Capítulo 1: un nuevo día

Escuela Bismarck sede principal, ciudad de Tsu, prefectura de Mie, 0400 am.

El sol aún no había salido, pero en el horizonte ya se podía vislumbrar sus primeros rayos, aclarando un poco el cielo sobre la bahía de Ise y sus inmediaciones. Aparte del ruido lejano producido por los barcos y los aviones comerciales, en las inmediaciones de la Escuela reinaba una agradable calma matutina, ambientada con el apacible canto de las aves que salían en aquella hora y con el rumor del viento por entre los árboles y arbustos, que de nuevo empezaban a florecer, calma que solo era levemente interrumpida por el paso de algunos pocos vehículos que ya circulaban por los alrededores. Una débil capa de niebla se levantaba sobre las calles y campos de la Escuela y sus alrededores, cubiertos aún de nieve que poco a poco iba derritiéndose, dando paso lentamente al verdor primaveral. El clima era frío, no tan helado como en el apogeo del invierno, pero lo suficiente como para mantener a todos metidos plácidamente entre sus sabanas, descansando tan cómodamente como para preocuparse por lo que pudiera venir.

La mayoría de los jóvenes estudiantes de la Escuela Bismarck no eran ajenos a esto, novatos y veteranos distribuidos por igual en literas y algunas camas individuales, yacían bajo sus cobijas térmicas como niños pequeños perdidos entre inocentes sueños. De hecho, muchos de ellos, a pesar de no estar exentos de la impureza y depravación típicas del hombre en su transición a la madurez, seguían siendo en su alma unos niños, materia prima en espera de ser forjada para llegar a su forma óptima. En realidad todos lo eran, hasta los más veteranos, aún debían ser forjados en la dureza que solo puede imponer la marcialidad, proceso que como era obligatorio, era momento de poner en marcha. En esa misma hora, por toda la Escuela retumbó el toque de diana que indicaba el inicio de la jornada, seguido de las notas solemnes del Kimigayo, transmitidas por varios parlantes a un volumen lo suficientemente fuerte como para que se escuchara en los alrededores con claridad. Al mismo tiempo las banderas del país, la prefectura, la ciudad y la Escuela eran izadas por un grupo de estudiantes de la Policía Militar, mientras que en cada una de las barracas que albergaban a los jóvenes, los miembros del cuerpo de instrucción pasaban de piso en piso dando órdenes a los muchachos con gran autoridad y estruendo:

- ¡A despertar, holgazanes, la jornada es larga y el tiempo apremia! ¡Tienen quince minutos para arreglarse y arreglar el piso! – Eran las palabras que todos los instructores repetían, de manera más o menos idéntica, por todos los pisos de cada barraca.

En el cuarto nivel de una de aquellas barracas, un joven blanco y de cabello negro, cortado a la usanza de las academias militares, había abierto sus ojos marrón claro desde el momento en el que sonaron las primeras notas de la corneta, y para cuando los instructores llegaron ya estaba fuera de su cama, al igual que otros pocos estudiantes. Estaba somnoliento, sensación que fue parcialmente eliminada en cuanto puso sus pies descalzos sobre el frío suelo de la barraca, pero lo que realmente terminó de despertar a Shusaku Kagawa, fue la realización de los deberes que le habían sido encargados. Los instructores, en su mayoría exmilitares y ahora pertenecientes a la reserva de las Fuerzas de Autodefensa, se paraban en los pisos que tenían asignados, cerciorándose de que todos los estudiantes se levantaran y quedaran dispuestos para la jornada cotidiana, pero hasta allí llegaba su tarea, pues la labor de dirigir personalmente a la gran mayoría de jóvenes, recaía en otros jóvenes, un grupo selecto de chicos que habían sido clasificados como oficiales y suboficiales; cargos que, si bien no tenían ninguna vigencia fuera del claustro, dentro de este y frente a otros iguales a este resultaban de gran importancia. Kagawa era parte de este grupo; siendo líder del primer pelotón de infantería, el chico poseía el rango de teniente o leutnant, denominación acorde con la temática de la escuela.

Es por esa misma razón que Kagawa no perdió el tiempo; sin esperar aviso, alistó sobre su cama el uniforme escolar y sus utensilios de limpieza personal, y después empezó a recorrer de un extremo al otro el relativamente espacioso piso asignado a su pelotón, empezando por su derecha, con el fin de supervisar a los jóvenes a su cargo, animando a su gente a levantarse, e interviniendo las veces que fuera necesario en asistencia de los suboficiales que, a pesar de su juventud, movían a los rasos con gran autoridad, aunque con cierta dificultad. Después de todo, una buena parte del pelotón consistía de jóvenes recién ingresados a la Escuela, novatos que debían ser tratados con dureza, no por rencor o diversión, sino por su propio bienestar. El primer suboficial al cual se acercó para brindarle su ayuda, aunque también para charlar un instante, fue al unteroffizier Gotoku Wada, líder de la primera escuadra, ubicado en a tres literas de la cama del oficial, el cual se encontraba un tanto atareado, dictando órdenes a la vez que preparaba sus utensilios de limpieza personal y el uniforme. Kagawa lo vio con simpatía, pero solo en sus ojos se podía leer aquel sentimiento pues mantuvo el resto de su rostro con una expresión seria, y seguidamente le dirigió la palabra:

- ¡Unteroffizier Wada! Parece que tiene algunos problemas – le dijo con seriedad y jovialidad disimulada.

La respuesta del aludido fue inmediata:

- ¡Buenos días, señor! No se preocupe, puedo con esto – Dijo, sin poder dirigirle la mirada – Con el debido respeto, encárguese del resto de la unidad, señor. Le garantizo que mis muchachos estarán limpios y listos en unos instantes, no se preocu… ¡Oye, levanta a ese holgazán! ¡No me importa cómo, sácalo de la cama de una vez por todas! – Exclamó dirigiéndose al único joven raso de su escuadra que hasta el momento se había levantado con mucha dificultad.

Volviendo su atención hacía Kagawa, esta vez encarándolo, trató de disculparse pero fue tranquilizado por el oficial:

- Tranquilo, Gotoku – le dijo amablemente, en voz baja. Posteriormente dijo, en un tono más alto – Yo guío el camino, sargento.

Kagawa ponderó por un instante que curso de acción debía tomar; a pesar de que en teoría aún tenían suficiente tiempo, el oficial sabía que este debía de aprovecharse al máximo, y debía ensañarles eso mismo a estos chicos de una forma u otra. Habiéndose tragado cualquier reticencia ante lo que iba realizar, pasó por el lado de cada litera, y sin detenerse más tiempo de lo necesario, haló a sus respectivos ocupantes, sacándolos de las camas, procurando que no cayeran de mala forma al suelo, a la vez que los arreaba con fuerza y firmeza, con una sola orden: "¡Arriba!". Lo seguía Wada, que se encargaba de levantar a los estupefactos y parcialmente despiertos novatos, a la vez que repetía la orden de su oficial superior, más unos insultos sutiles agregados por él.

De esa forma prosiguió Kagawa por las cuatro literas ocupadas por la primera escuadra. Pasó de largo por la última litera de su derecha, y se dirigió a la fila de camas de su izquierda, atravesando un pasillo ocupado por un largo escritorio, y reinició su "programa" con los demás estudiantes, aunque se demoró menos, pues ante el ejemplo que acababa de dar el oficial, los otros líderes de escuadra se aprestaron para hacer lo mismo con los chicos a su cargo. Habían transcurrido dos minutos y medio, tiempo que en opinión de muchos jefes, Kagawa incluido, era inaceptable, más el joven oficial había cumplido su objetivo. En cuanto terminó con la segunda fila, se plantó ante la puerta de entrada de la habitación, y ordenó a su pelotón que se formara a un lado de las camas, orden obedecida de inmediato. Sin esperar otro segundo, se dirigió a la unidad con voz alta y clara:

- ¡Muy bien, manada de simios inútiles! Ya perdieron casi tres minutos por culpa de su holgazanería. Es una vergüenza que se hagan llamar estudiantes de la Escuela Bismarck. Por su propio bien, ¡Que esta sea la primera y última vez que hacen esto! – Hizo una breve pausa – Por lo pronto, todos entrarán de inmediato a bañarse y se organizarán todo sin más demora ¡Vamos! ¡Vamos ¡Vamos! – Concluyó.

En cuanto terminó, trotó hacia la puerta del baño, ubicada en el otro extremo de la habitación, y se plantó a un lado de esta, listo para entrar después de los muchachos que lo seguían muy de cerca, y que por efecto de la presión de sus líderes de escuadra, entraban con premura en el baño procurando no quedarse atrás y recibir el regaño de los superiores. En cuanto Kagawa se dispuso a entrar, sin embargo, cayó en cuenta de que no tenía a mano sus utensilios de limpieza, pues en el afán de dar ejemplo a la unidad los había dejado sobre su cama. No lo pensó mucho y emprendió una corta carrera hacía su lecho y de vuelta al baño, mientras se decía a si mismo con buen humor y una sonrisa en su alma:

- Que buena forma de iniciar el día.

Al mismo tiempo, en el segundo piso de otra barraca ubicada unos metros al sureste, el proceso se repetía, esta vez de una forma un poco más efectiva, pues los muchachos en este edificio, con mayor afán salieron con rapidez de sus camas. Uno de estos, un chico pálido ubicado en la cama baja de la segunda litera desde la izquierda, se incorporó con rapidez en cuanto escuchó los gritos proferidos por los instructores. Aún tenía los ojos cerrados, y aquello, en combinación con el movimiento súbito, evitó que pudiera calcular bien sus movimientos, provocando que golpeara su cabeza de grises cabellos con considerable fuerza contra la cama de arriba. El chico cayó sobre su cama adolorido y con sus ojos grises abiertos de par en par, y para su desgracia, también con una sensación de gran ira que le era imposible aplacar. Tsutomu Nishikawa estaba a punto de perder el control de sí mismo, cuando cayó en cuenta de que con una de sus manos apretaba fuertemente su oso Boko, y con ello bastó para que en un instante su cordura regresara. Se levantó de inmediato de la cama, con una expresión que reflejaba una gran pena e inmediatamente observó a sus alrededores, cerciorándose de que nadie hubiera notado su dilema, lo cual no había ocurrido para alivio suyo. Pero su tranquilidad, dejando de lado el estrés que generaba el trajín de la rutina marcial, fue de corta duración.

Cuando estaba alistando sus implementos de limpieza, su compañero de litera, un coreano de nombre Seung Hui Moon, lo llamó por su apellido para increparlo con cierta molestia. Nishikawa, sintiendo que estaba directamente detrás suyo, volteó para encarar al joven:

- ¿Qué quieres? – Respondió Nishikawa con tedio, en aquel momento no tenía ganas de lidiar con casi nadie.

- Nada más que no vuelvas a golpear la cama por debajo. Así este paso voy a necesitar de esos pocos instantes de sueño – Dijo Moon, con un más que fingido tono de necesidad.

- Mira, si no quieres que interrumpa tu paja matutina, solo tienes que acceder a darme la cama de arriba, ¿Trato hecho? – replicó Nishikawa, con educación, esperando que este fuera el final de aquella discusión.

- No, no te la voy a dar, me gusta dormir arriba. Además, no estoy tan desesperado para hacer esas cosas. – Le dijo Moon, esta vez con cierta molestia. Nishikawa empezó a perder la paciencia, y en consecuencia, decidió emplear otro tono con su insistente compañero - ¡Dame la puta cama de arriba y te ahorrarás problemas, ¿quieres?! – Dijo con firmeza, pero manteniendo un tono bajo, esperando evitar cualquier inconveniente con sus superiores, aunque era tarde, pues su discusión no pudo pasar desapercibida de su superior más inmediato, el unteroffizier Keigo Tanaka, líder de la tercera escuadra, a la cual pertenecían tanto Moon como Nishikawa.

- ¡Que carajo se traen ustedes dos, eh! – Les dijo el suboficial, procurando sonar con autoridad, aunque la verdad lo que denotaba era pereza.

Los dos chicos aludidos se pusieron firmes y saludaron al sargento, luego de lo cual, cada uno, procedió a dar una explicación; Moon se adelantó para disimular que todo estaba bien, pero fue interrumpido por su compañero:

- Señor, ¡Permiso para tomar la cama superior de la litera! – Exclamó Nishikawa.

Tanaka los miró por un instante, antes de poner una cara de fastidio:

- No puede ser que estén discutiendo por estas cosas, y en este momento además. Dejen eso para más tarde, nada más avísenme con tiempo, después de todo, tengo que informar del cambio al teniente – Hizo una pausa, y volteó a mirar hacia la puerta de la habitación, en donde, adelante del instructor, se acababa de plantar el comandante del tercer pelotón, un teniente con mirada dura y orgullosa. Tanaka observó a los chicos una vez más, antes de dirigirles unas pocas palabras en voz baja. - Hablando del diablo – Dijo, y seguidamente procedió a inspeccionar con rapidez a los ocupantes de la última litera a la derecha de la actual.

Sin embargo, antes de que Tanaka pudiera seguir con su labor, el oficial de apellido Tojo, como si supiera que aquel grupo de chicos hablaba sobre el (Aunque tal vez solo fuera el hecho de ver a tres de sus subordinados conversando en medio de la etapa más crucial del día lo que llamó su atención), caminó rápidamente hacia ellos.

Su rostro enfurecido no dejaba duda sobre sus intenciones, pero aquel joven teniente sintió que no era suficiente:

- ¡¿Qué creen que hacen gusanos inmundos?! ¿Acaso tienen permitido socializar en este momento? ¡ALISTENSE SIN TARDANZA, BASTARDOS SIN VERGÜENZA! – Rugió el oficial, luego de lo cual hizo una breve pausa, con la cual solo agravaba su regaño – Estoy seguro de que tendrán suficiente tiempo para ponerse al día esta noche, cuando tengan que limpiar los baños. ¡Así es! ¡Tendrán el honor de realizar el primer levantamiento de mierda del año! ¡Pongan buenas caras y agradezcan, pendejos! Por fin tendrán un motivo para enorgullecerse de sus miserables intentos de vida.

Sin nada más que decir, el teniente partió de allí rumbo a propinarle otro regaño a un grupo de estudiantes que se había agrupado para ver y reírse de aquel acontecimiento con el que abrían su día, sin sospechar que a ellos también les iban a pagar con la misma moneda. En cuanto a los protagonistas, se limitaron a proseguir con sus cosas, procurando por prudencia no intercambiar palabra alguna por el momento.

Y es que aquello no le sentaba bien a Nishikawa, pues no siempre tenía disposición o paciencia para hablar sandeces con la gente a su alrededor; tampoco tenía paciencia para ese tipo de regaños (Y para la furia de los demás en general) y sin ningún problema, podría tomar a ese oficial y hacerle tragar su orgullo, junto con un poco de sangre y algunos dientes. Pero incluso la sola idea de hacerlo le disgustaba aún más. Para fortuna suya, no estaba lo suficientemente estresado y despierto como para ponerse en aquel plan, mejor aún, tenía motivos para desestresarse y pensar en cambio sobre el día que le deparaba, o más bien un solo motivo: su oso Boko y por consiguiente, el recuerdo que este evocaba: el de su hermano, que hacía unos años también había recorrido ese mismo camino. En cuanto se dictó la orden de entrar a las duchas, Nishikawa se apresuró a entrar en esta, a punta de empujones e insultos contra otros de sus camaradas del pelotón apiñados en la entrada del baño, siendo así el primero en entrar. Dejó por un instante que el agua helada cubriera todo su cuerpo, a la vez que el estrés y la pesadumbre se desvanecían como la mugre. Aunque al igual que la mugre, estos volverían a presentarse en algún momento del día.

Si bien era cierto que en cada barraca el proceso era el mismo, en cada una tomaba una forma diferente: en algunas era más estricto, más rápido o más formal que en otras. Sin embargo, en algunas aquel proceso se tornaba en una extraña mezcla, como un punto medio. En aquellos lugares reinaba una bizarra combinación de la más absoluta rigidez y formalidad junto con la más abyecta laxitud e informalidad; en aquellos lugares no era posible distinguir entre rapidez o lentitud, todos iban a un ritmo que sin embargo, podía ser descrito sin lugar a dudas como efectivo. Este era el ambiente predominante entre los ocupantes del quinto piso de la barraca de la compañía de tanques medios. Pese a estar recién levantados, ya habían adoptado la actitud mecánica pero ágil que caracterizaba a los muchachos de la rama blindada. Pero como suele ocurrir, siempre hay entre un grupo de personas una que se convierte en la excepción, no por ser el más sobresaliente de todos, todo lo contrario, sino por no funcionar ni mantenerse al ritmo del resto, algo que en otros ámbitos se denominaría como anomalía. Esta anomalía en específico tenía la forma de un chico escuálido, de piel ligeramente opaca y cabello castaño oscuro, sentado, con sus piernas aún bajo la sabana, en la cama baja del tercer camarote desde la derecha de la puerta principal.

La mente de Saigo Chiba oscilaba entre el sueño y la pereza, y apenas si tenía sus ojos marrones abiertos; en el fondo era consciente de que debía apurarse, pero una parte de si le impedía moverse. Con lentitud ponderaba cuál sería su siguiente movimiento, pero apenas si tambaleaba su cabeza de manera inconsciente, otro resultado de la pereza. Aquella situación suya, por supuesto, no estaba destinada a durar, no mientras estuviera bajo el cobijo de los chicos del arma blindada. Desde su izquierda, sin que Chiba hubiera podido notarlo, la mano fuerte de un suboficial, impactó contra su brazo, empujándolo. Antes de que el adormilado chico pudiera siquiera asimilar lo que le pasó, fue tomado de los brazos, zarandeado y posteriormente puesto de pie sobre el suelo por su superior más inmediato, el unteroffizier Takahashi Onoda, uno de los primeros en aquel piso en levantarse, y posiblemente la persona en todo el recinto que menos tenía paciencia para este tipo de retrasos:

- ¡DE PIE IDIOTA! – dijo, con un grito que estremeció toda la habitación, llamando la atención de todos los presentes.

Chiba, finalmente despierto, tuvo la sensación de que todas las miradas a su alrededor caían inquisitivamente sobre él. Le pareció percibir murmullos y sonrisas burlonas de algunos de sus compañeros tanquistas que se encontraban cerca; no le importaba si sus sentidos lo habían engañado, para ese punto era obvio que estaba en problemas. No pudo evitar sonrojarse de la vergüenza, recriminándose en su fuero interno sus faltas. Al mismo tiempo, Onoda siguió regañándolo, esta vez presionándolo para que se alistara sus implementos de aseo y el uniforme, sin ninguna intención de darle tregua al novato que, de una forma u otra, debía adaptarse al ritmo del arma blindada y de la Escuela en general. Aquello solo provocó que Chiba se recriminara aún más en su interior; pese a que técnicamente no era su primer día con los tanquistas, apenas estaba empezando y ya iba dando malos pasos. Sintió un gran desaliento, pero sin más opciones que apurarse o pasar por más vergüenza, obedeció las órdenes del irritado suboficial, aunque de una manera torpe, pues apenas si logró poner sus cosas en orden, justo cuando Onoda cesaba su reprimenda.

El suboficial no se había detenido por simple cansancio o aburrimiento, sino debido a la llegada de su superior, un oficial que pese a su aspecto de recién levantado, se imponía sobre todos los demás jóvenes en la habitación por su porte y ante todo, por su buena reputación. El hauptmann Yukio Tsuji relevó al suboficial sin necesidad de mediar palabra u orden, solo un gesto y una mirada bastaron para que Onoda regresara al lugar de donde vino, al lado del camarote que compartía con el oficial. Chiba, mucho más nervioso que antes por el hecho de encarar a su mayor autoridad directa, procuró ponerse firme frente al oficial, aunque era patente su inseguridad. El oficial se plantó frente a su subordinado, con un semblante neutro, que Chiba percibió como señal de desaprobación. Sin embargo, rápidamente la expresión de oficial se convirtió en una amable sonrisa, para alivio del chico:

- Buenos días, Saigo. Ya era hora – Le dijo.

Chiba, un tanto confundido pero sin olvidarse de sus modales, no tardó en responder:

- ¡Buenos días, señor! – dijo, a la vez que saludaba como era reglamentario, de una forma exagerada, casi histriónica.

Sin dar respuesta, Tsuji se retiró con aquella misma sonrisa amable en dirección al pasillo de la habitación, mientras observaba rápidamente a todos los demás habitantes de la misma. Chiba, firme aún y procurando parecer lo más serio posible, volvió a hundirse en la inseguridad: se preguntaba si se había equivocado en algo, si tal vez había exagerado. Y mientras se recriminaba inútilmente sus faltas, Tsuji con un par de aplausos llamó la atención de todos los presentes a la vez que emitía ordenes:

- ¡Todo el mundo, a bañarse, vestirse y arreglar la cama. En ese orden, sin preguntas y de inmediato! – dijo, y sin esperar respuesta, encabezó la carrera al baño con un breve y rápido trote.

De igual forma, sin esperar más indicaciones, todos lo siguieron rápidamente, corriendo, algunos apiñándose para entrar, todos apurándose por no quedar retrasados. Chiba los observó y esperó un instante antes de unirse a la ordenada estampida de sus compañeros. Lo acompañaron sin falta por su corto trayecto sus inseguridades, aquello que había hecho o no en esos cortos dos minutos, que bien parecían una eternidad de tropiezos. De igual forma se preguntaba sobre su futuro, aquello que ocurriría en los siguientes minutos, y en las siguiente horas, y en los siguientes días… Estaba muerto del susto, pero no había nada que pudiera hacer para remediarlo, excepto seguir y ver cómo resultarían las cosas.

Por lo pronto, se concentró en pensar en que tan fría iba a estar el agua de la ducha. Seguramente estaba helada, algo con lo que tenía problemas más tampoco tenía opción en este aspecto, al menos no una que él quisiera tomar, no esta vez. Procuró planear cada movimiento, tratando de recordar todas las ocasiones en las que estuvo bajo el agua fría esperando, con poca fe sin embargo, que pudiera aguantarlo y acostumbrarse con el tiempo; esa misma falta de fe hizo mella en la poquísima determinación que había logrado reunir. En el momento mismo en el que entraba al baño, confirmando con resignación que sería el último en bañarse, se recriminó amargamente en su fuero interno:

- Un nuevo día, un nuevo tropiezo.

Aulas de la Escuela Bismarck, 0620 am

El timbre a las 0615 am indicaba el comienzo de las clases, pero cinco minutos después, y a pesar de que la gran mayoría de los estudiantes y en ocasiones algunos maestros ya ocupaban las aulas, en aquellas en donde el maestro aún no había llegado, los jóvenes presentes conversaban con sus compañeros, conversaciones que iban desde breves y en no pocas ocasiones, protocolarios saludos, hasta animadas discusiones entre amigos; aprovechaban para ponerse al día sobre sus vidas o bien, para charlar sobre cualquier cosa. Al lado de la entrada trasera de uno de los salones ubicados en el décimo piso de uno de los edificios que hacían parte del bloque de aulas, dos chicos hablaban de manera animada, aunque procurando no mostrarse demasiado efusivos, pues para varios de sus compañeros de aula ellos eran figuras de autoridad. Eso sin embargo, no impedía que Kagawa y Wada se divirtieran escuchando las vivencias del otro, durante sus cortas, pero gratificantes vacaciones:

- No puedo creer que te le declaraste así sin más, creí que no le permitían juntarse con tipos como nosotros – Exclamaba el primero, visiblemente alegre por su amigo.

- Eso creía yo, pero comparado con encarar a toda la secundaria Pedro I, hablar con ella era pan comido – Dijo Wada, con un aire de confianza.

- Si jeje… es cierto, es cierto – Replicó Kagawa, esta vez con seriedad.

La primera parte de aquel comentario borró en un instante el semblante alegre de Kagawa, el cual pasó a ser sombrío, denotando una mezcla de tristeza y rabia. Por supuesto Wada lo notó y se apresuró a cambiar de tema, más su compañero se apresuró, rectificándolo en cambio:

- Bueno pero, lo más importante es, ¿Qué dijo ella? Confesarse solo es una parte del proceso, después de todo – Exclamó.

- No lo creerías… ¡Dijo que si! – Respondió Wada con alegría.

- Oh viejo, eres un suertudo. Felicitaciones camarada – Exclamó Kagawa, recuperando de nuevo aquel semblante alegre, abrazando además a su compañero.

- Si, así es. Ahora soy un suboficial, líder de sección y con novia, suena como preludio de una película de guerra ¿No crees?

- En ese caso, más vale que seas el protagonista, con inmunidad y todo.

- En ese caso, más vale que tu seas el coprotagonista… No espera, normalmente ese es uno de los que muere, generalmente antes del final. Mejor, que seas el personaje secundario, con el que al final todos terminan encariñándose.

Los dos se miraron un breve momento antes de soltar una risa, que, aunque no fue estruendosa, tampoco pudieron disimular frente a sus compañeros.

Ambos se calmaron, al darse cuenta de la atención que ahora tenían por parte de su compañeros presentes, y seguidamente Wada retomó la conversación:

- Oye, pero el mejor amigo del protagonista también ha de tener un interés romántico, incluso a pesar de que no se ahonde mucho en el tema. Tu eres el que sabe de esas cosas, así que…

- No viejo, no he tenido mucha suerte con eso – Respondió Kagawa, entendiendo rápidamente el punto de su amigo – Por ahora, no encuentro a ninguna chica que me interese.

- ¿Si quiera intentaste buscar una? – Increpó Wada.

- P-por supuesto que si – Respondió Kagawa, visiblemente avergonzado por la pregunta, tratando de disimular que, en realidad, no le había dado mucha prioridad al tema durante sus vacaciones.

- ¡Vamos amigo! Tienes que hacerlo. Tu fuiste el que me dio el ánimo para hacer lo mío, ahora yo te devuelvo el favor dándote el empujón. Además, ¿No dijiste que ibas a intentarlo con una de las que está en la clase de tu padre?

- Si, ya sé lo que dije. Pero para esas chicas sigo siendo un niño.

- Pues no pierdes nada con intentarlo. Además, estar con una mujer mayor vale la pena el riesgo.

- Supongo que si… - Kagawa dejó su oración en alto, pues notó que, por la puerta contigua a ellos, entraba con prisa un chico fatigado pero aliviado de ver que, a pesar de su demora, había logrado llegar relativamente a tiempo al salón de clase.

Demorarse en el baño solo fue el primero de una serie de tropiezos en el primer de Saigo Chiba como parte de la élite de la Escuela, y de no ser porque era constantemente espoleado por Onoda, o bien, por uno de los instructores, seguramente se hubiera perdido de toda actividad del día. Aun así, cuando el empezaba a realizar alguna cosa, ya sus compañeros iban por la mitad y en aún en medio de la faena se los veía calmados y hasta socializando, a diferencia de Chiba, el cual rechazó todo contacto, además de hacer todas sus labores de manera frenética. Fue de esa forma que se vistió, se arregló y hasta desayunó (Contraviniendo las enseñanzas de su madre de no comer muy rápido). La ansiedad lo consumía vivo y no ayudaba en nada el hecho de haber sido asignado a un grupo encargado de limpiar una zona contigua a la entrada sur, el punto más lejano de la Escuela. No tuvo problemas con la labor en sí, más allá de ser torpe, pero como en otras ocasiones, tuvo un retraso relativo con respecto a sus compañeros, retraso que a pesar de no ser la gran cosa, para una mente ajetreada como la de este joven, se convertía en la peor de las tragedias.

En consecuencia, su recorrido hasta el aula fue un martirio autoinfligido durante el cual procuró no llorar, a pesar de que las lágrimas estuvieron en todo momento por desbordarse de sus ojos. Sin embargo en cuanto llegó, fue recibido con la mirada casual y levemente curiosa de sus compañeros de aula, gente a la cual, en su mayoría, no conocía, al menos no como se supone debe conocerse a la gente. Procuró ignorar aquellas miradas que a su parecer, podían ser cruelmente inquisitivas, aunque no pudo evadir la atención de un par de chicos parados junto a la puerta. Afortunadamente para Chiba. uno de estos le era conocido:

- Buenos días Saigo – saludó Kagawa, de manera cordial.

- ¡Buenos días, señor! – Respondió Chiba, incorporándose lo mejor que pudo para dar el protocolario saludo.

- ¿Por qué tan afanado? Quiero decir, llegas cinco minutos retardado, pero ya deberías de saber que el maestro siempre llega tarde, por lo que se podría decir que entraste justo a tiempo.

Chiba quedó sin palabras y Kagawa no tardó en notar su asombro:

- ¿Pensabas que no ibas a llegar a tiempo?

- B-bueno, la verdad sí. Cuando se está de afán, debe asumirse lo peor – Respondió Chiba, sonrojándose en el proceso.

- ¡Vamos! No tienes por qué ser tan fatalista.

- Solo así puedo estar listo para lo que venga.

- No me parece que te esté funcionando muy bien, pero, allá tú si crees que sirve

En aquel momento entró el docente al aula, y rápidamente todos procedieron a ubicarse en su respectivo lugar, disponiéndose a empezar la primera parte de la jornada del día.

Eso sin embargo no evito que intercambiaran palabra en el transcurso de la mañana, después de todo los puestos de ambos estaban juntos, como es usual en las aulas niponas. Aprovechando el receso de media mañana, mientras saboreaban un pastel de papas dulces con chocolate, conversaron un rato:

- ¿Te encuentras bien? – Preguntó Kagawa, que había notado que los ojos de su contraparte estaban llorosos en cuanto lo vio llegar.

- Si, eso creo – Respondió tímidamente Chiba.

- No me lo parece, ¿Tuviste algún problema?

- No en realidad señor, es solo que me gustaría ser un poco más rápido.

- Ya veo – Replicó Kagawa, sin estar totalmente convencido de lo que realmente pensaba su compañero, más no quería presionarlo tanto en ese aspecto, pues sabía que Chiba no era bueno hablando; prefirió cambiar de tema – Oye, ¿Leíste lo que te recomendé el año pasado?

- ¿Te refieres a esos libros de historia romana?

- Así es

- Pues, si, aunque solo alcancé a leer uno, no me alcanzaron las vacaciones para leer ambos. También es cierto que me dediqué a otras cosas, como volver a conectarme con el mundo del Sensha-do. Me disculpo por no disponer suficiente tiempo para tus recomendaciones – Comentó Chiba con un poco más de confianza.

- Está bien, tu decides que hacer con tu tiempo libre. Ahora bien, ¿Qué piensas ahora sobre Julio César?

- Sobre eso, creo que tengo un nuevo personaje histórico favorito, aunque confieso que no me gustaron aspectos de su personalidad…

El ajetreado ambiente del inicio de la hora de clases había dado paso en solo unos instantes a una repentina calma que parecía fuera de lugar, solo bastaba con pasar al lado de cada salón o bien, por el edificio administrativo, para cerciorarse de que en aquel amplio recinto aún quedaban personas. Los pasillos del bloque de aulas volvieron a quedar fríos y solitarios, como lo habían estado antes de que fueran inundados por cientos de jóvenes, y apenas si se veía a persona alguna recorrerlos, generalmente de afán hacia distintos rumbos. No era este sin embargo el caso de tres chicos que subían por unas escaleras hacia un séptimo piso, despreocupados y hablando con un considerable tono de voz.

Pese a que llevaban un retraso de cinco minutos, Tsutomu Nishikawa, Yigal Weinberg y Tomohiro Nagatomo andaban por el edificio como si en realidad estuvieran de paseo por la ciudad o camino a la tienda, bien arreglados como se esperaba de una secundaria militar, pero definitivamente fuera de lugar:

- ¡Es obvio que los Gigantes van a ganar la Liga y la Serie este año! Negarlo es inútil. – Exclamó el chico judío ubicado en el medio.

- ¡Baboso! ¡Ni siquiera eres fanático a muerte del Beisbol! De cualquier forma, los Tigres se llevarán la victoria este año. – Respondió Nagatomo a la derecha - ¿No lo crees así Tsutomu?

- La verdad señores es que me interesa más el torneo de Sumo. El beisbol por el contrario me importa un bledo. – Replicó secamente el tercer chico, el cual era el único de los tres que realmente iba preocupado, más procuraba no estresarse por ello, aquello nunca le sentó bien y de todas formas sabía perfectamente que había peores cosas para preocuparse.

Justo en aquel momento se posaron frente al salón de clase, viendo como ambas puertas de este estaban cerradas, aunque para ellos pareció no suponer ningún problema, o al menos eso parecía hasta que Nishikawa suspiró decepcionado.

Aquel gesto siguió sin inmutar a sus dos acompañantes, que aparentaban no tomarle mucha importancia al asunto, algo que acabó con la paciencia del joven a pesar de que sus prevenciones por calmarse:

- ¿Se dan cuenta de que esta demora es gracias a ustedes, pendejos? – Dijo Nishikawa en un tono más o menos bajo, pero claramente furioso.

- Oye, no me eches toda la culpa a mí goy, yo no fui el que se quedó buscando flores o tratando de esculcarle los bolsillos al resto. – Replicó Weinberg con la misma aparente despreocupación, respaldado por una exclamación afirmativa de Nagatomo, a pesar de que aquella replica también iba dirigida a él.

Nishikawa estaba al borde de perder el control, de nuevo. Apretó sus puños con una gran fuerza y ya estaba dispuesto a enzarzarse en una pelea con sus insolentes compañeros, cuando la voz de una cuarta persona interrumpió sus calculados aunque acelerados pensamientos.

- Primera clase y ya empiezan llegando tarde. – Dijo esta nueva voz, con un tono de autoridad que sin embargo difería de cualquier otro por ser sombrío, como la voz de un espanto.

Rápidamente voltearon a ver al emisor y se encontraron con la presencia, sombría igualmente, de Chūichi Shibazaki, uno de los pocos estudiantes en tener un alto rango dentro de la oficialidad de la Escuela, y posiblemente el más infame de aquel exclusivo grupo.

Los tres chicos dejaron de lado cualquier otra idea o intención que tuvieran hasta hace unos pocos segundos, y ante la mirada siniestra de aquel oficial se prepararon para lo peor. Sin embargo, este último tenía otras intenciones, aun cuando su expresión no lo evidenciara, de hecho esta no expresaba nada. El oficial no dijo palabra alguna, nada más se dirigió a la puerta principal del aula y le dio unos cuantos toques, fuertes y secos como se esperaba de alguien como el, aunque aquello no evito que los tres retardados se estremecieran un poco en cuanto sintieron el primer golpe. La respuesta fue más o menos inmediata, del otro lado de la entrada, el maestro a cargo se plantó con evidente molestia ante aquellos sinvergüenzas, pero antes de poder proferir palabra alguna, Shibazaki sin vacilar o titubear se le adelantó:

- Me disculpo por la tardanza, señor. Me encontraba en reunión de Estado Mayor y aunque no lo parezca, estos tres me estaban ayudando con ciertas cosas. Ya debería de saber usted que, al primer día de asumir semejante responsabilidad necesitaría unas manos extra. Pero como dije al principio, me disculpo por este acto tan deshonroso. – Dijo, con una cordialidad tan impecable y tan desprovisto de insolencia que antes bien intimidaba a maestro y alumnos por igual.

Pero aquello dio resultado, y sin más tardanza el docente les dio pase libre.

En aquel momento Nagatomo cayó en cuenta de que ese no era su salón, pero esto no pasó desapercibido para el oficial, que de inmediato le pasó un papel con una excusa escrita y una instrucción verbal para que dijera algo similar a lo que el acababa de decir, y así sin más, se dirigió a su puesto, ante la mirada sorprendida pero aliviada de Nishikawa y Weinberg. Una vez en su puesto, aún inquietado por la actitud benévola de su superior, Nishikawa aprovechó el estar sentado a su lado izquierdo para resolver su duda:

- Señor, ¿Por qué lo hizo? – Dijo en un tono bajo, pero lo suficientemente audible para su compañero, aunque no recibió respuesta alguna por parte de este. De hecho, cayó en cuenta de que seguramente había cometido un error garrafal. Procuró no darle más importancia al asunto, pues no había nada que pudiera hacer para revertir aquella equivocación.

Pero para su mala fortuna, nada lo iba a dejar concentrarse en algo más productivo como la clase:

- ¿Qué dijo? – Le preguntó su pareja del pupitre de al lado, un mestizo de nombre Xinhai Makino.

- Mira quien se me aparece. Me dejaste tirado, imbécil. – Comentó Nishikawa con amargura.

- Primero que nada, así no se le habla a los superiores; segundo, yo no te dejé tirado, tu te retrasaste, junto con esos otros dos vagos.

- Claro, ¡las excusas del jefe para pasar sobre su gente!

- Vete a la mierda…

En aquel momento el docente notó su conversación y los increpó al respecto, específicamente a Nishikawa:

- No era nada importante maestro. Mi compañero solo me estaba pidiendo un lápiz…

Campo abierto de la Escuela Bismarck, 1345 pm

La mañana había transcurrido sin mayor novedad dentro de las aulas: los jóvenes prestando atención a las clases, con ciertas excepciones claro, pues no a todo el mundo parece sentarle bien el ambiente de las aulas; los adultos, dependiendo de su función, manejando a sus grupos de estudiantes o realizando labores administrativas o logísticas. Casi parecía una escuela normal, incluso cuando llegó la hora del almuerzo, en donde a pesar de que se llevó a cabo de una manera particularmente ordenada, no dejaba de ser el espacio ideal para que chicos y adultos por igual se relajaran después de concluir la primera parte del día. Pero en cuanto el reloj marcó las 1315 pm a la vez que el timbre resonaba de extremo a extremo, la atmosfera de nuevo dio un giro de ciento ochenta grados. De repente, aquellos jóvenes que hasta hacía un rato reposaban plácidamente dentro del comedor o en la intemperie, entraron y salieron como rayos de las barracas, no sin antes despojarse de sus uniformes de estudio, el tradicional Gakuran, en favor de un overol militar complementado por una gorra lateral para los cuadros de mando, o una gorra de patrulla para los enlistados, accesorios importantes cuyo diseño evocaba al de los gorros militares que alguna vez usaran los ejército alemanes, hacia menos de un siglo. Ambos conjuntos, tanto el de estudio como el de fatiga, eran de color gris de campo o Feldgrau, y de lejos parecían la misma cosa, pero una vez que se observaba mejor y más cerca, podía notarse la abismal diferencia entre ambos. Rápidamente y por compañías, pasaron a formar sobre un amplio campo de paradas ubicado al oeste de la escuela, espacio que compartían con una unidad adyacente, un batallón de infantería de las Fuerzas Terrestres de Autodefensa.

Aquella primera revista del año fue decepcionante, pues la gran mayoría de los estudiantes cayeron bajo los regaños de los instructores, para los cuales no pasó desapercibido el relajo que tenían los jóvenes en lo que respectaba a su presentación personal; solo unos cuantos se salvaron, básicamente los oficiales, la gran mayoría de los suboficiales y unos cuantos apercibidos que a diferencia del resto tenían una mejor idea de lo que les esperaba. Aparte de eso, la revista solo consistió de un relativamente breve discurso de apertura por parte del director y comandante supremo de la Escuela Bismarck, el coronel Hayashi; un anciano quincuagenario al que apenas y se le notaba la edad, a pesar de que en su interior era patente el cansancio de una vida entera dedicada a la milicia, cosa que en cambio sí se reflejaba en su discurso, postergado de manera no intencional pero lo suficiente como para matar de aburrimiento (Y de helar hasta los huesos) a los chicos, llenos de energía como es natural y sin tiempo para disertaciones prolongadas y aparentemente estériles. Fueron constantes los llamados de atención por parte de los instructores, aunque también por parte de los cuadros de mando, los responsables en primer lugar de los jóvenes a su cargo.

El aparente suplicio terminó diez minutos antes de que marcaran las cuarenta y cinco, tiempo suficiente para que las compañías se dispersaran por toda la Escuela, no sin antes dividirse en pelotones, cada una con distinto propósito de entrenamiento. Aquellos conformados en buena parte por jóvenes novatos fueron destinados para empezar con la llamada instrucción básica, una labor que el teniente Kagawa estaba ansioso por realizar. Bajo la supervisión de un cabo del cuerpo de instrucción, formó a la unidad sobre un descampado, y en cuanto el timbre terminó de retumbar, empezó con tono fuerte, claro y bien podría decirse, profesional:

- ¡No hay necesidad de presentaciones! Ya conocen mi nombre, al igual que ya conocen el del cabo Itami. Les doy oficialmente la bienvenida al programa de Sensō-do de la Escuela secundaria Bismarck, en donde por medio del esfuerzo individual y grupal, ustedes serán convertidos en los mejores hombres de los que el país pueda disponer, tanto en tiempo de paz como en tiempo de guerra. El gobierno se ha propuesto cumplir esta meta con todos y cada uno de ustedes, sin importar que tan incapaces y débiles puedan parecer en este momento, y de antemano, puedo asegurar que cumplirá con ella, pues cuando termine el año todos nosotros habremos cambiado para bien, ¡Para entonces seremos los mejores! A continuación, el cabo Itami les explicará como iniciaremos, aunque a mí personalmente me gusta anticipar a mi gente, así que por un momento observen lo que se encuentra a unos metros de nosotros – Concluyó, trasladándose de inmediato hacia el costado derecho del pelotón; el cabo instructor hizo lo mismo, pero hacia la izquierda.

Al frente de aquel grupo, a por lo menos diez metros de distancia, se encontraba el circuito de entrenamiento de la Escuela, un área que a simple vista daba la impresión de ser el área más abandonada de la Escuela: unas cuantas edificaciones viejas y dispersas, obstáculos de diverso tipo que desde aquel punto parecían emplazados de forma aleatoria y unos parapetos de tierra en mal estado. El aparente descuido de aquel espacio era complementado con el suelo de color blanco y café, solo cubierto en pequeños puntos por charcos de barro, producto del derretimiento de un parte del hielo a consecuencia del sol de medio día. Casi parecía un yermo frío en pocas palabras, nada alentador para el observador habituado a la vida que suelen tener los paisajes japoneses, pero más que perfecto para lo que necesitaba la Escuela de un campo de entrenamiento. Aquel lugar aparentemente muerto, al igual que aquellos jóvenes con el tiempo florecería en algo nuevo y hermoso, pero aún faltaba tiempo para ello. Kagawa, que había contado treinta segundos exactos, pasó al frente de nuevo:

- Ese "circuito" por así decirlo será el lugar donde seremos evaluados dentro de unas semanas, el lugar en donde demostraran que no solo aprendieron a la perfección, sino que también están listos para las siguiente pruebas que vengan. Pueden considerarlo como un objetivo intermedio o como la meta de sus vidas, la cuestión es que hasta entonces, ¡Ese campo será nuestro Sekigahara, nuestro Zama, donde se disputarán el todo o nada, aun cuando la última opción no está disponible! – Dijo con solemnidad, y luego volvió a formar al sitio en donde estaba hace poco más de un minuto.

Y a pesar de que los miembros rasos del pelotón se sorprendieron por esto, pronto comprendieron el por qué, pues ahora era el instructor el que estaba al frente:

- Kagawa dijo hace un rato algo que comparto: me gusta anticipar a mi gente. Esta vez quiero que se miren a ustedes mismos, sientan lo que son. – Espero unos segundos, antes de seguir - …Creo que es evidente a este punto lo que ustedes son, pero por si no le quedó claro a alguien, lo comentaré en voz alta con el grupo: ¡Son una tanda de gusanos patéticos que no podrían pasar más de un día en el barro sin huir con el rabo entre las patas a llorar bajo las faldas de sus sufridas madres! – Exclamó, levantando la voz súbitamente y tomando por sorpresa a los rasos novatos, que pensaban que la dureza de los instructores estaba reservada para las mañanas. Los cuadros no se sorprendieron ni realizaron acción alguna, permanecieron en silencio y sin mostrar emoción alguna.

Kagawa sintió cierto dolor en cuanto el cabo mencionó la palabra "madre", pero procuró no darle mayor importancia a este punto en específico. El cabo Itami por su parte no prestó atención a la sorpresa de los miembros del pelotón, solo se limitó a seguir:

- No puedo negarlo, ¡En cuanto los veo me provocan lastima ajena! ¡Tanta que me da asco siquiera verlos a la cara! – Suspiró, como una forma de matizar sus palabras – Afortunadamente, conozco la solución a esta enfermedad. ¡Kagawa, Wada, Kajita, Honjo! ¡Al frente!

Los aludidos en efecto pasaron al frente, cinco de los cuales uno definitivamente estaba fuera de lugar, pero que no lograba notarlo, en parte por estar más concentrado en chancear con sus camaradas, pero también porque técnicamente él había sido llamado. El cabo, un poco más molesto en esta ocasión: llamó a este con un rugido que no logró amedrentar del todo al joven equivocado:

- ¡Cómo se llama!

- Wada Hiroki – dijo, sin la suficiente seriedad.

- ¡¿Wada Hiroki qué?! ¡No estamos en confianza, ya debería saber cómo responderles a sus superiores!

- Em… Wada Hiroki, señor.

- ¡No lo escuché! ¿Acaso tiene usted problemas de habla? No recuerdo ser informado por las directivas de que ahora aceptábamos discapacitados para servicio de combate. ¡Más fuerte!

- ¡Hi-Hiroki Wada, señor! – Respondió el chico, que por fin lograba comprender la gravedad de su situación.

- ¡¿Tiene usted relación alguna con el sargento Gotoku Wada, aquí presente?!

- Si señor, es mi hermano. Gemelo.

- ¡Santa madre de los infiernos! ¡No se parecen en nada! Aunque los pusiera de lado para compararlos, estoy seguro de que no los encontraría idénticos, ¡Empezando por esa cara de payaso con la que se atreve a presentarse frente a uno de sus superiores!

Las caras de los cuadros estaban impávidas, incluso la de Wada, que por dentro se moría de la vergüenza. Kagawa lo notó, y aprovechando el manto de secreto que se tiene en el fuero interno, compartía dicho sentimiento. Era un gran contraste con las caras del resto de los miembros del pelotón, que parecían estar a punto de reírse; de hecho, algunos ya tenían una sonrisa dibujada en sus rostros, "craso error".

Aquello no pasó desapercibido para el suboficial, que rápidamente llamó la atención de aquellos chicos:

- ¡Veo que se están divirtiendo hijitos míos! – Dijo, con gran furia, mezclada con ironía. – ¡Me alegra verlos así, pues eso me dice que están de buen genio para los ejercicios del día de hoy! – La actitud de burla de los novatos se disipó de inmediato.

Kagawa, viendo lo que se avecinaba, no pudo evitar sonreír ligeramente, tratando de que nadie lo notara. No era alegría malintencionada, como quien se deleita del castigo de una persona ajena; más bien era una felicidad sincera y bondadosa, como la de alguien que está a punto de ver materializado su más grande anhelo, como el hijo que visita a sus padres después de un largo tiempo. El cabo, no sin antes despachar al raso Wada de vuelta a la fila, ordenó calentamiento y seguidamente ejercicios de calistenia, burpees más específicamente. Para explicar mejor, no dudó en usar a Kagawa y a sus suboficiales como ejemplos, era la única razón por la cual los había llamado al frente. Estos hicieron cuanto se les ordenó sin vacilar y sin fallar, luego de lo cual el cabo consideró que era momento de transferir, aunque fuera temporalmente, la dirección de los ejercicios a estos cuadros de mando. Esa era la esencia de la instrucción en el Sensō-do, una responsabilidad compartida entre el instructor y los jóvenes a los que se les había otorgado la responsabilidad del mando, pues de esa forma se responsabilizaba a los cuadros de mando, sin necesidad de perder la supervisión adulta que también necesitaban los jóvenes.

Al igual que un niño pequeño, la ilusión se apoderaba de nuevo de Kagawa, aunque su rostro permanecía serio. Con una simple mirada y asentimiento se le regresó el mando y Kagawa observó como los chicos realizaban el ejercicio, de manera lamentable como es de esperarse de un grupo de recién llegados a la vida militar; en cuanto terminaron, el oficial ya tenía en mente la siguiente instrucción, aunque antes aprovechó para dar una observación:

- Si al cabo le dan asco, a mí me dan nauseas de solo verlos. Estuvieron terribles esos ejercicios. ¡Hasta un anciano con osteoporosis lo haría mejor y más rápido! Tal vez las flexiones no sean el mejor inicio, pero eso tiene solución. ¡Pelotón! Formen dos filas por escuadra, trotaremos diez vueltas alrededor del bloque militar; yo iré a la cabeza de la unidad y cada unteroffizier irá a la cabeza de su respectiva escuadra. Si escucho quejas, por cada una aumentaré a cinco las vueltas. ¡¿Qué esperan, niños?! ¡¿Una carta de invitación?! – Con ese llamado de atención y una palmada seca, inició el recorrido.

Y así siguieron por tres horas; por supuesto, cambiando de ejercicio, pero en todo momento bajo el compás de los cuadros, siempre marcado con números: uno, dos, tres, cuatro, cinco… Luego vendrían ejercicios más técnicos, otra experiencia que para los chicos fue una tortura, pero Kagawa lo disfrutó de buena forma en todo momento, pues en ningún momento llegó a sentirse extenuado o aburrido. Y no tenía motivo para sentirse aburrido, pues en muchas ocasiones el mismo tuvo que dar las lecciones, y ya con eso era más que suficiente para que el fuera feliz.

Para muchos novatos, ser sometidos a extenuantes rutinas físicas en su primer día de clases era una tortura, pero pensaban aquello solo porque no sabían que otros la tenían mucho más difícil. A los estudiantes veteranos los sometieron a rutinas aún más tediosas, y ni hablar de aquellos que salieron mal calificados en la revisión hecha con anterioridad; las sanciones disciplinarias eran lo menos de lo que se tenían que preocupar, pues los oficiales líderes de sus respectivas unidades con el aval de los instructores, se esforzaron por imponer rutinas de ejercicio muy intensas a modo de castigo, castigo que era aplicado de manera general, aun cuando no todos los receptores de este fueran culpables de la falta disciplinaria. Este era el caso específico del tercer pelotón de la Compañía de Infantería Mecanizada (Blindada), que por culpa de las faltas de los jóvenes de su tercera escuadra, se encontraban trotando y arrastrándose por un trecho imaginario del campo de entrenamiento: por en medio de la nieve, el agua y el barro. Un castigo algo irónico, puesto que la falta de la tercera escuadra (Al menos de la gran mayoría), fue el no tener arreglados sus uniformes de fatiga a la perfección. No era como si los tuvieran en un pésimo estado (salvo una excepción), pero aquella era un falta intolerable en la Escuela, especialmente si avisaba con antelación. Sea como fuere, aquellos chicos y sus camaradas estaban pagando las consecuencias, de manera un tanto dura, pero necesaria para templar física y moralmente para el mañana.

Tsutomu Nishikawa era uno de esos infractores, y al igual que el resto de su escuadra se encontraba encabezando la formación a modo de humillación extra; era consciente del odio que en este momento le profesaban sus demás compañeros del pelotón, pero a diferencia del resto, él podía lidiar con ello. Sabía que nadie pasaría de un par de críticas y comentarios maliciosos, a diferencia del resto a quienes seguramente les propinarían unos buenos golpes en cuanto se quedaran sin vigilancia. Era tal vez y según él, la única ventaja que le brindaba su "problema de ira", esa inmunidad frente al enojo del resto. Ese miedo que tenían los demás de que él les rompiera entre otras cosas el alma, era una buena disuasión, aunque a él le hubiera gustado disponer de otra forma para imponer respeto, pues los demás le tenían miedo, pero no dudaban en divertirse a costa suya, aún si era a sus espaldas. Afortunadamente aquel aspecto de su personalidad no saldría a la luz por el momento, ni siquiera de cara a los degradantes insultos con los que el teniente Tojo "animaba" a su unidad:

- …¡Más rápido marranos! ¡Hasta sus perras madres lo harían más rápido, y hasta gimiendo de placer!

Había un umbral en la mente de Nishikawa que el teniente Tojo no había cruzado y que probablemente nunca lo haría, pues desconocía en primer lugar que la mente del chico funcionara de esa forma (o tal vez solo lo ignoraba de manera más o menos consciente). A menos que se fuera a los golpes con el específicamente, Nishikawa no se vería forzado a destrozar físicamente a su oficial comandante, ni el oficial tendría que enfrentar consecuencias directas por su arrogancia.

Aun así le tenía respeto al oficial, era el jefe después de todo y al igual que unas horas atrás, una pequeña parte de si no encontraba agradable la idea de partirle la cara, aunque al parecer no todos sus compañeros compartían su respeto por la jerarquía. Varios miembros de la escuadra andaban haciendo comentarios por lo bajo, pero para Nishikawa estos no pasaban desapercibidos:

- Le va a dar un aneurisma – Dijo Moon con una risita.

- ¡Cállate! – Lo reprimió su compañero, procurando mantener un tono bajo.

- En serio, mírale la frente, tiene una vena hinchada jaja –

- ¡Qué cierres la boca maldita sea! ¡Ni siquiera lo has volteado a ver!

- Dos mil a que se desmaya… Mejor quinientos, no quiero perder tanto – Dijo un tercero, Weinberg.

- ¡Qué desmayo! Le iré a meter una buena tanda de golpes a ese hijo de perra – Intervino otro chico de la escuadra, Genzo Morishige, el más bocón de todos.

- ¡Y ahora este idiota! – Exclamó Nishikawa hastiado

- Mira quien habla, enfermo mental – Replicó Morishige altivo.

- Vaya que te crees un hijo de puta gracioso, ¿Alguna otra ocurrencia? – Dijo desafiante Nishikawa.

- Si, quiero salir de este hueco y que dos chicas de la Secundaria junior me la chupen en un baño público.

- Dame un motivo para no romperte los dientes en este instante…

- Cambio en la apuesta: mil yenes a que el goy abusador va y derriba al teniente de un golpe; dos mil a que estos dos goyim arreglen sus asuntos aquí mismo. Cincuenta mil a que los tres arreglan todo a solas en un cuarto. – Dijo Weinberg maliciosamente.

- Maldición, ¡Me están sacando de quicio todos ustedes! – Dijo Nishikawa, esta vez sin preocuparse por mantener su voz baja.

En aquel punto era evidente para el oficial que los chicos objeto del castigo no se estaban tomando las cosas con suficiente seriedad; detuvo el ejercicio a medio campo y los formó a todos:

- ¡Vaya tanda de insectos de mierda! ¡Parece que jugar en el barro no solo los agota sino que también les encanta! No debería esperar menos de una recua de puercos pendejos. ¡¿Qué tiene el jefe de escuadra que decir al respecto?!

Tanaka respondió de inmediato, tratando de sacarse a su gruñón superior de encima, sin mucho éxito:

- ¡Señor, el jefe de escuadra, unteroffizier Tanaka Keigo responde a su pregunta! ¡El jefe de escuadra no tiene la menor idea de lo que están pensando sus hombres señor!

- ¡NO TIENE IDEA Y AÚN ASÍ SE ATREVE A ESTAR AL FRENTE, MUCHO MÁS DARME EXPLICACIONES!

- ¡Señor!...

- ¡Señor! – Dijo Tojo, imitando de manera burlona y despectiva a su subordinado – Veo que le hace falta más responsabilidad. ¡Pelotón atención! Por cortesía de sus queridos camaradas de la tercera escuadra, ¡Correrán treinta putas vueltas alrededor de la Escuela, empezando desde este mismo punto, saliendo por la entrada del batallón y manteniendo la formación! Como premio adicional, ¡El pendejo retrasado del unteroffizier Tanaka Hitomi llevará la cuenta! Los seguiré muy de cerca y si veo algún error por parte de este último o de alguno de ustedes ¡DESEARÁN IR DE INMEDIATO AL PUTO INFIERNO!

Sin explicación alguna, simplemente por impulso, Nishikawa elevó una queja:

- ¡Señor! Con el debido respeto, si alguien tiene que pagar por nuestros errores, me ofrezco voluntariamente para ello.

El teniente no vio este gesto con bueno ojos, todo lo contrario:

- ¡Me cago en mis muertos! ¡Un altruista! Bien, si así lo quiere, serán cuarenta vueltas a la Escuela ¡PARA TODO EL MALDITO PELOTÓN!

Nishikawa no pudo evitar sentirse mal, se había equivocado en grande y esto no se lo perdonarían ni sus compañeros más cercanos de escuadra. Soltó una grosería por lo bajo y junto con el resto del pelotón empezó la travesía. Los comentarios no tardaron en llegar:

- Mis disculpas, no sabía que también fueras retrasado – Dijo Morishige

- ¿Algún problema? Podemos arreglarlo más tarde, si no te molesta – Replicó Nishikwa con igual tono altanero

- Por mi está bien, pero no garantizo que salgas vivo…

- Oh, eres un bocón un muy positivo, ¡No puedo esperar para cerrar ese hocico!

- ¡Morishige, Nishikawa! Una palabra más y fregarán los baños con la lengua y sin jabón, con la saliva tendrán más que suficiente. - Gruñó Tanaka desde el frente.

Nishikawa estaba en cierta forma jodido, todos lo estaban de hecho, pero por lo menos no tendría que seguir escuchando a su insolente compañero de escuadra, aquello definitivamente era demasiada provocación como para ser verdad. Por lo pronto, su principal preocupación sería correr, correr hasta que ni a el ni sus compañeros les quedara energía para vivir aún a pesar de que la instrucción solo estaba empezando.

Nadie podía tomarse este asunto del primer día a la ligera, ni siquiera los de la unidad de inválidos o los administrativos, pero cualquier observador externo que viera los chicos del arma blindada pensaría que todo aquello no era más que un simple campamento, no muy diferente de los boy scouts. La forma en que marchaban, en que se dictaban las instrucciones y se ejecutaban era elegantemente relajada, en el sentido de que no parecían tener mayor dificultad en realizar sus labores; hasta sus instructores reflejaban ese aire de profesionalismo fresco, de orgullo y confianza, el mismo que hubieran emanado en tiempos antiguos los jinetes del clan Takeda o de Genghis Khan, pero que actualmente residía en los jinetes de los caballos de acero. Lo único en lo que si se parecían al resto era en la rutina, pues salvo ciertas particularidades, los chicos del arma blindada iniciarían la primera mitad de la tarde haciendo ejercicio físico, fortaleciendo el cuerpo de manera que pudieran lidiar con los rigores específicos derivados de la operación de un carro blindado: esto se traducía principalmente en hacer flexiones, de todo tipo y de distintas modalidad, tanto individual como en grupo. Sus movimientos, como los de un bailarín, aparecían armoniosos y precisos, aunque describir aquello como un baile sería poco exacto, pues su armonía era más bien similar a la de un mecanismo, su precisión era como la de las maquinas, exacto y sin lugar para redundancias o retrasos.

Afortunadamente esa era la imagen que proyectaba la mayoría, pues de entre todos aquellos jóvenes y sus movimientos finos, había uno que no solo reflejaba lo contrario, sino que hubiera dado lastima (De esa que se siente al ver algo tan patético que provoca molestia), el ver como luchaba por mantener el ritmo en ejercicio que al fin y al cabo, no eran nada del otro mundo. De hecho, era lastima lo que sentían sus compañeros e instructores al verlo, y algunos incluso empezaban a perder la paciencia con este chico. Saigo Chiba por su parte, era ajeno al sentimiento general a su alrededor, aunque no hubiera sido necesario que fuera consciente de ello, pues internamente se sentía terrible al no poder igualar en ritmo y en efectividad a sus camaradas. Ordenaron treinta lagartijas para empezar, y apenas y pudo completar la mitad. Se encontraban haciendo abdominales en pareja, y sin muchas más opciones, terminó trabajando junto con Eiichiro Kishimoto, conductor del tanque líder y de carácter risueño, aunque incluso ese tipo de personas tiene un límite:

- Vamos viejo, ¡Dale!

- En eso… estoy, ¿Llevas mi conteo?

- Si, y creo que a este punto mejor y me dedico a contar tortugas corriendo.

- ¿Cómo es eso? – Preguntó Chiba ingenuamente mientras hacía esfuerzo, siendo recibido con una mirada sarcástica por parte de su compañero.

- Sabes… solo sigue con lo tuyo, suponiendo que puedas hacerlo, claro.

- ¿Qué te hace pensar que no puedo?

- Es una gran pregunta, desearía tener la respuesta, pero siento que debes encontrarla en tu interior.

- ¿En serio?

- No, ¡Apresúrate!

Chiba no podía notar que Kishimoto se estaba impacientando, apenas y estaba prestando atención a lo que hacía en aquel momento; aquella falta de atención hizo que fuera indiscreto:

- ¿Cuántos abdominales llevo? – Preguntó.

- Diez – Respondió su compañero con un suspiro de hastío

- No voy tan mal, eh

- Son treinta abdominales…

- Oh…

- ¡Y el resto va como por el veintinueve!

- ¡Rayos! – La motivación de Chiba empezaba a flaquear.

Pronto dieron la orden de detenerse y aquel descanso fue reconfortante para los dos, aunque por diferentes razones: Chiba podía reponer sus escasas energías y Kishimoto podía sacarse de encima (Al menos de momento) a ese debilucho. No perdió tiempo y se dirigió a su superior, el siempre simpático pero estricto Yukio Tsuji, que recibió sus quejas atentamente:

- Ese idiota se va a herniar, ni mi primo de un año es tan inepto para hacer ejercicio

- ¿Qué sugieres?

- Regresarlo a la compañía de donde vino, o mejor aún, sacarlo de esta Escuela, eso sería lo más piadoso que podemos hacer por él.

- Tal vez haya una mejor solución, que no incluya sacarlo. No tenemos tiempo para buscar otro cargador…

- No es como si no pudiéramos sobrevivir sin uno, lo hicimos el año pasado.

- A la mitad de una batalla. No es lo mismo que una temporada entera.

- ¿Quieres dejar a ese tronco haciéndole estorbo a todo la unidad? Nosotros no somos los únicos afectados, y solo con nosotros ya es demasiado.

- No tenemos otra elección. Además… Creo saber cómo arreglarlo – Concluyó el oficial, mientras miraba a un grupo de jóvenes a la distancia.

Aquel oficial hizo unos rápidos arreglos con los instructores que los supervisaban y seguidamente se aceró a Chiba, que apenas se levantaba del suelo:

- ¿Qué se supone que estabas haciendo? ¿Mirando las nubes? ¿Pensando en tanques?

- Oh, de hecho sí, señor. Por cierto, me disculpo por mi deficiente desempeño, trato de hacer mi mejor esfuerzo, pero no logro…

- Está bien, por el momento no te preocupes por ello. A decir verdad, tengo una idea para solucionar tu problema.

- ¿Van a echarme de la compañía blindada? – Preguntó con visible tristeza el raso.

- ¿Qué?... Nada de eso Saigo.

- ¡Que alivio! – Dijo Chiba suspirando

- Pero para ser sincero, deberás pasar por cierto "entrenamiento especial", de forma que puedas mantenerte al nivel del resto.

- Entiendo señor, ¿Cuándo y donde será eso, señor?

- Más o menos en este mismo instante. ¡Sígueme! – Dijo, mientras se dirigía trotando hacia el grupo que hace poco había divisado, con Chiba detrás, tratando inútilmente de seguirle el paso.

Aquel grupo recién acababa de terminar una faena de trote alrededor del bloque militar, y buena parte de ellos estaban tratando de reponer sus alientos, algunos tomando agua; sus jefes parecían contentos con el resultado, y aquello le venía bien a Tsuji. Chiba, comprendiendo a donde iba todo y por fin dándole alcance al oficial que ahora caminaba, trató de resolver sus dudas:

- Disculpe señor pero, ¿Qué se supone que voy a hacer con la infantería?

- Entrenar de manera especial, pensé que ya lo habías adivinado.

- Pero en ese caso, ¿No sería mejor ir con la infantería mecanizada?

- Quiero que estés al nivel nuestro, no que te conviertas en un fanático demente.

- Creo que lo de fanático ya lo tengo.

- Precisamente.

Sin terminar de entender, Chiba le siguió la corriente a Tsuji. Lo esperó mientras arreglaba con los jefes de aquel grupo, y pronto regresó acompañado de una cara familiar, el leutnant Shusaku Kagawa:

- ¡Vaya sorpresa tan grata! – Fue el saludo del oficial de infantería

- ¡S-señor! – Dijo Chiba mientras se cuadraba saludando – No tenía idea que este era su pelotón.

- Kagawa sonrió, y continuó su conversación con Tsuji, esta vez en frente del chico:

- ¿Qué es exactamente lo que quiere que haga con el chico? Tengo entendido que esta no es la forma de solicitar una traslado.

- No, no se trata de eso. Simplemente me gustaría que lo pusiera en forma. Se nota que esos chicos suyos son novatos y este, pues, digamos que necesita que lo pongan en forma. Me pareció notar que hizo un gran trabajo con su gente…

- Si, eso me parece a mí también

- …Y tal vez sea buena idea dejarlo aquí. Además veo que ya se conocen, supongo que no tendrán problemas con el trato.

- Correcto.

- Y no es todo el tiempo, solo es la mitad de la tarde, ya sabe, cuando ponemos a sudar a la gente y todo eso. En cuanto termine, me lo devolvería para la segunda parte de la instrucción. Por cierto, tampoco sería todo el año, solo por unas semanas hasta que los nuevos completen la instrucción básica, lo cual vendría siendo en… La verdad no lo tengo muy claro.

- Como cuatro semanas.

- Exacto, a medio tiempo por cuatro semanas. Será como dejar un carro en el taller.

Kagawa lo pensó por unos instantes antes de dar su respuesta:

- Está bien, lo tendré bajo mi cobijo por el tiempo acordado. Aunque como "mecánico", yo esperaría recibir algo a cambio – Dijo sonriendo – Es broma, descuide.

- Oh no, de hecho ambos recibiríamos algo a cambio: yo recibo una pieza optima y usted la satisfacción de haber enderezado a un chico más – Respondió Tsuji, acompañando sus palabras con un guiño de su ojo derecho.

- …"Ius est ars boni et aequi".

- "El derecho es el arte de lo bueno y de lo equitativo", me gusta como suena eso.

El chico un poco incomodo ante aquella conversación de la que sentía fuera de lugar, pero sin perder la curiosidad, fue sometido sin aviso a un breve discurso frente a Tsuji y al pelotón:

- Schütze Chiba Saigo, miembro de la primera compañía de tanques medianos. Por acuerdo previo de sus superiores, usted ha sido transferido al primer pelotón de la primera Compañía de Infantería, de manera temporal y por un tiempo parcial. Mientras se encuentre bajo el mando de esta unidad, usted deberá obedecer en todo momento a sus superiores como si se encontrara bajo el mando de la unidad de donde usted procede. Será tratado conforme su rango lo requiere y como miembro de esta unidad, deberá actuar en concordancia con las ordenanzas dadas a esta. ¡¿Ha quedado claro?!

- ¡Señor, si señor! – Respondió Chiba, con voz temblorosa pero fuerte.

- ¡Perfecto! Hará parte de la primera escuadra, y por lo tanto su superior inmediato será el unteroffizier Wada Gotoku.

- ¡Entendido, señor!

Chiba procuró encuadrarse rápidamente, no sin antes ver como ambos oficiales se despedían con un apretón de manos y un saludo militar. Nervioso por ese empiezo tan repentino, se encontró además rodeado nuevamente por gente que en su gran mayoría no conocía. Aquel nerviosismo se reflejó en sus actos, tan torpes que ameritaron con justa razón la reprimenda del sargento Wada.

- "¡Chiba! ¡¿Dónde dejó su coordinación?!", "¡Chiba, un perro atropellado tiene más agilidad que usted!", eran algunas de las cosas que le gritaba el suboficial.

Hubo un momento en el que por poco y suelta un quejido, pero fue disuadido por uno de sus compañeros de escuadra:

- NeinRuhe!... – Dijo aquel chico, de apariencia europea pero sin esa aura de perfección física que suelen tener estos.

- ¿Qué?

- ¡Haz silencio! Eso fue lo que dijo – Intervino con sequedad otro de los miembros de la escuadra.

- E-Entiendo – Replicó Chiba con mansedad, mientras se disponía para el siguiente ejercicio.

Y así, al igual que el resto del pelotón, Chiba estuvo hasta mitad de la tarde haciendo extenuantes ejercicios, fortaleciendo su cuerpo como todo soldado debería hacerlo. La idea de rendirse iba y venía por su ajetreada mente, pero algo lo detenía de hacerlo y no lograba entender que era. ¿Orgullo tal vez? ¿Realmente tenía sentido del deber? Le apremiaba saberlo, pero entre más buscaba la razón más confusa se hacía su búsqueda.

Por andar distraído fue que se ganó el regaño de los demás superiores, e incluso la mofa de algunos de sus compañeros de pelotón. Kagawa era testigo de los problemas por los que pasaba el chico al momento de hacer sencillos ejercicios físicos, y aún más que Tsuji, se convenció de que de una forma u otra debía de mejorarlo, de la forma que fuera necesaria:

- ¡¿Dónde dejó la cabeza, soldado?! ¡No es momento de pensar en las tetas de la familia Nishizumi! ¡Apresúrese o quédese!

- ¡Señor, si señor!

Para cuando terminó se sentía mal. Entendía perfectamente que parte de la labor de su "amigo" como oficial era propinar regaños a sus subordinados, pero experimentarlo en carne propia era algo que parecía ir en contra de lo que uno aprende. Se dirigió con lentitud hacia el lugar en donde se encontraba su compañía, sin ánimos para nada que no fuera pensar pero, era lo único que al parecer hacia con gusto, pero ¿Pensar en qué? Le daba igual, prefería pasar tiempo con su mente en especial después de hacer algo tan tedioso; y por tratar de quedarse solo con su mente llegó tarde a la instrucción técnica de la compañía blindada:

- ¡¿Dónde rayos te habías metido?! – Ese fue el regaño con el que lo recibió el unteroffizier Onoda

- Yo… este… estaba…

- ¡Cállate y forma con los demás!

- ¡Señor si…!

- ¡CIERRA LA BOCA! Inepto.

Barracas de la Escuela Bismarck, 2056 pm

Para cuando terminó la jornada, todos y cada uno de los miembros de la Escuela Bismarck, estudiantes, instructores y maestros, estaban tan agotados que solo querían llegar a dormir, aunque no sin antes darse un baño que para no pocos se sintió como si se les hubiera devuelto el alma al cuerpo. Después de eso, ya no hubo mayor preocupación que volver a tiempo a las barracas y dormirse en cuanto lo ordenaran, las demás preocupaciones quedarían en espera hasta el otro día. Aún así, muchos no podían dejar de pensar en lo que habían vivido por horas. Para Kagawa, a pesar del deficiente desempeño general de la unidad, no podía evitar sentirse satisfecho, pues consideraba aquello como un buen comienzo para esos novatos, a quienes iría afinando con el tiempo. Se recostó en su cama, no sin antes despojarse de su overol, pero antes de que pudiera quedarse dormido escuchó una discusión que a su parecer, debía de resolver, aunque a diferencia de otras situaciones no estaba totalmente seguro de la prudencia de intervenir en una discusión familiar:

- ¿Hay algún problema del que no esté enterado entre usted y el unteroffizier Wada? – Dijo en cuanto se plantó frente a los hermanos Gotoku y Hiroki Wada.

- Con todo respeto señor, creo que este asunto es algo que puedo resolver en mi calidad de comandante de escuadra – Respondió el suboficial.

- Bueno, si ese es el caso…

- ¡Señor, permiso para ser transferido de escuadra! – Interrumpió el raso.

Kagawa consideró por un momento sus siguientes palabras, aun a pesar de saber lo que debía responder:

- Schütze Wada, tengo entendido que en la inducción del día de ayer se le informó sobre el debido proceso para solicitar una transferencia de cualquier tipo. Volveremos a discutir este asunto en cuanto tenga lo requerido.

Aquella respuesta no dejó conforme al joven:

- ¡Señor, no recuerdo haber escuchado algo al respecto en mi jornada de inducción!... – Titubeó en cuanto Kagawa le volvió a dirigir la mirada, claramente esa ultima parte no le había gustado - …Con todo respeto, señor.

Kagawa se mostraba furioso, pero logró contenerse y dar una respuesta tranquila:

- En ese caso, todo este asunto ya está resuelto. Usted seguirá haciendo parte de la escuadra dirigida por el unteroffizier Wada, y si considera que el trato brindado hacia usted no es justo, puede levantar sus quejas ante el oficial o instructor a cargo, con el debido respeto. Fin del asunto – Concluyó tajantemente, mientras se retiraba a sus "aposentos"

Sus subordinados, viendo que aquello no los llevaba a ningún lado, también se detuvieron, aunque Wada no perdió la oportunidad para darle una reprimenda a su unidad. El oficial por su parte se conformó con la solución que había brindado y esperaba que aquellos chicos también quedaran conformes con aquella solución. Cierto era que el debía brindar ejemplo y todo eso, pero eso no le daba el suficiente poder para arreglar una relación entre hermanos, esa era una labor que estaba fuera de su alcance.

Aún así, un minuto antes de que llegaran anunciando la hora de dormir, esto a las 2055 pm, fue increpado al pie de su cama por el sargento Wada:

- A decir verdad, no hubiera estado mal que lo cambiara de escuadra – Dijo, procurando que el resto no lo oyera.

- Es tu hermano, Gotoku. ¿Quién mejor que tu para darle ordenes?

- No es tan sencillo como instruir a un desconocido.

- No hay nada sencillo en esta vida. Debes dar un buen ejemplo a tu hermano al igual que lo harías con el resto de tus chicos, de lo contrario no estarías a la altura de la responsabilidad que se nos encomendó, y no puedo darme el lujo de tener suboficiales incapaces. ¿Quedó claro lo que tiene que hacer, sargento?

Sin más opción que obedecer, Wada asintió y se despidió, dejando que Kagawa por fin descansara, satisfecho de que sus ordenes fueran comprendidas.

A diferencia de Kagawa, otros se fueron a la cama menos satisfechos, y con más incertidumbre frente al mañana, y ese era el caso de Chiba, que ignorando todo contacto, solo se dispuso a dormir; quería olvidar, aunque fuera por una noche, sus fracasos. Sin embargo no es como que el mismo se ayudara, pues antes bien se distrajo leyendo un pequeño libro de tanques que tenía consigo. Para ser justos, tal vez solo trataba de buscar motivación en aquella lectura técnica, solo en los datos encontraba la tranquilidad necesaria para lidiar con el desastre que era su vida (O al menos, lo que él creía que era un desastre). En medio de su lectura, sintió como alguien se acercaba, y con temor y pereza de encarar a sus camaradas, cerró el libro y se metió bajo las sábanas. Tenía la sospecha de que aquellos no se detendrían ante esto, pero al menos si lo intentaban "despertar", tendría la excusa de que lo estaban molestando en medio de sueño; aunque el hecho de pensar en pararse y elevar quejas le parecía patético. Sus sospechas sin embargo resultaron infundadas, aunque sus compañeros, si trataron de hablar con el:

- Oye Chiba, este… ¿Estas despierto? Bueno da igual. Quería comentarte que los muchachos estábamos hablando y pues, pensamos que si necesitas ayuda en algo, puedes pedírnoslo sin problema – Dijo la voz perteneciente a Makoto Gamo.

- ¡Déjalo dormir! – Dijo otra voz, perteneciente a Kishimoto

- No está dormido, ¿O sí? Bueno me da igual… Decía el primero, mientras se montaban en sus respectivas camas, concluyendo de esa forma aquel diálogo sin respuesta.

Chiba sintió alivio de no tener que lidiar con ellos en lo que restaba de aquel día, más no pudo evitar que las dudas se apoderaran de el: ¿Había hecho lo correcto al ignorarlos? ¿No sería mejor levantarse y aceptar aquella propuesta? Tuvo el deseo de hacer eso último, pero en aquel momento el instructor encargado de aquel piso dio la orden de dormir, y decidió que sería mejor callar, no decir palabra alguna y descansar, dejando sus penas en el mundo terrenal y mientras se dirigía rumbo a la tierra de los sueños en donde nada, ni siquiera el mismo, podría molestarlo. Al menos eso era su esperanza, pero esta no siempre se materializaba.

¡Qué afortunados aquellos que se iban a dormir a la hora ordenada! Era algo que incluso a pesar de ser una acción obligada, hubieran deseado los jóvenes de la tercera escuadra en aquel momento. Mientras limpiaban el baño de su piso, cada uno lamentaba su propia suerte, y se preguntaban si habría alguna forma de acabar con aquel martirio, una salida fácil a esta labor que no era penosa por sí misma (No del todo), pero que al ser un modo de deprivar del sueño como castigo, se convertía en un yugo insoportable. Lo único que tranquilizaba a Nishikawa durante su labor, era que a parte del resto de pelotón, nadie quería cobrárselas por su error, pues comprendían que sus acciones no habían sido hechas con malas intenciones, y de todas formas no todos los presentes estaban allí por lo ocurrido aquella tarde. El único que parecía seguir teniendo problemas con el era Morishige, pero la verdad es que fuera de sus palabras groseras el no era un rival a la altura de Nishikawa, y más le valía a él no averiguarlo. Mientras pasaba el trapeador al lado de uno de los inodoros, notó que su compañero Nagatomo metía las manos en uno de estos sin mayor problema:

- ¿Qué carajo estás haciendo?

- Asegurándome de que no estén tapados

- ¿De verdad? – Preguntó escéptico el primero.

- Aunque no lo creas, soy bueno en algo. Claro que si deberías de creerlo, pues a esto se dedica mi familia.

- ¿Y te gusta?

- ¿Ser rechazado por la sociedad al punto de tener que limpiar la mierda de esta misma para sobrevivir? Solo a un pendejo le gustaría eso.

Nishikawa quedó un tanto intrigado por estas palabras:

- No entiendo ¿Qué tiene que ver meter las manos en la mierda, literalmente, con el rechazo social?

- ¡Soy un puto Burakumin, viejo! Aunque pasen otros cien años, esa marca se quedará conmigo. Y hasta que no encuentre una forma de dejar atrás todo esto, me tendré que conformar con coger mierda.

- ¿Por eso engañas y robas? – Preguntó Nishikawa, pero no recibió respuesta, ni siquiera una mirada.

Decidió no seguir fastidiando a Nagatomo con preguntas incomodas, antes bien, su vena altruista volvió a salir a flote:

- ¿Necesitas ayuda?

- ¡No necesito de tu puta caridad! – Respondió Nagatomo de mala gana.

Viendo que no podía hacer nada, esto es, ni ayudarlo ni romperle la cara de inmediato, Nishikawa siguió con lo suyo, justo en el momento en el que hacía eco por las paredes del baño la lejana instrucción del cabo instructor para ir a dormir. Sonrió con tristeza y siguió con lo suyo, pues el cabo ya venía a supervisarlos y no quería ganarse una bronca de este.

- "Además" – Pensaba el – Para la gente como yo no hay sueño ni descanso".

Pensaba con la resignación de un preso, pero al fin y al cabo, ¿No era eso prácticamente lo que eran? Le daba igual, no tenía tiempo para preguntas existenciales, su única preocupación era trapear el suelo de un lado a otro. Ya mañana se cuestionaría sus cosas, aunque de antemano sabía que ni mañana ni en veinte años tendría tiempo para estúpidas cuestiones existenciales, esa no era su misión, ni mucho menos la de aquellos que lo acompañaban en su condena.