Me estoy muriendo de sueño~ Pero no podía más de la emoción, quería publicar ya.

Luego debatimos los pros y contras de trabajar medio dormida. Ahora, disfruten el capítulo, bellezas.

Nos vemos abajo, mis Grandes Héroes~


No suena tan descabellado


Caía la tarde cuando Hiro salió de su última clase de la semana.

Ya había pasado algún tiempo desde que la maraña de estudiantes que solían arremolinarse en el campus a la salida había desaparecido. Y lo que en primavera e incluso verano solía ser un hervidero de jóvenes demacrados pero felices, en los meses fríos se convertía en una verdadera tundra.

Paseó la mirada por el manto blanco que cubría cada pedazo del campus, e inhaló hondo, dejando que el frío y el olor a tierra y madera húmeda le llenara los pulmones. Había nevado ese año, algo que había esperado casi toda su adolescencia, y hasta ahora se daba cuenta de que no se había tomado un solo instante para disfrutarlo. Pasó demasiado tiempo llorando por los rincones, y no se detuvo un momento a ver la nieve caer, o siquiera para jugar con ella.

Con una sonrisa resignada, pensó que tal vez estaba algo mayor para esas cosas.

O lo creyó hasta que una bola de nieve le sacudió los pensamientos, y lo dejó sobándose la nuca mientras un escalofrío le descendía por la espalda.

Al girarse lo recibió la mirada divertida de Gogo, que le observaba recostada en el ángulo de una de las paredes. La bañaba la luz rojiza del sol y explotó un globo de chicle sin apartar sus ojos del chico.

—Ni pienses en hacer alguna idiotez —amenazó, sonriente, mientras se acercaba —. Ya soporté a Fred haciendo ángeles de nieve toda la tarde.

Hiro elevó una comisura ante el comentario, y por un momento sopesó simplemente ignorarla mientras se acercaba. Sin embargo, sabía bien que no había forma de que se saliera con la suya. Primero, porque Gogo nunca le permitiría que le aplique la ley de hielo sin dejar alguna parte de su cuerpo adolorida. Segundo, porque en realidad nunca había estado molesto con ella.

No obstante... bueno, lo estaba a su manera.

—¿Hoy no me saludas con un beso? —la encaró, irónico y sonriente, y se deleitó por un instante en la pincelada de rosa que cubrió las mejillas de la chica. Tal vez no esperaba que él fuera directo al grano.

O tal vez era una ilusión por la luz, porque Gogo siguió intacta mientras hablaba, dándole un golpe juguetón en el hombro.

—No te acostumbres, enano.

No se molestó en señalar que comenzaba a superarla en estatura. En cambio, comenzaron a andar por la nieve, en silencio. O al menos, hasta que la chica volvió a hablar.

—Hiro... oye, lamento lo que pasó —comenzó, nerviosa aunque su tono no temblara en lo más mínimo, y él inhaló lentamente, dejando que pensara en lo que iba a decir. Lo cierto es que no habían hablado en lo más mínimo desde el día del beso, ni en la universidad, ni en las patrullas, ni en los entrenamientos. No la había ignorado, era solo que no había tenido oportunidad de estar a solas con ella. Si no eran Fred y Wasabi, era Tadashi que llegaba con él a todos los entrenamientos, y claramente no iba a tener esa charla con él delante. Gogo continuó: —. En ningún momento quisimos molestarte, no pretendíamos burlarnos ni empeorar las cosas entre Tadashi y tú, solo... solo queríamos ser de ayuda... aunque fui una idiota —acabó, mascullando con un enojo que parecía dirigido a sí misma.

Hiro enarcó una ceja, mirándola de soslayo.

—¿Queríamos?

Gogo parpadeó, claramente en conflicto, antes de soltar una risita seca.

—Honey y yo —explicó, sorprendiendo un poco al chico —. Fue un impulso, ¿Sí? No podíamos soportar la forma en que Tadashi y tú, y Fred y Wasabi, se comportaban en los entrenamientos. Se estaban lastimando, ¡Incluso tú saliste rodando! —recordó, exasperada, y Hiro soltó una risita nerviosa, concediéndole la razón en su fuero interno —. Se estaba volviendo insostenible, y estábamos hartas de no poder hacer nada.

—Eso me suena muy parecido a meterse en la vida de los demás...

—Entonces tuvimos... tuve este estúpido plan —continuó, ignorando olímpicamente su comentario. A fin de cuentas, pensó Hiro con cierto resentimiento, es una hermana mayor —. Ella se encargaba de Fred y Wasabi, y yo...

Sonrió, divertido. Así que era ese el motivo de la incómoda llamada de la otra vez. Ciertamente, nunca más podría escuchar a Fred jadear en los entrenamientos y no recordar la horrorosa imagen mental que se le formó.

—Por lo visto tuvieron éxito con Fred y Wasabi —comentó, recordando cómo el chico se la pasaba dibujando las iniciales de ambos en corazones en la nieve durante la semana —. Demasiado, tal vez.

No le pasó desapercibida la manera en que Gogo lo miraba, tratando de ser discreta. Si hubiera volteado a verla, hubiera descubierto sin dudas la extraña mezcla de inquietud y culpa que la embargaba.

—¿Y con ustedes?

Hiro la miró de reojo, antes de volver la vista al frente. No habían pasado aún el último estacionamiento del campus, ahí donde la chica solía estacionar su motocicleta para ser la primera en salir. De hecho, ella debería haberse ido hace una hora.

—Pues estamos mejor, ¿No?

Y era verdad. Había pasado una semana desde el beso de Gogo, desde aquella promesa que Tadashi le había hecho en la mañana, y si bien Hiro tenía sus dudas, o sus esperanzas, lo cierto es que el chico había cumplido a rajatabla. No había vuelto a poner distancia con él, y de hecho incluso habían vuelto a hacerse bromas, a pelear en la hora de la comida, a tener sus maratones de películas con Cass, a inventar en los mismos espacios, y a participar de las bromas en grupo. Su relación era, en apariencia, la misma que tenían incluso antes del incendio.

Aunque, desde luego, Hiro sabía que nunca sería lo mismo ya. Claro que valoraba esos momentos y los disfrutaba, claro que agradecía que Tadashi pudiera estar a su lado y reír con él. Pero... pero lo cierto es que no podía fingir todo el tiempo que estaba feliz con eso. Cada vez que hablaba con él por la mañana, con su voz ronca y adormilada, cuando se acercaba a leer algún apunte sobre su hombro, y sentía su calor y perfume envolverlo, cada maldita vez que alzaba la mirada y se encontraba con sus ojos fijos en él, observándolo en silencio, Hiro se estremecía, sentía todo su cuerpo arder, y el impulso instintivo de ponerse en puntas de pie, rodear el cuello de su hermano y exigirle que lo besara, que lo tocara como sólo él podía hacerlo, que lo llevara de nuevo a su habitación por la noche, al espacio que tan egoístamente había cerrado para él, con el recuerdo de su última noche, y del que él estaba vedado por algún contrato implícito desde entonces.

Tragó saliva, y agradeció que el lugar estuviera lo suficientemente oscuro cuando Gogo lo obligó a dirigirse con ella al estacionamiento.

—Sí, se ven mejor en los entrenamientos —concedió la chica, recordando probablemente los mismos escenarios que él —, y ya no están escapando el uno del otro, pero... —hizo una breve pausa, tratando de enfocar el rostro entre sombras de su amigo —. Pero... ¿Cómo están, Hiro?, ¿Las cosas que pasaron en la isla han vuelto a pasar?

Dolido, algo molesto tal vez, Hiro pensó que era una idiotez suavizar las cosas con palabras cuidadas. No había manera en que lo que hacían fuera menos violento, por un simple motivo:

—Somos hermanos, Gogo —murmuró, la voz más agarrotada de lo que hubiera deseado, y alzó la mirada, esperando leer la reacción de la chica. Le sorprendió que se mantuviera más bien compasiva, ni un solo rastro de asco. Hiro alzó una ceja —. De hecho, es sorprendente que estés tan bien con ello... que Honey... incluso que Fred y Wasabi lo estén.

Sopesándolo un poco, cualquiera pensaría que sus amigos estaban locos.

Gogo lo pensó un momento, antes de encogerse de hombros mientras se recostaba con pereza en su motocicleta amarilla.

—Con todo lo que pasaron —comenzó —, con todo lo que han sufrido, creo que a estas alturas lo único que queremos es que sean felices... los detalles no importan.

Hiro la miró, sorprendido. La sinceridad en su rostro, la absoluta indiferencia comparada al asco que cabría esperar de cualquier otro, daban cuenta de cuan convencida estaba Gogo de sus palabras. Y esa convicción, de alguna manera, despertó cierta calidez en su pecho. Esa sensación de que alguien quiera verte feliz.

Sonrió a su pesar, pensando que no habría nada más en el mundo que quisiera hacer, que complacerla.

Suspiró.

—Bueno, si te deja tranquila, las cosas están bien como están —comentó, era verdad, después de todo, aunque no se sintiera de esa manera —. Pero no creo que sea bueno que vuelvan a intervenir ¿Sí?

Gogo sonrió ante su mirada acusadora, divertida y avergonzada. No se le pasaba por alto el ápice de tristeza que teñía las palabras y expresión del muchacho, pero decidió no comentar nada. En cambio, le tendió su casco extra.

—Entendido, enano. Ahora sube a la moto, llevaré tu culo a casa antes de que se congele —afirmó. Sin duda, esa era la forma de hacer las paces que mejor los caracterizaba.

Hiro rio, antes de ponerse el casco y montar detrás de la chica, aferrándose a las manijas junto al asiento.

Sin embargo, se inclinó hacia adelante, dando dos golpes en el casco de su amiga.

—¿Y de qué clase de manga shojo de mierda sacaron ese plan? —se burló, radiante por un instante —¿Un beso?, ¿En serio?

Gogo se echó a reír mientras encendía el motor con una patada.

—¡No finjas que no te encantó, enano!

El motor no fue suficiente para acallar las risas de los dos amigos mientras se alejaban por la calle, ignorantes de las luces de una segunda motocicleta que justo en ese momento llegaba al estacionamiento.


—En serio, amiguito, estábamos estirando.

Hiro se mordió la mejilla con disimulo, dando todo de sí para no echarse a reír en la cara al rojo vivo de su amigo. De acuerdo, había sido una crueldad de su parte sacar el tema de la llamada en medio de una tarde de entrenamiento. Pero es que, vamos, no podía no burlarse después de tal escena.

De hecho, era una suerte de venganza por el incómodo momento que debió vivir, con la mirada de Tadashi clavada en él, esperando una respuesta sobre su inasistencia al entrenamiento ese fin de semana.

No habrá entrenamiento esta semana, amiguito —había respondido un sorprendentemente autoritario Wasabi, desde el celular de Fred, con un variopinto concierto de jadeos de fondo. Hiro tragó saliva, sin poder creer a primeras que lo que estaba pasando era lo que imaginaba —. Necesito tiempo para castigar a este celoso.

Y se quedó mirando la pantalla de llamada cortada, mientras sentía sus mejillas arder y la garganta seca. El que Tadashi se acercara a él, con gesto curioso y en parte preocupado, no ayudó en lo más mínimo.

¿Hiro? —le llamó, extrañado por su estado —¿Está todo bien?

Él, en cambio, ni siquiera había tenido el valor de alzar la mirada para verlo a la cara.

Perfectamente, de hecho. El entrenamiento se suspende.

Había maldecido tanto a Fred mientras trataba de explicar la situación a Tadashi. Más aún al ver cómo la información no parecía perturbarlo en lo más mínimo.

Sí, tal vez quisiera retribuir a su amigo el momento de mierda. Pero jamás pidió a Fred que excusara lo inexcusable.

—¿Necesitamos aclarar qué estabas estirando? —se burló, y se regocijó en la manera en que a Fred se le atoraron las palabras.

Pero no pudo divertirse más a costa de él, antes de que un pesado cuerpo verdoso aterrizara con fuerza entre ellos, arrastrando la mesita que descansaba inocente entre las tumbonas que ocupaban.

Ambos se quedaron mirando por un instante al inconsciente intento de héroe que yacía despatarrado ante ellos, entre preocupados y curiosos, hasta que una leve maldición se elevó desde el rostro aplastado contra el suelo. Wasabi tardó un instante más en incorporarse.

Al voltear la mirada a la dirección de donde el gigantesco bólido había llegado, la expresión de Tadashi de niño atrapado estuvo a punto de hacerle estallar de risa, sosteniendo el báculo extensible en sus manos como él solía sujetar las escobas cuando se asustaba. El maldito tenía que ser tan adorable.

Casi podía olvidar la cantidad de días que pasó encerrado en el garaje, según él, perfeccionando un arma que le llevaría tres horas construir. Era una excusa endeble para mantener una sana distancia de Hiro sin que él lo notara, claro.

Una excusa sumamente funcional, a juzgar por el estado en que acababa de dejar a su amigo.

—Lo siento —murmuró, acercándose a ellos con pasos acelerados y repitiendo lo mismo un par de veces más, reduciendo su nueva arma a un tamaño portátil. Mientras, Fred trataba de sacar los rastros de plantas de las rastas de su novio —. Supongo que me emocioné.

—Tenemos que sacar a pasear al cachorro, empieza a romper cosas desde que no gasta energía —se burló, mirando de reojo a su hermano. Ni siquiera necesitó verlo del todo, podía sentir su mirada fulminante sobre él —. Sólo necesitamos una correa para que no se choque con los edificios.

Ni siquiera pudo terminar de hablar antes de que el cuerpo de Tadashi se le viniera encima, y, dejándose caer sobre él, le cortara la respiración. Entró en pánico por un momento, sintiendo su cuerpo entero responder a la cercanía del otro, a la fina barrera que representaba la tela de sus trajes en contacto, y al hecho de que todos los estaban viendo.

Buscó con su mirada suplicante la de su hermano, aterrado de lo que pudiera hacer, y el mundo se detuvo por un instante cuando, arrebatadores y a centímetros de él, encontró los rojizos labios curvados en una sonrisa, y sus ojos brillantes de malicia. Estuvo bastante seguro de que su corazón se saltó un latido, así como de que sus mejillas se veían de un rojo bastante notorio y muy difícil de explicar.

Un segundo después, los dedos de Tadashi recorriendo sus costados con firmeza lo obligaron a tensarse bajo su mirada divertida. Solo pudo contenerse por unos segundos, antes de estallar en sonoras carcajadas y pataletas poco agraciadas.

Malditas fueran sus cosquillas, y maldito fuera su hermano.

Cuando pudo recuperarse, ya tenía a todo el equipo alrededor y Baymax acababa de diagnosticarle un principio de asfixia.

—Por Dios, hay que sacarlo antes de que mate a alguien —había bromeado Gogo, posando una mano despreocupadamente en su cabeza despeinada, y él asintió bajo su toque, aun temblando.

Fulminó a Tadashi con la mirada, y trató de disimular de la mejor manera posible la pena que lo recorrió cuando, ajeno a lo que él había sentido hace un momento, su hermano parecía completamente tranquilo, mirando con una sonrisa relajada la manera en que Gogo acariciaba su cabello con gesto ausente.

Sabía que no era el momento ni el lugar, pero ¡Vamos!, ¡Tadashi acababa de lanzársele encima! ¿En verdad había sido el único con incest panic?

Una vez más el recuerdo de sus palabras aquella mañana, una semana atrás, lo asaltó, y suspiró disimuladamente, tratando de contener su desilusión. Era verdad, desde ese día Tadashi había logrado mantener con él una fachada impecable, prácticamente la relación ordinaria que cualquier par de hermanos podía tener. Ni una sola vez en que habían estado juntos había dado la impresión de sentirse incómodo o al menos alterado por su cercanía, o siquiera por tocarlo, algo que se estaba haciendo insoportablemente normal de la nada. Mientras que él vivía hecho un manojo de nervios cada vez que se quedaban solos en la casa, e incluso entonces, cuando todo el mundo lo estaba viendo y era por completo imposible que las cosas escalaran a otro nivel.

Claro, su hormonal y desilusionado corazón no se resignaría tan fácil. El que Tadashi se viera perfecto a simple vista no negaba el hecho de que, como él mismo le había dicho, se sintiera tan o más terrible que él. Pero...

Pero el que fuera tan perfectamente impecable comenzaba a desconcertarlo. Incluso el que llevara las cosas a esos extremos ¿Es que quería burlarse de él?, ¿Hacerlo sufrir quizá?

Comenzaba a deprimirse cuando notó la manera en que Gogo comenzaba a tamborilear sobre su cabello, llamando su atención. Al cabo de un momento, la coreana volvió a hablar.

—De hecho... no estaría mal dar una vuelta estos días —comentó como al pasar, mientras jugaba con su cabello despreocupadamente, como si fuera su mascota o algo por el estilo —. Han pasado casi cinco días desde la última patrulla, y aunque hace frío, no conviene desaparecer mucho tiempo después de las semanas de vacaciones. Los noticieros estaban como locos.

Aunque desganado ante la perspectiva, Hiro le dio la razón. Tal vez el frío, y en especial la nevada, fuera un gran aliciente para la delincuencia en la ciudad, pero nunca la diezmaba por completo. De hecho, aún no lograba sonsacarle a Fred cómo había acertado en que, las semanas en que estarían en la isla, no habría índices elevados de delincuencia.

Pero pese a eso, lo cierto es que, cuando volvieron, las noticias sobre la prolongada desaparición de los Grandes Siete ardían como pólvora en cada noticiero de la ciudad, y habían tenido que hacer una aparición de emergencia, aun en el estado en que estaban, apenas llegados a la ciudad. Eso había aliviado a la población, y aún hacían lo posible por mantenerse visibles aquellos días.

Era tiempo de una nueva patrulla.


—Estás inusualmente tranquilo —comentó al pasar, mientras acomodaba sus guantes con gesto desganado. Sin embargo, pese a su aparente aburrimiento, mantenía todos sus sentidos atentos al joven que, con el torso desnudo al otro lado de la azotea, acomodaba los mecanismos de su traje —. Sueles parecer un chihuahua cada vez que toca patrullar.

Tadashi rio por lo bajo, y Hiro respiró aliviado al oír la cremallera del traje, indicándole que ya era seguro girarse.

Sin embargo, sólo le bastó dar de lleno con la espalda de su hermano enfundada en su endemoniado traje, para recordar que nunca había terreno seguro entre ellos, incluso cuando quisieran convencerse de ello. Baymax pareció verlo con curiosidad, o lo más parecido que sintiera, detrás de su armazón escarlata.

—No me lo creerás, pero no me vuelve loco esto de estar congelándome el culo en un vigésimo piso —comentó, con relativa tranquilidad, y Hiro se volteó levemente, juntando todo de su valor. Tadashi seguía de espaldas a él, observando con aire ausente la magnífica vista que tenían desde el punto más alto del rascacielos. Era casi imposible que no estuviera absorto, y sin embargo, Hiro no dejaba de sentirse ligeramente herido porque pudiera pasar de él mientras aún tenía su traje insinuadoramente abierto —. ¿Tienes idea de dónde saca Fred estos lugares?

—Fred... bueno, él tiene sus secretos. Todos acordamos que nos dirá ciertas cosas cuando sienta que sea correcto —explicó, aunque debía admitir que la inquietud de Tadashi era perfectamente válida, y una que todos en el grupo compartían. Fred, de alguna manera que rozaba lo milagroso, lograba brindarles acceso a la mayor tecnología, a registros de todo tipo, y a variopintos lugares donde pudieran dejar sus ropas de civiles lejos de la vista de los curiosos y libres de la vigilancia de cámaras de seguridad —. Supongo que ser rico tiene sus ventajas.

Se encogió de hombros con cierto desinterés, era un tema lo suficientemente tratado para él como para haberlo naturalizado. Había cosas que Fred no decía porque era un verdadero despistado, y otras que obedecían a sentidos que sólo él comprendía. Mientras esos secretos fueran funcionales al equipo, no había nada por lo que molestarse.

Pero lo que sí le molestaba, en realidad, era la tranquilidad con la que Tadashi parecía manejarse ante él. Una cosa que podía entender, pese a su primera reacción, era que aparentara a la vista de Cass o los chicos, donde más debían tratar de verse como hermanos y nada más. Pero que pudiera mantenerse tan indiferente en esos momentos, en los que estaban solos, era terriblemente frustrante para el chico.

La idea de llegar a las escenas del crimen desde distintos puntos de la ciudad le había parecido ridícula por un tiempo, innecesaria cuando Fred la planteó, pero no tardó en aceptar que tenía razón, especialmente cuando los noticieros empezaron a reconocer que sus apariciones siempre se daban desde los mismos puntos de la ciudad, que se dividían entre la universidad y la mansión. Por ello, luego de un tiempo, habían ampliado los lugares en los que guardaban sus trajes y dividido por equipos. Baymax y él en este caso, y luego, claro, Tadashi.

El hecho de que aquello fuera una práctica común, desde luego que no ayudaba a que sus ideas no se alborotaran. Había guardado ciertas esperanzas cuando llegaron a la cima del edificio ayudados por Heathcliff y el siempre útil helicóptero de la familia, pero Tadashi había tomado sus cosas y, sin dedicarle tan solo una mirada, se había apartado fuera de su vista para cambiar su ropa.

Era ridículo que se sintiera insultado por ello, lo sabía, pero más ridícula le parecía la actitud del otro al llevar a aquel extremo la promesa que había hecho. ¿Qué no se daría cuenta? ¡Pero si cada cosa que hacía era la prueba cabal de que no podía ignorar lo que había pasado, lo que sentía!

O, al menos, de eso intentaba convencerse Hiro.

Hizo una mueca, revisando desganadamente los niveles de carga de Baymax en su monitor de brazo. Sin embargo, su atención no estaba en los números y porcentajes, en cambio, cavilaba con cierto resentimiento las actitudes del mayor. No era posible que aquello no fuera una actuación, ¿Verdad? No había forma en que Tadashi pudiera pasar tan rápido de él, que lograra saltar del deseo que le había mostrado apenas hace una semana y el no poder dejar de ponerse tenso a su lado, a esa amigable indiferencia que aparentaba... ¿Verdad?

Respiró hondo, tratando de deshacer el nudo que se le hizo en la garganta ante la idea, porque de ser así, Hiro no sabría de dónde sacaría las fuerzas para seguir viéndole a la cara por el resto de sus días.

Le dolía, claro que esa indiferencia, que esa situación, le dolían, llevaba una semana entera en que cada noche lloraba hasta quedarse dormido, víctima de la impotencia, de la angustia y del miedo, viendo de reojo el shoji y la silueta que descansaba tranquilamente dentro, ajeno a su sufrimiento. Había tenido razón aquella noche, pensando cuánto sufriría luego por ese acceso de pasión, cuánto le costaría sacar de sí la marca de los recuerdos, cuando aún ni siquiera lograban desaparecer de su piel todas las marcas de besos y mordidas que el otro había dejado sobre él.

¿Por qué, si a él le costaba tanto, Tadashi parecía tan tranquilo al respecto?, ¿Qué derecho tenía a ignorar el estado en que le dejaba?, ¿Por qué parecía ser sólo él el que se moría por dentro, no importa cuánto sonriera e hiciera las paces con los demás?

Era egoísta, lo sabía ¿Pero no tenía derecho a ser egoísta de vez en cuando?

Un aumento en los niveles de funcionamiento del robot fue la alerta, y se apresuró respirar lentamente una vez más, hondo, aumentar los niveles de oxígeno en la sangre, reducir la presión sanguínea, fingir con todas sus fuerzas que estaba atento al sistema operativo de su amigo. Dejar que la angustia se apoderara de él en esos momentos no era lo mejor para nadie, y mucho menos si Baymax estaba cerca para percibirlo. Se mordió el labio y secó una lágrima furtiva, rogando que ni el robot, ni el chico a unos metros de él lo notara.

Sin embargo, el único que había bajado la guardia era él, que, ajeno a los lentos pasos que se aproximaban, no pudo reprimir un respingo cuando sintió una mano en su espalda baja, un toque firme pero perfectamente familiar. Un estremecimiento lo recorrió de pies a cabeza cuando Tadashi ascendió por su espalda desnuda, arrastrando lentamente un firme dedo por la marcada curva de su columna, y haciendo en el acto que su corazón se saltara un latido, antes de volverse loco.

Inmóvil, con la piel entera erizada y sensible, Hiro ahogó un jadeo bajito cuando ese dedo rozó su cuello desnudo, ahí donde, sabía, aún una marca se podía ver a plena luz del día, de un suave color oscuro. Retuvo la respiración los segundos que duró el toque, y cuando la mano se alejó, tan silenciosa como llegó, Hiro sintió el traje a su alrededor mucho más tenso. Desconcertado, llevó una mano a su nuca, solo para notar que la cremallera había sido cerrada.

Se giró, plenamente consciente de la pena y el anhelo en su mirada, y del color rojizo en sus mejillas. Más se llevó un chasco cuando, lejos de los ojos interesados del mayor, se encontró únicamente una sonrisa divertida, y el visor naranja que escondía su rostro de todos.

—Lo que menos necesito es a un bebé llorón y resfriado al que cuidar, cabeza de chorlito —se burló, y libre y sin culpas como el maldito hijo de puta que era, corrió felizmente a un borde del edificio, antes de dejarse caer con una sonrisa radiante y de oreja a oreja —¡El último en llegar limpia la caja de arena de Mochi!

Pero Hiro no respondió la pulla. De hecho, permaneció en blanco por un momento entero, antes de que un estallido en su presión sanguínea, el aumento de noradrenalina y una preocupante disminución de serotonina pusiera alerta a Baymax.

—Pareces...

—Exaltado no, Baymax —gruñó entre dientes, mientras se colocaba el casco casi como si quisiera romperlo de un cabezazo —. Ahora mismo solo quiero matar a ese imbécil.

Y se subió al robot con suficiente brusquedad como para que se inquietara por laceraciones epidérmicas. No obstante, las fluctuaciones hormonales seguían siendo lo más significativo en su sistema analítico cuando obedeció la orden de vuelo.

Quizás no tuviera deseos asesinos, pero los niveles de decaimiento que había registrado toda aquella semana no eran algo fácil de ignorar, y el hecho de que apagaran su sistema regularmente dejaba varios baches que impedían comprender del todo a sus pacientes.

Lo cierto era que, en realidad, ni siquiera sus pacientes comprendían del todo qué estaba ocurriendo con ellos.

Hiro no dio lugar a la competencia que Tadashi propuso. En cambio, trazó una vía de vuelo fija en dirección a donde estaban sus compañeros, a unos dos kilómetros según el radar, ignorando tanto como podía al punto rojizo que se mantenía a escasos metros de él. Lo que más necesitaba ahora era tomar distancia de su hermano.

Por eso, no pudo reprimir una sonrisa de alivio cuando lo primero que vio en la distancia fue a Gogo tratando de inmovilizar a Fred. Si había que reconocer algo del chico, era que tenía flexibilidad y reflejos suficientes como para que la chica no pudiera darle cada vez que estaba en su traje.

Ver que el resto seguía igual que siempre de cierta manera le trajo tranquilidad, y se concentró en ellos, buscando distraerse, sin ver ni una vez en dirección a Tadashi, ni al radar. Entre sus deseos de alienarse y monitorear las calles, no notó el octavo punto que se presentaba de manera intermitente en el radar.

La tarde avanzó con relativa calma. No tuvieron que intervenir en ningún momento y ningún altercado los alertó. El frío y su simple presencia eran lo suficientemente imponentes como para que cualquier delincuente se lo pensara dos veces, incluso en los rincones donde Yama y sus chicos proliferaban.

Por el momento, lo único que parecía amenazar la ciudad era un demasiado aburrido Fred.

—¡Vamos! —exclamó, saltando de una punta a otra de las azoteas de edificios enfrentados, rodeando al grupo, que avanzaba lentamente sobre Baymax —¡¿No hay nadie en casa?!

—¿Le pregunta a sus neuronas? —gruñó Gogo, que colgaba despreocupadamente sobre la coraza del robot, mientras Honey y Wasabi observaban al chico con una pequeña sonrisa.

—Ya déjalo —le recriminó, empujándola levemente para hacerse lugar y relajar las muñecas, sostenido solo por los magnetos de las piernas —. Sabes que es mejor que intimide de esa manera a tener que enfrentarnos a los malos ahora.

— ¿Fred?, ¿Intimidante? — Gogo lo miró de reojo, casi divertida. Desde luego, no notó cómo Wasabi se estremecía, y Hiro sonrió levemente. No tenía idea, pero algo le decía que Fred enojado era algo terrible de soportar.

Aunque todos sus gritos, mientras hacía volteretas atento a cada punto de la ciudad, dieran otra impresión.

Había una vez un dragón, que solo quería patear traseros de malos...

Pero justo cuando Gogo se erguía, lista a detener el canto que amenazaba con atormentarlos, el repentino silencio que llenó el lugar fue incluso más preocupante.

Hiro permaneció atento al chico, que se había quedado inmóvil al filo de la cornisa. No miraba la calle vacía debajo de ellos, sino a en su dirección. No había forma de decirlo tras la máscara de lagarto, pero Hiro tenía la impresión de que incluso miraba más allá de ellos.

— ¿Freak?, ¿Qué tienes? —inquieto de repente, Hiro estuvo a punto de girarse en la dirección que el chico veía. Sin embargo, se detuvo cuando algo desconocido pasó a su lado a toda velocidad.

Lo único que le hizo reaccionar fue el sonido de la explosión frente a ellos, y apenas pudo girarse a tiempo de ver como Fred se precipitaba junto a los escombros por la ladera del edificio.

Un edificio de diez pisos.

— ¡Fred! — prácticamente debió aferrar a Wasabi para que no se arrojara tras él, y ni siquiera pudo pensar en reprenderlo por usar el nombre real del chico. Trató de erguirse sobre él, Honey y Gogo, sintiendo el pecho oprimir al saber que no podía lanzarse tras él con todos ellos en Baymax. Y el silencio de los chicos no ayudaba en lo más mínimo a calmarlo.

Logró mirar a un lado, pero lo único que pudo ver fue el polvo que los escombros habían levantado y restos de nieve a los lados de la calle. Repentinamente, incluso esos detalles se desdibujaron para él, presa de un terrible vértigo. Fred... ¿Qué pasó con él?

Le faltó el aire por un momento, aterrado, y el horrible dejá vù de aquella desesperación, aquella noche en el incendio, fue suficiente para que sus ojos ardieran en lágrimas retenidas.

Por ello, casi pierde el equilibrio cuando vio a su siempre desquiciado amigo elevarse sobre la barrera de cabezas ante él.

—¡Estoy bien! —exclamó, tan risueño que le causó un deseo indecible de darle un zape por haberle hecho pasar ese susto. Descarado, le lanzó reiterados besos a las patas de su traje —¡Las amo, chicas!

Y volvió a darse impulso en un balcón, elevándose a la vez que una segunda explosión sonaba a sus espaldas. Esta vez, Hiro no dudó en voltear en la dirección de la que había venido el proyectil. Abrió los ojos de par en par al ver cómo Tadashi esquivaba a duras penas el nuevo estallido, a punto de perder pie en una cornisa al estilo japonés. Aterrado, estuvo a punto de soltarse de Baymax en algún impulso inconsciente, cuando Tadashi se elevó en el aire, lanzándose en dirección a su nuevo acompañante.

El sujeto no parecía mucho más alto que el mismo Hiro, y vestía de negro, un negro absoluto, sin distinciones o decoraciones de algún tipo. Era prácticamente una sombra que se deslizaba con sigilo, esquivando cada golpe de los que Tadashi le lanzaba con su báculo, a la vez que expulsaba a diestra y siniestra esa cosa. No parecía ningún explosivo, sino más bien una masa gelatinosa muy similar a los experimentos de Honey. Ni siquiera transcurría un segundo completo desde que eso tocaba cualquier superficie, antes de que estallara, salpicando a su alrededor pequeños escombros, demasiado cerca de Tadashi.

Y lo peor, es que las explosiones eran cada vez más grandes.

En pánico, trató de pensar una maniobra en la que dejara a los chicos en un lugar seguro antes de poder ir en su auxilio, aun cuando Tadashi no diera la menor muestra de necesitarlo, con sus movimientos seguros y su mirada llena de convicción cada vez que volvía al ataque luego de retroceder unos pasos.

Le llamó la atención lo cerca que se mantenía del otro, a pesar de que las explosiones fueran cada vez de mayor escala. Retrocedía apenas lo suficiente para estabilizarse y se volvía a lanzar hacia el otro, siempre con una de esas detonaciones a centímetros de sus pies, pero, de forma extraña, sin impactar en su cuerpo una sola vez.

Entonces notó qué era lo extraño de aquella escena, algo que de seguro también Tadashi había notado: esa persona, fuera quien fuera, no buscaba herirlo en verdad.

La prueba más clara de eso era que, aun teniéndolo a su alcance, pareciera más interesado en dibujar una barrera de explosiones a su alrededor, tratando de ganar distancia. Pero ciertamente no pudo entender por qué su hermano tenía que exponerse tanto a los ataques de ese sujeto, al grado en que el corazón estaba a punto de estallarle y que las manos le temblaban sin control. Apenas había notado que Wasabi le mantenía sujeto de los hombros, en su lugar.

No estuvo seguro de quién le sostuvo a él cuando, en medio de un grito que se asimilaba demasiado a los de alguna película de guerra, Fred se lanzó sobre ellos, aprovechando el momento en que el desconocido les daba la espalda, concentrado en Tadashi.

Más, poco duró su ayuda. Ni siquiera llegó a dar dos pasos en su dirección, antes de que la otra persona se girara, como un torbellino, y de dos certeras patadas volviera a lanzarlo lejos, directo al final de la calle.

Wasabi jadeó a sus espaldas, el gruñido de Gogo le dio la respuesta que necesitaba. Sintió una leve turbulencia, pero ni siquiera reparó en que Baymax los había llevado a una azotea cercana, estaba demasiado absorto en la manera en que Tadashi se lanzaba una vez más hacia el desconocido, aprovechando su distracción.

Casi suelta un grito de dicha cuando le dio con el báculo de lleno en su plexo, lanzando a la persona unos dos metros, contra el cuerpo principal del edificio en forma de templo. Se decidió a moverse: una vez allí, el sujeto no tenía escapatoria, pero Baymax era el más adecuado para contenerlo.

Al menos eso creyó. Su movimiento atrajo la atención del desconocido hacia él y aunque no podía ver sus ojos, era claro que había descubierto sus intenciones. No estaba seguro de si fue el saberse atrapado, o algún plan que ya tenía premeditado, pero tampoco tuvo mucho tiempo a pensarlo cuando el sujeto se giró y, en un fluido movimiento ascendente de su mano, abrió el portal.

El portal, exactamente el mismo que Hiro había atravesado ya alguna vez.

De repente, sintió que perdía agarre. Ante la visión de las hermosas nebulosas, lo recorrió la horrible sensación de vacío, de estar a la deriva que sufrió al entrar en ese espacio libre de tiempo y sentido. Lo sobrecogió la terrible sensación de ser pequeño, insignificante.

Y una presión desesperante se instaló en su estómago al ver a su hermano a metros de ese horror. Temió lo peor, se esforzó por llamarlo, por advertirle que se alejara. No podía imaginar la manera de buscarlo de allí, de salvarlo cuando él apenas había salido de ahí una vez.

Pero el desconocido no tenía intenciones de atacar a su hermano.

En cambio, se dejó caer a sí mismo en el lugar, antes de que el portal se cerrara como una boca gigante y silenciosa, dejando, intacta, la pared que hace un instante había apresado a aquel sujeto.

El mayor de los silencios incómodos se instaló en el lugar, solo interrumpido por el sonido de las sirenas lejanas y las voces de los transeúntes curiosos que, atraídos por las explosiones, se acercaban por la calle y los balcones.

Tadashi se giró lentamente, y sus miradas se encontraron. Aún tras el visor, Hiro pudo reconocer su pregunta, la misma que, apostaría lo que fuera, estaba en ese momento en la mente de cada uno de ellos.

Y que, desde luego, Fred se encargó de expresar:

—¿Alguien tiene idea de qué mierda acaba de pasar?


Hizo una mueca mientras estiraba la mano, limpiando la empañada superficie. La otra se encargaba de frotar la toalla desganadamente, secando un cabello que, incluso húmedo, parecía dispuesto a desafiar las leyes de la física.

El reflejo del vidrio le devolvió su expresión cansada, una expresión que distaba mucho del cansancio físico, aún pese a las ojeras que se marcaban bajo sus ojos. Había en su mirada un desgano que resultaría preocupante a cualquiera.

Había dado tantas vueltas a lo ocurrido aquella tarde, demasiadas veces en pocas horas. Lo inesperado del encuentro resultaba igual de desconcertante, y daba todo de sí para entender qué había sucedido, por tratar de dar alguna identidad a la persona que los había enfrentado y, sobre todo, por hipotetizar sus intenciones al atacarlos.

No había muchas variantes que pudiera contemplar con tan poca información, pero, a juzgar por lo accidentado del encuentro y la veloz huida del desconocido, estaba casi seguro de una cosa: aquel sujeto nunca había tenido en sus planes el confrontarlos. Podía aventurar, como mucho, el que les estuviera espiando y, en un mínimo descuido, había sido descubierto por Fred mientras se asomaba por una cornisa, tal como el chico había dicho.

Una vez descubierto, entonces, había entrado en pánico e intentado distraerlos con un ataque para aprovechar a escapar. Pero también había perdido de vista al integrante del equipo que no estaba cerca de los demás, y Tadashi había tomado la oportunidad para acorralarlo.

Si lo pensaba con calma, lo precipitado de sus acciones y los descuidos no sólo hablaban de un evidente pánico, sino también de una gran inexperiencia en lo que respectaba a espionaje. Sea quien fuera que los siguiera, no llevaba en definitiva mucho tiempo haciéndolo.

Y el que los siguieran no era, en sí, el problema. El problema era la tecnología que podía explotar sin un interruptor ni temporizador aparente, además del pequeño y terriblemente peligroso detalle de los portales.

Tener a alguien siniestro suelto en San Fransokyo era un problema. Tener a alguien siniestro, que además tuviera acceso a esas tecnologías, era una bomba de tiempo en números rojos.

Suspiró pesadamente, extenuado una vez más. A diferencia de otros trabajos, uno no siempre podía olvidarse de sus deberes como héroe solo volviendo a casa y tomando una ducha.

Se miró al espejo, atento a las oscuras marcas que por algún motivo se habían acentuado en su rostro, cuando otro tipo de marca llamó su atención. Por un momento, creyó que la marca oscura sobre su clavícula podía ser algún moretón provocado durante el día. Más tardó un segundo en reconocer que no era una marca reciente, y otro más en ruborizarse hasta las orejas cuando recordó la forma específica en que se lo había hecho.

No tenía idea si era por su dificultad para coagular, pero ciertamente no creía que un chupón tardara tanto tiempo en desaparecer.

Se alejó unos pasos del espejo, observándose con cuidado, y el rubor en su rostro sólo empeoró cuando el espejo le devolvió la entramada maraña de marcas que aún no habían desaparecido de su piel, como un recuerdo agridulce.

La mañana posterior a su último encuentro, Hiro había estado a punto de hacer combustión al ver las marcas de uñas y mordidas que había dejado en todo el cuerpo de su hermano, pero no había dicho nada en el momento, condicionado por la conversación y la promesa de su hermano. Y cuando se dedicó la primera mirada del día en el espejo, comprendió que Tadashi de seguro había hecho lo mismo. Porque no había forma en que pudiera pasar desapercibidas las numerosas marcas que recorrían su cuello, hombros, pecho y vientre. La respiración le había fallado cuando descubrió, además, las que había dejado en sus muslos, de un bonito color rojizo.

No había forma de que cualquiera los viera e ignorara lo que habían hecho, y de hecho, se había sentido un poco paranoico al tener que regresar a la universidad, incluso se había cubierto hasta las orejas con un gorro.

Tadashi parecía divertido, pero sin duda no podía burlarse cuando él mismo tenía una bufanda que le cubría hasta el mentón.

Con gesto ausente, llevó sus dedos a la marca en su clavícula, pellizcando suavemente. No estaba seguro si intentaba atenuarla o, por el contrario, hacer que durara algo más sobre su piel, un recuerdo agridulce del que no quería desprenderse.

El recuerdo de su hermano le llenó de dos sentimientos contradictorios: seguía molesto con él, al nivel de no querer verlo hasta que la última de las marcas se borrara de su piel, o hasta que se diera por vencido con aquel numerito exagerado de los hermanos perfectos. Pero, a la vez, no podía deshacerse de la desesperante angustia que lo había invadido a la tarde, cuando la imagen de Tadashi parado ante el portal casi le provoca un infarto. Tan cerca de aquel vacío maravilloso y terrible que había arruinado tantas vidas, Hiro había olvidado por completo su enojo y sus resentimientos, aterrado con la idea de volver a perderlo, de no poder salvarlo una vez más.

La terrible desesperación que sintió en ese instante era la prueba cabal de que, no importa cuán molesto estuviera con él, no podía soportar la idea de perder a Tadashi otra vez.

El único problema en ese punto, era que no decidía a quién no quería perder: ¿A su hermano?, ¿O a su amante?

Cerró los ojos e inhaló profundamente, sintiendo la presión en su pecho volver por milésima vez en el día.

Decidió que no quería pensar más en ello por ese día, y se apresuró a vestirse. Sólo quería dejarse caer en su cama y olvidarse de todo: de extraños enmascarados, de las marcas, de su hermano.

Más no llegó a dar un par de pasos en la habitación, cuando la puerta abierta del shoji lo desconcertó, y tardó solo un segundo en reconocer que Tadashi, pese a pasar de la medianoche, no estaba en su cama.

Una inquietud instintiva lo invadió, pero solo le bastó ver el casco de su hermano colgando a un lado de la puerta, sobre el compartimiento de carga de Baymax, para tranquilizarse.

Si Tadashi no estaba fuera de casa, solo había un lugar donde podía estar.

Sólo las luces al final de la escalera hubieran alertado que había alguien en la cochera, y Hiro puso los ojos en blanco al reconocer que Tadashi era mucho más tranquilo que él para trabajar. Había perdido la cuenta de la cantidad de veces que le había pedido que le bajara el volumen a la música las semanas que les llevó crear los microbots, y cuánto le había reprendido por bostezar con la boca abierta de par en par, casi gritando. Claramente, no servían para proyectos en común al menos que la situación fuera una emergencia, como evitar que cayera en la delincuencia clandestina.

Sonrió, enternecido en parte por el recuerdo. En parte, por ver a su hermano en su típica postura de científico loco sobre la mesa de trabajo, demasiado encorvado sobre el monitor como para que no afectara su columna.

No pudo evitar el dejo de satisfacción que le recorrió cuando le pinchó la espalda con un destornillador, haciendo que el chico diera un brinco y un grito demasiado agudo para que su orgullo saliera invicto.

—¿Qué haces? —preguntó, regalándole una sonrisa calma a la mirada fulminante que Tadashi le dirigía, sólo iluminado por la luz verdosa del monitor.

Más, cuando se calmó, se giró una vez más, nuevamente concentrado sobre lo que fuera que estuviera haciendo. Fue en ese momento que Hiro notó el microscopio y el portaobjeto sobre la mesa iluminada, al igual que al monitor junto a él, que marcaba números y niveles de lo que parecían ser elementos químicos.

—Nada —fue la escueta respuesta.

Pues a Hiro no le parecía que eso fuera nada.

—¿Qué es? —volvió a la carga, genuinamente interesado. Honey era la de los químicos en el equipo. Ver a Tadashi con un microscopio era francamente una novedad.

—Nada —repitió, y el chico sintió como su párpado comenzaba a palpitar. No había tenido un día exactamente tranquilo, y Tadashi no parecía dispuesto a darle paz alguna.

—¿Sabes? Con tanto secretismo casi pareces el líder egocéntrico del equipo —gruñó, irónico y molesto porque el otro no le hiciera parte de lo que fuera que estaba haciendo. Finalmente, concluyó con una mirada llena de suficiencia —. Pero claro, todo el mundo sabe que el líder soy yo.

Esta vez Tadashi si apartó la mirada en su dirección, pero la mirada burlona que le dirigía no se sentía para nada como una victoria para Hiro.

—Hasta donde he observado, no hay líderes en este equipo —señaló, causando que la mirada autosuficiente de Hiro mutara en el acto a una que evidenciaba su orgullo herido. Dándose por satisfecho, Tadashi se volvió a su objeto de estudio con una sonrisa divertida.

—Pues estás ciego —masculló el chico, antes de tomar una silla y arrastrar las ruedas hasta la punta de la mesa en la que trabajaba el otro, bordeando la mochila propulsora que había estado acondicionando aquella semana, en una excusa ridícula para espiar el avance del equipamiento de Tadashi... y al mismo Tadashi. El que no le hubiera incomodado en ningún momento había sido una profunda herida a su orgullo.

Se sentó al revés, y apoyó perezosamente la mejilla en el respaldo.

Trató de adivinar qué era lo que Tadashi estaba haciendo, pero lo cierto es que, tan cansado como estaba, pronto su atención saltó a temas más agradables. Y, desde luego, temas más agradables se traducía en el marcado ángulo de la mandíbula del chico, en su mirada concentrada, y en la forma en que tensaba y relajaba su expresión mientras ajustaba el aumento del aparato.

El interés científico del chico pronto se desvió a los largos dedos que se deslizaban por los niveladores, y de ahí a la forma en que el marcado bíceps se dibujaba bajo la camiseta térmica de color gris, casi como una segunda piel. El recuerdo de la fuerza de esas manos al sujetar su cuerpo, la facilidad con que esos brazos podían sostenerlo, hizo que debiera presionar sus muslos suavemente, sintiéndose ansioso.

Luego subió hasta el cuello redondo que dejaba a la vista la piel de su garganta. Y sintió su cuerpo arder como un incendio cuando descubrió, apenas visible gracias a la luz, una marca oscura sobre su nuez de adán. Una marca que, por supuesto, llevaba su nombre y apellido.

Una inusitada felicidad lo embargó al descubrir que las marcas que había dejado en el cuerpo de Tadashi también se negaban a desaparecer, resistiendo invictas el paso del tiempo. Y una vez más, un pensamiento semiamargo le invadió: ¿Resistirían también su indiferencia?, ¿Vería Tadashi esas marcas cada día y pensaría en él de la misma manera que Hiro?

Agradeciendo que la oscuridad apenas herida del lugar ocultara su rubor, no pudo evitar sentirse ansioso ¿Le extrañaría como él?, ¿Le desearía de nuevo cada vez que recordaba todo lo que habían hecho?

Pero pronto una idea mucho más decepcionante lo embargó: ¿Podría fingir tan naturalmente con él si en verdad aquellas marcas significaran algo ya?

Sintiendo el inicio de un nudo en la garganta, Hiro se obligó a tragar con fuerza, al tiempo que cerraba los ojos. No, no era el momento ni el lugar para pensar en ello, no tenía por qué llevar las cosas a terreno peligroso.

Luego... lo pensó mejor. ¿No ser el momento ni el lugar? Era exactamente el momento en que habían hecho el amor la última vez, la misma casa, y aunque no estuvieran solos, su tía estaba profundamente dormida hace una hora. Con todo eso, ¿Tadashi ni siquiera era capaz de dedicarle una mirada?, ¿No significaba nada para él que fuera a buscarlo?, ¿No le movía nada?, ¿O seguía actuando, incluso ahora?

En parte deseando saciar de una vez sus dudas, en parte tratando de satisfacer su orgullo herido, Hiro decidió que no tenía por qué aceptar tan fácilmente un plan en el que en ningún momento se le había tomado en consideración.

Acercó un poco su silla a la de su hermano, y aunque la luz de la mesa lo molestó levemente, no tenía más en mente que por fin dejar sus sentimientos en claro con Tadashi. Él nunca había dicho estar de acuerdo con su magnífico plan, y consideraba que era hora de que le escuchara.

—Hey, Tadashi —comenzó. Más, toda su seguridad se desvaneció en cuanto lo hizo, y las palabras salieron volando de su mente. Maldijo en su fuero interno, aún más humillado al ver como el aludido apenas le gruñó como muestra de que tenía su atención. Sin embargo, no se daría por vencido, no sabía cuándo tendría otra oportunidad para hablar de aquello. Respiró hondo, y se forzó a hablar: —. Escucha, Tadashi. En verdad aprecio que intentes volver las cosas a la normalidad entre nosotros, pero creo que deberíamos aceptar que ya nada será lo mismo... nosotros...

El otro se removió un poco, evidentemente consternado a juzgar por la manera en que frunció el ceño. Sin embargo, no se atrevió a dirigirle la mirada.

—Hiro...

—No, no. Déjame hablar, por favor —se le adelantó, nervioso y secretamente aterrado por lo que pudiera decirle —. Lo he estado pensando, y t-te extraño. Te extraño demasiado para simplemente fingir que nada de esto pasa entre nosotros. Y no creo que tú estés en realidad tan tranquilo como quieres aparentar... nosotros...

—No puede ser —respondió, aferrando con demasiada firmeza el cañón del microscopio.

Molesto porque ni siquiera se dignara a escucharlo o mirarle mientras se abría a él, Hiro lo miró con toda la exasperación que sentía, olvidándose de los nerviosismos infantiles.

—¡Oh, vamos! —su voz se elevó una octava más por la irritación, ganándose por fin una mirada de su hermano —¡Siempre dices eso y ambos sabemos que queremos est...!

—No, cabeza de chorlito —le cortó, entre exasperado y preocupado, dejando a Hiro en blanco a la mitad de su discurso... ¿Siquiera Tadashi lo había estado escuchando? —. Mira esto.

Pese a su orgullo herido y su estado de ánimo, la urgencia implícita en su tono de voz le empujó casi en automático a tomar el lugar que su hermano había ocupado un instante antes, frente al microscopio. Luego, frunció el ceño con cierto desconcierto, intentando averiguar qué debía ver en toda esa mancha rosa.

Un segundo después, la inquietud volvió a invadirlo, esta vez por motivos diferentes. Lo que había ante él no era una mancha rosa común y corriente, era un pedazo de la cosa que les habían lanzado aquella tarde. Un pedazo repleto de los mismos mecanismos imperceptibles de los que él había creado los microbots y los guardianes.

—¿Qué mierda es esto? —susurró, ajustando levemente el aumento. No estaba seguro de cómo definir esa cosa, era como si Honey y él hubieran estado aburridos una tarde y se pusieran a construir armas terroristas: —. Bombas... ¿Con neuroreceptores químicos?

Desconcertado aún, Hiro se alejó un paso sin apartar la mirada de la mesa. Entonces su mirada cayó en la forma cilíndrica del otro lado del microscopio, que había permanecido oculta a su vista por Tadashi. Tardó un segundo en reconocer que se trataba del báculo de su hermano, cubierto en un extremo casi por completo por aquella cosa rosada.

Aún extrañado, tardó sólo un segundo en comprender la situación: de dónde había sacado Tadashi una muestra sana de aquella cosa, el por qué había permanecido tan cerca de aquel sujeto durante la tarde, el por qué se había arriesgado tan absurdamente.

Enfurecido de repente, se giró hacia él, con renovados deseos de partirle la cara.

—Por favor, dime que no te comportaste tan estúpidamente esta tarde solamente para conseguir una maldita muestra, Tadashi —gruñó, mascando casi las palabras. La mirada ansiosa del mayor estuvo a punto de hacer que estallara —. Porque si me dices que te pusiste en peligro, de la forma en que lo hiciste, solo por eso, yo mismo me encargaré de que te tragues esa porquería ahora mismo.

Tadashi dudó por un momento, sin saber exactamente cómo reaccionar a la mirada cargada de reproche y dolor que ahora mismo su hermano le dirigía, ocultos tras una capa de rabia. Sí, sabía que estaba siendo demasiado arriesgado... pero...

Respiró hondo, antes de bajar la cabeza levemente.

—Lo siento —susurró, acercándose a la mesa de trabajo —. Pero necesitaba una muestra que no hubiera estallado para que los componentes activos fueran analizables, o nunca sabría qué era lo que...

—¿¡Es que estás loco, maldita sea!? —estalló, y Tadashi temió por un momento que sus gritos despertaran a su tía. Sin embargo, sabía que no había nada que pudiera hacer por tranquilizarlo —¡¿Cómo demonios se te ocurre?!, ¡¿Qué habría pasado si esa cosa estallaba en tu mano, por el amor de Dios?!

Tadashi tragó saliva, más esta vez trató de calmarse. Entendía que se había arriesgado demasiado, pero, como héroes, no podían dejar las cosas a medias cuando algo tan peligroso como esa cosa, o ese sujeto, vagaban libremente por la ciudad.

Y Hiro lo sabía perfectamente, después de todo, él había sido el primero en arriesgarse de forma idiota al ir tras Callaghan aquella vez.

Molesto por el recuerdo, se enfrentó al menor, soportando tan estoicamente esa mirada llena de reproche, esos labios temblorosos por la rabia o el miedo.

—Sabes que hubieras hecho lo mismo si estuvieras ahí, Hiro, y que yo también habría tenido que soportar verte en peligro —le echó en cara, con una convicción aplastante que hizo al otro abrir los ojos de par en par. Tadashi continuó, sin dar el brazo a torcer —. Ese es el peligro de ser héroes, y si no me prestaste atención cuando traté de protegerte, no intentes reprochármelo ahora que los dos estamos en esto.

Sorprendido al principio, y luego levemente resentido porque el otro jugara esa carta sucia, Hiro estuvo a punto de responder con algún improperio. Más sólo pudo soportar la mirada del otro por unos segundos, antes de alejar la suya, dándose por vencido.

Bien, entendía el punto. Pero era malditamente difícil separar al héroe del hermano.

Se inclinó sobre el tablero nuevamente, paseando nuevamente la mirada por la pantalla con números y niveles. Ahora que sabía de qué se trataba, no le costaba entender que lo que le mostraba el monitor eran las proporciones de componentes químicos que aquella cosa contenía. Componentes que, al desencadenar una reacción, podían causar explosiones como las que habían visto aquel día.

Eran cantidades relativamente bajas, pero eso no quería decir nada. Tal como lo había visto, a mayor cantidad de producto, mayores cantidades y mayor la intensidad de la explosión.

Era terrorífico saber que esa reacción podía desencadenarse con sólo un pensamiento. Porque además de los componentes en sí, la masa estaba llena del mismo mecanismo que hacía funcionar a los microbots en el acto.

Ese monstruo que había creado, y que no dejaba de volver a él para mostrarle lo mejor y lo peor del mundo.

Sintió a Tadashi tras de sí, y no tardó en descubrir que estaban en hilos de pensamiento demasiado similares.

—Unas cuantas de estas de gran tamaño, en los lugares correctos, y puedes estallar un territorio cinco veces mayor al Ito Ishioka con solo pensarlo... con todos dentro.

Hiro se estremeció, devanándose los sesos por descubrir quién podría tener acceso a una tecnología tan arriesgada y estar tan loco como para ponerla en funcionamiento, y al alcance de alguien que claramente no podía controlarlo.

Con ese pensamiento, la pregunta se respondió casi sola.

—Peligroso, irresponsable y lucrativo —murmuró, encarándose a su hermano con una expresión severa —¿Sabes para quién parece un buen negocio?

Tadashi asintió, un gesto reflexivo a la vez que ausente, antes de dedicarle una mirada cargada de significado.

—Trae a Baymax —pidió, al tiempo que tomaba el comunicador de la mesa de trabajo —. Hay que ir con los chicos.

Y aunque su tono se parecía demasiado a una orden como para que se sintiera a gusto, la urgencia del asunto hizo que lo dejara por la paz y se precipitara escaleras arriba.


—Si ese idiota no te mató hoy, Tadashi, ¡¿Cómo se te ocurre ser tan suicida como para despertarme y hacer que venga aquí a esta hora?!

Hiro sonrió al ver el rostro adormilado de su amiga, y no pudo estar más de acuerdo con su reproche, que tenía toda la pinta de ser un gruñido de un animal furioso. También sonrió al ver que, incluso dormida, tenía la suficiente destreza y puntería como para asestarle un cuenco de lleno en la cabeza a su hermano.

Una lástima que Tadashi tuviera los reflejos suficientes para esquivarlo solo con mover un poco la cabeza.

—Agradezco que hayan venido —se limitó a decir, tratando de mantener su expresión seria, aún a pesar de la sonrisa que jalaba de sus comisuras. Gogo sólo bufó, y se dejó caer junto a Honey, que dormitaba en uno de los largos sofás del cuarto de Fred. El dueño de casa, en cambio, estaba totalmente espabilado junto a ellas, leyendo con frenesí en su tablet, y, ocupando otro asiento a su lado, Wasabi permanecía inclinado sobre su portátil, igual de atento que su pareja. Para estar tan despiertos, Hiro apostaría lo que fuera a que estaban jugando videojuegos cuando los llamaron. Divisó los mandos aún en la mesa, dándole la razón, al tiempo que su hermano habló de nuevo —¿Pudieron acceder a la información que les pedí?

Se removió incómodo, cada vez Tadashi sonaba más parecido a un líder. Y le salía demasiado bien para su gusto.

Wasabi asintió, apenas dedicándole una mirada.

—Krei Tech tuvo un breve interés con la comercialización de armas químicas a países en guerra hace algunos años, pero no hay registros de que sus prototipos o siquiera los planes se filtraran a los interesados, menos aún a civiles —comentó, leyendo las notas que había recolectado de la base de datos del equipo. Una que, por supuesto, llegaba mucho más a fondo que el internet y que, para sorpresa de todos, Fred había diseñado —. Además, duró poco tiempo y nunca se completó ninguna transacción.

Hiro arqueó una ceja, al tiempo que se sentaba junto a él, seguido de un atento Tadashi y un curioso Baymax que no paraba de irradiar calor desde que habían salido de su hogar.

—¿Y eso por qué?

—Rico, joven, inhumano, pero no idiota —Fred emergió con aire teatral junto al moreno, y no necesitó más que ver el gesto de Wasabi, entre cansado y divertido, para saber que había estado haciendo sus conclusiones desde, al menos, una hora —. Krei sabe que apoyar a un gobierno le cierra inmediatamente las puertas a transacciones con los enemigos, además de poner en tela de juicio todas sus otros proyectos e inversiones. Nadie quiere negociar con terroristas, y menos con los bastardos que negocian con ellos.

—Además de manchar su nombre —completó Wasabi, mucho menos efusivo que su novio —. La reputación de Krei Tech ya estaba dañada desde antes de los incidentes con los portales, por eso todo ese asunto se mantuvo tan en silencio. Y Krei es demasiado egocéntrico como para permitir que su orgullo y capacidad se ponga en duda tantas veces, no se va a arriesgar con asuntos tan peligrosos. En realidad... últimamente los proyectos de la compañía se han volcado a temas ligados a la protección ambiental y educación, e incluso ha financiado varias fundaciones sociales en los últimos meses.

Hiro frunció el ceño, ligeramente sorprendido ante ese dato.

—¿Es todo lo que sabemos de él?

—No hay mucho más, en realidad —la voz de Honey llamó su atención. En algún momento, su charla parecía haberla despertado, y permanecía leyendo despreocupadamente desde su celular, presumiblemente las noticias —. Todo lo que se ha dicho de él en los últimos meses es eso, solo trabajo y viajes con su acompañante.

Intercambiaron una mirada apreciativa.

—¿Lo estamos descartando? —inquirió Gogo, irguiéndose de una vez y bostezando.

—Poniendo en lista de espera, supongo —corrigió Tadashi, y Hiro se frotó el rostro con frustración, ese día estaba siendo demasiado largo.

—Bien, genial —gruñó, enfurruñado —. Un sujeto nos ataca con tecnología de Krei Tech, pero no es Krei, ¿Por qué no?

—La estructura física, altura y ensanchamiento pélvico indican que el sujeto es de sexo femenino.

La voz de Baymax se elevó en el lugar con esa relativa inocencia suya, pero sus palabras fueron lo suficientemente contundentes para que cada uno de los miembros del equipo se girara en su dirección, como si acabara de pasar a su versión descontrolada de la nada. Algo que desconcertó al robot, dado que todo en su sistema parecía indicar que brindar esa información aliviaría a los sujetos allí presentes. ¿Su algoritmo estaría fallando?

Hasta que Hiro se puso de pie de un salto, con las endorfinas lo suficientemente alteradas como para que supiera que el tratamiento había sido efectivo.

—¡¿Bay, la escaneaste?!

—Sólo pude archivar esos datos —explicó el robot, para desazón del chico —. La microfibra de su vestimenta me impidió realizar un escaneo completo.

El gruñido de Gogo se alzó en el lugar, antes de que se dejara caer una vez más.

—Bien, ahora sabemos que a Fred le pateó el trasero una chica.

—¡Hey!

—Una chica con acceso a tecnología de Krei Tech —reflexionó Tadashi, recostándose en la mullida y cálida superficie del robot sin, por algún milagro que Hiro no podía entender, perder su expresión de líder genial.

La voz de Gogo lo sacó de sus pensamientos.

—¿Piensas en Abigail?

Un momento de profundo silencio llenó el lugar, y Hiro comprendió que aquellas palabras habían sido tan sorpresivas para todos como lo habían sido para él.

¿Abigail?, ¡¿Abigail Callaghan?!

—Pero Hiro le salvó la vida —comentó Honey, claramente extrañada—¿Por qué lo atacaría?, ¿Por qué atacaría al equipo?

Desconcertado, Hiro llevó por instinto sus ojos a su hermano, y se sorprendió al descubrirlo mirándolo, una expresión mezcla de duda y algo que parecía preocupación.

Lo entendió en el acto.

—Porque también fui quien llevó a su padre a la cárcel —reflexionó, echándose hacia atrás en su asiento —. La traje de vuelta, sólo para quitarle a su única familia —lo pensó un segundo, se imaginó en ese lugar, se imaginó pensando por meses y meses en la contradicción de sentimientos, recordó la desesperación que lo había recorrido y que comenzaba a corroerlo cuando encontró a Tadashi, y pensó en que Abigail, a diferencia de él, no había tenido a su padre de nuevo junto a ella. Llegó a una conclusión con bastante facilidad —. Yo también querría vengarme, no importa de quién.

—Pero eso implicaría que Abigail sabe de tu identidad de héroe —señaló Wasabi.

Hiro le miró de reojo.

—Callaghan lo sabe —confesó, inconsciente de la manera en que Tadashi se tensaba ante esas palabras, sorprendido —. No me extrañaría que se lo hubiera dicho alguna vez.

—Pero hay un problema con tu magnífica teoría —murmuró Gogo, que se había deslizado entre la pareja y se había apoderado de la portátil, sin perder el tiempo: —. Abigail no ha estado en San Fransokyo en cinco meses, ni en la Tierra —giró la pantalla en su dirección, mostrando lo que parecía ser una ficha de identificación con una fotografía de la chica —. Es una científica reconocida en los laboratorios de la NASA, y ahora mismo está en la base espacial, en medio de un experimento. La última vez que estuvo en la ciudad fue hace cinco meses, cuando fue a visitar a Callaghan a la cárcel.

Hiro sintió como la mandíbul casi le rozaba el suelo, y debió leer varias veces el documento para poder creer que estaba ante los registros clasificados de la NASA. ¿Exactamente qué había diseñado Fred?

Luego de un momento, en lo que salió de su estupor, volvió a ensimismarse. Sin Krei o Abigail en la lista, volvían a estar en cero, y si bien no quería responsabilizar a inocentes de los ataques que habían recibido, lo cierto es que no tenía la menor idea de quién podía estar tras todo aquello.

Se frotó con insistencia la frente, y Tadashi sonrió desganado, identificado con la frustración del chico.

—¿Quemándose las cejas, señor Hamada? —ironizó, acercándose a su lado para poder tranquilizarlo. Tal vez hubiera sido más adecuado esperar hasta el día siguiente para tener aquella reunión, no había tomado consciencia de toda la presión que los chicos, y especialmente su hermano, había sufrido en aquel día.

Sin embargo, se lo pensó dos veces cuando alzó la cabeza como si fuera un resorte, con una expresión desconcertada que llamó su atención. Cuando se volvió hacia él, el brillo lleno de entendimiento en sus ojos lo dejó más confundido aún.

—¡Eso es! —exclamó, poniéndose en pie una vez más, con los ojos abiertos de par en par y una sonrisa que delataba su propia incredulidad en el rostro —¡Es Callaghan!

El momento de silencio que siguió a su afirmación le hizo ruborizar levemente, en especial al ver las miradas escépticas de sus amigos.

—¿Callaghan? —repitió Wasabi, sin poder ocultar su diversión — ¿Se te escurrió el cerebro con la explosión, amiguito? ¡El sujeto está en Alcatraz!

—Hiro, es la cárcel de máxima seguridad en el mundo, sólo el Pentágono supera su vigilancia —secundó Honey, mucho más amable que el moreno, y Hiro suspiró.

—No necesito una clase sobre el tema, necesito que me escuchen —masculló, sentándose en su lugar. Se tomó un momento para poner en orden sus ideas, antes de retomar su explicación: —. Alcatraz no es inviolable, aunque lo parezca. Antes de su refundación ya existieron reclusos que lograron escapar del edificio, y actualmente hay filtraciones de información cada tantos años, como en todas las cárceles. Además, Callaghan es una mente brillante: todo lo que un criminal común pueda hacer, él podrá hacerlo mil veces más sencillo y más eficiente. Incluso si eso es contrabandear planes e información de cuando trabajaba con Krei para que otros hagan su trabajo sucio desde afuera: la tecnología de ese traje debe ser similar a la que utilizaba para esconder su identidad cuando lo enfrentamos, los portales vienen de los planos que robó para vengarse de Krei, y los explosivos con neuroreceptores, esos...

Esos se los di yo. Masculló en su fuero, sintiéndose repentinamente terrible y enfermo. Cerró la boca de golpe, incapaz de hablar... Y agradeció cuando sintió la familiar presión de la mano de Tadashi sobre su hombro. Su calor conocido y ameno envió oleadas de calma por su cuerpo de manera casi instantánea, y cuando alzó la mirada, sus ojos, cálidos y amigables, parecían querer decirle que todo estaba bien, que no era su culpa.

Agradeció internamente tenerlo a su lado, y por un momento se sintió como si todo fuera igual que antes: fácil, sencillo. Aquella no era una actuación, aquel era su Tadashi yendo en su ayuda.

La dulce voz de Honey los trajo de nuevo a la realidad.

—Pero... ¿Por qué lo haría? Él sólo quería a su hija de vuelta, aún a costa de su libertad.

Hiro lo sopesó por unos momentos, pero, esta vez, fue Fred quien les dio la respuesta.

—¿De qué le sirve tener a su hija si no puede estar junto a ella? —inquirió, ahogando un bostezo a duras penas —. Quizás tener a su hija al comienzo fuera suficiente, pero con el tiempo comprendió que no podría estar a su lado, que ella seguía alejándose cada vez más y que, además, cargaba sobre él una larga cadena de delitos que lo tendrán tras las rejas por varios años —guardó silencio, sopesando lo que acababa de decir al parecer. Luego, abrió los ojos de par en par, irguiéndose y arrebatándole la computadora a Gogo. Ignoró el quejido de la chica y comenzó a teclear —. Hubo algo polémico en el juicio contra Callaghan: si él lograba pagar la suma de todos los daños que había causado con sus crímenes, desde infraestructura hasta producción, sería dejado en libertad condicional. Era prácticamente una burla de los jueces, esa suma de dinero nunca podría estar a su alcance... pero la fianza sigue en pie al día de hoy —concluyó, confirmando ese último dato.

Pese a que en su expresión se veía que creía haber sido muy claro, las miradas desconcertadas de sus amigos no tardaron en obligarle a hacer una mueca desganada. A estos chicos les faltaba leer muchos cómics.

—¿Cuál es tu punto?

Pero Tadashi aún no había concluido su pregunta, cuando, para profundo orgullo del rubio, Hiro se irguió en su asiento, cachándola al vuelo.

—Que no necesita salir para atacar, ni siquiera es lo que quiere —señaló, poniéndose en pie —. Tiene todos los planos, cuentas y datos de Krei, incluso puede organizar la mejor manera para administrarlos y establecer contactos entre científicos y empresarios. Cualquier organización pagaría millones por esa información, y si ya comenzó a venderla, no sería raro que se haya filtrado a personas que no sepan controlarla.

—Como nuestra amiga —señaló Fred.

—¿Dices que el tipo vende armas y tecnología de Krei desde la cárcel, sin ser detectado, para pagar su fianza? —repitió Tadashi, pasando en blanco la hipótesis. No pudo ocultar su expresión llena de duda al dúo —. Suena a demasiada ficción, chicos.

Exasperado, Hiro se gira hacia él con una expresión que dejaba muy en claro cuan indignado estaba por sus palabras ¿Él, que literalmente había revivido un día de la nada, tenía el derecho de poner en duda sus teorías? ¡¿Por parecer demasiada ficción?!

—Mi hermano murió por salvar a un hombre que creíamos muerto en un incendio, sólo para descubrir que el tipo estaba vivo y había planeado todo para vengar la muerte de su hija con mi tecnología —comenzó, cruzándose de brazos y obligando a Tadashi a arquear una ceja —. Al final descubrimos que la chica está viva, la salvo, el hombre va a la cárcel. Un año después descubro que mi hermano también está vivo y fue salvado por la misma tecnología que, en teoría, causó su muerte. Y ahora los dos somos superhéroes con nuestros amigos y nuestro robot asistente médico personal —se le quedó mirando, una mirada cargada de significado, mientras dejaba que el peso de sus palabras, que toda la ficción que era su vida, le entrara en la cabeza —. Lamento si la teoría te parece tan ficticia, pero ¿Te has puesto a rever todos estos meses? ¡No sé cómo rayos no estoy teniendo atención psicológica ahora, Tadashi!

En realidad no lo sabía, de hecho.

Y sin embargo, sus palabras, apoyadas por los hechos a la vista, parecieron hacer que los demás reflexionaran, así como desaparecer el rastro de duda en la mirada de su hermano. Luego de un momento sopesando sus palabras, Tadashi finalmente asintió, dando el brazo a torcer y dedicándole una sonrisa de disculpa.

—Bien, no suena tan descabellado ahora.


—¿Creen que habrá problema?

Cass se sintió ligeramente culpable ante la mirada aburrida que le dedicaba su sobrino menor, aun cuando sostenía un destornillador entre los labios y tenía algo que parecía un... no tenía idea qué entre los dedos, alguna de esas cosas de genios que preparaban todos los días para la universidad.

—¿Tienes pensado estar en la casa al menos un minuto durante los próximos fines de semana de tu vida? —preguntó, con la voz amortiguada por la herramienta, y Cass sonrió, aliviada al reconocer la pulla en el brillo que adquirió su mirada.

Lo cierto es que, aunque sabía que sus sobrinos eran hombres hechos y derechos, aún se sentía culpable por esas salidas, especialmente en los únicos días que tenían libres para estar todos juntos. Era un sentimiento estúpido, pero no era fácil deshacerse de su rutina de tantos años en unas semanas...

Aun cuando el motivo fuera malditamente encantador.

—No te preocupes, tía. De igual manera teníamos buena parte del domingo ocupada —murmuró Tadashi, y no pasó por alto la mueca de diversión que hacía, mientras inspeccionaba lo que para ella no era más que un tubo de metal negro —. Cenaremos los tres de todos modos, ¿No?

Ella asintió, dejando pasar el discreto reproche, y sonrió al dúo, aliviada.

—Gracias chicos, juro que se los compensaré —murmuró, colocando la caldera con agua sobre la cocina.

—Sólo no te mudes sin avisarnos, porque con el ritmo que llevas creo que lo estás viendo más a él que a nosotros —murmuró Hiro, sonriente, y Tadashi no pudo evitar soltar una risita. Ella rio también, ruborizada, antes de darle un leve golpecito en el brazo como respuesta.

—No tienes que ponerte celoso, eres mi bebé especial y lo sabes —se burló, antes de aferrar las mejillas del chico y estamparle una lluvia de besos en cada una, ignorando las quejas de Hiro. Al separarse, miró con diversión cómo trataba de recomponer su aspecto con cierta vergüenza, mientras Tadashi sonreía y mantenía una prudente distancia, sabiéndose el próximo.

Sonriendo aún, satisfecha de molestar a los chicos, se sacó el delantal y ascendió las escaleras, avisando que prepararía la cena después de ducharse.

Más, a medio camino notó que no llevaba consigo su celular. Tuvo el microinfarto acostumbrado al sentir el bolsillo donde lo ponía vacío, solo para recordar que lo había dejado en la encimera de la cocina. Se volvió a buscarlo, pero la detuvo la voz de su sobrino mayor.

—No deberías molestarla con esto —su tono era suave, el que siempre le había oído usar para hablar con su hermano cuando quería ser serio —. Sabes que es difícil para ella, y deberías confiar en sus decisiones.

—No seas idiota, claro que confío en sus decisiones —le respondió, hosco pero adorable como sólo Hiro sabía serlo, y ella esbozó una sonrisa divertida —. No elegirá a ningún imbécil... pero eso no quita que quiera burlarme un poco.

Le pareció que murmuraba algo más, pero no llegó a entenderlo. Se debatió un instante, dudando si seguir a su moral, que le decía que espiar a sus sobrinos estaba mal, o acercarse para ver lo que estaban haciendo y, de paso, escuchar un poco más de su charla.

Ni siquiera tuvo tiempo de ponerlo verdaderamente en tela de juicio, cuando se aproximó un paso más, lo suficiente para poder ver a los dos en la mesa. Seguían en la misma posición en la que los había dejado: Hiro permanecía concentrado en sus aparatos nuevos, fijando lo que parecía más una maqueta que sus usuales robots magnéticos, con la lengua asomando un ápice entre los labios, como si su vida dependiera de eso.

Por otro lado, el que llamó su atención fue Tadashi.

Desde el día en que los había dejado esperando a Gogo, había algo extraño en su sobrino mayor. No podía decir a ciencia cierta qué fuera, pero lo cierto es que se comportaba diferente a como era habitual en él.

No era algo demasiado notorio, sino detalles mínimos, casi imperceptibles si no lo conocías. Y usualmente lo podía ver más cuando estaba cerca de Hiro: un brillo extraño en su mirada, una forma de comportarse específica.

No eran raras las ocasiones en los últimos meses en los que descubría a Tadashi observando a su hermano cuando creía que nadie lo veía. Antes lo entendía, cuando Hiro era pequeño, porque creía que estaba vigilándolo para que no se escapara a esas competencias de robots que tanto lo entusiasmaban.

Pero, aunque esa veta protectora fuera más bien común en Tadashi, había algo diferente en el último tiempo, en esas miradas que le dedicaba cuando creía que el otro no lo veía. Como esa semana en que Gogo había realizado su trabajo con Hiro, en que cada vez que lo veía, podría jurar que había un dejo de celos en los ojos de su sobrino... por un momento, había supuesto que eran por la muchacha.

Pero pronto descubrió, con el correr de los días, que en realidad Tadashi estaba mirando a Hiro... demasiado.

Lo miraba como en ese momento, con un brillo de lo que sólo podía describir como devoción. Había en esa mirada la declaración más ferviente de cariño que nunca hubiera visto.

Y un brillo divertido y casi anhelante, cuando recorrió con delicadeza una mejilla que, Cass juraría lo que fuera, estaba completamente limpia.

—El labial de tía Cass —explicó, ante la mirada interrogativa del otro, y la joven mujer alzó una ceja, curiosa, al ver las mejillas del menor enrojecer levemente, antes de fingir continuar con su proyecto, aun cuando no siguiera moviendo sus manos en torno a su trabajo. Un detalle que no pasó desapercibido al mayor, a juzgar por la sonrisa divertida que le dedicó mientras se ponía en pie para apagar el agua caliente—. No te preocupes, no me molesta que seas el bebé especial.

Ante eso, Hiro dio un respingo, y Cass debió ahogar una risita.

—¡Vete al diablo!

Y aunque la escena se le hacía de lo más enternecedora, Cass no supo cómo interpretar la forma en que, sin dejar de mirarle, la expresión de Tadashi se oscureció momentáneamente. Aún había devoción y cariño en la manera en que miraba la espalda de su hermano mientras colocaba de forma ausente dos tazas de café sobre la mesada, pero había también en su mirada algo más lúgubre, algo a lo que no sabría qué nombre dar, pero que le recordaba demasiado a la expresión que ponía de niño cuando quería algo y no podía tenerlo. Había tristeza a la par de ese amor, culpa en la misma medida que anhelo.

Tadashi observó fijamente al chico, antes de bajar la mirada a su propia mano, y Cass sintió algo desconocido trepar por su espina al ver cómo, cerrando los ojos y con infinita ternura, llevaba el mismo pulgar con el que había rozado la mejilla de Hiro hasta sus labios, dejando allí un beso lleno de delicadeza.


¡Dios, ya tenía ganas de llegar a este momento! ¡Creí que no lo iba a lograr nunca!

Así de breve como es, no tienen idea de cuánto tiempo he esperado la aparición de este nuevo personaje, de estas escenas. No puedo creer que ya estamos aquí, por dios. Necesito un momento...

¡¿Qué momento ni que cuernos?! ¡Ya me desperté y estoy más viva que nunca, mierda! ¡Wuuuuuuu!

Más allá de la emoción que siento ahora mismo, creo que es el momento para algunos comentarios.

En primer lugar, tuve algunos comentarios preguntando respecto a la dificultad para coagular de Hiro y las medicinas... bueno, había un leve indicio de eso antes, con los moretones que les dejaban las botas magnéticas, pero revisando, la verdad es que nunca llegué a señalar en sí el que es propenso a, bueno, desangrarse jeje. Si no me equivoco, sólo mencioné en ese momento los moretones en la piel y la incomodidad por los escaneos de Baymax, posiblemente la idea fue señalarlo de forma más clara con el correr de los capítulos, y entre actualización y actualización se me pasó. Lo agregaré más después, cuando tenga oportunidad de editar la historia. Pero no, no se les pasó nada por alto, fue un despiste de mi parte.

En segundo lugar, vi algunos comentarios respecto a la forma en que Tadashi trata a Hiro y cómo algunos lo leen como si sólo fuera deseo físico. Es una lectura mega válida, tranquilos, aunque se aclarara en unos caps más. Sí, Tadashi es más abierto respecto a sus sentimientos en los momentos en que es más vulnerable, y eso suele ser entre las piernas de Hiro ah. Pero tranquilas, no es ningún desgraciado, es sólo un imbécil confundido que busca lo mejor para la persona que ama... aunque no pegue una.

Tercero... las citas de tía Cass... no, no es sólo relleno... aunque me llama la atención que no hayan adivinado quién es aún. Y respecto a la escena final, es una escena por fuera de la línea narrativa de este cap, pudo haber ocurrido prácticamente en cualquier momento, son libres de pensarla como quieran... Sólo recuerden que, aunque se haga la tonta, Cass no es ninguna despistada.

Por último, una amiga me viene reclamando desde el capítulo anterior que por qué no escribo la escena de la llamada de Wasabi y Fred, el lemon, al menos (sí, no pide nada la perra). Y lo cierto es que, en este caso, la llamada era solo un detalle pintoresco... pero me entraron las perras ganas de escribir ese castigo ¿Quién se prende a un one shot? De paso sumamos algo de material Wafred independiente a la maquinaria.

Eso es todo por ahora, hermosos. Espero que el capítulo les haya gustado, y en cuanto reponga energías voy por el próximo. No sé qué tenga de mágico el desempleo, pero no me sentía tan inspirada hace años. (Con esto comprobamos que la universidad te chupa la vida, pero recuerden que los estudios son importantes).

Sin más, los dejo, mis Grandes Héroes.

Besos y Abrazos, Mangetsu Youkai.

Balalalalalah~