Quedan dos días para Navidad. Nos leemos abajo.
—Está nevando.
Hipo entreabrió los ojos un tanto desorientado. Olía a café, pero no el de su casa, sino otro más industrial como el sándwich que se encontraba delante de él. Enderezó su cabeza que hasta entonces había estado apoyada contra algo que no había sido precisamente mullido, pero sí cómodo, y se dio cuenta de que se había tratado del hombro de Astrid. La chica llevaba un jersey blanco y azul celeste y tenía el pelo recogido en una trenza que caía por su hombro. Llevaba puestas las gafas y sus ojos estaban puestos en la ventana donde, a pesar de ser media mañana, estaba oscuro debido a la nevada que caía cada vez con más intensidad. Su mano acariciaba el pelaje del gato negro que ronronea plácidamente dormido en su regazo.
El suave traqueteo del tren y el murmullo de los pasajeros que iban en su coche terminó de orientarlo del todo. Habían cogido el Amtrak dirección Mema hacia las seis de la mañana, por lo que ello significó tener que levantarse a las cuatro de la mañana para, primero de todo, meter a Desdentao en el trasportín, una misión que solía ser complicada si el gato se decidía a no colaborar; y seguido coger un taxi desde su apartamento en West Village hasta la Estación de Pensilvania. Astrid era la menos madrugadora de los dos, pero estaba infinitamente más excitada que él por aquel viaje, por lo que le invitó a desayunar para animar, según ella, esa cara de acelga que tenía puesta desde que se había levantado. Le compró un café, un rollito de canela y bajaron al andén tan pronto anunciaron su tren a través de las pequeñas pantallas azules de la estación.
El tren estaba arriba, pero las ventajas de viajar acompañado suponía el no tener que preocuparse de quién se sentaba al lado. Hipo cedió la ventanilla a Astrid sin pensárselo dos veces y ésta le dio un beso en la mejilla que le hizo ruborizar ligeramente. Con mucho cuidado, sacó a Desdentao del trasportín y se lo entregó a Astrid, quien se puso a hacerle arrumacos y a hablarle como las madres hablaban a los niños pequeños mientras Hipo colocaba el trasportín y el resto de su equipaje en los compartimentos que estaban sobre sus cabezas. Por megafonía se escuchaba una suave sintonía navideña que se apagaba entre las voces y gritos de los pasajeros que subían y buscaban sus asientos. Hipo puso los ojos en blanco ante el caos que se estaba formando, preguntándose cómo podía resultar tan complicado encontrar unos asientos asignados. Astrid le entregó el gato para sacar un libro de su mochila de mano y su móvil en el que se puso a teclear con suma rapidez en el teléfono, probablemente dejando algún mensaje a su madre para informarle de que ya estaban en el tren.
—Dile a Eyra que hola de mi parte —dijo Hipo antes de bostezar.
Astrid sonrió.
—Estará dormida —señaló Astrid—. ¿Qué hora es en Hawaii?
—¿No son cinco horas de diferencia? —preguntó él dubitativo.
—Algo así, ya llamará cuando se despierte —comentó la chica bloqueando su teléfono y dejándolo sobre su libro—. No sé cómo agradecerte que me dejes acompañarte a tu casa por Navidad. Pasar las Navidades sola en Nueva York me parecía de lo más deprimente.
—Astrid, te recuerdo que eres tú la que me está haciendo el favor —dijo Henry azorado.
—¡Por favor! ¿Crees que me supone un esfuerzo tan terrible hacerme pasar por tu novia? —cuestionó ella con diversión—. No hay mujer en este planeta que te conozca mejor que yo, Hipo Haddock, por algo soy tu mejor amiga, ¿recuerdas?
Hipo procuró no mostrar la tirantez en la sonrisa que formuló a la rubia.
Aquella había sido una idea terrible. La peor que había surgido en años, pero si Hipo había terminado en esas circunstancias había sido única y exclusivamente por su culpa.
Y de la Navidad, por supuesto.
A Hipo Haddock no le gustaba la Navidad.
Es más, no había festividad que detestara más.
Navidad significaba volver a Isla Mema, un pequeño pueblo de Maine localizado en medio de ninguna parte y reconocido como "el más frío" y "el más lluvioso" de toda Nueva Inglaterra. A veces se preguntaba por qué sus antepasados habían elegido un lugar tan espantoso al que emigrar desde la lejana Escocia y por qué ninguno de los que les continuaron, incluído su propio padre y todos sus familiares, se habían negado a largarse de allí. Hipo se marchó de Isla Mema tan pronto cumplió los dieciocho para ir a la universidad en Nueva York y había vuelto en muy contadas ocasiones.
Mayormente por Navidad.
¡Puta Navidad!
La Navidad era una institución en casa de los Haddock. Toda la familia debía reunirse y toda la familia equivalía a los primos segundos y a los vecinos, ya que el núcleo familiar de los Haddock lo componían solamente Hipo y su padre. Su madre había fallecido cuando era niño a causa de un cáncer y, desde entonces, solo habían sido Hipo, su padre y todos los puñeteros vecinos cotillas de Isla Mema que no dudaban en meter sus narices donde no les importaba. Hipo estaba harto de los interrogatorios y los comentarios maliciosos de «a ver cuando te echas novia, ¿eh? ¡Que se te va a pasar el arroz, chico!».
Lo odiaba con todo su ser.
Aguantar las chorradas de su primo; las comidas interminables con los vecinos; las sobremesas eternas y soporíferas en las que tenía que luchar o bien por no quedarse dormido o por no caer en sus ganas de matar a alguien por la serie de comentarios rancios que escuchaba…
La Navidad era una pesadilla de la que nunca había podido librarse.
¿Y lo peor de todo?
Que este año Hipo la había liado pero bien.
En realidad, puestos a pensar, las circunstancias no se habían dado siquiera por él. Todo había sido por culpa del idiota de su primo Mocoso. La razón por la que contó tamaña mentira fue porque no quería que su primo se quedara en su casa de la que pasaba por Nueva York para asistir al partido de los Maine Black Bears contra los Yankees. A Hipo no se le ocurrió otra genialidad que decirle que estaba viviendo con su novia y no tenía sitio en su casa para acoger a nadie más. Mocoso no pareció creerle al principio; pero en ese momento, Astrid, su compañera de piso, entró en su cuarto para preguntarle si quería que pidiera chino o hindú para cenar y, al escuchar la voz femenina, su primo se puso a gritar flipando en mil colores. Poco después, su padre le llamó para interrogarle sobre quién era esa novia de la que no había sabido nada y por qué no le había dicho nada de que se había ido a vivir con ella sin ni siquiera presentársela.
Hipo no tenía novia, por supuesto. Astrid era su mejor amiga y su compañera de piso desde el último año de la universidad. ¿Por qué no le había hablado de ella a su padre? No estaba seguro, supuso que él y su padre no eran los mejores confidentes y no vio oportuno comentar que compartía piso con la mujer más estupenda de todo el estado de Nueva York.
Astrid Hofferson era… ¿cómo resumirlo en pocas palabras?
No era el tipo de mujer que se juntaba con chicos como él. Astrid había sido una de las chicas más populares de la universidad: graduada con honores en la Universidad de Nueva York en Astrofísica y capitana del equipo de Atletismo, llegando a quedar segunda en las estatales. ¿Cómo habían terminado siendo compañeros de piso? Tan sencillo como que, harto del caos de la residencia y habiendo rescatado a un gato de la calle al que no podía ocultar para siempre en su cuarto, Hipo encontró un piso al que mudarse, pero con el que imperativamente necesitaba compartir para pagar el alquiler. Entrevistó a varios candidatos, la mayoría chicos que no habían visto un estropajo en su vida, por lo que cuando Astrid tocó a su puerta preguntando por el piso, Hipo tuvo que contenerse de dar un sí inmediato.
Hipo se había concienciado de que iba a compartir el piso con otro tío que seguramente pasaría de su cara, pero Astrid resultaba ser muy diferente a lo esperado. Al principio pensó que apenas la vería por el piso, pero salvo para ir a clase, a los entrenamientos y a tomar algún que otro café con sus amigas, Astrid se pasaba la mayor parte del tiempo en casa estudiando. Hipo pensó que siendo tan popular como era, Astrid debía asistir a todas las fiestas que se convocaban, pero le sorprendió que acudiera a tan pocas y siempre que lo hacía parecía ir con desgana y regresaba relativamente temprano. Durante las primeras semanas no hablaron mucho más que para repartirse las tareas de casa y para recordar quién debía bajar la basura. Él no se esperaba que pudiera surgir una amistad entre ellos, pues no dejaban de ser dos desconocidos que compartían piso y debían tratarse cordialmente.
Entonces Desdentao desapareció un día de la noche a la mañana.
Y todo cambió.
Hipo no dejaba que su gato saliera de casa por miedo a que pudiera desaparecer o caer herido. Lo había rescatado de un contenedor siendo apenas un recién nacido, por lo que su gato había crecido siempre a su alrededor y sin recordar los peligros que acechaban al mundo para un gato negro. Aunque Hipo rara vez dejaba las ventanas abiertas cuando marchaba a la universidad, en aquella ocasión, quizás por un despiste o por las prisas para ir a clase, dejó la ventana semiabierta. No lo bastante para que nadie pudiera entrar, pero sí lo suficiente para que el gato pudiera salir sin problema. Al principio, cuando regresó después de la hora del almuerzo, Hipo no reparó que el bol de comida de su gato estaba como lo había dejado esa mañana. Tampoco prestó atención a la ventana semiabierta de su habitación, pues estaba tan agobiado por terminar un trabajo que ni se dio cuenta del frío que hacía en su habitación. No fue hasta que Astrid tocó a la puerta hacia las nueve de la noche y le preguntó si Desdentao se encontraba bien porque no había tocado el bol de comida cuando Hipo reparó que no le había visto en toda la tarde. Movido por el pánico, Hipo puso el piso patas arribas para encontrar a su gato, pero no apareció por ningún lado y, cuando reparó que la ventana de su cuarto estaba abierta, Hipo rompió a llorar desolado. Astrid le propuso salir a buscarlo entre los dos y se le ocurrió la idea de llevar el arenero con ellos con la esperanza de que Desdentao pudiera reconocer su olor en la calle. Se pasaron toda la noche buscando por los alrededores del piso. Hacía muchísimo frío y se había puesto a llover pasada la medianoche. Hipo se quedó afónico de tanto gritar el nombre de su gato y se empapó entero a pesar de que Astrid le suplicó que se tapara bajo el paraguas que ella había llevado consigo.
Cuando aparecieron las primeras luces de la mañana, Hipo se mentalizó de que no iban a encontrarlo, pero Astrid insistió en mirar en un último callejón mientras él se acercaba lloroso a comprar dos cafés. Estaba pagando al tendero cuando Astrid salió del callejón con algo entre sus brazos. Los dos cafés resbalaron de sus dedos cuando reconoció los ojos verdes de su gato que temblaba muerto de frío entre los brazos de su compañero de piso, aunque enseguida reparó que la chaqueta de Astrid estaba manchada de sangre.
Desdentao perdió parte de su cola ese día, pero se recobró con rapidez y parecía arreglárselas bastante bien a pesar de todo. Los compañeros de piso cogieron un resfriado terrible, pero el ver al gato de nuevo por su casa fue alivio suficiente para sobrellevarlo. Una vez recuperados, Hipo la invitó al cine a ver Interstellar y pareció acertar de lleno porque Astrid, como buena astrofísica que era, se pasó el resto de la tarde hablándole de agujeros negros, super novas y de lo maravilloso que sería conocer nuevas galaxias precisamente a través de los agujeros de gusano. Hipo encontró fascinante el brillo que había en sus ojos cuando hablaba de todas aquellas cosas que él, en su reducido conocimiento, apenas entendía. Llegado a un punto, Astrid se calló abruptamente y se ruborizó.
—No he cerrado la boca desde que hemos salido de ver la peli —dijo avergonzada—. Disculpa, es que a veces me emociono demasiado y no me controlo.
—No, no, si es guay escucharte —le aseguró él—. Yo lo más cercano que he estado en el área de la astrofísica ha sido cuando hice unas láminas en acuarela inspiradas en las fotografías del Hubble.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿Me los enseñarías?
Hipo se ruborizó.
—No son muy buenas…
—¡Tonterías! ¿Crees que no he echado un vistazo a tu cuaderno de dibujo cuando lo dejas en la sala? —dijo ella con entusiasmo—. Tienes mucho talento.
—De lo que me sirve…
Hipo había dejado la carrera de Derecho el primer año porque le resultaba insoportable estudiar una carrera tan aburrida y que le aportaba tan poco. Había entrado en Columbia con buenas notas, pero Hipo nunca había querido estudiar Derecho. Si había empezado la carrera había sido porque su padre había insistido en que estudiara algo «de provecho» y «con futuro», pero Hipo se desmotivó enseguida. Sus notas eran catastróficas y no porque le faltara capacidad para estudiar, sino porque se le hacía bola ponerse delante de un libro de legislación de lo que fuera. Encontró la información sobre una beca para estudiar Bellas Artes en la Universidad de Nueva York un día que estaba procrastinando para estudiar y decidió presentar un portafolio con sus dibujos y fotografías convencido de que no recibiría respuesta. Sin embargo, la universidad le llamó para comunicarle que había pasado a la fase final y que solo necesitaba hacer una última entrevista con el responsable del grado. Cuando le informaron que él había sido el ganador de la beca, Hipo no titubeó en hacer las maletas y trasladarse de su residencia en el campus de Columbia a la que le correspondía de la NYU. Su padre encolerizó cuando le informó que había dejado sus estudios en Derecho para estudiar Bellas Artes, pero a Estoico Haddock no le quedó otra más que tragar con lo que le tocaba, sobre todo porque Hipo se negaba a perder aquella oportunidad.
Hipo llevaba viviendo en Nueva York desde 2010 y llevaba compartiendo piso con Astrid desde 2013, por lo que llevaban siendo compañeros de piso ocho años. Después de acabar sus respectivas carreras, Hipo pensó que tal vez Astrid querría marcharse del piso, pero su amiga consiguió trabajo en el Planetario Hayden, localizado en el Museo de Historia Natural. Aquello no era la NASA, pero el salario era bueno y Astrid podía seguir trabajando en su doctorado a la vez que colaboraba con el planetario en sus líneas de investigación y a veces servía de guía para los colegios que visitaban el museo. Hipo lo había tenido un poco más complicado para encontrar trabajo, pero había trabajado en diferentes galerías de arte y aceptando encargos hasta que, finalmente, consiguió un empleo como conservador en la reputada Neue Gallery.
Ninguno de los dos se planteó la posibilidad de irse del piso y, cuando tuvieron que mudarse a otro debido a las humedades de su piso universitario, decidieron hacerlo juntos. Tantos años conviviendo en perfecta sintonía, ¿qué necesidad había de separarse? En ese momento ninguno de los dos tenían pareja y se llevaban tan bien que ni valoraban la opción de separarse. Cuando sus amigos les preguntaban si estaban juntos, ellos insistían una y otra vez que solo eran los mejores amigos, pero solo eso: amigos. Hipo había tenido dos relaciones en todo aquel tiempo, una con una chica con la que apenas duró tres meses, y otra más larga de algo más de un año con Dagur. Hipo terminó rompiendo con él porque Dagur iba demasiado rápido y se apegó tanto a él que terminó agobiándose. Fue una ruptura un tanto traumática, sobre todo porque Dagur estuvo insistiendo en volver durante más de medio año y, durante ese tiempo, Astrid tuvo que custodiar la puerta de casa porque Dagur aparecía cada dos por tres insistiendo en que quería verle. Desde entonces, Hipo solo había tenido relaciones esporádicas de una noche, pero evitaba ir con esas personas a su casa por respeto a Astrid. Su compañera de piso había tenido una relación estable de casi dos años con un chico que se llamaba Eret; pero, por alguna razón, la relación terminó de la noche a la mañana y, aunque sabía que había tenido más de un encuentro con Heather, la hermana de Dagur, Astrid no se había visto con ella desde que Hipo dejó a Dagur. Según ella, no había cabida en su vida alguien que hablaba tan mal de su mejor amigo y, además, su carrera era una prioridad mucho más importante que cualquier relación en ese momento.
La razón por la que Astrid había terminado en ese tren a Mema con él había sido por, según palabras de su mejor amiga, «una alineación de los astros». Todo había empezado el día después de Acción de Gracias, cuando Astrid apareció de repente por casa cuando debía haber pasado todo el fin de semana en Washington D.C. con su familia. Astrid tenía un temperamento muy fuerte, tanto que a veces parecía que iba a morder si se la calentaba, pero tan pronto le vio comiendo cereales en el sofá, su amiga rompió a llorar mientras exclamaba:
—¡Hipo! ¡Es terrible! ¡Terrible!
Se echó a sus brazos para empapar la camiseta de su pijama con sus lágrimas.
—¿Pero qué ha pasado?
—¿Te puedes creer que mis padres me han dicho que se van a Hawaii por su aniversario?
Hipo sostuvo su mirada en silencio, intentando encontrar el motivo que marcaba el dramatismo de dicha situación, pero no consiguió acertar.
—¿Y cuál es el problema?
Los ojos llorosos de Astrid se ensombrecieron.
—¡Mis padres se casaron en Navidad, Hipo! ¡Van a largarse a Hawaii y ya me han avisado que es una escapada romántica para ellos dos solos! ¡Me han dicho que me vaya a pasar la Navidad con el tío Finn a Ohio!
—Ohio tampoco es tan terrible…
—¡Antes muerta que pasar la mejor temporada del año en el puto Ohio pasando frío y aguantando al cascarrabias de Grinch que tengo como tío! —ladró Astrid, pero enseguida hizo un puchero—. Dime que también te vas a quedar estas Navidades aquí…
Hipo se mordió el labio.
—Me temo que no puedo huir de mi padre. Si no aparezco en Navidad, es capaz de venir y llevarme arrastras hasta Maine —argumentó él.
Astrid dejó caer su cabeza contra su hombro y soltó un sollozo. A primera vista, quien no conociera a Astrid pensaría que era una melodramática, pero Hipo sabía que la Navidad era su festividad favorita. Mientras el resto del mundo se deprimía ante la llegada del invierno y la falta de horas de luz, el rostro de Astrid se iluminaba en sintonía a las luces de Navidad que inundaban Nueva York y, a pesar de que ninguno de los dos pasaban las fiestas en el piso, lo decoraba de arriba abajo con toda clase de adornos horteras de Navidad. También le daba la vena repostera y creativa que Hipo sufría en sus propias carnes —Astrid tenía muchas virtudes, cocinar desgraciadamente no era una de ellas— y, desde que casi quemó la cocina en la Navidad de 2018, Hipo le tenía terminantemente prohibido el uso del horno sin su supervisión. Además, siempre se trabajaba los regalos y no cabía duda que, comparado con los regalos que acostumbraba a recibir por parte de su padre, Astrid siempre sabía con qué acertar porque le conocía mejor que nadie.
Vista las circunstancias de su mejor amiga y que Hipo necesitaba desesperadamente encontrar a una novia en menos de un mes, lanzó la pregunta casi sin pensarla:
—¿Y si te vinieras conmigo a Isla Mema y te haces pasar por mi novia?
Astrid se apartó de él un tanto confundida e Hipo se arrepintió al instante de haberle hecho semejante pregunta.
—Nada, es una tontería, déjalo.
—No, no, no lo dejamos —le cortó ella desconcertada—. Me gusta la idea de pasar la Navidad contigo y en Isla Mema, pero quiero entender la parte en la que tendría que hacerme pasar por tu novia.
Hipo le contó la incómoda situación que tenía respecto a su vida sentimental debido al imbécil de su primo y cómo su padre había insistido en que trajera a la novia que él se había inventado a Isla Mema por Navidad. Además, el hecho de aparecer acompañado con una chica agarrada de su brazo supondría librarse de preguntas incómodas y que los vecinos le dejaran en paz. Astrid le escuchó con atención, con una expresión imperturbable en su rostro, y cuando Hipo terminó de contar toda la historia, su amiga dijo:
—¿Y de dónde tenías pensado sacar a una novia?
—Pues estaba entre dejar mi salario de tres meses en una chica de compañía o tragarme mi orgullo y admitir a mi padre que estaba mintiendo.
Astrid ladeó la cabeza y sonrió.
—Hombre, por ser tú lo puedo hacer gratis.
Hipo entreabrió la boca.
—Espera, ¿te estás planteando en llevar a cabo esta locura?
—Ninguna chica de compañía sería capaz de hacer mejor de tu novia que yo —argumentó Astrid—. Llevamos demasiados años compartiendo piso y es probable que te conozca mejor que nadie. Somos los mejores amigos, ¿cuál sería la diferencia?
—Mmm, no sé, ¿quizás todo el tema físico? Tendríamos que darnos de la mano…
—No seas bobo, siempre te estoy dando de la mano y colgada de tu brazo —le recordó Astrid exasperada.
—¿Besarnos?
—Chico, un pico, nada que no hayamos hecho antes.
—Pero nunca entre nosotros —puntualizó Hipo reticente.
Astrid le sorprendió entonces posando sus labios contra los suyos. No era un beso intrusivo, sino un roce simple de boca contra boca, pero Hipo se sintió extraño. Todo su cuerpo se erizó en un cosquilleo que no supo cómo interpretar. Astrid se apartó con una sonrisa.
—Tenemos que hacer que parezca un poco más realista, si te pones tan tenso nadie se lo creerá —advirtió su amiga.
Hipo se ruborizó.
—Es que me has pillado por sorpresa —se justificó.
—Vale, pues entonces bésame tú.
El joven sintió un nudo en su estómago, pero decidió que por intentarlo no perdería nada. Se inclinó para besar sus labios sorprendentemente suaves y carnosos y ella ejerció la misma presión, posando sus manos contra sus hombros. Fue un beso corto, casi tierno, aunque Astrid no parecía muy convencida.
—Hay que practicar —insistió ella—. Es más, seguramente tengamos que hacer algo con lengua.
—Bueno, que vamos a ver a mi padre, tampoco creo que se sienta muy cómodo al ver cómo su hijo intercambia saliva con una desconocida —apartó el pelo de su cara, consciente de que debía cortárselo antes de ir a Mema—. Si te descuidas, lo más seguro es que nos ponga en habitaciones separadas.
Astrid alzó una ceja.
—No puedes dejarle que haga eso —le advirtió ella.
—¿Por qué no? —preguntó Hipo extrañado—. Para nosotros es mucho mejor si…
—Hipo, ¿no crees que a tu padre no le olerá raro que no insistas que debes compartir habitación con tu novia? —razonó Astrid con impaciencia—. Eres un adulto de casi treinta años, no puedes dejar que te trate como un crío.
Hipo se frotó los ojos agotado.
—No sé si esto es buena idea…
—A ver, ahora en serio, ¿qué puede salir mal? —insistió ella—. Tú y yo nos conocemos mejor que nadie y hemos pasado por mucho juntos.
—¿Y si pasa algo que pone en riesgo nuestra amistad? —preguntó Hipo aterrado.
Astrid se enderezó ante la pregunta y se quedó reflexionando un momento.
—No tiene que suceder nada que no queramos que suceda —dijo la astrofísica muy seria.
Los compañeros de piso se contemplaron en silencio e Hipo tuvo una extraña sensación de mariposas bailando claqué en su estómago. Él siempre se había esforzado en ocultar su atracción hacia Astrid, pues a pesar de ser íntimos amigos, él tampoco era ciego. Nunca se había planteado una relación con ella precisamente porque su amistad era muy preciada para él y porque consideraba que había pasado demasiado tiempo para siquiera plantearlo. Es más, no estaba seguro de que su relación pudiera funcionar románticamente hablando a pesar de que como amigos se compenetraban a la perfección. Sin embargo, Astrid tenía razón en una cosa: no había nadie que pudiera fingir mejor una relación con él que ella. Ambos salían ganando con aquella parafernalia, por lo que si no sucedía nada, ¿qué tenían que perder?
Hipo reservó los billetes de tren a Isla Mema ese mismo día y ambos trabajaron en elaborar una buena imagen como pareja. En verdad, no había mucho que inventar. Habían decidido mantener la historia de cómo se habían conocido intacta y, como Hipo no había dado detalles de quién era su novia o incluso su nombre, Astrid podía actuar siendo ella misma. Estoico se emocionó ante el anuncio de que su «novia» fuera al final con él a Isla Mema e Hipo fue abordado por un centenar de mensajes de gente del pueblo que querían conocer todos los detalles sobre esa misteriosa Astrid. Hipo acostumbraba ignorar esos mensajes, pero su amiga tomó la iniciativa y sacó una selfie con su teléfono en la que ella besaba su mejilla para ponerla como foto de perfil de Whatsapp. Dicha foto causó tal reacción que Hipo se vio obligado a desactivar las notificaciones de la aplicación.
Y así habían terminado en aquel eterno Amtrak que salía de Nueva York hasta Isla Mema, en Maine. Ocho horas de viaje hasta el maldito culo del mundo, aunque no podía quejarse. Astrid estaba entusiasmada por visitar Isla Mema. Se había documentado respecto a su pueblo y se emocionó al descubrir que contaba con uno de los mercados de Navidad más grandes y bonitos de Estados Unidos y había hecho una lista de sitios que debían visitar en las dos semanas que pasarían allí.
Dos largas y eternas semanas en casa de su padre fingiendo que eran novios.
¡Qué marrón!
A medida que el tren se adentraba más y más al norte, la nieve caía con más y más intensidad. Desdentao estuvo calmado la mayor parte del viaje, aunque fue cambiando posturas y posiciones entre Astrid e Hipo, prefiriendo el regazo de la rubia porque contaba con vistas hacia la ventana. La astrofísica llegó a quedarse dormida contra su hombro e Hipo tuvo que retirarle las gafas porque había considerado incómodo ponerse lentillas para un viaje tan largo. Leyó un rato el libro que Astrid había traído consigo —no le sorprendió que fuera Vieja Navidad de Washington Irving— y terminó quedándose dormido contra su cabeza.
No fue un viaje tan tedioso como en otras ocasiones.
A parte de dormir, jugaron al Mario Kart en la Switch que habían comprado entre los dos hacía un par de años hasta que se quedaron sin batería, vieron un par de películas juntos desde el iPad de Hipo y jugaron con Desdentao. El tren se fue vaciando a medida que se acercaron a Isla Mema y, dado los retrasos causados por el temporal de niece, ya había caído la noche cuando anunciaron por fin su parada por megafonía. Hacía un frío que pelaba cuando bajaron del Amtrak y entraron en la estación a toda prisa para no helarse. La taquilla de la pequeña estación de Mema estaba cerrada y habían sido los únicos que habían bajado en esa parada, pero lo que más les desconcertó fue que no había nadie esperándoles.
—Igual se han retrasado —dijo Astrid cuando vio su mueca de fastidio.
—Raro teniendo en cuenta que mi padre es más puntual que un reloj.
—¿No le has avisado del retraso que hemos sufrido en Portland? —preguntó ella.
—Sí, pero no me ha contestado.
Hipo se dispuso a llamar a su padre cuando Bocón entró a toda prisa y jadeando a la estación. Bocón era el mecánico del pueblo, íntimo amigo de su padre desde la infancia y el padrino de Hipo. Fue el único que le había apoyado cuando decidió dejar Derecho para estudiar Bellas Artes y seguramente fue el que convenció a su padre para que le dejara tranquilo. Hipo había pasado más horas de las que podía contar en su taller y, la verdad, se alegraba de que fuera él y no su padre quien hubiera venido a buscarles.
—¿Lleváis mucho tiempo esperando? —preguntó Bocón apurado.
Se abalanzó a darle un abrazo que casi le dejó sin respiración.
—Nada, acabamos de llegar —dijo Hipo—. Había avisado a mi padre de que nos retrasaríamos, pero no sabía que ibas a venir tú.
—¡Ah! Sí, es que Estoico tenía mucho trabajo en la oficina y me ha pedido que pasara yo a buscaros —argumentó su padrino y se volvió a Astrid, quien dibujó su mejor sonrisa para dar una buena primera impresión—. Tú debes de ser Astrid.
—Encantada, tú eres su padrino, ¿no? He oído hablar mucho de ti —dijo ella extendiendo su mano.
—Todo bueno espero —señaló él guiñádole el ojo e ignoró su mano para darle directamente un abrazo—. Así que tú eres la que le ha echado la soga al cuello de nuestro Hipo.
Hipo se ruborizó por la impertinencia de su comentario, pero Astrid se rió.
—La verdad es que me costó lo suyo. No sabes lo difícil que fue convencerle para que saliera conmigo.
Bocón se volvió a Hipo incrédulo.
—¿La rechazaste?
—Bueno, no fue exactamente así… —balbuceó él azorado.
—Chico, lo listo que eres para algunas cosas y lo crédulo que eres para otras. ¡A chicas como esta no se las rechaza!
Astrid soltó una carcajada mientras Hipo se ocultaba la cara entre sus manos.
—Creéme, Bocón, el buen partido de los dos es él —le aseguró ella.
—Astrid…
Su amiga se volteó con una expresión inocente.
—Cobras más que yo.
—Quince dólares más —puntualizó él irritado.
—Me mantiene muy bien con esa diferencia —añadió Astrid con voz risueña—. Y cocina como los ángeles.
—Cualquiera cocina bien si lo comparamos con tus dotes culinarias —comentó Hipo con malicia.
Astrid golpeó su brazo sin cortarse ni un pelo. Hipo gimió de dolor, pero Bocón se carcajeó de lo lindo.
—Me gusta esta chica, tiene carácter —dijo Bocón dándole una palmada en la espalda que le cortó la respiración—. ¿Vamos a casa?
A casa.
Hipo tuvo que contener otra mueca. No sentía que Isla Mema fuera su casa en ningún sentido de la palabra. Su hogar estaba en Nueva York, en su pequeño piso compartido con Astrid y Desdentao, entre el bullicio y el delicioso anonimato que le proporcionaba la Gran Manzana. En Nueva York, Hipo era un conservador de una galería de arte reputada, tenía una vida social en la que no se preocupaba de ser él mismo y sus aficiones no eran algo que debían hacerle sentir avergonzado. En Isla Mema, en cambio, él era el rarito, el hijo de Estoico Haddock que parece ir siempre sin rumbo y la decepción de su padre. Un pobre niño sin madre que no tenía lugar en una comunidad tan pequeña y llena de prejuicios como Mema.
Hipo sintió la mano de Astrid sobre su pierna al poco de subir en la grúa de Bocón. Su amiga tenía el trasportín de Desdentao sobre su regazo y sus ojos estaban nublados por la preocupación. Astrid le conocía lo suficiente como para saber cuándo algo no estaba bien con él. Hipo dio unas palmaditas al dorso de su mano y forzó una sonrisa para tranquilizarla, aunque su amiga no parecía especialmente convencida. Bocón ejerció de guía turístico para Astrid a pesar de que no se viera un pimiento por las ventanas porque, para sorpresa de todos, se había ido la luz a causa de la nieve, algo que ya era típico en Isla Mema. Bocón había puesto la calefacción de la grúa, pero Hipo tenía un frío de mil demonios y, aunque no estaba especialmente ilusionado, tenía ganas de llegar a su casa de una maldita vez. Aún así, tardaron casi media hora en llegar a casa de su padre; pero, por suerte, la luz ya había vuelto para entonces. Astrid contempló las casas rocambolescamente decoradas con toda clase de luces y parafernalias navideñas. A Hipo siempre le había parecido una horterada la costumbre de esmerarse tanto en iluminar las casas por fuera durante la Navidad y la competitividad que había entre los vecinos a veces rozaba lo insano, sobre todo desde que se hacía el concurso de «La casa navideña mejor decorada». Sobraba decir que su padre había ganado dicha competición en varias ocasiones e incluso contaba con el Récord Guiness de bombillas iluminadas sobre una vivienda.
Bocón aparcó la grúa delante de la casa de su padre y Astrid contempló la casa de tres plantas con la boca abierta.
—No me habías dicho que eras rico —señaló ella impresionada.
—No lo soy —puntualizó Hipo con amargura.
—Estoico sabe dónde invertir su dinero —remarcó Bocón con diversión—. Son sus inversiones lo que realmente le trae dinero, porque como abogado cobra, a mi parecer, demasiado poco.
—¿Y eso? —preguntó Astrid extrañada.
—Ayuda a gente con falta de recursos y, aunque recibe buenas comisiones cuando gana los juicios, hay veces que no quiere cobrar a sus clientes.
Hipo bajó del coche, poco deseoso de seguir escuchando a su padrino en su discurso de cuán maravilloso era su padre. Astrid bajó poco después y le ayudó con el equipaje.
—¿Qué bicho te ha picado? —preguntó ella en voz baja—. No llevamos una hora aquí y te he visto más gruñón que en ocho años que te conozco.
—Odio este lugar, nada más —respondió Hipo malhumorado.
Astrid posó su mano contra su brazo en un gesto delicado, casi tierno.
—Yo estoy aquí contigo, ¿vale? Todo va a ir bien —le prometió su amiga.
Hipo se dejó abrazar por ella, sintiéndose reconfortado por la calidez de su brazo y el olor a champú de plátano de su pelo. Rompieron el abrazo cuando Bocón le preguntó si todo estaba bien, a lo que Astrid se apresuró a responder que estupendamente, que tenía frío y le apetecía abrazar a su novio. Bocón se rió con ternura por su comentario y les invitó a entrar en la casa. Como era de esperar, su padre también se había esmerado en la decoración interior de la vivienda e Hipo no hizo ningún comentario malicioso solo por cómo se iluminó el rostro de Astrid.
—Estoico estará aquí en diez minutos, así que voy a ir haciendo la cena —comentó Bocón—. De mientras, ¿por qué no le haces una tourné por la casa a Astrid, Hipo? Dejad las cosas por aquí, que ya las subimos luego.
Hipo hundió los hombros, pero indicó a Astrid que se descalzara para enseñarle la casa. Dejó el trasportín en el suelo y permitió que Desdentao campara a sus anchas a explorar la casa que ya conocía bien y aún a sabiendas de que su padre le regañaría por dejarlo suelto. Su mejor amiga le siguió hasta el salón, donde Estoico había instalado un árbol de Navidad que llegaba hasta el techo. Sin embargo, por una vez, la atención de Astrid fue rápidamente al alféizar de la chimenea, donde su padre tenía un montón de fotos expuestas.
—¿Esta es tu madre? —preguntó Astrid señalando a la única mujer que salía en una fotografía con él y su padre.
—Sí —respondió Hipo—. Nos sacamos esta foto en mi sexto cumpleaños, una semana antes de que le dieran el diagnóstico definitivo.
Hipo cogió la foto. Hacía años que no se fijaba bien en ella, quizás porque se había convertido en un elemento más del salón al que ya había dejado de prestar atención. Su madre tenía el pelo recogido en una trenza y sonreía de oreja a oreja a la cara mientras sostenía a Hipo en sus brazos que mostraba feliz el dragón de peluche que le había regalado. Su padre sostenía a su madre por la cintura y parecía estar riéndose de algo, aunque Hipo ya no recordaba qué era. A decir verdad, tampoco recordaba la risa de su padre, pero esa era otra historia. Sintió una mano fría en su mejilla e Hipo reparó que Astrid lo volvía a observar preocupada. Ésta vez, la sonrisa de Hipo fue sincera.
—Estoy bien —le prometió—. Hace tiempo de todo eso. Lo tengo superado.
—Que lo tengas superado no significa que no debas estar triste —argumentó Astrid.
Hipo volvió a colocar la foto sobre la chimenea.
—Apenas sufrió y se esforzó en que su marcha fuera lo menos traumática posible —explicó él—. Fue todo tan rápido que, cuando quisimos darnos cuenta, ya se había ido.
—¿Y tu padre? —preguntó Astrid—. ¿Volvió a…?
—¿Casarse? —terminó Hipo por ella—. Para él, mi madre fue la mujer de su vida. Nunca lo ha superado ni se ha planteado pasar página.
Astrid asintió con lentitud y se volvió hacia las otras fotos.
—Hay muchas fotos tuyas de pequeño —señaló con curiosidad y cogió otra foto—. Qué serios estáis en esta. ¿No se supone que una graduación es un evento feliz?
Hipo cogió la foto y soltó un largo suspiro.
—Aquel día discutimos —explicó Hipo—. Mi padre quería que fuéramos a la comida con el resto de padres y graduados y yo le supliqué que fuéramos a cualquier otro lado él y yo solos.
—¿Por qué? —preguntó ella extrañada.
—No me llevaba bien con mis compañeros de clase —argumentó Hipo—. Y quería hablar con él a solas sobre que no quería estudiar Derecho, que prefería tomar un año para trabajar en el taller de Bocón y plantearme realmente lo que quería hacer.
—¿Y qué pasó al final?
Hipo suspiró.
—Mi padre consideró muy poco adecuado e impropio en un Haddock el que no quisiera esforzarme en integrarme con el resto —explicó con amargura.
Astrid hizo una mueca.
—¿Sabía tu padre que no tenías buenas relaciones con los demás?
Hipo evadió su mirada.
—¿Hipo?
—Bastante decepcionado estaba ya conmigo por aquel entonces —dijo Hipo dejando la foto en su sitio—. Y tampoco me hubiera creído si se lo hubiera dicho.
—Hipo…
El sonido de la puerta de la entrada abriéndose y cerrándose cortó a su amiga. Hipo escuchó el tintineo de las llaves de su padre y sintió un escalofrío cuando le llamó. No se movió a pesar de la mirada inquisitiva de Astrid y se dio cuenta de que sus manos estaban sudando. Su padre entró en el salón y se quedó quieto tan pronto reparó en ellos. Seguía igual que siempre. Inmenso y con cara de querer regañarle sin ninguna razón, aunque su atención pasó enseguida a Astrid.
—Buenas noches, señor Haddock —terminó diciendo Astrid a la vista de que ninguno iba a decir nada—. ¿Cómo se encuentra? Soy Astrid, la novia de Hipo.
Astrid se apartó de su lado y se acercó hasta su padre para extender su mano. Estoico pareció reaccionar por fin y cogió de su mano a la vez que dibujaba una sonrisa.
—Astrid —dijo Estoico en un tono jovial—. No sabes lo contento que estoy porque nos acompañes en estas fiestas. ¿Habéis hecho bien el viaje?
—Sí, salvo el retraso causado por la nieve, todo ha ido a pedir de boca, ¿verdad, cielo? —dijo Astrid volteandose hacia Hipo con su mejor sonrisa.
—Eh, sí, sí… —respondió él algo apurado.
Su padre soltó la mano de Astrid y se acercó a su hijo. Hipo procuró mantenerse sereno y procurar no hacer ningún gesto que pudiera despertar el desdén de su padre. Estoico sonrió, pero esta vez mucho más cansado, y le dio unas palmaditas en el hombro.
—Gracias por traerla, hijo. Se te ve bien.
Hipo tragó saliva.
—A ti también, como siempre.
Se hizo un silencio un tanto incómodo puesto que padre e hijo no sabían qué más decir. Estoico terminó por carraspear
—¿Por qué no vamos todos a la cocina? Bocón debe estar acabando la cena —comentó Estoico volviéndose hacia Astrid—. Le ha dado ahora por hacer comida japonesa, espero que te guste el sushi.
—Me encanta el sushi —le aseguró a Astrid.
—Genial, pues seguidme.
Estoico salió de la sala y Astrid le miró anonadada.
—¿Qué? —preguntó Hipo desconcertado.
—¿Por qué os tratáis como dos desconocidos? —cuestionó ella en voz baja—. Dios mío, ha sido super violento.
—Bienvenida a mi vida —murmuró él.
Astrid enganchó su brazo con el suyo.
—Resultaba evidente que tenías problemas con tu padre, pero no esperaba que fueran a este nivel —comentó ella preocupada.
—Es difícil mantener una relación estrecha con alguien al que no le caes bien —explicó él.
—No creo que eso sea verdad —replicó Astrid desconcertada.
—Lo es —insistió Hipo—. A mi padre le gustaría que fuera como mi primo Mocoso o esos idiotas del pueblo, pero supongo que salí rana.
—Hipo…
—¿Venís? —oyeron decir a Estoico desde la cocina.
Hipo estaba aliviado de que su padre hubiera cortado la conversación, sobre todo porque Astrid podía ser muy inquisitiva cuando se lo proponía. Bocón había preparado sushi con diferentes variedades de pescado y combinaciones y había cocinado gyozas y fideos con carne y verduras. Desdentao estaba cerca de la ventana que daba al jardín trasero, comiendo un plato lleno de atún. Su padre había decidido enfocar toda su atención en Astrid, quien respondió a sus preguntas educadamente y sin perder la sonrisa.
—¿Pero tú no deberías estar trabajando para la NASA? —preguntó Bocón fascinado ante la explicación de lo que consistía el trabajo de Astrid.
—Trabajamos mano a mano con ellos, pero ahora prefiero focalizarme en mi investigación y en la tesis —explicó Astrid—. Si todo va bien, para finales del año que viene ya seré la doctora Hofferson.
—Eres increíble, Astrid —señaló Estoico impresionado—. ¿Y a qué se dedican tus padres?
—Mi madre es asesora legal en el Tribunal Supremo y mi padre es astrofísico también, pero trabaja en el Smithsonian de Washington —dijo Astrid y posó su mano sobre la de Hipo, causando que éste diera un respingo que casi hizo que se atragantara—. Hipo, ¿estás bien? Bebe un poco de agua, anda.
Hipo estuvo un rato tosiendo hasta que consiguió que la comida que se le había desviado por otro sitio volviera a su cauce.
—¿Estás bien? Estás de repente muy pálido —dijo Bocón—. ¿Me habré pasado con el wasabi?
—Estoy bien —respondió Hipo carraspeando—. Todo está delicioso, Bocón.
—¿Y desde cuándo decís que estáis juntos, Hipo? —preguntó Estoico de repente.
La pareja dio un respingo e intercambiaron las miradas, antes de que Hipo reunió el valor para responder:
—Astrid y yo nos conocemos desde hace años, pero llevamos… ¿cuánto? ¿Un año?
—Sí, me pediste a salir aquel día que fuimos a patinar al Rockefeller Center, ¿recuerdas? —se inventó Astrid—. Fue muy romántico, tu hijo para eso es muy detallista, Estoico.
—Sí, para lo que le interesa ya veo que sí —puntualizó su padre—. Curiosamente, nunca me había hablado de ti hasta que me enteré por Richard, mi sobrino, que Hipo estaba saliendo con alguien y encima viviendo con ella.
Astrid se volvió a él, no muy segura de qué debía decir. Hipo jamás le había hablado de Astrid a su padre y mucho menos le había mencionado que compartía el piso con una chica. ¿Por qué no se lo había contado? Quién sabía, Hipo no era muy dado a hablar con su padre.
—Bueno Estoico —intervino Bocón con su habitual buen humor para descargar la tensión en la cocina—. Ya sabes que el chico siempre ha sido muy tímido y...
—No vi oportuno comentártelo —le cortó Hipo—. No pensé que fuera a interesarte.
Estoico sostuvo su mirada en un sepulcral silencio e Hipo se percató que estaba apretando los puños con tanta fuerza que se le habían quedado los nudillos en blanco. Se estaba conteniendo en poner el grito en el cielo, seguramente por la presencia de Astrid.
—Me interesa cualquier cosa que tenga que ver contigo, hijo —terminó diciendo su padre—. Creo que tienes una pareja estupenda, pero solo digo que me hubiera gustado saberlo por ti y no por terceros. Siempre es buena noticia que estés decidido a sentar la cabeza.
Toma navajazo, pensó Hipo furioso. Si su padre no soltaba un comentario de ese calibre no se quedaba tranquilo.
—Llevo años con la cabeza asentada, sobre todo desde que estoy trabajando en la galería —le recordó Hipo—. Además, estoy vendiendo mis pinturas y…
—¿Dónde estáis viviendo ahora? —le interrumpió Estoico con desgana dirigiéndose directamente a su amiga.
Astrid se puso tensa ante la desvergonzada interrupción de su padre. A esas alturas, Hipo ya estaba acostumbrado a que su padre cambiara de tema cuando él estaba hablando, más si había una tercera persona. Hipo ya no se enfadaba cuando ésto sucedía, sobre todo porque a esas alturas entendía que su padre lo hacía casi de forma inconsciente. Cada vez que Hipo hablaba de un tema del que no quería hablar o no le interesaba, cambiaba radicalmente de tema. Era algo muy propio de su padre, aunque él negara reiteradamente que hiciera nada de eso y, de hacerlo, no era a propósito.
La cena transcurrió sin mayores problemas. Hipo y Astrid se ofrecieron a recoger la cocina y, mientras Bocón y Estoico pasaban al salón para tomar su copita de la noche, la pareja de amigos hablaron por lo bajo a la vez que fregaban los platos.
—¿Cómo habéis llegado a ese punto de llevaras tan…?
—¿Mal? —se aventuró a preguntar Hipo.
—Yo no diría que mal, pero es evidente que aquí hay mucha mierda sin tratar entre vosotros —comentó Astrid preocupada—. Tu padre parece un buen hombre, Hipo, por lo que no entiendo por qué se comporta así contigo.
—Porque está decepcionado, As —explicó Hipo con indiferencia—. Parece que tenerte a ti como "novia" es la mejor decisión que he tomado en los últimos años.
Astrid frunció el ceño.
—No debería ser así —argumentó la chica frustrada—. Eres inteligente, sensible, talentoso y maravilloso. El hijo que todo padre soñaría tener.
—Todo padre menos el mío —le aseguró él—. Mira, estos días entenderás por qué no me gusta venir aquí. Mi padre es suave en comparación, por ejemplo, a mi tío y a mi primo, quienes son más abiertos a despreciarme.
—¿Y nadie dice nada? —reclamó Astrid furiosa.
—¿Qué van a decir? Nadie dice nada cuando una burla está oculta bajo un chiste —explicó Hipo.
—¿Y tu padre no te defiende?
—Mi padre es de los que consideran que no se puede defender lo indefendible —contestó Hipo agotado—. Para él nunca seré lo bastante bueno y siempre se ha preocupado en destacar mis defectos antes que mis virtudes.
—¿Y por qué no le pides que pare? ¿Por qué no le explicas cómo te sientes? —reclamó saber Astrid.
Hipo dejó el último plato en el escurridor y soltó un suspiro largo y cansado.
—Cada vez que le digo a mi padre que si no me gusta cierto comentario o que no me siento cómodo con algo que él quiere hacer, explota la Tercera Guerra Mundial —explicó Hipo—. ¿Sabes por qué terminé accediendo a estudiar Derecho en Columbia? Porque eso significaba irme de casa, aunque no fueran dentro de las circunstancias que a mí me hubieran gustado y, el año que entré en Bellas Artes después de dejar Derecho, me tuve que ir antes de lo previsto porque mi padre o no me dirigía la palabra o me gritaba por la «cagada monumental» que cometí por dejar Columbia. Estuvimos casi dos años enteros sin hablarnos y sin vernos después de aquellas horrorosas Navidades y, aunque luego retomamos el contacto, podría decirse que mi padre evita a toda costa el tema de mis decisiones respecto a qué elegí estudiar o a qué me dedico. Él piensa que soy un muerto de hambre.
—Pero eso no es cierto —matizó Astrid posando su mano sobre la suya—. Hipo, ser conservador de una galería de arte como la Neue a tu edad es un logro del que muy pocos pueden presumir y tienes tantísimo talento para pintar…
Hipo sonrió.
—Sabiendo que al menos tú me apruebas me vale, As.
Astrid le abrazó.
—¡Qué tonto eres! Eres mi persona favorita en el mundo, Hipo, por eso estoy aquí contigo —le aseguró su amiga—. Eso y porque sé que mañana me vas a llevar al mercado de Navidad que hay en el pueblo, ¿verdad? Dicen que es el mejor de toda Nueva Inglaterra.
Hipo soltó una carcajada.
—Friki —murmuró él.
—¡Y a mucha honra! —concordó ella.
Hipo escuchó los pasos de su padre sobre el parqué acercándose a la cocina, pero cuando fue alzar la mirada hacia la puerta, Astrid le besó, pillándole totalmente por sorpresa. Hipo no supo cómo reaccionar al principio y Astrid tuvo que pegar su cuerpo al suyo para que se diera cuenta de que debía seguir con ello adelante. Casi en un movimiento inconsciente, Hipo alzó su mano para acariciar su mejilla y ella se apoyó contra sus hombros. Sus labios sabían al chocolate del mochi que se había comido hace un momento y se sentían suaves como el terciopelo. Para su sorpresa, Astrid entreabrió su boca e Hipo sintió el impulso de meter su lengua dentro. Es más, su brazo parecía moverse solo cuando rodeó su cintura y acercó su cuerpo contra el suyo. Hipo tenía calor, quizás porque Astrid ardía contra él o puede que fuera el propio Hipo quién ardiera. Se aventuró a sacar la lengua para adentrarse en su boca.
Y fue entonces cuando un carraspeo les interrumpió.
Se apartaron a la vez y se voltearon hacia la puerta, donde su padre los observaba claramente incómodo.
—¿Queréis café? —terminó preguntando, desesperado por romper con el tenso silencio que se había formado en la cocina.
—Café… ¡Sí! ¡Café! Estaría genial, gracias —dijo Astrid con voz ligeramente temblorosa, aunque se giró para guiñarle el ojo cuando su padre fue a buscar la cafetera.
¡Oh! Ahora lo comprendía, le había besado a propósito para que su precisamente padre los pillara. Hipo se sintió extrañamente decepcionado, aunque no estaba seguro de por qué. No cabía duda de que la acción de Astrid había sido conveniente y ayudaba a disolver las posibles dudas que pudieran surgirle a su padre respecto a su relación. Aprovechando que Estoico estaba enfocado en preparar la cafetera, Astrid se excusó para ir al baño tras preguntar dónde estaba. Hipo envidió que ella usara tan buena excusa para escaquearse de una situación tan violenta, pero le hizo una señal con el pulgar de que todo estaba bien.
Maldita fuera, no era ella la que se quedaba a solas con su padre.
Su padre estaba muy callado, apoyado contra la isla, con los brazos cruzados y con los ojos puestos en la cafetera que ahora se calentaba sobre la inducción. Hipo decidió sacar el juego de café para no tener que soportar la espera sin hacer realmente nada.
—¿Dormirá Astrid contigo en tu habitación?
Hipo tragó saliva.
—Daba por hecho de que sería así —dijo Hipo cuidando de no balbucear.
—Había preparado la habitación de invitados.
—¿Ibas a obligar a mi novia que vive conmigo a dormir en otra habitación? —cuestionó Hipo sin evitar cierta irritabilidad en su voz.
Estoico le fulminó con la mirada.
—Comprenderás que no estoy acostumbrado a que traigas a nadie contigo a casa —se defendió su padre—. No tengo problema con que duerma contigo.
—Bien.
Silencio de nuevo. El agua de la cafetera había comenzado a hervir e Hipo se esforzó en no tomarla con la vajilla para sacar su ira.
—Me gusta —dijo su padre de repente.
—¿Qué? —preguntó él confundido.
—Astrid, que me gusta —aclaró su padre todavía sin mirarlo—. Es guapa, inteligente y parece tener las ideas claras. Se la ve enamorada.
Un fuerte rubor cubrió las mejillas de Hipo. Resultaba hasta gracioso que su padre pensara que Astrid estuviera enamorada de él, pero supuso que los esfuerzos de su amiga por mostrarse amorosa, además de su ya acostumbrada cercanía, daba a entender que estaba enamorada.
—Ella es la mujer más genial que he conocido nunca —confesó Hipo sin evitar una sonrisa—. Es mi mejor amiga.
—¿Por qué no me hablaste de ella antes? Ahora en serio.
Hipo reconoció el dolor en la voz de su padre y le había dirigido una mirada que delataba dolor y desconcierto, como si no pudiera comprender la razón por la que Hipo no había querido contarle sobre su relación.
—Papá, nunca has puesto especial interés en lo que hago o dejo de hacer en Nueva York —le recordó él intentando contener un tono acusatorio en su voz—. Llevo más de diez años viviendo allí y nunca me has visitado.
—No me gusta Nueva York, ya lo sabes —le advirtió su padre molesto.
—Y a mí no me gusta Isla Mema y aquí estoy —replicó Hipo enfadado—. ¿Qué más quieres que haga? Quieres más comunicación por mi parte, pero cada vez que hablamos por teléfono acabamos discutiendo por cualquier estupidez.
—Hijo, es que tú también saltas a la primera de cambio —dijo Estoico retirando la cafetera del fuego—. Cada vez que te digo algo que no te gusta, te enfadas o directamente me cuelgas. No se puede mantener una conversación adulta contigo.
Hipo observó a su padre sin poder creerse que estuviera hablándole en serio.
—¿Qué? ¿Acaso no es verdad? —clamó su padre a la defensiva.
—La primera vez que te llamé para anunciarte que había conseguido vender un cuadro a un comprador de Seattle por un valor de tres mil dólares, ¿te acuerdas qué me dijiste?
Estoico frunció el ceño e intentó hacer memoria, aunque no pareció acordarse exactamente de lo que dijo, cosa que enfureció todavía más a Hipo.
—¿En serio, papá?
—¿Cómo esperas que me acuerde? —replicó su padre.
—Me dijiste y cito las palabras textuales: «¿quién demonios gasta semejante pastizal en un cuadro abstracto de esos que haces?»
Estoico suspiró y se llevó la mano a sus ojos para frotárselos.
—No lo decía en un sentido despectivo —se defendió él con voz cansada.
—No, claro que no, pero te pareció más importante remarcar el dinero que dejaron en mi cuadro que el hecho de que me lo hubieran comprado.
—Eso no es cierto, si en ese momento me hubieras dejado te habría dicho que estaba muy…
—Por favor, no me mientas —le cortó Hipo—. Soporto la decepción, pero no que me mientas.
—¿Pero de qué demonios estás hablando ahora?
Hipo se obligó a salir de la cocina. Estaba tan enfadado que temía que pudiera decir algo de lo que pudiera arrepentirse. Se topó con Astrid en el hall de la entrada y enseguida se percató de que algo no estaba bien.
—¿Qué ha pasado? —preguntó alarmada—. Por Dios, Hipo, que solo me he ido cinco minutos de la cocina.
—Nada, voy al baño —respondió Hipo malhumorado.
No dejó que su amiga se interpusiera de nuevo en su camino y salió disparado al pequeño aseo que estaba al fondo del pasillo. Se mojó la cara con agua fría y se sentó en la taza del váter para inspirar hondo. Contó hasta veinte hasta que notó que la ira iba bajando y se quedaba solo con un sentimiento de vacío y tristeza.
Siempre igual, pensó con amargura. Siempre igual.
Astrid le estaba esperando junto a la puerta del baño y se contemplaron unos instantes en silencio antes de dejarse abrazar por su mejor amiga. Astrid le dijo que fuera al salón, donde Bocón debía estar hablando por teléfono desde hacía rato, y ella volvería a la cocina para ayudar a Estoico con el café. Su padrino estaba manteniendo una discusión un tanto acalorada con quien parecía ser un cliente del taller, pero le saludó con la mano. Hipo se tiró en el sofá y enseguida se vio sorprendido por Desdentao, que había estado oculto en torno al árbol de Navidad —seguramente estudiando su siguiente travesura—, y se tumbó sobre su estómago. Hipo acarició su pelaje oscuro y el gato ronroneó feliz, hasta el punto que se puso a mover las patitas, como si estuviera haciendo galletas con su jersey. Poco tiempo después, Astrid entró en el salón cargada con una bandeja con el juego de café y su padre la siguió con cafetera en mano.
Por suerte para Hipo, el momento del café no duró mucho. Bocón tuvo que irse a atender una urgencia al taller y, a la vista de que padre e hijo no se habían dirigido la palabra y habían evadido las miradas, Astrid excusó de que tal vez deberían irse a dormir después de una jornada de viaje tan agotadora. Estoico no dejó que la joven astrofísica se encargara de recoger, alegando que era su invitada, y les deseó buenas noches.
Astrid e Hipo cargaron con su equipaje escaleras arriba hasta su antigua habitación que seguía tal y como la había dejado a los dieciocho años. Aquel cuarto fue su santuario en los momentos más convulsos de su infancia, sobre todo desde que falleció su madre. Ella misma había pintado el mural de dragones que decoraba la pared de su cama y, aunque se veía algo infantil para un adolescente, ni Hipo ni su padre se habían planteado jamás pintar encima, aún cuando la pared necesitaba con urgencia una mano de pintura. Astrid dejó su maleta junto a la cama y se acercó para comprobar con más detenimiento el detalle del mural.
—Llevas el arte en la sangre —admiró ella.
—A mi madre le encantaba pintar, tenía un don para ello —remarcó Hipo—. Sin embargo, nunca pensó en tomárselo en serio. Trabajaba con mi padre, ¿sabes? Así se conocieron, aunque creo que no le gustaba mucho su trabajo.
—¿Por qué no?
Hipo sacudió sus hombros.
—Dejó el trabajo tan pronto se quedó embarazada de mí y nunca pareció mostrar interés en retomarlo —explicó él—. También debe resultar violento trabajar con tu marido, más cuando es tu jefe.
Astrid ladeó la cabeza.
—Creo que ningún matrimonio es fácil —apuntó ella—, pero es evidente que la quería.
—Nunca he tenido dudas de eso —remarcó Hipo.
—Y también te quiere a ti —añadió Astrid con prudencia.
Hipo puso los ojos en blanco.
—Supongo, aunque tiene una forma curiosa de demostrarlo —Astrid abrió la boca para replicar, pero Hipo se adelantó a cambiar de tema—. Puedes usar la cama si quieres, yo tengo un saco en el armario y puedo dormir en el suelo.
Astrid alzó una ceja.
—La cama es lo bastante grande para que podamos usarla los dos —dijo su amiga poniendo los brazos en jarras.
Hipo la contempló como si le hubiera salido una segunda cabeza.
—¿Quieres que compartamos cama?
—No es como si no lo hubiéramos hecho antes —le recordó ella—. Nos hemos dormido cientos de veces juntos en el sofá y hace un par de años dormimos una semana juntos cuando se estropeó la caldera, ¿te acuerdas?
Por supuesto que se acordaba, pensó Hipo con el pulso acelerado, sobre todo porque no había dormido toda esa semana de lo nervioso que había estado por tenerla durmiendo en su cama. Carraspeó un tanto violento.
—No quiero ponerte en una situación comprometida…
Astrid soltó una carcajada.
—Hipo, tú jamás podrías ponerme en una situación comprometida —remarcó ella—. Si hay alguien con el que me puedo sentir cómoda compartiendo cama es indudablemente contigo.
Hipo se ruborizó y su amiga arrugó el gesto.
—A menos que la situación te incomode a ti.
—¡No! —exclamó él tal vez demasiado alto—. Está bien, me… Me parece bien. Eres mi mejor amiga, no debe ser raro en absoluto.
Ella sonrió de oreja a oreja.
—Voy a ponerme el pijama entonces —dijo Astrid—. ¿El baño…?
—Ah, sí, al fondo del pasillo a mano izquierda.
Astrid cogió su pijama y su neceser.
—Me voy a dar una ducha rápida y vuelvo enseguida.
—Tómate tu tiempo —dijo Hipo.
Astrid salió de la habitación e Hipo aprovechó para ponerse su pijama. Desdentao se coló por la puerta entreabierta y subió a la cama de un salto para acomodarse. Hipo acarició justo detrás de su oreja y ronroneó feliz antes de estirarse y clavar sus uñas sobre la colcha. Con el teléfono en la mano, se metió en la cama y esperó a que Astrid regresara para ir a lavarse los dientes. Su amiga tenía el pelo recogido en un moño alto, las gafas ligeramente empañadas por el vapor de la ducha y llevaba un pijama gordo con ridículos estampados navideños. Astrid le tiró un cojín a la cara cuando Hipo contuvo la risa.
—No tienes derecho a reírte de mi pijama.
—Es que es demasiado cutre, incluso para ti —se mofó Hipo.
Astrid le pilló por sorpresa cuando se abalanzó sobre él y le suplicó que parara cuando se puso a hacerle cosquillas en el abdomen.
—¡Vale, vale! ¡Me rindo! —exclamó Hipo desesperado porque parara.
Su mejor amiga sonrió satisfecha y paró, aunque no se apartó. Su cuerpo, esbelto y fuerte por sus horas de gimnasio, le tenía atrapado a su merced e Hipo no podía moverse. Los mechones rubios caían sobre su cara, haciéndole cosquillas en sus mejillas, y sus ojos azules brillaban por la picardía y la ternura de su mirada. Hipo contuvo su respiración cuando, casi de manera inconsciente, miró sus labios carnosos y recordó el beso de antes.
Se preguntó cómo sería besarla de verdad. Dejarse dominar por ella como le había visto hacer con Eret o algunos de sus líos en alguna que otra ocasión. Sería estúpido negar que Hipo no había pensado en Astrid en ese sentido, en lo que sería compartir algo más que su amistad. Era la mujer más guapa que había conocido nunca y, en más de una ocasión, cuando estaba solo y necesitado, su imaginación y sus fantasías siempre la llevaban a ella. Hipo no se sentía precisamente orgulloso de fantasear con su mejor amiga y, después de llegar al orgasmo, se veía invadido por un sentimiento de culpa. Astrid era su mejor amiga después de todo y por nada del mundo iba a permitir que esa amistad se estropeara.
—¿Me liberas para que pueda ir al baño? —preguntó Hipo esforzándose en ocultar el nerviosismo en su voz.
Astrid parpadeó, como si su voz le hubiera sacado de una especie de trance, pero se apartó al instante y se enfocó en Desdentao, quien se restregaba contra su pierna para buscar mimos. Hipo posó el neceser contra su pecho cuando salió al pasillo, preocupado de que Astrid o incluso su padre pudieran escuchar los fuertes latidos de su corazón, aunque lo que le preocupaba más era la erección que suplicaba su atención. Se detuvo más tiempo del requerido en el baño, pero al menos regresó a su habitación mucho más calmado. Astrid ya estaba tumbada en la cama y estaba hablando por teléfono. Por la conversación, enseguida adivinó que era su madre.
—Mamá, de verdad, relájate —insistió Astrid un tanto exasperada e Hipo escuchó la voz ilegible, aunque notoriamente nerviosa, de Eyra Hofferson al otro lado de la línea. Astrid le lanzó una mirada y puso los ojos en blanco—. A papá le va a encantar la gincana, no sé por qué insistes en preocuparte cuando sabes de sobra que tus regalos son los mejores. Además, a papá le puedes regalar unos calcetines y sería feliz.
Hipo sonrió. Conocía bien las facultades creativas de la madre de Astrid a la hora de hacer regalos precisamente porque su hija era exactamente igual. Hubo un cumpleaños que, para darle su regalo, Astrid le hizo una búsqueda del tesoro que abarcaban todos los museos de Nueva York y había escondido las pistas en los lugares más variopintos. Fue muy divertido, aunque Hipo era incapaz de combatir con la originalidad de Astrid a la hora de hacer regalos.
—Vale, sí, yo también te quiero —respondió Astrid a su madre—, aunque sigo cabreada con vosotros por haberme abandonado en Navidad.
Su madre respondió con un comentario que sonaba cariñoso.
—Se lo diré de tu parte —dijo Astrid algo menos cortante—. Dale un beso a papá y transmítele mi odio por su abandono.
Astrid colgó la llamada y dejó su teléfono en la mesilla de noche antes de tumbarse a su lado.
—Mi madre dice que gracias por dejarme pasar las Navidades contigo —dijo Astrid agotada—. Dice que la próxima vez que baje a Washington que vengas conmigo.
—¿Tendré que fingir que soy tu novio?
Astrid soltó una risotada.
—Por suerte, mis padres no son pesados con ese tema —argumentó ella—. Aunque mi madre me ha preguntado en más de una ocasión si tú y yo estamos saliendo.
—¿Y qué le dijiste? —preguntó él ignorando las mariposas en su estómago.
Ella sacudió los hombros.
—Me gusta hacerla rabiar, así que siempre le dejo con la duda.
El corazón de Hipo dio un vuelco y sintió su cara arder, por lo que se acomodó para meterse bajo las sábanas. Astrid replicó su movimiento y, por suerte, Desdentao no tardó en buscar un hueco que se ubicaba entre ellos dos e Hipo apagó la luz de la mesita de noche. No obstante, la presencia del gato no evitó que sus pies desnudos rozaron por accidente e Hipo siseó cuando sintió su piel helada contra la suya.
—¿Se puede saber por qué tienes los pies tan fríos? —reclamó Hipo apartándose con rapidez.
—¡Mira quién fue a hablar! ¡Eres un friolero! —le acusó ella con diversión.
Hipo gruñó y se hizo un ovillo.
—Oye, si tanto frío tienes te puedes pegar a mí y nos damos calor humano —propuso ella.
—No digas tonterías —balbuceó él—. Estás más fría que un muñeco de nieve.
Hipo sintió el movimiento de Astrid en la cama y escuchó a Desdentao bufar irritado antes de levantarse y caminar fuera de la cama. Gato traidor, pensó Hipo con fastidio, aunque Desdentao pasó a un segundo plano cuando sintió el cuerpo de Astrid pegado al suyo. No le estaba tocando, sencillamente se había posado a su lado y estaba ahí quieta.
—Hipo, relájate, que no te voy a morder —bromeó Astrid—. Chico, ni que fuera la primera vez que compartieras cama con alguien.
Hipo carraspeó incómodo.
—Nunca me ha gustado compartir cama —se defendió él—. Dagur siempre se movía mucho y en más de una ocasión me tiraba de la cama o me robaba las sábanas.
—¿Me estás comparando con ese gorila? —preguntó Astrid indignada.
—¡No! —exclamó él avergonzado—. Es solo que… Me cuesta dormir con otras personas.
—¿Por eso casi nunca se quedaba ninguna de tus parejas en casa? —preguntó su amiga curiosa.
—Supongo.
Sintió la mano de Astrid sobre su pecho. La sintió inusualmente caliente.
—Si esto te incomoda, puedo dormir yo en el suelo —propuso Astrid preocupada.
Hipo cogió su mano y la apretó.
—Está bien, es solo una de mis muchas manías.
—Una manía legítima —apuntó su amiga con tristeza—, pero te prometo que no te daré ninguna patada mientras duermo.
Hipo se rió.
—Mejor, porque eres capaz de romperme algo —se burló él.
Un pequeño pellizco en su brazo hizo que diera un bote sobre el colchón. Astrid se rió entre dientes.
—¿Por qué siempre tienes que ser tan violenta para todo?
—Causa y efecto, querido —contestó ella con voz burlona.
Hipo hizo un mohín en la oscuridad, pero terminó sonriendo.
—Buenas noches, Astrid.
—Que descanses, Hipo.
Para su sorpresa, Hipo cayó enseguida dormido y no se despertó hasta la mañana siguiente, cuando Desdentao le dio por caminar sobre su cara. Hipo le apartó de un manotazo que causó que el gato bufara indignado y se incorporó un tanto desorientado hasta que recordó que estaba en su vieja habitación y no en su cuarto de Nueva York. Astrid no se encontraba allí y su lado de la cama estaba frío, por lo que debía haberse levantado hacía rato. Miró el reloj de Mickey Mouse que tenía en su mesilla de noche y contempló que marcaban casi las nueve y media de la mañana.
Se había quedado dormido más tiempo de lo debido.
Salió de la cama de un salto y se puso una sudadera vieja de la NYU sobre el pijama antes de bajar al piso inferior. Quizás fuera el sueño o la necesidad de un café bien cargado que le espabilara, pero cuando Hipo entró en la cocina deseó no haberse levantado. Astrid estaba en una esquina de la mesa, con una sonrisa forzada en sus labios mientras escuchaba el estúpido parloteo de su primo Richard, alias Mocoso, mientras que su padre se reía a carcajadas por algo que le estaba diciendo Patón, su tío.
—¡Hipo! —saludó su tío sin levantarse—. Parece que te has caído de la cama.
—¡Qué va! ¡Siempre tiene ese careto! —se mofó Mocoso.
Hipo estrechó los ojos, pero contuvo una mueca de fastidio. Sintió una mano coger de la suya y observó que Astrid le estaba sonriendo con gesto aliviado. Tiró suavemente de su abrazo e Hipo se inclinó algo confundido antes de que Astrid le brindara un suave beso en sus labios.
—Buenos días, amor —le saludó ella con dulzura.
—Bu…buenos días —balbuceó él como un imbécil—. ¿Por qué no me has despertado?
—Estabas tan profundamente dormido que me daba pena hacerlo —respondió Astrid con inocencia—. Había bajado para prepararme un café y al final he terminado conociendo a tu tío y a tu primo, que resulta que han venido de visita desde muy pronto por la mañana.
—Buen partido has pillado, chico —señaló Patón.
—Demasiado bueno —puntualizó Mocoso con fastidio.
Astrid hizo una pequeña mueca antes de forzar una sonrisa educada, pero que a Hipo no le pasó por alto. A Astrid nunca le había gustado ser objetificada ni por su físico ni por su inteligencia o por su trabajo y si todavía no había soltado algún comentario mordaz de los suyos había sido seguramente por respeto a él e incluso por su padre, quien parecía haberse percatado también de la mala educación demostrada por su hermano y su sobrino.
—¿Café, hijo? —preguntó su padre levantándose de su asiento.
—Ya me lo sirvo yo —respondió Hipo, pero su padre alzó la mano para detenerlo.
—Siéntate, te lo traigo yo ahora.
Hipo se sentó junto a Astrid y ésta cogió de su mano, atrayendo las miradas de sorpresa de Patón y Mocoso.
—¿Y cómo decías que os habíais conocido? —preguntó Mocoso desconcertado y sin apartar sus ojos de sus manos unidas.
—De la universidad —respondió Astrid un tanto seca—. Fue amor a primera vista.
—¿Lo dices en serio?
—¿Por qué no iba a hablar en serio? —replicó Astrid mordazmente.
—No sé, es Hipo —respondió Mocoso sacudiendo los hombros.
Astrid miró a Mocoso estupefacta y luego se volvió a Hipo incrédula. Él simplemente se redujo a sacudir los hombros, se había vuelto casi inmune a los desprecios de su primo.
—Lo que quiere decir mi hijo es que Hipo nunca ha sido un imán para las chicas —dijo Patón burlonamente—. No te lo tomes a mal, chico, pero es que llegamos a pensar que eras gay.
Mocoso se río junto a su padre y Estoico se acercó a la mesa con el café humeante de Hipo, carraspeando un tanto incómodo. Hipo sintió que la mano de Astrid apretaba la suya con tanta fuerza que le había empezado a hacer daño.
—¿Y eso qué hubiera tenido de malo? —replicó Astrid furiosa.
Las risas se apagaron y los tres hombres los contemplaron sorprendidos.
—A ver, no somos homófobos ni nada por el estilo…
—Pero es que Hipo siempre ha sido un rarito —añadió Mocoso.
—Osea, que ligais la homosexualidad a una rareza —dijo Astrid sin bajar la furia en su voz.
—Astrid… —le advirtió Hipo antes de dar un sorbo a su café.
—Claro que no, que nosotros tenemos amigos homosexuales, ¿eh? —se apresuró a decir Patón—. Bocón es gay, ¿no, Estoico? Y es tu mejor amigo.
Estoico lanzó una mirada de circunstancias a su hermano, dándole a entender que convendría que cerrara la puñetera boca. Mocoso, en cambio, no se dio por aludido.
—Es que, a ver, Hipo nunca ha tenido éxito con las chicas. En el baile de graduación se quedó en casa porque nadie quería ir con él al baile —explicó él sonriente.
—No fui porque pasaba de esa tontería de baile —le corrigió Hipo.
—Ya, claro —se burló Mocoso—. Seguro que tú triunfaste en tu baile de graduación, ¿a que sí, Astrid? Fijo que a tu pareja y a ti os nombrarían rey y reina del baile.
Astrid sonrió con maldad e Hipo apretó su mano para pedirle cautela.
—La verdad es que a mí me vetaron del baile de graduación.
Todos se volvieron a ellas muy sorprendidos salvo Hipo, quien ya conocía bien la historia. Estoico frunció el ceño, claramente confundido por su declaración.
—¿Y eso por qué?
—No me dejaron asistir con mi pareja del baile —argumentó ella.
—¿Y eso? ¿Acaso ibas con algún chico mayor? —preguntó Patón extrañado.
—No, resulta que rompía el código ético del instituto que yo acudiera con mi novia al baile —explicó Astrid—. Nos abrieron expediente y todo, porque a pesar del veto fuimos igualmente y montamos un escándalo memorable. Fuimos la primera pareja de chicas en besarse en mitad del gimnasio del instituto.
Se hizo un silencio sepulcral mientras Hipo contenía la risa. Típico de Astrid, siempre tenía una anécdota guardada para aniquilar cualquier idiotez de la conversación. Estoico y Patón no parecían seguros de qué debían decir y Mocoso abrió y cerró la boca varias veces, quizás necesitado de procesar debidamente la historia que Astrid acababa de contar. Es más, Hipo adivinaba que iba a soltar una estupidez en cualquier momento.
—Si eres lesbiana… ¿por qué sales entonces con un chico?
Astrid puso los ojos en blanco, pero fui Hipo el que intervino:
—¡Que es bisexual, idiota!
—¡Ah! —exclamó aliviado—. Osea, que te van los tríos y esas cosas.
—¡Richard! —gritó Estoico indignado y con la cara roja—. ¡Un poco de respeto por nuestra invitada! ¡No se es más promiscuo por la orientación sexual que uno tenga! ¡Deberías saberlo!
—Perdón —se disculpó él azorado—. Es que Astrid es la primera bisexual que conozco.
—¿Debería sentirme honrada por eso? —cuestionó ella por lo bajo con diversión, mientras se despertaba una acalorada discusión entre los tres hombres.
Hipo se inclinó para que solo Astrid le escuchara.
—Siendo mi primo creo que no.
—¡Lástima! —dijo ella sin sentirlo de verdad—. Tengo que trabajar un poco esta mañana, ¿pero luego me enseñarás al pueblo?
—Si no queda otro remedio…
Ella le dio un suave codazo en el costado.
—Anima esa cara, anda, que es Navidad.
—¡Yupi! —reclamó él con falso sarcasmo.
Astrid se excusó educadamente y marchó escaleras arriba para cambiarse y buscar su ordenador. Hipo se obligó a quedarse un rato más, más por educación que por otra cosa, y se ofreció a recoger el desayuno para no tener que seguir participando en la conversación. Mocoso, sin embargo, parecía haberse decidido a tocarle las narices, porque se apoyó contra la encimera a observar como fregaba los platos y las tazas y dibujó una sonrisita maliciosa.
—Menudo pibonazo que te has pillado —señaló su primo.
—Agradecería que hablaras de Astrid como la persona que es y no un objeto —le advirtió Hipo irritado.
Mocoso hizo un mohín.
—Pero ahora hablemos en serio: ¿cuánto has tenido que pagar?
Hipo se quedó helado por su pregunta y se volteó lentamente, inseguro de si realmente se estaba refiriendo a lo que creía que se estaba refiriendo.
—¿Disculpa?
—Ya sabes, chicas como esa no se fijan en chicos como tú —argumentó Mocoso sacudiendo los hombros—. A ver, no te lo tomes a mal, primo. Yo te quiero un huevo a pesar de ser más raro que un perro verde, pero mujeres como Astrid tiene fijación por hombres de verdad.
La taza que estaba en sus manos resbaló de sus dedos con toda la mala suerte que cayó contra la encimera y se rompió, causando un estrepitoso ruido que alertó a su padre y a su tío.
—¡Pero mira que eres torpe! —exclamó Estoico furioso levantándose—. ¡Esa taza era de tu madre!
—Yo… yo…
—¿Es que no puedes hacer nada sin tener que estropearlo, Hipo? —cuestionó su padre enfadado mientras cogía la escoba.
Hipo se había quedado bloqueado. Las palabras de Mocoso le habían dejado conmocionado y el repentino arrebato de ira de su padre no le ayudaba. Volvía a sentirse como cuando era niño y sufría situaciones como esa en las que alguien de su familia le atacaba y él terminaba metiendo la pata por la ansiedad. Sin embargo, aquella vez sus manos temblaban no solo por la frustración, sino por la furia y sus intensas ganas de querer golpear a su primo.
¿Cómo se atrevía?
¿Cómo osaba hablar así de su mejor amiga? ¿De catalogarla como una mera chica de compañía a la que él había contratado? Cierto, no se equivocaba con lo de que mujeres como Astrid no se fijaban en hombres como él, ¡pero eso no justificaba que tuviera que faltarla al respeto de esa manera!
Su padre seguía gritándole, pero Hipo no se detuvo a escuchar aquella bronca tan inmerecida porque si se quedaba allí acabaría dando una hostia a alguien, aunque no estaba seguro si sería a su padre o a su primo. Estoico le llamó furioso cuando salió de la cocina sin mirar atrás e Hipo subió las escaleras de dos en dos para entrar precipitadamente en su cuarto. Astrid, que estaba sentada ante su escritorio, dio un respingo y se quitó uno de los auriculares un tanto desconcertada. Hipo chasqueó la lengua, consciente de que la estaba interrumpiendo en una reunión, pero no deseaba marcharse. Hizo un gesto silencioso para tranquilizarla y caminó con rapidez hacia la ventana para sentarse justo debajo del alféizar. Astrid parecía en una encrucijada, necesitada de preguntarle qué había pasado y, a su vez, debía atender a la reunión. Hipo insistió en silencio que estaba bien y simplemente cerró los ojos mientras se esforzaba en calmarse. Escuchó entonces las fuertes pisadas de su padre subiendo por las escaleras, seguramente para abroncarlo por la escenita de la cocina, pero para su sorpresa, Astrid pidió un segundo antes de silenciar su micrófono y abrió la puerta antes de que su padre tocara.
—Estoy en una reunión y él no quiere salir —advirtió ella muy calmada.
—Dile que salga —dijo él enfadado.
—He dicho que no quiere salir —repitió Astrid con más frialdad.
—Astrid, esto no es asunto tuyo, quiero hablar con…
—Él no quiere hablar —le interrumpió Astrid—. Y sí es asunto mío. Es mi novio y me preocupo por su bienestar, por lo que no esperes bajo ninguna circunstancia que yo anteponga tus deseos por delante de los suyos. Espero que lo comprendas, Estoico, estoy en su equipo.
Aquel discurso dejó consternado tanto a Estoico como al propio Hipo, sobre todo cuando Astrid cerró la puerta en las narices de su padre. Se volvió hacia él y, manteniendo una expresión seria, le señaló con el dedo.
—Tú y yo hablaremos cuando acabe la reunión —le advirtió con tono amenazante antes de sentarse y ponerse de nuevo sus auriculares.
Hipo se pasó casi dos horas escuchando a medias la reunión de Astrid, respondiendo a emails de trabajo desde su móvil y releyendo su vieja copia de Matilda. Cuando Astrid se quitó sus Airdrops y giró la silla del escritorio con los brazos cruzados bajo su pecho. Hipo tragó saliva nervioso, su amiga estaba claramente enfadada, pero se estaba conteniendo en echarle también la bronca.
—Es hora de aplicar el Remedio Hofferson —dijo ella sin más.
—¿El Remedio Hofferson? —preguntó él confundido.
—Nos vamos al pueblo, me vas a invitar a un chocolate y después nos vamos a ir de compras —explicó Astrid—. No voy a permitir que me agüéis las Navidades por vuestras diferencias, así que me voy a preocupar de poneros al mismo nivel.
—Astrid, no entiendo adónde quieres llegar.
Ella le regaló una sonrisa malvada.
—Espera y verás.
Ni su padre ni su tío ni su primo estaban ya en casa cuando bajaron al garaje. El viejo coche de Hipo seguía allí y respiró aliviado cuando éste arrancó. Los quitanieves habían despejado la carretera y el sol brillaba reluciente tras la noche de ventisca. La urbanización en la que vivía su padre estaba a diez minutos del centro y, por suerte, encontraron aparcamiento relativamente rápido en una de las calles alternas a la plaza del ayuntamiento de Mema. Los ojos de Astrid se iluminaron cuando contempló la decoración del centro del pueblo y su sonrisa era tan radiante que casi parecía brillar con luz propia. Dio pequeños saltitos de emoción al ver el mercado navideño por toda la plaza, aunque dijo que antes quería pasearse por las tiendas de alrededor y tomar ese chocolate caliente. Hipo hizo de guía turística con los pocos datos que había retenido de lo que había estudiado en el instituto sobre Isla Mema y acompañó pacientemente a Astrid a todas las tiendas que quiso entrar, incluídas las librerías en las que ambos se habrían podido pasar horas, pero cuando alcanzaron la cafetería para comer y tomar el chocolate, Astrid le dijo que fuera pidiendo que tenía que hacer un recado antes.
—¿No quieres que te acompañe? —preguntó él extrañado.
Ella negó con la cabeza y le dio un beso rápido en la mejilla.
—Es una sorpresa —argumentó ella—. Estaré en un momento, tú vete pidiendo la comida.
Hipo se quedó con la palabra en la boca cuando Astrid salió disparada y la perdió de vista tan pronto giró la calle. Resignado, entró en la cafetería que aún no estaba llena y se sentó al fondo junto a la ventana. Leyó la carta de sándwiches y hamburguesas hasta que se acercó una camarera recién salida del instituto para tomar nota. No esperó a que Astrid regresara porque Hipo tenía muy claro qué pediría su amiga de estar allí y pidió a parte una Coca Cola Zero y un agua mineral. Mientras esperaba a Astrid, Hipo se dedicó a mirar fotos de sus amigos de Nueva York en redes sociales, en responder los mensajes que le habían entrado esa mañana y a mirar las noticias. El tintineo de la puerta hizo que alzara la mirada para comprobar si era Astrid, aunque sintió un nudo en su estómago cuando reconoció a sus antiguos compañeros del colegio: los gemelos, conocidos por todos como Brusca y Chusco; Justin, alias Patapez, y, por supuesto, el imbécil de su primo Mocoso. Hipo bajó la mirada de nuevo a su teléfono, rezando para que no le vieran, y se apresuró en escribir un mensaje a Astrid para suplicarle que regresara rápido.
—¡Mirad quién está ahí! —exclamó Mocoso a voz de grito—. ¡Si es mi primito!
Hipo sabía que sería inútil no darse por aludido por lo que, resignado, se volvió hacia el grupo que se dirigía hasta su mesa. Los gemelos parecían curiosos por verle allí y Patapez se le veía visiblemente nervioso, aunque Mocoso seguía con esa sonrisa fanfarrona que desquiciaba a Hipo.
—¿Dónde está tu churri, Hipo? ¿Ya te ha abandonado? —se burló Mocoso.
Los gemelos fruncieron el ceño por su comentario.
—¿Churri? —preguntó Chusco—. ¿Pero al final es verdad que tiene novia?
—Sí, es que Hipo se ha presentado con una rubia que está cañón —explicó Mocoso—, pero ahora no se la ve por ninguna parte.
—Te he dicho que dejes de tratar a mi novia como un objeto —le advirtió Hipo irritado y apretó los puños para contener el temblor causado por su ansiedad.
—¡Y yo estaba convencida de que eras gay! —señaló Brusca extrañada.
—¡Ah! ¡Es que lo más fuerte de todo es que Hipo se ha echado una novia bollera! —exclamó Mocoso en tono burlón.
—¡Que soy bisexual, gilipollas!
Todos los presentes se voltearon al escuchar la nueva voz que estaba justo tras el grupo. Hipo respiró aliviado con la aparición de Astrid cargada con una bolsa en su mano, aunque su amiga no lucía nada contenta. Es más, conocía perfectamente esa expresión en su cara y sabía bien que su amiga estaba a un paso de descargar su ira. Los gemelos abrieron la boca sorprendidos por la belleza de su «novia» y Justin se ruborizó, aunque Astrid los ignoró y se dirigió directamente a Mocoso, quien estaba claramente alterado porque le hubieran pillado con las manos en la masa.
—A ver cómo te lo digo sin que parezca que soy una maleducada —dijo Astrid con frialdad—. Como vuelvas a decir una sola mala palabra a mi novio, te voy a meter semejante hostia que te voy a dejar más tonto de lo que ya eres.
—Sólo… sólo estábamos hablando —balbuceó Mocoso.
—¿Hablando? —repitió Astrid amenazante—. Tú no sabes hablar, tú balas, como las ovejas. Ahora, si no os importa, mi novio y yo vamos a comer y nos encantaría hacerlo solos.
Los gemelos y Justin asintieron nerviosos por la tensión en el ambiente y se dirigieron a toda prisa a una mesa ubicada lejos de ellos, pero Mocoso no se movió. Es más, se había vuelto ahora hacia Hipo con una mirada de indignación.
—Sigues siendo el de siempre —le acusó Mocoso—. Nunca has sabido defenderte tú solo porque no tienes cojones a…
Mocoso soltó un chillido cuando Astrid, movida por una rabia incontenida, volcó sobre él un batido que la camarera adolescente llevaba sobre su bandeja hacia una mesa. Toda la cafetería se volvió hacia ellos, pero Astrid simplemente le indicó a la camarera que ella pagaría el batido y se sentó frente a Hipo, ignorando a un Mocoso que continuaba en shock por lo que acababa de pasar.
—¿Has pedido ya nuestra comida, amor? —preguntó Astrid con un tono excesivamente meloso.
—S… sí —tartamudeó él.
—Eres…
Astrid e Hipo se volvieron a Mocoso, cuyo oscuro cabello parecía ahora teñido de un rosa chicle pegajoso, y su amiga alzó una ceja, expectante de escuchar lo que su primo tenía que decir. Mocoso, sin embargo, terminó retirándose sin mediar palabra, soltando maldiciones por lo bajo e Hipo escuchó las risotadas del grupo al otro extremo de la cafetería.
—No tenías que haber hecho eso —le regañó Hipo sin querer parecer desagradecido.
—Él se lo ha buscado —dijo ella con indiferencia.
—No tienes que defenderme cada vez que alguien se mete conmigo —insistió Hipo—. No hay mayor desprecio que no hacer aprecio, ¿sabes?
Astrid sostuvo su mirada muy seria.
—Puede que tú permitas que la gente se meta contigo, Hipo, pero no esperes que yo me quede mirando cuando veo que estás sufriendo en silencio —alegó su mejor amiga y extendió su mano para coger la suya—. Te quiero, Hipo.
Hipo sintió un pequeño vuelco en su corazón ante esas palabras, pero sonrió y apretó su mano.
—Yo también te quiero, Astrid —los ojos de Astrid se iluminaron e Hipo sonrió azorado—. Eres la mejor amiga con la que uno puede soñar y estoy agradecido de que estés aquí conmigo.
Apreció un extraño gesto en el rostro de su amiga que no supo interpretar y quiso preguntarle si se encontraba bien cuando apareció la camarera con la comida. Astrid soltó su mano y se focalizó en darle las gracias a la camarera mientras ésta servía su comida. Ante el incómodo silencio que se había forjado entre ellos, Hipo le comentó sobre las fotos de sus amigos en Nueva York y sobre los planes que harían en los próximos días. Sin embargo, Hipo sabía que algo no iba bien, dado que conocía a Astrid lo suficiente como para saber cuando fingía entusiasmo e incluso interés. Cuando salieron de la cafetería en dirección al coche y, a la vista de que Astrid seguía un tanto ausente, Hipo no pudo aguantar más.
—¿He dicho algo que te haya sentado mal?
Ella se volteó sorprendida por su pregunta.
—Por supuesto que no —respondió ella.
—¿Entonces qué te pasa? —preguntó preocupado.
Astrid parecía un poco contrariada, pero sacudió la cabeza antes de lanzar un largo suspiro.
—Es solo que ya comprendo por qué te gusta tan poco venir aquí —explicó Astrid—. Tu padre y tú no sabéis comunicaros y tienes a un idiota de primo que todavía se dedica a hacerte bullying. Me enfurece y me entristece por igual, porque no me extraña que no te guste la Navidad.
—Ya, bueno… supongo que no escogemos a los miembros de nuestra familia —dijo Hipo un tanto avergonzado—. Nunca he encajado bien aquí y… no se me dan bien los conflictos. Me pongo muy nervioso y me bloqueo cuando, por ejemplo, Mocoso se pone como se pone o cuando mi padre dice algo que me hace daño. Siempre me han tachado de ultrasensible, de que no se puede hablar conmigo… No les gusto a ninguno, es un hecho.
Astrid le abrazó con todas sus fuerzas e Hipo, conmovido, la apretó contra su pecho mientras contenía las lágrimas.
—Yo no quiero que cambies nunca, Hipo —le aseguró ella y rompió el abrazo para acunar su rostro entre sus manos enguantadas—. No te veas como crees que ellos te ven, por favor. Me encantaría que pudieras verte como te veo yo.
—¿Cómo tu torpe compañero de piso?
—Como un hombre bueno, dulce y honesto que siempre cuida de que no se me olvide llevarme el almuerzo todas las mañanas —dijo ella con dulzura e Hipo se ruborizó—. Y admito que sin ti ya me habría muerto de hambre.
—O por un incendio —le recordó él.
Astrid puso los ojos en blanco y cruzó los brazos con aire indignado.
—¿Hasta cuando vas a echarme eso en cara? —se quejó ella.
—Hasta que me muera —replicó Hipo con malicia mientras pasaba su brazo por sus hombros—. Gracias, Astrid, no sé cómo habría podido soportarlo sin ti.
—No tienes que dármelas —le aseguró su amiga cogiendo de su cintura—. Estoy feliz de estar aquí contigo y, sobre todo, de ser tu caballero andante.
Hipo soltó una carcajada.
—¿Y dónde está su noble corcel, milady?
Ella miró a su viejo coche e hizo una mueca.
—Estamos trabajando en ello.
Más animados y ya recuperada su sintonía de siempre, metieron las bolsas en el maletero y volvieron a casa. Convencido de que su padre comería en la oficina como hacía siempre, pararon en el supermercado para hacer la compra y así Hipo pudiera cocinar. Llegaron a su casa cargados hasta arriba de bolsas y se sorprendieron de encontrar el coche de Estoico aparcado en el garaje. Su padre estaba hablando por teléfono, pero les saludó con la mano tan pronto entraron en la cocina. Hipo sintió un nudo en su estómago, aunque Astrid le animó a descargar la compra mientras ella llevaba el resto de las bolsas a la habitación.
—No me dejes solo con él —susurró Hipo en pánico.
—Hipo, que es tu padre, no el coco —argumentó Astrid con impaciencia—. Dile que vas hacer tú la comida.
—Pero yo es que nunca cocino para él.
—¡Anda! Pues mira, ya tienes una forma para sorprenderlo y agradarle —le animó ella—. Vuelvo enseguida.
Astrid salió rápidamente de la cocina e Hipo se quedó solo con su padre, quien seguía inmerso en su llamada telefónica. Resignado, Hipo sacó la compra de las bolsas y se puso a colocar todo cuando, de repente, su padre dijo:
—¿Por qué has comprado todo eso?
Hipo se volteó para encontrarse con la expresión desconcertada de su padre.
—Pensábamos que ibas a comer en la oficina e iba a cocinar yo.
Estoico alzó las cejas y se levantó para observar su compra, quizás buscando una pizza congelada o la bolsa de pasta.
—A Astrid le encanta mi lasaña vegetariana —explicó Hipo evadiendo su mirada inquisitiva—. Si no te gusta puedo preparar otra cosa.
—No sabía que supieras cocinar —argumentó Estoico sin dar crédito.
Hipo se ruborizó.
—Son muchos años viviendo fuera de casa —alegó él—. Y en Youtube se aprende un montón.
—¿Puedo… puedo ayudarte? —preguntó Estoico.
Hipo miró a su padre extrañado.
—Si tú no cocinas.
—Ya, bueno, pero te puedo ayudar… si quieres.
Aquella oferta le había pillado tan desprevenido que Hipo se había quedado en blanco.
—Yo…
—¡Uf! ¡Pues me haces un favor Estoico! —exclamó Astrid de repente entrando en la cocina y apoyándose contra la isla. Hipo estrechó los ojos, consciente de que les había estado espiando—. No es que sea mala cocinera, pero…
—A ti te quiero lejos de los cuchillos y del horno —le cortó Hipo.
Astrid exageró un puchero.
—¡Qué malo eres!
—Hipo, tampoco tienes que echarla de la cocina —señaló Estoico apurado.
—Es la peor cocinera que vas a conocer nunca —replicó él tendiéndole un delantal y se volvió a Astrid—. Y tú ahí quietecita.
—¿No me dejas ni ayudarte con el postre? —preguntó ella con dramatismo.
—No voy hacer ningún postre —dijo Hipo.
—¡Mira que eres soso!
Hipo le lanzó una mirada de circunstancias, pero Estoico carraspeó para intervenir en la conversación.
—Hay helado y mochis que sobraron de ayer.
Astrid sonrió alegremente.
—¿Ves? Al menos tu padre es previsor y sabe complacer a sus invitados.
Hipo le sacó la lengua, ganándose una risotada de su mejor amiga y su padre, inevitablemente contagiado por el buen humor de Astrid, acabó riéndose también. Resultó que aquella comida fue el evento más agradable que Hipo recordaba en años en esa cocina. Su padre podría haber tomado una actitud más hostil después de que Astrid le hubiera cortado como había hecho esa mañana, pero le sorprendió actuando como si dicho evento no hubiera sucedido nunca y no recordaba haberle visto sonreír tanto, aunque… ¿cómo no hacerlo? Astrid tenía una carácter extrovertido y alegre que animaba hasta un funeral si era necesario. Hipo vio el esfuerzo que su amiga estaba haciendo porque padre e hijo interaccionaran y resultaba hasta extraño reírse de sí mismo por las vergonzosas anécdotas que su padre narraba a su amiga.
—Hipo tuvo que ser un niño la mar de adorable —señaló Astrid con ternura mientras Estoico servía el café de la sobremesa.
—Siempre ha sido un culo inquieto, como su madre —aseguró Estoico sonriendo—, pero quizás eso le ha convertido en un chico tan independiente y solvente.
Hipo casi se atragantó con el café. ¿Su padre le había adulado? ¿A él? ¡Eso era nuevo!
—¿A qué viene esa cara? —preguntó su padre desconcertado.
—Nada, no eres de los que lanzan halagos así como así.
Astrid le dio una patada bajo la mesa y le lanzó una mirada de advertencia, cosa que molestó a Hipo, aunque su padre parecía todavía más confundido.
—¿Cuándo no te he halagado nunca?
—Déjame pensar… —Hipo hizo una pausa larga a propósito y vio que su padre apretaba los puños—. En la última década creo que ninguna.
—Hipo —le advirtió Astrid posando su mano sobre su brazo e Hipo se contuvo para no apartarse.
—El halago hace al débil —Hipo puso los ojos en blanco, cosa que pareció enfadar más a su padre—. ¿Ya estás con esto otra vez? ¿En serio?
—No estoy con nada —replicó Hipo indignado—. Si tanto te molesta que te recuerde que no eres capaz de decir nada bueno de mí será por algo.
Estoico se levantó furioso, pero Astrid se adelantó a gritar:
—¡Ya basta!
Los dos hombres miraron a Astrid confundidos y se sintieron un tanto cohibidos al ver que su mejor amiga soltaba chispas por los ojos.
—¿No podéis aguantar una sola comida sin discutir? —cuestionó ella furiosa—. ¡Yo también estoy aquí sentada y sabed que es sumamente violento ver a un padre y un hijo discutir como lo hacéis vosotros! ¡Un poco de respeto, joder!
Estoico parecía tan poco acostumbrado a que le cortaran de aquella manera que, salvo el fuerte rubor que cubrió su rostro, no fue capaz de articular palabra. Hipo, en cambio, estaba más hecho a la sinceridad de su mejor amiga, pero ello no hizo que se sintiera mejor.
—He comprado algo para vosotros dos —dijo ella más calmada—. Iba a esperar hasta Navidad, pero estamos claramente ante una emergencia.
—¿Qué has comprado? —preguntó Hipo temeroso cuando Astrid salió de la cocina, aunque no tardó en regresar con una bolsa donde había dos paquetes voluminosos envueltos. Entregó uno a Hipo y el más grande a su padre.
Los dos hombres la miraron sin saber muy bien qué hacer.
—¿Tengo que abrirlo también por vosotros? —preguntó Astrid con las mejillas encendidas.
Hipo rasgó el papel a regañadientes y contuvo la respiración cuando contempló el jersey más feo que había visto en su vida. Sabía que el pésimo gusto de Astrid por ponerse jerséis horteras por Navidad venía de familia, pero aquello era un nivel superior de fealdad. El suéter era de lana, gordo, de un color verde botella con un dibujo de un muñeco de nieve feísimo que tenía una sonrisa tétrica de pompones negro, un gorro con pompón rojo y una nariz naranja butanera que sobresalía a la altura del pecho. No obstante, no era la fealdad de su jersey lo que más le horrorizó, sino que Astrid se había preocupado de comprar uno exactamente igual a su padre. ¡Maldito Remedio Hofferson! Según el relato de Astrid, las discusiones entre su padre y su hermano Finn eran tan habituales por Navidad que su madre, harta de tener que aguantarlos, les obligó a llevar unos jerséis tan feos por Navidad que ambos hermanos se esforzaban por no llamar la atención. Fue la pipa de la paz para ambos hermanos, al menos por Navidad, y la tradición se había extendido con los años. ¿Cual era la diferencia entre los Hofferson y los Haddock? Que mientras Hipo estaba espantado con aquella prenda, su padre parecía estar encantado por su regalo.
—¡Es fantástico!
—¿Verdad? —concordó Astrid con orgullo.
—Será estupendo para estrenarlo en la fiesta de esta noche —anunció Estoico ilusionado.
—Espera, ¿qué fiesta? —cuestionó Hipo horrorizado.
—La que hacemos todos los años con los vecinos y nuestros amigos del pueblo, hijo —respondió Estoico más focalizado en probarse el jersey.
¡Mierda! Hipo odiaba esa fiesta con todo su ser. Su casa se llenaba de vecinos cotillas e insoportables que no paraban de meter sus narices en asuntos que no les concernía. En verdad, la verdadera razón por la que Astrid se hacía pasar por su novia era precisamente por esa puñetera fiesta. Hipo hizo una mueca, aunque su padre, por suerte, estaba más focalizado en presumir del jersey más hortera de todos los jerséis horteras de la historia de todos los jerséis horteras de Navidad.
—No te entusiasma mucho lo de la fiesta, ¿no? —preguntó Astrid cuando regresaron a su cuarto después de recoger la cocina.
—¿Una fiesta donde se reúnen todos los abusones que me hicieron la infancia y la adolescencia imposibles, unos vecinos cotillas que están interesados en saber hasta el último detalle de mi insignificante vida amorosa y donde mi padre evita las preguntas incómodas sobre la vida que llevo en Nueva York? No, por favor, estoy que me muero de ganas por asistir.
Astrid estrechó los ojos.
—No tienes que ponerte tan sarcástico conmigo —murmuró ella poniendo los brazos en jarras.
—Me viene de fábrica, ya lo sabes —se defendió Hipo—. Perdona, me pongo gilipollas cuando estoy ansioso y sé que no es excusa.
Su mejor amiga posó su mano contra su hombro y le regaló una sonrisa confiada.
—Esta vez no estarás solo.
Hipo intentó replicar su gesto, aunque no tuvo éxito, ello no evitó que cogiera de su mano.
—Voy a ser la envidia de la fiesta, eso no me cabe duda.
Y no se equivocó. A pesar de que la fiesta era un evento informal, muchos aprovechaban la ocasión para vestir con sus mejores galas. Cuando Astrid descendió las escaleras de su casa vestida con un jersey hortera rojo con pingüinos estampados, sin embargo, se levantó una gran expectación. No cabía duda de que su belleza no pasaba desapercibida y el hecho de que fuera astrofísica despertó la curiosidad entre muchos de los asistentes. Astrid interpretó su papel de novia a la perfección. Apenas se separaron en toda la noche y compartían caricias y besos fugaces que parecían más que reales. Es más, hasta el propio Hipo acabó acostumbrándose e incluso le daba algún que otro pico en los labios cuando ella no se lo esperaba, despertando una sonrisa en Astrid que hacía que un agradable calor inundara su pecho. Su mejor amiga relató hasta cinco veces el cómo supuestamente empezaron a salir, pero el resto de historias que compartieron eran cien por cien reales. Pequeñas anécdotas divertidas que habían vivido a raíz de la convivencia y sus largos años de amistad. Incluso su padre parecía encantado de conocer más facetas de su vida juntos, a lo que Astrid aprovechó para contar historias relacionadas con el trabajo de Hipo.
—No estás tomando el pelo —dijo Brusca sin dar crédito a su último relato—. ¿Yoko Ono? ¿La Yoko Ono?
—¿Conoces a otra? —preguntó Hipo vacilante.
—Una tipa muy maja —añadió Astrid con diversión—. ¿No te compró un cuadro?
Los presentes que estaban escuchando su relato abrieron la boca incrédulos.
—Una pequeña acuarela de Desdentao —comentó él algo avergonzado.
—¡Nos estás vacilando! —chilló Chusco.
Astrid puso los ojos en blanco.
—Enséñales tu foto con Yoko y el cuadro.
—¡Uf, no! ¡Qué vergüenza, Astrid! —dijo él nervioso, aunque dejó que Astrid se adueñara de su teléfono para buscar la susodicha foto.
—¡Mirad! ¡Aquí está! —anunció su amiga encantada y mostró la imagen de la pantalla al grupo, causando que todos soltaran una exclamación—. Esa foto se la saqué yo cuando Hipo inauguró la exposición en el Neue.
—¿Y sois amigos? —preguntó Patapez alucinado.
Hipo se ruborizó.
—Yo no diría que amigos, pero…
—Le felicita siempre por año nuevo y toman café de vez en cuando —añadió Astrid.
—Muy de vez en cuando —se apresuró Hipo a corregir—. Yoko es una mujer muy ocupada.
Todos parecían estar alucinando por su historia y reclamaron saber más sobre su trabajo y si conocían a algún famoso más. Desconcertado por el repentino interés, Hipo les contó en qué consistía su trabajo de conservador y les explicó sobre las exposiciones que tenían pensadas montar para el año siguiente.
—Joder, yo cuando oí que trabajas en una galería, pensaba que estabas en esas típicas cutres donde nunca hay nadie —dijo Brusca fascinada—. No sabía que trabajaras en una tan importante.
—Solo cogen a los mejores —puntualizó Astrid con orgullo.
—Bueno, uno hace lo que puede.
—Oye, ¿y tienes alguna web donde vendas tus cuadros? ¿Recoges peticiones? —quiso saber Patapez entusiasmado.
Hipo estaba abrumado por el repentino interés hacia su persona, pero resultaba agradable el poder hablar de su empleo y sus intereses sin despertar risitas de mofa o muecas de aburrimiento. Hubo algún punto de la fiesta en la que Hipo fue a buscar bebidas para él y para Astrid, pero cuando se dispuso a volver se encontró de bruces con Mocoso quien tenía cara de muy pocos amigos.
—Tu amiguita no se ha disculpado conmigo por el numerito de antes —dijo furioso—. Y no para de pavonearse por ahí, menudo putón que está hecho.
Hipo apretó las copas de vino con tanta fuerza que parecía que se iban a romper.
—¿Cómo acabas de llamar a mi novia? —cuestionó furioso.
—¡Por favor! ¡Que nadie se traga que sea tu novia! —gritó Mocoso desquiciado—. ¿Cuánto te ha cobrado por sus servicios, Hipo? ¿Doscientos? ¿Trescientos? ¡Ah, no, perdona! ¡Que resulta que ahora tú te codeas con la crême de la crême de Nueva York! Así que esa Astrid, si es que ese es su verdadero nombre, será una puta de lujo, ¿no?
Si alguien le preguntara a Hipo qué pasaron durante los siguiente ocho segundos, su probable respuesta sería que no lo recordaba con exactitud. Estaba tan acostumbrado a controlar su ira que el dejarla salir le había dado, no solo la fuerza suficiente como para pegarle un puñetazo que tiró al suelo a su primo y le abrió los nudillos, sino que además se sentía capaz de devolver cada golpe y cada insulto que el hijo de puta de su primo le había soltado sin ninguna piedad desde que tenía memoria.
Por supuesto, solo ocurrió el primer puñetazo, pues su padre intervino a tiempo para que Hipo no moliera de hostias a Mocoso delante de prácticamente todo el pueblo. Su padre lo arrastró hasta el garaje y le empujó contra el coche.
—¡¿Qué demonios te pasa?! —rugió Estoico—. ¿Cuándo vas a dejarte de comportar como un crío, joder?
—¡¿Que yo me estoy portando como un crío?! —gritó Hipo rabioso—. ¡Mocoso lleva amargándome la existencia desde siempre y tú nunca has movido un puto dedo para defenderme!
—¡Por favor, no digas tonterías! ¡Es tu primo! Siempre te ha tenido envidia y…
—¡Deja de usar los mismos argumentos de mierda que usabas conmigo de crío! —le cortó Hipo desesperado—. ¡No me tiene envidia! ¡Me detesta! ¿Y sabes qué es lo peor de todo? Que tú siempre has preferido tener un hijo como él, ¿a que sí? —su padre parpadeó sorprendido—. Mocoso tiene tan poca personalidad que estudió lo que su padre le dijo y, además, te dedicas a ignorar activamente que a nuestros casi treinta años todavía no duda en pisotearme cuando le surge la oportunidad, incluso delante de ti o de tu hermano —Estoico abrió la boca para defenderse, pero Hipo se negó a dejarle hablar—. Estoy harto, papá. Harto. No aguanto más esta presión de que no puedas soportar que no sea quién tú querías que fuera. A tus ojos, lo único bueno que he hecho es tener a Astrid como novia y ni siquiera lo nuestro… —Hipo se obligó a detenerse y se pasó la mano por sus ojos para limpiar las lágrimas traicioneras—. Creo que lo mejor será que me vaya.
—Hijo, no entiendo por qué…
—Lo sorprendente sería que lo comprendieras —le recriminó Hipo—, pero supongo que es inútil hacerte ver cuánto daño me hace tu indiferencia.
Estoico estaba impactado por sus palabras. Sólo había que ver su cara para comprender que todo aquello le pillaba por sorpresa y le había sentado como una bofetada.
—Hipo… las… las cosas no son blanco o negro, jamás… no siento que yo haya actuado con indiferencia en lo que respecta a ti, pero… no… no sé, siempre fuiste diferente y yo… no sé…
—Ya se ve que no sabes, papá —le interrumpió Hipo con impaciencia—. Mira, da igual, me largo. Ha sido una estupidez volver aquí cuando jamás he pintado nada ni en este pueblo ni mucho menos en esta familia.
Estoico no reaccionó a sus duras palabras ni impidió que se marchara. Escuchó a Mocoso gritar algo, pero Hipo aceleró el paso directo a la puerta principal y la cerró tras él de un portazo. Hacía un frío del demonio y estaba nevando copiosamente, pero Hipo caminó con decisión aún sin tener claro adónde debía ir. Solo cuando escuchó a Astrid gritar su nombre se paró y observó como su mejor amiga corría dificultosamente por la calle repleta de nieve cargada con su chaqueta en el brazo. Hipo intentó dar explicaciones, pero Astrid simplemente se redujo a abrazarlo, a darle su chaqueta y simplemente dijo:
—Vayamos a un hotel. Mañana veremos lo que hacemos.
—Cogemos el primer tren que vuelva a Nueva York —dijo él con amargura—. Tendré que volver a por Desdentao y nuestras cosas…
Astrid frunció los labios, pero acarició su mejilla con delicadeza. Sus manos estaban frías, pero el gesto estaba lleno de calidez y ternura.
—Dejemos eso para mañana —insistió ella—. ¿Sabes de algún hotel por aquí cerca?
—Hay uno a veinte minutos andando desde aquí.
El hotel Austrian Haus era más bien un hostal que carecía de lujos, pero era barato y las habitaciones estaban limpias. La amable recepcionista dio por supuesto que querían una habitación con una única cama y ninguno puso pegas al respecto. Tan pronto entraron en el cuarto, Astrid sacó una lata de Coca Cola y se la puso contra sus nudillos. Hipo siseó por la impresión del frío contra su piel, pero agradeció que la presión helada aliviara el dolor de su mano. Se sentaron en la cama, inseguros de qué hacer, pues ni contaban con ropa para dormir, por lo que simplemente obviaron el problema y se tumbaron en la cama para ver la tele. Estaban echando ¡Qué bello es vivir! y, aunque Hipo no estaba de humor para mierdas relacionadas con la Navidad, optó por dejarla para complacer a Astrid, dado que era una de sus películas favoritas. Su amiga se pegó a él e Hipo dejó la Coca Cola a un lado para abrazarla, quizás desesperado por sostenerse en algo que le ayudara a no venirse abajo.
No estaba seguro de por qué inició ese beso.
Quizás fuera la tristeza, la frustración o simplemente la atracción que la empujaba a ella como un imán. Ella no le rechazó, es más, se aventuró en profundizar el beso y cuando Astrid gimió contra su boca ante sus caricias, Hipo no pudo resistirse a seguir adelante. Ella titubeó un segundo, le preguntó:
—¿Estás seguro?
Él respondió:
—¿Lo estás tú?
No necesitaron más. Hipo desconectó su mente de todo lo demás: de su padre, de Mocoso, de Mema, de las expectativas fallidas… incluso de quienes eran ellos dos y de lo que les había unido todo este tiempo. Astrid se había convertido de repente en una forma de evadir una realidad de la que anhelaba escapar y sus caricias, sus suspiros y el calor de su piel desnuda contra la suya le ayudaron a apagar el dolor, al menos durante esa noche tan fría y hostil.
A la mañana siguiente, sin embargo, cuando se despertó abrazado al cuerpo desnudo de Astrid y con su dorado cabello acariciando su nariz, Hipo se vio invadido por el conocido sentimiento de culpa que sufría cada vez que se masturbaba pensando en Astrid solo que multiplicado por mil. ¿Qué había hecho? ¿Por qué demonios se había dejado llevar por el deseo? Por si ya no tenía suficientes problemas, el hecho de haberse acostado ahora con su mejor amiga lo complicaba todo veinte veces más. Intentó salirse de la cama sin despertar a Astrid, pero su amiga entreabrió sus ojos con el sueño nublando sus orbes azules. Aún así, sonrió perezosamente antes de bostezar y estirarse, causando que la sábana se deslizara por uno de sus senos.
—Buenos días —saludó ella con buen humor, aunque enseguida frunció el ceño—. ¿Qué te pasa? Tienes mala cara.
—¿Ayer bebiste de más o algo?
Astrid se incorporó algo más espabilada e Hipo apartó la vista cuando la sábana cayó hasta su regazo.
—¿Acaso bebiste tú? —preguntó ella alarmada.
Hipo giró la cabeza sorprendido.
—No, ya sabes que el alcohol me sienta como una patada en el estómago.
Astrid suspiró aliviada.
—Vale, menos mal, porque ayer no me parecías borracho.
—Osea, que tampoco bebiste.
—Procuro no hacerlo cuando estoy rodeada de desconocidos porque ya sabes que se me sube enseguida y quería estar pendiente de ti —argumentó ella arrugando la nariz—. ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tan alterado? Hablas como si lo de anoche…
—Mira, Astrid, ya sé que fue un error, ¿vale? Me dejé llevar y, al final, creo que te he forzado a hacer…
—No me has forzado a hacer nada que no quisiera hacer —le cortó Astrid desconcertada.
Hipo abrió la boca, pero volvió a cerrarla.
—¿Querías… acostarte conmigo?
Astrid se ruborizó, aunque en sus ojos podía leerse la confusión e incluso cierto temor.
—Llevo tiempo queriendo, la verdad —admitió ella—. Pensaba que anoche tú… no sé, quizás no supe leer bien las señales, pero al fin y al cabo tú me besaste y luego tomaste la iniciativa… —tragó saliva visiblemente alterada—. En todo momento pensé que tú querías hacerlo, más después de que me lo afirmaras verbalmente.
—Yo… no sé, Astrid, esto ha sido un error garrafal —Hipo se revolvió el cabello y se tiró del cuero cabelludo—. Si no queremos que nuestra amistad se vea afectada por esto tal vez deberíamos actuar como si esto no hubiera pasado nunca.
Astrid palideció ante su propuesta y se sintió algo mareado cuando ella se levantó bruscamente de la cama para vestirse apresuradamente.
—¿Qué haces? —preguntó él en pánico.
—Si piensas que yo voy a entrar en tu juego estás muy equivocado —dijo ella sin mirarle, aunque Hipo percibió la ira en su voz—. Yo voy con la verdad siempre por delante y no soy una hipócrita que finge que las cosas están bien cuando verdaderamente no lo están.
—¿Y qué quieres? ¿Estropear nuestra amistad convirtiéndonos en meros follamigos? ¡El sexo sin sentido se lo carga todo al final, joder!
Su mejor amiga se volteó hacia él e Hipo sintió una opresión en su pecho al apreciar sus ojos furiosos y vidriosos.
—Para mí sí tenía sentido —sentenció ella dolida—. Para mí lo que hemos pasado esta noche significa algo, Hipo.
—¿De qué ha…? —Hipo negó repetidamente con la cabeza—. Astrid, por favor, razonemos esto, no…
Astrid le lanzó una zapatilla que Hipo esquivó de puro milagro y la contempló consternado, sin comprender por qué estaba reaccionando de aquella manera.
—¡¿Es que no lo entiendes, Hipo?! ¡Yo hace tiempo que no quiero que sigamos siendo solo amigos! —declaró llorando—, pero estás tan ofuscado en no salir de tu puta zona de confort, en tus propias inseguridades y en no perder el control que no te das cuentas que es así como realmente me vas a perder. He tenido mucha paciencia, dándote el espacio y el tiempo que necesitabas, pero ni siquiera yo puedo aspirar a alcanzar la luna si ella no pone de su puta parte.
—¿De qué estás hablando? —preguntó él ansioso—. Astrid, no… no… no tiene sentido…
—Eres un imbécil, Hipo —dijo ella desquiciada y se marchó de la habitación dando un portazo tras ella.
Hipo se quedó completamente paralizado, a pesar de las lágrimas calientes que descendían por sus mejillas. La había perdido. El único ser de luz que estaba presente en su vida se había marchado dolida por lo que acababa de hacer, por la situación que él había generado. Hipo se puso a hiperventilar. ¡No podía perder a Astrid! ¡A ella no! Era su mejor amiga, casi podría decir que era su otra mitad que se amoldaba hasta la última célula con él. Sin embargo, ella había dicho que el sexo había significado algo. ¿Y para Hipo? ¡Por supuesto que había significado algo! Llevaba casi una década fantaseando en lo más recóndito de su mente que pudiera suceder algo como aquello y, honestamente, la realidad superaba con creces la ficción. Sin embargo, nunca se había atrevido a dar un paso más allá porque Hipo quería a Astrid, tanto que no había estado en sus planes cargarse algo tan importante y especial como su amistad con el sexo.
¿Por qué había sido tan idiota?
¿Por qué?
La desazón de su pecho le impedía respirar con regularidad. Tenía que ir tras ella y arreglarlo todo, aunque vestirse resultaba una tarea complicada cuando uno sufre un ataque de pánico. Intentó concentrarse en su respiración, en dar profundas bocanadas de aire para convencer a su cuerpo de que podía respirar. Consiguió regular el ritmo de sus pulsaciones después de tirarse cinco minutos tumbado en la cama, todavía desnudo, e incapaz de parar de llorar. Aún tembloroso, se puso a vestirse para ir tras ella cuando sonó el teléfono de la habitación. Convencido de que sería Astrid, Hipo cogió a toda prisa, pero para su enorme decepción se trataba solo de la chica de recepción.
—Hay un hombre aquí abajo que le busca, dice que es urgente.
Hipo bajó al hall del hotel a regañadientes, casi seguro de que sería su padre, pero le sorprendió encontrándose con Bocón.
—¿Cómo me has encontrado?
—He ido preguntando a todos los hoteles hasta que me he encontrado con Astrid saliendo de éste, pero no se ha parado a hablar conmigo. Es más, parecía bastante disgustada —remarcó Bocón preocupado.
—¿Sabes a dónde ha ido? —preguntó Hipo ansioso dirigiéndose a la puerta.
Bocón se interpuso en su camino.
—Creo que deberías darle un poco de espacio ahora —le advirtió el mecánico—. Además, estoy aquí para pedirte que vayas a hablar con tu padre y arregléis las cosas de una puñetera vez.
Hipo miró a Bocón incrédulo.
—Si pretendes que le pida perdón por lo de ayer, no pienso…
—Estoico interrogó a Mocoso y éste acabó admitiendo que te había preguntado cuánto habías pagado a Astrid por hacerse pasar como tu novia —aclaró su padrino enfadado—. Tu padre se cabreó tanto que lo echó de casa, más cuando sus amigos admitieron que siempre está buscando una excusa para atacarte e insultarte.
—Osea, que ha necesitado la validez de otros para comprobar que estaba diciendo la verdad —repuso Hipo con amargura—. ¡Típico de Estoico!
—¡Vale ya, Hipo! ¡Te quejas de tu padre, pero es que eres igualito a él! —le regañó Bocón—. Sois dos malditos cabezones que no saben escucharse el uno al otro y, mira, Estoico está muy lejos de ser el padre perfecto, sobre todo después de la muerte de Valka, pero hace lo que puede con los recursos que ha tenido y tú tampoco se lo pones precisamente fácil, Hipo. Tu padre no ha vuelto a ser el mismo desde que murió tu madre y, aún así, te quiere con locura —Hipo hizo una mueca—. ¡No me pongas esa cara! ¡Es la verdad, chico! Tu padre siempre te ha tenido sobreprotegido hasta un punto que rozaba lo enfermizo y…
—¿Sobreprotegido? —reclamó Hipo incrédulo—. ¡Eso no es cierto!
—¿Que no? ¿Por qué crees que tu padre se frustra tanto contigo? ¡Porque quiere lo mejor para ti y no es capaz de ver que eres un hombre adulto que actúa en base a tus intereses, aunque ello conlleve que puedas equivocarte! —exclamó Bocón exasperado—. Él quería que estudiaras Derecho porque te veía sobradamente capacitado dado tu excelente historial académico y porque, además, él podía garantizar tu futuro en su bufete, por lo que nunca ibas a sufrir dificultades económicas. Claro, cuando le soltaste que ibas a estudiar Bellas Artes sin ni siquiera consultar su opinión, tu padre se volvió loco, pero no porque fueras a estudiar eso, sino porque temía que con una carrera como esa ibas a malvivir.
—Él nunca ha creído en mi arte —se defendió Hipo molesto.
—¿Te has parado realmente a enseñárselo? —le recriminó Bocón.
—Cada vez que lo menciono, cambia de tema —le recordó Hipo.
—Claro, porque siempre vas a la defensiva y él no entiende de arte, no le gusta sentirse ignorante —argumentó Bocón—. Además, que yo no niego que es un tordo y un torpe para comunicarse contigo. Se bloquea, como te pasa a ti, ¿pero te piensas que no me ha dicho en más de una ocasión que no sería mala idea ir a Nueva York para visitarte y conocer la galería en la que trabajas? ¿De verdad piensas que tu padre no sabe todo eso de Yoko Ono y demás? ¿De que tienes éxito con tu trabajo? ¡Por Dios, Hipo, si hasta ha comprado cuadros tuyos! ¡Los tiene colgados en su despacho de la oficina! ¡Me hacía ir hasta Portland para recogerlos porque no quería que lo supieras!
Hipo se quedó sin aire. ¡No podía estar hablando en serio! Era cierto que había tenido algún que otro comprador anónimo, pero nunca hubiera esperado que fuera su padre.
—¿Y por qué nunca me dijo nada?
—Porque cada vez que te llama o acabáis discutiendo o tú cortas rápido la llamada alegando que estás ocupado —respondió Bocón enfadado—. Puedo entender esa actitud cuando tú eras un adolescente, pero sois dos hombres adultos, así que ya es hora de que os sentéis y habléis de las cosas como es debido. Yo sé que ha sido duro para ambos, Hipo, he estado en esa casa prácticamente todos los días desde que naciste y te quiero como si fueras mío, por eso te pido y te suplico que vuelvas a casa y arregles las cosas con tu padre, porque está destrozado y superado por lo sucedido.
Hipo se sintió acongojado por la honestidad del discurso de Bocón, sobre todo porque tenía razón en recriminarle a él su parte correspondiente de culpa. Llevaba toda la vida enfrentado a su padre y, honestamente, él también estaba cansado de estar siempre con el hacha de guerra en alto. Por esa razón, Hipo se obligó a subir en la grúa de Bocón, aunque antes miró hacia los lados para comprobar si Astrid estaba por allí. Un horrible sentimiento de culpa azotó su estómago y, a pesar de que el trayecto hasta su casa era corto, Hipo tuvo que esforzarse por no vomitar de los nervios.
Bocón le dejó en la puerta y le dio una palmadita en la espalda antes de volver a su grúa. La sangre bombeaba con fuerza contra sus oídos y sentía sus manos pegajosas a causa del sudor. Abrió la puerta para encontrarse con su casa todavía empantanada con los restos de la fiesta de anoche. Su padre no era un amo de casa ejemplar, pero siempre se preocupaba de pagar un buen servicio de limpieza para mantener su casa limpia e impoluta, por lo que a Hipo le resultaba muy raro encontrar vasos de plástico vacíos y sucios por toda la casa, además restos de comida, serpentinas y confeti.
Estoico Haddock estaba sentado en uno de los taburetes de la isla de la cocina. Al igual que él, aún vestía el jersey que Astrid le había regalado el día anterior y su mirada estaba perdida en su taza de Papá Noel, como si estuviera muy lejos de aquella cocina, hasta el punto que Hipo tuvo que carraspear para que su padre se diera cuenta de que estaba allí. Estoico soltó una exclamación de sorpresa y se levantó tan abruptamente del taburete, que volcó la taza y ésta se quebró, manchando toda la isla de un café tan oscuro como la noche.
—¡Mierda! —musitó Estoico avergonzado.
—¡Espera! —le advirtió Hipo antes de que su padre cogiera uno de los fragmentos rotos de la taza—. ¿Tienes una bayeta?
Su padre la cogió de debajo del fregadero e Hipo le indicó de acercar el cubo basura hasta la encimera. Entre los dos recogieron los restos de cerámica y café con cuidado y, cuando Hipo escurrió la bayeta, su padre preguntó:
—¿Y Astrid?
Un nudo en la garganta le impidió hablar por unos segundos y su padre pareció percatarse de que algo no iba bien, porque enseguida se colocó junto al fregadero con expresión preocupada:
—¿Va todo bien, hijo?
Hipo tragó saliva y evadió la mirada de su padre.
—Te debo una disculpa por lo de ayer, no me porté precisamente bien.
—Después de enterarme de lo que te dijo Richard, honestamente, no sé cómo alguien no le ha partido la cara antes —replicó Estoico molesto—. ¡Menudo gilipollas! Aunque siempre me ha parecido un niñato, como su padre.
Hipo se pasó el pulgar por sus nudillos todavía enrojecidos.
—No me… no me preocupa la opinión de Mocoso —balbuceó Hipo—. Siempre he creído que ignorarlo es la mejor forma para fastidiarlo, pero supongo que el hecho de que insinuara que Astrid era una prostituta… superó mi límite de la paciencia. Siento si, de alguna manera, te he puesto en una posición delicada, sé lo importante que es la imagen para ti y tu hermano…
—Hipo, eres mi hijo, nada ni nadie me importa más que tú —le interrumpió su padre con suavidad—. Te quiero más que a mi vida, hijo, y sé que a veces no lo externalizo como debiera. Tu madre siempre me acusaba de ser torpe para expresar mis sentimientos y me temo que sigo sin aprender.
—Creo que es algo que llevamos en la sangre —se lamentó Hipo—. Yo también te quiero, papá, y… es verdad que no me dejo querer, ahora lo tengo más claro que nunca. Me da tanto miedo decepcionar a la gente que quiero que, casi de forma inconsciente, me aíslo y os aparto de mi vida —Hipo se frotó los ojos agotado—. La he fastidiado contigo y también con Astrid… Me sorprende que no me haya mandado a la mierda antes.
—¿A qué te refieres, hijo? ¿Qué ha pasado con Astrid?
Hipo se lo contó todo. Desde la amistad que le unía a Astrid hasta toda la inventada que habían creado para que todo el mundo pensara que eran pareja cuando, en verdad, hasta la noche anterior habían sido los mejores amigos. También le explicó lo sucedido anoche y cómo Astrid se había marchado furiosa después de la conversación de esa mañana. Estoico no le interrumpió ni una sola vez, aunque su cara no mostraba la ira que Hipo esperaba, sino más bien confusión.
—¿Y dices que no estáis juntos?
—Ya te he dicho que no —dijo Hipo frustrado.
—Pero… —Estoico reflexionó un segundo, quizás buscando las palabras adecuadas—. A ver si lo entiendo: llevas ocho años viviendo con una chica que está perdidamente enamorada de ti, ¿y de verdad todavía no te has enterado de que estás tú también enamorado?
Hipo parpadeó sorprendido de aquella conclusión e iba a replicar, augurando que él no estaba enamorado y mucho menos Astrid de él, pero no le salió. Claro que no, ¿cómo iba a salirle? Porque era un imbécil, Astrid se lo había dicho, un imbécil integral que no se enteraba de nada.
—¡Ay hijo! —exclamó su padre al leer su expresión de pánico—. ¡Si es que eres sangre de mi sangre! ¡Eres tan tonto como yo para estas cosas!
—¿Pero cómo es posible que no me haya dado cuenta antes? ¿Astrid está enamorada de mí? ¡¿Astrid Hofferson?! —chilló él incrédulo—. ¿Por qué ella iba a quererme a mí?
—¿Es que tú no la quieres?
Aquella pregunta le sentó como una bofetada.
—Quiero a Astrid con todo mi ser. Mataría por ella si fuera preciso.
—¿Entonces por qué te cuesta creer que ella siente lo mismo por ti? —cuestionó su padre—. Hipo, si todos nos hemos tragado vuestro teatro no tan teatral ha sido porque ella está enamorada de ti y porque, para ti, en una sala abarrotada de gente solo existe Astrid.
Hipo necesitó sentarse en otro taburete, convencido de que iba a desmayarse en cualquier momento. Durante años, Hipo había evitado el abordar sus sentimientos por Astrid desde meses después que le ayudara a encontrar a Desdentao por las calles en Nueva York. Apreciaba tanto su amistad que no contemplaba una vida sin que Astrid ya no estuviera en ella, por lo que cuando empezaron a aflorar los primeros sentimientos que podían confundirse con amor, Hipo no titubeó en encerrarlos en el fondo de su corazón y con llave, temeroso de que Astrid pudiera romperlo, no corresponderle o, peor, que la espantara para no volver jamás a su lado. La quería y, por esa razón, Hipo siempre tragó con sus celos y su anhelo de algo más. Quizás por eso entró en una relación con alguien como Dagur, porque él, dentro de su intensidad y pesadez como pareja, le ayudaba a olvidar a Astrid, más cuando la escuchaba compartir cama con Eret a través de la fina pared de su cuarto o les veía besarse. Llevaba años enamorado de ella y su constante estado de negación había hecho que obviara las señales de Astrid, convencido de que ella nunca le querría a él de ese modo.
—¡Soy un idiota, papá! ¡La he cagado hasta el fondo! —murmuró Hipo horrorizado—. ¿Pero cómo he podido ser tan tonto de no haberme dado cuenta de que ella también me quería? ¡Joder, es que he herido sus malditos sentimientos y todo!
—A mí lo que me sorprende es que no le hayas revelado tus sentimientos antes —señaló su padre preocupado.
—¿Pero cómo iba hacerlo? —cuestionó Hipo—. ¡Me daba pánico perderla! ¡Por eso nunca dije nada!
—¡Pues si no haces algo pronto la vas a perder para siempre! —le achacó su padre— Llámala ahora mismo.
—Pero…
—Hipo, como no la llames, lo haré yo y encima te desheredo —le advirtió Estoico amenazante.
Hipo obedeció a su padre y sacó su móvil de su bolsillo. Marcó el teléfono de Astrid entre sus contactos favoritos y la llamada dio señal, aunque se cortó al segundo tono. Frustrado, Hipo volvió a marcar, pero se volvió a cortar en el primer tono. Astrid le estaba colgando. ¡Maldita sea!
—Déjame tu móvil —le pidió Hipo.
Su padre le tendió un iPhone de última generación que era demasiado grande para su mano. Marcó el número de Astrid de memoria y ésta vez la llamada se cortó al tercer tono. Era evidente que Astrid no quería hablar con nadie.
—¿Y ahora qué? —preguntó Estoico preocupado.
—Tengo que encontrarla —dijo Hipo nervioso—. ¿Adónde habrá ido?
—Ella no conoce Isla Mema —le recordó su padre.
—A Astrid le gusta explorar lugares desconocidos, pero no creo que estando como está le de por ir en búsqueda de aventuras —Hipo reflexionó unos instantes. ¿Adónde podría haber ido? Quizás a una cafetería o alguna librería… ¿Había planetarios en Mema? Después de todo, aquellos eran los rincones favoritos de Astrid. Esos y… —. ¡Eso es! ¡Ya sé dónde está! ¿Me puedes acercar al centro?
—Claro, ¿pero por qué allí? —preguntó su padre.
—Ha ido al mercado de Navidad, se vuelve loca con ellos y siempre le ayudan a sentirse mejor… Me dijo varias veces que se moría de ganas de ir.
—Chica lista, el Mercado de Navidad de Isla Mema es el mejor de toda Nueva Inglaterra y…
—Papá, los discursos de razones por las que todos debemos amar a Mema para luego, por favor —le pidió Hipo dirigiéndose a la puerta del garaje—. ¡Venga, vamos!
Su idea de aparecer en el centro del pueblo saliendo del Mercedes de su padre quedó en una mera fantasía cuando vieron que la nieve que había caído anoche se había helado por el frío que hacía, por lo que suponía un riesgo enorme bajar al centro en coche aún contando con las cadenas. Hipo no se lo pensó dos veces y cogió su vieja bicicleta pese a las reticencias de su padre.
—Llamamos a Bocón, Hipo, que la bici también tiene ruedas y te puedes caer de morros fácilmente.
—¡No puedo esperar más tiempo! —exclamó Hipo frustrado—. ¡Es un riesgo mínimo que pienso asumir!
Hipo no atendió a las llamadas de su padre, pero no cabía duda que coger una bicicleta para andar sobre una capa de nieve congelada no había sido su mejor plan. Eso por no mencionar que la bici era tan o más vieja que él, por lo que sus limitaciones eran considerables, sobre todo cuando se trataba de frenar. Hipo se cayó tres veces, aunque en ninguna de dichas ocasiones hubo que lamentar nada más que una rotura en sus pantalones, un arañazo en su mejilla y un dolor de culo por el incómodo sillín. Alcanzó el centro del pueblo con éxito e Hipo dejó la bici tirada en un callejón antes de correr al mercado que estaba abarrotado de gente al ser la hora punta del almuerzo. Los conciudadanos de Mema acudían a los puestos de comida para deleitarse de fritanga, comida rápida, vino caliente y dulces navideños y los mercaderes gritaban ofertas y felicitaciones navideñas para captar nuevos clientes.
Tuve que esperar quince minutos de cola para entrar en el dichoso mercado y, cuando por fin se vio dentro, se encontró con tal cantidad de personas que temió que no fuera a encontrarla nunca. Sin embargo, sabía que estaba allí. Debía estar allí. Astrid no conocía a nadie en ese pueblo y, si algo le hacía sentir feliz y segura, era indudablemente la Navidad. Estuvo dando vueltas por el mercado durante una cantidad indeterminada pero larga de tiempo, incluso llegó a preguntar a la gente si habían visto a la chica más guapa del mundo vestida con un jersey rojo de pingüinos, pero solo le tomaron con un loco que debía haberse pasado con el vino especiado.
Finalmente, la encontró. Bajo su chaqueta verde botella y de choto de pelo, llevaba todavía el jersey hortera de pingüinos, se había recogido el pelo en una trenza descuidada y, a pesar de las gafas, podía apreciar sus ojos hinchados y rojos. Hipo se acercó a toda prisa, con toda su mala suerte que se resbaló en la nieve congelada y cayó de culo. Su pobre trasero no podía sufrir más hoy, pensó con amargura. Siseó de dolor al intentar incorporarse y sintió que debía hundir su cara en la nieve para ocultar su humillación ante las risas maliciosas de la gente de su alrededor que poco hacían por ayudarle a levantarse.
—¿Se puede saber qué haces en el suelo?
Astrid se encontraba ahora ante él, con las manos metidas en los bolsillos, observándole con el ceño fruncido y ojos tintados de rencor.
—Te… te estaba buscando.
—Ya me has encontrado, ¿qué coño quieres? —preguntó ella a la defensiva.
Hipo tragó saliva. Conocía bien a la Astrid enfadada porque había sido testigo de sus broncas con sus ex en Nueva York, pero nunca había tenido la mala suerte de sufrirla en sus carnes.
—Esta mañana… No me he portado bien contigo.
—Vaya, ¿quieres que te dé un premio por reconocerlo? —replicó Astrid con sarcasmo.
—Astrid…
—¡¿Qué, Hipo?! ¡¿Qué coño quieres?!
—¡Que me escuches, joder! —gritó Hipo, sobresaltándola a ella y a la gente que caminaba a su alrededor. Suspiró y extendió su mano hacia ella—. ¿Me podrías ayudar a levantarme del suelo, por favor? Se me va a quedar el culo helado.
—Puedes suplicar tu perdón desde ahí.
—No voy a suplicar perdón así —advirtió Hipo.
Astrid no se movió e Hipo evitó hacer una mueca antes de levantarse como mejor pudo. Se resbaló un par de veces antes de sostenerse de nuevo sobre sus pies. Miró a Astrid directamente a los ojos y cogió todo el valor que disponía para decir:
—Soy un cabrón insensible e ignorante de sus propios sentimientos, dado que no he querido admitir hasta ahora que estaba perdidamente enamorado de ti.
Astrid mantuvo su expresión de pura indiferencia, sin inmutarse de que acababa por fin de confesarle sus sentimientos.
—¿Y bien? —dijo él nervioso.
—¿De verdad esperas que me crea esa mierda de que estás enamorado de mí después de decirme que me olvide de lo sucedido anoche?
Cierto, quizás debía haber empezado disculpándose por tamaña cagada.
—Temía que nuestra amistad se destruyera por eso —se defendió él en voz de hilo.
—Hipo, por el amor de Dios, tú y yo llevamos mucho tiempo siendo algo más que amigos —dijo ella rabiosa—. Llevo enamorada de ti desde hace cuatro años. ¡Cuatro! ¡Si dejé a Eret porque no podía correrme sin pensar que eras tú el que me estaba follando, joder! —Hipo contuvo el aliento y Astrid bajó la mirada al reparar de que la gente se detenía para escucharlos—. ¿Sabes lo difícil que es convivir con la persona que te vuelve loca durante tantísimo tiempo? ¿Más cuando te esfuerzas en hacer ver tus sentimientos y él no se entera de nada?
Hipo tragó saliva.
—¿Lo de la cafetería…?
—¿El «te quiero»? Sí, Hipo, era de verdad —escupió ella—. Cada «te quiero» que te he soltado ha sido real, desde la primera puta vez que te lo dije.
—¿Y por qué nunca he sentido que fuera real? —reclamó él desesperado.
—¡Porque eres tan inseguro y te quieres tan poco que no eres capaz de creer que yo te quiero! —chilló ella exasperada—. Mi desesperación llegó a tal punto que acepté a hacer la locura esa de hacerme pasar por tu novia precisamente para hacerte ver que «lo nuestro» no tenía que ser falso cuando en verdad siempre ha funcionado.
—¿Y por qué nunca me has dicho directamente lo que sientes? —cuestionó Hipo molesto.
—¡Porque te da pánico el compromiso! —le recriminó ella molesta—. Desde lo de Dagur no has vuelto a tener nada estable y siempre cortas las relaciones con cualquiera que quiera hacerte ir más allá de tu zona de confort.
Hipo no replicó. Era cierto. Después de salir con Dagur salir con otras personas era invertir un tiempo y unas ganas con las que no contaba y odiaba la idea de volver a meterse en una relación estable. Claro, en ningún caso hipotético se planteó la posibilidad de que Astrid y él pudieran tener algo más que una amistad.
—Contigo es diferente —declaró él—. Tú no eres como los demás, eres mi mejor amiga.
—Pero yo a estas alturas no quiero ser solo tu mejor amiga —replicó Astrid dolida y dio un paso que su cuerpo se quedó tan cerca del suyo que Hipo podía sentir el calor que emanaba de él—. Quiero todo, Hipo. Todo. Yo estoy dispuesta a dártelo, ¿pero lo estás tú?
Hipo, casi en un gesto inconsciente, subió su mano hasta su rostro y lo acarició con tal delicadeza que Astrid pareció quedarse sin aliento.
—Tú supiste que lo nuestro estaba escrito en las estrellas —los ojos de Astrid se nublaron por las lágrimas—. Tú eres la experta en eso y yo, desgraciadamente, siempre he pecado de lento y de tonto. Ahora lo veo, Astrid. Ahora te veo. Siento haber tardado tanto y espero de corazón que seas capaz de perdonar a este imbécil que está dispuesto a darte todo hasta su último aliento.
Astrid cogió de su jersey que estaba sucio por la nieve y le obligó a inclinarse.
—Hipo Haddock, recuerda que tú eres mi imbécil —murmuró ella antes de besarlo.
Su boca sabía a chocolate caliente y jengibre. El sabor de la Navidad, señalaría ella después con una sonrisa entre dientes. Un sabor que Hipo degustaría en sus labios durante muchas Navidades que vendrían en los años siguientes, pues Astrid era una mujer de costumbres e Hipo era especialmente goloso cuando podía apreciar las delicias navideñas a través de la que se convertiría en su esposa. Aquella fue la primera Navidad en la que Hipo se sintió realmente feliz, en la que no solo pudo reconciliarse con su padre, sino que además estableció —por fin— su relación con su mejor amiga e indudablemente el amor de su vida. El Remedio Hofferson pasaría a convertirse en una tradición entre los Haddock y los jerséis horteras y feos de Navidad siempre se mantuvieron en boga entre los miembros de su familia.
Y así fue cómo Hipo Haddock aprendió a amar la Navidad y cómo Astrid Hofferson demostró que quién la seguía la conseguía sin tener que esperar que sucediera un milagro de la Navidad para que un sueño se cumpliera. Pues los sueños, como la Navidad, vienen y van, pero el amor nunca se va.
Xx.
Obviemos que el final es una pastelada de cuidado, pero es que este es el último relato que terminé justo la semana pasada y no me daba para algo más original. Como podéis ver, este one-shot no es solo un Fake Dating AU, también es un Best Friends to Lovers AU y un poco de There was only one bed AU. Este fic me salió más dramático y serio de lo que me hubiera gustado, además de ser un tanto pesado de escribir, pero disfruté mucho corrigiendo y admito que Astrid me encanta en este fic. Es evidente que los escenarios están un poco exagerados en esta historia, ¿pero qué le vamos hacer? ¡Es Navidad!
Espero que os haya gustado este one-shot y, si os animáis, dejadme una review para comentarme qué os ha parecido.
Mañana toca abrir un regalo porque es Nochebuena.
Xx.
