Bien, llegados a estas alturas ha quedado claro el hecho de que la regularidad de mis actualización es una desgracia, así que, en vez de darles la excusa relacionada con mi pronta partida a otra ciudad para empezar con la facultad y los estudios, voy a optar por mejor simplemente dejarles leer y disfrutar, si es que alguno aún espera estos capítulos.

Pero, antes de empezar, un saludo a Yuuuki-Shi, AikoJ, Puy y black-rose-the-one, por ser las primeras hermosas cinco personas en comentar la historia y, desde luego, ser un apoyo para mi sólo con su presencia.

Gracias por estar ahí, mis Grandes Héroes.


De Pesadillas y Verdades

-En serio, Tadashi, Deadpool es algo que no puedes perderte ni muerto... Lo siento.

La risa del aludido llenó el aire del campus a su al rededor, antes de que se llevara uno de aquellos sándwich de jamón y queso asado tan deliciosos que les había preparado Cass para el almuerzo, a la boca. La mirada del rubio era apenada, algo extraño de ver para cualquiera que lo conociera. Las miradas asesinas que los chicos a su alrededor le dedicaban, por otro lado, se habían vuelto demasiado frecuentes en aquella semana.

-No tengas cuidado, Fred, es agradable que alguien le quite seriedad al asunto por fin- comentó, relajado, como quien no quiere la cosa, pero vio con satisfacción como la gran mayoría de los allí presentes captaban el mensaje, aunque trataran de hacerse los desentendidos.

Honey hundió aún más su respingada y femenina nariz en ese grueso volumen de Química que leía todos los días como una Biblia, aunque nunca dejaba que nadie más lo leyera y, habían notado, sólo lo abría estando junto a Gogo. Ésta había bajado la mirada, y arrancaba pastitos con los dedos, mientras inflaba despreocupadamente un chicle que acabó por pegar a un libro de Física, para llevarse su exótico almuerzo, que tenía toda la pinta de ser un onigiri con algún detalle coreano, a la boca. Wasabi sólo se dedicó a sacar de su estuche un par de palillos chinos, antes de comenzar a degustar toda aquella comida que solía guardar en esa especie de lonchera llena de compartimientos en las que se distribuían, perfectamente separados, alimentos sólidos y las salsas para cada uno... no pudo evitar reír entre dientes cuando Gogo, en un rápido movimiento, hundió más de la mitad de su onigiri en la salsa de soya, sacándole una grito muy similar al de una madre espantada al mayor. Fred, ahora más relajado, se dedicaba a engullir una de sus dos hamburguesas, rebosantes en grasa y aceite, como un animal, casi tornando al moreno de un color verdoso que le hacía honor, por fin, a su apodo.

Hiro sólo permaneció en silencio, ahogando un suspiro y manteniendo la inamovible expresión de pocos amigos que llevaba toda la semana en su rostro, causando que la mayoría de los chicos, e incluso algunos profesores, permanecieran algo distantes del menor de los Hamada.

"Claro, porque el tema no tiene nada de serio ¿No?" refunfuñó en su fuero interno, sin ningún atisbo de gracia.

Y es que, por más que tratara de ignorar toda aquella locura los últimos cuatro días, simplemente no podía lograr que la alegría llegara a él con la misma naturalidad que a sus amigos e, incluso, al resto del cuerpo estudiantil de Ito Ishioka, cuando, luego de sólo una semana de descanso y aunque todo el mundo le juró y aseguró que era una locura, Tadashi prácticamente obligó a Cass a realizar las transacciones y papeleos necesarios para que pudiera volver a la Universidad cuanto antes.

Lo que, para su triste persona, sólo había tomado un fin de semana. El lunes, prácticamente todos los alumnos del instituto se aglomeraron a ver al grupo de amigos llegar y cerciorarse de que, de hecho, el rumor era cien por ciento real: Tadashi Hamada estaba vivo.

Hiro consideró exagerada la reacción del cuerpo escolar. Es decir, sabía que no todos los días uno de los miembros más queridos de la institución resucitaba de la nada, mucho menos luego de una muerte tan heroica, pero...

Bueno, todavía estaba trabajando en lo que seguía al pero, pero, ¡Vamos!, ya se le ocurriría algo.

Como sea, el ambiente del primer día había sido para Hiro lo más similar a ser el centro de atención de la escuela por un chisme, y no uno bueno, sino uno de esos en el que todos tratan de saber si te acostaste con el novio de tu mejor amiga la noche anterior o...

¿Había dicho novio?

Bien, en resumen, todos los chicos con los que compartía clases e incluso algunos profesores se tomaron la molestia -para él- de acercarse con sonrisas que no sabían ni ellos mismos si eran de felicidad o compasión por él, y preguntar, con mucha dulzura y tacto, cómo es que se encontraba Tadashi, él, incluso tía Cass, sólo con la esperanza de llegar al tan ansiado "¿Cómo rayos está vivo Tadashi?".

Como pudo, con el mismo tacto que todos tenían hacia él, fue respondiendo amablemente las preguntas respecto a cómo se encontraba él, habló lo menos posible de Cass y, con calma, argumentó que no tenía forma de saber que pensaba su hermano, y que, por respeto a él, esperaría a que fuera Tadashi quien explicara a cada uno lo que había pasado cuando se sintiera cómodo. Con esas respuestas, la gran mayoría se dieron por satisfechos, y los más curiosos se mantuvieron contentos por algunas horas. Y Hiro logró sobrellevar el exponer aspectos tan íntimos, confusos y dolorosos de su vida como un caballero... el primer día.

Al segundo, cuando los más curiosos volvieron a tener sed por saber que había sucedido, volvieron a apartarlo en cada pasillo en el que estuviera solo -los que eran la gran mayoría, ya que estaba tomando cierto espacio entre su hermano y su demasiado presente... presencia...- y le increpaban sobre su Tadashi, mientras él sólo se excusaba diciendo que estaba llegando tarde a clases, aunque faltara un buen rato.

El tercer día fue demasiado estrés para él. Entre ver a Tadashi caminando como el fantasma físico de sí mismo junto a sus amigos, riendo, bromeando, llenó de juventud y... vida, y los chicos que le preguntaban nuevamente, y de forma más directa, sobre la reaparición de su hermano.

Esta vez, los mandó al diablo más directamente también.

Y fuerte, ya que tuvo que hablar con la bendita directora de la Universidad debido a que le gritó a un chico mientras ella pasaba cerca. Por décima tercera vez en la vida le ofreció una entrevista con algún psicólogo, terapeuta o alguno de esos sujetos con trabajos bastante similares entre ellos pero que eran capaz de destrozarte con toda una explicación llena de indignación y ofensa de por qué estabas equivocado al confundir sus títulos, mientras te dedicaban una mirada compasiva y llena de superioridad que te hacía sentir un idiota mientras tanto...

Bueno, no. Si podía seguir salvando a los habitantes de San Fransokyo sin tener alguna especie de complejo de dios o mesías aún, y sacarse las mejores notas de la Universidad a la vez, bien, significaba que no lo necesitaba.

Otra cosa que se estaba haciendo bastante difícil era, precisamente, mantener en secreto su trabajo con Tadashi cerca. Y lo había notado desde el mismo primer maldito momento en que lo detuvo cuando estaba a punto de salir con Baymax rumbo a la mansión de Fred para poder atender la alarma que un gran incendio en el centro había activado. Nunca le había molestado tanto que alguien le preguntara hacia dónde iba.

Con la frustración de tener que inventar una excusa de la nada -con Cass nunca pasaba, ya que estaba muy ocupada en el café como para verle partir- y el apuro por la sensación de que, a cada minuto que pasaba, una persona podía estar perdiendo la vida, lo primero que se le ocurrió fue:

-Voy a sacar a pasear a Bay.

Luego él mismo se reiría pensando en la cara de sorpresa y desconcierto que el mayor había puesto ante semejante excusa. Pero, para su mala suerte, ésta había despertado un gran interés en su hermano por sus actividades secretas, ya que, estaba claro, no le había convencido en lo más mínimo. Debía tener cuidado a la hora de huir de la casa, y había logrado que Baymax entendiera que no era bueno para su tratamiento que Tadashi supiera de sus actividades como héroes o se preocupara innecesariamente por sus desapariciones.

Entonces, sin tener que preocuparse por Cass o Bay, mucho menos por los chicos, el único que hacía que mantener las apariencias frente a Tadashi fuera tan difícil como estar cerca de Fred en el sexto mes de uso de su ropa interior, era el mismo Tadashi.

Tadashi, con su curiosidad innata, su faceta de hermano presente y preocupado, su constante interés por sus malas juntas o, peor aún, su aparente temor a que hubiera vuelto a meterse en las peleas de robot. Que no paraba de preguntar dónde iba, sin importarle sus respuestas indiferentes que estaban, por supuesto, diseñadas para mantener todas las barreras entre ellos altas, ni conforme con el hecho de que, en algún momento del día, Baymax y él volvían de una pieza a la casa, limpios y listos para la comida después de algún tipo de terapia o ejercicio falso que tenían, según Hiro, todos los días, estaba logrando que su paciencia se acabara a pasos agigantados. Más de lo normal tratándose de él.

Y, sumado a eso, la actividad parecía haberse vuelto incluso más movida en la ciudad desde su llegada. Es decir, no había pasado ni un sólo día de aquella semana posterior al regreso de Tadashi sin incidentes ¡Ni uno! ¿Es que los malhechores no tenían vida propia o algo así? Un robo el primer día, cinco peleas entre bandas en los barrios mafiosos -donde tuvo por fin el placer de patearle el trasero a Yama-, narcotráfico en todo su esplendor en el muelle. Y luego estaban los accidentes de auto, de avión, algún descarrilamiento de tranvía en las calles. En serio ¿Era su imaginación? ¿O es que podía notarlo más ahora que tenía que rendir cuentas a alguien cada vez que desaparecía?

Oh, pero eso no era lo peor, claro que no. La peor parte era ese momento en que llegaba a casa después de la Universidad o las misiones y él estaba allí, en la cocina, en el living, caminando por la casa con cada vez mayor facilidad, cosa que le alegraba por él, no se malinterprete, lo quería después de todo ¿No? Era su hermano. Pero, por favor ¿Por qué tenía que estar cerca de él todo el tiempo? Pendiente de su ánimo, de sus clases, preguntando cómo estaba su vida y qué había sido de ella esos meses que no estuvo allí con él.

A lo que sólo respondía con respuestas demasiado cortas, que rozaban la indiferencia, mientras fingía posar su atención en cualquier otra cosa que no fuera ese escabroso tema, mientras, deliberadamente, la conversación con su hermano se convertía en preguntas desanimadas por parte de éste hasta terminar en el silencio más absoluto. Era una rutina que se repetía cada día.

No era idiota, sabía que se estaba comportando como un maldito con Tadashi, sabía que su aparente indiferencia le hería y que él, en realidad, no tenía la culpa de todo el dolor que había pasado. Estaba perfectamente al tanto de que aquello desconcertaba a su hermano y que, más de una noche, mientras ambos fingían dormir en la habitación, o deambulando por la casa, estaban perfectamente conscientes de lo que el otro estuviera haciendo, Tadashi para buscar una forma de acercarse a él con su, antaño siempre bien recibida, presencia fraterna, y Hiro para estar listo con alguna excusa que le permitiera esfumarse del lugar, lo más lejos de su hermano posible, soportando todo el dolor que ello le causaba a sí mismo.

Y es que sí, él también extrañaba las charlas con su hermano, mucho más de lo que él lo haría al no estar realmente consciente del tiempo que pasaron alejados. Extrañaba sus bromas por cualquier tontería, las noches que pasaban hasta tarde ideando proyectos o sólo hablando de cosas sin importancia, como películas o libros. Extrañaba, más que nunca, los abrazos de Tadashi, sus burlas, hacer el puño, ese momento de cada día en que ambos se encontraban a la tarde para ver televisión junto a tía Cass, como familia.

E incluso lo extrañaba ahora muchísimo más que hace una semana, porque en aquel tiempo, su mente estaba más que convencida respecto a que todo aquello se había perdido, al menos en esa vida, y él mismo se había resignado a que nunca más lo recuperaría, a que con lo único que tendría que conformarse de Tadashi era su espacio en el laboratorio y el hermoso recuerdo de su hermano.

Pero ahora todo, absolutamente todo estaba allí para él: las risas, las bromas, las peleas, las noches de películas y las largas charlas por la madrugada. Y en lo único que podía pensar al ver todo lo que complementaba la felicidad en su vida tan cerca, tan brillante, tan vivo como el mismo Tadashi, era que no podría atravesar por algo como lo que perder a su hermano fue para él de nuevo.

Había estado eufórico cuando le abrazó en el hospital. Literalmente, su cerebro ni siquiera pudo dar la orden cuando ya todo su cuerpo se había abalanzado sobre el de su hermano, asombrado de sentirlo tan sólido, tan tangible contra sí. Pero luego, la idea de volver a sufrir un mísero atisbo del dolor que su alma pasó en esos meses simplemente fue suficiente incentivo para que, en el mismo momento en que le vio en su habitación cuando salió del baño la noche que le dieron el alta y se dio cuenta de que no era un simple sueño, decidiera que Tadashi no volvería a ser algo tan presente en su vida.

Porque si estaba allí, junto a él, quería decir que en cualquier momento, sin que pudiera hacer algo para evitarlo, alguien o algo podría volver a arrebátarselo. Y él, bajo ningún motivo, estaba dispuesto a sufrir otra vez el abrazador dolor que estuvo a punto de destrozarlo la primera vez.

Así que no, lamentaba todo lo que estaba hiriendo a Tadashi y a sí mismo con su actitud distante, pero ya había sufrido demasiado para una vida, y había purgado varias en una, pero no necesitaba que las constantes preguntas o presencia del chico le retrotrajeran a su dolor cada día, a temer el revivir su agonía, o temer todo el tiempo por el dichoso momento en que algo le arrebatara nuevamente a sus seres queridos.

Ya había enterrado a su hermano una vez, y no tenía intención de hacerlo una segunda.

-¿Hiro?- el llamado sonó lejano al estar todavía dentro de la bruma de sus pensamientos, pero fue suficiente para despertarlo y traerlo nuevamente al presente. Parpadeó un par de veces y, confundido, notó que eso no servía de nada para aclarar la imagen frente a sus ojos- Hiro, ¿Estás bien?

El chico frunció el ceño, confuso, antes de alzar la mirada a quien le estaba hablando que, si no se equivocaba, era Honey. Parpadeó un par de veces más antes de poder enfocar a cualquiera de sus compañeros y se sorprendió al notar que, de hecho, todas las miradas del grupo estaban sobre él, preocupadas.

Oh, Dios, dime que no estoy...

-Claro ¿Qué sucede?- preguntó, tan calmadamente como le fuera posible, aunque su voz sonó algo rasposa. Se aclaró la garganta en silencio mientras se llevaba disimuladamente una mano a su rostro, fingiendo arreglarse el cabello, mientras pasaba éfimeramente sus yemas por uno de sus pómulos, y se sintió más aliviado al notar que, de hecho, ésta estaba seca al retirarla de su piel. ¿Se habían notado mucho sus ojos humedecidos, entonces?

-Amiguito, estás destrozando ese sándwich- le hizo notar Fred, viendo con cierto aire de sorpresa en su mirada, la forma en que el pobre pedazo de pan, jamón y queso derretido se volvía una masa amorfa en las pequeñas manos del chico.

Hiro bajó la mirada a sus manos, y las apartó de inmediato, emitiendo una pequeña exclamación de protesta, dejando que el amasijo cayera sobre el verde césped del campus.

-Rayos- gruñó por lo bajo, limpiándose la mano con una servilleta que Wasabi se apresuró a tenderle de quién sabe dónde. Alzó la mirada nuevamente, sólo para hallarse con las miradas de sus amigos aún sobre él, así que, pensando rápido y no muy profundamente, decidió soltar lo primero que se le vino a la mente-. Estaba pensando en el profesor de Ingeniería y el estúpido examen que tomó ayer.

Ante la mención del más que odiado hombre, todos, a excepción de Tadashi, emitieron un sonido de reconocimiento mientras se relajaban notablemente.

-¿Tan mal te fue?- preguntó Gogo, mientras terminaba aquel onigiri y ojeaba algo que Honey le mostraba del curioso libro de Química ¿Qué rayos podía haber allí que a ella le interesara?

Se encogió de hombros, sólo para tomar otro sándwich y darle una mordida antes de que pudiera correr el mismo final que su hermano, disfrutando del delicioso sabor que aquella sencilla receta traía consigo.

-Mal no- aclaró después de tragar, mirándola con diversión-, pero un Tan bien como se pueda con él no es muy diferente, de hecho.

La coreana y Wasabi compartieron una risita con él, ya que eran los únicos que habían tenido clases con el ya nombrado profesor. Tadashi también debería tenerlas, pero estaba tomando clases especiales hasta que pudiera alcanzar el ritmo del resto de sus compañeros, lo que, como iba, sería más o menos en una semana.

Hiro frunció en ceño con molestia al percatarse de que estaba peligrosamente consciente del desempeño académico del chico, pero se consoló al recordar que, de hecho, era imposible no estarlo cuando él y tía Cass hablaban de ello frente a él en la cena.

Suspiró disimuladamente. Debía aceptar que no iba a poder estar tan alejado de Tadashi como quisiera, pero, sólo por tía Cass, era capaz de soportar aquellos momentos.

La conversación a su alrededor retomó su ritmo, ajeno a él, pero Tadashi decidió participar sólo como espectador esta vez. Su mente estaba demasiado dividida como para mantener una conversación con alguien sin que lo notara, y lo que menos necesitaba era que le hicieran preguntas cuyas respuestas no tenía.

Cómo ¿Está todo bien con Hiro?, por ejemplo.

¿Estaba realmente todo bien con su hermano?

A simple vista, seguía siendo el mismo Hiro alegre, prepotente e infantil que siempre había conocido. Reía a carcajadas con tía Cass cuando creía que él no le veía, y más de una vez le había descubierto haciendo lo mismo con Baymax en el ático - ¿acaso había sido reemplazado por su propia invención?-, pero, en cuanto descubría que estaba cerca, una sombra de malestar se cernía sobre él, como si su sola presencia le arrancara todo el buen humor que había recolectado a lo largo del día. No sabía a que se debía, pero sospechaba que tenía mucho que ver con su reciente "resurrección", a ausencia de una mejor manera de llamar aquella extraña situación.

Pero ¿No se suponía que debía ser todo lo contrario? ¿No debería estar feliz, lleno de emoción y pegado al hermano que creyó nunca volvería a ver?

Suspiró, exhausto por siempre tener aquellos pensamientos en su cabeza. Quería descansar de toda esa incertidumbre, dejar de reflexionar cada palabra o acción que dijera o hiciera Hiro, dejar de ver al pobre Baymax como una amenaza a su puesto de hermano mayor, o dejar de dar vueltas a la conversación que habían tenido con tía Cass la noche anterior...

Aunque ahora mismo no pudiera dejar de repasarla una y otra vez en su cabeza...


Había bajado las escaleras en cuestión de unos escasos cinco segundos, todo un récord en comparación al minuto que le había robado hace una semana, para encontrarse a su tía frente a la tetera en la cocina, que estaba llena de un dulce y suave aroma a hierbas, proveniente del delicioso té que estuviera haciendo en ese instante.

-¿De qué es?- preguntó con naturalidad, mientras se acercaba hasta envolver la cintura de su tía en un firme abrazo y darle un beso a su mejilla. Sonrió al ver que había logrado sorprenderla, ya que sus ojos estaban ampliamente abiertos mientras la sonriente mujer le miraba y, aprovechando esa distracción, llevó una mano furtiva hasta las donas que descansaban junto a ella en una adorable charola que tenía toda la pinta de haber pertenecido a su abuela. Sonrió, tía Cass podía ser una mujer moderna a todas luces, pero había miles de pequeños detalles que realizaba día a día que dejaban ver claramente que conservaba y respetaba muchas tradiciones de la cultura nipona en su vida.

Una de ellas, al parecer, era la disciplina. La misma que ejerció al golpear su inocentemente ladrona mano con una veloz cachetada, aparentemente inofensiva, pero que le provocó el mismo escozor en la piel que si hubiera sido golpeado por un látigo. Inevitablemente, un agudo quejido, más exageración que nada, escapó de sus labios.

Cosas en contra de tener una tía de descendencia japonesa: su velocidad karateca a la hora de imponer respeto.

-Es té rojo. Y sólo yo puedo robar donas de mi café, ¿Entendido?

Tadashi rio ante la seriedad de la mujer, asintiendo.

-Sí, tía- está vez, y bajo la atenta mirada de Cass, tomó la charola y la posó sobre la mesa de la cocina, mientras ella colocaba la tetera y dos tacitas, a juego con la charola, encima de la mesa. El leve escozor que permanecía en su mano le recordó, junto a la ausencia de una tercera taza, que había dos personajes que brillaban por su ausencia una noche más.

Suspiró con molestia, mirando las tazas en las que Cass comenzaba a verter el humeante té con un aire de preocupación.

-¿Esta noche tampoco están?- preguntó, con voz baja, apagada, y una mal disimulada decepción.

La mujer alzó la mirada hacia él, y la confusión duró en sus ojos castaños dos segundos, antes de que notara a quienes se refería. Rápidamente, el mismo gesto de resignación que tenía todas las noches hizo presencia cuando vio las tazas, y suspiró de igual manera que su sobrino, preocupada.

-Dijo que tenía que reunirse con Wasabi para entregar un trabajo... ¿No dijeron nada en la tarde?

Negó con la cabeza, sencillamente nunca había oído nada de trabajos entre ellos, pero eso no quería decir que no existiera tal.

Con naturalidad, sacó su recientemente adquirido celular -el anterior era historia bajo su nuevo anfiteatro- y tecleó el número de su moreno amigo. Se llevó el celular al oído y dejó que sonara, bajo la atenta mirada de su tía. El timbre sonó unas cuantas veces, antes de que la voz de su Wasabi le hiciera saber que estaba hablando con el contestador.

Chasqueó la lengua, molesto, antes de alejar el aparato de su oído y marcar un segundo número.

No le sorprendió que el de Hiro no pitara ni una vez antes de mandarlo al contestador.

Hizo una mueca, antes de girarse con una sonrisita resignada a su tía, que estaba mirándolo fijamente desde su lugar en la mesa.

-Debe ser un trabajo interesante- soltó, tratando de sonar mínimamente optimista.

Cass le devolvió la sonrisa forzada, antes de encogerse de hombros.

-Ya ni siquiera lo intento, Tadashi- comentó, mientras tomaba un sorbo de su humeante taza de té. La bajó antes de volver a hablar-. Todas las veces es una excusa similar, un trabajo que surge de la nada, un proyecto para una feria. Baymax desaparece junto con él, pero nunca salen juntos por la puerta, y tampoco los veo cuando vuelven a entrar.

Tadashi frunció el ceño al ver la expresión de su tía. Podía tratar de fingir que no estaba preocupada, pero, para él, que siempre había sido su compañero a la hora de hablar y su confesor, era más que clara la incertidumbre de la mujer respecto al paradero de su hermano.

No había vuelto a hablar de las luchas de robot y, tal como conocía a Wasabi, estaba seguro que no era allí dónde se encontraban en ese momento. Claro, nada le aseguraba que estuviera con Wasabi justo ahora, pero cada vez que le preguntaba sobre las escapadas de su hermano, éste le aseguraba que había estado con él trabajando en un proyecto para Ingeniería o algo así, lo que le llevaba a suponer que, al menos en eso, Hiro no estaba mintiendo.

Pero, si no estaba en luchas de robots y, tal como Wasabi afirmaba, estaban juntos cada vez que desaparecía ¿Qué se supone que hacían la gran mayoría de los días de la semana? Porque él se estaba preparando para aquella misma clase de Ingeniería, y su profesor particular le había asegurado que la mayoría del semestre se hacían trabajos áulicos y sólo al final de éste empezaban los trabajos pesados y preparaciones para la feria en el segundo.

No descartaba la idea de que podían estar adelantando trabajo para ésta, pero, de ser así ¿Por qué actuaban tan extraños? ¿Por qué no le decían nada al resto durante los horarios de descanso? Y, lo más importante ¿Por qué siempre parecían tan nerviosos cuando preguntaba al respecto?

¿Estaba todo bien con su hermano?, ¿Y con su amigo?

-¿No te ha dicho Baymax nada?

Negó con la cabeza ante la pregunta de su tía. No tenían nada más que sus suposiciones para afirmar que Baymax estaba con Hiro cuando desaparecía, pero era más que suficiente para ambos.

Como el buen robot que Tadashi había creado, Baymax estaba programado para responder sólo con la verdad ante cualquier pregunta; pero sabía que algo Hiro había hecho sobre él para que no respondiera más que con respuestas vagas y poco creíbles sobre su paradero cada vez que su hermano desaparecía, y nunca admitía que había estado junto a él aquellas veces, sino que soltaba una respuesta con menos sentido que la anterior cada vez.

Tal vez era eso. Wasabi y Hiro estaban experimentando con Baymax cada vez que desaparecían, lo que explicaría su reticencia a contarle sobre sus trabajos porque, sí, aquello le molestaría mucho. Baymax había sido creado para salvar vidas, no para ocultar las tonterías que un niño y un adulto que hasta hace poco había considerado responsable pudieran hacer.

Cass tomó una dona de la fuente frente a él, y, recordando que estaba hambriento, se llevó también la taza de té rojo a los labios, notando que su temperatura había descendido lo suficiente como para poder beber de ella sin quemarse. Tomó también una dona, cubierta de chocolate. Le dio un mordisco, saboreando con una ligera sonrisa su gusto entre dulce y amargo, y el leve toque de dulce de leche que tenía dentro.

-Tía, esto está increíble- soltó, repentinamente de un humor menos oscuro, y la mujer le devolvió la sonrisa, con una manchita de chocolate en su comisura izquierda.

-Cambié de distribuidor el año pasado, éstas son mucho mejores, aunque un poco más costosas- se encogió de hombros mientras lo decía, indiferente-. Al café le está yendo bien.

Tadashi asintió, mientras daba otro mordisco a la dona. Habían hablado mucho últimamente del año que se perdió, y logró quedar casi al tanto de la mayoría de las cosas. Entendió lo de Krei, la situación de Callaghan y su hija, incluso le había puesto al tanto del plan que la policía había descubierto y le había hablado un poco de aquellos excéntricos héroes que Fred había mencionado. También habían hablado de los clientes del café, de sus vecinos, de sus amigos y, obviamente, de Hiro.

Pero de Hiro, claro, a ambos les faltaban varios detalles... lo que era un poco preocupante, considerando que era sólo un chico de quince años y que ellos eran los adultos responsables de él.

-Sabes, a veces me pregunto si fue buena idea haberle dejado entrar a esa Universidad.

El comentario de Cass, soltado de la nada y con aquel tono estrangulado, le dejó de piedra. No necesitó alzar la mirada, en cuanto la oyó ahogar un sollozo, para saber que estaba llorando, y reprimió el deseo de largarse de allí que siempre le embargaba cuando su tía lloraba.

Odiaba verla sufriendo, siempre con una pena encima, y aún más odiaba siempre ser su consuelo.

Por las noches, luego del accidente de sus padres y después de acostar a Hiro, ella lloraba sola en la sala de estar de su departamento, frente a la foto de sus padres, durante horas cuando creía que nadie la veía, y así fue por varias semanas. Lloró por ellos incluso más que él mismo, y a veces se sentía culpable cuando, pasadas las dos primeras semanas, venía de la escuela con una sonrisa de oreja a oreja después de un día jugando con sus amigos, sólo para descubrirla con sus mejillas, antaño rozagantes, manchadas con aquel camino de negro que dejaba el rímel corrido por las lágrimas.

Y un día sólo no pudo más, la sentó junto a él luego de que ambos acostaran a Hiro y le pidió que le soltara todo.

Estuvieron hasta las cinco de la madrugada llorando juntos, recordando a sus padres, hablando de cómo eran antes de que nacieran o cómo era su padre de niño. Cómo eran sus abuelos, o cómo habían crecido en la época cuando aquella ciudad aún se llamaba San Francisco.

De alguna forma, entre miles de anécdotas de su padre y su madre, logró transformar las lágrimas de Cass en carcajadas, y luego de aquella noche, en que ambos se quedaron dormidos sobre el sillón, ya no volvió a verla llorar dos noches seguidas.

Pero eso no quitaba el hecho de que no debiera consolarla cada año, durante los cumpleaños de sus padres, su aniversario, el aniversario de su muerte, e incluso también en las fechas que eran de sus abuelos.

Había algo roto dentro de su tía, algo que ella no le había contado y, en el fondo, no deseaba saber. Cargar con tantas tragedias en silencio no podía ser bueno para nadie, cierto, pero tampoco era una carga que él quisiera compartir, no aún.

Ahora mismo, sólo se alegraba de haber salido de la lista de personas por quien llorar de su tía.

Si por él fuera, ni siquiera estaría ya presente cada vez que Cass llora. De ser posible, estaría lejos de la ciudad cuando eso pasaba, por muy horrible que sonara. Y es que ya no podía soportar ver a su tía llorar de aquella manera. Tal vez uno tiene un número limitado de consuelos que dar en la vida y él estaba llegando al último demasiado pronto. Pero es que sentía que cada vez más le costaba darle palabras de ánimo a su tía, o sólo escucharla. Tal vez se estaba hartando un poco de ser el sobrino perfecto, en realidad.

-¿Por qué dices eso, tía?- le preguntó, con el tono más suave que pudo, mientras estiraba su mano sobre la mesa y tomaba una de las pequeñas de su tía, ignorando las manchas de chocolate de se posaron sobre su piel pálida cuando entraron en contacto.

Ella alzó la mirada hacia él al oír su voz, pareciendo sorprendida, como si no esperara que alguien le oyera. Y Tadashi comprendió que, en realidad, no lo esperaba; no esperaba ya que él volviera a consolarla -maldita ironía-, o que la escuchara, o que volvieran a tener aquellas charlas que estaban destinadas sólo a deshaogarla.

Comprendió, no sin algo de ofensa, que aún pensaba en él como si no estuviera allí.

-Y-Yo... no lo sé- jadeó, luego de un momento, antes de que las lágrimas comenzaran a correr por sus mejillas como manantiales oscuros, y el chico se retrotrajo de su infancia por un segundo, antes de que volviera a hablar-. Luego de que te fuiste, se dedica sólo a ella, todo el tiempo. Sólo sale con los chicos para hacer cosas de la Universidad, no habla de otra cosa más que de proyectos, y se la pasa todo el día con Fred o Wasabi. No debería ya, no sé ¿Tratar de salir con una chica? ¿Divertirse? Tal vez está tomando muchas responsabilidades para un niño de su edad, tal vez hubiera sido mejor que...

-¿Qué?- la interrumpió, aunque sabía que no iba a poder seguir, porque estaba tan perdida que no sabía qué quería decir-. Tía, tú mejor que nadie sabes que, de no haber enviado a Hiro a la Universidad, ahora mismo seguiría en las peleas de robot, desperdiciando su vida, si no es que muerto por haber molestado a personas como Yama- soltó, de forma un poco más brusca de lo que pretendía. Le molestaba que su tía tuviera aquel tipo de pensamientos, sobre todo después de lo mucho que le había costado lograr que Hiro aceptara por fin ingresar al ITSF-. Él está lleno de potencial, así que la Universidad no está haciendo más que dirigirlo en la dirección correcta.

Cass le miró, azorada, y se llevó la taza de té a los labios. No pudo ignorar la manera en que le temblaban las mano, la que sostenía la misma y la que reposaba entre las suyas.

-Pero, ¿Y si en realidad está haciendo todo esto por causa nuestra?, ¿Porque cree que es lo que queríamos de él? Tal vez quiere hacer otras cosas, llevar una vida normal como la nuestra.

Reprimió el deseo de poner los ojos en blanco ¿Ella realmente estaba hablando del mismo Hiro que ambos conocían?

-Tía, ¿Es que no lo ves? Querer pensar en Hiro de la misma manera en que se hace sobre un chico normal es una locura en sí misma, pero ¿Sacarle la robótica, alejarlo de los chicos, querer que salga con chicas? Por favor, no estamos hablando del mismo niño genio que acabó la preparatoria a los trece años ni creó el mayor invento de múltiples soluciones con los que, según lo que me has contando, se puede controlar el mundo con sólo pensarlo- al ver su mirada dudosa, supo que no estaba logrando convencerla del todo, así que, suspirando pesadamente, se decidió a soltarle lo que ya ambos sabían, aunque ninguno quisiera decirlo-. Tía, ambos sabemos que si Hiro prácticamente no ha pisado esta casa desde que comenzó la Universidad es pura y exclusivamente por causa mía ¿Sí?

Ante eso, Cass abrió los ojos de par en par, y se apresuró a abrir la boca para negarlo. Tadashi la cortó con un movimiento de la cabeza.

-Vamos, no me molesta ya. Sé que no estaba casi nunca aquí porque no quería llegar y ver que yo no lo estaba esperando como siempre luego de la Universidad- esbozó una sonrisa apesadumbrada al imaginar a Hiro solo en su habitación, esperando que entrara por la puerta, aunque sabía que no volvería a hacerlo-. También sabemos que la razón por la que no puede estar en el mismo lugar que yo más de un minuto, o no tolera hablarme, también tiene que ver con ello, aunque no lo entendamos- esta vez, esbozó una sonrisa más creíble, tranquilizadora, para la mujer, antes de volver a hablar-. Así que deja de mortificarte pensando que tomaste la decisión incorrecta para él, porque no lo hiciste, y nada de lo que pasó, ni Callaghan, ni yo, ni nada, tiene que ver contigo. No tenías forma de saberlo.

Ella tragó saliva, mirándolo con los ojos llorosos e inescrutables por unos segundos que se le hicieron eternos, antes de sonreír una vez más, una sonrisa algo afectada, pero que al menos le llegó un poco a la mirada.

-Gracias, Tadashi- susurró, descolocando por un segundo al muchacho, antes de envolver su mano en las suyas y alzarla hasta sus labios, donde dejó un cálido y maternal beso-. Pero tú tampoco te preocupes por esto, él volverá a ser el de antes tarde o temprano, así que no pienses mucho en ello, ¿Bien?

Esta vez fue su turno de verla con la sorpresa presente en sus facciones, antes de, con algo de cautela también, esbozar una sonrisita para ella.

-Bien, no lo haré.

Sin embargo, en el fondo, ambos sabían que mentía.


Simplemente, no sabía cómo pretendía tía Cass que no pensara en ello. ¡Era imposible! Todo aquello carecía de lógica para él. ¿Por qué Hiro actuaba así? ¿Qué es lo que hacía cuando desaparecía? Si no mentía sobre estar con los chicos, ¿Por qué no hablaban de lo que hacían, frente a todos, igual que siempre?

Ahogó un suspiro mientras se terminaba, con desgano, el sándwich que estaba comiendo. Miró la lonchera, donde al menos ocho sándwichs para cada uno lo esperaban, pero, aunque tan sabroso como cualquier receta que Cass creaba con sus manos, el apetito acababa de esfumarse de su ser como las bolas de carburo de tungsteno de Honey con un toque.

De la nada, una pequeña y nívea mano apareció de la nada en su campo visual para tomar uno de los aperitivos, llamando su atención, y la siguió con la mirada hasta que, inevitablemente, lo llevó hasta el rostro de su principal dolor de cabeza en los últimos, bueno, diez años.

Hiro tenía una expresión desganada igual que la que mantenía en la casa cuando hablaban con tía Cass sobre sus clases particulares y de los cambios que notaba en el Ito Ishioka, o cuando veían una película, separados sólo por Baymax, en el living de la casa. En resumen, tenía la misma cara desganada que ponía cada vez que estaba con él en algún momento del día.

Suspiró inaudiblemente mientras, sin tener permiso de su mente para ello, sus ojos se quedaban mirando al chico. Ciertamente, parecía sombrío, aburrido, pero más que nada, parecía molesto, enfurruñado, y no le estaba prestando atención a Honey, que le estaba llamando insistentemente por la respuesta a una pregunta que no alcanzó a escuchar.

De repente y con un fluido movimiento que le sacó un respingo silencioso, el muchacho se puso de pie, tomando al vuelo su mochila roja del suelo.

-Me olvidé de algo, lo siento- se excusó con rapidez, tenso, llamando la atención de todos en el circulo por el cambio.

Tadashi sintió un retortijón en el estómago cuando, por un efímero segundo del que sólo él fue consciente, creyó ver algo como odio y dolor entremezclados en la mirada que le lanzó su hermano, antes de alejarse por el verde césped del campus, rumbo al laboratorio.


El silencio de la habitación era total, sereno y reconfortante. La oscuridad era completa gracias a la persiana americana que los protegía de las luces de la ciudad y de su, al menos en su barrio, escaso barullo. El único sonido que rompía el silencio casi perfecto era el rítmico golpeteo del segundero de su viejo reloj de samurai y los leves suspiros y quejidos que soltaba su hermano en su cama, seguramente preso de algún sueño.

Sin embargo, luego de estar despierto hasta las cuatro de la mañana adelantando el último trabajo de Cálculo que le permitiría alcanzar el nivel de sus clases de robótica, estaba demasiado inmerso en el sopor del resto de la habitación como para notar algo más que la relajante pesadez de los músculos de su cuerpo, que habían recuperado buena parte de su volumen anterior gracias a las comidas de tía Cass y las jornadas de caminata que daba al rededor de la costa. Una vez cerró los ojos, suspirando sobre su almohada, de inmediato pudo sentir como aquel vórtice de calma le arrastraba codiciosa y placenteramente a la inconsciencia, a la calma oscuridad de la parte oculta de su subconsciente, y no tenía la más mínima intención de resistirse.

Al menos, así lo pensaba hasta que escuchó a Hiro llamarlo, devolviéndolo de su idílico mundo de silencio al menos por unos segundos.

No fue un llamado fuerte, ni tuvo gran presencia y, a pesar de que claramente le sintió susurrar su nombre con algo de congoja, no había nada en el minuto que pasó a la espera de una repetición que indicara que no lo había imaginado, pendiente del segundero para cerciorarse del paso del paso del tiempo. Y su mente estaba tan predispuesta a hacerle creer que se trataba de una simple imaginación de su ser necesitado de afecto fraterno, que no tardó en volver a caer en las redes de la semi inconsciencia.

-¡Tadashi!

Al menos, hasta que ese alarido le obligó a casi encaramarse al techo por el susto.

Abrió los ojos de par en par, con el corazón latiendo a mil por hora en su pecho y sintiendo todo el sopor y la flacidez de sus extremidades esfumarse en un segundo, mientras se ponía en pie a la velocidad de un bólido y corría de igual manera hasta la cama de su hermano, con la suerte de no haberse clavado una de sus herramientas en la planta de los pies.

-¿Hiro? ¡¿Qué sucede?!- exclamó, azorado por la leve carrera, o al menos eso creyó, ya que su voz se escuchó más pastosa y baja de lo que él mimo hubiera esperado.

Encendió la luz blanca para lectura que aún continuaba sobre la cabecera de la cama de Hiro y que, estaba seguro, escasamente utilizaba. Era tenue, lo que indicaba que el led estaba pronto a acabarse en algún momento y, por ello, no tuvo la potencia suficiente para despertar a su hermano con su resplandor.

Pero a él si que le hizo despertarse, como si le hubieran dado un golpe en la cabeza, o como si Baymax hubiera utilizado con él uno de sus desfibriladores a su máxima potencia. Y es que, aunque sabía que la expresión de Hiro iba a estar afectada por la pesadilla que hubiera causado que le llame con tanta congoja, a esas altas horas de la noche, lo que menos hubiera esperado era ver aquella cara fruncida en miedo, desesperación y un dolor tan atroz, que apenas pudo resistir el impulso de abrazarlo y demostrarle que él estaba allí para protegerlo.

Y es que la sorpresa al ver aquellos espesos senderos de humedad, brillando con aparente luz propia sobre la tez nívea por el susto de su hermano, le ganó a su instinto protector.

Hiro nunca lloraba en sueños, ni siquiera cuando tenía pesadillas. Hablaba, incluso a veces le despertaba con sus risas en medio de la nada -algo que a veces le resultaba perturbador-, pero nunca, bajo ningún nivel de horror onírico, había llorado, ni por sus padres.

Y el que él fuera responsable de que aquel fenómeno iniciara, por no saber tomar la decisión correcta -la que era obviamente quedarse a proteger a su hermano pequeño en lugar de ir tras su profesor loco-, no hacía más que aumentar la culpa que le corroía entero.

-No me dejes, hermano- solloza el chico, y Tadashi apenas puede evitar ahogar un grito de rabia en su garganta, aunque acaba escapando, transformado en un grave gruñido de frustración.

¿Por qué demonios tuvo que ir detrás de Callaghan? ¿Por qué lo dejó solo? ¿En que demonios estaba pensando?

Podían tacharlo de inteligente, de uno de los mejores y más amables alumnos del Instituto Tecnológico de San Fransokyo, pero la triste verdad es que no era más que un imbécil con complejo de héroe que siempre trató de proteger a todos, pero en el verdadero instante en que debió elegir, sólo cometió errores.

Oh, pero claro que no lo dejaría así, nada más lejano de la realidad.

Frunció el ceño, aguantando las lágrimas de dolor e ira mientras ahogaba un nuevo gruñido al morderse el labio inferior, mientras veía como su hermano seguía frunciendo el ceño con un marcado gesto de preocupación que nunca debería aparecer en el rostro de un chico de sólo quince años.

Suspiró cansino, poniéndose de rodillas junto a la cama del chico, mirándolo de la misma forma en que lo hacía junto a su cuna cuando nació. A sus ojos, aunque el cabello en su cabeza había pasado de ser una suave pelusilla negra, a una melena azabache indómita, seguía siendo exactamente el niño que él cuidaba cuando se despertaba llorando en medio de la noche de bebé y su madre estaba demasiado cansada luego de una tarde en la guardia.

Como en aquella época, colocó con delicadeza, cuidando de no despertarlo, su mano sobre la frente del chico, retirando su oscuro y enmarañado flequillo, suavemente, en un contacto tranquilizador que rara vez realizaba.

Sus ojos se abrieron de par en par por la sorpresa cuando, de repente, la mueca en el rostro del menor se relajó notablemente, y un casi inaudible suspiro escapó de sus labios rojizos. Aunque aún en shock, se le escapó una sonrisa ante la calma que inundó la habitación cuando la respiración de su hermano se volvió profunda, relajada, mientras sus sueños y pesadillas desaparecían de allí.

Sin poder reprimirse, y divertido al imaginarse la cara de pánico que pondría Hiro si estuviera despierto, se inclinó sobre el chico y depositó un suave beso en la piel desnuda de su frente. Apenas un roce que, de repente, le llenó de tal alegría, de tal calidez, que se sorprendió a sí mismo al sentir la humedad desbordar de sus ojos.

Se alejó secándose las lágrimas, sintiéndose como si en verdad aquellos once meses de los que todos hablaban hubieran pasado para él y no hubiera visto a su hermano en todo ese tiempo.

Estaba tan confundido, no sabía que tenía que hacer. ¿Cómo haría para que Hiro comprendiera que en realidad estaba allí? ¿Para que volviera a hablar con él como antes de la feria? ¿Cómo haría para que, si quiera, le hablara sobre las desapariciones misteriosas que tenía con Baymax y los chicos?

Vuelve a suspirar, cansado, harto, antes de girar con un destello de desesperación en la mirada hasta el chico, que descansaba tranquilamente a su lado, como si no poseyera recuerdo alguno de las pesadillas que lo asediaban hace sólo unos minutos.

-Ojalá fuera tan sencillo calmarte cuando estás despierto, cabeza de chorlito- susurró, burlón, con una pequeña sonrisa enternecida en su rostro. Peinó con la mirada las sábanas enredadas en las piernas del chico, encontrándose con una llave francesa que, recordaba, nunca se despegaba de él, ni siquiera mientras creaban los microbots.

Ante el recuerdo, un pensamiento afloró en su mente, tornando su expresión en una de completa concentración y asombro, cuando aquella idea le golpeó con la contundencia de una obviedad que se le llevaba escapando toda la semana.

¡Eso era! ¡Eso necesitaban!

Se abofeteó en su fuero interno ¿Cómo no se le había ocurrido antes?

En su empeño por no resultar invasivo o violento con su hermano, no había podido ver lo que Hiro realmente necesitaba de él, y para nada era lo que le había estado dando desde que volvieron a verse. Ellos nunca se habían ignorado de la forma en que lo hacían, y él para nada había dejado tanto espacio libre al chico, sino que era un hermano mayor más bien pesado, al nivel de seguirlo a los puntos de las batallas de robots cada vez que se olvidaba la página abierta en la computadora que le permitiera localizarlo, o tratar de descubrir lo que estaba construyendo cuando se negaba a decírselo.

Así que, en vista de que la forma pasiva de volver a la vida del chico no estaba dando resultados, tendría que recurrir a lo que siempre les había unido en los momentos de mayor enojo o tristeza.

Inventar juntos.


Tadashi de por sí era raro, por supuesto. El hecho de que le resultara un tanto más raro desde que había, casi correctamente hablando, vuelto de la muerte, era un simple agregado de la extrañeza misma de la situación. La molestia que sentía por ello, bueno, aún trataba de darle un nombre o motivo.

Pero raro, tan raro como se había estado comportando desde hace exactamente una semana; esa era una nueva forma de rareza. Una que hacía que tía Cass le preguntara las veinticuatro horas del día si no había hablado con él o si sabía del motivo por el cual el mayor de ambos hermanos se encerraba cada hora libre del día que tenía en la cochera, y, desde hace dos días, en su oficina en los laboratorios del Ito Ishioka.

Claramente, lo que Tadashi hiciera de su vida -se había propuesto- le daba exactamente lo mismo. Ah, pero el sonido de maquinas, taladros, y múltiples insultos que su hermano soltaba entre martillazos saliendo de ambos lugares, bueno, despertaba el interés de su parte científica.

Al comienzo, cuando desapareció dentro de la cochera el jueves de la semana pasada, no le prestó atención, aunque el sonido de las máquinas moviéndose le intrigara y la parte más territorial de su inventor interno gruñera en descontento al ver a otra persona en el santuario donde diseñaba mejoras en sus proyectos y en los trajes de sus amigos -estos últimos bajo una difícil contraseña en una de las computadoras-, aunque lo dejó ser, y que el no tener la presencia de su hermano a su alrededor le garantizaba un gran momento de calma, en especial cuando la alarma que, a falta de inspiración, había copiado a una mala serie de héroes en televisión sonaba en su bolsillo, señal de que algún problema estaba ocurriendo en la ciudad. Aún contra las quejas de Wasabi sobre la moralidad, hackear las radios de la policía era el mejor método que podrían haber usado, indiscutiblemente.

Para su buena o mala suerte, los horarios que tenían libres habían sido, al parecer, los elegidos por ladrones o cualquier tipo de desastre para entrar en acción, por lo que Tadashi estaba encerrado cada vez que debía marcharse y tía Cass estaba atendiendo en el café, aunque de igual manera era interrogado por ambos sobre su paradero a la hora de la cena.

Desde luego, seguía utilizando las excusas baratas de trabajos con los chicos o simples salidas. No estaba en sus planes hablarle a tía Cass, y mucho meno a Tadashi, sobre los Grandes Seis -el poco imaginativo nombre que los medios de la ciudad habían dado a su grupo-, o no al menos en un futuro cercano.

Entonces, entre un descarrilamiento de tren el jueves y el robo a un banco el viernes, poco le interesó lo que hiciera Tadashi encerrado en la cochera. Pero, aquel que diga que el crimen no descansa poco sabe del aburrimiento que le atacó aquel fin de semana, en que Cass se la pasaba limpiando la casa, Baymax recargaba en su habitación, Wasabi, Fred y las chicas estaban de viaje o con sus familias y en la tele no pasaba nada bueno para ver.

Cuando Cass le acercó un par de sándwichs para que comiera junto a Tadashi, estuvo a punto de debatirse entre la felicidad y el llanto, una por tener la posibilidad de escapar de aquel aburrimiento, la otra, porque la segunda opción poco tenía de interesante o atractiva, vista la situación en la que se hallaba con su hermano, o, mejor dicho, en la que él los había puesto.

No estaba exactamente ansioso mientras bajaba las viejas escaleras caoba que lo llevarían a la cochera convertida en laboratorio, pero, a medida que el sonido de las distintas herramientas llegaba a sus oídos, creando una burbujeante sinfonía para sus oídos, la curiosidad comenzaba a llenar su persona.

Forcejea un par de veces antes de aceptar que la puerta está trabada desde adentro, y tiene que golpear con fuerza varias veces antes de que Tadashi logre oírlo por encima de las maquinas. Trata de controlar las expresiones de su rostro cuando oye que saca el pestillo de la puerta, aunque no puede evitar la emoción que lo recorre cuando, al abrir Tadashi de par en par, puede ver el brazo eléctrico trabajar como loco en un rincón de la habitación, dejando caer algo sin forma aparente en un contenedor junto a él.

Hubiera querido ver qué era, pero la puerta se cerró hasta formar una rendija de repente, dejando únicamente visible del interior de la habitación el rostro y parte del cuerpo de su hermano.

Alzó la mirada hasta los ojos del mayor, a ocho centímetros de los suyos, sin poder evitar el brillo curioso en ellos.

-¿En qué trabajas?- preguntó, antes de poder refrenarse, y la emoción en los ojos de Tadashi le descolocó por un segundo, antes de caer en cuenta de lo que había hecho.

Había mostrado interés por él, maldición.

-Ya lo verás- se limitó a responder, antes de, con un sonrisa enigmática, arrebatarle un sándwich de los que llevaba en el plato y el refresco de naranja en su otra mano-. Gracias, cabeza de chorlito.

Y le cerró en la cara.

Hiro se quedó pasmado, completamente en blanco, mientras miraba a la puerta como si a esta, de repente, le acabara de salir una boca y se estuviera riendo de él.

¿Acaso Tadashi se había burlado de él? ¿Igual que lo hacía hace un año?

Se quedó mirando la puerta por un minuto entero, casi imaginándose la sonrisa de triunfo en el rostro de su hermano al otro lado de ella, burlándose de su perplejidad.

Entonces, de la nada y para su propia sorpresa, una sonrisa divertida, con cierto aire nostálgico, se escapó entre sus labios sin su permiso.

-Nerd- gruñó, negando con la cabeza, antes de encaminarse a la casa nuevamente, sin poder sacarse la sonrisa idiota de la cara.

Desde luego que había notado lo que le había pasado, no era idiota. Estaba comenzando a aceptar que Tadashi estaba allí de nuevo, y sólo él sabía lo peligroso y fuertemente doloroso que aquello podía ser para su persona.

Entre más convencido estuviera de que el mayor nunca había vuelto, entre menos éste alterara el día a día que se había impuesto, menos doloroso sería cuando volviera a sufrir su pérdida.

Porque podría haber estado llorando por volverlo a ver el día que lo encontró en la estructura de los microbots, pero de ninguna manera estaba dispuesto a sufrir otra vez como lo hizo cuando despertara, cuando todo aquel maravilloso sueño acabara y descubriera que solamente se había quedado dormido en el frío suelo de los laboratorios Krei y, como tantas veces, la realidad de que su hermano no era más que polvo ya le golpeara de nuevo.

Así que no, muchas gracias. El sueño había sido muy hermoso al comienzo, cuando todos se habían vuelto a encontrar en el hospital, cuando se habían abrazado, incluso el momento de silencio que los tres habían compartido en el auto se le hizo disfrutable, pero cuando la imagen de Tadashi en recuperación se hizo demasiado real en su casa, bañándose en su baño, comiendo en su mesa, descubrió que el sueño estaba siendo demasiado cruel, y que cuando despertara, lo buscaría por cada rincón de la casa, como otras veces, y se preguntaría llorando cuál de las dos era la verdadera realidad, la del Tadashi muerto, o la del que había sobrevivido de milagro. Entonces, volvería a encerrarse en su habitación, tratando de dormir la mayor parte del día, lejos de su tía y sus amigos, reemplazándolos por sueños en los que su hermano volvía a abrazarlo, le hablaba, y construía cosas en su cochera toda la semana.

Pero no, aquello ya había pasado, Tadashi ya no estaba con él, y no dejaría que este sueño, demasiado vívido y extenso, le destrozara cuando Baymax le despertara por estar a punto de sufrir una hipotermia en el suelo sucio de los laboratorios.

Decidido, cansado de estar deprimido, se dedicó a ignorar el resto de la semana al falso Tadashi, rehuyendo de su presencia en la Universidad, concentrándose en sus misiones como héroe y en los estudios. Aunque no tenía sentido, ¿No? Después de todo, nadie moriría si no actuaba como un héroe en un sueño, y tía Cass no sufriría un infarto si un día le decía que era miembro del grupo de jóvenes héroes que tanto admiraba, o, más importante, no le daría uno ni lo mataría si veía los resultados de sus exámenes al final del semestre, ¿Verdad?

Entonces, ¿Por qué se esforzaba tanto en la Universidad, o en ocultar su identidad, si nada tendría represalias? Tal vez porque en los sueños se debe seguir un rol, como el de correr de un monstruo, o avergonzarte por estar desnudo en medio de la clase.

O, tal vez, porque sabía perfectamente que aquello, por mucho que quisiera convencerse, no era un sueño, y por ello podía sentir la mano de su hermano sobre su muñeca, sosteniéndole con firmeza para que no escapara.

-¿Adónde vamos?- volvió a hacer la pregunta por enésima vez desde que, en plena hora de descanso, Tadashi prácticamente lo arrancó de su centro de amigos y le arrastró con él con un simple "Quiero que veas esto".

-Ya verás- volvió a responder el mayor, como todas las veces anteriores, mientras jalaba de él a través del desierto salón previo al suyo, sin dejar aquella sonrisa orgullosa de sí mismo ni un momento.

Hiro puso los ojos en blanco a la vez que bufaba audiblemente, como si con ello fuera a lograr que Tadashi abandonara aquella tonta actitud de niño que compra un juguete nuevo y se lo quiere mostrar a su mejor amigo.

Sin embargo, la parte científica, el chico curioso que era, no podía dejar de preguntarse si, por fin, su hermano le mostraría en lo que había estado trabajando toda aquella semana, fuera lo que fuera.

-Si sabes que te estás comportando como un nerd adicto, ¿No?- trató de pincharlo y, de inmediato, reconoció lo peligroso de dejar que una típica charla entre hermanos se instalara entre ambos de aquella forma, sobre todo si, de seguro, Baymax estaba a punto de despertarlo ya.

-Oh, ¿Así que por fin comienzas a comportarte como el niño molesto que conozco?- las palabras, envueltas en un tono acosador de parte del mayor, le hacen abrir los ojos de par en par, ya que sabe perfectamente a qué se refiere, pero la sonrisa de oreja a oreja no abandona el amable rostro de su hermano-. Bien, ya era hora. Comenzaba a cansarme de hablar con un niño robot, y mira que nunca imaginé que algo así pudiera pasarme.

Hiro traga saliva cuando atraviesan el umbral del que ahora es su laboratorio pero, también, había sido usurpado en los últimos dos días. La puerta de polímero se cierra a sus espaldas, y la luz ciega por un segundo a su persona.

Cuando se recupera, deja vagar su mirada por el lugar, a la espera de cualquier cambio en su sistema de ordenamiento que justificara la prohibición del otro inventor por siempre al piso. Sin embargo, el escaso orden que se había obligado a tener, un poco por el hecho de que solía trabajar con Wasabi, permanecía tal cual lo dejó, con las mesas predispuestas de la misma manera en que Tadashi las tenía, los planos en las paredes, las lámparas que se adherían a las mesas en sus lugares y la ventana perfectamente despejada a una visión del verde campus y sus cerezos, incluso la mano asistente de su hermano permanecía junto a su mesa de trabajo habitual. La única excepción era la ausencia de algunos papeles inútiles en el suelo, aunque eso no le molesta, la verdad es que es demasiado holgazán como para levantarlos siempre que termina de planear algo.

Entonces, el único cambio significativo se centraba en una mesa que, salvo por la gorra de su hermano sobre ella y su foto, siempre permanecía vacía e impecable. Ésta estaba cubierta de pequeñas volutas oscuras que, a simple vista y en la lejanía, bien podría confundir con aserrín o cualquier otra basura, pero eso perdió peso cuando sus ojos castaños recayeron en las herramientas y la lupa con luz propia que se adhería a la mesa.

Hubiera deseado ocultarlas apenas supo que el falso Tadashi volvería a la Universidad, pero es que nunca, en todo aquel loco sueño y luego de la distancia que habían logrado mantener todo ese tiempo, él se atrevería a entrar a su santuario personal y trabajar, como si nada, en el rincón del mundo físico que le dedicó a su hermano. ¿Qué habrá pensado cuando los vio?

-Ven aquí- le llamó, con una amable sonrisa, y fue consciente de que se había quedado pasmado en su sitio, con los ojos como platos sobre en la mesa llena de aquel extraño polvo. Su mirada se clavó en la expresión amigable y tan familiar del otro muchacho, abrumado por lo reales que se veían los ojos castaños, casi avellana con la luz correcta, de su hermano, o de que en sus sueños y después de tanto tiempo, pudiera recordar perfectamente la forma en que sus cejas se arqueaban cuando estaba pensando profundamente mientras hablaba, o el hoyuelo en su mejilla derecha cuando sonreía de lado. Cuando sus reflexiones se extendieron demasiado, la expresión del otro cambió, tornándose dudosa y, maldita sea, preocupada-. ¿Hiro? Vamos, no me dejes congelado.

Le llamó la atención recordar esa frase, la favorita de su hermano.

Tragó saliva imperceptiblemente, antes de dar el primer paso y acercarse a la mesa del mayor. Miro de hito en hito aquel polvo extraño y la expresión ansiosa de su hermano, curioso, hasta que, a unos pocos pasos de la mesa, las virutas comenzaron a tomar una forma más concisa y geométrica, y ya no pudo alejar la mirada de aquellas perfectas esferas negras. Tres de ellas eran más pequeñas que un grano de arroz, y había miles, millones, que cubrían toda la extensión de la mesa blanca.

Su forma, su cantidad, le dio mala espina y, cuando reconoció a qué le recordaban, alzó la mirada al otro, entre asombrado y ofendido.

No es cierto.

Él le dedicó una sonrisa más amplia, antes de llevar su mano hasta la lupa y colocarla justo debajo del rostro del menor, cambiando el ángulo de la luz en toda la mesa, ya que tenía incorporado todo un anillo de pequeños focos alrededor del lente. Algo reticente, Hiro se le quedó mirando en silencio, sin atreverse a pensar siquiera en lo que Tadashi estaba a punto de mostrarle.

No necesitó hacerlo, no cuando el otro sacó el mismo neurotransmisor que le había salvado la vida del bolsillo de su sudadera, y la certeza le golpeó con más fuerza que la realidad.

No puedes hacerlo.

-Sólo mira- le susurró el otro, mientras se ponía la banda blanca alrededor de la cabeza, con la naturalidad de quien lleva, al menos, una semana realizando la acción. Hiro le miró con los ojos abiertos de par en par, antes de que un movimiento llamara la atención sobre la mesa.

Si era posible, sus ojos se abrieron aún más, y prácticamente se lanzó sobre la lupa cuando las esferas comenzaron a girar sobre la impoluta superficie, en distintas direcciones, descoordinadas, al igual que los impulsos neuronales que las manejaban. Era de esperarse, era el transmisor más sensible, lo mismo había pasado con los microbots. Estuvo tentado a sonreír de manera burlona, o lo estaría de no estar horrorizado en ese momento.

Al menos, hasta que todas las diminutas máquinas se paralizaron de repente y, separadas del resto, unas muchas de ellas rodaron hasta la esquina superior izquierda, donde descansaba la gorra de Tadashi y, sacando lo que parecían ser microscópicas pinzas, la alzaban como cientos de hormigas y la llevaban hasta la mano que las esperaba a su lado.

Tadashi tomó la gorra que le ofrecían con una sonrisa orgullosa en su rostro, mientras no apartaba la mirada del rostro sorprendido de su hermano, que miraba las esferas con los ojos desorbitados y los labios ligeramente separados. La curiosidad por saber qué es lo que piensa lo está matando, pero se obliga a disimular mientras se calza con naturalidad la vieja gorra de la Universidad en la cabeza.

Hiro parpadea un par de veces mientras, de la nada, todas las esferas vuelven a guardar sus pinzas y quedan sobre la superficie de la mesa, inertes como al comienzo.

Extrañado, se gira al mayor, viendo como éste sostiene el neurotransmisor en su mano, ofreciéndoselo.

-¿Quieres probar?- pregunta, sonriente, mientras acerca un banco con la pierna para sentarse sobre él, paciente. Hiro se lo queda mirando un segundo, sorprendido de que le diera la oportunidad de participar, antes de tomarlo entre sus manos, sintiendo la familiar textura.

Tan familiar, como el que Tadashi y él hicieran algo juntos.

Estruja la banda entre sus manos, mirando las pequeñas máquinas frente a él, burlonas, como los pequeños vestigios de un recuerdo horrible, de un invento que no debió haber sido.

-¿Para qué lo hiciste?- murmura. Con los ojos ocultos detrás de su flequillo, y Tadashi tiene que ser un gran esfuerzo para entenderlo.

Parpadea, sonriente, al ver el tímido interés del chico.

-Bueno, llevo buen rato sin inventar nada, así que me dije, por qué no empezar por alguna cosa en la que tenga experiencia, algo pequeño- rio, y Hiro se mordió el labio para no voltear a verlo. Necesitaba que Baymax apareciera ya, que lo sacara de allí, antes de que no pudiera controlarlo-. Entonces, recordé los microbots, y los millones de usos alternativos que habíamos hablado en la cochera, y recordé a Baymax y una interrogante que no pude responderme mientras lo construía- se giró hacía él con una sonrisa de oreja a oreja en los labios, claramente emocionado de hablar de esto con alguien-. Piensa esto. Hay un accidente en algún lugar inhóspito, desolado; una persona está teniendo una hemorragia, en una artería como, no sé, la carótida. La hemorragia es masiva, y no hay herramientas para refrenarla, entonces, aunque la persona que está ayudando sea el mejor doctor del mundo, ni él podría salvar a la persona que se está desangrando frente a él ¿No? Nada, ni siquiera Bay, la puede salvar.

Para su profundo horror, la idea le atrae. Le encanta imaginarse la escena, las implicaciones, la dificultad a la que el doctor se enfrenta, la posibilidad de salvar una vida.

Cierra los ojos.

Ya, Bay, es hora. Le llama, pero nada. Tadashi continua, cada vez más emocionado.

-Entonces, agreguemos algo, dos simples cosas que se pueden llevar en cualquier parte del cuerpo- señala con una sonrisa el neurotransmisor y las esferas-. De hecho, ni siquiera es necesario llevar las esferas con uno, ya que, al igual que los microbots, acudirán con el llamado del neurotransmisor- explica, mientras toma un montón de los robots en sus manos y los mira como si, está seguro, se tratara de millones de bebés-. Entonces, el médico sólo necesita sacarlas del compartimiento donde las tenga, o llamarlas de tener la posibilidad de esterilizarlas una vez en el lugar, e ingresarlas por alguna pequeña incisión que ellas mismas crearían con una orden...

Hiro apreció, asombrado, las múltiples utilidades que aquellas esferas podrían adquirir en el mundo de la medicina con los retoques adecuados y un buen neurotransmisor.

Tan asombrosas... Tadashi es un genio.

-Y, una vez dentro, con un médico lo suficientemente entrenado para su uso, un neurotransmisor correcto, y las herramientas adecuadas integradas, empezando por estas pinzas, la arteria podría ser recompuesta en cuestión de minutos, al igual que drenar la sangre sobrante a la vez, por la misma herida por la que las esferas ingresaron- Tadashi se giró hacia él, orgulloso de su idea, sin detenerse a notar el aura sombría que cubría al chico-. ¿Hemorragia mortal? Pan comido.

Hiro estuvo tentado a sonreír, sólo para recordar, un segundo después de recrear la idea que le presentaba Tadashi, que nunca nada era tan fácil.

-Claro, pan comido, hasta que el médico se pone nervioso y una esfera le atraviesa los pulmones al paciente, o mejor, se vuelven minitrituradoras por cada órgano que pasan ¿No?

Tadashi abrió los ojos de par en par ante aquella opción y el tono molesto del chico. Frunció el ceño y realizó un puchero, algo frustrado porque el chico le bajara de la magnificencia de su invento tan rápido.

-Claro, es una posibilidad, y aún es un prototipo, pero creo que, al menos en un caso como el que planteo, el intento es mejor a nada, ¿No?

Hiro gruñó por lo bajo, antes de tomar una de aquellas miniesferas y acercarla al lente de la lupa, viendo cada pequeña aleación, cada diminuto engranaje, y preguntándose cuanto tiempo y dolores de cabeza le habrá provocado a su hermano crear la primera de ellas, antes de poder darle las instrucciones correctas a las máquinas de la cochera. Ni hablar de las modificaciones que habrá tenido que realizar al temido primer neurotransmisor para que hasta lograra inmovilizar a las demás mientras sólo actuaban unas pocas esferas.

Ay no, estaba apreciando el trabajo de su hermano. Estaba sintiendo real cada esfuerzo del muchacho y deseando felicitarlo por sus logros.

Por Dios, quería hacerlo. Con toda su alma, con completa sinceridad. Quería agradecerle por siempre estar tratando de salvar a los demás, por ayudar, por crear todas esas cosas que harían que millones de niños en el mundo no perdieran a un padre, como les pasó a ellos.

Quería, pero no debía. Si lo hacía, habría pasado por completo la línea de lo emocional con el Tadashi de sus sueños, reconocería su trabajo, su ingenio, reconocería que tiene un tiempo que perder, cuando, en la realidad, el tiempo ya nada podía hacer sobre su hermano.

Y no debía. No si quería sobrevivir cuando Bay lo despertara.

Pero, visto que estaba tomándose su tiempo, optó por volver a tomar la postura que había llevado todo aquel tiempo.

La indiferencia, la molestia.

Dejó caer la esfera sobre la mesa nuevamente, aparentando desinterés, mientras se encogía de hombros, como si no le importara si destrozaba aquella obra de arte de la micro, no, nanoingeniería.

-Bueno, es un buen primer intento, al menos hasta que algún desquiciado de turno tome aquello en lo que te esforzaste para dañar a todos los que conoces- comentó, como si el ejemplo no fuera la mitad de horrible de lo que es, antes de alejarse de la mesa con calma, sin siquiera voltear a ver al chico a sus espaldas. Se siente terriblemente culpable, lo que sólo le reafirma que está haciendo lo correcto.

Tadashi está a poco de dejar caer su mentón al suelo ante la repentina reacción del muchacho con su invento y, por un segundo, al ver como se acercaba a la puerta con paso desinteresado, está a punto de aceptar su fracaso nuevamente.

Al menos, hasta que recuerda cuan harto está de aquella actitud cambiante de parte de su hermano, de su indiferencia y de que, al parecer, nada pudiera hacer entrar en esa gigantesca y brillante cabeza, que ya no puede seguir haciendo de cuenta que está muerto porque él, como que el Sol es el centro de su sistema solar y la gravedad es lo que los une a la Tierra, está bien vivo.

-Y te vas a enterar, niño- gruñó frustrado, antes de, en tres zancadas, alcanzar a su hermano en el umbral de la puerta.

Hiro jadea cuando el mayor le atrapa por el cuello de la camiseta roja y, de un rudo jalón, le vuelve a introducir en el interior de la habitación, antes de cerrar la puerta con más fuerza de la necesaria en sus narices.

-Muy bien, Hiro, esto es intolerable- gruñó, molesto, mientras volteaba al chico y lo tomaba firmemente de ambos pequeños hombros.

El joven siente como el pánico amenaza con hacerle estremecer o dar alguna respuesta contundente al enojo del mayor, pero se reprime a tiempo de hacer algo como, no sé, llorar frente a él.

Porque lo extraña, demasiado, y esa presión sobre sus hombros se le hace cruelmente real.

-¿De qué hablas?

Porque hacerse el tonto se le hace cada vez más difícil cuando más lo ve a los ojos todos los días.

-¿De qué hablo?- repite el mayor, en un tono de desesperación tal que queda muy claro que está a nada de cruzar un límite seguro con su paciencia- ¡Pues de toda esta mierda! ¡¿Qué rayos te pasa, Hiro?! ¿Por qué no puedes actuar como todos los demás conmigo? ¿Por qué no me hablas? ¿Por qué no me dices adónde te vas con Baymax, Wasabi y los demás cuando desapareces? ¿Qué es lo que te asusta?- la voz del mayor se quiebra por un momento al final de la frase, y Hiro tiene que bajar la mirada cuando todas esas preguntas que no quería responder le asaltan. Tiembla, horrorizado, cuando nota que su vista del piso está nublada y la primera lágrima deja un sendero gélido por su mejilla- ¿Por qué... por qué no puedes aceptar que estoy aquí, contigo?

Cierra los ojos con fuerza, como si ese simple gesto bastara para bloquear cualquier estímulo del exterior, cualquier palabra del chico frente a él, o los recuerdos de los últimos once meses, el conocimiento de la muerte de su hermano y de lo que le esperaba cuando Baymax le llamara en unos momentos.

Pero, ¿Por qué mierda no llamaba?

-¿Por qué lo haces?- jadea el menor, llevando sus manos hasta las que presionaban sus hombros, como si con eso pudiera desvanecerlas y todo volvería a la normalidad.

Sin embargo, las muñecas que envuelven sus temblorosos dedos tienen el pulso desatado y se sienten tan reales como el sollozo que se escapó de sus labios.

Tadashi tardó un segundo en responder, claramente malinterpretando de nuevo sus palabras.

-Ya te lo dije, yo quiero salvar...

-¡No me refiero a eso!- vocifera, alzando la mirada al mayor, con el rostro bañado en lágrimas, las mejillas rojas como dos manzanas y los ojos atravesados en una expresión tan llena de terror y dolor, que a Tadashi el corazón se le salta un latido y se estruja dentro de su pecho-. ¿Por qué haces todo esto?, ¿Por qué me involucras en tus proyectos?, ¿Por qué insistes en que acepte que estás aquí?, ¿Por qué quieres que sufra como un condenado otra vez cuando despierte y vea que estás muerto?, ¡¿Por qué, Tadashi?!

El aludido no puede soportar el dolor en los ojos de su hermanito, en su voz, en la forma en que trata de empujarlo, como si su simple contacto le doliera, como si él entero le doliera.

Y si le dolía la mitad de lo que a él le dolieron sus palabras, entonces no sabía como había hecho su hermano para tolerarlo en la casa por esas tres semanas.

Sin poder soportarlo más, ignorando por completo la forma en que Hiro parecía incluso dispuesto a patearlo con tal de alejarse de él, Tadashi lo envolvió con ambos brazos, con fuerza, y lo aplastó contra su pecho, aún ante los vanos forcejeos con los que trataba de apartarlo.

Tadashi suspiró pesadamente contra su sien, y el chico tembló de pies a cabeza cuando la calidez de su aliento acarició suavemente su cuello, tan real, tan física, como los brazos como bigas que le envolvían con fuerza.

¿Por qué Baymax no lo sacaba de allí?, ¿Por qué no se despertaba antes de que fuera tarde?

-¿Por qué?- sollozó en voz alta, ya sin lugares secretos de donde sacar fuerzas para hacerse el indiferente, el duro, ante la tibieza, la ternura y el consuelo que representaba el pecho y los brazos de Tadashi al rodearlo con dulce firmeza.

Aunque la pregunta no era para él, supo responderla sin ninguna duda.

-Porque estoy vivo, estoy aquí, y ya es hora de que lo veas.

Tal vez, porque en realidad no había ningún sueño del que despertarse.

Esa certeza, repentina, cayendo sobre él con el peso de todos esos días acumulados, le dio de lleno, con demasiada fuerza para un niño como el que era en ese instante. Porque significaba que había tenido la posibilidad de revivir todo aquello que había deseado desde el primer día que abrió los ojos y debió enfrentarse a la ropa negra del funeral de su hermano, y no había sabido aprovecharlo. Porque significaba que le había ignorado durante la semana de recuperación como un vil bastardo y que, en lugar de estar con él cada vez que lo necesitó, estaba afuera, con Baymax, como si no tuviera un hermano sufriendo en el piso de arriba por el poderoso dolor en sus músculos y huesos sólo por el hecho de tratar de caminar. Y porque, sobre todo, significaba que aquello, Tadashi abrazándolo, el infinito cariño con el que acunaba su nuca con su mano a pesar de haberse comportado como un idiota todo aquel tiempo, era real.

-Estoy aquí, Hiro- repitió, como si estuviera oyendo sus pensamientos.

El chico cerró los ojos con fuerza, sintiendo como las lágrimas volvían a desbordarse por sus ojos, y la escasa fachada que había logrado mantener se destroza sobre el suelo de blancos e impolutos azulejos de su laboratorio.

-S-Sé que lo estás- acepta al fin, y un peso que ni siquiera sabía que estaba aguantando se desliza de sus hombros de repente, a la vez que ya no se reprime de comenzar a llorar sobre su hombro, aliviado, dolido, asustado-. Es sólo que a-aún temo despertar una mañana, mañana o pasado, ver que todo a sido un magnífico sueño, y que el dolor vuelva a atravesarme como la primera vez- jadea, con la voz rota, mientras niega repetidas veces contra la camiseta de su hermano, con un nudo en la garganta, desesperado ante la simple idea-. No podría soportarlo de nuevo, me mataría.

Siente los brazos del mayor aferrarse aún más a él, tal vez con más fuerza de la que le resultaría cómoda, aunque en ese momento no lo cambiaría por nada. No quería hacer otra cosa que sentir la respiración de su hermano sobre su oído, o el calor y la firmeza de su cuerpo contra el suyo. Sus brazos amenazaban con partirlo en dos, pero no se movería de su lado ni aunque eso pasara.

Cuando sintió las primeras lágrimas ajenas mojar su camiseta estuvo tentado a voltear para asegurarse de que no estaba alucinando. Pero sólo necesitó oír el primer sollozo para saber que aquello que, creyó, jamás pasaría, estaba pasando.

Tadashi estaba llorando.

No lo había visto llorar desde el funeral de sus padres, y ni siquiera en esa época su personalidad, siempre cálida y optimista, había mermado por más de dos días.

Tadashi era lo más parecido a un sol que hubiera conocido luego de Honey y Fred. Siempre amable, cariñoso, sonriente y con aquel acento tan curioso en aquella ciudad. Si él llegaba a un lugar, todo parecía ser armonía y calma, al menos para él.

Por ello, el llanto de su hermano en ese momento le dejaba ver el profundo alivio que sentía, y le llenaba de culpabilidad por haber sido un maldito bastardo indiferente con él todo ese tiempo.

No estuvieron seguros de cuanto tiempo permanecieron allí, de cuantas clases se perdieron antes de que el alma de ambos se purgara casi por completo de dolores y lágrimas, antes de que los músculos agarrotados les obligaran a cambiar de posturas varias veces, sin lograr separarlos, porque eso era algo simplemente imposible en ese momento. Lo único que sabían, era que ambos estaban allí, juntos por fin, en carne y hueso y como dos almas desnudas a la vez.

Cuando por fin se separaron, descubrieron que el cielo al otro lado del cristal de la ventana era tan negro como aquella brillante ciudad lo permitía, que ambos tenían los ojos rojos e hinchados al igual que sus labios. Que sus voces sonaban raras y gangosas de tanto llorar y que sus ropas estaban hechas un asco. Que ya deberían estar hace dos horas en casa y que había al menos veinte preocupantes llamadas en sus celulares de tía Cass.

Antes de que Hiro se atreviera a reproducir tan sólo una de las terroríficas llamadas en su buzón de voz, Tadashi tomó sus hombros nuevamente entre sus manos, obligándole a mirar esos ojos tan hinchados y tan parecidos a los suyos.

La sonrisa amable en su rostro estuvo a punto de volver a convertirlo en un mar de lágrimas.

-No me iré ¿Entendido?- aseguró, con la mirada fija en la suya, y con tal convicción en su voz, que Hiro juró que aquello era una certeza tan grande como que el Sol nunca se alzaría en la noche-, no otra vez.

Hiro sonríe de oreja a oreja, una sonrisa de verdad en mucho tiempo, tanto, que está seguro de que se le partió el labio en varias partes, antes de saltar a abrazar a su hermano como si no hubiera mañana. Como si alguna vez lo hubiera abandonado.

Tadashi ríe, antes de alejarse un paso y hacer lo que ha querido hacer, imperiosamente, desde hace tres semanas.

Hacen el puño.


No sé ustedes, pero el acento de la voz de Tadashi en el doblaje latino me recuerda mucho a cuando hacen la representación de los hombres tejanos o al menos campesinos, en especial en la escena de cuando esta esperando a Hiro frente a laboratorio Ito Ishioka.

Dios, su carita de suficiencia en ese momento me daba ganas de... Eh, bueno...

Balalalalah~