Es curioso. En mi último capítulo un muy agradable y dulce lector comentó, al pasar, que mis capítulos eran extensos y haciendo una revisión noté que todos los capítulos hasta el momento llevaban nueve mil palabras como máximo.

¿Qué pensaran cuando vean que hay capítulos de treinta mil y tantas palabras asomándose en el horizonte?


Los Grandes Seis

-Creo que estará bien así, señora- comentó, retirándose el sudor de la frente con el dorso de su muñeca, antes de tomar sus herramientas y guardarlas en el bolso nuevamente, en el bolsillo interno junto a sus libros de texto.

Se puso de pie al mismo tiempo que la anciana mujer llegaba junto a él, viendo el estante de la tienda nuevamente firme y derecho, como si nunca un niño salvaje se hubiera colgado de él en busca de unas galletas y éste hubiera colapsado por su peso.

Sonrió. Aunque se hubiera llevado un gran susto, al igual que todos los que vieron la mercadería caer sobre el pequeño, fue muy gracioso ver al infante, de rasgos tan asiáticos como él mismo, emerger de la marea de galletas con el producto que quería en la mano y una sonrisa en el rostro.

Sólo por la gracia que le causó la escena, la pena que sintió al ver la mirada que la madre le daba al muchacho, y porque Tadashi era Tadashi, se ofreció a arreglar la estantería a cambio de nada. Nunca vio a dos mujeres tan aliviadas en toda su vida.

La mujer se aproximó al estante afectado, tocándolo con algo de brusquedad para comprobar su firmeza. Al final del breve escrutinio, se alejó con una sonrisa satisfecha.

-Está mucho mejor que cuando llegó aquí- halagó la mujer, y Tadashi se convenció de que exageraba por causa de la gratitud, pero cierto era que ese estante no se movería en mucho tiempo-. Muchas gracias, jovencito.

-No fue nada- le restó importancia con una sonrisa, mientras se calzaba su gorra y se colgaba el morral al hombro-, ahora, ¿Podría cobrarme? Se me está haciendo un poco tarde para volver a casa.

La mujer, que iba junto a él, se giró a mirarlo con una expresión que reflejaba extrañeza en el rostro.

-¿Cobrarte?- repitió, antes de soltar una pequeña risa que obligó al joven a alzar una ceja, curioso-. Hijo, ¿Después de arreglar ese desastre? No pienso cobrarte nada- comentó, señalando el estante arreglado y la mercadería que, tan amablemente, Tadashi había recogido del suelo y colocado prolijamente en otra estantería.

El chico abrió los ojos de par en par, sorprendido, y trató de hacer cambiar de opinión a la mujer.

-¿Qué? Oh, no, señora, lo hice sólo por ayudar. No quiero llevarme todo esto gratis- explicó, ruborizado ante algunas de las miradas que estaba recibiendo de otros compradores. Vaya situación.

Sus mejillas aumentaron al menos tres tonos más de rojo cuando la ancianita atrapó una de sus mejillas en sus dedos y la presionó como si fuera su nieto.

-Querido, si los chicos hubieran sido como tú en mi época- rio un poco, coqueta, antes de darle la espalda y dirigirse a la caja, donde una pequeña fila empezaba a formarse-. No te preocupes, con lo aprovechadas que son las personas que pueden arreglar una de esas, me cuesta mucho menos el que te lleves eso como pago a contratar a alguien- le hizo un gesto con la mano para restarle importancia, sin volver a mirarlo-. Sólo llévatelo, y muchas gracias.

Tadashi bajó la mirada a su bolsa. Las cebollas moradas, las zanahorias, el brócoli, los pimientos y todos los ingredientes que su tía le había pedido para la cena estaban ya, y no parecían ser una gran pérdida para la dependienta de la tienda, aunque fueran una exquisita cena para Cass y ellos, pero no podía evitar sentirse culpable al aprovecharse de la buena voluntad de la viejita.

Sin embargo, tampoco quería parecer descortés al despreciar su gesto de gratitud.

Suspiró pesadamente, antes de dirigirse hacía la puerta, ignorante de las miraditas encantadas que algunas chicas presentes durante todo el rato le dirigían a tan caballeroso chico. Se despidió de la mujer con un gesto y una sonrisa, antes de salir por la puerta de estilo oriental del local.

La tarde era fresca, anticipando las últimas semanas de otoño, pero nada que ameritara mucho más que sus típicas chaquetas para protegerse del frío. El cielo comenzaba a teñirse de los tonos naranjas del atardecer y los edificios, como gigantes imponentes en la región céntrica, brillaban lentamente con miles de luces de los millones de anuncios que colgaban de ellos, lo que le recordaba que ya debería estar en casa, donde Cass y Hiro lo estarían esperando junto a los ingredientes para el udon que llevaban pidiéndole a su tía todo el día.

Frunció el ceño cuando la mención de su hermano le recordó la extraña situación que vivió momentos antes de salir de la Universidad.


Hiro estaba tranquilamente sentado junto a él, viendo con cierta cautela los detalles que ajustaba a los nanobots. El chico no tenía la más mínima intención de ayudarle con los robots, todavía los consideraba demasiado peligrosos para distribuirlos o darles mucho futuro, pero al menos no se oponía a que jugueteara con ellos todo lo que quisiera, y él no pensaba quejarse, no cuando llevaba ya toda una semana sin que su hermano se opusiera a estar junto a él e, incluso, le permitiera bromear con él.

-Pásame la llave- le dijo el chico, y Tadashi pudo ver de reojo como comenzaba a trabajar en algo que, si no se equivocaba, era posiblemente uno de los actuadores de Baymax... ¿Para qué querría el robot uno de repuesto o uno nuevo?-. Tadashi.

El aludido sonrió ladino, sin dejar su duda de lado, mientras tomaba la herramienta y se la tendía.

Sin embargo, la retiró de su alcance cuando el chico estuvo a punto de tomarla, dejándolo con una mano levantada y una expresión confusa en ese rostro aniñado.

-¿Nada que agregar a esa frase?- preguntó, divertido, mientras alejaba más aún la llave y una sonrisita prepotente se instalaba en su rostro al ver al chico cavilar por unos segundos en sus pensamientos, antes de poner los ojos en blanco y hacer un puchero.

-Vamos, Tadashi, no seas infantil- gruñó, y él sólo se limitó a reír unos segundos, encantado de poder tener esas jugarretas gracias al orgullo inconmensurable de su hermanito.

-No es infantil querer recordar modales a mi hermano.

Hiro suspiró pesadamente, antes de poner los ojos en blanco de nueva cuenta, rindiéndose.

-¿Me das la llave, por favor?- pidió esta vez, con una voz sardónicamente cordial, antes de agregar en voz casi inaudible-, tarado.

Tadashi rio a pesar del insulto, antes de tendérsela de una vez. El menor prácticamente se la arrancó de la mano.

-Por supuesto, cabeza de chorlito- respondió para, acto seguido, despeinar su indomable cabellera en un gesto fraternal de lo más natural para ambos.

El chico lo apartó de un manotazo, pero no pudo evitar, aunque inclinara su rostro hacia la mesa mientras comenzaba a aflojar una tuerca como si se le fuera la vida en ello, la sonrisita afectada en su rostro y el rubor que cubría sus mejillas.

Lo miró con cierto dejo de culpabilidad, enternecido. Si a él, para quien sólo habían pasado unas semanas lejos del contacto de Hiro, aquel gesto le despertaba la nostalgia suficiente para acongojarlo, no quería saber lo que estaría causando en Hiro.

Sin embargo, no veía la necesidad de deprimir al chico con pensamientos que ambos deberían tratar de dejar de lado, así que pensó en alguna charla en terrenos más seguros.

Por suerte, la visión del actuador desmembrado en sus manos le trajo a colación una muy buena manera de distenderse.

-¿Por qué estás desarmando los repuestos de Bay?- preguntó, curioso, aunque sin despegar su mirada del nanobot que estaba maquinando y la lupa que le facilitaba verlo. Desde esa posición, y sin levantar sospechas, pudo observar por su visión periférica como el chico de repente cuadraba los hombros y mutaba su expresión compungida en una de sorpresa, sus auriculares, que generalmente permanecían en sus oídos durante las horas de clase incluso, pendían de cada lado de su cuello, balanceándose como si estuvieran en medio de una ventisca, a medida que el pecho de su hermano se movía a mayor velocidad... ¿Acaso estaba agitado?

-¿L-Los repuestos de Bay?- repitió, y le recordó mucho a todas aquellas veces que fingía demencia cuando le hablaba de las peleas de robots-... ¡Oh!... Bueno... estoy pensando en reformar los actuadores para que sus movimientos sean más rápidos.

El chico estaba sin duda nervioso, pero había acabado por decirle la verdad. Hiro no sabía mentir, y mucho menos a él.

Era por ello que aún no lograba sacarse de la cabeza la eterna pregunta de qué era lo que hacía su hermano con los chicos fuera de la universidad.

El secretismo inicial entre Wasabi y Hiro se había ido expandiendo hacia todas las partes del grupo salvo por él. Lentamente, también eran Gogo, Fred e incluso la siempre dispuesta a cotillear Honey, quienes desaparecían de la nada del campus. No respondían sus llamadas, las únicas respuestas que recibía por mensajes eran cortantes y esquivas, y las charlas en las que se atrevía a preguntar al respecto de las ausencias de sus amigos, la tensión se percibía tan física como el pasto verde sobre el que se sentaban, hasta que alguno de los cinco escupía una excusa tras otra que, debía admitir, no podía arriesgarse a cuestionar como falsas, porque bien en un año Fred había madurado como para estudiar Química con Honey aún sin asistir a la universidad, o bien lo estaban tomando como un soberano idiota.

Hizo una mueca antes de alzar la mirada hacia su hermano, que se puso notablemente más nervioso ante la pregunta que realizó. Tenía los hombros tensos y se negaba a verlo a los ojos, lo que, desde luego, quería decir que había algo que le estaba ocultando.

Quería saber qué era lo que Hiro y los demás se traían entre manos.

Al comienzo, hubiera jurado que se trataba solamente de una manera que tenía el muchacho de pasar tiempo fuera de la casa, incluso antes de que él reapareciera en sus vidas, pero ahora eso ya no tendría sentido ¿No es así? ¿Por qué desaparecer si estaban tratando de volver a la misma relación que tenían antes de que él se fuera?

Tampoco tenían sentido las desapariciones de los chicos y las excusas baratas. Incluso Wasabi, quien siempre había estado dispuesto a hablar con él y era el primero en arruinar las jugarretas que sus amigos estuvieran planeando hacerle, estaba muy lejos de comentarle sobre lo que hacían junto a su hermano. Ese secretismo no existiría si se tratara de un simple trabajo escolar.

Pero el miedo avasallador de volver a alejar a Hiro le detenía de hacer preguntas demasiado directas respecto a sus actividades, por lo que debía recurrir a preguntas aparentemente inofensivas para obtener algunos detalles extra.

Gracias a descuidos por parte de todos al hablarle, había descubierto que más de uno estaba junto a otro del grupo cuando supuestamente todos estaban en actividades individuales y que, sin excepción, lo que fuera que hicieran los dejaba completamente exhaustos.

Como quien no quiere la cosa, volvió a bajar la mirada, fingiendo concentrarse en el desarrollo de su robot.

-¿Crees que es muy lento?- preguntó, desinteresado en apariencia, y notó de inmediato relajarse al muchacho junto a él.

-Bueno, sólo un poco. Sería mejor si pudiera correr más rápido en una emergencia, no como un simple malvavisco gigante...- explicó y, aunque Tadashi claramente vio la mejora que supondría en el área de la medicina la mayor velocidad de parte del robot, podía notar que Hiro estaba tan emocionado como para no referirse a ella... y no sabía si estaba dando por supuesto lo de la emergencia, o simplemente no se estaba refiriendo al ámbito médico en ningún sentido-. Wasabi lo ha notado también, la velocidad de Bay lo hace una carga en algunas situaciones, así que pensé en cambiar algunos detalles de los actuadores eléctricos para que la conversión en energía hidráulica fuera más rápida y...

-¿Entonces es eso?- preguntó Tadashi, cortándolo a media frase. El tema le parecería interesante en cualquier otro momento, pero ahora sólo podía concentrarse en el inmenso detalle que parecía estar dispuesto a dejarlo más en penumbras que antes ¿A qué situaciones se refería Hiro? Y, más importante- ¿Te escapas con Wasabi y los demás para plantear mejoras a Baymax?

Esta vez no se molestó en alejar la mirada del menor. Éste abrió los ojos de par en par, sorprendido y aparentemente asustado ante la información que se le había escapado.

Se quedó boqueando por un momento, lo suficientemente nervioso como para quedarse sin palabras, algo de por sí extraño en su hermano, que nunca se quedaba sin respuestas, ni siquiera estando acorralado.

En definitiva, lo que fuera que estuviera escondiendo, era tan importante como para no tener una forma correcta de excusarse, y tan peligroso como para que no pudiera evitar ponerse nervioso con una simple pregunta.

Sólo por tener una idea, trató de recordar la forma en que Hiro actuaba cuando le ocultaba las peleas de robots... nunca le tembló la voz siquiera ante sus preguntas.

Si Hiro estaba siendo imprudente de nuevo, era motivo suficiente para justificar el que se estuviera planteando tomarlo por el pescuezo y ser tan rudo como fuera necesario para sacarle información... pero el hecho de que, además, estuviera arrastrando a sus amigos en lo que fuera que estuviera metido... Bien, Tadashi podía ser un pacifista, pero no cuando se trataba de proteger a sus seres queridos, aún si era de ellos mismos, y estaba más que dispuesto a olvidar ciertos parámetros que se había planteado sobre no alejar a Hiro.

Frunciendo el ceño de una manera que, aunque no lo supiera, recordaba bastante a su severo abuelo, Tadashi clavo su mirada acusadora en el rostro asustado de su hermano menor, y ni siquiera la visión del tembloroso labio inferior del chico sirvió para suavizar su expresión.

-¿Y bien, Hiro?- repitió.

Sabía que estaba dando por supuesto algo basándose en las reacciones de un grupo de personas, y que era más que probable el que solamente estuviera acusando a Hiro de una esquizofrénica idea de su parte. Pero el hecho de que el chico no tratara de defenderse, y más importante, no se estuviera burlando de él por sus suposiciones, sólo sumaba puntos a su teoría de que Hiro estaba metido en algo serio.

El chico no respondió, en lugar de ello sólo se le quedó mirando con los ojos ampliamente abiertos y la piel de sus sienes brillantes por el sudor. Podía ver sus dedos temblar sobre el actuador y la llave, y la mirada que le echó a la puerta fue más que suficiente para descubrir sus intenciones de huir si fuera necesario.

Oh, claro que no.

Pero, justo en el momento en que se había puesto de pie para bloquearle el camino a la puerta, ésta se abrió de par en par, dejando ver la agitada expresión de un jadeante Wasabi que tenía toda la pinta de haber corrido hasta allí

-¡Hiro!-vociferó, más, cuando sus ojos recayeron en él, se quedó en blanco y, literalmente, por un segundo le pareció ver que se quedaba más pálido de lo normal.

Un silencio sepulcral, sólo interrumpido por los sonidos que provenían del laboratorio general, se alzó en la habitación por un minuto entero, antes de que el moreno pareciera reaccionar y, algo balbuceante, comenzara a hablar:

-Otero está convocando a los especialistas en plasma para la presentación del último curso, vamos.

Tadashi alzó una ceja, extrañado... Para empezar ¿Desde cuando daban cursos sobre plasma, en vez de sobre toda la sección de robótica y luego seccionarlos? Y, siguiendo... ¿Quién rayos era Otero?

No le pasó por alto el gesto de alivio puro que invadió la expresión del chico, antes de que una desconocida severidad se adueñara de su tez. Para su más puro asombro, Hiro parecía haber adquirido muchos años más es ese simple gesto.

Dio un corto asentimiento, antes de saltar del alto banquillo que usaba para llegar a la mesa de trabajos -cosa por la que no había podido evitar reírse en algún momento, ganándose un golpe de parte de su hermano- y trotar en dirección a la puerta, e irse con el mayor, tan severo como él.

Sin embargo, se tensó, esperanzado, cuando le vio volverse y dedicarle una corta mirada en la puerta. La duda y algo muy similar al temor y la culpa batallaban en sus ojos avellana, fijos en los suyos. Era claro que estaba dividido en dos opciones, y claramente tenía que ver con revelar lo que fuera que aquella escapada significaba.

Luego de un escaso segundo, la severidad volvió a su tez, y con una corta negativa, tomó el pomo de la puerta.

-No nos desocuparan hasta que termine el día, así que no me esperes- concluyó, antes de cerrar la puerta con suavidad.

Tadashi sintió como se le caía el alma a los pies en sólo cuestión de unos momentos con esa sola frase.

Permaneció en silencio, allí, de pie en medio del laboratorio, viendo la puerta por donde se había ido su hermano como si ésta le hubiera dado una patada. El sonido de las conversaciones en el campus y el murmullo que le venía del laboratorio general le llegaban amortiguados, aunque igual no los oía... estaba muy ocupado debatiéndose entre quedarse allí a confeccionar todo un diccionario de insultos en honor a su hermano, o dejar que la decepción que sentía en ese momento lo inundara por completo.

De nuevo luchó por no caer en el mismo error de Cass y culparse por haber empujado a su hermano a lo que fuera en lo que se encontrara... negó con la cabeza.

Aguardó un par de minutos más, antes de caminar con tanta calma como fuera posible hasta la puerta y salir al laboratorio general.

Allí, el resto de los estudiantes con orientaciones en robótica estaban, como siempre, jugueteando con inventos asombrosos y causando uno que otro pequeño accidente a su alrededor. Esquivó con algo de dificultad un grupo de gatos con propulsores en sus patas, que habían aumentado de uno a cinco desde la última vez que había estado allí, antes de acercarse al área de trabajo de Gogo. Buscó a la joven coreana en su típica zona de prueba, pero se sorprendió al verla no sólo vacía, sino que con su bicicleta desolada en un rincón, en vez de en su soporte de siempre. Frunció el ceño, extrañado, antes de tomarla y llevarla a su lugar, pues sabía que Gogo la apreciaba demasiado como para dejarla tirada a no ser que se tratara de una emergencia.

Sabiendo ese detalle, su ceño se acentuó más aún, mientras se removía incomodo por un mal presentimiento.

¿Habría sucedido algo?

Echó una mirada a su alrededor, y su atención recayó en uno de sus compañeros, que iba haciendo equilibrio por el laboratorio con unas cajas llenas de herramientas que tenían toda la pinta de pesar como el demonio. Las cajas le tapaban el rostro, así que avanzaba tanteando el suelo con sus pies y recurriendo a su memoria para trasladarse. Se aproximó al chico pelirrojo y le arrebató un par de cajas, comprobando que no eran nada ligeras o él aún estaba muy débil.

El muchacho, que era uno de los que se especializaban en movilidad y vehículos sustentables junto a Gogo, le sonrió como si le hubiera salvado la vida, mientras Tadashi sólo lo seguía por el lugar, llegando de una vez a la mesa de metal donde colocaron las cajas.

-Gracias, Tadashi- agradeció el chico, mientras se limpiaba la brillante frente y se pasaba los dedos por el crespo cabello-. Sin Gogo aquí, se complica mucho trabajar uno solo.

El comentario llamó la atención del Hamada, que de inmediato aprovechó a preguntar por el paradero de la joven.

-No lo sé, Wasabi llegó de la nada junto a Honey Lemon, Fred, y Hiro, diciendo algo sobre que estaban llegando tarde a no sé qué y se fueron todos juntos- comentó despreocupadamente, mientras iba sacando todas las herramientas de las cajas-. Viejo, parecía como si el mundo se estuviera acabando, aunque no sería la primera vez.

Tadashi alzó una ceja, apoyando un codo en una de las cajas.

-¿No sería la primera vez?

El chico le sonrió como si estuviera disculpándose, cosa que extrañó al asiático.

-Bueno, la verdad es que, desde que te fuiste, ellos suelen desaparecerse bastante- comentó, rascándose la nuca. Parecía incómodo, y Tadashi no sabía si era por tener que mencionar su desaparición, o por estar delatando a un compañero frente a su hermano mayor-. Lo hacen de repente. Wasabi o Hiro llegan y se llevan a los demás, o desaparecen entre clases, y no aparecen hasta dentro de un buen rato, si lo hacen.

Tadashi alzó las cejas, sorprendido, aunque trató de no demostrar que estaba preocupado, jugueteando con una llave. Pero, la verdad, aquello le parecía cada vez más raro.

-¿Y nunca se han preguntado a dónde van?- curioseó, dando un par de vueltas a la llave en su mano.

El pelirrojo se encogió de hombros, sin dejar su trabajo de lado, aunque con una sonrisa amable en el rostro.

-Por supuesto que tenemos curiosidad, pero ¿Qué vamos a hacer?, ¿Espiarlos? Aquí apenas tenemos tiempo de terminar un trabajo que hay cinco más esperándonos a la vuelta de la esquina- rio, mientras bajaba dos cajas ya vacías-. Con suerte recuerdo mi apellido al final del semestre como para pensar en la vida de los demás.

Tadashi asintió, recordaba bien lo que eran las presiones de la universidad, más con profesores tan exigentes como los suyos, y de repente recordó el trabajo de ingeniería que le estaba esperando en su propia sección del laboratorio, mientras él se las daba de detective.

-Bien, creo que te dejaré seguir- dijo, pero, antes de haberse alejado dos metros, el recuerdo de las palabras de Wasabi lo paralizaron, y se volteó a hacer una última pregunta al chico-. Y, hablando de trabajos ¿Qué tal es ese Otero con los suyos?

El pelirrojo se volteó hacia él con el ceño fruncido y la confusión brillando en sus ojos verdes como si le acabara de hablar en chino, y el mayor sintió, antes de que contestara, como su alma caía hasta el piso.

-¿Quién?


Tadashi suspiró pesadamente mientras cambiaba la bolsa llena de verduras a su mano izquierda y, con la otra, sacaba su celular de su bolsillo y consultaba la hora. Aún era temprano, así que no había porque apurarse, pero unos minutos más podían hacer fácilmente la diferencia cuando se trataba de tía Cass. Ella, con lo alocada que era, consideraba la puntualidad como un estilo de vida incluso en su casa y a la hora de la cena, así que no quería correr el riesgo de despertar su lado más severo, regalo de la herencia japonesa de sus abuelos, por retrasarse demasiado.

Decidió tomar un atajo entre los callejones que unían los edificios. En cualquier otro lugar de San Fransokyo, especialmente en la zona céntrica, no se le hubiera pasado por la cabeza el usar semejante atajo, pero en la parte de los vecindarios, menos en el suyo, que era tan seguro, no había que preocuparse de atravesar lugares oscuros y solitarios, o temer porque alguien te asaltara.

Entonces, sin dudarlo, dobló a la izquierda por el callejón que siempre utilizaba cuando se le hacía tarde en el Ito Ishioka -o, bueno, tenía un ataque de buen samaritano que le tardaba mucho tiempo- y que le llevaría a la calle por donde pasaba el cable car cercano a su casa, de allí sólo necesitaría atravesar tres o cuatro callejones más y estaría a una bella cuadra de su casa, en lugar de bordear toda las cuadras.

El callejón era estrecho y oscuro, pero el peligro más grande que allí había eran los gatos callejeros que pudieran seguirte a casa o, en su defecto, un bote de basura en el que, siempre imaginaba, encontraría a toda una familia de ratas viviendo plácidamente, a juzgar por el agujero roído que había en uno de sus lados inferiores. Fuera de ello, lo atravesó sin mayores problemas, como siempre. Allí todo era tranquilidad.

Tranquilidad que fue rota en cuanto los primeros gritos le llegaron desde la distancia, amortiguados por las paredes de los edificios, pero no lo suficiente para saber que nada bueno estaba pasando, dada la desesperación de las personas que estaban gritando

Extrañado, pero sin pararse a dudar un segundo, llevado por el instinto altruista que siempre le había gobernado, echó a correr en dirección a la calle, al tiempo que distinguía la manera en que muchas de las personas corrían en direcciones diferentes, algunas subiendo la empinada cuesta, otras bajando a toda velocidad.

Cuando llegó a la calle, estaba jadeando, recostado en la pared y oculto entre las sombras del callejón. Su cuerpo no tenía el guante normal aún, y cualquier mínimo esfuerzo físico hacia que se fatigara.

Escudriñó la zona en busca del problema, tratando de ignorar los gritos de la gente, pero no le hizo falta más que el horrible sonido del metal chirriando, y alzar la mirada hacia el comienzo de la calle, donde aquel bólido rodeado de chispas por la fricción de las ruegas trabadas y las vías caía en picada directamente hacía el muelle, allí donde acababa la calle.

Normalmente, el conductor descendería la marcha del cable car en aquella calle, lo suficiente para poder doblar con seguridad en la curva que les desviaba de la zona costera y les volvía a internar en la ciudad. Pero no hacía falta ser el genio que era para notar que el conductor había perdido por completo e control de su vehículo y que, a menos que un milagro pasara o el vehículo descarrilara, nada salvaría a las personas que estaban allí dentro de impactar contra las casas de los pescadores, ni a los pescadores tampoco.

Tadashi tragó saliva, tratando de pensar rápidamente alguna cosa, algún detalle por mísero que fuera, que pudiera hacer él por detener aquella tragedia. Pero, en verdad ¿Qué podía hacer él solo? Lanzarse frente a la caja de metal sólo lo volvería un picadillo humano más de los que habría aquel día si no lograban frenarla, y ya había tenido suficiente suerte una primera vez como para a andar tentando allí arriba, de seguro tenía ya una cuenta muy grande con alguno de sus padres o con algún santo como para agregar más números a la lista.

La desesperación aumentaba cada vez más a medida que el vehículo se aproximaba a toda velocidad hacia su dirección, y los gritos de las personas a su alrededor, tan asustadas como quienes estaban atrapadas en el cable car, no le dejaban pensar una solución factible... Aunque, en el fondo, lo sabía. Era sólo un chico, él no podía hacer nada por salvar las vidas de aquellas personas, y que él no tenía la culpa de lo que estaba a punto de pasar.

Pero aún nada había pasado, y ya comenzaba a sentir dolor por todas aquellas familias heridas que encontrarían aquella noche un lugar vacío en sus hogares. Y dios sabía que Tadashi simplemente no podía soportar pensar en que él pudo hacer algo y no lo hizo.

Entonces, decidido a actuar, aunque no tuviera idea de cómo, frunció el ceño y, sin titubear, dio un paso al frente para salir de la oscuridad del callejón.

Pero no tuvo tiempo a nada cuando por el rabillo del ojo vio la veloz estela amarilla que atravesó la calle frente a él y, en cuestión de un segundo, ya se hubo perdido dentro del cable car.

Su expresión se relajó en una de desconcierto ante lo que acababa de ver, preguntándose si había alucinado. Aunque no logró acabar su pregunta cuando, literalmente, un lagarto azul gigante y algo que parecía un poco una tortuga ninja, cayeron sobre el techo del vehículo, junto a una figura más delicada y completamente vestida de rosa.

Pero quien se llevó el premió a la mejor entrada, sin duda, fue la gigantesca mole rojiza que sobrevoló con alguna especie de propulsores el espacio sobre el cable car, luego de dejar caer a los anteriores, y pasó junto a él, siguiendo la dirección que la estela amarilla había hecho antes, para detenerse justo frente al vehículo en movimiento.

Tadashi ahogó un grito cuando lo vio. No, no la forma en que el gigante quedaba convertido en pure frente al cable car. Sino al chico.

El chico en la espalda de la mole, el muchacho aferrado a él, cubierto por un traje negro que resaltaba en aquel mar de rojo... aquella figura que se le hizo tan familiar, que estuvo a punto de darle un paro cardíaco cuando vio como ninguno de los dos se movía mientras la caja de metal se acercaba a menos de dos metros de ellos... y como ninguno lo hizo.

El sonido del impacto fue tan fuerte que parecía que hubiera ocurrido frente a él, y no a más de veinte metros de distancia. El cable car arrastró con él a los dos individuos, en lugar de hacerlos pure como él esperaba, y éstos soportaron estoicamente el envite. De hecho, su boca se abrió deliberadamente al ver que la resistencia del cuerpo mayor era suficiente para ralentizar lo suficiente la velocidad como para que el resto del grupo comenzara a actuar.

En cuanto pudieron mantenerse de pie sobre la caja sin necesidad de aferrarse a sus lados, ambos hombres -suponía- se pusieron firmes, mientras la chica parecía teclear algunas cosas en su... ¿Bolso?

La tortuga ninja gritó algo que no logró distinguir, con una voz que le sonó extrañamente familiar, antes de que la persona dentro de la caja hiciera aparición de nuevo, y pudo observar como, ayudada por el sujeto tortuga, subía a dos niños al techo. Los chiquillos fueron tomados en brazos por el lagarto azul que, mientras los otros dos subían a quien probablemente fuera la madre de los chicos al techo, se asomó al borde de éste, comentando algo que pareció asustar a los niños, que se aferraron con fuerza a él. No estaría pensando en saltar, ¿Verdad?

No había terminado de pensar, petrificado en su sitio, cuando el extraño sujeto ya había tomado impulso y, sin exageración de su parte, se elevó al menos cuatro metros en el aire, para caer como si nada en la acera, dejando a ambos niños sobre ella... Fue buena suerte que no hubiera pasado nada, porque no había tenido tiempo a cubrirse los ojos.

Mientras el lagarto volvía a subir al techo para seguir bajando civiles, que allí lo esperaban de a uno, la chica de rosa parecía estar gritando algo al gigante y al muchacho con clara preocupación. Trató de escuchar lo que decían, pero los gritos de las demás personas a su alrededor y el estruendo que causaba el cable car se lo impidieron.

Sin embargo, sólo necesitó ver lo que la chica hacia para quedarse con la boca abierta y entender un poco lo que ocurría.

Tomó algo brillante y llamativo que acababa de salir de su bolso, y lo lanzó a la vía del cable car, sólo para ver, preocupada, como la velocidad del vehículo destrozaba aquello que, aventuraba a pensar, debería fungir como pegamento para detenerlo.

El chico asintió en dirección a la muchacha, antes de dirigirse al otro que, ahora más cerca, era, a todas luces un robot.

No tuvo tiempo a sorprenderse por aquel hecho, ya que lo hizo de la potencia con que activó sus propulsores, prácticamente levantándolo y dejando grandes círculos de asfalto chamuscado bajo sus pies. Sin embargo, no disminuyó la velocidad lo suficiente para que las bolas de, creía, plasma o algún otro elemento químico de la chica se adhiriera o secaran a las ruedas del vehículo. Ella volvió a girarse hacia ellos, hablándoles, y la forma en que el chico negó con la cabeza le aseguró que el robot no poseía más potencia o que aquel vehículo en movimiento sobrepasaba el peso que éste podía soportar.

Ahora la chica alzó la mirada, preocupada, hacia la calle. Estuvo bastante seguro de que sus ojos enfocaron en lugar en el que él estaba, pero lo pasaron de largo, como si buscara cerciorarse de algo. Cuando la sonrisa satisfecha se hizo presente en la única parte de la muchacha que Tadashi podía ver por causa del visor, sus labios, éste se aventuró a seguir la dirección de su mirada hacia el final de la calle. Estuvo a punto de quedarse boquiabierto cuando notó que, todas aquellas personas que estaban antes paradas en medio de la calle, curioseando, ahora estaban ordenadamente colocadas a los lados de esta, incluso varios metros más allá del final de la vía del cable car. ¿Desde cuándo los habitantes de San Fransokyo eran tan serviciales? Ni siquiera se comportaban así ante una orden policial.

No pudo seguir asombrándose de la extrañeza de la de por sí incomprensible situación, pues tuvo que esforzarse en no sufrir nuevamente un infarto al ver y sentir como aquella masa brillante y gelatinosa de color azul eléctrico se extendía sobre el asfalto y parte de la acera frente a él, sólo para endurecerse y quedar maciza en cuestión de unos diez segundos.

Se veía tan firme, tan dura, que no entendió el porque la chica seguía lanzando sus esferas hasta que, sorprendido, vio como la máquina atravesaba como nada la primera pared de contención improvisada. Entonces notó que no buscaba frenarlo de golpe, sino que, con ayuda del robot, poco a poco el impacto comenzó a disminuir la velocidad. Fue cuando cayó en cuenta de que aún había civiles a bordo del cable car, y no creyó que fuera bueno tomar su idea, al menos que quisieran dejarlos como una tortilla al frente del vagón.

Se detuvo completamente al cabo de unos diez metros, unos pocos antes de que la vía se acabara, con un chirrido tan suave en comparación al anterior que más bien parecía un suspiro.

Tadashi vio como la chica, al ver finalizada la labor, se dejó caer, con una clara expresión de alivio, sólo para voltearse hacia sus compañeros que ayudaban a bajar, con delicadeza y sólo necesitando las escaleras del vehículo, a la última tripulante. Una mujer joven con un notorio vientre de embarazada.

No pudo evitar reír un poco al ver como la llorosa mujer, una vez en tierra, se lanzaba a abrazar a quien más cerca tuvo... el hombre lagarto. La imagen era bizarra por sí sola, pero, si uno era consciente de lo que acababan de evitar esos pintorescos personajes, no podía evitar sentirse agradecido, e incluso admirado, por el grupo.

El dúo más extraño hizo aparición en cuanto la muchacha de traje rosa lanzó las esferas suficientes para asegurarse de que el vagón no se movería.

De repente, el paso enérgico y ligeramente saltado del muchacho de traje negro se le hizo familiar, y tuvo que contener la respiración de pura impresión.

¿Hiro?. Se preguntó en su fuero interno, asombrado por el parecido entre los movimientos de ese muchacho y su propio hermano.

Negó con la cabeza, desprendiéndose de la idea o, al menos intentándolo. Si Hiro realmente hiciera cosas tan aterradoras y peligrosas como pararse frente a un vagón en movimiento a espaldas de un robot gigante, él simplemente ya estaría en el suelo, sufriendo convulsiones y llamando al centro psiquiátrico más cercando donde pudieran encerrar a su hermano chiflado.

El chico, que, apostaba, era el más joven de todos, se acercó primero a la mujer, antes de indicarle al robot algo que no alcanzó a distinguir.

Luego de un movimiento de cabeza que se le hizo curiosamente familiar, el robot comenzó a hablar en un tono grave que le recordó a las viejas películas de RoboCop que veía con su hermano. La mujer pareció sorprendida de lo que fuera que estuviera diciendo aquel gigante, mientras se llevaba las manos al vientre, con claro gesto de preocupación.

Hubiera dado lo que fuera por escuchar lo que decía y, cuando una fresca brisa proveniente desde la costa ascendió por la calle, trayendo con ella un fragmento final de la charla, sintió que la buena suerte por fin le sonreía.

-...Recomiendo descanso absoluto hasta haber superado la etapa post trauma para evitar desprendimientos de placenta o algún efecto secundario, además de una pronta visita al médico que lleve adelante el embarazo. Sin embargo, la bebé no está en peligro por el momento, y todo parece indicar que será una niña sana...

-¿Niña?- repitió la mujer, claramente asombrada, y el muchacho junto al robot se llevó una mano al rostro al comprender.

-Bien hecho, robot chismoso, acabas de arruinar la sorpresa- le regañó, con una voz distorsionada, claramente afectada por algún artefacto de aquel extraño casco, aunque se quedó en una pieza cuando, de la nada, la mujer abrazó al robot con fuerza, riendo y agradeciéndole por la buena noticia.

Él, en cambio, se quedó en una pieza por otro detalle en particular.

Hasta donde él sabía, no había otro robot capaz de realizar un diagnostico tan preciso, sino el que supuestamente estaba en su casa justo en ese instante.


Atravesó la puerta a toda velocidad, sin importarle en lo más mínimo el que sus pulmones estuvieran a punto de colapsar o que sus piernas le ardieran como si hubiera atravesado toda la ciudad corriendo como un loco, en lugar de sólo tres míseras cuadras.

Subió las escaleras de la nueva entrada a toda velocidad, dispuesto a llegar a su habitación o a comerse el mundo en el proceso. No se detuvo ni medio segundo en la cocina, en lugar de eso, con bolsa de verduras en mano y todo, subió de dos en dos los escalones de la escalera que le llevaría a su habitación.

Tenía la boca entreabierta y luchaba por empujar tanto oxígeno como fuera posible dentro de sus ardidos pulmones. Le dolía el costado como los mil demonios, pero aun así hizo su último esfuerzo y, sorteó de un salto la pequeña escalera que le separaba de su objetivo y atravesó el umbral de la habitación en penumbras.

Tanteó con los dedos la pared, sintiendo el pulso desembocado en las yemas de sus dedos mientras buscaba el interruptor de la luz. Cuando logró dar con él y encendió la luz de la habitación, se le cayó el alma a los pies por enésima vez en el día.

La habitación estaba completamente vacía, saltaba a la vista, pero de igual manera se aventuró al interior de su sección. La encontró en el mismo estado en que la dejó por la mañana, con la cama tendida y el libro que estaba leyendo sobre ésta. Dio un par de pasos hacia los pies de la cama de Hiro, pero la base de carga de Bay estaba vacía. Recorrió el baño, sólo por si acaso, pero al ver que éste también estaba vacío, suspiró con pesadez, más calmada su respiración, antes de volver a bajar.

-¿Tadashi?- la voz de Cass le hizo alzar la mirada, sólo para encontrarse con los ojos rojizos y preocupados de la mujer- ¿Fuiste tú quién subió hecho un bólido?

El mayor de los dos hermanos se ruborizó, cayendo en cuenta de que debía de verse como un completo lunático al moverse así por la casa, sin detenerse a saludar a nadie. Tal vez no se salvaría de la conocida severidad de su tía.

-Eh... si- asintió, acercándose a la mesada junto a la mujer y dejando la bolsa sobre ella-. Lamento no haber...

No pudo terminar su disculpa, ya que, sin previo aviso, la mujer se lanzó a su cuello y lo abrazó con tanta fuerza, que se le dificultó respirar bajo la lluvia de besos que soltó su tía sobre sus mejillas.

-¡Oh, mi niño! ¡Tendrías que haberte visto!- cuando se alejó, Tadashi abrió los ojos de par en par al ver los suyos llorosos- ¿Tienes idea de cuanto se supone que tendría que pasar para que puedas correr como lo hiciste? ¡Te adelantaste dos semanas enteras, cariño!

Tadashi se tomó entonces un momento para decodificar lo que su tía le estaba diciendo, antes de abrir la boca y mirarla, con una carcajada silenciosa y los ojos brillantes de emoción ¡Era verdad! ¡Había corrido! ¡Una verdadera carrera, y su cuerpo lo había soportado! No le faltaba el aliento a pesar de haberse agitado un poco y, aunque aún tenía acelerado el pulso, no estaba mareado ni nada. Tal vez todo fuera sólo un efecto secundario por el golpe de adrenalina que acababa de sufrir, pero, maldición, había corrido como creyó que nunca lo haría.

-Oye, ¿Y por qué tanto apuro?- preguntó de repente la mujer, mirándolo curiosa, mientras se volteaba a tomar la bolsa de vegetales.

Tadashi se quedó en blanco, pero reaccionó de inmediato, buscando en su mente una excusa lo suficientemente creíble que justificara semejante numerito... tristemente, lo único que lo hacía era...

-Tenía que llegar al baño- comentó, rojo como un tomate, mientras bajaba la mirada por la pena que le producía su estúpida excusa.

Cuando la carcajada divertida de la mujer resonó en todo el lugar, Tadashi se maldijo por no tener más imaginación.

-Dios mío- rio la mujer, llevándose una mano al rostro para detener las lágrimas que las risas le habían sacado-. Esperaba algo más heroico, pero todo sirve, Tadashi.

-Ja, ja, ja- gruñó el menor, abochornado- ¿Podemos olvidarlo?

-Claro, cariño- aseguró, piadosa, la mujer, y Tadashi suspiró, aliviado- ¿Necesitas que ponga otro rollo de papel o tienen aún?

-¡Tía!

La mujer se echó a reír de nuevo.

-Lo siento, lo siento- rio, tratando de calmarse- ¿Cómo estuvo tu día?

La pregunta le trajo a la mente el que, sin duda, iba a ser uno de los días más raros en toda su vida y, a la vez, una pregunta que se le hacía aún más urgente de responder.

-Muy normal, aunque me retrasé algo ayudando a una viejecita a arreglar una estantería en su negocio, así que, me alegra informarte, esta cena es completamente gratuita- comentó el chico, mientras sacaba de su bolsillo el dinero que la mujer le había dado para comprar los vegetales, y se lo tendía de vuelta.

Cass lo miró asombrada, mientras comenzaba a lavar las zanahorias, el brócoli y los pimientos junto a los ingredientes que ya tenía preparados.

-¿En serio?- preguntó, sorprendida. Él asintió, y ella le sonrió con ternura y con la mirada llena de orgullo-. Oh, quédatelo mi caballero, no hay dinero que te pague, Tadashi.

El chico puso los ojos en blanco, aunque no pudo evitar ruborizarse y sonreír con ciento agrado por el halago.

-¿Puedo?- preguntó, elevando el dinero en su mano para que supiera que se refería a él. Ella asintió sin dudar, y Tadashi volvió a echarlo a su bolsillo antes de acercarse a la mujer y abrazarla cariñosamente por la espalda, dejándole un beso en la coronilla y se sorprendió ligeramente de que, en realidad, estuviera más alto que desde las últimas veces que recordaba compararse antes del incendio. Apartó la idea cuando la mujer refregó su cabellera con dulzura en su barbilla, de una forma muy similar a como lo hacía Hiro cuando eran pequeños. El recuerdo de su hermano le trajo de vuelta a sus anteriores preguntas-. Oye, tía Cass, ¿Has visto a Hiro... y Bay?

La mujer le miró extrañada por la repentina pregunta, antes de señalar con la cabeza en dirección a la sala de estar.

-Hace unos minutos bajaron de su cuarto y se pusieron a ver televisión- comentó-. Hiro llegó un poco más tarde de lo usual, pero Bay estuvo cargando todo el día en la habitación- aseguró.

¿Hace unos minutos? Tadashi dudó un poco mientras se alejaba de la mujer rumbo al lugar donde estaría su hermano. Si habían bajado hace unos minutos, no había posibilidad de que su loca teoría fuera realidad, ¿No? Es decir, si sus cálculos eran medianamente correctos, el robot habría tardado, bueno, suponiendo que se dirigieron a su casa directamente, unos minutos menos que lo que a él le tomó correr hasta allí, pero no había forma de que ambos se quitaran aquellos trajes tan rápidamente y bajaran hasta allí. Era imposible, aún para un genio y un robot de última generación y, además, había revisado toda la habitación antes de bajar, tendría que haber visto algún traje ¿No?

Cuando llegó a la sala de estar, las luces del árbol de Navidad que descansaba en una esquina del lugar bañaban a un Hiro que estaba recostado sobre el amigable robot, con la cabeza en su costado y las piernas colgando por encima del apoya brazos, en una posición que era la imagen misma de la despreocupación mientras veía... ¿Un infomercial de productos para el cabello?

Estuvo tentado a reírse, y lo hubiera hecho de no haber reconocido lo que sucedía allí. Claro que conocía el viejo truco de cambiar de canal un segundo antes de que otra persona llegara a la habitación donde estuvieras, haciéndote el despreocupado mientras agradecías internamente porque no te hubieran descubierto viendo algo indebido.

Se preguntó qué estaría viendo el muchacho, para luego preguntarse si no estaría siendo demasiado metido en la intimidad de su hermano.

-¿Por fin vas a hacer algo por ese nido de pájaros que tienes en la cabeza?- se mofó, aparentando, mientras se acercaba al respaldo del sillón y descansaba sus codos en él. El chico hizo una mueca, antes de sonreír con cierta sorna y mirarle de reojo, malicioso.

-¿Las urgencias intestinales te ponen gracioso?- preguntó, y Tadashi sintió que su orgullo disminuía diez puntos de los cinco que había recuperado.

-Oh, cállate, cabeza de chorlito- gruñó, mientras daba un golpe no tan suave en el vientre de su risueño hermano. Éste se enderezó en el sillón, tosiendo un poco entre risas, y llamando la atención del robot.

-En una escala del uno al diez...

-Sólo cállate, ¿Sí, amigote?

Tadashi se sentó junto al chico, mientras veía como subía un canal, sintonizando una película que, ya de entrada, tenía una gran explosión. Muy bien, fuera lo que fuera que estuviera mirando, estaba al menos dos canales más abajo.

-¿Qué tal el curso con Otero?- preguntó, en apariencia despreocupado, mientras veía a un sujeto calvo pelear con algunos locos pseudoninjas. Hiro parecía haber abandonado u olvidado la tensión con la que se despidieron a la tarde, y, aunque no quería que regresara, necesitaba buscar sacarse unas dudas de la cabeza.

-¿Quién?- frunció el ceño, aunque igual no apartó la mirada del televisor. Hiro se dio cuenta tarde, y claramente se puso nervioso, pero se corrigió como pudo-¡Oh, el profesor! Bueno, es bastante bueno, pero a veces pierde de vista la hora de clase y trata de hacerse más amigo que docente... lo que es genial, pero no todo el tiempo.

Que buena descripción, para alguien que no existe. Pensó el mayor, aunque no dijo nada, en su lugar, sólo subió sus pies a la mesa del té.

-¿Y por qué quiso reunir a los especialistas en hidráulica, en lugar de a todo el grupo de robótica?- se interesó, y le pareció divertido, y preocupante, la forma en que se devanaba los cesos en busca de una buena respuesta.

-Creo que quiere integrarnos entre nosotros antes de presentarnos como un sólo grupo, a los de robótica y química, quiero decir- sentencia, y no está tan mal, porque conoce otros profesores que suelen usar esa modalidad a la hora de educar...

Lo que estaba mal, era que Wasabi había convocado a aquellos alumnos con especialidad en plasmas, como él, no en hidráulica, como Hiro. Hubiera resultado más creíble si hubiera dicho algo sobre circuitos, que era la especialidad de ambos.

Cuando estaba por agregar otra pregunta, un ligero pitido de parte de su amigo alertó a ambos antes de que el ícono de Low battery apareciera en el pecho del robot.

Tadashi alzó una ceja, y no pudo reprimirse mientras veía como el chico ayudaba al desanimado malvavisco a dirigirse a la habitación.

-Creí que estuvo cargando todo el día- comentó, y la forma en que su hermano se tensó, como si lo hubiera atravesado una descarga eléctrica, antes de girarse a él con una sonrisa nerviosa no hizo nada por disminuir sus dudas.

-Bueno, ya sabes, a veces no se para bien en la base.

-Oh, claro- respondió con brevedad, antes de sonreírle. El chico se relajó notablemente, antes de seguir su camino.

En cuanto hubo desaparecido, tomó el control remoto y se apresuró a volver dos números en el televisor, hallándose con un programa de noticias local, donde una mujer castaña y elegante relataba los sucesos del día con una gran sonrisa cubierta por labial rojo.

-Y es que hoy fue un día ocupado para nuestros héroes, porque luego de salvar el navío, los Grandes Seis tuvieron que protagonizar otro rescate, tan sólo dos horas después, siendo esta vez un cable car fuera de control el problema...

Tadashi se quedó de una pieza, sorprendido, al ver en televisión los mismos hechos que, hace menos de una hora, había presenciado él mismo en directo, claramente sacados desde los celulares de las personas que grababan a su alrededor.

El gigantesco robot rojo, la chica de rosa, el lagarto azul, la tortuga y la otra persona cuyo genero y naturaleza aún desconocía.

Tadashi no había visto televisión, ni leído un periódico desde que hubo salido del coma, aunque sabía que, en su situación, hubiera sido lo mejor tratar de informarse lo mejor posible sobre los cambios que pudieron haber ocurrido en tanto tiempo. Sin embargo, sabía de la existencia de los Grandes Seis gracias a Cass y a los comentarios que los chicos habían realizado sobre ellos su primer día en el hospital, más, para alguien tan racional como él, el detalle había pasado como algo efímero, sin importancia, irreal.

Vaya que se había equivocado, porque esos seis se le hacían muy reales justo ahora.

Entonces, mientras veía desde un ángulo extraño los mismos sucesos que había presenciado durante el día, Tadashi recayó en un detalle que la mujer había dicho.

Tan sólo dos horas después.

Había visto la hora antes de cruzar el callejón, podía sacar cálculos con facilidad y la escena del cable car había ocurrido tan sólo dos horas después de que Wasabi y Hiro se fueran misteriosamente, junto al resto de sus amigos, como si el mundo se estuviera acabando... y estaba pasando, al menos para las personas que estaban atrapadas en el barco que mencionaba la periodista.

Tadashi abrió los ojos de par en par, antes de echarse hacia atrás en el sillón, sintiéndose mareado e incapaz de enfocar la vista en la televisión, como si alguien le hubiera dado un golpe en la nuca.

Tenía que ser una coincidencia ¿No? No había otra forma de explicarlo. El hecho de que la desaparición de sus amigos coincidiera con la primera aparición de los Grandes Seis no quería decir que ellos fueran por el mundo en trajes de alta tecnología salvando vidas y arriesgando las suyas propias, ni tampoco sus mentiras y constantes desapariciones, de las que nunca hablaban, lo implicaban...

Y, desde luego, el hecho de que una de las primeras verdades que Hiro le hubiera dicho en mucho tiempo, fuera que estaba modificando los actuadores de Baymax para realizar movimientos más veloces, no quería decir que el robot que había visto con sus propios ojos escanear a una mujer embarazada luego de detener un cable car loco, fuera el mismo robot médico enfermero personal que él había creado... ¿Cierto?

Tragó saliva, mientras trataba de pensar con claridad, de buscar un pequeño resquicio de racionalidad que le permitiera ver que sus teorías estaban mal, que lo que fuera que Hiro y los demás estuvieran haciendo a sus espaldas no tenía nada que ver con salvar el mundo en extravagantes mallas de monstruos o tortugas ninjas... o lo que fuera que estuviera vistiendo Wasabi...

Se llevó las manos al rostro, horrorizado ¿De verdad acababa de afirmar, sin dar lugar a dudas, que ese sujeto con traje verde era su amigo de la Universidad?

Diablos, de verdad necesitaba calmarse.

-¿Tadashi?

La suave voz de Hiro le sacó de sus cavilaciones, y se giró hacia él tal vez con un movimiento tan brusco, que se mareó por un segundo.

Su hermanito llevaba su mirada desde él, curioso, hasta la televisión donde, gracias al cielo, habían ido a comerciales. Bueno, al menos tenía una oportunidad de cambiar de canal antes de que descubriera de que estaba viendo las noticias.

Sus ojos se clavaron en el ya no tan pequeño cuerpo de su hermano, recostado en el umbral de la sala de estar, que no era más que una pequeña mampara de estilo oriental que habían desplegado. Allí, en esa pose desgarbada, con los brazos cruzados sobre el pecho y su camiseta de mangas cortas roja favorita, descalzo y con su cabellera indomable de siempre, casi parecía un chico común y corriente, si tan sólo no estuviera al tanto de su descomunal inteligencia.

¿Realmente ese pícaro chico cabría en el papel de un súper héroe como el que había visto hoy a la tarde? ¿Alguno de sus amigos lo haría? Estaba al tanto de que ni sus amigos, ni su hermano, ni él mismo eran chicos precisamente normales, pero, ¿Realmente llegarían a tal punto?

Respiró hondo, alejando esas dudas de su cabeza, antes de sonreírle tan despreocupadamente como le fuera posible ante su lucha interna.

-¿Qué sucede, Hiro?- preguntó, calmado, mientras con disimulo volvía a poner el televisor en el canal de películas.

No le pasó por alto la mirada prolongada que el chico le dedicó al aparato, antes de volver a verlo, algo más tenso.

-¿Te sientes bien?- preguntó, con una mirada preocupada, antes de acercarse a él por el respaldo del sofá- ¿Te duele algo? ¿Estás mareado?

Tadashi sonrió de lado, enternecido y sintiéndose halagado por la preocupación del chico. Luego de tantas semanas de indiferencia pura por su parte, ver, por fin, preocupación y curiosidad por su persona en aquellos ojos tan similares a los suyos, era comparable a beber agua de un manantial luego de caminar por semanas en el desierto.

Le sonrió abiertamente, antes de agitarle los cabellos con una caricia brusca. El chico se quejó, mientras trataba de alejarse de su agarre.

-No te preocupes, cabeza de chorlito, debe ser alguna cosa de la carrera por llegar al baño- mintió y, en cuanto vio el gesto de preocupación en el rostro del chico, sintió de inmediato la culpa carcomiéndole las entrañas. Aunque la idea de engañar a su hermano no se le hacía para nada tentadora, no pensaba mostrar ni el más mínimo gesto de sospecha hasta que aclarara todas sus dudas respecto a las actividades secretas de sus amigos.

No es nada. Trató de calmarse... pero algo en su pecho, un mal presentimiento, presionaba demasiado como para ignorarlo.

El chico asintió, antes de dar la vuelta al asiento y recostarse en él, dejando caer con insolencia sus pies descalzos en los muslos de su hermano.

-¡Hey!- exclamó el mayor. El chico rio con algo de malicia, mientras se rascaba el tobillo de su pie derecho con el izquierdo.

Una marca sobre la piel de ambas pantorrillas desnudas llamó la atención del mayor de ambos hermanos, que no dudó en empujar su pantalón caqui para tener más acceso a la pálida piel del muchacho. Frunció el ceño al notar la línea que recorría la mitad de la circunferencia de sus pantorrillas, como si algo lo hubiera quemado, y en un color más bien rosáceo.

-¿Qué es esto?- preguntó, curioso, mientras recorría con la yema de su dedo índice la piel de su pierna. Notó como el chico se estremecía, denotando la sensibilidad de la zona, antes de plegar sus piernas y acurrucarse más en su extremo del sofá, rehuyendo de su toque.

-Nada, me quemé por fricción probando unas nuevas botas anti-gravedad en la Universidad- comentó, desviando la mirada hacia el televisor-. Bay ya me curó, tranquilo.

-No sabía que estuvieras haciendo botas anti-gravedad- comentó, mientras soportaba su rostro en su mano y el codo de ésta en el apoyabrazos-. No las vi en el laboratorio.

-N-No- corrigió el chico, descansando sus pies en la mesa de té-. Era el proyecto de otro de los chicos, Joshua.

Tadashi arqueó una ceja, extrañado, porque por lo general Hiro no solía involucrarse mucho con otros proyectos, aunque sí lo hiciera con los otros inventores y alumnos. No le gustaba que se metieran en sus proyectos así que no solía hacerlo con los demás, sólo llegaba a dar algún consejo cuando se lo pedían o veía que haría una mejora importante.

Y, por lo que había visto en las últimas semanas, esa regla se había mantenido desde sus primeros proyectos en primaria hasta la Universidad. ¿Por qué de repente estaría ayudando al muchacho que, si no se equivocaba, era de tercer año?

Bueno, un punto más por, al menos, haber usado a una persona real esta vez.

-¡Chicos! ¡La cena está lista!

El grito de Cass les llegó desde la cocina, interrumpiendo el hilo de pensamientos del mayor y levantando de un salto a Hiro. Fue sólo cuando el delicioso aroma del platillo llegó hasta su presencia, cuando atravesó el umbral de la sala de estar, que notó lo hambriento que estaba.

Cass estaba terminando de poner la mesa, pero se apresuró a tomar dos platos llenos del delicioso platillo y colocarlos él. Hiro se encargó del último y de los palillos porque, aunque fueran una familia que había aceptado felizmente las tradiciones y costumbres occidentales, el udon, siempre y sin importar el país, sería comido con palillos.

Los tres se sentaron a la mesa y, luego de un breve "Ataquen, chicos" de parte de Cass, que siempre había sido su versión del "itadakimasu" tradicional japonés, los palillos volaron sobre el plato.

El gusto especiado de los fideos y la salsa se mezclaron en su boca con el sabor y la textura del brócoli y la carne estofada, estallando con un delicioso sabor que le obligó a cerrar los ojos para poder concentrarse en él. Cass había optado por la versión de verduras al vapor salteadas con salsa, más rápida y, a su parecer, más deliciosa que la sopa.

El pimiento le daba un gusto que combinaba a la perfección con un toque picante que, si no sé equivocaba, era producto del jengibre.

Degustaba con tanto deleite el plato, como si fuera la primera vez en meses -que lo era- que lo probaba, que le sorprendió cuando, en menos de tres minutos, la voz notoriamente avergonzada de Hiro hizo presencia en el lugar.

-Tía ¿Puedo servirme un plato más?

Tadashi casi escupe el contenido de su plato de nuevo dentro de él, antes de voltear a ver a su hermano para, asombrado, notar que en realidad ya no había comida en el suyo. De hecho, de no ser por el brillo de la salsa, casi parecía limpio.

Vaya.

-Hiro, eso fue rápido- comentó la mujer, igual de sorprendida, antes de estirar su mano hacia atrás y, tomando la tabla en la que descansaba el recipiente caliente con el udon, lo colocó sobre la mesa para que el chico se sirviera por sí mismo. Hiro se lanzó sobre la olla de inmediato-. ¿No almorzaste lo que te dí hoy? ¿Por qué tanta hambre?

El muchacho se ruborizó mientras se servía otro plato lleno a rebosar, mientras inflaba sus mofletes con un pequeño puchero que se le hizo la mar de tierno a Tadashi.

Hasta que, sin poder evitarlo, se hizo la misma pregunta que Cass. ¿Por qué tanta hambre? Le había visto comer hasta el último grano de arroz de los onigiri que la mujer les había hecho, así que, conociendo a su hermano y lo relativamente poco ansioso que solía ser con la comida, no entendía por qué tenía tanta hambre.

-Soy un chico en crecimiento, ¿Sí?- gruñó, avergonzado, antes de llenarse la boca de fideos-. Y hoy me moví mucho.

-Pues trata de crecer en otra parte que no sea tu cabeza, hermanito- le pinchó sin poder evitarlo, y sintió gran regocijo en el golpe no tan suave que el chico le dio en el hombro. Rio entre dientes, aunque no pudo evitar soltar sus palillos y frotarse la zona afectada-. Auch.

-Tadashi, no le hables así, y Hiro, no golpees a tu hermano- les reprendió brevemente Cass, antes de volver a centrar su atención en Hiro- ¿Y por qué tanta actividad, Hiro?

Ante la pregunta, repentinamente Hiro se tensó junto a él, llamando la atención de Tadashi por la reacción.

Pudo ver como la duda asomaba en su expresión por un momento, como si de repente no recordara nada de lo que había hecho en toda la jornada... o más importante, como si lo estuviera inventando.

Cass alzó una ceja ante la demora del chico, y, como por el momento consideraba que no era necesario preocupar a su tía, decidió que bien podía echarle una mano al muchacho.

-Estuvo yendo y viniendo por los cursos de un profesor nuevo- explicó por el chico, y, de reojo, pudo ver como éste lo veía sorprendido. Antes de que, veloz como un zorro, se aferrara de su dudoso dato como si fuera el único paracaídas en un avión en picada.

-Si- combinó, con una pequeña sonrisa avergonzada que Tadashi no supo si tomar como verdadera o falsa-. Estuvo haciéndonos hacer tantas cosas todo el día que hasta me había olvidado de a qué quería llegar con la reunión ¿No se puede denunciar a un profesor por algo como eso?

Tadashi sonrió de lado, más, por dentro, se moría de ganas de encerrar a Hiro en su habitación y sacarle la verdad a base de zapes en la cabeza.

Cass rio entre dientes, relajándose notablemente ante tal comentario.

-Pues podríamos tratar de relajarlo con unas rosquillas del café, si deseas, claro- comentó, guiñándole un ojo en complicidad, antes de volver a reír. Tadashi sólo volvió a llevarse fideos a la boca, en silencio, mientras con disimulo fijaba su mirada en el chico que comía con tanto ahínco junto a él.

Desde luego que Hiro no había tenido un desgaste físico que justificara aquella repentina gula, empezando porque el profesor que acusaba de explotarle, estaba seguro, ni siquiera existía.

La universidad tenía, sólo por si algún alumno lo necesitaba, un área dirigida al entrenamiento físico, pero definitivamente Hiro no había estado allí, eso podía apostarlo.

En cambio, otro tipo de actividades, ligadas a situaciones que involucraran altas cantidades de tensión, estrés y adrenalina, sí que podían justificar el repentino hambre del muchacho... como salvar un barco, o plantarse frente a un vagón en movimiento.


De nuevo el reloj de samurai llenaba toda la habitación, aunque acompañado de los no precisamente suaves ronquidos de su hermano menor.

Tadashi llevaba esperando media hora en su cama, en silencio y con los ojos abiertos en la oscuridad para espantar el deseo de dormir que amenazaba con ganarle la partida. Cass se había acostado una hora antes que ellos, entretenida por un película, y ahora estaba profundamente dormida en su habitación.

Había calculado que tendría que esperar una hora al menos para poner en marcha su plan, pero Hiro estaba tan cansado que dudaba que no se hubiera quedado dormido antes de que su cabeza rozara siquiera su almohada.

Sólo por estar seguro, le llamó con la suficiente fuerza como para poder despertarlo, pero, al ver que al cabo de unos segundos no hubo ningún cambio en la frecuencia de sus ronquidos, se deshizo de las sábanas que le cubrían y, descalzo para no hacer ruido, se encaminó hacia la puerta de la habitación. Trató de ignorar lo mejor posible el frío que le mordía los pies mientras se escabullía por la puerta, que, aún siendo otoño, anticipaba que el invierno llegarían temprano aquel año.

Las bisagras de la puerta rechinaron levemente cuando la abrió, sacándole un respingo silencioso. Se giró, con los ojos muy abiertos y una mueca de preocupación graciosa en el rostro, hacia la cama de su hermano, sólo para suspirar profundamente, aliviado, al ver que estaba balbuceando en sueños y que, claramente, no se trataba de una pesadilla.

Salió de la habitación apenas se hizo hueco suficiente en la puerta, pero no se arriesgó a cerrarla y despertar a Hiro. Bajó en puntas de pie los escalones que le llevarían al pasillo e igual atravesó éste, prestando atención de no oír sonidos sospechosos salir de la habitación de Cass.

Más relajado bajó las escaleras, cuidando de no clavarse alguna astilla o basura, y pronto estuvo en la puerta trasera de la cocina que, agradecía, aún llevaba a la cochera. Allí se calzó las zapatillas que había tomado de la puerta principar apresuradamente, antes de bajar de dos en dos los escalones de la escalera.

Una vez allí volvió a suspirar pesadamente, antes de, con cuidado de no tropezar con nada, comenzar a buscar su computadora. La halló cerca de la misma escalera, en el rincón donde siempre había estado y aunque estaba cubierta de polvo, Tadashi cuando encendió como si la hubiera usado por última vez ayer.

Adolescente al fin, él también solía escapar lo más posible de la limpieza, de ahí que trabajara más con las computadoras de Hiro o del Ito Ishioka antes de enfrentarse a la limpieza de la suya propia.

Tragó saliva, dudando un momento antes de continuar y sacar del bolsillo de su pijama aquel pedazo de material duro como la roca y de colores tan llamativos que sentía como fuego entre sus dedos. Le había costado lo indecible arrancar aquel trozo de la acera.

Tadashi encendió la lampara de pared y lo miró con mayor detenimiento a la luz de ésta. Era una pieza curiosa, brillaba suavemente en atractivos colores rosas y dorados, e incluso parecía desprender cierto resplandor azulado dependiendo de la luz bajo la que se hallara. Era maciza y pétrea, pero él mismo había visto su consistencia casi plasmática antes de volverse lo que era ahora en tiempo récord.

¿Qué demonios era esa cosa? ¿Y cómo rayos aquella muchacha había logrado crear tantas en tan pocos segundos? Claramente el secreto se hallaba en los componentes que lo formaban y su dueña, pero tal grado de habilidad con la química, y de forma tan extravagante, sólo lo había visto en una persona.

Frunció el ceño, antes de negar con la cabeza y apartar la idea, claro que no era ella, la simple idea era risoria... toda la situación que su atolondrada cabeza estaba planteando era un chiste.

Y, aun así, con una severidad extraña de ver en su rostro, encendió el lector de su computadora, para luego colocar el pedazo de espuma, roca, o lo que fuera en la base. De inmediato los lásers comenzaron a recorrer toda su superficie.

Todo está bien, no son los mismos elementos. Murmuró en su fuero interno, cómo si tratara de convencerse a sí mismo.

El lector funcionaba de forma muy similar a la impresora 3D, sólo que de manera inversa, por decirlo de alguna manera. La había fabricado hace algunos años, ayudando a Honey a descubrir algunos componentes de una sustancia que su profesor de Química les había encargado recrear sin más datos que uno de sus compuestos, y, desde entonces, cada vez que Honey necesitaba descubrir que compuesto o que nivel de ellos había fallado en alguna de sus mezclas, venía a él y su asombroso lector.

El aparato tenía una memoria que almacenaba los datos y nombres de cada nuevo compuesto, y había sido pedida por la misma Honey para ahorrar tiempo en lectura por parte de la máquina y hallar nombres de componentes sin necesidad de realizar una lista de los elementos que los forman.

Tadashi volvió a suspirar y llevó una de sus manos hasta su nuca, donde los músculos de su cuello se sentían como si estuvieran a punto de explotar. Estaba cansado, la vista le molestaba y su cuerpo le dolía de forma notoria por causa de la carrera que había dado. Tarde o temprano tendría que comenzar a realizar algún tipo de ejercicio extra con el que activar la musculatura de su cuerpo, o nunca acabaría de recuperarse totalmente. El fisioterapeuta que le había atendido durante las primeras semanas de su recuperación le había aconsejado realizar actividades como caminatas, salir a correr o natación cuando se sintiera lo suficientemente listo, y creía que ya iba siendo hora de hacer algo más que hacer el recorrido desde su casa a la Universidad y viceversa todos los días.

Antes del incendio solía correr por el embarcadero, en la región costera. Se levantaba a las cinco o seis de la madrugada para evitar a todos los demás atletas que recorrían la zona desde Fort Mason hasta South Beach, que al cabo de unas horas llegaban a ser asfixiantes. Francamente, nadie podría catalogarlo de una persona poco social ni mucho menos, pero, a esa hora, correr era una forma de relajarse de los proyectos y trabajos de la universidad, y, a la hora de buscar un nuevo enfoque, no cabía duda de que era mejor estando solo. El viento fresco de la costa y el aroma a agua salada que entraba desde el Pacífico por el estrecho le relajaban como nada podía hacerlo desde que era demasiado mayor como para recibir mimos en el cuero cabelludo por parte de Cass.

También, aún sabiendo los riesgos que podía llegar a significar, había recorrido El Embarcadero a altas horas de la noche, cuando algún problema no le dejaba dormir o el recuerdo de sus padres era demasiado como para permanecer en la casa sin hacer demasiado obvio que estaba a punto de romper a llorar. En esas ocasiones, que podía contar con los dedos de las manos, no podía negar cuanto le encantaba perder su vista en las maravillosas luces de aquella ciudad que nunca dormía, que se alzaban como luciérnagas gigantescas y hermosas sobre el firmamento nocturno, aunque algunas veces se tornara de un naranja no tan atractivo por la contaminación lumínica en la niebla que se levantaba en la costa.

Un suave pitido por parte de la máquina le sacó de sus pensamientos, y se apresuró a sentarse frente al monitor, ignorando la manera en que sus ojos resentían la hiriente luz blanca de éste luego de permanecer tantos minutos adaptándose a la oscuridad.

Lagrimeó un poco mientras se acostumbraba a la pantalla, pero, al cabo de unos momentos, pudo comenzar a distinguir las palabras que aparecían en ella.

Frunció el ceño al ver que no sólo el lector había reconocido la gran mayoría de los elementos que componían la sustancia sino que, en realidad, había reconocido sin ningún problema sus dos principales compuestos.

Tragó saliva mientras analizaba y comparaba los niveles de poliol e isocianato, tratando de recordar el por qué se le hacían tan importantes. No eran materiales extravagantes, de hecho, eran los principales compuestos de la espuma de poliuretano, un aislante completamente común, e incluso la mayor parte de los zapatos del mundo debían su suela a ella y...

-¿Espuma de poliuretano?- repitió, cortando su propio hilo de pensamiento, mientras tecleaba con rapidez sobre la máquina. Su ceño estaba profundamente fruncido, y todo él acababa de recordar el porque de que aquellos componentes, y en aquellos niveles tan elevados estuvieran allí.

Hacia poco más de un año, durante sus primeros proyectos para la feria de ciencias del Ito Ishioka, uno de sus profesores de ingeniería química les había propuesto realizar un trabajo de la forma que quisieran, siempre y cuando, se le pudiera hallar alguna utilidad humanitaria, no importaba cuál fuera la situación.

Desde luego, la parte de él que había querido ser médico en su adolescencia había despertado de inmediato ante la simple idea de ayudar y, apenas el profesor dio por concluida la clase, asaltó a Honey en su pupitre, mientras la rubia terminaba de guardar sus cosas y le miraba como si se le hubieran aflojado varios tornillos de lo rápido que estaba hablándole.

En resumen, luego de comerse el tarro por algunos días, ambos habían llegado a una propuesta que satisfacía por igual las necesidades de ambos, la de Tadashi de ayudar a las personas, y la de Honey de hacer explotar alguna cosa mediante una reacción química.

Así, ambos habían luchado por meses con niveles altísimos de poliol e isocianato hasta que, por fin, habían creado una especie de hiper-resistente espuma de poliuretano de secado rápido, superando la cantidad de minutos habituales, es decir sesenta, a sólo cinco.

El producto era altamente expansivo, siendo capaz de cubrir sólo con una cápsula una extensión de cinco a diez metros con una muralla de plástico rígido y sumamente resistente que, una vez seco, era casi imposible de penetrar incluso por un martillo neumático.

Su propuesta había sido utilizar dicha muralla como una medida de contención ante desastres naturales, como inundaciones, o incluso para construir refugios en cuestión de minutos ante huracanes. Y, aunque la idea había encantado a muchos de los inversionistas y empresarios de la feria, que estaban más interesados en la construcción rápida de edificios que salvar a millones en caso de ceder una represa, los elevados costos de los materiales, especialmente del poliol, hacían casi inviable la industrialización del producto, por lo que quedó descartado por todos.

Aunque no estaba exactamente encantado con ellos, no le vio nada de malo al que Honey siguiera trabajando en el poliuretano de alta densidad por su cuenta y, hasta ese momento, nunca había vuelto a cruzarse con él en su vida...

Hasta ahora. Murmuró en su fuero interno, dubitativo. Tomó el pedazo de, todo parecía indicar, el poliuretano más duro y resistente que nunca hubiera existido, y volvió a mirarle con atención.

En caso, sólo hipotéticamente hablando, de que Honey hubiera sido capaz de crear aquella espuma de alta densidad que tanto habían buscado, ignorando los enormes costos de elaboración y maquinaria, ¿Cómo había llegado a manos de aquella heroína? Y, más importante ¿Cómo podría alguien controlar de aquella forma, con tal velocidad, la creación de productos tan altamente volátiles sin error alguno?

Gruñó, y bajó su rostro, ocultando su desesperanza y el desconcierto en sus ojos de la luz del monitor, antes de pasar su mano libre por sus oscuros cabellos.

La respuesta a aquella pregunta era fácil, y por eso mismo, por lo evidente que era y lo que significaba, es que ni siquiera se atrevía a planteársela a sí mismo.

Porque sólo había alguien en todo el mundo que pudiera compararse a las habilidades y la destreza de Honey Lemon en lo que a la química y explosiones refería, y no era otra más que Honey Lemon.

Se llevó la mano ahora al rostro, conteniendo la respiración, mientras todo su cuerpo se tensaba a medida que la aplastante verdad que ese detalle acarreaba se abría paso por su cerebro.

Porque si Honey era aquella chica que había visto en el vagón del cable car, desde luego que el bólido que había superado la velocidad del sonido frente a él en la calle no era otra más que Gogo, o que aquel enorme de color verde y cabellera extravagante, siempre caballeroso, era Wasabi. Que el loco que estuviera detrás del disfraz de dragón, lagarto o lo que fuere, era Fred, al fin cumpliendo su sueño, y que el chico y aquel enorme robot fueran...

Respiró hondo, tratando de vencer la desesperación y el nerviosismo que amenazaba con apoderarse de su mente y todo su cuerpo, sólo de imaginarse que de verdad había visto a Hiro haciendo frente a un vehículo de más de quinientos kilos que se dirigía hacia él a toda velocidad. Su hermano estaba loco, sí, pero no a tales niveles, ¿Verdad? Y tampoco sería capaz de involucrar a sus amigos en aquella situación... ¿No?

Antes de permitirse aceptar cualquier conclusión respecto a su hermano y amigos, Tadashi decidió investigar un poco de aquellos seis por su cuenta.

Luego de presionar el enter, el buscador arrojó cerca de casi un millón de resultados a las simples palabras Los Grandes Seis + San Fransokyo, con los que estuvo a punto de sufrir un colapso sobre la silla.

Miró por un instante los nombres de diversas páginas, sorprendido de hallar incluso una de moda que creaba trajes inspirados en los de los héroes, u otra que, si no se equivocaba, era algo así como una serie de cómics de ellos... vaya, incluso había una que hacía pasteles de cumpleaños exclusivamente de ellos.

Sin embargo, y para su profundo alivio la gran mayoría de ellas eran blogs de personas que, ligeramente obsesionadas, se dedicaban a postear noticias sobre los Grandes Seis, posibles teorías sobre quienes son y principalmente, cada una de sus apariciones... lo que le venía de maravilla, en realidad.

Recorrió con rapidez las imágenes de la página, pero por desgracia éstas estaban tomadas desde grandes distancias y por ello su definición no era la mejor, o eran sacadas en pleno movimiento, lo que igualmente hacía indistinguibles los gestos o rasgos de la mayoría de ellos.

Frustrado en su búsqueda de imágenes, Tadashi se resignó a informarse principalmente en el texto que acompañaba a éstas. Había sido creado por, por lo que decía la información básica del autor, un estudiante de periodismo de la ciudad y, aunque no revelaba grandes detalles del grupo, al menos si le servía con respecto a las fechas.

Según el sujeto, la primera aparición de alguno de los héroes fue a finales del invierno del año anterior, cuando, sorprendiendo a todo poblador de la ciudad que hubiera presenciado semejante aparición, una enorme y gigantesca criatura robótica atravesó el cielo de la ciudad con lo que parecía ser un niño sobre él. Había sobrevolado tanto el estrecho como el puente del Golden Gate, y se habían perdido hasta el anochecer en los globos pez de la costa, donde algunas pocas personas aseguraron ver un resplandor alejarse de uno en particular pocos momentos después de la puesta de sol.

La siguiente vez que se supo de ellos fue durante los incidentes de la inauguración de los nuevos laboratorios de Krei Tech, donde se enfrentaron a Yokai, o Callaghan, mejor dicho. Prestó especial atención a la información que el sujeto brindaba sobre el que uno de los miembros del equipo se había perdido en el interior del portal interdimensional, pero no podía dar muchos detalles más allá de que de allí habían sacado a la ingeniera Abigail Callaghan, que había permanecido desaparecida el último año debido a un experimento fallido en los laboratorios del multimillonario inventor.

Luego, la página se dedicaba a hacer una detallada línea de tiempo sobre los sucesos que seguirían e involucraban directa e indirectamente a los héroes.

Para su sorpresa, el incidente del Cable Car había ocurrido una vez antes, sólo que éste había estado vacío.

Los Grandes Seis habían truncado más robos a bancos y tiendas en un mes que lo que las estadísticas de la policía registraban en un año en Nueva York, y habían ayudado a reducir las pérdidas en accidentes de cualquier tipo en un diez por ciento. Incluso habían disminuido los asaltos a mano armada a civiles y venta de drogas en la ciudad, y, aunque actividades como las apuestas en peleas robóticas no habían disminuido en aquellos meses, si que lo habían hecho los actos de violencia que solían acarrear. Incluso parecía estar volviéndose una de las actividades de los barrios bajos más seguras.

No pudo evitar soltar una risita burlona, pero trató de no volver a caer en el pensamiento sarcástico dirigido a su hermano que la había originado y se dedicó a recorrer las noticias más recientes del grupo, de forma más precisa las de las últimas semanas.

Prestó especial atención y recurrió principalmente a su memoria, con la más pura esperanza de no encontrar ninguna coincidencia y que, en el mismo día y hora en que los héroes hubieran aparecido en la ciudad, su hermano y amigos hubieran estado junto a él, comiendo pizza o viendo una película.

Pero el alma se desplomó a sus pies cuando no sólo descubrió que el día y hora en que tuvo su conversación con Cass, hace una semana ya, estaba ahí, como burlándose de él, con el registro de los seis salvando a unos civiles en el incendio de un complejo de apartamentos; sino que ahí estaban todos los días, en el lapso de tiempo exacto, en los que su hermano había brillado por su ausencia en la casa y la Universidad. Ante él se desplegaba un listado que se remontaba a casi un mes atrás, donde la lista de acciones heroicas abarcaba detención de ladrones, enfrentamientos con sicarios armados, detener todo tipo de vehículos fuera de control y prevención de casi veinte accidentes de transito entre el Golden Gate y la ciudad. Y, desde luego, los acontecimientos de aquella tarde, con el famoso rescate del navío, un barco de paseos que sufrió una avería y se hundió con sus treinta tripulantes, aunque, gracias a la capacidad de volar del robot y la habilidad de, suponía, la chica de rosa para crear una superficie en la que pudieran trasladarse sobre el agua, no hubo que lamentar victimas fatales, aunque sí había una niña herida por un mueble suelto en el interior del navío, pero que estaba estable en el hospital de la ciudad.

Tadashi se echó hacia atrás en la silla, con los ojos abiertos de par en par y observando, sin poder creerse aún toda aquella locura, los horarios, los días y, por sobre todo, las situaciones a las que se habría enfrentado supuestamente, hipotéticamente, su hermano y amigos de ser verdad sus suposiciones.

Se cubrió el rostro con ambas manos, espantado, al caer en cuenta de todos los peligros a los que cinco de las personas y el robot que más amaba en el mundo enfrentaban desde que no estaba allí.

Aquella locura no podía ser posible, claro que no. Su hermano podría ser uno de los mayores genios de su edad que pudieran existir en el país e incluso en el mundo, pero de ahí, a formar parte de un grupo de súper héroes extremos de trajes chistosos había una gran distancia que él nunca podría ser capaz de atravesar. Se jugaba la vida en ello.

Sin embargo, volvió a recorrer las imágenes de la página, sintiendo un nudo en el estómago cada vez que reconocía alguna característica de sus amigos demasiado presente en aquellos personajes. No quería ver por nada del mundo más de aquella página, no quería siquiera plantearse la idea de que toda su histeria fuera alguna especie de aborrecible realidad y de verdad hubiera visto a Hiro pararse frente a un cable car aquella tarde.

No, simplemente no era posible. ¿Qué haría la delicada Honey sobre un vagón? ¿O Wasabi, tal vez más delicado incluso que ella? Está bien, podía aceptar que Fred hubiera soñado toda su vida con ser un dragón o algo así, y que Gogo adorara la velocidad, pero no a aquel punto. Y Hiro... vamos, Hiro podía ser un genio, pero no podría ocultar algo de ese nivel a Cass por tanto tiempo. Y aun peor, la sola idea de que Hiro arriesgara su vida, en cada misión, aún sabiendo que podía llegar a dejar a Cass completamente sola cuando él no estaba le hacía hervir la sangre en las venas y reprimir su deseo de subir a su habitación a reacomodarle las ideas al chico de un buen zape.

Un pesado suspiro escapó de sus labios, antes de dejarse caer otra vez sobre la silla, pasando una mano por su rostro para espantar un sopor que definitivamente no estaba allí.

Pero, si Hiro no tenía nada que ver con los seis exóticos personajes que había visto por la tarde, entonces ¿Por qué se veía tan nervioso mientras hablaban de ellos? ¿Por qué había cambiado de canal justo cuando dieron las noticias sobre los Grandes Seis? ¿Por qué nunca hablaban de ellos en su grupo de amigos, si evidentemente era un tema tan conocido en toda la ciudad? Las ausencias de Hiro habían coincidido con las apariciones de los héroes en los últimos días, y sus primeras apariciones estaban cercanas a los meses posteriores a su supuesta muerte, tiempo en el que, según Cass, habían comenzado las desapariciones esporádicas.

Negó con la cabeza, aturdido, mientras se ponía de pie de un salto, alejándose de la computadora. Comenzó a caminar en círculos dentro de la cochera, con la mirada desesperada en el suelo, cómo si éste tuviera las respuestas que estaba buscando.

No, no y no...

Por favor, no. Rogó en su fuero interno, mientras cada uno de los detalles que hacían que aquello se viera como algo factible se asían a su mente como sanguijuelas que no le dejaban pensar con tranquilidad.

Llevó su mirada nuevamente a la computadora, con el ceño fruncido, confundido, pero éste se relajó en cuanto sus ojos recayeron sobre un destello verdoso junto a esta.

Se acercó a la mesa nuevamente, para tomar la caja de metal jade que había fabricado hace ya tiempo, y acercarla a su rostro para observarla mejor. Tenía esquinas brillantes, y su nombre escrito con caligrafía algo tosca en la tapa, por encima de un pequeño rectángulo de color oscuro. Sonrió con cierta nostalgia, a la vez que, sin pensarlo mucho, posaba su dedo pulgar sobre el lector dactilar, que de inmediato despidió aquella luz que atravesaba de izquierda a derecha todo el pequeño espacio, antes de encender una lucesilla verde en un costado del compartimiento y que éste se abriera con un leve chasquido.

Tadashi la acercó a la luz, viendo su interior tapizado por una capa de material oscuro que tardó un segundo en reconocer. Decenas de pequeños chips y esferas diminutas de color negro guardadas por casi dos años, de aquella época en que se había obsesionado con las películas de espías y estaba decidido a hacer de su vida lo más parecido a una posible.

Rio de la idea. Hiro tenía razón, era un nerd.

De repente, sintió como si una lamparilla se encendiera sobre su cabeza, a la vez que tomaba uno de los pequeños chips en sus dedos y lo observaba a la luz de la lampara.

Hizo una mueca, pensando en qué tan moral sería llevar adelante lo que se le acababa de ocurrir, aún cuando fuera para proteger a su hermano... Suspiró con pesadez, mirando el pequeño pedazo de plástico como si fuera el primer cigarrillo que fuera a fumar en su vida, con curiosidad, pero temor.

Al final, el recuerdo de su supuesto hermano frente al vagón le hizo fruncir el ceño y, con decisión, volvió a guardar aquel chip en la caja, para luego echársela al bolsillo.

Nadie se metía con su familia, ni siquiera ellos mismos, y venía siendo hora de que pusiera algo de orden.

-Se acabo, Grandes Seis- murmuró, antes de apagar las luces y retornar a su

habitación en el silencio sepulcral de la casa.


No supero la cara de cagazo de Wasabi cuando casi se descubre frente a Tadashi jajaja.

Todos sabemos quién costea los gastos del equipo ¿No? Una pista, se disfraza de lagarto.

Hay un tema con las estaciones y el tiempo, y es que no estoy muy segura de en qué época del año murió Tadashi, pero decidí que lo mejor sería que fuera en vacaciones de invierno, lo que cumpliría el requisito de que esté por cumplirse el aniversario de su muerte, y combina con las apariciones de los héroes a finales de invierno, tiempo suficiente para que Hiro haga su duelo y comience la acción.

Con respecto al tiempo que Abigail estuvo desaparecida, no me decidía a que fueran meses o años, ya que al prestarle atención a Callaghan en el vídeo de los laboratorios, tenía un cabello más oscuro y una apariencia más joven. Así, no sabía si tomar la desaparición de Abigail como algo ocurrido hace años o meses, ya que un envejecimiento tan claro como el que se ve en el Callaghan de la universidad bien puede darse en unos meses si se tiene en cuenta el estrés al que fue sometido al perder a su hija. Entonces, decidi que hubiera al menos un año de distancia entre el incidente en los laboratorios y la aparición de los chicos.

Bueno, han sido unos días moviditos con todo esto de la mudanza y la Universidad, pero logré hacerme un tiempito para editar este capítulo y publicarlo, espero que les haya agradado.

No sé cuando estaré actualizando de nuevo, pero trataré de ponerme a escribir ni bien pueda hacerme un momento. Y creo que todos pueden adivinar más o menos lo que se viene ¿No?

Bien, nos vemos... Los paratextos me llaman :'v

BalalalalahTodohay con