Segundo capítulo. Me muero de nervios.

Grandes Héroes no me pertenece, ya quisiera.

Advertencia, los títulos de los capítulos irán de mal a peor a medida que aumenten los vasos de fernet que me inspiran.


Un Extraño Sueño

Había atravesado la grieta en la pared como un bólido, sin detenerse a esperar por su amigo o pensar en que esa grieta, de seguro originada por ellos al luchar contra Callaghan la última vez, había herido la rigurosa estructura que impedía el correcto funcionamiento del sensor del robot. No pensó en nada mientras corría por el oscuro pasillo, no pensó en lo que el robot le había dicho, no profundizó en la importancia, el significado real de sus palabras, sólo corrió, con la mente lo suficientemente clara como para no chocarse con una pared en alguna de las curvas, tan perdido, que ni siquiera se molestó en encender los faros que su traje tenía incorporados en el casco. Agradeció en el fondo que el pasillo no tuviera puertas y bifurcaciones por las que pudiera retrasarse, porque había dejado a Baymax demasiado atrás como para que lo pudiera guiar.

Al cabo de unos minutos que para él fueron una eternidad, jadeante y sudando, pudo vislumbrar un resplandor mortecino sobre las oscuras paredes del lugar, y ese fue el impulso que necesitó para echar a correr con todas sus fuerzas, sacando energía y resistencia de donde no sabía, resistiendo estoicamente el dolor que sentía cada vez que sus músculos se contraían y relajaban al correr.

Cuando llegó al final del pasillo, jadeante, azorado y con el corazón a punto de explotar, observó frente a él dos grandes puertas de metal con ventanas en la parte superior por completo de vidrio. Se irguió, respirando hondo y tratando de serenarse y, por un segundo, el dejá vù del día en que descubrió los microbots en aquella fábrica abandonada le azotó e, ilógico en aquel momento, deseó tener nuevamente una escoba a mano para defenderse de alguna manera

Y como tenía un robot médico personal experto en karate acercándose por el pasillo, descubrió de repente el valor para abrir ambas puertas y atravesarlas de una vez, con el corazón latiéndole a mil por hora, a punto de sálirsele del pecho, y todos sus sentidos alerta.

Sin embargo, ni toda la preparación mental, ni todas las teorías descabelladas de Fred, podrían hacerle frente a la situación que estaba viviendo, o al menos creía vivir. Y tampoco nada de eso podía hacerle competencia a lo que se alzaba frente a él en aquella habitación, iluminada por unos focos incandescentes de bajo consumo e inundada por el incesante sonido que procedía de aquella extraña estructura.

Pero, lo que más llamaba la atención en medio de aquella habitación, era la perfecta esfera, aquella masa uniforme de brillante color negro, que se mantenía erguida en el centro del lugar. Tardó un momento en notar la forma en que algo se movía por toda la reluciente superficie, en un casi imperceptible recorrido que le recordaba a una colmena de abejas formando un escudo al rededor de su reina, sólo que en vez de ser movimientos inconexos, cada una de las partes que formaban la esfera realizaban un camino descendente que formaba un movimiento en espiral tan curioso como hermoso de alguna manera.

Frunció el ceño, receloso, antes de comenzar a caminar lentamente, con aquel sonido, que ahora identificaba como un pitido, comenzando a ponerlo aún más nervioso de lo que ya estaba. Fijó sus ojos inquisidores y curiosos en la enorme esfera, calculando que mediría dos metros de alto y dos de ancho, antes de arquear una ceja y observar detenidamente de qué estaba formada.

Abrió los ojos de par en par, asombrado, cuando pudo diferenciar cada pequeña unidad que formaba la perfecta esfera.

-¿Pero qué carajo...?- la frase quedó en el aire, junto a los sonidos de la máquina, al descubrir que aquella especie de escudo estaba formada de microbots. Sus microbots.

Tragó saliva, empezando a sentirse mareado y algo sobrepasado por la situación. Sus instintos estaban alterados, todo su ser estaba con la guardia demasiado alta, concentrada en la estructura frente a él.

Por ello, cuando oyó su nombre a sus espaldas, no pudo evitar dar el grito de niña más bochornoso que jamás hubiera emitido un hombre.

-¡Baymax, por dios, ya deja de hacer eso!- exclamó, molesto, y se giró para fulminar al robot con la mirada.

Aunque un sonido a sus espaldas le hizo arquear las cejas y volver a ver hacia atrás, sólo para notar como todos los robots comenzaban a moverse con más velocidad, está vez sí de forma inconexa, individual y descontrolada, sin dejar de mantener la forma esférica.

Hiro arqueó una ceja, antes de respirar hondo y alzar una mano. Con cierta duda, la extendió hasta que tocó la superficie con los dedos, y contuvo la respiración cuando su mano atravesó la fortaleza sin la menor resistencia.

-Hiro- nuevamente el robot lo llamó, pero esta vez no se asustó, sólo continuó husmeando con su mano, adentrándola y retirándola de la extrañamente débil fortaleza-. Hiro, las señales de Tadashi provienen del interior de esa estructura.

El chico tragó saliva, sintiendo como su corazón volvía a acelerarse al caer en cuenta de que aquello no era un desvarío suyo, ni otro de esos sueños en los que estaba a punto de salvar a su hermano, sólo para volver y hallarse solo otra vez, para despertarse del sueño y entrar a la pesadilla.

Sin dedicar un segundo a un solo pensamiento más, respiró hondo y, con ambas manos, se adentró lentamente en el caparazón del microbots, cerrando los ojos y luchando por no desmayarse por los nervios.

Pero cuando abrió los ojos, no importó ni la oscuridad, ni los nervios, ni los meses sin verlo. Ni siquiera esa larga y oscura mata de cabello que se mezclaba con una barba de color azabache, ocultándolo de sus ojos, fue suficiente como para que no reconociera a su hermano.

Sintió como su quijada se abría hasta casi tocar el suelo, y como, sin siquiera haberse dado cuenta, de sus ojos asombrados comenzaban a brotar lágrimas como cascadas, en una mezcla extraña entre la alegría más pura y la devastación.

-T-Tadashi...- jadeó, y no fue consciente en que momento sus piernas dejaron de sostenerle en pie y cayó de rodillas junto a su hermano, postrado en una camilla, inconsciente, cubierto de barba...

Y vivo...


El ruido de las máquinas volvía a llenar el lugar en que se hallaba, interrumpido sólo por el sonido de ocasionales pasos en el pasillo al otro lado de la puerta y tos mal disimulada propia de los hospitales. El lugar entero tenía ese olor a cloro, alcohol, desinfectante y penicilina mezclada típico que, debía admitir, le gustaba bastante. El segundero de un reloj en algún lugar de la habitación batallaba con el sonido del electrocardiógrafo por hacerle perder la paciencia, pero si el resplandor intermitente que producían los focos de bajo consumo de aquella sala de hospital no le había vuelto loco hace horas, era más que claro que nada lo sacaría ya de esa habitación tan pacífica.

Pacífica en lo que el espacio físico refería, por supuesto, porque en lo que al chico de quince años que había sentado en una incómoda silla junto a la pared verdosa respectaba, bien podría hallarse en medio de una vorágine de hormonas y pensamientos uno cada vez más incoherente que el otro.

Empezando por ese que no se iba...

"Está aquí".

Le había costado un poco reaccionar mientras, interpretando el papel para el que había sido creado, Baymax se guió a sí mismo dentro de la fortaleza de los microbots y comenzó a realizar un estudio completo y más exhaustivo del estado del hombre en la camilla, rodeado de robots y oculto tras una mata de cabello que le recordaba una alfombra.

Apenas había podido registrar cuando el robot, lentamente, como si estuviera hablando a un niño, le explicaba que Tadashi se encontraba en un hipersueño producto de los microbots, los cuales, de alguna forma, habían logrado generar un campo de estasis muy similar al que había envuelto a Abigail en el espacio entre los portales. Recordaba vagamente que le había explicado la situación en la que se hallaban varias veces antes de, con lo más parecido a un suspiro molesto, comenzó desconectar algunos de los cables del aparente electrocardiógrafo que se hallaba conectado a su hermano, y los electrodos que no había notado que le llenaban el pecho y diversas partes del cuerpo. No tenía idea de por qué motivo aquella máquina monitoreaba a su hermano si se encontraba en animación suspendida, o cómo rayos había llegado allí en primer lugar. Pero si eso era importante para que Tadashi estuviera bien, no dejaría que Baymax lo separara de ella tan fácilmente.

Ahora mismo, mientras recordaba la forma en que golpeaba la armadura remodelada del robot, los gritos que daba mientras trataba de lograr que lo devolviera a la camilla, al lugar que lo había mantenido con vida todos aquellos meses, sentía pena ajena por su actitud. Se aseguraría de disculparse con el robot en cuanto lo viera.

Sus dedos recorrieron nerviosamente la cinta de textura algo blanda en su bolsillo unas tres veces, recordando como la estructura de microbots se deshizo en el instante en que se la retiró de la cabeza al mayor. Temió que despertara con algún daño en cuanto los microbots y el campo de estasis que ellos conformaban cayeran.

Pero los microbots y su efecto se desplomaron como arena en el suelo blanquecino del lugar, y Tadashi no despertó. En ese momento, le rogó a Baymax, entre lágrimas de desesperación, que buscara la manera de devolverlo a la realidad, una tan bizarra que comenzaba a dudar si llamarla de esa forma.

El robot repitió un escaneo silencioso, y al comprobar que los signos vitales y los órganos internos tenían un patrón normal, le recomendó llevarlo a un hospital, donde le suministraran mejores sueros y pasara un tiempo prudencial bajo observación.

Posiblemente lo más difícil de la noche, si ignoraban que acababa de encontrar a su supuestamente muerto hermano mayor vivito y coleando, fue dejar a Tadashi en la puerta del hospital en sus trajes de superhéroes, esperar detrás de un arbusto a ver como una enfermera se acercaba al oír un extraño sonido -en algo muy similar a un extraño juego de toca y raja- y su hermano era ingresado al edificio entre enfermeros gritando y médicos de guardia.

Aunque más difícil sería, seguramente, imaginarse alguna historia que explicara lo que le sucedía a su hermano que, desde luego, resultara creíble para un médico, y que aún no había logrado inventarse, cuando volvió como civil, hace tres horas ya, y logró entrar a la sala donde el chico había sido hospitalizado, eludiendo de la mejor forma que pudo todas las preguntas que el doctor a cargo le hizo.

Hace media hora había llamado a Cass y a los chicos, pero no había mucho que pudiera explicar por teléfono, es decir ¿Qué se supone que iba a contarles? "Hey, por favor, tómenlo con calma, pero acabo de encontrarme a Tadashi en una isla abandonada y, adivinen ¡Está vivo!".

Hizo una mueca. No, lo mejor fue simplemente decirles que vinieran de urgencia al hospital. Un poco de drama solía hacer actuar de forma más veloz a sus amigos y familia.

Volvió a alzar la mirada hacia el joven sobre aquella camilla de hospital, ignorando el sonido molesto que provocaba el electrocardiógrafo en sus oídos. Una enfermera había acabado de acicalar al inconsciente chico, haciendo un gran progreso en cuanto a la barba, el rostro un poco sucio y el cabello exageradamente largo que lo cubría. La barba había desaparecido en cuestión de unos diez minutos, más o menos lo que le tomó a él llamar a todos sus amigos y a Cass, y el pelo había sido lavado y claramente recortado, aunque no parecía en nada al corte que su hermano solía llevar, más largo, tan lacio que parecía tinta sobre la almohada blanca, claramente gracias a sus genes nipones.

Sin embargo, ahora sin la barba y la suciedad de un cuerpo que llevaba meses sin ser higienizado, le era por completo imposible negar que aquel rostro era exactamente el mismo de su hermano. La nariz más bien grande, el mentón fuerte, las cejas gruesas, la piel un poco más pálida al estar oculta del sol por tanto tiempo. No cabía la menor duda, era él.

Pero aún había una barrera que le negaba acercarse a él y recorrer por sí mismo el cuerpo vivo, sentir el calor, la suavidad de su piel, jalar sus orejas como cuando era pequeño. Darse el gusto de acercar su rostro al del mayor y oír la lenta respiración, abrazarlo y llorar sobre él desesperadamente como había soñado un millón de veces, permitirse reír por tenerlo a su lado de nuevo, agradecerle a Dios o a quién fuera por darle esa segunda oportunidad para ser feliz junto a su hermano, para demostrarle que no se había equivocado al poner sus esperanzas en él.

Y mientras esa barrera seguía allí, manteniéndolo firmemente asido a la silla, con la vista fija en él pero sin verlo realmente, Hiro notó que ni siquiera lo había llamado por su nombre en su mente.

¿Qué había de malo con él?

¡Él estaba ahí!

Estaba ahí, vivo, no muerto, no hecho cenizas en el viejo anfiteatro, su pecho subiendo y bajando al ritmo de su respiración, sus párpados temblando en movimientos nerviosos.

¿Por qué ni siquiera se atrevía a nombrarlo?

Tragó saliva, confundido, sintiéndose en uno de esos sueños que tanto le parecían una pesadilla una vez despertaba, dónde su hermano le sonreía con cariño y le gastaba bromas, sólo para despertar y, temeroso, voltear en su cama para ver aquel rincón vacío con la vieja gorra de su hermano sobre la cama.

Sintió sus ojos escocer, deseosos de volver a derramarse en lágrimas que ni él mismo entendía, cuando un estruendo a su lado le hizo dar un salto en su lugar y un huracán de cabellos rojizos y camisa negra entró por la puerta que tan estrepitosamente había sido abierta.

Cass, siempre tan discreta, le identificó sin problemas junto a la puerta. Hiro comprobó con algo de culpa el brillo de preocupación en los ojos de su tía, que cambió a uno de alivio cuando lo encontró sano y salvo. A veces odiaba preocuparle, sobre todo por el momento en que el alivio desaparecía y lo que llenaba sus ojos era la más pura rabia al ver que se había vuelto a meter en una de las suyas.

Pero claro, la situación lo ameritaba.

-Hiro, ¿Qué hiciste esta...?- el hilo de la conversación quedó flotando en el aire entre ellos y las palabras dentro de la garganta de la mujer cuando, con un leve repaso de la habitación, sus ojos se estancaron en el chico que se hallaba inconsciente en la camilla.

Hiro volvió a tragar saliva, repentinamente nervioso, y se puso en pie cuando la expresión de la mujer cambió a una de estupefacción. Debería haberle dicho algo, prepararla de alguna manera para lo que iba a ver, pero siendo sincero consigo mismo ¿Qué preparación valía a la hora de la verdad? ¿Qué palabras iban a hacer de aquella escena algo más natural?

¡El hermano, el sobrino, el hijo que ambos creían muerto estaba allí, frente a ellos!

Se mantuvo con la vista fija en la mujer, a una distancia prudencial, viendo como ésta avanzaba el trayecto que había desde la puerta -donde dos enfermeras y un doctor observaban la situación en silencio- hasta el lugar junto a la camilla en absoluto silencio, cual espectro, sin siquiera causar un sonido perceptible para ellos con sus pies al caminar. Hiro la vio, en busca de alguna reacción por la cual alarmarse: sus ojos estaban abiertos de par en par, casi a punto de salirse de sus cuencas según su punto de vista médico, sus labios estaban separados y su piel estaba casi tan blanca como las batas que utilizaban los profesionales a sus espaldas.

En silencio, con el rostro contraído en una mueca de confusión que le estrujó el corazón al verla, Cass alzó una mano temblorosa debido a los nervios y Hiro contempló quieto, como si fuera un cuadro en la pared, la forma en que la mujer posó sus níveos dedos, siempre tan seguros y cálidos, con aquellas perfectas uñas pintadas en esmalte rojo, sobre la piel de la mejilla del muchacho inconsciente, deslizándola hacia abajo, por su mentón, con lentitud, con duda, y luego hacia arriba, a su cabello de corte extraño y apresurado.

Ahogó un gemido en su garganta, un sonido roto y lleno de angustia, y su rostro se desfiguró por un segundo en la sonrisa más dolorosa y hermosa que Hiro hubiera visto nunca, mientras las lágrimas habían creado dos senderos sobre su piel aún nívea. Hiro sólo recordaba haberla visto tan frágil, tan vulnerable como una niña en lugar de la mujer madura que era, dos veces antes. Una, cuando habían muerto sus padres, y su mente infantil ni siquiera lo recordaría si ella no los hubiera abrazado con tanta fuerza al acabar el funeral y les hubiera susurrado un dudoso "Todo estará bien".

La otra, en el funeral del chico que dormía frente a ellos.

-T-Tadashi- lo llamó en un sollozo ahogado que hizo que el corazón de Hiro se apretara de forma aún más dolorosa, mientras se situaba a su lado junto a la camilla, sin estar muy seguro si ella aún lo registraba en la habitación.

Aunque ese pensamiento no le duró mucho, y lo único que atinó a pensar cuando vio como los ojos de su tía, prácticamente su madre, se ponían en blanco y le fallaban las piernas junto a él, fue en tomarla como pudo entre sus brazos y evitar que se lastimara la cabeza con el suelo o las barandillas de los lados de la camilla.

Los médicos abandonaron su respetuoso silencio desde la puerta de inmediato y corrieron en su auxilio.

-¿Está bien?- le preguntó al hombre mientras veía como la colocaba en la camilla contigua, siguiéndolo por la habitación como si fuera un perro. Sabía la respuesta, claro que sí, era un genio, pero en aquel momento, su cerebro y la mayoría de sus conocimientos parecían haberse tomado unas vacaciones ante la sobrecarga de emociones que estaba viviendo.

El hombre, que aparentaba unos cuarenta años a simple vista, con el cabello entrecano, de seguro a causa del estrés que causaba su profesión, se tomo su tiempo para revisar a la mujer una vez la dejó en la camilla, con la calma que brindaban los años de experiencia, mientras Hiro comenzaba a sentir sus sienes húmedas por los nervios ¡Si Baymax estuviera aquí, aquello sería cuestión de un segundo!

El hombre terminó de revisar la reacción de ambas pupilas con una pequeña linterna y escribir algo en un pequeño anotador que sacó de su bata, sólo por protocolo, antes de girarse al chico con una sonrisa amable y tranquilizadora que, de cierta forma, surtió efecto en él.

-No te preocupes, sufrió un shock importante, pero sólo necesita un poco de descanso- aseguró, con una voz que delataba varios años fumando debido a lo rasposa que era. Sin embargo, Hiro se encontró relajado y confiando en aquel desconocido casi de inmediato, más que por saber que hacer, porque parecía ser el único que no estaba atravesando algún tipo de estado de inconsciencia. El mayor pareció dudar un momento, mientras guardaba en uno de los bolsillos de su bata, la pequeña linterna y el anotador, y Hiro se preparó mentalmente para lo que venía cuando los confundidos ojos castaños se posaron en los suyos-. Amiguito, ¿Sabes por qué reaccionó así tu...?- el hombre parecía descolocado, y el hecho de que no fuera directamente al "¿Qué demonios le pasó a este chico?", le pareció de muy buen gusto. Muy profesional de su parte.

Hiro suspiró y apartó la mirada un segundo, observando primero a su tía, con un rostro más apacible ahora, y luego a la otra camilla, donde el mayor permanecía recostado, con algún tipo de suero cuya utilidad desconocía conectado vía intravenosa a su brazo izquierdo.

Ciertamente, no estaba muy seguro de por qué motivo él no se había desmayado también aún.

-Mi tía... Bueno...- pensó con cuidado las palabras, preguntándose si había una forma de explicar la situación sin entrar en los detalles que, precisamente, la volvían incomprensible-. Digamos que hace mucho que no lo vemos- empezó pobremente, señalando al chico con la barbilla, el doctor entendió-, y no es precisamente como esperábamos volver a verlo- la voz se le quebró vergonzosamente, y el mayor se removió incómodo.

En verdad, imaginaba que tendría que morir para volver a verlo.

-Él ¿Se fue de viaje... o...?

Hiro sonrió, una sonrisa que nada tenía de alegre, pero mucho de irónica.

Irse de viaje...

-Algo así...

El adulto soltó un profundo suspiro, y Hiro se sintió algo culpable por comportarse de forma tan críptica, pero es que si a él, después de todo lo que había pasado, le estaba costando lo indecible el creer que toda aquella escena estaba ocurriendo ¿Cuánto podría creer este hombre antes de tacharlo como un niño con exceso de imaginación o enviarlo a un manicomio?

-Muy bien, veamos al muchacho- comentó, con calma, acercándose a la camilla de su hermano, y Hiro no pudo evitar ponerse alerta mientras lo veía repetir los procedimientos que había realizado con Cass. Se vio calmado mientras revisaba los reflejos de las pupilas con la linterna-. Bueno, no parece haber algún traumatismo importante por aquí arriba- murmura más para sí mismo que para Hiro, pero éste igual toma nota mental mientras el mayor continua revisando. Baymax también le había dicho que no había ningún problema en los procesos cerebrales de Tadashi. ¿No tenía algún traumatismo por el incendio? ¿Que rayos habían hecho los microbots?

Nuevamente, volvió a tocar la cinta en su bolsillo, tratando de darle algo de lógica a lo que había sucedido en aquellos meses en que su hermano había estado muerto para él.

Tragó saliva, nervioso.

Pero su mente se alejó de ese rumbo al oír soltar un leve sonido de sorpresa al mayor. Se acercó un poco, y éste le echó una mirada de soslayo antes de volver a centrar su atención en la espalda baja de Tadashi.

-¿Ves eso?- pregunta, apuntando con la linterna sobre la piel del otro, y Hiro tarda un momento en entender qué tenía que ver, hasta que distinguió la primera marca purpúrea en la casi nívea piel de su espalda lumbar, la única que dejaba ver aquella bata, ya que el resto de la tela se aglomeraba en sus hombros. Una vez vio el primero, no le costó diferenciar la casi decena que cubría su cuerpo, aunque había dos tipos, unas más bien rosáceas, y otras que eran, indudablemente, cardenales-. Las manchas rosas son quemaduras a medio cicatrizar, muy leves al parecer, de primer grado, pero recientes... las otras son escaras, o úlceras por presión, son hematomas que, por el color, y el hecho que no detecto traumatismos en su cuerpo, se deben más bien a la falta de correcta circulación sanguínea. Son muy comunes en pacientes que han pasado mucho tiempo en una determinada posición, en sillas de ruedas o inmóviles en cama... ¿Cómo puede tener ambas?- por el tono descolocado de su voz, Hiro supo que se lo estaba preguntando a sí mismo, lo que era bueno, porque él se estaba preguntando exactamente lo mismo.

El doctor volvió a guardar su linterna luego de unos minutos más revisando al mayor, sin encontrar mayores irregularidades. Decretó que el leve estado de deshidratación con el que había ingresado ya había sido revertido, por lo que una enfermera no tardó en retirarle el suero, que al parecer cumplía solamente esa función.

-Bien- suelta el mayor, notablemente cansado, pero sin perder la amabilidad, esbozó una pequeña sonrisa-. Te dejaré por ahora, supongo que tienes tanto que asimilar como tu tía, ¿No es así?- Hiro asiente, y el mayor lo imita, antes de dirigirse a la puerta, donde una de las enfermeras lo esperaba aún-. Si necesitas algo, sólo llama a una de las chicas, ellas estarán en el pasillo.

-Está bien, muchas gracias- murmuró el chico, ganándose una pequeña sonrisa del mayor desde la puerta, antes de que éste se retirara de la habitación.

Una vez solo, suspiró pesadamente, cansado, mientras se aferraba a la barandilla de la camilla más cercana, repentinamente mareado y con los párpados pesándole una tonelada. ¿Qué hora era? ¿Noche o madrugada ya?

Echó una rápida mirada al reloj de pared que tan molesto sonido hacía ahora que era consciente de él. Las doce de la noche; era indigno de un chico de su edad el desear irse a dormir ya.

Pero aún más indigno era el que estuviera pensando en ello en una situación como en la que se encontraba. Bajó la mirada a quien reposaba en la camilla, con una expresión tan calma, tan ajeno a la revolución que causaría en menos de unas cuantas horas.

Extendió una mano hacia su rostro, notándola temblorosa de la misma forma que la de su tía, pero se arrepintió antes de llegar a tocarlo. Temía que, ante el contacto físico, su cuerpo reaccionara al engaño de su mente, Tadashi volvería a desvanecerse como siempre, y todo el sueño se esfumaría otra vez ante sus ojos, por más real que pareciera.

Dejó caer su mano.

¿Por qué no despertaba ya? Si no tenía nada, si los microbots lo había mantenido estable por todos aquellos meses ¿Por qué tardaba tanto en abrir los ojos? ¿Por qué era tan cruel?

Él siempre estaba despierto en sus sueños, después de todo.

-Creo que es aquí.

Parpadeó un poco, de vuelta en la realidad al reconocer la usualmente alegre voz de Honey, esta vez dudosa y algo preocupada, llegar a él amortiguada del otro lado de la puerta.

-Vaya, un doctor y dos enfermeras- la voz, demasiado eufórica y algo, pues, ida, era inequívocamente la de Fred -. ¡Este chico es lo máximo!

-Fred, guarda silencio, es un hospital... Aquí, en este cartel lo dice- pidió Wasabi, leyendo alguno de esos carteles que le recordaba a las personas que debían ser considerados con los demás pacientes.

-¿Y qué con eso?

-Que, si no te comportas, haré que le hagas compañía a Hiro a patadas, ¿Entiendes ahora?- la amenaza de Gogo logró sacarle una pequeña sonrisa, pero ésta desapareció en cuanto vio el pomo de la puerta girarse, antes de que la puerta se abriera por completo, dejando pasar al grupo de adolescentes- ¿Y ahora que hiciste, genio?

-¿Probando los nuevos propulsores de Bay antes de estar seguro de su potencia otra vez?- combinó Wasabi, entrando con una sonrisa altanera a la habitación detrás de la pequeña coreana, seguido de los dos rubios.

Hiro puso los ojos en blanco, y le hubiera encantado hacer algún comentario sarcástico respecto al suyo, pero por la forma en que los cuatro rostros se desfiguraron en muecas que iban desde la más profunda sorpresa hasta el desconcierto total, estaba más que seguro que no hubiera logrado llamar su atención con nada en el mundo.

De hecho, dudó un segundo al ver como Wasabi se recostaba en la pared verdosa de la habitación y como Honey y Gogo se apoyaban entre ellas, con los ojos desorbitados por la sorpresa. Por una vez, y para su más profunda consternación, fue Fred quien permaneció más bien sereno, aunque no podía hacerse una idea de lo estaría pasando por esa cabeza loca.

El silencio se instaló, pesado y casi físico, entre ellos, sólo roto por los sonidos que lo habían acompañado toda la noche. Hiro nuevamente experimentó la culpa de no haber preparado a los chicos, pero seguía creyendo que no habría fuerza en el universo que anticipara a alguien para ver un muerto resucitar.

Ante el primer sollozo de Honey, Fred incluso se acercó para abrazar a ambas chicas por los hombros y acercarlas a él.

Y Hiro hubiera hecho lo mismo, si no fuera por la cálida mano que se aferró a su muñeca en ese momento.

Un jadeo se escapó de sus labios, a la vez que sus ojos de abrían de par en par.

Podía sentirlo.

Nunca lo había sentido en un sueño.

-¿Hiro?- la voz sonaba grave, apelmazada por la falta de uso, pero era imposible el no reconocerla, y así lo hizo notar el pequeño gritito que se le escapó a su amiga coreana.

Tragó saliva nerviosamente, en un shock muy similar al que sufrió la primera vez, cuando lo encontró en la estructura formada por los microbots. Con lentitud, temiendo realizar cualquier movimiento brusco, dándole tiempo a su propio cerebro para prepararse a lo que estaba a punto de ver, el mencionado giró su cabeza en dirección a la voz que lo había llamado.

Y cuando lo encontró allí, con los ojos abiertos y amistosos, con esa mirada suya tan amable y algo adormecida, y sintió la mano, cálida, sólida y tan real que dolía, al rededor de su muñeca, no pudo ignorar la forma en que sus ojos volvían a escocer por el llanto contenido, y un nudo se formaba en su garganta.

-T-Tadashi- se permitió volver a llamarlo, con la voz rota, con el alma en los pies. Nombrarlo, hablarle, lo hacía todo real. Y las heridas volvían a sangrar, y todo volvía a doler sin saber por qué.

El aludido le miró con algo de extrañeza en sus ojos, de seguro ante su voz rota, pero de igual forma le dedicó una pequeña sonrisa, de esas suyas, y Hiro luchó por ahogar un sollozo.

-Hiro, tuve un extraño sueño, yo...- comentó, más despierto ahora, de una forma casi dolorosa para el menor, mientras le veía tratar de sentarse con una pequeña mueca de incomodidad, de seguro por culpa de los meses sin moverse. Sin embargo, se quedó completamente quieto al ver la forma en que los ojos del menor se posaban en él, como si temiera que fuera a desaparecer en cualquier momento, llenos de dolor, de miedo. Torció el gesto en una mueca de extrañez, antes de aclararse la garganta para volver a hablar- ¿Por qué me miras como si fuera un fantasma?- echó una mirada a su derecha, y no necesitó seguir la dirección de sus ojos para saber que acababa de ver a Cass- ¿Y por qué la tía Cass está en una camilla?- bajó la mirada a sí mismo, abriendo los ojos de par en par en un gesto que le hubiera hecho reír en cualquier otra situación- ¿Por qué estoy yo en una camilla?- entonces, alzó la mirada otra vez, traspasándolo con ella sólo para hallarse al Fred más serio que hubiera visto nunca, a Honey y Gogo llorando como un par de magdalenas abrazadas entre ellas, y a Wasabi, ahora tan verde que por fin lograba hacerle honor a su apodo- ¿Por qué...?

-C-Creo que tengo una historia que puede responder a todo, pero tienes que creerme ¿Entendido?


No prometo que cada semana haya un capítulo, si es que alguien llega a prenderse tanto en esto como para que le interese, pero voy a dar mi mejor esfuerzo... eso sonó tan anime de secundaria, por el amor de Dios.