Capítulo 11

Era el día de las botas y todos los niños sacaban a airear las apestosas botas de sus padres lanzándolas al rellano y cerrando la puerta para que no penetrase la peste ni el frio.

-¿Dónde están mis botas? –se oía bramar a los adultos a la mañana siguiente. Todo el calzado había desaparecido y sus propietarios estaban furiosos por pisar el frío suelo.

No tardaron en encontrar pistas. Unas huellas de alguno de los lagartos gigantes estaban marcadas por todo el lugar para dirigirse finalmente a un lugar. La academia. Allí encontraron a Vómito y Eructo durmiendo junto a una pila de calzado, pero ese no fue el único accidente. En los días que siguieron la gran sala quedo destrozada por lo que parecían las zarpas de Garfios y aparentemente Desdentao había hecho volar la armería. El resultado: la expulsión de los dragones.

-Estoy preocupado Astrid -decía Hipo tras dejar a los dragones en la Isla Dragón.

-Yo también, estamos indefensos -contestó la rubia.

-Si. Y lo peor es que estoy seguro de que ellos no han sido.

-Pero no tenemos pruebas.

-Las encontraremos Astrid, de eso que no te quepa duda.

Pasaron una noche intranquila, nadie en la isla podía dormir, unos por la preocupación de carecer de protección, otros por sus amigos y Mohoso por un boquete gigante en el techo de su cabaña que Hipo fue a arreglar con desgana al día siguiente

-Esto es una pesadilla -se quejaba el chico mirando el diámetro del agujero desde arriba cuando algo llamó su atención tras una cortina.

Bajo a investigar y encontró algo que le revolvió las tripas: unas botas de pises de cremallerus y unas garras de pesadilla monstruosa disecadas. Esa era la prueba de que los dragones eran inocentes.

En ese momento se escuchó un sonido y fue corriendo a esconderse.

-Vaya Hongo, el fideo aún no ha venido a arreglar el destrozo. Mejor, podría descubrir esto -dijo a la oveja mientras abría la cortina. -Una pena tener que deshacerse de estas botas. Son muy calentitas.

El viejo tomó las botas y las garras y asomándose al precipicio las lanzó al mar desde el acantilado que había junto a su casa.

Hipo contemplaba todo con horror, sin esas botas y garras jamás podría demostrar que Mohoso era el artífice de todas sus desgracias.

Cuando pudo huir, Hipo fue a contarles a todos lo que había visto en la cabaña del anciano.

-Esa acusación es muy grave. No podrás presentarla sin pruebas. –opinó Astrid.

-Si lanzó todo al fondo del acantilado despídete de ello. Es muy profundo y hay mucha corriente, no podemos recuperarlo. –añadió Mocoso.

-Echo de menos a Barrilete. –se quejó Patapez.

-Pues si tanto les añoráis no busquéis pegas y pongamos la denuncia. Todo se puede solucionar. –apunto Ariel.

-Nos meteremos en un lio –dijo Chusco.

-¿Estás enfermo? ¿Desde cuándo eso es un problema para tí? –preguntó asombrada Astrid.

-No es problema si puedo destruir algo en el proceso y aquí no haría nada.

-Pues si Hipo está dispuesto a declarar, yo haré la denuncia.

Astrid, había mejorado su relación con Ariel tras la ceremonia, pero tampoco quería que se llevase ella todos los elogios por su "sacrificio".

-Hagamos la reclamación conjunta, total, ya me han quitado a Tormenta, no tengo mucho que perder.

-A mí no me intimidan. Yo me apunto. –dijo Mocoso con chulería al ver que las dos chicas se habían unido.

-Está bien –se apunto dubitativo Patapez.

-Si le pegan yo voy –exclamaron los gemelos al unísono.

-Yo también me apunto – Marinette se había encariñado mucho con Desdentao y Garfios, ambos eran muy cariñosos con ella y le hacían reír.

-Este viejo me recuerda demasiado a unos desgraciados que conocí en mi país. Contad conmigo, para eso y para darle una paliza. -se apuntó Dani chasqueando sus nudillos, le había costado más que a la dulce Marinette, pero se había habituado a los dragones, Tormenta y otros nadders solían ayudarla a arar el enorme huerto que trabajaba a cambio de jugar con ellos a traer un palo, cosa que a ella le encantaba.

-Faltas tú Hipo. –señaló Astrid.

El chico miro a su hermana.

-Tengo un plan Hipo, te lo prometo. –apunto solemne.

-Está bien. Vayamos. –cedió ante la mirada decidida de las chicas ojiazules, aunque cada una en sus colores.

El grupo se dirigió a la armería, haciendo una parada en casa de Ariel que quería recoger algo. De camino, algunos les miraban mal pues, habían sido sus dragones los que les dejaron indefensos. También estaba ahí Mohoso, regocijándose en sus conjeturas y "advertencias".

-Te dije que les tenías que haber echado mucho antes, eran…

-¡Papa! –llamó Hipo.

-¡Hablando del yack! Los destructores de Mema –pinchaba el viejo.

-Venimos a presentar una acusación –dijo Astrid.

-¿Contra quién? ¿Qué ha pasado? –pregunto el jefe preocupado. Muchos del pueblo se estaban acercando a ver, aunque la mayoría estaban tratando de arreglar la armería.

-¿Contra él? –dijo Mocoso señalando al viejo fastidioso.

-¿Contra mí?

-Sí. Te acusamos de destruir lugares públicos, de acusar falsamente y de destrucción de pruebas. –recitó Ariel sacando la princesa que llevaba dentro.

-¿Qué? –pregunto confundido el anciano.

-Que destruiste la gran sala y la armería, acusaste a los dragones de ello y luego te deshiciste de las pruebas. –aclaró Patapez.

-¿En qué os basáis para decir eso? –preguntó Estoico.

-Yo le ví tirando unos zapatos y unas garras disecadas de dragón al mar. –intervino Hipo.

-¡Eres un mentiroso! ¡No tienes ninguna prueba! ¡Y harías lo que sea para traer a tu dragón de vuelta!

-No podéis acusar así sin pruebas. –riñó Estoico.

Los ánimos de los chicos estaban decayendo y los de los aldeanos encendiéndose. No les había hecho ninguna gracia las jugarretas, la que menos la de la armería porque estaban indefensos.

-Entonces no pasara nada porque vayamos todos al lugar donde mi hermano vio a ese viejo amargado tirar las pruebas. –dijo Ariel en sus trece.

-Claro. Veamos hasta donde llega la fantasía del chico.

Toda la aldea se encaminó hacia los acantilados siguiendo a Hipo quien iba preocupado, no sabía cuál podía ser el plan de su hermana. Por su parte Estoico estaba angustiado. Una acusación de esa gravedad sin pruebas suponía por ley trabajos forzosos, ser tratados como parias y que la persona a la que se había acusado se apropiase de un bien de los acusadores, el que fuese, y eso podría destrozar a Ariel e Hipo ya había sido excluido demasiado tiempo.

-Fue aquí. –señaló Hipo situándose en un punto del acantilado y señalando al mar.

-¡Qué bien! Pero yo sigo sin ver esos zapatos o esas garras. –dijo el viejales despectivamente.

-¡Cierra la boca! ¿Hipo podrías dibujarlas? -pidió Ariel. A lo que Hipo procedió todavía confuso.

-¡Vaya cosa tan rara! –exclamó Chusco.

-¡Qué feo! –añadió Astrid.

-Aunque esas garras molan. –apuntó Brusca.

-¿Alguien ha visto algo así en su casa? –preguntó la pelirroja, viendo como todo el mundo negaba. –Genial. Pues como no es algo que Hipo pueda haber visto en el pueblo no debe mentir.

-Pero no tienes esos objetos así que te lo puedes inventar.

-Mi hermano tiene mejor gusto para dibujar cosas menos horteras, pero si insistes. ¿Fue ahí no Hipo?

-Sí.

-Vale. ¡Ahora vuelvo! –y antes de que nadie pudiese detenerla se lanzó al vacío.

-¡Ariel! –exclamo Hipo y le resto del grupo.

Todos fueron corriendo al borde del precipicio.

-Lo siento Hipo. –consolaba Estoico viendo a su hijo hincado en el suelo y destrozado.

-¡Si te duro poco la hermanita! Ya tiene que estar aplastada contra las rocas. –incordiaba el abuelo.

-¡Cállate! –gritó Astrid golpeando al viejo y noqueándolo, tenía rivalidad con la chica, pero le caía bien.

El silencio era sepulcral, hasta que fue roto por algo.

-¿Qué es eso? –preguntó Patapez.

-Un cuerno. –dijo Boñigo.

-Pero viene del mar. –apuntó Cubo.

Al escuchar esas palabras Estoico, Hipo y la mitad de la aldea se volvió a asomar por el acantilado y lo vieron. Allí entre las olas asomaba una mancha roja oscura que hacía sonar algo blanco. Después agitó lo que parecía un blanco brazo y desapareció bajo el agua.

Hipo relajo su cuerpo hasta caer sentado del susto.

-Está bien, simplemente va a buscar los objetos.

-Pero Hipo ahí las corrientes son fuertes y traicioneras, se la llevará mar a dentro o la aplastará contra las rocas. -señalo un angustiado Patapez.

Mari y Dani miraban a Hipo angustiadas y el resto de los aldeanos estaban parecidos.

-Confiad en mí, sólo hay que tener paciencia.

Entre tanto, en las profundidades abisales Ariel había encontrado una pequeña flota de cangrejos, salmones y atunes que le estaban ayudando a buscar esas monstruosidades a cambio de información. Ella les dijo que nadie pescaba nunca en esa zona de la isla por sus brutales olas y corrientes traicioneras, así que allí estarían a salvo, sus compañeros por su parte se dejaron llevar por las corrientes de la zona para tratar de localizar los objetos y lo consiguieron, los cangrejos condujeron a Ariel hacia las garras que habían quedado enredadas entre algunas algas, una de las botas fue encontrada junto a un montón de rocas por los atunes y la otra en cambio fue divisada por los salmones en la entrada de una de las cuevas submarinas.

Ariel tomó todos los objetos y subió a la superficie parándose a medio camino para mirar el océano que tanto amaba y prometiendo volver pronto.

Ya arriba se subió a un saliente y creó una pequeña plancha de hielo que ancló a la roca, puso encima esas abominaciones y secó su cola. Cuando sus piernas aparecieron se subió en la plancha tras hacer sonar el cuerno para avisar de que subía se concentró para que desde lo más profundo saliese un chorro de agua que propulsase la plancha tan arriba como pudo hasta casi la cima del acantilado, por lo que intentó hacer levitar la plancha hasta arriba.

-¡Aguanta! -gritó Hipo quien parecía estar tratando de levantar algo invisible en el aire, pero muy pesado. Tras unos minutos, el hielo, con todo lo que llevaba, estuvo en tierra firme.

-Gracias Hipo, me estaba costando mucho, no estoy acostumbrad a hacer levitar el hielo en el que estoy. -dijo la chica dejándose caer al suelo.

-No ibas a hacer todo el trabajo sucio. -respondió el chico también jadeando.

Los chicos atraían todas las miradas, por haber vuelto a protagonizar una escenita, pero pronto Astrid hizo que las desviasen.

-Esos son los objetos que dibujó Hipo. -exclamó.

-Podrían haber estado en casa de Estoico. -se defendía el viejo.

-Jamás he tenido algo así en mi casa.

-Pues podría haberlo hecho la chica, desde que llegó a tenido tiempo.

-Yo no sé hacer calzado.

-Pues te habrá ayudado la costurera.

-No hay forma de que alguien me obligue a crear ese adefesio.

-Además, desde antes de que llegásemos Mari y yo aquí no cazáis dragones -apuntó Danielle deseando colaborar.

-Y la mayoría tiene dragones en su casa a los que no les sienta bien que haya restos de sus amigos tirados por la casa -añadió Patapez.

-Dímelo a mi. Tenía un chuchillo hecho con un diente de muerte susurrante y hasta que no me deshice de él Garfios no dejó de quemarme. – apuntó Mocoso.

-Tenemos que esconder algo así en su cuarto otra vez.

-Mejor se lo atamos a la ropa, así le dará de pleno -los gemelos siempre liándola.

-En resumen, nadie tiene nada que provenga de un dragón desde que se vinieron con nosotros, a menos que no vivan con ellos y el único que entra en esa categoría eres tu Mohoso. -finiquitó Hipo. -Además son los mismos objetos que te ví tirar por el precipicio el día que vine a arreglarte el techo. Por el mismo precipicio que ha bajado y subido Ariel para recuperarlos.

Todo el pueblo observaba al viejo furiosos y con la censura en la mirada.

No tenía escapatoria.

-¿Y no vamos a hablar de lo que ha hecho la chica? Ha desaparecido en el agua. Nadie sobrevive a eso.

-Prácticamente me crie en el océano, porque de donde yo vengo hacen pesca de profundidad y puedo controlar el agua ¿Qué hay que explicar?

Sin saber que más decir Mohoso guardó silencio.

-Mohoso, no sólo has mentido para salirte con la tuya, nos has dejado indefensos y has querido aprovecharte de estos chicos, las leyes son claras. No cuentas con la protección ni la ayuda del pueblo, desde ahora deberás cuidarte solo y si necesitas algo de nosotros se te tratará como a un extranjero. -sentenció Estoico.

Ariel iba a saltar en defensa del anciano, no le caía bien, pero nadie se merecía el ostracismo. Pero Hipo la detuvo ya que había visto el miedo en sus ojos.

-No está exiliado Ariel. Puede venir a la aldea y comerciar con nosotros sin dar con los huesos en prisión, pero se le tratará como un extranjero y sus opiniones no se tendrán en cuenta a la hora de tomar decisiones. No le ha ocurrido lo que a ti. -la tranquilizó.

Ahora quedaba un problema, estaba anocheciendo y seguían solos e indefensos.