Bien, felizmente informo a la teleaudiencia (?) que sobreviví a mi primer año de universidad, y que estar viva aún me parece un hecho digno de celebrarse, así que me dije "Hey, ¿Recuerdas qué es lo que más te hace feliz? ¡Pues escribir algo que te gusta! Es hora de volver a ser la Jasí que todos amamos... oh, bueno, ni tú te amas, pero me entiendes".

Con respecto a la extensión, dudo que puedan quejarse mis bellezas.

Bien, sin más, nos leemos abajo, mis Grandes Héroes.


El Nacimiento de un Héroe... O de Como Tadashi Hamada Perdió una Muela

Si Hiro hubiera dicho que se sorprendió cuando Tadashi, a la madrugada siguiente de haber sido aceptado en el equipo, se encerró en la cochera en, tal vez, una de las noches más gélidas de los últimos días previos al invierno, sin utilizar ningún tipo de calefacción ni nada que le resguardara en el lugar más frío de toda la casa, hubiera estado diciendo una de las mayores blasfemias de su vida.

Ya había predicho que Tadashi desaparecería de la habitación en el mismo momento en que creyera que Cass había caído dormida. Y él había permanecido en silencio, fingiéndose dormido y sabiendo, por supuesto, que no le engañaba en lo más mínimo, mientras él se escabullía de su sección del cuarto y se perdía, en silencio, por el pasillo.

No sabía exactamente a qué fue, pero su orgullo y, más importante, su indignación hacia el mayor le impidieron levantarse de la cama en toda la noche para curiosear sobre lo que fuera que estuviera haciendo. Y no le daría el gusto de mostrar el más mínimo interés en las actividades de su hermano que, estaba seguro, estaban ligadas al grupo.

Se giró sobre la cama, clavando su vista en el techo, atravesado por las líneas de luces que entraban por la persiana americana de su ventana. Seguía recriminándose el, en un momento de debilidad, haber accedido con tal facilidad a que Tadashi ingresara en el equipo. Definitivamente había sido un gran desacierto el haberse dejado llevar por los chicos y el mismo Tadashi. Insistía en que era una idiotez de parte de todos, y una irresponsabilidad por parte de su hermano, el que quisieran arriesgar su vida en las misiones con ellos.

San Fransokyo era una ciudad bellísima, antes había tenido gran influencia de diferentes culturas, pero había aún más variedad de etnias incluso desde las inmigraciones de japoneses, y hoy en día, era uno de los lugares más culturalmente reconocidos de todos los Estados Unidos y el mundo. La cultura latina, sajona y oriental habían creado un popurrí digno de admirar que volvía la ciudad misma un lugar mágico, hermoso y memorable tanto estética como socialmente.

No obstante, no podía escaparse de los problemas que toda gran ciudad acarreaba. Era un hervidero de delincuentes y maleantes, además de que, por su gran cantidad de habitantes, era casi imposible que no hubiera varios accidentes en la ciudad, fueran de tráfico, incendios o múltiples situaciones de riesgo a las que ellos tenían que estar atentos para que, además de no resultar heridos los principales afectados, no hubiera daños a terceros y, aunque ciertamente tenían muchas más facilidades a la hora de entrar en acción que la mayoría de los policías, bomberos y paramédicos de la ciudad, eso no quitaba que, cada vez que salían a salvar el día, ponían su vida en peligro. Claro, por ser jóvenes y optimistas, trataban de ignorarlo todo el tiempo, lo que influenciaba en que casi siempre sus misiones fueran un éxito.

Pero con Tadashi en la ecuación no sería tan fácil para él, pues viviría pendiente de que lo que había sucedido en el incendio se repitiera, sin la ventaja de tener a los microbots para realizar milagros.

Un suspiro nervioso se coló por sus labios, a la vez que su corazón se oprimía en su pecho y se le dificultaba la respiración con sólo albergar la idea de que algo malo le sucediera a su hermano.

Y, para sumar un punto más a su larga lista de paranoias respecto a lo que pudiera sucederle a Tadashi, estaba el hecho de que, de entre todas las épocas del año que había para elegir para hacer de detective, su hermano había elegido una de las peores para descubrirlo y, además, jugar a querer ser el hermano/héroe perfecto.

El invierno estaba a menos de una semana de ellos, lo que, junto a los villancicos que llenaban las calles de la ciudad, las decoraciones especiales que Cass le ponía a sus cafés y el gigantesco pino que adornaba el living de su casa desde hace una semana y media, sólo podía significar que la Navidad y Año Nuevo les estaban pisando los talones.

Lo que, a su vez, indicaba también una de las peores épocas del año para cualquier policía o grupo de jóvenes héroes. Aquella en la que, aprovechándose de la forma en que los habitantes de la ciudad bajaban la guardia, rodeados de todo el espíritu de unión y amor que traían consigo las festividades, los delincuentes hacían de las suyas a sus anchas, saqueando las casas abandonadas por aquellas familias que se iban de vacaciones, robando autos cuando los fuegos artificiales o las decoraciones que cubrían la ciudad distraían a suficiente gente. Incluso robando bancos, tomando partido de la distracción de las personas que estaban en la calle y que, por ende, no alertarían a los oficiales. También estaban todos los chicos deprimidos o bravucones que intentarían hacer las típicas bromas que se saldrían de control, como lanzar cohetes en, por tomar un ejemplo del año anterior, los tanques de gasolina de los autos o dentro de edificios.

Y cómo olvidar la cantidad de ebrios que tendrían que salvar de morir ahogados y/o chocar a pobres peatones durante las fiestas.

Oh si, Tadashi había elegido la peor semana para unirse al equipo, pero, a su vez, a él le había hecho un gran favor. Porque si no podía evitar que entrara, al menos debería tomar la iniciativa de lograr que su estadía en el equipo cesara de una u otra forma.

Luego de pensarlo por un momento, aún enfurruñado con el grupo, había logrado que los chicos le permitieran, también, poner una condición para que Tadashi permaneciera o no en el equipo. Había logrado que aceptaran el tenerle a prueba una semana, llevándolo a todas las misiones sin importar el riesgo que tuvieran -algo que era un gran sacrificio para él- y, si al final de la semana demostraba que su desempeño no era suficiente para ser un héroe, Tadashi solamente se iría por donde había venido y olvidaría todo lo que tuviera que ver con ellos como superhéroes.

El joven inventor había permanecido con una sonrisa altiva mientras estrechaba su mano, pero él tampoco había dejado que eso apaciguara el fuego en su mirada. Si Tadashi creía que aquello de ser héroe era pan comido, tal vez lo único que necesitaba era algo de tiempo en el campo de acción para sacarlo de su error.

Hiro no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa maquiavélica mientras volvía a arroparse debajo de los cobertores, logrando su objetivo de distraerse lo suficiente de lo que estuviera haciendo su hermano para que el sueño la llenara de una vez.

Bostezó, cerrando los ojos por fin, deseando, muy en el fondo, que los pillos tuvieran mucha imaginación durante aquellas fiestas.


Hiro gruñó por lo bajo un insulto hacía el habitante de las profundidades de su hogar y, por consiguiente, al malvado objeto que llevaba perturbando el silencio de su hogar con su malvado sonido desde las malditas seis de la madrugada.

Lo de mantenerse a raya con Tadashi no duraría mucho si seguía interrumpiendo su sueño lo suficiente para que viera una masa sin forma de color amarillenta y marrón en vez de los huevos revueltos y tostadas que había preparado su tía, pues debería bajar a practicarle una traqueotomía con el taladro de continuar con aquel ruido infernal por dos días más.

-Maldito nerd- volvió a insultarle, llevándose con desgano un vaso con jugo de naranja a la boca... dando un pequeño salto en su lugar, derramando buena parte por sus comisuras, cuando fue el estridente sonido de un martillo lo que se sumó a la sinfonía de ruidos que subía desde la cochera-. Con un demonio.

-Cuida tu vocabulario, Hiro- le recriminó su tía, trayendo dos platos en sus manos. A pesar de haberle regañado, Cass permanecía mirándolo con un brillo de diversión en sus ojos- ¿Por qué te molesta tanto? Siempre te levantas temprano a hacer esas cosas de genio también, y yo nunca me quejo.

El chico gruñó otra vez, alejando su mirada apenada de la de la mayor. Nunca se había dado cuenta de lo molesto que podía llegar a ser cuando experimentaba.

Sin embargo, las situaciones eran incomparables... al menos en su mente.

-Pero tía, nunca hago este escándalo- señaló, antes de bajar la mirada, dolido-. Y no es lo mismo el levantarte por tus propios medios a que te despierten tan temprano... ¡Un sábado por la mañana!

Cass le dedicó un gesto irónico ante el recuerdo de todos los fines de semana en los que hacía esa orquesta de sonidos molestos en su habitación o en la cochera, y Hiro sólo pudo soltar una pequeña sonrisa nerviosa en respuesta. Sin embargo, en vez de reprenderlo, la mujer se acercó a la mesa hasta sentarse frente a él, relajando su gesto a uno más maternal y, para horror de Hiro, preocupado.

-¿Qué es lo que te tiene así?- preguntó, con suavidad, mientras extendía una mano hasta la mejilla del chico y, con un gesto delicado y lleno de ternura, acariciaba con las suaves yemas de sus dedos uno de los perfiles de su faz, desde la sien hasta su barbilla. Hiro se estremeció, antes de apoyar su rostro sobre su mano para prolongar la cálida sensación, esbozando una pequeña sonrisa-. Las cosas entre ustedes estaban mejorando, ¿Por qué están distanciados de nuevo?

Hiro frunció el ceño, extrañado, tratando de ocultar tras esa expresión la sorpresa que le causaba el que su tía se hubiera percatado de eso.

-Nosotros no...

-Anoche no intercambiaron una sola palabra- le cortó, con un gesto acusador, a lo que el chico sólo bajó la mirada, apenado-. ¿Acaso pelearon?

Hiro hizo un leve puchero. Odiaba cuando su tía ponía esa mirada dolida, porque las únicas veces que la había visto en su rostro había sido por su culpa.

La primera vez había sido cuando, luego de una misión, ella le había tratado de sonsacar información sobre lo que había hecho todo el día. Y, desde allí, la había visto con bastante regularidad.

Odiaba preocuparla, aún más cuando también, por su culpa, se preocupaba por Tadashi. Cuando más feliz y relajada debería estar porque, por fin, todos estaban juntos de nuevo, él llegaba a estropear toda su felicidad.

Resistiendo el impulso de darse un zape por idiota, le dedicó una mirada que pretendía ser tranquilizadora.

-No te preocupes, tía- le pidió, con voz suave, tratando de demostrar que nada malo había pasado-. Sólo son peleas tontas de hermanos. Ya pasara.

Ella mantuvo su mirada fija en él por unos segundos, dudosa, y Hiro cruzó los dedos bajo la mesa para que lo dejara pasar. Cuando la vio encogerse de hombros, antes de asentir, reprimió el suspiro aliviado que trató de escapar por sus labios.

-Está bien, si tu lo dices, cariño- se relajó, y Hiro suspiró por lo bajo, más tranquilo. Al menos, hasta que el brillante plato naranja reposó frente a sus confundidos ojos y, al alzar la mirada, una sonrisa divertida se posó sobre los labios de la mujer-. Ya que no hay nada malo entre ustedes, supongo que no te molestara llevar el desayuno al profesor chiflado, ¿Verdad?

La miró con incredulidad por un segundo, antes de respirar hondo, mirando al techo mientras pedía por algo de paciencia, pero sin poder permitirse el echarse atrás con tal de mantener su promesa de no inmiscuirse en los proyectos de Tadashi.

Su orgullo le estaba dando muchos dolores de trasero, la verdad.

Tomó el plato con una leve sonrisa y se puso en pie. Aunque ésta se borró en el mismo momento en que atravesó el umbral de la puerta que le conduciría a las escaleras para bajar hasta la cochera.

Respiró hondo nuevamente, y, tratando de escuchar sus pensamientos por encima del insistente sonido del taladro que retumbaba en todo el pasillo, se dijo a sí mismo que no precisamente por llevarle el desayuno a Tadashi estaría inmiscuyéndose en sus asuntos.

De hecho, no me importa en lo más mínimo. Se aseguró, con el semblante estoico que se instalaba en sus facciones cuando tomaba una resolución.

Más, en cuanto oyó por primera vez aquel sonido, aquel zumbido que conocía tan bien, no pudo más que abrir sus ojos de par en par, sorprendido, antes de, con el el pitido típico de su pulso al dispararse corriendo en sus oídos, acelerar el paso, bajando los escalones de dos en dos, haciendo malabares para que los huevos revueltos y las tostadas de Tadashi que tenía en una mano, el vaso con zumo en la otra y la tostada a medio comer propia que colgaba de sus dientes.

Cuando llegó frente a la puerta y trató de empujarla con el pie, tuvo que reprimir un gemido de frustración bastante infantil al notar que estaba cerrada con pestillo.

Dio tres golpes a la superficie de madera e, impaciente y balanceándose de un lado a otro, aguardó una respuesta.

-¡Enseguida abro!- exclamó su hermano, y el sonido de algunas cosas removiéndose y unos cajones abriéndose y cerrándose le sacó una pequeña sonrisa de diversión. Aquellas indiscreciones sólo las cometía un novato.

La puerta se entreabrió frente a él, sólo lo suficiente para dejar entrever el rostro de su hermano, que esbozaba una expresión nerviosa, con unas ligeras sombras bajo sus ojos, aunque se relajó notablemente al ver que quien estaba al otro lado de la puerta era él y no tía Cass. Esbozó una sonrisa ladina llena de diversión al verle allí, con sus manos llenas con lo que, estaba claro, era su desayuno, la boca llena y aquel brillo en sus ojos que, a todas luces, gritaba por que le dejara ver lo que estaba haciendo.

Rio entre dientes, enternecido por aquella expresión anhelante en su pequeño hermanito, pero aún estaba molesto con él por negarse a tenerle en el equipo por las buenas como para darle un privilegio por encima de los demás en el grupo.

Por eso, y porque de verdad quería sorprenderlos.

-¿Eso es para mi?- preguntó, señalando las cosas que llenaban las manos de su hermano.

Hiro asintió, con el corazón latiendo a mil por hora en su caja torácica y esperando, lleno de emoción, porque su hermano abriera más la puerta para dejarle ver.

Casi dio un salto de emoción cuando lo hizo, pero de inmediato el ancho pecho de su hermano se interpuso en su visión de la cochera, obligándole a alzar la mirada hacia él, lleno de reproche y confusión. La sonrisa divertida de Tadashi se acentuó aun más, casi maquiavélica, antes de que le arrebatara de las manos el plato y el vaso. Hiro arqueó las cejas, extrañado, cuando le vio inclinarse hasta quedar a la altura de su rostro.

-Muchas gracias, hermanito- susurró.

Y Hiro sólo fue consciente de lo pequeña que se había vuelto la tostada que colgaba de sus labios cuando, en un rápido movimiento, los dientes de Tadashi le aferraron del extremo opuesto a su boca, lo suficientemente cerca como para que su cálido aliento a menta -algo que debería estar completamente prohibido a esas horas de la mañana- rozara su rostro, y se la arrebataron de un leve tirón.

Hiro abrió los ojos de par en par, parado allí, de pie, mucho tiempo después de que Tadashi se girara y cerrara la puerta en su cara, preguntándose por qué rayos no podía moverse y de repente su respiración se negaba a funcionar con normalidad, sólo por la cercanía y el gesto del mayor.


A pesar de su propia promesa de no importarle lo que fuera que estuviera haciendo, Hiro no aguantó hasta más de medio día antes de, como buen genio curioso que era, tratar de volver a bajar para ver qué era lo que Tadashi estaba fabricando en la cochera.

No obstante, cuando bajaba hasta allí, siempre, cada una de las veces, Tadashi estaba listo para mandarlo nuevamente arriba con alguna respuesta ingeniosa, hasta que estas se le acabaron y, literalmente, al abrir la puerta la última vez, fue espantado por una de sus propios calcetines sucios que estaban por todas partes en la casa, que fue lanzado directo a su cara.

-¡Largate y aprende higiene!- exclamó, entre la diversión y la exasperación total, antes de cerrar la puerta de forma definitiva hasta la mañana siguiente, o, al menos, así estaba cada vez que Hiro volvía a intentarlo.

A las tres de la madrugada del domingo, Tadashi por fin se dignó a llevar su desganado, agarrotado y altamente urgido de una ducha cuerpo hasta su habitación, donde, luego de un segundo en el que Hiro espero completamente relajado sobre la cama, fingiendo dormir, se metió al baño.

En cuanto oyó el sonido de las gotas de la ducha repiquetear sobre el suelo de baldosas blancas, Hiro se puso de pie en un salto y, ataviado con su magnífica pijamas de gatitos color blanca, echó a correr descalzo por las escaleras, ignorando la forma en que el frío de la madrugada le mordía la suave planta de sus pies y utilizando las habilidades que aquellos meses de entrenamiento le habían brindado a su cuerpo, sorteó los últimos cuatro escalones de la escalera, antes de dirigirse como un bólido hasta la cochera.

Sonrió triunfal cuando la perilla cedió con un pequeño click. Desde luego, tan caballeroso como era, Tadashi nunca sería capaz de cerrar la cochera, a pesar de él, porque temía que Cass pudiera necesitar algo de ella y no quería molestar a su tía en lo más mínimo.

Tan bueno, hermanote. Se burló, con una sonrisa prepotente arqueando sus labios, al tiempo que empujaba la puerta y lograba entreabrirla lo suficiente como para poder echar una mirada al oscuro y, hasta cierto punto, tétrico interior.

Tragó saliva, con sus sentidos sensibilizados, oyendo el profundo silencio del lugar. Le entró un poco de pánico al descubrir que, de hecho, ni siquiera el sonido de los autos en la calle era perceptible allí, como si estuviera solo en el mundo.

Por si nadie lo sospechaba, Hiro había desarrollado un importante temor a quedase solo.

Ignorando su penosa fobia, y consolándose con la idea de que arriba, en sus habitaciones, había dos personas y un robot para defender su pobre persona, se animó a azomar su rostro a la rendija que había dejado la puerta, sintiendo sus pupilas dilatarse para adaptarse a la penumbra total del lugar.

El sonido de su propia respiración, irónicamente, le ponía más nervioso que la oscuridad o la sensación de completo aislamiento que estaba sufriendo y, luego de un momento de rejuntar el escaso valor de héroe que aún tenía, se atrevió a dar un paso en dirección a la silenciosa estancia.

Y saltar tres hacia atrás, del susto, cuando una gigantesca figura amorfa y completamente alba se cruzó ante su persona, casi causando que su corazón estallara. Se llevó las manos a la boca, justo a tiempo de reprimir el grito de niña asustada más legendario soltado por un hombre desde el de Wasabi.

-Hola, Hiro- le saludó el amable robot, con un tono que hubiera sonado casi como alegría de venir de un humano, mientas veía al chico que permanecía casi deshecho contra la pared opuesta a él, con una mano sosteniéndose de la baranda de las escaleras para no caer, y la otra apretando con fuerza su pecho. Ante este último detalle, el robot lo escaneó silenciosamente-. Estás sufriendo una leve arritmia.

-¡Que de leve no tiene nada!- exclamó por lo bajo, cuidando de no despertar a Cass ni alertar a Tadashi, mientras veía a su amigo con una mirada acusadora. Si las miradas quemaran circuitos, Bay ya estaría frito en la puerta- ¡¿Se puede saber que es lo que haces aquí?!

-Ayudar a Tadashi- respondió con sencillez el robot, realizando sus movimientos de cabeza típicos que, Hiro nunca admitiría, le parecían adorables.

Fue sólo entonces que Hiro recayó en que había estado tan empecinado en tratar de ignorar lo que estuviera haciendo Tadashi, y luego en tratar de descubrirlo, que había pasado completamente por alto el hecho de que, en todo el día, no había visto a Baymax en la casa.

En verdad, cuando se trataba de Tadashi, esa parte que todos catalogaban como genio de él se iba a unas muy lejanas vacaciones.

Suspiró pesadamente, antes de incorporarse y dar dos pasos en dirección a la puerta.

-Como sea, sólo déjame pasar, ¿Si?- pidió, mientras trataba de empujar la puerta y correr amablemente al robot para poder ingresar él. Más, cuando la puerta se cerró unos centímetros más justo en su rostro, Hiro sólo pudo fruncir el ceño y, extrañado, alzar la mirada hasta su enferme-robot- ¿Qué sucede, amigote?

El robot volvió a inclinar la cabeza a un lado, observando a Hiro sin moverse un ápice de la puerta.

-Estoy protegiendo tu salud- soltó de la nada, causando que el chico abriera los ojos de par en par ante la respuesta del robot. ¿Acaso Tadashi estaría manipulando elementos peligrosos o algo así?-. Tadashi dejó muy en claro que, el ver los instrumentos en los que ha estado trabajando todo el día, podría dañar muy seriamente tu orgullo.

Resistió, con un leve tic en su ceja izquierda, la necesidad de golpear al robot frente a él o el enviar al demonio a su hermano, antes de negar con la cabeza, molesto.

-Que gracioso- gruñó, enfurruñado, antes de volver a tratar de abrir la puerta. Esta vez, se cerró por completo en su cara- ¿Pero qué...?

Hiro parpadeó cuando oyó como, otra vez, el pestillo de la puerta era echado y el sonido de Bay al pararse sobre su base de carga le llegó amortiguado por la puerta.

Gruñó una maldición al robot y a Tadashi, antes de golpear la puerta lo suficientemente alto como para sonar contundente allí abajo, pero lo suficientemente bajo, también, como para no despertar a nadie allí arriba.

-Vamos, Baymax, no bromees.

-Lo siento, Hiro, Tadashi es mi programador principal, no puedo ignorar sus órdenes.

-¡Bay, somos amigos!

-Lo siento, Hiro.

Permaneció allí, tratando de convencer al robot de que abandonara su custodia, al menos siete minutos, antes de volver a subir por las escaleras, totalmente frustrado y sintiéndose traicionado por su mejor amigo.

-Robot de pacotilla- gruñó, a la vez que abría la puerta de su habitación.

-¿Algún problema, hermanito?

Hiro da un respingo sorprendido al oír la voz de su hermano, antes de alzar la mirada, maldiciéndose internamente al saberse descubierto por el mayor.

Sin embargo, cuando sus ojos molestos se posaron en los de su hermano, llenos de aquel brillo divertido que ponía cada vez que, con algún soborno, lograba superar su rabietas de niño y que ahora era perfectamente aplicable a la situación, no fue su rostro o su sonrisa divertida lo que se ganó su atención.

No, lo que le dejó sin aliento en ese momento, de pie en el umbral de la puerta, fue descubrir a su hermano cubierto por pequeñas y traviesas gotitas de agua que se deslizaban por sus cabellos desordenados, que lograban darle un aspecto diferente a su rostro, hasta sus anchos hombros, para luego caer por su amplio pecho, sobrepasando la barrera de sus fuertes brazos cruzados sobre éste.

Hiro tragó saliva, siguiendo una gota que, atrevida, se deslizó lentamente por el abdomen de su hermano, hasta perderse bajo la toalla color verde que, como único reguardo de su desnudez, se aferraba a sus caderas como una serpiente, dejando a la vista los marcados huesos de su cadera.

Hiro se preguntó si la perdida de masa muscular habría sido un espejismo para todos, o Tadashi estaba más trabajado que el sistema de organización de Wasabi antes del incendio.

-¿Y bien?- preguntó, sacándolo de su leve escrutinio que, al parecer y para su más profundo alivio, parecía haberle completamente desapercibido, o al menos eso dejaba ver su sonrisa divertida y la mirada prepotente que llenaba sus ojos castaños, mientras el vapor del baño creaba un aura de mortecina luz a su alrededor que, si era posible, le hacía parecer aún más superior a él en ese momento.

De repente, sin saber exactamente por qué, Hiro frunció el ceño, sintiendo como un extraño dolor que no sabía de dónde rayos había salido se mezclaba con la frustración que sentía acumularse desde el comienzo del día, hasta formar en su garganta algo pesado, algo casi tangible que le dificultaba tragar saliva antes de, mirándole con saña, soltar aquello que ardía por decirle desde el día anterior.

-Vete al carajo, Tadashi- le gruñó, pasando por su lado para poder dirigirse a su cama. Le sintió tensarse, seguramente dolido y sorprendido por su tono de voz y sus palabras, pero eso no le detuvo de continuar-. Nunca entraras al equipo, eso dalo por seguro.

Un silencio pesado se prolongó en la habitación mientras, sin importarle en lo más mínimo el echarse atrás en sus palabras, Hiro se sumergía en sus cobertores y almohadas, completamente ajeno a la expresión dolida que estaba esbozando su hermano, de cara a la puerta. Dolor que, con lentitud, fue mutando en una profunda molestia antes de, esforzándose por ignorar las palabras de su hermano menor, llenarse se convicción.

Chasqueó la lengua antes de estirar su mano y apagar la luz del baño. Se giró con un movimiento brusco pero extrañamente elegante y, con pasos pesados, se dirigió a su habitación, sin molestarse en ocultar su molestia con las palabras del otro.

-Eso ya lo veremos, niño.


Hiro continuaba ofuscado al día siguiente cuando, como cada domingo, debió acudir a la casa de Fred para entrenar.

El viento se deslizaba a los lados del visor y su casco, permitiendo que él pudiera enfocarse en el camino mientras volaba a toda velocidad por encima de los edificios más altos, hasta la casa de su amigo. El rumor del viento en sus oídos era molesto, pero lo prefería a no poder ver el camino frente a él por los cabellos que se enredaban en sus pestañas y ojos.

Bufó, desviando la dirección de vuelo de Baymax en la última curva antes de llegar a la zona boscosa en la que, cada vez, hacía descender al robot para desviar las sospechas de cualquier civil de la mansión de su amigo, algunos kilómetros más al sur.

Los ojos le escocían un poco por el sueño, y no pudo reprimir el cuarto bostezo de toda la mañana. Evidentemente, pese a tener horarios de sueño bastante breves y cambiantes por causa de su segunda vida, una sola mañana de fin de semana interrumpida por su hermano era suficiente para poder dejarle destrozado casi por dos días seguidos.

Aunque el achacarle su mal humor, por completo, a la falta de sueño sería una hipocresía de su parte. No podía ni pretendía negarse el hecho de que, la mayor parte de todo el humor de perros que venía cargándose durante toda la mañana era, principalmente, por causa del joven, tan similar a él, que estaba siendo aferrado con ambos brazos por Baymax y, sin molestarse en bajar la voz por precaución siquiera, emitía un grito de emoción cada vez más alto e incoherente tras otro.

Descendió en medio de la arboleda, en aquel sendero que siempre utilizaba para llegar hasta su casa, mientras Tadashi volvía a soltar un gran grito de emoción por causa del vuelo.

Si escuchaba el Soy el rey del mundo otra vez, juraba por Dios que haría que Baymax lo soltara.

-¡Soy el rey del mundo! ¡Woha!

-Bay, suéltalo de una vez- gruñó, molesto, mientras soltaba los sujetadores magnéticos que unían sus manos a la espalda del robot. No pudo evitar esbozar una pequeña y maliciosa sonrisa cuando el gemido sorprendido y adolorido del joven llegó a sus oídos, luego de impactar sobre el césped del bosque.

-Ah, Hiro, eso no era necesario- gruñó cuando estuvo de pie a su lado, mientras se erguía sobre sus codos y le fulminaba con una expresión adolorida. Regocijándose por su situación, el menor sólo amplió su sonrisa maliciosa.

-Sólo fue un metro y medio, llorón.

El mayor gruñó nuevamente, y fue evidente, en la forma en que le miró, que se estaba aguantando sus ganas de dedicarle un diccionario de insultos.

Se puso en pie, soltando un improperio por lo bajo, antes de inclinar su cabeza en una posición anormal hasta que las vertebras de su cuello crujieron de forma sonora. A Hiro, la forma en que sacudió la cabeza luego, le recordó a un perro que se desembarazaba del agua luego de un baño.

-Bien, andando- soltó cuando creyó que ya estaba mejor, y se giró sin molestarse en comprobar si él o Bay le seguían, aunque pronto los dos tipos de pisadas resonaron en el bosque.

Anduvieron en silencio todo el camino, y Hiro hubiera deseado el poder evitar pensar en la cercanía de su hermano junto a él, el seguir negándose a aceptar su presencia allí, pero no podía, no cuando aquella gigantesca mochila negra que colgaba de su espalda llamaba su atención como si tuviera un campo gravitatorio propio, porque era plenamente consciente de que en su interior se hallaba aquella cosa en lo que había estado trabajando todo el sábado.

Se balanceaba de un lado al otro sobre la espalda de su hermano, como burlándose de él, tan cerca y tan lejana a la vez. Tristemente para él, aunque permaneciera viéndola de soslayo y creía que no estaba siendo demasiado evidente, la sonrisa divertida que le dedicó el mayor le dejó muy en claro que le había descubierto.

-Tendrás que esperar, como los demás- se burló, antes de volver a llevar su mirada al frente, sin que su sonrisa desapareciera de sus labios.

Aquel comentario no hizo sino recordar a Hiro de su molestia con él, por lo que, en vez de soltar la suplica que estaba rogando por salir de sus labios, simplemente chasqueó la lengua, molesto, y apartó la mirada de él.

-Engreído- soltó por lo bajo. Si el mayor lo oyó, no pareció afectarle en lo más mínimo.

Luego de cinco minutos más, llegaron por fin a la puerta trasera, pero no por ello menos ostentosa, de la casa de Fred. Tadashi estuvo a punto de golpear la puerta, pero, más familiarizado con el lugar, Hiro simplemente empujó la puerta, dedicándole una mirada divertida, e ignorando la de reproche que el mayor le dedicó al entrar en aquel lugar como si fuera su casa.

-¡Chicos!- el saludo, ligeramente más agudo de lo normal de Honey, les obligó a cubrirse ambos los oídos para proteger sus tímpanos de la excesiva emoción de la latina. Ésta se ruborizó levemente, antes de retirarse uno de los audífonos, con una mueca apenada-. Lo lamento.

-Tadashi, ¿Tú eras el loco que estaba gritando?- preguntó Wasabi desde su asiento en el patio, ya vestido con su traje, mientras le dedicaba una mirada divertida cuando el mayor de ambos Hamada se ruborizó, mientras Hiro le fulminaba con la mirada- ¡Tus Soy el rey del mundo se escuchaban desde aquí!

-Yo no escuche nada- comentó Honey, observando con confusión al moreno. Hasta que Gogo señaló con una mirada acusadora sus auriculares, cuyo sonido llegaba a los oídos de todos a cuatro metros a la redonda.

-Te dije que eras patético- se burló el menor, caminando para encontrarse con sus amigos, seguido por un muy apenado Tadashi.

-¿Quieres que traiga unas katanas y me lo repites?- comentó, aún así, recuperando prontamente su actitud divertida.

-Oh, esa es la actitud del primer día- soltó un, más animado de lo usual, Fred, mientras ingresaba por la puerta de la mansión, cargando una bandeja llena de tazas de cuyo interior se elevaban perezosas columnas de vapor- ¿Alguien quiere chocolate caliente?

-Eres raro hasta como anfitrión, Fred- comentó Gogo, pero no por ello se abstuvo de pegar su chicle en su casco y ser la primera en tomar una taza, ante la mirada divertida y ligeramente superior del rubio.

Tadashi se removió a su lado, y cuando alzó la mirada hacia él, Hiro pudo reconocer el nerviosismo y la emoción en sus ojos castaños. No necesitó más que eso para saber que, por fin, vería en qué había estado trabajando Tadashi todo el maldito día.

-Fred- le llamó, consiguiendo de inmediato la atención del joven, que estaba dejando la bandeja sobre una de sus mesitas- ¿Puedes prestarme una habitación? Tengo algo que mostrarles- finalizó, esbozando una media sonrisa llena de entusiasmo.

La confusión brilló en los ojos azules de Fred, antes de que, luego de parecer pensarlo por un momento, un brillo completamente diferente llenó sus ojos, mientras sus labios se abrían ligeramente. Acto seguido, dio un pequeño brinco lleno de visible emoción, para desconcierto del resto de los chicos.

-¡Tu primer invento como héroe!- exclamó, y Hiro creyó ver un par de lágrimas asomar hasta sus ojos, antes de que en un par de rápidas zancadas, le alcanzara y tomara de su brazo, prácticamente arrastrándolo al interior de ella- ¡Vamos, ven!

Hiro abrió los ojos de par en par al ver como Fred desaparecía por las altas puertas dobles, con un Tadashi que, por su expresión, no se sabía exactamente si estaba aterrado o emocionado. Con Fred, aunque lo conocieras a la perfección -algo de lo que nunca estabas seguro de lograr por completo- siempre existía un nimio detalle o acción que te dejaría con la boca abierta, al borde de un infarto o, en este caso, rodeado de un silencio absoluto que se apoderaba de todos cuando los gritos emocionados del chico desaparecían del lugar.

O, más concretamente para él, al borde de reclamar a su hermano el por qué de que Fred pudiera ver lo que fuera que hubiera hecho, cuando a él se lo había negado con una firmeza de hierro.

-Hiro- la voz de Honey le trajo a la realidad, dulce y curiosa, y le obligó a girarse hacia la latina, que le miraba con una expresión que encajaba perfectamente con las reflejadas en su voz-. ¿Qué es lo que...?

-No tengo la menor idea- contestó a la pegunta que la mayor había dejado en el aire, frunciendo el ceño y haciendo un pequeño puchero que, inevitablemente, enterneció a la rubia.

-Típico de Tadashi- el comentario divertido de Wasabi le obligó a abandonar su enfurruñamiento para girarse a observarle con curiosidad. El moreno le dedicó una sonrisa pícara, antes de encogerse de hombros-. Tu hermano siempre mantiene todo en secreto hasta el último segundo, sólo para después mostrarte la cosa más genial del mundo con la humildad más falsa que un humano pueda tener- finalizó, con la tranquilidad de quien está hablando del clima.

Hiro le miró por un momento, preguntándose si tal vez debería ofenderse por que el mayor hablara de esa forma de su hermano. Sin embargo, sólo le bastó con recordar la manera en que había mantenido todo lo de Baymax en secreto, y la forma en que le había dado a conocer al robot, para acabar por soltar una pequeña risita y asentir, de acuerdo con él. Su hermano podía fingir humildad respecto a sus inventos, pero se le notaba por completo lo orgulloso que estaba de cada uno de ellos.

Iba a agregar un comentario cuando, dando unos saltos que, gracias a su traje, parecían los de un conejo que había ingerido demasiada azúcar, un risueño y a claras luces emocionado Fred llegó por la puerta de la mansión, sonriendo de oreja a oreja y presionando su cabeza entre sus manos, como si estuviera a punto de estallar y con ese simple gesto pudiera detener la detonación.

-Oh, Dios. Oh, Dios- murmuraba entre dientes, recorriendo enormes círculos entre ellos, con una expresión que les dejaba claro que estaba en un lugar completamente diferente al de ellos en ese momento, de seguro en alguna extraña versión en tiras cómicas de sus vidas, o algo así.

-¿Y ahora qué te picó, Tontín?- preguntó Gogo, antes de inflar y explotar un globo de chicle, manteniendo su malhumorada vista en el rubio, aunque el brillo de confusión y curiosidad le restaba efecto.

Ante la pregunta, Fred sólo se detuvo frente a la puerta por la que había aparecido, con sus ojos verdes brillando de emoción pero sin ver específicamente a ninguno de ellos.

-¡Este va a ser el mejor traje de la historia!- gritó, como si estuviera hablando del concierto de su banda favorita, y, por la expresión que todos los jóvenes héroes esbozaron en ese momento, Hiro estuvo seguro de no ser el único al que aquella expresión había descolocado por completo.

-Fred, ni siquiera lo viste.

Hiro escuchó la voz de su hermano mucho antes de que atravesara aquellas enormes puertas, mucho antes de que su presencia se hiciera notoria detrás de Fred y, definitivamente, mucho antes de que todo el aire escapara por completo de sus pulmones cuando, luego de un momento, sí lo vio.

Los ojos pardos de Tadashi, la única parte de su rostro visible, no relucirían más si el sol les estuviera dando de lleno, estaba seguro de eso. Aquella expresión llena emoción que se había apoderado de su mirada, la misma que sólo daban los nervios, estaba también cargada de seguridad. Aquella expresión que Hiro comenzaba a preguntarse si siempre había estado en el rostro de su hermano o se había comenzado a desarrollar desde que había despertado del hipersueño.

Era la misma mueca segura y radiante en su faz que había visto cada vez que, en aquellas semanas, Tadashi había tomado la determinación de acercase a él, de demoler cada una de las murallas que había creado a su alrededor para resguardarse del dolor. Con la misma expresión había desaparecido todas las distancias que había impuesto entre ellos. Esa con la que había develado cada uno de sus secretos, que ni siquiera el mejor obseso de toda la ciudad había logrado descubrir, al rededor de los Grandes Seis.

La misma expresión con la que, hoy, en una de las decisiones más ilógicas y estúpidas que le hubiera visto tomar alguna vez en su vida, se mantenía de pie frente a ellos, airoso, dispuesto a entrar en uno de los trabajos más peligrosos y agotadores que cualquier ser humano pudiera tener.

Les sonrió desde su imponente porte, o al menos así lo parecía estando enfundado en aquel traje que, tal cual Fred había descrito, estaba muy cerca de parecer uno de los más geniales que alguna vez hubiera visto.

Claro, hasta el día de su muerte negaría ese pensamiento.

-¿Y bien?- preguntó, sin abandonar su expresión alegre y llena de emoción. Parecía brillar con luz propia cuando puso los brazos en jarras para que le apreciaran mejor, pagado de sí mismo- ¿Qué les parece?

Resultaba obvio que esperaba una devolución del grupo sobre su traje. Pero, también, era demasiado notorio, por el extenso y pesado silencio que surgió de cada uno de los chicos en el equipo, él incluido, que ninguno de ellos encontraban las palabras correctas que expresaran su asombro. O, al menos, sus cerebros no estaban en condiciones de decirlas.

Porque, con sinceridad, no había una expresión en su vocabulario lo suficientemente vasta o precisa como para comunica lo increíble que, en ese momento y lugar, se veían las vestimentas que traía su hermano encima.

A simple vista, y aún a la distancia de dos metros, podía asegurar que la reluciente coraza negra, que resplandecía, bruñida, a cada mínimo rayo de sol que impactara con su superficie como si se tratara de un perfecto pedazo de ónice sobre su pecho, era del mismo material que las que ellos utilizaban, fibra de carbono. La impoluta armadura, cincelada ligeramente para emular los músculos principales del torso humano, abarcaba desde los anchos hombros de su hermano, hasta su caja torácica al completo, y finalizaba en su vientre, donde sólo seis placas de carbono articuladas entre ellas se unían a una tela azabache como única protección. De seguro, al igual que la de sus trajes, se trataba de una tela ligera pero difícil de rasgar o penetrar, símil cuero.

Sobre el brillante pectoral izquierdo había una mota de color naranjo que -Hiro no pudo evitar fruncir el ceño- asimilaba una llama sobre su corazón. Fue sólo cuando reparó en ese detalle, que notó todos los otros toques en aquel color, tan similar al fuego que una vez le había alejado de él, que cubrían la estructura que se encamaraba al pecho de su hermano como una segunda piel. Podrían estar llenos de significado para Tadashi, pero decididamente hablaría con él para que los retirara de su armadura en el fatídico caso de ingresar al equipo.

El ver los brazos desnudos de su hermano, de un tono ligeramente más pálido de lo normal a contrastar con el negro absoluto de la coraza, le ponía algo nervioso de sólo imaginar lo expuestos que quedaban a todo tipo de ataques. Sin embargo, aunque no le tranquilizara del todo, sus antebrazos y la mayoría de sus arterías y venas quedaban resguardadas tras dos extensos guantes de un gris oscuro que cubrían por completo su antebrazo y se aseguraban un poco por encima del codo. Se les notaba gruesos, y dejaban expuestos sus nudillos. Hiro no quería darle vueltas a lo paranoico que estaba como para pensar en las venas y arterías de los brazos de su hermano, y mil veces menos quería pensar en que, el motivo por el cual los nudillos de su hermano estaban expuestos, era porque estaba dispuesto a dar un buen impacto con ellos en algún lugar.

Sus ojos se deslizaron por encima del cinturón gris, cuyo broche se asemejaba demasiado a un pequeño rostro de Baymax en color rojizo, para tomar detalle del pantalón de su hermano. Al igual que el resto del traje, era de color negro azabache, aunque opaco esta vez; era similar al modelo de pantalón que Wasabi utilizaba, pero Hiro tragó saliva al ver que se adhería a las fuertes piernas de su hermano de una forma en que debería ser ilegal. Más aún ahora que, gracias a las salidas a correr que hacia cada mañana, habían recuperado buena parte de su musculatura. Remataban en un par de botas estilo militar también negros que le cubrían hasta la mitad de la pantorrilla.

Su rostro, cuya sonrisa era evidente, era cubierto hasta el puente de la nariz por una tela elástica que hacía las veces de pasamontañas color negro, obviamente, que, junto al cabello desaliñado, tan diferente a su impecable peinado diario, despistarían a cualquiera que le conociera en caso de hallarlo en sus horas como héroe. Pues nunca, bajo ningún concepto, él siquiera hubiera creído que aquel guerrero oscuro era su hermano.

Con una simple ojeada, el traje era muy similar a los suyos, pero sólo bastaba con prestar más atención a los detalles para reconocer los pequeños toques nipones que hacían la diferencia, típicos de los ninjas y los espías que él adoraba. El cuello alzado y la tela que cubrían su rostro, el color del traje en sí mismo, las pequeñas bolsas que había adherido a uno de sus muslos, y cuyo contenido, estaba seguro, sería su obsesión en los próximos días, eran detalles que había visto miles de veces en las películas, series y libros que tanto disfrutaban junto a Cass o por sí solos. Y aquellos ojos, tan seguros y llenos de orgullo, era el detalle mínimo y definitivo que complementaba un traje por si mismo asombroso.

Hiro debió volver a tragar saliva, aún asombrado por la imagen tan diferente que su hermano mostraba frente a él. Tan fuerte, tan peligroso y viril.

De repente, su respiración volvía a negarse a funcionar correctamente, siendo entrecortada y algo más pesada de lo normal, y su corazón actuaba como si acabara de correr una maratón, latiendo desbocado dentro de su pecho. Al mismo tiempo, pudo sentir como una cálida sensación se aferraba a sus pómulos, y agradeció la fresca brisa invernal que corrió entre ellos y le ayudó a disimular su rubor.

No estaba seguro de que sentimientos estaría mostrando su rostro en ese momento, pero, a juzgar por la expresión prepotente y burlona que los ojos pardos del mayor dejaron ver, y por la sonrisa que se adivinaba bajo la tela en su rostro, no se trataría de nada de lo que él pudiera sentirse orgulloso.

Cuando Tadashi guiñó un ojo en su dirección, petulante, pudo sentir como un cosquilleo, mil veces más intenso que el que había sentido en sus mejillas, se hacía con su vientre y sus muslos, dejándolo sin aliento aún más de lo que ya estaba, y, alguna parte de su mente, algún murmullo lejano entre tantos datos sobre ingeniería y robótica, se preguntó el por qué de que su cuerpo reaccionara como el de una colegiala obnubilada con sólo ver a su hermano en su traje de héroe.

La otra gran mayoría de su consciencia se encargó, de forma clara y muy sonora, de reclamarle a gritos el que hiciera algo por imponerse y detener a Tadashi antes de que todo se le fuera todavía más de las manos. Pero el hecho de no sentir la frustración, el enojo o el resentimiento que venía experimentando esos escasos días desde que Tadashi hubiera llegado a poner aún más de cabeza su vida, le desconcertó aún más que la inexplicable reacción de su joven cuerpo. Era como si la seguridad de Tadashi fuera capaz de aplastar, de reducir a virutas bajo la suela de su zapato, todas las inseguridades y temores que Hiro había experimentado desde el viernes, y eso era mucho decir.

La exclamación eufórica del mayor le devolvió a la realidad, a tiempo de verle bajar la máscara en su rostro y llevar una de sus manos a su espalda lumbar, mientras sus ojos se deslizaban de él hasta un igualmente asombrado Wasabi.

-¡Oh, Wasabi! ¡Mira esto!

El rostro de su hermano brillaba con la intensidad de un sol ahora que su radiante y blanca sonrisa podía apreciarse mientras, para total desconcierto de los demás, su mano volvió al campo de visión de todos con algo que, a simple vista, no parecía más que un alargado cilindro de color negro. Lo sostuvo frente al rostro del moreno.

Wasabi le miró con una ceja alzada, extrañado, mientras detallaba el objeto oscuro que su amigo tendía frente a sus ojos, tratando de ver más allá de lo evidente y descubrir qué era lo que le volvía más que un simple y ordinario pedazo de acero. Fracasó por completo. Luego de unos momentos estudiándolo, el moreno sólo pudo alzar la mirada hacia su asiático amigo, buscando las palabras correctas para no ofenderle con ellas, siendo la confusión en su rostro más que evidente.

-¿Una empuñadura de katana?- señaló el mayor, irguiéndose para mirarle a los ojos. Sus ojos morenos tenían atisbos de diversión y burla en ellos, típicos de aquellas personas que llevaban años siendo amigos y tenían la confianza para burlarse sin temor de las desgracias ajenas-. Me temo que no es muy impre... ¡Woah!

Wasabi estaba mejorando bastante en eso de gritar, debió reconoce Hiro, porque de ser él en ese mismo momento, no se hubiera resistido de soltar aquel grito de madre en apuros que había emitido cuando aquel contenedor se les vino encima durante su primer encuentro con Yokai, al ver como, en un movimiento casi imperceptible, aquella estela de luz, una hoja de un brillante color rojo de lo que, indudablemente, era algún tipo de plasma inducido por láser, se desplegó a escasos centímetros de su rostro.

Más de lo estrictamente necesario. Juzgó en su fuero interno, percibiendo el aroma a cabello chamuscado en el aire. No pudo evitar poner los ojos en blanco al ver la penosa sonrisa de disculpa del Tadashi hacia su amigo.

Aunque, por más que intentara mostrarse poco impresionado por el invento, Hiro se odió al sentir como su estómago se contraía de la emoción cuando Tadashi sacó la compañera de su katana del soporte en su cintura, antes de desplegarla y dejar que ambas relucieran en sus manos, poderosas, peligrosas y letales.

Las miraba con orgullo, ajeno a la forma en que su moreno amigo se mantenía paralizado ante las hojas de más de un metro cada una frente a él y de las cuales, una había estado a punto de dejarle un interesante nuevo corte de cabello. Era normal y justificable el que permaneciera shockeado, con la vista clavada en ambos lásers rojos, y con la boca abierta de par en par.

Al menos, hasta que emitió un grito ahogado muy similar a los que Fred había dedicado pura y exclusivamente a su hermano, y arrebatara uno de los sables de sus manos.

-¡Eso es increíble, viejo!- soltó, con la voz algo más aguda de lo normal, mientras el resto de los jóvenes héroes a su alrededor asentía con ímpetu, sin despegar sus miradas asombradas y algo maravilladas de su hermano y su flamante traje de héroe.

Hiro no pudo reprimir la sensación de celos que le removió el estómago ante aquel comentario. Genial, ahora no sólo tendría que soportar al nerd de su hermano en el equipo, sino que, de la nada, todo lo que él hiciera lo volvía el mejor.

¡Hola! Esos trajes que todos traían puestos no los había hecho Baymax.

Sólo una semana. Se recordó en su fuero interno, inhalando profundamente, tratando de inspirarse calma a si mismo, mientras buscaba apaciguar la molestia en su mirada.

-¡Tadashi, eres el mejor!

Frunció el ceño, abandonando su empresa de esconder sus pensamientos por la, mucho más entretenida, actividad de fulminar a Fred con la mirada. No estaba resultando de mucha ayuda para su mancillado ego.

Sin embargo, se sorprendió cuando descubrió que, en el grupo, no era el único enfrascado en la misma actividad. Sino que, más severos que nunca antes, los ojos de Wasabi permanecían fijos en el rubio millonario, manteniendo una expresión que Hiro no sabía interpretar de ninguna forma, aún con la katana en su mano y apretando sus gruesos labios hasta volverlos una fina línea horizontal. Ajeno a la mirada asesina de Wasabi, Fred continuaba pululando alrededor de su hermano, junto al resto del grupo, mientras éste detallaba algunas cosas que su traje tenía o que planeaba agregar en un futuro cercano.

Hiro no pudo más que mirar con curiosidad la escena, pero no pudo profundizar en sus pensamientos, puesto que un estridente pitido, una muy conocida alarma, le obligó a tensarse, al igual que al resto.

Hiro se dirigió hacia Baymax, que nuevamente era un simple espectador de toda la escena que era su vida, por puro instinto, mientras presionaba el botón del transmisor en su cinturón.

-10-13. Aquí Smith a estación de policía, ¿Me copian?- la voz, claramente masculina, era la de algún oficial de policía de la ciudad. No pudo evitar tensarse más aún al oír el código diez para pedir ayuda del estado. Cuando eso pasaba, sólo podían significar cosas malas y difíciles de enfrentar... y el ver a Tadashi arrebatarle su arma a Wasabi, claramente ya habíendo atado los cabos y sabiendo que lo que oían era una conversación interfeida de las radios de los oficiales, no hacía más que sumar más puntos a los altos niveles de tensión que estaba comenzando a acumular.

-Smith, aquí Gordon ¿Qué sucede, amigo?

Se escuchó maldecir al primer oficial, al tiempo que una sucesión de breves explosiones -que, horrorizado, reconoció como disparos- y gritos inteligibles por causa de la estática de la radio le hicieran desesperarse al nivel de gruñir, mientras que su corazón comenzaba a bombear con fuerza, en una reacción que conocía bastante bien ya. La descarga de adrenalina antes de cualquier misión.

El silencio en la línea, seguido de una nueva sucesión de disparos, hizo que su corazón bombeara con más ferocidad y la piel sobre su labio superior comenzara a humedecerse. Que diera la maldita dirección ya.

-¿Smith, viejo?- volvió a hablar el oficial en la estación, con un tono de voz que dejaba entrever su preocupación y desesperación-. Smith, maldito infeliz, si no hablas juro que voy donde estés y te...

-Aquí estoy. Tengo un 10-79 a mano armada en el Banco Central. Hay rehenes y un oficial herido, necesito refuerzos.

-¡Vamos!- fue lo único que alcanzó a decir, sin siquiera escuchar la respuesta afirmativa del otro oficial.

Fue cuestión de un segundo cuando los cinco ya estaban acomodados en sus típicos lugares sobre el robot, dispuestos a marchar. Sin embargo, el ex luchador abrió los ojos de par en par cuando un leve empujón de un cuerpo firme casi le hace caer de la espalda de Baymax. Se giró para reclamar a alguna de sus compañeras, pero sólo pudo encontrarse con los ojos divertidos y algo emocionados de su hermano mayor detrás de él, fijos en los suyos, con una sonrisa eufórica que nunca debería aparecer en una situación como aquella.

Tragó saliva... ¿Por qué una de las situaciones más difíciles a las que debían enfrentarse tenían que hacerse presentes justo ahora?

Nunca más volvería a desear algo antes de dormir.

-T-Tal vez no deberías ir hoy- sugirió, tratando de aplacarlo, y, como si el suspiro cansino que todos a su alrededor no fuera suficiente para hacerle sentir infantil en ese momento, su alma cayó a sus pies cuando notó la manera en que la expresión de Tadashi se volvía irónica. Aún así, continuó intentando-. ¿No preferirías entrenar un poco más? Tadashi, es tu primera misión, entendería si estás asustado.

-Sus niveles de endorfinas son muy elevados. Claramente es una gran emoción, y no miedo, lo que Tadashi está experimentando.

-Exacto, amigo- combinó Tadashi a los datos aportados por Baymax, y Hiro, una vez más, quiso poder lastimar a su preciado robot. Sin embargó, cuando Tadashi hizo vibrar toda su cabeza al dar un jugueton golpe a su casco, se olvidó de su preocupación para fulminarle con la mirada, al tiempo que hacía pucheros. La sonrisa enternecida que su hermano esbozo, antes de volver a cubrirse hasta el puente de la nariz con aquella tela que le hacia parecer un ninja, no le tranquilizó en lo más mínimo-. No te desharás de mi tan fácil, Hiro. Y acordamos una semana de prueba.

Cuando Baymax despegó, con un poco de dificultad ante el peso extra, el ex peleador sintió como si dejara su estómago en el patio de su amigo.

San Fransokyo se deslizaba bajo ellos con rapidez a medida que el robot la sobrevolaba. El ajetreo típico de una gran ciudad menguaba de forma impresionante un domingo por la mañana, lo que, inevitablemente, llevaba al joven genio a preguntarse sobre el por qué de que, el único día en que los bancos no abrían, ellos debían enfrentarse a un robo a mano armada con rehenes en uno.

Era oficial, Tadashi era un imán para la mala suerte, y eso, precisamente, no ayudaba a relajar sus agarrotados músculos, y mucho menos a lograr que pudiera normalizar su nerviosa respiración.

El viaje al centro, aunque más largo de lo normal para él, fue relativamente rápido. Se apresuraron a dejarse caer lo más silenciosamente posible sobre el techo de concreto del antiquísimo edificio, ignorando la manera en que un par de niños les saludaban desde una terraza lejana. Hiro maldijo por lo bajo, esperando que aquellos pequeños no alertaran a los ladrones con sus gestos llenos de emoción. Ciertamente, no era lo mejor tener que sobrellevar aquel tipo de misiones a plena luz del día, aunque, si estuviera en completo uso de sus capacidad, hubiera dicho que ninguna circunstancia hacia más sencillas de sobrellevar aquellas situaciones.

Respiró hondo, tratando de relajarse e ignorar la suave brisa que amenazaba con congelarles si no actuaban rápido. Se giró hacia Baymax, quien se mantenía distraído en un par de polluelos de paloma que piaban por alimento en una de las cornisas.

-Baymax, escanea el edificio en busca de los rehenes y ladrones- ordenó, sacando al robot de su distracción. De inmediato llevó su mirada al techo, comenzando el escaneo en silencio con un leve movimiento de cabeza, ante los curiosos ojos de Tadashi.

Fue cuestión de un segundo para que el gigante rojo volviera a alzar la mirada, antes de soltar los datos que había recolectado.

-Hay un total de dieciséis personas en el edificio- comenzó, con aquella voz monótona que ponía cada vez que daba un diagnóstico-. Diez de ellas están en las oficinas principales detrás del área de atención al cliente. A juzgar por los niveles de estrés que presentan, y la herida de bala que uno tiene en su pierna izquierda, se trata de los rehenes y los oficiales. Los dos restantes portan armas, al igual que dos más en el pasillo que lleva desde las oficinas hasta algo que parece ser una bóveda. Allí también hay dos personas, pero la estructura del lugar me impide distinguir sus géneros y si portan o no armas.

Hiro asintió, anotando mentalmente los datos al tiempo que pedía al robot localizar un lugar que les diera acceso a las personas dentro del edificio... Tan cliché como pudiera sonar, tres minutos después todos ellos, robot gigante y novato de traje genial incluidos, se estaban deslizando al interior de la institución por los sistemas de ventilación y los espacios vacíos entre el techo y las gigantescas luces del lugar.

Pronto se hallaron en las oficinas, donde, efectivamente, ocho de las personas allí presentes eran rehenes que permanecían arrinconadas contra un escritorio de caoba. Había tres mujeres abrazándose entre ellas, llorando silenciosamente y sin atreverse a alzar la mirada hacia los dos hombres, portadores de armas de alto calibre, que les amenazaban desde la puerta. El resto de los rehenes eran hombres, y Hiro pudo distinguir que, al igual que las mujeres, dos de ellos trabajaban en atención al cliente, ya que estaban vestidos con los trajes típicos de los empleados del banco. El tercer civil era, de seguro, alguna especie de contador o guardia del banco. Los otros dos hombres portaban azules trajes de policía, lo que, inevitablemente, les hacían los blancos favoritos de los insultos y amenazas de los maleantes.

Hiro frunció el ceño al ver la abundante mancha ocre que se extendía por el suelo junto a la pierna de uno de los oficiales, pero no se atrevió a preguntar al robot por su nivel de desangramiento por temor a delatarse antes de que Honey hiciera una de sus mezclas. Lo único que sabía, a juzgar por el tamaño de la mancha y la palidez en la piel del oficial que, apostaba, en sus mejores tiempos era de aquel bronceado perfecto que sólo los latinos podían conseguir, era que tenían poco tiempo, y no podían desperdiciarlo.

-Bien, dijimos que sólo esperaríamos diez minutos ¿No es así?- soltó el más fornido de los sujetos, claramente un hombre, girándose en dirección a su compañero al decir la pregunta. Su tono divertido, al igual que la sonrisa maliciosa del otro sujeto al asentir, no le dio buena espina al ex luchador. La había visto demasiadas veces como para saber que pensaban las personas cuando ponían esos gestos-. Parece que no nos están tomando en serio ¿No crees?

-Tal vez hay que darles un incentivo para traer los helicópteros más rápido- combinó el otro, y alguna de las mujeres soltó un pequeño grito, histérica, al oír como sacaba el seguro de la pistola en sus manos. Parecía ser una especie de ametralladora, lo que llevó inevitablemente al chico a maldecir a los vendedores del mercado negro de la ciudad por vender armas de guerra a idiotas que se las pasaban viendo películas de Hollywood en lugar de buscar trabajo-. ¿Con cuál quieres empezar?

-¿Qué te parece con el cerdo desangrándose? No creo que dure mucho después de todo- comentó, riendo con pútrida malicia al ver como el hombre a penas podía mantener los ojos abiertos.

La desesperación en los rostros de todos los rehenes al ver como aquel sujeto alzaba su arma para apuntarles con ella fue palpable en Hiro, al igual que la tensión de su hermano a su lado. Sin embargo, debió aguantar, sólo hasta que estuviera seguro de que, una vez puestos a salvo los rehenes y descargada el arma, el ladrón no se volvería hacia ellos con ella.

Dirigió una mirada a Honey, que ya poseía tres esferas en sus manos y una expresión severa en su rostro, con toda su atención en la escena que transcurría ajena a ellos. Detrás de ella, Wasabi, Gogo, Fred y Baymax permanecían atentos a la escena, los dos primeros claramente tensos, mordiéndose los labios y mascando chicle compulsivamente cada uno, y el tercero casi brincando de los nervios. Al sentirse observada, la química alzó la mirada en su dirección cuando la última esfera caía en su mano. Le dirigió un breve asentimiento, y ella le correspondió, a la espera para recibir la señal para lanzar la esfera de parte de él, que era el que mejor podía calcular los tiempos de reacción. La capacidad que Hiro había desarrollado para mantener la mente en frío en situaciones extremas como aquella, o para evacuar toda una isla antes de la erupción de un volcán, le habían hecho el ideal en el grupo para comandar las acciones del resto en misiones de alto riesgo, así que Honey lanzaría su esfera sólo y únicamente cuando Hiro lo considerara correcto.

El chico volvió a bajar la mirada.

El hombre acomodó el arma en posición de tiro, provocando que otra horda de desesperados gritos femeninos se desencadenara en el lugar ante la impresión y la desesperación, a la vez que el compañero del oficial, un hombre rubio y alto, trataba de interponerse en la vía de la bala y su amigo, pero se negó a moverse y arruinar el plan tácito que siempre utilizaban, al tiempo que trataba de ignorar la forma en que Tadashi se tensaba aún más, dispuesto a acometer en cuanto el índice del sujeto estuvo sobre el gatillo del arma.

Sólo entonces fue consciente de que, en realidad, Tadashi no tenía la menor idea de que toda la situación estaba controlada y cuando alarmado y con los ojos abiertos de sobremanera se giró a su hermano, sólo tuvo tiempo suficiente a aferrarse a él con todas sus fuerzas, apenas logrando mantenerlo en su lugar, antes de que la primera explosión resonara en el lugar, seguido más gritos.

El corazón del chico se saltó un latido, en pánico, al ver la manera en que los ojos de su hermano se abrían de par el par en dirección al suelo del lugar. Esperándose lo peor, bajó la mirada.

Sin embargo, se permitió respirar aliviado al ver la enorme y extravagante burbuja rosa que ahora aislaba a los rehenes del par de sorprendidos ladrones. Había un par de huecos allí donde las balas se habían incrustado, pero sabía, por la escasa de profundidad de éstos, que las personas dentro de ella estaban completamente a salvo.

-¡Arriba!- el grito del ladrón más grande, cuya voz sonaba ligeramente ronca, denotando una vida de fumador, le hizo volver a la realidad. Cuando le vio apuntarles con su arma, sólo pudo reaccionar a tiempo para tomar a un inmóvil Tadashi del brazo, antes de saltar desde el techo de, al menos, cuatro metros sin pensarlo mucho.

La gente creía que estas cosas sucedían en cámara lenta, que, cuando caías, todo a tu alrededor se volvía una bonita película donde podías notar cada detalle, cada cambio, e incluso llegar a razonar a mayor velocidad de la que las cosas sucedían. La verdad era que, tristemente, o era mentira, o ya estaba demasiado acostumbrado a aquellos saltos mortales como para hallarles lo poético. Lo que sabía era que lo único que había llegado a percibir luego del sonido seco de las balas al impactar contra el pedazo de techo en el que estaban, era que el viento producido por la caída le hacía cosquillas en la piel de su cuello y mejillas, que sus labios estaban resecos por su culpa, que Gogo había lanzado uno de sus discos y había partido por la mitad el arma, y muy posiblemente roto la mano, del sujeto, y que el cuerpo de Tadashi nunca se había sentido tan grande a su alrededor como cuando le envolvió en sus brazos y, a escasos tres metros del suelo, los giró para recibir con su espalda todo el impacto de la caída.

Ante ello, Hiro sólo pudo sonreír con infinita ternura y tratar de continuar respirando cuando los brazos de su hermano se estrecharon a su alrededor con una fuerza que, estaba seguro, ni siquiera él sabía que poseía. La expresión de su hermano, aún a pesar de su máscara, era de claro terror, pues sólo de esa manera podría verle cerrar sus ojos con aquella fuerza, esperando, se jugaba la vida en ello, el dolor en su espalda al chocar contra el suelo.

El que, aún en una situación así, su hermano le pusiera por delate de sí mismo con el fin de garantizar su seguridad, estuvo a punto de lograr que sin importar lo molesto que estaba con él, y sin prestarle atención a las balas que se dispersaban por todo el lugar, deseara abrazarlo y olvidar todo su enojo, mientras aquel calor extraño volvía a extenderse por todo su vientre y mejillas. Con disimulo, ocultó su cabeza en su pecho.

Claro, él también hubiera estado aterrado, de no ser porque estaba completamente seguro de que sólo era cuestión de escasos segundos para que el par de enormes brazos de su robot médico personal los tomara en pleno vuelo y los dejara, completamente sanos y salvos, de pie en medio del tiroteo.

Cuando la inercia y el impacto de sus cuerpos, provocados al frenar la caída abruptamente, le hicieron saber que la gravedad ya no era un problema, Hiro se dedicó a alzar la mirada hasta la de su hermano, debajo de él.

Tadashi abrió los ojos lentamente, temeroso, antes de darse cuenta de que no sentía dolor alguno. Cuando le vio parpadear un par de veces, confundido, para, acto seguido, abrir los ojos de par en par, Hiro sólo pudo reírse en su cara, divertido por su asombro al descubrirse rodeado por los rojos brazos de Bay.

-Mi héroe- soltó, aún sonriente, antes de atrapar entre su índice y pulgar la punta de la nariz del mayor. Ignoró su queja, listo para dejarse caer en cuanto Baymax estuviera a una distancia segura del suelo, y así lo hizo cuando el robot se detuvo a un metro, sólo para liberar a Tadashi, y volvió a treparse a su gigantesca espalda.

-Bien, Bay- murmuró, conectando sus guantes y botas a la espalda del robot, ignorando el ligero ardor que éstas últimas generaban en sus piernas-. Acabemos con esto, amigo.

Ante la orden, Baymax se alzó en vuelo dentro del lugar, ayudado por los propulsores de sus piernas. Aunque el espacio era, dentro de todo, amplio, se volvía insignificante cuando tenías que desplazarte dentro de aquellas paredes a espaldas de un robot de las proporciones del suyo. La capacidad de Hiro para retomar cada pequeña curva era puesta a prueba constantemente, y solo se permitía distraerse del camino cuando informaba por radio a alguno de sus compañeros sobre un ataque sorpresa. Debía estar alerta siempre, pues no podía permitirse el que un error como el que lo había separado del primer cuerpo de Baymax en el espacio dentro de los portales volviera a repetirse. Era verdad que el robot tenía suficiente raciocinio como para guiarse por si sólo, pero siempre, sin importar la situación, cualquier señal realizada por un ser humano que demostrara estar sufriendo algún daño, sería respondida por el robot, lo que muchas veces lo distraía en algún momento importante de la misión y le dejaba a él como único guía en vuelo.

Bajó la mirada en dirección a sus amigos. El sujeto al que Gogo había desarmado se hallaba ahora envuelto en una de las mezclas de Honey, insultando a diestra y siniestra a la madre de la coreana. Era una suerte que ésta estuviera ahora ayudando a Honey con el otro ladrón, o su mano rota sería el menor de sus problemas.

Se apresuró en auxilio de las chicas, que resistían tras un muro rosa los envites de las balas que el sujeto les disparaba como un desquiciado, claramente desesperado. Hiro se estaba volviendo un experto en eso de reconocer ladrones aficionados y verdaderos genios, y ese sujeto, que no despegaba su dedo del gatillo a pesar de que se estaba quedando sin municiones a toda velocidad, tenía toda la pinta de estar en el primer robo de su vida, y de estarse preguntando por qué rayos habían dejado que le convencieran.

Hiro hubiera sentido pena por ese pobre diablo, si no hubiera oído la forma en que se burlaba del oficial herido, amenazaba mujeres aterradas como si nada y, peor aún, disparaba a mansalva a sus amigas, sin importarle la forma en que el escudo de Honey comenzaba a resquebrajarse por el impacto de las balas.

Pero con todo aquello, no sintió el más mínimo remordimiento cuando hizo que Baymax le lanzara su puño cohete, desarmándolo con rapidez y eficacia, sin llegar a herirlo, obviamente,

"A veces lamento tu programación de no herir humanos, Bay". Pensó en su fuero interno, observando como el confundido hombre mantenía sus ojos fijos en sus manos, vacías de repente.

Un crujido seco y breve se oyó entre el bullicio del lugar, y el chico se obligó a reprimir un escalofrío cuando reconoció el típico sonido que causaban los nudillos de su pequeña amiga al ser tronados. Cuando pudo ver el terror en los ojos oscuros del ladrón que aún permanecía en pie en las oficinas, no necesitó más que seguir la dirección de su mirada para descubrir a la coreana, casi echando espuma por la boca, con los ojos inyectados en rabia y furia, y una mueca que sólo le había visto cuando estaba dispuesta a hacer rodar cabezas. Al verla blandir en sus manos los discos de su espalda y con aquella expresión de leona defendiendo a sus crías en su rostro, Hiro entendió por completo el instinto de aquel pobre infeliz de tratar de escabullirse corriendo por la puerta.

"A falta de violencia por parte de Bay, siempre tendremos a Gogo". Se mofó.

Guió al robot a través del umbral de la puerta, donde tuvo que agacharse para no perder la cabeza, justo a tiempo de que el sonido del grito de aquel bastardo reverberara por todo el lugar, provocando que un pequeño sentimiento de pena casi se apoderara de él.

Casi.

Obligó a Baymax a ignorar la señal de dolor del ladrón y aceleró por el curvo pasillo de interminables puertas y sosas paredes, de aquel gris tan aburrido, como cualquier cosa que involucre a los bancos, salvo por el dinero, imaginaba.

Presionó el botón de su intercomunicador, sobre el lugar donde debían estar sus oídos en el casco.

-Honey, Gogo, si ya acabaron de torturar a ese imbécil por haberles mantenido bajo una lluvia de balas, liberen a los rehenes y dejen entrar a los policías. Pidan una ambulancia y un médico para el oficial si no hay uno ya afuera- ordenó, esquivando un par de focos de bajo consumo antes de dirigirse al resto-. Wasabi, Fred, voy en camino, chicos.

Aguardó un Afirmativo de parte de ambos grupos antes de enviar más potencia a los propulsores de Baymax por los controles de su espalda, ideales para cuando el robot no podía concentrarse en el vuelo por realizar demasiadas actividades.

No tardó en llegar al lugar en que ambos jóvenes se hallaban, guiado por el sonido de los disparos y los gritos de Fred, y, al verlos, debió tomarse un segundo, respirar hondo y enviar claras señales a su cerebro de no estallar en carcajadas ante la escena que se desplegaba frente a sus ojos.

Falló, tal vez demasiado ruidosamente.

-¿Te parece divertido, amiguito?- preguntó el moreno entre jadeos, molesto, sin despegar los ojos del sujeto que, frente a él, le mantenía realizando movimientos dignos de cualquier karateka para neutralizar las balas que eran arrojadas a toda velocidad en su dirección y a todas partes de su cuerpo. Éstas caían, como simples virutas derretidas, a su alrededor con un sonido repiqueteado que apenas lograba distinguirse por encima del estallido de las balas al salir del cañón de la ametralladora.

Detrás de ellos dos, transcurría una escena aún más bizarra si se puede, o, al menos, no se le ocurría otra palabra que definiera ni remotamente tan bien lo que era, para él, ver a Fred en su traje de lagarto gigante, saltando de aquí para allá, esquivando las balas que zumbaban a su alrededor, a escasos centímetros de su cuerpo, como si estuviera en un juego de quemados de la secundaria -suponiendo que Fred sabía qué era una secundaria-, en vez de en medio de una situación de alto riesgo que amenazaba su vida.

-¡Demasiado lento!- gritó al sujeto, que claramente estaba a punto de entrar en ebullición gracias a lo irritante que podía llegar a ser su amigo, cuando las balas de su arma redujeron a virutas una puerta junto a él, sin llegar a tocarlo. Emitió, entonces, un insulto en dirección al joven que incluso a él le hizo arquear las cejas, y eso que no era el mejor hablado de los Hamada-. Santo Dios, ¿Con esa boquita comes?

-¡Hiro!- el gritó exasperado de Wasabi le hizo apartar los ojos del irritante lagarto, para encontrarse con un claramente furioso y ya cansado moreno- ¡De verdad me gustaría algo de ayuda!

-Ya voy, ya voy- dijo, con un tono de cierto aburrimiento, antes de obligar a Baymax a volar en su dirección-. Pero si te comportas como una niñita llorona, Wasabi.

-¡Sólo cállate y ayúdame con esto!

La sencillez con la que Baymax le arrebató el arma al ladrón, de un sencillo tirón, antes de desmenuzarla frente a los ojos sorprendidos del mismo, entre sonidos chirriantes y metálicos, le resultó casi cómica al chico. Aunque no tanto como el pánico que se apoderó de los rasgos del tipo cuando, una vez desactivadas con un movimiento de muñeca las cuchillas de Wasabi, éste le asestó tal puñetazo en medio del rostro, que le dejó tendido cuan largo era en el impoluto suelo de blancas baldosas, rodeado de cartuchos de balas y proyectiles inútiles, con un roncó y gutural gruñido de dolor.

Hiro hizo una mueca, sintiendo en su propio rostro la sensación de aquel golpe. Wasabi no tenía pinta de ser de manos ligeras precisamente.

-¿Era necesario?- le preguntó, acusador, con la vista fija en el mayor. Éste observaba, sonriente, la forma en que el sujeto, completamente de negro, cabeceaba un par de veces, antes de dejar caer la cabeza sobre el suelo, inconsciente.

Sólo entonces dirigió su mirada al chico, con una expresión relajada y una sonrisa tan pacífica curvando sus labios gruesos, que Hiro se sintió ligeramente perturbado ante ellas.

Se encogió de hombros, sin dejar de sonreír.

-Lo era para mi, sí- confesó, despegado de cualquier culpa, y Hiro sólo le miró incrédulo mientras bajaba del robot, antes de soltar una risita, divertido por lo extraño de aquella situación.

-Ya puedes atenderlo, Bay- permitió al robot, que se lanzó a realizar un escaneo al sujeto. Entonces, una risa divertida y cantarina llegó a sus oído, indudablemente de Fred, obligándole a girarse en su dirección sólo para verle dar una asombrosa voltereta, digna de un acróbata, alrededor del sujeto, que lanzaba improperios en dirección a su amigo como el peor motociclista del mundo.

-¡Juro que cuando te mate voy a meterte ese horrendo disfraz por el culo!

-¡Oye, este disfraz es increíble!- exclamó, ofendido, sujetándose a las paredes gracias a las micro ventosas que había adherido al traje en las manos en su última reforma-. ¡Lo dices sólo porque tienes envidia!

-¡Ya deja de jugar, amigo!- exclamó, por el bien de la presión arterial de aquel tipo. No necesitaba que algo dañara sus imágenes más de lo que Gogo y Wasabi ya habían hecho, y definitivamente un infarto no era nada bueno para su credibilidad como héroes.

-¡Pero oíste lo que dijo del traje!- refutó, infantil como siempre, y Hiro sólo pudo sonreír, sintiendo un poco de vergüenza ajena ante la reacción del chico, mientras veía por su visión periférica el como Wasabi estrellaba su palma contra su frente, sólo para asustarse un poco al oír su visor crujir.

-Sólo, sólo terminemos ya, ¿Sí?- pidió, cansado ya. No era como si estar allí fuera su idea perfecta para disfrutar de un domingo por la tarde, y quería saber en qué estado se encontraba el oficial que había resultado herido.

-Te estás volviendo un amargado, igual que él- gruñó, claramente desilusionado, mientras señalaba al moreno junto a él.

Wasabi parpadeó un par de veces, sorprendido, antes de fruncir el ceño y que aquel brillo molesto volviera a hacerse con sus ojos castaños.

-Ya hablamos de esto, Fred- gruñó, descolocando aún más al menor, que alternaba su mirada confusa entre el mayor y el rostro de lagarto del traje de Fred, que volvía a esquivar las balas por los pelos.

-Si, claro- le oyó refunfuñar, o eso le pareció. No tuvo oportunidad de indagar en los detalles de la extraña conversación, puesto que el grito de pánico del sujeto le obligó a centrar su mirada en él, a tiempo de ver como dejaba caer su arma, sorprendido y aterrado, cuando una colosal y violenta llamarada lamió el suelo demasiado cerca de sus pies.

No tuvo tiempo de hacer mucho más antes de que, impulsándose en una pared, Fred se deslizara por el aire hasta impactar contra él, inmovilizándole rápidamente en el suelo, agazapado sobre el furioso sujeto, que, aún así, no dejaba de escupirle insultos a la cara mientras se contorsionaba como una serpiente atrapada bajo el menor, a punto de echar espuma por la boca.

Mientras se acercaban, fue capaz de percibir el sonido de asco que Fred soltó, antes de alejarse un poco de él sujeto.

-Amigo, tu aliento me hiere más que tus insultos, créeme- se mofó, antes de voltearle sobre el suelo con la rapidez suficiente para que su aturdido cuerpo no pudiera resistirse. Emitió un bajo gemido de dolor cuando Fred le inmovilizó los brazos sobre su espalda. Hiro extrajo un par de esposas de un compartimento en su cinturón y, sin más preámbulos, las colocó en cada una de las muñecas del sujeto, antes de presionar el botón en el mismo compartimento que las activaba y ver como el mismo campo magnético que despedían las mantenían unidas entre ellas.

Sin duda, eso de ser un genio era muy útil en su vida de héroe.

El sonido de la sirena de una ambulancia llegó hasta sus oídos desde el pasillo, junto a los gritos de algún oficial dando todo tipo de ordenes, un momento antes de que se girara en dirección. Justo a tiempo para divisar como la figura amarillenta de Gogo se desdibujaba por un segundo a su lado, antes de ver como Honey se acercaba corriendo alegremente.

-¿Todo está bien?- les preguntó cuando estuvieron reunidos. Gogo retiró el visor de su casco para poder inflar y explotar un globo justo frente a su cara, con una expresión divertida.

-Oficial herido estable y siendo trasladado al hospital en este momento, el resto de los rehenes están siendo revisados por paramédicos y contenidos por los oficiales- informó, con aquella voz de soldado que siempre ponía sólo para molestarlo. Le dedicó una sonrisa divertida, antes de dirigir su mirada a los dos ladrones que estaban junto a ellos. Honey estaba esposando al que se hallaba inconsciente, mientras Baymax parecía mantener especial atención en su rostro. No le cabía duda de que, como mínimo, Wasabi le había roto el tabique.

-¿Y el resto de estos?

-Allí dejamos dos servidos en bandeja para los oficiales- aseguró, con cierta sonrisa maliciosa curvando sus labios que, estaba seguro, era pura y exclusivamente resultado del recuerdo de lo que fuera que le hubiera hecho al pobre bastardo que les había disparado a ambas-. Supongo que ustedes bailaron con los cuatro restantes ¿No?

Hiro le miró con la confusión brillando notoriamente en sus ojos, antes de abrirlos de par en par y sentir como un sudor frío comenzaba a bajar por su nuca al caer en la cuenta de que les faltaban dos ladrones por capturar aún.

Y su corazón dio un vuelco, aterrado, al notar que no eran los únicos que faltaban.

-¿Dónde está Tadashi?- soltó a bocajarro, a tal velocidad, que los demás miembros tardaron un momento en descifrar qué era lo que el joven había dicho.

La mirada extrañada que Wasabi le dirigió le dio muy mala espina.

-¿Tadashi? Pues adelante, con ellas- aseguró, señalando a las chicas con la mirada, más sólo le bastó con ver la confusión en sus muecas para que la duda reluciera en sus ojos castaños- ¿No?- aventuró, dudoso.

Honey negó con la cabeza, antes de enviar una mirada a la coreana a su lado.

-Creímos que estaba con ustedes- murmuró, con un claro destello de preocupación en sus ojos oscuros-. No lo hemos visto en todo el rato.

Hiro sintió que su respiración le fallaba, como si el oxígeno no llegara a sus pulmones en cantidad suficiente, y estuvo seguro de que hubiera comenzado a hiperventilar si el estridente sonido de unas cortas y odiosamente conocidas explosiones no le hubieran cortado por completo la respiración, al llegar a sus oídos desde el otro extremo del pasillo, tan rotundamente como si los disparos hubieran sucedido junto a él.

No razonó en el momento, su cerebro no estaba en condiciones, pues, de haberlo hecho, se hubiera percatado de que ir a espaldas de Baymax hubiera sido mucho más rápido y seguro que echar a correr por el largo pasillo, sin dar tiempo al resto de sus amigos de reaccionar, completamente solo mientras gritaba el nombre de su hermano en un tono roto por la preocupación y el desconsuelo.

Sin embargo, en ese instante en que la lógica se escapó de su cabeza, sintió sus piernas como si fueran capaz de recorrer largas distancias a mayor velocidad que las del atleta más rápido del mundo, con aquella repentina energía que sólo un buen golpe de adrenalina podía otorgarle al cuerpo. Se lanzó a atravesar aquel gris pasillo completamente solo, sin detenerse a considerar siquiera las puertas que dejaba atrás a toda velocidad en sus laterales, tomando como guía única el sonido de los disparos al final de éste, sintiendo como su corazón se contraía como un puño cada vez que una nueva serie de explosiones se extendían por el lugar.

Aunque, en teoría, el camino de acceso a la bóveda de un banco debía ser una de las cosas más difíciles de encontrar, y qué decir acceder, no era muy complicado llegar a aquel lugar gracias a que los ladrones habían dejado abiertas de par en par cada una de as puertas por las que habían entrado, y Hiro las recorría a toda velocidad, sintiéndose capaz de igualar a Gogo incluso, pero sin detenerse a pensar en ello en realidad.

En su mente sólo había lugar para un único pensamiento razonable, y era el de llegar a aquel lugar e impedir que alguno de aquellos malditos bastardos lastimara a su hermano. Eso si que no se lo perdonaría, sencillamente no podría soportar que alguien fuera capaz de herir a Tadashi por causa de un descuido suyo.

Su corazón se estremeció en su pecho, aterrado, cuando la idea de que quizás ya era demasiado tarde pasó por su mente. Cuando el presentimiento de que, al llegar, no encontraría más que a un Tadashi frío y duro sobre el suelo, rodeado de su propia sangre y cartuchos de balas, a merced de aquella fuerza de la naturaleza de cuyas garras había logrado escaparse hace un año, golpeó su cabeza como si fuera un balón de fútbol, el ligero ardor que había comenzado a sentir en sus piernas desapareció por completo al tiempo que aumentaba la velocidad y atravesaba como un bólido el último trecho, antes de girar en una curva cerrada, casi dándoselas de bruces en la pared del frente.

El sonido agudo de algún tipo de metal caer al suelo inundó sus oídos, antes de ser seguido por un ruido sordo, seco, como si alguien hubiera dejado caer un costal de papas al suelo. Tardó un segundo en saber que se trataba de un cuerpo al caer al suelo, y menos aún tardó en sortear la distancia que lo separaba de la bóveda ante la sola idea de que su hermano necesitara ayuda urgente, sintiendo sus ojos escocer por las lágrimas retenidas, sintiendo que, sin importar lo que hiciera, nunca llegaría a tiempo, más aún al oír aquel gemido de dolor, claramente masculino, traspasar las puertas abiertas de aquel lugar.

-¡Tadashi!- vociferó, desesperado, en el mismo instante en que atravesaba el umbral de la puerta fortificada de la bóveda.

La hoja de intenso color carmesí se deslizó con la suavidad de una pluma sobre el caño inmovilizado del arma, y tuvo tiempo de volver a hacerlo, dejando dos pedazos de ametralladora en el suelo, al rojo vivo en sus extremos, allí donde la katana había cortado.

Hiro prácticamente sintió como su barbilla caía al ras del suelo en el mismo instante en que veía como, con una fuerza férrea de la que jamás lo hubiera creído poseedor, Tadashi aferraba con una de sus manos el antebrazo de la mano que acababa de dejar caer la ametralladora, o lo que quedaba de ella. Jaló con fuerza del sujeto que, aún shockeado, trató de resistirse y asestar un golpe con su codo al rostro de su hermano.

No obstante, Tadashi, que era de todo menos lento en ese momento, logró desviar la dirección del impacto y, aprovechando la falta de estabilidad del ladrón, dio un golpe con su codo en su nuca lo suficientemente fuerte como para que jadeara de dolor, un segundo antes de, para su asombro, caer inconsciente al suelo.

Tadashi le observó por un segundo en silencio, perdido en sus pensamientos, antes de, con un pesado suspiro, inclinarse sobre una de sus rodillas en el suelo junto al sujeto y, llevando su mano derecha hasta el rostro del sujeto, elevó su pasamontañas, dejando una pequeña porción de su piel al descubierto. Luego, presionó con sus dedos la zona de su cuello sobre la aorta, aparentemente tomando su pulso.

Al cabo de un instante se alejó.

-Me asustaste un poco, amigo. No hago esto hace un tiempo- comentó, hablando, aparentemente, con el aire, antes de soltar una risita nerviosa y voltearse a observar al otro sujeto en el suelo, de cuya presencia Hiro no se había percatado aún.

El asombro de Hiro al ver a su hermano llevar a cabo esas acciones, como si llevara años luchando contra maleantes, en lugar de sólo minutos, era tan grande que apenas cabía en su cuerpo. De hecho, parte de él se mezcló con el aire que trataba aún de empujar en jadeos dentro de sus pulmones, luego de semejante carrera, y salió por su boca como una especie de gemido agudo y mal reprimido, que, combinado con su expresión de ojos abiertos al punto de casi salir de sus cuencas, y las cejas arqueadas exageradamente, le dejaban ver como, a su parecer, un completo imbécil.

Y fue la cara que Tadashi vio cuando, alertado por el balbuceo de su hermano, se giró por fin hacia la puerta con una mirada recelosa y atenta, percatándose de la presencia de Hiro.

-¡Hiro!- exclamó, cambiando su expresión alerta por una radiante y relajada sonrisa, antes de replegar el láser de su katana y llevarla a su espalda- ¿Cómo les fue allá adelante?- cuestionó finalmente, con la misma tranquilidad que Cass al preguntarle sobre su último examen en la Universidad.

Finalmente, aún con la sorpresa tatuada en su faz y su cerebro, entre todo aquel cúmulo de emociones negativas, de pensamientos descorazonadores y presentimientos errados, poco a poco una nueva sensación comenzó a abrirse paso, empezando por llenar su estómago y devolverlo a su tamaño normal, en vez de a aquel órgano inútil y atrofiado en el que no habría cabido bocado al que había quedado reducido por los nervios. Luego, trepó como un cálido bálsamo por su pecho y garganta, deshaciendo el nudo que en ella se había formado y, al final, esa misma calidez acabó por abarcar cada parte de su cuerpo, haciéndole sentir de aquella manera en que lo hacían los abrazos de Cass cuando era niño y tenía pesadillas.

Reconoció que se trataba de alivio sólo cuando pudo respirar correctamente, sintiéndose mareado de repente cuando la adrenalina comenzó a retirarse y comprendió que su hermano estaba a salvo. Sus piernas de repente no pudieron sostenerlo en pie, y tuvo que aferrarse con ambas manos al umbral de la puerta de la bóveda.

Pudo reconocer la sorpresa brillar en los ojos de su hermano, sólo para ser reemplazada un instante más tarde por la más pura preocupación. Tadashi sorteó la escasa distancia que los separaba en tres rápidas zancadas y le tomó del brazo, brindándole un punto de agarre mucho más seguro.

-¿Hiro?- el tono de voz con el que lo llamó estaba lleno de inquietud, y la mirada de su hermano, como si estuviera considerando el cargarlo hasta algún hospital o algo así, le resultaba de lo más cómica, considerando que era por su causa que se encontraba así-. Hiro ¿Estás bien?

No estaba seguro. Aún se sentía débil, y una leve sensación de nauseas le revolvía el estómago, pero, por lo demás, el mareo ya había pasado y le permitía mantenerse en pie por sí sólo, así que, con un leve asentimiento, llevó sus manos hasta las de su hermano, asidas de sus brazos, y las apartó de él. Se irguió de forma correcta.

-¿Seguro? Estás pálido- insistió, con una seriedad en su rostro que sólo reservaba para las ocasiones en que le echaba en cara sus salidas a peleas de robot- ¿No cometiste ninguna imprudencia?

Hiro abrió los ojos de par en par, parpadeando un par de veces por causa de la sorpresa, indignado. ¿Cómo tenía la osadez de acusarle de imprudente cuando no había sido otro más que él quien se había arriesgado? ¿Cuando él había corrido a detener dos ladrones armados con arsenal de guerra completamente solo? Frunció el ceño, dispuesto a gritarle unas cuantas verdades a la cara respecto a alejarse del equipo en una misión de riesgo cuando era la primera vez que participaba en una.

Pero debió guardárselo para sí mismo por unas horas más en cuanto la cacofonía de pasos provenientes del pasillo se hizo cada vez más audible, hasta el punto en que pudo percibirlos perfectamente detrás de él, unos segundos antes de que se detuvieran y las respiraciones agitadas tomaran su lugar, junto a un par de pisadas más pesadas y lentas que acababa de alcanzarlos.

Tenía que comenzar a trabajar en otras refacciones para los actuadores de Baymax, debía ser más rápido... aunque no se atrevía a reformarlo demasiado, la torpeza de su robot le hacía extrañamente encantador. Tal vez mejor se encargaba del traje.

-¡Hiro, en serio tienes que dejar de darnos esos sustos!- la voz de Wasabi, entrecortada por los jadeos, dejaba ver claramente el enfado que sentía hacia el menor y la preocupación que se resguardaba detrás de éste. Sin embargo, la molestia en su tez oscura transmutó velozmente en sorpresa cuando su mirada se posó sobre los dos cuerpos inconscientes en el suelo. Uno de ellos, el primero en ser noqueado, emitía suaves ronquidos, mientras el otro sólo permanecía cuan largo era en el suelo, junto a los inútiles restos de su arma-. ¡Santo cielo!- la exclamación tuvo ese toque agudo que poseían los gritos de Wasabi cuando algo lo tomaba por sorpresa, y Hiro apreció como sus ojos casi salían de sus cuencas mientras los llevaba una y otra vez desde los ladrones, las armas fragmentadas en el suelo a su hermano, atónito. Cuando, finalmente, la mirada asombrada recayó en Tadashi, que le miraba con una pequeña sonrisa apenada que moría de ganas por sacar a patadas de su rostro, supo que había atado los cabos sueltos-. ¿Lo hiciste tu solo, Tadashi?

El respeto que albergaba su voz causó que Hiro quisiera dársela de cabezazos contra la pared.

No, mejor dicho, hacer que fuera Wasabi quien se la diera de cabezazos, junto a cada uno de sus amigos, que veían a su hermano como si acabara de escalar el Everest por sí solo o algo así.

Tadashi se llevó una mano hasta la nuca y se rascó en un gesto claro de pena, mientras sólo ampliaba su estúpida y humilde sonrisa antes de asentir, con esa expresión de falsa humildad que ocultaba la satisfacción de ser el que mejor había expuesto una clase.

No puede dejar de comportarse como un nerd ni siquiera en una situación como esta. Gruñó, alejando la mirada, mientras la lluvia de halagos y felicitaciones comenzaba a caer sobre su hermano.

-¡Esto hay que celebrarlo!- exclamó Fred, aún oculto detrás de su máscara de lagarto, mientras daba saltos emocionados por todo el lugar-. Yo invito el festín- ignoró por completo el gemido de dolor que soltó uno de los ladrones cuando se detuvo justo sobre su espalda.

La expresión extrañada que esbozó Tadashi fue igual a la de Hiro, y poco tenía que ver con que fueran tan similares. Celebrar luego de una misión no era tan normal como cabía esperar.

-¿Celebrar?- preguntó Tadashi, adelantándose a su hermano, quien asintió ante las miradas divertidas de sus amigos- ¿Celebrar qué?

Fred se levanto la máscara por unos instantes para mirarlos como si hubieran hecho la pregunta más estúpida que nunca hubiera oído antes.

-Pues la primera misión de Tadashi como miembro del equipo, duh- comentó, antes de volver a dejar caer su máscara. Se impulsó y volvió a caer frente a ellos, causando otro gemido de dolor del ladrón.

Hiro tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para resistirse al impulso de gritar de rabia y comenzar a arrancarse los mechones de la cabeza a jalones allí mismo.

En cambió, si que se permitió soltar un gruñido de bronca.

-¡Aún no es del equipo!- exclamó con molestia, antes de voltearse hacia su robot y subir a él de un salto, gruñendo insultos. El resto del equipo intercambió una mirada confusa, antes de soltar una leve risita y mirar al enfurruñado muchacho con diversión. Hiro pudo sentir como sus dientes crujían, mientras un estúpido rubor trepaba por sus mejillas tras el casco, estaba harto. -¡Venga, vámonos de una maldita vez!

-Ese vocabulario, Hiro- Tadashi se dirigió a él con un leve tono de advertencia, pero la diversión aún no abandonaba sus facciones mientras seguía a su hermano sobre el robot, volviendo a empujarlo para ganar lugar e ignorando el dulce adjetivo que dirigió a su persona mientras se alzaban sobre la superficie de la bóveda.

No se molestaron en esposar a los ladrones, el sonido de los oficiales corriendo por las cercanías les daba luz verde de retirarse con toda la calma.


Como era de esperarse, la idea de celebración de Fred que colindara con lo que cualquier adolescente normal podría imaginar se limitaba a, llanamente, hallarse ellos seis y su amigable robot, ya limpios y relajados, a altas horas de la noche viendo películas de terror. La falta de excentricidad de la situación desconcertaría a los muchachos de no ser que, además de estar acostumbrados ya a esas reuniones, las películas que estaban obligados a ver fueran de esas que sólo Fred parecía conocer... y, desde luego, de ese tipo que, o te dejaban al borde de devolver las botanas que estuvieras comiendo, o eran completamente inentendibles y terminabas dando vueltas en la cama toda la noche tratando de comprender qué fue lo que viste por tres valiosas horas de tu vida.

Por lo general, le encantaban las películas que Fred les ofrecía en su sala de estar, en su increíblemente humilde televisor pantalla plana 3D de mayor tamaño que las de los mejores cines de su ciudad, donde un anciano guarda del cementerio recorría las tumbas luego de encontrar el dedo de una señorita en medio de una acera. Pero, esta noche sin embargo, no podía concentrarse lo suficiente como para divertirse ante las miradas aterrorizadas de sus tres amigos normales y hermano, o al menos para compartirlas.

Su mente no estaba allí, mucho menos su alegría o picardía características. Se sentía algo culpable de no poder disfrutar de aquellos minutos de calma y relajación junto a sus amigos, en especial tomando en cuenta que eran los únicos momentos en los que solían reunirse para comportarse, aunque sea por tres horas, como adolescentes normales, simples amigos que se gastaban bromas luego de cada susto y experimentaban ese agradable resquemor del bullying entre todos. Nada de genios de la tecnología o la química, y mucho menos de súper héroes.

Pero, por más que lo intentaba, la pesadez en su estómago y el nudo en su garganta seguían allí, firmes, reacios a desaparecer sin importar cuantos estúpidos métodos de relajación -que Honey le había enseñado para relajarse antes de cada examen- estuviera dispuesto a utilizar. No cuando el recuerdo latente de la imagen de Tadashi desvanecido en el suelo de la bóveda volvía una y otra vez a su mente, sólo para atormentarlo.

Más si fuera sólo ese el problema podría controlarlo. De ser esa la causa de su estrés, sólo le bastaría con guiar su mirada hasta el rincón del enorme sofá junto al puff en el que él estaba, donde, junto a una aterrada Honey -que se veía de lo más hilarante con los lentes 3D encimados sobre los suyos propios- y un divertido Fred, su hermano veía con una mezcla de curiosidad y asco la pantalla, para tranquilizarse.

La molestia que persistía en su persona e insistía en amargarle la noche tanto como fuera posible, se debía principalmente a que aún se estaba tragando el enorme broncazo que planeaba echarle encima a Tadashi en cuanto estuvieran solos. No se iría con rosas y laureles después del susto que le había dado, claro que no. Iba a colocar cada punto sobre la i con él. Le recordaría que esta era su semana de prueba, y que no pensaba dejarle seguir intentando entrar al equipo si volvía a cometer una imprudencia como esa en una misión de riesgo -para él, obvio-, estando completamente solo.

De repente, un sonoro grito colectivo llenó la habitación, arrancándolo de sus pensamientos, al tiempo de ver como al anciano guardián del cementerio alguien, o algo, le desprendía el ojo de su cuenca con la punta de una pala.

Superada la impresión inicial al ver la esfera con cataratas, conectada aún a los nervios del ojo, rodar por la acera, Hiro se preguntó a qué venía realmente el grito, ya que, aunque la escena era asquerosa y ciertamente real, con la sangre en cantidades justas y la pena que a cualquiera le podía dar el ver a un anciano suplicar por su vida, no entendía que era lo que había ocasionado tamaño susto en sus compañeros, ya que no era lo peor que llevaban viendo en aquella película.

Fue sólo cuando un tazón vacío, que anteriormente había tenido papas fritas, atravesó a toda velocidad el sitio donde estaban y fue a dar justo en la cabeza de Fred -sorteando de manera milagrosa la alocada cabellera de Wasabi, que se interponía en su trayectoria-, que notó que en realidad nadie estaba viendo el televisor, sino el lugar donde un Fred, de pie sobre el sillón, se acariciaba la sien y gimoteaba de dolor, junto a una Honey que parecía acabar de ver al mismo diablo.

¿En qué momento se había puesto Fred la máscara del tipo de La Noche del Demonio?

-Auch- lloriqueó el joven, girándose hacia la coreana, que estaba sentada en el sillón individual detrás de Wasabi, sentado en un puff del mismo tono azul noche que el suyo, con los ojos abiertos de par en par viendo a su amigo, pero acariciando también sus cabellos con una mano, lo que le llevaba a pensar que no había salido tan impune como imaginó en un primer momento-. Oye, la violencia no era necesaria, Gogo- refunfuñó en un tono lastimero, sin retirarse aún la mascara.

-¡Es necesaria en imbéciles como tú!- exclamó la muchacha, irguiéndose cuan alta era en el suelo... lo que no era mucho decir, claro, pero aún no nacía hombre con los huevos suficientes o tan poco instinto de supervivencia como para hacérselo notar- ¡Casi me matas del susto! ¡Y qué decir de Honey!

-Estás exagerando- gruñó, volviendo a dejarse caer en el sillón, antes de elevar su máscara y mirar a la rubia con una sonrisa vivaracha, lo que dejaba más que claro que el reclamo de Gogo estaba cayendo en saco roto- ¿Verdad, Honey?

-Tal vez estoy un poco de acuerdo con Gogo, Fredy.

En ese momento, Hiro desconectó de la charla, aunque no pudo evitar agradecer un poco a Fred cuando una pequeña sonrisa burlesca se escapó por sus labios. Su amigo, aunque todos pudieran tratar de negarlo alguna vez, era lo mejor para subirle el ánimo a cualquiera.

No obstante, eso no significaba que ya no se sintiera incómodo. Todo lo contrario, de repente sentía que era el momento perfecto para excusarse y poder retirarse sin resultar del todo brusco, no deseaba seguir sintiéndose tan solo un observador ausente en la situación.

Estaba por utilizar la patética excusa de ir al baño, cuando un suave zumbido, un sonido más bien bajo, se hizo espacio entre la conversación, causando que alzara una ceja, un segundo antes de que una leve caricia de una textura dura y fría fuera a dar con su tobillo desnudo.

Si hubiera prestado más atención a la masacre que estaban siendo obligados a ver por causa de su amigo o se hallara la mitad de sugestionado que el resto, sin duda ahora estarían tratando de bajarle del techo entre todos debido al salto que habría dado. Pero, como ni siquiera recordaba el nombre de la película o de qué iba, simplemente se inclinó hacia adelante, alzando los lentes de vidrios tintados en azul y rojo, y observó el objeto de un brillante y bruñido color naranja que ahora descansaba junto a su pie, agitándose en movimientos circulares sobre su base redondeada, hasta detenerse por completo.

Hiro tomó el tazón que Gogo había utilizado de proyectil de inmediato, ya con una idea clara para salir de allí rápidamente y sin que pareciera que estuviera aterrado por la película y a punto de desgraciarse en sus pantalones.

-En seguida vuelvo- anunció, poniéndose de pie de un salto, fingiendo una vigorosidad que no sentía, mientras atravesaba todo el espacio entre sus amigos a grandes zancadas e ignoraba lo mejor que podía como el anciano de la película perdía un brazo gracias a la bendita pala, tratando de no pisar a nada ni nadie, con una gran sonrisa-. Voy por más bocadillos.

-¿Lo ves? Obligaste a Hiro a moverse para ser amable. Deberías sentirte avergonzado.

Una risa molesta, pero al menos sincera, se le escapó ante el comentario de Gogo, acompañada de las demás risas entre dientes de los demás. No pudo resistirse a darle un empujón a la coreana al pasar junto a ella rumbo a la cocina. Se dejó caer sin oponer resistencia, sólo para lanzarle algunas palomitas que tenía a mano. Las sintió impactar justo en su nuca.

La puntería de Gogo se estaba haciendo peligrosamente precisa.

Cerró la puerta tras de sí y echó a andar por la mansión con la seguridad de quien estaba en su propio hogar. Había recorrido aquel lugar las veces suficientes como para que los brillantes suelos de baldosas blancas, o las pinturas, ya fueran retratos familiares o verdaderos cuadros estilo renacentistas -de los cuales, estaba seguro, todos eran reales o copias hechas por el mismo autor- no le distrajeran ni le dejaran viendo con los ojos y boca abiertos desmesuradamente cada detalle por los minutos suficientes como para que se le olvidara lo que fuera que hubiera ido a buscar. Aunque, debía admitirlo, había tantos detalles realistas en los cuadros que siempre acababa recayendo en algo nuevo. Los vellos casi imperceptibles del rostro, el rastro acuoso del iris de los ojos.

También, debía sentirse orgulloso de que, tan sólo después de diez veces recorriendo el colosal trayecto que había desde las habitaciones de su amigo hasta la cocina, ya lograba llegar en menos de un minuto, y sin extraviarse en alguna de las cinco bifurcaciones de inmensos pasillos que había antes de llegar a ella.

Cuando entró, no llegaron a impresionarle ni las arañas con cristales que la iluminaban desde el altísimo cielo raso, ni el hecho de que, tal vez, fuera más amplia que las cocinas de muchos restaurantes de lujo que hubiera visto en películas, y mil veces mejor equipada. Simplemente recorrió las perfectamente limpias mesas, recubiertas de trastos brillantes y ollas que, estaba seguro, costaban más que toda las cosas en la cocina de Cass.

Hace mucho que había descubierto que envidiar a Fred era algo completamente en vano, sobre todo, cuando el muchacho no tenía inconveniente alguno con compartir todos sus lujos con sus amigos las veces que lo deseara. Se preguntó si sus padres serían la mitad de generosos con sus amigos.

Mientras abría la alacena especialmente utilizada para guardar todas las porquerías con las que cualquier chico pudiera destrozarse el estómago, y que, por ende, todos ellos conocían por obligación, recapacitó que, en realidad, nunca había visto en la mansión a alguien más que no fuera ellos o Heathcliff. No conocía a sus padres más que por los cuadros y algunas fotos familiares y, además, alguna vez excepcional había visto una que otra mujer con traje de sirvienta.

Uff, que anticuado. Mejor amas de llave. Se corrigió, mientras trataba de decidirse entre los Cheetos, papas fritas o nachos.

Al final, vació la bolsa de papas en el cuenco y decidió llevar los Cheetos por si acaso. Más no salió de inmediato en dirección a la sala de estar individual de Fred, con su pantalla desplegable y llena a rebosar de accesorios coleccionables de sus series favoritas. En lugar de eso, se acercó a la nevera que había en un rincón cercano, de un brillante acero inoxidable, y retiró de ella una de las botellas de agua mineral que había allí para Fred.

Se sentiría culpable, pero no sería un verdadero amigo si no saqueaba el refri del millonario. Dios sabía que, llegados a estas alturas, haría lo mismo en cualquiera de las casas de los chicos.

Mientras destapaba la botella, cuya superficie de vidrio estaba perlada por la condensación y las bajas temperaturas de la nevera, se preguntaba si los padres de Fred estarían juntos o separados, o si incluso alguno de ellos habría fallecido. No creía que tuviera hermanos, porque nunca había visto a alguno en los retratos y su amigo, ciertamente, tenía algunos evidentes clichés de hijo único encima.

Le parecía curioso, ya que nunca le había oído hablar de su familia después de la primera vez que habían estado allí. Por comentarios al azar, sabía que Wasabi tenía dos hermanos pequeños y una hermana mayor que a veces lo trataba como su hijo. Que Gogo tenía tres hermanas menores que muchas veces la tenían al borde de una embolia, pero sus ojos reservaban un brillo especial para las ocasiones en que las nombraba que hacía evidente que eran su adoración. Honey sólo tenía un hermanito menor que la volvía loca en buenos y malos sentidos y que, una vez le comentó, le recordaba mucho a él.

Y él. Bueno, él tenía un hermano mayor impulsivo, impetuoso, que escondía tras su carita de niño bueno que no rompe un plato un carácter de los mil demonios cuando colmaban su paciencia y que, por giros extraños del destino, se podría decir que había muerto y renacido sólo para darle un ataque al corazón a él.

Gruñó por lo bajo mientras sentía como sus cejas casi se rozaban de lo pronunciado que era su ceño fruncido. El simple recuerdo de su hermano lograba echar por tierra el escaso buen humor que lograba recopilar. Era como si, por una vez en su vida, todo él estuviera de acuerdo en que Tadashi la había liado, y que era su deber el reprenderlo por ello.

No podía creer que, aún contra todo instinto de supervivencia o lógica, Tadashi se hubiera convencido de que era, bajo algún punto de vista, una buena idea el enfrentarse completamente sólo a un par de locos armados. ¿Qué hubiera pasado si hubieran decidido divertirse con él como lo habían hecho con el pobre oficial? ¿Y si estos no eran tan sádicos como los primeros? ¿Si decidían que no valía la pena arriesgarse a jugar con un héroe y lo hubieran rematado de un tiro? Dios sabía que el asombroso traje que Tadashi había creado no tenía ningún tipo de protección para su cabeza.

Se le hizo un nudo en la garganta. Lo que hubiera pasado era claro como el agua de la botella que estaba tratando de llevarse a la boca con manos temblorosas. Tadashi estaría muerto de nuevo, y él no podría soportarlo. No otra vez.

Cuando por fin se llevó la fría botella a los labios y tragó el agua gélida, lo hizo con dificultad, sintiendo como el nudo en su garganta se tensaba aún más ante el pensamiento.

Respingó cuando la puerta se abrió al otro lado de la habitación.

-Vaya, al fin te encuentro- la voz de la persona a la que menos deseaba ver en ese momento llenó la enorme cocina con un eco vivaracho que, a su parecer, sonaba como una burla a su estado de ánimo. La botella se le resbaló de las manos y tintineó en la palangana de la mesada por unos segundos, con un sonido demasiado alto para su gusto, pero él no atinó a volver a tomarla, ni mucho menos-. Esta casa es enorme, ¿No crees?

A pesar de que en cualquier otro momento hubiera disfrutado de mantener una conversación por demás inútil con su hermano, Hiro no respondió, manteniendo aún su mirada en el vaso abandonado en el fregadero, y no necesitó girarse a ver a Tadashi para sentir como la confusión comenzaba a apoderarse del lugar.

-¿Hiro?- le llamó, mientras se acercaba a él con una ceja alzada y pasos cada vez más rápidos que resonaban en la cocina por causa del alto techo. Hiro bajó la vista cuando le sintió junto a él, ignorándolo lo mejor que podía incluso cuando se inclinó para estar a su altura. El sonido de sorpresa que soltó en ese instante le desconcertó lo suficiente como para despertar su curiosidad, más se obligó a mantenerse firme, sabiendo que, si le veía a los ojos, no podría resistir el deseo infantil que tenía de montarle allí mismo una escena y, seguramente, causar un gran escándalo-. Hiro, ¿Por qué estás llorando?

El aludido abrió los ojos de par en par al tiempo que soltaba un jadeo. Bien, eso fue una sorpresa. Sin duda.

Rápidamente, desconcertado por la pregunta, se llevó una mano al rostro, justo a los lagrimales de sus ojos, y la retiró en un movimiento veloz. Vio la leve capa de humedad que tornaba la yema de su índice brillante con horror, antes de apresurarse a enjugar las lágrimas que le delataban.

-No estoy llorando- negó testarudamente, mientras se giraba a penas lo suficiente como para ocultar su rostro de los ojos de su hermano. Esperó que su voz sólo hubiera sonado temblorosa en su mente.

-Claro, y Fred no está a punto de ser asesinado por Gogo- combinó, irónico, mientras le rodeaba con suficiente velocidad como para volver a estar de frente. No lo esquivó esta vez, pero tampoco alzó la mirada para enfrentarlo. Le oyó suspirar con la pesadez de aquel padre que llevaba escuchando por horas a su hijo negar que tenía un problema cuando sabía exactamente qué le pasaba, y el saber que estaba perfectamente al tanto de lo que le sucedía logró crisparlo el doble-. Venga, suéltalo ya.

Bien, si él lo quería...

-¡¿Cómo mierda se te ocurre ir tras ellos solo?! ¡Tenían armas de asalto, Tadashi!- soltó, con la voz tres octavas más alta de lo normal, pero asegurándose de no atraer a nadie que pudiera estar del otro lado de la puerta.

Cuando Tadashi puso los ojos en blanco, ardió en deseos de darle una buena patada en el lugar donde la mitad de la carga genética de sus sobrinos se gestaría algún día.

-Ya ves como les sirvieron- comentó con ironía, mientras, en un gesto desinteresado que estuvo a punto de volverlo loco, se robaba una papa frita del cuenco lleno y se la llevaba a la boca, masticando con un movimiento exagerado y una mirada que era la mezcla entre diversión e indiferencia.

La situación le resultaba tan extraña, Tadashi parecía un prepotente imbécil, y él era, de la nada, la voz experta y sensata... era como si su vida estuviera completamente de cabeza, y eso lo desesperaba por completo... No lo suficiente como para que su actitud cambiara después de esto, obviamente.

-¡Ese no es el punto!- dijo en un gemido lastimero, reprimiendo el impulso de tomarlo de los cabellos y azotarlo contra la mesada de mármol blanco para que reaccionara-. Te pudieron lastimar, matarte, casi me da un infarto al oír que alguien caía en la bóveda.

No supo qué fue exactamente, pero, de repente, su expresión se endureció. La mirada de su hermano volvía a ser la del hombre enfurecido que le había increpado luego de irrumpir en su entrenamiento, acusadora, severa y que dejaba, a claras vistas, ver que era él ahora quien ardía en deseos de azotarlo contra la mesada.

Bien, eso los acercaba más a su idea de normalidad.

-¿Sabes? Debería ser yo quien diera ese sermón, porque, no sé si lo has notado, ¡Pero es mi hermano pequeño de quince años quien, al parecer, se enfrenta a maleantes armados cada maldito día!- exclamó, prácticamente echando humo por los oídos, y fue entonces que la actitud despreocupada de su hermano encajó para él.

Una risa sorprendida, y en su mayoría indignada, estuvo a punto de escapar de su garganta al caer en cuenta de que la forma de actuar de su hermano, toda esa farsa de completo desinterés, no eran más que una fachada diseñada para que él tuviera un trago de su propia medicina. Era, de cierta forma, un alivio entender por fin el por qué de que su hermano se hubiera vuelto un imbécil de un segundo al otro.

Ah, Tadashi podía ser tan infantil a veces.

-¡Pero no era mi primera misión!- exclamó, para nada dispuesto a ceder un ápice. Fuera cual fuera el motivo que había llevado a Tadashi a comportarse de forma tan precipitada, no podía permitirle creer que era algo que él o cualquier otro del grupo aceptara, aunque todos parecían haberlo olvidado en ese día. Había un orden que seguir.

-Claro que no- respondió a su comentario, cruzándose de brazos sobre el pecho, mientras se inclinaba sobre él, ganando territorio y consiguiendo verse amenazante a pesar de que ya pasaba sus hombros-. Esa fue con un loco asesino que casi los ahoga a los chicos y a ti por jugar a hacerse los héroes.

Esta vez, Hiro no pudo contener su sorpresa, y se preguntó en su fuero interno de dónde demonios había sacado Tadashi esa información ya que, estaba seguro, ningún foro en internet estaba al tanto de ello.

Entonces, como una respuesta salida de su subconsciente, el recuerdo de su amigo robot encerrado toda la noche custodiando el sótano donde Tadashi había estado trabajando, y el hecho -que acababa de notar- de que no le había visto en todo los días, le dejó claro cual había sido la fuente de información que su hermano había utilizado.

Quiso golpearse contra la superficie de mármol él mismo.

-Baymax- gruñó, como si se tratara de la mayor de las blasfemias.

Tadashi no cambió su expresión, a excepción de un ligero brillo en sus ojos que pareció suavizar su mirada.

-Vi sus archivos- admite, mientras niega con la cabeza y suelta un bajo suspiro de cansancio. Hiro hizo un puchero, alejando la mirada del mayor-. Hiro, la vida me dio una segunda oportunidad, y no pienso vivir con miedo. Tú tampoco deberías hacerlo.

No sabía qué había en esa frase que le dejaba sin argumentos o fuerza como para querer utilizarlos, pero esas simples palabras, junto a la infinita dulzura y cariño en sus ojos, que era lo que, al fin y al cabo, se ocultaba siempre tras su rabia, su enojo y su preocupación, fueron lo único necesario para que un silencio sepulcral se alzara entre ambos y le mirara de reojo, reticente, con sigilo.

Tadashi sintió su corazón estrujarse al ver a su propio hermanito, quien nunca antes había puesto en cuestionamiento sus palabras, dudar de sus intenciones. Sin importar qué era lo que llevaba a Hiro a hacerlo, era algo que no podía permitirse que siguiera sucediendo.

Y si la única forma de conseguirlo era siendo completamente sincero con él, bien, pues lo sería.

-Sé que esto es más difícil para ti que para mí, y creo comprender a qué le temes, Hiro- comenzó, colocando ambas manos sobre sus hombros, tan pequeños como los recordaba, aunque algo más fibrosos a pesar de la tela. Presionó con fuerza, dejando que todo su apoyo y cariño fluyera en ese gesto, causando que el menor alzara la mirada hacía él-. Pero ya basta de eso, porque lograrás solamente que vivamos discutiendo ¿Comprendes?- susurró, llenó de convicción, mirando fijamente los ojos aún excesivamente húmedos de su hermano. Su labio inferior tembló ligeramente, y Tadashi tuvo que echar mano de todo su autocontrol para no abrazarlo con todas sus fuerzas-. Déjame hacer esto contigo, onegai.

No pudo evitar que su ceño se frunciera aún más, molesto, conmovido. Sabía que las poquísimas veces en que su hermano hablaba en japonés era por dos cosas. O para chantajearlo, o porque en verdad estaba siendo sincero con respecto a algo.

La cuestión para Hiro en ese momento era descubrir cuál de las dos era la elección correcta, sino es que ambas lo eran.

Al final, ante la sinceridad aplastante de su hermano, y la firme gentileza de sus manos sobre él, como un recuerdo sólido del fuerte pilar que siempre sería en su vida, Hiro sólo cerró los ojos y soltó un suspiro resignado, antes de verle a los ojos nuevamente.

-Odio esa frase, y te odio a ti también.

Tadashi ríe entre dientes, antes de abrazarlo con fuerza, estrechándolo entre sus brazos hasta el punto en que a Hiro le cuesta un tanto respirar.

-Yo también te amo- contestó, con una sonrisa de pura felicidad surcando de lado a lado su rostro.

Sonrisa que flaqueó, confundida, cuando Hiro lo obligó a separarse del abrazo. Frunció el ceño, y un brillo de recelosa curiosidad se instaló en sus ojos, ámbar al reflejo de la luz de las arañas sobre las paredes de pálido amarillo de la cocina.

Hiro le miró con severidad, para nada dispuesto a, por más de estar firmando las pases con su hermano, olvidar el traspiés que había dado en aquel día.

-Muy bien, ahora vamos a hablar seriamente- sentenció, y se apresuró a agregar al ver que su hermano abría sus labios para hablar, nuevamente con aquel gesto despreocupado-. No, no. Te quedarás callado y vas a escucharme ¿Entendido? No es tu hermano quien te habla ahora, sino alguien que lleva un año pateando traseros por toda la ciudad de San Fransokyo, ¿Está claro?

Aunque nunca lo había intentado con seriedad, por lo general Hiro no estaba exactamente acostumbrado a ejercer cualquier tipo de autoridad en las personas que conocía. Ni en sus compañeros de clases, ni mucho menos en sus compañeros de equipo. Por ser el menor del grupo siempre yacía sobre él el estigma de inexperiencia e impulsividad por el que era reconocido, aunque distara mucho de ser un neófito en algunos temas, como la ingeniería o salvar a la ciudad.

Por eso le sorprendió tanto que, a pesar de su actitud despreocupada e irreverente de hace unos momentos, Tadashi cerrara su boca con tal brusquedad que sus dientes se oyeron apenas en la habitación al chocar entre ellos, o que le mirara con aquel dejo de seriedad que, sabía, sólo reservaba para sus profesores.

-Muy bien- prosiguió, una vez se convenció de que Tadashi escucharía-. Hay una regla básica que nunca alguno de nosotros ha roto en los últimos doce meses, y es la de que, sin importar los posibles planes que cada uno tenga o que cualquiera esté gritando por ayuda en la otra habitación, un miembro de los Grandes Seis nunca, jamás, se queda sólo en medio de una misión, tanto como si se trata de una misión con armas de asalto o bajar un gato de un árbol. ¿Entiendes? Siempre tiene que haber alguien más junto a ti para auxiliarte, para cubrirte. Gogo y Honey, Wasabi y Fred, Baymax y yo. Nunca estamos solos.

Tadashi tragó saliva, repentinamente cayendo en cuenta del error que había cometido, y la consciencia del riesgo inútil al que se había sometido se reflejó en el brillo lleno de culpabilidad en su mirada y en la mueca casi imperceptible que formaron sus labios al elevar una de las comisuras de sus labios. Y, una vez Hiro pudo reconocerlo, se sintió un poco más aliviado, aunque la preocupación no desapareció de sus ojos incluso por ello.

Suspiró, cruzándose de brazos a la altura del pecho.

-Mira, Tadashi- comenzó, mirándole por entre las pestañas, sintiendo algo de lástima al ver el gesto avergonzado de su hermano mayor-. Sabes que, desde el comienzo, yo nunca hubiera optado porque siquiera estés en el equipo- se sinceró, y Tadashi asintió, no era un secreto para nadie-. Pero eres lo suficientemente idiota o lo suficientemente valiente, aún no lo sé, como para saber que, sin importar que haga o diga, seguirás adelante con esta locura- terminó por confesar, sabiendo que la molestia y la preocupación eran claras en su voz y su rostro. No tenía caso seguir engañándose sobre eso. Pero, al ver la sonrisa que comenzaba a colarse por los carnosos labios del mayor, se apresuró a agregar-. Tampoco te entusiasmes, no estoy diciendo que ya entraste al equipo, aún estás a prueba, ¿Bien?- el mayor asintió con un brillo burlón en su mirada, y Hiro luchó por reprimir el impulso infantil de asestarle un golpe en la espinilla. En lugar de eso, optó por fulminarlo con la mirada, antes de suspirar nuevamente y recurrir a su recientemente adquirida madurez-. Lo único que quiero, Tadashi, es no volver a ver que cometas una locura como la de esta tarde de nuevo ¿Lo entiendes? Puedo pasar por alto el hecho de que casi arruinas el plan al comienzo de la misión. Fue mi error por no explicarte los métodos de Honey para poner a resguardo a los rehenes. Pero no puedo pasar por alto el que hayas ido tras dos ladrones solo, el simple sentido común es suficiente para que cualquiera sepa que no es una buena idea. No quiero volver a ver que actúes de forma impulsiva, eso déjamelo a mi. No quiero perder de nuevo a mi hermano por una tontería, y, aunque hoy no tuviste ningún problema con esos sujetos, nada nos asegura que mañana, o pasado, o dios no quiera en un mes sea igual.

Tadashi asintió, y Hiro sintió un inmenso alivio embargarlo cuando no vio en sus ojos intenciones de contradecirlo.

-Está bien. Prometo ser más cuidadoso la próxima vez y no ser un idiota impulsivo- aceptó, con una sonrisa sincera en sus labios, que inevitablemente contagió a su hermano. Aunque Hiro enarcó una ceja al ver que la seriedad a la que estaba más acostumbrado en Tadashi volvió a él-. Pero si llego a ver que eres tú el que actúa de forma impulsiva...

-Oh, ¡Vete al diablo, Tadashi!- exclamó, poniendo los ojos en blanco en un gesto desesperado. ¿Quién se creía para actuar como un hermano sobreprotector ahora? No obstante, se maldijo mentalmente cuando la familiar situación le obligó a sonreír al mayor, feliz de poder volver al Tadashi que él conocía, no a lúnatico impulsivo-. Y otra cosa- continuó, ganándose una mirada aburrida del mayor.

-No recuerdo que fueras tan molesto- se burló- ¿Los gajes de ser un héroe?

Hiro rio entre dientes, antes de asentir.

-Si, ¿Ya perdiste las ganas de cometer esta locura?

-Ya quisieras- se burló, divertido, antes de despeinarlo de forma tal vez algo ruda, regodeándose en las quejas del chico-. Vamos, dime de una vez qué es ahora.

Hiro rio un poco, antes de volver a permitir que la seriedad que tan bien se le estaba dando en los últimos minutos volviera a apoderarse de él.

-Tú siempre estarás junto a Bay y mi si se trata de una misión de riesgo- ordenó, y Tadashi supo, por el brillo llenó de convicción en su mirada y la seguridad de su voz, que no estaba dando lugar a discusión al respecto-. No es plenamente necesario en caso de misiones en campo abierto, pero será una ley en caso de que misiones como la de hoy se repitan- zanjó-. Si voy a permitir que esta estupidez siga, me haré responsable de ti tanto como me sea posible, y seré yo quien te proteja, por encima de los demás.

Tadashi abrió los ojos de par en par, presa de la sorpresa. Jamás había visto tal seguridad en Hiro antes, nunca había sido testigo de aquella autoridad en su hermano menor, del brillo fiero en sus ojos o la firmeza en su voz, que de repente parecía la de una persona mucho mayor.

De hecho, Hiro por completo parecía una persona mayor en ese momento, erguido en toda su altura. Su rostro, que desde este ángulo y en esa situación no parecía tan aniñado como había notado antes, sino que podía notar la forna en que su mentón comenzaba a tomar una forma más filosa y sus pómulos estaban más altos. Su complexión no era la escuálida del chico que había dejado en la puerta del laboratorio hace un año, sino que el desarrollo muscular, aunque leve, era notorio para él.

Con pesar, reflexionó que su hermano estaba más cerca de ser un hombre que un adolescente en ese momento. Ya fuera por el trabajo de héroe, o porque debió madurar más rápidamente para ayudar a Cass, y se lamentó de haberse perdido ese cambio. Pero, desde luego, estaba dispuesto a cambiar eso. No volvería a perderse nada en la vida de Hiro.

También, sintió un profundo orgullo llenarlo al ver que su hermano, al parecer, había podido crecer como un buen muchacho en su ausencia. Ese detalle representaba un profundo alivio para su pobre persona, que durante toda su adolescencia vivió en vilo ante el temor de ver a su hermano convertirse en una mala persona, vacío y triste, sin consciencia o metas en su vida al igual que la gran mayoría de las personas que frecuentaban las peleas de robots junto a él. En el fondo, por supuesto, siempre supo que era sólo una fase rebelde que se le pasaría en algún momento.

O, como estaba claro ahora, se redireccionaria a algo más productivo... como proteger una de las ciudades con mayor índice poblacional del país con ayuda de sus amigos solamente.

Sonrió, lleno de orgullo y ternura al ver el rostro serio de su hermanito comenzar a ruborizarse, claramente consciente de lo que sus palabras habían causado en él, o, al menos, dándose una idea.

Así que no le sorprendió que pudiera evadir con facilidad la nueva caricia que iba dirigida hacia su cabeza, pero eso no detuvo al mayor, sino que se aferró a la fina muñeca del brazo que se había interpuesto en su camino.

Hiro soltó una aguda exclamación cuando se vio jalado en dirección a su hermano y no pudo evitar abrir los ojos de par en par cuando los brazos del mayor lo rodearon con firmeza y estrecharon contra su pecho. El sonido que provocaba el corazón de Tadashi bajo su oreja le hizo estremecer, calmado y constante, e, inevitablemente, se ruborizó con furia ante la cercanía del mayor y lo íntimo de la situación.

Estaba acostumbrado a recibir abrazos de Cass todo el tiempo, ya que su tía era demasiado cariñosa para su herencia japonesa, e incluso para la sociedad estadounidense. Pero ser abrazado por Tadashi no tenía punto de comparación.

Tadashi era cálido bajo su mejilla, con un pecho firme y amplio que resultaba extrañamente acogedor. Sus brazos eran fuertes alrededor de su cuerpo, como una jaula que le ofrecía una protección que no sentía desde niño, un calor muy diferente al de Cass. Cerró los ojos y, rindiéndose al abrazo, sumergiendo su rostro en el pecho del mayor e inhalando con fuerza, sintiendo el familiar pero aún desconocido aroma de su hermano llenar sus pulmones, causando que su cuerpo se estremeciera y sus ojos escocieran.

Era increíble la forma en que los detalles más vagos despertaban una nostalgia tal como para hacerle desear llorar.

Se estremeció una vez más cuando el mayor se inclinó hacia su rostro, no sabiendo exactamente por qué.

-Gracias por cuidarme, Hiro- susurró sobre su oído, con la voz más ronca y baja de lo normal, y aunque Hiro estaba seguro que se debía a la emoción que le causaba su preocupación por él, no pudo evitar estremecerse, presa de un extraño cosquilleo ante el roce de su aliento y labios sobre la piel de su oído, y el calor abrazador en sus mejillas le hizo saber que, para su profundo horror, un notable rubor sería visible en sus mejillas.

Pese a eso, a saber que Tadashi le vería ruborizado, lo que más lamentó cuando su hermano deshizo el abrazo, fue despedirse del calor y el delicioso aroma de su ropa.

Hiro se tomó un momento antes de alzar la mirada, avergonzado y nervioso, y se sintió aliviado al encontrarse con la mirada comprensiva y una enternecida sonrisa en su faz, a pesar de que eso sólo le hiciera sentir como un niño.

-No es nada- respondió, bajo y ronco al igual que él, y se apresuró a deslizar la manga de su sudadera azul por sus humedecidos ojos, por si acaso.

Ninguno dijo nada por un momento, inmersos en la agradable sensación de estar juntos otra vez, en una situación que, hasta el momento, era lo más parecido a la relación que tenían hace un año, sintiéndose cómodos y en paz con el otro.

Al menos, hasta que una horda de nuevos gritos horrorizados se hicieron lugar en la habitación, lejanos y amortiguados por las paredes, lo suficientemente intensos como para llegar hasta ellos.

-¡Ya basta, Fred!- el grito de Gogo reverberó como un rugido por la mansión, seguido del pedido de ayuda en español del aludido y futuro occiso.

Luego de tres parpadeos a juego y una mirada confundida compartida por los Hamada, en shock por semejante alboroto, ninguno de los dos pudo resistirse a doblarse sobre si mismos y echarse a reír con fuerza, agitándose exageradamente sobre si mismos e, incluso, debiendo aferrarse con fuerza a la mesada para no caerse por la fuerza de las risas.

-Dios mío- jadeó Tadashi como pudo, mientras se aferraba a su vientre y trataba de apaciguar sus risas-. Será mejor que vayamos, antes de que alguien mate a Fred.

Hiro asintió, secando las lagrimillas, esta vez de risa, que se le habían escapado ante la bizarra situación.

Más calmado, Tadashi tomó el cuenco con papas en una mano y el envoltorio de Cheetos en la otra y se giró hacia él sonriente, sonrisa que no pudo evitar compartir, tan amplia que, estuvo seguro, le ocupaba la mitad de la cara.

Se extrañó, aunque sin flaquear su sonrisa, al ver la de Tadashi volverse más pequeña, pero no por ello falta de afecto o emoción, cuando sus ojos se posaron sobre su rostro.

Se sintió extrañó al notar que el mayor examinaba en detalle su rostro, preguntándose qué tendría de extraño, pero Tadashi se lo hizo saber antes incluso de que tuviera la oportunidad de preguntar.

-Tienes una sonrisa muy hermosa, Hiro- soltó, de la nada, inconsciente de la forma en que su corazón se aceleró ante el comentario, aunque el menor tampoco entendía exactamente a qué se debía esa reacción-. Es un alivio ver que aún la conservas.

Y emprendió su camino hasta la puerta, dejándolo completamente frío en su lugar y con una duda colosal ocupando su mente en ese momento.

¿Por qué se emocionaba tanto por un cumplido de su hermano?


Bien, sé que habrá entre los lectores alguien que dirá, y con justa razón, "¿Es en serio?, ¿Tanta espera para esto?"

Bueno, sí. Sé que es poco para todo lo que me demoré, pero estos últimos meses han sido una locura. Por suerte ya estoy de vacaciones y creo que podré dedicarme más plenamente a este fic antes de volver a descender al Hades, explorando por fin terrenos más ardientes entre nuestros incestuosos favoritos y otro dúo en el equipo que, me juego lo que sea, alguien más habrá notado ya. Aparte de una pareja más que me reservo.

Antes de despedirme, quisiera aclarar algo: Los Códigos 10 son palabras codificadas destinados a representar nombres, lugares, situaciones y frases comunes de manera rápida y estandarizada en las comunicaciones vocales, especialmente en los cuerpos policiales. Si bien parecen ser relativamente estables en todo el mundo, se presume que varían levemente de país en país, estado en estado y ciudad en ciudad. No estoy segura de a qué lugar pertenecen los códigos 10 que utilicé durante la secuencia del robo, pero paso a aclararlos.

10-13: policía necesita ayuda.

10-79: robo, aunque no estoy segura de si hay distinción entre un robo a una tienda o el de este capítulo.

Vale, sin más ya que aclarar, me despido, espero que no de forma muy prolongada.

Besos y abrazos, Mangetsu Youkai.

Balalalah~