Sé que ha pasado un tiempo, pero espero que puedan disculpar la desaparición... fue un último año de universidad muy loco jejeje.

Pero esto no está abandonado, ya lo saben.

Así que nos vemos abajo, mis Grandes Héroes~.


Mes de Cuarentena VI – Pecador


La cuesta empinada de la ladera era ardua de subir, pero el viento que ascendía en su dirección, cálido y cargado con el aroma del océano y la tierra mojada, era una ayuda que había aliviado sus músculos tanto como la temperatura de su cuerpo. El calor que aseguraba que en algún punto cercano de la isla estaba lloviendo, a él sólo le hacía preguntarse por qué estaba realizando aquella excusión nocturna en lugar de estar, con el resto, viendo alguna película bajo el amado aire acondicionado de Fred.

El simple hecho de que prefiriera salir a caminar por las montañas sabiendo que podía llover allí en cualquier momento le hubiera valido un serio cuestionamiento a su sentido de supervivencia, pero su cuerpo se había acostumbrado tanto a aquellas caminatas que, apenas el sol comenzó a caer, sus piernas reclamaron que se pusiera en movimiento, y la lluvia, que ya había pasado por allí durante el día anterior, parecía alejarse en dirección a Maui, por lo que había pocas posibilidades de correr un riesgo real.

La mención de la isla cercana le recordó de golpe el porqué de sus frecuentes paseos, y de repente el camino y el cielo regado de estrellas pasaron a un segundo plano.

Durante los últimos tres días, exactamente la cantidad de días desde su tarde en Maui, todas las noches había dedicado dos horas a recorrer el mismo camino por las montañas, y aunque el primer día prácticamente se desmayó al regresar a la mansión por olvidar sus botas especiales, el segundo día ya tenía un mejor ritmo. Incluso Baymax, que desde entonces había salido por fin de su cargador, señaló que estaba perdiendo una buena cantidad de lípidos que, al parecer, había ganado con todas las bebidas y comida chatarra que había consumido desde que llegaran a la isla. Hiro, muy amablemente, le había señalado que iba a volverse un nerd rodante de nuevo si no se controlaba en las comidas, y se había ganado un golpe por dar su opinión cuando nadie se la pedía.

De cierta forma, era un consuelo el que no perdieran las pullas habituales luego de la noche de la fiesta: los pequeños golpes, las peleas y las bromas seguían siendo moneda corriente entre ellos, y Tadashi desechó la duda que había albergado desde aquella primera mañana juntos.

Pero lo que sí había cambiado era lo otro, los momentos a solas en la habitación, las miradas que intercambiaban en la playa, cuando alguno descubría una marca nueva en la piel del otro que, aunque no era evidente a los demás, se instalaba entre ellos casi con peso físico. Porque quería decir que uno de los dos había estado a punto de perder el control, que alguno, o que ambos, necesitaba al otro lo suficiente y tan desesperadamente como para casi olvidar las consecuencias que habría si los chicos las veían.

Tadashi lo sabía, lo sentía: mantenerse lejos de Hiro era un desafío con el que tenía que luchar a toda hora, y uno en el que fallaba con frecuencia cuando, en algún momento de la tarde, en algún rincón de la mansión, se encontraba a solas con el chico y no podía mantener sus manos quietas, ni tampoco alejar las de su hermano. Cuando el primer jadeo brotaba de sus labios, significaba su perdición, y también que tenían que ir a su habitación a toda velocidad antes de que alguien los descubriera.

Desde luego, no había podido mantenerse lejos de él, pero había mantenido su postura de no volver a hacerle el amor hasta que estuviera listo. Baymax, a quien debieron programar para que no soltara ciertos detalles, había dejado claro que Hiro no estaba muy lastimado, pero que forzar su cuerpo antes de tiempo no era prudente. Pese a las quejas e insistencia del chico la primera noche, ambos decidieron mantener sus encuentros en besos y caricias que se detenían cuando alguno estaba en el límite. Tadashi francamente estaba sorprendido de no haberse ganado un resfrío con todas las duchas de agua helada que había tomado en esos días.

En cambio, había decidido tomar aquellas largas caminatas todas las noches, exactamente a la hora en que Hiro solía tomar su ducha, cuando era más difícil mantener sus manos lejos de la piel desnuda y el aroma a jabón. Lo peor de todo era que, aun cuando había reclamado algunas veces la primera noche, Hiro ni siquiera había intentado volver a provocarlo, era siempre él quien lo besaba primero, quien lo acorralaba y quien, como bien merecido tenía por bastardo, debía detenerse.

Su cuerpo protestaba y Tadashi se maldecía. Incluso, como una especie de castigo divino, los mismos sueños que los habían puesto en aquella situación en primer lugar ahora lo asolaban con frecuencia por la noche. Pero no importaba cuánto lo deseara, no iría más lejos mientras no fuera seguro: sólo había algo peor a anhelar el cuerpo de su hermano de aquella forma casi torturante, y eso era el volver a lastimarlo.

Hiro ya había sufrido mucho por su culpa, en todas las formas posibles. Había sobrepasado el límite mucho antes, la noche en que su hermano lo encontró borracho al volver de la casa de Fred, y aunque se había prometido nunca más cometer una aberración como aquella, lo olvidó por completo cuando aquel dj entró en escena y sus celos de borracho hicieron nuevamente de las suyas.

El día en que conocieron al chico había sido con certeza el más largo de su vida: para empezar, Hiro había desaparecido sin dar explicaciones y no lo encontraba por ningún lado, con lo que había comenzado con el pie izquierdo. Desde luego no se había preocupado demasiado al comienzo, suponía que estaba recorriendo la mansión o los alrededores, pero eso había cambiado cuando, al bajar a desayunar, nadie había estado con él o lo había visto en todo el día. Entonces, alerta y obsesivo como todo hermano mayor sobreprotector, Tadashi se dirigió disimuladamente a la cocina y chequeó en su celular la señal de su hermano.

El grito que soltó al saber que estaba caminando solo por unas montañas que ninguno conocía fue lo suficientemente alto como para que Wasabi hiciera volar por los aires el desayuno que llevaba en charola, y sin pensarlo mucho se lanzó a buscarlo. Los chicos apenas pudieron detenerlo lo suficiente para que se pusieran un calzado más adecuado antes de seguirlo a toda velocidad por los caminos, sin saber muy bien qué ocurría, pero confiando en que su alarmado estado no podía ser por algo bueno.

Sin embargo, ninguna de las alocadas ideas que se ocurrieron mientras ascendían podría compararse a la sorpresa que se llevó cuando llegó a su hermano y lo encontró charlando tranquilamente con un joven semidesnudo y empapado de pies a cabeza. En ese instante, todas las plegarias que exageradamente había elevado para que se encontrara bien y los abrazos que deseaba darle se transformaron, sin que pudiera refrenarse, y el grito que soltó como un reclamo dejó en claro su indignación ¿No llevaban allí ni veinticuatro horas y se escapaba para encontrarse con... con...? ¿Y quién diablos era ese?

En ese momento fue vagamente consciente de la clase de posesividad tóxica que sentía por su hermano, y aunque trató de reprimirse o disculparse en cuanto notó lo que había dicho y cómo lo había dicho, la forma en que su hermano le hizo frente, con su expresión segura y despectiva que sólo le hacía sentir más idiota, fue suficiente para que un nervio saltara dentro de él.

No sabía lo que podría haber dicho o hecho en ese momento si Fred no hubiera interrumpido, pero dudaba mucho que el tal Dakota los hubiera aceptado tan tranquilamente en su fiesta.

Sin embargo, el día sólo le deparaba sorpresa tras sorpresa: primero Hiro tan entusiasmado y comiéndose a ese sujeto con los ojos le ponía los pelos de punta, dejándose tocar y hablar tan naturalmente como si se conocieran de toda la vida. Y luego Gogo, que esgrimiendo su lengua como si fuera una espada de doble filo, sacaba a la luz la pregunta que, como un idiota, jamás había pensado en toda su magnitud: ¿Hiro era gay?

Bien, Hiro era gay, y aunque en el momento lo único en lo que pensó al ver el claro desafío en sus ojos al decirlo ante él, fue en arrastrarlo a la mansión, encerrarlos en la habitación y saldar cuentas por el resto del día -no estaba seguro de la naturaleza del saldo-, no pudo evitar paralizarse al caer por completo en lo dicho. En ningún momento, pese a todas las ideas locas que le habían atormentado aquella semana, había pensado en que Hiro podía estar atravesando una situación como descubrirse a sí mismo en soledad, y de repente, al verlo tan feliz con la aceptación de sus amigos, supo por primera vez que había vuelto a fallar en ser su apoyo, y que lo había lastimado más de lo que podría imaginar. Como si ya lo que había hecho en aquellas semanas fuera algo a la ligera.

Pero a medida que volvían y notaba la alegría y el entusiasmo que paulatinamente se apoderaba de su hermano, Tadashi se descubrió presa de un sentimiento agridulce. Hiro parecía más radiante que nunca, como si hubiera esperado por aquella aceptación en secreto todo ese tiempo, una aceptación que en parte le había reclamado y Tadashi había negado ¿Cómo habrían sido las cosas si Tadashi se hubiera limitado, al menos, a plantearle aquella perspectiva?, ¿Si hubiera hablado con él desde el comienzo en lugar de negarlo a cada instante y en todo sentido?

Había perdido la oportunidad, pero se consolaba en la creencia de que, si Hiro aceptaba que no era él, sino otros hombres los que le gustaban, tal vez las cosas no fueran tan oscuras en el futuro.

Pero sólo necesitó entrar a aquella fiesta y ver cómo varios ojos de chicos y chicas seguían a su hermano para saber algo que en su momento lo horrorizó lo suficiente para empujarlo a beber alcohol y tratar de olvidarlo: tal vez a Hiro no le interesara sólo él, pero Tadashi definitivamente no podría hacer frente a que alguien más tocara a su hermano.

Trató de ignorarlo, se mantuvo tomando a sorbos y tratando de calmarse, pensar en otra cosa, hablar con una chica, lo que fuera, y casi lo estaba logrando cuando aquella voz que había oído esa misma mañana y estaba seguro de odiar ya para toda la vida, cortó el ritmo de la música para dirigirse a Hiro.

Su Hiro.

Se apresuró a localizarlo, y para su horror lo encontró devolviendo el saludo a aquel niñato imbécil. En ese momento apresuró el trago que tenía en mano y se lanzó en su dirección, pero al ver cómo las chicas se movían, cambió de opinión. Se escondió en uno de los recovecos entre las paredes del edificio, adivinando el recorrido de sus amigas, y lo atrapó cuando pasó frente a él. Por algún motivo, el que se resistiera le enterneció en parte, y fuera lo que fuera que iba a hacer, de repente prefirió acercarlo a él en lo que, en ese momento, le pareció un gesto protector.

-¿Quién se cree para hablar así de a mi hermano? -había dicho, posesivo, y el estremecimiento del otro contra su pecho le sacó una sonrisa enternecida.

Y de repente, por algún motivo, se encontró embelesado por el chico: su enojo y su resignación porque hubiera bebido, la forma en que reía por sus bromas de borracho, y cuando lo pegó a él y le sintió estremecerse con su toque, moverse al ritmo que le marcaba, Tadashi sintió que ese era su lugar en el mundo: Hiro, su piel, su cuerpo.

Trató de burlarse de él al preguntarle si estaba celoso, y aunque sabía que estaban pasándose de la raya al pegarlo más y tocarlo como lo hacía, la forma en que Hiro respondió a él, sensible y sorprendiéndose bajo sus manos y besos, no hizo más que fascinarle. Quería descubrir más de esa piel, y lo hubiera hecho si el menor no se le hubiera escurrido con la excusa de los baños.

Y aunque recordaba que lo había esperado por unos momento, que no sabía si eran minutos u horas, como un perrito abandonado no tardó en buscarlo, con la imagen de las miradas coquetas que le dirigían las demás personas molestando en su mente.

Pero cuando lo encontró, se quedó de piedra, pegado a la pared y escuchando atentamente la conversación con aquel isleño. En ese momento, aún a pesar de sus celos, había reído por dentro de los nervios del niño al proponerle a su hermano el irse con él, y estaba seguro de que Hiro se negaría, de que lo elegiría por encima de cualquiera…

-Me encantaría, Dake –o eso había creído. Su alma cayó al suelo ante aquellas palabras.

De repente el mundo se volvió un lugar extraño, un lugar donde Hiro se olvidaba de él completamente sin un solo temor, sin remordimiento, como si no hubiera despertado en su ser aquellos sentimientos enfermizos que ya le eran imposibles de ignorar y cada vez le volvían una persona a la que temía más y más.

Una persona que podría haber hecho cualquier cosa... pero tenía el corazón roto en ese momento, y herido como estaba se alejó, aceptando con un último vestigio de consciencia que en realidad aquello era lo mejor para ambos, en especial para Hiro.

Y entonces hizo lo que mejor parecía en ese momento: bebió, bebió mucho. Él se ponía alegre con nada de alcohol, y era una cantidad ridículamente baja la que hacía falta para que perdiera la noción de todo a su alrededor. En algún momento la completó, y se perdió por completo.

Recordaba vagamente haber sido cargado y acompañado hasta los bungalows, recordaba a alguien lo dejarlo en la cama, aunque no tenía idea de quién pudiera ser en verdad, y tampoco le importaba. Pero cuando oyó la ducha comenzó a volver en sí mismo, aun cuando permanecía confundido. Hiro entró en la habitación con calma, desconcertándolo por un segundo: no tenía idea de dónde venía, pero no llevaba la misma ropa que usaba en la fiesta. Trató de hacer memoria, los fragmentos de noche se le escapaban entre bruma espesa.

Sin embargo, el recuerdo de la charla entre su hermano y el dj seguía allí e, invadido por los celos, se encargó de interceptarlo. Para él, Hiro llegaba de pasar la noche con un sujeto que no conocía, en ningún momento sospechó que lo había rechazado.

Y cuando la imagen mental de ese sujeto tocando a su hermano, combinada con sus inocentes palabras, llegó a su mente, Tadashi simplemente no pudo detenerse: necesitaba marcar a Hiro como suyo, necesitaba borrar el recuerdo de cualquier otro hombre de su mente y su cuerpo.

Lo siguiente que supo es que la sensación de la piel de su hermano, su olor y sus palabras se volvieron cada vez más lejanas, antes de que todo se quedara en negro cuando se desmayó. Un segundo después, descubrió que eran las dos de la tarde, que estaban aún en el bungalow y que había bebido lo suficiente para no recordar casi nada de la noche anterior, o no al menos de la segunda mitad.

Por algún motivo la actitud distante de Hiro al despertar, sin bromas por su estado deplorable o la hora, llamó su atención. Mientras bebía agua trataba de recordar algo, lo que fuera, que tuviera a su hermano de tan mal humor.

Pero antes de lograrlo vio la marca. La oscura marca en la piel apenas bronceada, y la conversación de su hermano y el otro chico volviendo a él como si fuera una pesadilla. Y recordó, pero recordó sólo en parte, lo necesario para molestarse y cagarla... cagarla mucho.

Fue cruel, le gustaba, había una parte en su interior que se regodeaba en mostrarle a Hiro que los sentimientos que decía sentir por él eran débiles, eran mentira. La otra parte, la herida por saber aquello y por tratarlo así, a esa trató de acallarla.

Pero aunque sabía que se estaba comportando como un bastardo, aún tuvo el descaro de sorprenderse cuando Hiro se fue, enfurecido, dándole el ultimátum de que quien le había dejado la infame marca era él.

Sólo unas horas después supo lo que había hecho, recordando de repente los drones que nunca habían dejado de seguir a Hiro por todos lados, y entre negación, miedo y horror, se dedicó a ver qué demonios había pasado la noche anterior.

Él mismo se sintió enfermo al descubrir su alivio cuando comprobó que Hiro no había aceptado irse con el dj, pero su alivio duró solo hasta que las cámaras llegaron al bungalow. Entonces lo vio: la forma en que acorraló a su hermano, su enojo, su posesividad. Se vio alzándolo contra la pared como un bruto sólo por las respuestas inocentes del otro, y también vio la cautela con la que Hiro trató de calmarlo cuando reconoció que estaba borracho, y le dolió. Le dolió la naturalidad de eso, como si estuviera acostumbrado, como si fuera una vez más.

Y luego su dolor, la forma tan sincera y herida con que aceptaba que hiciera aquello, el ¿Esto será así cada vez que te pongas celoso o te emborraches? Que le arrancó alguna lágrima de rabia. Una rabia que, para su horror, se transformó en alegría cuando oyó a Hiro aceptar que era suyo, a pesar de todo, a pesar de ambos, sólo suyo. Fue probablemente el momento en que los sentimientos de su hermano le parecieron más evidentes, más irrebatibles, tan reales que eran casi físicos, y se sintió conmovido en medio de su vergüenza. Poco a poco los recuerdos comenzaron a sumarse a las imágenes que lo golpeaban en el video, y recordó cuán herido y entregado parecía Hiro.

Y vio y recordó más: se vio besándolo, lleno de deseo e ira, y vio a Hiro respondiendo con infinita ternura, con deseo, con desesperación casi tanto como él. Un beso, un sollozo, la cama, un gemido. Su cuerpo sobre el otro, la piel de Hiro bajo su mano, su boca en su cuello y la espalda arqueándose en un ofrecimiento. Hiro gimió su nombre cuando lo tocó, se estremeció bajo él, y Tadashi descubrió, horrorizado, que lejos de vergüenza o asco, incluso en ese momento lo embargaba la excitación, culpable, sí, pero innegable.

Y justo cuando se debatía entre seguir viendo o alejarse a vomitar, ahí estaba, desmayado, dormido como un costal de papas sobre su hermano que al fin había cedido para él.

Bien, sí que sabía hacer un espectáculo cuando estaba borracho.

Pero pese a lo divertido, el horror de lo que había hecho, de lo que había estado a punto de hacer, lo mantuvo encerrado más horas de lo que había esperado. Si tan solo se hubiera desmayado antes... no, eso sólo haría aquello peor. Si hubieran llegado al final, tal vez, el horror sería suficiente o el deseo ya saciado haría que recapacitaran...

No supo en qué momento lo pensó en serio. Lo tomó como un mal chiste incluso cuando subió a la lancha para volver a la isla, pero en algún momento la idea dejó de parecerle tan hilarante. Y desde luego se horrorizó, se horrorizó cada vez que lo pensó, cada vez que el recuerdo de los gemidos de Hiro o de su cuerpo entregándose a él removió un nervio entusiasmado en su interior, mientras se duchaba en los baños de la planta baja de la mansión.

Pero entonces lo vio, tendido sobre las sábanas junto a él. Supo desde el primer segundo que estaba despierto, pero no le importó, se aprovechó de su mansedumbre para acariciarlo con dulzura, un gesto raro aún entre hermanos, y descubrió que aquella era la manera en que quería tocarlo, no sólo deseo, no sólo sexo o celos.

-Quiero hacerte el amor, Hiro.

La expresión salió sola, trató de restarle importancia o significado después, pero estuvo a punto de volver a herir a su hermano y decidió que lo mejor era poner distancia, como ya había sopesado una vez.

Y entonces su abrazo, sus ojos suplicantes, su entrega de nuevo, asustado, pequeño aun llegándole a los hombros, suyo en cuerpo y alma. Así lo sintió, y también él fue de Hiro en cuerpo y alma. Supo que se equivocó en la disco, el cuerpo de Hiro no era su lugar en la tierra, tampoco su piel, con lo mucho que amaba besarla, sino que era Hiro, Hiro en todo sentido, en risa, en llanto, en cada estremecimiento de placer o dolor.

Para su buena suerte descubrió que los de placer eran más comunes para el chico, y desde ese día, aún con lo que sufría, se había encargado de sacarle varios por día. Pero era cada vez más difícil resistirse a él, al cuerpo, a los jadeos, a la mirada risueña que le dedicaba entre besos y a la ternura de sus caricias.

Tadashi sonrió, y siguió caminando, aferrado a su mochila. La noche era cálida y la tormenta se alejaba cada vez más, aún cuando el viento seguía agitando sus cabellos. De repente, tuvo una sensación de dejá vù: estaba seguro de que no había subido por esos caminos las noches anteriores, pero aquel camino, la inclinación, la vista se le hacían especialmente familiares, aún cuando no recordaba alguna vez que hubiera paseado por allí.

Al menos, hasta que encontró la entrada a la selva, y el lejano sonido del agua le recordó de golpe. Sí, había estado allí, mucho más irritado y preocupado que en ese momento.

No supo por qué lo hizo, en definitiva, era peligroso internarse en la selva en el día, aún más en la noche. Pero Tadashi, por una vez, no prestó atención a su instinto y caminó de nuevo hacia el interior fresco de la selva, siguiendo el burbujeante sonido del agua, de aquellos estanques que había visto algunos días atrás.

Pero a medida que caminaba, otro sonido se sumaba al fluir del agua. El inconfundible sonido de un suave chapoteo, como si alguien estuviera nadando al otro lado de aquellas grandes hojas de palma. Una parte de él se debatió entre continuar o no, pero el sonido de una voz familiar desvaneció todas sus dudas, a la vez que lo embargaba una profunda sorpresa.

Cuando sus ojos dieron de lleno en la brillante piel desnuda de su espalda, Tadashi sintió su corazón dar un vuelco.

-¿Hiro? -el nombre le salió solo, cargado de sorpresa y casi en un jadeo. El cabello oscuro caía sobre la fina nuca. Los músculos trabajados, fuertes pero flexibles, se movían delicadamente mientras nadaba en el agua cristalina y fresca.

Giró el rostro en cuanto oyó su nombre, y la sorpresa se reflejó en sus ojos, casi tan evidente como en los suyos. Se quedó quieto en medio del estanque, con los rayos de luna cayendo sobre él e iluminando el agua como si tuviera luz propia.

-¿Tadashi? -su voz estaba tan cargada por sorpresa como la suya -¿Qué haces aquí?

-E-Estaba paseando… -respondió escuetamente, casi en automático. Sabía que debería concentrarse en su conversación, o en saber qué hacía el chico allí, pero sus ojos no dejaban de ir y venir sobre la piel del menor: la piel brillante, los labios rojos, los pezones rosados sobre los pectorales apenas marcados. Tragó saliva, alzando su mirada -¿Qué haces tú aquí?

Hiro se encogió de hombros. Se acercó a la orilla con calma, sin apartar su mirada de él.

-Estaba aburriéndome, hacía calor y los chicos están en su cuarta maratón de películas de terror -comentó, con una sonrisita traviesa. Tadashi asintió; como él, su hermano podía pasar horas y horas viendo series, pero sólo cuando estaba de humor para ello. De lo contrario, solía ser bastante activo, o salir en pequeños paseos, como aquel, para divertirse. Y a juzgar por la manera en que el agua caía a gotas de su cabello, claramente se estaba divirtiendo -¿Vas a entrar?

Le sonrió, y Tadashi debió reprimir un estremecimiento. Necesitaba mantenerse en calma para no cometer una idiotez, pero no era nada fácil cuando su cuerpo parecía responder solo, emocionado por los recuerdos que llenaban su mente momentos antes.

-No traje bañador -fue lo único que se le ocurrió, y se maldijo en el acto al oír la risa del chico. Sí, sabía que era un tonto, no necesitaba que su hermano fuera tan evidente.

-¿Qué eres? ¿Una niña? -preguntó, divertido, mientras se alejaba nadando, dándole la espalda-. Vamos, eso no es necesario.

Y Tadashi tuvo una espléndida vista de su piel desnuda… de toda su piel desnuda.

Deberían hablar seriamente de la tendencia al nudismo de su hermano.

Pero mientras sus ojos se perdían en la forma en que el agua recorría la piel de sus muslos y glúteos, firmes y brillantes, sin ninguna restricción, Tadashi solo podía pensar en cuanto desearía estar ahí, tocándolo de igual manera.

Ni siquiera notó en qué momento se dirigió a la orilla más cercana a la vertiente para dejar su mochila, ni cuando comenzó a sacarse la ropa, o cuándo el agua rodeó sus caderas desnudas. De lo único que era consciente era que necesitaba tocarlo, abrazarlo y besarlo hasta que una vez más no supiera cuál era el límite entre sus cuerpos.

Hiro rio cuando lo abrazó con firmeza, pataleó y le lanzó agua. Tadashi supo que estaba feliz, que creía que estaban jugando, y de alguna manera el sonido de su risa hizo que su cuerpo vibrara de emoción. Le gustaba su risa, le gustaba la sensación de Hiro retorciéndose contra él, de su piel desnuda contra la suya bajo el agua.

Pero cuando besó su nuca húmeda, Hiro se quedó quieto por un instante, sorprendido, y el cambio en el ambiente fue claro.

Tadashi sonrió sobre su piel cuando el chico dirigió su mirada a él, tímida, evaluadora. Era claro que no sabía cómo leer la situación.

Llevó una de sus manos bajo el agua, recorriendo la piel desnuda entre sus muslos.

-Vas a volverme loco -susurró, sobre el espacio en su nuca donde el abundante cabello negro nacía. Hiro tragó saliva, sin saber cómo reaccionar, pero por la forma en que sus dedos se deslizaron lentamente sobre su mano escurridiza, sabía que no estaba completamente indiferente.

-¿Tadashi? -murmuró, apartándose, y el aludido sonrió mientras lo seguía con la mirada el metro de distancia que puso entre ellos. Bajo la luz de la luna que se colaba por la copa de los árboles, el rubor en sus mejillas era imposible de ignorar, y aunque no sabía qué estaría pensando, era claro que no estaba rechazándolo.

Se acercó un poco, y el estremecimiento de su hermano fue claro para él. Pronto supo a qué se debía la mirada esquiva o la forma en que se sumergía un poco en el agua cuando sus ojos lo buscaban. Y Tadashi sonrió, porque no era la primera vez que veía a su hermano tímido, y sabía muy bien cómo desinhibirlo.

-Ven aquí -susurró, tomando con delicadeza una mano que flotaba cerca de él. Hiro no se resistió y se dejó arrastrar hasta sus brazos de nuevo, sumiso, tímido y claramente intrigado por sus toques y la sonrisa coqueta que le regalaba. Su mirada buscó la suya, y Tadashi se regodeó al ver el brillo emocionado en sus ojos castaños.

-¿Aquí? -murmuró, dudoso, y Tadashi estuvo tentado a echarse a reír.

-¿Qué tiene de malo aquí? -preguntó, divertido, mientras bajaba a besar su cuello-. Sólo quiero besarte, ¿Cuál es el problema con este lugar?

Claro, sabía que Hiro no era tonto, y Tadashi se echó a reír cuando le dio un golpe en el hombro. Aunque, bueno, no era mentira que quería besarlo, pero definitivamente quería hacerle mucho más que eso.

Llevó sus labios hasta la boca rojiza del chico, y la manera en que su cuerpo se estremeció ante su contacto le hizo sonreír con autosuficiencia. No era un fanfarrón, pero saber que sus besos eran suficiente para hacer estremecer a su hermano era algo que le sacaba siempre una sonrisa. Igual que la manera en que sus brazos se aferraron a sus hombros, buscando más contacto, más cercanía.

Pronto la cuestión del lugar pasó a segundo plano, y lo más importante fueron las bocas juntas, los cuerpos desnudos y la necesidad, cada vez mayor en aquellos días, de unirse por completo. Se habían besado, mucho, y aunque era cada vez más difícil detenerse, Tadashi había luchado por no llevar sus manos debajo de sus caderas, porque sabía que no podría detenerse.

Por eso supo tan bien a qué se debía el ahogado jadeo de sorpresa cuando lo tomó por los mullidos glúteos y lo alzó, obligándolo a abrazar sus caderas con sus piernas. Hiro se alejó un poco, y Tadashi descendió hasta su cuello, ansioso.

-Espera -murmuró, mientras tomaba sus hombros y trataba de alejarlo -, por fin se borró, sin…

-Sin marcas, lo sé, lo sé -gruñó, ligeramente irritado, pero sonrió al oír la risa de su hermano al notar su molestia -. Si que sabes arruinar el ambiente.

Pero entonces, para su sorpresa, las manos en sus hombros se alzaron hasta su mentón, y Hiro echó hacia atrás su rostro. Tadashi jadeó cuando los blancos dientes se aferraron a su labio inferior, antes de introducir su lengua en su boca.

Cuando se alejó, había un brillo nuevo en sus ojos, y Tadashi sintió su miembro dar un brinco en respuesta. Para su mala suerte, no fue el único en sentirlo.

-Pues me parece que el ambiente está muy bien aquí -rio, y Tadashi jadeó al sentir las caderas ajenas removerse contra él.

No pudo soportarlo más. Lo había extrañado demasiado esos días, y necesitaba con todo su cuerpo y alma de Hiro. Estrechó su abrazo y subió en búsqueda de sus labios rojizos, gruñendo de satisfacción contra la boca ajena.

El chico soltó un jadeo sorprendido cuando, sin permitirle separarse, avanzó a tropezones por el estanque, hasta que dio contra una de las paredes rocosas. Sintió como las fuertes manos lo recostaban sobre una roca lisa en el suelo, cálida por los rayos de sol que la habían tocado durante el día, y rio al sentir las manos ansiosas sobre su cuerpo, recorriendo cada centímetro de su piel como si quisiera memorizarlo.

Tadashi descendió desde su boca, y los labios ansiosos trazaron su propio camino por su pecho, sacando un estremecimiento al chico.

-¿Me extrañabas? -se burló entre jadeos, aún cuando sentía como a cada beso su cuerpo hormigueaba, tan o más necesitado de lo que Tadashi parecía.

Pero pronto él mismo debió dejar de lado su diversión cuando, recorriendo con más calma su piel, pronto los besos se volvieron lentos y concienzudos, enviando un cosquilleo cada vez más notorio por su ser, y lentamente las risas fueron remplazadas por jadeos que se esforzaba por reprimir en vano. Una mano indiscreta se coló entre sus muslos nuevamente, y un estremecimiento le obligó a cerrar sus piernas en un impulso que no pudo reprimir.

Cuando bajó la vista, los ojos divertidos de Tadashi le miraban desde su vientre.

-¿Por qué tan tímido? -murmuró sobre su piel - ¿No eras tú el que se estaba burlando hace un instante?

Bien, eso se ganaba por imbécil.

Era un coqueto y un bribón de primera, por lo que en las repetidas ocasiones en que la situación se le volvía en contra, siempre acababa mortificado. Eso, combinado con las reacciones de un cuerpo demasiado joven, no ayudaba en nada a salvaguardar su orgullo.

Gimoteó en protesta cuando las manos ajenas bajaron hasta sus muslos, pero un gruñido de Tadashi bastó para detenerlo.

Descendió hasta el espacio entre las piernas del chico, y cuando los suaves muslos se abrieron a su paso, dejando a la vista su excitación, no pudo más que sonreír y alzar su mirada divertida hasta el rostro azorado del otro.

-Parece que tú también me extrañaste, ¿No es así? -murmuró, bajo y ronco, y Hiro se crispó. Claro que era consciente de lo vergonzoso que era estar así sólo por un par de besos y roces.

Tadashi le dedicó una sonrisa burlona, antes de inclinarse y soplar en la punta solo para molestarlo. De inmediato un estremecimiento lo sacudió con fuerza y trató de imponer distancia. Pero no pudo más que quedarse petrificado al sentir el suave pero firme agarre sobre su miembro excitado, y bajó la mirada hasta el rostro de su hermano con un sollozo mortificado.

-No, no. No te escapes -ronroneó, y Hiro tembló bajo aquella mirada depredadora. Era sensible de por sí, el tiempo que pasaron sin tocarse y la deliciosa sensación de hallarse a merced de su hermano sólo empeoraba las cosas.

Tadashi volvió a subir, recorriendo la piel de su vientre con sus labios mientras su mano marcaba un ritmo lento que obligó al chico a remover sus muslos, inquieto.

-T-Tadashi -jadeó, antes de que el primer espasmo crispara su cuerpo. El aludido sonrió con malicia, antes de lamer un endurecido pezón. El menor soltó un gemido y él debió admitir que su excitación crecía sólo con notar la de su compañero.

-Demonios, de verdad quería hacer esto de nuevo -mordió el pezón apenas lo suficiente para que Hiro diera un respingo y siguió subiendo, mientras jugueteaba con su pulgar en la punta -, no poder morderte es frustrante.

Enterró su rostro en el cuello del chico, y Hiro se abrazó a él con fuerza, al tiempo que sus caderas se alzaban en busca de más contacto.

-Juro que cuando lleguemos a San Fransokyo no dejaré rincón de ti en blanco -susurró, bajo y ronco, mientras Hiro trataba de ocultar su rostro ruborizado en su cuello. Sin embargo, le empujó suavemente por el pecho al sentir sus dedos tensarse sobre su espalda, negando con una sonrisa maliciosa en los labios -. Sin marcas, ¿Recuerdas?

Hiro lo miró como si acabara de abofetearlo.

-Tadashi –se quejó en un lamento agudo e infantil, y el aludido estuvo a punto de echarse a reír.

-Vamos, manos en el suelo -exigió, empujando suavemente al chico, hasta que no sólo sus manos, sino todo su cuerpo yació sobre la bruñida roca -. Eso, buen niño.

El chico lo fulminó con la mirada, o eso intento, hasta que el movimiento de su mano aumentó y Hiro debió ahogar un gemido en su garganta.

Al cabo de unos segundos, Hiro ya no pudo reprimir sus jadeos ahogados, y Tadashi sonrió al verle rascar el suelo en busca de un lugar donde aferrarse. Se inclinó hasta su rostro, obligándolo a mirarlo a los ojos.

-Tan bonito - susurró, y Hiro gimoteó como toda respuesta. Aunque quisiera molestarlo, la verdad era que no estaba mintiendo: bajo la luz de la luna, ruborizado, con los labios entreabiertos, rojizos por los besos, y con aquella mirada cargada de placer, Hiro era, para él y cualquiera, una belleza.

Y era todo suyo.

Hiro tembló, demasiado sensible y urgido. Si bien no era la primera vez que atendía sus necesidades después de su noche juntos, el que fuera Tadashi quién le tocara y estar a su merced, con aquellos ojos recorriéndolo por completo, era algo completamente diferente y mucho más fuerte.

Un gemido escapó de sus labios, y la risa de Tadashi llenó sus oídos. A medida que los minutos pasaban, junto a la presión en su vientre bajo, también crecía en él el deseo de abrazarse a su hermano, de sentir su piel sobre la suya, sus labios unidos.

Alzó su mano en un impulso, pero otra mano, mucho más fuerte, le obligó a regresarla a la dura piedra.

Hiro lo miró con sorpresa, y gruñó al ver la diversión evidente en los ojos del mayor, que sin parar de estimularlo, se las había arreglado para mantener su mano fugitiva bien quieta por encima de su cabeza.

Sin dejar de sonreír, Tadashi bajó a besar su cuello.

-Pórtate bien - ronroneó, sin molestarse en ocultar cuánto lo estaba disfrutando. Con un puchero que le resultaba encantador, Hiro refunfuñó; sin embargo, pronto una contracción le obligó a llevar su atención a cuestiones mucho más urgente. Y Tadashi debió reprimirse al ver la manera en que, azotado por un latigazo de placer, Hiro se arqueaba con un ahogado gemido.

Estuvo tentado a burlarse, pero cuando los castaños ojos volvieron a abrirse y a posarse sobre él, Tadashi debió tragar saliva y ahogar un gruñido de satisfacción al reconocer en ellos el anhelo casi desesperado de su hermano.

Aún si Hiro no le hubiera estado rogando con cada fibra de su ser que lo besara, sabía que no había fuerza en el mundo que lo hubiera detenido.

Cuando sus alientos chocaron, debió sostener con un poco de firmeza la mano del chico, pero en cuanto sus labios se encontraron, ansiosos, cálidos y dulces, no pudo evitar entrelazar sus dedos, suavemente. Hiro apretó un poco, buscando apoyo, y Tadashi sonrió dentro del beso.

La boca del chico se abrió con timidez y fue toda la invitación que necesitó para profundizar el beso. Hiro se arqueó en medio de un estremecimiento de placer mientras sus piernas se crispaban junto a la cadera de Tadashi, y al inventor le bastó un jadeo sobre sus labios para saber que su hermano estaba cerca.

Reprimiendo una sonrisa maliciosa, comenzó una lenta batalla en medio del beso, regodeándose en sus jadeos cada vez más erráticos mientras su mano adquiría un ritmo más veloz, más marcado. Las caderas de Hiro se alzaban con cada vez más insistencia, para satisfacción de Tadashi, que respondía con presiones y firmes caricias que hacían gemir al chico dentro del beso. Cuando el ritmo fue constante, ambos supieron que el placer y la liberación estaban cerca.

Y entonces, Tadashi se detuvo.

Hiro tardó unos segundos en entender, demasiado excitado y embargado por el placer. Pero cuando lo hizo, y se dio de bruces con el rostro satisfecho de su hermano, estuvo muy tentado a echarse a llorar.

En lugar de eso, soltó un exasperado gimoteo, muy similar a un insulto.

Tadashi rio.

-Vamos, sé paciente –dijo, soltándolo con calma, antes de inclinarse a un lado, allí donde la mochila que Hiro no había visto descansaba -. te aseguro que valdrá la pena.

Y aunque Hiro tenía sus dudas, su expresión pasó de escepticismo a la absoluta vergüenza al ver lo que su hermano sostenía en su mano.

-¿Sabes? Empieza a asustarme que vayas por el mundo con una botella de lubricante en la mochila.

-Lo entenderás cuando seas mayor -replicó, divertido, aunque no por ello se detuvo, y Hiro se estremeció al ver el espeso líquido caer por los dedos de su mano izquierda, con un brillo obsceno bajo la luz.

Aunque no tan obsceno como el ramalazo de excitación y temor que recorrió su cuerpo al imaginar aquellos dedos en él, llenándolo de placer, pero también causándole dolor.

Alzó los ojos, contrariado, y a Tadashi no le costó más que un instante para ver el miedo que lo embargaba y reconocer el por qué.

Se inclinó sobre él con una expresión cargada de ternura y, para sorpresa de Hiro, dio un casto beso sobre sus labios.

-Tranquilo -susurró sobre sus labios con una voz enronquecida por la excitación, y Hiro se estremeció en anticipación, al tiempo que una cálida ternura llenaba su pecho-. Seré cuidadoso, lo prometo.

Y sintió la primera caricia en su entrada, sacándole un jadeó de sorpresa. Se estremeció y cerró los ojos al sentir su cuerpo abrirse para él.

El dolor, como la primera vez, le obligó a contener quejidos de incomodidad. Sin embargo, los movimientos de Tadashi eran cuidadosos y constantes, y pronto, entre besos y susurros atrevidos, se encontró disfrutando de sus caricias, con sus caderas temblando por un poco más de contacto.

Cuando dos dedos se arquearon, siguiendo un lento ritmo de penetraciones en su interior, Hiro se estremeció e, inconscientemente, llevó sus manos hasta su miembro erecto y olvidado. Al instante siguiente, no obstante, ambas manos estaban sobre su cabeza, bien sujetas por una sola de su hermano.

Fue solo entonces que Hiro notó sus intenciones verdaderas.

-De verdad te odio -sollozó, y Tadashi estuvo a punto de echarse a reír.

-Esto no dice lo mismo -respondió, y una descarga de placer desde el lugar donde estaba tocando bastó para sacarle un jadeo. Luchó para soltarse, pero el firme agarre lo detuvo.

Gruñó, exasperado.

-¿Es que tienes alguna fantasía de dominación o qué?

El brillo malicioso en los ojos del mayor, lejos de molestarlo, le hizo tragar saliva.

-Oh, Hiro, tengo tantas fantasías contigo – el aludido se estremeció, incapaz de creer que el chico sobre él fuera su sobreprotector hermano, y sintió todo su cuerpo estremecerse, extasiado, ante su ronca risa -. Pero hay tiempo para poner todo en práctica... aunque – Hiro gimió al sentir sus dedos ensañarse en el punto más sensible en su interior, y se removió, ansioso por más contacto -, creo que ahora mismo ninguno de los dos tenemos el aguante suficiente para intentar algo nuevo, ¿No crees?

Hiro lloriqueó al sentir un tercer dedo estirar su piel, y lejos de amedrentarse por el dolor, alzó las caderas, invitando inconscientemente al otro. Tadashi ronroneó al verle tan dispuesto, con su miembro perlado por la humedad y sus mejillas sonrosadas; sólo Hiro podía ser tan obsceno y dulce a la vez.

Descendió hasta su oreja, al mismo tiempo que tomaba su lugar entre sus piernas. Le sintió estremecerse en respuesta y sonrió al verlo tan excitado como él mismo.

-¿Me dejaras entrar, hermanito? - susurró, y se encontró misteriosamente satisfecho de poder usar la palabra sin culpa, si no era con cierta diversión.

Hiro gimoteó antes de asentir ansioso, y Tadashi no necesitó más para retirar sus manos de su cuerpo. El chico se abrazó a él de inmediato, estremeciéndose al sentir el roce de la erección de Tadashi, antes de que la sensación de ser invadido le obligara a arquearse y aferrarse a la roca. Cerró los ojos al sentirle removerse sobre él, tan cerca como para ver so rostro, y un gimoteo sorprendido se le escapó cuando avanzó lentamente, pero con firmeza.

Tadashi gruñó, y le sorprendió besando sus labios antes de tomar sus piernas, uniendo sus caderas y llenando a Hiro de una sola estocada. Tadashi le sintió estremecerse, y él mismo se sintió vulnerable cuando una oleada de placer le obligó a tensarse y ahogar un gemido. En un reflejo, se pegó al chico, buscando sus labios y dejando que lo atrapará entre sus brazos de nuevo.

Sí, quería molestarlo, pero maldita sea si él era el hombre que podía resistirse a esos labios, a ese cuerpo, a ese chico. Se había sentido tan irritado y vacío esos días en que no pudo tomarlo, y ahora que por fin volvía a unirse a él le era imposible pensar en otra cosa que sentir cada parte de su cuerpo, y que Hiro hiciera lo propio con él.

Lo besó con intensidad, estremeciéndose cuando las manos recorrieron con delicadeza su nuca y se enredaron en su cabello. Hiro tembló, y Tadashi gruñó por lo bajo cuando la primera embestida le ganó una mordida en el labio inferior.

En otro momento hubiera disfrutado del beso y el reencuentro, pero como ya había dicho, ninguno de los dos tenía tanto aguante para eso. Cuando llevó sus manos hasta los tersos muslos del chico, separándolos con algo de brusquedad, sonrió en medio del beso al oír un gimoteo impaciente de su hermano, antes de que las caderas se removieran en una invitación descarada.

Tadashi sonrió y se apartó unos pocos centímetros, antes de volver a entrar en él con firmeza, ganándose un tirón de pelo y un ahogado gemido del chico. Repitió el movimiento unas tres veces, y a la cuarta fue Hiro quien alzó sus caderas, buscando profundizar el contacto, mientras dejaba juguetonas mordidas en sus labios.

Y entonces ya no hubo lugar para molestarse o burlarse del otro. La desesperación de ambos era demasiado evidente, el deseo demasiado a flor de piel para resistirse. Tadashi intentó ser suave y Hiro le rogó que no se alejara de él, que fuera más rápido, y luchaba por no aferrarse a su espalda. Al final de la noche Tadashi sentía su cuero cabelludo al rojo vivo, pero mientras pudiera corresponder en los labios de Hiro con mordidas, se tendría por bien servido.

Cuando los jadeos y estremecimientos fueron demasiado para que Hiro pudiera soportarlo, los labios juguetones bajaron a su cuello, ansiosos.

—T-Tadashi, no… —gimoteó, sabiendo que las mordidas que dejaba en su cuello serían unas bonitas y nada discretas marcas al día siguiente. Pero un jadeo cerca de su oído le hizo estremecer, y Tadashi tomó un ritmo firme y satisfactorio.

Un par de embestidas bastaron para encontrar ese punto en su interior que lo llenaba de placer, y Hiro a duras penas pudo reprimir un grito de gozo. El cielo nocturno se desdibujó tras unos ojos anegados en lágrimas.

No supo en qué momento sus estados se volvieron tan deplorables, pero de repente se descubrió sollozando de placer en cada embestida que enviaba a Tadashi hasta lo más profundo de su ser, mientras los labios de su hermano no dejaban de recorrer su piel. El relieve de sus clavículas, la suave curva de sus hombros, la parte sensible de su cuello, sentía su toque cálido y ansioso en cada rincón. Y cuando volvía a subir, dudaba que hubiera algo más seductor que el sonido de los roncos gruñidos de placer que Tadashi dejaba ir junto a su oído, sin detener sus embestidas.

El ritmo se había vuelto desesperado, profundo, y el roce de sus cuerpos al chocar hace tiempo que habían opacado al sonido de la cascada.

Hiro se arqueó cuando, irguiéndose, Tadashi lo aferró desde las caderas, soportando el peso de sus cuerpos sobre las rodillas. Soltó un jadeo de sorpresa al sentir la roca alejarse de su espalda, antes de dar un vergonzoso gemido cuando el movimiento volvió, firme, rudo, y tan satisfactorio que estuvo seguro de haber gritado el nombre de su hermano al menos una vez, entre súplicas por más y sollozos por el placer y el dolor.

Entre la bruma del deseo y el placer, pudo ver a su hermano: Tadashi jadeaba y gemía cada vez que entraba en él, soltando el vaho de su aliento en cada exhalación, y su rostro se contraía en una mueca de placer cuando los estremecimientos lo obligaban a estrecharse a su alrededor, solo para concentrarse en el punto que hubiera tocado en ese instante. Hubiera creído que trataba de burlarse de él, si no pudiera notar en lo perdido de su mirada cuánto el mismo estaba abrumado por el placer. Embargado por la pasión, lo veía con los ojos entreabiertos, tan lleno de deseo que le hubiera intimidado de estar en sus cincos sentidos. Y sin embargo, no pudo evitar pensar en lo salvaje que se veía Tadashi, con su cabello desordenado y húmedo, y sus músculos, con movimientos fluidos y obscenos, surcados por el brillo de la luna y las sombras.

Se enterró en él con firmeza, dando de lleno en su punto, y Hiro se estremeció, sintiendo el placer pulsar por todo su cuerpo, antes de echar la cabeza hacia atrás en un grito desesperado. Luchó por aferrarse a la roca mientras el placer lo embargaba. Un gruñido del placer ajeno se escondió bajo su piel, antes de que Tadashi debiera soportar el peso de su cuerpo sobre una mano, mientras se las arreglaba para mantener su cadera asida con firmeza con la otra. Por la forma en que se estremecía, podía adivinar que las fuerzas lo abandonaban de a ratos, y siendo sincero no podía culparlo.

Una nueva embestida le obligó a soltar un gemido, enviando a Tadashi tan profundo en su interior que no pudo evitar gimotear de manera vergonzosa, seguida de otra, y otra. A la cuarta, el placer ya lo había reducido a un tembloroso amasijo de suspiros, estremeciéndose y lloriqueando por sus embestidas, y su mano voló al brazo que descansaba junto a su cabeza, deseando abrazar al chico sobre él con todas sus fuerzas.

Tadashi bajó su mirada, primero a la mano temblorosa que se aferraba a su antebrazo casi con timidez. Luego, al rostro ruborizado y lloroso que le llamaba entre gemidos, a los labios hinchados que rogaban por los suyos, y a las marcas que ya comenzaban a dibujarse en un tono rojizo en su cuello.

Cuando un nuevo sollozo con su nombre llenó el lugar, alto, agudo y excitado, Tadashi olvidó el problema de las marcas y decidió que no había motivo lo suficientemente bueno como para que no recorriera cada centímetro del chico.

Gruñendo de satisfacción, se inclinó hasta llegar al pecho del Hiro, ensañándose con los rojizos pezones, succionando y mordisqueando con ganas. Las piernas que envolvían sus caderas temblaron, y Hiro luchó por aferrarse a la roca, su cabeza dando vueltas.

—Ta-Tadashi —le llamó con su último atisbo de conciencia, y el aludido gruñó, antes de alzarse lo suficiente para trabar su mirada en la del chico.

—Hiro —jadeó, y él correspondió con un estremecimiento. Una sonrisa de satisfacción jaló de sus comisuras, antes de inclinarse hasta su oído —. Hiro, tócame.

Y aunque la duda fue clara en los ojos del chico, solo necesitó pegar su cuerpo a él, hundiéndose en sus entrañas de una embestida, para que volviera a gimotear y se aferrara a su espalda. Tadashi correspondió al ardor en su piel cubriendo de besos y leves mordidas la sensible piel del cuello del menor.

Hiro enterró su rostro en el cabello húmedo, llenándose de ese aroma masculino y salvaje que Tadashi tenía, aferrándose a su ancha espalda con desesperación mientras las embestidas subían de intensidad, llenándolo en cada golpe, soltando un obsceno sonido que, junto a los roncos gemidos de su hermano, estaban a punto de volverlo loco.

Tadashi seguía dando de lleno en aquel punto dulce que hacía sollozar a Hiro, disfrutando del calor y la estrechez con que lo envolvía. Y cuando sintió la mano ajena envolver su miembro a punto de estallar, Hiro no pudo más que intentar vanamente resistirse, antes de que un estremecimiento lo recorriera de pies a cabeza y, rendido, aferrarse a su hermano, dejándose arrastrar por aquella vorágine de placer.

Se aferraron el uno al otro, gimiendo con fuerza, casi como animales en celo. Los besos se tornaron desesperados y desastrosos, las embestidas tomaron un ritmo desenfrenado y constante, y Tadashi aumentó la velocidad de la masturbación, oyendo los lastimeros quejidos del chico junto a su oído.

Sintiéndolo estremecerse aferrado a él, sólo necesitó un par más de embestidas y toques para que, arqueándose en un grito ahogado de placer, se corriera. Tadashi se relamió, excitado, y bajó a tomar sus labios mientras seguía moviéndose, prolongando su orgasmo.

Sin embargo, pronto él debió aferrarse a la roca, buscando no lastimarlo, cuando la primer oleada de placer le arrancó un estremecimiento. Jadeante, aceleró la velocidad, buscando su liberación y dejando caer sobre el oído del chicho susurros llenos de ternura y deseo.

Cuando el orgasmo lo golpeó, dejándolo mareado y satisfecho, Tadashi a duras penas arrastró sus labios una vez más sobre la piel de su hermano, besando cuanto hubiera a su alcance. Hiro lo envolvió en un gesto protector al sentirlo vulnerable, dejándole descansar sobre su pecho, y Tadashi no pudo evitar pensar que no había mejor lugar para él en el mundo.

Sintió las manos de su hermano acariciando su cabello con dulzura, casi cuidadosamente, y una sonrisita se le escapó al sentir en ese toque el amante afectuoso y dedicado que Hiro parecía destinado a ser. Alzó la mirada, encontrándose con los ojos del menor fijos en él, y un dejo de ternura trepó por su pecho al verle ruborizarse, atrapado. Trepó por la roca, y se apoderó de los labios ajenos, temblorosos, pero dispuestos para él.

Sonrió sobre sus labios al sentirlo abrazarse a él, y no pudo evitar buscar volver a acoplar su cuerpo con el suyo. En ese instante, estuvo seguro que no habría fuerza en el mundo que pudiera separarlo de Hiro.


Pero Tadashi no contempló ese pequeño monstruo que siempre le había empujado a tomar las decisiones que habían jodido su vida de manera trágica: su endemoniada consciencia y moral.

No lo supo cuando, a la mañana siguiente, Gogo fue hasta su habitación y les dejó en silencio base resistente al agua, sospechosamente acorde a sus tonalidades de piel. Ni cuando, jugando en la playa, Hiro tonteaba con Fred, mientras un Wasabi verde de envidia se sentaba junto a él a rumear su rabia. La experiencia previa le había enseñado que no tenía sentido preguntar a Wasabi cuando estaba molesto, y en todo caso, ciertamente prefería ver los ojos divertidos de su hermano y sus cabellos goteando.

Tampoco se preocupó cuando, por las noches siguientes, lo encontraba obstinadamente dormido en su cama, y aunque todo su cuerpo gritaba por echársele encima y hacerlo suyo, finalmente se contentaba con abrazarlo y llenar su piel de besos.

Pero cuando el fin del sueño se acabó, cuando la sensación de intimidad que la isla les daba se hacía cada vez más lejano mientras el avión se acercaba a la ciudad, no pudo mantenerse tan alienado de la cuestión como hasta entonces.

Cuando llegaron a la ciudad, y sus ojos se llenaron de los espacios que había habitado toda su vida, las calles en las que había caminado con sus padres y jugado con su hermano, la inquietud comenzó a apoderarse de él. Y cuando llegaron al café, y Cass los recibió con los brazos abiertos y bromas sobre su bronceado hawaiano, el horror de lo que habían hecho le llenó de náuseas, y a duras penas logró sostener la mirada de su tía.

Agradeció que Hiro se encargará de relatar, con toda su emoción, los detalles de los parques acuáticos y la flora y fauna de la isla. Se excusó con el cansancio, y apoderándose de su equipaje y el de su hermano, se escabulló hasta la habitación, hasta el baño. Hizo correr el agua de la bañera y se dejó caer contra la puerta, tomándose la cabeza entre las manos y respirando profundo, con un sudor frío recorriendo su cuello.

Trató de permanecer sereno por ese día y el siguiente, pero era evidente para él que no podía ver a los ojos a su tía por mucho tiempo, ni permanecer en los mismos espacios que Hiro. Escapaba de la sala cuando él llegaba, se encargaba de llegar tarde a la casa, y de ir aún más tarde a la habitación, con la excusa de estar adelantando trabajos de robótica en el garaje. Cass no le cuestionaba sus apuradas andanzas por la casa, y Hiro, si bien no lo buscaba como en la isla, era claro que no pasaba por alto su actitud escurridiza y sus escapadas.

Tuvo un tiempo de tres días en relativa paz, pero su hermano, tanto como era prudente en algunos casos, no se dejaba amedrentar por una actitud esquiva. Cuando llegó la noche del cuarto día, se estremeció al oír unos pasitos sigilosos deslizándose por las escaleras, y trató de reunir valor cuando le sintió a sus espaldas, mientras fingía que no lo había oído.

—Bien... ¿Qué demonios está pasándote?

—¿A qué te refieres? —respondió con otra pregunta, sereno, aunque su corazón estaba a punto de estallar al oír la voz molesta y seria de Hiro.

—No te hagas el idiota —gruñó, girando su silla de un tirón y obligándolo a encararlo —. Desde que volvimos casi no me hablas, caminas por la casa como un fantasma, tratas de pasar tanto tiempo fuera como sea posible y ni siquiera hemos retomado las clases. Además, no hemos... no hemos...

Su corazón se estremeció al ver el dolor en los ojos castaños del chico, al ver la pena y el miedo en su expresión, iluminada por la luz de la pantalla donde estaba modificando sus diseños. No quería imaginar el dolor que estaría callando Hiro, y no quería porque se sabía perfectamente capaz de sentirlo, de entenderlo, porque veía en sus ojos el mismo dolor que él había pasado cuando, esas primeras semanas, era Hiro quien lo ignoraba.

Tragó saliva, e hizo ademán de girarse.

—No me pasa nada...

Una mano firme del menor detuvo su silla, y Tadashi dio un respingo cuando tuvo el rostro molesto y grave de Hiro a escasos centímetros del suyo.

—Y una mierda —gruñó, y un estremecimiento le recorrió al oír, por primera vez, una voz así de molesta en su hermano. Por unos segundos, Hiro no le pareció para nada su pequeño hermanito, y era inquietante la forma en que su cuerpo reaccionó a eso —. Eres el adulto, ¿No es así? Bien, actúa como tal y háblame: ¡¿Cuál es el maldito problema?!

El grito, ronco y bajo para no despertar a Cass, fue la gota que derramó el vaso. No sólo le estaba volviendo loco la contradicción de su cuerpo, sino que le estaba enfureciendo que aquel niño, que a momentos parecía tan maduro, no fuera capaz de darse cuenta de lo que era tan obvio ¿Es que era justo que sólo él sufriera por aquello?, ¿Qué sólo él no pudiera ver a su tía a la cara?, ¿Es que Hiro no se daba cuenta del horror de lo que habían hecho?

Desesperado, por fin explotó:

—¡El maldito problema es lo que hicimos! —estalló, poniéndose de pie, no sólo empujando al chico en el proceso sino avanzando sobre él, amenazante. Hiro, sorprendido pero furioso, no se dejó intimidar. En cambio, casi indignado, una sonrisa divertida y llena de veneno se escapó por sus labios.

—Agh, no puede ser —se burló, molesto y sin apartar sus ojos — ¿Necesitas que me meta desnudo a tu cama para recordarte por qué lo hicimos?

—Hiro, esto no es una broma —se desesperó, tomando distancia — Siempre fui un hombre moral, nunca le hice daño nada a nadie ¿Crees que puedo ver a tía Cass a la cara ahora? ¡Sólo mírame!

—Dos ojos, una boca, una enorme nariz...

Tadashi se alejó, muy tentado a hacer algo por quitarle la mirada indiferente al chico.

—Tómatelo en serio ¡Lo que hicimos estuvo mal!

—¡Y fue lo mejor que he hecho en mi vida, contigo! —explotó, mostrando por fin su propia desesperación y frustración — ¡Tadashi, por favor!

—¡Fue insano, inmoral!

—A buena hora lo recuerdas —exclamó, antes de respirar hondo y, tratando de serenarse, volver a mirarlo, esperando que su cariño fuera claro en sus ojos —. Tadashi, paso todo el día soportando a los corruptos y a los ladrones y asesinos que llenan la ciudad por su culpa, viendo a los niños con hambre en las puertas de las iglesia. Hace mucho que la moral de los otros no me importa, sólo confío en la gente buena que necesita ayuda o que la ofrece. E incluso por encima de ellos, si hay una persona que me importa, eres tú. —su voz tembló, y se maldijo por ello, aunque no apartó la mirada del rostro lleno de dudas de su hermano —Así que, por favor, no hagas parecer lo que tenemos como algo vomitivo, te lo ruego. No cuando es lo más hermoso que he sentido nunca.

Y en sus ojos vio claramente lo que en verdad le estaba rogando. Tadashi no supo qué responder, y con el corazón en la mano se quedó contemplando como las primeras lágrimas que caían por sus mejillas de Hiro, aún cuando éste se esforzaba por mantenerse entero.

Respiró hondo cuando se acercó un paso a él, colocando su mano con cierta duda en su hombro. Por un instante, se sintió incluso más vulnerable que cuando estaban juntos en la isla.

—Tadashi, no hay nada de malo en el amor —susurró, y por un segundo estuvo a punto de ceder, enternecido por lo indefenso que se mostraba el otro con esa sola palabra.

Si tan sólo no la corrompieran cada vez que la usaban...

Se alejó un paso, respirando hondo una vez más y luchando por no mostrar a Hiro cómo se le rompía el corazón con cada palabra.

—Para ser uno de los mayores héroes de la ciudad, y una de las mentes más brillantes de tu generación, sabes muy poco de lo correcto y lo incorrecto, Hiro —concluyó, y se alejó antes siquiera de darle oportunidad a replicar, antes de que su hermano pudiera notar la manera en que se le caía el mundo al ver su expresión herida y aterrada.

Lo dejó en aquel garaje, solo, pero algo dentro de él sabía que era lo mejor para ambos.

El camino más rápido para dejar de ser un pecador era convertirse en mártir.


El salseo y el llanto son mi combustible, ¿Queda claro, no?

No sé si tiene sentido disculparme por la demora, pero sí quiero hacerles saber que durante este año estuve leyendo cada comentario que me dejaron aquí, y no puedo dejar de agradecerles por leer esta historia y responder. Cada correo que me llegaba con un comentario me sacaba una sonrisa incluso cuando más cansada estaba, y no hay forma de explicar cuanto los aprecio a todos, aún cuando no nos conozcamos cara a cara. Trataré de estar más activa, completar éste proyecto es algo que tengo muy decidido, y gracias por acompañarme en esto.

Nos vemos pronto, hermosos.

Besos y abrazos, Mangetsu Youkai