. Entre ella y el ambiente había una enorme capa de hielo la cual no era capaz de romperse. Su cabello era largo y más juvenil, aunque su mirada era la más adulta de las hermanas. De cualquier manera, le inquietaba ese extraño retrato familiar sin que estuviese Ivan. Después de más de veinte minutos de un rotundo silencio, finalmente llegó el ruso vestido como un pincel. Su traje era blanco, mientras que la camisa era negra y su pelo estaba peinado hacia atrás.
La sonrisa del eslavo dejaba mucho que desear, como abogado sabía cuáles eran los gestos de apuro, culpabilidad, miedo…y la expresión de su jefe no era más que una mezcla entre estos tres sentimientos. Era como si le pidiese perdón de anticipo, aunque esos veinte minutos de silencio sí que eran razón para pedir perdón. En cualquiera de los casos, al llegar no se relajó el ambiente, casi parecía al revés.
Es más, no hablaron hasta que el espectáculo comenzó. Las dulces y suaves melodías no cambiaron hasta el primer taconeo de Antonio, en ese momento la lucha entre danza y música desembocaron en aquel espectáculo. Cuando se prolongaba alguna nota musical, los giros aumentaban y de repente se rompían para seguir más rápido con la sinfonía. En más de una ocasión el movimiento de sus manos y dedos se confundían con el sonido de los instrumentos de cuerda y a su vez su taconeo daba lugar al silencio, y al dejar de hacerlo la canción continuaba más fuerte que nunca, no era más que provocaciones mutuas. Por un momento Arthur pensó que estaba preparado, pero Ivan sonreía sin parar, lo que por cierto, calmó el ambiente incómodo.
-¿Y esa sonrisa?
- Están improvisando, por eso mismo les financio.
Al ver la cara extrañada de Arthur intentó explicárselo de una manera más…bueno Ivan siempre pensó que las buenas dotes de defensa no iban de la mano con las rarezas de un artista.
-Son amigos de toda la vida, pero tienen un tipo de rivalidad y siempre me dan dinero…mucho dinero y seguramente mañana el espectáculo no será el mismo.
El inglés se quedo sorprendido ante aquella revelación, los artistas eran raros para él. Aunque algo que se llevaría a la tumba es que escribía poesía, pero solo en sus ratos libres, y ahora que estaba Antonio en su vida casi no tenía el tiempo de escribirla. Pero él no era un artista, era lógico y frío, no tenía tiempo para entender la mente de los artistas, si nadie los entendía, ni siquiera ellos mismos. Iba a ir él a entenderlos, si a su edad no se entendía ni el mismo. Pero si que era cierto que Antonio estaba sonriendo, esa sonrisa en el fondo era suya, la tendría todas las noches y sería incluso más deslumbrante. Suspiró y recordó eso que le había dicho a Antonio y volvió a sonreír cuando acabó una de las primeras canciones.
A mitad de la actuación vio como el hombre más mayor se retiraba del palco, Ivan le explicó que era un viejo conocido que no le caía demasiado bien, pero a los invitados hay que agasajarlos. Volvió y la atmósfera volvía a ser extraña, era un círculo vicioso. Como ser humano, el inglés tenía curiosidad, pero como abogado prefería no saber nada.
El teatro comenzó a estar vacío, Antonio estaba cambiándose en su camerino. Los pantalones eran demasiado ajustados para su gusto, y el pensar que había estado exhibido de esta forma le hizo molestarse. Pero se suavizó al imaginarse las impresiones de Arthur, estaba convencido de que le habría gustado y que tal vez le hubiese transportado a tiempos más sencillos. Escuchó unos ligeros golpes en la puerta, su intuición ya le decía que era el rubio y efectivamente cuando le ofreció pasar, se encontró con su mirada.
-Has estado increíble.
El español rió con aire risueño, sabía que iba a decir algo por el estilo. Vio como su compañero se sentía confuso por la carcajada y no pudo más que acercarse y son sus brazos rodear de manera vaga su cuello.
-Vamos a cenar con Rod y Eli…pero después, tú y yo en tu casa o en la mía, me da igual.
El turno de sonreír fue del rubio, siempre que hacía ese tipo de comentarios su felicidad se elevaba. Era como si en alto dijese lo que ya se estaba imaginando. Asintió con la cabeza, observando los ceñidos pantalones que modelaban los muslos de Antonio, ya tenía más motivos para sonreír.
-¿Vas a cambiarte de ropa?-preguntó Arthur.
Al principio el castaño se sintió desconcertado, simplemente decidió asentir porque se sentía muy elegante. Se solía sentir así cuando iba a cenar con Roderich, aunque no lo pareciese el español no era muy recatado. Antonio podía y era elegante, pero era un bruto, un bestia…en el fondo el español era un animal, pero solo lo mostraba en su entorno natural.
-Deberías quedarte al menos con los pantalones.
De repente el rubio tuvo la necesidad de ser empalagoso. Abrazó por detrás a su compañero y dio pequeños besos tanto en el cuello como en la oreja. Antonio giró hasta encontrarse con los ojos verdes, tan parecidos y distintos a los suyos.
-Mañana me los pongo en casa.
La mueca de sus labios cada vez era más amplia, como un arco, el del mismísimo triunfo. Acababa de recibir una victoria de no sabía de dónde, una batalla más a su lista de inexistentes.
-¡Cállate! Ni siquiera sé qué estás haciendo aquí.
El inglés estaba mirando las notas del español, sin darle una verdadera importancia a la que le estaba diciendo.
-Porque la tutora quiere que haga amigos y que a su vez mejores en inglés, también me ha invitado tu hermano a su casa y luego…
-Ya lo sé mamonazo, era una forma de hablar.
Arthur se permitió acompañarse de una sonrisa petulante mientras seguía revisando el problema con la asignatura de su queridísimo idioma.
-Eres un manco, estás sacando nueves y dieces pero eres incapaz de hablar en inglés.
Esta vez fue Antonio quien no le respondió, es más se levantó de aquel minúsculo sofá y desapareció de su vista. Se sintió levemente irritado, no por nada en concreto, puede que por no recibir contestación alguna. Los labios de ese chico se habían sellado, como los de un sobre, y se habían ocultado. Seguramente estaba comparando su silencio con el de su madre, porque ahora no podía parar de comparar cada mínima cosa con su madre, su pasado, Inglaterra, su historia…
Cuando se quedaba mucho tiempo pensando, rompía a llorar o a hiperventilar, por suerte el español apareció con un vaso de agua, que por supuesto era para él.
-Es que me pongo nervioso y el acento es muy complicado, ahí con tanto hi y hey y no sé como que todo tiene muchas haches.
El rubio le observó, volvió a mirar las notas de su speaking y por consecuencia suspiró sonoramente. El español no hacía mucho caso a las indirectas que recibía de su acompañante, es más empezó a cavilar entre las orejas del inglés, había tenido piercings.
-Oye ¿tenías piercings?
-¿Eso qué importa?-preguntó indiferente.
-Es que te he visto los agujeros, me gustaría saber cómo eran.
-¿A ti qué más te da?
Antonio se puso de morros, encima de que le llevaba a la casa de su hermano los días que se quedaba con él y que le iba a presentar a Gilbert…vale que le estaba ayudando con el inglés, pero todo había sido una trampa de su tutora.
-¿Te has enfadado de verdad?
Antonio no le contestó, prefería que se respondiese así mismo con el silencio, pero no podía mantenerse callado. Su madre le decía que era uno de sus defectos y bueno su padre no decía ya nada.
-Solo quería darte conversación, podría hasta haberlo dicho en inglés, pero ahora has perdido una oportunidad de oro.
El inglés sonrió para sus adentros, entre irritado y divertido. Era más complicado que una mujer. Menos mal que dentro de una hora vendría su hermano con la cena.
-Si hablamos en inglés hasta que tu hermano venga, te enseño mi tatuaje.
-¿También tienes un tatuaje?
-In english.
Y estuvieron una hora hablando inglés. Al principio los titubeos de Antonio aunque divertidos, también le resultaban extraños. No podía decir con claridad lo que estaba diciendo pero con el transcurso de los minutos, el español pudo desenvolverse mejor. Al parecer no lo hablaba mal, si es verdad que tenía acento, pero al igual que él lo tenía cuando hablaba español. Arthur se lo estaba pasando bien, incluso se estaba riendo de las ocurrencias del castaño. Cuando su hermano decía que era el sociable de los dos, debía de ser cierto pero también tenía demasiado carácter. Y unos minutos después apareció el hermano con la cena.
-Hola tato, ¿qué hay de cena?
-Pues pizza y coge algo de la nevera, para beber.
Antonio se levantó del sofá y abrió la nevera, en su cara se notaba la indecisión. Cogió tres latas de alhambra y gritó desde la cocina mientras que su hermano se cambiaba en el cuarto.
-¡¿Podemos beber cerveza?!
-¡Solo una!
El español sonrió de manera triunfal, era una de las cosas buenas de dormir en casa de su hermano era esta. Cuando se sentó en el sofá, ofreció la lata al rubio que se quedo observando la cerveza. No era la primera vez que bebía, pero sí que era la primera vez que bebía desde bueno…Inglaterra. Aun así no la negó, lo echaba de menos aun que fuese un poco, solo era una lata, es lo que tenía que pensar.
Cuando su hermano preparó la mesa, comenzaron a comer. El rubio solo miraba la lata, hasta que finalmente la abrió dándole un ligero sorbo. No sabía mal, era menos ácida que la que solía tomar y algo más dulce en comparación.
-¿Qué tal la cerveza? ¿Cómo en Inglaterra?-preguntó Jaõa animando la conversación.
-Es más amarga la que suelo tomar, pero no está mal.
-Echo de menos la comida de mamá-dijo de repente Antonio.
-Y yo…tengo que traerme tapers, pero es que a la vez menudo coñazo.
-Mi madre no cocinaba-empezó a hablar Arthur-y yo queme varias veces la cocina.
Después de eso empezaron a contarse anécdotas de la infancia y la única cerveza se pluralizo hasta que ambos adolescentes llegaron al punto donde veían todo borroso. El mayor se preguntó si había sido buena idea, pero luego envió a Arthur a la habitación de invitados y a su hermano. Había una cama y debajo una cama nido, era una inversión, básicamente había sido más barata de lo que esperaba. Habían apagado las luces, la cabeza de Arthur giraba un poco, pero al estar tumbado su mareo estaba mejorando. Se dispuso a cerrar los ojos, pero sus orbes no paraban de moverse como si quisiesen mirar las arrugas de sus pupilas.
-Arthur, no he visto el tatuaje.
-Calla que quiero dormir.
Ojalá que hubiese hecho caso, pero Antonio tenía que subirse a su cama e insistirle dándole golpecitos hasta que se medio incorporó y vio como sonreía ilusionado, casi como un niño pequeño.
El rubio se quitó la camiseta del pijama y se giro, mostrando en su hombro izquierdo un pequeño faro minimalista, al igual que la pequeña puesta de sol de lejos.
-¿Contento?
-Es más bonito de lo que pensaba.
La luz de la luna y de las farolas los iluminaba lo suficiente, pero Antonio se durmió y es que no estaba acostumbrado ni al buen ni mal beber, en cualquier caso ambos durmieron juntos, a pesar de la incomodidad sufrida por Arthur.
Elisabeth y Antonio ya estaban más que borrachos. Era como algún tipo de reto personal en todas sus cenas, ver quién podía beber más. En algún momento de la cena, ya habían mencionado eso de montar su propia agencia de detectives, diciendo que siempre descubrían quien era el asesino en Castle. Era un ambiente jolgorioso del cual hasta los más serios disfrutaban. Roderich siempre se había preguntado si le había atraído la húngara por ese mismo motivo, porque eran diferentes, pero tan iguales. Le sacaba de su zona de confort pero ella era su zona. Cuando llegaron a los postres Antonio miró al frente del rubio y le sonrió, pero no de manera normal. Sabía que tipo de sonrisa era y lo que le llevaría, de repente rozó con su zapato su pierna. El anglosajón ya sabía lo que quería, y aunque no quería negárselo estaban en público, por lo que simplemente apuró los postres. Al salir del restaurante todos se despidieron y fueron por caminos separados. Antonio no paraba de abrazarle, estaba más empalagoso de lo normal, tampoco le molestaba demasiado simplemente estaba deseando llegar a casa.
-Arthur, cuando lleguemos a tu casa quiero darte una sorpresa.
"Ya me la puedo imaginar". Es lo que pensaba Arthur mientras tarareaba.
Finalmente llegaron a casa y el primero que les recibió fue el gato de Arthur, quien lamió el tobillo del mediterráneo. Le hizo cosquillas y rió ligeramente, eso mismo animó al rubio a llevarle hacía la habitación, ese maldito gato monopolizaría al castaño y era algo que no quería. Arthur se sentó en la cama, quitándose la engorrosa corbata mientras observaba lo que tenía que decir su acompañante.
No dijo nada, se subió a las piernas del rubio y comenzó a besarle. Pero no de forma hambrienta, más bien tierna y torpe, solo se derrumbó en su hombro. Y quiso susurrarle en el oído, pero no pudo simplemente no podía moverse. Sus labios besaron con sutileza detrás de su oreja y se aventuró nuevamente a sus ojos. Lo observó y fue ahí cuando cerró los ojos y juntó sus narices. Ninguno de los dos sabía con exactitud lo que estaba haciendo, era como un ritual mágico. Esa idea le recordó a Arthur su infancia en Inglaterra y simplemente le beso de forma fiera y atrevida, contrastando con las dulces olas del mediterráneo.
-¿Cuál es la sorpresa?
-Pensé que…podríamos pasar al siguiente nivel, sé que llevamos una semana y es tan poco, pero quiero algo más que simples besos.
-Quieres…-las cejas del rubio se levantaron de forma cómica.
Una carcajada se instaló en el aire a la vez que su cabeza negaba fervientemente.
-No, es muy pronto…pero quiero ver tu tatuaje.
No le sorprendió del todo su petición porque al fin y al cabo el español era así, curioso y bastante dulce con sus proposiciones. Ese era el motivo por el que no podía decirle que no, eso y sus ojos. Ambas esmeraldas y esa vocecita…no era aguda ni en exceso grave, era bañada en mieles y vinos. Una combinación perfecta de frescura y calidez, como frutas escarchadas y el olor de la lluvia, eran conceptos tan alejados entre sí, pero que tenían una correlación. De tanto pensar en su voz, Arthur dio con la verdadera combinación y era un día frío y lluvioso junto a chocolate caliente.
El rubio suspiró y se quitó la camisa, tan blanca e impoluta y al fin acabaría arrugada. Antonio se arrastró de su regazó para acabar frente a su espalda, beso el tatuaje con la mayor delicadeza posible y luego lo rozó de arriba abajo. Arthur sintió un leve cosquilleo que no le resultó del todo desagradable. Cuando acabó la contemplación, le abrazó desde atrás y susurro un gracias. Estuvieron así durante un largo rato y cuando por fin pararon Arthur giró su cuerpo encontrándose nuevamente sus esmeraldas.
-Yo también quiero ver algo tuyo, quítate la camisa.
La gentileza de su voz, no pasaba por alto la orden que se sentía en su corazón. No era del todo la voz de Arthur, en el pensamiento de Antonio se instalaba la idea de que no era justo, que el acababa de exigir un recuerdo lejano y que él nunca le ofreció una característica. Nunca le enseño un recuerdo o una anécdota entre los dos, solo necesitaba más intimidad, menos luz, pero eso era imposible, así que se quitó la camisa también quedando en igualdad de condiciones.
Arthur olió el hombro de Antonio antes de morderlo sin demasiada fuerza, un juego previo. De repente divisó una pequeña cicatriz cerca de su clavícula, la beso suavemente y después preguntó por ella.
-Mi hermano y yo nos peleábamos y creo que…un día me tiró uno de esos coches de juguete.
El alcohol erradicaba cualquier atisbo de razón, ya no sabía que era cierto y que no. Su cabeza ya no funcionaba con claridad.
-Que brutos, pero no me malinterpretes, me gusta que seas así.
Dicho eso y aquello, agarró ambas manos y sus dorsos fueron afortunados de recibir los delicados besos. Antonio estaba sonrojándose de tal manera que sentía que iba a llorar, un mar de lágrimas de vergüenza solo para él. Intentó respirar, pero su pecho no funcionaba como tenía que funcionar. Iba arriba y abajo constantemente, no le hacía caso…ya nada en su estúpido cuerpo reaccionaba a las ordenes de su cerebro.
Arthur no paró en esos besos, siguió en recorrido en su pecho y Antonio gimió y suspiró, todo ello de puro entusiasmo, pero le freno.
Beso por última vez sus fugaces labios y se tapo con la sabana, edredón y mantas.
-Arthur, esta noche abrázame, por favor.
-No puedo decir que no a tus peticiones Anthony.
Había pasado un mes y ya había sido la última vez que se representaba esa misma danza en Alemania, ahora se disponían a ir a Suecia. Antonio había pensado que iba a ser el final de su camino y aunque nunca se lo contaría a Arthur, se había entristecido solo de pensarlo. Por suerte el ser el abogado de Ivan iba a ser a largo plazo, aunque tenía un montón de trabajo de su empresa y había tenido que hacer una entrevista para no sé qué revista.
Antonio se indignó ligeramente al enterarse de la entrevista y no haberlo sabido por Arthur.
-¿Cómo es que no me has contado?
Cuando le colocó la revista en toda la cara, el rubio se sobresaltó y simplemente intentó restarle importancia. Antonio era muy pesado cuando quería, que era casi siempre, pero esta vez decidió ceder aunque fuese un poco.
-Me han dado un premio como reconocimiento a mi trabajo en la empresa, lo que pasa es que como la empresa es famosa pues lo sacan en las revistas, no es importante.
-Claro que lo es-dijo bastante enfadado el español-mañana vamos a ir a celebrarlo y no hay más que hablar.
Al anglosajón le gustaban este tipo de arrebatos, aunque no solía tampoco mostrar gran entusiasmo por este tipo de cosas, era bonito ver como el español, mostraba tal cariño.
Cuando aceptó su propuesta, el moreno dio saltos de alegría.
-Ya verás, mañana voy a prepararte la mayor sorpresa de tu vida.
Arthur vio de lejos como el español seguía atado al árbol, llevaba ahí desde que le ató en una primera instancia. Realmente esto no era cierto del todo, se había escapado dos veces y por eso mismo había tenido que reforzar la seguridad.
Se negaba a liberarlo hasta que no hubiese besado sus zapatos. Esto a cualquier ser humano le parecería absurdo, y el español no era la excepción a esto. Pero el inglés había estado dale que te pego a que le besase las botas, que por algo era su perro.
Arthur se acercó sin sigilo para ver cómo reaccionaba, el español estaba sin ánimos de guerra. Físicamente se encontraba magullado y cansado, psicológicamente pensaba que era mejor que eso. No tenía porque seguir las reglas de este estúpido juego, podía simplemente observar como el anglosajón se frustraba con su indiferencia, como había estado haciendo tres noches seguidas. No sabía cómo no había estallado en una carcajada, casi había podido ver la furia en los ojos ingleses que no paraban de exigirle atención.
-¿Quieres que observe de nuevo tus deviaciones mentales?
La sonrisa del inglés se ensanchó después de eso, era consciente de que no podría desmoralizar a Antonio si seguís así. Debía de hacerlo mejor debía de…y ya no sabía que tenía que hacer, porque poco a poco ya no tenía sentido. Pero era orgulloso y necesitaba vengarse por él, tenía que hacerlo por su hermano y porque Antonio solo supo abrir heridas, todo era su culpa.
-Voy a proponerte un trato, si me ganas al juego que quieras con las cartas te liberaré, pero sino deberás besarme los pies.
La propuesta era tentadora, al fin y al cabo solo era un beso sin significado en el peor de los casos.
-Aceptó.
Después de un rato jugando el inglés se encontraba desmoralizado, había perdido cada una de las partidas que habían jugado. Estaba tiñéndose de una extraña furia que el español sentía como la mismísima gloria.
-Todo o nada.
-¿En qué consiste este todo o nada si puede saberse?
-Te dejare en paz para siempre, pero si no serás mía, cumplirás cada una de mis órdenes.
El español vio su buena racha, ya no solo era suerte, también era la inutilidad de Arthur en un juego donde no debía de utilizar su honestidad. Tenía la partida más que ganada y aunque lo más prudente hubiera sido irse con su botín, simplemente no pudo evitarlo.
-Acepto.
Dino890: Muchas gracias por todo el contenido de tus comentarios. Realmente me anima lo largos y dedicados que son, así que ni te disculpes porque sean extensos. Creo que los personajes secundarios, incluidos el gato nos representan a todos. Es como si todos les dijesen que parase. ya de hacer el tonto y que se pongan a lo importante. Al menos ese es el mensaje de Iván, amén.Sinceramente quería subir este capítulo antes. Más precisamente en Pilares, que coincide con el puente de la Constitución. Conclusión de todo esto, los de Zaragoza somos unos pringados que nuestras fiestas coinciden con las de todo el mundo. Pero bueno, al menos los estudios no me están matando...Espero que a quienes lean, que no serán muchos pero ahí está la ilusión, no les haya sido larga la espera.
