Quedan tres días para Navidad. Nos leemos abajo.

La sala de baile apestaba a tabaco, ponche cargado de alcohol y galletas de jengibre.

En verdad, no había galletas de jengibre en esa fiesta; pero, al parecer, hasta hacía poco había sido un almacén de galletas, pero el banco lo embargó y se había comprado a un precio asquerosamente barato, como otras tantas actividades especulativas causadas por la Gran Depresión. Fuera estaba cayendo una nevada del copón y hacía un frío del infierno, como todos los inviernos en Chicago había que decir, aunque aquel invierno de 1931 había sido especialmente frío.

Aún así, en aquel almacén transformado en sala de baile hacía calor, tal vez demasiado. Hipo se había quitado hasta la chaqueta que ahora colgaba de su brazo y se había arremangado su camisa hasta los codos. Tenía un cigarro que apenas había aspirado en sus labios y los ojos vagaban por la pista de baile donde abundaban las parejas que bailaban al ritmo del charleston "navideño" que tocaba la banda. En verdad, quien fuera el que hubiera organizado aquel baile se había esmerado en decorar toda la sala y la comida y el alcohol abundaban por doquier.

Aquel baile de Navidad se celebraba todos los años, aunque era el primero al que Hipo asistía. Después de todo, no hacía ni un año que se había unido a «la familia» y aún le costaba creer que le hubieran aceptado con tanta facilidad. En apariencia, Hipo no era como esos gorilas de la pista de baile. No era musculoso, ni violento ni mucho menos era carne de formar parte de la mafia. Es más, la mayoría le veían demasiado introvertido y era consciente de que se reían de su pequeña cojera, sobre todo cuando en los días fríos y de lluvia tenía que apoyarse en un bastón porque no soportaba el dolor, pero era listo, muy listo. Demasiado listo, le habían dicho en más de una ocasión, y tenía la mejor puntería de la banda después de ella, aunque a él le solía temblar el pulso si dudaba. Sin embargo, el clan Hofferson apreciaba las mentes despiertas y Henry, o Hipo como solía llamarle todo el mundo, tenía un don para organizar atracos.

En verdad, su talento para montar atracos no era algo de lo que se pudiera presumir, pero Hipo era hijo de atracador y había aprendido del mejor, aunque ese era un secreto que no había compartido con nadie. Nadie sabía que Hipo era el hijo del legendario Estoico Haddock, el mejor atracador de la historia de los Estados Unidos y líder del clan Haddock, una antigua banda mafiosa que había reinado sobre Chicago hasta que fue asesinado a sangre fría por Finn Hofferson, el antiguo líder del clan Hofferson. Hipo presenció el asesinato con tan solo doce años y, a pesar de que Finn Hofferson lo buscó para matarlo, consiguió huir a Nueva York con su madre donde vivió durante más de una década. Hipo se convirtió en un adulto de la noche a la mañana y, tras estudiar debidamente todos los atracos abarcados por su padre y trabajar con otras bandas, Hipo se labró un nombre como atracador: El Furia Nocturna. Cuando se sintió lo suficientemente preparado, Hipo regresó a Chicago para buscar venganza y matar a Hofferson.

Sin embargo, se encontró con un escenario muy diferente al esperado.

Finn Hofferson había muerto debido a un derrame cerebral y su sobrina, Astrid, había tomado las riendas del clan con mucha más frialdad y más solvencia de la que había contado su tío nunca. Decidido a vengar a su padre, Hipo había decidido matar a Astrid, pero pronto se percató de que Hofferson no era una mujer a la que había que infravalorar. Era temida por todo Chicago y gobernaba por encima de otros grandes líderes de la mafia de la ciudad. Aunque no era oficial, se decía que Astrid había movido los hilos para quitarse a Al Capone de en medio y Frank Nitti evadía sus barrios después de que Astrid le hubiera metido una pistola en la boca tras una trifulca entre bandas.

Astrid Hofferson era única y había sido ella quien le había buscado tras descubrir que el Furia Nocturna había llegado a Chicago.

Hipo jamás olvidaría la primera vez que la vio. Estaba esperándolo en su habitación de la pensión que había alquilado, aunque tampoco le sorprendió verla allí. Hipo quería ser encontrado, pero solo por ella. Quería captar su atención, que suplicara porque se uniera a su clan, aunque pronto supo que Astrid Hofferson no era de esas que suplicaban. Solo en apariencia, Astrid cortaba la respiración y, a su vez, intimidaba tanto que le ponía la piel de gallina. Llevaba un vestido verde de tarde muy elegante y provocativo, los labios carnosos pintados en un intenso carmín y su hermoso cabello rubio estaba recogido bajo un sombrero. Sus ojos azules eran fríos y perspicaces bajo sus largas y tupidas pestañas y estudiaban cada uno de sus movimientos con intensa atención. Ella no se andó con rodeos: lo quería en su clan. Hipo se negó la primera vez, alegando que él trabajaba solo y un equipo diferente con cada atraco. Astrid no pareció ofenderse ante su negativa, aunque sí que le advirtió que si no trabajaba para ella, más le valía largarse de Chicago.

—¿Y qué pasa si no me voy? —le preguntó él.

—Te mataré —respondió ella sin más—. No podría soportar que un lobo solitario robase mi dinero.

—¿Y si acepto? —cuestionó él.

Ella sonrió.

—Serás acogido en mi familia, quizás te vuelvas mi favorito y todo.

Hipo aceptó, aunque no alentado por el ser el más querido por la líder en el clan, sino por el profundo odio que ella inspiraba en él. Hipo quería matarla, pero se preocuparía de hacerlo en el momento adecuado, cuando ella bajara la guardia. Quería ganarse su confianza, hasta el punto que ella sintiera una confianza ciega hacia él, aunque no le resultó un camino nada fácil. Astrid era desconfiada por naturaleza y hasta que no consiguió la jugosa cantidad del millón de dólares robados, no le arrebató una sonrisa de sus labios

Para él supuso un auténtico reto.

En verdad, ni siquiera se había planteado la idea de que ella pudiera poner su interés en algo que no fuera su talento para idear robos a bancos, pero tras haber alcanzado los dos millones de dólares, Astrid lo invitó a cenar. ¿Qué podía decirse de aquella situación? Fue muy difícil aparentar que estaba calmado y no acojonado ante el escenario en el que Astrid descubriera quién era él realmente. Usaba el apellido Smith, un nombre como otro cualquiera, y nadie había mencionado que sus ojos eran calcados a los de su padre. Ya nadie se acordaba de Estoico Haddock y de sus días de gloria, y mucho menos de su hijo cojo por la polio, aunque Hipo había trabajado para que la cojera fuera lo menos notoria posible y que no afectara en su trabajo bajo ninguna circunstancia. Para su enorme desconcierto, Astrid no apareció con esa máscara de frialdad tan propia de ella. Es más, le sorprendió encontrarse a una mujer mucho más joven de lo que aparentaba —es más, Astrid era tres años más joven que él—, divertida y con la sonrisa más cálida que Hipo había visto jamás.

No debió haberse acostado con ella, pero Astrid tampoco le forzó a hacer nada que él no quisiera hacer.

La odiaba con todo su ser, pero le resultaba irresistible no perderse en sus gemidos, en la suavidad de su piel cubierta de cicatrices de guerra, como ella acostumbraba a nombrar, y en sus dominantes movimientos que le volvían loco.

No debió haberse acostado con ella y, aún así, lo hizo tantas veces que terminó perdiendo la cuenta.

Cualquiera en su lugar ya la habría matado. En esos momentos en los que ella dormía desnuda contra su pecho con la única protección de una fina sábana era tan fácil como alargar la mano, coger la pistola que estaba sobre la mesilla y apretar el gatillo; pero, al final, nunca llegaba a hacerlo. Se excusaba con lo de que no tenía una vía de escape clara. Astrid siempre contaba con guardaespaldas cerca, que custodiaba la puerta de cualquier lugar donde ella se encontrara. Si la mataba, él sería asesinado por ellos y morir no estaba en sus planes por el momento. Quería matar a Astrid y vivir con el gozo de haber vengado a su padre, de convertir al clan Haddock de nuevo en la realeza de la mafia de Chicago.

Tenía que matarla, costase lo que costase y asegurándose una vía de escape.

Por esa razón, aceptó asistir al baile de Navidad, dado que era la ocasión perfecta para llevar a cabo su plan. Sin embargo, llevaba allí dos horas y Astrid no aparecía. Hipo se estaba esforzando en no consumir una gota de alcohol —difícil tarea en una fiesta en la que lo único que escaseaba era precisamente el agua potable— y estaba demasiado nervioso como para digerir ningún tipo de alimento. Además, el olor de aquel almacén de galletas de jengibre entremezclado con el tabaco, el alcohol y el hedor humano le estaban empezando a ocasionar náuseas. Apenas nadie le había dirigido la palabra, no porque cayera mal, sino porque las pocas personas que habían querido entablar una conversación con él habían huido despavoridas ante su evidente mal humor.

¿Dónde estaba Astrid?, se preguntaba furioso.

Quería pensar que auqella ira que le supuraba por dentro se debía a la complicación que causaba la ausencia de la mujer que más odiaba sobre el planeta, no el hecho de que los rumores sobre que Astrid pudiera tener un amante del que se hubiera encaprichado fueran reales. ¡No! ¡Por supuesto que no! Las asquerosas imágenes de ella en brazos de otro hombre no era lo que le encolerizaban, sino la inconveniencia de su retraso.

Sin embargo, cuando se decidió que debía aplazar el plan y marcharse, Astrid apareció por fin en la fiesta.

Engalanada en un hermoso vestido rojo que realzaba su figura, con pocas joyas, pieles y su reciente corte de pelo que había sido arreglado a la moda del momento, la convertían indiscutiblemente en la mujer más bella ya no solo de la fiesta, sino probablemente de todo Chicago. Posó junto al árbol de Navidad junto a sus miembros más cercanos del clan, sus hombres y mujeres de confianza a los que ella confiaría su vida. Hipo sintió el resquemor de no verse incluido en ese grupo privilegiado por el que ella daría lo que fuera. Astrid, al margen de ser una mafiosa y una de las mayores criminales del país, era una mujer con un código de honor imperturbable y era fiel al clan y a su gente. Amaba el dinero y la satisfacción de robar ante las narices de las fuerzas del Estado, pero todo lo hacía por la supervivencia de su clan. En ese sentido, le recordaba demasiado a su padre e Hipo se fustigaba por compararlos, pero era inevitable.

Amargado y consciente de que Astrid no focalizaría su atención en él, Hipo decidió irse, pero enseguida fue abordado por un gorila llamado Eret que le advirtió que la Jefa quería verlo. Astrid conversaba con un matrimonio con dos niños pequeños quienes parecían estar felicitándole las fiestas y ella, en un tono mucho más amable y afectuoso del que se le acostumbraba escuchar en el día a día, les deseó una feliz Navidad antes de volverse a él. Astrid le miró de arriba a abajo y alzó una ceja:

—¿Acaso tienes prisa por irte?

—Me aburro —declaró él—. Estaba harto de esperar.

Ella sonrió e hizo un gesto a Eret para que se alejara. Astrid le hizo un gesto con su dedo para que se acercara y le tendió una copa con champán.

—No has venido a sacarte las fotos —le recriminó ella.

—No sabía que yo contaba con ese derecho.

Astrid arrugó la nariz.

—Me has robado cinco millones de dólares, ¿y crees que no tienes derecho a salir en las fotos? —se burló.

—El Furia Nocturna es una figura anónima —se excusó él—. No me gustaría que una imagen mía se filtrara en la prensa.

La expresión de Astrid se tornó muy seria de repente.

—Nadie filtrara nada —hizo un gesto a alguien que estaba tras la espalda de Hipo y cogió de su muñeca con fuerza para colocarle junto a ella—. Ahora quiero que me enseñes esa bonita sonrisa tuya que rara vez muestras.

—Tú tampoco es que seas la más sonriente.

Astrid cogió de su brazo y pegó su cuerpo al suyo.

—Sólo sonrío cuando la ocasión lo requiere —dijo ella mirando hacia la cámara—. Y esta es una de ellas.

La luz del flash le pilló desprevenido y le cegó por un instante, pero Astrid no le soltó en ningún momento. Es más, le arrastró hasta la pista en contra de su voluntad.

—Astrid, yo no puedo bailar, la pierna…

—Eres cojo, pero tienes pierna, ¿no? —cuestionó la líder del clan y le hizo posicionarse para el baile—. Solo tienes que seguirme.

—¿No es el chico el que guía…?

—No voy a dejarme guíar por alguien que no sabe bailar —le advirtió ella y puso su mano en su cintura—. He pedido un baile lento, así que no te preocupes. Así podemos hablar sin que nadie nos moleste.

—¿Hablar de qué?

La banda se puso a tocar una balada navideña suave y lenta. Astrid se pegó a su cuerpo y empezó a moverse con cautela para que él pudiera seguir sus pasos.

—Dime Hipo, ¿has escrito ya la carta a Santa?

Hipo bajó la mirada hacia ella, desconcertado por la pregunta.

—¿Nunca le has escrito una carta a Santa Claus? —preguntó ella con una sonrisa burlona.

—Sí, pero cuando tenía seis años.

—Pues yo sigo escribiéndola todos los años —comentó ella antes de realizar un giro sin soltar su mano—. Y este año he pedido dos cosas con las que creo que tú puedes ayudar a Santa.

Hipo no comprendía muy bien hacia donde quería llegar y a Astrid pareció divertirla sumamente su confusión.

—Quince millones.

Hipo abrió mucho los ojos.

—Me temo que ni juntando todos los bancos de Chicago podemos conseguir tanto dinero —le advirtió él.

Ella subió sus manos hasta sus hombros.

—¿Y qué te parecía una amplición del negocio fuera de Chicago?

Hipo no daba crédito a lo que estaba escuchando, ¿acaso había perdido la cabeza?

—Aquí eres la reina de la ciudad, la señora del crimen. Eres asquerosamente rica y ni siquiera la Policía se atreve a poner un dedo sobre ti, ¿por qué peligrar una posición tan privilegiada?

Astrid paró de bailar y sostuvo su mirada en silencio durante unos largos segundos.

—Porque te aburres y no tengo interés en que te aburras como para querer abandonarme cuando menos me lo espere.

Hipo se quedó sin habla. ¿Acaso aquello era una… declaración? Por primera vez en toda su vida, apreció la inseguridad en las bellas orbes azules de la líder del clan Hofferson. Ella estaba dispuesta a sacrificar su posición y su clan con tal de que él no se fuera. Astrid lo quería a su lado y por su expresión le daba a entender que no era solamente por su don para organizar atracos.

—¿Por qué… por qué crees que me aburro?

—Hipo naciste para robar y no hay banco en esta ciudad que se te resista —respondió ella—. Tus planes siguen siendo brillantes, pero ya no muestras la misma euforia de antes. Estás más distante, más frío… Estás muy ausente, incluso cuando estamos a solas. Crees que no me doy cuenta, pero sé que pasas las noches despierto y temo que es porque te quieres marchar.

Hipo estaba conmocionado. Ella le quería. A él. Quería que se quedara con ella y le aterraba la sola idea de que la abandonara. La inquebrantable Astrid Hofferson jamás había tenido un punto débil… hasta ahora. Él era su punto débil. El hombre que anhelaba matarla por encima de todo, por venganza hacia su padre era aquel a quien ella amaba. Debía sentirse gozoso ante la perspectiva de haber quebrado por fin esa barrera de hielo que la rodeaba. Ni en sus mejores sueños hubiera imaginado que Astrid Hofferson pudiera amarle y, sin embargo, allí estaban: en pleno baile de Navidad, entre una veintena de parejas en la que solo ellos habían escuchado esa declaración de amor tan propia de la líder del clan Hofferson.

Debía estar pletórico.

Y, sin embargo, estaba roto por dentro.

Porque sintió una extraña euforia que poco tenía que ver con la satisfacción de ver tan cerca su venganza. Era una calidez en el pecho que había estado muy presente en esos momentos de intimidad con ella, o cada vez que ella le regalaba una de esas sonrisas cómplices o gritaba eufórica cuando cometían un nuevo golpe juntos, porque no había mejor equipo que el formado por ellos dos. Hipo parpadeó, desesperado por no dejar que las lágrimas de impotencia salieran de sus ojos. Todo había salido a pedir de boca, pero nunca había contemplado que él también..

—¿Cual era la segunda petición a Santa? —preguntó Hipo desesperado por evadirse de aquel horrible sentimiento que nublaba su racionalidad.

Ella sonrió ante esa pregunta. Era una sonrisa tímida, casi nerviosa, tan impropia en ella que le hacía parecer más una adolescente que una mujer adulta y, aún así, hizo que el corazón de Hipo galopara tan rápido contra su pecho que parecía que iba a salirse de su pecho. Se acercó y se puso de puntillas para murmurar su segunda petición. Hipo casi pudo jurar que, en ese instante, sus piernas habrían dejado de sostener su peso si Astrid no le sostuviera.

Hipo había sentido la frialdad de su pistola toda la noche contra su costado. Su plan había sido disparar su única bala en la nuca de Astrid y salir huyendo de allí en dirección a un nueva vida. Pero esa pistola había terminado olvidada en el suelo del hotel donde residía Astrid, junto con su ropa que se había entremezclado con el satén rojo del vestido de Astrid y sus pieles. En mitad de la noche, abordado por el insomnio y un cúmulo de sentimientos encontrados, a la vez que su mano paseaba de forma inconsciente por la espalda desnuda de la mujer a la que amaba y odiaba por igual, sus ojos pararon sobre esa pistola cuyo metal resplandecía por las llamas de la chimenea.

Hipo se preguntó si algún día sería capaz de disparar esa bala.

Astrid gimió en sueños, quizás abordada por una pesadilla, y se abrazó con fuerza a él.

Decidió que ya pensaría en una respuesta en otro momento.

Tal vez se lo preguntara a Santa en la carta del año que viene, pensó mientras se dejaba arrastrar por fin por el cansancio. Primero tenía que robar quince millones de dólares y también necesitaba hacer el amor con aquella mujer otras tantas veces más para asegurarse de cuál era definitivamente la decisión correcta.

Pero ese sería un problema para el futuro Hipo, pensó agotado.

Hasta entonces dormiría abrazado a la mujer que amaba, aunque se recordó que mañana debía seguir odiándola como había hecho hasta ahora. O puede que dejara de odiarla ya para después de Navidad.

Al fin y al cabo, la Navidad es tiempo de paz y amor… ¿Verdad?

Xx.

Como es evidente, esta es la historia corta. Mi idea había sido hacer otra más, pero al final no he tenido tiempo a hacer más que una. En verdad, esta historia surgió el domingo 19, a última hora de la tarde y la escribí en pocas horas (me acosté hacia las dos de la mañana ese día). En verdad, si os soy sincera, la idea me vino de repente cuando, mirando las preciosas ilustraciones de Angelic1411 (que, por cierto, este one-shot se lo dedico a ella porque es un cielo) me encontré con una de Astrid que me recordaba el rollo mafiosa y, una cosa llevó a la otra, y habiendo visto La Casa de Papel tan recientemente… Pues salió esto. Supuso un reto escribir algo tan cortito, pero estoy contenta con el resultado.

Mañana toca llevar un jersey hortera de Navidad.