Sí, bueno... mátenme, sé que me lo merezco. Lo único en mi defensa es... sí, nada en realidad.

No hay nada interesante de mi vida que contar, la típica crisis existencial de la universidad y estudiar mucha teoría que, con toda franqueza, me parece de lo más inútil. ¿De qué servirá la lengua y el signo lingüístico cuando los zombis nos ataquen?

Bien, creo que estoy publicando esto hoy, no por el hecho de que tengo una hora libre antes de dormir, sino que, supuestamente, mañana se acaba el mundo o alguna de esas idioteces nuevas. Aquellos que hayan visto el video del extraño audio que le llegó a un sujeto en twitter me entenderan.

Bien, esperaré a los reptilianos escuchando los openings de Inuyasha mientras escribo esto, besos mis héroes.


El Legado de Tadashi Hamada

El aire que provenía de la costa le daba de lleno en el humedecido rostro, siendo un alivio para su cuerpo ardiente y su reseca garganta al ingresar por su boca entreabierta y jadeante.

Podía sentir todo su cuerpo temblar ante el impacto de cada zancada sobre la acera, a pesar de las gruesas zapatillas deportivas. Sudaba a mares y cada poco tiempo debía retirarse el exceso de transpiración de su frente para no perder de vista el camino, iluminado por luces, y caer al agua del estrecho.

Su corazón palpitaba desbocado en su pecho, y sus pulmones ardían como el infierno cuando hacía el esfuerzo sobrehumano de llenarlos de oxígeno en cada inhalación, a pesar de la humedad del aire de la costa. Sus piernas ardían horrores, y tal vez se estuviera extralimitando con la actividad física, pero el hecho de que no le dolieran era una muy buena señal. Significaba que, al menos, su cuerpo podía hacer ejercicio y gastar energía de forma correcta.

Cuando sintió un ligero calambre al costado de su torso, decidió que era hora de parar un poco. Disminuyó lentamente el ritmo de su carrera, dejando que los músculos se adaptaran y relajaran correctamente, mientras él trataba de calmar los latidos de su corazón y regularizar su respiración. Tenía la camiseta de ejercicio negra pegada al cuerpo, y la utilizó para secarse el sudor del rostro nuevamente, tomando el dobladillo y elevándolo hasta su frente y mejillas, dejando una leve porción de su vientre blanquecino y brillante por el sudor a la vista, antes de destapar su botella de agua y beber el líquido de a sorbos.

Se retiró los auriculares para hacer ejercicio antes de echar un poco de agua sobre su cabeza, agradeciendo la refrescante sensación que producían las gélidas gotas al recorrer su cuero cabelludo, nuca y, finalmente, caer con lentitud por su espalda. A pesar de estar casi a comienzos del invierno, el ejercicio siempre le dejaba como si acabara de salir de un sauna.

Dirigió su mirada por un segundo al horizonte, allí donde el cielo ya tomaba una ligera tonalidad índigo por causa del sol naciente que asomaba detrás de las montañas, dibujando en el agua mansa el mismo paisaje, como si se tratara de un espejo, regalándole una bellísima vista. Debían de ser las seis de la mañana, quizás un poco más tarde ya, puesto que los barcos pesqueros y algunos yates flotaban a la deriva por la superficie del Golden Gate, perdiéndose lentamente en aquel punto lejano donde el cielo se unía con el mar, recreando una de esas bellísimas postales que parecían de otro mundo y que plagaban los fondos de pantalla, sólo que justo frente a sus ojos deslumbrados, con la ventaja de sentir en su propia piel la brisa fresca y ligeramente salada que venía desde el estrecho, de oír el canto de las gaviotas, hermosas, mientras las veía deslizarse con cierto aire desafiante frente a las embarcaciones, con esos movimientos elegantes de sus colas, estirando las alas en toda su magnífica envergadura.

Las envidiaba bastante, a decir verdad. Y era, tal vez por culpa de ellas, que siempre había ido a aquel lugar a correr por las mañanas. Muchas veces sólo hacía falta estar solo allí, mirar hacia el horizonte lejano, sentir la brisa en su cuerpo y echar a correr, para creer que estaba volando como una gaviota.

Se estremeció, mientras poco a poco su ritmo cardíaco se normalizaba. Su cuerpo, al parecer, había extrañado aquella rutina, aunque sólo la hubiera sentido de nuevo por una hora.

Luego de inhalar hondo, llenándose de oxígeno, esbozó una sonrisa tan enorme que estuvo a punto de partirle el labio, a la vez que una profunda y avasalladora euforia se hacía presente en todo su cuerpo. ¡Había corrido por casi una hora! entre hito e hito, claro, pero sin duda era todo un logro a tres semanas de haber despertado.

Se giró hacia la senda, con una expresión deslumbrante, en busca de su acompañante para compartir la dichosa noticia. No obstante, frunció el ceño, confundido, cuando sólo distinguió tras de sí a unos pocos desconocidos que, como ellos, habían tenido la idea de salir a correr al Embarcadero a horas tempranas para evitar la aglomeración de atletas.

¿Dónde rayos se había metido Hiro?

Francamente, se había sorprendido cuando el chico aceptó, al primer intento, su propuesta de salir a correr a tan tempranas horas de la mañana, pero no chistó ni se quejó de alguna manera, con la esperanza de poder sonsacarle información por las buenas antes de recurrir a su última estrategia.

Sin embargo, cuando el primer atisbo de refrescante y dulce brisa matutina fue a chocar con su rostro, y sus ojos vislumbraron aquella senda para corredores que tantas veces había recorrido, se hubo olvidado por completo de los planes que tenía para su hermano y él y, llevado por alguna especie de añoranza que no sabía de dónde había salido -probablemente del anhelo de su cuerpo por volver a la normalidad- había echado a correr sin mediar palabra alguna con su hermano, ignorando el hecho de que, tal vez, Hiro ni siquiera supiera que ruta seguir. Nunca había sido demasiado atlético, cabe destacar.

Y ese era el motivo de su inquietud al no descubrirlo detrás de él. No tenía ninguna seguridad de que, al dejarlo detrás, el chico no hubiera doblado por una calle errónea y ahora se hallara en alguno de los barrios peligrosos que rodeaban El Embarcadero. La sangre se le heló en las venas de sólo imaginarse a su bocazas y testarudo hermanito solo en una zona de delincuentes, pues, aunque no sería su primer roce con los bajos mundos, no podía garantizar que esta vez pudiera encontrarlo y salvarle a tiempo.

Por ello, cuando ya comenzaba a desesperarse por no hallarlo, agradeció con toda su alma cuando aquella mano, ciertamente más pequeña que la suya, le toco el hombro y, al voltear el rostro, pudo encontrarse con la expresión entre burlona y divertida de su hermano, en ese rostro enmarcado en cabellos rebeldes y húmedos que se adherían a sus sienes y labios jadeantes y curvados en una sonrisa.

Suspiraron con alivio a la vez, lo que les obligó a verse entre ellos con una expresión descolocada.

-Creí que te habías perdido- se explicó con simpleza el mayor, mientras comenzaba a caminar lentamente, para evitar perder el ritmo. Hiro le siguió, bebiendo de su propia botella de agua.

El chico le dirigió una mirada entre divertida y burlona, en vez de la indignada que él esperaba, cosa que llamó su atención.

-Creí que te había dado un ataque o algo- se explicó también, antes de volver a llevarse su botella azul a los labios y beber un sorbo. Cuando la bajó, se giró hacia él con una expresión socarrona antes de hablar-. Estaba a cinco kilómetros cuando me volteé, pero no te vi por ningún lado- finalizó, relajado.

Tadashi, por otro lado, casi escupe el agua que tenía en la boca.

-¡¿Cinco kilómetros?!- vociferó, asombrado, llamando la atención de todos a su alrededor. En cuanto fue consciente, alejó la mirada, ligeramente ruborizado, mientras su hermano reía a su lado.

-Venga, Tadashi, puede que Cass te oiga si lo gritas un poquito más fuerte- se burló, negando con la cabeza, siendo lo suficientemente descarado como para ignorar a todos aquellos que les miraban con curiosidad-. ¿Qué hay de malo con eso? Es una distancia normal.

Tadashi le miró como si estuviera loco.

-Claro, cuando haces ejercicio todos los días de tu vida- comenzó, irónico-. Pero, siendo tú, considerando que llevamos corriendo casi una hora, y que no vi en que maldito momento me sobrepasaste... créeme, hermanito, de normal no tiene nada.

El rostro de su hermano, ligeramente aniñado por las luces de aquella senda, se desfiguró, por un segundo casi imperceptible, en una mueca asustada, con atisbos de alerta en sus ojos, muy similar a la que ponía de niño cuando revelaba una travesura. Sólo para que, acto seguido y como si nada hubiera pasado, mutar en aquella mirada burlona que tenía tan bien desarrollada.

-¿Entonces no crees que sea capaz de aguantar tanto como tú?, ¿Es eso?- preguntó de la nada y a Tadashi no le pasó desapercibido el hecho que que estaba tergiversando sus palabras como más conveniente le resultara a él. Cuando la sonrisa competitiva asomó en su rostro, pero la cautela refulgió con intensidad en aquellos ojos color avellana por las luces de las farolas, supo que acababa de perder su oportunidad-. Pues veamos quien llega más lejos, hermanote, y no creas que voy a tener piedad sólo porque acabas de despertar de un coma.

Y entonces, sin más, echó a correr, dejándole atrás por varios metros antes de que reaccionara y arrancara detrás de él.

Tadashi podría estar riendo mientras perseguía a su hermano menor por El Embarcadero, con el sol despuntando el alba a su lado y la fresca brisa costera golpeando su cuerpo, corriendo como una gacela por la acera y robando uno que otro suspiro a las muchachas a su alrededor. Pero no había forma de que, aún con lo mucho que le dolía, pudiera ignorar que aquello que Hiro estaba haciendo no era una simple jugarreta de hermano menor, sino toda una estratagema, una huida que estaba especialmente diseñada para hacerle olvidar el hecho de que su hermano parecía tener un estado físico de atleta cuando, en los catorce años que había pasado junto a él, nunca había conseguido que salga una vez a caminar junto a su persona.

Y el hecho de que le hubiera dejado ganar, aún aparentando una molestia terrible, con tal de hacerle creer que aquella mejoría repentina en su estado físico había sido una completa alucinación suya, no había sido más que el empujón que necesitaba para poner en juego su último recurso. Porque sólo algo muy grande podía hacer que Hiro, con lo competitivo y orgulloso que era, le dejará ganar cualquier cosa.


El primer día se pasó mirando la pantalla de su celular cada cinco minutos, en espera de la señal de que el chip estaba en movimiento. De hecho, estaba tan ansioso al respecto, que lo hacía incluso cuando Hiro estaba junto a él.

-Vamos, hermanote, las notificaciones de tus juegos hacen un horrible ruido que se escucha a veinte metros de distancia si no lo silencias para una clase- le informó el chico, divertido, mientras presionaba a toda velocidad los botones del mando entre sus manos, aprovechando la ligera distracción de su hermano al levantar el celular para quitarle varios puntos a la barra de vida de su personaje con tres giros de la espada del suyo.

-¡Hey!- exclamó el mayor, frunciendo el ceño mientras soltaba el celular sobre el cojín del sofá y volvía a tomar el control de su personaje. Era casi un insulto que la muchacha con exageradas curvas que su hermano estaba utilizando como avatar le estuviera pateando el trasero a su gigantesco samurai, pero más lo era que, aunque estuviera en lo cierto, Hiro diera por supuesto que las únicas alarmas que su celular recibía fueran por sus juegos... lo que era un poco vergonzoso, considerando que tenía veinte años ya- ¿Y tú que sabes? Tal vez puede ser una chica- trató de salvar su orgullo, pero éste se escondió debajo de su gorra cuando las estrepitosas carcajadas de su hermano inundaron toda la sala de la nada.

Hubiera aprovechado para vencer al menor si su propia vergüenza le hubiera permitido hacer algo más que sólo ver como Hiro se destornillaba de risa, con la mitad de su cuerpo recostado sobre el sofá y la otra desplomándose por el suelo. Una cosa era que creyera que su única vida social se limitara a la universidad y los videojuegos, pero otra muy diferente era que ni siquiera considerara a su hermano mayor capaz de tener una conversación con una chica.

Apartó la vista y centró toda su atención en el televisor, donde ambos avatares estaban esperando a que alguno de los dos hiciera sus movimientos, y, sólo por venganza, le dio un golpe en la cabeza con su espada a la chica de Hiro.

-¿Y de qué te ríes?- preguntó, enfurruñado, a la vez que la muchacha volvía a la carga, llevando su barra de vida a los números rojos- ¿No puede una chica enviarle un mensaje a tu hermano?

Hiro soltó una pequeña risita, a todas luces burlona, mientras le dedicaba una mirada socarrona de soslayo.

-Claro que si- Tadashi vio, acumulando humillación y rabia en su interior, como Hiro le estaba dando una paliza sin siquiera ver la televisión-. Pero tía Cass sólo tendría que subir hasta aquí para hablarte si te necesitara, en vez de enviarte un mensaje.

Y entonces, en otros tres limpios e impecables movimientos de espada, Hiro dejó a su samurai K.O, sobre un charco de sangre tan rojo, como el rostro abochornado de su usuario.

Los siguientes días, como burlándose de él, la ciudad pareció volverse un santuario en honor a la calma y la tranquilidad. Cuando, en veinte años de vida que llevaba allí, nunca jamás había podido encender un canal de noticias sin encontrarse con un desastre en San Fransokyo, ahora, de repente, lo más importante eran los descuentos en dulces para Navidad.

Fueron casi cuatro días de completa paz que estuvieron a punto de volverlo loco. Nunca creyó que algo tan bueno como que no se hubieran cometido crímenes u ocurrido accidentes en la ciudad fuera a resultarle tan frustrante o molesto. Miraba con aun más impaciencia su celular que el primer día, aunque asegurándose siempre de que ninguno de sus amigos le estuviera viendo.

El aparato vibraba siempre que quien llevara el chip rastreador estuviera fuera de su área de movimiento normal, de forma que no debiera alertarse cada vez que la persona fuera al baño o a la esquina a comprar algo.

Desde luego, cómo no estaba seguro de cuáles eran las rutinas privadas de sus amigos, y no estaba dispuesto a hacer tal cosa como violar su intimidad, no había sido tan tonto como para poner un chip en cada uno de ellos. Más bien, lo puso en aquel que nunca necesitaría de tal cosa como una vida secreta y cuya rutina sabía a la perfección, de forma que ninguna alarma de movimiento resultara en una falsa alarma.

Fue por eso que, al quinto día de haber implantado el chip, cuando el avatar de un ovalo blanco con dos puntitos negros comenzó a desplazarse por el plano de la ciudad que había descargado a su celular, a demasiada velocidad como para tratarse de una situación normal, no dudó en calzarse sus zapatillas y salir pitando de la casa, luego de darle un apresurado beso a una confundida Cass.

Tomó su motocicleta, guardada en la cochera, y salió a la calle, viendo de hito en hito el pavimento y la ubicación en la que, hace al menos diez minutos, Baymax se había detenido.

Le tomó al menos veinte minutos más y varios bocinazos, debido a su descuido a la hora de conducir por estar viendo el mapa, llegar al lugar. Comenzó a ser consciente de las distancias que había recorrido el robot cuando, lentamente, las casas modestas, mezclas de el estilo occidental y oriental, comenzaron a dar paso a casas que obviamente albergaban a personas de poder adquisitivo mucho mayor al normal. Verdaderos palacios, casas que nada tenían que envidiarle a la Casa Blanca, se erigían a su alrededor, como monumentos a la ostentosidad, y comenzó a preguntarse si, tal vez, su chip no habría sufrido una avería.

Más, cuando se detuvo frente a una de aquellas casas, la que parecía ser por lejos la más llamativa y monumental de todas las que le rodeaban, estuvo convencido de que algo estaba definitivamente mal.

"¿Qué demonios?" Se preguntó, mientras apeaba su motocicleta en la acera y se sacaba el casco. El frío era notable en aquel lugar por estar tan cerca de la costa, pero el viento gélido que chocaba con sus mejillas, calientes por causa del casco, poco le importó al inventor cuando se puso de pie y, con cierto temor, se acercó a aquella gran puerta de madera que parecía más grande que su hogar incluso, Lucky Cat Café incluido.

Luego de pensárselo un momento, extendió su mano hasta el llamador de la puerta, que bien podía ser oro real, y dio tres golpes que le sonaron demasiado contundentes, fuera por la inmensidad de todo aquel lugar, o porque, por primera vez en su vida, se sentía insignificante frente a algo o alguien, con sus ropas de estudiante aplicado y su casco verde y blanco en una mano.

Veinte segundos exactos después, antes de que su cobarde deseo de desaparecer de allí le obligara a subir a su moto y huir de la que, posiblemente, fuera la humillación más grande de su vida, la gigantesca puerta se abrió sin apenas realizar ruido, dejando que por ella asomara una calva chistosa y un par de ojos aburridos.

Tadashi se quedó mirando a aquel hombre, vestido de mayordomo, por un momento, sintiendo como los nervios hacían a su estómago dar volteretas dentro de su cuerpo. Era calvo salvo por una diadema de postreros cabellos castaños y un bigote, tenía aquella nariz prolongada y respingada típica de los estereotipos ingleses y un elegante y pulcramente planchado traje que se ajustaba demasiado en la parte del cuello.

-H-Hola... ¡B-Buenos días!- se corrigió, tratando de imprimir mayor elegancia y educación a su saludo, y sintiéndose un gran idiota exactamente un segundo después.

El mayordomo le miró de forma inquietantemente directa a sus ojos, antes de realizar un profundo escrutinio de su persona de pies a cabeza, sin la menor delicadeza o deseos de ocultar la indiferencia que despertaba en él el joven.

Cuando Tadashi creía que iba a desmayarse por los nervios y el sudor ya había empapado el cabello de su nuca, el hombre, que parecía ya entrado en los cincuenta, se hizo a un lado con un gracioso movimiento, para su profunda sorpresa.

-Debe ser otro de los amigos del amo Fred- señaló, con un gesto sublime y un tono de voz que, más que más que hacerle sentir bienvenido, sonaba como si le estuvieran anunciando a una reunión formal. Más, cuando logró captar el significado de las palabras del hombre, el joven estuvo a punto de caer al suelo de la impresión ¿Aquel palacio era de Fred?-. Pase por favor, están en el patio trasero.

Tadashi le miró por un segundo, sorprendido, mientras el mayordomo se volteaba con un elegante movimiento que hizo ondular con suavidad el frac de su traje, antes de tragar saliva y, aparentando más seguridad de la que poseía en realidad, dio un paso dentro de la mansión.


Hiro tenía una duda, tan grande como un elefante, ocupando la totalidad de sus pensamientos en ese momento mientras, estando de pie en el jardín trasero de Fred, ataviado con su traje de héroe, y con todos sus amigos tan atónitos como él en medio de un entrenamiento, observaba al chico que acompañaba a Heatcliff como si del mismísimo demonio se tratara.

¿Qué, en nombre de las leyes de Cadbuly, estaba haciendo Tadashi ahí?

Le miró con los ojos y la boca abiertos de par en par, sintiendo como un sudor frío comenzaba a bajar por su nuca y su corazón arrancaba a latir a toda velocidad.

El mayordomo se retiró con una elegante reverencia, mientras su hermano permanecía en el mismo lugar frente a la puerta de madera que había ocupado desde hace un minuto, cuando llegó en completo silencio, acompañado del mayor, y con la expresión más impenetrable que hubiera visto en su vida de su parte.

Le vio dar algunos pasos en su dirección, con las manos enfundadas despreocupadamente en los bolsillos de su jean negro, dirigiendo una mirada a su alrededor. Hiro sintió su corazón y su estómago encogerse en su interior cuando notó que los robots de pelea personalizados con los que entrenaban estaban a plena vista, como si sus simples trajes no fueran suficiente para delatarles.

Aun sabiéndose perdido, comenzó a buscar en su mente medio millón de formas de tratar de mantener su secreto y a Tadashi a salvo, pero cada cual era más inverosímil e inútil que la anterior, y, cuando la mirada de Tadashi volvió a él luego de un tiempo escrutando su área de entrenamiento, todo esfuerzo quedó desechado ante la severidad que, sabía, se escondía detrás de la indiferencia de sus gestos. Era esa mirada fría pero ardiente que siempre veía de pequeño cuando de verdad hacía enfadar a su hermano.

Pero, por la forma en que sus brazos se cruzaron sobre su pecho, se podía decir que no estaba enfadado.

Estaba furioso.

Y Tadashi furioso, aunque poco frecuente, era peligroso como una serpiente. Tadashi furioso era frío, era calculador. Era la única persona en el universo que podía hacer a Hiro temblar sólo con su tono y forma de decir las cosas; porque Tadashi no insultaba, pero lograba hacerte sentir pequeño e insignificante sólo con una mirada.

Y, aún enfundado en su traje y con la adrenalina pura que el entrenamiento le regalaba inundando sus venas, era justo como Hiro se sentía en ese momento, aún más cuando vio la perfecta ceja negra de su hermano alzarse en un gesto que se balanceaba entre curiosidad y molestia.

-Los Seis Grandes Héroes de San Fransokyo- dijo, con un tono bajo y grave, que hubiera parecido casi de desprecio si hubiera sido un poco más burlón, mientras deslizaba su mirada lentamente por cada uno de ellos. No estaba seguro de que el resto estuviera logrando aguantarle la mirada, pero a él le estaba costando lo indecible.

Hiro se estremeció tal cual lo había predicho ante el tono casi condescendiente en que el mayor los nombró y, en ese mismo momento, dio el anonimato de sus alter ego por acabado, al menos en lo que su hermano respectaba, porque, por si no era ya demasiado obvio, Tadashi los había descubierto y, por la expresión molesta con la que le miraba, quedaba claro que no estaba nada feliz por lo que se había encontrado.

El menor de los hermanos Hamada tragó saliva cuando la mirada de su hermano se clavó en sus ojos, firme y segura, algo que estaba muy lejos de los sentimientos que le invadían en esos momentos, mientras sentía que no era la gravedad lo que lo mantenía casi aplastado sobre el suelo, sino aquella mirada furiosa y fría.

Sintió como sus amigos se acercaban a ellos, pero el mayor pareció no reparar en el grupo o decidió simplemente ignorarlos, al menos mientras tuviera a su presa en frente.

-Veo que hicieron algo más que velarme todo este tiempo, ¿Eh, chicos?- dijo, y Hiro sintió como si aquella mano invisible e impiadosa volviera a hacerse un puño presente al rededor de su pecho, como no había pasado dsde que sus lazos se volvieran a establecer entre su hermano y él, ante la mención de la muerte de Tadashi ¿Era necesario que, cada vez que creía que podría olvidar todo lo que había sufrido, alguna simple palabra o pensamiento trajeran todo aquel dolor de nuevo, aún teniendo a Tadashi a su lado?

A pesar de la consternación, lo que más preocupó a Hiro, y le hizo apartar la mirada, como si el suelo fuera lo más interesante a observar en aquel lugar, fue la manera en que Tadashi era capaz de ocultar perfectamente su furia, pero mostrar su decepción a la vez con la misma claridad que se podía ver el sol asomar tras el techo de la mansión, rodeado de un azul firmamento despejado.

-T-Tadashi- trató de hablar, no sabiendo muy bien si pretendía explicarse o simplemente disculparse con su hermano por algo sobre lo que aún no estaba muy seguro de tener que hacerlo. En realidad, no estaba muy seguro de como proceder respecto a nada a partir de ese momento, y mucho menos sabría como lo haría Tadashi. ¿Pretendía reprenderlo sin saber nada sobre ellos? ¿Pensaba decirle a Cass sobre sus actividades secretas? Ciertamente dudaba que fuera a delatarles frente a la comunidad de San Fransokyo, pero, aunque fuera su hermano, debía tratarlo con cuidado hasta saber qué tenía en mente.

Pero la pregunta persistía ¿Cómo había llegado Tadashi hasta allí? Ciertamente sabía que sus constantes desapariciones estaban siendo demasiado obvias ya para su hermano y tía, y que estaba haciendo estragos en ellos por causa de la preocupación. Por supuesto que se sentía culpable de hacer pasar por semejante situación a su familia, sobre todo a Cass, que era quien más lo estaba sufriendo, mientas Tadashi era mucho más fuerte que ella, y mil veces más directo a la hora de confrontarlo.

Su presencia allí lo confirmaba.

Su hermano se acercó a él, sin cambiar su expresión seria e impenetrable, hasta quedar a sólo unos pasos, con una mirada tan distante que desencajaba por completo en su rostro, acostumbrado a la amabilidad y las cortesías. Tras él pudo sentir el ligero rumor de las armaduras de sus amigos al acercarse, inquietos, y sólo entonces cayó en cuenta de que, tal vez para quien nunca hubiera visto a Tadashi así, podía llegar a verse un poco violento.

Él ya había presenciado aquella faceta del mayor, la primera vez que descubrió sus escapadas clandestinas a las peleas de robots, así que sabía a qué se estaba enfrentando, aunque dudaba que el final de aquella vez se repitiera justo ahora... Tadashi le había jurado llorando no volver a golpearlo, después de todo.

Podía hacerse una idea de lo que llevó a Tadashi a levantarle la mano esa noche de sus trece años de edad. Solo, joven, temeroso por no saber dónde había estado toda la noche, y sin tener como corregir a un hermano problemático ni poder delatarle frente a su tía, cargando con todas las travesuras de sus años anteriores y aterrado de ver que habían avanzado a un escalón más peligroso, Tadashi se había sentido acorralado y, cuando, con su forma de ser sarcástica hizo un chiste fuera de lugar respecto a tener un complejo de madre sobreprotectora, todo el estrés había estallado contra su mejilla en el puño de su hermano.

Tadashi le ignoró y continuó hablando.

-¿Qué es todo esto?- preguntó, en un tono igual de inescrutable que su mirada, arrancándole de sus pensamientos y obligándole a alzar la mirada hasta aquellos ojos tan similares a los suyos-. No creé a Baymax para jugar a los héroes, Hiro.

Ante las palabras del mayor, Hiro no pudo evitar fruncir el ceño y mirar a Tadashi como si de repente le hubiera metido un dedo mojado en el oído, indignado ante su forma de hablar y el desdén en su voz.

-¿Jugar?- repitió, olvidando aquello de tratar a Tadashi como un desconocido. Su hermano, mejor que nadie, debería darse cuenta de cuan en serio se tomaba todo aquello, porque estaba claro que no era ningún ignorante de quiénes eran ellos y qué era lo que hacían por San Fransokyo-. Hemos estado haciendo algo más que jugar en todo este tiempo, ¿Sabes?

Tadashi soltó una risa seca que fue a morir en su garganta, antes de inclinarse ligeramente hacia él, dejando en claro su superioridad sobre el niño en su postura.

-Estaba muerto, ¿Recuerdas? Ya que te encanta pensar así- siseó con crueldad, abandonando por fin su mascara de indiferencia y demostrando abiertamente la rabia que le corroía. Hiro no apartó la mirada ni mucho menos, a éste Tadashi si sabía enfrentarlo-. Esto tiene tu nombre por todas partes, Hiro- continuó, alzando una octava su tono de voz, mientras le señalaba con un dedo acusador justo en medio del pecho de su coraza-. Sé que amas ponerte en riesgo por razones estúpidas, ¡¿Pero hacer que los chicos se enfrenten a un asesino vengativo también?! ¡¿En qué estabas pensando?!

Ante semejante acusación, Hiro no lo soportó más. Tadashi no tenía ningún derecho a juzgarlo, no luego de ser el principal responsable de que él debiera actuar como lo hizo. Él no sabía nada, no había sufrido el dolor, la soledad, la angustia. No había despertado cada maldito día y corrido hasta su cama con la esperanza de encontrarse allí a su hermano, de esperar que todo fuera una pesadilla, sólo para encontrarse su cama vacía y su vieja gorra sobre ella, como recuerdo constante de lo que había sido y nunca más volvería.

Como él había dicho, estaba muerto, y quienes sufren cuando la muerte aparece no es quien se va, sino quienes quedan.

Así que no, de ninguna manera dejaría que Tadashi le acusara de nada, que tratara de hacerle sentir culpable por lo que eran ahora cuando, en realidad, el ser un héroe, para él, era su mayor orgullo, porque era quien era gracias a Tadashi. Y no se iba a ir de allí sin que se lo hubiera dejado muy en claro.

-¡Pensaba que mi hermano había muerto en vano si no hacía algo!- gritó, colérico, a la vez que las lágrimas comenzaban a empañar su vista. Maldijo por lo bajo al notar que, por más que hubiera tratado de ignorarlos, el dolor, la frustración y la rabia habían formado ya un cúmulo en su interior, y que estaba a punto de desatarse la tormenta. Aun así, y a pesar de la mano cálida y pesada que sintió posarse sobre su hombro, seguramente de Wasabi, continuó, con sus ojos como fiera clavados en la expresión enfurecida del mayor- ¡Hubieras hecho lo mismo en mi posición!, ¡Hubieras actuado igual de haber sufrido lo que yo cuando creí que mi hermano era sólo cenizas!

-¡Claro que sí, Hiro! ¡Pero hubiera ido a la justicia!- rebatió, también vociferando, mientras comenzaba a gesticular con sus manos por la ira o la frustración, según Hiro conocía- ¡Y nunca, jamás, hubiera metido a mis amigos en algo tan peligroso!

-¡Pero se hubieran metido de igual forma! ¡Ellos te amaban, igual que yo te amo, y hubieran hecho todo por vengarte!- exclamó, y la voz le falló un par de veces, a la vez que sentía la mano de Wasabi presionar levemente sobre su hombro, antes de relajar su agarre, confirmando sus palabras- ¿Tienes idea de cómo me miraron cuando les dije que habían robado mis microbots?, ¿Qué crees que hubieran hecho si les decía que el hombre supuestamente muerto al que mi hermano trató de salvar lo había hecho? O me encerraban en un manicomio, o se burlaban de mí pensando que era un simple chico de luto buscando un chivo expiatorio- acabó, jadeando debido al llanto y con el rostro ruborizado y empapado en lágrimas. A Tadashi se le estrujó el corazón al ver a su hermano tan desprotegido, lleno de dolor, y tan desesperado como si cada palabra que decía le obligara a revivir los momentos que había vivido. Y, sin embargo, sus ojos, enrojecidos por el llanto, refulgían con la ira un león herido listo a acometer en cualquier momento, asustado pero seguro, dispuesto a cualquier cosa por defender lo que pensaba. Era digno de admirar, debía admitir, el que hubiera aguantado tanto sin desfallecer allí mismo. Y se sorprendió cuando descubrió que aún le quedaba algo por decir-. La justicia es ciega, Tadashi, pero no en el buen sentido. Sólo ve aquello que logra entender.

Todo su cuerpo temblaba por espasmos nerviosos producto del llanto, tenía la voz rota y las lágrimas habían dejado sendos surcos por sus mejillas, formando pequeñas gotas que caían desde su mentón. Nunca antes Tadashi había sentido tal necesidad de abrazarlo y protegerlo desde que sus padres habían fallecido, pero claro, eso era un poco difícil cuando, de quien debías proteger a tu hermano, era de ti mismo.

Pese a la lucha interna que su lado de hermano protector y hermano preocupado estaban llevando a cabo en su interior, el rostro que Hiro y los demás estaban viendo seguía siendo aquel con expresión severa e inescrutable, que más que nada, le contemplaba como quien observa una cucaracha en el suelo, mientras decide si pisotearla hasta volverla un amasijo de entrañas y fluidos asquerosos, o dejarla vivir para que saliera sola hasta el jardín.

Desde luego, aunque Tadashi no se sintiera así en lo más mínimo, no había forma de que sus amigos descubrieran sus verdaderos pensamientos, y por ello, luego de unos momentos de sepulcral silencio por parte del mayor de los Hamada, el resto del equipo no pudo contenerse de salir en defensa del menor de sus compañeros.

-Ya basta, Tadashi- pidió Wasabi, con una voz calma, pero tan firme como para no dar lugar a discusión. El aludido llevó su mirada a los ojos del mayor de todos, sorprendiéndose de encontrar tal seguridad en ellos. Una mirada dura, de advertencia, que le obligó a reprimir un estremecimiento-. Eres mi mejor amigo, pero no dejaré que le hables a Hiro de esa manera.

-Sí, viejo. Creó una sala en el hospital por ti- secundó Fred, retirando la parte superior de su traje y colocándose en el otro perfil del chico, que no alzaba la mirada del suelo, rojo como una manzana, aunque Tadashi no podía asegurar que se debiera a la ira, la pena, o el dolor-. No me obligues a hacerte brocheta de asiático por molestarlo.

Casi se le escapó una sonrisa ante la amenaza del rubio joven, si no fuera porque Honey se acercó al grupo con esa típica mirada suya de preocupación, mezcla de pena y temor, que siempre le hacía sentir a uno culpable por lo que fuera que hubiera hecho para preocuparla, justo como comenzaba a sentirse en ese mismo momento.

-Tadashi, salvó a la hija de Callaghan, aún a riesgo de su propia vida- habló, y el aludido abrió los ojos de par en par por causa de la sorpresa. Razonó, entonces, que nunca había caído en cuenta de lo que Hiro como héroe había hecho. Tampoco había tenido suficiente tiempo para analizar alguna cosa, ya que se negaba a aceptar que su hermano podía actuar de forma tan irresponsable con los chicos, Cass y él mismo, al exponerse de esa manera al peligro.

En el fondo, profundo dentro de sus pensamientos, nació cierta chispa, una pequeña luz, que casi le obliga a soltar una risita sorprendida al imaginarse a su pequeño Hiro, como todo un hombre, yendo en busca de la hija del hombre que era responsable de la muerte de su hermano, mientras todo a su alrededor se desmoronaba en segundos. En verdad, si aquello había nacido del muchacho sin ningún tipo de estímulo exterior, algo bien estaban haciendo Cass y él para haber formado a semejante chico.

-Deja de actuar como si no estuvieras orgulloso de él o de nosotros- la voz de Gogo, quien siempre había tenido una habilidad inconmensurable a la hora de, al parecer, leer sus pensamientos, le sacó de su fuero interno con un leve sobresalto, pues se halló a la pequeña fiera coreana que era su amiga a menos de un metro de él, interponiéndose en su vista de Hiro, y apuntándole con un dedo en pleno rostro, con una expresión tan molesta en su pequeña faz, que tuvo el impulso de cubrirse más de una parte del cuerpo ante el recuerdo de una ocasión en que Fred había llevado a los extremos la paciencia de la muchacha. Sin embargo, se sorprendió al ver en los ojos oscuros de la chica no sólo la rabia que delataba su voz, sino también algo muy similar al dolor, a la decepción... ¿Acaso él la había decepcionado?. La coreana siguió hablando antes de que pudiera profundizar más en sus pensamientos, dejándole sin palabras nuevamente-. Nacimos por ti, porque fuiste un buen hombre que siempre quiso salvar al mundo por algún impulso correcto y desquiciado. Ayudamos a quien nos necesite, como siempre lo hiciste, como nos enseñaste. Esto fue lo mejor que pudimos sacar del vacío que dejaste en nuestras vidas, lo mejor en lo que Hiro pudo encontrar alivio a su dolor, y si te parece que es poco o inútil, al diablo tú y lo que pienses de nosotros, pero que te quede claro una cosa, genio, porque si tengo que volver a repetirtelo, ten seguro que desearías lanzarte de cabeza a otro incendio- gruñó frente a su rostro, casi sin separar las palabras, claramente molesta, y con una mirada furiosa, segura y solemne que sólo ella podía realizar, antes de acabar-. No hay forma en que nos sintamos mal por lo que hacemos, y mucho menos nos sentimos forzados por nadie, porque esta es la manera que tenemos de llevar un poco de lo que tú fuiste para nosotros a cada rincón de esta podrida ciudad ¡Somos tu legado, Tadashi Hamada!

Un silencio sepulcral se alzó en el jardín, a penas interrumpido por el lejano paso de los autos, luego de la exclamación de la chica, que dejó no sólo sin palabras al joven nipón, sino también al resto de sus amigos.

Tadashi alzó la mirada hacia los demás chicos, sorprendiéndose no sólo de hallar la misma emoción que desbordaba a la muchacha en cada uno de sus rostros, sino también sentimientos tan variados como la personalidad de cada uno de ellos. Había una seguridad férrea en los ojos oscuros de Wasabi, una que no dejaba lugar a duda respecto a cuan de acuerdo estaba con las palabras de la chica. Honey brillaba por sí misma de emoción y determinación, de una forma en que sólo la había visto cuando lograba resultados satisfactorios en sus experimentos. Fred continuaba manteniendo aquella mirada de niño eterno en él, asombrado, lleno de emoción; la mirada de aquellas personas que cada amanecer descubrían el mundo de nuevo, pero con un nuevo brillo en sus ojos verdes, un velo de orgullo que los cubría por completo, algo que, ahora que lo pensaba, nunca había visto en él.

Todos ellos estaban orgullosos, era perceptible a simple vista. Aunque se podía decir que no era vano orgullo propio. Era aquella emoción potenciada de esa manera, con aquella plenitud, que sólo se veía en los ojos de las personas que ayudaban a los demás sin pedir nada a cambio, por verdadera vocación. Era la seguridad que sólo brindaba el formar parte de un grupo, de una familia; el saber que, cuando todo fallaba, siempre habría alguien para ti, dispuesto a protegerte, una mano amiga que siempre estaría lista para ayudarte a poner en pie.

Un apretado nudo se formó en su garganta cuando sus ojos recayeron en el joven cabizbajo en medio de aquel grupo de chicos, aquella manada dispuesta a defender a uno de sus miembros. No podía ver ninguna expresión de él debajo del casco de su traje, pero estaba más que seguro que cualquier emoción de su parte estaba muy lejos de las que ostentaban sus amigos, y no pudo reprimir la sensación de culpabilidad que trepaba desde su estómago hasta su cuello ante ello.

Hace un año, Tadashi había perdido de vista a quienes él debía fungir como pilar, la casa que debía ayudar a sostener, la familia que debía proteger. Por una decisión tonta y egoísta, había dejado que todos quienes lo amaban se derrumbaran en cuanto él desapareció y, ahora que habían logrado medianamente seguir adelante, ahora que habían conseguido hacer algo de bien con lo que su partida les había enseñado, ¿Simplemente pretendía llegar y derrumbar todo de nuevo?, ¿Volver a destruir la vida de Hiro por mero capricho?

Quiso darse un golpe en su fuero interno por su egoísmo e ignorancia. ¿Qué había malo con él, por Dios?

Bien, no. Era hora de corregir las cosas, y esta vez, lo que debía corregirse era él. No volvería a ser el pilar débil en la familia, no volvería a dejar desprotegido a su hermanito y por Dios que no sería otra vez quien lo dejara solo.

Tragó saliva para desarmar el nudo que se había formado en su garganta, antes de encarar nuevamente a sus amigos, y al orgulloso héroe que había visto frente a un cable car y que ahora costaba creer que fuera su hermano, con una expresión apenada, disculpándose con la mirada, pero lleno de resolución sobre como debía actuar a partir de ese momento.

-Lo lamento, chicos- soltó, con un tono de voz claramente arrepentido, al tiempo que se acercaba al grupo. Soltó un suspiro de alivio en su fuero interno al ver como todos a su alrededor se relajaban notablemente luego de un breve momento de duda. Gogo se hizo a un lado, permitiéndole llegar hasta su hermano, mientras Wasabi se alejaba un paso del chico. Pese a todo, Hiro no se atrevía aún a alzar la mirada, y aquel casco violeta ya comenzaba a ganarse su más puro odio.

Con delicadeza, llevó sus manos hasta él y comenzó a recorrerlo con sus dedos, hasta dar con un pequeño botón en la parte posterior de la estructura que no dudó en presionar. El casco emitió un sonido seco antes de separarse en dos mitades, una posterior y la otra anterior, lo suficiente para poder retirarlo del cráneo de su hermano.

No tardó en despeinar la alocada cabellera en un gesto fraternal, sintiéndose como un soldado que llega a casa después de meses en la guerra al redescubrir la textura tan familiar de aquellos suaves y rebeldes cabellos bajo su palma, como un brillante río de tinta al rededor de su mano, refulgiendo cada hebra azabache al más mínimo rayo de sol. Esbozó una sonrisa ladina y culposa al notar el temblor del cuerpo de su hermano, y no necesitó esperar a que alzara el rostro para saber que, nuevamente, le había hecho llorar.

A veces se odiaba, en serio.

-Está bien, amiguito- murmuró, lo suficientemente alto como para que todos captaran el tono fraternal y tranquilizador que estaba usando. Hiro tragó saliva al ver que su mirada volvía a ser dulce y protectora, aquella a la que su hermano tenía a todos acostumbrados-. Prometo que, de ahora en más, dejaré de ser un idiota, ¿Sí?

La duda brilló por un momento en los cristalizados ojos del joven nipón, pero pronto fue reemplazada por una mirada brillante y una enorme sonrisa que, estuvo seguro, debía de resultar un poco dolorosa.

-Eso es un alivio, porque en verdad no te hubiera golpeado- comentó el mayor del grupo, claramente más relajado, mientras limpiaba el sudor de su frente con el dorso de su mano.

-Puede que yo si le hubiera tirado unos cuantos dientes- admitió Gogo, pagada de sí misma. Retiró el visor de su casco, dejando ver una expresión divertida pero segura que, a todas luces, dejaba en claro que no estaba bromeando. Tadashi tragó saliva a la vez que mal disimulaba un estremecimiento de espanto, y esbozó una sonrisa algo forzada en dirección a su pequeña y peligrosa amiga.

Pero pronto, nuevamente, su expresión se tornó seria y, está vez, se dirigió a su hermano menor.

-Acepto todo esto, Hiro, sólo con una condición- soltó, ahora dirigiendo su mirada a cada uno de los integrantes del grupo, con una expresión que, dejaba claro, no daba lugar a réplicas. Todos se tensaron nuevamente, aguardando las palabras del mayor y, por un instante dramático, el silencio más absoluto llenó el lugar junto al sonido de las respiraciones expectantes de los jóvenes, antes de que Tadashi hablará nueva,ente-. Voy a entrar al equipo.

Y, ante eso, la radiante sonrisa en el rostro de Hiro Hamada se borró de un plumazo.


No estoy segura, pero creo que está escrito de una forma algo diferente a los otros caps... tal vez sea paranoia mía.

No sé si es aceptable algo como esto después de más de un mes de haber publicado algo por última vez, pero espero que los deje satisfechos hasta el próximo capítulo.

Bien, si los aliens no nos invaden y la uni no me mata, espero estar actualizando pronto. Hasta entonces, muchos besos.

18/04/18 wuajajaja (?).

Balalalalah~