EP 14: El castigado por los dioses

Sansón abrió los ojos de golpe y sintió una sensación desagradable en su estómago, producto de la vertiginosa caída que estaba sufriendo. Como pudo, se las arregló para enterrar sus poderosas manos en el monte, y frenar de golpe su caída.

El humano observó el abismo a sus pies y tan solo pudo ver la blancura de las nubes, lo que indicaba que aún estaba en las cercanías de la cima. Al alzar su vista, solo contemplaba la negrura del espacio, sin embargo, un pequeño brillo proveniente del casco de Atlas le indicó que el titán estaba asomado por el borde.

Sansón hizo gala de su poderoso agarre, y apoyando sus pies sobre unos peñascos que sobresalían cómodamente, se impulsó flexionando sus brazos saliendo disparado a una gran velocidad hacia arriba.

Atlas fue incapaz de prever aquel ataque improvisado por parte del Israelita, ya que el puñetazo del humano, fue lo suficientemente fuerte para perforar hasta el diamante más macizo sobre el universo, pero apenas y logró hundir la nariz del gigantesco titán que emitió un espantoso alarido de dolor.

El júbilo del pueblo israelita volvió con renovado ímpetu en el Valhala, al ver el regreso de su campeón. Sobre todo, en una misteriosa figura femenina que observaba aquella batalla oculta entre varios mantos de finas telas.

—Vamos, tu puedes mi Sansón—dijo la mujer en voz baja.

Mientras tanto, en la cima del monte Everest, los luchadores se encontraban recomponiéndose de sus lesiones.

Atlas se estaba conteniendo la hemorragia nasal con su brazo, mientras que Sansón, disimuladamente estaba sobando su puño izquierdo con el cual había impactado al titán hace un momento.

—Estoy sorprendido—dijo Sansón mientras aun sobaba su mano—tu cabeza debería estar dando vueltas en la estratosfera debido a la fuerza de mi puñetazo, pero apenas y logré destrozarte la nariz.

Atlas escupió al suelo con acritud.

—Me robas las palabras, gusano. Un humano como tú no debería ser capaz de infligirme este tipo de daño. Mi piel y mi cuerpo han sido endurecidos por eones a través de un castigo que tu mente es incapaz de siquiera imaginar.

—Entonces supongo que debo ponerme serio—respondió Sansón mientras sacaba de su abrigo de piel negra, una pulcra y afilada quijada de un extraño animal.

Thor abrió los ojos en señal de sorpresa al reconocer aquel hueso.

—¡La quijada de Fenrir!

Todos en el Valhala conocían la historia de cómo el gigantesco lobo Fenrir, creó un alboroto en aquel inmaculado lugar, causando destrucción a diestra y siniestra. Cuando el poderoso dios nórdico, Thor, se disponía a tranquilizar a la creación de su hermano, se topó con la sorpresa de hallar el cadáver mutilado del lobo, y encima de él se encontraba un humano de fornida apariencia que llevaba en su mano, la mandíbula ensangrentada de Fenrir.

—¿Se supone que debo sentir miedo por eso? —preguntó el titán con sorna.

—Por supuesto que si—contestó Sansón con una sonrisa de satisfacción mientras levantaba la quijada de Fenrir para asestar un poderoso golpe sobre el titán, el cual pensó en recibir de lleno aquel ataque para demostrar que nada podría lastimarlo, no obstante, sus instintos naturales le ordenaron a último momento en esquivar aquel ataque mortal, lo cual probó ser una decisión acertada puesto que el golpe de Sansón había resquebrajado la mitad de la cima congelada del Everest.

Todos los presentes en el Valhala, incluyendo a los dioses, se sorprendieron al contemplar tan magnífico despliegue de poder.

—Los humanos nunca dejarán de sorprenderme—dijo Zeus mientras acariciaba su larga barba. —¿Esta es obra tuya, Shiva?

La máxima deidad hindú se limitó a encogerse de hombros ante aquella pregunta.

—Para nada, y eso es lo que más me emociona de todo esto ¡ese maldito ni siquiera ha utilizado mi Rüstung! —añadió mientras soltaba una carcajada sorprendiendo a las valquirias

—¿Quiere decir que Sansón ha estado utilizando su propia fuerza? —preguntó Göll con los ojos casi desencajados por la incredulidad.

—Este es el verdadero poder de aquel que tiene la fuerza del Señor—respondió Brunhilde con una espléndida sonrisa de confianza.

Atlas aún se estaba recuperando de la fractura de su nariz, pero no pudo ocultar su sorpresa al comprobar el poder de aquel inusual humano.

—Admito que eres un ser que no creí posible que existiese, así que es mi culpa que mi cuerpo esté en tan lamentable y patético estado. Te pusiste serio para luchar conmigo, así que déjame mostrarte mi respeto al hacer lo mismo.

Tras haber dicho esto, el titán flexionó sus rodillas y realizó un potente saltó hacia las alturas. Por un momento, el Israelita creyó haber visto mal, pero tras rascarse los ojos, pudo contemplar que lo que estaba viendo, por muy bizarro que fuera, era real. Atlas se estaba colgando del cielo como si este estuviera hecho de un delicado pero firme manto oscuro.

El público en el reino de los dioses estaba igual de estupefacto que Sansón, ya que también eran incapaces de dar crédito a lo que veían.

—H…Hermana ¿Atlas se está sujetando del mismísimo cielo?

—N…No pensé que aún fuera capaz de eso—admitió Brunhilde mientras mordía su pulgar de manera nerviosa. —Esto es malo. Muy malo.

—Las cosas ahora se pondrán muy divertidas—dijo Zeus con una macabra y demacrada sonrisa.

El titán parecía estar realizando el mayor esfuerzo de su vida, puesto que sus poderosos brazos estaban completamente llenos de gruesas venas marcadas, y sus dientes estaban a punto de romperse por el inmenso esfuerzo que estaba haciendo.

—¡Veamos cómo lidias con esto! —y acto seguido, lanzó aquel pedazo de "cielo" sobre el humano, el cual no tuvo otra alternativa que soltar la quijada de Fenrir, para inmediatamente, sostener sobre sus hombros el cielo mismo.

Sansón jamás experimentó algo semejante en toda su vida, y sintió que, incluso con su fuerza extraordinaria, sería incapaz de aguantar aquel abominable peso.

—No es para tanto—dijo Atlas con tono de burla al ver el rostro de agotamiento de Sansón—Esto no es ni una décima parte de lo que yo tuve que soportar.

Hace eones de años en el pasado, mucho antes de que existiese el concepto del tiempo tal y como lo conocemos, los titanes reinaban en la creación como los seres más poderosos de la existencia. Ellos gobernaban impunes, y su voluntad era ley. Así fue hasta la aparición de los hijos de Cronos, los dioses olímpicos actuales; quienes, haciendo uso de su magnífico poder, fueron capaces de poner en jaque a los titanes y alterar el estatus quo.

Pronto, estos nuevos dioses lograrón diezmar a los titanes por sí mismos y en un abrir y cerrar de ojos, aquellos seres que una vez eran considerados los regentes de la vida, ahora sucumbían ante un nuevo poder que los supera con creces.

Muchos titanes aceptaron resignados que no eran rivales para estos dioses, pero un pequeño grupo reducido, se negaba a ceder su posición de poder a una banda de mocosos privilegiados, y trataron de mantener a raya la influencia de los dioses sobre su raza.

Atlas, era uno de los principales generales rebeldes a los olímpicos y este ser, brindaba un rayo de esperanza a los demás titanes que estaban arropados con el manto de terror que los nuevos dioses impregnaban a los seres primigenios.

No obstante, muy pronto, Atlas, comprendería en carne propia, porque los titanes temblaban con horror ante la sola presencia de un dios. Y es que un día mientras el general de los titanes se hallaba reclutando a otros para su causa, Zeus se apersonó en aquel lugar, y antes de que Atlas siquiera pudiera reaccionar, fue impactado por un rayo que lo dejó inconsciente durante horas.

Esta chocante derrota provocó que el resto de titanes se sometieran al brutal yugo de los dioses olímpicos sin poner resistencia. Sin embargo, Atlas, humillado, se enfrentó en decenas de ocasiones con los diferentes dioses olímpicos incluyendo a Zeus y sus hermanos, pero en todas y cada una de esas veces, fue derrotado y vilipendiado sin compasión.

Esta sensación de impotencia, hizo que el titán se aliara con Crono, quien estaba encadenado en una estrella incandescente y cuya liberación era castigada con la muerte de toda la raza entera. Así fue como dio inicio la primer Titanomaquia, con el padre de Zeus siendo liberado por Atlas y causando una rebelión que acabó con la derrota aplastante por parte de los titanes.

Tras este bochornoso evento, Zeus decidió imponer un castigo especial al titán Atlas. Fue sentenciado a sostener el peso del cielo por toda la eternidad, y para este fin, fue puesto en la cima del monte más alto, lo que actualmente es conocido como el Everest.

Pasaron años, centenarios, siglos, en los que aquel titán cargaba con el cielo a sus espaldas, y junto a esto, también tenía el peso de la derrota y humillación de su pueblo por culpa suya.

Un día mientras pensaba en aquellos sucesos del pasado, un joven humano de una melena pelirroja, amplia musculatura y de una sonrisa amable, había llegado hasta donde él, en busca de unas manzanas doradas que daban la vida eterna.

Aquel extraño hombre se presentó con el nombre de Hércules y estaba en una de sus famosas siete tareas para ser reconocido por el Olimpo.

Y por primera vez en miles de años, Atlas sonrió. Porque sabía muy bien quien era aquel robusto hombre, ya que la leyenda del hijo bastardo de Zeus, había llegado incluso hasta sus recónditos oídos.

El titán le dijo a Hércules que él podía conseguirle las manzanas doradas, pero necesitaba que él se hiciera cargo de sostener el cielo mientras buscaba aquel extraño fruto. Hércules, siendo incapaz de predecir la mala voluntad de aquel titán aceptó el trato, y con inconmensurable dificultad se echó a sus hombros el peso del cielo.

El placer que Atlas sintió al desprenderse de aquel castigo por unos momentos, fue una sensación indescriptible de algarabía y júbilo. Por esta razón, Se tomó todo el tiempo del mundo para recolectar las manzanas doradas, pero cuando llegó en presencia del humano para dárselas, lo traicionó informándole que, desde ahora en adelante, el hijo bastardo de Zeus sería el nuevo encargado de sostener el cielo.

Aquella trampa tomó desprevenido al inexperto Hércules, pero éste, había escuchado con anterioridad la leyenda de su castigo, y no puedo evitar sentir compasión por aquel desdichado ser. Así que simplemente se limitó a aceptar con resignación su nuevo destino, tan solo hizo una simple petición: acomodarse su capa sobre sus hombros para hacer de su nueva carga lo más llevadera posible.

Atlas no vio problema alguno ante aquella petición, así que sostuvo nuevamente los cielos para darle oportunidad al joven de acomodarse su capa, pero en ese momento, Hércules aprovechó para agarrar las manzanas doradas y salir huyendo de aquel lugar, dejando al titán nuevamente con su castigo.

Esta nueva humillación causó que el titán ardiera iracundo en furia, y sin quererlo, pudo apretar el cielo lo suficientemente fuerte para hacer llover granizo, fuego e incluso, meteoritos.

El descubrimiento de este nuevo poder, puso en alerta a los dioses olímpicos, puesto que solo ellos tenían potestad sobre los cielos, así que rápidamente, Zeus desterró a Atlas al tártaro junto al resto de titanes peligrosos, muy lejos de aquel lugar en donde podría desarrollar aún más sus poderes, privándolo de esta manera, de conseguir su tan ansiada y merecida venganza.