Si, si. Soy una persona desastrosa que se dedicó en estos casi dos meses a vacacionar y escribir otras cosas que nada tienen que ver con esta historia, y lo siento mucho, porque los mensajes y comentarios que he recibido han sido de lo más bellos y motivadores, y me siento una perra desgraciada por haberme pegado semejante borrón.

Pero, ahora, logré escaparme un momento de mi épica y semi imposible tarea de pintar la casa y pescar algo de buena internet para actualizar este fic, así que espero que, pese a la brevedad, lo disfruten.

Y, ahora, los dejo con el tercer capítulo. Besos.


Muerto Para Ti

Abrió los ojos con fuerza, exaltado, antes de erguirse sobre la cama con rapidez.

Su corazón latía con ferocidad, de forma dolorosa, y no sólo sentía su pulso descontrolado en los oídos, todo él palpitaba al mismo ritmo, contra su pecho y en la punta de sus dedos. Sentía frío en su piel, en la nuca y espalda, y se pasó una mano por la frente para apartar todos los cabellos alocados de ella, sintiendo la abundante humedad de inmediato en su palma.

Trató de respirar hondo, pero seguía realizando inhalaciones superficiales que pronto le secaron la boca, a pesar de que en pocos segundos ya ni siquiera recordaba el sueño o pesadilla que así lo había dejado.

Luego de unos treinta segundos, pudo relajar sus músculos, tensos por instinto, y se recostó sobre la fría pared de la habitación, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, mientras se concentraba en sentir como las palpitaciones poco a poco recuperaban su ritmo normal.

¿Qué demonios había soñado? ¿Por qué le afectaba tanto?

Tragando saliva para devolver la humedad a su lengua, y con ella a sus labios y boca, pudo recordar por un momento, que su hermano estaba en su sueño, pero pronto eso fue lo único que supo.

Recorrió con su mirada toda la habitación, sumergida en la oscuridad que siempre llenaba cada uno de sus rincones a esa hora, a excepción de ese pequeño sendero de halos de luz que entraban, tímidos, por las rendijas de la ventana.

El segundero hería el silencio del lugar con su sonido rítmico, acompañando por algún auto dando vueltas a lo lejos, pues su barrio era obscenamente tranquilo en aquella o en cualquier hora del día, y más de una noche había quedado en silencio largas horas, escuchando, atento a cada sonido, sólo porque no podía concebir que una ciudad tan activa pudiera albergar tal silencio en ella.

Un murmullo casi inaudible, y que lo hubiera sido por completo si no hubiera estado atento a él, le llegó desde el otro lado de la fina mampara que separaba su habitación. Allá, enredado en las sábanas de su cama, su hermano se revolvía con movimientos algo espasmódicos, y de vez en cuando soltaba balbuceos ininteligibles con una expresión molesta, o así le parecía gracias a la luz que también entraba por las persianas de su ventana. No pudo evitar sonreír de forma inconsciente, antes de recostarse en la cama y volver a cubrirse, sin apartar la mirada del otro castaño.

¿Qué estaría soñando Hiro?

Al sentir la molestia en su espalda, acabó por darse la vuelta, colocando la almohada bajo su cabeza y sobre sus brazos, de tal forma que pudiera continuar observándolo sin sentirse incómodo.

Notó, curioso, que incluso a aquella distancia, había una gran diferencia en su hermano que tardó varios minutos en identificar, antes de darse cuenta que era su altura. Su cuerpo ocupaba mucho más espacio del que recordaba en la cama, y era desconcertante que aquel cambio se diera en tan pocas horas.

Hasta que recordó que esas pocas horas, en realidad habían sido once meses, y los hematomas que le llenaban la espalda baja y parte de las piernas daban clara muestra de ello.

Suspirando, y sabiendo que el sueño le sería esquivo por un buen rato, se dedicó a repasar mentalmente los sucesos de su vida en las últimas veinticuatro horas.

Probablemente, y casi sin temor de equivocarse, podía decirse que el viaje de media hora que habían realizado luego de que le dieran el alta en el hospital tras varias preguntas y un poco de papeleo para tía Cass, había sido el más incomodo que hubiera emprendido en su vida. Y no porque esta última hubiera mantenido durante todo el viaje un monologo de preguntas y respuestas que pretendía ser una reprimenda para ellos, o para él; sino que no lo hizo.

La mujer se mantenía en silencio, taciturna, y casi podría asegurar que estaba perdida en sus pensamientos si no fuera porque no había chocado.

Su hermano no estaba en un estado diferente, junto a él, pero con la vista al frente, como si no estuvieran tocándose con cada curva del auto, y eso fue lo que permitió que el pesado silencio que surgió entre los tres no fuera otra cosa más que incómodo y casi frío. Claramente no podía culparlos, él tampoco sabía muy bien cómo manejar la situación.

Cuando llegaron a la casa, casi siendo las seis de la mañana, Hiro se metió a la ducha y tía Cass le ofreció cocinar algo, él sólo se excusó diciendo que quería ducharse e ir a dormir, algo que, teniendo en cuenta que llevaba durmiendo casi un año, no tenía mucha lógica.

Como fuere, parece ser que era la respuesta que tía Cass más deseaba, pues cuando lo abrazó en cuanto se dispuso a subir a su habitación, casi la sintió dormida sobre su hombro.

Al entrar a su habitación no pudo evitar notar el vapor que emanaba del baño, antes de que Hiro saliera de éste con el cabello húmedo y la ropa algo mojada, obviamente por estar mal secado. Tadashi hubiera esperado algún tipo de saludo cariñoso cuando, al verlo de pie en la puerta, el menor se le quedó mirando largo rato. Pero no, sólo siguió allí, estático y mirándolo fijo, como si esperara que en cualquier momento sólo se desvaneciera, haciéndolo sentir incómodo y, hasta cierto punto, molesto.

Cuando la situación se volvió demasiado ridícula, y pareció darse cuenta de que no se desvanecería como una estela de humo de cigarrillo, se giró sobre sus talones y se dirigió a su cama.

-El baño está listo- se dignó a decir, y Tadashi tuvo que reprimir sus deseos de insultarlo y llorar a la vez.

Se bañó con rapidez, con rabia, o tanto como su estado se lo permitiera, pues cada pequeño movimiento se traducía en un dolor sordo en cada parte de su cuerpo, antes de dirigirse a su habitación, cerrando la mampara con un movimiento tal vez algo brusco. Se puso la primera muda de ropa que encontró y se metió en la cama rumiando su bronca. Vaya forma de recibir a un resucitado...

Acabó por inhalar hondo, sólo para suspirar pesadamente un segundo después, comenzando a sentir la culpa arroparlo como los pesados cobertores sobre él.

Es decir, bien, para él no había pasado nada, y si no fuera por el hecho de que todo a su alrededor era claramente real, incluso el comportamiento de su familia y amigos, no dudaría en creer que todo aquello se había tratado de un muy realista sueño. Pero era claro que el caso era muy diferente para los demás, y por respeto a ellos y al luto que mantuvieron en su nombre, no podía hacer más que permanecer tranquilo y mostrarles que estaba allí lentamente, de a poco, sin ser invasivo.

Suspirando pesadamente, giró su rostro en dirección a su biblioteca, tratando de ignorar cualquier pensamiento que tuviera que ver con su hermano o su extraño comportamiento. Se concentró plenamente en la relajación de su cuerpo y el relajado ritmo de su respiración.

Recordándolo en retrospectiva, ni siquiera supo en que momento se quedó dormido con la facilidad de quien lleva corriendo todo el día, aún con lo mucho que ya había descansado. Pero, cuando despertó diez horas más tarde y con la luz del sol que entraba por la ventana chamuscándole la frente, se sentía como si no hubiera pegado un ojo en dos días seguidos.

Suspiró pesadamente, deseando que todo lo acontecido horas antes fuera sólo fruto de una imaginación extrañamente alocada o un sueño. Por desgracia, sólo necesitó echar una mirada a su habitación y percatarse de la no tan ligera capa de polvo que cubría sus cosas para saber que aquella extraña situación en la que se encontraba era tan real como el dolor que recorría su espalda y sus piernas.

Apartó las sábanas de su cuerpo y, lentamente, como le recomendó el doctor, se puso de pie, sintiéndose más pesado que de costumbre. Su cuerpo resentiría la falta de movilidad por bastante tiempo, y debía tratar de ser lo más suave posible con él, dejando que la circulación recuperara su ritmo normal y sus músculos, que se habían visto bastante disminuidos por la falta de actividad, se adaptaran nuevamente a soportar su peso. Volvió a suspirar, con una ligera opresión en el pecho cuya existencia aún no entendía del todo. Soportó un poco de su peso en la mampara estilo japonés que separaba su cuarto del resto de la habitación, y una vez cerca de la puerta, se apoyó en la mesa donde solía poner sus pesados libros de medicina. Le extrañó ver unos cuantos en el suelo, caídos, pero sus piernas no se sentían listas para inclinarse a levantarlos.

Una vez en el umbral de la puerta echó una mirada al resto del lugar, encontrándolo convenientemente vacío. Genial, no quería que Hiro o tía Cass presenciaran esa situación penosa.

Se mordió el labio antes de bajar la mirada a sus piernas, mucho más delgadas de lo que recordaba, y sacando fuerzas de donde no las había volvió a dar un paso, sintiéndose torpe, y solamente eso, porque todo lo demás que estuvieran sintiendo sus piernas era un misterio para él.

Tiempo atrás, mientras preparaba los procedimientos con los que Baymax contaría, había tenido que informarse mucho, incluso a pesar de haber comenzado con su carrera de medicina poco antes de comenzar a tratar de crear al robot, y entre todos los tratamientos que tuvo que leer y adaptar a la base de datos de su esponjoso amigo, recordaba varios detalles de tratamientos para personas que acababan de salir del coma.

No era extraño, en personas que habían salido de prolongados períodos de inconciencia, el tener que pasar por dolorosos procesos de aprendizaje tanto motriz como cerebral. El cerebro podía dañarse seriamente, de forma irreversible, y afectar distintas funciones del organismo, además de que, a pesar de recibir tratamientos que estimulen la musculatura de los pacientes, el tiempo requerido para volver a ser tan normal como se pudiera era de, al menos, varias semanas. En simples palabras, quien volvía de un coma como el suyo, debía aprender a hablar, escribir e incluso caminar de nuevo. Y esto no era garantía, pues la mayoría de las veces, el avance más notable que se tenía luego de comas prolongados, era el poder abrir los ojos o mover un dedo.

Desde el punto de vista médico, lo suyo, su fácil manera de comprender las cosas, su capacidad de caminar y movilizarse por su cuenta, bien podía ser llamado un milagro, y no le extrañaba que, cuando pudo ponerse en pie y dar tres pasos antes de necesitar la ayuda de un enfermero, el doctor le mirara como si el mismísimo Frankenstain estuviere frente a él. El hecho de que pudiera mantener conversaciones fluidas y moverse con tal sencillez, que aumentaba con el paso de las horas, era una patada a todos sus años de experiencia.

Tal vez, por supuesto, se debía a que su período en coma había sido mucho más corto que el lapso de once meses del que el médico fue informado por tía Cass. Francamente, con todos los cambios en la trama que hicieron a ese pobre hombre, seguramente sólo le dio el alta con tal facilidad para no terminar por volverse loco, aunque de todas formas tendría que volver allí cada tanto para ver como progresaba su estado.

Con otra profunda inhalación, se esforzó por dar otro paso, sintiéndose inestable y débil. Estaba seguro que, de poder recordar, aquel momento lo compararía con el de dar sus primeros pasos.

A base de cuidadosos movimientos y mucha paciencia, logró llegar al baño y adentrarse en él. Lo primero que hizo, antes de dirigirse a la ducha y tratar de abrir la llave para volver a ducharse, más calmadamente, fue echarse una mirada al espejo.

Hizo una mueca al ver la imagen que éste le devolvía. Su piel estaba enfermizamente pálida debido al tiempo sin exposición al sol, unas marcadas ojeras manchaban la parte inferior a sus ojos, y su cabello, visiblemente enredado, cortado de forma irregular y aún así de un largo excesivo e incómodo para su vista, daba la impresión de ser alguna especie de animal muerto sobre su cabeza.

No tardó un segundo en abrir el compartimiento debajo del espejo y sacar la tijera para el cabello que siempre estaba allí, y que, por suerte, no había cambiado de lugar en meses. La dejó sobre el espacio junto al grifo, antes de sacarse la camiseta gris que había tomado sin mirar del guardarropa y, con el interior hacia afuera, colocarla sobre el lavamanos. Cuando tomó la tijera nuevamente, él mismo se sorprendió de poder realizar los movimientos que siempre había usado para cortarse el cabello con tal facilidad, a pesar de los once meses.

"Aunque no fueron once meses", se recordó con cierta sorna de sí mismo, recordando las palabras de Hiro. Durante toda la explicación, incluso a él le costó un poco seguir la línea de su hermano, lo que bien podría echar por culpa al coma, de no ser porque su hermanito era un maldito genio que muchas veces olvidaba que el resto de los mortales no podían entender algunas cosas.

De cualquier forma, una vez su cerebro logró traducir todo aquel discurso asombroso y casi ficticio sobre tecnología que lograba desarrollar sueros nutritivos y era capaz de crear campos de estasis por sí sola, no parecía tan descabellado...

O bueno, si lo parecía, pero era factible al menos, y de momento era la única explicación que tenían al hecho de que estuviera vivito y coleando allí mismo, caminando por su cuenta. El grado de decaimiento de sus músculos no era ni por asomo el de una persona que había pasado casi un año en coma, sino que se parecía mucho más al de alguien que había estado unas semanas sin moverse, más probablemente un mes, que debió ser el tiempo que le tomó a los microbots el desarrollar la capacidad de crear un campo de estasis e introducirlo al hipersueño.

"Tecnología capaz de auto enseñarse". Pensó, obnubilado, mientras observaba como su camiseta se llenaba cada vez más de sus cabellos, que pronto formaron una pequeña pila en el medio de ésta. "Asombroso".

Baymax era capaz de adquirir nuevos conocimientos a cada instante, lo cual, aún para los avances tecnológicos que se habían logrado en los últimos años, era algo asombroso, digno del orgullo que había sentido por su creación. Pero lo que hacía la tecnología que Hiro había diseñado le hacía empalidecer por completo. Los microbots no estaban diseñados para otra cosa que seguir ordenes, las que fueran, y el hecho de que fueran capaces de desarrollar tales cosas como sueros y campos de animación suspendida por cuenta propia, para salvar a sus usuarios, era algo único y sin antecedentes en la historia de la humanidad. Sin duda, algo digno de su hermano genio.

"Debe tener algo que ver con la evolución constante del cerebro...". No pudo evitar comenzar a profundizar en el pensamiento, creando casi de inmediato unas cuantas hipótesis que no dudaría en tratar de comprobar en cuanto tuviera la oportunidad.

Y estuviera bañado, obviamente.

El pensamiento entusiasta le duró lo que tardó en tratar de dar un nuevo paso, luego de lanzar los cabellos acumulados en la camiseta al cesto de la basura, y estuvo a punto de dársela de bruces en el suelo de no ser porque se sujetó al lavabo.

Suspiró pesadamente, con una mueca de resignación, mientas jalaba de sí mismo hasta tener una postura un poco más erguida. El hecho de que su estado no fuera tan difícil de sobrellevar como sí lo sería el de alguien que estuvo una año en coma, sin duda tampoco significaba que las cosas le serían sencillas, aunque se obligó a ser optimista al respecto. Con suerte, en una semana estaría caminando como siempre lo hizo. Además, era joven y saludable; con buena dieta, y realizando caminatas, no tardaría nada en estar incluso en mejor condición física que antes del incendio.

Con esa idea en mente, "no tardó" en meterse en la ducha y abrir el grifo de agua. Aunque se equivocó de llave y terminó congelándose el culo por un momento, eso no fue suficiente para debilitarlo, y acabó riéndose de sí mismo una vez el agua tuvo una temperatura agradable. Tuvo que mantenerse más atento que nunca al suelo y sus pies mientras se colocaba productos en el cabello y se enjabonaba el cuerpo, puesto que no tenía la sensibilidad suficiente como para saber si se estaba resbalando. Era una suerte que, al menos, no le dieran calambres.

Aunque su cuerpo debía de tener un sentido del humor muy especial, ya que debió insultar por lo bajo cuando uno hizo que toda su pantorrilla estuviera tiesa como una roca.

"Que agradable sentir algo". Gruñó en su fuero interno, poniendo los ojos en blanco.

Una vez seco y sin dolores que hicieran que debiera arquearse sobre sí mismo, aguantándose los insultos para la madre de algún pobre sujeto, volvió a recorrer con lentitud la distancia entre el baño y su habitación, sólo con una toalla verde cubriendo sus caderas. Notaba algo más de confianza en sus pasos, y se permitió paladear la idea de que, tal vez, en realidad ni siquiera necesitara una semana para comenzar a caminar correctamente.

Abrió las puertas de su guardarropa, sintiendo de inmediato un aroma para nada agradable provenir de éste. Frunciendo el ceño, tomó la manga de una de sus camisetas y la acercó a su nariz, inhalando hondo, e hizo una mueca de asco antes de alejar su rostro, soportando una arcada y frotándose la nariz por puro instinto para alejar aquel aroma. El aroma molesto que había detectado por un momento la noche anterior era, sin duda alguna ahora, el asqueroso olor de la ropa guardada, aquella molesta mezcla entre moho y encierro que se pegaba a las ropas de verano cuando eran guardadas durante el invierno y viceversa.

Volvió a suspirar con pesadez, antes de tomar una de las camisetas colgadas y colocársela; después de todo, todas tenían el mismo olor, y no podía andar desnudo por el mundo sólo por una delicadeza. Tomó también ropa interior nueva y un jean negro que, no tardó en notar, le quedaba algo flojo al estar más delgado. Maldijo, todo olía de la misma manera.

Se resignó con rapidez, tendría que limpiar su ropa en cuanto pudiera, lo que implicaba, para su desganada persona, muchos viajes de ida y vuelta por las escaleras.

Empalideció por un instante, abriendo los ojos de par en par y comenzando a sudar frío. Las escaleras.

La noche anterior, con una fuerza salida tal vez de la confusión del momento, demasiado poderosa como para notar ciertos detalles de su propio cuerpo, había logrado subir las escaleras con relativa facilidad, casi sin darse cuenta de ello. Pero ahora, que podía notar que su estabilidad era más cercana a la de un niño de pocos años que a la del adulto de veinte -o diecinueve en realidad- años que era, las escaleras serían amigas y enemigas por igual.

Suspiró pesadamente, calzándose un par de medias grises -por algún motivo, el caminar por el lugar con zapatillas se le hacía peligroso-, mientras le daba una y mil vueltas a la odisea que le representarían esos diez escalones que lo llevarían a la primera parte de la casa, y los otros diez a la segunda. Mochila propulsora no tenía, y deslizarse por la barandilla era de seguro el boleto al mejor dolor de trasero de la historia. Por lo tanto, debía recurrir a las viejas y confiables piernas.

"Emocionante" ironizó, comenzando a atravesar el lugar. Esquivó un par de juguetes, o modelos para robots, como solía llamarlos, que Hiro tenía por el lugar, y se prometió que le mandaría a ordenar en cuanto lo tuviera en frente. Desde que había leído en algún lado que los genios eran poco dados a la limpieza, aquello se le había salido un poco de las manos, aún tratándose de un niño.

Cuando finalmente logró sortear los muñecos de superhéroes que había junto a la puerta, la abrió con calma. Se le cayó el alma a los pies cuando lo primero que vio fueron aquellos oscuros y maquiavélicos tres escalones que separaban a su habitación de las de tía Cass y el baño común de la casa. Dejó caer su cabeza con pesadez hacia adelante y soltó un suspiro cansino, antes de volver a alzarla y mirar con renovada decisión la pequeña escalera que daba al pasillo.

Por favor, un incendio no lo había matado, no lo harían tres tristes peldaños.

Con más paciencia y lentitud que antes incluso, se dedicó a bajar los escalones como pudo, asegurándose de poner los dos pies juntos en uno antes de dar el paso hacia el otro, siempre firmemente asido de la pared. Y de esa forma, pronto se halló caminando por el pasillo, con una sonrisa de oreja a oreja y exudando seguridad y orgullo...

Sentimientos que se desvanecieron en el mismo instante en que sus ojos vislumbraron los diez escalones que llevaban a la cocina y comedor. Su gesto cambió por uno de completa resignación, y no pudo evitar soltar un gruñido que escondía una maldición por su mala suerte, aún cuando ya sabía que aquello le esperaba.

Y pesar que siempre había creído que vivir en un ático era genial.

-Maldita suerte hija de...

-¿Tadashi?

Dio un respingo y se aferró con fuerza de la baranda cuando la voz robótica llegó a sus oídos, y estaba seguro de que habría saltado si sus piernas se lo hubieran permitido.

Llevó su vista hasta el lugar de donde provenía la extraña voz, y estuvo muy seguro de que sus ojos ya ocupaban la mitad de su rostro y su mandíbula tocó en suelo cuando, caminando con su graciosa dificultad y con toda la naturalidad del mundo, su gigantesco y blanco robot asistente médico personal se acercó a él, viniendo desde el cuarto de tía Cass...

Y con Mochi en brazos. Vaya.

-¿Baymax?- le llamó, sorprendido de hallárselo allí. Le costó recordar un segundo ¿Baymax no estaba en el laboratorio la noche del incendio? ¿O ya lo había traído a casa?- ¿No te destruiste en el laboratorio?

-Hiro me reconstruyó hace poco- admitió con simpleza. ¿Entonces si estaba en el incendio? Frunció el ceño, tratando de recordar, pero tenía una laguna mental en aquella época. Comenzó a dolerle la cabeza, así que desistió-. Leves jaquecas son normales en personas que han estado en coma o animación suspendida por tiempo prolongado.

Tadashi asintió, rascándose la nuca con una mano, mientras trataba de mover las piernas hacia la escalera, firmemente asido de la baranda de madera.

-Sí, lo sé- contestó, pesadamente, antes de echarle una mirada a su viejo amigo, con una sonrisa algo afectada-. Ayúdame con esto, ¿Sí?

El robot asintió -supuso-, antes de aproximarse a él y pasar uno de los brazos del chico sobre sus hombros. Tadashi se ayudó de él para acercarse a la escalera y al temido primer escalón.

-Mi equilibrio fue ligeramente mejorado por Hiro, pero sigue siendo poco y mis movimientos son lentos- admitió el robot, antes de bajar dos escalones, ayudando a Tadashi a lograr colocarse en el primero.

Tadashi sonrió con cierta ironía, bajando al segundo escalón mientras el robot se deslizaba hasta el tercero.

-Al menos alguien me entiende- comentó con gracia, mientras continuaba bajando. Sus piernas hormiguearon, sacándole un pequeño jadeo, y esperó un segundo, aguardando algún calambre.

-La circulación en tus extremidades inferiores progresa cada vez mejor. En tres días es probable que ya te estés movilizando normalmente- comentó, y Tadashi tomó un momento antes de continuar su descenso, esperando al resto de los síntomas que Baymax hubiera registrado-. Tienes una leve contusión en el cráneo, producto de un golpe, pero no hay rastro de hematomas o coágulos en el cerebro. Tus niveles hormonales y neurotransmisores están en perfectas condiciones. Tal vez sufras algunos mareos, pero serán producto de los cambios en tu presión sanguínea. Por el resto, tu volumen muscular está algo debilitado, pero nada que deba preocuparte.

-Esas son buenas noticias, Bay- comentó, tras poner un pie en el último escalón antes de llegar a la cocina-. Es una suerte que estés aquí para dármelas.

La charla fue interrumpida cuando la voz de Cass resonó en la cocina al ver al chico.

-¿Tadashi?- la voz de su tía sonaba indecisa, como si no supiera si alarmarse o mantenerse sólo en la sorpresa. Cuando giró la mirada hacia el lugar de donde provenía, la vio a ella y a su hermano poniendo la mesa- ¿Qué haces aquí? Iba a llevarte la comida a tu cama- le miró de arriba a abajo, antes de fruncir el ceño-. No deberías estar aquí, puede hacerte mal.

-Por la forma en que su cuerpo reacciona ante los estímulos del movimiento, caminar será lo mejor para su recuperación- el robot tomó la palabra antes de que él mismo pudiera abrir la boca, y cierto sentimiento de orgullo le embargó cuando supo hacer frente a una conversación de forma tan natural.

-No te estoy hablando a ti, almohada gigante extrañamente adorable- porfió la mujer, con igual naturalidad que el robot, y Tadashi no pudo evitar sentirse algo descolocado ante aquella respuesta tan tranquila y propia de su tía ¿Es que Baymax solía estar activo por prolongados períodos de tiempo?

-Estoy bien, tía- comentó, liberándose de la ayuda de Baymax en cuanto estuvo lo suficientemente cerca de la isla de la cocina como para apoyarse en ella. El robot desapareció de su vista, y tuvo la impresión de que volvía a subir las escaleras-. Creo que estuve demasiado tiempo muerto como para continuar haciéndolo.

No cuidó sus palabras al momento de decirlas, para él verdaderamente no significaban nada. Pero, ante el cambio en la expresión molesta de su tía, por una dolida, no pudo evitar caer en el hecho de que, de alguna forma que él no entendía, sí que tenían un efecto negativo en la mujer, o al menos eso le indicaba la forma en que su rosácea piel se volvió pálida, sus ojos se oscurecieron levemente, y sus labios se separaron cuando dejó escapar aire de forma casi imperceptible, mirándolo como si la hubiera abofeteado.

Cuando creyó ver que sus ojos se humedecían, buscó con la mirada la ayuda de Hiro, pero éste sólo se mantenía con la mirada baja, fija en el plato de blanca loza que acababa de dejar sobre la mesa, mientras sus manos estrechaban una servilleta de tela entre ellas. Su rostro ligeramente aniñado también se veía serio, y sintió un nudo en el comienzo del estómago, inundado por una horrible sensación de culpa ante su falta de consideración.

Rayos. Hasta el fino hilo de voz en su fuero interno sonó como un gemido asustado. Muy bien con el plan de no ser invasivo o brusco.

-Lo siento, tía. Yo no...- dejó la frase en el aire, no sabiendo cómo continuarla. Todo aquello era tan extraño y carente de sentido para él, pues en lo que le respectaba, sólo había tenido un extraño sueño sobre una feria de ciencias y un incendio desafortunado, algo lejano, borroso y sencillo de olvidar igual que la pesadilla que le había despertado a mitad de la noche. Pero para Cass y Hiro, aquello no había sido para nada un sueño solamente, ellos habían perdido a su sobrino y hermano aquella noche, y cuando por alguna razón comenzaban a superarlo, llegaba ante ellos esa situación alocada, que aunque obviamente feliz, también abría heridas medianamente cerradas y les confundía.

Estaba a punto de volver a disculparse cuando, para su sorpresa, una tímida sonrisa surcó los labios de la mujer, que sólo negó con la cabeza antes de, en el gesto más natural que le conocía, rodearlo con sus delicados y cálidos brazos y acercarlo a ella, estrechándolo con fuerza. Tadashi se sorprendió a sí mismo al sentirse necesitado de ese contacto, y dudó un segundo, sorprendido aún, sólo para rendirse ante el impulso de atrapar aquellas curiosamente finas caderas y abrazarla con fuerza, como si en verdad hubiera sentido aquellos once meses de distancia. De repente, su cuerpo se sintió cálido, como si estuviera entrando de nuevo a la casa después de una larga tarde de invierno en la universidad. Se sintió querido, y se sorprendió escondiendo el rostro en el cuello de su tía, inhalando su dulce aroma a café y perfume de jazmín.

Sus ojos escocieron, con irracionales deseos de llorar.

-No me hagas caso, sólo soy una tonta sensible- habló la mujer, con la voz temblorosa, mientras acariciaba su cabello en un gesto maternal que hace tiempo no hacía, rascándole la nuca con sus dedos cálidos. Tadashi sonrió, engatusado por el placentero gesto-. Tú debes estar tan fuera de lugar como nosotros, y no será fácil para ninguno volver a acostumbrarnos a verte- Tadashi sintió una ligera humedad llenar sus ojos, y trató de refregar sus párpados en la camiseta negra de Cass para que no se percatara. No entendía porqué aquella frase le dolía tanto-, pero estamos felices de que estés aquí, y nos aseguraremos de que, a partir de ahora, lo sepas.

Ella se alejó un poco, tomando su rostro entre sus cálidas manos con aroma a crema que tanto adoraba, para soportarle la mirada. Tadashi sonrió con algo de pena al saber que sus lágrimas estaban expuestas, y se sabía ruborizado, pero no le importó en lo más mínimo cuando descubrió la misma penosa situación en el rostro lleno de amor y consuelo de Cass.

Al cabo de un segundo más disfrutando de la forma en que la mayor le acariciaba levemente las mejillas con los pulgares, asintió, antes de volver a abrazarla y dejar que le llenara las mejillas de besos hasta el punto en que él mismo no pudo soportar tantas atenciones.

-¡Tía!- se quejó, como cuando era niño, y ella rio, visiblemente feliz.

-Lo siento, lo siento- miró a su alrededor un segundo, descolocada, antes de recordar que era lo que estaba haciendo- ¡Oh! Te pondré un plato, hice pollo con esa salsa extraña que te duerme los labios. ¿Tienes hambre?

Tadashi sonrió, divertido al ver que no alcanzó a responder antes de que la mujer ya huyera a buscar las cosas necesarias en la alacena. Y tal vez fuera mejor, porque estuvo a punto de soltar un malvado Muero de hambre.

-Por supuesto, tía- dijo en cambio, y le pareció mucho mejor.

Se dirigió hacia la mesa, y es sólo entonces que nota que, en vez de estar el aparador antiguo de su abuela casi pegado a la mesa, allí, había un amplio espacio detrás, con unos cuantos sillones y televisión visibles desde el umbral vacío que hacia las veces de puerta, que formaban una agradable sala de estar, separados del resto de la habitación sólo por una pared. Alzó una ceja, mientras se sentaba en la silla junto a Hiro, ignorando la forma en que éste continuaba observando la mesa, como si no estuviera allí en realidad.

-¿Ampliaste el lugar?- le preguntó a la mujer cuando llegó a la mesa, colocando en medio de ésta una fuente llena de presas de pollo doradas y brillantes, con un acompañamiento de verduras asadas que olía demasiado bien, y, junto a ella, la salsera con la temible y amada salsa que preparaban cada vez que festejaban algo. Sólo entonces notó que, en realidad, sí estaba muerto de hambre.

Ella le miró con curiosidad mientras llenaba un plato que tendió a Hiro, antes de alzar la mirada al nuevo espacio de la casa. Sus ojos brillaron con reconocimiento.

-Oh, eso. Son los muebles de abajo, creí que lo habías visto anoche- al ver la confusión en el joven cuando dejó su plato frente a él, se apresuró a explicar-. Con el dinero que ganó junto a los premios y becas de la universidad, Hiro me ofreció que compráramos el pequeño departamento de junto, ya sabes, el verde- Tadashi asintió al recordarlo-, y echáramos abajo la pared para tener más espacio en la casa y el café. Aunque al principio dudé, pues era el dinero que él se había ganado, acabó por convencerme y lo hicimos. Luego, subimos las cosas que había en el pequeño living de la entrada y ampliamos el café allí y en el recibidor, aunque mantenemos la entrada de ése departamento en caso de que queramos entrar discretamente a la casa. De todas formas, la mayoría de las veces entramos por la antigua entrada, como habrás visto anoche... o no, porque estaba oscuro... He estado pensando en instalar más iluminación en ese lado de la calle, pero a la vez dudo, porque allí hay cierto aire romántico en toda la oscuridad- Tadashi sonrió al ver divagar a la mujer con naturalidad, mientras unas gotas del cucharon con el que servía la salsa comenzaban a formarse peligrosamente cerca de su camiseta sin que ella bajara la mirada para verlo-... O tal vez las ponga, pero de colores más cálidos, como amarillas... O iluminación con velas, no estaría mal tamp- ¡Agh! ¡Rayos!

Tadashi rio un poco al verla rezongar con las tres manchas verdosas sobre el busto de su camiseta.

Vio a su hermano de reojo, notando que su mirada ahora estaba entretenida en como la mujer comenzaba a refregar la tela con la servilleta. La burla en sus ojos le recordó que era un maldito desgraciado.

Y, por cosa curiosa, aquello le trajo a la memoria unas palabras que se le habían escapado de toda la verborragia de su tía.

-¿Dinero de premios y becas?- repitió, dirigiéndose completamente al chico, que se giró hacia él apenas notó que le hablaba- ¿Es que ahora te pagan no sólo por ser un genio, sino además un nerd?

Esperaba una mirada molesta del chico, seguido de un golpe como tan acostumbrado lo tenía, o en última instancia una carcajada y una burla... seguida del mismo golpe.

-Sólo unos pequeños premios por unas ferias- respondió, escueto, con un leve elevamiento de sus comisuras como lo que, creyó, fue un intento de sonrisa.

Tadashi frunció el ceño con extrañez cuando el chico volvió a bajar la vista, pero trató de pasar desapercibido cuando Cass se unió a ellos en la mesa. Sabía, desde luego, que "Unos pequeños premios" era un eufemismo casi blasfemo considerando lo caritativos que solían ser los miembros del Consejo de Educación con el instituto tecnológico, y el hecho de que su primo, con lo egocéntrico que era, no le estuviera restregando sus logros en la cara, sino que se comportara de forma tan humilde al respecto... bueno, no se atrevería a negar que ello le aterraba.

Con un suspiro en su fuero interno, se concentró en la conversación banal de Cass que, de cierta forma, ayudó a distender el pensamiento en su mente y relajar algo del ambiente, pero, en el fondo, el vacío que sentía ante la ausencia de la característica explosividad de su hermano era una sombra que hacía aún más extraño el momento.

Se enteró de unas cuantas cosas gracias a la charla de Cass, como que Baymax solía pasar la mayor parte del tiempo activo desde que Hiro lo reconstruyó tras el incendio, y que, para su desazón, sus planes de ofrecer los servicios de los asistentes médicos robóticos a hospitales y, si todo iba bien, a la Cruz Roja para ayudar en países en guerra, eran por completo ignorados por su familia; por ende, no había habido ningún avance en ese proyecto luego de que cayera inconsciente. Desde luego, Bay sería para siempre su robot, pero planeaba conseguir las inversiones suficientes para producirlos en masa.

En fin, junto a la investigación de los microbots, también se dedicaría plenamente a ello en cuanto volviera a la universidad.

-Ah, y el martes pasado Fred nos llevó a dar unas vueltas por el Pacífico en el jet de la familia, y terminamos en una isla del Caribe que ni siquiera sabía que existía- comentó la mujer, mientras se llevaba los platos a la mesada para lavarlos-. Ese amigo suyo es un chico raro, pero me parece realmente agradable y hasta algo inocente.

Tadashi rio, asintiendo.

-Es especial, sin duda. Y aunque tenga conceptos curiosos respecto a la higiene, no le cambiaría nada- admitió, antes de darle un último sorbo a su vaso de jugo-. ¿Cómo han estado ellos estos meses?

Cass se giró hacia él con una mueca dudosa, mientras restregaba un plato con la esponja llena de espuma.

-Bueno, la verdad es que los veo poco- admitió-. Vienen cada mañana para desayunar, hablamos un poco, y luego se van a la universidad con Hiro... Tal vez le puedas decir algo- comentó, dedicándole una mirada al chico cabizbajo en la mesa.

Éste alzó la mirada al darse cuenta de que la atención de ambos estaba sobre él, y Tadashi creyó ver que le observaba de reojo por un ínfimo momento, aunque volvió tan rápidamente a apartar la vista, que bien pudo haberlo imaginado.

-De hecho, tía, estoy lleno de tareas hasta el cuello- soltó, de la nada, y Tadashi quiso imaginar que la forma en que puso énfasis en que hablaba con la mayor fue una imaginación suya-. Tal vez hablemos de esto más tarde.

Si lo veía desde un punto de vista comprensivo, era natural que el chico hubiera pospuesto sus actividades escolares en vista de los hechos del día anterior, y que ahora le estuvieran cobrando factura. De hecho, el que ambos hubieran esperado hasta que él hubiera dormido lo suficiente antes de comenzar a comer se le hizo un gesto muy amable.

Por otro lado, si él hubiera creído a Hiro muerto por once meses, y de repente tuviera la posibilidad de estar con él de nuevo, en carne y hueso, Dios y todos los santos del cielo sabían que no le hubiera dejado respirar ni un segundo sin estarle abrazando y diciéndole cuanto le alegraba verlo de nuevo... Aunque, tal vez, su hermano fuera algo más maduro y frío que él en el sentido emocional.

Lo que, desde luego, no hacía menos profundo el desazón que su actitud le provocó.

Cass hizo una mueca que pudo captar de reojo, evidentemente en una línea de pensamiento muy similar a la suya, antes de asentir.

-Está bien, ve, pero no te sobre esfuerces, por favor.

La primera sonrisa que casi parecía real revoloteó en el rostro del chico, burlona, antes de ponerse de pie.

-No te preocupes, tía- la calmó, antes de, en casi tres zancadas que despertaron envidia en el mayor por su facilidad, recorrer la distancia que le separaba de la infame escalera, subiendo los escalones de ésta de dos en dos.

No pudo evitar mantener la mirada fija en él hasta que desapareció, tratando de decidir si aquella actitud era normal en el chico o, tal cual lo veía, completamente irracional... y más importante, si aquella demostración de agilidad se trataba de una burla a su pobre estado.

-No te preocupes por él- la voz de Cass, suave y maternal como pocas veces la había oído dentro de su jovial forma de ser, le sorprendió y le obligó a girar la cabeza hacia ella, nuevamente sentada en la mesa, frente a él-. Esta situación debe ser más difícil de sobrellevar para él que para la mayoría, a él le afectó más que al resto, o por lo menos fue el que más se dejó arrastrar de todos, y el que más tardó en aceptar que tú...- pareció dudar, y hasta cierto punto le fue notable el dolor en la mirada de su tía ante las palabras que hubieran surcado sus pensamientos- te habías ido- optó por decir-, así que no me extraña que aún no pueda aceptar que estás aquí... es decir... que todo le parezca un sueño.

Aunque ella parecía estar haciendo malabares para dar con las palabras correctas que le brindaran una explicación y consuelo, y pareció frustrarse un poco al no lograrlo, a juzgar por la forma en que le miró, frunciendo las cejas, a Tadashi no le costó en lo más mínimo entender el mensaje. Aunque no así el comprender al chico.

Sólo asintió, antes de sonreír y extender su mano con leves marcas rojizas, para sujetar su tibia mano con la suya, notando como sus largos y femeninos dedos temblaban antes de enredarse en los suyos.

-Tía, de la misma manera en que ustedes trataran de hacer todo esto más fácil para mi- murmuró con dulzura y dedicándole una mirada tranquilizadora a la mujer-, yo también trataré de hacerlo más sencillo para ustedes. Iré despacio y, por el momento no cambien nada de sus vidas, ni traten de estar siempre junto a mí- exigió con calma, sorprendiendo a la mujer frente a él y a sí mismo también, sin embargo, continuó soltando aquellas palabras sin detenerse a pensarlas-. Deja que Hiro haga todo lo que siempre ha echo en estos once meses, y yo me las arreglaré para llegar a él. Le hablaré, haré proyectos con él, cosas de nerd- sonrió, sólo para contagiarla, y lo logró, aunque la sonrisa de ella fuera algo torcida-. Y tú ve a abrir el café como todos los días, atiende a los clientes, relájate hablando con ellos- ante el brilló de duda, y el exceso de humedad repentina en sus ojos, Tadashi se extendió sobre la mesa redonda para tomar con ambas manos una de las suyas, con firmeza, sabiendo que Hiro no era el único que temía que el que estuviera allí fuera un sueño-. Cuando subas, estaré aquí, tranquila.

La duda permaneció un momento más en los ojos castaños de la mujer, antes de que la sonrisa se convirtiera en un gesto más parecido a la resignación que a la alegría y asintiera. Tomó ambas manos de su sobrino entre las suyas y las llevó hasta su rostro para dejar un suave beso en ellas, antes de ponerse de pie con la explosividad que la caracterizaba y, literalmente, abalanzarse a llenarle el rostro de besos nuevamente, casi asfixiándolo en un abrazo.

-Está bien, mi niño, pero deberás prometer que no te sentirás solo en estas horas.

Tadashi sonrió, sabiendo que recordarle que para él todo aquello aún parecía sólo un sueño era mala idea, y sólo se limitó a recibir los besos y afectos de la mujer, soltando un apenas perceptible "Lo prometo", por causa de la fuerza con la que le abrazaba.

La mujer, cuya sonrisa reveló que acababa de sacarle un gran peso de su consciencia con aquellas palabras, no tardó en alejarse unas pequeñas y traicioneras lágrimas que amenazaban con escapar de sus ojos, mirándolo con aquel brillo en su mirada, lleno de ternura, que le hizo sentir como un niño otra vez por unos segundos. Le devolvió la sonrisa, avergonzado y enternecido de igual manera, antes de indicarle con un movimiento de su barbilla que bajara a abrir el café de una vez.

-¡Oh! ¡Cierto!- exclamó, agitada, antes subir corriendo las escaleras en dirección a su habitación. Tadashi parpadeó un par de veces, sorprendido ¿Tan rápido lo olvidó?

Un minuto más tarde, Cass estaba frente a él, atándose el delantal blanco en la cintura y controlando con la mirada la pequeña libretita de cuero en la que anotaba los pedidos de los clientes.

-Bien, si necesitas algo, sólo pídele a Hiro o Baymax que te ayuden, o me mandas a llamar- pareció dudar un momento, mordiéndose un extremo de su labio inferior, antes de alzar la mirada hacia él. Supo lo que estaba por preguntar incluso antes de que abriera la boca, tintada de un suave rojo- ¿Estás seguro de que quieres quedarte solo aquí?

Resistió el impulso de poner los ojos en blanco, antes de soltar una risita burlona. Cass se llevó un mechón detrás de la oreja y le miro con una sonrisa, avergonzada.

-Estaré bien. Ahora ve, o la señora Matsuda podría causar un accidente de tráfico con su ropa en la calle si no la dejas entrar en el café.

Ella rió, antes de asentir. Le dio un cálido beso en la frente, sólo para tomar su libreta en una mano y encaminarse al que antes era su living.

Soltó un pequeño suspiro y se mantuvo en silencio un momento, curioso, mientras el sonido de la puerta siendo abierta era lo único presente en el lugar.

En un minuto escaso, el burbujeo de distintas voces llenó la parte inferior del edificio por completo, llegando a él por las escaleras, y se permitió relajarse sobre la silla.

No es que estuviera tenso o incómodo con su tía y Hiro a su alrededor, pero no podía sentirse completamente normal con ellos mirándolo como si fuera a desaparecer en cualquier momento, como un hijo que creyeron que nunca volverían a ver o, en el caso de Hiro, ni siquiera dedicándole una mirada.

Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, sintiéndose frustrado al recordar la actitud de su hermano. ¿Por qué se comportaba así? ¿Por qué simplemente no podían hacer de cuenta que nunca se fue? Para él no había pasado nada, pues había estado inconsciente todos aquellos traumáticos meses, ¿Tanto costaba actuar como él?

La situación era por demás molesta y exhaustiva, y sabía que se estaba comportando como un idiota al pretender que aquel trauma desapareciera de su familia así como así, de la nada, sólo con que él apareciera, como una especie de hijo pródigo. Pero es que, de verdad no le gustaba toda aquella situación. No quería que Cass lo viera como un niño indefenso, aún con todo lo vulnerable que estuviera, o como si fuera a desaparecer en cualquier momento. Y no soportaba que Hiro lo tratara como un desconocido. No quería sentirse así... como si todos lo vieran, pero nadie creyera que estuviera allí.

Frunció el ceño, frustrado y mentalmente cansado, antes de soltar un bajo gruñido. Sólo esperaba poder remediar todo aquello pronto.

Oyó un par de pasos bajando por las escaleras, y giró su rostro hacia la izquierda, a tiempo de ver como un sonriente Hiro bajaba por ellas, seguido de su robot.

-Tus niveles hormonales parecen más estables ahora que has acabado con ese proyecto de mecánica- comentó Baymax, bajando los escalones de uno en uno de forma casi graciosa, poniendo ambos pies en uno antes de bajar al siguiente.

Hiro rio por lo bajo.

-Ni que lo digas, Bay. Ese profesor es un pesado, pero no va a ganarme, claro que no- la voz del chico era algo más suave de lo que recordaba, pero sin dejar de sonar masculina o joven, y estaba cargada de una emoción que sólo podía ser fruto de quien acaba de terminar un trabajo y sabe que lo ha hecho asombroso. El verle dar unos saltos entusiasmados al pie de la escalera, mientras esperaba a su esponjoso amigo, le sacó una sonrisa enternecida, ahí estaba de nuevo el chico alegre que él conocía y que, estaba seguro, le había hablado todo el día anterior-. Vamos, Baymax, el Puño.

Abrió los ojos de par en par cuando, en lugar de quedársele mirando mientras buscaba en su base de datos el archivo mencionado, el robot alzó su brazo con seguridad y realizó el conocido saludo de ambos hermanos como quien lo ha hecho millones de veces, con un extraño Ba la la la al final.

No supo exactamente por qué el que ambos realizaran aquel saludo le molestaba tanto.

-Vaya, que fácilmente fui reemplazado- suelta, antes de ser consciente de lo que estaba diciendo, y deseó haberse mordido la lengua en cuanto su cerebro procesó lo que acababa de soltar como un verdadero idiota.

Vio como el chico soltaba un respingo y giraba con rapidez hacia él, como si hubiera olvidado que estaba allí. Cosa que, a pesar de los pensamientos que había rondado su mente hace unos momentos, Tadashi hubiera preferido, antes de ver el brillo dolido en los ojos caoba de su hermano, sin duda como resultado directo de sus palabras.

Resistió a duras penas el impulso de darse un golpe en cuanto vio al chico bajar la mirada.

-Hiro, lo siento...- murmuró lo suficientemente alto como para que llegara a los oídos del menor, mirándolo con tanto arrepentimiento en sus ojos como el que calaba profundo en su voz-. Soy un imbécil, no quise decir eso, yo...

-Está bien- le cortó con suavidad, como quien está hablando con un extraño, antes de deslizarse como un fantasma junto a él, seguido del robot, hacia el pequeño living de al lado. Tadashi se maldijo mentalmente al percatarse que la actitud vivaracha y casi eufórica que el chico tenía hace unos segundos se había perdido, estaba seguro, por el resto del día, y por su culpa.

"Muy bien con eso de mejorar las relaciones" se recriminó en su fuero interno, pasando una mano por su rostro en su gesto típico cuando la molestia hacía mella en él, profundo.

El sonido del televisor llenó la habitación a su derecha, separada de la cocina tácitamente por causa del cambio de muebles, y el oscuro rincón fue iluminado por la luz mortecina del aparato, que cambiaba de tonalidades a la vez que la imagen variaba.

Baymax estaba sentado en el sofá, con sus manos apoyadas sobre sus rodillas como si fuera un niño obediente que visita una casa ajena por primera vez, lo que se le hubiera hecho muy gracioso si, de hecho, no estuviera tapándole por completo la visión de Hiro, diminuto y oculto tras la imponente y rechoncha figura del robot enfermero, el control remoto agitándose detrás de éste como única prueba de su presencia.

Baraja por un momento la idea de mantenerse allí, inmóvil, y no ser aún más invasivo para el muchacho; pero al cabo de un segundo, apoya sus manos en la superficie de madera de la mesa, tomando impulso y sosteniéndose de allí para ponerse en pie y, no sin cierta dificultad, acercarse al sofá donde su hermano y su mayor invento descansaban cómodamente, el menor apoyando su espalda despreocupadamente en el blanco cuerpo del otro, y sus pies descalzos en el apoya brazos del mueble.

Desde ese ángulo podía verlo perfectamente, y dudó un momento cuando la mirada inescrutable del chico recayó sobre él, algo curiosa al parecer, hasta que recuerda que es el hermano mayor y no debería sentirse intimidado por un puberto de quince años solamente.

-¿Puedo sentarme con ustedes?- pregunta con suavidad, incluso con algo de timidez. Y es que, con toda aquella forma de actuar ante él de parte de su tía y su hermano, no termina de sentirse confiado en su propia casa.

Y el silencio sepulcral que se alza entre ellos por unos segundos, sólo interrumpido por la voz de algún tipo en la televisión, no ayudó en nada a que aquella sensación molesta desapareciera.

Al final, luego de lo que parecieron siglos de duda por parte de su hermano para él, Hiro asintió en silencio, sin que variara su gesto, y se sentó de forma correcta para darle lugar. O tan correctamente como podía ser el poner ambos pies sobre la mesa de té de la tía, mientras continuaba cambiando los canales.

Tadashi reprimió un suspiro cansino ante la actitud extraña de su hermano, antes de tomar asiento lentamente junto a él, tratando de ignorar el dolor de su cadera y el leve escozor de su espalda al tocar el respaldo del sillón a través de la ropa, rozando hematomas y quemaduras a la vez.

El silencio se mantuvo en la habitación, firme y tan tangible como el malvavisco gigante junto a su hermano pequeño, manteniéndolo en un estado de incomodidad tal, que sus músculos estaban agarrotados en una posición tal vez demasiado forzada para su gusto, causando que temiera moverse, pues sentía que cualquier movimiento sería exageradamente violento en aquella habitación. Incluso, en tal estado de paranoia, se temió que Hiro pudiera oír el agitado palpitar de su corazón y su respiración pesada.

¿Él también estaría tenso?

Cuando le dedicó una mirada de reojo, se dijo a sí mismo que, si lo estaba, fingía como el mejor de los actores de cine de la historia, pues se veía increíblemente despreocupado mientras cambiaba los canales con indiferencia y hasta aburrimiento.

Al menos, hasta que se detuvo en un canal y un pequeño brillo de interés resplandeció en sus ojos ante lo que, parecía, eran la versión anime de los X-Men. Hizo una mueca al ver uno de sus cómics y series favorita llevados a tal nivel de ni-se-parecen-a-los-originales, pero bueno, tal vez no debería juzgarles tan drásticamente apenas haberles conocido.

Aunque pronto la trama perdió su interés, no porque no fuera buena -qué de los X-Men no lo era-, sino porque prefirió concentrar toda su atención en el muchacho junto a él, que mantenía aquella mirada embobada en el televisor, con los labios entreabiertos y sus ojos fijos en la acción que se daba detrás de la pantalla.

No necesitaba ser un genio para saber quién era el responsable de los curiosos gustos de su hermano.

-¿Empiezas a unirte a Fred en estás cosas?- preguntó en cuanto comenzaron los comerciales, con suavidad, pero no la suficiente como para sonar cordial. Simplemente, era el tono que siempre usaba cuando hablaba con su hermano; natural, y siempre predispuesto a gastar una broma en cuanto pudiera.

Sin embargo, y para su profunda consternación, el gesto de Hiro no se volvió relajado, ni mucho menos, sino que volvió a tomar aquella exasperante expresión que se debatía entre la indiferencia y la cordialidad de un extraño. Tadashi reprimió un gruñido frustrado justo a tiempo.

-Algo, vemos series y películas juntos los fines de semana- admitió, recostándose en el respaldo del sofá. Su tono parecía más aburrido que otra cosa, lo que acabó por hacer fruncir el ceño al mayor.

-¿En serio?- preguntó, una pregunta algo estúpida si lo pensaba, así que se apresuro a continuar:- ¿Y qué me cuentas de los chicos? ¿Qué han hecho? ¿Te llevas bien con ellos? ¿Cómo van las cosas en la Universidad?

Vamos, eran muchas preguntas, estaba seguro que iba a poder sacar algo más que un comentario casual de ellas, ¿No?

-Nos las pasamos genial, salimos seguido y nos hemos hecho grandes amigos- comenta con cierto aire cansino, sin despegar la mirada del televisor-. Han hecho más grande la Universidad, y construido el anfiteatro de nuevo.

Tadashi aguardó, sumergido en un silencio lleno de expectación, a que Hiro continuara, esperanzado de al fin mantener una conversación decente con su hermano.

Pero volvió a guardar silencio, cortante, como si en realidad se hubiera quedado solo luego de contestar aquellas preguntas, y Tadashi tuvo que reprimir, además del característico suspiro, sus deseos de darle un zape al menor por imbécil.

¡Ni siquiera había vuelto el programa aún para que le ignorara de aquella forma!

El resto del día, recordó, se había mantenido aquel ambiente entre ellos: Hiro, al parecer completamente indiferente a su persona, y él hallándose embargado por una tensión que resultaba dolorosa si se tenía en cuenta quién era la persona que la causaba.

Suspiró, sintiendo su mente y ojos cansados, por dos motivos diferentes. Se cubrió hasta el estómago con las sábanas, antes de echar una última mirada al chico que dormía al otro lado de la habitación, ajeno a todo el insomnio y preocupaciones que le había acarreado su comportamiento con él en las últimas veinticuatro horas.

Apenas había logrado sacarle unas pocas palabras respecto a los chicos y él mismo, y sólo monosílabos cuando preguntaba algo en específico sobre la casa o la escuela. Decir que la situación era frustrante era un eufemismo, quedarse corto de una forma casi blasfema.

Tadashi no estaba molesto, claro que no, sólo ardía en bronca y deseos de volver a la normalidad a golpes a su hermano. No quería a ese extraño pacífico y distante, para nada, y de repente, se sentía como si quien hubiera estado sin su hermano por once meses hubiera sido él, o al menos, a ese nivel extrañaba la actitud osada de Hiro ante la vida y su autoridad, sus constantes esfuerzos para escaparse de él a alguna pelea de robots o, más normal aún, sus pequeñas pullas mientras veían televisión o esperaban que tía Cass sirviera la comida.

Quería que Hiro volviera a reír a carcajadas con él por cualquier tontería, o terminar peleando con él por lo mismo. Quería que hicieran robots juntos, sólo para terminar destrozándose mutuamente en una pelea de robots en la cochera, o en la cocina, aunque estás últimas siempre traían asombrosos broncazos de parte de Cass.

Ansiaba volver a pasar los días como lo hicieron aquellas semanas en las que le ayudó a confeccionar los microbots, en las que estuvieron más unidos que nunca desde que él recordaba. Por unas semanas, el pesar que le habían dejado sus padres al dejarlos y que no había logrado silenciar del todo desde niño, desapareció para él, y sólo quedaron los momentos alegres con Hiro y los chicos, las noches de pésima nutrición a base de pizza, las peleas entre Wasabi y Fred que tanta gracia les causaban, los gritos de frustración que soltaba su hermano cada vez que algo fallaba y que, irremediablemente, lograban enternecerlo y sacarle carcajadas divertidas a la vez.

Pero sabía que aquello no iba a pasar, no aún y, tal vez, nunca de la misma manera. Porque lo que él había hecho aquella noche, por más que tuviera toda la buena intención del mundo, había causado una herida profunda en el menor, una de las más difíciles de sanar y las más dolorosas, de esas que se cargan en el alma. Había resquebrajado aún más la maltrecha inocencia de su hermano, le había expuesto a un mundo aún más oscuro del que lo era el de las peleas de robots. Aunque en aquella época Hiro no lo admitiera ni bajo tortura, él era un niño, y en lugar de pensar, como el adulto que era, en su seguridad y sus sentimientos, en protegerlo y estar a su lado a pesar de todo, había actuado sin pensar, bajo un instinto básico y torpe, que le había obligado a arriesgar y casi perder su vida por salvar lo que para él era casi un padre, y todo para nada, cabe recalcar. Sólo para lastimar a su Hiro tan profundo como un puñal, sólo para arruinar aquella hermosa relación que mantenían, y causar que ahora, a pesar de ser perfectamente palpable y físico ante él, Hiro viviera con el temor de que desaparecería en cualquier momento, en un simple parpadeo, para dejarlo solo y perdido otra vez.

Porque ¿Cómo esperaba que su hermano actuara de forma normal con él? ¿Cómo esperaba que, de la nada, volviera a reír a carcajadas a su lado y juguetearan juntos? Si ahora, desde el punto de vista de Hiro, él era el mismo recuerdo digno de respeto y repleto de dolor que eran sus padres; personas que había amado y que le habían dejado demasiado pronto. Si era ahora un ser semi onírico que podía desaparecer en cualquier momento. Si, para su hermano, era un fantasma que volvía de forma tangible a recordarle el insoportable pesar que había comenzado, por fin, a olvidar.

Desesperado, sintiendo un nudo formarse en su garganta y sus ojos escocer por causa de las lágrimas que luchaban por derramarse por sus ojos, guió su mirada afligida hasta el lugar donde, ahora, Hiro había recuperado su sueño tranquilo y apacible, ignorante del pesar aplastante al que le estaba sometiendo.

"Si estoy muerto para ti". Se lamentó.


Eso es todo por ahora. Una leve muestra de que no todo va a ir viento en popa entre estos dos, pero no se preocupen, no durara mucho.

El detalle de Tadashi estudiando Medicina será aclarado después, así que no desesperen, todo a su tiempo.

No prometo actualizar pronto, pero si prometo que trataré de lograrlo. Espero no defraudar a todas las bellas personas que aún siguen esta historia.

Nos vemos la próxima.

Balalala~