¡Hola a todos!

Sí, sí. Sin excusas, pero vengo a darles una buena noticia, o espero que lo sea para los que aún siguen esta historia: ¡Me recibí! ¡Oficialmente una Profesora de Lengua y Literatura va a escribir estas perversiones!

...

¿Es legal o moralmente correcto festejar eso?, ¡¿A quién le importa?!

Eso solo significa que tendré más tiempo para esta historia que, ahora sí, está entrando en su segunda parte, y no podía dejar de compartir mi felicidad con ustedes.

Pero, sin más demoras, los dejo con el capítulo. Espero que lo disfruten, y nos vemos abajo.

Disfruten, mis Grandes Héroes~


Renacer 20 - Medidas Desesperadas, por un par de Fujoshis


—¡¿Una cita?!

Tadashi no pudo evitar que la sorpresa se trasluciera en su voz, ganándose con ello una mirada divertida de su tía.

—¿Qué quiere decir ese tono? —exclamó, falsamente ofendida —. Soy joven y guapa, ¿No puedo tener una cita?

Tadashi parpadeó un par de veces y se llamó al silencio, tratando de sacar la cuenta... ¿Cuántos años tenía su tía?

—No es eso —desistió al verla fruncir el ceño, pasando de la diversión a la verdadera molestia —. Es sólo que... tú nunca...

Ella se encogió de hombros, mientras llevaba un plato lleno a la mesa.

—Supongo que si ustedes no causan ningún problema de amores en la casa, debo encargarme yo —se burló, y Tadashi se ahogó levemente con el agua que estaba tomando —. En serio, Hiro y tú deberían intentar salir más seguido o algo.

Tadashi sólo dio una pequeña risa en respuesta. Sabía que de intentar hablar acabaría tartamudeando.

Si tan solo su tía supiera lo que había sido el ambiente en la casa entre Hiro y él, ni siquiera se atrevería a proponer el sumar a alguien más.

—Sí... tal vez...

Ni en sus sueños...

Trató de distraerse del asunto con alguna cosa, lo que fuera. Incluso la en apariencia flamante vida amorosa de su tía le resultaba un tema mucho más llevadero y menos vergonzoso que la situación con su hermano, y por mucho hubiera preferido tener una charla sobre eso que traer a Hiro a su mente. Pero, como de costumbre, tía Cass estaba siempre lista a complicarle aún más las cosas.

—¿Quieres buscar a Hiro? Esto ya está listo.

Tadashi tragó saliva, y aunque pensó alguna manera de excusarse, finalmente acabó asintiendo y se dirigió a las escaleras. Estaba claro que el universo nunca estaba de su lado en esos casos.

Habían pasado tan solo días desde que volvieran de la isla, y desde entonces las cosas no habían mejorado en absoluto. El ambiente en la casa era sofocante, y aunque había optado por dejar de escaparse todo el día, sí que trataba de mantenerse en ambientes diferentes que su hermano.

Y no, desde luego no era porque estuviera molesto con él o algo por el estilo. No había forma en que culpara a Hiro por todo lo que había pasado.

Pero es que había algo terrible contra lo que apenas podía luchar, y estar junto a su hermano no lograba que su autocontrol se volviera exactamente más fuerte.

Respiró hondo, deteniéndose ante los tres escalones que llevaban a su cuarto. Llenándose de valor, Tadashi entró.

—Hey —llamó, sin atreverse a pasar más allá del umbral —, tía Cass quiere que bajes a comer.

Su tono perdió fuerza al final de la frase y Tadashi tragó saliva al verlo. De espaldas a él, Hiro permanecía en la semipenumbra de la habitación, solo herida por la luz de una lámpara. Hojeaba despreocupadamente un mamotreto de ingeniería del que se negaba a desprenderse desde hace días y que, apostaba lo que fuera, ni siquiera necesitaba.

Sin embargo, sabía que era una fachada: Hiro no necesitaba el libro por su información, lo necesitaba para justificar los ojos rojizos y cansados con los que se paseaba por la casa, y con los que apenas volteó a verlo.

—No tengo hambre —murmuró por toda respuesta, antes de acariciar suavemente a la bola de pelos que permanecía al lado del libro, calentándose a la luz de la lámpara. Al parecer, Mochi amaba dormir con él en invierno.

—No bajaste a almorzar —señaló lo evidente, frunciendo el ceño —, si sigues así, ella lo notará.

Y aunque sonaba egoísta y lo sabía, Tadashi no conocía otra manera de encubrir su preocupación. Necesitaba mantener distancia, pero era malditamente difícil hacerlo cuando veía a Hiro así.

Ante su comentario, el chico sólo dio una seca risa.

—Incluso cuando no hago nada te causo problemas, es increíble.

Un ramalazo de culpa lo recorrió en el acto, y Tadashi se adelantó un paso, preocupado.

—Hiro, no...

—No te molestes —suspiró, antes de erguirse con un gruñido. Ni siquiera volteó a verlo antes de dirigirse al baño —. En un momento voy.

Tadashi se quedó un momento de pie, escuchando. Solo se marchó cuando el agua del grifo tapó cualquier otro sonido del baño, y aun así lo hizo a regañadientes.

—Se estaba duchando —mintió al llegar con su tía y ver cómo su escasa paciencia a la hora de la comida comenzaba a desaparecer.

Por suerte, el que Hiro llegara a los pocos segundos y con el cabello mojado fue de gran ayuda. Solían complementarse muy bien, incluso cuando ni siquiera se dirigían la palabra.

—Vaya, Hiro. Deberías dejar de leer tanto de noche, mira esos ojos —comentó la mujer, genuinamente preocupada al notar el cansancio de su sobrino, al tiempo que le alcanzaba un plato humeante.

Hiro forzó una sonrisa, Tadashi lo sabía aunque no pudiera verlo.

—Los títulos no se consiguen sin lágrimas, tía —rio, aunque, a juzgar por su expresión, esa respuesta no la convencía del todo.

—Pero no tienes que quedarte ciego en el camino.

Hiro balbuceó algo, permitiéndose ponerlo en duda, pero comenzó a comer en silencio. Tadashi permaneció pensativo, con la mirada fija en el plato y comiendo con calma, pero sin apetito. Desde que habían dejado de hablar y juguetear, la hora de la comida había perdido algo de su encanto.

Cass, ajena a ese detalle, seguía hablando con Hiro:

—Acababa de comentarle a Tadashi que tendré que irme el viernes... tengo una cita —su tono parecía algo más tímido al soltar esa información a su sobrino menor, casi avergonzada —. Así que ustedes deberían encargarse de cerrar el café, ¿Crees que puedan?

Tadashi tragó saliva disimuladamente, antes de dirigir una mirada de reojo a su hermano. No sabía cómo podía reaccionar a la idea de quedarse solo con él, como aquella semana con Fred. La idea de que se marchara de nuevo...

Sin embargo, cuando Hiro habló al cabo de un momento, no había rastro de nerviosismo en su voz.

—¿No tienes como cincuenta años? Estás algo vieja para citas, tía Cass.

Atragantándose con su bocado, Tadashi debió reconocer que Hiro tenía muy buenos reflejos para ese tipo de situaciones.

Aunque no podía decir lo mismo a la hora de esquivar palillos voladores de tías furiosas.


Fred suspiró pesadamente, tratando de leer su manga en paz. Pero los sonoros pasos que iban y venían a sus espaldas por toda la habitación, así como el chillido histérico de Wasabi al despotricar, le llevaba distrayendo de su tarea hacia más de una hora.

—Vas a desgastar el piso—murmuró, cambiando la página.

—No entiendo cómo puedes estar tan tranquilo. ¡Es simplemente inaceptable, inmoral, es...!

Suspirando pesadamente, cerró el manga. Bakugo, Deku y su tensión sexual sin resolver deberían esperar.

—Por favor, lo descubriste en el momento en que fuimos a la discoteca —adivinó, mirándolo de reojo. Habría intentado mantener el secreto de Hiro oculto un poco más, pero a decir verdad, el dúo de hermanos no era exactamente discreto — ¿Por qué es?

Wasabi lo miró, extrañado. O al menos eso aparentaba; para alguien que lo conocía tanto como él, su expresión era la de un niño atrapado.

—¿De qué hablas?

—¿Por qué es? ¿Por qué llevas haciendo berrinches como estos desde que volvimos? —lo encaró al fin. Él no era de perder la paciencia, pero luego de una semana escuchando a Wasabi lloriquear por aquello sin atreverse a hablar de frente con él, ya estaba harto — ¿Es porque no estuvimos en la misma habitación?

Sí.

—¿Porque guardé el secreto de lo de Hiro y Tadashi hasta que volvimos?

Sí.

—¿O porque hablaba con Dake a cada momento?

¡Sí!

—No es por nada de eso, no trates de desviar el tema de...

Un suspiro exasperado del rubio interrumpió la perorata desesperada de Wasabi.

—Un lector freak vive leyendo entre líneas, cariño: el hecho de que durmiéramos separados, las noches que no te metías en mi cama cuando menos lo esperaba, garantizaba el que pudiera irme mientras dormías. El que te ocultara lo de Hiro y Tadashi quiere decir que puedo ocultarte mil cosas más sin que siquiera lo sospeches hasta que te golpee en la cara y, por último —gruñó, alzando el tercer dedo y dedicándole una mirada exasperada que se hubiera visto muy natural en el rostro del moreno, pero que en Fred eran sumamente desconcertantes —, eso combinado puede significar que me viera con Dake cuando quisiera, sin preocuparme por ti y sin que te des cuenta, y eso no te dejaba dormir.

Dicho por él, sonaba como una conexión de hechos sin sentido y preocupaciones inútiles, y era tan ridículo, que le daba vergüenza admitir que era exactamente eso lo que le tenía tan irritable... y que Fred pudiera leerlo a la perfección de aquella manera era aterrador.

—C-claro que no, ¿De dónde sacas...?

—Pero no cuentas con algo —volvió a interrumpirlo, mirándolo de reojo y con un dejo de molestia más que claro en su mirada —. Yo amo, respeto y solo sería capaz de hacer el amor con una persona, y es a ti y contigo, Wasabi.

Y ante eso, todo ánimo de discutir se esfumó del mayor.

Fred no aparentaba ser una persona que impusiera respeto con su presencia, pero lo absoluto de sus palabras, lo seguro de su mirada y la aplastante sinceridad que lo caracterizaba a él y a sus sentimientos era suficiente para destrozar su resistencia.

Allí, sólo con mirarle con aquella expresión calma y los ojos llenos de convicción y madurez, fue suficiente para que Wasabi recapacitara sobre la idiotez que estaba haciendo. De repente, lo embargó la poderosa necesidad de abrazarlo.

Apenado, se acercó unos pasos.

—Fred, lo siento, yo...

Pero haciendo gala de su recientemente adquirido gusto por interrumpirlo, el aludido volvió a hablar. Y esta vez de su anterior calma no quedaba ni el menor vestigio en su mirada.

—Sin embargo, tuve que sufrir tu enojo infantil y celos todos estos días —gruñó, enfadado y lleno de convicción, como si estuviera a punto de dar el ultimátum de su vida, y Wasabi tragó saliva ante su mirada imponente —. Así que hasta que no manejes esa inseguridad tuya, no hay Fredcueva para la Wasabiconda.

Ante eso, el moreno parpadeó un par de veces, sorprendido y en blanco. ¿Había dicho que Fred le parecía maduro?

¿Qué clase de castigo era aquel?

¿Y qué clase de sexo-dependiente era él? Porque, para su más profunda pena, se sintió bastante inquieto ante esa negativa tan rotunda y la certeza en la mirada de su pareja. Aunque se esforzó por disimularlo lo mejor que pudo.

—¿Y eso no es más infantil que mis enojos, Frederick?

Él elevó su mentón, desafiante.

—Pero yo soy yo, Deyon.


Hiro gruñó por lo bajo, mascullando un insulto. Arrastraba levemente la pierna entumecida, y comenzaba a preocuparle el dejo de humedad que pegaba la tela de su traje a su piel cada vez que daba un paso.

—Discos con lanzamiento de patrón, gran idea, Hiro —gruñó, entrando en la habitación usual —. ¿Qué podría salir mal?

Bueno, si perdías los reflejos y estabas distraído, podías acabar con una pierna casi rota y rodando varios metros, hasta parar en un bonito y afilado jardín.

Cuando alzó la tela de su traje, maldijo al ver la sangre que caía por su pierna en un par de finos hilos. Un insulto con nombre y apellido escapó de sus labios.

Claro que él no hubiera cometido un error tan tonto si no fuera porque, en un entrenamiento sin Baymax, su movilidad se veía sumamente restringida en el aire, limitada al apoyo de sus compañeros.

Y en un escenario donde las opciones eran saltar desde una plataforma a tres metros de altura hasta el suelo, con un setenta y cinco de posibilidades de que el disco le diera, o lanzarse a los brazos de Tadashi para ganar impulso a mitad de camino y evadir la dirección de tiro, con un noventa por ciento de posibilidades de éxito...Bueno, solo había algo mayor que su inteligencia, y eso era su orgullo.

Y he ahí el resultado.

Comenzó a limpiar la sangre en silencio, con el botiquín que siempre estaba debajo de la cama. De esa manera, evitaría que Baymax comenzara a hacer análisis basados en su dificultad para coagular la sangre y a insistir en que tomara medicamentos extraños. Era todo un éxito que hubieran podido controlar la fricción de las botas contra su piel antes de que alguna herida le hiciera sangrar o los moratones se volvieran una alerta en su sistema. No necesitaba tener a un gigantesco globo blanco poniéndole curitas a cada paso.

Aunque enfurruñado, no podía evitar sonreír en su fuero interno: era bueno tener a alguien que se preocupara por uno de vez en cuando.

—¿Hiro?

Bueno, dependiendo de quién se tratara.

El aludido maldijo por lo bajo, y se obligó a mantener la mirada fija en su tarea, esperando que el otro leyera su escaso deseo de interactuar con él y se alejara al ver que estaba entero. Aunque claro, Tadashi no era capaz de recibir la misma indiferencia que daba cuando estaba en fase hermano sobreprotector.

—¿Estás bien?

El chico resopló, sin poder aguantarlo más.

—Radiante, como siempre —farfulló, antes de guardar el algodón sobrante y desechar el manchado de rojo. Con la mirada fija en este, y sin percatarse al parecer del tono molesto, Tadashi continuó:

—Deberías parar por hoy, ese golpe no fue nada suave.

—¿Estás preocupado por mí? —su tono casi parecía encantado, si no fuera por el claro toque sarcástico en él —. Adorable

Tadashi se crispó, por fin leyendo el ambiente al parecer. Sin embargo, se hizo el distraído un poco más.

—Hiro, no tienes que demostrarle nada a nadie, es entendible si te vas ant...

—¿Me consideras tan débil? —gruñó, alzando la mirada al fin. No, nunca antes había estado tan a la defensiva con él, y Tadashi no sabía cómo reaccionar ante Hiro cuando sus dos modos eran el triste o el agresivo.

Es por eso que gruñó, exasperado.

—Considero que estás siendo sumamente infantil en este instante —y apenas lo dijo, recapacitó en el hecho de que su relación no estaba en el momento adecuado para ser tan severo. Respiró hondo, negando un par de veces, antes de volver a alzar la mirada y encontrarse con el rostro cauteloso de su hermano —. No, yo... Yo no quise decir eso, Hiro...

El chico soltó una risa seca, sumamente amargada.

—Descuida, estoy acostumbrado a que digas cosas que en realidad no sientes.

Y Tadashi no supo qué hacer con el nudo en el estómago que surgió al oír esas palabras. Inconscientemente se adelantó un paso al ver la mirada de su hermano, llena de reproche y, en el fondo, sumamente vulnerable.

Pero cuando Hiro entendió que él podía ver su dolor, apartó la mirada, avergonzado.

Entendía que había herido a Hiro, pero no podía evitar sentirse frustrado cuando, él más que nadie, sabía cuán en serio le había dicho cada palabra de amor en la isla, y cuánto le costaba mantenerse alejado de él sabiendo lo vulnerable que estaba.

Sin poder evitarlo, dio un nuevo paso en su dirección.

—Hiro no...

—Ya déjalo —la voz cansada del chico lo tomó por sorpresa. En ella no había rastro del enojo de un momento antes... si tuviera que nombrarlo de alguna manera, su tono se parecía más bien a resignación —. Yo... ya estoy cansado de esto, no volveré a mencionarlo.

Asombrado, Tadashi se preguntó qué tan en serio eran esas palabras. ¿Lo estaba dejando por hoy?, ¿Lo estaba dejando para siempre?

Sabía que una y otra eran buenas opciones, eran lo que ambos deberían hacer. Y aunque lo sabía, no pudo explicar la dolorosa sensación que lo llenó ante aquellas palabras.

Había sido su culpa. Era él el que había propuesto aquella estúpida idea de acostarse, aún ante el dolor de Hiro y el suyo propio. Y lo peor era que ni siquiera podía arrepentirse de ello en serio, porque al verlo así, molesto, herido y al borde del llanto, solo podía pensar en recostarlo en la cama y hacerle el amor dulcemente, hasta que olvidara todo su sufrimiento y aquellos labios rojizos lo llamaran llenos de anhelo y ternura.

Sin embargo, a un paso de cometer una locura, se dio media vuelta y, juntando lo que quedaba de su autocontrol, salió de allí sin agregar una sola palabra.


Leiko no era exactamente una chica paciente, claro que no.

Más conocida por sus amigos como Gogo, y para aquellos que no lograban ganarse su confianza como una verdadera pesadilla, ella estaba segura de que algún karma le había sido legado con su nombre. De otra manera, no podía entender cómo es que, desde niña, su paciencia había sido puesta a prueba incontables veces, fuera por su familia, ciudad, exámenes o amigos (especialmente por estos últimos). Más nunca había perdido los estribos como tal... bueno, salvo aquella vez que había tomado el auto de Wasabi en plena persecución, pero se justificaba.

Como aquella vez, eran pocas las situaciones en que la impaciencia la movía a actuar, pero cuando debía hacerlo, no dudaba un segundo en ponerse manos a la obra.

Por ello, esta situación en la que Tadashi y Hiro temblaban cada vez que se rozaban luchando, pero ni siquiera se hablaban, o en la que Fred y Wasabi siquiera se miraban fuera del campo, pero el moreno era casi asado cuando luchaban en él, la tenía al borde del colapso. Y el no poder hacer algo al respecto, salvo imaginarse pateándolos hasta que la sangre subiera de sus bolas a sus cerebros, no ayudaba en nada a su mal humor.

Sus amigos eran un gran dolor de culo, pero yaoi gratis era yaoi gratis, y nadie se lo iba a arrebatar.

—Pareces exaltada.

—¿Tú crees? —gruñó, enfurruñada.

La voz robótica de Baymax la sorprendió por un momento. Casi había olvidado su presencia, negado a dejar a Hiro luego de curar su pierna y ahora acompañándolas en su descanso mientras sus amigos hacían una carnicería de testosterona y celos en el campo de entrenamiento.

Escupió disimuladamente.

—Morderte las uñas es malo para los dientes... y las uñas —murmuró Honey, hojeando despreocupadamente su volumen de química.

—Se me acabó el chicle, ¿Bien? —gruñó, mirando de reojo el "volumen de química". Claro, un manga —. Vamos, Honey, no necesito otro doctor aquí, con lo mucho que los odio... sin ofender.

—Soy un robot, no puedo ofenderme.

Gogo suspiró, la mirada fija en sus amigos.

—Si tan solo mi ex fuera como tú.

—Steve era agradable.

—Tan infantiles...

—A mí me parecía centrado.

—¿Qué? No estoy hablando de él.

Solo entonces Honey levantó la mirada de la pareja en su manga para centrarse en la charla con su amiga, extrañada.

—¿De quién entonces?

—¡De ellos! —exclamó por lo bajo, señalando a los cuatro chicos que se molían a golpes —¡Míralos! Apenas pueden pensar en estar separados, a duras penas pueden dejar de tocarse, pero no hacen el menor esfuerzo por resolver sus problemas de una vez. Dios, si pudiera romperles el...

Honey les dedicó una mirada apreciativa, entendiendo el punto y el sentimiento de su amiga. Las miradas llenas de anhelo saltaban a la vista para cualquiera.

—¿Y qué podemos hacer? —preguntó — Las cuestiones de pareja no son tan sencillas de resolver como en los mangas, no podemos llevar a alguno de los dos al borde de la muerte, ni poner un tercero en discordia para desencadenar la reconciliación...

Aunque ambas ya habían ocurrido: Tadashi de hecho había estado muerto para ellos por un tiempo, pero eran detalles nimios.

Gogo, que miraba a los chicos con el ceño fruncido, lejos de desanimarse, se irguió de golpe ante las palabras de la chica.

El repentino movimiento llamó la atención de la latina, que no pudo reprimir un escalofrío ante la sonrisa maliciosa que curvaba los labios de su amiga.

—Ya sé qué.

Reprimió un gemido de pánico ante ese tono lleno de deleite.

—Por favor, que no sea algo de lo que nos arrepintamos luego —rogó, ganándose una mirada de reproche de la chica.

A veces, los planes de Gogo se parecían más a las grandes ideas de Fred de lo que ella misma se sentiría cómoda admitiendo.


Fred estaba teniendo un buen día: hacía frío, por lo que podía usar su uniforme de Shingeki no Kyojin sin que nadie lo mirara raro, aunque debiera renunciar a su típica gorra por una más oscura para que combinara. Incluso el chico otaku de la cafetería lo había elogiado mucho rato por el cambio, aprovechando que la mayoría de los estudiantes estaban en clases y no había fila tras él.

Aunque muchos lo tacharan de raro, Fred en realidad era una persona muy sociable, que se daba con todos y que podía hablar de cualquier tema con cualquiera. En su adolescencia había pasado por una suerte de introversión forzada en la escuela, pero había logrado superarlo cuando entró a la universidad. De hecho, su sociabilidad era uno de sus rasgos más característicos, algo de lo que no había dudas.

Era por eso que los celos de Wasabi le parecían tan ridículos. Podía entender, con mucho esfuerzo, la escena de celos con Hiro, pero lo de Dake era absurdo se lo mirara por donde se lo mirara. Sólo era un amigo, ¿Podía realmente su novio dudar de él y enojarse como un niño porque hablara con el chico?

Bueno, aunque quizás también estaba comportándose como un niño con la distancia que ponía con él. Era por eso que había decidido pasar por un café para Wasabi antes de ir a su laboratorio. Una dosis de intentos de incineración solían ponerlo de mucho mejor humor luego de discutir...

El sonido de unas risas conocidas lo sacó del hilo de sus pensamientos. No lo desconcertó tanto la risa en sí, como el hecho de que no fuera él quien estuviera haciendo reír a Wasabi.

Con un ramalazo de inquietud que no podía entender del todo, Fred abrió la puerta del laboratorio del equipo, con lentitud, repentinamente tímido. Sintió una extraña presión en su estómago al ver una cabellera rubia casi pegada a la cabeza de su novio, al ver la delicada mano de largos dedos sobre su muslo, y se acentuó al ver la sincera carcajada con que Wasabi retribuía algún comentario de una sonriente Honey.

Extrañado y curioso, Fred permaneció en silencio por un momento, observando de pie en la puerta del laboratorio casi vacío. Honey estaba sentada en el suelo junto a Wasabi, ambos dándole la espalda y trabajando en una de las mesas de la chica, en el conjunto de cables bajo el panel de control.

O bueno, eso parecía.

—No voy a terminar nunca si sigues haciéndome reír —la reprendió en broma, llevando sus manos con llaves y pinzas a los cables.

—Ya, perdón, perdón —sonrió, tomando distancia —. Pero alguna noche tendríamos que ir al bar del ITSF, hay un tipo que hace stand up de química y mecánica todos los viernes.

—Santo Dios —se rio, negando suavemente, y, sin dudas, sin rastro de la incomodidad que recorrió a Fred al oír cómo una chica invitaba a su pareja a un bar un viernes por la noche, aun cuando esa chica fuera Honey —. Bien, creo que esto ya está.

Colocó la compuerta de seguridad a la mesa, antes de ponerse en pie de un salto. Llevó sus manos sobre la mesa y, con unos movimientos fluidos, los botones se iluminaron y el sonido de un mecanismo llenó el lugar. La plataforma que elevaba las esferas de carbono de tungsteno se abrió paso, triunfal, obligando a ambos a girar en su dirección.

—Bien, ahora solo evita echarle tus cosas raras a los circuitos de nuevo —se burló, antes de alzar la mirada y encontrarse con sus ojos azules.

Ninguno de los dos llegó a decir nada antes de que los brazos de la chica se envolvieran en su cuello y un sonoro beso (con todo el sello latino de Honey) se estrellara en su mejilla.

—¡Eres el mejor, Wasabi! —exclamó, aferrándose a él en una escena de lo más habitual...

Por eso mismo, no logró entender la molestia que le ardió en el vientre.

Honey le dio un afectuoso saludo cuando notó su presencia, y se detuvo a dar un nuevo beso a Wasabi antes de marcharse a toda prisa, con la excusa de buscar unos materiales que necesitaba para seguir, dejándolos solos en aquel lugar.

Aunque no era común que Honey fuera tan expresiva con él, Wasabi tampoco lo consideró como algo por lo que preocuparse: estaba feliz, acababa de sacarse un problema de encima y quería agradecerle. No había nada en su reacción por lo que tuviera que tener cuidado.

Y, sin embargo, cuando se quedó a solas en aquel lugar, con su siempre sonriente novio, no pudo entender esa sensación que le embargó, como si un tigre estuviera a punto de saltarle a la yugular.

Luchando por apartar el irracional pensamiento, Wasabi se acercó un par de pasos.

—Hola —saludó, regalándole una de sus sonrisas especiales y exclusivas para Fred, mezcla de dulzura y coquetería. Tal vez el chico estuviera haciéndole una especie de ley de hielo, pero seguía siendo su novio, y verlo así, tan bonito y tan otaku, en un lugar a solas, solo podía hacer que pensara en subirlo a la mesa y volver a hacer un desastre con el tablero de controles, más cuando llevaba casi dos semanas sin el menor contacto. Intentó disimular sus pensamientos en un tono más amable cuando volvió a hablar —¿Necesitas algo?

Pero los pensamientos de Fred sin dudas iban por lugares menos placenteros, lo suficiente como para que una sola de sus miradas bastara para sacarlo de su propio humor y, de hecho, lo estremeciera.

Esos ojos, que lo miraban acusadores y con una nada disimulada furia, no eran algo que se atreviera a tomar a la ligera.

Tragó saliva, pensando en acercarse y preguntarle qué estaba mal. Pero Fred fue más rápido que él, dándole la espalda antes de que pudiera siquiera tocarlo.

—Tranquilo, no era nada importante —gruñó, y lanzó el vaso de café que llevaba en la mano a la basura antes de cerrarle la puerta en la nariz.

Wasabi se quedó allí, solo, de pie, y con la sensación de que acababan de mandarlo a la mierda y de que estuvo a punto de que le estrellaran café en la cara.


Tadashi secaba con fuerza la taza, con demasiada fuerza tal vez. De hecho, quien viera su expresión y la intensidad de su mirada, creería que la pequeña pieza de porcelana estaba supliendo a algún pobre bastardo que estaría siendo torturado.

Lo curioso era que no estaba viendo nada extraño, sólo a Gogo y Hiro adelantando un trabajo de ingeniería.

No era nada fuera de lo común que distintos grupos del equipo se reunieran para ultimar detalles de teoría para trabajos en el café, pero... pero aquellos dos no parecían actuar como de costumbre.

Al comienzo no lo había notado: en su empeño por estar lo menos consciente de su hermano como le fuera posible, no había prestado atención a los detalles de su interacción. Le había fastidiado un poco el que Gogo insistiera en estar ahí en lugar de ir al garaje, pero pronto descubrió que mantenerse ocupado con los clientes era suficiente.

Al menos hasta que una carcajada llamó su atención, y al alzar la mirada se encontró con Gogo tratando de contener la risa, y a un ruborizado Hiro mirándola divertido.

Sí, no había nada de raro, pero ellos usualmente discutían como bestias, no eran tan... amenos.

Y aquel brillo en los ojos de su hermano, aquel rubor. La última vez que había visto a Hiro así fue en la isla, cuando ellos...

Se removió inquieto, y alejó la mirada. No, no necesitaba pensar en aquello, no cuando Hiro parecía a punto de pasar página, no cuando ya no tenía los ojos cansados cada vez que llegaba a comer.

No cuando, aun muriéndose de ganas de abrazarlo al verlo con los ojos llorosos por la casa, había logrado mantener una distancia sana del chico.

—Esos dos se volvieron... bastante cercanos en la isla, ¿Verdad?

Tadashi soltó un respingo, antes de girarse a su tía.

—¿Qué? —preguntó, desconcertado.

Cass señaló disimuladamente hacia la mesa donde los chicos permanecían riendo.

—Se ven muy cercanos —comentó, genuinamente intrigada —. Nunca había visto a Hiro comportarse así con una chica... de hecho, comenzaba a creer que le gustaban los chicos.

Tadashi dio un respingo, en pánico, y agradeció que su tía no notara cómo el brusco agarre partió la manija de la taza.

—Eh... —se apresuró a ocultar la evidencia y tomó otra —. Bueno... a decir verdad, yo también lo creía.

Tadashi se quedó pensando por un momento, solo para volver a mirar al dúo de reojo. Casi le da un ataque al ver a Gogo peinando al chico con los dedos, mientras miraban un apunte que Hiro leía atentamente, aún ruborizado.

Cass exhaló, curiosa.

—Bueno, supongo que pueden gustarle ambos, ¿Verdad?

Tadashi tragó saliva, intranquilo, y no exactamente por la incomodidad que le causaba hablar de los posibles gustos de su hermano con su tía.

Trató de no prestarles atención por lo que quedaba del día, pero para su mala suerte su turno era por la tarde, exactamente todo el tiempo que ellos se quedaron bebiendo y leyendo informes.

—Puedo hacer los cambios de redacción si quieres —casi suspiró de alivio cuando Gogo se puso en pie —, luego te lo envío y si todo está bien lo reenvías a la cátedra.

Hiro negó mientras tomaba los vasos de la mesa.

—Estás muy ocupada con tus propios proyectos, no te preocupes —negó, restándole importancia con una sonrisa —. Trataré de hacer un buen trabajo y no abusar de los adverbios.

Gogo rio, y Tadashi sintió su sangre hervir al ver, lleno de horror, como la chica se inclinó a dejar un beso en la mejilla de su hermano.

¡¿Desde cuándo ella daba besos a alguien?!

—Eres un ángel, Hiro. Gracias.

—No te preocupes —la expresión de Hiro era natural, como si el cambio de actitud de su amiga no se le hiciera extraño... o como si no fuera una novedad para él.

La despidió con una sonrisa, acompañándola hasta la puerta como nunca lo había visto hacer con nadie. El hecho de que estuviera ganando en altura a la chica le resultó absurdamente inquietante.

Tadashi a duras penas había logrado controlar su molestia cuando Hiro llegó al mostrador y se puso a lavar las tazas. La cercanía entre ellos, y el no percibir el menor rastro de inquietud por parte del chico, lejos de alegrarle le revolvió el estómago.

Iba a preguntar algo, por algún egoísta impulso de recordarle su presencia al chico, cuando una nueva voz se sumó a su lista de acontecimientos de mierda del día.

—Vaya, pequeño, parece que le romperás el corazón a mi nieta después de todo.

Una voz temblorosa, divertida, y ambos Hamada alzaron el rostro para recibir a quien les hablaba. Pequeña, la cabeza canosa, un suéter en inglés con una frase atrevida que ninguna ancianita debería usar o siquiera leer.

Tadashi se estremeció.

—¡Señora Matsuda! —Hiro, por otro lado, fue sorprendentemente efusivo al saludarla —¿Cómo ha estado?

—Bien, cariño. O al menos hasta que descubrí que ya no estás en la lista de chicos solteros que le di a mi pobre Yumiko.

Hiro alzó una ceja, extrañado, al tiempo que tomaba la taza que la anciana le tendía. Una muy buena excusa para acercarse a chismorrear, pensó Tadashi.

—¿A qué se refiere? —preguntó, en apariencia genuinamente curioso, o eso creyó mientras tomaba la taza húmeda que su hermano dejó en el mostrador y comenzaba a secarla.

La señora Matsuda lo vio con sus ojos de pequeño demonio, siempre atenta a toda indiscreción que pudiera cometer, con esa licencia para la picardía que la vejez daba a las personas.

—Pues a que tienes novia, ¿No es claro? —ella sonrió, como si aprobara el hecho aun cuando estuviera molestando al chico, y Tadashi ardió en deseos de echar a la pobre vieja — Han estado toda la tarde cuchicheando con esa chica. Es muy bonita, bien hecho.

Tadashi frunció el ceño, desconcertado ante el silencio del chico. Cuando lo miró de reojo, una parte de él se mostró profundamente irritada al verlo ruborizado hasta la punta de las orejas.

—N-No. Se equivoca: Gogo es una amiga, no es mi... mi...

Oh sí, muy convincente, Hiro. Masculló en su fuero interno, a punto de romper otra taza.

La anciana se echó a reír.

—Ay, Hiro, deberías saber que ninguna mujer trata así a sus amigos, o no al menos a los que quiera mantener como amigos por mucho tiempo — la ancianita le guiñó un ojo, antes de acercarse al mostrador con aire confidente —. Puedo decirte qué pasó la última vez que traté así a un compañero de estudios: desaprobamos el trabajo, pero tuvimos tres hermosos niños.

En otra ocasión se hubiera divertido viendo el aprieto en el que Hiro se encontraba, tratando con todas sus fuerzas de mantener la sonrisa temblorosa en su rostro al rojo vivo, completamente en pánico. Pero ahora mismo, lo único que deseaba era acabar con aquella charla antes de que perdiera la cabeza.

Como si lo adivinara, la viejecilla del demonio se giró hacia él.

—¿Tú qué opinas, Tadashi?

Al aludido no le pasó desapercibida la manera en que Hiro se tensó al oír su nombre, como si se hubiera olvidado por completo de su existencia.

Al verlo voltear en su dirección, de nuevo en guardia y apartándose un paso, estuvo a punto de decir una insensatez.

—Creo que aún es muy joven —masculló. Seguía siendo una insensatez, pero al menos era una aceptable.

Ambos, tanto la anciana como Hiro, lo miraron con sorpresa. Y aunque la indignación fue clara en los ojos de Hiro, la risa de la señora Matsuda fue suficiente para encubrir la repentina tensión en el ambiente.

—Parece que tienes un hermano muy estricto, ¿No, pequeño?

Hiro apartó la mirada, claramente deseando desaparecer o desaparecerlo a él, aunque podía adivinar la sonrisa forzada en su tono.

—Como no se imagina —se forzó a decir con tono divertido, aunque él podía oír como escupía las palabras. Enjuagó la última taza y, con una rápida despedida, se escabulló por las escaleras.

Sin embargo, ahora la ancianita lo miraba a él.

—Sé que quieres mucho a tu hermano, pero él tiene que estar con otras personas. No puedes seguir comportándote como si fuera tu niño.

Santo Dios, ¿Cómo echar a patadas a una viejita que, además, te dice la verdad en la cara?

Suspiró pesadamente, antes de sonreírle con un dejo de culpa no del todo fingida.

—Lo tendré en cuenta, señora Matsuda.


—Debe haber al menos una ley que condene esto —gruñó, acariciando a Mochi para paliar la embarazosa situación —. Estoy seguro de que, dependiendo el abogado, esto es una forma de tortura.

—Tortura es llegar a mi edad y encontrar un vestido que no te haga ver como una adolescente que no cerró etapas —lloriqueó la mujer, forcejeando con algún pedazo de tela —. No me mortifiques más, por favor.

—¿No deberías hacer esto con tus amigas o algo así? —continuó burlándose, divertido y agradecido de poder reírse de los problemas de alguien más. Cass ni siquiera lo había dejado mortificarse por dos segundos en su habitación cuando llegó casi en pánico: desde que terminara su turno en el café hasta ese momento, llevaba toda la tarde tratando de elegir qué vestido ponerse para su dichosa cita.

—¿En verdad quieres que la señora Matsuda sea quien me ayude a elegir qué ponerme? — su tono divertido fue suficiente para que Hiro imaginara la escena, y se estremeció en el acto, espantado —. Bien, probemos con este.

Y cuando salió del vestidor, Hiro le dedicó una mirada apreciativa al quinto vestido de la noche: negro, con gargantilla incorporada, sería quizás demasiado sobrio, si no fuera por la falda a veinte centímetros por encima de la rodilla.

Le dedicó una larga inspección, como si en realidad tuviera idea de qué estaba haciendo. Él solo sabía que su tía se veía preciosa en todo lo que se ponía, resistiendo invicta los años, aunque él disfrutara de molestarla... pero...

Claro que seguiría molestándola.

—No decido si vas a un funeral o a la discoteca.

—¡Hiro!

Se echó a reír ante la frustración de la mujer, y se apresuró a calmarla.

—Lo siento, lo siento... Pero sí creo que es demasiado negro para una primera cita, y si van a ir a un lugar elegante... No sé, ¿Algo más largo quizás?

—¿Quién dijo que es nuestra primera cita? —le restregó la mujer, con una clara expresión de superioridad al ver la sorpresa de su sobrino. Pero en lugar de contestar a las mil interrogantes que Hiro le estaba haciendo, se dedicó una mirada en el espejo, analizando su apariencia. Al final, decidió que los comentarios de Hiro eran válidos, y volvió a entrar en el vestidor, dejando al chico con una mueca de molestia y el discurso de ser más abiertos sobre quién entraba a la casa a la mitad.

—Podría ayudarte mejor si me dijeras a dónde vas —aventuró, tratando de vencer la confidencialidad de su tía. Sin embargo, una risa divertida de la mujer le hizo saber que no lograría nada.

—Buen intento, pero tú no necesitas saber eso —se burló. Hiro puso los ojos en blanco y se dejó caer en la cama, oyendo cómo removía la ropa —¿Qué opinas de...?

—No saldrás de aquí con nada que no tenga al menos un centímetro por debajo de la rodilla, señorita.

Sonrió al oírla realizar una pobre imitación de su voz, antes de lanzar algo al suelo y seguir removiendo ropa. Sin embargo, luego de un momento de silencio la oyó hablarle de nuevo.

—En realidad, eso es lo que valoro de ti, Hiro: eres implacable para decir las cosas. Creo que sacaste eso de Saya —reflexionó al pasar, llamando la atención del chico al oír el nombre de su madre —. Takano era más tímido, él seguramente me hubiera dicho que sí al primer vestido con tal de dejarme contenta. Siempre siendo recto, pero tratando de dejar conforme a todos, aunque sus ideas y sus acciones no coincidieran... Tadashi se parece más a él.

Bufó, irritado, Su tía no tenía idea de cuán certera era su descripción.

—Sé exactamente a qué te refieres —farfulló, colocándose de lado. Mochi hizo equilibrio con un quejido, pero volvió a acurrucarse, ronroneando en el prolongado silencio del lugar.

—¿Ustedes dos discutieron? —preguntó de repente la mujer, y Hiro se tensó por un momento, antes de suspirar.

Era esperable que su tía notara la tensión entre ellos, aunque dudaba que pudiera imaginar el porqué de ella.

—Son tonterías —mintió —. No te preocupes.

Y esperaba que con eso dejara el tema por la paz, pero claro que su tía nunca dejaría las cosas fáciles.

—Takano y yo peleábamos muy seguido también, ¿Sabes? —comentó —. Pero nunca duraba mucho, no podíamos estar sin el otro... nosotros nunca llegábamos al grado de ustedes, sin hablarse por semanas, y mirándose de reojo todo el tiempo, como si se reprocharan mutuamente algo, o como si esperaran una mínima señal del otro.

Hiro tragó saliva, aferrándose al gato. Bien, puede que Cass notara algo más de lo que él esperaba o se sintiera cómodo, pero eso no era lo que llamó la atención del chico.

¿Era Tadashi tan evidente?, ¿O su tía estaba confundiendo sus gestos?

Se esforzó porque su voz no delatara el nudo a la garganta que acababa de formársele, temiendo que el silencio prolongado resultara incriminador.

—¿Crees que es raro?

—No, no lo creo —se apresuró a aclarar, aunque no sabía si estaba del todo convencida de sus palabras —. Solo me preocupa. Las cosas entre ustedes parecían estar mejorando.

Hiro inhaló profundamente, tratando de distender la tensión en su pecho.

—En serio, no es nada de lo que preocuparse. Lo superaremos con el tiempo.

Dolorosamente, Hiro admitió que superar y olvidar nunca fueron su fuerte... pero mentir, reprimir sus sentimientos, esconder a los demás su sufrimiento, eso era otra historia.

—Entiendo —susurró, sabiendo que nada de lo que dijera haría a Hiro hablar. Entonces, solo le quedaba esperar a que estuviera listo —. Siempre puedes contarme, ¿Sabes?

Hiro sonrió, enternecido, antes de obligarse a soltar un bufido.

—No necesito una sesión de terapia con alguien que no puede salir del clóset, necesito que elijas el maldito vestido para irme a dormir —se burló, y no pudo más que echarse a reír al oír el insulto en japonés que la mujer le dedicó.

—Bien, bien —gruñó, abriendo de par en par la puerta —. Si este no funciona, cancelo la cita.

Dispuesto a burlarse, Hiro se irguió para dedicarle una mirada divertida y una dura crítica. Sin embargo, las palabras se ahogaron en su garganta cuando vio a su tía.

—Diablos, ahora sí necesito esa sesión de terapia.

Cass se echó a reír, claramente consciente de su buen aspecto en cuanto posó la mirada en el espejo de pared. El vestido, de un rojo borgoña que no resultaba ni demasiado oscuro ni demasiado chillón, lucía el cuello y hombros de la mujer y mandaba al diablo la regla de los centímetros por debajo de la rodilla con un tajo que haría tragar saliva a más de uno, sin dejar de ser elegante.

Sencillamente con eso y su expresión confiada, Cass estaba despampanante.

Trató de pensar alguna broma que molestara a su tía, pero claramente nada funcionaría. Ella sabía que estaba hermosa.

—No es correcto que yo lo diga, pero voy a darle una paliza a ese idiota si no aprecia a la asombrosa mujer que le está dando una oportunidad.

Cass se echó a reír, encantada.

—Hiro, amor, yo sola puedo darle una paliza, y él lo sabe bien.


—¿Sabes? Estás teniendo actitudes tan infantiles como las que me reprochas a mí, Fred.

—No me hables —gruñó, dedicándole una mirada asesina antes de volver a posarla sobre la pantalla.

Wasabi suspiró pesadamente, encantado, pero algo irritado por la actitud huraña del chico.

Volvió a tantear terreno, buscando meter su pie bajo la camiseta de Fred para atraerlo. Pero no solo no logró atraerlo de su posición -en la otra punta de la cama-, sino que además se ganó un nada suave golpe en la pierna.

La recogió de inmediato, ahogando un alarido ante el repentino calambre que le agarrotó los músculos de la pantorrilla. ¿De dónde habría aprendido Fred aquella acupuntura tan peligrosa?

Aunque era fascinante, luego de casi dos días sufriendo los mismos rechazos cada vez que trataba de tocar a su novio, ya temía que llegaran a tener un efecto a largo plazo. En especial si lo sumaba a los intentos de asarlo vivo que el chico llevaba teniendo en los entrenamientos desde que le aplicó su ley marcial.

—¡Vamos, Fred! —exclamó —¡No puedes actuar de esta manera!

—Puedes ir al show de stand up con Honey si te molesta tanto —gruñó, aferrándose a su peluche de Umbreon —. Después de todo, parece que disfrutarías más ese tipo de citas.

Wasabi suspiró, antes de reír entre dientes.

—No es que no disfrute de ver cómo desmiembran a un Lannister, pero... —se burló, pero se reservó el resto de la frase al ver la mirada asesina que le dedicó.

Hubo un instante de silencio, y Fred consideró por un momento, y no sin cierta intranquilidad, haber colmado la paciencia del otro. Sin embargo, ni siquiera pasó un minuto antes de que un firme agarre en su brazo lo tomara por sorpresa. Se removió, sorprendido y quizás algo asustado.

No obstante, Wasabi fue gentil en atraerlo todo el camino hacia él, hasta que lo tuvo sentado sobre su cadera. Vulnerable y manejable por la sorpresa, Fred ni siquiera se resistió cuando lo atrajo a su pecho con ternura.

—Dijiste que me respetabas, ¿No? —preguntó, la voz ronca y seria, y Fred lo miró desconcertado —. También creo recordarte decir que sólo harías el amor conmigo, ¿Verdad?

—¿Q-Qué? —preguntó, y tardó un momento en recordar lo que había dicho al regresar de la isla, una semana atrás.

Aún sintiéndolo reticente, Wasabi acercó la mano con que lo sujetaba hasta su rostro, posando con delicadeza sus labios sobre la blanca piel de su muñeca. Fred se estremeció inconscientemente ante el roce y la mirada seria del otro, fija en sus ojos. Su cuerpo entero se erizó ante aquella mirada dulce y llena de devoción, aquella que tanto había extrañado aunque se lo negara.

—Es lo mismo para mí —murmuró sobre su piel —. Te respeto, te amo, sólo podría estar así contigo, y no me importa mucho en dónde o haciendo qué. Entiendo que tuve unos celos absurdos en el viaje y que estuvimos molestos este tiempo, pero, por favor, no creas ni por un instante que sería capaz de buscar a otra persona que no seas tú sólo porque no me dejes tocarte unos días.

Asombrado, Fred se le quedó mirando como si acabara de hablar en un idioma desconocido. Pero al cabo de unos segundos, el rubor que paulatinamente comenzó a cubrir sus mejillas fue la mayor certeza que pudo conseguir de que el chico le había entendido.

Y es que solo esas palabras bastaron para que Fred se estremeciera y no supiera dónde ocultarse, a medias por la pena, a medias por la explosión de dicha que, lentamente, comenzaba a embargarlo desde la base del estómago. A Fred le bastaba esa mirada oscura y llena de ternura, y esa expresión dulce con que el otro lo miraba, para que toda la molestia y las inseguridades desaparecieran en el acto.

Apenado como estaba, comenzaba a ser consciente de la tontería que había sido reaccionar como lo hizo al marcharse y ponerse tan molesto con el otro.

Tragó saliva cuando Wasabi alzó el rostro para darle un beso en la mejilla ardiente, sintiendo un nudo en la garganta.

—Wasabi... yo... — volvió a tragar saliva, antes de cerrar los ojos —. Diablos, qué difícil es comportarse como un adulto.

El moreno se echó a reír, completamente de acuerdo, antes de atraerlo en un abrazo y recorrer sus ardientes mejillas a besos.

—Lamento haber dicho eso —murmuró, recostándose sobre su pecho —. Diablos, incluso siento que debo disculparme con Honey.

—Está bien... es bueno saber que también puedes celarme —comentó, envolviéndolo en un abrazo —Comenzaba a creer que no te interesaba o algo así.

Fred rio, pensar que Wasabi era de los primeros en criticar que las películas no debían romantizar los celos.

Más tranquilo, se recostó en su pecho y se dejó mimar.

—¿No interesarme? Estar contigo es genial, es como tener mi propio Totoro gigante.

Las caricias en su espalda se detuvieron y pudo sentir, por la contracción en su pecho, cuánto trataba Wasabi de contener la risa.

—¿Me tengo que sentir sexy o algo...?

Sonrió, y se estiró hasta poder dejar un pequeño beso en sus labios morenos.

—Te tienes que sentir irremplazable, porque lo eres.

Enternecido, Wasabi posó suavemente los labios sobre su cabello. Duraron de esa manera por algunos minutos, sin prestar atención ya a la serie.

De hecho, después de tanto tiempo sin estar así con Fred, su mente estaba más dispuesta a otra cosa que una noche de cine.

—¿Sabes? Es un poco cruel que no me hayas dejado tocarte por una semana solo por celos, cuando tú...

—No jodas, ¡A ti te besaron en mi cara!

Bastante sospechoso, ahora que lo pensaba.

—¿Y cómo debería castigarte yo? —preguntó, juguetón. Fred se estremeció al sentir como una mano traviesa se deslizaba por su camiseta, recorriendo su piel desnuda.

Tragó saliva, alarmado. Había pasado un tiempo desde la última vez, y Wasabi no parecía dispuesto a darle un momento para poner su cuerpo en condiciones.

—¿S-sabes? Romantizar los castigos p-puede llevar a relaciones tóxicas... ¡No, Wasabi, ¡espera!


—Y perfume en el cuello, querida, eso es lo más importante si...

—Lo sé, señora Matsuda, lo sé —rio tía Cass, como si no estuviera ruborizada hasta el pecho y no viera de reojo cómo Hiro se mordía el labio para no estallar en carcajadas, escondiendo el rostro tras sus apuntes —. Le aseguro que me pondré perfume en todos los lugares que me indicó, no se preocupe. Espero que tenga una lindanocheadiós.

Fue solo cuando pudo cerrar la puerta "suavemente" tras la viejecita, que Hiro por fin pudo echar la cabeza hacia atrás y soltar una larga serie de carcajadas, despatarrado en la mesa y sujetándose de una silla.

Su tía le dedicó una mirada fulminante mientras se sacaba el delantal.

—Tenías que decirle, ¿Verdad?

—Nunca pensé que los consejos de una viejecita podían ser tan atrevidos —exclamó, sin aire y secándose una lágrima —. Lo de las pastillas para el dolor de articulaciones a la mañana siguiente es genial, la versión menopáusica de la pastilla del día después.

Cass suspiró pesadamente, sonriendo a su pesar, antes de girarse a su otro sobrino. Tadashi fingía estar atento a la taza en sus manos, pero podía apostar que estaba viendo a Hiro de reojo.

—Voy a subir a hacer la cena ¿Puedes encargarte de cerrar? —inquirió, sacando de su ensimismamiento al chico. Cuando tuvo su asentimiento, se volvió a Hiro —¿Me das una mano?

—En un momento, estoy esperando a alguien —comentó, sorprendiendo a la mujer. Ante la interrogante silenciosa, el chico alzó las hojas que estaba ordenando en una carpeta —. Gogo va a buscar este trabajo.

Más sorprendida aún, Cass iba a comentar algo sobre el frío o la hora, pero el sonido de una taza deslizándose con fuerza en el lavabo la interrumpió. Cuando volteó a ver, Tadashi limpiaba distraídamente... ¿A Mochi?

No sabiendo cual de sus sobrinos actuaba más extraño, decidió dejarlo pasar y subir de una vez.

—No dejes sin manchas al gato y cierra pronto, ¿Sí?

Tadashi no respondió nada, pero podía jurar que su rostro estaba levemente ruborizado cuando retiró la blanca tela con que acariciaba el lomo del animal, que aprovechaba la falta de clientes para subir al mostrador.

Una vez la mujer se marchó, el silencio reinó en el lugar. Hiro hojeaba con calma su trabajo, cuidando de que no se le hubiera escapado alguna cita o signo de puntuación. Pero desde luego, nada que Hiro hiciera poniendo todo de sí podía ser menos que perfecto.

Tadashi estaba inquieto, mirando con atención el vaso térmico que permanecía intacto junto al chico. Usualmente, Hiro se tomaba el café de inmediato, por lo que aquel vaso era una presencia extraña, casi como un signo de mal agüero que le mantenía incómodo.

Trató de alejar la mirada, de concentrarse en la manera en que explicaría a Cass tres tazas menos en el mostrador. Pero entonces Hiro bostezó, con esa boca pequeña, restregándose un ojo lloroso por el sueño, y su cuerpo se debatió entre burlarse y decirle que se fuera, que él daría el trabajo a Gogo, o entre acercarse y darle un par de besos a esos párpados pesados de leer todo el día. Podría acariciar su cabello hasta que se durmiera, hasta que su cuerpo se relajara tanto que tuviera esos labios entreabiertos a centímetros de él y al chico tan vulnerable que...

Sintiendo sus orejas arder, se dedicó a limpiar a Mochi con mayor dedicación aún.

Para su suerte o desgracia, la puerta del café se abrió con un sonido tintineante, y una congelada Gogo apareció ante ellos, con las orejas y nariz levemente rojizas.

—Que frío de mierda —los saludó amablemente, dedicando una mirada apenas a Tadashi, y yendo directo a la mesa donde Hiro estaba —. Hey.

Hiro sonrió, entre divertido y reprochándole.

—Te dije que yo podía imprimirlo y entregarlo al profesor —le recriminó, poniéndose en pie y dándole el trabajo prolijamente encuadernado a la chica.

—No te preocupes, tenía que pasar por aquí de todas maneras, y mañana tengo que ir temprano, no tendrás que madrugar con este frío —se burló. Ambos sabían que las carreras matutinas de Hiro desaparecían en invierno.

Le dedicó una ojeada al trabajo, pero Hiro habló antes de que pudiera seguir.

—Acomodé el formato, hice las citas que faltaban y lo revisé unas cinco veces. Creo que no hay errores.

Gogo le dio una mirada agradecida, antes de guardar el trabajo en su mochila.

—Eres el mejor —afirmó, llena de seguridad y con una sonrisa de oreja a oreja, a lo que el chico no pudo evitar sonreír, ruborizándose.

Sin embargo, no por ello dejaría de ser el coqueto que era.

—Soy irresistible, lo sé —rio, acompañándole a la puerta, aun con el café en la mano. Se lo dio con una sonrisa entre dulce y prepotente —. Toma, hace mucho frío hoy, pensé que querrías algo caliente para el camino.

El maullido de queja de Moshi estuvo a punto de distraerlo, pero el brillo en los ojos de su amiga fue suficiente para llamar su atención, extrañándolo. Era esa mirada maliciosa que ponía cada vez que se traía algo entre manos.

—En verdad eres encantador —murmuró, tomando el vaso de su mano, con una sonrisa apenas perceptible.

Y aunque esperaba algún remate, Hiro nunca, ni en un millón de años, hubiera esperado que Gogo se inclinara hacia él y le besara.

Directo en los labios.

Hiro jamás hubiera sospechado que el remate de la broma no era para él en absoluto.

La chica le dio un nuevo beso, sosteniendo sus mejillas enrojecidas con delicadeza, mientras él seguía perplejo del primero, y se separó solo cuando Moshi volvió a quejarse.

Con las mejillas arreboladas y una sonrisa autosatisfecha, Gogo se escabulló por la puerta con un acelerado "Nos vemos en el entrenamiento de mañana", dejando el lugar en el más absoluto y pesado silencio.

Fue solo unos segundos después que Hiro sintió la imponente presencia de su hermano tras de sí, atrapándolo entre la puerta y él.


Gogo aún estaba riendo y con la respiración acelerada cuando entró en el auto en marcha frente al café.

—Por todas las Vírgenes en las que creas, Honey, acelera. Creo que Tadashi va a perseguirnos.

La chica se echó a reír, aunque no tardó en poner el auto en movimiento.

—¡Lo besaste en la boca! ¡¿Estás loca?! —exclamó, recordando cuánto había dudado ella con solo besar la mejilla de Wasabi un par de veces —. Era ponerlo celoso, Gogo, no hacer que te ponga una perimetral sobre Hiro.

Pero ella no la escuchaba, demasiado excitada para hacer otra cosa que no fuera sonreír de oreja a oreja.

—¿Viste la cara que Tadashi puso? —gesticulaba con los ojos brillantes, tan emocionada como no lo había estado desde los quince años, la primera vez que se escapó de casa para una carrera clandestina —. Juro que creí que iba a tirarme al gato.

Honey volvió a estallar en carcajadas, y aprovechó un semáforo en rojo para inhalar hondo y serenarse.

Cuando el vehículo se movió de nuevo, ambas se dedicaron una mirada satisfecha, internamente ansiosas por conocer el resultado de sus esfuerzos.

—Tienes una mente aterradora —rio la chica, aceptando el vaso de café que la coreana le tendía, mientras se sacaba los restos de maquillaje rojo de la nariz — ¿No crees que nos habremos pasado?

Gogo desestimó su inquietud con una pequeña risa, aceptando de nuevo el vaso. Lo alzó en su dirección, proclamando con voz solemne:

—A chicos desesperantes, medidas desesperadas.


Sí, sé que parece más un collage que un capítulo. Pero les juro que esta vez avanzaré más con la historia, y necesitaba algo más dinámico que solamente ver a Hiro y Tadashi revolcarse en la miseria y la culpa (¿Tienen idea de cuantas veces escuché Misery x CPR mientras escribía esto?), y sí, prácticamente soy Gogo y Honey ¿Notaron que el primer día de Tadashi en el instituto ambas miraban el libro de química de Honey? Pero claro que iban a ser otakus. Amé escribir sobre ellas y de ellas como amigas.

¿Por qué el Wasabi x Fred? Porque los amo, no puede ser de otra manera, son hermosos.

¿Y por qué el nombre de Gogo? Porque... porque así se llama jeje. Había elegido, como con Wasabi, un nombre para esta historia que hiciera referencia a la velocidad, pero releyendo la información del personaje vi su nombre original, busqué su significado (arrogante) y dije ¿Alguien arrogante que siempre tiene la paciencia al límite por sus nada convencionles amigos? No, está perfecto, no te atrevas a cambiarlo.

¿La cita de Cass? Ustedes dirán, ni siquiera sé si tengo el derecho de tratar de mantener cierto misterio, porque ya deben sospecharlo.

En fin. Creo que no hay nada que comentar además de eso. Los dejo hasta aquí y me pongo a trabajar para el próximo cap.

Los amo, gracias por llegar hasta aquí conmigo.

Besos y abrazos!

Balalalalah~