Quedan tres días para Navidad. Nos leemos abajo.

Hipo llegaba tarde.

Otra vez.

Astrid miró de nuevo a su teléfono esperando un mensaje que sabía que Hipo nunca le mandaría. Él no era de los que envíaban sms o whatsapps, sobre todo porque seguía muy apegado a un Nokia 3100 que llevaba con él desde hacía demasiados años, pero aparentemente era el único teléfono capaz de aguantar su ritmo de vida.

Balanceó su vaso de bourbon mientras apoyaba su barbilla sobre su otra mano. Aunque con el paso de los años había aprendido a ser más paciente, Astrid odiaba que la hicieran esperar, más si se trataba de Hipo, quien a veces parecía que llegaba tarde con el simple hecho de fastidiarla.

¡Estúpido Hipo!

Astrid no era ese tipo de mujeres que se quedaban esperando a nadie. Sin embargo, Hipo llevaba veinte minutos de retraso y ella seguía sin moverse de su asiento. Él solía ser siempre la excepción que contradecía la regla, pues por mucho que se dijera a sí misma que esa vez no iba a esperarle, al final siempre se quedaba. Después de todo, si algo le sobraba a Astrid Hofferson era tiempo.

—¿Qué hace una chica tan guapa bebiendo sola en un lugar como este?

Ugh.

Astrid odiaba a los babosos que se acercaban cada vez que estaba sola en un bar y eso que esta vez se trataba del Plaza. Ese año, Hipo le había pedido verse en Nueva York, cosa que a Astrid no le había gustado dado que detestaba Estados Unidos con todo su ser, pero ella había escogido su punto de encuentro los últimos diez años, por lo que no se atrevió a quejarse. ¿Cuándo había sido la última vez que había pisado Norte América? Estaba segura de que George Bush padre había sido presidente por aquel entonces.

—¿Te ha comido la lengua el gato, guapa?

Astrid estudió al hombre con desgana. Llevaba un traje caro, aunque no de los que llevaban los tipos de Wall Street. Olía a alcohol mediocre y perfume masculino, aunque ambos aromas no podían ocultar la peste a cocaína que nadaba en su sangre. Tuvo que esforzarse en contener una arcada, odiaba el olor a droga en la sangre, ¡vaya forma más estúpida de estropear un alimento! Ni en sus años más activos habría perdido el tiempo con un tipo como ese, así que volvió a centrarse en su bourbon.

—¡Oye! ¿Me estás ignorando? —reclamó el hombre indignado.

Astrid ya había predecido que el hombre iba a tocarla cuando escuchó otra voz intervenir:

—¡Ey, amigo! No te conviene molestar a la señorita, no quieres verla enfadada, creeme.

La mujer puso los ojos en blanco, pero sonrió antes de girarse hacia él. Hipo había sujetado al hombre del hombro con quizás demasiada fuerza por la mueca de dolor en su rostro y le estaba empujando suavemente a un lado con una expresión divertida. Astrid sabía que a Hipo le gustaba tomarse las cosas con humor y sarcasmo, según él eran buenos mecanismos para controlar su ira, algo muy típico entre los de su especie.

—Pero…

—No tienes ninguna posibilidad, la señorita ya tiene acompañante —insistió Hipo sin perder la sonrisa.

El hombre habría replicado de no ser porque Hipo, pese a su aspecto desgarbado y poco elegante, le sacaba una cabeza. Los humanos tenían un instinto para detectar el peligro y Astrid estaba contenta de que aquel tipo fuera lo bastante listo como para darse cuenta de que Hipo no era alguien al que debía provocar. Hipo esperó a que el hombre saliera del bar antes de sentarse junto a ella y pidió al camarero que le pusiera un agua con gas.

—Si piensas que tu numerito va hacerme olvidar que llegas tarde, vas listo —le advirtió ella.

—No esperaba que lo hicieras —se defendió él—, al menos esta vez no he llegado tan tarde.

Ella sonrió y estudió su atuendo. Había visto a Hipo vestido con toda clase de ropajes: traje, calzas, túnicas… No era de los que se preocupaban por su aspecto especialmente, pero no cabía duda que su camisa de cuadros digna de un leñador y sus pantalones raídos junto con unas playeras que debía haberlas usado todos los días desde los ochenta destacaban en un lugar tan elegante y exquisito como el Plaza.

—De haber sabido que ibas a venir así vestido, no habría puesto este Vera Wang para la ocasión —dijo ella con diversión.

Hipo alzó una ceja, pero sonrió.

—Pensaba que te lo habías puesto porque sabes que es mi favorito —replicó él.

—Me dices lo mismo todos los años y más te vale que no desgarres este vestido, porque esta vez sí pienso romperte el cuello —le advirtió ella.

El hombre rompió a reír, pero recuperó enseguida la compostura.

—No me ha dado tiempo a ponerme el traje porque he tenido un par de problemillas antes de venir —le explicó él—. Mi padre está más pesado que nunca y quería que me quedara en la sobremesa.

—Hombre, eres el próximo líder de la manada, las sobremesas siempre son un buen momento para confidencias y tu padre tendrá que retirarse algún día, ¿no? —le recordó ella.

El hombre hizo una mueca.

—Lleva casi ciento cuarenta años así y me tiene un poco cansado, la verdad.

—No serías un mal líder —comentó ella.

—Sería un líder horrible, Astrid —le aseguró él.

—Mientras no se enteren de que follas conmigo…

Hipo casi se atragantó con su agua.

—No me seas antigua, ¿quieres? —le recriminó el joven algo molesto.

—¿Antigua? —replicó ella fingiendo estar ofendida—. Tengo mil cuatrocientos trece años, Hipo. Tengo más derecho que nadie a ser una antigua. Además, no creo que tu padre vea con buenos ojos que te acuestes con una vampira que te saca casi doscientos cincuenta años… ¡Me verá como una asaltacunas!

—¡Ey! ¡Me gustan las mujeres maduras! —bromeó él—. Además, los licántropos y los vampiros no se enfrentan desde hace dos siglos por lo menos.

—Y, aún así, seguimos viéndonos en estricta confidencia —dijo ella antes de terminarse su Bourbon.

—Porque tú insistes en ello —le achacó Hipo molesto.

—Me sorprende que tu padre todavía no te haya pillado viéndote conmigo cada Nochebuena —dijo la vampira.

—Y cada Nochevieja, Año Nuevo, San Valentín, San Patricio…

—Hipo…

—Ya, ya…

Se hizo un silencio grave entre ellos que solo fue interrumpido por el murmullo del bar y el movimiento del barman tras la barra.

—Hemos hablado de esto un millón de veces —se quejó Astrid con tristeza.

—Que lo hayamos hablado no cambia nada, As.

Astrid decidió cambiar radicalmente de tema.

—¿Quieres subir a la habitación? —preguntó ella—. Me he asegurado de coger la suite con mejores vistas.

Hipo se mordió el labio.

—¿Te apetece que demos un paseo antes?

Astrid parpadeó sorprendida.

—¿Un paseo?

—Sí, vienes saciada, ¿no?

Ella asintió. Siempre que iba a grandes ciudades se preocupaba de beberse al menos cuatro bolsas de sangre de cero positivo y negativo. No es que no pudiera controlarse a sí misma, pero prefería caminar entre humanos sin la desagradable sensación de sed en su boca.

—Vamos, pues.

Hipo dejó un billete de veinte sobre la barra y cogió de su mano para guiarla hasta la salida del bar. Su piel ardiente debido al rapidísimo flujo de sangre de su cuerpo contrastaba con la suya que estaba helada por la carencia de latidos de su corazón. Atravesaron el lobby del hotel y salieron por la puerta giratoria que les llevaba a la plaza de la fuente de Pulitzer que estaba maravillosamente iluminada con luces amarillas de Navidad. Estaba nevando y Astrid se puso el abrigo que había traído con ella para simular que tenía frío cuando, en realidad, ni siquiera podía sentir la temperatura ambiente. Hipo se puso una cazadora vaquera con borreguito por dentro que le daba un aspecto más bien de un tipo de campo que de ciudad. Ofreció su brazo a Astrid y ésta lo rodeó con gusto. Varias miradas posaron sobre ellos y la vampira no pudo culparlos por su curiosidad. Ya no solo porque ella parecía la heredera de una inmensa fortuna y él un mendigo, sino que además Astrid contaba con una belleza pálida y casi etérea, mientras que Hipo destacaba por ser bastante más alto e incluso salvaje, pese a que era obvio que se había cortado recientemente el pelo. En realidad, Hipo era el típico chico que destacaba por su carácter y no por su aspecto. Él siempre bromeaba que le gustaba estar con ella porque siempre parecía invisible a su lado, pero Astrid sabía que aquello era imposible.

Él captó su atención desde el primer instante que lo vio.

Por aquel entonces, eran otros tiempos. Sus razas llevaban en guerra desde hacía eones. ¿El motivo del conflicto? Nadie lo recordaba. Por aquel entonces, ella formaba parte de un aquelarre de vampiros que mataba activamente a todo aquel que tuviera la mala suerte de toparse con ellos. Astrid no tenía moral aquel entonces, luchaba por sobrevivir como fuera porque no conocía otro tipo de vida. Había sido transformada con apenas veinte años y aún la consideraban muy joven para destacar en nada. Atraía a los hombres para acostarse con ellos y después los mataba para beber su sangre. Era lo típico entre las mujeres en su especie, cautivaban a los humanos como la miel a las moscas y podían hacer auténticas barbaridades con ellos.

Era una existencia vacía. Aburrida, podría decirse.

Hasta que le conoció.

Al principio, ni él sabía que ella era una vampira, ni ella que él era un licántropo, pero lo que Astrid estaba segura es que su olor la volvía loca. La atracción fue inmediata y un conjunto de casualidades causó que no hubiera nadie que les advirtiera de quienes eran. Ella jamás había visto a un licántropo y él nunca había conocido a ningún vampiro. Apenas intercambiaron una sola palabra la primera vez, antes de que pudieran darse cuenta, ambos se habían ocultado en el callejón de una ciudad que hoy en día tenía otro nombre para besarse y, poco después, acostarse. Ella necesitaba beber su sangre, lo anhelaba con todo su ser, pero aquel desconocido de ojos tan verdes le había hecho sentir algo que nunca había sentido hasta entonces o, quizás, lo había olvidado desde que se había transformado.

Calor.

Intenso y maravilloso calor.

Se estuvieron viendo durante muchos días. Siempre por la noche, por supuesto, era algo que ella exigía rigurosamente. Él no era como sus otros amantes y, daba igual las veces que se decía a sí misma que la siguiente vez iba a matarlo, al final siempre se resistía. Era muy confuso, anhelaba su sangre y, al mismo tiempo, se veía incapaz de matarlo. Hipo era muy reservado por aquel entonces, muy poco hablador, casi como si le diera miedo a decir algo por miedo a que ella le rechazara, pero hablaba a través de sus caricias y sus besos. ¡Cielos! ¡Le contaba tantas cosas con sus manos! Aún seguía haciéndolo, en realidad.

Ambos descubrieron sus respectivas identidades cuando su aquelarre y su manada se enfrentaron campo a través. Eran típicas las batallas entre sus especies, por aquel entonces no se le daba tanta importancia a ocultarse ante los humanos, por lo que ella se encontró terriblemente desconcertada cuando reconoció su olor y lo siguió angustiada, pensando que su amante terminase víctima de aquella guerra en la él nada tenía que ver, hasta que se encontró con aquel hombre lobo, quizás algo más pequeño que el resto, cubierto por una mata de pelo cobrizo y con unos intensos ojos verdes que ella reconoció al instante. Ella tenía la cara y la boca cubiertas de sangre y él había desgarrado las entrañas de uno de los suyos con sus garras. Ninguno de los dos supo cómo reaccionar, pero lo lógico es que se hubieran abalanzado el uno sobre la otra para que ganara el mejor.

Y, sin embargo, no pasó.

Ambos sobrevivieron a esa noche y Astrid le esperó a la siguiente en su punto de encuentro habitual para decirle que aquello había acabado para siempre. Él, en cambio, preguntó:

—¿Por qué?

—Porque no está bien. Es antinatural —respondió ella escandalizada.

—Yo no lo veo así.

—Me da igual, ¡se acabó! —sentenció Astrid furiosa.

Ella se marchó y él no la buscó. Astrid pensó que no volvería a verle jamás, pero se equivocaba. Se lo encontró muchas, muchísimas veces, y siempre acababan igual. Juntos, escondidos en algún lugar recóndito y apartado de alguna ciudad, follando y conociéndose cada vez más. Los años fueron moldeando sus caracteres también. Ella fue de un aquelarre a otro, vagando con un alma errante sin ningún objetivo claro. Él, por su parte, siguió viviendo a la sombra de su padre, deseoso de hacer algo que no fuera proteger y convivir con otros licántropos.

Resultaba extraño como el destino les hacía encontrarse una y otra y otra vez, pero Astrid no negaba que cada vez que se topaba con él, en ella despertaban emociones que no sentía desde que había perdido su humanidad. Por esa misma razón, tras un siglo negando lo inevitable, Astrid tuvo que aceptar que sus sentimientos hacia él iban más allá que el mero capricho y la atracción sexual. Astrid no estaba familiarizada con el concepto del amor, puesto que entre las de su especie no eran habituales los romances monógamos y, honestamente, ella cada vez se sentía con menos ganas de estar con nadie que no fuera Hipo.

Sin embargo, a Astrid ni se le pasó por la cabeza expresar todos esos extraños y atormentados sentimientos a Hipo, sobre todo porque durante mucho tiempo ni siquiera estaba segura de que el licántropo pudiera sentir un interés más allá de lo sexual o de amistad hacia ella. Por tanto, se convenció a sí misma de que aquellos sentimientos no eran amor, solo un profundo afecto inspirado por su estrecha amistad. Ella jamás podría enamorarse de él, porque dos amigos de diferentes especies no podían hacerlo. Es más, estaba convencida de que si Hipo se acostaba con ella, en parte, era como una forma privada de revelarse contra su padre quien, de saber que su hijo estaba manteniendo un romance desde hacía siglos con una vampira, y que haría todo lo posible para detener aquella locura.

Aún así, pese a todo, siguieron viéndose en secreto e intercambiándose cartas que Astrid todavía conservaba. La vampira terminó abandonando el último aquelarre de vampiros a mediados del siglo XVII, harta de la existencia vacía y aburrida que llevaban los de su espacio. Cada vez disfrutaba menos con matar por matar y su única fuente de conflicto con Hipo era su tendencia de asesinar al primero que se encontraba a su paso, sin importarle si esas personas tenían familia o no. Le fastidiaba enormemente que Hipo cuestionara su forma de vida, sobre todo porque Astrid no había sabido hacerlo de otra manera. No fue hasta inicios del siglo XX, con el establecimiento de los primeros bancos de sangre, que Astrid dejó de matar para alimentarse y, para entonces, ya discriminaba a sus víctimas a asesinos, corruptos y violadores.

Sin embargo, el mayor revés que había sufrido no fue cuando decidió cambiar por completo su estilo de vida sino en la segunda mitad del siglo XIX cuando Hipo, para su enorme sorpresa, confesó que estaba enamorado de ella. Había sido durante la Nochebuena de 1843, en el que ambos se colaron en un baile organizado por una acaudalada familia de Londres en la que se hicieron pasar por un matrimonio noble de recién casados. Astrid recordaba aquella noche como si fuera ayer. Se había puesto un vestido rojo con bordados dorados espectacular con un escote que quitaba la respiración a cualquiera y se había recogido el cabello en un complejo recogido y lo había decorado con perlas. Hipo se había vestido también para la ocasión con traje e incluso con guantes y se había cortado el pelo a la moda de entonces, aunque se había negado en rotundo a llevar barba o bigote. Bailaron gran parte de la noche frente al precioso árbol de Navidad que coronaba el salón de baile, Hipo se comió todos los aperitivos de roast beef del buffet, Astrid bebió más copas de vino de las que pudo contar y follaron en una sala contigua al salón del baile en el que una mujer despistada les pilló, pero huyó totalmente escandalizada por la escena. Fue en aquella pequeña y acogedora habitación, en la que la música de la orquesta del salón de baile se distorsionaba tras las paredes ornamentadas con papel pintado de terciopelo azul, en el que Hipo murmuró contra su oído:

—Te quiero, Astrid.

Aquella confesión le pilló totalmente desprevenida. ¿Cómo que la quería? ¡Aquello no podía ser! Ya era bastante complicado que fueran amigos tan íntimos y que ella hubiera soportado tanto tiempo acostarse con él sin devorar su sangre… ¿pero amor? ¡No! ¡Ni hablar! ¡Aquello era imposible! Astrid se apartó de él y se levantó del suelo para vestirse a toda prisa. Hipo le suplicó que se calmara y que hablaran sobre el asunto, pero Astrid estaba demasiado alterada y enfadada como para dialogar nada con él.

—Yo no puedo amar, Hipo, y mucho menos a alguien de tu especie —escupió la vampira antes de marcharse de la sala dando un portazo.

Su oído superdesarrollado escuchó los cuchicheos y risitas escandalosas de los asistentes del baile pero también le obligó a oír los sollozos de un Hipo con el corazón roto. Astrid se desplomó en mitad de la calle, manchando su vestido con la nieve y el barro de la calle y se llevó las manos a la cara. ¿Por qué se sentía tan mal? ¿Por qué tenía la sensación de que le habían arrancado el corazón del pecho cuando llevaba años sin latir? Odiaba oírle llorar, aún estando tan lejos, ¿pero cómo era posible que un licántropo amara a una vampira? Eran razas antagónicas, se odiaban a muerte y, sin embargo, ambos llevaban compartiendo una amistad íntima y especial desde hacía siglos.

No vio a Hipo en una década. No importaba que ambos hubieran tomado caminos distintos; desde su último encuentro, Astrid olía su sangre un par de veces al año en distintos lugares del mundo: Europa del Este, Nueva Zelanda, Sudamérica, África… La vampira estaba segura de que él podía olerla también, pues su delicioso aroma desaparecía del aire a la de dos días de llegar ella a su nuevo destino. Era como si el azar quisiera encontrarlos, pero ambos se evitaban por todos los medios. Astrid conoció a más vampiros e incluso intentó cuajar una relación que pudo haber terminado en matrimonio sino fuera porque Astrid no podía dejar de pensar en Hipo. Era inevitable la comparación. Hipo era pura pasión, calor y la hacía sentir como la mujer más especial que había sobre la faz de la Tierra. ¿Los vampiros? Era simple lujuria, frío y repetitivo. Además, ninguno de los hombres con los que se había topado durante esos años tenían ni una cuarta parte del sentido del humor con el que contaba Hipo; por no mencionar que nadie era tan sensible y tierno como lo había sido él. Hipo la escuchaba, la discutía cuando tenían una diferencia de opiniones y la respetaba como mujer y como amante.

Astrid ya no se reía, casi pudo jurar que había olvidado cómo hacerlo ahora que él no estaba en su vida. Había sido una estúpida por rechazar sus sentimientos, sobre todo porque llevaba siglos perdidamente enamorada de él y había tenido que expulsarlo de su vida para darse cuenta de ello. ¿Debía buscarlo y confesar sus sentimientos aún habiendo pasado diez años desde que lo había rechazado? El tiempo era relativo entre sus especies. Ambos eran inmortales, pero si Hipo no la había buscado todo ese tiempo se debería a que todavía tenía el corazón roto.

Por esa razón, Astrid decidió ir tras él.

Tardó más de la cuenta, pero finalmente lo encontró en París en la Nochuebuena de 1853. Estaba tan ansiosa por verlo, que la muy tonta de ella no se había dado cuenta que aquella noche era luna llena. Otro licántropo llamado Drago la halló antes, su forma lupina era mucho más grande de la media y sus dientes eran tan grandes que casi le arrancó el brazo de un mordisco. De las prisas por localizar a Hipo, Astrid no se había alimentado lo suficiente como para tener un combate cuerpo a cuerpo con nadie, mucho menos con un hombre lobo tan grande como Drago. Intentó despirtarlo como pudo, pero Drago no era ningún estúpido y estuvo persiguiéndola hasta que consiguió clavar sus dientes en su pierna derecha y arrinconarla en un callejón de mala muerte. Había pocas formas de matar a un vampiro, pero Astrid estaba segura que los dientes de Drago podían cumplir con ese objetivo sin problemas. Se arrastró para alejarse del licántropo, pero se encontró con la pared de ladrillo del callejón bloqueando la salida. De no estar tan malherida, Astrid habría escalado, pero le dolía todo el cuerpo y no podía mover la pierna.

Lo único en lo que pudo pensar en ese momento era en lo doloroso que iba a ser perder la vida sin haber visto a Hipo una última vez.

Cerró los ojos y aceptó su sino de morir devorada por un licántropo. Sin embargo, le pareció escuchar de repente una confrontación a lo lejos. La vampira consiguió entreabrir los ojos para ver a Drago forcejear con otro licántropo mucho más pequeño que él, de pelaje cobrizo que estaba rabioso. Aún así, volvió a cerrarlos porque le pesaban los ojos y dejó que su cuerpo se deslizara por la pared hasta el suelo. No se desmayó, no podía hacerlo porque los vampiros no eran capaces de dormir o perder la consciencia, lo cual era una auténtica mierda cuando se sentía tanto dolor, pero sí que perdió la noción del tiempo y de lo que sucedía a su alrededor. Sintió cómo algo la cogía en brazos y la transportaban a mucha velocidad a otro lugar. Poco después, la sentaron sobre algo muy mullido y una mano muy caliente apartó el pelo de su cara. Le pareció oír que la llamaban por su nombre, pero Astrid no podía escuchar nada. Tenía mucha sed, necesitaba sangre, pero sufría tanto dolor que apenas podía usar sus sentidos para buscar la fuente de alimentación más cercana. Inesperadamente, un delicioso aroma llegó a sus fosas nasales. Rica y sabrosísima sangre trotando por una yugular que estaba expuesta a sus colmillos. El olor le resultaba muy familiar, pero estaba tan hambrienta que le dio igual, sobre todo cuando aquel pobre desgraciado abrazó su cuerpo contra el suyo. La piel de aquella persona era más dura de la normal, pero finalmente cedió al filo de sus colmillos. Le pareció escuchar un quejido, pero a Astrid no le pudo importar menos el estado de su víctima, sobre todo tras sentir la sangre caliente contra su lengua.

Delicioso y maravilloso néctar.

Aquella era la mejor sangre que Astrid había probado en su larguísima vida.

Abrazó a su víctima con más fuerza mientras ésta, que por su sabor sabía que era un hombre, suspiraba contra su oído. A medida que recuperaba energía y bebía de la yugular de aquel hombre, llegó un punto en el que Astrid reconoció aquel sabor que tantísimas había olido antes. Aunque su lado más vampiro quiso resistirse, su lado más racional consiguió sacar los colmillos del cuello y apartar a su víctima lejos de ella.

Tenía que admitir que la visión de Hipo, con los ojos dilatados a causa de la luna llena, el pelo suelto cayendo por su espalda y con la camisa empapada de sangre por la herida abierta de su cuello era una imagen aterradora y excitante a la vez. Sin embargo, Astrid se sintió asqueada consigo misma por caer en su propia tentación y se llevó la mano a su boca manchada de sangre horrorizada.

—Lo siento —gimió ella.

De poder llorar lo estaría haciendo seguro.

—¿Te encuentras mejor? —preguntó él preocupado extendiendo su mano hacia ella.

Astrid se arrastró hacia atrás para darse contra el cabecero de la cama donde estaba sentada. Observó que el edredón de satén blanco se había manchado también con la sangre de Hipo, al igual que su vestido, el cual estaba destrozado por su confrontación con Drago.

—¡¿Por qué me has dejado beber de tu sangre?! —chilló ella horrorizada—. ¡Podría haberte matado!

—Si no hubieras bebido habrías muerto tú —replicó él dolido—. Además, soy más resistente que cualquier humano, que bebas un par de litros de sangre no va a matarme y los licántropos somos inmunes al veneno de vuestros colmillos.

Se quedaron ambos en silencio. Astrid podía escuchar el vertiginoso ritmo del corazón de Hipo bombeando en su pecho. Aunque los licántropos, por lo general, contaban con una fuerza sobrehumana y sus sentidos super desarrollados, sólo podían adquirir su capacidad de transformación durante la luna llena. Hipo le había explicado que, si se practicaba con esmero, podían escoger no transformarse, aunque el no hacerlo implicaba que su sistema estaba mucho más acelerado y su estado anímico era mucho más irascible y salvaje al retener su verdadera naturaleza bajo su forma humana. Astrid había estado unas cuántas lunas llenas con él y, al final, aunque disfrutaba del sexo con Hipo muchísimo más colérico y salvaje, acababa transformándose porque le resultaba complicado aguantarse a sí mismo en ese estado.

—¿Dónde… dónde está el otro…?

—Muerto —respondió Hipo con frialdad—. Le arranqué la cabeza de un mordisco.

—Tuviste que darle un buen mordisco, porque era enorme.

Si su piel pudiera erizarse probablemente lo habría hecho por la mirada que le lanzó.

—Estoy muy acostumbrado a que no me tomen en serio por mi tamaño. No se dan cuenta que soy mucho más rápido y me es mucho más fácil matar a perros grandes como Drago.

La vampira asintió con lentitud. Se notaba que Hipo venía de una línea importante de licántropos alfas y, a pesar de que siempre se había considerado un pacifista, resultaba evidente que podía usar sus facultades de alfa para imponerse contra sus enemigos.

—¿Qué haces aquí, Astrid?

Tragó saliva inusualmente nerviosa. Hipo la observaba con ferocidad e incluso podría decirse que con frialdad. Quizás el plan de aparecerse en aquella ciudad en plena Nochebuena no había sido tan bueno después de todo, sobre todo porque era el décimo aniversario de su "ruptura" como así decirlo. Se reprendió a sí misma por no haber buscado otra fecha, pero tampoco había querido esperar más tiempo. Llevaba semanas... ¡No, meses! ¡E incluso años muerta de ganas de volver a estar en la misma estancia que él, de aspirar su delicioso aroma y sentir la calidez de su cuerpo contra el suyo.

—Pasaba por aquí —dijo la vampira sin más.

—¿Sin alimentarte? —preguntó él sin creerla.

—No he tenido tiempo para encontrar algo decente —se defendió ella.

—Astrid…

Su voz sonó grave y peligrosa, pero la vampira no se dejó intimidar.

—¿Qué pasa? ¿Tanto te molesta que esté aquí? —le recriminó ella de mala gana.

—No tiene ningún sentido que estés aquí —insistió Hipo—. Odias Francia.

—Yo no odio Francia, solo detesto a los franceses —espetó ella cruzando los brazos bajo su pecho.

Los ojos de Hipo se fueron a su escote, el cual dejaba poco a la imaginación debido a que Drago había rasgado la mayor parte de la tela, dejando a la vista el corsé. No obstante, desvió rápidamente de nuevo la mirada en dirección a la puerta.

—Tengo que irme —dijo de repente.

—Hipo, no…

—Mi padre me estará buscando y también mi…

Se quedó muy callado y sus hombros se tensaron tanto que la vampira temió que si lo empujaba se quebraría.

—¿Tu qué? —preguntó Astrid sin realmente querer saber la respuesta.

—Mi prometida.

La poca sangre de Hipo que se había acumulado en su rostro se disolvió en ese instante.

—¿Prometida?

—Ya sabes, cuando un hombre y una mujer van a casarse —explicó Hipo con amargura.

—¡Ya sé lo que es estar prometido! —chilló ella enfadada—. Lo que no entiendo es qué haces tú prometido con… con…

¿Con quién? ¿Qué desgraciada se había atrevido a poner su interés en él?

—¿Por qué estás enfadada? —preguntó él sin comprender.

—¿Qué esperabas? ¿Qué estuviera contenta?

—No espero nada de ti —respondió él mortificado—. Ya no.

Aquellas dos últimas palabras dolieron más que una estaca en su corazón. Hipo se levantó de la cama y Astrid quiso detenerlo por todos los medios. Lo necesitaba como el aire que él respiraba.

—Pronto amanecerá —comentó él sin mirarla—. Puedes quedarte durante el día para descansar, pero vete de la ciudad tan pronto vuelva a anochecer.

Astrid decidió que aquello no iba a quedar así, puede que esa noche fuera luna llena, pero ella no necesitaba ningún elemento sobrenatural para ser más rápida que él. Antes de que Hipo fuera a sujetar el pomo de la puerta, ella ya estaba de por medio con su mano bloqueando el cerrojo.

—Aparta.

—No.

—Astrid…

—Quédate conmigo hoy —le pidió ella con suavidad.

—Eres la última persona de este mundo con la que quiero estar ahora mismo, Astrid —le advirtió Hipo con voz sombría—. No te lo voy a decir otra vez: apártate de la puerta.

—Tendrás que quitarme por la fuerza, aunque seguro que no me puedes.

Sabía que no era buena idea vacilar a Hipo en plena luna llena, pero era consciente que no importaba cuán enfadado estuviera con ella, él jamás le haría daño. Aún así, ello no impidió que hubiera un forcejeo entre ambos en el que Hipo intentó apartarla por todos los medios de la puerta y ella se resistía a moverse de donde estaba. El licántropo terminó pegando un puñetazo contra la pared, dejando incluso un agujero, aunque Astrid no se vio en absoluto intimidada.

—¿Has terminado ya? —preguntó la vampira irritada.

—¡Eres exasperante!

—¡Mira quién fue a hablar! —replicó ella ofendida.

Hipo se alejó hacia la ventana y se pasó la mano por el pelo, gesto que solía hacer cuando estaba enfadado o frustrado. Astrid no negó que había cierto atractivo en él cuando le crecía tanto el pelo, pero honestamente necesitaba darse un buen corte.

—¿Qué quieres de mí, Astrid? ¿No te bastó con lo que sucedió la última vez?

La vampira sintió que algo se revolvía dentro de ella cuando su traicionera memoria reprodujo aquel horroroso día. Sin embargo, había vuelto a buscarle para redimirse, para suplicar su perdón, aunque fuera de rodillas. Lo único que no había esperado era que Hipo se hubiera comprometido tan pronto, cerrando un capítulo que ella se negaba a terminar.

—¿Por qué te has prometido?

—¿Qué más te da eso? —replicó el licántropo molesto.

—Porque sí —respondió ella molesta.

Hipo la observó unos segundos con sus ojos dilatados por la ira y la tensión de la luna llena.

—No soportas que haya pasado página, ¿verdad? —cuestionó él con voz envenenada—. Llevo casi diez años llorándote, Astrid. ¿Sabes lo difícil que ha sido superarte?

—Lo sé —le aseguró ella, pues para ella los últimos años habían sido un infierno sin él.

—¡No, no lo sabes! —gritó Hipo dando una patada a una cómoda que había junto a la ventana—. ¡No tienes la más remota idea de lo difícil que ha sido!

—¿Y por eso te comprometes? ¿Para superarme? —le recriminó ella colérica.

—¡Me caso porque no tengo otro remedio! —exclamó Hipo—. La mayoría de los miembros de mi generación de la manada están a punto de casarse o ya lo han hecho y tienen hijos, lo mínimo que se espera de mí como futuro líder es que también haga lo mismo.

Astrid arrugó la nariz.

—No pensaba que terminarías cediendo a las presiones de tu padre. Siempre admiré que quisieras irte por tu cuenta y que no siguieras la estela de tu especie.

Hipo apretó los puños.

—Tal vez fue lo bueno de separarnos. Por fin puedo ser uno más ahora que no estoy atado a ti.

Astrid no le creía. Hipo siempre había sido diferente, sin importar que estuviera con ella o no. Los licántropos eran seres burdos y salvajes con los que era imposible razonar, pero Hipo… tenía un carácter afable, tranquilo y era sumamente inteligente, tanto que fácilmente sacaba de sus casillas a cualquiera de los suyos por su seco sarcasmo.

—Tú nunca serás uno más. Eres demasiado especial para ser simplemente uno más —repuso Astrid con una sonrisa pícara.

—Deja de decir chorradas para confundirme, Astrid, tengo que marcharme —insistió Hipo malhumorado.

—¿Pero realmente quieres marcharte?

—Sí.

—Mentiroso —le acusó ella sin dejar de sonreír.

—¿A qué estás jugando, Astrid? —reclamó Hipo desesperado—. No pienso entrar en tu estúpido juego. ¿Qué pasa? ¿Ninguno de tus amantes es lo bastante bueno y ahora vuelves para aprovecharte de mí como llevas haciéndolo desde hace décadas?

—¡Jamás me he aprovechado de ti! —contraargumentó Astrid furiosa—. Siempre me ha gustado estar contigo, lo sabes de sobra.

—¡No! ¡No lo sé, Astrid! ¡Porque a mí no se me olvida que cuando por fin saqué el valor para abrirte mi corazón tú lo arrancaste de mi pecho y lo pulverizaste con tus manos! —gritó Hipo tan enfadado que le temblaban las manos—. ¿Y ahora que decido pasar página decides aparecer de la nada?

—Pudiste haber dejado que me matara —le recordó Astrid con frialdad.

—Quizás es lo que tenía que haber hecho —le aseguró él con el mismo tono helado.

Se quedaron un momento fulminándose con la mirada, pero Astrid no podía rendirse, no después de haber llegado tan lejos. ¡Quería recuperarlo como fuera!

—¿Por qué me salvaste, Hipo? —preguntó ella acercándose lentamente—. ¿Por qué me dejaste beber de tu sangre?

—Fue un error, no tuve que haberlo hecho —se excusó él caminando hacia atrás.

—Pero lo hiciste —insistió ella sin dejar de caminar, acorralándolo contra la ventana que tenía las cortinas echadas—. Dime que no me quieres, Hipo.

—No te quiero —dijo con firmeza, pero apartando la mirada.

Astrid cogió de su barbilla y le obligó a que la mirara directamente a los ojos. Su respiración era acelerada y su corazón latía tan rápido que parecía que iba a explotar en cualquier momento.

—Dímelo a la cara —siseó ella.

Su cara era el reflejo de un montón de emociones encontradas. Astrid sabía que Hipo podía ser muchas cosas, ¿pero un mentiroso? Imposible, era demasiado noble para serlo, sobre todo con ella.

—Yo… yo…

—Te quiero, Hipo —confesó ella.

El licántropo abrió tanto los ojos que parecía que iban a salirse de sus cuencas. De repente, la empujó con fuerza para alejarla y antes de que Astrid pudiera recomponerse, escuchó el crujido de sus huesos y un quejido de dolor. El cúmulo de emociones había sido tal que Hipo no había podido evitar transformarse. Su forma lupina era considerablemente más grande que su forma humana, de ahí que la ropa manchada de sangre acabara desgarrada y colgando de su cuerpo, y se echó al suelo poniendo las patas sobre sus ojos, claramente avergonzado de haber montado aquel numerito. Astrid se arrastró hacia el suelo para abrazarse a él y, por suerte, Hipo no la rechazó esta vez. Acarició su pelaje hasta que se quedó profundamente dormido con la cabeza apoyada en su regazo. Cuando por fin amaneció y la luz solar se colaba peligrosamente de entre las cortinas de la habitación, Hipo volvió a su forma humana totalmente desnudo, pero no pareció importarle en absoluto, pues tan pronto abrió los ojos y vio que ella seguía allí con él, la besó.

Pasaron el día de Navidad haciendo el amor hasta que Hipo tuvo que marcharse para la celebración con su familia. Le preguntó si ella estaría allí al anochecer y ella respondió que sí, que estaría esperándolo si así lo veía conveniente. Cuando regresó para la hora de cenar, Hipo le anunció que había roto el compromiso y que su padre se había enfadado tanto que le había expulsado de la manada a pesar de haber matado a un enemigo tan peligroso como Drago. A Astrid le apenó terriblemente aquel suceso, pero Hipo había querido restarle importancia, asegurando que llevaba tiempo necesitando distanciarse de su padre y del resto de la manada.

Pasaron treinta años juntos, escondidos de los ojos de los vampiros y licántropos, y mezclándose entre los humanos procurando no llamar la atención. Fueron los años más felices de su vida, ¿pero qué eran treinta años para unos seres eternos como ellos? Demasiado poco tiempo. Estoico encontró a Hipo y no se topó con ella de puro milagro, pues Astrid había aprovechado esa noche para buscar alguna víctima para alimentarse. Si Estoico percibió su olor o no fue un misterio; pero, por lo que le contó Hipo, su actitud le había dado a entender que sospechaba algo. Le explicó que su padre había aparecido con intención de invitarle a regresar a la manada y prepararle para coger el liderazgo de la misma. Hipo se había negado en rotundo, pero su padre había insistido que se lo pensara.

—Creo que deberías aceptar —le advirtió Astrid con prudencia.

—¿Estás loca? No pienso hacerlo, si aceptara significaría que tendríamos que separarnos y no podríamos vernos —explicó Hipo escandalizado.

—Hipo, es tu familia —insistió Astrid.

—Tú eres mi familia —replicó él con lágrimas en los ojos—. ¿Por qué no podemos estar juntos? ¿Por qué no vamos y se lo decimos a mi padre?

—Porque no están preparados, aún no —contestó ella queriendo también echarse a llorar aún sin poder hacerlo—. Aún tenemos que esperar hasta que nuestro mundo esté preparado para que nuestras especies se unan.

—No es justo…

—La vida nunca lo es —le aseguró ella escondiendo su rostro en el hueco de su cuello.

Acordaron entonces el pacto que habían mantenido hasta entonces: cada Nochebuena se encontrarían para verse. De mientras, cada uno llevaría su vida como fuera posible, al menos hasta que vieran que había llegado el momento para que el mundo supiera lo suyo. Por supuesto, verse solo en Nochebuena les resultó insuficiente, por lo que lo extendieron a cualquier celebración existente: San Valentín cuando empezó a ponerse de moda; San Patricio, porque Hipo estaba seguro que tenía que tener sangre irlandesa aunque su familia fuera de Noruega; Halloween, porque nunca dejaba de ser irónico para ellos; Nochevieja y Año Nuevo, porque todos los años debían acabarlos y empezarlos juntos y otro centenar de festividades que iban sugiriendo sobre la marcha, porque realmente odiaban la idea de vivir separados tanto tiempo. No obstante, su celebración más especial resultaba ser siempre la de Nochebuena y Navidad, pues la consideraban su aniversario y nunca fallaban a esa fecha pese a que Hipo siempre se metía en problemas con su padre por siempre irse tan temprano de la cena de Nochebuena y llegar tan tarde a la comida de Navidad.

A Astrid le gustaba la Navidad. Las noches de diciembre eran las más bellas y las calles de todo el mundo se iluminaban con luces de colores que le encantaban. Aunque no podía degustar los típicos dulces y comidas navideñas, la sangre de los bancos de sangre siempre se volvían especialmente dulces por el cóctel de azúcar que los humanos se daban durante esas fechas. Es más, la sangre de Hipo, la cual seguía siendo de goleada su preferida, adquiría un delicioso gusto tostado e incluso dulce porque le volvían loco los asados durante esa época. Desgraciadamente, al igual que ella, no podía comer dulces porque su constitución lupina toleraba cero el azúcar y mucho menos el alcohol.

Pasearon por la Quinta Avenida agarrados del brazo y mirando los escaparates. Hablaron de lo que harían en Año Nuevo e Hipo le sugirió que, ya que estaban en Estados Unidos, podían aprovechar para ir a Boston, ciudad que todavía no habían tenido oportunidad de conocer. Su padre tenía pensado quedarse en Nueva York hasta mediados de enero por negocios y él podía escaquearse un par de días para estar con ella. A Astrid le daba igual el plan con tal de verse y se comprometió a encargarse ella de buscar alojamiento y un restaurante especializado en carne para cenar en Nochevieja.

Alcanzaron el Rockefeller Center donde había un coro mixto cantando villancicos. Hipo se acercó a un puesto ambulante y pidió un café solo y le preguntó si quería ponche. Astrid solo podía beber alcohol con graduación muy alta, por lo que rechazó la invitación con una sonrisa. Se acercaron a escuchar al coro que cantaban éxitos navideños variados que les emocionó. Hipo no era tan navideño como ella, pero apreciaba la buena música y no pudo evitar ponerse a cantar cierto éxito de George Michael o alguna que otra versión de Sinatra. Se quedaron un rato disfrutando del concierto y del ambiente del Rockefeller Center, en el que había tal cúmulo de olores y sonidos que ninguno de los dos reparó en el olor de los otros licántropos.

—¡Ey, Hipo! —saludó alguien a su espalda—. ¿Qué haces aquí? Pensaba que tenías compromisos al sur de Manhattan.

Si el corazón de Astrid pudiera latir seguramente se habría parado en ese instante. Hipo se vio obligado a girarse para saludar al conocido, mientras que Astrid deslizó su brazo del suyo discretamente para alejarse del grupo. Sin embargo, el desconocido dijo:

—¡Oye! ¿No me presentas a tu amiga, pillín?

Astrid se quedó muy quieta y no supo si lo mejor era salir huyendo o enfrentarse a la inevitable realidad. Llevaban siglos viéndose a escondidas y, al final, les habían pillado en pleno Nueva York porque se habían descuidado. La vampira tomó aire aún sin necesitarlo y se volteó con lentitud. Hipo estaba más pálido que la cera. Su amigo era un chico de piel oscura y vivaces ojos verdes que iba acompañado con una chica de piel tan clara que parecía transparente y era tan rubia que su pelo parecía blanco. Hipo carraspeó para recuperar su voz.

—Desdentao, esta es Astrid —los presento cuidando de que su voz no temblara por el pánico.

Desdentao dibujó una sonrisa radiante que mostraba unos dientes muy blancos. Astrid forzó un gesto similar cuidando no enseñar sus colmillos. Desdentao extendió su mano hacia ella a modo de saludo.

—Encantado.

Astrid no se movió.

—Igualmente —saludó ella en un susurro.

A la vista que Astrid no iba a darle la mano, Desdentao la apartó algo extrañado e Hipo la excusó asegurándole que era algo tímida con los desconocidos. Astrid intentó evadir sus miradas, preguntándose si el cóctel de olores del ambiente estarían ocultando su olor, cuando se encontró con los ojos azules de la acompañante de Desdentao. En ese instante, supo que la había pillado. La chica susurró algo al oído de Desdentao que tanto Astrid como Hipo escucharon a la perfección y Desdentao dio un respingo alarmado. Miró a Hipo horrorizado y luego clavó sus ojos en ella. Hipo cogió de su brazo antes de que Desdentao hiciera o dijera nada.

—Aquí no —le advirtió con voz grave.

—Tiene que ser una puta broma, ¿pero tú estás loco? ¡Tu padre te va a matar!

Hipo le lanzó una mirada que calló a su amigo y se acercó a Astrid para cogerla de la mano. Los dos licántropos los observaron boquiabiertos y los siguieron obedientes por una sucesión de calles hasta que llegaron a un Wendy's de la Octava Avenida que quedaba cerca de Columbus Circle. Hipo les dijo que pidieran lo que quisieran y le sugirió a Astrid que cogiera algo también, aunque no fuera a comer nada. Astrid señaló un surtido de patatas al azar, aún sin comprender las intenciones de Hipo con todo aquello, y cuando recogieron su pedido subieron a la planta de arriba para sentarse en una mesa del fondo, lejos del ventanal. El olor a grasa y aceite vegetal le resultó desagradable, pero cuando observó a la pareja devorar tres hamburguesas cada uno junto con un surtido de patatas y nuggets, Astrid comprendió que Hipo estaba haciendo un esfuerzo por amansarlos antes de responder a sus preguntas. Su amante comió media hamburguesa, cosa rara en él, debido a su voraz apetito, pero sabía que cuando estaba nervioso solía comer bastante poco. De vez en cuando, los dos licántropos le lanzaban miraditas desconfiadas, aunque Astrid se esforzó en mantener la compostura y centrar su atención en la conversación del grupo que se encontraba sentado junto a la ventana. Terminado el aperitivo, Desdentao abordó a Hipo con preguntas: ¿Desde cuándo? ¿Cómo surgió? ¿Por qué ella? ¿Qué clase de relación tenían? ¿Eran amigos, amantes o algo más? Hipo respondió a todas sus preguntas sin extenderse demasiado; aunque su amigo Desdentao era bastante insistente en conocer los detalles. La chica blanco mantuvo su mirada fija en ella durante toda la conversación hasta que interrumpió a Desdentao diciendo:

—Tenemos que informar a Estoico.

Astrid se esforzó en mantener su expresión imperturbable, aunque tenía ganas de gritar y zarandear a esa tipo. ¡Iba a estropearlo todo!

—Nadie dirá nada —le advirtió Hipo con frialdad.

—Como comprenderás, Hipo, tú no eres el Jefe —le recordó la chica malhumorada—. Estamos obligados a hablar con tu padre sobre este asunto.

Desdentao posó la mano sobre la chica.

—Light, por favor…

—¡Ni se te ocurra defenderlo! —le advirtió ella apartando la mano—. ¡Llevas años cubriéndole las espaldas! —se giró hacia Hipo con ojos furiosos—. Desdentao se ha arriesgado por ti sin saber en qué estabas metido, ¿cuántas veces, Hipo? Para verte con esta sanguijuela hija de…

—Cuidado, chucha, no conviene que te metas en lo que no entiendes —le cortó Astrid con ira contenida.

La chica blanca se levantó bruscamente, volcando la silla tras ella y llamando la atención del grupo del fondo. Desdentao intentó calmarla, pero ella le dio un manotazo.

—¿Sabes a cuántos de los tuyos he matado, chupasangres? —le achacó la chica.

—¿Debería eso intimidarme? —replicó Astrid con aburrimiento.

—¡Debería! Si hoy fuera luna llena…

—¡Light! —le llamó la atención Desdentao.

Hipo dio un golpe con su puño en la mesa que sobresaltó a todos.

—Light, haz el favor de sentarte —le ordenó Hipo con frialdad.

La chica cogió la silla de mala gana y se sentó evadiendo los ojos de Hipo. Astrid observó con curiosidad aquella escena tan extraña. ¡Así que ese era el famoso poder de los Alfas! Se le hacía excitante ver a Hipo ejercer su posición de poder sobre aquella bocazas. Se obligó a contener una sonrisa de suficiencia.

—Hipo, por favor, entra en razón.

—Conozco a Astrid mucho antes de conocerte a ti, Desdentao. Antes incluso de que nacieras tú, Light —explicó Hipo con voz tajante—. No voy a dejar a Astrid, lo siento.

Ambos amigos se sostuvieron la mirada e Hipo terminó soltando un suspiro largo antes de dirigirse a Astrid.

—Tienen que llamar a mi padre.

—¿Es necesario? —reclamó ella preocupada.

—Si nos pillaran y descubren que ellos dos lo sabían los matarán seguro —explicó Hipo angustiado.

—Entonces que no abran la boca y todos contentos —replicó ella frustrada.

—No podemos ocultar un secreto como ese —intervino Desdentao—. Yo soy categoría semi Alfa, pero Light no. Como al resto de los miembros, todos los meses es sometida a un interrogatorio por parte de la manada y no podrá ocultar esto.

—¿Por qué demonios os interrogan?

—Por si hubiera espías en la manada —contestó Hipo.

—¿Espías de qué? —reclamó saber Astrid.

—De otras manadas —aclaró su amante—. ¿Por qué piensas que nuestras especies ya apenas se enfrentan? Bastante tenemos con mantener la paz entre los nuestros como para preocuparnos de qué especie debe dominar la noche.

—Luego decís de mi especie, pero los licántropos no sois esa gran familia feliz que tanto decís que sois —le recriminó Astrid con dureza.

Hipo sacudió los hombros y se apoyó contra el respaldo de la silla con resignación.

—¿Por qué piensas que no me hacía ni puñetera gracia volver? —se dirigió entonces a Desdentao—. Llama a mi padre, Desdentao, mejor que lo sepa por…

—Espera —le cortó Astrid—. No le llames todavía.

Los tres licántropos la miraron extrañados, pero Astrid tenía un plan que tal vez podría funcionar.

—Llama a tu padre, Hipo, y dile que quieres quedar con él en el Oak Room del Plaza.

Astrid sacó su móvil para localizar el teléfono del director del Plaza, pero Hipo le cogió de la muñeca con ojos aterrados.

—¿Qué idea tienes?

—Vas a presentarme a tu padre, por supuesto —respondió ella con impaciencia.

—¿Estás loca? —reclamó Hipo escandalizado—. Dijimos que esperaríamos a que me hiciera líder de la manada.

—Hipo, entre que tu padre no se quiere jubilar y que tú te escaqueas de tus responsabilidades cada dos por tres, sabemos de sobra que jamás te nombrará líder —le advirtió ella pulsando el botón de llamada.

Desdentao soltó una carcajada.

—Ahí tiene toda la razón.

Hipo fulminó a su amigo con la mirada mientras Astrid se disculpaba con el director del Plaza por molestarle en plena celebración de Nochebuena con su familia. Solicitó la plena disponibilidad del Oak Room para ella y unos acompañantes para celebrar una pequeña velada privada en el que había de disponer la mejor carne roja de la ciudad. El director puso ciertos reparos, pero Astrid le puso un precio que no pudo rechazar. Light y Desdentao la observaron ojipláticos cuando colgó.

—¿Acabas de decir la cifra que creo que acabas de decir? —preguntó el licántropo anonadado.

Astrid sacudió la cabeza para restarle importancia y metió la mano en el bolsillo de la chaqueta de Hipo para sacar su Nokia.

—Llama a tu padre —le ordenó.

—No puedo, te matará y luego se asegurará de encerrarme en un lugar recóndito de Alaska —clamó él angustiado.

—Hipo, han pasado más de dos siglos desde que se disolvió el último aquelarre de vampiros. Mi raza pasa olímpicamente de los licántropos y creo que ya es hora de que pongamos esto sobre la mesa de tu padre —dijo Astrid muy seria—. Es hora de que sepa la verdad. Llámale.

—¿Y qué le digo? "Ey, papá, ¿quieres conocer a mi novia vampira?" —replicó él con sarcasmo.

Astrid puso los ojos en blanco exasperada, pero ésta vez Desdentao intervino:

—Dile sencillamente que quieres presentarle a alguien y has escogido un sitio tranquilo para hacerlo.

—Estoico no irá solo —les advirtió Light con desgana.

—Irá si se lo pide Hipo —replicó Astrid.

—¿Cómo estás tan segura? —dijo la chica con recelo.

—Porque Estoico lleva años sin celebrar la Nochebuena con Hipo porque siempre la celebra conmigo —explicó la vampira—. Accederá a su petición.

Hipo se quedó con la vista clavada en el ladrillo que tenía cómo teléfono antes de lanzar un suspiro agotado y marcar de memoria el teléfono de su padre. Estoico le cogió al segundo tono e Hipo se levantó como un autómata, tenso como no le había visto nunca. Astrid recomendó a la pareja de licántropos que se marcharan, pero no se retiraron hasta que Hipo les hizo un gesto para darles a entender que estaba todo bien. Desdentao se despidió con un gesto con la mano, mientras que Light sencillamente le fulminó con sus feroces ojos azules. Estaba nevando cuando por fin salieron del Wendy's y Astrid pidió un taxi para que les llevara al Plaza a pesar de que estaba a escasos diez minutos andando de allí.

—Voy a tener que cambiarme, huelo a fritanga —se quejó ella.

Hipo no respondió, pero Astrid podía sentir su tensión. La vampira cogió de su mano para calmarlo, aunque ello no retuvo el tembleque de su pierna.

—Relájate, Hipo.

—No entiendo por qué estás tan tranquila —le acusó Hipo agitado—. Será un milagro si no te mata.

—¿Dejarás que me mate? —preguntó ella con curiosidad.

Hipo le lanzó una mirada de circunstancias que le causó una sonrisa.

—Deja de tomarte esto a risa —se quejó él—. Mi padre sospecha algo, lo he notado solo por el tono de su voz.

—Hace bien, no creo que le haga ni puñetera gracia que lleves siglos saliendo con una vampira que te saca más de doscientos años.

—Astrid…

—Hipo, este día tenía que llegar. En lugar de entrar en pánico, piensa qué le vamos a decir a tu padre para convencerle que somos la pareja ideal.

Hipo se lo pensó demasiado y Astrid le golpeó en el brazo.

—¡Ay! No seas tan burra, ¿quieres?

—¡Utiliza ese cabezón que tienes, Hipo! —insistió la vampira.

El taxi paró justo delante de la puerta del hotel y Astrid pagó con un billete de cincuenta sin esperar el cambio. Entraron en el lobby para ir derechos al ascensor para subir a la suite que había cogido Astrid. Hipo se tiró en la cama llevándose las mano a la cabeza mientras la vampira buscó otro conjunto que ponerse en su armario.

—¿Qué te parece este?

El vestido era un espectacular Valentino rojo que había reservado para Año Nuevo.

—Demasiado escotado —se lamentó él.

Astrid estudió el vestido de arriba abajo.

—Nunca has puesto pegas con mis escotes.

—Astrid, por favor, hablamos de que vas a conocer a mi padre. Ponte el vestido más modesto y discreto que tengas, por favor —le suplicó Hipo y se quedó un segundo en silencio observando el Valentino—, aunque guarda ese vestido para otra ocasión.

La vampira sonrió mientras buscaba algo que se ajustaba a las indicaciones de Hipo. Halló un vestido sin mangas de Ralph Lauren con la parte superior fabricada en una tela metálica y una falda de tafetán que le llegaba hasta la rodilla. La espalda estaba ligeramente abierta, pero para ser ella era un vestido bastante conservador.

—Bájame la cremallera, anda —le pidió ella apartándose el cabello.

Hipo se levantó de la cama de un salto y se colocó tras ella para sujetar el extremo superior de la cremallera para bajarla a un ritmo muy pausado. Jadeó cuando sintió sus labios calientes contra su piel de hielo y vio en el reflejo del espejo cómo sus ojos se habían vuelto negros por el deseo.

—Si no estuviera tan nervioso, te tomaría aquí mismo contra el espejo —murmuró subiendo su boca hacia su cuello y llevando sus manos hacia sus pecho para apretarlos contra la tela de su vestido.

—Apúntatelo para luego —le sugirió ella sin evitar cierta sobreexcitación—. Tienes que vestirte tú también.

Hipo arrugó el gesto por su comentario.

—No necesito vestirme para ver a mi padre —se quejó.

—¡Oh sí! —le advirtió ella y sacó un traje de Armani que había comprado cara a Año Nuevo—. No vas a presentarme a tu padre pareciendo un mendigo.

Hipo observó el traje en silencio.

—Estás demasiado tranquila, Astrid. ¿De verdad no te aterroriza esto?

La vampira dejó el traje sobre la cama y cogió del cuello de su camisa para forzarle que se inclinara para besarla. Cuando vio que Hipo se quedaba sin aire se apartó y sonrió:

—Estoy acojonada, Hipo, pero llevo toda la vida preparándome para esto y si tengo que suplicarle a tu padre para que me deje estar contigo, lo haré. Además, ¿tu padre no era aficionado a la Navidad? Con un poco de suerte, igual ocurre un milagro navideño y le gusto.

—Si no fueras vampira, hacía tiempo que le habrías conquistado —le aseguró él.

—Bueno, entonces hagámosle olvidar que soy un ser que requiere de sangre para subsistir —le animó ella antes de quitarse el vestido y quedarse solo en ropa interior. Se miró una vez más en el espejo—. Quizás pareceré algo más inocente si me recojo el pelo en una trenza.

Hipo le aseguró que él no podía ser parcial con la respuesta a dicha pregunta y se dispuso a desvestirse también. Al cabo de media hora, la pareja salió cambiada y aseada en dirección al Oak Room. Tan pronto salieron del ascensor cogidos del brazo, el jefe de planta se acercó para indicarle que el tercer invitado les estaba esperando en la sala. Se detuvieron ante la puerta y Astrid observó que Hipo se había desanudado ligeramente la corbata.

—Qué poco aguante tienes —le acusó antes de desnudar ella misma la corbata y tirarla discretamente en un rincón—. ¡Ala! ¿Contento?

—Teniendo en cuenta que probablemente en cinco minutos probablemente sea mi padre quien retuerza mi pescuezo… sí.

Astrid cogió de su mano con fuerza.

—Ey, hemos pasado por muchísimo juntos —le recordó ella—. Además, es Navidad, no me valen caras largas hoy. Quiero tener una velada agradable con mi suegro, si no te importa.

—¿Suegro? —preguntó Hipo alarmado.

—Hombre, lo mínimo que harás una vez que salgamos vivos de esta es darme el anillo que llevas años guardando —le recriminó ella sonriente.

Hipo abrió la boca indignado.

—¿Desde cuando…?

—Desde el primer día que fuiste a comprarlo —respondió ella con diversión—. Me he resistido a mirarlo, pero sé que has acertado yendo a Cartier.

—Qué puñetera eres, no hay forma de darte ninguna sorpresa —se quejó él.

—Puedo hacerme la sorprendida, se me da muy bien —le prometió ella haciéndole ojitos.

Hipo dibujó una sonrisa por primera vez desde que se habían topado con Desdentao y Light.

—¿Y qué me dirás entonces, milady? ¿Te…?

—¡Ah no! —le cortó ella con fiereza—. A mí me lo pides como Dios manda, con la rodilla en el suelo y todo, y no cuando pienses que esto es lo último que vas hacer antes de que tu padre nos mate.

Hipo puso los ojos en blanco.

—¡Mira que eres caprichosa!

—Llevo esperando que me pidas que me case contigo desde 1853, Hipo. Puedo esperar unas horas más.

Hipo resopló nervioso y Astrid le arregló el cuello de la camisa antes de volver a coger de su brazo.

—¿Me prometes que saldrás corriendo si le da por clavarte un cuchillo en el corazón?

—Técnicamente solo una estaca de madera de sauce puede matarme, pero prometo ir a un rincón de la sala si le da por clavarme el cuchillo de untar mantequilla.

El licántropo no pudo contener una carcajada y Astrid pegó su cuerpo contra el suyo. Por un segundo dejó de llevarse por los nervios e Hipo pareció darse cuenta de ello.

—Estamos a tiempo de dar la vuelta.

—Jamás —clamó ella—. Estoy preparada.

Hipo cogió de la manilla de la puerta y esperó a que Astrid cogiera la otra.

—¿Juntos? —preguntó él con una sonrisa nerviosa.

Ella imitó su gesto.

—Juntos.

La puerta se abrió ante ellos y Astrid tomó aire aún sin necesitarlo para cumplir con lo que llevaba tanto tiempo esperando: la paz entre sus especies o una muerta segura.

Fuera lo que fuera, se quedaría complacida sabiendo que Hipo estaría con ella.

Siempre hasta el final.

Xx.

¿Es este mi relato favorito de todo el conjunto? Es muy probable. Me parecía muy divertido jugar con el concepto de la vampira y el hombre lobo que llevan siglos saliendo y profundamente enamorados, pero al mismo tiempo incapaces de vivir su relación en público porque sus especies están confrontadas. La verdad es que esta historia hubiera dado para hacer un fic muchísimo más largo y no dudéis que me habría encantado dar todos los detalles de las aventuras y desventuras de estos dos, pero quería una historia corta que contara que fragmentos de su vida y, como veis, el final es totalmente abierto, más que en los dos anteriores. ¿Creéis que Hipo y Astrid conseguirían convencer a Estoico? ¿Que Hipo llegaría a convertirse en el Alfa de su manada aún casándose con una vampira? He preferido dejarlo en el aire y que cada una decida el final que más le convenga. Por otra parte, quería matizar que Light es la versión humana de la Furia Diurna y mantiene evidentemente una relación con Desdentao.

Si os ha gustado esta historia, me encantaría que me dejarais una review. Me haríais muy feliz y es una oportunidad para cambiar opiniones y pareceres. Recordad que las reviews es el único salario que recibo por escribir y sería un bonito regalo de vuestra parte.

Mañana toca escoger un árbol de Navidad.