Bueno, puede que me haya tomado un poco de tiempo más del necesario. Pero, ¡Hey! Esta vez sí es largo, y a partir de ahora se vienen los avances Hidashi y de todas las parejas escondiditas por el mundo retorcido que tengo en mi cabeza, así que espero que puedan perdonarme, sobre todo después de que lean esta locura uwu.

Sin más dilaciones, nos leemos abajo.

Nos vemos, mis Grandes Héroes.


El Nacimiento De Un Héroe... O De Cómo Tadashi Hamada Perdió Una Muela II


Hiro suspiró tras dejarse caer en su cama, hundiéndose plácidamente entre el mullido edredón de color azul y las suaves almohadas blancas. Inhaló, disfrutando del aroma a suavizante de éstas últimas, clara señal de que tía Cass había estado limpiando mientras estaban en la universidad.

Se sacó las pantuflas a patadas y movió sus dedos lentamente, disfrutando de restregar las adoloridas plantas de sus pies en el edredón, dejándose embargar por el delicioso cosquilleo que las recorrió. Se dio la vuelta y abrazó la primera almohada que encontró, también friccionando con pereza su rostro allí.

Sus músculos estaban agarrotados, pero estaba lo suficientemente habituado a esa leve incomodidad como para poder ignorarla y concentrarse en relajarse. También su cansancio mental era suficiente como para que la idea de quedarse dormido aún con la ropa puesta y encima de las sábanas resultara demasiado tentadora, aunque no supiera qué hora era.

Dirigió su mirada al reloj de samurái, suavemente iluminado por la luz fría de su lámpara, que indicaba que eran pasadas las doce de la noche, y casi se sintió indignado de que, rozando los dieciséis años, deseara estar durmiendo. ¡Un adolescente que se respetara no podía permitirse dormir antes de las tres de la mañana! ¡¿Qué sentido tenían los celulares con acceso a Internet en ese caso?!

Y aunque el suyo estaba descansando sobre la mesa de luz a su lado no sintió el más mínimo deseo de tomarlo para gastar tiempo, aun sabiendo que su continuo estímulo ayudaría a desaparecer las enormes cantidades de serotonina que ahora se apoderaban de su cerebro. Con la semanita que estaban teniendo no había nada que apreciara más que un buen descanso.

Un ligero dolor en su espalda lumbar, apenas lo suficientemente fuerte como para hacer que arqueara un poco su columna, le recordó que aunque cualquier adolescente respetable se desvelaría hasta parecer un zombie ojeroso al día siguiente, no todos ellos eran superhéroes.

De haber sabido que entre el medio millón de pedidos y súplicas ignoradas que había dirigido a él en su vida, Dios elegiría prestarle atención justamente al pedido de que todos los maleantes e imbéciles de la ciudad tuvieran vasta imaginación durante aquellas fiestas y, además, lo combinaría con cada desgracia posible de realizarse en la ciudad, Hiro hubiera contemplado mejor haber pedido que le hicieran una traqueotomía sin anestesia y le colocaran un tubo del desagüe como única entrada de oxígeno al cuerpo.

Debió haberlo supuesto desde el principio, cuando, como un hecho sin precedentes, un grupo de ladrones había ingresado en un banco el único domingo en la historia en que el personal decidía hacer el conteo del dinero sin el ajetreo de las personas realizando transacciones a su alrededor. El dato sobre cómo habían obtenido la información de que eso se llevaría a cabo aún era desconocido para los oficiales, pero, al menos, Hiro agradecía no haber tenido que realizar esa misión con más civiles presentes.

Como si eso no pudiera catalogarse como una rareza sin sentido, Hiro no podía evitar contemplarla en retrospectiva y decir con toda seguridad que era lo más normal que había transcurrido en la semana, por lejos.

El lunes luego de su primera misión junto a Tadashi había comenzado tan ordinariamente como cualquier día de su vida que, tarde o temprano, estaba destinado a irse a la mierda, aunque nunca pensaba en ello mientras bebía café y comía rosquillas con sus amigos y hermano antes de irse al instituto, mientras Cass pululaba a su alrededor con una sonrisa en sus labios llevando y trayendo tazas y bizcochos.

Se fueron al horario normal, luego del abrazo asfixiante habitual de su tía, el que él siempre insistía en repetir antes de marcharse. Nunca más dejaría que alguien no sintiera cuanto lo apreciaba antes de salir por una puerta, desde luego.

Decir que las clases en la universidad eran aburridas para Hiro era blasfemar, pues, aún sin Callaghan, la pasión por las cosas que le gustaban era algo irrefrenable para el muchacho y, aunque exhaustivas, le eran increíbles.

Entonces no, no fueron aburridas, pero sí se podría decir que le parecieron corrientes, normales, las mismas de todos los días, y suponía que así lo fueron para sus amigos. Durante todo el día el comunicador que tenían hackeado sonó con el típico timbre de que la línea estaba en uso, pero las conversaciones que llegaban a su oído derecho gracias al audífono que mantenía allí -colgando perezosamente como lo tendría cualquier adolescente, aprovechándose de las libertades que los profesores solían dar en sus clases-, no transmitía más que delitos menores que tendían a delegar en los oficiales. Era un acuerdo tácito que no saldrían corriendo cada vez que un niño le robaba la cartera a una anciana, y de hecho algo obvio, pero de todas formas se encargaba de enviarle un mensaje a Tadashi cada vez, sólo por si la emoción de ser un héroe amateur se le subía a la cabeza... ese era el motivo por el que todos habían decidido que Fred fuera el único que no tuviera un comunicador hackeado al menos hasta que cumplieron los tres meses como héroes.

Las alarmas siguieron durante todo el día, pero no pasaban de más que un asalto a una licorería o esas cosas, por lo que pudieron finalizar el día de clases con calma, algo que Wasabi agradeció abiertamente a la noche, mientras terminaban de ordenar las cosas del laboratorio a pedido de uno de sus profesores, pues ya no podía perder otro examen.

Por lo general, el simple hecho de tener que ordenar un desastre que él no había causado hubiera hecho rezongar a Hiro todo el rato, pero el que los profesores les hubieran permitido elegir los grupos de trabajo para limpiar por turnos aliviaba mucho su malestar. Ciertamente, la compañía de sus amigos, hermano y robot hacía todo mucho más llevadero.

Y hacía, sin duda, más sencillo el ponerse de acuerdo sobre cómo proceder cuando, de la nada, un mensaje importante del comunicador llegaba a perturbar un día demasiado tranquilo.

-¿Estás bromeando? Tienes que dejar de ver tanto los Simpson, amigo. Tal vez salir con más chicas...- la voz del oficial sonaba confundida y jovial, como si no pudiera creer más que como una broma o una alucinación lo que su compañero estaba reportando, y, a decir verdad, Hiro no podía culparlo. La perturbación pudo verse en el rostro de cada uno de sus compañeros y en la forma en que sus movimientos cesaron cuando su comunicador, en alta voz sobre una de las mesas, soltó la noticia.

-No me jodas, Ron. Envía los malditos refuerzos o a quien sea necesario. ¡Se están fugando todos los animales del zoológico! ¡Hay un mierdero león junto a mi patrulla!- exclamó la primera voz, desesperada y aterrada, y un rugido grave y gutural de algún animal que ninguno de ellos llegó a reconocer rasgó el bullicio del otro lado de la línea, como reafirmando las palabras del hombre.

Su hermano alzó la mirada mientas el otro oficial, Ron, respondía a su compañero. Tadashi tenía ambas cejas alzadas y los ojos notoriamente abiertos en señal de perplejidad, y recorrió al menos dos veces cada uno de los rostros que, igual de sorprendidos que el suyo, trataban de dar sentido aún a lo que habían oído, antes de que un segundo rugido, mucho más violento y vigoroso que el primero, sacara un estremecimiento a cada uno. Recurriendo a las noches en que se dedicaba a ver documentales de animales en televisión, Hiro creyó reconocer el animal como un guepardo.

-¿Esto...?- comenzó, dubitativo, mientras volvía a recorrerlos con la mirada antes de acabar posándola sobre el comunicador otra vez, aún en shock al parecer- ¿Esto pasa a menudo?

-Eh... no- Wasabi acabó por responder, igual de asombrado que Tadashi y algo lento en sus palabras, congelado aún con la escoba con la que peinaba todo el suelo de la habitación en las manos-. De hecho, eso nunca ha pasado.

Otro segundo de profundo silencio llenó la habitación, mientras todos parecían darle vueltas en sus mentes a semejante novedad.

-Ese zoológico tiene rinocerontes... ¿No?

Al menos hasta que Honey habló, recordándoles que sus culos hace al menos un minuto ya que deberían estar sobre su robot, rumbo al zoológico.

La alteración en el ambiente fue perceptible para ellos apenas su amiga terminó la frase. Fue como si todos hubieran inhalado al mismo tiempo mientras procesaban ese detalle, como si tuvieran todo el tiempo del mundo o pudieran simplemente soltar un lastimero "Es una pena", antes de seguir con sus trabajos, cuando en realidad todo el peso de las tragedias que podrían desencadenar esos animales recaería completamente en sus hombros a cada segundo que tardaban en subir en Baymax.

Cuando exhalaron, Hiro fue el primero en soltarlo.

-Maldición... ¡Vamos de una vez!

El hecho de que todos tuvieran sus trajes a mano facilitó las cosas, aún más el que ya tuvieran la mayoría de las cosas puestas bajo la ropa. Hiro se prometió a sí mismo el dedicar algún tiempo de su semana a crear un sistema que permitiera que sus prendas se colocaran sobre sus cuerpos y volvieran a replegarse sólo con presionar un botón, estaba convencido de que no podía sólo ser un cliché de la televisión.

Desde luego, aún no tenía idea del escaso tiempo que tendría durante toda la semana para sí mismo.

Cuando llegaron al lugar se encontraron con una escena lo más parecida posible al arca de Noé que podrían imaginarse, dispersa por, al menos, diez cuadras a la redonda.

Leones, guepardos, chitas, cualquier gran felino que pudiera haber en un documental de la sábana africana permanecían dispersos por las inmediaciones del lugar, gruñendo y lanzando zarpazos entre los barrotes a los guardias que, irónicamente, habían encontrado en las jaulas que habían mantenido a los animales atrapados la misma seguridad que les habían brindado cuando aún los tenían dentro. Ahora mismo, pensó Hiro, hubieran deseado no mantenerlos tan hambrientos durante el día, estaba seguro.

Las gacelas y cebras no habían sido tan tontas y, aprovechando la libertad recientemente adquirida, habían atravesado el portal abierto del lugar para perderse por la ciudad, y los bocinazos, el chirrido de los frenos de los autos y los choques que habían oído de camino hasta allí les dejaban ver que no eran exactamente los felinos quienes más urgencia de ser atrapados tenían, aunque si eran los primeros que deberían encerrar.

Apenas aterrizaron, justo frente a las enormes puertas del lugar y sin saber exactamente cómo proceder, el sonido del metal abollándose cerca de donde estaban junto a un golpe seco que se alzaba con el ya alborotado bullicio de los otros animales, obligó a Hiro a girar su cabeza a la derecha, en dirección a donde venía el sonido, sólo para abrir los ojos de par en par al ver cómo, en una verdadera escena sacada de alguna de las series de televisión que tanto gustaban a Fred y a él en secreto, un enorme rinoceronte blanco embestía con ferocidad una patrulla estacionada en la calle, levantando el auto, cuya puerta pendía penosamente del resto de la carrocería, casi medio metro sobre el suelo.

El animal, de metro noventa de alto y mínimo dos de ancho, se movía embravecido sobre la acera, rascando el suelo con sus patas delanteras como si fuera un toro, bufando con un sonido bajo y gutural que le erizó toda la piel en un estremecimiento, mientras vaho se elevaba de su boca y fosas nasales debido al frío que la cercanía del invierno generaba a su alrededor a aquellas horas de la noche. Y si sus preciosos cuatro metros de largo y, estaba seguro, tres o cuatro toneladas no eran lo suficientemente imponentes como para causar respeto, sí que lo era ese brillante y puntiagudo cuerno mayor. Sabía que estaba hecho de queratina, como su cabello y sus uñas, pero estaba seguro que podía hacerle mucho más daño que un simple arañazo a ese pobre sujeto si no actuaba rápido.

El pedido de ayuda del oficial en su interior le hizo cerrar la boca y pensar, a toda velocidad, alguna forma de poner a resguardo al pobre hombre.

-Esto va a parecer de mal gusto, pero de verdad parece una escena de los Simpson- comentó Fred, mientras se ponía a su lado, sonando menos emocionado que de costumbre. Hiro no necesitaba verlo a los ojos para saber que estaba completamente sorprendido de estar presenciando algo como aquello.

La puerta cayó al suelo con un sonido pesado y metálico, erizándole la piel.

El rinoceronte retrocedió unos tres metros, siendo un cuerpo macizo y oscuro recortado contra las luces de la calle, como una enorme roca con un cuerno dispuesta a impactarse en el lugar donde aquel pobre oficial rogaba ayuda.

Hiro frunció el ceño, buscando una forma de detener al animal antes de que lo próximo que ese cuerno atravesara fuera el torso del oficial. Honey podría inmovilizarlo, pero podría romper sus corazas sólo de tres golpes, o de uno quizás. Nunca obligaría a Wasabi a enfrentarse al animal y ni siquiera podía pensar en lastimarlo como la entrada de Gogo en acción haría. Baymax y él no podían hacer nada que pudiera distraerlo por suficiente tiempo como para detenerlo y ni siquiera estaba contemplando a Tadashi en la ecuación, por lo que, aun siendo arriesgado, sólo podía delegar aquella situación a una persona.

-Fred- llamó al rubio a su lado, cerciorándose de que nadie fuera capaz de oír el verdadero nombre de su compañero. Cuando la cabeza de dragón de se giró hacia él continuó hablando, sabiendo que tenía su atención- ¿Crees poder lanzar tu fuego hasta allí, sin lastimar ni al rinoceronte ni al policía?

El ligero salto que dio en su lugar el muchacho respondió por él. A veces, Hiro creía que cualquier misión que le dieran, por mínima que fuera, Fred era capaz de convertirla en un desafío personal.

-Solo déjamelo a mí, amiguito.

No le dio la oportunidad de lamentarse o buscar otra opción antes de echarse levemente hacia atrás -momento en que el menor se alejó un par de pasos-, para, un segundo después, inclinarse en un movimiento veloz y despedir desde la boca de su disfraz una gigantesca y voraz llamarada.

El fuego recorrió como un monstruo enorme y volátil los escasos cinco metros que los separaban del rinoceronte y la patrulla; una lengua furiosa color oro y sangre que, casi de milagro, se limitó a rellenar el espacio que separaba al furioso animal del aterrorizado oficial dentro del auto. El rinoceronte detuvo su embestida a medio camino, alzándose sobre sus patas traseras, soltando lo que parecía ser un bufido asustado, antes de retroceder unos pasos, agitando su gigantesca cabeza, con el intimidatorio cuerno moviéndose como una espada sobre ella, antes de acabar por darse la vuelta y echar a correr a su dirección.

Debía admitir que en ese momento ni siquiera le importó tanto el estado del policía como la intensa necesidad de reaccionar antes de sufrir un infarto al ver aquella mole de color gris y su brillante cuerno acercándose a él a toda velocidad, haciendo temblar el suelo a sus pies a cada paso que aquella montaña en movimiento se aproximaba a volverlo picadillo sobre la acera, mientras su cuerpo sólo atinaba a hacer latir su corazón a una velocidad al borde de lo doloroso en su pecho, y a mantenerse estático sobre el suelo bajo sus pies como si una fuerza invisible, mil veces más poderosa que la simple gravedad, lo mantuviera adherido allí.

Sólo pudo moverse cuando unos firmes dedos se cerraron sobre su brazo, jalando de él con una fuerza que le hubiera obligado a jadear de dolor si fuera capaz de percibir las sensaciones de su cuerpo.

La bestia atravesó el espacio que él había ocupado hace sólo unos segundos con la velocidad de un bólido, bufando como endemoniada, antes de volver a perderse a sus espaldas, en el interior de los negros portones que rezaban el nombre del zoológico que había sufrido aquel motín digno de un diluvio y donde decenas de guardias trataban de protegerse de los animales que solían proteger.

Hiro abrió los ojos de par en par, volviendo a ser dueño de sí mismo en cuestión de un segundo, antes de girar la mirada en dirección a los dedos que aún seguían aferrados a su brazo como una prensa hidráulica. Subió por el brazo desnudo y de piel nívea, sólo para encontrarse con los preocupados y severos ojos chocolate de su hermano, que lo miraban fijamente. Hiro pudo adivinar la mueca de sus labios, una fina y seria línea, aún a través de la máscara que cubría la mitad de su rostro.

Tragó saliva, sabiendo dos cosas como una verdad universal: uno, iba a ganarse el broncazo del siglo al volver a casa. Y dos, no tenía tiempo para pensar en ello.

-Gracias- se limitó a decir, soltándose de la mano del mayor, antes de recaer en un pequeño detalle que hizo que la piel se le erizara. De ninguna manera dejaría a Tadashi permanecer en el mismo espacio cerrado donde al menos trece grandes felinos esperaban por un delicioso bocadillo para nada experto en misiones de héroes... o, lo más probable, estaba exagerando como de costumbre, pero de igual manera no se arriesgaría. En lugar de informarle sobre su principal objetivo, decidió que era mejor para él delegarle una misión menos arriesgada-. Ve a revisar al oficial.

El mayor enarcó una ceja, y Hiro supo que estaba sospechando de sus intenciones. Era la misma mirada que le dedicaba cada vez que sabía que estaba metido hasta la cintura en una grande, o que lo estaría pronto.

-¿Y ustedes que harán?- preguntó en un tono dudoso y falto de convicción, ese que utilizaba cuando solamente podía elegir una opción y no era la que él hubiera preferido.

No pudo evitar esbozar una sonrisa divertida al ver la encrucijada en la que se hallaba inmerso su hermano, sabiendo que la mitad de Tadashi que estaba hecha para ayudar a las personas se antepondría, como siempre, a la de hermano sobreprotector, aún más si la vida de otra persona estaba en peligro.

-No te preocupes por eso- comentó, dándose la vuelta para echar a correr por la acera, rumbo al interior del zoológico-. No haré nada estúpido- mintió descaradamente, seguido de cerca por el resto de sus compañeros, dejando a su resignado hermano en la acera antes de que se girase a revisar al policía.

-¿Que no harás nada estúpido?- repitió Wasabi, como si estuviera al borde de una crisis de nervios sólo de ver a los animales correr descontrolados a su alrededor, dejando todo inmerso en un gigantesco caos. Eso era demasiado para el ordenado joven, estaba seguro-. ¿Qué significa eso exactamente?

-Nada, sólo haré que Honey busque los datos de cuántos animales de cada especie hay en el zoológico, sus jaulas, y luego saldremos a buscarlos por toda la ciudad- soltó, completamente en calma y lleno de convicción, como si estuviera distribuyendo los trabajos de cada uno en un proyecto grupal en la universidad.

Wasabi sintió que se le bajaba la presión en cuanto su cerebro acabó de procesar lo que su amigo quería decir.

-¿No puedo ir a ayudar a Tadashi con el policía?- casi imploró, sacando una risita divertida del rubio lanzallamas a su lado. La mirada asesina no se hizo esperar.

-Claro- aceptó el menor, para alivio del moreno, antes de subirse a Baymax casi en pleno vuelo de un salto- ¡Justo luego de que volvamos a encerrar al rinoceronte y los gatitos en las jaulas!

Hiro estuvo seguro de oír la exclamación indignada de su amigo aun cuando sobrevolaba a casi cuatro metros de altura, siguiendo con la mirada y una sonrisa maquiavélica el rastro de destrucción que había dejado el animal por todo el lugar.

Viéndolo en retrospectiva, no había sido tan difícil el volver a encerrar al rinoceronte como hubiera esperado, sólo fue cuestión de que Fred disparara sus llamas en los lugares en que él le señalaba que se dirigía el animal, guiándolo hacia la jaula que los guardias le habían indicado a Honey, sólo para que ella sellara las deshechas cerraduras con sus mezclas. Era una suerte que los otros cinco rinocerontes blancos que habían estado en cautiverio en el zoológico hubieran sido transferidos a África hace una semana para ser liberados en su hábitat natural.

No aprobó el hecho de que Gogo aprovechara el tiempo en que estuvieron ocupados con el rinoceronte para hacer las veces de carnada viviente para atraer a los leones y demás grandes felinos a sus jaulas -un segundo antes de sacar de las mismas a los guardias al borde de una arritmia casi sobre sus hombros-, aunque se negaba rotundamente a aceptarlo, sabiendo que eso sólo justificaría la reprimenda que Tadashi le daría en cuanto tuviera la oportunidad por su propia imprudencia.

Por el resto de la noche todo había sido sencillo y normal, o tanto como lo fuera el rescatar a cinco cebras de las calles, siete gacelas de un vivero, ocho monos aulladores de los cables del Golden Gate y una atontada y parturienta tigre de Tanzania en el parque a unas cuadras del zoológico, milagrosamente sin lamentar ninguna pérdida, ni animal ni humana.

Según informaron los guardias a los policías la mañana siguiente, los animales habían sido liberados por un grupo de jóvenes bravucones que consideraron divertido el causar un caos en la ciudad cuando los guardias acababan de cerrar las puertas del zoológico, sin ningún motivo aparente aparte de su completa estupidez.

Lo bueno, al menos, es que el probation que tendrían que hacer para reivindicar sus jugarretas no era otro que ayudar en el zoológico, con la exclusividad de limpiar las jaulas de los animales. Oh, esperaba que esos leones aún estuvieran hambrientos para cuando esos idiotas entraran.

Llegaron a casa a las tres de la mañana, exhaustos, con olor a veinte tipos de animales diferentes encima y con una reprimenda de tía Cass, quien, al parecer, había estado viendo las noticias y rezando tanto como católica y como sintoista mientras se bajaba la mitad del café ella solita porque no les pasara nada malo. Le fue un alivio que, al menos, Tadashi pareciera haberse olvidado por completo de la charla que estaba seguro quería darle.

El martes parecía dispuesto a ser un bálsamo después de la agitada noche que habían vivido, comenzando con el típico desayuno entre amigos, tal vez algo más adormecidos, como señaló Cass, debido a los estudios del instituto... o a cuatro toneladas de rinoceronte africano, que era casi lo mismo.

Las clases también habían transcurrido con normalidad, tal vez le costó un poco concentrarse debido al sueño, pero nada fuera de lo ordinario además que eso.

De eso, y de la llamada que los atrapó a todos a medio camino de sus respectivas casas y los había obligado a vestirse en el primer callejón oscuro que encontraran en el momento.

-Disturbios en las peleas de robots- comentó Tadashi a su oído cuando sobrevolaban los techos de los oscuros condominios que bordeaban el viejo almacén que fungía de arena de luchas para Yama y su pandilla- ¿No te recuerda a alguien?

Hiro sonrió de lado mientras obligaba a Baymax a disminuir la altura de vuelo, hasta adentrarse en los sucios y oscuros callejones. Debía admitir que sentía cierto dejá vù al volver a pasar por esos lugares, en los que había dejado la gran mayoría de los días del año anterior, y sumergirse en su hedor a humedad y peligro. Cerró los ojos un breve momento, inhalando con profundidad y tratando de ignorar con todas sus fuerzas la forma en que los bordes de sus botas magnéticas volvían a friccionarse con demasiada intensidad sobre su piel cada vez que Baymax daba un ligero giro o cambiaba apenas el ángulo de su vuelo. Sí, ese hedor le había hecho sentir vivo cuando escasas cosas despertaban su interés ya, cuando su vida carecía de dirección en todo sentido y de lo único que estaba seguro era que pertenecía a ese mundo lleno de peligro, apuestas, torturas y regido bajo la ley de que los más fuertes se comen a los débiles, como un reflejo de la sociedad en sí misma.

Abrió los ojos, embargados por un brillo diferente, y se giró a ver a su hermano por sobre el hombro, esbozando una sonrisa relajada en su rostro.

-Tal vez a alguien que conocí hace tiempo- murmuró, ganándose una mirada sorprendida del mayor en el acto, antes de volver a girarse hacia el frente, poniendo atención en el camino.

Sí, hace tiempo no se hubiera imaginado otra vida que fuera más perfecta para él que la de peleador, con el dinero fácil y rodeado de tecnología a cada segundo. Pero ahora que, aunque exhausto, podía vivir con la gratificación constante de salvar vidas y ayudar a todo aquel que lo necesitara, simplemente no podía pensar en que aquella vida, o cualquier otra a la que pudiera aspirar, fuera mejor.

Menos aun cuando sentía, sin siquiera mirarlo, el pecho de su hermano henchirse de orgullo a su espalda y su barbilla reposar cariñosamente sobre su casco, en un impulso que Tadashi sólo obedecía cuando quería premiarlo por alguna cosa.

Luego de eso ninguno dijo nada más, aunque tampoco hubieran tenido demasiado tiempo de hacerlo puesto que llegaron en ese instante al último viro del camino, antes de divisar el almacén, con su puerta de un marrón insano debido al óxido y la lámpara que, en todo ese tiempo que llevaba sin ir, aún parpadeaba con su luz mortecina sobre ella.

Bajaron ambos de Baymax a unos pocos metros del lugar, en silencio, tratando de oír algún vestigio de los disturbios por los que los policías habían llamado. Sin embargo, todo lo que se oía en el lugar era silencio puro y duro, y el gracioso sonido que causaban las válvulas de Bay al caminar.

Intercambió una mirada extrañada con su hermano, quien también fruncía el ceño, cauteloso.

-Si le dices de esto a alguien, te mato, ¿Entendido?

Al menos hasta que la voz, histérica como de costumbre, de Wasabi llegó a ellos, causando que el ceño fruncido de Tadashi se convirtiera de inmediato en una mueca confundida y alarmada.

Enarcó una ceja, para, acto seguido, alzar la mirada sobre el techo de uno de los edificios junto a ellos, donde el moreno, en una escena que le obligó a llevar sus manos a su rostro para ahogar una carcajada, bajaba de un salto de los brazos del rubio como si estos quemaran, antes de comenzar a bajar a toda velocidad por la escalera de incendios del mismo edificio.

-No es algo tan vergonzoso el que pueda cargarte en brazos- soltó Fred, sin molestarse en lo más mínimo en bajar su voz, ya fuera por el bien de la misión, o del orgullo de su amigo-. Gogo trae a Honey Lemon todo el tiempo. Además, si no te cargaba, no habríamos llegado nunca aquí- concluyó, mientras se dejaba caer a la calle, desde una altura de cuatro pisos, para quedar de frente con el mayor, que decidió sortear la distancia de dos metros que le faltaba para llegar al suelo dejándose caer.

A pesar de los metros que los separaban, Hiro no tuvo problemas en apreciar la forma en que Wasabi fulminaba con la mirada al chico disfrazado, como si pudiera atravesar al dragón, al héroe, y llegar a Fred con una lluvia de cuchillas e insultos a voz de grito silenciosos. No pudo evitar sorprenderse y, por un segundo, sentir pena de que su amigo fuera el receptor de semejante amenaza.

-Sólo. No. Digas. Nada- gruñó, con una voz ceceante que logró estremecerle levemente, pero que, si logró afectar a Fred, ni siquiera se notó.

«¿Qué rayos está pasando aquí?» deseó preguntar, pero una parte de él, pequeña y casi desconocida, muy probablemente su sentido común, le aconsejó que lo mejor sería mantenerse al margen... no creía que algo malo pasara por obedecerla una vez, ¿No?

El dúo de jóvenes se percató de su presencia en el mismo instante en que Gogo y Honey llegaron junto a ellos como una estela amarilla y rosa. La latina bajó de un salto de Gogo, tambaleándose un poco e insultando por lo bajo, y Hiro no pudo evitar recordar con cierta diversión la primera vez que Honey había aceptado viajar junto a la coreana, cuando estaban de compras y la presencia de las bombas de hielo de Honey era altamente necesaria para apagar un incendio. En resumen, no pudo dar tres pasos antes de caer de rodillas al suelo.

Aunque no le agradaba en lo más mínimo, la misma Honey había pautado que en caso de estar juntas siempre viajaría a las misiones con Gogo, ya que era una forma más veloz y efectiva de transportarse que sobre los productos químicos que creaba, y le ayudaba a no desperdiciar los elementos de sus mezclas, que nada baratos eran, a pesar de que Fred los costeara.

-¿Aquí es?- preguntó Gogo, sacándolo del hilo de sus pensamientos y obligándolo a verla, mientras peinaba todo el lugar con una mirada extrañada y, hasta cierto punto, fastidiada-. No oigo ni gritos siquiera.

-Por favor, estos policías exageraban- secundó Wasabi, acercándose a una pared con un par de pasos y una actitud relajada muy distante a la que había tenido con su compañero segundos antes- ¿Qué tan peligroso podría resultar un mini robot de pelea fuera de control?

Apenas había logrado terminar de hablar el mayor cuando un sonido amortiguado y grave que tardó una micra de segundo en reconocer como un grito resonó en el callejón desde el interior del almacén, antes de que, con un poderoso estruendo que les obligó a taparse los oídos y echarse sobre sus rodillas para protegerse, la pared junto a ellos explotara en millones de escombros que salieron disparados como proyectiles. El repiqueteo violento de los pedazos de ladrillo los rodeó por un segundo y Hiro se vio desconcertado por un pitido agudo y constante que, le tomó un segundo reconocer, venía de su propio oído.

-Tenías que preguntar ¿Verdad?- gruñó, desorientado, mientras trataba de erguirse sobre sus brazos y rodillas, que temblaban levemente por el impacto.

Sintió un peso sobre sí, cálido y propio de otro cuerpo humano. Alzó la mirada mientras trataba de no toser debido al polvo que luchaba por adentrarse en sus fosas nasales, y llevó un dedo a su casco para bajar el visor.

De cualquier manera, pronto cualquier aliento que hubiera recuperado se escapó de él en un jadeo alarmado cuando descubrió que quien estaba sobre él era Tadashi.

Se movió, alarmado, sintiendo como los malos pensamientos volvían a apoderarse de su mente al ver que su hermano no se movía, pero sólo bastó que los brazos de Tadashi se presionaran a su alrededor por un breve momento para que le volviera el alma al cuerpo.

-¿Estás bien?- preguntó el mayor, en un tono bajo y atemorizado que le enterneció de forma irracional. Los ojos castaños de su hermano brillaban con un dejo de profunda preocupación, aquella que sólo venía detrás de un gran amor, que le hizo estremecer y le llenó el cuerpo con un extraño calor que nunca antes había sentido en su vida. Era como si un hormigueo se deslizara directamente desde sus venas hasta su piel, erizándola.

-Sí- susurró, dándole una sonrisa tranquilizadora, que Tadashi le devolvió luego de un momento de duda. Cuando su cuerpo se alejó del suyo pudo al fin ponerse en pie, aún sin poder deshacerse de aquella extraña sensación que le embargaba.

Aún desconcertado, barrió el callejón que lo rodeaba con la mirada, desesperado por ver que todos estuvieran bien, y suspiró, aliviado, cuando vio a sus compañeros ponerse de pie, igual de desorientados y confundidos que él, pero sin rastros de algún daño. Por si acaso, pidió a Baymax que los escaneara, y se alivió de ver que no presentaban más que contusiones leves en el cuerpo.

-¿Están todos bien?- preguntó de todas formas, sin poder abandonar sus impulsos más humanos sólo porque Baymax le asegurara que sus amigos estaban perfectamente. Como era de esperarse, la temblorosa respuesta fue afirmativa.

-¡¿Qué rayos fue eso?!- exclamó Wasabi ni bien pudo ponerse de pie, con los ojos abiertos de par en par y una expresión tan espantada que estaba al borde de sacarle una carcajada.

Sensación que desapareció en cuanto otro proyectil impactó con la pared del edificio vecino que estaba detrás de ellos, causando que el temblor se proyectara desde la pared hasta el suelo bajo sus pies, rozando al grupo por los pelos y obligando que volvieran a arquearse en un acto reflejo para protegerse.

-¡¿Puedes dejar de preguntar cosas, por favor?!- exclamó, ya histérico, antes de gruñir por lo bajo y dirigir su mirada hasta la pared, donde un leve cráter mantenía atrapada entre virutas de concreto y columnas de perezoso humo que se alzaban desde el lugar de impacto lo que, a simple vista, parecía ser un proyectil de bazuca en miniatura.

Hiro abrió los ojos de par en par al ver el misil, y no debió pensarlo más de un segundo antes de lanzarse al interior del dañado edificio. No quería imaginar que era lo que eso podría hacer si diera en el cuello de un civil.

No necesitó girarse para saber que el resto le seguía, sentía los presurosos pasos de sus amigos a sus espaldas, y también los más lentos pero constantes de Baymax, a quien, tristemente, no podría pilotear de forma correcta debido a la altura del edificio en su interior. Era lo más parecido al sótano de El Club de la Pelea que habría en todo San Fransokyo, sin duda alguna.

Sólo que, en vez de hombres sudorosos y frustrados que se molían a golpes hasta dejar gotas de sangre aun en el techo, allí dentro sólo había chicos con deseos de ganar algo de dinero fácil con sus juguetes de la infancia, peleadores en toda la extensión de la palabra, hombres avarientos y estafadores, y niñatos marginados que iban a descargar las frustraciones de sus vidas en pobres pedazos de hojalata.

O, como en esta ocasión, una masa amorfa de peleadores, mafiosos y policías apretujados en una esquina hasta casi parecer una sola criatura gigante y temblorosa, frente a un pequeño robot que le recordaba levemente a los que llenaban las paredes del cuarto de Fred -y a juzgar por la exclamación ahogada de emoción que soltó al verlo, probablemente fuera uno- y que, al parecer, los tenía a todos arrinconados, casi al borde del llanto. Hiro tuvo que detenerse un segundo al ver a Yama ocultando tanto como podía de su voluptuoso cuerpo detrás de adolescentes tontos y aterrados, y, al frente, un oficial que apuntaba con su arma reglamentaria al pequeño robot, temblando como una gelatina y con su rosto brillando en sudor.

Le llevó un momento el reponerse de la imagen y, como era de suponer, Wasabi se adelantó, mirando con una mezcla de incredulidad y burla la escena.

-¡¿Qué?!- exclamó, sonando casi indignado, antes de alejar su indignada mirada del curioso grupo para dejarla caer sobre él, repitiendo la acción reiteradas veces. Al final, desplegó ambos brazos en dirección al grupo, en un movimiento tan violento como gracioso- ¡¿Es una broma?! ¡¿Qué tan difícil puede ser detener a un pequeño robot?!

Pero fue entonces, cuando Hiro vio como todos los ojos espantados se dirigían a su moreno amigo, que se preguntó el porqué de que aún no le hubiera amordazado.

Por una vez, un pensamiento puramente instintivo se antepuso a uno razonable en su ser y, antes de siquiera comprender que significaba en pitido que soltó el pequeño robot cuando se giró en su dirección, tuvo la suficiente rapidez como para dar una orden.

-¡Todos al suelo!

Tuvo un segundo para obedecerse a sí mismo antes de que un nuevo proyectil saliera disparado en su dirección, atravesando de lleno el lugar en el que él había estado hace un segundo y, estaba seguro, siguiendo su camino hasta llegar a donde Wasabi había estado de pie.

De repente, el silencio que había reinado en el lugar hasta su llegada cobró sentido por completo, al menos si no se equivocaba y el robot funcionaba con sensores de sonido.

Llegar al robot fue, probablemente, algo el doble de difícil de realizar que el encerrar a toda una manada de gacelas nuevamente en su cautiverio, sobre todo si se tomaba en cuenta que no podían emitir ningún sonido que les delatara mientras trataban de acercarse al pequeño de color amarillo patito en medio de la arena, sensible a las vibraciones generadas por susurros y pisadas.

No podía llegar a él por medio de Baymax ni pedirle que activara su Puño Cohete por miedo a causar daños a terceros. Honey no podía inmovilizarlo porque su bolso era demasiado ruidoso y sus burbujas serían fácilmente atravesadas por los proyectiles. Fred no podría hacer nada sin incinerarlos a todos allí dentro. Y aunque las espadas de Wasabi y las katanas de Tadashi podrían rebanar al pequeño en rápidas pasadas, éstos eran demasiado lentos y sencillamente descubiertos por el robot, lo que sólo les dejaba con una opción para detenerlo.

¿Qué mejor para detener a un robot sensible al sonido que alguien capaz de romper su barrera? Y si era con cuchillas capaces de ser lanzadas, mucho mejor.

Gogo en realidad no estaba cerca siquiera, para su más profunda frustración, de romper la barrera del sonido, pero si era lo suficientemente veloz como para desorientar al robot sobre en qué posición precisa estaría, lo que, según notaba Hiro, era exactamente lo que el pequeño destructor trazaba antes de lanzar cualquier proyectil de su brazo, que aún no estaba seguro de dónde rayos salían.

Los ataques de la coreana eran un espectáculo que ninguno se cansaba de apreciar. Ver a Gogo deslizarse a toda velocidad sobre las paredes del viejo almacén, desafiando la ley de gravedad como sólo ella podía hacerlo, mientras lanzaba una y otra vez sus discos al pequeño robot, que tenía la suficiente estabilidad para evadirlos con rapidez, era un show lo suficientemente entretenido como para que, poco a poco, todos los presentes comenzaran a vivirlo como quien presencia un deporte olímpico por televisión. Claro, con la muerte lo suficientemente presente como para que ni el sonido de una mosca se alzara en el lugar además del que causaban los discos de Gogo al impactar sobre el suelo o rodar por la pared.

A pesar de que ver a Gogo emplear sus mejores lanzamientos de atleta o sus giros de caderas de fracciones de segundo era suficiente para que Hiro quedara obnubilado, tan propenso a maravillarse por cualquier cosa como el niño que aún era en realidad, su parte más analítica no pudo evitar que, al cabo de unos segundos, su mirada curiosa se posara en el pequeño robot en el centro de la arena roja. Claramente quien lo había diseñado, además de ser un genio, era un principiante en las peleas de robots y, estaba seguro, alguien infantil e impulsivo.

No había casi nada malo en el robot: era pequeño, adorable y llamativo, y su forma de atacar era sencilla y eficaz, utilizaba el equilibrio y la velocidad como defensa y ataque a la vez, y el que se guiara por el sonido para encontrar a su enemigo era algo ingenioso y que le garantizaría ganar de forma sencilla. Sin embargo, quien lo hubiera creado no había tenido en cuenta que, de no estar correctamente programado, el robot terminaría por atacar a cualquier cosa que hiciera el más mínimo sonido en cuanto su principal objetivo estuviera neutralizado. Eso era lo que le dejaba ver que era un principiante, cualquier luchador experimentado prestaría atención a esos detalles.

Que era infantil era claro a simple vista, puesto que podía verlo en el diseño del robot. Era tierno, pero escondía un gran poder; él ya lo había utilizado en Megabot, como una burla, aunque era un método infalible para conseguir una doble apuesta que le permitiera salir de la arena con los bolsillos aún más llenos de lo que lo estarían con una sola pelea. Era cuestión de dinero fácil en su caso, pero dudaba que el creador del pequeño bombardero fuera tan frío. Más bien, estaba dispuesto a apostar que había ido allí con todas las intenciones de ganarse el respeto de todos en la primera pelea.

La aclamación unísona de algarabía le obligó a volver a la realidad, siendo la primera imagen que vio la del pequeño robot dividido en dos por un corte diagonal, desde lo que sería su hombro derecho, descendiendo hasta su otro extremo, con los bordes de metal brillando al rojo vivo en la penumbra del lugar, muestra del paso de uno de los discos de Gogo por su cuerpo.

Vio a la coreana acercarse al robot con movimientos cadenciosos, casi perezosos en comparación a las piruetas que había realizado hace sólo unos segundos. Recuperó su disco sólo con apuntar su brazo hacia él, antes de explotar un globo de chicle y patear, no sin cierto desdén, el torso y cabeza del robot amarillo en dirección a la pequeña multitud de personas temblorosas y confundidas. ¿No debería estar más feliz? Acababa de acabar con la amenaza, ¿No?

Una mirada aburrida de la chica en su dirección hizo saber a Hiro que su turno como líder tácito del equipo había llegado, y, de inmediato, dejó que la seriedad se apoderaba de sus facciones.

-Muy bien, fue divertido mientras duró, ¿Verdad?- soltó, con tal severidad en su voz que incluso llegaba a sentirse algo incómodo al usarla, pero que, desde luego, funcionaba con las personas. Un héroe nunca debía demostrar miedo, pues si ellos temían era la señal inequívoca para que la histeria se apoderara de la sociedad. Menos aún podían dudar o verse blandos, así que se aseguró de sonar lo suficientemente molesto como parecer lo que era, un héroe enojado, en vez de una madre histérica, que era como se sentía- Pero, de no ser que quieran que terminemos por llevarlos a todos directamente a la comisaría por apostar en peleas de robots, alguien aquí tendrá que hacerse responsable del pequeño psicópata con complejo de bazuca.

Casi podía ver a Fred negar con la cabeza a sus espaldas, pero ni siquiera por sentirse un imbécil dejaría que él creara los diálogos de superhéroes que diría cada vez que entraran en acción. Nunca.

Jamás.

Un niño habría creado ese robot antes de que él dejara que Fred le dijera que decir.

Pero, cuando un segundo antes de que su escasa paciencia se colmara, las personas frente a él se separaron lentamente, dando lugar a una figura pequeña y cabizbaja que se movía con lentitud entre ellos, Hiro no pudo evitar pensar que, allá arriba o dónde fuera, alguien de verdad tenía algo en contra suyo.

Cuando la alargada y alborotada cabellera color caoba se detuvo justo en medio de ambos grupos, con todas las miradas sobre ella, Hiro pudo apreciar que sus rasgos eran demasiado delicados, debajo de la ropa oscura y abultada, como para tratarse de otra cosa que no fuera una niña, y no mayor a trece años, se atrevía a adivinar.

Hiro, desorientado, se giró en todas direcciones en busca de una explicación. Hacia la multitud, hacia sus compañeros, pero todos mantenían expresiones igual de confusas y asombradas que él, incluso Gogo se había quedado con un globo de chicle entre los labios y los ojos abiertos de par en par, anonadada ante la presencia de aquella chica.

Tuvo que recordar qué era exactamente lo que había preguntado ¿Si había niños presentes?

No, había exigido que el creador de aquel pequeño y peligroso robot se hiciera presente, y tuvo que atar cabos con velocidad... ¿Entonces...?

Hiro estuvo a punto de caerse de espaldas cuando todas las piezas encajaron perfectamente ante sus ojos, y no pudo evitar creer que aquello debía ser una broma. De hecho, se empecinó en creerlo.

-¿Creen que es divertido?- gruñó, volviendo a dirigirse al grupo por encima de la morena cabecita frente a él, molesto, y su mirada, o lo que se percibía de su rosto a través del visor de su casco, se endureció cuando volvió a obtener la atención de todos-. No voy a aceptar que incriminen a una niña por ustedes, cobardes- gruñó, con una sincera convicción y una clara advertencia en su voz que logró despertar un leve brillo de temor entre los presentes-. Así que les daré hasta la cuenta de diez para que, quien en verdad haya creado este robot, se haga presente... Uno...

-Espere- una voz musical, suave pero segura, logró que olvidara por completo su cuenta y bajara la mirada con los ojos abiertos de par en par, anonadado de que aquella chiquilla se atreviera a hablar. Cuando su mirada se encontró con aquel rostro moreno y delicado, no pudo evitar quedarse absorto un momento en sus ojos, de un color ámbar tan profundo que casi parecía brillar entre la oscuridad de su propia piel y la penumbra de la habitación, con la luz mortecina que provenía de los focos a punto de expirar cayendo de forma mágica sobre ellos. Sus ojos brillaban con cierta timidez, más no avergonzados o asustados, y, de hecho, parecía haber cierto dejo de picardía que, de cierta forma, acabó por recordarle a sí mismo-. Fui yo quien creó el robot, no ellos.

Hubo un brillo en sus ojos en ese momento que le bastó para saber que no le estaba mintiendo. Un toque de ¿En verdad crees que estos ineptos podrían hacer algo como esto? que, si no lo estaba ya, acabó por convencerlo de que, en realidad, aquella niña y la persona que él era hace un año tenían mucho más en común de lo que hubiera creído en un principio.

Le dio una breve mirada a todos los civiles a su alrededor, dudando por un segundo, antes de agacharse para quedar a la altura de la niña, sintiendo cierto orgullo al ver que su estatura no era tan menospreciable ahora.

-¿En verdad lo hiciste tú?- preguntó, dirigiendo una veloz mirada al robot destrozado a unos pasos de ellos. Antes de dejar que cualquiera de los presentes se marchara campante, se quería asegurar al cien por ciento de que aquella niña no estaba dejándose inculpar por un adulto cobarde. Más le bastó sólo con que asintiera, mirándolo a los ojos con la más plena convicción en sus ojos dorados- ¿Cómo te llamas?

La chica dudó un momento. Miró en todas las direcciones, y Hiro entendió que estaba cerciorándose de cuantas personas allí presentes podrían oírle en caso de dar su identidad. Su cautela era acertada, teniendo en cuenta la clase de personas que organizaban las apuestas, gente como Yama, por ejemplo.

Él ni siquiera necesitó alejar su mirada de ella para saber que todas las miradas estaban sobre ambos, así que sólo aguardó, paciente, hasta que los ojos ambarinos volvieron a estar fijos en los suyos, con una clara resolución.

-Ambrum- soltó al final, en una voz tan baja que, por lo exótico del nombre y el tono en que fue dicho, le costó bastante entender.

-Ambrum- repitió, reflexivo, mientras se aseguraba de que nadie más que él pudiera oírlo. Entonces, le dedicó una sonrisa cargada de cierta ironía que, inevitablemente, acabó por contagiar a la pequeña ni bien soltó la pregunta del millón- Y ¿Qué hace una jovencita como tú, en un lugar como este?

El brillo irónico en la sonrisa de la muchacha se extendió peligrosamente a los ojos oro, lo que, de inmediato, activó todas las alarmas en la mente de Hiro. Ambrum, tuviera la edad que tuviera o así se viera como una muñeca de ébano, de delicada o inocente no tenía nada, y, en ese momento, no le importaba en lo más mínimo el porqué la estaban reconociendo, fuera algo bueno o no. En su mente, ella estaba siendo el centro de atención, había impresionado a los héroes más famosos de su ciudad y, de paso, había ganado algo de dinero, y eso estaba condenadamente bien.

-¿Por qué más?- soltó, risueña, sin molestarse esta vez en bajar su voz. Estaba obteniendo lo que quería-. Por la emoción, claro.

Hiro tragó saliva, sintiendo el peligro inminente en el aura de la muchacha. Ya no parecía pequeña o tímida, y sabía que ese cambio tan brusco no siempre venía de la mano de personalidades estables.

Él había estado un escalón antes del que Ambrum estaba ahora, se había conformado con el dinero fácil y burlarse de las caras sorprendidas de sus adversarios, pero las personas como ella no se conformaban sólo con eso. Querían ser reconocidas, querían ser únicas e irrepetibles, famosas, y no importaba a qué costo mientras lo fueran.

Frunció el ceño, ligeramente molesto de saber que, por un segundo, había sido engañado al imaginar a aquella chica como algo inocente. Sin embargo, aún era demasiado joven como para ser juzgada como maliciosa; este era un juego para ella aún, y el problema era ese, porque cuando las personas se tomaban la realidad como un juego en el que no había víctimas, salían con robots que lanzan misiles a la calle a jugar un martes cualquiera antes de Navidad.

-¿Emoción?- la voz dos octavas más alta de lo necesaria y claramente molesta de Gogo le sacó del hilo de sus pensamientos, obligándolo a alzar la mirada en dirección a la velocista, que se acercaba a ellos con una expresión lo suficientemente severa como para volver una mueca disconforme la que él solía usar en comparación. Los ojos de la chica estaban fijos en la pequeña a su lado y, por la forma en que le vio encogerse por el rabillo del ojo, supo que ella estaba logrando su objetivo si buscaba calar hondo en su mente- ¿Crees que fue emocionante explotar esa pared?, ¿Eh?, ¿Hubiera sido emocionante también si le reventabas la cabeza a alguno de los niños que viven en el edificio de junto con alguno de esos misiles?

La tensión en la muchacha fue clara para él y, repentinamente, sintió un deseo irracional de protegerla. Se puso de pie junto a Ambrum y la obligó a colocarse detrás de él.

-Ya estuvo bien...- trató de cortarla, sabiendo que esa última frase fue suficiente para que la chica perdiera todo su aire altanero y, de hecho, hacerle entrar en razón. Le bastó con ver por encima del hombro la forma en que la diversión abandonaba los ojos de la chiquilla para ser reemplazada por el más profundo horror.

Sin embargo, Gogo no era una persona que diera el brazo a torcer tan fácilmente.

-No, no estuvo bien, estuvo malditamente mal- exclamó, aunque claramente más calmada que unos segundos antes-. Mírala, es una niña y podría haber cometido homicidio hace unos minutos. ¿Dónde se supone que están tus padres?- preguntó, en dirección a la niña, pero está vez Hiro pudo percibir hacia quien estaba dirigida la ira de la coreana. Los padres que ahora mismo deberían estar velando por una niña en su cuarto, en vez de que ella estuviera allí, sola, en medio de desconocidos pestilentes y mal intencionados.

Por un momento pudo comprenderla, pero al instante estaba temblando, a la espera de la respuesta, porque él mejor que nadie sabía que si un niño estaba solo en aquellos lugares, sin ser vigilado por sus padres, era porque éstos tal vez ni siquiera estaban, en el peor de los sentidos posibles.

-E-Ellos están en una cita- respondió al cabo de un momento, con su voz reducida a un fino y tembloroso hilo que le permitió respirar aliviado y casi hace que saltara a abrazarla. Diablos, tal vez tenía más de tía Cass de lo que desearía-. Mi abuela me está cuidando, pero se quedó dormida en el sofá mientras yo hacía mis deberes de preparatoria y me escapé hacia aquí cuando me enteré de que había una pelea. Quería usar el robot que creé.

¿Preparatoria? La mente de Hiro hizo cortocircuito por un segundo al caer en ese detalle, aunque no se atrevió a detener a la muchacha ante aquella explicación, que nuevamente volvía a ser la de una niña inocente y tímida -cambio que ya comenzaba a preocuparle-. Hiro pudo percibir el cambio en su amiga casi de inmediato. Seguía enfadada, pero ahora que veía que, al parecer, la única culpable de la situación en la que se encontraba Ambrum era ella misma, no pudo más que suspirar pesadamente, pareciendo arrepentida.

De reojo, pudo ver como Wasabi y Tadashi obligaban a los últimos testigos presentes a abandonar el lugar y como Honey hablaba calmadamente con el oficial, que aún parecía confundido. No podía ver a Fred por ningún lado, pero podía apostar que él no despegaba los ojos de ellos tres mientras la conversación se llevaba a cabo. Gogo también notó la aparente intimidad que los rodeaba, o de otra manera, nunca habría dicho lo siguiente:

-Escucha, lo siento- soltó, apesadumbrada y arrepentida, acercándose con pasos lentos hasta quedar frente a ellos. Se hizo a un lado, dejando que ambas chicas pudieran conversar. Ambrum continuaba pareciendo algo temerosa, pero, si los caracteres de ambos se parecían la mitad de lo que él creía, eso poco duraría-. No debí reaccionar así, pero no creo que seas completamente inconsciente de los daños que podrías haber causado- continuó, con un tono suave pero firme, el tono cargado de cariño y experiencia de una hermana mayor. La forma en que Ambrum apartó la mirada de sus ojos cuando dijo aquello confirmó lo que todos sabían, no era ninguna tontilla inocente y ahora estaba avergonzada de lo que pudo llegar a provocar-. Sin embargo, los errores están hechos para aprender de ellos, ¿Sí? Aunque tampoco te estoy diciendo que lleves un robot asesino a tus clases- se atrevió a bromear, y Hiro hizo una mueca de pena ante semejante frase. Tal vez, por el bien de los involucrados, sí dejaría que Fred escribiera algunos diálogos para ellos.

Sin embargo, y contra todo pronóstico, Ambrum se rio con ganas de la broma, antes de asentir con un movimiento enérgico de su cabeza morena.

-Si mal no escuché, estás en preparatoria ¿No?- continuó, dejándose caer, quedando en posición de loto frente a la chica, que volvió a asentir con una radiante sonrisa que hizo alzar una ceja al Hamada ¿Acaso estaba frente a alguna especie de fan de Gogo?-. Bien, eso quiere decir que no eres ninguna tonta. Entonces, no creo que tenga que repetir esto más de una vez- hizo una pausa, volviendo a tomar cierto aire de seriedad que le contagió a la muchacha-. Tienes potencial, está más que claro, y tienes las agallas para crear un mini arma de destrucción masiva a una edad en la que yo me creía genial por fumar a escondidas de mis padres. No lo desperdicies en lugares como estos, por favor- dijo, y Hiro no pudo evitar sonreír de lado al percibir el tono enternecido, a su manera, en la voz de su amiga. Podría tratar de parecer tan dura como quisiera, pero era claro que los niños, en particular los que parecían estar perdidos, eran su debilidad-. Puedes hacer cosas maravillosas con un cerebro como el tuyo, pero no aquí, y no así ¿Entiendes?- Ambrum pareció algo avergonzada, asintiendo lentamente a cada frase, pero, a juzgar por la manera en que no apartó los ojos de la coreana en ningún momento, tomándose muy en serio sus palabras-. Bien, porque si en unos años tengo que llevarte a patadas en el trasero a una cárcel, créeme, habrías deseado escucharme.

Y justo cuando Hiro creyó que las niñas eran delicadas y sensibles, vio como aquellas dos se echaban a reír de un comentario que, viniendo de quien venía, le hubiera hecho temblar de terror hasta al menos dislocarse algún hueso.

Antes de que Hiro pudiera sufrir otra revelación sobre el sexo opuesto, Honey llegó hasta el dúo, acompañada por el oficial que indudablemente había socorrido a la denuncia de los vecinos. El hecho de que ahora se mostrara sonriente cuando hace unos minutos parecía al borde de una arritmia era algo irracional, pero estaba comenzando a acostumbrarse a esas situaciones.

-Si ya acabaron, quería informarles que el oficial Méndez no tiene ningún problema en olvidar que este incidente haya sucedido y llevarte a tu hogar, si tú, pequeño peligro- comentó, en un tono dulce y vivaracho propio de ella que acabó por soltarle una sonrisa avergonzada, pero encantadora, a Ambrum, mientas Honey acariciaba de forma amistosa su cabellera castaña y ondulada- prometes no volver a un lugar como éste nunca más, ¿Qué te parece eso?

La chica no dudó ni un segundo en asentir, con una expresión tan seria que estuvo a punto de sacarle una carcajada tanto a él como al grupo a su alrededor.

Honey rio entre dientes, antes de girarse al oficial.

-¿Qué opina de eso, oficial?

El espeso bigote negro del hombre se arqueó levemente en una sonrisa, igual de enternecido que la rubia o él mismo, antes de mover su cabeza de forma afirmativa.

-Eso me basta, y no creo que haya necesidad de informarle de esto a tus padres ¿No?- preguntó y, por si fuera poco el pavor ya presente en su rostro, la simple idea pareció suficiente para que la piel de la muchacha empalideciera hasta volverse caucásica, mientras sus ojos se tornaban con el brillo aterrado de un cordero a punto de ser sacrificado-. Eso pensé... Bien, señores, ha sido interesante, pero me llevaré a esta niña a su casa antes de que sea más tarde- soltó, más pareciendo un suspiro cansado que una afirmación, antes de tomar un aire más vivo y casi paternal- ¿Vamos, pequeña?

Ambrum asintió, pero, en lugar de seguir al oficial como hubieran esperado, se lanzó hacia adelante, atrapando por la cintura a una Gogo a medio camino de ponerse en pie, sacándole una exclamación sorprendida tanto a la chica, como una mirada asombrada a todos los demás presentes.

Fue notable para todos como en el mismo instante en que Gogo, algo dubitativa, le devolvió el abrazo envolviendo sus pequeños hombros con dulzura, Ambrum sonrió de oreja a oreja.

-Eres la mejor, Sonic- soltó, dejando a todos los presentes de una pieza ante el apodo lleno de cariño e idolatría.

Entonces fue que se marchó, adelantándose al oficial, que tardó unos segundos en recuperarse de la impresión antes de, al trote, tratar de alcanzarla.

Cuando la reverberación de ambos pares de pisadas desapareció del lugar, dejándolos a los siete completamente solos, ellos aún estaban desconcertados. En especial la coreana, que ni siquiera había dado un paso fuera del lugar donde la hubiera dejado la chiquilla, estática.

Sin embargo fue la risa entre dientes, que creció hasta volverse una sonora carcajada, de Tadashi la que despertó a todos de su estupefacción, sólo para dejarlos aún más descolocados. Cuando fue consciente de que cinco pares de ojos se le quedaron viendo, completamente desencajados, fue que se obligó a volver a actuar como un ser humano normal.

-L-Lo siento, es que no sabía que tenían apodos, chicos- se explicó, aún entre risas, mientras veía a Gogo como si fuera el remate de un chiste- ¿Eh, Sonic?

La expresión desencajada de la coreana se acentuó por un momento, antes de que frunciera el ceño y se girara a su hermano con una expresión molesta.

-Mejor ahórrate tu opinión, novato- refunfuñó, mientras tomaba la delantera hacia el gigantesco hueco en la pared que había dejado el pequeño misil. Sin embargo, a pesar de su puesto en el equipo como velocista, no fue lo suficientemente rápida al huir como para evitar que la gran mayoría notara el profundo rubor que tornaba sus usualmente pálidos pómulos de un rojo brillante.

La carcajada de respuesta no se hizo esperar por parte de Tadashi, mientras seguía a la coreana, con el resto del equipo detrás de él. Hiro se limitó a sonreír, entretenido con la escena al igual que los demás.

Gracias a la cantidad de veces que les había visto interactuar, Hiro había descubierto que con la mayoría de sus amigos Tadashi no tenía, ni remotamente, la actitud cordial que le había mostrado la primera vez que los vio, en el Ito Ishioka; sino que era un verdadero bravucón que disfrutaba de pinchar a cada uno de ellos cuando la oportunidad se presentaba, pero, particularmente, lo hacía más cuando se trataba de la pequeña e irascible Gogo, aun cuando muchas veces se ganara un golpe por hacerse el divertido.

En el fondo, suponía que Gogo y él solían reaccionar de formas similares con Tadashi.

-¡No es justo!- exclamó Fred a su lado, sacándolo súbitamente del hilo de sus pensamientos con su típica exuberancia- ¡Yo también quiero un nombre de héroe!

-¡Cállate, Fred!- vociferó la muchacha, al tiempo que Tadashi estallaba en risas nuevamente a su lado. Aunque Hiro mentiría si dijera que no se había esperado el golpe que dejó a su hermano sobándose el brazo con un quejido por unos segundos, sí que se sorprendió cuando, ignorando la obvia resistencia de la chica, la estrechó con fuerza entre sus brazos, mientras Gogo pataleaba y maldecía, tratando de escapar del agarre de su hermano como si la vida se le fuera en ello.

No entendió por qué su corazón pareció estrujarse en su pecho ante la imagen de su hermano abrazando a su amiga con tanto esfuerzo, ni el porqué de que, de la nada, un profundo malestar se instalara de forma muy tangible en su vientre, provocando que su buen humor se esfumara de un plumazo en cuanto se subió a Baymax de un salto.

-Venga, vámonos ya- gruñó, tal vez con un tono más brusco del que pretendía. Sin embargo, si alguno de sus amigos se percató de ello, no lo demostraron en lo más mínimo.

Pero ese par de ojos tan similares a los suyos, que le miraban con una curiosidad y preocupación semi tangibles, estaba muy lejos de dejar pasar por alto el detalle, a pesar de no decir nada al respecto.

Apartó los ojos de Tadashi en el instante en que el resto comenzó a subir al robot y, dado que no podía sacarse aún a Ambrum de la cabeza y aprovechando el recientemente adquirido puerto con acceso a internet del que Bay gozaba, le ordenó buscar información sobre la chiquilla. Para el final del viaje, ya todos estaban enterados de que el padre de su pequeña fan trabajaba en los laboratorios de balística de la ciudad, que su madre era ingeniera en las instalaciones de Krei Tech, y que ambos se mantenían lo suficientemente ocupados como para causar que su hija recurriera a formas creativas de llamar la atención de ambos, desde sus notas y clases avanzadas en la escuela, hasta la creación de mini robots de guerra, por así llamarlos.

No necesitó voltear a ver a sus compañeros para saber que, de encontrar su dirección de correo, Ambrum tendría al menos seis chats nuevos comentándole sobre la existencia de la Feria de Ciencias del ITSF.

Cuando llegaron a casa aún era lo suficientemente temprano como para excusarse con Cass sobre trabajos extras en el instituto y que el tiempo se les había pasado volando. Aunque no pareció del todo convencida, simplemente se encogió de hombros antes de anunciar que iría a recalentar la cena con un tono serio que les estremeció. Su tía estaba siendo permisiva con los horarios de las comidas, pero no sabían cuánto duraría eso.

Una hora y media más tarde, satisfecho, aseado y lo suficientemente cansado tanto física como mentalmente como para dormir por un mes, Hiro se dejó caer en su cama y agradeció que Morfeo se lo llevara lejos antes de que su hermano saliera de la ducha y tuviera oportunidad de preguntarle sobre su repentino mal humor, porque era una respuesta que, definitivamente, él no tenía.

El miércoles al menos no los había llenado de falsas esperanzas respecto a un día tranquilo y libre de grandes problemas, sino que apenas habían acabado la tercera hora de estudios cuando un nuevo llamado al intercomunicador le obligó a quedarse viendo fijamente a Tadashi a medio camino del salón de Física Avanzada I.

Su hermano le devolvió la mirada igual de perplejo que él, antes de que Hiro interrumpiera el contacto visual para llevar su mano al intercomunicador, llamando con él al grupo por la línea segura.

-¿Chicos?

-Ya, ya. Vayámonos de aquí, no quiero ver la asquerosa cara de Rakitic otra vez en el día- gruñó Gogo, siendo la primera en responder.

Tadashi sonrió de lado, antes de comenzar a correr en dirección a la azotea del edificio.

-Como órdenes, Sonic.

-¡Vete al diablo, Tadashi!

Súbitamente, aquel malestar que se había apoderado de él el día anterior volvió a hacerse presente al ver la interacción de su hermano con la coreana. Sin embargo, trató de no prestarle atención, sino concentrarse en subir tan rápidamente como fuera posible por los tres pisos que aún los separaban de la azotea.

Cuando atravesó la puerta de metal que daba a la parte superior del instituto, siendo recibido por la magnífica panorámica de la ciudad y el puente sobre el estrecho, estaba fresco como una lechuga, con su cuerpo acostumbrado a esos golpes de adrenalina repentinos y a tener que comenzar una carrera de la nada, al igual que sus compañeros.

Por eso le llamó tanto la atención cuando vio cómo su hermano se doblaba sobre sí mismo, recuperando aire con sonoros jadeos, como si acabara de correr una maratón. El regodeo que sintió al ver su rostro ruborizado y exhausto, aunque seguramente se debiera a que su cuerpo no estaba completamente recuperado de los efectos secundarios del coma, le hizo pensar que, tal vez, el sentimiento que despertaba en él ver como su hermano y su amiga se pinchaban entre ellos iba un poco más allá del mal humor convencional.

Pero no tenía intenciones de detenerse a pensar en ello, sino que se apresuró a sacar la nueva batería portátil de Baymax de su mochila, colocándola en el suelo gris y soltando la típica exclamación de dolor para que el robot se desplegara frente a ellos.

-Wow- soltó Tadashi, mientras veía con curiosidad y el entusiasmo típico de un científico la forma en que Baymax brotaba como un enorme globo del interior de la caja roja, no más grande que su cabeza- ¿Cómo conseguiste meterlo ahí?

Hiro sonrió, olvidándose por completo de su extraño mal humor en cuanto percibió el asombro de su hermano gracias a sus habilidades en la robótica.

-Cuando lo reconstruí luego de lo de Abigail, lo hice con materiales de titanio huecos, de forma que los tubos que conformaban las estructuras de sus extremidades y columna pudieran encastrarse unos en otros, como lo hacen las antenas de las radios. Entonces, Baymax es capaz de reducirse a un tamaño más pequeño, contrarresta el peso extra del titanio al ser hueco y, más importante, es mucho más resistente que con la fibra de carbono- finalizó, con una expresión petulante que no se molestó en disimular, al igual que el orgullo con el que se pavoneaba de su logro.

Tadashi asintió a cada una de sus palabras mientras giraba en torno al robot con una mano sosteniendo su barbilla y con el codo de ese brazo en la otra, observándolo como si fuera la primera vez que lo veía, como si pudiera ver a través de la membrana de vinilo que recubría el exterior para poder analizar la estructura interna. Inconscientemente, Hiro comenzaba a ponerse algo nervioso, en espera de la devolución de su hermano, aunque no lo admitiría ni bajo tortura; no había forma en que dejara ver a Tadashi cuán importante era su opinión para él o, al igual que con Gogo, se volvería insufrible... más de la cuenta.

Al cabo de un momento, Tadashi se puso de pie junto a él, que trataba de aguantar su emoción.

-No sé si odiarte por haber alterado mi trabajo, envidiarte por hacerlo mucho mejor que yo, o vanagloriarte por haberlo hecho tan estupendamente bien- comentó, con una voz tan grave y profunda que Hiro no pudo evitar estremecerse de la nada, extrañándose a sí mismo, pero acabó por achacárselo al hecho de que Tadashi sonaba como si en realidad estuviera contemplando cuál de todas las opciones elegir. Cuando la mano que mantenía en su rostro descendió hasta su espalda para darle una palmada amistosa, Hiro hubiera dicho que respiró aliviado nuevamente... si tan sólo no hubiera casi botado los pulmones con el golpe. Tadashi sí que tenía las manos pesadas- ¡Buen trabajo, nerd!

-Idiota- gruñó, mientras tosía levemente por el golpe.

Repentinamente recordando que no tenían tiempo para vivir un bonito momento fraternal, se apresuró a uno de los rincones donde, oculto entre distintos depósitos olvidados por el personal de mantenimiento, se hallaba un disimulado arcón de concreto, de forma rectangular y más bien pareciendo el lugar donde se guardaría un generador que otra cosa.

-¿Qué haces?- oyó la voz de Tadashi sobre su hombro, curiosa, mientras se agachaba hasta poder tomar el candado que mantenía cerrada la tapa de acero que ocultaba el interior. Sacó una pequeña llave de su bolsillo y la insertó en él.

-Buscando la armadura de Bay, por supuesto- comentó como si nada, girando la llave hasta que el candado soltó un chasquido seco y se abrió para él. Se apresuró a sacarlo e, ignorando la forma en que tenía prácticamente pegado el rostro de Tadashi a su mejilla, levantó con cierto esfuerzo la pesada tapa.

Pudo notar la forma en que Tadashi se erguía de forma abrupta cuando el interior del arcón quedó rebelado ante sus ojos, completamente vacío. La duda del mayor, latente en el ambiente junto a un profundo silencio, le hizo esbozar una sonrisa.

-¿La robaron?- preguntó al fin, descolocado.

Hiro rio por lo bajo.

Novato.

-¿Me crees tan tonto como para dejarla tan expuesta?- preguntó, mientras, insertando sus dedos índice en dos hendiduras casi imperceptibles contra las paredes del fondo y levantaba la segunda superficie que protegía la armadura- Es un fondo falso. Tengo cientos de éstas por toda la ciudad.

Sintió la inhalación profunda que realizó su hermano en cuanto el rojo brillante de la coraza del robot quedó ante sus ojos, y Hiro no necesitó voltear a verle para saber del brillo de asombro que sus ojos, estaba seguro, desplegaban en su dirección.

-Sí, bueno. No necesito que me digas que soy un genio, pero una ayuda para ensamblar a nuestro malvavisco no vendría mal ahora mismo- soltó, tomando la coraza del pecho y uno de los puños del robot.

El sonido de las partes de metal y carbono chocando entre ellas de forma precipitada fue la única respuesta que obtuvo.

Al cabo de tres minutos, tanto el robot como ellos mismos estaban listos para la acción y aguardando por el resto. Cuando la puerta se abrió con un sonoro estruendo y el golpe sordo de un cuerpo al caer al suelo resonó por todo el lugar, supieron que Fred había llegado antes de girarse a verlo, medio vestido con su uniforme ya y con un sándwich colgando de sus dientes.

-¿Y ahora qué?- preguntó, al parecer algo molesto. Como siempre, recibiendo la información un minuto más tarde que el resto sobre la emergencia y sin enterarse de nada, había corrido hasta el lugar sólo sabiendo que tenía que llevar su millonario trasero a la azotea para salvar el día.

-Nada grave- respondió a su pregunta, mientras le ayudaba a ponerse en pie y tomaba la cabeza de dragón de su mano, dejando que acabara de forma correcta su merienda-, un accidente en la fundidora de metales.

Sin embargo, cuando su Nada grave se trasformó frente a sus ojos en una marea de lava al rojo vivo apenas entraron por la ventana de la gigantesca fábrica, y todos juntos tuvieron que atrapar a Fred para que no saltara directo al metal fundido y caliente, supuso que sería buena idea por parte de todo el equipo el dejar de subestimar el riesgo de las misiones a las que eran asignados.

-Estoy considerando seriamente el prohibirte seguir haciendo esto- murmuró Tadashi a su oído una vez llegaron a una azotea de concreto en lo alto de una de las paredes de la fundidora, luego de deslizarse cuidadosamente por una de las pendientes que formaba la columna de una de las paredes.

No pudo evitar reír con algo de nerviosismo, a sabiendas de que Tadashi estaba oscilando entre hablarle en tono de broma y volver a su postura inicial de separarlo del equipo. Y, aunque en un principio se hubiera aferrado con uñas y dientes a cualquier oportunidad de alejarlo del equipo, no pensaba llevarlo a tal extremo otra vez.

-Vamos, no es tan raro- comenzó, tratando de restarle importancia al asunto, mientras veía de qué forma llegar a los empleados de la fundidora, aislados en un rincón de uno de los pasillos colgantes que se balanceaba a tres metros del metal fundido, únicamente sostenido por dos cables de acero y, estaba seguro, calentándose a una velocidad demasiado riesgosa-. Además, ni siquiera pasa tan seguido.

-¿Que una fundidora empiece a soltar hierro derretido sobre los operarios? ¡No me digas!

Por respeto a los civiles en riesgo, Hiro decidió dejar la discusión para otro momento, a la vez que optaba por el plan más sencillo.

-Bien, hagamos esto, Baymax y yo iremos a buscar a tantos operarios como sea posible en cada viaje, Fred, tú te encargas de llevarlos a un lugar seguro. Mientras, Honey, trata de congelar tanto como puedas del metal para reducir la temperatura, esos pobres sujetos se están asando vivos- finalizó, subiendo al robot en el acto- ¿Están de acuerdo?

Esperó a que asintieran para abandonar el corredor a espaldas del robot. Y fue sólo cuando sobrevoló directamente sobre la superficie inundada en hierro a más de cien grados que cayó en cuenta plenamente en las altas temperaturas que llenaban el lugar.

-Baymax, escanea a los operarios en busca de aquellos que puedan tener afecciones cardíacas o se encuentren en estado crítico- ordenó al robot, sintiendo como si se cocinara dentro del traje negro y violeta. No podía ni siquiera imaginar lo que llevaban viviendo esos hombres desde que el accidente hubiera tenido lugar.

-Todos tienen grados muy elevados de deshidratación y sus neurotransmisores están exaltados. Tienen altos niveles de adrenalina en sus organismos. Uno de los hombres, de aproximación cincuenta años, tiene la presión sanguínea en niveles riesgosos y está sufriendo una leve arritmia que puede evolucionar en un ataque o un paro cardíaco. También, hay un joven que parece sufrir de asma, no está en estado grave pero puede experimentar un ataque si los gases que producirá el metal fundido en contacto con el hielo llegan a sus vías respiratorias- explicó con rapidez, concluyendo en el mismo momento en que llegaban al puente colgante que los sostenía a tres metros por encima del río de lava artificial que no paraba de caer, como una cascada de fuego salida directamente del infierno, desde uno de los gigantescos tanques de fundición.

Hiro luchó por ignorar el terror en los rostros de los hombres que lo veían desde la última superficie que los mantenía a salvo del infierno bajo sus pies. No debía dejar que su miedo lo afectara, no podía permitir que la desesperación y el dolor que llenaba esos rostros iluminados por el resplandor rojizo del acero al rojo vivo invadieran su mente, o acabaría por dejar que el pánico lo embargara a él también y no sabría de qué forma actuar.

Pronto descubrió que debería acercarse a los hombres desde arriba, puesto que la baranda del puente estaba ardiendo. El robot extendió sus manos en dirección a ambos hombres en situación de riesgo.

En cuanto el joven subió a Bay, se alejó de los diez hombres restantes con la promesa de volver en seguida.

Deshizo el camino que había recorrido antes, sintiendo como su cuerpo se humedecía por el sudor debido a las altas temperaturas, y obligó al robot a ir más velozmente con el pensamiento de que los hombres podrían resbalarse de la armadura de su amigo. Respiró aliviado cuando Tadashi y Wasabi ayudaron a bajar a ambos hombres y Fred tomó al hombre mayor y lo llevó a la azotea del edificio vecino.

Con el único pensamiento de poner a salvo al resto de los hombres, se apresuró en su dirección, sintiendo ahora la tela de su traje pegarse de forma incómoda en la piel de su espalda y pecho. Notó que la fricción de las botas en sus pantorrillas aumentaba con el sudor y maldijo por lo bajo por no haber tenido tiempo de modificarlas.

Cuando el nuevo grupo de hombres, esta vez cuatro, subió a Baymax, sus ojos fueron a parar a los cables de acero que sostenían al resto. Su corazón dio un vuelco al ver que estaban comenzando a ponerse de color rojo.

No le costaba imaginarse que el material sobre el que estaban parados era mucho más resistente a las altas temperaturas que el del cable que los sostenía, y, aunque suponía que los cables que estaban sobre los tanques de fundición eran mucho más resistentes, bajo la zona donde los hombres se hallaban no había nada que despidiera temperaturas tan altas, por lo que no sería raro que allí fueran de materiales más económicos.

En resumen, lo único que mantenía a esos hombres relativamente a salvo se estaba derritiendo, y aún quedaban seis.

Se giró a toda velocidad en dirección a la plataforma donde el resto de sus amigos aguardaban por el nuevo grupo de personas rescatadas, esperando llegar tan rápido como fuera posible, cuando una cortina de lo que parecía ser niebla se alzó frente a ellos, dejándole a tientas justo sobre la aleación ardiente.

-¿Qué rayos pasó?- gruñó, mientas trataba de ver a través del gris manto. Sintiendo como la humedad, que le tenía terriblemente incomodo, aumentaba por mil.

-Es el vapor del hielo al entrar en contacto con el metal- respondió el robot, con su voz pausada. Hiro no pudo evitar gruñir.

-¿Crees poder llegar al resto sin que te guíe?- preguntó, esperanzado, y volvió a suspirar cuando sintió al robot avanzar con resolución en una línea recta. Debieron encender los reflectores en el visor de Baymax para que el resto supiera dónde estaban, pero no hubo mayor problema antes de que pudieran ayudarlos a descender.

Hizo los dos viajes restantes con más calma, puesto que la temperatura comenzó a descender en cuanto el metal comenzó a enfriarse y a formar una película solida de color gris sobre el suelo.

Luego de haber dejado al resto de los hombres directamente en la azotea del edificio vecino, justo en el momento en que los bomberos doblaron en la esquina de la calle que daba acceso a la zona industrial de la ciudad, Hiro suspiró de alivio y, por una vez actuando sin temor a las consecuencias, retiró el visor de su casco a pesar de estar sobrevolando la ciudad a baja altura. La caricia del viento en su rostro se sintió como gloria, causando que, en conjunto con el sudor que ahora mismo parecía recubrir cada parte de su cuerpo, su temperatura disminuyera considerablemente.

Ah, pero hubiera dado lo que fuera por patear lo más lejos posible sus botas, por supuesto que sí.

Repentinamente, vio como la ciudad se desdibujaba a su alrededor en una mancha oscurecida que trataba de tragarse toda la luz del día, mientras su cabeza se iba hacia adelante sin su permiso. Le faltaba el aire, y comenzó a jadear, sintiendo su estómago revolverse como una batidora en su interior. Con algo de pánico, reconoció que se estaba mareando, y lo único que rogó en ese momento fue no soltar su desayuno sobre los pobres de Fred y Wasabi.

Más pudo entrar en razón cuando una textura suave rozó contra su mejilla, y Hiro estuvo a punto de alejarse en un acto reflejo por la sorpresa. Pero en cuanto su cuerpo azorado reconoció la agradablemente gélida temperatura que despedía, no reprimió su instinto de pegar su mejilla a aquella helada y dura superficie.

Cuando el gélido objeto se deslizó hasta su frente, o la parte de ella que su casco dejaba a la vista, no pudo evitar suspirar de dicha y echar la cabeza levemente hacia atrás.

-Creo que tenías razón, Honey- la voz de Tadashi, entre divertida y tranquilizadora, le sacó de su estado de ensueño, obligándole a abrir los ojos, sólo para encontrarse con la mirada afectuosa y algo preocupada de su hermano-, sí necesitaba algo fresco.

Ni siquiera se resistió cuando Tadashi le retiró el casco y se lo tendió a la persona a su derecha; Gogo, al parecer. Suponía que si lo estaba haciendo se debía a que estaban a una altura considerable, o bien sobrevolando el bosque detrás de la casa de Fred. Supo que era lo segundo cuando, por su visión periférica, el manto más bien reseco de árboles desnudos por el otoño apareció a sus pies como una gigantesca extensión llena de dedos quebradizos y grises.

Prácticamente ronroneó cuando el trozo de hielo envuelto en un pañuelo, regalos de Honey y Wasabi respectivamente, se deslizó lentamente por su cuello, alejando el calor abrazador que aún inundaba su cuerpo. Supuso que, sin saberlo, se había expuesto de forma riesgosa a las altas temperaturas.

-Bien, amiguito, espero que no hayas tenido grandes planes por el resto del día, porque no pienso dejarte salir de la cama hasta que vea que no se te derritieron las neuronas- anunció entre risas Tadashi, en un tono bajo que no sonaba del todo como una amenaza pero que, conociéndolo, no aceptaba ningún tipo de réplica.

Gruñó por lo bajo, mientras veía como su hermano prestaba especial atención en humedecer sus sienes, aferrándose a su hombro con la mano libre.

-¿Y la universidad?- farfulló, como sólo él podía hacer casi al borde del desmayo. La risa divertida del resto sólo logró hacerle fruncir el ceño.

-Claro, esa es la cara que todo genio tiene justo antes de enfrentarse a la clase de Mecánica- se mofó, mientras acariciaba con un gesto cariñoso su alocada cabellera. Hiro no pudo evitar gruñir antes de, sabiendo que no tenía ninguna oportunidad de hacer cambiar de parecer a sus amigos, y probablemente tampoco fuerzas, resignarse y dejar caer su cabeza en el duro acorazado del pecho de Tadashi, removiéndose incómodo al sentir apretado por su cuerpo y el de Baymax.

La risa de Tadashi le llegó amortiguada, pero aun así le hizo fruncir el ceño.

-Dios, si fueras así de obediente todo el tiempo...

-Mejor cállate, o te lanzo desde cualquiera sea la altura en la que estamos- respiró hondo, tratando de recuperar algo de estabilidad. No hubo caso, su cuerpo se sentía como gelatina ahora que el golpe de adrenalina había bajado y, probablemente, ahora mismo estaba aún sobre el robot sólo por sus guantes y botas magnéticas, lo que sólo lograba enfurecerlo más-. Demonios, ocupas demasiado espacio aquí.

La risa de todos, excepto la de su hermano, volvió a reverberar en el lugar, pero si Tadashi dio alguna respuesta a su comentario, Hiro no estaba en condiciones de recordarla en esos momentos.

De hecho, no recordaba nada más luego de haber hecho que Baymax descendiera en el patio de Fred.

Despertó al sentir algo pequeño y frío como una cuchilla recorrer su sien lentamente, provocando una sensación no del todo agradable, sólo para perderse bajo el pliegue de su oído, causándole un estremecimiento por el desagradable cosquilleo que eso le provocó.

Se llevó la mano a la frente, encontrándose con algo de textura rugosa y húmedo en ella que, al retirarlo, desprendió un par de gélidas gotas sobre su rostro que acabaron por despertarlo por completo, causando que se sentara con rapidez y tanteara a su alrededor por algo con lo que secarse.

Alguien empujó una tela seca sobre su mano al tiempo que le arrebataba la mojada. Agradeció mientras se llevaba la toalla a la cara, retirando tanta humedad y agua de su rostro como fuera posible.

Oyó el sonido del agua burbujeando a su lado y cuando se retiró la tela del rostro ya lo suficientemente seco, sus ojos se encontraron con la imagen de Tadashi sentado en una silla a su lado, mientras dejaba algunos paños blancos dentro de un recipiente plateado lleno de agua. La condensación en la parte exterior dejaba claro que no era un error de su organismo el reconocerla como helada.

Tadashi le miró con una sonrisa ladina elevando una de las comisuras de sus labios, antes de inclinarse a tomar una botella de agua de quién sabe dónde.

-Bien, bello durmiente, bebe esto- ordenó el mayor, tendiendo el recipiente plástico en su dirección. Y aunque Hiro estaba bastante seguro de que no había forma de que quisiera beber algo después de la horrible sensación que el agua acababa de causarle, Tadashi empujó la botella contra su pecho hasta que la aceptó, desenroscando la tapa de mala gana.

Se sorprendió a sí mismo cuando, en cuanto el refrescante líquido entró en contacto con su reseca garganta, su cuerpo actuó sin su consentimiento y se la bebió toda casi hasta la mitad de un trago, parando sólo cuando sintió como parte del agua rebasaba sus labios y caía por su barbilla y garganta, llegando a humedecerle el cuello de la camiseta negra que llevaba.

Se volteó a ver a su hermano, y sólo pudo darle una mirada avergonzada cuando lo encontró al pendiente del espectáculo que estaba brindando. Él le dirigió una sonrisa tranquilizadora, antes de reclinarse en la silla.

-Bebe despacio- le instó, y Hiro obedeció, aunque aún estaba ansioso-. Baymax te diagnosticó un caso de deshidratación bastante importante por exponerte a altas temperaturas cuando te desmayaste al llegar, así que te trajimos aquí y él te hidrató tanto como pudo, antes de llevar al resto a la universidad y volver con tus cosas.

Hiro asintió, despojando a la botella de su última gota de agua antes de sentirse satisfecho. La dejó sobre la mesa de luz, antes de volver a recostarse en las almohadas en las que había despertado, algo incómodo por la humedad presente en éstas.

-¿Dónde estamos?- preguntó, más calmado ahora.

-Estamos en una de las habitaciones de huéspedes de casa de Fred- respondió con un tono de voz relajado y profundo que, nuevamente, obligó a Hiro a estremecerse, aunque supuso que se debía más que nada a la humedad del lugar en que se hallaba-. Los demás están en el instituto, ya que no se habían exigido en realidad.

Hiro le miró, antes de alzarse, alarmado, ante ese último detalle.

-¿Y tú por qué te quedaste?, ¿Estás herido?- preguntó atropelladamente, sintiéndose exaltado ante la idea de que su hermano hubiera resultado lastimado.

Sin embargo, cuando la musical risa de Tadashi llenó el lugar en que se encontraban, una apabulladora calma le inundó por completo, y casi pudo sentir como el latir de su corazón volvía a tomar un ritmo normal, o al menos ya no resonaba en sus oídos como un tambor.

-Debes estar loco si crees que te dejaré solo después del susto que me diste, cabeza de chorlito- se burló, mientras extendía su brazo en dirección a su cabeza y dejaba reposar su mano suavemente sobre su cabello, despeinándolo con ligereza.

A pesar de saber que tendría que estar molesto por la acción, Hiro no pudo evitar que la calma y ese calor abrazador que llevaba sintiendo cada vez que Tadashi tenía algún gesto con él volvieran a apoderarse de su cuerpo, sacándole una leve sonrisa, junto a una mirada brillante en su dirección que Tadashi no dudó en corresponder.

-Es temprano aún para volver a casa- comentó, obligándolo a recostarse en la cama nuevamente, mientras seguía deslizando lentamente sus dedos por las hebras de su cabello, dejando la sensación de unos cálidos y exquisitos senderos allí por donde sus huellas pasaban. Casi se sintió ronronear, si es que eso fuera posible.

Gruñó cuando sintió como la mano trataba de alejarse, y se aferró a ella, aún en medio del reciente sopor que le embargaba, para volver a colocarla en su cabeza.

-No te vayas- rogó, tal vez con un tono más lastimero del que hubiera deseado, porque sintió como la mano de su hermano se volvía rígida como una roca sobre él.

Sin embargo, surtió el efecto que deseaba, porque no sólo sintió como sus dedos volvían a recorrer sus cabellos con calma, sino que, entre las últimas brumas de sueño y cansancio que le empujaban al mundo de los sueños, sintió como algo suave y cálido se presionaba como un beso sobre su sien derecha.

-No lo haré, Hiro- suspiró contra su sien, sacándole una sonrisa atontada.

Tal vez soñó los aires de promesa que escondía aquella afirmación.


Fue arrancado de sus recuerdos abruptamente cuando la puerta del baño se abrió, iluminando la habitación con una tenue luz blanca, dando cierto aire fantástico a la alcoba gracias al vapor que se deslizaba perezosamente por todos lados, como si la bruma de la costa se hubiera apoderado de su casa, y se entretuvo por un segundo descifrando las formas que el perezoso vaho formaba contra el resplandor. Al menos hasta que un chasquido sonara en todo el lugar, apagando la luz de una vez.

No pudo evitar sonreír, con cierto aire maquiavélico, mientras veía como una figura más muerta que viva se arrastraba por la habitación en penumbras, apenas iluminada por la luz que entraba por la ventana y su lámpara, con movimientos que parecían salidos de una mala película de zombies, gruñendo y gimoteando cada vez que debía moverse tan sólo un poco, cubierta por un par de pantalones de algodón que utilizaba como pijama y una camiseta negra de algún grupo musical que sólo su hermano conocía.

Cuando Tadashi se dejó caer en su cama, sin molestarse en cerrar la puerta del shōji, no pudo evitar volver a reír en cuanto le oyó sollozar lastimeramente, como si el simple hecho de respirar le exigiera un doloroso esfuerzo... y tal vez así fuera, considerando la tensión a la que había sometido a su cuerpo en las últimas horas.

Apenas estaban acabando las clases del Instituto cuando el ya temido llamado de emergencia los atrapó y debieron subir, asegurándose de tomar distintos caminos, hasta la azotea y repetir a toda velocidad la misma rutina del día anterior.

Siendo veintiuno de Diciembre, a ninguno sorprendió la oscuridad que ya reinaba en la ciudad gracias al recién llegado invierno que, a decir verdad, se hacía notar con especial ímpetu cuando sobrevolaron a toda velocidad la ciudad en dirección al Golden Gate, lo que, con cierto dejo de añoranza, hizo pensar a Hiro que tal vez este invierno pudiera disfrutar de ver nevar sobre su ciudad, a pesar de estar en California.

Sólo había visto nevar una vez en su vida en la ciudad, y aún guardaba con entrañable afecto la grabación que había hecho Cass de Tadashi y él jugando en el infinito manto blanco aquel invierno de sus siete años. Aunque, viéndolo ahora, de infinito tenía muy poco, pero en ese momento parecía que la nieve abarcaba, al igual que a sus medias, al mundo entero.

El optimismo de repetir la escena le hizo sonreír de oreja a oreja.

Sin embargo, cualquier pensamiento optimista quedó relegado al olvido en el mismo momento en que, aureolado por las luces del puente y un helicóptero de la policía de la ciudad, sus ojos divisaron el autobús, repleto de estudiantes de primaria que venían del tradicional viaje a Sausalito, separados del agua del estrecho gracias al eje trasero del vehículo, enganchado de uno de los cables de acero del puente.

Si fuera por éstos Hiro ni siquiera se preocuparía, pues eran resistentes y recibían mantenimiento cada año. Pero el eje del autobús, esa era otra historia. Aun sobrevolando a tres metros de altura del típico autobús amarillo, con el sonido de las sirenas y los gritos de las personas que pasaban por allí, podía escuchar al metal crujir de una forma que, en ese momento, le recordó a unas afiladas uñas sobre una pizarra.

Ni siquiera tuvo que dar la orden para que sus amigos se dejaran caer al puente, antes de bajar él mismo. Se acercó corriendo al límite, ignorando olímpicamente la cinta de seguridad que los oficiales habían puesto. Lo primero que vio al asomar la cabeza, fue al oscura agua del estrecho correr bajo sus pies, negra como la boca de un lobo dispuesta a tragarse a los chicos que iban en el vehículo y arrastrarlos a lo más profundo de sus frías entrañas.

Cuando un nuevo crujido del eje resonó a su lado, decidió que estaba tardando demasiado en mover el culo.

-Necesito lo más elástico y resistente que tengas- ordenó, presuroso, antes de girarse hacia Honey, dejando claro a quién estaba hablando.

La chica tardó una micra de segundo en poner manos a la obra, tecleando en su bolso a toda velocidad mientras susurraba elementos químicos en murmullos demasiados frenéticos como para que él llegara a entenderlos. Tampoco es como si tuviera tiempo.

El primero en aproximarse a él fue Wasabi.

-¿Cuál es el plan?

Algunas veces, Hiro sentía el impulso de gritarles que no tenía por qué ser él siempre el que diera los planes en las peores situaciones, aunque se había abstenido de hacerlo por dos motivos: el primero, casi nunca había tiempo para delegar responsabilidades cuando había una vida en peligro. Y dos, esa presión y la costumbre, habían logrado que fuera capaz de calcular variantes e idear planes en tiempos asombrosamente breves.

Igual que ahora.

-El eje no va a resistir el que saquemos a los niños antes de caer al agua, así que hay que lograr que el autobús resista mientras lo hacemos- informó, sabiendo que tenía la atención de más personas que sus compañeros de equipo, y no quería pensar en que de seguro, al menos uno de los padres de los chicos atrapados podía estarlos viendo. De otra manera, no podría reaccionar de forma correcta por el pavor que le ocasionaría el llegar a fallarle-. Este autobús pesa más que los quinientos kilogramos que Bay puede soportar, así que elevarlo al puente no es una opción. Por lo tanto, hay que hacer que resista hasta que logremos sacar a todos- explicó, acercándose a Honey al ver que había logrado obtener ya una sustancia lo suficientemente resistente para lo que tenían planeado. Eso era lo bueno de trabajar con Honey, podía adivinar qué era lo que había planeado antes de que lo explicara y no debía dar muchos detalles para obtener lo que necesitaba de ella-. Haré que Bay sostenga tanto como pueda el autobús, pero eso no garantiza que no se desplome hacia un lado mientras estemos dentro- trató de sonar calmado, dejando que los demás comprendieran lo que estaban a punto de hacer y, al ver como el rostro de su hermano se desfiguraba en preocupación tras su máscara al decir la última frase, supo que ya lo había descifrado-. Necesito que tú y tú- les señaló a él y Wasabi, con su expresión tensa pero llena de seguridad- estabilicen el autobús mientras sacamos a los chicos y, de ser necesario, sostengan parte de su peso si es demasiado para Bay, ¿Comprenden?

Wasabi asintió de inmediato y, antes de que él le avisara siquiera, tomó un extremo de aquel chicle gigante y color azul que había creado Honey y se dirigió al lado izquierdo del vehículo, aguardando.

Cuando se giró a ver la expresión de Tadashi, sus ojos chocolate lo atravesaron con toda la preocupación y miedo que sentía y no necesitó ver debajo de su máscara negra para saber que estaba frunciendo los labios, en medio de una lucha interna para la que, Hiro sabía, no tenían tiempo.

-Nunca te pediría esto si la situación no fuera sumamente delicada, lo sabes, y no me expongo de esta forma constantemente- aseguró, adivinando las preocupaciones principales de su hermano, mientras, a modo de consuelo, colocaba delicadamente su mano enguantada en su antebrazo, tratando de traspasarle una confianza y seguridad que, el revoltijo de su estómago era testigo, no sentía-. Sé que no quieres que me ponga en peligro, pero no podemos dejar que esos niños sufran por nuestros miedos, y, siendo sinceros, no podría vivir con la idea de cada uno de los hogares que sufrirán por el resto de sus vidas, como yo lo hice por ti, si no nos movemos ahora y evitamos que unos jóvenes inocentes se vayan a dormir al fondo del océano, ¿Entiendes?

No sabría decir qué fue exactamente en todo su discurso lo que hizo que los ojos de Tadashi brillaran por un segundo, embargados de sorpresa, antes de pasar a la tristeza y, al final, a una convicción y seguridad tan fuertes que podrían sostener por sí solas todo el puente.

Una sonrisa decidida se dibujó bajo la máscara de negra tela, antes de que sus ojos brillaran con un brío renovado.

-Dije que haría esto contigo- concluyó, como única respuesta, y Hiro nunca pensó que llegaría a sonreír con tantas ganas por esa frase.

-Entonces, hay que hacerlo- finalizó, echando a correr hacia su robot aún con el extremo opuesto del elástico en sus manos- ¡Vamos, Bay, hay trabajo que hacer!

El robot encendió sus propulsores incluso antes tal vez de que colocara con un salto sus botas y guantes en los puntos de contacto, y apenas tuvo que hacer unos ajustes de dirección antes de que se lanzara hacia abajo por un lado del emblemático puente.

Al igual que con Tadashi la vez que habían escapado de Yama, o con Baymax al sobrevolar San Fransokyo juntos la primera vez, Hiro miró a su derecha, encontrándose de inmediato con un par de ojos azules anegados en lágrimas y terror que, claramente, no eran suyos. Uno a otro, los ojos se sucedían a medida que se deslizaba por cada ventana, oscuros, claros. Inocentes, aterrados. Las manos, pequeñas y débiles, golpeaban con sus palmas abiertas el vidrio oscurecido del autobús y los gritos amortiguados de los niños, histéricos, llegaban a sus oídos a pesar del violento deslizar del viento a su alrededor.

Cuando vio el primer rostro, de risos rubios y mejillas regordetas cubiertas de sangre, Hiro cometió el error que se había prometido no volver a dejar pasar. Se puso en el lugar de la víctima.

El miedo de ella se volvió el suyo. Su corazón comenzó a sufrir la misma arritmia que la que invadía a aquella niña, su respiración se detuvo y sus ojos se abrieron de par en par, sintiendo como sus pupilas se dilataban. Se paralizó y, de no haber sido por el contacto de Bay y el elástico, tensándose cada vez más a medida que avanzaba, se hubiera imaginado dentro del autobús, con la colosal boca de lobo del agua oscura abierta debajo de sí y de sus amigos.

Si por él hubiera sido, se hubiera mantenido allí, estático, dejando que el terror de esa niña lo consumiera de igual manera que estaba haciendo con ella. Pero, por suerte, Baymax había desarrollado la suficiente autonomía como para trazar planes sólo siguiendo la lógica y, en cuestión de un segundo, que para él fue una eternidad, le sacó de allí, rodeando el frente del vehículo con el elástico y obligándole a alzar la mirada cuando las luces del puente volvieron a brillar sobre él.

Aún algo atontado y sintiendo su corazón latir aterrado, siguió el instinto básico de no volver a mirar el interior del vehículo.

Apenas saltó de nuevo a la superficie pavimentada del puente cuando Tadashi le arrebató el extremo del elástico, situándose con total tranquilidad del lado derecho del vehículo, dirigiéndole una mirada que sólo podía transmitir confianza y apoyo. Justo lo que Hiro necesitaba para volver a ser dueño de sí mismo. Tadashi era su pilar, era el soporte que siempre volvía a dar dirección y firmeza a su vida y, luego de un año sin ese apoyo, tenerlo nuevamente, en una situación como aquella, era algo que no tenía precio para él.

Asintió en su dirección, antes de girarse a su robot, que le miraba con aquella típica expresión que siempre parecía estar confusa.

-Bay, escúchame, necesito que sostengas el autobús desde el frente mientras sacamos a los chicos de adentro- informó, mientras señalaba al lugar con su dedo índice-. Es más peso del que puedes soportar, pero se reducirá si mantienes tus propulsores a máxima velocidad, y los chicos te ayudaran a sostenerlo ¿Comprendes?

Baymax dirigió su mirada hacia el vehículo, y asintió.

-Volar me hace un mejor ayudante médico- concluyó, como tantas veces antes había hecho, mientras se elevaba sobre el puente y volvía a sumergirse en el lateral de éste.

Inevitablemente, el comentario le sacó una sonrisa.

-Claro que sí- estuvo de acuerdo, antes de salir corriendo en dirección al equipo restante-. Bien, chicos, hay que poner manos a la obra.

Una vez estuvo junto a Fred, éste ni siquiera se lo pensó antes de tomarlo en brazos como si fuera una princesa y, sin mediar palabras, dar el primer salto.

El viento golpeó en su rostro por un instante antes de que el impacto del cuerpo de Fred sobre el vehículo fuera perceptible. Se mareó por un segundo, los saltos de su amigo eran mucho más bruscos que volar sobre Baymax, con estabilización mecánica y sistemas aerodinámicos que aseguraban despegues y aterrizajes suaves y seguros. Con Fred todo era demasiado... Fred, y, mientras se preguntaba en qué momento del escaso trayecto que les había tomado llegar hasta allí había perdido el estómago, no pudo evitar ponerse, por un segundo, en el lugar de Wasabi al sentir que los brazos de Fred seguían sosteniéndolo como si fuera una novia desmayada.

El solo pensamiento le hizo saltar al techo del autobús como si su amigo quemara. Y sólo cuando sintió como éste oscilaba levemente y el gruñido de sus amigos al esforzarse por sostener el vehículo llegó a sus oídos, supo que deberían actuar con mayor velocidad y precaución de la que hubiera esperado.

Gogo llegó hasta ellos en cuestión de un segundo, y, cuando al alzar la vista se encontró con Honey, creando alguna mezcla que la ayudara a bajar, se apresuró a detenerla.

-¡No!- gritó, luchando por hacerse oír por encima del sonido de las bocinas y el bullicio de los ciudadanos, ganando la atención de la latina en ese instante- ¡Necesito que asegures tanto el eje como el autobús al puente! ¡Esto requerirá de tanta firmeza como sea posible!

Honey asintió y, en vez de dirigir la esfera de brillante color rosa al techo del vehículo, o lo que ellos utilizaban como tal, que era la parte posterior, la envió directamente a un lateral de éste. En el instante, el vehículo detuvo su balanceo, pero no debió ser suficiente, ya que, luego de un breve chasquido y el sonido de algunos pedazos endurecidos precipitarse entre los metales y el concreto, la oscilación volvió a repetirse.

Cuando el autobús cedió unos escasos centímetros, antes de volver a elevarse, la urgencia previa volvió a embargar al joven héroe.

-Vamos- ordenó, moviéndose a un lado para liberar la puerta de emergencias del autobús y tomar su picaporte-. Acompáñame a buscar a los niños- ordenó, señalando a Gogo, que asintió con una expresión atenta. Luego, se giró a Fred-. Tú espera aquí y...

-Ya sé, trabajo de rescate- le cortó el rubio, pareciendo algo enfurruñado de volver a perderse la acción. Hiro no pudo evitar sonreír, divertido por las actitudes infantiles que Fred podía mantener incluso en situaciones como éstas.

-Además, tendrás que subir al puente antes de saltar, o la fuerza del impulso puede provocar que sea demasiado peso para que los chicos puedan soportarlo.

Ante el nuevo reto, el rubio se removió, emocionado.

-Eso está mejor.

Gogo rodó los ojos, aunque la diversión en su rostro era perceptible incluso detrás de su máscara de exasperación.

No volvió a hablar hasta que pudo abrir la puerta, dejando, de inmediato, que cuatro pares de aterradas miradas recayeran sobre ellos.

Extendió su mano a la primera, un niño asiático que tenía un leve corte sobre su ceja izquierda.

-Vamos, sube- le animó al ver su duda, aterrorizado de salir al exterior-. Pronto estarás a salvo.

Ante eso, el infante no dudó en tomar su mano y escalar por el respaldo de su asiento y la parte trasera del vehículo. Fred lo tomó en brazos de inmediato y se dirigió al puente hablándole sobre lo que parecía ser una serie de televisión.

Podría quejarse tanto como pudiera, pero él era el mejor para distraer a las personas en los peores momentos.

Cuando los primeros tres chicos salieron del autobús, y el cuarto puso el primer pie fuera, Hiro se volteó a la chica, que sostenía en brazos a una niña cuyos cabellos castaños se mecían violentamente por el viento del lugar, que amenazaba a cada instante con llevar la gélidez del naciente invierno hasta sus huesos a través de su traje.

-¿Crees poder sacar a algunos tú sola?- preguntó, recibiendo una mirada desorientada de la coreana-. Hay una niña sangrando mucho en los primeros asientos, quiero sacarla tan rápido como sea posible.

Ante la explicación, Gogo asintió sin pensárselo dos veces.

Hiro le agradeció brevemente antes de, haciendo gala de su recientemente adquirida agilidad de superhéroe, saltar dentro del autobús como si estuviera metiéndose en el sótano de su casa.

Encendió las linternas en los laterales de su casco para guiarse mejor y de inmediato los gritos y el llanto de los niños desesperados llegaron a sus oídos. Hiro tuvo que hacer un esfuerzo inhumano por ignorar las pequeñas voces que le pedían ayuda a medida que descendía, utilizando los respaldos de los asientos como escalera improvisada, tratando de no pisar a los niños que permanecían en ellos.

Cuando llegó a la cuarta fila de asientos, pudo ver a través de los cabellos azabaches de su pequeño compañero el rostro regordete y manchado en sangre que le había dejado completamente helado hace unos minutos.

La niña se cubrió levemente el rojizo rostro con las manos y Hiro tuvo la delicadeza de bajar la intensidad de su luz.

-Lo siento- se disculpó, y ambos niños le miraron por un segundo, siendo los únicos que no gritaban, completamente perplejos de tener frente a ellos a uno de sus mayores héroes. En ese momento de calma, Hiro aprovechó para localizar de forma superficial el lugar de donde provenía el torrente de sangre que oscurecía la piel de su mejilla derecha y ojo. Sintió una leve desesperación al notar que provenía de su cabeza, y no tenía forma de comprobar si se trataba de una cortada o algo peor.

Extendió su mano a la niña.

-¿Puedes moverte?- preguntó con suavidad, y ella asintió, completamente muda. Hiro le sonrió con delicadeza-. Bien, necesito que vengas conmigo, porque no me gusta nada ese corte que tienes.

Ella volvió a asentir y, obediente, se deslizó con cuidado junto a su compañero, que aguardó en silencio mientras tomaba a la niña, rubia y regordeta, en brazos. Con la promesa de regresar por el resto, ayudó a la niñita, de no más de diez años, a subir a su espalda para deshacer el camino que había recorrido hasta allí. Iba a la mitad, pudo sentir las manitos aferrarse con fuerza a sus hombros cuando el autobús volvió a ceder por unos segundos, antes de estabilizarse otra vez. Aún entre la preocupación de saber que estaban tardando demasiado, Hiro no pudo evitar cierta ternura al sentir a la criatura estremecerse en sus espaldas.

-No te asustes- trató de calmarla, mientras continuaba avanzando, sin permitir que el miedo se apoderara de él-. Estamos a salvo, mis amigos no nos dejaran caer.

Espero. Concluyó en su fuero interno, pero no había manera en que le dijera eso a la chiquilla.

Al menos tuvo el consuelo de sentir como asentía junto a su cuello y su agarre dejaba de ser doloroso sobe su carne cubierta.

Luego de unos segundos, los brazos de Gogo se extendían hacia él para ayudarle a salir, tomando a la niña con ellos.

Por algún motivo la reclamó nuevamente en brazos mientras veía a Fred desaparecer con un niño por encima del puente, y ella no pareció disconforme con la idea.

Sin pensarlo mucho, y aplicando los años de consuelos y mimos que Cass había implementado en él, la presionó contra su pecho y acarició, con cuanta delicadeza poseía, la magullada cabecita, tratando de descubrir entre los coágulos de sangre y el cabello enmarañado alguna herida visible, pero eso le era imposible. Se consoló al sentir como, a medida que sus caricias avanzaban, ella dejaba de temblar y se aferraba a él de forma más dulce.

-Eres una buena niña- murmuró, sonriente y no pudo evitar sentirse enternecido por sus mejillas rechonchas y sus ojos verdes cuando ella alzó la mirada, asombrada-. Una muy valiente.

La sonrisa que la chiquilla desplegó acabó por derretirle el corazón, con sus mejillas llenas de hoyuelos y un brillo inocente y lleno de cariño en sus ojos color esmeralda.

-Y tú lo eres más, Watcher- soltó la niña, dejándole sorprendido.

Entonces, para su suerte o desgracia, la sutil risa de Gogo llegó a él desde el interior del autobús, mientras ayudaba a un niño a subir.

-Y yo creía que el mío era malo- comentó, mirándolo con una maliciosa diversión en sus ojos. Hiro quiso ignorar con todas sus fuerzas la manera en que sus mejillas, anteriormente gélidas, ahora se sentían arder como si hubiera dos brazas debajo de su piel.

Por suerte, el leve balanceo que causó Fred al aterrizar con tanta suavidad como pudo en la pequeña superficie le recordó que había asuntos más importantes que requerían su atención.

-¿Hay ambulancias en el puente ya?- preguntó, a lo que el millonario asintió como pudo dentro de su traje- Muy bien, quiero que la lleves directamente a una, no me gusta como se ve ese corte- comentó, mientras le entregaba a la pequeña, que se aferró al otro héroe sin dejar de verle con una hermosa sonrisa que, inevitablemente, acabó por devolver-. Pórtate bien.

Ella asintió con ganas, soñadora.

-Suerte, Watcher- susurró, causando que, para su profundo horror, Fred se detuviera a mitad de un paso.

-¿¡Es en serio!?- explotó, claramente molesto. La niña le miró con curiosidad- ¡Vamos!, ¡Yo también quiero mi nombre de héroe!

-Sólo llévala, Tontín- gruñó la velocista, dejando al niño a su cuidado mientas volvía a bajar. De mala gana Fred obedeció la orden, llevando a la risueña muchacha de un salto a un lugar seguro.

Hiro suspiró, más aliviado mientras se inclinaba sobre la puerta abierta y ayudaba a una niña afroamericana a subir.

Faltaban unos pocos niños ya, junto a la docente que los acompañaba y el conductor, cuando Hiro notó que los estremecimientos del vehículo se repetían con una frecuencia cada vez más cercana uno de otro.

Cuando sacó a un niño que, al parecer, estaba a punto de desmayarse por su color enfermizo de piel, Fred llegó a reafirmar sus temores.

-Llevaré de dos en dos ahora- informó, con un tono de voz grave y preocupado que hubiera resultado normal en cualquier otra persona en una situación como esa, pero no viniendo de su amigo-. Los chicos están sufriendo allí arriba y H no logra adherir el autobús al puente. T dice que a Bay le queda poco tiempo para colapsar, así que hay que apurarse.

Hiro asintió, antes de volver a lanzarse al interior del vehículo, esquivando a Gogo y a su pequeño acompañante, para tomar al último niño.

La maestra, más cooperativa al subir por sí sola, le informó que el conductor no respondía a estímulos, y Hiro sintió su corazón dar un vuelco dentro de su pecho al temer lo peor. Más, cuando llegó al robusto hombre, ignorando la forma en que el autobús volvía a estremecerse, de forma más violenta, se relajó al ver que respiraba y tenía pulso.

El problema fue que, cuando trató de moverlo, realmente estuvo a punto de romperse un dedo contra el volante.

El autobús tembló como si hubiera un terremoto dentro de él.

-¡Apresúrate!- el grito lleno de preocupación e impaciencia de Gogo le obligó a alzar la mirada, hallando su cabeza asomada por la puerta abierta que, con el peso de ese hombre, se veía al doble de la distancia que antes.

-¡No puedo moverlo!- exclamó, volviendo a tratar. El esfuerzo fue claro en su voz cuando volvió a hablar- ¡Está inconsciente!

Desesperado, sabiendo que su tiempo estaba en números rojos, volvió a tomar con todas sus fuerzas el antebrazo del hombre, castaño y de mediana edad, y jaló de él como si su vida dependiera de ello... la de ambos.

Logró con gran esfuerzo el sacarlo del asiento del conductor, pero no había forma humana de que pudiera subir con él por los asientos del autobús, y tampoco dejarlo allí era una opción, menos sabiendo que probablemente el impacto del agua colapsara el cristal frente a ellos y su primera víctima fuera el sujeto.

Se inclinó levemente a la derecha, tratando de ver a Baymax a través de él, y sólo pudiendo encontrarse con sus propulsores bajando de potencia exponencialmente.

Cuando algo a su lado logró mover, con cierto esfuerzo también, al hombre, Hiro alzó la mirada sólo para encontrarse con los tres ojos del traje de Fred.

-Sube- ordenó, con una voz grave y centrada que, por unos momentos, le dejó completamente descolocado. Un gruñido molesto del chico le hizo despabilar-. Vamos, Hiro, no tenemos tiempo.

Entonces Hiro se hizo a un lado, pero no subió de inmediato.

-¿Qué piensas hacer?- preguntó, extrañado y no sabiendo si era buena idea dejar a Fred solo allí. El chico negó con la cabeza, o eso creyó. Con el traje era muy difícil saber qué hacía su amigo.

-Sólo confía en mí- pidió con seriedad, montando al hombre sobre sus hombros-. Tú sube con Gogo y, cuando les dé la señal, digan al resto que dejen caer el autobús.

Ante eso, Hiro no pudo evitar quedársele viendo con los ojos abiertos de par en par y como si, por fin, se hubiera terminado de volver completamente loco.

Pero, al volver a alzar la mirada, viendo más allá de Gogo y el mismo puente, luchó por encontrar el mismo ángulo oculto que había hallado Fred.

Cuando lo hizo, lo supo. Estaba loco.

-¿Qué?- exclamó, aterrado- ¡No puedes! El espacio de la puerta es muy reducido y el autobús no se mantendrá en posición vertical mientras cae, hay muchas fallas que no estás...

El temblor que agitó el vehículo le cortó, a la vez que un nuevo grito de Gogo le instaba a subir, o acabaría bajando por él.

-Hiro, en este momento cualquier cosa es mejor que nada- aseguró, mientras le empujaba hacía la salida. Inevitablemente, acabó por escalar un asiento-. Estaremos bien, tranquilo.

La calma con la que dijo la última frase fue el estímulo que su cuerpo y mente, aún dudosos, decidieron obedecer antes de subir todo el camino hasta su amiga con rapidez.

Ni siquiera tuvo tiempo a hablar de nuevo cuando Gogo, con una fuerza de la que no la creía capaz, le obligaba a montar sobre su espalda antes de deslizarse a toda velocidad sobre una rampa de brillante color rosa, regalo de Honey, que rompía con la oscuridad de aquella noche sin luna.

El vértigo volvió a atraparlo cuando la velocista se deslizó como un bólido por la lisa superficie y, al saber que los errores humanos eran perfectamente posibles al viajar sobre sus amigos, luchó por no llevar su mirada a las oscuras y frías aguas del Golden Gate.

Gozó de un breve momento de calma cuando sus pies volvieron a sostenerlo sobre una superficie firme, pero la sensación se esfumó por completo al ver como Wasabi y Tadashi se sostenían con todas sus fuerzas, con las piernas firmemente apoyadas en las paredes de concreto del puente, manteniéndose totalmente erguidos en posición horizontal a un metro del suelo cada uno, jalando del elástico como si se les fuera la vida en ello, con los ojos fuertemente cerrados y con las venas y tendones del cuello completamente visibles gracias a la tensión en Wasabi, y en los músculos de sus brazos en el caso de su hermano.

A pesar de todo, no pudo evitar notar un segundo elástico, de color rosa, que se perdía desde el borde del puente y, adivinaba, daba también en el autobús. Al seguir su dirección, Hiro no pudo evitar abrir la boca, prácticamente sintiendo su mentón al ras del suelo, al ver cómo uno tras otro cada hombre y mujer presente que había visto en el puente al llegar sostenían con igual fuerza de la misma sustancia elástica, gritándose frases de apoyo y brío mientras, al igual que sus compañeros, ayudaban a mantener en el aire el vehículo.

Súbitamente, una sonrisa cálida y llena de orgullo se instaló en su rostro.

Por cada momento como ese, por cada ocasión en la que, entre todo el mal y la suciedad de su ciudad, veía ese vestigio de hermandad y compañerismo entre los hombres y mujeres, ese instante perfecto en que las diferencias de creencias, religiones, razas o posiciones se desmoronaban y sólo quedaban las personas, el minuto en que todos dejaban de lado los mínimos detalles que los separaban, en favor de aquello más grande que los unía. Por ese momento era que nunca, sin importar cuan dura fuera la semana, él se arrepentía de su trabajo ni lo que era.

Pese a lo enfrascado que estaba en el inspirador suceso, Hiro no pudo evitar girarse, de forma completamente instintiva, al sentir un gemido lleno de dolor proveniente de su hermano llegar a él con demasiada solides como para ignorarlo.

Corrió en su dirección, junto a Honey y Gogo, pero sabiendo que cualquier ayuda o contacto podía hacerle perder firmeza, se limitó a tratar de ver su rostro, rojo por el esfuerzo y con sus ojos firmemente cerrados en una mueca de sufrimiento, mientas el sudor recorría sus facciones cubiertas como cascadas en miniatura.

Sólo por curiosidad, bajó su mirada hasta sus brazos, y casi cae al suelo del susto al ver la forma en que sus bíceps habían pasado de ser casi inexistentes por causa del coma, a haber desarrollado el doble del volumen de masa muscular.

No sólo eso, sino que no había forma de ignorar, tampoco, los tendones tensos que los recorrían y las arterías y venas que los surcaban como los brazos de un río, apunto de explotar casi por el esfuerzo, azuladas incluso algunas.

Preocupado como estaba por la situación de su hermano, Hiro dio un respingo cuando del comunicador en su casco comenzó a brotar la voz de Fred.

-¿Me oyen?

-Fuerte y claro- respondió, ignorando como Tadashi gruñía a su lado, con un tono tan adolorido y carente de aliento que parecía que le estuvieran chupando el alma.

-Bien, Hiro- le llamó, provocando que el chico se acercara al límite del puente-. Le daré la orden a Baymax de que se aleje. Necesito que, cuando te lo diga, digas a todos que suelten el elástico, ¿De acuerdo?

-Desde luego- afirmó, tenso, y se relamió los labios, sintiéndolos repentinamente resecos.

¿Dónde había ido el frío de aquella noche? Sentía como si se estuviera quemando vivo dentro del traje cuando oyó a Fred dar la orden a Baymax de alejarse.

Un gruñido colectivo se elevó en todo el puente cuando el robot, que sostenía la mayor parte del peso del vehículo, se alejó. Incluso oyó a Wasabi soltar una maldición que jamás hubiera esperado de él.

-Hiro- le llamó, causando que volviera a fijar su atención en el interior del vehículo, tratando de ver al muchacho en la oscuridad que el ahora infinitesimal agujero de la puerta dejaba ver. Sólo le bastó una mirada a Gogo para que ella se acercara a toda velocidad al grupo de civiles. Su grito, explicando que todos deberían soltarse cuando les dijera, fácilmente se habrá oído hasta El Embarcadero-. Espera la señal.

Asintió, atento a que su voz volviera a sonar por los micrófonos, apenas siendo consciente de que Baymax, algo más lento de lo normal, volaba hasta detenerse a su lado.

Los segundos se le hicieron eternos, hasta que Fred volvió a hablar.

-¡Ahora!

Se giró a toda velocidad, enfocando la mirada de la coreana una micra de segundo antes de gritar la misma señal de Fred y que fuera ella quien la repitiera, como un extraño eco en la lejanía.

Wasabi y Tadashi cayeron a cada lado de su persona con un sonido seco y una ronca queja cada uno, pero, tal cual él lo percibió, lo que deberían haber sido gemidos de dolor sonaron más bien a jadeos de alivio al, al fin, soltarse de semejante peso.

Aunque no les prestó tanta atención como se lo merecían, puesto que de inmediato se lanzó sobre la baranda de concreto, con la mirada fija en el hueco de la puerta mientras el autobús caía como en cámara lenta frente a sus ojos.

Por unos eternos segundos, sintió su corazón hacerse un nudo en su garganta al ver como Fred no emergía de la oscuridad del interior del vehículo.

Más respiro nuevamente cuando, un instante antes de que el autobús diera su primera vuelta de campana, la figura azulada y borrosa de su lunático amigo brotara de su interior con un salto majestuoso que acabó por impulsar con mayor velocidad al vehículo vacío al interior del estrecho, siendo cubierto completamente por las negras aguas en el mismo lapso de un segundo que le tomó a Fred llegar, sano y salvo, con el conductor sobre sus hombros como si fuera un cordero perdido.

El silencio se hizo mientras el joven dejaba, con un cuidado impropio de él, al hombre sobre el suelo, donde los paramédicos no tardaron en correr a socorrerlo.

Por suerte, sus amigos y el silencio nunca habían ido de la mano exactamente.

-¡ERES EL MEJOR!- exclamó Honey, con su musical y alegre voz llegando quizás más lejos que la de Gogo, antes de lanzarse como una mata borrosa de cabellos rubios y color rosa sobre el dragón, estrujando su cabeza, allí donde el cuello y hombros de Fred estaban ocultos, como si fuera una especie de bizarro y perturbador peluche favorito, en una escena que inevitablemente le hizo reír entre dientes por lo cómica que le resultó.

El clamor ensordecedor del resto de la comunidad presente no se hizo esperar al de Honey, llenando el ambiente a su alrededor con el burbujeante y ya conocido sonido de los vítores y cantos en su honor, como equipo o, en este caso, siendo Fred quien se llevara un poco más de crédito del usual. En un momento Hiro no alcanzó a distinguir nada exactamente, sólo júbilo y euforia a su alrededor, el broche final que siempre adoraba escuchar cuando sabía que habían evitado una tragedia.

Oyó un adolorido gemido a su lado, y bajó la mirada a tiempo de ver a Tadashi girar lenta y tortuosamente sobre uno de sus lados.

-Gracias, gracias- soltó, con la voz ronca y entrecortada por el esfuerzo, antes de voltearse boca abajo en lo que, Hiro suponía, era un lastimero intento de erguirse-. Sigan festejando, él y yo nos moriremos aquí mientras. ¿No?

Por respuesta lo único que Wasabi soltó fue un ronco y grave gemido, antes de dejar caer sus brazos con un pesado sonido, a medio camino de ir hasta su rostro en, entendía, un intento de apartarse el sudor.

Hiro no pudo evitar reír ante la lastimera escena, antes de colocarse en cuclillas entre ellos.

-Pero miren nada más cómo han acabado los grandes héroes de la ciudad ¿Así pretendes unirte al equipo?- comentó, burlón. Su sonrisa se ensanchó considerablemente al oír el gruñido de Wasabi y el Cállate de su hermano. Optó por dejarles tranquilos y, en vez de molestarles, alzó su mirada hacia el robot a su lado, que tenía toda la pinta de estar realizando un escaneo a ambos jóvenes- ¿Y tú cómo estás, Bay?

El robot dirigió su atención a él y, a juzgar por la pausa que realizó antes de contestar, le estaba escaneando o revisando sus sistemas.

-Mi batería está en niveles bajos, pero aún tengo suficiente energía como para llevar a todos a sus hogares y realizar un escaneo a cada uno del equipo. Fuera de eso, no poseo ninguna deficiencia- finalizó, y Hiro no pudo hacer más que felicitarse por haber elegido el titanio como nuevo esqueleto de Baymax.

-Está perfecto- felicitó, sonriente, antes de acercarse a ayudar a poner en pie a su hermano-. Llévanos a casa, por favor.

Por pedido de Fred, Baymax llevó primero a todos a su mansión donde, en caso de alguno estar lesionado de alguna manera, al menos tendrían camas cómodas cerca. El caso no fue tal, y pronto un auto de los de la gran colección de su padre llevó al resto del equipo a sus hogares.

Ellos, ya habituados y cómodos en Baymax, se dirigieron sobrevolando hasta las proximidades de su hogar y se cambiaron en un callejón oscuro y abandonado donde Hiro decidió dejar la armadura del robot hasta el día siguiente.

Cass los recibió con la misma pregunta que, religiosamente, cada día les hacía al llegar a casa con aquella expresión exhausta y a deshoras.

-¿Dónde se habían metido?, ¿Y qué les pasó?

Sabían que deberían hacer algo para tranquilizar a su tía, y, como cada día, achacaron la culpa a un accidente en el laboratorio y horas extras para limpiarlo. Aunque la respuesta, luego de haber sido usada cada día de la semana, ya no estaba generando el mismo nivel de convencimiento en la mujer, al menos servía para que no indagara más al respecto y se limitara a obligarlos a comer la cena recalentada y a limpiar los platos antes de que ellos mismos se lanzaran a las camas, dejándola ver su especial de películas de terror de cada noche.

Otro gruñido lastimero de Tadashi volvió a traerle al presente, resonando en toda la habitación.

Sintió lastima por él y el dolor que estaría sintiendo, pero, como todo buen hermano menor que se respetara, pronto ideó una manera de que su dolor fuera mucho más profundo.

Se puso en pie, ignorando el frío de mordía las plantas de sus pies desnudos sobre el suelo de madera, y echó a correr en su dirección sin pensárselo dos veces para, en un salto que nada tenía que envidiar a los de Fred, dejarse caer justo al lado de su agonizante hermano entre risas maliciosas.

Tadashi soltó un ahogado grito de dolor, antes de bajar la mirada para fulminarlo con ella, con la mejilla izquierda aplastada contra su blanca almohada. Hiro rio, divertido y sabiéndose encantador, y el mayor sólo suspiró, derrotado. No era necesario ser los genios que eran para saber que Hiro no había nacido para arrepentirse de sus travesuras.

-¿Ya quieres retirarte?- preguntó, con un tono de voz socarrón y una mirada de suficiencia al ver la forma en que el mayor jadeaba de dolor cuando volvió a dar un salto en la cama. Dio una mirada a la puerta, donde el cargador de Baymax permanecía encendido, pero su propietario no parecía estar dispuesto a salir para verificar los síntomas de su paciente- ¿Y Baymax?

-Ya me escaneó- informó Tadashi, sintiendo como hasta su garganta ardía si trataba de hablar, aunque claro, nada parecía llegar al nivel del dolor ensordecedor de sus brazos y piernas, que permanecían laxos a los lados de su cuerpo y sobre la cama. No se creía capaz de poder moverlos en mil años o más-, dice que debo colocarme un ungüento extraño para aliviar el dolor de mis músculos y dejarlos descansar- completó, y, como si pretendieran mostrar su estado de acuerdo con el robot, los músculos de sus brazos y piernas se contrajeron con fuerza por un instante, provocando que se quedara sin aliento por un segundo, antes de soltar un ronco gruñido de dolor y cerrar los ojos con firmeza. Aguardó un momento hasta que sus músculos se relajaron y sólo le embargó el resquemor del calambre. Cuando separó sus párpados nuevamente, no pudo evitar fruncir el ceño al encontrarse con la radiante y descarada expresión de Hiro. Con que felicidad le borraría esa sonrisita de superioridad de los labios-. Te encantaría que me echara atrás, ¿No?

Ensanchando su sonrisa hasta que todos sus blancos dientes fueron perceptibles, el menor se encogió de hombros.

-Negarlo sería hipócrita hasta para mí- aceptó, rotando sobre sí mismo hasta quedar boca arriba sobre la cama, observándolo desde un extraño ángulo invertido.

Tadashi sonrió, en un gesto de desafío que acabó por causar que los ojos de su hermano se estrecharan, pero se negó a perder su sonrisa burlona.

-No pienso hacerlo- sentenció, dejando que toda la convicción que sentía respecto a su decisión se trasluciera en su voz y en su mirada. Esta vez, la sonrisa de Hiro sí se esfumó de su tierno y rozagante rostro-. Faltan dos días solamente para que la semana de prueba acabe, no voy a rendirme ahora.

Hiro le miró sin poder evitar que la sorpresa ante la seguridad del mayor se trasluciera en sus ojos. Inevitablemente acabó por sonreír de lado, resignado. Tadashi lo había dejado claro, no se iba a dar por vencido estando tan cerca de aquello que se había propuesto, y conociéndolo como lo conocía, iba a lograrlo por mucho que le doliera a ambos.

"Típico de él". Pensó, sin poder evitar que cierto dejo de orgullo se deslizara por su rostro ante la terquedad de su hermano. La forma en que Tadashi luchaba y daba todo de sí para cumplir sus metas, sin importar cuan absurdas fueran o que tuviera todo en contra, era una de las innumerables razones por las que le tenía tanto respeto y aprecio... a su manera, claro está.

Sin embargo, ni bajo tortura dejaría que Tadashi lo notara.

-Pues… no sé si podamos aceptar en el equipo a alguien con tan mal estado físico- comentó, divertido, antes de voltearse sobre la cama con la suficiente fuerza como para que el movimiento del colchón sacara un gemido al mayor. Cuando éste volvió a fulminarle con la mirada, él sólo le sonrió, divertido y sosteniendo su mentón con ambas manos, tratando de fingir tanta inocencia como su angelical y embustero rostro le permitiera. Parpadeó varias veces, sólo para darle más credibilidad al efecto-... y menos considerando que ocupas demasiado lugar en Baymax.

Tadashi puso los ojos en blanco, antes de bufar por lo bajo, y Hiro se regodeó en saber que el comentario habría tocado alguna fibra sensible de su hermano. Es decir, si las fotos que llenaban la casa de la tierna infancia de su hermano eran correctas, no había sido exactamente el niño más delgado de la ciudad.

El mayor soltó una risa sarcástica y molesta, antes de darle un empujón con el brazo que, estuvo seguro, le dolió más a Tadashi que a él.

-Mejor cállate, enano- le pinchó, esbozando una sonrisa socarrona con sus carnosos labios que, por algún motivo, logró hacer que su vientre se estremeciera.

Sensación que fue rápidamente reemplazada por un profundo malestar. Frunció los labios en un mohín infantil al que ya estaba demasiado encariñado como para ignorarlo y que, inevitablemente, se le hizo la mar de tierno al mayor.

Sin duda, si el peso podía considerarse como el punto débil de Tadashi, la altura bien podría ser el talón de Aquiles de Hiro.

-¡Oye, no soy enano!- exclamó, sintiendo sus mejillas arder por el rubor que de seguro las cubría ahora y que desde luego era producto de la rabia y la pena, no por la mirada prepotente que Tadashi le estaba dedicando en ese momento- ¡Es sólo que crezco despacio! Además, ni siquiera estoy tan pequeño, ya sólo me faltan treinta centímetros para alcanzarte.

Tadashi se echó a reír entre dientes, mirándolo divertido y con un dejo de orgullo en sus ojos por haber logrado sacar de sus cabales al menor, que siempre le resultaba de lo más enternecedor en ese momento. Sólo por piedad, decidió no comentar el hecho de que sabía con exactitud cuántos centímetros de diferencia tenían como para que le resultara indiferente.

-Sólo porque tu cabeza es gigante, enano- zanjó, aun riendo, antes de inclinarse a depositar un breve beso sobre los alocados cabellos, a pesar de la resistencia del menor a ser tocado y el dolor que, con el paso de los minutos, comenzaba a disminuir en su cuerpo.

-Púdrete- fue la enternecedora respuesta que soltó Hiro, aún con el rostro rojo en rabia, pero apaciguando sus ánimos ante el dulce contacto de los labios del mayor sobre su cabello.

El silencio reinó por un instante en la habitación, acompañado sólo por el tic tac del segundero del reloj y algún que otro auto en la lejanía. Tadashi se colocó de lado en la cama, quedando de frente mientras cerraba los ojos, y Hiro hizo una mueca en la oscuridad, notando como la luz de la lámpara en su cama, gracias a un sistema de sensores que le había instalado, comenzaba a disminuir su intensidad al no registrar ningún cuerpo cerca de ella.

Cuando la habitación volvió a estar completamente a oscuras fue que se atrevió a removerse hasta quedar casi pegado al cuerpo de su hermano, sintiendo su apaciguada respiración y notando que al menos ya no gruñía cada vez que se movía.

Dudó por un momento en si era correcto interrumpir su descanso cuando claramente estaba a pocos segundos de caer dormido, pero al final se convenció que, de no decir lo que pensaba ahora, mañana ya no tendría el valor de hacerlo.

-Tadashi- le llamó, en un tono de voz apenas perceptible, pero que sonaba como un grito en la penumbra de la habitación. Si ya se hallara dormido no pensaba despertarlo, pero como al cabo de unos segundos le oyó gruñir para indicarle que tenía su atención Hiro continuó, su voz apenas más alta-. Lo de hoy fue muy valiente de tu parte, no esperé que fueras tan fuerte- soltó, sintiendo sus mejillas volver a acalorarse.

La curva de los labios de su hermano fue perceptible aún en la oscuridad, perezosa y adormilada. Ante su presencia, sintió su corazón acelerarse de manera extraña, como si un colibrí revoloteara dentro de su caja torácica, y su estómago dio un vuelco en su interior.

-Gracias- dijo, en un balbuceo apenas inteligible, antes de abrir sus fauces como si estuviera a punto de tragárselo, en un bostezo digno de un cocodrilo que le sacó una risa al menor. Al menos hasta que, sin mediar palabras de ningún tipo, el brazo derecho de su hermano se alzó sobre él y se enroscó como una serpiente a su alrededor. Emitió una exclamación de sorpresa cuando Tadashi le estrechó contra si en un abrazo férreo que no recordaba haber sentido desde que tenía diez años, cuando aún dormían juntos de vez en cuando-. Tú también fuiste muy valiente.

Ante el halago, Hiro sintió sus mejillas explotar en rubor, a la vez que su estómago volvía a dar una voltereta en su vientre.

Cuando Tadashi le pegó a él hasta que sólo se hallaron separados por la tela de sus pijamas, enredándose entre sus piernas como una serpiente gigante y llena de amor, fue cuando Hiro sintió su corazón a punto de aplastar alguno de sus pulmones... o al menos, es la explicación más plausible que se le ocurrió en ese momento para la forma en que se quedó sin aire por un segundo.

Inquieto por las respuestas de su cuerpo ante la situación y la cercanía de su hermano, Hiro hizo lo que todo joven de su edad hacía cuando las situaciones afectivas se volvían insoportables: tratar de huir por todos los medios posibles.

-O-Oye, no soy un peluche- gruñó, tratando de desenredar el fuerte brazo de su hermano de su cintura, sintiéndose peculiarmente extraño de sólo imaginar cómo se verían desde otro ángulo, él firmemente sujeto y apresado al ancho pecho del mayor, y éste aplastándolo con todo su cuerpo sobre el colchón. Un estremecimiento le recorrió de pies a cabeza de sólo pensarlo, y se esforzó en concentrarse sólo en alejarse un poco de su hermano, siendo su éxito nulo, cabe aclarar-. Vamos, Tadashi, no puedo respirar.

Sin embargo, un suave ronquido sobre él le obligó a detenerse y escuchar la profunda respiración del mayor, con los ojos abiertos de par en par.

-¿Ta- Tadashi?- volvió a tratar, temiendo lo peor. Lo único que recibió como respuesta fue oír como el mayor volvía a roncar.

Dormido, genial.

Hiro acabó por echar la cabeza hacia atrás con un bufido exasperado, recostándola en alguna de las almohadas a las que, sabía, Tadashi se abrazaba por las noches y cuya función estaba supliendo magníficamente. Tan sólo esperaba que no fuera de ese tipo de personas que podían permanecer en una misma posición toda la noche, o su único medio de escape estaría perdido.

A pesar de su entrenamiento, que ahora le permitía decir con orgullo que ya no era ningún niño endeble, Tadashi seguía pesando más de lo que él podría soportar con sus brazos como para obtener su preciada libertad sólo a base de su pulso, y dudaba que Baymax considerara correcto mover a Tadashi tomando en cuenta su diagnóstico de dejarle descansar y que, más allá de una leve molestia, su anatomía no estaba realmente en riesgo.

Suspirando pesadamente, prestó atención a la temperatura que los rodeaba. Hacía frío, tanto como para que el contacto con otro cuerpo no fuera suficiente protección ante él, así que ingeniándoselas para movilizarse a pesar de estar atrapado por el mastodonte de su hermano, alcanzó a curvarse lo suficiente como para tomar las mantas que Tadashi había retirado antes de dejarse caer como un peso muerto en la cama y los cubrió a ambos con ellas de un solo impulso que las envió al otro extremo de la cama.

Sonrió mientras trataba de cubrir por completo los hombros de Tadashi con el edredón azul, buscando en lo posible que no pasase frío, y no pudiendo evitar reír entre dientes al sentir como le estrechaba con mayor fuerza contra él y balbuceaba alguna queja, frunciendo el ceño entre sueños.

Nuevamente dejó caer su cabeza sobre la almohada cuando estuvo satisfecho con su trabajo, notando como, al parecer, la cama de Tadashi no había recibido el mismo trato que la suya. O más probablemente, la suya necesitara una limpieza con mayor urgencia que la de su hermano.

Lo supo en cuanto, al inhalar profundamente para tratar de descansar, no fue el aroma a suavizante ni productos de limpieza lo que le recibió, sino el ya conocido y familiar aroma del perfume de su hermano, que le llegó como una deliciosa caricia.

Inhaló hondo de nueva cuenta, embebiéndose en el aroma juvenil y masculino, tan delicioso que le obligó cerrar los ojos con deleite.

Tadashi y él no eran exactamente iguales a pesar de tener muchos gustos en común. Había pequeños detalles que marcaban claras diferencias entre ambos, como el estilo de su ropa, su peinado, sus intereses respecto a mantener el orden en la habitación y, desde luego, el aroma de sus cuerpos. Tadashi usaba perfumes suaves, pero claramente masculinos, aromas que gritaban virilidad con elegancia y que, algunas veces, le obligaban a cerrar los ojos y disfrutar de la esencia que dejaba su persona cada vez que tomaba la delantera para ir a la universidad.

Él era más delicado. A pesar de disfrutar de los aromas de los perfumes masculinos, no los soportaba con tanta facilidad cuando estaban sobre él. Los consideraba demasiado picantes. De hecho, cuando Tadashi le había roseado con el suyo alguna vez, había tosido hasta que logró convencerlo de que estaba sufriendo un cuadro alérgico.

Entonces sus perfumes irremediablemente eran más delicados, algunas veces incluso con toques frutales y florales combinados con un leve toque a menta que era lo único que los diferenciaba con una fragancia femenina.

Se ruborizó ante esa última reflexión, antes de ir por caminos menos escabrosos y volver a inhalar, disfrutando de los matices ácidos y dulces del perfume que se habían adherido a la tela de las almohadas y el edredón. Aunque no era sólo el perfume de Tadashi el que le tenía al borde de un ataque de hormonas, sino que, además, había cierto aroma más bien amargo o salado que indudablemente se trataba del aroma natural del cuerpo del mayor y que pronto le obligó a suspirar con ganas, embelesado, mientras toda su piel se erizaba debajo de su ropa en respuesta a la combinación de esencias que le rodeaban.

Sonriendo con suavidad, se acurrucó más cerca del cuerpo fornido y cálido de su hermano, percibiendo en el acto el aroma diferente, más suave, del jabón de menta que impregnaba toda su piel, latente aún debajo de la playera negra.

Enterró su rostro en el pecho del mayor, sintiéndole estrechar aún más su abrazo y gruñir alguna cosa que no llegó a entender del todo, mientras él se dedicaba a explorar por primera vez en largo tiempo a su hermano. Su cuerpo se sentía duro y cálido contra el suyo, pero suave a la vez de una manera que no lograba explicarse, obligándolo a corresponder el abrazo al aferrarse a su playera con una de sus manos, sintiendo la tela resbalarse sobre la suave piel y duro músculo a medida que la arrastraba con él, y su vientre aumentar y disminuir su volumen cada vez que respiraba, haciendo cosquillas contra el suyo.

Hiro no lo había notado antes, y estaba seguro de que debería haberlo hecho, pero Tadashi no tenía exactamente la fisionomía de un nerd enclenque como cabría esperar. Su pecho era ancho y bien formado, algo que era notable a pesar de los horribles abrigos de hilo que se empeñaba en utilizar, y su cintura estaba bien definida, con una leve curva que podría ser la envidia de muchos que se pasaran el día en el gimnasio.

Tampoco sus brazos eran tan escuálidos a pesar de la disminución de masa muscular que habrían sufrido gracias al coma, sino que tenían la fuerza suficiente para inmovilizarlo contra la cama sin importar el esfuerzo que él realizara para liberarse.

Sus ojos, brillantes y curiosos en medio de la oscuridad, se alzaron hasta dar con el masculino rostro de su hermano, apenas a unos centímetros del suyo, iluminado angelicalmente por el resplandor azulado de las farolas de la calle que se filtraba a través de la persiana americana. Hiro se perdió por un segundo en él, notando con una sonrisita enternecida la forma en que, en mucho tiempo, no había visto así de relajado a Tadashi.

Sus ojos estaban completamente distendidos, sin la más mínima arruga en su ceño, y tenía parpadeos nerviosos de vez en cuando. Sus cejas estaban suavemente arqueadas hacia arriba, señal de que, por el momento, no estaba teniendo ningún sueño que perturbara su descanso.

Sus ojos se deslizaron hasta sus mejillas, de pómulos altos y masculinos, y viajaron hasta el marcado hueso de su mentón, que formaba una barbilla fuerte y angulosa que, estaba seguro, más de una chica en el ITSF se moría por besar o morder.

El pensamiento inevitablemente le llevó a recorrer con la mirada aquellos rellenos y levemente rojizos labios que habían perdido su curva de sonrisa para permanecer entreabiertos, tan cerca de su rostro que podía sentir el suave y cálido aliento a dentífrico recorrer sus mejillas y labios, que habían decidido imitar a los de su hermano y permanecían separados por un fino espacio.

Un nuevo cosquilleo le recorrió de pies a cabeza cuando notó que Tadashi le acercaba más aún a él al estrechar su abrazo, y no pudo evitar relamerse los labios, nervioso.

"Con ese rostro, no tendría problemas en que me tenga atrapado toda la noche".

Hiro abrió los ojos de par en par al ser consciente del pensamiento que acababa de soltar de la nada su cabeza, y no pudiendo negarse la naturaleza del mismo, se sintió repentinamente mareado, enfermo.

Estaba seguro de que nada ya quedaba del rubor en sus mejillas, sino que se encontraban de un blanco impoluto en ese momento.

"¿Pero en qué rayos piensas, Hamada?". Gruñó en su fuero interno, escondiendo su rostro nuevamente en el pecho de su hermano, asustado. Un hermano nunca debía pensar en esa forma de otro.

Permaneció en silencio por unos momentos, sintiendo su corazón temblar dentro de su pecho, está vez por la incertidumbre que sus propios pensamientos le habían causado.

Trató de llevar su mente a lugares más calmos y, por algún motivo que no se pudo explicar más que como un recurso desesperado de su cerebro por darle una respuesta sobre lo que acababa de pasar, terminó recordando la ocasión en que Baymax había culpado de sus malestares emocionales a su cercanía con la pubertad.

Aunque tal vez no fuera simplemente cosa de la pubertad y las hormonas. Bien sabía que sentía una especie de idolatría por su hermano, aún más incluso desde que había regresado a su vida para quedarse, y temía del momento en que cualquier cosa pudiera dañarlo de una manera que incluso a él le parecía malsana y obsesiva. Tal vez aquello causara que estuviera más territorial con él de lo que era normal, como con Gogo, o que tuviera ideas extrañas de la nada por causa de la pubertad y aquella extraña situación en la que se hallaba ahora al tener a Tadashi en el equipo.

Además, también estaba la posibilidad de que estuviera atravesando alguna de aquellas extrañas etapas que había estudiado en la secundaria y que había relegado al lugar más oscuro de su memoria, entre sus clases de Filosofía y Psicología, algo como un complejo de Edipo desviado u otra patraña que jamás le pareció importante pero no por ello inexistente.

No, no se le hacía descabellado, sino que perfectamente plausible.

Hiro suspiró, sintiéndose satisfecho y aliviado al respecto de su conclusión. Porque no había manera, bajo ningún punto de vista, que estuviera viendo a Tadashi físicamente atractivo a un nivel romántico ¿No es así?

"Es sólo una obsesión momentánea" Zanjó, repentinamente inquieto ante ese último pensamiento.

Hizo lo posible por no pensar en nada en lo que aguardaba a que su hermano lo liberara, aunque con lo exhausto que estaba mental y físicamente después de semejante día no podría decirse que le sorprendiera el quedarse dormido entre aquel par de fuertes brazos, contra el cálido cuerpo de Tadashi.


Lo primero que sintió al despertar fue el tenue aroma a vainilla flotando a su alrededor, dulce, suave, que inevitablemente le sacó una sonrisa apenas comenzada la mañana y le invitó, junto a la calidez de su cama, a volver a caer en los brazos de Morfeo por unas horas más.

Lo siguiente de lo que fue consciente fue de la tenue luz del sol, suave pero poderosa, que daba justo de lleno sobre sus párpados cerrados -a pesar de los miles de millones de kilómetros que los separaban del planeta-, con la precisión de un neurocirujano incluso mejor que el que le había dado clases durante la preparatoria de medicina, arrastrándolo con una fuerza abismal a la odiosa realidad de un viernes por la mañana.

Lo tercero que notó, y que indudablemente fue lo que le hizo abrir los ojos de par en par y despabilarse por completo, fue la calidez y firmeza de otro cuerpo al removerse a su lado, presionándose junto a él con fuerza, mientras trataba de acaparar toda la manta.

Tadashi bajó la mirada, desconcertado por un momento al ver aquella mata de cabellos azabache pegada a su barbilla, causando con su roce que un cosquilleo un tanto molesto recorriera su piel.

Se alejó lo suficiente, teniendo cuidado de no despertar a su acompañante, y sonrió de lado al ver la forma en que Hiro gruñía ante su lejanía y se enroscaba como una oruga con el edredón azul, descubriendo parte de su espalda al frío de la mañana. Con un quejumbroso estremecimiento reclamó su parte de mantacon un jalón, causando que Hiro volviera a pegarse a él, envolviendo su pecho con su brazo izquierdo en un acto que le hizo reír, enternecido.

Sería el peor de los embusteros si alguna vez dijera que no adoraba a su hermanito.

Su sonrisa se ensanchó notablemente al oírle balbucear alguna cosa ininteligible estando aún dormido, y no pudo evitar volver a recostar su cabeza en la almohada y tomarse unos segundos para disfrutar de la compañía de su hermano a la suave luz del alba, velando su sueño.

Le tomó un segundo notar, para su sorpresa, que el aroma a vainilla que le había dado un despertar tan agradable no provenía de otro lugar más que de la cabellera de su hermano, a escasos centímetros de su rostro, y simplemente no pudo evitar enterrar su cara en los suaves e indómitos cabellos para disfrutar más de la esencia. Volvió a reír cuando Hiro se quejó de nueva cuenta.

Se alejó, sonriente, antes de clavar su mirada en el rostro sereno y adormilado de su hermano. Tadashi frunció el ceño, notando con algo de extrañeza la manera en que las mejillas de Hiro parecían levemente ruborizadas, y hubiera deseado saber qué estaría soñando para estar así.

Inevitablemente, el detalle acabó por llevarle directamente a contemplar, tal vez por primera vez en años, el rostro de su hermano. Su rostro, eternamente aniñado, había perdido apenas la forma completamente redondeada de un niño para adquirir leves curvas que, incluso para alguien que le viera cada día, resultaban notables. Su nariz parecía haberse afinado levemente, de una forma delicada y elegante, mientras sus mejillas rozagantes parecían más estilizadas, menos rechonchas que la última vez que le había visto antes del incendio.

Con una mueca, acabó por reconocer que a pesar de no haber sentido el paso del tiempo, éste sí que había dejado sus marcas en su hermanito.

En un año había crecido varios centímetros, tanto que sus ojos ya llegaban a la altura de su cuello y le desconcertaban cada vez que, al verlo, notaba la diferencia. Sus labios, entreabiertos y con un fino hilo de saliva cayendo por ellos, parecían más rellenos y carnosos ahora, incluso de un suave color rosa que antes no estaba allí y que contrastaba de forma muy atractiva con su piel, de un tono canela más claro.

Su cabello, a pesar de ser la locura que siempre había desafiado la gravedad y a los mejores peines de su madre y tía, parecía más sedoso ahora, y podía apostar a que era más suave también.

Lo único que no había cambiado en lo más mínimo desde la última vez que le había visto, eran sus ojos. Esos orbes gigantes y dorados cuando la luz les daba de lleno, bordeados por un bosque de espesas pestañas negras que sólo daban un mayor impacto a su mirada, llenos de curiosidad y que, cuando creían que no los veían, brillaban llenos de asombro por cada detalle.

Incluso la noche anterior, cuando le había visto sorprendido al dar su veredicto de no darse por vencido, había estado a punto de derretirse ante esos dulces y asombrados ojos cuando le miraron. Y sintió perfectamente como su pecho se henchía de euforia al ver como el orgullo se apoderaba de su mirada, antes de tratar de esconderlo detrás de sus palabras hostiles.

Podría tratar de ocultarlo tanto como quisiera, pero sus ojos eran como un libro abierto para él, y sabía reconocer la gran estima y respeto que Hiro sentía por él a pesar de ser un nerd.

Luego de unos segundos analizándolo, decidió que debía cambiar sus palabras.

Los ojos de Hiro tal vez no hubieran cambiado, pero su mirada era una historia completamente diferente.

Si bien era cierto que el perenne brillo curioso y asombrado de sus ojos asomaba con mayor frecuencia a la luz, también lo era que, principalmente en las misiones, la mirada de Hiro había adquirido un matiz de madurez, de responsabilidad, que jamás hubiera esperado encontrar en el chico que escapaba cada noche a las peleas de robots y no había visto en Baymax más que un robot aburrido de fines inútiles. Cuando se lanzaba a ayudar a la gente, no había el más mínimo miedo en su mirada, ni parecía pensárselo dos veces antes de actuar, improvisando en el acto -algo que auguraba muchos pre-infartos para él en misiones venideras-. De alguna forma, y aunque le entristeciera y enorgulleciera a partes iguales, Hiro había logrado madurar en meses lo que a la mayoría le tomaría años.

"Al menos, en lo que al altruismo se refiere". Pensó, divertido al recordar las medio millón de veces que se había encargado de hacerle notar que ocupaba demasiado espacio en Bay.

Ante el recuerdo una idea, que llevaba rondando sus pensamientos desde el inicio de la semana, le obligó a espabilar de repente, haciendo que apartara el sueño con rapidez, al tiempo que hacía lo mismo con las sábanas y edredones que lo cubrían con mayor suavidad, tratando de no despertar al polizonte en su cama al levantarse.

Hiro se removió levemente, causando que se quedara inmóvil, con un pie en el aire y el otro sufriendo el frío doloroso del suelo de madera en su planta desnuda, mientras ignoraba el dolor que aún invadía, como un leve escozor, sus músculos. Apenas estaba haciendo ruido al respirar.

Cuando un leve y apenas perceptible ronquido escapó de los labios del adolescente, suspiró en silencio, antes de dejar caer con delicadeza las mantas sobre su hermano y darse la vuelta lentamente. Le bastó con dar un paso para sentir que los dolores en sus músculos de leves, al parecer, no tendrían nada.

Ignoró el calambre tan estoicamente como pudo antes de emprender su retirada en silencio, cual fantasma, hasta el sótano. Vio de reojo al reloj samurái al pasar, notando que indicaba ser las siete de la mañana apenas.

Tenía algunas horas antes de tener compañía en la casa.


Hiro bostezó ampliamente mientras descendía el último escalón de las escaleras, frotándose un ojo y manteniendo el otro entreabierto con gran esfuerzo. El que no se hubiera caído mientras bajaba se debía simplemente al milagro de la memoria del cuerpo humano.

A eso, y que no había forma de que decidiera protagonizar un accidente mientras el delicioso aroma del café y de las tostadas de tía Cass llenaban la casa y guiaban su olfato como si fuera un sabueso.

-Veo que alguien volvió a olvidarse de lavarse la cara antes de bajar- comentó la mujer, divertida, al ver como el chico técnicamente se desplomaba en la silla y dejaba caer su cabeza en la mesa vacía.

Hiro volvió a bostezar, más muerto que vivo.

-Sólo échame el jugo de naranja en la cabeza si te molesta- balbuceó, haciendo una fuerza sobrehumana por enderezar su cabeza, apoyando el mentón sobre la blanca superficie, viendo como la mujer sacaba unas últimas tostadas del sartén casi inconsciente. Despertarse temprano no era para Hiro, al menos no en invierno.

La mujer soltó una risa sarcástica que le hizo sonreír por ósmosis, antes de colocar la bandeja con tostadas y tres tasas de humeante café con decoraciones de gatitos.

Frunció el ceño mientras tomaba una.

-Tía, amo tu café, pero odio tus tazas- comentó, antes de dar el primer sorbo, deleitándose en la forma en que el cálido líquido calentó de inmediato el resto de su cuerpo. Suspiró, sintiéndose despabilado en el acto, y abrió los ojos, dispuesto a agradecer por el café. Fue sólo cuando vio la mirada severa de Cass sobre él que notó que no todos los miembros de la casa estaban presentes-. Lo siento, creí que ya había bajado.

La expresión se Cass se suavizó cuando dejó la taza sobre la mesa, y le regaló una sonrisa enternecida antes de dar una maternal caricia sobre su mejilla.

-Y yo que ambos estaban durmiendo- aseguró, depositando un breve beso sobre su coronilla, antes de sentarse en la mesa y tomar una taza-. No lo he visto, ¿Sabes dónde esté?

Justo antes de que pudiera negar, y como si su presencia hubiera sido invocada por la conversación, la figura de un alegre y completamente despierto Tadashi emergió por la puerta que daba al sótano, sonriente y aún vestido con su pijama.

En cuanto se topó con su sonrisa radiante y perfecta de modelo de comercial para pasta dental, Hiro no pudo más que ruborizarse al recordar sus pensamientos de la noche anterior, antes de apartar la mirada y hundirla en el oscuro líquido de la taza frente a él, tratando de ignorar el sospechoso temblor que se apoderó de su vientre.

-Lo siento, me distraje haciendo unos arreglos en un proyecto del instituto- comentó, rascándose la nuca en un gesto que Hiro reconoció de inmediato al verle de reojo como una señal de pena y disculpa al mismo tiempo. Aunque le llamó más la atención su excusa, puesto que no recordaba haberle oído hablar sobre algún proyecto recientemente.

Desde luego, Cass supo reconocer con la misma facilidad el gesto e, ignorante al detalle del proyecto, asintió, sonriendo cordialmente.

-Está bien, cariño. Siéntate- ofreció, a lo que Tadashi obedeció de inmediato- ¿Muchos planes de destrozar el laboratorio esta tarde?

Ambos intercambiaron una mirada cómplice que no pasó desapercibida a la mayor, antes de voltearse a ella con una sonrisa que oscilaba entre la resignación y la pena.

-Esperemos que no- murmuró Tadashi, antes de dar el primer sorbo al café.

Aunque la expectativa no era demasiada para ninguno de los dos.

-Por cierto ¿Vieron las noticias?- comentó, dándole una mordida a una de las tostadas untada en mermelada- ¡Hay un nuevo miembro en los Grandes Seis!

Ambos tragaron saliva ante las palabras dichas con la boca llena de su tía.


Aunque la amenaza de una llamada de emergencia ya era una constante en su día a día, Hiro luchó por tratar de ignorarla, sin perder detalle de los llamados a la estación, tratando de llevar tan bien como fuera posible sus clases de cada día.

Pero, como si su joven mente no tuviera ya demasiadas presiones con la universidad y su vida como héroe, no podía evitar complicarse todavía más y sumar sus extraños pensamientos sobre su hermano mayor a la lista de cosas anormales de su corta vida.

Aún no entendía exactamente que le había llevado a desarrollar un pensamiento de índole tan extraña sobre Tadashi como el que había soltado la noche anterior, pero estaba seguro de que no se volvería a repetir, desde luego, porque suponiendo que la teoría la obsesión era correcta, o si se tratara de algún extraño trastorno como un complejo de Edipo desviado, teniendo conocimiento de cuál era su problema sería más sencillo solucionarlo ¿No?

De cualquier manera, decidió que no sería mala idea ignorar eso también cuando, por tercera vez, jaló con demasiada fuerza un cable en Ingeniería, cortándolo.

Logró concentrarse lo suficiente como para enmendar el error y continuar con otra sección del circuito que estaba desarrollando, pero el simple contacto con las herramientas fue suficiente para que su mente divagara sobre lo que podría haber estado haciendo su hermano a horas tan tempranas del día en el sótano, porque desde luego un proyecto no era.

Maldijo por lo bajo cuando volvió a fallar, intercambiando por accidente dos cables de lugar.

-Vaya, vaya- una voz a su lado, grave, joven e insoportablemente prepotente le obligó a maldecir, esta vez en su fuero interno, su suerte- ¿Qué tenemos aquí?, ¿El gran genio del ITSF no puede contra un pobre circuito?- alzó la mirada desde su mesa de trabajo hasta los brillantes y molestos ojos azules de su profesor de Ingeniería, que le miraba como si estuviera disfrutando de su frustración... y lo hacía-¿ Acaso está decayendo su ingenio, señorito Hamada?

Hiro contó hasta diez mentalmente e inhaló hondo, antes de suspirar suavemente y dedicarle la más descarada y amigable de todas las sonrisas falsas que tenía.

-Para nada, señor Rakitic- respondió, sintiendo cada una de sus palabras, dichas con un tono amable y respetuoso, como si se estuviera ahogando en su propio vomito-. Es sólo que no he descansado bien últimamente.

El mayor sonrió, mientras llevaba una de sus manos hasta sus perfectamente peinados cabellos rubios para echarlos hacia atrás en un gesto que, había aprendido, significaba indiferencia total a la vida de sus alumnos en general.

-Bien, ese no es problema mío. Pero puede ser uno muy grande si suspende mi clase por hacer tonterías toda la noche- se burló con aquel molesto acento ruso, viéndole desde arriba como si fuera una cucaracha, con una sonrisa ladina que se moría de ganas de borrarle de la cara con el soldador que tenía a un lado- ¿Comprende?

Hiro tragó saliva, luchando por no poner los ojos en blanco ante su tono de imbécil condescendiente.

-Desde luego, profesor.

El hombre, que apenas habría pasado los treinta ya, no le dedicó otra mirada antes de girarse y alejarse a hacer miserable la vida de otra víctima. Y Hiro maldijo en secreto el momento en que el profesor Braginsky, el antiguo profesor de Ingeniería del instituto, había decidido que necesitaba unas vacaciones por algo tan nimio como un infarto.

Decidió que quedarse viendo al maldito imbécil con una mirada asesina no haría que sus fantasías de ver a Baymax lanzar un puño cohete en su dirección se hicieran realidad, así que volvió a bajar la mirada hasta su mesa de trabajo.

La universidad. La vida de héroe. Las sospechas constantes de Cass. La presión por la presencia de Tadashi en el equipo. Su estúpida manía de pensar cosas incorrectas cuando todo va de maravilla. El imbécil de Rakitic y su proyecto final pisándole los talones.

Se quedó mirando a los cables cruzados fijamente, pensando en qué manera podría existir de cambiar su lugar con ellos.


Las horas pasaron con inesperada calma y como un acto sin precedentes la jornada escolar llegó a su fin sin reportes de ninguna emergencia por parte de la estación de policía.

Una hora después del final de clases, los seis miembros humanos del equipo de superhéroes de la ciudad seguían sentados en el patio del campus, ignorando el frío que luchaba por calarles hasta los huesos a pesar de los abrigos, como medida provisional a cualquier emergencia que los requiriera.

Cuando otra media hora pasó y los temas de conversación habituales -desvaríos- dieron lugar a aquellos que sólo salían durante la medianoche de una jornada de películas en casa de Fred -abducción extraterrestre y la creencia de una vida más allá de la muerte-, todos acabaron por intercambiar miradas asombradas con sus compañeros, guardando silencio mientras un policía reportaba un robo de cartera frustrado en el parque central.

-No lo puedo creer- Fred fue el primero en romper el silencio, con su voz reflejando todo el desconcierto que le atravesaba en ese momento de completa calma- ¿Realmente no habrá misiones hoy?

-Así parece, Fredy- le respondió una sonriente Honey, en un tono alegre y casi eufórico ante la novedad-. Siento como si estuviera soñando.

-Alguien pellízqueme- pidió Hiro, sonriendo de oreja a oreja, antes de dejarse caer, laxo y relajado, sobre el frío concreto del puente sobre el que todos estaban sentados. Al menos, hasta que un ardiente escozor en su brazo derecho le hizo erguirse de un salto, soltando un grito adolorido que se escuchó con demasiada claridad en el silencio de la noche- ¡Es una forma de decir, Gogo!

La sonrisa divertida de la coreana no se hizo esperar, al igual que su mirada asesina. Aunque su expresión se relajó cuando las risas a su alrededor acabaron por contagiarle.

-Lo siento, creo que estar tanto tiempo junto a Baymax me está contagiando- comentó, antes de ponerse en pie de un salto-. Y, en vista de que acabo de perder la apuesta más estúpida de mi vida, tengo que acompañar a Honey al centro comercial a hacer... compras de chicas- su voz se trabó ligeramente al decir lo último, como si el sólo hecho de pronunciar las palabras ya le diera un asco terrible.

La latina sólo pudo reír, antes de ponerse de pie de un salto de la baranda de concreto sobre la que estaba sentada perfectamente, como una dama, y enganchar su brazo en el de la morena, en un gesto amistoso que, en el fondo, a Hiro le sonó a una manera de que Gogo no se le escapara en cuanto apartara la mirada.

-Vamos, te divertirás.

-Te juro que preferiría ser el blanco de una arena de tiro antes de esto, en serio.

Ambas se alejaron luego de una breve despedida, dejando a los cuatro hombres solos.

-¿Alguien quiere ir a jugar videojuegos un rato?- ofreció Fred, mientras se ponía en pie con más pereza de la habitual. Wasabi dudó un segundo, antes de alzar la mano.

La idea no se le hacía especialmente atractiva, pero decidió aguardar a la respuesta de Tadashi antes de responder, sólo por no dejarlo solo con aquellos dos.

Cuando la mirada reacia de su hermano entró en contacto con la suya, supo de inmediato cuál sería su decisión.

-De hecho, creo que no nos vendría mal pasar unas horas con Cass después de estos días- comentó, encogiéndose de hombros y dirigiendo una mirada de disculpas a los dos chicos-. Todos estos días llegando tarde la están haciendo sospechar, y no puedo encubrir a Hiro si también desconfía de mí.

Ante la mención de la mujer, un recuerdo llegó a la mente del menor, uno que había permanecido completamente relegado durante toda la agitada semana y que, considerando la fecha, resultaba terriblemente urgente el que pudiera solucionarlo.

-De hecho, Tadashi- le llamó cuando los dos jóvenes se retiraron después de un saludo de manos que Fred insistía en hacer con cada uno de ellos. El mayor se giró a verle, curioso, y le indicó con un sonido que le estaba prestando atención-. No puedo ir a casa aún. Tengo que hacer algo antes, pero tienes razón- aceptó, alejándose de él unos pasos, urgido de encontrar a Gogo y Honey lo más pronto posible-. Cass comenzará a sospechar si ambos nos ausentamos tanto, así que necesito que estés con ella en lo que acabo con esto.

El mayor frunció el ceño, confundido ante el misterio del chico.

-Claro, no hay problema- dijo, viendo como una sonrisa se apoderaba de los labios de su hermano. Al ver que estaba a punto de echar a correr, se apresuró a formular su pregunta-. Pero ¿Qué vas a hacer?

La sonrisa del menor adquirió un toque aún más sibilino que antes.

-¡Ya verás!- exclamó, y Tadashi contempló como el chico desaparecía a toda velocidad por la dirección en que sus amigas se habían marchado hace unos minutos escasos, dejándole con las palabras en la boca.

Tadashi abrió la boca, dispuesto a gritarle que no llegara tarde para cenar, pero sabiendo que ya no lo oiría, optó por suspirar pesadamente, antes de alzar la mirada al cielo oscuro y encapotado de la ciudad.

Disfrutó de la sensación de las gélida brisa de aquella noche de comienzos del invierno sobre sus mejillas descubiertas por un segundo, antes de echar a caminar en silencio, sonriendo levemente por disfrutar, después de tantos días, un momento de soledad.


Cass había parecido completamente sorprendida al verle llegar antes de la hora en la que cerraba el café, y Tadashi sintió como un bálsamo a sus agitados días pasados el poder disfrutar de unos momentos de calma junto a su tía y cocinar juntos. Para su alivio, Cass no sacó en ningún momento a colación el hecho de que ahora él también se ausentaba de la misma manera que Hiro cada día y, como si los planetas se hubieran alineado por una vez, éste apareció a tiempo de comer y sin expresión de haber sido utilizado como un saco de boxeo, dejando a Cass completamente encantada ante la novedad.

Una vez la noche volvió a velar el sueño de sus seres queridos, Tadashi volvió a deslizarse en silencio hasta el sótano para concluir en soledad el trabajo que había comenzado en la mañana.

El sábado los recibió con calma, dejando a todos dormir un par de horas más de las necesarias antes de que, en el momento en que Cass bajó a abrir el café, en el horario del último día de su semana laboral, ambos, con Baymax en su cargador portátil dentro de la mochila de Hiro, se marcharon en dirección a la mansión de Fred para cumplir con el entrenamiento de cada sábado.

Aunque Hiro debía ser sincero: luego de la semana que habían tenido, ninguno de ellos consideró necesario el realizar un entrenamiento en cuanto llegaron, sino que aprovecharon la hospitalidad de Fred y, con la excusa del invierno sobre ellos, se sentaron a beber chocolate caliente y ver películas en su habitación durante toda la tarde, pasándola entre broma y broma.

Al menos hasta que un llamado en específico les obligó a poner los ojos en blanco y correr a las habitaciones de huéspedes dispersas por toda la mansión para ataviarse con sus ropas de héroes.

¿Dos días sin misiones? Era demasiado bueno para ser verdad.

La urgencia del oficial era claro en su llamado, uno de los Globos Pez, las emblemáticas turbinas que decoraban la ciudad y que, a la vez, hacían las veces de molinos de energía eólica para mantener la iluminación del Golden Gate y todo El Embarcadero, había sufrido un colapso y se precipitaba sobre uno de los parques de la ciudad. Desde luego, una situación como aquella no podía ser ignorada por los héroes de la ciudad.

Lo que tampoco podía ser ignorado por ninguno de ellos cuando, al cabo de unos segundos, se reunieron nuevamente en el patio, fueron las hombreras que ahora cubrían los anchos hombros de su hermano y que, además, se adherían a la zona de su armadura que protegía sus músculos trapecio y deltoides, además del visor naranja que cubría sus ojos, pareciendo demasiado junto a la máscara alzada.

-¿La nueva moda?- preguntó Gogo con un tono levemente irónico en su voz, ya encima de Baymax al igual que el resto del equipo.

Tadashi sonrió a través de la máscara alzada, antes de encogerse de hombros y llevar su mano a su pectoral izquierdo. Presionó sobre el emblema de la llama.

-Algo así- reconoció, con un tono lleno de autosuficiencia, mientras las hombreras, placas superpuestas de color negro, se extendían una sobre otra, creando, a cada lado de su hermano, unas gigantescas extensiones planas y brillantes que llegaban casi hasta la mitad de sus pantorrillas-. Y también es una forma de no ocupar tanto espacio sobre Baymax.

El brillo de orgullo se extendió en la mirada del mayor de los Hamada al ver cómo todos y cada uno de los restantes miembros del equipo se le quedaban viendo con sus bocas y ojos abiertos de par en par ante la imagen de sus nuevas alas, negras y de resistente y ligera fibra de carbono. El modelo era en sí similar a las de Baymax, pero permanecían pegadas a los lados de su cuerpo como una segunda armadura cuando no las estaba utilizando para el vuelo y, también, las había programado de tal forma de que pudieran ser móviles en caso de necesitar volverlas más pequeñas, ventajas de las placas que casi nadie tenía en cuenta, y sus alas estaban conformadas por unas mil de ellas que, en cualquier otro momento, servían como protección extra a su cuerpo.

Como era de esperarse, el primero en reaccionar fue el principal culpable de que hubiera decidido agregarlas a su uniforme.

-¡Eso es plagio!- exclamó Hiro, con la molestia y la indignación latentes en sus palabras, cosa que sólo pudo sacarle una risa divertida al mayor.

-En palabras de Fredy, estoy reciclando- zanjó, antes de presionar la insignia de Baymax que adornaba su cinturón, encendiendo los propulsores en sus botas y los extremos de sus alas. Con sólo una noche de práctica en vuelo, le fue bastante sencillo alzarse a un metro del suelo de su millonario y a punto de desmayarse de la emoción amigo, pero la práctica no quitaba el que su corazón latiera a toda velocidad dentro de su caja torácica, ansioso por estar volando por primera vez de forma independiente.

La sensación del viento recorriendo todo su cuerpo a medida que sobrevolaba la ciudad junto a sus amigos hizo que su estómago diera un vuelco, y estuvo a punto de llevarse por delante alguna que otra casa tradicional japonesa pero, luego de unos momentos obligándose a ver hacia abajo, comenzó a sentir el gusto de ver las pequeñas casas de los suburbios y las personas que los habitaban deslizarse a toda velocidad debajo de él, mientras los edificios hacían lo propio a sus lados.

Le hubiera gustado prestar más atención a todos los detalles que el estar protegido por Baymax y rodeado de los miembros del equipo no le dejaban ver, pero considerando la seriedad de la misión que les aguardaba y la prisa con la que debían moverse, pronto no tuvo otra cosa en mente que alguna forma de detener la enorme turbina, decorada de color azul, que ahora mismo se dirigía hacia el parque donde cientos de civiles lo observaban estáticos, tal vez creyendo que lo que estaban viendo era algo programado por el ayuntamiento o algo así.

Descendió junto al robot, trastabillando un poco antes de quedar perfectamente de pie frente a sus amigos. Agradeció que ninguno notara el detalle.

-Chicos, tienen que sacar a todas las personas del parque, ahora- ordenó Hiro, sin un dejo de duda en la voz, actuando como el líder innato que Tadashi siempre supo que sería, trazando sus increíbles planes en cuestión de segundos-. Baymax y yo trataremos de estabilizar nuevamente el globo, pero, en caso de no poder lograrlo, trataremos de llevarlo hasta la costa, así que tendrán que asegurar el perímetro a medida que avanzamos ¿Entendido?

Lo único que Hiro necesitó para subir a espaldas de su robot y volar a toda velocidad hacia la turbina fue la afirmación unísona del resto del equipo y que éstos se disgregaran en todas direcciones para ayudar a poner a salvo a los civiles.

Y lo único que Tadashi necesitó para echar a volar detrás de Hiro, dispuesto a darle un uso respetable a sus alas, fue ver como Hiro se olvidaba completamente de él… o lo pretendiera.

Lo alcanzó justo a tiempo de verle saltar sobre la estructura con una facilidad tal que le llevó a pensar que aquella no era la primera vez que estaba sobre uno de aquellos. El chico apenas le dedicó un segundo de sorpresa cuando descendió junto a él antes de, en un veloz movimiento, colocarse en cuclillas sobre la azul superficie y destapar un compartimento que Tadashi jamás habría notado, confirmando su teoría sobre la experiencia de su hermano sobre Globos Pez.

El problema estuvo ante ambos pares de ojos como el sol que brillaba sobre la ciudad. Los cables de los circuitos estaban completamente derretidos.

-No jodas- por el tono de voz que utilizó y el matiz harto en ella Tadashi presintió que las cosas estaban a punto de complicarse. Y el pensamiento cobró fuerza cuando vio su mirada desesperada clavarse en sus ojos-. No tengo repuestos con los que trabajar, y el globo ya podría haberse estrellado para cuando los consiga.

Tadashi asintió.

-Retíralos del circuito, vuelvo en un segundo- aseguró, antes de precipitarse nuevamente hacia la ciudad. Le tomó menos de un minuto encontrarlos, en algunos medidores de luz que valía la pena sacrificar en pos de un bien común.

Para cuando volvió junto a su hermano, pasando junto a un Baymax cuyos propulsores estaban a máxima potencia, éste acababa de retirar el último chamuscado cable rojo. Le tendió los que había conseguido y una de sus katanas. El menor le miró con una mueca confundida ante esta última.

-Tiene distintos niveles de potencia- explicó, mientras giraba lentamente la base de la empuñadura, causando que una fina y pequeña estela de color rojizo, nítida y brillante, se extendiera frente a los ojos sorprendidos de su hermano-. Utiliza éste como soldadora. Yo ayudaré a Bay a mover esta cosa.

El asentimiento del menor no se hizo esperar, así como tampoco el que se pusiera a trabajar a toda velocidad de inmediato. Tadashi le dedicó una imperceptible sonrisa de orgullo al muchacho que se quemaba las cejas para evitar, otra vez, una tragedia, antes de dejarse caer hasta el lugar donde Bay trataba de mover, muy lentamente, el aparato hasta la costa desierta y segura.

En el momento en que se sumó a él, empujando desde la parte inferior de la curiosa estructura, ésta pareció avanzar con mayor velocidad, pero demasiado lento aún en comparación a la de su caída.

Gruñó levemente cuando el resquemor del dolor en sus músculos le invadió de nueva cuenta, pero no estaba haciendo ni la mitad del esfuerzo que había realizado al mantener el autobús. En esa ocasión el dolor había sido tal que por unos minutos pensó que le arrancarían los brazos.

Bajó la mirada, notando que habían dejado ya atrás al parque, pero también varios metros de altura y aún no habían salido de la zona urbana. Por las calles grises y repletas de automóviles que formaban una especie de brillante y caótico arco iris, pudo distinguir la veloz estela de color amarillo de Gogo, tomando la delantera y, de seguro, averiguando en qué punto sería correcto alejar a los civiles en caso de una colisión. Detrás de ella por algunos metros, estaba Honey, desplazándose de un lugar a otro de la ciudad sobre sus brillantes pistas. Wasabi se las ingeniaba para seguirlos de cerca al igual que Fred, quien daba altísimos saltos que, para su horror, estaban cada vez más cerca de ellos.

Alzó su mirada al frente, la costa y zona segura aún estaba a unos cuantos kilómetros.

-¡Hey!- le llamó, pensando que sería buena idea que aceptaran los nombres de héroes de una vez, eso haría mucho más sencillo el comunicarse cuando estaban en turno- ¿Crees que falté mucho?

-¡Por favor, no me digas que estamos demasiado cerca de la ciudad!- le oyó gritar, claramente desesperado.

Volvió a bajar la mirada, calculando unos seis metros de distancia ente los tejados más altos y sus pies.

-¡Correcto, no te lo diré!- respondió, tratando de rescatar un breve momento de humor entre el desastre que se avecinaba.

Aumentó la potencia de sus propulsores, de igual manera que oyó hacer a Baymax a sus espaldas, cerca de la turbina. El impulso extra les ayudó a ganar un par de metros nuevamente, pero los comenzaron a perder casi de inmediato.

-¡Sólo necesito un minuto más!- le oyó exclamar, y, por primera vez, Tadashi sintió su corazón estrujarse contagiado por la desesperación de su hermano.

-¡No quiero presionarte, pero creo que no lo tenemos!

Pronto sus propulsores no fueron suficiente para mantener elevado el Globo Pez y su presión fue perceptible en sus adoloridos brazos y cuello tenso. Se sintió Atlas por un momento, sintiendo el abrumador peso del mundo sobre sus hombros. Aunque, si debía ser sincero, ese era Hiro en ese momento.

Trató de volver a impulsarse al rozar uno de los altos techos tradicionales japoneses con uno de sus pies, pero lo único que consiguió fue que las vértebras de su cuello tronaran. Tragó saliva, preguntándose si debería continuar o tomar a su hermano y alejarlo de allí antes de que el dirigible se estrellara sobre alguna de aquellas casas.

Sin embargo, cuando faltaba poco más de cinco kilómetros para llegar a la costa y unos cuatro metros para llegar al nada suave suelo, el inmenso peso que su cuello comenzaba a resentir cedió por un instante, antes de desaparecer por completo. Le tomó un segundo comprender que Hiro había logrado encenderlo nuevamente y no pudo evitar la sonrisa de orgullo que curvó sus labios al pensar en su pequeño genio.

En vez de volar hacia él de inmediato, tal cual cada parte de él pedía a gritos, se atrevió a aumentar la potencia de sus propulsores para ayudar a Baymax a elevarlo nuevamente a la altura de los cientos de globos que decoraban la costa.

Cuando volvió a subir, se encontró a un sonriente Hiro extendido cuan largo era sobre la superficie del pez, junto a una caja de circuitos recién reciclada y con su katana ya apagada en una mano.

-En tu cara, Rakitic- le pareció oírle decir, pero no se detuvo a pensar en ello antes de lanzarse a abrazarlo como si no hubiera mañana, logrando que el chico jadeara por la sorpresa.

Al cabo de un minuto debió apartarse de su ruborizado hermano, porque lo estaba asfixiando.

Durante el viaje de regreso, Hiro no podía evitar mirar con fastidio como Tadashi iba y venía entre los edificios de la ciudad, haciendo piruetas como si fuera un ave en el aire. Como si hubiera nacido para hacer eso.

El pensamiento terminó por hacerle refunfuñar, más al ser consciente de que ese era el último día de la semana de prueba, y que Tadashi había superado con creces las expectativas de todos los miembros del equipo.

Una risa colectiva por parte de todo el equipo, a excepción de él, se alzó en el lugar cuando Tadashi pasó a escasos centímetros de ellos, haciendo alguna pirueta extraña que ni siquiera se molestó en notar.

-Presumido- gruñó lo suficientemente alto como para ganarse una mirada divertida de ambas jóvenes a sus flancos.

-¡Deberían intentarlo!- gritó Tadashi, eufórico, haciéndose notar por encima del azote del gélido viento a su alrededor- ¡Esto es lo mejor del mundo!

-No, gracias- declinó Wasabi con su típico tono nervioso, pareciendo mareado de sólo pensar en volar por sí solo, con el toque agudo de su voz delatándolo.

-¡Yo quiero ser un dragón volador!- desde luego, el grito lleno de euforia e hiperactividad provenía de Fred, que ignoraba al parecer lo mucho que le había costado crear los resistentes resortes en los pies de su disfraz que tan eficazmente funcionaban, o los actuadores que ayudaban a su traje a levantar varios kilos más de los que él podría por sí mismo.

-Ten cuidado con los edificios- advirtió Honey, en su típico tono suave y dulce incluso cuando señalaba un peligro.

Tadashi se giró hacia ellos, viéndoles por encima del hombro con una sonrisa radiante perceptible a pesar de la máscara y el visor.

-¡No te preocupes!, ¡Estoy bie...!- pero no pudo terminar la frase cuando uno de los rascacielos de la ciudad impactó de lleno contra él apenas se giró nuevamente para prestar atención a su camino.

Hiro sintió toda su molestia desaparecer en el mismo instante en que vio a su hermano desplomarse sobre la azotea del edificio conjunto al que había chocado, desde una distancia de casi dos metros.

-¡Tadashi!- exclamó, sin preocuparse ni un segundo por si alguien pudiera oír el verdadero nombre de su hermano, lo único que le interesaba en ese momento era llegar junto a él tan rápidamente como fuera posible y cerciorase de que se encontrara bien.

Ni siquiera esperó a que Baymax aterrizara para bajar de él, sino que saltó en cuanto la superficie de concreto de la vieja terraza se halló a un metro debajo de ellos, amortiguando el salto con las rodillas. Echó a correr en dirección a su hermano con una velocidad que nada tendría que envidiarle a los patines de Gogo, y se dejó caer de rodillas junto a su cuerpo laxo antes siquiera de que Baymax se acercara a escanearlo.

Colocó una de sus manos en uno de sus hombros, sintiéndole gimotear en respuesta.

-¡Tadashi, Tadashi!- exclamó, tratando de que se recuperara de la desorientación por el impacto. Sintió sus ojos humedecerse levemente, pero no pudo importarle menos al ver que su hermano entreabría sus ojos apenas- ¿Estás bien?

Sin embargo, Tadashi no respondió, no con palabras al menos. En lugar de eso, le vio abrir los ojos de par en par un instante antes de que se irguiera por completo sobre el suelo y, apenas alcanzando a bajar su máscara, llevarse una mano a los labios, escupiendo en abundancia. Hiro sintió que la sangre dentro de sus venas se congeló por completo, por razones completamente ajenas al clima, al ver el tan conocido líquido rojo y espeso escurrir por los dedos del puño cerrado de Tadashi.

Pero cuando la risa del mayor se sobrepuso por encima de su estupor y el sonido de sus amigos al acercarse a ellos a toda velocidad, Hiro no pudo evitar quedársele viendo como si se hubiera vuelto loco.

-¿El golpe te soltó un tornillo?- preguntó, tratando de ocultar la preocupación que le embargaba detrás de hostilidad hasta que Baymax pudiera asegurarle que su hermano estaba bien.

-No- aseguró, aún risueño y con la barbilla y labios manchados de plasma. Cuando extiende su mano frente a él, Hiro abre los ojos de par en par al ver el objeto perlado en su interior, bañado en sangre-, sólo me soltó una muela.

Hiro frunció el ceño, prestando especial atención al pequeño pedazo de calcio que su hermano sostiene ahora entre sus dedos índice y pulgar, no sabiendo si sentir asco o curiosidad al respecto... o si debería arrastrarlo al dentista más cercano en cuanto llegaran a casa.

Por suerte para ambos, el dentista, médico, cardiólogo, neurocirujano y lo qué necesitaran, más cercano, llegó en ese momento junto a ellos, causando un chistoso rechinar con sus articulaciones, a pesar de la armadura.

-Tienes un leve traumatismo craneal, aunque no es nada de que preocuparse. También hay una ligera escoriación epidérmica en la parte derecha de tu rostro que cicatrizara en unos pocos días- comenzó con el diagnóstico, elevando su dedo índice como cada vez que realizaba uno-. El impacto del golpe ha provocado el desprendimiento de tu muela cordal inferior izquierda, recomiendo enjuagar con agua oxigenada cada vez que vayas a cepillar tus dientes y, en lo posible, evitar irritar la herida al tocarla con su lengua- Hiro frunció el ceño al ver la manera en que Tadashi tocaba una y otra vez el lugar con la lengua. Al saberse descubierto, el chico sólo le dedicó una mirada avergonzada y una sonrisa culpable manchada en sangre-. En una escala del uno al diez, ¿Cómo describirías tu dolor?

-Cero, Bay- dijo, volviendo a soltar una última risita, antes de guardar la dichosa muela en uno de los compartimientos de sus piernas, antes de extender su mano para que el robot pudiera limpiarla-. Esa muela de juicio dolía como los mil infiernos y me causaba llagas, estoy mejor sin ella.

-¿Estás seguro de que no quieres que te revise algún dentista?- preguntó, aún sin poder deshacerse de la angustia que el accidente había causado.

Tadashi volvió a reír entre dientes, los que le quedaban, como si la idea de que alguien pudiera hacer un mejor trabajo que Baymax fuera uno de los mejores chistes que hubiera oído en su vida.

-No, Hiro, estoy bien- aseguró, dedicándole una mirada llena de un extraño brillo y una sonrisa llena de seguridad en su magullado rostro que causó que su corazón se saltara un latido, antes de arrancar de nuevo a toda velocidad-. Bueno, ya dejé parte de mí aquí- comentó, señalando con uno de sus dedos hacia su boca aún sonriente-, así que supongo que soy uno más, ¿No?

Hiro alzó una ceja, extrañado y sin comprender lo que Tadashi pretendía decir. Al menos hasta que, un segundo después, no pudo más que soltar una risa resignada, mientras negaba con un suave movimiento de su cabeza.

-Como si me fueras a hacer caso si dijera que no- comentó, sonriente, y la sonrisa que ostentaba el risueño y sangriento rostro de su hermano se ensanchó aún más al oírlo. Cuando le vio extender su mano hacia él, no pudo hacer más que resignarse por completo y sellar el trato con su saludo único: el puño.

Como siempre, uno de sus amigos surgió al rescate, evitando que el silencio se instalara entre ellos.

-Hoy ¡Nace un héroe!- exclamó Fred con aires de grandeza y lleno de sentimiento, mientras alzaba su mano cubierta por el disfraz de dragón en un puño de determinación.

-Más conocido como "Cuando Tadashi Hamada perdió una muela".

Siendo sincero, Gogo comenzaba a asustarlo con aquellos comentarios.


El domingo por la mañana pintaba por ser un día común y corriente a excepción de dos infinitesimales detalles: el primero era el profundo dolor que recorría toda la mitad derecha de su rostro y el deseo perenne de toquetear con la punta de su lengua el nuevo hueco al final de la hilera que formaban su dentadura.

El segundo, y más importante, eran los siete brillantes paquetes que descansaban al pie del árbol de la sala de estar, que vio cuando bajó a desayunar, encontrándose allí con su hermano y tía sentados muy apretujados en el sofá, con Baymax acostado bajo sus pies en el suelo, brillando con el tono naranjo que emitía cada vez que estaba en su función de calentar un cuerpo, con Mochi durmiendo plácidamente sobre su barriga y con el rostro girado hacia el televisor. Cass y Hiro apenas le prestaron atención cuando llegó, disfrutando de un buen chocolate caliente y de esa película que había visto hasta el cansancio sobre un tipo verde que quería robarse la Navidad y, como todo buen ser humano con acceso a una televisión, que volvería a ver este año con la misma emoción de la primera vez.

-¡Hola, hermanote!- la alegre exclamación de su hermano hizo que la mirada de Cass fuera a parar sobre él, causando que el alma se le cayera a los pies al ser repentinamente consciente de que había olvidado comprarle un regalo- ¿Ansioso por los regalos?

Estuvo tentado a lanzar una de sus pantuflas a esa alocada y brillante cabeza. Claro, él estaba cubierto, ¿Verdad?

Cass sólo negó a su lado, ignorante de la malicia en la sonrisa del joven.

-Hiro, estás demasiado grande para estar impaciente por estas cosas- comentó, sólo por el gusto de pincharlo, antes de ponerse en pie y acercarse a su sobrino mayor, dando un beso lleno de dulzura en su mejilla-. Buenos días, cariño. En seguida te haré un chocolate, ve a sentarte junto a Hiro.

Tadashi le obedeció, esbozando una sonrisa afectada para ella, que desapareció tras una mirada asesina en cuento se perdió en la cocina.

-No podías recordármelo, ¿Verdad?- gruñó, apesadumbrado, antes de dejarse caer con pesadez sobre el sillón. Luego de unos segundos, se llevó ambas manos a la cabeza, desesperado-. Maldición, Hiro ¿Qué le regalo? Todas las tiendas están cerradas.

Aguardó en silencio, esperando por una respuesta por parte de su hermano, pero, cuando al cabo de unos segundos el silencio se mantuvo en el lugar, acabó por alzar la mirada en su dirección. Ver como el menor daba un lento y tranquilo sorbo de su chocolate antes de contestarle hizo que estuviera a punto de obligarle a tragarse la dichosa taza de horribles gatos.

-Tadashi, la Navidad no se trata sólo de dar regalos- soltó con un tono que prodigaba experiencia y sabiduría, pero volvió a hablar cuando se inclinó sobre él para hacer realidad su deseo de hundir la taza en esa boquita irreverente, ahogando una risa mal disimulada-. Pero como no podemos ser felices sólo con el bellísimo mensaje de unión e igualdad de estas fechas, me tomé la libertad de comprar, con ayuda de Gogo y Honey, un regalo en conjunto de parte de ambos para Cass.

Tadashi se le quedó mirando, petrificado en su posición de ataque, como si acabara de decirle que Fred había decidido tomar con seriedad sus estudios en la Universidad. Al ver que no reaccionaba, Hiro le dedicó una encantadora sonrisita que dejó entrever el espacio entre sus dientes y señaló con un fugaz movimiento de sus ojos hacia la esquina de la sala, donde el Árbol de Navidad, repleto de obsequios, sólo ayudaba a hacerle sentir más miserable.

Al menos hasta que, peinando con rapidez los paquetes, divisó junto a los envoltorios que decían "Para Tadashi", "Para Hiro" y el que rezaba "Para Baymax", dos paquetes de un brillante color dorado al pie del árbol. Ambos estaban unidos por una cinta negra que rezaba "De Tadashi y Hiro para Cass, con amor" en elegantes caracteres blancos y letra cursiva.

Luego de un segundo de estupor, no pudo evitar volver al ataque sobre el chico, arrebatándole la taza de la mano y colocándola sobre la mesita de té, antes de lanzarse sobre él a envolverlo en un abrazo tan poderoso como sus brazos le permitían.

-N-No re-respiro- alcanzó a susurrar, creyendo oír como algo en su interior crujía, aunque no podía decir que el abrazo le resultara desagradable de alguna otra forma más allá de lo físico.

Aunque de cualquier forma fue un alivio el poder expandir sus pulmones con completa libertad cuando Tadashi le soltó al fin.

-¡Eres mi héroe!- exclamó, teniendo especial cuidado en que su tono no fuera lo suficientemente alto como para que Cass le oyera, pero con tal tono de euforia y cariño, que acabó por hacerle sonreír con algo de pena. De repente, como si acabara de caer en cuenta de algo realmente penoso para él, su mirada perdió buena parte de su brillo, así como el matiz alegre su voz-. Pero no tengo nada que regalarte a ti.

Hiro sólo rio, antes de negar con la cabeza como si acabara de contarle el chiste más tonto del mundo.

-Eso no hace falta- aseguró y, sintiendo sus mejillas arder con ferocidad, se apresuró a agregar-. El que estés aquí de nuevo es suficiente para hacerme feliz, Tadashi.

Hiro no se atrevió a alzar la mirada luego de confesar aquellas palabras a su hermano, y el silencio sepulcral que siguió a ellas estuvo a punto de volverlo loco.

Al menos hasta que los brazos de Tadashi lo rodearon nuevamente, está vez en un gesto más suave, obligándolo a pegarse a él en un dulce contacto que no pudo ni quiso resistir.

-Lo compensaré- susurró en su oído, y Hiro no supo a qué se refería exactamente, pero sonaba como algo mucho más grande que un mero regalo de Navidad-. Lo prometo.

Tadashi presionó sus labios en un toque dulce y duradero sobre la tersa mejilla de su hermano, completamente inconsciente del desastre que estaba causando en su interior.


Bien, es una locura el largo de este capítulo, pero creí que era buena idea mostrar la clase de labor social que el equipo tiene en la ciudad... además de que es increíblemente agradable joderle la vida a Hiro, en serio.

Creo que pueden apreciar que el cambio que todos estábamos esperando comenzó a tener lugar en Hiro, y espero que la promesa de que esto continuará a lo largo de los próximos capítulos les ayude a perdonar mi hermosamente hija de puta forma de ser para tardarme con los capítulos, aunque creo que podré tener algo de constancia por lo menos por un tiempo más.

Además creo que es obvio la parejita extra que tendrá su propio lugar en esta historia. ¿Qué puedo decir? En verdad adoro a Fred.

Sin más que decir, me retiro a esclavizarme por ustedes para que no me odien.

Besos y abrazos, Mangetsu Youkai.

Balalalalah~