Capítulo 6: Epifanía
Seras Victoria se encontraba paralizada en su sitio al ver el espectáculo de sangre que se desplegaba ante sus ojos. Aquello… aquello debería haber sido alegría y sonrisas, esperaba ser recibida calurosamente por sus superiores y por Pip; en cambio, estaba con los pies clavados en el suelo, sin poder mover siquiera un músculo de su cuerpo sin vida, presa del terror que estaba presenciando. El silencio reinante sólo empeoraba el panorama siniestro.
Cuerpos desparramados aquí y allá, las carpas tiradas abajo y desgarradas y la alfombra de césped rojo que se concentraba en medio del sitio atacado componían la última de las realidades que la joven draculina esperaba vivir habiendo llegado.
De repente, escuchó a lo lejos ruidos de sorbos, como si alguien comiera o chupara de manera poco decorosa su comida. No necesitó acercarse para saber que eran pocos ghouls rezagados terminando de alimentarse de sus compañeros de armas. Dejándolos secos de sangre y rasgando sus carnes con sus colmillos como si nunca fueran a estar saciados.
Aquella escena que ella no llegaba a ver pero que sabía que estaba sucediendo a metros de donde estaba petrificada, activó algo en su interior. Recordó la brutal muerte de sus padres, la fatídica noche en la cual otros compañeros de armas del pasado fueron asesinados y ella convertida por un falso sacerdote… y sobre todo, los rostros de Sir Walsh y Pip Bernadotte contemplándola con compasión y pidiéndole a Sir Arthur la oportunidad de dejarla con vida. El asesinato reciente de su amo. Y fue en ese momento que se movió.
Había perdido todo en su vida y sus seres amados, y ahora volvía a perder a manos de esos monstruos. No soportaba la sola idea, al menos a ellos, aquí y ahora, les permitiría no dejar que fueran devorados patéticamente por esos malditos ghouls que odiaba tanto.
Y, con una velocidad sobrenatural, corrió hacia la fuente de cada ruido que sus sentidos vampíricos podían percibir. Con ojos llenos de furia, vio a aproximadamente seis ghouls dándose todavía el banquete con los cuerpos de los Gansos Salvajes. Sabía que los Caballeros, entre los que se encontraban Sir Robert y Sir Walsh estaban entre los fallecidos, pero todos los cadáveres que divisó estaban desmembrados y desfigurados. Era imposible identificar y saber quién era quién. En cuanto a los ghouls, fueron despedazados uno por uno con suma rapidez por la chica, de la misma manera que ellos hicieron lo mismo con los soldados. En menos de un minuto ya había acabado con ellos y por fin pudo salir de su estupor inicial y soltar todo el dolor que se había acumulado en ella, con lágrimas de sangre acompañando el sentimiento. El gran desconsuelo que sentía se intensificó al encontrar el parche de Pip, el hombre del que se había enamorado y al que ni siquiera podía reconocer entre los muertos.
Mientras lloraba, pensaba en cómo era posible sentir tanto dolor en un corazón que ya no latía, en un cuerpo que ya no estaba vivo pero actuaba como si lo estuviera. Los espasmos debido a los sollozos y al shock la recorrían en una oleada poco feliz de angustia, lo cual le recordaba a sus años como humana. Salvo detalles importantes, no parecía haber mucha diferencia entre su pasado y su presente.
Rato después, decidió que ya había llorado lo suficiente, y se sentó en un tocón mientras analizaba con mirada llorosa lo que había quedado de sus amigos y compañeros. El dolor inicial ahora dio paso a la rabia, pero debía poner paños fríos a sus pensamientos, debía estudiar todo lo sucedido de manera inteligente para poder llegar al fondo del asunto y así tener la posibilidad de vengarlos a todos.
Desde luego, esto era obra de alguien que podía controlar ghouls. Sabía que Hellsing tenía enemigos no sólo fuera del país, sino que también dentro de este; una penosa guerra interna de organizaciones que buscaba el poder de las armas vivientes para ganar más favores en la Corona y pretender estar incluso por encima de ella. Pero este no parecía el caso, pues las aguas habían estado bastante calmas entre las distintas ramas de las organizaciones al servicio de Gran Bretaña, aunque saber aquello no era garantía. Aun así, tenía un extraño presentimiento. Esta masacre nada tenía que ver con rencillas externas, estaba segura de que había un origen mucho más interno. Más aun teniendo en cuenta el especial ensañamiento con el cadáver de Sir Richard, a quien reconoció sólo por un anillo en una de sus irreconocibles manos. Del resto, nada.
Después de pasar un buen rato reflexionando y diseccionando causas, la joven, que tenía la cabeza metida entre las manos, se levantó de golpe entendiendo todo. El horror surcaba su ensangrentado rostro. Pues en la misma mansión, se hallaba un potencial causante.
¡¿Acaso podría ser posible que la señora Integra y su esposo vampiro…?!
¡Quería pensar que aquello era imposible! Pero entre más negaba esa posibilidad, más su mente le traía a colación recuerdos, desprecios, miradas y otros gestos de esa rubia y alta mujer. Era como si estuviera constantemente vigilando y midiendo pasos con todos los habitantes de la casa. El vampiro y el hijo parecían más ajenos a lo que sucedía alrededor, pero era Integra Hellsing la que no salía de la cabeza de Seras. Pero… ¿por qué ella haría algo así?
Y, de repente, se dio cuenta de que había caído en una trampa. Que la conversación con Attila Brenner era sólo una estratagema para demorarla, sabiendo que, si ella hubiera llegado a tiempo, habría podido evitar al menos que mataran a los Caballeros y a Pip. ¡Ese muchacho tenía la sangre tan fría que la sola idea le espantó! Y semejante acto, obviamente era calculado milimétricamente por otras personas. Y esas personas eran sus padres.
No sabía de dónde había salido ese poderoso nosferatu que era el padre, pues nunca en la organización le dijeron que hubiera otro del que cuidarse, ni siquiera lo percibieron cuando se presentó en la tan protegida mansión. Ni por qué la señora Integra, quien parecía odiar a los vampiros, se había unido a él y dado un hijo. Un hijo dhampir… un hijo Hellsing más poderoso que cualquier otro Hellsing vivo, para…
Los ojos de la draculina se abrieron desmesuradamente al ver las cosas de manera más clara, y la conclusión a la que llegaba ahora era que había dejado en la mansión a su nuevo amo desprotegido. Con una velocidad propia de su especie, en la urgencia de llegar a la casona de huir de los primeros rayos matutinos, Seras Victoria iba rumbo a sacar al flamante Sir William de ese lugar, para luego tomar las acciones pertinentes. Tenía que avisarles a los guardias que habían permanecido en la mansión y a las autoridades.
Estaba llegando a los terrenos de la mansión cuando una voz grave la detuvo.
—Te estaba esperando, chica policía.
Era el conde Joseph Brenner. Pero, para espanto de Seras, no estaba vestido elegantemente como en anteriores ocasiones. Usaba una vieja gabardina roja escondiendo su traje negro, y llevaba el cabello corto, mostrando así una de sus tantas formas. Lo que más horrorizó a la muchacha rubia fue que estaba cubierto de sangre. Como un animal que acababa de devorar su alimento de manera salvaje.
—¡¿Quién es usted en realidad?! —exigió saber Seras, presa del miedo y de la ira.
—¿Por qué debiera darle mi nombre a alguien que está a punto de morir? —le devolvió la pregunta el vampiro, como si tuvieran una conversación de poca importancia—. Porque desde luego que no permitiré que entres en esa mansión, en donde están mi mujer y mi cría.
A la distancia y en el interior de la mansión Hellsing, una venita de molestia surgía en la frente de Attila al escuchar cómo su padre aún se refería a él.
Seras Victoria lo contemplaba con odio.
—¿Ustedes hicieron todo esto para quedarse con el señorío, verdad? —preguntó queda—. Querían matar a todos los Hellsing varones para que ese dhampir fuera el señor de todo… empezaron por Sir Arthur, lo acaban de hacer con Sir Richard, y ahora van por Sir William… ¡Y NO LO PERMITIRÉ! ¿QUÉ CLASE DE VAMPIRO Y SIRVIENTE SOY SI NO PUEDO PROTEGER A MI AMO? ¡YA MATARON A DOS DE ELLOS, NO DEJARÉ QUE LE TOQUEN UN PELO AL AMO WILLIAM!
—Ay, chica policía, no hace falta que grites —la regañó Alucard sin darle importancia al asunto—. Despertarás a todos a kilómetros a la redonda y quedarás como una loca. Pero una cosa es segura, la muerte de tu querido amo Arthur no es obra mía ni de Integra. A los demás sí los maté, eso sí.
—¡MALDITO!
—Este maldito tiene nombre, y ahora sí voy a presentarme —señaló el nosferatu entre risas y, a continuación, hizo una reverencia—. Vlad Drăculea, príncipe y señor de Valaquia.
El ceñudo rostro de la draculina pasó a tener una expresión de confusión.
—¿Cómo…? —balbuceó.
— Sí, chica policía —respondió Alucard a la pregunta que quedó en el aire—. Soy el mismo vampiro que derrotó el desgraciado de Abraham Van Helsing. Pero no fui eliminado, sino que me esclavizaron; así que, en efecto, conozco esta mansión mejor que tú. Aquí conocí a mi condesa.
Seras apenas podía salir de su estupor. No sólo el tal Drácula existía, sino que también fue una especie de predecesor suyo al servicio de la Organización. Pero ahora era un ser libre y dispuesto a vengarse… no, libre no. Era controlado por Integra Hellsing, lo cual empeoraba la situación.
Alucard aprovechó la confusión de la chica para situarse detrás de ella y atravesarle el corazón desde la espalda.
Sorprendida ante la muerte que se cernía sobre ella, la joven Victoria sólo atino a mirar a su verdugo con ojos apagados y tristes.
—¿Por… qué?
—Porque será Attila quien comande la Organización dentro de poco —se dignó a contestar Alucard con malicia—. Esa será mi venganza contra la casa Hellsing: ya comencé tomando a una como compañera, ahora mi vástago tomará el poder no sólo como un Hellsing legítimo, sino también como el príncipe heredero de la Dinastía Drăculeștilor. Y eso es sólo el principio.
Y, con un jadeo que Alucard no supo si era debido la conmoción o su último hálito de no-vida, Seras Victoria cayó definitivamente muerta en sus brazos. El nosferatu se sintió algo decepcionado, pues ni siquiera habían tenido una batalla digna, matándola fácilmente. Añoraba tanto un buen contrincante…
Contempló los restos de la joven vampiresa, y, cargándola como si de un costal de papas se tratara, la alejó rápidamente de los terrenos principales de Hellsing hasta el lugar de la masacre. Ya despuntaba el sol en el horizonte, lo cual generaba gran molestia a Alucard. No era como si pudiera hacerle daño como en las leyendas, pero se le antojaba molesto e incómodo caminar bajo el escrutinio del Astro Rey.
Dejó el cuerpo sin vida de la draculina, que empezaba a desintegrarse con el amanecer, junto con los demás cuerpos. Chasqueó los dedos y se deshizo de los ghouls que se empezaban a esconder del sol. Si necesitaba más, simplemente los crearía en un futuro.
Lo tenía todo planeado desde el principio con su esposa: haría pasar el espectáculo siniestro como un ataque ghoul comandado por los Iscariote de alguna forma misteriosa. Ya habían plantado y enviado pruebas falsas al igual que con la acusación a Sir Jeremy Islands; a estas horas ya debían de estar enterándose las autoridades y los propios a habitantes de la mansión. Necesitaban que esa enemistad entre el Vaticano y el gobierno inglés explotara para que fuera más fácil sentar a su hijo en la gran silla Hellsing. ¿Qué mejor que el caos para seguir creando caos? Le recordaba a los viejos tiempos en los que todos los grandes señores se valían de guerras e intrigas descarnadas para asegurar su poder o colocar al mando a sus favoritos. Rio con nostalgia: él mismo lo había hecho en épocas pasadas y ahora volvía a esas prácticas para que su unigénito fuera el líder.
Qué orgulloso terminaría estando.
Dejaría que esta tormenta de sucesos calmara un poco, si es que cabía esa posibilidad, y ya entonces pensaría en deshacerse de sus últimos obstáculos: William y el siempre fiel Walter.
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