Disclaimer: Aunque me encantaría, la franquicia Pokémon no me pertenece. Y tampoco los personajes de El resplandor, que son de Stephen King.
Apología de la autora: Cristal fue nuestro primer personaje femenino en los videojuegos, y eso la convierte en nuestra primera Campeona oficial de Kanto y Johto, la primera entrenadora que destronó a Lance y venció a Rojo ¿Por qué no encuentro fanfiction sobre ella más allá de sus hipotéticos amores con Oro, Plata o Eusine? Ya va siendo hora de acabar con esa injusticia. Así que aquí traigo una aventura terrorífica protagonizada por Cristal. Espero que les guste
Aunque a Cristal nunca le había preocupado especialmente que se le hiciera de noche lejos de lugares habitados (de hecho, solía acampar a menudo para capturar pokémon nocturnos), aquel día suspiró de alivio al avistar Pueblo Lavanda. El sol se había puesto hacía poco, pero el cielo cubierto de pesadas nubes negras daba la impresión de que era mucho más tarde, y hacía cada vez más frío. El viento que había estado soplando toda la tarde se había detenido, y el aire estancado estaba cargándose poco a poco de electricidad. Hasta sus pokémon parecían cada vez más inquietos. Aquello último era la señal definitiva: nada de pasar la noche a la intemperie esta vez.
―Tranquilos, chicos... ya casi estamos.
Había oído hablar mucho de aquel sitio durante toda su vida. La mayoría de las personas que conocía que habían estado allí por un motivo u otro coincidían en que aquel pueblo, pese a tener un ambiente general algo extraño, no tenía nada que no pudiera tener cualquier otro sitio al que pudiera ir a parar; pero también había quien se lo describía como un auténtico escenario de novela gótica. Y, ahora que lo veía con sus propios ojos por primera vez, entendía por qué.
Era un pueblo bastante pequeño, aunque era evidente que contaba con unos servicios mínimos que le permitían ser más o menos autosuficiente. Probablemente se debía a que estaba bastante bien comunicado, conectado directamente con Ciudad Azafrán y Ciudad Azulona, gracias a la transitada Ruta 8 y el Subterráneo, y con Ciudad Fuscia, por las rutas costeras del este de la región. Así que era un paraíso tanto para los montañeros como para los pescadores, además de un sitio cómodo y económico para vivir y de una parada más o menos obligatoria para todo aquel que tuviera interés en viajar rápidamente hasta Ciudad Fuscia pero no una bicicleta con la que poder tomar el Carril Bicil; y todo eso lo convertía en una típica estación de paso, frecuentada habitualmente por gente variopinta de diferentes puntos de Kanto y Johto. De esta manera, no necesitaba ser una gran ciudad para mantenerse viva: sus infraestructuras funcionaban, más que gracias a sus escasos habitantes, a todos los viajeros que estaban allí más o menos de paso. Eso significaba que, si bien poca gente de la que pasaba por la aldea se quedaba mucho tiempo, debía de ser un sitio lo suficientemente acogedor como para a que los kanteses y johtenses que decidían ir allí en un momento dado de su vida no les importase demasiado volver, aunque no fuera para quedarse.
Sin embargo, Cristal sólo sabía todo esto porque se lo había dicho Morti, y Lance se lo había confirmado, porque nadie lo hubiera dicho justo después de haber visto ese lugar por primera vez desde lo alto de un risco en un atardecer tormentoso, tal y como lo estaba viendo ella: Pueblo Lavanda estaba situado en un diminuto valle, entre las montañas del norte de Kanto y los acantilados de la costa este; y la primera impresión que recibía el visitante era la de estar adentrándose en un lugar escondido, protegido y amenazado al mismo tiempo por aquellos escarpados montes, que sólo podían atravesarse cruzando túneles oscuros y laberínticas cuevas. Si a eso se le añadía el aspecto solemnemente austero del lugar, presidido por aquella gigantesca torre fúnebre que hundía sus cimientos en la misma montaña, majestuosa y terrible como una mansión de tinieblas, resultaba imposible que a los forasteros no se les pusiera la piel de gallina ante aquella panorámica.
Caminar por las calles no fue mucho más alentador: aunque limpias y cuidadas, estaban casi vacías, y las pocas personas con las que se encontró caminaban apresuradamente, en silencio, arrebujadas en sus prendas de abrigo y con una mirada de aprensión en los ojos, que se dirigía cada pocos instantes hacia el cielo encapotado. Los parques estaban desiertos, poblados solamente por columpios chirriantes, y el viento sacudía los árboles casi deshojados de los jardines cerrados por altas tapias de piedra gris. Si al llegar al centro pokémon se hubiera encontrado con un viejo edificio de madera con todas las luces apagadas y una enfermera Joy de aire hierático y tono desconfiado dándole la bienvenida mecánicamente desde el otro lado de un destartalado mostrador, ni siquiera le hubiera sorprendido.
Pero, para su alegría, no fue así. El edificio del centro pokémon era tan antiguo como el resto del pueblo, con su característico tejado de color coral como único rasgo distintivo de los demás edificios; pero era cálido y acogedor, y estaba equipado con la requerida alta tecnología para los cuidados sanitarios de los pokémon y profusamente iluminado con abundante luz eléctrica. Y la enfermera Joy le dio la bienvenida con la inconfundible hospitalidad habitual en las sanitarias de su familia.
―¿Crees que alguno de tu pokémon necesita un tratamiento específico, o sólo el chequeo y los cuidados rutinarios?
―Bueno... mi Parasect está algo alicaído en estos últimos días. Está bastante torpe, come poco y duerme más de lo normal en él; pero no parece tener fiebre, ni tampoco me ha dado a entender que le doliera algo o se encontrara mal.
―Le echaré un vistazo a eso, pero no creo que tengas motivos para preocuparte: muchos pokémon hongo se sienten incómodos y débiles en las épocas más secas, sobre todo en climas marinos. Le bastará con que le humedezcas la seta de la espalda con más frecuencia que de costumbre, y evites sacarlo a combatir en las horas más calurosas. Tampoco le vendría mal pasar las noches fuera de la pokeball mientras estéis viajando por zonas alejadas de la costa. Recrear en la medida de lo posible las condiciones de su hábitat de origen lo ayudará a manterse fuerte y saludable durante el verano.
―Muchas gracias, enfermera ¿Tienen habitaciones disponibles para pasar la noche?
―Hmmm... ¿viajas sola?
―Sí.
―Entonces, lo más probable es que sí. Dame un segundo para consultarlo.
En menos de diez minutos, estaba sentada tranquilamente en un cómodo sillón junto a una de las grandes ventanas, tomando un reconfortante chocolate caliente, mirando cómo las calles al otro lado del cristal, cada vez más oscuras, se iban llenando de niebla.
El camino hasta Ciudad Celeste, su siguiente parada, iba a ser bastante largo, así que sus pokémon y ella tendrían que descansar todo lo que pudieran. Sólo iba a necesitar pasar allí una noche, y tal vez el lugar pareciera un poco diferente a la luz del día.
Estaba empezando a preguntarse si no debería echarle un vistazo a la pokédex, por si hubiera en la zona alguna especie de pokémon raro que no pudiera encontrarse en Johto (algunas personas con las que se había cruzado le habían dicho que había Clefairy en el Monte Moon; pero no podría llegar hasta allí hasta que encontrase la manera de despertar al Snorlax que estaba tapando la puerta del Túnel Diglett), cuando notó una súbita corriente de aire frío cerca de ella.
Naturalmente, no era la primera vez que sentía aquello. Había estado en la Torre Quemada, combatido contra Morty, y hasta atrapado ella misma algunos especímenes de tipo fantasma para rellenar entradas de la Pokédex; pero, aún así, no pudo evitar dar un grito que le sorprendió incluso a ella misma al darse la vuelta y encontrarse con un gran rostro violáceo, con unos grandes ojos oscuros, una gran boca y un par de colmillos afiladísimos a apenas dos centímetros de su nariz.
―¡Tony! ¿Cuántas veces te lo he dicho? ¡Nada de bromas a desconocidos?
El Gastly rió a mandíbula batiente, y regresó flotando hasta el mostrador de entrada, donde lo esperaba un joven de cabellos castaños, con el ceño fruncido, y una enfermera Joy que trataba de contener las carcajadas.
―Lo siento ―le dijo el muchacho, con una sonrisa conciliadora―. Es un poco liante, pero no lo hace con mala intención. Supongo que la vida de ultratumba carece de interés sin cierta dosis de emociones fuertes, o algo de eso. Pide disculpas a esta señorita, Tony.
El pokémon emitió un murmullo solemne y agachó la frente, amagando una leve inclinación; y hasta Cristal, que todavía tenía el corazón a mil por hora, sintió de inmediato que no podía enfadarse con él.
―De hecho, es un poco así ―contestó, devolviéndole la sonrisa―. La percepción de la realidad de los pokémon espectro es un poco diferente de la nuestra, así que dan la impresion de tener un sentido del humor muy extraño.
―Porque no tienen las mismas limitaciones que nosotros ―añadió él, con solemnidad―. Pero, precisamente por ese motivo, también tienen poderes que van mucho más allá de los que podrían tener incluso los pokémon legendarios, y son leales más allá de la muerte: aunque uno haya dejado el mundo terrenal hace varios siglos, sus compañeros pokémon de tipo fantasma seguirán considerándole como su entrenador, y honrarán su memoria eternamente ―de repente se sonrojó, un poco avergonzado, y rió entre dientes―. Pero disculpe mis monólogos: cuando se trata de pokémon misteriosos, no tengo mucha más medida que Tony... me pongo a hablar con cualquiera y no hay quién me calle. Me llamo Danniel Torrance.
La joven le estrechó la mano con energía.
―Mucho gusto. Yo me llamo Cristal.
―Cristal... es un nombre poco corriente, pero me suena de algo ¿Es la primera vez que vienes a Pueblo Lavanda?
―Sí. A decir verdad, llevo poco tiempo en esta región.
―Es Cristal Soulheart, la nueva Campeona de Johto, Danny ―le explicó la enfermera, mientras acariciaba distraídamente la coronilla de Tony―. Ahora está afrontando el reto de los gimnasios de Kanto y preparándose para subir al Monte Plateado.
Danny emitió un silbido largo y bajo.
―¡Pues claro! ¡Te vimos batirte contra Lance Wataru por televisión, y uno de nuestros reporteros estuvo presente en vuestra rueda de prensa! Nunca se me habría llegado a pasar por la cabeza que te conocería en persona ¡Mis felicitaciones por ese combate tan espectacular!
Cristal enrojeció hasta tener la impresión de despedir calor, cohibida. Siempre había sido una persona bastante reservada, y ni sus viajes por Johto y Kanto ni su Victoria en la Liga Pokémon habían cambiado aquello. Le hizo un gesto al muchacho para quitarle hierro al asunto, murmurando un humilde agradecimiento por lo bajo y adjudicándole a su querido y eficiente equipo el noventa por ciento del mérito. Para su alivio, Danniel no parecía ser uno de aquellos fanáticos enloquecidos que se dedicaban a acosar a sus estrellas; y, más allá de aquel apasionado comentario, se comportaba con mucha naturalidad, cosa que ella agradecía. Le resultaba refrescante encontrarse todavía de vez en cuando a personas que se dirigían a ella como a cualquier otra entrenadora, sin sentirse especialmente intimidadas ni malsanamente fascinadas por su nuevo título.
Pero eso no significaba que el joven no mostrase interés por ella. De hecho, ahora parecía mucho más deseoso que antes de entablar una conversación.
―Según he oído, vienes de Pueblo Primavera. Eso significa que has viajado mucho, y muy lejos.
―Sí. He recorrido toda la región de Johto, y casi toda la zona este de Kanto.
―¿Conoces a Morti Matsuba, el Líder del Gimnasio de Ciudad Iris? Tengo entendido que es un experto en pokémon de tipo fantasma.
―Bueno, no tenemos una relación estrecha ―reconoció Cristal―. Nos conocemos casi sólo de vista. Pero me encontré con él en las ruinas de la Torre Latón, cuando él y su amigo estaban buscando a los Perros Legendarios, y me pareció muy buena persona. A decir verdad, tu manera de hablar sobre los pokémon fantasma me ha recordado un poco a él.
Si le hubiera dicho que Morti en persona le había ofrecido una invitación a su casa para tomar un café y charlar profesionalmente sobre pokémon, Danniel no hubiera podido parecer más halagado; pero él también debía de ser una persona reservada y particularmente humilde, porque se limitó a sonreír y sonrojarse, igual que ella.
―Bueno... supongo que todos los que estamos acostumbrados a tratar con pokémon fantasma acabamos teniendo opiniones similares sobre ellos.
Este fue el inicio de una larga conversación sobre viajes y aventuras con pokémon, que hizo que Cristal no tardara en olvidarse por completo de la espesa neblina que llenaba las calles de Pueblo Lavanda, aún a pesar de que la vista al otro lado del cristal tenía un aspecto cada vez más siniestro.
Pasaron un buen rato comentado y riendo, y la enfermera Joy se acercaba de vez en cuando a participar en la conversación por unos minutos. Fue así como la joven entrenadora se enteró de que el gran interés de su eventual contertulio por sus vivencias mientras recorría las dos regiones se debía, además de a su gran curiosidad por todo lo que implicase ver de cerca pokémon extraños, a que trabajaba en la Torre de Radio, en un programa dedicado a la antropología pokémon.
―Emitimos "Pokémon Mundo Misterioso" de lunes a viernes, a partir de medianoche ―le explicó, con los ojos brillantes―. Hablamos de las diferentes ciudades del mundo, de sus costumbres, de sus leyendas y de los pokémon con las que están relacionadas. Estamos preparando un especial sobre Ciudad Iris para dentro de un par de semanas. Por eso quería preguntarte... ¿crees que podrías concederme una pequeña entrevista sobre el lugar, en calidad de viajera? Si quieres, podemos incluso evitar dar tu nombre. Lo que nos interesa es que nuestros oyentes escuchen testimonios de todo tipo de visitantes; y, como tú has retado a su Líder y has tenido ocasión de ver varios sitios y eventos de interés cultural, no sólo en Ciudad Iris sino también en muchos otros lugares, podrías darnos una perspectiva muy interesante.
―¡Oh, claro! Será un placer.
―¿Te viene bien que nos veamos mañana, a medio día, en la Torre de Radio? Allí tenemos las cabinas, y podré grabarte con un buen equipo de sonido. Ahora mismo hemos extremado las medidas de seguridad, pero puedo hablar con el director para que autorice tu acceso.
Cristal había tenido que lidiar con cosas mucho más terroríficas que cualquier cosa que pudiera encontrarse allí, pero la sola idea de ir a aquel sitio le provocó un repentino y casi visible escalofrío. No podía evitarlo: por más que se dijera a sí misma que no tenía motivos para preocuparse, que aquel edificio había dejado de ser un cementerio, y que, aunque hubiera seguido siéndolo, lo único verdaderamente peligroso en él seguirían siendo las escaleras, la primera impresión que la había provocado aquella torre gris con cimientos de piedra que se perdía en las nubes, como si brotara del mismísimo centro de la tierra y estuviera envuelta en un manto de niebla y coronada de tormentas, había sido demasiado intensa. Durante unos instantes, había tenido la impresión de que tenía vida propia, y que sólo estaba esperando el momento adecuado para volver a revelarse como lo que todavía era y, en realidad, siempre había sido y siempre sería: el cementerio de pokémon de Pueblo Lavanda.
El joven debió de interpretar adecuadamente su palidez y su expresión dubitativa, porque rompió a reír a mandíbula batiente.
―¡No te preocupes! No va a pasarte nada por visitar la Torre. Y menos durante el día. Además, eres la Campeona: no hay nada ahí a lo que no puedas vencer.
Aquellas palabras pretendidamente tranquilizadoras no terminaban de convencerla. De hecho, le daban bastante mala espina: Danny no estaba en absoluto negando la posibilidad de que sus temores no fueran del todo infundados. Tal vez para evitar confirmar aún más las sospechas de la joven, el locutor cambió rápidamente de tema.
―Bueno, yo tengo que ir pensando en irme a casa ―le dijo―. Se me ha presentado una noche más o menos libre, y tengo que aprovecharla para descansar. Entonces ¿vendrás mañana a la Torre? Si de verdad no terminas de estar cómoda con la idea, podemos quedar en el parque: a esas horas estará vacío, y podremos grabar la entrevista sin ruido de fondo.
―¡Oh, no! ―se apresuró a decir ella― No pasa nada: no he llegado a ser Campeona teniendo prejuicios. Si uno no se enfrenta a sus miedos, nunca podrá descubrir hasta dónde puede llegar en realidad.
Danny y su Gastly intercambiaron una mirada cómplice y una idéntica sonrisa traviesa.
―¡Hablas como toda una entrenadora de pokémon fantasma! Seguro que, si les dieras una oportunidad de verdad, hasta acabarías apreciándolos.
―Lo intentaré ―contestó ella, guiñándoles un ojo. Tony volvió a reírse estruendosamente―. Nos vemos mañana, a las doce, en la planta baja de la Torre.
―¡Hasta entonces! Que pases una buena noche.
―Igualmente.
Y, tras lanzarle un saludo de lejos a la enfermera Joy, entrenador y pokémon se marcharon juntos, a paso tranquilo y en silencio, como si llevasen tanto tiempo conociéndose que ni siquiera necesitasen intercambiar palabras para comunicarse. Cristal sonrió para sí: aquel muchacho tenía la misma aura mística que Morti y Eusine; y, a pesar del susto, tanto él como Tony le habían dejado una impresión muy agradable.
Sin embargo, no tardó en caer en la cuenta de algo que la hizo sentir curiosamente inquieta. Tras unos minutos de vacilación, se acercó de nuevo al mostrador para hablar con la enfermera.
―¡Ah, Cristal! Chansey le está dando un último repaso a tus pokémon. Podrás recogerlos en unos minutos. Te lo digo por si no quieres hacerlos esperar mientras cenas.
―Gracias, enfermera Joy. Pero yo quería preguntarle otra cosa... algo que me ha llamado un poco la atención. Si es que no es una pregunta muy personal, claro.
―Dime.
―¿Cuánto hace que conoce a Danniel?
―¡Oh! Fuimos al colegio juntos aquí, en Pueblo Lavanda. Tony empezó a andar con él por aquel entonces, y acabó decidiendo convertirse en su compañero pokémon. Siempre han sido inseparables.
―Ah... es que... me ha parecido...
La enfermera rió por lo bajo, un poco sonrojada.
―Puede parecer un poco extraño, pero ¿qué entrenador de pokémon fantasma no lo es? Cuando los vínculos son lo suficientemente fuertes, todo pokémon acaba pareciéndose un poco a su entrenador, y viceversa, porque aprenden el uno del otro a lo largo de toda su vida.
Cristal intentó que no se le escapara una sonrisa. Independientemente de si alguno de los dos se había dado cuenta, era más que evidente que, para ella, aquel chico era mucho más que un entrenador de pokémon fantasma con el que había coincidido en el colegio.
―En realidad, lo que me ha parecido extraño es que me haya dicho que tiene una noche "más o menos libre", cuando hacía menos de dos minutos que me había dicho que emite su programa todas las noches, de lunes a viernes, a partir de las doce.
―¡Ah! Bueno... es que la Torre va a estar cerrada esta noche. En lugar de la programación habitual, se va a emitir un especial de éxitos musicales, hasta las tres de la mañana. Reanudarán su actividad a primera hora.
De repente, parecía un poco incómoda. La miraba con una expresión dubitativa, algo triste, cuando no paseaba la mirada por el mostrador. Cristal había conocido a suficientes enfermeras Joy a lo largo de todos sus viajes como para llegar a la conclusión de que sería muy raro encontrarse con una que fuera mentirosa; pero aquella actitud evasiva delataba que, aunque no estuviera dándole una respuesta falsa, le estaba ocultando algo. Aunque se notaba que estaba encantada de hablar bien de Danniel, y durante toda la conversación que habían mantenido a lo largo de la última hora había manifestado estar más que dispuesta a opinar sobre cualquier cosa, parecía tener miedo de que siguiera haciéndole preguntas sobre aquella extraña incoherencia en particular.
―"A lo mejor me estoy metiendo donde no me llaman... mejor seguir la corriente, y hacer como que me lo creo. La gente puede tener motivos de peso para mentir... o, al menos, para no querer contar la verdad."
―Dígaselo todo, señorita.
Las dos jóvenes dieron un respingo al escuchar de repente aquella voz masculina sin edad, grave y severa, que resonó en la sala vacía como si viniera de ninguna parte; y sus ojos se dirigieron, automáticamente, hacia la puerta de entrada.
Había una silueta en el umbral, envuelta a medias en la espesa niebla que inundaba las calles, y que parecía traer consigo todo el frío de aquella desapacible noche. Sin embargo, no era un espectro, sino un hombre vivo: un anciano calvo y encorvado, que sería particularmente alto de poder mantenerse erguido, con el rostro y las finas manos apergaminados y llenos de arrugas; pero también con unos ojos oscuros, penetrantes y vivaces que delataban una gran inteligencia y lucidez. Cuando entró, Cristal pudo apreciar que debía de haber sido un hombre bastante ágil y vigoroso en su momento, aunque ahora fuera tan frágil que pareciera que hasta una brisa podía romperlo o hacerlo caerse. Y, a pesar de que era evidente que ahora necesitaba la ayuda de un bastón para caminar, todavía despedía una fuerza y un carisma excepcionales.
―Buenas noches, señor Fuji ―lo saludó la enfermera Joy, con sumo respeto― Sus pokémon ya lo estaban esperando.
Fue como si aquella bienvenida rompiera una especie de conjuro, o como si las luces del Centro Pokémon disiparan una especie de sombra: ahora que lo veía caminar pausadamente hacia el mostrador, le parecía un viejecito corriente, particularmente dulce y tranquilo. Sólo las austeras vestiduras sacerdotales que llevaba puestas le recordaban, de alguna manera, el aura de poder que le había transmitido su primera impresión.
―Disculpe mi descortesía, enfermera ―respondió él, con una sonrisa cálida―. Ya sabe que, en lo que respecta al asunto de la Torre, me cuesta ser imparcial.
―Lo sé. De hecho, la mayoría de los habitantes de Pueblo Lavanda compartimos su parecer. Nadie entiende cómo pudo prosperar ese proyecto. Incluso muchos trabajadores de la Torre consideran todavía que fue un error.
Cristal no quiso meterse en la conversación, pero prestó oídos con mucho interés.
―Eso se lo puedo explicar yo, muchacha: los gigantes de las telecomunicaciones tienen mucho dinero, pocos escrúpulos y ninguna idea. Y nosotros somos cada vez menos. Pero, aunque no haya podido evitar lo sucedido, lucharé hasta mi último aliento para proteger a esos pokémon y evitar el desastre.
Aquellos comentarios elusivos dieron a entender a la Campeona que la información que la enfermera Joy pretendía ocultarle no estaba estrictamente relacionada con Danniel, sino más bien con su trabajo en la Torre de Radio. Al parecer, el tema del viejo cementerio constituía una especie de tabú local para los lavandeses. Teniendo en cuenta que se había comprometido a ir allí, aunque fuera a la luz del medio día, la cuestión tenía toda la pinta de ser un asunto demasiado turbio como para dejarlo pasar.
―Disculpe... señor Fuji ―intervino, con discreción y tono serio― Usted le ha dicho a la enfermera que me lo cuente "todo". Si no es mucha molestia... ¿a qué se refiere?
El anciano sacerdote la miró directamente por primera vez, y la joven casi sintió que aquellos sabios y vivaces ojos negros la escrutaban de pies a cabeza con intensa curiosidad. Unos instantes después volvió a florecer en sus labios una sonrisa tranquilizadora y cordial; y Cristal sólo se dio cuenta de que había estado conteniendo el aliento al suspirar de alivio.
Tenía la inquietante impresión de haber sido sometida durante unos instantes a una especie de prueba, una prueba de la que ignoraba por completo el objetivo, en qué consistía y qué significaba. Pero, sin lugar a dudas, la había pasado, y contaba con la simpatía del misterioso sacerdote.
―¿Usted es la Campeona de la Liga Pokémon, chiquilla?
―Sí, señor. Me llamo Cristal Soulheart.
―Encantando de conocerla, jovencita. Sea bienvenida a Pueblo Lavanda.
Ella tuvo miedo, durante un instante, de triturar sin querer aquella mano tan delicada que le había tendido para estrechar la suya, y casi se sorprendió al notar la firmeza del apretón.
―A nuestra enfermera Joy no le gusta hablar mal de nadie: reserva la dureza y las reprimendas para los entrenadores que maltratan a sus pokémon, y hace muy bien. Sin embargo, si hay algo que he aprendido en este mundo, a veces incluso por las malas, es que hay acciones que nos pueden perseguir durante más años de los que nuestra propia vida pueda durar: uno debe llamarle al pan, pan y al vino, vino, aunque sea doloroso, porque no hablar de determinadas cuestiones hace más mal que bien para todo el mundo. Incluido para uno mismo.
La enfermera asintió, en silencio. Se había puesto pálida, y tenía los ojos extrañamente opacos.
―Discúlpenme, por favor.
Y se metió a toda prisa en la oficina que había tras el mostrador. El anciano sacerdote suspiró, con infinita pesadumbre.
―¡Ay! La rabia es un sentimiento legítimo, pero uno debe aprender a saber cuándo y cómo usarla para no hacerle daño a personas inocentes. Ni siquiera los viejos más experimentados estamos a salvo de parecer faltos de tacto en algunas circunstancias.
A Cristal sólo se le ocurría un motivo por el que una persona podía encontrar particularmente doloroso tener que hablar en términos personales de la muerte o los cementerios, sobre todo siendo un sanitario, y más aún siendo un sanitario que había vivido durante toda su vida justo al lado del único lugar de enterramiento que había en la zona sur del país.
―¿Es que la enfermera ha... perdido a algún pokémon, señor?
Un brillo astuto asomó a los ojos de Fuji, que rió en voz baja y le dio unas palmadas amistosas en la espalda.
―¡Es muy observadora, Campeona! ―su rostro se ensombreció un poco― En efecto, así es: la pequeña Joy (por mucho que crezca, para mí siempre será aquella niña con dos grandes coletas que pasaba el día correteando por la calle detrás de su Growlithe) tiene parte en esta historia; una parte terrible, que le ha causado mucho sufrimiento durante los últimos años. Así que comprenderás que no pueda contarte nada más, al menos por ahora. Es algo que le corresponde a ella contar... cuando se sienta preparada para hablar de ello.
Un instante después, la enfermera volvió a salir, llevando una bandeja con tres pokémon; y tenía los grandes ojos azules muy enrojecidos, pero parecía serena. Debe de tratarse de una persona particularmente acostumbrada a ocultar sus emociones, se dijo Cristal.
―Aquí están sus pokémon, señor Fuji ―dijo. Su voz sonaba tranquila y firme―. Están perfectamente. Sólo su Alakazam tiene la tensión un poco alta, así que debería vigilar su dieta. Está envejeciendo bien, pero es mejor no confiarse demasiado.
―Gracias, enfermera ―contestó el anciano, recogiendo las pokéball de la bandeja―. Y discúlpeme que haya parecido insensible. Yo, más que nadie, debería tener compasión de los dolientes.
―N-no se preocupe, estaré bien. Y... buena suerte con su labor de esta noche, señor.
El sacerdote se despidió de las dos jóvenes con una cortés inclinación, y salió con paso tranquilo del Centro Pokémon, de la misma manera que había entrado. Ambas guardaron un silencio casi reverente, hasta que la silueta encorvada y el sonido de su bastón se perdieron de nuevo en la niebla.
―Guau... ―se le escapó a Cristal, que todavía estaba haciendo un esfuerzo para no quedarse con la boca abierta― Es... como estar al lado de una hoguera.
―El señor Fuji es un gran hombre ―contestó la enfermera, con rotundidad―. De joven fue un gran científico, y aportó su talento e inteligencia para los experimentos más importantes de los Laboratorios de Isla Canela; pero la pérdida de su familia a causa de las penurias de la guerra lo dejó completamente devastado. Y acabó cometiendo errores de los que incluso ahora, que ha renunciado al mundo hasta tal punto que incluso la ciencia se ha olvidado de su nombre, se avergüenza infinitamente. Ante nosotros nunca ha usado ningún título de ningún tipo, y apenas hace tres años que sabemos quién es en realidad... pero el Fuji que se instaló aquí en calidad de sacerdote, y al que hemos conocido durante las últimas décadas, ha sido siempre tan íntegro, tan valiente y tan desprendido, y ha hecho tanto por Pueblo Lavanda y todos sus habitantes, tanto humanos como pokémon, que nadie ha tenido corazón para juzgarle; y, para nosotros, siempre será una auténtica autoridad, independientemente de quién fuera un día. Él es el único que parece no haberse perdonado a sí mismo todavía.
Estaba sumamente seria, pero volvía a tener una chispa vital en los ojos zafirinos. Su breve momento de duelo había terminado, así que la Campeona decidió que, ahora que sabía a qué atenerse con ella, no perdía nada por hacer un segundo intento, esta vez con todo el tacto que pudiera.
―Enfermera... si no le parece un asunto demasiado personal... ¿a qué se refería el señor Fuji con eso de que "le cuesta ser imparcial" al respecto de la Torre?
Joy le dedicó una sonrisa sincera y negó con la cabeza, sin la menor turbación.
―Oh, tranquila, eso no tiene nada de personal. Verás: hace dos años, la empresa de telecomunicaciones Tohjo Newcaster, que es la misma que posee la Torre de Radio de Ciudad Trigal, decidió extender su imperio a Kanto; y alguien, no sabemos exactamente quién, decidió permitirle comprar la Torre Pokémon. Naturalmente, nosotros no estábamos de acuerdo. Nos quejamos durante meses y meses, recogimos decenas de firmas, y hasta ofrecimos visitas guiadas a la Torre para concienciar al resto de la región de la importancia de conservarla como edificio público destinado a la memoria de los pokémon fallecidos; pero no hubo manera. Al parecer, también es el único lugar de la región que reúne los requisitos idóneos para albergar una torre de radio, y algún inepto con mucho dinero y pocos escrúpulos, como lo ha llamado el señor Fuji, tenía la desatinada teoría de que trasladar el cementerio podría ser una manera de purificar definitivamente el lugar... así que no se nos hizo el menor caso. El restulado es que ahora, en lugar de la Torre Pokémon, tenemos un sencillo Memorial, del que sigue encargándose el señor Fuji, al que han sido trasladadas todas las tumbas y que no le gusta a nadie.
―¿Por qué?
―Porque no nos permite honrar como se debe a nuestros muertos. Muchos kanteses no han vuelto a ver la tumba de su difunto mejor amigo desde que existe ese... ese... maldito osario sin alma ¡Algunos ni siquiera están seguros de si el cuerpo está realmente ahí!
El tono lento y agrio de la enfermera hizo que la entrenadora se percatara claramente de que habían vuelto a llegar a un punto que era mejor no tocar, así que decidió que ya había investigado bastante. Si necesitaba saber algo más sobre el nuevo emplazamiento del cementerio pokémon, se lo preguntaría al día siguiente a Danny, a título personal.
―A propósito ¿cómo están mis pokémon? Me gustaría cenar pronto... todavía me queda un viaje muy largo hasta Ciudad Celeste, y dicen que el Túnel Roca es duro de pelar.
La enfermera respiró hondo y volvió a sonreír con dulzura, y Cristal supo que había hecho bien cambiando de tema.
―Voy a buscarlos. Y, a propósito del Túnel Roca: necesitarás que uno de tus pokémon sepa Destello para cruzarla, porque es particularmente oscura. Pero es el mejor lugar de la zona para pasear y entrenar con tu Parasect.
La conversación sobre pokémon continuó todavía unos minutos más, hasta que la anterior quedó totalmente olvidada, si fuera posible olvidar de alguna manera haber estado hablando con el señor Fuji.
Pero la extraña sensación de frío que se había instalado dentro de Cristal al ver aquella torre desde la cima del acantilado seguía sin desaparecer del todo. Podía sentarse a comer con sus pokémon y a charlar con Joy y con los otros escasos entrenadores que se hopedaban con ella esa noche, disfrutar de los platos típicos de Pueblo Lavanda y anotar la receta del que más le había gustado en su diario; y luego subir a su habitación para cepillarle el pelo a Arcapeon, peinar a Smoopeon y bruñirle el cráneo a Cupeon bajo la mirada atenta de Tupeon, mientras Mega y Parapeon roncaban felizmente en un rincón. Pero le bastaba dejar de hacer algo durante un segundo, aunque fuera solamente para sacar el teléfono y llamar a casa, como hacía todos los días, para volver a sentirse inquieta y ansiosa, como si también ella pudiera percibir dentro de sus huesos, electrizando lentamente su sangre, la tempestad inminente que se cernía sobre Pueblo Lavanda. O como si en aquella niebla espantosa que había tenido que atravesar para llegar hasta el Centro Pokémon hubiera habido algo más que agua.
Y que su Xatu fuera el único que se había quedado despierto, sin dar señas de pretender o estar intentado quedarse dormido, mirando por la ventana de la habitación, no la ayudaba lo más mínimo. Hasta la música que sonaba en la radio, puesta a bajo volumen, únicamente para romper aquel silencio tenso, sonaba antinatural en aquella atmósfera cargada, tan densa que parecía estar hecha de vidrio.
―¿Qué pasa, Tupeon? ―le preguntó, finalmente, mientras cerraba su diario y se soltaba el pelo, dispuesta a meterse en la cama para intentar dormir ella también― ¿Has visto algo? ¿O es que te has quedado con hambre?
El pokémon ave emitió un murmullo suave, agitó la cabeza un poco y continuó con la mirada perdida al otro lado del cristal. Su entrenadora se acercó a él y lo abarcó con los brazos cariñosamente; y fue así como notó, entristecida y un poco asustada, que estaba temblando debajo de su abundante y colorido plumaje.
Desde aquella ventana se veía todo el pueblo. Incluida la Torre. Además, la espesa niebla había desaparecido por completo; y, con aquel aire frío y cristalino, el insólito edificio parecía estar aún más cerca. Su silueta imponente y siniestra, recortándose en la penumbra plomiza, parecía erguirse sobre la modesta aldea como un monolito de oscuridad sólida.
―Tranquilo... aunque siguiera siendo un cementerio, no hay nada verdaderamente peligroso para nosotros en esa torre ―le susurró, acariciándole el cuello con ternura―. Los pokémon fantasma no son verdaderamente diferentes de los demás: tienen sus sentimientos, sus fortalezas y sus debilidades, como todos. De hecho, hoy he conocido a un Gastly, Tony... nos encontraremos con él y su entrenador mañana. Es bastante agradable, aunque seguramente a ti te parecerá demasiado ruidoso. Pero es un buen pokémon, seguro que te caerá bien. Además, somos los Campeones: pase lo que pase, lo afrontaremos. Y venceremos. Como siempre.
―Xa...
Un poco más tranquilo, el Xatu frotó la cabeza cariñosamente contra el cuello de Cristal, y esta lo soltó, para permitirle ir a posarse en un perchero cerca de la puerta. Tras una última mirada indescifrable para su entrenadora, el pokémon empezó a cabecear, hasta quedarse profundamente dormido.
Ahora sí, la joven apagó la luz y se metió en la cama. El viejo pero funcional aparato de radio que había encima de la mesa continuaba sonando a media voz, así que decidió que tal vez no sería mala idea dejarlo encendido, para ahuyentar los posibles terrores nocturnos. Además, las canciones que estaban poniendo en aquel momento eran lentas y relajantes, y la hacían pensar en largas mañanas de otoño, de esas en las que a ella le gustaba quedarse en la cama hasta tarde y desayunar abundante y tranquilamente mientras miraba por la ventana, con el susurro de la lluvia como banda sonora.
Antes de que la canción se acabara, estaba completamente dormida.
Ni ella ni sus seis pokémon se dieron cuenta cuando, unos minutos después, empezó a llover copiosamente, hasta que las calles se volvieron borrosas.
Ni de cuando, estando ya el pueblo entero sumido en el plácido silencio del sueño nocturno, el violento rugido de los truenos empezó a sacudir todas las cosas con tanta fuerza que pareció que los cristales de las ventanas de las casas y edificios, el asfalto y el cemento de las calles desiertas, los suelos de cerámica de la Torre de Radio y las lápidas de piedra o mármol del Memorial, se estaban resquebrajando y partiendo.
Ni de cuando, a media noche, sin previo aviso ni motivo aparente, la radio se apagó sola.
Notas finales: Al parecer, si un Xatu se asusta es con motivos. Y sería un poco raro que fueran cosa de las diferencias entre la gente de Pueblo Lavanda y la empresa de la Torre de Radio ¿Qué está pasando en realidad en ese ex cementerio pokémon? ¿Qué va a pasar esa noche en Pueblo Lavanda? Continuará.
