En menos de medio año, ¿Quién se la vio venir?
La libertad no tiene precio jajaja.
No hay mucho que decir, sólo que no podía esperar a actualizar esta historia y que ha sido una semana de mucha inspiración, así que no quise dejar de escribir hasta poder traerles el nuevo capítulo que se merecían.
Sin más que decir, los dejo con la lectura.
Nos vemos abajo, mis Grandes Héroes~
Caer en la Tentación
Hiro la miraba insistentemente desde la encimera de la cocina, comiendo sus gomitas sin apartar los ojos de su tía, mientras ella terminaba de retocarse los labios en el espejo de su bolso.
—Vas a hacer que me duela la cabeza, cariño —comentó la mujer con diversión, antes de dedicarle una mirada socarrona de reojo —. No tienes nada de que preocuparte, lo sabes ¿No?
Él estrechó los ojos, acusador.
—Por lo menos deberías darnos un número de contacto —reclamó, irritado — ¿Dónde deberíamos preguntar si no llegas a tiempo?
Cass sonrió, enternecida y a punto de soltar una carcajada ¿A tiempo? Nadie le había puesto horarios de llegada desde los quince años.
—Estaré bien —lo ignoró, así como a sus reproches, antes de dirigir una mirada a su otro sobrino, que observaba por la ventana con gesto apreciativo.
—Está nevando, tía —señaló, como al pasar, y definitivamente mucho más discreto que Hiro, que saltó de la encimera y le dedicó un gesto exasperado a sus ropas y su ligero abrigo.
—¡Te morirás de frío!
Esta vez no pudo evitar echarse a reír.
—Cariño, el frío va a ser lo de menos, créanme —rio, coqueta, y Hiro estaba a punto de darle un sermón propio de un hermano mayor celoso, cuando el sonido de un bocinazo alertó a los tres de que la cita de su tía acababa de llegar —. Bien, me voy.
Hiro refunfuñó un par de intentos de detenerla, pero sólo logró frustrarse y que una marca de beso rojiza le llenara la mejilla derecha. Tadashi aceptó el beso con resignación, y siguió a la mujer con la mirada mientras gritaba su típico No se metan en problemas por las escaleras.
El sonido de la puerta principal al cerrarse ni siquiera había cesado cuando sintió la desordenada cabellera de su hermano rozando su mentón, tratando de ver por la ventana al menos la patente del auto negro, que ahora se perdía por la calle cubierta de blanco.
—Maldición —farfulló, mirando con gesto acusador los surcos que las ruedas dejaban.
Fue lo único que se escuchó en la casa después de eso, mientras el silencio llenaba cada rincón. Demasiado tarde Hiro notó el pesado ambiente, así como la forma en que despreocupadamente se había acercado a Tadashi, cuando la noche anterior había escapado apenas.
Luego de que Gogo huyera del lugar tras el beso, Hiro debía reconocer que apenas había reparado en la presencia de su hermano hasta que sintió el calor de su cuerpo demasiado cerca, casi pegado a su espalda. Al girarse, el chico tragó saliva, asustado por el par de ojos enfurecidos que permanecían fijos en él.
Tadashi se mantenía erguido en toda su altura, fuerte, dominante, y tan intimidador como nunca antes le había parecido, ni siquiera estando borracho. Aunque su gesto parecía calmado, él sabía perfectamente que aquello no podía estar más alejado de la verdad: en ese estado, Tadashi era capaz de todo.
Por ello trató de apartarse en cuanto fue consciente de lo que ocurría, y un estremecimiento lo recorrió por completo cuando ambos brazos se posaron con fuerza a los lados de su cabeza, haciendo que la puerta se quejara y a él se le escapara un respingo. No sabía qué estaba pensando su hermano en ese momento, pero la posición, su mirada y la forma en que pegó su cuerpo hasta prácticamente eliminar cada espacio entre ellos, era peligrosa. Y no precisamente por el lugar en el que estaban, a plena vista donde todos los conocían.
Aterrado como estaba en ese momento, como jamás creyó estarlo del otro, Hiro sintió todo su cuerpo vibrar ante la cercanía del cuerpo ajeno, respondiendo por su cuenta a todas las señales que el otro le enviaba, eufórico cuando, luego de susurrar su nombre con un leve temblor en la voz, Tadashi se inclinó como si estuviera dispuesto a morder su boca hasta hacerlo sangrar.
No estaba seguro de cómo habría controlado la situación si su tía no lo hubiera llamado desde la parte superior de las escaleras para que subiera a darle una mano. De hecho, no estaba seguro de que hubiera hecho algo para detenerlo si de él hubiera dependido.
Y la mirada que Tadashi le había dedicado, demandante, le había mantenido en vilo desde entonces, haciéndole estremecer ante su recuerdo cada vez que, desde la noche anterior, ambos se habían quedado solos. No podía dejar de pensar que Tadashi sólo estaba esperando el momento adecuado para poder atacarlo, sin que nadie los detuviera.
Tragando saliva disimuladamente, Hiro intentó dar un paso hacia un lado para alejarse de Tadashi, apenado y sensible ante el recuerdo. Más se detuvo al sentir cómo el otro rozaba su brazo. Un sutil aleteo de sus dedos sobre la tela, algo que apenas podría haber sido un accidente, pero que bastó para que el chico se quedara de piedra en su lugar por lo que le parecieron horas.
Pero tan pronto como el contacto llegó, se fue, y Hiro inhaló profundamente cuando el otro se apartó con ligereza hacia la cocina, aunque no por ello menos sorprendido.
—¿Quieres pasta para la cena? —le oyó desde la cocina. Sonaba tan normal como de costumbre, mientras a él con suerte lo sostenían sus piernas. Era tan injusto.
—C-claro —jadeó, y maldijo en su fuero interno apenas abrió la boca.
Tan injusto.
Mientras restregaba con fuerza los platos, Hiro reflexionó que tal vez estaba siendo un poco demasiado paranoico.
A fin de cuentas, Tadashi no había hecho nada extraño durante el día. De hecho, a excepción de la negativa a entrenar aquel fin de semana –que había desencadenado en la llamada más incómoda que nunca hubiera protagonizado con Wasabi, Fred y jadeos de fondo-, no había nada exactamente diferente en su hermano.
Se había levantado antes que él como cada mañana, y había subido a despertarlo con aparente tranquilidad, como si hubiera olvidado lo incómodo de su situación o lo que fuera que lo hubiera molestado la noche anterior. Habían almorzado en relativa calma con su tía, si se podía entender como calma al interrogatorio frustrado que habían intentado realizarle, y durante la tarde cada uno había tenido su itinerario habitual entre la universidad y el café. Nada extraño.
Ni siquiera ahora, luego de comer juntos viendo una película, parecía haber estado especialmente atento a él. De hecho, es posible que el único que se hubiera sentido inquieto con la cercanía fuera Hiro. Se le hacía casi imposible no saltar cada vez que la rodilla de su hermano rozaba la suya en un movimiento no intencional, mientras él parecía ni siquiera notarlo.
Casi había escapado con los cuencos de ambos, dispuesto a realizar la limpieza como nunca antes en su vida.
Aunque ahora mismo, mientras luchaba con los pedazos de salsa adheridos a la hoja de uno de los cuchillos de cocina, se arrepentía profundamente de su acceso de higiene.
—¿Qué demonios le pones a la salsa?, ¿Pegamento? —se atrevió a preguntar, enfurruñado con lo que parecía ser salsa de tomate mutante.
—Lava y deja de quejarte —la respuesta divertida de Tadashi le hizo alzar una ceja, sumando otro punto a la teoría de que estaba preocupado por tonterías. Fuera lo que fuera que hubiera pasado anoche, Tadashi había recuperado su convicción de volver su relación tan normal como le fuera posible.
Hiro hizo una leve mueca, algo desilusionado, antes de que su mente vagara por otros rincones. Pese a que lo que había ocurrido era algo fuera de lo común, lo cierto es que si Tadashi había actuado de esa manera, no era más que porque Gogo había actuado de manera extraña antes.
La situación no hubiera resultado tan descabellada si se tratara de Honey, siempre afectuosa y predispuesta a dar besos. Podría llegar a entender que algún movimiento brusco de cabeza interfiriera en sus saludos y hacer que diera un beso en la boca a alguien por accidente... Pero ¿Gogo? Ella con suerte saludaba a las personas, menos dar un beso.
La primera vez que lo había hecho no había dado demasiadas vueltas al asunto, suponía que sería algo de una vez, que la chica estaba teniendo un buen día y se comportaba más amigable de lo normal por eso. Pero lo de anoche... lo de anoche no había sido para nada un accidente, habían sido dos besos perfectamente premeditados a los que aún no podía dar sentido ¿Una broma?, ¿Una apuesta? No podía imaginarla con la primera y la segunda era prácticamente imposible.
¿Por qué ella entonces...?
Una idea nueva comenzaba a formarse en su mente, cuando la hoja se resbaló en medio de una frotada demasiado firme.
—Mierda —Hiro siseó por lo bajo, dejando caer en el acto el dichoso cuchillo. Se apresuró a limpiar de restos de salsa y jabón la herida, y se estremeció al ver el hilillo constante de sangre que ahora caía por su dedo. ¿Baymax tendría razón en preocuparse por su dificultad para coagular?
Un movimiento a sus espaldas lo puso en alerta, y se apresuró a poner la herida una vez más bajo el chorro del grifo.
Claro que eso no detendría a Tadashi.
—Déjame ver —exigió el joven, colocándose a su lado con una expresión implacable.
—No es nada —se apresuró a desestimar, incómodo con la atención extra que recibía. Pero su hermano no daría el brazo a torcer.
—Hiro...
Y ante ese tono serio de reproche, el chico no pudo más que suspirar con resignación y cerrar el grifo. De inmediato el otro lo tomó por la muñeca, acercándola a su rostro. Ni siquiera pasaron cinco segundos antes de que una gotita carmesí cayera de la herida.
—Creí que estabas tomando tus medicamentos —le reprochó, y Hiro farfulló, apenado. Odiaba los hemostáticos desde que tenía memoria, y odiaba que Baymax tuviera información de sus nuevos medicamentos en sus archivos.
Sin embargo, no alcanzó a comentar nada, porque Tadashi ya estaba aplicando su tratamiento tradicional.
Hiro no supo cómo disimular el estremecimiento que le recorrió de pies a cabeza al sentir la humedad de la boca de su hermano sobre su dedo, succionando suavemente la zona alrededor de la herida.
No, no había una forma más antihigiénica, y sin embargo era lo que siempre habían hecho ante sus sangrados: él hacía una tontería, y Tadashi cortaba la hemorragia antes de que hiciera un desastre.
Pero nunca antes hasta entonces, su cuerpo había respondido de la manera en que lo hizo ante un gesto tan natural como ese. Tadashi chupó, y él tembló de pies a cabeza, con el pulso acelerado y un extraño cosquilleo recorriendo todo su cuerpo en cada succión. Tragó saliva, y presionó sus muslos, tratando de disimular su estado.
Era consciente de que todo volvería a ser incómodo en el momento en que Tadashi descubriera las reacciones que su boca estaba causando en su cuerpo, de que se apartaría en cuanto viera en sus ojos el anhelo, el deseo de que esa boca tomara la suya en ese instante. Y sabía que debía distraerse en otra cosa, pero sólo podía ver cómo los labios húmedos se envolvían en su dedo, cómo esa mano larga y firme rodeaba sin dificultad su muñeca, y cómo su lengua lo recorría con gentileza, acariciando sin dolor su herida.
Y cuando Tadashi alzó la mirada, seria y más oscura de lo habitual, supo que su expresión, fuera la que fuera, acababa de delatarlo. Porque sus mejillas ardían, su respiración era entrecortada y él a duras penas pudo reprimir un estremecimiento que nada tenía que ver con la nevada de afuera.
Los movimientos sobre su dedo se detuvieron en el acto, y Hiro cerró los ojos con fuerza, avergonzado de sí mismo por no tener el más mínimo autocontrol.
Aunque los volvió a abrir de inmediato, tan ampliamente como podía, al sentir como la boca que acababa de dejar su dedo se apoderaba de la suya. Jadeó, sorprendido, y sintió los dientes de Tadashi sobre su labio inferior.
La mano que le sostenía por la muñeca no lo soltó, por el contrario, su agarre se hizo más firme y lo atrajo hacia él, pegando sus cuerpos, obligando al chico a arquear la espalda para mantener el equilibrio y no caer sobre Tadashi.
Pero entonces vio el abundante hilo de sangre que teñía su índice, y Hiro jadeó, espantado con la idea de hacer un desastre.
—T-Tadashi —jadeó, apartándose apenas de los labios voraces del otro —. Tadashi, la herida.
Gruñendo, el aludido se apartó unos centímetros, atrayendo de nuevo la mano a su rostro. Y aunque Hiro creyó que recuperaría la lucidez en cuanto lo viera, Tadashi no se detuvo pese a tener sus ojos fijos en su cara cuando recorrió toda la longitud de su dedo, en un gesto endemoniadamente provocador, recogiendo en su lengua el rojizo líquido.
Sintió el borde de la mesa chocar contra su cintura en el momento mismo en que volvió a meter su dedo en su boca, y no es que cuestionara sus conocimientos sobre medicina, pero dudaba que esa hemorragia parara alguna vez si seguía acelerándole de esa manera el pulso.
No alcanzó a comentar nada, antes de que su hermano volviera a inclinarse sobre él, y el sabor metálico estallara sobre su propia lengua cuando lo besó de nuevo, desesperado y demandante.
Y esta vez, Hiro no pudo hacer nada por reprimir un jadeo cuando, sin previo aviso, una de las piernas del mayor se coló entre las suyas, presionando su muslo con firmeza contra su pelvis.
Intentó cerrarse, pero eso solo logró que Tadashi fuera más insistente en sus intentos, llevando sus labios a su oreja. No tardó en hacerle gimotear, y una grave y baja risa junto a su oído fue lo que su cuerpo necesitó para cobrar vida propia.
—N-No, espera —jadeó, pero no había mucho que pudiera hacer cuando lo aferró de la cintura con su mano libre y, en un movimiento que parecía no haberle exigido el más mínimo esfuerzo, lo dejó sobre la mesa, con sus caderas entre sus piernas abiertas y sus dientes mordiendo sus labios.
No tenía idea de cómo lo hizo caer, pero lo próximo que supo era que su espalda estaba ahora contra la mesa, y que su hermano ya no solo sostenía por la muñeca su mano herida. Una parte de él, secreta y atrevida, se estremeció de dicha al ver que Tadashi era completamente capaz de inmovilizarlo con una sola mano.
La otra, lo hizo de espanto.
Sintió algo áspero empujarse contra su mano, y al alzar la vista se sorprendió a encontrar entre sus dedos sangrantes un puñado de servilletas.
Arqueó una ceja.
—Qué considerado —murmuró, inconsciente de que lo decía en voz alta, hasta que una pequeña risa sobre la piel de su cuello le hizo temblar.
—Lo siento, pero no creo poder detener el sangrado antes de estallar —ronroneó, dedicándole una mirada maliciosa, antes de presionar con mayor firmeza sus muñecas —. Pero te ayudaré a mantenerlas quietas.
Su piel entera ardió ante el tono bajo y gutural, y Hiro no estuvo muy seguro de cómo reaccionar por un momento... pero entonces una sonrisa resignada arqueó sus labios, y la emoción brilló en sus ojos.
—Siempre tan atento, hermano —ronroneó, y tembló de pies a cabeza cuando el otro volvió al ataque, con mayor intensidad. Soltó un respingo cuando una mordida sobre su labio fue demasiado intensa, aunque a su cuerpo no parecía importarle mucho. Se mostraba tan abierto a cada avance del otro, que no le cabía la menor duda de que había extrañado tanto el contacto de Tadashi como él sus conversaciones.
Y a juzgar por la nueva sensación que se presionaba contra su pelvis, no era su cuerpo el único que había extrañado al otro.
Juguetón, se las arregló para alzar sus pies hasta el borde de la mesa, y con el apoyo extra se dedicó a remover sus caderas contra las de su hermano.
Tadashi gruñó dentro del beso, y se apartó un poco, solo para enterrar su rostro en su cuello y presionar contra él, sintiendo su dureza crecer contra la suya. La mesa crujió, y Hiro se mordió el labio para no soltar un gimoteo ante el cosquilleo que lo recorrió entero.
—Tadashi —jadeó, azorado y con la voz temblorosa. Trató de imprimir algo de firmeza a su tono—. Si vas a hacer algo, por favor hazlo antes de arrepentirte porque si me dejas así ahora juro que voy a matarte.
Y lejos de sentirse culpable o avergonzado, Hiro comprobó que el muy bastardo se echaba a reír. ¡A quién le importaba si dejaban las cosas a la mitad, iba a matarlo justo ahí!
O lo hubiera intentado, si no fuera por la mano furtiva que se deslizó hasta el borde de su pantalón, al tiempo que el chico volvía a besar sus labios. Y a la lengua traviesa que se abrió paso en su boca, la siguió una firme mano sobre su erección semidormida.
Avergonzado, comprobó una vez más cuán poco necesitaba su cuerpo para despertar bajo el toque de su hermano, y pronto debió alejarse en busca de aire, mientras los labios traviesos recorrían su cuello y la mano firme no dejaba de bombear lentamente su miembro. Un ramalazo de placer lo estremeció, y su cuerpo se alzó en respuesta, pegándose a las caderas del otro.
El gruñido de Tadashi, más ronco y profundo que los anteriores, llamó su atención, y Hiro no pudo evitar volver a alzar las caderas, curioso.
Un insulto bajo por parte del mayor le hizo temblar de pies a cabeza.
—No puedes quedarte quieto ni siquiera por tu bien, ¿Verdad, mocoso? —jadeó, antes de soltarlo por un momento, sacándole un gimoteo inquieto que hizo reír al mayor —. Tranquilo, no me iré a ningún lado... de cualquier forma, no podría en este estado.
Y Hiro lo miró con curiosidad, antes de sentir una presión contra su miembro libre, y que los colores se le subieran al rostro. No necesitó bajar la mirada, el jadeo de alivio de Tadashi y el roce extra eran lo suficientemente esclarecedores por sí mismos. Pero sólo cuando soltó sus muñecas fue realmente consciente de qué tenía en mente, entrelazando sus dedos con una de sus manos.
—Está bien, pon el ritmo que quieras —murmuró sobre su boca, curvando sus labios en una sonrisa arrebatadora. Y Hiro apenas pudo reprimir un jadeo cuando sus manos entrelazadas comenzaron un lento ritmo sobre sus miembros unidos.
Al principio tímido, Hiro sólo necesitó que Tadashi volviera a besarlo y rozarse contra él para saber qué hacer, subiendo y bajando lentamente sobre la piel cálida y húmeda, mientras Tadashi dejaba un sinfín de besos en su cuello y labios, y susurraba promesas llenas de malicia junto a su oído. Él era cada vez más inconsciente del mundo que le rodeaba y perdía el control de su respiración.
Y con la impaciencia que lo caracterizaba, no pasó mucho antes de que marcara un ritmo constante y veloz, tratando de dar tantas atenciones a Tadashi como pudiera, pero que ya lo tenía al borde del abismo.
Tadashi mordió con fuerza su hombro, y creyendo que estaba cerca, Hiro aceleró el ritmo para que el alivio fuera mutuo.
Estaba a punto de conseguirlo cuando, sin piedad alguna, sus manos volvieron a estar sobre su cabeza, firmemente sujetas sobre la mesa, y todo contacto con el cuerpo de Tadashi se limitó a ese punto en sus muñecas.
A Hiro le tomó un momento darse cuenta del cambio, pero cuando lo hizo y enfocó la mirada de su hermano, entre hambrienta y de reproche, no pudo más que tragar saliva, aun cuando no sabía por qué motivo.
—¿Tadashi? —le llamó, aún jadeante y con la voz demasiado grave, pero inevitablemente preocupado —¿Q-Qué ocurre?
Su hermano no estaba en un estado mucho mejor, jadeante, agitado y con estremecimientos recorriendo su cuerpo. Y, sin embargo, había una sospechosa lucidez en su mirada.
Cuando habló, con la voz ronca pero claramente en mejor estado que la suya, las piezas se acomodaron ante sus ojos y llegó a la misma conclusión de siempre.
—¿Qué hay entre Gogo y tú?
Tadashi era el mayor hijo de puta que hubiera existido.
—¿Qué? —preguntó, más por la incredulidad que por la pregunta en sí. ¿En serio Tadashi tenía que hacer eso?, ¿No podía preguntarle directamente, como una persona normal?
Pero además de ser un hijo de puta, parecía tener mucha menos paciencia que de costumbre.
—Lo que oíste —respondió, cortante, y su molestia era tan evidente que Hiro ni siquiera pudo enojarse como correspondía. En lugar de eso, y por el bien de su cuerpo, decidió ser sincero.
Tal vez Tadashi tuviera eso en mente cuando decidió un método tan extravagante para sonsacarle la verdad.
—No hay nada entre nosotros —murmuró, cerrando las piernas para proteger algo de su intimidad. Rozó suavemente a Tadashi, pero no tenía segundas intenciones, sólo quería salir de esa con algo de dignidad —. En serio.
Pero su hermano no parecía convencido en lo más mínimo.
—Ajá... Y te besó porque le dio la gana —cuestionó, claramente molesto, y su expresión amargada no pudo más que sacarle una sonrisa divertida a Hiro.
Aunque odiaba que fuera tan idiota y extravagante cada vez, adoraba tener el poder de poner así de celoso a Tadashi.
Sonrió con coquetería, esta vez sí llevando su pie hasta su hermano a propósito.
—Es que soy irresistible, ¿No crees? —se burló, enganchando el borde de su pantalón y jalando hacia él. El chico le dedicó una mirada inescrutable por un momento más extenso de lo que él hubiera esperado.
Y luego lo soltó, haciendo que Hiro casi se cayera de la mesa.
—Sí, sí que lo eres —gruñó, un tono casi herido. Hiro lo miró con sorpresa, y le tardó solo un momento reconocer esas expresiones que hace un segundo se le habían escapado: frustración y vergüenza.
Tadashi creía que le estaba tomando el pelo con lo de Gogo.
Sin saber exactamente por qué, se apresuró a aferrar su camiseta antes de que pudiera irse demasiado lejos de su alcance.
—Espera, espera —lo detuvo, recomponiendo su expresión y, un poco, sus ropas. Tadashi lo miraba como si acabara de reírse en su cara, y Hiro no pudo evitar sentirse un poco enternecido —. Lo siento, pero juro que no tengo idea de por qué me besó. Nunca hemos tenido ninguna insinuación ni nada por el estilo, ella simplemente lo hizo —con esas palabras, la expresión de Tadashi se volvió más relajada, y un dejo de perspicacia brilló en sus ojos, el germen de una sospecha basada en viejas costumbres que conocía de su amiga.
Sin embargo, un suave par de labios sobre los suyos, y un chico que se aferraba con manos temblorosas a su camiseta, fueron suficiente para apartar todo pensamiento que no tuviera que ver con ellos de su mente.
—Pero si es por eso que estamos así de nuevo, no me arrepiento para nada de tener un par de fans con los que ponerte celoso.
Tadashi no pudo evitar sonreír ante el ronroneo coqueto del chico, con esos ojos castaños que le miraban entre engatusadores y suplicantes, y su camiseta toda revuelta.
Y cuando sus ojos cayeron sobre la mordida que había usado como anzuelo, un viejo anhelo volvió a surgir en él, una promesa que había hecho hace algunos días y de la que se había olvidado como un verdadero idiota.
Con los peligros que ese olvido conllevaba tan a la vista, Tadashi no lo dudó antes de atraer al chico a su cuerpo y, en un esfuerzo mínimo, obligarlo a aferrarse a sus caderas.
Hiro jadeó al ser alzado como si pesara menos que una pluma.
—Eres muy coqueto, Hiro —su tono de voz estaba lleno de una extraña mezcla entre irritación y malicia, y el aludido se estremeció cuando aferró sus muslos con más saña de la que sería correcta al levantarlo de la mesa, casi como una anticipación de lo que venía —. Tanto, que no me lo estás dejando nada fácil. Nunca creí que necesitaría cumplir tan urgentemente mi promesa de cubrirte de marcas y besos, pero veo que no puedo dejarte libre sin que alguien quiera arrebatarte de mí. ¿No es así?
Hiro lo miró con sorpresa, sin entender del todo a qué se refería. Tampoco tuvo demasiado tiempo a interrogarlo cuando volvió a besarlo, más lento, más profundo, antes de comenzar a caminar. Si más tarde tuviera que explicar, hablaría con lujo de detalles del corazón acelerado de su hermano contra su pecho, de lo cálido y firme de sus manos tomándolo de los muslos y presionándolo contra él, o del lento toque de su boca con la suya, que lo hacía removerse contra él por más contacto, aferrándose a su nuca con delicadeza, pero sin ceder un centímetro. Podría hablar de todo ello, sin tener la más remota idea de cómo lograron subir las escaleras sin distraerse ni morir en el proceso.
El único momento en que volvió a la realidad, fue cuando se encontró tras el shoji que marcaba el comienzo de la sección de Tadashi, siendo depositado sobre la cama. Se sintió cohibido por un momento: la habitación de su hermano era un lugar mucho más cercano a su mundo real que las habitaciones con vista panorámica y los oasis de una isla. A cada mirada podría encontrarse con cosas de su vida cotidiana, con fotos de ellos jugando o con fotos de sus padres incluso...
Entendió por un instante a Tadashi y el remordimiento que lo embargó al llegar a la ciudad, y estuvo a punto de alejarse, cuando fue su hermano quien le recostó sobre la cama, besándolo con la calma engañosa de un momento antes.
Engañosa, porque la forma en que sus manos lo tocaban, como si hubiera esperado eso por mucho tiempo, no tenía nada de calma. El único momento en que se separaron de su piel, fue para tomar su camiseta y elevarla hasta la altura de sus muñecas.
Pese al frío que lo embargó, Hiro podía asegurar que la manera en que se estremeció se debió exclusivamente a la forma en que Tadashi se relamió los labios, sin despegar sus ojos de él y sin permitirle liberar sus manos. Sus ojos se posaban sobre los suyos con aquel brillo que lo había hecho estremecer la noche anterior, y que sólo ahora podía entender era la mirada posesiva, llena de deseo animal, de su hermano. Y aunque una parte de él deseó cubrirse por un momento, consciente del mundo a su alrededor y de lo mucho que esa situación dolería a ambos luego, otra parte, mucho más sincera consigo misma, solo rogaba que Tadashi se aferrara a él y continuaran las cosas en el punto que las interrumpieron.
En lugar de eso, Tadashi volvió a tomar sus labios con un sonido ronco que reverberó en su garganta y que se parecía mucho a un gruñido de satisfacción. Lo único que quería era morder esa boca, llenar de marcas de propiedad ese cuerpo esbelto y enloquecedor, borrar de su piel y su mente cualquier marca que Gogo, o cualquiera, pudiera dejar en él. En una conducta egoísta, incluso enfermiza, quería dejar en claro ante sí mismo y cualquier otro, que Hiro era suyo, sólo suyo.
Mordió con firmeza sus labios, jalando entre juguetón y malicioso, antes de bajar por su cuello. Se ensañó con la unión en su hombro, enviando cosquillas por todo su cuerpo y haciendo que Hiro tratara de negarle el acceso al lugar, en una reacción instintiva.
Una firme mordida lo dejó estático, más por la sorpresa que por el dolor en sí mismo. Y antes de que pudiera reaccionar, Tadashi ya se había movido una vez más, en el lado contrario, lamiendo y mordiendo, y haciendo a su cuerpo estremecerse debajo de él.
Descendió cada vez más, dejando un camino de humedad por su piel y a él presionando sus muslos para ocultar la desesperación que lo embargaba en cada mordida.
Pero cuando el cálido aliento rozó uno de sus pezones, Hiro no pudo reprimir un jadeo: sensible, con Tadashi jugando sobre él y sin poder moverse, aquello se sentía más como una tortura que otra cosa.
—T-Tócame —rogó, estremeciéndose.
Tadashi apenas alzó la mirada para verlo, los ojos oscuros y labios húmedos solo lo hacían más malditamente perfecto de lo que ya era. Y la sonrisa socarrona que le dedicó no ayudó en nada a calmarle, asustado y deseoso por partes iguales.
—¿No es lo que estoy haciendo? —ronroneó, y Hiro se mordió el labio ¿En serio necesitaba hablar en ese preciso lugar?
Exasperado, le dedicó el mejor intento de mirada fulminante que su condición le permitía.
—Entonces suéltame, maldición —gruñó. Pero una firme lamida, seguida de los dientes del mayor sobre la piel sensible, bastó para que todo su cuerpo se arqueara bajo él, en un espasmo —. M-Mierda.
—Vocabulario, Hiro — ronroneó, divertido, mientras dejaba ir el pezón y descendía bajo la atenta mirada de su hermano —. Te soltaré, pero debes dejar las manos arriba hasta que te diga, ¿Entendido?
Y aunque su paciencia no estaba en condiciones de negociar, Hiro se mostró sorprendentemente obediente y no bajó las manos cuando lo soltó, aun cuando Tadashi no fue directamente al punto que más lo necesitaba. En su lugar, bajó lentamente por su pecho, lamiendo y besando con fuerza, disfrutando de dibujar sobre esa piel perfecta y aun algo dorada por las vacaciones, el lento entramado de su boca, mordiendo en las partes menos esperadas, con firmeza en las más sensibles. Hiro gimoteó cuando succionó en el espacio bajo su ombligo y removió sus caderas, ansioso o adolorido.
Pero Tadashi ignoró a consciencia ese lugar que se alzaba en protesta, y en cambio continuó descendiendo, arrastrando con sus manos la tela del pantalón y la ropa interior. Volvió a morder sobre el hueso de su cadera, y se precipitó por sus muslos internos, casi pegado a la pelvis. Mordió con fuerza y Hiro gritó, en el momento en que una mano se posaba sobre su nuca.
Y cuando alzó la mirada para burlarse porque no pudiera mantener su palabra, Tadashi notó al fin el estado en que su hermano se encontraba en verdad. Lloroso, con la respiración agitada y viéndolo como si no se atreviera a pedirle ayuda con lo que desde luego se había vuelto insoportable de un momento a otro, con un hilo de humedad que se deslizaba lentamente por su extensión.
—D-Dashi —jadeó, suplicando sin poder decir qué, y algo dentro de él se estremeció ante el apodo. De repente, ya no se creyó capaz de poder acabar su tarea sin volverse loco.
Embargado por una repentina desesperación, se irguió sobre la cama y se deshizo de su camiseta con un movimiento violento, antes de arrojarla al suelo junto a los pantalones de Hiro. Éste se movió un poco al centro de la cama, pero no pudo ir muy lejos antes de que Tadashi lo aferrara de las pantorrillas y lo obligara a abrazar su cadera. Ambos se estremecieron con el roce, y Hiro se mordió los labios al tiempo que cerraba los ojos. Bien, definitivamente era el que más necesitaba ayuda.
Un grito salió de sus labios cuando la mano firme de su hermano lo tomó, pero se forzó a acallar el siguiente. Tadashi se movió lentamente, cuidadoso de no empeorar la zona adolorida, y Hiro sintió como si sus ojos estuvieran a punto de volverse ante la primera explosión de placer que lo recorrió.
Gimoteó algo que ni siquiera él entendía, y sintió como el cuerpo de Tadashi se acercaba al suyo, tembloroso y caliente, con la respiración agitada al igual que la suya. Mordió su cuello una vez más, antes de sumarse al húmedo vaivén en sus caderas. Su gemido ahogado, bajo y grave, casi le hizo correrse en ese instante.
Consciente de que su mano tenía demasiado con los dos y sintiéndose generoso, llevó su propia mano al miembro de su hermano. Tadashi dio un respingo y él se maravilló una vez más de la firmeza y volumen del otro.
—Espera —jadeó sobre su oído, y estuvo a punto de arquearse en un ofrecimiento solo por su tono ronco y bajo. No obstante, una parte de él sonrió, divertida por ser, al menos una vez, el que ignorara las suplicas de Tadashi. No lo dudó antes de mover su mano, en un ritmo más lento que el que había usado antes, y realizando círculos con el pulgar cada vez que llegaba al final.
Pese a saber que estaba jugando sucio, le sorprendió que Tadashi acelerara sobre su propio cuerpo, sacándole un grito de sorpresa al chico. Cuando alzó la mirada, el rostro de su hermano parecía menos que comprometido con su tarea, con aquellos ojos desafiantes y mordiéndose los labios como cuando en verdad estaba resuelto a lograr algo.
Y si ese algo era volverlo loco, iba a la perfección.
La sonrisa divertida de Hiro se esfumó en un jadeo desesperado cuando presionó con firmeza la punta, antes de envolver también sus dedos y obligarlo, otra vez, a tomar sus miembros unidos. Y al estímulo de su cercanía, se sumó la manera en que balanceaba sus caderas con parsimonia, obligándolo a abrir sus piernas para aceptarlo, mientras todo a su alrededor se volvía más húmedo, cálido y apretado.
Le obligó a subir la velocidad, y un sonido agudo se alzó desde su garganta en respuesta, mientras sus piernas temblaban en un espasmo. Sin embargo, pudo reprimirse a tiempo, cubriéndose la boca con la mano libre. A Tadashi no se le pasó por alto, y de inmediato se sintió molesto. Tanto tiempo sin disfrutar de la respiración agitada y los deliciosos gemidos de su hermanito, y él se los negaba.
—Puedes hacer ruido —susurró sobre su oído, disfrutando de su estremecimiento, antes de agregar con tono burlón —. No sé si no lo has notado, pero Cass claramente no vendrá en toda la noche.
Y aunque le miró con todas las intenciones de insultarlo –porque claramente él no había caído en ese detalle de la cita de su tía-, se interrumpió para reprimir un nuevo gemido cuando bajó de golpe. Sí, sabía que estaban solos en ese momento, que la nevada impediría que sus ruidos se escucharan hasta la calle, aun cuando eso de por sí era poco probable, y que no había ningún motivo por el que no dejar fluir su voz...
Pero aun había algo en el fondo que no lo dejaba relajarse, que le impedía disfrutar como lo había hecho en la isla.
—N-No —susurró como pudo, cerrando los ojos como si de esa manera pudiera sentir menos el dedo de Tadashi recorriendo su punta, esparciendo más la humedad —. N-No aquí.
No en nuestra casa, no donde todo nos dice que somos hermanos, no donde estos recuerdos serán el doble de dolorosos después.
En el fondo, ahí donde una voz asustada seguía rogándole que parara antes de que Tadashi se arrepintiera y él lo lamentara, Hiro sabía que cuanto más se abriera ahora, más debería aislarse luego, cuanto más vulnerable se mostrara, más le costaría curar las heridas.
Pero Tadashi no estaba dispuesto a una negativa, y antes de que pudiera articular cualquier palabra, sus labios volvieron a tomar los suyos mientras el ritmo se volvía constante, sin ser rudo ni dejar tiempo a enfriarse. Hiro se arqueó y jadeó cuando aceleró, y aunque intentó detenerse, ya no recordaba en qué estaba pensando hace un segundo.
En cambio, un ronco gemido llenó el ambiente y Tadashi sonrió, esa sonrisa arrebatadora que esbozaba cuando conseguía lo que quería y que, junto a su mirada enternecida, le obligó a llevar su mano libre a su nuca y juntar sus bocas en un nuevo beso, desastroso, lleno de jadeos y con un par de labios tan mordidos que estuvo a punto de sangrar o hacer sangrar a Hiro.
Entonces un espasmo recorrió al mayor, y dejó caer su cabeza en el cuello del chico, con su olor y calidez, con los gemidos entrecortados y roncos que ya no podía reprimir junto a su oído.
Sintiéndose cerca, Tadashi le obligó a acelerar, volviendo los gemidos en gimoteos desesperados, y gruñó cuando sus caderas se alzaron para unirse a las embestidas de las suyas. Por un momento deseó con todas sus fuerzas abrirse paso en él y empujarse en ese punto que derretía a Hiro para volver más intensa la sensación, dejando a su hermano tembloroso y caliente hasta que no pudiera pensar en otra cosa que volver a tenerlo dentro.
Hasta que nada ni nadie pudiera sacar de él la marca que dejara.
La respiración de Hiro, más cercana a una hiperventilación que a simples gemidos, borró el momentáneo acceso de posesividad y le recordó la condición de su propio cuerpo, en especial cuando las piernas del chico envolvieron sus caderas y le obligaron a permanecer cerca de él. Alzó la mirada, y lo sorprendieron los labios rojizos sobre los suyos, antes de que, ahogando un grito que reverberó sobre su piel, se inclinara a morder con fuerza su hombro.
Tadashi siseó de dolor, más su cuerpo se estremeció a la par del de su hermano, y un par de jadeos ahogados lo obligaron a sostenerse con firmeza de la cama, mientras su mente se ponía en blanco por un momento y la burbuja de placer estallaba.
Volvió en sí un momento después, aún con su cuerpo palpitando de placer, y lo primero que sintió fue la humedad entre ellos, demasiada para ser de uno solo. Lo segundo, fue a Hiro maldecir por lo bajo.
Y cuando alzó la mirada, ahí estaba el chico, tan endemoniadamente encantador como podía, aún con la respiración agitada, lamiendo la sangre de su dedo para no manchar su almohada.
Rio por lo bajo antes de apartarse, sentándose al borde de la cama.
—Siempre tan desastroso —canturreó, socarrón, mientras abría el cajón de su mesa de noche.
—Es tu culpa que se abriera, ¿Sabes? —gruñó, sonando ofendido para ocultar cuánto lo avergonzaba la situación. Tadashi se volvió a él con una sonrisa conciliadora, rasgando un paquete con los labios, y Hiro alzó una ceja al ver el estampado verde y brillante —. ¿De ranita? ¿En serio, Tadashi?
Él se encogió de hombros sin perder su sonrisa, y Hiro se irguió, acercándose de rodillas para que le pusiera la maldita bandita. Le dedicó una mirada contemplativa al pedazo de plástico, antes de negar con la cabeza lentamente ¿Saldría alguna vez con el orgullo en alto de una cama donde estuviera Tadashi?
Y el pensamiento, sumado a un roce sobre su vientre aún sensible, le obligó a volver a la realidad de golpe. Bajó la mirada, solo para ver cómo Tadashi usaba su propia camiseta para limpiar la humedad de su cuerpo, con movimientos suaves y concienzudos. Sólo después se dedicó a sí mismo.
Hiro tragó saliva, repentinamente nervioso y con la mirada de reojo puesta en su hermano. Tadashi no era fácil de leer en esos momentos, podía despreciar lo que hacían con la misma facilidad que lo retomaba a la menor provocación, y él nunca estaba listo para lidiar con ninguno, por lo que se dejaba arrastrar.
Cuando Tadashi se dejó caer a su lado, luego de volver a tirar la pobre camiseta, y cerró los ojos, Hiro supuso que aquello saldaba la noche.
Pero cuando se movió disimuladamente para alejarse a su cama, un brazo lo envolvió de golpe, en suave pero firmemente. Tragó saliva cuando el pecho del mayor se pegó a su espalda y los cálidos labios volvieron a recorrer su cuello. Se estremeció cuando mordió la parte posterior de su oreja, antes de hablar.
—¿A dónde vas? — ronroneó, un tono meloso que, sumado a la sensibilidad que ya poseía, estuvo a punto de hacerlo estremecer.
Tragó saliva, esperando que su tono fuera más tranquilo cuando volviera a hablar.
—Creí que ya habíamos terminado —murmuró, nervioso. No agregó un por hoy, o por esta noche, y aunque Tadashi no lo pasó por alto, sí fingió que no lo había notado.
De la misma manera que fingió que no había notado cómo se negaba a gemir hace un momento, en un lugar y una noche donde nadie los podría escuchar.
En cambio, soltó una risa maliciosa, mientras bajaba por la fina nuca del chico, llevando sus manos a su espalda.
—Amo esa inocencia tuya —ronroneó, dando suaves masajes y besando cada centímetro de piel entre frases —. Como si sólo con eso fuera a dejarte tranquilo... ¿Olvidas que estoy manteniendo a los demás en su lugar ahora?
Y para reafirmar sus palabras, dio una mordida en su nuca que hizo jadear al chico, entre adolorido, y alguna extraña sensación que su cuerpo mostró orgulloso en su piel erizada.
Pero Hiro no estaba del todo pensando en eso, no ahora que tenía un respiro de las sensaciones y las palabras tomaban peso. Sintiendo sus ojos arder, los cerró para que Tadashi no pudiera verlos.
Más él parecía dispuesto a remover el cuchillo y volver a enterrarlo las veces necesarias.
—Extrañé tanto esto —susurró sobre su cuello una vez más, envolviéndolo con sus brazos y pegándolo a él en un gesto lleno de ternura —, amo la sensación de tu cuerpo entre mis brazos, que te estremezcas contra mí; amo el olor de tu piel mientras hacemos el amor —el chico frunció el ceño, odiándose por no poder disfrutar de esas palabras repletas de ternura, de ese momento que se desvanecería pronto, y se odió también por no poder alejarse. Tadashi besó su coronilla, sintió sus labios sonriendo contra su piel —. Te amo, Hiro.
—No digas esas cosas a la ligera — porque no podía alejarse, no importa cuánto se estuviera dañando a sí mismo o cuánto lo dañara Tadashi. Si tan sólo no le dijera entonces todas esas palabras, podría recordar esa noche sin que se le rompiera el corazón cada vez —. Con que no me alejes de ti ahora me conformo, no tienes que decir todo esto.
Por un momento, el silencio de la habitación fue sepulcral. Sólo el sonido del reloj y el viento helado se escuchaba. Pero Hiro podía jurar que su corazón acelerado ganaba a cualquiera de los dos, porque si Tadashi no podía oírlo, sin duda podía sentirlo contra su pecho, desesperado, asustado.
Si su hermano se alejaba, horrorizado de golpe al tener noción de lo que acababan de hacer de nuevo, lo entendería a la perfección. De hecho, sería lo ideal, el desengaño definitivo.
Era lo más esperable. Por eso lo tomó tanto por sorpresa el que lo volviera a recostar en la cama, colocando su cabeza sobre la almohada, y cerniéndose sobre él de inmediato. Confundido al comienzo, el chico tragó saliva ante la mirada irritada de su hermano.
—No deberías estar conforme con eso —gruñó, repentinamente molesto, y Hiro no pudo más que fruncir el ceño, extrañado —. Deberías querer todo de mí, deberías exigirme que...
—Y lo quiero, Tadashi. Lo quiero como a nada en esta vida —susurró, la voz baja para no quebrarse, y el aludido tragó saliva al ver el dolor en su mirada —. Pero también sé que nunca podrás dármelo, más que en estas ocasiones... No puedo pedirte algo que no me darías de cualquier manera, así que a cambio solo te pido que no me digas cosas que mañana negarás, en palabras o acciones, pero lo harás. Bésame, tómame, dame placer y toma lo que quieras de mí, pero no me des esperanzas así, no seas tan cruel conmigo, por favor —susurró, la voz inevitablemente estrangulada, los ojos llorosos. Su dolor fue tan palpable, que Tadashi lo sintió en su propio pecho —. Nunca quise lastimarte, nunca quise ser así, por favor no me hagas repudiar más esto, no hagas que ya no pueda verte a la cara ni viviendo bajo el mismo techo, yo no...
No pudo seguir, con los ojos igual de llorosos y la garganta estrangulada, Tadashi volvió a besarlo y a callar esas palabras que se hundían como cuchillos en él. Sabía que tenía razón, pero no le gustaba para nada. No le gustaba que Hiro tomara ese lugar de sacrificio autoproclamado, no le gustaba esa barrera que ponía entre ellos, no le gustaba que no llorara rogando que lo tocara y, sobre todo, no le gustaba que trajera la realidad a ese momento. Llevarlo a su cama fue una decisión difícil, no era solo por comodidad: ese era su lugar, su olor, todo lo que era suyo y nadie le arrebataría, era él poniendo su marca en Hiro en todos los sentidos posibles, era asegurarse de que nadie lo tocaría sin que él pudiera reclamarlo de alguna manera.
Y ahora era Hiro el que reclamaba cortar con el idilio, el que le recordaba, al recordarle también su propia hipocresía, que debía dejarlo ir o tomarlo por completo, que debía hacerlo suyo, como sabía que nunca podría hacerlo, o dejar que otros lo tuvieran, como Gogo, como Dake o cualquiera que cruzara un día la puerta del café.
Gruñó, mordiendo su boca con desesperación mientras tomaba sus muslos para pegarle a él. No, no quería.
No quería al mundo real molestando ahí. Quería la sinceridad de su cuerpo temblando contra el suyo, los sollozos de placer, quería que se abrazara a él y lo envolviera en sus brazos pidiendo más, arañándolo, dejando tanto su marca en su cuerpo como quería dejar la suya en el del menor.
—Entonces no diré nada ya —murmuró a centímetros de sus labios, con la mirada vidriosa del pequeño en la suya —, pero no podrás salir de aquí sin que sepas que eres mío cada vez que te veas al espejo, aun cuando no pueda decirlo ante todos.
Hiro hubiera sollozado en el momento que esa era una idea peor, pero en realidad no tenía fuerzas, ni convicción, para negarse. Tragó el nudo en su garganta y asintió suavemente, de una manera apenas visible.
Tadashi volvió a besarlo, tierno y demandante a la vez, y él le devolvió el beso con timidez, cediendo poco a poco a las manos de su hermano que acariciaban sus muslos internos, calientes, buscando despertar en él una vez más los cosquilleos que unos minutos atrás lo habían abrasado por el anhelo. El mayor se apartó suavemente, sin renunciar a acariciar sus piernas. Hiro lo miró, asustado tal vez, pero sin poder ocultar en ningún momento el cariño que le llenaba. Iba a doler, iba a llorar, pero por un momento, ante esas caricias y esa mirada, pensó que valía la pena el dolor.
Las manos de Tadashi tomaron sus caderas con cuidado y giraron con suavidad su cuerpo, dejándolo boca abajo sobre la almohada. Recorrieron sus hombros, bajando por sus lados, por su cintura, su cadera. Se apretaron sobre sus muslos, justo en el punto donde la prominencia de sus glúteos se alzaba sobre sus piernas, y Hiro se sonrojó al saber que Tadashi podía ver más de él de lo que se sentiría cómodo, pero trató de calmarse cuando los labios cálidos se posaron sobre la delicada piel de su nuca, antes de rozar el lugar con sus dientes.
Lo besó, bajando, y Hiro se estremeció con una nueva mordida. Le parecía asombroso que eso que ahora hacían en el lugar donde lo suyo era lo más prohibido que pudiera ocurrir, les había sido vedado en la isla, donde todo lo que hicieron parecía tan natural como la selva que los rodeaba. Lamentó no poder hacerlo entonces, cuando su cuerpo le pedía todo eso y su conciencia no era límite de nada.
Pero los suaves besos y mordidas pronto le recordaron que Tadashi era todo lo que necesitaba para que su conciencia lo hundiera o saliera volando. Sus manos cálidas recorrían puntos de sus muslos que despertaban cosquillas y le estremecían el vientre, y su boca bajaba por sus omóplatos, antes de descender por la curva de su columna, obligándole a morderse el labio y tensarse para no estremecerse con sus atenciones.
Recorrió con la punta de sus pulgares el descenso de la unión entre sus piernas y su pelvis, y Hiro debió hundir su rostro en la almohada para evitar gimotear. Acababa de venirse, por dios, cómo podía volver a estar listo tan pronto.
Pero no tardó en notar que su estrategia se le volvería en contra cuando el olor de Tadashi lo inundó y un fuerte rubor trepó a sus mejillas. Tragando saliva, se abrazó con fuerza a la almohada y cerró los ojos, intentando relajarse, aun cuando ese perfume tan familiar y el toque de aquellas manos seguras lo estaban empujando poco a poco a la locura.
Dio un respingo al sentir una mordida del mayor sobre su glúteo, tan fuerte como para dejar un escozor que le hizo removerse y ahogar un insulto. O tal vez eso se debió a la risa divertida que el otro dejó caer sobre su piel, antes de bajar más aún, concentrándose en sus muslos, lamiendo y mordiendo.
Tadashi sonrió al sentir el cuerpo ajeno estremecerse, y se obligó a ralentizar sus caricias para poder disfrutar de la impaciencia del chico: chupó con saña sus muslos blancos, y descargó una que otra mordida en los espacios más sensibles, cercanos a su entrepierna.
Apenas empezaba a burlarse de él, cuando notó la manera en que Hiro alzaba la cadera suavemente, antes de volver a bajar. Frunció el ceño y se alejó un poco, sin dejar de torturarlo con las manos. Fue solo entonces que notó el sonido de suaves jadeos que escapaban de su boca, y que el movimiento de su cadera era demasiado rítmico para ser solo estremecimientos.
Sorprendido, deslizó una mano furtiva bajo su cuerpo, palpando, y abrió los ojos por la sorpresa al sentir la calidez y dureza entre sus dedos. Aunque dudó por un segundo, el gemido que Hiro soltó en respuesta a su toque despejó cualquier duda.
Tragó saliva, antes de que una sonrisa divertida arqueara sus labios.
—Te recuperas rápido —murmuró, inclinándose sobre él, tomando su oreja suavemente entre los dientes. Hiro gimoteó contra la almohada, pero sus caderas siguieron moviéndose a su pesar. Tadashi apreció la manera en que sus piernas se abrieron levemente, en una invitación inconsciente —. Me siento un poco avergonzado ahora, me haces parecer como si no estuviera deseándote tanto como lo hago.
Hiro estaba a punto de gruñirle que dejara de decir tonterías, cuando su mano abandonó su miembro semierecto y una firme caricia ascendió por el espacio entre sus glúteos. Todo su cuerpo saltó ante el contacto más íntimo, y él debió enterrar el rostro en la almohada, ahogando un sonido demasiado agudo para su gusto. Se estaba muriendo de vergüenza, y el que Tadashi lo notara sólo lo hacía peor.
—Aunque deberías agradecer que me tome un poco más de tiempo —comentó de la nada, apartando su mano. Hiro suspiró, aliviado de que su cuerpo tuviera un respiro, aunque una parte de él no estuviera nada feliz porque Tadashi dejara de tocarlo.
Sin embargo, un sonido a su lado llamó su atención, y alzó la mirada a tiempo de ver como Tadashi tomaba algo de su mesa de luz. Solo supo qué era hasta que el frío repentino en su trasero le hizo dar un grito. Se volvió con rostro ofendido, a tiempo de ver la mirada divertida que el otro le dedicaba mientras la botella de lubricante se vaciaba con una lentitud casi obscena sobre él.
—En serio, ¿Por qué siempre tienes eso contigo? —preguntó, estremeciéndose. Era más fácil cuestionar las dudosas acciones de su hermano, que pensar en qué haría a continuación.
Él se encogió de hombros, dejándola a un lado.
—Verás que puede resultar útil el día menos esperado —murmuró, zanjando la situación.
Y aunque Hiro podría haber comentado un par de cosas más, sólo necesitó sentir la mano juguetona tantear el terreno entre sus piernas para darse cuenta que no era momento. En cambio, dejó caer la cabeza, manteniendo un ángulo que le permitiera ver de reojo al otro. Un dedo presionó, y el estremecimiento de su cuerpo pareció trasladarse al de su hermano.
Había pasado un tiempo desde la última vez que lo hicieran, y aunque se resistió por un instante, su cuerpo parecía más que dispuesto a complacer los anhelos de ambos. Un dedo entró a medias, y Hiro cerró los ojos, tragando saliva. El brillo que llenó los ojos de su hermano en ese momento estuvo a punto de hacerlo arquearse para él, porque ese anhelo, ese hambre que había en su mirada, sólo parecía exigirle que le diera más, que se mostrara más para él.
Hiro gimoteó cuando el primer dedo entró por completo y volvió a esconder el rostro, avergonzado y adolorido. Dolía, lo sentía aunque no podía decir dónde, y agradeció inconscientemente que Tadashi pudiera esperarlo y guardara cosas raras en todos lados.
Aunque no agradeció exactamente que volviera a subir hasta su oído, ni que una de sus manos de largos y firmes dedos le tomara por el mentón, obligándole a alzar la mirada.
—¿Cómo se siente? —susurró, ronco, bajo, y Hiro jadeó suavemente cuando arqueó su dedo dentro de él, cerca de ese punto que le volvía loco y que comenzaba a llenar su cuerpo de anhelo de nuevo —¿Puedes soportarlo?
Y aunque podían ser preguntas perfectamente destinadas a ser cuidadoso con él, Hiro conocía lo suficiente a su hermano para saber que el niño sobreprotector acababa de desaparecer.
Y no podía estar más agradecido.
Hiro sonrió, atrevido y encantador, y Tadashi dejó su pulla antes de empezar siquiera, tragando saliva. La sombra de los copos de nieve caía sobre la piel aun dorada de su hermano, compitiendo con las marcas de besos y mordidas, y la curva de su espalda se acentuaba cada vez que su dedo ingresaba lentamente en él. El punto culmine para su autocontrol fue la forma en que relamió sus labios, mientras elevaba sus caderas.
—¿Preguntas algo que ya sabes? —susurró, divertido, antes de remover sus caderas —. Sabes muy bien que puedo soportarlo, y qué es lo que quiero.
Tadashi tragó saliva, repentinamente avergonzado. Hiro le pareció por un instante más maduro que él mismo, que en momentos como ese prefería molestarlo en vez de dejarse llevar en el placer que el cuerpo ajeno le exigía y le ofrecía.
Hiro se echó a reír cuando Tadashi lo obligó a erguirse, arrastrándolo sobre su regazo.
La boca sobre sus labios fue tierna y demandante a la vez, mientras una mano firme lo aferraba hasta pegar su espalda a su pecho, casi como si quisiera fundirse en él, y cuando bajó por su cuello, Hiro jadeó suavemente.
Tadashi besó y lamió los pocos espacios que quedaban en blanco en su piel, antes de continuar con su preparación, deslizando lentamente un segundo dedo en su interior. Hiro siseó por lo bajo, pero no se alejó. En cambio, envió una de sus manos hacia atrás, a su hermano, tratando de sostenerse mejor. El mayor rio al ver la infame bandita, y dejó un beso sobre ella antes de dejar que lo atrapara.
—T-Tadashi — susurró, moviéndose con firmeza contra él. Había pasado tiempo, y además de estar algo más estrecho de lo ya habitual, Hiro estaba absolutamente desesperado por volver a tenerlo en él. Su cuerpo se estremecía obscenamente con cada roce cruel que evadía el punto que lo volvía loco, y sus caderas se balanceaban con firmeza hacia atrás, incitantes —. Tadashi, por favor.
El aludido tragó saliva, obligándose a refrenarse. De por sí era difícil para él contenerse al sentir los estremecimientos de aquel interior ansioso, pero aún muy estrecho; no ayudaba para nada el hecho de que, además, Hiro ahora le rogara con esa voz desfallecida y le ofreciera su cuerpo en cada movimiento.
—Aún no —se forzó a decir, besando suavemente sus labios temblorosos —, un poco más.
Y aunque podía adivinar el reproche en su mirada vidriosa, cualquier cosa que fuera a decir se cortó cuando un jadeo ahogado los sorprendió a ambos tras una nueva embestida. Sonriendo con disimulo, el mayor deslizó lentamente sus dedos por esa zona, ensañándose con ella y obteniendo a cambio una serie de variopintas reacciones por parte del chico.
—¿Ahí? —preguntó, burlándose, y obtuvo a cambio una mirada molesta. Claro que solo le bastó una nueva caricia para que debiera morderse el labio y cerrar los ojos. Echó la cabeza hacia atrás, completamente entregado, y Tadashi no pudo más que estrecharlo contra él.
Con esa posición sus cuerpos estaban completamente pegados, y ambos se estremecieron cuando los muslos cálidos de Hiro rozaron la firmeza de la erección del mayor, tan anhelante como hubiera estado momentos antes. Tragó saliva, avergonzado, pero se armó de valor y descendió, buscando a su compañero. Un vago sentimiento de orgullo lo embargó al oírle gruñir junto a su oído cuando envolvió su miembro con dedos suaves, y se decidió a devolverle las atenciones.
Más se sorprendió cuando las manos del otro abandonaron de repente su cuerpo, alejando la suya a su vez. De repente sus muñecas estaban inmovilizadas a sus lados, y Tadashi tenía la respiración agitada junto a su oído.
—No —fue lo único que dijo, con voz grave y algo que parecía molestia, pero que pronto reconoció como un intento vago de mostrar autoridad. Hiro lo miró extrañado, y él ni siquiera podía abrir los ojos —. No estás listo aún, si me tocas no puedo asegurar que sea suave contigo, Hiro.
Y por un segundo, cuando entendió lo que quería decirle, Hiro se sintió vagamente orgulloso de sí mismo: de que, aun habiendo acabado una vez, Tadashi apenas podía controlarse con él sólo por un toque.
También se sintió profundamente fastidiado, en realidad.
Se apartó del mayor, ganándose una mirada sorprendida. Un dejo de angustia brilló en los ojos de su hermano, y el chico se anotó como una victoria personal el que la simple idea de que se alejara pudiera poner al otro en tal estado.
—Eres un idiota —le riñó, volviendo a colocarse sobre él, a horcajadas sobre su regazo. Las manos del otro no tardaron en posarse sobre su cadera, y él tomó sus mejillas para dejar un beso furtivo en ellas —. Nunca dije que quisiera que fueras suave.
Y aunque pudo ver, y sentir, el estremecimiento que le sacudió ante sus palabras, ante el mensaje implícito en ellas, la mirada de su hermano brillaba con la luz de la calle con algo menos que adoración, fija en él, como si tuviera entre sus brazos al ser más hermoso de todos. Ante esa mirada, Hiro no podía pensar en molestarlo más, ruborizado y sonriente. En cambio, lo único que quería era disfrutar un poco más de esa novedosa posición en la que Tadashi estaba por completo a su merced.
Se relamió los labios antes de inclinarse a besarlo, y Tadashi respondió con un suspiro, mientras volvía a posar sus manos debajo de sus muslos y lo pegaba a él. Hiro aprovechó la ayuda para elevarse sobre sus rodillas, y una vez alineado en la posición correcta, descendió con cuidado.
Ambos jadearon cuando el miembro firme del mayor rozó su entrada, Tadashi de hecho pareció a punto de gemir sólo con el superficial contacto.
—Hiro, aún no podemos...
—Pero lo necesito —jadeó sobre su boca, antes de llevar una mano hasta el punto en que sus cuerpos se tocaban. Tembló al sentir el duro miembro entre sus dedos, y lo ubicó justo en el lugar en que lo deseaba. Lo único que hacía falta era que Tadashi colaborara —. Lo quiero, Tadashi. Ya no puedo más, te quiero aquí.
Bajó un poco más, y el aludido soltó un gruñido gutural cuando la carne cedió apenas a su alrededor. Cálido, estrecho y húmedo, Hiro le daba la bienvenida con casi tanta desesperación como él.
Por su mente pasaron un par de protestas más, el recuerdo de que no había puesto lubricante de nuevo, la advertencia de nunca hacerlo sin condón que ya habían violado alguna vez. Pero los labios de Hiro, tanto como sus caderas bailando sobre las suyas fueron suficiente para alejar todo pensamiento de su mente.
—Por favor, Dashi...
Gruñó con desesperación, antes de tomar con firmeza esas caderas y empujar hacia abajo, entrando en él de un solo movimiento. El grito entrecortado de Hiro lo asustó por un momento, y sólo entonces fue consciente de lo bestia que había sido.
Pero entonces el cuerpo ajeno se movió, sacándolo apenas de su interior, antes de volver a dejarse caer, haciéndole estremecer y soltar un gemido que no pudo ocultar por su sorpresa.
Sí, tal vez hubiera pasado tiempo, pero la diferencia era que el cuerpo de Hiro sabía perfectamente cómo reaccionar al dolor que ahora lo embargaba, y sabía cómo moverse para que el placer se apoderara de ambos.
Por eso no dudó, aún bajo la mirada sorprendida de su hermano, en tomar sus anchos hombros y volver a moverse lentamente, enterrando el miembro duro y caliente en lo más profundo de su cuerpo. Jadeó por el esfuerzo, y a cambio una mano firme y dulce recorrió su espalda, acunándolo.
Un ronco gruñido lo sorprendió tanto como sentirlo estremecerse bajo su cuerpo, vulnerable, aun cuando los brazos que lo rodeaban parecían tan fuertes. Curioso aún en su dolor, Hiro le dedicó una mirada, y sonrió al ver los ojos cerrados con fuerza y la manera en que mordía sus labios.
Se inclinó sobre él y lamió suavemente el lugar, sin dejar de sonreír mientras volvía a alzarse. Tadashi jadeó y entreabrió los ojos. Hiro se sorprendió al ver el destello dorado que las luces de la calle, que él cubría sólo parcialmente, les daban, pero más lo hizo cuando en su mirada no pudo reconocer más que una absoluta devoción.
Lejos de avergonzarlo, un apasionado impulso lo llenó, desesperado por retribuir todo ese sentimiento. Relamiéndose los labios, se inclinó a tomar la boca del mayor, aferrando su nuca para profundizar el beso.
Gimió cuando Tadashi se removió contra él, obligándolo a bajar con firmeza. Jadeó contra su lengua, y Hiro no pudo más que jalar su cabello. Gruñidos, jadeos y suspiros pronto llenaron el lugar, junto al húmedo golpe de sus pieles a medida que el ritmo crecía.
Hiro se estremeció al sentir el firme agarre de su hermano en sus caderas, y no pudo evitar pensar en las marcas que de seguro recorrían ahora todo su cuerpo, y en lo blanca y perfecta que se veía la piel de Tadashi desde ese ángulo.
Un ramalazo de placer fue todo lo que necesitó para morder con fuerza su cuello, sacando un jadeo que no sabía si era de dolor o excitación a su hermano, antes de que una mano firme aferrara su cabello. Lejos de apartarlo, como creyó en un momento, Hiro se sorprendió al sentir como lo mantenía cerca de su piel, mientras él jadeaba insistentemente sobre su oído. Dudoso, volvió a morder, y Tadashi arremetió en una embestida.
Con las piernas abiertas y un miembro temblando muy profundo en su interior, Hiro descubrió que Tadashi tenía cierto fetiche con las mordidas. Y, desde luego, no se negó a complacerlo. Aunque no tal vez como él lo hubiera esperado.
Alejándose un poco, Hiro volvió a rozar sus labios, sin besarlo, en un límite borroso, alzándose sobre él y sacándolo de su interior. Tadashi jadeó, y Hiro sonrió, mirándolo por entre las pestañas. Llevó sus manos a su espalda en un engañoso abrazo, antes de descender lentamente de nuevo.
Tadashi siseó contra sus labios sonrientes cuando clavó sus uñas en su espalda a medida que bajaba.
—Hiro... —la voz del mayor podía encajar perfectamente en una amenaza o una súplica, y el aludido sonrió, encantado.
—¿Tú eres el único que puede dejar marcas? —inquirió, juguetón, sintiéndolo vulnerable y deseoso bajo su cuerpo, encantado con lo novedoso de la situación. Llevó sus manos al frente, y acarició la piel de su pecho con las uñas, mientras mordía suavemente su labio inferior, antes de hablar —¿No te gustaría que la próxima chica que quiera que la ayudes a caminar vea estas marcas también?
Una risa furtiva escapó de los labios del mayor, antes de que una mano firme lo obligara a alzarse lentamente.
—¿Sigues molesto por eso?
—¿Sólo tú puedes ponerte celoso por idioteces? —respondió a su vez, insistente y ganándose una mirada divertida de su hermano. Era consciente que pedía demasiadas cosas que no estaba dispuesto a retribuir...
Claro que Hiro tenía sus propias formas de atraparlo, de una manera que ni siquiera sospechaba.
—Como si pudiera estar con alguien más después de esto —susurró como al pasar, como si fuera una pulla más entre ellos, y Hiro tardó un instante en abrir los ojos de par en par, sorprendido.
—¿Q-Qué...?
No pudo continuar, antes de que una profunda embestida le sacara todo el aire de los pulmones en un gemido ahogado.
Claro, Tadashi tenía que encontrar su punto en ese momento.
—E-Espera, ¿Qué quieres...?
Pero el otro no le dio tregua. Aprovechando la posición, se alzó hasta que sus labios alcanzaron el fino cuello y mordió con insistencia sin dejar de moverse, sin dejar de llenar ese pequeño cubículo con el sonido húmedo de sus cuerpos al golpear y los jadeos desesperados de ambos.
Se alzó sobre sus rodillas, sosteniendo a Hiro sólo con sus manos, y se estremeció al sentir el escozor de sus uñas en su espalda, y las mordidas furtivas que el chico dejaba en su cuello y hombros, dejando su marca consciente o inconscientemente, haciéndolo suyo de una manera que lo enloquecía. Gruñó, acelerando la intensidad, y sonrió cuando su hermano se aferró más a él, temblando y arqueándose sin parar. Inhaló profundamente el aroma de su cabello y algo más cálido que el deseo llenaba su pecho al sentirlo contra él, tan sincero e incondicional.
Hiro perdió agarre, y trató de volver a alzarse hasta el cuello de Tadashi. Pero él lo aferró con firmeza y, tan delicadamente como el momento lo permitía, lo dejó de nuevo sobre la cama, sobre la almohada. Mareado al comienzo, no tardó en aferrarse a la mullida superficie cuando lo aferró de la cadera y, con un fuerte jalón, lo pegó a su pelvis, hundiéndose tanto como podía en él. Hiro prácticamente lloró al sentirlo tan profundo, pero los movimientos desesperados no se hicieron esperar, llenándolo de placer y estremeciéndolo sobre la cama.
Se arqueó en un espasmo cuando volvió a tocar ese punto que lo enloquecía, y giró el rostro, azorado. El olor de Tadashi en la almohada lo envolvió de nuevo, enviando oleadas de deseo por todo su cuerpo sensible, haciendo que la próxima embestida lo hiciera lloriquear desesperadamente.
—Tadashi —gimoteó, temblando, buscándolo con la mirada empañada por el placer y las lágrimas. Y cuando lo encontró, no pudo más que estremecerse de deseo, porque la expresión dominante que el otro le mostraba entonces, erguido en todo su esplendor y sujetándolo firmemente mientras lo miraba con ojos ardientes como el infierno, no era para nada la de su hermano sobreprotector y asustadizo.
Y él no podía estar más feliz por ello.
Aunque no estaba seguro de sí feliz sería la palabra correcta para usar en ese momento, cuando una nueva embestida volvió a arquearlo de placer. Y tampoco estaba seguro de cómo sentirse cuando aquellas manos, lejos de suavizar su agarre ante sus gimoteos, lo aferraron con fuerza, uniéndolo prácticamente a su pelvis.
Se estremeció y sacudió, aferrado a la almohada mientras Tadashi aumentaba el ritmo. Tiritaba por completo, con la cabeza ida hacia un lado, mientras el mayor le daba placer y gruñía su nombre en cada estocada. Cuando volvió a golpear su punto, y todo su cuerpo se tensó a su alrededor, succionándolo, perdió la noción de lo que era placentero y lo que era peligroso.
Hiro sollozó cuando se ensañó en su punto, dándole de lleno en cada embestida, haciendo a todo su cuerpo vibrar cuando se introducía en él. Su cuerpo entero cosquilleaba, rogando que lo tocara, que mordiera, que chupara, pero Tadashi no parecía notar ninguna súplica de las que le dirigía entre jadeos. Sus estocadas eran firmes, sus movimientos duros y concretos, y no había una sola parte de su cuerpo que pudiera reaccionar de otra manera que no fuera temblando.
No estaba siendo cariñoso, aun cuando mezclada al hambre de su mirada hubiera un dejo de la más profunda devoción, y Hiro temblaba en éxtasis ante su fiereza, babeando sin poder evitarlo y aferrándose con desesperación a la almohada. El olor de su hermano, su calor, la mirada depredadora sobre él...
El que hubiera podido soportarlo más hubiera sido una habilidad inhumana de su parte.
Se estremeció con fuerza, y permaneció tenso, con la respiración agarrotada en la garganta. Recibió tan estoicamente como pudo los empujes, pero ni siquiera el calambre en su abdomen evitó que se arqueara de placer mientras Tadashi seguía yendo y viniendo sobre él. Lo que no esperaba era, claro, la mano que lo aferró con firmeza, cortando su orgasmo por un instante.
El insulto que estuvo a punto de soltar murió en un tembloroso jadeo cuando el firme vaivén sobre su miembro lo arrojó de nuevo al éxtasis, mientras los insistentes movimientos en su interior solo hacían más intensas las sensaciones. Lloriqueó de placer, y se estremeció cuando el firme cuerpo de su hermano se dejó caer sobre él, sin parar de moverse y con la respiración agitada, entrecortada. Al descubrir que también estaba en su límite, lo abrazó con fuerza, en un irracional intento por volver ese momento suyo y eterno, aterrado del inevitable final.
En algún momento, el abrazo se volvió innecesario, posiblemente incómodo, pero ambos se quedaron dormidos antes de que eso significara algo de lo que preocuparse, sin creer siquiera que hubiera una sensación más perfecta en el mundo que el cuerpo del otro contra el suyo.
Hiro se estremeció cuando una ráfaga de aire frío que se colaba por la ventana rozó la piel desnuda de su espalda, pero pronto una cálida caricia lo reconfortó, ascendiendo lentamente por su piel, sacándole una sonrisa entre sueños. Se dejó estar un momento, aliviado con la presión que lo acercaba a un notable punto de calor. Envolvió los brazos sobre un cuerpo terso y firme, sintiéndose irracionalmente seguro ante el suave golpeteo de un corazón ajeno bajo su mejilla... antes de que una delicada fragancia le recordara en qué lugar estaba, en qué condiciones y con quién.
El pánico lo embargó por un momento, sin saber cómo reaccionar a la cercanía de Tadashi. No quería alzar la mirada y encontrarse con la culpa en los ojos del otro, no quería que supiera que estaba despierto y comenzara a hablarle de lo inmoral que era todo aquello. No quería que aquel momento acabara abruptamente, quería ser egoísta, o masoquista quizá, y prolongar tanto como pudiera la ilusión de una mañana apacible. Cerró los ojos con firmeza e hizo todo lo posible por quedarse quieto, simulando aún estar dormido.
Pero claramente Tadashi no se había tragado su actuación, y mientras su brazo lo envolvía con dulzura, su otra mano fue hasta su rostro, alzando su flequillo rebelde. Sus miradas se encontraron, y Hiro no supo qué pensar al ver la calma seriedad en los ojos del mayor.
—Cass volvió hace una hora —comentó como al pasar, con la mirada fija en el techo ahora. Hiro arqueó las cejas, sin esperar que lo primero que le dijera por la mañana fuera en relación a su tía. Sin embargo, al mirar de reojo el reloj sobre su mesa de noche, descubrió que eran pasadas las nueve de la mañana.
Vaya, Cass.
—Wow —Hiro reflexionó sobre ello por un instante, sin saber exactamente qué pensar de todo aquello. En medio de lo insólito de la situación, un leve dejo de sobrino protector (o de hijo celoso) se removió en su interior —. Supongo que debería hablar seriamente con ella.
Tadashi soltó una risita divertida, haciendo rebotar su cabeza sobre su pecho. Sin embargo, pronto recuperó su seriedad original.
—Lo he estado pensando...
—¿Y quién crees que es?
Tadashi sonrió, negando suavemente.
—No lo sé, no me refería a eso —se giró hacia él, sin apartarse, recorriendo con la yema de su dedo la curva del mentón de su hermano —. Pensé en esto, en nosotros... Gogo... ella debe haber planeado todo esto de alguna manera...
Hiro pensó por un momento que era algo infantil echar la culpa de todo esto a un simple beso de su amiga, inconsciente de cuánto la actitud de la chica había estado empujando a la locura a Tadashi por días. Luego, reflexionó que era dar demasiado crédito al ingenio de Gogo, sólo para recordar que no era nada más una gran velocista, sino también una excepcional estratega.
Al alzar la mirada, se ruborizó vagamente al ver los ojos de su hermano fijos en él, estudiando sus reacciones con la misma cautela que él pretendía estudiar las suyas. Tragando saliva, decidió que era ridículo tener miedo a hablar: la situación no podía empeorar mucho más.
—¿Estás molesto? —se atrevió a preguntar, tímido de repente, y Tadashi pareció inhalar lentamente, pensando algo antes de responder.
—No, me siento bien. Esto... se siente bien —explicó, señalándolos con una mirada —. Es confuso, pero agradable.
Hiro lo observó con sorpresa por un segundo, y maldijo cuando un dejo de optimismo lo embargó sin su permiso, desde lo más profundo de su ser, al escuchar esas palabras.
—Eso... ¿Eso qué quiere decir? —inquirió, receloso, sabiendo que no había forma en que las cosas fueran tan bien. Lastimosamente, tenía razón.
—Esto está mal — susurró, y se apresuró a detenerlo cuando Hiro intentó levantarse, gruñendo algo que sonaba muy parecido a vete a la mierda —. Está mal, pero se siente bien, me encanta cuando pasa, me encanta estar contigo — murmuró, confundiendo más al chico. Estudió por un momento su mirada, seria pero abrumadoramente sincera, y tardó un instante en notar que trataba de dejar en claro que no lo despreciaba, ni a lo que habían hecho. Se avergonzó de que Tadashi recordara sus ruegos de la noche anterior.
Le había echado en cara que le negaría su encuentro en la mañana; con palabras, con acciones, Hiro estaba seguro de que Tadashi acabaría por alejarlo de nuevo, que se horrorizaría apenas los celos y el deseo salieran de él, apenas lo tuviera. Y Hiro hubiera deseado que lo hiciera: estaba listo para ese rechazo, para ese dolor. Para lo que no estaba listo, era para la sinceridad de su hermano, para que le dijera cuánto lo deseaba y cuánto, sin embargo, le dolía hacerlo.
Esa era su respuesta, pero no era lo que Hiro esperaba de él. De alguna manera, su sinceridad, el saber que lo amaba y, sin embargo, debiera rechazar todo lo que le provocaba, no hacía más que miserable al pobre chico.
Tadashi continuó, demoledor:
—No aceptaré esto, y no creo poder hacerlo alguna vez, pero no dejaré que nos aleje—susurró, interrumpiendo con el pulgar el surco que una lágrima furtiva dejaba en la mejilla de su hermano —. Te amo, Hiro, y no te perderé por lo que nos pasa. Lucharé contra mis demonios, pero ya no te apartaré por ello. Después de todo, cada vez que caemos, lo hacemos juntos.
Hiro suspiró, en parte por el dolor, en parte tratando de que su voz sonara menos temblorosa al hablar, que la opresión que sentía en su pecho se distendiera de alguna manera.
—¿Qué pretendes hacer, entonces?
Tadashi volvió a rodearlo tentativamente con el brazo, pero él sabía que no había posibilidad de que fuera un gesto romántico. Estaba tratando de hacer todo aquello menos doloroso para su hermano, solo eso.
—Lucharé contra lo que siento, no contra ti, no más —murmuró, bajo, una promesa solo para ellos —. Nunca volverá a pasar, tú ni siquiera lo notarás.
¿No notarlo? No había forma de que, sin importar cuánto Tadashi fingiera no verse afectado por él, Hiro no notara cómo todo el cuerpo lo abrasaba por dentro cada vez que lo tenía cerca, cada vez que lo tocaba o siquiera cuando le dirigía una mirada.
Volvió a suspirar, momentáneamente desesperado...
Luego, asintió lentamente, con resignación.
Si esa tregua era lo mejor que podían tener, entonces la aceptaría. Ese era el costo de permanecer junto a su hermano.
Se abrazó con fuerza a su pecho, sorprendiendo al mayor, al tiempo que las lágrimas comenzaban a caer por sus mejillas.
—Baymax es un maldito afortunado por no tener sentimientos —refunfuñó de forma infantil. Tadashi sonrió tristemente, antes de estrecharlo contra sí.
Yo sé que soy una desgraciada, hasta a mí me duele hacerles esto...
Pfff, a quién engaño, ¡Si me encanta el drama de estos dos!
Y espero que ustedes lo disfruten también, porque oficialmente entramos en la segunda parte de la historia. Aunque ya la tengo planeada, es posible que haga algunas modificaciones para hacer esto más dinámico. Pero claro que no vamos a perder estos momentos, para nada.
No hay mucho más que pueda decir. O sí, porque después de publicar esto me voy derechito a seguir escribiendo. Estoy on fire, bebés.
Nos leemos luego, mis grandes héroes.
Besos y abrazos, Mangetsu Youkai.
Balalalalalah~
