Último relato. Mañana es Navidad. Nos leemos abajo.
Astrid se despertó con la sensación de que su cama era demasiado cómoda.
Abrió los ojos y, por un segundo, se halló totalmente desorientada. Aquella no era su habitación, claramente, era demasiado grande para serlo. Se incorporó aún medio dormida y bostezó sonoramente cuando alguien tocó de repente a la puerta. La criada no esperó a su respuesta y entró al dormitorio dándole los buenos días mientras se acercaba a las ventanas para abrir las cortinas. Astrid soltó un quejido cuando la luz de la mañana impactó contra sus ojos.
—La señorita Throston me ha pedido que le diga que la espera a desayuna en veinte minutos con el resto de los invitados.
—Vale —murmuró Astrid volviéndose a tumbar en la cama.
La criada no se movió del pie de la cama y Astrid abrió un ojo para ver qué quería ahora.
—¿Necesita que la ayude a vestirse, señorita Hofferson?
Astrid tuvo que contener una carcajada. ¡Ayudarla a vestirse, dice! Estaba claro que ella no estaba hecha para una vida de lujos, la sola idea de tener que depender de alguien para que la ayudara a ponerse un vestido y a calzarse le parecía tan divertida como absurda.
—No será necesario, gracias —le aseguró Astrid bostezando de nuevo.
—¿Conoce la etiqueta?
Aquella criada ya empezaba a rozar la impertinencia. Astrid sólo necesito fulminarla con la mirada para que la doncella saliera despavorida de allí y se levantó de mala gana para asearse mientras murmuraba un par de maldiciones que si su madre hubiera escuchado se habría escandalizado. Llenó un balde con agua para asearse y su frescura la ayudó a espabilarse del todo. Se quitó el camisón y se vistió con rapidez pese a tener que ponerse varias capas de ropa, entre ellas un corsé que se ponía siempre a regañadientes. Cuando terminó de vestirse se puso los zapatos nuevos que su madre le había comprado para la ocasión y que le hacían daño por el roce que le hacían. Se recogió el cabello en un moño sencillo, pero coqueto, sin ningún tipo de ornamento y cogió su pañuelo que colgó de sus codos por si hacía frío en el comedor.
Astrid respiró hondo antes de abrir la puerta y salir al largo pasillo de la casa de los Thorston. Quizás no había tenido que desprenderse de la criada tan pronto después de todo, porque se encontró con el comedor principal totalmente vacío. Intentó concentrarse en escuchar la actividad de la casa, sobre todo la del grupo de invitados que habían estado presentes también la noche anterior, pero no oyó nada de nada.
¿Por qué estaba allí otra vez?, se preguntó angustiada.
Había conocido a Rachel Throston en el seminario para señoritas de Mrs. Lovett localizado en Yorkshire. El mismísimo infierno, vamos. Sus padres siempre habían deseado que, dado que su posición como hija de un párroco no la colocaba en una posición favorable para un matrimonio ventajoso, al menos podían jugar con la baza de encontrar un buen marido gracias a su belleza y en ser una dama bien educada con conocimientos sobre el cuidado de la casa, además de literatura, música, costura, arte y etiqueta. Astrid siempre había estado perfectamente a gusto estudiando en casa —había demostrado ser una notoria autodidacta—, pero sus padres no le dieron margen para discutir, sobre todo porque habían invertido una buena parte de sus ahorros en que recibiera la mejor de las educaciones.
A los doce años llegó a aquel lugar del infierno. Grande, frío y lleno de niñas que o bien la ignoraban o bien la odiaban, pero Rachel fue la excepción que marcó la regla. En Mrs. Lovett no existía distinción de clases. A las niñas aristócratas nunca se las mandaba a los seminarios a estudiar, puesto que ellas contaban con la suerte de poder contar con su propia institutriz en cas. Rachel, a quien pronto apodaría como Brusca por sus formas tan vastas de expresarse, era una niña de bien, hija de nuevos ricos con una gran fortuna salida de la producción agrícola. A los padres de Brusca les sobraba el dinero para educar a sus dos hijos gemelos en casa, pero resultaba que eran una pesadilla para las institutrices y las niñeras cuando estaban juntos, así que se les recomendó mandar a su hija a un internado mientras su hermano, Terrance —o Chusco, como solía llamarle su hermana—, terminaría sus estudios en casa.
Los años en el seminario fueron infinitamente más fáciles con Brusca a su lado. No podían ser más diferentes, eso sí. Astrid tenía fama de huraña, callada y estudiosa, mientras que Brusca no la callaban ni debajo del agua, planeaba toda clase de trastadas y sacaba muy malas notas. Las profesoras pensaron que la amistad con Astrid podría calmar a un caso casi perdido como Brusca, pero nadie se había parado a pensar que era precisamente el carácter extrovertido y malvado de la chica lo que hacía que Astrid disfrutara tanto de su compañía. Los polos opuestos se atraían y Astrid Hofferson y Rachel Throston formaban el equilibrio perfecto.
Ambas amigas mantuvieron el contacto tras haber finalizado sus estudios y Brusca la visitaba con frecuencia pese a que una viviera en Hampshire y otra en Lancashire. Al principio, Astrid se sentía un tanto avergonzada de que una chica de bien como Brusca acudiera a la modesta rectoría de campo de dos plantas de su familia y que, para su enorme vergüenza, tuvieran que compartir cama. Brusca, sin embargo, siempre estaba encantada de visitarla, sobre todo porque en casa de Astrid no había que seguir el estricto código de etiqueta de las casas de los ricos. El padre de Astrid era pastor y un erudito, pero era un botánico apasionado y cuidaba mucho de su huerto, por lo que siempre solía vérsele hasta arriba de tierra y con el aspecto descuidado. Su madre, en cambio, era hija de granjeros, por lo que le venía de formación profesional no solo estar encima de ella, sino de todos los animales que había en la propiedad: perros, gatos, cerdos, gallinas... Forzar a sus padres a que mantuvieran cierta etiqueta cuando Brusca estaba de visita habría sido pedirles demasiado y su amiga parecía disfrutar de lo lindo de la naturalidad con la que los Hofferson vivían su día a día.
Y, con el tiempo, cuando Astrid por fin acudió a casa de su amiga por primera vez, comprendió por qué a Brusca le gustaba tanto visitarla en Hampshire.
La casa de los Throston estaba llena de normas y códigos de vestimenta que, si no hubiera sido por sus estudios en el seminario, jamás habría conseguido descifrar. Los padres de los gemelos estaban casi siempre ausentes, pero las pocas veces que Astrid había coincidido con ellos reparó enseguida que trataban a sus hijos de forma muy fría y ausente, como si realmente no se hubieran detenido nunca a conocerse mano a mano. Astrid ya había tenido contacto con la clase alta de Hampshire gracias al trabajo de su padre y conocía de cerca la sensación de que la consideran de menos por no pertenecer a una familia más adinerada. No lo soportaba y tuvo que contener su descontento cuando reparó que los padres de Brusca la miraban de la misma manera que esos aristócratas la estudiaban cuando la invitaban a los bailes por compromiso hacia su padre. Astrid se preocupaba de cumplir las normas de etiqueta siempre al pie de la letra, para que nadie la tachara de ignorante o vulgar como pensaban que realmente era, pero Brusca era todo lo contrario: se preocupaba siempre de desentonar, de llevar un vestido poco correcto, un peinado estrafalario o ser demasiado escandalosa cuando las mujeres debían ser finas y prácticamente invisibles con tal de fastidiar a sus padres.
Pura poesía.
Brusca también le contaba sobre sus amores y desamores, sobre cómo había rechazado varias peticiones de matrimonio o le ponía tanto de los cotilleos de su clase. Astrid sólo había recibido dos peticiones de matrimonio en su vida y ambas habían sido del mismo hombre. Un hombre que se había obsesionado con ella en una fiesta que su tía, la Condesa de Steventon, había organizado. A Astrid le parecía alguien terriblemente pedante y le irritó que aquel hombre pidiera su mano como si le estuviera haciendo un favor. Astrid lo rechazó la primera vez muy educadamente, asegurándole que ella no tenía intenciones de casarse por el momento pese a tener ya veintidós años. La segunda vez, que no fue ni tres días después, el sobrino de la condesa la abordó mientras alimentaba a los cerdos y, a la vista de que no tenía la más mínima intención de detenerse hasta que fuera suya, Astrid le golpeó tan fuerte con el cubo de la comida de los cerdos que tenía en sus manos que le rompió la mandíbula.
Su padre estuvo a punto de perder la rectoría a consecuencia de aquel suceso. El hombre no interpuso ninguna denuncia contra ella —quizás porque no soportaba la humillación de que Astrid le hubiera dejado K.O. haciendo tan poco esfuerzo—, pero su tía intentó echarlos del pueblo por todos los medios. Por suerte, todo quedó en nada, sobre todo porque su familia contaba con muy buena fama en el pueblo, aunque la reputación de Astrid quedó por los suelos y nunca volvió a recibir ninguna otra petición de matrimonio. Esta situación había disgustado enormemente a sus padres, sobre todo porque no consideraban justo que su hija, quien no había hecho otra cosa más que defenderse, tuviera que pagar las consecuencias. Sin embargo, Astrid sabía que por su posición y por el simple hecho de ser mujer siempre la cuestionarían a ella antes que a nadie, por lo que se resignó a aceptar un destino de soltería que no le molestaba especialmente, aunque a la larga sabía bien que supondría un problema.
En realidad, cuando recibió la invitación de Brusca para pasar la Navidad en su casa con unos amigos, aprovechando que sus padres iban a pasar las navidades en el extranjero, estaba escribiendo cartas solicitando trabajo tras leer una serie de anuncios en el periódico. Finalmente la aceptaron como institutriz en una casa de una familia adinerada localizada cerca de Inverness, en Escocia, o en el culo del mundo, como había señalado Brusca cuando le dio las buenas nuevas la noche anterior. Astrid partiría directamente hacia allí tras pasar las fiestas en casa de su amiga y no podía estar menos entusiasmada, aunque nunca había conocido Escocia. Sus padres estaban tristes por su marcha; pero, en el fondo, Astrid estaba aliviada de no tener que ser una carga por más tiempo. Tenía veintiséis años, prácticamente una anciana solterona a ojos del mundo, así que más le valía buscar un sustento por su cuenta en lugar de tener que depender de sus padres hasta que murieran. Además, una vez que su padre falleciera no había posibilidad de que ni ella ni su madre pudieran quedarse en la rectoría, así que más le valía ponerse ahorrar para poder arrendar alguna casita en el futuro.
—Astrid, ¿qué haces ahí?
La joven dio un respingo del susto y se encontró con su amiga en el rellano de la escalera principal. Se había quedado tan ensimismada en sus pensamientos que había perdido la noción del tiempo, aunque Brusca no parecía molesta por su evidente retraso.
—¿Te han dado mal las indicaciones otra vez? —preguntó su amiga divertida.
—No, me temo que he echado a la criada antes de lo que debía —contestó Astrid avergonzada.
—Tú y tu insistencia de querer hacer todo por tu cuenta —se rió Brusca cogiendo de su brazo—. Vamos, el desayuno es en la planta de arriba, al lado del cuarto de dibujo.
—¿Soy la última? —preguntó horrorizada.
—No, creo que algunos se tiraron bebiendo hasta tan tarde que la simple idea de desayunar les da nauseas —se mofó Brusca con crueldad—. Sólo estamos las señoritas.
Astrid tuvo que contener un gemido de horror. Aunque mantenía una amistad estrecha con Rachel, Astrid era muy torpe a la hora de relacionarse con otras personas. Tenía la esperanza de que con la presencia de los hombres durante el desayuno, las mujeres estarían entretenidas flirteando o simplemente conversando con ellos, pero si se quedaba a solas con ellas conllevaría que toda la atención caería en ella, la desconocida y extraña amiga de Rachel Thorston de la que apenas se sabía nada salvo que era la simple hija de un párroco. Brusca le había instado a que se tranquilizara, asegurándola que todo iría bien y que estaría acompañándola en todo momento.
Las invitadas de Brusca eran mujeres de clase alta, aunque no tan estiradas como hubiera podido esperar, quizás porque estaban en un ambiente más relajado del habitual. Algunas de ellas ya estaban casadas con algunos de los hombres que estaban todavía en la cama por la resaca; otras, las más jóvenes, estaban comprometidas o a punto de hacerlo, y había un par más que estaban solteras sin contarlas a ella o a Brusca. La conversación fluyó entre el tiempo, algún que otro cotilleo y el plan a seguir durante toda la estancia en la mansión de los Thorston.
—Decorar esta mansión podrá llevarnos días —comentó una de las solteras, una mujer rubia algo más joven que ella que se llamaba Cassandra, hija de un barón de Cornualles, aunque Brusca se había dirigido a ella como Camicazi—. Tendremos que recolectar el follaje entre todos.
—¿No hay criados para que hagan eso? —se quejó otra castaña cuyo nombre no consiguió recordar.
—Los criados bastante tienen con encargarse de montar los bailes que organizo todas las noches —dijo Rachel con fastidio—. Lo haremos nosotras con los hombres, será divertido.
—¡Pero si hace un frío que pela!
—Tenéis todas ropa de abrigo muy cara, seguro que sobreviviréis —insistió Brusca con maldad antes de dar un sorbo a su té.
Astrid se sirvió otra taza de café cuando alguien le preguntó.
—¿Cómo decoran los vicarios sus casas durante la Navidad, señorita Hofferson? —preguntó alguien de repente.
Todas las cabezas se giraron hacia ella y Astrid quiso que le tragara la tierra. Se sentía como una bestia enjaulada expuesta a un gran público. La chica que le había hecho la pregunta, una tal Heather que se había casado en el pasado verano con uno de los amigos íntimos del hermano de Brusca, sonreía de oreja a oreja, aunque Astrid no supo si lo hacía sinceramente o por quedar bien.
—Supongo que como cualquiera que se precie a decorar su hogar, señora Ingerman. Recopilamos toda clase de vegetación: acebo, hiedra, romero, perenne… Acostumbramos a hacer coronas con lazos, guirnaldas y centros de mesa.
—¡Caray! Me imagino que les llevará mucho trabajo hacerlo, aunque supongo que su familia deberá estar acostumbrada —señaló Heather con interés.
Astrid inclinó la cabeza forzando una sonrisa y centró su atención en untar un panecillo con mantequilla. Alguien comentó que, por lo general, solían ser los criados quienes decoraban su casa y otra se burló llamándola vaga. Astrid fue incapaz de unirse a sus risas, sobre todo cuando se preguntó si no se había precipitado al venir a aquella casa en lugar de quedarse a celebrar sus últimas Navidades con sus padres. Cierto era que su madre le había instado a que fuera, quizás esperanzada de que Astrid pudiera conocer a un buen partido al que pudiera captar la atención y que no conociera el incidente del cubo con el sobrino de la condesa. Sin embargo, Astrid sabía bien que, partiendo de su humilde origen, ninguna de esas personas querrían contar con ella entre sus amistades. No es que le importara, ella ya se sentía afortunada de contar con Rachel como su amiga más íntima y no es que fuera a tener tiempo de cuidar de sus amigos una vez que se instalara como institutriz en Escocia.
La conversación se fue a otros asuntos, como los invitados que todavía no habían llegado y mencionaron no sé qué duque que no había dado respuesta a la invitación. Algunas de ellas suspiraron con pena y Astrid tuvo que contenerse para no poner los ojos en blanco. Cuando finalizaron el desayuno, las damas propusieron bordar servilletas para el baile de Navidad. Rachel, quien bordaba fatal, se excusó con que debía responder la correspondencia que tenía pendiente y Astrid vio la oportunidad perfecta para salir y dar su paseo matutino.
—¿No viene con nosotras, señorita Hofferson? —le preguntó Heather con ojos brillantes.
—No, señora Ingerman, he pensado en empezar a recolectar plantas para los decorados, así que saldré a pasear.
—¿Con el frío que hace a esta hora de la mañana? ¡Menuda locura! —comentó Camicazi.
Algunas mujeres rieron, pero Astrid se redujo a hacer una pequeña reverencia antes de retirarse. Le pareció escuchar a alguien murmurar algo cuando salió al corredor que fue seguida de varias risitas, pero no se quedó a escuchar lo que decían. No necesitaba saber lo que esa gente pensaba realmente de ella. Regresó a su dormitorio y se puso el sombrero, los guantes, el abrigo y se cambió sus zapatos por unas botas que presentaban un aspecto lamentable de tanto usarse, pero Astrid tenía intención de comprarse unas nuevas tan pronto recibiera su primer salario.
El aire era terriblemente frío, pero no lo suficiente como para tentarla a entrar de nuevo a la casa. Una doncella tuvo el detalle de entregarle una cesta antes de salir y se lo colgó del codo a la vez que se abrazaba a sí misma para aplacar el frío. Atravesó el jardín que estaba cubierto por el rocío helado y, cuando se aseguró de que estaba fuera de la vista de los enormes ventanales de la casa, cogió el camino hacia el bosque. Astrid estaba muy familiarizada con la propiedad de los Thorston y, aunque no le resultaba tan familiar y agradable como Hampshire, le gustaba pasear por los lindes de la propiedad, mucho más desatendidos por los jardineros de los Thorston.
El bosque olía a invierno, pensó Astrid sonriendo satisfecha. El olor a hielo se conjugaba con la fragancia de las plantas aromáticas, pino y madera. Astrid caminó varios metros hasta que localizó perenne junto a un árbol. Sacó un pequeño cuchillo de la cesta y se puso a cortar mientras tarareaba una canción. Tan ensimismada estaba en su tarea que cuando por fin se levantó para seguir con su tarea, no reparó en el sonido del galope que venía tras el árbol.
No se supo quién se llevó más susto. Si ella o el caballo, pero Astrid cayó hacia atrás cuando el caballo se puso a dos patas del terror, cortándose accidentalmente con el cuchillo que todavía llevaba en su mano. Por suerte, el caballo no se le echó encima y saltó hacia atrás, aunque Astrid soltó una palabrota tan vulgar que hizo eco por todo el bosque. Fue entonces cuando reparó que ese caballo no estaba suelto, sino que estaba montado por un jinete que intentaba por todos los medios calmar al animal. Muerta de la vergüenza, Astrid intentó levantarse, pero soltó un chillido de dolor cuando apoyó su peso sobre su mano herida. El cuchillo había atravesado la tela del guante hasta rasgar su piel, quizás no profundamente, pero sí lo suficiente para que sangrara más de lo debido. Astrid sintió un ligero mareo, odiaba la sangre y su olor metálico le dio náuseas.
—¿Está bien? —preguntó alarmado el jinete en un fuerte acento escocés mientras se bajaba del caballo.
Astrid reparó que el jinete no debía ser mucho mayor que ella. Tenía el pelo cobrizo, despeinado por la carrera que se había dado con el caballo, y el rostro cubierto de pecas. Sus ojos eran verdes y profundos y su nariz era algo grande para los rasgos tan afilados y marcados de su cara. Pese al frío que hacía aquella mañana, tenía el cuello de su camisa ligeramente abierto, mostrando más piel de la que Astrid jamás había visto en ningún hombre que no fuera su propio padre. Su rostro, aún bello, estaba deformado por una mueca de preocupación y Astrid contuvo la respiración cuando el hombre invadió su espacio personal para socorrerla. Si no fuera porque se había quedado embobada cual adolescente ante la presencia de aquel desconocido, probablemente su primer impulso habría sido apartarse.
—Señorita, ¿está bien? ¿necesita que vaya a buscar un médico? —volvió a repetir el joven ahora con un tono de más angustia.
—Yo… yo… estoy...
Astrid se sintió como una imbécil al no verse capaz de articular una frase coherente. Aún no estaba segura si había sido por la conmoción con el caballo o por la presencia de aquel hombre.
—Estoy bien —consiguió decir por fin—. No esperaba… esto.
—Sinceramente, tampoco esperaba encontrarla a usted, aunque no justifica el susto que le hemos tenido que dar —ofreció su mano para ayudarla a levantarse, pero enseguida reparó en la sangre—. ¡Dios mío! ¡Si está sangrando!
El hombre se volvió a arrodillar a su lado y cogió su mano con suma delicadeza.
—No es nada —se apresuró ella, pero el desconocido ya había sacado un pañuelo limpio de su bolsillo para atarlo alrededor de su dorso tras quitarle el guante—. De verdad, no pasa nada. Es un cortecito bastante superficial, eso me pasa por andar con cuchillo en mano.
—Da igual, hay que curarle la idea, no vaya a ser que se infecte —insistió él preocupado.
El hombre la ayudó a levantarse del suelo, pero Astrid se apresuró a coger la cesta que estaba tirada en el suelo. Hizo una pequeña reverencia y el hombre se apuró en devolvérsela torpemente.
—Estoy bien, mi amiga vive muy cerca de aquí, iré tan pronto termine con mi tarea.
El desconocido miró a su cesta y arqueó una ceja.
—Está recogiendo… ¿plantas? —preguntó él dubitativo.
—Ya sabe, para los decorados de Navidad —aclaró Astrid algo azorada.
—¡Oh! Aún quedan unos días hasta Nochebuena —señaló el hombre con una sonrisa radiante—. ¿Por qué no me permite que la acompañe a casa de su amiga? Tiene tiempo para volver y recoger plantas en otro momento y, de veras se lo digo, convendría curar esa herida.
El hombre no parecía muy dispuesto a dejarla marchar, cosa que la molestó. No le gustaba que le dijeran lo que tenía que hacer, ni siquiera cuando las órdenes venían de sus padres. Aquello siempre le había dado muchos problemas en el seminario y se había llevado más de un castigo por su mala costumbre de no obedecer a sus profesoras cuando estaba en desacuerdo con ellas.
—Estaré bien.
—Insisto.
—Ni siquiera sé quién es usted —señaló ella intentando no perder los nervios.
—Yo tampoco sé quién es usted, pero alguien debe preocuparse de su bienestar cuando usted claramente no deja de restarle importancia —replicó el desconocido mucho más serio e inclinó la cabeza, esta vez haciendo una reverencia más cuidada—. Me llamo Henry Haddock, ¿y usted?
Astrid hizo una reverencia de mala gana.
—Astrid Hofferson —respondió algo seca.
El señor Haddock sonrió y miró hacia su caballo.
—No deseo importunar su jornada, señorita Hofferson. ¿Quiere que vayamos a caballo?
Astrid se contuvo de dar un paso hacia atrás. El caballo, negro azabache, era enorme e intimidamente.
—Preferiría andar si no le importa.
—Por supuesto —concordó él sin perder la sonrisa pese a su agrio sarcasmo, es más, parecía hasta divertirse y todo. El hombre se acercó al caballo para coger las riendas—. ¿Desea que le lleve la cesta también?
—No será necesario —indicó ella de mala gana.
Caminaron en silencio, a una distancia prudencial entre una y otro, y Astrid tuvo que contener un gemido por lo desagradable que se le hacía el contacto del pañuelo mojado de sangre con su piel. La joven aprovechó para estudiar al desconocido. Sus ropas parecían gastadas y sus botas estaban sucias de barro. Su aspecto no era descuidado, pero tampoco era el típico de un caballero. Sin embargo, parecía conocer bien aquel bosque, como si ya hubiera estado allí antes.
—¿Trabaja usted para los Thorston? —preguntó ella desesperada por saciar su curiosidad.
El señor Haddock se giró hacia ella sorprendido por su pregunta, aunque enseguida volvió a sonreír.
—¿Qué le hace pensar que trabajo para ellos?
—Tiene aspecto de que trabaja mucho con caballos —señaló Astrid consciente de que igual estaba siendo algo maleducada—. No sé si entrenara los que el señor Thorston padre cría.
—¡Oh, sí! ¡Son buenos caballos, no cabe duda! —le aseguró él dando unas palmaditas al caballo negro que caminaba obediente a su lado—. ¿No monta usted?
—No a menos que sea estrictamente necesario —señaló ella con las mejillas cubiertas con un leve rubor.
—Debería, es una maravilla montar sobre ellos y son criaturas muy listas —comentó el señor Haddock con orgullo.
—Estoy segura de que sí.
Astrid nunca había aprendido a montar porque su familia nunca había poseído un caballo. Las pocas veces que había viajado fuera de su pueblo había alquilado un carruaje y, es más, las dos únicas veces que había montado sobre un caballo había sido de una forma muy poco propia de una señorita porque le aterraba caerse si se sentaba como una amazona.
—¿Y usted qué hace por aquí? —preguntó el señor Haddock para paliar el silencio que había vuelto a reinar entre ellos—. Por lo que me ha dado entender, usted debe ser amiga de la señorita Rachel Throston.
—Así es —señaló ella—. Fuimos juntas al seminario y somos muy amigas desde entonces.
—Nadie lo diría.
Astrid frunció el ceño.
—¿Disculpe? —replicó ofendida.
El señor Haddock pareció consciente de su error en ese mismo instante.
—¡Espere! ¡No quería decir eso! Me refería a que son muy diferentes, usted parece más… introvertida que la señorita Thorston.
Astrid estrechó los ojos, aún molesta todavía por su comentario.
—No tiene nada malo que no sea tan abierta como Rachel.
—Por supuesto que no, por favor, no me malinterprete. Es evidente que usted es toda una dama —le aseguró él avergonzado—. Disculpe mi grosería, por favor.
La joven sacudió la cabeza y aceleró el paso hasta que alcanzaron la entrada a los jardines.
—Espere —le indicó el señor Haddock—. Mejor vayamos por aquí.
Astrid siguió resignada al joven por un camino que rodeaba los jardínes y llevaba directamente a los establos que se situaban en la zona trasera de la mansión. El señor Haddock le pidió que esperara un minuto mientras metía al caballo dentro de uno de los nichos y volvió al trote para pedirle que por favor le siguiera. Cuando entraron en una especie de oficina que estaba junto a las cuadras, el señor Haddock se quitó el abrigo y se quedó únicamente en camisa. Astrid apartó la vista avergonzada y se reprendió a sí misma al darse cuenta que su respiración se había acelerado.
—Siéntese aquí, por favor —le pidió el señor Haddock señalando una silla—. Creo que hay un botiquín por aquí.
Astrid se sentó y, al poco rato, Hipo apareció cargado con una caja metálica. Arrastró un taburete y se sentó justo delante de ella.
—¿Le importaría tenderme su mano, por favor? —preguntó amablemente.
La joven hizo lo que le pidió y, con suma delicadeza, el señor Haddock soltó el pañuelo arruinado por la sangre. El hombro sacó un frasco de la caja y una gasa que empapó con su contenido.
—Esto le va a doler un poco —le advirtió el señor Haddock—. Procuraré ser rápido.
Astrid dio un pequeño respingo cuando la gasa empapada de alcohol rozó contra su herida. No era la primera vez que le curaban una herida con alcohol, su madre lo había hecho innumerables veces antes cada vez que se engañaba a sí misma pensando que Astrid podría aprender a cocinar por fin. Sin embargo, el señor Haddock era mucho más delicado que su madre, procurando desinfectar la herida sin presionar demasiado la mano. Una vez que terminó de limpiarla, le echó un ungüento en el dorso que le escoció ligeramente la herida y se la vendó. Astrid tuvo tiempo de admirar el rostro de aquel amable desconocido. ¿Cómo podían ser las pestañas de un hombre tan largas? Y sus manos… eran ásperas, pero estaban calientes a pesar de haber estado expuestas al frío y eran grandes, lo bastante para que las suyas pudieran envolverse entre ellas. Astrid carraspeó sintiéndose un tanto incómoda por sus ensoñaciones y forzó una sonrisa cuando el señor Haddock alzó ligeramente la mirada, preguntándose si el carraspeo venía por algo.
—Por suerte, no habrá que darle puntos. No le quedará marca —le aseguró él cuando terminó.
—Ya le había dicho yo que no era nada —dijo ella con cierta arrogancia, aunque rebajó enseguida el tono—. Aún así, muchas gracias.
—Un placer —dijo él inclinando ligeramente la cabeza regalándole una sonrisa que hizo que le temblaran las piernas.
Se quedaron un momento en silencio antes de que el señor Haddock se pusiera a recoger el botiquín.
—¿Lleva mucho tiempo por aquí? —preguntó ella sin comprender cuál era la necesidad de alargar la conversación.
—En realidad, llegué anoche —respondió él—, pero he estado aquí antes. Me temo que nunca hemos coincidido, ¿me equivoco?
—No es que me dedique a salir a caballo cada vez que vengo, señor Haddock —confesó Astrid.
El joven se rió y se pasó la mano por el pelo para apartarlo de la cara.
—No me dedico solo a los caballos, señorita Hofferson —comentó el señor Haddock algo nervioso.
—¿Ah no? ¿Tiene otras tareas a parte? —preguntó ella con inevitable curiosidad.
—Si yo le contara… —el joven sacudió la cabeza al dejar el botiquín en la estantería—. ¿De dónde es usted?
—De Hampshire —respondió Astrid consciente de que no había respondido a su pregunta.
—Hermoso lugar.
—¿Lo conoce? —preguntó ella sorprendida.
—He estado un par de veces.
—¿Para entrenar caballos? —cuestionó ella alzando una ceja.
El señor Haddock sonrió divertido y se apoyó contra la mesa, cruzando los brazos sobre su pecho.
—No es usted una mujer muy corriente.
—¿A qué le llama usted corriente? —replicó ella consciente de que no había respondido a su pregunta.
—Es demasiado curiosa —observó el señor Haddock con diversión.
—Me gusta conocer a la gente que me dan sustos de muerte en mitad de un bosque.
Las mejillas del señor Haddock se enrojecieron violentamente, pero enseguida rompió a reír a carcajada limpia. Astrid sintió un movimiento extraño en su estómago ante su reacción, por lo que procuró mantenerse quieta y esperar a que dejara de reírse.
—Disculpe —se apresuró a decir el señor Haddock—. No entienda que me estoy riendo de usted, pero ese comentario me ha pillado con la guardia baja.
Astrid no había considerado ni por un segundo que un hombre como aquel pudiera reírse de ella. Es más, se sintió satisfecha por haberle hecho reír, no era una sensación a la que estuviera acostumbrada. Siempre le habían tachado de seria y fría y, por lo general, tenía un sentido del humor tan sarcástico y seco que la gente solía ofenderse por sus bromas más que otra cosa.
—Definitivamente, usted tampoco es un hombre muy corriente que digamos —le aseguró ella.
El señor Haddock la observó intensamente antes de volver a sonreír y decir:
—Supongo que el hecho de que sea usted quien me diga eso no tiene nada de malo, ¿verdad?
—En absoluto —le aseguró ella devolviéndole la sonrisa y apoyándose contra la mesa a una distancia prudencial de él—. Usted es infinitamente más agradable que el resto de invitados de esta casa.
El señor Haddock alzó las cejas.
—¿No le gusta tratar con la clase alta? Había entendido que usted era amiga de la señorita Throston.
Astrid tuvo que contener una mueca. Le molestaba que resultara improbable que cualquier amiga de Rachel Throston no perteneciera a la misma clase que ella.
—Somos íntimas, pero eso no quiere decir que pertenezca a este… mundo —explicó ella hundiendo los hombros—. Es un poco complicado encajar cuando a una la observan como un mono de feria.
—¿Por qué la iban a observar así? —preguntó él torciendo el gesto.
—No cuento con la fortuna de pertenecer a ninguna familia acaudalada —contestó Astrid—. Mi padre es párroco en una pequeña iglesia de Hampshire.
El señor Haddock no mostró ninguna emoción respecto a su confesión. De igual manera, ¿qué iba a decir? Él debía ser solo un mozo de cuadra o un domador de caballos que trabajaba para diferentes familias adineradas, así que dudaba que él fuera a juzgarla por eso. Al menos, eso esperaba.
—La gente suele ser bastante… imbécil —señaló el señor Haddock vacilante—. Juzgar a las personas en base a su clase social demuestra que a esta sociedad le queda mucho por avanzar todavía.
—¿Es que ha habido algún avance respecto a esto? —cuestionó Astrid irritada—. De igual manera, eso no importa ahora. Estoy aquí para estar con mi amiga, no para labrar nuevas amistades.
El señor Haddock sonrió.
—Entonces, ¿no tengo posibilidad de considerarla algún día mi amiga? —preguntó él con cierto aire de chulería.
Astrid no pudo contener una pequeña carcajada mientras se esforzaba en no ruborizarse.
—Quién sabe —comentó ella.
—Permítame entonces ganarme su amistad —propuso el señor Haddock con buen ánimo.
—¿Por qué querría usted eso? —preguntó ella extrañada.
—¿Y por qué no? —replicó él.
—¿Va a responder a todas mis cuestiones con preguntas? —se quejó ella poniendo los ojos en blanco.
—¿Y usted? —dijo él con una sonrisa simpática.
Astrid cogió la cesta y el sombrero que había dejado sobre la mesa.
—Tendrá que esforzarse —le advirtió ella con picardía.
—No dude que lo haré —le aseguró el señor Haddock.
Ambos se despidieron con una reverencia y tomaron caminos distintos. El señor Haddock volvió a salir hacia las cuadras mientras que ella se adentró en los pasillos de la servidumbre para ir directa a su habitación. Se pasó el resto de la mañana leyendo y mirando el paisaje del jardín con aire distraído, sin esforzarse mucho en apartar al señor Haddock de su mente. Era un hombre peculiar, no cabía duda, pero a Astrid le gustaba su carácter afable y educado. A excepción de su padre, Astrid no había tratado con muchos hombres y, casi siempre, o los espantaba cada vez que abría la boca o les estampaba un cubo en la cara. No había habido nunca un término medio. A Astrid no le gustaban las conversaciones superficiales sobre cotilleos del pueblo o del tiempo, si hablaba con alguien le gustaba que fuera de libros, de las noticias que leía en el periódico o de lo que fuera que pudiera ir más allá de una charla frívola. Por supuesto, eso le había traído problemas desde que tenía recuerdo, más cuando había alcanzado la edad de casarse. De ella se esperaba que su carácter se asemejara a su belleza, pero la mayor parte de las veces se veía obligada a fingir que era una dama cuando, en realidad, era una mujer de campo con una educación privilegiada. Al final, siempre acababa descubriéndose y claramente a nadie le interesaba una mujer bocazas, mucho más tras hacerse público que contaba con la suficiente fuerza como para romperle la mandíbula a alguien.
—Qué tonta eres, Astrid —se regañó a sí misma.
Hacia la hora de comer, Brusca fue a buscarla a su dormitorio. Su amiga la saludó con una sonrisa de oreja a oreja y Astrid alzó una ceja.
—¿Qué pasa?
—Ha aparecido el Duque.
—¿Qué duque? —cuestionó ella confundida.
—El Duque de Drumnadrochit, Astrid —dijo Brusca con impaciencia.
—¡Ah!
Se mordió el labio, no tenía ni idea de quién era. Por suerte, Brusca no pareció darse cuenta de que seguía despistada.
—Es un amigo de mi hermano de la universidad —explicó su amiga—. Es un chico bastante rarito, muy callado, pero tolera bien las rarezas de Chusco. A veces incluso le hace gracia, así que podríamos pensar que está un poco tarumba.
Astrid se rió por su comentario y cogió del brazo de su amiga cuando llegaron a las escaleras.
—¿Y de dónde es este duque? —preguntó Astrid intrigada.
—Escocés, lo notarás enseguida por su acento.
—¡Vaya! —comentó ella sorprendida por la coincidencia.
Había pasado de no conocer a ningún escocés a verse con dos en un solo día.
—¿Qué pasa? —preguntó su amiga extrañada.
—Nada.
No quería delatar al señor Haddock por temor a meterle en problemas. Brusca siguió inquisitiva, pero por suerte alcanzaron el comedor que ahora estaba abarrotado con los invitados de los hermanos Thorston. Debía haber casi una veintena de personas allí reunidas y todas estaban haciendo un apretado corro alrededor de alguien.
—Disculpad, ¿podéis darle un respiro al señor duque? —clamó Brusca irritada.
La gente se dispersó para dar paso a Brusca y a Astrid; sin embargo, la joven se quedó clavada en el suelo tan pronto visualizó al duque. Se había cambiado sus ropas sucias y raídas por un traje que se ajustaba a la perfección a su esbelto cuerpo. Se había peinado el cabello hacia atrás, aunque le resultó inconfundible.
Era él.
El señor Henry Haddock.
¡Maldito bastardo mentiroso!, quiso chillar Astrid, aunque se redujo a hacer una reverencia pronunciada a la vez que Brusca hacia las presentaciones. Se sintió de repente muy pequeña cuando escuchó las risitas a su alrededor. ¡Por supuesto! ¡No había nada más divertido que ver a una doña nadie saludando a un duque! Quería chillar y golpear a todo el mundo en aquella sala, al señor, o más bien, Lord Haddock primero. El duque, no obstante, para la enorme sorpresa de todos, se inclinó para coger su mano vendada y besarla con suavidad durante cinco largos segundos.
¡Qué escándalo!
¿Cómo se le ocurre?
¡Un duque jamás debería actuar así con nadie! ¡Ni siquiera con los nobles! Su rango estaba justo por debajo de los ducados reales ¡Y él la había saludado como si fuera una dama de clase alta! Lo iba a matar, estaba decidida a hacerlo, más tras lanzarle esa miradita pícara y cómplice antes de soltar su mano.
—¿Se ha hecho daño en la mano, señorita Hofferson? —preguntó Lord Haddock con falsa inocencia.
Astrid contuvo sus ganas de darle una bofetada y forzó su mejor sonrisa.
—He tenido un pequeño accidente esta mañana, pero no me duele, Su Gracia.
—Por favor —le cortó él muy educadamente—. Estamos en confianza, puede llamarme Henry, como espero que también hagan el resto de los presentes.
El resto de los invitados susurraron entusiasmados ante tal sugerencia, pero Astrid solo podía pensar en diferentes de matar a aquel estúpida, idiota y arrogante duque. ¿Cómo se había atrevido a engañarla? ¿A considerar que ambos eran iguales? Ya no solo le había aguado sus planes de aquella mañana, sino que además había tenido la osadía de mentirle a la cara aún cuando le habían sobrado ocasiones para presentarse como el maldito Duque de Drummanosédonde.
—¿Nos sentamos a la mesa? —sugirió Rachel.
Astrid hizo una reverencia rápida antes de apartarse e ir a su sitio correspondiente. Sin embargo, Rachel enseguida cogió de su mano para sentarla a su lado en la mesa.
—¿Qué haces? Debería sentarme hacia el centro, no junto a una de los anfitriones.
—¡Calla! ¡Esta es mi casa y te sentarás donde me plazca! —exclamó ella con impaciencia.
La joven reparó aterrada que junto a Rachel, por protocolo, se sentaba Lord Haddock. El duque parecía divertirse con toda aquella embarazosa situación y Astrid se preguntó si la encarcelarían por tirarle el pastel de carne a la cabeza. Sería un añadido interesante a su historial criminal: una mandíbula rota por un cubo para alimentar cerdos y un duque noqueado por una fuente de plata de primera ley. Pese a la controversia de los asientos asignados, nadie se atrevió llevar la contraria a Brusca, ni siquiera su propio hermano que se sentaba al otro extremo de la mesa. El duque fue invadido a preguntas de toda clase y, aunque una parte de ella no deseaba escuchar nada de lo que aquel vil mentiroso tuviera que decir, no pudo evitar prestar atención a cada una de sus respuestas. Observó que su lenguaje verbal era totalmente diferente a cuando su encuentro esa misma mañana. Incluso había suavizado su acento escocés, haciendo que su voz sonara incluso diferente. Aquello perturbó a Astrid, ¿quién era aquel hombre entonces? ¿El hombre risueño de los caballos o el duque? El señor Henry Haddock se había mostrado amable, algo pícaro, pero también discreto e incluso introvertido. Lord Henry Haddock, en cambio, era más extrovertido, pero mucho más formal, como si cuidara cada palabra que saliera de su boca con precisión.
—Señorita Hofferson.
Astrid alzó la mirada hacia una mujer cuyo nombre ahora no conseguía recordar.
—¿Sí?
—¿Cómo se siente estando aquí?
Astrid no comprendió la pregunta o, al menos, no quiso entenderla del todo.
—¿Disculpe?
La mujer sonrió enseñándole los dientes que estaban ligeramente manchados por el carmín de sus labios.
—Me refiero a que usted debe estar poco acostumbrada a vivir en un lugar tan grande como este. Debe sentirse afortunada por contar con una amistad como la que tiene con Rachel Thorston.
Astrid se esforzó en contener la ira que quería salir directa de su pecho; pero, por suerte, Brusca se le adelantó.
—¿Estás insinuando algo de mi amiga, Clarise, o es que no soportas que sea ella la que se sienta hoy a mi lado?
Astrid observó de reojo las reacciones jocosas de las otras personas de la mesa, como si estuvieran disfrutando de aquel lamentable espectáculo.
—Técnicamente, como baronesa, debería estar al lado de tu hermano, Rachel —le recordó la mujer con inocencia—, pero no esperaba que comprendieras cómo funciona el protocolo.
Astrid cogió de la muñeca de su amiga para calmarla y evitar que se levantara de un salto. Sintió los intensos ojos del duque puestos sobre ella, pero le ignoró para dirigirse directamente a la baronesa.
—Para mí es un privilegio pasar las fiestas aquí con mi mejor amiga y sus amistades, baronesa —le aseguró Astrid en un tono de fingida conciliación—. Siempre he estado enormemente agradecida por la hospitalidad de los Thorston, quienes se preocupan de tratarme como una más de la familia.
—Es que eres como mi hermana, Astrid —intervino Brusca molesta.
La joven le apretó el brazo para que mantuviera la boca cerrada.
—Por suerte, no es la primera vez que vengo aquí. Los Thorston acostumbran a invitarme varias veces al año, aunque mi agenda no siempre me lo permite.
—¿Su agenda? —cuestionó alguien sin ocultar el tono de mofa.
El duque carraspeó de repente y Astrid se fijó que se dirigía al graciosillo de turno.
—¿Podrías explicarnos qué agenda tienes tú, Richard?
—¿Disculpa? —preguntó el hombre a la defensiva.
—No lo sé, esperaba que tú me lo explicaras, porque hasta donde yo recuerdo, tu agenda siempre se ha basado en dormir hasta tarde, comer, acudir a fiestas y a cazar en mis terrenos, primo.
Astrid abrió mucho los ojos. De repente, ya nadie tenía puesta la mirada en ella, sino en el aparente primo del duque, cuyo rostro se había vuelto rojo como un tomate.
—¡No estábamos hablando de mi, Hipo! —exclamó Richard indignado.
La joven frunció el ceño por la forma en la que el primo del duque se había dirigido a él. Lord Haddock hizo un gesto con la boca ante aquel nombre que tantas risas habían suscitado en la mesa, pero enseguida recuperó el poder en la conversación.
—¡Vaya! ¡Lo he vuelto hacer! —exclamó Lord Haddock abatido—. ¡He vuelto a espantarte a las damas, Mocoso! Y yo que estaba decidido a ayudarte a encontrar esposa para que no volvieras a saquear mi despensa nunca más.
Aquello suscitó tales carcajadas que ni la propia Astrid pudo contenerse. El primo de Lord Haddock parecía que iba a explotar, aunque no volvió a replicar al duque. Por suerte, la conversación se disolvió en varias y Brusca se interesó por su mano.
—Me cuesta creer que te hayas cortado así como así —comentó su amiga tras escuchar el relato de su amiga.
Astrid se había preocupado de no mencionar que había conocido al duque en el bosque y que la había engañado para que pensara que era un simple mozo de cuadra. No era tan estúpida como para poner en evidencia al duque, por mucho que quisiera hacerlo. Aún así, tuvo que esforzarse para no mirar a Lord Haddock pese a que este aún tenía sus ojos puestos fijamente en ella.
—¿Por qué dices eso? —cuestionó Astrid sin poder ocultar su irritación.
—Porque tú no eres torpe. Aunque estés caminando sobre un camino lleno de obstáculos, lo haces siempre sin titubear y jamás te he visto tropezar. Jamás.
Astrid observó de reojo cómo el duque alzaba las cejas.
—Siempre hay una primera vez para todo —replicó Astrid queriendo dar por concluída la conversación.
Brusca sonrió con cierta picardía.
—Ocultas algo, As.
—Por supuesto, porque no tengo nada mejor que hacer que ocultarte algo que estás imaginando en tu cabeza y que realmente no ha pasado —comentó Astrid con sarcasmo.
El duque se rió, causando que Astrid arrugara la nariz molesta.
—¿Usted qué piensa, Henry? —preguntó Brusca inclinándose ligeramente hacia el duque—. ¿No cree que mi amiga nos miente vilmente?
Astrid esperó una expresión que delatara su secreto común, pero el duque dibujó esa misma sonrisa que le había quitado el aire esa misma mañana y, sin apartar los ojos de ella, dijo:
—Creo que la señorita Hofferson oculta más de un secreto, pero seguramente porque no quiere dejarnos en evidencia a todos los demás.
La joven arqueó una ceja y Brusca torció el gesto. Lord Haddock soltó una risa nerviosa ante su evidente confusión.
—Me refiero a que la señorita Hofferson parece una persona con muchos talentos, pero que los oculta para no dejarnos al resto por los suelos.
La cara de Astrid ardió de repente y quiso que se la tragara la tierra. A este paso iba a ser ella quien iba a morirse por la vergüenza. Brusca, en cambio, asintió satisfecha ante el comentario del duque.
—Veo que tiene buen ojo, Henry, mi amiga cuenta con dones extraordinarios. Lee a gran velocidad, escribe una correspondencia elocuente y no excesivamente larga y tiene la mejor conversación de esta mesa. Eso sí, no espere que se ponga a cocinar porque es la peor cocinera con la que este país ha contado jamás.
—¡Rachel! —exclamó Astrid abochornada.
—Bueno, son nuestras imperfecciones lo que construyen nuestro carácter —le aseguró Lord Haddock divertido.
—No cabe duda —concordó Brusca.
La comida finalizó por fin y, cuando los criados de los Thorston trajeron el café y el té para la sobremesa, los hombres se dispusieron a retirarse a otra sola para hablar de sus cosas. Astrid tuvo que reprimir una mueca, nunca le había gustado que los hombres se marcharan para charlas de asuntos que supuestamente ellas no podían tratar o escuchar para no escandalizarse o por falta de conocimiento. Sin embargo, cuando Lord Haddock se levantó, se dirigió a Rachel con una reverencia.
—Señorita Thorston, estaba pensado que quizás esta tarde podríamos salir todos a buscar vegetación para decorar su casa para estas fiestas —miró hacia la ventana—. Es un día soleado y habrá una temperatura más agradable que esta mañana para ir al bosque.
Brusca miró a Astrid con una sonrisa ancha, aunque la joven se apresuró en mirar hacia otro lado.
—Creo que es una excelente idea, se lo propondré a las damas.
Lord Haddock hizo una reverencia y se retiró con el resto de los hombres. Brusca le dio un codazo de camaradería y Astrid le fulminó con la mirada.
—¿Qué haces? —cuestionó ella en voz baja a la vista que las demás mujeres pretendían sentarse junto a ellas.
—Le gustas —señaló ella con picardía—, pero tenías que haberme dicho que ya le conocías.
—¡No le conozco! —exclamó ella indignada.
—Y yo soy la reina de Inglaterra —replicó Brusca con diversión—. Te lo has encontrado esta mañana, ¿a que sí?
Astrid se mordió el labio. ¡Odiaba que Brusca la conociera tan bien!
—Sí, pero me ha mentido. En ningún momento me dijo que era duque, ¡pensaba que era un mozo de cuadra!
Brusca se carcajeó, captando la atención del resto de mujeres.
—¿Qué estáis murmurando vosotras dos con tanto secretismo? —cuestionó Heather intrigada.
Su amiga aprovechó el momento para hablar de la propuesta de Lord Haddock, lo cual fue recibido por críticas mixtas. A una parte le daba mucha pereza marchar de excursión al bosque justo después de comer o, básicamente, porque eran demasiado finas para mancharse las manos. Otras, en cambio, recibieron la propuesta con entusiasmo, así que se decidió salir después de la siesta. Astrid decidió regresar a su dormitorio para descansar y revisar las cartas que había compartido con Lady Mackenzie, su futura jefa, para planificar el itinerario de estudios para sus hijos y mandarlo antes de Navidad. Sin embargo, en el pasillo se topó ni más ni menos que con el Duque de Drumnadrochit que lucía algo desorientado. El duque abrió mucho los ojos cuando la vio y se apresuró a hacer una reverencia que Astrid devolvió.
—Su Gracia —dijo ella entre dientes.
—Señorita Hofferson, disculpe, es que no encuentro mi dormitorio —explicó él avergonzado—. Me han comunicado que han trasladado mi equipaje a una habitación conocida como la "verde jade", pero me temo que no sé dónde está.
Astrid sabía bien cuál era aquel dormitorio. Los Thorston la reservaba siempre para sus invitados más distinguidos y era el contiguo al suyo.
—Sígame —indicó ella con frialdad.
Ambos caminaron por el largo corredor en un silencio tan tenso que podría cortarse con un cuchillo. El duque parecía nervioso, aunque procuró mantenerse sereno. Tan pronto alcanzaron la puerta del fondo, Astrid hizo una reverencia y se dispuso a marcharse cuando el Lord exclamó:
—¡Espere!
Astrid se giró de mala gana.
—¿Sí, Su Gracia?
—Puede llamarme Henry —insistió el duque—. Nunca me ha gustado que me llamen «Su Gracia», es demasiado pomposo.
—Disculpe que le diga, Su Gracia, pero resultaría sumamente violento que yo, entre todas las personas de esta casa, le llame por su nombre de pila.
—A su amiga la señorita Throston la llama por su nombre de pila y se ha dirigido a su hermano también por su nombre.
Astrid torció el gesto.
—Terrance y sobre todo Rachel son mis amigos, Su Gracia.
—¡Ouch! Eso ha dolido —bromeó él, aunque enseguida recuperó la compostura al ver que la expresión de ella continuaba siendo muy seria—. Le debo una disculpa.
—¡Oh! ¿Eso cree? —replicó ella con voz chillona—. Pensaba que estaba pasándoselo de lo lindo haciéndome pasar por una situación sumamente vergonzosa.
—No era en absoluto mi intención, créame —le prometió Lord Haddock—. No quería que… ya sabe, mi título lo estropeara todo, más tras saber que no me vería como su igual si descubría que soy duque.
—Es que usted y yo no somos iguales, Lord Haddock —escupió Astrid con rabia—. Se ha estado riendo de mí todo este tiempo y odio que me mientan.
—No lo he mentido en ningún momento, señorita Hofferson —se defendió él indignado—. Usted dio por hecho que yo era un mozo de cuadras de los Thorston.
—¡Su aspecto no me delataba que fuera la contrario y no me lo negó tampoco!
—No deseaba violentarla —explicó el duque apurado—. Esperaba decírselo de una manera más discreta, pero las presentaciones se precipitaron durante el almuerzo.
Astrid apretó los puños, incapaz de encontrar una réplica que no fuera lo bastante cruel y basta para dejarla en evidencia ante el duque.
—Señorita Hofferson, he sido sincero en lo que se refiere a que usted y yo seamos amigos —le aseguró el duque.
—¿Por qué? —alegó ella más desconcertada que furiosa—. Ya sabe lo que soy. Hombres como usted no se relacionan con mujeres como yo.
—¿Mujeres como usted? —cuestionó él frunciendo el ceño.
—No finja confusión, hágame el favor.
—Es que estoy realmente confundido, señorita Hofferson. Hasta donde yo sé, no existe ninguna ley que prohíba que un duque se relacione con una dama independientemente de su origen, título o carencia de los mismos —expresó Lord Haddock claramente enfadado—. Me ofende que considere que soy tan egocéntrico como para considerar que todas mis amistades se fundan en base a la clase a la que pertenecen. No me conoce de nada y, honestamente, deseaba labrar amistad con usted precisamente porque me parecía una dama interesante y agradable. Quizás el problema lo tenga usted y no yo, que se deja llevar por sus prejuicios respecto a la clase alta y no deja de despreciarse a sí misma por ser la hija de quien es. ¡Debería darle vergüenza!
Astrid sintió cada una de sus palabras como una bofetada. ¿Pero cómo se atrevía a hablarle de esa manera?
—¡¿Prejuicios, señor?! —escupió ella rabiosa—. ¿Sabe lo que es estar rodeada de gente como usted? Me ven como un experimento a tratar, una dama educada, pero con un apellido irrelevante y una posición social del subsuelo que poco puede aspirar en la vida más que casarme o trabajar como institutriz. ¿Y encima tengo que dar las gracias porque me sienta en la misma mesa que ellos? ¿Cree que no oigo los murmullos y las risitas a mis espaldas cada vez que coincido con las amistades de los Thorston? ¿O piensa que su primo no estaba aprovechando la oportunidad para reírse de mí? ¿Sabe cuál era mi agenda en casa de mis padres? Mantener la casa, hacer la colada, dar de comer a los animales, labrar el huerto… Eso sin mencionar mi tiempo invertido en mis estudios, ya no solo por mi clase, sino por mi género ni siquiera puedo acceder a la universidad —Astrid tomó aire mientras que el duque le observaba atónito, incapaz de pronunciar una sola palabra—. Como podrá observar, soy una soltera de casi veintisiete años que ha de viajar al otro extremo del país, lejos de la confortabilidad de mi hogar y de mi amada familia, para buscarme un futuro mediocre educando a niños que ya de partida me van a odiar. Así que discúlpeme si considero que no nos veamos como iguales, Lord Haddock, porque nadie de su clase tiene una mínima noción de lo que es sacarse sus propias castañas del fuego. A ustedes les han dado todo hecho y desde muy joven he sabido a la perfección cuál era mi lugar en el mundo, la cuestión es: ¿lo sabe usted?
El duque entreabrió su boca, pero no salió ningún sonido. Astrid sencillamente dio dos pasos hacia atrás antes de hacer una hosca reverencia y entrar en su cuarto, cerrando la puerta de un portazo. Respiró hondo varias veces, intentando retener sus ganas de llorar, pero fue incapaz. Se tumbó en la cama y se hizo un ovillo mientras se esforzaba en que sus sollozos no se escucharan lo bastante alto para que Lord Haddock la oyera desde la otra habitación.
No estuvo mucho tiempo tirada en la cama. Astrid Hofferson no eran de esas que se quedaran abatidas por tener un encontronazo con un guapo duque. Aún sintiéndose fatal, se limpió las lágrimas traicioneras y respiró hondo. Se levantó de la cama de un salto y cogió la correspondencia que había compartido con Lady Mackenzie de su baúl. Estuvo cerca de una hora preparando el itinerario hasta que alguien tocó a su puerta. Una doncella distinta a la de esa mañana le anunció que la excursión al bosque se iniciaría a las tres en punto en el caso de que quisiera unirse. Astrid le dio las gracias y le dijo que bajaría enseguida. Escuchó a la doncella tocar y entrar a la puerta de al lado repitiendo exactamente aquellas mismas palabras, aunque Astrid no escuchó la respuesta del duque.
La joven se preparó en pocos minutos y bajó aún siendo demasiado pronto, pero no deseaba volver a toparse con Lord Haddock en el pasillo. La señora Heather Ingerman y Lady Cassandra se encontraban esperando al pie de las escaleras, hablando muy animadamente sobre algo que parecía excitarlas especialmente. Ambas mujeres sonrieron al verla.
—¡Señorita Hofferson! —exclamó la señora Ingerman—. ¡Qué bien que se haya unido a pesar de su lesión!
Astrid las saludó con una reverencia que ambas mujeres devolvieron.
—Estoy bien, solo ha sido un corte superficial.
—Odio los cortes en las manos —observó Lady Cassandra con fastidio—. ¿No os pasa cuando escribís cartas y os cortáis con una hoja? ¡La herida no es nada, pero como duele!
—Solo tú puedes cortarte con una hoja, Cami —se mofó Heather.
Astrid se redujo a sonreír mientras ambas amigas reían a carcajadas. Por el trato y la cercanía, parecían conocerse desde hacía bastante tiempo. Rachel le había comentado que a muchas de las damas que había invitado eran amigas que conocía de toda vida. Algunas hijas de amigos de sus padres, otras vecinas de la zona y algunas, como era su caso, por alguna preciosa casualidad del destino. No pudo evitar tener cierta envidia por su amiga. Brusca era indudablemente una mujer tan popular como polémica y, aunque sus padres estuvieran un poco hartos por la cabezonería de su hija por no querer casarse, nadie negaba que allá donde estuviera ella tenía un séquito de amigos detrás.
—Señorita Hofferson, me preguntaba si nos podríamos dirigirnos a usted por su nombre —comentó la señora Ingerman—. Sabemos que no nos conocemos mucho, pero creo que podemos ser todas buenas amigas.
A Astrid le sorprendió aquella propuesta. Por un instante dudó si aquellas dos mujeres se estaban riendo de ella, pero se reprendió a sí misma por ser siempre tan irritantemente desconfiada.
—Por supuesto, señora Ingerman.
—Heather —le corrigió la mujer.
—Heather —repitió ella con una sonrisa.
—Y a mí me puedes llamar Camicazi —dijo Lady Cassandra sonriente—. O Cami, pero nunca Cass, por favor. Lo odio.
Astrid asintió sonriendo y se quedó charlando unos minutos con Heather y Camicazi hasta que bajó otro grupo de personas para unirse a la excursión. Por un rato, Astrid olvidó el desagradable encontronazo con Lord Haddock. Heather y Camicazi demostraron ser dos mujeres muy agradables y se preocuparon de integrarla en la conversación con los otros nobles. A las tres en punto, Rachel Throston bajó la escalera acompañada de Lord Haddock. Astrid sintió un desagradable nudo en su estómago y se esforzó en no mirar al duque.
El grupo salió en dirección al bosque cargados con cestas y cuchillos para cortar plantas. Astrid caminó a una distancia prudencial del duque, quien parecía enfrascado en su conversación con el marido de Heather, Justin Ingerman. Intentó participar en la animada charla que las damas mantuvieron sobre los preparativos cara a la Navidad, pero estaba demasiado tensa como para prestar atención a nada. Había sido muy desagradable con el duque, no podía negarlo, tanto que ni se atrevía mirarle a la cara. Lord Haddock había acertado de pleno con que Astrid le había juzgado en base a sus prejuicios y no era justo.
Debía disculparse con él.
Solo tenía que encontrar la ocasión más adecuada para hacerlo.
El grupo se dispersó tan pronto entraron en el bosque. Astrid caminó cerca de Heather y Camicazi al ver que Brusca estaba más preocupada por discutir con Richard Jorguenson, el primo de Lord Haddock. Procuró concentrarse en buscar y cortar plantas, aunque al poco roto la mano le había empezado a molestar debido al esfuerzo. Sin embargo, Astrid Hofferson era una mujer fuerte y orgullosa, por lo que se preocupó en no mostrar su dolor y en recopilar todo lo que fuera posible.
—¿No le duele la mano?
Astrid levantó la mirada con brusquedad tan pronto reconoció la voz nasal del Duque de Drumnadrochit. El Lord se encontraba a una distancia prudencial de ella, aunque estaba lo bastante cerca como para que Astrid pudiera apreciar la intensidad de su mirada. Su frente tenía una ligera arruga cerca de sus cejas y sus labios estaban sellados en una tensa línea recta. Astrid se incorporó de un salto y le hizo una reverencia, sin atreverse a mirarle directamente a los ojos.
—Me duele, pero es soportable, Su Gracia.
—No debería esforzarse si le molesta, señorita Hofferson —le reprendió el duque con dureza—. Se sobreesfuerza sin motivo alguno.
—Estaré bien —insistió.
Dio un respingo cuando su mano cogió de repente la suya para quitarle la cuchilla. Astrid alzó la mirada confundida, ¿cómo se había movido tan rápido? El duque se agachó a su lado para terminar de cortar el trozo de romero que Astrid había estado podando y se lo tendió para que lo metiera en la cesta. Estuvieron así, el duque cortando y ella organizando la vegetación de la cesta sin apenas intercambiar una sola palabra, hasta que el grupo decidió que ya era hora de regresar para tomar el té. Lord Haddock le devolvió el cuchillo e hizo una reverencia a modo de despedida, pero Astrid consiguió sacar el valor para murmurar:
—¡Espere!
El duque se giró confundido y ella se mordió el labio, no muy segura de qué era lo más adecuado que había que decir a la hora de disculparse con un duque.
—Le debo una disculpa —dijo ella sin muchos rodeos—. Antes… me pasé de la raya. No niego que me molestó su mentira, pero creo que no lo hizo con mala intención. Dije cosas que no debería haber dicho y he descargado toda mi frustración con usted. Ruego que me disculpe, Lord Haddock.
El hombre parecía muy sorprendido por su disculpa hasta el punto que durante unos segundos no supo reaccionar. Carraspeó antes de hablar.
—Señorita Hofferson, si alguien ha de disculparse aquí soy yo. Debí haberle dicho quién era desde el principio —le aseguró él con una sonrisa triste—. Sin embargo, no niego que si usted me dio tan buena impresión fue por lo natural y honesta que fue conmigo desde el momento en el que nos encontramos. Temí que si le confesaba quien era, ya no solo iba a incomodarla, sino que el trato iba a ser completamente distinto. Quería disfrutar por un rato lo que significaba ser simplemente Henry Haddock y no el Duque de Drumnadrochit. Ruego que me perdone usted precisamente por haberme aprovechado de la situación, pero detesto que me traten con tantísimo formalismo cuando no soy más que un hombre corriente. Un título no me hace más especial, siempre lo he creído así.
Irónicamente, Astrid no pudo evitar sentir lástima por aquel hombre. No debía ser mucho mayor que ella y si contaba con el título de duque debía ser porque su padre había fallecido. Astrid jamás había envidiado a la nobleza y Lord Henry Haddock no era una excepción. Sin embargo, Lord Haddock era el primer aristócrata que ella conocía que claramente no disfrutaba siéndolo.
—Puede llamarme Astrid si así lo desea —dijo ella con suavidad.
Lord Haddock jadeó sorprendido, pero dibujó una sonrisa tan afable y radiante que Astrid se quedó por un momento sin aire.
—Solo si usted me llama Henry —le propuso él.
Ella se rió por el entusiasmo en su voz.
—Está bien, Henry.
El joven estaba eufórico y ambos caminaron codo con codo, charlando animadamente, hasta la mansión de los Thorston. Le sorprendió lo inteligente que era, quizás algo torpe en el trato, pero sumamente educado y atento. Astrid se sentía a gusto hablando con Henry sobre todo porque claramente parecía prestar atención a todo lo que ella decía. Descubrió que era un lector voraz, tanto o más que ella, y se pasaron la tarde entera discutiendo sus visiones respecto a los lectores de la época. Su conversación, por supuesto, captó la atención del resto de los invitados de los Thorston; pero, por una vez, Astrid no quiso darle la más mínima importancia.
—Veo que te llevas muy bien con el duque —comentó Brusca con voz pícara después de la cena.
—Es un hombre muy agradable —señaló Astrid esforzándose en no ruborizarse.
—Y muy guapo —añadió su amiga moviendo las cejas.
Astrid puso los ojos en blanco, pero no replicó. No iba a negar lo innegable después de todo. Tras la velada nocturna en la que Astrid jugó a las cartas con las demás damas y disfrutó del concierto de piano dado por Camicazi en la que compartió alguna que otra mirada confidente con Henry, se marchó a la cama con la sensación de tener mariposas en el estómago. Debía tener mucho cuidado, se reprendió a sí misma. Henry Haddock era y solo podía ser un amigo, así que bajo ningún concepto podía imaginarse nada más que mantener una decorosa amistad con él.
Sin embargo, a la mañana siguiente, cuando Astrid salió de su cuarto para irse a desayunar chocó de bruces con él, causando que diera un traspiés hacia atrás. En una novela romántica quizás el caballero salvaría a la dama de la humillación de caer sobre su trasero, pero Henry Haddock demostró que podía ser muchas cosas, ¿pero un caballero andante? Muy poco probable. Tan pronto la sujetó de la muñeca para evitar que se cayera, se tropezó con sus propios pies y cayó con ella, aunque por suerte no sobre ella. Ambos se quedaron un poco impresionados por cómo en solo cinco segundos habían terminado de bruces en el suelo, pero Astrid enseguida rompió a reír de lo absurdo que le parecía todo. Henry no tardó en unirse a sus risas y Astrid no pudo contener el gesto de acariciar su mejilla enrojecida por el golpe.
—¿Le duele? —preguntó preocupada.
—Solo en mi orgullo —confesó él algo azorado—. Me temo que acabo de perder la poca dignidad que me quedaba.
—No sea ridículo —le regañó ella.
Astrid se perdió en sus ojos por un momento. ¿Cómo era posible que fueran tan verdes? Si una se fijaba podían apreciarse hasta diferentes tonalidades de verde en sus irises. Unas voces en el pasillo los sobresaltó y Astrid apartó enseguida la mano de su cara, avergonzada y confundida de su propio gesto. Henry la ayudó a levantarse y, tras comprobar que no había nadie en el corredor que pudieran señalarles de estar en la misma habitación, salieron a desayunar.
Los siguientes días fueron… ¿cómo decirlo? ¿Maravillosos? Tras demostrar un trato más informal con la persona de mayor rango del lugar, el resto de invitados pareció relajarse tanto como ella. Astrid pasó de ser la peculiar amiga pobre de Rachel Thorston a simplemente la amiga de Hampshire de Rachel Thorston. La influencia ya no solo de Brusca, sino también de Heather y Camicazi, quienes demostraron ser dos mujeres muy divertidas y agradables, sirvió para que se integrara del todo entre los invitados. Se encontraba tan a gusto que ni siquiera le molestaron las pullas puntuales que alguno o alguna todavía le lanzaban.
Y luego estaba Henry.
Astrid jamás se había sentido tan conectada con nadie, ni siquiera con Rachel. Eran muy diferentes, pero se entendían tan bien que aquellas diferencias no hacían más que enriquecer su amistad. Para sorpresa y mofas de los hombres, Henry se apuntaba a ayudar a las damas a elaborar los decorados de Navidad para colocarlos durante la Nochebuena. En ocasiones, Astrid se quedaba embobada mirando su manos trabajar con los hilos y las plantas. Observó que tenía cicatrices por sus dorsos y Henry le explicó que se debía sobre todo a la cría de caballos. Durante sus paseos por los jardines y alrededores, el duque le preguntaba sobre su vida en Hampshire y su familia. Astrid aprovechó también para preguntar sobre Escocia para irse mentalizada de la tierra que iba a encontrarse cuando marchara a trabajar. Sin embargo, mientras había quienes le habían advertido que Escocia era una tierra fría, desagradable y llena de gente ruda y maleducada, Henry le presentó un reino lleno historia, mitología y personas rurales y algo desconfiadas, pero maravillosas una vez que se ganaba su confianza.
—¿Por qué quiere trabajar en Escocia? —cuestionó Henry la noche anterior a Nochebuena—. ¿Acaso no hay puestos de institutriz en Hampshire o en algún lugar que le quede más cerca de su hogar?
Rachel y ella se tensaron ante su pregunta. En realidad, Astrid sí había intentado encontrar trabajo en Hampshire y por todo el sur de Inglaterra para no tener que marcharse tan lejos, pero tras su desagradable desencuentro con su sobrino, la Condesa de Steventon se había preocupado de extender rumores terribles sobre ella para que nadie la contratara. Astrid se había obligado a salir del radio de influencia de la condesa y solo había tenido suerte en Escocia.
—Es que Astrid quería un cambio de aires —mintió Rachel con una sonrisa forzada.
—Eso —concordó la joven intentando ocultar su nerviosismo.
Henry frunció el ceño.
—¿Y dónde va a estar exactamente?
—En casa del Vizconde de Dundee —respondió ella.
Henry dio un respingo, pero enseguida dibujó una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Los vizcondes de Dundee son mis vecinos! —exclamó encantado—. Tienen gemelos: Eloise y Colin. Dos pequeños demonios, tengo que decir, pero se dejan querer.
La euforia que había sacudido su cuerpo ante la idea de que Henry pudiera estar cerca, se apagó ante la mención de los gemelos. A Astrid no se le daban mal los niños, en el seminario había dado más de una clase a las niñas pequeñas cuando la señora Rochester, la profesora de francés, se acatarraba. Sin embargo, una cosa era el seminario y otra muy distinta era la casa de un vizconde. Los niños estaban en su territorio y ella era la terrorífica institutriz que venía a destrozarles la infancia.
—Piensa en lo positivo, Astrid: al menos Henry estará por allí —le aseguró su amiga con picardía.
Astrid le habría clavado el tenedor en el ojo de no considerarse poco decoroso. Sin embargo, Henry rió y la joven apreció el rubor en sus mejillas llenas de pecas.
—Por supuesto que estaré allí para usted, señorita Hofferson. Es más, tengo esperanza de que me permita enseñarla a montar a caballo.
Rachel parecía entusiasmada ante tal propuesta y empezó a compartir sus impresiones con el conde respecto a la crianza de ciertas razas. Sin embargo, la mente de Astrid estaba muy lejos de aquella conversación. ¿Henry quería verla en Escocia? ¿Cómo reaccionarían los vizcondes tan pronto descubrieran que ella era amiga de una figura tan importante? Estaba segura que no estaría bien visto que un duque enseñara a una institutriz a montar a caballo y los vizcondes no tolerarían que hiciera nada que pudiera distraerla de sus tareas o que trajeras chismorreos a su casa. Tal vez el hecho de que estuviera más cómoda entre aquellas personas había causado que también hubiera bajado la guardia. No podía haber pasado desapercibido el acercamiento que el duque había hecho con ella. Henry trataba a los demás con amabilidad y decoro, pero siempre parecía más abierto y relajado cuando estaban juntos. Había estado tan distraída con él que no se había detenido a escuchar los susurros a sus espaldas.
¿Qué habrá visto Lord Haddock en esa doña nadie?
¿No es evidente? Seguro que es su querida.
¡Ilusa de ella! ¿De veras se piensa que alguien como el Duque de Drumnadrochit iba a poner sus ojos en una insulsa institutriz?
Astrid sintió que la sala entera le daba vueltas. Por supuesto, el primero en darse cuenta de su malestar fue Henry. Él era el único que podía verla entre tanta gente esplendorosa y especial. ¿Por qué? ¡A saber!
—¿Astrid? ¿Está bien?
—S-sí —balbuceó y se dirigió a su amiga—. Creo… creo que me voy a retirar si no te importa, Rachel —no esperó a la respuesta de su amiga y se levantó para hacer una torpe reverencia a los presentes—. Dis… Disculpen.
Todos los hombres, que se habían levantado a la par que ella, se sentaron a excepción de Henry, quien la observaba muy preocupado.
—¿Seguro que está bien, señorita Hofferson?
—Sí, sí, le aseguró ella. Es un simple mareo por… por…
¿Por qué? ¿Por qué se había dado de bruces con la realidad?
—Lord Haddock —intervino Brusca—. Hay ciertas cuestiones de salud que solo incumben a las damas.
Henry necesitó unos segundos para comprender a qué se estaba refiriendo y sus mejillas se tiñeron de escarlata antes de hacer una reverencia y sentarse de nuevo. Astrid, muerta de la vergüenza, se anotó mentalmente para matar más tarde a su amiga mientras dormía. Subió a su dormitorio y se desvistió con lentitud mientras observaba la nieve caer desde su ventana hasta quedarse completamente desnuda. Se soltó el recogido para dejar que sus rizos rubios cayeran sobre su espalda y se acercó al espejo que había en un rincón de la habitación. Hubo una vez que la Condesa de Steventon, allá cuando su sobrino mostró un interés notable en ella, comentó que Astrid contaba con una belleza «correcta», lo que venía traduciéndose como «suficiente como para no llamar la atención, pero lo bastante para ser agradable a la vista». Astrid nunca había sido alguien que se preocupara especialmente por su imagen. Cuando no tenía que realizar o recibir visitas, siempre había priorizado la comodidad a verse como una dama. Ahora que iba a ser institutriz en una casa tan importante como la del Vizconde de Dundee, Astrid tendría que olvidarse de la comodidad para siempre. Vestiría siempre con colores oscuros, su pelo tendría que ir siempre perfectamente recogido y con el paso del tiempo su «correcta» belleza se consumiría del aburrimiento y el estrés. Sus pechos se caerían; la pequeña curva de grasa de su vientre iría a más por su mala tendencia a comer de más cuando estaba ansiosa; su pelo se llenaría de canas; su cara se arrugaría como una pasa y ya nunca nadie querría tocarla.
Como casi todas las jóvenes, Astrid siempre había fantaseado con casarse por amor, pero jamás se había planteado la sola posibilidad de que pudiera pasarle a ella. Su carácter difícil y su posición social imposibilitaba cualquier opción y había sido una tonta por plantearse por un solo segundo que pudiera suceder algo entre Henry Haddock y ella. Cierto era que apenas le conocía, pero cada vez que sentía sus intensos ojos verdes puestos en ella, la rugosidad de sus manos cuando sostenía las suyas o su hermosa sonrisa hacía que se acumulara un calorcito en su pecho y en su bajo vientre que nunca antes había sentido.
No podía estar enamorándose.
Apenas le conocía desde hacía una semana.
Por muy afable y encantador que fuera, Henry Haddock era un duque y ella no era más que una institutriz.
Astrid se apartó del espejo y se puso el camisón antes de meterse a la cama. Pese a que su mente parecía que iba alterar su sueño, se durmió rápido. Sin embargo, de haber sabido que iba a sufrir tantas pesadillas, no se habría dado tanta prisa por quedarse dormida. Soñó con niños con caretas de demonio que no paraban de reírse y tirarle bolas de papel o con una reducida habitación cuyas cuatro paredes iban cerrándose más y más a su alrededor o como el horrible sobrino de la condesa se abalanzaba de nuevo sobre ella solo que ésta vez su cuerpo era incapaz de reaccionar.
Astrid se despertó sobresaltada. Su habitación estaba en penumbra debido a que todavía era noche cerrada. Sin embargo, cayó enseguida que se había despertado porque alguien estaba tocando a su puerta de forma ansiosa. Astrid se puso la bata, encendió una vela y se acercó a todo correr para abrirla. Tuvo que hacer malabares para que la vela no cayera al suelo cuando se encontró con Henry en el pasillo sosteniendo un candelabro cuya luz acentuaba sus rasgos perfilados. Aún vestía todavía con el traje que había llevado durante la cena, aunque tenía la corbata desatada y el cuello de la camisa suelto, exponiendo la piel de su cuello. Aún así, se sintió un tanto expuesta al ir ella vestida solo con la bata y el camisón.
—¿Se… se encuentra bien? —preguntó Henry angustiado.
—¿Yo? —dijo ella confundida—. Por supuesto, estoy bien. Debe de ser muy tarde, Henry, quizás…
—Es que… —le cortó él apurado—, le he escuchado sollozar, Astrid.
—¡Oh! —exclamó ella azorada—. Discúlpeme, he tenido una pesadilla, pero como ve, estoy bien.
Henry asintió, aunque ni se movió ni dijo nada, simplemente se limitó a mirarla con sus intensos ojos verdes.
—Lord Haddock, yo…
—La he ofendido, ¿verdad? —dijo él muy triste—. He dicho algo durante la cena que tuvo que molestarla y por eso se marchó.
Astrid negó rápidamente con la cabeza.
—Nada que usted pueda decirme me molestaría, Henry —se apresuró ella en aclarar.
—No me mienta, Astrid, por favor —le suplicó Henry desesperado—. ¿Acaso no quiere… no quiere que mantengamos nuestra amistad cuando acaben las fiestas y nos marchemos a Escocia?
Astrid no se había dado cuenta que su respiración estaba acelerada y que tenía un nudo en la garganta por la angustia que nublaban los bellos ojos de Henry.
—Yo… yo… no es correcto, Lord Haddock —balbuceó ella con torpeza—. Usted es un duque y yo… no soy nadie.
No había reparado lo cerca que estaban. Podía sentir el calor de su cuerpo y su respiración contra su cara. Intentó dar un paso hacia atrás, pero era como si una fuerza invisible la retuviera. Una parte de ella quería salir corriendo, pero la otra… quería fundirse con él, quedar atrapada entre sus brazos y besar su cuello, su mandíbula… Todo. Los ojos de Henry la contemplaban con tal intensidad que Astrid tuvo que apartar los suyos de lo abrumada que se sentía.
—Astrid, tú lo eres todo para mí —confesó Henry en un susurro.
—¿Por qué? —preguntó ella con voz de hilo.
La joven jadeó cuando cogió suavemente de su barbilla para obligarla a que le mirara. Sus ojos se fueron directos a sus labios y Astrid se preguntó cómo sería besarlo. Sus experiencias en besos se reducían más a su experiencia con otras chicas en el seminario que a otra cosa, pero nunca antes había besado a un hombre. El sobrino de la condesa lo había intentado y, en consecuencia, había acabado con la mandíbula rota.
Pero Henry era diferente.
Muy diferente.
Anhelaba que la besara.
Que la amara.
Porque él la había visto más allá de su posición, de su escasa riqueza y de su tan poco valorado apellido.
La había visto cuando para todos los demás siempre había sido invisible.
Los labios de Henry se detuvieron a escasos milímetros de los suyos, solo necesitaba inclinarse un poquito más y ella se rendiría a sus pies. Sin embargo, ninguno se movió pese a la evidente necesidad y anhelo.
—Buenas noches, señorita Hofferson —susurró Henry antes de apartarse y retirarse a su dormitorio.
Astrid se quedó unos segundos allí de pie, jadeante y sin palabras. ¿Qué acababa de pasar? ¿Cómo habían llegado hasta el punto de estar a punto de besarse? Se llevó la mano a su pecho para calmar su agónico corazón que latía al trote de sus nervios. ¿Sería posible que ella… le gustara al duque? ¡No podía ser!
Era imposible, sencillamente imposible.
Cuando se vio capaz de moverse, Astrid cerró suavemente la puerta, aunque se quedó unos segundo más apoyada contra ella antes de volver a la cama. No obstante, fue incapaz de conciliar el sueño. Tenía la tripa llena de mariposas decididas a bailar sin cesar y no había forma de que pudiera apartar la visión de la mirada y los labios de Henry Haddock en su cabeza. Intentó ocupar su mente leyendo, escribiendo alguna carta e incluso paseando por su habitación, pero fue incapaz de volverse a dormir. Cuando aparecieron las primeras luces de la mañana, Astrid decidió que no podía estar allí metida por más tiempo. Se vistió y se abrigó y, sin hacerse nada más que una simple trenza, salió a dar un paseo a pesar de la nieve.
Estuvo caminando por los alrededores hasta que sus pies no pudieron soportarlo más. Los criados la observaron intrigados y curiosos cuando se deslizó por la zona de la servidumbre de regreso a su cuarto cuando ya se acercaba la hora del desayuno. Su falda estaba empapada a causa de la nieve, andaba de puntillas de lo mucho que le dolían los pies y tenía unas ojeras muy marcadas bajo sus ojos.
Quizás debería marcharse al día siguiente.
Podría escribir a Lady Mackenzie y comunicarle que podía adelantar su llegada para iniciar las clases de inmediato. Los niños la odiarían, pero al menos ella habría huído de la humillación de ser rechazada eventualmente por Henry. Se había convencido a sí misma de que debía estar bebido, que todo lo de anoche no había sido más que un producto de la ebriedad del duque, aunque no había percibido el olor a alcohol en su aliento y, por lo que había visto, tampoco era muy dado a consumir ninguna clase de licor.
Tal vez hubiera perdido la cabeza. El duque había demostrado ser un hombre peculiar, ¿quién sabe si no estaría realmente loco? No era normal que un hombre fuera tan atento y dulce como lo era hoy y mucho menos que se fijara en ella.
Imposible, sencillamente imposible.
Astrid fue la primera en llegar a la sala del desayuno. Se distrajo leyendo la prensa, aunque al poco rato se dio cuenta que había leído la primera línea de la noticia varias veces sin comprender lo que estaba leyendo realmente. La conversación tampoco fue lo bastante entretenida como para distraerla de su ansiedad, sobre todo porque temía que Lord Haddock pudiera aparecer en cualquier momento.
—Se ha ido a montar a caballo —le dijo Brusca cuando pasaron al cuarto de dibujo a recoger los decorados de Navidad—. No tardará, me ha prometido que iba a ayudarnos con esto.
—¿Y porque me dices esto?
—No has dejado de mirar a la puerta durante todo el desayuno y estás un poco rara, como si estuvieras nerviosa —le indicó Brusca con aire divertido.
—Yo no estoy nerviosa —se defendió Astrid indignada.
—Si tú lo dices...
—Lo digo.
—Ha pasado algo entre vosotros, ¿a que sí? —preguntó su amiga con picardía.
—No.
—¡Por favor! ¡Si no puede ser más evidente que os gustáis!
Astrid le hizo un gesto para que bajara la voz.
—Deja de pensar que esto es un cuento de hadas, Rachel —sentenció Astrid furiosa—. No va a pasar nada entre nosotros. Henry se casará algún día con una hermosa mujer de alta cuna, mientras que yo me dedicaré a educar a niños de su clase.
—¿Cuándo dejarás de tener tantos prejuicios, Astrid? —le achacó Brusca con rabia—. No dejas de sabotearte a ti misma para ser feliz. ¿No has pensado que precisamente porque es duque, Henry puede hacer lo que le venga en gana? Él puede escoger, Astrid.
—Pero yo no —replicó la joven molesta—. Apenas nos conocemos y tarde o temprano descubrirá lo que realmente soy.
—¿Y qué eres si se puede saber?
Astrid sostuvo su mirada desafiante.
—Una mujer pobre, sin dote, que cuenta con la suficiente suerte de tener buenas amigas y una educación, pero que no puede aspirar a más que ser una figura invisible de la que nadie se va acordar.
Brusca lucía atónita y furiosa por sus palabras.
—Eres tu peor enemiga, Astrid —le recriminó—. No todo es un nombre y una fortuna. Eres la mujer más lista que conozco, pero demuestras ser una ignorante en lo que respecta al respeto a una misma.
—Rachel, no…
Pero Brusca se alejó de su lado para hablar con las otras damas y enfocarse en decorar su casa. Astrid hundió los hombros y se puso con Heather, su marido y Camicazi a decorar la zona de la escalera. Henry apareció no mucho tiempo después. Se había cambiado de ropa, pero su pelo seguía revuelto a consecuencia de la carrera que se había dado con su caballo. No le dirigió una sola mirada y Astrid procuró concentrarse en hacer los nudos de los decorados sobre la barandilla. Sin embargo, al cabo de un rato, ambos coincidieron en el comedor completamente solos. Procuraron trabajar cada uno por su lado, demasiado nerviosos y avergonzados como para formular una sola palabra. Aún así, el silencio resultaba ensordecedor. Quería escuchar su voz, disfrutaba de su conversación y la calidez y la pasión con la que siempre le contaban las cosas.
Quería tenerle cerca. Tan cerca que pudiera derretirse por el calor que desprendía su cuerpo y que la protegiera de todo mal entre sus brazos.
—Henry…
—Astrid…
Ambos se habían girado al mismo tiempo y se quedaron impresionados por su coordinación. Ambos rieron nerviosos.
—Por favor, usted primero —le dijo Henry.
—No, no, insisto, usted primero —replicó ella insegura.
Henry tragó saliva.
—Me preguntaba si usted… —cerró los ojos un momento—, ¿podría concederme un baile esta noche?
Astrid alzó las cejas, sorprendida por su propuesta.
—Cla… claro —le indicó ella—. Le reservaré el tercero o el cuarto.
Henry hizo una mueca de horror.
—¿Acaso tiene reservado el primero?
La joven contuvo la respiración.
—Generalmente, el hombre de mayor rango reserva los primeros bailes a la anfitriona y a la mujer de mayor rango —explicó Astrid con voz temblorosa—. Yo… no cumplo dichas condiciones.
El duque se acercó lentamente hasta que se quedó a un metro escaso de ella.
—¿Pasaría algo si usted y yo bailáramos juntos el primer baile? —preguntó él con cautela.
—No sería correcto —insistió ella—. Sería más bien un escándalo.
—¿Pero moriría alguien a consecuencia de ello?
Astrid arrugó el ceño.
—¿No? —dijo ella confundida.
—Entonces permítame que le insista que me gustaría bailar con usted el primer baile.
—Lord Haddock, no…
—Astrid —le cortó Henry tajante—. Olvídate por un instante de todo. La pregunta es sencilla: ¿quieres o no quieres?
Aunque esta vez no estaba tan cerca como la noche anterior, Astrid sintió sus piernas endebles. Sin embargo, solo necesito cruzar sus ojos con los suyos para decirlo.
—Quiero.
Los hombros de Henry se relajaron en ese mismo instante y ella soltó una carcajada para desahogar la tensión que se le había acumulado en el cuerpo. De repente, Hipo cogió de su mano y acarició su dorso con su pulgar.
—Ayer estuve a punto de hacer algo muy indecoroso; sin embargo, no puedo controlarme cuando te tengo cerca, Astrid. No soy… el hombre más seductor ni más atractivo, pero me preguntaba si habría posibilidad de que tú y yo…
Astrid no esperó a que terminase. Dio un paso al frente, cogió del cuello de su chaqueta y tiró de él para que la besara. Henry parecía tan impresionado por su acción que al principio no supo reaccionar, pero tan pronto pareció comprender que aquello era real, pegó su cuerpo contra el suyo y abrió su boca para dar paso a su lengua. Ningún beso que ella hubiera dado se parecía a aquel. Bajo esa máscara de afabilidad y timidez, se escondía un hombre apasionado que la deseaba con fervor. Sus manos exploraban curiosas su cuerpo; aunque, para su enorme frustración, no tocaba donde ella necesitaba que la tocara.
Se apartaron cuando se quedaron sin aire y, aunque su primer instinto fuera volverse a fundirse en otro beso, se quedaron quietos, consciente de que cualquiera que entrara en el comedor podría pillarlos. Mientras recuperaban el ritmo de su respiración, ambos se miraron fijamente, consternados por su propio comportamiento.
—Cielos santos, Astrid, perdona, yo…
—¡No, no, si he empezado yo! —exclamó ella avergonzada.
—Pero he sido yo quien te he incitado a hacerlo —insistió él—. Te juro que yo no soy de esos hombres que se aprovechan de las mujeres cuando les surge la posibilidad, pero no niego que hay una parte de mí que no parece entrar en razón cuando estás cerca.
—Henry, yo…
—¡Aquí estás! —exclamó alguien desde la puerta. Eran Heather y Camicazi y el primer impulso de Astrid fue dar un paso para alejarse de Henry, aunque las mujeres no parecían atentas a su evidente cercanía—. ¿Habéis acabado ya? Tenemos que ir a prepararnos para el baile, Astrid.
—Pero si aún no hemos ni almorzado —se quejó la joven confundida.
—Rachel ha invitado a un montón de gente para el baile y tiene mucho que hacer todavía. Ha dado orden a los criados para que nos lleven la comida a nuestras habitaciones —explicó Heather cogiendo de su mano y miró a Henry, quien discretamente había dado un paso hacia atrás para marcar todavía más distancia con ella—. Henry, Justin y los demás te buscan, dicen que quieren salir a cazar. Quizás deberías ir.
Henry puso los ojos en blanco y Astrid contuvo una sonrisa. Sabía bien que, aunque al duque le encantaba cabalgar, no soportaba la caza. Henry hizo una reverencia y se despidió amablemente antes de retirarse. Astrid se dejó llevar por las mujeres hasta la habitación de Camicazi. Los criados les trajeron un surtido variado de sándwiches, aunque Astrid apenas probó bocado de los nervios que inundaban su estómago.
¿Qué demonios estaba pasando entre Henry Haddock y ella?
Acaso… ¿Se estaban enamorando?
¿Sería eso posible?
Astrid estuvo dándole vueltas a esa cuestión mientras observaba cómo Heather y Camicazi se probaban diferentes vestidos. Aunque Astrid no era especialmente coqueta, no pudo negar que fue divertido juntarse con dos mujeres tan obsesas por la moda. Las ayudó a escoger los vestidos —dado que ellas sí contaban con una selección considerable de vestidos por donde elegir— y las ayudó a arreglarse el pelo.
—Oye, ¿y tú qué? —preguntó Camicazi al caer que Astrid seguía con el sobrio vestido verde de manga larga que se había puesto esa mañana—. ¿Dónde están tus vestidos?
—Solo tengo uno —respondió Astrid concentrada en no quemar su pelo con las barras metálicas que usaban para hacerse tirabuzones—. Es uno blanco que suelo ponerme para las ocasiones especiales.
Se hizo un incómodo silencio en el dormitorio. Un silencio al que Astrid estaba acostumbrada cuando recordaba a mujeres como Heather o Camicazi que ella no era como ellas. Incluso Rachel necesitó un tiempo para acostumbrarse. Sin embargo, Astrid se sentía peor por ellas que por sí misma, dado por lo mucho que se violentaban al no haber recordado que ella solo era la hija de un vicario.
—¿Quieres que te deje un vestido? —le preguntó Heather—. Tienes más pecho que yo, pero estoy segura que alguien puede arreglarlo…
—Tengo yo alguna joya que te puedo prestar si quieres…
Ambas mujeres parecían muy decididas a enmendar su error, pero Astrid rechazó todas sus ofertas. No le gustaba que la trataran con lástima. Su vestido, aún siendo algo viejo, era más que correcto y aún le sentaba bien. Cerca de las seis de la tarde, cuando ya se podían escuchar a los primeros invitados llegar en la planta baja, Astrid se retiró en su habitación para vestirse. Para su desconcierto, se encontró con una doncella que parecía que llevaba un rato esperándola y le hizo un reverencia tan pronto entró.
—No hace falta que me ayudes a vestirme —le dijo Astrid con cierta desgana—. Me las puedo arreglar sola.
—La señorita Thorston me ha insistido que la ayude, señorita —explicó la muchacha apurada—. Dice que necesitará ayuda con los lazos de la espalda su vestido.
—¿Lazos? Si mi vestido no tiene la…
Astrid se quedó con la palabra en la boca cuando reparó en la caja que había al pie de la cama. Miró a la criada interrogante y esta se redujo a tenderle un sobre con una nota dentro. Reconoció la letra de Rachel:
Ya. Lo sé. No quieres que te agasajen como te mereces, pero para tu buena suerte nunca te hago caso. Consideralo un regalo de Navidad adelantado, me lo agradecerás.
Rachel.
P.D. El azul es el color favorito de cierto duque. Si es que tengo un ojo…
Astrid abrió la caja con manos temblorosas y dentro se encontró un precioso vestido de seda azul zafiro con bordados en hilo de plata. Se quedó maravillada y sintió unas inmensas ganas de llorar y a la vez de correr al otro extremo de la casa para abrazar a su amiga. La criada sonrió cómplice y Astrid, por primera vez en vida, se dejó vestir. No tenía ni idea de dónde había sacado Brusca sus medidas, pero aquel vestido le quedaba a la perfección. El azul resaltaba con la palidez de su piel y la criada recogió su cabello en un impresionante recogido que adornó con pasadores con forma de flores de plata prestados por la propia Rachel. La criada le tendió unos guantes blancos y, antes de que Astrid pudiera ponerse sus zapatos, le acercó unos nuevos y relucientes.
—Esto es demasiado —se quejó la joven.
La criada le tendió otra nota.
Cállate y póntelos.
Rachel.
Astrid puso los ojos en blanco, pero decidió hacer caso y no protestar. La doncella le hizo girarse hacia el espejo cuando la terminó de calzar y sonrió ante su cara de estupefacción. Aquel vestido le sentaba tan bien y la doncella la había arreglado de tal forma que le costaba creer que la mujer que estaba reflejada en el espejo fuera ella misma.
—Está espectacular, señorita —apuntó la doncella ilusionada.
Astrid salió de su dormitorio hecha un mar de nervios, pero al mismo tiempo no recordaba haber estado nunca tan emocionada por acudir a un baile. Bajó las escaleras con lentitud, disfrutando de la esplendorosa decoración que lucía preciosa a la luz de las velas. Brusca la esperaba con un fabuloso vestido color esmeralda con bordados de flores rojas y con una sonrisa pícara y radiante justo en la entrada del salón de baile. Astrid se giró sobre sí misma para que apreciara lo bien que le sentaba su regalo.
—Se de uno que se va a volver loco cuando te vea —susurró su amiga.
—¡Cállate! —le ordenó con una sonrisa.
—¡Nunca! —se burló Brusca.
Astrid entró en la sala que estaba repleta de gente. La música de la orquesta de cuerda sonaba por toda el salón de baile gracias a su fantástica acústica. La gente que había estado alojada esos días la saludaron entusiasmados, alabando su esplendoroso aspecto y más de uno de los hombres les pidieron que por favor les reservara un baile para más adelante. Incluso Richard "Mocoso" Jorgeson, quien no apartaba los ojos de Brusca, le pidió que bailara con él más tarde.
—¿Lo hace para dar envidia a Rachel? —preguntó Astrid de forma burlona.
Richard dijo sí, aunque enseguida rectificó poniéndose muy colorado.
—No creo que vaya a conseguir mucho con eso de que quiera ponerla celosa. Si quiere su atención es mejor ser directo con ella —le aconsejó la joven con una sonrisa.
Mocoso la observó horrorizado.
—¡Eso es una locura!
—Y por eso le gustará a Rachel —insistió ella sin perder la sonrisa.
El hombre asintió y terminó retirándose mientras refunfuñaba algo de que tenía que preparar su declaración. Astrid no supo si alegrarse o compadecer a su amiga.
—¿Astrid Hofferson?
La joven se quedó helada cuando oyó esa voz tan familiar a su espalda. ¡No podía ser! ¡Ni en sus peores pesadillas podía imaginarse un escenario peor! Se giró con lentitud, rezando a Dios porque, por favor, aquel hombre que estaba a su espalda no fuera el sobrino de la condesa de Steventon, Sir Viggo Grimborn. Sin embargo, Dios nunca había sido piadoso con ella, por lo que se volteó ante el último hombre con el que deseaba toparse en el mundo. Su boca tenía una forma muy rara, probablemente a consecuencia del golpe que le había dado tres años atrás, aunque sus ojos eran tan fríos que podían helar el alma.
—Vaya, vaya, mira quien tenemos aquí. Una bestia porquera haciéndose pasar por una dama —comentó Viggo con maldad—. ¿Te has colado en la fiesta?
Astrid se redujo a sostener su mirada en silencio, poco dispuesta a entrar en su juego.
—¿Ahora te ha comido la lengua el gato? Recuerdo que tú siempre tenías algo que decir, querida.
—¿Qué hace usted aquí? —cuestionó ella sin molestarse en ocultar la ira en su voz.
—Mi esposa es amiga de la señora Thorston —señaló el hombre con una sonrisa, aunque la deformación de su boca la mostraba como una hueca espeluznante—. Ahora lo recuerdo, ¿no eras tú la mascota de la hija? ¿Sabe ella de tus violentos arrebatos, querida?
—¡Váyase al cuerno! —escupió Astrid.
La joven intentó alejarse, pero Viggo cogió de su brazo con fuerza.
—Te irás tú antes, querida. Podrás llevar un vestido bonito y parecer una dama de alta cuna, pero yo sé cómo eres realmente, Astrid Hofferson. Me imagino que nadie de aquí sabe lo que me hiciste, ¿verdad? —cuestionó el hombre con voz envenenada—. Mírame, Astrid, ¡mira lo que me hiciste!
La joven intentó zafarse del violento agarre del hombre, pero Grimborn la tenía tan sujeta que estaba segura que le dejaría marcas en la piel.
—Grimborn, suéltela ahora mismo.
La voz de Henry sonaba firme a su espalda. Grimborn la soltó y Astrid se volteó hacia el duque angustiada. Estaba guapísimo, se había peinado el pelo hacía atrás y se había puesto un traje oscuro que había combinado con un chaleco y una corbata azul. Ninguno de los dos hombres hizo una reverencia y algunas miradas curiosas se posaron en ellos ahora que el duque estaba interviniendo.
—Lord Haddock, me sorprende verle por aquí. Pensaba que usted no era dado a los eventos sociales —cuestionó Grimborn forzando una sonrisa—. ¿Acaso está buscando esposa? Estos bailes son muy propios para hacerlo, aunque no esperaba que tuviéramos que mezclarnos con la plebe.
Astrid fulminó a Grimborn con la mirada, pero no dijo una sola palabra. No quería provocarlo y mucho menos delante de Henry. Era un hombre tan desagradable como violento, por lo que se mantuvo callada y agradecida de que al menos sus sucias manos ya no estaban sobre ella.
—Esa es la riqueza de las fiestas, ¿no cree? —comentó Hipo moviéndose ligeramente de tal manera que Astrid se quedó tras él—. Unos vienen del campo, otros de una gran ciudad y otros tantos directos de un ring. ¿Cómo está su lesión, por cierto? Veo que ya puede pronunciar perfectamente las consonantes, deberá sentirse orgulloso.
Si las miradas matasen, Grimborn ya habría fulminado a Henry. A Astrid no le sorprendió que Viggo hubiera decidido inventarse que el golpe que ella le había propinado años atrás había sido consecuencia de un combate de boxeo. Su ego era demasiado grande como para admitir que había sido una mujer y no un boxeador la que le había partido la mandíbula. El boxeo era considerado un deporte de caballeros, aunque Astrid tenía entendido que podía llegar a ser una afición muy peligrosa.
—¿Cuándo se animará usted a subirse a uno, Lord Haddock? —preguntó Grimborn con malicia—. Debería seguir el ejemplo de su padre y unirse a nuestro club.
Henry forzó una sonrisa.
—Lo mío son los caballos, Sir Grimborn, pero agradezco su invitación.
—¿Acaso no se atreve? —se mofó Viggo.
—Al contrario —confesó Henry sin perder la sonrisa—, mi padre insistió que aprendiera a boxear aún cuando nadie creyó que pudiera hacerlo, pero considero más interesante invertir mi tiempo en aficiones menos… consecuentes.
La tensión era más que palpable en el ambiente, hasta el punto que habían captado la atención de todos los invitados de su alrededor. Astrid deseó salir escopetada de allí, pero temió que su huída solo fuera leña para alimentar el deseo de Grimborn para perjudicarla. Su palabra valía mucho más que la suya y cualquier mentira que soltara por su boca supondría su ruina.
—Si me disculpa, Sir Grimborn, la señorita Hofferson y yo tenemos que ir a saludar unos amigos en común —comentó Henry posando su mano discretamente en la espalda de Astrid para empujarla lejos de allí.
—Tenga cuidado, Lord Haddock, la señorita Hofferson puede parecer una dama, pero no es más que la hija de un vicario.
Henry abrió la boca para defenderla, pero Astrid se le adelantó:
—Estoy muy orgullosa de ser la hija de mi padre, Sir Grimborn. Todas las personas de este lugar saben perfectamente de donde vengo; la única diferencia es que, al contrario de usted, no sienten la necesidad de que esté siempre dando las gracias por estar en el mismo lugar que ellos.
Viggo sonrió con maldad y a Astrid se le puso la piel de gallina al caer que quizás había caído de pleno en su trampa.
—Usted siempre se ha creído mejor que los demás aún sin tener razones para serlo, señorita Hofferson. No es más que una busca fortunas y una ladrona.
Astrid se quedó consternada ante su acusación mientras que la gente de su alrededor jadeó escandalizada.
—Esa es una incriminación muy dura para lanzarla sin pruebas, Grimborn —dijo Henry enfadado.
—¿Quien dice que no las tengo? Mi tía, la Condesa de Steventon, asegura que esta mujer le robó unas joyas hace tres años.
—¡¿Disculpe?! —exclamó Astrid horrorizada—. ¡Eso no es cierto!
—¡Por supuesto que lo es! —insistió Grimborn sin perder la compostura—. Podría hacer aquí mismo el inventario de todo lo que robó, ¿o prefiere que hable de cómo usted intentó seducirme para alcanzar la fortuna de mi querida tía? —miró a Henry, quien había palidecido ante su discurso—. Aunque veo que tras mi rechazo, ha puesto sus ojos en un premio mucho más jugoso. Sin lugar a dudas, aspira alto, señorita Hofferson, pero no dudo que Lord Haddock será... consecuente con su elección. Después de todo, ¿cómo reaccionaría el Parlamento si descubrieran que se podría casar con una ladrona seduce hombres? Sólo tiene que preguntar por Hampshire, Lord Haddock, cualquier podría corroborar lo que le digo.
Astrid pensaba que podría desmayarse allí mismo. Quería gritar y golpear a aquel hombre para hacerle callar, pero se quedó helada, incapaz de pronunciar una sola palabra. Desde el instante que supo que Viggo Grimborn había puesto su interés en ella, Astrid había rehuido de él como la peste. Ya no solo porque era considerablemente mayor que ella —cuando se conocieron, Astrid tenía veinte recién cumplidos y Grimborn treinta y cinco—, sino porque le pareció un hombre déspota, calculador y manipulador. Jamás se había planteado siquiera la opción de casarse con él y Grimborn no era alguien al que le gustara que le dijeran que no. Eso por no mencionar que deseaba casarse con ella por lujuria, puesto que Astrid no podía aportarle mucho más que ser un bonito florero para la casa de un futuro conde.
La gente chismorreaba a su alrededor y la juzgaban con la mirada. Astrid deseó morirse. Nunca, en toda su vida, se había sentido más herida y humillada. Más sabiendo que Viggo la había expuesto como algo que no era ante Henry.
—Tenga cuidado, Lord Haddock —continuó Grimborn—. Ya le digo que esta mujer, si es que se la puede llamar así, es de la peor…
Grimborn no terminó porque el puño de Henry le golpeó de lleno en la boca. Los invitados exclamaron atónitos cuando Grimborn cayó al suelo con las manos a la boca y gimiendo de dolor, mientras que el duque se ajustaba la chaqueta y se arreglaba el pelo.
—Cómo ya le dije, aunque no me encante, mi padre se preocupó de enseñarme el arte del boxeo. Creo que esto es dejar K.O. al contrincante, ¿verdad? —dijo Henry recuperando el aire y se dirigió al resto de la sala—. No sé si hay un cirujano en la sala, me temo que hay recolocarle la mandíbula de nuevo.
Se hizo un barullo importante en la sala, pero Astrid era incapaz de salir de su estado de shock. Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar, Henry la cogió del brazo y la llevó discretamente hacia uno de los ventanales que daban al jardín y salieron sin que nadie se percatara. Pese al terrible frío que hacía fuera, Astrid siguió a Henry sin titubear, deseosa de huir lo más lejos posible de aquella sala de baile del demonio. Rodearon la casa hasta alcanzar los establos y entraron en la pequeña habitación en la que Henry había curado la herida de su mano cuando se conocieron.
—Henry, yo...
Pero Henry parecía más concentrado en encender un fuego para calentar la sala y actuó como si no la hubiera oído. Astrid se quedó muy quieta, a la espera de que en algún momento, Henry quisiera reparar en ella. ¿Habría creído a Grimborn y por eso ni siquiera la miraba ahora? Quizás le había dado un puñetazo por el simple placer de dárselo, pero no hubiera pensado que Henry Haddock fuera de esos que disfrutaran con la violencia. Henry consiguió encender la chimenea y acercó dos sillas al fuego, entonces se dirigió a ella para hacerle un gesto para que se sentara con él. Titubeante, Astrid se acercó y se sentó, aunque casi hubiera preferido estar de pie.
Estuvieron un rato en silencio, Henry tenía la mirada clavada en el fuego mientras se acariciaba los nudillos de su mano izquierda que estaban ligeramente enrojecidos por el puñetazo. Astrid tomó aire antes de preguntar:
—¿Estamos aquí por alguna razón?
Henry volteó la cabeza lentamente hacia ella.
—Si vuelvo allí, lo mataré. Así que convendría estar en un sitio apartado hasta que me calme.
Astrid parpadeó sorprendida.
—¿Entonces no crees en nada de lo que dijo?
—¿Debería? —cuestionó Henry con el ceño fruncido—. ¿Acaso había verdad en sus palabras?
—Ninguna.
Henry soltó un suspiro de alivio.
—Entonces hice lo que tuve que hacer.
—No tiene sentido lo que has hecho —le regañó ella frustrada—. No necesito que defiendas mi honor.
El duque sostuvo su mirada durante unos segundos.
—¿Y qué querías que hiciera entonces? ¿Quedarme callado mientras ese hombre deja tu reputación por los suelos?
—¿Qué más te da? —replicó Astrid con impaciencia—. No es que vaya a relacionarme mano a mano con toda esa gente. No encajo, nunca lo he hecho y nunca lo haré. Es un hecho.
—¡¿Cuándo vas a dejar de repetir eso?! —clamó Henry furioso—. Puedes ser una mujer de la calle, Astrid, y aún seguirías mereciendo respeto. No puedes permitir que la gente te humille de esa forma. El título y el dinero no lo es todo, nunca lo ha sido.
—Qué fácil es decir eso cuando se tiene precisamente el título y el dinero —le recriminó Astrid con amargura.
Henry se levantó indignado con una mueca colérica en su rostro, pero enseguida volvió a sentarse mientras se ocultaba el rostro entre sus manos.
—Eres la mujer más desesperadamente cabezota que he conocido en mi vida —le aseguró él.
—Y tú el hombre más desconcertante que existe. Simulas ser un hombre simpático y sosegado, pero claramente tienes problemas para canalizar tu ira.
Henry le lanzó una mirada envenenada.
—Nunca me enfado, Astrid, ¡nunca! Eres tú la que consigue que pierda los estribos en cuestión de segundos —suspiró profundamente—. ¿Qué demonios le has hecho a Viggo Grimborn para que dijera todo eso? Ese hombre no es ningún inconsciente, así que ha tenido que suceder algo entre vosotros para que montara ese numerito.
Astrid tragó saliva y apartó su mirada.
—No hice nada.
—Mientes.
Ella hundió los hombros frustrada.
—Da igual, es agua pasada.
—No da igual, he golpeado a un hombre para defender tu honor, lo mínimo que merezco es saber la verdad, Astrid.
—No pedí que lo hicieras. Además, no es asunto tuyo.
—Astrid…
Ésta vez fue ella la que se levantó. No podía estarse quieta, estaba demasiado alterada como para quedarse sentada.
—Es demasiado humillante, ¿vale?
—¿Más que todas las acusaciones que ha lanzado sobre ti? —cuestionó Henry alzando una ceja.
—Bueno, no tanto —admitió ella tras pensarlo un par de segundos—, pero… no es digno de una dama. Si la gente se entera será mi fin. Nadie me querrá para trabajar ni para limpiar el estiércol de los animales.
Henry abrió mucho los ojos.
—¡No será para tanto!
Astrid se mordió el labio y tomó aire para recopilar el valor que necesitaba. Después de confesar, era casi seguro que Henry no quisiera nada con ella. Aunque, siendo realistas, ¿cuándo había tenido ella una posibilidad? En realidad, nunca la tuvo. Por tanto, ¿qué tenía que perder? Su amistad, tal vez, y bien sabía que jamás hubiera perdurado más allá de la mansión de los Thorston.
—Sir Grimborn tiene la boca deformada a consecuencia de una rotura de mandíbula que tuvo hace tres años.
Henry frunció el ceño.
—Sí, se lo hicieron durante un…
—No fue boxeando —le interrumpió Astrid con premura—. Fue en un lugar muy alejado del ring con alguien que no era ni boxeador ni hombre.
El rostro del duque se deformó en una expresión del más puro desconcierto.
—No te sigo.
Astrid maldijo que tuviera que ser tan explícita para que la comprendiera.
—Sir Grimborn me pidió dos veces matrimonio —Henry jadeó sorprendido—. La primera vez fue un rechazo cortés, justificándome en que no deseaba casarme y por la diferencia de edad. Se lo tomó mal, pero no me dio a entender que fuera a ir en mi contra y entonces… la segunda vez me pilló trabajando con los animales de mi madre, estaba alimentando a los cerdos, así que puedes imaginarte la escena: estaba hasta arriba de barro de trabajar todo el día en el campo cuando Grimborn me abordó exigiéndome que me casara con él —Astrid resopló, sintiendo un desagradable escalofrío al recordar aquel momento tan desagradable—. Intentó… forzarme, pero no me dejé y actué casi sin pensarlo. Cogí el cubo que contenía la comida de los cerdos y le golpeé tan fuerte en la cara que su mandíbula se desencajó de su sitio. Fue la cosa más desagradable que he visto nunca, pero puede… solo puede… que también aprovechara su estado para darle una patada en cierto lugar que pudiera dejarle… incapacitado.
La boca de Henry se fue abriendo más y más hasta que formó una "o" perfecta. Astrid no se atrevió ni a respirar hasta que, de repente, Henry rompió a reír.
Desproporcionadamente.
Exageradamente.
Madre mía, si parecía que se iba a caer de la silla de lo que se estaba riendo. Había entrado en una especie de bucle que parecía que le complicaba incluso coger aire con y de sus ojos caían lágrimas sin control aparente.
—No tiene ninguna gracia —sentenció Astrid con frialdad.
Henry siguió riéndose.
—Por supuesto que… —intentó parar, pero no se vio capaz—. Es divertídisimo.
—Henry, para —le ordenó ella molesta.
El duque cogió aire profundamente y consiguió calmarse. Su cuerpo todavía temblaba y se apresuró a limpiar las lágrimas de sus ojos. Sin embargo, la sonrisa no desapareció de su rostro.
—Es ofensivo que te rías de mí de esta manera —le recriminó Astrid furiosa.
—¿De ti? —cuestionó Henry pasmado—. Astrid Hofferson jamás me mofaría de ti. Si hace cinco minutos me tenías conquistado, ahora mismo te permitiría que pusieras una soga alrededor del cuello.
Astrid sintió su corazón brincar en su pecho.
—No comprendo, si yo… lo que hice…
—Lo que hiciste demuestra que nunca te dejas doblegar por nadie. Por un instante, mientras me contabas lo que te hizo, pensé que tendría que convocar un duelo contra Grimborn para defender tu honor y he de confesar que no todos los vientos hubieran soplado a mi favor —Henry chasqueó la lengua—. Sin embargo, descubrir que, no solo te defendiste perfectamente sola, sino que además tuviste el detalle de rematarlo… Ha sido glorioso. Eres indudablemente una mujer increíble, Astrid.
La joven sintió sus mejillas arder. ¿Qué le pasaba a aquel hombre? ¿Porque siempre la halagaba cuando metía la pata? ¡No tenía ni pies ni cabeza! Le hacía sentir tan bien cuando la hablaba así… ¡Era tan maravilloso que alguien no la juzgara por sus actos! Sus padres, aún siendo siempre compresivos, tras haberse encontrado a Grimborn tirado y retorciéndose de dolor en la cerca de los cerdos, lo primero que cuestionaron era qué había hecho para provocarlo. La Condesa de Steventon, aún conociendo la versión real de los hechos, no dudó en extender el terrible rumor de que Astrid Hofferson era una mujer fácil, que usaba sus encantos para capturar a un hombre con fortuna.
¿Por qué entonces Lord Henry Haddock, el Duque de Drumnadrochit, la trataba como si todo lo que hacía y decía estaba bien? ¿Por qué no la juzgaba como los demás? ¿Por qué miraba cómo la estaba mirando ese instante? ¿De una manera que la abrumaba, sintiendo un repentino calor que abordaba todo su cuerpo y la dejaba sin aire?
Henry se había levantado para acercar su silla y coger sus manos. Estaban calientes en comparación con las suyas que estaban heladas, pero Astrid estaba más preocupada en no perderse en aquellas preciosas orbes verdes que la contemplaban con ternura y una calidez que la derretían por dentro.
—No quiero que nadie te haga pensar que no vales, Astrid.
—Henry, yo… —carraspeó al sentir su voz demasiado aguda—. No sé qué decir.
—No tienes que decir nada.
—Pero tengo que hacerlo, porque no he conocido nunca a nadie que fuera tan amable conmigo, ni siquiera la propia Rachel.
Henry apretó sus manos.
—Dudo mucho que la señorita Thorston sienta por ti lo que yo siento, Astrid.
Astrid jadeó y negó con la cabeza.
—Ni siquiera me conoces.
—Te vas a Escocia a casa de mis vecinos, tenemos tiempo de sobra para conocernos —le aseguró él.
—¿Y qué pensarán los vizcondes cuando vean que su institutriz ha despertado el interés del duque? —cuestionó ella con amargura—. Pensarán que soy una mala influencia para sus hijos. Eso sí los rumores extendidos por Viggo y su tía no llegan antes de sus oídos.
Henry paseó sus dedos por el dorso de su mano, donde aún estaba la marca de la herida que se hizo cuando se conocieron.
—Deseo cortejarte, Astrid —le aseguró Henry—. Quiero saber todo sobre ti y que tú… me conozcas en mi propio ambiente.
—¿Aún sin contar con un nombre y una dote decente deseas cortejarme? Además, soy mayor, Henry.
—Ya te he dicho que eso me es igual y eres un año menor que yo, Astrid, no una anciana —insistió el duque irritado—. Si no me he casado antes ha sido porque nunca he encontrado a nadie que despertara tantas emociones como tú lo haces. Desde que mi padre falleció hace siete años… lo único que aliviaba mi alma era montar a caballo. Nunca conocí a mi madre, pero mi padre y yo siempre fuimos cercanos. Muy diferentes, he de decir, y sus niveles de exigencia eran difíciles de alcanzar, pero a la larga nos entendimos a la perfección. Su repentina pérdida y mi nombramiento como duque me dejaron con un vacío terrible y… nunca me he sentido del todo pleno hasta que un día, en plena mañana mientras cabalgaba veloz por el bosque, encontré a una hermosa dama soltando la palabra más malsonante que mis oídos pudieron escuchar nunca —Astrid sintió su cara arder—, y resultó ser la mujer más singular y especial que he tenido la suerte de conocer. No pensaba que eso del amor a primera vista fuera real, pero… Dios, creo que te quiero con locura.
—¡Dios mío! —exclamó Astrid emocionada.
—No te pido que me correspondas; pero, por favor, necesito que me des una oportunidad. Déjame que te corteje en Escocia, yo me encargaré de los vizcondes y de lo necesario para que esto funcione —le prometió Henry desesperado—. Y si, de alguna manera, no consigo despertar sentimientos de amor hacia mí, una sola palabra tuya será suficiente para que te deje en paz.
—¡No! —chilló ella acunando su rostro—. ¿Cómo crees que pueden apagarse todas estas sensaciones que ya has despertado en mí? No sé lo que es el amor, pero no deseo que se apaguen nunca. Solo me siento así cuando estoy contigo, Henry Haddock, solo necesito un tiempo para comprenderlo del todo, pero no quiero que te alejes por mucho que haya aprendido que ha de ser lo contrario.
Los ojos de Henry se humedecieron y llevó sus manos también hasta sus mejillas.
—¿Entonces… puedo tener esperanzas?
Ella asintió ligeramente.
—¿Me aceptarás sin importar todo lo demás? —preguntó ella con un nudo en el estómago.
—Ya te he aceptado, Astrid. Mucho antes de que tú te lo plantearas siquiera.
Astrid soltó una risita y fue entonces cuando cayó que sus lágrimas caían hasta los dedos de Henry.
—No será fácil —le advirtió ella—. Todo el mundo se opondrá.
—Siempre me ha gustado lo difícil.
La joven puso los ojos en blanco.
—Eres un incorregible.
—Uno de mis muchos defectos que irás descubriendo en los próximos meses, amor mío.
Astrid se rió antes de inclinarse para besarle, pero se detuvo cuando escucharon voces muy altas en la planta de arriba.
—Tal vez deberíamos volver —sugirió Astrid.
—Tal vez.
Astrid sostuvo su mirada mientras llevaba su mano hacia la comisura de su boca. No estaba muy segura de que pudiera acostumbrarse a esa devoción y pasión que sus ojos desprendían cada vez que la observaban.
—O tal vez podríamos quedarnos un poco más.
Henry se echó ligeramente hacia delante hasta que sintió su aliento caliente contra sus labios.
—Creo que optó más por esa opción —susurró el duque.
—¿Prometes buscar una buena excusa luego? —preguntó ella.
Henry no necesitó decir nada.
Selló su promesa con un beso.
Mientras, fuera se había puesto a nevar de nuevo. En la planta de arriba un estudiante de medicina intentaba encajar malamente la mandíbula de un desgraciado. Los invitados de los Thorston se revolucionaron por haber sido testigos de un evento que sería la comidilla del nuevo año. Una joven anfitriona había desaparecido misteriosamente, aunque nadie había reparado que el primo del duque, el señor Jorgenson, tampoco estaba en el salón de baile. Dos mujeres, amigas íntimas desde la infancia, se besaban en secreto en la oscuridad de los jardínes, compartiendo palabras de un amor que llevaba tiempo presentes entre ellas. Y dos jóvenes, un duque y una institutriz, se dieron el lujo de conocerse más allá de un simple beso, acariciando y besando donde nunca nadie lo había hecho antes y sellando sus promesas de un amor por un futuro en el que pudieran estar juntos.
Xx.
Como veis, esta es la historia más larga de todas, por eso decidí dejarla para el final. Durante el periodo de Regencia, la Navidad no se celebraba como lo hacemos hoy. En Reino Unido, a menos que no tuvieras raíces animales, era rarísimo contar con un árbol de Navidad en casa, aunque sí era costumbre decorar la casa el día de Nochebuena y hacer reuniones de amigos durante los días festivos. Es más, la Navidad estaba más enfocada para los adultos que para los niños y el intercambio de regalos se hacía el seis de enero y no el veinticinco. En este caso también juego un poco con el concepto de el príncipe y la mendiga, aunque adaptada más a la sociedad de entonces. Por supuesto, no es corriente que un duque y una institutriz acabaran juntos, pero es Navidad, ¿no? De igual manera, he vuelto a dejar un final abierto para que decidáis si realmente Hipo y Astrid acaban juntos al final. He de matizar que en esta historia a Hipo se le llama todo el tiempo Henry porque en este caso he considerado que el nombre de «Hipo» es más bien un insulto que otra cosa.
Y, con este relato, doy por finalizado este conjunto de relatos navideños. El último que publicaré en Fanfiction. Me gustaría mucho que me digáis si os han gustado o si no los habéis disfrutado y que si tenéis un poco tiempo me dejéis una review para que me contéis vuestras versiones de algunos de los finales abiertos de estas historias y me deis vuestra opinión.
Quería aprovechar para agradecer también a las personas que han apoyado este proyecto, sobre todo a Sandra, Alex y a Estefanía, las únicas que conocían el formato desde el principio y cuyo consejo y apoyo han sido fundamentales para que esto saliera adelante. Y, por supuesto, a todas las personas que estáis siempre ahí leyéndome y apoyándome.
Nos vemos en Wicked Game, que si todavía no te has puesto a leerlo ya estás tardando.
Os deseo una muy feliz Navidad y un próspero año 2021.
