Quedan dos días para Navidad. Nos leemos abajo.

Su día empezó como cualquier otro.

Su despertador sonó a las seis y, como venía siendo costumbre, sintió una ligera molestia tras su ojo derecho. Alguien normal se alarmaría por sufrir dicho dolor a diario, pero Hipo no había querido darle más importancia de la que se merecía, sobre todo porque para cuando se metía a la ducha ya había desaparecido. Una vez duchado, se vistió y se dispuso a hacer la cama cuando observó que, como siempre, estaba muy revuelta. Debía ser un durmiente terrible de todo lo que tenía que moverse mientras dormía. ¡Menos mal que dormía solo!

Antes de hacer su desayuno puso la tele. Escuchó el informe matinal a la vez que ponía la cafetera y se preparaba unas tostadas. Guardó un par de mandarinas en su mochila y tomó las vitaminas que su madre le obligaba a tomar desde que era niño. No es que estuviera mal de salud, pero el médico le había sugerido que la vitamina D nunca estaba de más para alguien tan paliducho como él. Hipo se quedó con la mirada perdida en el televisor, bebiendo su café a sorbitos por haber calentado demasiado la leche. El informativo habló sobre un concierto que una cantante a la que Hipo no le gustaba nada iba a dar en el centro por Navidad. No era especialmente fan de aquellas fiestas, siempre le habían parecido deprimentes y superficiales, más para alguien como él que vivía solo.

Poco antes de las siete, Hipo salió de casa. Se había mudado hacía poco más de un año a un bloque de apartamentos en la periferia de la ciudad, donde la vida era infinitamente más barata que en el centro. Trabajaba como ilustrador en una editorial y le encantaba su trabajo, aunque el viaje de cuarenta minutos de su casa al centro podía ser un poco tedioso en las horas puntas, sobre todo porque su tren siempre estaba petado a primera hora de la mañana.

Pasó su muñeca por la máquina que estaba justo en el portal para que el chip registrara su salida y dio una profunda bocanada de aire cuando salió al exterior. Hacía bastante frío esa mañana y estaba seguro que se pondría a nevar hacia el mediodía. Le gustaban los días de nieve, aunque en la ciudad apenas podía disfrutarlos como cuando vivía en Isla Mema. Su pueblo natal estaba a casi trescientos kilómetros al norte de la ciudad y no había vuelto desde que se había mudado. Había pensado acercarse por Navidad, pero sus padres le habían propuesto ir ellos para poder disfrutar del ambiente navideño de una gran ciudad. A Hipo no le convencía mucho la idea, sobre todo porque sus padres tendrían que pagar un precio desorbitado por el tren y el alojamiento, pero estos no le habían dado mucho margen para discutir.

El tren, como era de esperar, estaba hasta arriba de gente. Hipo intentó colocarse lo más cerca que pudo de la puerta, pero al final acabó en mitad del pasillo espachurrado. Se maldijo por no haberse puesto los auriculares antes del tren, ya que ahora no podía alcanzarlos desde su incómoda posición, por lo que se vio obligado a entretenerse con las aburridas e insonoras publicidades que se emitían en las pantallas holográficas del pecho. Cuando alcanzaron la antepenúltima parada antes de la suya parte del tren se bajó para su enorme alivio y consiguió ubicarse cerca de la puerta.

Fue entonces cuando la vio.

No le sonaba de haberla visto nunca antes en el tren. Cierto era que viviendo en una gran ciudad como aquella era fácil encontrarse con nuevas caras, pero Hipo acostumbraba a quedarse con la cara de la gente y estaba seguro de que se acordaría de ver a una mujer tan guapa como aquella. Tenía el pelo rubio sujeto en una trenza que caía por su hombro, vestía una cazadora de cuadros rojos que le quedaba algo grande, pero estaba tan desubicado con la moda en general que supuso que se llevaría así. Era lo bastante alta para destacar de entre el resto de mujeres del vagón y sus rasgos eran finos, aunque extrañamente melancólicos. Sus ojos estaban clavados en el paisaje de la ciudad a través del cristal, pero Hipo debía haberse quedado mirándola más tiempo de lo que pensaba, porque acabó girando la cabeza hacia él.

Hipo quería morirse.

Apartó la mirada enseguida muerto de la vergüenza, probablemente con sus traicioneras mejillas teñidas de escarlata. El tren volvió a pararse y otro montón de gente bajó y otra tanta subió. Hipo esperó que la chica ya no estuviera, pero allí continuaba, con sus preciosos ojos azules puestos en él y con una expresión que Hipo no supo interpretar. Dibujó de repente una sonrisa e Hipo, algo nervioso, intentó imitar su gesto, aunque estaba seguro que aquello habría sido una mueca más que una sonrisa. Sin embargo, los ojos de la chica se ensombrecieron de forma repentina y su boca dibujó un gesto más bien serio. Hipo se preguntó si, de alguna manera, habría metido la pata hasta el fondo. ¿Debería hablarla? ¿Tal vez pasarse sus teléfonos? A él no se le daban bien aquellas cosas, tal vez si se acercara y le preguntara si…

—Estación Central —anunció la megafonía del tren.

La chica salió disparada del vagón sin mirar atrás e Hipo bajó sintiéndose algo apesadumbrado y decepcionado. Subió por las escaleras hasta llegar al hall principal de la estación, donde en el centro habían colocado un enorme árbol de Navidad que brillaba casi con luz propia. A sus pies, había un coro mixto de jubilados cantando villancicos. Hipo pasó sin hacerles ningún caso y, pese a dar un rápido barrido a la estación antes de salir, no volvió a ver a la desconocida del tren. Desilusionado, puso rumbo hacia su oficina que se encontraba a un corto paseo de diez minutos desde allí.

Compró un café y un bollo en el puesto que estaba justo delante de su edificio y, como el resto de personas que se encontraban vagando por allí, pasó su muñeca por la máquina antes de entrar. Subió al ascensor de cristal que se encontraba al fondo del vestíbulo y observó el paisaje metropolitano mientras el ascensor iba haciendo distintas paradas hasta su planta. Habían colocado un árbol de Navidad gigantesco en la plaza que se encontraba junto a su edificio y la gente, que parecían hormigas desde aquella altura, paseaba a toda su prisa a su alrededor, probablemente ajenos a su esplendor. Por los pequeños altavoces del ascensor salía la sintonía sin derechos de autor de un villancico que habían adaptado a la típica musiquilla que se escuchaba en los ascensores. Hipo formuló una sonrisa, como si estuviera apunto de acordarse de una broma, pero no consiguió recordar cuál era. Sacudió la cabeza ligeramente cuando sintió un leve amago de molestia tras su ojo y oyó el tintineo del ascensor que anunciaba su planta. A esa hora tan temprana no había mucha gente en la editorial, sólo que algún que otro despistado que estaba a punto de llegar a la fecha límite y pasaba prácticamente la noche allí para poder terminar su trabajo o la amable señora de la limpieza, quién siempre le saludaba con una ternura casi maternal, aunque Hipo no sabía siquiera su nombre.

Cuando llegó a su cubículo, el cual estaba decorado con un espumillón azul metálico ridículo, dejó su café a medio beber sobre su escritorio y encendió su ordenador y su tableta gráfica. Se quitó la chaqueta, su bufanda y el gorro antes de coger su café y acercarse a la pared de cristal para terminarlo mientras disfrutaba de las vistas. Hipo siempre se había sentido muy cómodo con las alturas, hasta el punto que no había experimentado jamás una sensación de vértigo. Hubo un tiempo que se había planteado incluso ser piloto, pero ni siquiera le aceptaron en el servicio militar obligatorio al no haber pasado el test de salud y era necesario contar con una carrera militar antes de ingresar en el Cuerpo de Aviación. Cuando Hipo preguntó en qué había fallado el test, le respondieron que sencillamente no era apto para el servicio. Irónicamente, su médico le había asegurado que salvo la falta de ciertas vitaminas, Hipo contaba con una salud de hierro y, salvo un par de resfriados anuales, era raro que enfermara.

Se quedó mirando con aire distraído cómo la nieve caía en el exterior. No pudo evitar pensar en la chica del tren y se sintió algo imbécil. Sonrió ante su reflejo en el cristal, pero le salió más bien una mueca incómoda similar a la que habría espantado a aquella chica. ¡Para una que se fija en él! Hipo siempre había sido un torpe interactuando con otras personas y echaba de menos la cercanía de la gente de su pueblo en la que todo el mundo conocía a todo el mundo. Añoraba a sus amigos y a sus padres, pero no todo el mundo tenía la oportunidad de trabajar en una editorial como aquella y era una oferta que no había podido rechazar. Sin embargo, no había conseguido hacer amigos desde que se había mudado y sus compañeros de trabajo, pese a ser amables con él, nunca le invitaban a tomar algo después de trabajar y él nunca se atrevía a apuntarse por miedo a la interacción social. Si al menos se hubiera atrevido a pedirle el teléfono a esa chica…

Hipo soltó un largo suspiro antes de terminarse el café y ponerse a trabajar. Le gustaba mucho el proyecto en el que estaba trabajando. Los libros infantiles estaban en auge y la editorial había contado con él para ilustrar una serie de libros que trataban de una niña que se hacía amiga de un montón de dragones. Era un proyecto fácil en el que le habían dado manga ancha para que diseñara todos los dragones que le viniera en gana. La autora era un encanto y ambos habían estado trabajando mano a mano creando los diferentes dragones que la protagonista iría conociendo a lo largo de la historia.

Cerca de las diez de la mañana sus compañeros de trabajo empezaron a llegar a la oficina, aunque Hipo estaba tan inmerso en su proyecto que apenas levantó la cabeza cuando escuchó a la gente gritar y reír a su lado. Estando tan próximas las vacaciones de Navidad la excitación era palpable en el ambiente. Hipo se vio obligado a ponerse sus propios auriculares cuando empezaron a reproducir a todo volumen un clásico de hace más un siglo de una cantante llamada María algo. Él no era de los que solían quejarse, pero era cierto que le incomodaba no verse en la onda de aquella gente que parecía tan eufórica porque las fiestas estuvieran a la vuelta de la esquina. Tendría que estar agradecido de que sus padres vinieran a celebrarlo con él, aunque Hipo nunca había sido un entusiasta de la Navidad.

Poco antes de la hora del almuerzo, Hipo se acercó al despacho de su responsable, Eret, para entregar los bocetos del libro. Eret era un buen tipo, muy cercano y popular entre sus compañeros de trabajo. Era un hombre bastante ocupado, siempre corriendo de un lado a otro, pero era de los pocos, por no decir el único, que solía animarle a comer con él cuando disponía de algo de tiempo. Eret hizo un gesto con la mano para invitarle a entrar antes de que Hipo pudiera tocar a la puerta de cristal. Le invitó a sentarse mientras terminaba de hablar por teléfono.

—Vale, sí, no te preocupes. Lo tendrás todo para este jueves —le prometió Eret a la persona que estaba al otro lado de la línea—. Te tengo que dejar que empiezo una reunión.

Eret colgó suspirando de cansancio.

—¿Día duro? —preguntó Hipo.

—Odio la puta Navidad —le aseguró él—. Todo el mundo quiere todo para antes del veinticuatro y la panda de vagos que hay ahí fuera no acaban de cumplir el plazo —estrechó los ojos al ver que cargaba con su tablet—. ¿Qué traes ahí?

—Los bocetos del libro de Cowell.

Eret abrió mucho los ojos e Hipo le tendió su tablet.

—¿Ya? ¡Pero si eran para enero! —preguntó él abriendo el programa de diseño—. Joder, Henry, eres una puta máquina, no hace ni dos semanas que Cowell nos mandó el borrador —sus dedos bailaron sobre la pantalla de la tablet, estudiando con detenimiento los detalles y los colores de sus ilustraciones—. Son una pasada, tío. De verdad, además de ser rápido, eres muy bueno.

—Es el proyecto, Eret, me gusta, no es por otra cosa.

—¡No seas modesto! —le reprendió él—. Has hecho otros proyectos fantásticos que no te entusiasmaban tanto y los resultados han sido geniales.

Hipo sintió que la sangre subía a sus mejillas con rapidez. No le gustaba que le alabaran solo de la vergüenza que le solía invadir por dentro, pero procuró mostrarse agradecido. Discutieron un par de cambios que Eret vio conveniente realizar y, cuando Hipo le preguntó si necesitaba apoyo con otros proyectos, su responsable dijo:

—No voy a darte más trabajo cuando haces mucho más que los demás. Es más, tómate el resto del día libre.

—¿Qué? —preguntó Hipo alarmado—. Pero si no me corresponde, no estaría bien que me cogiera la tarde libre justo un día antes de mis vacaciones.

—Henry —le cortó Eret con suavidad—. Tómate un descanso, tío. ¿No tienes algún plan para estos días?

—Mis padres vienen el domingo.

Eret asintió, aunque a Hipo le pareció ver un brillo extraño en sus ojos.

—¿Dónde vas a comer?

—Había pensado coger un sándwich en la cafetería.

—¡Nada de sándwiches! —exclamó Eret—. Han abierto un Wagamama en el centro comercial de la calle Liberty. Mis abuelos iban a esa cadena cuando eran adolescentes, creo que te puede gustar.

—Está demasiado de moda llevar lo de antes —se quejó Hipo.

—Bueno, esto es 2120, ¿qué esperabas? En la segunda década de los veinte pasaron por dos pandemias, el descongelamiento de los polos, una guerra mundial y cientos de desastres naturales por el cambio climático.

—Eso sin mencionar los altos índices de contaminación, la explosión de las Gravelinas… —comentó Hipo con resignación—. Al menos parece que después de pasar por décadas de puro apocalípsis el mundo se ha vuelto un lugar mejor para vivir, ¿no crees?

Eret sostuvo su mirada durante unos segundos.

—¿A qué te refieres?

—Bueno, en la época de nuestros abuelos, el cáncer no siempre se curaba y hoy en día ni siquiera tienes que hacer esos tratamientos de radiación tan agresivos para curarte. Te tomas una medicación durante una semana y listo —explicó Hipo algo azorado—. Lo mismo pasa con el Alzheimer y esas enfermedades degenerativas, se han conseguido ralentizar de tal manera que ahora es rarísimo que alguien se muera de eso.

Eret llevó su atención a la pantalla de su ordenador y se hizo un silencio algo incómodo. Hipo tragó saliva nervioso.

—Perdona, Eret, ¿he dicho algo que te haya molestado?

Su jefe parpadeó sorprendido por su pregunta y sonrió.

—Para nada, tienes toda la razón —miró a su reloj digital—. ¡Uf! ¡Qué tarde es! Anda, márchate y cómete un buen bol de fideos a mi salud, ¿quieres?

—Pero…

—Está todo bien, Hipo —le aseguró Eret acompañándolo hasta la puerta y dándole su tablet—. Pásalo bien durante las fiestas, ¡y descansa! No quiero verte hasta después de Año Nuevo, ¿entendido?

Hipo se quedó con la palabra en la boca cuando Eret cerró la puerta en sus narices. Resignado y aún preocupado de que tal vez hubiera dicho algo que le hubiera ofendido, Hipo volvió a su cubículo para apagar el ordenador y recoger sus cosas. Sintió las miradas de algunos de sus compañeros taladrando su nuca y le pareció escuchar unos murmullos a su espalda, pero no se atrevió a voltearse. No le gustaba confrontarse con nadie y no deseaba tener problemas con nadie del trabajo. Bajó prácticamente solo en el ascensor y pasó su muñeca por la máquina de registro antes de girar a la derecha, en dirección al centro comercial de la calle Liberty.

El hecho de que estuviera nevando parecía alimentar el ambiente navideño de la ciudad e Hipo no pudo contener una mueca de fastidio cuando escuchó otra vez el villancico de la tal María sonando también dentro del centro comercial. Pasó su muñeca en la máquina de la entrada y ésta soltó un desagradable pitido que le molestó en el oído. En lugar de coger el ascensor, decidió subir por las escaleras para darse una vuelta y decidirse por algún regalo para sus padres. Había conseguido encontrar para su padre unas zapatillas de andar por casa que fueran de su talla, pero tenía la sensación de que era un poco cutre regalarle solo eso. Respecto a su madre, quizás fuera algo más fácil, pero era tan poco materialista que era difícil decantarse por algo que le pudiera gustar realmente. Estuvo media hora caminando de un lado a otro hasta que se paró delante de una tienda que tenía expuestos un montón de árboles de Navidades. En ese instante, Hipo cayó que ni siquiera había cogido un árbol con el que decorar la casa cuando vinieran sus padres. ¿Tal vez debería hacerlo? Él no tenía mucho espíritu navideño, pero sabía que con lo que le gustaba a su padre la Navidad estaría muy decepcionado si no decoraba la casa al menos con un árbol.

—Yo cogería el que tiene efecto nevado, le da un toque más rústico y hogareño —dijo una voz a su lado.

Hipo se volteó, no muy seguro de si se estaban dirigiendo a él, cuando se encontró junto a él con la chica del tren, con los brazos cruzados sobre su pecho observando los árboles con aire pensativo. Hipo miró de un lado a otro, no muy seguro de si estaría acompañada con alguien, cuando ésta miró hacia arriba con una expresión algo taciturna.

—¿Tú qué piensas?

—¿Es… es a mí? —preguntó él dubitativo.

Ella miró hacia los lados como lo había hecho él justo hacia medio minuto.

—No veo a nadie más mirando árboles —contestó la chica—. ¿Y bien? ¿No crees que el árbol con efecto nevado es el más bonito? Si le pusieras unas luces como esas de ahí seguro que se luciría muchísimo.

Hipo estaba muy confundido por la situación. ¿Qué hacía ella ahí? ¿Y por qué le estaba hablando?

—Perdona, ¿trabajas aquí? —preguntó él sin querer parecer demasiado desconcertado.

—No, pero te he visto muy perdido y me ha parecido buena idea acercarme para ayudarte —explicó la chica sonriendo por primera vez—. Comprar un árbol no es fácil, así que nunca está de más que te echen un cable.

—¡Ah! Pues… muchas gracias —respondió él algo azorado y apartando la mirada—. La verdad es que no sé si debería comprarme uno tan grande, es sobre todo por mis padres, ¿sabes? Ni siquiera me gusta la Navidad, pero no quiero que me acusen de Grinch.

Ella soltó una pequeña carcajada.

—¿No lo sabes? Cuanto más grande, mejor.

—Mi apartamento es bastante pequeño —se excusó él.

—Por favor, si ese árbol apenas me llega a la barbilla —la chica se puso junto a él—. ¿Ves? No es tan grande, ni siquiera se le puede considerar tamaño estándar.

La chica se quedó mirándole fijamente, esperando a que él dijera algo, aunque Hipo estaba tan abrumado por la situación que se quedó mudo por la impresión. Sin embargo, ella no parecía molesta por su nerviosismo, más bien lo contrario, se acercó a él y tiró de la manga de su chaqueta para que se colocara junto al árbol que llegaba a la altura del hombro.

—No es grande —insistió ella.

—¿No puedo coger uno pequeño y ya?

—¿Y dónde está la gracia en un árbol pequeño? —se quejó la desconocida.

—Pero no me ocuparía mucho sitio…

—Y sería la cosa más cutre que se vería jamás —le cortó la chica—. Coge este. Verás cómo queda bien, fíate de mí.

—¿Cómo sé que puedo fiarme de ti? ¡Si ni siquiera sé tu nombre! —exclamó Hipo algo exasperado.

La chica dibujó por un segundo una mueca de desagrado en su rostro, pero enseguida se recompuso con una sonrisa y tendió su mano.

—Astrid. Astrid Hofferson —se presentó—. ¿Y tú?

—Hi… Hipo, no, perdona, H-Henry Haddock —balbuceó él estúpidamente mientras apretaba su mano.

Astrid se rió.

—¿Hipo?

—Es un apodo —explicó él azorado—. Es un poco tonto.

—A mí me parece adorable —comentó ella alegremente.

De todas las cosas que una chica podía decirle a un chico, «adorable» era lo último que quería escuchar. Deseó que le tragara la tierra, se sentía ridículo estando con una chica tan guapa y era en esas ocasiones cuando le hubiera gustado ser alguien lo bastante extrovertido como para poder flirtear con ella. Sin embargo, él había sido siempre muy tímido, tanto que ni siquiera podía ocultar su nerviosismo o el rubor en sus mejillas. Astrid, en cambio, no parecía molesta por su naturaleza introvertida y cogiendo esta vez de su brazo le obligó a entrar con ella en la tienda para mirar luces de Navidad. La chica cogió la caja de luces que él consideraba más bonitas y seguido le llevó hasta la sección de ornamentos de Navidad donde ella le sugirió un montón de decorados que Hipo sabía que no necesitaba, pero aún así aceptó porque su poder de convencimiento era increíble. Antes de ir a la caja, Astrid cogió la caja del árbol de Navidad con efecto nevado e Hipo la siguió no muy seguro de por qué iba a gastarse una pasta en un árbol y unos decorados que ni siquiera quería. No obstante, cuando la chica dibujó una sonrisa deslumbrante que hizo que sus piernas se sintieran como la gelatina, pasó su muñeca en el datáfono de la caja sin pensárselo dos veces. Cuando salieron de la tienda tan cargados, Hipo se preguntó cómo demonios iba a llegar a su casa con tantas cosas, aunque ese pensamiento pasó a un segundo plano cuando Astrid preguntó:

—¿Te apetece que comamos juntos?

Aquella propuesta le pilló completamente desprevenido. ¿En serio una chica como ella le estaba preguntando a alguien como él para almorzar juntos? Estaba empezando a dudar de la cordura de aquella desconocida, aunque tenía una expresión tan risueña que no se atrevió a negarse. Tampoco es que quisiera hacerlo. Astrid le preguntó qué le apetecía comer e Hipo le propuso el Wagamama que Eret le había sugerido esa mañana. A Astrid le entusiasmó la idea y subieron juntos por las escaleras mecánicas hasta el área de restaurantes. La chica de la entrada alzó una ceja al verles tan cargados, pero al menos tuvo el detalle de situarlos en un sitio donde podía dejar las cosas sin molestar el tránsito de los camareros.

Hipo observó a la chica de reojo mientras estudiaba la carta. Debía ser más o menos de su edad, aunque se le daba tan mal leer a la gente que no pudo sacar más conclusiones que esa. Astrid alzó de repente la mirada e Hipa la desvió con rapidez a la carta sintiendo un intenso calor en sus mejillas.

—¿Te apetece compartir algún entrante? Las gyozas de verduras están buenísimas aquí.

—C-claro —concordó él nervioso.

Sintió su mano en su muñeca e Hipo alzó la mirada desconcertado.

—No tienes razones para ponerte nervioso —le aseguró ella con suavidad.

—Es que no soy de hacer… esto —se explicó fatalmente.

—¿Esto? —preguntó ella ladeando la cabeza.

—Comer con alguien, en general —aclaró él azorado.

El rostro de ella dibujó una expresión que Hipo no comprendió y Astrid reposó su barbilla en su mano.

—Es difícil hacer amigos en una ciudad tan grande —concordó con cierta tristeza—, pero la vida es muy corta, ¿no crees? Yo soy muy directa y a veces puedo resultar un poco borde, pero si veo a alguien que me gusta no lo pienso, ¿sabes?

—¿Yo… te gusto? —preguntó Hipo dubitativo y ella asintió—, ¡pero si no me conoces! Es más, no sé si te acordarás de que esta mañana nos hemos visto en el tren. ¡Estaba seguro de que te había espantado!

Astrid parpadeó sorprendida.

—¿Espantarme por qué?

—No sé, me sonreíste y yo…

—¡Ah! Sí, hiciste una mueca rara con la boca —se mofó ella.

Hipo ocultó su cara tras la carta y ella se carcajeó.

—No es para tanto —le aseguró Astrid sin dejar de reírse.

—Es humillante —dijo él azorado.

—Piensa que si realmente me hubieras espantado no me habría acercado cuando te he visto mirando los árboles de Navidad —insistió Astrid con calidez.

Hipo alzó la mirada asombrado y abrumado por lo cálida y amable que estaba siendo aquella desconocida con él. Le trataba con una familiaridad inusual, casi como si ya le conociera de antes, aunque Hipo estaba seguro que solo la había visto en el tren esa misma mañana.

Se acordaría de haber conocido a alguien como Astrid.

Pidieron un par de entrantes, un bol de ramen picante para Astrid y un Teppanyanki vegetariano para Hipo. Astrid le preguntó sobre su trabajo y, al poco rato, ya había sacado su tablet y le estaba mostrando sus bocetos. Le enseñó un par de las ilustraciones que le había enseñado esta mañana y Astrid los estudió con tal precisión que Hipo se preocupó de que fuera alguien de la competencia.

—Tienes mucho talento —comentó ella.

—Gracias —respondió Hipo azorado—. ¿Tú también te dedicas a esto?

Astrid se quedó callada un segundo.

—¿Por qué lo preguntas?

—Pareces acostumbrada a estudiar ilustraciones —argumentó él sin querer acusarla de nada.

La joven buscó algo en el bolsillo de su chaqueta y sacó una tarjeta con una correa de colores. Se la tendió a Hipo y tuvo que contener un suspiro de alivio al ver que era bibliotecaria. Observó con cierta fascinación que incluso en la foto de su tarjeta de acceso estaba guapa cuando nadie salía bien nunca en ese tipo de fotografías.

—¿Te gusta tu trabajo? —preguntó Hipo con inevitable curiosidad.

—Está bien —contestó ella sacudiendo los hombros—. Siempre hay cosas que hacer y me mantiene ocupada, aunque eso de que te pasas el tiempo leyendo es un mito. Ahora leo menos que nunca.

—Ya lo siento.

—Nada, es lo que hay —replicó Astrid sin perder el buen humor.

Se apartó el flequillo de la cara e Hipo sintió que el alma se le caía al suelo al ver un anillo de oro en su dedo anular.

—¿Estás casada? —preguntó sin poder ocultar la decepción en su voz.

Astrid no parecía sorprendida por su pregunta y miró su mano izquierda un segundo antes de responder:

—Lo estoy —confirmó acariciando su anillo.

—Vaya.

—¿Qué pasa? —preguntó Astrid preocupada.

—No, nada, por un segundo pensé que esto era el típico encuentro de chico conoce chica y que todo es como en una comedia romántica, ¿sabes? —argumentó él—. Me siento un poco idiota ahora, perdona.

—No tienes motivos para sentirte así —le aseguró Astrid—. Que esté casada no significa que no podamos ser amigos, ¿no crees?

Amigos. Supuso que eso era mejor que nada, más teniendo en cuenta que acababa de conocerla, pero había algo en ella que le hacía sentir una extraña sensación en su pecho. Hipo siempre había considerado que necesitaba a alguien extrovertido en su vida, pero Astrid parecía estar en otro nivel. Él no caía bien a la gente, era un hecho probado en sus compañeros trabajos y en su nula vida social. Era demasiado tímido, demasiado torpe y demasiado sensible, rasgos que le habían achacado desde pequeño y que nunca había sabido recomponer. Astrid, sin embargo, no parecía importarle que fuera tan obtuso, que balbuceara de vez en cuando porque estaba abrumado o que fuera incapaz de agarrar los palillos como fuera debido hasta el punto de que Astrid pidió entre risas a un camarero que trajera un tenedor. Por alguna extraña e inexplicable razón, parecía cómoda con su presencia. Se reía ante su seco sarcasmo y escuchaba muy atenta a sus vacilantes anécdotas del trabajo. Sin embargo, respecto a sí misma, no se explayaba demasiado, aunque descubrió que le encantaba la tarta de zanahoria, los días de otoño y el olor a galletas recién horneadas.

Intentó comer lo más despacio posible, consciente de que una vez que terminaran de comer, aquella mujer tan especial e inusual, que había sido capaz de verle aún siendo invisible, desaparecía para siempre para correr a los brazos de su desconocido, pero jodidamente afortunado marido. Sin embargo, cuando Astrid pidió la cuenta, volvió a sorprenderle.

—¿Quieres que demos una vuelta?

—¿No tienes que trabajar? —preguntó él dubitativo.

—Tengo licencia para escaquearme esta tarde —respondió ella sonriente.

Hipo empezaba a preocuparse de que Astrid realmente estuviera intentando seducirle y no le entusiasmaba la idea de que su marido apareciera de repente y le golpeara por el simple hecho de fantasear de que tenía una mínima posibilidad, aunque sólo fuera por mantener su amistad con ella. Astrid ladeó la cabeza preocupada por su silencio.

—¿Estás bien?

—¡Sí! —respondió él con demasiada efusividad—. Es solo que… ¿estás segura de que está bien que tú y yo pasemos el día juntos?

Astrid frunció el ceño.

—¿Por qué lo dices?

—¿Tu marido? —contestó él como si fuera la cosa más evidente del mundo.

La mujer abrió mucho los ojos, como si realmente hubiera olvidado aquel minúsculo pero esencial detalle. Aún así, sonrió y sacudió la mano quitándole importancia al asunto.

—Él lo entenderá.

—¿El qué? —cuestionó Hipo con recelo.

—Que quiero pasar el tiempo contigo —aclaró ella.

—¡Pero si no me conoces! —insistió él algo exasperado—. No soy nadie interesante para…

—¿Para?

Hipo tragó saliva y carraspeó buscando una manera de resumir el escenario que ella claramente se negaba a ver.

—Tú eres un once y yo un cuatro —explicó él.

De repente, Astrid le tiró un trozo de zanahoria que había quedado en su plato. Hipo dio un bote sorprendido cuando golpeó su nariz y cayó sobre su camisa.

—No quiero volver a oír como te descalificas de esta manera —le advirtió ella con voz severa a la vez que se acercaba la camarera con la máquina de registro—. Y solo por eso voy a pagar yo la cuenta y luego vas a tener que invitarme a un café.

Hipo quiso detenerla, pero Astrid ya había pasado su muñeca por el aparato. Sonrió satisfecha consigo misma cuando le vio arrugar la nariz frustrado porque se le había adelantado. Cargaron con la caja del árbol y la bolsa con las luces y los decorados fuera del restaurante hasta la salida del centro comercial. Hipo siguió a Astrid por las calles de la ciudad que parecía conocer como si hubiera crecido entre ellas aunque, cuando Hipo le preguntó si ella era de allí, ella le contestó que solo llevaba un par de años viviendo allí, al igual que él. Quiso preguntarle de dónde era cuando llegaron a la que, según Astrid, era la mejor cafetería de toda la ciudad. Parecía sacada de aquellas películas clásicas del finales del siglo XX y de inicios del XXI, pero Hipo no pudo negar que, por una vez, la tecnología no superaba el método tradicional de la elaboración de café. A medida que la conversación con Astrid avanzaba, Hipo iba sintiéndose más cómodo y más suelto.

Era fácil hablar con Astrid.

Era fácil hablar con cualquiera que te hacía ver que estaba a gusto con tu presencia.

—¿No piensas que somos esclavos del sistema? —se atrevió a preguntar cuando iban por el tercer café.

La joven estrechó los ojos.

—¿Esclavos del sistema? —repitió ella con una expresión que no denotaba confusión, sino curiosidad.

—A veces siento que vivo encerrado el mismo día una y otra y otra vez —levantó su brazo izquierdo—. Estos chips que tenemos en la muñeca controlan cada uno de nuestros movimientos: cuando nos vamos de casa, cuando entramos y salimos de casa, lo que compramos y cualquier cosa que hagamos a lo largo de nuestro día.

—El sistema no te limita la actividad —comentó Astrid.

—Pero la controla —replicó Hipo—. Si yo decido que a partir de esta noche no pasar mi muñeca por ninguna registradora, la policía se presentará en mi casa y me detendrá si en veinticuatro horas no doy señales de vida.

Astrid dio un sorbo a su café.

—En realidad, no es así del todo —matizó ella con suavidad—. La policía sólo aparece si los funcionarios y los médicos no te encuentran antes. A ellos interesa que estés vivo, la policía sólo si te revelas o estás muerto.

—Hablas como si estuvieras familiarizada con el sistema —dijo él sorprendido.

Astrid no respondió, es más, su mirada se nubló de repente, aunque fue solo durante unos segundos antes de decir:

—A mi marido le ha dado por saltarse el sistema más de una vez, pero sólo porque es un despistado o un rebelde sin causa.

La sonrisa que Astrid dibujó le dejó casi sin aire. ¿Cuántas veces había soñado que alguien sonriera así cada vez que pensaba en él? Era indudablemente la sonrisa de una mujer enamorada. Sin embargo, se apreciaba cierta tristeza en su expresión, aunque Hipo no supo adivinar por qué. ¿Estaría su marido muerto? Dudaba mucho que de estarlo le hubiera dicho que estaba casada, pero no negaba que todo aquello empezaba a ser muy raro. Quizás su marido estaba fuera por trabajo y ella se sintiera algo sola.

¡Quién sabía!

—Oye, ¿y si vamos a tu casa a colocar el árbol? —propuso Astrid alegremente.

Hipo abrió la boca, atónito por su propuesta. ¿Estaba hablando en serio?

—¿No te apetece? —preguntó ella sin poder ocultar la decepción en su voz.

—No, digo, ¡sí! ¿pero realmente crees que es adecuado? —dijo Hipo titubeante.

—¿Por qué no iba a serlo?

—Astrid, me has conocido hoy y tú estás casada, ¿qué pensará tu marido si se entera que has ido a casa de un desconocido a poner un árbol de Navidad?

—Probablemente se reirá de mí —respondió ella—. Y dirá lo absurda que soy por querer despertar el espíritu navideño que claramente te falta.

—¿A tu marido no le gusta la Navidad? —cuestionó él sorprendido.

—Es el maldito Grinch, pero me aguanta porque me quiere —bromeó Astrid—. ¿Y bien? ¿Vamos entonces?

Astrid no era el tipo de personas que aceptaran un no como respuesta. Tras pagar los seis cafés que se había tomado entre los dos, salieron cargados con el árbol y los decorados a la calle. Hipo no se había dado cuenta de lo corta que se le estaba haciendo la tarde hasta que vio que ya era de noche y las calles ya estaban cubiertas de nieve. Corrieron hasta la estación, aunque Hipo se resbaló un par de veces, cayendo de culo al suelo y causando que Astrid llorara de la risa cuando, en un intento de ayudarle a levantarse, ella cayó sobre él.

Entraron en el tren jadeantes, cubiertos de nieve y aún incapaces de parar de reírse. Se sentaron en dos asientos reclinables con las miradas juiciosas del resto de pasajeros puestos en ellos. Hipo solía odiar ser el centro de atención, pero por una vez le dio igual. La visión de una Astrid con la trenza medio deshecha bajo su gorro de lana, las mejillas sonrojadas por el cambio de temperatura de la calle al tren y sus carcajadas sofocadas por la carrera que se acaban de meter no podían ser más bellas e imperfectas.

¿Por qué tenía que estar casada?, se lamentó Hipo una vez más.

Para una vez que alguien le había mirado más allá de su timidez, va y se encuentra con que está con otro que seguramente le daba veinte vueltas y media.

Aún se preguntaba cómo una chica como ella podía ver a alguien como él entre tanta multitud.

—¿Cómo es? —preguntó Hipo.

Astrid alzó la mirada arqueando las cejas.

—¿Quién?

—Tu marido —aclaró él.

La chica sostuvo su mirada durante unos segundos.

—¿Por qué quieres saberlo?

—Simple curiosidad —aclaró él, aunque Astrid claramente no estaba conforme con esa respuesta—. Acaricias mucho tu anillo y es evidente que estás muy enamorada de él.

—Nada que no sepas ya —le recordó ella.

—¿Y no resulta extraño que prefieras ir a casa de un extraño que a la tuya con tu marido?

—Mi marido no está —respondió Astrid con aire ausente—. Está de viaje.

—¡Ah! ¿Y adónde ha ido?

—Adonde yo no puedo seguirle —contestó enigmáticamente.

Sus preciosos ojos azules se nublaron por un halo de tristeza que encogió su propio corazón. Hipo quiso coger de su mano y decirle que todo estaría bien, pero Astrid se le adelantó y apoyó su cabeza contra su hombro. Se obligó a sí mismo a calmarse y rezar porque Astrid no detectara que su corazón estaba desbocado. Intentó concentrarse en cómo su cabello le hacía cosquillas en la nariz y en el olor del champú de rosas que debía usar para lavárselo. Su mano se sentía caliente contra la suya y su piel estaba estaba tan reseca que tenía los nudillos llenos de sabañones, probablemente por el frío que les azotaba esos días.

Debería llevar guantes, pensó irracionalmente.

Se llevó su mano libre a su ojo y se lo acarició al sentir una punzada de dolor tras él. Solía tener dolores de cabeza cuando estaba cansado o cuando comía poco, pero resultaba extraño que tuviera molestias habiendo tenido medio día libre y pasarlo con una desconocida tan única y especial como Astrid.

—¿Estás bien?

La chica había levantado la cabeza de su hombro con gesto preocupado. Su sangre subió a sus mejillas por la vergüenza que le invadió de repente, aunque Astrid no pareció darle importancia. Hizo un amago de querer acariciar su cara, pero pareció cambiar de opinión en el último segundo y se contuvo.

—¿Te duele la cabeza? —preguntó intranquila.

—No es nada —se apresuró a responder Hipo con una sonrisa—. Se me pasan enseguida.

Astrid no parecía convencida con su respuesta e Hipo la notó algo tensa el resto del viaje. Sin embargo, su sonrisa volvió a ensancharse cuando bajaron del tren y, aunque tomó la delantera como si supiera el camino, enseguida se detuvo y dijo:

—Tendrás que guiarme, no tengo ni idea de dónde está tu casa.

—Por un segundo pensé que sí —bromeó Hipo, aunque la risa de Astrid sonó algo forzada.

El camino hasta su casa no era largo. Su pueblo era la típica ciudad dormitorio que se encontraba cerca de una metrópoli y era el típico sitio en el que cualquier lugar quedaba cerca. A Hipo siempre le había gustado caminar y, pese a estar un poco harto de cargar con la caja del condenado árbol de Navidad, disfrutó del paseo con Astrid, quien exclamaba de lo bonitas que le parecían las luces que su pueblo había puesto para decorar. Por los altavoces instalados en las farolas sonaba una suave melodía navideña que le resultó mucho menos molesta que los villancicos que había escuchado en el centro comercial. De vez en cuando, Hipo miraba a Astrid de reojo. La chica parecía algo ausente, aunque tan pronto se percató que la estaba observando volvía a forzar una sonrisa.

—¿Queda mucho? —preguntó a la tercera vez que le pilló.

—No, dos minutos y estamos.

Hipo vivía en un bloque de apartamentos de treinta plantas. No eran malos pisos en comparación a los de la ciudad que eran más antiguos y más pequeños que el que contaba él. Pese a no ser tampoco especialmente grande, contaba con una cocina abierta a un salón mediano y su habitación, que estaba pensada para dos personas, resultaba enorme para un único habitante. Además, en su ducha podía caber dos perfectamente, aunque no es que tuviera planes para compartirlo con nadie. Tras pasar sus muñecas por la máquina de registro, subieron por el ascensor hasta la planta veintidós y caminaron por el corredor hasta alcanzar el número 225.

Hipo permitió que Astrid entrara primero y la chica estudió en silencio el apartamento, aunque parecía moverse como pez en el agua. Dejó la bolsa de los decorados sobre la mesa del comedor y se quitó la chaqueta para dejarla sobre una silla. Hipo recordó entonces que cayó que le resultaba familiar porque había tenido muy parecido en el instituto, aunque era un tanto estúpido comentar algo como eso.

—¿Quieres beber algo? —preguntó Hipo dejando el árbol junto a la isla de la cocina y dirigiéndose a la nevera—. No tengo mucho que ofrecer, pero puede que te apetezca un…

—Chocolate —le cortó ella.

Hipo frunció el ceño.

—¿Chocolate?

—Calentito y con muchas nubes si es posible —le pidió ella sentándose en la banqueta de la isla.

—No sé si tendré, espera un segundo que…

Efectivamente, tenía un bote de chocolate sin abrir en el armario. Se aseguró de mirar la fecha de caducidad antes de quitar el cierre de plástico y sacó una cazuela para poner leche a calentar. Hipo no era especialmente goloso, si había postre siempre pedía un solo sin azúcar y siempre prefería lo salado y amargo a lo dulce. Sin embargo, tenía recuerdo de aquella receta de chocolate caliente que su vecina preparaba durante los fríos inviernos de Mema. Era dulce con un punto picante que resultaba agradable y divertido a la lengua. Hipo la preparó tal y como la recordaba y sirvió una taza a Astrid con un montón de nubecitas como ella le había pedido. Se sirvió otra taza para él y bebieron juntos en un silencio que resultaba cómodo y reconfortante. Hipo contuvo la respiración cuando Astrid se limpió los rastros de chocolate de sus labios con su lengua y, por un momento, parecía que hacía demasiado calor.

—Está delicioso, Hipo —le felicitó Astrid con suavidad y revolviendo las nubecitas en el chocolate con la cuchara—. Es tal y como debe ser un buen chocolate.

—Muchas gracias, me lo enseñó mi vecina cuando era pequeño.

Astrid levantó la mirada, repentinamente interesada.

—¿Tu vecina? Qué curioso, ¿no?

—Pues la verdad es que sí, solía ir mucho a su casa cuando era niño —explicó Hipo intentando hacer memoria y volvió a sentir una ligera molestia tras su ojo—. Aunque no sé si tiene mucho sentido que fuera tanto si…

Se quedó en silencio, aunque no fue por la molestia tras su ojo. Había algo que no encajaba: no recordaba porque iba tanto a casa de su vecina. Tenía un perro, un bonito labrador super mimoso que le lamía la cara cada vez que aparecía, pero no estaba seguro que fuera sólo por eso.

—Oye —cortó ella sus pensamientos con brusquedad dando un salto de su banqueta—. ¿Ponemos el árbol?

—Está bien —respondió él con aire distraído.

Hipo nunca pensó que montar un árbol supusiera un proyecto de ingeniería avanzado. Para empezar, las instrucciones venían en chino y el dibujo del árbol no coincidía con el modelo que habían comprado. Tras media hora con Astrid tronchándose de risa por sus quejas y su frustración mientras intentaba descifrar por dónde debían ir las ramas de plástico según el tamaño de las mismas consiguieron por fin montar el dichoso árbol.

—Dios mío —dijo Astrid llevándose las manos a la boca—. Es el árbol más feo que he visto en mi vida

Una abominación de la Navidad.

—¿Feo dices? Es una abominación entre los árboles de Navidad de plástico jamás fabricados —comentó Hipo parpadeando para quitar la nube que estaba molestando su ojo derecho y sonrió—. Es perfecto.

Astrid soltó una carcajada y apretó amistosamente su brazo.

—Sólo tú puedes decir eso —dijo ella antes de coger la bolsa con los decorados.

Hipo se sintió algo confundido por aquel último comentario. Aunque era evidente que había mucha química entre los dos, dudaba que Astrid le conociera lo suficiente como para soltar algo como eso. El dolor volvió a azotar tras sus ojos y se vio obligado a sentarse en el sofá cuando empezó a sentirse mareado. A los poco segundos, sintió una mano en su hombro y escuchó la voz preocupada de Astrid:

—¿Estás bien? ¿Te duele mucho la cabeza?

—Tranquila, se me pasará, es solo que…

Hipo no pudo acabar la frase porque le entró una náusea bastante fuerte.

—¿Tienes paracetamol o algo por el estilo? —preguntó ella angustiada.

—En el mueble alto del baño.

—Túmbate, vengo ahora —le pidió ella.

Hipo quería morirse. ¡Para una amiga que hace y va y le da un migraña! Sin lugar a dudas, era el tipo más desafortunado que había sobre la faz de la tierra. Escuchó el grifo abrirse y poco después Astrid se arrodilló a su lado con una pastilla y un vaso de agua. Hipo estaba tan acostumbrado a tomar sus vitaminas que realmente no necesitaba beber nada, pero aceptó el agua con gusto.

—¿Quieres que me vaya? —preguntó ella con suavidad.

—¡No! —respondió Hipo en un tono tan alto que el propio eco de su voz resonó dentro de su cabeza—. No te vayas, se me pasará enseguida.

—Está bien —dijo Astrid algo afligida.

Sintió a la chica moverse a su lado, aunque Hipo estaba tan molesto por el dolor que no le prestó mucho atención hasta que sintió algo frío sobre sus ojos.

—¿Qué…?

Astrid posó los dedos sobre sus labios para silenciarlos.

—El frío te hará bien —explicó ella—. El paracetamol te hará efecto enseguida.

Y tenía toda la razón, al poco rato el dolor había desaparecido y, aún viéndose un poco descoordinado sobre sus propios pies, ya no se sentía mareado. Astrid parecía muy aliviada al verlo mucho mejor y sonrió con dulzura cuando se incorporó para sentarse. Observó el árbol que habían colocado junto a la ventana. ¡Qué feo era el jodido! Era tan feo como el de…

Hipo abrió mucho los ojos.

¿Tan feo como cual?

—¿Hipo?

—Tengo… Tengo que ir al baño un momento, será solo un segundo —dijo Hipo con voz entrecortada—. Vete sacando los decorados.

Astrid le preguntó si todo estaba bien, pero Hipo cerró la puerta de su dormitorio tras él. Tenía la sensación de que su cabeza trabajaba a doscientos por hora, buscando huecos que no terminaban de encajar. Se desabrochó un par de botones de su camisa al sentirse que se ahogaba y pensó que lo mejor sería abrir la ventana para que le entrara un poco de aire. El aire helado de la noche golpeó su cara como pequeñas cuchillas y el viento levantó violentamente sus cortinas y tiró un marco que tenía sobre la cómoda. Escuchó a Astrid golpear a la puerta, pero Hipo no respondió. Se acercó a recoger el marco y observó la imagen bajo el cristal roto.

Era la foto de su graduación del instituto con sus padres.

Su madre salía radiante vestida con un traje verde lima que se había comprado especialmente para la ocasión mientras que su padre le rodeaba sus hombros henchido de orgullo de que su hijo se hubiera graduado para irse derecho a la universidad. Hipo estaba riéndose en la foto, pero no recordaba la razón por la que…

Hipo, ya sé que odias las fotos, pero relájate. Se han visto muertos más sonrientes que tú.

Alguien había dicho eso y le había entrado un ataque de risa, pero… ¿quién? El marco resbaló de entre sus dedos y cayó sobre la alfombra que tenía justo al lado de la cama. Escuchó a Astrid golpear la puerta, esta vez con más fuerza, y cayó que había puesto el pestillo sin darse cuenta. Sin embargo, no lo abrió, se fue directamente al baño para lavarse la cara.

Recordó a la vecina.

No recordaba su apellido, pero se llamaba Amelia. Una señora muy amable, siempre sonriente que preparaba el mejor chocolate caliente que había probado nunca. Vivía con su marido Finn, pero era del ejército y rara vez se encontraba en casa. La mujer había muerto cuando él tenía quince años. Una embolia mientras dormía que había sido imposible de detectar. No está muy seguro de por qué recuerda tan bien a esa mujer y por qué iba tanto a su casa. No era solo por el perro, había algo más… Su muerte supuso un cambio significativo en su vida, pero… ¿qué? ¿por qué? ¡Sólo era su vecina!

—¡Hipo, por favor, ábreme! —le suplicó Astrid desde el otro lado de la puerta.

Había algo que echaba tanto de menos que hacía que le doliera el pecho, pero no sabía qué era.

Se acarició inconscientemente el dedo anular de su mano izquierda y arrugó el gesto al no comprender por qué había hecho eso.

Faltaba algo… ¿verdad?

Se acercó al sinfonier de su cuarto y abrió el primer cajón, donde se encontraba su ropa interior. En el siguiente, se encontró sus calcetines y, en el otro, estaban sus camisetas. Abrió el siguiente cajón y soltó un jadeo cuando se encontró con ropa interior de mujer ahí metido. Lo cerró con violencia y abrió el siguiente para encontrarse con calcetines de una talla que claramente no era la suya. Fue abrir el último, pero estaba atrancado e Hipo cayó que era uno de esos cajones que se abrían con imanes.

—¡Hipo, abre la puta puerta! —advirtió Astrid sin poder ocultar la histeria en su voz.

Trucar esos cajones era relativamente fácil, sólo había que golpear en el sitio adecuado y… ¡voilà! ¡Cajón abierto! Había un álbum de fotos, una carpeta bastante gorda con el logotipo de la Seguridad Social y una cajita negra. Hipo cogió la carpeta y se encontró con un expediente médico que resultó ser el suyo. Habían recogidas pruebas fechadas desde hacía cuatro años: analíticas, escáneres craneales, resonancias, resultados de biopsias y un fichero con un diagnóstico que no comprendió, pero sí que reconoció. Negando con la cabeza, tiró la carpeta al suelo como si quemara y miró de nuevo hacia el cajón.

No se atrevía a coger el álbum.

Acumula aquí las fotos que cuenten toda nuestra historia. Nunca se sabe si lo vas a necesitar.

Hipo, no…

Tú hazlo, As, por favor.

Hipo sintió que su cerebro se retorcía tras sus ojos, pero sacudió la cabeza para alcanzar la caja negra. Dentro había un anillo de oro, sin ninguna clase de ornamento, que por su tamaño no aparentaba pertenecer a ninguna mujer, sino a un hombre. Hipo lo sacó de la caja con tanta delicadeza por temor a romperlo y forzó los ojos para leer la inscripción que tenía dentro:

H & A. 25 de diciembre de 2115.

¿No es un poco demasiado casarnos en Navidad?, había preguntado Hipo.

¿Cuándo mejor que casarnos en mi fiesta favorita del año?

Tú lo que quieres es una boda temática con la fiesta que más detesto del año, le había acusado él.

Ella se rió.

Piensa todo el chocolate que podremos comer ese día sin que nadie nos acuse de nada.

Hipo se puso el anillo. Por supuesto, le quedaba a la perfección. Siempre lo había hecho. Él jamás había sabido su talla de dedos, pero ella… Astrid… siempre lo supo. Lo sabía todo sobre él, desde que eran dos niños que vivían uno al lado del otro y se habían jurado amistad eterna. Escuchó la voz suplicante de Astrid y se levantó de un salto para abrirla. Se encontró con sus hermosos ojos azules hinchados y húmedos por la angustia que él le estaba haciendo pasar. Hipo no se lo pensó dos veces y la envolvió entre sus brazos con tanta fuerza que estaba seguro que la dejaría sin aire.

—¿Hipo…? —preguntó ella desconcertada contra su pecho.

—¿Desde cuándo?

Astrid rompió el abrazo para mirarle a los ojos y se llevó las manos a la boca para ahogar un sollozo, aunque no pudo retener más las lágrimas. Hipo sintió que sus mejillas se humedecían por las suyas.

—¿Desde cuándo no te recuerdo, As? —volvió a preguntar él.

—Desde agosto —respondió ella con un hilo de voz.

—¡No! —gritó él antes de romper a llorar en sus brazos.

Al principio, fueron pequeños despistes, nada sin importancia. Astrid le había comprado una camisa en específico para una cena que tenían con su tío e Hipo se había puesto otra en su lugar. Cuando Astrid le preguntó algo molesta la razón por la que no se había puesto la que había comprado, Hipo la miró sin comprender:

—No me has comprado ninguna camisa.

—Hipo, te la has probado esta misma mañana, ¡me dijiste que te gustaba el tacto de la tela!

No fue hasta que Astrid le mostró la camisa cuando pareció recordarlo todo de repente y se cambió la ropa muy azorado. Otras veces, olvidaba las cosas que ella le había pedido que comprara en el supermercado o no pasaba por la tintorería a recoger un vestido que se le había manchado con vino, o no se presentaba a buscarla al trabajo cuando salía tarde. Por no mencionar, que cuando cocinaba, se despistaba y hacía coliflor cuando sabía lo muchísimo que lo odiaba e incluso llegó a prepararle un sándwich de crema de cacahuete con mermelada aún sabiendo que ella era alérgica a los cacahuetes. El enfado de Astrid se iba acrecentando por sus despistes, pero entonces sucedió lo que jamás se hubiera esperado que pudiera pasar.

Había salido un poco antes de trabajar y se había acercado al centro para hacer un par de recados cuando se lo encontró en la misma calle. Astrid sonrió según verle, pero Hipo cruzó fugazmente una mirada con ella antes de seguir su camino sin ni siquiera saludarla. Aquello la enfadó tanto que cogió de su brazo para pedirle explicaciones de su mierda de comportamiento cuando se asustó por la forma en la que la miró.

Como si no la conociera de nada.

Aquello duró solo tres segundos, dado que Hipo pareció volver en sí seguida, pero fue suficiente para convencer a Astrid de que tenían que ir al hospital. Tras dos semanas de pruebas y espera, el neurólogo les dio un diagnóstico. La enfermedad en sí tenía un nombre científico complicado de pronunciar, pero con el tiempo se ganaría el nombre de la Enfermedad del Amor Perdido. Un nombre ridículo, señalaría Astrid después, pero Hipo sabía que no existía un título más literal para lo que le estaba pasando. Al parecer, el cerebro de Hipo estaba trabajando para borrar los recuerdos de la persona que más estímulos despertaban en él. En su caso se trataba indudablemente de Astrid, pero se habían detectado casos de padres que olvidaban a uno de sus hijos o niños que no recordaban quién era su madre. Hipo había empezado olvidando cosas pequeñas como conversaciones, detalles que había conocido desde siempre o momentos compartidos con ella, pero la cosa iría a más, hasta tal punto que habría un momento que ya no reconocería a Astrid y sería incapaz de albergar recuerdos de ella. Cuando preguntaron por un tratamiento al respecto, el médico sencillamente sacudió la cabeza y dijo:

—Me temo que no existe cura o nada que pueda ralentizar el proceso.

—¿Qué quiere decirme con eso? —reclamó Hipo alterado—. ¿Cuándo voy a olvidarme del todo de…?

Se quedó callado mirando a la mujer que tenía al lado. ¿Cómo se llamaba otra vez? Tenía su nombre en la punta de la lengua, pero…

—Dios mío —suspiró Astrid horrorizada al ver que no conseguía recordar su nombre.

—Como ya les digo, esto es progresivo. Es muy probable que tenga momentos de lucidez en el que recuerde a su mujer, señor Haddock, pero ambos tienen que concienciarse de que su cerebro terminará borrando cualquier rastro de su esposa hasta que no la recuerde del todo. Aún viéndola de nuevo, volverá a olvidarla.

—¡¿Y cómo no puede haber tratamiento ante una enfermedad tan horrible?! —reclamó Astrid histérica.

—Porque nadie ha sido capaz todavía de determinar de dónde proviene —respondió el neurólogo sin perder la calma—. Esta enfermedad es el nuevo cáncer del siglo XXII y se pronostica que afectará al 2% de la población. Es la herencia que nos queda a todo el apocalipsis vivido en el último siglo. Tras la tempestad, llega la calma, pero nadie esperaba que tras todos los avances de la ciencia pudiera llegar una enfermedad que eliminase los recuerdos de aquella persona que más quieres, hasta el punto de que parte de tu persona se transforma.

—¿Cómo que se transforma? —cuestionó Hipo sin comprender.

—Señor Haddock, usted dejará de ser quién es y pasará a convertirse en quién pudo haber sido de no haber conocido a su mujer —respondió el médico.

—¡Se está quedando con nosotros! —chilló Astrid con voz rota—. Osea, ¿no solo me va a recordar sino que ni siquiera va a ser él mismo?

—Lo siento de verdad, quizás deberíamos hablar del programa que el Gobierno ha preparado para…

Hipo no escuchó el resto de la explicación y no dijo ni una sola palabra hasta que volvieron a casa. Su vida ya no iba a ser la misma, es más, no solo Astrid iba a desaparecer de su vida, sino su propia persona también. ¡Su mujer le había ayudado de tantas maneras! Desde muy pequeño había sido tan tímido que no había conseguido formular una frase entera hasta que cumplió tres años. Conocer a Astrid desde tan pequeño supuso que no solo ella era el prisma central de su existencia, sino que además le había ayudado a perder el miedo al resto del mundo, porque ella siempre había estado allí.

Siempre.

Y ahora lo iba a perder todo.

—Voy a entrar en el programa del Gobierno —anunció Hipo una semana después de la visita al neurólogo.

Estaban cenando sushi que habían pedido a domicilio, aunque apenas habían probado bocado y Astrid estaba jugando con el arroz de un trozo de nigiri.

—Tú no te vas a ninguna parte —le amenazó ella de mala gana.

—Astrid…

—Hipo, no pienso dejar que te vayas a una ciudad construida especialmente para personas que sufren tu enfermedad y te implanten un puto microchip en la muñeca para que controlen todos tus movimientos. ¡No! ¡Ni hablar! ¡No pienso permitir que mi marido…!

—Quiero el divorcio —le cortó Hipo.

Pronunciar aquello en voz alta fue como si hubiera cogido un cuchillo y se hubiera desgarrado el pecho para arrancarse directamente el corazón. Astrid se quedó muy pálida, con los ojos vidriosos, y con la boca entreabierta, aunque durante dos largos minutos no pronunció ni una sola palabra. Sin embargo, al poco rato pareció volver en sí e Hipo sintió un nudo en la garganta al leer la ira en su mirada.

—Te vas a quedar con las ganas, porque no pienso acceder —le advirtió ella.

—Astrid, no…

Su mujer golpeó la mesa con tanta fuerza que el tarro de la salsa de soja se volcó sobre la mesa.

—¡No voy a separarme de ti, Hipo! ¡No voy a dejar que me apartes ahora que es cuando más me necesitas!

—¡No te voy a recordar, Astrid! ¿No lo ves? ¡¿Qué sentido tiene que te ates a una persona que no te va a recordar?!

Hipo arrastró su silla hacia atrás y salió de la cocina a toda prisa. Se llevó las manos a la cara, incapaz de contener sus ganas de llorar. Le dio una patada al sofá, pero se hizo daño en el pie, aunque ello no impidió que golpeara seguido la pared, dejando la marca y el rastro de la sangre de sus nudillos en la misma. Se dejó caer sobre sus rodillas y se abrazó a sí mismo, sin saber muy bien cómo iba a poder soportar todo aquello.

En realidad, estaba siendo un egoísta, porque él no se daría cuenta de nada.

Astrid iba a ser la que sufriría todas las consecuencias.

Astrid tendría que soportar que cada vez que la mirara no la iba a reconocer.

No podía… ¡No podía! ¡Era demasiado horrible para soportarlo! Era mejor dejarle ir, dejar que él se sumergiera dentro de una existencia vacía de la que ni él mismo sería consciente, en la que ni siquiera sabría que él ya no era él mismo, sino un espejismo de lo que hubiera sido de no haber conocido a Astrid.

—Hipo —su mujer estaba arrodillada a su lado, abrazándolo por la espalda y con la mejilla apoyada contra su hombro—. Dime, si yo fuera la que olvidara, ¿me dejarías marchar?

Hipo alzó la cabeza para buscar su mirada cálida y llena de amor. Tragó saliva, muy consciente de cuál era su respuesta.

—No.

—Entonces está decidido. Si consideras que es mejor entrar en el programa, me mudaré contigo —Astrid cogió de su mano con delicadeza, observando las heridas abiertas de su dorso—. Yo recordaré por los dos. No pienso permitir que desaparezcas, ni tú ni nosotros. Me quedaré contigo pase lo que pase.

Para Hipo era muy difícil recordar lo que vino después. Su mente era ahora como un mar tormentoso, donde sus recuerdos de su yo enfermo se mezclaban con su yo lúcido. Hipo había alcanzado casi la fase final de la enfermedad en la que ahora resultaba rara la vez en la que recordaba a Astrid. Al principio habían sido días, después semanas y ahora eran meses. Astrid vivía con él, pero no siempre conseguía quedarse a dormir allí. Cada día era un reseteo para su mente, si Hipo se había cruzado con ella o la había conocido por primera vez, al día siguiente la olvidaba por completo. El gobierno les había dado dos apartamentos, uno en el que Hipo pudiera estar sumergido en su rutina y otro en el que Astrid podría vivir los días en los que o bien no conseguía que la recordara o conquistarle con el primer encuentro o cuando estaba demasiado cansada como para formar parte de un nuevo reseteo.

Buscaron trabajos adecuados para cada uno y, desde hacía dos años, vivían sumergidos en aquella ciudad creada para otros como él, en el que todo era inputs fáciles de sobrellevar y estaban adaptados para que sus cerebros no sufrieran demasiado estrés. Su vida era perfecta y vacía, pero fácil, donde la medicación se hacía pasar por vitaminas recomendadas por los médicos y su trabajo estaba adaptado para que él estuviera relajado y contento. Eret era quien monitorizaba su actividad cuando no estaba Astrid y también estaba al cargo de otros de sus compañeros de su trabajo que estaban en una situación similar a la suya.

Sin embargo, recordar cada vez era más y más doloroso. Los dolores de cabeza eran cada vez más frecuentes, pero nada se comparaba a la frustración y la angustia que le evocaba cada vez que recordaba a Astrid. Su mujer le consolaba como buenamente podía, esforzándose por no desmoronarse ante él, pero Hipo sabía que si ella estaba sobrellevando la situación se debía a los tratamientos que los "olvidados" seguían por prescripción de un psiquiatra.

¡Qué existencia más horrible le estaba obligando a vivir!

—Hipo.

Astrid rompió el abrazo y limpió sus lágrimas con sus pulgares. Le regaló una sonrisa cansada, pero tan cálida que podía descongelar lo poco que quedaba del Ártico.

—Tenemos esta noche, ¿qué quieres que hagamos? —le preguntó su mujer con suavidad.

Cientos de cosas, ¡no! ¡Miles! Sin embargo, disponían de tan poco tiempo… ¿Quién sabe cuánto tiempo tardaría Hipo en volver a recordarla? Observó el árbol de Navidad, tan feo y desnudo sin sus decoradores, y sonrió.

—Habrá que decorar ese árbol, ¿no? Hagamos que pase de abominación y simplemente feucho.

Astrid alzó las cejas, pero terminó riéndose.

—Está bien.

Entre los dos, colocaron las luces y decoraron el árbol de arriba abajo. El resultado fue que el árbol, además de feo, estaba muy sobrecargado con tanta luz y decorados, pero Hipo dudó que hubiera un árbol mejor para ellos en el mundo. Astrid enredó sus dedos entre los suyos e Hipo se alegró de recordar lo que solía venir después de ese gesto. Sus labios sabían a galletas y café y, aún teniendo la mente llena de lagunas, sus manos recordaban por dónde debían explorar para llevarla al clímax. Hacer el amor a Astrid era algo intuitivo, algo inherente en él, ella se lo había dicho más de una vez. No importaba que su mente no la recordara, su cuerpo estaba siempre en conexión con el suyo.

Cerca de la madrugada, ambos se encontraban tumbados en la cama desnudos, observándose el uno al otro iluminados por la tenue luz de la mesita y las luces de colores del árbol que entraban desde el salón. Astrid dibujaba con sus dedos patrones sobre sus pecas e Hipo paseaba su mano por su cuerpo con lentitud, palpando cada lunar que su traicionera mente había borrado. Soltó un bostezo y miró al reloj de la mesilla, eran cerca de las cuatro de la mañana y el sueño y el leve dolor de cabeza causaban que le pesaran los ojos.

—Tienes que dormirte —dijo ella con suavidad.

—No —respondió él—. Aún no.

Besó su clavícula y subió sus besos hasta su mandíbula y después sus labios. Si no estuviera tan cansado, volvería a hacerle el amor, pero su cuerpo no parecía tener energía para más actividad por esa noche. No quería dormirse, porque una vez que lo hiciera, él y el recuerdo de ella desaparecían de su mente y no estaba seguro de cuándo iban a regresar.

Si es que lo hacía.

—Háblame de lo que haremos en Navidad —le pidió él—. ¿Has pensado algo especial por nuestro aniversario?

Ella sonrió.

—Lo tengo todo planeado, pero es una sorpresa —le respondió.

Hipo alzó una ceja.

—No creo que vaya a recordarlo.

Un halo de tristeza cubrió los ojos de su esposa e Hipo la apretó contra él.

—¿Puedo persuadirte para que…?

—Di la palabra «divorcio» y te reviento aquí mismo, Haddock —le amenazó Astrid muy seria.

No lo dudaba.

Hipo se lo pedía siempre y la respuesta de su mujer siempre era la misma.

—¿Me harías un favor? —le pidió él.

—¿Cual?

—El día de Navidad no dejes que nos quedemos en casa, llévame a hacer algo que no hayamos hecho nunca.

Astrid sonrió.

—¿Cómo qué?

—Lo que tú quieras. Tienes licencia para hacer lo que te venga en gana y, si hace falta, me llevas arrastras.

Su mujer se carcajeó.

—Nunca hemos ido a patinar sobre hielo —comentó ella—. Probablemente me digas que no.

—A estas alturas tú y yo sabemos que nunca puedo negarte nada.

Astrid acomodó su cabeza en el hueco de su cuello.

—Ni yo tampoco —le aseguró ella.

El sueño empezó a apoderarse de él y apenas podía mantener los ojos abiertos.

—¿As? —la llamó en un susurro.

—¿Si?

—¿Estarás aquí por la mañana?

Su esposa no respondió.

—Astrid…

—Yo siempre estaré aquí, Hipo —le prometió Astrid posando su mano contra su pecho—. Ahora y siempre.

—Ahora y siempre —murmuró él somnoliento.

Cayó en un profundo sueño en el que fue envuelto poco a poco por la oscuridad hasta que su despertador le despertó a las seis de la mañana, aunque gruñó al recordar que estaba de vacaciones y se le había olvidado apagar el reloj. Como venía siendo costumbre, sintió una ligera molestia tras su ojo derecho. Alguien normal se hubiera alarmado por sufrir dicho dolor a diario, pero Hipo no había querido darle más importancia de la que se merecía, sobre todo porque para cuando se metía a la ducha ya había desaparecido. Una vez duchado, se vistió y se dispuso a hacer la cama cuando observó que, como siempre, estaba muy revuelta. Debía ser un durmiente terrible de todo lo que tenía que moverse mientras dormía. ¡Menos mal que dormía solo!

Cuando salió de su dormitorio se asustó al encontrarse con el árbol de Navidad iluminado con luces de colores y con demasiados decorados. ¿Cuándo…? ¡Ah, sí! Puede que lo hubiera decorado en la madrugada, aunque puede que...

El sonido del timbre le dio tal susto que tuvo que llevarse la mano al corazón para calmarse.

¿Quién podía ser tan temprano?

Abrió la puerta para encontrarse con la mujer más guapa que había visto jamás. Alta, rubia y de ojos azules, la desconocida le regaló una sonrisa que le quitó el aliento.

—¡Hola! Soy tu nueva vecina, Astrid Hofferson, vivo en el 227 —se apoyó contra el marco de la puerta—. Eres Henry, ¿no? Perdona que te moleste a esta hora, pero las paredes son de papel y llevo un buen rato despierta.

—¿Cómo… cómo sabes mi nombre?

—Miré en el buzón —respondió ella sin perder la sonrisa—. Oye, soy nueva por aquí y me preguntaba si te apetecía que desayunáramos juntos.

Hipo abrió la boca, algo azorado y desconcertado por la extraña situación.

—No sé si…

—¡Por favor! —le pidió Astrid haciendo un puchero encantador—. No tengo amigos aquí y es un alivio saber que mi vecino es un chico guapo y no un aburrido hombre divorciado de mediana edad.

Hipo sintió las orejas arder porque una chica como aquella le llamara guapo. ¿Podría ser ese su día de suerte? Él tampoco tenía amigos y podía disfrutar de la compañía de Astrid hasta que se diera cuenta que no valía ni para vender un peine.

—Voy a por mi chaqueta, ¿me esperas un segundo? —le pidió él cortésmente.

La mujer asintió e Hipo entró demasiado rápido como para escuchar el pequeño murmullo que salió de los labios de su desconocida vecina. Una promesa que había escuchado y formulado tantas veces y olvidaría otras tantas:

—Ahora y siempre.

Xx.

Esta es indudablemente la historia más compleja y triste de todo el conjunto de relatos. Nunca, en toda mi vida, había escrito un relato post-apocalíptico y, la verdad, empecé a escribir un relato totalmente distinto a este, siendo un poco más fiel al género clásico en el que Hipo y Astrid vivían en un mundo post-COVID con sus hijos y tenían que sobrevivir. Sin embargo, me parecía demasiado simplón y no me convencía la dinámica de los personajes en ese mundo; primero porque no me terminaba de gustar la idea de jugar con un mundo en el que se había venido abajo a causa del bicho que tenemos a nuestro alrededor ahora y, segundo, porque no estaba disfrutando con la historia. Por esa razón, decidí darle vuelta y media y empezar de cero.

¿Y si nuestra sociedad vive un apocalipsis (dos pandemias, una explosión nuclear, etc.) y, aún así, sigue adelante como siempre lo ha hecho? ¿Y si el verdadero drama de nuestro futuro es la aparición de una enfermedad que no tiene cura y nos hace olvidar a aquellas personas que más estímulos despierta en nuestro cerebro? Me parecía muy interesante el hecho de que los gobiernos crearan precisamente ciudades burbuja para estas personas que viven estancadas en un mundo aparentemente perfecto y futurista, en el que están perfectamente controladas y son ajenas a su propia enfermedad. El caso de Hipo es especialmente triste porque conoce a Astrid desde que era un niño, por lo que su carácter como el Hipo que olvida es totalmente diferente al Hipo que recuerda, cuya relación con Astrid realmente le otorgaba una seguridad en sí mismo que el Hipo que olvida carece por completo. Pero quien más lástima me inspira es Astrid, pues pienso que son pocas las personas que aguantan tanto como ella, que ni por asomo desea abandonar al hombre que ama pese a que cada vez que se encuentran él no la recuerda, pero ella se agarra a esa esperanza de que puntualmente, como pasa en este relato, sus recuerdos vuelvan a él. Esta historia iba a tener un final incluso más triste que el planteado aquí y es probable que ocurra más adelante, pero decidí dejarlo abierto para que cada una decidáis cómo acabará esta historia. Puede que Hipo consiga curarse en el futuro, puede que no, puede que incluso esta sea la última vez que recuerde a Astrid o incluso que la propia Astrid termine abandonando a Hipo porque no aguanta más…

Es vuestra decisión y me encantaría leer vuestras versiones en las reviews. Así que no dudéis en dejarme alguna, sobre todo porque es el único salario que recibo de vuestra parte.

Mañana toca decorar la casa.