¡Lamento muchísimo haber tardado tanto! Me ha costado un poquito hilvanar este capítulo.
Aprovecho para una AVERTENCIA, CONTENIDO M: en este capítulo se va a narrar, una vez más, la MUERTE DE UN PERSONAJE. Concretamente, esta parte del relato puede resultar particularmente dolorosa de leer para quienes han perdido una mascota.

Además, uno de los personajes ejecuta un exorcismo.

Aprovecho para recordar que esta historia es ficticia, que todo parecido con la realidad es pura coincidencia y que ni

Pokémon ni las novelas El resplandor y El Doctor Sueño, ambas de Stephen King, en las que me he inspirado para crear algunas subtramas y personajes, me pertenecen a mí.

Si creen que pueden continuar explorando los misterios de Pueblo Lavanda conmigo, a pesar de todo... ¡gracias por la lectura ^^!


Nuestros amigos son cada vez más conscientes de que el tiempo se les agota. Es más: tal vez se les ha agotado hace tiempo. Sin embargo, no paran de encontrarse obstáculos a lo largo de todo el camino; obstáculos que parecen estar ahí deliberadamente para retrasarlos, o impedirles cumplir su misión... ¿o no?


Por primera vez en años, Kira echó de menos tener unos pulmones con los que respirar hondo de verdad, y necesitar calmar los latidos de un corazón que ya no estaba allí.

Había algo que no cuadraba en aquella situación. Se suponía que había deseado con todas sus fuerzas volver a ver a Joy, que aquel encuentro era lo único que le daba sentido a su permanencia en aquel plano: volver a verla, saber que estaba bien, que era feliz. Se suponía que acababa de cumplir aquel deseo, que incluso había hablado con ella de una manera que jamás hubiera podido hacerlo en vida. Que había visto lo que quería ver, a la enfermera Joy de Pueblo Lavanda saliendo adelante; oído lo que quería oír, su voz amistosa y cálida diciéndole que la estaba esperando.

Y, sin embargo, allí seguía. En las calles vacías y desangeladas de Pueblo Lavanda. Con un disfraz de hembra humana joven que ocultaba su verdadero aspecto, el que se había llevado a la tumba: una Growlithe desangrada, con una herida mortal en el cuello oculta tras su abundante pelaje de canela. Muerta. Infinitamente triste y sola.

Tal vez, en realidad, no se había quedado atrapada en el mundo de los vivos, después de todo. Tal vez, en realidad, sí había conseguido trascender, y había ido al Infierno.

Pero no. No podía ser. En el Infierno, Joy no le sonreiría así. No la miraría con los ojos brillantes y retadores, ni le ordenaría que mantuviera la moral alta cuando saliera a combatir. Y, desde luego, lo último que le diría es que la esperaba de vuelta al amanecer. Y aquella especie de regalo, que tenía fuertemente apretado contra su pecho inerte, cuyos contornos podía palpar a través de la batista fina, era la señal de que no se había imaginado todo aquello.

Seguramente, me falta algo todavía. Un detalle, una palabra, un gesto. Porque su corazón, aunque reducido a polvo en alguna parte de la maldita fosa común contra la que estaba abominando el guardián, le decía que lo estaba haciendo bien. Si estaba sintiéndose viva otra vez, después de tanto tiempo sin aliento ni latido; si, a pesar de tener todos los segundos habidos y por haber, había vuelto a tener la sensación de que cada uno de ellos era más valioso que el oro, era que estaba avanzando hacia la luz, aunque todavía no pudiera verla.

Las lágrimas se le escapaban solas, como a Danniel mientras les contaba la historia de su espantosa niñez a merced de un padre violento; pero las suyas ya no eran de dolor. Aquel pañuelito desprendía un aroma que hacía años que no sentía, y que la hacía casi resplandecer de alegría. El de aquella persona por la que había vivido, luchado y muerto, como el guardián hiciera en su día por la Dama del Bosque Verde. Y, además, no necesitaba desenvolverlo para saber lo que había dentro. Y por eso lloraba.

Estaba levitando a unos centímetros del suelo, pero sin fuerzas, con el cuerpo etéreo derrumbado; parecía que tuviera que estar tirada en el suelo, fulminada por todas aquellas sensaciones, pero la gravedad se hubiera olvidado de cómo hacerla caer. Era tan evidentemente un alma en pena que la feroz escuadra de guerreros humanos muertos que formaba a ambos lados de la puerta, escoltada por dos Dragonair, dos Gyarados y un Ampharos, y dirigida por un capitán de ojos helados con una capa que parecía una sombra profunda y alargada, ni siquiera hizo amago de echársele encima.

Vale. Sus amigos tenían problemas serios.

Pero no podía regresar para avisarlos, porque pondría a los dragones endrinos sobre aviso. Aunque todavía no lo había perdonado del todo, ni podía dejar de pensar en todos los años que había perdido a causa de su cobardía, no podía evitar alegrarse de que el muchacho Torrance hubiera resultado ser clarividente, porque eso les iba a salvar la vida.

Por las Diecisiete Tablas. Si tener al otro lado del campo a Lance Wataru, el Campeón al que Arcapeon admiraba y apreciaba tanto, se parecía siquiera remotamente a ser consciente que iba a luchar contra aquellos tipos, entendía que Cristal se sintiera intimidada con solo tener que decir que era sucesora suya. Le daban miedo incluso a ella, que ya no tenía absolutamente nada que temer. Parecían estatuas de piedra, tan quietos y silenciosos estaban, con aquellas armaduras azules que ocultaban todos sus rasgos, excepto sus gélidas miradas llenas de cólera. Solo se delataron como hombres que habían sido de carne y hueso cuando su capitán levantó un brazo semitransparente cubierto con un guantelete de escamas flexibles y afiladas, apuntando hacia el cielo encapotado con una larga espada negra, y ellos respondieron desenvainando, todos a una, sus propias armas, con un siseo metálico que le puso todos los pelos del cuerpo de punta.

Sin embargo, era evidente que no tenía tiempo para dejarse llevar por el pánico. El ataque que estaban a punto de ejecutar no iba contra ella; pero sus compañeros vivos no podrían salir vivos de semejante encerrona. Danniel no iba a tener tiempo de mirar a su alrededor y decirle al resto del grupo quiénes eran sus atacantes antes de que uno de ellos lo clavara en la pared sin que Tony tuviera tiempo siquiera de intentar detener la hoja, como habían hecho con el pobre Drowzee y su desgraciado compañero humano.

Aunque debían de sentir su presencia, de la misma manera que ella sentía la suya, ninguna de las siniestras sombras miraba hacia ella. Todas esperaban la señal de su señor. Incluso los pokémon. Ellos debían de saber que no se trataba de uno de los espectros malditos de Growlithe, ya que acababa de salir de un edificio que todavía estaba protegido por el viejo pacto; pero era obvio que tampoco la consideraban una amenaza. Probablemente pensaran que era solo una más de las incontables almas en pena que jugaban a estar vivas en los pasillos de la Torre, que había aprovechado la inesperada ampliación de su libertad de movimientos para salir a observar de lejos a su antigua entrenadora; un asunto que nada tenía que ver con la misión del guardián. Y eso le daba una oportunidad que no pensaba desperdiciar.

Apretó con fuerza el regalo de Joy una vez más antes de hacer desvanecerse la ilusión óptica, para recuperar su aspecto real, atenta a si el cambio despertaba los recelos de los soldados. Solo el Ampharos giró la cabeza para mirarla, con el puño lleno de chispas, pero ella permaneció sentada en el suelo con toda la naturalidad del mundo, observando la tenebrosa formación como quien ve distraídamente la televisión mientras espera a que acaben los anuncios, hasta que el pokémon eléctrico volvió a fijar la vista en la puerta del Centro Pokémon. Entonces, ella se levantó y dobló tranquilamente la esquina, de manera que pareciera que se marchaba.

Tras un instante más de silencio, levitó sin dificultad hasta el tejado más cercano y se deslizó cautelosamente por el techo de pizarra violácea, hasta volver a tenerlos a la vista.

Sí, desde allí veía la escuadra completa. Eran unos doce, nada con lo que el surtido equipo de la Campeona de Johto, un joven clarividente y entrenador de fantasmas y dos espectros pokémon no pudieran lidiar… siempre y cuando no los pillasen con la guardia baja, desde luego.

Tenía que darse prisa; bastaba con que uno solo de aquellos hombres o sus pokémon decidiera mirar hacia arriba para que la viera. Pero no necesitó pensárselo mucho más.

Recordando su vieja técnica para aquel movimiento, tomó carrerilla y se lanzó al vacío, en un salto con voltereta, emitiendo un aullido triunfal. Con una gran sonrisa perruna, sintió cómo los largos pelos marfileños de la cola se le adherían entorno a la columna y se endurecían como el acero para una espada no menos formidable que las katanas endrinas, antes de chocar con toda la fuerza ganada en el impulso contra el cuerpo etéreo de temible capitán dragón. El guerrero, obviamente, estaba tan pendiente de su emboscada que tardó en darse cuenta de que aquello iba con él, porque cayó al suelo como un tronco talado, sin intentar siquiera conservar el equilibrio. La perra incluso tuvo tiempo de hacerlo soltar la espada, golpeándole el brazo armado con un coletazo airoso.

Los minutos que siguieron fueron rápidos e intensos, pero Kira tuvo la sensación de que todo estaba ocurriendo a cámara lenta. El capitán empezó a retorcerse bajo su peso, intentando levantarse o quitársela de encima, pero la armadura le dificultaba los movimientos, y ella estaba resuelta a no permitirle ponerse en pie de nuevo, como mínimo, hasta que sus amigos hubieran conseguido salir del Centro Pokémon. Se sentó sobre su pecho y le golpeó las largas piernas con la cola, para asegurarse de que las mantenía quietas, mientras los soldados, todavía anonadados, se miraban unos a otros con total desconcierto. Un instante después, se lanzaron al ataque para intentar ayudar a su señor.

Oh, cómo estaba disfrutando de su pequeña escaramuza, después de las barbaridades que Tony les había contado sobre aquellos tipejos desalmados. Ella sí que iba a enseñarles lo que pasaba cuando uno intenta ponerle la mano encima al ser más querido de un Growlithe. El capitán dragón soltó un juramento tan malsonante que pareció sobresaltar incluso a sus propios pokémon, e intentó estirarse para recuperar su espada, pero ella le dio un buen Mordisco en el antebrazo, para asegurarse de que mantenía las manos donde pudiera verlas. El movimiento era de tipo siniestro y lo estaba ejecutando un perro espectral, así que los dientes atravesaron las escamas de metal del guantelete, permitiéndole arrancárselo y dejar la mano desprotegida. Aquello debió de calmarle un poco los ánimos, porque, aunque seguía debatiéndose, y tronando contra las Garras de Giratina, la Corona Dorada del Creador y todas las cosas sagradas que probablemente se le ocurrían, no volvió a intentar atacarla con su vil arma humana.

Pero ella sí rechazó los ataques de los demás soldados con su Cola Férrea, y barrió la zona delante de ella con un Lanzallamas para obligarlos a mantenerse apartados y soltar sus armas, ahora al rojo vivo.

Sin embargo, sabía que no podía aguantar así mucho tiempo. Era una pokémon, después de todo, así que el equipo de combate de la escuadra se sumaría a la liza en cuanto encontraran una manera de abrirse paso hasta ella o se les ocurriera una manera de responder a distancia.

De hecho, un resplandor azulado percibido por el rabillo del ojo y un cántico suave pero poderoso con voz de Dragonair la hicieron levantar la vista momentáneamente, para darse cuenta de que las nubes oscuras que todavía empañaban el cielo de Pueblo Lavanda habían empezado a espesarse y a arremolinarse por encima de su cabeza. Maldición, una Danza Lluvia. Ahora, Ampharos iba a poder freírla en el acto sin errar el tiro. O Gyarados mandarla volando de vuelta al despacho de Hallorann de un buen remojón. Si no ambas cosas, por supuesto. Y sus ataques de fuego tendrían tan escasa potencia que no podrían disuadir a nadie.

Pero el capitán sigue bajo mis patas, se dijo, orgullosamente, gruñendo con fiereza a los guerreros humanos para recordarles ese detalle. Y todavía cuento con mi propia espada.

Podía probar a darle un golpe directo a aquella Dragonair con Cola Férrea, naturalmente. Pero, teniendo en cuenta todo lo que les había explicado Tony, y lo que ella misma había visto durante el combate de Cristal con aquel esbirro Rocket, una perra de menos de veinte años de ultratumba no tenía la menor posibilidad de hacerle siquiera un rasguño a una dragona que llevaba siglos muerta… y, además, para poder atacarla iba a tener que dejar levantarse al capitán endrino. Y eso permitiría a los soldados humanos lanzar su ataque contra la primera criatura viva que saliera del Centro mientras la escolta pokémon se encargaba de ella. Le salía más rentable aguantar como pudiera el chaparrón.

Ya estaba empezando a notar el efecto debilitante del agua al empapar su pelo encendido, y veía saltar chispas en algún lugar no muy lejos de ella, así que se recostó como pudo sobre el pecho del humano y revistió de acero la cola una vez más, esta vez para apoyarla en el suelo. El Trueno cayó sobre ella directamente desde corazón de las oscuras nubes, con un chasquido aterrador, pero tomó tierra sin hacerle daño.

Aquel truco le había salvado el combate contra el Raichu de L.T. Surge, cuando Joy y ella le ganaron su tercera medalla de gimnasio; pero no estaba segura de que pudiera resultarle de ayuda más de una vez en un mismo combate. De hecho, ahí estaba ya Gyarados, justo delante de ella, haciendo puntería para lo que parecía un movimiento Cascada...

Y justo cuando ella ya se había hecho un ovillo para encajar el disparo, una miríada de diminutas sombras suaves atravesó la abundante cortina de agua y llovió sobre el pokémon dragón como copos de nieve. El aire se llenó de una deliciosa fragancia floral, mientras el pokémon se retorcía de dolor. Ella levantó la vista de nuevo, intrigada: Gyarados estaba cubierto de minúsculos cortes. Tardó un instante en darse cuenta de que aquellos finos pétalos, aparentemente suaves, estaban afilados como cuchillas.

Danza Pétalo.

La voz de Cristal resonó en toda la calle, incluso por encima del estruendo del acero.

― ¡Perfecto, Mega! ¡Sigue así!

Una nueva ventisca floral rodeó al Gyarados, que esta vez cayó al suelo, inconsciente. En ese momento, pudo darse cuenta de que no venían de la puerta del Centro Pokémon, sino del callejón desierto por el que había fingido marcharse. Al principio creyó que estaba alucinando (pero, ahora que lo pensaba ¿realmente podía alucinar un fantasma? ¡Si los muertos ya no tienen un cerebro que se pueda dañar!). Entonces, como para reafirmarla, brotaron de las sombras dos esferas de luz negra, que se unieron en una sola más grande y derribaron al Ampharos con una potente descarga.

¡Bola Sombra!

Entonces, sus amigos ya habían escapado, de alguna manera, de la encerrona de los dragones. Ya no tenía nada que temer en ese sentido.

De un elegante salto, volvió a proyectarse hacia el cielo todavía cubierto, y descargó un Cola Férrea contra la Dragonair que había invocado la lluvia, justo en el momento en que Mega dirigía un tercer Danza Pétalo contra el otro Gyarados. La cortina aromática la ocultó de la vista de su rival, permitiéndole asestarle varios golpes más sin que pudiera reaccionar. Finalmente, Dulce emergió de las sombras, con un potente Ataque Rápido, que dejó a la pokémon dragón tendida en el suelo, completamente aturdida.

Sin que mediara ningún aviso de ningún tipo, el otro Dragonair cargó contra la hembra de Eevee con Enfado, derribándola de un solo golpe.

Kira no había llegado a enfrentarse al Campeón Lance, y jamás había visto con sus propios ojos un ataque tan violento. Ni siquiera Mazakala Hallorann en sus peores momentos había hecho nunca algo como aquello. Cuando consiguió que la estupefacción se le pasara lo suficiente como para poder reaccionar, el Dragonair estaba justo delante de ella, y no tuvo tiempo de eludir el segundo impacto de Enfado.

Ni siquiera recordó haber caído al suelo, junto a su amiga y compañera de infortunio.

El Dragonair que la había derribado, satisfecho, giró elegantemente sobre sí mismo, preparándose para asestar un tercer impacto. Aunque sabía que Torrance tenía que estar por allí, a pocos centímetros del lugar del que había salido la Eevee (porque habían derribado juntos a su compañero eléctrico), y a pesar de las capacidades que poseía él en su nueva condición, su ahora enemigo no dejaba de ser un pokémon espectro. Aunque el Haunter no iba a poder tumbarlo de un solo golpe, como sí podía hacer él; él había visto en persona, estando vivo, lo que eran capaces de hacer tanto los humanos con sangre Natsume como los pokémon que los servían.

A eso tenía que añadirle el vínculo que lo unía a su compañero humano, que era, a todas luces, y a pesar de la juventud de ambos, tan sólido como la lealtad que lo unía a él a su maestro dragón. Además, él había estado luchando codo con codo con los humanos desde antes de salir del huevo y había participado en decenas de emboscadas; incluso había planeado algunas. Era imposible que su escuadra no hubiera podido tomar por sorpresa a una niña inexperta y a un civil que no contaban con más ayuda que la de un par de crías, de las que era evidente que estaban demasiado atadas a su vida mortal como para saber de qué lado les convenía estar.

No obstante, ningún Dragonair de Ciudad Endrino podía permitirse que el orgullo lo cegara hasta el punto de no darse cuenta de lo obvio: el condenado periodista estaba resultando ser mucho más que un mercenario de quienes habían osado apoderarse de la Torre a cambio de oro. Probablemente, tenía algunas habilidades como detector psíquico que le habían permitido darse cuenta de que estaban allí; además de estar jugando en casa… y de saber pelear mejor de lo que cabía esperar de uno de aquellos traidores de la Torre de Radio. Y luego estaba aquella cachorrilla humana, aquella Campeona, que ya se había ganado el respeto de los dragones endrinos antes incluso de vencer en duelo ceremonial al actual líder del clan, que la había coronado como Paladina de Johto y sucesora suya en el trono con sus propias manos.

Santas Tablas. No le sorprendía que el guardián hubiera intentado perdonarla. Él mismo lo haría, de tener elección. Era de los suyos, después de todo. Una aliada natural. Pero ella ya había tomado la decisión de luchar con los traidores, incluso sabiendo que iba a morir en el intento. Iba a ser un gran honor, pero también un gran dolor, enfrentarse a ella.

Entonces, se percató de que una de las sombras que percibía por el rabillo del ojo se había movido, y lanzó su tercera embestida de Enfado. Era una apuesta peligrosa, desde luego. Lo dejaría desorientado durante un rato, y correría el riesgo de herirse a sí mismo y a sus compañeros; pero no podía permitir, por su honor y el de su maestro, abandonar el terreno de combate sin haber puesto toda la carne en el asador.

Por eso no le sorprendió encontrarse, de repente, con que la oscuridad parecía estar devolviéndole la mirada. Una mirada de color púrpura, roja como la sangre, que atrapaba la suya como una llamada deliciosa, y hacía que los párpados se le cerraran.

Se quedó profundamente dormido antes de conseguir hacer puntería contra Tony, y cayó al suelo como sus otros compañeros habían caído. La ventisca de pétalos que tenía atrapado al Gyarados quedó desviada por un coletazo a la desesperada del pokémon de agua, y lo golpeó en su sueño, haciéndole perder el conocimiento.

― ¡Excelente! ―Exclamaron al unísono Cristal y Danniel.

Sus voces sonaban entusiasmadas, pero en realidad estaban cargadas de un alivio casi mareante.

La joven Campeona, en concreto, tenía la sensación de estar bailando en la cuerda floja, con la mirada puesta en un horizonte demasiado lejano, en una lucha contra sí misma para no mirar hacia abajo y ver sus pies avanzando sobre el vacío.

Al ver a través de los grandes ventanales del Centro Pokémon cómo el chorro de llamas partía en dos la noche de plomo, había sentido que el corazón se le detenía durante unos segundos. La expresión que había puesto debía de ser bastante parecida al horror puro que apareció en las caras de Danniel y Joy, evidentemente pálidas incluso bajo el abundante resplandor de ámbar y cobre.

―No... ¡ha hecho saltar la trampa! ―masculló el periodista, entre dientes, como si hubiera olvidado que podía abrir la boca para hablar― ¡Ella sola!

― Santas Tablas… ―murmuró la enfermera, que, al contrario que él, tenía la boca abierta. Sus ojos parecían violáceos en lugar de azules bajo aquella iluminación súbita y agresiva, y la joven Campeona creyó notar que estaban enrojecidos, como si hubiera estado llorando.

No obstante, fue ella la primera que reaccionó, dirigiéndose a Danniel y Cristal con renovada determinación.

―Kira no solo ha desenmascarado a vuestros atacantes, también os ha encubierto. Venid conmigo: nuestro almacén comunica con la calle de atrás por una entrada para vehículos de mercancías. Si esperaban que estuvierais aquí, cabe la posibilidad de que esa salida esté libre todavía ¡Daos prisa! No creo que el movimiento de distracción pueda aguantar mucho más, y no debemos darles tiempo para preparar una nueva emboscada.

Danniel y Cristal intercambiaron miradas entre sí y con sus pokémon, antes de seguir a Joy hacia el interior del Centro Pokémon. El estruendo a sus espaldas se estaba recrudeciendo, y la joven campeona hubiera podido jurar que oía gritos de guerra fantasmales confundiéndose con el rugido de las llamas.

El almacén estaba particularmente oscuro y desangelado, pero los olores a queso, pan y bayas frescas, así como los de comida pokémon especializada (que hicieron girar la cabeza tanto a Arcapeon como a Tony y Dulce), le daban una vitalidad reconfortante al lugar. La puerta a la que se había referido la enfermera era bastante grande, y a Cristal le preocupó que el ruido que pudiera hacer al abrirse alertara a sus atacantes; pero Joy pareció leer sus pensamientos en su expresión dubitativa y negó con la cabeza.

―No tenéis nada de qué preocuparos ―dijo―. Estamos en una zona residencial, y los proveedores suelen llegar al amanecer: mantenemos la puerta bien engrasada para molestar a los vecinos lo menos posible.

Danniel se adelantó y examinó la puerta, antes de apoyar las manos en ella y cerrar los ojos. El silencio que se hizo a su alrededor fue tan tenso que la joven entrenadora pudo oír con claridad cómo él respiraba profundamente, forzando a su corazón y a su respiración a recobrar la calma. De no temer que las circunstancias la estuvieran sugestionando ligeramente, hubiera asegurado que notó una especie de oleada o pulso de energía emanando, invisible, del cuerpo del periodista. Y que, cuando este volvió a abrir los ojos, había en ellos un resplandor violáceo. No le hubiera sorprendido en absoluto que, al hablar, su voz hubiera sonado tan metálica y rasposa como la del Gastly contra el que había luchado en la Torre para liberar a Dulce.

Pero no era así: sus ojos seguían siendo azules, y su voz seguía siendo grave y fresca. Humana.

―No tenemos nada que temer. No he sentido más presencias cerca de aquí que las nuestras y las de los dragones endrinos, que están en la otra puerta.

―Entonces ¿son realmente soldados endrinos los que… nos están acechando? ―Inquirió Dulce, con los ojos castaños llenos de una mezcla de pánico y fascinación. Desde luego, pensó Cristal, esta Eevee tiene alma de aventurera― Sé que contemplábamos esa posibilidad, pero…

―Mientras contemos con la ayuda de Arcapeon, saldremos al paso contra los guerreros humanos ―la tranquilizó Cristal. Pero luego sintió un aguijonazo de preocupación, al recordar lo que Tony les había contado: los soldados dragón habían sido ejecutados junto con sus pokémon acompañantes; así que ellos también estarían allí, participando con sus entrenadores en la emboscada―. Lo que no sé es que va a pasar con los pokémon. Si pudiéramos saber qué equipo tienen…

―Los acompañan cinco pokémon, con un nivel de poder cercano al 80. ―La informó Danniel, con un tono desapasionado que le provocó escalofríos.

La entrenadora sufrió un leve vahído, y Joy la sujetó por los hombros, temiendo que se desplomara. Ni siquiera tuvo fuerzas para gritar:

― El nivel 80… ¡Prácticamente duplican el mío!

Estaba empezando incluso a encontrarse mal. Arcapeon agachó las orejas, abatido; aunque era difícil determinar si estaba realmente preocupado por el peligro al que se enfrentaba o si solo estaba empatizando con su entrenadora. Dulce le revolvió la abundante melena al enorme perro, como había hecho Kira antes, y le apoyó la mano en el hombro a Cristal:

―Tranquila ―le dijo, con suavidad, casi con calma, aunque se notaba que estaba tan asustada como sus compañeros vivos―. Nosotros tenemos la ventaja de la sorpresa… y de la superioridad numérica. Además de movimientos de tipo fantasma… que serán tan potentes contra ellos como lo sería un movimiento… de tipo acero, dragón o hielo. No estamos indefensos.

― Lo único que tenemos que hacer es movernos rápido, en silencio, y atacar por sorpresa ― corroboró Danniel. La sonrisa que apareció en sus labios un instante después tenía un toque malicioso muy similar a las sarcásticas muecas de su Haunter―. Podemos darles un buen repaso, acabemos como acabemos.

Cristal meditó durante unos instantes. Escaparse sin más, dejando a Kira a merced de la peor ralea del ejército de Siegfried Wataru, estaba fuera de toda cuestión. Tal vez, de haber sabido antes que había una puerta trasera por la que salir del Centro Pokémon, hubiera planeado una huida; pero algo le decía que no era realmente factible.

Tal vez se debiera a todos los combates que había librado contra el Team Rocket y al alcance estremecedor del último gran plan de la mafia que había conseguido desarticular; o a que había tenido que luchar contra varios de los descendientes de aquellos soldados (aunque no hubiera sido a muerte) y, por lo tanto, podía ver en ellos un reflejo del Campeón que la había precedido. O a que le resultaba particularmente sospechoso que a Cross y Velmy Kyo les hubiera dado la vena de atacar el domicilio de los Torrance, en lugar de intentar hostigar a los entrenadores pokémon forasteros, o incluso a los integrantes de la orden de exorcistas; como si el objetivo principal de Growlithe fuera, precisamente, el compañero humano de aquel vecino rebelde que tanto se le había resistido. Incluso era probable que se debiera, simplemente, a que una parte de ella había decidido finalmente que tenía que prescindir del miedo aquella noche si quería llevar aquella misión hasta el final. El caso era que estaba convencida de que los dragones los consideraban a ellos un objetivo a abatir, y que la ejecución de aquella exigua partida se había convertido en una de las prioridades del guardián.

Aquellos guerreros de ultratumba estaban dispuestos a perseguirlos a muerte, incluso si para eso tenían que ir tras ellos hasta el mismísimo Infierno.

―Entonces, adelante. ―Dijo, finalmente, y todos sus acompañantes asintieron con decisión por toda respuesta.

Según recordaba de su combate contra Débora, los pokémon de la línea evolutiva de Dratini podían controlar el clima; Lance, por su parte, había utilizado a varios pokémon que no eran de tipo dragón en su duelo para defender el título y, al parecer, era una práctica habitual entre los soldados dragón desde hacía siglos, según le había insinuado Tony en su relato. Necesitaba, por lo tanto, un pokémon que pudiera resistir al agua y al rayo, como Arcapeon podía resistir al viento y al fuego. Así que, sin añadir nada más a lo que ya había dicho, sacó la pokéball de su Meganium y la hizo salir sin llamarla. Tal vez por esto el pokémon miró a su alrededor, extrañado, e incluso abrió mucho los ojos al ver a Dulce; pero a Cristal le bastó un gesto y una mirada para que el pokémon se tragase momentáneamente las preguntas que era evidente que estaba deseando hacerle.

Tal y como Joy les había prometido, la puerta se abrió con la misma suavidad y el mismo silencio con que se desliza un trozo de seda sobre otro. El mismo silencio con el que salió Cristal, escoltada por Dulce, Arcapeon y Mega, que la rodeaban como guardaespaldas. Luego salió Tony. Y, finalmente, Danniel se despidió por última vez de la enfermera dándole un galante beso en la mano antes de seguirlos.

No pudieron ver la reacción de Joy, porque las sombras de la calle se los tragaron de inmediato, frías pero protectoras. Una vez doblaron la esquina, Dulce recuperó su aspecto de Eevee y se adelantó a Cristal, para asomarse a la calle principal, de donde veía el estruendo. Sin embargo, no necesitaron verlo para darse cuenta de que el combate estaba complicándose bastante para Kira: la humedad en el aire estaba empezando a condensarse por encima del Centro Pokémon, señal de que, como Cristal había sospechado que ocurriría, no tardarían en tener a los elementos en contra.

― ¡Mega! ―susurró Cristal, intercambiando una mirada con su compañero sin dejar de correr― Estas personas contra las que vamos a luchar ahora ya no saben lo que es la piedad, si lo han sabido alguna vez. Tienen más de enemigos que de rivales. Ante todo, no permitas que te toquen: son muchísimo más poderosos de lo que parecen a simple vista, y van a tirar a matar. Literalmente.

El Meganium palideció y tragó saliva, con los ojos rojos llenos de terror; pero asintió. Cristal le acarició suavemente el largo cuello.

Entonces, Tony se detuvo de repente, haciendo un gesto con la mano para instar a sus compañeros a quedarse detrás de él, e intercambió unos susurros con Dulce, que asintió con firmeza y se detuvo a su lado. Al parecer, aquello era todo lo que podían acercarse sin ser vistos.

―Usa el Scope Sylph, Cristal ―le dijo Danniel―. Vas a necesitar ver.

La entrenadora asintió, y accionó el visor enfocando el punto que el periodista le estaba señalando, el ojo del huracán de fuego, lluvia y ruido envuelto en sombras heladas.

Desde luego, el espectáculo que tenían delante era duro, incluso siendo conscientes de que Kira no corría verdadero peligro.

La pokémon perro estaba sentada sobre el pecho de un hombre recubierto con una armadura, en medio de un círculo de varios guerreros protegidos de la misma manera, rociando todo lo que se ponía a su alcance con ráfagas de llamas. Más allá de este círculo, en el lugar perfecto para poder combatir contra ellos, estaban los cinco pokémon. Había dos Gyarados, que estaban en el nivel 39 y 40, respectivamente; dos Dragonair en los niveles 41 y 42 y un Ampharos en el nivel 38. En vida, hubiera podido enfrentarse a ellos en perfecta igualdad de condiciones, e incluso superarlos en poder; pero tenía que tener en cuenta todos los factores añadidos a su nueva condición.

En ese preciso instante, se percató de algo que la hizo estremecerse de pies a cabeza y casi saltar de alegría al mismo tiempo ¡Y pensar que ella había estado preguntándose hacía un rato si algo como aquello era siquiera posible!

―Danniel… ¡me dijiste que estaban en el nivel 80!

― He dicho que tenían un nivel de poder cercano al 80 ―la corrigió el muchacho; pero luego añadió― ¿Por qué lo dices? ¿No están a ese nivel?

― ¡No, en el momento en que murieron estaban a menor nivel que los míos! Si estuvieran vivos, sería una lucha parecida a la que tuve contra Lance; tal vez incluso tendríamos ventaja sobre ellos. En su nuevo estado, tras varios siglos muertos, podrían matar a cualquiera de mis pokémon de un solo golpe.

La expresión de Danniel pasó de la estupefacción al interés, y le dedicó una sonrisa de sorpresa y admiración.

―Había oído decir que la nueva Campeona tenía la curiosa capacidad de reconocer a simple vista el nivel de los pokémon con que se encontraba; pero es la primera vez que te veo usarla. Una habilidad útil.

―Pues ya quisiera yo tener la misma que tienes tú ―replicó Cristal, emocionada―. Porque, desde luego, nos va a resultar mucho más útil que la mía esta noche ―el chico la observó con l― ¡Por favor, Danniel! ¿No te has dado cuenta todavía? Yo puedo determinar el nivel de poder que estos pokémon tienen a partir de su apariencia, así que todo lo que puedo saber es en qué nivel estaban cuando murieron… ¡pero tú puedes determinar su nivel de poder real, es decir, el que tienen ahora! La brecha entre nosotros se ha cerrado unos centímetros solo con esa información.

― ¡Cristal, está lloviendo! ―la interrumpió Dulce, alarmada― ¡Tenemos que atacar…!

El relámpago que cayó en ese momento sobre Kira eclipsó las últimas palabras de la frase; pero la joven entrenadora no necesitó oírlas para entender lo que decía la Eevee. Así que intercambió una mirada furtiva con Mega, que se la sostuvo un instante, con cautela. Entonces, asintió con gravedad.

Cristal supo que jamás se sentiría lo bastante agradecida.

―A partir de ahora, compañero… necesito que uses Danza pétalo sin cuartel, primero contra un Gyrados y luego contra el otro ―le dijo, en un susurro rápido―. Si empiezas a sentirte mal, llámame por tu nombre para que sepa dónde estás y te lanzaré una baya ¿entendido? Pero, sobre todo… no dejes que te toquen. Si necesitas huir del combate, hazlo. Por favor.

Su voz sonaba temblorosa a su pesar; pero, si Mega se había percatado de esto, no permitió que ella se diera cuenta. El pokémon, simplemente, volvió a asentir, esta vez con más firmeza aún. Y, sin esperar más indicaciones, se lanzó a la batalla.

A partir de este momento, todo sucedió con la misma velocidad con la que se produce un choque múltiple en una autopista.

Danniel debía de estar conectado telepáticamente con Tony; porque la Campeona no lo escuchó dar ninguna orden, pero el pokémon se movía y atacaba siguiendo una técnica distinta de la que lo había visto emplear por cuenta propia contra Cross: se arriesgaba mucho menos, luchando a la ofensiva total con movimientos a distancia. Dulce, por su parte, acabó decidiendo que la mejor manera de ayudarle era sumar a estos ataques los suyos propios de manera colaborativa, para suplir las pequeñas fisuras que pudiera tener en su estrategia y aumentar la potencia de Bola Sombra añadiéndole la suya. Y Mega, leal a la orden de su entrenadora, atacó una y otra vez con Danza Pétalo.

Era una apuesta muy arriesgada, pero no podía permitirse detenerse siquiera a pensar en una alternativa. Tras ver caer, consecutivamente, a Kira y a Dulce, fulminadas por el Enfado de Dragonair, empezó a preocuparse casi exclusivamente por evitarle un envite como ese a su Meganium. Con un puñado de Bayamargas en la mano, vigilaba que su compañero no empezara a confundirse por la fatiga, mientras lo hacía desplazarse constantemente para que, en un momento dado, pudiera librarse de algún ataque a traición.

Creía que estaban acabados, cuando vio cómo el Dragonair se abalanzaba sobre Mega. Ni siquiera se dio cuenta de que estaba a punto de interponerse de un salto entre ambos pokémon hasta que Danniel la aferró con fuerza de la muñeca. Tenía la mirada fiera, oscura, con una expresión casi salvaje, clavada en el infinito, y los labios tan apretados que debían de dolerle.

Hasta que, finalmente, la lluvia de pétalos derribó al último Gyarados que quedaba en pie.

La exclamación que brotó de sus labios se le escapó como un grito inconsciente. De hecho, tardó todavía unos instantes en darse cuenta de que habían derrotado a todos los pokémon del equipo, y cuando Danniel, finalmente, le soltó la muñeca, se dejó caer al suelo, mareada y temblorosa.

Probablemente se hubiera desmayado, si Mega no se hubiera plantado de un salto a su lado para sostenerla con su largo cuello. Aquello la hizo sonrojarse de vergüenza, preguntándose cuántas veces en lo que iba de noche le habían fallado las piernas. No obstante, volvió a acariciarle el cuello a su compañero, tanto para asegurarse de que aquella situación era real como para tranquilizarlo a él.

―Gracias, amigo… has estado genial.

Mientras tanto, Tony se inclinaba sobre Dulce, sacudiéndola con suavidad, para hacerla volver en sí, y Arcapeon lamía cariñosamente la cara de la todavía inconsciente Kira. Danniel, al lado de Cristal, la ayudaba a mantenerse en pie hasta que las cosas dejaron de darle vueltas, aunque no apartaba la vista de la escuadra de dragones.

Tanto los pokémon aliados como los contrincantes endrinos fueron volviendo en sí uno a uno, y regresando lastimosamente junto a sus compañeros humanos, dejando entre ambos grupos un espacio que se parecía, de manera particularmente siniestra, a una auténtica tierra de nadie entre dos ejércitos enfrentados. Cristal acarició a Kira y Dulce cuando pasaron a su lado, para confortarlas. A pesar de que se habían hecho con la victoria, seguían tensas y preocupadas.

Y con razón, se dijo la joven.

No obstante, ahora que sus pokémon habían sido derrotados, los soldados parecían dispuestos a tomarse el asunto con un poco más de calma, y más como rivales que como enemigos.

Habían dejado de lado su actitud combativa, y volvían a formar silenciosa y ordenadamente, detrás de su capitán. Este, tras observar detenidamente al grupo de amigos durante un minuto, se despojó de su yelmo, dejando a la vista su rostro, pálido y aristocrático. Cristal no pudo reprimir un escalofrío, y podía notar claramente que Danniel también se estremecía a su lado: era un hombre apenas diez años mayor que ella, tal vez de la misma edad que Lance, Morti o Bill. Y sus ojos negros, fríos y despiadados, estaban completamente desprovistos de la crueldad que había visto en los del esbirro Rocket al que acababa de enfrentarse en la cima de la Torre. Era una mirada desapasionada. Cansada.

El espectro se inclinó ante ella, haciendo una reverencia a la antigua usanza, sin decir nada. La joven todavía tardó unos instantes en darse cuenta de que estaba esperando a que ella le respondiera, e imitó el gesto como muestra de respeto. Al parecer, en esta ocasión, no iba a necesitar invocar a Arceus y Giratina para conseguir hacerse escuchar.

― ¿Por qué quieren matarnos? ―preguntó, sin poder contenerse. Sabía que era una pregunta estúpida, pero se sentía todavía tan aterrorizada por haber visto a la Muerte pasar rozando a Mega, y tan enfadada y horrorizada ante lo injusto de la situación, que necesitaba hacerla― Este no ha sido un ataque al azar: nos han estado acechando desde que salimos de la Torre Pokémon. Han venido explícitamente, primero a por Danniel y, luego, a por mí ¿Por qué?

El dragón endrino le dedicó una sonrisa lobuna. Su voz era gélida, pero había algo detrás de su resonancia ultraterrena que le recordaba a la arrogancia quebrada de Débora al intentar negarle la Medalla Dragón.

―Habéis mancillado la tierra donde los muertos descansan… habéis de purificarla de nuevo con vuestra sangre. Esa es la ley, a la que nosotros mismos… debimos someternos.

―Nosotros no tenemos la culpa de que la Torre Pokémon se convirtiera en una emisora de radio ―protestó Danniel, evidentemente furioso―. Luchamos contra ello con todo lo que teníamos a mano. Y, en aquel momento, Cristal ni siquiera era Campeona todavía.

La sonrisa del capitán se convirtió en una desagradable mueca de desprecio.

―El guardián te conoce, Danniel Torrance. Y también a tu compañero, Anthony el Haunter… que se llama a sí mismo con tu nombre. Tanto los vivos como los muertos… hablan mucho de vosotros. No tenéis el menor derecho a reconvenirnos. Nosotros honramos un juramento… para purgar nuestro crimen. Vosotros, en cambio… habéis demostrado en este combate que… sois traidores a vuestro señor.

― ¡Yo nunca he servido a ningún señor!

Los ojos muertos del capitán se llenaron de melancolía.

―Todos servimos a alguien, Nigromante ―replicó el, tal vez con menos dureza de la que había pretendido emplear―. Y, sobre todo, tú. Todas las mentiras tienen su final… hasta las que uno se dice a sí mismo. Mi inexorable condenación da fe ello.

El joven periodista, pálido como un cadáver, volvió a tragar saliva y bajó la vista. Tony le posó una de sus huesudas garras en el hombro, sin decir nada. Y Cristal, consciente de que no era en absoluto el momento de hacer preguntas, tampoco inquirió a qué podía referirse el capitán endrino.

Además, acababa de ocurrírsele otra posible razón por la que los dragones los estaban hostigando: que pretendieran ganar tiempo para Growlithe, por alguna razón que a ellos se les escapaba. Eso significaba que, de poder evitarlo, debían dejar de seguirles el juego. Como fuera.

―No tiene el menor sentido negociar con ustedes ¿verdad? ―dijo la Campeona, luchando por no echarse a temblar― Hemos luchado contra sus pokémon, y los hemos derrotado. Y, aun así, todavía tenemos medios con los que enfrentarnos a ustedes.

― ¡Nos habéis atacado deshonrosamente por la espalda! ―La acusó el espectro, con los ojos llenos de repentina indignación.

No obstante, aquel hombre estaba muy lejos de ser el gruñón pero voluntarioso Alakazam del Director de la Torre de Radio, y la Campeona no estaba dispuesta a dejarse manipular:

― ¡Tiene gracia que usted me lo diga! Sobre todo, estando muerto ¡Usted no tiene nada que perder en este combate, pero nosotros sí! Nos hemos limitado a usar la misma táctica que usted ha utilizado contra nosotros. Ni más ni menos ¿Qué esperaba que hiciéramos?

La mueca se borró de los labios del hombre, que se quedó mirando a Cristal detenidamente, extremada serio. En ese momento, la joven se percató de las palabras que acababan de salir de su boca, y recordó el escalofrío que había sentido al oír a Lance ordenándole a su Dragonite, con un tono de hielo que no podía ser más diferente del que usaba para hablar con ella, que usara Hiperrayo sobre aquel recluta del Team Rocket disfrazado de tendero.

Y allí estaba ella ahora, con Danniel Torrance, haciendo más o menos lo mismo que había hecho él: deslizarse protegida por la oscuridad, atacar por sorpresa hasta someter por completo al rival. Un hombre muerto completamente avituallado para el combate, que había intentado echarles encima a una escuadra entera y asesinarlos por la espalda. Y que ahora estaba reprochándoles que lo hubieran vencido con sus propias armas, como si hubieran cometido un abuso.

Este hombre ha cometido auténticas atrocidades, pensó la Campeona. Ha profanado un cementerio; tal vez incluso fuera él quien dio la orden de asesinar a un niño inocente junto con su pokémon, dos rehenes indefensos completamente a su merced. Además de que, solo para conseguir llegar vivo al territorio de Growlithe, debió de haber causado muchas bajas entre las filas de sus entonces enemigos durante la guerra de la conquista de Kanto. Kanaye Tamamuchi no era el único nombre que había oído durante sus lecciones de Historia en el colegio que le había puesto los pelos de punta: en aquel mismo instante le venían a la mente tres nombres de capitanes endrinos de los que no se sabía cómo habían muerto en realidad, pero sí que su sed de sangre había sido legendaria aún en vida. Y a ella no le cabía la menor duda de que, en aquel mismo instante, estaba hablando precisamente con uno de ellos.

Pero es que, además, ella misma era la Campeona de la Liga Añil. Aún sin tener en cuenta la suya, varios centenares de vidas inocentes dependían de ella aquella noche. Ninguno de ellos podía arrepentirse de haberse defendido como habían podido.

¿Era a eso a lo que se había referido el recluta de Giovanni? ¿Quería decir que Lance también había sido así? ¿Qué había combatido en la guerra y, por lo tanto, debía de haber segado tantas vidas, y con tanta frialdad, como aquel espectro sin corazón, únicamente para poder regresar a casa? ¿Que ella misma podía llegar a convertirse en una asesina inmisericorde con entrañas de piedra, a base de tener que elegir entre la compasión por unos y la compasión por otros?

El espectro la escrutaba detenidamente, como si se percatase de su vacilación, a pesar de que ella estaba poniendo todo su esfuerzo en camuflarla. Como si quisiera leerle el alma a través de los ojos. De repente, a pesar de las abismales diferencias, le recordaba al señor Fuji. Y a Mazakala Hallorann. Hasta que emitió un suspiro innecesario y sonrió levemente durante un instante. Una sonrisa amarga, rota; pero sincera.

Una vez más, Cristal se dio cuenta de que había sido sometida a una prueba. Y, una vez más, la había superado.

―No os falta razón ―reconoció finalmente el guerrero, de nuevo con voz desapasionada―. Si tuviera derecho a acusar de deshonor a alguien… ahora mismo no estaría aquí. Estaría descansando en paz, ante el Trono del Ser Original… junto con mis ancestros. Porque habría muerto pacíficamente en mi tierra… acostado en mi cama, rodeado de mis amigos y parientes… o heroicamente, en un campo de batalla, con la espada en la mano… rodeado por mis compañeros. Y, en lugar de eso… estoy condenado al eterno deshonor y a seguir… derramando sangre hasta el fin de los tiempos… a las órdenes del guardián de este cementerio. Porque mis ambiciones me llevaron… a deshonrar a quienes dormían en él. Ahora, vosotros, niños vivos… me habéis superado en habilidad y astucia. Y vuestras razones son más puras… de lo que jamás fueron las mías. Marchaos.

Humanos y pokémon, vivos y muertos, intercambiaron idénticas miradas de estupefacción. Cristal estaba convencida de haberlo oído mal.

― ¡Marchaos! ―insistió el espectro, con un rugido bajo― ¡Dejad de tentar a vuestro destino! ¿Quién sabrá en realidad lo que tiene en mente… la desdichada criatura que custodia este suelo maldito? Id a buscar al compañero de la Dama del Bosque Verde… averiguad lo que quiere, si es eso lo que deseáis. Yo ya no soy quién para tratar de impedíroslo.

La joven miró detenidamente al resto de la escuadra, todavía incrédula. Los soldados formaban silenciosamente detrás de su capitán, sin añadir una sola palabra. Los pokémon los rodeaban, como un escudo protector. Ellos tampoco reaccionaron ante aquella decisión imprevista. Se limitaron a observarlos fría, altivamente. Kira, Dulce y Tony debieron de ver algo en sus ojos que ella no había visto, porque asintieron educadamente e hicieron una reverencia de agradecimiento. Los demás miembros del equipo, pese a querer confiar también, no estaban del todo seguros de que fuera una buena idea.

― ¿Qué garantía nos da de que no volverá a atacarnos en cuanto nos demos la vuelta? ―Inquirió Danniel, suspicaz.

Aquello enfureció evidentemente al guerrero, pero consiguió dominarse lo suficiente como para contentarse con replicar:

―Soy un hombre de palabra, Nigromante. Sobre todo, ahora… puesto que es lo único que me queda. El guardián es sumamente estricto con quienes le sirven. No tolera la deslealtad, ni siquiera al enemigo.

Cristal sintió que se le erizaba la piel, pero esta vez no era por el frío espectral que emitía la escuadra de fantasmas. Ni por el miedo. Simplemente, algo en la voz y las palabras de aquel hombre había tocado algo dentro de ella, de una manera muy similar a como lo habían hecho, en su momento, las declaraciones de odio eterno de Silver y la rabia fría con la que siempre se refería al Team Rocket. Cuando intentó tragar saliva, se percató de que tenía la garganta seca: aunque podía hablar y moverse, y sus piernas podían sostenerla, todavía estaba aterrorizada.

―Podemos fiarnos de él, Danniel ―le dijo al periodista―. Sé por experiencia cuándo un altanero está tragándose el orgullo. Te aseguro que es inconfundible.

Tony asintió con solemnidad, corroborando sus palabras. Danniel suspiró, y le dedicó una mirada desafiante al espectro antes de asentir también él.

―Le tomamos la palabra, señor ―confirmó Cristal, haciendo una reverencia dubitativa. Esta vez, Danniel siguió su ejemplo cortésmente―. Si nuestra misión triunfa, tal vez sea libre esta misma noche… así pues, espero que usted y los suyos descansen en paz.

El capitán rio quedamente, y respondió con otra reverencia.

―Lo más probable es que el destino que nos espera… cuando el Dragón de las Tinieblas nos arrebate de este mundo… sea el tormento eterno, joven señora.

―Eso no puedo decírselo yo, desde luego. Pero lleváis ya varios siglos de sentencia cumplida ¿no? Es posible que ya hayáis purgado vuestro crimen. Así que mantengo lo que he dicho. Adiós.

Antes de que el eco de esa última palabra se hubiera desvanecido, el grupo de compañeros estaba completamente a solas en aquella desangelada calle.

Tanto Cristal como Danniel tardaron unos instantes en reaccionar, tan estupefactos estaban. Finalmente, acertaron a intercambiar una mirada entre ellos, así como con el resto del equipo. Hasta Tony se había quedado mudo, y Kira y Dulce volvieron a adoptar sus formas humanas, aparentemente, solo porque querían expresar mejor su sorpresa.

― ¿Alguien puede explicarme lo que acaba de pasar aquí? ―inquirió la entrenadora, tan patidifusa que tenía la sensación de que otra persona estaba usando su boca para hacer la pregunta― Porque, de no ser porque sabemos que están atados a Growlithe, juraría que han trascendido sin más.

Aquellas palabras parecieron interesar lo suficiente al resto del equipo como para devolverles el habla.

― ¿Has visto trascender a alguien, Cristal? ―Le preguntó Danniel.

―No sé si se puede decir que lo haya "visto" ―respondió ella, un poco dubitativa―. Porque fue como si se desvaneciera una ilusión: un parpadeo… y ya no estaban allí. Pero creo que fue eso lo que le pasó a Lucas y las hermanas Grady tras contarme su historia.

―Tal y como me lo describiste, fue eso ―contesto Dulce―. Cuando un muerto alcanza la paz… se va de este mundo sin hacer ruido. Aceptando el descanso eterno como un sueño amigo… tal y como debería haberse ido.

La joven entrenadora pensó en la sonrisa infinita que había aparecido en aquellas tres angustiadas caras justo antes de que ella necesitara cerrar los párpados. El capitán le había dicho que se temía que él y su escuadra iban a ir al Infierno; pero ella se preguntaba si no se podría considerar ya un castigo atroz el haber sido desprovisto del cuerpo y obligado a permanecer para siempre en el lugar que te ha visto morir, al eterno servicio de su verdugo, ejecutando a gente que está cometiendo el mismo error que cometió uno. E incluso el recluta del Team Rocket con el que acababa de combatir, cínico hasta el sadismo, había manifestado un resquicio de humanidad. Hacía un rato, ella había hablado de una conmutación de pena, y Tony había manifestado estar convencido de que habían estado malinterpretando desde el principio la llamada "maldición del guardián". Y luego estaba la gente como Dulce, muerta antes de poder cumplir su mayor sueño; o como Kira, asesinada tan violentamente que todavía arrastraba sus heridas por los pasillos de la Torre Pokémon.

Lo cual le recordaba a algo. Algo que había pasado hacía unos minutos, que había pasado por debajo de su radar a causa de lo apremiante de la situación, pero que debía de haberla sorprendido lo suficiente como para quedarse en su inconsciente y empeñarse en aparecer ahora. Ahora, que estaba mirando los ojos de Kira, que parecían mucho menos tristes después de haber visitado el Centro Pokémon, a pesar de todas las lágrimas que había vertido allí. De hecho, resplandecían como dos pequeñas estrellas de renovada alegría, como en el momento en el que se habían encontrado en la Torre.

¡Por supuesto! ¡Era eso!

― Kira… creo que la enfermera Joy te ha reconocido ―le dijo. Su voz quería sonar neutra, porque no sabía si aquello era o no una buena noticia para ella; pero no podía evitar dejar translucir una mezcla de sorpresa y triunfo―. Cuando tú ya habías salido, mientras nos ayudaba a escapar de la encerrona por la puerta del almacén, se refirió a ti por tu nombre … y ninguno de nosotros le había dicho cómo te llamabas, ni se había referido a ti por tu nombre en su presencia. Te lo prometemos.

Para su sorpresa, la hembra de Growlithe se limitó a sonreír con dulzura y agitar su larga melena de fuego, asintiendo ligeramente, y luego dijo:

―Lo sé ―y, al ver la expresión desorientada de la joven, se explicó―. Esa manera de hablarme… esos gestos… ese tono… eran los mismos que usaba conmigo mientras entrenábamos juntas. Y para darme ánimos antes de cada combate de gimnasio. Además… me ha "prestado" esto.

De algún bolsillo escondido, sacó el pequeño paquete que le había entregado la que había sido su entrenadora. Lo desenvolvió con cuidado, para mostrarle abiertamente su contenido a los cinco pares de ojos curiosos. Cristal lo reconoció fácilmente, porque ella misma tenía uno: un Revestimiento metálico.

―Lo compró para mí, cuando decidió que conservara… para siempre mi movimiento Cola Férrea ―explicó, de nuevo con los ojos llenos de lágrimas. Pero esta vez no eran de tristeza―. Y me lo equipó por última vez justo antes de enfrentarnos… al monstruo que me mató.

Sin apartar los ojos del pequeño tesoro, suspiró profundamente y dijo:

―La historia de mi muerte… no es tan épica como las que nos ha contado Tony. En realidad, ni siquiera es tan terrible… como la que nos ha contado Danniel sobre su vida. Simplemente, tuve la mala suerte de cruzarme… en el camino de cierto administrador del Team Rocket. Supongo que vosotros también habéis tenido que… véroslas con él. Tengo entendido que causó una auténtica carnicería… literalmente… en el Pozo Slowpoke de Pueblo Azalea.

Mega emitió un gruñido bajo de resentimiento a modo de respuesta, intercambiando una mirada horrorizada con Cristal. De hecho, ella también notó que el estómago se le cerraba al evocar el semblante juvenil y la sonrisa sinuosa del administrador del Team Rocket.

―Sí… de hecho, los conocemos a todos: a la Mano Derecha del Capo, al Maestro del Engaño y… y…

―… al Verdugo. ― Completó Kira, con una frialdad que contrastaba con la súbita llamarada de rabia en su mirada.

No necesitaban decir mucho más. Desde que se había encontrado con él en de Pueblo Azalea, a la joven Campeona le bastaba con oír hablar de aquel hombre para necesitar recomponerse, como si hasta el valor y la determinación más firmes huyeran de su cuerpo al oírlo. Según ella había leído alguna vez en alguna parte, no se conservan retratos de Kanaye Tamamuchi: el depravado señor de la Torre Sion, que había sido particularmente guapo antes de que Growlithe lo desfigurarse, detestaba todo aquello que le recordase a sus buenos tiempos, así que los mandó destruir todos. Pero aquella noche, mientras Mazakala y Tony le contaban la macabra historia de Pueblo Lavanda, ella le había puesto automáticamente el rostro del administrador más joven del Team Rocket.

Kira, ajena a estos pensamientos, continuó hablando, intentando que su voz permaneciera lo más neutral posible, a pesar de que la rabia que había en sus ojos se hacía más y más ardiente a medida que iba desgranando el suceso.

―El enfrentamiento ocurrió justo… delante de la Tienda Pokémon. Eran tiempos peligrosos… tan peligrosos que, aunque iba conmigo… los padres de Joy se quedaban con el corazón en un puño… cada vez que ella salía. Habían adoptado la costumbre de… esperarla junto a la ventana, y llamar a la policía si se retrasaba… más de media hora y les llamaba por teléfono para decir… donde estaba. Ni siquiera a la propia agente Mara le parecía una medida excesiva. Aunque el campo y los pueblos pequeños… eran sitios bastante seguros para todo el mundo, tanto personas como pokémon… se sabía de varios casos de hembras humanas púberes desaparecidas en las ciudades… y todo el mundo tenía asumido que, si no aparecían muertas poco después… solo podía significar que habían sido secuestradas para ser vendidas. Por eso nosotras acampábamos en los bosques… pero no permitíamos que se nos hiciera de noche en la calle… en los hábitats de los humanos. Pero eso solo servía mientras no te hicieras notar.

"Joy y yo habíamos venido a pasar unas vacaciones cortas aquí, en casa… y fuimos a hacer unas compras. Unos simples recados de última hora antes de comer. Era medio día, y la mesa estaría puesta... para cuando volviéramos. Mientras estábamos allí, entre los estantes… buscando unas latas de conservas… entraron Protón y dos reclutas rasos. Ellos no podían vernos a nosotras… pero nosotras a ellos sí. Y, aunque no hubiéramos visto la cara de ese hombre… en todos los telediarios, nos resultaba imposible no reconocer… aquella R roja sobre un fondo negro. Los colores de la Muerte."

"Venían a pedirle al dueño de la tienda que… les entregara la recaudación del día. Eso, a cambio de su vida. Y también que les diera… todas las existencias de la tienda, a cambio de no quemársela. El hombre les conminó a vaciar a la caja… pero se negó a darles su mercancía sin que le pagaran… al menos, una parte. Tenía dos hijos y otro más en camino… y su esposa estaba teniendo un embarazo difícil… que le impedía levantarse de la cama… así que no podía trabajar. Necesitaban poder vender algo. Entonces, oímos una carcajada larga y fría… y olimos la gasolina."

"― Los negocios son los negocios… ―oí decir al bandido― Y yo soy un hombre de palabra."

"El tendero miró hacia nosotras con disimulo… preocupado por nuestra seguridad… aterrado por la inminente pérdida de su negocio... mientras dos matones vestidos de negro le cerraban la boca con cinta aislante… antes de arrastrarlo hacia la puerta. Parecía que, en realidad, no estuvieran en absoluto… interesados en los productos, ni en la caja. No entraron a buscarlos en ningún momento. De hecho, ni siquiera se habían dado cuenta… de que nosotras dos estábamos allí. Aquel atraco era puro matoneo. Probablemente, aquel hombre había dicho públicamente algo… que el Team Rocket había considerado una ofensa a la organización. Y querían asegurarse… de que no volvía a atreverse a hacerlo.

"Mientras lo rociaban todo con gasolina… Joy me miró a los ojos. Ya habíamos luchado antes contra… esbirros de Giovanni, que nos habían salido al paso en algún sitio. Y aquel pobre hombre iba a perder todo lo que tenía. No nos cabía la menor duda de que el… Verdugo del Team Rocket tenía órdenes directas del Capo… órdenes de arriba, como quien dice, de ejecutar una sentencia. Así que hicimos… lo mismo que habéis hecho vosotros esta noche. Salir por la puerta de atrás y cogerlos por sorpresa."

"Nos recuerdo escondidas en el almacén… temblando de terror, tragándonos el pánico. Rezando para que no se les ocurriera adentrarse… aún más en la tienda, en busca de las pokéballs… que supuestamente habían ido a buscar. La poción que Joy me dio… me supo a ácido, y ella misma estaba muy pálida… más asustada de lo que yo la había visto jamás. Pero no podíamos permitir que… el Team Rocket se saliera con la suya. Pueblo Lavanda es un lugar humilde… y, normalmente, también pacífico. No tenemos nada contra nadie. Nadie tiene nada contra nosotros. Pero protegemos con ferocidad lo que es nuestro. Damos la bienvenida al viajero. Damos nuestra bendición al doliente. Y los malhechores… no tienen cabida en este lugar. Yellow del Bosque Verde y Rojo el Vengador… nos habían enseñado que, aunque parezca que va a triunfar… la maldad siempre acaba siendo castigada."

"Por eso, Joy me equipó este Revestimiento metálico. Ya en aquel momento sabíamos… que el Team Rocket solía usar pokémon… de tipo veneno. Así que este tesoro compensaría la… escasa eficacia de mi único movimiento de tipo acero. A pesar de mi tipo fuego… podría pegarles tan duro como un Steelix."

"Aun así, yo estaba muerta de miedo. Tal vez me pasaba un poco como a… la señora Torrance, que intuía mi propia muerte. Además, el resto del equipo se había quedado en casa… así que estábamos solo nosotras dos. Pero yo estaba dispuesta a proteger mi hogar. Hubiera luchado incluso… de haber estado completamente sola. Por suerte o por desgracia… no lo estaba. Mi entrenadora, mi mejor amiga… estaba allí, conmigo, dándome ánimos y fuerzas. Joy me estrechó entre sus brazos… y me besó en la frente. Y me dijo precisamente esto:"

"― ¡Vamos! ¡Cuando uno va a combatir… hay que mantener bien alta la moral!"

"La calle estaba llena de testigos… que contemplaban, horrorizados, cómo los reclutas… sujetaban contra el suelo al tendero amordazado, aplastándole las manos con los pies… mientras el administrador encendía su mechero. Nadie dijo nada, ni hizo nada. Ni siquiera para pedir clemencia. Solo Joy y yo… nos interpusimos entre la tienda y los criminales. Y desafiamos abiertamente al Verdugo de Giovanni Sakaki… que era, prácticamente, lo mismo que desafiar… a Giovanni Sakaki en persona. Le dijimos que, si quería seguir aterrorizando… a nuestros honrados y tranquilos vecinos, iba a necesitar pasar… por encima de nosotras."

"Pero él, simplemente, se rio. Y les dijo a los dos reclutas:"

"―No voy a perder el tiempo con una mocosa. Ocupaos de ella."

"Eran dos. Uno de ellos con un Zubat… el otro, con un Koffing. Un poco como el recluta contra el que has luchado hace un rato… en la Torre. Salvo porque yo estaba sola… y, al parecer, no pensaban tener la decencia de… venir a por mí de uno en uno.

"― ¡Las hemos tenido muchísimo peores, Kira! ―decía Joy― "Papá y mamá están esperándonos… en la ventana, para vernos volver. Nosotras mismas les contaremos… con cuantos movimientos les hemos ganado."

"Era un combate muy desigual. El Zubat me dejó atontada con Supersónico… y Koffing me envenenó. Pero yo aguanté el tipo. Tenía experiencia con pokémon de tipo veneno… tras luchar contra Koga. Bajo la dirección de Joy, usé Llamarada sobre uno de ellos… y Cola férrea sobre el otro. El primero estaba evidentemente… muy tocado, con algunas quemaduras. El segundo parecía inconsciente."

"Parecía que, después de todo… iba a ganar."

"Parecía."

"Porque, justo cuando intenté asestarle… un Cola férrea al Zubat, para rematarlo… el Koffing reunió las fuerzas que le quedaban… y usó Autodestrucción".

"Me dio de lleno, y me debilitó tanto… que ni siquiera vi venir el último ataque de Zubat. Todo lo que recuerdo es que sentí una ráfaga de viento… golpearme varias veces por todo el cuerpo. Debí perder la consciencia… porque me desperté en brazos de Joy. Y estaba tan dolorida que no podía ni moverme. Aquel último ataque había ido a mala leche. De haberlo ejecutado un Zubat más poderoso… o un Golbat, hubiera bastado para matarme."

"Habíamos perdido, sencillamente. Y, en un combate normal… la cosa se hubiera quedado ahí."

"Estábamos en mitad de una calle concurrida. Hasta en las ventanas de las casas cercanas… había gente observándonos, espantada. Decenas de ojos estaban clavados en nosotros. Era obvio que a aquella bestia no le importaba lo más mínimo… que hubiera testigos vivos de su fechoría. De hecho, parecía desear que hubiera más. Quería que estuviera todo el mundo. Incluso el señor Fuji, la policía… tal vez incluso los extranjeros que estaban de paso. Deseaba darle un escarmiento a todo Pueblo Lavanda… tal vez, a todo Kanto; de ser posible, a todo el mundo. Aquello nunca había sido realmente un combate… sino una auténtica exhibición pública de poder. Una muestra de lo que el Team Rocket… estaba dispuesto a hacer con sus enemigos. En definitiva: matoneo a gran escala."

"Si aquellos reclutas se comportaban como adversarios legítimos… dando por zanjada la cuestión honorablemente tras vencer… la gente, simplemente, dejaría de tenerles miedo. El Team Rocket necesitaba demostrar que… nada podía detenerlos. Y, para eso, necesitaba… sacar otro cadáver más en las noticias."

"Así que el Verdugo les hizo una seña a sus compinches… y estos apartaron a Joy de mí. Le torcieron los brazos hacia atrás… hasta hacerla arrodillarse, y se los sujetaron tras la espalda. Mi pokéball se le cayó de las manos y… rodó por el suelo, hasta los pies del administrador."

"Él la aplastó de un pisotón."

"Luego, sacó una navaja… se inclinó sobre mí ¡normalmente, le hubiera arrancado… la mano de un Mordisco! Pero estaba agotada. Me dolía hasta respirar."

"―Esto es lo que pasa a las mocosas… que se olvidan demasiado fácilmente de con quién… están hablando. ―Dijo, con una voz helada. Sin rabia. Sin odio. Casi un susurro… pero levantó ecos a su alrededor. A pesar de que la calle no podía… estar más llena."

"Y… supongo que no tengo que contaros nada más."

"Joy trató de llevarme en brazos hasta el Centro Pokémon. Pedía ayuda a gritos, llorando. Nos conocía todo el mundo… todos sabían que éramos las nietas de la enfermera Joy… pero nadie vino a socorrernos. Los vehículos pasaban a nuestro lado… la gente se metía en sus casas o en los comercios… cerraban puertas y ventanas… y nadie se ofreció siquiera a ayudarla a transportarme. Los pokémon que se quedaban mirándonos y hacía ademán de acercarse… eran devueltos a sus pokéball por sus entrenadores. Los padres apartaban a sus hijos de nosotras."

"Lo último que recuerdo es haber sido consciente… de que iba a morir. Joy cayó al suelo bajo mi peso, agotada… pero todos los transeúntes que pasaban por allí la ignoraban. Entonces supe que no se podía hacer nada por mí… porque hasta la persona a la que debía todas mis fuerzas… toda mi energía, todas las ganas que me quedaban de vivir… estaba casi tan rota como yo. Recuerdo la cara de mi entrenadora… empapada en lágrimas. Sus ojos grandes, vacíos… fijos en los míos hasta el último segundo. Estaba tumbada en el suelo… a mi lado, con la ropa empapada en sangre. Abrazándome… negándose a dejarme ir, a pesar de que las dos sabíamos… que estaba sentenciada. Mi fuego se estaba apagando, y sus brazos eran tan cálidos… pero yo tenía tanto frío… y lo único en lo que podía pensar era en que… si hubiera sido algo más fuerte… solo un poquito, una pizca, un nivel, dos como mucho… yo hubiera podido vencer a aquellos dos criminales… y Joy no tendría que llorar de aquella manera."

"Entonces, me quedé dormida."

"No recuerdo nada de lo que vino después. La muerte es el secreto de Giratina… hasta para los que estamos muertos. Nadie que siga caminando por Este Lado debe saber… lo que hay Más Allá. Yo lo percibí como una especie de sueño muy profundo. Frío, pero indoloro. Sin embargo… al contrario de lo que suele pasar con… el sueño de una noche, el sueño de los vivos… yo podía recordar perfectamente cómo me había dormido, pero no cómo desperté."

"Mi siguiente recuerdo era estar recostada… sobre una losa de piedra. Rodeada de gente vestida de negro. Joy estaba allí, con el resto de mis compañeros de equipo. Algunos de ellos lloraban… pero otros, como la propia Joy, estaban como ausentes. Parecían muñecos vivientes… con la mirada perdida en el infinito, el semblante inexpresivo. La mano de Joy me atravesó al depositar sobre la losa… un ramo de azucenas rojas. Hasta ese momento… siempre me habían encantado las azucenas rojas."

"Creo que fue entonces cuando me di cuenta de que ya había acabado todo… de que, efectivamente, estaba muerta. Pero seguía allí."

"Necesitaba más que nunca abrazar a Joy otra vez. Que me acariciara, que me sonriera… corrí detrás de mis amigos, esperando que… uno de ellos, al menos uno, se daría cuenta de que yo… estaba allí todavía… intentando decirles cuánto sentía haber perdido… cuánto lamentaba haberles fallado y abandonado. Pero no podían verme. Ni oírme. Yo estaba a un abismo de distancia de todos ellos. Y, como ya sabes, tuve que… detenerme a la entrada de la Torre. Y volver atrás. Aquella tumba fría era mi nueva pokéball… mi nuevo hogar, al que estaría atada irremisiblemente… hasta que mi alma pudiera romper sus últimos lazos con este mundo… y ser verdaderamente libre."

"El resto, como diríais los humanos, es Historia."

La pokémon perro con disfraz de hembra humana se alejó caminando, temblando ligeramente, pero con paso resuelto. Su melena resplandecía como una antorcha en la oscuridad húmeda. Cristal hizo ademán de sujetar a Arcapeon, que quería seguirla, pensando que su amiga había sufrido un pequeño brote de melancolía, y que tal vez quería estar sola unos instantes. Hasta que la vio detenerse en un punto en concreto, observarlo detenidamente, y luego ponerse de cuclillas para tocarlo con las manos. Entonces, fue a su encuentro, comprendiendo que Kira no había terminado de desahogarse aún.

Pokémon perro continuó hablando, sin apartar la vista de los adoquines, en los que tenía clavada una mirada oscura, llena de resentimiento:

―Fue aquí. Justo aquí. El sitio donde… donde me dormí. Donde morí ―soltó una risa queda e irónica, llena de tristeza e ira contenida―. Es curioso ¿verdad? Está a apenas un paseo corto de mi tumba… del lugar donde descansan mis restos… y nunca he podido venir a verlo. Ahora, con este aspecto, casi puedo entender… cómo se sintió Joy en aquel momento. Mientras yo me iba para siempre de su lado… y la obligaba a renunciar a sus sueños.

Se recostó en el suelo, despacio, en postura fetal, como abrazando el aire, y cerró los ojos.

Estaba llorando de nuevo, y sus lágrimas rodaban hasta el suelo. Arcapeon, en silencio, se recostó a su lado y la rodeó con su cuerpo, como una gigantesca manta viva tejida de brasas.

La joven Campeona tardó un segundo en darse cuenta de que, al entrar en contacto con los adoquines, el llanto cristalino de la joven Growlithe se estaba tiñendo de rojo. Apenas un instante después, Kira estaba acostada en un gran charco carmesí, que se espesaba lentamente bajo su cuerpo, adquiría un penetrante olor ferruginoso y empezaba a empapar sus ropas.

Danniel dio un grito, agarró a la Campeona de la muñeca y tiró de ella.

― ¡Arcapeon! ¡Cristal! ¡Cuidado! ¡No es ella la que está haciendo esto! Hay alguien más en esta calle.

― ¿Quién? ―preguntó, la joven desorientada. A pesar del peligro acechante, no podía apartar la mirada de Kira, que continuaba llorando, como inconsciente de lo que estaba haciendo, un auténtico mar de sangre.

El clarividente tragó saliva, con la frente pálida y bañada en sudor, y escudriñó la masa de oscuridad que se extendía más allá de donde alcanzaba su vista, más inquieto aún de lo que había estado al descubrir que había una escuadra endrina intentando tenderles una emboscada. Aquello, desde luego, no ayudaba a la entrenadora a tranquilizarse lo más mínimo.

―Esto es muy extraño ―musitó, casi con un susurro, con los ojos abiertos de par en par por la sorpresa y el pánico―. Percibo una conciencia repartida entre seis puntos diferentes, pero también dos entidades en cada uno de esos puntos.

― ¡Qué?

Dulce emitió una exclamación de sorpresa, y extrajo de alguno de sus bolsillos ocultos un amuleto. A Cristal, de encontrarse en cualquier otra circunstancia, le hubiera arrancado una sonrisa verla comportarse, a pesar de que todos los presentes sabían ya que era un pokémon, como una auténtica exorcista humana. En esta ocasión no pudo evitar que le viniera a la mente, por primera vez en toda la noche, la pregunta repentina de por qué había elegido aquel aspecto en concreto para disfrazarse.

― ¡Es una posesión! ―exclamó la Eevee, frunciendo el ceño y situándose de un salto elegante entre sus compañeros y el adversario que Danny debía de haber percibido― ¡Esta vez, una de verdad!

Kira abrió los ojos, sobresaltada, y se incorporó lentamente, mirando a su alrededor, sin reparar en absoluto en el Arcanine que estaba tendido a su lado. Lentamente, bajó la vista hacia el suelo, y observó con perplejidad el enorme charco sanguinolento en el que había estado acostada, antes de empezar a mirar su propio cuerpo empapado de líquido escarlata, como si estuviera mirando algo que le era totalmente ajeno. Fue como si, hasta ese momento, no hubiera comprendido claramente lo que le ocurría. Entonces, los ojos se le desenfocaron y desencajaron de horror.

Antes de que Dulce o Arcapeon hubieran podido detenerla, la pokémon perro emitió un aullido de terror tan espantoso que Cristal sintió vértigo, y luego se desvaneció en el aire, dejando la calle vacía llena de ecos.

― ¡NO! ―tauteó la Eevee, con los ojos llenos de lágrimas― ¡Kira, por favor! ¡Vuelve!

Sin embargo, la súplica también retumbó en la calle hasta desvanecerse, sin recibir respuesta. Arcapeon se incorporó, olfateando el aire a su alrededor durante unos instantes. Incluso oliscó con impaciencia el charco de sangre ilusoria, perplejo; luego, aulló tristemente hacia el cielo cubierto. Por su parte, Dulce se abrazó a Cristal y sollozó contra su pecho. La joven, que todavía estaba inmovilizada por la sorpresa, le devolvió el abrazo inconscientemente y acarició suavemente la melena de su Arcanine, que parecía absolutamente desconsolado.

Tony imitó a Cristal y le dio unas palmadas en el hombro, susurrándole algo calmosamente. La joven entrenadora casi se sobresaltó al oír de nuevo la voz telepática del Haunter directamente en sus oídos.

Tranquila… sabe que estamos aquí y a dónde vamos. Cuando se recupere del susto, se reunirá con nosotros.

― Pero… ¿y si el guardián vuelve a secuestrarla? ―preguntó Dulce, sin dejar de hipar y estremecerse― ¿Y si la somete?

Ahora mismo, el guardián está en otras cosas. Ha delegado la tarea de perseguirnos en sus subalternos. En ese sentido, Kira está fuera de peligro.

Pero, incluso si tuviera que enfrentarse al guardián en persona ella misma, estaría a salvo. Tal vez Kira no lo sepa todavía, pero su corazón está ya mucho más ligero que cuando os encontrasteis con ella en la Torre. A Growlithe ya no le resultará tan sencillo ejercer algún tipo de poder sobre su espíritu.

― Arcapeon, Dulce… Tony tiene razón. ―opinó Cristal, acunando cariñosamente a la Eevee. El Arcanine se apretaba contra sus piernas, reclamando también algunos mimos; así que le rascó detrás las grandes orejas durante un par de minutos―. Seguro que estará bien. En realidad, nada puede herirla. Ni siquiera el guardián.

― Los que no vamos a estar bien dentro de un segundo vamos a ser nosotros ―masculló Danniel. Ahora que sabía que iba a enfrentarse a criaturas vivas parecía menos asustado, pero era evidente que estaba tragándose unas cuantas maldiciones mientras hablaba―. No podemos verlos, pero estamos rodeados por completo.

Dulce volvió a ponerse en posición de combate, recobrando como por ensalmo su verdadero aspecto, y Cristal intercambió un gesto de complicidad con Arcapeon y otro con Mega antes de dedicarle a cada uno de sus compañeros una sonrisa lobuna. Era la Campeona, y se suponía que aquel sí era terreno suyo. Después de todo, parecía que el plan que había intentado esbozar en el Centro Pokémon sí iba a servirles de algo.

― Si han podido crear una ilusión de este tipo, solo pueden ser fantasmas o psíquicos. ―Comentó, guiñándole disimuladamente un ojo al periodista.

Este, que la había visto darle instrucciones a Mega hacía apenas unos minutos, comprendió a la perfección lo que le estaba pidiendo.

― ¡Tony! ¡Tinieblas a discreción!

El Haunter se zambulló hacia el cielo nocturno como una bala, y Danniel arrastró a Cristal hacia el suelo. Justo a tiempo, porque, como había sucedido en la Torre con la Mano Blanca, una descarga de color magenta atravesó la noche justo en el punto donde había estado el pokémon gas hacía unos instantes, resquebrajando los adoquines donde había estado acostada Kira. La onda expansiva fue tan potente que incluso Arcapeon y Mega, de no haberse echado cuerpo a tierra imitando al periodista, hubieran salido despedidos.

Tanto él como Cristal tragaron saliva, pero mantuvieron el semblante sereno mientras se levantaban despacio, escrutando todas las cosas a su alrededor: el disparo había sido a bocajarro; sus contrincantes no podían estar demasiado lejos.

―Gracias. ―Dijo la entrenadora, en un susurro.

―No hay de qué ―contestó Danniel―. Si yo fuera tú, llamaría a algún pokémon más en cuanto pudiera, porque…

El pokémon gas se confundía con la oscuridad nocturna, hasta que despidió por los ojos unos rayos de un negro rojizo para barrer la calle exhaustivamente; de manera muy similar a como había hecho Smopeon con su Ventisca en el combate soñado contra Halloran y en el que había librado contra el Golbat del esbirro de Giovanni. Se oyeron varias exclamaciones de dolor desde detrás de unos cuantos muros, o procedentes del follaje de algunos árboles cercanos.

El ataque de Tony había tenido el efecto esperado: varios bultos saltaron al camino desde distintos escondites, formando una barrera viviente justo delante de Dulce.

Eran seis pokémon de diferentes estaturas y corpulencias, y formaron automáticamente, de manera perfectamente coordinada, como si estuvieran más que acostumbrados a combatir en horda. Aquello era cualquier cosa menos una buena señal: significaba que, posiblemente, aquellos pokémon solían formar equipo de manera habitual, o bien que la criatura que estaba usando sus cuerpos en aquel momento (según la descripción de Danniel, se trataba de un solo ente) podía manipular diestramente a varias marionetas al mismo tiempo. Tal vez no fueran mucho más poderosos de lo que parecían, como los dragones endrinos, pero iban a darles muchísima guerra.

Eran un equipo de combate completo, conformado por un Marowak de nivel 57, un Pidgeot de nivel 59, un Nidoking de nivel 61, una Crobat de nivel 62, un Golduck de nivel 63 y un Alakazam de nivel 65. Eso significaba que un Arcanine no podía hacer gran cosa contra la mayoría de ellos; pero sí un Smoochum a punto de evolucionar a Jinx, y tal vez un Cubone rápido, con muchos recursos y un buen respaldo, sobre todo si ese respaldo era un Haunter particularmente poderoso y astuto. Ahora que sabía que el pueblo entero se había convertido en un cementerio, y que era obvio que los espectros estaban campando a sus anchas por las calles, recurrir a Xatu estaba prácticamente descartado. En cuanto a sacar un pokémon planta, por mucho que pudiera vencer a un Golduck en apenas tres golpes (dos si conseguía acertarle de lleno), no le convenía ni pensar en ello. También era el caso de un pokémon de tipo bicho, que podía hacer un buen trabajo contra el Alakazam, pero solo si el Crobat, el Pidgeot y el Nidoking le permitían llegar en pie al segundo asalto. Sí, aquel iba a ser un combate para Smopeon, Cupeon y Arcapeon, y ya vería más adelante si tenía oportunidad de pedirle ayuda también cualquiera de los demás.

Estaba tanteando su cinturón, buscando la pokéball de Mega para devolverlo a su interior, al menos temporalmente, cuando vio por el rabillo del ojo que Danniel retrocedía un par de pasos. Al volverse para mirarlo, sorprendida, se percató de que estaba completamente inmovilizado por el espanto; tan pálido que, con aquella luz, parecía haberse convertido en una estatua de mármol, excepto por el hecho de que daba la impresión de que las piernas podían fallarle en cualquier momento.

― ¡Danniel! ―Exclamó Cristal, alarmada.

Este no pareció siquiera escucharla. De hecho, Tony también parecía preocupado, y descendió de nuevo para situarse junto a Dulce. Estaba visiblemente inquieto, y no era por el estado de su entrenador. La exorcista emitió una serie de tauteos interrogativos, a los que el Haunter respondió negando desesperanzadamente.

― ¡No lo entiendo! ¿Qué pasa? ―preguntó la Campeona― ¡Nos hemos enfrentado a una escuadra de muertos armados hasta los dientes sin pestañear!

― No tiene nada que ver con eso ―respondió la exorcista, blandiendo delante de los pokémon su amuleto para mantenerlos alejados―. Sí, sabemos que luchar contra ellos es la única… manera de hacerlos volver en sí, de espantar al espectro que los posee… y estamos dispuestos a ello, pero la cuestión es…

― ¡Son los pokémon del señor Fuji! ―Acabó escupiendo Danniel, con la voz cargada de horror.

Aquella repentina e indescriptiblemente sensación debía de ser a lo que se refería la gente cuando decía que había recibido una determinada noticia como un balde de agua fría. Cristal, Mega y Arcapeon se quedaron mirando, boquiabiertos por el espanto, la barrera viviente de pokémon con semblantes sombríos y los ojos encendidos como ascuas pese a sus miradas extraviadas.

Desde luego, el señor Fuji no se había tirado un farol ante los Torrance al decirles que podía arreglárselas por sí mismo. O, al parecer, eso había creído el anciano. Porque su equipo pokémon estaba allí, pero no había ni rastro del sacerdote. Si el guardián había conseguido apoderarse de aquellos pokémon, tal vez era porque su entrenador estaba… pero no, no podía ni siquiera plantearse algo como aquello. Además, los dragones endrinos habían tenido que emboscarlos a la salida del Centro Pokémon, no habían podido entrar a buscarlos; todavía quedaba esperanza.

― "Entonces… ¿qué hacen estos aquí? ¿Por qué no están con Fuji?"

La voz de Tony volvió a resonar en su cabeza.

Podemos preguntarnos eso más tarde, Campeona. Con un poco de suerte, ellos mismos nos lo dirán… si conseguimos ahuyentar a la criatura que los está poseyendo.

― ¡Escucha, Danniel! ―dijo, finalmente― ¡No podemos quedarnos paralizados ahora! Sé que no quieres hacerles daño… yo tampoco quiero. Pero vamos a necesitar luchar contra ellos. Son los únicos que pueden decirnos dónde está el señor Fuji y qué ha sido de él. Además, ya oíste lo que te dijo él esta tarde: estos pokémon son guerreros, saben combatir. Y los míos y el tuyo también. Nadie va a salir herido.

El periodista cerró los ojos con fuerza y respiró hondo profundamente. Cuando volvió a abrirlos, había recuperado su expresión enérgica y determinada. Cristal no necesitaba mucho más para darse cuenta de que ya estaba empezando a transmitirle a Tony sus instrucciones. Y, probablemente, el Alakazam podía interceptarlas gracias a sus propios poderes psíquicos, porque el equipo Fuji apenas esperó un instante más antes de lanzarse al ataque, todos a una.

Sin esperar a que la Campeona le dijera nada, Dulce saltó elegantemente hacia el Alakazam y recuperó su aspecto real antes de tocar el suelo; para atacar de frente al pokémon psíquico con Bola Sombra. Por desgracia, a pesar de su avanzada edad, el anciano pokémon era demasiado rápido para ella, que además todavía estaba muy cansada por el combate contra Dragonair; así que pudo emplear Psíquico antes de que la esfera de energía de Dulce saliera disparada hacia él, provocando una onda expansiva que hizo que la Eevee saltara por los aires.

La joven entrenadora estaba a punto de correr en su ayuda cuando el Nidoking se abalanzó sobre Mega y lo lanzó de un violento empellón hacia la Crobat, que estaba revoloteando sobre sus cabezas como un buitre hambriento. Por suerte, Tony consiguió alcanzar al pokémon murciélago con un nuevo rayo de Tinieblas; permitiendo que Mega lo golpease de lleno en su caída y lo aplastase contra el suelo. Eso le dio a Cristal un exiguo margen de tiempo para sacar a su Smoochum, que ni siquiera se sorprendió al encontrarse sin previo aviso con aquella debacle desdencadenada en plena calle.

― ¡Smopeon, atenta a Crobat y a Nidoking; cúbrenos con Psíquico! ―Le ordenó.

Una Ventisca hubiera podido protegerla de ambos pokémon al mismo tiempo; pero también reduciría su visibilidad, e iba a necesitarla para rescatar a Dulce y recuperar a Mega. Además de que sabía que lo más probable era que los dos rivales designados la hubieran oído: ambos eran débiles ante los movimientos de tipo psíquico, y la posibilidad de que cualquiera de los dos recibiera al azar el primer golpe los mantendría lo bastante concentrados en su pequeña como para que no le prestasen atención a lo que hacía ella.

Sin embargo, la suerte parecía estar sonriéndole en especial, al menos temporalmente: cuando Mega se incorporó tras la caída, un poco sacudido y magullado, pero sin heridas incapacitantes, la joven entrenadora se encontró con que la Crobat sobre la que había caído estaba completamente inconsciente. Sea verdad o no que algo me está protegiendo, está resultando bastante eficiente; se dijo, hiperventilando de puro alivio.

Sin embargo, tampoco podía permitirse tentar mucho a su supuesto protector. Pidgeot seguía por allí, aunque en aquel momento estaba revoloteando sobre la cabeza de Arcapeon, que lo seguía ominosamente con la vista, y Nidoking estaba consiguiendo esquivar con bastante eficiencia los ataques de Smoopeon; mientras que Tony hacía lo propio respecto al Alakazam y al Golduck. Y el Marowak estaba completamente fuera de su vista.

La certeza de lo que estaba haciendo en realidad el pokémon de tipo tierra se le presentó como un chispazo, casi paralizante.

― ¡Arcapeon, ataca con Mordisco a ese Pidgeot! ―ordenó, con el corazón en un puño― ¡Mega, arrasa el suelo con Gigadrenado a las dos!

Si el enorme perro hubiera tardado un solo instante más en saltar, el Excavar de Marowak lo hubiera golpeado de lleno. En cambio, fue el rayo drenador del pokémon orquídea, que barrió el suelo a lo largo de varios metros, el que impactó en el pokémon de tipo tierra cuando este emergió a la superficie. Arcapeon aferró al enorme pájaro por la cola con los dientes, arrastrándolo consigo al suelo.

Aquella breve refriega permitió a Cristal correr hasta Dulce, que estaba derrumbada a unos metros de allí, e intentar sacarla del combate. Por desgracia, sus brazos pasaban a través de ella; así que no le quedó más remedio que dejarla estar y centrarse todo lo que la preocupación le permitiera en el combate contra los pokémon del anciano sacerdote desaparecido.

Resultaba casi cómico, ver a Arcapeon sacudir con los dientes al Pidgeot como si fuera un pollo de goma, haciendo que se le cayeran unas cuantas plumas en cada vaivén; hasta que el pokémon pájaro, algo mareado y absolutamente furioso, le lanzó un feroz Picotazo al morro, haciendo que lo soltara, y volvió a remontar el vuelo, un poco renqueante. Esta vez, tenía los grandes ojos rojos fijos en Mega, que a su vez acechaba al Marowak mientras se ponía de pie, debilitado por del Gigadrenado de su contrincante, pero todavía dispuesto a hacerle a sus rivales todo el daño posible.

Sin embargo, al ver al pokémon ascender hacia el cielo nocturno, lento y vacilante, con algunos rasguños ensangrentados a plena vista entre las plumas arrancadas, Cristal se acordó de los anónimos Fearow salvajes que habían desencadenado accidentalmente la cólera del guardián de la Torre, y se le ocurrió algo que consideró oportuno intentar. Era un poco arriesgado, pero tenía lo bastante claro hasta dónde podía llegar sin poner en peligro a su pokémon como para que no tuviera que lamentar haberlo hecho si no salía bien.

Se acercó a Mega con toda la naturalidad que pudo, a pesar de que el corazón le latía a mil por hora, y sacó de su bolso unas cuantas Bayas, que el pokémon devoró una a una, encantado. Mientras él masticaba y tragaba, la joven Campeona lo abrazó con todas sus fuerzas.

―No pierdas de vista a ese pajaro ¿vale? ―le susurró al oído, aprovechando la cercanía―. Come sin susto... pero estate atento al momento en que se descuelgue, porque va a ser un ataque muy rápido… y, aunque no es tan peligroso como los Gyarados de antes, puede llegar a hacerte muchísimo daño.

El gran pokémon orquídea emitió un ronroneo suave y tranquilizador, que no llegó a salir de sus labios, pero que ella percibió como una leve vibración contra su pecho. No te preocupes, parecía decir. Puedes contar conmigo.

Justo en el momento en que la joven lo iba a soltar; notó cómo se ponía tenso entre sus brazos.

Incluso ella misma podía notar el azote del viento en su nuca y, un instante después, oír la enorme silueta, con las alas plegadas, hendir el aire a su espalda.

― ¡A las tres, Mega!

El pokémon se apartó de su entrenadora como si lo hubiera repelido con un imán, y ella se dejó caer al suelo y rodó.

La poderosa embestida del Pidgeot golpeó de lleno al Marowak, que perdió el conocimiento en el acto. Cristal pudo notarlo caer desplomado justo al lado de su cabeza y, preocupada, se incorporó levemente para observarlo: el pokémon había aguantado bien el golpe gracias a su yelmo calavera, pero no podía seguir combatiendo. Mega, a unos pasos de allí, completamente ileso, observaba a su entrenadora con aprensión, hasta que este levantó el pulgar para indicarle que se encontraba bien.

― "Ya van dos, y quedan cuatro." ―Pensó.

No obstante, no tenía tiempo para sentirse aliviada. Era obvio que al pokémon pájaro no le había gustado nada la jugarreta, y ahora estaba planeando sobre su propia cabeza, aunque Arcapeon seguía mirándolo fijamente, gruñéndole por lo bajo. A unos metros de ella, Smopeon seguía esquivando los ataques de Nidoking. Para desesperación de su entrenadora, se movía cada vez más despacio, y estaba empapada de sudor, mientras que su rival parecía estar empezando a cogerle el ritmo, y sus Picotazos venenosos y Dobles patadas cada vez estaban más cerca de acertarle de lleno.

Sin embargo, habiendo conseguido derrotar a dos de los seis pokémon Fuji, el combate ya estaba mucho más igualado. Aquello le facilitaba pensar con más facilidad en estrategias propias, sobre las que tenía verdadero control: no solo no podía seguir permitiéndose jugar con el factor suerte, sino que ahora lo necesitaba mucho menos.

―Arcapeon, vete con Dulce y cuida de ella ―le dijo al enorme perro de fuego, acariciándole la esponjosa melena y las grandes orejas. Este la miró intensamente, con cierta ansiedad, emitiendo un gañido bajo; pero ella negó con la cabeza, sonriendo―. Te necesito fuerte y despierto esa noche, amigo. Ya no puedes estar cuidando solo de mí; también está Kira. Y Dulce también es una compañera, a la que tenemos que proteger: ya ha sido sometida una vez esta noche. Vete con ella, acompáñala; ayúdala, si puedes. Te prometo llamarte si te necesito conmigo ¿vale?

El enorme perro intercambió con ella una mirada penetrante con sus grandes ojos oscuros y relucientes, hasta que la expresión de preocupación se convirtió de nuevo en confianza. Entonces, asintió y fue corriendo hacia la Eevee, que seguía inconsciente, en el suelo, para tumbarse a su lado, arropándola con su enorme cola de marfil.

Paradójicamente, aquello tranquilizó un poco a Cristal. Tal vez porque sabía que su Arcanine tenía muchas menos probabilidades de acabar saliendo mal parado si estaba cuidando de Dulce que si seguía estando en primera línea contra un Golduck. De hecho, pensaba asegurarse de inmediato de que al pokémon kappa no se le pasaba siquiera por la cabeza intentar ir a buscarlo. Y, ya de paso, aligerarle un poco la carga al pobre Tony y a Danniel: como Smopeon, el Haunter estaba acusando el cansancio al verse obligado a esquivar constantemente los movimientos psíquicos del Alakazam y el Golduck; mientras que el joven periodista, que además estaba recuperándose todavía de una pérdida de sangre importante, debía de estar aguantando en pie a base de puro coraje y ansiedad.

― ¡Mega, Gigadrenado a las diez! ¡Smopeon, usa Ventisca a las dos! ¡Cupeon, Excavar a las once!

Por suerte, esta vez, sus pokémon tenían más luz para apuntar. Por desgracia, esta vez, sus rivales también. Y ella no había tenido tiempo, como sí había podido hacer con Arcapeon, de apuntalar una estrategia de contradefensa con un nombre en clave para sus otros pokémon, así que iba a necesitar encontrar una manera creativa de hacerles saber lo que quería empleando la menor cantidad de información posible.

El Meganium se abalanzó sobre el Golduck. Este debió de verlo venir, porque se apartó de un ágil salto, haciendo que el pokémon orquídea estuviera a punto de caer al otro lado de una tapia. Mientras retrocedía a una velocidad que cortaba el aliento, el pokémon kappa le lanzó un Rayo Hielo a su atacante, haciéndolo gritar del dolor al unísono con su entrenadora. Y tal vez Mega hubiera sucumbido allí de no ser porque Cupeon, en su carrera subterránea hacia el Nidoking, hizo un ligero desvío de improviso para pasar justo por debajo de los pies del Golduck, haciéndolo tropezar y caer al suelo. Esto dio tiempo al pokémon flor a sobreponerse lo suficiente como para usar Gigadrenado, tal como su entrenadora le había ordenado. El Nidoking, por su parte, esquivó el envite del Cubone; pero, cuando intentó usar Terremoto en él, el pequeño saltó del suelo y montó a lomos de Mega con la destreza de un experimentado jinete. Smoopeon, por su parte, saltó justo delante de los ojos del enorme pokémon de tierra y le escupió a bocajarro en la cara una Ventisca, por lo que el temblor de tierra no acertó de lleno a sus compañeros, y Mega pudo soportarlo con entereza.

― ¡Excelente! ―celebró Cristal, con el corazón todavía en un puño. Los aludidos emitieron al unísono un victorioso grito de guerra, así que la joven se apresuró a añadir ― Pero no nos durmamos en los laureles todavía ¡Cupeon, batea el Gigagrenado de Mega! Smopeon, necesito que te encargues de Pidgeot ¿crees que podrás saltar lo bastante alto como para montar en Nidoking?

La pequeña observó con ojo crítico a su rival, que seguía retorciéndose. Al parecer, la Ventisca lo había debilitado además de cegarlo momentáneamente, pero no lo suficiente como para poder tener más o menos garantizado que iba a dejarlos en paz. Y el Pidgeot seguía acechando desde las alturas tanto al Meganium como a su entrenadora; Cristal podía sentir casi físicamente su mirada, tan afilada como su pico y sus garras, clavada en ella. Pero Smopeon, que estaba empezando a entender lo que su entrenadora le estaba pidiendo que hiciera, lejos de amedrentarse, se envolvió repentinamente en su propio poder psíquico y se plantó de un salto imposible sobre la frente de su rival. Este empezó a agitar la cabeza, rugiendo y golpeando el suelo con la cola, provocando tal estruendo que la Campeona se preguntó cómo era posible que los vecinos de la zona no estuvieran asomándose a sus ventanas para ver qué pasaba y ordenarles que se fueran a combatir a otra parte, pero Smopeon se aferró con fuerza a las enormes orejas de su contrincante y aguantó en su posición.

― ¡Rápido, por favor! ―le urgió Cristal, echando una mirada subrepticia hacia el pokémon pájaro que planeaba sobre ellos y al Haunter cada vez más cansado que seguía danzando con el Alakazam. Por sueste, este también parecía estar empezando a pensarse mejor a dónde tenía que apuntar con sus movimientos, como si los estuviera dosificando, señal de que tampoco aguantaría mucho más― ¡Cuánto más se debata, más posibilidades tienes de caerte! ¡O de envenenarte!

Aquello no se parecía prácticamente en nada ni siquiera a los combates que había librado contra varios esbirros del Team Rocket al mismo tiempo. Había conseguido consumar el plan de ataque inicial, consistente en separar a los adversarios para que no se ayudasen unos a otros; pero no tenía verdaderas garantías de que estuviera funcionando de verdad, y su equipo ya estaba dando de sí mismo casi más de lo que realmente podía. Ahora tenía que seguir dos combates por separado y a un rival volador completamente imprevisible. No podía evitar sentir que su cerebro estaba prácticamente a punto de partirse en dos. Gracias a Dios, sus pokémon tenían cierta idea de lo que ella podía pedirles que hicieran, así que bastaba con una indicación o una señal discreta para que comprendieran lo que debían hacer. Cuando Golduck volvió a intentar un Rayo hielo contra Mega, Cupeon lanzó un Huesomerang para desviar la trayectoria, al mismo tiempo que su compañero lanzaba Gigadrenado. El hueso del Cubone salió volando hacia el otro lado de la tapia, pero el rayo verde de Mega impactó de lleno al pokémon kappa, que esta vez quedó completamente fuera de combate. Este fue el momento que el Pidgeot eligió para lanzarse en picado sobre el pequeño pokémon de tierra, aprovechando que estaba momentáneamente desarmado, y Smopeon escupió otra potente Ventisca desde lo alto de su atalaya viviente, de manera que la ráfaga de esquirlas de hielo lo desviara de su rumbo y entorpeciera su vuelo. Sin embargo, justo después cayó al suelo desde lo alto de la cabeza del Nidoking, visiblemente mareada.

Tal y como su entrenadora había temido que ocurriera, había acabado intoxicándose al contacto con el afilado cuerno de su adversario.

―¡No! ¡Smopeon!

Hasta aquellas palabras le sonaron extrañamente estranguladas, porque se le habían quedado todos los músculos de la cara agarrotados por el pánico. No obstante, las manos se le fueron, inconscientemente hacia su provisión de medicamentos y, cuando quiso darse cuenta, tenía en la mano una Bayantídoto. Pidgeot se abalanzó sobre ella con Ataque rápido, aprovechando que estaba distraída, pero Mega se interpuso, de manera que recibió todo el impacto de la embestida.

El pokémon pájaro remontó el vuelo de nuevo mientras el Meganium luchaba por intentar levantarse, con una herida sangrante en una de las gruesas patas. Ahora, el Pidgeot miraba a Cupeon con un brillo cruel en los ojos rojos, mientras el pequeño dudaba de a cuál de sus dos compañeros auxiliar, esgrimiendo el hueso como si fuera una porra. Mega se concentraba en obligar a su pata ensangrentada a sostener su pesado cuerpo. La Smoochum se estremecía de fiebre y náuseas, y su rostro estaba adquiriendo un enfermizo tono verdoso.

Y la joven entrenadora, con la sensación de que se estaba volviendo loca, tuvo el impulso repentino de abrazarlos a los tres al mismo tiempo, dejarse caer al suelo de rodillas y esperar la lluvia de golpes mortales caída desde las alturas de plomo y hulla.

De repente, un contacto telepático tocó su cerebro por dentro. Durante un instante, creyó que sería Tony, para transmitirle algo sobre su propio combate. No obstante, no tardó mucho en darse cuenta de que no podía ser él: el roce mental del Haunter era como un toque suave y controlado, propio de un telépata experto, y el que ella recibió en aquel momento se parecía más a un empujón. O un choque accidental contra alguien en plena calle, torpe pero enérgico.

El corazón casi se le paró al notar que la voz que le hablaba no podía ser precisamente la de Tony. De hecho, era una voz femenina; pero tampoco se parecía en nada a la de Dulce, ni a la de Kira: era fuerte, pero particularmente melodiosa, más grave que aguda y cargada de carácter, como la de una cantante de ópera.

¡CRISTAL! ¡NI SE TE OCURRA! SI MORIMOS AQUÍ… ¡QUE SEA DE PIE Y LUCHANDO!

La aludida, casi literalmente sin aliento, buscó a su alrededor con la vista, para ver quién podía estar contactando con ella.

― ¡SMOOCHUM!

Incrédula, bajó la vista hacia Smopeon: pese a estar temblando de pie a cabeza, su pequeña la estaba mirando fijamente, con el entrecejo fruncido y los grandes ojos azules resplandecientes de poder. Un viento invisible le sacudía la melena de color platino.

NI SE TE OCURRA RENDIRTE. Continuó la misteriosa voz de mujer, cada vez más grave, profunda y poderosa. Cristal se estremeció al darse cuenta de que, a pesar de no reconocer en absoluto aquella voz, había oído una vez algo similar. Un canto sublime, estremecedor, en lo más profundo de la Gruta Helada.

― ¿Smopeon? ― titubeó, casi incapaz de creer que fuera siquiera posible― Eres… ¿eres tú?

Por toda respuesta, la Smoochum emitió una nota tan aguda que la farola más cercana estalló en pedazos, mientras un relámpago blanco se propagaba por su piel con aquel sonoro crujido que tan bien conocía ya. La cabellera rubia creció hasta casi llegar al suelo, mientras la pokémon crecía a su vez en estatura y corpulencia, se le ensanchaban las caderas y se le desarrollaba el busto; hasta que el resplandor se apagó lentamente, revelando un rostro redondo y violáceo y un vestido carmesí con refuerzos dorados.

La Jynx todavía estaba lívida y tambaleándose, cada vez más débil; pero el Pidgeot frenó en seco al verla, y el Nidoking la observaba de lejos, con lo que Cristal hubiera asegurado, de ser el enorme pokémon plenamente dueño de sí, que era un aire dubitativo.

― Jynx… ―susurró la joven, al borde de las lágrimas―. Gracias… gracias…

¡DEJA ESO PARA LUEGO, MIENTRAS TODAVÍA ME TENGA EN PIE! ¿QUÉ HAGO AHORA?

La idea le vino a la mente antes de que se le ocurriera cómo formularla. Pero, en aquel momento, Smopeon (¿querría seguir llamándose así ahora?) no necesitaba nada más.

Llenó los pulmones hasta que la seda del vestido rojo empezó a crujir, como si pretendiera absorber dentro de su cuerpo el viento que la sacudía. Luego, alzó la inexistente nariz hacia arriba, como querido besar la bóveda celeste y, con una elegancia y agilidad asombrosas en una criatura de su tamaño, empezó a girar sobre sí misma, mientras lo liberaba con fuerza en forma de Ventisca. Tal y como su entrenadora la había hecho hacer durante en combate en sueños contra Mazakala Halloran.

Aquello ya era más de lo que Nidoking podía soportar: tras varias ráfagas de esquirlas de hielo, se desplomó sobre el incipiente colchón de nieve, inconsciente. Pidgeot voló más alto todavía para eludir las corrientes de aire helado, aunque eso no impidió que el frío lo ralentizase y debilitara. Cuando la Jynx tuvo que dejar de girar para no marearse, ÉL seguía acechándolos, aunque desde mucho más arriba.

― Esto no me gusta nada ―susurró Cristal, con el ceño fruncido―. No sirve de nada ser más poderosas si no conseguimos alcanzarlo.

Durante un instante, se planteó seriamente pedirle ayuda a Danniel, pero le bastaba echarle un vistazo al combate para darse cuenta de que no sería en absoluto buena idea. Según creía recordar de la conversación que había oído entre la Enfermera Joy y el señor Fuji aquella tarde, Alakazam estaba ya bastante mayor; seguramente esa era la razón por la que Tony estaba consiguiendo mantener el ritmo del combate a pesar de la diferencia de nivel. Aunque ambos habían pasado un buen rato lanzando golpes al aire, los Torrance parecían menos cansados que Fuji; además, mientras que el Haunter cada vez acertaba más golpes de los que erraba, su rival estaba empezando a perder energía.

Sin embargo, era obvio que tanto el periodista como su pokémon estaban plenamente concentrados, y la expresión severa y firme del joven delataba que se sentía seguro de lo que hacía; de manera que romper el ritmo de su combate podría causarles a los dos más prejuicio que beneficio. Cristal había aprendido de las Chicas Kimono de Ciudad Iris que un combate es como una danza, y cualquier intervención externa implicaba un elemento disonante que podía alterar la armonía de los combatientes. Lo que venía a significar, en la terminología que ella estaba acostumbrada a utilizar, que interferir en las estrategias de combate de otra persona, podía convertirse en una distracción entorpecedora.

Un momento...

Había algo que todavía no había intentado hacer; una variante de la estrategia de distracción que habían utilizado hacía unos minutos para que ella pudiera ir a socorrer a Mega. Era una apuesta particularmente dura, pero la única que se le ocurría en aquel momento.

Pidgeot estaba atacando con movimientos físicos de alta precisión, y necesitaba un margen de unos segundos, de unas centésimas como mínimo, para fijar su blanco: el pokémon pájaro no podía atacar a Mega y Cupeon al mismo tiempo, ni improvisar un ataque contra uno solo de los dos. Un golpe directo con la Ventisca de Jynx, como habían hecho para reducir al Nidoking, era prácticamente la solución obvia contra un tipo volador, y no podía ser más evidente que el Pidgeot estaba teniéndolo en cuenta. Sin embargo, un ataque de tipo planta, o incluso uno de tipo normal, eran opciones aparentemente inviables.

Sinceramente, esperaba que el pájaro no se hubiera dado cuenta todavía de que su ya no tan pequeña compañera tenía muchos más recursos, y más versátiles, que el de provocar inviernos artificiales y ventiscas a ras del suelo.

― ¡Smopeon, tengo que hablar contigo!

DIME.

Era obvio que la Jynx controlaba bastante bien su nuevo cuerpo, pero tenía que practicar un poco sus nuevas capacidades telepáticas. Al parecer, le costaba mantener el volumen de su voz mental. Sin embargo, si había algo en aquel momento que Cristal considerase el menor de los problemas que podían tener, era precisamente ese.

― "¿Tus poderes psíquicos son lo bastante fuertes como para levantar por los aires a Mega y Cupeon?"

Smopeon reflexionó visiblemente durante unos instantes antes de responder:

LO INTENTARÉ.

La entrenadora no recordaba claramente cómo se había sentido cuando Hallorann había usado sus poderes sobre ella para librar su combate en sueños, pero no le hubiera sorprendido demasiado que fuera algo parecido a aquello. No solo pudo ver físicamente el resplandor azulado empezar a emanar profusamente del cuerpo de la Jynx, y oír brotar de sus labios una especie de exclamación a medio camino entre el grito y el canto; también notó la onda de energía invisible propagarse hacia ellos tres. Era muy curioso, como si el aire se espesara sin dejar de ser aire y, no obstante, se hubiera vuelto tan sutil que podía pasar a través de ella. Entonces, percibió cómo la fuerza de la gravedad se desprendía de su cuerpo, y este empezaba a levantarse del suelo lentamente; posiblemente como se estaban levantando los de Cupeon y Mega, que gritaron y se debatieron.

― ¡No os pongáis nerviosos! ―les pidió Cristal, en voz alta, pero con el tono más sereno que pudo conseguir― ¡Estamos en manos de Smopeon y vamos a por Pidgeot!

Los pokémon guardaron silencio un instante, probablemente patidifusos; pero luego asintieron al unísono y fijaron la vista en el pokémon volador. A su entrenadora le costó todavía un poco aprender a moverse, para poder usar libremente su cuerpo a pesar del poder psíquico que la sostenía, y tampoco tenía demasiado tiempo: su Jynx estaba haciendo un esfuerzo adicional, y no tenía garantías reales de que fuera a aguantar mucho. Sin embargo, le bastó mirar al Pidgeot para darse cuenta de que la decisión había sido buena: el enorme pájaro se había quedado congelado en el aire, con los ojos como platos fijos en los tres cuerpos que se aproximaban levitando hacia él.

―"¡Ahora o nunca!"

― ¡Cupeon, usa Golpe cabeza! ¡Mega, Látigo cepa!

No eran los movimientos más potentes que conocían, pero sí los que podían usar en gravedad cero. Y, sobre todo, golpearon al Pidgeot completamente por sorpresa, así que le acertaron de lleno. Se desplomó sin hacer apenas ruido, dejando detrás de sí unas cuantas plumas de tonos pardos, a mayor velocidad de la que Jynx los hizo descender: cuando volvieron a poner los pies en el suelo, estaba tumbado junto al Nidoking, también inconsciente.

Danniel ni siquiera pareció darse cuenta de la resolución de los combates de la Campeona. Cristal no estaba segura de cuánto había durado su intensa escaramuza múltiple, pero debían de haber sido casi diez minutos, tal vez más; el mismo tiempo que Tony y Alakazam habían pasado atacándose en vano. Sin embargo, no era esto lo que parecía preocupar al periodista.

De hecho, el semblante se le oscureció aún más cuando el último Bola sombra de su fantasma acertó de lleno al pokémon psíquico del señor Fuji, que parecía no tener ya ningún movimiento con que poder intentar alcanzarlo.

― ¡Tony, Alakazam está al límite de sus fuerzas! ¡Tenemos que acabar con esto ya! ¡Usa Tinieblas!

No necesitó repetir la orden para que Tony descargase sobre su rival un aluvión de rayos negros, hasta que el Alakazam dejó de intentar devolverle los golpes. Aunque no estaba inconsciente todavía, Danniel le hizo a su compañero un gesto imperativo para que se detuviera. Y, para sorpresa de la Campeona, sacó del bolsillo interno de su chaqueta un libro de tamaño mediano, con las tapas forradas de terciopelo desgastado, y lo ojeó durante unos instantes antes de elegir una página en concreto y empezar a leer.

― ¡Espíritu arrancado de tu vestidura, que vagas por los límites de la vida! ¡Libera este cuerpo que has usurpado y deja que Giratina te lleve al seno de Arceus! ¡Sométete al Guardián de la Puerta Oscura y camina hacia la Luz del Hacedor para reunirte con tus ancestros!

Su voz estaba dotada de la una firmeza estremecedora: a pesar de su palidez, y de su frente cubierta de sudor, hablaba con la misma convicción absoluta con que ella había retado a Growlithe hacía unas horas para conseguir que liberase a Kira.

Al oír estas palabras, Alakazam Fuji se quedó paralizado; todavía de pie, pero desarticulado, como si una fuerza ajena a la suya estuviera sosteniendo su cuerpo desmadejado.

No necesitaba mucho más para llegar a la conclusión de que estaba presenciando un exorcismo, un auténtico ritual para la expulsión de un espíritu invasor, y la sola idea le puso todos los pelos del cuerpo de punta.

Ahora que podía verlo un poco más de cerca, Cristal podía percibir las arrugas escasas pero profundas de sus ojos y el tono blanquecino de los largos bigotes: se trataba, como la enfermera Joy había dado a entender durante su breve intercambio con el sacerdote aquella tarde, de un pokémon de edad bastante avanzada. Entonces, comprendió por qué Danniel había detenido el combate: aunque el pokémon era particularmente poderoso, era evidente que el ente que lo controlaba estaba empujando aquel cuerpo de huesos frágiles y músculos cansados hasta más allá de sus límites.

Por eso le resultó aún más violenta y repugnante la risa macabra que brotó de la boca jadeante del Alakazam; una risa antinatural, que no podía ser producto de las cuerdas vocales del anciano pokémon. A la horripilante carcajada siguió una voz metálica y arrastrada, con un tono claramente jactancioso.

¡Crías! ¡Cachorros, retoños, niños humanos! ¿Por qué os resistís a lo inevitable?

No tenéis nada que hacer contra el guardián de la Torre Sion.

¡No se puede luchar contra un dios!

La Campeona casi dio un respingo al reconocer aquella voz. Curiosamente, fue aquello lo que le permitió recuperar el habla:

― ¡Hey! ¡Te reconozco! ¿No eres el Gastly que luchó contra nosotros en la Torre? Pues siento tener decirte que, por muy paladín del guardián que seas, distas bastante de poder considerarte un "dios".

Una masa de oscuridad violeta brotó como vómito por la boca del Alakazam, que se desplomó como un muñeco de trapo sobre el asfalto, y se abalanzó sobre Cristal a tal velocidad que la entrenadora ni siquiera tuvo tiempo para gritar.

― ¡Tony, Barrera tóxica!

Tardó un instante en percatarse de que ni siquiera existía un ataque que se llamase así. No obstante, le sorprendió todavía más ver al Haunter de Danniel plantarse de un salto delante de ella, con una incipiente Bola sombra en la boca, que disparó justo en el instante en que el misterioso engrudo iba a chocar contra él. El resultado fue una explosión pestilente, de la que resultó una especie de neblina oscura, a través de la que se podía ver, tirado en el suelo, a un Gastly inconsciente. El periodista sacó a toda velocidad un paquete de pañuelos de papel y se tapó la boca y la nariz con uno de ellos, antes de atravesar la miasma para reunirse con la Campeona.

― ¡Cristal! ¿Estás bien? ―le dijo, tendiéndole el paquete―. Ya sé que te las has visto a menudo con Koffing y Weezing, pero es mejor que ninguno de nosotros respire esto.

― Sí, sí… ―contestó ella, todavía con los músculos agarrotados. Aun así, pudo dirigirse a su Meganium― Por favor, Mega ¿puedes usar tu hoja para dispersar el gas?

El pokémon emitió un asentimiento cantarín, y agitó su hoja como las aspas de un pequeño molino, hasta que la bruma tóxica se disipó por completo y la calle se llenó de aroma a madreselva. La nieve producida por Smopeon se estaba derritiendo, y el agua pura ayudaba a limpiar los esputos de veneno del Nidoking y a suavizar los desniveles del terreno provocados por Cupeon. Los rastros del combate que quedaban eran los impactos en el suelo y las paredes, y los pokémon inconscientes en el suelo.

Cristal dio un pequeño respingo al notar un toque húmedo y enérgico en la mano, pero se tranquilizó de inmediato al notar que solo era Arcapeon, que le estaba lamiendo las manos. A su lado estaba Dulce, observando temerosamente el campo de batalla. Tras un breve instante de vacilación, se adelantó silenciosamente y se inclinó sobre el pokémon inconsciente más cercano, que era Crobat.

La pokémon murciélago (ahora que podía verla de cerca, reparó en que era hembra) estaba rebullendo levemente, luchando por recuperar la consciencia. Su expresión agotada y sus grandes ojeras daban fe de que había vuelto a ser ella misma; así que Dulce esperó a que acabara de abrir los ojos para sacar de su bolsillo una Baya Dorada y ofrecérsela delicadamente. Danniel la observó durante unos instantes, en silencio, y luego asintió con solemnidad.

―Creo que deberíamos seguir su ejemplo ―le dijo a Cristal―. Estos pobres pokémon han sido utilizados de la manera más vil; no podemos tenérselo en cuenta.

―Lo comprendo ―respondió ella, palpando su botiquín―. Deben de estar destrozados, después de haber sido forzados a luchar de esa manera ―entonces miró a su Cubone y a su Jynx y les dijo―. Cupeon, Smopeon… parece ser que a este pillastre le encanta jugar con dos cosas: los venenos y las conciencias ajenas ¿Podéis mantenerlo vigilado, y aseguraros de que se comporta como Arceus manda cuando se despierte, mientras curamos un poco a los pokémon del señor Fuji?

El pequeño dinosaurio de tierra emitió un amenazante ronroneo, acariciando elocuentemente su hueso, mientras Smopeon se sentaba justo al lado del pokémon gas, sin quitarle los grandes ojos negros de encima. Cristal emitió una corta risa cansada, y fue a ayudar al pokémon que tenía más cerca, el Pidgeot al que acaban de derribar. Crobat ya estaba manteniendo una conversación plagada de silencios con Tony cuando el ave recuperó la consciencia y le lanzó una mirada serena y orgullosa, pero cargada de perplejidad.

Uno a uno, los seis pokémon fueron volviendo en sí; uno a uno, se dirigieron a Dulce y Tony, alarmados, haciendo preguntas en su lenguaje, que estos respondían con más o menos premura, de lo cual Cristal dedujo que estaban intentando explicarles, con el debido tacto, por qué estaban en mitad de la calle, tirados en el suelo, con los puntos de poder agotados y cubiertos de rasguños y magulladuras y, sobre todo, dónde estaba su anciano entrenador. El Marowak rompió a llorar sonoramente una vez terminada la conversación con Dulce, y Mega necesitó sujetar a la Crobat con su Látigo cepa para que no saliera volando de nuevo hacia las Catacumbas, en busca del señor Fuji.

Alakazam fue el que más tardó en volver en sí, rodeado de sus cinco preocupados compañeros y de un joven periodista cuya cara estaba empezando a ponerse del color de la ceniza. A pesar de que Tony insistía en que su vida no corría verdadero peligro, era obvio que el Gastly lo había forzado a luchar casi más de lo que el anciano pokémon podía aguantar sin desplomarse de pura extenuación, e iba a necesitar unos cuantos días de buen descanso para reponerse de semejante abuso.

Nada más abrir los ojos, antes incluso de preguntar dónde estaba y qué le había ocurrido, miró a su alrededor, buscando algo con la vista ansiosamente, y la expresión de dolor y derrota que apareció en su rostro agotado le partió el corazón a Cristal. Danniel se arrodilló ante él ceremoniosamente, con un gesto que no hubiera quedado en absoluto fuera de lugar en la fantasmagórica fantasía medieval que había sido el combate soñado de la Campeona contra Hallorann. Tony, a su lado, imitó las reverencias que tanto ella como su entrenador habían realizado ante el capitán endrino.

―Alakazam… espero que te encuentras bien ―le dijo, con tranquilidad y reserva―. No sé si lo recuerdas, pero hemos sido nosotros quienes hemos luchado contra ti. Lamentamos profundamente haberte causado dolor.

El pokémon hizo un gesto leve, cargado de pesadumbre y particularmente significativo, que no fue necesario que Tony o Dulce les tradujera: era obvio que el compañero de un sacerdote, y más aún de un sacerdote en Pueblo Lavanda, conocía perfectamente los posibles gajes del oficio del señor Fuji. El periodista le dejó unos instantes más de pausa, antes de añadir:

― Hemos estado hablando con tus compañeros. Todos ellos coinciden en que el señor Fuji los llamó a combatir en un lugar oscuro y muy frío, como una cueva llena de corrientes imperceptibles de aire helado y sombras asesinas, del que deducen que se trata de las cámaras selladas del Memorial. Pero no consiguen recordar nada más, aparte de haber agotado sus fuerzas intentado debatirse contra una energía extraña que amenazaba con sofocar sus pensamientos. Tal vez tú, que eres psíquico, recuerdas algo más.

El Alakazam pareció meditar durante unos segundos, observando con sus grandes ojos violeta a cada uno de sus compañeros. Cristal tuvo la sensación de que los interrogaba con la mirada durante unos instantes, y sus ojos se llenaron del ese resplandor azulado que tan bien había aprendido a reconocer. No obstante, este leve amago de usar sus poderes lo hizo poner los ojos en blanco, así que el joven Torrance le cogió afectuosamente una de las huesudas manos.

― No, por favor, no hagas esfuerzos innecesarios ―le pidió―. Comparte lo que tengas que decirnos con Tony, que tiene capacidades telepáticas propias, te resultará más sencillo.

Aquella sugerencia pareció ofuscar al Alakazam, que protestó todo lo enérgicamente que su cansancio le permitía: al parecer, al anciano pokémon no le hacía la menor gracia la idea de permitir a un tercero leer en el interior de su mente (cosa que la Campeona consideraba una objeción razonable, teniendo en cuenta que se supone que la mente de uno es un rincón particularmente íntimo).

― ¡Lo siento, era solo una sugerencia! ―se apresuró a contestarle Danniel― Entonces, es mejor que, simplemente, nos lo cuentes. Una imagen vale más que mil palabras, pero no más que una vida.

A pesar de ser un pokémon evidentemente orgulloso, Alakazam no parecía tener fuerzas ni siquiera para enfadarse o empeñarse en algo. Así que, tras un instante de vacilación, empezó a contar su historia a Tony y los demás pokémon, vivos y muertos, que lo rodeaban. Era obvio que estaba muy acostumbrado a relacionarse con los humanos aún sin usar la telepatía, porque sus gestos eran tan elocuentes que incluso Cristal, que acababa de conocerle, se dio cuenta de que, a pesar de no comprender su lengua, podía entenderlo.

El Alakazam había acompañado al señor Fuji al interior del Memorial como escolta principal en las dos ocasiones en las que había bajado a las cámaras cerradas; por lo que, al haber estado fuera de su pokéball durante la mayor parte de ambas incursiones, recordaba más cosas. No quiso entrar en detalles sobre aspecto que tenían los viejos túneles clausurados; pero les confirmó algunos de los detalles que los Torrance habían descubierto durante sus investigaciones: había dos niveles de túneles bajo Pueblo Lavanda, saturados de tumbas tan antiguas que la única razón por la que los monumentos funerarios que las señalizaban todavía permanecían en pie era que el haber estado bajo tierra las había protegido de la lluvia.

En un momento dado, se puso tan pálido, y empezó a temblar de tal manera, que incluso sus gestos se volvieron absolutamente ininteligibles, por lo que Dulce y Tony se turnaron para interpretar sus palabras para los dos humanos del grupo.

― La última vez que había acompañado a Fuji en su ronda por el Memorial… ya había notado una actividad paranormal poco común a su alrededor ―explicó Dulce a Cristal, con seriedad―. El lugar siempre ha estado lleno de pokémon fantasma… pero nunca habían sido hostiles al señor Fuji, ni a ninguno de sus pokémon. Pero esta vez fue distinto. Varios de los Gastly y Haunter que a veces… lo ayudaban a mantener a los espectros más o menos tranquilos se abalanzaron sobre él… apenas lo vieron entrar. El Gastly contra el que hemos estado luchando esta noche… es precisamente uno de ellos.

― Entonces ¿algunos de los pokémon fantasma residentes del cementerio se han unido a las filas de Growlithe? ―Inquirió, alarmada.

― Son nuestros aliados naturales, Cristal ―contestó la Eevee, apesadumbrada―. A veces, incluso, consiguen ayudarnos a… establecer contacto con los vivos de alguna manera. Un poco como ha sucedido con la amistad entre Tony y Danniel… que ha potenciado mutuamente sus propios poderes. Tú no has escuchado lo que nos decían los pokémon de… los dragones mientras luchábamos contra ellos.

― No puede ser muy distinto de lo que me ha dicho el capitán a mí ―señaló el periodista, con la voz apagada. Daba la impresión de estar todavía, de alguna manera, meditando las palabras del despiadado espectro―. Que soy un traidor a mi señor, y que me estoy engañando a mí mismo.

Tony, Dulce y Alakazam asintieron al unísono, con idéntico gesto de amargura.

En aquella ocasión, Alakazam consiguió vencerlo con facilidad. Continuó el Haunter, con su habitual soltura; aunque esta vez su voz no tenía el tono sarcástico que habitualmente solía emplear. No era la primera vez que luchaba contra él, puesto que tuvo que ganarse el respeto de varios de los residentes de la Torre a lo largo de los primeros meses del ministerio del señor Fuji. De hecho, esa fue la parte sencilla de la exploración. Lo complicado empezó cuando, por fin, consiguieron llegar a lo más profundo de las estancias subterráneas. Cuando Fuji le dijo a Crobat que usara su Supersónico como radar.

La Crobat emitió una serie de sonidos cargados de culpabilidad, con los grandes ojos amarillos empañados, mientras Marowak le daba unas palmadas suaves en la espalda.

― Dice que fue solo una señal de ecolocalización normal y corriente, sin el menor ánimo de molestar ni ofender ―tradujo Dulce, con tristeza―. Solo para detectar obstáculos más allá de los tabiques. Es lo que nos contó Tony en la Torre.

― Y, déjenme que lo adivine… al guardián, que es un perro, no le gustó demasiado ―dedujo Danniel. Luego añadió, tan perplejo como lo estaban Cristal y, por la cara que estaba poniendo, también Arcapeon―. Aunque no lo entiendo, Growlithe debe de haber estado oyendo ultrasonidos durante toda su estancia en la zona. No solo porque vivimos al lado de una cueva llena de pokémon murciélago… desde que aprendimos como hacerlo, los humanos también hemos estado utilizando los ultrasonidos para aplicaciones cotidianas. Sin ir más lejos, todas las puertas automáticas que conozco funcionan así.

― Los pokémon de la línea de Zubat lo que usan es su propia voz ―le explicó Cristal, recordando la entrada del pokémon en la pokédex, y las desagradables experiencias con turbas multitudinarias que había tenido en la Cueva Unión―. Por lo tanto, Growlithe no solo identificó el sonido, sino que también la identificó a ella. Yo no creo que se sintiera molesto, ni ofendido; pero, probablemente, lo consideró una especie de... toma de contacto. Pero me parece muy extraño que un científico de la talla del señor Fuji, sobre todo siendo también sacerdote, no se diera cuenta de que podía pasar algo como esto.

Alakazam se quedó mudo durante unos instantes, como fulminado por un rayo. Pero, al cabo de unos segundos, cuando Mega y Smopeon ya se habían acercado a él para sostenerlo, porque parecía a punto de desplomarse, emitió una risa queda y negó lentamente con la cabeza.

Luego hizo una serie de gestos, mientras continuaba hablando, con tono benévolo, casi condescendiente. En ese momento, la joven entrenadora pudo hacerse una idea de la reacción que había tenido Fuji cuando los Torrance le ofrecieron su ayuda para bajar a las Catacumbas. Pero lo que dijo el pokémon tuvo el mismo efecto en todos los pokémon presentes que si hubiera revelado súbitamente que Red Ketchum, su desaparecido predecesor como Campeón de la Liga Añil, había pasado aquellos tres años escondido en su propio sótano. Nidoking empezó a bramar a todo pulmón, y le pegó un puñetazo tan fuerte a la tapia más cercana que la roca se agrietó; sus compañeros de equipo empezaron un auténtico alboroto para convencerlo de que se tranquilizase, excepto Alakazam, que no parecía dispuesto a dejarse intimidar. De hecho, tenía los ojos llenos de lágrimas, pero ni eso parecía capaz de borrar la pequeña sonrisa discreta que había aparecido en sus labios. Cuando volvió a hablar, incluso a Tony se le humedecieron los ojos, y Dulce estalló en sonoros sollozos y se abrazó con todas sus fuerzas al anciano pokémon psíquico.

Por eso tardaron un poco en poder continuar con la interpretación del pequeño relato, cuando Danniel y Cristal ya estaban empezando también a sentir que la súbita emoción de sus pokémon los invadía y conmovía, aunque ni siquiera conocieran la causa.

Ese viejo Fuji… es un auténtico orgullo para vuestra raza, muchachos. Después de todos los horrores que he visto en casa de los Torrance, y de los relatos de brutalidad humana que algunos de mis compañeros y vecinos han compartido conmigo a lo largo de todos estos años, ha habido muchas veces en las que Danniel ha sido lo único que me ha salvado de considerar que la Humanidad entera está condenada. Pero de vez en cuando me encuentro historias que me recuerdan que también existieron Rojo el Vengador y Yellow del Bosque Verde… y que ahora están, además de Danniel, la Campeona Cristal Soulheart y la enfermera Joy. Y el antaño doctor Fuji, desde luego, ya ha pagado con creces la deuda que contrajo al poner su ciencia al servicio del Team Rocket.

Dulce se apartó decorosamente del anciano pokémon, y se secó las lágrimas con uno de sus misteriosos pañuelos antes de empezar a explicar:

― Verás, Cristal: Alakazam dice que se acaba de dar cuenta de que… efectivamente, el señor Fuji sabía perfectamente lo que hacía… cuando ordenó a Crobat que usara Supersónico en el Memorial. De hecho, su intención era, no solo explorar el terreno con un radar… sino averiguar también, de alguna manera… si era verdad que había alguien allí. Básicamente… entró en contacto con Growlithe expresamente… por voluntad propia, e intentó negociar con él… directamente, por su cuenta y riesgo.

Danniel emitió un sonido estrangulado, como si estuviera sufriendo un ataque, y la campeona corrió a su lado para sostenerlo, al ver que se tambaleaba ligeramente. Pero él la retuvo con un ademán. Unos instantes más tarde, respiró hondo varias veces y volvió a levantar la vista.

― Cuéntame todo lo que sepas, por favor ―le dijo, con un tono tan seco y firme que la joven entrenadora apenas reconoció su voz―. Quiero saber… ¡No! Necesito saber lo que ha pasado ahí abajo.

El equipo de pokémon se quedó mirándolo, desconcertado; incluso Cristal, Arcapeon y Mega aguantaron el aliento durante unos segundos. Solo Tony emitió una serie de enérgicos susurros, con un toque de orgullo, que le recordaron al apasionado discurso con que el Arcanine había defendido a su entrenadora ante el cinismo del recluta del Team Rocket en la Torre. De repente, la joven Campeona se dio cuenta de que en aquella petición se palpaba todavía, ligeramente de manera más que perceptible, el aura de poder que había percibido en él mientras pronunciaba el exorcismo; tal vez por la vehemencia que había en ellas.

De hecho, ahora que lo pensaba, también había notado algo de eso en él mientras combatían, primero contra el equipo de dragones de la escuadra endrina. Y también durante el combate contra el Alakazam. Tal vez incluso hubiera percibido una especie de eco durante su relato en el Centro Pokémon.

― "Es como si, cuando se ve obligado a manifestar sus emociones, se convirtiera en una persona diferente. Más decidida… más poderosa. Y aterradora."

El Nidoking y el Marowak negaron con la cabeza, poco convencidos, y Alakazam hizo un gesto cortante con sus afiladas garras doradas, aunque había una sombra de duda en sus profundos ojos de amatista. Tonny debió de percibirla también; porque, en lugar de preocuparse, rio escandalosamente y les hizo unos cuantos comentarios, señalando a su compañero con la mano. Era obvio que les estaba contando, por fin, el secreto de Danniel Torrance. El aludido correspondió con una sonrisa sin alegría:

― No soy exorcista, como mi abuelo ―les dijo, inclinándose de nuevo―. Pero será un honor usar mi poder para salvar Pueblo Lavanda… y al señor Fuji, que tanto ha hecho por todos nosotros durante sus últimos años.

El equipo del sacerdote intercambió miradas elocuentes, pero no mostró la menor sorpresa. Después de todo, recordó Cristal, Alakazam poseía capacidades telepáticas. Era posible que hubiera averiguado por sí mismo, de alguna manera, que el joven periodista era clarividente.

Finalmente, se asintieron unos a otros. Y el Alakazam empezó a contar, con los grandes ojos llenos de pesar y Tony como intérprete, sus últimas aventuras en el Memorial.

Alakazam dice que, de repente, se oyó una especie de aullido terrorífico al otro lado del muro. Tuvo la sensación de que todas las cosas se echaban a temblar de repente. De hecho, parecía un terremoto. Como si un ejército entero de Digglet y Dusnparce se desplazara bajo sus pies. Fuji no reaccionó ante esto. Simplemente, sacó a todo su equipo de sus pokéball y les pidió que se sentaran con él a rezar en silencio. Por las almas de todos los pokémon mal enterrados en el Memorial, por los espíritus atormentados por sus viejas deudas y, en general, por todos los muertos que en aquel entonces estaban atrapados en Pueblo Lavanda. Terminada esta plegaria, les pidió que se pusieran de pie y se tomasen las manos y patas unos a otros, formando un círculo, para realizar un ritual de exorcismo.

― A Alakazam le sorprendió bastante aquella petición ―continuó Dulce. Sacó otra baya de una de sus mangas y se la ofreció al Alakazam, que la rechazó educadamente; pero acabó aceptándola a instancias de Nidoking―. Era la primera vez en mucho tiempo que… el señor Fuji realizaba este tipo de ritual. Y, normalmente, los demás participantes son… exorcistas de la orden. De hecho, él no recordaba ninguna vez en la que su entrenador… le hubiera pedido a su equipo pokémon que lo… ayudase a realizar un exorcismo.

― He leído algo sobre eso en los libros de mi abuelo, y en algunos artículos sobre antropología comparada de Cintia Shirona, una investigadora de Sinnoh ―comentó Danniel, abriendo mucho los ojos, estupefacto―. A raíz de las leyendas escritas en las réplicas conocidas de las Santas Tablas, se ha llegado a la conclusión de que existe una especie de… antigua creencia, compartida entre las culturas de Johto y Sinnoh, de que todos los pokémon poseen en sí una parte del poder infinito de Arceus. De ahí las extraordinarias capacidades que poseen y que, hasta cierto punto, pueden compartir con los humanos de alguna manera al establecer con ellos un vínculo de afecto. Por ejemplo: según una vieja historia que oí una vez, las lágrimas unidas de mil pokémon consiguieron devolverle la vida a un joven y valiente entrenador que, al intentar detener con su propio cuerpo el combate entre dos poderosos legendarios enfrentados a muerte, había sido convertido en piedra[1]. Por eso, aunque la mayoría de los rituales de exorcismo pueden realizarlos humanos solos, para las plegarias más poderosas es imprescindible que intervengan también pokémon. Y no pokémon cualesquiera, sino pokémon que estén vinculados al oficiante. Es algo así como… como si esos pokémon avalaran al exorcista con su presencia; porque así dan fe de que la persona que está con ellos tiene un corazón lo bastante puro como para que un hijo de Arceus se haya unido a ella con un lazo de afecto. No sé si me explico bien.

―Te explicas estupendamente, al menos para mí ―confirmó Cristal―. En realidad, se parece mucho a lo que he aprendido yo misma durante mis viajes. El profesor Oak, Morti, Lance, e incluso Mazakala Hallorann… todas las personas de las que he aprendido algo me han dicho, con más o menos palabras, que un entrenador se refleja a sí mismo en su relación con sus pokémon, tanto en combate como durante su vida cotidiana. Y este grandote de aquí ―añadió, revolviendo la melena de Arcapeon con una gran sonrisa; el pokémon daba la impresión de irradiar orgullo―, ha roto una lanza por nuestra amistad delante del tipejo del Team Rocket al que hemos tenido que ganarle el Scope Sylph.

El caso es que Alakazam notó también que, por primera vez en mucho tiempo, su entrenador se negaba a permitirle establecer contacto telepático con él. Sin embargo, no necesitaba fijarse en ese detalle para darse cuenta de que estaban llevando a cabo un ritual particularmente peligroso: el señor Fuji no les había ocultado las conclusiones de la investigación que nosotros habíamos hecho, ni qué habían ido a buscar allí abajo. Así que se concentró en sus indicaciones sin decirle nada al respecto, para no molestarlo…

Tonny calló, conmovido. Entonces, el Alakazam asintió ligeramente y continuó hablando. Esta vez, fue Dulce quien tomó la iniciativa de interpretar su relato:

―En un momento dado, todas las luces de la cámara se apagaron solas… al mismo tiempo, y se quedaron completamente a oscuras. Estuvieron así varios minutos, en una negrura absoluta. Hasta que empezaron a oírse una serie de ruidos que respondían a las oraciones y plegarias de Fuji. Al principio eran solo unos golpes que venían… desde dentro de la pared, como si alguien llamase a una puerta. Pero, poco a poco, empezaron a hacerse más fuertes… hasta convertirse en auténticas embestidas. Finalmente, se produjo un estruendo terrible, de tierra, ladrillo y losas rotas. Entonces, delante de ellos… a través de una enorme fisura abierta en la pared falsa… vieron venir a un hombre. O, al menos, una… criatura que tenía aspecto de hombre."

"Era una silueta alta, vestida con una gran gabardina… y un sombrero de ala ancha que le oscurecía los rasgos. Todo su atuendo era negro, pero él parecía envuelto en una especie de aura rojiza… como una brasa mortecina, que era la que les permitía verlo en la… negrura absoluta. Venía andando por lo que parecía un larguísimo pasillo… excavado en la roca viva, una gruta que se perdía en las tinieblas heladas. Finalmente, llegó hasta la sala en la que estában… y todo estalló en llamas. Las paredes, los ataúdes; hasta las lápidas… como si estuvieran hechas de madera."

"Ellos estaban aterrorizados, hasta que se dieron cuenta de que… la temperatura de la cámara no había subido. Era solo una ilusión. Y aquello los aterrorizaba todavía más… porque era obvio que el espectro no lo era, que lo único que tenía de… ilusorio aquella criatura era su apariencia humana."

"Pero, si tenía miedo, el señor Fuji no lo manifestó. Le sostuvo la mirada al ser… con la sangre fría como el hielo. Ni siquiera se inmutó cuando la criatura lo agarró... por el cuello del atuendo sacerdotal y lo levantó a pulso del suelo… para acercárselo aún más a los ojos. Lo mantuvo así un buen rato, con los ojos de un rojo… tan encendido que ni siquiera era posible discernir… claramente la expresión que tenía en la mirada."

En este punto, la voz del pokémon psíquico se quebró, y necesitó detenerse a tomar aliento. Dulce la entregó un pañuelo y le dio unas palmadas amistosas en la espalda. Tras unos instantes de duda, Tony volvió a tomar el relevo para terminar el relato.

Lo último que pudieron ver fue cómo lo soltaba, dejándolo caer al suelo. Porque la ilusión del incendio se desvaneció, y la negrura absoluta regresó.

Crobat no se atrevía a volver a usar su geolocalización, así que necesitaban algo de luz para poder desplazarse por la cámara, aunque solo fuera para salir de allí. Cuando, finalmente, consiguieron encender una de las velas, se encontraron con dos cosas. La primera, que la apertura abierta en la pared falsa era real: era como si el tabique hubiera sido golpeado por un inmenso ariete de hierro hasta ser demolido casi por completo, dejando a la vista una caverna aparentemente sin fondo, de la que parecían emanar unas tinieblas infernales, gélidas como la muerte. La segunda, que el señor Fuji seguía tirado en el suelo, exactamente en el mismo punto donde el espectro lo había soltado, inconsciente. De no ser porque Crobat aseguraba que podía oír su corazón latiendo débilmente, hubieran pensado que estaba muerto, y que el frío que percibían a su alrededor era el de su alma en pena y el de su sangre ya helada.

Entonces, se dispusieron a salir. Esta vez, nadie los atacó… pero estaban exhaustos. Los combates que habían tenido que librar para llegar hasta allí no habían sido nada comparados con el ritual y el encuentro con Growlithe: era como si el ente se hubiera bebido sus fuerzas. Y, sin embargo, estaban vivos y a salvo, algo que pocos de aquellos que se han encontrado con el guardián en persona alguna vez pueden decir.

Cristal recordó que, según les había contado el propio Tony, había sido el equipo pokémon de Fuji el que lo había rescatado del Memorial cuando había intentado comprobar él mismo las teorías propuestas por los Torrance. De la misma manera que les había contado que el sacerdote había estado resuelto, desde el primer momento, a entrar en las catacumbas e intentar pactar con Growlithe.

Los ojos de Alakazam estaban llenos de una tristeza descorazonadora, y el tono dubitativo con que Tony y Dulce estaban traduciendo para ellos el relato le daba a entender que había algo más en aquella historia, una insinuación que Danniel y ella no alcanzaban a asir.

― "Algo escrito entre líneas" ―pensó― ". Necesito leer entre líneas…"

―Por favor, contadnos lo que habéis hecho esta tarde ―pidió el periodista, intercambiando una mirada cómplice con su Haunter―. Necesitamos saber qué vamos a encontrarnos ahí dentro.

Esta vez, la Campeona sí se dio cuenta de inmediato de que lo que Danniel y Tonny pretendían era entresacar de la información que se le estaba dando la que esperaba conseguir realmente. Una técnica que, según había leído en alguna parte, era muy utilizada por los interrogadores en las comisarías y, como no, por algunos periodistas de investigación especializados en situaciones delicadas o peligrosas. Estuvo a punto de escapársele una risita: a aquellas alturas, ya hasta le costaba pensar en los Torrance como periodistas.

El pokémon de tipo psíquico negó con la cabeza, emitiendo una serie de susurros desesperanzados. Dulce se apresuró a trasladar sus palabras, tanto para Danniel como para Cristal:

― Dice que, aunque los residentes del Memorial no los atacaron… mientras se encaminaban hacia la apertura en la pared falsa... ellos podían notar una tensión espantosa en el ambiente. Una especie de… espera impaciente. Él se adentró con Fuji en la caverna recién abierta… llevando cada uno una antorcha. Y caminó junto a él por los túneles. Su entrenador parecía saber, de alguna manera… por dónde debía ir.

"Finalmente, llegaron a una especie de sala… alta, como la nave de un templo. Dice que no puede explicarnos como era… porque no recuerda el aspecto que tenía. Pero sí recuerda lo que le hizo sentir. Y era un lugar aterrador, siniestro… pero también estremecedoramente bello y triste."

"Y en aquella estancia había… algo. Algo que los estaba esperando. Pero, juste en ese momento… volvió a escuchar el aullido. Un aullido que parecía proceder de todas las cosas… al mismo tiempo… lleno de rabia y decepción. Y ya no recuerda nada más. Solo extrañas pesadillas de oscuridad, fuego y sangre. No se ha dado cuenta de que algo lo había poseído… hasta que no se ha encontrado aquí, tras nuestro combate. Rodeado de sus compañeros… a los que no recuerda que Fuji sacara de sus pokéball."

Danniel y Cristal se miraron durante unos instantes, tal vez esperando a que la reacción del otro les diera al menos una pista para descifrar el enigma; pero ambos tenían la misma expresión de espanto mezclado con desconcierto, así que no les quedó más remedio que repasar mentalmente el relato del Alakazam, intentando reparar en un dato que pudieran haberse perdido. El joven periodista fue el primero en aventurarse a intentar sacar algo en claro del relato:

―Lo que nos estáis contando es muy extraño ―dijo―. Tal y como lo decís vosotros, todo apunta a que el señor Fuji y Growlithe habían conseguido entenderse de alguna manera. Aquel primer encuentro funcionó, al menos en parte… por eso no os atacó nadie cuando bajasteis a las catacumbas por segunda vez.

―Entonces ¿por qué el guardián le ha declarado la guerra a Pueblo Lavanda? ―añadió Cristal, con el ceño fruncido―. Por lo poco que yo he visto al señor Fuji, y por todo lo que me ha estado contando todo el mundo sobre él, soy incapaz de imaginármelo haciendo o diciendo cualquier cosa susceptible de abocar la negociación al fracaso. Y dudo mucho que el guardián rompiera su acuerdo con él, cualquiera que fuera, simplemente porque sí: hasta el truhán del Team Rocket que me he encontrado en la Torre hace un rato me ha dado a entender que no es precisamente su estilo.

Arcapeon negó con la cabeza y emitió una serie de ladridos y gruñidos bajos con tono paciente, ante los que Dulce frunció también el ceño y levitó perezosamente al su alrededor, meditabunda. Tonny se rascó la puntiaguda barbilla con una de sus afiladas garras púrpura.

Nuestro amigo ha hecho una observación muy interesante. A Arcapeon le parece muy interesante que un pokémon que entregó su vida sin pensarlo para intentar proteger a su entrenadora, y que incluso aceptó sacrificar su descanso eterno para proteger este cementerio hasta que Arceus ordenara a Dialga aniquilar el tiempo, esté poniendo tantas barreras entre él mismo y sus presas, en lugar de limitarse a arrasar a sangre y fuego con todo su aplastante poder. Le parece una exhibición de crueldad y cobardía, defectos impropios, no ya del guardián de la Torre Sion o de un alma desencarnada que ya no responde más que ante el Guardián y el Hacedor, sino de un congénere Growlithe.

Cristal le rascó las grandes orejas al pokémon perro, distraídamente, pensando detenidamente en aquella nueva idea.

Tal y como Alakazam había descrito los hechos, el guardián no solo no había impedido que el anciano sacerdote accediera a las catacumbas selladas, sino que incluso le había facilitado el acceso. Había destruido el tabique para permitirle el paso, tal vez incluso le había explicado de alguna manera como moverse por el laberinto subterráneo. Y eso significaba que había estado abierto a la negociación, al menos en un principio. Una negociación que se había visto truncada, muy probablemente, por el desgraciado incidente de los Fearow.

Sin embargo, como bien había observado Arcapeon, Growlithe estaba comportándose de manera muy distinta a como, según les habían contado Hallorann y Tony, solía proceder en cuento a las profanaciones de su cementerio. En lugar de descargar sobre los infractores su despiadada y expeditiva justicia, estaba mandando por delante a su ejército de espectros. Un ejército que, por cierto, no parecía poder entrar en las casas y establecimientos o edificios públicos; a pesar de que era obvio que los fantasmas no solían tener impedimentos de ese tipo: Kira y Dulce habían accedido con el resto del grupo al interior del Centro Pokémon sin ningún problema.

― "No tiene el menor sentido ¿Cómo va uno a conquistar un pueblo en plena noche, con todo el mundo durmiendo, si no puede atacar a la gente en sus casas? ¿Por qué Growlithe no les deja hacer, y acaba con todo de una vez?"

Cuanto más meditaba sobre todo lo que los había llevado hasta allí, menos sentido le encontraba. Aun así, repasó los acontecimientos que habían tenido lugar a lo largo de aquella noche una y otra vez. Tenía que un rastro, por pequeño que fuera, que pudieran seguir. Una pista, un detalle. Un patrón. Era científica, se suponía que se le daban bien tirar de los hilos pequeños para desenredar madejas grandes.

Pero, para poder agarrarse a un patrón, necesitaba poder establecer una comparación entre dos elementos. Y los únicos que podían ofrecerle un punto de referencia, por vago que fuera, eran precisamente los otros espectros que componían aquel ejército de ultratumba. Como la escuadra de dragones.

La escuadra de dragones que les había dejado marchar, contra las órdenes del guardián.

O tal vez, precisamente, siguiendo las órdenes del guardián.

― Oye, Danniel… ¿tú recuerdas lo que nos dijo el capitán endrino cuando nos dijo que nos fuéramos?

―Sí ―confirmó el joven―. Nos dijo que fuéramos en busca del compañero de la Dama del Bosque Verde y averiguáramos qué quiere. Supongo que eso significa que, pese a todo esto, todavía está abierto a negociar, aunque no en los términos que había ofrecido a Fuji en un principio. O tal vez, después de todo, sí ha conseguido llegar a un acuerdo con Fuji, y llevamos toda la noche mareando al Pidgey estúpidamente.

Cristal sintió que algo de algo dentro de ella saltaba, como empujado por una especie de resorte. Un poco como cuando estaba en la escuela, y se daba cuenta de que se sabía la respuesta a la pregunta que el maestro acababa de hacer.

En realidad, ella ya había confrontado al guardián en persona. Había visto a aquel hombre alto, con gabardina y sombrero, envuelto en llamas heladas y sombras con vida propia. Había quedado atrapada en uno de aquellos incendios ilusorios; oído su voz tronando en su cabeza, respondiendo a una pregunta que ella le había hecho, todavía inconsciente de la importancia que podía llegar a tener para ella conocer la respuesta…

―Lo único que quiere el guardián es dormir… ―susurró. Se sentía como si las palabras salieran solas de su boca. Ni siquiera pudo percatarse de la reacción de Danniel, pero sí observó cambiar la expresión de Tony―. Dormir…

El Haunter emitió un sonido extraño, como un susurro estrangulado. Al parecer, estaba tan embargado por la emoción que casi se había olvidado de que la joven entrenadora solo podía entenderlo por telepatía.

No es la primera vez que Danniel y yo oímos eso. Cuando un muerto usa esos términos, está diciendo que desea trascender. Es decir, el sueño eterno… la muerte. Descansar en paz.

― ¿No es eso lo que nos dijo aquel tipo del Team Rocket en la Torre? ―preguntó ella, con tono dubitativo― ¿Qué Growlithe, en el fondo, era solo una pobre mascota que sigue de luto por su ama? ¿Es posible que eso sea lo que el señor Fuji le ha ofrecido a cambio de que no ataque Pueblo Lavanda?

Dulce negó con la cabeza, tristemente.

― El señor Fuji no puede ofrecerle eso al guardián ―dijo―. Ya has oído lo que dijo Tony… es el deber sagrado de Growlithe, su… conmutación de pena. Estará atrapado en Pueblo Lavanda… hasta el Día del Juicio. A menos que alguien ocupe su lugar.

En ese momento, el ceño fruncido por la concentración de Danniel empezó a disolverse lentamente en una expresión de impacto imprevisto, y sus ojos se fueron desencajando poco a poco de miedo y horror, como si estuviera comprendiendo algo terrible.

― No… ―musitó, con la mirada perdida― ¡No puede haber hecho eso!

La joven entrenadora no necesitaba mucho más para comprender a qué se refería.

Durante un instante, creyó notar que el suelo se hundía bajo sus pies, y todas las cosas se quedaban paralizadas. Según Tony, el anciano sacerdote tenía como intención proponerle a Growlithe convertirse él mismo en guardián del cementerio; se suponía que, si este aceptaba el relevo, la confrontación tenía que acabarse ahí. El gran problema era que nadie sabía a ciencia cierta si era posible para un vivo desempeñar una labor como esa, razón por la que los Torrance temían que el señor Fuji estuviera jugándose la vida con aquella propuesta.

Sin embargo, volvían una y otra vez al mismo punto: el desastre que se cernía sobre Pueblo Lavanda no estaría teniendo lugar si el traspaso de poder se hubiera realizado adecuadamente. Tal vez el plan del sacerdote había sido ese cuando se dirigió hacia el Memorial hacía unas horas; pero era obvio que había necesitado modificarlo sobre la marcha, puesto que no había llegado a tiempo de evitar que los daños ocasionados a la Torre Pokémon colmaran definitivamente la paciencia de Growlithe. Y, sin embargo, la hecatombe no parecía terminar de consumarse, así que era obvio que habían llegado a un acuerdo, del tipo que fuera.

Un acuerdo que había permitido a los seis pokémon del equipo Fuji salir de las catacumbas; pero no a su entrenador. El sacerdote había encarado directamente al guardián y se había desplomado en sus brazos. Y, desde entonces, no había vuelto a ser atacado; hasta que el guardián consideró que el pacto se había roto. Y, aun entonces, aquellos pokémon habían sobrevivido a su descenso a las cámaras selladas bajo el Memorial; pero el sacerdote no había salido con ellos. Había tenido que quedarse allí.

La conclusión que se desprendía de aquel razonamiento no podía ser más obvia.

― ¿Crees…? ―titubeó, con un hilo de voz. Y, aun así, su voz pareció oírse en toda la calle vacía― ¿Crees que Fuji se ha ofrecido a sí mismo… a cambio de todos nosotros? ¿Su vida… a cambio de todas las vidas de la gente de Pueblo Lavanda, con la única condición de que permanezcan en el interior de sus casas?

Danniel, temblando de pies a cabeza, se dejó caer al suelo. Permaneció un rato allí, aún más blanco de lo que lo había estado tras el ataque de Cross Kyo, con la mirada perdida en el infinito. Tony, preocupado, levitó hasta él y flotó a su alrededor, pero no consiguió hacer que reaccionara. Y los pokémon del señor Fuji aguardaron en silencio, sollozando ligeramente. Era como si, desde el momento en que descubrieron que habían salido de los túneles, y que su entrenador no estaba con ellos, estuvieran haciéndose a su destino. O, tal vez, como Cristal, estaban tan desarmados que no sabían cómo reaccionar. O, como Danniel, ni siquiera les quedaba algo dentro del corazón que les permitiera echarse a llorar para aliviar su pena.

Sin embargo, ella seguía percibiendo algo extraño en aquella conclusión. Una especie de cabo suelto en el patrón.

El hecho de que el señor Fuji hubiera entregado su vida a cambio de la de sus vecinos no explicaba que aquella modesta partida de rescate estuviera siendo acosada de aquella manera. Varios espectros, incluido el mismísimo guardián, la habían conminado a marcharse; un punto que encajaba con todos los demás Sin embargo, los ninjas del clan Kyo habían hostigado personalmente a Danniel y Tony Torrance. Y las tropas endrinas que los habían asaltado a la salida del Centro Pokémon los superaban en número; podrían haberlos pasado por las armas con mucha facilidad.

En lugar de eso, los habían dejado marchar tras ser derrotados en un combate pokémon. Y les habían conminado a ir a encontrarse con el guardián. Como si, pese a todo, hubieran estado abiertos al fracaso; como si este fuera solo una contingencia a tener en cuenta desde el principio.

Ahora que pensaba en ello con algo más de calma, sin tener delante a un ejército de sombras armadas con katanas, su actitud le recordaba bastante a la reacción de Lance al perder su combate contra ella por el título de Campeón. Había desencadenado todo su poder contra ella, y había fracasado; pero estaba más contento por haberla visto triunfar que frustrado por haber perdido.

Y, hablando de perder, también ella había perdido un combate importante aquella noche: el combate en sueños contra Mazakala Hallorann. No obstante, él había aceptado sentarse a contarles lo que sabía sobre la Torre, porque ella se había rendido por amor.

Por amor. Igual que Fuji, que parecía haberse entregado voluntariamente a la Muerte en persona por amor; a sus pokémon, a la gente que lo había acogido sin hacerle preguntas sobre su turbio pasado al servicio de Giovanni Sakaki. Igual que Yellow del Bosque Verde, y que Rojo el Vengador. Y, de hecho, igual que el propio Growlithe.

Sí, había encontrado un hilo del que podía tirar. Growlithe estaba abierto a fracasar, porque deseaba volver a encontrarse con su entrenadora, él era el primero que desearía poder abandonar Pueblo Lavanda y seguir a Yellow al Más Allá; aunque, claro, su deber como guardián lo mantenía atado a este plano. Ella no sabía de dónde venía la tradición ancestral a la que los Tamamuchi se habían acogido para; pero tal vez estuviera relacionada con algún primitivo culto a Arceus o a Giratina de la zona este de Kanto. Entonces, ¿por qué el anciano y cansado espectro se aferraba a su posición, hasta el punto de preferir exigir la sangre de un sacerdote honrado, de un buen hombre, a desprenderse por completo de aquella cadena que lo lastraba? ¿Desconfiaba de los lavandeses o, más concretamente, de Fuji, por haber fracasado la hora de proteger la Torre Pokémon? Aquello tenía sentido, desde luego. Pero no explicaba el porqué del odio que parecía manifestar hacia los Torrance ¿Era porque trabajaban en la Torre de Radio, o por el hecho de que llevaban toda la noche intentando obstaculizarle? ¿O era porque Danniel era, como había dicho el soldado endrino, un "traidor a su señor", quien quiera que fuese? Eso también tenía sentido. Pero ninguna de las dos teorías podía explicar por qué los habían dejado marchar tras ser derrotados.

Estaba segura de ir más o menos por el camino correcto, pero tenía la cabeza hecha un auténtico revoltijo.

― Danniel, ¿no te parece extraño que los soldados endrinos no nos hayan exigido que nos rindamos, como ha hecho este Gastly? ―preguntó, finalmente. Tal vez, verbalizando lo que pensaba, conseguiría que sus pensamientos acabaran de fraguarse y pudiera distinguirlos entre sí―. Es más… si Fuji está, o ha estado, en el Memorial ¿por qué nadie nos ha dicho lo que ha sido de él? Empezaron diciéndome a mí que me marchase. Puedo entender eso. Pero es que ahora van y nos dicen precisamente lo contrario. Ni siquiera este Gastly, que supuestamente pretende desmoralizarnos, nos ha dicho claramente lo que está pasando allí abajo… a pesar de que, tal vez, esa sea precisamente la mejor manera de conseguir que lo dejemos estar: saber que no podemos salvar al señor Fuji, y que estaremos saltando al vacío en balde ¿Le ves algo de sentido a eso?

El joven la atravesó con una mirada fría y torva, que le recordó de inmediato al acceso de impotencia y cólera que había empujado a Tony a evolucionar. Pareció meditar lo que la Campeona la estaba diciendo durante unos instantes; pero, finalmente, acabó por decir, muy despacio, como si tuviera que vencer a una resistencia terrible dentro de él:

― No. No le veo sentido. Nada de esto parece tener una explicación racional, ni siquiera dentro de irracional. Es posible que, simplemente, el guardián considere, por la razón que sea, que está haciendo lo correcto… pero eso no me va a impedir hacer a mí lo que yo creo correcto: entrar a esos malditos túneles y a sacar de allí al señor Fuji, vivo o muerto. Luego, que el guardián haga lo que quiera conmigo… pero he dicho que no pienso volver a eludir las responsabilidades que conlleva ser clarividente, y me considero juramentado. Growlithe va tener que entenderlo: si él tiene un deber que cumplir, yo también.

Tony asintió apasionadamente en su ininteligible lenguaje de susurros, dejando más que claro que su entrenador había dicho, precisamente, todo lo que hubiera podido decir al respecto él mismo. Dulce también asintió, y de repente, en su seriedad, parecía más que nunca una exorcista humana; pero en sus rasgos se entreveía, de alguna manera, un aire vulpino que hacía más evidente que nunca que no lo era.

― Incluso según las antiguas tradiciones… anteriores al pacto de fundación de Pueblo Lavanda… estáis totalmente en vuestro derecho a entrar al cementerio… a rescatar o dar sepultura a un cadáver ―sentenció, agitando sus amuletos sobre el Gastly inconsciente―. Nadie debería poder impedíroslo. Si el señor Fuji está muerto… el guardián debe dejaros entrar a recuperar su cuerpo…

― … y, si no lo está, no podemos dejarlo allí ―terminó Cristal, asintiendo también. Se sentía algo mareada todavía, posiblemente estuviera tan pálida como Danniel, aunque consiguiera mantenerse en pie apoyándose en Arcapeon―. Es más: ni siquiera estamos del todo seguros de qué trato ha podido hacer con el guardián en realidad. Se supone que la situación no nos incumbe, pero estamos cargando con las consecuencias más que nadie… nada puede quitarme de la cabeza que hay algo aquí que no cuadra ¡Como Campeona, no puedo irme de Pueblo Lavanda sin haber resuelto este caso o, al menos, con los detalles necesarios para elaborar un informe al respecto y tomar medidas! Si al señor Fuji le pasa algo esta noche ahí abajo, es mi deber responder de ello, y no puedo responder de algo que no conozco.

Estaba empezando a hablar como una auténtica Campeona, a pesar de que seguía sintiendo que el traje le venía grande. De hecho, llevaba ya un buen rato actuando más como tal que como la científica que había salido de Pueblo Primavera, y que había estado convencida de ser durante toda su aventura. No le costaba mucho imaginarse a Lance diciendo algo por el estilo cuando le llegaron noticias de que estaban pasando cosas extrañas en el Lago de la Furia y, más tarde, de que el Team Rocket había tomado la Torre de Radio de Ciudad Trigal. De repente, se encontró preguntándose qué clase de personas habían estado en el cargo antes que Lance, a quién había necesitado vencer su ahora predecesor para sentarse en el trono de la Liga Añil en su día ¿Había sido un guerrero, como él? ¿O alguien que se sentía más bien un apasionado del conocimiento, como ella misma[2]?

Estas ideas pasaron por su mente a la velocidad de un relámpago, pero solo se detuvo en ellas a medias. No podía permitirse hacerlo. Ya estaban empezando a considerar la posibilidad de tener que llegar demasiado tarde.

Además, también estaba el equipo del señor Fuji. Era obvio que estaban agotados; por el combate, por el asalto mental sufrido y por la pena. Y tampoco estaba del todo segura de que hubiera realmente algo que echarle en cara a aquel Gastly, que debía de ser el único ser abiertamente al servicio del guardián que no había intentado matarlos descaradamente.

Dubitativa, con todo el tacto y la cortesía que pudo, se acercó al anciano Alakazam y le tomó cariñosamente la mano. Este se sonrojó un poco, repentinamente nervioso, pero no pareció tomárselo como una falta de respeto, y sus compañeros de equipo, a su alrededor, se rieron entre dientes.

―Escuchadme… debéis iros al Centro Pokémon, todos juntos, y quedaros allí hasta que estéis descansados ―la Crobat y el Marowak emitieron exclamaciones de protesta, pero Alakazam la escuchaba atentamente, sin decir palabra―. Seguro que al señor Fuji le tranquilizará saber que sus compañeros están bien, y en buenas manos. Además, así podréis ayudar a vuestro entrenador, protegiendo a la gente que está alojada allí si es necesario: la enfermera Joy está despierta y de servicio, esperando a que volvamos, y va a necesitar todos los refuerzos con que pueda contar ¡Y también necesitamos que alguien que sabe cómo funcionan las cosas vigile a este elemento cuando se despierte!

El pokémon la miró atentamente a los ojos, como había hecho su congénere en la Torre Pokémon durante el combate ceremonial. A pesar de su aspecto cansado y avejentado, había una fuerza inusitada en la mano que estaba sosteniendo, y en su mirada reflejaba una inmensa energía, con una potencia estremecedora. Unos instantes después, su severa expresión se dulcificó un poco, y asintió solemnemente.

Entonces, el anciano Alakazam le hizo una seña al resto de su equipo, que asintieron uno a uno, con expresión más o menos vacilante. Luego, le dijo algo a Cristal en su extraño lenguaje, con tono serio, antes de inclinarse ante ella respetuosamente. Y, sin decir nada más, tomó el camino hacia el Centro Pokémon, y sus cinco compañeros lo siguieron, renqueantes (el Marowak necesitó apoyarse en Golduck para caminar, y el vuelo del Pidgeot y la Crobat era más bien lento y torpe; Nidoking parecía ser el único con fuerzas suficientes para acarrear al Gastly desmayado).

Hasta que no doblaron la esquina y desaparecieron de su vista, la joven Campeona no se percató de que había estado aguantando la respiración. Paseó la mirada de estupefacción por cada uno de sus acompañantes, hasta que Dulce respondió a la pregunta que, al parecer evidentemente, se le asomaba a los ojos.

― Alakazam Fuji dice que es obvio que la… nueva Campeona de la Liga Añil es una digna sucesora del… señor de los dragones, y que, si hay alguien en Pueblo Lavanda que puede… ayudarnos a todos, son ella y los hermanos Torrance. Deja en vuestras manos esa misión.

Cristal se estremeció, súbitamente consciente de lo que en realidad acababa de ocurrir allí.

¿Acababa de superar otra prueba?

Algo se estremeció en su interior al pensar en ello.

Entonces, se le ocurrió una idea peregrina, absolutamente descabellada, que pasó por su cabeza como una exhalación, iluminando a su paso todo lo que había estado intentando leer entre líneas desde que había salido del Centro Pokémon. Bajo la luz de aquella especie de cometa fugacísimo, todo tenía sentido. El problema era que, pasado unos instantes, la ocurrencia le pareció tan imposible, tan delirantemente absurda, como la idea de que pudiera haber un pueblo entero construido sobre un cementerio.

Tony y Danniel la observaban con idéntica expresión de interés, mientras ella sacudía ligeramente la cabeza, preguntándose si se habría vuelto loca durante un instante.

― ¿Qué pasa, Cristal? ―inquirió Dulce, escrutando su rostro― ¡Parece que hubieras visto un Magikarp de tierra!

La joven entrenadora se rio de la comparación.

― Oh, nada… es que, durante un momento se me ha ocurrido pensar… pero es una tontería. Creo que, de tanto buscar patrones, acabo inventándomelos sin querer.

― ¿Pues sabes qué? ―comentó el periodista, con un tono casi hosco por la frustración― Creo que, si hay algún momento para las ocurrencias desquiciadas, es este. O bien el señor Fuji ha muerto, o bien vamos a morir todos esta noche… así que no creo que una tontería o dos puedan decidir el rumbo de la situación.

En tanto científica, no estaba demasiado habituada a una manera de pensar como aquella: en el mundo en el que ella había vivido antes de salir de Pueblo Primavera, no solo el margen de error era un factor que era necesario reducir lo máximo posible, sino que, muchas veces, era preferible callarse y parecer ignorante o incompetente a hablar más de la cuenta y demostrar ignorancia e incompetencia. Vivía ateniéndose a las pruebas. Incluso en sus combates pokémon, tendía a calcular al milímetro cada movimiento que realizaba y cada riesgo que corría; aun inconscientemente, como le había señalado Hallorann en la Torre.

Claro que, según había leído también en alguna parte, una imaginación desbordante era, muy a menudo, lo que distinguía a un científico realmente bueno de un científico genial. El profesor Oak era, además de estudioso de la fauna pokémon, un excelente divulgador y poeta. Y estaba más que acostumbrada a toparse con ejemplos de grandes exponentes de la ciencia a nivel mundial, que incluso habían hecho Historia en sus respectivos campos, que habían conseguido romper las barreras de lo posible y lo imposible, precisamente, porque se habían atrevido a tomarse en serio algunas de sus propias locuras.

Aun así, también era muy consciente de la necesidad de expresarse de una manera que pudiera hacerse entender desde fuera. No podía agarrarse solo a sus propias impresiones respecto a los encuentros sucesivos que había tenido desde que llegó a Pueblo Lavanda.

― Veréis… estoy pensando en el combate que tuve contra Hallorann en la Torre Pokémon ―empezó―. Quería combatir contra mí para conocerme… para ver, por medio de mis decisiones durante el duelo, qué clase de persona era. Y perdí. Bueno, más bien, me rendí. Porque no quería poner en peligro a ninguno de mis pokémon. Para protegerlos, estuve dispuesta incluso a prescindir de la ayuda de Hallorann en aquel momento. Pero luego resultó que aquella decisión era, precisamente, la que mejor le habló de mí a Hallorann, y la que lo hizo decidirse a ayudarnos. Es un poco como lo que ha hecho el señor Fuji ¿no? Arriesgarlo todo, renunciar incluso a parte de sus pretensiones, para proteger a sus pokémon. Para asegurarse de que regresarían sanos y salvos. Lo que se me ha ocurrido es… si no sería posible que, efectivamente, sea así. Si el guardián no estará poniendo a prueba a Fuji, o incluso a la gente de Pueblo Lavanda en general.

Tony y Danniel se miraron, con una expresión que podía ser tanto de sorpresa como de conmiseración, y Cristal luchó contra su propia mente para no sentirse estúpida. Sin embargo, tras unos minutos de silencio desconcertado, ambos fruncieron el ceño y volvieron a mirarse, esta vez casi iintensamente. Tal vez, conversando de nuevo. No daban la impresión de pensar que la Campeona de la Liga Añil estuviera desvariando; al contrario. Finalmente, el periodista la miró directamente a los ojos, con una mirada que parecía hecha de esquirlas de hielo:

― Tomemos esa teoría ―dijo, despacio―. Vamos a examinarla. A contrastarla con los hechos que conocemos. El comportamiento del guardián es sumamente contradictorio. Sus huestes de espectros cuentan con el suficiente margen de libertad como para actuar por su cuenta, y él no parece especialmente dispuesto a obligarles a responder de sus evidentes fracasos. Es obvio que, bien su capacidad de acción tiene un límite, bien no tiene tanto interés como pretende tener en impedirnos llegar hasta él.

Dulce seguía la conversación en silencio, levitando distraídamente, observando el punto del suelo donde se había acostado Kira. Fue ella la que acabó por sacar las conclusiones que se desprendían de aquellos razonamientos.

― Parece que, en cualquiera caso… no tenemos elección ¿verdad? ―tanto los pokémon como los humanos se quedaron mirándola, y ella les devolvió la mirada, serena pero firme, un poco cargada de preocupación, pero resuelta― Aunque no sabemos qué vamos a encontrarnos allí… ni si Growlithe nos permitirá siquiera llegar vivos hasta Fuji… tenemos que bajar a las Catacumbas… e intentar traerlo de vuelta.


Ya me conocen: si no hago referencias, no soy yo (pero queredme igual, por favor ^^)

1_Sí, es una referencia a Pokémon, la película: Mew vs. Mewtwo.

2_Tengo entendido que, en los mangas, el profesor Oak ha sido campeón de la Liga Pokémon.


Notas finales

Y cuando parecía que la situación ya estaba clara, y que lo único que quedaba por hacer era llegar hasta el Memorial y rescatar al señor Fuji... resulta que es posible que todavía falten ingredientes en la ensalada. Para empezar, es posible que Fuji lleve varias horas muerto. Para seguir, Kira se ha marchado. Sin embargo, nuestra Campeona de Johto está convencida, por primera vez en toda la noche, de que está haciendo precisamente lo único que realmente se puede hacer. Y Danniel y Tony parecen estar relacionados con su misión de alguna manera que no alcanza a discernir todavía ¿Qué tiene el guardián contra el equipo Torrance? ¿Dónde está Kira, y por qué no ha conseguido trascender todavía? Se aceptan teorías de los lectores; pero, para saber si son ciertas, el relato debe continuar. Y continuará...