¡Mañana es Navidad! Nos leemos abajo.

Astrid soltó una palabrota muy poco propia de una dama cuando la tinta se corrió en mitad de la misiva que le estaba escribiendo a su madre.

Consciente de su propia vulgaridad, miró hacia los lados temerosa de que alguien hubiera podido escucharla, pero en aquella minúscula habitación estaba sola. Se recolocó la manta que había resbalado por sus hombros y cogió la cuchilla para recortar con cuidado el trozo de papel manchado de tinta antes de continuar escribiendo. Hacía un frío infernal en aquella habitación, hasta el punto que se le había empezado a congelar la tinta, y había desistido en sus peticiones para que le arreglaran la chimenea porque no tiraba y llenaba su cuarto de humo cada vez que la encendía. La propia Astrid lo hubiera deshollinado ella misma si hubiera contado con las herramientas necesarias para hacerlo, pero resultaba escandaloso que una institutriz ejerciera labores de criada y, por el momento, no había tenido la suerte de encontrar nada que le fuera útil por la zona de la servidumbre.

Astrid dejó la pluma a un lado y se frotó las manos antes de calentarlas a la pequeña mecha de la vela. Llevaba los mitones puestos, pero aún así notaba sus dedos entumecidos por el frío y se le agarrotaban mientras escribía. Fuera ya estaba amaneciendo y Astrid podía escuchar en la planta inferior los movimientos de los criados preparando el desayuno de los señores. Pronto una criada vendría con su desayuno y deseaba estar acicalada y vestida para entonces, por lo que volvió a humedecer la pluma en tinta para terminar la carta.

Lamento sinceramente no poder acudir a pasar la Navidad con vosotros, pero Lady Mackenzie considera que sus hijos han de avanzar la materia durante las jornadas festivas y, desafortunadamente, no puedo negarme. Sin embargo, no os preocupéis porque estaré de vuelta a casa para celebrar el Año Nuevo con vosotros.

Me aseguraré de recompensaros.

Hasta entonces, os quiere siempre.

Astrid.

Astrid dejó que la tinta se secara mientras se vestía. Se retiró el camisón y sintió sus dientes castañear de frío antes de ponerse la enagua. Se puso un vestido verde de manga larga cuyas mangas habían empezado a deshilacharse por el uso y el delantal que se había acostumbrado a llevar para sus clases con los niños. Hizo una trenza con su larga cabello rubio y, seguido, se la recogió en un moño. Sacó su pañuelo de lana y se lo colocó sobre los hombros para protegerse del frío a la vez que esperaba que la criada llegara con el desayuno y sellaba la carta dirigida a la pequeña rectoría de Hampshire donde vivían sus padres.

Alguien tocó a la puerta y Astrid se encontró con la criada de expresión huraña que le tendió su bandeja con el desayuno sin devolverle los «buenos días» con la que la saludó.

El desayuno estaba templado tirando a frío. Astrid hizo una mueca de fastidio mientras se comía a disgusto su tostada quemada con mantequilla y tiró el té frío a la chimenea inservible. Hizo su cama con rapidez y recogió todo su material de escritura para guardarla en el baúl bajo llave antes de decidirse que la servidumbre no iba a fastidiarle la jornada con un desayuno frío y, consciente de que aún quedaba un rato hasta que los señores y los niños se levantaran, Astrid cogió la bandeja decidida a reclamar su té caliente.

Lochleven Abbey era un viejo y frío castillo donde el vizcondado de Dundee había residido desde hacía por lo menos dos siglos. Astrid consideraba que era una residencia excesivamente grande para una familia tan reducida como los Mackenzie y la ajustada servidumbre. Astrid se alojaba en la misma planta donde dormía la familia, solo que su cuarto era una habitación perteneciente al ala este del castillo que había permanecido cerrada durante décadas hasta su llegada. Es más, al parecer, poco antes de su llegada, hubo una polémica respecto a dónde debía alejarse Astrid, pues no era adecuado que la institutriz del futuro vizconde de Dundee durmiera en las plantas superiores con los criados, pero tampoco consideraban correcto que Astrid se hospedara en el ala oeste donde se hallaban las habitaciones de la familia. De ahí que optaran por darle la primera habitación que se encontraba en el ala este que había pertenecido a la dama de compañía de la anciana abuela del actual vizconde que falleció hace décadas.

A Astrid no le molestó que la familia no considerara darle una de las habitaciones grandes y amplias que había en el ala este. Su cuarto contaba con una ventana amplia que daba a los bellos páramos de las Highlands escocesas y, a lo lejos, entre las colinas, podía apreciar uno de los tejados de las torres del castillo de Ravencraig, hogar del Duque de Drumnadrochit.

Astrid salió del ala oeste para bajar la amplia escalera de piedra que estaba siendo ornamentada por los criados para las celebraciones de Navidad. Recordó cómo el año pasado había estado decorando la casa de su amiga Rachel Throston en compañía de Henry que…

—¿Señorita Hofferson?

Astrid se esforzó en aplacar su rubor cuando la señora Murray, la estirada ama de llaves de Lochleven, apareció de la nada con su siempre expresión hosca y amarga. Astrid procuró mantenerse firme cuando la señora Murray le lanzó una mirada de desaprobación cuando vio la bandeja que cargaba en sus manos.

—Señorita Hofferson, ya le he dicho en más de una ocasión que las criadas son las encargadas de recoger su bandeja cuando limpien su habitación.

Hacía tiempo que Astrid estaba inmunizada contra la pasiva agresividad de la ama de llaves y de los desprecios y la indiferencia de la servidumbre. Había oído rumores de que las institutrices, por lo general, siempre eran tratadas así. No estaban a la altura de los señores a los que servían, pero tampoco se les podía considerar como miembros del servicio. De ahí que la servidumbre acostumbrara a hacer el vacío a la figura de la institutriz, sobre todo porque ni siquiera era una persona especialmente querida por los señores y mucho menos por los señoritos a los que enseñaba. Muchas acababan deprimiéndose e incluso abandonaban sus puestos de trabajo cuando no podían soportar la presión y la cruda rudeza de los niños. Eso mismo había pasado con las predecesoras de Astrid, pero la joven institutriz no era como las otras.

Los difíciles años en el seminario y los hechos acontecidos el año anterior habían convertido a Astrid Hofferson en una mujer con voluntad de hierro. No se dejaba torear por nadie de aquella casa. Si tenía que decir algo, lo decía. Por esa razón, cada vez que Astrid bajaba a la cocina con una bandeja con sus comidas, toda la servidumbre sabía que la joven institutriz iba a quejarse a la cocinera. La señora Murray acostumbraba a intentar impedir esos desencuentros que tan desagradables resultaban para su amiga la cocinera, pero a Astrid le daba lo mismo.

Se negaba a empezar su jornada con un té frío.

—Necesito informar a la señora Ross de que ha vuelto a servirme un desayuno frío.

—No será para tanto, señorita Hofferson —argumentó la señora Murray sin perder la calma—. Este es un castillo frío, es fácil que la comida se enfríe cuando se traslada de la cocina a los dormitorios de los residentes.

Astrid forzó una sonrisa.

—Por esa razón he decidido ir yo misma a la cocina a servirme yo misma.

La señora Murray se interpuso en su camino.

—¿Por qué no permite que lo haga yo misma? Puedo llevar su té al aula de los niños.

—Mejor llévelo a la biblioteca —indicó Astrid cortésmente a la vez que le entregaba la bandeja—. Aún es temprano y me gustaría adelantar las materias antes de iniciar la clase de hoy.

—Muy bien —dijo la señora Murray cortante.

Astrid la observó desaparecer por la discreta puerta del servicio que se ocultaba tras la escalinata y sintió los ojos curiosos de las criadas que decoraban la escalera sobre ella. Decidida a ignorarlas, Astrid caminó hacia la biblioteca procurando mantener un aire solemne y calmado.

La biblioteca de Lochleven Abbey no era la biblioteca más completa ni más bonita que Astrid había visto nunca, pero contaba con vistas al jardín y el fuego estaba encendido desde buena mañana porque al señor le gustaba leer el periódico allí mientras ingería su segundo vaso de whisky. Sin embargo, contaba con una interesante colección de atlases que había pertenecido al padre del vizconde, quien había ofrecido sus servicios a la Corona como marino la mayor parte de su vida, y Astrid contaba con el permiso para copiar sus mapas para así utilizarlos en sus clases de geografía. Al parecer, nadie había vuelto a poner interés en dichos atlases hasta que Astrid los encontró en un rincón de la biblioteca acumulando polvo y le parecía una atrocidad que no se valorara semejantes reliquias como se merecían.

Astrid sacó sus materiales de dibujo de un cajón de una cómoda y cogió un atlas que recogía los mapas del norte de África. El dibujo no era la mejor de sus destrezas, pero disfrutaba con esa tarea, sobre todo porque le servía para imaginarse lo que sería una vida dedicada a descubrir nuevos mundos y culturas. Escuchó unos cascos de caballo en el exterior y Astrid saltó de su asiento para asomarse por la ventana con su corazón latiendo velozmente contra su pecho. No obstante, se decepcionó al descubrir que solo era el chico de los periódicos.

—Hoy hace un día especialmente frío, ¿no cree? —dijo la señora Murray a su espalda, sobresaltándola—. Es probable que hoy mismo se ponga a nevar.

Astrid se apartó de la ventana con rapidez y se acercó a coger el platillo de su taza de té humeante. Tocó la porcelana, la misma que usaban los criados, pero apartó sus dedos con rapidez al sentirlo demasiado caliente. Por supuesto, la señora Ross se había tomado aquello como una afrenta personal y había servido su té con agua recién hervida. Astrid dejó cuidadosamente su taza sobre la mesa y reparó que la señora Murray la observaba en silencio.

—¿Ocurre algo? —preguntó Astrid procurando ocultar su nerviosismo.

—La vizcondesa me ha comentado que se marcha a Hampshire durante las fiestas —comentó la señora Murray—. Debe echar en falta a sus padres.

Astrid tragó saliva y llevó su mano inconscientemente a la altura del bolsillo de su delantal, donde aún estaba la carta que le había escrito a su madre esa mañana.

—La verdad es que sí —respondió Astrid con falsa jovialidad—. Ardo en deseos de degustar el pastel de carne de mi madre. ¿Usted tiene pensado visitar a su familia?

—Por supuesto que no —contestó la señora Murray cortante—. Mi hermana reside en Glasgow y yo no puedo abandonar mis responsabilidades en esta casa para acudir a esa apestosa ciudad.

Astrid no supo qué responder a ese comentario y se hizo un incómodo silencio del que la señora Murray parecía totalmente indiferente. La ama de llaves se acercó hasta la ventana, justo donde Astrid había estado hacía un minuto.

—Si va a salir a pasear después de comer, le recomiendo que se abrigue bien y calce sus mejores botas —advirtió la mujer sin mirarla—. Los caminos acostumbran a helarse antes de las primeras nevadas.

—Lo tendré en cuenta —dijo Astrid con más sequedad de la necesaria—. Señora Murray, si no le importa, tengo que seguir con mi tarea.

La señora Murray se quedó mirando por la ventana durante cinco eternos segundos antes de volverse a la puerta.

—Por supuesto, señorita Hofferson, la dejo trabajar —dijo la ama de llaves sin dirigirle una mirada antes de cerrar la puerta de un portazo.

Astrid se obligó a sentarse y posó una mano contra su pecho para calmar sus rápidas pulsaciones. La señora Murray, aún parca en palabras, parecía controlar absolutamente todo lo que sucedía a su alrededor. A Astrid siempre le había dado pánico que la señora Murray vigilara sus pasos y que tuviera gente que la espiara fuera de la casa, pero si a esas alturas no le había echado en cara hacía dónde se dirigía cada vez que iba a pasear y con quien acostumbraba a juntarse, supuso que todavía no la había descubierto.

Aguanta un poco más, se animó a sí misma. Solo un poco más y pronto podría abandonar ese trabajo para iniciar su nueva vida.

Cerca de las diez de la mañana, Astrid entró en el aula donde impartía clases a los hijos de los vizcondes de Dundee. El aula era un cuarto amplio, con la chimenea siempre encendida, y con unos ventanales grandes que daban mucha luz al cuarto. Cuando no impartía clase, ese cuarto lo usaba la propia Astrid como su sala de estar y, tras mucho insistir, la vizcondesa le había permitido a regañadientes que pudiera decorarlo al gusto de los niños para que tuvieran un espacio en el que estuvieran a gusto.

Eloise y Colin McKenzie eran los dos únicos hijos de los vizcondes. Lady Mackenzie cogió tal trauma quedándose embarazada de mellizos que nunca más quiso saber nada de tener más hijos y, además, los mellizos no habían sido unos retoños fáciles. Antes de que Astrid llegara a Lochleven, nueve institutrices más habían intentado doblegar el difícil carácter de los mellizos. Todas habían terminado hartas, ya no solo por los niños, sino también por el trato de la servidumbre, la apatía de los señores y el desolado lugar en el que se ubicaba la casa. Sin embargo, Astrid era la única que podía presumir de haber aguantado tanto tiempo allí, principalmente porque había sido la única institutriz que se había ganado el respeto de los niños. En realidad, Astrid enseguida achacó el salvajismo y mal comportamiento de los mellizos a la poca atención recibida por parte de sus padres. Los vizcondes se juntaban con sus hijos, como mucho, media hora al día y era rara la ocasión en la que comían o cenaban con sus padres. Habitualmente, Eloise y Colin desayunaban y cenaban en el cuarto de los niños y hacía pocos meses que acostumbraban a comer el almuerzo con ella en el aula.

No había sido una tarea fácil ganarse la confianza de los mellizos. Eloise y Colin habían hecho lo imposible para quitársela de en medio. Le habían tirado tinta, escondido toda clase de bichos en los cajones de su escritorio, le habían insultado y humillado delante del servicio, habían intentado robar sus objetos personales… A Astrid le habían sobrado las ocasiones para mandar todo el infierno y largase de allí, pero se resistió en hacerlo, ya no solo porque tenía una buena razón para quedarse en Escocia que era ajena a los Mackenzie, sino también porque no quería que su primer trabajo fuera un fracaso y no quería desistir en que podía hacer algo por esos niños.

La estrategia fue más que clara: escarmentar a los niños con su propia medicina.

Astrid empezó a colar ranas en las habitaciones de los niños; a cambiar sus juguetes de sitio, colocándolos en lugares de lo más pintorescos; metió hojas secas y tierra húmeda en sus camas… Toda clase de travesuras que solo un niño podría plantear y que nadie creería que había sido obra de ella. Los mellizos, que no tenían ni un pelo de tontos, la acusaron de tales crímenes ofendidos e indignados, a lo cual Astrid respondió muy calmada:

—¿A que no es divertido que haya alguien que toque vuestras cosas y que os molesten sin motivo alguno? No pretendo ni quiero ser vuestra enemiga, pero si vais a ser dos demonios conmigo, creedme que yo puedo serlo por tres. ¿Y lo mejor de todo? Es vuestra palabra contra la mía, ¿y a quién creeis que van hacer más caso?

Los niños callaron, dolidos por la verdad en sus palabras. Astrid se sintió fatal por ellos, pero era consciente de cuán importante era la lección que estaban aprendiendo.

—Si me prometéis que no volveréis a hacer ninguna trastada contra mí ni nadie que resida en vuestra casa, yo me convertiré en vuestra mejor aliada —propuso Astrid.

—¿Cómo? —cuestionó Colin desconfiado—. Estudiar es un aburrimiento insoportable, igual que tú.

Astrid sonrió.

—Dadme una semana para haceros cambiar de opinión. Lo haremos a mí manera, prestaréis atención en clase y haréis todo lo que os diga. Si al final de la semana no estáis contentos, me iré —propuso Astrid.

Eloise y Colin intercambiaron las miradas y sonrieron maliciosamente.

—¡Hecho! —dijeron al unísono.

Astrid nunca había creído en las clases monótonas en las que la tutora leía todo directamente del libro. Se trabajó las clases para hacerlas mucho más dinámicas y entretenidas para los niños. Entre los tres realizaban pequeñas representaciones de los grandes momentos de la historia. Los días que no llovía y no corrían los fríos vientos de las Highlands, salían al jardín para aprender sobre cuestiones de la naturaleza o para que dibujaran flores o animales de los establos. Estudiaban música con canciones más modernas que las aburridas partituras que se guardaban en el piano de los Mackenzie. Estudiaban los atlases de su abuelo y Astrid les narraba sobre cómo era la vida y las personas de esas tierras tan lejanas. Les planteaba problemas matemáticos más divertidos para motivarlos y, cuando se frustraban, Astrid se sentaba con ellos y volvía a explicarles el ejercicio con paciencia y dulzura, sin recriminarles jamás que era menos listos por ser más lentos o no entender una ecuación a la primera. Leían libros de actualidad y Astrid cogía los periódicos que el vizconde ya había leído para plantear debates sobre las noticias del día y para ayudarlos a cuestionarse las cosas.

Lo que Astrid buscaba sobre todo era que Eloise y Colin tuvieran inquietudes y que pensaran más allá de los lujos y los caprichos que los rodeaban. Astrid superó esa semana con nota y cuando les preguntó a los niños si querían que se marchara, los dos le suplicaron que se quedara. Desde entonces, todo había sido mucho más fácil para ella, aunque la vizcondesa no tardó en cuestionar su metodología.

—Lo que yo quiero es que sean unos niños formales y calladitos, no que los asalvaje aún más —le recriminó Lady Mackenzie con dureza.

—Milady, son niños —replicó Astrid con suavidad—. Pedirles que sean formales es como desear que la lluvia caiga al revés.

La vizcondesa la contempló un tanto indignada.

—No sé si me convence su forma de trabajar, señorita Hofferson. La he visto jugando con ellos en el jardín, les oigo gritar en el aula desde mi salita y, admito que aunque últimamente no han cometido ninguna trastada a destacar, me vienen hablando ahora de si la vida de los indígenas en la Polinesia o no sé qué tontería sobre la fotonosequé.

—Fotosíntesis —le corrigió Astrid.

—¡Da igual! —exclamó ella molesta—. ¡No parece que les esté enseñando nada útil! Las otras institutrices al menos…

—Ya no están —le recordó Astrid—. Y sí que les enseño cosas útiles, milady. Colin es un grandísimo orador, con un poco de entrenamiento algún día podría destacar en el Parlamento y Eloise se convertirá en una dama inteligente y de gran conversación…

—No voy a discutir lo de Colin, pero Eloise debe centrarse en tareas que la conviertan en una dama con grandes aptitudes para el dibujo y la música y que sepa mantener, ante todo, la boca cerrada, sino será imposible casarla, señorita Hofferson.

A Astrid le hubiera gustado decirle cuatro cositas a aquella mujer, pero se mordió la lengua y se redujo a dar una reverencia. Siguió dando las clases de siempre, aunque procuró ser mucho más discreta en sus actividades y procuró esmerarse en que Eloise en particular tuviera las dotes necesarias para una niña de su clase. La niña, sin embargo, no estaba contenta, pues prefería invertir su tiempo en estudiar las ciencias naturales y salir al campo para recoger muestras de hojas y rocas, algo a lo que Astrid terminaba cediendo casi siempre.

Ahora que los días eran tan fríos y pronto caerían las primeras nevadas, Astrid evitaba salir con los niños fuera de la mansión por miedo a que enfermaran, por lo que los mellizos estaban más irritados de lo habitual. Aquella fría mañana, cuando entraron en el aula, tenían una expresión taciturna y ensombrecida y murmuraron un «buenos días, señorita Hofferson» con pesadez y aburrimiento.

—Vaya caras más largas que traéis hoy —apuntó Astrid desde su escritorio de maestra.

—Queremos salir —dijo Colin con un puchero—. ¿No podemos dar la clase fuera?

—Está todo cubierto de escarcha y hace muchísimo frío, así que no —respondió Astrid levantándose de su asiento para colocar los mapas sobre la pizarra—. Además, hoy vamos a estudiar Geografía e Historia de África, donde hace mucho más calor que aquí, y empezaremos por el país de Marrue…

—Podríamos ir a casa de Henry —le cortó Eloise con aire risueño.

Astrid se tropezó contra el escritorio ante la mención de ese nombre.

—¡Es una gran idea! ¡Seguro que no le importa que traslademos la clase a su casa! —exclamó Colin emocionado—. ¡Le diremos que nos deje montar en sus caballos como la última vez!

—¡A ver, vosotros dos! ¡Calmaros de una vez! —exclamó Astrid con su mejor voz de institutriz que ocultaba su evidente nerviosismo—. No vamos a molestar a Lord Haddock solo por un capricho.

—¡Pero él nos dijo que podíamos ir siempre que quisiéramos! —chilló Eloise—. Pobrecito, encima vive él solito en ese castillo tan grande…

—¡Necesita compañía! —propuso Colin excitado subiéndose sobre su silla.

—¡Niños! —Astrid dio un manotazo tan fuerte en la mesa que causó que los mellizos se callaran al instante—. Colin siéntate ahora mismo, por favor —el niño se sentó obediente—. Tenéis que comprender que, aunque Lord Haddock es un caballero generoso con su convecinos y sobre todo con vosotros dos, no equivale a que podáis ir a su casa siempre que queráis para molestarle.

Los niños fueron a replicar cuando oyeron unos casquetes de caballo a lo lejos. Los mellizos intercambiaron miradas cómplices antes de correr hacia la ventana y Astrid hubiera reprendido su comportamiento si ella no hubiera hecho exactamente lo mismo. Ésta vez entró un carruaje fácilmente reconocido por el escudo del Ducado de Drumnadrochit que decoraba sus puertas y los niños chillaron emocionados antes de salir disparados del aula. La joven se llevó la mano ante el fuerte aleteo de su corazón y contuvo una sonrisa cuando el duque descendió del carruaje. Tenía puesto un abrigo y un sombrero de copa que se retiró para peinar con sus manos enguantadas su cabello color cobrizo. Se acercó al cochero a decirle algo cuando los niños salieron escopeteados a saludar. Astrid decidió que no podía quedarse allí mirando como un pasmarote, por lo que cogió su pañuelo y salió en dirección de la entrada de la casa cuando se encontró con la señora Murray cargando con los abrigos de los niños.

—Ya se los pongo yo —dijo Astrid educadamente.

—Debería procurar que los niños no salieran sin abrigo —le recriminó el ama de llaves con dureza—. Sabe bien que será su única responsabilidad si se enferman.

Astrid forzó una sonrisa, deseosa de quitarse a esa mujer de su camino.

—Gracias, señora Murray, lo tendré en cuenta —le prometió Astrid arrancando los abrigos de sus manos.

Le pareció escuchar al ama de llaves bufar, pero Astrid ya estaba saliendo por la puerta principal y no se molestó en mirar atrás. Lord Haddock se había acuclillado para ponerse a la altura de los niños, algo muy «poco decoroso» para un hombre de su posición, pero nadie se dignaría en achacar la falta de clase a un duque. Lord Haddock se incorporó tan pronto se percató de su presencia y realizó una reverencia.

—Buenos días, señorita Hofferson —saludó el duque con una sonrisa de oreja a oreja.

—Lord Haddock —dijo ella inclinándose tal y como indicaba el protocolo—. Discúlpeme, pero estos dos señoritos se tienen que abrigar.

—Tú no llevas abrigo —advirtió Eloise mirándola de arriba abajo.

—Te vas a acatarrar —dijo Colin cogiendo su chaqueta.

—Preocuparos por no resfriaros vosotros —comentó Astrid abrazándose a su pañuelo.

—Pero tienen razón, señorita Hofferson —intervino el duque—. Debería ir a cogerlo, porque hoy les invito a almorzar en mi finca.

Astrid abrió los ojos de par en par. ¿Qué demonios estaba haciendo?

—¿Papá y mamá también vienen? —preguntó Eloise desconfiada.

—Mi intención era invitaros a vosotros y a la señorita Hofferson —argumentó Henry cogiendo de su mano—. He oído que estáis por empezar Geografía e Historia en África y me gustaría unirme a la clase.

—¿Y cómo has sabido tú eso? —cuestionó Colin.

—¡Eso! ¡Nosotros no teníamos ni idea que íbamos a estudiar eso hasta hoy!

Henry carraspeó y formuló una sonrisa nerviosa.

—Tengo mis fuentes —dijo sin más y se volvió rápidamente a Astrid—. ¿Habría alguna traba al respecto, señorita Hofferson?

La joven institutriz procuró mantener un gesto de rectitud y contener sus ansias de zarandear al duque.

—Que se una a la clase no, pero tendría que hablar primero con los vizcondes —advirtió Astrid con prudencia.

Los mellizos hicieron un puchero, conscientes de que las posibilidades de que sus padres dijeran que no a la oferta del duque eran altas, pero Lord Haddock sonrió animado.

—Voy a ello entonces —declaró el duque—. Señorita Hofferson, vaya buscando su abrigo que nos iremos enseguida.

—Le veo muy convencido de sus dotes de convicción —comentó Astrid alzando una ceja.

—Sé que la vizcondesa se dejará convencer —replicó Lord Haddock animado y se volvió a los mellizos—. Vosotros dos coged vuestros cuadernos y lápices, que también vamos a dibujar.

Los niños chillaron emocionados y salieron disparados de vuelta a casa. Lord Haddock pasó junto a ella rozando inocentemente su mano e intercambiaron una mirada fugaz, pero suficientemente larga para que Astrid perdiera el aliento. Se esforzó en mantener la compostura y seguir al duque a una distancia prudencial antes de llevar caminos separados, él hacia la salita rosa, donde la vizcondesa acostumbraba a pasar sus jornadas tumbada mientras se quejaba de algún malestar, mientras que ella subió a su dormitorio para ponerse su abrigo y su sombrero.

Quince minutos después, Astrid estaba en el hall de entrada atando el lazo del sombrero de Eloise quien no paraba de moverse por los nervios mientras Colin supervisaba los trabajos de decoración navideña que estaban realizando los criados. Lord Haddock salió de la salita con expresión seria, casi sombría, pero sonrió de oreja a oreja tan pronto se los encontró preparados para salir.

—¡Permiso concedido!

Los niños chillaron emocionados e ignoraron las regañinas de Astrid para que bajaran la voz. La joven institutriz suspiró agotada, pero enseguida sintió la presencia del duque tan cerca que temió que oyera sus galopantes latidos.

—¿Nos vamos? —preguntó en un susurro en el que casi podía sentir su sonrisa.

Ella asintió y caminó decidida a la puerta seguida de cerca por el duque. Lord Haddock ayudó a los niños a entrar en el carruaje y Astrid aceptó su mano enguantada a pesar de no necesitarla para subir la pequeña escalinata. La institutriz y el duque se sentaron juntos, mientras que Colin y Eloise se sentaron en el asiento que estaba contra el lugar del cochero. Hipo golpeó el techo del carruaje y éste arrancó rumbo a Ravencraig, hogar de los duques de Drumnadrochit desde hacía seis generaciones. Los niños estaban tan emocionados por el viaje y a mirar el paisaje por las ventanas del carruaje que ni siquiera repararon que tanto Astrid como Lord Haddock se habían retirado los guantes y ahora sus manos estaban posadas tan cercanas la una de la otra que sus dedos meñiques rozaban piel con piel.

Cuando el carruaje se detuvo veinte minutos después ante la escalinata del castillo de Ravencraig, los niños saltaron del carruaje sin esperarlos siquiera. Sin embargo, por una vez, Astrid no prestó atención a los mellizos, pues los labios de Henry atraparon los suyos tan pronto se quedaron solos. Aquel no era un beso recatado de esos que las damas mencionaban en las novelas románticas.

No.

No había ningún recato en la relación de Astrid Hofferson y Lord Henry Haddock de Drumnadrochit.

Es más, nadie que los conociera por separado pensaría que ambos tienen algún tipo de conexión. Henry era un duque, uno de los más importantes y ricos de toda Gran Bretaña, mientras que Astrid no era nadie, solo la hija de un vicario sin dote que ejercía de institutriz para huir de la pobreza y obtener una mísera independencia al no haberse casado. Sin embargo, cuando se conocieron durantes las Navidades pasadas en casa de los gemelos Thorstons, su conexión fue tal que ambos formaron una preciosa amistad que había acabado un enamoramiento casi tonto. Eso por no mencionar que Henry había defendido su honor cuando Viggo Grimborn había intentado humillarla públicamente acusándola de ladrona y, tras aquel suceso, Astrid había entregado su virtud al duque sin pensárselo dos veces.

En verdad, convertirse en la amante de un duque nunca había estado en sus planes. Es más, si se detenía a pensarlo demasiado le entraban taquicardias y aún no comprendía cómo no habían sido descubiertos todavía. La servidumbre de Ravencraig estaba al tanto de su romance, pero a diferencia del servicio de los vizcondes de Dundee, los empleados de Henry mostraban una actitud cordial y amable con ella y presumían de una discreción intachable, quizás porque el salario recibido era generoso y eran fieles a su señor. Es más, muchos de ellos habían visto a Henry crecer entre los muros de aquel bello castillo y le habían acompañado en el duelo tras el repentino fallecimiento de su padre. Henry conocía los nombres de todos sus empleados, preguntaba por sus parientes y se preocupaba por su salud, hasta el punto que no titubea en llamar al mejor de los médicos para tratar cualquier afección que sufrieran, ya fuera el mayordomo o el chico de los establos. Por esa razón, el día que la ama de llaves, una amable y silenciosa anciana conocida como señora Gothi, encontró a Astrid a medio vestir porque se había quedado dormida en la cama de Henry tras pasar la noche juntos, simplemente le preguntó cómo deseaba los huevos para desayunar, si poco hechos o al punto. Desde entonces, Astrid nunca se había atrevido a mirar a la anciana ama de llaves a los ojos, pero Henry le aseguró que Gothi, además de discreta, no era en absoluto juiciosa y que simplemente le había pedido que cuando la señorita Hofferson tuviera intenciones de quedarse que le avisara para tenerla en cuenta para la preparación del desayuno.

Astrid amaba a Henry con todo su ser y sabía que él le correspondía de la misma manera, hasta el punto que le había pedido matrimonio en su vigésimo tercer cumpleaños. La joven institutriz rechazó su petición casi sin pensarlo, no porque no lo amara, sino porque la diferencia de clases era tan significativa que resultaría un escándalo que un duque se casara con la institutriz de los hijos de sus vecinos. Aún así, Henry no desistió en sus peticiones y Astrid, consciente de que cada rechazo se sentía como una puñalada en su corazón, terminó aceptando la cuarta vez que se lo pidió. Como Astrid no debía llevar joyas de ninguna clase, Hipo le regaló un simple anillo de oro con sus nombres grabados que Astrid colgaba siempre del cuello con una cadena de plata que ocultaba bajo su vestido. Ambos habían estado pletóricos ante la idea de casarse y, aunque el matrimonio con un duque conllevaría a su salvación y a la de su familia, Astrid solo podía pensar en lo maravilloso que sería compartir una vida con aquel hombre tan bueno y generoso que la había amado sin esperar nada a cambio. Es más, la naturaleza carnal de su relación se había debido a las insistencias de Astrid tras haberle dado su virtud la Navidad pasado.

Henry se había avergonzado por haberse dejado llevar por la pasión aquella noche, pero Astrid no se había arrepentido en absoluto. Convencida entonces de que nunca llegaría a casarse, deseaba disfrutar al menos de una aventura con alguien a quien quería y confiaba. Henry le había advertido que no deseaba deshonrarla de ninguna manera, que tal vez lo más prudente era dejarlo, pero terminaba cediendo al deseo cada vez que Astrid le tentaba desvergonzadamente. El hecho de que ahora fueran a casarse los había desinhibido aún más e Henry «usaba» a los hijos de los vizcondes para buscar una manera de sacarla de la finca de los Mackenzie a cualquier hora sin levantar sospechas. Después de que Astrid impartiera sus clases, los niños, bajo la supervisión de la señora Gothi o alguna de las criadas, tenían toda la libertad para jugar por la finca con los juguetes que Henry había comprado exclusivamente para ellos en Edimburgo, mientras que el duque, discretamente, la llevaba a un lugar apartado de su enorme castillo en el que poder desatar su pasión. A ojos de los vizcondes, Lord Haddock solo buscaba la compañía de unos niños en los que calmar sus ansias de formar su propia familia y contaba con mayores recursos que los vizcondes para que la señorita Hofferson pudiera aplicar sus enseñanzas a sus hijos.

Lo único que se preguntaba Astrid era cuánto tiempo iban a estar así.

Había aceptado la propuesta de Henry en julio y el plan había sido casarse en primavera. Astrid todavía no había informado a sus padres porque Henry y ella habían planeado bajar juntos a Hampshire para hacerles el anuncio personalmente. Sin embargo, apareció un contratiempo.

Un estúpido y burocrático contratiempo.

Como cualquier estudiante de seminario, Astrid había estudiado el árbol genealógico de la familia real al dedillo, por lo que estaba al tanto de la línea de sucesión de hasta cinco de los herederos del rey Jorge III y de su sucesor y actual regente Jorge IV. No obstante, ni siquiera el propio Henry había estado hasta entonces al tanto de que él estaba en dicha línea de sucesión en un digno decimoquinto puesto y que era ahí donde se complicaba todo. El abogado y administrador de Henry, un campechano hombre que se hacía llamar Bocón, los había convocado a los dos en cuanto Henry le había anunciado sus intenciones de casarse con ella. Bocón, que en todo momento se mostró amable y comprensivo por la compleja situación, les explicó que el Duque de Drumnadrochit, siendo el hombre con mayor título de toda Escocia y siendo los Haddock descendientes directos de los Estuardo, antiguos regentes de Escocia, requería un permiso firmado de puño y letra del rey para casarse con cualquiera de rango inferior a su ducado. ¿La razón? Si sucediera una terrible desgracia que matara a los catorce candidatos previos a la sucesión del trono, el duque debía ascender al trono de la mano de una mujer aprobada por el rey. Aquel ridículo condicionante se había dado desde la instauración del ducado y no pasar por dicho trámite supondría el riesgo, ya no solo de perder el título, sino también todo el patrimonio correspondiente al mismo.

Nunca había visto a Henry tan enfadado como aquel día. Consideraba que todo aquello era un insulto para él y sobre todo para Astrid. La joven institutriz, esforzándose en ocultar el cúmulo de sentimientos tristeza y decepción, insinuó qué tal vez debían abandonar la idea de casarse y marchar cada uno por su lado, lo cual enfadó aún más a Henry y juró sobre la memoria de su padre que él iba a casarse con ella quisiera el rey o no. Escribió él mismo dicha solicitud y hasta hoy no habían recibido respuesta.

Henry bajó sus besos peligrosamente hasta su cuello y subió su mano hasta uno de sus senos para apretarlos sobre su ropa. Astrid se obligó a pellizcarle en el brazo y su prometido se apartó con una mueca de dolor, lo cual hizo que la joven soltara una carcajada.

—Podías haberme dicho que simplemente parara —dijo Henry mientras frotaba su brazo.

—Sí, pero es que realmente no quería que lo hicieras —argumentó ella con una sonrisa burlona—, pero los niños se estarán preguntando por qué tardamos tanto y yo tengo una clase de Geografía e Historia que dar.

Henry se inclinó para besar suavemente sus labios.

—Aguafiestas —murmuró contra su boca.

—Soy institutriz, va en mi profesión serlo —se mofó ella.

Bajaron del carruaje como si nada hubiera sucedido y manteniendo las distancias. Astrid esperaba que Eloise y Colin ya la hubieran armado habiéndoles dejado tanto tiempo solos, pero se los encontró en la entrada del salón del baile con la boca abierta y los ojos puestos en lo que fuera que estaba sucediendo dentro. Con el ceño fruncido, Astrid se acercó también para ver por sí misma qué estaban mirando tan fascinados cuando también se quedó impresionado ante el escenario. El salón del baile era una sala amplia que había sido exquisitamente decorada al estilo francés y al gusto de la madre de Henry, Valka, años antes de que su hijo naciera. Habitualmente, el salón de baile se usaba para actividades recreativas interiores, aunque casi siempre permanecía cerrada. Sin embargo, aquel día, las puertas estaban abiertas de par en par y parte de la servidumbre trabajaba en colocar un enorme abeto en el centro de la sala. Tanto Astrid como los mellizos miraron a Henry confundidos, incapaces de comprender la razón por la que se estaba colocando un árbol dentro de una casa. El duque se rió un tanto nervioso.

—Es una vieja costumbre que trajo mi madre desde Alemania —argumentó él.

—¿Pero tu ma…? ¿Vuestra madre no era de Noruega? —replicó Astrid corrigiéndose con rapidez.

—Sí, pero pasó parte de su infancia en Alemania —explicó Henry sin poder el ligero rubor de sus mejillas—. A mí madre le gustaba mucho la Navidad y mi padre mantuvo la tradición de colocar ese abeto todos los años después de que falleciera —se quedó un momento pensativo—. Si queréis, si luego nos da tiempo, podemos decorarlo.

—¡Sí, sí, sí! ¡Seguro que es muy divertido! —chilló Eloise entusiasmada.

Astrid observó que, además del abeto, la servidumbre de Ravencraig estaba limpiando y decorando la casa con esmero y, cuando los niños corrieron escaleras arriba hacia la biblioteca, la joven institutriz preguntó:

—¿Estás organizando algún baile?

Henry se detuvo en mitad de la escalera y se volteó un tanto sorprendido por su perspicacia, aunque enseguida formuló una sonrisa tierna.

—No te puedo ocultar nada, ¿verdad?

Ella chasqueó la lengua.

—Resulta un tanto evidente, ¿para cuándo tienes pensado celebrarlo? —preguntó ella subiendo las escaleras.

—Para el veinte —contestó Henry.

Astrid se detuvo con brusquedad.

—¿El veinte? —repitió ella frunciendo el ceño.

El duque sonrió.

—¿Acaso te viene mal?

La institutriz arqueó las cejas.

—Dudo que el hecho de que me venga bien o mal sea lo de menos en este caso.

Ahora fue Henry quien arrugó el gesto.

—¿Por qué estás molesta?

—Tú y yo acordamos que pasaría la Navidad aquí precisamente a partir del veinte —le recordó Astrid de mala gana—. No esperaba que la primera noche tuviera que esconderme de un montón de invitados que…

—¿Pero qué dices? —le cortó él molesto y desconcertado—. Astrid, la primera persona invitada a este baile eres tú sin ninguna duda.

Ella abrió la boca, pero volvió a cerrarla para luego abrirla y así cerrarla otra vez.

—Pareces un pez —se burló Henry con ternura.

—¿Pretendes…? ¿Pretendes que yo asista a un baile organizado por ti? —consiguió preguntar la joven confundida.

—A ver, técnicamente, este baile no lo organizo exactamente yo, pero sí, por supuesto que pretendo que asistas. No entiendo por qué te sorprende tanto, eres mi… ya sabes.

—Extraoficialmente —advirtió Astrid y sintió que le faltaba un segundo el aire—. ¿O acaso has recibido…?

—Me temo que todavía no, el plan de bajar a Londres contigo cuando vayas a Hampshire a visitar a tus padre sigue en pie —comentó Henry frustrado—, pero que no podamos anunciar nada todavía no quita que quiera que asistas a este baile como mi amiga.

—Henry, yo no pinto nada en ese baile —insistió la muchacha—. Esto estará a rebosar de nobles, de los cuales estarán los vizcondes de Dundee, ¿no? Les resultará extraño verme aquí después de que les suplicara que me dieran unos días extras para poder marchar a Hampshire a tiempo para Nochebuena.

—Tú déjame a los vizcondes a mí —replicó él animado.

—Que no, Henry, que esto no funciona así —dijo Astrid molesta—. Siempre utilizas tu posición a tu favor y eres consciente que nadie te puede decir que no, eso no está bien.

Henry alzó una ceja, ahora claramente enfadado.

—¿Por qué no dices simplemente que sí, Astrid? Te estoy pidiendo que acudas a un baile, no que mates a nadie.

—Porque yo no pertenezco a ese mundo, Henry —dijo ella dolida—. ¿Tanto te cuesta entenderlo?

Aquel comentario pareció sentarle como una bofetada.

—¿Crees que a mí me encanta formar parte de todo esto? —advirtió Henry herido—. Astrid, olvídate por una vez de las clases sociales y piensa en ti… en nosotros. Aunque todavía no podamos mostrar nuestro amor en público, sí puedo presumir de contar con tu amistad. Quiero estar contigo, bailar contigo, reírme contigo… No eres solo el amor de mi vida, también eres mi mejor amiga y me encantaría que me permitieras disfrutar de eso públicamente aunque sea, por favor…

Tal era el abatimiento en sus ojos que Astrid no fue capaz de negarse. A diferencia del resto de nobles, a Henry le daba igual la posición, el dinero o el dichoso protocolo que debía seguir. Había escuchado a más de un noble, como era el caso de los vizcondes, tacharle de «excéntrico» y «rarito», pero a Henry parecía darle igual lo que los demás pensaran de él, quizás porque su posición era tan privilegiada y tan poca su ambición que prefería invertir su tiempo en personas que él consideraba que merecían su amistad. Astrid le envidiaba porque le resbalara tanto las opiniones de los demás, aunque tal vez su férrea educación y sus humildes orígenes, por no mencionar las complicadas circunstancias que habían hecho imposible que consiguiera casarse en Hampshire y en cualquier área del sur de Inglaterra, habían hecho que ella se hubiera vuelto tan prudente y recelosa. Aunque anhelaba contraer matrimonio con Henry con todo su ser, una parte de ella seguía reticente, puesto que la hija de un vicario que ejercía la profesión de institutriz no tenía el derecho de convertirse en la Duquesa de Drumnadrochit.

El solo pensamiento le ponía la piel de gallina.

Sin embargo, no deseaba hacerle daño a Henry con sus inseguridades, lo quería demasiado. Por esa razón, tras asegurarse de que nadie lo estaba mirando, se puso de puntillas y le dio un suave beso en los labios.

—Iré a tu dichoso baile, pero me lo tendrás que recompensar después.

La radiante sonrisa que Henry le regaló le quitó el aliento.

—Eso está hecho, milady —susurró él antes de darle otro beso.

El eco de los pasos cortos y ruidosos de los mellizos causó que tuvieran que separarse con rapidez y ambos adultos subieron rápidamente las escaleras excusando su retraso un tanto acalorados. La clase de la mañana resultó ir mucho mejor de lo que Astrid hubiera esperado en un principio. Quizás la presencia de Henry suponía también un aliciente, puesto que los niños disfrutaban con sus divertidas aportaciones y formulaba las preguntas precisas para mejorar la comprensión de la lección. Hacia mediodía, bajaron al comedor para comer el almuerzo —sopa de pollo con pan recién horneado y salmón asado de la tierra, además de un exquisito pudin de huevo como postre que estaba para chuparse los dedos— y los niños pidieron permiso para jugar en el cuarto de los niños de Ravencraig. Tras obtener la autorización de Henry y el beneplácito de Astrid, los mellizos salieron disparados del comedor. El duque pidió que les sirvieran el té en su salón privado que se encontraba junto a su recamara y Astrid enganchó su mano en su brazo para subir las escaleras.

Aquella era su costumbre.

Se sentaban junto al fuego, compartían confidencias mientras tomaban earl grey y, en algún momento, casi siempre por iniciativa de Astrid, acababan compartiendo un beso apasionado que siempre terminaba en algo más. Nadie los molestaba cuando tenían esos encuentros, quizás porque la servidumbre tenía instrucciones explícitas para ello y la señora Gothi acostumbraba a vigilar que los niños no sobrepasaran los límites sagrados de los aposentos privados del duque.

Astrid no lograba comprender cómo el sexo era una cuestión tan tabú y tan mal vista en su sociedad. A ella le encantaba, tanto que resultaba vergonzoso admitir que podía pasarse el día entero en la cama con Henry Haddock, dejando que explorara su cuerpo con sus grandes y rugosas manos por zonas en las que ni ella misma se había atrevido nunca a tocar y sus besos, húmedos y calientes, alimentaban el fuego que se acumulaba en su interior hasta que explotaba. Ella, por supuesto, también se daba la licencia para tocar y experimentar con el cuerpo de su amante y nunca, en toda su vida, hubiera pensado que una mujer pudiera ejercer tanto control sobre un hombre. Le fascinaba ver la cara de Henry contraerse de placer cuando ella se encontraba encima o cómo su cuerpo reaccionaba al contacto de piel con piel.

Sin embargo, a veces, lo que más disfrutaba era cuando, después del coito, ambos se acurrucaban en la amplia cama de Henry y se resguardaban del frío pegando sus cuerpos desnudos bajo las sábanas. En esos momentos de intensa intimidad eran en los que a Astrid le entraban ganas de llorar por lo afortunada que se sentía de amar y ser amada por un hombre como Henry. Se sentía protegida entre sus firmes brazos y no parecían existir diferencias entre ellos cuando estaban como Dios los trajo al mundo. Hablaban de sus planes una vez casados, de su luna de miel, de sus miedos, de su futuro e incluso de los hijos que estaban por llegar… No había secretos entre ellos.

—¿Te han arreglado ya la chimenea de tu habitación? —preguntó Henry preocupado tras escucharla toser sonoramente contra su mano.

—Eh… sí, sí, esto no es nada...

Henry estrechó los ojos.

—¿No se lo has vuelto a mencionar a la ama de llaves? —preguntó Henry incorporándose.

—Esa señora me odia —le recordó Astrid con impaciencia—. Está haciendo todo lo que está en su mano para quitarme de en medio.

—Entonces habla con la vizcondesa para que haga algo —insistió Henry—. Está haciendo muchísimo frío estos días, Astrid, y pinta que va a ser un invierno muy duro. Tienen que arreglarte esa chimenea y no me gusta nada como suena esa tos.

—Estoy bien —insistió ella exasperada.

Henry frunció los labios.

—Una cosa es que seas lo bastante orgullosa como para no pedir ayuda, pero estamos hablando de tu salud, Astrid —le recordó su prometido angustiado—. No puedo interceder por ti sin exponernos, así que hazme el favor de hablar con la vizcondesa esta misma noche.

—Sí, pamá —se burló ella.

Henry la fulminó con la mirada y ella hizo un puchero, lo cual llevó que él pusiera los ojos en blanco por su cabezonería. Estuvieron un rato holgazaneando en la cama hasta que cerca de las cinco se levantaron para volver con los mellizos. Henry la ayudó a vestirse y Astrid recogió su cabello, aunque el moño no le quedó tan pulcro como a la mañana. Los mellizos estaban merendando en el salón del baile mientras contemplaban atentos cómo los sirvientes terminaban de ornamentar el techo. Eloise preguntó dónde se habían metido todo ese tiempo y no se sorprendió cuando Henry le contó que la señorita Hofferson había querido ver su colección privada de clásicos literarios.

—¿Decoramos entonces ese árbol? —propuso Henry con buen humor.

Los niños chillaron entusiasmados e Henry acercó los cestos repletos de piñas y manzanas a la vez que aparecieron cuatros criados cargando con cajas repletas de dulces, barquillos, velas y un baúl que contenía una larga y preciosa guirnalda de plata que le recordó a la escarcha.

—Mi madre trajo esto desde Alemania —explicó Henry con cierta nostalgia—. Mi padre siempre decía que sus ojos brillaban tanto como esta guirnalda.

—Estas fechas deben resultarte muy tristes —comentó Astrid con tristeza.

Henry dibujó una sonrisa melancólica.

—Esta era la festividad favorita de mis padres, pero admito que para mí llevan años teniendo un sabor agridulce —explicó el duque—. Nunca dejé de poner el árbol porque, de alguna manera, parece que estoy honrando la memoria de mi madre cuando lo hago, pero resulta doloroso celebrar la Navidad solo…

Astrid dio un vistazo rápido a los niños quienes estaban inmersos con los criados en decorar la parte alta del árbol antes de atreverse a coger a Henry de la mano.

—Sabes que ya no vas a pasar más Navidades tú solo, ¿verdad?

Los ojos de Henry se iluminaron ante su comentario y le devolvió la sonrisa.

—No cabe duda de que soy muy…

—¡Primo!

Astrid apartó su mano con brusquedad cuando Richard Jorgenson entró en el salón del baile como Pedro por su casa. Henry hizo una mueca de desagrado antes de levantarse y voltearse para saludar a su primo carnal.

—¿Cómo estás, Richard? No te esperaba hasta la semana que viene.

A pesar de ser considerablemente más bajito que Henry e incluso que Astrid, Richard dio tal abrazo a su primo que la institutriz casi pudo jurar que había escuchado sus huesos crujir. Henry gimió de dolor y soltó un bufido cuando le dio un fuerte golpe en su espalda que casi le cortó la respiración. Fue entonces cuando Richard reparó en ella y arqueó tanto las cejas que estas casi se fundieron con la raíz de su pelo.

—¿Astrid? —preguntó incrédulo.

—Señorita Hofferson, si no le importa —le corrigió Astrid incorporándose.

Richard no pareció afectado por la sequedad de su voz y sonrió de oreja a oreja.

—Esto sí que es una sorpresa —argumentó Richard encantado—. Espera cuando te vea Rachel.

—¿Rachel…?

—¡Richard! ¿Por qué demonios no me has esperado a que yo también bajara del maldito carruaje del demonio? —se oyó a una mujer gritar desde la entrada y Rachel Thorston, conocida cariñosamente como Brusca por Astrid, apareció en el salón del baile sacando humo por las orejas—. Que no sea aristócrata, no me hace menos dama. Lo mínimo que puedes hacer por mí es…

Brusca se quedó en silencio tan pronto se percató que en el salón de baile no solo estaban Richard y Henry, sino también un montón de criados, dos niños que no conocía de nada y su mejor amiga. Brusca chilló según sus ojos se clavaron en ella y corrió de una forma muy poco propia de una dama para echarse a sus brazos, hasta el punto que ambas cayeron al suelo de una forma muy poco decorosa.

—¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! —gritó Brusca—. ¡Pero mírate! ¡Astrid! ¡Mi Astrid!

—Brusca, no me dejas respirar… —se quejó Astrid.

—Señorita Hofferson, ¿quien es esa señora tan loca? —preguntó Colin espantado.

—Da un poco de miedo —añadió Eloise con diversión.

—¿Señora? —replicó Brusca ofendida—. ¡Señorita, más bien! Aunque por poco tiempo…

Astrid cogió de sus hombros para quitársela de encima y mirarla directamente a los ojos.

—¿Cómo que por poco tiempo? —preguntó la institutriz.

Brusca mostró su mano y Astrid contempló el reluciente y enorme anillo de brillantes en su dedo anular. La joven se llevó la manos a la boca para contener un chillido.

—¿Cómo? ¿Cuándo? ¡¿Con quién?!

Rachel sonrió y señaló a Richard.

—Con el idiota ese de ahí.

—¡Ey! —replicó Richard ofendida.

—Sabes que lo digo con amor —insistió Brusca incorporándose y ayudando a Astrid haciendo lo mismo—. Lo que no esperaba era verte aquí hoy.

—La señorita Hofferson ha venido a dar sus clases —argumentó Henry haciendo un gesto en la cabeza para señalar a los niños.

Brusca parpadeó desconcertada y miró a Astrid intrigada antes de volverse a los mellizos.

—Así que vosotros dos sois Eloise y Colin.

—¿Quién es usted? —cuestionó Colin a la defensiva.

—La mejor amiga de vuestra institutriz, así que como me entere de que le estáis amargando la existencia, yo misma me encargaré de…

—Rachel —le cortó Astrid con severidad—. Deja a los niños tranquilos.

—¡Eso! —replicó Eloise—. A la señorita Hofferson le gustamos un montón y es mucho más simpática y guapa que tú.

—¡Eloise! —le regañó Astrid escandalizada por la actitud de la niña.

—¿Pero por qué la riñes? Si no ha dicho ninguna mentira —repuso Brusca, causando que los niños sonrieran encantados—. Me gustan estos críos.

—Que no te gusten demasiado, que bastante me está costando que no sean tan maleducados como tú —argumentó Astrid con impaciencia—. Venga niños, recoged vuestras cosas que es hora de volver a casa.

—¿Ya? —dijeron todos al unísono, Henry incluído.

Astrid puso los ojos en blanco.

—Debemos estar en casa para la hora de la cena y ya ha oscurecido —insistió Astrid preocupada—. Vuestros padres se enfadarán si no estáis en casa a la hora de la cena.

—Seguro que les da igual —comentó Eloise molesta.

—Y nunca cenan con nosotros —añadió Colin.

—Niños, por favor…

Eloise corrió hasta Henry para esconderse tras él y Colin no dudó en replicar a su hermana.

—Henry, convéncela para que nos podamos quedar —suplicó la niña.

—Nosotros nos queremos quedar aquí contigo —añadió el niño.

Astrid no sabía por quién sentía más lástima, si por los niños que no deseaban volver al ambiente hostil y de poco cariño que reinaba en su casa, o por Henry que no sabía donde meterse y qué hacer. La miró buscando ayuda y Astrid hundió los hombros.

—Niños, de verdad, tenemos que irnos —insistió la institutriz—. Si no volvemos antes de la hora de cenar, es probable que vuestros padres no nos dejen volver aquí.

Le rompió el corazón ver sus expresiones abatidas y sus ojos repletos de lágrimas. Por fortuna, Henry supo cómo interceder en esa ocasión.

—Escuchad, ¿comprendéis que si no aparecéis antes de cenar vuestros padres no solo se enfadarán con vosotros, sino con la señorita Hofferson también?

Los niños contemplaron a Astrid horrorizados antes de volverse a Henry.

—¡Pero la señorita Hofferson no ha hecho nada malo!

—¡En todo caso sería culpa nuestra!

—Sí, pero estáis a cargo de la señorita Hofferson y si ella no cumple con lo pactado, vuestros padres la regañarán por no seguir las normas.

—Lo que viene también a decir que pueden despedirla —añadió Brusca.

Astrid reprendió a su amiga con la mirada cuando Eloise y Colin corrieron a abrazarla hechos de un mar de lágrimas mientras le suplicaban que no se marchara.

—A ver, tranquilizaros, que no me voy a ir a ninguna parte —insistió Astrid sacando su pañuelo para limpiarles las lágrimas—, pero tenéis que comprender que, aunque a veces no nos gusten, las cosas buenas tienen que acabar porque tenemos unas normas que seguir. Además, ya hemos abusado de la confianza de Lord Haddock y ahora tiene invitados que atender, así que lo propio es que volvamos a nuestra casa. Ahora, demostrad a Lord Haddock vuestro agradecimiento por este día tan maravilloso que os ha brindado.

Eloise y Colin asintieron y se inclinaron tal y como Astrid les había enseñado.

—Muchas gracias, Su Gracia —dijeron al unísono.

—De nada, chicos —respondió Henry sonriente—. Voy a dar orden para que os traigan el carruaje.

—Espera, primo, que te acompaño —dijo Richard pisándole los talones.

Astrid pidió a uno de los criados a ver si era posible que les trajeran sus abrigos y éste salió a toda prisa a por ellos. Brusca se acercó a ella cuando los niños, mientras esperaban, volvían a retomar su tarea de decorar el árbol, aunque con menos entusiasmo.

—Pensaba que tu relación con Lord Haddock no había quedado en nada más que una cordial amistad y que solo os saludáis las raras veces que os encontrabais —señaló Brusca con cierta malicia.

—Y así es.

—Ya, a ver como te lo digo: la policía no es tonta, Astrid —dijo su amiga con cierto fastidio—. Chica, un poco más y hay que dejaros solos, porque esas miraditas que intercambiais… insinúan muchas cosas.

Astrid sintió su cara arder.

—No sé de qué me estás hablando —replicó la muchacha apartando la mirada.

Brusca jadeó sorprendida.

—Espera, espera, es que tu cara me lo está diciendo todo —dijo su amiga bajando rápidamente el volumen—. ¿El duque y tú…?

—N-no —negó ella sin poder controlar el temblor en su voz.

Brusca se quedó con la boca entreabierta.

—¿Desde cuándo?

—Brusca…

—Astrid Jane Hofferson —la institutriz hizo una mueca ante la mención de su nombre completo—. ¿Desde cuando el duque y tú sois…?

—Desde la Nochebuena del año pasado —respondió ella en un murmullo—. No te conté nada porque era demasiado arriesgado y como no nos hemos visto…

—¿Pero solo sois…?

Ella negó con la cabeza y sacó el anillo que escondía bajo su vestido. Brusca no entraba en su asombro, pero no pudo formular todas las preguntas que quiso porque entró el sirviente con los abrigos, seguido de Henry que insistió en acompañarlos hasta el carruaje.

—¿Estáis segura que no queréis que os acompañe? —preguntó Henry cuando subieron al coche.

—Tenéis invitados que atender, Su Gracia, y ya hemos abusado mucho de su hospitalidad —insistió Astrid cordialmente.

—Ni usted ni los niños me molestan nunca, señorita Hofferson —le aseguró Henry con ternura—. Espero verles a todos muy pronto.

—¡Ven pronto a visitarnos, Henry! —chilló Eloise asomándose por la ventana—. ¡Y convence a mamá para que nos deje volver!

—Lo intentaré —prometió Henry y dio unos golpes al carruaje para que se pusiera en marcha.

La vuelta a Lochleven Abbey fue muy deprimente y, a pesar de que llegaron poco antes de la cena, Lady Mackenzie no aprobó que hubieran estado todo el día fuera. Resultaba deleznable cómo una mujer que apenas intercambiaba cuatro frases al día con sus hijos y se pasara la mayor parte del tiempo quejándose de su comportamiento se mostrara tan indignada porque sus hijos hubieran estado tanto tiempo fuera de casa. La envidia que envenenaba a aquella mujer era insana, más que la sufriera de sus propios hijos, que poca culpa tenían que el duque prefiriera su compañía a la suya.

—El duque tiene cosas mejores que hacer que atenderos a vosotros —dijo la vizcondesa indignada—. ¿Cómo se os ocurre pasaros tanto tiempo allí?

Los niños miraron a Astrid temerosos, como si no estuvieran seguros de qué debían responder. Casi como si temieran decir algo que no debían.

—Ha sido culpa mía, Lady Mackenzie —se apresuró a decir Astrid—. Lord Haddock ha colocado un abeto en su casa y estaba tan entusiasmado en que los niños lo decoraran con él que se nos ha ido el tiempo.

—¿Un abeto? ¿Decorarle? ¿De qué pamplinas me está hablando, señorita Hofferson?

—¡Ella dice la verdad! —chilló Eloise indignada—. ¡La mamá de Henry trajo esa costumbre desde Alemania y es tradición decorar ese árbol por Navidad!

La vizcondesa se levantó indignada con toda la intención de dar un bofetón a su hija, pero Astrid se interpuso en su camino.

—¿Así es cómo educa a mis hijos, señorita Hofferson? ¡Es intolerable que me hablen así! —rugió Lady Mackenzie—. Considérese despe…

—¡No! —chillaron los niños desesperados.

Lady Mackenzie dio un paso hacia atrás ante la reacción de sus hijos que se pusieron delante de Astrid con aire defensivo.

—¡Madre, por favor! ¡No echéis a la señorita Hofferson! —le suplicó Colin—. ¡Es la mejor profesora que hemos tenido nunca y es muy buena con nosotros!

—¡Ella siempre nos regaña cuando perdemos nuestros modales! —insistió Eloise y se volvió desesperada hacia Astrid—. ¿A que sí, señorita Hofferson? Cuando se enfada nos golpea con la regla en las manos y a veces incluso en la punta de los dedos.

Astrid quiso interceder en ese mismo instante para señalar la mentira de la niña y defender su honor como institutriz, pero la vizcondesa parecía gratamente sorprendida por el comentario de su hija.

—Debería aplicar castigos más severos, señorita Hofferson, pero es un consuelo saber que al menos mis hijos reciben lo que se merecen cuando obran mal.

—La señorita Hofferson es muy severa, madre —remarcó Eloise—. Ninguno queremos enfadarla. Es más, esta mañana me ha dado un cachete por llamar «Henry» a Lord Haddock.

Astrid no sabía si estaba más indignada por la imagen que la niña estaba presentando de ella o que su madre estuviera tan contenta por los supuestos castigos físicos que sus hijos recibían de ella.

—¡Y poco me parece! —remarcó Lady Mackenzie—. Debe aplicar castigos más severos sobre estos dos, señorita Hofferson, solo así podrá amoldarlos como es debido. A la vista de esta última información le daré otra oportunidad, pero un solo descuido más y se irá de patitas a la calle. Ahora marchaos, me duele la cabeza.

Astrid y los niños se retiraron del saloncito de la señora y, solo cuando estuvieron lo bastante lejos, la institutriz se atrevió a regañarlos por fin.

—¿Qué os tengo dicho de mentir?

—¡Era una medida desesperada! —se defendió Eloise—. ¡No podíamos dejar que la echara!

—Es una mentira piadosa —añadió Colin—. Esas no son pecado.

—Todas las mentiras son pecado —se apresuró a corregir Astrid—. Y no quiero que vuestra madre piense que yo os pego.

—Pero es lo que ella quiere —remarcó Eloise con impaciencia—. A nosotros nos gusta usted porque no nos pega y porque es buena, inteligente y nos quiere a pesar de nuestros defectos, pero a nuestra madre solo le interesa que nos castiguen porque cree que siempre nos portamos mal.

—Eso no es cierto…

—Claro que lo es —dijo Colin apesadumbrado—. No le gustamos a nuestra madre ni a nuestro padre, no es ningún secreto. Por eso no queremos que se vaya, porque a usted le gustamos, ¿verdad? Si no, no se habría esforzado tanto con nosotros...

Astrid no pudo evitar abrazarlos con todas sus fuerzas.

—¿Pero cómo no me vais a gustar? Si sois los niños más listos que he conocido nunca —dijo ella conmovida.

—Usted jamás nos abandonará, ¿verdad? —preguntó Eloise contra su hombro.

Astrid sintió un nudo en su estómago y acarició el pelo sedoso y castaño de la niña.

—A menos que sea por una causa de fuerza mayor, no tengo planes de irme —les prometió la institutriz.

Astrid cenó sola aquella noche, como ya era costumbre. Le sirvieron un caldo templado tirando a frío y un trozo de bacalao pasado de cocción, pero Astrid apenas se inmutó por semejante insulto de cena y cogió la bandeja para bajar directamente a la cocina. Los criados que no estaban sirviendo la cena a los señores, se encontraban cenando en el comedor, pero Astrid entró directamente en la cocina donde la cocinera, la señora Ross, estaba preparando los postres y parecía inmersa en sus cotilleos con sus ayudantes, hasta el punto que no pareció reparar en su presencia.

—Ya os digo yo que esa señoritinga sureña y de acento pijo tiene un palo metido en el culo, pero no duda en arrastrarse con los que son superiores a ella —argumentó la cocinera con un fuerte acento escocés—. Menos mal que no trabajo ahí arriba, porque si tengo que verla todos los días me pondría mala. ¡A Dios gracias que no come con nosotros, aunque esta mañana ni se ha dignado a bajar y quejarse personalmente de su desayuno que con tanto esmero le hemos preparado y que tan poco le ha gustado!

A esas alturas, Astrid había sufrido tantas humillaciones y vejaciones hacia su persona que quizás tendría que haberse vuelto de hierro ante las burlas, más cuando provenían de gente que no la conocía de nada. Sin embargo, Astrid Hofferson estaba harta. Harta de que la prejuzgaran sin conocerla, que se aprovecharan de ella y que la culparan de males que no la correspondían en absoluto. Movida por esa misma ira que la había impulsado a golpear a Viggo Grimnborn cuando había intentado forzarla, Astrid entró en la cocina y tiró el contenido de su bandeja con suma energía a la pila repleta de platos sucios. Algunos de los platos se rompieron y el pescado se desmenuzó por el agua turbia y fría. La cocinera y las ayudantes callaron al instante, pasmadas de verla allí y se sobresaltaron cuando Astrid dejó la bandeja metálica con muy poca delicadeza sobre la mesa de trabajo que estaba cubierta de harina y molduras de verduras.

—Vamos a dejar clara una cosa —advirtió Astrid cuidando de no perder los nervios—. He sido muy educada y paciente con todos ustedes. Que no le gusto ni a usted, ni a la señora Murray ni al resto de los aquí presentes es un hecho del que ni me atrevería a cuestionar. Sin embargo, como ustedes, yo también tengo derecho a una alimentación digna y si vuelve a servirme algo como esa basura otra vez, la próxima vez bajaré directamente adonde el señor para que pruebe por sí mismo las delicatessen que usted prepara para la educadora de sus hijos, señora Ross.

—¡¿Pero qué demonios está pasando aquí?! —dijo la señora Murray entrando a la cocina muy alarmada.

—Cállese, señora Murray, que enseguida viene su turno —le ordenó Astrid sin dejar de mirar a la señora Ross, quien temblaba de terror.

—¿Pero cómo se atreve a…? —empezó a decir la señora Murray, pero Astrid no tenía ganas de aguantar chorradas.

—Cosas básicas, señora Ross: té caliente y me conformo con las mismas comidas que sirve a los criados —indicó Astrid tajante—. No necesito las sobras recalentadas de lo que los señores comieron hace dos días. ¿Entendido?

La cocinera asintió muy nerviosa y Astrid se volvió a la señora Murray, quien tenía una fea expresión agria deformando su rostro.

—Mañana mismo quiero que arreglen mi chimenea o que me cambien de habitación, pero esta es la última noche que duermo con estos fríos —advirtió Astrid con fiereza—. Siento que mi presencia les desagrade, pero que todos ustedes estén aquí no es mi condenada culpa. Mis padres trabajaron mucho para poder darme una educación digna y creanme que ser institutriz tan lejos de casa y de mi familia con la única compañía de dos niños faltos de amor no es fácil. No les pido que seamos amigos, pero sí que me den un maldito respiro, por Dios se lo pido.

El incómodo silencio que se hizo en la cocina podía cortarse con un cuchillo. Astrid sostuvo la mirada de la señora Murray sin titubear hasta que la ama de llaves frunció los labios y preguntó:

—¿Deseará la señorita que le suban ahora un té caliente?

Aquella era la reacción que Astrid esperaba.

—Por favor —indicó la institutriz antes de salir de la cocina.

El silencio continuó cuando Astrid alcanzó la escalera de servicio, aunque la joven si le pareció escuchar a alguna de las ayudantes de la cocinera comentar que ni la vizcondesa era la mitad de intimidante que ella antes de que la mandaran callar. Astrid se marchó con una extraña sensación de satisfacción y, sorpresivamente, una criada le trajo un té caliente y exquisito hasta su habitación, además de una bolsa de agua caliente.

—Mañana le cambiarán de habitación al ala oeste, cerca de las habitaciones de los niños —le indicó la criada—. Para cuando termine sus clases, ya habrán trasladado todas sus cosas.

—Muy bien, gracias —indicó Astrid empezando a cerrar la puerta cuando la criada la sostuvo con suavidad, impidiendo que la cerrara del todo—. ¿Qué pasa?

—Verá, me da un poco de vergüenza preguntar esto, pero después de ver cómo ha reaccionado a las vejaciones de la señora Ross y la señora Murray me ha demostrado que usted es diferente a las otras institutrices —argumentó la criada un tanto nerviosa—. Me preguntaba si podría hacernos un favor a mí y a otro par de criadas.

—¿Qué clase de favor? —preguntó Astrid con desconfianza.

—¿Usted nos enseñaría a leer?

Aquella petición la pilló totalmente por sorpresa hasta el punto que no supo qué decir.

—Sabía que era una mala idea —repuso la criada avergonzada—. Siento si la he ofendido, no era mi intención y…

—Espere, espere, no he dicho que no —le interrumpió Astrid—. Me ha sorprendido, nada más. ¿Cuántas serían?

—Cuatro contándome a mí —respondió la criada—. Lo único que no podemos pagarle es la cantidad que le pagan los señores y tendría que ser después de que acabáramos la jornada de trabajo…

Astrid contempló a la criada con cierta lástima. Debía de ser tan o incluso más joven que ella y probablemente se habría pasado toda su vida trabajando, sin posibilidad de pisar ninguna escuela. Ella había tenido una vida mucho más fácil que la de cualquier miembro del servicio y tenía que considerar que su posición era infinitamente más privilegiada a pesar de llevar una vida solitaria. Sin embargo, que aquella muchacha hubiera reunido el valor para preguntarle si podía sacar tiempo para enseñarle algo tan básico como leer… Nunca se había sentido más honrada.

—No necesito que me paguen nada —argumentó Astrid—. Lo haré gratis.

La criada abrió los ojos de par en par.

—¡Pero señorita! ¡Nosotras no podríamos aceptar que trabajara por nuestra cara!

—Solo voy a pediros un favor —Astrid rebuscó en el bolsillo de su vestido—. Llevad mis cartas vosotras personalmente al pueblo. Yo pagaré los gastos de envío, pero me gustaría que mi correspondencia no pasara por manos de quien no confío. También me gustaría que mis cartas llegaran a mí antes de que la señora Murray las reparta, porque ya ha sido más de una ocasión en las que me he encontrado mi correspondencia abierta y manoseada.

—La señora Murray acostumbra a revisar el correo de toda la servidumbre —apuntó la criada con desdén—. Sé que pone especial interés en sus cartas, aunque por lo que cuenta la señora Ross no comparte más cartas que con sus padres y una tal Rachel.

Astrid bufó indignada. ¡Sabía que alguien estaba espiando su correspondencia!

—¿Acaso buscan algo en mis cartas?

La criada sacudió los hombros.

—Creo que piensan que usted tiene algún amante por la zona —teorizó la chica—. A ver, usted es una mujer bonita, pero no creo que sea de esas que mantiene ese tipo de… relaciones. Además, usted es hija de un vicario y tiene educación, por lo que la hace más razonable que las demás chicas.

Astrid tuvo que forzar una sonrisa para no delatar que el hecho de que fuera la hija de un párroco y que contara con unos estudios no había impedido que se hubiera convertido en la amante de un duque. Prefería que, de momento, todo el mundo pensara que ella era una mujer correcta y de fuertes principios que no cedía a los placeres de la carne cuando, en verdad, Astrid era lujuriosa y apasionada, defectos muy mal vistos cara a la sociedad. La criada —de nombre Bonnie— y ella acordaron empezar las clases la noche del día siguiente y Astrid le entregó la carta que había escrito esa mañana a su madre, además de un chelín para que se la mandaran mañana mismo cuando se acercaran al pueblo.

Tres días después de la visita a Ravencraig y su confrontación con los criados, Astrid estaba recogiendo el aula cuando apareció la señora Murray.

—Una dama de apellido Thorston ha venido a visitarla. La espera en el hall.

Astrid tuvo que contener su emoción bajo una máscara de indiferencia y simplemente dijo:

—Gracias, pero mejor tráigala aquí y agradecería que nos trajera un té si no le causa mucha molestia.

—Es muy poco ortodoxo que una institutriz reciba visitas, señorita Hofferson. Tengo que informar a la señora.

—Por favor, hágalo —concordó Astrid sin perder la calma—. Infórmele que la señorita Thorston, a la que usted haciéndola esperar en ese frío hall, es la futura señora Jorgenson —la expresión de la señora Murray se deformó en una mueca de sorpresa—. Me imagino que estará al tanto de quién es Richard Jorgenson, así que no creo que sea adecuado no informar a Lady Mackenzie sobre la presencia de una próxima pariente del Duque de Drumnadrochit. Es más, ahora que lo recuerdo, ¿no era el señor Jorgenson hijo de un conde? No recuerdo de donde, pero me imagino que sería una ofensa hacer esperar a una futura condesa.

La señora Murray salió disparada del aula y, no mucho tiempo después, Brusca entró en el aula con una mueca de fastidio.

—¡Pero qué estirada es esa señora, por Dios! —exclamó su amiga mientras se quitaba el sombrero—. Me ha mirado de arriba abajo con aires de superioridad, como si yo no fuera digna de estar aquí.

—Tristemente, te acabas acostumbrando —comentó Astrid mientras extendía sus manos para coger las de Brusca y darle dos besos en las mejillas—. Te ves radiante.

—Pues explícame cómo, porque tengo un frío espantoso —se quejó su amiga y acudió a sentarse junto al fuego mientras Astrid cerraba la puerta del aula—. Me gustaría decirte que te veo estupenda, pero nadie se ve bien con esos vestidos tan sosos y aburridos de institutriz.

—¿Qué le voy hacer? —replicó Astrid mientras se quitaba el delantal y lo dejaba sobre su escritorio—. Ser institutriz conllevaba ser, en muchas ocasiones, sosa y aburrida.

—Pues tienes que tenerlo muy difícil, querida, porque tú no tienes nada de eso —le aseguró Brusca—. Y sé de cierto duque que piensa lo mismo.

Astrid posó un dedo contra sus labios cuando alguien tocó la puerta. La señora Murray cargaba con una bandeja con una tetera y dos tazas, una de porcelana china con estampados florales que usaban los vizcondes y otra de porcelana blanca más barata que Astrid acostumbraba a utilizar. Había traído un plato con surtido de pastas de aspecto apetitoso y scones. En contra de la voluntad de la señora Murray de entrar y cotillear todo lo posible, Astrid cogió la bandeja y, tras darle las gracias por el té, cerró la puerta en sus narices. La joven institutriz hizo un gesto a su amiga para que se mantuviera callada y, al cabo de unos minutos, escucharon los pasos de la ama de llaves alejarse de la puerta.

—¿Pero qué clase de lugar es este? —preguntó Brusca horrorizada.

—Uno triste, lúgubre y cruel —apuntó Astrid sin darle mayor importancia.

—Deberías marcharte de aquí, Astrid.

—No puedo dejar a los niños —argumentó la institutriz—. Esas pobres criaturas no tienen a nadie más que a mí.

—No me lo digas, ¿tienen unos padres que los desatienden y pasan de ellos? —preguntó su amiga molesta.

—Algo así.

—De verdad, yo no entiendo por qué la gente tiene hijos si luego no los quieren.

Astrid asintió con tristeza. Brusca tampoco contaba con unos padres que la hubieran querido especialmente. Al igual que Eloise y Colin, Brusca y su hermano habían sido considerados como «imposibles» e, incapaces de encontrar a una institutriz que pudiera lidiar con los gemelos, sus padres habían decidido mandar a Brusca a un seminario mientras que Chusco se quedaba estudiando en casa. Los años en el seminario no pudieron doblegar el fuerte y singular carácter de su amiga, pero gracias a que la mandaron allí a la fuerza, Astrid y Brusca pudieron conocerse y formar la amistad más sólida e inusual jamás vista. La joven institutriz confiaría su vida a Brusca si fuera necesario y sabía que su amiga pensaba lo mismo. No eran almas gemelas, pero sí se consideraban «espíritus afines».

—¿Por qué has venido? —terminó preguntando Astrid.

—Quería verte —explicó Brusca—. Primero, porque no te veo desde las pasadas Navidades y tengo que decir que tus cartas son muy escuetas últimamente. Estaba preocupada por ti y por eso he venido.

—No te habrás comprometido con Richard para tener la excusa de venir hasta Escocia para verme, ¿verdad?

Brusca sacudió los hombros.

—Tal vez, la verdad es que lo del compromiso ha sido una cuestión de última hora. Si no te había dicho nada era porque prefería contártelo en persona —argumentó Brusca ansiosa.

—No estoy enfadada, si es lo que te preocupa, más bien sorprendida —dijo Astrid cogiendo de su mano para calmarla—. ¿Qué te hizo decirle que sí?

—Bueno, teniendo en cuenta de que es una verdad universalmente reconocida de que todo hombre soltero que posea una gran fortuna necesita una esposa, también considero que toda mujer necesita un hombre rico del que desposarse para sobrevivir a este mundo cruel que tanto odia a las mujeres solteras —explicó su amiga con amargura—. No me malinterpretes, aprecio a Richard y puede que algún día llegue a amarlo, pero la situación en casa se estaba volviendo insostenible y no podía depender de mis padres por más tiempo. Así que, cuando me pidió matrimonio, le dije que sí casi sin pensarlo. Además, Richard puede presumir de que me satisface ciertas… necesidades.

Astrid no pudo evitar ruborizarse y decidió ocultar su rubor tomando un sorbo de su té. Sin embargo, Brusca analizaba sus movimientos con atención, como si intentara sacar un secreto que ocultara bajo sus gestos.

—¿Cuándo puedo felicitarte por tu compromiso? —preguntó su amiga sin muchos rodeos.

—De momento no es oficial —dijo Astrid evadiendo su mirada—. Y agradecería que no contaras nada a nadie.

—¿Pero mantienes una relación…?

—Sí —se adelantó a responder Astrid muerta de vergüenza.

—¿Y cuándo demonios piensa contraer nupcias contigo? Para él no es arriesgado, pero para ti…

—Si mantenemos esta relación es porque yo insisto en que sea así. Henry quería parar para protegerme, pero yo… —Astrid ocultó su cara entre sus manos—. Le amo, Rachel, no sabes cuánto. El hecho de no estar físicamente con él se me hace hasta doloroso y… no sé, estamos comprometidos desde julio, pero la respuesta del rey no termina de llegar y…

—¿Qué tiene que ver el rey en toda esta historia?

Astrid procedió a contarle todo el asunto de la línea sucesión y los condicionantes impuestos al Ducado de Drumnadrochit a la hora de casarse. Brusca escuchó con atención toda la historia relatada por Astrid en susurros por miedo a que alguien estuviera poniendo la oreja y su secreto saliera a la luz. Brusca abrazó a Astrid cuando ésta acabó su relato y la institutriz sintió que se había quitado un enorme peso de encima.

—Mira que eres tonta —dijo Brusca limpiando sus lágrimas con los pulgares—. Mereces toda la felicidad en el mundo, As. Has pasado por mucho en los últimos años y mereces ser feliz.

—Ya, bueno, yo sigo esperando que el rey deniegue el compromiso —argumentó Astrid sorbiéndose la nariz.

—¿Pero por qué iba hacer eso?

—Brusca, mírame, por favor —replicó Astrid irritada—. No soy más que una institu…

—¡Ay, para! —le cortó su amiga—. No me vengas con el discurso de clases, que no tengo cabeza para eso ahora —Astrid iba a replicar indignada, cuando Brusca cogió de sus manos—. Escúchame bien, Henry Haddock está perdidamente enamorado de ti y no creo que sea de ese tipo de hombres que se conforman con un «no». Si al idiota del rey o a su regente les diera por decir que no a vuestro enlace, creeme cuando te digo que tu duque cogería su mejor caballo y cabalgaría hasta Londres para decirle cuatro cositas al monarca.

Astrid sonrió agotada.

—Henry odia los conflictos, así que dudo que llegara a ese extremo.

—Tal vez te sorprenda, pero creo que si hay alguien en el mundo a quién Richard teme es precisamente Henry.

Astrid frunció el ceño.

—¿Y eso?

—Dice que no conviene hacerle enfadar —contestó su amiga en un gesto exasperado—, pero nunca ha querido darme detalles.

—No creo que Henry sea una persona que pueda considerarse violenta —apuntó Astrid extrañada.

—Querida, muchas veces no se necesita la violencia para inspirar miedo —señaló Brusca guiñandole un ojo—. Por cierto, vengo también a entregarte esto.

Brusca sacó un sobre de su bolso y se lo tendió. Reconoció la caligrafía de su amiga y abrió el sobre intrigada para leer su contenido. Jadeó sorprendida.

—¿El baile del día veinte en Ravencraig es tu fiesta de compromiso? —preguntó Astrid sorprendida—. Henry me dijo que iba a ver un baile, pero no te mencionó.

—Por suerte, el duque es un hombre discreto, porque le habría rebanado los sesos de haberte desvelado mi anuncio antes que yo —comentó su amiga.

Astrid leyó los detalles de la carta con atención, aunque Brusca debió notar algo en su expresión.

—A ver, ¿qué pasa ahora?

—Nada. Que compartamos una larga amistad es una buena excusa cara a los vizcondes para acudir a tu baile, pero… no tengo nada que ponerme —explicó Astrid con tristeza—. De haberlo sabido un poco antes, le habría dicho a mi madre que me mandara el baúl con el vestido que me regalaste el año pasado, pero…

—Astrid Hofferson, ¿pensabas realmente que iba a permitir que mi mejor amiga en el mundo fuera al baile de mi compromiso vestida con el mismo vestido que llevó el año pasado? Tu vestido nuevo debería llegar esta tarde desde Edimburgo si todo va bien.

—¿Qué? Pero, pero…

—Ya, ya, deja de quejarte de que gasto el dinero en ti y dedica a adorarme y decir lo maravillosa y gran amiga que soy —insistió Brusca con una sonrisa radiante.

Astrid no pudo enfadarse con ella y mucho menos contener sus ganas de abrazarla.

—Eres maravillosa y la mejor de las amigas.

—¿Espíritus afines?

La institutriz rompió el abrazo para contemplar sonriente el rostro de su amiga. Alzó su dedo meñique y Brusca lo enlazó con el suyo.

—Espíritus afines —concluyó Astrid.

La joven institutriz se apartó cuando tocaron a la puerta y apareció la señora Murray anunciando que la vizcondesa deseaba conocer a la futura señora Jorgenson. Brusca estaba confundida ante aquella repentina invitación, pero su amiga ejerció su papel de futura condesa a la perfección. Es más, para la enorme vergüenza de Astrid, Brusca aprovechó la ocasión para lanzar toda clase de elogios para ella y aseguró a la vizcondesa de que no había institutriz mejor en toda Gran Bretaña. Lady Mackenzie, poco acostumbrada a elogiar a nadie que estuviera a su servicio, se vio obligada a mostrarse de acuerdo con Brusca. La futura señora Jorgenson sacó otro sobre con la invitación —aunque a diferencia del suyo, éste no llevaba nombre— y se lo entregó a la vizcondesa. Lady Mackenzie empezó a vomitar halagos hacia Brusca cuando ésta, aprovechando su brote euforia, le anunció que Astrid, por supuesto, acudiría también al baile. Aquello no le hizo la menor gracia y, sin perder aquella sonrisa forzada que deformaba su cara, Lady Mackenzie argumentó que tal vez el Duque de Drumnadrochit no se sentiría cómodo con eso de codearse con gente que no fuera de alta cuna. Brusca soltó una carcajada.

—Lady Mackenzie, mi padre ha sido granjero durante la mitad de su vida y aquí estoy codeándome con duques y vizcondes. El duque es un hombre con una mente abierta e inteligente, estoy segura de que le encantará saber de que la señorita Hofferson acudirá al baile como usted y su esposo.

Lady Mackenzie se quedó estupefacta ante la revelación de los orígenes de Brusca, aunque fue lo bastante prudente como para no soltar ningún comentario al respecto. La joven Thorston se excusó con que debía marcharse para seguir con los preparativos del baile en Ravencraig y se despidió con efusividad, hasta el punto que le dio dos besos a la institutriz delante de una escandalizada vizcondesa. Astrid volvió a sus quehaceres cuando el carruaje desapareció por la arboleda y se pasó el resto del día con los niños, preocupándose de huir de las miradas furtivas de la señora Murray y de las quejas de la vizcondesa sobre la «inoportuna» visita y lo poco que le gustaba la futura señora Jorgenson.

A última hora de la tarde, después de la cena de los criados, Astrid bajó al comedor de la servidumbre donde las cuatro criadas a las que estaba enseñando a leer la esperaban ansiosas. Las cuatro chicas se levantaron con demasiado entusiasmo cuando Astrid entró cargada con sus libros y la joven observó que había una caja sobre la mesa.

—Es para usted, señorita —anunció Bonnie—. La recogí yo misma del mensajero, así que la señora Murray no ha visto nada.

—Hemos reconocido el nombre de la tienda —preguntó otra criada rubia que se llamaba Mary—. ¿Acaso es cierto lo que dicen? ¿Ha sido realmente invitada al baile del duque?

—Es la fiesta de compromiso de una amiga —se apresuró a aclarar Astrid soltando el lazo—. Rachel Thorston y yo somos amigas desde hace años.

—¿Y se ha comprado un vestido para la ocasión?

Astrid abrió la caja y retiró el papel de seda. Las criadas exclamaron ovaciones al contemplar la bella tela roja con bordados dorados. Astrid sacó el vestido de la caja, abrumada por la belleza del vestido de acabado tan fino y exquisito, tan poco propio de una dama de su talla.

—¡Señorita Hofferson, se lo tiene que probar! —dijo Bonnie con entusiasmo.

—¿Qué? No, no, no… me lo probaré luego, ahora lo que importa es vuestra clase.

—Hemos pasado toda la vida sin leer, podemos esperar un poco más —dijo la más mayor de todas ellas, una mujer entrada en carnes llamada Sophie—. Tiene que verse bellísima con ese vestido puesto.

—Pero…

—Ande, por favor, pongáselo —le animó Bonnie—. Nosotras nunca podemos ver a la señora probarse sus vestidos porque no somos sus doncellas, pero si lo necesita, nosotras podemos ayudarle a vestirla.

Astrid no pudo negarse. Las cuatro doncellas se volcaron en quitarle la ropa y ayudarla a ponerse el delicado vestido. Mary deshizo su moño y todas alabaron su larga cabellera rubia. Astrid se ruborizó al percatarse que sus risas no eran maliciosas y sus halagos eran sinceros.

—Tan joven y embutida en esos aburridos vestidos de institutriz —comentó Lucy, una doncella de nariz puntiaguda que le recordaba al de un ratón y muy flaca—. Ya me gustaría a mí tener un cuerpo así para lucirlo.

—No está bien que diga eso —apuntó Astrid azorada.

—Estamos entre amigas —remarcó Sophie recogiendo su cabello—. A ver si ahora que ya le están sirviendo comida algo más comestible sube algo de peso, porque se va a quedar como Lucy.

—¡Oye! —se quejó la aludida.

Las criadas se rieron y Astrid formuló una sonrisa tímida. No acostumbraba a tratar con grupos de mujeres, pero aquellas criadas habían demostrado que, cuando no le hacían el vacío como hasta ahora, resultaban ser una compañía la mar de agradable. Todas habían mostrado un gran entusiasmo por aprender a leer y, como habían estado trabajando todas desde muy pequeñas, nunca habían tenido ocasión de acudir a la escuela. Aún siendo ruidosas y algo vulgares en el trato, sobre todo cuando se encontraban fuera de horas de trabajo, eran simpáticas y mostraban una muy buena actitud por aprender. Astrid aún llevaba un par de días enseñándolas a leer, pero el hecho de que se mostraran tan dispuestas a ayudarla con la preparación del baile la conmovió.

Por esa razón, el día veintiuno de diciembre, hacia la última hora de la tarde, las cuatro criadas aparecieron en su cuarto —ahora más amplio, con una chimenea funcional y localizado en el ala oeste de la casa — dispuestas a vestirla y peinarla como si ella fuera la señora de la casa. Astrid se puso su mejor conjunto de enaguas y Sophie le apretó tanto el corsé que la institutriz no podía respirar con la misma regularidad de siempre. El vestido le quedaba como un guante y Bonnie recogió su cabello en un moño complicado y repleto de horquillas que Astrid había guardado del último baile de Navidad en casa de los Thorston. Brusca también le había regalado unos espectaculares zapatos hechos a medida que ni siquiera le rozaban los pies.

—¡Se ve como una auténtica dama, señorita! —alabó Bonnie a su espalda cuando Astrid se contempló en el espejo.

—El rojo le sienta muy bien —apuntó Lucy.

Astrid les dio a todas las gracias y se apuntó mentalmente que, cuando pasara por el pueblo, les compraría un detalle para regalarles por Navidad. Aquellas cuatro mujeres analfabetas se habían portado muy bien con ella en los últimos días y, además de alumnas aplicadas, habían conseguido hacerle las cosas un poco más fáciles en Lochleven Abbey. Alguien tocó a la puerta y, pensando de que tal vez fuera la señora Murray para gruñirle que los señores la esperaban para partir a Ravencraig, dos cabecitas se asomaron por la puerta. Las criadas aprovecharon la llegada de los pequeños Mackenzie para retirarse y desearle una feliz velada. Eloise y Colin estaban vestidos con sus ropas para dormir y observaron el dormitorio de la institutriz entre curiosos y nerviosos, pues nunca habían estado allí antes ni habían contado con el permiso para hacerlo. Eloise se llevó las manos a la boca, impactada por ver a su institutriz vestida como una dama de su edad y Colin se había ruborizado, quizás por qué nunca la había visualizado como una mujer joven.

—¡Parece una princesa! —halagó Eloise tocando con mucho cuidado su falda—. Prométame que bailará toda la noche, señorita.

Astrid rió un tanto avergonzada.

—Soy un poco patosa para eso —argumentó la joven.

—No pasa nada, lo que importa es tener la pareja de baile adecuada —insistió la niña—. El duque baila muy bien, seguro que cuando la vea así de guapa la invita a bailar con él.

Astrid sonrió antes de darle un beso en la frente a la niña y Colin le tendió una cajita que estaba torpemente envuelta en papel de periódico.

—¿Es para mí? —preguntó ella sorprendida.

Colin asintió azorado.

—Se ha pasado toda la semana haciéndolo. Yo le he asesorado con los colores —explicó Eloise con orgullo.

Intrigada y conmovida por el detalle, Astrid retiró el papel y abrió la caja. Dentro había una flor de papel de color rosa que estaba pegada a una pulsera envuelta en tela del mismo color. La institutriz la sacó con mucho cuidado y se la puso sin pensárselo dos veces.

—Es precioso, Colin. ¡Me encanta! —exclamó la muchacha.

El rubor de Colin se extendió hasta sus orejas cuando Astrid le besó en la mejilla y Eloise se rió por el repentino nerviosismo de su mellizo.

—Señorita, ¿de verdad se tiene que ir mañana? —preguntó Colin con tristeza—. No nos importa seguir estudiando durante las vacaciones si eso la motiva a quedarse…

Astrid acarició el pelo del pequeño.

—Yo también tengo una familia esperándome en Hampshire, pero estaos tranquilos, que a mediados de enero estaré de vuelta —le prometió ella.

—¿Y no podemos irnos con usted? —se aventuró a preguntar Eloise—. Madre y padre se van también a Glasgow durante las fiestas. Nos vamos a quedar solos todas las vacaciones…

La joven institutriz sintió que su corazón se partía en dos ante la soledad de aquellas pobres criaturas. Ella no era una mujer rica ni pudiente, pero siempre había contado con el respaldo y el cariño de sus padres a quienes quería con locura. Sin embargo, Eloise y Colin Mackenzie no conocían el amor por parte de sus padres y era triste que la única persona que les había prestado atención y los había tratado con amor fuera precisamente ella. Astrid nunca se había considerado una mujer especialmente maternal, pero a veces deseaba coger a esos niños y adoptarlos como suyos. Además, era inevitable contar con cierto sentimiento de culpa, pues Astrid no iba a marcharse a Hampshire hasta un par de días antes de Año Nuevo y había mentido tanto a sus padres como a los Mackenzie para pasar precisamente unos días en Ravencraig con Henry.

Se sentía fatal.

¿Pero qué podía hacer por esos niños?

Si el rey aprobaba su enlace con Henry, Astrid tendría que abandonar su trabajo de institutriz y ejercer su labor como duquesa, algo que el solo pensarlo le daba vértigo. ¿Pero qué pasaría con Eloise y Colin Mackenzie? Se quedarían solos de nuevo en un hogar en el que ni se les entendía ni mucho menos se les quería.

—Nada me haría más feliz que llevaros conmigo hasta Hampshire, pero está muy lejos, mi casa es humilde y muy pequeña y vosotros debéis quedaros aquí —argumentó Astrid con tristeza—. Serán solo unos días, veréis como se pasan en un suspiro.

—Es casi un mes… —se lamentó Eloise con lágrimas en los ojos.

—Eso no es un suspiro —concordó Colin conteniendo un sollozo.

—Que sí, ya lo veréis —insistió Astrid forzando una sonrisa—. Y prometo que os escribiré. Si hace falta os mando deberes, ¿eh?

—¡No! —exclamaron los niños al unísono, causando las risas de la institutriz.

La señora Murray entró de repente en la habitación sin llamar y los niños se abrazaron rápidamente a ella.

—Feliz Navidad, señorita Hofferson —dijeron los mellizos antes de salir de la habitación.

La ama de llaves hizo una mueca de desaprobación ante la actitud de los niños y la miró de arriba abajo con cierto aire de desprecio.

—Los vizcondes me comentan que no pueden compartir el carruaje con usted —dijo la señora Murray.

Astrid palideció.

—Pero si habíamos quedado que yo iría en el asiento del cochero…

—Me temo que no será posible, tendrá que buscar otra manera de ir a Ravencraig —insistió la señora Murray.

—¡No, espere! ¡No puede ser! ¡Déjeme hablar con la vizcondesa!

Astrid ignoró la orden de la señora Murray para que dejara tranquilos a los vizcondes, pero la joven institutriz se negaba en rotundo a quedarse sin medio de transporte hasta Ravencraig, más teniendo en cuenta de que no estaba vestida ni eran horas para ir hasta el castillo andando, sobre todo porque el camino estaba cubierto de lodo y nieve y ya era noche cerrado.

—¡Lady Mackenzie! —exclamó Astrid desde lo alto de las escaleras—. ¡Esperen! ¡Por favor! Habíamos quedado que…

Las palabras se le atragantaron en su boca cuando en el hall se encontró que los vizcondes se encontraban acompañados por dos mujeres y un hombre. Hacía un año que no las veía, pero Astrid había mantenido la correspondencia con Heather Ingerman y con Lady Cassandra, conocida entre sus amigos como Camicazi. Todos iban vestidos de gala y Heather iba sujeta al brazo de su esposo Justin mientras que Camicazi había interrumpido su conversación con el vizconde para volverse a ella.

—¡Cielos Astrid! ¡Estás incluso más espectacular que el año pasado! —alabó Camicazi corriendo hacia ella para abrazarla, sin darle tiempo siquiera a que se inclinara—. Comentaba con los vizcondes que nos gustaría mucho que nos acompañaras al baile.

—Y ha sido la mar de conveniente —añadió Heather con cierto resquemor—. Al parecer los vizcondes tenían problemas de sitio en su carruaje.

Lady Mackenzie alzó la barbilla irritada, pero forzó una sonrisa.

—Es un consuelo saber que la señorita Hofferson cuenta con tan buenos amigos que acuden a ayudarla en el momento más oportuno —argumentó la vizcondesa—. Para ser institutriz, no cabe duda de que usted es una mujer muy popular.

Astrid captó el doble sentido de aquella frase, pero prefirió hacerse la tonta y formular su mejor sonrisa.

—Tengo mucha suerte, milady.

—No cabe duda —espetó la mujer con amargura—. Supongo que nos veremos en el baile.

Los vizcondes se retiraron y Astrid hundió los hombros exasperada. Heather chasqueó la lengua con fastidio.

—Menuda arpía —señaló ella.

—Querida, aún te puede oír —advirtió su esposo azorado.

—¡Que la oiga! —exclamó Camicazi indignada—. ¿Pero quién se cree que es?

—Dejadlo pasar —insistió Astrid, poco deseosa de hablar de los vizcondes—. ¿Qué hacéis vosotras aquí?

—Rachel nos pidió que pasáramos a recogerte —explicó Camicazi enganchando su brazo con el suyo—. En realidad, Henry iba a mandarte uno de sus carruajes, pero Rachel insistió que vinieras acompañada con nosotros. Chica lista, parece que había predicho que los vizcondes te iban a dejar plantada.

—¿No iremos un poco apretados? Puedo ir con el cochero si queréis…

—¡No seas tonta, Astrid! —le regañó Heather—. No hay razón para que te excluyamos del carruaje y encima con el frío que hace esta noche.

—Un poco apretados sí que vamos a ir… —argumentó Justin indeciso.

—Pues eres más que bienvenido a acompañar al cochero, querido —señaló Heather con fiereza—. Astrid es una dama y nuestra amiga, no pretenderás que pase frío como una cualquiera.

—No, no, por supuesto que no —dijo Justin avergonzado—. Disculpe mi falta de consideración, señorita Hofferson.

Astrid sonrió algo incómoda.

—Está bien, no pasa nada.

Bonnie le entregó discretamente la capa que Astrid había dejado olvidada en su dormitorio y observó que arriba en las escaleras, la señora Murray los observaba con su gesto desaprobatorio. Astrid no se molestó en despedirse y siguió al grupo hasta fuera, donde el carruaje de Lady Cassandra los esperaba. Aún se escuchaba el traqueteo del coche de los vizcondes alejándose en la oscuridad. Astrid se sentó junto a Justin, mientras que Heather y Camicazi se sentaron juntas. A la joven institutriz no se le pasó por alto las miradas confidentes y las suaves caricias que compartían con la excusa de colocar algún mechón que parecía haber salido de su lugar o para arreglar el leve maquillaje que se habían puesto. Justin no pareció percatarse de la extraña atmósfera que se respiraba dentro de aquel carruaje, pero resultaba evidente que entre ambas mujeres había algo más que una simple amistad.

Ravencraig estaba decorado con un gusto exquisito. Los invitados estaban poco o nada acostumbrados ante tanta decoración navideña y menos aún que se colocara un árbol iluminado con velas y ornamentos de toda clase en mitad del salón de bailes. Los británicos eran poco dados a costumbres extranjeras, pero todo el mundo señaló que el Duque de Drumnadrochit era, ante todo, un hombre excéntrico y peculiar. Astrid bajó del carruaje ayudada por un sirviente que había vestido con una librea de gala y la saludó al reconocerla con una sonrisa. Astrid siguió a los Ingerman y a Lady Cassandra por el camino de grava despejado de nieve hasta alcanzar las escaleras del castillo. A pesar del frío que hacía, el camino estaba repleto de gente y no cabía duda de que Richard y Brusca no habían reparado en gastos y en abusar de la generosidad de su rico y poderoso primo. Un amable criado le pidió la capa cuando entraron por la majestuosa puerta del castillo y otro le ofreció una copa de vino que Astrid rechazó educadamente. Camicazi y los Ingerman se entretuvieron hablando con unos conocidos, por lo que la institutriz decidió adelantarse y entrar ella sola al salón del baile.

La música de la pequeña orquesta de cuerda sonaba en perfecta armonía ante el lujoso y encantador ambiente del baile. Astrid avistó a Richard y a Brusca junto al espectacular abeto, aunque no visualizó a Henry por ninguna parte. Su mejor amiga vestía un espectacular vestido verde esmeralda t tenía un tocado de plumas en su cabello grandilocuentemente recogido. Astrid se acercó a saludarlos y su amiga perdió rápido el interés en la conversación que estaban manteniendo y corrió a abrazarla.

—Sabía yo que ibas a lucir guapísima en ese vestido.

Astrid tuvo ganas de estornudar cuando una de sus plumas acarició su nariz.

—Te has vuelto a pasar —le regañó la institutriz—. Entre este vestido y el del año pasado fácilmente puedo recaudar mi sueldo de cinco años.

—¡Qué tonta eres! —se burló Brusca—. Lo único que importa es que estás bellísima y no hay más que hablar. ¿Has visto a Henry?

Astrid negó con la cabeza e iba a preguntarle si sabía dónde se encontraba cuando Richard acudió a buscar a su prometida para presentarle a unos amigos. Brusca se disculpó y puso los ojos en blanco mientras se dejaba arrastrar hasta un grupo de gente. Astrid se esforzó en ignorar el nudo en su estómago ante la perspectiva de quedarse sola en aquella fiesta tan magnífica y barrió el salón de baile con la mirada para buscar a Henry. Se encontró al duque a un extremo de la sala hablando con una dama de cabellos oscuros como la noche y recogidos en un espectacular moño decorado con piedras preciosas, aunque no pudo apreciar su rostro porque le estaba dando la espalda. Henry sonreía mientras escuchaba el relato de la mujer. Astrid no se atrevió a acercarse y esperó durante unos minutos pensando que Henry acabaría pronto de conversar con ella, pero ambos parecían tan enfrascados en la conversación que Astrid empezó a sentirse como una idiota por quedarse allí quieta como un pasmarote. Fue cuando decidió acercarse a tomar algo cuando Henry reparó en ella.

—¡Señorita Hofferson! —exclamó a su espalda y Astrid se volteó—. Acérquese, por favor, déjeme que le presente a alguien.

Astrid sintió que las manos le sudaban bajo sus guantes cuando contempló la belleza de la dama. Pálida, con un cutis de porcelana, pero con unos labios pintados de un intenso carmín y unos bellos y fríos ojos grises. Llevaba un bello vestido azul con pinta de muy caro que realzaba su figura, aunque llevaba cintas negras que expresaban un luto intermedio. La dama la observó de arriba abajo sin perder su sonrisa y Astrid se obligó a replicar su gesto.

—Lady Katherine, permítame presentarle a Astrid Hofferson, una buena amiga mía —le presentó Astrid y la institutriz hizo una reverencia—. Señorita Hofferson, esta es Lady Katherine Noldor, Marquesa viuda de Ailsa y dama de compañía de Su Majestad la reina Charlotte.

La marquesa hizo una reverencia que Astrid se vio obligada a replicar de nuevo.

—Hofferson... no es un apellido de por aquí —apuntó Lady Katherine.

—Soy de Hampshire, milady —argumentó Astrid—. Mis bisabuelos emigraron a Inglaterra desde Dinamarca cuando aún eran jóvenes.

—¡Oh! Ya decía yo que no era habitual encontrar a mujeres tan rubias y con los ojos tan azules por estos lares —señaló la marquesa con interés—. ¿Y qué hacéis tan lejos de casa?

—Astrid es la institutriz de los hijos de los vizcondes de Dundee —se adelantó a decir Henry—. Es una gran maestra.

—¿Institutriz? —preguntó Lady Katherine sin poder contener una risita—. ¡Dios! ¡Aún recuerdo la mía! Era una vieja bruja insoportable, me castigaba cada dos por tres, aunque no niego que yo me preocupaba de hacerle la vida imposible. Le ponía chinchetas en su asiento y una vez llegué hasta quemarle la falda de su vestido.

La Marquesa de Ailsa rompió a carcajadas ante su propio relato. Henry tuvo que forzar una sonrisa, pero Astrid contempló a la marquesa malhumorada y con ganas de golpearla para que callara su estúpida risa.

—¡Oh, vamos, señorita Hofferson! ¡No se lo tome como una afrenta personal! —exclamó la marquesa—. Estoy segura de que no todas las institutrices son monstruos, pero es innegable que la mayoría que hemos pasado por sus garras lo pasamos muy mal de pequeños bajo sus cuidados. Es harto conocido de que las institutrices son seres tristes y solitarios que necesitan desahogar sus frustraciones con alguien.

Astrid apretó los puños mientras sostenía la mirada fría de la marquesa.

—No me puedo imaginar lo dura que ha tenido que ser su infancia si ha crecido con una institutriz —remarcó Astrid procurando ocultar el veneno en su voz—. Aunque supongo que eso es mejor que un seminario de niñas que…

—¡Oh! Al contrario, me habría encantado ir a un seminario de esos —insistió Lady Katherine y abrió un abanico de plumas azules que iba a juego de su vestido para abanicarse—. No sé si Henry le habrá hablado de que estoy muy implicada con la educación de niñas en situación de pobreza, como fue en su caso, para que puedan acudir a estos seminarios.

Astrid miró a Henry, quien no era capaz de formular palabra que pudiera defenderla de la grosería de aquella mujer.

—Lady Katherine, mi situación no era de pobreza, mi padre es vicario —remarcó Astrid malhumorada—. Mis padres trabajaron muy duro para que yo pudiera recibir una educación y créame, un seminario no es un paraíso. Las epidemias de cólera y tuberculosis son muy frecuentes y…

—¡Tonterías! —le cortó Lady Katherine sin perder la sonrisa y chasqueó los dedos para convocar un camarero que cargaba con tres copas que contenían un líquido de color ámbar—. ¿Por qué no brindamos?

—¿Brindar para qué? —preguntó Henry desconcertado, aunque aceptó la copa.

—Por las nuevas amistades y las nuevas perspectivas de futuro —señaló la marquesa y entregó otra copa a Astrid—. Por la señorita Hofferson, por supuesto, quien no cabe duda de que ha de ser muy especial si un duque la tiene en cuenta entre sus amistades.

Ni Henry ni mucho menos Astrid alzaron las copas, aunque el duque sí que bebió su contenido. Astrid procuró no apretar el cristal con demasiada fuerza entre sus dedos, pues estaba convencida de que era capaz de quebrar el fino vidrio o romper la perfecta dentadura de la marquesa. La joven institutriz se disculpó con que necesitaba tomar el aire y, aunque Henry le pidió que se quedara, Astrid decidió que, por el bien de su salud mental y ante el riesgo de perder otra vez su reputación por romperle esta vez la mandíbula a una marquesa, lo mejor sería irse a un lugar discreto y apartado para desahogar su frustración.

Los balcones del salón de baile estaban vacíos por el frío y la copiosa nevada que estaba cayendo esa noche. Astrid se abrazó a sí misma y se puso a contar, primero hasta diez, luego hasta veinte y así hasta que llegó a cien. El encuentro con la marquesa la había alterado demasiado y, aunque ella era perfectamente consciente de que su posición la colocaba muy por debajo de cualquiera que estuviera en esa sala, no podía soportar que la insultaran tan abiertamente. Sin embargo, lo que más le dolía había sido la pasividad de Henry y su incapacidad de defenderla ante las groserías de aquella mujer. Ella no era una dama de una alta clase, pero se consideraba una mujer que merecía un mínimo de respeto y un trato digno. Además, ella se había desvivido por los hijos de los Mackenzie y esos niños no la veían como una mujer malvada que quería amargarles la existencia, sino como una confidente y alguien en la que confiar y de la que aprender.

Astrid debía aprender a ser paciente con esa gentuza de bien que nunca habían movido un dedo por ganarse el sueldo. Si el rey aprobaba su enlace con Henry, la marquesa no sería la única que le lanzaría pullas sobre sus humildes orígenes.

Contempló la copa que aún estaba en sus manos y acercó su nariz para oler el líquido ambarino. Se apartó un tanto asqueada por su fuerte olor a alcohol y tiró su contenido por el balcón antes de regresar de nuevo a la fiesta. El baile ya había dado comienzo y Astrid observó a Brusca y Richard entre los bailarines, además de Heather con su esposo. La joven institutriz se sintió un poco mal por haberse marchado tan precipitadamente cuando había comprometido su primer baile con Henry, pero enseguida reparó que el duque tampoco estaba allí. Caminó disimuladamente por todo el salón del baile, pero lo único que encontró eran caras desconocidas. Hasta cinco hombres le pidieron un baile, aunque la joven institutriz los rechazó a todos, cada vez más ansiosa por descubrir dónde demonios se encontraba Henry.

Finalmente, se encontró con Bocón, el abogado de Henry, que estaba sentado en una esquina bebiendo whisky. El letrado se alegró mucho de verla y la saludó calurosamente extendiendo su mano y preguntándole por su salud.

—¿Sabe dónde se encuentra Henry? —preguntó Astrid nerviosa.

—¿No estaba con usted? —replicó Bocón extrañado.

—No, me ha presentado a la Marquesa de Ailsa, pero he salido un momento a tomar el aire y cuando he vuelto ya no le he visto.

No le había visto ni a él ni a la marquesa, reparó Astrid en ese instante. ¿Podría ser…? No, eso es imposible, se reprochó a sí misma. Henry jamás le haría algo así.

—Pues hace un momento le estaba buscando un tanto apurado —argumentó el letrado extrañado—. No tenía buena cara, he de decir.

—¿Sabe hacia dónde ha ido? —preguntó ella alarmada.

—Le perdí de vista entre el gentío —respondió Bocón apurado—. Pregunte a la señora Gothi, quizás ella lo sepa.

Astrid salió del salón del baile para buscar a la ama de llaves que se encontraba justo en la entrada de servicio coordinando a los camareros. La anciana se sorprendió al verla allí.

—El señor la estaba buscando, señorita, creo que se ha ido hacia la biblioteca.

La joven institutriz subió por las escaleras que llevaban a la biblioteca sin pensárselo dos veces. Se encontró con la puerta entreabierta y entró con cuidado de no hacer mucho ruido. La biblioteca estaba en penumbra, aunque se apreció una luz leve entre las estanterías.

—¿Henry? —llamó Astrid titubeante, aunque no recibió respuesta.

Caminó temerosa de que sus zapatos hicieran demasiado ruido sobre el pulido e impoluto parqué. El silencio le estaba poniendo la piel de gallina, pero peor fue cuando escuchó aquel suspiro. Un suspiro de mujer. La joven apuró su paso hasta la única fuente de luz que había en la biblioteca y, entre las estanterías, en un rincón apartado contempló la escena más horrible que pudo haberse encontrado jamás.

El azabache cabello de la Marquesa viuda de Ailsa caía como una cascada por su espalda y el escote de su vestido, el cual estaba bajado tan vertiginosamente que sus pechos parecían que iba a salirse en cualquier momento. Entre esos dos senos voluminosos se encontraba la cara de Henry y la marquesa suspiraba placenteramente. Astrid se quedó allí plantada, incapaz de formular palabra o incluso entender qué estaba sintiendo en ese instante. Henry apartó la cara de los senos de la marquesa y pareció reparar en ella, aunque su mirada era vaga, casi indiferente. No supo en qué momento consideró que era buena idea hacer lo que hizo, pero Astrid Hofferson era una mujer que, cuando estaba invadida por la ira, se movía por impulsos. A pesar de los valiosísimos libros que había en aquella biblioteca que servían a la perfección como arma arrojadiza, Astrid tiró sus zapatos nuevos al duque y a la marquesa. Acertó en el ojo de la mujer y en la nariz del hombre, quienes gimieron de dolor ante el repentino ataque. La marquesa reparó por fin en ella y le soltó un insulto muy poco propio de una dama de su clase, pero Astrid no le dedicó ni una sola mirada. Toda su atención estaba en Henry, quien tenía la nariz sangrante envuelta entre sus manos y había dado un traspiés que le había hecho caer al suelo.

Astrid podía haberle dicho muchas cosas en ese instante. Lo dolida, insultada y humillada que se sentía en ese instante. De cómo había jugado con ella haciéndola pensar que tenía alguna posibilidad para estar con él. Que la había estado mintiendo con eso de que la amaba, porque si realmente la hubiera querido jamás le habría hecho eso.

Sin embargo, Astrid no dijo nada.

No había palabras que pudieran expresar nada de lo que sentía.

Por lo que hizo lo único que se le ocurrió hacer.

Correr.

Correr como nunca antes había corrido.

Las lágrimas se agolpaban en sus ojos, hasta el punto que le nublaba la visión, pero se negaba a derramar ni una sola lágrima. Aún no. Bajó por la escalera de servicio que se encontraba cerca de la biblioteca y casi se dio de bruces con una criada que subía a avivar el fuego de las chimeneas de las habitaciones de los invitados. Astrid no supo cómo había conseguido salir de la zona de la servidumbre sin toparse con nadie más y pudo considerar un golpe de suerte el que saliera cerca de los establos. Estaba nevando copiosamente y consciente de que no tenía forma de salir en carruaje, decidió recurrir a la medida más desesperada de todas. Sin importarle que sus pies se hundieran en la nieve y el lodo o que sus medias o la falda de su vestido se mancharan, Astrid entró en los establos del duque con un claro objetivo.

Henry le había regalado una hermosa yegua la primavera pasada a la que Astrid había bautizado como Tormenta. Era blanca, con preciosas motas grises azuladas y hermosa cabellera rubia. Astrid había aprendido a montar a caballo sobre ella y era una yegua dócil, fuerte e increíblemente veloz. El caballo relinchó feliz cuando la vio y Astrid le ofreció una manzana que había en un barril mientras le colocaba la silla. No obstante, cuando Tormenta parecía lista para salir, Astrid se dio cuenta que no podía montarla con aquel vestido. Tal vez podía quitárselo, quedarse con las enaguas y ponerse alguna manta encima hasta alcanzar Lochleven, pero, por suerte, terminó encontrando una alternativa mejor. Algún chico de los establos había dejado allí olvidado su ropa de trabajo, además encontró unas viejas botas y una gorra mugrienta. Astrid no se lo pensó dos veces. Sin mucha delicadeza, se quitó el vestido, sin importarle que la tela se rasgara por su falta de delicadeza o que se quedara hecho una bola en el suelo lleno de barro y estiércol de caballo. Se quitó también el corsé y las enagua, quedándose únicamente con los pololos que usaba de ropa interior y se vistió rápidamente con aquel apestoso conjunto que olía a animal y sudor. Con la cara húmeda, Astrid se quitó las horquillas que sujetaban su cabello y se lo recogió en una trenza para ocultarla bajo la gorra. Tras estar del todo vestida, Astrid escondió su ropa en el primer nicho vacío que encontró.

La libertad de llevar pantalones, algo a lo que no estaba acostumbrada, le permitió subir a la yegua de un hábil salto y Tormenta salió del establo a una velocidad de vértigo, casi como si pudiera echarse a volar hacia la oscuridad de aquella fría noche.

Por fortuna, pese a la nevada y la falta de luz de la noche, no le resultó difícil encontrar el camino a Lochleven. A pesar de que necesitaba abandonar aquel endemoniado lugar de inmediato, Astrid necesitaba coger lo esencial y sus ahorros. Dejaría una nota a una de las criadas para que mandara el resto de sus cosas a… ¿Dónde? ¿Hampshire? Tampoco es que tuviera otro lugar al que volver, pero tampoco podía quedarse permanentemente en casa de sus padres. Necesitaba trazar un plan y buscar un lugar en el que pudiera empezar de cero.

¡Dios! ¿Cómo había sido tan tonta? ¿Cómo se le había ocurrido pensar que Henry iba a ser diferente a los demás? ¡La había engañado! La había hecho pensar de que ella era especial y que realmente la quería, pero solo se había aprovechado de ella y de su estúpida inocencia al hacerla pensar de que podían compartir un futuro juntos. Había sido estúpida al pensar que Henry iba a casarse con ella cuando tenía a bellas marquesas con las que acostarse e incluso casarse. Astrid no había sido más que una prostituta para él, una que le había salido gratis.

Se sentía sucia. Asqueada.

Dolida.

Con el corazón hecho añicos.

Lo amaba.

Aún amaba esa versión inventada por él.

No iba a poder recobrarse jamás de aquello. Era imposible. Astrid le había dado todo su amor y Henry Haddock lo había absorbido hasta la última gota para después desecharlo como si no hubiera valido nunca nada. Le entró una arcada al recordar su mirada cuando Astrid le había descubierto con la marquesa en la biblioteca.

No.

No podía pensar en eso ahora.

Lo importante ahora era volver a casa. A Hampshire.

Astrid dejó a Tormenta en la entrada de los jardines traseros del castillo y consiguió entrar por una ventana del salón de la señora que se encontraba entreabierta. Sus dientes castañeaban por el frío y sus ropas estaban húmedas por la nieve que había caído sobre ella en el camino. Se descalzó para no hacer ningún ruido y se percató que tenía los pies tan fríos que ni siquiera sentía las ampollas y las heridas sangrantes que le habían causado las botas. Consiguió llegar a su dormitorio sin hacer ruido y corrió a su baúl para recoger lo esencial: sus viejas botas, un par de vestidos, ropa interior, su mejor abrigo… Lo metió todo en una bolsa y lo dejó junto a la puerta antes de correr hasta la cama y meterse bajo ella. Astrid guardaba todos sus ahorros en una caja de hojalata que había ocultado bajo un trozo de rodapié suelto que había encontrado el día que se trasladó a esa habitación. Tenía pensado montar sobre Tormenta hasta Edimburgo y de ahí pagaría un transporte que la llevara hasta Birmingham, de ahí el camino hasta Hampshire sería relativamente sencillo.

Metió la caja en la bolsa y procedió a realizar la última de sus tareas. Escribió tres cartas. La primera iba dirigida a la vizcondesa, disculpándose por la precipitación de su marcha, pero se inventó de que había coincidido con un conocido de su pueblo en la fiesta y le había comentado que su padre estaba muy enfermo. La urgencia y la preocupación de que tal vez pudiera estar en peligro de muerte la había obligado a partir de inmediato y desconocía cuándo iba a poder regresar. Ante la incapacidad de lectura de Bonnie y las demás criadas con las que había estado compartiendo tan buenos momentos en los últimos días, la segunda carta se la escribió directamente a la señora Murray para pedirle que hiciera las gestiones pertinentes para mandar el resto de sus cosas de vuelta a Hamshire y le contó la misma historia que a la vizcondesa. Dejó en su sobre un billete que debía cubrir de sobra con los gastos de envío y rezó porque el ama de llaves le hiciera el favor. Por último, escribió la carta a Eloise y Colin. No contaba con el tiempo para extenderse todo lo que le hubiera gustado ni pudo contener sus lágrimas ante el dolor de tener que abandonar a esas pobres criaturas que tanta falta de cariño sufrían. No tuvo el valor de replicar la mentira de su marcha a los niños, por lo que simplemente se redujo a disculparse y argumentar que un hecho de fuerza mayor la obligaba a apartarse de su lado. Intentó dejar todas las palabras alentadoras y de amor que fue capaz de formular en ese momento y procuró que sus lágrimas no cayeran sobre el papel por miedo a que la tinta se corriera. Dejó la carta de la señora Murray sobre el escritorio y, tras coger su bolsa y las botas, Astrid coló la carta de los niños bajo la puerta de su cuarto y, seguido, volvió a bajar a la salita de la vizcondesa para dejar allí su carta. Recogió las botas del chico del establo de Ravencraig y ató sus cordones para colgarlas de su hombro después de ponerse las suyas y el abrigo. Salió de nuevo por la ventana del saloncito de la vizcondesa y caminó a oscuras de nuevo hasta el muro del jardín trasero. La oscuridad le impidió ver Lochleven en todo su esplendor antes de saltar el muro, pero Astrid tenía una enorme congoja en su pecho que hizo que se pasara llorando toda la noche que estuvo cabalgando sobre Tormenta.

Tiró las botas del establo cuando tuvo la percepción de que estaba lo bastante lejos de Lochleven y Ravencraig y Astrid estimuló a Tormenta para que acelerara el paso dirección sur. Muchos dirían que el hecho de que una mujer cabalgara de noche, en mitad de las Highlands y en plena nevada, era un auténtico suicidio. Sin embargo, Astrid Hofferson era una superviviente y su yegua era una pura sangre que parecía dispuesta a lo que fuera con tal de sacarla de aquel paraje inhóspito y solitario. Alcanzaron Edimburgo hacia el amanecer y lo primero que hizo Astrid fue dejar a Tormenta en manos de un establo al que pagó bien para que devolvieran a la yegua a su antiguo hogar en cuando hubiera reposado como era debido. Otra persona en su lugar habría vendido a la yegua por una cuantiosa cantidad de dinero, pues Tormenta era un caballo de raza, pero Astrid no tenía el corazón para hacerle eso al animal y pensó que si Lord Haddock consideraba venderla, pues al fin y al cabo la yegua era de su propiedad, tendría mucho más criterio de qué destino era el más adecuado para ella.

Otra persona también habría cogido un carruaje para viajar hasta Birmingham, pero los transportes eran caros y mucho más lentos que cualquier caballo, por lo que Astrid decidió alquilarse otro caballo. Sin embargo, a la vista de que nadie parecía haberse percatado de que era una mujer que estaba viajando sola, Astrid decidió dejarse unos chelines en comprarse una ropa de hombre algo más abrigada y con mejor tallaje, dado que sus caderas eran bastante más anchas que las del hombre a los que había pertenecido esos pantalones que había robado del establo y no los llevaba cómodos. Se puso vendas sobre sus senos para evitar miradas impertinentes y escondió de nuevo su larga cabellera bajo una gorra de segunda mano, pero limpia. La visión del espejo era extrañísima, parecía un muchacho de rasgos un poco afeminados y ojos hinchados de tanto llorar, pero su ropa holgada ocultaba sus curvas y probablemente nadie se daría cuenta de que era una mujer a menos de que la miraran con atención. Compró provisiones para el camino y cuando procedió a alquilar un caballo, el hombre del establo le preguntó con un fuerte acento escocés:

—No es por cuestionarte, chico, pero llevarás un arma en esa bolsa que llevas, ¿no? Los caminos están llenos de bandidos y tienden a atacar a los viajeros que viajan solos.

—Pues no…

—Eres inglés, ¿no? —cuestionó el hombre—. Chico, tiene pinta de que vas a ser un imán de problemas, así que hasta que no llegues a Carlisle procura no abrir la boca, los bandidos escoceses tienen especial desdén por los inglesitos. Toma, anda, tienes cara de ser un buen chaval y de haberlo pasado mal, así que coge esto como un regalo de la casa.

El escocés le había regalado un hacha corta. Estaba algo vieja y había comenzado a oxidarse, pero Astrid agradeció el gesto del hombre procurando mantener una voz grave y amable antes de partir. La travesía fue complicada, mucho más de lo que Astrid hubiera esperado. No estaba acostumbrada a montar tantas horas a caballo y le dolían los muslos como si le hubieran clavado diez mil agujas. Además, tuvo la mala suerte de encontrarse con un grupo de bandidos adolescentes que tenían toda la intención de saquear sus pertenencias. Astrid, que para entonces llevaba casi dos días sin dormir y había pasado a la fase en que cualquier cosa la hacía enfurecer, se abalanzó sobre los bandidos con el hacha en alto y éstos, a la vista de que ella no iba a retroceder y dejarse intimidar, huyeron espantados. Cuando por fin alcanzó Birmingham, se planteó seriamente en quedarse en alguna posada, pero quedaba tan poco para llegar a casa que ésta vez pagó un carruaje que la llevó hasta su pueblo en Hampshire. Tras dos días y medio de intenso viaje, Astrid llegó a su pequeño pueblo la madrugada del veintitrés de diciembre. La dejaron a un par de millas de su casa y la joven casi se echó a llorar cuando visualizó la casa en la que había crecido hacia el final del camino.

La puerta principal de la vicaría de los Hofferson estaba cerrada con llave. Astrid tocó la puerta varias veces, pero nadie pareció oírla, por lo que decidió entrar por la puerta de atrás. Para su enorme extrañeza, las puertas que daban al jardín trasero y a la granja también estaban cerradas. Astrid se acercó a los rosales de su madre y desenterró la llave que sus padres habían dejado allí para las emergencias. Preocupada de que algo hubiera podido sucederles a sus padres, Astrid entró a todo correr a su casa y, sin ni siquiera descalzarse, subió los escalones de dos en dos hasta su dormitorio. La habitación de sus padres estaba vacía y perfectamente recogida, aunque la casa estaba demasiado limpia como para haber estado ausentes demasiado tiempo.

—¿Mamá? —llamó Astrid nerviosa—. ¿Papá?

No recibió respuesta alguna. Astrid estaba completamente sola. Con el corazón en un puño, la joven institutriz se tiró en la cama de sus padres y lloró a moco tendido hasta que no pudo más y se quedó dormida. Se despertó al cabo de unas horas tiritando de frío y debido a las lamidas del gato de la vecina, Sneaky, que se había vuelto a colar en su casa para resguardarse del frío. Astrid se incorporó y decidió que, a pesar de que no le apetecía otra cosa más que resguardarse bajo la seguridad de las mantas de sus padres, debía por lo menos acicalarse y vestirse con algo que no fuera ropa de hombre. Además, debía descubrir dónde estaban sus padres.

Encendió un fuego y puso un caldero de agua a calentar para llenar el barreño que usaban para bañarse. Mientras esperaba que el agua se pusiera a hervir, Astrid puso leche en un plato para callar los maullidos de Sneaky y buscó la caja donde su madre guardaba la correspondencia. Al parecer, por la última carta recibida a principios de diciembre, el tío Finn había invitado a sus padres a pasar las fiestas en Brighton a raíz de la ausencia de Astrid y tenían planeado montar una sorpresa para ella cara a su regreso en Año Nuevo. La joven se sintió fatal por haber mentido a sus padres y maldijo la hora que les había dicho que no estaría allí para Navidad. Resultaba triste y patético pasar esas festividades acompañada solamente de un gato que ni siquiera era suyo, de los cerdos y las gallinas de la granja, pero todo podía ser siempre peor.

Podía seguir en Escocia totalmente humillada.

¡Qué tonta había sido! Cada vez que lo pensaba, más furiosa se sentía. Ella, que siempre había sido reconocida por ser una mujer con dos dedos de frente que difícilmente se dejaba engañar por nadie. ¿Cómo había caído tan fácilmente en las redes de Lord Haddock? ¡Tonta, Astrid, tonta!, se repetía así misma una y otra vez. Tras el largo y relajante baño, Astrid se puso un vestido viejo que acostumbraba a usar para sus tareas de la casa y, dispuesta a no dejarse arrastrar por su propia tristeza, Astrid decidió descargar su ira en hacer algo de provecho. Limpió y enceró los suelos y los cristales de las ventanas de toda la casa; hizo la colada de toda la ropa que había traído con ella, además de su ropa de cama y la de sus padres, y la colgó en la cocina, cerca del fuego del hogar, para que se secara; afinó el viejo piano de su padre; ordenó todos los libros de la casa en las estanterías del salón en orden alfabético y luego por géneros; dio de comer a los cerdos y a las gallinas… Estuvo haciendo una infinidad de tareas hasta que no pudo más y se sentó junto al fuego de la cocina tras preparar unos huevos que se le habían quedado pasados.

Fue mientras comía esos huevos pasados en la que ya no tenía tareas en las que resguardarse cuando Astrid volvió a romper a llorar.

¿Qué iba hacer? No podía volver a Escocia, no podía soportar la sola idea de volver a ver a Henry y soportar la humillación por la que le había hecho pasar. Todas esas promesas de amor, todas esas miradas y muestras cariños… ¿para qué? ¿Para engañarla? ¿Para aprovecharse de ella? Aún le costaba asimilar que Henry Haddock le hubiera dado semejante puñalada por la espalda y ella había sido una auténtica idiota por haberse dejado engañar por sus encantos, por su timidez, por su preciosa sonrisa, por sus deslumbrantes ojos verdes, por su insistencia en casarse con ella…

No había lugar para ella en el norte y tampoco encontraría nada en el sur dados sus encontronazos con la Condesa de Steventon.

Estaba acabada.

En la ruina.

Astrid se abrazó a sus rodillas, desesperada por ahogar sus sollozos o morirse, cuando Sneaky, en una de sus intentos de subirse a la encimera de la cocina, se tropezó y cayó sobre el montón de periódicos que su padre acumulaba junto a la chimenea para alimentar el fuego. La joven soltó una palabrota al gato que hizo que éste bufara y procedió a recoger los periódicos cuando encontró uno fechado el dieciocho de diciembre que rezaba.

"El nuevo buque Queen Charlotte partirá a las Américas el día de Navidad desde el puerto de Southampton"

Astrid cogió el periódico y lo abrió para leer la noticia al completo. Buque. América. Pasajes de tercera asequibles. La joven institutriz había encontrado la solución en sus problemas gracias a la torpeza del gato de su vecina. América. Astrid había leído infinidad de libros sobre la Guerra de Independencia y sobre cómo ese país recién nacido de la gran revolución americana no paraba de crecer y extenderse por tierras salvajes. Las relaciones entre ambos países eran actualmente más que cordiales y Astrid estaba segura de que muchos de esos americanos todavía buscaban educar a sus hijos a la vieja usanza inglesa. Nueva York debía estar repleto de nuevos ricos que estarían buscando desesperadamente a mujeres con una buena educación inglesa como ella para educar a sus hijos yankees.

Era una oportunidad.

Una gran oportunidad.

Una gran y terrorífica oportunidad.

Irse a América supondría dejar toda la vida que había conocido hasta ahora atrás. Existía incluso la posibilidad de no volver a ver a sus padres, más teniendo en cuenta de que las travesías por el Atlántico suponían un alto riesgo debido a las tempestades y a las enfermedades que se extendían en los buques. Astrid tendría que empezar de nuevo, pero esta vez estaría completamente sola, en un país extraño y rodeada de desconocidos. Sin embargo, también contaba con la gran ventaja de que ella sería una anónima en un gran país, podría incluso falsificar sus referencias para conseguir trabajo con rapidez y su acento inglés era garantía más que suficiente para que nadie cuestionara su procedencia. En América no importaba que ella fuera la hija de un humilde vicario, ni que le hubiera roto la mandíbula a un mal nacido que había intentado forzarla, o que hubiera recibido falsas acusaciones por robar… En América podía ser la mejor versión de sí misma.

Entre esas fantasías, Astrid hizo su equipaje para salir al día siguiente temprano hacia Southampton. Contaba con el tiempo justo para ir a la ciudad y comprar su pasaje, pero tenía la corazonada de que todo iría bien. Por una vez, tenía que irle bien las cosas o la poca fe en Dios que le quedaba se le desvanecería por completo. Durmió entre las sábanas limpias de su cama, acurrucada junto a Sneaky, quien se negaba a abandonar la casa mientras ella permaneciera allí, y soñó con páramos cubiertos de brezos, caballos y una suave caricia en su labio inferior, tan delicada como un rayo de sol en pleno invierno.

La despertaron unos fuertes golpes provenientes del piso inferior. Era temprano y el día estaba soleado a pesar de la densa capa de nieve que cubría la campa que se avistaba desde su ventana. Los toques a las puertas insistieron y Astrid sintió que su corazón se paraba cuando oyó gritar:

—¡Astrid Jane Hofferson, ábreme la puerta ahora mismo!

Henry.

Henry.

¡Ay, Dios! ¡Que era Henry!

El pánico de haber sido descubierta en su escondite enseguida se transformó en ira. ¿Qué demonios hacía él allí? ¿Cómo se atrevía haberla seguido hasta su casa? ¿Quién se creía que era? Un duque, pensó la institutriz con amargura, de esos que se pensaban que tenían el poder siempre en su mano. Movida por un impulso de pura furia, Astrid bajó la escaleras y abrió la puerta con tal violencia que asustó a Henry, como si no hubiera esperado que ella realmente fuera a responder. Henry tenía un aspecto lamentable. Su pelo estaba revuelto por la cabalgada, su cara estaba pálida salvo por la rojez en el área de su nariz y tenía unas profundas ojeras marcadas bajo sus ojos afligidos; pero, a su vez, aliviados por verla. Vestía un abrigo negro que Astrid ya había visto en otras ocasiones, pero su camisa parecía de las que usaba para dormir y tanto sus pantalones como sus botas estaban húmedas y manchadas de barro.

Imbécil, ¿de verdad pensaba que ella se iba a creer su papel de mártir?

—¡Astrid, por Dios! ¡Menos mal que estás aquí! No sabes cómo me consue...

—¿Cómo os atrevéis a presentaros en mi casa? —la interrumpió la joven.

Henry la contempló dolido, aunque no sorprendido. Al menos tenía la decencia de no fingir que no comprendía la razón por la que ella se había marchado tan precipitadamente de Escocia.

—Déjame explicarte, por favor…

—No necesito ninguna explicación, Su Gracia. Lo que vi fue suficiente como para entender qué clase de persona sois…

—Astrid…

—No tengo nada que deciros, largaos por donde habéis venido.

Astrid procedió a cerrar la puerta en sus narices cuando Henry dio un paso enfrente y bloqueó la puerta con su pie y su mano. La joven empujó, pero Henry no titubeó en hacer lo mismo a pesar de tener que estar agotado del viaje.

—¡Astrid, por Dios! ¡Ni siquiera me has dado ocasión de defenderme! —exclamó el duque frustrado.

—¡¿Defenderte?! —Astrid se apartó bruscamente de la puerta y Henry cayó de bruces al suelo, aunque la joven no titubeó en coger de su camisa con una fuerza impulsada por la cólera que ardía desde sus entrañas—. ¡Tu cara! ¡Esa cara tan bonita que piensas que tienes, se estaba restregando en los pechos de esa hija de perra de la marquesa! ¡Me viste y no reaccionaste siquiera a mi presencia! ¡¿Y quieres que escuche la defensa de mierda que tienes preparada?! ¡¿Realmente consideras que hay algo que pueda justificar tus actos?!

Henry cogió de sus muñecas con suma delicadeza y, sin apartar sus ojos de los suyos, dijo sin titubear:

—Sí.

Astrid le soltó sin mucha delicadeza y se limpió las lágrimas de ira que caían traicioneras por sus mejillas. Cerró la puerta de la entrada de un portazo ante la atónita mirada de Henry y se dirigió a la cocina, donde se sentó junto al fuego con los brazos cruzados. El duque entró al cabo de un par de minutos nervioso e indeciso y, tras mucho dudar, cogió una silla y se sentó ante ella. Se contemplaron en silencio durante un largo tiempo hasta que Henry reunió el coraje para hablar:

—¿Estaría bien si tomáramos un té?

Astrid apretó los puños para contener sus ganas de golpearlo.

—¿Qué pasa? ¿Además de tu puta, ahora también tengo que ser tu sirvienta?

—Astrid, por Dios, no te refieras a ti de esa manera —dijo Henry horrorizado.

—¡Ah! ¿Cómo prefieres que me describa entonces? ¿Prostituta? ¿Dama de compañía?

—Nunca has sido nada de eso para mí —respondió Henry abatido—. Para mí tú lo eres todo.

Astrid bufó indignada y apartó su mirada hacia al fuego a la vez que escuchaba a Henry suspirar agotado. Se incorporó y cogió él mismo la tetera vacía que había dejado lavada junto a la pila. Intuitivo como Henry había sido siempre, encontró con rapidez la caja que contenía las hojas de té.

—Nada de lo que sucedió esa noche ocurrió por algo que yo realizara voluntariamente —argumentó Henry echando la cantidad justa de té en la tetera de hierro—. Después de la desagradable conversación que tuvimos con la marquesa, fui tras de ti, pero siendo el anfitrión de la fiesta me retuvieron y te perdí la pista. Sé que tenía que haber actuado o dicho algo, pero la actitud de la marquesa me pilló tan desprevenido que no supe cómo reaccionar. Tenía que haberte defendido, pero es que la marquesa…

—Es inútil que la defiendas, Henry, era una arpía y te dejaste dominar por sus encantos. Tú eres tan culpable como ella y…

—¿Me quieres dejar acabar? —le interrumpió Henry irritado antes de colocar la tetera en el fuego con cuidado.

Astrid puso los ojos en blanco, pero le dejó continuar.

—Después de librarme de los invitados que se me habían echado encima, me puse a buscarte por toda la casa. Fue entonces cuando empecé a sentirme mal, terriblemente mal —explicó él.

—¿Tal vez bebiste demasiado? —se burló ella malhumorada.

—Astrid, soy escocés, mi tolerancia con el alcohol es superior a la de cualquiera —se defendió Henry—. Y, además, sabes bien que yo no soy bebedor y aquella noche sólo había bebido un trago de whisky con Richard antes de iniciar la fiesta y lo que tomamos cuando la marquesa nos hizo brindar.

—Yo no lo probé, olía muy fuerte —argumentó Astrid—. Lo tiré por la terraza.

Henry suspiró aliviado, aunque la ansiedad seguía marcada en su rostro.

—Por el color ambarino, pensé que era uno de los vinos amontillados que mi primo había encargado de España —explicó el duque—, pero en ese momento estaba tan nervioso y tan bloqueado por las circunstancias, que ni siquiera noté en ese momento el regusto amargo del opio.

Astrid palideció ante la revelación y Henry apartó la mirada avergonzado.

—Tengo recuerdos muy borrosos después de que el opio empezara a hacer sus efectos. No es excusa, pero cuando entré en la biblioteca y fui abordado por la marquesa, pensé que eras tú.

—Será por lo mucho que me parezco a la marquesa —escupió Astrid indignada.

—Por supuesto que no, tú eres infinitamente más guapa —matizó Henry formulando una sonrisa tímida, aunque la borró a la vista de que Astrid no respondió a su halago—. La cuestión es que el opio nubló totalmente mi mente y mis sentidos. No hicimos nada, creo que ni siquiera la besé porque estaba demasiado drogado, pero creo que la marquesa aprovechó la ocasión para restregar su cuerpo contra el mío y fue entonces cuando apareciste tú. Ya te digo que no me acuerdo de la mayor parte de los hechos acontecidos.

Astrid negó repetidamente con la cabeza.

—Me miraste, Henry, y parecía darte igual que yo estuviera allí.

—Astrid, ¿de verdad piensas que yo sería capaz de hacerte esto? —preguntó Henry desesperado—. La marquesa me drogó y me usó y doy gracias a que tengas semejante puntería, porque si no llegas a dejarle el ojo morado, tal vez me hubiera forzado a mantener relaciones con ella.

—¿Y por qué no llegasteis a hacerlo?

—Casi me fracturaste la nariz —respondió Henry—. Me puse a sangrar a borbotones y la marquesa no paraba de chillar por su ojo. Gothi nos encontró y me llevó inmediatamente a mis aposentos. Enseguida se percató de que estaba drogado y llamaron al médico para que me hicieran un sangrado. Ya te digo, no me acuerdo de la mayor parte de lo sucedido, pero según me han dicho estaba casi catatónico y no paraba de repetir tu nombre.

Astrid estaba en shock por aquella revelación. La marquesa había drogado a Henry y ella lo había malinterpretado todo, ¿aunque cómo no hacerlo? Tenía la imagen de Henry y la marquesa grabada en sus retinas, ¿cómo había podido saber ella que todo había sido una treta de esa mujer?

—Dios mío, Henry... yo…

—Nada de esto fue culpa tuya —se apresuró a decir el duque—. Me has salvado, Astrid, y doy gracias de que no hubieras bebido esa copa porque, al parecer, las intenciones de la marquesa pretendían ser mucho peores de lo que fueron.

—¿A… a qué te refieres?

Henry cogió un paño y sacó la tetera del fuego. Astrid se levantó para coger dos tazas y un colador.

—Me desperté a la mañana siguiente cerca del mediodía. Gothi me explicó las circunstancias en las que me encontró y, cuando le pregunté dónde estabas, ella me contó que la última vez que te había visto le habías indicado que yo estaba en la biblioteca, sin saber, por supuesto, que yo estaba drogado y en garras de la marquesa. Gothi te buscó y una sirvienta le reveló que te había visto bajar por la escalera del servicio la noche anterior con cara de haber visto a un fantasma. Te buscaron por toda la casa y empecé a entrar en pánico cuando me dijeron que Tormenta no estaba y habían encontrado toda tu ropa.

Su mirada se había ensombrecido y Astrid se percató de pequeño deje de ira que se esforzaba en ocultar.

—Henry…

—Pensé que te habían secuestrado, Astrid —dijo él muy serio—. Que te habían violado y te habían llevado sobre tu yegua a Dios sabe dónde. Fui a casa de los vizcondes desesperado y la señora Murray me dijo que no habías vuelto a casa e incluso apuntó de que habías notificado que no tenías intención de regresar. Yo no entendía nada de nada y fue cuando volví de nuevo a Ravencraig cuando Gothi me confesó que la marquesa estaba encerrada en una de las habitaciones… que tal vez ella supiera algo —Henry le entregó su taza de té y le pidió que volviera a sentarse—. Admito que no he sido del todo sincero contigo, Astrid.

La muchacha ladeó la cabeza confundida.

—¿A qué te refieres?

—La marquesa viuda de Ailsa no estaba allí por casualidad. En verdad, estaba allí por expreso deseo de la reina Charlotte y, a pesar de no conocerla de nada, no pude rechazar su presencia —explicó Henry—. Estaba allí para conocerme personalmente y… y a ti también.

—¿Qué? ¿Por qué demonios querría conocerme una marquesa?

—El rey Jorge no está en sus cabales para firmar ninguna autorización de matrimonio dentro del linaje real y el príncipe regente tiene otras preocupaciones… Por esa razón, este tipo de peticiones se entregan directamente a la reina para que las firme ella —argumentó Henry—. Al parecer, la reina se aburre en la corte y nuestra petición le pareció tremendamente divertido, hasta el punto que pensó que sería entretenido mandar a una de sus damas de compañía para conocernos.

—¡Me estás tomando el pelo! —chilló la institutriz indignada—. ¿Por qué demonios no me dijiste nada?

—¡No tuve ocasión para hacerlo! —se defendió Henry indignado—. La marquesa apareció a última hora de la tarde, a solo dos horas de la fiesta, no tenía forma de advertirte sin dejarnos en evidencia y, además, temía que revelarte las intenciones de la marquesa pudiera ponerte más nerviosa.

Astrid bufó furiosa.

—Entonces si la marquesa venía en nombre de la reina, ¿por qué te drogó y nos llevó a todo este malentendido? —cuestionó ella.

La taza que había en manos de Henry tembló y se obligó a dejarla sobre la mesa para calmarse.

—Esa misma pregunta le hice a la marquesa y, al parecer, Lady Katherine Noldor no es solamente íntima amiga de la reina. Al parecer, la marquesa tiene un amante con el que comparte hasta el último de sus secretos.

—No te entiendo —dijo ella ante esa revelación—. ¿Qué tiene que ver eso con todo esto?

—Astrid, piensa, ¿quién en todo este mundo quiere hacer nuestra vida un infierno?

La joven contuvo el aliento porque solo un nombre se le vino a la cabeza.

—Viggo Grimborn.

—Al parecer todo esto era un complot organizado por Grimborn —explicó Henry tenso—. La marquesa me lo confesó todo. La intención inicial era drogarnos a ambos para que, después, nos pillaran en una situación comprometida y dejarte a ti en la ruina, pero a la vista de que tú habías desaparecido, la marquesa cambió de estrategia y decidió involucrarse ella misma en el escándalo para así, una vez que nos pillaran, forzarme a casarme con ella. Ella salía ganando, porque un Ducado siempre es más goloso que un Marquesado, más cuando se es viuda, y ella se preocuparía después de quitarte de en medio en cuando tuviera la ocasión para contentar a Viggo. También me reveló que fuiste tú la que nos agrediste después de pillarnos en la biblioteca y te juro que se me vino el mundo abajo, más cuando vino ese hombre de Edimburgo con Tormenta. Me explicó que un muchacho muy afeminado le había pagado para traer a la yegua de vuelta y comprendí entonces que la señora Murray no había mentido: te habías marchado para no volver y lo habías hecho sola y disfrazada de hombre.

—¡¿Qué querías que hiciera?! —reclamó ella con lágrimas de furia corriendo por sus mejillas—. ¡Me sentía sola, traicionada y humillada por lo que había pasado! ¡Necesitaba irme de allí cuanto antes porque no soportaba la idea de que me hubieras estado engañando todo este tiempo!

—¡Ah! ¿Y te pareció buena idea largarte tú sola y casi matarme del susto? —replicó Henry dolido y también con lágrimas en los ojos—. ¡Pensé que no iba a volver a verte, Astrid! ¿Y si hubieran descubierto que eras una mujer? ¡Dios sabe lo que te habrían hecho!

—¡Nunca he necesitado que nadie me defendiera! —chilló ella rabiosa—. ¡No soy una mujer débil a la que se necesite salvar! ¡He pasado por situaciones por las que ni te puedes imaginar lo horribles que han sido y nunca te he necesitado para salir de ellas!

—¡Y por eso no paras de apartarme! —rugió él levantándose rabioso—. ¿Cuándo demonios aprenderás que yo no quiero que cambies, que no deseo que seas una de esas damas de alta sociedad y que te valoro por la gran mujer fuerte e independiente que eres? ¡Insistes que no eres suficiente para mí cuando no te llego ni a la suela de los zapatos, Astrid!

—Henry, no empieces otra vez con eso de…

Henry sacó algo del bolsillo de su chaqueta y lo posó con tal agresividad en la mesa que ésta crujió.

—Renunciaría al Ducado y todas las propiedades por ti, Astrid. No tendría nada más que darte que mi amor, pero no sería más de lo que tú me has dado —confesó Henry sin poder contener la emoción—. Te quiero tanto que a veces me cuesta respirar, porque no me puedo creer que una mujer tan única y especial como tú me mira de la forma en la que tú me miras y me quiera como solo tú puedes quererme. Nunca he dudado de mi amor por ti y haré lo que sea necesario para que así lo creas. Por eso, he recurrido a la medida más desesperada que se me ha ocurrido.

Astrid contempló el sobre que Henry había dejado sobre la mesa y contuvo la respiración al percatarse de que llevaba el sello real.

—¿Eso es…?

—Cuando supe que te habías marchado, me imaginé que te habrías ido directamente a Hampshire, por lo que monté a Desdentao y me dirigí a Londres —explicó el duque—. Tenía poco tiempo y fui tan insistente en ver a la reina que ésta me recibió casi más por el cotilleo que mi visita podría generar que otra cosa.

—Espera, espera… ¿has visto a la reina?

—Anoche mismo —matizó él.

—Pero… ¿por qué?

—¿Por qué crees, Astrid? —preguntó el duque indignado—. Llevamos meses esperando una respuesta a la aprobación de nuestro enlace, así que la fui a demandar en persona.

—¡¿Qué?!

—A la reina todo esto le pareció divertidísimo, sobre todo los eventos sucedidos en torno a su amiga la marquesa —argumentó Henry molesto—. Por eso tuve que chantajearla.

—¡¿Que tú hiciste qué?!

—¡No iba a darme el permiso y se estaba riendo a mi costa! —exclamó el duque indignado—. Así que le dije que o bien me daba el permiso para casarme contigo o no solo iba a involucrarla en ese escándalo, sino que además iba a convocar las grandes casas de Escocia para reclamar la independencia de Escocia.

Astrid se quedó boquiabierta.

—¿Tienes potestad para hacer eso?

—Claro que no —puntualizó Henry—, pero la reina se lo tragó de lleno y está muy poco deseosa de envolverse en un evento que puede desmoronar el país.

La joven institutriz cogió el sobre con manos temblorosas y sintió que le faltaba el aire.

—¿Puedo…?

—Es tuyo —le aseguró él hincándose sobre su rodilla—. Es tu regalo de Navidad.

—Hoy es Nochebuena —matizó ella sin poder contener una risa nerviosa.

—Da igual, lo convertiremos en una nueva tradición.

Astrid no podía leer bien debido a las lágrimas que nublaban sus ojos, pero ahí estaba. Sus nombres, la autorización expresa de la reina y la firma junto al sello de la familia real. Se llevó una mano a la boca para contener un sollozo, pero fue inútil. Tanto tiempo esperando, tantos meses anhelando este instante…

—¿Astrid? ¿Qué dices? ¿Te casarías conmigo ahora que podemos hacerlo?

La institutriz bajó de la silla para ponerse también de rodillas ante él.

—No pienso llevar plumas en el pelo durante los bailes —advirtió Astrid con voz rasposa debido a sus sollozos.

—Por mi como si lo llevas siempre suelto, me parece mucho más bonito —argumentó Henry cogiendo de sus manos.

—No pienso ser una mujer florero —continuó Astrid sorbiéndose la nariz—. Quiero abrir una escuela donde niños y adultos puedan aprender a leer, a escribir y toda clase de cosas.

—Tenemos sitio en Ravencraig y si no construímos una en el pueblo, ¡será por dinero! —concordó Henry emocionado.

—¿Pido mucho si le damos una rectoría a mi padre?

—Astrid, ¿por qué crees que no tenemos párroco? —cuestionó Henry—. Siempre los he tenido en mente a los dos. Hampshire está muy lejos de Escocia, si ellos están dispuestos, yo accedo encantado a que se instalen en la rectoría. Es más, lo lógico sería que nos casara tu padre.

Ella no pudo contener sus gimoteos por más tiempo. Estaba tan abrumada por todo que...

—¿Dejarás que siga dando clase a Eloise y Colin Mackenzie?

—Como Duquesa de Drumnadrochit, no como institutriz —advirtió él con severidad—. Y darás las clases siempre en nuestra casa, no en la suya.

Astrid lo abrazó con desesperación.

—Lo siento, siento muchísimo haber dudado de ti —gimió ella contra su pecho.

—No, más siento yo haberte hecho pasar por esto —le aseguró él rodeándola con sus brazos—, pero prométeme que la próxima vez que decidas huir, lo harás acompañada.

La institutriz se rió y rompió el abrazo para acunar su rostro entre sus manos.

—No volveré a huir —le prometió Astrid—. Acabas de condenarte a tenerme a tu lado hasta el fin de nuestros días.

Henry la besó.

—Mejor esta condena de vivir una vida junto a una mujer tan maravillosa como tú que la bendición de una existencia monótona y aburrida —le prometió él—. Me has hecho el hombre más afortunado del mundo, Astrid.

Ésta vez fue Astrid quien le besó.

—¿Cómo piensa pasar las Navidades, Su Gracia? —se aventuró a preguntar la futura duquesa de Drumnadrochit contra los labios de su prometido.

—Estoy un poco lejos de casa, esperaba que vos pudierais darme cobijo en vuestra morada, milady —respondió él bajando sus labios por su cuello.

Astrid suspiró feliz ante sus caricias.

—Mis padres no vuelven hasta Nochevieja —comentó ella.

—Perfecto, nos da tiempo de sobra para preparar el anuncio de nuestro compromiso y para que pueda hacerte el amor como si no hubiera un mañana —apuntó él cogiéndola entre sus brazos.

—Pero lo habrá —señaló Astrid acariciando su rostro con ternura—. Y viviremos todos esos mañanas juntos.

—Y para siempre —juró él.

Se dice que el Duque de Drumnadrochit se enamoró perdidamente de su duquesa cuando la contempló pasear sola por los páramos nevados de las Highlands escocesas, aunque pocos conocen la verdadera historia del romance entre el duque y la duquesa y la verdad de cómo se conocieron. Incluso la reina Charlotte se atrevió a decir que aquel cuento de hadas se había dado gracias a ella, pues la bella e intrépida Lady Haddock había aparecido de la nada, siendo una doña nadie que enseñaba a pobres niños ricos, que se convirtió en la más popular entre la aristocracia británica, ya no solo por su título, sino por formar parte de uno de los matrimonios que había sido unido por el amor y no la conveniencia. No obstante, Lady Haddock fue sobre todo querida por el pueblo escocés por su involucración en la educación y alfabetización de la población infantil y adulta y su esposo, Lord Haddock, invirtió cuantiosas cantidades de dinero en escuelas y en seminarios que cumplieran con un estricto protocolo de higiene y manutención. La duquesa mantuvo una gran amistad con Lady Rachel Jorguenson, Condesa de Montrose, y acompañó a Lady Eloise Mackenzie en su presentación en la sociedad ante la reina, además de ser la madrina de la boda de Lord Colin Mackenzie, quien se convertiría en vizconde de Dundee demasiado joven. La Navidad se convirtió en el evento del año en Ravencraig, donde los duques siguieron instalando un abeto que fueron decorando con entusiasmo, primero solos y pronto acompañados por sus hijos. Dicen que Su Majestad, la joven reina Victoria, en la que visitó al matrimonio durante sus vacaciones de Navidad en Escocia, se enamoró tanto del concepto que le recordaba a las antiguas usanzas de su madre alemana, que replicó dicha tradición en su palacio de Buckingham.

En cuanto a la Marquesa viuda de Ailsa, se dice que marchó a las Américas cuando la reina la expulsó de su corte. Al estar envuelta en un escándalo que podía haber empapado de lleno a la monarca, la reina exigió a la Condena de Steventon que arrebatara la herencia a su sobrino Viggo Grimborn. La anciana no tuvo otro remedio más que acceder a la petición de la monarca, sobre todo porque, tras un desafortunado incidente transcurrido en extrañas circunstancias durante aquella Navidad, la cara de su sobrino había quedado desfigurada por una tercera rotura de su mandíbula. Según las pesquisas de la policía, algo había golpeado con tanta fuerza contra su cara que le había dejado inconsciente y no conseguía recordar quién le había agredido, aunque él insistió en culpar a una joven institutriz, «asalvajada» y «de dudosa reputación» que resultaba ser la hija del vicario. Cuando la policía se acercó a interrogarla, se encontraron con que dicha acusada era la futura Duquesa de Drumnadrochit, que se encontraba celebrando su compromiso en la intimidad familiar junto con el duque, y tales fueron sus modales y su aspecto resultaba tan bello y angelical, que la policía concluyó que tal dama no podía haber cometido semejante acto violento. La policía nunca llegó a fijarse que, junto a la chimenea, había desaparecido un atizador que hasta hacía poco había estado colgado.

Astrid Hofferson nunca volvió a ver Viggo Grimborn ni nunca puso interés en saber cuál fue su destino, pero abandonó Hampshire con la satisfacción de haber cerrado todos sus asuntos pendientes y que todo lo sucedido en los últimos días había sido obra de un milagro.

Un verdadero milagro de la Navidad.

Xx.

Pues con esto y un bizcocho…

Resulta extraño haber terminado de publicar estos relatos tras pasarme tantas horas trabajando con ellos, pero todo principio tiene un final. Me lo he pasado muy escribiéndolos, que eso creo que es lo que más importa y, ante todo, que habéis disfrutado de mis historias de Navidad al menos una última vez.

Quiero terminar esta pequeña anotación para desearos a todes una feliz Navidad y una buena entrada al año 2022. Ahora sí que sí: ya no habrá más relatos de Navidad, aunque creo que dejo un legado chulo para la posteridad de Internet. Ojalá se me recuerde como la que escribió un fanfic larguísimo de brujas que, a su vez, era una friki de Navidad que publicaba siempre historias durante la semana de Navidad.

Nos vemos en Wicked Game el año que viene.

Hasta entonces os transmito mis mejores deseos.

Os quiero, ahora y siempre.

Xx.