Quedan cuatro días para Navidad. Nos leemos abajo.

—Aquí tiene, café con leche con doble de caramelo, un chocolate con triple de nubes, un bollo relleno de mermelada de frambuesas y una galleta de azúcar con la forma de muñeco de nieve —repasó Hipo ante una mujer que cargaba con un montón de bolsas junto con su hija que tenía los ojos puestos en su móvil—. Será doce con cincuenta, por favor.

La mujer pagó con tarjeta, aunque tuvo el detalle de dejarle propina en el tarro antes de que ella y su hija se dirigieran a una mesa vacía. El local había empezado a llenarse pese a que aún faltaba un rato para la hora punta. Se notaba que estaban cerca de Navidad porque la calle estaba más abarrotada de lo habitual. Hipo observó a la gente caminar a través del cristal del escaparate, aunque sus ojos estaban puestos en la tienda que estaba justo enfrente de la cafetería. La librería Cranford tenía el escaparate iluminado con lucecitas de colores que resaltaban varios libros cuyos títulos no podía apreciar desde donde estaba. Sonrió al recordar que Astrid se había tirado un par de semanas indecisa sobre qué poner en el escaparate para la campaña de Navidad y se alegró de que hubiera tenido en cuenta su sugerencia de recrear una noche nevada.

—Hijo.

Hipo se giró en dirección a su madre quien le observaba divertida.

—¿Sí?

—¿Quieres llevarle el pedido? —preguntó Valka sonriente.

Sintió su cara arder de la vergüenza. Su madre, como siempre, le tenía calado.

—Aún es pronto —contestó él cogiendo unas tazas sucias del mostrador para meterlas en el lavavajillas.

—Siempre puedes invitarla a un café temprano, seguro que te lo agradece.

—Mamá, por favor, deja de hacer de Cupido —le pidió Hipo avergonzado.

—¿Quién está haciendo de Cupido? —preguntó su padre saliendo de la cocina con una bandeja llena de pastelitos de nata.

—¡Nadie! —exclamó Hipo azorado.

—He vuelto a pillar a tu hijo con la mirada perdida en el escaparate de Cranford —respondió su madre en tono alegre.

Su padre se rió. ¡Cómo no! Hacía tiempo que sus padres se lo pasaban pipa riéndose de él. Hipo salió de la barra malhumorado para recoger las tazas y los platos usados por los clientes mientras sus padres seguían mofándose a su costa. Los clientes les observaban extrañados, aunque los habituales parecían acostumbrados a la excentricidad de sus padres. A veces resultaba abochornante ser su hijo, sobre todo cuando estaban decididos a sacarle de quicio.

—Hijo, no hay nada de qué avergonzarse —dijo su padre poniendo los brazos en jarras—. A mí también me costó lo suyo conquistar a tu madre, ¡y ahora mira! ¡Treinta años de casados!

Hipo puso los ojos en blanco, pero realmente se alegraba de que sus padres pudieran celebrar su aniversario. Habían tenido diferencias muy importantes a lo largo de su matrimonio, hasta el punto que habían estado a punto de divorciarse cuando Hipo tenía siete años. Sin embargo, tras mucha terapia matrimonial y decididos a darse una segunda oportunidad, Estoico y Valka Haddock decidieron reiniciar sus vidas marchándose de Escocia, abandonando sus respectivos trabajos y abrieron una pequeña cafetería en el centro de Londres invirtiendo los ahorros de su vida. Fue una apuesta arriesgada y, contra todo pronóstico, fue suficiente para salvar su matrimonio. Ahora cumplían treinta años de casados y habían decidido pasar las Navidades en Canarias tras la insistencia de Hipo de que no pasaba nada porque por un año se quedara solo por Navidad.

Es más, estaba encantado.

Hipo vivía en su propio piso solo con su gato y ello conllevaba que no tenía que coger el metro petado hasta el puñetero Hammersmith el día de Nochebuena. Eso por no mencionar que no tendría que aguantar los interrogatorios de su abuelo y de sus tíos ni a su insufrible primo con el que todavía tenía que compartir habitación porque acostumbraban a quedarse a dormir. Por un año, Hipo tendría vía libre para dormir hasta tarde sin que le molestaran los ronquidos de su primo, tocarse la barriga y comer pizza por Navidad en lugar del pavo reseco de su madre.

Era el plan perfecto.

—Hijo, aprovechemos que está la cosa más o menos tranquila y ayúdame con la masa de los rollitos de canela, ¿quieres? —le pidió su padre antes de entrar de nuevo en la cocina.

Hipo asintió y terminó rápidamente de recoger las mesas antes de ir a la cocina. Hipo se había pasado gran parte de su infancia y adolescencia en aquella cafetería. Cuando cumplió los dieciséis, su padre le dio un delantal y le dijo que, si quería seguir recibiendo su paga, debía ponerse a trabajar con ellos. No era un mal trabajo y, pese a los rifirrafes con su padre, tenía licencia para cogerse días u horas libres cuando quisiera. En contra de los deseos de Estoico, Hipo sacó la carrera de Bellas Artes en la Universidad College de Londres y, tras terminar, Hipo había combinado su trabajo como artista con el de la cafetería. No le iba mal, sobre todo porque Bocón, su padrino y mejor amigo de su padre, le había cedido su piso tras mudarse con su novio a Berlín a cambio de que le regara las plantas. Lo que todo el mundo pensó que sería un amorío pasajero se había convertido en una relación de cinco años con pronóstico de boda. Hipo había apostado contra su padre que harían el anuncio en Año Nuevo y estaba convencido que tenía todas las de ganar.

Hipo cogió una de las masas que su padre había dejado asentando y se puso a amasar con sus manos. Tanto Hipo como su madre eran trabajadores silenciosos, pero Estoico necesitaba ruido o una conversación para concentrarse en lo que hacía, así que tuvo que contener una mueca cuando su padre sacó el tema de siempre:

—El otro día pasó por aquí la rectora del King's College de Londres.

Hipo no respondió. Sabía muy bien hacia donde iba ir esa conversación.

—Comentó que hay becas para estudiantes mayores de veinticinco años para acceder a la carrera de Derecho. Dice que dado que las notas de tu otra carrera son tan buenas, tendrías posibilidades para que te dieran esta y…

—No necesito ponerme a estudiar ahora —dijo Hipo sin apartar sus ojos de la masa—. Tengo mucho trabajo tanto aquí como en lo mío. Me da de sobra para vivir cómodamente y me gustan mis dos trabajos. No veo necesario ponerme a estudiar ahora que voy a cumplir veintiocho.

—No tendrías que dejar tu trabajo aquí —le aseguró su padre.

—Pero estás más que dispuesto a que deje mi trabajo como artista —insistió Hipo sin un ápice de enfado en su voz. Hacía tiempo que se había resignado a que enfadarse con su padre no le llevaba a ninguna parte—. Me están entrando muchos encargos, papá, y ya sabes que inauguro mi primera exposición en enero.

—Ah, sí, sí, lo sé, pero… ¿no te plantearías buscarte un trabajo de verdad que te dé estabilidad?

Hipo tomó aire para no explotar. Sabía que su padre le decía esas cosas con la mejor de las intenciones, pero estaba tan cansado de aquella dichosa conversación y que le empujara hasta su límite que tenía que emplear todo su autocontrol para no gritarle. Abrió la boca para responder cuando su madre asomó la cabeza por las puertas batientes de la cocina con una enorme sonrisa.

—Astrid ha llamado para preguntarme si podemos llevar su pedido antes —comentó Valka.

El corazón de Hipo dio un vuelco. Corrió a lavarse las manos y, mientras se las secaba con un trapo limpio, su padre exclamó:

—¡No te entretengas, todavía tenemos que hacer la masa de galletas!

—¡Vale! —dijo Hipo sin voltearse.

Salió de nuevo a la cafetería y preparó el café de Astrid: capuccino con doble de café con mucha espuma y cacao en polvo encima junto con un croissant de semillas que su padre acababa de sacar del horno y que aún estaba caliente. Hipo tomó aire para calmar sus nervios antes de salir a la calle, aunque su madre se interpuso en su camino para pasar sus dedos por su pelo para peinarlo.

—¡Mamá! —le regañó Hipo con impaciencia.

—Ahora estás mucho mejor, hijo —le aseguró ella sonriente—. Saluda a Astrid de mi parte.

Hipo salió a la calle e hizo un quejido al darse cuenta que había sido un insensato por salir sin chaqueta. Aquel año, Londres estaba siendo azotado por la ola de frío más severa que se recordaba en mucho tiempo y se esperaban grandes nevadas en los próximos días. Hipo entró a toda prisa en la librería y se reconfortó con el grato calorcito del local. Cranford era una librería pequeña y agradable que olía a libros, barniz y café. La familia Kinkhabwala, los dueños del local, llevaban años soñando con abrir una librería en el centro de Londres y decidieron llamarlo Cranford por su obsesión por los clásicos de la literatura inglesa. La librería llevaba más tiempo que la cafetería y la relación con los Kinkhabwala siempre había sido excelente y cordial. Sin embargo, hacía tres años que se habían aventurado a abrir su propio restaurante hindú —la señora Kinkhabwala cocinaba como los ángeles— y habían decidido buscar a alguien que se hiciera cargo de la librería.

Ese alguien había sido Astrid.

Astrid Hofferson era una mujer única y especial. Desde el primer instante que la conoció le había robado el corazón. Ya no solo porque era guapísima, sino porque tenía una personalidad arrolladora. Pese a su mala hostia, Astrid era una mujer encantadora, extrovertida, muy divertida y, ante todo, una gran persona. Por alguna razón que Hipo aún desconocía, se habían hecho amigos y ella siempre parecía encantada de verle, aunque estaba seguro que era más por el café que llevaba que por él. Por mencionar un defecto quizás había que señalar que era americana, pero era algo que no podía remediar por mucho que lo intentase.

Astrid no se encontraba en el mostrador cuando Hipo se acercó, por lo que supuso que debía estar en la trastienda.

—¿Astrid? —le llamó él.

Oyó algo caer al suelo, seguido de una palabrota.

—¡Voy! —exclamó ella y escuchó sus pasos acelerados hasta que se detuvo cerca de la puerta—. ¿Hipo? ¿Eres tú?

—Sí, soy yo.

—Vale, antes de salir tienes que prometerme que no te vas a reír.

Hipo frunció el ceño.

—¿Por qué iba a reírme?

—¡Tú promételo! —exclamó Astrid con impaciencia.

—¡Vale, vale! Te lo prometo.

Escuchó a Astrid suspirar antes de aparecer por la puerta. En ese instante, Hipo sabía que había metido la pata con su promesa. Dudaba que existiera una forma en la que Astrid Hofferson no estuviera guapa. Por ejemplo, cuando se cortó el pelo a la altura de las clavículas y se tiñó las puntas de azul tras haber perdido una apuesta contra su amiga Brusca Throston, fue muy fácil cumplir su promesa de no reírse. Pese a que siempre le había encantado su larga cabellera dorada, Astrid se veía genial con aquel corte. Sin embargo, en aquella ocasión se lo había puesto muy difícil, tanto que tuvo que clavar sus uñas en la madera del mostrador para calmar sus ganas de carcajearse.

Astrid iba disfrazada de elfa de Papá Noel. Llevaba un vestido verde y rojo de terciopelo que parecía darle demasiado calor y que le quedaba un poco prieto por el pecho y la cadera. Además, llevaba un gorro ridículo que combinaba fatal con sus mechas azules. Eso sin mencionar que además del ridículo traje, estaba cubierta de espumillón y luces de Navidad.

—No te atrevas a reírte, me lo has prometido —le amenazó ella señalándole con el dedo.

Hipo tuvo que esforzarse por no hacerlo, pero era un reto demasiado difícil.

—¡Dios! ¡Te estás riendo!

—¡Te juro que no! Esta es mi cara más seria.

Entonces las luces que llevaba encima y que hasta ahora habían estado estáticas se pusieron a parpadear como locos e Hipo no pudo contenerse por más tiempo. Astrid le fulminó con la mirada mortificada.

—Tienes suerte de que acabo de colocar a los autores rusos en su estantería, si no te los habría tirado a la cabeza por sucio traidor —cogió un libro que estaba suelto en el mostrador—. ¿Y si te tiro El guardián entre el centeno? Detesto este libro de todas formas.

—¿Y arriesgarte a que se me caiga tu café y tu croissant al suelo? No creo que seas tan osada —comentó él sonriente y ella arrugó la nariz antes de dejar el libro de donde lo había cogido—. ¿Por qué estás disfrazada de elfa? ¿Has perdido otra apuesta contra Brusca?

—A la señora Kinkhabwala se le ocurrió que si la dependienta está disfrazada de elfa animaría a la gente a comprarnos a nosotros los libros y no a Amazon —explicó Astrid irritada—. El espumillón y las luces sí que son por otra apuesta que he perdido contra Brusca.

—Me pregunto por qué haces tantas apuestas contra ella si cuando pierdes se asegura de que se entera todo el mundo —comentó Hipo curioso—. ¿Por qué ha sido esta vez?

—Quise hacer galletas y no salió bien. Ella apostó con que se me quemarían en el horno.

—¿Y acertó?

—Casi, realmente la masa me quedó bastante… líquida.

Hipo arqueó las cejas.

—¿Cómo que líquida?

Ella se mordió el labio y sus mejillas se tornaron ligeramente rosadas.

—Tú eres el pastelero aquí, ya sabes, líquida.

—Astrid, una masa de galletas difícilmente puede quedar líquida.

—Pues seguí la receta al pie de la letra —se defendió ella, aunque se quedó un segundo pensativa—. Casi toda al menos, pensé que sería buena idea meterle leche.

Hipo se habría llevado las manos a la cabeza si aquello se lo hubiera dicho cualquier otra persona, pero viniendo de Astrid no le sorprendió en absoluto.

—La repostería es pura química, Astrid —le advirtió Hipo—. No conviene improvisar con eso.

Ella le sacó la lengua.

—Algún día conseguiré crear mi propio surtido de galletas, ya lo verás.

La sonrisa de Hipo se ensanchó.

—No me cabe duda.

Astrid le guiñó el ojo y cogió el café que Hipo había dejado antes en el mostrador para olerlo.

—Dios, no hay nada más maravilloso que el olor a café por la mañana —gimió ella encantada—. Oye, no te he preguntado, ¿qué vas hacer estas Navidades?

—Nada en especial, mis padres se marchan mañana a Canarias a celebrar su cuarta luna de miel, así que tengo planes de quedarme solo.

La librera le observó atónita.

—¿Solo? —preguntó horrorizada—, pero… la Navidad es para estar con la familia.

—Astrid, me paso todo el día con mi familia. El mejor regalo que me han podido dar es precisamente que se hayan tomado estas vacaciones y librarme de la agónica cena de Nochebuena. Además, tengo a mi gato Desdentao, así que no estaré solo —le recordó él—. ¿Tú qué? ¿Tienes algún plan? ¿Irás con tu tío a Brighton como el año pasado?

—Tal y como dicta la tradición —le aseguró ella—. Hace meses que no nos vemos y tampoco es que tuviera opción de quedarme en el piso. Heather y Camicazi tienen pensado hacer una fiesta privada y muy especial por Navidad.

Hipo sostuvo su mirada unos segundos.

—¿Es sexual? —preguntó él.

Astrid hundió los hombros.

—Es claramente sexual, así que hago bien saliendo por patas.

Hipo se rió por su comentario. Desde que la había conocido, Astrid había ido de un piso a otro debido a que se topaba, según ella, con los compañeros de piso más raros de todo Londres. Hacía seis meses había encontrado por fin un piso con una pareja de lesbianas, Heather y Camicazi, con la que tenía muy buena relación, pero acostumbraban a tener ciertas "celebraciones" de carácter muy sexual que forzaban a que Astrid tuviera que marcharse de vez en cuando del piso. Por suerte, su amiga Brusca, a quien conocía desde la universidad y que ahora vivía con su novio por la zona de Elephant and Castle, siempre estaba dispuesta a dejarla dormir en el sofá cuando lo necesitaba.

—De todas formas, cojo este mismo viernes el tren a Brighton, así que hagan lo que hagan no me voy a enterar —hizo un puchero—. Me da penita que te vayas a quedar solo. A menos que me estés ocultando a algún novio o novia que no conozca.

Hipo hizo un mohín. Solo había una mujer con la que quería estar y la tenía justo delante, así que seguía irremediablemente soltero. No era de sexo casual, quizás porque siempre había sido muy tímido y, aunque había tenido algún que otro rollo cuando rara vez salía con Eret y sus otros amigos de la carrera, nunca iba más allá de una noche. Además, se sentía fatal porque una parte de su mente seguía teniendo una vaga esperanza de que pudiera suceder algo entre él y Astrid, pero jamás le había dado señales de que estuviera interesada a nivel romántico de él, por lo que Hipo se conformaba con tenerla en su vida como amiga.

—Me temo que el único beso que voy a recibir bajo el muérdago será un mordisco de mi gato —bromeó él intentando ocultar su rubor.

—Pues menudo desperdicio —dijo ella por lo bajo.

Hipo estaba seguro que la había entendido mal.

—¿Qué dices?

—Nada —se apresuró a decir Astrid—. ¿Vais a cerrar la cafetería?

—Esta semana estaré yo solo, pero la que viene siendo Navidad la cerraremos hasta después de Año Nuevo.

—Bueno, aún me queda una semana de buen café entonces —dijo Astrid con una sonrisa antes de dar un sorbo—. Perfecto, como siempre, si es que tienes una mano…

Hipo sintió el rubor cubrir sus mejillas, pero sonrió como respuesta. Se quedaron unos segundos mirándose e Hipo, por un segundo, sintió el impulso de preguntarle si tenía planes después de trabajar. Estaba seguro de que sí, pero quizás podría tener una oportunidad si…

La campanita de la puerta tintineó e Hipo, movido por el pánico por lo que había estado a punto de hacer, se despidió rápidamente de Astrid y volvió a la cafetería. Su madre le recibió con una sonrisa radiante que se apagó ligeramente cuando vio su expresión taciturna.

—¿Cuándo le vas a pedir para salir, hijo? —le preguntó Valka preocupada—. A este paso se va a encontrar otro novio.

¡Ah, sí! Astrid y sus parejas. En el tiempo que llevaba trabajando allí, Astrid había salido con tres chicos y dos chicas, aunque sus relaciones habían durado más bien poco. No por ello significaba que verla agarrada de la mano o besándose con otra persona no le doliera menos, más cuando quedaba con esas personas en la cafetería y le presentaba como un «buen amigo». Sin embargo, sabía que hacía tiempo que Astrid no salía con nadie, pero Hipo era demasiado vergonzoso como para preguntarle sobre su vida amorosa si ella no sacaba el tema, sobre todo porque le aterraba que Astrid descubriera que estaba coladito por ella.

Esa misma noche, sus padres se despidieron tras cerrar la cafetería. Estoico le dio todas las indicaciones que él ya se sabía de memoria sobre cómo debía gestionar los dulces y los pedidos de los próximos días. A la mañana siguiente, después de que saliera el vuelo de sus padres a Canarias, empezó a nevar. El primer día, la nevada fue más bien superficial y apenas cuajó, pero el segundo cayó de manera más copiosa y el tercero, que resultó ser el viernes, Londres y sus alrededores estaban totalmente paralizados a causa de la nieve.

Hipo abrió la cafetería media hora más tarde debido a que tuvo que coger el metro en lugar del autobús y estaba tan abarrotado que le había costado un triunfo llegar de una pieza. Por suerte y para su poca sorpresa, no había nadie esperando a que llegara. Apenas entró nadie a lo largo de la mañana y los pocos que vinieron o fueron pobres desgraciados que les tocaba trabajar y no tenían otro sitio donde comer o algún insensato que se había decidido enfrentarse a la nieve para recoger un encargo. Sin embargo, tras la hora de la comida, la cosa estaba tan parada que Hipo terminó sirviéndose un café y comió hasta cinco galletas de azúcar de puro aburrimiento. Observó la librería Cranford desde una de las mesas. Parecía que los Kinkhabwala habían decidido no abrir ese día y se sintió algo vacío al no hacer su visita diaria a Astrid.

Se preguntó si debería mandarle un mensaje. ¿Sería demasiado invasivo? Tenía su teléfono, pero en los tres años que llevaban siendo amigos jamás habían intercambiado un solo mensaje. Es más, temía que si le escribía, ella le respondiera con un «¿quién eres?», o peor, que leyera su mensaje y no le respondiera. Hipo se preocupaba lo suficiente de su salud mental como para no sufrir a lo tonto, así que ni se molestó en sacar su teléfono. Pasó la tarde mirando a las musarañas, leyendo un libro algo denso que Astrid le había recomendado y, a la vista de que no iba a venir nadie, decidió cerrar una hora antes. Después de todo, ¿quién iba a venir en plena ventisca? Iba a ser un milagro si llegaba a su casa de una sola pieza. Puso el cartel de cerrado y fue a la cocina para quitarse el delantal y buscar su chaqueta cuando oyó un intenso golpeteo contra el cristal de su escaparate.

Hipo salió corriendo para ver si era un cliente cuando se encontró con la última persona que esperaba ver allí hoy. Astrid Hofferson tiritaba de frío a pesar del chaquetón, el gorro, la larga bufanda y los guantes que llevaba puestos. Junto a ella había una maleta mediana de color azul. Pese a que su rostro estaba semicubierto por toda la ropa que llevaba encima, parecía que iba a echarse a llorar de alivio tan pronto le vio salir de la cocina. Hipo corrió a la puerta y giró la llave que había dejado puesta para dejarla entrar.

—¡Dios, Hipo! Estaba casi segura de que no ibas a estar. Te quería llamar, pero me han robado el puto teléfono en la estación y no sabía muy bien adonde ir ¡Madre mía! ¡Creo que nunca he estado más feliz de ver a alguien! —dijo Astrid jadeante mientras arrastraba su maleta dentro del local.

Hipo cerró la puerta tras ella y la miró interrogante.

—¿Pero tú no deberías estar en…?

—¿Brighton? —terminó Astrid mientras se quitaba el gorro y la bufanda—. Han cancelado todos los trenes y me ha costado casi cuatro horas llegar hasta aquí. No podía volver a mi casa por lo que te comenté de la fiesta sexual de Heather y Camicazi, Brusca está fuera de la ciudad desde mediados de semana y no tenía otro sitio al que ir. Cuando he visto las luces encendidas en la cafetería casi me pongo a llorar, te lo juro. ¡Está siendo el día más horrible de mi vida!

—Lo siento mucho, Astrid —dijo él cogiendo su chaqueta y demás accesorios para colgarlos en la percha de la entrada para que se secaran—. ¿Quieres un café? Aún no he apagado la cafetera.

—Casi te voy agradecer que me prepares un chocolate caliente —le pidió ella abrazándose a sí misma—. Hace muchísimo frío y se me ha quedado en los huesos.

—Siéntate, te saco ahora mismo la estufa eléctrica del despacho de mi madre y te hago ese chocolate.

Hipo se dispuso a ir a la cocina cuando Astrid cogió de su brazo.

—Hipo, muchísimas gracias, no sé qué habría hecho si no estuvieras aquí.

Su piel ardía bajo su tacto pese a la tela de su camiseta. La cálida sonrisa de Astrid causó que sus piernas temblaran como la gelatina y, por un segundo, estaba convencido de que había perdido la capacidad de hablar.

—No… no… —balbuceó estúpidamente—. No es nada.

—Es mucho —replicó Astrid sin dejar de sonreír—. Siempre estás ahí para rescatarme con tus cafés, pero te aseguro que lo de hoy no lo voy a olvidar.

Hipo posó su mano sobre la suya. El contraste de temperatura entre ellos era notorio, pero su piel se sentía suave como el terciopelo.

—Yo siempre estoy encantado de ayudarte, Astrid —le aseguró él y, al ser consciente de que aquello podía darle a entender sus sentimientos, siguió hablando—. Para eso están los amigos, ¿no?

En los suaves rasgos de Astrid, Hipo apreció un gesto que no supo interpretar. Su sonrisa se tensó y apartó su mano enseguida, dejándole de repente con una sensación helada por dentro.

—Claro —respondió ella con un tono demasiado jovial—. Somos buenos amigos. Oye, mientras buscas eso voy un segundo al baño si no te importa.

Ni siquiera le dio tiempo a responder porque se marchó lanzada a los aseos. Confundido por su extraña actitud y preocupado por que le hubiera dicho algo que le hubiera molestado, Hipo fue a la cocina a poner leche a calentar y de seguido fue al despacho para coger la pequeña estufa que su madre guardaba allí. Cuando regresó a la cocina se encontró con Astrid con los ojos puestos en el cazo de leche.

—¿Quieres intentarlo tú?

Astrid dio un pequeño bote sorprendida al escuchar su voz y carraspeó un tanto nerviosa.

—No me saldría bien, soy una cafre para estas cosas, ya lo sabes.

Hipo dejó la estufa junto a la puerta y le tendió una cuchara de madera que colgaba de la pared.

—Eso es porque no has tenido un buen maestro —le aseguró con una seguridad inusual en él.

Astrid alzó las cejas sorprendida por su actitud, pero cogió la cuchara con entusiasmo.

—Muy bien, señor maestro, ¿qué tengo que hacer?

Hipo le dio a continuación las instrucciones de cómo elaborar el chocolate. Mientras ella revolvía la leche, Hipo cortó una tableta de chocolate negro y lo añadió a la cazuela junto con un cucharada de canela y una guindilla. Astrid revolvió la mezcla algo insegura, como si tuviera miedo de meter la pata. Al cabo de un rato, Hipo cogió una cucharilla y la metió en la mezcla para probarla.

—Delicioso —apuntó él.

—¿Sí? —preguntó ella emocionada.

—Se te va a dar bien y todo —bromeó Hipo.

Astrid clavó el mango de la cuchara en sus costillas sin dejar de sonreír.

—Tonto —dijo la librera.

Hipo soltó una risita y cogió dos tazas para servir el chocolate. Se sentaron en unas banquetas junto a la amplia mesa de la cocina y bebieron el chocolate en un agradable silencio. Astrid acunó la taza para calentarse las manos y su expresión de gozo daba a entender que el chocolate le estaba sabiendo como un néctar de los Dioses o algo por el estilo. Observó que tenía el labio superior manchado de chocolate e Hipo tuvo que retener el impulso de extender su mano para limpiárselo con el pulgar. Estaba convencido de que sus labios se sentirían suaves contra su piel y mucho más contra su boca. Tomó aire al darse cuenta que estaba entrando en calor demasiado rápido.

Su móvil pitó de repente e Hipo lo sacó para ver que le había soltado una notificación del Daily Mail.

—¡Mierda! —exclamó Hipo horrorizado cuando leyó la noticia.

—¿Qué pasa? —preguntó Astrid preocupada.

—Han cerrado el metro —contestó él—. Y han cortado el tráfico en toda la ciudad.

—¡Joder! —clamó la librera angustiada—. Lo siento mucho, Hipo.

Hipo intentó no agobiarse. No le importaría pasar la noche en la cafetería si no fuera por su gato. Su piso era muy frío si no lo calefactaba y con lo tragón que era Desdentao, seguramente ya tendría su plato vacío de comida.

—Si no te importa, tengo que llamar a mi vecino para que se encargue de mi gato.

Astrid abrió mucho los ojos.

—Claro, no te preocupes.

Por suerte, Justin, o Patapez como solía llamarle todo el mundo, era el mejor vecino que Hipo podía pedir. Le obsesionaban los animales y tenía una perra gordinflona muy simpática que había llamado Barrilete. Desdentao, quien era muy quisquilloso con otros animales, toleraba bastante bien a la perra, aunque solo en periodos cortos. Cuando Hipo le explicó la situación a Patapez, este le aseguró que él se haría cargo de todo y que, si era necesario, podía pasar la noche en su casa para que el gato no se sintiera solo.

—Solo quédate hasta que se duerma, una vez que cena su lata se queda profundamente dormido a la media hora —le pidió Hipo—. Lo único, no apagues la calefacción, es muy friolero y acostumbra a dormir conmigo siempre.

—Está bien, tú tranquilo, yo me encargo de todo —se comprometió Patapez—. Te mando fotos enseguida.

—Gracias tío, te debo una muy grande.

Cuando regresó a la cocina, algo más tranquila, se encontró con Astrid fregando las tazas y el cazo en el que habían preparado el chocolate.

—No hace falta que hagas eso —dijo Hipo azorado.

—No me cuesta nada —le aseguró ella mientras dejaba el cazo sobre el escurreplatos—. Fregar se me da bastante mejor que cocinar.

Se secó las manos con un trapo y se volteó hacia él.

—¿Has conseguido arreglar lo de tu gato?

—Ah, sí, por suerte mi vecino tiene llaves y mi gato le tolera.

Astrid estrechó los ojos con una sonrisa.

—¿Acaso tu gato marca tus amistades?

—Me gustaría poder responder que no a esa pregunta, pero sería mentir.

La librera se rió e Hipo sintió una sensación cálida en su pecho. Adoraba escucharla reír, sobre todo porque el mundo parecía iluminarse a su alrededor cuando lo hacía.

—Oye, ya que vamos a pasar la noche por aquí… ¿Quizás podríamos hacer algo? —sugirió Astrid.

—¿Algo cómo qué? —preguntó con curiosidad.

Astrid se apoyó contra la encimera con expresión pensativa.

—¿Te ves capaz de enseñarme hacer algo más esta noche? —dijo de repente.

Hipo frunció el ceño.

—¿Algo como qué?

—¿Un tiramisú? —propuso ella.

—¿No aspiras un poco alto?

Ella le dio una cachetada en el brazo que le dolió más de la cuenta.

—¿Acaso no tienes un poco de fe en mí? —preguntó molesta.

—Tengo fe en ti, Astrid, ¿pero no querrías que hiciéramos algo más sencillito?

Astrid arrugó la nariz y cruzó los brazos sobre su pecho.

—¿Algo cómo qué?

Hipo se quedó un momento pensativo repasando las recetas más fáciles que podían pasarle por la cabeza y, desafortunadamente, sólo le vino una.

—¿Y si hacemos galletas?

Astrid abrió la boca indignada.

—¿Te ha líado Brusca en alguna de sus apuestas? Porque me planto desde ya.

Hipo la observó tan sorprendido como divertido.

—Ni siquiera conozco lo bastante a Brusca como para hacer ninguna apuesta con ella, más conociendo las consecuencias que traen perder contra ella —señaló su pelo azul—. Tú deberías saberlo mejor que nadie.

Ella puso los ojos en blanco.

—Ya sabes que hice galletas en su día y no salió bien —le aseguró Astrid exasperada.

—Haremos unas muy sencillas a las que no les echaremos leche —le prometió Hipo sonriente, pero Astrid seguía sin lucir convencida—. Si bordamos las galletas, haremos tiramisú la próxima vez, te lo prometo.

Ella hundió los hombros resignada, pero accedió a su oferta. Hipo sacó los ingredientes para hacer unas galletas básicas de mantequilla: harina, un huevo, azúcar vainillado, mantequilla y azúcar. Mientras Astrid tamizaba la harina, Hipo mezcló el azúcar con la mantequilla que había calentado previamente en el microondas. Cuando la mezcla estaba lo bastante uniforme, Hipo echó el huevo.

—¿Cómo vas con la harina?

—Lista cuando me digas —respondió ella.

—Vete echando poco a poco.

—¿Puede ser yo la que mezcle? —preguntó Astrid con cierto entusiasmo—. Nunca he conseguido amasar algo decente.

—Claro, pero no metas las manos hasta que yo te lo diga, ¿vale?

Astrid hizo una mueca.

—Eso ha sonado fatal.

Hipo sintió su cara arder.

—Un poco sí, la verdad.

La librera se rió.

—Eres tan mono cuando te ruborizas.

Astrid se puso a batir la mezcla mientras Hipo echaba la harina y se mortificaba porque ella le considerara «mono», pero supuso que era el rol que debía asumir siendo su amigo. Cuando la masa fue lo bastante densa y sólida como para seguir batiendo con las varillas, Astrid echó la masa sobre la mesa de la cocina que Hipo había cubierto con harina.

—Tienes que amasarla con cariño.

—¿Como que con cariño? —preguntó ella confundida.

—Si la amasamos mucho las galletas se quedarán duras, tienes que amasarlo así —Hipo se remangó las mangas y hundió sus manos en la masa con delicadeza para moverla suavemente de un lado a otro—. ¿Quieres intentarlo tú?

—Vale.

Astrid intentó imitar sus movimientos, pero le salieron más bruscos de lo esperado. Casi de manera inconsciente, Hipo se puso tras ella y cogió de sus manos para guiarla. Astrid jadeó e Hipo sintió el pánico sacudir su estómago por su imprudencia. Sin embargo, no se apartó, consciente de que si ahora se alejaba la situación sería infinitamente más violenta. Las manos de Astrid se veían pequeñas en comparación a las suyas que prácticamente las cubrían al completo e Hipo pensó que el aire se estaba cargando demasiado mientras guiaba las manos de Astrid. Olió el champú de su pelo —¿podía ser plátano lo que estaba oliendo?— y su cuerpo se sentía ardiente contra el suyo. Se preguntó cómo sería envolverla entre sus brazos y tener la oportunidad de aspirar el aroma de su piel e incluso saborearlo.

Astrid estaba inusualmente callada, aunque su respiración era tan notoria como la suya. Cuando Hipo consideró que ya había cogido el ritmo adecuado para amasar se apartó con lentitud, pero entonces Astrid se paró y clavó sus ojos en los suyos. Se quedaron mirándose fijamente por unos segundos que se sintieron eternos, aunque no fueron suficientes como para que Hipo pudiera resolver el enigma que había tras ellos. Nunca se le había dado bien interpretar las expresiones de los demás y no estaba seguro de si lo que había conseguido era más bien incomodarla que otra cosa.

—¿Qué…? —Astrid tragó saliva—. ¿Qué hacemos ahora?

Por un segundo, Hipo no supo si se estaba refiriendo a la masa o a otra cosa, pero se vio forzado a suponer que hablaba de lo más evidente.

—Cogemos un papel film y lo metemos a la nevera —respondió intentando ocultar su nerviosismo—. ¿Quieres que hagamos el glaseado?

El rostro de Astrid se iluminó.

—¿Vamos a hacerlas con glaseado?

—¡Claro! ¡No serían unas galletas de Navidad decentes si no las hacemos con glaseado! —Hipo cogió una caja metálica que estaba en uno de los estantes—. Y mira, podemos hacer las formas que más te apetezcan.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó ella con un chillido y cogió uno de los moldes de la caja con forma de reno—. ¡Me encantan!

—¿Aprueban tu filtro navideño? —preguntó Hipo con tono burlón.

—¡Y con nota! —apuntó Astrid—. ¿Podremos utilizar colorantes para el glaseado?

—¡Por supuesto!

Hipo fue a coger los colorantes mientras Astrid cogía dos huevos. Siguiendo muy torpemente sus indicaciones, separó la yema de las claras e insistió en batir ella misma las claras hasta ponerlas en punto de nieve. Seguido, Hipo echó el azúcar glass, aunque Astrid arrugó la nariz como si estuviera en desacuerdo.

—Échale un poquito más.

—No hace falta que le echemos más de lo que ya tiene.

—Solo un poquito… Me gustan muy dulces.

—Ya van a ser muy dulces de por sí.

Astrid le contempló con ojitos de cordero.

—Porfa.

—Astrid, no.

La librera cogió las varillas y le apuntó con ellas.

—Hipo, sí.

—¿Me estás amenazando con unas... varillas?

—Puede, ¿te sientes intimidado?

—Puede, ¿eres capaz de infringir algún daño con un objeto tan inofensivo como ese? —se burló él alzando las manos.

Ambos se rieron por lo absurdo de la situación, pero fue un error haberle seguido el rollo, dado que Astrid aprovechó su despiste para agarrar el azúcar glass y tirarlo a la mezcla.

—¡La madre que te parió! —exclamó Hipo indignado.

—¡Gané! —cantó ella triunfante y se puso a batir de nuevo—. Así estarán más buenas, ya lo verás.

—¿Ahora eres experta en glaseado? —le achacó Hipo poniendo los brazos en jarras.

Ella le sacó la lengua y siguió batiendo mientras Hipo sacó la masa de la nevera para extenderla sobre la mesa y puso el horno a precalentar. Astrid dejó el glaseado a un lado y enseguida se puso a ayudarle a poner moldes para cortar la masa en diferentes formas. Su cara era de pura ilusión, como si de repente se hubiera convertido en una niña pequeña.

—¿De verdad nunca habías hecho galletas? —preguntó Hipo curioso.

—No, mi tío es peor cocinero que yo y nunca se le ocurrió que pudiéramos hacer esto por Navidad —explicó Astrid sin alzar la vista—. Tengo recuerdo de una vez que mi madre hizo galletas, pero tendría que tener poco más de dos años.

Hipo se reprendió a sí mismo por su torpeza. Los padres de Astrid habían fallecido a causa de un accidente de tráfico cuando no tenía más de tres años. Su único tío, Finn Hofferson, se hizo cargo de ella y se mudaron a Inglaterra poco después del accidente. Astrid todavía mantenía ciertos dejes de su acento de Vermont, pero había vivido prácticamente toda su vida en Brighton. Astrid rara vez hablaba de sus padres e Hipo no consideraba que tuviera la suficiente confianza como para preguntarle sobre eso.

—¡Ey! —dijo Astrid posando su mano contra su brazo—. No te sientas apurado por esto, hace mucho de todo eso.

—No quería ser indiscreto, disculpa.

—No eres indiscreto —insistió ella con una cálida sonrisa—. No negaré que echo en falta a mis padres, pero tengo pocos recuerdos de ellos y tengo a mi tío que es prácticamente como un padre para mí. Así que no te preocupes, cualquier trauma que pudo haber en su día lleva tiempo superado.

Hipo asintió. La mano de Astrid seguía todavía en su brazo y no pudo apartar los ojos de ella. Las mariposas se pusieron a bailar claqué en su estómago cuando ella apretó ligeramente el agarre e Hipo se inclinó un poco hacia ella, aunque no lo bastante para darle a entender que se moría por besarla. Sin embargo, sintió su aliento caliente en su cara y se dio cuenta que estaba apoyada en la mesa, poniéndose ligeramente de puntillas. Su corazón se puso a latir como loco contra su pecho, hasta el punto de que le estaba haciendo daño.

¿Astrid quería besarle?

¿A él de entre todos los mortales?

No parecía posible, quizás el exceso de azúcar glass se había colado por sus fosas nasales y se había incrustado en su cerebro, causándole alucinaciones. Tenía que ser eso, porque él se estaba inclinando ahora un poco más hasta que sus labios se quedaron a pocos milímetros de los suyos.

¡DING!

Tanto Hipo como Astrid se separaron asustados cuando escucharon el timbre del horno anunciando que estaba listo para hornear. Sin decir una palabra y sin atreverse a mirarla, Hipo cogió la primera bandeja de galletas para meterla en el horno. Cuando se volteó vio que Astrid estaba concentrada en cortar más moldes. Notó la tensión de la chica que no ayudó a calmar su ansiedad.

¿De verdad habían estado a punto de besarse?

¿Cómo?

¿Por qué?

—¿Quieres que vaya coloreando el glaseado? —preguntó Astrid apartándose tan pronto se puso a su lado.

—Vale —balbuceó él—. Sigue las instrucciones de la caja y saca los colores que tú veas. Échale un poco de agua al glaseado si ves que está muy duro.

Astrid cogió la caja y se puso al otro extremo de la mesa donde había dejado el bol del glaseado. Hipo procuró concentrarse en cortar galletas y no pensar en lo mucho que la había cagado. ¡Dios, seguro que se había dado cuenta! ¿Cómo había podido ser tan imbécil? Si no fuera por la tormenta de nieve que azotaba fuera seguro que ya le habría mandado a la mierda y se habría marchado. ¡Menuda forma más estúpida de cargarse su amistad con ella! Estaba seguro que nunca más le dirigiría la palabra ahora que…

—Eh… ¿Hipo? —preguntó Astrid en voz de hilo.

Hipo alzó la cabeza hacia ella y se quedó estupefacto por la escena. Había estado tan desesperado de separarse de ella que no había valorado la opción de que Astrid no iba a tener ni pajorera idea de cómo usar los colorantes y no se le había ocurrido advertirle de que usara guantes. Al menos había separado el glaseado en diferentes boles, pero sus manos estaban teñidas de una intensa mezcla de azul y rojo y, por alguna misteriosa razón, tenía nariz manchada de azul. Astrid dibujó una sonrisa nerviosa, pero estaba claramente abochornada.

—Creo que tenía que haberme reducido a cortar galletas.

Hipo se acercó a ella de inmediato y cogió un trapo para intentar quitarle el colorante. Sin embargo, sólo consiguió manchar sus propias manos. Astrid soltó una risotada ante su expresión atónita y la empujó hasta el fregadero para intentar quitarlas con agua y jabón. El resultado, por supuesto, fue un fracaso: sus manos estaban ahora pintadas de morado.

—¡Joder! ¡Cómo la hemos líado en poco tiempo! —señaló Astrid sin poder contener la risa—. Ya solo falta que se nos quemen las galletas.

Hipo volteó la cabeza hacia ella con una expresión de puro pánico. ¡Joder, las galletas! ¡No debían estar más de quince minutos metidas y había olvidado poner el temporizador! Corrió al horno y las sacó para encontrar que, en un lugar dorado, habían adquirido un color marrón tostado. Astrid se acercó a su lado para contemplar las galletas con una mueca.

—Bueno, podría ser peor, podrían estar negras —cogió una con la punta de sus dedos y sopló antes de darle un mordisco—. ¡Ey, está un poco dura, pero se puede comer! ¡Pruébala!

Astrid acercó la galleta a su boca e Hipo no tuvo otro remedio que darle un mordisco. Efectivamente, aunque la galleta estaba bastante dura, estaba buena. Astrid se comió el resto de la galleta con aire triunfal e Hipo colocó las galletas sobre otra bandeja sin usar para que se enfriaran rápido.

—¿Echamos el glaseado en estas mientras se hacen las otras? —preguntó Astrid cuando Hipo metió la segunda bandeja de galletas al horno, asegurándose de poner esta vez el temporizador.

A la vista del desastre con el colorante, optaron por decorar solo con glaseado blanco. Para no manchar las mangas pasteleras de su padre —siempre era un engorro limpiarlas—, improvisó una manga con una bolsa de congelados. Metió el glaseado con una espátula mientras Astrid le observaba con atención y procedió a enseñarle cómo decorar las galletas. Para Hipo, que ya no solo había hecho ese proceso cientos de veces, sino que además era artista, aquel proceso le resultaba relativamente sencillo. Sin embargo, se arrepintió de no haber cogido la manga pastelera tan pronto la librera presionó la bolsa de congelados con demasiada fuerza. La bolsa reventó y el glaseado impactó contra su cara, su pelo y su camiseta.

—¡Ay, Dios! —chilló Astrid en ese instante.

Hipo se quitó el glaseado de los ojos para encontrarse con una Astrid que estaba esforzándose para no caerse de culo de la risa. Intentó decir algo, una disculpa o algo parecido, pero estaba riéndose tanto que estaba llorando y era incapaz de pronunciar una sola palabra coherente. Hipo se sintió traicionado e incluso humillado por su reacción, por esa razón no se lo pensó dos veces y metió su mano en el bol de glaseado con colorante para luego echarlo sobre Astrid.

La librera se quedó un segundo en shock, aún temblorosa por el ataque de risa que Hipo había cortado de manera abrupta y entonces cogió parte del glaseado que había en su cara y se lo lanzó directo a su camiseta. Hipo abrió la boca indignado, pero enseguida descubrió una sonrisa pícara en los labios de Astrid.

Oh.

Así que quería ir a la guerra.

Pues guerra es lo que tendría.

Corrió para coger la bolsa de harina que había sobre la mesa de la cocina y Astrid fue tras él para detenerlo, pero era demasiado tarde cuando Hipo le lanzó un puñado que manchó su pelo, su cara y también su jersey. Astrid se quitó la harina y el glaseado de los ojos para mirarlo fijamente.

—Tú te lo has buscado, Haddock.

—¡Qué miedo! —se burló Hipo con malicia—. ¿Qué piensas hacer, Hofferson?

Ella sonrió con maldad e Hipo supo que fue un error haberla retado cuando extendió su mano hacia el grifo del fregadero y cogió la manguera extensible para apuntar hacia él.

—No te atrevas —le advirtió él con voz vacilante.

—Nadie me echa harina encima y se va de rositas —dijo ella bajando su otra mano hasta la manilla del grifo.

Hipo se abalanzó sobre el fregadero para apartar su mano del grifo, pero lo único que logró es que Astrid abriera el grifo a tope, empapándole a él y accidentalmente a ella misma cuando intentó evitar que le arrebatara la manguera. Hipo, torpe como era, se resbaló a causa de la harina y glaseado que había por el suelo y se llevó a Astrid por delante, cayendo al suelo sobre ella. Ambos se quedaron en shock, primero por la imprevista caída que había sido un tanto dolorosa, sobre todo para la pobre Astrid, aunque Hipo había conseguido que la mayor parte de su peso corporal cayera sobre sus manos. La segunda, fue la comprometida postura en la que ambos se habían quedado. Hipo tenía su rodilla entre sus piernas y su cara estaba a muy pocos centímetros de la de ella. El pecho de Astrid subía y bajaba con rapidez, pero no le pidió que se apartara, es más, sus ojos estaban fijos en un punto de su cara y su boca estaba entreabierta.

Hipo quería besarla.

Estaba desesperado por hacerlo.

Pero no podía.

No debía.

Intentó levantarse, pero entonces Astrid cogió del cuello de su camiseta y atrapó su boca con la suya. Sus labios sabían a azúcar y se sentían ardientes contra los suyos, pero Hipo estaba tan impactado que no fue capaz de reaccionar.

¿Esto estaba sucediendo de verdad?

¿Astrid Hofferson lo estaba besando?

¿A él?

¿A Hipo Haddock?

No tenía sentido.

¡No podía ser real!

—¿Por qué no me correspondes? —preguntó ella angustiada al ver que no le estaba devolviendo el beso.

—Yo… yo… —balbuceó tontamente.

—¡Dios! —exclamó ella soltando su camiseta horrorizada—. ¿No querías hacerlo? Joder, joder, joder…

Astrid se levantó e Hipo tuvo que apartarse forzosamente, aún incapaz de procesar lo que acababa de suceder. Sin embargo, la cara de Astrid estaba marcada ahora por una profunda angustia.

—Dios mío, Hipo, lo siento muchísimo, no quería hacer nada que te incomodara y que no querías hacer —se disculpó angustiada—. Es solo que… me gustas muchísimo y llevaba un tiempo pensando que quizás yo te gustaba también y…

—¿Qué? —soltó él en un tono demasiado agudo.

Astrid le observó desconcertada.

—¿Qué de qué?

—¿Yo… te gusto?

A la librera le sorprendió aquella pregunta.

—Creía que era evidente.

—¡En absoluto lo era! —exclamó Hipo desconcertado—. ¡Pensaba que solo quería que fuéramos amigos!

—¡¿Por qué demonios iba a querer solo eso?! —cuestionó ella indignada—. ¡Me gustas desde el primer instante que nos presentaron! —Hipo jadeó asombrado por aquella confesión—. ¿Por qué crees que quiero que vengas tú siempre a traerme el café a la tienda cuando perfectamente podría ir yo a buscarlo? ¡Porque quería estar a solas contigo! Pero nunca he sacado el valor de dar un paso al frente porque no estaba del todo segura que tú estuvieras interesado en mí de esa manera...

Hipo estaba tan impactado por su discurso que se vio incapaz de formular una sola palabra. ¿Astrid tenía sentimientos por él? ¿Podía ser aquello verdad? No tenía ningún sentido que ella le mintiera, era demasiado buena para jugar con él. Sin embargo, ¿por qué nunca había sospechado siquiera que ella pudiera estar interesada en él? Siempre había sido amable y abierta con él, pero nunca le dio ninguna señal de que pudiera gustarle más allá de la amistad.

—Entiendo que no me correspondas, Hipo —dijo ella con voz mortificada de repente—. Siento si te he incomodado, de verdad, me lo estaba pasando muy bien y… claramente la he fastidiado.

Su voz se quebró y se levantó del suelo dándole la espalda. Hipo cayó que había sido su estúpido silencio lo que le había dado entender lo que no era.

—Astrid, ¡espera! —exclamó él apoyándose sobre la encimera para levantarse—. ¡No es lo que piensas! —Astrid salió hacia la cafetería sin mirar atrás—. ¡Espera, por favor!

Hipo escuchó la puerta de la cafetería abrirse y vio a través del escaparate cómo Astrid cruzaba difícilmente la calle cubierta de nieve para alcanzar la librería Cranford. Hipo corrió tras ella sin pensárselo dos veces, aunque soltó un alarido cuando el frío y la nieve azotó contra su cara todavía llena de tropezones de glaseado y de harina y su pelo húmedo. Alcanzó la puerta de Cranford y tiró de ella para entrar en la librería. A diferencia de lo acostumbrado, el local estaba helado por la falta de calefacción y las luces estaban apagadas a excepción de las de la trastienda que podía apreciarse tras la puerta del mostrador.

Hipo jamás había estado allí antes, pero no se lo pensó dos veces y entró a buscar a Astrid. Tras la puerta se encontró varias estanterías y al fondo a la derecha un pequeño despacho donde había un escritorio con un ordenador que posiblemente se habría fabricado en el mismo año que había nacido él, otra estantería repleta de libros y un sofá en el Astrid estaba sentada con la cara oculta entre sus piernas.

—Vete —le dijo ella sin levantar la cabeza.

—Astrid, yo…

—¡Que te vayas!

Hipo suspiró resignado y, aunque sabía que tal vez debería marcharse, en realidad, no quería irse. No ahora que sabía que Astrid también sentía algo por él. Había sido un imbécil por no haber sabido reaccionar a su confesión y la había herido de la peor forma posible. Reunió todo el valor de donde no lo tenía y se sentó a su lado en el sofá. Astrid se abrazó con más fuerza a sus piernas y se encogió en el otro extremo, sin querer levantar la mirada hacia él.

—Astrid…

—No quiero oírlo, Hipo —le interrumpió ella de nuevo—. Ya bastante horrible es haberme humillado yo sola, no eches más leña al fuego.

—¿Pero me vas a dejar hablar? —replicó él frustrado.

Astrid alzó sus ojos hacia él y el pecho de Hipo se encogió al ver que los tenía húmedos, como si estuviera a punto de echarse a llorar.

—Tu silencio lo ha dejado claro, Hipo, no necesito que ahora me digas lo que yo ya…

—¡Astrid! ¿Te vas a callar de una puñetera vez? ¡Esto tampoco es fácil para mí! —gritó Hipo perdiendo la paciencia.

La librera se quedó un tanto impresionada por su reacción y no le extrañaba. Hipo siempre había sido una persona muy prudente y tranquila, era raro que él perdiera los nervios porque sí, pero estaba en el límite y Astrid había conseguido sacarle de sus casillas.

—¿Qué demonios te ha hecho pensar que yo no te iba a corresponder? —cuestionó Hipo sin bajar el tono de enfado en su voz—. ¡Si era yo el que estaba seguro que no te iba a gustar en la vida!

—¿Qué? —preguntó ella en un hilo de voz.

—Soy tímido, ¿vale? Me preocupé mucho de que no se me notara porque, por Dios, Astrid, estoy loco por ti desde que te conozco.

Astrid jadeó sorprendida e Hipo no podía apartar sus ojos de los suyos.

—¿Cómo pensabas que me iba a dar cuenta de lo que sentías? ¡Si te he visto con más gente de la que tú me has visto nunca!

Astrid se ruborizó violentamente.

—Pensé… pensé que no te interesaba e intenté salir con otras personas, pero no salió bien.

—¿Por qué? —preguntó sin evitar la curiosidad en su voz.

—Porque no conseguía olvidarte y no soportaba la idea de hacerlo —confesó Astrid avergonzada—. Me gustas mucho, Hipo. Muchísimo. ¿Sabes lo horrible que ha sido tener que aguantar estos años sin besarte?

—¡Qué me vas a contar! —concordó él con una risa nerviosa, aunque se mordió enseguida el labio—. Siento mucho lo de antes, pero estaba convencido de que estaba sufriendo un colocón de azúcar glass y que todo lo que estaba sucediendo no era más que una alucinación.

—Tienes demasiada imaginación —se mofó Astrid.

—Ya, me lo suelen decir a menudo —le aseguró él.

Astrid se rió vagamente, pero enseguida su expresión se tornó seria. Es más, se quedó mirándole fijamente y cayó enseguida que estaba con la vista fija de nuevo en su boca. Hipo no estaba muy seguro de cómo había sacado el coraje para ser esta vez él quien tuvo la iniciativa de besarla, pero tan pronto posó sus labios contra los suyos, Astrid le correspondió al instante con pura pasión.

Era extraño.

Ni en sus mejores sueños, Hipo esperaba que pudiera fundirse en ella en la trastienda de la librería Cranford. Astrid era cálida, sabía a azúcar y le gustaba mandar. No es que Hipo tuviera ningún problema con eso último, sobre todo porque con Astrid era fácil adaptarse. No importaba si era en el sofá, en el mostrador o contra una de las estanterías de la tienda —las libreras tenían fantasías muy extrañas—, ella parecía estar encantada de envolverse en sus brazos, de suspirar contra su oído mientras entraba y salía de ella y de gritar su nombre a voz de grito sin miedo a que nadie les escuchara.

Era extraño.

Porque cuando se tumbaron después desnudos en el sofá, tapados con una vieja manta para darse un poco de calor, ella acariciaba su pelo, su rostro, su cuello y su pecho…

—Eres tan guapo que a veces duele mirarte —comentó ella con aire distraído.

Hipo sintió que se le subían los calores a la cara.

—¡Exageras!

Ella posó sus dedos contra su boca.

—Hipo Haddock, deberías saber que yo nunca exagero. Todo lo que sale por mi boca está sostenido por mi indudable rigor y conocimiento.

Él río y la apretó aún más cerca de su cuerpo y hundió sus dedos en sus cabellos dorados con tintes azules. Apoyó su frente contra la suya.

—Y tú eres tan hermosa que podrías tener la piel verde y seguirías volviéndome loco.

—No digas eso nunca delante de Brusca, capaz de proponérmelo en la siguiente apuesta.

Hipo no pudo evitar una risita.

—Honestamente, Astrid, debería dejar de hacer apuestas con Brusca.

—¡Jamás! ¡Mi orgullo me lo impide! —le aseguró ella.

—Al menos no has apostado por las galletas de hoy porque se han…

Hipo palideció al recordar que se había olvidado de algo y Astrid estudió su rostro confundida hasta que cayó en lo mismo que él.

—¡Las galletas! —gritaron los dos.

Sin ni siquiera ponerse su ropa interior y prácticamente descalzos, salieron a toda prisa de la librería para volver a la cafetería. El local olía a quemado y había una nube de humo negro saliendo de la cocina. Hipo corrió hasta el horno y lo abrió para encontrarse con una densa capa de humo que le hizo toser, pero consiguió sacar la bandeja que quemaba a pesar de que llevaba el guante puesto. Tiró la bandeja sobre la mesa y sacudió el brazo para apartar el humo. Las galletas estaban tan negras que si las tocaba estaba seguro que se harían cenizas.

¡Menudo fracaso! ¡Si su padre se enteraba de esto lo mataría!

—Mira el lado bueno —comentó Astrid a su lado con buen humor—. Al menos no se ha disparado la alarma…

De repente, el agua cayó sobre ellos como una lluvia torrencial. Hipo miró hacia arriba para ver horrorizado que se habían activado los aspersoras.

—Tenía que haber mantenido la boca cerrada, ¿verdad? —dijo Astrid con una mueca.

—Da igual, mi suerte nunca ha sido la mejor, mientras mi padre no se…

Su teléfono sonó en el bolsillo del pantalón.

Mierda.

Su padre le estaba llamando, seguramente porque la compañía de la alarma le había avisado de que se había activado el protocolo antiincendios. No se atrevía a cogerlo, seguro que lo iba a matar desde Canarias, no cabía duda de que podría hacerlo. Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar, Astrid le arrancó el teléfono y cogió la llamada de su padre.

—¿Sí? ¡Oh, hola Estoico! ¿Que quién soy? ¡Soy Astrid, la de Cranford! —se quedó un momento callada escuchando a su padre por el otro lado de la línea, Hipo le hizo aspavientos para que le devolviera el teléfono—. Sí, perdona, he cogido yo el teléfono porque Hipo está intentando apagar la alarma antiincendios —le hizo una seña para que hiciera algo al respecto, pero Hipo no podía moverse—. ¡No es culpa suya! En realidad, es más bien mía… Verás, quería hacer galletas y una cosa nos llevó a la otra y… se nos pasó el tiempo —su padre volvió hablar al otro lado de la línea—. Puso el temporizador, pero como te digo ambos teníamos nuestra atención a otra cosa. De verdad, Estoico, ¿quieres que te describa qué cosas hace tu hijo con la chica que le gusta? —Hipo se llevó las manos a la cara, ¿en serio le estaba diciendo eso a su padre? Astrid se rió—. Sí, por fin, no te creas que ha sido fácil. Tu hijo es muy tímido —Astrid siguió sonriendo escuchando lo que fuera que su padre le estuviera diciendo—. No te preocupes, está todo controlado, Hipo también. ¡Pasadlo muy bien en Canarias! ¡Y Feliz Navidad!

Astrid colgó la llamada y le tendió el teléfono a Hipo con una sonrisa triunfal en sus labios. Hipo no daba crédito a lo que acababa de suceder.

—¿Le acabas de decir a mi padre…?

—¿Que estabas más preocupado en hacer "cosas" conmigo que estar pendiente del horno? Sí, pero se lo he dejado a su imaginación, quizás sólo piense que me estabas besando —respondió ella con inocencia.

Hipo lo dudaba muchísimo. Es más, estaba seguro de que habría pedido champán al servicio de habitaciones.

—¿Y qué te ha dicho sobre…?

—¿Nosotros? Parecía aliviado la verdad y tu madre ha chillado y todo.

Hipo quería matarse de la vergüenza, pero Astrid cogió de sus manos y sonrió.

—Estaba pensando… ¿te importaría si me quedo contigo por Navidad?

—¿Por qué iba a importarme? —cuestionó él—. Todo Scrooge necesita un Cratchit en su vida.

Astrid soltó un gemido.

—¡Dios, no te pongas a citarme esas cosas que me ponen demasiado! —se quejó ella pegando su cuerpo contra el suyo.

—Las libreras sois muy raras —opinó él con una sonrisa.

—Creía que esa era una de mis muchas virtudes —replicó ella con picardía.

—No lo dudes —suspiró aliviado cuando los aspersores dejaron de expulsar agua y contempló el desastre de cocina que tenía ahora que limpiar—. Madre mía…

—Si nos ponemos ahora limpiamos esto en un periquete —le animó Astrid.

—¡Qué animada! —observó Hipo.

Ella sacudió sus hombros.

—¿Qué piensas? Cuando antes acabemos… antes volveremos a cierto sofá a hacer ciertas "cosas".

Hipo se rió algo avergonzado y miró las galletas quemadas.

—¡Menudo fracaso de galletas! —comentó él con tristeza—. Me hubiera gustado que nos hubieran quedado algo más decentes.

—Tengo galletas de bolsa escondidas debajo del mostrador de la tienda.

Hipo le lanzó una mirada de circunstancias y ella le guiñó un ojo.

—Una tiene sus vicios.

—Recuérdame que te apunte a clases de cocina.

—¿Acaso quieres que incendie otra cocina?

—Me gustaría que por lo menos aprendieras a no hacerlo —respondió Hipo sin poder contener la risa.

—Me pides demasiado —se lamentó Astrid de manera dramática.

Hipo cogió de su cintura para acercar su cuerpo empapado contra el suyo.

—Eres única, Astrid Hofferson.

Ella se ruborizó un poco, pero rodeó su cuello con sus brazos.

—Lo sé, por eso te gusto tanto —convino Astrid.

—Muchísimo.

Su sonrisa se ensanchó y le dio un suave beso en los labios.

—Ni la mitad de lo que me gustas tú a mí.

—¡Ja! Ya te gustaría.

Astrid arrugó la nariz.

—Tonto.

—Pero soy tu tonto —le recordó él.

La librera subió una mano a su mejilla para acariciarla.

—Sí, no podría tener a un tonto mejor que tú.

Y besaron de nuevo antes de que la alarma antiincendios volviera a activarse. Su chirriante sonido hacía eco en las vacías calles de Londres, ajenas de que en aquella noche de ventisca, a vísperas de Navidad, iniciaba una historia más de las muchas miles que habían empezado esa misma noche.

Xx.

Honestamente, para mí, esta es la historia más flojita de todo el conjunto de relatos. Quizás por su sencillez y falta de profundidad en los personajes. Irónicamente, esta fue la primera idea que tuve para el conjunto de relatos, aunque rápidamente me di cuenta que, en muchos aspectos, se asemejaba demasiado a I'll be home for Christmas y no quería hacer un refrito de siete capítulos de algo que ya había escrito. Es más, si este relato está es porque los otros dos que tuve que desechar eran demasiado complejos y largos para desarrollar en el poco tiempo que me quedaba para redactar el último relato (sí, este es el último que escribí de todos) y opté por este AU porque me parecía el más sencillo de desarrollar. Por contaros una anécdota de esta historia, al principio, la parte final iba a ser puro smut, pero me salió mucho más explícito de lo habitual y tuve que quitarlo porque desentonaba demasiado con el resto de relatos. Pero no os preocupéis, es probable que el smut que empecé a desarrollar para este relato termine saliendo en Wicked Game, así que no todo está perdido.

Si os ha gustado esta historia, me encantaría que me dejarais una review. Me haríais inmensamente feliz y es una oportunidad para cambiar opiniones y pareceres. Recordad que las reviews es el único salario que recibo por escribir y sería un bonito regalo de vuestra parte.

Mañana toca escuchar villancicos.