Code: Lyoko y sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.

Notas previas: este shot es tremendamente largo, así que ármate de paciencia, imprímelo o cópialo en word si no puedes leértelo del tirón, pero disfrútalo. Está dividido en apartados para que os resulte más cómodo encontrar el punto en que os quedásteis.
Es un shot histórico, pero
no todos los acontecimientos aquí relatados son verídicos. La bomba atómica de Hiroshima, llamada "Little Boy", fue lanzada el lunes 6 de agosto de 1945 (año 19 de Shôwa) a las 08:15 horas de la mañana.
Las frases escritas en japonés están traducidas justo al lado en cursiva y entre paréntesis, si sentís que es incómodo de leer este formato avisadme y lo resubiré con las traducciones al final y en el mismo orden que aparecen en el shot. Los asteriscos que salen están aclarados al final. Si se queda algo por ahí sin aclaración dadme un toque.

Sobre los títulos de lugar: "-shi"= ciudad; "-ken"= prefectura; así pues "Hiroshima-shi, Hiroshima-ken, Japón"= Ciudad de Hiroshima, prefectura de Hiroshima, Japón.

Dedicatoria: A mi bisabuelo por sus imprescindibles historias sobre Alemania, Ryûji, Johann, Sebastian y a todos los anónimos que nos han regalado una parte de sus vivencias entre 1942 y 1945.

El 6 de agosto de 2013, se cumplió el 68 aniversario del lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima. En recuerdo de todos los inocentes que perdieron la vida aquel día y a los que a día de hoy siguen sufriendo sus consecuencias.

VII.- Bomba

I

Weimar, Alemania.
18 de enero 1942.

Imposición.

Esa única palabra definía a la perfección el motivo por el que Ulrich Stern estaba allí. La guerra había empezado en 1939. En 1940 le habían reclutado diciéndole "cumple con tu deber, chico". Sólo era un crío, sólo tenía diecinueve años, y de algún modo se sintió importante. Ahora se daba cuenta de lo patético que era aquello. Tras dos años vigilando las puertas del campo de concentración de Buchenwald, le habían enviado una carta. Le destinaban al frente.

Tenía tres cosas muy claras. La primera, tenía veintiún años. La segunda, en el frente caían cientos de soldados a diario. La tercera, y seguramente la más importante, él no quería morir, aún no.

Era un soldado de las SS y escondía a una familia judía en su sótano. Algo que no aliviaba su conciencia sabiendo que en los campos de exterminio gaseaban y torturaban a diario a todas aquellas personas. No había acogido a aquella familia por remordimientos, sino porque él no creía en aquel exterminio. ¿Acaso los judíos no eran personas? ¿valían menos que él? No, no lo creía así.

Sus ideales nada tenían que ver con los del régimen nazi, y, junto con algún otro soldado, ayudaba a algunos prisioneros a escapar, a otros los destinaban a los talleres para asegurarse de que vivirían, al menos, un tiempo más y que tendrían comida. Aquello no servía de mucho, pero era mejor que estar cruzado de brazos.

Era afortunado de conservar a sus amigos pese a la enemistad entre países. Su amigo Jérémie Belpois le había logrado un transporte para que huyese de Alemania. Un barco de mercancías que no levantaría sospechas porque navegaría fuera del alcance de los radares. Su destino: las islas Gilbert. Una vez allí, su otro buen amigo, Odd Della Robbia, le embarcaría hacia Australia y allí esperaría a que acabase la guerra.

Cuando cayera la noche cogería su coche y conduciría hasta Greifswald, después sólo tendría que esperar a su barco.

Greifswald, Alemania.
18 de enero 1942.

—No te escucho muy bien... —protestó una muchachita de pelo rojo tironeando del cable del teléfono—. Hay problemas con las comunicaciones.

Di-o que mi migo lleg-rá pronto.

—¿Tu amigo?

—Sí.

—Se lo diré a mi padre, Jérémie.

—¡G-nial!

La muchacha esbozó una sonrisa que le iluminó el rostro por completo. Había conocido a Jérémie en el internado suizo donde había estudiado. Durante aquellos años siempre se habían visto a través de los barrotes de hierro que separaban la academia en dos, habían compartido largas conversaciones, sueños, roces de manos y algún fugaz beso; siempre a escondidas de las monjas y los curas que les vigilaban constantemente.

El azar quiso que su padre, un marchante de arte alemán, contactara con una casa de subastas parisina para la que trabajaba su amigo.

—Jérémie ¿cómo está la situación en París?

—Supongo que te-iendo en cuenta como está todo odría decirse que bien —contestó entre las interferencias estáticas—. Tengo que dejarte. En-iaré los datos a tu padre mañana.

—De acuerdo, lo tendremos todo preparado.

—Cuídate Ae-ita, hasta pronto.

—Hasta pronto Jérémie.

Colgó el auricular del teléfono sintiéndose repentinamente vacía, aquellas cortas conversaciones telefónicas solo lograban que le echara cada vez más de menos. Exhaló un hondo suspiro y abrió la puerta que separaba el salón de la casa del despacho de su padre.

—Papá, Jérémie dice que mañana te enviará los datos de su amigo que llegará pronto.

—Debemos prepararlo todo pues.

—Haré hueco en el sótano —declaró Aelita cerrando la puerta sin dar opción a su padre a preguntar por aquella cara tan larga.

Aelita mataría por poder ir a la comandanture parisina y así poder ver a Jérémie, pero eso no podía decírselo a su padre.

Greifswald, Alemania.
22 de enero 1942.

La vida de un fugitivo no era sencilla, a esas alturas estaba convencido de que ya le estarían buscando para ejecutarle por traición. Vivía de noche, se ocultaba durante el día. Siempre alerta, sin poder dormir del tirón un solo día... Tuvo la fortuna de encontrar una casa abandonada cerca de la playa y en una zona tranquila, a corta distancia del punto de encuentro con el contacto de Jérémie.

No estaba muy seguro de cuando llegaría y menos aún del aspecto que tendría. ¿Sería mayor?, ¿joven?, ¿anciano?, ¿alto?, ¿bajo? Le ponía de los nervios no saber qué pinta tenía, podría caer, perfectamente, en una emboscada como un pardillo y morir cosido a balazos, gaseado o en un horno de cremación. Sólo con pensarlo se le ponían los pelos de punta.

La luna brillaba por su ausencia y las estrellas permanecían ocultas entre las nubes de tormenta. La luz del faro le iluminaba de manera intermitente como si tratase de calmarle con una caricia lumínica. Las campanas de la iglesia resonaron en el silencio nocturno anunciando la media noche. El repiqueteo ahogó el sonido de las pisadas de dos personas que se detuvieron a unos pasos de él.

—¿Ulrich Stern?

—¿Quién lo pregunta? —inquirió sobresaltado.

Observó al hombre alto, con gafas oscuras y espesa barba, ataviado con un viejo pantalón marrón que se veía raído a pesar de la falta de luz y un grueso jersey azul marino bajo una cazadora de pana verdosa. Detrás del hombre se asomaba una chica, de aproximadamente su edad, con una curiosa y corta cabellera roja. Ella le saludó con la mano.

—Waldo Franz Schaeffer.

—¿Eres el amigo de Jérémie? —preguntó ella sonrojada.

—Aelita —le llamó la atención el hombre.

La chica enmudeció y clavó su mirada en el suelo con gesto infantil. Ulrich sonrió.

—Sí, soy amigo de Jérémie. Ulrich Stern.

—Excelente —susurró el hombre—. Sígueme, antes de decidir nada tenemos que hablar un poco.

Waldo Franz Schaeffer y la joven Aelita empezaron a andar en dirección al inmenso faro, Ulrich se levantó y se sacudió el arena del trasero, los siguió. Le sorprendió estar tan calmado y relajado, puesto que aquello podría ser una trampa.

Lo cierto era que no tenía mucho que perder y sí mucho por ganar. Sus bolsillos estaban prácticamente vacíos, casi todo su dinero se lo había dejado a su madre dentro de un sobre en el cajón de su mesilla de noche, y lo poco que llevó consigo había desaparecido en la compra de combustible y comida. Apenas le quedaba para sobrevivir dos días más, ya había empezado a imaginarse revolviendo en los cubos de basura de los restaurantes para encontrar algo que llevarse a la boca. Con un poco de fortuna se libraría, si aquel hombre era realmente quien decía ser.

El olor a agua marina les acompañó hasta el porche de la casa de los Schaeffer, sorprendentemente resulto que había estado todo aquel tiempo escondiéndose a dos casas de distancia de ellos.

Aelita cerró las cortinas de la planta inferior antes de encender las luces del salón, el calor la chimenea encendida le golpeó las mejillas e hizo que sus dedos helados bombearan sangre y hormigueasen. Ulrich dejó su bolsa en el suelo, se quitó el abrigo apresuradamente y se deshizo de la bufanda, se quedó inmóvil y con sus pertrechos en la mano dudando en si su ofrecimiento de ayuda le reportaría también hospitalidad.

—Por favor —dijo Waldo—, como si estuvieses en tu casa. Aelita, lleva sus cosas abajo.

La jovencita se acercó a su invitado y tomó su chaqueta y la bolsa con una mueca, pesaba mucho más de lo que se esperaba. Cuando hubo desaparecido Waldo le señaló una silla en la que Ulrich se sentó sin dudarlo.

—Bien, Jérémie me explicó por encima tu situación, pero quiero oírla de tus propios labios —declaró—. He de pensar en mi hija, acogiendo a un fugitivo la pongo en peligro.

Ulrich asintió. Evidentemente lo comprendía, aunque no se lo hubiese pedido se lo habría explicado.

—Mi padre es un alto cargo del ejército nazi, cuando me gradué en la academia movió los hilos para que me promocionaran y me ofrecieran un buen cargo hasta que acabase mi preparación. Estuve destinado en Buchenwald...

»Mi labor era la de vigilar las puertas —explicó con las manos entrelazadas sobre su regazo—. Yo nunca he estado de acuerdo con lo de la raza aria y toda esa basura, pero no he tenido más remedio. Mi padre es... no sabría como expresarlo. Es muy estricto y sobre todo controlador, así que digamos que él te da la opción y lo único que puedes hacer es obedecer.

—¿Qué te ha llevado a desertar?

Ulrich esbozó una sonrisa recta y sin emoción.

—No podía aguantarlo más, llevaba tiempo pensándolo, pero lo que me ha hecho decidirme ha sido una carta llamándome a filas. No quiero morir en una guerra estúpida luchando por unos ideales que no comparto.

—Esa es una actitud muy infantil —soltó Waldo—. Puedes luchar por mantener a salvo a los que quieres. Pero puedo comprenderlo. Jérémie me ha hablado muy bien de ti, espero no tener que arrepentirme.

—No se preocupe no tengo intención de causarles molestias mientras esté aquí.

—Vivirás en el sótano, está bien aislado y no hace demasiado frío. No subirás para nada a la casa mientras sea de día, por las noches puedes subir a calentarte junto a la chimenea y a asearte.

»Deberás tener paciencia, no sé cuando podré embarcarte para salir de aquí y eso puedo durar meses, así que piénsatelo muy bien. Si no te sientes preparado para aguantar las duras condiciones en que tendrás que vivir es mejor que lo digas ahora y busques otro lugar donde esconderte.

Ulrich agachó la cara y sonrió. La familia que había vivido en su sótano lo había hecho en aquellas circunstancias y ahora era él quien iba a hacerlo. Las vueltas que daba la vida, a veces, estaban dominadas por la ironía.

—Aguantaré, señor, estoy decidido a aguantar lo que haga falta.

II

Hagi-shi, Yamaguchi-ken, Japón.
Ichigatsu jûshichinichi, Shôwa jû shichi nen (mes uno día diecisiete, año diecisiete de Shôwa).
17 de enero 1943.

Se sentía fatal. Estaba helado, le dolían todos los huesos y músculos. Estaba enfermo. También estaba solo.

El barco de carga en el que le habían embarcado, después de ocho largos meses de encierro y espera, se había ido a pique, el mar estaba helado y él había sobrevivido de milagro.

Había tenido suerte de que en la ciudad costera, cuyo nombre era incapaz de recordar y pronunciar, le hubiesen ofrecido un transporte hacia alguna parte. Él no había preguntado, pero aunque lo hubiese hecho tampoco habría sabido que le decían.

El carromato traqueteaba y crujía como si estuviera a punto de romperse en pedacitos, pero no le quedaban fuerzas ni para preocuparse ni para asustarse. Perdía y recuperaba el conocimiento haciéndolo todo aún más confuso, no sabía si habían pasado minutos, horas, días, semanas o meses. La comida le sabía a ceniza y el agua no le quitaba la sed. La barba cubría sus mejillas y apestaba.

Hiroshima-shi, Hiroshima-ken, Japón.
Ichigatsu ni jû hachi nichi, Shôwa jû shichi nen (mes uno día veintiocho, año diecisiete de Shôwa).
28 de enero 1943.

Un hombre de cara borrosa, que supuso que era el conductor, empezó a gritarle. Palabras que para él no tenían sentido. Le miró, intentando enfocarle, sin moverse, al cabo de un rato el hombre bufó y le propinó un fuerte empujón obligándole a bajar.

Se tambaleó por la falta de equilibrio, la gente hablaba a su alrededor pero el zumbido de sus oídos convertía sus palabras en susurros distantes. El sol brillaba haciendo que sus ojos ardieran, su visión borrosa se tornaba blanquecina. El suelo se movió bajo sus pies.

Se desplomó en medio de la calle, veía los pies de los ciudadanos pasar junto a él sin hacerle el menor caso. Iba a morir tirado en la calle como un perro, estaba seguro.

Lo único que sintió fue que alguien le arrastró, con las manos frías al contacto con su piel, pero cálidas en cierto modo. Y después nada.

Hiroshima-shi, Hiroshima-ken, Japón.
Nigatsu nanoka, Shôwa jû shichi nen (mes dos día siete, año diecisiete de Shôwa).
7 de febrero 1943.

Lo primero de lo que tuvo consciencia fue de una suave melodía que tarareaba una voz femenina, seguida del delicado perfume de los cerezos en flor. Poco a poco y con gran esfuerzo, empezó a distinguir otros sonidos, agua corriendo y después un golpe seco para regresar al sonido del agua en un ciclo no superior a un minuto, voces distantes, el crepitar de una llama, el roce de una tela…

Abrió los ojos lentamente, la canción se desvaneció.

Konban wa. —Buscó la procedencia de la voz y vio a una hermosa joven de ojos negros rasgados—. O-genki desu ka? (Buenas noches. ¿Cómo se encuentra?)

—No te entiendo —dijo con voz ronca y extraña llevándose una mano a la frente—. ¿Hablas alemán?

Anata wa doitsu-jin desu ka? (¿Es usted alemán?)

Ella le sonrió con ternura y supo que tampoco le entendía. Ulrich suspiró.

Hajimemashite. Watashi no namae Ishiyama Yumi desu —pronunció señalándose—. Ishiyama Yumi —repitió con el mismo gesto—. Anata no namae wa nan desu ka? —Esta vez le señaló a él. (Encantada de conocerle. Mi nombre es Ishiyama Yumi. ¿Cuál es su nombre?)

—¿Qué cómo me llamo? —Se sintió ridículo, lo mismo podía estar pidiéndole la hora—. Ulrich Stern.

Urik Chiten? —repitió con una torpeza encantadora.

—Casi. —Sonrió débilmente—. ¿Dónde estamos? ¿Ciudad? ¿Lugar? —Ella se encogió de hombros. Suspiró. Chascó los dedos y se llevó ambas manos al pecho señalándose—. Berlín, Alemania.

Hiroshima-shi, Nihon.

Ulrich miró las paredes, un acto inútil porque la ventana estaba cerrada, estaba en Hiroshima, en Japón. Algo había fallado.

—Eres lista, ¿eh?

Taberu? —Movió la mano frente a la boca—. Nomu? (¿Comer? ¿Beber?)

—No sé qué dices.

Matte… —susurró. (Espera...)

Yumi se levantó, las mangas del kimono se balancearon y los dragones azules sobre la tela blanca bailaron, deslizó la puerta y desapareció. Ulrich se destapó. Tenía las dos piernas vendadas y llevaba puesto un ropaje parecido al de ella, frunció el ceño ¿le habría vestido ella? Con sólo pensarlo se puso rojo.

Lo único que tenía claro era su necesidad de salir de ahí. Tenía que llegar a las Islas Gilbert. Intentó ponerse en pie, en seguida tuvo que volver a tumbarse. Estaba mareadísimo y las piernas le dolían tanto que creyó que iban a caérsele. Respiró hondo, necesitaba calmarse, perder los nervios sólo empeoraría su situación.

Ella regresó con una bandeja en las manos y una sonrisa. La dejó a su lado.

Le había ofrecido comida. En la bandeja había varios platillos, una especie de sopa, arroz, pescado, algo rebozado y agua. No había cubiertos, sólo unos palillos. Miró a Yumi, dudando unos segundos, y finalmente se abalanzó hacia la comida, comiendo con las manos como un salvaje. Se atragantó y tosió, ella le frotó la espalda con delicadeza.

Yukkuri to… —susurró. (Despacio...)

—Si eso significa "idiota" estoy de acuerdo.

Ella frunció el ceño, no comprendía ni una palabra.

Hiroshima-shi, Hiroshima-ken, Japón.
Nigatsu kokonoka, Shôwa jû shichi nen (mes dos día nueve, año diecisiete de Shôwa).
09 de febrero 1943.

Llevaba dos días allí y no se sentía con fuerzas para nada. Había pensado en pedir un periódico para ponerse al día pero cayó en la cuenta de que seguramente no habría ninguno en su idioma y en aquella casa no parecía haber nadie que hablase alemán. Así que mataba el tiempo intentando comunicarse con la joven que estaba casi siempre a su lado.

La muchacha ponía todo su empeño en intentar hacerse entender y él hacía lo propio para tratar de entenderla, pero la cosa no funcionaba demasiado bien.

Se hablaban pero no se entendían.

La miró desde el futón.

Era muy frustrante, no solo el no entenderse sino el no poder moverse de aquella dichosa cama-colchón en el suelo. Suspiró hondamente soltando todo su pesar junto con el aire de sus pulmones. Si no podía moverse de la cama podría intentar aprender su idioma por enésima vez en dos días. Le cogió la mano con delicadeza.

—Mano —pronunció.

Te.

Sonrió. Le había entendido, se sintió orgulloso de ello, así que siguió.

—Brazo —dijo recorriendo su brazo sin llegar a tocarlo.

Ude. —Ella también sonrió satisfecha, era lo más parecido a una conversación que habían tenido hasta el momento—. Hiji.

—Codo —dijo viendo lo que señalaba. Él subió un poco más en el brazo—. Hombro.

Kata. —Sonrió. Se puso la mano sobre la barriga—. Onaka.

—Barriga…

Yumi paseó su dedo índice a lo largo de la pronunciada nariz de Ulrich y dejó escapar una risita, aquel rasgo era uno de los que más llamaban su atención, nunca había visto una nariz tan grande como esa.

Hana.

—Nariz —dijo. Estiró su mano hasta acariciar su cara—. Mejilla.

Hoo.

La puerta se deslizó y Yumi se apartó tan rápido, que Ulrich temió que se hubiese hecho daño. La brusquedad del gesto le había dado un susto de muerte, con lo tranquilo y relajado que estaba intentando entenderse con ella. Miró a los recién llegados. Un hombre japonés con gafas de mirada estricta, observaba severo a la joven, y una mujer occidental, con el pelo rizado y alborotado de color ceniza.

El hombre lanzó una regañina a Yumi, que hizo una leve reverencia y salió de la habitación, el hombre la siguió, no sin antes mirar intensamente a Ulrich.

—Yumi me ha dicho que eres alemán —dijo la mujer. Le pilló tan de sorpresa volver a escuchar su idioma que no fue capaz ni de asentir—. Me llamo Suzanne Hertz, soy médico.

—Soy Ulrich Stern. Me alegro de poder entenderme con alguien nuevamente.

—Veo que te sientes mucho mejor. Cuando Yumi te trajo hasta aquí creímos que no sobrevivirías.

Abrió mucho los ojos sorprendido, ella le había rescatado pero ¿cómo demonios había cargado con él? Debía pesar cuanto menos veinte kilos más que ella.

—No dejes que te engañe, es mucho más fuerte de lo que parece. —Rió recolocándose las gafas doradas—. También es muy inteligente, ha deducido bastantes cosas sobre tu procedencia.

—Pues no sé cómo, ni siquiera me entiende.

—No hace falta saber un idioma para entenderse.

Desde el exterior les llegaron los gritos del hombre de las gafas, un largo discurso del que sólo entendió el nombre de la muchacha.

—No pasa nada —dijo Suzanne adelantándose a su pregunta—. Su padre está enfadado porque la ha encontrado a solas contigo en la habitación con la puerta cerrada.

—¿Qué tiene eso de malo?

—Su cultura es bastante diferente a la nuestra —le aclaró—. Si alguien la hubiese visto aquí habrían corrido rumores sobre su honor.

Ulrich frunció el ceño desconcertado, no entendía cómo una puerta cerrada podía hacer correr rumores sobre el honor de aquella chica. Negó levemente con la cabeza y encaró a su compatriota.

—Señora Hertz. Supongo que usted mejor que nadie comprenderá que soy un fugitivo —declaró—, necesito salir de aquí, llegar a algún puerto, tomar un barco y llegar hasta las Islas Gilbert o hasta a Australia.

La mujer suspiró.

—Veré que puedo hacer. Pero te recomiendo que tengas paciencia. No estás en condiciones de ir a ninguna parte —dijo con sinceridad—. Tienes una infección bastante grave, sin medicación y cuidados médicos diarios no sobrevivirás más de dos días.

»Por ahora voy a revisar tus heridas.

Suzanne retiró las vendas de sus piernas cuidadosamente para revelar la piel con un suave tono violáceo, asintió con una media sonrisa viendo que habían mejorado considerablemente. Él no lo sabía pero había estado a punto de perder ambas piernas por congelación, su circulación sanguínea había vuelto casi a la normalidad así que saldría de esa entero. Pero un principio de congelación no era lo único que hacía peligrar su salud, las múltiples heridas que tenía por el torso eran las causantes de la gravísima infección que le había tenido entre la vida y la muerte durante los siete días que ella le había estado tratando.

Le inyectó una dosis de antibióticos, le lavó las heridas y volvió a vendarle con sumo cuidado. Aprovechó para preguntarle cómo diablos había acabado allí, él le explicó que su barco se había ido a pique, que habían chocado contra algo o que tal vez les había impactado un torpedo, que no lo recordaba bien, que se había subido a un trozo de caja de madera y dejado arrastrar por la corriente demasiado cansado y confuso como para nadar y que, tras varios días a la deriva, cuando empezaba a pensar que iba a morir perdido en el mar había llegado a la costa muerto de frío. Sus recuerdos sobre todo aquello eran demasiado difusos, seguramente por la fiebre. Suzanne consideró que realmente era un milagro que no hubiese muerto antes de llegar a tierra.

La doctora cerró su maletín médico y se subió las gafas mirando a su paciente fijamente.

—Señora Hertz ¿puedo pedirle algo más? —la mujer asintió—. Querría saber cómo están las cosas por Alemania y también me gustaría conseguir una navaja o algo para afeitarme y saber cómo darle las gracias a Yumi.

—En eso sí puedo ayudarte, le pediré que te traiga lo que necesitas. Dile "arigatô". Y un consejo; no la llames Yumi, refiérete a ella como "Ishiyama-dono" o "Yumi-dono", supongo que no querrás parecer ni estúpido ni mal educado. Sobre la situación en Alemania cuando vuelva dentro de tres días traeré noticias.

—Lo tendré en cuenta. Gracias.

Suzanne abandonó la habitación sin ceremonias dejándole nuevamente solo. Quería saber como estaban las cosas en casa, si el führer empezaba a perder la dichosa guerra, si podría regresar algún día, si su familia estaría bien. Pensó en Waldo y Aelita Schaeffer, en lo amables que habían sido con él, en si estarían bien. Deseaba de todo corazón que estuvieran a salvo.

Para cuando la puerta volvió a abrirse Ulrich combatía las ganas de llorar, se mordió la cara interna de la mejilla. En el umbral permanecía inmóvil Yumi con un barreño de madera y unas toallas de rizo blancas, le miró con la cara ligeramente ladeada esperando saber si podía entrar o no. Él le hizo un gesto con la mano para que se le acercara, esta vez ella dejó la puerta abierta.

Extendió una de las toallas en el suelo y colocó sobre ella el barreño, la navaja, el jabón y la otra toalla. Faltaba un espejo. ¿Cómo iba a afeitarse sin espejo? Iba a pedirle uno cuando ella se arrodilló y le obligó a colocar la cabeza en su regazo, entonces lo entendió iba a afeitarle ella. Se sintió repentinamente incómodo mientras ella le enjabonaba con cuidado la barba y el bigote.

Arigatô —susurró.

Dô itashimashite.

—Supongo que eso significa "de nada" —dijo enarcando las cejas.

—De… nada —repitió ella en un alemán rudimentario y con un marcadísimo acento.

Pasó la navaja con firmeza y suavidad por su garganta rasurando el vello a su paso. A Ulrich le produjo una sensación extraña de fe ciega en las habilidades de Yumi. Aprovechó que toda la atención de ella estaba centrada en el filo de la navaja para estudiar su rostro.

Tenía unos preciosos y enormes ojos negros rasgados en los que sentía que podría perderse para el resto de la eternidad, los labios carnosos y rojos seductores, su naricilla de muñequita a conjunto con la delicada forma ovalada de su cara. Era muy bonita. Parecía una de esas carísimas muñecas de porcelana que costaba tanto encontrar.

Los hombres debían de hacer cola delante de su puerta para intentar cortejarla, él mismo haría cola. Sonrió pensando en que, en ese momento, debía ser la envidia de todos esos tíos.

Nani? —preguntó en un susurró con la mirada clavada en la suya. (¿Qué?)

Ulrich cerró los ojos alegrándose de que la espuma jabonosa cubriese su sonrojo.

—Nada. Sigue.

Ella le sonrió y se encogió de hombros antes de deslizar la afilada navaja por su barbilla. Ulrich suspiró.

—¿Sabes? Eres lo más parecido a una amiga que tengo y ni siquiera puedes entenderme —dijo abriendo un ojo, ella le miraba con una media sonrisa—. Claro que eso tiene sus ventajas.

»¿Te han dicho alguna vez que eres preciosa? Qué estúpido, claro que te lo habrán dicho. Pareces una de esas chicas que salen en las revistas de moda. —Sonrió—. Bueno, no es que las compre o las lea, no es mi estilo… pero las he visto por ahí. ¿Suena a excusa, verdad?

Wakarimasen, Urik-san. (No le entiendo, Ulrich-san)

—¿Quién te ha enseñado a manejar una navaja de esa manera? Ni el mejor barbero de Alemania es tan hábil como tú.

Estaba divagando. Se sentía solo y bastante desdichado. ¿Cómo podía haberse torcido tanto la cosa en tan poco tiempo? Le ardían los ojos y tenía un nudo en la garganta, algunas lágrimas escaparon de sus ojos sin que pudiera impedirlo.

Yumi puso sus manos sobre las mejillas de él cubiertas por los restos de la espuma jabonosa, le miraba entristecida, se inclinó hacia delante y le dio un suave beso en la punta de la nariz, Suzanne Hertz le había contado muchas cosas de su país, entre ellas eso de los besos. Se limpió la espuma de las manos y se tapó la cara, dándole una relativa intimidad para desahogarse.

—Gracias…

Ulrich se tapó los ojos con el brazo y lloró amargamente.

III

Hiroshima-shi, Hiroshima-ken, Japón.
Nigatsu hatsuka, Shôwa jû shichi nen (mes dos día veinte, año diecisiete de Shôwa).
20 de febrero 1943.

Llevaba dos semanas allí, con aquella familia, con aquella chica. Era extranjero y no le entendían, sin embargo se sentía como en casa. No. Se sentía mejor que en casa. Los padres de la muchacha, Takeho y Akiko Ishiyama le habían aceptado como uno más, Hiroki, el hermano menor de Yumi, estaba fascinado con él por algún motivo. Y ella, Yumi, pasaba muchas horas haciéndole compañía, tenían una relación especial, mucho más cercana que ninguna otra que hubiese tenido antes.

Aquella mañana se sentía bastante mejor, el dolor había remitido, ya no tenía fiebre, pero aún se sentía débil. Seguramente podría caminar solo, se puso aquella extraña ropa que llamaban yukata de color azul marino y deslizó el shoji.

El sol le golpeó en los ojos cegándole. «Mala idea» se dijo, llevaba demasiados días sin salir de la habitación en penumbra. Guiñó los ojos como si fuera idiota tratando de ganarle la batalla a la luz solar.

O-genki desu ka? —Sonrió al reconocer su melódico tono de voz. (¿Cómo se encuentra?)

—Bien, Yumi-dono. ¿Y tú?

Hai, genki desu. (Bien, estoy bien)

Ulrich sonrió. Ella también estaba bien. Habían aprendido a comprenderse, incluso habían aprovechado la presencia de la Hertz para comunicarse a un nivel más profundo, la mujer iba regularmente cada tres días. Ulrich se sorprendió de las ansias con las que esperaba a su compatriota.

—Ah… —Yumi dudó, se llevó el dedo índice a la barbilla e inspiró hondo—. ¿Queres comer?

—¿Qué has dicho?

La miró alucinado porque le hubiese hablado en alemán. Ella se sonrojó, agachó la cabeza y empezó a murmurar cosas a toda velocidad. Él rió, estaba seguro de que pensaba que lo había dicho mal.

—Sí, quiero comer.

Alzó la cara y le sonrió, a Ulrich le flaquearon las piernas y no por la debilidad de la enfermedad. Recargó su peso contra una de las columnas de madera del porche, ella llamó a su hermano y entre ambos le ayudaron a sentarse en el entarimado de madera.

Hiroki se quedó con él mientras ella iba a buscarle el desayuno. Aún se estaba acostumbrado a aquellos desayunos tan extraños que tomaban en aquel país.

El olor de la sopa de miso le hizo salivar, ahora que estaba mejor el apetito había regresado con una voracidad desconocida para él.

Hiroshima-shi, Hiroshima-ken, Japón.
Nigatsu nijuushichinichi, Shôwa jû shichi nen (mes dos día veintisiete, año diecisiete de Shôwa).
27 de febrero 1943.

Yumi le abrió la puerta a la doctora Hertz sin rastro de aquel ímpetu y ansias que habían dominado sus bienvenidas desde que su invitado había despertado. La doctora la miró de manera inquisitiva intentando descubrir qué ocurría, no creía que su paciente hubiera empeorado puesto que había mejorado muchísimo en poco tiempo.

—¿Qué pasa Yumi-dono?

—No es nada —replicó la joven en un susurro—. Está en su cuarto.

—De acuerdo.

La doctora la observó salir a paso lento del recinto de la casa y cerrar la puerta cabizbaja, había algo extraño, tal vez se habían peleado. Sabía que el señor Ishiyama había dejado de preocuparse por la cercanía entre su hija y el refugiado, así que la idea que le hubiera prohibido verse con él quedó descartada rápidamente.

Suzanne se encogió de hombros, lo mejor que podía hacer era curar a su paciente, ya descubriría qué pasaba.

Mientras tanto Yumi aceleraba el paso para esquivar conversaciones estúpidas y superficiales sobre el tiempo, las ofertas y demás tonterías con las que las mujeres se distraían de la guerra. A veces se preguntaba qué demonios les pasaba, cómo podían olvidarse la guerra y comparar los precios de las verduras. Ella se acordaba cada minuto, cada segundo, que había gente muriendo a causa de aquello, que a muchos de sus conocidos no los volvería a ver porque habían sido víctima de las balas o las bombas. A Yumi no se le olvidaba y eso dolía.

Al principio la distracción de su invitado había bastado para animarla pero ya no. La cosa había cambiado y se le complicaba la vida de una manera bastante idiota.

Subió las escaleras de piedra del templo remangándose un poco el kimono para poder moverse con algo más de libertad y no tropezar. A través del gran tori de pintura roja desconchada soplaba el viento, se frotó los brazos al tiempo que un escalofrío la recorría de los pies a la cabeza, se había dejado el haori en casa.

Lanzó varias monedas y rezó una plegaria pidiendo a Buda que bendijera a su familia y los mantuviera a salvo. Después fue hasta la pequeña construcción adyacente en la que se ubicaba la sala de oración y se sentó en el porche al sol para calentarse un poco mientras meditaba.

Con las manos sobre el regazo suspiró por enésima vez en lo que iba de día y ahogó un quejido.

—Creía que encontraría un ladrón y encuentro a una jovencita.

—Lo siento —musitó ella sin girarse reconociendo la voz del monje del templo.

—¿Qué sientes? ¿Estarte congelando?

Ella volvió a suspirar quedamente. El monje regresó adentro y volvió con una gruesa manta de color blanco que le puso sobre los hombros. Se sentó junto a ella en el porche.

—¿Qué te preocupa Yumi-chan?

—Temo estar equivocándome en mis decisiones, Kento-sama.

—¿Es a causa del extranjero?

—Sí… —susurró Yumi.

Itakura Kento sonrió. La había visto nacer y crecer, y en aquellos dieciocho años, esa era la primera vez que la veía dudar.

—¿Qué dice tu corazón?

—No lo sé —dijo enterrando la cara entre sus manos.

—¿Le amas? —preguntó—. ¿Te asusta eso?

Yumi le miró totalmente sonrojada.

—Haz lo que te diga tu corazón. No hay mejor consejero. Ni Buda te daría más sabios consejos.

—Pero tengo un prometido. No puedo deshonrar a mi familia.

—Tal vez lo entiendan —replicó el monje.

—¿Puedo quedarme un rato más?

—Tanto como desees —contestó volviendo a la sala de oración.

IV

Sapporo-shi, Hokkaidô-ken, Japón.
Sangatsu nanoka, Shôwa jû hachi nen (mes tres día siete, año dieciocho de Shôwa).
07 de marzo 1944.

La luz de los farolillos de papel titilaba en contraste con la de las luces eléctricas. Todo estaba tranquilo, las calles desiertas tomadas por el silencio que sólo rompían sus pisadas.

Takeho Ishiyama dijo algo con su voz atronadora y después su risa rasposa rebotó en las paredes de madera de los edificios colindantes.

—Hemos llegado —le susurró Yumi.

—Ya era hora... —siseó. Las bolsas pesaban una barbaridad. Aún no estaba recuperado del todo pero al padre de Yumi le había dado absolutamente igual, le había cargado con todo el equipaje—. ¿No tenéis coches de alquiler?

—¿Qué es un coche de alquiler?

—Es un... da igual, no sabría como explicártelo.

Esperó una de aquellas risitas dulces que soltaba cuando él no sabía como explicarle algo, pero no rió, clavó la mirada en el empedrado de la calle. Procuró no darle más importancia de la necesaria, pero ese cambio le taladraba el cerebro con insistencia.

Había pasado más de un año desde que llegara a Japón y habían cambiado muchas cosas. Yumi había aprendido su idioma en un tiempo récord y de un modo bastante eficiente. Había cambiado su visión del mundo y de lo que era importante.

Él había cambiado.

Los nudillos de Takeho golpearon la puerta de madera con energía y desde el interior una voz femenina habló. La puerta se abrió un poco y una mujer de mediana edad asomó la cabeza, sonrió al reconocer a sus visitantes y abrió del todo invitándoles a entrar.

Yumi suspiró pesadamente antes de entrar.

Ulrich la siguió cargando el equipaje que estaba deseando soltar en el primer sitio que pillase. Les guiaron hasta una pequeña casita cerca de la casa principal en medio el jardín. Dejó las cosas en la entrada sintiendo que sus brazos jamás iban a recuperarse de aquel viajecito.

Se instalaron repartiéndose entre las tres habitaciones. Yumi en una punta, sus padres en el centro y Hiroki y él en la otra punta. Si era una estratagema para que no se acercase a ella pensó que seguramente era la más eficaz de las que podrían haber puesto en práctica. Hiroki tenía el sueño ligero y se despertaba al menor ruido que se oyera. No podría levantarse sin despertarle, aunque fuera por algo tan inocente como ir al baño. Tampoco era que planease fugarse con ella en mitad de la noche ni nada parecido, pero si pudiera charlar con ella en plena noche lo agradecería, hacía semanas que le esquivaba.

Para cuando acabaron de instalarse la cena ya estaba servida. Le obligaron a ponerse un gi y un hakama elegantes y a peinarse, pero domar su pelo no era tarea fácil así que acabaron renunciando a ello.

Todos los presentes vestían sus mejores ropajes, las mujeres con elegantes kimonos de seda. No entendía a qué venía aquella reunión elegante, por qué no paraban de brindar ni por qué Yumi parecía tan triste.

Sapporo-shi, Hokkaidô-ken, Japón.
Sangatsu kokonoka, Shôwa jû hachi nen (mes tres día nueve, año dieciocho de Shôwa).
09 de marzo 1944.

Ulrich suspiró con tedio. Era su segundo día en Sapporo y ya había llegado al punto de hablar solo, la única persona que le entendía y podía darle conversación le rehuía de un modo descarado.

Estaba cansado de aquello. Yumi, su madre y la señora de la casa habían salido con la criada a media mañana, mientras que los hombres estaban reunidos bebiendo sake y él como no entendía ni jota ni tenía ganas de beber tan temprano se había refugiado en el jardín.

Oía a los pájaros piar felizmente mientras él se sumía en la desesperanza. Fugitivo, desertor, extranjero, perdido, olvidado, aislado…

Quería marcharse de aquel país, llegar a Australia. Pero también quería quedarse.

No es que tuviese grandes motivos para permanecer en aquel país extraño, no estaba especialmente cómodo ni tranquilo, pero estaba ella. Y con eso le bastaba.

La puerta principal se abrió y la delicada figura de Yumi apareció. La muchacha miró hacia todos lados antes de adentrarse en el jardín. Se tensó al escuchar un "kanpai!" salir de la sala en la que estaban reunidos los hombres y avanzó con sigilo hasta la casa anexa tan concentrada en los hombres que no se percató de su presencia hasta que se levantó.

—Tenemos que hablar —declaró agarrándola por el codo y arrastrándola hasta un rincón del jardín—. Deja de esquivarme.

Yumi suspiró y se dejó llevar sumisa hasta aquel lugar parcialmente oculto.

—¿Qué es lo que te pasa? —interrogó sin soltarla—. Desde que tus padres dijeron que veníamos a Sapporo que empezaste a actuar de un modo extraño.

—No es nada —contestó ella.

—¡Venga ya!

—Deberías estar contento de poder estar aquí.

—¿Y tú? ¿No deberías estarlo también?

Ella agachó la cara miró hacia un lado entonces él la soltó con cuidado.

—Debería, pero no puedo.

—¿Por qué?

—El hijo de los Takahashi, tengo que casarme con él.

Ulrich boqueó estúpidamente como un pez fuera del agua. Aquel tipo tendría unos cuarenta años y Yumi a penas veinte.

—No tienes que casarte si no quieres.

—Puede que en Alemania, pero aquí es difierente.

—No. No tiene que ser diferente, tienes que poder elegir lo que quieras —protestó—. Casarte con quien tú quieras. Vivir tu vida.

Ella le clavó aquellos ojos negros chispeantes de vida.

—Mi matrimonio con él favorecería a mi familia y por eso debo hacerlo, le quiera o no.

—No es justo.

Yumi suspiró.

—La vida no es justa —afirmó rotundamente.

—Pero... ¿le quieres?

La pregunta se meció en el aire sin recibir una respuesta.

Sapporo-shi, Hokkaidô-ken, Japón.
Sangatsu jûrokunichi, Shôwa jû hachi nen (mes tres día dieciséis, año dieciocho de Shôwa).
16 de marzo 1944.

Era el último día que pasaban en Sapporo y él estaba encantado. Desde que Yumi le dijera que se iba a casar con aquel hombre por beneficio de su familia que había empezado a sentirse estúpido. Tal vez, al final, su padre tuviese razón y él no supiese absolutamente nada de la vida, que sólo se dejase arrastrar de un lado a otro bordeando las profundidades de la complejidad de la vida.

Metió las últimas cosas dentro de su bolsa enfurruñado por la posibilidad de que su padre tuviese razón en algo.

—¿Te sientes bien?

—Yumi-dono —susurró cada sílaba con delicadeza.

—No —contestó crípticamente—. No le quiero, pero no puedo elegir.

Ulrich parpadeó y entonces comprendió lo que decía, le estaba contestando a si quería a aquel tipo con el que tenía que casarse.

—Pero quiero a otra persona —declaró sin mirarle.

¿Qué quería decir eso? No tenía ni idea.

Estaban allí los dos solos, sin nadie más en aquella enorme casa. Recogiendo las cosas para marcharse mientras los demás paseaban por la ciudad. Quizá aquello empeoraría las cosas pero era su mejor ocasión. Se acercó a ella lo suficiente para poder oler el aroma de su jabón.

—Eres lo más hermoso que he visto nunca —susurró acariciándole la barbilla—. Eres preciosa, Yumi-dono.

Se sorprendió de que ella no rechazase el roce de su piel, de que no diese un paso atrás. Ulrich dio un paso adelante recortando la distancia entre ellos.

—¿No huyes?

—¿Tengo motivaciones?

Ulrich sonrió, apartó el flequillo de su frente con una caricia.

—Se dice "¿tengo motivos?".

—¿Tengo motivos? —repitió.

—Voy a besarte.

Hizo un ligero acercamiento para comprobar su reacción, ella permaneció allí firme con los ojos brillando, y por un momento se preguntó si sabía lo que significaba "besar". Cerró los ojos y juntó sus labios con los de ella con suavidad, Yumi apoyó sus manos en los hombros de él.

—¿Cómo se dice "te amo"?

Ai shite iru —contestó con un ligero rubor.

Ai shite iru, Yumi.

V

Hiroshima-shi, Hiroshima-ken, Japón.
Shichigatsu yokka, Shôwa jû kyû nen (mes siete día cuatro, año diecinueve de Shôwa).
04 de julio de 1945.

Cada vez que su compatriota Suzanne le traía noticias de la guerra veía más claro que tenía que marcharse de allí y llevarse con él a Yumi. Existía el riesgo de que los americanos le cansaran de recibir golpes y pasaran a atacar con contundencia. Si eso ocurría se verían en un fuego cruzado entre ejércitos y evidentemente no podría hacer nada por protegerla.

Quería pensar que un ataque sobre Hiroshima era poco probable. Quería creer que atacarían la capital y las ciudades más grandes y con más renombre. Deseaba que aquel fuera un lugar seguro, pero la razón le decía que no existía un solo lugar seguro.

Había pedido información y cartas marítimas a Suzanne y esperaba que se apresurase a llevárselo todo. Quería salir de allí cuanto antes.

Después de lo de Sapporo todo había cambiado.

Una relación secreta a espaldas de sus benefactores, sabiendo lo que sabía ahora, le parecía que le convertía en una mala persona. Pero ¿qué podía hacer? No se podía luchar contra los sentimientos.

Miró a Yumi, dormida a su lado y se preguntó qué habría pasado con ellos si las cosas hubiesen seguido su rumbo inicial, si él hubiese llegado a su destino sin pasar por Japón. No se habrían conocido pero ¿la hubiera echado en falta? Ahora le parecía imposible estar sin ella.

Esbozó una sonrisa pensando que la guerra le había regalado algo insultantemente bonito y que tal vez no debería sentirse tan bien, que no tenía ningún derecho a ello. Pero era egoísta y le daba igual. No cambiaría aquello por nada.

Ella se revolvió entre las sábanas un instante antes de abrir los ojos.

—Buenos días —le susurró en el oído.

—Buenos días —replicó ella con voz somnolienta.

—Tenemos que hablar antes de que se despierten los demás —dijo, ella se sentó sobre el futón dispuesta a prestarle toda su atención—. Suzanne me trae noticias regularmente del avance de la guerra y no me gusta nada como van las cosas.

»Sé que lo que voy a pedirte será muy duro para ti, pero quisiera que vinieses conmigo. Tengo un amigo que podría darnos asilo.

»Hay muchas cosas de mí que no te he explicado pero lo haré, te lo prometo. Tenemos que escapar de aquí.

—Tengo que pensarlo —contestó ella—. Mi familia... todo lo que tengo está aquí.

Ulrich asintió. Lo comprendía. Esperaría su respuesta.

Hiroshima-shi, Hiroshima-ken, Japón.
Shichigatsu tooka, Shôwa jû kyû nen (mes siete día diez, año diecinueve de Shôwa).
10 de julio de 1945.

Yumi subió las escaleras del templo sintiendo que la fina tela de la yukata se le pegaba a la piel a causa del calor pegajoso de aquel séptimo mes del año. Se detuvo bajo el tori rojo abanicándose con la mano.

El monje barría el camino empedrado y la miró divertido. De todos los que vivían por los alrededores ella era de las que más iban a visitarle y la conocía lo suficientemente bien como para saber qué quería mucho antes de que hablase. Apoyó la escoba en uno de los árboles y entró a la zona privada del templo para servir té de cebada bien frío para ambos.

—Bonito día para correr por unas escaleras y desmayarse por el calor —saludó Itakura con tono burlón—. ¿Un té, señorita?

Ella sonrió en respuesta y fue hasta él para sentarse a tomar el tentador té helado que le ofrecía.

—Gracias.

—Creo que has tomado una decisión —aventuró él.

Yumi asintió con energía y dio un sorbo al té sintiéndose renacer.

—Sí, ya sé que tengo que hacer, pero me siento mal porque sé que mi decisión es egoísta.

—El egoísmo forma parte de nosotros.

—Lo sé, pero no querría lastimar a mis padres ni avergonzarles.

Kentô miró las hojas de los árboles mecidas por la suave brisa veraniega.

—A veces todos necesitamos pensar en nosotros mismos a pesar de las consecuencias.

Permanecieron unos minutos en silencio, él mirando las hojas, ella mirando el té llenándose de valor.

—Voy a marcharme con el extranjero.

Él asintió, lo imaginaba, lo supo desde que empezara a dudar sobre qué debía hacer. Lo que no esperaba era que hubiese tardado tanto en decidirse.

—Guardaré tu secreto pero tienes que hacérselo saber a tus padres.

—Sí, lo sé —admitió. Ya había pensado en eso, les dejaría una nota.

Hiroshima-shi, Hiroshima-ken, Japón.
Shichigatsu nijûsannichi, Shôwa jû kyû nen (mes siete día veintitrés, año diecinueve de Shôwa).
23 de julio de 1945.

Amaneció nublado, pero el día se había ido despejando. Ahora el sol brillaba de vez en cuando asomándose entre las blancas nubes bañando el porche de luz y calor.

Yumi recorrió su nariz con el dedo índice y sonrió como siempre hacía.

—¿Qué es tan divertido?

—Me gusta tu nariz —susurró—. Es gran

—No es que la mía sea grande, es que tú —dijo dándole un golpecito con el dedo en la punta de la nariz— no tienes.

Ella replicó con una risita suave y sincera.

—He tomado una decisión —murmuró—. Sobre lo de marchar.

Ulrich tragó saliva preparándose mentalmente para aquella respuesta.

—Iré contigo, pero tengo que preparar unas cosas antes. ¿Puedes esperarme?

—Por supuesto —contestó, esperaría lo que hiciese falta.

—Mis padres no lo entenderán.

Él le sonrió acariciándole la manos.

—Lo harán porque te quieren.

Hiroshima, Japón.
Hachigatsu muika, Shôwa jû kyû nen (mes ocho día seis, año diecinueve de Shôwa).

6 de agosto 1945.

Yumi tomó papel, pluma y un tintero de su habitación y llenó sus pulmones de aire. Tenía que hacerlo. Era lo mínimo que podía hacer, buscar palabras y plasmarlas en un pedazo de papel sin alma. Palabras de disculpa que buscaban consolar.

Pero era muy difícil.

Ella siempre había actuado según lo que marcaba su educación, siempre había aceptado sumisa las decisiones de sus padres, siempre había hecho lo que se esperaba de ella. Era la primera vez que desobedecía y lo iba a hacer a lo grande.

Se llenó de valor y apoyó la punta de la pluma cargada de tinta sobre el fino papel.

Mis amados papá y mamá.
Sé que está breve carta no aliviará la profunda pena y vergüenza en las que me dispongo a sumiros, permitidme, no obstante, el atrevimiento de imploraros vuestro perdón. Soy estúpida y egoísta.
Mi matrimonio con Takashi-san, pese a ser tan afortunado para nuestra familia, me veo obligada a rechazarlo, puesto que no puedo amarle, tampoco podría darle mi cuerpo aunque mantuviese mi corazón a salvo. Hace tres años lo habría aceptado con gusto, ahora todo es diferente.
Amo al extranjero que llegó a nuestra tierra y sobrevivió. El que se instaló en el seno de nuestra familia y se convirtió en un gran guerrero de honor. No me importa su pasado ni lo que hiciera, porque lo único que cuenta es el presente.
Sin poder pedir más que vuestro valioso perdón, ruego para que el karma envíe el castigo que consideréis oportuno por mi atrevimiento.

Ishiyama Yumi.
Hachigatsu muika.

Lo releyó con los ojos llenos de lágrimas y sopló cuidadosamente sobre la tinta para que se secara antes de doblarla y colocarla sobre la mesa, asegurándose así de que la verían al despertar.

Regresó con sigilo a la cama de la que se había escapado hacía una hora. Estaba amaneciendo.

Ulrich todavía dormía, ella le acarició la mejilla y le besó en la punta de la nariz. Él se removió entre las sábanas y la atrapó en un abrazo.

—¿Qué vamos a hacer? —dijo tras la sesión de besos matutinos.

—Estaremos juntos. Pase lo que pase.

—¿Me llevarás contigo a Alemania?

Ulrich le sonrió con ternura observando como los rayos del sol daban un hermoso tono rosado a su blanca piel. Acariciando su espalda con la yema de los dedos le besó en la frente.

—No —susurró—. Alemania no es un lugar seguro.

—Hiroshima también es no seguro…

No la corrigió. La besó en los labios.

—Encontraré un lugar seguro.

—Te quiero…

—Te amo.

Tenía que haber un modo de llegar a Australia y esquivar sus problemas. Si ponían un pie en las Gilbert les separarían, a él le detendrían por crímenes de guerra, a ella… lo más probable era que la matasen y preguntasen después. No podía ponerla en peligro.

—¿Sabes si hay algún modo de conseguir un barco?

—¿Gran?

—"Grande" —dijo acariciando su mejilla—. Basta con que quepamos los dos y tenga un pequeño almacén.

—Sé dónde encontrar uno.

Yumi se estiró pasar besarle el hueco entre la mandíbula y la oreja, él deslizó las manos a lo largo de su espalda.

—Vístete, Yumi. Nos marchamos.

—De acuerdo…

Ulrich le pasó la yukata azul marino con montañas nevadas en las mangas y el hakama negro que usaba para viajar, y que habían dejado preparado aquella noche.

Se marchaban de Hiroshima para no volver. Empezarían una nueva vida.

Hiroshima, Japón.
Hachigatsu muida, Showa jû kyû nen (mes ocho día seis, año diecinueve de Showa).
6 de agosto 1945, 8:14 horas.

Las afueras de la ciudad de Hiroshima estaban desiertas, ni siquiera los campesinos trabajaban los campos. Era muy extraño.

Un sonido lejano llegó a sus oídos, un sonido conocido. El sonido de la guerra.

Ulrich miró a todos lados tratando de localizar el ruido de aviones que oía, pero no veía nada, Yumi se había agarrado con fuerza a su brazo asustada.

—Tranquila —le susurró pese a saber que no serviría de nada. Aquella era la primera vez en la que la guerra planeaba, literalmente, sobre su cabeza—. No pasa nada.

Y entonces los vio. Iban directos a la ciudad. Se estremeció.

Tiró suavemente de ella intentando acelerar, pero ella había empezado a caminar de vuelta a la ciudad. Estaba asustada, toda su vida estaba en aquella ciudad, su familia, sus amigos. Todo.

—No, no, no. No podemos volver, tenemos que marcharnos.

—¡Mis padres, mi hermano! —se quejó.

—No hay tiempo —exclamó zarandeándola por los hombros con fuerza.

—Ulrich-san…

—Vamos, por favor, venga.

La obligó a avanzar hacia la salida de la ciudad, se quejaba, protestaba y lloraba. No podía dejarla morir. Quería salvarla.

Era lo único que tenía y quería que viviera.

Y entonces estalló el caos.

La fuerte detonación les abrasó la piel, la tela de las yukata se fundieron dolorosamente en sus espaldas y cayeron al suelo golpeados por la honda expansiva. Ulrich respiró atropelladamente sintiendo que el aire se le escapaba por momentos junto con la vida.

Cerró los ojos e inspiró profundamente y entonces tiró del brazo de Yumi haciéndola levantarse.

Kami-sama… —dijo horrorizada casi sin aliento.

—¡Sigue caminando!

—¡No puedo! —chilló entre lágrimas.

—Sí que puedes. —Le tomó el rostro entre las manos—. Vamos, por favor.

—No puedo…

—Sujétate —dijo pasando los brazos de Yumi alrededor de su cuello.

La cargó en brazos, batallando contra aquella exasperante sensación de mareo y aturdimiento. Tenía que sacarla de allí, tenía que aguantar, tenía que salvarla.

Caminó torpemente un par de kilómetros abrazándola con fuerza, temiendo dejarla caer por culpa de aquel atontamiento. Se rindió en mitad de un camino rural.

La tumbó sobre la alta hierba del margen del camino y él se tumbó a su lado. Acarició su pálida mejilla, ella esbozó una débil sonrisa sin abrir los ojos.

—Saldremos de esta —susurró Ulrich.

—Sí…

—Sólo necesito unos minutos… para descansar. Te sacaré de aquí.

—Confío en ti.

Ulrich cerró los ojos concentrado únicamente en la tranquila respiración de Yumi a su lado. Mientras ella respirase, él, lo haría. Esa era la única certeza que existía en esos momentos. Esa, las náuseas y el cansancio que le arañaba cada músculo.

Fin

Notas de la autora:

¡Hola! Esto tendría que haberlo subido ayer pero no hubo manera de hacerlo, maldito internet cutre.
Este es el oneshot más largo que he escrito nunca, y también con el que más he llorado. En realidad es una versión resumida, he eliminado algunas partes porque no me dejaba subirlo completo, cuando suba al blog la versión pdf de la colección lo pondré entero. Llevo tres años enteros trabajando en él, documentándome, corrigiéndolo, recopilando historias de supervivientes y familiares de los que cayeron en Japón (gracias por la ayuda Ryûji, eres el mejor amigo del universo), recogiendo historias sobre la Alemania nazi (gracias Johann por la historia de tu abuelo Sebastian, aún lloro cuando la recuerdo y sobre todo gracias por contarle tantas a cosas a alguien a quien a penas conoces, eres un sol). Empecé a escribirlo el día 6 de agosto de 2010, el día en que Hiroshima se convierte en un grito por la paz y el desarme nuclear. Ojala que no se repita una cosa así, las guerras siempre serán estúpidas y las armas nucleares terroríficas.

He dejado el final completamente abierto, si vivieron o murieron depende del final que vosotros mismos queráis darle, no supe decidirme y lanzar una moneda al aire y dejar que el azar decidiera no me convenció. Aquel día hubo muchos finales tristes como para añadir otro, pero, por otro lado, un final feliz no me parecía del todo adecuado, así que he decidido no mojarme y cerrar así. Está ligeramente basado en la historia de Sebastian, aunque su historia no tuvo un final feliz, su chica murió pocos días después de su intento de huida a causa del mal de la bomba atómica (leucemia) y él lo hizo unos diez años después por lo mismo.
El Itakura Kento que aparece en este shot sería el mismo que el de ADQST, es que no me venía una imagen para un monje sintoísta, así que he reciclado a Ken, que para eso lo inventé en su día (soy muy de reciclar personajes jajaja).

Aclaraciones:
Una miniaclaración, Yumi pronuncia el apellido de Ulrich como "Chiten" por imitación fonética, su apellido en realidad se pronuncia «Chtern», no «Estern», lo mismo pasa con su nombre donde la "ch" del final se pronuncia como una "k", así pues es «Ulrik» o «Wulfrik», dependiendo de la zona de Alemania, y no «Ulrich» (viendo la versión española, traducida de la americana, me he dado cuenta de que lo pronuncian mal. Que tiquismiquis que soy jajaja, será porque a mí siempre me cambian el nombre y me da rabia).
Campo de concentración de Buchenwald: fue uno de los campos de concentración más grandes dentro del territorio alemán, ubicado en la colina de Ettersberg, en las proximidades de la ciudad de Weimar. Entró en funcionamiento en julio de 1937 y fue clausurado en abril de 1945. En Buchenwald no había cámaras de gas ya que no era un campo de exterminio. Entre 1945 y 1950 lo emplearon los soviéticos a modo de campo de internación y pasó a ser conocido como NKVD Campamento Especial no. 2.
Haori: chaqueta fina que se coloca sobre el kimono.

º º º

HeiMao3: ¡Hola! La verdad es que creía que había pasado menos tiempo desde la última actualización así que estaba tan tranquila, creo que ya he dicho alguna vez que soy un desastre jajaja. No iba a dejarlo a medias.
Ya he visto que lo has empezado, me hace gracia que todos hayamos elegido a Ulrich y Yumi como pareja jajaja.
Un abrazo.
YumiLyokoGen08: ¡Hola! ¡Gracias!
Sandra Stark: ¡Hola! Siento haber tardado tanto en actualizar, me despisté totalmente. Si no nombro a William de vez en cuando creo que me volvería loca, es mi favorito, espera eso lo he dicho tantas veces que he perdido la cuenta jajaja.
A ver si el próximo de ADQST no se resiste tanto para subirse, empezaba a creer que no podría postearlo nunca.
Estoy deseando que actualices para leer el siguiente shot.
Un abrazo.
Lilium13: ¡Hola! Vienes a tentarme para que compre más commissions jajaja, nah es broma. Gracias, me alegra que te gustase.
Bueno, por aquí las cosas van de un modo extraño, más vale no entrar en detalles.
No me olvidé aunque tardé mucho en actualizar, me despisté totalmente.
Un abrazo.
Princesa de la Oscuridad: ¡Hola! Muchas gracias, me alegra que haya gustado, esta vez he ido rapidito pese a que la página parecer estar intentando volverme loca con sus errores.
Un abrazo.
Dragon Oscuro: ¡Hola! Muchísimo tiempo, sí, andas desaparecido de esta sección. Un abrazo.
A.L.L.Y.: ¡Hola! Yo siempre vuelvo, soy como la gripe en invierno o el arena dentro del bañador en la playa. Esta vez no te he hecho esperar demasiado. Un abrazo.