Code: Lyoko y sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.

VI.- Naranja - Senbazuru
(Mil grullas de papel)

"Hay una leyenda en mi país, el Senbazuru, que dice que si haces mil grullas de origami se te cumplirá un deseo" le había contado Yumi tiempo atrás con aquella sonrisa enigmática suya. "El espíritu de una grulla agradecida te obsequiará con una vida larga o bien te curará de la enfermedad que te consume". Aquel día le pareció algo bastante tonto, dedicarse a hacer pájaros de papel no tenía nada de milagroso, era más bien estúpido y, en su caso, estresante.

Ulrich nunca había sido muy dado a creer en leyendas, mitos y fantasías, tampoco creía que existiera un Dios ni nada que se le pareciera. Ese era uno de los frentes abiertos con su padre, Dios, la iglesia y rezar le daban urticaria.

El día en que aquello ocurrió llovía a cántaros igual que toda la semana anterior y, el sol, ni se había intuido desde por lo menos veinte días atrás. Pero aquel día hubo algo diferente, al molesto dolor de cabeza se le había unido una sensación muy extraña, algo que le presionaba la boca del estómago y le aporreaba las costillas en el momento menos pensado. Un mal presentimiento.

Había estado haciendo tiempo, entreteniendo a Yumi con las escusas más tontas imaginables, incluso le había hecho opinar un centenar de veces sobre una horrenda sudadera naranja que le había regalado Odd. Pero empezaba a estar molesta, cada vez la veía más impaciente y crispada. Estaba tensando demasiado la cuerda, Yumi no era de las que hacía cosas que no quería hacer y era evidente que no quería seguir allí sentada.

—¿Seguro que no puedes quedarte un rato más? —preguntó Ulrich.

—¿Se puede saber qué te pasa? —le soltó poniéndose en pie.

«Se acabó» pensó el muchacho, no había nada más que hacer.

—Ulrich estás muy extraño hoy. Me has hecho quedarme porque querías hablar de algo importante, pero no has hecho nada más que hablar de series de televisión y tonterías —protestó—. Además, aquí afuera hace frío.

Se golpeó mentalmente por no haber pensado en eso, quizás si hubieran estado en la sala de recreo o en la cafetería podría haberla entretenido más tiempo.

—¿No vas a decir nada? Me marcho a casa, nos vemos mañana.

Ya era tarde, no podía evitar que se fuera.

—Te acompaño a la entrada —dijo suspirando.

Abrieron los paraguas en perfecta sincronía y se aventuraron a la espesa y helada lluvia. Los pasos de Yumi levantaban gotas embarradas, estaba enfadada. De acuerdo, no podía culparla. Pero es que no quería que se fuera.

Yumi se giró y le clavó una mirada enfurruñada, Ulrich le sonrió algo intimidado, ella no solía mirarle así.

—Hasta mañana.

Ella meneó la mano y cruzó la calle pisando con fuerza los charcos. Ulrich suspiró derrotado.

—Ten cuidado —le susurró mientras se alejaba.

Cabizbajo fue a la cafetería donde sus compañeros hacía rato de le esperaban.

º º º

Su móvil había roto el silencio de la noche, apenas una hora después de haberse acostado. La madre de Yumi, llorando, era quien le llamaba para decirle que alguien había atropellado a Yumi y se había dado a la fuga. Él se había quedado sentado al borde de la cama, inmóvil, como anestesiado. Hasta que Odd le hizo moverse.

Jim le había llevado al hospital, en silencio, sin anécdotas extrañas ni charlas sobre fútbol. Sólo el sonido del motor y el repiqueteo de la lluvia sobre la luna y la carrocería. El profesor le había dejado junto a los Ishiyama, en aquel pasillo que apestaba a desinfectante con la engorrosa iluminación de los fluorescentes. Aquel pasillo también estaba en silencio, de vez en cuando algún sollozo resonaba en el silencio. Akiko Ishiyama no paraba de llorar y Hiroki estaba completamente desolado.

Takeho le había explicado que Yumi había sacado a Hiroki de en medio de la carretera, que el coche iba a atropellarle a él, pero su hija lo había apartado recibiendo ella el golpe. Por un instante, Ulrich, quiso golpearle y chillarle, pero no podía hacerlo, no era culpa suya.

El médico, con mirada cansada, se plantó junto a ellos, explicándoles el estado de salud de Yumi, él no entendía ni jota. Y eso le estaba poniendo histérico.

—¿Se pondrá bien?

—Lo siento, no sabremos nada hasta que se despierte —declaró el médico—. Está en coma.

—Pero... se despertará pronto, ¿no? —siseó Ulrich. Akiko Ishiyama le abrazó.

—No puedo afirmarlo, puede despertar en unas horas igual que dentro de unas semanas, meses, incluso años. También cabe la posibilidad de que no vuelva a despertarse nunca.

—¡No! —gritó apartándose de Akiko y corriendo junto a la cama donde Yumi dormía. Le tomó la mano con fuerza—. Despierta, Yumi. Vamos, despierta...

Se había quedado allí plantado, junto a ella, con su mano entre las de él, suplicándole en un susurro que se despertara. Mas Yumi no se despertó. Cuando Jim pasó a recogerle para volver a Kadic tenía el cuerpo entumecido y le ardían los ojos de tanto llorar.

No protestó, se dejó llevar de vuelta a Kadic dócil, aún se sentía como anestesiado. También se sentía agotado de tanto llorar y suplicar. En aquel trayecto de vuelta, Jim, tampoco habló. La lluvia les acompañó de nuevo hasta la entrada del edificio de la residencia.

Ulrich subió las escaleras, arrastrando los pies, agarrándose a la barandilla como si fuese incapaz de caminar sin apoyarse. Se sentía vacío y extraño. Abrió la puerta de vaivén con desgana, el pasillo mal iluminado y desierto le recibió con silencio, aunque sin olor a desinfectante. Le oprimía el pecho recorrerlo, así que se apresuró hasta la puerta de su habitación que cedió con facilidad. Odd no había cerrado con llave, tampoco había vuelto a acostarse. Estaba sentado en la cama con la consola entre sus manos, con los auriculares puesto para que nadie se quejase del ruido. Al cerrar la puerta, Odd, le miró quitándose los cascos.

—Odd —musitó con los ojos aún hinchados y enrojecidos de llorar—. Enséñame a hacer grullas.

Sin decir nada extrajo varios cuadrados de papel naranja por una cara y blanco por la otra, era el tipo de papel que Yumi siempre le llevaba para practicar nuevas figuras de origami. Le tendió uno y ambos se tumbaron en el suelo para realizar los numerosos pliegues, el primer intento quedó convertido en una masa informe y arrugada de esquinas torcidas e imprecisas. Ulrich la dejó a un lado con cuidado y tomó otro papel procurando ser más cuidadoso con los pliegues. La décima que hizo consideró que le había quedado aceptable.

—Siempre te ha parecido una tontería hacer figuras de papel —dijo Odd cauteloso—. ¿A qué se debe el cambio?

—Es por... algo que me contó Yumi.

—Aquí tienes doce de refuerzo. —Le tendió las que había ido haciendo a modo de guía—. Mil doce seguro que hacen más efecto que sólo mil.

Sonrió, pero su sonrisa se desvaneció al ver que su amigo no lo hacía. Conociendo a Ulrich como lo conocía, sabía que las palabras no le consolarían, así que guardó silencio y le dio un firme apretón en el hombro.

º º º

Al salir de clase iba al hospital, incluso los fines de semana, sin faltar un día. Lloviese, hiciese calor o estuviese nublado. A veces le acompañaban sus amigos, otras iba solo. En ocasiones coincidía con los padres de ella o con Hiroki. Habían pasado dos meses, pero seguía sin haber cambio alguno.

Acostumbraba a quedarse embobado mirándola, parecía la Bella Durmiente o Blancanieves, inmóvil, con expresión serena, durmiendo ajena a lo que la rodeaba. De hecho, si no fuera por la sonda nasogástrica que la alimentaba cualquiera pensaría que estaba echándose la siesta.

Había perdido mucho peso y masa muscular por la falta de ejercicio, pero no tenía mal aspecto.

—Hoy el señor Fumet nos ha estado hablando de tu país. —Se sentía ridículo hablándole, pero según todo el mundo era bueno que lo hiciese—. No he acabado de entender eso de los señores feudales, no sé qué es lo que les hace diferentes a los nuestros ¿los samuráis? Tendrás que explicármelo.

La cháchara le hacía sentir algo mejor, ridículo, pero mejor. Ulrich arrastró la mesa supletoria con ruedas hasta el lado de la cama. Abrió la mochila y sacó de ella los cuadrados de papel naranja y blanco. Para seguir con su rutina diaria. Fue doblando el papel con cuidado, había memorizado tan bien cada pliegue que ya no necesitaba hacerlo en silencio, seguía hablando con ella.

En el perchero colgaban las grullas terminadas, la madre de Yumi les iba ensartando en un grueso hilo de algodón en grupos de 50. De vez en cuando las miraba como esperando que algo mágico ocurriese, pero permanecían allí inmóviles con sus tonalidades naranja contrastando con la pared blanca.

A penas le quedaban veinte para acabar, y se había propuesto acabarlas aquella misma tarde. La luz del sol se colaba por la ventana iluminando la cama donde Yumi yacía. Ulrich inspiró hondo y continuó con su tarea de plegar papel.

Finalizó el último pliegue del papel naranja floreado para darle la forma a la cabeza de la grulla, cogió las que había sobre la mesa y las dejó junto a las que colgaban del perchero, colocándolas cuidadosamente sobre la madera de este. Lanzó un suspiro y pidió su deseo «que Yumi se despierte, por favor».

Dejó caer la cabeza, era ridículo.

Dio la vuelta para volver junto a la cama a seguir esperando. Se detuvo como si Medusa acabase de convertirle en piedra. Aquellos ojos negros entreabiertos con aire aturdido analizando la sobria habitación de hospital. Ulrich se frotó los ojos creyéndose presa de alguna alucinación provocada por la falta de sueño, la desesperación y el cóctel aromático de desinfectante y lejía típica de los hospitales. No alucinaba, tenía los ojos abiertos de verdad, los había clavado en los suyos, lo único de aquel sitio que ella conocía.

—Yumi —susurró.

Ella asintió al ver que no le salía la voz. Ulrich echó una rápida ojeada a las grullas de papel incrédulo, era demasiada casualidad, ¿no? Pero el sentido común le dictaba que todo aquel papel plegado no tenía nada de milagroso. Regresó a su lado y pulsó el botón de llamada antes de tomarle la mano con fuerza. Después de dos meses le parecía imposible que le estuviera mirando y sonriendo.

—Hiroki está bien —dijo contestando a la pregunta no formulada que podía leer en sus ojos.

Salió al pasillo mientras el médico y las enfermeras le hacían un chequeo exhaustivo. Se moría de ganas de volver a entrar, pero tenía que avisar a Akiko. Sacó el móvil del bolsillo y se fue a la sala dónde se encontraban las máquinas expendedoras, allí podía hablar por el móvil sin que nadie le llamase la atención.

Informó a Akiko que se echó a llorar de puro alivio, le aseguró que se quedaría en el hospital hasta que ella saliese del trabajo y pudiese ir. Llamó también a Takeho para darle la noticia, el padre de Yumi estaba de viaje en el extranjero, y le agradeció que fuese él mismo quien le llamase. Pasó un mensaje también a Hiroki, que a esas horas estaría aún en el club de informática. Y finalmente avisó a sus amigos de que Yumi, al fin, había despertado, incluso a William que se había preocupado tanto por ella como por él.

Se apresuró a volver a la habitación, en la que las enfermeras y el médico seguían, esperó paciente a que salieran. El doctor le dijo que todo parecía en orden, que le harían algunas pruebas para comprobar que no hubiese ningún daño. Respiró aliviado y se tragó el nudo que se le había formado en la garganta.

Entró en la habitación y la miró. Habían levantado un poco la cama, Yumi estaba algo erguida, no le había quitado la sonda, y suponía que aún tardarían días en hacerlo. Pero se la veía bien y eso le aliviaba.

—Menuda siesta, ¿eh?

Ella dibujó una sonrisa débil.

—¿Te acuerdas de algo? ¿Del accidente? —Yumi negó a sus preguntas—. ¿Te duele algo?

Volvió a negar, sus ojos negros se fijaron en las ristras de pájaros naranja que colgaban del perchero, y después volvió a mirarle a él.

—Sí, las he hecho yo —contestó leyendo la pregunta en sus ojos—. Parece que funciona, así que menos mal que he aprendido.

La mirada divertida de Yumi le hizo sonreír, sintió como si le quitasen un peso enorme de encima de los hombros.

Ulrich se inclinó hacia adelante y la besó con suavidad en los labios.

—Te quiero, así que recupérate pronto para poder decírtelo en condiciones.

Yumi le apretó la mano como respuesta.

Fin

Notas de la autora:
¡Hola! Cuánto tiempo, ya iba siendo hora de seguir con esto. Sí, estoy aprovechando al máximo que me ha vuelto la inspiración. No tengo tanto tiempo como me gustaría, pero el nuevo trabajo me permite llegar a casa a una hora decente y escribir durante un ratito.
Sobre el shot, es un poco… ¿deprimente? No sé cómo calificarlo, quería escribir algo alegre para esta palabra, pero ha acabado saliendo esto. Soy adicta a hacer grullas de
origami, así que puede que eso e haya influido a la hora de escribir.
Aquí os dejo mi especial del día de los enamorados, en Catalunya tradicionalmente el día del amor es el de Sant Jordi (23 de abril), he escrito muchas veces especiales para San Valentín, pero nunca lo había hecho para el día que yo celebro, así que ya iba siendo hora.
A los reviews os contestaré por privado, disculpad que no lo haga por aquí, pero es tarde y me toca irme a dormir que mañana madrugo.

Aclaraciones:

Senbazuru: antigua leyenda japonesa que cuenta que, si completas la labor de hacer mil grullas con el arte tradicional del origami podrás pedir tener una vida larga o curarte de una enfermedad. Esta leyenda es conocida en occidente gracias a Sasaki Sadako (1943-1955) una niña que vivía en el puente Misasa de Hiroshima cuando lanzaron la bomba atómica "Little Boy" y que enfermó de leucemia, mientras estuvo en el hospital una de sus compañeras de clase la animó a hacer las mil grullas, Sadako decidió que lo haría pero que no pediría sólo su curación si no la de todos los enfermos del mundo. Cuando se quedó sin papel empezó a utilizar los prospectos de los medicamentos, envoltorios de golosinas, etiquetas... Hizo seiscientas cuarenta y cuatro, pero finalmente murió a causa de la enfermedad, la enterraron con todas sus grullas de papel y sus compañeros y muchos otros niños japoneses cubrieron su tumba con más de diez mil grullas cumpliendo así, con creces, con la tarea incompleta de Sadako.
Hoy en día el
Senbazuru es un símbolo de la paz.