¡Feliz año nuevo a todos!
La tardanza, la mía al menos, nunca tiene justificación. Pero en esta ocasión es imperdonable. Realmente no sé por qué pasó tanto tiempo, y más allá de todo lo que representa la facultad y amigos, es una locura lo mucho que me he tardado.
Pero eso veré cómo trabajarlo para prevenir estas demoras otra vez. Por el momento no pensemos en eso, sino más bien en el regalito que les traigo para Reyes y que espero les guste. Para variar, al menos me ha salido largo XD.
El Caos en la Vida, por Wasabi
-No entiendo cómo se puede ser tan malo en un juego- comentó, comiendo unas gomitas y dándole un sorbo a su lata de cerveza con calma, sólo para agregar-. Es casi físicamente imposible el seguir fallando en cinco minutos luego de treinta rondas… ¿Cómo lo logras?
Fulminó a su rubio amigo con la mirada antes de tomar su lata con violencia y apurar un gran sorbo. El gesto de Fred podía parecer inocente, pero estaba tan acostumbrado a que se burlara de él que ya reconocía todas sus formas de hacerlo.
-No me tientes, Fred, o te haré tragar tus palabras.
Y aunque sabía que se refería a hacerle tragar el control de mando que comenzaba a crujir en su puño o algo por el estilo, Fred no pudo evitar el estremecimiento que le recorrió la espalda como una descarga, ni el rubor que amenazó con gestarse en sus mejillas y que le obligó a apurar un trago de cerveza para ocultarlo. Wasabi no parecía estar al tanto de lo seductora que sonaba su voz cuando estaba molesto –casi siempre por su culpa- y tomaba aquella actitud amenazante.
-Podemos dejar de jugar, si quieres- ofreció, cambiando de tema. Dejó su control de mando sobre la mesita, junto a varias latas de cerveza que llevaban acumulándose desde unas tres horas atrás… aquel consumo de alcohol sería una buena explicación del porqué del humor tan agresivo de su amigo, que usualmente era amable sin importar qué.
Wasabi gruñó algo que no alcanzó a entender.
-¿Y dejar que te burles de mí por semanas como la última vez?- inquirió, tomando el abandonado mando de la mesa y empujándolo en su mano hasta que el sorprendido chico lo cogió-. Ni loco, no me iré de aquí sin haberte ganado al menos una vez- aseveró, dándole play al juego nuevamente.
Fred puso los ojos en blanco antes de comenzar a mover los botones del mando. Al cabo de unos minutos sonrió y echó una mirada de reojo al moreno, lo suficientemente habituado a aquel juego como para ganarle con los ojos cerrados aún si Wasabi no fuera tan malo.
Se entretuvo en la mueca de frustrada concentración en su rostro. El rictus de sus labios formaba un puchero que resultaba de lo más cómico en alguien usualmente tan serio como lo era Wasabi, pero que a él se le hacía la mar de tierno.
Su ceño fruncido evidenciaba el grado de concentración que ponía en el juego, un gesto que le recordaba desde la secundaria y que aparecía en su rostro siempre que se dictaba un tema que le interesaba o cada vez que el entrenador Gordon explicaba la estrategia antes de un juego… sí, a tal grado había estado siempre pendiente de él.
Sonrió al ver como se inclinaba cada vez que su carro remontaba una curva, histriónico como siempre lo había sido. Se vio hipnotizado por un momento al ver como un par de rastas azabaches se deslizaban pesadamente por su rostro con cada movimiento, libres del turbante amarillo que usaba para mantener su rostro despejado durante el día. Debió tragar saliva por la forma en que esos gruesos amasijos de pelo enmarcaban su masculino y bravo rostro moreno, haciéndole ver tan guapo a ojos de Fred que hubiera creído más apropiado el que estuviera representando el papel de algún joven guerrero en una tribu salvaje al estilo 10.000 a.C. que estar luchando porque el carrito azul que usaba en aquel videojuego no se volcara.
-¡Agh!, ¡Maldita sea!
Lo que inevitablemente ocurrió.
-Todavía puedes salvar algo de tu orgullo si paramos…
-Cállate y juega o te obligaré a hacerlo.
Fred rio entre dientes, dándole un sorbo a su cerveza ya tibia y obedeciendo al amable pedido del otro. Esa era otra de las cosas que le gustaban de Wasabi, su doble faz.
Por un lado era un joven educado y respetuoso de todo tipo de autoridad, lo que muchas veces les hacía chocar cuando las ideas cerradas y conservadoras del moreno entraban en debate con los ideales liberales y la despreocupación de Fred.
Y luego estaba aquel otro lado, aquel en que Wasabi tomaba aquellas actitudes mandonas y agresivas que dejaban entrever el carácter del chico, uno que tal vez a pocas personas agradaría si no sabían reconocer que aquel gigante intimidante no se atrevería a lastimar ni a una mosca.
De hecho, Wasabi era conocido por detener a sus compañeros de equipo cada vez que estaban dispuestos a preparar alguna atrocidad contra algún pobre debilucho incauto. Él mismo se había visto salvado por Wasabi más de una vez antes incluso de que fueran amigos –cuando la idea de que un nerd amado por todos le salvara el culo no le agradaba-, y una vez su extraña amistad fue pública Fred se volvió intocable. Incluso más de una vez observó los entrenamientos del equipo luego de la escuela, aunque no sólo por ser mascota de éste ya sino con toda la intención de dar apoyo a su héroe, amigo y responsable de sus sueños húmedos junto al rey T´Challa.
Tenía cierta debilidad por los morenos, debía admitirlo.
Pero aunque su querido Pantera Negra le robara sus buenos gritos de fanática moja bragas, definitivamente siempre preferiría al amable gigante que se hallaba junto a él, despotricando por haber vuelto a perder.
El porqué de la empresa de Wasabi por defender a los oprimidos podía resultar un secreto que le enaltecía ante los ojos de los demás por ser el chico popular que era. Pero para Fred el verdadero motivo detrás de las acciones de su amigo sólo le hacía ver más perfecto a sus ojos.
Hijo de una mujer que se dedicaba a limpiar casas ajenas para llevar comida a la suya y de un hombre que había logrado convertirse en policía pese a todos los prejuicios que le tenían en la fuerza y con tres hermanos menores a los que debía mantener lejos de los problemas en los que pudieran meterse por causa de la clase de personas que vivían en su barrio, además de prácticamente obligarles a sacar notas altas a la fuerza como había hecho con él y protegerlos del racismo que aún permanecía latente en algunos lugares, incluso en sociedades tan abiertas como la de San Fransokyo.
Bien, con semejante historia tras sus huellas no le sorprendía que Wasabi se dedicara a defender a los desvalidos… cuando no estaba diseñando sistemas de orden o perdiendo por tercera vez y quejándose como un bebé.
Por mucho tiempo trató de averiguar a quién podría haber salido tan escandaloso su mejor amigo, pero sólo le bastó estar tres minutos hablando con su madre la primera vez que fue a su casa para hacer un trabajo. Había puesto el grito en el cielo cuando le dijo que se había olvidado de almorzar por estar leyendo en la escuela… aunque se olvidó de agregar que eso era normal en su despistada persona y que lo que había estado leyendo era un cómic.
Cuando Wasabi llegó luego de darse una rápida ducha tras un entrenamiento, no pudo más que alzar una ceja al ver a su amigo rodeado de ocho tipos de las galletas caseras de su madre y con chocolate caliente en la mano.
Tiempo después, cuando Fred fue consciente del esfuerzo con que la madre de Wasabi preparaba esos pequeños gustos para su familia, no pudo evitar el sentirse culpable por aprovecharse… aunque Wasabi le había restado importancia con un "Si no lo comes no dejará de hacerte recetas especiales de otra cosa, asó que ríndete" y había vuelto a enterrar su nariz en un libro de Biología.
Más de una vez había pensado el dar ayuda económica a la familia de Wasabi, pero había desistido cada una de ellas a sabiendas de que la propuesta podría llegar a ofender a la familia. Todos tenían demasiado apego a ganarse las cosas con el sudor de la frente como para aceptar una muestra de caridad.
De hecho, ni siquiera se le había pasado por la cabeza el decirle a su amigo su posición económica después de conocer la de su familia. Le aterraba la idea de que Wasabi desarrollara sentimientos negativos hacia él si averiguaba que estaba forrado, aun cuando a él mismo no le importara. Por ello prefirió que siguiera creyendo que vivía bajo un puente o algo así.
Claro que descubrió que había sido un idiota luego de la primera vez que les llevó a todos a su casa. Luego de casi morir a manos de un psicópata junto a ellos suponía que era hora de destrozar otra barrera que le impedía ser más cercano con sus amigos.
Y lo logró, pues luego de recibir un broncazo por parte del moreno por no hablarle de su posición económica y salir del paso alegando un "Creí que te había dicho", que casi le provoca un derrame al otro, su relación con Wasabi había mejorado incluso más.
Luego de eso no creyó que un secreto más por develar les afectara y por ello, tras pensárselo unos breves nueve meses, una tarde Fred habló con Wasabi sobre su atracción por los chicos.
Se había equivocado. Aquella vez el secreto fue demasiado para su amigo.
Sí, Wasabi podía ser un defensor de los desvalidos. Sí, Wasabi podía soportar que fuera un holgazán cubierto en dinero y sin deseos de hacer algo serio por su vida. Y sí, podían vivir en San Fransokyo, la emblemática antigua San Francisco, la ciudad que más celebraba la diversidad en el estado de California o incluso en Estados Unidos…
Pero sí, Wasabi tenía un límite.
Y Fred lo supo cuándo, luego de rechazar la típica propuesta de jugar videojuegos aquella vez, las únicas veces en que habló con Wasabi por los siguientes dos meses fue en la universidad, misiones y cortos mensajes de texto que usualmente eran una negativa a sus invitaciones de pasar el tiempo.
Le dolió, no podía negar que le dolió su rechazo, el que le condenara al silencio al ni siquiera hablar con él, el que sus prejuicios pudieran más para él que sus casi cinco años de amistad. Decenas de noches se había pasado llorando por él y por lo que habían tenido. Eso que, luego del primer mes, supuso que ya no volvería.
Pero Fred no lo buscó por mucho que lo extrañara. Por un lado porque él era de las personas que no creían en imponerse a los demás ni ser la piedra en el zapato de nadie. Pero principalmente porque Fred, así de papanatas e idiota como parecía, tenía orgullo y no uno pequeño.
Si Wasabi había conocido todo de él pero no le agradaba algo tan esencial como su orientación sexual, pues bien, él no rogaría por ser aceptado por nadie. Su frase de vida siempre fue Muéstrate tal cual eres, y a quien no le guste puede irse a la mierda.
Y aunque sabía que jamás podría mandar a la mierda a Wasabi sin importar cuánto quisiera, al menos podría fingirlo.
O eso creyó hasta aquel día de otoño en que Tadashi volvió, cuando una vez acabado el horario de visitas se había quedado solo a la salida del hospital, aún sin creer que aquello fuera real.
Y una mano gigantesca y firme había presionado su hombro en un gesto gentil que era demasiado familiar aún luego de dos meses sin sentirlo.
-¿Aún está en pie esa invitación a jugar videojuegos?- había preguntado Wasabi con una sonrisa avergonzada y su mirada de cachorro típica de cuando se reconciliaban luego de una pelea. Fred se había quedado de piedra, asombrado de que el mayor le hablara sin que fuera estrictamente necesario y estando solos.
La idea de rechazarlo pasó vagamente por su mente, pero aquella mirada y la profunda felicidad que le embargó al ver que estaba tratando de arreglar las cosas fueron suficientes para que la desestimara. En su lugar sólo le devolvió una sonrisa.
-Sabes que siempre lo está.
No estaba seguro de qué clase de revelación al estilo "Hay cosas que no volverán una vez perdidas" había tenido su amigo ante la llegada de Tadashi, pero sin duda cada día luego de eso había agradecido que la tuviera, sobre todo cuando su relación de amistad había vuelto casi igual que antes de que Wasabi supiera que era gay.
Pero de cierta forma ahora todo era distinto. Las actitudes de Wasabi ahora le parecían diferentes. La forma en que se comportaba con los demás cuando él estaba cerca era aún más extraña.
Si bien siempre habían compartido una amistad más bien violenta, el trato que recibía de Wasabi se le hacía un poco más mordaz de lo normal. Y la forma en que se comportaba con él cuando elogiaba a Hiro o Tadashi le llamaba algo la atención, pero sabiendo que no sabría los verdaderos motivos de su comportamiento a menos que él se los dijera simplemente se había enfocado en no pensar en ello mientras desestimaba los arranques de ira de su amigo y sus cambios de humor de la única forma que sabía: burlándose de ellos.
Wasabi ya le había dicho que el molestaba que lo hiciera, ¿Pero cuándo Fred se había detenido ante una rabieta de su amigo en lugar de echarle leña al fuego?
Porque si debía admitir un gusto bizarro y ligeramente suicida ese era que sí, le encantaba sacar de sus casillas a su amigo. Adoraba su expresión molesta y al borde del pre-infarto cada vez que hacía o decía idioteces, y principalmente por ello era que no se molestaba mucho en parecer como alguien capaz de pensar frente a sus amigos.
-¡Diablos!
Miró de reojo al moreno y rio entre dientes al ver la forma en que fulminaba su televisor con la mirada.
-Al menos llegaste a los seis minutos- comentó.
El mayor gruñó, un sonido bajo y amenazante que erizó la piel de Fred, y no exactamente de terror.
-Una vez más, Fred, y te haré tragar…
-Mis palabras. Ya sé, ya sé- repitió en un tono aburrido, agradeciendo no haberse ruborizado, y volvió a empezar el juego.
Tal vez el empeño que Wasabi tenía en no dejarse ganar por él en los videojuegos –aun cuando fuera mil veces mejor- fuera una de las tantas cosas molestas de su amigo, pero éstas siempre eran una nimiedad en comparación con el millar de cosas que conformaban su último secreto. Su empeño en lograr cada pequeña meta, el no dejarse apabullar por nada si estaba en juego algo que quería o alguien a quien amaba, su capacidad de mantener todo en orden, la forma en que ayudaba a sus hermanos en la escuela de la misma manera que había hecho con él y el cómo siempre estaba listo para dar una mano a quien lo necesitara eran sólo unos pocos motivos por los cuales él amaba a Wasabi de una forma en que nunca había podido con nadie más.
Sí, era consciente de que era un secreto demasiado pesado para ser guardado por casi cinco años, pero también lo era como para destruir una amistad de la misma edad.
Sin embargo…
Sin embargo, Fred había tentado el terreno varias veces a lo largo de los casi dos meses que llevaba Tadashi allí.
En más de una ocasión había hecho a Wasabi sutiles insinuaciones de que su compañía era especial para él, de cuánto agradecía el que hubieran vuelto a hablar y de lo mucho que le gustaría que se casaran y tuvieran un montón de bebés dragón, aunque obviamente en tono de broma esto último o podía irse despidiendo de su capacidad para caminar y no de la forma que a él le gustaría que Wasabi lo discapacitara… pero en cada ocasión sus palabras habían caído felizmente en el saco de la friendzone, como los últimos cinco años de su vida.
Tomó la cerveza a su lado, consciente de cuánto hería el ya de por sí mancillado orgullo de su amigo el que fuera capaz de ganarle sólo con una mano, y le dio un trago al tibio líquido, y luego otro, y otro, hasta que la lata casi llena quedó completamente vacía.
La forma en que hipó alertó al chico a su lado, quien le dedicó una fugaz mirada antes de continuar prestando atención al juego.
-Espero que no pienses emborracharte para dejarme ganar- comentó con aire divertido, esbozando una sonrisa ladina que se tradujo en un agradable cosquilleo entre los muslos de Fred. Aunque el insulto de camionero que soltó el mayor cuando volvió a volcar en una curva le resultó el triple de excitante. Le encantaba cuando mandaba ese papel de niño bueno al demonio.
Un estremecimiento de dicha se extendió por su cuerpo al ver la manera en que sus gruesos labios se fruncían en un mohín molesto, aunque bien podía deberse a que ingerir esa lata de golpe había sido demasiado para su organismo.
-Como si necesitara estar sobrio para ganarte- le pinchó, divertido y sin ser consciente del todo de lo que decía, y se dispuso a darle play. Pero se detuvo cuando, de repente, todo el mundo comenzó a dar vueltas y él debió cerrar los ojos con fuerza cuando algo mullido pero firme dio de lleno en su embotada cabeza. Trató de alejarse, pero algo le mantuvo inmóvil.
Luego de un segundo y ya pasado el aturdimiento inicial, descubrió que el mundo estaba en su lugar de siempre y que lo único que se había movido era él, que yacía con la mitad del cuerpo tendido sobre el sofá y la otra colgando sin voluntad por un lado. Y cuando el rostro sonriente y molesto de Wasabi apareció en su campo visual, esgrimiendo uno de sus cojines de héroes en la mano que no utilizaba para inmovilizarlo, Fred supo que o la cerveza le había pegado fuerte o estaba a punto de morir.
Bueno, antes de hacerlo al menos podría tachar el que Wasabi le sometiera en el sofá de su lista de fantasías.
-Te dije que te haría tragar tus palabras- ronroneó de forma maquiavélica a centímetros de su rostro, en un tono bajo y ronco que tiñó la pálida piel de sus mejillas de un rojo bermellón bastante curioso
Los labios carnosos y morenos del mayor describieron una curva aun mayor y llena de diversión al ver que le había dejado sin palabras, completamente inconsciente de la forma en que su corazón arrancó a latir a toda velocidad ante la cercanía y la posición en que se hallaban. Fred comenzó a hiperventilar cuando el masculinamente atractivo rostro de su amigo se acercó más y un par de sus pesadas rastas formaron una cortina azabache entre ellos y el mundo.
Y en esa burbuja en la que sólo estaban ellos y sus alientos mezclándose, Fred, o tal vez la cerveza, pensó…
Tal vez tenía a su amigo a cambio de su silencio, sí, ¿Pero era aquello justo para él?, ¿Era justo dejar otros cinco años de su vida tras Wasabi aun a sabiendas de que nunca lo vería como más que un amigo si no hacía algo al respecto?, ¿Le volvería a seguir como un perro cuando la universidad acabara? Ciertamente dudaba que hubiera muchas empresas donde necesitaran una mascota en el campo de la ciencia y la ingeniería. ¿Y qué cuando Wasabi se casara y tuviera una familia?, ¿Pensaba estar allí, vestido como un dragón, en su luna de miel o los cumpleaños de sus hijos?
La idea de que estuviera con otras personas hizo que su mente hiciera cortocircuito y de repente dejó de razonar.
Cuando echó sus brazos al cuello de su amigo, ganando a la fuerza con la que le sometía sólo por la sorpresa momentánea del otro, y se alzó abrazándolo con fuerza, manteniendo su rostro de expresión decidida y faz sonrojada a unos nimios centímetros del sorprendido de Wasabi, Fred fue consciente de que el fuego que ardía en su pecho y su vientre acabaría por quemarlo y dejar marcas imposibles de borrar en su alma.
Y no pudo importarle menos.
-Entonces haz que me las trague de una vez- ronroneó, rozando los labios entreabiertos por la sorpresa del chico al hablar, con sus ojos azules y apasionados fijos en los abiertos de par en par del otro.
Pudo sentir el cálido aliento a cerveza del otro en sus labios cuando jadeó, atónito, un segundo antes de que Fred cerrara los ojos y besara al moreno inventor sobre él como llevaba deseando desde su último año de secundaria.
Y no se quedó con las ganas, sino que atrevido como nunca antes sacó a relucir el anhelo que tantos años había mantenido por besar esa boca. Movió sus labios contra los de Wasabi en una caricia casi desesperada, sin importarle que éstos permanecieran estáticos contra los suyos y él estuviera tenso entre sus brazos.
Lamió lentamente el carnoso labio inferior del mayor, delineándolo con la punta de su lengua, regodeándose en el estremecimiento que recorrió al otro y reprimiendo a duras penas el que trataba de trepar por su espalda.
Luego, con toda la ternura y afecto que sentía por el mayor, lo presionó con cuidado entre sus blancos dientes al tiempo que lentamente deslizaba los brazos que le mantenían preso y recorría con las yemas de los dedos la cálida piel de su cuello, sintiendo su pulso desbocado bajo ellas.
Con un cosquilleo ansioso recorriendo su vientre bajo liberó el labio del mayor, y estaba dispuesto a profundizar su beso cuando sintió como su presunto carcelero trataba de alejarse. Se obligó a aferrarse nuevamente a su cuello y volver a atrapar a Wasabi, colocándose de rodillas sobre el sofá y pegando su cuerpo al del otro, sintiendo la dureza y el calor de su pecho contra el suyo aún a través de la tela.
Lejos de sentirse intimidado por la diferencia de tamaños, Fred sólo pudo sonreír al notar como Wasabi se quedaba inmóvil cuando apresó su labio inferior entre los suyos y succionó con dulzura. Tal vez tuviera una afición con él.
Sonriendo de satisfacción al sentir como el mayor se dejaba hacer nuevamente, sólo pudo entreabrir sus ojos azules –más brillantes que nunca- y ver con toda su pasión al chico frente a él, quien mantenía abiertos sus ojos castaños aún, sorprendido sin duda.
Y Fred sólo pudo quedarse de una pieza en medio del beso cuando un extraño brillo hizo presencia en los ojos de Wasabi, un segundo antes de que sus gigantescas manos se posaran gentilmente en su cadera, estremeciéndole.
Pero no pudo examinar por mucho tiempo esas reacciones cuando otro sentimiento más claro se hizo presente en aquellos ojos, causando que el rubio se soltara en el acto cuando aquellas manos que tan gentilmente lo sostenían ejercieron la presión suficiente para liberarse de él. Wasabi se alejó de él con una mano cubriendo su boca y más pálido que nunca.
El corazón de Fred tembló herido cuando notó que el horror seguía en los ojos de su amigo incluso una vez liberado. Y fue como un baldazo de agua fría que le obligó a abrir los ojos de par en par y llevarse la mano a los labios temblorosos y húmedos.
¡¿Qué demonios acababa de hacer?!
En pánico, trató de acercarse al chico, inclinándose en su dirección sobre el sofá y apoyándose en un brazo tembloroso.
-W-Wasabi… yo…
-¡No, Fred!- le cortó el aludido, alejándose un paso y sin poder mirar al rostro al joven. Fred sintió como si le clavaran una daga en el pecho al ver sus claros deseos de huir de él.
Por un segundo sopesó la idea de dejarle ir, sabiendo que ninguno de los dos estaba en las condiciones correctas para poder mantener una conversación sobre lo que acababa de acontecer. Sin embargo la resistencia del mayor a mirarle a la cara le dio la certeza de que si le dejaba marchar ahora, el moreno nunca más le daría la oportunidad de hablar al respecto.
Respiró hondo, infundiéndose valor y tratando de llenarse de seguridad, y con ello en mente se puso de pie, suspirando. Si había metido la pata, al menos se aseguraría de meterla hasta el fondo.
-Me gustas- soltó sin titubeos, sin que su voz temblase, y la seriedad que se traslucía en sus palabras se reflejó en el brillo lleno de convicción de sus ojos azules. Y aunque estuvo bastante seguro de que su corazón crujió al ver el espanto en los ojos del mayor, no por ello se detuvo-. T-Te he querido desde que éramos adolescentes, Wasabi. Desde antes de comenzar en el ITSF.
Se cortó por un instante al verle negar repetidas veces con la cabeza.
-Fred, basta… no es gracioso- murmuró, claramente en negación, y el ver que tuviera aquella reacción tan infantil frente a algo tan serio para él logró crispar al rubio.
-No es una maldita broma- gruñó con molestia, acercándose un paso que el mayor retrocedió de inmediato-. Tú sabes que me gustan los chicos, ¿No? Pues bien, no me gusta cualquier chico- tragó saliva, sintiendo como un nudo se formaba en su garganta al ver como el otro comenzaba a negar otra vez, anticipándose a sus palabras-. Me gustas tú, sólo tú.
-¡Pues no es correcto!- explotó en un grito agudo e histérico, por fin alzando la mirada al chico, con una expresión completamente desencajada- ¡Eso no está bien desde el comienzo, Fred! ¡Es el hombre y la mujer!, ¡La mujer y el hombre!, ¡Eso dicta el orden de la sociedad!
Fred no pudo evitar abrir los ojos de par en par, sintiéndose como si acabara de darle una bofetada, o incluso más ultrajado. Resistió a duras penas el impulso de dársela de bruces contra algo, lo que fuera, pero se controló porque no podía ser que Wasabi estuviera dando un discurso retrograda de moralidad en el mismo instante en que él le confesaba sus sentimientos, los que llevaba guardando por cinco años, ¿Verdad?
¿Verdad?
-Pues la sociedad puede irse al demonio- escupió, casi rechinando los dientes, consciente del efecto que podría tener en el moreno sus palabras-. Yo te quiero a ti, y no porque otros me digan que es lo correcto, sino porque es lo que siento- soltó, llevándose una mano al corazón para dar más énfasis a sus palabras. Internamente rogó que la forma en que su visión se nublaba fuera por una presión arterial alta y no porque estaba a punto de echarse a llorar frente a él.
Pero pese a su vista nublada, no le pasó desapercibida la forma en que el gesto molesto de Wasabi se transformaba por un infinitesimal instante en uno de sorpresa mezclado con algún otro sentimiento que no logró descifrar del todo, antes de que volviera a bajar la mirada:
-Es una aberración, Fred.
Y ante esas palabras el corazón del chico se detuvo por completo. Se quedó sin aire como si alguien acabara de golpearle de lleno en el estómago y sus neuronas fueron incapaces de hacer sinapsis por un momento. No podía creer que lo que acababa de oír de verdad hubiera salido de los labios de su mejor amigo, del chico del que estaba enamorado, del sujeto a quien había seguido fielmente por cinco años. ¿En verdad había dicho que sus sentimientos eran una aberración? ¡¿Qué los sentimientos que sentía por él, lo más puro y hermoso que nunca hubiera experimentado por alguien, eran una aberración?!
El hecho de que no estuviera sobre él, golpeándolo hasta sacar toda la bronca que comenzaba a crecer como un incendio desde su estómago, se debía pura y exclusivamente a que no estaba lo suficientemente borracho para no ser consciente de que el otro lo haría puré sólo con levantar un dedo.
Indignado, herido y traicionado, Fred ya no pudo soportar seguir viendo el rostro de aquel hipócrita, el recuerdo de todo el tiempo que había perdido.
-Pues lamento ser tan caótico- susurró con la voz rota, también inclinando su mirada al suelo. Se volteó, incapaz de poder verle aun cuando el otro ni siquiera podía mantenerle la mirada-. Por favor, vete- susurró en un tono lo suficientemente alto como para que apenas lograra oírlo, al igual que al delator temblor en su voz.
Wasabi alzó la mirada ante él, alertado por su voz del incipiente llanto, y no pudo evitar sentirse culpable al ver la pequeña espalda de su amigo temblar por los sollozos que trataba de reprimir. Demasiado tarde se había dado cuenta de lo que dijo, pero el daño ya estaba hecho. Sin embargo dio un paso en su dirección de forma inconsciente, sintiendo como algo se estrujaba en su pecho al ver al rubio llorar y saber que era por su culpa.
-Fred…
El aludido dio un respingo ante ese tono de voz tan conocido. Oh no, que ni siquiera pensara en darle algún consuelo barato
-¡Lárgate!- vociferó, gritándole por primera vez en la vida de esa forma, y viendo por encima del hombro y a través de las lágrimas que empañaban su visión la forma en que el mayor daba un salto en su lugar por el susto que en cualquier otro momento le hubiera resultado de lo más gracioso.
Se giró, esperando a que el otro tomara la decisión de marcharse. Un pesado silencio se alzó en la habitación a medida que los segundos pasaban, un silencio en el que Fred no paró de preguntarse si su amigo en verdad sería capaz de mandar al caño todos los años de amistad que tenían sólo en cuestión de un segundo, o si en verdad sería capaz de elegirle por encima del orden que tanto amaba, como ese pequeño caos que todos necesitaban en la vida.
Pero sus esperanzas se esfumaron en cuanto los suaves pasos del moreno se alzaron en la habitación silenciosa con la fuerza de truenos en una tormenta, y sólo pudo cerrar los ojos y hundir sus dientes en su labio inferior de la frustración cuando el caminar del mayor al alejarse se acompasó al segundero de un reloj, siendo la cuenta regresiva para que él cayera en un abismo oscuro que le condenaba a la soledad y la pena.
Ahogó un sollozo al oír la puerta de su habitación abrirse, que se demoró un par de segundos más de lo habitual en cerrarla, segundos en los que contuvo la respiración, expectante de las decisiones de Wasabi.
Pero ésta se cerró con un sonido sordo que se le hizo familiar a lo que debería ser el sonido de una guillotina al impactar en la madera, y Fred se dejó caer en el sofá casi catatónico, con los ojos abiertos de par en par y los labios entreabiertos por el impacto.
Y cuando fue plenamente consciente de lo que acababa de ocurrir, del irremediable y doloroso hecho de que no sólo sus fantasías románticas acababan de ser destruidas por completo hasta volverse virutas, sino que también acababa de perder de forma absoluta a su más entrañable y antiguo amigo, Fred no pudo más que llevarse ambas manos a los labios, horrorizado, mientras silenciosas lagrimas comenzaban a crear abundantes torrentes sobre sus pálidas mejillas.
Pasado un segundo, debió ocultar por completo su rostro en el cuenco que formaban sus manos, antes de emitir un sonoro grito donde dejó ir toda su furia, vergüenza y dolor.
Aquella vez había llorado toda la noche, y el amanecer lo descubrió con los ojos hinchados y los labios rojizos de tanto morderlos para acallar sus gritos desesperados y dolidos, algo que sólo había visto en las películas cuando una persona perdía a un ser querido.
Pero, de cierta forma, Fred se sentía como si en realidad alguien hubiera muerto, aunque aún no estaba seguro si era por Wasabi y su amistad… o la parte de su ser que respiraba y vivía por el moreno.
Aún estaba tratando de secar su cabello con movimientos bruscos y algo violentos de la toalla azul cuando entró en su sala particular, gruñendo por lo bajo y reprimiendo un estremecimiento a pesar de la calefacción. Siempre era demasiado holgazán como para recordar bañarse antes de que la noche llegara, por lo que usualmente acababa congelándose el trasero a aquellas horas cuando su cabello le humedecía la ropa. Bueno, al menos el hecho de que rara vez cayera enfermo por ello ayudaba a mantener entre sus amigos la leyenda urbana de que se bañaba una vez a la semana… y lo de la ropa interior.
Siempre le causaba gracia la reacción de la gente cuando contaba su método de reciclaje, sobre todo por el hecho de que realmente ellos creían que lo hacía en verdad. Bueno, aunque su aspecto siempre desaliñado y zarrapastroso en nada ayudaba a que los demás creyeran lo contrario.
Sin desatender su empresa se acercó lentamente al sofá, dejándose caer con pesadez en él y colocándose en posición de loto para resguardar sus pies descalzos del frío suelo. Nuevamente, había sido demasiado holgazán para ponerse zapatillas teniendo los pies mojados… o para secarlos.
Cuando decidió que no había mucho más que pudiera hacer con él, Fred dejó en paz a su cabello y dejó la toalla húmeda tendida despreocupadamente sobre la impoluta mesa frente a él, la que había limpiado en la mañana, y tomó su celular que no paraba de chillar por un mensaje sin leer.
Deslizó la barra de notificaciones mientras se peinaba el cabello distraídamente con los dedos –ventajas de tener el cabello lacio de forma natural-, y sonrió al ver dos mensajes nuevos de Hiro donde le decía que estaba a punto de salir.
Tipeó un corto "Ok", pensando en qué podrían ver esa noche y que tendría que buscar botanas, antes de salir del chat. Y estuvo a punto de salir de la aplicación, pero se detuvo al notar el chat debajo del de Hiro y que databa de tres días atrás. No es como si sinceramente él hablara con muchas más personas que ellos dos.
Se quedó viendo el "Bonita pareja" que allí había escrito por unos segundos antes de clavar su mirada en el ícono circular del moreno que le devolvía la imagen de un sonriente Wasabi en su uniforme de fútbol.
Frunció el ceño y sin saber exactamente porqué impulso masoquista entró a la charla. El comentario, salido de la nada, venía de una foto que había subido a sus estados en la que tanto Hiro como él aparecían despatarrados en sus habituales puff, sonriendo y con las bocas naranjas por causa del polvo de los palitos de queso que habían estado comiendo.
Curiosamente, y a pesar de lo improvisado de la foto, ésta les había gustado a ambos. Aquella vez habían estado tonteando más que vieron la película y ambos tenían ese brillo especial en los ojos que sólo deba el pasar tiempo con un amigo igual de raro que uno.
La había subido con permiso de Hiro junto a otras tantas, aunque esa era la única donde se veían sus rostros, y luego de hacerlo se había olvidado de su celular hasta el día siguiente, cuando Hiro se había marchado.
Ver ese mensaje a primera hora no era lo que se esperaba después de casi un mes sin hablar, pero conociendo a su amigo acabó por aceptar que debió haberlo hecho.
Buena parte de aquel día se había pasado tratando de entender el motivo que había movido a Wasabi a enviarle aquello a las tres de la madrugada, sólo dos minutos después de haberla subido. Trató de descubrir los matices del pensamiento del moreno en esas dos palabras y, más importante aún, luchó por saber desde cuándo era Wasabi tan hijo de puta.
¿A qué venía ese mensaje de la nada?, ¿Qué quería decir?, ¿Acaso trataba de burlarse de los sentimientos que le había confesado la otra noche?, ¿O de infravalorarlos?
¡¿Y quién mierda se creía que era para enviarle eso en primer lugar?!
Ya había reconocido que había cometido un error con besarle aquella vez. Se daba cuenta que había sido incorrecto pasar por encima de la opinión de Wasabi de esa forma aun cuando creyera que estaba siendo injusto consigo mismo si no lo hiciera.
Pero nadie había obligado a Wasabi a irse, a alejarlo, y nadie le había dado el derecho para dictar qué está bien o mal en la sociedad, ni de tachar de incorrectos o aberrantes sus sentimientos sólo por no lograr comprenderlos.
Tal vez él exageró al echarlo, pero no dejaría que desestimaran sus sentimientos, ni siquiera Wasabi. Además, éste había sido quien decidió volver a alzar una barrera entre ellos y alejarse como la primera vez.
Y aunque esta vez Fred no le había enviado ni siquiera un mensaje, sí que había esperado ansioso algún mensaje que le permitiera arreglar un poco las cosas… por eso tal vez le molestaba que el primer mensaje después de casi medio mes fuera ese.
Eso, y el significado que se adivinaba tras él.
Conocía bien la extravagante y dramática forma de ser de su amigo. Lo suficiente para reconocer una escena de celos cuando la veía, aunque no podía entender del todo el sentido del mensaje por completo, y se había detenido al menos tres veces a mitad de un testamento en el que exigía que se explicara y le echaba en cara que no tenía derecho a reclamarle el pasar el tiempo con otras personas si él se había alejado primero.
Pero logró detenerse y acabó por dejarlo en visto por primera vez en su vida, siguiendo el consejo que más tarde ese día daría a Hiro sobre fingir que no le importaba.
No podía decir que no le dolía aquella indiferencia, tanto la que recibía como la que correspondía, pero como orgulloso que era no daría el brazo a torcer esta vez. Oh no, ni Wasabi ni nadie en el mundo diría que algo le afectara personalmente cuando le vieran andar perfecto y despreocupado como siempre.
Aunque eso no quería decir que se mantuviera estoico en el resguardo de su habitación.
Inhaló profundamente, sintiendo un nudo crecer en su garganta, antes de presionar la foto de perfil del moreno. Se maldijo mentalmente por el cosquilleo entusiasmado que recorrió todo su cuerpo cuando apareció ante sus ojos el rostro de su amigo. En la imagen Wasabi aparecía vestido con su uniforme de jugador, con sus rastas despreocupadamente atadas en una coleta baja y sosteniendo el balón casi con delicadeza a la altura del pecho.
Wasabi no era exactamente un chico al que cualquiera llamaría lindo a primera vista, con sus sweaters anticuados, su peinado extravagante cuando usaba su turbante y su tamaño intimidante. Sin embargo, cuando se pasaba un tiempo junto a él cualquiera podía notar ciertos detalles que sin duda le hacían un joven muy guapo. O al menos a Fred le era imposible pasar por alto la atractiva forma en que su masculino mentón se marcaba cuando giraba su cabeza en cualquier ángulo, o la sensual manera en que sus carnosos labios se entreabrían cada vez que esbozaba una sonrisa burlona, dando paso lentamente a esos dientes relucientes contra el moreno de su piel. Definitivamente desde la primera vez que le había visto estudiando no había podido dejar de notar lo guapo que se veía cuando fruncía el ceño por la concentración, agitando aquellas largas y tupidas pestañas negras sobre sus párpados rápidamente, o se llevaba una y otra vez la mano al cabello en un gesto del cual no podía despegar la mirada, ni había podido ignorar lo asombrosamente trabajados que estaban sus brazos debajo de la camisa blanca de su colegio que siempre parecía a punto de explotar.
El cuerpo de Wasabi era otra maravilla que cualquiera podía descubrir sólo con unos días junto a él. Muchas veces su ropa holgada le hacía parecer un chico con unos cuantos kilos de más, pero era cuestión de verle cuando quedaba sólo con sus camisetas térmicas puestas o su uniforme de jugador para notar que esos kilos sin duda eran de macizo y bien trabajado músculo, caliente y palpitante. Y ni hablar cuando usaba su uniforme de jugador que tanto le estilizaba con sus tonos azules oscuros, o que se veía tan bien cuando aquel pantalón se ajustaba a sus musculosas piernas y firme trasero… bien, debía admitir que más de una vez había tenido que encargarse de ciertas urgencias cuando le veía después de entrenar sudado y con aquella ropa.
¿Qué podía hacer? Tal vez fuera inocente en muchas cosas y un idiota en otras tantas –aunque no tantas como sus amigos creían-, pero cuando se trataba de Wasabi su cuerpo y mente tendían a recorrer caminos que incluso a él asustaban a veces.
Aunque claro que no todo podía ser cuestión de físico para que permaneciera enamorado por tantos años, no. Fred tenía una admiración importante por el aspecto científico de su amigo, su organización excesiva, sus inventos tan geniales y mortíferos con lásers y, desde luego, su carácter siempre cambiante y encantador para él.
Muchas noches en la que su cuerpo parecía demasiado ansioso como para conciliar el sueño se las había gastado en pensar a su amigo en distintos aspectos de la vida cotidiana. Se imaginó una y otra vez las situaciones en las que él podría llegar a ser estricto, severo, los momentos en los que estaba feliz y que siempre relacionó con sus amigos y familia, cuando se asustaba como un chiquillo por sus películas de terror sólo para irónicamente hacer frente a los mayores peligros en la vida real casi sin titubear. Aunque claro que no se quejaba de la forma tan tierna en que semejante gigante se ocultaba tras él cada vez que el asesino aparecía de la nada en la pantalla.
Y desde luego no había podido evitar imaginarse a Wasabi como amante, aunque a diferencia de las veces anteriores no podía llegar a un acuerdo. Wasabi parecía perfectamente capaz de ser uno de esos hombres que ocultaban detrás de un rostro tranquilo una actitud dominante y brutal, de esos que tomaban las riendas de la situación sin titubear y exigían a su amante hasta que no pudiera más; cosa que, debía admitir, le resultaba algo intimidante considerando las dimensiones del moreno.
Pero a la vez parecía encajar perfectamente en ese tipo de amante tierno, en ese gigante amoroso que colmaba de besos a su acompañante. Ese amante experimentado pero siempre tímido que comenzaba lentamente como una cálida caricia para acabar en un fuego abrasador que devoraba todo lo que se cruzaba a su paso.
Fred rio por lo bajo, no era como si pudiera adivinar muchas cosas de un hombre en la cama cuando en realidad nunca había estado con nadie. Él ni siquiera tenía posibilidades de ser pareja de Wasabi a este paso.
"Y después de lo que pasó ni posibilidades de ser su amigo tienes ya". Se burló una vocecita en su fuero interno, la mitad de él que siempre estaba lista para llenarle de inseguridades del tipo que le hacía suponer que sus amigos sólo lo veían como un tarado con dinero.
Pero tristemente para él la vocecita molesta tenía razón, había arruinado las cosas con Wasabi y tal vez ya nunca volvieran a ser igual, de una forma más absoluta que la de la otra vez.
De repente la imagen del icono del moreno se desdibujó tras un manto nebuloso y Fred no pudo hacer más que dejar el celular a un lado y tratar de contener sus lágrimas, pero éstas ya regaban todo su rostro.
Sorbió por la nariz, ya con todos los síntomas del llanto haciendo estragos en su rostro y sistema respiratorio, pero agradecía que por lo menos no hubiera comenzado a hipar. No necesitaba verse a un espejo para saber que tenía un notorio sonrojo que atravesaba sus pómulos y el puente de su nariz y que sus oídos estaban a punto de estallar después de todo lo que había pensado e imaginado sin notarlo, y no quería ser testigo de la forma ridículamente tierna en que sus ojos azules brillaban por causa de las lágrimas y parecían más grandes e inocentes de lo que siempre eran, tan llenos de asombro y curiosidad.
Tragó saliva y trató de relajarse mientras se limpiaba el rostro con la toalla abandonada. Lo que menos necesitaba era que Hiro le viera así. Pues no importaba cuánto extrañara sus charlas tontas con Wasabi, o cuánto le doliera la forma en que lo había rechazado y tratado aquella vez, él no podía decaer frente a su amigo, no cuando el propio Hiro tenía problemas tan serios entre manos.
De hecho en realidad le vendría bien que apareciera, así podría olvidarse de una vez de toda su situación con Wasabi entre tonterías, comida chatarra y películas raras.
Cuando el sonido nasal del timbre llenó su habitación, anunciando que había alguien del otro lado de la puerta, Fred no pudo más que quedársela viendo con sorpresa por un segundo, aún oculto tras la toalla, antes de ponerse en pie con un salto y con una enorme sonrisa de alivio dirigirse a la puerta. Su amiguito tal vez llegara antes de la cuenta, pero sin duda lo hacía en el mejor momento.
Era bueno tener a alguien como Hiro para hablar de aquellas cosas o ignorarlas por completo, reflexionó mientras abría una de las puertas corredizas.
-Hola, amiguito- saludó con un tono vivaracho que para nada dejaba entrever el estado en el que se hallaba hacía tan solo segundos, pero su voz se desvaneció lentamente hacia el final de la palabra al notar que quien estaba del otro lado de la puerta estaba muy lejos de ser su pequeño y flacucho Hiro. Alzó la mirada con la sorpresa dominando su expresión y tragó saliva de la forma más disimulada posible-. W-Wasabi.
El rostro moreno del mayor permaneció serio y casi inescrutable ante él, mirándolo desde sus treinta centímetros de diferencia con cierta molestia más que evidente en sus ojos, aunque demasiado ocupado en pensar el porqué de que Wasabi estuviera allí y rogando que ningún vestigio de su lloriqueo fuera perceptible en su rostro Fred apenas y le dio importancia antes de retroceder un paso, sorprendido.
-Lamento no ser a quien esperabas- masculló el moreno en un tono de voz ronco y ligeramente desdeñoso, casi despectivo, que obligó al rubio a enarcar una ceja con extrañez. Como si la presencia de Wasabi allí no fuera suficiente para confundirlo, su evidente mal humor no ayudaba a echar luz sobre el asunto.
Sin embargo y a pesar del olvido y silencio a los que el chico frente a él le había condenado, Fred no pudo evitar notar como la preocupación se abría paso entre la extrañez y el enojo que aún sentía hacia él. ¿Podría haberle pasado algo malo?
Con eso en mente no dudó en hacerse a un lado y permitirle entrar.
-N-No te preocupes- murmuró una vez el mayor entró, calculando que faltaría una media hora para que Hiro llegara. Cerró la puerta con seguro para que sonara cuando hubiera alguien en frente y contempló al mayor clavado en su sitio, sin saber muy bien cómo actuar- ¿Hay algún problema?
Wasabi, que había comenzado a dar pasos despreocupados en la habitación, se detuvo en seco ante la pregunta, y aún de espaldas a él Fred pudo notar la forma en que inhalaba hondo por como sus anchos hombros cubiertos por una chaqueta negra se alzaron.
-Problema es la palabra correcta- comenzó en un tono de voz bajo y ronco, claramente conteniendo alguna reacción más violenta, y Fred sólo pudo fruncir aún más el ceño por la confusión al oír aquellas palabras. Cuando Wasabi se giró hacia él, dejándole ver su gesto torcido por la molestia, una alarma se disparó en el rubio, una que le decía que debería retirarse y que ignoró a duras penas al verle dar un paso en su dirección-. ¿Así es cómo les haces frente?, ¿Atrayendo al pequeño Hiro para olvidarlos?
Pero en ese instante cualquier alarma u otra cosa que no fuera sorpresa desaparecieron de la mente y expresión del rubio, quien sólo pudo abrir los ojos de par en par y clavarlos en los pardos y furiosos del otro.
-¿Disculpa?- inquirió, asombrado y descolocado por completo. Su mente había estado a punto de dar un sentido a lo dicho por el otro, pero la idea de que Wasabi pensara algo así le resultaba risible… ¿Y por qué lo pensaría, en todo caso?
Ajeno a sus cavilaciones internas, Wasabi sólo pudo fruncir el ceño y volver a hablar, alzando un dedo acusador en su dirección.
-¡No te hagas el idiota, Fred, porque los he visto, con un demonio!- exclamó en un tono de voz grave claramente lleno de indignación y molestia, y el aludido sólo pudo dar un salto por la sorpresa ante el insulto inesperado. Wasabi no alejó la mirada de él cuando volvió a hablar-. Hiro viene tarde cada noche y se marcha temprano en la mañana… ¿Se puede saber qué rayos quieres hacer?... ¡¿Reemplazarme por un pobre niño?!
Esta vez la mandíbula del chico flaqueó en su firmeza ante las palabras del mayor y el tono indignado y molesto en que se atrevía a hablarle. Pero pasado un segundo entrecerró los ojos, acumulando demasiada molestia y rabia al ver qué era lo que el otro trataba de decir como para preguntarse la forma en que Wasabi sabía de sus horarios con Hiro.
-¿De qué mierda hablas?- gruñó por lo bajo, amenazante, antes de acercarse un par de pasos en dirección al moreno, sin dejar que su altura o la molestia clara en sus ojos le intimidaran -. Hiro y yo sólo nos la pasamos bien.
La mente del mayor hizo cortocircuito al oír la declaración del otro, y malinterpretando sus palabras él también se acercó un par de pasos al rubio, quedando a un escaso metro y medio de distancia.
-¿Y así de fácil lo dices?- preguntó, asombrado de la desfachatez del otro, antes de alzar la voz una octava- ¡Es sólo un niño que no sabe nada de nada!
-Sabe más que tú sobre cómo me siento- le soltó con desdén y poniendo los brazos en jarras, aunque debió admitir que la forma en que el mayor le miró como si acabara de abofetearlo le resultó más desconcertante de lo normal. Pronto se sobrepuso y frunció el ceño, escupiendo ácido casi cuando volvió a hablar.
-Pues buena excusa para revolcarte con él.
Esta vez Fred se crispó en serio, Wasabi nunca le había conocido molesto de verdad, y comenzaba a creer que ya era hora de que lo hiciera.
De hecho sintió como si un velo rojo de ira le envolviera por completo luego de un solo parpadeo.
-¡No tienes derecho a decirme con quien puedo o no estar, maldita sea!- explotó en su cara, aproximándose un paso sólo para poder fulminarle fijamente a los ojos con la mirada. El hecho de que la mueca del mayor se desfigurara por la sorpresa durante un segundo sólo ayudó a dar nuevos bríos a su reproche al evidenciar que, de hecho, él había esperado ir ahí y echarle en cara lo que quisiera sin que se defendiera. Pues no tenía idea de a quién había enfurecido, y se iba a enterar- ¡Ya sea Hiro, Tadashi o Baymax!, ¡Perdiste ese derecho cuando decidiste poner a la sociedad y su estúpido orden y reglas por encima de mis sentimientos y de cinco años de amistad!- entró en pánico al ver como su visión se nublaba por el llanto contenido y el dolor que le causaba cada palabra que decía, pero ya llegado ahí no pensaba detenerse- ¡Así que no vengas ahora, aquí, a echarme en cara cosas que ni siquiera ocurren y que para empezar no son de tu incumbencia, maldito hipócrita!, ¡En lo que a mí respecta incluso puedo revolcarme con Pequeño Yama y toda su pandilla de imbéciles y tú no tendrías porqué meterte a opinar al respecto!- finalizó, sintiendo sus piernas y labios temblar por los nervios.
Un silencio sepulcral se alzó en la habitación cuando el último eco de sus gritos murió, y Fred ya no pudo mantenerle la mirada al mayor cuando las lágrimas de ira y dolor comenzaron a caer por sus mejillas ardientes. Odiaba tanto el no poder contener el llanto cuando estaba furioso o confrontaba a alguien; hacía ese tipo de situaciones el triple de bochornosas para él. Su garganta había resentido su ataque de ira, y sus piernas no paraban de temblar por los nervios, haciéndole temer el acabar en el suelo en cualquier momento. Lo único que quería era que Wasabi desapareciera, así podría echarse a llorar sobre el sillón por el resto de la noche, pues ahora no sólo Wasabi le aborrecía por estar enamorado de él, sino que también le creía una persona enferma capaz de aprovecharse de su amiguito de quince años.
Sin embargo el mayor no se marchó, sino que Fred abrió los ojos de par en par al notar cómo éste se acercaba hasta que tuvo su amplio pecho casi rozando su nariz, y no pudo evitar alzar la mirada por la sorpresa. Ni siquiera su rostro lloroso y sonrosado le importó al ver el brillo decidido y apasionado en los ojos pardos del mayor, un brillo que nunca antes había visto en ellos y le obligó a reprimir un estremecimiento.
-¿Conque no es de mi incumbencia, eh?- repitió en un tono bajo y amenazante que hizo al rubio a tragar saliva. Todas las alertas volvieron a dispararse en su mente al ver el brillo molesto y posesivo en los ojos castaños, y estaba a punto de alejarse a una distancia más segura cuando una mano se cerró como una prensa sobre su delicada muñeca, manteniéndolo inmóvil a escasos centímetros de él. Debido a la perplejidad que le embargaba no pudo hacer mucho más que ver con el rostro desfigurado por la sorpresa al mayor cuando éste volvió a hablar, obligándolo a boquear ligeramente y causando que su corazón se saltara un latido-. Bien, creo que llegó el momento de recuperar los derechos que me pertenecen- ronroneó, acercándolo aún más a él.
Fred volvió a tragar saliva de forma audible, temblando notablemente y ya sin rastros de la ira que hace tan sólo unos segundos le había hecho estallar.
-¿Q-Qué quieres decir?- preguntó con voz trémula, un tono bajo e intimidado. La forma en que los labios de Wasabi se curvaron en una sonrisa molesta y prepotente ante su pregunta envió un estremecimiento de espanto y deseo por todo su cuerpo.
-Pues que probé un trago de anarquía el día que me besaste, Fred- ronroneó en un tono grave y gutural, inclinándose sobre el aludido, y éste sólo trató de reprimir el impulso de cerrar los ojos al sentir el cálido cuerpo del otro a través de la ropa, tratando de no evidenciar la forma en que toda su piel se erizó al oír su nombre envuelto en aquel tono… aunque todo ello pasó a segundo plano cuando una de las cálidas y gigantescas manos del mayor se posó bajo su mentón, obligándole a mantener la mirada fija en la de él, sintiendo su cálido aliento mezclándose con el suyo a escasos centímetros de su boca entreabierta-. Y que estoy listo para mandar unas cuantas leyes al demonio justo ahora.
Fred no logró comprender del todo lo que había querido decir con aquello hasta que, por segunda vez en su vida, sintió la presión de los labios carnosos de Wasabi sobre los suyos en un cálido y apasionado beso.
Toda su piel se erizó en respuesta, asombrada pero encantada con el contacto cuando la mano que el mayor utilizaba para sostenerle el mentón se deslizó hasta su cuello, asiéndolo en un firme y cálido toque que le hizo entrecerrar los ojos de dicha al roce con su fría piel.
Sin embargo abrió los ojos de par en par al recordar con quien estaba y la forma en que le había tratado la última vez que habían tenido un contacto de aquel tipo, y sin poder hacer a un lado su indignación llevó sus manos hasta el pecho del mayor y le empujó con fuerza, logrando separarle de él sólo por causa de la lo inesperado del gesto.
Y su estado de molestia sólo creció al ver la sorpresa en la expresión del otro, que nuevamente al parecer había esperado poder actuar a su gusto y placer sin que él opinara nada al respecto. ¿O qué, sólo porque estuviera enamorado de él podía darse el lujo de botarlo y luego recogerlo cuando sentía la amenaza de que se lo quitaran cerca, como si fuera un juguete?
Vaya si estaba equivocado.
-¡¿Qué rayos crees que haces?!- exclamó, apartándose por completo de su alcance y dirigiéndose a la habitación tras él, cerca de su mesa y sus estatuas de dragones, para imponer una distancia que le permitiera pensar. Le miró con toda la indignación que se entreveía en su pregunta, tratando de ignorar la forma en que sus labios cosquilleaban extasiados sólo por un beso tan efímero como el que acababan de compartir-¡¿Quién te dio derecho a hacer eso?!
-¿Y a ti quién te lo dio la última vez?- preguntó una vez pasada la sorpresa, cruzando los brazos sobre el pecho y mirándolo con una ceja alzada. Sin embargo, a Fred no le pasó desapercibido el que aquel brillo tan curioso, mezcla de molestia y posesividad no desapareciera de sus ojos, ni que sus hombros permanecieran tensos y su postura erguida, alerta al igual que él.
Sus palabras y la clara acusación en ellas hicieron que un calor demasiado conocido trepara hasta sus mejillas, y a duras penas logró soportarle la mirada a sabiendas que estaba ruborizado, y por la forma en que una sonrisa ladina curvó los labios del otro no era un rubor leve.
-N-No es lo mismo- respondió en un hilo de voz, avergonzado, pero no pensaba dar el brazo a torcer y que Wasabi se burlara de él en su propia casa-. Yo sí sentía algo por ti cuando te besé- murmuró, sintiendo como sus mejillas aumentaban más su temperatura y la forma en que el moreno alzó ambas cejas no ayudó a disminuir el acelerado latir de su corazón-, además pedí disculpas por hacerlo.
Tragó saliva, no sabiendo cómo reaccionar a medida que el silencio se apoderaba del lugar y finalmente debió bajar el rostro, mirándolo por entre las pestañas. Se tensó en anticipación cuando le vio suspirar pesadamente y descruzar sus brazos.
-Bien- suspiró, llevándose una mano hasta su turbante y retirándolo a medida que comenzaba a caminar en dirección al nervioso rubio-. Pediré disculpas más tarde.
Fred se crispó, tratando de ver los sentidos ocultos detrás de esa frase.
-¿Q-Qué?- jadeó, retrocediendo a cada paso que el otro se acercaba. Su corazón se saltó un latido cuando chocó con algo duro que cortaba su huida y al voltearse sólo pudo fulminar con la mirada la blanca y circular mesa en la que solía dibujar.
Cuando volvió a mirar al frente lo único que pudo ver fue el amplio pecho de Wasabi a escasos centímetros de su rostro, amplio, fuerte y enfundado en una camiseta blanca que se adhería a su cuerpo como una segunda piel. Tragó saliva y alzó su mirada nerviosa hasta el rostro del otro, sintiendo su corazón echar a latir a un ritmo frenético cuando vislumbró la sonrisa divertida y el brillo apasionado en los ojos pardos del mayor.
Y cuando volvió a tomar su rostro con ambas manos y se inclinó con claras intenciones de apoderarse de sus labios Fred apenas tuvo tiempo antes de colocar sus manos en su pecho y apartarlo un poco, dejándole inmóvil a medio camino.
-¡E-Espera!- susurró, negándose a apartar su mirada de sus ojos por más que estuviera rojo como un tómate con la esperanza de que lograra hacerle entrar en razón-. No sé qué sucede contigo ahora, pero detente por favor. Hiro vendrá en unos minutos y no podemos…
Se detuvo a mitad de su explicación al oír el gutural gruñido de molestia que surgió desde el interior de la garganta del moreno, a la vez que éste torcía el gesto con desagrado al oír el nombre de su amigo.
-Pues lo siento mucho por él, pero no me da la gana compartirte en este momento- soltó de la nada, aunque su gesto al inclinarse para quedar a su altura y trabar sus ojos en los suyos dejaba en claro que aquello no era una broma. Fred abrió los ojos de par en par, sorprendido, y el mayor esbozó una sonrisa de satisfacción.
Acto seguido Fred frunció el ceño, indignado. ¿Acaso todo ese espectáculo era porque sentía que Hiro podía estar ganando terreno sobre él?, ¿Qué diablos se pensaba aquella maza de músculos sin cerebro, que él era un objeto del cual se podía disponer cuando quisiera y luego desechar?, ¿Wasabi se creía con todo el derecho sobre él y controlaba con quien podía o no estar? En todo caso, ¿Cómo se atrevía a volver y reclamarle nada luego de cómo le había tratado? Hacerle sufrir su indiferencia y ausencia y justo cuando creía que podría empezar a sacárselo de la cabeza llegar así a reclamarle como si fuera suyo sólo porque creía que se estaba acostando con otra persona. ¿Es que se podía ser más hijo de puta?
¿Y lo peor? Lo peor es que realmente estaba comenzando a sentir una pequeña chispa de felicidad ante esa idea. Ante la posibilidad de que Wasabi en verdad comenzara a sentirse dueño de él, a verle como algo más que un amigo, y eso le enfermaba.
-¡¿Pero quién te crees que eres?!- explotó, empujándolo con todas las fuerzas que su enojo e indignación le otorgaban, haciéndole retroceder un paso, y olvidándose por completo de imponer una distancia segura se acercó a él blandiendo un dedo acusador contra el pecho del sorprendido joven- ¡¿Quién eres tú para decirme con quien estar?!, ¡¿Quién eres tú para compartirme con alguien o no?!, ¡¿Y quién mierda eres tú para exigirme explicaciones de nada cuando me rechazaste de la forma en que lo hiciste el día que te confesé lo que sentía por ti?!- su voz se quebró de forma vergonzosa con las primeras lágrimas de impotencia, y la calma aparente en el rostro del mayor ante sus palabras sólo logró dar más fuerza a su discurso-. ¡Nadie!, ¡No eres nadie, Wasabi!, ¡¿Cómo te atreves a venir aquí y montar toda esta escena barata sólo porque no te agrada que esté con otra persona?! ¡Cuando tuviste la oportunidad la despreciaste, hipócrita!, ¡Tomaste mis sentimientos como una broma, dijiste que eran un error!, dijiste… ¡Dijiste que eran una aberración, por el amor de Dios!- explotó, volviendo a empujarlo. El mayor permaneció impasible para su más profundo horror, y Fred ya no pudo contenerse, necesitaba soltarlo- No tienes idea de todo lo que sufrí este tiempo, de cuanto lloré porque sabía que lo había arruinado todo, pero también no sabes cuánto me he estado esforzando por olvidarlo, por dejarte tranquilo, por respetar tu decisión de poner distancia y tratar por una vez de quererme más a mí mismo que a ti… y ahora vienes y haces esto justo cuando creía que las cosas podían cambiar…- hipó por el llanto, pero a estas alturas no pudo importarle menos. Lo único que quería era una respuesta del otro- ¿Por qué me haces esto, Wasabi?
Finalizó jadeando, sintiendo el dolor de una migraña comenzar a gestarse en su cabeza y asombrado de que él acabara de gritar todo eso. Sólo esperaba que Heatcliff no hubiera escuchado nada.
Pero eso no pudo importarle menos mientras el silencio volvía a alzarse en la habitación a medida que los segundos pasaban y el eco de sus palabras se desvanecía, mientras una curiosa ligereza se apoderaba de su cuerpo luego de por fin haber dicho todo eso que venía acumulándose desde meses y que le había hecho explotar a raíz de aquella noche. Sin embargo su nerviosismo no hizo sino aumentar al notar que prácticamente acababa de confesarle a Wasabi el estado lamentable en que había estado durante esos días por su culpa, además de que éste no daba el menor indicio de responder en breve.
Pasado un minuto, Fred hubiera agradecido cualquier cosa. Un grito, una disculpa, que se burlara de él, lo que fuera, pero que se lo dijera… ya.
Aunque debía admitir que jamás se hubiera esperado por respuesta el que el mayor lo tomará con firmeza por lo alto de sus muslos y le alzara como si sus respetables sesenta kilos fueran una pluma. Luchando por mantener el equilibrio se aferró a los anchos hombros del moreno, antes de girarse a verle a los ojos, rojo como un tomate, cuando le obligó a abrazarse a sus caderas con las piernas.
Wasabi sonrió de medio lado, aquella sonrisa pirata que comenzaba a odiar. Sin embargo la seriedad de su mirada y ese brillo le obligó a reprimir un estremecimiento, pero no pudo lograrlo una segunda vez cuando estiró su cuello para poder hablar sobre su oído, exhalando su cálido aliento sobre su sensible piel.
-Oh, Fred- ronroneó junto a su oído, un tono cálido y seductor que hizo la piel del chico erizarse en respuesta y encogerse, mientras comenzaba a caminar-, pero si no te he hecho nada aún.
El aludido dio un respingo por la sorpresa, un segundo antes de soltar un grito ahogado cuando de repente el mayor dejó de sostenerle y tuvo un nada ligero aterrizaje sobre su mesa. Gruñó por lo bajo al sentir el resquemor del golpe en su cadera, y agradeció que su padre le comprara una lo suficientemente resistente como para soportar que practicara sus piruetas de mascota en la casa.
Aunque el pensamiento se fue al demonio cuando sintió que era jalado por ambos talones desnudos hacia el borde de la mesa, lo que causó que perdiera el equilibrio y se la diera en la cabeza sobre la mesa.
-Maldita sea- gruñó por lo bajo, llevándose ambas manos hasta sus cabellos aún algo húmedos para acariciar la zona del impacto donde un molesto escozor comenzaba a surgir-. Podrías ser más cuidadoso, ¿No crees, animal?
La risa del mayor caló en su cuerpo y le estremeció, antes de que sintiera como sus muñecas eran firmemente tomadas por las manos morenas de Wasabi y elevadas por encima de su cabeza, impidiéndole escaparse.
-Tal vez sea gentil si te quedas tranquilo- comentó, causando que Fred abriera los ojos de par en par y tragara saliva de forma audible. Acto seguido comenzó a retorcerse para tratar de escapar de su agarre, a lo que el moreno bufó-. Claro que no.
Fred forcejeó por unos minutos, pero no necesitó más que una leve presión de las manos del mayor sobre sus finas muñecas para darse cuenta que lo único que lograría sería perder fuerzas en vano. Gruñó de frustración y echó su cabeza hacia atrás, sin importarle volver a golpearse con la mesa y tratando de ignorar la risa de satisfacción del moreno sobre él.
-Vamos, Wasabi, esto no es divertido- se quejó sin alzar la mirada, harto ya de las tonterías del mayor. Pero debió ahogar un jadeo de sorpresa al sentir el cálido aliento del mayor sobre su cuello, antes de que una caricia húmeda recorriera la piel desde su nuez de adán hasta la hondonada debajo de su oído. Se estremeció notoriamente en respuesta, y maldijo al sentir la forma en que el aliento del mayor temblaba sobre su oído por la risa contenida.
-Sólo déjalo en mis manos y pronto lo será- ronroneó sobre su oído, y Fred no pudo evitar el jadeo que se le escapó cuando los labios del moreno atraparon su lóbulo. Un cosquilleo familiar le recorrió de pies a cabeza al sentir el aroma del perfume característico del mayor emanar de su piel, y cerró los ojos cuando succionó su piel con delicadeza, dejando todo su cuerpo notablemente más sensible sólo con ese gesto.
Los labios del moreno se deslizaron lentamente por su cuello, recorriendo cada porción de pálida piel a su alcance y disfrutando de la respiración agitada y temblorosa de Fred en su oído. Sus suaves jadeos le erizaban la piel, le ponían alerta y despertaban reacciones en su cuerpo que nunca creyó otro hombre ocasionaría.
Pues se había equivocado, y mucho. Se había apartado de su amigo luego de aquel beso antes de Navidad, le había dicho aquellas cosas horribles e hirientes, y no porque las creyera realmente, sino porque trataba de convencerse de que las creía.
Su familia siempre había estado compuesta de parejas heterosexuales, ni un solo gay en sus parientes, y eso le había llevado a suponer que el orden correcto de las cosas sería que él también terminara estando con una chica. Por eso le había sorprendido tanto saber que su mejor amigo era gay –aunque más tarde reflexionaría que era bastante obvio si lo pensaba un poco-, era la primera vez que entraba en contacto con esa forma de vida, con ese pensamiento, y semejante cambio le había resultado aterrador no tanto por el hecho de que fuera realmente algo que le molestara. Sino todo lo contrario, había despertado su curiosidad.
Una curiosidad que le resultó perturbadora e incómoda, y que sólo aumentaba en presencia de su rubio amigo. Quería deshacerse de esa incomoda intriga que le acosaba y en su mente la respuesta fue sencilla: si Fred no estaba, tampoco lo estarían aquellas ideas.
Y había funcionado relativamente bien por unos meses, al menos hasta que Tadashi regresó casi como un milagro, y él se dio cuenta de que en realidad no todo podría volver de la misma forma una vez lo perdiera.
Se acercó a Fred casi rogando que él volviera a aceptarle en su vida, por lo que se sorprendió tanto de que le dejara entrar sin una sola traba. ¿Qué podía hacerse? Fred no sabía de egoísmos y rencores.
Pero la incomodidad seguía allí a pesar de todo. En cada sonrisa, en cada broma, en cada pulla frente al equipo o en lo privado que le obligaba a inhalar hondo para no reaccionar sin pensar, aunque no supiera de qué forma reaccionaría en realidad. Cada segundo que pasaba junto a Fred su legendario control se degradaba, y él ni siquiera entendía por qué. Sólo se limitaba a responder con mal educación, sin poder disimular su mal humor progresivo.
Y cuando Fred le besó aquel día Wasabi se quedó perplejo cuando el verdadero motivo de su incomodidad se volvió tan evidente para él como el deseo casi animal que le embargó de tomarlo entre sus brazos y devolver aquella caricia. Estuvo seguro de que la sorpresa y el deseo fueron evidentes en sus ojos cuando Fred se detuvo aquella vez, y la posibilidad de verse descubierto tanto por Fred como por sí mismo le obligó a alejarse, horrorizado.
Se alejó nuevamente, pero esta vez no fue tan fácil. Ni un solo día pudo dejar de pensar en el chico, en su forma tan dulce y apasionada de besarlo, en lo cariñosa de la caricia que le había dado al sujetarle del cuello. Trató de mantenerse lo más distante posible en apariencia, de no caer tantas veces en el suave balanceo de su rubio cabello cada vez que se sacaba su típica gorra, en el brillo emocionado y asombrado de sus ojos azules, siempre inocentes, o en sus labios rojos que eran incapaces de quedarse quietos.
Pero cayó, una y mil veces cayó y se descubrió recorriendo sus labios con la mirada cuando creía que nadie lo veía, perdiéndose en el brillo dorado de su aparentemente suave pelo, bebiendo de cada risa musical que cualquier otro le sacara en las misiones o en la universidad y muriéndose de celos de ver como su relación con ambos Hamada mejoraba cada vez más.
Y cuando se dio cuenta de que Hiro frecuentaba constantemente al chico Wasabi dejó de pensar de forma racional. No podía creer que Fred de verdad estuviera reemplazándolo, o al menos intentándolo, con un chiquillo. Su estado de histeria le había llevado a ir cada tarde a la mansión del rubio y preguntarle al mayordomo por la situación, e incluso había llamado a Tadashi. Se había maldecido apenas cortar, incapaz de creer que había cometido tal locura.
Pero la idea de que Fred besara a otro de la forma en que le había besado a él, que le tocara como hizo con él y que tomara lo que más deseaba sin temor a sufrir las consecuencias, había comenzado a volverlo loco tras saber lo de Hiro, y aquella noche simplemente no había podido resistirse más antes de ir y exigir lo que era suyo.
Gruñendo por lo bajo, sintiendo su cuerpo bullir de excitación por aquel pensamiento, se separó de su oído y se acercó a sus suaves labios, ansioso por besarlos de una vez… aunque entrecerró los ojos con molestia al ver como el chico inclinaba su rostro a la derecha, rojo a más no poder, y ponía su roja y sensual boca fuera de su alcance. Desde luego que Fred no le pondría las cosas fáciles, y entendía que estuviera molesto, pero él tampoco era de rendirse a la primera y ambos lo sabían.
Wasabi atrapó ambas muñecas con una sola de sus manos sin mayor dificultad –para indignación de Fred, quien ni siquiera así logró liberarse- y con su mano libre aferró su mandíbula con firme delicadeza, apenas lo suficientemente fuerte como para que el rubio no pudiera zafarse. Se relamió los labios en anticipación, con la mirada fija en los ojos sorprendidos del otro.
Delineó lentamente el labio inferior del chico con su dedo pulgar, perdiéndose por un segundo en su sensual curva y en su color rojizo. Temblaba ligeramente por causa de los nervios, nervios que eran evidentes en la mirada del rubio y que le embargaban de una gran ternura y sentimiento de protección que nunca había experimentado con una de sus novias antes.
Estaba a punto de arrepentirse por tener un trato tan rudo con él cuando Fred abrió su sensual bocota sólo para hacer lo que mejor sabía hacer con ella… cagarla.
-Wasabi, entiéndelo- susurró, con sus mejillas arreboladas y tratando de liberarse de su agarre nuevamente, algo que el mayor no permitió-, Hiro puede llegar en cualquier momento, no quiero que nos vea así.
Y el aludido se detuvo por un segundo ante la evidente preocupación del rubio, frunciendo el ceño y conteniendo a duras penas el impulso de gruñir como un animal en celo. Otra vez Hiro ¿Por qué insistía en pensar en el chico cuando él estaba allí, más que dispuesto a hacerle cosas que nunca aquel chiquillo podría?
Bien, se encargaría de borrar a Hiro de su mente y su cuerpo de una vez por todas.
-Que venga- gruñó, rozando su boca al hablar-, y que vea bien con quién estás.
Tomó sus labios sin más preámbulos, ansioso de probarlos como venía sintiéndose desde hace tres semanas.
Gruñó de satisfacción cuando sintió los labios del rubio, cálidos y temblorosos contra los suyos y ya no pudo contenerse. Deseaba tanto devorarlo por completo, hacerlo sólo suyo, borrar de él cualquier huella de otra persona con la marca de sus propios besos, caricias y mordidas.
Fred jadeó cuando mordió suavemente su labio inferior y Wasabi aprovechó la oportunidad para adentrar su lengua en su boca. Su cuerpo se arqueó en respuesta cuando fue en busca de la suya, recorriendo como un verdadero explorador el interior de su boca y llamándolo con una caricia insistente diseñada especialmente para robarle el aliento y fundir cada una de sus neuronas.
Sin embargo Fred luchó contra el deseo de responder a sus caricias que abrasaba todo su cuerpo. No podía explicarse la forma de actuar del mayor, y ésta realmente le desconcertaba. Sospecharía que estaba borracho si no supiera cuán difícil era que cayera bajo los efluvios del alcohol, además de que de primera mano podía saber que en su aliento sólo había su típico aroma a menta.
Pero si no estaba borracho, ¿Qué le llevaba a actuar así de la nada?
El ramalazo de dolor que le recorrió cuando el mayor atrapó su labio inferior con más rudeza de la necesaria le obligó a volver al presente, y no pudo hacer más que tragar saliva cuando sus ojos se encontraron con los pardos de su amigo, claramente molestos y con una mirada que dejaba en claro que deseos de lincharlo no de faltaban. Aunque luego de tantos años a su lado haciendo idioteces que le garantizaban recibir esa mirada, Fred ya estaba lo suficientemente habituado a ella como para amedrentarse.
Lo que en verdad le intimidó fue el vestigio deseoso y hambriento en sus ojos, esa mirada que parecía gritar sus ansias animales de devorar su cuerpo por completo…
Se estremeció en respuesta, su cuerpo más que entusiasmado con la idea.
-Por tu bien- comenzó con sus ojos fijos en los suyos, con una mirada prepotente y amenazante que inconscientemente se le antojó muy atractiva-, espero que no estés pensando en Hiro, Fred.
Embargado por la sorpresa, en el momento no supo si sentirse ofendido ante la constante acusación del mayor… pero muy en el fondo aquella pequeña chispa de alegría que comenzaba a odiar resurgió al saber que el moreno deseaba que no tuviera ojos para nadie más… Cómo si no lo hubiera comprobado miles de veces ya en esos últimos años.
Sin embargo Wasabi no estaba al tanto de ello, y el silencio sorprendido del rubio no hizo más que afirmar la sospecha que albergaba. Sintió una profunda molestia crecer dentro de él; no podía tolerar que Fred pensara en otro estando con él. No podía tolerar el que su pequeño amigo hubiera tocado aquel cuerpo o aquellos labios. Y lo que definitivamente no podía tolerar era saber que cuando tuvo la oportunidad de reclamar lo que Fred tan tiernamente le ofrecía se había amedrentado y había huido como un cobarde, hiriendo sus sentimientos en el camino.
Pero no podía concebir que fuera demasiado tarde para que Fred lo aceptara, para reclamar lo que era suyo, y eso era su corazón. Porque si lo que Fred le había dicho aquella noche y hace unos minutos era cierto y había guardado aquellos sentimientos por tanto tiempo, entonces lo que le impulsó a besarle la primera vez no podría ser causa de la cerveza o sólo un calentón del momento.
Y tampoco era eso lo que le impulsaba a él a estar así con el rubio en ese instante.
Y si para reclamar su corazón debía reclamar antes su cuerpo, Wasabi con todo gusto se dedicaría a borrar cada marca ajena con una suya, aún si le llevara toda la noche.
Aunque la forma en que el rubio trataba de zafarse de su agarre y cómo alejó el rostro cuando nuevamente trató de reclamar sus labios le dejó en claro que aquello no sería tarea fácil.
Después de haberle extrañado tanto esas tres semanas, después de haber rememorado su beso tantas veces, y después de ver a Hiro usurpar no sólo su lugar como amigo en la vida del rubio, Wasabi simplemente había llegado a ese punto en que ya no podía esperar. Y eso le quedó claro cuando su mano libre se cerró sobre su tobillo desnudo y jaló de él hacia sí.
Fred jadeó por la sorpresa y un notable sonrojo se apoderó de sus mejillas cuando sus piernas quedaron a horcajadas de las caderas del moreno, en una posición demasiado comprometedora.
Jadeó de nueva cuenta cuando los labios entreabiertos del mayor ascendieron con lentitud desesperante hasta la unión de su cuello y mentón, enviando un cosquilleo de excitación por todo su cuerpo que a duras penas pudo ignorar.
-W-Wasabi, por favor, espera- murmuró, sintiendo como su cuerpo dejaba de actuar de forma correcta, en especial su respiración. Le preocupaba la demora de Hiro, pero más importante, le preocupaba el no poder detener al otro antes de hacer algo de lo que de verdad se arrepentiría mañana.
Perdió el hilo de sus pensamientos cuando Wasabi usó su mano libre para dirigirse a su pecho y atrapar uno de sus sensibles pezones por encima de la ropa.
Soltó un gritito agudo y sorprendido cuando el mayor presionó con más fuerza de la necesaria, y no pudo evitar maldecir en su fuero interno al oír la risa grave y maquiavélica del moreno en su oído.
-Bonita voz- ronroneó antes de atrapar el lóbulo de su oído con sus labios y succionar delicadamente. Fred no pudo ignorar la forma en que todo su cuerpo se erizó, lo que sólo empeoró la sensación que producían sus caricias sobre su pezón.
Frunció el ceño.
-Vete al infierno- gruñó, enfurruñado con la actitud de su amigo.
La forma en que volvió a reír entre dientes le dio muy mala espina.
-Después de ti, primor.
Extrañado, Fred no pudo más que suspirar de alivio cuando la mano derecha del otro abandonó su pezón inhiesto. Pero su calma se esfumó de un plumazo cuando fue consciente del camino descendente que ésta estaba dibujando hacia su vientre… y más abajo aún.
Cuando esa gigantesca mano se posó con firmeza sobre su entrepierna, enviando su calor a través de la gruesa tela de su pantalón gris de algodón, Fred soltó un respingo por la sorpresa, alarmado.
Wasabi mordió la sensible piel de su cuello, sacándole un estremecimiento que le obligó a jadear y estremecerse. Esta vez no fue un cosquilleo, sino todo un terremoto lo que sacudió su cuerpo cuando la mano ajena comenzó a moverse en su entrepierna, en una caricia firme y ruda que le obligó a morderse los labios para no gemir.
Cerró los ojos con fuerza cuando Wasabi descendió por su cuello repartiendo besos y mordidas especialmente diseñadas para fundir su cerebro y vencer su resistencia.
Y cuando los labios del mayor mordieron con delicadeza su nuez de adán, sólo para refregar con fuerza su entrepierna luego, Fred soltó un gemido ahogado que sonó sospechosamente similar al nombre de quien le estaba torturando de aquella manera.
Abrió los ojos desmesuradamente cuando recayó en ese detalle, adivinando el color rojo en sus mejillas gracias al poderoso calor en ellas. La profunda pena que le embargó no tenía nada que ver con el hecho de que acabara de gemir el nombre de su amigo, sino que por la forma en que todos los movimientos de éste cesaron en el acto y como sus labios se detuvieron en mitad de un beso sobre la hondonada de su clavícula, Fred estuvo seguro de no ser el único que lo había notado.
Pero pronto todo pensamiento que no estuviera relacionado al placer desapareció de su mente cuando la mano del moreno volvió a la carga sobre su entrepierna, causando que todo su cuerpo se tensara en respuesta, arqueándose en un ofrecimiento involuntario que no pasó desapercibido. Lo que dejó claro en una firme embestida contra sus muslos abiertos.
Con su cuerpo demasiado sensible ya y su miembro comenzando a despertar por las caricias implacables de Wasabi, no fue una sorpresa el quejido de placer que se le escapó, bajo y demasiado delicado para su gusto, y se maldijo por ello.
No tuvo tiempo de pensar en ello cuando los labios de Wasabi se apoderaron de los suyos en un gesto hambriento y apasionado. Fred jadeó dentro del beso, sorprendido, y no pudo evitar morder el grueso labio inferior del moreno cuando un ramalazo de placer más agudo que los anteriores le recorrió de pies a cabeza.
Wasabi se apartó, sorprendido por el repentino escozor en su labio inferior, y se relamió a modo de bálsamo.
Fred tragó saliva, más se sorprendió de no ver ni el más mínimo vestigio de molestia en los ojos oscuros del mayor. En cambio todo su cuerpo cosquilleó ansioso al reconocer el deseo en su mirada, y Fred se ruborizó, incapaz de creer que él fuera el responsable de despertar un sentimiento como ese en Wasabi.
Esos ojos hambrientos y excitados se posaron en sus labios por un instante, y no pudo evitar relamerse en anticipación, repentinamente ansioso porque Wasabi volviera a tocarlo.
No estuvo seguro de si era por las sensaciones que invadían su cuerpo, porque acababa de despertar sus más bajos instintos con aquellas caricias descaradas, porque esto era lo más parecido que nunca hubiera experimentado a sus propios sueños húmedos de adolescente, o sólo porque lo había extrañado horriblemente aquellas tres semanas, pero fue algo de esa naturaleza lo que le impulsó a aceptar el beso del mayor y devolverlo con la misma desesperación que él, dejándose llevar por las ansias de besarle que llevaba acumulando desde casi cinco años atrás.
Gimió dentro del beso cuando el moreno mordió delicadamente su labio inferior, pidiendo permiso para profundizarlo, y Fred ni siquiera dudó antes de abrir sus labios para él. Arqueó su cuerpo en un ofrecimiento silencioso, y una gran sorpresa le embargó cuando vio sus muñecas liberadas del agarre del moreno.
Dudando llevó sus manos a los anchos hombros del otro, presionando su chaqueta de cuero negra entre sus dedos temblorosos.
Debía apartarlo, lo sabía, pero una nueva caricia demasiado firme entre sus piernas y la ávida lengua del moreno fueron suficiente para dejar de pensar en ello y que las manos que iban a alejarlo se aferraran a su ropa, anhelantes de atraerlo, todo su cuerpo deseando sentirlo más cerca.
Y Wasabi no iba a defraudarlo.
Fred se quejó dentro del beso cuando la mano con que Wasabi lo acariciaba se apartó de su entrepierna, pero jadeó abiertamente por la sorpresa cuando ambas manos se aferraron al elástico de su pantalón y, sin mediar palabras, comenzaron a bajarlo con una desesperación que reflejaba sus deseos por sentir la piel del otro contra la suya.
Cuando fue consciente de que estaba sólo con su camiseta negra de Star Trek, su bóxer negro también y una semi-erección frente al moreno, Fred consideró muy seriamente obedecer el impulso infantil de cubrirse el rostro –rojo como un tomate- con ambas manos, pero desistió al notar como las morenas se aferraron a sus muslos y le acercaron de un jalón.
Su cuerpo chocó contra el tonificado y musculoso del mayor, y no pudo evitar suspirar cuando los labios del otro atraparon el lóbulo de su oído y lo succionaron suavemente. Se mordió el labio inferior, tratando en vano de ahogar un gemido cuando la pelvis del moreno dio de lleno en su punto más sensible.
-Wasabi- jadeó, sintiendo su cabeza dar vueltas al notar la respiración del aludido temblar contra su oído al reír.
Cuando los labios del moreno se apoderaron de los suyos Fred le devolvió el beso con un hambre voraz. Wasabi gruñó deseoso al sentir al rubio arquearse contra él, pegándose por completo a su cuerpo con una desesperación y entrega que le resultaba avasalladora por su completa sinceridad.
Los besos de Fred se tornaron hambrientos, deseosos y excitantes, y le hacían anhelar cada vez más y más de aquellos labios suaves y rojizos, de aquellos suspiros entregados y de aquel cuerpo inexperto que se estremecía con cada caricia, pero se entregaba con la pasión más pura que nunca hubiera conocido.
Pero, a la vez, las caricias que repartían aquellas finas y trémulas manos blancas en su cuello y mentón estaban tan llenas de adoración, de ternura. La forma en que sus sedosos muslos se estremecían cada vez que los acariciaba, sintiéndose como cálida seda contra las yemas de sus dedos, tratando de escapar inconscientemente a cada contacto que le sorprendía, y los suaves jadeos y quejidos que se le escapaban en cada roce indiscreto que él propinaba sobre su piel a propósito… cada uno de esos detalles de hablaban de la timidez del joven, y de un afecto que iba mucho más allá de la amistad que él había creído. Un amor que había permanecido oculto, ansioso por salir, por demasiado tiempo.
Y ahora mismo, mientras no encontraba suficiente fuerza de voluntad para apartarse de sus labios o su cuerpo, Wasabi no podía entender cómo había tardado tanto en darse cuenta de cuanto él mismo necesitaba a ese rubio atolondrado y caótico de formas que jamás hubiera podido sospechar.
El chico volvió a pegarse a él en un ofrecimiento involuntario y Wasabi sólo pudo profundizar el beso, llamando su lengua en caricias tentativas que el rubio respondía con igual desesperación que él. En su afán de sentirse tan cercano a él como fuera humanamente posible, Wasabi tomó sus muslos firmemente entre sus manos y le obligó a rodear su cadera con aquellas largas piernas sin dejar de acariciarlo, maravillándose en la firmeza y sedosidad de su piel.
Pero cuando Fred alejó sus labios para soltar un ahogado gemido de placer bautizado con su nombre, pues nuevamente había presionado su pelvis contra su punto más sensible y necesitado, Wasabi consideró que había demasiada ropa aún entre sus manos y aquella piel blanca y desquiciante.
Las manos del mayor se deslizaron lentamente por sus muslos, callosas y gigantescas pero delicadas a la vez, y su toque hizo que toda la piel a su paso se erizara, en especial cuando comenzaron a ascender por su cadera. Fred se estremeció notablemente al sentir aquellos cálidos dedos adentrarse en su camiseta y jadeó al cuando las manos atrevidas la elevaron mientras los labios voraces de Wasabi devoraban su cuello y clavículas sin detenerse.
Suspiró de dicha a medida que el mayor delineó cada músculo ligeramente marcado de su vientre, enviando un cosquilleo de excitación directo al espacio entre sus muslos y a su miembro, dejándolo más sensible a cada fricción de la cadera del otro sobre la suya.
Las fuertes manos del moreno delinearon su cintura lentamente, asombrándose de su suave y aterciopelada textura. Un hombre no tenía derecho a tener una piel tan cremosa y adictiva, ni tampoco tenía derecho a tener un sabor tan asombroso como aquel, o un aroma tan dulce en su piel que derribaba todos los mitos sobre la infame higiene de su amigo.
Fred sintió su miembro tensarse en anticipación cuando los dedos cálidos y curiosos rozaron sus pectorales. Con su piel sensible como estaba el simple roce de la tela de su camiseta le estremecía, y los dedos de Wasabi parecían dejar senderos de lava sobre su piel.
Gimió por lo bajo cuando entraron en contacto con sus pezones inhiestos, y sintiéndose repentinamente avergonzado de las reacciones de su cuerpo trató de acallar sus gemidos mordiéndose los labios. Una embestida sobre la tela de su bóxer le obligó a arquearse en un espasmo de placer y echar la cabeza hacia atrás, acto que el mayor aprovechó para morder con suavidad la unión de su cuello y hombro.
Delineó suavemente sus pezones, disfrutando de la forma en que todo el cuerpo debajo de él se estremecía en espasmos nerviosos. Friccionó con más fuerza y sonrió con deleite al oír como ahogaba un gemido y se arqueaba contra su cuerpo.
-Wasabi- le llamó, abrazándose a él para reprimir los espasmos que le recorrían. Le avergonzaba que el simple roce de sus dedos le pusieran en ese estado, pero le costaba trabajo reprimirse cuando los labios y dedos de Wasabi se encargaban de tocar los puntos correctos en su cuello y pecho, y la presión que su cadera ejercía en su miembro semi-duro le mantenía en una tensión constante.
Llevó sus labios hasta los del rubio rozándolos suavemente, apenas logrando contener su deseo de comérselo por completo. Los labios de Fred temblaban bajo los suyos, su aliento se entremezcló con el del moreno cuando la fricción aumentó y un suspiro escapó de sus labios.
Wasabi sonrió al ver los ojos entreabiertos del rubio cristalizados por el placer, y no se resistió a su deseo de tomar aquellos labios temblorosos. Se apegó con firmeza a la cadera de su amigo, sintiendo su dureza y gozando del gemido de placer que ahogó contra sus labios.
Tomó el borde de su camiseta y la elevó por sus brazos, interrumpiendo su beso para pasarla por encima de ellos.
Fred comenzó a jadear cuando Wasabi cortó el beso, luchando por recuperar el aliento mientras los labios del moreno descendían por su mentón y cuello, pero sin concentrarse en ellos sino descendiendo más y más, llenándole de una sensación de anticipación que se traducía en una presión imposible de ignorar en su vientre bajo.
Un gemido vergonzosamente audible escapó de sus labios cuando los dientes del otro jalaron con delicadeza de su pezón derecho, para posteriormente succionarlo con gula, con hambre, y arqueó su espalda en respuesta, esta vez tratando de alejarse en un impulso involuntario de su cuerpo ante una nueva reacción.
-E-Espera- gimoteó cuando la lengua del otro delineó su pezón antes de volver a aceptarlo en su boca y succionar. Un espasmo de placer demasiado intenso le recorrió y volvió a gemir con fuerza cuando a las ya abrumadoras sensaciones se sumó el toque más firme e insistente de la cadera del moreno sobre su miembro despierto-. Wasabi, aguarda.
Frunció el ceño y se mordió el labio con fuerza al sentir las vibraciones de la risa del otro contra su pezón, y desesperado por reprimirse de alguna forma, para contener un poco del placer que amenazaba con hacerle estallar en cualquier momento, adentró sus dedos entre las rastas del otro, presionando tal vez con más fuerza de la necesaria con sus uñas el cuero cabelludo del moreno.
Le sintió sisear de dolor sin poder evitar una leve satisfacción por ello, pero su leve sonrisa desapareció cuando los dientes del mayor se presionaron con más fuerza en sus pezones.
No tuvo suficiente tiempo a insultarle como se merecía por bribón cuando ambas manos se aferraron a sus caderas y le pegaron a él de un jalón. Gimió con más fuerza de la que le hubiera gustado cuando la entrepierna del otro se presionó sobre su miembro erecto y su cuerpo se estremeció por un espasmo involuntario al sentir la humedecida tela de su bóxer deslizarse sobre la punta de su miembro.
Un nuevo quejido escapó de sus labios cuando él embistió una vez más, y otra y otra más, hasta que finalmente comenzó a frotarse contra su pelvis en un movimiento continuo y firme que hizo temblar sus piernas en espasmos nerviosos con cada roce sobre su miembro despierto.
Y como si las atenciones sobre su punto más sensible no fueran suficiente para volverlo loco de placer, no pudo evitar echarse hacia atrás y gemir con fuerza cuando Wasabi dejó su torturado pezón derecho para encargarse del izquierdo, exhalando su cálido aliento sobre él antes de deslizar con firmeza su lengua.
Se mordió con fuerza el labio inferior y cerró los ojos al sentir los dedos del mayor enterrarse en su cadera mientras sus embestidas tomaban un ritmo firme pero lento. No pudo evitar arquearse en busca de un contacto mayor y más calmante, y recibió a cambio un empuje más firme, a la vez que succionaba su pezón con gula.
Enredó sus piernas en las caderas del otro, estrechándolo entre ellas y apegando sus cuerpos. Se estremeció al sentirlo gruñir sobre su pezón, y un gimoteo indignado se le escapó cuando las manos del otro deshicieron su abrazo sin esfuerzo y alejó su cadera de la de él.
Gimoteo que contrarrestó con el jadeo mezcla de placer y sorpresa que soltó cuando la mano ajena se posó sobre su incipiente erección, frotando con fuerza, estimulándolo directamente por encima de la ropa.
Wasabi sonrió en su fuero interno al oír los gemidos de Fred repetirse de forma rítmica a medida que sus caricias aumentaban su intensidad. Por un segundo lamentó el romper la unión que ambos compartían, pero el cosquilleo que comenzaba a recorrer su miembro ante cada roce y los gemidos de placer del rubio amenazaba con causar reacciones de su cuerpo que podrían precipitar las cosas… y lo que quería hacerle requería de su mejor estado.
Y también requería que se detuviera antes de que Fred acabara.
Se separó de su pecho recogiendo toda su fuerza de voluntad, y tuvo que colocar ambas manos a los lados de su cuerpo sobre la mesa para no volver a tocarlo.
Y nuevamente debió aferrarse con uñas y dientes a su autocontrol cuando su vista dio de lleno con la imagen de su compañero.
Cierto orgullo le recorrió al ver el intenso rubor que se apoderaba de sus mejillas y las puntas de sus oídos. Sus ojos entreabiertos tenían una mirada perdida, nublada por el placer, con sus ojos azules oscurecidos por el deseo.
Su mirada se deslizó hasta sus labios entreabiertos, rojizos y húmedos por sus besos y la cantidad de veces que se había mordido para acallar sus gemidos, seductores a más no poder, jadeantes debido a su agitada respiración. La misma que hacía a su pecho subir y bajar erráticamente, coronado por sus pezones rojizos por sus besos. Estremecimientos demasiado notorios agitaban su cuerpo sobre la blanca mesa, y a juzgar por la manera en que sus muslos se estremecían y frotaban entre sí, en un estado de necesidad que debía comenzar a ser muy molesto.
Y esa imagen tan provocadora estaba poniéndole a él en una situación muy parecida.
Llevó sus manos hasta sus piernas, volviendo a separarlas. Su sexo era evidente a través de la ropa, pero se limitó a recorrer sus piernas, sus muslos temblorosos y sus glúteos, asombrándose al sentir la firmeza de aquellas redondeadas nalgas entre sus dedos.
-Vaya, así que éste es uno de esos famosos y firmes traseros de blanco- comentó con diversión, aunque la excitación fue evidente en su voz -. Nada mal, Fredy, nada mal- ronroneó adentrando la punta de sus dedos en su ropa interior y dándole una firme caricia a sus tersas nalgas.
Y aunque Fred estuvo a punto de reír, la sensibilidad de su cuerpo era tal que debió gemir cuando las manos del otro enviaron un cosquilleo de excitación a su miembro. Jadeó por la sorpresa al sentir uno igual recorrer su entrada de una forma en que jamás creyó posible.
Aunque no pudo pensar mucho en ello cuando aquellas mismas manos le aferraron de los glúteos y le alzaron de la mesa, siendo su único sostén. Jadeó de placer cuando su sensible anatomía chocó con aquel pecho firme y musculoso, y se aferró con fuerza a aquellos anchos hombros, temiendo caer ante la debilidad evidente que embargaba todo su cuerpo, temblando y cosquilleando ansioso de las caricias del mayor.
Wasabi sonrió al verle así, pero un dejo de ternura y excitación le recorrió cuando sus ojos entraron en contacto con los del rubio. Pudo detectar en los ajenos atisbos de una necesidad y un deseo que evidenciaba su estado, pero que también hablaban de una confianza y entrega total que jamás había experimentado con otro amante.
Sonrió divertido cuando el rubio gimió por lo bajo al frotar en un firme movimiento su excitación. Fred pegó su frente a la suya y cerró los ojos con fuerza, temblando como una hoja al viento.
-Mira cómo estás- susurró, encantado con la sensibilidad del rubio, y no pudo evitar dulcificar su expresión cuando el otro entreabrió sus ojos nublados por el placer- ¿Quieres que me haga cargo por ti?- ofreció en un tono bajo y meloso, enronquecido por el deseo. El estremecimiento que volvió a recorrer al chico entre sus brazos le dio su respuesta antes que él mismo.
Fred se relamió los labios resecos y sonrió embobado al ver el rostro masculino del moreno, enmarcado de forma muy atractiva por unas cuantas rastas negras, con aquella expresión sugerente y excitada, su mirada llena de sonrisas oscuras y placenteras. Se estremeció de nueva cuenta y asintió, sin estar muy seguro de qué pretendía hacer, pero ansioso porque lo hiciera.
Wasabi sonrió con malicia antes de unir sus labios, caminando a tientas por la habitación en dirección al sofá. Sintió las manos de Fred volver a recorrer su cuello y nuca, y trastabilló al sentir su tibia lengua delinear la forma de sus labios.
Milagrosamente llegó hasta el lugar sin mayores inconvenientes, deteniéndose en medio de la medialuna blanca que era el sofá de su amigo. Le ayudó a ponerse en pie con cuidado, consciente de que tal vez las piernas le fallaran, pero sosteniéndole con suficiente fuerza contra su pecho como para poder soportar su ligero cuerpo sin mayor problema. Si Fred se sintió inestable en algún momento por lo menos no le dio la importancia suficiente como para interrumpir su beso, cosa que le hizo sonreír con ternura.
Ternura que lentamente se fue convirtiendo en algo mucho más ardiente y primitivo a medida que se separaba de sus jugosos labios y descendía por el mentón de Fred, delineándolo a base de pequeñas mordidas, antes de dar una más potente en su cuello, sólo para lamer la zona afectada después. Rio guturalmente al oír el jadeo sorprendido del chico.
Fred estaba tan encantado con las manos del moreno recorriendo su cadera y cintura que ni siquiera notó el momento en que ejerció la presión suficiente para voltearlo y colocarle de espaldas, y cuando lo hizo finalmente, los labios de Wasabi sobre la unión de su cuello y hombro fueron suficiente distracción como para que cualquier alerta sobre los movimientos del mayor desaparecieran.
Cerró los ojos, ruborizado a más no poder, mientras los besos de Wasabi ascendían lentamente por la hondonada debajo de su oído, dejando un rastro cosquilleante y sensible sobre su piel que se esparció a medida que su cuerpo se iba familiarizando con los toques del moreno. Las firmes manos abarcaban su cadera, sin pegarlo al otro cuerpo pero sin permitirle alejarse, algo muy inteligente si se tomaba en cuenta el salto que estuvo a punto de dar al sentir los dientes de Wasabi en su nuca.
-Oye- murmuró en un intento de reprimenda, pero la risa de moreno le dejó en claro que sus intentos no surtirían el más mínimo efecto.
Mucho menos si se estremecía de la forma en que lo hizo cuando los sonrientes labios del mayor se deslizaron lentamente por su espalda, siguiendo la ligera y seductora curva de su columna y regando toda la pálida piel a su alcance con besos húmedos y calientes diseñados para volverle loco.
Más consciente que nunca de los movimientos de Wasabi, Fred entreabrió los ojos y clavó la mirada en el suelo, temblando ligeramente a medida que el cálido aliento que el moreno exhalaba sobre su piel le obligaba a tener pequeños espasmos, una respuesta clara de un cuerpo que nunca había sido tocado por otro.
Ignoró lo más que pudo el penoso detalle y se centró en los robustos dedos del mayor sobre su cadera. La tonalidad de la piel morena de Wasabi destacaba de una forma abrumadora sobre su piel, dejándola incluso más blanca de lo que era realmente en comparación, y por algún motivo que escapaba de su razonamiento en ese momento no pudo evitar la leve oleada de excitación que hizo temblar con entusiasmo su erección olvidada. Aunque aquel toque oscuro parecía completamente fuera de lugar contra su piel, simplemente no podía pensar un lugar donde pareciera más correcto.
Y definitivamente no pudo pensar en nada cuando aquellas manos se tensaron como prensas en su cadera y le acercaron con firmeza, al tiempo que una fuerte mordida le obligaba a arquear su espalda en una curva exagerada y soltar un grito vergonzoso por la sorpresa. Si no fuera porque la risa de Wasabi sonaba asombrosamente ronca y excitante, lo suficiente para metérsele bajo la piel y volverlo un idiota por un segundo completo, Fred casi hubiera estado seguro de que se hubiera volteado a acomodarle las ideas de un golpe.
-W-Wasabi- jadeó en cambio, sintiendo como su cálida lengua se centraba en recorrer la zona que acababa de morder como un bálsamo, al tiempo que sus manos comenzaban a trazar dibujos que no llegaba a reconocer sobre su piel, obligándole a esforzarse para no cerrar los ojos ante esa sencilla caricia. Y cuando los labios del mayor reemplazaron a su lengua y se cerraron sobre la piel de su espalda en una dulce succión, debió tragar saliva. Un suave cosquilleo se acentuó de forma molesta en el espacio entre sus piernas y Fred debió presionar sus muslos para apaciguarlo.
El moreno sonrió al sentir las caderas del otro estremecerse por causa de su movimiento, y decidió que ya había torturado mucho al chico.
Dejó de sostener el peso de su cuerpo en sus rodillas y se sentó finalmente sobre el sofá, pero no dejó que el rubio se apartara, sino que jaló suavemente de él, ensanchando su sonrisa al verle tensarse, dudoso.
-Ven aquí- susurró, un tono lo suficientemente alto como para que le oyera pero tan bajo como para cumplir su objetivo de relajar al otro.
Fred dudó por un segundo, sintiendo las manos del otro asidas a su cadera pero sin ejercer ningún tipo de presión sobre su cuerpo que le obligara a acercarse. El hecho de que le dejara elegir era tranquilizador, pero no quitaba que guardara cierto temor por lo que Wasabi tuviera planeado.
Sin embargo retrocedió los dos pasos que le alejaban del mayor, aceptando la invitación y sentándose con un terrible bochorno sobre su regazo. Cerró los ojos, apenado a más no poder cuando los labios del otro volvieron a cernirse sobre su cuello, aunque se relajó cuando notó que el toque tenía mucho más de cariño que lujuria esta vez.
Las grandes manos descendieron lentamente por su cadera, pasando por encima del bóxer negro y recorriendo sus muslos en una suave caricia que estuvo a punto de hacerle contraer los músculos de sus piernas por la sorpresa. Le extraño que continuara bajando, pero se dejó hacer cuando sus manos tomaron sus pantorrillas y en un movimiento algo torpe le obligaron a alzar ambas piernas sobre el sofá, quedando a horcajadas sobre el regazo del moreno, con sus piernas flexionadas a los lados de las suyas y de espaldas, debiendo sostenerse sobre las rodillas del otro para no caer. Frunció el ceño, aquella posición tan extraña le daba mala espina.
Y estaba en su derecho de tenerla, reconoció, en cuanto una de aquellas manos atrevidas volvió a subir por su pierna sólo para perderse entre sus muslos en un gracioso movimiento.
Cuando sintió su firme toque sobre su hinchado miembro, apenas separado por la tela de la ropa interior, no pudo evitar dar un respingo violento. De inmediato los labios del mayor acudieron a sus hombros en un intento de calmarle que le funcionó por unos segundos, mientras su cálido toque se esparcía con cariño por la piel de su espalda.
Pero cuando sintió los cálidos y ásperos dedos del otro inmiscuirse entre la tela y su piel, haciendo a su pelvis estremecerse con vida propia, no hubo beso lo suficientemente dulce o sucio como para calmarlo.
-Oye, espera- trató de detenerlo, nervioso de saber lo que vendría, y llevó una mano hasta la intrusa entre sus piernas tratando de alejarla. Sin embargo le bastó el ligero vértigo que sintió al perder el equilibrio como para no tratar de alejar su mano de la rodilla del otro ni por un segundo.
La risa divertida de Wasabi se le antojó como lo más cruel que hubiera oído nunca.
-Tranquilo- susurró el otro, sin detener el movimiento de sus dedos a medida que se adentraban cada vez más en el espacio entre sus piernas, rozando su erección suavemente en una caricia diseñada para volver loco al chico. Trató de apartarse, pero saber que estaba dando una vista esplendida de su trasero al mayor fue suficiente para detenerlo. Wasabi sonrió con ternura, encantado del nerviosismo del chico-. Se sentirá bien, lo prometo.
Fred tragó saliva, observando con los ojos entreabiertos e incapaz de apartar la mirada como la mano del otro se dedicaba a explorar de manera descarada. Podía sentir perfectamente como las yemas de esos cálidos dedos dibujaban círculos sobre su piel, obligándolo a reprimir un estremecimiento en vano.
-N-No lo dudo- confesó con voz temblorosa, reconociendo el agradable cosquilleo que comenzaba a despertar en toda su piel y que obligó a su erección a dar un pequeño brinco. El problema era que estaba demasiado consciente de lo que Wasabi estaba viendo en aquella posición, con su espalda arqueada y su trasero casi contra su vientre, y de lo que aún podría llegar a ver… la simple idea hacía que el rubor en sus mejillas se intensificara notablemente.
El problema era que Wasabi también estaba perfectamente consciente sobre el espectáculo frente a él, y que por nada del mundo se lo perdería.
Sonrió de lado, sintiendo cierta lascivia apoderarse de él al oír el primer jadeo brotar de los labios del chico cuando envolvió con delicadeza su caliente miembro con sus dedos.
-Entonces déjame hacerte sentir bien, Fred- susurró cerca de su oído, con un tono de voz grave y seductor que hizo abrir los ojos de par en par al rubio y que causó que un escalofrío repentino tensara su espalda de forma perceptible para el otro.
Y otro espasmo violento le hizo arquearse cuando le sintió comenzar a mover la mano sobre su miembro excitado.
-N-No- murmuró, rojo por la pena, pero Wasabi no tuvo que hacer más que dar un firme jalón para que todo el aliento escapara de sus labios en un grito bajo y demasiado agudo para su gusto.
La respuesta de su cuerpo fue completamente distinta a la de sus labios. Cuando la cálida mano del otro comenzó un movimiento de sube y baja sobre su parte más necesitada, él aún estaba caliente y sensible de la sesión de besos y toqueteos que habían compartido sobre la mesa, y por ello pronto un estremecimiento de placer le obligó a morderse el labio inferior para no gemir nuevamente. Algo muy difícil considerando lo bien que se sentía la forma en que el pulgar de su amigo dibujaba lentos círculos sobre la punta de su miembro.
-Creo que aquí no están de acuerdo- la voz del moreno trepó por su piel con un estremecimiento nuevo, y sólo pudo cerrar los ojos y tratar de ignorar la vergonzosa forma en que la clara sonrisa que se traslucía en su voz le hacía desear que siguiera hablándole. No podía creer que el tono burlón de su amigo le resultara tan excitante en una situación como ésa-. Vamos, no pienses tanto, Fred.
Soltó un pequeño gimoteo mientras la mano que utilizaba para acariciarlo liberaba a su erección de sus bóxers, dándole un pequeño alivio que fue ignorado por completo cuando la sensual forma en que pronunció su nombre hizo estragos en su cerebro.
Pudo sentir al mayor tomar con delicadeza la punta de su miembro entre sus dedos, sólo para descender desde allí en un brusco movimiento que le obligó a abrir su boca para jadear… no se esperó en lo más mínimo el ronco gemido que escapó de ella.
El movimiento de la mano de Wasabi tomó un ritmo que alternaba entre lo firme y lento y cortos jalones más veloces que le robaban gemidos cada vez más frecuentes al tomarlo por sorpresa. Sus mejillas ardían, su respiración era demasiado errática como para poder disimular el estado de excitación que le embargaba y apenas podía entreabrir los ojos, abrumado por sensaciones demasiado fuertes que distaban abismalmente con cualquiera que pudiera experimentar al satisfacerse por sí mismo.
Frunció el ceño al sentir como la velocidad con la que el otro le tocaba aumentaba deliberadamente, y de pronto fue consciente de sus mejillas demasiado calientes, la clase de muecas que estaba haciendo a medida que el placer reptaba desde el punto donde sus cuerpos entraban en contacto por su espalda y piernas, y de los sonidos demasiado afeminados que estaba soltando. Inclinó su rostro hacia abajo con la esperanza de que el ángulo y sus cabellos ayudaran a ocultar la expresión demasiado femenina que de seguro estaba ostentando… pero se arrepintió de hacerlo en el preciso instante en que sus ojos chocaron con una nueva caricia en su punta que hizo que toda la habitación comenzara a girar a su alrededor.
Desde allí nada le privaba de la perfecta visión de la mano morena de su amigo mientras le daba placer con movimientos firmes y certeros, lo suficientemente veloces como para causar que sus piernas temblaran en pequeños espasmos a los lados de los muslos del mayor. Tragó saliva de forma dificultosa, antes de entreabrir los labios y comenzar a jadear, soltando como podía y de la forma más silenciosa posible pequeños gemidos de placer, sin poder apartar la mirada del contraste entre la mano de su amigo y su propia piel pálida y húmeda.
Wasabi bajó de golpe sobre su sensible miembro, apretando sin contemplaciones, y su cuerpo se arqueó en un espasmo, chocando contra el cuerpo ajeno de una forma demasiado comprometida.
Cuando la risa burlona del otro se elevó entre los sonidos vergonzosos de la habitación sólo pudo estremecerse, al tiempo que la sangre de sus venas se helaba.
-Jamás te creí tan pervertido como para disfrutar mirando- se burló el mayor, observando atentamente el notorio color rojizo de los oídos de su amigo, destacando entre la cortina de cabello dorado que se deslizaba sobre su cuello y hombros. Recorrió nuevamente la superficie de su erección con un movimiento rápido y un hábil giro de muñeca, sólo para deleitarse por la forma en que ese redondeado trasero brincaba de nuevo sobre su regazo de una forma bastante erótica-. Aunque debo admitir que también me agrada la vista que tengo.
Fred soltó un jadeo de sorpresa al descubrir el sentido de las palabras del moreno, pero antes de que pudiera hacer algo más que sentir como si sus mejillas estuvieran a punto de hacer combustión espontánea, el moreno se le adelantó y aferró con fuerza su miembro, causando que se irguiera completamente al ser azotado por una descarga y soltara un audible grito de dolor y placer mezclados.
Wasabi se relamió los labios con deleite, afirmando el agarre de su mano libre en la cadera del rubio y acercándolo a él un poco. Su espalda esbelta y pálida estaba tensa y de vez en cuando temblaba por algún espasmo de placer a medida que tornaba sus atenciones sobre el chico cada vez más veloces, su cabello se balanceaba ligeramente con cada movimiento y podía sentir sus finos dedos aferrarse como garras a la tela de sus pantalones en busca de más apoyo.
Aunque verle así de agitado, oír sus jadeos y gemidos de placer junto al húmedo sonido que comenzaba a alzarse en la habitación sin duda era una de las cosas más eróticas que hubiera visto nunca, si algo debía llevarse el premio de oro por orillarle al borde su autocontrol era sin duda ese bello trasero que se alzaba tras la deliciosa curva en la columna lumbar del otro.
El trasero de Fred se veía firme y redondeado, seguramente resultado de todas las piruetas que siempre hacía en su trabajo de mascota y luego de héroe, y terriblemente apetitoso a sus ojos. Ardía en deseos de comprobar nuevamente su firmeza y la sedosidad de su piel, y la forma en que aquellos bóxers negros se adherían a él sin dejar nada a la imaginación, contrastando tan notoriamente con su palidez, sólo lograba que un deseo fetichista de ver el contraste entre sus pieles desnudas le apremiara a apresurar su misión de llevar al rubio al final.
Aceleró la velocidad de la masturbación, sintiendo en el momento como Fred brincaba sobre sus piernas y soltaba un ahogado gemido, demasiado sensual como para que su cuerpo entero no fuera recorrido por un cosquilleo, ansioso por unirse a él.
Los espasmos recorrían cada vez con más frecuencia su espalda y sus piernas, lo que sin duda repercutía en su cadera de una forma muy beneficiosa para el moreno, que se deleitaba en los sugerentes movimientos de aquel redondeado trasero a escasos centímetros de su pelvis.
Fred, por otro lado, comenzaba a perder por completo consciencia de todo a su alrededor. La mano de su amigo tenía ya un ritmo rudo que le estaba llevando directamente al delirio, haciendo que le fuera cada vez más difícil mantenerse callado y quieto. Aunque sabía que debía sentir vergüenza por la forma en que se exponía ante el otro, las suaves caricias que su pulgar dibujaba sobre su cadera y la placentera forma en que giraba su muñeca en movimientos imprevisibles sólo le apremiaban a perder todas sus inhibiciones en busca de obtener más del placer que le estaba brindando.
Echó la cabeza hacia atrás al sentir como se ensañaba nuevamente en la cabeza de su pene, que comenzaba a despedir perladas gotas de preseminal, antes de descender y arrastrar el líquido por toda la extensión de piel tensa y palpitante.
Un espasmo repentino le obligó a echarse hacia adelante. Un cosquilleo nuevo, más intenso que cualquier otro, recorrió su piel como si fuera pólvora cuando el mayor aceleró nuevamente su bombeo, esta vez de una forma en la que parecía que no le daría tregua ya.
Cerró los ojos con fuerza, siendo embargado por estremecimientos cada vez más violentos. Era vagamente consciente de que sus caderas se movían con vida propia en busca de más placer y que su cuerpo entero estaba perlado por el sudor, pero no podía detenerse en lo más mínimo ni dedicar mayores reflexiones a ello. Estaba completamente cegado por el deseo de sentir un poco más, que Wasabi le tocara más, que fuera más rápido.
Como si hubiera sido capaz de leer sus pensamientos, el moreno satisfizo el deseo silencioso del otro al acercarse a él y dejar una delicada mordida en su hombro derecho, sólo para lamer luego la zona afectada. Fred cerró los ojos, sin ser consciente que de esa manera las sensaciones que embargaban su cuerpo se intensificarían.
El placer abrumador, el débil dolor y la casi inexistente pena se entremezclaron y se escondieron bajo su piel en forma de pequeñas explosiones que parecían correr por su sistema nervioso, haciendo que sus extremidades se debilitaran y fuera cada vez más difícil mantener el equilibrio sobre el regazo de Wasabi.
Pero superior a eso, mucho más avasallador y contundente, fue la descarga eléctrica que le tomó desprevenido cuando Wasabi volvió a morder sobre la sensible piel de su cuello, causando que todo su cuerpo se tensara en respuesta, más sensible ante el toque del mayor.
Gimió por lo bajo, un gemido al que le siguió otro, y otro, y otro, hasta que ya Fred no pudo esconderlos del otro, demasiado caliente, demasiado excitado por su toque, por los leves gruñidos de satisfacción que el moreno soltaba sobre su cuello, por sus caricias demenciales, y por aquella extraña presión en su vientre que se estaba volviendo una incomodidad imposible de ignorar y que, debido a la novedad de ser tocado por otro, le fue imposible reconocer hasta que ya estuvo completamente presente, haciendo sentir a su cuerpo como si estuviera a punto de explotar por tanto placer.
Cosa que no estaba lejos de la realidad.
-D-D… Wa-ah-sabi- trató de advertirle, embargado por violentos temblequeos, pero antes siquiera de que lograra decir algo al respecto de su inminente culminación, su mano se zafó de la rodilla del mayor y debido a su posición inclinada hacia adelante y el impulso de su cadera al buscar autosatisfacerse con la mano de su amigo, la inercia hizo lo suyo y pronto se encontró suspendido en el aire, cayendo por unos segundos eternos. Cerró los ojos, esperando el impacto.
Pero con lo único que impactó fue con el fuerte pecho de su amigo, y pronto el vértigo que le causó la pérdida del equilibrio fue reemplazado por el que le causaba la ronca risa de Wasabi sobre su oído.
-¿A dónde te ibas tan rápido y sin acabar?- susurró, estrechando el agarre de su brazo alrededor de su pecho. Fred luchó por no pensar en el doble significado de las palabras finales, pero no pudo evitar enrojecer de igual manera cuando las caricias sobre su miembro se reanudaron y debió cerrar los ojos con fuerza.
Fred frunció el ceño en una mueca por el placer, mientras sus manos se aferraban con fuerza a los antebrazos de su amigo. Un bajo gemido escapó de sus labios, seguido de uno más alto cuando un latigazo de placer le atravesó cada terminación nerviosa existente como un chispazo en la pólvora, y Fred no tuvo dudas sobre lo que pasaría.
-W-Wasabi- le llamó, tratando de avisarle, pero sólo pudo soltar un gimoteó tembloroso al tiempo que sus piernas se tensaban en espasmos y sus manos volaban a la morena cabeza. Apenas fue consciente del instante en que enterró sus blancos dedos en el cuero cabelludo del otro, pero eso junto a un nuevo gemido fue todo el aviso que Wasabi necesitaba.
Con una sonrisa sibilina, el moreno miro al rubio detallando los espasmos que le hacían temblar sobre su regazo y contra su pecho. Sus pezones rojizos eran dos pequeños puntitos que subían y bajaban al ritmo de su acelerada respiración, y sus piernas pálidas y largas se le antojaban terriblemente seductoras al hallarse tensas sobre las suyas.
Llevó la mirada hasta el rostro del otro, notando su expresión torcida por el placer, su ceño fruncido, sus pestañas temblorosas sobre sus pómulos demasiado rojizos y la forma tan sensual en que se mordía los rojos labios.
Lo que daría él por morderlos…
Un notorio escozor en su cuero cabelludo le trajo de vuelta a su trabajo, y con una pequeña sonrisa de satisfacción se acercó hasta posar sus labios sobre el rojizo oído del rubio, sin disminuir la velocidad de su mano entre sus piernas.
-Eso duele- ronroneó sobre su oído, incapaz de disimular la excitación en su voz al oír los suaves gemidos que no paraban de salir de los labios del rubio sin importar cuánto tratara de retenerlos. Sonrió cuando, luego de presionar con algo de saña la punta de su miembro, la espalda del chico se arqueó de forma deliciosa sobre él, mientras se aferraba con fuerza a sus cabellos y soltaba un grito que era una mezcla de placer y sorpresa.
-Y dolerá más si vuelves a hacer eso- jadeó el chico cuando logró recuperarse, aunque el tono de su voz no ayudaba a demostrar su convicción exactamente. Wasabi sólo pudo sonreír con diversión, antes de atrapar el lóbulo de su oído entre sus labios y darle una pequeña succión.
Los gemidos de placer del chico aumentaban cada vez más en volumen y frecuencia a medida que los movimientos del moreno aceleraban más y más. Millares de gotas de sudor perlaban su cuerpo y espasmos como latigazos que le obligaban a arquearse, haciendo que su cabeza cayera con total docilidad sobre el hombro de su amigo.
El aroma del perfume de Wasabi inundó sus fosas nasales con unas notas ácidas y familiares, estimulando aún más su cuerpo excitado ya, y pronto debió contraer los dedos de sus pies cuando la presión en su vientre bajo se volvió intolerable.
No supo exactamente en qué momento pequeñas lágrimas de placer se escaparon de sus ojos cerrados, o cuándo comenzó a balancear sus caderas en movimientos demasiado sugerentes en busca de más fricción con la mano del otro, pero al cabo de un par de movimientos más debió aferrarse con fuerza al moreno y enterrar su rostro en su cuello, luchando para que ello ayudara a amortiguar sus gemidos desesperados e imposibles de ocultar mientras, con unas sacudidas más, su esencia se esparcía sobre la mano de su amigo y parte de sus ropas.
Wasabi debió tragar saliva aparatosamente ante los cálidos y erráticos jadeos que Fred soltaba contra la sensible piel de su cuello, tratando de recuperarse él mismo de las sensaciones que había despertado en su interior los gemidos del rubio tan cerca de su oído.
Esperó por un segundo, en lo que su amigo trataba de recuperarse del todo, aguardando por la sensación de rechazo que solía embargarlo cuando a humedad de sus amantes entraba en contacto. Le sorprendió la completa ausencia de éste, al igual que la forma en que todo su cuerpo seguía alerta sólo con los suaves jadeos del rubio cerca de su oído.
-L-Lo siento- susurró a duras penas el chico, y Wasabi no necesitó que hablara más para saber que se refería a su orgasmo.
Sonrió con diversión, antes de llevar sus propios labios hasta el oído del muchacho.
-Y se me antoja que lo sientas más- ronroneó, en un tono bajo y grave.
Fred ni siquiera había logrado interpretar sus palabras cuando, sin mayores dilaciones y sin saber exactamente cómo, se vio alzado a horcajadas contra el fuerte pecho de su amigo, nuevamente de pie y cargándolo como si fuera una pluma por la habitación.
-¿Qu-Qué haces?- inquirió, aferrándose a pesar de sí mismo a los fuertes hombros del moreno. Y a costa de su pena y lo molesto que le resultaba ser cargado como si nada aun cuando era un hombre, no pudo evitar ruborizarse al sentir los labios del moreno atrapar el lóbulo de su oído en una deliciosa caricia- W-Wasabi.
El moreno no respondió, o no en palabras al menos, sino que prefirió barrer cualquier duda con sus labios sobre la piel de su cuello y hombros, disfrutando de la forma en que su cuerpo temblaba contra el suyo.
No pudo evitar reír entre dientes ante el agudo grito de sorpresa que el rubio soltó cuando apretó sus firmes nalgas con algo más de rudeza de la necesaria.
-Estoy bastante sorprendido de que tengas tan buen trasero.
-¡Wasabi!- exclamó, alarmado ante su desvergonzada declaración. Sin embargo sus quejas volvieron a desaparecer en un apenado mutismo mientras el mayor volvía a repartir lentos y seductores besos por su cuello que estaban dirigidos a relajarlo pero que, en lugar de ello sólo lograban que un cosquilleo, mezcla de excitación y temor se extendiera por su cuerpo en una anticipación instintiva, y rojo como una remolacha, decidió que había algo muy importante que confesarle antes de continuar con aquello-. Yo, Wasabi… yo nunca…
-Lo sé- le cortó simplemente el mayor, ignorando la forma en que su cálido aliento sobre la piel de su hombro podría causar un terremoto en su amigo.
A pesar de ello, Fred abrió los ojos de par en par y se alejó un par de centímetros del moreno, viéndolo a los ojos con una profunda sorpresa y con las mejillas rojas a más no poder.
-¿C-Cómo?- preguntó casi indignado. La sonrisa divertida y el brillo socarrón en los ojos chocolate del otro no ayudaron precisamente a relajarlo en aquel momento.
-¿Francamente? Es muy obvio, Fred- susurró, a duras penas pudiendo refrenar una carcajada ante la mirada ofendida del chico al ver su secreto rebelado. Pero, en serio, debería estar completamente ciego para no notar que el chico, siempre jugando a esos juegos extraños y hablando de cosas aún más extrañas, vestido como lagartija quince de las veinticuatro horas del día y que nunca había presentado el más mínimo interés en las chicas, definitivamente nunca había estado con una antes. Y aunque él estuviera al tanto de la magnífica persona que era su amigo y lo increíble que podía llegar a ser su compañía, lo estaba también de que muy pocas chicas estarían dispuestas a fijar sus ojos con un interés romántico en él… algo que en aquel momento, teniéndolo tembloroso, ruborizado y casi por completo desnudo contra sí, no podía dejar de agradecer a los cielos. Sonrió de medio lado al verlo hacer un puchero molesto, y sólo pudo pensar en lo hermoso que se vería si lo sacaba de quicio un poco más-. Y la idea de que te hayas reservado por tanto tiempo sólo para mí me parece de lo más adorable.
-T-Te odio- gruñó por lo bajo, con aquel leve tartamudeo que estaba empezando a adorar y con un poderoso sonrojo cubriendo sus mejillas, destacando el dorado de su cabello. Trató de apartarse empujando los mismos hombros a los que se había aferrado hace unos momentos, pero sólo pudo jadear al sentir la humedad de la lengua del moreno sobre su oído, enviando deliciosos cosquilleos a esa zona aun sensible entre sus piernas.
Cerró los ojos con fuerza cuando sus labios succionaron su piel, y debió morderse el labio inferior con firmeza para no gemir al sentir algunos dedos escurridizos rozando la piel de su pirineo sobre la tela de sus bóxers.
-B-Basta, suéltame- jadeó, azorado, sintiendo su vientre bajo cosquillear de forma peligrosa.
Wasabi sólo sonrió con malicia.
-Claro- soltó sin vacilar, antes de separar sus manos de los glúteos del chico de dejarle caer sin dudarlo un segundo.
Rio por lo bajo al oír el audible grito de sorpresa y terror que brotó de los labios del otro antes de que, sólo unas micras de segundo luego de que lo soltara, su cuerpo aterrizara de lleno sobre la mullida cama blanca que ocupaba la parte posterior de la habitación del rubio y que permanecía ignorada la mayor parte del tiempo que permanecían allí tras unas segundas puertas que, por esta vez, estaban abiertas.
No malgastó ni un solo segundo de su tiempo en contemplar la estancia iluminada a la que había ingresado con el chico encima y casi sin que éste lo notara. En lugar de ello, simplemente se dejó caer sobre él, pseudo-aplastándolo con su cuerpo y riendo mientras el otro forcejeaba inútilmente por sacárselo de encima, entre risas y jadeos exasperados.
Fred gruñó por el esfuerzo mientras trataba de apartar al mastodonte de su amigo de encima, retorciéndose como si en realidad no le encantara la forma en que el otro cubría su cuerpo por completo sin ningún esfuerzo, o cómo aquella presión sobre sí se le hacía la mejor sensación que hubiera experimentado nunca. No dejó de tratar de apartarse ni siquiera cuando sus labios comenzaron a recorrer su cuello nuevamente, o cuando aquellos cálidos dedos se deslizaron sobre la piel desnuda de sus costillas, haciéndole cosquillas mientras él reía sobre su piel.
-¡Wasabi!- exclamó entre risas, casi sofocado, mientras trataba de escapar del castigo más cursi que hubiera sufrido nunca. Más las risas se transformaron en un audible grito de dolor cuando un notorio escozor se hizo presente en la piel de su hombro derecho, obligándole a arquear su cuerpo.
Sorprendido por el repentino cambio, Fred dirigió su mirada confundida al punto donde ahora el moreno estaba deslizando su lengua lentamente, en una especie de bálsamo que, si bien aliviaba el dolor, sólo contribuía a que su cuerpo entero ardiera en respuesta.
Cuando los ojos castaños del moreno se fijaron en los suyos, sólo pudo temblar como una hoja, sintiéndose extrañamente excitado ante aquella tensión que se había alzado entre ellos.
-Ese no es mi nombre- murmuró sobre la mordida, en un tono bajo y ligeramente amenazante que obligó a Fred a contener la respiración mientras toda su piel y sistema cardíaco sufría alguna especie de cataclismo. Apostaría lo que fuera a que el rojo de su rostro no tenía nada que envidiarle al rojo de las huellas de los dientes del moreno en su hombro.
Tragó saliva, aún con los ojos del otro fijos en él, y su seriedad y la exigencia silenciosa de su mirada le hicieron ser demasiado consciente de que los juegos habían acabado por el momento y que la noche acababa de aumentar varios grados a pesar de estar en un crudo invierno.
Se retrajo entre los blancos almohadones con cierta pena, y apenas pudo mantener la vista fija en el otro cuando se irguió sobre él, sosteniéndose con las manos a los lados de su cuerpo. Había pasado tanto tiempo desde que le había llamado por su apodo, que decirle su verdadero nombre era más difícil y significativo de lo que hubiera esperado… aun así enfrentó el desafío con secreto entusiasmo.
-D-Deyon- susurró, apenas sosteniendo la mirada del aludido, sintiendo una extraña satisfacción en aquella palabra que casi había olvidado, algo de posesión, de pertenencia. Fred sabía que nadie más entre sus amigos le llamaba así por su culpa, por ello, ese nombre era sólo suyo.
Fred no pudo reflexionar más al respecto cuando, embargado por una sorpresiva emoción, el moreno se abalanzó sobre sus labios carnosos y rojizos, con ahínco, con devoción, pero a la vez con una eterna ternura.
Ternura que el rubio supo devolver muy bien cuando llevó ambos brazos a la nuca del moreno y le abrazó en un gesto de dulzura, deseando poder estar para siempre así con él, mientras Wasabi se apoderaba de sus labios con desesperación y anhelo.
Susurraba ese nombre que era sólo suyo cada vez que los labios del otro se separaban de los suyos por menos de un segundo, respirado su sonido y suspirando de dicha con cada caricia osada del moreno en sus piernas.
Tembló cuando aquellas poderosas manos se aferraron a sus muslos nuevamente, y no pudo evitar estremecerse en anticipación cuando le obligó a separar sus piernas para él y jaló en su dirección, cubriéndolo por completo con ese gigantesco cuerpo que tanto le volvía loco.
Cerró los ojos por acto reflejo cuando los largos dedos del moreno se adentraron bajo el elástico de su ropa interior y tembló mientras comenzaba a deslizarla lentamente por sus piernas. Inclinó la cabeza hacia un lado, desesperado por ocultar su expresión, mientras los labios del otro dejaban lentos besos por sus pezones.
-Trata de relajarte- susurró sobre la piel rígida, dejando la prenda en algún lugar de la cama, para luego buscar en su bolsillo trasero unos cuantos paquetes plateados. Succionó levemente un pezón y rio cuando el rubio dio un respingo.
-Muy fácil decirlo cuando no es a ti a qui…- el leve sonido de algo rasgarse hizo detener a Fred en medio de la frase, prestando atención aún con los ojos cerrados, demasiado avergonzado para bajar la mirada y encontrarse completamente desnudo bajo el otro. Sin embargo, eso no pudo parecerle menos importante cuando el contacto sin previo aviso de algo viscoso y tibio se hizo notar entre sus piernas, que mostraban más de lo que él hubiera creído. Alzó la mirada hacia el mayor con aire alarmado, sólo para encontrarse la perturbadora imagen de éste concentrado en su entrepierna como lo estaría en un proyecto de la universidad- ¿Qué demonios haces?
Wasabi rio por lo bajo, divertido y enternecido por la expresión del chico, a la vez que acercaba un dedo para esparcir apropiadamente el lubricante del sobre que había traído. Con su mano libre se encargó de detener la pierna de Fred cuando trató de cerrarle el paso.
-Tranquilo- murmuró, comenzando lentas caricias circulares en el espacio entre los glúteos del chico-, esto ayudará a que no duela tanto.
Fred alzó ambas cejas, luchando con todas sus fuerzas por ignorar el contacto íntimo del mayor, antes de dirigirle una mirada. Se sorprendió al encontrarse con sus ojos fijos en los suyos, estudiando su reacción, y aunque estuvo a punto de alejar la mirada, incómodo, terminó por sonreír de medio lado, algo divertido por el nerviosismo evidente en los ojos del otro.
-Esto comienza a parecer sospechosamente premeditado- señaló, mientras le dedicaba una mirada llena de significado. Wasabi rio, pero no le costó nada reconocer la pena en su rostro.
-Un poco, tal vez.
Y Fred hubiera hecho algún comentario socarrón si un repentino empuje no le hubiera dejado sin aire en el momento. Wasabi notó la tensión del cuerpo bajo él y se acercó en el momento en que el chico volvía a recostarse sobre las sábanas. Sonrió de medio lado al sentir como sus manos se aferraban en el acto a su espalda, y algo de emoción al percibir cómo abría las piernas para él, permitiéndole continuar a pesar del dolor o la pena.
La confianza de Fred era algo que no tenía precio para él.
-¿Duele?- preguntó, mientras trataba de adentrar un poco más su índice en su interior. La tensión de Fred no ayudaba mucho, pero él tampoco se daría por vencido tan pronto. Ante la negativa del otro, comenzó un lento vaivén en su interior, tratando de lograr que el cuerpo del otro pudiera aceptarlo por completo.
Fred tragaba saliva con frecuencia a pesar de sentir la boca seca. La presencia de un cuerpo extraño en su interior generaba una irritación que le hacía lloriquear levemente, pero no era algo imposible de soportar… o eso creyó hasta que la mitad del dedo de Wasabi estuvo dentro de él y un gruñido de dolor se escapó de sus labios. Pese a que el lubricante le permitía deslizarse con mayor facilidad, su cuerpo no podía evitar tratar de expulsarlo.
Sin embargo no trató de detenerlo, sino que enterró su rostro entre su hombro y su cuello y, suspirando bajito, se aferró a su espalda en busca de una cercanía que le permitiera relajarse un poco.
La respiración agitada del chico, el único sonido en toda la habitación, no ayudaba en mucho a la paciencia de Wasabi, pero a pesar de ello siguió empujando con calma, ignorando la manera en que el aroma del otro y sus jadeos en su cuello comenzaban a despertar su parte más primigenia, junto a algunas otras de sus partes.
Fred lloriqueo de forma encantadora una vez pudo tomarlo por completo, y Wasabi, sin dejar exactamente a que se acostumbrara, comenzó a hacer lentos movimientos circulares que hicieron temblar de pies a cabeza a su compañero. Debía encontrar ese punto dulce que le permitiera relajarse en el placer antes de continuar preparándolo.
Y, para su más grata sorpresa, ni siquiera necesitó buscar demasiado para ello. Investigar un poco antes de hacer las cosas era una herramienta muy útil para todo científico, y aplicable a todos los aspectos de la vida.
Fred reconocía con cierta pena que la presencia de aquel dedo en su interior, aunque vergonzosa, era curiosamente exquisita. Se sentía lleno pero insatisfecho a la vez, lo quería quieto y a la vez que lo acariciara. Abrió más sus piernas, rojo como un tomate, al sentir como la yema del moreno comenzaba a recorrer lugares que despertaban un desesperante cosquilleo en él, causando que sus dedos se aferraran anhelantes a su camiseta.
Y que sus uñas se enterraran con fuerza en su piel cuando, de la nada y sin aviso previo, un roce le obligó arquear su espalda y soltar un gritito demasiado agudo para tratarse de un chico.
Oyó un gruñido de satisfacción brotar de la garganta del otro, un segundo antes de que una estocada cayera sobre ese punto sensible otra vez, esta vez casi haciéndole morderle.
-W-Wasabi- jadeó, sorprendido y extasiado, mientras las caricias se repetían con distinta intensidad sobre su próstata. Fred cerró los ojos y abrió los labios en un jadeo bajo y constante-. Deyon.
Y con su nombre, algo dentro de Wasabi pareció hacer click, pues de inmediato atrapó al rubio bajo su cuerpo, mientras comenzaba a hacer movimientos circulares directamente sobre ese punto, al tiempo que bañaba en besos cada rincón de su cuello, hombros y clavículas, disfrutando de los jadeos que el otro soltaba sin siquiera notarlo.
Jadeos que se transformaron en un grito de dolor cuando, luego de que Wasabi retirara cuidadosamente su dedo, adentrara dos con un poco de brusquedad.
De inmediato el mayor se retiró.
-Lo siento- murmuró, dejando un delicado beso en la frente del rubio. Algo molesto consigo mismo se apartó, reprochándose su impaciencia y falta de consideración con el otro, pero bastó con que una mano se aferrara a su camiseta y le acercará a él para que desistiera en alejarse. Reticente, miró a los ojos al ruborizado chico, quien mordía sus labios con nerviosismo. Su culpabilidad se incrementó al ver el reborde acuoso en los parpados inferiores del otro, pero aun así le preguntó:- ¿Seguro quieres seguir?
Fred sólo asintió antes de alzar su rostro levemente y colocar con delicadeza sus temblorosos labios sobre los gruesos del moreno, quien no tardó en devolver el gesto y colocarse sobre él, además de, con mayor delicadeza, volver a encargarse de su preparación.
La respiración de Fred tembló cuando volvió a sentir el escozor de la penetración en su interior, y sólo pudo aferrarse con ambos brazos al cuello del moreno para evitar que éste se escapara ante sus reacciones. Dolía, por supuesto que dolía. Sin importar cuan delicado fuera Wasabi o cuánto lubricante le hubiera puesto seguía siendo la primera vez que algo entraba allí, y no era exactamente que su amigo tuviera las manos más delicadas del mundo, o los dedos más pequeños.
Lo que sí eran era largos, y pronto Fred sintió como trataban de expandir su interior cada vez más profundo, muy cerca de ese punto que le había hecho retorcerse hace unos momentos, pero sin que ello llegara a calmarlo del todo. Se estaba esforzando por no presionar demasiado –algo en lo que claramente estaba fallando- a fin de no hacer la tarea más difícil para Wasabi o dolorosa para él, pero temía un poco por cómo fuera a reaccionar con dos dedos en su interior y una contracción demasiado brusca.
Pero dejó de pensar en ello al sentir como lentamente Wasabi dejaba de lado sus clavículas y comenzaba a descender por su pecho, repartiendo besos y profundos lametones por su pálida piel. Tragó saliva al suponer qué estaba haciendo, pero eso no evitó que diera un respingo cuando aquellos labios se abrieron para recibir su erecto pezón en esa cálida boca.
-Deyon- suspiró, encantado con el brusco cosquilleo que envió una sensación de pesadez por su vientre bajo, mientras los dedos del otro continuaban hurgando en su interior, recorriendo tan suave y firmemente como podían cada pequeño rincón. La humedad de la lengua del otro sobre su pezón, su calidez, las suaves succiones que lentamente se tornaron en unas más insistentes le obligaron a cerrar los ojos y ahogar pequeños gemidos de goce. Una mano se aferró al antebrazo que ayudaba a su amigo a sostenerse sobre él, temblorosa, y se cerró sobre el rígido bíceps cuando los dedos del moreno se abrieron levemente en su interior, enviando un ramalazo de dolor por todo su cuerpo que chocaba con el placentero cosquilleo en su pecho. Un gruñido de dolor escapó desde los labios del moreno, enviando una vibración abrumadora por su piel sensible, antes de que una mordida le hiciera saltar por la sorpresa más que por el dolor- ¿Qué rayos…?
Pero en vez de una respuesta a esa pregunta inconclusa, lo único que obtuvo fue que el mayor se apoderara de su otro pezón inhiesto con una succión profunda, a la vez que una embestida de aquellos gruesos dedos en su interior. En ese momento sólo pudo soltar un agudo grito mezcla de dolor y placer, mientras volvía a aferrarse con fuerza al bíceps y la espalda del moreno, clavando sus uñas en la oscura piel, inconsciente de que era justamente aquello por lo que el otro le estaba castigando.
Wasabi suspiró pesadamente sobre la rojiza y sensible piel del pezón del rubio, extasiado con la sensación de la humedad y el calor que envolvía sus dedos, encantado con las leves contracciones que el interior del muchacho le regalaba. No estaba listo aún, lo sabía por la forma en que cada toque ligeramente más brusco de lo necesario le arrancaba una reacción de dolor, pero comenzaba a adaptarse, y la idea de poder verle retorcerse de placer una vez más era todo el estímulo que necesitaba para continuar.
Desafortunadamente, también parecía ser lo único necesario para poner de buen humor otras partes de su cuerpo, aunque debía admitir para sí mismo que su aguante estaba siendo bastante bueno.
Sin mediar más palabras, liberó el inhiesto pezón y siguió su ruta original por el torso del otro, sintiendo como éste se arqueaba con delicadeza y seguramente de forma inconsciente para él. Regó en besos, lamidas y mordidas cada pálido espacio de piel a su alcance, sintiendo el vientre del otro temblar bajo sus labios, y se ensañó por unos momentos en su ombligo, cuando oyó al rubio soltar una encantadora mezcla entre un gemido y risas temblorosas.
Y cuando descendió, a la vez que comenzaba con suaves embestidas en su interior, las risas o cualquier reacción por parte del otro se detuvieron.
Ya lo pillaste. Susurró en su fuero interno el mayor, no sin cierta diversión, a la vez que dejaba una notoria succión en la piel del vientre bajo del chico.
-W-Wasabi, n-no…- jadeó, claramente shockeado por las intenciones del otro, pero eso no quería decir que el aludido fuera a detenerse por ello. Muy por el contrario, mantuvo el equilibrio sobre sus rodillas y, con su mano libre, obligó al otro a colocar una de sus temblorosas piernas sobre su hombro. Su miembro ni siquiera estaba completamente despierto cuando le recorrió por completo con su lengua, pero eso no impidió que un gemido de sorpresa y espanto escapara de los labios del rubio al sentir un poderoso cosquilleo ascender por su columna, arqueándola para él de forma involuntaria.
Tampoco sus manos impidieron a Wasabi el seguir con su trabajo, no importaba con cuanta fuerza se aferraran a su cabello para intentar alejarlo.
Si bien la situación no le podía parecer más embarazosa de ninguna forma posible, Fred notó, para su más profundo horror, cómo su miembro cosquilleaba y comenzaba a despertar sólo con el contacto de la lengua del mayor. Desesperado, demasiado apenado porque Wasabi quisiera continuar, aferró con fuerza sus cabellos, intentando separarlo, tal vez sin ser consciente de que le estaría lastimando.
O al menos así le dio a entender con una fuerte estocada en su interior, una que dio de lleno en ese punto que parecía estar más que dispuesto al encuentro del otro cada vez, o de lo contrario no podría explicarse la facilidad con que daba en él con unos pocos intentos.
Claro que esa reflexión la hizo más tarde, por el momento lo único que pudo producir Fred, más que un pensamiento, fue un agudo y bastante audible grito mezcla de dolor y placer, mientras sus ojos se abrían de par en par por la sorpresa y unas cuantas lágrimas escapaban por las comisuras de sus ojos.
Estuvo bastante seguro de que su cuerpo dejó de funcionar correctamente en el momento en que la calidez de la boca de Wasabi envolvió por completo su miembro repentinamente erecto, mientras sus dedos daban con mayor insistencia estocadas firmes sobre su próstata, enviando uno tras otro espasmos de placer por su espalda como si fueran latigazos, obligándolo a arquear levemente su columna con cada estocada y causando que entrecortados jadeos escaparan de sus labios entreabiertos.
-N-No- trató de detenerlo, pero pronto descubrió que sus intentos no valdrían nada en cuanto al moreno se trataba, pues como siempre, no se daría por vencido hasta obtener lo que quería.
Y si lo que quería era volverlo loco de placer y pena, definitivamente iba por el camino correcto.
Wasabi no se molestó en darle alguna respuesta, empeñado como estaba en darle placer a su chico. Quería oír más de aquellos gritos excitados y esos suspiros profundos y llenos de deseo a los que comenzaba a volverse adicto. Le gustaba la forma en que todo el cuerpo de Fred temblaba con unos pocos estímulos, y el recuerdo de la forma encantadora en que se perdía en medio del orgasmo sólo le empujaba a llevarlo a él cuantas veces más pudiera.
Succionó con gula el miembro ya completamente erecto, sintiendo como todo el cuerpo del rubio se estremecía en un espasmo de placer, y sin dar tregua a la estrechez de su entrada, se empujó una y otra vez dentro de él, dando a propósito en los puntos alrededor de su próstata, disfrutando de la forma en que, desbordante de humedad, comenzaba a succionarlo con hambre, de seguro instándolo a rozar aquel lugar que le exigía de forma apremiante.
Fred gimoteó por lo bajo, irritado, y un nuevo tirón en su cabello fue suficiente para hacer notar a su compañero que aquel jueguito se estaba pasando de cruel, despertando una risa divertida en el moreno, a la vez que un brillo peligroso que Fred no llegó a notar se apoderaba de su mirada.
De una embestida, certera y ruda, Wasabi le dio lo que pedía.
El rubio se mordió el labio con fuerza en cuanto un latigazo de placer le obligó a arquear su columna, pero poco pudo hacer para ocultar el agudo gemido de placer que aquel golpe causó. Y aunque se esforzó por lograrlo, tampoco pudo acallar la oleada de gemidos que escapo de sus labios en cuanto las embestidas de Wasabi adquirieron un ritmo rudo y sin pausas, obligando a todo su cuerpo a arquearse por los espasmos de placer que le recorrían. Se avergonzó en cuanto un sonido húmedo se alzó en el silencio de la habitación, apenas interrumpido por su agitada respiración, y fue repentinamente consciente de la forma en que alzaba sus caderas para encontrarse con las embestidas del mayor.
Notando el húmedo interior de su amigo temblar a su alrededor, ansioso, Wasabi retiró sus dedos casi por completo, regocijándose en un quejido por parte del rubio, antes de adentrar completamente tres dedos en su interior de una estocada.
Fred abrió los ojos de par en par ante el nuevo estirón que laceraba su piel, aunque el ronco y entrecortado gemido que soltó no parecía de dolor en lo absoluto. Por el contrario, bajó su pierna del hombro del mayor sólo para brindarle más acceso a su interior. Y Wasabi, lejos de dejar que la sorpresa le detuviera, envió nuevamente sus dedos a explorar aquel cálido interior, realizando movimientos de tijeras que hacían temblar a Fred de placer y dolor.
La sensación de ser invadido era incómoda a más no poder, la forma en que se exponía para él era totalmente penosa y el escozor en su interior aumentaba levemente a medida que más se movía el mayor a pesar del lubricante, a pesar de que Wasabi fuera cuidadoso.
En ese caso, ¿Por qué diablos estaba disfrutando del estiramiento?, ¿Por qué aquella sensación de ser llenado le resultaba tan morbosamente deliciosa? ¿Y por qué no podía dejar de temblar de placer con cada embestida en su interior cuando ni siquiera daban de lleno en su próstata por lo apretado que se hallaba?
Ni siquiera pudo hilar más preguntas cuando una succión ruda y decidida le hizo abrir los labios en un gimoteo de placer, mientras los gruesos dedos del moreno se removían en su interior, decididos a encontrar su punto dulce o a volverlo loco en el proceso.
Su cuerpo entero temblaba en cada roce en su interior, y hace mucho que se había reducido a una masa de suspiros y gemidos de placer por culpa de la boca de su compañero, que parecía dispuesto a arrancarle otro orgasmo a toda costa.
Gimoteó por lo bajo ante el pensamiento, sintiéndose a punto de explotar por el húmedo chapoteo que se alzaba en la habitación, por el cosquilleo que le obligaba a arquear su espalda en un ofrecimiento involuntario, por aquella boca que le estaba derritiendo con su calor a la vez que le devoraba por completo.
Fred ni siquiera fue consciente en qué momento comenzó a llorar de placer, pero supuso que fue justo cuando aquellos gruesos dedos dieron de lleno en su próstata, cuando lo hizo notar en medio de un agudo grito de placer que sonó más como el llanto de una perra en celo.
Llevó ambas manos hasta la almohada bajo su cabeza, enterrando con saña sus largos dedos en ella, mientras dejaba caer su rostro a un lado, ido. Wasabi no dejaba de embestir de lleno en su próstata y él sólo podía temblar y llorar de éxtasis, balbuceando ruegos inteligibles y el nombre de su compañero en cada pequeño orgasmo que recorría su piel como una descarga eléctrica.
Wasabi había tomado un ritmo rápido y rudo, dando de lleno en su próstata en cada penetración mientras succionaba con fuerza su miembro erecto, provocando que sus jadeos fueran imposibles de ocultar por el placer que sentía. Cerró los ojos con fuerza, mientras todo su cuerpo se tensaba en respuesta a un nuevo espasmo de placer, más potente que los anteriores.
Pronto las atenciones de su amigo comenzaron a despertar nuevamente aquel cosquilleo en su vientre bajo que, con cada caricia brusca, acabó por convertirse en una conocida presión.
-E-Espera- susurró por lo bajo, rojo como un tomate, mientras llevaba una de sus temblorosas manos hasta su hombro para separarlo de él.
Soltó un respingo cuando una de las fuertes manos del moreno se aferró a su muñeca, deteniéndola, y bajó la mirada con intriga, justo a tiempo de ver como aquellos labios rebosantes de humedad se dedicaban a besar con algo que sólo podía definir como idolatría su muñeca. Y cuando aquellos oscuros ojos, brillantes en deseo, volvieron a entrar en contacto con los suyos, Fred estuvo bastante seguro de que acababa de subir varios puntos en su escala de cercanía al orgasmo sólo con todo lo que prometía el brillo lascivo en los ojos de su amigo.
Apenas pudo reaccionar antes de que el mayor se irguiera por completo sobre él y, manteniendo el equilibrio sólo con sus rodillas, comenzara a masturbarlo a la misma velocidad de sus embestidas, una velocidad demencial y embriagante que obligó al rubio a soltar un gemido ajeno de toda pena, a pesar de lo mucho que le cohibía el saber que tenía la mirada del otro fija en su rostro.
Oh, Wasabi tenía gustos mucho más sucios de lo que jamás se habría imaginado.
El mayor sonrió ladino, encantado con el rostro de su amigo fruncido por el placer. Un fuerte rubor se hallaba presente en toda la pálida piel al igual que una fina capa de sudor que sólo le hacía ver más suave y seductor. Sus cabellos rubios se extendían como una brillante maraña de rayos de sol sobre la blanca almohada y sus labios, de un tono rojizo más brillante que el de sus pómulos, parecían rogar porque los mordiera y besara. Tragó saliva, y cuando los azules ojos de su amigo se entreabrieron para él, brillantes tras una estela de placer, Wasabi no dudó en retirarse suavemente de su interior e inclinarse hacia adelante, a la vez que aumentaba la velocidad de su masturbación.
Gimoteó dentro del beso al sentir su interior abandonado, sintiéndose abierto, vacío y deseoso, una sensación que sólo aumentó a medida que el bombeo de Wasabi sobre su miembro aumentaba de intensidad, causando que todo su cuerpo temblara con intensidad. Reprimió sus gemidos lo mejor que pudo en la lengua de Wasabi, que tan insistentemente exploraba el interior de su boca, mientras envolvía sus piernas en las caderas del otro, en un reclamo inconsciente por que volviera a encargarse de su interior, que se estremecía en busca de algo que le llenara.
Aunque tampoco podía quejarse de la sensación exquisita de estar compartiendo aquella batalla de lenguas con el moreno, una batalla que con gusto perdería una y mil veces, mientras su mano se dedicaba a llevarlo al orgasmo y las caricias en su espalda baja le obligaban a arquearse en un ofrecimiento silencioso.
Cuando el orgasmo fue inminente, Fred echó su cabeza con fuerza hacia atrás, gimiendo y balbuceando el nombre de su amante, mientras éste se negaba a alejarse de su cálida piel ni un centímetro, descendiendo por su cuello, dejando marcas rojizas en un impulso animal por marcarlo como su propiedad.
Y cuando finalmente se corrió, esparciendo su cálida semilla en el espacio entre sus vientres, Fred sólo pudo soltar gemidos ahogados y suspiros que sonaban demasiado parecidos al nombre de su amigo, mientras todo su cuerpo se tensaba como un arco por el placer.
Luego de unos instantes, Fred se desplomó entre azorados jadeos, con los ojos cerrados y el cuerpo completamente relajado, olvidándose de la gran vergüenza que representaba para él el estar completamente desnudo frente al mayor. Una avergüenza que, teniendo en cuenta todo lo que habían hecho hasta el momento, tenía muy poca justificación.
Wasabi, por otro lado, se dedicó a observar ese cuerpo perlado por el sudor, cuerpo que, aunque ligeramente musculoso, mantenía una contextura delicada que, además de un poderoso deseo de apoderarse de él de todas las formas placenteras posibles, también despertaba en su pecho el deseo de protegerlo, de cuidarlo.
Tal vez fue por ello que se inclinó hacia él para depositar un suave beso en su frente perlada por el sudor, causando que, en el acto, los ojos idos de Fred se abrieran con cierta resistencia, como quien no quiere despertar de un sueño maravilloso. Wasabi le sonrió cálidamente, y Fred sólo pudo devolverle el gesto, embobado, antes de bajar la mirada por su cuerpo…
Cuando llegó a su pecho, todo el sopor o relajamiento se desvaneció en el mar de lava que se volvió su ruborizado rostro.
-Y-Yo… oh dios, perdóname por eso- susurró casi aterrorizado, y es que sabiendo cómo era su amigo, claramente la mancha húmeda y blanquecina que ahora ostentaba su camiseta blanca no le alegraría en lo más mínimo. De hecho tembló cuando vio como, luego de esbozar una expresión extrañada, Wasabi bajaba la mirada hacia su propia ropa, dando de lleno con los vestigios de su orgasmo en la tela blanca.
Pero para su gran sorpresa Wasabi sólo miró con curiosidad la mancha por un segundo, antes de alzarse de hombros con aparente indiferencia. Sin mediar palabras, tomó su camiseta y se la retiró con un fluido movimiento.
Fluido movimiento que estuvo a punto de causarle otra erección en el acto al rubio, pues en él todos los trabajados músculos de su amigo se marcaron de una forma demasiado exquisita como para que pudiera apreciarla sin acabar salivando por él. Sabía que Wasabi era un sujeto grande y musculoso, pero comparar las pocas veces en su adolescencia en que había logrado verlo sin camisa, al producto mejorado de su juventud era una diferencia demasiado abrumadora.
Y tentadora, debía reconocer, o no habría otra forma de explicar el por qué se puso de rodillas sobre la cama sin importarle su propia desnudez, antes le llevar una de sus manos tímidas hasta uno de los marcados pectorales del moreno. Y aunque dudo por un segundo, los fuertes brazos de su acompañante esfumaron su duda junto con el espacio que les separaba.
Tembló de pies a cabeza al sentir en todo su cuerpo desnudo el gruñido deseoso que el moreno ahogó en su boca, mientras aferraba en una mezcla de dulzura y deseo su delicada espalda para pegarle por completo a él. Fred suspiró antes de llevar sus manos al grueso cuello del moreno, sólo para emprender un camino descendente por sus amplios hombros y, finalmente, recorrer los duros músculos de su pecho, que se alzaban de una forma animal con la respiración agitada del otro.
Los músculos de Wasabi se sentían como rocas recubiertas de seda palpitante y caliente, que se estremecía y temblaba encantadoramente bajo sus manos, causando que riera dentro del beso y acabara por llevar sus curiosos labios hasta los hombros y clavículas del moreno, quien cerró los ojos, ido en las sensaciones que el otro le regalaba.
Las manos de Fred no estaban curtidas por trabajo con maquinaria como las suyas, eran más bien las manos de un pintor o un pianista, blancas, largas y suaves. Y cálidas, una calidez que se sentía como lava sobre su piel necesitada de afecto y que, a medida que más descendían, y combinadas con los besos que dejaba como el revoloteo de una mariposa sobre su pecho, enviaban un poderoso cosquilleo por todo su cuerpo, despertando una parte de él que, hasta el momento, había logrado mantener bajo control a duras penas.
Oh, pero Fred se lo estaba buscando, clara muestra de ello era la forma en que se alzó cuanto podía para abrazarse a sus hombros y comenzar a juguetear con el lóbulo de su oído, sacándole un ronco suspiro en respuesta.
La risita traviesa que soltó sobre su piel estuvo a punto de lograr que lo aplastara contra la cama y se hundiera en lo más profundo de su ser… pero su parte maquiavélica decidió que había una forma mucho más divertida de mostrar al chico en qué clase de problema se estaba metiendo, y él ni siquiera haría algo.
Colocó con delicadeza sus manos a cada lado de la cadera del otro, suavemente, antes de descender por su pálido cuello y comenzar a dejar traviesos besos y mordidas por su piel, sabiendo que el otro no dudaría un segundo en molestarlo.
Y su predicción fue acertada cuando, en un intento por exasperar al mayor con sus insinuaciones y de paso disfrutar un poco más de aquel trabajado cuerpo, Fred se pegó completamente al torso del moreno y se frotó a sí mismo contra él repentinamente sin pudor alguno.
Aunque se quedó de piedra al sentir algo rozarse contra su vientre, algo cálido, duro y cubierto por los pantalones de su amigo.
Dirigió una mirada con los ojos abiertos de par en par por la sorpresa a sus vientres unidos, antes de alzar la mirada, sólo para que su rostro se tornara de todos los colores posibles al ver la mirada socarrona y un poco avergonzada del mayor.
Se dejó caer suavemente hacia atrás, mirando al otro casi sin poder creérselo, y Wasabi hubiera soltado una carcajada si no fuera porque la mirada del otro no le estuviera poniendo ligeramente nervioso. No era la primera vez que alguien tenía esa reacción al respecto, aunque sí la primera que se sentía algo culpable por ello.
Fred tragó saliva notoriamente, sin alejar la mirada del mayor, e hizo un gesto casi imperceptible que reconoció como un incentivo a que se quitara de una vez por todas el pantalón.
Wasabi suspiró de forma casi imperceptible, antes de desabrochar el botón de sus pantalones.
Y a medida que iba quedándose desnudo frente al rubio y éste seguía escrutándolo como si se tratara de algún espécimen extraño y sub-desarrollado, Wasabi se preguntó si tal vez no hubiera sido mejor idea ponerlo en cuatro desde el comienzo y ahorrarse todo aquello.
Aunque si alguno de los dos hubiera comentado algo, Fred habría defendido ciegamente su derecho a permanecer estupefacto.
Él sabía que el creer que sólo por ser de color un hombre estaba biológicamente obligado a tener un gran paquete era la idea más cliché que pudiera existir.
-¡Santa máscara de Megazord!
En ese caso, Wasabi se cargaba el cliché más grande y duro que hubiera visto en su vida.
El moreno suspiró pesadamente, indeciso entre reír o echarse a llorar por las reacciones de su acompañante.
-No podías acabar la noche sin decirlo, ¿No?- preguntó, avergonzado. Aunque sólo pudo sonreír divertido al ver el fuerte rubor en su rostro y el brillo de temor que apareció en los brillantes ojos azules de su amigo, una mirada que casi le rogaba que continuara, pero a la vez que fuera cuidadoso. Oh, aquel sujeto iba a volverlo loco.
Se inclinó lentamente sobre él, lo suficiente para cerciorarse de que su cercanía no le incomodaba, y dejó un beso cargado de cariño sobre su frente, mientras acariciaba con delicadeza una ruborizada mejilla.
-Si te hace sentir mejor, yo también estoy aterrado- confesó, clavando su mirada a la altura de la del otro, quien hacía todo lo posible por no verle a los ojos.
-Pero tú ya has hecho esto- susurró, y Wasabi rio suavemente ante el puchero que su amigo estaba haciendo.
-Sí… pero contigo es diferente- susurró, bajo, en un tono que buscaba ser tranquilizador, a la vez que un leve rubor calentaba sus pómulos ante aquella confesión.
-¿Porque soy hombre?- preguntó el chico, esta vez fijando sus ojos entrecerrados en él con una mirada acusadora. Wasabi volvió a reír, enternecido por la molestia del rubio y el dejo de reproche en su tono, pero decidido a dejar que viera en sus ojos todo el cariño que le tenía y todo lo que significaba ser el primero para él.
-No- susurró, esbozando una sonrisa llena de ternura y amor-, es porque eres tú.
Fred abrió los ojos de par en par, completamente tomado por sorpresa por las palabras del mayor, y demasiado avergonzado para hablar, simplemente apartó la mirada, luchando porque el moreno no notara la forma en que sus ojos se cristalizaban aún más.
Pero sólo bastó un beso en su sien por parte del otro, mientras descubría su rostro de sus cabellos con ternura, para que una pequeña lágrima callera por su rostro.
-Por favor dime que mañana no me odiaras o te arrepentirás de esto- susurró, con su voz en un hilo tembloroso y roto, al tiempo que bajaba la mirada hasta sus manos, luchando por no hacer contacto visual con el moreno.
Sin embargo una de las cálidas y gigantescas manos del otro se entrelazó lentamente con los dedos de una de las suyas, sacándole un respingo, y no pudo apartar la mirada, hipnotizado por el color combinado de ambas, mientras Wasabi las elevaba hasta sus labios y depositaba un cálido beso sobre sus dedos entrelazados.
-Jamás te odiaría, y nunca me arrepentiría de algo que nos permitiera estar así, juntos- susurró sobre su piel, y Fred se estremeció ante la absoluta convicción en los ojos del moreno, un seguridad férrea que despejó en el acto todas sus dudas.
Wasabi nunca dejaría de sentirse culpable por todo lo que había hecho pasar al rubio si no era completamente sincero con él desde el comienzo, y si eso significaba reafirmar una y mil veces cada día sus sentimientos con palabras y hechos, más que gustoso pondría todo de sí para lograrlo.
Empezando justo ahora.
Ya sin poder dilatarlo más, el moreno se lanzó sobre el otro, dejándose caer ambos sobre el suave colchón.
El cuerpo de Fred temblaba, presa de los nervios y el deseo, cuando Wasabi volvió a abrir sus piernas para situarse entre ellas. No le pasó desapercibido el delicado roce de sus cálidos dedos por sus muslos desnudos, o la forma en que sus labios acariciaron como el aleteo de una mariposa sus párpados cerrados antes de descender a reclamar la rojiza boca del rubio en un lento y concienzudo beso. Desde luego que sabía que era una forma de distraerlo de sus acciones en la parte inferior de su cuerpo, pero eso no le restaba dulzura o excitación al contacto de la cálida lengua del moreno con la suya.
Jadeó dentro del beso por la sorpresa cuando los gruesos dedos del otro volvieron a inmiscuirse en su interior, dilatando con suaves movimientos que estaban destinados a volver loco al menor, quien jadeaba a cada centímetro que entraban en su cuerpo, hurgando, expandiendo aquello que pudiera haberse tensado nuevamente, haciendo que las partes de su cuerpo que ya estaban familiarizadas con el toque brusco y dulce del otro se agitaran de gusto al sentirlo de nuevo.
Gruñó por lo bajo cuando los dedos volvieron a salir de él, sacándole una risa a Wasabi, una risa ronca, masculina y profunda que le estremeció por completo, más aún al sentir como las grandes manos del otro se apoderaban de sus caderas y las jalaban hacia él, escondiéndolo más si cabe bajo su trabajado cuerpo mientras él se dejaba hacer, tratando de ignorar su creciente nerviosismo.
Sin embargo, no pudo evitar jadear con fuerza al sentir la notoria presión del miembro del otro en su entrada, o esconder su rostro en su cuello, rojo como un tomate, al sentirla ceder para él.
Respiró hondo, con los ojos fuertemente cerrados, mientras hacia lo que podía por relajarse para dar lugar al miembro del otro. La presión, sin bien aún no era dolorosa pues Wasabi le había preparado bien, si resultaba extraña en su interior, y sabía que siendo sólo el comienzo debería poner de sí para que aquello continuara.
Saber eso y comprometerse a cooperar era fácil, pero a Fred sólo le bastaron un par de centímetros más para saber que no sería tarea sencilla aceptar a Wasabi en su interior.
Se mordió los labios para ahogar un pequeño gemido de dolor, tratando de sobrellevar como podía el avance del otro, pero no pudo evitar jadear por lo bajo y enterrar sus uñas en la ancha espalda cuando su cuerpo fue presa de un ramalazo de dolor. Wasabi era grande, desde luego, e iba más profundo que el punto que sus dedos llegaron a preparar, causando que cada centímetro de su interior que cedía para el moreno significara uno de los momentos más dolorosos de su vida.
Wasabi tragó saliva, sintiendo como las uñas de su amigo laceraban su piel, como su cuerpo se agitaba en espasmos de dolor mientras se adentraba en él. Trataba de ir despacio, de ser cuidadoso. A pesar de cuánto le estaba desquiciando la estrechez, humedad y calor de Fred, se resistía como podía al impulso egoísta de enterrarse en él de una sola estocada y acabar con aquella desesperante espera de una vez.
Pero sabía que podía lastimarlo de una forma terrible si hacía eso, y definitivamente lo que menos querría alguna vez era ver a aquel loco rubio sufrir por su causa. Si Fred se merecía algo, como mínimo es que diera todo de sí para hacerle sentir pleno a su lado cada vez que estuvieran juntos de ahora en adelante.
Con la idea de distraerlo de su dolor, Wasabi comenzó a regar sus hombros, el único espacio de su piel al que tenía acceso en aquel tenso abrazo, de besos y suaves mordidas destinadas a hacerle cosquillas, aunque la forma en que Fred le envolvía con fuerza, y al parecer de forma involuntaria, le obligaba a interrumpir sus atenciones con gruñidos que brotaban de su garganta baja. Trabó su pierna izquierda con su brazo y la elevó como si no tuviera peso alguno, haciéndose algo de espacio para enterrarse en el rubio con mayor comodidad.
Fred gimoteó contra su hombro, estrechando su abrazo, y él sólo pudo seguir empujando, tratando de ignorar el dulce sonido que su cuerpo despedía al adentrarse en la húmeda entrada del otro.
Cuando por fin estuvo completamente dentro de él se quedó inmóvil, jadeando suavemente, mientras el rubio ahogaba gimoteos y sollozos contra su hombro derecho, en el que, en algún momento, había clavado sus dientes, humedeciendo su piel con su aliento, saliva y lágrimas.
Pasados unos segundos, Wasabi se irguió, alejando al otro de su cuerpo para poder ver su expresión, preocupado porque el dolor fuera demasiado. Y aunque fue exactamente lo que vio en su rostro, Wasabi se quedó petrificado, encantado con el paisaje que su amigo le regalaba.
Jadeante, con los labios hinchados y la piel húmeda en sudor y lágrimas, Fred bien podría ser un desastre, pero algo en su rostro, enmarcado por un cabello enmarañado y revuelto sobre la almohada, hacía que Wasabi sólo pudiera verlo como la más hermosa y sensual obra de arte que hubiera visto nunca.
Sus ojos apenas podían mantenerse abiertos, y por ellos desbordaban constantemente surcos de lágrimas que Wasabi suponía de dolor. Sin embargo… expresión perdida, lo cristalino de sus ojos, el fuerte rubor en sus mejillas, la forma en que sus jadeos le obligaban a mantener la deliciosa fruta de su boca entreabierta.
Todo era perfecto, excitante y hermoso de forma casi imposible, y todo, todo, despertaba el deseo animal en Wasabi de obligarle a gemir su nombre en medio del placer, a gritar de éxtasis mientras le pedía más y más, mientras las lágrimas que ahora humedecían su rostro se transformaran en lágrimas de placer. Quería que no sólo sus brazos, manos y uñas se aferraran a él, sino que sus piernas envolvieran sus caderas y se aferraran a ellas, manteniéndole completamente enterrado en su ser. Deseaba que cada parte de esa desastrosa belleza se tiñera de placer por y para él.
Casi hiperventilando por el deseo, Wasabi volvió a descender, apoderándose de unos labios entreabiertos que, sin importar el dolor o la pena, se abrieron para recibirlo gustoso, igual de deseosos por contacto.
Y cuando Wasabi se deslizó nuevamente dentro de él, sacándole un gritito ahogado de dolor, nuevos senderos de lágrimas cayeron por sus mejillas, haciendo sentir culpable al mayor, que decidió mantenerse quieto un poco más.
Pero, para sorpresa del moreno, Fred alzó por sí mismo sus caderas, enterrándolo más en su interior, obligando esta vez a Wasabi a jadear con fuerza por la sorpresa.
Fred gruñó cerrando fuertemente los ojos. Trataba de relajarse lo suficiente para poder continuar, aunque era casi imposible para su cuerpo el ignorar el intruso que trataba de adentrarse en él. Sintió los labios del moreno dejar un suave beso sobre su frente perlada por el sudor, y casi en el acto llevó su mano al rostro ajeno, posándola con delicadeza sobre su mejilla.
Sus miradas se encontraron por un momento, antes de unirse en un suave beso, que lentamente dio paso a la pasión que les caracterizaba, sin por ello abandonar la ternura.
Fred jadeó dentro del beso cuando Wasabi volvió a empujarse dentro de él, y se aferró con fuerza a su espalda, adolorido, aunque ligeramente emocionado al sentir sus vientres rozarse una vez tuvo en su interior al moreno. Se estremeció de pies a cabeza cuando Wasabi gruñó de placer dentro del beso, erizando hasta el último rincón de su cuerpo. Nuevamente alzó sus caderas por impulso, ansioso de sentirle aún más cerca si cabe.
Y como respuesta Wasabi cortó el beso para gemir por primera junto a su oído. Los gemidos de Wasabi, contrarios a su usual tono agudo, eran como un trueno en la lejanía, bajos, profundos y graves, y como un trueno eran capaces de hacerlo temblar de pies a cabeza, de forma tal vez demasiado notoria.
-Y yo conteniéndome…- le oyó murmurar sobre la ruborizada piel debajo de su oído, casi en el tono de una maldición, tragó saliva al percibir lo ronco de su voz. Un segundo después, no pudo evitar echarse a reír contra su piel.
-L-Lo siento- rió, rojo como un tomate, al tiempo que Wasabi negaba un par de veces, también divertido.
Aunque sólo bastó una embestida firme de su parte para que su risa mutara en el acto en un gemido de sorpresa, y jadeando por el cosquilleo que recorrió su columna, alzó su mirada aturdida hacia el moreno, siendo embargado en el acto por el nerviosismo en cuanto se encontró con el aire burlón y satisfecho en los ojos y sonrisa de Wasabi.
Bien… aceptaba que él se la había buscado.
Cuando una nueva embestida, más pausada, le obligó a arquear la espalda y cerrar los ojos mientras se mordía los labios, Fred se preparó para lo que venía.
Los movimientos de Wasabi eran lentos y pausados, cuidadosos mientras trataba de acostumbrarlo, y aunque aún no sabía si la sensación era dolorosa o placentera, sí sabía que la forma en que Wasabi le llenaba por completo despertaba cierto morbo al que comenzaba a hacerse adicto.
Su piel se erizaba con cada jadeo y ronco gemido que el moreno trataba de ahogar junto a su oído, y los envites comenzaban a tomar un ritmo cada vez más fluido a medida que su cuerpo empezaba a aceptar al intruso en su interior. Lentamente el dolor cedió paso a un hormigueo de excitación que le obligó a suspirar a suspirar y jadear mientras se abrazaba a la ancha espalda del moreno y recorría cada centímetro de caliente y palpitante piel, ansioso como nunca antes por sentir su cuerpo.
No estuvo seguro de en qué momento envolvió también sus piernas en las caderas del otro, o siquiera si él lo había hecho o el propio Wasabi lo había tomado para garantizar un mayor agarre, pero ciertamente fue en el momento en que las tímidas embestidas dieron paso a unas más osadas y profundas, causando que todo su cuerpo temblara al sentirse completamente invadido por el moreno, de nuevo haciéndole presa de aquel morboso placer que opacaba casi por completo el dolor que las dimensiones del moreno podrían causarle.
Ahogó a duras penas un ronco gruñido al sentir a Fred presionarlo con inesperada fuerza. Le oía suspirar en su oído y soltar pequeños quejidos que no llegaba a diferenciar como de dolor o placer, sin embargo, la manera en que sus piernas y brazos temblorosos se aferraba a él casi d forma dolorosa le dieron una pauta de que, lo que fuera que estuviera sintiendo el rubio por su causa no era para nada desagradable.
Su piel se erizó al sentir nuevamente un cálido gimoteo junto a su oído, un tono bajo y sedoso que le sorprendía que su amigo, tan estridente como era, pudiera emitir siquiera.
Aunque a decir verdad, su amigo había mostrado para él cientos de matices que jamás hubiera podido adivinar, y sólo en aquella hora y tantos minutos desde que había llegado. Su pena, su deseo, su miedo y su furia, su voz al borde del llanto y al borde del éxtasis. Conocía lo maleable de su cuerpo cuando se dejaba acariciar por él, o la tensión que se apoderaba de él cuando estaba en pleno clímax.
Repentinamente preso de una extraña avaricia, Wasabi anheló descubrir más de aquellas facetas que el rubio sólo podría revelar en aquel estado, sintiendo que cada secreto que descubría hacía un poco más suyo a Fred.
Con cuanto cuidado pudo, Wasabi tomó sus brazos y los separó de su cuello, obligando al rubio a recostar toda la parte superior de su cuerpo sobre las revueltas sábanas.
Sin detener sus movimientos, Wasabi se aferró a una de las piernas del chico, a la vez que se sostenía con su otro brazo junto a la rubia melena que se esparcía como sol líquido sobre la cama.
No pudo evitar sonreír al ver la expresión perdida en el ruborizado rostro del rubio, al igual que la ligera humedad que recubría sus hinchados y rojizos labios.
Gruñó por lo bajo al sentir el interior del rubio estrecharse a su alrededor, reclamando el que hubiera dejado de moverse. Acto seguido sonrió de forma burlona: oh, si su impaciente amante quería atención, él estaría más que encantado en brindársela.
Aunque molesto porque el moreno hubiera parado, Fred ciertamente estaba disfrutando de su presencia en su interior. Su calor, el estiramiento extra era simplemente delicioso y todo su cuerpo permanecía en un extraño estado de anhelante anticipación con sólo sentir a Wasabi rodearle y ser rodeado por él. En pocas palabras, su simple presencia era suficiente para predisponer su cuerpo a hacer lo que él quisiera.
Aunque no esperaba que Wasabi quisiera retirarse de su interior, dejándole una desoladora sensación de abandono. De hecho, llegados a ese punto, el que se fuera como lo hizo estuvo a punto de ser una ofensa.
Gimoteó ante la pérdida, dolido e ignorante de la sonrisa divertida que el moreno le dedicó. Acto seguido, Fred se vio obligado a soltar un sonoro frito de sorpresa cuando, sin previo aviso, fue jalado por las fuertes manos del moreno, causando que todo el cuarto girara por un momento, sólo para dejar de existir un segundo después, junto al resto del mundo, cuando nuevamente se sintió lleno por el mayor.
Y si todo aquello fue una exageración y el mundo aún existía, esperaba que ningún ama de llaves estuviera a menos de treinta metros de su habitación, o sin duda su grito habría causado un infarto a alguien.
Bajó su rostro ardiendo y nuevamente bañado en lágrimas de placer y dolor y miró al moreno con sus ojos brillando en un reproche oculto debajo de una capa de deseo. Cuando Wasabi le devolvió la mirada, divertido y con cierto aire de superioridad, Fred debió morder su de por sí hinchado labio inferior para no soltar el diccionario de insultos que le estaba dedicando… o lanzarse a morder su carnosa boca como tanto deseaba.
-¿Tú querías más?- murmuró con una voz baja y divertida que estremeció la piel del otro aun cuando no entendió lo que el moreno quería decirle-. Bien, toma de mi lo que desees.
Esta vez Fred estuvo a punto de atragantarse, en especial al ver los ojos cobrizos del otro fijos en él, expectantes de una forma que rozaba con el desafía. Él… él quería que…
Tampoco hizo mucho por calmar sus nervios o la pena de la que comenzaba a ser presa el que Wasabi se echara ligeramente hacia atrás, observándole como si esperara algo y a la vez analizara cada una de sus acciones.
Repentinamente cohibido, Fred apenas podía sostener la mirada de su acompañante. Si Wasabi pretendía que fuera él quien se moviera, pasarían toda la noche allí, volviendo cada vez más incómoda la situación, porque Fred no podría nunca actuar tan atrevido y exigente como hace unos momentos si no tenía a Wasabi allí para espantar su timidez con sus besos y caricias.
Y lejos de poder demostrarle su molestia o enojo por obligarle a pasar por aquella vergonzosa situación, estaba seguro de que en sus llorosos ojos sólo podía verse cuan vulnerable y necesitado de él se hallaba.
-D-Deyon- murmuró en un pedido implícito, removiéndose levemente al comenzar a sentirse adolorido.
Y aunque dichos sentimientos le hacían sentir patético, fueron, junto a su sincera súplica, lo que Wasabi necesitó para sentirse como un infeliz por someterlo a aquello y desear con todas sus fuerzas volver a tener al rubio entre sus brazos.
-Ven aquí- pidió por segunda vez en la noche, envolviendo al chico entre sus brazos y apoderándose en el acto de sus suaves labios, contacto que el otro respondió en el acto.
A pesar de ello, no se salvaría de su castigo por ser tan condenadamente sexy y tierno.
Le tomó por sus pálidos muslos y le alzó hasta casi salir de él, sólo para dejarlo caer, enterrándose por completo en su interior.
El gemido entrecortado que soltó el rubio con toda seguridad de habría oído en varios cuartos, y sólo pudo enterrar su rostro sonrojado en el cuello del moreno, sintiendo todo su cuerpo temblar por notorios espasmos.
Wasabi sonrió de medio lado, divertido y encantado con las reacciones apeadas del otro. Se acercó al rojizo oído que sobresalía entre las hebras doradas, sólo para recorrerlo con su lengua.
-Se me antoja que vuelvas a rogarme así, Frederick- susurró, y el aludido se tensó por culpa del seductor y ronco tono en su oído. Y estuvo a punto de derretirse por él… si sus palabras no acabaran de helarle la sangre.
-¿Q-Qué acabas de… ¡Ngha!
Pero no pudo acabar, pues una brusca embestida por parte del moreno le obligó a arquear la espalda por la sorpresa y gemir de placer a una vez. Y desde ese momento Wasabi ya no le dio tregua.
Se aferró a sus hombros con fuerza, jadeando al ritmo de las embestidas que le hacían rebotar sin parar sobre el regazo del otro, apenas siendo sostenido por sus fuertes manos. Estaba bastante seguro de que mañana sus muslos tendrían cinco atractivas marcas de dedos cada uno… y no podía importarle menos.
Pronto el sonido de sus pieles frotándose, sus suspiros y el susurro de sus embestidas llenó la habitación, aumentando sus niveles de excitación de forma considerable. Ni siquiera fue consciente cuando las manos del moreno dejaron de sostenerle y, llevado completamente por el deseo, flexionó sus piernas y fue él quien comenzó a marcar un ritmo rudo y rápido, tomando del moreno lo que deseaba mientras se aferraba a su cuerpo y descendía sobre su miembro en movimientos circulares que estaban volviendo loco al otro. Su miembro nuevamente sensible y erecto estaba preso entre sus vientres, lo que se traducía en una fricción casi imposible de soportar que le obligaba a gimotear de placer cada vez que subía y bajaba contra su firme torso, estremeciendo su cuerpo por la sobre estimulación.
Sin embargo había algo que le estaba frustrando al punto de fruncir el ceño y, vulnerable como estaba, estar a punto de echarse a llorar.
Por mucho que lo intentaba, por mucho que –para gran tortura de Wasabi- variara el ritmo, el ángulo y la velocidad de sus saltos, no podía hallar el ángulo exacto del lugar que con tanta facilidad Wasabi hallaba en cada intento. Su cuerpo vibraba sobre el moreno, ansioso al sentir la cercanía, sus nervios volviéndolo loco con sus constantes descargas, acumulando más y más tensión en su ser, haciendo que se arqueara y soltara bajos jadeos junto al oído del moreno, pero pese a todo no podía dar con aquel punto que le hacía sentir como si mil orgasmos le recorrieran la piel y, sabía, lo conduciría al fin fe la placentera agonía que estaba sintiendo.
Desesperado, al borde del llanto, buscó los jadeantes labios del moreno, cuya pesada y excitada respiración no ayudaba en nada a calmarlo, sino que le ponía incluso más ansioso.
Al igual que la ardiente mirada que el moreno le dedicó cuando, luego de separarse, volvió a rozar sus labios mientras hablaba, claramente no era el único a punto de volverse loco… y eso simplemente le encantaba.
-W-Wasabi… Deyon- le llamó suavemente, con un tono lloroso y necesitado. De inmediato las manos del otro le estrecharon más, enterrándose otro poco en él. Fred gimoteó al sentirse completamente lleno y balanceó sus caderas en círculos, otra vez buscando de forma infructuosa su punto. Lloriqueó sobre los labios ajenos, que de inmediato respondieron con una suave mordida al gesto. La mirada de Wasabi reflejaba deseo y necesidad, al igual que la de Fred cuando volvió a hablar-. Por favor… tú sabes dónde es… por favor…
Y aunque el mensaje era confuso, al parecer llegó correctamente a su amante, pues de la nada se halló otra vez sobre su espalda, con sus piernas separadas y flexionadas sobre los codos del moreno, y con éste dando de lleno en su próstata a un ritmo desquiciante y preciso que pronto le tuvo gimiendo como un animal en celo y con sendos surcos de lágrimas sobre sus mejillas, arqueado su cuerpo en un ofrecimiento involuntario y con espasmos agitando sus piernas.
Cuando el abuso a su próstata se volvió insoportable, Fred sólo pudo echar la cabeza hacia atrás y dejarse llevar, mientras Wasabi se dedicaba a prestar atenciones sobre sus labios, cuello y pezones.
Y cuando el rudo ritmo y los besos fueron demasiado para él, Fred se arqueó nuevamente, tenso como un arco a punto de disparar, y se abrazó al moreno con fuerza antes de que el orgasmo le golpeara como una ola que se llevaba con ella su raciocinio con entrecortados gemidos y suspiros con su nombre.
Y mientras su cuerpo se sentía como si miles de soles treparan por su piel y bailaran bajo ella, Wasabi continuaba empujándose en su interior a un ritmo tal vez demasiado brusco pero igualmente enloquecedor, llenándole incluso más que veces anteriores en cada embestida y extendiendo su orgasmo incluso más.
Arañó su espalda justo cuando sus dientes se aferraron a su hombro y, luego de tres fuertes embestidas que estuvieron a punto de hacerle perder la voz, sintió como su interior se llenaba de una cálida sustancia que sólo logró ponerle más sensible y que echara su cabeza con pesadez sobre la almohada.
Sintió a Wasabi reptar con movimientos torpes y suspiros temblorosos por su cuerpo, envolviéndolo lentamente en un cálido abrazo que respondió a duras penas. El gran cuerpo de su amigo le cubrió por completo, aparentemente tan escaso de fuerzas como el suyo, y aunque le era bastante más difícil respirar con ese peso extra, simplemente no podía imaginar una sensación más perfecta en el mundo.
Luego de un minuto o dos, cuando estuvo un poco recuperado y recobró el control de sus extremidades, lo primero que Fred hizo fue llevar sus brazos al cuerpo del moreno y aferrarse a su cintura, a la vez que enterraba su rostro en su cuello y aspiraba profundamente. Y cuando fue consciente de que lo que acababa de pasar no era un sueño o una fantasía, sino que realmente tenía entre sus brazos a la única persona que nunca había amado y que acababan de hacer el amor, simplemente no pudo hacer más que echarse a reír mientras pequeñas lágrimas brotaban de sus ojos.
-Sí estás aquí- susurró, casi como si fuera un milagro, y no pudo reprimirse de regar su cuello y uno de sus amplios hombros de suaves besos-. Realmente estamos aquí.
Con pesados movimientos, Wasabi logró erguirse lo suficiente para alcanzar el rostro del rubio y, sin siquiera pensarlo mucho, se dedicó a recolectar cada salada perla con sus labios.
-Y lo estaré por la mañana- prometió en un tono ligeramente adormilado, y luego con más seguridad:-. Y lo estaré tanto como me quieras aquí.
Wasabi se separó lo suficiente para ver a los ojos a su acompañante, y no pudo evitar reír levemente, encantado, al ver la sorpresa y la felicidad en sus ojos azules que parecían incluso más brillantes que los de un niño pequeño, a la vez que su rostro lentamente se tornaba de un atractivo color rojo.
Un segundo después, Wasabi trataba de entender cómo había hecho Fred para imponerse a sus cien kilos acostumbrados a recibir tacleos en rugby y acabar por sentarse en su regazo mientras regaba sus labios con cortos y enternecedores besos, apegándose por completo a él.
Sonriendo, se escapó con algo de trabajo de sus labios sólo para atacar su pálido cuello con los suyos, encargándose de marcar aquellos rincones que le faltaran. Fred rio, dando pequeños saltitos por unas cosquillas que al parecer apenas ahora recordaba, y él soportó el peso de su cuerpo en uno de sus brazos mientras colocaba la mano del otro sobre la espalda del otro y le aproximaba a él, sintiendo la deliciosa curva de su espalda bajo su mano mientras sus pieles entraban en contacto y los espasmos del rubio continuaban en lo que él se encargaba de susurrar alguna dulce tontada en su sensible oído.
Aunque pronto la cercanía obró lo suyo en su joven cuerpo, y Fred abrió los ojos de par en par antes de apararse por unos centímetros para verle con una expresión estupefacta y al borde del pánico.
Wasabi sólo pudo sonreír con un gesto divertido antes de, en un rápido movimiento, volver a dar vuelta el tablero y colocar al rubio debajo de él, mientras una de sus manos se mantenía a centímetros de la dorada cabellera y la otra ascendía por uno de sus muslos con una concienzuda lentitud.
-Claro que estamos aquí- comenzó, repitiendo las palabras del otro, que lo miró con un dejo de extrañez en la alarma de sus ojos-. Y lo estaremos por un buen rato. Aún hay muchas cosas que quiero hacer con tu lindo traserito de blanco.
Fred tragó saliva, sintiendo como su respiración comenzaba a fallarle. Aún le quedaban varias facetas de su amante que descubrir por sí mismo aquella noche.
Sonrió mientras alejaba un par de cabellos rubios de su rostro, y estuvo a punto de echarse a reír cuando Fred refunfuñó algo inteligible mientras fruncía el ceño. De estar despierto, hace ya tiempo que le habría pedido amablemente que se fuera a la mierda de una vez.
Pero como estaba dormido y parecía completamente reticente a volver al mundo de los vivos, Wasabi llevaba casi una hora embobado molestándolo, acariciando su cabello y dejando besos furtivos por sus mejillas, labios y manos. No podía culparlo, era una maravilla que él siguiera en pie después de la tercera ronda.
Alzó su mano, dispuesto a volver a pellizcarle las mejillas, pero justo en el instante en que su mano se posó en el rostro del rubio éste se giró y, casi como si fuera consciente de con quién estaba, dejo algo que parecía un beso en el dorso de su mano, dejando a Wasabi de piedra en el acto.
Un segundo después una sonrisa más seria estaba en sus labios y, conmovido por el gesto y la expresión relajada en su rostro, decidió dejarle descansar finalmente y acariciar con movimientos más delicados su piel, recorriendo con la mirada su rostro en la penumbra imperfecta en la que se había sumido la habitación en algún momento de la noche, sólo cortada por una lámpara de color amarillento que estaba en la mesa de noche junto a la cama.
Se encontró redescubriendo por tercera vez la suavidad de la piel del rostro del rubio con las yemas de sus dedos y sus labios, al igual que el dulce olor de sus cabellos dorados, una sutil mezcla de menta con algún aroma ligeramente frutal, y la delicadeza de sus rasgos, que rara vez podía notar cuando él estaba despierto. Sus largas pestañas, que describían abundante abanico sobre sus pómulos, la delicada curva de sus cejas, el seductor perfil de su mentón y, para completar una belleza sutil y arrebatadora, una boca roja y en forma de corazón, pequeña pero con el labio inferior ligeramente más relleno que el superior, más hinchada y rojiza de lo normal, que resaltaba en el tono más pálido del resto de su rostro, salvo en los pómulos, que por algún motivo seguían ruborizados.
Dejó descansar su cabeza en su puño cerrado, su cuerpo inclinado hacia el del rubio. Su cuerpo desnudo sólo era cubierto por las sábanas revueltas y desparejas, y más de una vez estuvo a punto de volver a retirarlas para redescubrir el cuerpo de su acompañante, para explorar lunares ocultos o simplemente para volver a contar las marcas que había dejado en sus muslos, cuello, espalda y vientre… pero se había detenido, no tanto por la decencia, sino por la ternura que le daba ver a Fred abrazarse a ellas como un niño pequeño mientras murmuraba cosas en sueños y fruncía el ceño.
Así que en lugar de cometer vilezas como tanto ansiaba, Wasabi se dedicó a ver a su niño, a descubrir una belleza que jamás creyó apreciar, la de otro hombre, y a la vez a preguntarse por qué no la había notado en su plenitud antes.
De hecho ¿Realmente había estado a punto de perderse todo eso?
Fred era hermoso en cualquier otra faceta que no fuera la de pordiosero abandonado que siempre mostraba al mundo, y Wasabi sospechaba que, de haberlas conocido antes, él se hubiera enamorado mucho antes de su amigo y tal vez ni siquiera fuera Fred de los dos quien se hubiera confesado.
Wasabi se tomó unos segundos, sólo para esbozar una sonrisa derrotada y negar lentamente, rodeando al rubio con un brazo, pegando su pequeña espalda a su pecho.
Claro, como si en realidad no hubiera caído hace años sin saberlo por aquel payaso alocado y revoltoso que siempre estaba dispuesto a hablarle de cómics cuando él más necesitaba concentrarse, que le pedía experimentos imposibles y de lo más bizarros y que cada día se dedicaba, de alguna forma, a llenar de caos su ordenada vida… hasta que logró ponerla completamente de cabeza por él sin siquiera sospecharlo. Dejó un beso en su sien, y Fred sonrió en sueños.
En la oscuridad imperfecta del lugar, Wasabi también lo hizo, y con aquel pequeño monstruo entre sus brazos sólo pudo pensar en lo bien que hacía un poco de caos en la vida.
Bien, espero que les haya gustado y no les haya parecido tan desastroso como me lo parece a mi ahora mismo jejeje.
No creo que necesite comentar algo, salvo tal vez el nombre de Wasabi. Me lo saqué de la manga, la verdad por donde busqué no encontré su verdadero nombre, y Deyon me gustó, había hecho toda una investigación del nombre para ustedes, pero sabrá Dios dónde quedaron esos papeles... yo soy más Fred que Wasabi, de eso no quedan dudas.
Bueno, admito que nadie ve a Wasabi como un acosador al nivel de este cap... pero después de lidiar con el seguimiento de Tadashi, creí que el de Wasabi no sería tan malo (?. Es casi lo mismo, sólo que Tadashi tiene mejores medios, je.
Si tuviera que decir cuáles fueron las escenas que más me gustó escribir de aquí, admito que la discusión entre un Fred indignado y un Wasabi celoso es mi orgullo, pero también me gustó mucho el final, esa imagen de Wasabi velando por el sueño de Fred es una de las cosas más tiernas que nunca me pasarán en la vida :'D Así que vale la pena ponerla aquí.
Pero la que más me reí? Sí, santa máscara de Megazord, no podía morir sin usarla al menos una vez.
Y por último, el tema que dio lugar al avance tanto para el Hidashi como el Wafred: claro que nuestros muchachos sabrán que Fred y Hiro no tienen nada, en el fondo siempre lo supieron. Este tiro sirvió como un disparador justamente, aunque también me ayudó a mostrar una de las relaciones que siempre creí podían ser de las más hermosas, la de Fred y Hiro como amigos, realmente disfruté mucho escribiendo sus charlas y juegos, y espero poder volver a meterlas en algún lado, al igual que a la parejita que protagonizó hoy la historia. ¡El Wafred merece más relevancia, señores!
Sin más que acotar, me despido hasta nuevo aviso.
Felices vacaciones, Mangetsu Youkai!
