Antonio miraba con curiosidad, todo le parecía enorme, ni en un millón de años, aunque estuviese bailando para la reina de Suecia podría obtener el dinero necesario para comprarse un castillo. Arthur o el Arthur de sus sueños, como cariñosamente le apodaba, le enseñó una isla donde solía ir según le había dicho. En esa neblina tan espesa pudo divisase un reino entero y desierto. Había cientos de casas, aunque era tan solo una exageración ya que Antonio no era demasiado bueno con los números, a pesar de que le gustaban.

El rubio le había llevado ahí más que nada para impresionarlo, y también porque de vez en cuando aparecían nuevas infraestructuras. Realmente solo lo había visto dos veces, una fue con ese compañero noruego. Arthur mentiría si dijese que no pensaba en él, había algo demasiado poético en aquella muestra, aquella caída, aquello que había producido su fin. A pesar de ello, le apetecía mirar que se hervía en las aguas, y fue de esa manera en que apareció ese misterioso castillo, que estaba casi pegado a otro muy similar. Al inglés le gustaban las nuevas sensaciones, y las historias que portaban en sus interiores.

Cuando entraron, Antonio estaba emocionado. El castillo le resultaba extraordinario, y cuando entró fue incluso más inesperado que sus propios pensamientos. Antonio se deleitaba con cualquier ínfimo detalle del edificio. Las pieles y tapices, las lámparas de velas, la chimenea que Arthur habían encendido. El moreno se encontró así mismo mirando por la ventana, el olor del mar llegaba hasta ahí, lo que provocaba el júbilo infantil del moreno. Arthur que había preparado unas pieles y unos libros para calentarse en la chimenea, se acercó a Antonio para agarrarle de la cadera. Antonio giró con una sonrisa tierna, y se lo devolvió con el agarre de sus labios.

Arthur nunca jugaba limpio, y era por ello que había bajado las temperaturas y creado unas terribles tormentas, para que Antonio solo quisiera estar a su lado. Es por ello que cuando Antonio empezó a castañear no se sorprendió, al revés, le resultaba encantador como su nariz se transformaba a un color ligeramente rojizo y como su ánimo resultaba

perezoso.

-Es hora de los cuentos-dijo Arthur mientras besaba el cuello del moreno.

El suspiro del castaño le dio vía libre para sostener su mano, besarla y llevarlo junto a las llamas y pieles, donde se acurrucaron juntos.

-Puedes elegir uno de estos libros, ¿cuál?

-No soy muy dado a…-Antonio inspeccionó el contenido de las portadas, comprobando que eran cuentos populares-¿cuentos?-preguntó arqueando la ceja.

Arthur rió ante la reacción, a veces su ignorancia era adorable. Aunque más que ignorancia era una sorpresa súbita.

-No me vengas con que nunca has leído cuentos.

-No pero…No es un poco…

-No son cuentos de los que piensas.

Con la atenta mirada de Antonio, el rubio sonrió con aire de grandeza. Pensaba que había captado su atención por completo y que callaría, tal vez luego Antonio e acurrucaría junto a él y le besaría. Junto con esa sonrisa, comenzó a leer. El principio, no era más que el de un cuento cualquiera. Un erase una vez, o erase que se era. Hablaba de un chico llamado Lukas, el cual era de Noruega.

Tenía un amigo llamado Magnus, y pasaban todos los veranos, pero un día Lukas se fue a Islandia para investigar la actividad volcánica. En cualquiera de los casos hizo un descubrimiento muy interesante que le llevó hasta China. Todo ello, gracias a un extraño mapa que tradujo un amigo finlandés y que le llevó hasta un templo en el Tíbet. Y es ahí cuando el nombre de Wutong She apareció, el demonio de los sueños.

Arthur experimentó un escalofrío y decidió dejar de leer la realidad, Lukas hablaba de una especie de sueños en los que aparecía ese tal Magnus. La relación se había deteriorado, hasta el punto en el que Magnus había transformado su vida entera. Era dueño de uno de los mejores Pub's de Dinamarca, pero empezó a atravesar una serie enorme de dificultades. Los sueños estaban volviendo locos a ambos, no en un principio sino al tiempo, cuando aparecieron ellos. En el relato no había una descripción clara para esos seres, solo que eran el espejo del alma, pero un espejo sucio y mohoso. Fue ahí cuando el danés en la vida real murió. Las terribles noches que se manifestaban cada vez más reales, pesaron factura hasta el punto de llevar a Magnus al alcoholismo, a las deudas y al intento de quedarse días enteros sin dormir. Finalmente, murió de un como etílico.

En cualquiera de los casos, Antonio le instó para que continuase a lo que Arthur simplemente le dijo que el libro no se leía bien y que era mejor que explorasen el castillo.

El moreno no insistió demasiado, simplemente decidió hacerle caso y con una sonrisa siguió la dirección del rubio. Arthur respiró hondo, ya que no quería perder los nervios en un lugar como este. Por muy extraño que pareciera terminó funcionando, y tanto Antonio como el pudieron estar más relajados. De repente Antonio paró en una de las paredes con los ojos tremendamente abiertos y una expresión de asombro. Delante de él había un enorme retrato de un hombre rubio vestido como si fuese un rey, es más, Antonio pensó que tal vez podría serlo. Era rubio y de ojos amatista, lo cual era extraño. Pero Antonio recordó que existía un síndrome que provocaba el pigmento de ese color en los ojos. Algo así como síndrome de Alejandría. L semblante del rubio era serio, pero elegante con un rostro fino y delicado, pero sus ojos eran fieros.

-Wow ese chico es muy…Francis decía que tenía una preferencia por la gente rubia, aunque realmente solo te la tengo a ti-dijo con una sonrisa.

Por el contrario, Arthur se inquietó. No cabía ya más dudas en su mente, ese chico tenía que ser el del libro. Más que nada porque todo estaba muy bien relacionado, y el personaje del cuadro era la persona que había estado ese año entero en sus sueños. Ahora entendía muchas cosas, uno de los dos terminaría de alguna manera desagradable sino descifraba la solución, tenía que…No sabía que tenía que hacer.


Antonio empezaba a trabajar, no le hacía demasiada gracia tener que separarse de las vacaciones de Navidad. En un mes desde ahora representaría el Corsario, una obra que repetiría por segunda vez en su vida y daba gracias. Ya que no le apetecía representar nuevamente el cascanueces o el lago de los cisnes. Daría una gira por diferentes ciudades de Francia y luego Ivan le había dicho nuevamente lo de las fotos. No sabía con certeza por qué tanta insistencia para sacarse unas fotos de nada. Aunque le habían pagado bien, no creía que fuese a volver en algo tan habitual como estaba empezando a parecer.

Antonio miró el despertador y se dio cuenta de que era pronto, muy pronto. Frustrado volvió a tumbarse para disponerse a dormir, pero Arthur se lo impidió.

-Anthony si vuelves a dormirte no despertarás.

Antonio se medio incorporó, pero realmente faltaba media hora para que tuviese que despertarse de verdad, por lo que no le veía sentido a levantarse. Dio un gruñido frustrado y volvió a tumbarse, sintiendo como Arthur aplastaba su cuerpo. El repentino peso bajo sus hombros le hizo soltar un quejido de molestia, provocando la risa del rubio.

-Si quieres podemos aprovechar mejor tu tiempo….-dijo sugerente.

-De verdad…Te quiero, pero quiero dormir-respondió somnoliento.

Arthur volvió a reír, pero no quiso parar a pesar de la insistencia del moreno. Observó durante un instante las largas pestañas que se enrollaban como la ligera curvatura del vuelo de una mariposa. Realmente sentía que ese hombre había sido dejado a manos de la eugenesia, desde su meliflua voz a la ligereza canela de su piel. Es por eso que tenía un instinto para querer molestarle, era tan perfecto a sus ojos que le llegaba a irritar que fuera de esa manera. Porque incluso si sabía que tenía defectos, los dejaba de lado, en nunca jamás. Aterrizó su mano en los acaramelados rizos que muchas veces temía tocar cuando era joven. Al final sabía que sería extraño tocar las hermosas espirales que reposaban silenciosamente. Ahora no solo podía tocarle el cabello, pero se conformaba con sumarle una victoria a la juventud.

-Hmm Arthur deja mi pelo…

Arthur sonrío y le dio un beso en el lóbulo de su oreja. Una oreja que le incitaba tanto a morderla con suavidad, como si simplemente fuera para comprobar si no era un sueño.

-No sabes…Como he querido tenerte así-le susurró.

Antonio se giro para mirar a esos ojos que eran como cualquier batalla que acababa perdiendo, y es que siempre apartaba la mirada, y por lo tanto caían las edificaciones de su reino. Tan solo por el brillo de sus ojos, realmente relucían, eran chispas. Antonio sabiendo el efecto de debilidad que provocaban sus ojos, solo le dio un beso en la barbilla, como castigo por rescatarle del ares que es el sueño. Y al mismo tiempo un premio por sus palabras.

-Has ganado Don Juan.

El rubio con un grácil movimiento incorporó al español encima de sus caderas, rozando la erección que Arthur tenía por tan solo pensar en las cosas más absurdas. Arthur lo sostenía de las caderas, marcando el ritmo de una sinfonía. Antonio seguía con el edredón nórdico encima de su espalda, aunque se iba cayendo poco a poco por cada movimiento. Hasta que fatídico momento en el que finalmente cayó y Antonio sintió como sus pezones se crispaban.

-Antonio, estoy ayudando a que despiertes-dijo con una sonrisa mordaz.

Antonio había aprendido un par de cosas para tenerlo algo controlado. Aunque le tentaba la idea de tener sexo matutino con Arthur, sabía que tardaría más de lo previsto y terminaría llegando tarde. Si perdía el asedio, al menos negociaría la paz antes de que fuese demasiado tarde. Así que con una sonrisa tierna, o de niño bueno como decía Arthur, Antonio se acercó para morderle el labio inferior y finalmente lanzar su propuesta.

-Artie, sin duda debo de premiarte, pero no ahora-antes de que Arthur fuese a protestar, lo frenó con el dedo-Cuando salga, que tal si me recoges y compramos un juguetito para ti, ya me entiendes.

Arthur era abogado, y lo veía muy buena oferta. Por ello con una sonrisa separa sus manos de las caderas y las dejo en el aire con un gesto de paz.

-Eso sí, nada de vibradores.

-Es una buena condición, también tengo una, que no mires lo que compro.

Antonio se mordió el labio, pero acabo cediendo y yendo a desayunar con una extraña sensación.


Francis estaba bastante aturdido, se encontraba en una cama y de inmediato sonrió a medias. Lo había conseguido, podía dejar de…Era la cama de Scott, la puta cama de Scott. Tenía ganas de reír por no llorar, no es que no le gustase estar con él, pero sentía que se podría convertir en algo más y eso le inquietaba. Debía recordar inmediatamente lo que había pasado, y fue ahí cuando finalmente se acordó de que a las dos o tres de la mañana lo había llamado. Aunque parecía cabreado por teléfono fue a recogerle.

-Podrías a ver llamado a otra persona para

esto.

-Pero con quien iba a propagar l'amour y….

-Quieto parado.

Y eso era de lo único que se acordaba, que estupidez, como si no pudiese propagar amor con cualquiera. A veces su mente le hacía pasar malos momentos, una pena.

-Francis, ¿Estás despierto?

Escuchó Francis desde lejos, como si fuera un lugar lejano y remoto.

-Sí, ya voy.


Antonio y Arthur habían pasado demasiado tiempo juntos desde que durmieron en la misma habitación. Realmente ambos lo odiaban y al mismo tiempo les gustaba. Era un sentimiento algo extraño, pero que solían ignorar. En uno de estos días Antonio tenía la casa libre todo el fin de semana, y aunque no iba a montar fiestas, no pudo evitar que Gilbert, Ramón, Pablo, Nacho viniesen. Y como el destino le odiaba en una de esas veces en las que Jaõa trabajaba y Antonio hacía los deberes en el mostrador, Arthur apareció con la familia de acogida en la tienda. De inmediato Antonio se sonrojo ya que siempre le decían lo desordenado que era, y realmente hacer los deberes en la tienda de música demostraba la teoría de que tenían razón. Los padres de acogida y Jaõa se pusieron a hablar, dejando solos a ambos jóvenes que simplemente se miraban en un silencio incómodo. Todo se terminaría, sería lo mejor que podían hacer, esperar. Sin embargo la peor frase que Jaõa podría haber dicho salió de sus labios.

-Arthur puede quedarse a dormir este finde, si quiere.

Obviamente los padres de acogida iban a decir que sí, al fin y al cabo pensaban que Antonio era su amigo y que por eso les había insistido en venir ahí. El problema era que realmente Arthur quería ver a Jaõa, no sabía que Antonio estaría ahí. Por tanto, cuando llegó el día ambos estaban en zonas distintas de la casa. Antonio no había podido invitar a sus amigos porque había sido chantajeado por su hermano. Decía que Arthur era una persona más decente que sus amigos y que a ver si se le pegaba algo de él. Antonio estaba de morros, solo quería poder haberse tomado un cubata con sus amigos y luego tal vez Gilbert hubiese traído cigarrillos. De repente, escucho una risa proveniente del salón. No era tonto, seguramente sería Arthur y quería saber que era tan gracioso. Cuando lo encontró con un álbum de fotos, supo de inmediato que estaría mirando.

-¡Deja eso!

-Venga, me aburro…Eres tú el que se ha metido en su habitación y no ha hecho caso a su invitado.

De inmediato, Antonio le arrebató el álbum de fotos y con el ceño fruncido lo dejo en la estantería. Arthur volvió a cogerlo y con un grácil movimiento se alejo del moreno.

-¡Te he dicho que lo dejes!

-Venga, no seas así… ¿Cuándo dejaste de pesar cien kilos?-preguntó al mismo tiempo que enseñaba una foto de cuando tenía cuatro años.

Antes de que Antonio fuese a protestar Arthur habló.

-Vamos…Relájate, estoy seguro de que te apetecería beber o montar una fiesta, y esto no es precisamente una fiesta.

De su mochila Arthur sacó dos botellas de vodka.

-¿Tienes mezcla?

-No pienso que bebas en mi casa, a saber qué haces…Encima…

-¿Encima qué? Eres un coñazo, no te atreves a hacer nada…Joder es que tienes miedo de todo.

Antonio se quedo callado durante el discurso de Arthur, y de inmediato descubrió que tenía razón. En esos momentos se estaba debatiendo si hacer lo que Arthur decía o mantenerse en su zona de confort, y finalmente se decidió.

-Arthur…Voy a por los vasos, hay fanta de limón en la nevera.

Arthur puso una sonrisa triunfal e hizo lo que Antonio le mandaba.

Después de un rato ambos habían acabado una botella y se reían mientras veían las fotos del álbum de fotos. Antonio le dio otro sorbo a su bebida sintiéndose más borracho. Y aunque Arthur también había bebido, estaba algo más sobrio que su compañero.

-Mira…Yo era muy gordo de peque…-dijo mientras sentía como Arthur le miraba-porque me daban…mucha pero que mucha comida, y claro cuando empecé a bailar pues me quede muy palillo. Pero es que me comía hasta el tercer postre.

-¿Quieres fumar?

-Nacho siempre tiene de eso…Pero yo nunca he…

De repente en los labios de Antonio se depositó un cigarrillo ya encendido, la sonrisa de Arthur era retadora, le dejaba sin aliento.

-Aspira.

Antonio hizo lo que le decían y simplemente se asfixió, soltando la tos. Arthur aumentó su sonrisa y aspiro del mismo cigarrillo, para después tirándole el humo. Por alguna razón le resultó agradable.

-Arthur…Tengo hambre, mucha hambre… ¿Y si vuelvo a pesar cien kilos?

-No seas tonto, si eres muy poquita cosa.

Tras decir aquellas palabras, el rubio empezó a hacerle cosquillas. Antonio no paraba de reír y decirle que parase, parecía que no iba a parar, pero en un instante paró.

-Antonio, creo que también tengo hambre. Hazme algo…

-Espera…Tengo macarrones… ¡Comamos macarrones! Espera, tú comes eso de fish and chips.

-Tráelos y calla.

Antonio fue literalmente corriendo a la cocina. Cogió una bandeja entera de macarrones gratinados y los puso en la mesa junto con dos tenedores. Arthur cogió el tenedor y empezó a comer directamente de la bandeja. Antonio le imitó y juntos se comieron prácticamente toda la bandeja.

-Arthur, ¿qué hora es?

-Las doce de la noche.

-Pues hay que lavar y…-ni siquiera llegó a decir más cuando recogió la bandeja y los cubiertos.

Arthur escuchaba el sonido del agua y a Antonio cantando una canción que no comprendía demasiado, pero era muy bonita. La canción de Antonio le estaba incitando a cantarla también, pero no se la sabía y se encontraba demasiado frustrado. ¿Porqué Antonio podía cantar y él no? De un momento a otro escucho un pequeño grito que provenía de la cocina. Cuando llegó vio que Antonio se había cortado con algo, tenía una herida en la mano.

-Yo…

-Espera que te ayudo.

De inmediato, con un trapo de cocina empezó a limpiarle la herida, pero un pequeño quejido le hizo parar de limpiar la herida.

-Has apretado un poco.

Los ojos llorosos de Antonio dieron lugar a una pequeña palpitación en el pecho de Arthur. El pequeño sonrojo, la respiración fuerte, pero sobretodo esos ojos llorosos que le incitaban a hacerle más daño. Apretó un poco más la herida y el quejido fue más fuerte, a pesar de ello no le reprochaba nada. Estaba muy obediente…

-Antonio, ven.

Sin reprocharle se dirigió al salón hasta sentarse, sintió como el rubio chupaba su herida para curarla completamente.

Arthur se despidió de la tierna llaga y miro el rostro del moreno, estaba como el de un ser que confiaba en él sin excepción. Era tan tierno que decidió simplemente molestarle apretando la herida y escuchando sus quejidos, tan tiernos.

-A-arthur…

Los pequeños lloros de Antonio le animaron a apretar aun más el corte, al mismo tiempo que sonreía.

-Si te duele abrázame.

Antonio de inmediato le abrazó sollozando en su hombro.

-Me duele, me duele mucho.

Arthur le acarició el cabello y le susurraba en inglés. Por extraño que pareciese eso tranquilizaba a Antonio que se terminó durmiendo. Arthur iba a mil, quería seguir abrazándolo aun sabiendo que le tendría que dejar. Y cuando vio esos labios carnosos y sus ojos dormidos, su pequeño recorrido de lágrimas, no pudo evitar besarle.


Antonio estaba detrás de la puerta de la habitación, Arthur había organizado un juego de dormitorio, al menos así lo había llamado. Le había dicho que podrían probar con un juego de rol, que consistiese en…Bueno lo habían hablado, no necesitaba recordarlo. Sin pensarlo más entró en la habitación.

-Sr.Kirkland… ¿Quería verme?

-Señorito Fernández… Ya sabes que tu padre contrato hace más de dos años mis servicios, imagínate la sorpresa cuando te encontré por los malos barrios.

En el momento en el que Antonio iba a hablar le cayó con un golpe en la cama, estaba metiéndose de lleno en su papel.

-¿Qué crees que pasaría si la prensa se enterase de que te gustan ese tipo de actividades?-Arthur se acercó hasta acorralar a Antonio-¿o tu padre?

-Por-por favor Sr Kirkland, no se lo digas a nadie.

El dedo pulgar de Arthur se aceró peligrosamente a sus labios hasta el punto de meterlo en la boca. Antonio chupó el dedo con delicadeza, fingiendo algo de recato.

-¿Qué podría hacer?

Antonio se estaba emocionando, pero no debía anticiparse, simplemente esperar a lo que tuviese preparado. Arthur sacó el dedo para que el juego previo de la conversación fluyese con más facilidad.

-No volverá a suceder, lo prometo…

-Con una simple promesa no es suficiente, eres un chico muy desobediente. Creo que necesitas disciplina.

-¿Y si no quiero?-preguntó de manera juguetona.

-Tendré que educarte por las malas, y sería una pena que esta carita se enrojeciese.

Antonio mordió el labio, al mismo tiempo que Arthur le indicaba que se agachase. Puso la mejor cara de niño asustado que pudo, aunque no podía ocultar su emoción.

-Cierra los ojos.

Antonio cerró los ojos y de inmediato sintió una serie de besos por todo su cuerpo, gimió suavemente con deleite mientras le era quitada la camisa, después los pantalones y la ropa en general. Cuando abrió los ojos se descubrió así mismo con un collar y una correa. ¿Esto es lo que había elegido Arthur? Era un chico con buen gusto, eso no lo iba a negar. Se mordió el labio para que el rubio reaccionase, y funcionó. Antonio sabía cuáles eran los puntos débiles de Arthur y de alguna retorcida manera quería utilizarlos. Arthur había girado la cabeza con algo de vergüenza, que gracioso que ahora se pusiese como un puritano.

-Sr Kirkland… Maestro…-dijo mientras ponía esa voz que tanto amaba el rubio, una voz provocativa y sensual.

Al mismo tiempo se acercó al miembro del rubio que estaba aun en los pantalones y empezó a besar la zona con mimo.

A Arthur se le estaban poco a poco desmoronando los planes, pero podía llevar la situación, a Arthur no le ganaba nadie. Cogió de la barbilla al moreno y le beso hasta dejarlo sin aliento, el punto perfecto para finalmente recuperar el control. Masajeo y pellizco los pezones haciendo que Antonio jadease. Rápidamente colocó una pluma en su boca.

-Si en algún momento se te cae, tendré que castigarte.

Antonio no podía si quiera abrir los ojos. El pie del inglés había aterrizado en su polla, masajeándola con lentitud. Antonio era demasiado orgulloso como para perder, pero los movimientos eran demasiado buenos. Necesitaba más de ello.

Arthur se quitó la camisa y los pantalones, pero se quedo en calzoncillos. Esos que tanto le gustaban al castaño. Antonio quiso llorar en el momento en el que se sentó en la cama para poder coordinar mejor el pie, mientras que con su mano acariciaba su cuero cabelludo como si de un masaje se tratase. Además, en un momento dado toco con suavidad su cuello, lo que hizo que casi se cayese la pluma. A pesar de sus esfuerzos, la pluma cayó por un simple jadeo.

-Que chico más malo…-con un leve movimiento de la cuerda, Antonio siguió al rubio hasta estar encima de la cama.

Le hizo tumbarse sobre su regazo, con el trasero levemente levantado.

-Quiero que las cuentes, serán cinco. In English.

Antes de que Antonio pudiese decir nada, la primera cachetada llegó con un poco de sopresa más que de dolor.

-One…mmm.

-So good.

Las dos siguientes fueron algo más suaves, y tras la cuarta se quedó sobando un rato su trasero contemplando como las nalgas estaban de una tonalidad más rojiza. La última fue dolorosa, pero por alguna extraña razón le mandó un hormigueo por su tripa que le dieron ganas de gritar y no tomarse con clama este momento.

-Five.

-Has sido un buen chico, tanto que necesitas un premio.

Antonio se agachó hasta estar nuevamente de rodillas, finalmente Arthur se quitó esos calzoncillos y el moreno ya sabía qué hacer. Primero fue suave, como si realmente fuese ese chico tímido que debía de interpretar, pero finalmente se metió todo el miembro en la boca. Antes de que Arthur se corriese, cogió de los pelos a Antonio y lo separó. Un fino hilo de saliva conectaba el miembro con su boca, lo que lo hacía más excitante para él. Lo levanto con cuidado para frotar su miembro con su agujero. No quería todavía meterla, necesitaba que le suplicasen.

-Amm, es-estoy…Mmm.

Arthur le mando callar tirando de la correa y acercándolo para un profundo beso.

-Dime, que es lo que quieres y dime porque te arrepientes.

-Yo…te…te necesito.

El escalofrío que sintió Arthur tras esas palabras fue intenso, tanto que tuvo que tragar saliva antes de continuar.

-Me arrepiento de buscar compañía masculina cuando en realidad estaba pensando en ti. Todos esos hombres no se comparan a ti, tu polla es la más grande que me he llevado a la boca.

Sin más espera le penetro de una sola estocada, lo que hizo que los ojos españoles se quedasen en blanco por el placer. Después de aquel ritmo fuerte y sin esperas, ambos se corrieron. Antonio estaba muy cansado por el esfuerzo, después de que le quitasen el collar, se acurruco junto con Arthur. Rió cuando le volvió a mirar a los ojos.

-Eres un pequeño pervertido Artie…-le dio un beso rápido en los labios.

-Anthony…la próxima vez te tendré totalmente atado.

-Artie…-antes de decir nada más fue recibido con un beso en la frente-creo que gato se siente solo.

-Anthony, me vienes con cosas muy raras tras el pos orgasmo.

-Piénsalo, necesita compañía… Me recuerdas mucho a ese gato.

Arthur rió y beso nuevamente a Antonio antes de dormirse.



Dyno890: Me gusta que los veas cómo una pareja normal, porque realmente es lo que estoy intentando. Y si, realmente la parte del sobrino es algo que me encantó escribir, me gusta hacer sufrir a Arthur, que puedo decir. Espero que te guste es te capítulo también, ya que como siempre, intento que sean largos porque tardo la vida entera.