Quedan cuatro días para Navidad. Nos leemos abajo.

Astrid Hofferson no tenía muchos contactos en la agenda de su teléfono.

Es más, llamar solo le llamaba uno y siempre era Hipo. Mientras que su amiga Brusca la abordaba con eternos mensajes de audio por Whatsapp, Hipo nunca había contado con la paciencia de escribir un sms, por lo siempre había preferido llamarla. Por esa razón, cuando recibió la llamada de un número desconocido, Astrid no lo cogió, convencida de que debía tratarse de una compañía de teléfonos que quería venderle algo. Sin embargo, cuando volvieron a llamarla por tercera vez en un margen de cinco minutos, supuso que esa llamada no debía ser casual. La voz de Estoico Haddock sonó como la erupción de un volcán contra su oído:

—¡¿Dónde está?!

Astrid se quedó en blanco al reconocer la voz del padre de su prometido y tuvo que esforzarse en ignorar el nudo que se había formado en su estómago. Estoico Haddock era la única persona viva que la ponía nerviosa, por lo que aparentar tranquilidad y no ponerse a balbucear como una idiota le fue sumamente difícil.

—¿Perdón? —preguntó estúpidamente.

—Hipo. Está ahí, ¿no? —espetó Estoico furioso—. ¡Dile que se ponga ahora mismo!

Astrid frunció el ceño y dio un barrido rápido a su alrededor. Llevaba un mes instalada en su casa de Eaton Square Gardens en Londres, donde estaba a la espera de que Hipo se le uniera en Nochebuena para pasar las Navidades juntos. Aún quedaban dos días para que Hipo cogiera su vuelo desde Edimburgo y había hablado el día anterior para comentarle la hora de llegada y así ella pudiera ir a recogerle al aeropuerto, por lo que no tenía ningún sentido que Hipo estuviera allí sin haberlo sabido ella antes. Para esas cosas Hipo siempre la avisaba, sobre todo si había sufrido una crisis con su padre.

—Estoico, Hipo no está aquí —advirtió Astrid extrañada.

—Mientes.

—¿Por qué iba hacerlo? —cuestionó ella molesta levantándose de su sillón a una velocidad vertiginosa para coger el teléfono fijo y marcar el móvil de Hipo. La llamada se cortó al instante y fue entonces cuando Astrid se alarmó. Hipo nunca apagaba el móvil, ni siquiera cuando se transformaba—. ¿Qué ha pasado? Su teléfono está apagado, ¿acaso habéis…?

Estoico no la dejó terminar porque en ese instante cortó la llamada. Astrid soltó una palabrota tan vulgar y tan en alto que seguramente la habría escuchado todo el vecindario. Con las manos temblorosas marcó el teléfono de Hipo, ésta vez desde su móvil, pero la llamada volvió a cortarse antes de que sonara el primer tono.

Le había pasado algo.

Si el mismo Estoico la había llamado seguramente había sido porque ya había agotado todas sus opciones anteriores.

Astrid hizo una rellamada al teléfono de Estoico, pero éste la colgó al segundo tono. Irritada, Astrid llamó a Brusca.

—Espero que tengas una buena razón para llamarme, estoy en mitad de un trío —le advirtió su amiga claramente enfadada.

—Hipo ha desaparecido. Necesito que me organices un viaje a Edimburgo en menos de una hora —le pidió ella mientras corría escaleras arriba para preparar una bolsa para el viaje.

—¿El lobito se ha perdido? —cuestionó Brusca en tono burlón.

—¡Brusca!

—Vale, vale, te llamo en cinco minutos.

—Espera —se apresuró a decir antes de que la colgara—. Ando corta de suministros.

—¡Joder Astrid! ¡Qué puta costumbre tienes de descuidar tus bolsas de sangre! ¿Cero positivo?

—Y negativo —añadió ella cogiendo un par de playeras que tiró sin ninguna elegancia a la bolsa—. Y méteme un par de AB negativos.

—¿Qué? ¿Estás loca? —reclamó Brusca alarmada—. Ya sabes que…

—Tú hazlo —le interrumpió Astrid antes de colgar y tirar el móvil a un lado.

Se puso la ropa más cómoda y discreta que pudo encontrar en su vestidor. Astrid estaba acostumbrada a vestir bien y caro, por lo que tuvo que sacar desde las profundidades de su armario un par de vaqueros, una camiseta fina, un jersey que no se ponía desde los noventa y una chaqueta que Hipo se había dejado olvidada la última vez que estuvo en esa casa. Brusca la llamó tan pronto terminó de hacerse una trenza y se puso un sombrero para evitar el contacto del sol en su cara.

—Tienes un coche esperándote abajo y un jet preparado en Heathrow que sale en veintiocho minutos. Con suerte, el suministro llegará antes que tú.

—Perfecto, gracias —dijo Astrid cogiendo su bolsa.

—Escríbeme cuando hayas encontrado al lobito —le pidió Brusca preocupada—. Estoy en San Petersburgo, pero si necesitas que…

—No —le cortó Astrid bajando las escaleras casi de un salto—. Voy al encuentro de la manada de Hipo y, si ya van a recibirme a patadas, imagínate la carnicería que puede formarse si me presento con otro vampiro.

—Astrid, no es buena idea —le advirtió Brusca angustiada—. La única vez que os habéis visto, Estoico casi te mató y ésta vez no vas a tener a Hipo para evitar que te descuartice.

—Me da igual —replicó Astrid furiosa a la vez que cerraba la puerta de su casa y bajaba las escalinatas de su casa hasta el Mercedes negro que la esperaba justo frente a su verja—. Estoico Haddock podrá decir y hacer lo que quiera. Pienso encontrar a Hipo, aunque eso conlleve que tenga que arrancarle un brazo a su padre.

—¿Por eso querías las bolsas de AB negativo? —preguntó Brusca.

—No sé a qué voy a enfrentarme —dijo Astrid ya subida en el coche—. La manada de Hipo está en conflictos con otras manadas. Si lo han secuestrado otros hombres lobo necesito un estimulante que me dé fuerza suficiente para poder enfrentarme a ellos yo sola.

—Estás loca, tía —le achacó Brusca angustiada—. Vas hacer que os maten a los dos.

—No si los mato yo primero —replicó la vampira muy seria—. Te tengo que dejar, Brusca.

—Está bien, cuando todo acabe puedes acercarte al Walford Astoria, tienes tu suite preparada.

—Gracias, te debo una.

—El lobito y tú me debéis varias ya. Menos mal que el chucho me cae bien —replicó su amiga—. Y tú tienes una suerte de cojones de que sea tu mejor amiga.

—Jamás he dicho lo contrario —concordó Astrid sin evitar una sonrisa.

—Mándame un regalo bien caro esta Navidad, Astrid.

—Ya lo tienes de camino —declaró Astrid.

Escuchó a su amiga sonreír contra al altavoz de su teléfono, pero su voz sonó preocupada a continuación:

—Llámame cuando le hayas encontrado.

Astrid colgó el teléfono y dio indicaciones al chófer para que acelerara. El aeropuerto estaba abarrotado de gente cuando Astrid llegó, pero su paso era decidido y, sin quitarse las gafas de sol y el sombrero, se dirigió a la mesa de la compañía aérea privada de Brusca. En menos de quince minutos, Astrid ya estaba despegando y había contabilizado las bolsas de sangre que estaban metidas en la nevera del jet. Allí solo estaban ella y el piloto, por lo que pudo comer a gusto sin preocuparse de que nadie fuera a verla. El vuelo a Edimburgo era corto y Astrid se aseguró de meter únicamente las bolsas de AB negativo en su mochila antes de salir del jet. Estaba nevando en Edimburgo y ya había anochecido cuando cogió el coche que Brusca le había alquilado. Sin encender las luces del vehículo, Astrid arrancó el motor y salió a toda velocidad del aeropuerto rumbo al centro de la ciudad.

Aunque sabía de sobra dónde había estado alojado Hipo todo ese tiempo, no le resultó difícil encontrar la guarida de la manada. Todo Edimburgo apestaba a licántropo y fue muy fácil seguir el rastro hasta un hotel apartado del centro llamado Prestonfield House, situado a los pies de la colina Arthur's Seat. Astrid ralentizó la marcha del coche tan pronto alcanzó el aparcamiento del hotel. Se veían muchos coches deportivos y cuatro por cuatros aparcados y había un grupo de licántropos fumando en la entrada del hotel, junto al árbol de Navidad que se había decorado con una amplia gama de luces. Astrid decidió seguir la carretera hasta detrás del hotel, donde se encontraba la entrada del servicio. Antes de bajar sacó una de las dos bolsas de sangre de su mochila.

El AB negativo no era una sangre que los vampiros acostumbraban a consumir. Hacía al menos un par de décadas desde que Astrid probó aquella sangre por última vez y los efectos que le causó fueron menos que agradables. El AB negativo tenía un regusto amargo, fuerte y potenciaban las capacidades vampíricas en unos niveles casi exagerados. En los tiempos antiguos, aquella sangre era exclusiva para los líderes de los aquelarres y Astrid no la había llegado a probar hasta que casualmente mató a un violador con esa sangre. La última vez que había decidido probar aquella sangre había sido precisamente para matar a un vampiro acosador que no la dejaba en paz. El AB negativo le proporcionó mayor fuerza física y aumentó sus sentidos, facilitando su tarea para matar al vampiro, pero pasó dos días con los ojos irritados y dolor en sus oídos por la extra sensibilidad causada por la sangre.

Astrid había tenido cierta fama entre los de su especie. Ella había sido de las primeras vampiras que habían dejado de creer en los aquelarres y su fuerte sentimiento de independencia había causado un enorme revuelo entre los otros vampiros. Quizás Astrid siempre se había sentido diferente por haber estado enamorada precisamente de un licántropo, pero también detestaba la superficialidad y la existencia vacía que otorgaba la vida entre los suyos. Astrid gustaba mezclarse entre los humanos, añorando una vida que apenas recordaba de antes de que la mordieran, y se negaba a dejarse regir por las normas dictaminadas por los vejestorios de los aquelarres. Aún no estaba bien visto que una mujer vampiresa se dedicara a vivir libre e independiente cuando lo normal era casarse y ser fiel a un esposo vampiro. Astrid había tenido muchos pretendientes dispuestos a domarla y desposarla y había cogido muy mala fama precisamente porque ninguno de esos pretendientes vivía para contar su rechazo. Hacía décadas que Astrid no había recibido una sola oferta de matrimonio y su último acosador ni siquiera había contado con el tiempo para pedir su mano, pero estaba mentalizada de que una vez que su especie descubriera que iba a casarse con un licántropo, iba a armarse un enorme revuelo.

Irónicamente, Astrid no temía iniciar una guerra contra otros vampiros. Le daba mucho más miedo lo que iba hacer a continuación y, si estaba allí paralizada, con una bolsa de sangre en su mano y con la respiración innecesariamente contenida, era porque le aterraba la sola idea de perder a Hipo.

No podía soportar una existencia eterna sin él.

Hipo era su todo.

Su razón de vivir.

Por lo que si tenía que enfrentarse a una horda de hombres lobo ella sola que así fuera.

Bebió media bolsa de sangre de un solo trago y Astrid contuvo una mueca ante el fuerte sabor a plasma contra su lengua. Esperó unos segundos y sintió sus sentidos más sensibles de lo habitual. A pesar de la oscuridad, los colores del exterior se habían vuelto aún más vivos que hacía unos segundos y podía escuchar cada copo de nieve que caía sobre el parabrisas del coche y el asfalto. Es más, su oído era ahora tan sensible que podía escuchar las conversaciones del hotel como si estuviera presente en ellas. Se miró en el retrovisor para asegurarse de que no quedaban rastros de sangre en su boca y bajó del coche para entrar por la pequeña puerta de acceso del servicio.

Nadie de la servidumbre del hotel reparó en ella. Sus pasos eran tan sigilosos que podía moverse por las sombras de los pasillos sin que nadie se percatara de su presencia y se detuvo en una sala que estaba junto a la lavandería cuando le pareció escuchar a las chicas del servicio charlar sobre los huéspedes del hotel.

—¿No te parecen una gente muy rara? —preguntó una de ellas con un acento escocés muy marcado.

—Yo creo que algunos son culturistas, ¿tú has visto qué grandes y musculosos son? —comentó la otra con un acento más sureño—. Seguro que son de algún equipo de culturismo o incluso de lanzamiento de martillo.

—Algunos son muy guapos…

La otra chica se rió.

—Yo sigo pensando que el chico de ojos verdes es el más guapo de todos, pero desentona mucho con el resto, ¿no crees?

—Al contrario, será más flaco que el resto, pero tiene ese algo… ¿sabes?

—¿Algo? —preguntó la sureña.

—Sí, tía, parece que tiene ese aura de chico melancólico y despistado, pero luego es el típico que va y te empotra como un salvaje contra una pared salvajemente. Ya sabes, ese rollo nerd cañón que parece tímido y luego es un bestia en la cama.

Ambas mujeres rompieron a reír y Astrid tuvo que contener su propia carcajada, consciente de que esas chicas no se equivocaban en absoluto. Dejó a las doncellas de la lavandería fantasear con su prometido y Astrid se dirigió escaleras arriba hasta alcanzar el hall del hotel. El lugar estaba exquisitamente decorado con ornamentos navideños antiguos y muy caros y se notaba que era un hotel de lujo por sus exquisitos muebles que probablemente databan del siglo XVIII. Desconocía que Estoico tuviera un gusto tan fino por los hospedajes que escogía, aunque Astrid supuso que como líder de la manada siempre procuraba trasladar a su gente a los mejores hoteles. La vampira estaba al tanto de que la fortuna de los Haddock debía ser disparatada por todas las haciendas e inversiones que había realizado a lo largo de los siglos.

Astrid procuró no tocar nada, preocupada de que pudiera dejar su esencia al sensible olfato de los licántropos y se concentró en localizar a Estoico a través de su fino oído. Lo encontró a tres pisos por encima, pero cuando Astrid se disponía a subir por las escaleras escuchó la puerta principal abrirse. La vampira se detuvo en seco cuando el grupo de licántropos que había estado fumando fuera entró en tropel. Si su corazón pudiera latir, se habría parado en ese instante cuando todos interrumpieron su charla para clavar la vista en ella. Daba igual que la sangre AB negativa y la chaqueta de Hipo ocultaran parte de su olor, era imposible que un grupo de hombres y mujeres lobo no se diera cuenta de que ella era una vampira.

Era hora de salir cagando leches de allí.

Antes de que los lobos se pusieran a gritar furiosos y seguirla escaleras arriba, Astrid ya había echado a correr. Movida por su sentido del olfato y del oído, se movió por el hotel como si hubiera estado alojada allí desde siempre. La servidumbre se puso a chillar cuando ella pasaba a una velocidad sobrehumana y, poco después, aparecía una horda de hombres y mujeres rugiendo de ira. Astrid encontró la habitación de Estoico y entró sin titubear, sorprendiéndole a él y a todos los que estaban dentro. Astrid se abalanzó sobre el líder licántropo y rodeó su cuello con su brazo. Estoico intentó zafarse de ella, pero la sangre AB negativa le otorgaba una fuerza bastante superior a la de cualquier licántropo. La horda de lobos entró en la sala y todos se quedaron paralizados al observar cómo su líder estaba a merced de la vampiresa.

—Diles que se retiren —le ordenó Astrid.

—Voy a destrozarte, sanguijuela, si no me…

Astrid apretó su brazo contra su garganta y Estoico jadeó.

—Diles que se retiren —repitió Astrid con voz más amenazante.

Estaba claro que a Estoico Haddock no le hacía ni puñetera gracia verse expuesto ante una vampira, sobre todo porque se tomó su tiempo para reflexionar sobre qué debía hacer, pero terminó cediendo a su orden. Al principio, el grupo se negó a obedecer, pero cuando Estoico gritó que se largaran todos de allí se retiraron con el rabo entre las piernas. En la sala quedaron solamente Estoico y otro par de personas que estaban a espaldas de Astrid.

—Astrid, agradeceríamos que no mataras al Jefe.

Sin soltar a Estoico, la vampira giró la cabeza para encontrarse con Desdentao, el mejor amigo de Hipo que había conocido un año antes en Manhattan. Tenía las manos hacia arriba, en señal de que no tenía intención de atacarla, pero Astrid olía sus feromonas y su postura tensa delataba que estaría dispuesto a hacer lo que fuera necesario para que su líder quedara libre. Junto a Desdentao se encontraba otro hombre mucho más corpulento que le enseñaba los dientes y parecía dispuesto a lanzarse sobre ella.

—He dicho que os retiréis todos —amenazó ella con furia.

—¿De verdad crees que juegas con ventaja, chupasangres? —cuestionó el desconocido—. Estás en un hotel lleno de licántropos que estarán dispuestos a…

—Patón, cállate —le ordenó Estoico con frialdad—. Es ella.

Los ojos del tal Patón se abrieron como platos, pero eso no impidió que Astrid le fulminara con la mirada.

—¿Así que les has hablado de mí? —cuestionó Astrid en tono de burla—. Pensaba que te avergonzaba de que tu hijo estuviera comprometido conmigo.

—¿Espera? ¡¿Comprometido?! —exclamó Patón escandalizado.

—Joder Astrid, córtate un poco, ¿quieres? —reclamó Desdentao nervioso.

—¡¿Cortarme?! —chilló Astrid rabiosa—. ¡Mi prometido ha desaparecido y vosotros estáis aquí quietos y tan tranquilos tomando el té con pastas!

Se hizo un silencio tenso en la sala y Astrid podía escuchar las respiraciones tensas de los licántropos que esperaban órdenes desde el pasillo.

—Astrid, haz el favor de soltarme —le pidió Estoico con rabia contenida.

—Júrame que no darás orden de que me maten o que me pondrás un dedo encima —le advirtió Astrid.

Estoico tragó saliva. Astrid podía oler su miedo, pero el licántropo era demasiado orgulloso como para exponerlo.

—Lo juro —dijo el hombre entre dientes.

Astrid presionó su brazo de nuevo contra su garganta.

—Júralo como lo hacen los hombres de tu manada, Estoico. Haz un juramento de sangre y te soltaré.

Los tres hombres jadearon sorprendidos de que ella conociera tal tradición, pero Astrid no estaba allí para perder tan valioso tiempo en dar explicaciones que resultaban tan evidentes.

—¡¿Pero tú quién crees que eres?! —gritó Patón furioso.

—Si me matais, no encontraréis a Hipo —les advirtió Astrid—. Si estáis aquí quietos como si nada, significa que no tenéis ni pajorera idea de dónde está ni de cuán grave es la situación. Estáis acostumbrados a perder la pista de Hipo, pero la cuestión es que yo siempre sé dónde está. Hipo siempre me coge el teléfono, siempre, aunque hayamos discutido. Así que hacedme caso cuando os digo que Hipo está en grave peligro.

Los dos hombres la observaron estupefactos mientras que Estoico se tensó bajo su agarre.

—Patón —el vikingo extendió su mano hacia el hombre más corpulento—. Haz el corte.

—Pero Estoico…

—¡Tú hazlo, joder! —rugió el Jefe furioso.

Patón fulminó a Astrid con la mirada antes de coger un abrecartas que había sobre la mesa y realizó un corte en la palma de la mano de Estoico. El licántropo cerró su puño y pronunció el juramento:

—Juro que ningún miembro de esta manada te hará ningún daño hasta que encontremos a Hipo.

La vampira titubeó unos segundos antes de soltar al licántropo y éste tomó una bocanada profunda antes de dirigirse a ella.

—Hipo tiende a desaparecer con frecuencia, que no te haya cogido el teléfono no significa que esté desaparecido —advirtió Estoico de mala gana—. Seguramente esté cazando en las Highlands.

—De haber ido a las Highlands yo ya lo sabría e Hipo no hubiera organizado un viaje de caza teniendo que coger un vuelo a Londres pasado mañana —replicó Astrid con furia—. ¿Crees que no sé sobre vuestras discusiones, Estoico? ¡Y eso que Hipo no me cuenta ni de la mitad de ellas! Si me has llamado a media tarde significa que has discutido con Hipo durante el desayuno, ¿calculo que sobre las ocho de la mañana? Hipo es madrugador cuando no hay luna llena, así que habéis tenido que discutir con tanta saña que tu hijo se ha marchado rabioso y no has vuelto a saber de él desde entonces.

—¿Cómo puedes saber todo eso? —cuestionó Desdentao alucinado.

Astrid le lanzó una mirada furtiva.

—Conozco a Hipo mejor que cualquiera de vosotros.

—¡No tienes ni idea de lo que dices, sanguijuela! —exclamó Patón furioso.

La vampira volvió a dirigirse a Estoico, quien ahora lucía muy contrariado.

—¿Hay otras manadas en esta ciudad o alrededores? —cuestionó Astrid.

Estoico frunció el ceño.

—Ninguna manada se atrevería a ponerle un dedo encima.

—Hipo mató a Drago, así que le sobran enemigos —le recordó Astrid con impaciencia—. ¿Hay o no hay?

Se hizo un silencio incómodo en la sala. Astrid estaba empezando a hartarse de los condenados silencios cuando Desdentao balbuceó:

—Solo un par de manadas pequeñas, pero… dudo mucho que le hayan hecho nada a Hipo.

—¿Cómo puedes estar seguro de eso? —cuestionó la vampira con furia.

—Porque Hipo se lleva bien con todo el mundo —intervino Estoico con impaciencia—. Estamos aliados con esas manadas precisamente porque Hipo entabló buenas relaciones con ellos.

Astrid cruzó los brazos y estrechó los ojos desconfiada.

—¿Es orgullo lo que leo en tu voz?

Estoico bufó.

—¿Tiene algo de malo de que esté orgulloso de mi hijo? —reclamó el licántropo a la defensiva.

La vampira tuvo que contener sus ganas de retorcerle el cuello.

—¿No eras tú el que se avergonzaba Hipo? Porque la última vez que nos vimos no dudaste en escupírselo en la cara.

Estoico le lanzó una mirada envenenada. ¿Cómo no hacerlo? Su único y último encuentro había ido tan mal que Hipo apenas le había vuelto a dirigir la palabra a su padre. Es más, Astrid estaba segura que la discusión que Hipo había tenido con su padre debía haber sido precisamente porque aún mantenían su relación. Cuando sucedió el desagradable desencuentro las navidades pasadas, Hipo se quedó con ella dos meses antes de regresar a la manada, consciente de que aunque las cosas con su padre no iban a solucionarse, no podía abandonar al resto de sus compañeros ni sus responsabilidades como futuro líder.

Para cualquier licántropo, la manada era su familia y, a pesar de que Hipo ya se había marchado una vez, sentía que no podía abandonarlos cuando él era el único alfa además de su padre. Estoico tampoco tenía poder para expulsarlo de la manada y, a pesar de considerar su relación repulsiva y antinatural, su padre jamás combatiría con su hijo para quitárselo de enmedio. De ahí que Hipo y Estoico apenas se dirigían la palabra cuando compartían el mismo techo y, cada vez que tenían una sola conversación que no tratara de asuntos de la manada, siempre acababan discutiendo. Hipo estaba seguro de que su padre estaba buscando un sustituto para que no fuera él quien ocupara el puesto de líder de la manada algún día e incluso le contó sobre los rumores de que Estoico podría estar buscando una nueva pareja para concebir otro hijo alfa que ocupara su lugar.

Astrid era consciente de que ella no estaba en posición para echar todo aquello en cara del licántropo. Ella siempre había deseado que padre e hijo se reconciliaran a pesar de lo mucho que le dolía el rechazo de Estoico. Tuvo que inspirar profundamente para no dejarse llevar por la maliciosa euforia que la sangre AB negativa despertaba en su cerebro y se obligó a concentrarse en la verdadera razón que la había impulsado a meterse en la boca del lobo.

—¿Habéis notado algún movimiento extraño en la ciudad en los últimos días? ¿Alguien que quizás se sienta incómodo con vuestra presencia?

—¡Ya te hemos dicho que no! —rugió Patón molesto—. Estoico, esto es una pérdida de tiempo, seguro que Hipo está perfectamente y solo está teniendo una de sus pataletas. ¿Por qué no…?

—Hipo no tiene pataletas —le cortó Astrid con furia contenida—. No estoy hablando de licántropos, ¿habéis pensado si no puede haber sido raptado por otros?

Los tres licántropos la contemplaron sin entenderla y Astrid no pudo contener una mueca de fastidio.

—No somos las únicas criaturas no humanas que viven en este mundo —advirtió la vampira—. Aunque ya son raras de encontrar, hay brujas que todavía siguen las antiguas usanzas y cazan criaturas para sus pociones o hay humanos que también se dedican a la caza, aunque han ido perdiendo mucho caché en los últimos años.

—Nuestra manada es pacífica —remarcó Estoico—. Y, como comprenderás, no acostumbramos a entablar amistades con otras especies. Por relacionar, ni siquiera nos relacionamos con los humanos.

Así os va, quiso puntualizar Astrid, pero decidió contenerse.

—Sea lo que sea, convendría salir a buscarlo —insistió Astrid—. Coge a tus mejores olfateadores y mándalos a buscar su rastro.

—¿Me estás dando órdenes? —cuestionó Estoico ofendido.

Astrid cogió aire para no perder los pocos nervios que le quedaban.

—Te estoy pidiendo que me ayudes a encontrar a tu hijo, nada más.

—Nosotros no trabajamos así, chupasangres —intervino Patón furioso.

—Ya me he dado cuenta, preferís esperar a que lo maten antes que ayudarme —dijo Astrid con frialdad—. Muy bien, pues si preferís quedaros aquí sentados, iré yo sola.

—Yo no he dicho que no vayamos a buscarlo —replicó Estoico.

—Pero no estás dispuesto a hacerlo a mí manera —la acusó Astrid frustrada.

—¿En qué lugar me dejaría que yo accediera a trabajar con un vampiro? —cuestionó el licántropo—. Lo siento, pero creo que lo mejor será que te vayas.

—Pero…

—Agradezco tu advertencia, pero nos valemos mejor solos —le cortó Estoico con frialdad—. Hipo es asunto exclusivo de la manada y tú no eres bienvenida aquí.

Astrid quiso gritar de pura frustración, zarandear a esos chuchos y advertirles que aquello no iba de a ver quién la tenía más grande. Sin embargo, consciente de que no iba a convencer a Estoico, Astrid abrió la ventana que daba a la terraza de la habitación. Estaba nevando con mayor intensidad y los hombres sisearon del frío de la noche. Astrid se volteó hacia ellos por última vez y dijo:

—Si Hipo muere, juro que iré a por cada uno de vosotros hasta no dejar a nadie vivo en esta manada.

No era una amenaza vacía. Astrid no era conocida por ser benevolente con nadie y si la única razón que hacía soportable su existencia inmortal desaparecía, ya no había razón por la que ella tuviera que mantenerse civilizada y cortés. Sin Hipo, a Astrid le daba totalmente igual que aquel hombre fuera su padre o el mismísimo Drácula. Acabaría con él si por su culpa no conseguía encontrar y salvar a Hipo a tiempo.

La vampira saltó de la ventana hacia el tejado. Era consciente de que los licántropos no le harían nada dada la promesa de Estoico, pero Astrid no podía soportar estar allí por más tiempo y no tenía paciencia de aguantar las malas caras y los insultos de esos chuchos sin acabar matando a algunos de ellos. Atravesó el tejado hasta la zona trasera del hotel y saltó para entrar de nuevo a su coche. Cuando los licántropos salieron al exterior para seguirla, su coche ya estaba saliendo de la propiedad en dirección a la ciudad.

Astrid bajó la ventanilla de su coche, sin importarle que la nieve mojara su jersey y su cabello. Necesitaba encontrar un rastro claro, aunque rastrear no era precisamente su especialidad. Miró a su mochila de reojo, consciente de que no era prudente lo que iba hacer, ¿pero qué otro remedio le quedaba? Astrid aparcó su coche en una parada de autobús y contempló su bolso antes de decidirse en coger la bolsa de sangre a medio terminar. Nunca era bueno pasarse con ciertos tipos de sangre y el AB negativo era peligroso si una se excedía en su consumo. Astrid podría perder el control sobre sus propios sentidos y crear una dependencia innecesaria a esa tipología de sangre, pero si no iba a contar con ayuda externa, necesitaba usar todos los recursos que disponía para hacer frente a lo que fuera que hubiera secuestrado a Hipo.

Se limpió la sangre de la boca con la manga de su chaqueta y bajó del coche. Se tuvo que apoyar un minuto contra el coche para hacerse a los efectos de la sangre. Escuchaba muchas voces a pesar de que la calle estaba prácticamente vacía. Una televisión emitiendo un capítulo antiguo de Doctor Who. Una niña hablando con un tal Señor Bigotes sobre si Papá Noel le perdonaría por haber mentido a su mamá y haber tirado los pimientos a la basura en lugar de comérselos. Un anciano lloraba y no paraba de repetir una y otra vez el nombre «Sophie». Un casete antiguo reproducía una versión antiquísima de Silent Night. Alguien hacía el amor. Otros roncaban. Otros susurraban en la soledad de la noche.

Se tapó los oídos, necesitada de bloquear tantas vidas de sus sentidos. Hipo, tenía que encontrar a Hipo, se repitió a sí misma con desesperación. Tenía que focalizar sus capacidades superdesarrollados en buscar a su prometido, pero cuando se concentró en su olfato, arrugó la nariz al percibir miles olores a la vez. El alcantarillado que estaba bajo sus pies. La leche caducada que se encontraba en la nevera de la segunda planta del edificio de enfrente. El ambientador de pino que se encontraba en un coche a la vuelta de la esquina. El último trazo de un olor corporal en una vieja chaqueta que llevaba tiempo sin usarse. Galletas recién horneadas. Sangre.

Hombre lobo.

Astrid dio un respingo cuando sintió la presencia a su espalda y cogió del cuello de su víctima antes de que pudiera defenderse y lo aplastó contra su coche.

—¡Astrid! ¡Soy yo!

Desdentao alzó sus manos asustado. Sus ojos verdes relucían tanto que casi parecía que brillaban en la oscuridad. Estaba aterrorizado, no cabía duda, sobre todo porque temblaba como un corderito contra el coche.

—¿Qué coño haces aquí? —ladró la vampira.

—¡Vengo a ayudarte! —respondió él nervioso.

Astrid le empujó con más fuerza contra el coche.

—¡Astrid, en serio, no te miento!

—¿Y por qué tendría que creerte? —cuestionó ella furiosa.

—Porque yo también quiero rescatar a Hipo —argumentó Desdentao.

—No te he visto con esa misma predisposición hace veinte minutos —le recriminó la vampira.

—No puedo cuestionar abiertamente al alfa —se defendió Desdentao—, pero de verdad que quiero ayudarte.

—¿Por qué?

—Porque él te ama —respondió el licántropo—. Y porque te has aventurado a meterte en un hotel lleno de licántropos a sabiendas que te podían matar y, aún así, has tenido los ovarios de infiltrarte y poner a nuestro jefe a tu merced. Está claro que le quieres y no tienes razón para mentir en lo que dices, por eso estoy aquí.

Astrid buscó mentira en sus ojos, pero sólo encontró simpatía y miedo. Hipo ya le había mencionado que Desdentao era su mejor amigo por diversas razones, entre ellas, su gran lealtad y compañerismo. Astrid solo le había visto aquella vez en Nueva York, pero Hipo acostumbraba a mandar saludos de su parte. Al parecer, era de los pocos de la manada que sabía de su relación y el único de todos ellos que les apoyaba. Astrid le soltó y Desdentao se incorporó mientras se colocaba su chaqueta y estiraba su camiseta.

—Tienes fuerza —apuntó el licántropo cuando contempló el capó abollado con la forma de su cuerpo.

—Vamos —dijo Astrid ignorando el comentario.

—¿Adónde? —preguntó Desdentao trotando tras ella para seguir su paso acelerado—. ¿Sabes dónde está?

—No, pero lo más seguro es que haya estado por aquí después de discutir con su padre —argumentó Astrid.

—¿Por qué lo…? ¡Ah! —exclamó Desdentao cuando se pararon delante de una cafetería muy pequeña cuyo escaparate estaba iluminado con luces de colorines de Navidad. La puerta tenía un cartel que rezaba «Cerrado»—. A Hipo le encanta este sitio.

—Es su cafetería favorita de todo Edimburgo —señaló Astrid y comprobó que la puerta del local estaba efectivamente cerrada.

—¿Qué haces?

Astrid rompió el cristal de la puerta de un puñetazo y abrió la puerta por dentro. Desdentao jadeó nervioso tras ella, pero la siguió hasta dentro del local. Por fortuna, los dueños de la cafetería no habían invertido en un sistema de alarma, por lo que disponían de un poco de tiempo antes de que alguien reparara en la puerta destrozada.

—¿Qué buscamos? —preguntó Desdentao.

—Un rastro —respondió Astrid—. Quiero saber si estaba solo o acompañado cuando entró aquí.

El olor a café y azúcar que embargaba el local no contribuyó a la búsqueda. Además, aquel día tenía que haber habido mucha gente en la cafetería, porque les costó Dios y ayuda encontrar un rastro en la mesa del fondo del local. Era un rastro leve y poco reciente, pero Astrid definió a la perfección el aroma tostado y dulce de la sangre de Hipo, además del de su desodorante y la colonia que ella le había regalado en su último cumpleaños. Desdentao se movió tras ella y observó que caminaba decidido hacia al escaparate. Se detuvo para olisquear algo en el aire.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, pero Desdentao le hizo un gesto para que estuviera quieta donde estaba.

Se armó de paciencia hasta que el licántropo definió lo que estaba buscando y le hizo un gesto para que se acercara.

—¿Lo hueles? —preguntó él con prudencia.

—Desdentao, no estoy aquí para perder el tiempo, dime…

El licántropo cogió con suavidad de su brazo y la empujó hasta una mesa donde la obligó a sentarse. Fue entonces cuando le llegó un olor tan leve como el de Hipo, pero que reconoció al instante.

Vampiro.

¡Joder, y no era cualquier vampiro!

—Hijo de la gran puta —señaló Astrid entredientes.

Astrid se levantó con tal brusquedad que volcó la mesa y salió de la cafetería a toda velocidad para marcar el número de Brusca, pero le saltó rápidamente el buzón de voz.

—Astrid, ¿qué pasa? —preguntó Desdentao alterado—. ¿Sabes quién es el vampiro que estaba ahí?

Astrid soltó una palabrota cuando la llamada se cortó por segunda vez y se encaró con Desdentao.

—¿Sabes por qué apenas hay rastro de Hipo? Porque lo han borrado —explicó Astrid muy alterada—. Le estaban siguiendo. Se dio cuenta de la presencia del vampiro cuando se sentó en su mesa y se marchó directamente. Es más, si te descuidas…

Astrid miró el pavimento con atención. A pesar de la poca luz que había en la calle, sus ojos de vampiresa podía definir hasta la última molécula del suelo. Lo más inteligente habría sido mezclarse entre la gente y caminar calle arriba, pero Hipo no estaba acostumbrado a tratar con otros vampiros y lo más seguro era que hubiera ido a llamarla para preguntarle qué hacer. Los vampiros no le habrían abordado con violencia, más durante la luz del día, por lo que Hipo se habría tenido que marchar o bien voluntariamente, cosa que dudaba, o bien extorsionado. Astrid volcó la primera papelera que encontró cerca de la cafetería e hizo lo mismo con una segunda y una tercera hasta que, a la cuarta, encontró lo que estaba buscando.

—¿Eso es…?

Entre la basura, Astrid cogió el destrozado Nokia 3100 de Hipo y se lo tendió a Desdentao, que lo cogió con una mueca de asco.

—¿Pero qué quieren esos vampiros de Hipo?

—¿No es obvio? —replicó Astrid rabiosa—. Saben que está conmigo.

Desdentao abrió mucho los ojos y entreabrió su boca sin saber por dónde empezar a preguntar. Astrid localizó un rastro de vampiro en un callejón que estaba a cinco pasos de la papelera y le hizo una seña para que le siguiera.

—Entonces, ¿conoces a estos tipos? —preguntó Desdentao a su espalda.

—Grimmel Grisly —respondió ella sin dejar de caminar—. Una vieja gloria entre los vampiros y auténtico hijo de puta. No es un vampiro con el que nadie quisiera tener problemas.

—Nadie menos tú, por lo que parece.

Volvió a sacar el teléfono y marcó el número. Colgó cuando saltó el buzón de voz.

—¿A quién coño estás llamando?

—¡A la estúpida de mi mejor amiga que no me coge el puto teléfono! —chilló Astrid furiosa—. Escúchame, esta no es una mierda con la que podamos lidiar tú y yo solos. Grimmel siempre está rodeado de fanáticos que asesinan activamente para alimentarse. Es un tipo muy turbio y peligroso, de los de la vieja escuela que aún se piensan que pueden ser algo más que simples vampiros.

El taconeó de sus botas sonaba demasiado alto en sus oídos y Astrid tenía la horrible sensación de que estaban siendo observados.

—Astrid, ¿de qué conoces a ese hombre? —preguntó Desdentao.

La vampira se detuvo en un patio y miró hacia el tejado del edificio convencida de que alguien les estaba espiando, aunque no vio a nadie.

—¿Astrid? —insistió Desdentao ahora más nervioso.

—Estuve prometida con Grimmel hace siglos —respondió Astrid mientras buscaba el rastro que acababa de perder—. Fue antes incluso de conocer a Hipo y yo me había convertido hacía relativamente poco. Los grandes vampiros y líderes de aquelarres acostumbraban a tomar varias esposas, cuanto más jóvenes mejor, porque son más fáciles de persuadir.

—¿Y llegaste a…?

—¿Casarme con él? ¡Por Dios, no! —respondió Astrid horrorizada—. Le dejé plantado en el altar.

Desdentao alzó sus oscuras cejas pasmado y la vampira sonrió.

—Es más común de lo que piensas, es muy difícil someter a una vampiresa —argumentó Astrid sacudiendo los hombros—. Yo no quería casarme con Grimmel y ni siquiera consiguió que me acostara con él a pesar de ser tan joven e inexperta por aquel entonces.

—¿Y no lo has vuelto a ver desde entonces? —preguntó Desdentao.

Astrid hizo una mueca.

—No soy una vampira que cuente con buena reputación entre los míos, Desdentao —dijo Astrid con amargura—. He pertenecido a varios aquelarres, nunca me he casado y bebo sangre en bolsa, algo que sigue estando muy mal visto entre los míos. Sin embargo, cuanto más lo rechazo, más atraído se siente. Grimmel siempre me ha visto como un premio que nunca pudo adquirir. No me busca activamente, porque tampoco quiere humillarse de esa manera, pero sé que sigue queriendo que sea suya —Astrid siguió caminando por el callejón y sintió a Desdentao seguirla de cerca—. Siempre he sido muy discreta en lo que se refiere a mi relación con Hipo, pero desde lo sucedido las navidades pasadas… me imagino que se ha extendido el rumor. Supongo que Grimmel se ha enterado y ha visto su oportunidad de usar a Hipo para chantajearme o, tal vez, quiera devolver a los vampiros a su antigua gloria, yo que sé.

—¿Antigua gloria?

Astrid se detuvo justo en la salida del callejón y se volteó para contemplar a Desdentao. El chico era casi tan alto como Hipo y algo menos corpulento, pero contaba con la belleza salvaje propia de los licántropos. Su piel oscura refulgía con las luces amarillentas de las farolas y aún le fascinaba lo expresivos que eran sus ojos. Hipo le había hablado mucho de Desdentao, de lo especial que era su mejor amigo para él y lo mucho que le apoyaba dentro de la manada, más después de que su padre supiera de su relación con Astrid. La vampira solo había tratado con él cuando los descubrió en Rockefeller Center; pero, a diferencia de su novia, Desdentao no se había mostrado desagradable con ella, sino más bien… curioso.

—Piénsalo fríamente, nuestras especies son enemigas desde la Antigüedad —explicó Astrid saliendo del callejón para entrar en la Royal Mile—. Nuestro matrimonio puede marcar un antes y un después en nuestra historia.

—Pero solo vosotros estáis juntos, no creo que…

—Estoy segura de que hay más como nosotros —insistió Astrid convencida—. Mi mejor amiga me admitió no hace mucho que ella ha mantenido relaciones con licántropos sabiendo estos que ella era una vampira —Desdentao abrió la boca alucinado—. ¿Y si realmente hubieran más como Hipo y como yo? Dudo mucho que se pueda alcanzar la antigua gloria de los vampiros si se descubre que hoy en día existen parejas entre vampiros y licántropos.

—¿Y qué te hace pensar que nuestras sociedades aceptarían eso? —cuestionó Desdentao con desconfianza.

—Porque yo sé qué es lo que siento por Hipo —respondió Astrid confiada—. Y el día que me di cuenta de que me daba igual que nos descubrieran, supe que el mundo estaba preparado para que supiera de nosotros. Si no mira a Hipo, Desdentao. Podía haberlo perdido todo, podría haberse marchado conmigo y asegurarse de que nunca más supierais de él, pero se quedó aún sabiendo que su padre no aceptaría su relación con una vampira porque tiene fe en que, algún día, tarde o temprano, Estoico sería capaz de aceptarlo y lo de hoy demuestra que no se andaba equivocado.

—¿Cómo estás tan segura de ello?

Astrid sonrió.

—Estoico es un alfa, Desdentao —respondió Astrid—. ¿De verdad piensas que no habría sido capaz de quitarme de encima si realmente se lo hubiera propuesto?

Desdentao se quedó mudo de la impresión.

—No lo había pensado, la verdad —admitió el licántropo azorado.

Astrid dibujó una sonrisa triunfal.

—Puede que no tenga su aprobación, pero que no quiera matarme es un comienzo —argumentó Astrid.

El licántropo fue a responder, pero frunció el ceño cuando detectó el olor a vampiro acercándose peligrosamente a su espalda. Astrid actuó con más rapidez que su atacante y consiguió brindarle una patada que le lanzó hacia atrás antes de que pudiera abalanzarse sobre Desdentao.

—Localiza a Estoico y diles que vengan de inmediato —ordenó Astrid sacando su teléfono y escribió un mensaje a una velocidad de vértigo mientras pisaba el pecho del vampiro cuando intentó incorporarse. Éste rugió furioso—. Te he mandado un seguimiento de mi localización por Whatsapp.

—Pero no puede dejarte…

—¿De verdad crees que este mediocre va hacerme nada? —cuestionó Astrid ofendida—. Márchate, Desdentao, y asegúrate de volver con Estoico y sus mejores licántropos porque si no puede que ni Hipo ni yo pasemos de esta noche.

Desdentao se marchó corriendo y Astrid metió su teléfono en su bolsillo antes de centrarse de nuevo en el vampiro. Éste le enseñó los dientes, lo que provocó que Astrid presionara su pie con más fuerza contra su pecho.

—¡Zorra! —gritó el vampiro.

—Yo tampoco me alegro de verte, Krogan —bramó Astrid con fastidio—. ¿Desde cuando trabajas para Grimmel? Pensaba que te gustaba ir por libre. La última vez que oí sobre ti me dijeron que estabas por Budapest devorando turistas.

El vampiro intentó quitársela de encima, pero Astrid no cedió. La sangre AB negativa le dotaba de mucha más fuerza y Krogan no era más que una cucaracha a su lado.

—Es inútil —le advirtió la vampira—. Será mejor que colabores y me digas dónde os escondéis. Tenéis algo que me pertenece.

—¿El chucho? Ese ya está muerto —escupió el vampiro.

Astrid presionó su pie contra su pecho con tal fuerza que quebró algunas de sus costillas. Krogan se retorció de dolor y gritó dolorido.

—¿Dónde está? —repitió la vampiresa amenazante.

Si Krogan pudiera llorar lo más seguro era que ya lo estaría haciendo. Sus costillas habían tenido que perforar sus pulmones y la sangre que recién había consumido de alguna víctima con grupo sanguíneo A positivo salía de su boca.

—No entiendo qué ve Grimmel en ti. No eres más que una zorra calientapollas desquiciada que se folla chuchos.

Astrid fingió un puchero de tristeza.

—¡Me duelen tanto tus palabras! —esta vez presionó tanto que le rompió el esternón y Krogan gritó tanto que era cuestión de tiempo hasta que los descubrieran—. ¿Quieres que acabe todo esto? Dime dónde está la guarida de Grimmel y te prometo que pondré solución rápida a tanto sufrimiento.

Krogan intentó resistirse, pero cuando Astrid usó su otro pie para pisar con todo el peso de su cuerpo su entrepierna se lo pensó mejor.

—El cemen… El cementerio —balbuceó Krogan—. Greyfriar.

—Dios, hasta para buscar sus escondrijos es ridículo —argumentó Astrid asqueada—. ¿El licántropo está allí?

Krogan asintió.

—¿Vivo?

El vampiro le escupió sangre a la cara y Astrid pisó esta vez tan fuerte que su bota se hundió del todo en su pecho. Krogan se sacudió con violencia y abrió la boca, pero no tuvo la capacidad de soltar ningún grito, solo sangre ajena.

—¿Está vivo? —repitió Astrid.

—¡Sí! —gimió él.

—Perfecto, me has sido de mucha ayuda —dijo ella sonriendo y apartó su bota de su pecho. Resultaba hasta grotesca la imagen de su pecho hundido y el vampiro no era capaz de moverse—. Es curioso cómo los vampiros necesitamos sangre para vivir y, a su vez, nos volvemos tan mortalmente sensibles al dolor físico cuando recién nos alimentamos. Por eso soy tan restrictiva con mi dieta, ¿sabes? Como poco y en bolsa, pero el hambre hace que mis sentidos estén en alerta y me vuelvo menos dócil al dolor. Es un método de supervivencia la mar de efectivo, aunque poco popular. La gula ha sido siempre la perdición de nuestra especie. Comer por el simple hecho de comer y luego pasa lo que pasa, nuestros sentidos se vuelven tan sensibles por el exceso de sangre que pueden confundirnos e incluso atontarnos.

Astrid sacó la bolsa de AB negativo de su bolsillo y Krogan entreabrió la boca, sediento ante el goloso olor a sangre. La vampira hizo una mueca de asco y volvió a guardar la sangre en su chaqueta.

—Me habéis quitado algo que me pertenece, Krogan —advirtió Astrid—. Comprende que ahora tengo que hacer lo mismo contigo.

Krogan intentó arrastrarse por el suelo para alejarse de ella, pero Astrid posó su pie sobre su cabeza.

—Ojalá te pudras en el infierno, cabrón.

El sonido del cráneo quebrarse bajo sus pies le erizó los pelos de la nuca e hizo una mueca de asco cuando sus botas se mancharon con las vísceras del vampiro. Se limpió contra el cuerpo del vampiro muerto y Astrid contempló que había un hombre al final del callejón que estaba paralizado del terror. Un mendigo humano. Sin apenas inmutarse, Astrid sacó de su chaqueta su cartera y le tendió al mendigo un billete de cien libras.

—Por tu silencio y por esa botella de ginebra —le ofreció ella y el mendigo fue a coger el billete cuando Astrid apartó el billete—. Si me entero que te lo gastas en alcohol, te juro que acabarás como él.

El hombre asintió nervioso y sin mediar palabra le entregó la botella y cogió el billete.

—¿Tienes un mechero? —preguntó Astrid.

—Ce...cerillas —respondió el hombre.

Astrid sacó otros tres billetes de cien libras esterlinas y cogió la caja de cerillas.

—Vete a un hotel y dúchate —le ordenó ella—. ¿Tienes familia?

El hombre asintió.

—Si no quieres que te persiga, llámales esta misma noche y pídeles perdón, ¿entendido? Compra ropa nueva y cena con ellos en Nochebuena, la pasta te llega de sobra para comprar un buen pavo relleno —le amenazó Astrid—. Y no has visto nada. Una sola palabra y haré que te acusen a ti.

El mendigo asintió y salió de allí por patas. Astrid abrió la botella y dio un corto trago a la ginebra, pero lo escupió al instante. Su paladar estaba acostumbrado a un sabor mucho más fino y exquisito de alcohol, aquel no dejaba de ser una botella barata de la licorería de la esquina. Sin embargo, fue más que suficiente para que Astrid echara todo su contenido sobre el cadáver del vampiro y tiró una cerilla encendida. El cuerpo entró violentamente en llamas y Astrid tiró la botella vacía de ginebra y la caja de cerillas al fuego antes de escalar hacia los tejados.

Escuchó las sirenas de los coches policiales y de los bomberos cuando alcanzó los límites del cementerio de Greyfair. El olor a vampiro era intenso, aunque no definió el aroma de Hipo en el lugar. Astrid sacó la bolsa de sangre que guardaba en su bolsillo y, casi sin dudarlo, se bebió todo su contenido. Se limpió la sangre de la comisura de su boca con sus dedos y se lamió los dedos antes de tirar la bolsa vacía a una papelera. El cementerio, como era lógico a esas horas, estaba cerrado y la verja estaba cerrada con unas gordas cadenas. Astrid comprobó que la localización de su teléfono seguía funcionando y, sin apartar la mirada de la pantalla, tiró de las cadenas para quebrarlas como si fueran papel. Empujó la verja y entró en el cementerio sin titubear.

Caminó entre las tumbas a la espera de que alguno de los vampiros que la vigilaban la atacaran y cuando Astrid atrapó del cuello a uno de ellos, no se andó con chiquitas.

—Grimmel me espera, ¿tendríais el detalle de llevarme hasta él?

Su voz sonaba calmada, pero lo bastante fría para intimidarlos. Los vampiros que custodiaban el cementerio eran jóvenes, convertidos hacía apenas una década y sus cuerpos estaban repletos de sangre común del tipo A o B. Soltó al vampiro que se apartó de ella aterrorizado y con marcas de sus dedos en su cuello. Astrid sonrió, cosa que intimidó a esos vampiros tan inocentes y jóvenes, quienes parecían haberse percatado que había ingerido sangre de AB negativo. Intercambiaron miradas entre ellos, indecisos de si debían llevarla ante su líder, por lo que Astrid crujió sus dedos con impaciencia.

—Ya me he cargado a Krogan, ¿pensáis que no puedo hacer lo mismo con vosotros? —cuestionó ella con aire aburrido.

—Somos siete contra una —amenazó una joven vampiresa que no aparentaba tener más de quince años.

Astrid alzó una ceja, pero se puso en posición de ataque cuando los vampiros le enseñaron los dientes. Sin embargo, los vampiros dieron un paso hacia atrás cuando una figura se acercó a ellos en la oscuridad. Astrid no contuvo una mueca de asco cuando Grimmel Grisly apareció vestido enteramente de negro y con una expresión de satisfacción en su rostro. La última vez que se habían visto fue en noviembre de 1888 en Londres, después de que Grimmel matara a Mary Jane Kelly, la última víctima de las cinco canónicas de Jack el Destripador. Astrid solo estaba de paso por Londres, aún lamentándose por su entonces separación de Hipo después de que éste le confesara sus sentimientos y ella lo hubiera rechazado. Tenía pensado coger en tres díasun barco a Nueva Zelanda que salía desde Liverpool y necesitaba alimentarse como era debido antes de aventurarse a semejante travesía. Las calles pobres de East End estaban llenas de criminales que nadie echaría de menos y Astrid estaba alimentándose de un violador cuando, de repente, su sensible oído captó el chillido de la mujer. Era normal que en esas calles se escucharan gritos de mujeres, en su mayor parte prostitutas, que eran violadas y maltratadas por sus clientes, pero aquel era un chillido diferente. La mujer estaba siendo torturada. Astrid no era de esas que le gustaran involucrarse en asuntos de los humanos, pero su instinto le advertía que aquello no era normal y, desafortunadamente, cuando se acercó a la casa donde se encontraba la mujer se encontró con un escenario dantesco.

Que Grimmel fuera Jack el Destripador no la sorprendió, pero nunca había prestado especial atención al caso y mucho menos a cómo aparecían los cadáveres de las mujeres asesinadas. Sin embargo, cuando contempló a Grimmel devorar los órganos de aquella pobre prostituta a la que había mutilado, Astrid tuvo que contener una arcada que le supo a la sangre de su última víctima, aunque Grimmel parecía encantado de verla. La invitó a comer con él y ella solo pudo escupirle en la cara antes de salir corriendo de allí.

Tardaría años en regresar a Londres y, a día de hoy, había sido incapaz de regresar a East End por miedo a revivir la imagen de aquella mujer mutilada a la que Grimmel devoraba sus vísceras. No obstante, Astrid Hofferson no sintió miedo cuando Grimmel se acercó con los brazos extendidos y sonriente, como si aquel fuera el inocente encuentro entre dos viejos amigos.

—¡Qué guapa estás, querida! La eternidad te sigue sintiendo de maravilla —apuntó el vampiro encantado—. ¡Qué cutis, por favor! ¡Parecerías hasta humana si tu corazón no estuviera tan muerto y podrido como el de todos nosotros! ¡Dan ganas de morderte y todo!

—¿Dónde está? —preguntó Astrid ignorando sus comentarios.

Grimmel sonrió de oreja a oreja.

—¿Te refieres a nuestro querido Hipo? Está a salvo, no te preocupes, querida —señaló el vampiro—. ¿Cómo estás, por cierto? No te veo desde…

—Quiero verlo —le cortó ella con impaciencia.

Grimmel sacudió los hombros.

—Por supuesto, querida, pero el tiempo al tiempo, me gustaría que nos pusiéramos al día antes —argumentó Grimmel e hizo un gesto con su mano. Los vampiros más jóvenes se retiraron al instante, desapareciendo en la oscuridad de las tumbas y los viejos muros de piedra—. No cabe duda que sigues teniendo ese temperamento tan singular tuyo, ¿era realmente necesario que te alimentaras con tanta sangre de AB negativo? Luego te sentará mal, más teniendo en cuenta que nunca has sido muy dada a comer en exceso.

—¿Pensabas que iba a venir a rescatar a mi novio sin estar preparada? —cuestionó Astrid furiosa—. ¿Dónde lo tienes, Grimmel?

—¡Bueno, bueno! ¿Novio? ¿No era prometido? —preguntó el vampiro con diversión—. Admito que para ser un licántropo, el chico no está nada mal. Listo, guapete y fuerte, ni más ni menos que un alfa. Siempre has aspirado alto, querida, pero hasta yo creo que un licántropo alfa es demasiado, incluso para ti.

Astrid alzó la barbilla con aire desafiante y Grimmel se rió.

—El chico se ha negado a admitir su relación contigo para protegerte, pero hace tiempo que os tengo a vosotros dos en el punto de mira —argumentó Grimmel—. Lo único que no he conseguido saber es cuánto tiempo lleváis juntitos, porque tengo la sensación de que esto no es una relación de dos días, ¿me equivoco? —Astrid no respondió—. ¡Venga! ¡Dame una fecha! ¿2000? ¿Los noventa?

Astrid puso los ojos en blanco.

—¿Por qué te interesa?

Grimmel se acercó peligrosamente a ella, pero Astrid no se dejó intimidar y no se movió.

—Quiero saber cuánto tiempo llevas riéndote en nuestra cara, querida. Cuánto tiempo llevas cometiendo esta blasfemia que te convierte en la vergüenza de nuestra especie.

Astrid sonrió con diversión.

—Bizancio, diciembre de 1095 —respondió la vampira.

Aquella confesión le sentó a Grimmel como una bofetada. ¡Como para no! Un año antes de conocer a Hipo, Astrid le había dejado plantado en el altar y ella se había escapado de Jerusalén para ocultarse en otro aquelarre de la antiquísima ciudad de Bizancio. Grimmel recuperó rápido la compostura, aunque ahora sus gestos se le veían forzados dado que su orgullo estaba herido con gravedad.

—¿Cómo has podido ocultarlo durante tantísimo tiempo?

—Discreción, Grimmel, aunque es un término con el que seguramente no estés familiarizado —comentó Astrid metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta.

Grimmel extendió su mano hacia ella.

—El teléfono —le pidió cortésmente.

Astrid no dudó en entregárselo y no reaccionó cuando Grimmel lo pulverizó con su mano.

—¿Por qué no entramos dentro? Estoy seguro de que aceptarías una buena copa de vino para brindar por los viejos tiempos —ofreció Grimmel recuperando la compostura en su voz.

—Quiero ver a Hipo, Grimmel, no me hagas repetírtelo —le amenazó Astrid con voz envenenada.

—Relájate, esa tensión no te sienta para nada bien —señaló Grimmel fingiendo preocupación—. Estate tranquila que lo verás ahora, aunque ya sabemos que la paciencia no es un atributo del que puedas presumir.

Astrid hizo tripas corazón y siguió a Grimmel a través del cementerio hasta alcanzar una cripta que estaba vigilada por un vampiro corpulento. Éste movió la piedra que la cubría con un solo brazo para desvelar unas viejas y desgastadas escaleras que bajaban a la cripta. Grimmel le ofreció su brazo para ayudarla a bajar, pero Astrid le ignoró y bajó con rapidez la escalera al percibir por fin el olor de Hipo con mayor intensidad. La cripta, en realidad, daba a una sucesión de túneles que estaban repletos de vampiros hambrientos y malhumorados y Astrid se preocupó en ignorar sus miradas llenas de odio y desprecio. Todos debían saber quién era ella, pero no se dejó intimidar, sobre todo porque era ella la que estaba fortalecida con la sangre AB negativa y eso parecía excusa suficiente para que no la atacaran.

—Por algún casual no te habrás encontrado con Krogan —preguntó Grimmel caminando tras ella.

—¡Oh sí! —respondió ella sin voltearse y bien alto para asegurarse de que todos la oyeran—. Ahora mismo los bomberos estarán apagando el fuego que ha calcinado su cadáver a unas cuántas calles de aquí.

Se hizo un tenso silencio. Astrid no comprendía por qué Grimmel parecía tan sorprendido, pues ella no era conocida precisamente por ser la más pacifista. Era harto sabido que quién le tocaba el coño, mal podía acabar.

—Qué poco conveniente —musitó Grimmel con fastidio.

—Te diría que lo siento, pero no me gusta mentir —dijo Astrid indiferente—. Era un hijo de puta sin escrúpulos.

—Y por eso me fue útil.

Astrid sacudió los hombros.

—No haber secuestrado a mi prometido.

Alcanzaron un portón antiguo que debía datar del siglo XVII. Astrid contuvo el aliento aún sin necesitarlo. El olor de Hipo era más intenso allí que en toda la cripta, por lo que indudablemente debía estar tras esas puertas. Astrid pretendió abrir las puertas cuando dos vampiros se interpusieron en su camino enseñándole los dientes. La vampira enseñó los suyos también, pero Grimmel chasqueó los dedos cuando los vampiros parecieron decididos a lanzarse sobre ella.

—Disculpa los modales de mis siervos —apuntó Grimmel educadamente—. Hueles a licántropo y eso les enfurece, pero no te harán nada a menos que yo ordene lo contrario.

Astrid apretó los puños.

—Quiero verlo, Grimmel —advirtió ella con ira contenida—. Ya basta de tonterías.

La sonrisa que Grimmel dibujó era fría y sibilina.

—Por supuesto, querida. Ya habrás detectado que tu amado chucho está ahí dentro. Sin embargo, debo advertirte que quizás su reacción al verte pueda ser un tanto… violenta.

Astrid sostuvo su mirada intentando leer lo que fuera que quisiera esconder tras esa máscara de falsa cortesía.

—¿De qué demonios estás hablando?

—Bueno, ya sabes que yo siempre he sido muy dado a la experimentación —apuntó Grimmel—. ¿No te has preguntado cómo reacciona un licántropo al veneno de vampiro?

Astrid estrechó los ojos.

—Los licántropos son inmunes a nuestro veneno —argumentó ella sin comprender a dónde quería llegar.

—¡Ah! Así que lo sabes por experiencia propia, ¿no? —cuestionó Grimmel con diversión—. ¿Has probado su sangre?

La vampiresa se redujo a fulminarlo con la mirada. No iba a confesar que ella acostumbraba a beber de la sangre de Hipo cuando él se la ofrecía. Era una cuestión demasiado íntima como para airearla delante de tantos vampiros, especialmente ante Grimmel.

—El veneno de nuestros colmillos puede resultar mortal para los humanos cuando no soportan la transformación. Solo los más fuertes pueden aguantar semejante agonía y eso que solo reciben un cantidad ínfima de veneno —explicó el vampiro con satisfacción—. Sin embargo, ¿qué pasa con los licántropos? Como bien has señalado, son inmunes a esa pequeñita cantidad de veneno, ¿pero qué pasa cuando reciben una cantidad más elevada?

Si su corazón pudiera reaccionar de alguna manera, lo más seguro hubiera sido que le hubiera dado un vuelco en ese instante.

—Grimmel, ¿qué le has hecho a Hipo?

—¡Oh, Astrid! No cabe duda que tienes ojo para los hombres —dijo Grimmel—. Verás, los otros licántropos no pudieron soportar las transfusiones de veneno. Sus corazones no podían soportarlo y acababan muriendo. ¿Pero Hipo? A pesar de que pueda engañar al ojo, se nota que ese chico es un alfa. Su resistencia es superior a la del resto y he descubierto síntomas la mar de interesantes, como una subida considerable de la agresividad que hemos tenido que encadenarlo, pero ven, querida, lo mejor es que lo veas por ti misma.

Astrid siguió a Grimmel temblando. La cámara estaba oscura y había un olor muy fuerte a humedad y sangre. Astrid no necesitó que encendieran las luces para comprobar el deplorable estado en el que se encontraba Hipo. Su ropa estaba hecha jirones y estaba cubierto de su propia sangre que había salido de heridas que su cuerpo ya había curado por su condición lupina. Tenía los brazos en alto y encadenados a unas argollas que estaban clavadas en unas columnas, al igual que sus pies. Tenía una vía colocada a la altura de su carótida por donde entraba el veneno de una bolsa que colgaba del techo. Hipo alzó la mirada cuando ella se acercó casi inconscientemente, contrariada porque su olor, aún estando ahí, estaba oculta bajo el hedor del veneno de un vampiro. No era un olor agradable en absoluto, pero más chocante le resultó comprobar que sus ojos estaban inyectados en sangre y sus pupilas estaban encogidas en un fina línea, similar a cuando se transformaba cuando le daba un arrebato de cólera. Hipo se lanzó sobre ella para darle un mordisco y ella dio un paso hacia atrás para asegurarse de que no la alcanzaba, horrorizada porque sus dientes se veían también más afilados.

—¿Pero qué te han hecho? —preguntó ella en un hilo de voz y se giró hacia Grimmel—. Si no quieres que arrase con todo tu aquelarre, más vale que lo cures.

—Sabes perfectamente que no vas a poder con todos nosotros tú sola —dijo Grimmel sin perder la calma—. Habrás bebido toda la sangre AB negativa que quieras, pero mi aquelarre cuenta con miles de integrantes. Si no me obedeces, ninguno de los dos saldréis vivos de aquí hoy.

—¿Qué coño quieres de mí, Grimmel?

—Fácil: cásate conmigo.

—¡Ni de puta coña! —respondió ella furiosa.

Grimmel puso los ojos en blanco.

—Astrid, Astrid… siempre tan rebelde y cabezota. Es antinatural que no desees casarte con un ser superior a ti —observó el vampiro acercándose a Hipo y éste no se movió cuando el vampiro acarició su cabello—. Ya sabes que, como es el caso de los licántropos, existen vampiros superiores al resto. Los líderes por antonomasia, como es mi caso, puedo imponer mi autoridad por encima de los demás. Siempre son los hombres los dominantes, como es el caso de tu lobito y el mío, por lo que todavía no me explico como tú nunca te sometiste a mí.

—No quería ni sigo queriendo casarme contigo —escupió Astrid—. Y quita tus sucias manos de mi novio.

Grimmel se rió y cogió a Hipo de la barbilla. Este soltó un gruñido, pero no le atacó. Astrid se preguntó por qué demonios no mordía a Grimmel como había intentado hacerlo con ella.

—Admito que tiene una cara bonita y se nota que es más joven —argumentó Grimmel observando los rasgos de Hipo con atención—, pero no deja de ser un chucho sarnoso y baboso.

Grimmel golpeó su abdomen y, a pesar del grito de dolor que Hipo soltó, Astrid escuchó cómo dos de sus costillas se rompían a consecuencia del golpe. La vampira se abalanzó sobre Grimmel, pero Hipo ignoró su propio dolor para atacarla a ella. Astrid tuvo que apartarse con rapidez y Grimmel se rió.

—Este es otro de los efectos del veneno en un alfa —comentó el vampiro con diversión—. Si inyecto todo el veneno del cuerpo de un vampiro perteneciente a mi aquelarre, el sometimiento que influyo sobre los míos le afecta a él también. Por tanto, da igual el daño que le haga, él siempre me defenderá a mí por delante de nadie. ¿No es maravilloso? ¡Siempre he querido un perro como mascota!

Astrid estaba horrorizada. ¿Cómo podía haberle hecho esto? Todo aquello era por su culpa. Si hubieran sido más discretos quizás nada de esto hubiera sucedido nunca. Había expuesto a Hipo al peor de los peligros y todo por culpa suya, por estar enemistada con prácticamente todo el mundo. Había infravalorado cuan peligroso podía llegar a ser Grimmel y no había considerado lo rencoroso que era por haberle dejado plantado en el altar. La manada de Hipo debía estar al caer, pero no estaba segura de que pudieran hacer mucho por él, más teniendo en cuenta que aquel aquelarre era considerablemente más grande que la manada.

Iba a ser una carnicería.

Astrid los había condenado a todos.

—Está bien, me casaré contigo —dijo la vampira—. Solo si me prometes que lo dejarás marchar.

Grimmel estrechó los ojos desconfiado.

—Sabes que casarte conmigo involucra un pacto de fidelidad. Si descubro que sigues con él, lo mataré y tú vivirás encerrada el resto de tu vida sirviéndome única y exclusivamente como mi concubina —advirtió Grimmel soltando a Hipo y acercándose peligrosamente a ella—. Tendrás que jurarme obediencia. Vestirás con lo que yo te diga, siempre me sonreirás y serás una anfitriona modélica en mis fiestas. A cambio, te pondré por delante de mis otras esposas y te coronaré como mi primera consorte en este aquelarre.

—Hecho —bramó ella furiosa—. Ahora cúralo.

—Paciencia querida —advirtió Grimmel cogiendo de su barbilla—. Esta promesa hay que sellarla con un beso.

Astrid temblaba de la ira y cuando el vampiro posó sus labios contra los suyos tuvo que emplear todo su esfuerzo para no hacer una arcada. Escuchó aplausos de los siervos de Grimmel, excitados por su señor y su futura nueva señora, y oyó a Hipo gemir, probablemente del dolor que le estaba causando el veneno de vampiro en su sistema. Estaba furiosa. Tan furiosa que podría gritar tan alto que seguramente la escucharían desde Londres.

No podía casarse con esa escoria.

Nunca había sido sometida por nadie. Muchos lo habían intentado y nunca habían tenido éxito. ¿Por qué Grimmel debía ser distinto? Decía que era superior, pero si lo único que le hacía diferente al resto no le afectaba a ella, ¿por qué debía someterse voluntariamente?

No.

Astrid Hofferson quería venganza

Y la iba a tener.

Aquel nauseabundo beso despistó a Grimmel, por lo que cuando Astrid atravesó su pecho para arrancar su corazón muerto le pilló por sorpresa del todo. Se apartó violentamente de ella y cuando Astrid cogió de su cabeza solo tuvo tiempo a gritar:

—¡Liberad al lobo! ¡Ahora! Antes de que me…

Astrid rotó su cabeza con tanta rapidez y en un ángulo tan exagerado que se le erizó la piel cuando escuchó su cuello quebrarse. El cuerpo de Grimmel cayó inerte en sus pies, pero Astrid no tuvo tiempo para comprobar si realmente estaba muerto porque algo la empujó violentamente contra el suelo. Consiguió evitar el primer mordisco de Hipo, pero en su intento de zafarse de su agarre, Hipo mordió su brazo y Astrid chilló de dolor cuando desgarró su carne. Astrid tuvo que empujar su cuello para alejar sus dientes de su cara, aunque Hipo contaba con demasiada fuerza como para poder quitárselo de encima sin herirlo.

—Hipo —gimió ella—. Por favor, necesito que entres en razón. Soy yo, Astrid. Tu Astrid.

Era inútil. Hipo estaba tan cegado por el veneno que despertaba a la bestia más salvaje que residía dentro de él que no parecía pensar en nada más que no fuera en destruirla. Astrid contempló el hilo de sangre contaminada que salía de la herida que se había hecho al quitarse la vía al liberarse. La idea que se le pasó por la cabeza resultaba tan mala como desesperada, ¿pero qué otra cosa podía hacer? Sus pulsaciones sobrepasaban la velocidad que acostumbraba a sufrir y era muy posible que le diera un infarto en cualquier momento. No sabía hasta qué punto tendría que ingerir la sangre ponzoñosa de Hipo para que recobrara el sentido ni los efectos que supondrían para ella el no solo beber más sangre de lo normal sino las consecuencias que tendrían tener veneno de otro vampiro en su cuerpo. Sin embargo, no podría hacer nada si no conseguía calmar a Hipo antes, por lo que decidió probar con el viejo truco que solía aplicar cuando su prometido, aún siendo muy joven, se alteraba durante las noches de luna llena.

I'm dreaming of a White… Christmas —canturreó ella con voz desafinada por los nervios—. Just like the ones I just to know...

Hipo se detuvo y clavó sus orbes asalvajadas en ella, aún furioso, pero también confundido, como si reconociera esa canción de algo. White Christmas era uno de sus villancicos preferidos. La escucharon juntos durante las Navidades de 1941, época en la que ambos coincidieron en el París ocupado por el Eje. La manada de Hipo había abierto por entonces una red secreta para liberar a parisinos que estuvieran en el punto de mira de los nazis. Astrid había colaborado con ellos como espía y infiltrándose en las fiestas de la cúpula nazi y adquiriendo la información necesaria que beneficiara a la Resistencia republicana y la red de liberación. Fueron unos años complicados en los que apenas pudieron verse, más después de descubrir que los nazis tenían a Hipo entre sus objetivos a capturar, pero en la Navidad de 1941 se dieron la oportunidad de pasar una noche juntos. A través de una radio que Astrid escondía en su piso, escucharon a Bing Crosby cantar White Christmas por primera vez. Ambos bailaron al ritmo de la canción y pasaron una noche memorable antes de separarse por casi un año entero debido a las complicaciones dadas por la ocupación. Desde entonces, Hipo siempre asociaba esa canción a un momento de paz entre tanto caos y destrucción y siempre le gustaba cantársela al oído cuando bailaban cada Navidad en la habitación del hotel en el que se encontraban.

Por esa razón, Astrid se esforzó en seguir cantando.

May your days be merry and bright… And may all your Christmas' be white…

Hipo se quedó paralizado y Astrid vio su oportunidad y clavó sus colmillos en su carótida. El licántropo soltó un rugido de dolor e intentó quitársela de encima, pero no había forma de liberarse de un vampiro cuando tenía su presa capturada. Astrid bebió y bebió. El veneno de vampiro había dado un gusto terroso y amargo al exquisito y tostado sabor de la sangre de Hipo. No sabía bien, es más, tuvo que emplear todo su esfuerzo para no apartarse y vomitar, puesto que su cuerpo claramente no estaba tolerando el veneno de otro vampiro. A pesar de todo, Astrid siguió bebiendo, ajena al caos que había empezado a formarse a su alrededor dada la entrada de los licántropos a la cripta. Solo cuando escuchó a Hipo pronunciar su nombre en un suave hilo de voz, Astrid lo liberó.

Sus ojos volvían a ser los de siempre. Se había quedado débil dada la severa pérdida de sangre a la que Astrid le había sometido, pero sus constantes eran regulares y volvía a ser él mismo. La vampira sonrió, aliviada de que estuviera a salvo y de vuelta, y eso era lo último que recordó, pues cayó entonces en una especie de estado de shock debido a la sobredosis de sangre y veneno que su cuerpo no era capaz de soportar.

Después, todo se volvió negro.

Y después, vino el agónico dolor.

Astrid recordaba poco o nada de su vida anterior. Cuando una humana era transformada en vampiro, los recuerdos humanos pasaban a un segundo plano, por lo que Astrid no sabía ni su verdadero apellido, ni quienes eran sus padres o dónde había nacido. Sin embargo, sí recordaba la transformación. El dolor y la sed de sangre que la dominaron desde el instante que la mordieron y la soledad que ello trajo a su vida. Vagó durante años con un aquelarre que la encontró por las calles de una vieja ciudad de Suecia y se había movido con ellos de un lado a otro, sin cuestionar la moral de matar para alimentarse sin importarle quienes eran sus víctimas. Conoció a muchos como ella: cascarones vacíos y encerrados en una existencia eterna en la que nada les despertaba ninguna ilusión. Que Grimmel quisiera casarse con ella parecía una oportunidad para cambiar de vida, pero cuando se lo presentaron, Astrid tuvo la sensación de que todo iría a peor si se unía de por vida a ese vampiro y a su aquelarre.

Fue Hipo el que la encontró en aquel mercado de Bizancio.

Ella caminaba en las sombras, oculta bajo una capa para evitar el contacto del sol contra su piel cuando se percató que alguien la observaba entre el gentío. Su altura destacaba por encima de los demás y sus ojos verdes adquirían un hermoso brillo esmeralda bajo los rayos del sol. Nunca supieron explicar qué sucedió realmente en aquel primer cruce de miradas y cómo acabaron besándose en un callejón cuando aún eran dos auténticos desconocidos. Astrid pensó por entonces que tal vez su inexplicable atracción fuera por el delicioso aroma de su sangre, pero años después concluiría que su instantánea conexión se debía a ese famoso lazo rojo que ataba sus almas como si se trataran de una sola.

Estaban destinados a conocerse y a crecer juntos. A compartir una eternidad en compañía y, por mucho que la historia y las antiguas leyendas dictaminaran que vampiros y licántropos no podían enamorarse y compartir una vida juntos, Astrid e Hipo habían decidido nadar a contracorriente a pesar de los perjuicios que ello implicaran.

Fue la mejor decisión que habían tomado en sus vidas.

El dolor acabó desapareciendo en un indeterminado paso del tiempo y Astrid abrió los ojos un tanto desorientada al encontrarse en un lugar muy distinto a la cripta. Estaba en una suite de hotel decorada escrupulosamente con temática navideña y llevaba un suave pijama largo de satén de color celeste que no reconoció como suyo. Era de día, aunque las cortinas estaban corridas para evitar la entrada de luz solar. Junto a la ventana se encontraba Hipo dormido en un sillón en una posición que a Astrid se le hizo la mar de incómoda. El sillón se le quedaba un tanto pequeño para la altura desgarbada de su novio, aunque tenía pinta de estar profundamente dormido a pesar de tener parte de la cara hinchada por la paliza que había sufrido y el brazo lo tenía vendado a la altura del codo. Por el olor turbio que salía de él, supuso que había tenido que haber recibido varias transfusiones para compensar toda la sangre envenenada que ella había ingerido. Astrid se incorporó con lentitud, sintiéndose agotada y con los miembros entumecidos, pero eso no evitó que se levantara para arrastrar los pies hasta él. Su expresión era serena y calmada y comprobó que tenía un vendaje también a la altura de su carótida, justo donde lo había mordido. Se sintió tentada a despertarlo, pero decidió dejarle dormir tranquilo.

Astrid sabía que su aspecto debía de ser lamentable y así lo confirmó cuando se contempló en el espejo del baño. Procuraba siempre mantener su dieta de sangre a raya, pero se esforzaba por mantener una apariencia saludable y lo más humana posible. Sin embargo, en su reflejo su piel estaba blanca por la falta de sangre en su sistema y las ojeras que estaban bajo sus ojos eran literalmente moradas. ¡Qué vergüenza! ¡Cualquiera que la viera con esa cara huiría saliendo leches de allí! ¡ Se parecía a esos vampiros chupados de las pelis de Hollywood! Astrid salió al salón de la suite, a la zona del minibar, donde olió la reserva de sangre embolsada que alguien había guardado allí cuidadosamente. Cogió tres bolsas de cero positivo y se puso la sudadera que Hipo había dejado tirada en el sofá. Aspiró su dulce y tostado aroma antes de encender la tele y ponerse a comer.

Cuando Brusca entró en la suite cargada con un montón de bolsas de marcas de lujo y vestida con una gran pamela y unas gafas de sol casi tan grandes como su cara para evitar cualquier contacto de luz solar, Astrid estaba ingiriendo su segunda bolsa. No le sorprendió encontrarla allí. Podía reconocer el olor a su perfume de Bulgari por toda la suite y había escuchado su peculiar andar sobre sus tacones de aguja desde que había entrado al hall de entrada. Sin embargo, Brusca no parecía haber esperado encontrarla despierta porque se lanzó sobre ella, tirando todas las bolsas al suelo, y sollozando sin lágrimas.

—Vale, vale, sí, estoy viva, pero aún delicada, así que agradecería que no me rompieras —le suplicó Astrid sofocada.

Brusca se apartó y cogió su cara entre sus manos alargadas.

—No vuelvas a darme sustos como este —le advirtió ella—. Tienes mucha potra que cogiera un avión tan pronto hablé contigo cuando estabas en Londres, porque si tenemos que depender de los chuchos no sales viva de esa tumba.

—Cuéntamelo todo, por favor, porque no me acuerdo de nada después de beber la sangre de Hipo.

Brusca se retiró la pamela y se quitó las gafas. No se había maquillado, aunque se había pintado los labios de un rojo intenso que había empezado a aclararse.

—A ver, yo llegué cuando todo había terminado, así que mi aportación a esa carnicería fue únicamente salvarte la vida. De nada, por cierto —Astrid sonrió cansada, pero agradecida—. Edimburgo entera apestaba a chucho, pero cuando detecté el olor de varios vampiros me preocupé y seguí el rastro hasta el cementerio. Encontré a Hipo rodeado de un grupo de chuchos que intentaban alejarlo de ti porque, a ver, estaba más muerto que vivo, pero parecía desesperado por hacer que tú despertaras, ya que no parabas de sacudirte como si fueras la niña del Exorcista. La verdad es que todos esos chuchos me habrían podido matar fácil, pero actué casi sin pensarlo.

—¿Qué hiciste?

—Hija, lo que toda amiga tiene que hacer de vez en cuando por otra amiga —respondió Brusca con diversión—. Metí mis dedos hasta el fondo de tu garganta y te forcé a que vomitaras todo lo posible. Fue asqueroso, por cierto, creo que es lo más repugnante que he hecho en mi vida y creeme que no son pocas las cosas asquerosas que he llevado a cabo.

—¿Y ya está? ¿Me forzaste a vomitar y se acabó? —preguntó Astrid atónita.

—¿Te parece poco? —replicó Brusca ofendida—. A ver, también ha requerido más cuidados. Cuando dejaste de sacudirte, no reaccionabas y como técnicamente estamos muertas… no estábamos seguros de que volvieras a levantarte entre los vivos. Me quedé tranquila cuando parecías reaccionar a las pequeñas dosis de sangre que te he ido dando después del lavado de estómago que has recibido.

—¿E Hipo? —preguntó Astrid preocupada—. Debería estar descansando en su hotel, no…

—¡Uf! Mira, yo decidí no discutir con él después de que mandara a su padre a la mierda hace un par de días —argumentó Brusca—. Vino con la cara hinchada y casi arrastrándose, pero el muy tordo se ha negado a moverse de aquí hasta asegurarse de que te despertabas.

Astrid se incorporó preocupada.

—¿Entonces no ha recibido las transfusiones suficientes para…?

—¡Ah! No, tonta, estate tranquila. Han venido los otros licántropos para hacerle las transfusiones aquí y yo misma le he tenido que coser algunos puntos que se le habían soltado porque no puede estarse quieto; pero, por lo demás, está bien. Solo muy cansado y oliendo fatal —comentó su amiga—. Es un buen tío, aunque sus amigos son bastante gilipollas. ¿Te puedes creer que uno me ha estado lanzando los tejos? El muy imbécil no se ha dado cuenta de que soy una vampira hasta que Hipo se lo ha dicho.

Astrid sonrió con picardía.

—¿Te lo has follado ya?

Brusca le devolvió la sonrisa.

—¿Acaso lo dudabas?

Ambas amigas se rieron y Astrid abrió su tercera bolsa de sangre.

—Admito que dudaba mucho de tu relación con ese chucho, pero no cabe duda de que ese Hipo es un tipo legal. Me gusta —dijo Brusca.

Astrid cogió de su mano.

—Significa mucho para mí que me digas eso.

Un estruendo proveniente del dormitorio las sobresaltó y antes de que pudieran acudir a ver qué pasaba, Hipo salió escopetado al salón gritando su nombre, aunque se quedó paralizado cuando la vio sentada en el sofá sorbiendo cuidadosamente el tubito de la bolsa de sangre.

—Estás despierta —dijo él sin dar crédito.

—Eso parece —respondió ella.

—Pero… pero… ¿desde cuándo?

Astrid se quedó un segundo pensativa.

—¿Una media hora?

—¿Y no se te ha ocurrido la brillante idea de despertarme? —cuestionó Hipo estrechando los ojos.

Astrid hizo un puchero.

—Es que tenía hambre y estás tan mono cuando duermes…

Hipo se llevó las manos a la cara de la pura frustración mientras Brusca se partía de risa. Astrid, sin embargo, dejó la bolsa a medio acabar sobre la mesa de centro de la sala y se lamió los labios antes de acercarse hasta su novio.

—Me encanta cuando te frustras tú solo —dijo Astrid rodeando su cintura.

—Llevo tres días durmiendo en ese sillón esperanzado de que tuviéramos un reencuentro súper romántico y vas tú y no se te ocurre despertarme —le recriminó él acunándola entre sus brazos.

—La próxima vez que me dé una sobredosis de veneno y sangre te prometo que fingiré hacerme la dormida para sorprenderte cuando te despiertes —dijo ella sonriendo entre dientes.

Hipo la besó en los labios y Astrid, aún agotada, se esforzó en corresponderle con el fervor de siempre. Hipo apoyó su frente contra la suya cuando rompió el beso.

—Astrid, lo siento, yo no pretendía…

Ella posó sus fríos dedos contra su boca.

—No hay nada que tenga que perdonar —le aseguró ella—. Volvería hacerlo sin dudarlo.

—Te quiero —murmuró él abrazándola con fuerza.

—Yo también te quie…

—¡A ver, tortolitos! ¡Cortaos un poco que sigo aquí y a este paso voy a ponerme a vomitar arco iris con tanta cursilería! —exclamó Brusca con impaciencia mientras recogía las bolsas del suelo y Astrid le sacó la lengua como respuesta—. A ver, os comento. He ido de compras.

—¿Y quieres que juzguemos tus looks? —preguntó Hipo burlonamente.

—Ja, ja, mira el chucho que graciosete es —replicó Brusca con sarcasmo y le tendió una bolsa de Burberry—. Anda, ponte esto, que hasta que no te lo vea puesto no voy a estar segura de que haya acertado con el tallaje.

Hipo cogió la bolsa confundido y miró su contenido alzando las cejas.

—¿Para qué me has comprado un traje?

—¿Pues para qué va a ser? —cuestionó Brusca irritada mientras le daba a Astrid una bolsa de Dior—. Esta noche es Nochebuena y tenemos una fiesta a la que asistir.

—¿Fiesta? —preguntaron Hipo y Astrid a la vez incrédulos.

—No, si queréis nos vamos a quedar aquí haciendo una fiesta de pijamas —se burló Brusca—. Y tú bebe algo más, Astrid, que ese vestido lleva tu talla de siempre y aún estás en los huesos.

—Pero…

—Vale chicos, el coche pasará a buscaros a las siete. Os quiero listos y preparados en el hall a menos cinco.

—Pero Brusca, yo no sé si estoy en condición para ir a ninguna fiesta y, además…

—¡Excusas, excusas! —exclamó Brusca con fastidio—. Como no os presentéis, os juro que vengo con refuerzos a sacaros del hotel. Es Navidad y hay que celebrar que aún nos queda una eternidad en esta miserable existencia llena de pompa y circunstancia. ¡Sed buenos hasta la noche!

Astrid e Hipo se quedaron con la palabra en la boca cuando Brusca cerró la puerta de la suite tras ella. Se intercambiaron las miradas y se rieron agotados antes de decidirse ir a la cama. No se acostaron, ambos seguían demasiado débiles para siquiera plantearlo, pero resultaba agradable acurrucarse contra el cálido cuerpo de Hipo mientras Astrid le contaba toda su historia con Grimmel y las consecuencias que su muerte traería. Los vampiros del aquelarre habían huido despavoridos cuando Astrid mató a su líder y con la aparición de los licántropos de la manada de Hipo, pero muchos debían seguir en Edimburgo, por lo que no era seguro que se quedaran allí mucho tiempo.

Por esa razón, titubeante, Astrid le preguntó si quería dejar su relación con ella después de lo sucedido.

Hipo, decidido, respondió que antes prefería estar muerto.

Y no volvieron a discutir más sobre dicho asunto.

Sí que plantearon aplazar la boda a una fecha indefinida dadas las recientes circunstancias. Tal vez el mundo aún no estaba preparado para aceptar la relación entre especies como ellos pensaban, aunque Hipo desconocía la reacción de la manada porque se había marchado del hotel donde se alojaban tan pronto fue capaz de mantenerse en pie. Aún así, ambos concordaron que no casarse era lo más prudente por el momento.

Pasaron el resto de la jornada entre la cama y el sofá viendo películas cutres de Navidad en Netflix. Hipo se quedó varias veces dormido abrazado a ella, aún agotado por las transfusiones y por las heridas internas que aún necesitaban curarse del todo, y Astrid se pasó el día ingiriendo bolsas de sangre para recuperar las fuerzas necesarias. Cuando decidieron que era hora de prepararse se levantaron perezosos y poco deseosos de salir de aquella habitación, pero Astrid no quería ofender a Brusca después de haberse tomado tantas molestias con ellos y era cierto que Nochebuena era una ocasión especial.

El reflejo que le devolvió el espejo cuando Astrid salió de la ducha era considerablemente mejor que el de esa mañana. Había recuperado el color en sus mejillas y las ojeras, aún marcadas, podían al menos ocultarse bajo una capa de maquillaje. Mientras Hipo se duchaba, Astrid se maquilló y se recogió el pelo en un moño sencillo. Se puso el vestido y esperó a que Hipo saliera del baño vestido únicamente con un calzoncillo para que le subiera la cremallera de la espalda.

—Estás preciosa —comentó él besando su hombro desnudo.

—Para ti siempre lo estoy, no eres objetivo —señaló ella con diversión.

—Milady, contigo no necesito serlo.

Ella se rió y le ayudó a ponerse el traje que Brusca le había comprado. Hipo hizo una mueca cuando Astrid sacó la pajarita suelta de una caja, pero dejó que su prometida se la pusiera con cuidado de no atar el nudo demasiado fuerte. Brusca, como siempre, había dado con el tallaje a la primera, porque aquel traje le sentaba como un guante y, después de peinar su cabello hacia atrás, Hipo se veía guapísimo y más elegante que nunca.

—Siento que voy disfrazado de James Bond —se quejó en el ascensor.

—¿Eso me convierte en tu chica Bond? —preguntó Astrid con diversión enganchando su brazo al suyo.

—Ambos sabemos que tú eres el James Bond de esta relación.

Astrid se carcajeó por su comentario a la vez que sonaba la campanita del ascensor que anunciaba la llegada a la planta baja. El hall del Waldorf Astoria estaba decorado enteramente de Navidad, con un fantástico árbol que alcanzaba el techo justo en el centro y que estaba cuidadosamente ornamentado e iluminado. El chófer les estaba esperando justo en la puerta, aunque tampoco les reveló adónde iban. Se escuchaba una suave sintonía musical de Navidad por los altavoces del vehículo y Astrid acomodó su cabeza contra el hombro de Hipo a la vez que éste cogió de su mano. Hicieron todo el camino en silencio e Hipo llegó incluso a adormilarse contra su cabeza, pero se espabiló cuando percibió, como ella, el olor a licántropos. Astrid se asomó por la ventana y sintió un nudo en su estómago al comprobar que estaban entrando en los jardines de Prestonfield House.

—Mierda —murmuró Hipo nervioso cuando el chófer paró ante la puerta del hotel.

—¿Qué demonios hacemos aquí? —preguntó Astrid en pánico.

—¿Y me lo preguntas a mí? —replicó Hipo alterado—. ¡Yo no quería ir a ninguna fiesta y menos en una en la que mi padre y el resto de la manada estuvieran presentes!

—¡Ah! ¿Y yo sí? Te recuerdo que soy yo la que amenazó a tu padre y a toda la manada con matarlos si…

—¿Que hiciste qué? —cuestionó Hipo en un chillido.

—Estaba desesperada, ¿vale? —replicó ella azorada—. No me cogías el teléfono y ellos no parecían excesivamente preocupados porque tú no me dieras señales de vida. Tuve que poner a tu padre contra las cuerdas para que reaccionara y, aún así, no pareció servir de mucho. Menos mal que Desdentao colaboró un poquito porque si no…

Hipo se llevó las manos a la cara y resopló. Astrid se mordió el labio, consciente de qué era ella la que debía dar un paso al frente.

—Escúchame, entra tú y celebra la Nochebuena con tu gente. Yo vuelvo al hotel.

—¿Qué? —dijo Hipo incrédulo—. Después de todo lo que ha pasado no pienso dejarte sola, mucho menos hoy.

—Hemos pasado cientas de Navidades juntos —argumentó Astrid—. Creo que por una vez que la pases con tu padre no va a pasar nada.

—Astrid, no creo que…

Alguien dio unos golpes en la ventana y se quedaron atónitos al contemplar que era Brusca. Astrid bajó la ventanilla y su amiga puso los brazos en jarras.

—¿En serio vais haceros de rogar tanto? —cuestionó la vampira con impaciencia—. Hay una horda de lobos hambrientos dentro que están esperando a que entréis para dar comienzo a la cena. De verdad, son insoportables.

Hipo inclinó su cuerpo hacia la ventana.

—Espera, ¿tú has montado esto? —cuestionó su prometido incrédulo.

—No, si quieres lo dejo en manos de esos chuchos inútiles —le increpó Brusca ofendida y abrió la puerta del coche—. ¡Ala, venga! ¡Que no tenemos toda la noche!

—Pero…

—Os juro que voy a buscar a esos chuchos para que os saquen del coche si no salís ahora —dijo su amiga irritada.

Ambos bajaron del coche desconcertados. Brusca arregló la pajarita torcida de Hipo y miró a Astrid de arriba abajo antes de dar su aprobación. Su amiga llevaba un Versace con un escote de infarto y su cabello estaba recogido en un recogido demasiado complicado. Chasqueó los dedos para que la siguieran mientras la pareja se daban de la mano nerviosos. La sala de fiestas de Prestonfield House estaba abarrotada de licántropos y Astrid apretó la mano de Hipo con más fuerza de la estimada cuando se hizo un silencio grave ante su entrada. Estaba a punto de salir corriendo de allí cuando Estoico Haddock dio un paso al frente. El padre de Hipo se había vestido también para la ocasión y llevaba un traje a medida de su corpulento tamaño. Para sorpresa de ambos, el líder de la manada sonrió de oreja a oreja y cogió dos copas de gaseosa de un camarero que pasaba por allí para entregarlos él mismo en sus manos.

—Me temo que salvo la otra vampira y tú, los demás no podemos consumir alcohol, ¿puedes ingerir esto? —preguntó Estoico… ¿preocupado?

—S-sí —balbuceó ella estúpidamente agarrando la copa—, pero no entiendo… ¿celebramos algo?

Estoico sonrió ante su pregunta, pero no respondió.

—¡Por los futuros novios! —exclamó el líder de la manada.

El resto de licántropos vitorearon al unísono, pero Astrid e Hipo se quedaron paralizados y compartieron una mirada de puro desconcierto. ¿Acaso les estaban haciendo una broma pesada? ¿Alguien estaba manipulando mentalmente a toda la manada? ¿Por qué todo el mundo parecía contento y alegre por una noticia que, en verdad, era escandalosa? No había registros de que hubieran relaciones entre vampiros y licántropos y muchos menos que tuvieran intenciones de casarse. ¿Por qué parecía ahora todo el mundo tan contento cuando hacía apenas unos días toda esa gente había pretendido matarla?

¿Qué había cambiado?

Estoico pareció percatarse de la confusión de la pareja y les pidió que les acompañara a una sala vacía que estaba junto a la sala de fiestas. El fuego estaba encendido y junto a la chimenea había un precioso árbol de Navidad ornamentado con decorados artesanales de madera. Estoico los invitó a sentarse y Astrid se sentó en el sofá de estilo Luis XIV mientras que Hipo se sentó en el brazo sin querer soltar su mano. Hipo estaba muy tenso, vigilante ante los movimientos de su padre, quien dio un trago a su copa de gaseosa antes de sentarse en el sofá que se encontraba justo enfrente. Estoico Haddock era tan grande que ocupaba prácticamente todo el sofá y Astrid procuró no mostrarse muy intimidada. Si tenía que volver a enfrentarse a Estoico esa noche, tenía todas las de perder, más teniendo en cuenta que Hipo estaba tan o más débil que ella.

—Supongo que estaréis confundidos por lo que está pasando ahí fuera.

—Es un detalle que te hayas dado cuenta —interpuso Hipo con sarcasmo—. ¿A quién se le ha ocurrido la broma? ¿A Mocoso? ¿A Patón?

Estoico se rió.

—Todo lo que está pasando ahí fuera no es producto de ninguna broma —le aseguró el líder de la manada—. Mi hijo por fin se casa tras siglos y siglos pensando que no lo haría nunca.

—Hace un año te anuncié mis intenciones de casarme con Astrid y casi nos mataste a los dos —le recordó Hipo con frialdad—. No entiendo qué ha cambiado.

La expresión de Estoico se tensó y apoyó su espalda contra el respaldo del sofá.

—Te ha salvado la vida —argumentó Estoico—. La otra vampira, Brusca, me explicó lo que le pasó a ella cuando bebió tu sangre para salvarte. El veneno de vampiro puede resultar letal para otros vampiros que lo ingieren, más cuando están sobrecargados de sangre; y, al parecer, Astrid no dudó, ¿me equivoco?

—Por supuesto que no dudé —concordó Astrid ofendida—. Le quiero y lo haría otra vez sin pensarlo dos veces.

—Y mataste ese vampiro también —añadió Estoico con admiración—. Eres una vampira peculiar, Astrid. No lo voy a negar. Llevo tiempo pensando qué demonios se le pasó a mi hijo por la cabeza para establecer una relación con una chupasangres cuando es lo más antinatural que puede suceder. Lo sospechaba, no lo voy a negar. Hipo es buen mentiroso y cuidadoso en esconder sus pasos, pero… —Hipo apartó la mirada cuando su padre buscó sus ojos—. El día después de que mataras a Drago y rompiste su compromiso, olías a vampiro. Te descuidaste, lo cual es raro, porque siempre has sido más limpio que cualquiera de nosotros y ahora me doy cuenta que probablemente te bañabas con más frecuencia que nadie para ocultar el olor de ella.

Hipo se ruborizó y se removió incómodo.

—Entonces, cuando me encontraste treinta años después, la oliste —afirmó Hipo tenso.

—Por supuesto que lo hice —concordó Estoico.

—¿Y por qué no dijiste nada entonces?

Estoico frunció los labios.

—Pensé que era un capricho, un problema que podía pasar por alto si decidías volver a casa, cosa que hiciste.

—Porque Astrid me convenció, no porque yo quisiera —le advirtió Hipo con una mirada fulminante—. Yo estaba más que dispuesto a continuar la vida que llevaba con ella, pero Astrid insistió que tenía que reconciliarme contigo y con la manada.

Aquel comentario pareció sentarle muy mal a Estoico, por lo que Astrid decidió intervenir para suavizar las cosas.

—Yo no recuerdo a mis padres —puntualizó la vampira—. Siempre he envidiado a Hipo precisamente porque él tenía a alguien más que a mí. Los vampiros no tenemos esa filosofía de «manada» y «familia». Apenas conservamos recuerdos de nuestra vida como humanos y no podemos concebir y formar algo que vaya más allá de un matrimonio y, por desgracia, los casamientos entre los vampiros suelen ser de conveniencia, por lo que el amor no es algo que solemos experimentar. Hipo me encontró, Estoico, y no hemos dejado de querernos desde entonces. Sé… sé que no soy la candidata ideal. Soy un vampiro, así que soy perfectamente consciente del listado de inconvenientes que eso supone y…

—Astrid —le interrumpió Estoico con suavidad—. El listado pasó a un segundo plano desde el instante que salvaste la vida a mi hijo. Actuaste aún cuando yo dudaba de que Hipo estuviera realmente en peligro y doy gracias a que Desdentao me desobedeciera para acompañarte y pudiera ayudarnos a localizarte. Has salvado la vida de mi hijo y del futuro de esta manada, así que no veo razón para oponerme a nada que queráis hacer —la pareja jadeó sorprendida y Estoico volvió a sonreír—. Tenéis mi beneplácito para casaros y me gustaría que fuera algo que pudiéramos celebrar todos juntos. No hay nada que me haría más feliz que ser testigo de vuestro enlace.

—Papá…

Hipo se estaba esforzando en contener la emoción, pero no le estaba resultando fácil. Astrid sonrió conmovida por sus lágrimas de alivio y soltó su mano para que pudiera abrazar a su padre cuando éste se levantó con los brazos extendidos. Lo que no se esperó fue el abrazo que Estoico le dio inesperadamente. Astrid se rió nerviosa, quizás por qué todo aquello se le hacía surrealista. Sin embargo, cuando salieron de nuevo a la sala de fiestas y todo el mundo se acercó a felicitarlos, Astrid comprendió que aquello estaba pasando de verdad. Fue incapaz de contenerse en abrazar a Desdentao cuando lo avistó entre el gentío; y, a pesar de la mirada fulminante que le lanzó su pareja, Light, la licántropa de piel nívea también los felicitó con algo parecido a una sonrisa.

Aquella Nochebuena fue inolvidable para Astrid Hofferson.

Acostumbrada a pasar las fiestas única y exclusivamente con Hipo, nunca había experimentado lo que era pasar las Navidades rodeada de un grupo amplio de gente. Resultó muy abrumante, incluso agobiante, pero cuando Hipo rodeó su cintura con su brazo y la besó tiernamente en la sien delante de sus hermanos y amigos sin ningún reparo, se convenció de que podía acostumbrarse a eso. Es más, la noche fue más divertida de lo que nunca hubiera esperado. Recibió preguntas de lo más singulares por parte de los licántropos más jóvenes —¿los vampiros brilláis al sol como los de Crepúsculo u os convertís en una bola de fuego?— y más curiosos —¿cómo demonios puede un vampiro tener una erección si no hay sangre que bombee por sus venas?— que por fortuna Brusca se preocupó en responder por ella. Su mejor amiga y ella, asqueadas por la comida escocesa tan poco apetecible que los licántropos devoraban con gula, saquearon la mitad de la reserva del vino más caro de la bodega de Prestonfield House. En algún punto, Chusco, el gemelo de Brusca, apareció en mitad de la fiesta quejándose de por qué coño su hermana no le había invitado a la fiesta, lo cual llevó a una discusión entre los gemelos que despertó muchas risas entre los presentes. Estoico también le contó un montón de anécdotas de cuando Hipo era un niño, lo cual mató de vergüenza a su pobre prometido y mató de ternura a Astrid.

Después de la cena, sonó la música.

Hipo la sacó a bailar, algo nervioso y azorado, pero orgulloso de poder bailar con ella en un lugar repleto de gente que conocía.

Orgulloso de poder presumir de futura esposa.

Bing Crosby se puso a cantar White Christmas a través de los altavoces del DJ.

Hipo pegó su cuerpo contra el suyo y, mientras se movían al lento y romántico ritmo de la canción, inclinó su cabeza hasta que sus labios acariciaron el lóbulo de su oreja para cantarle en un precioso susurro:

May your days, may your days, may your days,

Be merry and bright,

And may all your Christmas' be white.

Xx

Esta es la primera secuela de las dos que tengo pensado publicar esta semana y, por supuesto, la vampira y el licántropo TENÍAN que volver, más después de ese final tan abierto que se quedó en el tintero. Ésta vez estoy contenta porque ahora sí que sí tengo la sensación de que dejo esta historia bien cerrada para la posteridad y, además, he tenido oportunidad de explorar este pequeño universo de vampiros y licántropos.

Espero de corazón que os haya gustado este primer relato. Si os ha gustado (o no), os rogaría que me dejarais una review para conocer vuestra opinión y compartáis vuestras impresiones conmigo. No cabe duda que sería un enorme detalle por vuestra parte y me haría enormemente feliz.

Mañana nos toca escribir la carta a Santa.