Ha pasado algo de tiempo, mis grandes héroes. Supongo que no hay mucho que pueda decir para compensar la tardanza más allá de decir que las cosas se ponen pesadas con la facultad y que no se asusten si me tardo un poco más, porque haré hasta lo imposible para tener un capítulo al mes al menos, aunque requiera algo de ayuda extra de vez en cuando.

Nuevamente recibí comentarios hermosos y alentadores, y agradezco a todos el que se tomen el tiempo para enviarlos, son el mejor pago por quedar libre en las materias jajaja -no se crean, es broma XP)

No creo que haya mucho que decir sobre este capítulo, más allá de que tal vez sea... mucho en uno, pero creo que no dejo insatisfecho a nadie, tal vez a algunos los dejen algo descolocados algunas cosas, pero créanme, siempre estuvieron planeadas así.

Sin más que decir les dejo leer en paz, nos vemos abajo.


La Crueldad de Tía Cass


Al cabo de una semana la relación había cambiado entre ambos Hamada. Desde luego, para mejor.

En silencio, pero pisando con fuerza, las fotos de sus padres comenzaron a poblar cada rincón de su hogar, incluyendo la sala de estar donde una hermosa foto en la que aparecían los cinco había tomado el lugar de honor, justo en el espacio de pared encima de la televisión. El cuadro, de tamaño familiar, mostraba a tres adultos y dos niños que, por supuesto, no eran otros que los hermanos Hamada, o al menos sus versiones hace doce años. Hiro aparecía como un bebé de escasos cinco meses sonriendo a la cámara con una boquita sin dientes en brazos de su madre, mientras Tadashi era un sonriente y regordete niño de cinco años montado sobre los hombros de su padre. En medio de la foto, presente en todo momento, había una hermosa jovencita de escasos diecinueve años que, con mucho esfuerzo debido a su larga melena rojiza, pudo reconocer como su tía Cass. Se hallaba en el centro de la pareja, abrazándolos de una forma demasiado desinhibida como para poder aventurar su herencia nipona y sonriendo de oreja a oreja sin ninguna pena, tal como él la conocía, como potenciando toda la felicidad que envolvía la foto.

No le sorprendió en lo más mínimo el que la foto sacara lágrimas de felicidad y pena a su hermano y tía… lo que sí le sorprendió, de hecho, fue su propio llanto desconsolado al ver los rostros felices y ya casi olvidados de su padre y madre. Ante la imagen de su madre y su expresión de plena felicidad, sonriendo de oreja a oreja de una forma apenas más efusiva que la de su cuñada, se aventuró a afirmar que se trataba de la mujer más bella que nunca hubiera visto, un detalle que siempre había pasado por alto al apenas recordarla.

Junto a las fotos de sus padres y de las competencias de Tadashi, las anécdotas revolvieron su hogar igual que ellos la decena de cajas en las que guardaban las imágenes.

Tadashi y Cass se sentaban cada noche en la sala de estar con al menos quince fotos y, mientras él se dedicaba a colocarlas en los portarretratos que habían comprado especialmente para aquella tarea, le relataban todos los recuerdos que las rodeaban entre risas y alguna que otra lágrima.

Y fue así como poco a poco fue enterándose de más y más detalles que él desconocía. Por ejemplo, supo que sus padres se casaron al tradicional etilo japonés en Kioto donde los padres de ambos habían nacido; que se habían ido de luna de miel a Texas y que Tadashi sólo había tardado nueve meses después de eso para venir a arruinarles la diversión –desde luego que no pudo evitar burlarse de su hermano, en especial por aquel acento sureño que siempre le había llamado la atención en él. Burla que, desde luego, le ganó un golpe por parte de su apenado hermano.

Supo que él había llegado al mundo por una cesárea debido a que su cabeza le había causado complicaciones a su madre –Tadashi aprovechó a devolverle la burla-, y que era normal que sus padres les dejaran con Cass cada vez que debían ir a un congreso de medicina, como cientos de fotos lo demostraban. Se echó a reír al ver una en que un Tadashi bastante regordete y de aproximadamente seis años permanecía con el rostro embarrado en glaseado para pastel, proveniente de una manga para repostería que Hiro blandía en su pequeña mano, mientras un Mochi de a lo mucho unos meses le lamía la mejilla, sosteniéndose con sus patitas delanteras en su pecho.

Luego de las fotos de sus padres -que ahora llenaban cada espacio en las escaleras, junto a la vieja foto en blanco y negro de su padre y abuelos-, las fotos que por mucho eran las que más le interesaban eran las de Tadashi de niño, cubierto por ropas negras y blancas de lucha donde el nombre de alguna academia relucía en caracteres japoneses en el pecho. Algunas eran de él en competencias de posturas, otras de combate pero, sin duda, las mejores eran aquellas en las que se mostraba a un niñito muy concentrado con una katana en manos, siempre manteniendo una posición firme y segura, con tal brillo apasionado en sus ojos castaños y fiera calma en el rostro, que incluso parecía atravesar la fotografía. Costaba imaginarse que ese niño era el mismo que aparecía con pastel hasta la nuca en otras fotografías de la misma época.

A medida que veía las fotos de su hermano y oía sus anécdotas, Hiro iba notando detalles curiosos de él. Fue testigo de la progresiva pérdida de peso de su hermano desde que ingresó a la academia, pasando de ser un niñito regordete oculto siempre tras una gorra de béisbol a un joven esbelto sonriente y, al parecer, bastante popular que mostraba su rostro sin pena y con gran confianza.

Extrañamente –y de una forma poco habitual para un hermano- lejos de generarle burla, el ver a Tadashi como un inseguro gordinflón y luego como un pequeño ninja cool le produjo una gran ternura que le costó horrores disimular mientras su hermano le contaba los detalles de cada competencia. También le dio una profunda pena ver el cómo, tras la muerte de sus padres, las fotos del Tadashi ninja daban paso a las de un pequeño nerd lector, rodeado de llaves y circuitos y que siempre tenía su gorra puesta.

Nada le costó notar que la gorra era una forma utilizada por su hermano para escudarse del mundo, para no llamar la atención, para no ser lastimado por nadie, ya fuera por ser un niño con sobrepeso, un nerd o por la pérdida de sus padres.

Se preguntó si se había vuelto costumbre con el paso del tempo, estando él ya en la universidad, y no pudo evitar sentirse mejor al notar el cómo, desde que entró al equipo, la gorra se hallaba cada vez menos presente en la vestimenta de su hermano.

El que se sentaran juntos cada noche a hablar del pasado se volvió una costumbre rutinaria, como correr cada mañana o pensar modificaciones para Baymax, y no le pasó por alto el cómo cada vez más Tadashi y él se volvían más cercanos, mientras él le contaba todos los recuerdos que tenían de sus padres y Hiro era el cántaro donde vertía su nostalgia cada noche.

Había algo casi terapéutico en aquella costumbre, lo que era evidente en la forma en que Tadashi parecía cada día más radiante.

Todo lo contrario a lo que le sucedía a Hiro, cabe destacar. A pesar de que la compañía de Tadashi y sus anécdotas le resultaban de lo más gratas, había algo en la naturaleza puramente fraternal de sus encuentros que le ponía incómodo.

Contrario a lo que hubiera esperado, la aceptación de sus sentimientos por Tadashi no logró que se sintiera mucho mejor, sino que ahora se descubría constantemente admirando a su hermano como un idiota cuando creía que no lo veía, redescubriendo cada nuevo detalle de su perfectamente masculino rostro, temblando ante su voz baja, grave y amigable –jamás hubiera creído que ese curioso toque sureño de su acento se metiera bajo su piel con la suficiente profundidad como para erizarla de una forma que le resultaba terrible y deliciosa- y sintiendo un hormigueo en todo su cuerpo, especialmente en su vientre bajo y entre sus muslos cada vez que su hermano tan sólo le rozaba o abrazaba.

Una noche, para su profunda pena, Tadashi le obligó a recostarse sobre su cama mientras, manteniéndole firmemente asido a su lado, le relataba la historia de la primera vez que su padre le llevó a acampar.

En algún momento entre la cómica descripción de como ninguno de los dos se atrevió a matar a un delicioso salmón que habían pescado y acabaron asando hamburguesas y como a mitad de la noche tuvieron que levantarse a reconstruir su tienda de campaña devastada por el viento, las adormiladas risas de Tadashi y su baja y grave voz dejaron de hacer estragos en su sistema respiratorio y pudo al fin alzar la mirada, descubriendo su hermoso rostro relajado, con sus carnosos labios entreabiertos y sus largas pestañas bailando en delicados movimientos sobre sus perfectos pómulos.

Sabiéndose a salvo, Hiro recostó su rostro en el hombro que su hermano le ofreció de almohada, observándolo en silencio. Sabía que se debía ver como una colegiala enamorada, algo lo suficientemente perturbador por sí mismo como para recalcar que a quién acosaba era a su hermano.

Su corazón se saltó un latido cuando el férreo brazo de Tadashi le estrechó aún más firmemente a su costado y volteó su rostro en su dirección, dejando sus labios entreabiertos a escasos y dolorosos centímetros de Hiro, bañando sus mejillas ruborizadas con su tibio aliento a menta.

Se sorprendió por un segundo, pero acto seguido sonrió ampliamente y hundió su rostro en el cuello del mayor, inhalando profundamente su aroma a jabón de menta y aloe vera.

Sin embargo, su sonrisa desapareció en cuanto fue consciente de lo que estaba haciendo y su estómago se retorció cuando, una vez más en aquella semana, el recuerdo de la fatídica última investigación que realizó sobre el incesto le asaltó.

El recuerdo de todas las aberraciones cometidas a niños en aquellos países donde el incesto era un secreto a voces aún le producía náuseas y, principalmente, le daba rabia el no poder dejar de comparar su situación con Tadashi a aquellos casos, aun cuando resultaba imposible de comparar.

Según había descubierto, el incesto era una práctica que se remontaba a las primeras civilizaciones humanas y era normal en sociedades como la egipcia, hawaiana, china o japonesa, donde se creía a los miembros de las familias reales como dioses y se buscaba mantener la pureza del linaje divino.

Actualmente, la principal consecuencia que vuelve al incesto un acto tabú es la degeneración de la descendencia de quienes lo cometen, que es provocada por el potenciamiento de los rasgos genéticos negativos. En segundo lugar pero igual de importante estaba el que el incesto generalmente se asocia con situaciones de poder, donde uno de los participantes se imponía y forzaba al otro, generalmente un niño. Quienes participan en relaciones incestuosas suelen vivir situaciones de abuso que pueden despertar una mezcla de emociones que van desde el poder, el amor, el afecto o incluso la necesidad de llamar la atención.

De hecho, según había leído, en Asia y principalmente en países como la India el incesto es una práctica que, aunque repudiada, es ampliamente llevada a cabo debido a la extrema pobreza y las situaciones de hacinamiento que llevaban a que en muchas familias tíos o abuelos vivieran bajo un mismo techo con los niños. El incesto generalmente se daba entre tíos y sobrinos o padres e hijos, pero existían casos entre abuelos y nietos, primos o incluso hermanos, comúnmente dándose una situación de poder de los parientes mayores sobre los menores. Era incluso una práctica normal el que una madre masturbara a sus hijos de pocos meses, dato que fue el que obligó a Hiro a definitivamente cerrar la pestaña y dar por concluida la búsqueda…

Por lo que quedaba de su existencia.

Aún se le revolvía el estómago de asco y rabia al recordar todos aquellos horrorosos casos, no sólo porque le resultaba aberrante el que se dieran todas aquellas relaciones entre miembros de una misma familia y que niños fueran obligados a llevarlas a cabo, sino que constantemente le despertaba pensamientos nefastos sobre los sentimientos que él mantenía por Tadashi.

Sin embargo, Hiro se había vuelto un experto en eludir esos pensamientos con tres puntos claves. Para empezar, por ser el menor el desequilibrio o imposición de poder resulta inexacto al ser él y no Tadashi quien tenía interés sobre el otro.

Segundo, y a pesar de lo que sus aún recurrentes sueños pudieran insinuar, no tenía ninguna intención sucia o depravada con su hermano. Tal vez los pensamientos que le asaltaban al comienzo fueran soeces y atrevidos, pero algo había pasado en esta semana, entre anécdota y anécdota, que le había mostrado una faceta de Tadashi que hubiera sido suficiente para enamorarle sin necesidad de que él fuera tan –malditamente- guapo como era. Había descubierto al luchador tras el nerd de bajo perfil, y no sólo lo decía por las competencias, sino por todo: por el chiquillo que se sobrepuso a la muerte de sus padres para ayudar a sobrevivir a su familia, el que consiguió acabar la secundaria en el cuadro de honor mientras ayudaba a criar a su hermano y trabajaba a medio tiempo en el café, el que quiso estudiar medicina para salvar más personas como sus padres a la vez que seguía su legado, y que decidió ir más allá y comenzó a estudiar robótica para crear a Baymax. El que fue capaz de morir por un profesor y ahora estaba dispuesto a vivir para quienes lo amaban. El que nunca perdía su sonrisa amable y sus consejos alentadores sin importar qué, pero era igualmente capaz de reprenderle como el padre más autoritario, al tiempo que se enfrentaba a matones, caídas desde dos pisos y su propia terquedad para mantenerlo a salvo.

Terquedad que sólo era capaz de ser superada por la del mismo Tadashi, por cierto.

Y luego estaba el tercer y más drástico punto, y es que, desde luego, Tadashi y él nunca podrían tener un hijo genéticamente afectado, por lo que su relación sólo importunaría a ellos dos…

Hiro frunció el ceño con fuerza mientras cerraba firmemente ambos ojos. Como si eso fuera a ocurrir, gruñó en su fuero interno, como si fuera a ser permitido.

Y no se refería a que el estado de California penara el incesto, pues en Japón se permitía de darse entre dos mayores de forma consensuada. No, sino que tenía bien claro que el mismo Tadashi jamás daría lugar a que aquella relación enfermiza se diera. De hecho, él mismo jamás permitiría que su hermano lo supiera.

Sus sentimientos, su amor por Tadashi, eran probablemente la cosa más pura que nunca hubiera sentido, pero eso no quitaba que fueran incomprensibles para los demás, para él mismo en realidad, y nunca, bajo ningún concepto, dejaría que su hermano descubriera lo que sentía por él.

Una fuerte opresión en su pecho le obligó a jadear y sollozar por lo bajo y, aterrado, contuvo la respiración hasta que un suave ronquido le hizo saber que Tadashi aún dormía.

Tratando de calmarse, dejó fluir sus lágrimas en silencio, sintiendo como un puño invisible presionaba su corazón sin piedad, sofocándole.

Aquello que sentía por Tadashi era hermoso y autodestructivo, puro pero ponzoñoso, fuerte pero frágil y Hiro había decidido que a quien destruyera, envenenara o rompiera sería a él, sólo a él, dejando a Tadashi libre para conocer alguna linda mujer con la que tuviera una hermosa familia. Él daría el amor de un padre a sus sobrinos, viendo a su hermano en ellos, y contemplaría con alegría como Tadashi brillaba gracias al amor de sus hijos y su esposa mientras él se apagaba en una esquina, un espectador silencioso de un magnífico acto.

Probablemente fuera el mayor acto de amor que nunca se hubiera propuesto llevar a cabo…. La consciencia de su sacrificio, sin embargo, no fue suficiente para evitar que el sueño lo hallara llorando sobre el pecho de su hermano a altas horas, mientras las montañas comenzaban a dibujarse en un cielo violáceo a lo lejos.

Ni tampoco le consoló lo reanimado que se sintió al otro día cuando, aún sin ser consciente del mundo, el resquemor de los besos y caricias sobre todo su cuerpo todavía le tenían sensible y satisfecho… al menos hasta que descubrió al mismo hombre que le había hecho gemir y estremecerse en sueños profundamente dormido a su lado, sosteniéndole entre sus brazos de una forma tan protectora que le hizo sentir aún más sucio ante el recuerdo de lo que había estado soñando con él hace un segundo.

-Señor Hamada… Señor Hamada- una voz, ronca y sumamente irritante para él, le sacó de sus recuerdos, obligándole a prestar atención al mundo a su alrededor con cierta alarma-, ¿Nos honraría con su presencia un segundo?

Hiro parpadeó un par de veces, tratando de volver a la realidad que lo rodeaba, donde al menos veinte pares de ojos lo miraban con curiosidad y un par en especial, de profundo color celeste, con algo muy parecido a lo que debía verse la mirada de alguien que contempla una cucaracha en el suelo.

El profesor Rakitic volvió a hablar, golpeando con impaciencia su zapato en el suelo de una forma que le resultaba horriblemente molesta, como todo en el profesor, de hecho.

-¿Necesita una alfombra roja que le ayude a llegar al frente de la clase, señor Hamada?- volvió a hablar, y Hiro hizo un esfuerzo sobrehumano para no poner los ojos en blanco. No le había mentido a Tadashi cuando le había dicho que, por mucho, el profesor Vladimir Rakitic era el ser humano que más odiaba dentro del Ito Ishioka… y no dudaba que el sentimiento fuera mutuo.

Porque sí, una vez calmados los humos y sentimentalismos la tarde del globo, Hiro y Tadashi se dedicaron a conversar de temas más triviales… o así le llamó luego al interrogatorio que Tadashi le había realizado después de reclamarle el que le hubiera hablado a Fred sobre sus problemas en la universidad antes que a él y le exigiera ponerle al día con ellos.

En resumen, lo único que explicó a su hermano fue que desde que había comenzado su segundo año en la universidad aquel sujeto había desarrollado alguna especie de fijación con hacerle la vida un infierno tanto como fuera posible en las dos horas por semana que cursaba con él.

Y es que, desde el primer día que posó sus ojos en él, aquel joven profesor con un marcado acento ruso había decidido al parecer que un chiquillo de apenas dieciséis años no tenía la suficiente altura como para poder superar a otros de sus compañeros –aun cuando a ellos también les hiciera la vida imposible- en lo que a su asignatura refería… o superarlo a él mismo, tal vez. La cuestión en sí es que, durante lo que llevaba de aquel segundo año, Rakitic parecía querer hacer hasta lo imposible por colarse en su mente de la peor manera, criticando sus mejores inventos, aprobando con la nota mínima exámenes que estaban perfectos y que, desde luego, afectaban su promedio. Una vez, incluso, pudo jurar que él saboteó uno de sus proyectos, un robot asistente que funcionaba a la perfección y que, un segundo en que el profesor estuvo cerca y él se distrajo, había perdido completamente sus funciones.

Hiro debió admitir a su hermano que, si Rakitic no había logrado volverlo loco aún, era porque las cosas estaban lo suficientemente locas entre su aparición y la segunda vida como héroes como para dejar que un profesor odioso le preocupara en lo más mínimo. Su hermano, que se esforzaba siempre por ver lo mejor en cada uno, había tratado de consolarlo de alguna manera, aunque su convicción había disminuido progresivamente a medida que más él le contaba sobre el comportamiento de su profesor.

-Tal vez sólo es su forma de exigirte que mejores, explotar al máximo tu potencial- le había dicho, a lo que él tuvo que ahogar una carcajada sin la más mínima pizca de humor.

-Claro… ten por seguro, hermano, que aunque me haya desvivido estas semanas haciendo mis prototipos, no me sorprendería que el viernes me desapruebe aunque mi exposición salga perfecta.

Y la mirada expectante pero condescendiente del profesor, fija en él, mientras se echaba el reluciente cabello rubio hacia atrás con cierto aire de desafío, no hacía mucho por contradecir sus expectativas de aquel día.

Con un silencioso suspiro de resignación se levantó de su asiento, cargando sin problemas la elegante caja de madera en que había llevado su nuevo invento. Algo le decía que Rakitic no apreciaría en exceso el efecto sorpresa de los botes de basura que utilizó con los microbots.

Algunos de sus compañeros parecían ciertamente preocupados a medida que avanzaba entre ellos para llegar al pizarrón al frente de la clase, lo que se veía claramente en sus suspiros temblorosos y los garabatos erráticos que llenaban sus cuadernos. Aunque aquella preocupación le parecía exagerada, debía admitir que -de no ser el sinvergüenza innato que era- él se hallaría en la misma situación que ellos, pues aquella exposición era la última del año, la exposición final que definiría quiénes de ellos podrían pasar el año sin más instancias de evaluación y quiénes tendrían que pasar por ellas y correr el riesgo de recursar la materia el siguiente año.

-Lamento haber retrasado la clase, profesor- se disculpó, tratando de sonar de la forma más sincera posible… o tanto como sus ganas de lanzar a aquel imbécil de sonrisa prepotente por la ventana se lo permitían-. Trataré de ser lo más breve posible.

-La brevedad de una exposición algunas veces demuestra la mediocridad del argumento del inventor que expone, señor Hamada- soltó el hombre, soportando su peso en un brazo sobre su escritorio de reluciente metal, mientras observaba al desconcertado muchacho con una sonrisa de altanera superioridad, como si alguien le hubiera reído la gracia, cuando en realidad todos le tenían en el puesto más alto de la supremacía de los imbéciles en aquella universidad-. Le aconsejo que no se preocupe tanto por el tiempo, sino por el contenido.

Hiro hizo lo posible por no demostrar la ira que comenzaba a trazar una arruga en su entrecejo y volvía su mirada mucho más opaca de lo habitual, antes de forzar una sonrisa amena en su rostro y encarar al ruso, rebuscando en su bolsillo hasta encontrar su pendrive y conectarlo al tablero de control que se conectaba con un reflector para toda la clase. Preparó el archivo y comenzó a organizar las cosas a su alrededor.

-No se preocupe, estoy seguro de que tanto mi argumento como mi eficiencia van a ser de su agrado- aventuró, con un brillo en su mirada que claramente era de desafío.

Antes de que el profesor acotara algún comentario que llegara a sacarlo aún más de sus casillas, Hiro abrió la caja de madera con una ligera ceremonia, causando cierta expectativa en sus compañeros, antes de extraer de ella una cinta blanca, maleable y circular.

Desde luego que Rakitic ni siquiera le dejó parpadear antes de pincharlo.

-¿Otra vez neurotransmisores, señor Hamada?- preguntó con evidente burla, causando que el chico se crispara, aunque logró contenerse de hacer algo estúpido… como ponerse la banda y hacer una demostración en vivo de lo que había creado-. ¿Es que esa mente tan brillante se está quedando sin ideas ya?

Hiro sonrió, aunque esta vez no le dirigió la mirada tan siquiera, sino que simplemente se colocó la banda, tratando de ignorar lo idiota que se veía con ella puesta.

-Tengo que admitir que hay riesgos en el uso de objetos controlados por neurotransmisores, pero no puedo negarme a trabajar con ellos por mucho que me esfuerce, señor- comentó como al pasar, mientras tomaba una placa Petro de vidrio -similar a la que había utilizado aquella vez para atrapar al microbot que le ayudó a llegar a Callaghan- y, con una pinza que sacó de su bolsillo, tomó algo que nadie alcanzaba a ver de la superficie de la mesa y lo colocó dentro. Cuando lo colocó bajo el microscopio que estaba sobre la mesa, también conectado al reflector, todos pudieron ver en el pizarrón que se trataba de algo que parecía una microscópica araña de color negro que correteaba de aquí para allá, tratando de salir de su prisión.

-Esto es un Guardián- explicó, señalando al infinitesimal robot que aparecía en el pizarrón de color blanco donde el reflector daba-. Es un robot microscópico que, al igual que los microbots, es controlado con un receptor de impulsos neuronales que el usuario mantendrá en su cabeza. Sin embargo, los guardianes mantienen abismales diferencias con los microbots- comentó, mientras tecleaba a toda velocidad sobre el tablero de control. Al instante aparecieron, alrededor de la imagen del robot, unas cuantas viñetas con información básica sobre su funcionamiento-. Los guardianes están pensados principalmente no para la construcción, sino para la protección de su usuario y, a pesar de estar siempre conectados a éste, su principal vínculo con el mundo son las personas que rodean al usuario.

-¿Cómo es eso?- preguntó el profesor, y Hiro se anotó como una victoria personal la genuina curiosidad y el desconcierto que poblaba su expresión.

-En realidad es sencillo- comentó, fingiendo humildad como sólo él podía hacerlo, con todas las miradas de sus compañeros fijas en él-. El funcionamiento de los guardianes tiene tres puntos clave. Se trasladan dentro de un rango de dos a cinco metros a la redonda del portador del neurotransmisor, siempre en movimiento junto a él, ese es el primer punto. Los guardianes utilizan un sistema de escaneo de ondas cerebrales similares al que mi hermano y yo hemos estado perfeccionando en el enfermero médico personal que les permite reconocer las ondas cerebrales de las personas alrededor del usuario, logrando idenificar principalmente a aquellas personas que tengan en mente el perpetrar algún atentado contra su usuario. El reconocimiento es el segundo punto clave en su funcionamiento. El tercero es la acción de defensa- comentó, señalando la última viñeta de información alrededor de la imagen del robot-, ante la detección de una posible amenaza por parte de otra persona sobre el usuario, los guardianes emitirán una alerta que está dirigida a llamar la atención sobre la víctima y ponerla a salvo, pero, en caso de que la amenaza se mantenga y una vez atravesado el rango de protección, los guardianes se adherirán al cuerpo del individuo ofensivo y causaran una leve descarga eléctrica que inmovilicé al atacante el tiempo suficiente para que la víctima huya- concluyó, dirigiendo una orgullosa mirada a la pequeña araña, ahora estática dentro de su contenedor-. Los he pensado principalmente para la protección de niños, adultos mayores o mujeres, pero no creo que me moleste el abrir el abanico de opciones a cualquier ciudadano con tal de lograr una ciudad más segura.

Bien, sería hipócrita de su parte el no admitir que, muy probablemente, algo de su vocación como héroe se hubiera infiltrado en sus proyectos como universitario. Pero es que de verdad quería hacer todo lo posible por mantener aquella ciudad lo más segura para todos como fuera posible, y no dejaría ninguna oportunidad que se le presentara para lograrlo. Mucho menos sí, además, sus esfuerzos le valían una buena nota en clases.

-Y toda esa magnífica hazaña… ¿La logrará solamente esta pequeña cosa?

Aunque claro, lo de una San Fransokyo segura sería tal vez más sencillo de lograr para él que una buena nota con Rakitic.

-¿Señor?- preguntó, dirigiéndole una mirada extrañada. El profesor le mostró todos sus blancos dientes en una sonrisa con sorna, claramente pagado de sí mismo al haberle tomado desprevenido, tal como evidenciaba la diversión en sus ojos azules. Debía admitir que el sujeto era bastante guapo, entre su juventud, su buen rostro y su figura corpulenta, su misma arrogancia resultaría incluso atractiva si no la arruinara siendo un maldito desgraciado y cagándose en el esfuerzo de sus alumnos.

El aludido amplió su sonrisa, ansioso de hacerle pasar vergüenza de seguro.

-No voy a negar que la idea sea interesante y bastante útil, aun cuando tenga algunos detalles que… pulir- comentó, llevando la mano que no utilizaba para mantenerse sobre la mesa hasta su mentón, frotándolo con aire pensativo-. Sin embargo, creo haber dicho que se tomaría en cuenta el grado de realismo que se mostrara en la presentación, y si me trae la idea de prácticamente una colmena de robots protectores, pero sólo me muestra un robot, me temo que no hay mucha diferencia entre lo que me plantea y una utopía, señor Hamada.

La segunda victoria personal que Hiro se anotó aquella tarde fue el ver la forma en que la expresión pagada de sí mismo que ostentaba el imbécil de Rakitic se esfumaba a medida que él sonreía, divertido, ante el argumento de su profesor.

-En eso se equivoca, profesor- le contradijo, algo que, aunque arriesgado, se sentía la mar de bien. Nuevamente tecleó un par de cosas en su control de mando para, acto seguido, alejarse de él y tomar del interior de la caja el mismo escáner con el que había tomado la medida de los chicos para hacer sus trajes hace un año-. Mi amiguito no está solo- continuó, dando un par de vueltas al escáner en su mano a modo de pistola, antes de activarlo-, de hecho, durante los últimos tres meses me he destrozado la vista creando cientos de prototipos diminutos hasta que, por fin, pude dar con uno que encajara en lo que yo tenía planeado, y, una vez lo conseguí, no quise correr el riesgo de quedarme sin un repuesto- finalizó, con una sonrisa divertida en su rostro, antes de escanear el suelo a su alrededor, con aquel laser verde que tan bien conocía barriendo el piso en un círculo perfecto que abarcaba un espacio de dos metros alrededor del chico, la distancia mínima, que alcanzaba apenas unos cinco de sus compañeros.

Cuando la imagen escaneada se proyectó sobre el pizarrón, todos quedaron boquiabiertos al ver como una alfombra de color verde se removía en movimientos frenéticos alrededor de Hiro.

-Aunque puede que ochocientas millones de copias fuera demasiado excesivo…- reflexionó, antes de girarse a sus compañeros, tres chicas y dos chicos de distintas nacionalidades- Como verá, el constante movimiento y su tamaño ayudan a que los robots sean prácticamente invisibles a simple vista, lo que permite que las amenazas a sus usuarios se mantengan desprevenidos y no planeen formas de llegar al usuario desde la distancia- luego de dar la explicación, Hiro se giró a sus compañeros con un gesto amistoso-… y dado que mis guardianes no se han alterado en lo más mínimo les agradezco por no querer atacarme, chicos.

El grupo rio, divertido y emocionado por el invento.

Quien claramente no estaba nada emocionado era su profesor. La forma en que se apartó unos pasos más allá de su rango de seguridad no le pasó por alto, aunque no pudo prestarle atención suficiente cuando volvió a abrir su gran bocota.

-Muy bien… veo que me escuchó a la perfección… pero supongo que me permitirá un par de observaciones más al respecto, ¿No es así?

-Desde luego- permitió, aunque estaba bastante seguro de que el otro las haría aunque él se hubiera negado, no sólo por el hecho de que, como profesor, le estaba más que permitido, sino por el hecho de que no le dejaría marchar de allí sin haberle hecho al menos una observación negativa a su trabajo.

-Bien, aunque la idea es interesante, aún hay algunos aspectos que no me cierran del todo- comentó, rascándose el mentón nuevamente, claramente devanándose los sesos por molestarle. Hiro sólo esperaba tener la fuerza para no caer en sus trampas-. En primer lugar, ¿Qué te hizo pensar que sería buena idea dar el poder a las personas de ir por la vida dando descargas paralizantes a los demás?

Hiro le desestimó con un gesto.

-Dado que el gas pimienta y las pistolas taser ya se comercializan como métodos de defensa personal, no veo el porqué de no aplicar la misma tecnología de éstas a mis robots.

-¿Y qué me dices de las posibilidades de confundir a un posible atacante con un sujeto simplemente de mal humor?

-Bueno, como ya ha dicho, estos son prototipos, por lo que aún hay detalles que ultimar, pero creo que el mismo escáner será suficiente para marcar diferencias.

-¿Y de causar complicaciones a alguien con enfermedades cardíacas o respiratorias?

-Eso puede resolverse con el punto anterior, los escáner- concluyó, sintiendo como su mal humor aumentaba de una forma peligrosamente notoria al ver como su profesor ni siquiera se esmeraba en disimular la forma en que buscaba una manera de avergonzarlo con una falla en su planeación-. Al tener acceso al organismo el escáner será capaz de ver los detalles de cada persona y de modificar la frecuencia de la descarga para no causar mayores daños.

-¿Y cómo saben que es un atacante para su usuario?, ¿Qué sucedería en caso de que las frecuencias de los neurotransmisores se mezclen y los robots ataquen a personas que no planean dañar a su usuario?

-Desde luego que cada prototipo estará unido a una banda específica a través de un código, como si se tratara de un chip o una huella digital y será prácticamente imposible que los guardianes se confundan de usuario, como sí lo hacen los microbots- Hiro tardó un poco más en pensar la otra cuestión-. Con respecto a lo primero… bueno, supongo que unos leves arreglos pueden resolverlo sin mayores dificultades, no creo que sea muy difícil hallar las diferencias entre aquellas personas que pretenden atacar al usuario con alguien interesado en atacar a otra persona.

-¿Supone?- repitió el profesor, divertido, antes de alejar con unos movimientos de su mano alguna basurilla que nadie más había visto en su saco- ¿Cree que las suposiciones son suficiente para aprobar mi clase, señor Hamada?- inquirió, viéndolo con una sonrisita triunfal que Hiro odió con toda su alma, al tiempo que provocaba que la cólera calentara su sangre con mayor velocidad de lo que cualquier ladrón o criminal hubiera logrado en todo lo que llevaba siendo héroe… no era posible que ése maldito imbécil prepotente se aferrara a una sola palabra en toda su exposición para desaprobarle, ¿Verdad?

-La ciencia ha avanzado todo lo que ha avanzado en todo este siglo exclusivamente a base de suposiciones- le respondió, disimulando sin éxito lo molesto que estaba, pero poco le importaba la mirada preocupada que sus compañeros le dirigían o la creciente satisfacción en la mirada del ruso al notar que le estaba poniendo en el estado que quería, Hiro Hamada no se dejaría pisotear por un triste idiota que se las creía el mayor científico del mundo o algo así y no toleraba que su alumno le superara-. Probabilidades, cálculos. Todo gran invento científico se ha basado en ellos, ha cometido errores y ha aprendido de ellos para ser mejor, señor.

Rakitic sonrió, prepotente, y Hiro sintió que se crispaba el doble.

-¿Estás seguro de que esa es la única manera de hacer ciencia que existe?- cuestionó.

-¿Está seguro de que lo que usted hace es ciencia?- rebatió, sin medirse en sus palabras y sintiéndose mortalmente orgulloso de la manera en que la expresión de aquel sujeto se desestabilizó por un momento, presa de la sorpresa, sólo para mostrar un ceño profundamente fruncido y una amenaza latente en su mirada. Claro que, después de luchar contra criminales todos los días, la mirada ofendida de un idiota prepotente ni siquiera llegaba a intimidarlo, al igual que el silencio que se alzó en todo el salón de clases.

-¿A qué se refiere, señorito?

Hiro resopló, demasiado enfadado como para preocuparse por lo que fuera de su futuro académico luego de lo que pensaba decir.

-¿Francamente?- inquirió, alzando una ceja-, pues es sencillo de entender, profesor. Desde hace exactamente tres años que está dando clases en esta universidad, pero no ha participado con ningún invento en ninguna de las ferias universitarias que se han organizado en el distrito o el estado, como sí lo han hecho el resto de los profesores y algunos alumnos. Tampoco ha creado ningún invento ganador en las ferias que se realizan en la universidad, sino que muchas veces sus inventos se han calificado como una verdadera bazofia que apenas y pueden funcionar. Sin embargo, tiene el descaro de martirizar a sus alumnos como si tuviera el derecho del mayor de los inventores el mundo. Desestima inventos asombrosos de alumnos esforzados de las formas más crueles, sin preocuparse un segundo en los efectos que eso puede tener en estudiantes de baja autoestima. Cuando el resto de los docentes de la universidad contribuyen con críticas constructivas, usted se dedica a burlarse de los esfuerzos de sus estudiantes, como si ellos fueran quienes fracasaran como estudiantes cuando, en realidad, el único que fracasa aquí es usted como docente.

A esas alturas de su discurso el silencio y la tensión en el aire tenían casi un peso físico, los alumnos veían con diversas expresiones al chico, expresiones que iban desde la sorpresa hasta el más completo acuerdo con sus palabras. Sin embargo, lo único que tenía la atención de Hiro en ese momento fueron los ojos celestes de su profesor, claramente indignado y furioso, sentimientos que se incrementaron al ver que el muchacho no se amilanaba y le mantenía la mirada con firmeza, desafiante.

Hiro pudo ver el momento en que el mayor respiró hondo y se llevó una mano al brillante cabello rubio, calmándose. Luego de un segundo, la expresión condescendiente y el brillo en la mirada que le hacía sentir como un pedazo de mierda estaban allí de nuevo.

-Sinceramente, señorito Hamada, esperaba más de usted que el que escudara las deficiencias de su trabajo detrás de excusas baratas- soltó de la nada, con su voz grave y baja completamente calma, casi conciliadora, y Hiro tuvo que ahogar un jadeo indignado ante sus palabras-.Y menos aún le hubiera creído capaz de echarme la culpa a mí, como profesor, de los errores que usted cometió en la planeación de su trabajo.

Hiro abrió los ojos de par en par.

-¿Cómo?- no podía creer lo que oía.

-Lo que acaba de oír, señorito- continuó, dirigiéndose a su esritorio y tomando la libreta de cuero oscuro en la que anotaba las notas de sus alumnos-. Hubiera perdonado sus errores de haberlos reconocido al concluir su exposición, pero bajo ningún concepto puedo dejarle aprobar mi clase luego de semejante ofensa y falta de criterio académico, jovencito…

Hiro tragó saliva, viendo con los ojos abiertos de par en par como un brillante insuficiente relucía junto a su nombre en la planilla improvisada que el hombre esgrimía frente a él como un estandarte de batalla.

-Es una pena, jovencito, pero exijo un poco más de esfuerzo para aprobar mi clase- concluyó, mirándolo con una sonrisa triunfal, sin importarle el como todos los alumnos podían ver el regocijo que le causaba hacer aquello y los motivos aparentemente personales que le guiaban.

Hiro tragó saliva al tiempo que comenzaba a temblar, furioso al ver como aquel maldito bastardo le hacía aquello con total impunidad, sin siquiera pensar en el esfuerzo de meses que le había llevado pensar la idea, realizar los cientos de prototipos y las copias del prototipo final, sin siquiera imaginar las horas que se pasaba despierto hasta tarde –a veces hasta que amanecía- para poder compensar el tiempo que perdía en misiones y entrenando. El ver como, a pesar de lo mucho que se había esforzado por llegar a tiempo a aquella exposición con unos robots casi perfectamente acabados entre todo lo ocurrido con Tadashi y el equipo, aquel desgraciado ni siquiera evaluaría de forma correcta su trabajo fue suficiente para que Hiro mandara todo al demonio.

-Con todo respeto, profesor- murmuró llamando la atención del sujeto, que le miró con curiosidad al notar el cambio en el menor. A Hiro ni siquiera le importó el estarse dirigiendo a una persona mayor que él cuando le soltó lo que tanto él como al menos otras cien personas más en el instituto pensaban- ¡Usted y su clase de mierda me la sudan, maldito bastardo!


Hiro suspiró pesadamente, maldiciéndose una y otra vez mientras guardaba cada uno de los elementos de su exposición en la caja de madera, tratando de ignorar la forma en que el frío entumecía sus manos y ralentizaba sus movimientos. Si tan sólo hubiera guardado silencio y hubiera aceptado su destino ahora estaría tomando chocolate caliente junto a Cass, Tadashi y Baymax, y viendo una película frente al fuego en la calidez de su hogar.

El sonido de la tapa al encastrar con el resto de la caja resonó con la nitidez de un trueno en la habitación vacía, dejando un resquemor en el aire que le causó cierto malestar y le obligó a alzar la mirada.

A pesar de apenas pasar de la hora de finalización de clases el cielo al otro lado de las empañadas ventanas ya estaba completamente oscurecido por culpa del invierno, y la visión del salón vacío junto a esa imagen le produjo una sensación de frío en el cuerpo que le erizó la piel y le obligó a estremecerse.

Tal vez un poco del frío que sentía ahora le hubiera servido un segundo antes de mandar a la mierda al profesor que más afán por hundirlo tenía en todo el instituto, al igual que a su cátedra.

Reflexionó por un momento, estático, antes de que el sonido de su palma al impactar con su frente rompiera con el pesado silencio de la habitación.

Si se hubiera mantenido callado, si hubiera soportado en silencio unos segundos más antes de cuestionarse la eficacia laboral de Rakitic frente a toda la clase, tal vez hubiera podido aprobar, con una nota mucho menor de la que se merecía, desde luego, pero al menos aprobaría. Ahora, debido a su impulsividad y su filosa lengua, tendría que volver a presentar el trabajo si quería pasar la cátedra, y eso era ser optimista y no contemplar la posibilidad de que alguna sanción le impidiera hacerlo y debiera recursarla.

Hiro suspiró pesadamente, decidiendo que lo mejor sería no pensar en ello. A pesar de que su vida como héroe debería ocupar la gran mayoría de su pensamiento, Hiro lograba equilibrarla de forma exitosa con su vida como estudiante, inventor, amigo, hermano y sobrino y, desde luego, su deber académico le resultaba tan importante como cualquiera de los otros.

Apenas logró reprimir otro pesado suspiro antes de tomar su caja, con el neurotransmisor y los guardianes dentro, y llevarlo hasta su pupitre, oyendo sus pasos resonar en el salón vacío.

Estaba a punto de guardarla en la mochila cuando el sonido de la puerta al abrirse le petrificó al instante y, al notar como sus manos comenzaban a temblar de forma irregular se apresuró a dejar la caja en la superficie de madera antes de pasar aún más vergüenza dejándola caer.

Se tomó un par de segundos para girarse luego de que el sonido de la puerta al cerrarse se hiciera presente en el salón.

Cuando lo hizo, luego de inhalar profundamente para llenarse de coraje y paciencia, lo primero que vio fue aquel profundo par de ojos azules contemplándolo de una forma que le era difícil de describir pero que ciertamente dudaba que fuera buena.

Tardó unos segundos enfrentando su mirada con la del mayor, sin sentirse exactamente avergonzado o intimidado por el otro, aunque sí algo nervioso por la situación. El miedo era algo extraño en alguien cuyo carácter había sido forjado a base de peleas y enfrentamientos con las más bizarras situaciones.

Al cabo de unos segundos un atisbo de diversión se coló en el extraño matiz de sus ojos azules, y acabó por alejar la mirada con una pequeña sonrisa que le obligó a reprimir un estremecimiento de espanto.

-Acérquese, señorito Hamada- le pidió el joven profesor, colocando el portafolio que aún llevaba en la mano en el suelo, y recostó su cadera en el escritorio mientras jugueteaba distraídamente con algo entre sus dedos. Hiro tardó un momento en su sitio antes de acatar la molesta orden –pues ambos sabían que eso era- dicha en aquel acento ruso que le molestaba sólo porque él lo utilizaba.

Más trató de mantener la calma, pues sabía que no debía forzar su suerte más de lo que ya había hecho. Pero es que había algo en ese sujeto que de verdad sacaba lo peor de él, le dio mala espina desde el comienzo por culpa de las prolongadas miradas que le dirigía en clases y su abiertamente descarada competencia académica con él… o lo que fuera que estuviera haciendo.

Cuando llegó frente al mayor, lo que primero que notó fue que aquello con lo que jugueteaba era una especie de anillo doble, dos círculos de lo que parecía un reluciente metal plateado unidos y que iba y venía entre sus dedos lentamente.

Hiro lo miró con curiosidad por un momento, pero no pudo prestarle mayor atención cuando la voz del profesor le trajo de vuelta al presente.

-Entenderás que la situación de hoy amerita que hablemos, ¿No es así, Hiro?- lo segundo que notó fue que algo debía ir muy mal, porque no había forma de que Rakitic le llamara por su nombre sin que ello anunciara una tragedia. Le contempló un instante, receloso.

-Lo comprendo- respondió al cabo de unos segundos, decidiendo que lo más sensato sería seguirle el juego para ver a qué quería llegar.

El mayor asintió, aparentemente satisfecho, pero el curioso mohín en sus labios y el brillo en sus ojos le impedían confiarse de él.

-¿Crees que puedo tolerar el que me trates a mí o a mi clase de la forma en que lo hiciste frente a tus compañeros?- comenzó, una pregunta claramente retórica, pero Hiro no sabía de quedarse callado, eso estaba claro ya.

-No, desde luego que no, y me disculpo por ello- mintió, manteniéndole la mirada sin amedrentarse a pesar de los veinte centímetros que el mayor le ganaba en altura, luchando porque la desconfianza y los deseos de linchar al profesor que le embargaban no fueran visibles en sus ojos y tono de voz-. Pero tampoco creo correcto que lleve a tal punto una competencia de egos con un alumno como para desmerecer un trabajo que claramente estaba bien- contraatacó, con una seguridad que se evidenciaba en su tono de voz.

Ante sus palabras, la expresión del mayor mutó en una sincera mueca de sorpresa y perplejidad que estuvo a punto de dejarle estupefacto a él mismo, porque verdaderamente se veía como si no tuviera idea de lo que estaba hablando. Un segundo después, Rakitic explotaba en estruendosas carcajadas ante su rostro descompuesto por la sorpresa y la extrañez.

-¿Qué?- fue lo único que pudo decir, sosteniéndose con una mano el vientre, y Hiro sintió como un profundo enojo volvía a gestarse en su persona. Debió contar hasta diez rápidamente para lograr hablar sin fruncir el ceño.

-Lo que oyó- le respondió, apenas manteniendo la calma, esperando que su rostro fuera más amable que su tenso tono de voz-, si desea mantener alguna competencia, o desea demostrar que es superior a mí de alguna manera, le ruego que lo haga de forma que no involucre mi rendimiento académico.

El mayor le miró con una faz divertida, claramente socarrona, aunque más relajada.

-De modo… que crees que me comporto de esta forma contigo… ¿Porque estoy compitiendo?- preguntó, evidentemente jocoso ante la situación.

"O porque es un bastado".

-Algo así- contestó en su lugar, sintiendo como su molestia subía varios escalones al notar el tono de su profesor. Su gesto y el tono de su voz le hacía más que evidente que parecía sólo un niñato inocente e inexperto para él, y eso en verdad le molestaba cuando no era Tadashi quien lo hacía.

El mayor sonrió con sorna, sin molestarse en ocultar su diversión, antes de alejarse de la mesa. Hiro se tensó por puro instinto, pero superó el impulso de apartarse un paso para mantener la distancia.

-¿Y si te dijera que no?- preguntó mientras daba lentos pasos a su alrededor, en un tono bajo y suave que despertó un estremecimiento que el chico apenas logró disimular. Cuando lo tuvo a sus espaldas Hiro no pudo evitar girarse, ya alerta.

Escudriñó su rostro con recelo, sin molestarse en disimular su estado a la defensiva aun cuando no entendía del todo los movimientos del mayor.

-¿Y a qué se debe su trato entonces?- preguntó, intrigado por saber si los ojos del profesor habían estado tan dilatados antes.

Su sonrisa se empequeñeció al notar su actitud y su tono irreverente, aún más asquerosa para Hiro si es que eso era posible, antes de que el mayor le dedicara una caída de párpados que casi le obliga a alzar una ceja.

-¿Qué tal suena si te digo que es para llamar tu atención?- susurró, y Hiro quedó de una pieza al oírlo a la vez que, petrificado por la sorpresa, era incapaz de notar como paso a paso el profesor ganaba terreo sobre él y le iba acorralando contra el escritorio- ¿Qué si te digo que, si bien al comienzo creí que sólo eras un niñato algo inteligente al que todos ponderaban por lástima debido a la muerte de su hermano, sólo me bastaron un par de clases contigo para notar que eras un verdadero genio y que deseaba permanecer en tu cabeza todo el tiempo, de la misma manera en que tú lo hacías en la mía, aún si tuviera que hacerlo a través de lo académico?

Hiro parpadeó un par de veces, atónito, ante lo que la sonrisa del mayor se ensanchó, oscura y sibilina, y un brillo que no parecía esconder buenas intenciones creció en su mirada.

El chico le contempló detenidamente, con los ojos más abiertos de lo normal y el ceño profundamente fruncido.

Reparó en su brillante y sedoso cabello rubio, sus profundos ojos azules que, aunque atractivos en parte por su propio y singular color y aquel deje seductor que poseían, le miraban de la misma manera que Moshi a una lata de atún, lo que le hizo sentirse ligeramente enfermo y asqueado. Rakitic era alto, tenía un cuerpo tonificado y elegante. Su rostro era masculino, con unos lindos y carnosos labios que resaltaban en lo pálido de su tez debido a su tono rojizo, una nariz recta y un fuerte y anguloso mentón, además de una espalda lo suficientemente amplia y fuerte como para ocultar su cuerpo por completo, algo que, desde luego le resultaba atrayente.

Porque no se engañaría ya, los hombres le resultaban atractivos –ese era el menor de sus problemas actualmente-, y éste lo era con creces, pero lo podrido de su mente le impedía verlo más que como un maldito bastardo. Toda su belleza quedaba opacada por la horrible persona que era.

Y no estaba de humor como para rechazar con tacto a esa clase de personas, no cuando le habían costado un excelente promedio académico.

-Pues le diría que me resulta de lo más manipulador y enfermizo- soltó, sin titubear y con la expresión más molesta que tenía, una en la que no quedaban dudas de lo repudiable que le resultaba su descarada confesión y sus métodos para llamar su atención.

Y estaba por alejarse, cuando un brazo le cerró el camino hacia su mochila y, de repente, el rostro del profesor estaba más cerca de lo que cualquiera hubiera considerado cómodo.

-Mucho me temo, Hiro, que lo que me generas está muy lejos de la mera competitividad que crees…- susurró mirándolo directamente a los ojos y causando que debiera alzar el rostro de una forma vergonzosa para mantenerle la mirada, fulminándolo con ella. Su tono de voz era bajo, ronco y demasiado meloso, y se acercó un paso más, provocando que su cadera chocara con la mesa cuando trató de mantener las distancias.

El pánico embargó su mente por un segundo, adivinando vagamente las intenciones del otro, pero logró ignorarlo lo suficiente como para que su voz fuera firme y segura cuando volvió a hablar.

-Lo siento, profesor, pero no puedo corresponderle- comenzó, tratando de flanquearlo por el otro lado para llegar a la puerta- y me parece una propuesta inapropiada míresela por donde se la mire.

"Cara dura" le sorprendió una voz en su fuero interno, recordándole que lo que él mismo sentía por su hermano también distaba de ser apropiado desde cualquier punto de vista. Sin embargo, consideró que sería mejor el ignorarla por el momento.

Cosa que no le resultó difícil cuando un férreo agarre alrededor de su muñeca izquierda cortó su intento de huida.

-Creo que no has entendido, Hiro- ahora su voz sonaba mucho más grave, sombría incluso, y el aludido se estremeció, sorprendido y espantado-. Si quieres aprobar esta clase, te aconsejo que comiences por bajarte los pantalones.

Ahora sí, definitivamente su sangre se heló ante las palabras del adulto y su mirada que, si le quedaba alguna duda de que todo aquello no era una pésima broma, las disipaba ante su seguridad y repulsivo anhelo… un anhelo que Hiro sólo conocía en sueños.

Echó una mirada a su pupitre lo más disimuladamente posible, donde la caja en la que reposaban los guardianes resaltaba en medio de la blancura del salón, y de repente comprendió el porqué de que su profesor se alejara durante su presentación a la tarde. Temía que los robots pudieran alertarle de sus malas intenciones.

Ya toda aquella situación había sido planeada por él: las burlas, su reacción iracunda, el hallarse a solas y perpetrar aquel acto aberrante. Había jugado con él y él había reaccionado tal como quería… aquello sólo le hizo sentir como un imbécil, uno muy enojado, y volvió la mirada al mayor, permitiendo que notara cuanto lo odiaba y maldecía. Sólo pudo ver como su sonrisa se arqueaba aún más al comprender que había sido descubierto, y eso sólo logró que algo dentro de él, probablemente su cordura, explotara.

-Ya sabe mi opinión sobre usted o su clase, profesor- gruñó con cizaña, antes de jalar con fuerza su brazo, logrando zafar de su agarre al tomarle desprevenido.

Trató de correr hasta su pupitre, con la esperanza de poder colocarse el neurotransmisor antes de que el otro lo atrapara.

Pero no logró dar dos zancadas antes de que otra vez el férreo agarre de aquellas gigantescas manos lo tomara por el brazo. Gimió de dolor cuando lo alzó con brusquedad por encima de su cabeza, sólo para que un tacto más duro y frío envolviera su muñeca. Cuando volvió a sentirlo, esta vez en su otra muñeca, reconoció el tacto metálico y pudo comprender el por qué aquel extraño doble anillo le había llamado tanto la atención. Eran las mini esposas magnéticas que uno de sus compañeros, hijo de un policía, había presentado para un examen hace unos meses…

No podía creer que estuviera planeando aquello desde entonces.

Aún en shock, apenas pudo oponer resistencia cuando le arrastró nuevamente al escritorio de blanco metal, pero su fuerza en ese momento, exhausto mental y físicamente, no pudo hacer frente a la fuerza de su profesor y pronto se halló sobre la superficie de la mesa, con sus brazos extendidos sobre su cabeza y sus piernas colgando hasta la mitad de sus muslos por el borde de ésta, siendo su cuerpo sostenido sólo por las esposas en sus muñecas.

Sólo pasó un segundo para que el tacto del metal en su piel le provocara un leve escozor que le hizo tragar saliva, aunque claramente no fuera lo único por lo que lo hizo.

-Creí que podrías negarte a negociar, así que tomé precauciones- se limitó a decir, burlón, antes de tomar con firmeza sus rodillas y apoderarse del espacio entre sus piernas con tal rapidez que apenas pudo reaccionar con un gruñido molesto y tratando de cerrarlas cuando ya fue demasiado tarde. Alzó tanto su pierna como le fue posible para poder patear su brazo, pero le esquivó sin mayor dificultad y comenzó a desprender el botón de su pantalón, ante lo que Hiro casi chilla de espanto, abriendo sus ojos de par en par. La risa complacida que el mayor soltó en respuesta le hizo enfurecer más con aquello, con la situación, consigo mismo y definitivamente con aquel bastardo que ahora le veía con ese asqueroso brillo de deseo y superioridad en su mirada-. No se irá de aquí hasta que tome lo que quiero de usted, señorito Hamada- zanjó, con una convicción tan férrea como el agarre de las esposas que laceraban sus muñecas.

Y hubiera deseado insultarlo, a él, a su madre, a toda su maldita familia. Era casi una necesidad biológica por la que todo su cuerpo clamaba, como respirar o dormir, y desde luego que lo hubiera hecho si, para su más profundo horror, el tacto de una de las frías e inmensas manos de aquel infeliz al colarse en el espacio que había entre la tela de su bóxer y su pantalón no le hubiera atragantado con sus propios insultos y, en su lugar, le obligara a soltar un agudo grito que murió sobre una sedosa tela que, sin saber ni cómo ni cuándo, se había apañado para ajustar sobre sus labios.


Tadashi caminaba apresuradamente por los pasillos del instituto, saludando lo más educadamente que podía a las escasas personas que encontraba en su camino, que a esas alturas no eran más que unos pocos alumnos, profesores y personal de limpieza en su mayoría. Si bien había muchos chicos que se quedaban a deshoras en la universidad, la mayoría se aglomeraba en los renovados laboratorios del otro lado del campus. Él mismo podría ser de esos chicos en este momento y estar con el resto del equipo haciendo avances en sus trabajos antes de las vacaciones, pero quería llegar lo más rápidamente posible al salón donde tenía Hiro sus clases de ingeniería porque, primero, quería servir de consuelo a su hermano y, segundo y principal, porque pensaba darle el sermón de su vida antes de llegar a casa por haber insultado a un profesor y, para colmo, frente a toda la clase… por mucho que se lo mereciera.

Luego de que las clases acabaran el rumor del trágico final de la exposición de Hiro no tardó en esparcirse como pólvora por el instituto, con mucha gente a favor del chico, desde luego. Pero cuando llegó a sus oídos pronto su instinto como hermano y compañero afloraron y sus deberes chocaron, no sabiendo si consolarlo y dejar el trabajo de regañarlo a Cass o, por mucho que le costara, tomar la responsabilidad en ambas cuestiones y ahorrar a su tía el disgusto de lidiar con aquello…

Decidiéndose por lo último había salido de su trabajo en el laboratorio -donde estaba ayudando como tutor de pares a un par de chicos de primer año con problemas de programación en un robot- y se había dirigido directamente al instituto, atravesando todo el campus casi sin intercambiar miradas con nadie e ignorando el frío de los mil demonios que hacía allí afuera.

Pero la velocidad de su caminata no se debía solamente a su necesidad de reprender o consolar a su hermano, claro que no. Había sido un mal presentimiento, una fuerte presión en su pecho, lo que le había hecho cruzar a la carrera las puertas del Ito Ishioka, cruzar sus pasillos con premura y subir de dos en dos las escaleras que le separaban del piso en el que estaba Hiro. Se trataba de un extraño palpito que pocas veces en su vida había tenido y que, para su profunda consternación, siempre se hallaba relacionado a su imprudente hermano.

Se saltó el último escalón y dobló en el pasillo vacío con presuroso paso, ya con el pálpito directamente siendo una fuerza física que le empujaba hacia la puerta blanca de ingeniería de segundo año.

Sin embargo se obligó a detenerse antes de tomar el picaporte y abrir, esperando por oír al profesor o a Hiro hablar en el interior. Pudo notar murmullos inteligibles y forcejeos por parte del infame profesor, lo que le hizo alzar las cejas con sorpresa, pero no había indicios de su hermano menor por ningún lado.

Anteriormente no lo había hecho por temor a que Hiro lo viera y se sintiera peor en medio del regaño, pero aquellos extraños sonidos le obligaron a asomar su rostro por la ventana que ocupaba la mitad de la puerta, cauteloso, buscando a su hermano del otro lado.

Pero lo único que pudo ver fue al alto y rubio profesor cerniéndose sobre el escritorio de blanco metal, cubriéndolo casi por completo e inclinando su cabeza sobre lo que fuera aquello en lo que estaba trabajando, observándolo desde toda su altura. El movimiento brusco pero rítmico de su hombro derecho por debajo de la tela de su elegante saco gris le obligó a ver sobre el escritorio, donde unas piernas claramente masculinas permanecían abiertas a cada lado de sus caderas, mientras una era firmemente asida por la mano extra del mayor.

Asombrado y extrañamente cohibido por la escena, que a todas luces era un encuentro íntimo, decidió retirarse al no hallar a su hermano por ningún lado… y se hubiera marchado en ese instante de no ser por el leve tono marrón sobre uno de los pupitres que le detuvo el tiempo suficiente para distinguir la caja de madera tallada en la que Hiro llevó sus robots aquella tarde, resaltando como un sol en medio de la blancura impoluta del resto de la habitación.

Alarmado ante la visión de las pertenencias de su hermano, volvió a llevar su atención al profesor y su acompañante, abriendo los ojos como platos en el momento en que distinguió las características zapatillas marrones con cordones amarillos de su hermano.

La escena le resultaba tan extraña y surrealista que se petrificó observándolo por un momento, en blanco, mientras veía en primera plana como aquel sujeto mantenía inmóvil a su hermanito sobre su escritorio, mientras le tocaba con total descaro, lo que era obvio aun cuando no pudiera verlo.

Una extraña sensación de pesadez se instaló en su pecho al ver a Hiro en aquella situación que, ni en un millón de años, hubiera esperado contemplar. Sometido ante un hombre que era al menos diez años mayor que él al que, supuestamente, odiaba, y se preguntó con cierto pesar qué le había llevado a prestarse a aquello.

La pesadez comenzaba a tornarse en enojo y decepción cuando un movimiento extraño en la pierna libre de Hiro le llamó la atención, y se quedó observándola fijamente el instante que le tomó dar una segunda patada, claramente tratando de alejar al mayor.

Tadashi supo, para su profundo horror y alivio, que Hiro para nada estaba de acuerdo con aquello. Y en el instante en que lo tuvo claro sobraron las décimas de un segundo para que tomara el picaporte y, agradeciendo a todos los dioses que conocía por el que la puerta estuviera abierta, entrara hecho un bólido al salón.


Hiro volvió a gritar de rabia contra la tela de la corbata de aquel bastardo, sabiendo que era inútil y sintiendo como la saliva la empapaba de una forma incómoda.

Su ceño le dolía ya de tanto fruncirlo, al igual que sus brazos y piernas al obligarlas a forcejear en una posición poco natural.

Las lágrimas de impotencia y el sudor impregnaban su rostro de la misma forma que el asco su ser al sentir la mano repulsiva de aquel degenerado entre sus piernas, buscando una reacción que ni de broma su cuerpo le daría.

Intentó volver a patearlo, pero el impacto no fue tan poderoso como hubiera deseado al estar él tan cerca de su cuerpo. No había suficiente velocidad.

El maldito infeliz tuvo el descaro de reírse ante su gruñido de impotencia y Hiro le fulminó con la mirada, esperando que sus deseos de sacar a Baymax su configuración de cuidador y encerrarlo en la misma habitación fueran visibles en ellos. Más lo único que ganó fue una sonrisa maquiavélica y prepotente por parte del ruso, una que le dio muy mala espina.

-Sabes que me encanta verte furioso, ¿No?- señaló lo obvio, y Hiro hubiera dado lo que fuera por tan sólo escupirle la cara. Sin embargo, el mayor pegó sus caderas a sus muslos abiertos y la dureza que sintió contra su trasero le obligó a abrir los ojos de par en par y soltar un ahogado respingo. A pesar de nunca haber tenido aquel tipo de contacto con hombres ni mujeres sabía perfectamente de qué se trataba e inmóvil dirigió su mirada temerosa y espantada nuevamente hasta la del profesor, sólo para encontrarse con una sonrisa de oreja a oreja y un repulsivo brillo de satisfacción en sus ojos que le heló la sangre del espanto-. Pero ahora mismo me pregunto ¿Qué tanto me excitaría el ver tu miedo?

El chico ni siquiera pudo acabar de procesar el significado de aquellas palabras cuando con un firme movimiento sintió como la pelvis de aquel bastardo se apegaba más a sus caderas, y apenas pudo reprimir un estremecimiento de asco cuando la mano que tenía entre sus piernas se alejó de sus bóxers sólo para luchar contra el borde de su pantalón y su ropa interior.

"No" Trató de gritar, pero sólo logró pensarlo mientras un nuevo sentimiento de desesperación le embargaba y daba nuevos bríos a sus intentos de zafarse de aquel enfermo "¡No, no!, ¡Alguien, por favor, ayuda!".

-Forcejea todo lo que quieras, pero no saldrás de aquí- le oyó susurrar, completamente pagado de sí mismo-. Estas esposas no se abrirán mientras yo y su interruptor estemos a tres metros de ti al menos y te aseguro que nadie vendrá a salvarte, así que ¿Por qué no tratas de relajarte y pasar esta situación de la forma más placentera posible?- concluyó, con una sonrisa que obligó a Hiro a contener una arcada.

Acostumbrado a ser quien brindara ayuda, no estaba nada habituado a sentirse indefenso (o no al menos a demostrarlo), pero no podía evitar reaccionar como cualquier persona aterrada lo haría al sentir como la repulsiva lengua de aquel maldito desgraciado y sus manos le recorrían a su antojo, mientras era evidente que ninguno de sus esfuerzos por escapar darían frutos aun cuando se rasgara la piel de las muñecas allí mismo.

Sabía que lo único que lograría parar aquello era el que alguien los descubriera, pero considerando la hora, dudaba que un alma rondara en el instituto ya… y sin embargo, aún no perdía las esperanzas de que, como siempre, él llegara en el momento menos esperado para rescatarlo.

Cerró los ojos con fuerza, deseando que no fueran sólo sueños de un chico desesperado casi con la misma fuerza que deseaba que aquellas manos y lengua dejaran de tocarlo sin importar su opinión, que las palabras soeces cesaran y que todo aquello no fuera más que otro de sus extraños sueños… pero ni en sus sueños más desviados su hermano le tocaría de aquella forma tan humillante, o le trataría con la rudeza con la que aquel bruto lo hacía, magullándole la pierna y jalando de su ropa de tal manera que las esposas en sus muñecas comenzaban a lacerar su carne.

Gritó una vez más, desesperado, sin molestarse en ocultar el llamado a su hermano que su grito era. Lo único que quería era que todo aquello pasara, estar lejos de aquel sujeto, de sus manos, seguro entre los brazos de Tadashi.

Y como si alguna deidad por fin se hubiera dignado a escucharlo todo el peso que le mantenía inmóvil sobre la mesa desapareció de un segundo a otro, y el impulso de sus patadas hizo que buena parte de su cuerpo se resbalara por el escritorio.

A pesar del dolor que le causó el latigazo y del desconcierto de hallarse liberado de la nada, Hiro no pudo evitar llorar de alegría y alivio cuando su mirada chocó con aquel par de ojos pardos que tanto conocía y que ahora relucían con un brillo de preocupación a la vez que recorría su rostro. No pudo evitar ya contener ahogados sollozos de alivio al ver a su hermano allí.

Sin embargo, la mirada de su hermano fue cambiando a medida que escudriñaba su cuerpo en busca de lesiones, en un gesto que le dio un dejá vù de sus sueños. Sólo que esta vez no era lujuria lo que relucía en los ojos de Tadashi a medida que descendían por su cuerpo. No, sino la más pura y frenética ira que alguna vez hubiera visto en él, mil veces peor que la que había visto el día que descubrió al equipo entrenando en la casa de Fred.

En aquella ocasión la decepción y el miedo eran claros en los ojos de su hermano, pero ahora lo único que podía ver, a medida que su hermano más y más notaba el estado en el que se encontraba, era odio puro y duro, junto a una poderosa y clara necesidad de hacer daño… y mucho.

Dirigió una mirada a Rakitic, que permanecía firmemente asido del cuello de la camisa. Inmóvil contra el blanco pizarrón y con la vista fija en su hermano, con la sorpresa y el horror de quien ha visto a un fantasma. Casi sintió pena por él…

"Casi" recalcó, notando la poderosa satisfacción que le embargó al ver la forma en que un solo golpe de su hermano en el rostro le envió con fuerza contra el pizarrón y a ambos al suelo con un sonoro estruendo.

Tadashi veía todo tras un velo rojo de ira. El rememorar el rostro desesperado, humillado y aterrorizado hasta las lágrimas de su hermanito, y saber que tenía al maldito bastardo que le había sometido frente a él no hacía más que aumentar sus deseos de moler a golpes a aquel sujeto, de la más literal de las maneras.

Rakitic le miraba aterrorizado desde el suelo, sujetando el lugar en su sien donde un poco de sangre comenzaba a brotar. Se acercó, sólo para verle tratar de huir con lastimeros movimientos que le hacían parecer más un gusano de lo que ya era.

Sintió su mano aferrarse a su muñeca cuando le alzó del cuello de la camisa nuevamente, sólo para volver a asestarle otro golpe en el mentón que le lanzó contra las puertas, a las que se aferró apenas, tratando de huir al ver que éstas habían quedado abiertas tras la irrupción de Tadashi.

Ante la expectativa de que huyera, Tadashi se abalanzó sobre él, acorralándolo contra la pared del pasillo. El impacto de un golpe en la mejilla lo detuvo por un segundo, sólo para acabar devolviendo el favor con creces al infeliz profesor.

Uno tras otro, sus golpes llevaron al mayor al suelo, mientras el sentía como sus nudillos comenzaban a doler, resintiendo el maltrato constante, aunque estaba seguro de que no lo resentían ni la mitad de lo que el hombre con ojos cerrados y blanca piel cubierta en sangre bajo él lo hacía. Sólo se detuvo cuando vio que el otro permanecía inconsciente, o al menos inmóvil, tendido en el suelo, y se lo pensó dos veces al notar que sus deseos de causarle daño seguían tan latentes en su piel como cuando le dio el primer golpe.

Se detuvo un segundo para recobrar el aliento, agitando como ni siquiera lo estaba en las misiones, con el corazón latiendo a mil por hora y el rostro bañado en sudor.

Cuando logró relajarse un poco respiró hondo y se llevó las manos al rostro, apartando el sudor y los mechones de cabello que se adherían a su frente. Aún yacía sobre el cuerpo inconsciente de aquel imbécil, contemplando con aire ausente su rostro magullado y ensangrentado

Una tonalidad rojiza le obligó a dirigir su mirada a sus manos, donde salpicaduras de sangre cubrían sus falanges y nudillos. Las desplegó y cerró un par de veces preguntándose si sólo sería de Rakitic y estando bastante seguro de que aquello dolería como los mil demonios cuando la adrenalina desapareciera.

Pero su momento de reflexión se desvaneció cuando un tembloroso llamado se alzó en el silencio del lugar y su nombre en la temblorosa voz de su hermano le trajo de golpe a la realidad.

Se puso en pie de un salto y en menos de un segundo estuvo a su lado. Sorpresivamente libre de las esposas, Hiro luchaba por sentarse en el escritorio, pero ya fuera por el cansancio o por el dolor de su cuerpo se le estaba haciendo imposible. Se apresuró a rodear su cadera con un brazo, tratando por el bien del bastardo de Rakitic de no reparar en el estado de su ropa hasta que él mismo pudiera arreglarse, y le sostuvo firmemente contra él al tiempo que le impulsaba hacia arriba. Sujetó su muñeca para ayudarle a enderezarse pero, para su propia sorpresa, Hiro la alejó con un siseo.

Le miró extrañado y preocupado, mientras su hermano se aferraba la muñeca que había sujetado. Pero la franja de piel al rojo vivo y magullada que relucía en la pálida piel de su otra muñeca era toda la respuesta que necesitaba.

Sintió nuevamente la ira trepar por su garganta, pero le bastó ver a su hermano frotarse la muñeca y volver a sisear de dolor para que su necesidad de protegerle fuera superior a la de vengarle.

Tomó con delicadeza ambas manos y, asegurándose de no herirlo, acercó su rostro y comenzó a soplar sobre ellas de la misma manera que había hecho incontables veces de pequeños, buscando aplacar el dolor y esperando que sus manos ensangrentadas no lo asustasen.

Permaneció así unos segundos hasta que supo por la forma en que sus brazos se relajaron y dobló sus rodillas contra su pecho que ya no le dolía.

Para estar seguro, buscó con su mirada los ojos pardos de su hermanito antes de preguntar:

-¿Mejor?- su voz fue amable, tratando de mantener los pensamientos de su hermano lejos de lo que acababa de ocurrir.

Más cuando vio los ojos del menor volver a llenarse de lágrimas y su labio temblar, supo tristemente que eso no sería posible en ese momento.

Cuando se lanzó sobre su cuello y se aferró con sus escasas fuerzas a él, mientras se echaba a llorar amargamente ocultando su rostro en el hueco de su cuello, Tadashi no pudo hacer más que devolverle el abrazo como si la vida se le fuera en ello, deseando que pudiera sentirse protegido en él y maldiciendo una y mil veces al bastardo que le había dejado en ese estado tan vulnerable.

Y maldiciéndose una y mil veces a sí mismo por haberse demorado ese momento en la puerta y atreverse siquiera a pensar que su inocente hermanito pudiera prestarse a situaciones de aquel tipo con un hombre mayor y, de yapa, su profesor.

¿Cómo pudo pensar ello de un chico que conocía tan bien? Hiro con suerte pensaba en mujeres de su edad o hablaba con ellas ¡Por el amor de Dios!

Se maldijo nuevamente, y le aferró con mayor fuerza, sintiendo sus sollozos ahogados contra su cuello y percatándose de como temblaba entre sus brazos. Al verle tan vulnerable deseó con todas sus fuerzas que supiera que siempre estaría a salvo a su lado.

-Cálmate, yo estoy junto a ti- susurró a su oído, sintiendo en el acto como los temblores menguaban.

A lo lejos por el pasillo el revuelo de gritos y pasos se hizo presente, de seguro atraídos por el ruido de la pelea o algún testigo. Pudo notar como Hiro trataba de ordenar su ropa, aunque con los brazos adoloridos le fue imposible hacerlo.

De inmediato se sacó a jalones su chaqueta de cuero y le cubrió con ella, notando como su hermano se hacía aún más pequeño dentro de ella si era posible. Satisfecho al ver que sólo su cabello era visible a los profesores y directivos que comenzaban a llegar, volvió a abrazarlo con aquel aire de hermano sobre protector, sintiéndole jadear y aferrarse a él con fuerza. Se acercó a su oído.

-Siempre estaré junto a ti, Hiro- reafirmó, estrechando su abrazó a su alrededor.

Y fue cuando Hiro dejó de temblar, llorando en silencio contra su piel.


Luego del revuelo del primer momento, Tadashi debió explicar la situación ya que Hiro no se hallaba en un estado que le permitiera hacerlo. Los profesores llamaron a la policía y la ambulancia que llevó a Rakitic al hospital con el tabique fracturado y una posible contusión, pero no pudieron retirarse hasta pasadas las doce de la madrugada, estando Cass presente en la institución y habiendo visto los videos de las cámaras de seguridad del salón y el pasillo, que corroboraron lo dicho por Tadashi.

Quien estuvo presente con los policías y los directivos en el instituto fue Cass, mientras él consolaba a Hiro y le mantenía fuertemente asido o, al menos, con la suficiente fuerza como para que ni siquiera el diablo pudiera arrebatárselo.

Los profesores aseguraron que iniciarían un sumario administrativo a Rakitic y que permitirían a Hiro volver a presentar su proyecto frente a un tribunal, junto a otras cosas que ninguno de los dos escuchó.

De regreso a su casa un silencio sepulcral se alzó en la vieja pick-up de su tía, aunque tanto Cass como Tadashi dirigían miradas furtivas de preocupación al menor, que permanecía con la mirada fija y vacía al frente, a la vez que las intercambiaban entre ellos, antes de que Cass volviera a posar sus ojos preocupados a la calle y él se aferrara a su hermano. Hiro ya no lloraba ni temblaba, pero su silencio le resultaba incluso más preocupante.

Hiro no quiso comer o hablar al llegar a su casa y lo primero que hizo cuando por fin pudo ir a su cuarto fue encerrarse en el baño.

Se mantuvo atento del otro lado de la puerta, siendo principalmente notable el sonido del agua correr, lo que se mantuvo de igual forma por cerca de una hora. Escuchó un par de sollozos cuando supuso que se estaría secando y al cabo de hora y media por fin salió, ya vestido con la camiseta y el pantalón largo de algodón que utilizaba para dormir.

No se molestó en disimular que había estado allí de pie todo el tiempo, y cuando los ojos enrojecidos se encontraron con los suyos supo que a ninguno de los dos le importaría en realidad.

Tomó nuevamente sus muñecas, que Baymax había tratado antes de que entrara a bañarse, y las acercó a su rostro, inspeccionándolas un segundo antes de posar sus labios sobre sus heridas como si se tratara del roce de una mariposa sobre su piel.

Le abrazó con fuerza, sintiéndolo más pequeño que nunca, y sin intercambiar palabra alguna le dejó marchar sólo para buscar su ropa y darse una ducha que apenas duró lo suficiente para sacar la suciedad y la sangre de su cuerpo.

Cuando salió lo primero que se alzó en la oscuridad de la habitación además del sonido del segundero del reloj fueron los sollozos de Hiro, y ni siquiera lo pensó antes de dirigirse hasta la cama de su hermano y cargarlo en brazos. Un profundo dolor se apoderó de su pecho al sentirle luchar contra él al alzarlo, pero ni bien recapacitó de quién se trataba se aferró a su pecho como si fuera la única roca a la que aferrarse en un río turbulento.

Le sentó en su cama, notando con orgullo la forma en que sus sollozos manguaban ante su cercanía, y tomó de su mesa de luz el medicamento que Baymax le había recomendado. Besó nuevamente cada una de las muñecas, de forma tal vez algo prolongada, pero eso le importó poco en realidad.

Por supuesto que durmió con él, le hubiera obligado de ser necesario, pero luego de desinfectar sus heridas nuevamente, Hiro prácticamente se acurrucó a su pecho en silencio y recibiendo sus caricias con sumisión, algo que no aceptaba con calma desde los seis años por mucho que los deseara.

Sólo cuando su respiración se volvió lo suficientemente pesada como para saber que estaba dormido se permitió abrazarlo con fuerza, aferrarse desesperadamente a su cuerpo y soltar unas cuantas lágrimas de frustración.

Nuevamente se maldijo por dudar de él, maldijo al imbécil que se atrevió a lastimarlo y maldijo toda aquella situación.

Y juró por su vida que nunca permitiría que alguien más lastimara a su hermano mientras él pudiera evitarlo. Finalmente se durmió cuando la luz del alba comenzó a teñir de un fantasmagórico azul su habitación.

De aquel día había pasado ya una semana y, si tuviera que apostar, juraría que él era el más afectado de los dos en ese momento.

Una vez más Hiro había demostrado ser un chico mucho más fuerte de lo que cualquier adolescente de quince años debiera ser pues, a excepción de hallarse decaído el día posterior a los hechos, a la noche ya tenía su apetito renovado y estaba más que dispuesto a ver una película de humor con tía Cass y él.

Al tercer día ya deseaba ir a la universidad, cosa que lograron evitar a duras penas con ayuda de Cass, los chicos y Baymax, pero nada evitó que recogiera al equipo en la azotea cuando una situación con un pesquero en el puerto requirió de la presencia de los Grandes Siete.

Para el quinto día actuaba como antes de que todo aquello sucediera, mientras que él no se atrevía a alejarse de Hiro por más de diez minutos antes de temer que algo le pasara.

En las noticias de la tarde del sábado hablaron de Rakitic, pero el instituto conservó en anonimato el nombre de Hiro a los medios y todo quedó en la mención de que se había dado un intento de abuso por parte de un profesor a un alumno. La directora había dado una entrevista comentando que se habían descubierto antecedentes en otros lugares de trabajo de Rakitic, que a pesar de todo le alegraba que a raíz del hecho un hombre tan pueril pudiera ser procesado y que se comprometía a tener investigaciones más minuciosas en lo que a los nuevos directivos y docentes del instituto se refería a partir de ahora.

Cuando la foto que la policía a había sacado de Rakitic apareció en la pantalla, Tadashi se debatió entre cambiar de canal o tratar de ignorarlo para que Hiro no notara lo preocupado que estaba.

Se decidió por acercarlo por los hombros con un brazo mientras la periodista comentaba un par de cosas sobre él, a lo que Hiro le devolvió el abrazo. Por más protector que quisiera resultar, la cara del ex profesor poco tenía que pudiera recordar al enfermo que estuvo a punto de aprovecharse de su hermano.

La mayor parte de su rostro estaba cubierto de cardenales de un feo color púrpura, tenía el labio partido y un par de suturas en los huesos de las cuecas de sus ojos, donde sus golpes habían lacerado la piel. Tenía un ojo hinchado y una venda sobre la nariz, ocultando el tabique roto.

-Qué bueno que no te gusta la violencia o las peleas, hermanote- fue lo único que le dijo, con un tono contemplativo, reflexionando, sólo para agregar al cabo de un segundo encogiéndose de hombros-. Aunque es una pena, porque me hubieras hecho ganar montones de dinero.

Tadashi estuvo a punto de decir que no era algo de lo que se sintiera orgulloso, pero se detuvo. Ambos sabrían que aquella sería la mayor blasfemia dicha nunca.

-Sólo dime Mega-Dashi- se limitó a decir, abrazándolo con fuerza. Sólo pudo sonreír al oír su risa divertida y sincera.

-No sé si sea intimidante, pero tal vez los noquees con un ataque de risa.

Luego cambió de canal.

El domingo pasó sin sucesos dignos de mención, e ignorando las recomendaciones de todos, Hiro volvió a presentar a los guardianes el lunes, desde luego aprobando con un sobresaliente y recibiendo, como siempre, una invitación a exponerlos en la feria científica de primavera. A la noche, siguiendo la tradición, hubo café y donas para celebrar con todo el equipo.

Y mientras veía a Hiro reír despreocupadamente con Fred y Honey, que molestaban a Wasabi y Gogo como si nada hubiera pasado, nuevamente se sorprendió de lo fuerte que su hermano era.

Una fina mano en su hombro le obligó a alejar la mirada del grupo y los labios del chocolate caliente que estaba bebiendo, recostado en la superficie de madera de la barra de pedidos. Vio a Cass con curiosidad mientras se apoyaba con ambos codos sobre la superficie de madera oscura y sostenía una taza de negro líquido frente a su rostro, de la cual se elevaban perezosas columnas de vapor.

-Ya deberías calmarte- soltó de la nada, y ante su gesto desconcertado, se apresuró a aclarar con voz relajada-. Sé que temes porque vuelva a tener un shock, y sé que no es normal que esté tan calmado luego de lo que pasó, pero él es fuerte y tú has estado a su lado en cada momento, apoyándolo, así que dudo que vuelva a pasar lo del primer día- finalizó, dedicándole una sonrisa tranquilizadora.

Tadashi lo miró con asombro por un segundo, impresionado de que ella pudiera saber tan bien en qué pensaba, antes de sonreírle de vuelta. Luego dirigió la mirada al chico, que reía al ver a Baymax bañado en café por culpa de Fred.

-Sé que es más fuerte que cualquiera, tía- respondió, y el brillo de adoración y determinación en su mirada no pasó por alto a la mujer-, pero quiero estar junto a él cada vez que no pueda serlo.

La vio encogerse de hombros, en un gesto despreocupado que le recordó a su hermano.

-Como quieras, pero te aseguro que eso no pasará hoy.

A pesar de las palabras de su tía, aquella noche, como las anteriores, se había mantenido en vilo, esperando el momento en que le llamara entre lágrimas o sueños. Se había jurado que ni siquiera en sueños aquel bastardo volvería a herir a su hermano.

Al segundo día Hiro se había negado a volver a dormir con él, pero Tadashi no había dormido hasta entrada la madrugada, vigilando el sueño de su hermano. Se había familiarizado con el suave sonido de sus ronquidos, de su respiración, los tiernos murmullos que soltaba en sueños y que le ponían alerta, sólo para luego arrancarle una sonrisa. Se había familiarizado también con el segundero de la habitación, los pasos de Cass a las cuatro de la mañana cuando se levantaba a tomar agua y el motor de algún vecino que llegaba a las cinco del trabajo y tarareaba una adormilada canción hasta internarse en su hogar.

Algunas veces creía oír sollozar a su hermano y se levantaba de un salto para llegar hasta él, aprovechando la lámpara para ver su rostro. Por lo general sólo estornudaba segundos después y volvía a cubrirse con las frazadas de robots, mientras él permanecía observándolo como idiota y el frío le mordía la planta de los pies. Sin embargo permanecía allí un poco más, impertérrito al gélido contacto del invierno sobre su piel, contemplando sus facciones relajadas, tratando de ignorar el extraño sentimiento que despertaba en él el recordad el rostro ruborizado y cubierto en lágrimas que su hermano tenía cuando apartó a aquel maldito infeliz de él. Aún recordaba el miedo en sus ojos anegados en lágrimas y su cuerpo entero temblaba al rememorarlo allí tendido, tan vulnerable y con la ropa fuera de lugar, con el vientre y parte de la pelvis descubierta. Le embargaba una profunda ira y otro sentimiento que aún no lograba reconocer.

Al ver que todo estaba en calma, se inclinaba a besar las heridas en sus muñecas –que ahora eran sólo finas líneas color rosa gracias a Baymax- y se despedía con un suave beso en su frente.

Aún no lograba comprender cómo había llegado a pensar que Hiro se acostaría con su profesor de buena gana. Sí, tal vez no estuviera seguro de los gustos de su hermano, pero estaba seguro de sus valores y él nunca, jamás, podría pensar en tener una relación tan reprochable. El sólo recordar cómo estuvo a punto de dejarle a merced de aquel sujeto por creer que su hermano sería capaz de ello le retorcía el estómago de asco y le embargaba una culpa lo suficientemente poderosa como para permanecer en vela esperando el momento en que Hiro lo llamara.

-T-Tadashi.

Y cuando aquel gemido agónico rompió con el silencio sepulcral que aquella habitación tenía a las dos de la madrugada, el aludido no dudó un segundo en echar a correr hasta la cama de su hermano, aunque se llevara el shōji y la mitad de la habitación por encima en la carrera.

La lámpara se encendió en el segundo en que se detuvo junto al cuerpo inconsciente de Hiro y se apresuró a apagarla casi al borde del infarto, esperando no despertarlo.

Con la respiración agitada tan silenciosa como podía mantenerla y el corazón a punto de salírsele del pecho por la carrera y los nervios, contempló el rostro de su hermano en la penumbra herida de la habitación.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, lo primero que distinguió fue la fina capa de sudor que recubría su piel, dándole un aspecto brillante, como si estuviera recubierto de delicadas perlas.

Aunque no pudo prestarle mucha atención, pues pronto su mirada se centró en el ceño fruncido y la mueca de sufrimiento que recubría sus facciones.

Sus pestañas temblaban con nerviosismo sobre sus pómulos ruborizados, mientras sus cejas se fruncían hasta casi tocarse.

Se mordió el labio con fuerza y se estremeció sobre la cama con violencia, lo que alarmó aún más a su hermano.

Ya no pudiendo soportarlo más, alzó su mano en dirección a su hermano, a punto de llamarle por su nombre para librarlo de aquella horrible pesadilla. Ya se había jurado que ni siquiera en sus sueños Hiro volvería a pasar por algo tan terrorífico.

Pero justo cuando sus dedos rozaron la piel desnuda de su cuello en una tímida caricia, a un segundo de llamarlo por su nombre, fue el propio Hiro quien se encargó de sacarlo de su error al arquear su espalda de forma notoria sólo para, un segundo después, soltar un ahogado gemido de placer.

Uno que reverberó con la intensidad de un trueno en el silencio de la habitación y que dejó petrificado al mayor, quien aún mantenía la mirada fija en el rostro contraído del chico, con los ojos desorbitados y la boca abierta por la impresión en una mueca que hubiera resultado de lo más cómica a sus amigos, aun cuando la situación no tuviera nada de divertida para él. Ahora los quejidos que su hermano soltaba no parecían en lo más mínimo de sufrimiento, y no estaba exactamente seguro de que eso lo alegrara.

Tragó saliva, perplejo, y sintió como su corazón daba un vuelco al ser consciente de lo que estaba viendo. Hiro no se mordía los labios o temblaba como lo hacía por miedo, ni por ello su piel estaba perlada en sudor o su ceño fruncido. Hiro, o más bien su cuerpo, sólo estaba reaccionando de la misma manera en que lo hacía en su sueño ante el tacto de alguien más.

La curiosidad brilló en su mirada al recaer en aquel detalle, y no pudo evitar observar el rostro de su hermano, ya nítido debido al acostumbramiento de sus ojos, de forma inquisidora.

Pensándolo en retrospectiva, Tadashi no tenía por qué sorprenderse: Hiro ya era un adolescente con todas las letras, había pasado victorioso la pubertad y era normal que tuviera sueños de esa índole con frecuencia, aun cuando generalmente no mostrara interés en temas relacionados a la sexualidad o… chicas tan siquiera.

Lo que le llevó a la siguiente pregunta: ¿En quién estaría pensando?, ¿Con quién soñaría? Nunca había visto a su hermano interesado en una chica. De hecho, nunca le había visto interactuar con otra que no fueran Cass, Honey Lemon o Gogo, por lo que saber quién era la compañera de Hiro en sueños era algo difícil y tentador… enfermizamente tentador, si tomaba en cuenta que estaba espiando a su hermano mientras tenía un sueño húmedo.

Un gemido entrecortado y agudo le hizo abrir los ojos de par en par nuevamente y retirar la mano con la que aún tocaba la piel de su cuello, como si ésta quemara.

¿En qué rayos pensaba?, ¡No podía violar de aquella manera la intimidad de su hermano! Él ni siquiera debería estar viendo aquello, pues aunque no le pusiera incómodo –aunque debería, y mucho, el ver a su hermano gimiendo y retorciéndose de placer de aquella manera- , Hiro podría morir de vergüenza al saberse descubierto en una situación así… o matarlo, y con justa razón, por quedársele viendo como un degenerado sólo por curiosidad de saber con quién soñaba.

Lo mejor sería irse a dormir y fingir que nada había pasado, ni siquiera recordaba porqué estaba allí en primer lugar.

Oh, pero Hiro se encargó de recordárselo, y de la peor manera.

-¡Tadashi!- le oyó gemir por lo bajo, en un tono ligeramente ronco y con la respiración azorada. Su cuerpo entero se detuvo con un pie en el aire, a mitad de camino de dar un paso, ante el llamado de su hermano. Por un segundo la confusión le embargó por completo al notar que el chico claramente seguía dormido, era evidente en su tono de voz, pero a medida que los suspiros de su hermano se alzaban en el silencio roto de la habitación y sus murmullos eran cada vez más sugerentes, el entendimiento relucía en sus ojos a medida que el horror también se apoderaba de sus facciones…

¿Acaso Hiro…?

-¡T-Tadashi- gimió, fuerte, claro, y con una expresión que evidenciaba que estaba a punto de tocar el cielo en sus sueños.

En cambio, el aludido se sintió como si estuviera en caída libre directo al más horrible de los infiernos, con todo su cuerpo estremeciéndose de una manera inexplicable ante el comportamiento del chico. Su corazón se saltó un latido y su estómago dio un vuelco al oír a su pequeño e inocente hermano llamándole de aquella forma en medio de un gemido orgásmico.

Y, sin embargo, no fue eso lo que más le horrorizó. No, lo que le hizo abrir los ojos de par en par y le obligó a ahogar un jadeo espantado fue la propia reacción de su cuerpo que, luego de más de un año sin satisfacer necesidades que había prácticamente olvidado, se vio sacudido por un hormigueo que le dejó estupefacto, al tiempo que toda su piel se erizó en respuesta, ansiosa por acudir al llamado de otro cuerpo… aun cuando ese cuerpo fuera el de su hermano menor.

Y cuando Hiro volvió a llamarle, urgido y ronco esta vez, con sus labios rojos y brillantes en humedad, el horror de imaginar la clase de cosas que estaba soñando le hacía se potenció con el que le produjo su cuerpo al mostrarse ansioso de ponerlas en práctica.

"Basta" se reprochó atormentado, y dio un paso atrás, dispuesto a desaparecer de allí y fingir que aquello nunca había pasado.

Fue una pena para sus planes el que no notara como el cable de la lámpara se había enredado en su muñeca al apagarla, o no lo notó hasta que el estruendo que hizo al caer contra el suelo le hizo dar un salto en plena huida.

Y, para su más profundo horror, también a Hiro.

Hiro apenas entendía lo que pasaba, lo único que podía percibir era oscuridad a su alrededor y el acelerado latir de su corazón en sus oídos producto de un susto que no entendía… al menos hasta que divisó la figura de su hermano a escasos dos metros de su cama, inmóvil. Desconcertado, oprimió el interruptor junto a su cama que encendía las luces de las lámparas en la pared junto a su escritorio y computadora, al lado de Tadashi.

-¿Hermanote?- le llamó, aún adormilado y en medio de un bostezo- ¿Qué pasa?

Esperó un segundo a que el mayor contestara, pero al sólo oír el sonido del tic-tac del reloj, le miró con mayor detenimiento.

De su mano aún colgaba el cable de la lámpara con detector de movimiento que solía ocupar el lugar de la cabecera de su cama, y no tardó en notar que el sonido que le había despertado provenía de ella. Pero la curiosidad de saber por qué Tadashi la había tirado le hizo llevar su mirada desde ella –a los pies de su hermano- hasta su rostro.

Y para nada le pasó desapercibido el extraño brillo mezcla de miedo, vergüenza y culpa que relucía en sus ojos y facciones antes de que hiciera algo que rara vez tenía el lujo de ver…

Alejó la mirada.

Parpadeó un par de veces, ahora alerta y genuinamente intrigado, antes de enderezarse en la cama.

-¿Tadashi?, ¿Qué sucede?- preguntó, llevando sus manos hasta su rostro, buscando despertarse y despabilar al frotarlo con ellas.

Pero cuando la humedad y el calor de su propia piel, de su propio sudor, empapó sus dedos como la oscura prueba en su cuerpo, las imágenes de su sueño llegaron a él tan nítidas y reales que le resultaron dolorosas y excitantes por igual.

O, al menos, hasta que recordó su pequeño defecto de hablar en sueños, y la presencia de su hermano allí junto a su renuencia a mirarle a los ojos cobró un nuevo y fatídico sentido.

No estaba seguro de a qué se debía en particular pero, para su profundo alivio, los sueños húmedos con Tadashi habían cesado desde el incidente con Rakitic y por fin había podido dormir en paz y sin culpa por aquellos días, lo que había contribuido a que su humor mejorara de forma considerablemente al poder descansar de la carga evidente de sus deseos desviados.

O eso creyó hasta que aquella noche había vuelto a soñar con él, y se había sentido como quien vuelve a respirar luego de pasar largo rato bajo la superficie del agua.

Tadashi había aparecido junto a él en la cama, pero no hambriento y desnudo como otras veces. No, esta vez se hallaba completamente vestido y estaba sentado sobre las sábanas que cubrían su cuerpo, acariciando su espalda en un gesto tranquilizador y mirándolo con calma pero con un brillo protector en sus ojos.

Estuvo receloso al comienzo, acostumbrado a huir de sus avances que luego acababan por vencerlo, pero se sorprendió cuando un dulce y casto beso rozó su mejilla y aquellos fuertes brazos lo envolvieron con cariño. Sorprendido al comienzo, y luego urgido por su contacto, le devolvió el gesto.

-No volviste- el susurro que soltó sobre la tela de su camisa, en su hombro, sonó a reclamo incluso para él.

-Estuve contigo todo el tiempo- respondió en un susurro divertido, y supo que se estaba refiriendo al verdadero Tadashi, algo que, de una forma que no logró explicarse, le llenó de una emoción y anhelo aún mayores de las que ya estaba acostumbrado a sentir por su hermano. No necesitó más charla antes de ser él quien le besara.

Su urgencia chocó con la calma de un Tadashi onírico claramente influenciado por la nueva cercanía y protección del verdadero, y no pudo más que agradecerlo cuando se metió bajo las sábanas y se dedicó a recorrerlo como si se tratara de un frágil tesoro.

Las manos y labios recorrieron su piel como fuego líquido, y a pesar de que le sorprendió el que el sueño no acabara cuando su hermano retomó los caminos que fluían hacia el sur de su cuerpo, tampoco le molestó que siguiera. Cuando le tomó en su boca y lo preparó ni siquiera le importó, y cuando en medio de un dulce beso se empujó con firme cuidado entre sus piernas y comenzó a bombear placer por su carne y sangre, estuvo bastante seguro de que lloraría si se despertara.

Y de qué forma se liberó. Gimió y gritó de placer, le llamó en la cima del gozo, la desesperación y el dolor de una forma en que jamás supo que podría hacerlo, mientras el Tadashi de su sueño acudía a él con la fiereza y ternura de un amante experto, necesitándolo, aferrándole entre sus brazos en un gesto protector que no pasó por alto en lo más mínimo y le obligó a corresponderle en medio de contracciones de placer.

Horrorizado y aún ruborizado recordaba haberle llamado en medio del orgasmo, un segundo antes de que el estruendo de la lámpara le despertara y casi le provocara un infarto.

Estruendo que Tadashi había causado… un Tadashi que sólo Dios sabía desde cuándo estaba junto a su cama…

Un Tadashi que pudo ver y oír como…

Los ojos de Hiro se abrieron de par en par, al tiempo que una fría serpiente reptaba por su piel y le helaba la sangre.

"Oh, no…" jadeó en su fuero interno, sintiendo como su estómago se estrujaba ante un mal presentimiento "Por favor, no."

-¿Q-Qué dije?- preguntó, entrando en pánico y con la desesperada mirada fija en su hermano. El que ni siquiera le mirara de reojo hizo aumentar el ritmo de su corazón y su desesperación- ¿Qué fue lo que dije, Tadashi?- repitió, apremiante.

Y su corazón se detuvo cuando le vio agitar su cabeza casi con violencia, desesperado, antes de dar media vuelta y avanzar a largas zancadas hasta el rincón que era su habitación. Cuando deslizó el shōji en un movimiento firme y fluido, encerrándose allí, Hiro saltó de la cama y se dirigió corriendo a él.

-¡Tadashi!, ¡Tadashi!, ¡Ábreme, por favor!- le llamó al ver que estaba trabado desde adentro, lo suficientemente bajo como para no despertar a su tía, pero tan alto como para que la desesperación en su voz fuera vergonzosamente evidente-… yo… yo me di cuenta hace poco de esto, de lo que siento, y…

-Ve a dormir- fue el susurro afectado que le interrumpió, un tono grave y serio que jamás le había oído y que le hirió como un golpe en la oscuridad de la noche. Ningún sonido dentro de la habitación le indicó que él fuera a hacer lo mismo.

Con el corazón a mil, Hiro volvió a intentar explicarse, ambas manos extendidas contra el shōji, desesperado por poder ver el rostro de su hermano, por saber lo que pensaba.

"¿Qué crees que puede pensar?" susurró una voz burlona en su fuero interno, y todo su apremio por verle se disipó ante el temor de ver el asco en el rostro de Tadashi.

Su voz y el latir de su corazón fueron un débil murmullo cuando volvió a hablar.

-L-Lo siento- soltó al fin, dolido por tener que disculparse por el sentimiento más puro que pudiera experimentar en su vida-. No esperaba que lo descubrieras, nunca. Yo, yo sólo…- su voz le falló, aterrorizado porque lo que estaba a punto de decir se hiciera realidad-, no quiero que te alejes, por favor.

Luego de sus palabras sólo hubo un sepulcral silencio en la habitación, y Hiro tembló al creer que Tadashi pudiera llegar a abrir la puerta.

-Duérmete, Hiro- respondió en cambio, un susurro casi doloroso en el silencio de la habitación.

No lo hubiera herido tanto el que Tadashi abriera la puerta y le golpeara como lo hizo aquel bajo murmullo, y sabiendo que no tenía otras armas ya con las que defenderse, dio media vuelta y le obedeció.

Su cama lo acogió y se cubrió hasta la cabeza, tratando de hallar allí el consuelo de un abrazo que ya no hallaría en Tadashi y que bajo ningún concepto hubiera buscado en Cass en la situación en la que se encontraba.

¿Por qué tenía que pasar ahora?, ¿Por qué cuando todo comenzaba a ser como antes?, ¿Por qué ahora que había aceptado su situación y había tomado la decisión de guardar silencio?

¿Y por qué Tadashi tenía que huir ahora?, ¿Por qué debía correr a encerrarse y guardar silencio? Entendía que estuviera shockeado, ¿Pero no podía simplemente acercarse con algún comentario como "Tranquilo, todos los chicos de tu edad sueñan que se los folla su hermano mayor" o algo así?, ¿¡Es que acaso no podía entenderlo!?

Y aguardó un segundo, reflexionando sobre sus pensamientos.

¿Es que no podía?...

¿Acaso había pasado algún límite que ni siquiera su benevolente hermano podría tolerar o perdonar?, ¿Sería que estaba tan enfermo como para que ni siquiera Tadashi le perdonara?

Con un nudo en la garganta dirigió la mirada sobre su hombro, tratando de hallar la figura de su hermano a través de la fina pared del shōji. Pero no lo pudo hallar, y tampoco pudo oírle respirar siquiera, era como si no estuviera.

Tadashi había dicho que siempre estaría junto a él, recordó estirando su mano para, por fin, apagar la luz.

"Veremos si lo decía en serio" pensó con amargura.


Frunció el ceño al sentir el resplandor golpear contra su rostro de forma molesta. Parpadeó un par de veces, resistiéndose a despertar con un suave gruñido, y se volteó, maldiciendo en un bajo murmullo al sol. No sabía qué hora era, pero por lo general el sol no le molestaba cuando estaba en su cama, pues la intensidad de los rayos solares se veía menguada por el shōji del cubículo de Ta-.

Se sentó de golpe, con el corazón en un frenético galope y ganándose un buen mareo por el abrupto movimiento. Los engranajes de su cerebro funcionaban a toda velocidad y, estando ya completamente despabilado, Hiro se giró en dirección a la habitación de Tadashi. Su corazón tembló al hallar la puerta del shōji abierta y la cama pulcramente tendida, con el cobertor negro perfectamente estirado, siendo bañado por la luz del sol que, por su ubicación, le indicaba que eran entre las siete y media o las ocho de la mañana. Generalmente él dormía hasta un poco más allá de las siete de la mañana, que era cuando Tadashi le despertaba para bajar a desayunar.

Sintió su corazón temblar atemorizado al recordar lo acontecido la noche anterior, y sin embargo se permitió albergar una vaga esperanza

¿Sería posible acaso que lo que anoche había acontecido se tratara tan solo de un sueño?

Pero pronto sus esperanzas desaparecieron en cuanto frente a sus ojos se hizo presente la lámpara fotosensible que usualmente estaba sobre su cabecera, abandonada en el suelo.

Anoche no había sido un sueño, muy por el contrario, su pesadilla estaba a punto de comenzar.

Con el corazón en un puño bajó sus pies al suelo, sintiendo de inmediato la mordida del frío contra sus plantas desnudas y alzándolas nuevamente en el acto.

Respiró hondo, reconociendo su estado alterado, antes de volver a bajarlas y ponerse en pie. Se dirigió al baño, notando de reojo que Baymax estaba en su puerto de carga. Sin duda eso era un alivio, no quería llegar frente a tía Cass y que el robot le revelara algo de su delicado estado.

Se cepilló los dientes y se lavó el rostro de forma automática, sintiendo su pecho y su estómago encogerse a medida que más trataba de ignorar el predicamento en el que se hallaba. Se miró largo rato al espejo. Las oscuras sombras bajo sus ojos dejaban en claro que el sueño había vuelto a serle esquivo la noche anterior, pero es que ¿Cómo poder dormir en la situación en la que se hallaba? No podía dejar de pensar en la forma en que su hermano se comportaría de ahora en adelante con él, si le hablaría o tan siquiera le dirigiría la mirada. Sabía que era exagerado de su parte suponer que, con todo lo que habían batallado para volver a llevar una relación como la que tenían antes del incendio, su desliz causaría que ahora fuera Tadashi quien le tratara como si hubiera muerto...

Pero su desliz no era una pequeñez. De hecho, lo que sentía por su hermano -no importa cuánto él lo defendiera como un amor puro y sincero-, era una aberración para Tadashi y cualquiera que conociera, y dudaba que su hermano pudiera tratarlo como si nada después de aquello.

Respirando hondo, con un nudo en el estómago que dudaba le dejara desayunar, Hiro decidió que nada ganaría quedándose allí y sintiendo pena y temor. Lo que debiera ser sería, pero nunca sabría qué si no bajaba y enfrentaba la situación como el héroe que era.

Con el primer escalón, sin embargo, su convicción menguó y le obligó a permanecer estático en lo alto de las escaleras. Pero no podía vivir en su habitación por temor a Tadashi y lo que pudiera ver en esos ojos para siempre, mucho menos con la certeza de que Cass, algo mil veces peor que Tadashi y su desprecio, podría ser quien le bajara a comer arrastrándolo de las cejas.

Suspiró por milésima vez en menos de una hora y emprendió su descenso nuevamente, sintiendo como sus piernas flaqueaban a medida que cada escalón quedaba atrás y sus ojos abarcaban cada vez más de la cocina.

Y cuando sus ojos divisaron la cabellera oscura de su hermano sentado a la mesa, tropezó de forma estruendosa y con un grito apenado se aferró a la baranda.

Pronto, para su profundo horror, dos pares de ojos estaban fijos en él, unos oliva y los otros chocolate.

Tragó grueso, deseando que la tierra se lo tragara cuando sus ojos quedaron clavados sobre los de su hermano, expectantes, con una esperanza que le era demasiado obvia incluso a él, mientras buscaba en la mirada de su hermano un destello, un gesto que le dijera que no estaba molesto, que no lo odiaba.

Pero allí no había nada...

Tadashi se giró para seguir bebiendo de su café en calma, y Hiro sintió como su agarre se aflojaba alrededor de la baranda de la escalera, mientras su corazón se petrificaba y parecía no dispuesto volver a latir ante la indiferencia de su hermano.

Hubiera soportado odio, enojo, furia., vergüenza o incluso asco, los hubiera preferido, pero lo que sea antes que la indiferencia de quien siempre había velado por él, antes de ver impertérritos a sus sentimientos y su situación a aquellos ojos dulces y protectores que siempre le habían cuidado, adorado y, muy pocas veces y de forma bastante penosa, habían intentado ponerlo en su lugar. Aquellos ojos donde alguna vez brilló el orgullo, ahora la indiferencia era el peor de los castigos.

Estuvo tentado a llorar allí mismo, hacer algún berrinche que le obligara a prestarle atención, y de seguro lo hubiera hecho si la voz de su tía no le hubiera recordado que estaba vergonzosamente tarde para el desayuno.

-Cariño- su tono de voz, rápido y cortante, ocultaba con una magnífica calma y dulce sonrisa la amenaza del golpe que le daría si no apoyaba ya su trasero en la silla-, siéntate de una vez así puedes desayunar.

No necesitó una segunda indicación antes de que sus pies, claramente con un mayor instinto de supervivencia que su cerebro, le guiaron rápidamente a su silla de siempre, tristemente al lado de un hermano para el cual, al parecer, se había vuelto invisible.

La mujer le sonrió, divertida y algo de mejor humor ante la obediencia de su sobrino. Ajena completamente a lo que ocurría entre ambos, algo extraño considerando que siempre estaba al tanto cuando se habían peleado sólo con ver sus gestos.

-Dormiste de más hoy... ¿Qué estuviste haciendo anoche?- preguntó genuinamente interesada, mientras colocaba frente a él unas tostadas con mantequilla derritiéndose sobre ellas al calor del pan. Hiro dio un respingo silencioso y, horrorizado, vio de reojo como la tostada que Tadashi estaba a punto de comer se mantenía inmóvil a medio camino de su boca por un segundo, antes de que reaccionara y le diera una mordida.

Bien, al menos no había hablado con Cass sobre lo de anoche.

Y él agradeció que su tía no le hubiera hecho ya su café, o se habría acabado regando con él de una u otra manera.

-E-Es que me desperté a media noche y no pude volver a dormir- admitió a medias, notando como ahora las mordidas lentas y desganadas de Tadashi eran las que cesaban... Se regodeó al ver que no se hallaba tan indiferente a lo que pasaba como él creía... Aun cuando eso no ayudara a aliviarlo de forma alguna.

-Mmm- masculló la mujer, mientras vertía en lentos movimientos circulares el agua caliente sobre las semillas de café, provocando que más de aquel fuerte y familiar aroma inundara la sala. Hiro se mantuvo atento a sus movimientos mientras le ponía azúcar y echaba un chorro de leche tibia en su taza negra con rostros de Baymax y Megabot tanto feliz como enojado que le había regalado para Navidad.

En un rápido y gracioso movimiento, perfeccionado por años de servir en el café, deslizó la taza sobre la mesa y ésta se detuvo por sí misma frente a él que la tomó, junto a una tostada, sin estar seguro de que lograra pasar algo por su garganta.

No podría comer con aquel nudo ceñido en su estómago y con el corazón bombeando a mil por hora a cada segundo que su hermano le seguía ignorando, como si no existiera aun cuando le tenía al lado... Le dolía el contraste que había entre su comportamiento con él esa mañana de Enero y la forma en que lo había tratado la noche del incidente con Rakitic. Aun cuando su estado no era el mejor, aun cuando era renuente a cualquier contacto ante el recuerdo de las manos de aquel bastardo sobre su piel, el contacto de Tadashi, tan delicado y gentil, tan lleno de cariño, había logrado derribar las barreras que había formado a su alrededor y le había llenado de una euforia y alegría tal que tuvo que reusarse a dormir una segunda noche con él por la pena que le causaba el cómo le hacía sentir y el temor a soñar con él después de tantas atenciones y tanto cuidado que había puesto en su persona.

Le resultaba casi imposible el creer que sólo hubiera pasado una semana desde ese día, unas horas desde la última vez que le miró con aquel brillo de adoración y preocupación en sus ojos ante el miedo a que volviera a entrar en shock, y que ahora ni siquiera se dignara a dirigirle la mirada, como si no existiera… como si estuviera muerto para él.

Bajó la mirada a la taza espumosa entre sus manos congeladas, de la cual perezosas columnas de vapor se elevaban.

¿Así se habría sentido Tadashi cuando volvió?, ¿Así le había hecho sentir él con su indiferencia?

No. Desde luego que no, estaba seguro de que no había nada en este mundo como el dolor que le causaba a él la indiferencia de su hermano adorado... Pero si ésta era alguna especie de castigo por aquellos días, no estaba seguro de poder soportarlo mucho tiempo más.

Y de hecho no lo haría... No podría soportar la indiferencia de su hermano. Su desprecio, su enojo, creía ser capaz de lidiar con aquello, pero no con aquella calma con la que le estaba ignorando y condenando al silencio, como si lo suyo fuera un pecado, algo de lo que apenarse, cuando él estaba seguro de nunca antes haber sentido algo de lo que sentirse más orgulloso que de lo que sentía por su hermano. Y si él no estaba dispuesto a aceptarlo, al menos no le obligaría a sentirse enfermo y desviado por sus sentimientos.

Asintió en un gesto firme y lleno de convicción, sin importarle la mirada de reojo que le dedicó su hermano. Lo había decidido, en cuanto tuvieran un momento sin Cass (que ajena a lo ocurrido entre sus sobrinos, revisaba las cartas que habían llegado con el correo y los impuestos) en la casa, él obligaría a Tadashi no sólo a verle con interés, sino a prestarle por completo su atención.

Sí, estaba seguro de que lo haría en cuanto Cass no pudiera interrumpirlos.

-¡GANÉ!

Si sobrevivía al infarto que casi le provocaba ese grito.

-¿Tía?- por fin oyó a Tadashi hablar, y aun cuando no estaba dirigida a él, el sonido de su voz logró relajarlo un poco- ¿Qué pasa?

-¡Gané!- repitió, eufórica y con una sonrisa de oreja a oreja mientras se ponía en pie y daba pequeños saltos con una carta en la mano, leyéndola y releyéndola una y otra vez-¡Gané!, ¡Gané!, ¡Gané!

-¿Qué ganaste, tía?- preguntó ahora él, ya cansado de su emoción. Era algo egoísta, sí, pero si él no era feliz en aquella casa esperaba que nadie más lo fuera.

-La empresa que me da los granos de café para la tienda estaba sorteando un viaje entre los compradores de sus productos ¡Y acabo de ganar uno!- explicó atropelladamente, extendiendo su danza de la alegría alrededor de la mesa- ¡Gané un viaje para recorrer sus instalaciones y sus ciudades en Cuba!

A pesar de su envidia, no pudo evitar sonreír ante la emoción de la mujer... Por lo que frunció el ceño cuando le vio quedarse quieta y fruncir sus labios en un mohín.

-Pero no puedo dejar el café solo por un viaje- soltó de la nada, y el corazón de Hiro se estrujó ante sus palabras.

Día y noche veía a su tía sacrificarse por ellos y su café, siempre sonriente ante sus clientes. En todos los años que llevaba con ella, nunca la había visto tomarse unas vacaciones del café o siquiera relacionarse con alguien fuera de él... Y no creía que hubiera alguien que se mereciera unas vacaciones más que ella… Si tan sólo se atreviera a ver a Tadashi, le propondría que ambos lo cuidaran, pero dudaba que él aceptara pasar todo ese tiempo con él.

-No lo dejarás solo- pero la voz de su hermano, para su sorpresa, se alzó en el silencio de la habitación, segura y tranquila, aunque con un tono que no dejaba lugar a replicas, al tiempo que se ponía en pie con una sonrisa amistosa-, nosotros lo cuidaremos por ti.

A Hiro no le pasó por alto que Tadashi había hablado por él, algo que anteriormente no habría significado nada raro, pero que ahora era una vaga esperanza para retomar una frágil relación… aunque no debería cantar victoria aún, él bien podría estar haciendo eso por su tía. No sería la primera vez que Tadashi se sacrificara por otro.

Ahogó un suspiro acongojado y, tratando de no pensar en ello, decidió hablar al ver como los ojos sorprendidos de Cass se posaban en él, en una interrogante silenciosa.

-Desde luego, tía- secundó -. Nadie se merece más este viaje que tú, este año ha sido una locura para ti también.

Su tía titubeó, llevando su mirada dudosa de uno a otro de forma alternativa, para luego posarla en el papel entre sus manos.

-¿Están seguros de que podrán dirigir el café por dos semanas?- preguntó, volviendo a alzar sus dulces ojos y dándoles una mirada que ocultaba una leve esperanza muy poco disimulada. Hiro sintió su corazón saltarse un latido y, de reojo, pudo ver como Tadashi se sentaba de forma demasiado brusca, aun cuando no perdía su sonrisa.

Dos semanas solos...

Hiro desvió su mirada hacia su hermano de reojo y estuvo a punto de darle un infarto al ver que, por primera vez, aquel par de ojos tan similares a los suyos le estaban viendo embargados por alguna emoción que no supo identificar, pero reflexionando sobre alguna cosa, podía apostar.

Aunque no tuvo más oportunidad de indagar en su mirada, pues de inmediato la apartó y la posó sobre su tía.

-Claro tía, yo ya lo he atendido antes, y él está acostumbrado a ayudarte, será pan comido- comentó, y Hiro sintió cierta dolorosa punzada en su pecho al notar que no le llamaba por su nombre-, déjalo en nuestras manos.

La mujer les dirigió largas miradas expectantes a cada uno, realizando alguna evaluación interna que escapaba de sus conocimientos, un segundo antes de sonreírles de oreja a oreja. Por estar más cerca de ella, Tadashi fue el primero en caer en su abrazo de oso.

-¡Son los mejores sobrinos del mundo!- exclamó, eufórica, antes de soltar al mayor para saltar hacia él. Sintió como un gesto algo cruel el que el perfume de la colonia para afeitar de su hermano se hallara presente en la ropa donde su rostro descansaba ahora, pero trató de ignorarlo a sabiendas de que su tía no sabía lo que hacía o la forma en que aquel contacto indirecto le resultaba tan doloroso.

"Pan comido… sí claro" gruñó en su fuero interno. Si no toleraban mirarse siquiera, ¿Cómo pretendían hacer funcionar un café?

-Lo sabemos- aceptó Hiro humildemente, ignorando sus pensamientos, antes inhalar el perfume a café de su tía que tanto le ayudaba a de relajarse y encararla con una sonrisa -. Y... ¿Cuándo es el viaje?

Ella lo alejó apenas lo suficiente para mirarle con un gesto reflexivo, recordando la fecha que había en el sobre.

-El jueves catorce, a las diez de la noche- afirmó al cabo de un segundo, sonriente.

Ante sus palabras, su sonrisa se desvaneció en el acto.

-Eso es...

-Mañana- concluyó Tadashi, con un tono de voz que evidenciaba el mismo estado de consternación y desesperación que le embargaba a él también.

La mujer asintió, mirando a ambos con una sonrisa satisfecha.

Hiro tragó saliva pesadamente, recordando aquello de hablar con Tadashi cuando ella no estuviera.

Oh, la crueldad de tía Cass era algo impresionante.


Hay que ver esos títulos que me saco de la manga, algunas veces me pregunto si comeré algo vencido cuando los pienso, pero como me acaban gustando no le doy muchas vueltas.

Espero que nadie crea que esto fue improvisado, sobre todo lo último, pero es que sentía que dar indicios del viaje de Cass acabaría por arruinar la sorpresa, y como generalmente quienes son el foco de narración de la historia son Hiro o Tadashi, bueno, me aproveche de eso para que nadie notara lo de Cass.

Respecto a Rakitic, la verdad es que desde la primera página que escribí de esto supe que el pobre Hiro iba a tener un momento hard con algunos que no sean Tadashi, y no venía mal un poco de acción, aunque admito que me hubiera gustado poner a Tadashi celoso con esto, también se va a aprovechar más adelante... mucho jejeje.

Claramente está la cuestión más importante al final, pero creo que no vale la pena aclarar muchas cosas sobre la reacción de Tadashi, es algo que se va a explorar más adelante y también va a tener sus beneficios o efectos secundarios, dependiendo de qué tan enfermos estén (cofcofmuchocofcof).

Sin más que aclarar, me despido mis grandes héroes, pero antes: espero que todos hayan pasado unas hermosas Pascuas con sus seres queridos o al menos relajándose de sus trabajos y estudios.

Besos y Abrazos

Mangetsu Youkai.

Balalalalalah~