Capítulo 8
Flash back PVO Ariel.
Había subido otra vez a la superficie, cerca de la zona donde solía venir con mamá. Me encantaba venir a este sitio, ponerme su vestido y pasear por el bosque. Ojalá pudiese ir a la playa, pero si alguien me descubre papá me pondrá un guardaespaldas otra vez.
Siento la tierra bajo mis pies, sigue húmeda tras la tormenta de ayer, pero no me importa, el bosque huele más de lo normal, a madera y frescor. La tranquilidad de aquí es una maravilla, no hay ni un alma.
Pero la tierra ha empezado a temblar y se oye un sonido extraño a lo lejos. Deben ser humanos tocando esos instrumentos suyos tan estruendosos. Prefiero apartarme del camino y que pasen.
A los segundos pasa un grupo de hombres montando a caballo, todos vestidos igual, aunque el de en medio no lleva uno de esos sombreros raros en la cabeza. Se me ha quedado mirando. No había visto unos ojos tan negros en mi vida. Bajo el mar todos tenemos ojos claros.
Me desvié de mi camino y caminé entre los árboles sin rumbo durante un rato.
-No debería andar sola por estos lugares señorita, podría perderse. –dijo una voz sobresaltándome. Era el hombre de ojos oscuros, pero esta vez venía solo.
-Conozco bien estos parajes señor, no temo extraviarme.
-Quizá alguna bestia le asalte.
-Puedo defenderme de cualquier cosa. Pero le agradezco su interés.
-Vaya, yo despistando a mis hombres para venir en auxilio de una damisela en apuros y resulta que no soy necesario.
-Lamento su decepción.
-Al menos me permitirá acompañarla en su paseo.
-Me temo que no le conozco como para permitírselo.
-¡Qué descortesía la mía! Soy Derek y lo de conocernos se arreglaría con ese paseo que le he solicitado.
Era un hombre muy agradable, le sonreí de vuelta y le permití acompañarme.
-Mi nombre es Ariel.
-¿Ariel qué más?
-¿Derek qué más?
-Jajaja. Entendido, solo nombres. –dijo mientras se bajaba del caballo. –y dime Ariel, ¿Qué hace una muchacha como usted paseando por el bosque sola?
-Buscaba evadirme de mis responsabilidades en casa y relajarme un poco. No necesito preguntarle a usted, es evidente que ha salido de caza con sus hombres.
-Así es, pero prefiero cambiar mi actividad por un paseo escoltando a una bella dama.
Estuvimos andando por el bosque un rato hablando de trivialidades, hasta que nos encontramos un arbusto que yo conocía.
-¡Frambuesas! –exclame entusiasmada y lanzándome sobre el arbusto a coger sus frutos maduros. –Adoro estas frutas, es difícil encontrarlas.
-¿Nunca he comido eso? ¿No es venenoso?
-Le garantizo que no. Es mi fruto predilecto. –dije entregándole un puñado. –Pruébelas.
Él las tomó dubitativo.
-No estoy seguro de que mi padre este de acuerdo en que coma esto. –dijo mirando los frutos como si le fuesen a arrancar las manos.
-El mío pondría el grito en el cielo, pero lo que no sepa no hará que se enfade –respondí comiéndome una de las frutas. Derek me imitó y pronto su cara adquirió una expresión placentera.
-¡Esto es delicioso! –exclamó.
-Te lo dije –contesté divertida.
En ese momento mire hacia el horizonte y vi el sol aproximarse al mar.
-¡Es tarde! ¡Me van a matar! –grité antes de salir corriendo en dirección a la zona de la playa.
-¿Te veré de nuevo? –pregunto Derek a la distancia.
-En tres días. Mismo lugar y misma hora. –respondí.
Empecé a quedar con Derek con mucha frecuencia. No tardé en darme cuenta de que él venía con ropa distinta cada día, por lo que vendí algunas perlas que encontré en el mar para hacerme con algo de vestuario que intercalar con el vestido de mi madre, aunque no fuesen tan espectaculares, pero siempre asegurándome de tapar mis pies desnudos.
Con el tiempo me fui enamorando de él. De su risa fácil, de su pelo dorado, de esas hermosas facciones y su carácter afable, pero sobre todo de esos hermosos ojos oscuros que me cautivaron desde el primer momento.
Siempre tenía una palabra agradable para mí, un pequeño obsequio como una flor, algún alimento exótico como algo llamado un chocolate y tras varias semanas empezó a aparecer con joyas. Pendientes, collares, anillos, brazaletes… todos adornados con piedras preciosas diferentes, algunos excesivamente llamativos para mi gusto, pero que no despreciaba por no herir sus sentimientos.
-Ariel –llamó un día mientras paseábamos. –Me gustaría invitarte a una fiesta que van a realizar en mi casa en dos semanas. Habrá mucha gente y me gustaría que vinieses –dijo extendiéndome un papel garabateado.
-¿Y dónde está tu casa? –pregunté. No tenía ni idea de donde vivía. En realidad nunca habíamos hablado mucho de nuestra familia, entre otras cosas porque yo prefería evitar mentirle.
-¿Has visto el castillo que hay en la colina pasando la villa? –preguntó sonriente.
-Sí. Puede verse desde cualquier punto.
-Exacto. Ve allí y pregunta por el conde de Skammeling.
-¿Y él me llevará hasta ti?
Soltó una risita rara. Como si se riese de una broma. –Podría decirse que sí.
Le miré haciendo un puchero. ¿A qué venía ese secretismo?
-¿Te pondrás muy guapa para mí? Quiero llevar a la chica más bonita de mi brazo.
-Haré lo que pueda.
-Ponte alguna de las joyas que te he regalado y serás la envidia de todos.
-No sé si tengo algo que les haga justicia, ya te lo he dicho. –contesté avergonzada.
Medito unos segundos y contestó.
-La próxima vez te traeré algo que solucione el problema.
La siguiente vez que quedé con Derek me trajo un vestido de terciopelo de color rosa oscuro. No me gustó nada, pero según él era el color de moda. Yo odio el rosa. Me queda fatal siendo pelirroja. Pero el insistió mucho a pesar de lo que yo le dije.
-¿No querrás que se rían de ti por ir mal vestida a una fiesta elegante?
Con eso me ganó. No quería dejar a Derek en ridículo ni quedar yo misma. Quería verle sonriente todo el rato y orgulloso. Si iba a ser en su casa conocería a su familia y quería agradarles, por lo que tomé el vestido con su mejor sonrisa. –Está bien.
-Vas a ser la más bella de todas. Les dejarás deslumbrados. Y yo seré el afortunado de amar a esa joven abrumadora –me dijo alabador mientras acariciaba mi mejilla con dulzura para después darme un suave y corto beso. Mi primer beso. No fue como lo imaginé, no se me movió el océano, no sentí mariposas en el estómago. Fue un simple roce, quizá fue por eso.
La noche de la fiesta fui a la grieta del acantilado donde ocultaba mis cosas. Tomé el vestido rosa y unos pendientes y collar de plata con rubíes pulidos, grandes y llamativos. No me gustaban nada, pero a Derek le iban a encantar. En las muñecas llevaba mis inseparables espadas.
Salí a la playa y tras secarme me vestí, lo cual fue muy complicado porque me costaba llegar a los cierres traseros, pero al final lo conseguí, me puse las joyas y adorné mi pelo con cristales adiamantados de hielo.
Cuando empecé a andar me di cuenta de un pequeño problema. No tenía zapatos, así que con un poco de agua la enfrié hasta cristalizarla y cree unos zapatos con tacones. Sonreí con nostalgia. Era una técnica que utilizaba mi madre para confeccionar nuestros vestidos humanos para cuando subíamos a la superficie.
Finalmente me puse en marcha. Caminé durante media hora atravesando el pueblo por varias calles cuesta arriba hasta llegar a las escaleras que daban a la puerta del gran castillo donde pude divisar a un hombre.
-¿Tiene invitación? –me preguntó muy cortésmente, aunque su mirada era de desdén.
-Sí. –contesté extendiéndole el papel que me dio Derek. Tras darle un pequeño vistazo me lo devolvió.
-Disfrute de la fiesta señorita. –incliné la cabeza de forma educada y avancé rápidamente, aunque nada más entrar en el espacio quise darme la vuelta.
Era cierto que el rosa debía ser el color que les gustaba, pero ninguno era tan oscuro como el mío ni de un material tan grueso. Las chicas parecía que flotaban sobre nubes de tejidos volátiles y ninguna era pelirroja.
Mientras descendía las escaleras notaba que la gente me miraba y se reía. No sabía qué hacer, no veía a Derek por ningún sitio y empezaba a sentirme insegura cuando recordé lo que me dijo Derek.
El salón era de color azul pálido con una fuente blanca entre las dos escaleras que venían desde la calle, comida a los laterales y la gente bailando desde la fuente hasta el final del salón donde se veía una escalera que debía dar a las habitaciones.
Me acerqué a una mujer que hablaba con varias muchachas de más o menos mi edad.
-Disculpen, ¿Podrían decirme dónde se encuentra el conde Skammeling? –pregunté cortes. Ellas se giraron y me miraron con expresión burlesca.
-¿Y para que quieres ver al conde? ¿Crees siquiera que va a mirar dos veces a un ser ridículo como tú? -dijo una.
-Vaya aspecto tienes chica. Es una fiesta elegante, no una comedia de barrio. –increpó una mujer rubia.
-Déjala. No todas pueden tener tu exquisito gusto Vanesa. –rió una morena. Después todas estallaron en carcajadas.
Me sentí acongojada, pero no lo demostré. Yo era una princesa del reino submarino, con más poder del que nadie de esta sala podía suponer y no iba a permitir que nadie me intimidara, por lo que me estiré y con un aire orgulloso e indiferente respondí.
-Lamento que no les guste mi atuendo ya que fue un regalo, pero el conde pidió verme expresamente por cuestión de contactos.
Se quedaron como si les hubiese dado un aletazo en la cara.
-¿Qué puede querer el conde de ti? –increpó Vanesa.
-Eso no es asunto suyo, pero descuide, le buscaré por mi cuenta y cuando le vea le hablare de la inestimable ayuda de Vanesa y sus acompañantes. –dije con malicia.
Guardaron silencio unos segundos, pero la morena no tardó en decirme algo.
-La última vez que le ví se encontraba a los pies de la escalera.
-Muchas gracias. –conteste inclinando la cabeza y siguiendo la dirección indicada.
Avancé esquivando a la gente, y aun notaba la mirada de algunos pegado a mi cogote y me estaba enfureciendo, pero mi furia disminuyó cuando a lo lejos vi un pelo rubio que conocía bien. Avivé el paso para llegar a él más rápido.
-Hola Derek. –saludé a sus espaldas cuando llegué a su lado. El volteo a verme y me dedico una de sus deslumbrantes sonrisas.
-Hola preciosa princesa. –me puse roja, lo de princesa me sonaba raro viniendo de él porque nunca se lo había dicho. –Estas muy bonita.
-Gracias. –respondí. –Tú también te ves muy apuesto. –comenté al observar su indumentaria. Pantalones ceñidos con botas negras lustradas y una chaqueta negra con hilos de plata y una corbata de seda blanca.
-¿Quién es esta jovencita Derek? –preguntó el hombre con el que hablaba. Un hombre mayor entrado en años.
-Esta, padre, es una amiga mía. Se llama Ariel. Este Ariel es el conde de Skammeling, mi padre.
-Un gusto señorita. –dijo tomando mi mano y depositando un beso. –Es una pena que no venga mejor vestida, aunque sus joyas dicen que posee buena fortuna, pese a su horrible gusto.
Me quedé congelada y sin saber que decir. Me pareció mal educado y de mal gusto.
-Hijo, ve a sacar a bailar la señorita Marok, yo deseo bailar con tu amiga. –ordeno mientras me tendía la mano.
Derek se inclinó ante su padre y me dejo ahí sola para dirigirse a un grupo de chicas. Me fije que hablaba con Vanesa y que a los pocos segundos empezaba a bailar.
-¿Vamos querida? –repitió el padre de Derek, recordándome mi compromiso. Tome su mano y fui con él a la pista de baile.
-No permitiré que una donnadie se acerque a mi hijo señorita, y él lo sabe. –dijo mientras bailábamos.
-¿Cómo dice?
-Mi hijo ha visto tu cara bonita y quiere sacarte algo. No le culpo, con otras ropas estarías hermosa, pero no tienes apellido y no he sabido nunca de ti, lo que quiere decir que tu familia no es nadie.
-¡Eso no es cierto! –defendí.
-¿Y por qué no has dicho quiénes son tus padres?
-¿Por qué no me dijo su hijo quien era su padre? Puede que porque se avergonzase de que su padre es un cretino maleducado.
El señor Skammeling se detuvo en medio de la pista.
-Márchese ahora y se ahorrará una humillación mayor de la que va a sufrir. –dijo para después marcharse dejándome abandonada en medio de la pista. Por las miradas de los que me rodeaban supe cual era la humillación de la que hablan. Miré a Derek y el sólo me observaba mientras continuaba bailando con Vanesa en cuyos ojos había burla.
Me encamine hacia las escaleras para salir de allí. Ya estaba cerca cuando noté que alguien me puso la zancadilla y caí a la fuente. Bajo el agua escuchaba las risas a mi alrededor. Quería llorar, pero no les daría esa satisfacción. Vi mi cola y me dí cuenta que mi secreto iba a ser descubierto. Emergí y sacando solo la cabeza me asomé para ver quién me había empujado. Vi a la chica morena mirándome y riéndose. Derek se acercaba pero no lo suficiente para ayudarme a salir, por lo que tomé impulso con los brazos y saque mi torso. Escuche a la gente inspirar hondo. Mamá me había dicho que las sirenas no vestimos acordes con los gustos humanos. Ellos jamás muestran su vientre y mucho menos dejan vislumbrar un torso apenas tapado con unas conchas en los senos. Me daba igual. Terminé de salir y me senté con mi cola colgando por fuera.
Un grito de terror se escucho entre la gente.
-¡Es un monstruo!
-¡Atrapadla! –fueron algunos de los gritos femeninos que escuché, pero me daba igual, yo quería saber la reacción de Derek. No me hizo esperara mucho.
-Que…. ¡Repugnante! –bramó mientras miraba fijamente mi cola. -¡Guardias! ¡Atrapen a esa asquerosa abominación! –algo dentro de mí se rompió en ese momento, pero esos tipos uniformados se acercaban rápidamente.
-Alejaos de mi. –dije.
-Metedla en una jaula –ordenó el padre de Derek.
-Intentadlo –amenacé sacando mis sais, consiguiendo que los guardias parasen en seco. El silencio reinaba en la sala.
-¿Qué clase de monstruo eres? –dijo Vanesa colocándose detrás de Derek, para que la defendiera.
-Esa pregunta debería hacérosla yo a ustedes, yo soy una simple sirena y pienso marcharme a mi casa, si alguien se arrima, lo lamentará.
-¿Y cómo piensas marcharte? ¿Nadando? –increpó el padre de Derek causando una carcajada colectiva.
-No. Andando. –respondí serena poniendo una mano sobre mi cola y secándola al instante en una nube de vapor. Me levante y subí las escaleras de espaldas disfrutando de las caras con ojos de sapo que tenían todos. –Hasta nunca. –dije al llegar a la cima de las escaleras para después salir corriendo.
Corrí y corrí hasta llegar a la playa. Los pulmones me ardían. En más de un sentido. Me sentía traicionada, utilizada. Derek nunca me había querido. Su padre tenía razón, sólo quería aprovecharse de mí. Me despojé rápidamente de todo arrojándolo a la cueva donde guardaba todas mis cosas y después me lancé al agua. Sólo quería llegar a mi casa y llorar en mi cuarto.
Nadé como una posesa, hasta llegar a Atlántica, donde tuve que intentar enfriar mi cabeza para sortear a los guardias y subir hasta mi cuarto. Cuando ya estuve sola pude soltar mis penas de la noche hasta quedarme dormida, pero parecía que apenas había cerrado los ojos cuando escuche llamar a mi puerta.
-¡Ariel! ¡Despierta! Tu padre quiere hablar contigo inmediatamente. –escuche gritar a Sebastián, consejero de mi padre y gran amigo mío.
-¡Voy! –chille levantándome y yendo al tocador. Me peiné dejando mi melena suelta como siempre, pero apartándola de la cara con un broche de perlas y oro, también froté la cara para espabilarme.
Cuando llegué al salón del trono estaba Sebastián, mis hermanas y mi ex prometido, Heimich y al que había dado calabazas por meticón e impertinente. ¿Qué hacía aquí?
-¡Buenos días chicas! –saludé a mis hermanas yendo a darles un beso a cada una. -¿De qué va esto? ¿Y qué hace ese aquí? –pregunte en un susurro a lo que ellas menearon negativamente la cabeza, ellas sabían que no podía ni ver al tritón moreno por su pedantería.
-¡Buenos días papá! –fui a repetir lo mismo que con mis hermanas, pero me apartó la cara. –¿Qué ocurre padre? –pregunte extrañada y un poco dolida por el rechazo, aunque no era el primero. Desde la muerte de mamá, papá se había alejado de nosotras, de mí más que ninguna por lo que me parecía a ella.
-Creo que sabes de sobra lo que ocurre. –contestó frio como el agua de las fosas abisales. –¿Te divertiste anoche? –mierda. –¡Ni se te ocurra negarlo! –bramó furioso. -¡Heimich te vio saliendo a tierra firme! ¡Y tardaste más de una hora en volver perseguida por varios humanos! –maldito chivato resentido fue lo que se me pasó por la cabeza. -¿Cómo demonios se te ocurrió hacer eso? ¿Y a dónde fuiste?
-Papá, yo… lo siento. Sólo sentí curiosidad y …
-La curiosidad podría haberte costado la vida. ¿Te das cuenta de la inconsciencia que has hecho? –gritaba.
-Lo hacía a menudo con mamá. –dije a bocajarro. Sin anestesia. A pesar de que eso no le iba a gustar.
-¿Desde cuándo sales? –pregunto suave. Mala señal.
-Empecé a salir con mamá cuando era pequeña.
-Está bien. En ese caso, esto ya no tiene remedio. –concluyo sentándose más relajado en el trono. Respiré profundamente, la tormenta había pasado. –Estas desterrada. No podrás volver a pisar una ciudad submarina sin arriesgarte a ser arrestada.
-¡Papá!
-¡Padre!
-¡Majestad! –oí gritar a mi familia y amigos.
-Mi decisión es irrevocable. Tienes una hora para recoger tus cosas y abandonar la ciudad o iras a la mazmorra.
En menos de un día dos hombres en los que creí confiar me habían dañado como nada, pero si era sincera, no debía sorprenderme. En vez de entristecerme, me invadió la furia.
-Por fin lo has conseguido, no es así padre. –levantó la cabeza para mirarme. –Al fin has encontrado un método para deshacerte de mí. Ya no tendrás nada que te recuerde a mamá. Siempre me has despreciado por parecerme a ella.
-No sé de que hablas.
-¿De qué hablo? Hablo del intentar comprometerme con catorce años con ese cretino, presumido y trepador. –dije señalando a Heimich –Hablo de cómo has confiado mi cuidado y el de mis hermanas a niñeras en vez de ocuparte tú. Hablo de que seas incapaz de mirarme a los ojos desde hace años o venir a preguntarme si me ocurre algo. Llevas queriendo alejarme desde que murió mamá y por fin tienes la excusa perfecta.
-No te permito que me hables así jovencita. Soy el rey.
-Tú ya no eres mi rey ¿Me has desterrado, recuerdas? No eres mi rey, ni mi padre. No eres nada para mí. Adiós. –dije para huir del salón y nadar a toda prisa hacia mi cuarto. Si él quería que me fuera debía hacerlo o acabaría con mis escamas en los calabozos. Tomé uno de mis baúles y metí dentro mi joyero, un par de grabados, unas conchas para mudar las que llevaba y alguna manta.
Después fui a las caballerías y amarré mi baúl a Torbellino, mi caballito de mar.
-¡Ariel! –gritaron a mis espaldas. A la puerta estaban cinco de mis seis hermanas.
-Chicas –susurre. Después todas se abalanzaron sobre mí para abrazarme.
-No es justo –chillo Alana. –Mamá era humana, lo que has hecho no debería estar prohibido.
-Haremos entrar en razón a papá –dijo Adela.
-Sabéis que es inútil. Lleva años queriendo perderme de vista. –respondí, causando que agachasen la mirada porque era cierto. –Pero estoy segura de que volveremos a vernos. No sé cuándo, pero nos volveremos a ver.
-Queremos que te lleves esto –dijo Atina quitándose un anillo que todas teníamos igual pero con la piedra de distinto color, las demás la imitaron. –Para que nos lleves siempre contigo.
-Gracias chicas. –dije tomándolos y guardándoles dentro del baúl en el joyero. –Vosotras cuidadme el mío. –dije retirando el anillo de mi dedo y entregándoselo a Aquata.
-¡Ariel espera! -grito Sebastián. Me gire y vi a mi cangrejo favorito junto con mis amigos Flounder y Urchin y mi hermana Arista acercarse a toda prisa con el un cofre de viaje que reconocí como el de esta última.
-Hemos llegado a tiempo. -Jadeaba mi hermana.
-¿Qué es esto?- pregunté
-He ido a nuestros cuartos y he guardado todas las estúpidas joyas que nos ha dado papá estos años y vestidos de gala y cosas así- respondió Arista.- además de eso claro- dijo dándome su anillo también.
-Nos quedan grandes y pueden venirte bien -dijo Adela intentando camuflar sus lágrimas con su frivolidad habitual.
-Además, hemos saqueado la despensa de palacio para que no tengas que preocuparte por unos días. -añadió Urchin hinchando el pecho con orgullo.
-Pero chicas, no podéis, son vuestras cosas y…
-Llévatelo Ariel, son sólo cosas -dijo Attina. Siempre formal y tranquila, se notaba que era la mayor.
-¡No son cosas! ¡Es un intento de comprarnos y ni ahí disimulaba! – explotó Andrina, la más cercana a mí en edad. -nosotras tenemos joyas y vestidos caros con los que intentaba compra la falta de tiempo que nos dedicaba, pero a ella ni eso, le daba baratijas. No tienen ningún valor para mí, así que haz algo de provecho con ello Ariel y sobrevive, sal adelante. ¡Véndelo, cámbialo, haz lo que haga falta con ello pero no te dejes derrotar!
-Tu siempre has sido la cabezota, irresponsable, respondona, valiente, aventurera y hábil de nosotras.- intervino Aquata -Te las arreglaras, pero déjanos ayudarte un poco. Sabes que no son cosas importantes para nosotras. Acéptalo.
-Utiliza mis angrillas, será más fácil llevar todo esto. -señaló Arista.
Le sonreí agradecida y al borde de las lágrimas. Miré a mis amigos.
-Bueno niña, tienes que cuidarte mucho. Ya no podré sacarte de los lios. -dijo Sebastián.
-Bueno, la parte buena es que no se te reblandecerá el caparazón de los sustos. -bromee.
Le tembló el labio inferior y me rodeó el cuello con sus brazos. -Vas a estar bien niña, lo sé.- me susurró al oído.
Cuando me soltó me acerqué a Urchin y le abracé.
-Voy a ser la pesadilla del rey Ariel, te juro que pagará por esto. -me dijo al oido.
-¡No Urchin! No lo hagas, necesito que les cuides a todos. Que les lleves a ver florecer los corales, que les piques para jugar y divertirse, que las acompañes a montar a caballo, que les metas en algún lio… necesito que alguien me prometa que vais a estar bien.
-No vas a estar, así que no te lo puedo prometer.
Me separé y acaricie el rostro de ese pillastre par finalmente volverme hacia ese pececito amarillo que me daba la espalda desde que llego.
-¿Flounder? -pregunte. No contestó, ni siquiera se volvió. No sabía que decirle. Era mi mejor amigo. Sólo se me ocurrió -Cuídate pezqueñin. -no contestó. Así que fui a hacia Tornado.
-¡Ariel! -lloró y apenas me volví Flounder se estampó contra mi pecho. -¡No te vayas! ¡Quién va a hacerme tío de una ballena asesina! ¡o a meterme en un barco hundido! ¡o a buscar estrellas mágicas! ¡o a acompañarme a ver a Scuttle en la superficie! ¡o a cantarme para que deje de tener miedo! ¡quién va a meterme en líos y a jugar conmigo! ¡No me dejes sólo por favor!
-Mi pezqueñín -le abracé. En este punto mis lagrimas ya se perdían en el mar. -Voy hacia el norte y tu no puedes ir. No soportarías esa temperatura, pezqueñín. Además, todos van a cuidarte y tú de ellos, igual que me has cuidado a mí. -para este punto miraba a los demás pidiéndoles que no le dejasen sólo. Todos vinieron y nos abrazamos por última vez, después y subí a lomos de Tornado. –Hasta pronto. –y partí al galope.
Fui a caballo hasta mi gruta submarina. Moví la piedra y le hice entrar. Desaté el baúl y metí la corona de mi madre junto con mis joyas, una pequeña botella azul, una caja de música y otros objetos humanos y me dirigí a la abertura que comunicaba con la cueva de la superficie. Tomé todos los vestidos que me había hecho en los últimos meses, las pertenencias humanas de mi madre, que protegí con pieles impermeables y las joyas de Derek. Finalmente, con repulsión, tomé el vestido rosa y tras meditarlo, también lo arroje al cofre. No sabía dónde iba a ir y debía estar preparada para poder hacer trueques o ventas por comida. Mi familia tenía razón, no debía dejarme vencer.
Me senté un rato en el suelo y pensé hacia dónde dirigirme. Mi mejor opción era el norte, como ya había dicho, pocas sirenas iban en esa dirección para evitar el frío porque no les gustaba. Tampoco me gustaba demasiado, pero era una forajida. Busqué en los mapas de mi gruta y vi un pequeño archipiélago, a unos días al noroeste. Alejado de cualquier pueblo pero en ruta comercial de algunos barcos. Podría comerciar y conseguir mercancía en barcos hundidos.
Guardé los mapas y salí de la gruta con Torbellino. Íbamos galopando cuando alguien se me arrojo encima y me tiró del caballo.
-Vaya, vaya. Al final he conseguido verte antes de que desaparecieras. ¿No te ibas a despedir de mí princesita?
-Márchate pijo cretino.
-No estás en situación de insultar bonita.
-Puedo hacer lo que quiera Heimich, te recuerdo que soy una proscrita.
-Puede, pero antes de que te vayas voy a tomar lo que me negaste hace años.
-A sí. ¿Y qué querías?
-Ese precioso cuerpo tuyo. Aunque veo que te has llevado esos brazaletes. Esas piedras parecen valiosas, seguro que puedo sacar mucho dinero por ellas.
-Aléjate de mí. –dije con algo de miedo.
-Quien va a impedírmelo. –y se arrojó sobre mí. Forcejeamos un poco hasta que el intentó agarrarme por las muñecas y arrancarme los brazaletes. En ese momento pareció tensarse hasta que comenzó a gritar de puro dolor convulsionando en pequeños espasmos. Le separé de mi de una sacudida y vi como se quedaba tendido en el suelo sin conocimiento. No me dio ninguna pena, pero vi que en su mano portaba una de las perlas de mis brazaletes. Se la arranque de la mano y le di un puñetazo en el estomago y le arañe la cara con mis uñas.
Subí a Torbellino nuevamente y me marche de allí sin mirar atrás. Cabalgue durante una semana sin apenas parar, pero ya a mitad de la segunda semana tuve que dejar a mi fiel caballo partir en libertad, no era un caballo domesticado, simplemente, se dejaba montar por mí, pero era salvaje. Pero ambos sabíamos que él no era como yo, no sobreviviría al frio de las aguas en las que no adentrábamos, así que le quite los arneses y mi equipaje. Le abrace y dije adiós con gran pesar a el único amigo que había podido seguirme en mi exilio y que al igual que a mis otros seres queridos no creía que les volviese a ver en esta vida.
