I. El objetivo de un héroe


Comenzó como una ilusión infantil. Una mañana, poco antes de cumplir cuatro años, lo vio por primera vez en la televisión: valiente, fuerte, carismático y confiable. Ese héroe que no se detenía por ningún obstáculo, que avanzaba sin parar de sonreír.

El incansable símbolo de la paz. Su mayor inspiración para convertirse en héroe. Todas sus ilusiones, todos los trajes que diseñaba y todos los sobrenombres que inventaba tenían relación con ese personaje. Lo idolatraba, como lo haría cualquier niño de su edad. Y así fue sin importar el paso del tiempo, sin importar que el médico le insistiera sobre rendirse con su sueño de volverse un héroe.

—Una persona sin quirk no puede convertirse en héroe; jamás lo llegará a ser. —Le dijo cuando él tenía cinco años.

Ese día, el camino de regreso a casa fue más silencioso de lo usual. Izuku Midoriya podía ver desde el asiento del copiloto cómo su madre se tensaba. Nunca la había visto llorar, pero por la forma tan incesante como tragaba saliva parecía que estaba a punto de hacerlo.

—Mamá, no te preocupes —dijo Izuku con su voz infantil, a pocos metros de su casa—. Tal vez el doctor se equivocó; yo tendré un quirk tan genial como el tuyo o el de papá. Y entonces podré… —Dejó de hablar cuando comprobó que, efectivamente, había una lágrima derramándose por la mejilla de su madre.

Ella se apresuró a limpiarla, estacionó el auto y volteó a ver a su único hijo. Sonreía, o eso trataba.

—Vamos adentro, ¿sí? —Su voz se oía entrecortada, mas lo que a Izuku le llamó la atención fue que parecía ocultar diversos sentimientos. Años después comprendió que sólo quería protegerlo; pero esa tarde sólo pudo pensar que quería que su madre le diera la razón.

Ya llevaba el corazón roto; sólo buscaba que alguien lo entendiera y lo animara. Quería que alguien alimentara su sueño. Y lo habría dado todo porque esa persona fuese su madre.

—Sí, mamá… —musitó desabrochándose el cinturón de seguridad.

Durante los siguientes días, Izuku trató de volver al tema. Pasaba horas mirando en la computadora las grandes hazañas de All might, su héroe favorito. Sabía que su madre lo veía, quería que lo mirara de hecho. Ansiaba, sobre todo, que al verlo tan insistente sobre el tema, ella le diera el apoyo que quería, que tanto necesitaba.

En cambio, luego de varias semanas intentándolo, lo único que consiguió fue que su madre se abrazara de la silla y llorara a lágrima tendida con él.

—¡Lo siento! ¡Lo siento tanto, Izuku!

Y entonces, aun cuando podía sentir que su madre lo amaba como no podría amar a nadie más, comprendió que ella no le diría las palabras que deseaba escuchar. Sin importar que él quisiera convertirse en alguien que pudiera salvarla a ella de cualquier peligro, su madre no lo comprendía.

Empero, también era cierto que ella jamás lo obligó a renunciar a su sueño. Lo dejaba hablar de ello, aunque sus ojos no podían mirarlo a la cara cuando él lo hacía. El tema le dolía; sentía que había fallado como madre, que le debía algo a Izuku y que era culpa suya que él no pudiese cumplir con el sueño de su infancia. Poco a poco, Izuku aprendió a no hablar tanto del tema…

Mas, contrario a lo que el doctor, sus compañeros del salón e incluso su madre podían esperar, Izuku no se rindió ante el deseo de convertirse en un héroe que pudiera salvar a todos con una sonrisa. Solía pensar que las burlas y los malos comentarios de sus compañeros sólo eran obstáculos que cualquier héroe podía superar. Algún día los salvaría incluso a ellos; entonces ellos comprenderían que él siempre tuvo lo necesario para cumplir su sueño y lo aceptarían.

Sólo necesitaría superar esos obstáculos para que la sociedad lo aceptara. Y mientras eso pasaba, sólo tenía que ser fuerte. Sólo tenía que esperar, que mantenerse quieto, esperando a que la lluvia pasara y saliera el arcoíris.

Empero, tolerarlo era más difícil de lo que había esperado. Los golpes y empujones no eran problema; lo que en verdad dolía y lo que hacía más difícil el seguir avanzando eran las palabras, las palabras tan crueles que aquél que creyó su amigo de la infancia solía decirle:

—Tú ni siquiera eres "débil" en individualidad… ¡Tú eres nada! ¡¿Así que por qué estás intentando entrar en el mismo sitio que yo, ah?!

Izuku sabía que era inferior a Bakugou Katsuki, sabía que Katsuki lo destrozaría en una pelea cuerpo a cuerpo –ni siquiera era capaz de imaginar una donde resistiera el primer golpe– pero se aferraba a creer que con todo lo que antes había estudiado tendría la posibilidad de pasar el examen que la UA hacía cada año. No era que quisiera retar a su antiguo amigo de la infancia, no necesitaba más problemas con él; solo le bastaba con intentar cumplir su sueño.

¿Qué tan difícil era comprender eso? ¿Por qué a la gente le importaba tanto que una persona sin quirk deseara ser un héroe? ¿Y por qué a Bakugou y a sus amigos no les bastaba con molestarlo dentro de la escuela? ¿Por qué tenían que corretearlo incluso fuera de los territorios escolares?

El cielo estaba nublado y Midoriya sólo deseaba llegar a su casa, mas sabía que Bakugou lo atraparía antes de que pudiera siquiera doblar la esquina a su hogar. Estaba obligado, entonces, a correr en medio de la lluvia hasta que encontrara un lugar donde pudiese resguardarse.

—Sólo es otro obstáculo que debes superar, todos los héroes pasan por situaciones difíciles. —Se repetía una y otra vez con lágrimas en los ojos mientras oía los pasos de esa banda de altaneros chicos siguiéndolo.

No se dio cuenta, en medio de su miedo, en qué momento dejaron de seguirlo. No escuchó cómo Bakugou se detenía, sonriendo, burlándose de la mala suerte de Midoriya.

—Déjenlo. El bueno para nada se metió al barrio más peligroso de la ciudad… Será un milagro si logra salir de ahí.

El arrogante muchacho desconocía que fue precisamente esa tarde y esa aparente mala decisión de Izuku lo que terminaría por cambiar la vida de todos a quienes conociera.

.

Apenas un mes después, Izuku conoció a All might y fue elegido por él como el siguiente portador del one for all. Fue su valentía, su anhelo por salvar a alguien a pesar de no tener un quirk que lo ayudara, lo que terminó por demostrar que merecía lo que el héroe número uno tuviera para él.

Todos los días después de la escuela entrenaba con él. Apenas le daba tiempo para estudiar como debía y dormir adecuadamente. Estaba cansado casi todo el tiempo, pero no podía rendirse ahora; no después de obtener la mayor suerte de todas: All might lo entrenaba para convertirlo en un buen recipiente capaz de soportar el one for all sin que sus extremidades se hicieran trizas. Su héroe favorito, su primera gran inspiración, lo había elegido como su sucesor.

Después de todo lo que le habían dicho, de cientos de rechazos hacia su sueño, al final su mayor héroe lo reconoció y le propuso la mejor de las ofertas. La persona que tanto buscó y las palabras que tanto anheló oír de su madre llegaron en esa persona, en All might.

En ocasiones parecía un sueño; en otras, al contrario, parecía una pesadilla debido al fuerte entrenamiento al que All might lo sometió. Pero entre más lo pensaba, más seguro estaba de hacer lo correcto.

—¡Tienes que sentir en tus músculos el tipo de héroe que quieres ser! —dijo una tarde su héroe, a cuatro meses del examen de admisión. Izuku empujaba una vieja camioneta abandonada, mas el cansancio en su cuerpo lo hacía más lento a cada segundo— ¡Tienes que gritarlo! ¡Quiero escucharlo mientras mueves esa carcacha fuera de aquí!

El muchacho no respondió hasta varios segundos después. Sentía que sus pulmones reventarían pronto, mas no se permitía desobedecer una sola de las órdenes de su mentor.

—Quiero ser un héroe… uno que salve a aquéllos que nadie más se atreve a salvar —Trató de gritar con los dientes apretados. El coche se movió apenas unos centímetros.

—¡Más alto! ¡No te escucho!

—¡Quiero…! —Tragó saliva y volvió a intentarlo— ¡Quiero ser un… un héroe que…!

—¡Piensa en aquéllos que te inspiran e inténtalo de nuevo!

Izuku entonces cerró los ojos y concentró su fuerza en ambos brazos. A su mente acudieron esos brillantes ojos turquesa que conoció esa tarde de lluvia. Su cabeza se llenó de esas palabras que intercambió con ése a quien todavía consideraba un amigo, a pesar de las circunstancias que los rodeaban. Y entonces su corazón absorbió la experiencia que conocerlo significó.

Fuera de su consciencia, All might vio orgulloso cómo la camioneta se movía a una buena velocidad. El muchacho era más que sorprendente y lo que fuera que lo estuviera inspirando era lo necesario para convertirlo en un gran héroe.

—¡Grítalo! —Le dijo. Y el chico abrió los ojos. El verde de sus pupilas reflejaba toda la determinación que su cuerpo mostraba.

—¡Seré un héroe capaz de salvar a aquellos que nadie más se atreve a salvar! —exclamó desde el fondo de su corazón.

Frente a sus ojos se encontraba la vieja camioneta, pero él sólo veía la vacía mirada de un desafortunado muchacho que perdió toda la esperanza en los héroes. Se lo había prometido y no le fallaría. Se lo demostraría… Lo haría.

—¡Eso es! ¡Sigue así! —Lo animó su mentor.

—¡Uno en el que todos puedan confiar! —Continuó Izuku al tiempo que sacaba la camioneta hasta la entrada del parque— ¡Uno que le devuelva la esperanza! ¡Lo haré!

Y tras un último empujón, Izuku consiguió su objetivo. La camioneta y los desechos en ésta se encontraban fuera de su área de limpieza.

Agotado, dejó caer los brazos a su lado y respiró hondo. Casi de inmediato, sintió sobre su espalda los golpes de orgullo de All might.

—¡Eso es, muchacho! ¡Bebe, debes recuperar tu fuerza para continuar! —Le indicó mientras le ofrecía una botella de agua.

Al tiempo que Izuku bebía el agua, sin descanso alguno, All might le sonrió. Su espíritu era envidiable. No cabía duda: él era perfecto para heredar la voluntad de su maestra.

—Dime, muchacho, ¿qué es aquello que te inspira tanto, eh? Dices que quieres devolverle la esperanza a alguien, ¿es la chica que te gusta? Porque si es así, podría darte algunos consejos para…

Izuku escupió el agua que recién trataba de tragar.

—¡¿Qué?! ¡No! ¡No es alguien así! —contestó luego de recuperar el aliento. Secó sus labios con el dorso del brazo, tratando de ocultar el sonrojo de su rostro— ¡No! Ni siquiera es una chica, él es un… —Se detuvo abruptamente luego de recordar lo que podría sucederle a esa persona si revelara su ubicación— Es mi amigo, mi único amigo.

Sonrió. Sus ojos y todo su rostro mostraban la confianza que tenía en esas palabras. Fue suficiente para que All might aceptara esa respuesta. Él también sabía lo que un amigo podía significar y, en el caso del muchacho, lo importante que era el que un amigo lo inspirara de ese modo.

Y si ese amigo era el que lo llevaba a esforzarse de ese modo, ¿cuál podría ser el problema?

.

Esa tarde no había tenido nada de particular. Lo de siempre, bajo pedido de la misma persona y por razones que no conocía. La vida clandestina nunca era fácil; aun con su quirk, todavía existían cosas que lo orillaban a rendirse o a buscar otro camino para conseguir su objetivo…

Sin embargo, en medio de la lluvia y justo detrás del callejón donde estaba la entrada a su escondite, se encontraba algo, alguien, que alteraba su rutina. Estaba sentado en el suelo; sudadera azul marino, pantalones grises y tenis rojos. Oculto en su sudadera, podía vislumbrar un brillante cabello verde y unos enormes ojos que no le decían nada. Vacíos… Esos ojos ya los había visto en otra ocasión, una en la que a propósito ignoró una situación de bullying entre estudiantes. Ese chico, de secundaria, era el evidente objetivo de esos mocosos.

El muchacho abrazó sus rodillas y desvió la mirada de él.

Dabi no era idiota. Podía ver que el muchacho sabía qué clase de personas podría encontrarse en callejones así –personas como él– pero aun así se encontraba ahí, totalmente indiferente a lo que pudiera pasarle. Por un momento, Dabi se recordó a sí mismo algunos años atrás. Una mirada tan vacía en un niño… Por supuesto que la conocía.

—Oye, tú… —Lo llamó después de sacar el cigarrillo de su boca— Ven conmigo.

Y sin esperar una respuesta, se agachó y tomó la mochila del muchacho para obligarlo a obedecerlo. De inmediato, éste reaccionó y se puso de pie; lo que fuera que trajera en esa mochila, debía valer mucho para él.

Dabi abrió la puerta que estaba frente al basurero donde parecía que el muchacho se había escondido y arrojó la mochila dentro de la propiedad. Prendió la luz y caminó hacia el fondo de la casi vacía habitación.

—Puedes dejar la puerta abierta si desconfías —dijo al niño que avanzaba con evidente cautela en sus pasos. Momentos después, arrojó la colilla de su cigarrillo a un abultado cenicero en el suelo.

—¿Qué es este lugar? ¿Vives aquí? —Fueron las primeras palabras del muchacho, quien avanzó, tomó su mochila y la abrazó a su pecho.

A su alrededor apenas habían unos cuantos muebles y un sillón largo con un par de cobijas viejas. La habitación mantenía un fuerte olor a cigarrillo y a sopa instantánea. El muchacho cubrió su nariz con la sudadera mientras esperaba la respuesta de su acompañante.

—De todas las preguntas que podrías hacerme, ¿escoges ésas? —Abrió la única ventana del cuarto para que se ventilara más. El chico no respondió, pero al voltearlo a ver pudo comprobar que éste se encontraba visiblemente avergonzado; ya con el rostro descubierto— No lo consideraría mi hogar, pero sí. A veces vivo aquí.

—¿A veces? ¿A qué te refieres con…? Lo siento. —Dabi no contestó. Para ser un chico maltratado, parecía tener demasiada curiosidad infantil dentro de él— Soy Izuku.

—¿Ése es tu nombre real? —Se recargó en la pared y se cruzó de brazos. El chico tardó en asentir. Cada una de sus acciones evidenciaba que en realidad nunca había estado tan cerca de una persona como él. Dabi sonrió— Interesante.

—Creo que… tengo que irme…

Por supuesto. Las alarmas de que el sujeto con el que hablaba no era lo que se consideraba un ciudadano ejemplar resonaron en su cabeza desde que lo escuchó acercarse al callejón. Había llegado hasta ahí luego de que Bakugou y sus amigos lo estuvieran molestando acerca de su sueño de convertirse en héroe.

Hasta llegar al callejón donde ese tipo lo encontró, no se percató de la zona donde se encontraba. Su madre siempre le advertía que ese barrio estaba lleno de delincuentes y que hasta los mismos héroes temían pasar por ahí. Entonces empezó a llover y, con más miedo de ingresar a una tienda donde hubiera criminales, decidió cubrir su cabeza y esperar en el callejón a que la lluvia se calmara.

Empero, apenas unos minutos más tarde, se encontraba justo en la situación en la que su madre siempre temió. Dentro de una habitación con un presunto criminal adicto al tabaco que aparentaba unos seis años más que él. Y algo en su aspecto, cubierto de injertos de piel en el rostro y brazos, le decía que esa persona poseía un quirk que jamás pensó conocer.

Peligro. Todo en ese escenario lo gritaba. Debía correr, huir…

Tragó saliva y dio un paso atrás. El sujeto le dio la espalda, como rindiéndose ante el hecho de que se quedaría solo y luego lo vio sacar un cigarrillo del bolsillo de su pantalón. Y aunque no lo veía de frente, Izuku vislumbró el característico humo del cigarro.

Inconscientemente, dejó de retroceder. Ese quirk que había pensado… Tal vez…

—Deberías defenderte tú solo sin esperar que llegue un héroe que lo haga. —Le dijo el sujeto sin mirarlo.

Izuku, cargado de una valentía que desconocía, volvió a adentrarse en la habitación.

—Fuego… Tu quirk es fuego —dijo, sin estar seguro de que era buena idea revelar que había adivinado su poder.

—Tal vez te molestan porque nunca prestas atención a la conversación.

—Encendiste el cigarrillo pero no sacaste ningún encendedor o cerillo. Lo prendiste por tu cuenta y, a juzgar por los parches en tu cuerpo, tú…

—Dabi[1]. —Lo interrumpió mientras de su mano izquierda emanaba una brillante llama azul, como si la estuviese sosteniendo— No es un fuego normal, y no te recomiendo probarlo.

Pese a todo lo que pudiera entenderse, no era una amenaza.

—¡Es un quirk estupendo! —exclamó Izuku apretando los puños— Mi padre podía escupir fuego, también era estupendo.

Dabi se giró, todavía más interesado. Los ojos de ese chico ahora tenían la emoción de cualquier chico de su edad. Tal vez se equivocó con él; tal vez sólo había tenido un mal día.

—¿Usas fuego también? —cuestionó. Cual interruptor, de nuevo se apagó su mirada. No, ahí estaba de nuevo… Ese vacío.

—No, yo… No tengo quirk…

—Ah, lo sabía. Otro marginado. —Le dio una bocanada a su cigarrillo. Ahí estaba la razón.

—¿Qué? ¿Eres un marginado? —preguntó sin siquiera ofenderse por haber sido llamado de esa forma— Pero si tu quirk es genial, ¿por qué la gente podría rechazarte?

Los ojos azules del presunto criminal reflejaron un secreto que Izuku no pudo leer. Profundo, doloroso; ahí estaba la verdadera historia de todas esas cicatrices en su cuerpo. Ahí nació su interés por esa persona… ¿Quién era él en realidad?

—Los héroes sólo salvan a quienes les ayude a crecer su ranking —explicó antes de sacar el cigarro de su boca—. Niños sin quirk como tú o con un quirk tan peligroso como el mío no sirven para otra cosa que no sea generar lástima o para usarse como meras herramientas. Esta sociedad está cegada por la falsa idea de los héroes; pero si tú no entiendes a lo que me refiero, supongo que es porque a pesar de todo, has tenido una buena vida. —Al concluir, dejó escapar el humo en su boca.

La reacción del muchacho fue difícil de leer. Lo escuchó con atención, podía entender cada palabra que decía, pero algo dentro de él –probablemente la clásica admiración de los niños hacia uno o más héroes– le impedía comprender lo que había detrás.

Dabi lo vio tragar saliva y apretar su mochila antes de que lo mirara con determinación.

—Un héroe ayuda a quien lo necesite —respondió Izuku sin miedo—. No mira quién es o de dónde viene, lo salvará; ése es su trabajo y cada héroe lo realiza con gusto.

Dabi sonrió. Ingenuo.

—¿Y entonces por qué nadie me ha rescatado, fan de héroes? —El muchacho se quedó congelado ante esa pregunta— Dile a alguno de ellos que estoy aquí y lo que menos harán conmigo será ayudarme. Dile a alguno de ellos que no tienes quirk y lo más que harán será hablarte sobre profesiones que no necesiten un quirk. No les importas si no les eres útil, verde.

Empero, a pesar de las palabras llenas de una experiencia que Izuku no conocía, el chico de secundaria no se rindió. Él conocía a un héroe, al menos a uno, que era capaz de salvar a aquéllos que otros daban por perdidos. Y era ese héroe, el número uno, quien lo inspiraba a mantenerse en ese renglón. Sin importarle que se encontraba frente a una persona que pudiera desaparecerlo si lo deseara, no retrocedería.

—Tal vez tu experiencia te diga eso, pero la mía será diferente. Y entonces te mostraré que te equivocas. No todos los héroes son así, puedo asegurártelo. Si uno de ellos te hubiera conocido antes de todo esto, estoy seguro de que ahora incluso tú serías un gran héroe.

Dabi rio.

—No, gracias. Eso no. —Exhaló todo el humo en su boca y apagó el cigarrillo tras presionarlo en la pared. Sus ojos se dirigieron a la ventana abierta —Ya no llueve.

—¿Ah? Entonces me iré. —Volvió a retroceder, pero ahora ya no con miedo, sino con emoción; como quien acaba de hacer un amigo— Regresaré y te demostraré que tengo razón… eh… ¿Cómo debería llamarte?

El muchacho mayor dudó. No estaba seguro de querer volver a ver a ese chico que desconocía por completo el mundo en el que vivía. Pero por otro lado, no era como si fuera a darle un nombre real. Aún no era el momento para revelarlo.

—Dabi —musitó antes de volver a darle la espalda. Casi pudo ver a Izuku sonreír.

—¡Bien! ¡Voy a demostrártelo, Dabi! ¡Nos vemos!

Momentos después, salió del lugar. Para cuando volvieron a verse, muchas cosas habían cambiado ya.


[1] El alias de Dabi significa "cremación" (荼毘, Dabi).