Quedan cinco días para Navidad. Nos leemos abajo.

La pajarita le estaba cortando la respiración.

Hipo había perdido la cuenta de las veces que se había llevado la mano hasta el cuello de su camisa para tirar del mismo y coger una bocanada de aire. ¿Cómo podían soportar el resto de los hombres la presión de que aquel endiablado trozo de tela contra sus gargantas? Odiaba vestir de etiqueta, siempre lo había hecho, pero su madre ya le había advertido que para aquel baile tenía que ponerse frac sí o sí.

Cogió una copa de espumoso que cargaba en una bandeja un camarero que pasó a su lado. Tenía la boca seca y, aunque le desagradó la sensación de burbujas en su lengua, fue suficiente para saciar su sed. Miró a su reloj y tuvo que evitar un mohín cuando supo que sólo había pasado media hora desde que había llegado y la familia real todavía no había entrado al baile, por lo que todavía no se podía marchar.

Se sentía tan estúpido estando allí de pie solo. Había pedido a Camicazi que fuera su más uno para aquella fiesta y le había dado plantón porque le había salido un trabajo a última hora. Su segundo recurso había sido su madre, pero la semana anterior se había hecho un esguince y no estaba para muchos trotes; por no mencionar que su padre vigilaba que mantuviera estricto reposo, por lo que su tercera opción también quedaba descartada.

Hipo optó por no ir, pero sus padres fueron tajantes con él: rechazar una invitación al baile de Navidad organizado por la familia real de Mema era un honor que no todos tenían la suerte de recibir y rechazarlo supondría ofender al mismísimo rey. Por tanto, no le quedó otra más que vestirse con el frac que su madre le había alquilado, peinar su cabello hacia atrás y llamar a un Uber que le acercara hasta palacio.

En realidad, aún no estaba del todo seguro de por qué había recibido la invitación de palacio, pero su padre estaba seguro que había sido por el reconocimiento que había recibido por parte de la Asociación Europea de Ortesistas y Protesistas por las prótesis que había desarrollado con materiales reciclados y que saldrían al mercado el año que viene. También le habían hecho un reportaje para la revista Time e incluso le habían entrevistado en varios programas de televisión, cosa que aún le mataba de la vergüenza cada vez que se lo recordaban. A Hipo Haddock nunca se le había dado bien ser el foco de atención, toda su vida se había acostumbrado a ser invisible y desde niño se había concienciado de que esa iba a ser su posición en la vida.

—¿Hipo? —preguntó de repente alguien a su espalda.

El joven se giró para encontrarse con su primo Richard Jorguenson, al que se le conocía más por Mocoso, vestido también con un frac alquilado que le quedaba demasiado ajustado en los hombros. Hipo alzó las cejas sorprendido, su primo era la última persona que esperaba toparse allí hoy. No es que tuviera nada en contra de él, pero si le extrañaba que la realeza invitara a uno de los muchos leñadores que había en Mema y que de todos ellos se hubiera decidido por Mocoso.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Hipo sin poder entrar en su asombro.

—Me han invitado al baile, ¿y tú?

Hipo alzó una ceja.

—¿La familia real te ha invitado? —cuestionó él con recelo.

—¿Qué? ¡No! —exclamó Mocoso atónito—. Soy el más uno de Rachel Thorston.

—¿La diseñadora? —dijo él sorprendido—. ¿No es la que diseña todo el vestuario de gala de la princesa?

—También fue con nosotros al instituto, ¿no te acuerdas? —comentó su primo estrechando los ojos—. Aunque ahora que lo pienso, ¿no te adelantaron un curso por aquel entonces?

—Sí —respondió él con sequedad.

Mocoso le dio una palmada tal vez demasiado fuerte en la espalda.

—Siempre fuiste un empollón, ¿eh?

En realidad, Hipo todavía odiaba que lo llamaran así. Nunca se había considerado especialmente estudioso y de pequeño tendía a distraerse demasiado, pero tenía la facilidad de entender rápidamente casi cualquier concepto que le enseñaran y su memoria fotográfica era un plus que no podía ignorarse. Por supuesto, cuando los psiquiatras le dijeron a sus padres que la fuente de su introversión y su constante distracción se debían a que tenía un cociente intelectual del 138, su vida cambió para siempre.

Sobre todo tras recibir aquella llamada de teléfono que…

—¡Hipo! ¿Ya estás otra vez en las nubes? —se mofó su primo pasando la mano ante sus ojos.

Hipo hizo un mohín.

—¿No tienes a alguien que acompañar? —dijo el joven antes de dar otro sorbo de espumoso.

—Está terminando de vestir a la princesa —respondió Mocoso cogiendo una copa de un camarero que pasó cerca. Dio un trago largo, pero enseguida puso mala cara—. ¿Cómo le puede gustar a la gente esto? Con lo buena que es una buena birra… Oye, ¿y a quién acompañas tú?

—He venido solo —dijo Hipo mortificado.

—¿Qué? —preguntó Mocoso sin dar crédito—. ¿Por qué te iban a invitar a ti?

Hipo le fulminó con la mirada y Mocoso alzó las manos en son de paz.

—Es que me sorprende, ¿es por esas patas de palo que construyes? —preguntó con inevitable curiosidad, aunque su rostro se iluminó de repente—. Espera, ¿no te llamaron de aquí para que le dieras clases particulares a la princesa durante el instituto? Aunque supongo que ella ni se acordará de ti.

—Seguro que no —concordó Hipo dando esta vez un trago lo bastante largo para acabar su copa.

—¿Y cómo es? —preguntó con inevitable curiosidad.

—¿Quién? —replicó Hipo sabiendo bien a quién se refería.

—¡La princesa, tío!

—¿Acaso Rachel no te cuenta cosas de ella? —preguntó el ingeniero deseoso de zanjar aquella conversación.

—Rachel y yo nos enfocamos en asuntos más importantes que hablar cuando nos vemos —comentó Mocoso moviendo las cejas. Hipo tuve que contener un gesto de asco cuando se imaginó la escena de Mocoso y Rachel follando—. ¿Y bien? ¿Cómo es?

—Hace diez años que no trato con la princesa, Richard —le recordó Hipo—. Todo lo que hablé con ella era de ciencias y de matemáticas.

—¿Pero no ibas todos los días a palacio para…?

—Le daba clases de hora y media hasta que me gradué y marché a la universidad —le cortó Hipo apretando la copa con quizás demasiada fuerza—. Como bien has señalado, estoy convencido de que ni siquiera se acordará de mí.

Hipo sintió una opresión en su pecho al decir eso último, pero supo mantener la compostura ante su primo. Mocoso se alejó para ir a buscar unos canapés que le pareció ver a lo lejos e Hipo volvió a quedarse solo. Dejó su copa en una mesa vacía y caminó por el salón de baile para apreciar la decoración navideña y no lucir como un bobo por no tener acompañante. Se paró a mirar más de cerca los detalles de una guirnalda llena de luces azuladas y decorados en madera cuando, sin quererlo, llegó a sus oídos una conversación entre dos señoras que pintaban ser aristócratas.

—¿Ya has visto al prometido de la princesa? —preguntó una de ellas que vestía un pomposo vestido rojo.

Hipo contuvo su aliento y tuvo una molestia en su pecho, cómo si algo le cortara la respiración.

—¿Lord Richmond? —dijo la otra señora que vestía de verde—. ¡En persona todavía no! Pero he visto las fotos en el último número de Susurros, ¡todo un galán! ¡Y un perfecto partido!

—¡Ay! ¡Se les ve tan enamorados! Ya era hora de que la princesa Astrid sentara la cabeza, la verdad. Siempre ha sido… peculiar —insinuó la señora de rojo con cierta maldad.

La señora de verde hizo un gesto de silencio para que se callara, pero no contuvieron sus maliciosas risas. Hipo estaba molesto por la actitud de aquellas dos cotorras y quiso alejarse cuando oyó decir:

—Leí en Susurros que la princesa llegó a rechazar su propuesta de matrimonio hasta tres veces; sin duda le gusta llamar la atención.

El joven quiso gritarles que cerraran sus malditas bocas cuando, de repente, el mayordomo real anunció la entrada de sus Majestades Reales, el rey Augustus Hofferson y la reina Eleanor Hofferson, y de su Alteza Real, la princesa Astrid Hofferson, junto con el duque de Richmond de Inglaterra, Lord John Lennox de Richmond. Entraron primero el rey y la reina, vestidos con sus mejores galas, pero sin resultar exhaustivamente pomposos. Era harto sabido que la familia real de Mema era muy modesta en comparación al resto de casas reales de Europa y la reina era conocida por ser una mujer de estilo elegante, pero sencillo. Sin embargo, los ojos de Hipo se detuvieron directamente en la joya de la corona de la familia real, la heredera del trono de Mema.

Astrid Hofferson era una mujer alta, elegante y sofisticada. La habían calificado innumerables veces como la futura monarca más hermosa de toda Europa y había escuchado que marcas de todo el mundo, como bien podían ser Chanel, Dior o Versace, se peleaban por conseguir que la princesa llevara uno de sus modelos, aunque, por lo que tenía entendido, la princesa sólo vestía ropa de diseñadores del reino de Mema. En aquella ocasión, Astrid llevaba un espectacular vestido diseñado por Rachel Thorston, su diseñadora de confianza, con un escote sobre una capa transparente de tul que imitaba las ramas de un árbol blanco y copos de nieve y bajaba hasta una espectacular falda de capas de tul de tonos azules, blancos y grises cuyo movimiento resultaba hipnotizante. Su largo cabello dorado se lo había recogido en un moño sencillo y tenía puesta una fina tiara justo tras su flequillo. Sus ojos increíblemente azules parecían brillar con luz propia y su sonrisa quitaba la respiración a cualquiera. Estaba sujeta del brazo de un hombre vestido con un impecable frac hecho a medida, de cabello oscuro y de ojos claros que saludaba a la gente del salón de forma muy señorial.

Hipo tuvo una desagradable sensación de mareo. Estaba mucho más guapa de lo que la recordaba. La última vez que se vieron no eran más que dos adolescentes y ahora Astrid se ha convertido en toda una mujer. De forma inconsciente, Hipo intentó ocultarse entre el gentío que aplaudía con entusiasmo a la familia real y al prometido de la princesa, pero siempre había sido algo más alto que la media y, cuando la princesa caminó a su altura, no pudo evitar que sus miradas se cruzaran por un segundo.

Un eterno y tenso segundo.

La perfecta fachada de felicidad de su cara se deformó ligeramente cuando sus ojos se abrieron de par en par al reconocerle. La princesa giró rápidamente la cabeza a otra dirección sin perder la sonrisa e Hipo quiso que se lo tragara la tierra.

Estaba claro que Astrid no se había olvidado de él.

No sabía si reír o llorar.

Los aplausos cesaron y el rey dio un breve discurso junto al enorme árbol de Navidad que se encontraba junto al ventanal para darles todos la bienvenida a su tradicional baile de Navidad. Era un estupendo orador, no cabía duda, cercano a todo el mundo e incluso tenía fama de ser un hombre extraordinariamente culto con un sentido del humor bastante particular. Hipo no fue capaz de reír ninguno de sus chistes y se esforzó en no mirar a Astrid en el tiempo que duró el discurso del rey.

—Quería también agradecer al duque de Richmond, Lord John, por haber hecho el esfuerzo de haber dejado a su familia en las frías tierras de Yorkshire para venir a las todavía más heladas tierras de Mema para pasar la Navidad con todos nosotros —hubo una risa general y el rey alzó su copa—. Por la primera de muchas Navidades juntos.

Toda la sala alzó la copa y el duque no pudo anchar más su sonrisa. El rey dio por iniciado el baile y algunas parejas empezaron a bailar en el centro de la sala. Hipo vio su oportunidad para escaquearse de allí, pero por desgracia un hombre alto, de tez morena y expresión amigable le detuvo.

—Usted es el señor Henry Haddock, ¿verdad?

—¿Quién lo pregunta? —preguntó Hipo desconfiado.

El hombre sonrió y extendió su mano a modo de saludo.

—Eret Eretson —se presentó—. Soy el subsecretario de su majestad el rey Augustus.

—¿Subsecretario?

La sonrisa de Eret se tensó ligeramente.

—El secretario del secretario —especificó él sin perder la compostura—. Vengo a decirle que a su majestad le gustaría saludarle antes de que se marche.

Hipo miró de reojo a la familia real. El rey estaba hablando con un hombre que reconoció como el primer ministro, la reina estaba charlando con una mujer que supuso que sería la primera dama y luego estaba Astrid, quien escuchaba hablar a su prometido aunque sus ojos estaban clavados en él. Hipo estaba seguro de que si las miradas matasen, la princesa de Mema le habría fulminado allí mismo.

—¿Está bien, señor Haddock? —preguntó Eret preocupado—. Le veo un poco pálido.

—No… estoy bien —se apresuró a decir Hipo—. ¿Realmente tengo que saludar al rey? No creo que sepa siquiera quién soy yo…

—Sus majestades seleccionan personalmente a todos los invitados para este baile —insistió Eret extrañado—. El rey está impresionado por su labor en el desarrollo de prótesis ecológicas y asequibles e insiste que usted es un modelo a seguir para las nuevas generaciones.

Hipo sintió su cara arder de la vergüenza.

—Por no mencionar que la reina le recuerda perfectamente cuando usted le dio clases particulares a la princesa Astrid —continuó Eret e Hipo sintió que su pulso se aceleraba—. No le voy a engañar, señor Haddock, puede que usted sea una especie de sorpresa para la princesa de parte de la reina.

Mierda, pensó Hipo aterrado. La reina no podía haber sido menos oportuna.

—Estoy convencido de que la princesa apenas me recordará. Hace años de eso —intentó excusarse Hipo nervioso.

La expresión afable de Eret se endureció un poco y carraspeó incómodo.

—Será mejor que me acompañe.

El rey Augustus le saludó con suma amabilidad e incluso con admiración. El monarca sacudió su mano con entusiasmo mientras le sorprendía con preguntas técnicas sobre las propiedades de las fibras y otros materiales que usaba para sus prótesis. Hipo intentó responderle como mejor pudo hasta que alguien más importante que él requirió su atención y pasó a saludar a la reina, quien le regaló una radiante sonrisa.

—El rey Augustus no te ha reconocido todavía, pero yo sigo viendo a ese tímido adolescente escondido tras unas gafas y sus libros que se tiraba hasta tarde ayudando a Astrid con la física y las matemáticas —dijo la reina Eleanor.

Hipo hizo una reverencia.

—Ha pasado mucho tiempo desde entonces, majestad.

—Tampoco tanto —replicó la reina estrechando los ojos y se giró hacia su hija, quien parecía inmersa en una conversación que su prometido tenía con un hombre con un fuerte acento extranjero—. Astrid, cariño, ven aquí.

La reina tuvo que llamarla hasta dos veces para que la princesa finalmente se diera por aludida. Hipo tuvo que esforzarse en aparentar que todo estaba bien, que aquel era un simple reencuentro entre dos conocidos y que nunca fue más allá de unas aburridas clases de física y matemáticas. Astrid extendió su mano e Hipo se la cogió a la vez que hizo una reverencia.

—Alteza —dijo él procurando no balbucear.

—Señor Haddock —le saludó cortésmente.

Ambos se quedaron callados en un tenso silencio y evadieron mirarse directamente a los ojos. Sabía que haber venido al baile había sido una idea terrible y, honestamente, ni siquiera se había planteado la posibilidad de tener que encararse con Astrid. Él no era más que un ingeniero que resultaba ser algo más espabilado que la media, pero seguía viviendo con sus padres y todavía quedaba con su amigo del instituto, Patapez, para jugar a la Play todos los miércoles por la noche. A ojos de aquella gente, rodeada siempre de pompa y circunstancia, él no era más que un don nadie. Un simple plebeyo.

Al menos, eso es lo que Astrid le hizo entender la última vez que se vieron.

Una fuerte opresión en su pecho le cortó la respiración. Quería salir de allí lo antes posible. No quería estar en aquel estúpido baile y mucho menos con ella. ¡Si ni siquiera le gustaba la Navidad, por Dios! Llevaba años odiando la Navidad, tal vez porque fue en esas fechas cuando...

—¡Qué callados estáis! —exclamó la reina sorprendida—. Con lo mucho que parloteabais antes.

—Mamá, hace al menos diez años que no nos vemos, comprenderás que es difícil entablar una conversación con alguien con el que no has tenido trato desde entonces —aclaró Astrid con indiferencia.

La reina replicó algo a su hija, pero Hipo no le prestó atención. La pose estirada y fría de la princesa le había dolido más que bofetada y, aún habiendo pasado tanto tiempo, se estaba dando cuenta que aún no lo había superado. Lo único que quería era zarandear a Astrid y gritarle todo lo que llevaba guardando dentro desde aquellas fatídicas Navidades. Nunca le había vuelto a llamar, ni había intercambiado ningún tipo de mensaje con él. Le había borrado de su vida como si lo que pasó entre ellos jamás hubiera sucedido.

—Astrid, querida —el duque de Richmond se acercó ajeno al violento escenario—. Tienes que conocer al nuevo embajador de Reino Unido —el duque reparó en él—. ¿Y usted es…?

Hipo sabía que lo preguntaba por educación más que por otra cosa. No le pasó por alto el barrido que le dio de arriba abajo y esa sonrisa viperina que tanto le recordaba a los niños de bien de la universidad, quienes solían mirarle por encima del hombro por ser becado.

—Es Henry Haddock, John —le presentó la reina a la vista de que Astrid no abría la boca—. Es uno de los mejores ingenieros de nuestro país y comentábamos cuando también fue profesor particular de Astrid.

—¿Necesitaste un profesor particular? —cuestionó el duque con un tono de mofa.

Hipo reconoció la furia en los ojos de Astrid y observó de reojo cómo apretaba los puños con tanta fuerza que, de no tener guantes, se habría clavado sus uñas en su piel. Sin embargo, Astrid dibujó una tensa sonrisa y dijo:

—Mi especialidad siempre fue literatura e historia.

—Es verdad —intervino Hipo en su defensa—. Probablemente no haya nadie en esta sala que haya leído más que Astrid.

Le pareció apreciar un atisbo de sonrisa en la cara de la princesa, pero el profundo carraspeo que dio el duque causó que frunciera sus labios.

—No sabía que en Mema no existiera un mínimo de protocolo respecto a la familia real. En mi país, todo el mundo se refiere a Astrid como «Alteza Real», señor Haddock. Es importante mostrar estos signos de respeto hacia la realeza, sino veo que todo el mundo terminaríamos llamándonos «tío», «tía» o «tronco», me imagino que algo más propio entre… ya sabe, su gente.

Se hizo un incómodo silencio en el que Hipo no fue capaz de decidir si darle un puñetazo en la cara a aquel gilipollas clasista o sencillamente marcharse. Astrid apartó la mirada cuando él inconscientemente la buscó y la reina estaba claramente apurada por la repentina tensión en el ambiente.

—Ha sido un placer, majestad —dijo Hipo inclinándose ante la reina Eleanor—. Una fiesta maravillosa, pero me temo que tengo que irme.

—¿Tan pronto? —clamó la reina decepcionada.

—Mi madre se ha hecho un esguince y me temo que no puedo dejarle toda la responsabilidad a mi padre, es una enferma terrible y él un enfermero muy impaciente —se giró hacia Astrid para hacer una leve reverencia—. Alteza —miró al duque quién le observaba con arrogancia e Hipo sacudió la cabeza hacia arriba como cuando saludaba a alguien por la calle—. Tío.

Astrid no pudo contener una carcajada y se llevó la mano rápidamente a sus labios a la vez que el duque se giraba indignado hacia ella. La reina fingió un tosido para ocultar su sonrisa. Hipo se retiró antes de que el duque pudiera decirle nada y caminó tan rápido como la prótesis de su pierna le permitió hacerlo. Salió de la sala de baile para dirigirse a la enorme galería repleta de obras de arte del palacio. Los camareros le miraban con curiosidad mientras se desataba la estúpida pajarita. No recordaba haber estado tan enfadado en mucho tiempo, años tal vez, pero si el reencuentro con Astrid le había hervido la sangre, el estúpido duque había sido la gota que había colmado el vaso.

Hipo giró hacia la salida cuando llegó al final de la enorme galería. Tuvo la mala suerte de encontrarse con Mocoso y con Rachel escondidos tras dos columnas, dándose el lote con una pasión que le dio más vergüenza ajena que otra cosa. Ninguno de los dos reparó en él y se alegró de no tener que dar explicaciones sobre su marcha. Sin embargo, cuando salió al exterior se dio cuenta que se había equivocado de camino y había salido a los jardines traseros del palacio en lugar de haber tomado salida. Se había puesto a nevar y hacía tanto frío que no tardó en ponerse a tiritar. Hipo miró a los ventanales y recordó que la biblioteca estaba justo allí al lado.

Hipo sabía que debía largarse de allí, volver por dónde había vuelto, pasar otra vez junto a su primo y Rachel y caminar hasta el otro extremo de la galería donde realmente estaba la salida principal de palacio. Sin embargo, fue como si su cuerpo se moviera solo y decidiera que era mejor idea ir a la biblioteca.

A Hipo siempre le había encantado aquel lugar. Era una sala amplia abierta de dos plantas, con frescos en el techo que estaban fechados de finales del siglo XVIII y todas las paredes estaban cubiertas por estanterías de madera de Mema que eran tan antiguas como el palacio. Las copias más antiguas y valiosas de aquella biblioteca se habían traslado al museo del palacio hacía años, como una de las primeras Biblias de cuarenta y dos líneas completas que fueron impresas por el mismísimo Gutenberg o la única copia que quedaba del Bestiario de Mema, fechado del siglo X, que resultaba ser el único bestiario en todo el mundo que contaba con ilustraciones de dragones. La biblioteca de la familia real contaba con un amplio catálogo de libros que cubría desde historia del reino de Mema, ciencia, ficción en general y otros muchísimos géneros. Al igual que el resto del castillo, la biblioteca también se había decorado con guirnaldas, luces y con un árbol de Navidad totalmente ornamentado e iluminado cuya altura alcanzaba los estantes superiores. Incluso habían tenido el detalle de poner un rácimo de muérdago sobre la puerta principal. La música de la orquesta del baile se podía escuchar desde allí, aunque sonó lo bastante lejana como para que no le resultara molesto. Hipo anduvo por aquel lugar, paseando sus dedos por los lomos de aquellos libros con los que en su un día estaba tan familiarizado, hasta que llegó a la amplia mesa de roble que se encontraba en el centro de la sala. Su padre, quien se había dedicado toda su vida a la madera, le había mencionado que todos los muebles de palacio eran reliquias extraordinariamente bien mantenidas que recogía la trayectoria de los grandes ebanistas de Mema. La mesa de la biblioteca era una pieza única tallada en el siglo XVI que a primera vista parecía que estaba recién fabricada de lo bien mantenida que estaba. No obstante, cuando Hipo se colocó a la altura de las dos sillas centrales, llevó su mano bajo la mesa, justo al borde donde palpó dos inocentes letras que sabía que debían seguir allí.

A + H.

Hipo se dejó caer en una de las sillas sin dejar de acariciar aquellas dos e inocentes letras. Se frotó los ojos para limpiarse las lágrimas traicioneras que se acumulaban en ellos y se sorbió la nariz. Tal vez hubiera sido mala idea regresar a aquel lugar, pero volver a palpar aquellas dos letras le dio cierto consuelo.

Fue real.

Durante tres maravillosos años aquello fue real.

Las largas horas de estudio. La frustración de Astrid al no comprender la trigonometría. Las confidencias. La presión de ser heredera a un trono y la suya por no ser el hijo que su padre anhelaba que fuera. Sus escapadas a la cocina para atiborrarse a galletas. Las risas. Su mano, suave como el terciopelo, sujetando la suya. El primer abrazo. Sus lecturas compartidas. Su primer beso. Todos los que vinieron después. Sus lágrimas. Su desesperación.

Su primera vez…

Las promesas de amor. La incontrolable —y casi abochornante— pasión adolescente. Los momentos postcoito. Su dedos recorriendo sus pecas. Sus lágrimas, cada vez más frecuentes. Sus repentinos silencios. Su hostilidad. Su repentino distanciamiento.

Navidad.

Hipo apartó su mano de las letras talladas bajo la mesa y se levantó de su asiento.

Había sido mala idea regresar allí. Pensaba que la herida que Astrid había abierto en canal en su corazón estaba más que cicatrizada, pero ahora mismo sentía que estaba desangrándose. Una desagradable presión en su pecho que le impidió respirar con regularidad. Se concentró en calmarse, pero de repente le pareció escuchar pasos desde el pasillo que hicieron que entrara en pánico. Hipo sabía que no podía estar allí, era un área privada de palacio a la que él ya no tenía acceso desde que Astrid prescindió de sus servicios como profesor particular.

Corrió hacia uno de los pasillos de estanterías y se escondió tras uno de los estantes justo cuando escuchó la manilla de la puerta girarse. Hipo no se atrevió asomarse para ver quién era, pero escuchó un suave taconeo sobre la siempre pulida madera de la biblioteca. La persona que entró caminó con paso titubeante hasta que se detuvo. Poco después, le pareció escuchar una especie de sollozo. Hipo sacó el valor para mirar quién se encontraba allí y contuvo la respiración al ver que Astrid se encontraba ante la esplendorosa mesa de roble, con la mano acariciando justo en el punto donde había estado tocando él antes. Su rostro era una ventana de angustia y dolor y parecía esforzarse por contener las lágrimas, de ahí que su boca estuviera mordiendo su mano enguantada para contener los sollozos.

El cuerpo entero de Hipo se sacudió por dentro.

¿Por qué estaba llorando?

¿Por qué estaba tan afectada?

Ella fue quién le dejó y de la peor forma posible. Le abandonó en aquel mismo lugar, asegurándole que una princesa jamás podría estar con alguien como él. Pertenecían a mundos completamente distintos y ella no estaba dispuesta a repudiar el nombre y honor de su familia por él. Cada vez que recordaba aquella horrorosa Navidad, Hipo pensó en todo lo que le había podido haber dicho, ¿pero qué argumentos tenía contra ella? Él no era nadie, solo un ingeniero sin pierna que se dedicaba a construir partes del cuerpo para otras personas. Ella era una princesa, un personaje público que algún día sería reina. Hombres como el imbécil de Duque de Richmond eran los que estaban a su altura y no gente del pueblo llano como él.

Y, sin embargo, no podía evitar aquel sentimiento de furia contra ella.

Hipo le había abierto su corazón. Hubiera dado lo que fuera por ella. ¡Lo que fuera! Llegó a pensar que alguien como ella podría amarle, pero al final le desechó como a un perro. Por esa misma razón, no podía creerse que ahora, tras diez años de haber roto con él, Astrid pudiera verse afectada o dolida por él.

—¿Astrid? ¿Qué haces aquí?

Hipo se ocultó de nuevo tras la estantería cuando escuchó la voz del duque desde la puerta. Astrid carraspeó para moderar su voz y dijo:

—Necesitaba desconectar por unos minutos —respondió ella.

—No puedes irte sin más de la fiesta —le achacó el duque malhumorado.

—Es mi fiesta, John —le recordó Astrid de mala gana—. Haré lo que me salga del coño.

De repente, oyó a la princesa soltar un jadeo.

—¡Suéltame, John! —chilló ella molesta.

—Eres una princesa, Astrid. No puedes hacer lo que te dé la gana —dijo el duque entre dientes—. Tu responsabilidad es estar callada, estar bien guapa y sonreír a todo el mundo. No es tan puto difícil.

Escuchó la madera crujir a causa de un traspiés, probablemente porque Astrid le habría dado un empujón. El duque resopló.

—Cuando nos comprometimos te advertí que no sería tu florero, John. eres mi florero —escupió la princesa con asco—. No sé qué películas te has montado en tu cabeza, pero aquí no eres nada más que mi prometido y futuro consorte. Aprende a saber cual es tu lugar de una puta vez, porque parece que piensas que vas a ser tú el rey.

—Al menos no voy haciendo ojitos a los hombres del populacho —musitó Lord John con crueldad.

—¿De qué demonios me estás hablando ahora? —replicó Astrid a la defensiva.

—El inconsciente que se atreve a tutearte como si fuerais iguales, querida —respondió Lord John muy serio—. ¿Crees que no me he fijado en cómo lo miras? Finges ser fría como el hielo, pero cuando piensas que nadie te mira pareces una tontaina enamorada —el duque se carcajeó de repente—. ¿Quién iba a decirlo? ¡Astrid Hofferson enamorada de un don nadie de poca monta!

—Cierra la puta boca, John —le amenazó ella con voz temblorosa.

—¿Qué pasa? ¿Acaso me equivoco? —cuestionó el duque con mofa—. Querida, ese hombre jamás podrá satisfacerte, no como puedo hacerlo…

Hipo escuchó de repente un fuerte impacto y algo caer contra el suelo. Lord Richmond gimió de dolor e Hipo sabía que Astrid le había tenido que dar su famoso derechazo.

—Entérate bien, John, nunca me has tenido y nunca me tendrás —le advirtió la princesa con voz envenenada—. Antes muerta que permitirte que me pongas un dedo encima.

El duque soltó un gemido.

—¡Imbécil! ¡Sabes que no te quedará otro remedio! Se espera que te quedes embarazada al año de casarnos…

—Que esperen lo que quieran —declaró Astrid con furia—. Estoy harta, ¡harta!

Hubo un tenso silencio en el que Hipo temió que los fuertes latidos de su corazón le delataran. Lord Richmond se levantó a la vez que soltaba un quejido, pero Astrid no pareció moverse de donde se encontraba.

—Por muy harta que estés no puedes ir a contracorriente, Astrid —le advirtió el duque con tono más moderado—. Sea cual sea la historia que tuvieras con ese hombre, déjala encerrada en tus recuerdos, porque no volverá a pasar. No dejaré que me humilles de esa manera.

—Sé cual es mi posición, John —le advirtió Astrid con voz gélida—. Márchate, hazme el favor.

El duque se retiró sin discutir. Hipo esperó a que Astrid hiciera lo mismo, pero en su lugar volvió a sollozar. El joven se atrevió a asomarse de nuevo y vio que estaba ahora sentada en el suelo, rodeada de una marea de tul. Gemía bajito, como si temiera que alguien la escuchara y parpadeaba mucho para evitar que las lágrimas corrieran su maquillaje.

Hipo sabía que era una insensatez salir de su escondite, pero sólo había visto una única vez a Astrid llorar y fue cuándo él le confesó que la quería un año antes de que le dejara. Aquellas habían sido lágrimas de felicidad, pero estas eran de pura desolación. Su cuerpo reaccionó solo y antes de que él mismo quisiera darse cuenta, se había arrodillado a su lado y le había ofrecido un pañuelo limpio en el que su madre había bordado torpemente sus iniciales. Astrid dio un bote al darse cuenta que no estaba sola y soltó un chillido al ver que era él.

—¿Q-qué ha-haces a-aquí? —balbuceó ella levantándose de un salto—. N-no puedes es-estar aquí, Hipo.

—Lo siento, estaba buscando la salida y he terminado aquí por accidente —le aseguró él sin perder la compostura, aunque tragó saliva cuando Astrid torció el gesto—. Sabes que siempre me pierdo, todos los pasillos de este palacio me parecen iguales.

Intentó levantarse, pero escuchó un clic en su prótesis que le señalaba que se había vuelto a atascar y su rodilla protésica no daba muestras de que quisiera cambiar de posición a menos que la ajustase. El joven pensó que aquello no podía ser menos oportuno, pero sabía que quedaría como un estúpido si se quedaba allí arrodillado por más tiempo.

—Un segundo —le pidió él azorado.

Se levantó el pantalón del frac y llevó su mano al tornillo de su rodilla. Hizo fuerza para moverla, pero sus manos estaban sudando y no paraban de resbalarse. Sintió que podía morirse allí mismo de la vergüenza; aunque, de repente, una mano enguantada le dio un manotazo para que apartara la suya y, sin emplear mucho esfuerzo, Astrid movió el tornillo. Cogió de su mano para ayudarle a levantarse y se quedaron unos segundos así antes de que Astrid le soltara como si le quemara el contacto.

—P-perdón —dijo él azorado.

—No es nada —respondió ella con sequedad—. No es la primera vez que te pasa. Veo que por mucho que te hayas mejorado la prótesis, hay cosas que no cambian.

Se hizo un incomodísimo silencio en el que Astrid evadió su mirada. Hipo aún tenía su pañuelo sujeto en su mano y terminó metiéndolo de nuevo en su bolsillo. La princesa carraspeó algo tensa.

—Creo que debería volver a la fiesta —dijo ella sin mirarle directamente a los ojos.

—Sí, y yo debería volver a casa —replicó él fingiendo indiferencia y, tras titubear un segundo, hizo una reverencia—. Alteza Real.

Astrid no le devolvió el saludo y se precipitó hacia la puerta. Hipo, molesto por su prisa, terminó soltando:

—¿Por qué te vas a casar con ese imbécil?

La princesa se detuvo en seco sin girarse hacia él.

—No entres en ese terreno, Hipo, no va acabar bien —le advirtió ella con frialdad.

—No tienes que jurarlo —replicó Hipo por lo bajo.

Astrid se volteó con brusquedad y le fulminó con la mirada.

—¿Qué haces aquí, Hipo? —preguntó ella con voz envenenada.

—¿Cómo que qué hago aquí? —replicó él frunciendo el ceño.

—Hace diez años te dejé en esta misma sala. Dije que no quería volver a verte, ¿por qué demonios aceptaste la invitación al baile? —cuestionó Astrid furiosa.

—Como comprenderás, rechazar la invitación firmada con el puño y letra del mismísimo rey, para alguien como yo, es como escupirle a la cara —le recordó él molesto—. ¿Crees que yo quería venir aquí cuando puedo estar con la gente que realmente me importa? Odio este lugar mucho más que tú, Astrid.

Las aletas de la nariz de la princesa se abrieron de la indignación.

—Si tanto odias este lugar no debías haber venido, ¡aquí no pintas nada! —escupió ella con crueldad.

—Lo sé, ¡ya me lo dejaste bien claro hace diez años! —replicó Hipo con rabia—. Me equivocaba respecto al duque, sois perfectos el uno para la otra. Tienes el corazón tan podrido por tu vanidad que fui un imbécil por creer que tú pudieras amarme alguna vez.

El rostro de Astrid se deformó en ese instante, casi como si el propio Hipo le hubiera clavado una daga en su corazón. Sus ojos se humedecieron, pero estaba lo suficientemente entrenada como para no venirse abajo. Hipo sabía que, por alguna misteriosa razón, le había herido sus sentimientos y no pudo evitar cierto resentimiento hacia sí mismo por haberla hecho daño.

—¿Realmente crees que no te amé? —preguntó ella con voz quebrada—. ¿Por qué tendría que fingir durante dos años que no te quise?

—¡No sé! ¡Dímelo tú, Astrid! ¡Fuiste tú la que me dejó de la noche a la mañana, no yo! —gritó Hipo dolido.

—¡¿Pero de verdad te pensabas que lo nuestro habría funcionado, Hipo?! —chilló ella colérica—. ¡Éramos dos putos críos, por el amor de Dios! ¿Acaso pensaste que lo nuestro podría haber tenido un final feliz? ¿Que viviríamos felices y comeríamos perdices?

Astrid deambuló por la biblioteca para calmarse. Sus manos temblaban y su cara había enrojecido por la ira. Hipo también estaba furioso, tanto que quería ponerse a gritar, pero él no era de montar numeritos y Astrid lo sabía bien. Tomó aire y, cuidando el tono de su voz, preguntó:

—¿Por qué has venido aquí, Astrid? —cuestionó él.

La princesa se detuvo en seco y se quedó mirando fijamente el esplendoroso árbol de Navidad.

—Esta es mi casa, podré ir a donde quiero, ¿no crees? —respondió ella fingiendo indiferencia.

—Claro, porque no hay rincones suficientes en este palacio para que puedas escaquearte de tu fiesta y decides venir al único lugar donde aún queda un rastro de lo que fuimos un día.

Astrid no respondió. Caminó sin dirigirle una sola mirada hasta la mesa de roble y acarició la tapa con la punta de sus dedos.

—¿Crees que no sé que fuiste el mejor novio que he tenido, Hipo? —terminó cuestionando ella dolida y soltó un largo suspiro—. Hice lo que tuve que hacer. La situación era crítica entonces y…

—¿Crítica? —le cortó Hipo rabioso—. Tres días antes de que me dejaras me dijiste que ibas a contarle lo nuestro a tus padres y el día de Navidad decidiste dejarme sin darme ningún tipo de explicación, solo que una princesa no podía salir con alguien como yo y que ya no querías seguir con aquella pantomima. Lo cual me lleva a pensar: ¿acaso me usaste, Astrid? ¿Fui una especie de entrenamiento para ti cara a tus futuros novios? —la princesa fue incapaz de ocultar una enorme expresión de sorpresa y desconcierto—. Has vivido toda tu infancia y adolescencia encerrada en esta jaula de oro y yo era tu único contacto con el mundo exterior. Te quedaba menos de un año para largarte por fin a Cambridge, así que… ¿por qué no librarte de mí lo antes posible para así tener vía libre para conocer a gente de tu clase?

Astrid respondió esta vez dándole una bofetada. Pese a tener su mano enguantada, su mejilla ardía por el golpe y observó que Astrid ya no estaba conteniendo sus lágrimas de rabia.

—¡No tuve otro remedio! —chilla ella histérica—. ¿Acaso no lo entiendes, Hipo? ¡Seguir con nuestra relación habría supuesto arruinarte la vida!

—¿De qué coño está hablando? —gritó él indignado.

—¿Sabes lo que supone tener una relación pública conmigo? —replicó Astrid con furia—. Protocolo, cenas de gala, fiestas, reuniones con gente con la que ni siquiera te gusta, relacionarte con gente odiosa y superficial… ¡Tú siempre has odiado todo eso, Hipo! ¡Detestas ser el centro de atención!

Hipo no daba crédito a lo que estaba escuchando.

—¿Me estás diciendo que me dejaste por mi bien? —cuestionó él—. No sé, ¿acaso no pensaste que, tal vez, te quería lo suficiente para soportar todo eso? Yo creo que lo que pasa aquí es que no soportabas la idea de que te relacionaran conmigo, Astrid. Odiabas la idea de que te vieran con alguien de la plebe, ¡por eso me dejaste!

Astrid apretó los puños con fuerza, herida por sus palabras, y se mordió el labio antes de volverse hacia la mesa. Respiró profundamente y simplemente dijo:

—La Nochebuena previa a dejarte mi padre me reveló que le habían diagnosticado Esclerosis Múltiple Remitente Recurrente.

Hipo no supo reaccionar a esa revelación. Aunque Hipo no estuviera puesto en los cotilleos relacionados con la familia real, estaba seguro de que una noticia como esa habría saltado incluso en las noticias. Además, le había visto en la fiesta y parecía contar con una salud excelente.

—Ya sé lo que estás pensando —señaló ella ante su silencio—. No parece enfermo, ¿a que no? Su esclerosis no es como la progresiva, si toma la medicación y no se estresa demasiado es raro que le de un ataque. Sin embargo, aquella Nochebuena mi padre me lo contó para que tomara conciencia de que probablemente tendría que abdicar mucho antes de lo esperado.

—¿Qué es mucho antes? —preguntó Hipo en un hilo de voz.

—Al principio se pensó que sería en uno o dos años —respondió ella con tristeza—, pero mi padre quería que yo fuera a la universidad y disfrutara de mi juventud, como él solía decir. Por supuesto, esto me lo dijo seis meses después de contarme que tenía esclerosis, para entonces…

—Yo ya me había marchado a California —terminó él—. ¿Rompiste conmigo porque… iban a coronarte reina?

—Entiéndeme, Hipo, tenía diecisiete años por aquel entonces. Estaba aterrada ante la simple idea de que me coronaran reina y que mi padre pudiera morirse en cualquier momento. ¿Qué iba a hacer? No… no podía soportar la sola idea de perderte, pero tampoco podía pedirte que te quedaras conmigo y, además, no me atrevía a contarle a mis padres que mantenía una relación contigo después de descubrir lo de la esclerosis.

—Pero al final no te han coronado reina —dijo él dubitativo.

—No, mi padre sobrelleva la esclerosis mejor de lo que hubiera esperado nadie —concordó ella—. Es más, supe seis meses después que mi padre tenía intenciones de aguantar en el trono mientras su salud se lo permitiera porque quería que disfrutara de la universidad y de la vida todo el tiempo que me fuera posible. Así que lo primero que hice fue coger unas breves vacaciones en las que todo el mundo pensó que me marchaba a Grecia.

Hipo palideció al comprender que estaba queriendo decirle.

—¿Fuiste a buscarme a California? —preguntó él en un hilo de voz.

—Por suerte, coger un vuelo comercial desde Londres hasta San Francisco vestida como una adolescente de pie y acompañada por un tipo como Eret no provocó que llamara la atención —señaló la princesa con sequedad.

—¿Y se puede saber por qué no te vi? —cuestionó él sin salir de su asombro.

—No lo sé, Hipo, ¿puede que porque estuvieras muy acaramelado con cierta californiana a la que abrazabas con mucho entusiasmo en mitad de tu campus? —dijo ella con voz envenenada.

Hipo abrió mucho los ojos y se devanó los sesos pensando con quién pudo haber estado durante su primer año de universidad. En realidad, a parte de Astrid, nunca había tenido una relación seria con nadie. Sí, durante la universidad puede que hubiera tenido un par de líos, pero aquello había sido a partir de su segundo año, dado que el primer año estaba demasiado deprimido como para pensar en buscar una nueva relación. Es más, solo había una persona con la que había socializado durante su primer año y había dado su brazo a torcer porque era una pesada.

—¿Estás hablando de Camicazi? —preguntó Hipo dudoso—. ¿Bajita, rubia y con pintas de hippie?

Astrid frunció el ceño y se quedó un momento pensativa.

—Puede ser, sí.

Hipo ahogó un grito de frustración.

—¿Por qué demonios no te acercaste?

La princesa le observó incrédula.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—Sí, Astrid, lo digo muy en serio —le achacó él con impaciencia—. Camicazi es mi amiga, pero nunca ha habido nada entre nosotros porque los hombres no son precisamente platos de su gusto.

Astrid abrió la boca haciendo la forma de una pequeña «o» y se llevó las manos a la cabeza.

—Dios mío…

Parecía que iba a entrarle un ataque de pánico y se tambaleó sobre sus tacones. Hipo se acercó a ella para sostenerla, pero Astrid se apartó angustiada.

—Tengo… tengo que irme —balbuceó ella dirigiéndose a la puerta.

—¡Astrid, espera! ¡No puedes dejarme así ahora! —le suplicó Hipo cogiendo de su mano.

Astrid se detuvo un momento para observar su mano agarrando a la suya hasta que se decidió a apartarla.

—Nada ha cambiado, Hipo —dijo ella sin poder ocultar su malestar y caminado hasta la puerta principal—. Estoy comprometida y no… no puedo hacer nada. Mi padre tiene planeado abdicar el próximo verano y yo… yo… no puedo, Hipo. Es demasiado tarde.

—No lo es —insistió Hipo desesperado—. No… yo… nunca he dejado de amarte, Astrid, por favor… Quédate, no vuelvas a la fiesta… Por favor.

La princesa parecía sufrir un auténtico dilema mental. Hipo, consciente de que podía volver a escaparse, decidió seguir a su propio instinto: la besó. Su boca sabía a pintalabios y caramelos de menta, aunque Hipo no se atrevió ir más allá que besar sus labios. Sin embargo, antes de que pudiera apartarse, Astrid había subido sus manos hasta su cabello y movió su lengua hasta el interior de su boca. La princesa gimió cuando Hipo rodeó su cintura con sus brazos y la apretó contra su cuerpo. La diferencia de altura entre ellos no era significativa, sobre todo por los vertiginosos tacones que Astrid llevaba puestos, por lo que Hipo la empujó suavemente contra la puerta de la biblioteca sin dejar de explorar cada rincón de su boca que tan bien conocía y que hacía tantísimo que no saboreaba. Rompió el beso para bajar sus labios contra su pálido cuello, procurando no excederse para dejarle marcas, pero besándola con la suficiente intensidad como para que ella suspirara por el deseo que nublaba sus mentes. La princesa cogió de su mandíbula para que volviera a besarla en la boca, paseando sus dedos por su pelo, cara, cuello y bajando peligrosamente más y más abajo...

—¿Alteza? —escucharon de repente al otro lado de la puerta. Hipo reconoció la voz de Eret. Astrid se apartó de él con brusquedad—. Alteza, su padre la está buscando. Cree que debe sacar a su prometido a bailar para que la prensa pueda sacarles fotos juntos.

Ambos tenían las respiraciones aceleradas y no podían apartarse los ojos el uno de la otra. Astrid se sorbió la nariz y se quitó uno de sus guantes para pasarse la mano por la boca, como si hubiera algo en ella que delatara lo que acababan de hacer. Hipo no fue capaz de reaccionar cuando la princesa salió de la biblioteca sin mirar atrás y sin articular una sola palabra.

Una vez más, Astrid cogía su corazón y lo quebraba como si no valiera nada.

Resignado y con un dolor agudo en el pecho, Hipo se peinó su pelo hacia atrás con los dedos. Observó asqueado el rácimo de muérdago que colgaba sobre el punto exacto donde se había besado con Astrid y se sintió tentado de dar un salto para arrancarlo y pisotearlo para descargar toda su frustración. Sin embargo, decidió marcharse de aquel endemoniado lugar sin intenciones de volver jamás. Tenía ganas de tirarse al suelo y llorar hasta quedarse sin lágrimas, pero decidió que la comodidad de su cama, bajo su edredón con estampados de dragones y abrazado a su gato Desdentao sería infinitamente mejor que hacerlo en un palacio donde nunca sería bienvenido. Caminó tan rápido como su prótesis le permitió, sin prestar atención alguna a las magníficas obras de arte y los esplendorosos decorados navideños que adornaban la galería. Pasó cerca del salón de baile cuando alguien gritó:

—¡Hipo, tío! ¿Adónde vas?

Mocoso había aparecido de la nada, con una copa llena de vino en la mano, y había enganchado su brazo para arrastrarlo hasta el salón de baile. Hipo intentó zafarse de él, pero su primo contaba con bastante más fuerza y, al estar borracho, tampoco prestó atención a sus súplicas para que lo soltara. La pista se había despejado y en el centro se encontraban los reyes y Astrid. Hipo no escuchó el discurso que estaba dando ahora el rey, más preocupado en que no le viera nadie y poder largarse de allí cuanto antes. Sin embargo, cuando por fin consiguió soltarse del agarre de Mocoso, se dio cuenta que no podía salir con tanta facilidad porque una marea de personas se interponían entre él y la puerta.

—Ahora, tal y como dicta la tradición, la princesa abrirá el baile con su prometido —indicó el rey con jovialidad.

Mientras Hipo se abría paso entre el gentío, Astrid caminó hasta el centro de la sala. No pudo evitar buscar su expresión de falsa alegría, pero le sorprendió viéndola muy seria. Lord John dio un paso al frente, a la espera de que Astrid fuera a buscarle; sin embargo, la princesa no se movió. La orquesta, a la vista de que la princesa parecía estar esperando algo, empezó a tocar una pieza que Hipo conocía, pero no supo reconocer de qué. Sin embargo, Astrid parecía más preocupada en pasear su mirada por la sala hasta que sus ojos se detuvieron en él.

Hipo se quedó sin aliento. Por lo general, Astrid solía tener una máscara que ocultaba a la perfección sus emociones. Sin embargo, esta vez Hipo —y probablemente el resto de la sala— podía leer los sentimientos que manaban de sus ojos cristalinos.

Tenía dudas.

Sin embargo, apartó rápidamente sus ojos de los suyos para dirigirse al duque de Richmond e Hipo supo que ella ya había tomado su decisión. Sin detenerse a mirar cómo la princesa sacaba al duque a bailar, Hipo consiguió salir del salón de baile empujando de malas maneras al resto de invitados. La gente parecía indignada, pero el joven no se detuvo a escuchar sus quejas o insultos.

Sólo pensaba en salir de allí.

Ésta vez consiguió salir por el sitio correcto. Con las manos temblorosas, aún no muy seguro si por el frío o por la ansiedad, Hipo llamó a un Uber. Nevaba, pero prefirió esperar cerca de la verja de la entrada que en las escaleras que bajaban al jardín delantero. Sus dientes castañeaban y se abrazó a sí mismo para aplacar el frío pese a ser el menor de sus problemas. Sus labios aún palpitaban por el beso que acababa de darse con Astrid en la biblioteca y su cabeza no paraba de reproducir el segundo rechazo de la princesa. No obstante, tampoco podía dejar de darle vueltas a lo de que ella había ido a buscarle a California y la muy tonta, ciega por sus celos o incluso sus inseguridades, no se había atrevido a dar el último paso para traerlo de vuelta, porque una cosa estaba muy clara: si hubiera sabido que Astrid había ido a San Francisco para recuperarlo, Hipo se habría echado a sus pies.

Él no había dejado nunca de amarla.

Ni siquiera ahora.

Su corazón siempre latiría por Astrid Hofferson, por muy furioso que estuviera con ella y estuviera bailando ahora con ese estúpido duque que…

—¿Hipo?

Su estómago dio una voltereta hacia atrás al oír esa suave y musical voz que parecía estar llena de miedo. Seguro que era cosa de imaginación. Igual estaba apunto de morirse de una hipotermia y ahora estaba sufriendo una alucinación. Ella no podía estar ahí, no podía estar tras él porque… Sintió entonces una mano contra su hombro e Hipo se giró atónito. Astrid estaba ante él, con la respiración acelerada de la carrera que acababa de darse y tiritando de frío. La muy boba ni siquiera se había molestado en abrigarse e Hipo temió que pudiera darle una pulmonía si pasaba mucho tiempo allí.

—Me has hecho correr —le recriminó ella aún luchando por recuperar el aire—. He tenido que empujar a la mitad de la aristocracia de Mema para salir del salón de baile, dejando a mis padres y a John pasmados; me he pisado este vestido hasta el punto que he rasgado el tul y he tenido que descalzarme para bajar las endemoniadas escaleras y cruzar todo el camino cubierto de nieve porque no se te ha ocurrido esperar tu taxi en un lugar cubierto, ¡por supuesto! ¡Tenías que venir hasta aquí para hacérmelo todavía más difícil!

—¿Estás enfadada? —preguntó él confundido.

—¡Estoy furiosa! —chilló ella—. ¡No siento los pies, Hipo!

Entonces comprendió que no estaba allí para rechazarlo de nuevo. Astrid había ido tras él cuando ahora debía estar bailando con su flamante prometido.

—Yo… yo… —balbuceó él.

Astrid puso los ojos en blanco y, sin pensárselo dos veces, cogió su pajarita desatada y le obligó a agacharse para que la besara. Sus labios estaban casi tan fríos como los suyos, pero seguían siendo suaves pese a que el beso era feroz y desesperado. Astrid terminó cortando el beso y se abrazó con fuerza a él, a Hipo le pareció ver un flash a lo lejos e intentó romper el abrazo.

—Astrid, no creo que…

—Me da igual —le cortó ella—. Acabo de dejar plantado al decimotercer sucesor al trono de Inglaterra. Estoy descalza con un vestido muy caro rasgado que no está pensado para una temperatura bajo cero y abrazada a un desconocido. Déjales que disfruten con el salseo.

—Pero…

—Nunca debí dejarte —le interrumpió ella nerviosa—. Nunca desapareciste de mi mente, Hipo. Estabas tú y luego todos los demás. Dejarte fue la decisión más horrible y precipitada que he tomado jamás y si no me acerqué aquel día a ti fue porque mi orgullo me lo impidió. Soy una egoísta, una déspota y una mala persona y, aún así, nunca he dejado de quererte. Tienes mil y una razones para no desear ni verme, Hipo, pero tengo claro que no pertenezco a nadie más que a ti. Ni voy a casarme, ni tendré descendencia con nadie que no se llame Henry Haddock.

Hipo sostuvo su mirada mientras procesaba aquella declaración muy propia de Astrid.

—Mi nombre es bastante común, seguro que si buscas en Facebook encuentras a más de un Henry Haddock.

Astrid le dio un puñetazo en el brazo.

—¿Te estoy abriendo mi corazón de la mejor manera que puedo mientras me congelo y tú vas y te ríes de mí? —le acusó ella molesta.

Hipo se carcajeó, no pudo evitarlo, pero estrechó a Astrid contra sus brazos con tanta fuerza que ella jadeó.

—Para ser una princesa, a veces eres un poco boba —le dijo contra su oído.

—Entonces somos tal para cual —replicó ella con picardía.

Se apartó ligeramente para ver su rostro y alzó su barbilla para que clavara sus ojos en los suyos.

—No soy un duque, Astrid.

—No necesito que lo seas —le advirtió ella—. Pronto seré reina, así que ya me encargaré de darte todos los títulos que me requieran para callar a todo el mundo.

—Tampoco puedo bailar —continuó él.

—Veo las paraolimpiadas, Hipo —le recordó ella sonriendo—. Si esa gente puede correr, saltar e incluso nadar, puedes aprender perfectamente a bailar.

Hipo torció el gesto resignado.

—Me van a comer vivo, ¿verdad? —cuestionó él nervioso—. No sé si estaré a la altura para…

—Lo estarás —insistió la princesa—. Has hecho más por este país que lo que ha hecho toda la aristocracia de Mema y John juntos. Eres exactamente lo que este país necesita, Hipo, aunque sea pronto para admitirlo.

Hipo quiso replicar, pero Astrid volvió a coger su pajarita para callarlo otra vez con su boca. Se detuvieron cuando escucharon un incómodo carraspeo a sus espaldas. Hipo quiso que le tragara la tierra al ver a Eret con una expresión divertida bajo un paraguas color negro. Astrid se volteó como si aquello fuera lo más normal del mundo.

—¿Sí?

—Su majestad desea que regrese a palacio, alteza —comunicó Eret sin perder la sonrisa.

—Muy bien —indicó ella—. Supongo que le he dejado con un buen marrón.

—Uno bastante grande y desconcertante, señora —le advirtió Eret.

—Voy ahora mismo.

Hipo supuso que, por esa noche al menos, ya había trastornado lo suficiente a la familia real. Sin embargo, Astrid enganchó su brazo con el suyo y le empujó de nuevo a palacio.

—¿Tenéis calabozos? —preguntó él aterrorizado.

—No que yo sepa, pero estoy segura de que aún queda una picota por ahí —bromeó ella con buen humor.

Astrid se detuvo al pie de la escalera y le miró fijamente.

—Estás a tiempo de dejarlo definitivamente, Hipo —dijo la princesa con suavidad—. Yo quiero estar contigo, pero te advierto que si entras conmigo ahora, nada en tu vida volverá a ser igual.

Hipo reflexionó durante un segundo.

—¿Podré seguir desayunando copos de maíz por las mañanas?

Astrid frunció el ceño.

—Supongo.

—¿Podré seguir trabajando como ingeniero?

—No veo por qué no —le prometió ella—. Aunque probablemente tendrás compromisos reales si hacemos oficial nuestro noviazgo.

—Si me caso contigo, ¿podrá mudarse mi gato a palacio?

Astrid soltó una risotada, pero se cortó al darse cuenta que era una pregunta muy seria.

—Por supuesto —le indicó ella.

—¿Y podré seguir…?

—Hipo —le cortó la princesa con cierta impaciencia—. Accederé a cualquier cosa que me pidas, ¿pero podemos entrar ya? Me estoy congelando.

Hipo cogió de su mano y sonrió.

—Está bien.

Ella sonrió con cierto atisbo de alivio en sus ojos y zanjaron su promesa con un último beso antes regresar y de ser abordados por un oleada de cámaras y preguntas: ¿acaso la princesa de Mema había roto su enlace con el duque de Richmond? ¿Quién era Henry Haddock? ¿De qué le conocía la princesa? Y, la más importante de todas: ¿sonarían finalmente campanas de boda?

Pero esa sería otra historia.

Xx.

Esta historia viene inspirada en las típicas películas de Netflix en las que la chica conoce el chico solo que ella es la princesa y él el mendigo. He de mencionar que el padre de Astrid en esta historia está totalmente inspirado en Jed Bartler (Martin Sheen) en El Ala Oeste de la Casa Blanca. Por supuesto, solo conocemos el intermedio de su historia. En un principio, contaba al detalle cómo se conocieron Hipo y Astrid y su historia de amor, pero consideré que estos eran relatos cortos, por lo que decidí dejarlo a vuestra imaginación y centrarme en lo que realmente quería contar. Esta fue la primera historia que escribí de este conjunto de relatos, así que me ha parecido simbólico publicarlo el primero. El vestido de Astrid está inspirado en uno de Paolo Sebastián que seguramente habré publicado en las historias de mi Instagram itsasumbrellasart.

Si os ha gustado este relato y tenéis teorías de lo que pasó después, me encantaría que me dejarais una review. A esta pobre autora la haríais inmensamente feliz y es una oportunidad para cambiar opiniones y pareceres.

Mañana toca hacer galletas.